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2015 Pastors’ Conference | Ministerial Suffering (2)

Ministerial Suffering (2)

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El sufrimiento en el ministerio II

Dr. Alan J. Dunn

Para mí ha sido un privilegio el pasarme estos días con ustedes en el ministerio de la conferencia. Una de las bendiciones de ser el último conferencista es que puedo ver cómo el Espíritu Santo ha obrado en Su soberanía para que todos tengamos mensajes diferentes, pero con muchas de las mismas observaciones. Al final de la conferencia puedo percibir que Cristo ha estado con nosotros. Cristo nos ha hablado. Él nos ha dado preciosas verdades para refrescar nuestras almas y para que las llevemos de vuelta con nosotros a nuestras congregaciones, para que podamos seguir ministrando como siervos fieles en la casa de Dios.

Sabemos que cuando Pablo llego a Corinto fue con la determinación de enfocarse en un solo mensaje y ese era Cristo crucificado, pero su  responsabilidad no era solamente proclamar el mensaje. Como vimos en el primer mensaje, también tenía que ser una encarnación de este mensaje. La experiencia de sufrimiento de Pablo era parte de ser una encarnación de ese mensaje.

Pablo era un apóstol, pero los cristianos en Corinto cuestionaban su apostolado. La forma de pensar de ellos se asemejaba más a la de un corintio que a la de un cristiano. Pensaban que muchas cosas acerca de Pablo y de su ministerio eran ofensivas. No les gustaba su apariencia. Parecía un hombre débil y no atractivo. Su forma de hablar no tenía atracción para ellos. Estaban acostumbrados a los oradores refinados que se guiaban por reglas particulares para emitir su retórica, sus discursos. En lugar de ir al cine, los corintios escuchaban a los oradores y a los que se expresaban muy bien, hombres hermosos que predicaban y hablaban con elocuencia. En cambio, Pablo era un hombre feo y su forma de hablar era ofensiva. Su forma de ministrar estaba opuesta a todos los valores que se apreciaban en la cultura de los corintios.

Hoy quiero enfocarme en un aspecto particular que Pablo rechaza de la cultura en Corinto. Es el tema de la jactancia. Las personas en Corinto estaban entrenadas para jactarse de sí mismas. Tenían un espíritu de competencia. Les gustaba competir en cualquier cosa y en todo, en los deportes, la música, el entretenimiento, el discurso, la educación, los negocios. Siempre estaban compitiendo y promoviendo su persona de forma constante. Se burlaban de los perdedores. Consideraban que la humildad era una debilidad despreciable. El ganador se volvía en una celebridad. Las personas solían hacer estatuas de sí mismos, grandes retratos de sí mismos, alardeando y jactándose de sus logros, de sus hazañas, de sus personas. Estaban inmersos en lo que podríamos llamar la «egolatría», la adoración que una persona rinde a sí misma.

Hoy en día veremos cómo Pablo toma esta costumbre de jactarse y la invierte. Comienza a jactarse, pero se jacta de las cosas que avergüenzan a los corintios. Tiene una razón para hacer esto porque quiere que estén más interesados en la unión con Jesucristo, la unión en Su crucifixión y en Su resurrección.

Hemos visto que Dios les había enviado a Pablo para que este fuera una exhibición, un espectáculo. Él se compara a un gladiador que ha sido señalado como el perdedor, pero a pesar de esto, es ahí donde se encuentra la estrategia para nuestra victoria, pues es por medio de la muerte que nosotros abrazamos y experimentamos la vida de la resurrección. Pablo recibió el cargo del sufrimiento. Dios le dio gracia en el sufrimiento, o bien para librarlo del sufrimiento, como vimos anteriormente, o para darle la gracia que lo sostenía en el sufrimiento, lo cual veremos en nuestro estudio hoy. Hay muchas lecciones que podemos aprender de Pablo y de su experiencia de sufrimiento.

1) La muerte y la resurrección son realidades que se experimentan de forma simultánea en el sufrimiento cristiano (2 Corintios 4:7-12).

Al abrir nuestras Biblias en 2 Corintios 4, quiero que veamos que, en el sufrimiento cristiano, la muerte y la resurrección son realidades que se experimentan simultáneamente. 2 Corintios 4:7-12: «Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros. Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos; llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Porque nosotros que vivimos, constantemente estamos siendo entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal».

Al llegar a este punto del mensaje en mis estudios de preparación para ministrar aquí, pude percibir algo de una manera que me parecía fresca: en nuestro sufrimiento, hemos de experimentar una unión con Cristo en Su muerte, y como resultado de nuestra unión con Él en Su resurrección, simultáneamente también experimentamos la fortaleza que nos otorga la resurrección. Bien, nuestra inclinación es pensar de forma secuencial sobre el sufrimiento y la resurrección. Decimos: «Estoy atravesando por un tiempo de sufrimiento. Estoy pasando por un tiempo de aflicción y después de este tiempo, cuando se termine la aflicción, entonces Dios me llevará a un tiempo de victoria y de resurrección restaurada y renovada. Sin embargo, primero tengo que pasar por esta experiencia de aflicción». Es verdad que cuando consideramos la historia de la redención, vemos que primero se nos llama al sufrimiento y después hemos de llegar a la gloria de la resurrección.

Esto es lo que nos dice Pablo en Romanos 8:17: «si en verdad padecemos con El a fin de que también seamos glorificados con El». Primero, sufrimos con Él. Después, somos glorificados con Él. En la historia de la redención, en el desarrollo de los propósitos de Cristo en el tiempo, la realidad es que primero sufrimos y después somos glorificados. Pero en el sufrimiento ministerial, en la experiencia del sufrimiento, se nos llama a una experiencia en la cual nos identificamos con Cristo en Su sufrimiento y también nos identificamos con Él en el poder de Su resurrección. Son realidades simultáneas en nuestra experiencia como el resultado de que las dos eras se solapan, porque vivimos en el ámbito del «ya» y el «aún no». Ya se nos ha otorgado el don y el ministerio del Espíritu Santo, ya tenemos unión con Cristo, ya Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, ya hemos sido justificados, ya adoptados. Pero aún no hemos sido santificados por completo, aún no tenemos cuerpos glorificados, aún no vivimos en los nuevos cielos y en la nueva tierra. Esta tensión condiciona nuestra experiencia como cristianos y como ministros, pero también explica cómo hemos de experimentar tanto sufrimiento como resurrección en el crisol de nuestras aflicciones.

William Edwards escribe: «Pablo explica las dimensiones de la muerte y la resurrección en el ministerio como algo que no se experimenta de forma secuencial sino simultánea». En otras palabras, Pablo no describe una experiencia de muerte seguida por una experiencia de resurrección. No son momentos separados ni ocasiones distintas. Ambas experiencias están presentes al mismo tiempo.

Esto lo vemos claramente en 2 Corintios 4:10-11, donde Pablo nos proporciona el marco interpretativo que es la clave para estos aspectos opuestos que caracterizan su vida y ministerio. Toda su experiencia se encuentra resumida en estas palabras: «llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». Sigue diciendo: «Porque nosotros que vivimos, constantemente estamos siendo entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal». No es primero la muerte y después la resurrección. El patrón es siempre la muerte y también la resurrección. Pablo no describe algo que ocurre ocasionalmente sino el patrón constante que enmarca su concepto del ministerio como algo que está fundado en la muerte y a la resurrección de Cristo. En otras palabras, los tiempos de resurrección en el ministerio sólo se producen cuando vienen acompañados por experiencias que con razón se caracterizan como experiencias de muerte, pero de igual manera, no existe una experiencia de muerte que no incluya también el poder sustentador de la resurrección de Cristo para los que son Sus siervos.

No puede haber una comprensión verdadera de la experiencia de Pablo hasta que no entendamos esto. Ni tampoco entenderemos la nuestra a no ser que interpretemos la vida en el ministerio del mismo modo, como una exhibición que incluye siempre una demostración simultánea de la muerte y la resurrección de Cristo. He encontrado que este es un concepto útil y esclarecedor. Anteriormente aprendimos que somos llamados al sufrimiento y que la recompensa será nuestra gloria. Este es el fundamento esencial de la historia de la redención, pero ahora estamos aprendiendo, en esta ocasión, que tanto la muerte y la resurrección de Cristo están presentes en nuestra experiencia de sufrimiento ministerial.

Cuando en nuestro sufrimiento por Cristo somos llevados a experimentar aquello que se asemeja a la muerte, recibimos aliento inmediato porque estamos unidos al Cristo resucitado. Los únicos que están interesados en un Señor que ha resucitado son los muertos. Nadie está interesado en la resurrección sin antes morir y la resurrección no tiene efecto a menos que alguien ya haya muerto. Entonces, estas dos cosas van juntas en nuestra experiencia de sufrimiento en el ministerio. En Cristo, han pasado dos acontecimientos escatológicos. Él murió y en Su muerte llegó el final de la vida en esta era presente. También resucitó y Su resurrección conlleva el principio de la vida en la era venidera. Ambas experiencias nos pertenecen. Estamos unidos con Él en Su muerte y en Su resurrección. Damos testimonio y somos una exhibición de esta realidad en las aguas del bautismo. Nuestra unión con Cristo en Su muerte y en Su resurrección es la realidad que define nuestras vidas como cristianos y es el modelo de nuestro ministerio como pastores.

¿Saben cuál es el primer mandamiento que Pablo le da a la iglesia en Roma? La primera vez que usa un verbo imperativo en la carta a los romanos es en Romanos 6:11: «Así también vosotros, consideraos muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús». Debemos tener este mismo concepto de nuestras personas. En Cristo estamos muertos al pecado, estamos unidos a Cristo en todo lo que Él experimentó, somos odiados por el mundo. De nuevo, como consideramos la última vez, estamos unidos en todo lo que Él experimentó en su sufrimiento. Estamos muertos en Cristo, pero también estamos unidos en Él, vivos para Dios en Cristo Jesús, para que podamos vivir una vida con el poder de la resurrección y de victoria, dando fruto que se pueda cosechar para el siglo venidero, y aún ahora en este tiempo.

Notamos que, en este capítulo, Pablo nos dice en el versículo 5: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús». Entonces en el versículo 7, Pablo comienza a hablar de sí mismo como un siervo. Les dice que tiene un tesoro, y pienso que esto es una referencia al evangelio que menciona en el versículo 3. Este es el evangelio que se le ha encomendado a Pablo. Se le da como a un vaso de barro. Él mismo es el medio mediante el cual el mensaje del evangelio se comunica, no sólo por sus palabras, pero hasta por medio de su persona y sus experiencias personales en el ministerio. El evangelio es el poder de Dios que obró en la creación. El Dios que dijo «sea la luz» es el Dios que otorga la luz para que nuestros ojos sean abiertos, para que podamos ver la gloria de Dios revelada en el rostro de Jesucristo. Este es el poder de la vida, este es el poder de la resurrección. Es el poder para vencer el engaño y las mentiras que son perpetradas por el maligno. Es poder para vencer la muerte que tiene bajo su control a los no tienen ojos para ver y que perecen.

Todo lo que tenía que ver con Pablo comunicaba este poderoso evangelio: el evangelio de la muerte y la resurrección de Cristo. Pablo, como el medio por el cual se comunica este mensaje, es una demostración de debilidad, una demostración de la crucifixión, una demostración de la muerte. Es en el contexto oscuro de esta unión con Cristo en la cruz que vemos más intensa y claramente el poder y la luz y la vida de la resurrección. Lo vemos en el contraste del versículo 10 y el 11. Notemos que hay una experiencia simultánea de ambas realidades. Pablo no dice que una va primero y, en segundo lugar, la otra. Dice que ambas y simultáneamente. Identificados con la muerte de Cristo, afligidos y simultáneamente unidos en la vida de Cristo, pero no derrotados: «Perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos». Una unión simultánea con Cristo en Su muerte y en Su resurrección.

En su comentario, Scott Hafemann escribe lo siguiente acerca de este versículo: «Aquí, Pablo relaciona explícitamente su sufrimiento con la muerte del propio Jesús. En todo caso, el apóstol considera que su sufrimiento es una muerte preparada por Dios que, como la cruz de Cristo, lleva a cabo una función reveladora». La mayoría de los verbos que se encuentran en el versículo 10 son pasivos. La acción se está llevando a cabo sobre Pablo. Podemos preguntarnos quién lleva a cabo la acción. ¿Quién lleva a cabo la acción en la cual está implicado Pablo? ¿Quién ha colocado a Pablo en esta aflicción y al mismo tiempo lo sostiene para que no sea destruido? ¿Quién lleva a Pablo a tal perplejidad y al mismo tiempo lo preserva para que no sea abrumado por el desaliento? ¿Quién es el que lleva a cabo la acción, si Pablo es el recipiente pasivo de la acción? Bueno, la respuesta es la siguiente: Dios.

Estas son experiencias de sufrimiento que han sido preparadas por Dios, de tal modo que, en su contexto, el mismo Pablo, un vaso de barro, se convierte en una demostración del poder y la vida de la resurrección. A diferencia de su experiencia en Asia, que analizamos ayer, de las cuales Pablo fue librado por Dios, aunque estaba convencido de que ya estaba prácticamente muerto, a diferencia de esa experiencia, en esta ocasión Pablo es llevado a una experiencia prolongada de sufrimiento. Notemos cómo lo describe en el versículo 10. Habla de su unión en la muerte de Jesús. La palabra es «nekrosin» en el original, una palabra que a diferencia de la palabra «thanatos» (que se refiere a la muerte en sí), se refiere a un proceso de morir. Es una actividad continúa y constante que caracteriza la experiencia de Pablo. Notemos que dice: «llevando siempre» y «constantemente estamos siendo entregados a muerte». Es como si Pablo se describiera como la cruz misma de Cristo, siempre llevando consigo el cuerpo de Jesús. Su unión con Cristo en su sufrimiento es tal que él define su dolor en términos de la cruz misma.

En su comentario, C.K. Barrett afirma: «El que observaba la vida de Pablo como apóstol percibía repetidamente un proceso análogo a la muerte de Jesús». Si hubiéramos mirado a Pablo, hubiéramos visto una ilustración de algo que tenía la apariencia de crucifixión, que parecía estar derrotado. Es así como describe su persona cuando relata, en el capítulo 11 de 2 Corintios, cómo fue golpeado, azotado y apedreado varias veces. ¡Habríamos visto las cicatrices en el cuerpo del Apóstol Pablo!

Él le escribe a la iglesia en Gálatas y le dice: «Porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús». Vemos que Pablo no fue golpeado por ser Pablo. Fue golpeado por su unión con Cristo, por causa de su mensaje sobre Cristo crucificado, porque fue llamado como un apóstol para sufrir por causa de Cristo, y su sufrimiento tenía el propósito de ser en sí mismo una comunicación del evangelio de Jesucristo.

Al mirar a Pablo, habríamos visto a un hombre que estaba vivo, pero que, según todas las apariencias, debió de haber estado muerto. Cuando relata sus experiencias, no dice de como plantó una iglesia allí y habló a miles de personas acá. No, sino que dice: «Naufrague, fui golpeado, tuve hambre, en desnudez». ¡Cosas humillantes! ¡Experiencias que se asemejaban a la muerte! Sin embargo, nunca podríamos encontrar a otro hombre con más energía en lo que respecta al evangelio. Afirma: «He trabajado más que todos ellos». Un hombre tenaz, que tenía una fe, una esperanza, un amor intenso.

Podemos observar que, a medida que Pablo pasa por el sufrimiento, notemos lo que dice, mientras lleva, por así decirlo, el cuerpo de Jesús en un vaso de barro, manifiesta simultáneamente el poder de la resurrección. ¿Cuál es la razón de esta experiencia de sufrimiento? 2 Corintios 4:10: «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». De nuevo en el versículo 11: «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal». No es para que, después y en segundo lugar, podamos en alguna ocasión lejana experimentar el poder y la vida de Jesús. No. Él usa la palabra «también». El Dios que resucita a los muertos y el mismo Cristo resucitado me sostiene, me capacita y me habilita en medio del sufrimiento. ¿Cómo se manifiesta esa vida? ¿Cómo se hace visible? ¿Cómo llega a ser algo que podemos ver? ¡Por medio del hombre que persevera! Sigue adelante, sin ser derrotado, ni agobiado, ni abandonado, ni destruido.

¡Este es el reto que enfrentamos en el ministerio! El apropiarnos de la vida de la resurrección. No solamente después que hemos pasado por un tiempo de sufrimiento, sino apropiarnos de la vida de la resurrección en medio del mismo sufrimiento. Por medio de la fe, dejar claro por medio de nuestras expresiones verbales, estados emocionales, patrones de comportamiento y hacer que sea evidente que estamos vivos, a pesar del sufrimiento. Estamos vivos en Jesucristo que ha sido resucitado. Si no demostramos que poseemos esa vida, estamos presentando un evangelio distorsionado, porque como pastores, no estamos comunicando el evangelio. Nuestras personalidades transmiten el evangelio, nuestras relaciones personales transmiten el evangelio, nuestro estilo de vida transmite el evangelio. Nunca dejas de ser pastor. ¿Estás consciente de eso, verdad? Si vendieras aparatos, terminarías tu día de trabajo a las 5:00 de la tarde y dirías: «Ya no vendo aparatos. Ya me voy a casa y entro en el rol de esposo, en el rol de padre. Dejo del rol de vender aparatos». Uno nunca pone a un lado el rol de pastor. Es un estilo de vida. Es quién eres. Es un trabajo de veinticuatro horas. Tú, un vaso de barro, transmites el evangelio.

Si piensas que el sufrimiento es algo que simplemente ocurre de manera secuencial –que primero sufrirás y después gozarás del poder de la resurrección— transmitirás una visión distorsionada del evangelio. La imagen que transmitirás será una en la cual Jesús cuelga siempre en la cruz. Existe un cristianismo así. En el catolicismo romano, Cristo está siempre en la cruz y el sufrimiento llega a ser la quintaesencia de la virtud religiosa. Sí, sufriremos, pero en medio del sufrimiento estamos unidos al Cristo resucitado. No solamente mostramos a los demás a Cristo en la cruz. Lo hacemos, pero jamás sin demostrar también al Cristo resucitado y exaltado a la diestra de nuestro Padre.

Es así por la siguiente razón. En 2 Corintios 4:12 leemos: «Así que en nosotros obra la muerte, pero en vosotros, la vida». Reitero que, ciertamente, el sufrimiento de Pablo era un medio de santificación. Sin duda era un crisol que tenía el propósito de enriquecer su fe, pero un pastor, un ministro, sufre en beneficio de su congregación. El sufrimiento es un contexto en el cual somos llamados a comunicar el evangelio y a demostrar una fe viva. Tiene como su propósito el demostrar que somos vencedores, que triunfamos sobre la muerte, la oposición y el sufrimiento de este siglo presente. Nosotros también hemos de sufrir, y en medio de ese sufrimiento, es nuestro deber probar que nuestra fe es más preciosa que el oro, aunque seamos « [probados] por fuego», como nos dice Pedro en 1 Pedro 1:6.

Tenemos que entender que nuestra congregación no solo nos escucha cuando hablamos desde el púlpito, sino que también mira cómo vivimos nuestras vidas. Conoce la situación en la cual experimentamos nuestro propio discipulado y caminar con Jesucristo. Hemos de ser una ayuda para ellos. Hemos de hacerle frente a las idolatrías que caracterizan nuestra cultura, de la misma manera en que Pablo le hizo frente a las idolatrías de la cultura de los corintios. En una cultura que adora a las riquezas, en una cultura que persigue el placer, en una cultura que exalta al hombre y sus logros antes que a Dios.

Si hemos de seguir a Cristo, en esta cultura, con esos valores culturales, la oposición será parte de nuestra experiencia. Pero recordemos lo que Cristo nos dice: « Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros».

Lo primero que consideramos hoy es que la resurrección y la muerte son experiencias simultáneas en el sufrimiento.

2) La gracia de Dios es suficiente en el sufrimiento (2 Corintios 12:9-10).

En segundo lugar, al recurrir a 2 Corintios 12, vemos que la gracia de Dios es suficiente para nosotros en el sufrimiento. 2 Corintios 12:9-10: « Y El me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte».

Phillip Hughes hace el siguiente comentario: «Esta es la cumbre de la epístola, la gran cima, el elevado pico desde el cual el todo [de la epístola] se puede apreciar en sus proporciones puras. Desde este punto de vista, podemos ver y enfocar todo el campo del apostolado de Pablo».
Scott Hafeman afirma: «Así, la manifestación del poder de Cristo en la debilidad de Pablo (versículo 9b) y el consiguiente contentamiento de Pablo (versículo 10a) componen la cumbre de su argumento en este pasaje, y al hacerlo, nos proporcionan un resumen de la infraestructura teológica de 2 Corintios en su conjunto».

Los eruditos señalan este pasaje y dicen: «Así es como hemos de entender lo que Pablo le dice a la iglesia en Corinto». Esta es su motivación. Como vimos la última vez, al comenzar su primera epístola, justo en el principio, él les lleva a recordar la experiencia que lo aproximó a la muerte. ¿Por qué? Constantemente pone ante ellos representaciones de su debilidad, representaciones de sus padecimientos, y sabe que esto los incomoda. Ofende sus costumbres culturales y lo hace porque es necesario penetrar la cultura de los corintios para persuadirlos a ser seguidores de Cristo crucificado. En unión con Cristo, su experiencia es la vida del Cristo resucitado.

En el versículo 1, él lo cambia de nuevo. Ha dicho esto constantemente, pero para señalarlo más claramente dice: «El gloriarse es necesario». Ahora, para conveniencia propia podían responder: «Finalmente comienza a ser uno de nosotros. ¡Habla de gloriarse!» Para los corintios, él se ha hecho un corintio, y se gloriará. Pero probablemente se han dado cuenta para este entonces que cuando Pablo dice algo así, está empleando la ironía. Lo dice sarcásticamente. De hecho, la frase «el gloriarse es necesario» podría haber sido el lema de los corintios. Es una frase que podríamos haber encontrado pegada a un carruaje, como una pegatina de parachoques, al caminar por la calle principal de corintio. Era uno de sus valores culturales, la idea de que para llegar a ser alguien, tienes que jactarte de ti mismo. Tienes que presumir de tu persona. Tienes que buscar tu propio beneficio.

Pablo dice: «Bién, seguiré gloriándome». Reecordemos que él termina el capítulo 11 con una letanía de [sus sufrimientos], había sido golpeado, apedreado, había naufragado y pasado hambre. [Hace un recuento] de todos los acontecimientos que lo llevaron casi hasta la muerte. Entonces dice: «Está bien, voy a decir algunas cosas más sobre el gloriarse». ¿Cuáles son las cosas que menciona? «Recibí una visión». Al llegar a este punto, [los corintios] le hubieran brindado toda su atención, ya que los falsos profetas pretendían tener visiones. « ¿Qué nos contará Pablo acerca de su visión? ¿Qué nos dirá acerca de su visión?» La respuesta es nada. Nada. Incluso, empieza hablando de sí mismo en tercera persona. Dice: “conozco a un hombre”. Pero nos damos cuenta más tarde que habla de sí mismo. Él no recuenta lo que vio. Dice que oyó palabras, pero no registra ni una sola de las palabras que Jesús le habló en esa visión. Pero cuando llegamos al versículo 9, vemos que comparte cada palabra que Jesús le había dicho en el contexto de su sufrimiento. Esto hubiera confundido mucho a los corintios. Esperaban que Pablo guardara silencio sobre su sufrimiento y que recontara todo lo que Jesús le había dicho en su visión, pero hace todo lo contrario.

Dice que esto es necesario para que pudieran conocer a los falsos profetas que pretendían tener visiones. Les cuenta que conocía a un hombre que tuvo una visión. Sí, era él mismo. Pero les deja saber que no les predicaría acerca de su visión. ¿Sabías que Pablo nunca predica sobre nada de lo que él vio en esa visión? Nunca comienza una de sus predicaciones diciendo: «Tengo unas palabras de Jesús para ustedes que recibí cuando tuve la visión». Nunca les dice eso. Él predica del Antiguo Testamento sobre la historia de la redención. Utiliza la experiencia de su encuentro con Jesús en el camino hacia Damasco. Es interesante notar que cuando Pablo habla acerca de Jesús, se refiere a Jesús en Su glorificación. Pablo nunca conoció a Jesús en Su humillación. Se encontró con Él en el camino hacia Damasco y su cristología es la más sublime.

También utiliza las tradiciones de la iglesia primitiva sobre la vida y los dichos de Jesús, pero nunca predica basándose en su visión. Para cerrar la boca de los falsos profetas, era necesario decir: «Tuve una visión». Ellos esperan que él comparta lo que Jesús le había dicho en esa visión. Pero él dice: «No me es permitido decirlo, pero les contaré lo que Él me dijo en respuesta a mis oraciones». Él registra esas palabras y ellos escuchan estas palabras y el contexto es que Pablo es un vaso de barro: el apóstol débil, feo y angustiado.

Sabemos que en el versículo 7, Pablo habla acerca de una espina en la carne. Dice: «Y dada la extraordinaria grandeza de las revelaciones, por esta razón, para impedir que me enalteciera, me fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca». ¿Qué era esa espina en la carne? Bueno, algunos dicen que era un mensajero de Satanás, un ángel de Satanás. ¡Un demonio! Otros dicen: «No. La espina en la carne de Pablo eran los falsos apóstoles. Los enemigos que se habían infiltrado en la iglesia en Corinto». Hay otros que dicen que no, que era una enfermedad física crónica de algún tipo, quizás migrañas o tal vez sus problemas de visión (anteriormente, le había dicho a los corintios que ellos le hubieran dados sus ojos, si hubiera sido posible). En verdad no sabemos en qué consistía esta espina en la carne. Esta mañana, durante el desayuno, el pastor Jeff Smith y yo estábamos hablando y él hizo el siguiente comentario: « ¡Es bueno que no sabemos cuál era esa espina en la carne!» Todos nos podemos identificar con ella porque no se identifica cómo algo específico. Permite que todos le hagamos frente a nuestra espina, cualquiera que sea.

Esta espina hizo que Pablo sufriera por más de catorce años, porque en el versículo [2] él dice: «Hace catorce años que recibí esta visión». Nos dice que cuando le fue dada la visión, también le fue dada la espina. ¿Cuál era la lección, la razón? Se repite dos veces en el versículo 7. Recordemos que cuando se repite algo en las Escrituras, es para darle énfasis. No tenían letras cursivas. No tenían letras negritas. No podían aumentar el tamaño de la letra a un número 14 o utilizar mayúsculas. Por esta razón, usaban la repetición para hacer que se escuchara el énfasis. Nos dice por qué se le había dado esta espina. Es algo que forma parte de la esencia misma de lo que él le está transmitiendo a la iglesia en Corinto. ¿Por qué? «Para impedir que me enalteciera. Para que con toda certeza yo nunca llegue a ser como los de Corinto, lleno de jactancia y vanagloria. Para mantenerme en una postura de humildad».

Notemos nuevamente que esta espina fue dada a Pablo. Era un mensajero de Satanás, pero fue dada a Pablo. ¿Quién se la dio? Dios. Dios es quién se la dio. Es como el caso de Job. Satanás tenía libertad para ocasionar todo el tipo de sufrimiento que le fue dado a Job. También se asemeja a la experiencia de Cristiano al entrar en la casa del intérprete. Un pequeño rayo de luz sale de la puerta abierta y alumbra su camino. Puede escuchar el rugir de los leones y sentir el viento de las garras que se acercan a su cabeza, pero sabe que están atados, sujetos a los propósitos soberanos de Dios. [Le resulta difícil] superar el temor y caminar a lo largo de esa luz tan tenue, recta y estrecha, mientras se acercan las garras de los leones. Sin embargo, él busca la obediencia, persevera y sigue adelante.

Esta espina se otorga de la misma manera. Es designio del maligno. Es mala, pero se le da a Pablo para impedir que se enaltezca. La lección es la humildad. Humildad. Es crucial que los hermanos en Corintio entiendan esto y es crucial que los que estamos en el ministerio entendamos esto.
Hermanos, podemos tener una actitud cómo la de los corintios y la de los norteamericanos. Nuestras preguntas son: «¿De cuál escuela te graduaste? ¿Cuánta gente hay en tu iglesia? ¿A cuántas conferencias te han invitado?» En breve, existe una competencia entre nosotros y Pablo dice que esta no es la forma de jactarse en el reino. Dice: « ¿Quieren que me jacte? Les contaré acerca de cómo la gracia de Dios me sostuvo en mis sufrimientos. Me jacto en la cruz de Cristo». Es una lección de humildad. Necesitamos entender, hermanos, el poder del evangelio, el poder del evangelio de Dios que transforma vidas no tiene poder en el contexto del orgullo humano.

«Porque así dice el Alto y Sublime que vive para siempre, cuyo nombre es Santo: Habito en lo alto y santo, y también con el contrito y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los contritos» (Isaías 57:15).
«Pero a éste miraré: al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra» (Isaías 66:2).

Pablo es un vaso de barro. Esto significa que es un vaso barato, que se rompe fácilmente. Puede ser reemplazado. Si se rompe un vaso de barro, se tira y se reemplaza con otro. Pablo era un vaso de plástico. Cuando se termina de usar, se tira a la basura. A pesar de esto, en ese vaso de plástico se encuentra el agua de vida, la comunicación del evangelio.

Timothy Savage tiene un libro muy útil cuyo título es Power Through Weakness: Paul’s Understanding of the Christian Ministry in 2 Corinthians [Poder por medio de la debilidad: el concepto del ministerio cristiano que Pablo muestra en 2 Corintios]. Escribe: «Donde hay orgullo y arrogancia no puede haber, por definición, poder divino». Igual que su Señor, que oró tres veces en el Getsemaní, en el versículo 8 Pablo le implora al Señor tres veces. Después de la tercera vez que hace su petición, llega a la conclusión que Cristo le otorga, versículo 9: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad». La palabra «basta» significa que es «adecuada, satisfactoria». En otros lugares, esta palabra se traduce como «contento». Podemos encontrar un sinónimo de esta palabra en 2 Corintios 3:5-6: «No que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios, el cual también nos hizo suficientes como ministros de un nuevo pacto». Somos adecuados por medio de la gracia, la gracia que nos es suficiente, la gracia en la cual podemos estar contentos y satisfechos.

Pablo se da cuenta que este mensajero de Satanás, cualquiera que sea esta espina, es algo que Dios ha planificado en su vida, como su Padre celestial, para instruirlo en la humildad que es conforme a la semejanza de Cristo. ¿Has pensado alguna vez que no hubo nadie más humilde que Jesucristo? No hay hombre que haya sido más humilde que Jesucristo. Es Jesús quién dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas». Tomad el discipulado sobre vosotros y aprended [a tener] el corazón de Cristo. El Señor, su Padre, le está enseñando a [tener] el corazón de Cristo. Le está enseñando la humildad que conforme a la semejanza de Cristo.

La lección se otorga como una verdad axiomática, indiscutible, inquebrantable: «Mi poder se perfecciona en la debilidad». El poder cumple sus propósitos, alcanza su meta en el contexto de la debilidad. El poder del que se habla aquí es el poder del Señor. Existen algunas traducciones que incluyen el pronombre personal: «Mi poder se perfecciona en la debilidad». Sabemos que se refiere al poder de Cristo porque al final del versículo 9, se hace un paralelismo con el poder de Cristo. El axioma se puede expresar de la siguiente manera: Cristo demuestra Su poder en y por medio de siervos débiles, humildes y obedientes. Pablo se presenta a sí mismo como una demostración de esta verdad y ya le ha recordado a los corintios su propia debilidad personal.

Pero también les ha señalado a los corintios y les ha recordado la debilidad de ellos mismos. En 1 Corintios 1:26, les dice, en otras palabras, que miren a su alrededor a los que estaban con ellos en la congregación, que miren a quienes Dios había escogido: los débiles, necios, viles, despreciados, ¡«lo que no es»!

Pablo señala a la cruz de Jesucristo de manera especial. Ahí encontramos una ilustración de la debilidad. Tomemos una foto. ¡Miremos a Dios! Está maltratado, sangrando, lleno de moretones, desnudo, clavado en una cruz. Hay algo en nosotros que dice: «¡Señor, baja de ahí! ¡Esto es vergonzoso, débil, indignante, repugnante!» Pero es esencial para la comunicación del evangelio, para que nuestra salvación sea efectuada. Este es el calcañar de la simiente de la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente. Cuando el calcañar empieza a hundirse en la cabeza, los colmillos de la serpiente también entren en el calcañar y toda la imagen se embarra de sangre. Al principio, solamente vemos la sangre que emana del calcañar de la simiente de la mujer, pero después de tres días podemos oír que el cráneo de la serpiente comienza a agrietarse, porque este calcañar le pertenece al Cristo resucitado. En el poder de la resurrección, el calcañar le arranca la cabeza a la serpiente, el cráneo se hunde, y Cristo triunfa en la gloria de la resurrección.

Este es el método del Cordero. Es el método del ministerio cristiano. Es el método del discipulado cristiano. Es la manera en la que se nos llama a vencer. Es la manera en la que somos más que vencedores. Pablo sabe que esta es la forma en la que obra el poder de Dios. ¡Así es como obra el poder de Dios! Cuando él acepta, en humildad, la aflicción y la tribulación que viene de afuera, incluso cuando esa aflicción se pudiera considerar, con razón, como algo demoníaco por su energía, engaño y sus mentiras, incluso cuando se tiene que enfrentar, de forma muy inmediata, a la misma muerte. En esa debilidad, él entiende que se le otorgará la gracia divina y el poder divino y que causará en él la vida de la resurrección, o bien librándolo del peligro o sosteniéndolo [en medio de] ese peligro, o resucitándolo cuando haya muerto por causa de ese peligro. Porque, como sabemos, sí llegó un momento en el que la cabeza de Pablo fue separada de su cuerpo. [En ese momento], no fue librado de la muerte, pero recibió sostén en la muerte hacia la gloria de la resurrección.

Entonces esto es lo que Pablo dice en el versículo 9. Ayer, el Pastor Martin y yo meditamos sobre este asunto brevemente. Es algo muy difícil. [¿?]
Entonces Pablo afirma: «Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Corintios 12:10)».

«¡Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande! ¡Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos!» (Mateo 5:11-12).

¡Regocíjense! Hermanos, esto es difícil para mí. Necesito el poder de la resurrección en lo que concierne mi obediencia emocional a Jesucristo. El sufrimiento, bien. La frustración, bien. Las desilusiones, bien. Sé que todas estas cosas son parte de este camino y las sufro de buena gana. Pero espera un momento. ¡Regocíjate! ¿De veras? «[Señor], proporcióname sentimientos que sean según la resurrección. Líbrame de los pecados ministeriales de la queja crónica, la frustración crónica que no se aprovecha del poder y la gloria de nuestro Salvador resucitado».
Pablo dice: «Voy a jactarme alegremente delante de ustedes. Pondré una sonrisa en mi rostro y gustaré de la vida de la resurrección en mis emociones. Me jactaré de mis debilidades, no de mis logros, sino de mis debilidades. Porque este es el contexto en el cual el poder de Cristo mora en mí». Ahora, aquí tenemos una palabra interesante. La palabra «mora» es la palabra «tabernáculo». Es un sustantivo, «tabernáculo», que se ha convertido en un verbo. El poder de Cristo [hace un tabernáculo] en mí. En mi debilidad, en mi unión con el Cristo resucitado, en verdad soy transformado en un templo del Dios vivo. Me convierto en una tienda, ¡un tabernáculo en el cual está presente el Dios vivo! Cuando Él está presente, yo [recibo poder].

Algunas veces pienso en los israelitas mientras cruzaban el desierto y la presencia de Dios moraba en el tabernáculo. Era evidente que Dios estaba en el tabernáculo con los israelitas durante el día porque había una gran columna de nube que subía desde el tabernáculo hasta el cielo. Era evidente que la presencia de Dios estaba en el tabernáculo con los israelitas durante le noche, porque había una gran columna de fuego que subía del tabernáculo hasta los cielos.

Me imagino a los enemigos de Israel observándolos desde lejos, buscando un tiempo oportuno para atacarlos. Uno de ellos mira al otro y dice:

«Parecen vulnerables, pero que hace esa gran columna en medio de ellos? ¿Qué es eso? Nunca antes he visto algo así».

«Bueno, parece una nube, esperemos y regresemos de noche. Vamos a ver si podemos hacerles una emboscada entonces».

Regresan y la columna de nube se ha convertido en una columna de fuego. Miran sus lanzas y no se atreven a acercarse. Dios está con [su pueblo]. ¡Su Dios les otorga poder! Verdaderamente, pronto las naciones aprendieron que el Dios de Israel destruía a cada enemigo que Israel enfrentaba, porque Él [moraba] con ellos.

Esto es lo que nos dice Pablo. ¿Quieres que Dios more contigo? ¿Quieres que Dios more contigo, que more en ti? Entonces, acepta su método en el ministerio:

« Por eso me complazco en las debilidades… porque cuando soy débil, entonces soy fuerte».

Notemos que Pablo no dice: «Sí soy débil», sino que dice: «Cuando soy débil». Sigue en el versículo 10: «Por eso me complazco en las debilidades». La palabra «complazco» significa que piensa bien de ellas, que la valora como algo bueno. Considero que es otro sinónimo de la palabra «basta» en el versículo 9, esa suficiencia que Dios nos da para ser siervos del nuevo pacto en el capítulo 3:5-6. Nuevamente, Pablo enumera las cosas que hubieran sido ofensivas o repugnantes para los corintios. La debilidad, los insultos, la angustia, la persecución, las dificultades, todo por amor a Cristo, en unión con Cristo, y con la experiencia del poder de Cristo. Este es el poder, es esta palabra que tenemos aquí, «poder». El poder de la resurrección. «Mi poder». El poder que el Cristo resucitado les otorga a Sus siervos humildes, débiles, creyentes y obedientes.

Aplicación

¿Qué podemos decir como aplicación al concluir nuestro estudio?

1. Evitemos los métodos de enfrentar el sufrimiento que no son bíblicos ni cristianos.

La primera aplicación es esta: hermanos, evitemos los métodos de enfrentar el sufrimiento que no son bíblicos ni cristianos, especialmente aquellos de ustedes hermanos que trabajan en un ambiente en el cual el catolicismo predomina. Tu congregación queda expuesta a una perspectiva tergiversada del sufrimiento. La cultura al su alrededor transmite la idea que el sufrimiento, en sí mismo, es virtuoso y que cuando hay más sufrimiento, hay más virtud. Este concepto no es bíblico. El sufrimiento, por sí mismo, no es único al cristianismo! Sufrir como cristiano, sufrir en semejanza a Cristo, de manera cristiana— es sí es único. En muchos sentidos, la experiencia del sufrimiento es común a todos los hombres en nuestro estado caído, pero se nos llama a ciertas dimensiones de sufrimiento por amor a Cristo que son únicas. Necesitamos una perspectiva bíblica de esta experiencia de sufrimiento.

No enfrentamos el sufrimiento como los estoicos, buscando obtener dominio propio, el poder del pensamiento positivo y evadiendo cualquier angustia o dolor emocional. Esto no es lo que Pablo expresa. No es lo que David expresa cuando leemos los salmos. Sabemos que David sufre dolor. ¿Por qué? ¡Él clama! Expresa su angustia. Él sufre. No se cauteriza a sí mismo, no se vuelve insensible e incapaz de sentir dolor verdadero. Cuando sufrimos, ¡nos duele! Cuando pasamos por trauma, es traumático. Cuando tenemos necesidades, clamamos a Dios. No reprimimos estas cosas sino que las expresamos.

Cuando mis hijos eran pequeños y ocurría una tormenta eléctrica, yo sabía que estaban en cama, temblando entre las sábanas. No subía y les decía: «No tengan miedo, ¡cobardes de tres años!» No. Más bien les repetía el salmo: «El día en que temo, yo en ti confío». Hay muchas cosas en la vida que ocasionan temor. No le enseñamos a nuestros hijos a no tener miedo. Les enseñamos a ser obedientes aun cuando sienten temor. Tienes que poner tu confianza en el Señor y clamarle a Él. No cauterices tus emociones. Tienes que pedir que se te otorgue el gozo del poder de la resurrección en medio de la debilidad.

Por otro lado, no debes desarrollar un complejo de mártir que hace del sufrimiento el epítome de la virtud religiosa. Notemos que Pablo dice: «Cuando soy débil». Y no dice: «Sí soy débil». Si Pablo hubiera dicho «sí» soy debil, nos hubiera dejado con la impresión de que debemos buscar el sufrimiento, porque si no somos débiles, entonces no gozaremos de la comunión con el Salvador resucitado. De alguna manera, [esto haría] que la comunión con el Salvador resucitado dependa de que seamos débiles y suframos. Él no dice que debemos buscar el sufrimiento de forma activa, porque si no somos débiles y no estamos buscando el sufrimiento, entonces no gozaremos del poder de la comunión con Cristo quien mora con Su pueblo. No. No hemos de desarrollar un complejo de mártir o una teología de mártir. No hemos de buscar el sufrimiento de forma activa, pero hermanos, por otro lado, hemos de contar con el sufrimiento y que vendrá un tiempo en nuestras vidas cuando sufriremos.

La decisión de cómo sufriremos por Cristo no es nuestra. No tenemos la opción de escoger el tipo de sufrimiento que Cristo nos traerá y en el cual nos dirá que quiere que comuniquemos el poder de la resurrección en el contexto de ese sufrimiento que ha planificado para nuestras vidas. No tenemos la opción de escoger esto. No podemos acercarnos a Cristo y decirle: «Señor, no quiero este tipo de sufrimiento. Prefiero otro tipo de sufrimiento». Él nos dice que no, que debemos ir por el camino por el cual Él nos dirige.

Algunos de nosotros somos llamados a pastorear a nuestra congregación en el contexto del dolor de tener hijos incrédulos. Nuestra congregación lo sabe. Observan la manera en la que criamos a nuestros hijos. Escuchan nuestra predicación. Miran nuestras vidas. Saben que el tener un hijo incrédulo nos rompe el corazón, y a pesar de esto, escuchan una voz que se regocija, una voz que alaba. Es en medio de ese sufrimiento que demostramos el evangelio. No lo escogimos. Tal vez hubiéramos preferido otro tipo de sufrimiento, pero ese es el camino de discipulado que Cristo ha trazado para nosotros.

Algunos de nosotros sufrimos por la experiencia de la división en nuestra iglesia local: ruptura, desunión. Como pastores, esto rompe nuestros corazones. Entramos al aposento de oración con llanto, subimos al púlpito y nuestros corazones se rompen mientras que la sangre bombea fuertemente en la vena yugular, porque nuestras emociones están tan afectadas a causa del pueblo. Estás ejerciendo tu ministerio en medio del sufrimiento cuando sabes que hay alguien sentado allí que alberga pensamientos negativos hacia ti, y otro sentado allá que tiene conflicto con ese que está por acá, y que el otro sentado atrás está formando un grupito de calumniadores y chismosos. A pesar de esto, tienes que desplegar la victoria de la resurrección, y es un camino de sufrimiento. Puede ser que tú no hubieras escogido esto. No tienes la opción de escoger cuándo vendrá el sufrimiento. No tienes la opción de escoger cómo sufrirás, pero cuando sufras, ¡ten ánimo! ¡Ten ánimo! Este es nuestro segundo punto.
Cuando seas llamado al sufrimiento, percibe en él la oportunidad de ilustrar el evangelio.

Cuando sufras, debes comprender que Dios te ha otorgado una oportunidad para ser una ilustración del evangelio y hacer que esto sea algo evidente para los que te aman y están más cerca de ti. Este es mi reto. Algunas veces puedo mostrar una paz evangélica satisfactoria en frente de la congregación, pero mi pobre esposa ve lo peor de mí. ¿Soy capaz de verdaderamente y con gozo soportar el sufrimiento de manera que sea de edificación hasta para mi esposa? Debes ver esto como una oportunidad en la que la muerte y la resurrección de Cristo deben ser desplegadas por medio de tu humanidad como un vaso de barro.

Pablo no se da por vencido con este tema. Miremos lo que dice en 2 Corintios 13:4: «Porque ciertamente El fue crucificado por debilidad, pero vive por el poder de Dios. Así también nosotros somos débiles en El, sin embargo, viviremos con El por el poder de Dios para con vosotros». Él no se cansa de buscar nuestra unión con Cristo en Su sufrimiento y en Su resurrección.

¿Cómo podemos ilustrar el poder del evangelio cuando los demás nos están observando? Porque cuando sufrimos, ¡la gente nos está mirando! Que escuchen palabras de fe de nuestras bocas, palabras de contentamiento, palabras de esperanza, palabras de confianza. Que vean que gozamos de la gracia sustentadora de Cristo. Que no vean un despliegue de enojo impaciente, resentimiento vengativo, que acusa y señala a los demás. ¡Que Dios perdone nuestros pecados ministeriales!

El pueblo de Dios y los inconversos están observándonos cuando se nos coloca en el crisol de la aflicción. Dios nos está dando una oportunidad para ser derramados como un sacrificio a favor de otros, para que nuestras vidas y no solamente nuestra predicación, sino que nuestras vidas sean una comunicación del evangelio para el beneficio de los demás. Para que podamos decir: «Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos». Demostremos y declaremos el glorioso evangelio de Jesucristo en medio de nuestro sufrimiento.

Acerquémonos a Cristo en adoración.

Acércate a Cristo en adoración enérgica, porque es en medio de tu debilidad que Cristo mora contigo. Él está en el tabernáculo. Este es el lenguaje de la adoración. Es el lenguaje de la alabanza. Es el privilegio de acercarnos a Cristo, que está sentado sobre Su trono, e inclinarnos delante de Él en adoración y alabanza.

Creo que muchos de nosotros podemos dar testimonio de que verdaderamente nunca hemos gozado de la dulzura y el consuelo y la misericordia de Cristo más que cuando se nos ha conducido al crisol de la aflicción, en tiempos de sufrimiento intenso. ¿Por qué? Porque Él mora con nosotros. Cuando estés sufriendo, no huyas de Él. No trates de manejarlo todo por ti solo y después no te aires porque no puedes controlar la situación. No te enojes, culpando este o aquel o aquello que te ocurrió cuando tenías seis años. Pon los ojos en Cristo y goza de la presencia de Su Espíritu que mora en ti. Anímate al comprender que tu Padre te está llevando a la conformidad con Su Hijo, que te está conduciendo en el camino del Cordero, conformándote a Cristo en Su sufrimiento y en el poder de Su resurrección. Entonces en todas estas cosas, somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Amén.

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It has been a privilege to spend these days with you in conference ministry. One of the blessings of being last in the conference is that I can see how the Holy Spirit has sovereignly arranged the various speakers to bring different messages, and yet to sound many of the same notes, and to get a sense at the end of the conference that Christ has been with us, Christ has been speaking to us. He has given to us precious truths to refresh our souls, and to take home to our own congregations, that we might continue to minister as faithful servants in the house of God.

You know that when Paul came to Corinth he determined to focus upon one message, and that is Christ crucified, but he was not only responsible to proclaim the message. As we saw yesterday, he is also to embody the message, as well. Part of the embodiment of that message included Paul’s experience of suffering.

Paul was an Apostle. His apostleship was being questioned by the Christians at Corinth. They were thinking more like Corinthians than like Christians. They were offended at many things about Paul and his ministry. They didn’t like the way he looked. His appearance seemed weak, unattractive. They didn’t like the way he spoke. They were used to polished orators with particular rules that they followed to give their rhetoric, their speeches. Instead of going to movies, Corinthians would listen to orators and great speakers who were beautiful men, and who preached or spoke with eloquence. Paul was an ugly man, and his speech was offensive. The way Paul ministered was in contrast with all the values that were esteemed in Corinthian culture.

Today we want to focus on one particular aspect of Corinthian culture that Paul goes against. It’s this aspect of boasting. The Corinthian was trained to brag about himself. He was competitive. He would compete in everything and anything: sports, music, entertainments, speech, education, business. He was constantly competing, constantly promoting himself. Losers were mocked. Humility was seen as despicable weakness. The winner was made a celebrity. People would make statues of themselves, big portraits of themselves, bragging and boasting about their accomplishments, about their achievements, about themselves. They were involved in what you could call ‘self-olatry,’ the worship of self.

Today, especially, we’re going to see Paul take this practice of boasting, and turn it on its head. He begins to boast, but he boasts about the things that embarrass the Corinthians. He has a reason to do that, because he wants to draw them into their union with Jesus Christ in His crucifixion and in His resurrection.

We saw that Paul was given by God to be an exhibit, to be a spectacle. He compares himself to the gladiator who has given the thumbs down as the one who is defeated, and yet in that is the strategy of our victory; for it is through death that we embrace and experience resurrection life. Paul was given the charge of suffering. God gave him grace in his suffering, either to deliver him from suffering, as we saw, or to give him grace that sustained him in his suffering, which is what we’ll see in our studies today. There are many lessons for us from Paul and his experience of suffering.

1) Death and resurrection are simultaneous in Christian suffering (2 Cor. 4:7-12).

I want is to see—as we turn in our Bibles today to 2 Corinthians 4—that death and resurrection are experienced simultaneously in Christian suffering. 2 Corinthians 4:7-12, “But we have this treasure in earthen vessels, so that the surpassing greatness of the power will be of God and not from ourselves; we are afflicted in every way, but not crushed; perplexed, but not despairing; persecuted, but not forsaken; struck down, but not destroyed; always carrying about in the body the dying of Jesus, so that the life of Jesus also may be manifested in our body. For we who live are constantly being delivered over to death for Jesus’ sake, so that the life of Jesus also may be manifested in our mortal flesh.”

This point in the message was something of a fresh insight for me in my studies in preparation for this ministry. In our suffering, we are to experience simultaneously a union with Christ in His death, and the empowerment of the resurrection in our union with Christ in His resurrection. Now, we are inclined to think sequentially about suffering and resurrection, about death and resurrection. We’re inclined to say, “I’m in a time of suffering. I’m in a time of affliction, and after this time of affliction is over, then God will bring me into a time of restored and renewed resurrection victory. But I have to first now go through this ordeal of affliction.” It is true, when we look at redemptive history, that we are called first to suffer, and then to enter into resurrection glory.

That’s what Paul tells us in Romans 8:17, “If indeed we suffer with Him, in order that we might also be glorified with Him.” First, suffer with Him; second, be glorified with Him. In redemptive history, in the unfolding of God’s purposes in time, we indeed suffer first and are glorified second. But in ministerial suffering, in the experience of suffering, we are called to experience both an identification with Christ in His suffering and an identification with Christ in His resurrection power. They are simultaneous in our experience, because of the overlap of the ages, because we live in the realm of the already and the not-yet. Already being given the gift and ministry of the Holy Spirit; already united with Christ and seated with Christ in the heavenly places; already justified; already adopted. But not yet fully sanctified; not yet glorified in our bodies; not yet dwelling in the new Heaven and the new earth. It’s that tension that conditions our experience as Christians and as ministers, but it is that tension that explains how we are to experience both suffering and resurrection in the crucible of our afflictions.

William Edwards writes, “As Paul explains the dimensions of death and resurrection in ministry, they’re not experienced sequentially, but simultaneously.” In other words, Paul does not describe an experience of death that is then followed by an experience of resurrection. They’re not separate moments, or distinct occasions. Both are present at the same time.

This is clearly seen in 2 Corinthians 4:10-11, where Paul provides the key interpretive framework for these contrasting features that characterize his life and ministry. The whole of his experience is condensed in these words: “Always carrying in the body the death of Jesus, so that the life of Jesus may also be manifested in our bodies.” He continues, “For we who live are always being delivered over to death for Jesus’ sake, so that the life of Jesus also may be manifested in our mortal flesh.” It is not first death and then resurrection. The pattern is always death and also resurrection. Paul is not describing occasional moments, but the consistent pattern that frames his conception of ministry is grounded in Christ’s death and resurrection. In other words, resurrection moments in ministry only occur when accompanied by experiences that may rightly be characterized as death, but likewise there is no experience of death that also will not include the life-sustaining power of Christ’s resurrection for those who serve Him.

Paul’s experience is not truly understood until this is grasped, nor will ours be unless we similarly interpret life in the ministry as a display that always includes the simultaneous show of Christ’s death and resurrection. I found that helpful and insightful. We learned last time that we are called to suffer and the reward will be our glory, that’s the fundamental foundation of redemptive history, but we are learning now, on this occasion, that we draw from both the death and the resurrection of Christ in our experience of ministerial suffering.

When we are brought to experience that which feels like death in suffering for Christ, we are immediately encouraged, because we are united to the risen Christ. The only people that are interested in a resurrected Lord are dead people. No one is interested in resurrection unless they first die, but the resurrection is not effectual until or unless someone dies. So, they are held together in our experience of ministerial suffering. In Christ, two eschatological events have transpired. He died, and in His death was the end of life in this present age. He also rose again, and in His resurrection is the beginning of life in the age to come. Those two experiences of Christ are ours. We are united to Him in His death and in His resurrection. We make testimony and display of that in the waters of baptism. Our union with Christ in His death and resurrection is the defining reality of our lives as Christians, and the pattern of our ministry as pastors.

Do you know what the first commandment is that Paul gives to the church in Rome? The first time in the letter to the Romans that he uses an imperative verb is in Romans 6:11, “Even so, consider yourself to be dead to sin, but alive to God in Christ Jesus.” This is how you must define yourself. You are dead in Christ to sin, you are united to Christ in all that He experienced, as being hated by the world. Again, as we saw last time, we are united in all that he experienced in his suffering. We are dead in Christ, but we are also united with Him, alive in Christ unto God, that we might live a life of resurrection power and victory, bearing fruit harvestable to the age to come, even now in this present age.

You notice that in this chapter, Paul tells us in verse 5, “We do not preach ourselves, but Christ Jesus as Lord, and ourselves as your bond-servants for Jesus’ sake.” So, in verse 7 Paul starts preaching himself as a bondservant. He tells them that he has a treasure, and that, I believe, is a reference to the gospel that he mentions in verse 3. This gospel in entrusted to Paul. It’s entrusted to him as an earthen vessel. He himself is the media through which this gospel is communicated, not only in his speaking, but even in his persona and his personal experiences in the ministry. This gospel is the power of God that was at work in Creation. The God who said, “Let there be light,” is the God who gives light to open our eyes, that we would see the glory of God revealed in the face of Jesus Christ. This is the power of life; this is the power of resurrection. It is the power to overcome the deception and the lies that are perpetrated by the Evil One. Power to overcome the death that grips those whose eyes are blinded and who are now perishing.

Everything about Paul was a communication of this powerful gospel: the gospel of Christ’s death and resurrection. Paul—as the vehicle through which this message is communicated—is a demonstration of weakness, a demonstration of crucifixion, a demonstration of death. It’s against the dark backdrop of that union with Christ in the cross that the power and light and life of the resurrection is made all the more vivid and all the more evident. You see it in the contrast in verse 10 and verse 11. Notice, these are experienced simultaneously. Paul does not say first and then second; he says both and simultaneously. Identified with the death of Christ, afflicted, and simultaneously united in the life of Christ, but not crushed. “Perplexed, but not despairing; persecuted, but not forsaken; struck down, but not destroyed.” Simultaneous union with Christ in His death and in His resurrection.

Scott Hafemann, in his commentary, writes on this verse, “Here Paul explicitly associates his suffering with the death of Jesus itself. In each case, Paul views his suffering to be a divinely orchestrated death, that like the cross of Christ, performs a revelatory function.” Most of the verbs in verse 10 are passive. Action is being done to Paul. You might ask who’s doing the action? Who’s acting upon Paul? Who’s bringing Paul into this affliction while at the same time sustaining him, that he’s not crushed? Who’s bringing Paul into this perplexity, while at the same time sustaining him, that he’s not being overwhelmed with despair? Who’s doing the action, if Paul is the passive recipient of this action? Well, the answer is: God.

These are divinely orchestrated experiences of suffering, so that in that context Paul himself, as an earthen vessel, becomes a demonstration of resurrection life and power. Unlike his experience in Asia that we looked at yesterday, where God delivered him, although Paul was convinced he was as good as dead. Unlike that, now Paul is brought into a prolonged experience of suffering. Notice how he describes it in verse 10. He speaks of his union in the dying of Jesus. Nekrosin, in the original; not thanatos, death itself, but this is a process of dying. It’s a continued and constant activity that characterizes Paul’s experience. Notice he says, “Always carrying,” and, “Constantly being delivered over to death.” It’s as though Paul describes himself as the very cross of Christ itself always carrying about the body of Jesus. He’s so united to Christ in his suffering, that he defines his suffering in terms of the cross itself.

C.K. Barrett, in his commentary, says, “One who observed Paul’s life as an Apostle would see constantly repeated a process analogous to the killing of Jesus.” The message of this crucified cross is conveyed, therefore, in Paul’s physical body. You would look at Paul, and you would get an illustration of something that looked crucified, that looked beaten. That’s how he describes himself when he tells us, in chapter 11 of 2 Corinthians, about his beatings and his lashings and his having been several times stoned. You would have seen scars on the body of the Apostle Paul!

He writes to the church in Galatians and tells them, “I bear on my body the brand marks of Jesus Christ.” You see, Paul wasn’t beaten because he was Paul. He was beaten because of his union with Christ, because of his message of Christ crucified, because he was called as an Apostle to suffer for Christ’s sake, and his suffering was to be itself a communication of the gospel of Jesus Christ.

When you would look at Paul you would see a man who was alive, but who, for all appearances, should have been dead. When he would tell you about his experiences, he wouldn’t tell you about, “Oh, I went and I planted this church here. I spoke to thousands of people here.” No. He said, “I was shipwrecked; I was beaten; I was starving; I was naked.” Humiliating things! Near-death experiences! And yet, never had you met a man more energetic in the gospel. “Working harder than the rest,” he says. A man who was tenacious. A man who was vibrant in his faith, in his hope, and in his love.

You see, while Paul is experiencing the suffering—notice what he says—while he is carrying, as it were, the body of Jesus in this earthen vessel, he is simultaneously demonstrating the power of the resurrection. Why does he experience this suffering? Verse 10, “So that the life of Jesus also may be manifested in our body.” Again, in verse 11, “So that the life of Jesus also may be manifested in our mortal flesh.” It’s not so that later on, afterward, secondly, we will then sometime later experience the power and life of Jesus. No. He says, “Also.” While I am in the midst of suffering, I am being sustained and enabled and empowered by the God who raises the dead, and by the risen Christ Himself. How is that life manifested? How is it made visible? How is it made something that we can see? Because the man perseveres! He continues, not crushed, not despairing, not forsaken, not destroyed.

That is our challenge in the ministry! To lay ahold of resurrection life. Not merely after we’ve experienced a period of suffering, but to lay ahold of resurrection life in the midst of the suffering itself. By faith, to make clear in verbal expressions, in emotional dispositions, and behavior patterns, to make it evident that although we are suffering, we are alive. We are alive in the risen Jesus Christ. If we don’t demonstrate that life, we give a distortion of the gospel, because we do communicate the gospel as pastors. Our personalities convey the gospel; our personal relationships convey the gospel; our lifestyles convey the gospel. You never stop being a pastor. You know that, right? If you are selling widgets, you would punch out at 5 o’clock and say, “I don’t sell widgets now. I go home, put on my husband hat, put on my daddy hat. I take off my widget-selling hat.” You never take off your pastor’s hat. It’s the life that you live. It’s who you are. It’s 24/7. You, as an earthen vessel, communicate the gospel.

If you think of suffering merely sequentially—first I’m going to suffer, then I will experience resurrection power—you will give a distorted view of the gospel. The picture that you will communicate is one of Jesus constantly hanging on the cross. There is a Christianity that’s like that. Roman Catholicism has Christ on a stick constantly on the cross, and suffering becomes the epitome of religious virtue. Yes, we will suffer, but we are in union with the risen Christ in the midst of the suffering. We don’t just present Christ on the cross. We do, but never apart from the demonstration of the risen Christ who is exalted in the right hand of our Father.

Here’s the reason. In 2 Corinthians 4:12 we read, “So death works in us, but life in you.” Again, Paul’s suffering was certainly sanctifying. It certainly was a crucible to enrich his faith, but as a pastor, as a minister, suffering is for the benefit of our people. Suffering is a context in which we are called to communicate the gospel, and to demonstrate living faith. It is to show, by our own experience, that we are overcomers, that we triumph over death, opposition, and the suffering of this present age. We too are going to suffer, and we must, in that suffering, prove our faith to be more precious than gold. Even though tested by fire, as Peter tells us in 1 Peter 1:6.

We need to understand that not only do our people listen to us when we speak from the pulpit, but they see us live our lives. They know the situation in which we are experiencing our own discipleship, and walk with Jesus Christ. We are to be a visual aid for them. We’re to stand against the idolatries that characterize our culture, the way Paul stood against the idolatries of Corinthian culture. In a culture that worships mammon; in a culture that pursues pleasure; in a culture that extols man and man’s achievements above God.

We are to follow Christ, and in this culture, with those cultural values, we will experience opposition. But remember what Christ has told us, “Blessed are those who have been persecuted for the sake of righteousness, for theirs is the kingdom of heaven. Blessed are you when people insult you and persecute you, and say all kinds of evil against you falsely, because of Me. Rejoice and be glad, for your reward in heaven is great; for in the same way they persecuted the prophets who were before you.”

We see first today, that death and resurrection are simultaneously experiences in suffering.

2) God’s grace is sufficient in suffering (2 Cor. 12:9-10).

Secondly, as we turn to 2 Corinthians 12, we consider that God’s grace is sufficient for us in suffering. 2 Corinthians 12:9-10, And He has said to me, “My grace is sufficient for you, for power is perfected in weakness.” Most gladly, therefore, I will rather boast about my weaknesses, so that the power of Christ may dwell in me. Therefore I am well content with weaknesses, with insults, with distresses, with persecutions, with difficulties, for Christ’s sake; for when I am weak, then I am strong.”

Phillip Hughes comments, “This is the summit of the epistle, the lofty peak from which the whole is viewed in pure proportion. From this vantage point, the entire range of Paul’s apostleship is seen and focused.”

Scott Hafeman says, “Thus the revelation of Christ’s power in Paul’s weakness (v. 9b) and Paul’s consequent contentment (v.10a) form the high point of his argument in this passage, and in so doing, provide a summary of the theological substructure of 2 Corinthians as a whole.”

Scholars point to this text and say, “This is how you’re to understand what Paul says to the church in Corinth.” This is what’s driving him. We saw last time, as he begins this second epistle, that right at the very beginning he brings to them a reminder of his near-death experience! Why? He constantly puts before them depictions of his weakness, depictions of his sufferings, and he knows he’s grating on their nerves. He’s offending their cultural sensibilities, and he’s doing so because he has to break through Corinthians culture to convince them to be followers of Christ crucified. In union with Christ, they experience the life of the risen Christ.

In verse 1, he tweaks it again. He’s been saying this constantly, but just to point it out he says, “Boasting is necessary.” Now, conveniently they might say, “Finally, he’s starting to be like one of us! Boasting!” To the Corinthian, he has become a Corinthian, and he’s going to boast. But they probably realize by now that whenever Paul says that, he’s using irony. He’s saying it sarcastically. In fact “boasting is necessary” could be a Corinthian slogan. That could be something that you saw on a bumper sticker on a chariot when you went down Main St. in Corinth. That was one of their cultural values. If you’re going to be anybody, you better boast about yourself. You better brag about yourself. You better look after number one!

Paul says, “Ok, I’ll continue this boasting.” Now, remember, he’s just finished in chapter 11 with this whole litany of his beatings and stonings and shipwrecks and hungers and all of the events that brought him nigh unto death. So, he says, “Alright, I’ll say some more things about boasting.” What does he talk about? “I was given a vision.” Again, they would be on the edge of their seats, because the false prophets claimed visions. “What’s Paul going to tell us about his vision? What is he going to tell us about his vision?” The answer is nothing. Nothing. He even begins by talking about himself in the third person. “I know a man,” but we realize later that he’s talking about himself. He doesn’t tell us what he saw. He tells us he heard words, but he doesn’t record a single word that Jesus spoke to him in that vision. But when we come to verse 9 he records every word that Jesus says to him, in the context of his suffering. That would have totally befuddled the Corinthians. They would think Paul would be silent about his suffering, and that he would tell us everything Jesus said to him in his vision, but he does the exact opposite.

He says, “It’s necessary in order that you might understand these false prophets who claimed visions. I know a man who had a vision. Yes, it was me. But I do not minister to you from my vision.” Did you know that Paul never preaches anything that he saw in that vision? He never begins one of his messages and says, “I have words to you from Jesus that I received when I had my vision.” He never says that. He preaches from his Old Testament in redemptive history. He draws upon his experience of meeting Jesus on the Damascus road. It’s very interesting to realize that when Paul talks about Jesus, he talks about Jesus in His glorification. Paul never knew Jesus in His humiliation. He met Him on the Damascus road. He has the most exalted Christology.

He will also draw upon the early church traditions of Jesus’ life and sayings, but he never preaches from his vision. It’s necessary in order to shut the mouths of these false prophets to say, “I had a vision.” They’re expecting him to say, “Ok, tell us what Jesus told you in the vision.” “I’m not permitted to say it, but I’ll tell you what He said in answer to my prayers.” He records those words, and they hear those words in the context of Paul, the earthen vessel, the weak, ugly, suffering Apostle.

You know that in verse 7 he makes mention of this thorn. He says, “Because of the surpassing greatness of the revelations, for this reason, to keep me from exalting myself, there was given me a thorn in the flesh, a messenger of Satan to torment me—to keep me from exalting myself!”

What is this thorn? Well, some say it’s a messenger from Satan, an Angelus, an angel from Satan. It’s a demon! Some say, “No. The thorn in his flesh were the false apostles. The enemies that had infiltrated the church in Corinth.” Others say, “No. It was a chronic, physical illness of some kind. Perhaps migraine headaches. Perhaps his problem with his eyesight.” You remember he told the Corinthians that they would have given him their eyes if they were able. Frankly, we don’t know what the thorn is. We don’t know what it is. Pastor Jeff Smith and I were speaking this morning at breakfast, and Pastor Smith commented, “It’s a good thing we don’t know what the thorn is!” Because it is not identified, we are all able to identify with it. We are all able to come to terms with what our thorn might be.

Now, this is a thorn that caused Paul’s suffering for over fourteen years, because in verse 1 he says, “Fourteen years ago I received this vision.” He tells us that on the occasion of having been given that vision he was also given this thorn. The lesson, the reason, was why? It says it twice in verse 7. Remember, when something is repeated in Scripture it’s emphasized. They didn’t have italics. They didn’t have bold. They couldn’t enlarge the font to 14 font, or capitalize letters. So, they repeated it in order to make the emphasis to the ear. He tells you why this thorn was given. It;s at the very essence of what he’s communicating to the Corinthian church. Why? “To keep me from exalting myself.” “To make sure that the last thing I am going to be is a bragging, boasting Corinthian. To keep me in a posture of humility.”

Notice again, that this thorn was given to Paul. It was a messenger from Satan, but it was given to Paul. Who’s doing the giving? God. God is the One who’s giving it. You see, this is like Job. Satan had liberty to cause all kinds of suffering having been given to Job. This is like Christian coming into the house of the interpreter. That little beam of light that shines in his path from the open door, and he hears the roaring of the lion and feels the wind of their claws coming near his head, but he knows the lions are chained. They’re kept under the sovereign purposes of God. It’s given to overcome his fear and walk down that straight, little, narrow light while the paws come close, but he pursues obedience, perseveres, and presses on.

So too this thorn is given. It’s designed from the Evil One. It’s evil, but it is given so as to keep Paul from exalting himself. The lesson is humility. Humility. It’s crucial that the Corinthians understand this, and it’s crucial that we in the ministry understand this!

Brethren, we can be so Corinthian, so American! “Where did you go to school? How many people are in your church? What conferences have you been invited to?” Pretty soon we’re competing with each other, and Paul says that’s not the way we boast in the Kingdom. “You want me to boast? I’ll tell you about God’s grace sustaining me in my sufferings. I boast in the cross of Christ.” The lesson is that of humility. We need to understand, brethren, the power of the gospel. The life-transforming power of God’s gospel is not powerful in the context of human pride.

“For thus says the high and exalted One who lives forever, whose name is holy. I dwell in a high and holy place, and also with the contrite and lowly spirit. In order to revive the spirit of the lowly and to revive the heart of the contrite.” (Isaiah 57:15.)

“But to this one I will look, to him who is humble and contrite of spirit, and who trembles at My word.” (Isaiah 66:2.)

Paul is an earthen vessel. That means he’s a cheap vase. He’s easily broken. He’s expendable. You break an earthen vessel, you could throw it away and replace it with another one. Paul was a plastic cup. You’re done with it, and you throw it away. Yet, in that plastic cup is the water of life; the communication of the gospel.

Timothy Savage, has a very helpful volume that is entitled Power Through Weakness: Paul’s Understanding of the Christian Ministry in 2 Corinthians. He writes, “Where there is pride and arrogance there cannot, by definition, be divine power.”

As his Master, who in Gethsemane prayed three times, so in verse 8, Paul implored the Lord three times. After that third petitioning, he came to the conclusion given to him by Christ. Verse 9, “My grace is sufficient for you, for power is perfected in weakness.” The word ‘sufficient’ means ‘adequate, satisfying.’ This word is translated elsewhere with the word ‘content.’ A synonym of this word is found in 2 Corinthians 3:5-6. “Not that we are adequate in ourselves to consider anything as coming from ourselves, but our adequacy is from God, who also made us adequate as servants of a new covenant.” Adequate by grace; grace that is sufficient; grace in which we can be content and satisfied.

Paul realizes that this messenger from Satan—whatever this thorn is—is something that God has orchestrated in his life, as His heavenly Father, to instruct him in Christ-like humility. Have you ever thought that there was none more humble than Jesus Christ? No man was ever more humble than Jesus Christ. It’s Jesus who says, “Learn of Me, for I am meek and lowly of heart. Take My yoke upon you.” Take discipleship upon you and learn the heart of Christ. The Lord, his Father, is teaching him the heart of Christ. He’s teaching him Christ-like humility.

The lesson comes as an axiomatic truth, as an undisputable, unbreakable truth. “For power is perfected in weakness.” Power accomplishes its purposes, comes to its goal in the context of weakness. The power here is the Lord’s power. There are some translations that include the personal pronoun, “My power is perfected in weakness.” We know that it’s Christ’s power, because it’s paralleled with the power of Christ, at the end of verse 9. The axiom can be stated in this way: Christ displays His power in and through weak, humble, obedient servants. Paul points to himself as a demonstration of this truth, and has reminded the Corinthians of his own, personal weakness.

But he has also pointed to the Corinthians and reminded them of their own weakness, as well. In 1 Corinthians 1:26 he says to them in effect: look around and see who is with you in the congregation. Look who God has chosen. The weak, the foolish, the base, the despised, the things that are not!

Paul especially points to the cross of Jesus Christ. There is a picture of weakness. Take the snapshot. Look at your God! Battered, bleeding, bruised, naked, impaled upon a cross. There’s something in you that says, “Lord, get down from there! That’s embarrassing! That’s weak! That’s repulsive! That’s disgusting!” But that’s essential to the communication of the gospel, to the accomplishment of our salvation. That is the heel of the seed of the woman coming down on the head of the serpent. As that heel begins to come down on the head, the fangs go into the heel, and the whole picture becomes a bloody mess. At first, the only blood you see is the blood of the heel of the seed of the woman, but after three days you hear a cranium begin to crack, because that heel belongs to the risen Christ. In resurrection power, that heel pushes off the head of the serpent, and his skull collapses, and Christ, in resurrection glory, overcomes.

That’s the way of the Lamb. That’s the way of Christian ministry. That’s the way of Christian discipleship. That’s the way in which we are called to overcome. That’s the way in which we are more than conquerors. Paul knows this is how the power of God works. This is how the power of God works! It’s when he embraces, in humility, the affliction and the tribulation that comes from outside, even when that affliction could be rightly seen as demonic in its energy and its deception and its lies, even when he has to confront, in a very immediate sense, his own death. In that weakness he understands that he will be given divine grace and divine power, and it will effect resurrection life in him either by delivering him from that threat, or sustaining him from that threat, or resurrecting him after that threat has actually killed him. Because, you know, there did come a time when Paul’s head was taken off of his shoulders. He wasn’t delivered, but he was sustained through death unto the glory of the resurrection.

So, that’s why Paul says that in verse 9. Pastor Martin and I reflected upon this briefly yesterday. This is so challenging. At this point we can say, “Ok, I see it. I see the cross, and resurrection. I get it.”

Then Paul says, “Most gladly, therefore, I will rather boast about my weaknesses, so that the power of Christ may dwell in me.” (2 Corinthians 12:10.)

“Rejoice and be glad, for your reward in Heaven is great!” “Blessed are you when you’re persecuted!” (Matthew 5:11-12.)

Be happy! This is a challenge for me, brethren. How I need resurrection power in my emotional obedience to Jesus Christ. Suffering. Okay. Frustration. Alright. Disappointments. Alright. I know what I’ve signed up for. Most gladly. Wait a minute. Rejoice! Really? Give me resurrection emotions. Deliver me from ministerial sins of chronic complaining, and chronic frustration that doesn’t tap into the power and glory of our risen Saviour.

Paul says, “I am going to gladly boast to you. I’m going to put a smile on my face and experience resurrection life in my emotions, and I’m going to boast about my weaknesses, not my accomplishments, but my weaknesses. Because that’s the context in which the power of Christ dwells in me.” Now, here is an interesting word. This word ‘dwell’ is the word ‘tabernacle.’ It’s a noun, ‘tabernacle,’ turned into a verb. The power of Christ tabernacles in me. In my weakness, in my union with the risen Christ, I truly become a temple of the Living God. I become a tent, a tabernacle in which the Living God is present! When He is present, I am empowered.

I sometimes think of the Israelites moving across the desert, and the presence of God dwells in the tabernacle. You would know that God was tabernacling with the Israelites during the day, because there was a huge pillar of cloud that went up from the tabernacle into the heavens. You knew that the presence of God was tabernacling with the Israelites at night, because there was a huge pillar of fire that went up from the tabernacle into the heavens.

I can just imagine some of the enemies of Israel watching them from a distance, looking for an opportune time to make an attack. One of them looks to the other one and saying, “They look vulnerable, but what’s that big pillar in the middle doing? What is that? I’ve never seen that before?” “Well, it looks like a cloud, let’s wait and come back tonight. We’ll see if we can ambush them then.” They come back and now it’s turned into a pillar of fire! They look at their spears and arrows and think, “I am not going near this thing. Their God dwells with them. Their God is empowering them!” Indeed, the nations soon learned that the God of Israel was destroying every enemy that the Israelites confronted, because He tabernacled with them. He tabernacled with them.

That’s what Paul was telling us. Do you want the dwelling of God? Do you want God to dwell with you, to dwell in you? Then embrace this way of ministry: “Most gladly I will boast in my weaknesses, because when I am weak, then I am strong.”

Now notice, Paul doesn’t say, “If I am weak,” but, “When I am weak.” He goes on in verse 10 to say, “Therefore, I am well content with weaknesses.” The word ‘content’ means ‘I think good about it.’ ‘I value it as something good.’ I see it as another synonym as that sufficiency in verse 9; that adequacy that God gives us to be servants of the New Covenant in chapter 3:5-6. Again, Paul lists these things that would have been very offensive or impulsive to the Corinthian. Weakness, insult, distress, persecution, difficulties, but all for the sake of Christ, and in union with Christ, experiencing the strength of Christ. That’s the power. It’s the word ‘power’ there. Resurrection power. “My power.” The power of the risen Christ is given to His humble, weak, believing, obedient servants.

Application.

What can we say by way of application as we conclude our study?

1. Avoid non-biblical, non-Christian approaches to suffering.

The first is this: brethren, avoid non-biblical, non-Christian approaches to suffering, especially you brothers who labor in predominantly Roman-Catholic contexts. Your people are exposed to a twisted view of suffering. Their culture communicates the idea that suffering, in and of itself, is virtuous, and the more suffering, the more virtue. That is an unbiblical notion. Suffering, in and of itself, is not uniquely Christian! Suffering as a Christian, suffering Christ-like, Christianly—that is unique. The experience of suffering, in many ways, is common to all men in our fallen place, but we are called to certain dimensions of suffering for Christ’s sake which are unique. We need to have biblical perspective on this experience of suffering.

We do not approach suffering like the Stoics, endeavoring to obtain self-mastery, the power of positive thinking, and fending off any emotional distress or pain. That’s not what Paul articulates. That’s not what David expresses when you read the Psalms. You know David is experiencing pain. Why? He’s crying out! He’s expressing his distress. He’s experiencing the suffering. He doesn’t cauterize himself, and render himself unfeeling and unable to enter into real pain. When we suffer, we hurt! When we experience trauma, it’s traumatic. When we have needs, we cry out to God. We don’t suppress those things, we express them.

When my children were young, and we would get a thunderstorm, I knew they were up in bed, quaking in their sheets. I would go up and tell them, “Don’t you be afraid, you three year old sissy!” No. You would repeat the Psalm, “When I am afraid, I would put my trust in Thee.” There are a lot of things in life that are scary. You don’t teach the child, “Don’t be afraid.” You teach the child how to be obedient when he experiences fear. You put your trust in the Lord, and you cry out to the Lord. You don’t cauterize your emotions. You ask for the experience of resurrection power in the midst of the weakness.

You don’t develop, on the other hand, a martyr complex in which you make suffering into the epitome of religious virtue. Notice, “When I am weak.” It’s not, “If I am weak.” If Paul says, “If I am weak, you would get the impression of, “I better pursue suffering, because unless I am weak, I am not going to experience communion with the risen Saviour. Somehow, my communion with the risen Saviour is contingent on my becoming weak and suffering.” He doesn’t say, “I want you to actively pursue suffering, because unless you are weak and pursuing suffering, you will not experience the communing power of Christ who tabernacles with His people.” No. We’re not to develop a martyr complex or a martyr theology. We’re not to actively seek suffering, but brethren, on the other hand, we are to expect that we will suffer, that there will be a ‘when’ in our lives.

We don’t get to decide how we are to suffer for Christ. We don’t get to choose the kind of suffering that Christ is going to bring to us and say, “I want you to communicate the power of the resurrection in the context of this suffering that I am orchestrating in your life.” We don’t get to choose that. We don’t get to come to Christ and say, “Lord, I don’t want this kind of suffering. I prefer to have this kind of suffering.” He says, “No. You will go the way that I will direct for you.”

For some of us, we’re called to pastor our people in the context of the pain of having unbelieving children. Our people know that. They see our parenting; they hear our preaching; they see our lives. They know that having an unbelieving child breaks our hearts, and yet they hear the voice of rejoicing, they hear the voice of praise. It’s in the midst of that suffering that we display the gospel. We didn’t chose that. We might have chosen some other course of suffering, but that’s the path of discipleship Christ has laid out for us.

Some of us experience the division in the local church: disruption, disunity. As a shepherd, it breaks our hearts. We come into the prayer closet weeping, and we come into the pulpit with our hearts breaking with the thumping up in the jugular vein, because your emotions are so rung out for the people. You’re ministering in a time of suffering when you know that that one sitting there is harboring ill thoughts towards you, and that one sitting there is in conflict with that one over there, and that one back there is gathering a little group of slanderers and gossipers. Yet, you are to display the triumph of the resurrection, and it’s a path of suffering. You maybe wouldn’t have chosen that. You don’t get to choose when, and you don’t get to choose the nature of your suffering, but when you suffer, be encouraged! Be encouraged! That’s our second point.

2. When you are called to suffer, perceive the opportunity to illustrate the gospel.

When you suffer, understand that God has given you an opportunity to be an illustration of the gospel, and to make it evident to those who love you, nearest to you. That’s my challenge. I am sometimes able to demonstrate reasonable gospel peace in front of my people, but my poor wife hears me at my worst. Can I truly, with gladness, endure suffering that will even edify my wife? See this as an occasion in which Christ’s death and resurrection is to be displayed in my humanity, as an earthen vessel!

Paul does not give up on this theme. Look what he says in 2 Corinthians 13:4. “For indeed He was crucified because of weakness, yet He lives because of the power of God. For we also are weak in Him, yet we will live with Him because of the power of God directed toward you.” He is relentless in his pursuit of our union with Christ in His suffering and in His resurrection.

How can we illustrate the power of the gospel when others are watching us? Because when we suffer, others watch us! Let them hear words of faith from us, words of contentment, words of cope, words of confidence. Let them see that we are experiencing the sustaining grace of Christ. Let us not display impatient anger, retaliatory resentment, and accusing blame-shifting! May God forgive our pastoral sins!

The people of God and the unconverted are watching when we are brought into crucibles of affliction. God is giving us an opportunity to be poured out as a sacrifice for the sake of others, so that our lives, not only our preaching, but our lives would be a communication of the gospel for the benefit of others. So that we might say, “Afflicted, but not crushed; perplexed, but not departing; persecuted, but not forsaken; struck down, but not destroyed.” Demonstrate and declare the glorious gospel of Jesus Christ in the midst of your suffering.

3. Draw near to Christ in worship.

Draw near to Christ in vigorous worship, because it is in the midst of your weakness that Christ tabernacles with you. He tabernacles. It’s the language of worship. It’s the language of praise. It’s the privilege of drawing near to Christ—as He is exalted upon His throne—and bowing down, worshiping, and adoring Him.

I believe there are many of us that would give testimony to the truth: that we’ve never experienced the sweetness and the comfort and the mercy of Christ more than when we’ve been brought into the crucibles of affliction, and times of intense suffering. Why is that? Because He tabernacles with you. When you’re in pain, don’t run from Him. Don’t try to handle it on your own, and get all mad and angry because you can’t control the situation. Don’t be getting angry, blaming this one and blaming that one and blaming something that happened to you when you were six. Put your eyes upon Christ, and experience the indwelling presence of His Spirit. Be invigorated with the realization that your Father is bringing you into conformity with His Son, and taking you down the way of the Lamb; conforming you to Christ in His sufferings and in the power of His resurrection. So that in all these things, we are more than conquerors through Him who loves us. Amen.

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2015 Pastors’ Conference | Ministerial Suffering (1)

El sufrimiento en el ministerio I

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El sufrimiento en el ministerio I

Dr. Alan J. Dunn

Inclinemos nuestros rostros en oración y pidamos la gracia de Dios sobre el tiempo que compartiremos en Su Palabra.

Nuestro bondadoso Padre, imploramos en Tu nombre por medio de la fe en Cristo Jesús. Nuestros ojos están puestos sobre nuestro exaltado Salvador y ahí vemos al Cordero de pie, como inmolado. Imploramos que nos enseñes cómo hemos de ministrar este evangelio, no solamente con nuestras palabras, sino por medio de nuestras vidas y nuestras experiencias. Consuélanos, fortalécenos en nuestra debilidad y úsanos para la gloria de Cristo Jesús, esta es nuestra oración. Amén.

Hablaré sobre el tema del sufrimiento ministerial. Vamos a considerar el tema de los escritos de Pablo a la iglesia en Corinto de forma particular. Su argumentación es que sus sufrimientos demuestran que él es un apóstol de Jesucristo, en contraste con los falsos apóstoles que se habían introducido en la iglesia y que tentaban a la iglesia para que dejara su relación con Pablo y su confianza en el evangelio.

Ahora, antes de entrar en este tema, quiero empezar afirmando que estoy convencido que el estar en el ministerio es un privilegio. Digo como el apóstol: «Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me ha fortalecido, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio» (1 Timoteo 1:12). Me regocijo en el privilegio de ser un ministro del evangelio de Jesucristo. A menudo le doy gracias a Dios por el tipo de trabajo que me ha puesto a hacer. Los hombres en mi iglesia trabajan «como para el Señor» (Colosenses 3:23), pero su trabajo no tiene la importancia eterna que el mío posee. Con frecuencia tienen que salir de sus hogares muy temprano, viajar una hora hacia el trabajo y después viajar de regreso a casa por la noche. Llevan a cabo su labor en un ambiente laboral donde están rodeados de incrédulos, a menudo en un contexto de hostilidad donde existen agendas que se oponen intencionalmente a las cosas de Cristo. A medida que envejecen, se enfrentan con la inseguridad laboral. Muchos de estos asuntos que atormentan a mis hermanos no me tocan a mí.

Puedo estudiar la Palabra de Dios y orar. Puedo hablarles a las personas acerca de Aquel a quien amo sobre todas las cosas y también acerca de las cosas más importantes y más apremiantes. Disfruto de la oportunidad de tener comunión con el pueblo de Dios, no solamente en mi propia congregación, sino también en otras congregaciones. «En cuanto a los santos que están en la tierra, ellos son los nobles en quienes está toda mi delicia» (Salmo 16:3). No hay gente como la gente de Cristo y es un privilegio el trabajar entre el pueblo de Cristo y ser un ministro del evangelio de Jesucristo.

Estos privilegios conllevan sus retos. El ministerio pastoral tiene sus propios espinos y abrojos peculiares, pero quiero comenzar nuestro estudio sobre el sufrimiento ministerial con esta nota de gratitud a Jesucristo por el privilegio de haberme colocado en el ministerio. Nuestra labor no es en vano, hermanos, y es un privilegio.

A pesar de esto, existen dimensiones en nuestra labor como pastores que son únicas al ministerio pastoral. Esa dimensión única tiene que ver con el corazón de un pastor. Los hombres a quienes se les ha otorgado un corazón pastoral también son llamados a una experiencia única de sufrimiento ministerial. El verdadero pastor no es un asalariado, sino que les importan las ovejas, como nos dice Jesús en Juan 10:13.

Pablo describe el ministerio que llevó a cabo en la iglesia en Gálatas. En Gálatas 4:19, él dice: «Hijos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros». Compara el ministerio pastoral a una mujer que tiene dolores de parto, que está sufriendo las contracciones de dar a luz a un hijo. Estas son contracciones dolorosas que con frecuencia dan lugar a la frustración, y que no producen fruto, sino solamente una oportunidad para sufrir aún otra contracción dolorosa.

Recuerdo una reunión con el pastor Martin en el 1983. Fue uno de nuestros primeros encuentros. Yo tenía 29 años y estaba en mi segundo año del ministerio pastoral. Nos reunimos en el despacho del pastor Martin y hablamos acerca del ministerio pastoral. En ese entonces, él estaba pasando por un crisol de sufrimiento. Sus ojos se llenaron de lágrimas y me dijo algo como lo siguiente: «Cuando ya no hay dolor, entonces ya no eres pastor». Me quedé atónito. Estaba en el segundo año de mi ministerio. Me sorprendió. El dolor, la angustia inesperada es uno de los factores que saca a los hombres del ministerio.

Recientemente leí que, desde la década del 1970, la cantidad de hombres que han renunciado a la labor pastoral en los primeros cinco años de entrar en el ministerio se ha cuadruplicado. La generación que Dios nos ha llamado a servir es difícil. La civilización occidental ha producido a personas con retos y necesidades únicas. Resulta interesante ver que son personas muy similares a las que estaban en la iglesia en Corinto. Vamos a considerar unos pasajes de Corintios. ¿Por qué? Porque el tema principal es la defensa que Pablo hizo de su propio ministerio a una iglesia que, en muchas maneras, rechazaba las realidades del evangelio.

Vemos en Hechos 9 que el Señor le cuenta a Ananías acerca del ministerio de Pablo y también le dice qué debe decirle al apóstol. En el versículo 15 y 16 de Hechos 9: «Pero el Señor le dijo: Ve, porque él me es un instrumento escogido, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre». Desde el principio, el ministerio de Pablo estaba marcado por dos dimensiones: llevar el nombre de Cristo, la proclamación del evangelio, y su propia experiencia de sufrimiento. Ahora, me gustaría hacer cinco observaciones preliminares.

1. La distinción entre el sufrimiento del Apóstol Pablo y nuestro sufrimiento

En primer lugar, debemos hacer una distinción entre el sufrimiento del Apóstol Pablo y nuestro sufrimiento como pastores y discípulos de Jesucristo. El sufrimiento de Pablo era parte de su ministerio apostólico. Tenía un aspecto de revelación. Era parte de su predicación, del servicio apostólico que brindaba a Cristo. El evangelio se transmitió a los corintios no solamente por medio de la predicación de Pablo, sino que también se reveló por medió de la forma en la que Pablo ejerció su ministerio. Se manifestó, no solamente en el mensaje de Pablo, sino en la forma en la que él presentó este mensaje, en el hombre mismo, particularmente en su debilidad y sufrimiento. No podían aferrarse a Cristo y rechazar al Apóstol Pablo. No podían aferrarse a Cristo y rechazar la forma en la que Pablo proclamaba el evangelio, en necedad y en debilidad. No podían rechazar a Pablo en su ejemplo de sufrimiento.

En 2 Corintios 4:5, Pablo les dice: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús». Era necesario que entendieran el señorío de Cristo, así como el ministerio que el Apóstol Pablo ejercía como servidor. Ellos habrían rechazado la idea de Pablo como un siervo. No es algo que los corintios hubieran deseado alcanzar. Él no habría deseado hacerse un siervo. Tenía una alta opinión de sí mismo y el ser un siervo debió haberle causado repulsión. Pero tenían que superar la ofensa que sentían al escuchar la forma de hablar de Pablo, y la ofensa de la apariencia de Pablo, la debilidad de Pablo, el sufrimiento de Pablo, porque es en esa debilidad, es en el testimonio del sufrimiento, que Pablo transmite el evangelio.

Nuestro sufrimiento no es parte de la revelación. Cuando sufrimos lo hacemos para el beneficio de los demás, para ser un ejemplo. No como parte de la revelación sino como ejemplo. Aunque proclamamos la Palabra de Dios, nuestra predicación no es parte de la revelación y nuestra experiencia de sufrimiento en el ministerio no es parte de la revelación. Pero nuestra experiencia en el ministerio sí es parte de nuestro llamado. Es parte de nuestro servicio, de nuestra labor ministerial. Es parte de nuestro caminar personal con Cristo. Cómo discípulos de Cristo y ministros del evangelio, seremos llamados a cierta medida de sufrimiento.

En el capítulo 1 de 2 Timoteo, Pablo le escribe a Timoteo, su hijo en el evangelio: «Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, prisionero suyo, sino participa conmigo en las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios, quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad, y que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio, para el cual yo fui constituido predicador, apóstol y maestro» (2 Timoteo 1:8-11). Pablo dice: «Participa conmigo en las aflicciones por el evangelio… [habiendo sido] constituido predicador, apóstol y maestro». Cuando nos inscribimos para servir a Cristo como predicadores y maestros, nos hemos inscrito en un singular trayecto de sufrimiento. Dice Pablo: «Quiero que participes en mis sufrimientos».

En 1 Pedro 4:13, Pablo nos dice que compartimos los sufrimientos de Cristo. Ahora, esto no significa que nuestros sufrimientos sirven para hacer expiación a favor de otros, pero sí significa que somos partícipes con Cristo en Su sufrimiento, en Su muerte, en Su cruz, en Su resurrección. Cómo discipulos, se nos explica que sufriremos. «Porque a vosotros se os ha concedido por amor de Cristo, no sólo creer en El, sino también sufrir por El, sufriendo el mismo conflicto que visteis en mí, y que ahora oís que está en mí» (Filipenses 1:29-30).

De nuevo, en Romanos 8:16-17: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con El a fin de que también seamos glorificados con El». Entonces, la primera observación preliminar es que existe una diferencia entre nuestro sufrimiento y el sufrimiento de Pablo. El de él es parte de la revelación. El de nosotros debe ser ejemplar.

2. Pablo no nos llama a sufrir por sufrir

La segunda perspectiva es que Pablo nunca llama a los corintios a sufrir por sufrir. Él no expone lo que nosotros llamaríamos una «teología de martir». Nunca se nos anima a buscar el sufrimiento. Se nos llama a ir en pos de la santidad, pero se nos dice que, en la búsqueda de la santidad, nos encontraremos con la oposición de un mundo impío. Nos encontraremos con la oposición de un mundo que odia al Cristo que amamos y servimos.

Nunca se nos llama a provocar el conflicto con el mundo, pero de nuevo, el mundo está en conflicto con nuestro Señor. Por lo tanto, encontraremos que el odio que el mundo le tiene a Cristo también lo dirige hacia nosotros. Pablo nos dirá que estamos llamados a sufrir, pero nunca nos dirá que debemos buscar el sufrimiento. Busquemos a Cristo e indiscutiblemente nos encontraremos con oposición en el camino.

3. ¿Por qué la certidumbre casi inevitable del sufrimiento?

En tercer lugar, ¿por qué es el sufrimiento inevitable para nosotros? Hay dos razones básicas.

Una tiene que ver con nuestro enemigo: Satanás. Pablo les dice a los Romanos en Romanos 16:20: «Y el Dios de paz aplastará pronto a Satanás debajo de vuestros pies». Nosotros, como la simiente de la mujer, estamos en guerra con el maligno. La estrategía de esta guerra exige que el maligno hunda sus colmillos en nuestro calcañar. En esta guerra somos llamados a experimentar una medida de sufrimiento. No luchamos según la carne. Destruímos especulaciones y todo pensamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10:5). Nos relacionamos con personas quienes son engañadas por nuestro adversario. Se nos llama a participar en una estrategia de guerra que conlleva sufrimiento.
No sufrimos solamente por causa de Satanás, sino que también sufrimos por Cristo porque estamos unidos a Él en Su cruz y en Su resurrección. Esta es la parte crucial del sufrimiento de Pablo que debemos entender: en su sufrimiento él les presenta a los corintios y a nosotros, por así decirlo, una extensión humana de la misma cruz de Cristo. Vemos aquí algo que se asemeja a Cristo, y se nos llama a algo que se asemeja a Cristo en esta época actual donde vivimos en el «ya pero todavía no». Hemos de sostener esta relación con la muerte y la resurrección: resucitados en Cristo, unidos en Cristo a la gracia y el poder del siglo venidero. Pero, al mismo tiempo, debemos vivir en la época presente y se nos llama a seguir los pasos del Cordero donde nos enfrentamos a Satanás, a la cruz. Seremos aquellos que han de sufrir.

4. La gracia de Dios para con los que sufren

En cuarto lugar, consideremos la gracia que Dios nos da en medio del sufrimiento. Dios llevará a cabo una de dos cosas a nuestro favor en medio del sufrimiento.

En primer lugar, nos librará de nuestro sufrimiento. Vemos esto en la experiencia de Pablo. Dios o elimina el peligro o saca a Pablo y lo libra del sufrimiento. En segundo lugar, Él le otorga a Pablo la gracia que necesita para soportar el sufrimiento. Cómo consideraremos la próxima vez, Él no le quita la espina, pero le otorga la gracia para glorificar a Cristo en medio de la debilidad y el dolor.

Los resultados del sufrimiento

Finalmente, como observación preliminar, hay dos resultados principales que brotan del sufrimiento ministerial.

El primero es el beneficio que recibe el pueblo de Dios. Repetidamente, Pablo deja claro que no sufre por sufrir. No sufre como algún martir en el sentido de pensar que cuanto más sufre, más virtud alcanza. Sufre para el beneficio del pueblo de Dios en Corinto. Él quiere que ellos sepan que su sufrimiento es para el beneficio de ellos, para que ellos reciban el ministerio del evangelio.

El segundo propósito del sufrimiento es inspirar la adoración y la alabanza a Dios, desplegar la gloria del evangelio de Dios y ser causa de alabanza y accion de gracias cuando Dios libra a Sus siervos del sufrimiento y los sostiene en medio de él, y lo hace como el Dios que levanta a los muertos, el Dios que triunfa sobre la muerte y el sufrimiento. Así que, nuestro sufrimiento siempre tiene un propósito. Siempre tiene un propósito, para el beneficio del pueblo de Dios y para Su gloria.

1) Pablo como una demostración del evangelio (1 Corintios 4:9)

En primer lugar, consideremos a Pablo como una demostración del evangelio. Antes de entrar al tema del sufrimiento en sí, per se, quiero que consideremos, basándonos en 1 Corintios 4:9, a Pablo como una demostración del evangelio.

En 1 Corintios 4:9 leemos: «Porque pienso que Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles en último lugar, como a sentenciados a muerte; porque hemos llegado a ser un espectáculo para el mundo, tanto para los ángeles como para los hombres». Ahora, nosotros conocemos el contexto. Los corintios estaban dividos y cada cual se identificaba con su predicador célebre. Competían entre sí y se jactaban en su orgullo, de manera que Pablo los reprende en el versículo 6 y en el versículo 7: «Porque ¿quién te distingue?» ¿Por qué te jactas como lo haces? En el versículo 8 vemos que han sido infectados con una escatología sobrerrealizada. Enfatizan lo que ya tenemos aquí sin hacer un equilibrio con lo que todavía ha de venir. Pensaban que ya se habían hecho ricos, ya habían llegado a reinar. Pablo les dice: «¡Ojalá fuera cierto! Permítanme que les diga lo que pienso». Es una forma de sarcasmo. Bueno si todos estamos dando nuestra opinión, aquí está la de Pablo: ustedes no son ricos y no han llegado a reinar.

Él les dice: «Estamos en exhibición. Dios quiere que ustedes vean algo en nosotros. Dios nos ha puesto de exhibición». La palabra «exhibición» significa presentar algo públicamente. Uno va a un museo para ver una exhibición. Ahí está con las luces enfocadas sobre ello. Hay una obra de arte y nos reunimos ahí para considerar lo que se está exhibiendo.

Consideremos que él hizo un «espectáculo» de nosotros. Tiene que ver con la palabra «theatron». De esta palabra obtenemos la palabra «teatro». Los corintios estaban familiarizados con lo que se hacía en los teatros. Era donde se presentaban los espectáculos. En particular, era donde se asistía para ver las peleas de los gladiadores. Era donde iban para ver los dramas y las obras teatrales en las cuales se recreaban las grandes batallas de su ejército y los grandes acontecimientos de su cultura. Pablo utiliza esta palabra y se describe a sí mismo como un gladiador que es derrotado en el conflicto.

Un autor escribe: «Parece que a los apóstoles no se le daba más importancia que a los gladiadores que derramaban su sangre en el coliseo para proveer un espectáculo público divertido. Indudablemente, a los corintios debió de haberles dado vergüenza el estar recostados en los mejores asientos para simplemente aplaudir o hasta sisear». Pablo dice: «Dios les ha otorgado algo que mirar, una exhibición. ¿Quieren un espectáculo? ¿Quieren un evento de gladiadores? En último lugar, somos como hombres condenados a muerte». Entonces pensarían en cómo terminaría el evento de gladiadores. Vemos a dos hombres que están luchando el uno con el otro. Están fatigados, débiles por causa de las peleas que han librado anteriormente. Uno de ellos tiene que perder, porque está condenado a muerte. Cuando cae al suelo, el otro gladiador está listo para traspasarlo y la multitud lo condena a muerte.

Pablo dice: «Ahí tienen su espectáculo. Esto es lo que observarán cuando consideren mi persona y mi vida. Me veran como si estuvieran en un teatro, mirando a un gladiador que ha sido condenado a muerte». ¡Qué despliege de humillación y derrota! Pablo dice: «Pero esta estrategía es la que miran los ángeles, porque no peleamos contra sangre ni carne». Esta es la estrategía que se muestra a los hombres y que tienen el propósito de destruir las especulaciones arrogantes y los pensamientos altivos que se levanta contra el conocimiento de Dios. Esta es una táctica de guerra que nos lleva a la unión con el Cristo que aplastó la cabeza de la serpiente en la cruz y triunfó en el poder de la resurección. La imagen que presenta Pablo de sí mismo hubiera causado repulsión en los corintios.

Debemos escuchar estas palabras y darnos cuenta de cuan desagradables hubieran sido para esta congregación en Corinto. Consideremos lo que él continúa diciendo en el versículo 10: «Nosotros somos necios por amor de Cristo, mas vosotros, prudentes en Cristo; nosotros somos débiles, mas vosotros, fuertes; vosotros sois distinguidos, mas nosotros, sin honra. Hasta el momento presente pasamos hambre y sed, andamos mal vestidos, somos maltratados y no tenemos dónde vivir; nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; cuando nos ultrajan, bendecimos; cuando somos perseguidos, lo soportamos; cuando nos difaman, tratamos de reconciliar; hemos llegado a ser, hasta ahora, la escoria del mundo, el desecho de todo». Si estuvieramos grabando a la congregación en Corinto, no escucharíamos a la gente decir amén, amén. Los escucharíamos expresar asco y disgusto: «Son cosas terribles. ¿La escoria del mundo? ¿Mal vestidos?»

La manera en la que se presenta Pablo desafía el sistema de valores de los corintios. Hace esto no solamente por medio de sus palabras sino por medio su persona y através de las experiencies que Dios le trae en la trayectoria de su ministerio.

Esto nos lleva a la cuestión de la aplicación y es esta: ¿es necesario que los cristianos vean el evangelio? ¿Necesitan ver el evangelio? Con razón enfatizamos la importancia del oír. «El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias», es una frase que se repite después de cada carta que Cristo escribe a las iglesias en Apocalipsis 2.

En 2 Corintios 4:2, Pablo afirma: «…hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino que, mediante la manifestación de la verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo hombre en la presencia de Dios». Cómo el Pastor Meadows nos ha estado instruyendo, debemos ser hombres que sean una encarnación de la verdad. La palabra «manifestación» significa llevarla a la luz para que sea evidente, para que sea obvia. Pablo dice: «Cuando ustedes me escuchan, oyen palabras de verdad. Cuando consideran mi vida, ven una manifestación de la verdad», una demostración que se adhiere genuinamente al mensaje del evangelio que se predica.

Pablo era una encarnación de este mensaje y no podía predicar al Cristo crucificado y a la vez tener la apariencia de alguien impresionante para los corintios. ¡La crucifixión no es estupenda! Será una encarnación del mensaje, particularmente con su sufrimiento.

Robert Plummer establece una relación entre el sufrimiento de Pablo y la proclamación del evangelio. Declara: «Pablo piensa que el sufrimiento no solamente acompaña la proclamación del evangelio, sino que es una proclamación del evangelio». Como podemos ver, Pablo mismo es el medio por el cual se comunica el evangelio. Plummer afirma: «El que transmite el mensaje es una ilustración del contenido del mensaje». No podemos predicar al Cristo crucificado y también ser figuras impresionantes en nuestra cultura. El mensajero se alínea al mensaje y de esta manera los que no fueron testigos oculares de la crucifixión de Cristo todavía recibieron una ayuda visual, si lo podemos decir así, del evangelio. Se les otorga un siervo sufriente, el mismo Apostol Pablo. El reto para nosotros es que también debemos ser una encarnación de nuestro mensaje. También debemos ser ejemplos emblemáticos del mensaje que proclamamos.

El método de Dios no es dar a la Iglesia nuevas estrategias, programas, artilugios y tecnologías. Su método es enviarles un hombre: tú. «Vino al mundo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan». Es así que Juan comienza su evangelio en Juan 1:6. Ahí lo tienen. ¡Así comienza la nueva historia de redención! ¿Comienza con un anuncio de trompetas? No. Llega un hombre que es envíado por Dios con un mensaje y él mismo es el emblema de ese mensaje, a medida que llama a los pecadores al arrepentimiento y a la fe en Jesucristo.

Me gustaría compartir algo de mi opinión acerca de lo que ocurre en nuestra cultura hoy en día. Por alguna razón, el hacer películas de Jesús ha empezado a popularizarse. También se hacen programas de televisión acerca del libro de Hechos, sobre Noé y otras películas acerca de los personajes de la Biblia y las historias bíblicas. Se producirá una película del Apostol Pablo que está programada para estrenar dentro de un par de años. No me haré señor de sus consciencias, pero no les recomiendo que se expongan a esas imágenes visuales. No recomiendo que vean esas imágenes visuales. No recomiendo que se lleven esas imágenes visuales a la mente. Condicionará la manera en que se lee la Biblia. Esas imágenes comenzarán a influenciar la manera en que se interpreta las Escrituras. Te animo, como lo he hecho anteriormente, a que exhortes a tu congregación para que no se expongan a esas películas.

Pero Dios les ha dado algo que sí pueden ver. Dios les ha provisto algo que pueden mirar: tú. Les ha dado una imagen visual: tú. Les ha dado una exhibición de una vida transformada por la gracia. Les ha provisto una representación visual de un hombre que está unido a Jesucristo por medio de Su vida y resurección. Tú, un pecador que se ha convertido, un siervo dotado de Jesucristo, que vive su vida con integridad delante de su congregación. Ellos conocen tús aflicciones, conocen tus dificultades y tus defectos y ven como vives la realidad del evangelio, no solamente cuando estás en el púlpito, sino en medio de ellos. Tú eres la representación visual que Dios le ha otorgado a Su pueblo. Ellos necesitan escuchar y necesitan ver. Ellos te escuchan, te oyen y también te observan. Y tienen una razón válida para hacer esto porque, así como Pablo, nosotros también hemos de ser una demostración del evangelio.

2) La liberación de Pablo de la muerte (2 Corintios 1:8-11)

En segundo lugar, en 2 Corintios, capítulo 1, vemos la liberación de Pablo de la muerte. En esta ocasión, en lugar de otorgarle la gracia para soportar el sufrimiento, Dios rescató al apostol de la muerte. 2 Corintios 1:8-11: «Porque no queremos que ignoréis, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia, porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos, el cual nos libró de tan gran peligro de muerte y nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que El aún nos ha de librar, cooperando también vosotros con nosotros con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don que nos ha sido impartido por medio de las oraciones de muchos».

Bien, ¿a qué se refiere Pablo en este pasaje? ¿De qué está hablando? Los eruditos no están seguros a qué se refería Pablo. Algunos señalan 1 Corintios 15:32 donde Pablo dice: «Si por motivos humanos luché contra fieras en Efeso, ¿de qué me aprovecha?» Pero Pablo no dice que en verdad luchó con fieras en Éfeso. Lo que dice es: «Si lo hubiera hecho».

De la misma manera, cuando dice en 1 Corintios 13:3: «Y si diera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado», está hablando hipotéticamente. No sabemos con seguridad. No podemos aseverar que Pablo luchó con fieras en Éfeso. Está usando un ejemplo hipotético. Pero él sí sufrió algo y es a lo que se refiere. Los lectores en Corinto conocían los detalles porque él no los repite; ellos sabían a cuál evento él hacia referencia. Fue un acontecimiento que llevó a Pablo al límite de su persona, hasta la misma puerta del infierno. Él estaba excesivamente agobiado. [Esta carga] era superior a sus fuerzas. Había llegado al límite de su propia capacidad humana. Notemos como enfatiza la muerte. En el versículo 8: «Perdimos la esperanza de salir con vida». En el versículo 9: «La sentencia de muerte». En el versículo 10: «[el] gran peligro de muerte».

Ahora, «la sentencia de muerte» puede ser una referencia a una corte humana que realmente le había dado una sentencia de muerte a Pablo y que hemos internalizado esa sentencia (?). Pablo estaba seguro que era un hombre muerto. Una cosa es que hoy reconozcamos que algún día moriremos, pero otra es saber que mañana por la mañana seremos ejecutados. Esta es la situación en la que se encuentra Pablo. En lo que a él respecta, la vida ha llegado a su final. Él está a punto de morir. Mañana morirá. Humanamente hablando, no hay manera de escapar su muerte inminente. ¿Cual es su entendimiento sobre estas cosas? Versículo 5: «los sufrimientos de Cristo son nuestros». Él entiende sus sufrimientos en términos de su unión con Jesús y dice: «Este es el sufrimiento de Cristo». Está a punto de entrar en una nueva y más profunda relación con su salvador, por medio del sufrimiento.

No solamente le pertenecen los sufrimientos, sino que su consuelo es abundante. Vivió la realidad de ese consuelo. Él le escribe a los corintios para animarlos, para que aun cuando estén a punto de morir, conozcan el consuelo de aquellos que mueren en unión con Cristo, aquellos que sufren por causa del evangelio.

De manera que él les dice en el versículo 6: «Pero si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salvación; o si somos consolados, es para vuestro consuelo, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros está firmemente establecida, sabiendo que como sois copartícipes de los sufrimientos, así también lo sois de la consolación». Consideremos lo que Pablo hace justo al principio de esta carta. Nuevamente, confronta a los corintios por medio de su sufrimiento. Inmediatamente, primero les recuerda acerca de ese evento que ellos deben de haber conocido, en el que Pablo casi muere. «Que repugnante, que débil, que humillante, que insignificante. ¿Por qué comparte estas cosas con nosotros? ¡Esto no nos impresiona en absoluto!»

Ah, pero debiera impresionarnos, porque nos lleva a conocer al Dios que levanta a los muertos. Nos lleva a probar el poder de la gracia y el
consuelo de la resurrección y la esperanza del Dios que levanta a los muertos. Nos insta a brindar la alabanza, la acción de gracias y la adoración que este Dios justamente merece. Porque cuando enfrentamos la muerte, la enfrentamos en unión con Jesucristo. Cuando enfrentamos el sufrimiento, particularmente el sufrimiento que viene como el resultado del ministerio, compartimos los sufrimientos de Jesucristo. Aunque este pensamiento nos puede resultar muy terrible y doloroso, la realidad es que me refiero a un sufrimiento abrumador. ¡Es algo que supera nuestras fuerzas! «Nos llevó al límite de nuestro ser. Perdimos la esperanza. Estábamos casi perdidos», pero este no es el final de la historia, porque somos resucitados en unión con Cristo. También recibimos consuelo, esperanza y hasta gozo en medio del sufrimiento.

Inmediatamente, Pablo lleva el tema hacia un tono de adoración. Próximamente hace referencia a lo que había dicho anteriormente en el versículo
3: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación». Notemos que este es el Dios que resucita a los muertos. Se nos instruye a no «[confiar] en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos». Conocemos a ese Dios, no solamente como el Dios de Marta en el funeral de Lázaro, quien esperaba que su hermano resucitaría «en la resurrección, en el día final».
Conocemos al Dios que levanta a los muertos y que dijo: «Yo soy la resurrección y la vida». Conocemos a este Dios que se revela en Jesucristo y al compartir los sufrimientos de Jesucristo, obtenemos sostén por medio del poder de resurrección y la gracia de Jesucristo.

Entonces en el versículo 7, él usa la palabra «pathéma» cuando se refiere a su sufrimiento. Es la palabra «pathos», una palabra que se utiliza para indicar angustia emocional intensa, incomodidad y aflicción. La frase «perdimos la esperanza» conlleva la perplejidad total y la angustia interna. Además, la palabra «aflicción» en el versículo 8 es el término del cual obtenemos la palabra «tribulación». Es la idea de que existen unas circunstancias externas que nos presionan arriba, abajo, en el lado, delante, detrás, nos presionan. Pablo siente que se desploma por la presión exterior, que se debilita por la perplejidad que siente por dentro, pero a pesar de todo, también se le otorga un consuelo maravilloso y se le rescata de forma milagrosa. No sabemos cómo, pero sí sabemos que fue por la mano de Dios que produce acción de gracias y alabanza a Dios. Al principio de la epístola, sin nisiquiera terminar el primer capítulo, Pablo nuevamente les relata a los corintios sus sufrimientos en su favor y para la gloria de Dios, por causa de [su] unión con Jesucristo, en Su muerte y resurrección.

Aplicación

Hermanos, tenemos que aceptar el hecho de que, como discípulos de Jesucristo, vamos a sufrir y necesitamos aceptar que, como pastores del rebaño de Cristo, se nos ha llamado a una dimensión única de sufrimiento.

Con toda seguridad puedo asegurarte que, si Dios te ha otorgado el corazón de un pastor, mientras estás sentado aquí hoy tienes dolor en tu corazón. Tienes a las personas de tu iglesia en el corazón y te importan, te preocupas por ellas, intercedes por ellas. Vas a tu escritorio y le pides a Cristo que te otorge el alimento que será para su provecho y que hablará a sus consciencias, que será apto para sus necesidades particulares. Llevas a cabo tus visitas de pastor, oras con ellas, te empeñas por traerles una Palabra de Dios que será adecuada y «una palabra a tiempo» (Proverbios 15:23) para sus necesidades particulares. Esto es doloroso. Podemos decir: «de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gálatas 4:19).

Se te ha concedido una clase de sufrimiento que el hombre inconverso no conoce en lo absoluto. No es solamente el sufrimiento de vivir en un mundo caído. No es solamente el sufrimiento de perder la vista y los dientes y la audición y el deterioro del hombre exterior (2 Corintios 4:16). Esto es algo ordinario. Son los sufrimientos de Cristo. Es la experiencia de que nos odien por ninguna otra razón que nuestra identidad con Jesucristo. Es ser intimidados por un mundo que cada día se opone más a Cristo. Que se nos amenaze con perder la aprobación de los demás, perder el afecto de los seres queridos que amamos, pero para quienes somos una ofensa.

Puede ser que que en el occidente nos estemos enfrentando a la pérdida de derechos legales, el estatus económico que tenemos en nuestra cultura, cosas como la exención de impuestos. Tal vez tendremos que enfrentar la opresión económica, como aquellos que recibieron la carta a los hebreos, que perdieron sus trabajos y a quienes les arrebataron los bienes y algunos de ellos fueron encarcelados. Quizá sufriremos el tipo de persecución que sufren nuestros hermanos en el medio oriente.

Vi algunas grabaciones, algunas imágenes de algunos de esos cristianos coptos que estaban arrodillados mientras los jihadis estaban de pie detrás de ellos, listos para decapitarlos. Amplie la foto para mirar algunas de las expresiones en las caras de esos hombres cuando estaban a punto de morir. Tuve la impresión de que algunos de ellos habían aceptado su muerte inminente. Tengo problemas reales con el cristianismo copto, existen problemas doctrinales y eclesiásticos que son reales. No puedo responder todas las preguntas que este tema conlleva, pero sí puedo decir lo siguiente: la única razón por la cual esos hombres estaban a punto de perder sus vidas era el nombre de Jesucristo. ¿Cuánto entendían del evangelio? No lo sé. Pero pienso que muchos, si no la mayoría de estos hombres, esperaban que, en el momento de la decapitación, abrirían sus ojos para contemplar el rostro de Cristo. Tengo cierta sospecha de que algunos de esos jihadis conocían esto y que sabían aun al martirizarlos, que estos hombres todavía eran vencedores. No sé que tipo de oposición tendremos que enfrentar, pero sí sé que estamos llamados al sufrimiento ministerial.

Hermanos, hoy en día los pastores son presionados para que se conviertan en terapistas profesionales, gerentes de empresa, maestros de ceremonia que se paran en la plataforma y coordinan a diversos artistas que suben para entretener a una audiencia.

Pablo muestra que somos una extensión humana del evangelio, una demostración de lo que significa seguir y proclamar al Cristo crucificado que ha triunfado sobre la muerte en la victoria de la resurrección, que triunfó sobre Satanás y aplastó su cabeza con el calcañar sangriento y que estaba dispuesto a sufrir a manos de un mundo que todavía grita: «¡Crucifícale! ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!» Es en ese mundo en el que se nos llama a predicar una verdad intransigente, en el cual se nos llama a mostrar integridad y autenticidad como ministros del evangelio. Cuando se nos llama a sufrir por causa de Cristo, hemos de esperar ocaciones de liberación y anticipar la gracia propicia y sustentadora, confiados en que servimos al Dios que resuscita a los muertos.

Para concluír este estudio inicial, me gustaría leer los deseos que el Apostol Pablo expresa en Filipenses capítulo 3, desde el versículo 8 al 11 (espero que estas palabras sean una expresión de nuestra determinación): «Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en El, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe, y conocerle a El, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como El en su muerte, a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos».

Que esta también sea nuestra aspiración. Amén.

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Let’s bow together and as God’s grace upon our time together in His Word.

Our gracious Father, we call upon Your name by faith in Jesus Christ. We would put our eyes upon our exalted Saviour, and see there the Lamb standing, having been slain. We would ask that You would teach us how we are to minister this gospel, not only with our words, but by our lives and our experiences. Comfort us, strengthen us in our weakness, and use us, we pray for the glory of Christ Jesus. Amen.

I’m going to speak on the subject of ministerial suffering. We’re going to be looking particularly at Paul’s writings to the church in Corinth. He makes the case that his sufferings prove that he is an Apostle of Jesus Christ, in distinction from the false apostles who have infiltrated the church, and are tempting to move the church away from their connection to Paul and their confidence in the gospel.

Now, before we get into this topic, let me begin by asserting my sense of privilege for being in the ministry. As the Apostle who says, “I thank Jesus Christ our Lord who has strengthened me, because He considered me faithful, putting me into service.” I rejoice in the privilege of being a minister of the gospel of Jesus Christ. I often thank God for the kind of work He has given me to do. The men in my church work as unto the Lord, but their work does not have the eternal significance that my work has. They are often leaving home very early, commuting an hour plus one way to work, commuting back again at night; working in a work environment with unbelievers, often in a hostile environment with agendas that are intentionally set against the things of Christ. As they get older they’re facing job insecurity, many of those things do not plague me as they do my brethren.

I get to study the Word of God, and to pray. I get to tell people about the One that I love supremely, and to talk to people about the things that are most important and most urgent. I have opportunity to fellowship with God’s people not only in my own congregation, but in other congregations. “For the saints who are on the earth, they are My majestic ones, in whom there is My delight.” There are no people like Christ’s people, and it is a privilege to labor among Christ’s people and to be a minister of the gospel of Jesus Christ.

These privileges have challenges. The pastoral ministry has its own unique thorns and thistles, as all men’s work have thorns and thistles, but I want to begin our study on ministerial suffering by sounding this note of gratitude to Jesus Christ for the privilege of putting me into the ministry. We labor not in vain, brethren, and it is a privilege.

There are dimensions, however, of our work, as pastors, which is unique to the pastoral ministry. That unique dimension has to do with the heart of a shepherd. Those men who are given a shepherd’s heart are also called to a unique experience of ministerial suffering. The true shepherd is not a hireling, he is concerned for the sheep, as Jesus tells us in John 10:13.

Paul describes his ministry in the Galatian church. He says, “My children, with whom I am again with labor until Christ is formed in you,” in Galatians 4:19. He likens the pastoral ministry to a woman who is in labor, experiencing the contractions of giving birth to a child. Painful contractions that often result in frustration, without fruit, and an opportunity to experience yet another painful contraction.

I remember reading with Pastor Martin back in 1983. It was one of our first meetings. I was 29. I was into my second year in the pastoral ministry. We met in Pastor Martin’s office, and we were talking about the pastoral ministry. At the time he was going through a crucible of suffering. Tears welled up in his eyes, and he said to me something to this effect: “When it stops hurting, you stop pastoring.” I was stunned. This was my second year in the ministry. I was surprised. Unexpected pain, unexpected heartache is one of the factors that drive men out of the ministry.

I read recently that since the 1970s there has been a fourfold increase of men resigning from pastoral labor within the first five years of entering into the ministry. This is a challenging generation that God has called us to serve. Western civilization has produced people with unique needs and challenges. Interestingly, people who are very similar to those who were in the church at Corinth. We’re going to consider passages from Corinth. Why? Because the main theme is Paul’s defense of his own ministry to a church that was repulsed in many ways by gospel realities.

If you look at Acts 9, we see what Ananias is to tell the Apostle Paul as the Lord tells Ananias of Paul’s ministry. In verse 15 and verse 16 of Acts 9, “The Lord said to Ananias, ‘Go! For he is a chosen instrument of mine to bear my name before the Gentiles and their kings and the sons of Israel. For I will show him how much he must suffer for my name’s sake.’” From the very beginning, there are two dimensions to Paul’s ministry: the bearing of the name of Christ and the proclamation of the gospel, and his own experience of suffering. Now, let me make five preliminary observations.

1. The distinction between the Apostle Paul’s suffering and our suffering.

First of all, we must distinguish between the suffering of the Apostle Paul, and our suffering as pastors and as disciples of Jesus Christ. Paul’s suffering was part of his apostolic ministry. It was revelatory. It accompanied his preaching as his apostolic service to Christ. The gospel was communicated to the Corinthians not only by Paul’s preaching, but also it was displayed in the manner in which Paul ministered. It was displayed in Paul’s experience of ministerial suffering. The Corinthians had to embrace not only Paul’s message, but the manner in which he delivered that message, and the man himself, particularly in his weakness and in his suffering. They could not have Jesus Christ and reject the Apostle Paul. They could not have Christ and reject the way Paul proclaimed the gospel, in foolishness and weakness. They could not reject Paul in the example of his suffering.

Paul tells them in 2 Corinthians 4:5, “We do not preach ourselves, but Christ Jesus as Lord, and ourselves as your bondservants for Jesus’ sake.” They needed to understand the lordship of Christ, as well as the servant ministry of the Apostle Paul. They would be repelled by the idea of Paul as a servant. That is not something the Corinthian would want to attain to. He would not want to become a servant. He had elevated views of himself, and being a servant would have been repulsive. But they had to get over their offense of the way Paul spoke, and their offense of Paul’s appearance and Paul’s weakness and Paul’s suffering, because it’s in that weakness and it’s in the testimony of suffering that Paul communicates the gospel.

Our suffering is not revelatory. When we suffer, we do—for the benefit of others—give an example. Not revelatory, but exemplary. Although we proclaim the Word of God, our preaching is not revelatory, and our experience of suffering in the ministry is not revelatory. But our experience in the ministry is part of our calling, it’s part of our service, it’s part of our ministerial labor, it’s part of our personal discipleship to Christ. As disciples of Christ and as ministers of the gospel, we will be called to some measure of suffering.

Paul writes in 2 Timothy chapter 1 to his son in the gospel, Timothy. 2 Timothy 1:8-11, “Therefore do not be ashamed of the testimony of our Lord or of me his prisoner. But, join with me in suffering for the gospel, according to the power of God. Who has saved us and called is with a holy calling—not according to our works but according to His own purpose and grace. Which was granted us in Christ Jesus from all eternity, but now has been revealed by the appearing of our Saviour, Christ Jesus, who abolished death and has brought life and immortality to light through the gospel. For which I was appointed a preacher and an apostle and a teacher.” Join the beginning and the end of that where Paul says, “Join with me in suffering for the gospel…having been appointed as a preacher, an apostle, and a teacher.” When we sign up to serve Christ as a preacher and as a teacher, we have signed up for a unique course of suffering. Paul says, “I want you to join with me in the sufferings.”

Peter tells us in 1 Peter 4:13 that we share the sufferings of Christ. Now, that does not mean our sufferings make atonement for others, but it means that we enter into union with Christ in His suffering, in His death, in His cross, and in His resurrection. As disciples, we’re told that we will suffer. “For to you it has been granted for Christ’s sake not only to believe in Him, but also to suffer for His sake, experiencing the same conflict which He sought in me, and now here to be in me.” (Philippians 1:29-30.)

Again in Romans 8:16-17, the Spirit Himself testifies with our spirit that we are the children of God, and if children, heirs also. Heirs of God and fellow heirs with Christ if indeed we suffer with Him in order that we might be glorified with Him. So, the first preliminary observation is to differentiate Paul’s suffering from our suffering. His is revelatory, ours ought to be exemplary.

2. Paul does not call to suffer just for the sake of suffering.

The second perspective is that Paul never calls the Corinthians to suffer for the sake of suffering itself. He does not present us with what we would call ‘martyr theology.’ We are never told to pursue suffering. We are told to pursue holiness, but we are told that in the pursuit of holiness we will encounter the opposition of an unholy world. We will meet up with the opposition of a world that hates the Christ that we love, and that we serve.

We are never told to provoke a conflict with the world, but again, the world is in conflict with our Lord. Therefore, we will experience the hatred the world has for Christ directed toward us as well. Paul will tell us we’ve been called to suffer, but he will never tell us to pursue suffering. Pursue Christ, and experience in the way that you will meet with certain opposition.

3. Why the almost certainty of suffering?

Thirdly, why is suffering inevitable for us? There are two basic reasons.

One, is has to do with our enemy: Satan. Paul tells the Romans in Romans 16:20, “The God of peace will soon crush Satan beneath your feet.” We, as the seed of the woman, are in warfare with the Evil One. The strategy of this warfare requires the fangs of the Evil One piercing our heels. We are called in this warfare to experience a measure of suffering. We do not war according to the flesh. We tear down speculations and lofty thoughts that are raised up against the knowledge of God. We deal with people who are being deceived and lied to by the Adversary. We’re called to engage in a strategy of warfare that will involve our suffering.

Not only do we suffer because of Satan, but we also suffer because of Christ. Because we are united to Christ in His cross and in His resurrection. This is what is so crucial to understand about Paul’s suffering: in his suffering he is giving to the Corinthians and giving to us, as it were, a human extension of the very cross of Christ. We see something here that is Christ-like, and we are called to something that is Christ-like in this present age of the already and the not-yet. We are to live in this relationship to death and resurrection; resurrected in Christ, united in Christ to the grace and the power of the age to come. Yet, at the same time, living in this present age and called to go the way of the Lamb. Satan, and the cross; we will be those who will suffer.

4. God’s grace to those who suffer.

Fourthly, consider the grace that God gives to us in suffering. God will do one of two things for us in our suffering.

First, He’ll deliver us from our suffering. We’ll see that in Paul’s experience. He either removes the threat or He removes Paul and delivers him from suffering, or secondly, He gives Paul the grace to endure suffering. As we’ll see next time, He doesn’t take the thorn away, but gives the grace to glorify Christ in the midst of his weakness and his pain.

The results of suffering.

Finally, by way of preliminary observation, there are two main results that come from ministerial suffering.

The first is the benefit that is given to the people of God. Paul repeatedly makes it clear that he’s not suffering for suffering’s sake. He’s not suffering as some martyr in the sense that the more he suffers, the more virtuous he is. He’s suffering for the benefit of the people of God in Corinth. He wants them to know that his sufferings is for their benefit, that they might receive a ministry of the gospel.

The second purpose of suffering is to occasion the worship and praise of God, to display the glory of God’s gospel, and bring about praise and thanksgiving as God delivers His servants from suffering and sustains His servants in suffering, doing so as the God who raises the dead, the God who overcomes death and suffering. So, our suffering always has a purpose to it. It always has a purpose: for the benefit of God’s people and for the glory of God.

1) Paul as a display of the gospel (1 Cor. 4:9).

Let’s look first of all, at Paul as the display of the gospel. Before we get to the issue of the suffering in itself, per se, I want you to see from 1 Corinthians 4:9 that Paul is a display of the gospel.

We read in 1 Corinthians 4:9, “For I think God has exhibited us apostles last of all, as men condemned to death. Because we have become a spectacle to the world, both to angels and to men.” Now, you know the context. The Corinthians were divided in aligning themselves with their celebrity preachers. They were competing with one another, and they were boasting in their pride, as Paul rebukes them in verse 6 and verse 7, “Who regards you as superior?” Why are you bragging the way you are? In verse 8 they are infected with an over-realized eschatology. They’re putting an emphasis on the already, not balanced with the not-yet. They are thinking to themselves that they already have become rich, they already have become kings. Paul says, “Oh, I wish that were true! Let me tell you what I think.” It’s sort of a sarcastic, “If we’re going to give our opinion, here’s Paul’s opinion.” “You’re not rich kings.”

He says, “We are exhibits. God has given you something to see in us. God has exhibited us.” It’s a word that means to put something on public display. You go to a museum and you see an exhibit. It’s there with spotlights on. There’s a piece of art, and you’re there to look at what is exhibited.

Then, “He has made a spectacle out of us.” It’s this word theatron. We get the word ‘theater’ from that. The Corinthians would know what happens in their theaters. That’s where the spectacles were put on display. In particular, that’s where they would go to see gladiators fight one another. That’s where they would go to see dramas and plays that would reenact the great battles of their army and the great events of their culture. Paul uses this word and describes himself as one of the gladiators who loses his conflict.

One writer writes, “The apostles seemed to be of no more importance than the gladiators who shed their blood in the arena to provide an amusing public spectacle. Surely, the Corinthians should be ashamed of themselves to lounge in the best seats to simply applaud or even to boo.” Paul says, “God has given you something to look at: an exhibit. You want a spectacle? You want a gladiator event? We are like men last of all condemned to death.” They would then think of how the gladiator event would come to an end. You’ve now got the two men fighting off against each other. They’re fatigued, they’re weak from previous bouts. One of them is going to lose, being condemned to death. When he falls to the ground, the other gladiator is ready to thrust him through, and the crowd condemns him to death.

Paul says, “There’s your spectacle. That’s what you’ll see when you see me and my life. You’ll see me as though in the theater, watching the gladiator who was condemned to death.” What a display of humiliation and defeat! Paul says, “But this is the strategy that is seen by angels, for we wrestle not with flesh and blood.” This is the strategy seen by men in order to topple their arrogant speculations and lofty thoughts raised up against God. This is a tactic of warfare that brings us into union with the Christ who crushed the head of the serpent on the cross and triumphed in resurrection power. Paul presents a picture of himself that would have been repulsive to the Corinthians.

You must hear these words and realize how repulsive these things would sound to this Corinthian congregation. Look what he goes on to say in verse 10, “For we are fools for Christ’s sake, but you are prudent in Christ! We are weak, but you are strong! You are distinguished, but we are without honor! To this present hour we are both hungry and thirsty, and are poorly clothed, and roughly treated, and are homeless. We toil, working with our own hands. When we are reviled, we bless; when we are persecuted, we endure; when we are slandered, we try to conciliate. We have become as the scum of the world, drags of all things—even until now.” If you were recording the Corinthian congregation, you would not be hearing people saying, “Amen. Amen.” You would hear them saying, “Ugh. Eh. Disgusting. That’s terrible. Scum of the world? Poorly dressed?”

Paul presents himself in a way that challenges the Corinthian value system. He does so not only by what he says, but by who he is and the experiences that God brings him to in the course of his ministry.

This brings us to a question of application, and it is this: do Christians need to see the gospel? Do they need to see the gospel? We rightly emphasize the ear gate. “He who has ears to hear, let him hear what the Spirit says to the churches,” is the repeated refrain after every letter Christ writes to the churches in Revelation 2:3.

In 2 Corinthians 4:2, Paul says, “Having renounced the hidden things because of shame; not walking in craftiness, or adultery in the Word of God. But by the manifestation of the truth, commending ourselves to every man’s conscience in the sight of God.” As Pastor Meadows has been instructing us, truth is to be something that we embody as men. The word ‘manifesting,’ means to bring it to light, to make it evident, to make it obvious. Paul says, “When you hear me speak, you hear words of truth. When you look at my life, you see a manifestation of truth.” A demonstration that aligns itself genuinely with the message of the gospel that is being preached.

Paul was an embodiment of his message, and he is not going to preach Christ crucified and appear impressive to the Corinthian. Crucifixion is not impressive! He will embody his message, and particularly in his suffering.

Robert Plummer connects Paul’s suffering and gospel proclamation. He says, “Paul thinks suffering not only accompanies the Apostle’s proclamation of the gospel, but is a proclamation of the gospel.” Paul himself, you see, is the media through which the gospel is communicated. Plummer says, “The conveyer of the message pictures the content of the message.” You’re not going to preach Christ crucified and then be culturally impressive. The messenger aligns with the message, and those who are not eyewitnesses to Christ’s crucifixion were still given a visual aid, if you will, to the gospel. They are given a suffering servant, even the Apostle Paul himself. The challenge to us is that we are to likewise embody our message. We are likewise to be emblematic of the message that we proclaim.

God’s method is not to send the Church new strategies and programs and gimmicks and technologies. His method is to send them you. “There came a man sent from God whose name was John.” That’s how John opens his gospel in John 1:6. Here it is. The new redemptive history begins! How does it begin? Trumpets announcing? No. Here comes a man sent from God with a message, and he himself is the very emblem of that message, as he calls sinners to repentance and faith in Jesus Christ.

Let me give something of my opinion on what is happening in our culture today. For some reason, it has begun to be popular to make movies about Jesus, television programs about the Book of Acts, Noah, and other movies about Bible characters and Bible stories. I understand there’s more to come. There’s going to be a movie produced about the Apostle Paul, being unleashed within the next couple of years. I won’t lord it over your conscience, but I don’t recommend that you see those visual images. I don’t recommend that you take those visual images into your mind. They will condition the way you read your Bible. Those images will begin to inform how you interpret Scripture. I would encourage you, as I’ve done, to encourage your people not to see those movies.

But God has given them something to see. God has given them something to look at: you. He’s given them a visual image: you. He’s given them the display of a life that’s transformed by grace. He’s given them a visual display of a man who is joined to Jesus Christ in His death and resurrection. You—a converted sinner, a gifted servant of Jesus Christ—who live your life with integrity before your people. So they know your trials, they know your difficulties, they know your shortcomings and they see you living out the reality of the gospel, not only when you’re in your pulpit, but when you’re living among them. You’re the visual display that God has given to His people. They need to hear and the need to see. They hear and listen to you, and they look at you. With good reason, because like Paul, we too are to be a display of the gospel.

2) Paul’s deliverance from death (2 Cor. 1:8-11).

Secondly, in 2 Corinthians chapter 1 we see Paul’s deliverance from death. Here’s the occasion where rather than given grace to endure suffering, God delivered the Apostle from death. 2 Corinthians 1:8-11, “For we do not want you to be unaware, brethren, of our affliction which came to us in Asia, that we were burdened excessively, beyond our strength, so that we despaired even of life; indeed, we had the sentence of death within ourselves so that we would not trust in ourselves, but in God who raises the dead; who delivered us from so great a peril of death, and will deliver us, He on whom we have set our hope. And He will yet deliver us, you also joining in helping us through your prayers, so that thanks may be given by many persons on our behalf for the favor bestowed on us through the prayers of many.”

Now, to what does Paul refer here? What is he speaking about? Scholars are uncertain as to what Paul is referring to. Some point to 1 Corinthians 15:32, where Paul says, “If from human motives I fought with wild beasts at Ephesus, what does it profit me?” But Paul doesn’t say that he did fight with wild beasts at Ephesus. He said, “If I did that.”

Likewise, in 1 Corinthians 13:3, “If I give all my possessions to feed the poor; if I surrender my body to be burned.” He’s speaking hypothetically. We’re not sure. We can’t say Paul fought with wild beasts at Ephesus. He’s using that as a hypothetical example. But he experienced something, to which he refers the details of which are known to the Corinthian readers, because he doesn’t rehearse the details. They know the event of which he’s speaking, and it was an event that took Paul to the very extremity of himself, right to the very gate of death itself. He was burdened excessively. It was beyond his strength. He was at the end of his own human capacity. Notice the emphasis of death. “Despaired even of life,” in verse 8. “The sentence of death,” in verse 9. “The great peril of death,” in verse 10.

Now, the sentence of death could refer to a human court that had actually sentenced Paul to death, and that sentence was internalised within ourselves. Paul was certain he’s a dead man. It’s one thing to acknowledge today that some day we will die; it’s another thing to expect that tomorrow morning you’re going to be executed. That’s where Paul is. As far as he is concerned, life is done. He is on death’s door. Tomorrow he is going to die. There is no human escape from this impending death. How does he understand that? Verse 5, “The sufferings of Christ are ours.” He understands his sufferings in terms of his union with Jesus and says, “This is the suffering of Christ.” He is about to enter into a deeper and fresh union with His Saviour, in suffering.

Not only are the sufferings his, but his comfort was made abundant. He experienced the reality of that comfort. He writes to the Corinthians in order to encourage them, that even at death’s door they will know the comfort of those who die in union with Christ, of those who suffer for the sake of the gospel.

So, he says in verse 6, “If we are afflicted, it is for your comfort and salvation; if we are comforted, it is for your comfort, which is effective in the patient enduring of the same sufferings which we also suffer; and our hope for you is firmly grounded, knowing that as you are sharers of our suffering, so also you are sharers of our comfort.” Look what Paul does right at the very beginning of this letter. Once again, he confronts the Corinthians with his suffering. Immediately, first thing he reminds them of was that event which they must have known about, in which Paul nearly died. “How disgusting; how weak; how humiliating; how insignificant. Why is he telling us this? That doesn’t impress us at all!”

Ah, but it should, because it brings you to the realization of the God who raises the dead. It brings you to experience the power of resurrection grace and comfort, and the hope of the God who raises the dead. It brings you to the praise and thanksgiving and worship that this God rightly deserves, because when we face death, we face death in union with Jesus Christ. When we face suffering—particularly suffering that comes to us in the way of ministry—we are sharers in the sufferings of Jesus Christ. As horrifying as that might be and painful as that might be, this is a suffering that is excessive. It’s beyond our strength! It took us to the end of ourselves. We were despairing, we were undone, but that’s not the end of the story, for in union with Christ we are also resurrected. We also receive comfort and hope, and even joy in the midst of our suffering.

You see, Paul immediately brings this to a note of worship. He immediately refers back to what he says in verse 3, “Blessed be the God and Father of our Lord Jesus Christ, the Father of mercies and God of all comfort.” Notice, this is the God who raises the dead. Teaching us, verse 9, “Not to trust in ourselves, but in God who raises the dead.” We know that God, not simply as the God of Martha at Lazarus’ funeral, who hoped her brother would rise again at the last day. We know the God who raises the dead who said, “I am the resurrection and the life.” We know this God revealed in Jesus Christ, and we enter into the sufferings of Jesus Christ, being sustained by the resurrecting power and grace of Jesus Christ.

So in verse 7, where he says that he is suffering, it’s that word pathéma, it’s the word pathos, it’s the word of intense emotional anguish and discomfort and distress. ‘Despair’—it’s a word of utter perplexity and internal turmoil. Also, ‘affliction’ in verse 8 is the word from where we get the word ‘tribulation.’ It’s the idea of external circumstances pressing in upon us, above, beneath, on the side, before, behind, and pressuring us. Paul is feeling himself collapse from the pressure of the outside, weakened by the perplexity of the inside, and yet marvelously comforted and miraculously delivered. We don’t know how, but we do know it was by the hand of God that brings thanksgiving and praise to God. Right out of the gate; not done with the first chapter, and Paul is already telling the Corinthians again about his suffering for their benefit and for the glory of God, because of our union with Jesus Christ, in His death and in His resurrection.

Application.

Brethren, we need to come to terms with the fact that as disciples of Jesus Christ we will suffer, and we need to come to terms that as pastors of Christ’s flock, we have been called to a unique dimension of suffering.

If God has given you a shepherd’s heart, I can assure you, I am confident that you’re sitting here today with pain. You’re carrying people in your heart from your church, and you care for them, you’re concerned for them, you’re interceding for them. You go to your desk asking Christ to give you food that will nourish them and that will address their consciences, that will speak to their particular needs. You visit them pastorally; you pray with them; you pray for them; you seek to bring them a Word of God that will be fitting in due season for their particular needs. That is a painful thing. It’s like I am in labor again until Christ be formed in you.

You’ve been given the kind of suffering the unconverted man knows nothing about. It’s not just the suffering of life in a fallen world. It’s not just the suffering of losing your eyesight and your teeth and your hearing and the decay of the outer man; that’s common. It’s the sufferings of Christ. It’s the experience of being hated for no other reason than your identity with Jesus Christ. Being intimidated by a world that is increasingly anti-Christ. Being threatened with the loss of social acceptance, the loss of the affection of loved ones whom you love, but who are offended at you.

Perhaps we will be facing in the West the loss of legal rights, the economic standing in our culture, tax exemptions and such. Perhaps we’ll see economic oppression, even as those who received the letter to the Hebrews, who lost jobs and had possessions taken, and some of the brethren in prison. Perhaps we’ll experience the kind of persecution that our brethren in the Middle Eastern experience.

I saw some of the tapes, some of the pictures of some of those coptic Christians on their knees with those Jihadis standing behind them about ready to behead them. I kind of enlarged the picture to take a look at some of the expressions on those men’s faces before they were about to die. I got the impression that some of them had come to terms with their impending death. I have real problems with coptic Christianity. There are real doctrinal, ecclesiastical problems. I can’t answer all the questions involved in this issue, but I can say this: the only reason those men are losing their lives is because of the name of Jesus Christ. How much do they understand of the gospel? I don’t know. Is their church ordered as a biblical church should be ordered? I don’t think so. But I think many, if not most, of those men were expecting that when their heads fell from their shoulders they would open their eyes to behold the face of Christ. I get the sneaking suspicion that some of those Jihadis knew that, and they realized that even in martyring these men, those men were still overcomers. I don’t know what kind of opposition we will face but I do know that we’re called to ministerial suffering.

Brethren, today pastors are being pressured to become professional therapists, to become business managers, to become ringmasters on the stage coordinating the various acts that come up to perform for the audience.

Paul presents us as a human extension of the gospel, as a display of what it means to follow and proclaim a crucified Christ who has triumphed over death in the victory of the resurrection, who has conquered Satan by His bloody heel crushing his head, and who was willing to suffer at the hands of a world that still cries out, “Crucify Him! Crucify Him! Crucify Him!” It’s in that world that we’re called to preach an uncompromising truth, that we’re called to be a display of integrity and authenticity, as ministers of the gospel. We are to expect occasions of deliverance, and to anticipate sustaining, enabling grace if and when we’re called to suffer for Christ’s sake, confident that we serve the God who raises the dead.

Let me conclude this initial study today by asking you to read with me the desires of the Apostle Paul in Philippians chapter 3, reading from verse 8 to verse 11. May these words express our own resolve. “More than that, I count all things to be loss in view of the surpassing value of knowing Christ Jesus my Lord, for whom I have suffered the loss of all things, and count them but rubbish so that I may gain Christ, and may be found in Him, not having a righteousness of my own derived from the Law, but that which is through faith in Christ, the righteousness which comes from God on the basis of faith, that I may know Him and the power of His resurrection and the fellowship of His sufferings, being conformed to His death; in order that I may attain to the resurrection from the dead.”

May we aspire to do the same. Amen.

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2015 Pastors’ Conference | Lessons from the Pharisees for Christian Pastors

Lessons from the Pharisees for Christian Pastors

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Lecciones de los fariseos para los pastores cristianos

Es bueno estar con ustedes hoy. Les traigo saludos de Trinity Baptist Church. Como ya saben, hemos tenido una larga relación; los amamos y oramos por ustedes con regularidad. Estoy muy agradecido por la invitación para formar parte de la conferencia pastoral y por la oportunidad de volver a ver algunos de los hombres que han asistido a esta conferencia en el pasado, también ver nuevas caras y escuchar nuevos nombres y saludarlos. Estoy agradecido de poder ministrar la Palabra de Dios a ustedes hombres, que están con nosotros hoy.

Por favor tomen sus Biblias y vayan al capítulo 11 de Lucas. Me enfocaré en los versículos 37 al 52 de Lucas 11. Ahora, pidamos la ayuda de Dios al acercarnos a su Palabra. Oremos juntos.

Dios que estás en el cielo, te damos gracias por tu palabra y que Tú nos has dado tu Palabra escrita. Nos la has otorgado en nuestros propios idiomas y te pedimos que nos ayudes por medio de tu Santo Espíritu, porque aunque Tú nos has dado la capacidad mental para entender las palabras, sin la ayuda de tu Espíritu nuestros esfuerzos aquí hoy serán en vano, los esfuerzos de predicar o de escuchar. Te pedimos que nos mandes tu Espíritu en gran medida, que nuestros esfuerzos no sean en vano. Que conozcamos la ayuda de tu Espíritu para el bien de nuestras almas y la gloria de tu nombre. Te pedimos todas estas cosas en el nombre de tu Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Amén.

Cuando estudiamos los evangelios, llegamos a familiarizarnos con ciertas personas. Obviamente llegamos a conocer más de Jesús, José y María, los apóstoles, Marta, María, Lázaro. Eran buenas personas, con la excepción de Judás, que fue uno de los apóstoles. Pero, también, cómo Judas, hay otras personas no tan buenas con las cuales también llegamos a familiarizarnos al leer y estudiar los evangelios. Además de Judas, existen otras personas como Pilato y claro, están los fariseos.

En general, los fariseos eran hombres malos. No todos, pero la mayoría de ellos, podemos decir, representaban el epítome de la maldad. Esto no significa que cometían los pecados más viles, sino que eran hombres que tenían mucha luz y que profesaban conocer a Dios pero que en realidad estaban en oposición a Él. Leemos acerca de esto en Lucas 12:47-48. Hay un sentido en el cual los fariseos representan a los siervos que conocían la voluntad de su Señor, pero que no se comportaban conforme a esa voluntad.

En Lucas 12:47 dice: «Y aquel siervo que sabía la voluntad de su señor, y que no se preparó ni obró conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes». Sigue diciendo en el versículo 48 que aquel que no conocía y no hacía la voluntad de su Señor, aunque también merecía azotes, no recibiría tantos. Los fariseos eran hombres que conocían la voluntad de Dios. Estaban expuestos a su Palabra. Conocían lo que estaba bien y lo que estaba mal, pero estaban en oposición a Dios. Por lo tanto, podemos decir que es importante que nosotros estudiemos sobre ellos.

Hay muchas palabras en el Nuevo Testamento escritas sobre los fariseos y es por una buena razón. Jesús mismo dijo al principio de Lucas 12 que debemos cuidarnos de su levadura que es la hipocresía. Si tenemos que cuidarnos de algo, tenemos que saber en qué consiste esto de lo cual nos estamos cuidando. Todos llevamos dentro de nosotros el pecado de los fariseos, por lo menos las semillas de estos pecados en nuestros corazones. Como personas que asisten regularmente a la iglesia y que están familiarizadas con la Biblia, fácilmente podemos convertirnos en fariseos si la gracia de Dios no se encuentra en nuestras vidas.

Al considerar este pasaje, vemos que se nos dice que Jesús entró a comer en la casa de un fariseo.

1. Los que acompañaban a Jesús

Veamos, en primer lugar, quiénes estaban alrededor de Jesús. En el versículo 37, se nos dice que su huésped era cierto fariseo. Cierto fariseo le pidió que fuera a comer con él. Tal vez se trataba de un almuerzo. Entonces, se nos dice que Él entró y se sentó a comer. El fariseo era el huésped. Habían otros invitados ahí también. Evidentemente, habían otros fariseos ahí junto con el dueño de la casa, y junto con ellos habían algunos abogados, maestros de la ley, o escribas, como se llaman en el relato evangelístico. Notemos que el versículo 45 dice: «Respondiendo uno de los intérpretes de la ley». Entonces, queda evidente que habían por lo menos dos abogados en ese lugar. Había más de un abogado ahí y uno de ellos abrió la boca y habló.

Los fariseos formaban una secta judía, eran una rama del judaísmo, en un sentido podríamos decir que formaban una denominación. Eran muy popular en los tiempos de Jesús. Eran líderes religiosos. No eran líderes religiosos oficiales nombrados en la Biblia como los sacerdotes y los levitas, pero eran líderes de la religión judía de aquel entonces. Por su posición de liderazgo, eran muy respetados por el pueblo judío. La palabra «fariseo» literalmente significa «separado», y ellos se enorgullecian de ser separados o diferentes. Se enfocaban en la separación de todo lo que era inmundo. Se enorgullecían de manera especial de estar separados de los gentiles.

Notemos que los fariseos no solamente se veían a ellos mismos como separados de, diferentes y superiores a los gentiles. En Juan 7:49, habla un fariseo y se refiere a «esta multitud». Él se está refiriendo al pueblo judío de Jerusalén: «Pero esta multitud que no conoce de la ley, maldita es», porque un número creciente de judíos comenzaban a escuchar y a seguir a Jesús. Ellos no tenían en poco solamente a los gentiles, sino a todo el que no era un fariseo como ellos. Los abogados generalmente pertenecían al partido de los fariseos, pero eran los eruditos o teólogos entre los fariseos. Entonces, estos eran los invitados. Aquí están los acompañantes de Jesús. Su huésped era un fariseo. Entre los invitados habían por lo menos algunos otros fariseos y algunos abogados.

2) La entrada de Jesús

Lo segundo que notamos es la entrada de Jesús. En la última parte del versículo 37 vemos que dice que después de recibir la invitación: «Jesús entró y se sentó a la mesa». Fue a la mesa inmediatamente.

En segundo lugar, en lo que respecta a su entrada, notamos que esto provocó una reacción de parte del fariseo que lo había invitado. Versículo 38: « Cuando el fariseo vio esto, se sorprendió de que Jesús no se hubiera lavado primero antes de comer». No había llevado a cabo el lavamiento ceremonial del cual leemos en otro lugar en los evangelios. Era la tradición de los ancianos (Mateo 15:2). No era un requisito bíblico, pero era un requisito de la tradición de los ancianos. Entonces, esto provocó una reacción de parte del fariseo. Se maravilló de que Jesús no se hubiera lavado primero antes de comer.

Ahora, esta palabra se usa en muchas ocasiones en los evangelios de manera positiva. La gente se maravilló de las obras que Jesús había hecho. Se maravillaban de ellas y deseaban seguir a Jesús por causa de ellas. Pero aquí la palabra no se emplea en un sentido positivo porque notemos lo que pasa después. El que Jesús siguiera directamente hacia la mesa provocó esta reacción dentro del fariseo, pero esto en turno provocó una reacción de parte de Jesús. Esto es lo que vemos en el versículo 39 y los versículos que le siguen.

Cuando Jesús entró en ese lugar y se sentó a la mesa sin lavarse, ¿piensan ustedes que a Él se le había olvidado lavarse? Desde luego, no era pecaminoso que Él se sentara sin lavarse, porque lavarse las manos no era un requisito bíblico. Pero en un entorno social, especialmente en la casa de un fariseo, esto era algo muy ofensivo. Jesús era un hombre verdaderamente cortés, ¿verdad? Pero a Él no se le había olvidado lavarse las manos ese día. Queda evidente que Jesús quería usar esta ocasión como una oportunidad para abordar un problema espiritual serio, extenso y muy común. Los fariseos y los abogados representaban la religión oficial y en general su forma de pensar era muy errónea. Ejercían mucha influencia. Digo que su forma de pensar era errónea porque a pesar de todos sus estudios de la Palabra de Dios, a pesar de todo su conocimiento de las Escrituras y de cómo profesaban ser el pueblo de Dios, hasta el pueblo especial de Dios, los que eran «separados», no habían dado en la marca. No habían alcanzado entender el mensaje de la Palabra de Dios, no entendían el Antiguo Testamento aunque lo tenían. Se encontraban muy lejos de entenderlo. Podríamos decir que se encontraban a cientos de millas de distancia. Por tanto, Jesús estaba usando la ocasión como una oportunidad para darles una lección. Hemos repasado quienes eran sus acompañantes y también como fue su entrada.

3) La reprensión de Jesús

En tercer lugar, Jesús reprende a los fariseos. Esto se encuentra en los versículos 39-44, y tiene cuatro partes diferentes.

1. Jesús reprende a los fariseos (Lucas 11:39-44)

La primera parte consiste esencialmente en las siguientes palabras de Jesús: «Ustedes son hipócritas» (versículos 39-41). En primer lugar, les dice que este es su gran problema. Versículo 39: «Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad». La ilustración que Jesús presenta es de algo absurdo y en un sentido, asqueroso.

Esta tarde tuvimos una cena en nuestro hogar. Habían invitados y antes de ir al comedor, todos nos sentamos en la sala para conversar. Mientras conversábamos podíamos mirar hacia la mesa y ver que habían buenos platos sobre ella, por lo menos, parecían muy buenos desde la sala.

Imaginemos sin embargo que, al ser llamados a comer, hubiéramos salido de la sala y entrado al comedor, y que despues de haber visto, desde la sala, una mesa que estaba bien arreglada, al sentarnos todos alrededor de la mesa nos hubiéramos dado cuenta que el interior de los platos y los vasos no tenía el mismo aspecto que tenía su exterior cuando lo mirábamos desde la sala de estar, sino que por dentro estaban sucios con el remanente de unos 30 días de comida vieja. Les aseguro que mi esposa nunca haría algo semejante. ¡Sería asqueroso!

Jesús quiere comunicar lo siguiente: el comportamiento habitual de los fariseos, incluyendo lo que ocurría en el corazón de aquel fariseo en cuya casa Jesús estaba comiendo en ese momento, su comportamiento habitual era una expresión de esa ilustración tan asquerosa y absurda. Más adelante, en Lucas 16, Jesús habla acerca de estos hombres y dice que eran «amantes del dinero». Eran líderes religiosos, pero eran amantes al dinero. Eran líderes religiosos, pero más adelante en Lucas 20, Jesús dice que devoraban las casas de las viudas. A pesar de toda su apariencia de santidad y la impresión que causaban en los demás de ser hombres buenos y piadosos, en realidad eran hombres malvados. Así como mi ilustración es muy asquerosa, también la ilustración que da Jesús es absurda y asquerosa, y así eran estos hombres. Esto es lo que nos enseña Jesús. Particularmente ante los ojos de Dios.

Notemos lo primero que Él dice. Los reprende por ser hipócritas. Les dice que ahí está su mayor problema (versículo 39).

En segundo lugar les dice cual debiera de ser su perspectiva. Versículo 40: «Necios, el que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro?» En otras palabras, les dice que Dios ha hecho tanto el exterior del hombre, las manos que se lavan, pero también ha hecho el interior. Él hizo el corazón. Él formó el alma. Esta es la idea. En efecto, les está diciendo que se apliquen las mismas reglas que tienen para sus siervos a ellos mismos. Se hubieran enojado mucho con sus siervos si solamente hubieran lavado el exterior de las tazas y los platos y no el interior. Les está diciendo que deben aplicarse esas mismas reglas a ellos mismos, que deben aplicarlas a sus propias vidas, corazones, almas, a su enseñanza. Esta es la idea. Esta debe ser nuestra perspectiva.

En tercer lugar, Él les dice lo que deben hacer. He aquí lo que deben hacer, versículo 41: «Pero dad limosna de lo que tenéis, y entonces todo os será limpio» (RVR1960). Literalmente: «Todas las cosas que están por dentro son limpias para ustedes». Él quiere decir una de dos cosas aquí.
Puede ser que los esté mandando a literalmente dar limosna. En otras palabras: «Ustedes deben dar limosna del contenido de sus tazas y sus platos, de todo lo que poseen. Deben dar a otros que la necesitan». Recordemos que ellos eran amantes del dinero. En otro lugar de los evangelios, vemos que a ellos nisiquiera les gustaba dar dinero a sus padres. Recuerden la manera en la que tergiversaban la ley para poder retener el dinero que debían de haber dado a sus padres. Él les dice que deben dar limosna, dar a la gente pobre y necesitada. Ayudar a los demás de forma patente. Esto es lo que Jesús está diciendo. En Santiago 1:27 vemos que «la religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones». El les está diciendo que deben involucrarse en esas cosas. Esto sería una religión pura.

Él también puede estar diciendo lo siguiente: «Entregen todo su ser –lo interior, el alma, el corazón— entrégenlo a Dios», como dice en 2 Corintios 8:5, cuando Pablo le escribe a los corintios y habla acerca de cuan generosos fueron al ayudar a los cristianos judíos en Judea. El dice que «primeramente se dieron a sí mismos al Señor». Esta es la idea que Jesús estaba comunicando a los demás.

De cualquier forma –si les está diciendo, en sentido literal, que den dinero a los podres o si se refiere a dar el corazón a Dios— la idea que les imparte es que tienen que amar a Dios y a los hombres. Necesitan la religión verdadera. Su corazón necesita estar involucrado en su religión. Esta es la idea. Entonces, cómo resultado, serán verdaderamente limpios.Veamos la última parte del versículo 41: «Pero dad limosna de lo que tenéis, y entonces todo os será limpio». En otras palabras: «Si sus corazones están limpio delante de Dios y no solamente ante los ojos de los hombres, no solo según las tradiciones del fariseísmo, entonces ustedes serán verdaderamente limpios, y todo os será limpio».

Se asemeja a la afirmación de Pablo en Tito 1:15: «Todas las cosas son puras para los puros». De manera que si estás puro por dentro y te sientas a la mesa, un poco de polvo que se ha acumulado sobre tus dedos como el resultado de tus actividades cotidianas no hará que seas inmundo o que tu comida sea inmunda. Esta es la idea que Jesús les está comunicando, pero la religión de los fariseos no era una religión interna. Erá básicamente un espectáculo externo. Jesús primeramente reprende a los fariseos y les dice que son hipócritas (versículos 39-41).

Ahora, las tres reprensiones que le siguen tienen forma de «ayes»: «Ay de vosotros». A estas le siguen tres «ayes» por causa de los abogados.

En primer lugar, hay tres «ayes» para los fariseos. «Ay de vosotros». Jesús les señala lo triste y nocivo que resulta su carácter y conducta. Les advierte acerca del juicio que merecen y el juicio que de hecho tendrán que sufrir si no se vuelven de sus pecados. Veamos, en primer lugar, los «ayes» dirigidos a los fariseos.

1- Ustedes le dan el primer lugar a lo que tiene menor importancia (Versículo 42)

El primer aye está en el versículo 42 y la sustancia es esta: Ustedes le dan el primer lugar a lo que tiene menor importancia. Leamos el versículo 42: «¡ay de vosotros, fariseos! que diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza, y pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello». Eran muy cuidadosos para diezmar de todo lo que poseían y hasta diezmaban de las plantitas que crecían en un vasito sobre la encimera de la cocina. Eran así de quisquillosos.

Notemos algunas de las faltas en el comportamiento de los fariseos que Jesús menciona y subraya aquí, lo que llamo un extremismo quisquilloso que va más allá de lo que Dios ha dicho en Su Palabra. El Antiguo Testamento declara: «Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová» (Levítico 27:30). En realidad estaban edificando una cerca, es algo que hicieron con respecto a muchos asuntos diferentes. La idea que sostenían era que, cómo la Palabra de Dios decía aquello, entonces debían asegurarse de dar un paso más allá, y tal vez otro paso más allá del anterior, y después aun otro paso, para tener mucho cuidado de no infringir el mandamiento literal de la Palabra de Dios.

Hacían esto hasta con el nombre de Dios, de manera que hoy en día nisiquiera sabemos cómo los judíos pronunciaban el nombre de Dios, ¡porque pararon de pronunciarlo! La Biblia dice: «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano». Entonces cada vez que leían el nombre de Jehová en el Antiguo Testamento, no lo pronunciaban. Decían «Adonai» porque querían estar seguros de que no lo estaban tomando en vano. Iban más allá de lo que decía la Palabra de Dios. Aquí están haciendo lo mismo. Es un extremismo quisquilloso, y esto nos lleva a lo que sigue.

Ellos desarrollaron su propia legislación porque eventualmente sus cercas se volvieron en leyes y esta era la tradición de los ancianos. Jesús dice lo siguiente acerca de este asunto en Mateo 15:9: «[enseñan] como doctrina los mandamientos de hombres».

Cómo he dicho, nisiquiera existía una ley acerca del lavar de las manos antes de cada comida, pero todos estos hombres acusaban a Jesús de pecado en esta ocasión. Estoy seguro que fue por esta razón que Jesús no se lavó las manos. Tal vez en algunas ocasiones sí se las lavó. Se asemeja al caso de Pablo. En una ocasión, Pablo circuncidó a Timoteo. No necesitaba hacerlo, pero en otra ocación rehusó circuncidar a Tito, porque en esa ocasión el problema consistía en que se arriesgaba a perder la misma verdad de la gracia de Dios y del evangelio. De manera que Jesús quería enfatizar un punto. Ellos habían creado su propia legislación.

En tercer lugar, habían puesto sus leyes por encima de las leyes de Dios. Aquí vemos a unos hombres codiciosos que no se preocupaban de sus propios pecados. Estos hombres orgullosos no pensaban ni por un minuto acerca de su vil orgullo, sino que todos se enfocaban en el hecho de que Jesús no se había lavado las manos. Habían puesto sus leyes por encima de las leyes de Dios.

Por último, el resultado final fue que terminaron por descuidar las leyes de Dios por completo, especialmente aquellas cosas que Dios más aprecia. Notemos la conclusión de Jesús al final del versículo 42: «Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello». Él les dijo que cumplían con las cosas pequeñas, pero ignoraban las cosas grandes: la justicia y el amor de Dios. No es que debieran ignorar las cosas que eran relativamente pequeñas en la ley de Dios, esto no es lo que Jesús quiere decir. Él dice que debieron de haber hecho ambas cosas. Actualmente, están ignorando las leyes de Dios que más importancia tienen. Específicamente, el amar a Dios con todo el corazón, alma, fuerza y mente, y el amar al prójimo como a ellos mismos, los dos grandes mandamientos. [Jesús les dijo] que le daban prioridad a las cosas más pequeñas.

2- Ustedes están enamorados con recibir atención de los demás (Versículo 43)

El segundo «aye» está en el versículo 43. La tercera censura que Jesús le hace a los fariseos es que ellos estaban enamorados con la atención que recibían de los demás. Versículo 43: «¡Ay de vosotros, fariseos! que amáis las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas».

En la sinagoga había una silla principal, la silla de Moisés, y era donde se sentaba el rabino. También estaban los asientos baratos que estaban entre el arca que tenía los rollos de la ley y los profetas. Esto estaba en el centro como lo está nuestro púlpito, y era una señal de reverencia apropiada, en cierto sentido, hacia la Palabra de Dios. Entonces también habían otros asientos que estaban orientados hacia la congregación. Digamos que aquí, donde están los escalones [los escalones hacia la plataforma del púlpito], hubiera otra plataforma con asientos. Los fariseos querían sentarse en esos asientos. Esos asientos estaban orientados hacía la congregación. No estaban enseñando ni dirigiendo el culto. Esos asientos no tenían una función real ni la había para esos hombres en el culto. Todo era una mera exhibibión, ¡pero ellos amaban esos asientos! Me imagino que si no habían suficientes para todos se peleaban por ellos.

En Mateo 6, Jesús afirmó lo siguiente: «[a] los hipócritas…les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres». En Juan 12:43, dice lo siguiente acerca de los gobernantes de la sinagoga: «Amaban más el reconocimiento de los hombres que el reconocimiento de Dios».

Jesús está diciendo que los fariseos, en general, están llenos de orgullo y que este orgullo afecta todo lo que hacen. Hacen todo lo que hacen para ser vistos por los hombres, para obtener la adulación de los hombres. Jesús dice que esto no solamente está mal, sino que serán juzgados por esto. Este es el segundo «aye».

3-Ustedes conducen a los demás por el mismo camino de condenación (Versículo 44).

La cuarta censura y el tercer «aye» está en el versículo 44. Su esencia es: «Ustedes conducen a los demás por el mismo camino de condenación». Miremos el versículo 44: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! que sois como sepulcros que no se ven, y los hombres que andan encima no lo saben» (RVR1960). Algunas versiones no tienen las palabras «escribas y fariseos» y solamente dicen: «ay de vosotros, hipócritas».

La idea es que en el Antiguo Testamento, el que tocaba una tumba o un cadáver quedaba inmundo. Escuchemos las palabras de Números 16:16: « De igual manera, todo el que en campo abierto toque a uno que ha sido muerto a espada, o que ha muerto de causas naturales, o que toque hueso humano, o tumba, quedará inmundo durante siete días». Esto afectaba los privilegios de adoración. Si quedaban inmundos por siete días, no podían entrar en la casa de Dios y adorar en el día de reposo o en un día de fiesta. También afectaba el privilegio de poder relacionarse con otros judíos. No podían hacerlo si están inmundos. Si no se percataban de que había una tumba, porque no estaba marcada claramente, y la pisaban o la tocaban, sin querer quedaban inmundos. Lo que Jesús dice es lo siguiente: «Fariseos, al relacionarse con ustedes, la gente se ha contaminado sin darse cuenta, porque no saben que vuestros corazones son como el interior de una tumba».

Miremos el versículo 39: «Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad». Son la personificación de una tumba. Por fuera tal vez luce bien, pero por dentro está llena de huesos de muerto. Él les está diciendo que [esta ilustración] es fiel porque ellos figen ser santos y le dicen a los demás cuan santos son. La gente habla acerca de la santidad de ellos y a ellos les encanta escucharlo, pero por dentro son feos. Ellos conducen a los demás por el mismo camino de condenación. En otras palabras: «Fariseos, nadie se da cuenta que está caminando sobre un sepulcro al relacionarse con ustedes, pero la enseñanza y el ejemplo de ustedes está matando a los demás». Este es el argumento de Jesús. Hemos visto cómo Jesús reprende a los fariseos, ahora veremos la objeción de los abogados que se encuentra en el versículo 45.

2. La reprensión de Jesús a los abogados (Lucas 11:46-52)

Versículo 45: «Respondiendo uno de los intérpretes de la ley, le dijo: Maestro, cuando dices esto, también a nosotros nos insultas». Como dije anteriormente, no todos los abogados, pero sí muchos de ellos, por lo general, formaban parte del grupo de los farisesos. Eran los eruditos y los teólogos del grupo. Podríamos decir que eran una mezcla del erudito religioso –como un profesor del seminario—, y del experto en leyes. Su Biblia, el Antiguo Testamento y la ley de Moisés, era su regla. Como dije anteriormente, los fariseos y los abogados juntos formaban el establecimiento religioso.

En esta ocasión, la percepción de este abogado fue muy aguda. Él se dio cuenta que los abogados también estaban en la línea de fuego de Jesús, aunque no sepamos sí o no se dio cuenta que Jesús lo hizo intencionalmente. Él sabía que todo lo que Jesús dijera en censura de los fariseos, tambiéra era una censura para los abogados. Por supuesto, la idea no le resultó agradable, y tal vez le estaba dando el beneficio de la duda a Jesús y pensaba por dentro que quizás Jesús no se había dado cuenta [de la implicación de sus palabras]. Básicamente, le dice a Jesús: «¡No es posible que te refieras a nosotros!» Pero sí se refería a ellos. Le estaba haciendo un llamado al arrepentimiento a todos los que formaban parte del establecimiento religioso judío.

Podríamos decir que los seis «ayes», los tres que ya hemos mirado y los tres que nos quedan por mirar, en realidad se aplicaban al grupo completo, al conjunto de los fariseos y los abogados. Pero los próximos tres «ayes» con los que nos encontramos estaban dirigidos especialmente a los abogados. Vamos a verlos. Nuevamente, vemos que se incluyen tres «ayes», y seré mucho más breve en relación con estos.

1- Ustedes cargan a los hombres (versículo 49)

El primero es este: «Ustedes cargan a los hombres, los estorban». Versículo 46: «Y El dijo: ¡Ay también de vosotros, intérpretes de la ley!, porque cargáis a los hombres con cargas difíciles de llevar, y vosotros ni siquiera tocáis las cargas con uno de vuestros dedos». En otras palabras les dice que ellos cargan a las personas. Las sobrecargan. Las estorban. Les ponen obstáculos en el camino. Algunas personas (puede ser que solamente sea al nivel humano), estas personas quieren conocer más acerca de Dios o quieren descubrir algo acerca de Dios, reconciliarse con Dios, o quizás son en verdad el pueblo de Dios. Cualquiera que sea el caso, ustedes ponen obstáculos en su camino. No los están ayudando sino que los estorban, los sobrecargan. La primera parte de la afirmación es esta: «Cargáis a los hombres con cargas difíciles de llevar». En otras palabras: «Ustedes hacen que las personas lleven cargas que no pueden manejar».

Es como si tomaras a tu hijo de once años y le pidieras que lleve unas pesas de doscientos libras hacia el otro lado del cuarto. ¡No puede hacerlo! [Jesús] dice: «Eso es lo que ustedes están haciendo, sobrecargando a las personas. Acumulan cargas duras sobre ellos». Como ya hemos visto, son cargas que Dios no requiere de ellos.

Recordemos que, en cierto sentido, la misma ley del Antiguo Testamento, era una carga, ¿verdad? En Hechos 15:10, Pedro se refiere a las leyes ceremoniales del Antiguo Testamento como un «un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar». En cierto sentido, podemos decir que la ley del Antiguo Testamento ya era una carga, aunque una carga legítima, porque Dios la había puesto sobre el pueblo. Estos abogados, como los fariseos, incrementaban la carga. Iban más allá de los requisitos del Antiguo Testamento. Todas las tradiciones de los ancianos eran añadiduras, todas eran añadiduras a la ley de Dios. ¿Cómo lo hicieron? Lo hicieron con interpretaciones minuciosas y legalistas de la ley de Dios, con añadiduras a la ley de Dios.

Era como el asunto de diezmar de las hierbas, o semejante a lo que le hicieron a Jesús y a sus discípulos esa vez que tan sólo arrancaban unas pocas espigas porque tuvieron hambre en un día de reposo. Les dijeron que eran culpables de cosechar y trillar cuando arrancaban las espigas, la rodaban entre sus dedos y se las comían. Los acusaron de cosechar y trillar. Con todas sus tradiciones del día de reposo, esto es lo que hacían: le añadían a la ley de Dios. Esta es la primera parte de lo que Jesús está diciendo aquí: «Porque cargaís a los hombres con cargas».
Notemos la segunda parte, la última parte del versículo 46: « ¡Pero vosotros ni aun con un dedo las tocáis». Lo que Jesús dice en esta ocasión se puede interpretar de dos formas. Pienso que probablemente quiso decir ambas cosas.

La primera sería esta: «Ustedes les dan muchas tareas difíciles, pero son cosas que ustedes mismos no hacen». Este puede ser el significado de lo que está diciendo. Ustedes les dictan qué deben hacer, pero ustedes mismos no lo hacen. No sólo conocían las 617 tradiciones de los ancianos en cuanto al día de reposo y cómo guardarlo, sino que también conocían cada laguna que existía en las reglas. De manera que si había algo que en verdad deseaban hacer en el día de reposo, podían encontrar una razón por la cual era legítimo. Esto es hipocrecía, el no poner en práctica lo que se predica.

La otra posibilidad en cuanto al significado de lo que Jesús dice en esta ocasión es que ellos cargaban a los demás con muchas cargas pesadas, ¡pero no los ayudaban! «Pero vosotros ni aun con un dedo las tocáis». «Ustedes no hacen estas cosas» puede significar que ellos no los ayudaban con esas cargas.

Por ejemplo, cuando las personas se acercan a mí y me hacen preguntas, yo les doy consejería pastoral, o si yo me acerco a ellos y les hago unas preguntas y pienso que necesitan consejería pastoral, entonces los aconsejo. En primer lugar, esto implica dejarles saber lo que creo que deben hacer según lo que dice la Biblia. En segundo lugar, trato de explicarles cómo deben llevarlo a cabo. En otras palabras, los dirigo hacia la Palabra de Dios. Les explico lo que dice la Palabra de Dios. Los aconsejo. Oro con ellos y oro por ellos. Les animo y les digo que si necesitan más ayuda, si necesitan más instrucción, me pueden llamar. Pueden acercarse a mí para hablar sobre el asunto.

El problema es que los fariseos no hacían nada parecido a esto. Agobiaban a los hombres con cargas y no hacían nada para ayudarlos. Esto es lo primero: «cargáis a los hombres con cargas» (versículo 46).

2-Fingen que aman a los profetas (versículo 47-51)

El segundo «aye» es el siguiente: «Ustedes fingen que aman a los profetas». Está en los versículos 47-51. Leamos tan sólo los versículos 47-48: « ¡Ay de vosotros!, porque edificáis los sepulcros de los profetas, y fueron vuestros padres quienes los mataron. De modo que sois testigos, y aprobáis las acciones de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis sus sepulcros».

El punto es este: «Ustedes fingen que están en el partido de Dios. Ustedes adoran a los profetas. Estos en verdad eran los mensajeros de Dios. ¡En verdad eran siervos de Dios! Ustedes conocen sus hombres: Isaías, Jeremías y los de muchos, muchos otros profetas». En cierto sentido, él les está diciendo que ellos dirigen unas excursiones de los sepulcros, los decoran con flores, elogian a los profetas, y en realidad lo que están haciendo es pregonando la admiración que sienten por esos hombres cuando la realidad es que en verdad, en última instancia, los desprecian. Todo lo que hacen, todo lo que representan, es una demostración de esta realidad. Ese es el punto de sus palabras. La conclusión es que ellos odiaban a los profetas porque odiaban su mensaje. No obedecían su mensaje. Eran como sus padres, sus antepasados que habían matado a los profetas. Ellos decoraban los sepulcros que sus padres habían edificado para los profetas. Ese es el punto que Él quiere comunicar, que ellos eran como sus antepasados.

3- En realidad, ustedes impiden que las personas entren en el reino de Dios (versículo 52)

Luego está el tercer «aye» y es que ellos en realidad impedían que las personas entraran en el reino de Dios. Versículo 52: «¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley!, porque habéis quitado la llave del conocimiento; vosotros mismos no entrasteis, y a los que estaban entrando se lo impedisteis».

«Habéis quitado la llave del conocimiento». En cierto sentido, ellos tenían la llave del conocimiento. Tenían las Escrituras, tenían acceso a la Palabra de Dios. Poseían un conocimiento de la Palabra de Dios que la gente común no tenía. No tenían la Biblia en el celular como nosotros o sobre un estante en el hogar. ¡No la tenían de esa forma! Pero tenían acceso a ella. Tenían conocimiento de la voluntad de Dios. Tenían la plataforma para ponerse de pie y instruir al pueblo de Dios sobre el contenido de la Palabra de Dios. El punto es que ellos desaprovecharon la oportunidad. Ellos tampoco entraron. Tampoco creyeron. Ellos tampoco conocían a Dios, aunque tuvieron la oportunidad y entonces también impideron que otras personas entrarán. Esta es una triste, muy triste censura de los abogados y los fariseos.

Aplicación

Me gustaría tomar el resto del tiempo que me queda para dar algunas aplicaciones prácticas de este tema. Empezaré con una palabra para todos, en realidad para todo el pueblo de Dios, pero para todos. Si Jesús advertió a los fariseos y a los abogados acerca de la gran luz que tenían y el grave peligro que la acompañaba si no se arrepentían y creían, los que están sentados aquí hoy pueden estar en un peligro mucho más grave que cualquiera de ellos. Miremos los versículos 49-51 nuevamente: «Por eso la sabiduría de Dios también dijo: “Les enviaré profetas y apóstoles, y de ellos, matarán a algunos y perseguirán a otros, para que la sangre de todos los profetas, derramada desde la fundación del mundo, se le cargue a esta generación, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que pereció entre el altar y la casa de Dios; sí, os digo que le será cargada a esta generación”».

Pensemos en esto. Estos hombres vivieron antes de que se escribiera el Nuevo Testamento. Ellos vivieron antes de que hubiera una iglesia nuevo testamentaria del Señor Jesucristo. Vivieron antes de los días de la Reforma. Vivieron antes del desarrollo de la imprenta y de la distribución de todo tipo de buena, sólida literatura cristiana. Jesús dijo básicamente que la culpa de la sangre de todos los siervos de Dios que fueron asesinados, desde el tiempo de Abel, hijo de Adán, hasta el tiempo de Jesús, les caería encima a todos ellos, por causa de su luz.

Ahora, piensa en tu persona. Al menos muchas de las personas que están sentadas aquí hoy crecieron en una iglesia. Crecieron bajo la predicación de la Palabra de Dios, y quizás en una muy buena iglesia con muy buena enseñanza, rodeadas de ejemplos buenos y piadosos como el de sus padres y el de los pastores de la iglesia en la que crecieron. ¿Es la obligación que tienen de creer en el evangelio inferior a la de los fariseos y los abogados? ¿Si no creen en él, será su condenación más ligera que la de ellos? ¿Se arrepentirán y pondrán su confianza en Jesucristo hoy? ¡Debieras arrepentirte y creer en Jesucristo hoy!

Como un ministro de Jesucristo, te ordeno a arrepentirte de tus pecados y a creer en el Hijo. Como una persona que entiende las consecuencias a las que te enfrentas si no lo haces, te insto a creer en el Señor Jesucristo. Como un predicador, te imploro que creas en el Señor Jesucristo y abandones hoy tus pecados. Como un cristiano, oraré por ti para que verdaderamente le des la espalda a tus pecados y pongas tu confianza en el Señor Jesucristo, antes de que acabe al día. Que Dios te ayude.

Estas son lecciones que se aplican a nosotros los pastores porque sé que el culto que estamos celebrando ahora, aunque es un culto regular de la iglesia, en esta ocasión se lleva a cabo conjuntamente con la Conferencia Pastoral, y afortunadamente tenemos muchos pastores aquí. Quiero terminar con algunas lecciones de los fariseos para los pastores cristianos.

Podemos decir que los fariseos y los abogados eran el equivalente de los pastores cristianos o quizás, podríamos decir viceversa, que en algunas formas somos el equivalente de ellos en la iglesia del Señor Jesucristo.

1. No debemos enfocarnos en las cosas externas y descuidar lo interno.

La primera lección es esta: no debemos enfocarnos en las cosas externas y descuidar lo interno (versículos 39-41). Leeré el versículo 39 de nuevo: « Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de rapacidad y de maldad».

Se enfocaban en lo externo, en los rituales, en los cosas de la religión que eran meramente formal. Todos se preocupaban sobre sí o no Jesús se había lavado las manos ceremonialmente antes de comer y si lo hubiera hecho, probablemente no les hubiera importado que había en su corazón. Se preocupaban por lavarse las manos, pero ignoraban lo que estaba en sus corazones, mientras sus manos estuvieran limpias, esto a ellos no les importaba. Esto es lo que hacían los fariseos, en lo que se trataba de lavarse las manos o diezmar de las hierbas o de orar en las esquinas, pero en relidad no daban limozna a los pobres ni se entregaban a Dios. En algunas maneras, se asemejaban a la iglesia católica romana que ofrece los sacramentos, las ordenanzas externas, sin importarle si la gente en realidad posee un arrepentimiento verdadero que conduce a la salvación y si tiene fe en Cristo o no.

Muchos protestantes se comportan de forma similar, ¿verdad? El enfoque es: «¿Te has bautizado? Si eres bautizado, entonces estás bien con Dios». O la pregunta es: «¿Has hecho tu decisión?» Si la respuesta es afirmativa dicen: «Que bien, entonces eres salvo». También preguntan: «¿Eres miembro de una iglesia? Entonces todo está bien». ¡Estas cosas no salvan a los hombres! Las ordenanzas externas no salvan. Hermanos, nosotros también podemos ser culpables de lo mismo. Aun siendo reformados y bautistas reformados, ¡podemos ser culpables de la misma cosa! Como pastores, podemos ponernos de pie y decir: «Bueno, por lo menos asisten a la iglesia». O puede ser que pienses en tu corazón: «Yo pertenezco a la iglesia». También puedes decir algo similar a lo siguiente: «Por lo menos soy decente en lo que respecta el exterior. No estoy en algún pecado grave, como los que tienen que ser disciplinados por la iglesia, y por tanto todo va bien». No necesariamente.

Pastores y hermanos míos, debemos predicar y enseñar y pastorear y gobernar a las iglesia de Cristo de tal manera que nunca nos demos por vencidos en este asunto. Es difícil hacer esto año tras año. Se convierte en algo agotador y tristemente, no hay muchos otros que están haciendo lo mismo. Como resultado, es posible que escuchemos muchas quejas y hostigamiento por hacer las cosas de esta manera, ¡pero nunca te des por vencido! No cedas al mundo y no cedas a la iglesia profesante. No cedas a las personas que puedan estar en tu propia iglesia –que puede ser una iglesia bíblica buena— pero quizás hay gente en tu iglesia que se han cansado. Han estado en la iglesia por veinte años y lo único que quieren es que los dejes tranquilos durante los últimos años (cualquiera que sea la cantidad) que le quedan por vivir. No cedas ante las personas que dan mucho dinero a la iglesia. Que Dios nos ayude. No debemos enfocarnos en lo externo y descuidar lo interno.

2 No debemos poner las cosas que son relativamente menores sobre las cosas mayores

La segunda lección: no debemos poner las cosas que son relativamente menores sobre las cosas mayores. Lucas 11:42: «Mas ¡ay de vosotros, fariseos! que diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza, y pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello».

Jesús dice lo mismo de otra manera en Mateo 23:24: «¡Guías ciegos, que coláis el mosquito (algo pequeño) , y tragáis el camello (algo grande)!» Esta es otra imagen repugnante, pero vemos el punto. Se enfocaban en las cosas menores e ignoraban por completo las mayores.

Hermanos, no debemos permitir que lleguemos a ser así. Podemos decir que no tenemos todos los rituales externos de los fariseos y que bueno. También podemos decir que no tenemos todos los rituales externos del catolicismo romano. ¡Que bueno! A pesar de esto, nos puede ocurrir de maneras sutiles.

Podemos estar satisfechos con que alguien nos diga que lee la Biblia a diario. ¡Es algo importante! Es importante que alguien lea su Biblia. Si le preguntamos que cómo van sus devocionales y responden que están orando diariamente, podemos estar agradecidos de que alguien toma el tiempo necesario para ponerse de rodillas y hablar con Dios. Es importante, pero no significa que esta persona tenga una religión del corazón porque haga estas cosas. Podemos estar agradecidos porque las personas están haciendo buenas obras, es decir, esas cosas que la Biblia llama buenas obras, pero debemos cuidarnos de nunca poner el simple comportamiento externo sobre la adoración verdadera y la comunión con Dios. Tenemos que predicar esto y enfatizarlo ante nuestra congregación. Debemos indagar más profundamente cuando le preguntamos acerca del estado de sus almas. No debemos poner las cosas que son relativamente menores sobre las cosas mayores. ¿Aman a Dios? ¿Tienen comunión verdadera con Él? ¿Se deleitan en el Señor?

3 No debemos fabricar mandamientos de hombres y tratarlos como los mandamientos de Dios.

En tercer lugar, no debemos frabricar mandamientos de hombres y tratarlos como los mandamientos de Dios. Como mencioné, en algunas formas, la iglesia católica romana es la personificación moderna del fariseísmo. En lo que respecta a nosotros, hermanos, debemos guardarnos de el mismo tipo de errores.

Podríamos argumentar que algunos documentos escritos son muy importantes para nosotros. El que más importancia tiene aparte de las Escrituras es nuestra Confesión de Fe. Existen otros buenos credos y confesiones, pero debemos recordar siempre que, sin importar lo buena que, a nuestro parecer, sea nuestra confesión, no es la Biblia. ¡No es una revelación divina! ¡Ni tampoco lo es la constitución de nuestra iglesia!

Aquellas formas específicas de seguir a Jesucristo, que han sido una bendición tan grande para mí, tampoco son la Palabra de Dios. ¿A que me refiero? Hay algunas cosas que hago en mi vida cristiana que son aplicaciones específicas de la Palabra de Dios en mi vida para ayudarme a obeder a Dios y a Jesucristo, pero si algún día las escribiría y las llamara «las tradiciones de los ancianos» y dijese que los demás deben seguirlas porque han sido tan útiles para mí, entonces estaría en peligro de hacer lo mismo que hicieron los fariseos. No estoy diciendo que si escribes un libro estás haciendo eso. Estoy diciendo que si pones tu libro y tus dictados al mismo nivel de la Palabra de Dios, eso es lo que estarás haciendo. Así fue, por lo menos en parte, como se desarrolló el fariseísmo. Es probable que comenzó con hombres de una piedad genuina que dijeron: «Bueno, yo voy más allá de esto. Lo hago para asegurarme de que no estoy violando la ley de Dios». Espero que tengas áreas en tu vida en las que puedas decir esto. Que no llegues simplemente hasta el límite de lo que permite cada mandamiento de Dios, retando a Dios, en cierto sentido, para ver si te deja caer o no. Esta no es una manera piadosa de vivir. Pero tan pronto comienzes a decir lo siguiente: «No tengo una computadora en mi casa porque conozco mi propio corazón. De manera que cualquiera que tenga una computadora en su casa está pecando», entonces te estas asemejando a ellos. Debemos evitar tal cosa. No debemos tomar los mandamientos de los hombres y tratarlos como si fueran los mandamientos de Dios. Confío en que esto no ocurre en esta iglesia. Confío en que esto no ocurre en las iglesias de ninguno de los hombres que están sentados aquí hoy. No dejemos que esto ocurra en nuestras iglesias, no formalmente de manera que lo reconozcamos públicamente y nisiquiera en una manera que sea simplemente práctica. Que Dios nos ayude.

4-Debemos abstenernos de las apariencias en la religión

Tengo que explicar esa palabra. La uso porque me gusta y significa que no debemos tener nada que ver con las apariencias en la religión.
Versículo 43: «¡Ay de vosotros, fariseos! que amáis las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas!».

De forma particular en lo que tiene que ver con los pastores, no debemos enaltecernos porque somos pastores. Estamos en un entorno en el cual existe la tentación de hacer justamente eso porque las personas en nuestras iglesias aprecian la Palabra de Dios. Puede ser que haigan personas en tu iglesia que asistan porque eres el único pastor en el área que abre las Escrituras y las explica de forma fiel y cuidadosa y hasta las aplica a sus almas. Si hay personas así en tu iglesia, te amarán por esta razón. Entonces, existe el peligro de que nos encaminemos hacia el púlpito con un sentido de orgullo porque la congregación nos ama y con el deseo de darles una buena presentación de todo lo que le agrada, aunque sean cosas buenas. Sí, podemos estar comportándonos de esa manera, sin embargo, debemos evitar toda clase de espectáculo en la religión.
No debemos amar la atención de los demás. No debemos enaltecernos porque somos pastores y no debemos enseñorearnos sobre la grey.

Escuchemos las palabras de Dios por medio de Ezequiel. Dice en Ezequiel 34:4: «Las habéis dominado con dureza y con severidad». Estos eran hombres que amaban los puestos de autoridad, pero que no estaban pastoreando el rebaño de Dios. Los fariseos y los abogados eran una ilustración de esa clase de pastor falso e infiel que se denuncia en el Antiguo Testamento.

Escuchemos las palabras de Pedro en 1 Pedro 5:2-3: «Pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios; no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo; tampoco como teniendo señorío sobre los que os han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño».

Vayan comingo a Mateo 23 por un momento. Leamos Mateo 23:6-7. En este pasaje, Jesús habla nuevamente y denuncia a los líderes religiosos de aquellos días: «Aman el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, y los saludos respetuosos en las plazas y ser llamados por los hombres Rabí». Ahora miremos los versículos 11-12: «Pero el mayor de vosotros será vuestro servidor. Y cualquiera que se ensalce, será humillado, y cualquiera que se humille, será ensalzado». Debemos abstenernos, alejarnos de todo espectáculo en la religión.

5 Debemos cuidarnos de permitir que la religión se vuelva algo meramente externo

El próximo punto está relacionado al anterior. Debemos cuidarnos de que la religión no se vuelva en algo meramente externo, una fachada. En Lucas 11:39, Jesús afirmó: «Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad». Puede ocurrir. Pensarás que no puede ocurrir en una iglesia como esta, una iglesia fiel. Pensarás que no puede ocurrir en un lugar donde los hombres toman la Palabra de Dios en serio, donde se estudia la Palabra de Dios diariamente. ¡Puedes pensar que no puede ocurrir! ¿Piensas así? Por eso es que tenemos a Judas en la Biblia, para que entendamos que sí puede pasar. Las personas pueden caminar con Jesús, hablar con Jesús, escuchar a Jesús, aprender de Jesús, acostarse en el mismo aposento que Jesús para dormir de noche, ¡y aun así puede ocurrir! Los pastores tenemos que enfrentarnos a todos los pecados y las tentaciones que enfrenta el pueblo de Dios. En cierto sentido, como resultado de nuestra posición, tenemos que enfrentarnos más a estas cosas.

Es por esta razón que Pablo dice: «Hermanos, orad por nosotros». Y yo digo: «Hermanos, orad por nosotros». Oremos por los pastores aquí en la Iglesia Bautista Reformada. Oremos por todos los pastores que asisten a la conferencia durante esta semana. Oremos por todos los pastores que conocemos, y oremos también por todos los que no cocemos, todos los pastores cristianos verdaderos. Debemos cuidarnos para no permitir que nuestra religión se vuelva una mera fachada.

6 No olvidemos nuestro llamamiento

En Lucas 11:52, al final del versículo dice lo siguiente: «Vosotros mismos no entrasteis, y a los que estaban entrando se lo impedisteis». ¿Cual es nuestro llamamiento? Es dirigir a las personas hacia Cristo. Conducirlas al cielo. Este es nuestro llamamiento, pero tomemos un momento y vayamos al pasaje que mencioné anteriormente, Ezequiel 34.

Comenzaré a la mitad del versículo 3 del capítulo 34, donde hay una lamentación. Ezequiel 34:2-4:

¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño? ‘Coméis la grosura, os habéis vestido con la lana, degolláis la oveja engordada, pero no apacentáis el rebaño. ‘Las débiles no habéis fortalecido, la enferma no habéis curado, la perniquebrada no habéis vendado, la descarriada no habéis hecho volver, la perdida no habéis buscado; sino que las habéis dominado con dureza y con severidad.

No debemos olvidar nuestro llamamiento. El oficio de pastor no es ante todo una plataforma para ti. No es una plataforma para que tengas éxito en tu predicación. No es una plataforma para promover tu fama, por medio de la predicación o por medio de la escritura, o por medio de cualquier otros dones que Dios te haya dado. Quizás Dios bendiga tu predicación y bendiga lo que escribes, haciendo que seas útil más alla de los confines de la iglesia donde te ha colocado. Quizás lo hará, pero quiero recalcar que esta no es la meta. Esta no es tu meta como siervo de Cristo.
No debemos olvidar nuestro llamamiento. ¿Y cuál es este? Lo encontramos en Hebreos 13:17: «Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta. Permitidles que lo hagan con alegría y no quejándose, porque eso no sería provechoso para vosotros». Velamos por las almas de las personas como aquellos que han de dar cuenta. No debemos olvidar nuestro llamamiento, y tenemos que tomarlo en serio.

7-Nunca debemos aprovecharnos de las personas

Nuevamente, Jesús les dijo a los escribas y fariseos: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque devoráis las casas de las viudas, aun cuando por pretexto hacéis largas oraciones; por eso recibiréis mayor condenación» (Mateo 23:14).

En la historia de la iglesia, hay muchos terribles acontecimientos de esta clase de pecado y muchos acontecimientos terribles de esta clase de pecado en la iglesia moderna. Pecados escandalosos. Simplemente porque seamos reformados, y porque seamos bautistas reformados, esto no significa que seamos inmunes al pecado. Existen manifestaciones más sutiles de este pecado de aprovecharse de los demás. Podemos poner el listón bajo y decir lo siguiente: que cuando alguien da dinero a la iglesia, diezmos, y el pastor no se ocupa de las necesidades del alma de esa persona, se está aprovechando de ella. De hecho, es así aun si la persona no puede dar dinero a la iglesia. Si es un miembro de la iglesia y el pastor no se está ocupando de las necesidades de su alma, se está aprovechando de él. Haríamos bien, hermanos, si reflexionáramos en estas realidades cuando comenzemos a olvidarlas: «Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga».

8- No debemos despreciar al débil

Por último, no debemos despreciar al débil, incluso a los pecaminosos. Esto no solo se aplica a los pastores, se aplica de forma general al pueblo de Dios. El no despreciar al débil es un deber general de los cristianos.

Escuchemos 1 Tesalonicenses 5:14. Recordemos que está escrito a la iglesia en Tesalónica y no solamente a los ancianos de la iglesia: «Y os exhortamos, hermanos, a que amonestéis a los indisciplinados, animéis a los desalentados, sostengáis a los débiles y seáis pacientes con todos».
En Santiago 1:27 se nos dice que: «La religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones». No debemos despreciar a los débiles, incluso a los pecaminosos.

Ahora, estas palabras, como ya dije, eran para todos los discípulos, pero los pastores tienen una necesidad especial de ser conscientes de esto. Notemos en estos pasajes que leeré para concluir, el ejemplo de Dios y de nuestro Señor en este asunto. Notemos su actitud hacia los débiles y los pecadores en medio del rebaño.

Leamos en Ezequiel 34:16 donde el Señor declara: «Buscaré la perdida, haré volver la descarriada». Lo que está diciendo es, en otras palabras, que sus pastores no estaban llevando a cabo esta tarea ni tampoco los líderes religiosos del pueblo de Israel. Dice que buscará lo que se ha perdido y hará volver al descarriado: «Vendaré la perniquebrada y fortaleceré la enferma; pero destruiré la engordada y la fuerte. Las apacentaré con justicia».

Recordemos la manera que Dios afirma esto en Isaías 40:10-11: «He aquí, el Señor Dios vendrá con poder, y su brazo gobernará por El. He aquí, con El está su galardón, y delante de El su recompensa. Como pastor apacentará su rebaño, en su brazo recogerá los corderos». Él presta una atención especial a los débiles y a los jóvenes. Dice que «en su seno los llevará; guiará con cuidado a las recién paridas». Esta es la manera que Dios obra y es la forma en que nosotros debemos comportarnos, hermanos. Cuando se trata de ministrar a las personas débiles, no estoy diciendo que debes invertir todo tu tiempo como pastor con las ovejás más débiles de la iglesia. No digo esto, pero sí necesitas darles el tiempo debido a ellas. No quiere decir que el pastor debe dejarlo todo para asistir a una oveja débil cada vez que se queja (porque algunas se quejan mucho), pero debe prestar atención cuando las escucha balir.

En último lugar, quisiera leer del capítulo 18 de Mateo. Despúes que leamos esto casi habré terminado. Reconozco que me he pasado del tiempo que se me había otorgado, pero quisiera concluír. Mateo 18:10-14 es un pasaje bien conocido. En él Jesús afirma: «Mirad que no despreciéis a uno de estos pequeñitos, porque os digo que sus ángeles en los cielos contemplan siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos. Porque el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que se había perdido. ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se ha descarriado, ¿no deja las noventa y nueve en los montes, y va en busca de la descarriada? Y si sucede que la halla, en verdad os digo que se regocija más por ésta que por las noventa y nueve que no se han descarriado. Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda uno de estos pequeñitos».

Esos «pequeñitos» son discípulos, cristianos profesantes. Es a ellos que se refiere el texto. No están perdidos en general. Puede ser que, como pastor, hayas escuchado lo siguiente, o tal vez ha sido tu experiencia. Es un truismo, es un hecho que por lo general, las personas que reciben la mayor parte del esfuerzo particular de un pastor terminan por alejarse. A pesar de esto, debemos recordar que el Dios que conoce esta realidad dice en Su Palabra que no debemos despreciar o ignorar a los débiles. Es lo que observamos en Mateo 18. Significa imitar a Cristo.
Versículo 11: «Porque el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que se había perdido». En el versículo 12, vemos que el pastor va al monte sin garantía de que encontrará a la oveja perdida, porque en el versículo 13 dice «Y si sucede que la halla». Debemos estar listos a gastarnos, no a amarnos a nosotros mismos, sino a amar al pueblo de Dios.

Que Dios bendiga estas amonestaciones y que bendiga la conferencia pastoral que se está llevando a cabo esta semana. Que nos haga a todos más santos y que seamos ministros útiles de su nuevo pacto. Oremos.

Padre que estás en los cielos, te damos gracias por tu Palabra. Reconocemos que no somos lo que debiéramos ser, pero te pedidos que nos otorges la gracia para darle la espalda más y más al ego y al mundo, a nuestro amor por la comodidad y por nuestros pecados. Guárdanos de no llegar a ser nunca como los fariseos y los abogados. Haz que nos asemejemos más y más a tu Hijo. Ayúdanos a servir fielmente como subpastores de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, porque pedimos estas cosas en su nombre. Amén.

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It’s good to be with you all today. I greetings from Trinity Baptist Church. As you know, we’ve had a longstanding relationship, and we do love you and pray for you all regularly. I’m very thankful for the invitation to be here as part of the Pastor’s Conference, and to see some of the men from past conferences, to see new faces and new names and to greet them. I’m thankful to be able to minister the Word of God to you men, as well, here today.

Please take your Bibles and turn to Luke chapter 11. I’m going to be focusing on verses 37 through 52 of Luke 11. Now, let’s ask God for His help as we come to His Word. Let’s pray together.

Father in Heaven, we thank you for Your Word and that You have given us Your Word in writing. You’ve given it to us in our own languages, and we ask now that You would help, by Your Holy Spirit, because even though You have given us minds to understand words, yet without the help of Your Spirit our efforts here today will be in vain, whether to preach or to hear. We ask that You would send Your Spirit in a plentiful measure, that our efforts would not be in vain. May we know the help of Your Spirit for the good of our souls and the glory of Your name. We ask this all in the name of Your Son, our Lord and Saviour Jesus Christ. Amen.

When we study the gospels, we become familiar with certain people. We obviously become familiar with Jesus, we become familiar with Joseph and Mary, the Apostles, Martha, Mary, Lazarus. Those are good people—with the exception of Judas, who was one of the Apostles. But then, along with Judas, there are some other non-so-good people with whom we become familiar, as we read and study the gospels. In addition to Judas, there is someone like Pilot, and, of course, there are the Pharisees.

By and large, the Pharisees were bad men. Not all of them, but many of them—we could say—were the epitome of evil. That does not mean that they were the grossest of sinners, but they were men who had much light and who professed to know God, but they really opposed God. We read that in Luke 12:47-48. There’s a sense in which the Pharisees embodied the servants who knew their Master’s will, but did not do according to His will.

It says in Luke 12:47, “That servant who knew his master’s will, and did not prepare himself or do according to his will, shall be beaten with many stripes.” It goes on to say in verse 48 that the one who did not know and did not do his master’s will, though he’s worthy of stripes, he will not be beaten with as many. The Pharisees were men who knew God’s will. They were exposed to His Word. They knew better, but they opposed God. Therefore, we could say that is is important for us to study them.

There are many words—in the New Testament—written about the Pharisees, and it’s for a good reason. Jesus Himself said at the beginning of Luke 12 that we should beware of their leaven, which is hypocrisy. If we’re going to be beware of something, we have to know what we’re being aware of. We all carry the sins of the Pharisees within us, at least the seeds of them in our our hearts. As people who go to church regularly and familiarize ourselves with the Bibles, we could easily become Pharisees if the grace of God is not in our lives.

As we look at this passage, we’re told that He went to the Pharisee’s’ house for a meal.

1) Jesus’ company.

Let’s notice, first of all here, Jesus’ company. In verse 37 it tells us that His host was a certain Pharisee. A certain Pharisee asked Him to dine with him. Perhaps it was brunch. So, we’re told He went in and sat down to eat. The Pharisee was the host. There were other guests there. Evidently, there were other Pharisees along with this owner of the house, and along with them there were some lawyers, teachers of law, or ‘scribes,’ as they’re called in the gospel account. Notice in verse 45. It says, “Then one of the lawyers answered and said to Him.” So, evidently there are at least two lawyers. There was more than one lawyer there. One of them opened up his mouth and spoke.

The Pharisees were a Jewish sect. That is a branch of Judaism, a denomination we could say in one sense. They were very popular in Jesus’ day. They were religious leaders. They were not official religious leaders that the Bible itself spoke about, such as the priests or the Levites, but they were the leaders of the Jewish religion in that day. Having that position as leaders, they were greatly respected by the Jewish people. ‘Pharisee’ means literally ‘separated,’ and they prided themselves on being separate or separated. They concentrated on separation from everything that was unclean. They especially prided themselves on separation from Gentiles.

Notice that the Pharisees did not just think of themselves as separated from, different from, and above Gentiles. In John 7:49, there’s a Pharisee speaking, “This crowd.” He means the Jewish people of Jerusalem. “This crowd does not know the law is accursed,” because more and more of the Jews were beginning to listen to and follow Jesus. They despised not only Gentiles, but everyone who was not a Pharisee like themselves. The lawyers were generally part of the party of the Pharisees, but they were the scholars or theologians among the Pharisees. So, those were the guests. There’s Jesus’ company. His host: a Pharisee. The guests: at least a few other Pharisees and some lawyers.

2) Jesus’ entrance.

The second thing to notice is Jesus’ entrance. In the last part of verse 37 it says that after He was invited, “He went in and sat down to eat.” He proceeded immediately to the table.

Secondly, in terms of His entrance, we notice that this provoked a reaction from the Pharisee who invited Him. Verse 38, “When the Pharisee saw it, he marveled that He had not first washed before dinner.” He hadn’t engaged in the ceremonial washing that we read in another place in the gospels. It was the tradition of the elders. It was not required in the Bible, but it was required by the tradition of the elders. So, it provoked this reaction in the Pharisee: he marveled that He had not first washed before dinner.

Now, many times that word is used in the gospels in a positive way. People marveled at the works that Jesus did. They were amazed at them, and they wanted to follow Jesus because of it. But here the word was not used in a positive sense, because you notice the next thing. Jesus going right to the table provoked this reaction within the Pharisee, but that provoked a reaction from Jesus. That’s what we have in verses 39 and following.

When Jesus when into that room and sat down at the table without washing, do you think He forgot to wash? It certainly was not sinful for Him to sit down without washing, because the Bible didn’t require He wash His hands. In a social setting, especially at the home of a Pharisee, this was very offensive! Jesus was a truly gracious man, wasn’t He? But He didn’t forget to wash His hands on that day. It’s evident that Jesus wanted to use this as an opportunity to address a serious, extensive, pervasive, spiritual problem. The Pharisees and the lawyers were the religious establishment, and they were by and large very wrong in their thinking. They were very influential. I say they were very wrong, because for all of their study of the Word of God, and for all their knowledge of Scripture and their profession to be God’s people—even God’s special people, the ‘separate ones’—they missed it. They missed the message of the Word of God itself, the Old Testament that they had. They missed it by a mile! We could say they missed it by hundreds of miles. So, Jesus was using this as a teaching opportunity. There’s His company, and His entrance.

3) Jesus’ rebuke.

Thirdly, Jesus’ rebuke of the Pharisees. That comes in verses 39-44, and it comes in four different parts.

1. Jesus’ rebuke to the Pharisees (Luke 11:39-44).

The first part is essentially that Jesus says this: “You are hypocrites!” (verses 39-41.) First of all, He tells them this is their great problem. Verse 39, “But the Lord said to him, ‘Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.’” Jesus’ illustration is absurd, and it’s gross in a sense.

We had a dinner at our house this afternoon. We had guests with us, and before we went to the dining room table we all sat in the living room and talked. As we did we could look over at the table and we could see that there were nice dishes on the table. At least they looked very nice from the living room. Imagine though if we came from the living room to the table, when we were called, and everyone who saw the nicely set table from the living room, when they sat down at the table saw that the inside of the dishes—the cups and the plates—did not look like the outside look when they sat over in the living room. But it looked like they had maybe thirty days worth of meals caked on the inside. My wife would never do that, let me assure you. It would be gross!

Jesus is saying this: the Pharisees’ constant conduct, including what was going on in the heart of that Pharisee at whose house He was eating at this moment, their constant conduct is an expression of that gross, absurd illustration! As Jesus said later on in Luke 16, speaking of these same men, that they were lovers of money. They were the religious leaders, but they were lovers of money! They were the religious leaders, but Jesus said later on in Luke 20, “They devoured widow’s houses.” For all of their holy appearance and the impression that they gave that they were good and godly men, they were evil men. Just like my illustration was very gross, Jesus’ illustration was absurd and gross, so were these men. That’s what Jesus was saying! Particularly in God’s eyes.

Notice what He said first of all. He rebukes them for being hypocrites. He says here’s their great problem. (Verse 39.)

Secondly, He said, “Here is how you should see things.” Verse 40, “Foolish ones! Did not He who made the outside make the inside also?” In other words, “God made both the outside of the man, the hands that you wash, but He also made the inside! He made your heart. He made your soul!” That’s His point. In effect He’s saying, “Apply the rules that you have for your servants. You would be extremely upset with them if you only washed the outside of the cups and the plates, and they didn’t wash the inside.” He’s saying, “You should have those same rules for yourself, and you should apply them to your own life, your heart, your soul, and your teaching.” That’s His point. That’s how you should see things.

Thirdly, He tells them what they should do. Here’s what you should do. Verse 41, “But rather give alms of such things as you have; then indeed all things are clean to you.” Literally, it says, “All things that are within are clean to you.” He’s saying one of two things here.

He’s either saying this: “You should literally give alms.” In other words, You should give alms of the content of your cups and your plates, all of the things you have. You should give to others who need them. Remember, they were lovers of money. They didn’t like to give money we’re told in another place in the gospels, even to their parents! Remember the way that they twisted the law so that they could keep the money that they should have been using to help their elderly parents for themselves. He says, “You should give alms. Give what you have to poor people, to people who need it! Actually help other people.” That’s what he’s saying. It says in James 1:27 that if you visit orphans and widows, that is pure and undefiled religion. He’s saying, “You should engage in that.” That would be true religion.

He might also be saying this: “Give yourself—your insides, your soul, your heart—give it to God.” Like it says in 2 Corinthians 8:5 as Paul is writing to the Corinthians, telling about how generous they were to help the Jewish Christians in Judea. He said, “They gave themselves first to the Lord.” This is what Jesus would have been saying.

Either way—whether He is saying to literally give money to the poor, or give your hearts to God—the point is this: you must love God and man. You must have true religion. Your heart must be in your religion. That’s His point. Then, the result will be that they will be truly clean. Look at the last part of verse 41. “Then indeed all things are clean to you.” In other words, “If your heart is clean before God, not just in the eyes of men, not just according to your Pharisaical traditions, then you will be truly clean, and all things will be made clean to you.”

It’s like Paul’s statement in Titus 1:15, “To the pure, all things are pure.” So that if you are pure within and you sit down at your meal, and there’s a bit of dust from your daily activities on your fingers, it’s not going to make you or your meal unclean. That’s Jesus’ point, but the religion of the Pharisees was not an inward religion. It was basically an outward show. Jesus’ rebuke of the Pharisees is first of all, “You’re hypocrites.” (Verses 39-41).

Now, the next three rebukes are in the form of woes. “Woe to you.” Then they’re followed by three woes for the lawyers.

First, there are three for the Pharisees. “Woe to you.” Jesus is pointing out to them how sad and how grievous their conduct and their character is. He’s giving them warning about the judgement that they deserve, and the judgement that they will in fact experience if they don’t turn from their sins. Let’s look, first of all, at the woes to the Pharisees.

1- “You put lesser things first” (Verse 42).

The first woe is in verse 42, and the substance of it is this: “You put lesser things first.” Let’s read verse 42, “But woe to you Pharisees! For you tithe mint and rue and all manner of herbs, and pass by justice and the love of God. These you ought to have done, without leaving the others undone.” They were so careful to tithe everything that they had, they even tithed from the little things that they grew in a little glass on their kitchen counter. That’s how persnickety they were.

Let’s notice some of the faults of the Pharisee’s behavior Jesus mentions here and highlights. What I will call persnickety extremism that goes beyond what God has said in His Word. The Old Testament said to, “Bring a tithe of the land of the trees, the fruit of your trees and of your herds.” (Leviticus 27.) They were in effect creating a hedge, and they did this at many, many different points. They said, “The Word of God says this. Let’s make sure we go a step beyond that, and maybe even a step beyond that, and then a step beyond that, so that we’re very careful that we don’t break what God’s law actually says!”

They did that even with the name of God, so that here we are nowadays when we don’t even know how the Jews pronounce the name of God, because they stopped pronouncing it! The Bible said, “Don’t take the name of the Lord your God in vain.” So every time in their Old Testament that they read the name Yahweh they wouldn’t say it. They would say Adonai, because, “We want to make sure we’re not taking it in vain.” They went beyond what the Word of God was saying! That’s what they were doing here. It’s a persnickety extremism, and that leads to the second thing.

They created their own legislation, because their hedges eventually turned into laws, and it was the tradition of the elders. Jesus said this about what they did in Matthew 15:9: “You teach as doctrines the commandments of men.”

As I said, there wasn’t even a law about washing your hands before you eat a meal, but these men all had Jesus sinning there. That’s why I’m sure Jesus didn’t wash His hands. In some occasions maybe He did. It was kind of like Paul. On one occasion Paul had Timothy circumcised. He didn’t need to, but on another occasion he refused to circumcise Titus, because there the point was that he might lose the very truth of the grace of God and the gospel. So, Jesus wanted to make a point here. They created their own legislation.

Third, they elevated their laws above God’s laws. Here are these greedy men not worrying about their own sins. These prideful men, not thinking for a minute about their terrible pride, but they’re all thinking about the fact that Jesus didn’t wash His hands. They elevated their laws above God’s.

Finally, they ended up completely neglecting God’s laws, especially the things God regards the most. Notice Jesus’ conclusion at the end of verse 42. “These you ought to have done, without leaving the others undone.” He said, “They did the little things, but they passed by the big things: justice and the love of God!” It’s not that they should ignore relatively minor things in God’s law, that’s not Jesus’ point. He says, “You should have done both!” As it is, they’re ignoring the most important of God’s laws. Namely, love for God with all their heart and soul and strength and mind, and love for their neighbor as for themselves—the two great commandments. “You put lesser things first.”

2- “You’re in love with attention” (Verse 43).

The second woe is in verse 43. The third criticism that Jesus has of the Pharisees is that they were in love with attention. Verse 43, “Woe to you Pharisees! For you love the best seats in the synagogues and greetings in the marketplaces.”

In the synagogue there was a main seat—the seat of Moses—and the Rabbi sat in it. Then there were these cheap seats between the ark that they had with the scrolls of the law and the prophets in it. That was up in the center like our pulpit is, giving a right reverence, in a sense, to the Word of God. Then they had some other seats facing the people. Let’s say there was a shorter platform out here, where the stairs are, and it was ringed with seats. These Pharisees wanted to sit in those seats. Those seats would be facing the people. They weren’t teaching; they weren’t leading the service. There was no real function for those seats or for those men in the service. It was just for display, but they loved those seats! I would imagine they fought for them if there weren’t enough to go around.

Jesus said this in Matthew 6: “The hypocrites love to pray standing in the synagogues and in the corners of the streets, that they may be seen by men.”

Jesus said this about the rulers of the synagogue in John 12:43: “They love the praise of men more than the praise of God.”

What Jesus was saying was this: that the Pharisees, by and large, are full of pride, and it affects everything they do. They do everything they do to be seen by men, and to get the praise of men. Jesus says not only that it is wrong, but that they’re going to be judged for it. That’s the second woe.

3- “You lead others down the same path of condemnation” (Verse 44).

His fourth criticism, and the third woe we find in verse 44. It’s essentially, “You lead others down the same path of condemnation.” Look at verse 44, “Woe to you, scribes and Pharisees, hypocrites! For you are like graves which are not seen, and the men who walk over them are not aware of them.” Some versions don’t have the words ‘scribes and Pharisees’ in there, it just says ‘woe to you, hypocrites.’

The idea is that it says in the Old Testament that if you touch a grave or if you touch a dead body it makes you unclean. Listen to Numbers 19:16, “Whoever in the open field touches one who is slain by a sword or who has died, or a bone of a man, or a grave, shall be unclean seven days.” That would affect their privileges of worship. If they’re unclean for seven days they can’t go to the house of God and worship on the Sabbath or on a feast day. It affects their privileges of being able to interact with other Jews. They can’t do it if they’re unclean. If people can’t see that there’s a grave, because it’s not marked clearly, and they step on it or touch it, they unwillingly become unclean. Here’s what Jesus is saying, “By interacting with you Pharisees, people are unwillingly becoming unclean, because they don’t know that your hearts are like the inside of a tomb.”

Look at verse 39, “Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.” They’re the living equivalent of tombs. Nice-looking outside perhaps, but inside full of dead men’s bones. “That’s true because you men pretend to be holy, and you tell people how holy you are. Others say how holy you are, and you love to hear it, but you’re ugly inside.” That’s what He’s saying. “You lead others down the same path of condemnation.” In other words, “No one sees that he’s walking back and forth over a grave when he has interaction with you, but your teaching and your example, you Pharisees, are killing people.” That’s His point. There’s Jesus’ rebuke of the Pharisees, then we come to the lawyer’s objection in verse 45.

2. Jesus’ rebuke to the lawyers (Luke 11:46-52).

Verse 45, “Then one of the lawyers answered and said to Him, “Teacher, by saying these things You reproach us also.” As I said, not all of them, but many lawyers, by and large, were part of the Pharisees. They were the scholars and theologians among them. We could say they were a combination of religious scholar, like a seminary professor, and a legal expert. Their Bible—the Old Testament and the law of Moses—was their law. Together, the Pharisees and the lawyers were the religious establishment, as I said.

In this instance, this lawyer’s perception was very good. He realized that the lawyers were in Jesus’ line of fire, whether he realized that Jesus meant it that way or not. He knew that whatever Jesus said in condemnation of the Pharisees was condemning the lawyers as well. Of course, he didn’t like it, and maybe he was giving Jesus the benefit of the doubt, thinking, “Maybe He doesn’t realize this.” He’s basically saying to Jesus, “You couldn’t possibly be meaning us!” But He did. He did mean them. He was calling the whole religious establishment of the Jews to repent.

We could say all six of the woes—the three we’ve already looked at and the three to come—were really for all of them, Pharisees and lawyers together. But these next three we come upon were especially intended for the lawyers. Let’s look at them. Again, it includes three woes, and I’ll be much more brief regarding these.

1- “You weigh people down” (Verse 46).

The first one is this: “You weigh people down, or you encumber them.” Verse 46, “And He said, ‘Woe to you also, lawyers! For you load men with burdens hard to bear, and you yourselves do not touch the burdens with one of your fingers.’” In other words, “You weigh them down. You overload them. You hinder them. You put obstacles in their way.” Some people, whether it’s just in a human level, they want to know more about God or find out something about God, be reconciled to God, or maybe it’s truly God’s people. “Whatever the case, you put obstacles in their way. You’re not helping them, you’re hindering them. You overload them.” The first part of the statement is this: “That you load men with burdens hard to bear.” In other words, “You make people try to carry something that they cannot handle.”

It’s like taking your eleven year old child and saying, “Here’s two-hundred pound weights. Carry them across the other side of the room for me.” He can’t do it! He says, “That’s what you men are doing. You overload people. You pile severe burdens on them.” They’re burdens—as we saw already—that God has not required.

Remember that the Old Testament law itself, in a sense, was a burden, wasn’t it? Peter in Acts 15:10 referred to the Old Testament ceremonial laws as, “A yoke which neither we nor our fathers were able to bear.” Already, in a sense, we could say that the Old Testament law was a burden, but a legitimate burden, because God placed it on people. These lawyers, like the Pharisees, increased the burden! They went beyond what the Old Testament required. The traditions of the elders were all add-ons. They were all additions to God’s law. How did they do that? They did it with minute, legalistic interpretations of God’s law, and additions to God’s law.

It was like the tithing of herbs, or what they did to Jesus and His disciples that one time when they were just taking a few heads of grain so that they didn’t get famished on the Sabbath Day. They said, “You’re guilty of harvesting and threshing when you pluck a head of grain and roll it between your fingers, and eat it. You’re harvesting and threshing!” With all of their Sabbath traditions, that’s what they were doing: adding to God’s law. That’s the first part of what Jesus says here. “You load men with burdens.”

Notice the second part of it, the last part of verse 46. “And you yourselves do not touch the burdens with one of your fingers.” There’s two possible things Jesus meant here. I think it’s likely He meant both.

The first one would be this: “You give them all these hard things to do, but you don’t do them yourselves.” He could be saying that. You tell them what to do, but you don’t do them yourselves. They not only knew all the six-hundred seventeen traditions of the elders regarding the Sabbath Day and how to keep it, they also knew every loophole. So that if they really wanted to do something on the Sabbath Day, they could find a reason as to why it was legitimate. That’s hypocrisy, not practicing what you preach.

The other possibility that Jesus meant here is that they gave all these heavy burdens to them, but they didn’t help them! “You yourselves do not touch the burdens with one of your fingers.” “You don’t do it yourself” might mean “You don’t help them to do it.”

For instance, I give people pastoral counsel when they come and ask me questions, or if I come and ask them questions and I think they need pastoral counsel, I’ll give it to them. It involves part one: I tell them what I believe the Bible says they need to do. Part two: I try to tell them how they should do it. In other words, I direct them to the Word of God. I explain what the Word of God says. I give them advice. I pray with them, and I pray for them. I encourage them, and I say, “If you need further help, if you need further instruction, call me. Come to me. We can talk about it.”

The point is that the Pharisees did nothing of the sort. They would overload men with burdens and do nothing to help them do it. That’s the first thing. “You weigh people down or encumber them.” (Verse 46).

2- “You pretend that you love the prophets” (Verses 47-51).

The second woe is this: “You pretend that you love the prophets.” It’s verse 47 to 51. Let’s just read verses 47 and 48. “Woe to you! For you build the tombs of the prophets, and your fathers killed them. In fact, you bear witness that you approve the deeds of your fathers; for they indeed killed them, and you build their tombs.”

The point is this: “You pretend that you’re on God’s side. You worship the prophets.” Those were really God’s messengers. They were really God’s servants! You know their names: Isaiah, Jeremiah, and many, many other prophets. In a sense He’s saying this: “When you lead tours of their graves, and decorate their graves with flowers, and eulogize those prophets, what you’re doing in effect is trumpeting your admiration for those men. The fact is that you truly, ultimately despise them! You demonstrate that by everything you do, and everything you stand for.” That’s His point. The bottom line is this: “You hate the prophets, because you hate their message. You don’t follow their message. You’re like your fathers, your ancestors who killed the prophets. They put them in the tombs, and you decorate the tombs that your fathers built for them.” That’s His point. “You’re like your fathers.”

3- “You effectively bar people from God’s Kingdom” (Verse 52).

Then there’s the third woe. “You effectively bar people from God’s Kingdom.” Verse 52, “Woe to you lawyers! For you have taken away the key of knowledge. You did not enter in yourselves, and those who were entering in you hindered.”

“You’ve taken away the key of knowledge.” In a sense, they had the key of knowledge. They had the Scriptures, they had access to the Word of God. They had knowledge of the Word of God that the common people did not have. They didn’t have Bibles like you do on your phone, on your bookshelf at home. They didn’t have that! They had the access to it. They had the knowledge of the will of God. They had the platform to stand up and tell the people of God what the Word of God said. The point is that they squandered it. They did not enter in themselves. They didn’t believe it themselves. They didn’t know God themselves, though they had every opportunity, and they prevented other people, therefore, from entering, as well. It’s a sad, sad denunciation of the lawyers and the Pharisees.

Application.

Let me take the rest of the time I have for some practical application of this. Let me start out with one word for all people, really all of God’s people, but all people. If Jesus warned the Pharisees and the lawyers concerning the great light that they had, and the grave danger that came with it if they didn’t repent and believe, you sitting here today may be in far greater danger than any of them. Look at verses 49 through 51 again.

“Therefore the wisdom of God also said, ‘I will send them prophets and apostles, and some of them they will kill and persecute,’ that the blood of all the prophets which was shed from the foundation of the world may be required of this generation, from the blood of Abel to the blood of Zechariah who perished between the altar and the temple. Yes, I say to you, it shall be required of this generation.”

Think about this. These men lived before the New Testament was written. They lived before there was a New Testament church of the Lord Jesus Christ. They lived before the days of the Reformation. They lived before the development of the printing press, and the printing and distribution of all kinds of good, solid, Christian literature. Jesus said that basically the guilt of the blood of all the servants of God that was slain—from the time of Abel the son of Adam, to Jesus’ time—was going to come crashing down upon them, because of all their light.

Now, think of yourself, at least for many people sitting here today. You grew up in a church. You grew up hearing the Word of God, and maybe in a very good church with very good teaching, and good, godly examples in the lives of people like your parents, and the pastors of the church in which you grew up in. Is your obligation to believe in Jesus Christ any less than that of the Pharisees and lawyers? If you don’t believe in Him, will your condemnation be any lighter than theirs? Will you repent and believe in Jesus Christ today? You should repent and believe in Jesus today!

As a minister of Jesus Christ, I command you to repent of your sins and believe in His Son. As a person who understands the consequences that you face if you don’t, I urge you to believe on the Lord Jesus Christ. As a preacher, I plead with you that you would believe on the Lord Jesus Christ and forsake your sins today. As a Christian, I will pray for you that you will indeed turn from your sins and trust in the Lord Jesus Christ before this day is over. May God help you.

There are lessons for us pastors, because I know that this service here, though it’s the regular service of the church, it’s in conjunction with the Pastor’s Conference, and we have many pastors here, thankfully. Let me close with some lessons from the Pharisees for Christian Pastors.

We could say the Pharisees and lawyers were the equivalent of Christian pastors, or perhaps we could say vice versa that we are in some ways their equivalent in the church of the Lord Jesus Christ.

1- We must not focus on external things to the neglect of the internal things.

The first thing is this: we must not focus on external things to the neglect of internal. (Verses 39-41.) Let me just read verse 39 again, “Then the Lord said to him, ‘Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.’”

They focused on the outward, ritual, merely formal things in religion. They were all concerned about whether Jesus’ hands were washed ceremonially before He ate the meal, and if He had done that they probably would not have cared what was in His heart. They cared about whether their hands were washed, but they were oblivious to what was in their hearts, and they didn’t care about it as long as their hands were washed! That’s what the Pharisees did, whether it was the washing of hands, the tithing of herbs, or the praying on street corners, but they didn’t really give either alms to the poor, or themselves to God. In some ways, they’re like the Roman Catholic church, who dispenses sacraments, outward ordinances, without caring whether people have true, saving repentance and faith in Christ, or not.

Many Protestants act in similar ways, don’t they? The focus is: “have you been baptized? If you’ve been baptized it’s well with your soul.” Or “did you make a decision?” “Yes.” “Oh, good. You’re saved.” Or “do you have a church membership? Then all is well.” Those things don’t save people! Outward ordinances don’t save! Brethren, we can do that as well. We can be Reformed, we can be Reformed Baptists. We can do that! We could, as pastors, stand up and say, “Well, at least they’re here.” Or you might think in your heart, “I belong to the church.” Or you might say something like, “At least I’m outwardly decent. I’m not committing some kind of gross sin, like people who have to be disciplined by the church, and therefore all is well.” All is not necessarily well!

My brethren pastors, we must preach and teach and shepherd and govern the churches of Christ in such a way that we never cave in at this point. It’s difficult to do that year after year after year. It becomes tiring, and sadly, hardly anybody else is doing it. As a result, you can get a lot of complaints and grief for doing it that way, but never cave in! Don’t cave into the world, and don’t cave in to the professing church. Don’t cave in to the people who might be in your own church—which might be a good, biblical church—but there are people in your church, perhaps, who are tired of it. They’ve been in the church for twenty years, and they want you to just leave them alone for the last whatever number of years of their lives. Don’t cave in to the people who give a lot of money to the church. God help us. We must not focus on external things to the neglect of internal.

2- We must not elevate relatively minor things above the greatest things.

Second lesson: we must not elevate relatively minor things above the greatest things. Luke 11:42, “But woe to you Pharisees! For you tithe mint and rue and all manner of herbs, and pass by justice and the love of God. These you ought to have done, without leaving the others undone.”

Jesus said that in a different way in Matthew 23:24, “Blind guides, who strain out a gnat [a little thing] and swallow a camel [a big thing]!” Another gross illustration, but you see the point. They concentrate on minor things, and they completely miss the greatest things.

Brethren, we must not let ourselves become like that. We could say, “We don’t have all those outward rituals of the Pharisees.” Good! “We don’t have all the outward rituals of Roman Catholicism.” Good! But it could happen to us in subtle ways.

We could be content if someone just tells us, “I’m reading my Bible everyday.” That’s important! It’s important that someone is opening their Bible and reading it. If we ask, “How are your devotions?” “I’m praying everyday.” We can be thankful that someone is taking time in getting on his knees and talking to God. That’s important, but that’s not necessarily heart religion that he’s doing that. We could be thankful that people are doing good works. That is, things the Bible designates as good works, but we must be careful never to elevate simply outward performance over true worship and communion with God. We need to preach that, and we need to emphasize it to our people. We need to go deeper when we ask them, “How is it with your soul?”

We must not elevate relatively minor things above the greatest things. Do they love God? Do they commune truly with God? Do they delight themselves in the Lord?

3- We must not create commandments of men and treat them as the commandments of God.

Thirdly, we must not create commandments of men and treat them as the commandments of God. As I mentioned, the Roman Catholic Church is in some ways the modern day embodiment of Pharisaism. With us, brethren, we must guard against the same kinds of errors.

Some things, we could argue, are very important written documents. The most important one we have other than the Scriptures would be our Confession of Faith. There are other good creeds and confessions in existence, but we must always remember—no matter how good we regard our Confession to be—that it is not the Bible. It is not divine revelation! Neither is our church constitution divine revelation!

Neither are those specific ways of following Jesus Christ—that have been such a great blessing to me—the Word of God. What am I talking about? There are some things that I do in my Christian life that are specific applications of the Word of God in my life to help me obey God and to obey Jesus Christ, but if I ever write them down and call it ‘the traditions of the elders’ and say, “Therefore, you need to do it, because it has been so helpful to me.” I would be in danger of doing the same things that the Pharisees did. I’m not saying if you write a book that you’ve done that. I’m saying that if you elevate your book and your dictates to the level of God’s Word, that is what you are doing. That’s at least in part how Phariseeism developed! They were probably genuinely godly men, and they said, “Well, I go beyond just this. I do this to make sure I’m not violating God’s law.” I hope you have things in your life that you can say that. That you don’t just go to the edge of what every commandment of God allows, and dare God, in a sense, to let you fall off or not. That’s not godly living, but as soon as you start saying, “I do not permit a computer in my house, because I know my own heart. Therefore, anybody who allows a computer in his house is sinning.” You’re becoming like them. We must avoid that. We must not take commandments of men, and treat them as the commandments of God.

I trust that is no one in this church. I trust that is is not done in your churches, you men who are sitting here. Don’t ever let it happen in your churches, not in a formal way that you come right out and admit it. Not even in simply a practical way. May God help us.

4- We must eschew show in religion.

I have to explain that word. I use it because I love it, but it means this: we must have nothing to do with show in religion.

Verse 43, “Woe to you Pharisees! For you love the best seats in the synagogues and greetings in the marketplaces.”

In particular for pastors, we must not exalt ourselves because we’re pastors. We’re in a setting in which we can be tempted to do that, because people in our churches appreciate the Word of God. People may come to your church perhaps because you’re the only pastor in the area who opens the Scriptures and faithfully, painstakingly explains them, and even applies it to their souls. If you have people like that, they love you for that. So, there is that danger that we could walk up to the pulpit loving it that people love us, and wanting to give them a nice show of all of the things they love; even if they’re good things. Yeah, we could do that kind of thing, but we must eschew, however, all show in religion. We must not love attention. We must not exalt ourselves because we’re pastors, and we must not lord it over the flock.

Listen to the words of God through Ezekiel. In Exequiel 34:4 he said, “With force and cruelty you have ruled over God’s people.” They were men who loved positions of authority, but they were not shepherding the flock of God. The Pharisees and the lawyers were the picture of those kinds of false and unfaithful shepherds that were denounced in the Old Testament.

Listen to Peter’s words in 1 Peter 5:2-3, “Shepherd the flock of God which is among you, serving as overseers, not by compulsion but willingly, not for dishonest gain but eagerly; nor as being lords over those entrusted to you, but being examples to the flock.”

Do turn with me to Matthew 23 for a moment. Let’s read Matthew 23:6-7. These are Jesus’ words in a passage, again, where He’s denouncing the religious leaders of the day. “They love the best places at feasts, the best seats in the synagogues, greetings in the marketplaces, and to be called by men, ‘Rabbi, Rabbi.’” Then look at verses 11-12, “But he who is greatest among you shall be your servant. And whoever exalts himself will be humbled, and he who humbles himself will be exalted.” We must eschew, we must steer clear of all show in religion.

5- We must beware of letting religion degenerate into a facade.

The next thing is related. We must beware of letting religion degenerate into a facade, a mere outward picture. In Luke 11:39 Jesus said, “Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.” It can happen, and you may think, “It can’t happen in a church like this. A faithful church.” You may think, “It can’t happen when men are serious about God’s Word, and they’re studying God’s Word day by day. It can’t happen!” You think it can’t happen? That’s why Judas is in the Bible, so that we understand that it can happen. People can be walking with Jesus, talking with Jesus, listening to Jesus, learning from Jesus, lying down to sleep at night next to Jesus, and it can happen! All the sins and temptations that all of God’s people face, we as pastors face. In a sense we face it more, because of our peculiar place.

That’s why Paul says, “Brethren, pray for us,” and I say, “Brethren, pray for us.” Pray for your pastors here at IBR. Pray for all these pastors who have come for the conference this week. Pray for all the pastors you know, and pray for all you don’t know, all true, Christian pastors. We must beware of letting our religion degenerate into a mere facade.

6- We must not forget our calling.

Luke 11:52, at the end of the verse says, “You did not enter in yourselves, and those who were entering in you hindered.” What is our calling? It’s to lead people to God. It’s to lead people to Christ. It’s to lead people to heaven. That’s our calling, but let’s take a moment and do turn to that passage I mentioned earlier, Ezekiel 34.

I’ll begin in the middle of verse 2 of chapter 34, there is a woe. Ezekiel 34:2-4, “Woe to the shepherds of Israel who feed themselves! Should not the shepherds feed the flocks? You eat the fat and clothe yourselves with the wool; you slaughter the fatlings, but you do not feed the flock. The weak you have not strengthened, nor have you healed those who were sick, nor bound up the broken, nor brought back what was driven away, nor sought what was lost; but with force and cruelty you have ruled them.”

We must not forget our calling. Your office, as a pastor, is not first and foremost a platform for you! It is not a platform for your success as a preacher. It is not a platform for your fame, due to your preaching, or to your writing, or whatever gifts God has given you. Maybe God will bless your preaching, and bless your writing, making you useful beyond the walls of the church He has placed you. Maybe He will, but my point is this: that is not the goal. That is not to be your goal as a servant of Christ.

We must not forget our calling, which is what? It’s stated in Hebrews 13:17, “Obey those who rule over you, and be submissive, for they watch out for your souls, as those who must give account. Let them do so with joy and not with grief, for that would be unprofitable for you.” We watch out for people’s souls as those who must give account. We must not forget our calling, and we must take that calling seriously.

7- We must never take advantage of people.

Jesus said again to the scribes and the Pharisees, “Woe to you scribes and Pharisees, hypocrites, for you devour widow’s houses, and for a pretense you make long prayers. Therefore you will receive greater condemnation.” (Luke 20:47.)

In the history of the church, there are many terrible incidents of this kind of sin, and there are many terrible incidents of this kind of sin in the modern church. Scandalous sins! Just because we are Reformed, and just because we are Reformed Baptists, it does not mean we are immune to such sins. There are more subtle expressions of this sin of taking advantage of people. We could put the bar this low and say this: that whenever anyone pays money to the church, tithes, and the pastor doesn’t faithfully and diligently serve that person’s soul’s needs, he’s taking advantage of him. In fact, it’s even if the person can’t afford to pay money to the church. If he’s a member of the church, and the pastor isn’t serving his soul’s needs, he’s taking advantage of him. We would do well, brethren, to reflect on those realities when we begin to forget them.

“Let him who thinks he stands take heed, lest he fall.”

8- We must not despise the weak.

Finally, we must not despise the weak, including the sinful. This is true not only for pastors, it’s true in general for God’s people. It’s a general obligation for Christians to not despise the weak.

Listen to 1 Thessalonians 5:14. Remember that it’s written to the church of Thessalonica, not just the elders of the church. “Now we exhort you, brethren, warn those who are unruly, comfort the fainthearted, uphold the weak, be patient with all.”

James 1:27 tells us that, “Pure and undefiled religion before God and the Father is this: to visit orphans and widows in their trouble.” We must not despise the weak, including the sinful.

Now, those words, as I said, came to all the disciples, but it’s especially needful for pastors to be mindful of this. Notice—in these texts that I’m going to read in closing—the example of God and of our Lord in this matter. Notice their disposition to the weak and erring among the flock.

Look at Ezekiel 34:16. The Lord says, “I will seek what was lost and bring back what was driven away.” In other words, “My shepherds aren’t doing it, the religious leaders of the people of Israel aren’t doing it. I will seek what was lost and bring back what was driven away. “And bind up the broken and strengthen what was sick; but I will destroy the fat and the strong, and feed them in judgment.”

Remember how God says it in Isaiah 40:10-11, “He will feed His flock like a shepherd;
He will gather the lambs with His arm.” The young ones, the weak ones, He will give them special attention. He will, “Carry them in His bosom, and gently lead those who are with young.” That’s how God does it, and that’s how we should do it, brethren. When it comes to ministering to weak people I am not saying you have to spend all your time as a pastor with the weakest sheep in the church. I am not saying that, but you do need to spend due time with them! It does not mean that the pastor has to drop everything every time a weak sheep bleats, because some of them bleat a lot, but he must pay attention when they bleat!

Let me read, finally, from Matthew 18. After I read this I’ll be just about done. I know I’ve gone over my set time, but let me just conclude. Matthew 18:10-14. It’s a well-known passage. Jesus says here, “Take heed that you do not despise one of these little ones, [He means believers, disciples] for I say to you that in heaven their angels always see the face of My Father who is in heaven. For the Son of Man has come to save that which was lost. “What do you think? If a man has a hundred sheep, and one of them goes astray, does he not leave the ninety-nine and go to the mountains to seek the one that is straying? And if he should find it, assuredly, I say to you, he rejoices more over that sheep than over the ninety-nine that did not go astray. Even so it is not the will of your Father who is in heaven that one of these little ones should perish.”

These ‘little ones’ are disciples, professing Christians. That’s who they are! They’re not the lost in general. You may have heard this, as a pastor, and maybe if you’re a pastor you have experienced it. It’s a truism. It’s a general truth that often the people who receive a lion’s share of a pastor’s private labors end up walking away. We must remember that still, God who knows that, says in His Word that we must not despise or ignore the weak. You see that in Matthew 18. It’s an imitation of Christ. Verse 11, “The Son of Man has come to save that which was lost.” that the shepherd goes to the mountains, in verse 12. He goes with no guarantee that he will recover the lost sheep, because verse 13 says, “And if he should find it.” We have to be ready to lay ourselves out, not to love ourselves, but to love God’s people.

May God bless these admonitions, and may He bless the Pastor’s Conference this week. May He make us all more holy and useful ministers of His New Covenant. Let’s pray together.

Father in Heaven, we do thank You for Your Word. We acknowledge that we are not what we ought to be, but we ask that You would give us grace to turn more and more away from ourselves and from the world, from our love of ease, and from our sins. Keep us from ever becoming like the Pharisees and the lawyers. Make us more and more like Your Son. Help us to faithfully serve as undershepherds of our Lord and Saviour Jesus Christ. For we ask these things in His name. Amen.

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2015 Pastors’ Conference | Four Essential Properties of Saving Faith

Cuatro características esenciales de la fe salvadora

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Cuatro características esenciales de la fe salvadora

Albert N. Martin

Aquellos que han visto el programa para la conferencia saben que se ha anunciado que hoy predicaré un sermón sobre “cuatro características esenciales de la fe salvadora”. Comprendo que esto puede llevarlos a pensar que están a punto de recibir un discurso teológico. Parece un título que un profesor de teología podría dar a un discurso para sus estudiantes en un seminario: «Las cuatro características esenciales de la fe salvadora». Pero les aseguro que en mi corazón tengo algo (confío que también lo tenga en mi mente y ojalá que sea lo que salga de mi boca) que está muy lejos de ser un discurso teológico. El tema que voy a tratar es nada menos que un asunto de vida o muerte: la vida eterna por un lado y la muerte eterna por el otro. Quiero citar varios pasajes de las Escrituras que subrayan esta realidad muy claramente.

En Romanos 1:16 leemos: «Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego». Y en Juan 3:36 leemos: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él». Si no eres un creyente, si no estás unido a Cristo con una fe verdadera y salvadora, entonces la ira del Dios Todopoderoso es una amenaza que cuelga sobre tu cabeza, esto es algo tan cierto como que estamos aquí sentados debajo de este techo. Solamente un latido de tu corazón impide que esa ira caiga sobre tu cabeza y te empuje hacia las tinieblas eternas, donde será el llanto y el crujir de dientes.

Otro pasaje es Efesios 2:8: «Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe». Por último, Apocalipsis 21:8 declara: «Pero los cobardes, incrédulos…tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre». Este asunto de la fe salvadora, y la cuestión de si la poseemos en verdad, no es un centro de deportes teológico, en el que jugamos con las palabras. Es un asunto de vida eterna o de muerte eterna.

La Biblia habla claramente acerca de las personas que tienen un tipo de fe que no está a la altura de la fe verdadera, por esta razón, debemos conocer la diferencia entre ambas. Escuchemos estas palabras de las Escrituras que se refieren a unas personas que creyeron y aun así no llegaron a tener una relación salvífica con el Señor Jesús. En el capítulo 2 de Juan, las Escrituras nos dicen en el versículo 23 al 25 que Jesús estaba en Jerusalén y había hecho muchos milagros. Juan declara: «Cuando estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía. Pero Jesús, por su parte, no se confiaba a ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diera testimonio del hombre, pues Él sabía lo que había en el hombre». Estas eran unas personas que decían: «Sí, creemos en Jesús. Vemos los milagros que confirman Su identidad». Pero Jesús no se confiaba de ellos, porque sabía que la fe que profesaban no era una fe real y salvífica.

Encontramos lo mismo en Juan capítulo 8, versículo 31. Nuestro Señor declara: «Entonces Jesús decía a los judíos que habían creído en Él: Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Ellos le contestaron: Somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres”?» Estas personas eran creyentes. El pasaje lo deja claro: «Los judíos que habían creído en Él». Con Sus palabras, Jesús subraya cuál es el fruto de la fe salvadora: «Si vosotros permanecéis en mi palabra…conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». Ellos le responden «¿Por qué necesitamos ser hechos libres? Nunca hemos sido esclavos de nadie». Después, en el versículo 44 de este mismo capítulo, Jesús les dice a las mismas personas: «Sois de vuestro padre el diablo». ¡He aquí creyentes que son hijos del diablo! Entonces, como podemos ver, es posible tener un tipo de fe que no llega a la altura de la verdadera fe salvadora.

De nuevo, en el libro de Santiago, Santiago está tratando de conseguir que estas personas entiendan que la fe genuina no está compuesta meramente de nociones acerca de Dios y acerca de Cristo, sino que, donde hay la fe verdadera, existe una experiencia de la gracia de Dios que es vital y que transforma la vida. En el capítulo 2, versículo 19, Santiago declara: «Tú crees que Dios es uno. Haces bien». En otras palabras: «Tú crees lo que un judío ortodoxo está supuesto a creer». «Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es». Santiago dice: «Tú crees. Muy bien. También los demonios creen, y tiemblan». Los demonios creen. Los demonios tienen fe. ¿Hay alguien aquí en esta mañana que esté dispuesto a afirmar que los demonios son salvos? Claro que no, pero tenían una fe que Santiago identifica como una fe real. Incluso les causó una respuesta emocional. Ellos tiemblan, tiemblan a la luz de lo que creen.

Entonces tenemos el incidente de Hechos 8. Cuando Felipe, junto con otros, estaba predicando en Samaria, hubo una gran obra del Espíritu de Dios. En medio de todo eso, se dice que cierto hombre creyó y fue bautizado. Pero, después que salieron a la luz sus intenciones verdaderas, Pedro le dice: «No tienes parte en este asunto. Simón, todavía estás en hiel de amargura y en cadena de iniquidad».

Este tema acerca de cuáles son las cuatro características esenciales de la fe salvadora es un asunto vital porque existe una fe que no llega a la altura de la verdadera fe salvadora. Aunque los hombres puedan ir a la deriva en esta vida con esa fe que los condena, vendrá un día cuando nuestro Señor se sentará en Su trono y serán reunidos todos delante de Él. Según lo que dice Jesús, habrá muchos que dirán: «Señor, Señor, ¿no hicimos esto, aquello y lo otro?» Él les responderá: «Apartaos de mí, jamás os conocí». Así que, entender las características de la verdadera fe salvadora es algo vital para nosotros. En Tito 1:1 se denomina como «la fe de los escogidos de Dios». ¿Cuáles son sus rasgos distintivos? ¿De qué está compuesta? Bueno, sería conveniente si pudiéramos acudir a uno o dos pasajes de las Escrituras y encontrar en estos una definición de la fe salvadora que sea buena, resumida, breve y precisa. Si tal cosa existiera, estoy seguro que todos nosotros habríamos memorizado ese versículo, pero Dios no nos ha dado esto. Él nos ha dado algunos versículos que nos proporcionan unas descripciones de la fe, por ejemplo: Hebreos 11:1. Pero lo que Dios sí nos ha otorgado en Su Palabra son ejemplos de la fe salvadora en acción. Así que, de esta manera vemos lo que es por medio de lo que hace y lo que no hace.

También existen analogías o ilustraciones de lo que es la fe salvadora. Se describe como «mirar», «comer» y «beber» de Cristo. Se describe como «ir a Cristo» y «aferrarse de Cristo». Por tanto, tenemos que tomar todas estas facetas de la verdad bíblica que nos muestran en qué consiste la fe por sus acciones, por analogía y con ilustraciones, y tenemos que organizarlas y ponerlas en las categorías que obviamente les corresponden. De esta manera, en lugar de tratar de formular una simple y pequeña definición de la fe, intentaremos identificar cuáles son esos elementos absolutamente esenciales que están presentes donde existe la fe salvadora. Esto es lo que intentaré hacer hoy en mi predicación.

Me podrían hacer la siguiente pregunta: «Pastor Martin, ¿qué espera lograr con eso?» Quiero compartir tres palabras contigo. Todas empiezan con la letra “c” y expresan mi meta en la predicación de hoy: confirmar, convencer y constreñir.

En primer lugar, en mi predicación, quiero ser un instrumento en las manos de Dios para confirmar a los verdaderos creyentes, dejándoles saber que la fe que poseen es realmente la fe que es un don de Dios y que tendrá como resultado la vida eterna. Puede ser que hayas leído estos pasajes acerca de los demonios que también creen, ese mago en Hechos 8 que creyó y los muchos judíos que creyeron, pero no eran realmente salvos, y a la hora de leerlos tal vez te has rascado la cabeza y dicho: «Señor, ¿tengo yo fe genuina? ¿Es mi fe esa fe verdadera, la fe salvadora?» Espero que en la predicación de hoy podamos ver algunos aspectos de este tema que fortalezcan tu seguridad y que sean una confirmación para tu propia consciencia de que estás realmente unido a Cristo con una fe verdadera y salvadora.

En segundo lugar, espero ser un instrumento que traiga convicción de culpa. Es posible que algunos aquí no sean verdaderos creyentes y estén sentados aquí hoy diciendo entre sí: «He creído en el evangelio por años. He creído que Cristo murió por los pecadores. Creo que Él resucitó de los muertos al tercer día. Asisto con regularidad a una buena iglesia con enseñanza sólida. ¿Qué razón puedo tener para dudar de la veracidad de mi fe?» Bueno, espero que algunos que estén bajo sea categoría sean convencidos de culpa y digan: «Yo no tengo la fe genuina», para entonces acudir a Cristo y ser realmente unidos a Él.

En tercer lugar, hay otras personas que espero constreñir. Es posible que algunos de los que están sentados aquí hoy hayan estado pensando acerca de la realidad de su pecado y del juicio venidero. Estas personas no confían en que sus pecados han sido perdonados. No tienen confianza de que tienen un buen historial ante la corte del cielo. Es mi esperanza y mi oración que, por medio de mi predicación, mientras consideramos los elementos de la verdadera fe salvadora en esta mañana, estas personas sean constreñidas a llegar a la fe. Que sean constreñidas por la obra del Espíritu Santo a confiar sin dudas en el Señor Jesucristo y a irse de aquí hoy diciendo: «Yo sé que verdaderamente creo en el Señor Jesucristo y que tengo vida eterna en Él». Esta es mi meta.

Hemos considerado por qué este tema es importante y cuál es mi objetivo. Ahora, ¿cómo he de ir tras esa meta? Quiero encaminarme hacia esa meta al demostrar que todos los elementos de la fe salvadora se refieren al Señor Jesucristo mismo. Vamos a considerar la fe salvadora y su relación con la persona de Cristo, las provisiones de Cristo, las promesas de Cristo y los preceptos de Cristo. Presentaré mis cuatro puntos usando estas cuatro palabras que comienzan con la letra «p». En el tiempo que me queda, quiero intentar descifrar estas cuatro verdades.

1) La fe salvadora y su relación con la persona de Cristo

Mi principio fundamental es que, según las Escrituras, cuando un pecador tiene fe salvadora experimenta una relación directa y espiritual con la persona de Cristo. Él es el objeto de la fe y la fe nos une a Él. Miremos estos pasajes que son muy conocidos.

Juan 1:12: «Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre». ¿Qué significa creer en Su nombre? Significa aceptar a la persona de Cristo.

Colosenses 2:6: «Por tanto, de la manera que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en Él; firmemente arraigados y edificados en Él y confirmados en vuestra fe, tal como fuisteis instruidos, rebosando de gratitud». Aquí Pablo piensa en la iglesia que está en Colosenses y dice: «Ese es un grupo de personas que se ha parado ante la cruz y meramente asentido con la cabeza y dicho: “Creo que Jesús murió por los pecadores”». Él dijo: «De la manera que recibisteis a Jesucristo el Señor». Él nombra todos sus títulos, indicando que habían recibido a Cristo en su totalidad: un profeta para darles instrucción, un sacerdote para otorgarles el perdón y un rey para ejercer dominio sobre ellos.

Juan 6:37: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera». ¿En qué consiste la fe salvadora? Consiste en ir a Cristo mismo.

Juan 14:6: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí».

En la gran invitación de Mateo 11:28, Jesús mira a las grandes multitudes que están cansadas y cargadas con todos esos rituales religiosos vanos de los Fariseos que habían sido impuestos sobre el pueblo y dice: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí».

Además, ¿qué afirma el versículo más conocido del Nuevo Testamento? «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree». Después tenemos ahí una pequeña preposición griega «εἰς» que significa «en». «Todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna». ¿Quiénes tienen vida eterna? Aquellos que tienen la verdadera fe salvadora. ¿Y cuál es uno de los elementos esenciales de la fe salvadora? Nos sitúa en Cristo, y a través de nuestra unión con Jesucristo, tenemos todas las bendiciones de la salvación que Él provee. Significa creer en Cristo. Esta idea se encuentra por todo el libro de Juan.

En el versículo que probablemente es el segundo versículo más conocido –cuando el carcelero de Filipos, al ver el poder de Dios y Su gracia y misericordia clama: «Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?» Pablo le responde: «Cree». Después usa la preposición «ἐπὶ» que significa «sobre». Cuando yo pongo mi Biblia sobre esta tabla que está en el púlpito, todo el peso de la Biblia cae sobre esta tabla. «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo», y si los de tu casa también ejercen la fe, ellos también serán salvos.

Por tanto, al considerar todo este asunto acerca de cuáles son los elementos clave de la verdadera fe salvadora, vemos que, un pecador que tiene fe salvadora, experimenta una relación directa y espiritual con la persona de Cristo. El pecador, —con toda su culpa, toda su esclavitud, toda su miseria—, y el Salvador —en toda la plenitud de Su gracia, poder, misericordia y disposición para recibir a los pecadores—, el pecador en la magnitud de su necesidad y el Salvador en la magnitud de Su gracia, ambos se juntan y se abrazan en la fe verdadera. Significa creer sobre Él, creer en Él. Significa aceptarle a Él.

Un siervo de Dios que me ha ayudado en gran manera a entender estas cosas escribió lo siguiente: «La esencia de la fe salvadora es el traer al pecador que está perdido y muerto en sus delitos y pecados a tener un contacto directo y personal con el Salvador mismo, una relación que es nada menos que un compromiso del ser con Cristo en toda la gloria de Su persona, la perfección de Su obra, de la forma libre y completa en la que Él se nos presenta en el evangelio».

El evangelio es como un caballo sobre el cual Dios cabalga hacia los pecadores mientras les anuncia: «Todo lo que necesitan está en Mi Hijo: misericordia, perdón, liberación del poder del pecado y de los lazos del mismo diablo». Dónde existe la verdadera fe salvadora, el Salvador misericordioso y el pecador necesitado entran en una relación directa y personal que es nada menos que un compromiso del ser con Él en toda la gloria de Su persona. Él es Dios y hombre en una sola Persona para siempre y Su obra es perfecta. Él es el que clamó: «¡Consumado es!» y es de esta manera que Él se nos ofrece gratuitamente en el evangelio.

Ya que he establecido cuál es el primer elemento —espero que con suficiente prueba de las Escrituras como para persuadir tu consciencia— ahora quisiera dar varias aplicaciones. Hay algunos que enseñan que la fe salvadora no es nada más que creer el testimonio que Dios ha dado acerca de Su Hijo. Dios dijo: «Este es mi Hijo, mi amado. Escuchadle. Mi Hijo va a morir como el cordero de Dios para quitar el pecado del mundo. Después que haya pagado la paga del pecado, será resucitado de entre los muertos en el tercer día. Unos días después, haré que regrese a Mi diestra y lo pondré en Su trono como el Rey mesiánico, donde reinará hasta que haya puesto al enemigo final debajo de Sus pies: la misma muerte». Cree en ese testimonio; cree en lo que Dios ha dicho sobre Su Hijo. Pero esto no es fe salvadora. La fe salvadora no tiene como su objeto algunas verdades acerca de Cristo, sino a Cristo mismo. Dónde hay fe salvadora, el pecador y el Salvador entran en una relación directa y espiritual.

Existen miles de tratados impresos que al concluir afirman, dirigiéndose al lector del tratado: «Si reconoces que eres un pecador y crees que Jesucristo murió por ti, serás salvo». Esta no es la enseñanza bíblica. La fe salvadora no reposa sobre un solo acto salvífico de Cristo. No hay salvación sin Su muerte, pero puedes creer en Su muerte por los pecadores ¡y aun así caer en el infierno mañana! No somos salvos porque simplemente creemos que Él murió por pecadores igual que no somos salvos simplemente por creer que Él resucitó de entre los muertos y ascendió a la diestra del Padre en las alturas. El pecador es salvo cuando en toda su necesidad, él cree en y recibe a Aquel que se ofrece al pecador como el único Salvador de los hombres.

2) La fe salvadora y su relación con la provisión de Cristo

Consideremos ahora el segundo elemento de la fe salvadora. Este elemento tiene que ver con la provisión de Cristo. Hemos considerado la relación que la fe salvadora sostiene con la persona de Cristo y ahora, ¿cuál es su relación con la provisión de Cristo?

Ustedes recuerdan el relato navideño. José se entera de que su esposa está en cinta. Sostiene una lucha interior porque no sabe qué hacer. Tenía varias opciones bajo la ley judía contemporánea. Cuando está luchando internamente con el tema de cuál sería el curso de acción que más bondad le mostraría a María, se le aparece un ángel. El ángel dice: «José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque el Niño que se ha engendrado en ella es del Espíritu Santo. Y dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:20-21).

Se identifica a Cristo, desde Su concepción misma, como el único Salvador que ha sido enviado por Dios. Ha hecho toda la provisión que necesitamos, en cada aspecto de nuestra necesidad, para que Dios siga siendo absolutamente santo, absolutamente justo, absolutamente íntegro, absolutamente amoroso. Dios conserva la integridad de todos Sus atributos al salvarnos de la manera en que lo hace. No tiene que pisotear sobre ninguno de Sus atributos a fin de salvarnos. El que Dios pisoteara Su propia integridad sería un precio demasiado alto que pagar. Así que, Él ha concebido este maravilloso plan de salvación por medio del cual se magnifica Su justicia, se exalta Su virtud: tanto Su rectitud absoluta como Su amor, misericordia y compasión se manifiestan completamente. Él hace todo en la persona de Su Hijo.

Pero hay algo crucial que nunca, nunca debemos olvidar y es que para Jesús hacer lo que Dios dijo que haría, salvar «a Su pueblo de sus pecados», Él tenía que llegar a ser lo que llegó a ser para realizar esa obra. El fundamento de la obra salvífica de Cristo es la singularidad de Su persona como el Dios hombre. Para Dios salvarnos sin comprometer ninguno de Sus atributos, tenía que haber una encarnación. La segunda persona de la deidad tenía que hacerse carne.

Juan 1:1-4 declara: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres».

Después, el versículo 14 del primer capítulo de Juan dice: «Y el Verbo». La Palabra eterna que estaba con Dios, que es Dios mismo, la segunda persona de la misteriosa Trinidad. Dice: «La Palabra se hizo carne». Él no deja de ser la Palabra. Él era igual a Dios mismo y no perdió ninguna parte de Su Deidad. Esto sería imposible para Dios. Pero, sin dejar de ser todo lo que era como Dios, puso a un lado los signos de la Deidad, la adoración inmediata de los serafines, querubines y de las miríadas de ángeles.

Él entra en el vientre de María por obra del Espíritu Santo. Meditemos en esto. ¡Meditemos en esto! Ahí, en la matriz de una joven virgen, en el momento en que ocurrió la concepción, cuando el Espíritu de Dios —lo digo con reverencia— tomó uno de sus óvulos y María quedó encinta, Dios tomó forma de cigoto. ¡Pensemos en eso! El Dios que habló y fueron hechos todos los millones de galaxias por el aliento de Su boca; ¡todas las cosas fueran hechas por Él! Repentinamente, este Dios queda escondido dentro de los límites de la matriz oscura de una joven virgen, con forma de un ser humano de dos células, después con cuatro células y dieciséis. Pasó por cada etapa del desarrollo prenatal. Hubo un tiempo cuando las manos que se extendieron para tocar a los leprosos tenían la forma de las pequeñas aletas de un feto en la matriz. ¡La Deidad obtuvo Su sustento por medio de un cordón umbilical! ¡Amigos, meditemos en esto! ¿Por qué hubo esta condescendencia de parte de la segunda persona de la Deidad? Porque, sin una muerte que tuviera lugar bajo la ira de Dios, no podríamos tener salvación.

El escritor a los hebreos declara: «Así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, Él igualmente participó también de lo mismo, para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida».

Por esta razón, Pablo podía escribir en Gálatas 4:4: «Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer». Cómo afirman los viejos credos y confesiones: «de la sustancia de María». Sin pecado, pero nacido de mujer. Prestemos mucha atención: «nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos».

Si tú y yo hemos de entrar al cielo, necesitamos un historial personal que esté absolutamente y perfectamente limpio. Si hemos de entrar al cielo de forma justa, no puede haber un solo cargo en contra nuestra. El Dios que conoce nuestros pensamientos y las intenciones del corazón, que conoce nuestras motivaciones y nuestros pensamientos más oscuros, bajos y egoístas, Él debe ser capaz de mirarnos y decir: «Te doy la bienvenida a Mi presencia, tú que no tienes pecado. Mi hijo en contra quién no tengo cargo alguno, perfectamente inocente. Te doy la bienvenida a Mi presencia». ¿Cómo puede hacer eso? Lo puede hacer porque envió a Su Hijo, nacido bajo la ley como nuestro representante, la cabeza del pacto, el segundo Adán, el último hombre del cielo. Meditemos en esto. Jesús tomó nuestro lugar bajo la ley, guardó la ley en toda la anchura y altura de sus demandas, afectaba cada pensamiento, cada palabra.

Medita en esto, tú que eres joven y tienes hermanos. Cuando Él era un niñito, Jesús nunca le arrancó un juguete a uno de Sus hermanos o hermanas, diciendo: «Eso es mío, no lo toques». Ni una sola vez. Cuando tuvo edad para hacer quehaceres y José le pedía que sacara la basura, nunca puso una mala cara. Si Jesús hubiera hecho una sola mala cara, ¡seríamos malditos! Seríamos condenados porque no existiera un historial perfecto de ningún hombre que haya vivido en este mundo bajo la ley y que pudiera presentar un historial perfecto ante Dios y decir: «Mi Padre, el historial que tengo, lo tengo a favor de Mi pueblo». Esta es la justificación en su primer aspecto maravilloso.

Romanos 5:19: «Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos». Dios pone la provisión hecha por Jesucristo a nuestro favor, el historial perfecto de Su obediencia perfecta a la ley perfecta de Dios.

Pero también hizo otra cosa. Gálatas 3:13 afirma: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley». ¿Cómo? ¿Persuadió a Dios para que se olvidara de la maldición? No, sino que, lo hizo, «habiéndose hecho maldición por nosotros».

El verdadero significado de la cruz no se encuentra cuando leemos los relatos de los evangelios y vemos la tragedia de cómo Sus discípulos le fallaron en el jardín de Getsemaní. Lo abandonaron después que fue arrestado y las multitudes, sedientas de sangre, gritaban: «¡Crucifícalo!»

¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo?

¡Que nos den a Barrabás! ¡Sea crucificado!

Lo ataron a un poste de flagelación y un soldado romano tomó el horrible instrumento de tortura y lo dejó caer sobre la espalda desnuda del Hijo de Dios una y otra vez, utilizando una forma de tortura que solía matar a la víctima. La espalda de nuestro Señor fue hecha tiras de carne sangrienta. Entonces lo sacan para afuera y Él se tambalea bajo el peso de la cruz. Después reclutan a un hombre, Simón de Cirene, y él carga la cruz hasta el lugar de ejecución. A continuación, siguen con el tratamiento brutal de estirarlo sobre la cruz y clavan sus manos y sus pies a martillazos, levantando lo recto y hundiéndolo en el hoyo, hasta que todo Su cuerpo se hunde en un espasmo de dolor estremecedor, agudo, abrasador. Cuelga ahí, en medio de la tierra y el cielo, sin un solo murmullo de queja. Todas las palabras que salen de Su boca son palabras de gracia, palabras de bondad. Entonces ocurre algo extraño en pleno mediodía: los cielos se cubren de una oscuridad tan negra y oscura que parece tinta. Hubo oscuridad sobre toda la tierra desde el mediodía hasta las tres, como si Dios mismo hubiera dicho: «Esta escena es tan horrenda que no puedo mirarla directamente».

Las Escrituras nos dicen que hacia la hora novena –las tres de la tarde, a la misma hora en que el sacerdote de la comunidad estaría ofreciendo el sacrificio de la tarde— dicen: «Jesús exclamó a gran voz, diciendo: “ELI, ELI, ¿LEMA SABACTANI?” Esto es: “DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?”». En otras palabras: «Las multitudes han clamado por Mi sangre. Yo fui como una oveja llevada al esquilador. Estuve mudo delante de Mis acusadores. Mis discípulos me abandonaron, ¿pero Mi Padre? Tú me has sostenido a través de todos los años de Mi peregrinaje, y yo podía decir: “Yo sé que siempre me oyes”. Pero ahora, Mi Padre, toda consciencia perceptible de Tu presencia y Tu sostén y Tu cercanía están ausentes. Mi Padre, Mi Dios, ¿por qué me has abandonado?» ¿Ustedes saben cuál es la respuesta a esa pregunta? Las Escrituras dicen que fue porque Él estaba haciéndose maldición por nosotros.

El profeta Isaías dijo: «El SEÑOR hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros». Dios, por decirlo así, bajó de Su trono por un momento. Se puso las vestiduras especiales de juez y dijo: «Mi Hijo y Yo vamos a la corte donde yo me sentaré como el Juez universal. Mi Hijo vendrá delante de Mi cargado con los pecados de todo Su pueblo». Cuando el Padre dice: «Mi Hijo, te imputo la culpa que merece las angustias del infierno, a favor de todos aquellos que Tú tomaste voluntariamente como Mi depósito para Ti». Recuerden que Jesús dijo: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí». «Yo te los entrego, mi Hijo, y este es el pináculo de Tu obra a su favor. Si Tú has de ponerlos en libertad y Yo he de decir que no han de ser castigados, Mi Hijo, debes soportar toda la realidad del abandono». Él fue abandonado porque esto es la esencia del infierno. Las últimas palabras que todo pecador que es condenado al infierno escuchará son: «Apartaos de Mí, los que practicáis la iniquidad».

Pero gracias a Dios que antes de inclinar Su cabeza y entregar Su espíritu, Jesús clamó otra vez a gran voz. Personalmente, pienso que fue por esta razón que Él acepto el vino amargo, el vinagre, algo barato que los soldados llevaban en un cántaro. Se mojó los labios, se humedeció la boca y la lengua suficientemente, respiró bien profundo por última vez, y clamó a gran voz: «¡Tetelestai!» ¡Consumado es! No dijo: «Estoy acabado» sino «Consumado es». ¿Qué se había consumado? Toda la obra de cargar con la maldición a favor de ti y de mí, como nuestro sustituto.

Muerte y maldición estaban en la copa:
Oh, Cristo, para Ti llena estaba;
Pero Tú bebiste hasta la última gota
Y para mí ha sido vaciada.
Esa copa amarga que el amor consumió;
Es ahora mi copa de bendición.
(Estrofa de un himno por Anne R. Cousin)

Así fue como Cristo hizo provisión para nuestra salvación: por medio de una vida de perfecta obediencia que Dios pone a nuestra cuenta, por la manera en que cargó con la maldición como nuestro sustituto, algo que Dios imputa a nuestro favor. De esta manera Dios puede ser justo y el que justifica al que tiene fe en Jesús.

Ahora, rápidamente, permítanme delinear unos cuantos aspectos más de esa provisión de Cristo. Lo que Él logro en la cruz, cuando exhaló Su Espíritu, fue validado tres días después. Romanos 4:25 declara: «Él fue resucitado para nuestra justificación». Después de cargar con la maldición y eliminarla, Él fue resucitado para confirmar que el precio se había pagado. En esa cruz, Él venció los poderes de las tinieblas (Colosenses 2; Hebreos 2; 1 Juan 3:8). Por esta razón, podía entonces liberar a los cautivos, porque había obtenido la victoria por medio de Su muerte.

Después ascendió a la diestra del Padre. Su obra en la tierra se había realizado, pero no Su obra de salvación. Todos los que llegan a tener la fe verdadera, necesitan que se les mantenga en esta luz y que se les guarde por la puerta de la muerte. ¿Cómo son guardados? Hebreos 7:25: «Por lo cual Él también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios». ¿Por qué? «Puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos». No soy salvo solamente por medio de la vida perfecta de Cristo y la muerte sustitutiva de Cristo, sino que soy salvo por mi Cristo que intercede por mí a la diestra del Padre.

A pesar de todo el pecado remanente que está en nosotros y que puede arrastrarnos hacía la vergüenza, el Salvador que continuará haciendo esta obra nos guarda, hasta que el Padre diga: «Ha llegado la hora Mi Hijo. Los últimos de Tus elegidos, que son también Mis elegidos, están reunidos. Ha llegado la hora para que el arcángel toque su trompeta. Es tiempo de reunir a todos los escogidos para presentarle a Mi Hijo su esposa hermoseada y perfeccionada, que ha sido llamada de toda tribu, lengua y nación, que fue hecha perfecta en base a la obra de Cristo, santificada, conformada a la imagen de Cristo por el Espíritu que mora en ella». Esta es la obra de Cristo, la obra por la cual obtuvo nuestra salvación.

¿Qué es la fe salvadora? La fe salvadora no consiste en solamente experimentar un trato directo con la persona de Cristo. Conlleva el apropiarse de y descansar sobre la provisión de Cristo para los pecadores, el descansar solamente sobre la obra de Cristo. Cristo más nada equivale a todo lo que necesitamos para estar bien con Dios en este tiempo presente y en la eternidad. Me apresuro para presentar los otros encabezados rápidamente. No tengo tiempo para explicarlos.

3) La fe salvadora en relación con las promesas de Cristo

En tercer lugar, por medio de la fe salvadora nos apropiamos de las promesas de Cristo. ¿Cuáles son estas promesas? Son promesas maravillosas. Ya he citado una de ellas. Juan 6:37: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera. Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba». Como dicen las Escrituras: «El que cree en mí, de lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva». «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar». La fe salvadora se agarra de las promesas de Cristo como los cuernos sobre el altar. Estos son los medios por los cuales somos llevados a esa unión salvadora. Las promesas que son «sí» y «amén» en Cristo, esas promesas que se encuentran a través de las Escrituras, llegan a ser, por así decirlo, el camino por el cual andamos en fe hacia los brazos del Salvador.

4) La fe salvadora en relación con la sumisión a los preceptos de Cristo

En cuarto lugar, presento este encabezado: por medio de la fe salvadora, nos sometemos alegremente a los preceptos y al gobierno de Cristo. Este es un asunto crucial. Muchas personas dicen: «Acepta a Cristo como tu Salvador». Pero no dicen nada de lo siguiente: «Sométete a Cristo como tu Señor. Acepta la Palabra de Cristo como la norma para tu vida, para que, en tu vida personal, familiar, laboral y social, la Palabra de Cristo sea tu gobierno y te conduzca en los senderos de justicia por amor a su nombre».

Prestemos atención a unos cuantos pasajes. De nuevo, el pasaje de Mateo 11: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar». ¿Qué palabra viene después? «Tomad». ¿Tomad qué? «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí». ¿Qué es un yugo? Era una barra que se cargaba sobre los hombros para cargar cántaros de agua u otros artículos, o una yunta de bueyes que tiraban hacia la misma dirección y araban el mismo surco. Jesús dijo: «Cuando acudas a Mí para quitarte esa carga pesada y opresiva de encima, toma mi yugo sobre ti. Mi yugo es fácil. Mi carga es ligera, ¡pero es real! Toda persona a quien yo le quito la carga del pecado, toma mi yugo para aprender de Mí. ¿Qué aprenden de Mí? Todo lo que digo a través de Mi Palabra para que la vida sea gobernada por las Escrituras».

Existen muchos pasajes que tratan sobre este tema. Pedro podía decir: «Vosotros andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Guardián de vuestras almas» (1 Pedro 2:25). Un guardián es un administrador. «Habéis vuelto al Pastor y Guardián de vuestras almas», a quién debemos rendir cuentas en toda faceta de la vida. «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen» (Juan 10:27). «Vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen» (Hebreos 5:9). «El que dice: “Yo he llegado a conocerle”, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él» (1 Juan 2:4). «El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo» (1 Juan 2:6). Pasaje tras pasaje muestra que donde existe la verdadera fe salvadora, hay una sumisión alegre a los preceptos y al gobierno de Cristo.

Amo el Salmo 2, donde Dios declara que las naciones y las personas importantes se reúnen y traman para quitarse el yugo de Cristo, hablan de cómo romperán las cadenas de Su ley y de Su gobierno. Las Escrituras dicen: «El que se sienta en los cielos se ríe» (Salmo 2:4). Solamente existen unos pocos lugares en las Escrituras que mencionan la risa de Dios. Siempre se refieren a la risa que provocaría una pequeña cucaracha que de algún modo se subiera a esta plataforma y que de repente pudiera hablar, se parara en sus patitas traseras, levantara los puños y dijera: «Predicador, no me agrada lo que estás diciendo. Quiero que cierres la boca y si no lo haces, ¡te daré una paliza!» Yo le podría responder a esa cucaracha: «¡Ja, ja, ja! ¿Tú me darás una paliza Señor Cucaracha? No hay duda de quién ganará; calzo un número 12». Entonces se oiría el crujido de la cucaracha bajo mi zapato. En una situación así, me reiría, y este es el cuadro que se presenta. El que se sienta en el cielo ve a unos hombrecillos insignificantes que dicen: «Vamos a hacer lo que nos plazca. Adoptaremos nuestra propia identidad sexual. A la basura con todas estas nociones de una masculinidad y una feminidad distintivas. Escogeremos cualquier senda por la cual nos lleven nuestros placeres eróticos. ¿A quién le importa Dios? El Dios que hizo el varón y la hembra. ¿A quién le importa la inviolabilidad del matrimonio? ¿A quién le interesa la inviolabilidad de las relaciones sexuales?» A Dios le importan todas estas cosas y cuando mira a los hombrecillos insignificantes, se ríe.

Dios dice que en presencia de tal Dios que exalta a Su Hijo y lo sienta a Su diestra, debemos: «Honrar al Hijo. Le he entregado todo gobierno. Él tiene el cetro del universo en Su mano. Hónrenlo con sumisión. Honren al Hijo para que no se enoje y perezcáis en el camino».

Bueno, he tropezado a través de los últimos encabezados, pero espero que haya presentado algunos puntos que nos ayuden a pensar bíblicamente. ¿Qué significa llegar a creer en Cristo en verdad? No estoy diciendo que sea necesario llegar a la fe con unos conceptos que se expresan usando las mismas palabras que yo he usado. Esto sería francamente estúpido y también irresponsable. Pero es mi esperanza que, si eres un verdadero creyente, te has dicho a ti mismo: «Sí, es verdad, esto fue lo que ocurrió conmigo. Me encontré acercándome a Jesús y en Jesús encontré la respuesta al problema del pecado, al por qué de mi existencia y al significado de la vida. Sí, confío solamente en Su vida perfecta y en la muerte que Él murió a favor de un pecador como yo. Confío solamente en Él. Sí, encuentro consuelo en la promesa de que una vez acudimos a Él, Él nunca nos echará fuera. Amo su yugo; he encontrado que es fácil y que su carga es ligera». Si estas cosas son parte de tu experiencia espiritual entonces eres un verdadero creyente y crees con la fe de los elegidos de Dios.

Pero si estás sentado aquí y dices: «No tengo ni idea de lo que habla este hombre. Habla de la vida perfecta de Cristo y la muerte perfecta de Cristo. Estas cosas nunca me han pasado por la mente. Esa idea de someter mi vida a Cristo de manera que desee conocer Su voluntad para cada faceta de mi vida con un anhelo por complacerle, no la conozco». Amigo, si ese eres tú, eres un incrédulo y la ira de Dios cuelga sobre tu cabeza. Estoy aquí hoy para decirte que, si te vuelves de una vida de autodeterminación, una vida en la que defines lo que está bien o mal de acuerdo a tus propios estándares, en la que vives para complacerte a ti mismo y para ti mismo (como Pablo la describe en 2 Corintios 5:14) –si aquí y ahora, te vuelves de esa vida y descansas sin reservas sobre el Señor Jesucristo, crees en Cristo, crees sobre el Señor Jesucristo ¡serás salvo! Quiera Dios que acudas a Jesús.

Quiero terminar con una analogía que ha sido una bendición para mí a través de los años. Durante el ministerio de sanación de nuestro Señor, se corrió la palabra de que Él limpiaba a los leprosos, sanaba a los ciegos y abría los oídos de los sordos. En una ocasión, Él estaba saliendo de un pueblo y parece que un hombre ciego, un hombre que no podía ver lo que estaba ocurriendo pero que tenía buenos oídos (no como yo que tengo usar un aparato para poder escuchar), este hombre escuchó cierto alboroto. Tal vez le dio un empujoncito a alguien que le quedaba cerca.

¿Qué está pasando?

Jesús el Nazareno, de Galilea, está entrando en nuestro pueblo.

¿Jesús? ¿El mismo que abre los oídos sordos y cura los ojos ciegos?

Sí, ahí viene.

Él escucha y oye que se acercan unos pasos, hasta que como un hombre ciego que ha cultivado sus otros sentidos hasta agudizarlos más que los sentidos de aquellos que pueden ver, sabe que Jesús debe estar justo al lado de él. Entonces, clama: «Hijo de David, ¡ten misericordia de mí!». La gente que lo rodea le dice: «Cállate. Él no tiene tiempo para ti. Ha silencio». Pero la Biblia declara que él gritó aún más alto: «¡Hijo de David, ten misericordia de mí!». Luego dice con unas palabras muy hermosas: «Y deteniéndose Jesús».

¿Quieres parar al Señor Jesús en seco? Comienza a gritar como un méndigo ciego: «Hijo de David, ¡ten misericordia!» Jesús dejará cualquier otra cosa que esté haciendo he irá a ti en gracia salvadora y en poder, te abrirá los ojos ciegos, destapará tus oídos sordos, te levantará de entre los muertos y te hará una nueva criatura en Él.

Oh, mis hermanos predicadores, ¡qué evangelio tenemos para predicar! Que proclamación tan libre y sin trabas que nos permite decir a todo pecador: «Cristo es tuyo si confías en Él». ¡Dios quiera que acudas a Él hoy mismo! Vamos a orar.

Padre santo, te damos gracias por tal Salvador y tal salvación. Te damos gracias por lo que en muchas maneras es la pura sencillez de la fe salvadora: nosotros, pecadores, entramos en una relación con un Salvador que es apto y está dispuesto. Oramos que Tú bendigas la proclamación de Tu Palabra, para que su resultado sea el que algunos pasen de muerte a vida, que algunos sean confirmados y fortalecidos en la convicción de que en verdad creen con esa fe que Tú les has otorgado por el Espíritu. Para aquellos que se demoran, Señor, que vean ellos la necedad de seguir esperando. Que este sea el día en el que ellos clamen al Señor Jesús, Hijo de David: «¡Ten misericordia de mí!» Escúchanos, te lo rogamos, en el nombre de Jesús. Amén.

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Those of you who have seen the program for the conference will know that it is announced that today I am to preach to you on the subject of a sermon on “Four Essential Properties of Saving Faith.” I realized that that sounds like you’re going to get a theological lecture. That sounds like a title that a teacher of theology might give as a lecture to his students in a seminary. “The Four Essential Properties of Saving Faith.” I assure you that what I have in my heart and I trust in my head and hopefully on my tongue, is far from a theological lecture. This subject is nothing less than a matter of life and death. Eternal life on the one hand, or eternal death on the other hand. Let me quote several texts of Scripture that underscore that very clearly.

In Romans 1:16 we read, “I am not ashamed of the gospel, for is is the power of God to everyone that believes: to the Jew first, and also to the Greek.” Then in John 3:36 we read, “Whoever believes has eternal life, but he that believes not, for the wrath of God abides on him.” As surely as we sit under this roof—if you are not a believer, if you are not united to Christ in true, saving faith—the wrath of Almighty God hangs over your head. It’s as surely as that roof hangs over your head. It’s only a heartbeat that keeps that wrath from falling down upon your head and pressing you into everlasting darkness, where there is weeping and wailing and gnashing of teeth.

Another text is Ephesians 2:8, “For by grace are ye saved, through faith.” Finally, Revelation 21:8 says, “But the fearful and the unbelieving shall have their part in the Lake of Fire. This matter of saving faith and whether we possess saving faith is not a theological gymnasium, where we play games with words. It is a matter of eternal life or eternal death.

Because the Bible clearly speaks of people who have a kind of faith that falls short of real, saving faith, we should know the difference between the two. Listen to these Scriptures that speak of people that believed, and yet fell short of a saving relationship to the Lord Jesus.

In John chapter 2, the Scriptures tell us in verse 23 that when Jesus was in Jerusalem and had been performing many miracles. John tells us, “Now when He was in Jerusalem at the Passover Feast, many believed in His name when they saw the signs He was doing. But Jesus on His part did not entrust Himself to them, because He knew all people, and needed not that anyone should bear witness about all men, for He Himself knew what was in man.” Here were people that said, “Yes, we believe in Jesus. We see His miracles that validate who He is.” But Jesus did not believe in them. It’s the same Greek word. He did not entrust Himself to them, because He knew that their professed faith was not real, saving faith.

You find the same thing in John chapter 8, verse 31. Our Lord says, “Jesus said to the Jews who had believed in Him, ‘If you abide in My word, then you are truly my disciples, and you will know the truth, and the truth will set you free.’ They answered Him ‘We are offspring of Abraham, we have never been enslaved to anyone. How is it that you say we will become free?’” Here are believers. The text is clear, “The Jews believed in Him.” Jesus underscores what the fruit of saving faith is and says, “If you continue to abide by My word, you’ll know the truth; the truth will make you free.” They say, “Why do we need to be made free? We have never been in bondage to anyone.” Later on, in this very chapter, to those same people, in verse 44 Jesus says, “You are of your father, the devil.” Here are believers who are children of the devil! So, it’s possible, you see, to have a kind of faith that falls short of real, saving faith.

Again, in the book of James, James is trying to get these people to understand that true faith is not just notions about God and about Christ, but that there is a vital life-transforming experience of the grace of God, where there is true faith. He says in chapter 2, verse 19, “You believe God is one. You do well.” In other words, “You believe what an Orthodox Jew is supposed to believe.” “Hear O Israel, the Lord our God is one.” He says, “You believe. Very well. The demons also believe—and they tremble.” The demons believe. The demons have faith. Is anyone ready to say this morning, “The demons are saved”? Of course not, but they had a faith that James says was a real faith. It even caused emotional responses. They shudder, they tremble in the light of what they believe.

Then you have that incident in Acts chapter 8. When Philip and others were preaching in Samaria there was a mighty work of the Spirit of God. In the midst of that, it said that a certain man believed and was baptized. Yet, after he showed his true colors, Peter said to him, “You do not have the root of the matter in you. Simon, you are still in the gall of bitterness and in the bond of iniquity.”

This subject of what are the four essential properties of saving faith is vital, because there is a faith that falls short of real, saving faith. Though men may drift along in this life with that faith that damns, a day is coming when our Lord sits upon His throne, and all will be gathered before Him. There will be many, according to Jesus, who will say, “Lord, Lord, did we not do this and that and the other?” He will say to them, “Depart from Me, I never knew you.” So, it’s vital for us to understand what are the things that make up true, saving faith. What was called in the passage of Titus 1:1, “The faith of God’s elect.” What does it look like? What is it made up of? Well, it would be lovely if we could turn to one or two texts of Scripture, and there find a nice, condensed, brief, accurate definition of saving faith. If there were such, I’m sure all of us would have memorized that verse, but God has not given us that. He’s given us a few verses that give us descriptions of faith. (Hebrews 11:1). But what God has given us in His Word is that He gives us illustrations of saving faith in action. So, we see what it is by what it does and what it does not do.

Then, there are analogies or pictures of what saving faith is. It’s called ‘looking,’ ‘eating’ and ‘drinking’ of Christ. It’s called ‘coming to Christ.’ It’s called ‘laying hold of Christ.’ So, we have to take all of these strands of biblical truth that show faith in action, faith by analogy and picture, and we need to spread them all out and put them in their obvious categories, and seek to come up not with a simple, little definition of faith, but try to identify what are those elements absolutely essential where we find saving faith. That’s what I’m going to attempt to do in my preaching today.

If you were to ask me, “Pastor Martin, what do you hope to accomplish in doing that?” I want to give you three c’s that capture what my goal is in my preaching today. My goal is to confirm, to convict, and to constrain.

First of all, in my preaching I want to be an instrument in God’s hands to confirm true believers that the faith you possess is indeed that faith which is the gift of God, and will issue in everlasting life. There may be some of you who have read these passages about the demons who also believe, and about that magician in Acts 8 that believed, and the many Jews that believed but were not truly saved. When you’ve come to them, perhaps you’ve scratched your head and said, “Lord, do I have the real thing? Is my faith true, saving faith?” I hope in the preaching of today you will see things that will strengthen your assurance, that will confirm to your own conscience that you really are united to Christ in true and saving faith.

Secondly, I hope to be an instrument to convict. Some of you who are not true believers, you may sit there right now and say, “I’ve believed the gospel for years, I’ve believed Christ died for sinners. I believe He rose from the dead on the third day. I attend a good, solid church regularly. Why would I have any reason to doubt that my faith is real?” Well, I hope there may be some in that category that would be brought to conviction, “I don’t have the real thing,” and will run to Christ, that you might indeed be truly united to Him.

Thirdly, I hope to constrain others. There may be some sitting here who have been thinking of the fact of your sin, the coming judgement, and that you have no confidence that your sins are pardoned. You have no confidence that you have a good record in the court of Heaven, and I’m hoping and praying that as I preach and we consider the elements of true, saving faith, you will be constrained to come to faith this morning. That you would be constrained by the work of the Holy Spirit to cast yourself without any reservation upon the Lord Jesus Christ, and leave here today saying, “I know I am a true believer in the Lord Jesus Christ, and I have eternal life in Him.” That’s my goal.

We looked at why the subject is important, we looked at what my goal is. Now, how am I going to pursue the goal? I want to pursue the goal by demonstrating that the elements of saving faith all have reference to the Lord Jesus Christ Himself. We’re going to consider saving faith in relationship to the Person of Christ, the provisions of Christ, the promises of Christ, and the precepts of Christ. I give you those four p’s. In the time that remains, let me attempt to unpack those four lines of truth.

1) Saving faith in relationship to the Person of Christ.

Here’s my basic principle: according to the Scriptures, in saving faith the sinner experiences direct, spiritual engagement with the Person of Christ. He is the object of faith, and faith united us to Him. Listen to these very familiar texts.

John 1:12, “As many as received Him [the Person] to them gave He the right to become the children of God, even to them that believe on His name.” What is it to believe on His name? It is to receive the Person of Christ.

Colossians 2:6, “As ye have therefore received Christ Jesus the Lord, so walk in Him, rooted and built up in Him, abounding in thanksgiving.” Here Paul, thinking of the Church in Colossae, says, “That’s a group of people. They have not simply stood before the cross and nodded their heads and said, ‘I believe Jesus died for sinners.’” He said, “As you have received Christ Jesus the Lord.” He gives all of His titles, indicating they received a whole Christ: a Prophet to teach them, a Priest to forgive them, and a King to rule over them.

John 6:37, “All that the Father gives Me shall come to Me, and him that comes to Me I will in no wise cast out.” What is saving faith? It is a coming to Christ Himself.

John 14:6, “I am the way, the truth, and the life. No man comes to the Father but by Me.”

In His great invitation, in Matthew 11:28, Jesus looks out on the vast multitudes burdened and bent down and heavy-laden with all the Pharisaic, empty religious rituals imposed upon the people, and He says, “Come unto Me, all ye that labor and are heavy-laden, and I will give you rest. Take My yoke upon you, and learn from Me.”

Then, the most familiar verse in the New Testament, what does it say? “For God so loved the world, that He gave His only begotten Son, that whosoever believeth.” Then you have a little, Greek preposition eis, which means ‘into’. “Whosoever believes into Him should not perish, but have everlasting life.” Who has everlasting life? Those that have true, saving faith. And what is one of the fundamental elements of saving faith? It places us into Christ, and in union with Jesus Christ, we have all the blessings of the salvation provided by Christ. It is believing into Christ. You find that all the way through the book of John.

In that second verse probably most well-known, when that Philippian jailor—having seen the power of God—is ready to kill himself and Paul says, “Do yourself no harm. We’re all here.” He, seeing the power of God and the mercy and grace of God, cries out, “Sirs, what must I do to be saved?” Paul says, “Believe.” Then he uses a proposition, epi, which means ‘upon.’ When I place my Bible upon this shelf in the pulpit, all the weight of the Bible rests down on this shelf in the pulpit. “Believe upon the Lord Jesus Christ, and you shall be saved; and your house coming to faith, they shall be saved also.”

So, we think of this whole matter of what are the key elements of true, saving faith. In saving faith, the sinners experiences direct, spiritual engagement with the Person of Christ. The sinner—in all his guilt, in all his bondage, in all his wretched condition, and the Saviour in all the plenitude of His grace, power, mercy, and welcoming of sinners, the sinner in the magnitude of his need, the Saviour in the magnitude of His grace—they come together, and they embrace in true faith. It is a believing upon Him, a believing into Him. It is a receiving of Him.

One of God’s servant’s who has greatly helped me in understanding these things wrote as follows, “The essence of saving faith is to bring the sinner lost and dead in tresspasses and sins into direct, personal cotact with the Saviour Himself, contact which is nothing less than that of self-commitment to Christ in all the glory of His Person, and the perfection of His work, as He is freely, and fully offered to us in the gospel.”

The gospel is God’s horse upon which He rides to sinners, and says, “In My Son is everything you need: forgiveness, for pardon, for liberation from the power of sin and the snares of the devil himself.” In true, saving faith, this gracious Saviour and this needy sinner come into direct, personal contact that is nothing less than self-commitment to Him in all the glory of His Person. He is God and man in one Person forever, and the perfection of His work—the One who cried “It is finished”—this is how He is freely offered in the gospel.

Having established that first element, I trust from enough Scriptures to carry your conscience, let me say several things by way of application. There are some who teach, “Saving faith is nothing more than crediting the testimony God made about His Son.” God said, “This is My Son, My beloved. Listen to Him. This is My Son who will die as the Lamb of God to take away the sin of the world. Having paid the price for sin, He will be raised from the dead on the third day. Some days later I will take Him back to My right hand, and I will enthrone Him as the Messianic King, where He will reign until He puts the last enemy beneath His feet: death itself.” Credit that testimony; believe what God has said about His Son. That is not saving faith. The object of saving faith is not some truths about Christ, but Christ Himself. In saving faith, the sinner and the Saviour come into direct, spiritual engagement.

There are hundreds of tracts printed that say at the end, when they’re talking to the person who is reading the tract, “If you will acknowledge yourself to be a sinner, and believe that Jesus Christ died for you, you will be saved.” That’s not what the Bible teaches. Saving faith does not terminate on one of the saving acts of Christ. Without His death there is no salvation, but you can believe in His death for sinners, and split Hell wide open tomorrow! We’re not saved by simply believing He died for sinners anymore than we’re saved by simply believing He rose from the dead or ascended to the right hand of the Father on high. We are saved when the sinner in all his need, and the Saviour in all His grace and power, come into direct contact as the sinner believes upon, believes into, as the sinner receives Him who is offered to the sinner as the only Saviour of men.

2) Saving faith in relationship to the provisions of Christ.

Now, let’s look at a second element of saving faith; that has to do with the provisions of Christ. We began with its relationship to the Person of Christ, now what about the provisions of Christ?

You remember the Christmas story. Joseph finds out his wife is pregnant. He’s wrestling with what to do, and has several options under Jewish and contemporary law. As he’s wrestling with what to do that would be the kindest thing to do to Mary, an angel appears to him. The angel says, “Joseph, do not be afraid to take unto you Mary your wife, for that which is begotten of her is of the Holy Spirit, and she shall bring forth a Son. And you shall call His name Jesus, for He it is that will save His people from their sins.” (Matthew 1:20-21.)

Christ is identified—from His very conception—as the one Saviour sent by God. He has made provision for every aspect of our need for God to remain absolutely holy, absolutely just, absolutely upright, perfectly loving. God maintains the integrity of all of His attributes in the way in which He saves us. He does not have to trample any of His attributes under foot in order to save us. It would be too high a price to pay for God to trample upon His own integrity. So, He has conceived this marvellous plan of salvation by which His justice is magnified; His righteousness is exalted; His total uprightness, as well as His love and mercy and compassion is fully manifested. He does all of this in the Person of His Son.

But here’s a critical thing that we must never, never forget: if Jesus is to do what God has said He is to do—“He shall save His people from their sins”—He has to become what He became in order to do that work. The foundation of Christ’s saving work is the uniqueness of His Person as the God-man, and for God to save us in a way that does not compromise any of His attributes, there had to be an incarnation. There had to be the enfleshment of the second Person of the Godhead.

John 1:1-4, “In the beginning was the Word, and the Word was with God, and the Word was God. All things were made by Him, and without Him was not anything made that has been made. In Him was life. He was light and was the life of men.” Then verse 14 of John 1 says, “And the Word.” That eternal Word who was with God, who is God Himself, the second Person of the mysterious Trinity. It says, “The Word became flesh.” He did not cease to be the Word. He was equal to God Himself. He did not lose anything of His Godness. That’s impossible for God. But remaining all that He was as God, He lays aside the trappings of His Deity, the immediate worship of Seraphim and Cherubim and the multitudes, innumerable companies of angels.

He comes to Mary’s womb by the operation of the Holy Spirit. Think of it. Think of it! There, in that young virgin’s womb, the moment that conception occurred, when the Spirit of God—I say it reverently—took one of her eggs and impregnated Mary; God became a zygote. Think of it! The God who spoke the millions of galaxies into being by the word of His mouth. All things were made by Him! Suddenly, this God is tucked away in the dark confines of a young virgin’s womb, and is a two-celled human being, then a four-celled and a sixteen-cell. He passed through every single stage of prenatal development. There was a time when the hands that reached out and touched lepers were those little flippers of the fetus in the womb. Deity was sustained by an umbilical cord! Think of it, my friends! Why this stooping on the part of the second Person of the Godhead? Because, without a death died under the wrath of God, we could have no salvation.

The writer to the Hebrews says, “For as much as the children are sharers of flesh and blood, He likewise partook of the same, that through death He might destroy him that had the power of death, and deliver them who through fear of death were all their lifetime subject to bondage.
This is why Paul could write in Galatians 4:4, “When the fullness of the times had come, God sent forth His Son, made of a woman.” As the old creeds and confessions say, “Of the substance of Mary.” Without sin, but made of a woman. Listen carefully, “Made under the law, that He might redeem them that were under the law, that we might receive the adoption as sons.”

You and I—if we are ever to enter Heaven—we have to have a record that is absolutely, perfectly clean. There must be not one charge against us if we are to enter Heaven righteously. The God who knows the thoughts and the intentions of the heart, who knows our motives, our deepest, dirtiest, most selfish thoughts, He must be able to look at us and say, “I welcome you into My presence, my sinless one. My one against whom I have no charge whatsoever. My perfectly innocent one. I welcome you into My presence.” How can He do that? He can do it, because He sent forth His Son made under the law, and as our representative, as our Covenant Head, as the second Adam, the last man from Heaven. Think of it. Jesus stood under the law in our place, keeping that law in the full length and breadth of its demands, touching every thought, every word.

Think of it, you young people who have siblings. Never once as a little toddler did Jesus grab a toy of one of His brothers or sisters and say, “That’s mine. You can’t have it.” Never once. When He got old enough to have some chores, and Joseph said, “Son, take out the garbage,” not once did His lower lip go out even in a pout. Had Jesus pouted once, we would be damned! We would be damned, because there would be no perfect record of any man living in this world under the law who could present to God a perfect record and say, “My Father, this record I have, I have on behalf of My people.” That’s what justification is in the first, marvelous aspect of it.

Romans 5:19, “As through the one man, many were made sinners, so by the obedience of the other, the many are constituted righteous.” God credits to us as a provision made by Jesus Christ, the perfect record of His perfect obedience to God’s perfect law.

But He did something else. Galatians 3:13 says, “Christ has redeemed us from the curse of the law.” How? By persuading God to forget the curse? No, but, “By becoming a curse for us.”

The true significance of the cross is not to be found when you read the gospel records, and you see the tragedy of how His disciples failed Him in the Garden of Gethsemane. They forsook Him after He was arrested, and the multitudes were bloodthirsty, crying out, “Crucify Him!” “Will I release unto you Barabbas or Jesus called ‘the Christ’?” “Give us Barabbas! Crucify Him!” They tied Him to the whipping post, and the Roman soldier took that horrible instrument of torture, and he brought it down upon the bare back of the Son of God again and again and again, in a form of torture that often killed the victim. Our Lord’s back was laid into strips of bleeding flesh. Then He’s driven out and staggers under His cross, and they constript this man, Simon of Cyrene, and he carries the cross to the place of execution. Then there is the brutal treatment of stretching Him out upon the cross, pounding the nails into His hands and into His feet, lifting up the upright and sinking it into the hole, until His whole body comes down in a jarring searing, scorching spasm of pain. There He hangs, between earth and Heaven, and He mumbles not a word. Any of the words He speaks are words of grace, words of kindness. Then a strange thing happens at high noon: the heavens are shrouded in inky, dark blackness. Darkness was over the whole land from noon until three, as though God Himself said, “This scene is so horrific, I cannot look straight upon it.”

The Scriptures tell us that towards the ninth hour—three o’clock in the afternoon just at the time the local priest would be offering up the afternoon sacrifice—it says, “Jesus cried with a loud voice, ‘Elohi, elohi, lama sabachthani.’” “My God, My God, why have You abandoned Me?” In other words, “The crowds have cried for My blood. I was like a Lamb led to the shearers. I was dumb before My accusers. My disciples have forsaken Me, but My Father? You have upheld Me through all the years of My pilgrimage, and I could say, ‘I know that Your hear Me always.’ But now, My Father, all felt awareness of Your presence and Your support and Your nearness is gone. My Father, My God, why have You forsaken Me?” You know what the answer to that question is? Because the Scripture says He was being made a curse for us.

Isaiah the Prophet said, “The Lord has made to strike upon Him the iniquity of us all.” God, as it were, had stepped off His throne for a moment. He put on His special judge’s robes, and He said, “I and My Son are going into court, and I will sit as the universal, righteous Judge. My Son is going to come before Me laden with the sins of all of His people.” When the Father says, “My Son, I charge you guilty, deserving of the pangs of hell, for all those whom you voluntarily took as My deposit to You.” Remember? Jesus said, “All that the Father gives Me comes to Me.” “I gave them to you, My Son, and this is the pinnacle of your work for them, and if you are to release them and I am to say, ‘No punishment do to them,’ My Son, you must bare all the reality of forsakenness.” He was forsakened, because that’s the essence of hell. The last words every sinner will hear who is consigned to hell are these: “Depart from Me you that work iniquity.”

But thank God, that before He bowed His head and yielded up His Spirit, He gave out another cry. Personally, I believe that’s why He accepted the sour wine. He refused the drugged wine when they were about to crucify Him, because He wanted to be fully alert and fully alive to all the pains and agony of His suffering. Before His last cry, when He said, “I thirst,” they brought Him a sponge full of the sour wine, vinegar wine, that cheap stuff that the soldiers carried in a jug. He wet His lips, moistened His mouth and tongue enough, took one last big breath, and said with a loud voice: “Tetelestai!” It. Is. Finished. Not “I am finished,” but “it is finished.” What was finished? All the substitutionary, curse-bearing for you and for me.

Death and the curse were in that cup:
O Christ, ‘twas full for Thee;
But Thou has drained the last dark drop,
‘Tis empty now for me.
That bitter cup, love drank it up;
Now blessing’s draught for me
(Anne R. Cousin hymn)

This is how Christ made provision for our salvation: by His life of perfect obedience that God puts to our account, and by His substitutionary curse-bearing that God reckons on our behalf. So that God can be both just, and the justifier of the one who has faith in Jesus.

Very quickly, let’s sketch in a few more aspects of that provision of Christ. What He accomplished on the cross—gave up His spirit—was validated three days later. Romans 4:25 says, “He was raised again for our justification.” Having born the curse and carried it away, He is raised to validate that the price has been paid. On that cross, He defeated the powers of darkness. (Colossians 2; Hebrews 2; 1 John 3:8.) He could then set the captives free, because He conquered by His death.

Then He ascended to the right hand of the Father. His work on earth was done, but not His work of salvation. All those who come to true faith, they need to be kept in this light and kept through the door of death. How are they kept? Hebrews 7:25, “Wherefore, He is able to save to the uttermost all that come unto God by Him.” Why? “Seeing He ever lives to make intercession for them.” I am not just saved by the perfect life of Christ, by the substitutionary death of Christ. I am being saved by my interceding Christ at the right hand of the Father.

With all the remaining sin in us that could drag us down into shame, in a moment we’re kept by the same Saviour who will go on doing that work, until the Father says, “The hour has come, My Son. The last of Your elect and My elect are gathered in.” It’s time for the archangel to blow his trumpet. It’s time for the shout of victory. It’s time to go and gather all of that elect, that I might present to My Son His beautiful, His perfected bride called out of every kindred, tribe, tongue, and nation.” Made just on the basis of the work of Christ; made holy, conformed to the image of Christ by the indwelling Spirit. That is the work of Christ; that work that He obtained our salvation by.

What is saving faith? Saving faith is not just experiencing direct engagement with the Person of Christ. It involves appropriating and resting upon Christ’s provision for sinners, resting upon Christ’s work alone. Christ plus nothing equals: everything needed to make us right with God for time and for eternity. I hasten very quickly to just give you the other heads. I don’t have time to open them up.

3) Saving faith in relationship to the promises of Christ.

Thirdly, in saving faith we appropriate to ourselves the promises of Christ. What are the promises? They are wonderful promises. I already quoted one of them. John 6:37, “All that the Father gives me shall come to me. Him that comes to Me I will in no wise [I will never, never] cast them out. If any man thirst, let him come unto Me and drink.”

As the Scriptures says, “He that believes on Me, out of his belly shall flow rivers of living water.” “Come unto Me all ye that labor and are heavy-laden, and I will give you rest.” Saving faith takes hold of the promises of Christ like horns upon the altar. These are the means by which we are brought into that saving union. The promises that are yes and amen in Christ, those promises scattered throughout the Scriptures become, is it were, the very pathway on which we move in faith towards the embrace of the Saviour.

4) Saving faith in relationship to submit to the precepts of Christ.

Fourthly, I give you again the heading: in saving faith we gladly submit to the precepts and the government of Christ. This is critical. A lot of people say, “Trust Christ as your Saviour. They say nothing about, “Bow to Christ as your Lord. Embrace the Word of Christ as the rule of your life, so that in your personal life, in your family life, in your work life, in your social life, Christ’s Word governs you and leads you into paths of righteousness for His name’s sake.”

Listen to a couple of these texts. Again, the Matthew 11 text, “Come unto Me, all ye that labor and are heavy-laden, and I will give you rest.” What’s the next word? “Take.” Take what? “Take My yoke upon you, and learn from Me.” What is a yoke? It was either a bar across the shoulders of someone to carry jugs of water or other items, or to yoke two oxens together that they might pull in the same direction, plow the same furrow. Jesus said, “When you come to get that heavy, crushing burden taken off your back, take My yoke upon you. My yoke is easy, My burden is light, but it’s real! Anyone from whom I lift the burden of sin comes under My yoke to learn from Me. Learn what from Me? Everything I have to say throughout My Word so that our lives become regulated by the Scriptures.”

There are so many passages. Peter could say, “You were like sheep have gone astray, but you have now returned to the Shepherd and Bishop.” (1 Peter 2:25.) A bishop is an overseer. “You’ve returned to the Shepherd and the Overseer of your soul, to whom you are accountable in every facet of life.” “My sheep hear My voice; and I know them, and they follow Me. I give to them eternal life.” (John 10:27.)

He became the Author of eternal salvation to all that obey Him. “If we say that we know Him and keep not His commandments we lie and we do not the truth.” “He that says he abides in Him ought to walk even as He walked.” (1 John 2:4, 6.) Scripture after Scriptures shows that where there is true, saving faith, we gladly submit to the precepts and the government of Christ.

I love Psalm 2, where God says that the nations gather and all the big-shots, and they conspire how they’re going to cast off the yoke of Christ, how they’re going to break the chains of His law and His government. The Scripture says, “He that sits in the heavens will laugh.” (Psalm 2:4.) There are only several places in Scripture where it talks about God’s laughter. It’s always the laugh that I would have if a little cockroach somehow crawled up on the platform and all of a sudden the little cockroach could talk, and he reared back on his hind legs, shook his fists, and said, “Preacher, I don’t like what you’re saying. I want you to shut up or I’m going to take you on!” I could say, “Ha ha ha! You, Mr. Cockroach? No contest. Size 12.” You would hear the cracking of the cockroaches’ back. I could laugh, and that’s the picture. He that sits in the heavens sees puny little men. “We’re going to do our own thing. We’re going to have our own sexual identity. Phooey with all these notions of distinct masculinity/femininity. We’ll choose whatever path our erotic pleasures take us! Who cares about God?! The God who made the male and female. Who cares about the sanctity of marriage? Who cares about the sanctity of sex?” God cares, and when He sees puny little men He laughs.

In the face of such a God who exalts His Son and sits Him at His right hand, God says, “Kiss this Son. I’ve committed all government to Him. He holds the scepter of the universe in His hand. Kiss Him with the kiss of submission. Kiss the Son, lest He be angry and you perish in the way.”

Well, I’ve stumbled through the last couple of heads, but I hope there’s been some gleanings that will help you to think biblically. “What does it mean if I truly believe in Christ?” I’m not saying you must have come to faith with concepts framed in my words. That would be downright stupid, as well as irresponsible. But I hope sitting here—if you are a true believer—that you’ve said, “Oh, that’s right. What happened? I found myself approaching Jesus. I found in Jesus the answer to the sin question, to the question of why am I here? What is my life all about? Yes, I trust only in His perfect life, and in the death that He died for a sinner like me. I’m only trusting in this Christ. Yes, I find comfort in the promises that is having come to Him, He’ll never cast me out. I love His yoke. I’ve found it’s easy and His burden is light.” You see, if those issues are part of your spiritual experience, you are a true believer! You are believing with the faith of God’s elect!

But, if you’ve been sitting here saying, “I don’t have a clue what that guy’s talking about. He’s talking about Christ’s perfect life and Christ’s perfect death. Those things never entered my mind, and this idea of submitting my life to Christ so that in every area of life I’d want to know His will, and I’d want to please Him. I don’t have a clue what that is.” My friend, if that’s you, you’re an unbeliever and the wrath of God is hanging upon your head. I’m here to tell you that here, in this place today, if you will turn from that life of self-determination—defining right and wrong by your own standards, living to please yourself, living unto yourself as Paul describes it in 2 Corinthians 5:14—here and now, if you turn from that life and cast yourself without reservation upon the Lord Jesus Christ, believe into Christ, believe upon the Lord Jesus Christ, and you shall be saved! God grant that some of your will run to Jesus.

I want to close with one analogy that has blessed me through the years. In the healing ministry of our Lord, word was getting out that He cleansed lepers, He healed blind people, opened the ears of the deaf. On one occasion He was coming into a town, and apparently there was this blind man, a man who couldn’t see what was going on but had good ears. Unlike me, he didn’t have to stick an apparatus to hear. He heard some commotion, and perhaps he nudged someone near him.

“What’s going on?”
“Jesus from Nazareth, up in Galilee, He’s coming into our town.”
“Jesus? You mean the One who opens deaf ears, opens blind eyes?”
“Yes. He’s coming.”

He listens, and he hears the footsteps getting closer and closer and closer, until as a blind man, who cultivates his other senses more highly than those of us who are sighted, he knows Jesus must be just opposite him. So, he cries out, “Son of David, have mercy on me!” And the people around him say, “Shut up. He’s got no time for you. Just be quiet.” The Bible says he cried the louder, “Son of David, have mercy on me!!” Then it says the most beautiful words, “And Jesus stood still.”

You want to freeze the Lord Jesus in His tracks? Start crying out like a blind beggar, “Son of David, have mercy!” Jesus will stop whatever else He is doing, and come to you in saving grace and power, open your blinded eyes, unstop your deafened ears, quicken you from the dead, and make you a new creature in Himself.

O, my preacher brethren sitting here, what a gospel we have to preach! What a free, unfettered proclamation, that we can say to any and every sinner, “Christ is yours if you would only have Him. God grant you’ll have Him this day!” Let’s pray.

Holy Father, how we thank You for such a Saviour and such a salvation. We thank You in many ways for the pure simplicity of saving faith: we, sinners, getting in touch with a willing and an able Saviour. We pray that You would bless the proclamation of Your Word, that it may result in some passing from death unto life. That some will be confirmed and strengthened that they do indeed believe with that faith that You have given by the Spirit. For some who have been lingering, Lord, may they see the folly of waiting any longer. May they this day cry out to the Lord Jesus, Son of David, “Have mercy upon me!” Hear us, we plead. In Jesus’ name. Amen.

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Conferencia Pastoral 2015 | Reseña biográfica de John Owen

Reseña biográfica de John Owen

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John Owen (1616-1683): una breve introducción a su vida

Agradezco la oportunidad de servirles a ustedes con esta exposición, aunque sé que otras personas podrían hacer algo parecido mejor que yo. Pero confío en el Señor para que lo que he preparado sea para edificación y útil para cualquier persona que desea profundizar más en un estudio de la vida y escritos de John Owen.

Preparar un breve estudio sobre este hombre no es fácil, no por la escasez de materiales, sino por la abundancia. Me siento como un carpintero que tiene que construir una sola casa pequeña y en un espacio reducido. Quiere tener una buena casa. No necesito de nada, porque hay materiales buenos y suficientes para hacer un palacio. El problema es, ¿qué clase de casa quiero construir? No hay planos, solamente una abundancia de materiales. Pero si sigo así, no habrá ni una choza en la que habitar.

Creo que todos saben que los materiales originales se encuentran en lengua inglesa, el lenguaje de Owen (aunque él dominó y usó el latín también). Pero, Owen tiene sus alumnos en latino-América y en España y en otros lugares que hablan español. Muchos de ellos han preparado estudios y han hecho traducciones de los escritos de Owen para ayudar a aquellos que no manejan bien el inglés, y especialmente el vocabulario y estilo literario de este gran puritano.

Para las partes biográficas de este estudio he utilizado la biografía de Andrew Thomson que aparece al principio de la edición de las obras de Owen, publicadas (en inglés) por Johnstone y Hunter, primeramente en 1850-1853, y reimpreso por Banner of Truth Trust en 1965. Hay como 92 páginas de biografía mas un apéndice en torno a10 páginas, con unas cartas de Owen y una lista de sus escritos con el año de su publicación. El Sr. Thomson confiesa su deuda al libro del Sr. William Orme, Memoirs of the Life, Writings and Religious Connexions of John Owen, D.D. (Ese libro está disponible de varias formas. Logré bajarlo en PDF. Hay 548 páginas en la copia que tengo. He podido cotejar algunas partes de esa obra.)

Hace más que 330 años desde que murió John Owen, pero muchos encontramos sus escritos instructivos y edificantes, de tal manera que hay una página en internet dedicada a ese hombre de Dios (www.johnowen.org), y varias páginas en Facebook que contienen citas y miran a varios aspectos de su vida.

Owen nació en Inglaterra en el año 1616 y murió el 24 de agosto de 1683, a la edad de 67 años (más o menos).

Durante esos años en Inglaterra había mucha turbulencia eclesiástica y política. Durante varios años hubo “puritanos” en la Iglesia Anglicana, pero el rey James I, que autorizó la traducción de la Biblia inglesa que lleva su nombre, así como su hijo Charles I, buscaron la forma para “limpiar” la Iglesia Anglicana de todos ellos. A la larga hubo un conflicto interno en Inglaterra entre el parlamento y el rey. En medio de ese contexto, el rey perdió su vida. Desde 1649 hasta 1660 no hubo rey, sino un “Commonwealth”, una comunidad, una república, con un pacto, y con un “señor protector” que en ese caso fue Oliver Cromwell.

Después de la muerte de Cromwell, el hijo de Charles I, Charles II, fue coronado rey. Charles II llevó a cabo una persecución de todos los que no quisieron aceptar a la Iglesia Anglicana tal y como el rey decía. En el año 1662, 2.000 ministros fueron expulsados de sus iglesias, perdiendo sus posiciones y sueldos, y sometidos a tremendas restricciones para que no predicaran más. En ese tiempo, John Bunyan fue encarcelado durante 12 años porque no quiso aceptar las restricciones.

Aunque hubo un poco de alivio, la persecución continuó hasta 1688 cuando tuvo lugar una revolución y el nuevo rey estableció una medida de tolerancia en asuntos de la religión y la conciencia.

John Owen vivió en el medio de todo, pero murió antes de la revolución.

Primeros años y educación (1616-1636)

El padre de Owen fue educado en Oxford y trabajó como ministro en la iglesia anglicana, pero no como un ministro conformista, sino como un hombre que buscaba la purificación de la iglesia, o sea, un puritano.

Como niño, recibió tutoría de Edward Sylvester, un hombre erudito que enseñaba griego y latín. A los 12 años de edad Owen estaba preparado para comenzar sus estudios universitarios y fue aceptado como alumno en Queen’s College, Oxford en 1628. Cuatro años después, terminó su bachillerato (1632) y comenzó su maestría que terminó en 1633. En ese año comenzó sus estudios en “divinidad”, o sea en teología, Biblia, historia, etc.

Antes de seguir con la vida de Owen, quisiera mencionar que desarrolló la costumbre de dormir solamente 4 horas por noche, cosa que contribuyó a deteriorar su salud. Sin embargo, no dedicó todo su tiempo a sus estudios. Parece que fue un buen y fuerte atleta, porque participó en competiciones de salto, lanzamiento de jabalina y en hacer sonar campanas. Además de las diversiones físicas, Owen aprendió a tocar la flauta, teniendo como profesor a un hombre que muchas veces fue llamado para educar al rey.

Owen dejó esos estudios en 1636, debido a la presión que había para conformarse a las ideas del rey y del arzobispo Laud, quien persiguió a los no conformistas. Owen vio que no había futuro en Oxford para cualquiera que no fuera arminiano y por tanto no quiso conformarse a las reglas del arzobispo.

Esa decisión demuestra que Owen ya tenía unas convicciones arraigadas en su mente, aunque aparente tenía muchas dudas y luchas espirituales, según su propio testimonio. Todavía no tenía una paz interna firme y estable. Sin embargo, estaba seguro de no volver a los errores de los anglicanos.

Especialmente en el asunto de la adoración, Owen estaba convencido de lo que llamaríamos el “principio regulativo”. Ningún hombre puede decir como Dios debe ser adorado, solamente Dios mismo. Solamente Jesucristo es Cabeza de la iglesia, y solamente lo que Dios ordena es lo que podemos hacer en su adoración. Los anglicanos habían establecido muchas prácticas sin ninguna autorización de la Biblia, cosas no aprobadas por Dios y no aceptables delante de Él. En eso Owen estaba totalmente de acuerdo con el distintivo notable de los puritanos. Ese principio forma una parte obvia de las confesiones inglesas de ese tiempo, la confesión de Westminster, la Confesión de Savoy (que fue preparada por Owen y otros hombres como él) y la Confesión Bautista de 1689.

Entonces, Owen dejó Oxford y no volvió hasta que, en la providencia de Dios, regresó como decano y rector en uno de los colegios. Pero, mientras tanto, perdió toda esperanza para obtener beneficios, y perdió la buena voluntad de aquellos que apoyaban al rey y al partido del arzobispo Laud, incluyendo la ayuda económica de un tío.

Después de dejar Oxford hasta ser pastor (1636-1642)

Owen trabajó como capellán y tutor con la familia Dormer, “Lord” Robert Dormer y su hijo mayor, señor Phillip Dormer.

Luego, trabajó con “Lord” Lovelace hasta la guerra civil. Lovelace apoyó al rey y a Owen al parlamento, y obviamente no pudo seguir trabajando para ese hombre.

En 1641 Owen se mudó a Londres y vivió en un sitio llamado “Charter House”, un lugar para hombres de alta cuna pero en situación de pobreza. Durante ese tiempo en aquel lugar, dos (2) cosas importantes sucedieron:

1. Owen fue con un primo para oír a Edmund Calamy, un predicador presbiteriano de buena fama. Cuando llegaron al lugar, descubrieron que Calamy no había podido llegar. El primo quiso salir y buscar otro lugar, pero Owen no quiso seguir caminando y esperó para ver qué ocurría. Un predicador del campo ocupó el púlpito y después de una oración ferviente, leyó Mateo 8:26 y tomó como su texto las palabras, ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?

En seguida Owen pensó que esa palabra era para él y oró al Señor para que bendijera esa palabra en su corazón, y Dios oyó su oración y Owen recibió una paz profunda, estable y firme. A partir de ahí entró en una nueva etapa en su vida.

Owen nunca supo el nombre de ese predicador, aunque hizo esfuerzos para descubrirlo. Pero, aunque no sabemos los nombres de muchos siervos y criados que Dios ha usado, sí que sabemos que Él ha querido glorificar su propio Nombre haciendo las cosas así, para que ningún hombre se gloríe.

2. También publicó un libro titulado, A Display of Arminianism (Una exposición del armianismo). El libro fue dedicado a los señores y caballeros del Comité para la Religión y ese comité autorizó la publicación. La fecha de la publicación fue 1642.

Como resultado, Owen fue llevado a trabajar como pastor.

Pastor presbiteriano en Fordham (1642-1646)

Pronto, después de comenzar sus labores en Fordham, en una iglesia relacionada con los presbiterianos, se casó con una señora llamada Mary Rooke. Thomson resume el matrimonio de ellos así: Casi toda la información, tomada de biografías anteriores, que ha llegado hasta nosotros sobre esa unión es esta: esa señora le dio once hijos y todos murieron en su niñez excepto una hija. Esa hija se casó con un caballero de Gales, pero la unión fue muy infeliz, y ella volvió a la casa de su padre y allí murió de tuberculosis. Dice Orme, que no sabemos casi nada sobre la esposa de Owen, aunque unas declaraciones halladas acá y allá indican que era una mujer de buen carácter cristiano.

Parece que Owen estaba muy feliz en Fordham, sirviendo al Señor. Preparó catecismos para niños y adultos, y promovió el uso de ellos. Creemos que hizo eso con mucho gusto y de buena voluntad, aunque parece que el gobierno también exigía eso.

En el año 1643 (según Orme) escribió y publicó The Duties of Pastors and People Distinguished (Los distintos deberes de los pastores y del pueblo). En ese libro, entre muchas otras cosas, Owen mostró el peligro de algunos pastores que toman demasiado poder y también del pueblo que puede tomar demasiado poder.

Aunque trabajaba en una iglesia no muy conocida, por sus publicaciones, su nombre fue conocido y adquirió como resultado una reputación sólida, de tal manera que fue invitado a predicar ante la Cámara de los Comunes en el Parlamento de Inglaterra, el día 29 de abril de 1646 (hace como 369 años), en la ocasión de su ayuno mensual. Predicó sobre Hechos 16:9, y de la súplica del hombre de Macedonia que Pablo vio en una visión en la que ese hombre pedía ayuda. Owen señaló que había lugares de Inglaterra, y de Gales, que necesitaban el evangelio. El sermón fue dirigido a ese Parlamento que se estaba reuniendo durante años para dirigir al país y permitía al rey seguir con sus abusos.

Sus trabajos en la iglesia de Coggeshall y con el ejército (1646-1650)

Durante el tiempo en Fordham, Owen consideró más profundamente el asunto del gobierno de la iglesia y a la larga llegó a creer en el formato de iglesias independientes con un gobierno congregacional, pero no como muchos congregacionalistas e iglesias independientes. Por esto, muchos bautistas han estimado a Owen hasta hoy.

En el año 1646, sin que hubiera ningún problema con Owen, sino debido a la forma en la que los pastores eran puestos en las iglesias, otro pastor fue enviado a Fordham. Después, una congregación de 2000 personas, tan pronto como supieron lo que había pasado, invitaron a Owen con urgencia para que fuera su ministro. Un oficial de Inglaterra de Warwick, le confirmó en esa posición. En Coggeshall, Owen pudo seguir manteniendo sus convicciones sobre el gobierno congregacional.

Owen también abogó para que el Estado no exigiera imponer por la fuerza que las Iglesias estuvieran conformes con su política religiosa, ni que se ejecutasen a los herejes con la espada. La herejía es un cáncer espiritual y debe ser confrontado por medios espirituales. La decapitación no es un remedio apropiado para la herejía, escribió.

En 1647 publicó Eshcol, Reglas para la comunión de las iglesias. También en ese año publicó The Death of Death in the Death of Christ (La muerte de la muerte en la muerte de Cristo).

En 1648 fue colocado como capellán con los ejércitos del Parlamento, obligado por Cromwell. Predicó una vez más en la Cámara de Comunes, y acompañó a Cromwell a Irlanda.

En enero de 1649, el Parlamento condenó al rey Charles a muerte por traición y el día después de la decapitación, el Parlamento ordenó que Owen predicara ante el Parlamento. Predicó de Jeremías 15:19-20, sobre el tema: El celo justo animado por la protección divina. Owen ha sido criticado mucho, especialmente por su silencio, casi total, sobre lo que había pasado. Muchos le llamaron cobarde. La situación fue difícil, porque muchos creyeron que el Parlamento pecó, y muchos otros creyeron que hizo bien.

En 1649-50 publicó Of the Death of Christ (De la muerte de Cristo). Fue nombrado como predicador en el concilio del Estado. Hizo dos viajes a Escocia como capellán con Cromwell.

Su tiempo en Oxford (1651-1659)

Cromwell logró que Owen fuera colocado como decano de “Christ Church” una parte integral de la Universidad de Oxford. También fue hecho rector de la universidad bajo Cromwell. Owen asumía todo con gran responsabilidad.

Predicaba una semana sí y la otra no, compartiendo esa responsabilidad con Thomas Goodwin, otro conocido puritano.

Produjo varios libros durante los años que pasó allí y administró bien la universidad, teniendo muchos asociados y estudiantes de renombre.

Durante este tiempo también le fue dado el oficio de “trier” (probador) junto con otros 40 ministros, para eliminar a pastores que no tenían los requisitos que un pastor necesita cumplir. Parece que procedieron con todo el amor y respeto posible pero siempre hallaron a hombres que no debieron haber sido nombrados como pastores. Owen creía en la libertad de conciencia y en la tolerancia. Generalmente se opuso a los castigos de personas que tuviesen diferencias, siempre y cuando no presentasen una amenaza para la paz de la nación.

Pero, llegó el tiempo cuando hubo un desacuerdo con aquellos que quisieron coronar a Cromwell como rey. Por ese desacuerdo, Owen renunció su oficio de rector, pero lo hizo como un verdadero hombre de Dios. Eso fue en 1656. Owen siguió predicando en la iglesia de la universidad, junto con Goodwin, hasta 1659.

En 1658, junto con otros independientes, no conformistas, Owen tuvo una parte principal en la producción de una confesión de fe llamado la Confesión de Savoy. Básicamente copiaron la confesión de Westminster, añadiendo un capítulo sobre el evangelio (capítulo 20) y cambiando algunas cosas acá y allá que reflejaron sus distintivos, especialmente en asuntos de eclesiología. (Luego, en 1677, los bautistas produjeron lo que llamamos la confesión de 1689 y usaron la confesión de Savoy para hacer lo mismo. La copiaron, cambiando algunas cosas que reflejaban sus distintivos, especialmente en asuntos de eclesiología.)

Stadhampton (1660-1662)

Después de Oxford, Owen se mudó a Stadhampton y predicó allí hasta que tuvo que abandonar el lugar, debido al hecho de que en 1660, Charles II, hijo del rey decapitado en 1649, comenzó a reinar, y poco a poco hizo la vida imposible para todos los que no eran anglicanos, mientras que él mismo quiso traer el catolicismo romano a Inglaterra de nuevo.

En el año 1662, 2000 ministros, que no aceptaron conformarse a la Iglesia Anglicana, tuvieron que abandonar sus iglesias, sus sueldos, todo. Antes de eso Owen ya no podía seguir como ministro y se mudó a Stoke Newington, una zona de Londres.

Stoke Newington (1663-1672)

La persecución a los no anglicanos continuó.

En medio de esa persecución, en el año 1665, Dios mandó una plaga horrible a Londres que exterminó a un 20 a 25 por ciento de la población. En tales circunstancias el rey, el parlamento y los clérigos que persiguieron a los no conformistas, huyeron de la ciudad, pero los pastores expusieron sus vidas para ministrar. Viendo ese amor entre los pastores y el pueblo, tanto el rey como el parlamento hicieron una ley que no permitía a ningún pastor estar más cerca de 5 millas (8 kms) a de zonas en las que habían servido antes. El sufrimiento de muchos fue agudo, y aun Owen, que tenía amigos poderosos, estuvo en peligro en varias ocasiones.

El año siguiente, hubo un incendio que destruyó gran parte de Londres durante 3 días, y los pastores, incluyendo a Owen, volvieron a ayudar. Durante un tiempo el gobierno no hizo nada en contra de los pastores porque todos estaban sufriendo como resultado de ese incendio. Había mucha oposición, pero era cada vez más evidente que la política de la persecución no estaba funcionando.

Owen escribió folletos abogando por la libertad (aunque ni su nombre ni el nombre del publicador aparecieron en ellos). Owen también escribió a los líderes de Nueva Inglaterra exhortando a las iglesias independientes a que dejaran de castigar a los bautistas, cuáqueros y otros por su falta de conformismo.

Finalmente en 1671, Charles II emitió una indulgencia, sin la aprobación del parlamento, permitiendo ciertas libertades a los católicos romanos y a algunas iglesias no conformistas. Probablemente lo hizo por amor a los católicos.

Bunyan, por quien Owen abogó mucho, fue liberado de la prisión en 1672.

Hasta el fin (1673-1683)

En 1673 la iglesia de Owen se unió con la iglesia donde Joseph Caryl había servido hasta su muerte. Ministró en la iglesia y escribió más libros. En 1675 su esposa murió.

En 1676, 18 meses después de la muerte de su esposa, Owen se casó con una viuda hacendada. Owen también había heredado unas propiedades y pudo vivir sin preocupaciones económicas.

Owen siguió predicando y escribiendo, pero su salud iba fallando. David Clarkson le ayudó en el ministerio, y otros le sirvieron como amanuenses para que pudiera seguir produciendo libros de valor que todavía hoy nos sirven, incluyendo uno sobre la justificación, otro sobre la persona de Cristo y otro sobre el deber de pensar espiritualmente. Finalmente escribió uno sobre la gloria de Cristo, que fue publicado después de su muerte.

Owen murió el 24 de agosto de 1683, el día de San Bartolomé. En ese mismo día en 1662, los 2000 ministros habían sido expulsados de sus púlpitos. Y también en ese día del año 1572, comenzaron a masacrar a los hugonotes en Francia.

Owen fue sepultado en Bunhill Fields, el famoso cementerio de los puritanos.

El valor de los escritos, y del ministerio continuo, de John Owen

Hay muchas áreas en las cuales podemos sacar provecho de Owen así como de los libros y comentarios que ha escrito.

Por lo tanto, me limito a mi experiencia, y esa experiencia es muy limitada en comparación con muchos otros ministros. No he leído ni la mitad de lo que Owen escribió, aunque tenga sus obras en mi biblioteca.

Pero, mucho antes de adquirir sus obras, Owen tuvo una parte formativa en mi persona y, por lo tanto, en todo mi ministerio, porque el Señor usó el libro sobre la necesidad de hacer morir el pecado (On the Mortification of Sin) (Sobre la mortificación del pecado) para infundir en mí esa verdad. Compré un libro usado por $2 de un pobre estudiante en Lexington, KY. El título del libro es “Temptation and Sin”. Fue publicado por Jay Green en 1958. (Banner of Truth fue fundado en 1957.) Lo que está ahí escrito tocó mi alma. En ese libro también se encuentra lo que Owen escribió sobre la tentación (Of Temptation) y sobre el pecado que sigue habitando en nuestro ser (Indwelling Sin). Esos son los escritos que recomendamos a cualquier cristiano, y se encuentran en el tomo 6 de la edición de BOT, junto con la exposición del Salmo 130.

Después de comprar el juego de 16 tomos publicado por Banner, leí su exposición del Salmo 130. El Señor hizo que el v4 actuase en mí con poder mediante los comentarios de Owen. Ese versículo dice: Pero en ti hay perdón, para que seas temido. (LBA)

En toda esa lectura de las diferentes partes del tomo 6, he aprendido lecciones valiosas sobre la seguridad personal de la salvación que una persona debe y puede tener.

Como un punto más debo decir, que hay algo importante que veo en lo que Owen escribió y es su uso de la Biblia. No cabe duda de que la Biblia dominó su pensar y su escribir. Muestra un gran conocimiento de las Sagradas Escrituras. Eso debe ser ejemplo para todos nosotros.

Como otro punto, en cuanto a lo que he leído de Owen, observo que tiene un libro favorito que es Oseas. He visto muchas referencias a ese libro, tantas referencias que he tenido la tentación de buscar todas ellas y recopilarlas en orden, porque pienso que podríamos hacer un comentario valioso sobre las partes que toca. Creo que hay un índice de muchas de ellas en el último tomo de sus obras, pero los peritos en la tecnología moderna probablemente podrían producir una lista de casi todo y aun copiar los comentarios.

Owen escribió sobre el Espíritu Santo exhaustivamente. Nadie antes había hecho eso.

Y su libro sobre comunión con Dios, en la Trinidad de su Ser (comunión con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo), es estimado por muchos.

He leído porciones de su comentario sobre Hebreos, especialmente el capítulo 4 y la parte que habla sobre el día de reposo en la introducción (¡una introducción de 1000 páginas!).

Me acuerdo de sus discursos sobre “la gloria de Cristo”. En alguna parte sus comentarios sobre Juan 1:14, me conmovieron a predicar sobre lo que él escribió.

Conocemos a Owen como autor y es así como recibimos provecho, pero era mucho más que un autor. Era un pastor, que sirvió, en diferentes tiempos como capellán, decano y rector de la Universidad de Oxford, y aun estuvo involucrado en asuntos de Estado.

Por ejemplo, Owen abogaba por la libertad de conciencia y estaba opuesto a que el Estado obligara a ser de una religión establecida. Cuando Owen supo que en las colonias de Massachusetts y Connecticut había persecución de personas que no eran de la iglesia establecida (como bautistas y cuáqueros), escribió una carta a los líderes de esas colonias suplicándoles que dejaran de hacer tales cosas.

Pero, repito, era un pastor, y por eso, hay mucho de lo que escribió que sirve para todo el pueblo de Dios.

Hacia el fin de su vida en un tiempo de enfermedad, no pudo volver a su congregación como esperaba y mandó una carta a la iglesia. Entre las cosas que les escribió podemos leer esto:

“…quisiera que, como no tienen ancianos que les gobiernen y dado que sus maestros no pueden andar públicamente con seguridad, que pongan a algunos de entre ustedes que, como sus ocasiones les permitan, puedan moverse entre ustedes de casa en casa, continuamente, y puedan dedicarse especialmente a atender a los débiles y tentados y temerosos—a los que están a punto de desanimarse o detenerse, y que los animéis en el Señor…Velad ahora, hermanos, de manera que, si es la voluntad de Dios, ni una sola alma se pierda de su cuidado. Que no descuiden ni hagan caso omiso de nadie; piensen en sus condiciones y atiendan a todas sus circunstancias.”

El Señor nos llama a ser pastores. ¡Que aprendamos esto de ese siervo de Dios!

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Conferencia Pastoral 2015 | Advertencia de Cristo para la Iglesia de hoy

Advertencia de Cristo para la Iglesia de hoy

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Conferencia Pastoral 2015 | Mensaje de Cristo a la Iglesia

Mensaje de Cristo a la Iglesia

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Conferencia Pastoral 2015 | Los ángeles de las siete iglesias

Los ángeles de las siete iglesias

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Conferencia Pastoral 2014 | La consejería pastoral y el hombre como criatura caída II

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Conferencia Pastoral 2014 | La consejería pastoral y el hombre como criatura caída I

La consejería pastoral y el hombre como criatura caída I

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Conferencia Pastoral 2015 | Lo que Cristo nos manda en la Gran Comisión

Lo que Cristo nos manda en la Gran Comisión

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Conferencia Pastoral 2015 | La verdad que conduce a la piedad

La verdad que conduce a la piedad

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“Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y al pleno conocimiento de la verdad que es según la piedad” (Tit.1:1).

El apóstol Pablo era un hombre que actuaba por principio. ¿Qué es un principio? Básicamente un principio es una verdad que no cambia. Había verdades bíblicas y espirituales incambiables por las que Pablo regía su vida. El no era un hombre que se dejaba guiar por sus antojos, sus emociones ni por las tendencias de su época o entorno.

Los principios de la palabra de Dios por los que Pablo se guiaba no son subjetivos sino objetivos. No son internos sino más bien externos. Son verdades que Dios mismo ha establecido. Pablo regía su vida en base a un conjunto de principios absolutos. Y además del poder de la gracia de Dios obrando en él, el vivir de esta manera fue una de las razones por las que él pudo ser tan fiel a Cristo y a las almas que tuvo que ministrar.

Y como Pablo tenía bien claro lo que decía la palabra de Dios y lo que ésta exigía de él, él tenía bien claro en su mente cuál era su punto de partida al hacer lo que hacía. Por eso nunca vemos a Pablo a tientas tratando de averiguar cómo llevar a cabo su ministerio con mayor eficacia.

¿Y por qué era que Pablo no vivía así? Porque al vivir según los principios de la palabra de Dios esto le daba varias cosas a Pablo:

1-Seguridad. Cuando uno actúa por principios uno actúa con la seguridad de saber que actúa según verdades que no cambian. Hombres como Pablo viven con esta seguridad porque conocen la verdad y están comprometidos con la verdad. Y su seguridad no depende de si tiene buenos resultados o no; de si hay mucha gente escuchándolos por Sermonaudio; de si la gente les ama o les odia. Estas son cosas de poca importancia para el que vive por principio.

Pero los principios de la palabra por los que Pablo se regía también le daban:

2-Un sentido de propósito. Pablo era un hombre que tenía bien claro qué era lo que el Señor quería de él. El sabía en qué consistía su ministerio, cuáles eran sus responsabilidades y según esto él actuaba y llevaba a cabo la obra que él tenía. El tenía metas bien trazadas y estas metas estaban basadas en lo que Cristo demandaba de El. Por eso Pablo pudo decir en (Hch.20:24) “…en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios”.

Pablo eran un hombre que actuaba según los principios de la palabra de Dios. Y en el saludo de Pablo a Tito en (Tit.1:1-4) Pablo da a conocer algunos de los principios que regían su ministerio. Leamos:

“Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la [o, para la] fe de los escogidos de Dios y al pleno conocimiento de la verdad que es según la piedad, con la esperanza de vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde los tiempos eternos, y manifestó a su debido tiempo su palabra por la predicación que me fue confiada conforme al mandamiento de Dios nuestro Salvador, a Tito, verdadero hijo en la común fe:Gracia y paz de Dios el Padre y de Cristo Jesús nuestro Salvador”.

Pablo primero se identifica a sí mismo como un siervo (literalmente esclavo) de Dios. Con lo cual nos dice: Dios es mi amo. Yo estoy bajo su señorío. Y también dice que es un apóstol o un enviado, un mensajero, un embajador del Señor Jesucristo. Un esclavo con amo y un mensaje glorioso. Un esclavo que es a la vez embajador del Rey de reyes y el Señor de señores. Por eso era que Pablo no hacía lo que hacía para el logro de sus propios planes ni buscaba su propia exaltación. El estaba dedicado a su amo.

Y Pablo nos dice que en el (v.1) que como siervo de Dios y embajador del Señor Jesucristo él tenía una misión. El nos dice que él era siervo y apóstol conforme (o como también podría traducirse la preposición griega) para la fe de los escogidos de Dios y al pleno conocimiento de la verdad que es según la piedad.

Pablo nos dice que su ministerio apostólico estaba directamente relacionado con la fe de los escogidos de Dios. Dios lo había llamado a él a ejercer un ministerio que tenía como uno de sus propósitos el dar a conocer el evangelio por medio del cual los elegidos vendrían a creer en Cristo para salvación. De esto mismo le dice a Timoteo en (2 Tim.2:10) cuando dice: “Por tanto, todo lo soporto por amor a los escogidos, para que también ellos obtengan la salvación que está en Cristo Jesús, y con ella gloria eterna”. Pablo dice que su misión era el traerle a los incrédulos el evangelio que ellos necesitaban para obtener salvación porque es así que Dios llama a sus escogidos.

Pero Pablo dice también que otro aspecto de su misión era la de llevar a los escogidos al pleno conocimiento de la verdad que es según la piedad. Y es en esto que me voy a concentrar en nuestra meditación.

Pablo nos dice que él tenía la misión de llevar a los escogidos al pleno conocimiento de la verdad que es según la piedad. La frase el pleno conocimiento conlleva la idea de un conocimiento rico, profundo, completo, comprehensivo. Esta es una frase que Pablo usa en otros pasajes:

(1 Tim. 2:4) “el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al pleno conocimiento de la verdad”. Aquí la frase el pleno conocimiento de la verdad” se refiere al conocimiento salvífico de la verdad. Es decir, el conocimiento del evangelio de Cristo para salvación de pecadores. Aquí él no habla de un más pleno conocimiento de las doctrinas de las Escrituras ni de tener un conocimiento más completo de todo lo que la Biblia enseña sino más específicamente del conocimiento que conduce a la salvación.

Y en (2 Tim.2:25) fíjense por qué es que Pablo le dice a Timoteo que debía instruir con paciencia a los que oponían: “corrigiendo tiernamente a los que se oponen, por si acaso Dios les da el arrepentimiento que conduce al pleno conocimiento de la verdad”. Aquí Pablo relaciona el pleno conocimiento de la verdad con el arrepentimiento. Tanto en este pasaje como el anterior, Pablo establece una conexión entre el conocimiento de la verdad y la salvación.

Ahora fíjense cómo Pablo habla de lo mismo en otro contexto en (2 Tim.3:7), cuando hablando de los incrédulos y falsos maestros dicen: “siempre aprendiendo, pero que nunca pueden llegar al pleno conocimiento de la verdad”. En estos tres textos que hemos visto se nos presenta el pleno conocimiento de la verdad como algo esencial para la salvación.

Sin embargo, cuando Pablo habla en nuestro texto de (Tito 1:1) del pleno conocimiento de la verdad no es con el fin de que éste obre salvación en aquellos que escuchan sino más en que santifique a los que escuchan. Por eso él dice:

“…al pleno conocimiento de la verdad que es según la piedad”. La palabra que se traduce según en nuestra versión de las Américas, es una preposición griega que en este contexto también podría traducirse para, con el propósito de o que conduce a. De modo que podríamos leer estas palabras de esta manera: “…la verdad que conduce a la piedad.” La verdad que produce piedad.

Pues al Pablo describir su misión como siervo y embajador de Cristo, él nos dice que era tanto para evangelizar a los perdidos para que Dios llama a sus escogidos y para enseñar a fondo aquella verdad que Dios usa para la edificación y santificación de su pueblo.

De esto mismo es que Pablo habla cuando en (Tit.2) nos dice de cómo la salvación poderosa de Cristo obra en el corazón del que salva. (Tit.2:11) “Porque la gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres, enseñándonos, que negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente”. Esta es la obra poderosa que el SJC efectúa en aquellos a quienes salva: Les lleva a vivir de manera sobria, just y piadosa. Y esto es lo que produce la enseña plena de la verdad que a los siervos de Dios se nos llama a dar al pueblo de Dios.

Las Escrituras nos enseñan que existe una íntima relación entre la verdad y la piedad. El conocimiento de la verdad que salva siempre produce piedad en el corazón. Y lo que es lo mismo, aunque en su aspecto negativo, la verdad siempre nos aleja de la impiedad. Cualquier supuesta enseñanza de la verdad que no conduzca a una vida de piedad debe cuestionarse. La proclamación objetiva y externa de la palabra de Dios causa un efecto interno y poderoso en el creyente.

De ahí que cuando Pedro nos exhorta a desear la palabra de Dios como niños recién nacidos, primero nos llama a desechar toda inmundicia, malicia e hipocresía porque el pecado es incompatible con la verdad santificadora de Dios.

¿Para qué es que Pablo nos dice en (Ef.4) que Cristo dio a su iglesia pastores maestros? Entre otras cosas dice: “…para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. Es para que crezcamos en piedad. ¿Y acaso crecer en piedad no es esencialmente ser conformados más a Cristo? Por eso también Pedro nos exhorta diciendo: “Creced en la gracia y en el conocimiento del Señor Jesucristo”. Nosotros crecemos en el conocimiento de Cristo por medio del conocimiento de su palabra, y este conocimiento nos lleva a crecer en gracia.

Hay quienes siempre han tratado de desligar la salvación de la santificación. Pero es obvio que Pablo y los demás apóstoles se negaron a hacerlo. Y tanto énfasis le da Pablo a esta unión inseparable entre la verdad y la piedad, y la salvación y la santificación, que cuando él habla de los falsos maestros él resalta la realidad de que su falsedad no sólo se percibe en el contenido de su enseñanza sino en lo que produce la misma tanto en ellos como en aquellos que les creen.

Escuchen lo que Pablo dice de algunos en (Tito 1:10) “Porque hay muchos rebeldes, habladores vanos y engañadores, especialmente los de la circuncisión”. ¿Y cómo dice Pablo que uno podía saber que estas personas eran unos habladores vanos y engañadores? (v.16) “Profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan, siendo abominables y desobedientes e inútiles para cualquier obra buena”. Como dijo un siervo de Dios: “Uno casi siempre puede detectar el error por lo que produce”. Lo mismo que el SJC enseñó en (Mt.7:15-16) “Cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis…”.

En (Tit.3:9) Pablo exhorta a Tito diciendo: “Pero evita controversias necias, genealogías, contiendas y discusiones acerca de la ley, porque son sin provecho y sin valor”. ¿Por qué es que Pablo le exhorta a evitar estas clases de controversias? Porque no son de provecho – no producen piedad. Y escuchen lo que Pablo le dice a Timoteo en (1 Tim.6:3-4) “Si alguno enseña una doctrina diferente y no se conforma a las sanas palabras, las de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido y nada entiende…”

Pedro nos dice en (2 Ped. 1:3) “Pues su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia”. Y el último texto que quiero citar que muestra la relación entre la verdad y la piedad es (1 Tim.4:6-8) “Al señalar estas cosas a los hermanos serás un buen ministro de Cristo Jesús, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido. Pero nada tengas que ver con las fábulas profanas propias de viejas. Más bien disciplínate a ti mismo para la piedad; porque el ejercicio físico aprovecha poco, pero la piedad es provechosa para todo…” Existe una relación inseparable entre la verdad y la piedad.

Aplicaciones:

Hermanos, lo que hemos estudiado: que existe una relación inseparable entre la verdad y la piedad, es algo que hay que enseñar urgentemente en nuestros tiempos.

Hay quienes dicen que lo único que importa es que todos estemos de acuerdo en cuanto algunas verdades sin definir claramente que pueden significar una cosa para unos y otra para otros. Más importante que todas estas cosas, dicen ellos, es que estemos juntos, trabajemos juntos y las gente nos vea juntos. Nos dicen: “Tú puedes mantener tus distintivos doctrinales, no me mal entiendas, pero los tuyos son tan dignos de consideración como los míos”.

Vivimos en una generación que detesta declaraciones como esta: “Si lo que dice la Biblia es verdad, entonces lo que aquel enseña es un error. Y si la verdad trae vida y produce piedad, entonces el error trae muerte y produce impiedad”.

Algunos de los que se oponen a declaraciones como estas, usualmente dicen: Son las doctrinas las que nos han dividido por tantos siglos. Mira todas las denominaciones que existen. Y no hemos podido derribar esa pared divisoria. Pero lo que Espíritu Santo hace, dicen algunos, es darnos a todos experiencias extraordinarias de modo que los creyentes al ver que tienen todas estas experiencias en común, se den cuenta de que tienen otras cosas que les une más que los distintivos doctrinales. ¿No han oído cosas como esas?

Hermanos, nosotros como iglesia no podemos sucumbir ante esta presión. Sí es importante lo que creemos. Sumamente importante. Lo es para el Señor. Hay una verdad que es según la piedad y otra que se hace pasar por verdad que no es según la piedad. Dios quiere que nosotros obtengamos un creciente conocimiento pleno de su verdad.

¿Será que nos hemos estado dejando influenciar por el relativismo y carismatismo de nuestra época? Escuchaba a un pastor de una iglesia inmensa en NY a quien se le preguntaba de su postura sobre el matrimonio homosexual y su respuesta fue: “Nosotros no nos dedicamos a hacer declaraciones categóricas sobre asuntos sociales en público. Nosotros tenemos conversaciones privadas sobre esos temas”. Y más adelante dice: “Cristo no se metió en asuntos morales sino en asuntos del interior, del alma. Nuestra meta no es cambiar conducta sino traer cambios al alma”. Sin embargo, en nuestro texto Pablo dice que a él se le había encomendado llevar al pueblo de Dios al pleno conocimiento de la verdad que produce piedad. Y esa piedad produce tanto cambios internos como externos.

Tú que profesas conocer al Señor Jesucristo. Tú que dice que El es tu Señor. Tú que dices que amas su palabra. ¿Qué está produciendo en ti esa palabra? En aquellos que han sido salvos por la gracia de Cristo la palabra de Dios produce piedad. ¿Cómo te ha estado afectando tu conocimiento de la verdad en tu pensar? ¿Abundan en ti pensamientos impuros? ¿Cuáles son los pensamientos que vienen a tu mente cuando Dios te frustra los planes que tenías? ¿Qué piensas del mundo y sus estilos, sus valores, sus actitudes, sus prioridades, sus ídolos? ¿Piensas en estas cosas según el conocimiento que tienes de la palabra de Dios?

¿Está produciendo en ti la verdad una mayor hambre y sed de Dios? ¿Un mayor deseo de agradarle en todo? ¿Te lleva la verdad a guardar tus ojos, tu lengua, el uso de tu tiempo? ¿Te quebrantas cuando pecas? ¿Te está llevando la verdad a amar más la iglesia de Cristo, el pueblo de Dios, el avance del reino de Cristo o vives más preocupado por ver cuántos “me gusta” han puesto en tus fotos?

Examinemos nuestras vidas a la luz de la realidad de que la verdad de Dios produce piedad. La pregunta no es si hemos escuchado muchos sermones o si hemos leído muchos libros, sino ¿qué han estado produciendo en nosotros esos sermones y esos libros?

Hermanos, tanto los que estaremos participando de la conferencia como aquellos que no podrán estar con nosotros, pedimos que oren para que la realidad de nuestro texto se puedan ver a lo largo de esta semana:

1-Oremos para que el Señor capacite a sus siervos para que nos la verdad fielmente.

Queremos oír palabra de Dios. Queremos percibir la voz de Dios hablando a nuestros corazones. Pues oremos para que estos hombres expongan fielmente la palabra. Que nos expliquen lo que dice el texto y nos apliquen lo que el texto dice. Que ellos nos ministren con un sentido de la gran responsabilidad que tienen del Señor. Que nos ministren conscientes de lo que Pablo dice en (Tit.1:3) “…la predicación que me fue confiada…” Es el Señor el que les ha confiado la predicación de la palabra durante esta conferencia. Se les confió esta gran tarea de enseñarnos la verdad que conduce a la piedad. Oremos por ellos.

2-Oremos para que la verdad de Dios produzca piedad en nosotros los oyentes.

Que al estos siervos predicarnos fielmente la verdad ésta nos haga crecer en piedad. Porque, ¿de qué nos servirá salir de esta conferencia hablando bien de los predicadores? ¿De qué nos aprovechará concluir diciendo: “wow, yo no había visto eso en ese texto”? ¿De qué nos valdrá simplemente poder decir que aprendimos a cómo mejor pastorear a nuestras ovejas? ¿De qué servirá poder decir todas estas cosas si a la misma vez salimos de esta conferencia igual que como llegamos?

No, lo que queremos es que si alguno de nosotros se ha estado deteriorando espiritualmente, el Señor nos acerque más a El por medio de su verdad predicada. Queremos que el Señor nos permita crecer en nuestro conocimiento de El y de su verdad. Queremos que el Señor nos revela aquellas áreas de nuestras vidas personales y privadas que no andan bien delante del Señor. Queremos que el Señor nos enseña eficazmente a tener cuidado de nosotros mismos primero para entonces tener cuidado de la grey. Que el Señor use su verdad en esta semana para llevarnos a mayores niveles de piedad personal para la gloria de Cristo.

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La disposición del pastor I: Un corazón de siervo

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Pastor_Eugenio_Pinero-43Eugenio Piñero

La Biblia usa cuadros de la vida diaria para describir la obra de los pastores en la Iglesia. Estos cuadros presentan a los siervos de Dios como pastores del rebaño (Hch. 20:28); también como padres de familia (1 Ti. 3:4). Los presentan como gobernadores de la congregación (He. 13:7 y 13), como centinelas (1 P. 5:2), también como administradores de los misterios de Dios (1 Co. 4:1-3).

La Palabra de Dios no solo describe la obra pastoral, sino que también presenta la disposición con la que los pastores deben realizar esta obra. En esta ocasión comenzaremos a tratar el tema de la disposición predominante del corazón del pastor; esa disposición con la que cada pastor o anciano debe llevar a cabo la obra pastoral.

Al hablar de la disposición del pastor me refiero a la actitud o inclinación que principalmente domina el corazón. Las santas Escrituras nos enseñan que la disposición predominante con la que el pastor debe llevar a cabo la obra pastoral es la disposición con la que el Señor Jesucristo pastorea a sus ovejas. Los pastores deben imitar su ejemplo porque este es el modelo perfecto de pastorear las ovejas. Jesús dijo: Yo soy el buen pastor (Jn. 10:11). Es decir, Él es el pastor por excelencia. El significado básico de la palabra griega traducida al español por “buen” significa básicamente bueno, hermoso en el sentido del ideal o del modelo de perfección. En este caso, según William Hendrickson, significa excelente. Este “pastor corresponde al ideal tanto en su carácter como en su obra. Jesucristo es el pastor bueno; es el pastor excelente”. Aunque en un sentido el Señor es el único de esta clase, su manera de pastorear a sus ovejas forma el patrón que deben imitar aquellos que Él llama a pastorear a sus ovejas. La declaración: Yo soy el buen pastor implica que el divino pastor revelado en el Antiguo Testamento encuentra su expresión encarnada en la persona del Señor Jesucristo. Él es aquel que, como Dios del pacto y Pastor de su pueblo, se comprometió a salvarlo y a pastorearlo. El Salmo 23 describe el pastoreo perfecto del Señor. David dice: El Señor es mi pastor y nada me faltará. En otras palabras, su pastoreo sobre mí y sobre su pueblo es todo lo que debe ser. Por tanto Él es el modelo perfecto que todos los pastores deben imitar.

En su primera epístola capítulo 5, versículo 4, Pedro declara: Cuando aparezca el príncipe de los pastores recibiréis la corona inmarcesible de gloria. Esta declaración enseña que el Señor Jesús es el Pastor Supremo de todo el rebaño y, al mismo tiempo, es el Príncipe y Gobernante de todos los pastores que Él llama al oficio pastoral. Estos pastores no solo reciben su comisión y sus instrucciones del Supremo Pastor, sino que también reciben de Él aquel ejemplo de pastor que ellos deben imitar. El ejemplo que los pastores deben seguir no debe ser formado de los patrones sociales populares y sensacionales del mundo ni de la tradición eclesiástica, ni del pragmatismo, sino del patrón perfecto del Pastor Supremo. Nuestro modelo de lo que un pastor debe ser, a quién debe imitar, no debe proceder de aquello que produce resultados, de lo que trae a mucha gente. Nuestro modelo perfecto o nuestro patrón excelente es el Señor Jesucristo. No hay deficiencia en este patrón. El Pastor Supremo es todo lo que debe ser como pastor de su pueblo; por tanto, pastores, es a Él a quien nosotros tenemos que imitar. Debemos imitar el pastoreo del Señor Jesucristo, porque es el patrón perfecto.

En segundo lugar, debemos imitar este pastoreo porque los Apóstoles lo imitaron. La conducta de los Apóstoles y las instrucciones que ellos dieron acerca del ministerio pastoral demuestran esta afirmación. En varios pasajes bíblicos encontramos que los Apóstoles llamaron a sus seguidores a imitar su ejemplo. ¿Por qué? Porque ellos imitaron a Cristo. En 1 Corintios 11:1 Pablo dice: Sed imitadores de mí como también yo lo soy de Cristo. Hay una doctrina de imitación en las Escrituras, y aquel que socava esto o que lo pasa por alto no representará correctamente al Señor Jesucristo; ni manifestará la manera en que Él pastorea a sus ovejas.

En Filipenses 3:17 Pablo declara: Hermanos sed imitadores míos y observad a los que andan según el ejemplo que tenéis en nosotros. En Hechos 20:18 vemos que Pablo llamó a los pastores o a los ancianos de Éfeso y les dijo: Vosotros bien sabéis como he sido con vosotros todo el tiempo […] sirviendo al Señor con toda humildad y con lágrimas y con pruebas […]. A pesar de todo esto, v. 20: No rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil. Más adelante, en el versículo 33 a 35, Pablo dice, Ni la plata ni el oro, ni la ropa de nadie he codiciado. V. 34: Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y la de los que estaban conmigo. En todo os mostré [fui vuestro ejemplo] que así, trabajando, debéis ayudar a los débiles y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir”. Observen; es a los ancianos a quienes Pablo dice: Os mostré. En otras palabras: os di mi ejemplo cuando estuve entre vosotros; me entregué a serviros con un corazón desinteresado, bondadoso y generoso. Esta forma de servir o pastorear la aprendí del Señor Jesucristo que dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir”. Ahora ustedes imiten mi ejemplo así como yo imito a Cristo. De esta manera, Pablo dio a entender que el ejemplo de pastorear a las ovejas que él recibió del Señor Jesucristo, y que él siguió a través de toda su vida, era también el ejemplo y la norma que deben seguir todos los pastores en la Iglesia. Considerar e imitar el ejemplo apostólico en este asunto significa seguir el ejemplo de Jesucristo como pastor del rebaño. Una de las cosas que debemos imitar de este ejemplo es la disposición con la que Cristo pastorea a sus ovejas.

Alguien con percepción declaró: “Pablo es un ejemplo exegético de la disposición pastoral del Señor Jesucristo. En otras palabras, la disposición con la que Cristo pastorea a sus ovejas se manifiesta claramente por medio de la vida y el ministerio de Pablo. Esta disposición cristológica que Pablo manifestó en su propio ministerio pastoral es la que los pastores también deben imitar”.

Después de haber señalado la disposición pastoral con la que los pastores deben desempeñar la obra pastoral, la disposición pastoral del Señor Jesucristo, pasemos a considerar los elementos esenciales de esta disposición predominante.

Esta disposición incluye varios elementos esenciales:

* Un corazón de siervo
* Un corazón compasivo
* Un espíritu manso y tierno
* Un amor desinteresado
* Una solicitud constante

Agradecido por la ayuda que he recibido de otros siervos del Señor para tratar este tema, consideremos el primer elemento esencial de la disposición predominante con la que debemos realizar la obra pastoral.

Uno de los elementos de esta disposición es un corazón que está dispuesto a servir a otros para la gloria de Dios y para el bien de ellos. Según Marcos 9:33-37, surgió una discusión entre los discípulos de Jesús acerca de quién de ellos era el mayor: Y llegaron a Capernaúm; y estando ya en la casa, les preguntaba: ¿Qué discutíais por el camino? Pero ellos guardaron silencio, porque en el camino habían discutido entre sí quién de ellos era el mayor. Lamentablemente, este espíritu que se manifestó entre los discípulos continua manifestándose en nuestros días entre algunos de los que profesan ser sus discípulos. Sentándose [Jesús, ¡con qué calma y paciencia!] llamó a los doce y les dijo: Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos. Obviamente, los discípulos no habían comprendido lo que era ser grande en el Reino de Cristo. Su concepto de la grandeza procedía del mundo. Cristo les explicó lo que significa ser el primero en su reino. Versículo 35: ser el último de todos y el servidor de todos; que el Señor grabe esta verdad en nuestros corazones. “La idea de grandeza que tiene el mundo —dice R _________— consiste en gobernar, pero la grandeza cristiana consiste en servir. La ambición del mundo es recibir honor y atención, pero el deseo del cristiano debe ser dar más que recibir y ayudar a los demás”.

El comentario de Strauch sobre la grandeza personal es pertinente. En Marcos 9:35, Jesús declara que la verdadera grandeza no se logra luchando por sobresalir entre los demás ni aferrándose al poder, sino mostrando una actitud humilde, modesta, de servicio a todos. Por esta razón Jesús dijo: si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos. La sabia advertencia de C_________ a los líderes cristianos merece repetirse: “El poder es como el agua salada. Cuanto más se bebe, más sed se tiene. El ansia de poder puede alejar al más resuelto cristiano de la verdadera naturaleza del liderazgo cristiano que es el servicio a otros”.

El liderazgo y la autoridad que ejercen los pastores sobre la grey deben surgir y ser gobernados por un corazón que, sobre todo, quiera servir a otros. Esta disposición ha de prevalecer. El pastor debe mantener en sus pensamientos que él es sobre todo un siervo; siervo de Cristo, siervo del rebaño.

En Mateo 20:20-28, Jesús manda a los líderes de su reino a servir a otros con un corazón de siervo. El incidente que dio lugar a este mandato fue la petición de la madre de Jacobo y Juan. Sus hijos deseaban ocupar un lugar de preeminencia en el Reino de Cristo. Parece que ellos animaron a su madre a pedir al Señor que en su reino se les permitiese sentarse el uno a su izquierda y el otro a su derecha. Esta petición incomodó a los discípulos, creó malos sentimientos entre ellos. El versículo 24 declara que los diez se indignaron contra los dos hermanos. Probablemente esta reacción se debe a la envidia o al temor de salir perdiendo. Tal vez querían estas posiciones para sí mismos. Jesús usó este incidente para enseñar a todos sus discípulos que el liderazgo en su reino no es para que los líderes se enseñoreen del pueblo de Dios. El liderazgo cristiano es un llamado al sacrificio, servicio y sufrimiento. ¡Sacrificio! ¡Negarse a uno mismo! El ministerio no es una plataforma para obtener poder y gloria. Sobre este asunto un escritor cristiano dijo:

“Sin embargo, el mundo e incluso la iglesia están llenos de jacobos y de juanes, emprendedores y buscadores de posición, sedientos de honor y prestigio, que miden la vida por los logros y los interminables sueños de éxito. Son agresivamente ambiciosos para sí mismos. Esta mentalidad es incompatible con el camino de la cruz”.

El hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir y para dar. Renunció al poder y a la gloria del cielo, es decir, se negó a manifestar la plenitud de su gloria divina, velándola al tomar una forma de siervo y se humilló a sí mismo para ser un siervo. El hijo de Dios, Dios, la segunda persona de la Trinidad, se dio a sí mismo sin reservas y sin temor, a los despreciados y olvidados de la comunidad. Su obsesión fue la gloria de Dios, el bien de los seres humanos. Para promover esto estuvo dispuesto a soportar hasta la vergüenza de la cruz. Ahora, Él nos llama a seguirlo; Él no nos llama a buscar grandes cosas para nosotros, sino más bien a buscar primero la voluntad de Dios, su reino y su justicia. Si hemos de buscar el bienestar de los hombres, los pastores deben imitar al Señor Jesucristo. Él dijo a sus discípulos: Sin embargo entre vosotros yo soy como el que sirve (Lucas 22:27).

El Señor Jesucristo no usó su autoridad ni liderazgo para aprovecharse de sus discípulos, para oprimirlos, o abusarlos. El usó su autoridad para procurar y promover el bienestar de ellos. No son pocos los gobernantes que se aprovechan de su posición para promover sus propios intereses. No buscan realmente el bienestar de sus súbditos. Otros como Diótrefes procuran el liderazgo porque les gusta la preeminencia. El apóstol Juan, en su tercera epístola, dice: “Escribí algo a la iglesia pero Diótrefes, a quien le gusta ser el primero entre ellos, no acepta lo que decimos”.

Otros ejercen su autoridad despóticamente, para controlar u obtener ventajas materiales para sí mismos. En Mateo 20:25 Jesús dice: Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. La palabra griega katakurieuousin (κατακυριεύουσιν) que se traduce “ejercen autoridad” habla de un gobierno caprichoso y despótico. Según el Señor hay líderes que se enseñorean de la gente para lograr sus ambiciones caprichosas, vanas y egoístas. El pueblo existe para ellos, para propiciar sus intereses monetarios o para satisfacer sus vanas aspiraciones. Estos gobernantes viven entregados a sus placeres, a expensas de su gente. Ellos no sirven, más bien quieren que la gente les sirva. Jesús dice a sus discípulos: “No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande sea vuestro servidor”. La actitud de los siervos de Cristo no debe ser: “Aquí estoy para ser servido”; más bien debe ser: “Aquí estoy para servir”, y deben servir con un corazón humilde y servicial. No deben usar su autoridad para imponer sus preferencias personales o su voluntad sobre el pueblo de Dios, o para exigir que la gente se someta a mandamientos que el Señor Jesucristo no hada dado a su pueblo en su palabra. Esto es lo que Pedro enseña en su primera epístola capítulo 5 v. 2 y 3. Él exhorta a los ancianos y les dice: Pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, supervisándolo, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios, no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo; tampoco como teniendo señorío sobre los que os han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño. La autoridad que Cristo da a los pastores para gobernar al rebaño no se confiere para que ellos se enseñoreen de la grey o se conviertan en señores de la conciencia de las ovejas. ¡No! Solo Cristo es el Señor y el dueño de la conciencia.

Antes de seguir adelante quiero hacer una salvedad, subrayar un principio bíblico y es el siguiente:

Aunque los pastores son siervos, esto no niega su autoridad para gobernar a la iglesia. La Biblia enseña claramente que Cristo ha dado autoridad a los pastores para dirigir a la iglesia. Hebreos 13:17 declara: Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta. Y claro, en aquel momento no era necesario añadir “si ellos os dirigen de una manera bíblica”, porque esa es la manera en que los pastores fieles (que enseñan la Palabra y que son dignos de imitación v.7) dirigen la iglesia. Mientras los pastores nos dirijan según la enseñanza bíblica, debemos seguirles.

El versículo 17 de Hebreos 13 identifica a los líderes de la iglesia como dirigentes o gobernantes. Strauch indica que la palabra griega traducida al español “pastores” o “guías” es un término genérico. Se puede usar para describir a líderes militares, políticos o religiosos. En el Antiguo Testamento griego, esta palabra ēgoumenois (ἡγουμένοις) se usaba para describir a los jefes de la tribu. Por ejemplo, en Deuteronomio 5:23, el jefe de un ejército; en Jueces 11:11, gobernante de la nación de Israel; en 1 Samuel 5:2, el superintendente de todos los bienes; en 1 Crónica 26:24, el sacerdote principal y en 2 Crónicas 19:11 el sumo sacerdote. En Hechos, a Pablo y a Silas se les llama varones principales entre los hermanos (Hch. 15:22). El uso que hace el escritor de la palabra griega traducida “pastores” en Hebreos 13:7, 17 y 24 habla de la tarea de los ancianos o pastores de la iglesia local. Estos hombres tienen la tarea de enseñar en la iglesia, vers. 7. Estos hombres son líderes, gobernantes, dirigentes, pastores de la grey. Enseñan, protegen, guían y velan el rebaño. A los miembros de ese rebaño, o iglesia local, se les manda a obedecer y a estar sujetos a estos hombres. Mientras ellos dirijan, gobiernen o guíen a la congregación según las normas bíblicas, los miembros deben seguirles. El título que define tanto a los pastores como a los deberes de aquellos que se encuentran bajo el cuidado de estos hombres indica que han sido investidos con autoridad para gobernar a la iglesia.

Pablo dice a los tesalonicenses, en su primera epístola, capítulo 5, versículo 12: Pero os rogamos hermanos, que reconozcáis a los que con diligencia trabajan entre vosotros, y os dirigen en el Señor y os instruyen. Estos líderes tienen la responsabilidad de dirigir e instruir a la iglesia. En la primera epístola a Timoteo, capítulo 5:17 se habla de los ancianos que gobiernan. Estos deben ser considerados dignos de doble honor, principalmente los que trabajan en la predicación y la enseñanza. En la misma epístola, capítulo 3, versículos 4 y 5 dice que el obispo debe ser un buen gobernador o administrador, o dirigente de su hogar, porque si un hombre no es capaz de gobernar bien su casa y sus hijos, no es apto para que pueda cuidar y dirigir la iglesia.

Aunque los pastores son siervos, aun así tienen autoridad para gobernar a la iglesia. Una cosa no niega la otra. Jesús fue un siervo, pero este hecho no niega su autoridad sobre sus ovejas. Aquel que dijo: Yo no he venido para ser servido, sino para servir, también dijo: ¿Por qué me llamáis Señor, Señor y no hacéis lo que yo os digo? En otras palabras, el que Él viniera a servir no niega su autoridad. Su autoridad no solo procedía de su posición como Señor sino también de su posición como pastor. Por eso no debe sorprendernos que Jesús hable de sus ovejas como aquellas que le reconocen como Señor y se someten a su autoridad. Él dijo: Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Jesús ejerció su autoridad como pastor sin sentirse intimidado ni avergonzado. ¿Y cómo se llamaba a los gobernantes en el Antiguo Testamento? Se les llamaba igual que a los pastores. La palabra pastor implica autoridad.

La autoridad pastoral es algo inherente al oficio de pastor. En el antiguo testamento, se llamaba a los gobernantes pastores. La palabra pastor implica autoridad. Este término habla de su autoridad para gobernar. Ellos gobernaban a sus súbditos. El Señor no se avergonzó de ejercer su autoridad como pastor de las ovejas. Aun más, Él esperaba que aquellos que Él vino a servir y que le habían recibido como pastor, le obedecieran. El que Jesús fuera un siervo entre los discípulos, que Él les sirviera y aun le lavara sus pies no negó su autoridad como pastor de ellos. Por tanto sus discípulos no podían ser indiferentes a las instrucciones de Jesús.

Por otro lado, un líder puede ejercer su autoridad y aun así ser un siervo verdadero de los que se encuentran bajo su gobierno. Pablo entendía este principio; por esta razón vio su posición como un medio para servir a otros. Alguien correctamente dijo: “Él percibió sus dones y autoridad como medio para edificar y proteger a otros. No como medio para controlar u obtener posición, ventajas para sí mismo”. ¡No! Él utilizó su autoridad apostólica para edificar, guardar y proteger a la Iglesia de Cristo. En Corinto usó su autoridad para mantener la pureza moral de la iglesia. En 1 Co. 5:4 dice a los corintios: En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, cuando vosotros estéis reunidos y yo con vosotros en espíritu y con el poder de nuestro Señor Jesucristo, entregad (esto es un mandato) a ese tal a Satanás para la destrucción de su carne a fin de que su espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús. Observad. Pablo no utilizó su autoridad como Diótrefes. Este disciplinaba para mantener la preeminencia. En cambio, Pablo utilizó su autoridad para que la iglesia cumpliera la voluntad de Cristo. Ejerció su autoridad para que el pecador impenitente se arrepintiera, para que los miembros de la iglesia no se contaminaran pues la Biblia dice: un poco de levadura fermenta toda la masa (1 Co. 5:6). Por tanto, él dijo a la iglesia: “Expulsad de entre vosotros al impenitente”. Pablo ejerció su autoridad para procurar el bien, el gozo, la paz y la unidad de la iglesia.

Esta perspectiva debe gobernar la autoridad del esposo en el hogar. Él, como cabeza, tiene autoridad (Ef. 5:25). Él fue investido de autoridad para que él procure el bienestar, la santidad, y la felicidad de los miembros de su hogar. El esposo debe ser un líder amoroso y servicial. En su hogar, él es sobretodo un siervo. Tal vez esto no le guste a algunos esposos pero para este fin fue que Dios les dio autoridad. En el hogar el esposo no es solamente un líder, es también un siervo. Su autoridad fue concedida para que él promueva el bienestar y la felicidad de aquellos que se encuentran bajo su cuidado.

El esposo es un siervo, pero el que sea un siervo no niega su autoridad como cabeza de su hogar. Su rol como siervo en el hogar le indica el propósito de su autoridad y la manera en que debe ejercerla. ¿Ves la sabiduría de Dios? Ellos son siervos y deben ejercer su autoridad para lograr el propósito divino.

El rol de siervo de los pastores no niega su autoridad, pero les recuerda el propósito y la manera en la que ellos deben ejercerla. El Dr. Wayne Mack tenía mucha razón cuando aseveró que el concepto bíblico de un líder, según Mateo 20:20-28, es que “en primer y principal lugar él es un siervo. Su preocupación no debe ser por sí mismo ni por dar órdenes, ni mangonear, ni imponer su voluntad. Debe preocuparse por satisfacer las necesidades de otros. En verdad, si los intereses de otro no están sobre su corazón, si no está dispuesto a sacrificar sus necesidades personales, sus deseos y aspiraciones, su tiempo y su dinero; si las necesidades de otro no son más importantes que las suyas propias, tal hombre no está en condiciones de ser un líder. El líder debe tener un corazón de siervo. Y lo que sigue es muy importante: si tiene un corazón de siervo actuará como siervo y reaccionará como tal cuando le traten como un siervo”.

Hay mucho fango que comer en el ministerio. La única manera de comernos ese fango es recordando lo que somos: siervos. Strauch resume lo que dije de la siguiente manera: “El carácter de humilde siervo, de liderazgo, no implica ausencia de autoridad. Los términos del nuevo testamento, que describen la posición y el trabajo del líder como mayordomo de Dios, supervisor, guía, implican autoridad tanto como responsabilidad. Pedro no podría haber advertido a los ancianos de Asia contra el señorío sobre los que estaban a su cargo si no hubieran tenido autoridad para guiar y proteger a la iglesia local. La clave es la actitud, la disposición con la cual los ancianos deben ejercer su autoridad”.

Uno de los elementos de la disposición predominante con la que un pastor debe pastorear a las ovejas es un corazón de siervo, un corazón dispuesto a servir a otros. En segundo lugar consideremos algunas de las implicaciones prácticas de este elemento esencial.

Estimado pastor, si mantienes en tu corazón tu identidad como siervo no te molestará ni te quejaras por tener que realizar ciertos deberes diaconales en la iglesia. En las iglesias pequeñas habrá ocasiones en que será necesario que el pastor cumpla ciertas tareas diaconales. Cuando esto ocurra, debes estar dispuesto a realizar estas tareas para servir a las ovejas de Cristo. Debes recordar, que no eres solamente un siervo de tu gente, sino que también su esclavo.

Si había una verdad que constreñía el corazón de Pablo, a predicar a Cristo, a servir a Cristo, a servir a la iglesia de Cristo; si había algo que le llevó a sufrir los sinsabores, tensiones, aflicciones, vituperios del ministerio, fue que él conocía que era ante todo un esclavo de Cristo y de su pueblo. Mucho fue lo que Pablo sufrió. Lo azotaron; lo apedrearon. Se levantaba y seguía sirviendo. ¡Yo soy siervo de Cristo! ¡Soy esclavo de Cristo, para servir a Cristo, para servir al pueblo de Cristo! Él declaró: Porque no nos predicamos a nosotros mismos sino a Cristo Jesús como Señor y a nosotros como siervos (literalmente esclavos). Aquí, la palabra griega no es dikanoi (siervos) sino douloi (esclavos). Y a nosotros, como esclavos vuestros por amor de Jesús.

Compañero en el ministerio, ¿qué imagen tienen de ti? O ¿qué imagen tienes de tu persona? Si no te consideras un siervo o esclavo del rebaño, dispuesto a ser todo lo que esto implica, no podrás ministrar a las ovejas de Cristo.

Por otro lado, la convicción de que eres un siervo será un antídoto poderoso contra la ingratitud y el desaliento. Muchas veces no se reconoce el esfuerzo y trabajo pastoral que toma lugar en privado. Hay muchas cosas de nuestra tarea ministerial que nuestra gente no ve; entre estas cosas podemos mencionar el tiempo dedicado a la oración, las horas que dedicamos al estudio de la palabra, la educación en general, la preparación de los sermones, el tiempo de visitar a los enfermos, débiles y necesitados; la preocupación por la condición espiritual y física de las ovejas. Esto es una carga sobre nuestro corazón. Hemos dado consejo, hemos enseñado, pero la persona no entiende. Eso nos preocupa. Nos lleva a orar por esta persona. Su condición espiritual se convierte en una carga para nosotros. Vemos nuestra debilidad e insuficiencia y esto nos lleva al trono de la gracia y decimos: ¡Señor ten misericordia de nosotros! Danos más de tu gracia para poder servir a tu pueblo. Después, el domingo, ven al pastor que le abraza, y le da la mano; y lo hace con sinceridad porque los ama. Pero eso no quita toda la aflicción, toda esa carga. Mientras muchos duermen, los pastores están pensando y orando para ver cómo pueden ayudarles a resolver su problema. Piensan cómo van a tratar a aquel hermano para que no se ofenda innecesariamente y que pueda ver el principio, lo aplique y pueda servir al Señor de corazón, siendo ejemplo para otros.

Nosotros no somos profesionales. No podemos limitarnos a decir: “Estoy aquí, hago mi trabajo y me voy. ¡No! Pero la gente no ve muchas de esas cosas. No ven las lágrimas; el dolor que sentimos al ver la indiferencia de las personas hacia la palabra; no tienen conocimiento de las decisiones difíciles que debemos tomar para guardar la unidad y el testimonio de Cristo y de su iglesia; del tiempo que empleamos para organizar los ministerios de la iglesia; de las reuniones en el liderazgo de la iglesia; de las conversaciones y reuniones con otros líderes…Muchos desconocen estas cosas.

¿Y qué del dolor que sentimos al ver la indiferencia de las personas hacia la palabra? Esto nos trae tristeza. A menudo, la gente pasa por alto y no da gracias por el ministerio de la palabra. Muchas veces no aprecian ni dan gracias por el ministerio público de la palabra. Semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Hay personas que creen que han sido llamadas a mantener a sus pastores humildes y no les dan gracias. Nosotros, los pastores, los que somos fieles, no queremos aduladores, pero sí queremos saber si nuestra oración, si la oración del pueblo de Dios, si la enseñanza que ha sido explicada y aplicada, ha sido usada por el Señor para edificar y bendecir a su pueblo. Nos alienta oír: “Pastor, aunque no le habíamos dicho nada; sin embargo, ¡esas inquietudes que teníamos desaparecieron cuando usted estaba predicando!” “Pastor, el otro día, mientras usted predicaba la palabra la flecha del Altísimo vino a mi conciencia, traspasó mi corazón, me vi desnudo y en falta, y allí mismo tuve que pedir perdón al Señor”. “Pastor gracias por ser fiel a mi alma”.

Pastor, si no tienes un corazón de siervo, la ingratitud e indiferencia te desplomarán; estas actitudes pueden convertir estas cosas que debes hacer en cargas pesadas que no desearás cargar. Si te olvidas que eres un siervo, la ingratitud de la gente, la falta de reconocimiento por tu labor, tus esfuerzos, puede crear en ti amargura, resentimiento y un espíritu murmurador. Y esto te impedirá entregarte con gozo y entusiasmo a tus labores ministeriales. Tu corazón se enfriará. El fervor y el deseo de servir al pueblo de Dios y a Cristo menguarán o desaparecerán. Por tanto, es necesario que siempre recuerdes que eres un siervo. Y cuando servimos o hacemos lo que el Señor nos dice, debemos decir: “Siervo inútil soy. No he hecho más que lo que debía hacer”.

Aunque debemos trabajar con la esperanza de que seremos recompensados (1 Co. 9:10), aunque la Biblia nos dice que a su tiempo si no nos cansamos segaremos, estas promesas no significan que seremos necesariamente recompensados por nuestro esfuerzo y labor de forma inmediata. Puede ser que el Señor dilate la recompensa como hizo con siervos más fieles que tú y yo. Puede ser que el fruto no aparezca inmediatamente. Puede ser que tu gente no manifieste agradecimiento por tu trabajo.

Entonces, recuerda, somos siervos, eso es lo que somos. Somos siervos… ¿pero de quién? De Cristo. El asimilar este concepto es fundamental para que el pastor pueda realizar la obra pastoral. Traerá estabilidad, sosiego y tranquilidad al corazón. Le animará a seguir adelante, porque entiende que es un siervo inútil que sólo ha hecho lo que debía. Siervos inútiles; literalmente somos esclavos inútiles. Es decir, no merecemos ninguna gratitud especial porque, como Lenski comenta, no tenemos derecho especial alguno sobre el Señor. Hemos de llamarnos a nosotros mismos inútiles, porque no hemos hecho más que lo que estábamos obligados a hacer. Dejamos a un lado cualquier derecho puesto que, ciertamente, delante de Dios no tenemos ninguno. Somos esclavos inútiles y, aunque no recibamos nuestra recompensa inmediatamente, esta perspectiva nos llevará a ver las necesidades del pueblo de Dios como un llamado a usar nuestro tiempo, nuestras energías, nuestros dones, oraciones y lagrimas para seguir sirviendo al pueblo de Dios.

Hermano y compañero en el ministerio, si no puedes recibir esto de Cristo, si no es grato para ti servir como siervo u esclavo, entonces debes salir del ministerio.

Estimado pastor, ¿ven tus ovejas en ti un corazón de siervo? ¿Ven en ti la disposición del Señor Jesucristo, que no vino para ser servido sino para servir? No dije: “¿Ven tus ovejas que tienes una mente lógica, brillante o que presentas tus tesis teológicas con una precisión clínica?” No dije: “¿Ven que puedes presentar y defender magistralmente la doctrinas de la gracia?” No. Mi pregunta es: “¿Ven ellos en ti un corazón de siervo?” La pregunta no es: “¿Ven una gran capacidad para dialogar o debatir?” Sino, “¿Ven tus ovejas la disposición de siervo que Pablo manifestó entre los efesios?” El apóstol dijo: Vosotros bien sabéis como he sido con vosotros todo el tiempo, sirviendo al Señor con toda humildad y con lágrimas. Hay cosas que quebrantaron el corazón de Pablo, pero aun así él dijo: No rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil. Pero de ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mi mismo a fin de terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesucristo.

¿Puedes tú decir a tu gente lo que mismo que Pablo dijo a los ancianos en Éfeso? Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y los que estaban conmigo. ¿Cómo te ven los hermanos, como un siervo o como un amo, esperando que te sirvan? Quiero recordarte que tu servicio a tu iglesia debe ser una revelación del corazón de Cristo a su pueblo. Para que esto sea una realidad, tú tienes que ministrar o servir a tus ovejas con un corazón de siervo. La disposición de siervo atraerá a la oveja tímida y temerosa hacia tu persona. La llevará a buscar y a recibir de ti guía y el consejo que necesita. Las ovejas deben conocer que tú verdaderamente quieres ayudarles. Por tanto, querido hermano, no tengas temor de involucrarte en los problemas, las adversidades y las aflicciones de tus ovejas. En estos tiempos donde hay tantos charlatanes, engañadores y hombres sin escrúpulos que buscan una posición de autoridad y liderazgo en la iglesia para promoverse a sí mismos o enriquecerse a expensas de la gente; hombres como los que Pablo describe en su epístola a los filipenses, porque muchos andan como os he dicho muchas veces: y ahora lo digo aun llorando que son enemigos de la cruz cuyo fin es su perdición, cuya Dios es su apetito y cuya gloria es su vergüenza, en tiempos como estos, donde abundan esta clase de hombres, es necesario que se destaque mucho más en nosotros un corazón de siervo. Así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.

Queridos hermanos, oren por nosotros los pastores. Oren y clamen a Dios: ¡Señor, que cada año que pase, al contemplar al Señor Jesucristo, ellos reflejen cada día más y más su corazón!

Amigo incrédulo, Cristo dejó la manifestación plena de su gloria divina y la veló tomando una forma de siervo, para hacerse obediente y obediente hasta la cruz, para pagar la deuda que el hombre pecador le debe a Dios. Cuando él habla de si como siervo, no lo hace simplemente para darnos un ejemplo de abnegación. Él se describe así mismo como siervo para dar a conocer lo que Él tuvo que hacer para rescatar a los hombres del diablo, del pecado y del mundo; para que recibieran vida y salvación. Querido amigo, niño, joven, Jesucristo se hizo siervo para salvar a pecadores y Él continúa, por su palabra y el evangelio, salvando pecadores. Tú no puedes pagar la deuda por tu pecado. Tú no puedes pagar esa gran deuda que debes a Dios. Por amor a tu alma, clama hoy a Aquel que vino a ser siervo, que murió en la cruz para que pecadores como tú sean salvos. Ven, confía en Él, cree en Él y sé salvo. No continúes en esa condición. Cree en Él y serás salvo.

Iglesia, Dios nos llama a manifestar el espíritu de siervo del Señor Jesucristo. ¡Que el Señor use su palabra para que nosotros los pastores, sirvamos a Cristo y a su pueblo!

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