Category: Sermones
Permaneced firmes en la verdad II
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Parte 2 de 2
Muchas gracias por su cordial bienvenida. Alabado sea Dios por el tiempo que hemos compartido juntos en esta conferencia. Hoy hablaré sobre un tema que he titulado de la siguiente manera: «Permaneced firmes en la verdad: la cristología aplicada en un mundo que está a la deriva». Es un llamamiento cristocéntrico para que todos nosotros permanezcamos firmes en la verdad como Jesús.
Mi enfoque es en el ejemplo de Cristo como nuestro llamamiento y nuestra inspiración, especialmente en la relación que existe entre su ejemplo y el que nosotros permanezcamos firmes en la verdad. Esta mañana en la parte 1, nos enfocamos de forma especial en la relación de Jesús con la verdad junto con algunas implicaciones prácticas para nosotros. Tratamos el tema en tres partes:
En primer lugar, demostré a base de las Escrituras que Jesús mismo es la verdad y que esta realidad es un llamado a que seamos íntegros. Si queremos ser cómo Jesús, tenemos que conformarnos de corazón y en nuestra conducta a la verdad de Dios que es revelada de forma suprema en Jesús y que también se revela en las Santas Escrituras.
En segundo lugar, vimos la enseñanza bíblica de que Jesús predicó la verdad de acuerdo a la misión que tenía de Dios el Padre. Somos llamados a imitar a Cristo en esta forma también, como testigos fieles de la verdad. Tenemos que predicar el evangelio a toda la creación hasta que Él vuelva.
En tercer lugar, Jesús cree en la verdad. El tiene una confianza santa y plena de que Dios usa la verdad para llevar a cabo sus propósitos redentores en el mundo, liberando a legiones de los que están esclavizados a Satanás y apartándonos para el servicio de Dios como Jesús. En cada uno de estos tres aspectos, entonces, —la integridad, la misión, y la esperanza—, recibimos instrucción y motivación del ejemplo de Jesús y su relación con la verdad.
Pero falta más por tratar sobre este tema. En esta noche quiero tratar la otra parte, el permanecer firmes en la verdad. El mundo realmente se ha alejado de la verdad de Dios. Por ser la encarnación de la verdad, predicar la verdad y creer en la verdad, Cristo provocó la oposición, una oposición que exigiría su sacrificio, un sacrificio que recibiría su justa recompensa, la gloria. La oposición, el sacrificio y la gloria: todos están presentes cuando permanecemos firmes en la verdad.
Vemos en Jesús lo que significa permanecer perfectamente firme en la verdad. Él estaba firmemente convencido acerca de la verdad. Llevó a cabo un ministerio valiente entre sus enemigos y este es el patrón que Él ha establecido para su Iglesia. La Iglesia verdadera se conoce por su postura fundamental de permanecer firme. También es una realidad que podemos y debemos mejorar. Cristo mismo es nuestra vida y nuestra guía en este asunto también. Es al mirarlo a Él que llegamos a ser más como Él y que cumplimos con el propósito para el cual Dios ha puesto a su Iglesia en el mundo, para dar un testimonio fiel ante todos los enemigos espirituales hasta que regrese Cristo, para la gloria de Dios y el bien de la humanidad.
Esta tarde quiero seguir con el mismo método que utilicé por la mañana. Cada epígrafe tiene dos partes: la explicación de la cristología y la aplicación de la cristología. La cristología, claro está, es el estudio de Cristo. En esta noche quiero responder a dos preguntas básicas. ¿Qué nos enseñan las Escrituras sobre la manera en que Cristo mismo permaneció firme? ¿Qué aplicación tiene esta enseñanza en cuanto a nuestra propia firmeza en la verdad?
Parte 2: Jesús permaneció firme
Tengo tres puntos: 1) La necesidad de permanecer firmes en la verdad 2) El precio de permanecer firmes en la verdad 3) El premio por permanecer firmes en la verdad. 1) La necesidad de permanecer firmes en la verdad es real porque existe una oposición real a la verdad. 2) Esto nos lleva a pensar sobre el precio de permanecer firmes, que es el dar nuestras vidas como un sacrificio por la verdad. En último lugar, 3) el premio que Dios da a los que sufren con fidelidad por causa de la verdad, comenzando con Jesús, es la gloria eterna. Y ahora es mi oración que nuestra meditación sea un estímulo para que permanezcamos firmes en la verdad como Jesús.
Oremos.
Padre que estás en los cielos, por medio de tu Palabra, por tu Espíritu y el ministerio pastoral en la Iglesia, nos has llevado a contemplar a tu hijo santo en su excelencia como el ejemplo supremo para todos nosotros. De esta forma ya hemos comenzado el servicio eterno ante el trono de Jesús por medio de nuestra adoración y nuestra alabanza. Oh, te damos gracias por este gran privilegio y este favor misericordioso. Ahora, oh Señor nuestro Dios, te rogamos que por fe podamos ver tu gloria en el rostro de Jesucristo, y que por medio del Espíritu de libertad, seamos librados de nuestros pecados y transformados a una mayor semejanza a Cristo, de gloria en gloria. Todos los cristianos de espíritu noble que ahora me escuchan quieren permanecer firmes en la verdad como tu hijo Jesús, pero necesitamos que más de la sabiduría y el ánimo y la guía y la fortaleza que proviene de ti. Tu Palabra nos insta a pedirte estas cosas porque tu eres nuestro Padre que se deleita en dar buenos dones a tus hijos, incluso el Espíritu Santo. Oh, Señor bueno y bondadoso, te pedimos que nos des toda bendición espiritual que hay en Cristo, que podamos caminar en sus pasos, ser fructíferos en el mundo y entrar con Él en la gloria. Rogamos tu favor en el loable nombre de Jesús nuestro Señor. Amén.
Comenzamos entonces con
I. La oposición: la necesidad de permanecer firmes
La frase misma, «permanecer firmes», implica que existen poderes que se oponen y que desean que abandonemos nuestra postura de rectitud. Los poderes que se oponen a la verdad son espiritualmente malignos, y han estado en este mundo desde que la serpiente se acercó a Eva en el Jardín del Edén. ¿Cómo podemos olvidar la exhortación conmovedora que Pablo hace en Efesios 6? Notemos cómo utiliza la palabra «permaneced» tres veces. El original tiene el significado de «hacer frente, resistir» (BDAG) y la palabra que está relacionada a esta significa «soportar», que es la traducción del verbo griego que significa: «resistir un poder» y «defender tu posición» (BDAG). Notemos también que esa primera parte que Él menciona de la armadura de Dios, que con tanta desesperación necesitamos como soldados del Señor, es la verdad:
Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza. Revestíos con toda la armadura de Dios para que podáis estar firmes contra las insidias del diablo. Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiéndolo hecho todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñida vuestra cintura con la verdad… (Efesios 6:10-14).
Amigos, hoy en día necesitamos miembros de la iglesia y pastores que permanezcan firmes en la verdad cómo Jesús. Como dijo alguien: «El estar muy ocupados no es suficiente. Debemos permanecer firmes en la verdad».
Aplicación de la cristología
Los cuatro evangelios nos dicen claramente que Cristo enfrentó mucha oposición durante su vida terrenal. Jesús tenía enemigos literalmente desde la infancia. El Rey Herodes se turbó cuando escuchó acerca del nacimiento de Cristo (Mateo 2:3). Después, mandó a matar a todos los niños varones de dos años para abajo que había en Belén y sus alrededores. Evidentemente era un plan asesino para matar al joven Jesús (Mateo 2:16).
En el umbral de su ministerio público que duró tres años, un ministerio que consistía mayormente en la predicación de la verdad, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo (Mateo 4.1ss). Cristo sufrió tres ataques de Satanás, cado uno ponía en prueba su lealtad a la verdad bíblica. Para repelar al archienemigo, en cada ocasión Cristo citó las Escrituras que se aplicaban al caso y de esta manera reafirmó su fe y su compromiso con la verdad revelada por Dios. «Está escrito» fue la espada santa que nuestro campeón espiritual utilizó tres veces para resistir al diablo y ahuyentarlo.
Pero este era solo el principio de la oposición al testimonio fiel de Cristo. Aunque algunos recibieron su predicación, hubo otros que respondieron con desprecio, aunque Dios confirmó la Palabra por medio de milagros que también eran señales. Hace mucho tiempo que los eruditos bíblicos han llamado el último año del ministerio público de Jesús como el «año de oposición ». Un autor lo describe de la siguiente manera:
Estaba rodeado por voces que ya no clamaban con gratitud y aplauso sino que eran voces de oposición, amargura y blasfemia. Ya no se movía de un lugar poblado a otro en el centro del país, bienvenido en todo lugar por aquellos que esperaban probar o ver sus milagros y con miles de seguidores que estaban ansiosos por no perder ni una de las palabras de sus discursos. Era un fugitivo, buscando los lugares más lejos y remotos, acompañado solamente por un puñado de seguidores.
Los escribas y fariseos eran sus adversarios más prominentes, pero también habían otros de las clases influyentes y educadas de la sociedad; también tenía adversarios entre los oficiales del gobierno romano, el Sanedrín, los oficiales judíos en el Templo junto con sus atrios, y por último estaba también la multitud hostil que fue instigada hasta llegar a un estado de frenesí en Jerusalén, gritando sin cesar que lo mataran: « ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!» (Juan 19:6).
¿Pero, por qué? ¿Qué mal había hecho Él? Él proclamó la verdad. Este fue su gran error ante los ojos del mundo. Él representaba y predicaba la verdad acerca de Dios y su obra redentora. Él desenmascaró las mentiras y la corrupción de los líderes apóstatas de Israel. Él se ofreció como el único camino hacia Dios, la verdad de Dios y la vida de Dios. Como dice Juan: « Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron» (Juan 1:5) o « no prevalecieron contra ella» (RVR1960).
Los que más odiaban a Jesús, los fariseos, sabían que Él era consecuente con su mensaje, sin importar el auditorio. Su intención era adularle por medio de esta declaración, pero terminaron diciendo algo cierto y noble acerca de Él: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con verdad, y no buscas el favor de nadie, porque eres imparcial» (Mateo 22:16). Por supuesto, Él tenía un cuidado amoroso para con las personas, pero no se preocupaba acerca de que podrían pensar, como si esto pudiera ser una razón para predicar nada más que la verdad. Jesús no suavizó su mensaje por causa de la oposición, aunque finalmente le costó la vida. La última frase, «no buscas el favor de nadie» se puede expresar literalmente como «no miras el rostro de los hombres», un modismo que significa temer a la audiencia. El Señor le dijo al joven profeta Jeremías: «No tengas temor ante ellos, porque contigo estoy para librarte —declara el Señor» (Jeremías 1:8).
Ha aquí la oscura realidad que Jesús enfrentaba: « Y este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, pues sus acciones eran malas. Porque todo el que hace lo malo odia la luz, y no viene a la luz para que sus acciones no sean expuestas» (Juan 3:19-20). Su carácter íntegro, su vida santa y su mensaje veraz, todo esto era una reprensión para sus oyentes pecaminosos. A algunos les dijo: « El mundo no puede odiaros a vosotros, pero a mí me odia, porque yo doy testimonio de él, que sus acciones son malas». La unión de Jesús con la verdad y su fidelidad en la predicación tuvo la inevitable consecuencia de provocar la hostilidad de un mundo malvado.
Y en la tempestad de las tinieblas, nuestro Señor Jesucristo permaneció firme, como una roca inmovible. Él «soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo» (Hebreos 12:3). Él afirmó su rostro como un pedernal para ir a Jerusalén, sabiendo de antemano las cosas horribles que sufriría allí conforme al plan de Dios (Lucas 9:51 e Isaías 50:7). Él dijo: «He aquí, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para burlarse de El, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará» (Mateo 20:18-19).
Aplicación de la cristología
Este Señor Jesucristo audaz es nuestro amo que abre el camino, marca el camino y provee el patrón para nuestro servicio a favor de la verdad en este mundo. Él nos enseña de forma explícita que seguirle provocará el odio del mundo hacia nosotros. En sus propias palabras, que perdurarán para siempre, dice lo siguiente:
Si el mundo os odia, sabéis que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí de entre el mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de la palabra que yo os dije: “Un siervo no es mayor que su señor.” Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros; si guardaron mi palabra, también guardarán la vuestra. Pero todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió.
Considera que si has de ser un cristiano verdadero o un pastor fiel que con integridad acepta la verdad, el mundo no te apreciará. Tendrás que enfrentarte a la oposición. Habrá ocasiones en las que tendrás que declarar cosas de las Escrituras que serán ofensivas para tus oyentes y tomará mucho valor del Señor para que puedas permanecer firme en la verdad.
Algunas veces, los nuevos conversos piensan inocentemente que todo el mundo apoyará su conversión a Cristo, porque después de todo el ser cristiano es lo más inofensivo que hay en el mundo y en realidad los convierte en seres mejores de lo que eran antes. Esta no es la expectativa bíblica en absoluto. Cuando te conviertes en un cristiano, no solamente sigues pasando por los problemas que son comunes a todos sino que te encuentras con todo un conjunto de nuevos problemas en tu relación con los inconversos que de repente sienten hostilidad hacia ti debido a su enemistad con Jesucristo y tu relación con Él.
Parece que hay muchos en la iglesia visible hoy que piensan que cualquier oposición del mundo es una señal de que no estamos comunicando el mensaje que debemos o que es nuestra culpa por no llevar a cabo el ministerio cristiano con más atractiva. ¿Cómo podemos llegar a pensar que ellos están en lo correcto cuando vemos por nosotros mismos la oposición del mundo para con Cristo y hacia la manera en la que Él permanecía firme en la verdad y su incomparable ministerio a los perdidos? Más bien, Jesús nos ha enseñado a reconocer que algo está muy mal si el mundo nos ama: « ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, porque de la misma manera trataban sus padres a los falsos profetas» (Lucas 6:26).
Ahora llego a un punto de aplicación que se debe tratar con mucho cuidado. Existe oposición a la verdad doctrinal aun dentro de la iglesia y entre los hermanos verdaderos, y también aquí debemos permanecer firmes en la verdad. Sí, todos debemos hacer esto con mansedumbre, humildad, paciencia y misericordia, pero no debemos silenciar nuestro testimonio sobre toda la verdad de la Palabra de Dios.
No todos los cristianos buenos y piadosos tendrán las mismas convicciones que nosotros sobre muchos asuntos, pero mi preocupación es que algunos piensen que el amor requiere que guardemos silencio sobre los temas en los cuales diferimos. Existe la tentación de hacer un acuerdo de paz doctrinal con el fin de lograr una tranquilidad superficial, pero amigos, si en verdad tenemos razones bíblicas y sólidas para este o aquel distintivo, entonces también estamos bajo la obligación moral de dar testimonio de su verdad, incluso ante otros creyentes que han caído en algún error. Esto será para el bien del cuerpo y tal vez, resultará en el restablecimiento de los que están equivocados.
Quiero darles algunos ejemplos. Debemos alegrarnos por las señales que hay de un resurgimiento respecto a las doctrinas de la gracia, pero no todo acerca del Nuevo Calvinismo merece nuestro aplauso, y no es pecado señalarlo. Algunos de los líderes son carismáticos que piensan que Dios todavía emite, verbalmente, nuevos mensajes a su pueblo, y debemos advertirles contra esto. Algunos de ellos dicen que nuestra inquietud en lo que respecta la mundanalidad es legalista, pero debemos permanecer firmes a favor de la santidad bíblica. Muchos cristianos profesantes hablan en contra de una perspectiva sólida de la soberanía de Dios que conlleva doctrinas como la elección, la predestinación y la reprobación. Debemos mostrar fidelidad hacia ellos y hacia el Señor y no ceder ni una pulgada. Y también están esos hermanos que practican el bautismo infantil. La evaluación de los bautistas es, claro está, que estos hermanos están equivocados en este asunto porque no es bíblico y no debemos tener miedo de admitirlo. Hay algunos evangélicos influyentes, entre ellos algunos líderes reformados, que han caído en el error del aniquilacionismo y que rechazan la doctrina tradicional del infierno. Muchos cristianos hablan en contra del reposo del Día del Señor, pero sabemos que estas cosas son fieles y verdaderas y que debemos predicarlas y enseñarlas sin temor. Debemos permanecer firmes en la verdad porque nuestra unidad espiritual como cristianos es una unidad en la verdad. Sí, algunos estarán en contra de ella, aun dentro de la misma Iglesia, pero el hablar la verdad en amor es una de las cosas que Dios utiliza para reestablecer a los extraviados y remediar la discordia.
Era necesario que Jesús permaneciera firme en la verdad por causa de la oposición, y lo mismo ocurre con nosotros. Ahora, meditemos sobre el alto costo de permanecer firmes en la verdad. Permanecer firmes conlleva, necesariamente, el sacrificio.
II. El sacrificio: el precio de permanecer firmes en la verdad
Explicación de la cristología
Jesús tuvo que pagar un alto precio como resultado de su ministerio fiel: días llenos de cansancio, noches sin dormir, sin tener lugar donde recostar la cabeza, sufrió la miseria psicológica de ser acusado falsamente y vilipendiado, la angustia de saber que tenía amigos poderosos que estaban planificando su muerte en secreto: todo esto era solamente el principio de dolores. Porque permaneció firme en la verdad: «Fue despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos» (Isaías 53:3).
Los enemigos de Jesús y de la verdad, bajo la influencia de Satanás, eran hombres sedientos de sangre. Ellos no desistirían hasta crucificar al Hijo de Dios. Cristo no solamente conocía estas cosas de antemano sino que encontró la forma de hacer que la rabia que ellos sentían hacia Él promoviera su alabanza. Utilizó los mismos instrumentos de odio para la redención de su pueblo escogido. La crucifixión de Jesús no fue evidencia de que había fracasado. Fue el cumplimiento inesperado de su misión de expiar el pecado y sostener la verdad y la honra de Dios. Finalmente, Jesús fue crucificado, y este fue el precio que Él estuvo dispuesto a pagar por permanecer firme en la verdad.
Aplicación de la cristología
El discipulado cristiano verdadero significa seguir a Cristo crucificado. Significa dar nuestras vidas de forma sacrificial por Él y por su causa diariamente. Jesús les dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará» (Mateo 16:24-25). Después de plantar algunas iglesias en Asia Menor, el apóstol Pablo las visitó nuevamente para promover el bien espiritual de ellas; uno de los medios que el utilizó fue la enseñanza sobre el sufrimiento que inevitablemente tendrían que padecer por causa de Cristo y su verdad.
En Listra, Iconio y Antioquía, Pablo y Barnabás fueron fieles «fortaleciendo los ánimos de los discípulos, exhortándolos a que perseveraran en la fe, y diciendo: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios» (Hechos 14:22). Pablo mismo padeció muchas cosas por predicar el evangelio fielmente y le enseñó a Timoteo que «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos» (2 Timoteo 3:12). El apóstol Pablo escribió lo siguiente a los cristianos en medio de la aflicción: «Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que en medio de vosotros ha venido para probaros, como si alguna cosa extraña os estuviera aconteciendo» (1 Pedro 4:12). Él les dijo que al igual que Cristo sufrió por nosotros en la carne, ellos debían «armarse con el mismo propósito», es decir, con la expectativa de que sufrirían por causa de la verdad y por causa de Cristo (1 Pedro 4:1).
Por consiguiente, la reacción negativa del mundo no debe sorprendernos, desde la indiferencia arrogante en un extremo del espectro hasta la persecución violenta, incluido el martirio, en el otro. El que por último fue clavado en un madero por causa de su lealtad a la verdad utilizó la cruz como una metáfora que representaba el discipulado fiel y verdadero.
Amados, existen demasiadas personas que son cristianos solo en los tiempos buenos, que profesan a Cristo siempre que sea fácil hacerlo, pero cuando surgen los problemas y la persecución, o regresan al mundo o, para no ofender a nadie, se vuelven muy reservados en cuanto a la fe que supuestamente poseen. Así es como la sal se vuelve insípida, algo que «para nada sirve, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres» (Mateo 5:13).
Y la presión sobre los pastores para que pongan la verdad en juego es aún mayor. Algunas veces parece que mientras más fieles somos, peores son los resultados que vemos en el ministerio. El pragmatismo en cuanto al crecimiento de la iglesia tiene cierta atracción para hombres fieles que anhelan ver frutos. Estimado pastor y hermano, debes permanecer firme en la verdad y resistir el pragmatismo. El fin no justifica los medios. Cuando la fe de Abram se debilitó, se casó con Agar y como resultado nació Ismael, el «hijo de la carne» (cf. Romanos 9:8). Mucho después, por fin se realizó el milagro y nació Isaac, el hijo de la promesa de Dios. Tenemos que creerle a Dios, permanecer firmes en la verdad y aguardar su bendición, sin importar el sacrificio que sea necesario hasta entonces.
Hemos visto la necesidad de permanecer firmes en la verdad porque el mundo se opone a ella y que el precio de permanecer firmes a la verdad es sacrificarnos realmente por ella. Ahora concluiremos recordando la dulce promesa bíblica de la recompensa que tendrán los fieles que sufren por causa de la verdad. La recompensa será ser glorificados con Cristo, quien ya está sentado en su trono en el cielo.
III. La gloria: la recompensa de permanecer firmes en la verdad
Explicación de la cristología
Jesús no recibió un llamado divino a permanecer en un estado perpetuo de humillación y contienda. Esta experiencia quedó limitada a unos cuantos años y después de pasar la prueba y llevar a cabo su misión, fue coronado de gloria y honor (cf. Hebreos 2:9).
En estos momentos, el Señor Jesucristo es glorificado, algo que comenzó con su resurrección de entre los muertos, una vindicación poderosa ante sus enemigos. Durante poco más de un mes, les demostró a sus discípulos que estaba vivo por medio de muchas pruebas infalibles y después fue llevado hacia el cielo en presencia de ellos. Su ascensión fue el segundo paso de su glorificación. En las palabras de Pedro: «a este Jesús…Dios le ha hecho Señor y Cristo» (Hechos 2:36).
Esta es la recompensa que Jesús recibió de Dios por permanecer firme en la verdad, la razón por la cual vino al mundo. El próximo paso en su glorificación será su regreso al mundo en gloria y poder, cuando presidirá en el juicio de toda la humanidad. Entonces consumará el reino de Dios para la eternidad por medio de la nueva creación. En ese gran día, la glorificación de Jesucristo será realizada por completo. La glorificación completa de Jesús se resume en unos cuantos versículos:
«Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Filipenses 2:9-11).
Explicación de la cristología
La exaltación de Jesús es lo que nos motiva a permanecer firmes en la verdad en medio de «los sufrimientos de este tiempo presente» (cf. Romanos 8:18), cuando como Él soportamos el odio y la oposición. Cuando Él vuelva, seremos glorificados juntamente con Él. Recordemos algunos pasajes clave. Jesús afirmó: « En verdad os digo que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, os sentaréis también sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna» (Mateo 18:28-29). Pablo declaró: «Si perseveramos, también reinaremos con El; si le negamos, El también nos negará» (2 Timoteo 2:12). Pedro dijo que al pasar por las aflicciones duras de este siglo presente por causa de Cristo, debemos «[regocijarnos], para que también en la revelación de su gloria [nos regocijemos] con gran alegría» (1 Pedro 4:13).
Hermanos, cuando realmente creemos estas cosas, y confiamos en su fidelidad, entonces presentaremos la verdad de Dios confiadamente sin rastros de transigencia. Cuando venga la persecución, nos encontrará regocijándonos porque se nos ha tenido por dignos de padecer afrenta por Su nombre (Hechos 5:41). Seremos como Moisés, quien escogió «ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los placeres temporales del pecado, considerando como mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto; porque tenía la mirada puesta en la recompensa» (Hebreos 11:25-26, el énfasis es mío). Podemos soportar cualquier tipo de oposición y vergüenza durante esta vida pasajera si recordamos la recompensa que nos espera al lado de Cristo.
Concluyo con unos versículos del gran himno escrito por Isaac Watts.
¿Soy yo soldado de la cruz?/ ¿Soy yo un discípulo del Cordero?/ ¿O temeré proclamar su causa/y su nombre confesar?
No ascenderé yo al cielo/en nubes de tranquilidad, /sin batallar como los demás/y cruzar un turbulento mar.
Hay que pelear para triunfar. / ¡Aumenta mi valor, Señor!/Así podré soportar el dolor, /con la ayuda de tu Palabra.
Amén. Que Dios esté con todos nosotros. Que toda la alabanza sea para el glorioso nombre del Señor Jesucristo. Amén y amén. Ω
Notas:
1. Stalker, J. (1882). The life of Jesus Christ [La vida de Jesucristo]. Chicago: Henry A. Sumner and Company.
2. Ibid., pp. 93-94.
3. Watts, I. (1812). The Works of the Rev. Isaac Watts [La obra del reverendo Isaac Watts] (Vol. 1, p. 438). Leeds; London: Edward Baines; William Baynes; Thomas Williams and Son; Thomas Hamilton; Josiah Conder
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Part 2 of 2
Thank you so much for a warm welcome. Praise God for our fellowship in this conference. I am speaking today on the subject entitled, “Standing Firm in the Truth: Applied Christology in a World Adrift.” This is a Christocentric appeal that all of us should
First, I demonstrated from Scripture that Jesus Himself is the truth, and that this calls for our integrity. If we would be like Jesus, we must conform in heart and conduct to the truth of God seen supremely in Jesus and also revealed in Holy Scripture.
Second, we saw the biblical teaching that Jesus preached the truth as His mission from God the Father. We are called to imitate Christ in this way also, as faithful witnesses to the truth. We must preach the gospel to all creation until He returns.
Third, Jesus believes in the truth. He has all holy confidence that God uses the truth to accomplish His redemptive purpose in the world, setting free legions of the devil’s slaves and setting us apart for God’s service like Jesus. In all three aspects, then—integrity, mission, and hope—we are instructed and motivated by Jesus in His relationship with the truth.
But there is more to our subject. Tonight I want to address the part about standing firm. The world really is adrift from God’s truth. When Christ embodied the truth, preached the truth, and believed in the truth, in these ways He provoked opposition, opposition that would require His sacrifice, a sacrifice that would be justly rewarded with glory. Opposition, sacrifice, and glory are always found together when we stand firm in the truth.
We see in Jesus the perfection of what it means to stand firm. He had a hard-nosed conviction about truth. His was a courageous ministry among enemies, and this is the pattern He has set for His Church to follow. The true Church is known by its fundamental posture of standing firm. It is also true that we can and should do better. Christ Himself is our life and our guide in this, too. It is by looking to Him that we shall become more like Him, and accomplish the purpose for which God has His Church in the world—to bear a faithful witness in the face of all spiritual enemies until Christ returns, for the glory of God and the good of humanity.
This evening I want to continue the same approach I used this morning. Under each heading there are two parts: Christology asserted and Christology applied. Christology, of course, is the study of Christ. Tonight I want to answer two basic questions. What does Scripture teach us about Christ Himself standing firm? What does that mean for our standing firm?
Part 2: Jesus Standing Firm
I have three points: 1) the NEED for standing firm, 2) the COST of standing firm, and 3) the REWARD for standing firm. 1) The need for standing firm is real because of real OPPOSITION to the truth. That leads us to think about 2) the cost of standing firm, which is to lay down one’s life as a SACRIFICE for the truth. Finally, 3) the reward God gives to the faithful suffering on truth’s account, starting with Jesus, is eternal GLORY. And now I pray that our meditation will stimulate us to
Our Father in heaven, by Your Word, Your Spirit, and the pastoral ministry in the Church, You have brought us to behold Your holy Son in His excellence as the supreme Example for us all. In this way we are already beginning our eternal service to You before the throne of Jesus with adoration and praise. Oh, thank you for this high privilege and gracious favor! Now, O Lord our God, we beg of You that we shall be enabled by faith to behold Your glory in the face of Jesus Christ, and that by the Spirit of liberty we will be freed from our sins and transformed in further Christlikeness, from one degree of glory to the next. All the noble-hearted Christians hearing me now want to stand firm in truth like Your Son Jesus, but we need more wisdom and encouragement and guidance and strength from You. Your Word urges us to ask these things from You, because You are our Father who delights to give good gifts to Your children, even the Holy Spirit. Oh, kind and generous Lord, please give us every spiritual blessing in Christ, that we may walk in His steps, be fruitful in the world, and follow Him into glory. We ask your favor in that worthy name of Jesus our Lord. Amen.
We begin, then, with
I. Opposition: The Need to Stand Firm
The very phrase, “stand firm,” implies opposing forces that would move one from his righteous position. Those forces opposing truth are spiritually evil, and they have been present in the world ever since the serpent appeared to Eve in the Garden of Eden. Can we ever forget Paul’s stirring exhortation in Ephesians 6? Notice how he uses the word “stand” three times, the original word meaning “to stand up against, resist” (BDAG), and the related word “withstand,” which translates the Greek verb meaning, “to be resistant to power,” and, “to stand your ground” (BDAG). Notice also how that the first piece he mentions in the armor of God we so desperately need as the Lord’s soldiers is truth:
Finally, be strong in the Lord and in the strength of his might. Put on the whole armor of God, that you may be able to stand against the schemes of the devil. For we do not wrestle against flesh and blood, but against the rulers, against the authorities, against the cosmic powers over this present darkness, against the spiritual forces of evil in the heavenly places. Therefore take up the whole armor of God, that you may be able to withstand in the evil day, and having done all, to stand firm. Stand therefore, having fastened on the belt of truth . . . (Eph 6.10–14).
O friends, we desperately need church members and pastors, who, like Jesus, will stand firm in the truth today. As someone said, “Don’t just do something, stand there!”
Christology Asserted
The four Gospels plainly tell of much opposition to Christ during His earthly life. Jesus had enemies literally from His infancy. King Herod was troubled when he heard of Christ’s birth (Matt 2.3). Later, Herod ordered the slaughter of all the boys under two years old in Bethlehem and its coasts, evidently in a murderous plot to kill the young Jesus (Matt 2.16).
On the threshold of His three-year public ministry, primarily of preaching the truth, Jesus was led up by the Spirit into the wilderness to be tempted by the devil (Matt 4.1ff.). Christ suffered three satanic assaults, each challenging His loyalty to biblical truth. To fend off the arch-enemy, Christ quoted the relevant Scriptures every time, and so affirmed His faith and commitment to divinely-revealed truth. “It is written” was the holy broadsword swung three times by our spiritual Champion to resist the devil and chase him away.
But this was just the beginning of opposition to Christ’s faithful witness. Although some welcomed His preaching, others responded with contempt, even though God confirmed the Word with miracles as signs. Biblical scholars have long called the last year of Jesus’ public ministry “the year of opposition.”1 One author characterizes it this way:
The voices that rose around Him were no longer the ringing shouts of gratitude and applause, but voices of opposition, bitter and blasphemous. He was no longer to be seen moving from one populous place to another in the heart of the country, welcomed everywhere by those who waited to experience or to see His miracles, and followed by thousands eager not to lose a word of His discourses. He was a fugitive, seeking the most distant and outlandish places, and accompanied only by a handful of followers.2
His most obvious opponents were scribes and Pharisees, but there were others from the learned and influential classes of society, and Roman government officials, and the Sanhedrin, and Jewish officials in the Temple with its courts, and finally there was the hostile mob whipped up into a frenzy at Jerusalem, crying incessantly for His blood, “Crucify him, crucify him!” (John 19.6).
But why? What evil had He done? He spoke the truth; that was His “fault” in the world’s eyes. He embodied and preached the truth about God and His redemptive work. He exposed the lies and corruption of Israel’s apostate leaders. He presented Himself as the only way that leads to God, the truth of God and the life of God. As John says, the Light was shining in darkness, and the darkness comprehended it not (John 1.5) or “has not overcome it” (ESV).
Those who hated Jesus most, the Pharisees, knew He was consistent in His message, no matter the audience. They intended this admission as flattery, but what they said about Him was true and noble: “Teacher, we know that You are true, and teach the way of God in truth; nor do You care about anyone, for You do not regard the person of men” (Matt 22.16 NKJV). Of course He cared about people in a loving way, but He didn’t care what they thought as if that could be a reason to preach anything but the truth. Jesus did not soft-pedal the message because of opposition, even though it eventually cost Him His life. The last phrase, “You do not regard the person of men,” could be rendered literally, “You do not look on the face of men,” an idiom to fear of one’s audience. The LORD told the young prophet Jeremiah, “Be not afraid of their faces: for I am with thee to deliver thee, saith the LORD” (Jer 1.8).
Here is the dark reality Jesus faced: “And this is the condemnation, that light is come into the world, and men loved darkness rather than light, because their deeds were evil. For every one that doeth evil hateth the light, neither cometh to the light, lest his deeds should be reproved” (John 3.19–20). Jesus’ upright character, His holy life, and His truthful message were all a reproof to sinful hearers. He said to some, “The world cannot hate you; but me it hateth, because I testify of it, that the works thereof are evil” (John 7.7). Jesus’ oneness with the truth and His faithfulness in preaching it inevitably provoked the hostility of the wicked world.
And in the tempest of darkness, our Lord Jesus Christ stood firm, like a Rock that cannot be moved. He “endured such contradiction of sinners against himself” (Heb 12.3). He set His face like a flint toward Jerusalem, knowing beforehand what horrible things He would suffer there according to God’s plan (Luke 9.51 with Isa 50.7). He said, “Behold, we go up to Jerusalem; and the Son of man shall be betrayed unto the chief priests and unto the scribes, and they shall condemn him to death, And shall deliver him to the Gentiles to mock, and to scourge, and to crucify him: and the third day he shall rise again” (Matt 20.18–19).
Christology Applied
This bold Lord Jesus Christ is our Master who leads the way, sets the pace, and provides the pattern for our service to the truth in this world. He explicitly teaches that following Him will definitely provoke the world’s hatred for us. In His own timeless words,
If the world hate you, ye know that it hated me before it hated you. If ye were of the world, the world would love his own: but because ye are not of the world, but I have chosen you out of the world, therefore the world hateth you. Remember the word that I said unto you, The servant is not greater than his lord. If they have persecuted me, they will also persecute you; if they have kept my saying, they will keep yours also. But all these things will they do unto you for my name’s sake, because they know not him that sent me (John 15.18–21).
Look; if you would be a real Christian or a faithful pastor with integrity in your embrace of truth, you will not be loved in the world for it. You are going to face opposition. There will be times you must say things from Scripture that are very offensive to your hearers, and it will take great courage from the Lord to stand firm in the truth.
New converts sometimes naively think that since being a Christian is the most harmless thing and makes them truly better people than they were, everyone will be supportive of their conversion to Christ. That is not at all the biblical expectation. When you become a Christian, you not only continue to suffer the troubles common to everyone, but you gain a whole new set of problems in your relationship with the unconverted who are now hostile to you on account of their enmity to Jesus Christ and your association with Him.
It seems there are many in the visible Church today who think that any opposition from the world is a sign that we are not getting the message right, or that we are to blame for not carrying out the Christian ministry in a more winsome way. How can we be persuaded they are right when we see the world’s opposition to Christ in His faithful stand for truth and His incomparable ministry to the lost? Jesus has taught us, rather, to know something is desperately wrong if the world loves us. “Woe unto you, when all men shall speak well of you! for so did their fathers to the false prophets” (Luke 6.26).
Now I come to a point of application that must be handled very carefully. There is even opposition to doctrinal truth within the church and among true brethren, and here we must also stand firm in the truth. Yes, we must all the while be meek, humble, patient, and gracious, but we ought not to mute our testimony to the whole truth of God’s Word.
Not all good and godly Christians will share our convictions on many things, but I am concerned that some believe love requires silence on points where we differ. We are tempted to embrace a doctrinal truce for the sake of a superficial peace, but my friends, if we really are on solid biblical ground in this or that distinctive of ours, we are also under moral obligation to bear witness to the truth of it, even to other believers who have fallen into some error. This will be for the good of the body and, perhaps, for the recovery of the mistaken.
Let me give you some examples. We should be welcome signs of resurgence concerning the doctrines of grace, but not everything about the New Calvinism is praiseworthy, and it is not a sin to point that out. Some of the leaders are charismatics who believe God still gives new verbal messages to His people, and we should warn about that. Some of them say our concern about worldliness is legalistic, but we must stand firm for biblical holiness. Many professing Christians speak against a robust view of the sovereignty of God with doctrines like election, predestination, and reprobation. In faithfulness to them and to the Lord, we must not yield an inch. And then there are our brethren who practice infant baptism. The Baptist assessment, of course, is that they are wrong about this because it is unscriptural, and we must not be afraid to say so. A few influential evangelicals—even some Reformed leaders, have fallen into the error of annihilationism and denied the traditional doctrine of hell. Many Christians argue against the regulative principle of worship and against the Lord’s Day Sabbath, but we know these things are right and true, and that we ought to preach and teach them without shame. We must stand firm in the truth because our spiritual unity as Christians is a unity in the truth. Yes, some will oppose it, even within the Church, but speaking the truth in love is one thing God uses to recover the wayward and heal our divisions.
Jesus needed to stand firm because there was opposition, and so do we. Now reflect with me on the high cost of standing firm. It necessarily involves sacrifice.
II. Sacrifice: The Cost of Standing Firm
Christology Asserted
The Lord’s faithful ministry took a great toll on Him. Tiresome days, sleepless nights, chronic homelessness, the psychological misery of being falsely accused and vilified, the angst of powerful enemies secretly plotting His demise—all these were just the beginning of sorrows. Because He stood firm in the truth, “He [was] despised and rejected of men; a man of sorrows, and acquainted with grief: and we hid as it were our faces from him; he was despised, and we esteemed him not” (Isa 53.3).
The enemies of Jesus and truth, under the sway of Satan, were bloodthirsty men. They would not stop until they had crucified the Son of God. Not only did Christ know this beforehand, but He found a way to make their wrath promote His praise. He would use the very instruments of their hatred as tools for the redemption of His chosen people. Jesus’ crucifixion was not evidence of failure. It was the counter-intuitive fulfillment of His mission to atone for sins and vindicate the truth and honor of God. Finally, Jesus was crucified, and that was the price He was willing to pay for standing firm in the truth.
Christology Applied
True Christian discipleship means following Christ crucified. It is sacrificially laying down our lives for Him and His cause every day. Jesus said to His disciples, “If any man will come after me, let him deny himself, and take up his cross, and follow me. For whosoever will save his life shall lose it: and whosoever will lose his life for my sake shall find it” (Matt 16.24–25). After the apostle Paul had planted some churches in Asia Minor, he made the rounds again to promote their spiritual well-being, and one of the ways he did that was by teaching them about their inevitable suffering for Christ and His truth. At Lystra, Iconium, and Antioch, Paul and Barnabas were faithfully “confirming [strengthening, ESV] the souls of the disciples, and exhorting them to continue in the faith, and that we must through much tribulation enter into the kingdom of God” (Acts 14.22). Paul himself suffered many things for preaching the gospel faithfully, and he taught Timothy that “all that will live godly in Christ Jesus shall suffer persecution” (2 Tim 3.12). The apostle Peter wrote to suffering Christians, “Beloved, think it not strange concerning the fiery trial which is to try you, as though some strange thing happened unto you” (1 Pet 4.12). He told them that as Christ has suffered for us in the flesh, they should arm themselves with the same mind, that is, with the expectation that they must suffer for truth and for Christ (1 Pet 4.1).
Therefore, we must not be surprised by the negative reaction we receive from the world, from their arrogant disdain on one end of the spectrum all the way to violent persecution
including martyrdom on the other. He who was finally nailed to a tree for His loyalty to the truth used the cross as a metaphor for true and faithful discipleship.
Dearly beloved, there are far too many “fair weather Christians” who profess Christ as long as it’s easy, but when trouble or persecution arises, they either fall away to the world, or they become nearly secretive about their supposed faith so as not to offend anyone. That is the way for the salt to lose its savor and to become good for nothing except to be thrown under the foot of men.
And the pressure is even greater for pastors to compromise the truth. Sometimes it seems like the more faithful you are, the worse your results in the ministry. Church growth pragmatism has a certain appeal for good men who long for fruitfulness. My dear pastor-brother, stand firm in the truth and resist pragmatism. The end does not justify the means. When Abram’s faith weakened, he married Hagar and Ishmael was born, the child of the flesh. Much later the miracle finally came, Isaac, the child of God’s promise. We must believe God, stand firm in the truth, and wait for His blessing, no matter what sacrifice is required in the meantime.
We have considered the need to stand firm because of the world’s opposition to truth, and the cost of standing firm which is real sacrifice. Now we conclude with the sweet remembrance of the scriptural promise of reward to the faithful ones who suffer for the sake of the truth. The reward is to be glorified with Christ, already seated upon His throne in heaven.
III. Glory: The Reward of Standing Firm
Christology Asserted
Jesus was not called by God into a perpetual state of struggle and humiliation. That experience was limited to a few years, and when He had passed the test and completed His mission, He was crowned with glory and honor.
Right now the Lord Jesus Christ is being glorified, and that began with His resurrection from the dead—a powerful vindication before His foes. For a little over a month He showed Himself alive to His disciples by many infallible proofs, and then He was taken up into heaven while they watched. His ascension was the second step in His glorification. As Peter preached, “God hath made that same Jesus . . . both Lord and Christ” (Acts 3.36).
All this is God’s reward to Jesus for standing firm in the truth, the reason He came into the world. The next step in Jesus’ glorification is His return to earth in power and glory, when He will preside over the judgment of all mankind. Then He will consummate the kingdom of God for eternity in the New Creation. On that great Day, the glorification of Jesus Christ will be fully realized. Here is Jesus’ entire glorification summarized in a few verses:
Wherefore God also hath highly exalted him, and given him a name which is above every name: that at the name of Jesus every knee should bow, of things in heaven, and things in earth, and things under the earth; and that every tongue should confess that Jesus Christ is Lord, to the glory of God the Father (Phil 2.9–11).
Christology Applied
This exaltation of Jesus is our incentive now to stand firm in the truth during this present time of our humiliation, when we suffer hate and opposition as He did. When He returns, we will be glorified together with Him. I remind you of a couple key passages. Jesus said, “Truly, I say to you, in the new world, when the Son of Man will sit on his glorious throne, you who have followed me will also sit on twelve thrones, judging the twelve tribes of Israel. And everyone who has left houses or brothers or sisters or father or mother or children or lands, for my name’s sake, will receive a hundredfold and will inherit eternal life” (Matt 18.28–29). Paul said, “If we suffer, we shall also reign with him” (2 Tim 2.12). Peter said that when we endure the fiery trial of this present age for Christ’s sake, then we should “rejoice, inasmuch as ye are partakers of Christ’s sufferings; that, when his glory shall be revealed, ye may be glad also with exceeding joy” (1 Pet 4.13).
Brethren, when we really and truly believe these things, and count on them to be true, we will boldly represent God’s truth without a shred of compromise! When persecution comes, we will be found rejoicing that we are counted worthy to suffer shame for His name (Acts 5.41). We will be like Moses, who chose “rather to suffer affliction with the people of God, than to enjoy the pleasures of sin for a season; esteeming the reproach of Christ greater riches than the treasures in Egypt: for he had respect unto the recompence of the reward” (Heb 11.25–26, emphasis mine). We can endure any opposition and shame during this momentary life if we remember the reward awaiting us with Christ!
I close with a few verses from Isaac Watts’ great hymn.
Am I a soldier of the cross, / A follower of the Lamb? / And shall I fear to own his cause, / Or blush to speak his name?
Must I be carry’d to the skies, / On flow’ry beds of ease; / While others fought to win the prize, / And sail’d through bloody seas?
Sure I must fight if I would reign; / Increase my courage, Lord! / I’ll bear the toil, endure the pain, / Supported by thy word.3
Amen. God be with us all. All praise to the glorious name of our Lord Jesus Christ. Amen and amen. Ω
Notes:
1 Stalker, J. (1882). The life of Jesus Christ. Chicago: Henry A. Sumner and Company.
2 Ibid., pp. 93-94.
3 Watts, I. (1812). The Works of the Rev. Isaac Watts (Vol. 1, p. 438). Leeds; London: Edward Baines; William Baynes; Thomas Williams and Son; Thomas Hamilton; Josiah Conder
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Permaneced firmes en la verdad I
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Parte 1 de 2
Reciban un cordial saludo de Calvary Baptist Church en Exeter, New Hampshire. Quiero dar las gracias a los anfitriones, en especial al pastor Piñero y al pastor Martínez, así como a toda la iglesia de North Bergen, por su cortés invitación. Este es el undécimo año que tengo el privilegio de hablar en esta conferencia. Este año, se me ha pedido que trate el tema que he titulado: «Permaneciendo firmes en la verdad: la cristología aplicada a un mundo que está a la deriva».
La verdad es un ancla y el mundo está a la deriva. La cadena se rompió hace mucho tiempo, y desde el Jardín del Edén, la nave de la sociedad está sin rumbo, perdida, se estrella sobre las rocas y las consecuencias son miseria incalculable y muerte.
Justo en medio de este mar turbulento que es la humanidad a través de la historia hay una roca que permanece firme, arraigada en el lugar exacto que le corresponde, el punto de referencia absoluto para la realidad existencial, para el propósito fundamental, para la salvación cósmica. Su nombre es el Señor Jesucristo y su Iglesia santa está atada a Él por medio de la cadena maciza de la fe absoluta, fe en Aquel que es el «ancla del alma, una esperanza segura y firme» (Hebreos 6:19). Mientras la Iglesia se mantenga adherida al Señor fuerte e inmutable, seguirá dando un testimonio fiel y verdadero a través de todas las generaciones y en última instancia llegará al puerto seguro de su morada eterna.
El mantenernos aferrados a Cristo, nuestra roca, es uno de nuestros retos más difíciles, especialmente hoy en día, cuando la conspiración global en contra de la verdad está más interconectada que nunca. La tecnología moderna permite que las mentiras infernales se propaguen literalmente a la velocidad de la luz. Las fuerzas del mal que están listas para batallar contra Cristo y su Iglesia están cada vez más organizadas. Y, esta camarilla satánica llega a corromper hasta los púlpitos y los bancos de la iglesia, en tanto que los pastores y el pueblo pierden su sensibilidad espiritual a través de la intimidación y la seducción.
Hermanos, estoy profundamente preocupado. En todos lados encontramos ejemplos de una desviación mundana de la verdad aun dentro de la Iglesia. Las creencias básicas que los cristianos han sostenido por dos mil años están perdiendo a sus defensores más audaces. Por ejemplo, la Iglesia ha hecho hincapié en que la fe en Cristo es realmente necesaria para la salvación, y por lo tanto, todos los que se adhieren a las religiones no cristianas perecen en sus pecados. Ya las cosas están cambiando. La exclusividad inherente de la fe cristiana ha sido atacada por el Vaticano, Billy Graham, y Rob Bell (un líder de la iglesia emergente), para nombrar unos pocos que pretenden representar a Jesucristo en el mundo de hoy. Algunos que forman parte de la iglesia visible hasta están cediendo en lo que respecta a la moralidad básica. El mundo ha llegado rápidamente a la conclusión de que no hay nada de malo con ser homosexual y las grandes denominaciones están cayendo como piezas de dominó, adoptando la etiqueta benevolente de «abierta y acogedora». Hay pocos que todavía están dispuestos a hablar francamente por medio de la predicación sobre la pureza bíblica y el poder del evangelio, a presentar la esperanza de ser salvos, no solo de la culpa del pecado, sino de los estilos de vida pecaminosos, incluida esta perversión.
Aun entre las iglesias verdaderas y dentro de una iglesia local fiel, aumentan las presiones para transigir con respecto a la sana doctrina y una vida de santidad por todo tipo de razones pragmáticas y hay muchos que están cediendo antes estas presiones. De vez en cuando, aquellos que son miembros de alguna iglesia se desencantan como resultado de lo que los puritanos llamaban el «hablar claro», el hablar de forma directa a las almas amadas que están bajo nuestro cuidado pastoral cuando sostenemos un ministerio de la Palabra de Dios que escudriña las consciencias. Por causa del temor a perder miembros de su iglesia, incluso hasta los pastores fieles sienten la tentación de ceder ante el clamor por la predicación que se centra solo en las «palabras agradables» (Isaías 30:10).
A pesar de la desviación que hay en la Iglesia, tengo esperanza. Sé a ciencia cierta que al final todo terminará bien. Lo sé porque nuestra Roca está firme en la verdad y el ancla de la Iglesia aún permanece, hasta en la peor tormenta. Recuerdo las palabras de Pablo a sus compañeros de viaje en medio de la tempestad llamada Euroclidón. Después que Dios le había prometido que todos los que estaban a bordo del barco sobrevivirían, Pablo afirmó: «Por tanto, tened buen ánimo amigos, porque yo confío en Dios, que acontecerá exactamente como se me dijo» (Hechos 27:24-25).
Sin embargo, así como Pablo, me veo obligado a exhortarles. Él dijo: «Si éstos no permanecen en la nave, vosotros no podréis salvaros» (Hechos 27:31). A menos que permanezcamos firmes en la verdad, ciertamente pereceremos. De manera que les digo a ustedes, amados hermanos, para su bien eterno y utilidad como siervos de Cristo:
Permanezcamos firmes en la verdad cómo Jesús.
Con la ayuda de Dios, mi propósito es trazar una cristología aplicada en un mundo inestable, especialmente en lo que tiene que ver con el tema de permanecer firmes en la verdad. Nuestra salvación del desvío doctrinal, moral y pastoral está relacionada con nuestra cristología, junto con sus implicaciones en cuanto a nuestra relación con Cristo. Estas perspectivas bíblicas tienen aplicaciones prácticas para muchos de los problemas en la Iglesia de hoy.
En estos dos mensajes, mi propósito es enfocarme en el ejemplo, la perspectiva y el ministerio de la persona de Cristo como nuestro llamado e inspiración, especialmente en la relación que sostiene con el hecho de que permanezcamos firmes en la verdad. Cristo es nuestra vida, nuestro patrón, nuestro destino. Todo el que siga a Cristo como Señor permanecerá firme en la verdad como Él y debemos esforzarnos por sobresalir con respecto a esta virtud varonil. Esto queda implícito en el axioma del Señor sobre el discipulado: «Un discípulo no está por encima de su maestro; mas todo discípulo, después de que se ha preparado bien, será como su maestro». El ser semejantes a Cristo por medio de un testimonio fiel de la verdad es una de las marcas que distingue a los verdaderos cristianos de los demás y al verdadero pastor del asalariado que «ve venir al lobo y abandona las ovejas» (Juan 10:12). En igualdad de condiciones, los mejores cristianos son aquellos que permanecen más firmes en la verdad sin desviarse de esta, y los mejores predicadores son aquellos que presentan la verdad pura, sin diluirla, y que pueden decir como Pablo: «No rehuí declarar a vosotros todo el propósito de Dios» (Hechos 20:27).
Consideremos el tema en dos partes principales. En primer lugar, en esta mañana, apreciemos la enseñanza bíblica de Jesús y la relación que Él tenía con la verdad. En segundo lugar, en el mensaje de esta noche, vamos a reflexionar sobre la manera en que Jesús permanece firme en la verdad. Mi método será primero explicar acerca del mismo Jesús y después hacer unas aplicaciones prácticas de esa enseñanza para nosotros. En otras palabras, primero afirmaré la cristología bíblica y después la aplicaré a nosotros. Ahora, sigamos a la primera parte: Jesús y la verdad.
Parte 1: Jesús y la verdad
Cuando utilizo la frase «la verdad» me refiero a algo que se aproxima a lo que Francis Schaeffer quería decir con la frase: «la verdad verdadera». Escribe con perspicacia sobre la mentalidad del hombre moderno:
«Hoy en día la gente vive en una generación que ya no cree en la esperanza de la verdad como verdadera. Es por esta razón que empleó la expresión «la verdad verdadera» en mis libros, para enfatizar la verdad real. Esto no es una tautología sino que reconozco que en la actualidad la palabra «verdad» significa algo que [en otros tiempos] de ningún modo se hubiera considerado como la verdad1
Y para que quede claro, lo que Schaeffer afirma es que la gente ya no cree que existe algo semejante a «la verdad» así como se entendía en el pasado cuando se daba por sentado que sí existía. Schaeffer explicó que la «verdadera verdad» no es el equivalente a un «conocimiento exhaustivo», sino a un «conocimiento verdadero y unificado»2. Es un conocimiento acerca de Dios, la historia y el cosmos3. La verdad verdadera se revela en la Biblia. Está compuesta de proposiciones y es factual4. Es decir, podemos expresar la verdad verdadera por medio de palabras y frases y párrafos e, independientemente de si goza del reconocimiento o la aprobación general, en realidad permanece verdadera. La verdad verdadera no es algo que se determina por medio de una encuesta y no es esto para una persona y aquello para la otra. La mentalidad moderna alberga un escepticismo profundo en cuanto a la existencia misma de tal verdad absoluta y objetiva, y esto impide que pueda comprender, y aún menos, aceptar, la verdad bíblica.
Lo primero que debemos decir acerca de la relación que Jesús sostiene con la verdad es que Él es la verdad y esto subraya la virtud indispensable de nuestra integridad.
I. Integridad: Jesús es la verdad
Explicación de la cristología
Nuestro Señor Jesucristo dice claramente de sí mismo: «Yo soy…la verdad» (Juan 14:6). Esta declaración no es nada menos que una afirmación de que Él es el Dios encarnado. En la noche en la que comenzó su pasión, Jesús dijo que iría al Padre y Tomás le preguntó acerca del camino hacia Él. Jesús le respondió: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí». La explicación que D.A. Carson da de este versículo es sustanciosa:
Jesús es el camino a Dios, precisamente porque Él es la verdad de Dios y la vida de Dios. Jesús es la verdad porque Él es la encarnación de la revelación suprema de Dios—El mismo Jesús es el camino a Dios, precisamente porque Él es la verdad de Dios y la vida de Dios. Jesús es la verdad porque Él es la encarnación de la revelación suprema de Dios—Él mismo es el «narrador» de Dios (1.18), dice y hace exclusivamente lo que el Padre le da para que haga y diga (5.19ff; 8.29), de hecho, su nombre apropiado es «Dios» (1.1, 18; 20.28). Él es la revelación compasiva que Dios hace de su persona, Su «Palabra» hecha carne (1.14)5
Este último versículo que he citado, Juan 1:14, también afirma que Cristo está «lleno de gracia y de verdad». Prestemos atención especial a lo siguiente y es que Jesús, en su persona, es la encarnación de la verdad y está lleno de la verdad.
Otro testimonio bíblico importante acerca de Jesús como la verdad es Juan 1:9. La luz es una metáfora de la verdad que predomina en la Biblia. Cuando el apóstol Juan primero habla de Jesús a sus lectores lo hace diciendo: «La luz verdadera que, al venir al mundo, alumbra a todo hombre». Después, Jesús dice lo mismo de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8:12). También dice: «Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo» (Juan 9:5).
Los que lo rodeaban presenciaron y reconocieron la consecuencia perfecta que existe entre la persona y el mensaje de Jesús. Aunque puede ser que solo intentaban adularlo, los fariseos le dijeron a Jesús: «Maestro, sabemos que eres veraz» (Mateo 22:16; Marcos 12:14). La forma de este enunciado merece nuestra atención. Dijeron «eres veraz» y no solamente «hablas con veracidad». Es una declaración acerca del carácter moral de Jesús, su rectitud de espíritu.
El argumento que Jesús le presentó a sus oyentes era que podían creer en Él porque, sobre todas las cosas, Él buscaba la gloria de su Padre en los cielos. Hace un contraste entre los falsos maestros y su persona, diciendo: «El que habla de sí mismo busca su propia gloria; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero y no hay injusticia en Él» (Juan 7:18). Esto equivale a que Jesús diga «Yo soy verdadero», en el sentido de que no hay absolutamente nada de «injusticia» o «mentira» en Él.
Ahora, apliquemos esta cristología bíblica a nuestras personas.
Aplicación de la cristología
La «integridad» es una palabra interesante. Viene de una palabra que significa «intacto» y por
consiguiente, algo que está entero, sin dividir. De ahí se le ha añadido el sentido metafórico de un corazón recto que es inocente, irreprochable y puro6.
Ninguno de nosotros podrá decir jamás: «Yo soy la verdad», como lo hace Cristo, porque solamente Él es Dios. Pero se nos llama a esforzarnos por causa de su ejemplo perfecto de integridad y pureza como un hombre de la verdad, por fuera y por dentro. Para nosotros, el permanecer firmes en la verdad como Jesús comienza con la regeneración, un cambio radical de naturaleza por medio de la obra misericordiosa del Espíritu Santo en nuestro interior. Debemos nacer de nuevo por el Espíritu de Cristo. También necesitamos la gracia para llegar a ser más «rectos» y fieles en nuestro interior, para aceptar de manera más consecuente y para nuestra propia salud espiritual, toda la verdad de Dios que se revela en las Escrituras y que se ve ejemplificada en Cristo. Me temo que cuando algunos escuchen el reto que les hago de «permanecer firmes en la verdad», pensarán que solo me refiero a sostener las doctrinas correctas y proclamarlas a los demás, pero el predicar la verdad sin ser fieles y vivir fielmente no es nada sino pura hipocresía. Defender la verdad es peor que inútil a menos que seamos santificados por la verdad por dentro y nos comportemos conforme a la verdad por fuera. Jesús hizo la siguiente oración a favor de sus discípulos:
«Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad» (Juan 17:17). Él afirmó: «Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que sus acciones sean manifestadas que han sido hechas en Dios» (Juan 3:21). Existe lo que se llama el «obrar fielmente» y es indispensable para aquellos que desean permanecer firmes en la verdad. Para ser como Jesús, tenemos que esforzarnos «por conservar siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres» (Hechos 24:16). Las Escrituras dicen que los que aspiran al oficio de obispo deben ser «irreprochables» o «irreprensibles» (1 Timoteo 3:1-2, LBLA, RVR 1960). De lo contrario, tan solo hacen un pobre esfuerzo por representar al santo Jesús ante los demás.
Jesús es la verdad y esto requiere integridad, por dentro y por fuera. Ahora, veamos que para Jesús, la verdad es su misión.
II. Misión: Jesús predica la verdad
Explicación de la cristología
Consideremos la declaración profunda de nuestro Señor en cuanto al principio por el que se guiaba: «Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Juan 18:37). ¿No es esta una declaración asombrosa? La repetición intensifica su afirmación: «Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo», las dos frases son básicamente iguales. Aquí vemos que Jesús revela el fin principal de su ministerio terrenal, la misión que había recibido de Dios.
Aquí hay un verbo griego que se traduce como «dar testimonio», o en algunas traducciones como «testificar». Es la palabra μαρτυρέω (martyreō) de la cual obtenemos la palabra en español para «mártir», que significa alguien que muere por causa de su testimonio religioso. La palabra martyreō significa «hacer una afirmación solemne de algo, ofreciendo pruebas de primera mano sobre el hecho, y a menudo sobre asuntos graves o importantes»7. Aquí se hace referencia al testimonio activo de Jesús de «la verdad», que en este contexto es claramente religiosa y significa «nada menos que la auto-revelación de Dios en Su Hijo, quien es la verdad (14:6)», como explica Carson8. La ocasión en la cual Jesús hace esta declaración es en la que Pilato le pregunta si Él es un rey. Su respuesta implica que «Su reino es un reino de la verdad» y que «revelar la verdad de Dios, de la salvación y del juicio, era la manera principal de hacer súbditos, de ejercitar su reinado de salvación»9.
No digo esto para minimizar la importancia central del sacrificio expiatorio que Jesús llevó a cabo en la cruz como parte de su misión. También vino al mundo «para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28), pero la crucifixión de Jesús era parte de la misión más amplia que tenía de parte del Padre de dar testimonio de la verdad. El dio testimonio no solamente por medio de su predicación sino también por su muerte.
El Señor Jesucristo ejerce la función y desempeña el papel de un profeta de forma perfecta. Debemos comprender esto si hemos de entender su ministerio. La función profética, conforme a su definición bíblica, es el comunicar fielmente al pueblo la revelación divina, sin añadir y sin quitar nada (Deuteronomio 4:2; Proverbios 30:6; Jeremías 26:2; Apocalipsis 22:18-19). La fidelidad a las palabras mismas que se reciben de Dios es un requisito absoluto. El concepto es el de un profeta que está de pie, de espaldas a Dios y de frente a sus oyentes, y que de esta manera proclama la Palabra del Señor, como representante de Dios al pueblo. Un sacerdote desempeña la función opuesta, como representante del pueblo a Dios, y Jesús es el que también ocupa este puesto de forma perfecta.
Jesús enfatizó su fidelidad como profeta que se adhiere fielmente a la verdad que recibe de Dios. Acusó a los fariseos de la siguiente manera: «Pero ahora procuráis matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios. Esto no lo hizo Abraham» (Juan 8:40). Él le dice a sus discípulos: «os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre» (Juan 15:15). Esto es aún más impresionante cuando se considera junto con su afirmación de que no hacía nada por su propia autoridad aparte del Padre: «Cuando levantéis al Hijo del Hombre, entonces sabréis que yo soy y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo estas cosas como el Padre me enseñó» (Juan 8:28).
¿Cuál era la relación que Jesús sostenía con la verdad? Sencillamente, decía la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. La gente decía lo siguiente acerca de Él: «Enseñas el camino de Dios con verdad» (Mateo 22:16). El espíritu de Cristo estaba vivo y sano en ese profeta fiel, Micaías. Cuando se le instó a dar un mensaje similar a los falsos profetas, su respuesta fue la siguiente: «Vive el Señor que lo que el Señor me diga, eso hablaré» (1 Reyes 22:14).
Aplicación de la cristología
Al igual que Jesús, el comunicar la verdad es nuestra misión, y esto requiere que testifiquemos fielmente de la verdad como lo hizo Jesús. Esto es lo que han hecho los verdaderos profetas desde el principio del mundo. Jesús dijo acerca de Juan el Bautista: «Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que el testimonio que da de mí es verdadero. Vosotros habéis enviado a preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad» (Juan 5:32-33). Juan el apóstol dijo lo mismo acerca de sí mismo: «Y el que lo ha visto [la muerte de Jesús en la cruz] ha dado testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad, para que vosotros también creáis» (Juan 19:35). El apóstol Juan probablemente se refería a todo el evangelio que había escrito cuando se presentó de la siguiente manera: «Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y el que escribió esto, y sabemos que su testimonio es verdadero» (Juan 21:24).
Durante su ministerio terrenal, Jesús anunció que después de su ascensión, mandaría el «Espíritu de verdad» para que habitara con sus discípulos siempre (Juan 14:16-17). El Espíritu Santo mora en la verdadera Iglesia poderosamente y por esta razón ella ha sido esencialmente fiel a la verdad a través de los siglos.
En el último libro de la Biblia, nuestro Señor glorificado se revela como «el testigo fiel» (Apocalipsis 1:5) y «el Testigo fiel y verdadero» (Apocalipsis 3:14). Y una de las preocupaciones principales que Jesús expresa a sus iglesias es que deben ser testigos de la verdad como Él lo es.
El Dr. Greg Beale afirma:
Jesús se presenta…como el « El Amén, el Testigo fiel y verdadero» porque Él quiere que los cristianos dejen de transigir y lo imiten a Él para que también sean «testigos fieles y verdaderos» fervientes. Si no prestan atención a su llamado al arrepentimiento, tendrán que enfrentarse a Él como un juez «fiel y verdadero» (19:11), que los vomitará de su boca (3:16). Si en verdad llegan a ser testigos fieles, demostrarán que son parte de la nueva creación, que se ha inaugurado en Jesús10.
Hermanos, los discípulos de Jesús son llamados, por medio de Su ejemplo, a proclamar la verdad fielmente, declarando la verdad sobre Dios y Su obra redentora en Cristo, junto con toda la enseñanza bíblica sobre muchos temas. Cristo desea que propaguemos la verdad bíblica hasta su venida. Debemos ir «por todo el mundo y [predicar] el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15). Ya que Cristo, quien es la Luz, ha ascendido al cielo, los creyentes cristianos deben «[resplandecer] como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida» (Filipenses 2:15-16). Y debemos hacer esto en presencia de personas sin interés alguno en la doctrina, y mucho menos en la doctrina verdadera.
Porque Jesús es la verdad, debemos tener integridad. La misión de Jesús era predicar la verdad, y también es la nuestra. Ahora concluiré con un punto adicional acerca de la relación que Jesús sostiene con la verdad: Él cree en la verdad. Su esperanza está en el poder irresistible de la verdad que es bendecida por Dios, y nosotros también debemos tener la misma confianza.
III. La esperanza: Jesús cree en la verdad
Explicación de la cristología
Cuando digo que Jesús cree en la verdad, quiero decir que Él tiene una santa confianza plena de que «la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos» (Hebreos 4:12), y que es inevitable que cumpla con todo Su propósito, especialmente en lo que tiene que ver con su relación a la salvación de su pueblo escogido. Escuchemos la manera en que Isaías celebra la verdad de Dios:
Porque como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá sino que riegan la tierra, haciéndola producir y germinar, dando semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié. Porque con alegría saldréis, y con paz seréis conducidos; los montes y las colinas prorrumpirán en gritos de júbilo delante de vosotros, y todos los árboles del campo batirán palmas (Isaías 55:10-12).
Jesús confía en el poder de la verdad. Con referencia a sus discípulos que iban a perseverar, dice: «y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:32). El contexto demanda que entendamos que Él se refiere a la libertad espiritual, a la libertad del pecado. En unos versículos que vienen posteriormente dice: «En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado…Así que, si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres» (Juan 8:34, 36). En otras palabras, Jesús dice con audacia santa que la verdad nos hará libres del pecado. Esta es la libertad que necesitamos más que cualquier otra, y es la libertad que más glorifica a Dios. Y por supuesto, no es la verdad sobre cualquier tema que libera a los cautivos de esta forma, sino solamente la verdad sobre Dios y su obra redentora, el evangelio de Jesucristo y las doctrinas que están relacionadas a este, revelado de forma exhaustiva en toda la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis.
Otra prueba de que Jesús cree en el poder de la verdad se encuentra en la oración sacerdotal que se encuentra en Juan 17. Con los discípulos en mente, Jesús hace la siguiente petición a su Padre celestial: «Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad» (versículo 17). Jesús está diciendo que la verdad es la Palabra de Dios y que específicamente es el instrumento que Él ha escogido para cumplir su soberana voluntad, es decir, la santificación de su pueblo especial, elegidos desde la fundación del mundo. «Tu palabra es verdad» significa que la Escritura es equivalente a la verdad que Jesús tiene en mente. La santificación significa que nuestro ser ha sido apartado, como fue Jesús, para el servicio santo de Dios, y la Palabra de Dios es su instrumento para cumplir este propósito espiritual en nuestras vidas. Reconozco que esto también implica la purificación de nuestros pecados, pero este no es el punto principal aquí. De nuevo, Carson es útil:
Jesús se dedica a la tarea de facilitar el reinado salvador de Dios, como el sacerdote de Dios (es decir su mediador) y profeta (es decir el que lo revela); pero el propósito de esta dedicación es que sus discípulos puedan dedicarse al mismo reinado salvador, la misma misión en el mundo (versículo 18)11.
De modo que las Escrituras revelan que Jesús está convencido del poder de la verdad. Él sabe que la Palabra de Dios propagada, preservada y predicada tiene poder para salvar a pecadores y apartarlos para el servicio santo de Dios.
Aplicación de la cristología
La aplicación es tan obvia, que no lamento el tener que explicarla con brevedad. Es la voluntad de Dios el que nosotros, como Jesús, tengamos esperanza en el poder de la Palabra de Dios. Recordemos el testimonio de Pablo a los romanos: «Ansioso estoy de anunciar el evangelio también a vosotros que estáis en Roma. Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego» (Romanos 1:15-16). También dijo: «Pues Cristo… me envió…a predicar el evangelio…Porque la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para nosotros los salvos es poder de Dios» (1 Corintios 1:17-18).
En su importante libro, Ashamed of the Gospel [Avergonzados del evangelio], John MacArthur dice: «Desafortunadamente, «avergonzados del evangelio» parecer ser más y más una descripción adecuada de algunas de las iglesias más visibles e influyentes en nuestra época»12. Existen pruebas por todos lados que corroboran esta declaración. Cuando los mensajes y los métodos fabricados por los hombres aumentan, y disminuye la predicación fiel y bíblica, entonces la confianza en el poder del evangelio mengua. Cuando desde el púlpito hay silencio en cuanto al pecado y el juicio y la gracia y la salvación y todo lo que se escucha son charlas para realzar el ego y para hacer que los incrédulos se sientan cómodos, bien podemos preguntarnos si una verdadera iglesia de Cristo aún existe.
Somos llamados a tener la misma esperanza confiada que Jesús tiene en el poder de la verdad para salvar a pecadores y edificar el reino de Dios en la tierra. Cuando esta confianza arda con una luz intensa en nuestros corazones, veremos la necedad de las alternativas que ofrece el mundo y proclamaremos fielmente todo el consejo de Dios en las Escrituras.
1Schaeffer, F. A. (1982). The complete works of Francis A. Schaeffer: a Christian worldview [La obra completa de Francis A. Schaeffer: una visión cristiana del mundo]. Westchester, Illinois: Crossway Books, Vol. 1, p. 313.
2 Vol. 1, p. 218
3Vol 4, p. 120
4Vol 2, p. 23.
5Carson, D. A. (1991). The Gospel according to John [El evangelio según Juan] 6(p. 491). Leicester, Inglaterra; Grand Rapids, MI: Inter-Varsity Press; W.B. Eerdmans.
http://dictionary.reference.com/browse/integrity (accessed 25 April 2015).
7Logos Bible Sense Lexicon [Léxico Logos del significado bíblico].
8Carson, D. A. (1991). The Gospel according to John [El evangelio según Juan]. Leicester, Inglaterra; Grand Rapids, Michigan: Inter-Varsity Press; W.B. Eerdmans, p. 594.
9Ibid.
10Beale, G. K. (1999). The book of Revelation: a commentary on the Greek text [El libro del Apocalipsis: un comentario del texto griego] (pp. 301–302). Grand Rapids, Michigan; Carlisle, Cumbria: W.B. Eerdmans; Paternoster Press.
11Ibid., p. 567.
12MacArthur, J. F., Jr. (1993). Ashamed of the gospel: when the Church becomes like the world [Avergonzados del evangelio: cuándo la Iglesia imita al mundo] (p. 19). Wheaton, Illinois: Crossway Books, p. 19.
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Part 1 of 2
Warmest greetings from the Calvary Baptist Church in Exeter, New Hampshire. Let me thank my hosts, especially Pastors Piñero and Martίnez, along with the whole North Bergen church, for your gracious invitation. This is the eleventh year in a row I have had the privilege of speaking at this conference. This year, I have been asked to address the subject now entitled, “Standing Firm in the Truth: Applied Christology in a World Adrift.”
Truth is an anchor and the world is adrift. The chain was broken long ago, and ever since the Garden of Eden, the ship of society is aimless, lost, and crashing on the rocks, with the wretched consequences of incalculable misery and death.
Right in the middle of this turbulent sea which is mankind through history, a solid rock stands firm, planted in exactly the right place, the absolute reference point of existential reality, ultimate purpose, and cosmic salvation. His name is the Lord Jesus Christ, and His holy Church is attached to Him by the massive chain of implicit faith, faith in Him who is “an anchor of the soul, both sure and stedfast” (Heb 6.19). As she maintains a grip on her mighty, immutable Lord, she keeps bearing a true and faithful witness through all generations, and she shall be found at last in the safe harbor of her eternal home.
Staying anchored to Christ the Rock is one of our greatest challenges, especially today, when the global conspiracy against the truth is more interconnected than ever. Modern technology allows infernal lies to be propagated literally at the speed of light. The forces of evil arrayed against Christ and His church are increasingly organized. And this satanic cabal corrupts even pulpits and pews, as pastors and people lose their spiritual grip through intimidation and seduction.
I am deeply concerned, brethren. On every hand we find examples of worldly drift from the truth even within the Church. Basic biblical beliefs that Christians have held for two thousand years are losing bold advocates. For example, the Church has insisted that faith in Christ really is necessary for salvation, and therefore, that all adherents of non-Christian religions are perishing in their sins. Not so much anymore. Attacks on the inherent exclusivity of the Christian faith have come from the Vatican, Billy Graham, and emergent church leader Rob Bell, to name a few who claim to represent Jesus Christ in the world today. Some in the visible church are even capitulating on basic morality. The world has rapidly come to a consensus that gay is okay, and major denominations are falling like dominoes, labeling themselves benignly as “welcoming and affirming.” Few remain willing to speak forthrightly in preaching biblical chastity and the powerful gospel, offering hope for salvation not just from the guilt of sin, but from sinful lifestyles, including this perversion.
Even among true churches and within a true local church, pressures are mounting to compromise sound doctrine and holy living for all kinds of pragmatic reasons, and many are surrendering to those pressures. Now and then church members become disaffected on account of what the Puritans called “plain dealing,” straight talk to the precious souls under our pastoral care when we maintain a conscience-searching ministry of the Word of God. From fear of losing members, even good pastors are tempted to accommodate the clamor that we preach only “smooth things” (Isa 30.10).
Despite the drift in the Church, I am hopeful. I know for sure that all will be well at last. I know this because our Rock stands firm in the truth, and the Church’s anchor still holds, even in the worst of storms. I remember Paul’s words to his shipmates during the tempest called Euroclydon. After God promised him the survival of all on board, Paul said, “Wherefore, sirs, be of good cheer: for I believe God, that it shall be even as it was told me” (Acts 27.24–25).
However, like Paul in this way, too, I am compelled to exhort you. He said, “Unless these men stay in the ship, you cannot be saved” (Acts 27.31 ESV). Unless you stand firm in the truth, you will certainly perish. And so I say to you, beloved, for your eternal good and usefulness as Christ’s servants,
In these two messages, I would focus on the example of Christ’s Person, perspective, and ministry as our calling and our inspiration, especially as they pertain to our standing firm in the truth. Christ is our life, our pattern, and our destiny. Whoever follows Christ as Lord will stand firm in the truth like Him, and we must strive to excel in this manly virtue. That is implied in our Lord’s axiom about discipleship: “A disciple is not above his teacher, but everyone when he is fully trained will be like his teacher” (Luke 6:40 ESV). Christlikeness in our faithful witness to the truth is one of the marks that distinguishes real Christians from others, and true pastors from hirelings who see the wolf coming and run away (John 10.12). All other things being equal, the best Christians are those who stand the most firm in the truth without drifting from it, and the best preachers are those who serve it up pure without watering it down, and who can say with Paul, “I did not shrink from declaring to you the whole counsel of God” (Acts 20.27).
Let us consider the subject in two major parts. First, this morning, let us appreciate the biblical teaching about Jesus and His relationship to the truth itself. Second, in these evening’s message, we should reflect on Jesus standing firm in the truth. My approach will first be to explain something about Jesus Himself, and then to make practical applications of that to us. In other words, first I will assert a biblical Christology, and then I will apply it. Now to Part 1, Jesus and the truth.
Part 1: Jesus and the Truth
By “the truth” I mean something close to what Francis Schaeffer intended by his phrase, “true truth.” With discernment about the modern man’s mindset, he wrote,
People today live in a generation that no longer believes in the hope of truth as truth. That is why I use the term “true truth” in my books, to emphasize real truth. This is not just a tautology. It is an admission that the word truth now means something that [formerly] would not have been considered truth at all.1
And to be clear, Schaeffer is saying that people no longer believe there is such a thing as “the truth” in the old sense of the phrase when it was taken for granted that there was. Schaeffer explained that “true truth” is not “exhaustive knowledge,” but “true and unified knowledge.”2 It is a knowledge about God, about history, and about the cosmos.3 True truth is revealed in the Bible. It is propositional and it is factual.4 That is to say, True truth can be stated in words and sentences and paragraphs, and it is really true independent of general recognition or agreement. True truth is not determined by a poll, and it is not one thing for one person and something else for another. The modern mindset is deeply skeptical that such absolute and objective truth even exists, and this hinders it even from grasping the biblical truth, much less receiving it.
The first thing to say about Jesus’ own relationship to the truth is that He is the truth, and this highlights the indispensable virtue of our integrity.
I. Integrity: Jesus Is the Truth
Christology Asserted
Our Lord Jesus Christ plainly says of Himself, “I am . . . the truth” (John 14.6). This statement is nothing less than His saying that He is God in the flesh. On the night that began His Passion, Jesus said He was going to God, and Thomas asked about the way there. Jesus answered, “I am the way, the truth, and the life: no man cometh unto the Father, but by me.” D. A. Carson’s explanation of this verse is rich:
Jesus is the way to God, precisely because He is the truth of God and the life of God. Jesus is the truth, because He embodies the supreme revelation of God—He Himself ‘narrates’ God (1.18), says and does exclusively what the Father gives Him to say and do (5.19ff; 8.29), indeed He is properly called ‘God’ (1.1, 18; 20.28). He is God’s gracious self-disclosure, His ‘Word’, made flesh (1.14).5
This last verse, John 1.14, also says that Christ is “full of grace and truth.” Note this well: In His very Person, Jesus is the truth, embodies the truth, and is full of truth.
Another important biblical testimony to Jesus as the truth is John 1.9. Light is a prevalent biblical metaphor for the truth. The apostle John introduces his readers to Jesus by saying, “The true light, which gives light to everyone, was coming into the world” (ESV). Later, Jesus says the same of Himself. “I am the light of the world: he that followeth me shall not walk in darkness, but shall have the light of life” (John 8.12). He also says, “As long as I am in the world, I am the light of the world” (John 9.5).
Others saw and admitted the perfect consistency of Jesus between His Person and His message. While they may have intended it as flattery, the Pharisees said to Jesus, “Master, we know that thou art true” (Matt 22.16; Mark 12.14). The form of this statement is noteworthy. “Thou art true,” not just, “you speak truly.” It is a declaration about Jesus’ moral character, the uprightness of His spirit.
Jesus reasoned with His hearers that He was believable because, above all things, He was seeking the glory of His Father in heaven. Contrasting false teachers with Himself, Jesus said, “He that speaketh of himself seeketh his own glory: but he that seeketh his glory that sent him, the same is true, and no unrighteousness is in him” (John 7.18). This is tantamount to Jesus saying “I am true,” meaning that there was absolutely “no unrighteousness” or “falsehood” (ESV) in Him.
Now let us apply this biblical Christology to ourselves.
Christology Applied
“Integrity” is an interesting word. It developed from a word meaning “untouched” and therefore whole, not divided. From there it took on the figurative sense of an undivided heart with its innocence, blamelessness, and purity.6
None of us will ever be able to say, “I am the truth,” as Christ does, because only He is God. But we are called to strive for His perfect example of integrity and spiritual wholeness as a man of the truth, inside and out. For us, standing firm in the truth like Jesus begins with regeneration, a radical change of nature by the Holy Spirit’s gracious operation inside of us. We must be born from above by the Spirit of Christ. We also must have grace to become more “straight” and true within, to embrace more consistently for our own spiritual health the whole truth of God revealed in Scripture and exemplified by Christ. I am afraid that when some hear my challenge to “stand firm in the truth,” they only think of holding the right doctrines and proclaiming them to others, but preaching truth without being true and living truly is rank hypocrisy. Advocating the truth is worse than useless unless we are sanctified by the truth on the inside and do the truth on the outside. Jesus prayed for His disciples, “Sanctify them through thy truth: thy word is truth” (John 17.17). Jesus said, “He that doeth the truth cometh to the light, that his deeds may be manifest, that they are wrought in God” (John 3.21). There is such a thing as doing the truth, and it is indispensable for those who would stand firm in the truth. To be like Jesus, we must “exercise ourselves to have always a conscience void of offense toward God, and toward men” (Acts 24.16). Of those who aspire to the office of overseer, Scripture says they must be “blameless” or “above reproach” (1 Tim 3.1-2, AV, ESV). Otherwise they are only sorry pretenders to represent the holy Jesus to others.
Jesus is the truth, and this requires our integrity, inside and out. Now let us see how that for Jesus, truth is His mission.
II. Mission: Jesus Preaches the Truth
Christology Asserted
Consider this sweeping statement of our Lord about His guiding purpose. “For this purpose I was born and for this purpose I have come into the world—to bear witness to the truth” (John 18.37). Isn’t that an amazing thing for Him to say? His assertion is strengthened by the repetition, “for this purpose I was born and for this purpose I have come into the world,” which are basically saying the same thing. We know from this that Jesus is revealing the ultimate purpose of His earthly ministry, the mission He had received from God.
A single Greek verb is here translated, “to bear witness,” or in some translations, “testify.” It is the word μαρτυρέω (martyreō) from which we get the English word “martyr” that means one who is killed because of his religious testimony. Martyreō means “to solemnly assert something, offering firsthand authentication of the fact; often concerning grave or important matters.”7 Here, it references Jesus’ active testimony to “the truth,” which in this context is clearly religious and means “nothing less than the self-disclosure of God in His Son, who is the truth (14:6),” as Carson explained.8 The occasion of Jesus’ statement is Pilate asking Him if He was a King. His answer implies that “His kingdom is a kingdom of truth,” and that “disclosing the truth of God, of salvation and of judgment, was the principal way of making subjects, of exercising His saving kingship.”9
This is not to minimize the central importance of Jesus’ atoning sacrifice on the cross in His mission. He also came into the world “to give his life a ransom for many” (Matt 20.28), but Jesus’ crucifixion was part of His larger mission from His Father to bear witness to the truth. He bore witness not just by His preaching, but also by His death.
The Lord Jesus Christ supremely holds the office and fulfills the role of a prophet. We must appreciate this to understand His ministry. The prophetic function, biblically defined, is faithfully to relay divine revelation to people, adding nothing and taking nothing away (Deut 4.2; Prov 30.6; Jer 26.2; Rev 22.18–19). Fidelity to the very words received from God is absolutely required. Conceptually, a prophet stands with his back to God and his face to the hearers, and thus he proclaims the word of the Lord, representing God to people. A priest exercises the opposite function, representing people to God, and Jesus also holds that office supremely.
Jesus stressed His faithfulness as a prophet in His strict fidelity to the truth He received from God. He accused the Pharisees this way: “Now you seek to kill me, a man who has told you the truth that I heard from God” (John 8.40 ESV). He told His disciples, “All things that I have heard of my Father I have made known unto you” (John 15.15). This is all the more impressive when it is coupled with His denial that He did anything by His own authority apart from His Father. “When ye have lifted up the Son of man, then shall ye know that I am he, and that I do nothing of myself; but as my Father hath taught me, I speak these things” (John 8.28).
What was Jesus’ relationship with the truth? Simply put, He told the truth, the whole truth, and nothing but the truth! People said this about Him: “[You] teach the way of God truthfully” (Matt 22.16 ESV). The spirit of Christ was alive and well in the faithful prophet Micaiah. When he was urged to give a similar message as the false prophets, he replied, “As the LORD liveth, what the LORD saith unto me, that will I speak” (2 Kings 22.14).
Christology Applied
Like Jesus, truth-telling is our mission, and this requires faithfully testifying to the truth like Jesus did. This is what true prophets have done from the beginning of the world. Jesus said of John the Baptist, “There is another who bears witness about me, and I know that the testimony that he bears about me is true. You sent to John, and he has borne witness to the truth” (John 5.32–33 ESV). John the apostle said the same thing about himself: “He who saw it [Jesus’ death on the cross] has borne witness—his testimony is true, and he knows that he is telling the truth—that you also may believe” (John 19.35). Probably referring to the whole Gospel he wrote, the apostle John identified himself in these words, “This is the disciple who is bearing witness about these things, and who has written these things, and we know that his testimony is true” (John 21.24 ESV).
During His earthly ministry, Jesus announced that after His ascension, He would send “the Spirit of truth” to abide with His disciples forever (John 14.16–17). The Holy Spirit powerfully indwells the true Church and this accounts for her essential fidelity to the truth through the centuries.
In the last book of the Bible, our glorified Lord is revealed to be “the faithful witness” (Rev 1.5), and, “the faithful and true witness” (Rev 3.14). And one of the greatest concerns Jesus expresses to His churches is that they be witnesses to the truth as He is. Dr. Greg Beale says,
Jesus introduces Himself . . . as “the Amen, the faithful and true witness” because He wants [Christians] to stop compromising and emulate Him so that they will also be zealous “faithful and true witnesses.” If they do not heed His warning to repent, they will face Him as a “faithful and true” judge (19.11), who will vomit them out (3:16). If they do become faithful witnesses, they also will show themselves to be a part of the new creation, which has been inaugurated in Jesus.10
Brethren, followers of Jesus are called by His example to be faithful truth-tellers, declaring the truth about God and His redeeming work in Christ, along with the whole biblical teaching on many topics. Christ wants us to propagate biblical truth until He comes. We must “go into all the world and proclaim the gospel to the whole creation” (Mark 16.15 ESV). Now that Christ the Light has gone to heaven, Christian believers “shine as lights in the world; holding forth the word of life” (Phil 2.15–16). And we must do this before people who don’t care about doctrine at all, much less true doctrine.
Because Jesus is the truth, we must have integrity. Jesus’ mission was to preach the truth, and ours is, too. Now I will conclude with one more point about Jesus’ relationship to the truth: He believes in the truth. His hope is the irresistible power of the truth with God’s blessing, and we must have the same confidence.
III. Hope: Jesus Believes in the Truth
Christology Asserted
When I say Jesus believes in the truth, I mean that He has all holy confidence that “the word of God is living and active, sharper than any two-edged sword” (Heb 4.12 ESV), and that it is bound to accomplish everything He intends, especially as it relates to the salvation of His chosen people. Listen to how Isaiah celebrated God’s truth:
For as the rain and the snow come down from heaven and do not return there but water the earth, making it bring forth and sprout, giving seed to the sower and bread to the eater, so shall my word be that goes out from my mouth; it shall not return to me empty, but it shall accomplish that which I purpose, and shall succeed in the thing for which I sent it. For you shall go out in joy and be led forth in peace; the mountains and the hills before you shall break forth into singing, and all the trees of the field shall clap their hands. (Isa 55.10–12 ESV).
Jesus is confident about power of the truth. Referring to His disciples who would persevere, He said, “And ye shall know the truth, and the truth shall make you free” (John 8.32). The context demands that we understand He is talking about spiritual freedom, that is, freedom from sin. A few verses later, He said, “Truly, truly, I say to you, everyone who practices sin is a slave to sin. . . . So if the Son sets you free, you will be free indeed” (John 8.34, 36 ESV). In other words, Jesus says with holy boldness, the truth shall make you free from sin. That is the freedom we need more than any other freedom, and that is the freedom that most glorifies God. And of course not just any truth about anything sets captives free this way, but only the truth about God and His redeeming work, the gospel of Jesus Christ with its related doctrines, comprehensively revealed in the whole Bible from Genesis to Revelation.
Another evidence that Jesus believes in the power of the truth is found in His high priestly prayer of John 17. With His disciples in mind, Jesus made this petition to His heavenly Father: “Sanctify them through thy truth: thy word is truth” (v. 17). Jesus is saying that the truth is God’s Word, and that it specifically is His chosen instrument to accomplish His sovereign purpose, namely, the sanctification of His own special people, elect from the foundation of the world. “Thy word is truth” is an equation of Scripture with the truth Jesus has in mind. Sanctification is our being set apart, as Jesus was, for God’s holy service, and the Word of God is His means to accomplish that spiritual purpose in our lives. I admit that this also involves purification from our sins, but that is not the main point here. Again, Carson is helpful:
Jesus dedicates Himself to the task of bringing in God’s saving reign, as God’s priest (i.e. His mediator) and prophet (i.e. revealer); but the purpose of this dedication is that His followers may dedicate themselves to the same saving reign, the same mission to the world (v. 18).11
So Scripture reveals that Jesus believed in power of the truth. He knew that God’s Word propagated, preserved, and preached has power to save sinners and set them apart for God’s holy service.
Christology Applied
The application is so obvious, I do not regret that it must be stated briefly. It is the will of God that we, like Jesus, have hope in the power of God’s Word. Remember Paul’s testimony in Romans, “So I am eager to preach the gospel to you also who are in Rome. For I am not ashamed of the gospel, for it is the power of God for salvation to everyone who believes, to the Jew first and also to the Greek” (Rom 1.15–16 ESV). He also said, “Christ sent me . . . to preach the gospel. . . . For the preaching of the cross is to them that perish foolishness; but unto us which are saved it is the power of God” (1 Cor 1.17-18).
In his important book Ashamed of the Gospel, John MacArthur noted, “Unfortunately, ‘ashamed of the gospel’ seems more and more apt as a description of some of the most visible and influential churches of our age.”12 Supporting evidence is everywhere. When manmade messages and methods increase, and faithful, biblical preaching decreases, hope in the power of truth is waning. Where a pulpit is silent about sin and judgment and grace and salvation and you hear feel-good talks to make unbelievers feel comfortable, we may well wonder if a true church of Christ even exists.
We are called to have the same confident hope Jesus has in the power of the truth to save sinners and build God’s kingdom on earth. When that hope burns brightly in our hearts, we will see the folly of worldly substitutes and faithfully proclaim the whole counsel of God in Scripture.
Notes:
1 Schaeffer, F. A. (1982). The complete works of Francis A. Schaeffer: a Christian worldview. Westchester, IL: Crossway Books, Vol. 1, p. 313.
2 Vol. 1, p. 218.
3 Vol 4, p. 120.
4 Vol 2, p. 23.
5 Carson, D. A. (1991). The Gospel according to John (p. 491). Leicester, England; Grand Rapids, MI: Inter-Varsity Press; W.B. Eerdmans.
6 http://dictionary.reference.com/browse/integrity (accessed 25 April 2015).
7 Logos Bible Sense Lexicon.
8 Carson, D. A. (1991). The Gospel according to John. Leicester, England; Grand Rapids, MI: Inter-Varsity Press; W.B. Eerdmans, p. 594.
9 Ibid.
10 Beale, G. K. (1999). The book of Revelation: a commentary on the Greek text (pp. 301–302). Grand Rapids, MI; Carlisle, Cumbria: W.B. Eerdmans; Paternoster Press.
11 Ibid., p. 567.
12 MacArthur, J. F., Jr. (1993). Ashamed of the gospel: when the Church becomes like the world (p. 19). Wheaton, IL: Crossway Books, p. 19.
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En pos de la santidad personal –una pasión ministerial primordial
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Albert N. Martin
Busquemos el rostro de Dios en oración para implorar su bendición sobre el ministerio de su Palabra.
Padre, Tú nos has mandado a venir delante de tu presencia con acciones de gracias, a entrar en tus atrios con alabanza. Hacemos esto hoy, con gratitud por las misericordias que nos has concedido en las horas tempranas de este día. Te damos gracias por concedernos una buena noche de descanso. Te damos gracias porque pudimos levantarnos de la cama y poner los pies sobre el piso. Tú nos has alimentado con nuestro pan diario. Nos has guardado en el tráfico fuerte de Nueva York/Nueva Jersey para que llegáramos aquí a salvo. Estamos reunidos aquí para escuchar tu voz. Oramos por tu siervo, que él sea fortalecido para que pueda hablar tu Palabra de forma veraz, clara y, sobre todo, en el poder y la manifestación del Espíritu Santo. Gracias por cada uno de los hombres que están reunidos en este lugar. Oramos por cada uno de ellos, para que todos conozcan lo que significa sentir el ministerio del Espíritu Santo en sus corazones, de modo que juntos podamos postrarnos delante de Ti en adoración y alabanza. Escucha nuestras oraciones y ven a nuestro encuentro, esto te lo suplicamos en el loable nombre de Jesús. Amén.
Ustedes saben, porque han leído el anuncio que está en el programa, que está planificado para hoy que yo predique acerca del tema de ir en pos de la santidad y la semejanza a Cristo y de que esto sea una pasión ministerial primordial. La mayoría de ustedes saben que existen tres colores primarios: rojo, amarillo y azul. Todos los demás colores se derivan de una serie de combinaciones diferentes de esos colores primarios. En las conferencias que se han llevado a cabo en los años pasados, y en la del año pasado, de una manera u otra, una de las pasiones que se ha puesto delante de ustedes, hombres, y que deben cultivar, es la pasión por ganarse la reputación de ser exégetas precisos, saturados de Biblia, llenos del poder del Espíritu Santo, que predican la Palabra de Dios de una manera fervorosa y directa. Espero que esta sea la pasión de todo hombre que está sentado aquí hoy y que ha sido llamado a ministrar la Palabra de Dios.
Seguramente, ustedes quieren ser predicadores que están saturados de Biblia, que acuden a la Biblia para explicar la Biblia, que acuden a la Biblia para ilustrar la Biblia; predicadores que están saturados de Biblia, y que, a la vez, son exégetas fieles. Esto significa que, cuando te paras en frente de tu gente para abrir las Escrituras, no interpretas las palabras de las Escrituras cómo te parece bien, sino que extraes de ellas lo que estaba en el propósito de Dios cuando plasmó su mente en su Santa Palabra. Espero que esta pasión no sea solamente por ser predicadores saturados de Biblia, sino también exégetas fieles y precisos. También, necesitan el poder del Espíritu Santo para que, cuando abran las Escrituras y cuando prediquen sermones que estén saturados de Biblia, puedan decir junto con el Apóstol Pablo: «Y ni mi mensaje ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Corintios 2:5). Es mi esperanza que ustedes tengan una pasión, no solamente por ser predicadores que están saturados de Biblia, que son exégetas precisos y que tienen el poder del Espíritu Santo, sino también que prediquen la Palabra de Dios con claridad y fervor, que no estén diciendo cosas buenas y verdaderas al aire, sino cuya meta sea penetrar los corazones, las mentes y las vidas de su gente.
Seguramente, cuando vamos a pasajes como 2 Timoteo 2:15 y 2 Timoteo 4, vemos que estos textos son las raíces principales de una pasión por ser ese tipo de predicador. Pablo le dijo a Timoteo en 2 Timoteo 2:15: «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad». Esto implica usar la misma Biblia para explicar la Biblia. En 2 Timoteo 4, Pablo declara: «Te encargo solemnemente, en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por su manifestación y por su reino: Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina».
Así que, como dije anteriormente acerca de las conferencias que se han llevado a cabo en el pasado reciente (las cuales yo generalmente también sigo con ustedes durante esa semana de la conferencia, cuando recibo el anuncio acerca de quién va a predicar y sobre qué tema), espero que, a través de los años, muchos de ustedes han llegado a ser hombres que tienen una pasión por ser ese tipo de predicador que está saturado de Biblia y que es un exégeta preciso, que predica la Palabra de Dios con el poder del Espíritu Santo y con fervor y claridad.
Con la ayuda de Dios, hoy quiero demostrar, basándome en las Escrituras, otra pasión primordial de todo hombre de Dios. ¿Cuál es esa pasión primordial? Es una pasión por ir en pos de la santidad personal, una santidad que se manifiesta en el corazón y en la forma de vida, que tiene a Cristo como su modelo y cuya medida es una semejanza a Él que va en aumento.
Si hoy alguien me hubiera detenido en el estacionamiento antes de entrar aquí y me hubiera preguntado: «Pastor Martin, ¿qué espera lograr con la predicación de hoy?» Le hubiera respondido sin reservas: «En sumisión a Dios y con la bendición del Espíritu Santo, es mi deseo el persuadir a cada pastor en esta conferencia a ir en pos de una santidad personal que se manifieste en el corazón y en la vida, que tiene a Cristo como su modelo y cuya medida es una semejanza a Él que va en aumento». Ahora, ¿cómo trataré de alcanzar este objetivo? Lo haré bajo dos encabezados.
En primer lugar, quiero que consideremos un fundamento bíblico y teológico para esta pasión. Ustedes se pueden preguntar «¿Y por qué debo tener esta pasión?» Existen razones legítimas para que me hagan esa pregunta. Mi respuesta será el darles un fundamento bíblico y teológico para esta pasión, y después de esto, en segundo lugar, presentaré los medios, prescritos por la Biblia, para poder ir en pos de esta pasión. Una cosa es tener esta pasión y otra es ir en pos de ella por los senderos que han sido establecidos por las Escrituras. De la misma manera en la que no tenemos la libertad de establecer cuál será nuestra pasión, tampoco tenemos la libertad de determinar la forma en la que vamos a ir en pos de ella. Entonces quiero plantearles esta verdad en el tiempo que se me ha otorgado, bajo esos dos encabezados.
1. El fundamento bíblico y teológico para el lugar primordial de una pasión ministerial por la búsqueda de la santidad personal y la semejanza a Cristo
Mi tesis básica es que el fundamento bíblico y teológico para este reto es nada más y nada menos que el propósito y la actividad de la Deidad trina, en la gracia redentora. En otras palabras, este fundamento consiste en lo que Dios ha hecho y está haciendo en su gracia redentora –no en su gracia común que cubre a todos los hombres con un manto de buena voluntad— sino en su gracia redentora, que es central al propósito, al plan y a la obra de Dios, la gracia redentora en lo que concierne tu santidad y mi santidad, tu semejanza a Cristo y mi semejanza a Cristo.
Una de las maravillas de la gracia redentora de Dios es que en ella están envueltas las tres personas de la bendita Trinidad. Cuando abrimos las Escrituras, vemos, de forma precisa, lo que cada persona de la Trinidad hace en conexión con nuestra salvación. Cuando hacemos esto, nos damos cuenta que el propósito de hacer que cada recipiente de esta salvación sea como Jesús es algo central en la acción de cada persona de la Trinidad.
Cuando el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, en las profundidades de la eternidad (nos sentimos como tontos cuando hablamos de esta manera, pero es la única forma en la que podemos expresarlo), concibieron un plan para rescatar al hombre, que en Adán se apartaría de Dios y pondría a toda la humanidad bajo la condenación y el juicio de Dios, y cuando tras observar cómo se desviaría el hombre, Dios decidió que una gran multitud de toda familia, tribu y lengua, de toda nación, se uniría a Él, dentro del marco de la gracia redentora, en esa actividad del Dios trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo —con una sola mente y una sola voluntad, pero con elementos distintivos en lo que concierne lo que harían para llevar a cabo y aplicar esa salvación— estaban completamente unidos en el propósito de que esa salvación tendría el resultado de alcanzar a pecadores rebeldes, que merecían el infierno, y que en última instancia los cambiaría a semejanza de Cristo Jesús, en cuerpo y alma, siguiendo el modelo del Cristo glorificado. Como pueden ver, la doctrina de que Dios está comprometido —en su ser trinitario— a tener un pueblo santo, es central a esta salvación.
Quiero ahora probarles esto basándome en las Escrituras. Las Escrituras dejan claro que el trabajo y la actividad de la elección –cuando Dios fija en su mente y en su corazón un número específico de pecadores para proveerles y aplicarles su gran salvación— esta elección es el papel distintivo de Dios el Padre en el plan de redención.
Dios el Padre escoge nuestra redención por su voluntad
En Efesios capítulo 1, leemos unas palabras inequívocas. Efesios 1:3, “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo”. En estos versículos, la elección se atribuye de forma especial al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. ¿Cuál era el propósito que tenía en mente cuando nos escogió? Miren el texto, “nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él”. Así que, cuando Dios, en su corazón, eligió con un amor libre, soberano y electivo, un pueblo al que salvaría, su intención en su elección de ellos era que fueran santos y sin mancha delante de Él.
Cuando nos remontamos hasta el principio de nuestra salvación (hasta el punto que podemos hacerlo con nuestras Biblias abiertas) llegamos al misterio y la maravilla de la gracia electiva de Dios el Padre, y envuelto con esa elección estaba su propósito de tener un pueblo que fuera santo y sin mancha delante de Él. Dios el Padre, en su amor electivo y su voluntad y propósitos en la predestinación, estaba comprometido a tener un pueblo que fuera santo. Miren el segundo texto. Estaré considerando dos textos clave debajo de mis encabezados, «que toda palabra sea confirmada por la boca de dos o tres testigos».
Abran sus Biblias en el capítulo 8 de Romanos. Comenzaremos a leer a la mitad de lo que escribe Pablo. Leemos en Romanos 8:28: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito… Porque a los que de antemano conoció –Las palabras ‘de antemano’ significan ‘aquellos que Él amó anteriormente’— también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos».
En este pasaje tenemos otro texto que indica que Dios el Padre puso su amor distintivo sobre pecadores específicos. Noten que no afirma: «de quienes Él tenía presciencia». Muchos dicen: «Así que Dios vio que en el futuro tú serías creyente, y cuando vio esto, entonces te escogió». No. La Biblia no afirma que era algo «de lo cual Él tenía presciencia», sino que afirma: «a los que de antemano conoció». Fueron personas las que Él amó de antemano, aquellas que Él amó y eligió libre y soberanamente. Él las predestinó. Tenía en mente las siguientes cosas: «Cuando Yo tome a estos pecadores culpables, viles, contaminados e inmundos y termine de aplicarles mi salvación –en la base de la obra de mi Hijo –reflejarán de forma completa una semejanza filial con Jesús quien es el primogénito entre toda su familia redimida». La gente podrá mirar a cualquiera de ellos y decir: «Él se parece a Jesús. Mírala; ella se parece a Jesús». Serán perfeccionados en una santidad que es conforme al modelo del Señor Jesucristo.
Dios el Hijo procura la redención por medio de sus acciones salvíficas
En segundo lugar, consideremos el papel de Dios el Hijo. Dios el Padre escoge de acuerdo a su voluntad, pero es Dios el Hijo el que propiamente procura nuestra redención por sus acciones salvíficas. Es por medio de las acciones salvíficas del Verbo encarnado que nuestra salvación se adquiere y se efectúa.
Cuando el Señor Jesús entró en el vientre de María, las últimas palabras que dijo antes de bajar del cielo fueron estas: «Has preparado un cuerpo para Mí. Por lo tanto, me iré, porque está escrito de Mí que Yo, oh Dios, haré tu voluntad». ¿Qué era aquello que Jesús tenía en su corazón cuando visualizó lo que significaría dejar todas las glorias y lo que alguien llamo «las comodidades» de la presencia inmediata de Dios en el cielo? Entró en los confines oscuros y limitados de la matriz de María. Ha sido mi meta en la predicación del domingo por la mañana el enfocarme en lo que significaría para Él, el tomar un alma verdaderamente humana y un cuerpo verdaderamente humano en la matriz de María. ¿Qué latía en el corazón del Hijo de Dios cuando era un pequeño niño que crecía y después cuando se hizo hombre y tuvo conciencia del ministerio que se le había encargado? ¿Cuál era la pasión que lo impulsaba y que lo llevó hasta sudar gotas de sangre en el Getsemaní y después al horrible y brutal abuso de azotes, burla y finalmente, la crucifixión, el cielo oscurecido y el abandonamiento del Padre? ¿Cuál era la pasión de Jesús? Consideremos dos pasajes de las Escrituras donde veremos, como hicimos con la elección del Padre, que en lo que concierne a Dios el Hijo, la santidad y la semejanza a Cristo también eran centrales.
Efesios, capítulo 5. En este pasaje vemos un ejemplo maravilloso de la manera en que la doctrina bíblica y el deber práctico están unidos en la Biblia. Los deberes tienen su raíz en las doctrinas y las doctrinas florecen en los deberes. No podemos separar el deber de la doctrina. En la Biblia son inseparables, y que Dios nos ayude si lo separamos en nuestro pensar y en nuestros ministerios. Pablo quiere enseñar a los esposos cómo deben amar a sus esposas e indaga en una de las doctrinas más profundas de las Escrituras para enseñarles a los maridos cómo deben amar a sus esposas. Escribe en el versículo 25: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella». Ahora, ¿Por qué amó Cristo a la Iglesia? Nos dirá. Hay tres frases que denotan propósito: «para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra». «Y se dio a sí mismo por ella». En estas pocas palabras, «y se dio a sí mismo», está comprimido todo lo que nos dicen las Escrituras acerca de sus numerosos sufrimientos, que culminaron en el desamparo y en su exclamación cuando fue abandonado. «Se dio a sí mismo por ella para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra». «Se dio a sí mismo para santificarla». Esto significa, para sacarla de su condición nativa de esclavitud al pecado, contaminación con su pecado, inmundicia en su pecado.
Consideren el pasaje de Ezequiel 16, cuando Dios describe su relación con Israel y la encuentra en el camino como una recién nacida sin lavar y que todavía tenía el cordón umbilical. Después, Jehová toma a Israel para Sí. Él la limpia, la lava y la transforma en una hermosa novia. La sombra de Ezequiel 16 está sobre este pasaje. Pero el punto fundamental es este, que Él «se dio a sí mismo para santificarla». Para apartarla para Sí mismo.
No solo para apartarla para Sí, sino para apartarla del dominio del pecado, la práctica del pecado, la corrupción del pecado. ¿Cuál será el resultado final? Miren el texto. Hizo esto, «A fin –esta es otra frase que indica propósito— de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada». Se dio a sí mismo a fin de santificar, lavar y presentársela a Sí mismo como una novia sin mancha e inmaculada. Fue por esta razón que Jesús murió. Él murió, no solo para apartarnos de la ira de Dios que merecíamos. Vivió una vida perfecta no solamente para obtener crédito a nuestro favor para hacer que nuestra entrada al Cielo sea un acto justo de Dios, sino que murió para obtener para Sí una novia santa y presentársela a Sí mismo sin mancha y sin mácula. Aquí voy a parar porque estoy preparando un mensaje acerca de este tema y tengo que decirle a mi mente, “Para ahí, no sigas adelante con ese tema. No es lo que estás tratando hoy”. Si algunos de ustedes predicadores también tienen este problema, bueno a mí me ocurre lo mismo. Pero noten lo que estaba en la mente de nuestro Señor.
Encontramos un énfasis similar en el capítulo dos de Tito. Recuerden que estoy tratando de demostrarles cuál es el fundamento bíblico y teológico para lo que he dicho acerca de ir en pos de la santidad personal y la semejanza de Cristo como un privilegio y deber primordial en el ministerio. Hemos visto que la respuesta al porqué debemos ir en pos de la santidad personal como algo primordial en el ministerio se encuentra en la obra y el propósito de la Deidad en nuestra salvación: el Padre elige y el Hijo compra a su novia. Veamos el pasaje de Tito, capítulo dos. De nuevo vemos cómo la doctrina y el deber están unidos de forma indisoluble. Existen pocos capítulos en la Biblia que tengan más enseñanza práctica que el capítulo número dos de Tito. Aquí Pablo habla y le dice a Tito, noten el versículo dos: «Esto es lo que le debes decir a los ancianos». En el versículo tres: «Esto es lo que le debes decir a las ancianas». En el versículo cuatro, «Esto es lo que le debes decir a las jóvenes». En el versículo cinco: «Esto es lo que le debes decir a los hombres jóvenes». Noten que hay enseñanza práctica para todos los segmentos distintos de la iglesia que estaba en Creta.
Es como si Tito hubiera dicho: «Pablo, cuando yo le enseñe estas cosas a la gente –porque tú me has dicho que esto es lo que les debo enseñar, una instrucción muy específica acerca de cómo debemos vivir en lo que concierne la ética y la moral– qué les debo decir cuando me pregunten por qué me has enseñado esto, cuando me pregunten, “¿Tito, por qué estás enseñándonos esta forma de vida de manera tan detallada?”» Pablo da su respuesta en el versículo once. Esta es la razón: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres, enseñándonos, que, negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús».
Noten también que afirma: «Quien se dio a sí mismo por nosotros». Estas palabras son similares a las de Efesios cinco. Él se dio a Sí mismo por nosotros, ¿por qué? «Para redimirnos de toda iniquidad y purificar para si un pueblo para posesión suya, celoso de buenas obras». En otras palabras, Pablo le está diciendo a Tito que enseñe a la gente de la siguiente manera: «Si ustedes no obedecen estas instrucciones detalladas y específicas acerca de cómo han de vivir los ancianos, los hombres jóvenes, las ancianas, las jóvenes, los esclavos; si son indiferentes al deber de ir en pos del estilo de vida que les estoy enseñando, ¡están tratando el propósito mismo por el que murió Jesús con liviandad! ¿Cómo pueden decir que aman a Jesús si muestran indiferencia hacia el propósito por el cual murió? Murió para redimirnos de toda iniquidad y para purificar para Sí un pueblo celoso de buenas obras, que vive una vida en la que niega la impiedad y los deseos mundanos y que vive en este mundo sobria, justa y piadosamente».
Hermanos, fue para este propósito que Jesús murió, y ustedes se paran detrás de un púlpito domingo tras domingo, y predican las grandes verdades de una redención que se les concede a los hombres en base de la persona y la obra de Cristo. ¿Cómo podemos predicar acerca de ese propósito de Dios en la redención de nuestra gente si nosotros mismos no abrazamos esta doctrina plenamente, si este asunto de ser un hombre santo, un hombre semejante a Cristo, no se ha convertido en una pasión?
Dios el Espíritu Santo es el que primordialmente aplica la redención
En tercer lugar, consideremos el papel de Dios el Espíritu Santo. A Dios el Espíritu Santo, Dios le ha dado el privilegio de aplicar efectivamente la redención que fue hecha por elección del Padre, comprada por el Hijo y aplicada primordialmente por el Espíritu Santo. Cuando el Espíritu Santo aplica la salvación a los elegidos en Cristo para ser santos, comprados por Cristo de modo que Él pueda tener una novia pura, ¿qué hace el Espíritu Santo? Él se alinea con la elección del Padre y el propósito del Hijo y aplica esa salvación de tal manera que todos los que la reciben llegan a ser hombres y mujeres santos. Cuando esa salvación sea realizada por completo, estas personas serán exactamente como Jesús. Miremos unos cuantos textos bíblicos.
Abran sus Biblias en 2 Tesalonicenses 2:13-15: «Pero nosotros siempre tenemos que dar gracias a Dios por vosotros, hermanos amados por el Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para salvación».
Noten como esto se lleva a cabo: «Mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad. Y fue para esto que Él os llamó mediante nuestro evangelio, para que alcancéis la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Así que, hermanos, estad firmes y conservad las doctrinas que os fueron enseñadas, ya de palabra, ya por carta nuestra».
Noten el lenguaje que se usa aquí. Cuando Dios llama con su llamamiento eficaz a aquellos que ha escogido, por los cuales murió Jesús, son llevados a poseer la salvación por medio de y debido a la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.
Cuando se predica el evangelio, como dice Pablo en su primera carta, cuando el evangelio viene no solamente en palabras, sino también en poder y en el Espíritu Santo con plena convicción, y se ejerce fe en esa palabra del evangelio, el Espíritu, juntamente con la otorgación del don de la fe, libera a las personas de su apego voluntarioso y deliberado al pecado como su amo, al diablo como su Señor y al mundo como el compañero en el que se deleitan. Son santificados por el Espíritu en el mismo hecho de creer en la verdad. Si no hay fe en la verdad, no hay una obra de santificación por el Espíritu Santo, pero donde hay fe en la verdad, está el llamamiento de Dios que, con un llamamiento eficaz al pecador, le lleva a entrar en la órbita de la obra santificadora de Dios.
Debo seguir al segundo punto en cuanto a la obra del Espíritu. Tenemos a dos testigos. 1 Pedro 1:1: «A los expatriados, de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos». Por así decirlo, ignoren por un momento todos esos lugares que se mencionan y lean el capítulo de la siguiente manera: «elegidos según el previo conocimiento de Dios». Esto significa que, Dios, conociéndolos, amándolos, y escogiéndolos previamente, los identifica como los elegidos: «Según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre». Dios nunca rosea a un pecador con la sangre de su Hijo sin llevar a ese pecador al ámbito de la obra santificadora del Espíritu Santo, librándolo de su esclavitud y de la sumisión a un estilo de vida que está marcado por indiferencia hacia Dios, su ley y sus caminos. Nunca hace esto sin apartarlo para Sí y llevarlo a andar en la senda de una santificación progresiva que va en aumento.
Ahora, permítanme darles un resumen y una aplicación de este primer encabezado. ¿Por qué debería ser su pasión el ser hombres más santos, hombres cuya santidad tiene como su medida la semejanza a Jesús? Mi respuesta es la siguiente: porque en la salvación que viene de la Deidad trina, el hacerte un hombre santo es central a toda la Deidad en lo que concierne el planificar, llevar a cabo y aplicar la salvación. Estos son asuntos muy profundos, ¿verdad? Asuntos de mucho peso. El tejido mismo de nuestra salvación está entrelazado con el propósito divino de hacernos un pueblo santo.
Cuando somos regenerados por el Espíritu de Dios, Dios hace muchas cosas, pero hay una que quiero enfatizar. Cuando Él quita el corazón de piedra –para usar el lenguaje de Jeremías y de Ezequiel en el Nuevo Pacto– cuando Él nos quita el corazón de piedra y nos da un corazón blando de carne y el don del Espíritu Santo, también hace otra cosa. Él empapa nuestros corazones con un anhelo y una pasión por ser lo que seremos finalmente cuando esa salvación tenga su cumplimiento. ¿Cómo seremos cuando esta salvación tenga su cumplimiento? Seremos hechos conforme a la imagen de Cristo. El anhelo de ser hechos completamente conforme a su imagen –algo que nos ocurrirá algún día— surge cuando somos verdaderamente convertidos. Dios nos da una pasión por ponerle fin a todo pecado. Si pudiéramos, ¡nos cortaríamos un dedo cada día de la semana, si supiéramos que así no volveríamos a pecar jamás!
Dios nos da un anhelo: «Quiero ponerle fin a todo pecado. Los pecados de pensamiento, de palabra, pecados en lo que concierne mi actitud, pecados de omisión y de comisión. Oh Dios, ¿cuándo, cuándo acabaré con todo pecado?» Dios responde: «Sí, mi hijo, será cuando mi Hijo se manifieste» (1 Juan 3). Entonces le veremos como Él es y seremos semejantes a Él. La mayoría de nosotros obtendrá esto en dos etapas: en el momento de nuestra muerta –en un milisegundo, al exhalar nuestro último aliento, cuando el corazón cese de latir y el cuerpo y el alma sean separados— en ese instante Dios nos dará una medida tan grande del poder de su gracia santificadora que, hasta el último vestigio de pecado, hasta la décima parte de la millonésima parte del pecado, será para siempre jamás eliminada de nuestras almas.
En ese mismo instante, en nuestros espíritus se inculcará todo lo que es semejante a Cristo. Poseeremos todas las actitudes, todas las disposiciones que son parte de la perfección de Cristo. El propósito de Dios no es solamente el que terminemos para siempre con el pecado, también quiere que nos vistamos de todas las gracias de Cristo para que, en el momento de la muerte, nuestros espíritus se unan a los espíritus de los justos hechos ya perfectos. Perfectos. Una perfección que crecerá. Se desarrollará, pero esto no significa que incrementará hasta alcanzar un nuevo nivel de perfección. ¡La perfección es perfección! Que cosa tan maravillosa es saber que, algún día, esto será una realidad.
El problema es el siguiente: esto aún no es una realidad. ¡Es nuestro deseo que ya lo fuera! Porque nuestros corazones están llenos de una pasión por lo que seremos en el futuro, tomamos en serio lo que la Biblia dice acerca de cómo podemos progresar y avanzar hacia la meta que será finalmente realizada, una conformidad perfecta a Cristo. La mayoría de nosotros recibirá el primer plazo en el momento de la muerte; aquellos que estén vivos cuando Él vuelva recibirán las dos partes al mismo tiempo, cuando los cielos se abran y la voz del arcángel proclame y suene la trompeta de Dios. Miraremos hacia arriba y los cielos se enrollarán como un pergamino y veremos el regreso del Señor.
Primero se encargará de los que han muerto: «Los muertos en Cristo se levantarán». Le veremos y diremos: «Oh Señor, ¿cuándo se nos otorgará un cuerpo glorificado?» El Señor nos responderá: «Tienen que esperar un momento porque primero tengo que encargarme de mis muertos. Voy a encargarme de aquellos que murieron en unión conmigo». Entonces nosotros, los que estemos vivos y permanezcamos hasta la segunda venida del Señor, seremos arrebatados juntamente con ellos. Ellos irán primero de alguna manera que ignoro, pero después, todos juntos tendremos un cuerpo glorificado, en conformidad al cuerpo de su gloria (Filipenses 3:20-21).
Ahí está hermanos, la Deidad completa está dedicada a hacernos santos. Si en verdad hemos sido llamados de forma eficaz para estar unidos a Cristo, si hemos recibido un nuevo corazón, entonces para nosotros la pasión por ser hombres santos no será algo extraño. El pecado remanente es la carga más opresiva y nuestra más grande irritación.
El rabino Duncan era un teólogo escocés que tenía tanto conocimiento de las lenguas semíticas y de los temas relacionados a Israel que le fue otorgado el título de “rabino”. No era un rabino, pero lo llamaban “rabino Duncan”. El rabino Duncan afirmó: «Ustedes han escuchado a cristianos que hablan y dicen, “Bueno, nadie es perfecto. Sí, hice eso, pero nadie es perfecto”. Esas palabras, “nadie es perfecto”, son la almohada de un hipócrita y la cama de espinas del verdadero cristiano». «Nadie es perfecto», esta frase es una almohada para el hipócrita, pero el verdadero hijo de Dios dice: «Nadie es perfecto, y yo soy uno de aquellos que son imperfectos. Soy uno de esos hombres miserables. ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte? Oh Dios, ¿cuándo llegará ese día en el que no pecaré jamás?» Nadie es perfecto. ¿Es para ti esta frase una almohada o una cama de espinas? Si pertenecemos al Señor y si estamos en un estado de salud espiritual, conocemos esta cama de espinas y anhelamos el día en el que seremos semejantes a Él y le veremos cómo Él es.
2. Los medios señalados en la Biblia para ir en pos de la santidad personal y la semejanza a Cristo como una pasión ministerial primordial
Permítanme intentar de demostrar ahora cuales son los medios señalados en la Biblia para ir en pos de esta pasión. Si ahí donde están sentados ustedes han sentido hoy que estas cosas han resonado en su corazón y han dicho entre sí: «Oh, Pastor Martin, yo conozco esa horrible cama de espinas. Mi anhelo es ser más como Cristo. Anhelo obtener la victoria sobre mi susceptibilidad; quiero obtener victoria sobre mi codicia; quiero obtener la victoria y crecer en la gracia del amor verdadero que todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera. ¿Cómo puedo llegar a ser un hombre más santo?» Deseo presentarles una tesis simple: Dios nos ha dado los medios y necesitamos estar ocupados por toda la vida de forma concienzuda y consecuente con estos medios, que han sido ordenados por Él para producir en nosotros la santidad y la semejanza a Cristo. Nos debemos ocupar con estas cosas concienzudamente. Con esto quiero decir que nos debemos regir y actuar en conformidad con lo que conocemos y creemos es bueno. Cuando estamos persuadidos que algún asunto es conforme a la rectitud y representa la voluntad de Dios, debemos dedicarnos a él de forma concienzuda y también consecuente, aferrándonos a este, sea un principio o una práctica.
También he dicho que debe ser un patrón de toda la vida. Quisiera poder decirles a ustedes, hombres, que con el pasar de las décadas, el vivir la vida cristiana se ha hecho más y más fácil, pero si les dijera esto, sería un mentiroso. Más tiempo en el camino significa que el diablo tiene aún más que ganar si puede lograr que nos desviemos del camino, porque hay una línea más larga de gente que conoce lo que profesamos y predicamos. Nuestra capacidad para avergonzar a Cristo y deshonrar su nombre crece año tras año tras año. Hace que la batalla sea más intensa. Hace que el asunto adquiera una naturaleza tal que, si no somos consecuentes de forma concienzuda, dedicados de por vida a esta forma de ser, es dudoso que no lleguemos a ser nada más que una ruina que se encuentra en el camino.
Les daré los encabezados y tendrán que elaborar los detalles por su propia cuenta. ¿Cuáles son los medios que han sido señalados por Dios?
En primer lugar, y fundamental a todo lo demás, está el medio de la alimentación de tu alma con la Biblia, simplemente como un hombre cristiano, para tu propio crecimiento en santidad y semejanza a Cristo, sin ningún pensamiento deliberado de encontrar alimento para tu gente.
En otras palabras, la Biblia debe siempre ser primordialmente el instrumento que nos asemeja más a Cristo y no solamente un medio para decirles a las otras personas acerca de cómo llegar a ser más como Cristo.
Jeremías dijo en el capítulo 15, versículo 16: «Cuando se presentaban tus palabras, yo las comía; tus palabras eran para mí el gozo y la alegría de mi corazón». Jesús ora por nosotros: «Padre, santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad». ¿Cuál es el hombre bienaventurado que se describe en el Salmo uno? «No anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores, ¡sino que en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de día y de noche! Será como árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua».
Su sistema radicular se nutre de la vida de la Palabra de Dios, que es agua fresca y reconfortante que produce frutos.
Hermanos, tenemos que tener un compromiso de sostener ese tipo de relación con las Escrituras, una relación en la que acudimos a ella ante todo para nuestra propia comunión con Dios, para que nuestros propios pecados y deberes queden expuestos. Nunca debemos dejar que la función primordial de nuestras Biblias sea el de un libro de texto oficial del cual sacamos lo que debemos decir a otras personas. Debe ser la voz de Dios que habla a nuestros propios corazones.
Existe otro texto clave y es 2 Timoteo 3:14-17. Es un pasaje que con frecuencia se aplica a todo el pueblo de Dios, y aunque no es pecaminoso hacerlo, si miramos el lenguaje del pasaje, queda algo muy claro. Pablo le ha recordado a Timoteo la función que las Escrituras debían tener en su propia vida. Dice lo siguiente en el versículo 14: «Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes las has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras».
Ahora presten atención a estas palabras: «Las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia». Ahora, presten mucha atención a las próximas palabras: «A fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra». La raíz principal del concepto «hombre de Dios» está en el Antiguo Testamento y es el nombre o título que se da a aquellos que han sido marcados o apartados para un rol de liderazgo especial y de servicio entre el pueblo de Dios.
De manera que él está diciendo: «Timoteo, las Escrituras –que te fueron enseñadas por tu abuela y por tu madre— son un instrumento divino que te han conducido a la salvación por medio de la fe en Cristo. Pero, Timoteo, también tienen otra función, y es que después de haber sido conducido a la fe en Cristo y separado por la obra santificadora del Espíritu, debes crecer en gracia. Timoteo, debes crecer en semejanza a Cristo, en victoria sobre el pecado; debes crecer en entendimiento y en el cumplimiento de tus deberes. Timoteo, las Escrituras que fueron adecuadas para conducirte a la fe en Cristo, que fueron inspiradas por Dios, también son útiles para enseñarte, enseñarte a ti, Timoteo. Te reprenden, te corrigen, te equipan para toda buena obra. A medida que la Escritura te de forma y te moldee, serás transformado en un obrero de mayor utilidad en las manos del Dios viviente».
Hermanos, si han descuidado el hábito de leer las Escrituras de forma sistemática, con un plan para leer desde el Génesis hasta el Apocalipsis dentro de un marco de tiempo específico, ¡les pido solemnemente que comiencen hoy mismo!
No soy músico y desde que perdí la audición, no puedo escuchar música, pero una mañana, cuando mi mente estaba muy fructífera, comencé a pensar que, si fuera un israelita en los tiempos del éxodo, ¿cuál sería la tarea que como padre tendría que llevar a cabo todas las mañanas? Saldría a recoger el maná para mí y para mi familia. Entonces tenemos la horrible historia de cómo los israelitas comenzaron a despreciar el maná. Piensen en que este maná tenía toda la fibra, todos los fitoquímicos, todos los minerales, todas las sustancias que se necesitaban para que la gente estuviera saludable y bien por cuarenta años en el desierto, pero dijeron: «Este maná es muy ligero; queremos algo mejor».
En ese momento, pensé que las personas en nuestros días se comportan de una manera muy similar. Dios nos ha dado el maná, pero nosotros comenzamos a despreciarlo. Entonces, pensé, hablándome a mí mismo: «Albert, ¿por qué estás aquí? ¿Por qué bajas a tu despacho todas las mañanas y te sientas en tu sillón de cuero y coges tu Biblia?» Me vinieron estas palabras:
Estoy aquí para recoger el maná, Señor.
Vengo a alimentar mi alma.
Estoy aquí para recoger el maná, Señor.
Ahora, aliméntame y sáname.
Señor, Jesús es el maná.
En Él está todo lo que necesito.
Envía tu Espíritu a mí ahora, Oh Señor,
y de Él me alimentaré en verdad.
Porque vengo a recoger mi maná Señor,
vengo a alimentar mi alma.
Esta se ha convertido en mi oración matutina, mañana tras mañana. Cuando Dios lo hace, es una bendición. Algunas mañanas quedamos repletos, en otras nos quedamos con un sentimiento de sequedad, pero decimos, “Continuaré regularmente. No me dejaré dominar por mis sentimientos. Estoy dedicado a relacionarme con Dios, primordialmente como un hombre cristiano”.
En segundo lugar, tenemos que conservar el hábito y el espíritu de la oración secreta.
Este hábito se enfatiza en un salmo tras otro: «Oh Señor, de mañana oirás mi voz; de mañana presentaré mi oración a ti». Jesús dijo: «Entra en tu aposento; cierra la puerta». Hay un elemento de hacer las cosas deliberadamente en esa instrucción, pero perseverando en el espíritu de oración. Orando en el Espíritu y velando con toda perseverancia. Ciertamente, hermanos, si hemos de progresar en la gracia, tenemos una necesidad urgente de perseverar en el hábito del espíritu de la oración secreta.
En tercer lugar, conserva una consciencia bíblicamente instruida, lavada con sangre, irreprensible delante de Dios y delante de los hombres.
Conserva una consciencia que esté bíblicamente instruida. La voz de la consciencia ha sido corrompida por el pecado. Algunas veces, llama malo a lo que no tiene nada de malo, y algunas cosas que no son buenas, las llama buenas. Debemos llevar nuestras consciencias de manera continua a la luz de la Palabra. Las demandas de la consciencia siempre son definitivas. Nunca se debe violar la consciencia. Todo lo que no procede de fe, es pecado. Si no puedes hacer algo con la convicción de que es bueno, no lo hagas, aunque no tenga nada de malo en sí mismo. Pablo les dijo a las personas que, si al comer carne que había sido sacrificada a ídolos, aún sentían que: «No puedo comerme esta carne y separarla del ídolo. Siento que de alguna manera estoy participando en la adoración a los ídolos», a estas personas Pablo les dijo: “Ustedes tienen una consciencia débil que no ha sido instruida correctamente, pero mientras sea débil, ¡no se coman esa carne! Porque todo lo que no procede de fe, es pecado». Debemos instruir a nuestras consciencias de forma constante. Necesitan atención continua para mantenerlas sensibles.
Cuando se comienza a violar la consciencia, un callo se forma sobre esta, y es necesario llevarla una y otra vez a ser lavada por la sangre de Cristo, teniendo un corazón purificado de mala consciencia. Entonces podremos decir como Pablo en 1 Corintios 4:4: «Porque no estoy consciente de nada en contra mía; mas no por eso estoy sin culpa. No estoy diciendo que soy perfecto a los ojos de Dios, pero que yo sepa, no tengo controversia con mi consciencia actualmente». Hermanos, quiero pausar aquí por unos momentos. Es algo tan crucial. Entre otras, esta era la ambición que impulsaba a Pablo hacia delante. Hechos 24:16: «Por esto, yo también me esfuerzo por conservar siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres». En todo momento de su vida, en medio de un naufragio, en medio de la sinagoga, cuando lo apedreaban o cuando estaba sentado en la casa de alguna persona pudiente como un beneficiario de la hospitalidad cristiana y piadosa, Pablo dijo: «Donde sea que esté, a todo tiempo, me esfuerzo». Utiliza un término que está relacionado con el atletismo: «Me sujeto a una disciplina espiritual estricta para conservar una consciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres en todo tiempo». Una vez que renuncias a una buena consciencia, estás en peligro de caer en apostasía.
En 1 Timoteo capítulo 1, Pablo afirma: «Algunos han rechazado una buena consciencia y naufragaron en lo que toca a la fe». Hermanos, ¿ustedes tienen una consciencia tierna que ha sido instruida bíblicamente, lavada por sangre, irreprensible delante de Dios y de los hombres? ¿O sus computadoras los acusan y declaran que son “culpables de inmundicia”? ¿Qué sabe Dios y qué saben ustedes acerca de lo que entra por sus ojos por medio de la pantalla de la computadora? ¿Qué sabe Dios y qué saben ustedes acerca de los momentos en los que han tenido palabras ásperas para con sus esposas? ¿Acuden inmediatamente a Jesús y le piden perdón por esas palabras ásperas? ¿Buscan a sus esposas y le confiesan, “Querida esposa, he pecado contra ti, perdóname”»? Así se debe tratar el asunto. No se debe añadir un «pero». No. Cada palabra que sigue el «pero» invalida la confesión. «Pequé contra ti con palabras de enojo, pero tú me provocaste». No, no, no. Para conservar una buena consciencia es necesario admitir que hemos pecado. «He pecado. ¿Me puedes perdonar?» De esta manera se corre hacia la fuente que está abierta para lavar el pecado y la inmundicia.
Cuando has dicho algo desde el púlpito, que es una exageración, para lucir mejor ante los ojos de las otras personas, o has dicho algo que no era la pura verdad para esconder alguna carencia en tu propia vida, necesitas confesar tu pecado a Dios. Necesitas confesarlo desde tu púlpito, ante Dios y ante tu gente: «Querida gente, cuando dije esto o aquello en el sermón, hablé de una forma que me hacía lucir mejor en la situación que estaba describiendo. He pecado. ¿Me pueden perdonar por mi deshonestidad?» Conserven una consciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres.
En cuarto lugar, libren una guerra feroz con el pecado remanente.
Romanos 8:13: «Porque si vivís conforme a la carne, habréis de morir; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis». Jesús habló de cortarse la mano derecha y sacarse el ojo derecho. Hombres, les ruego que si no están familiarizados con los tres tratados de John Owen sobre la mortificación del pecado, sobre el tema de la tentación y el tema del pecado remante, obtengan ese libro y comiencen a leerlo en oración. Si pueden leerlo de rodillas en oración, léanlo de rodillas, pidiéndole a Dios que les enseñe cómo tratar con el pecado remanente, con la tentación y con la realidad del pecado que mora en nosotros de forma implacable. Luego cultiven la gracia de la semejanza a Cristo concienzudamente. Hay muchos pasajes bíblicos que tocan este tema.
Aquí debo parar. Hermanos, estos asuntos no son nada nuevo, nada sofisticado, ¡son simples! La vida cristiana se compara a una guerra, es un maratón, no un “sprint”. Que Dios nos ayude a utilizar todos los medios que Él ha señalado, para que podamos avanzar hacia lo que algún día seremos, semejantes a Él. Semejantes a Él, para siempre. Vamos a orar.
Padre, es nuestra oración que Tú tomes estos pensamientos que son de tu Palabra y que los escribas profundamente en nuestros corazones para que nosotros, como hombres, podamos ser en verdad personas que están buscando la santidad con pasión, según el modelo de nuestro Señor Jesús. Concédenos la gracia que se manifiesta tan abundantemente en Él. Concédenos, te rogamos, todo lo que necesitamos para darle muerte a nuestros pecados de manera más eficaz, para salir más victoriosos de la tentación a pecar. Ayúdanos Señor, ten misericordia de nosotros, te rogamos en el nombre de Jesús. Amén.
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Father, You have commanded us to come before Your presence with thanksgiving, to enter into Your courts with praise. We do that today, thankful for the mercies that have surrounded us already in the early hours of this day. We thank You for a good night of rest. We thank You that we’ve been able to place our feet on the floor. You have fed us with our necessary food. You have brought us safely here through the heavy New York/New Jersey traffic. We are gathered here, that we might hear Your voice. We pray for Your servant, that he may be upheld to be able to speak Your Word, truthfully, clearly, and above all in the power and the demonstration of the Holy Spirit. Thank you for each of the men gathered here in this place. We pray that each one may know what it is to sense the Holy Spirit’s ministry to his heart, that together we may fall before You in worship and praise. Hear our prayers, and meet with us we plead in Jesus’ worthy name. Amen.
You men know from the announcement found in your program that I am scheduled to preach to you on this subject: pursuing personal holiness and likeness to Christ—a primary ministerial passion. Most of you know that there are three primary colors: red, yellow, and blue. All other colors derive from different combinations of those primary colors. In these conferences, over the past years and even in the conference this year, in one way or another, one of the passions that has been set before you, men, that you ought to cultivate, is the passion to earn the reputation of being Bible-saturated, exegetically accurate, Spirit-empowered, earnest and pointed preachers of the Word of God. I hope that’s the passion of every man sitting here today called to minister the Word of God.
Surely, you want to be a Bible-saturated preacher, explaining the Bible by the Bible, illustrating the Bible with the Bible. Bible-saturated, but exegetically accurate. That is, when you stand before your people to open up the Scriptures, you are not putting into the words of Scripture what you want, you are extracting out of the word of Scriptures what God intended when He put His mind in His Holy Word. I hope that’s a passion, not just to be Bible-saturated, but exegetically accurate. Also, you need to be Spirit-empowered. That when you open up the Scriptures, and when you preach sermons saturated with the Bible, you can say with the Apostle Paul, “My speech and my preaching were not with enticing words of men’s wisdom, but in demonstration of the Spirit, and of power, that you faith should not rest in the wisdom of men, but in the power of God.” I hope you have a passion not only to be Bible-saturated, exegetically accurate, Spirit-empowered, but earnest and pointed preachers of the Word of God, that you are not just saying good things and true things into the air, but you are seeking to penetrate into the hearts and consciousness and lives of your people.
Surely, when we turn to such passages as 2 Timothy 2:15 and 2 Timothy 4, these passages are the taproots of having a passion to be that kind of a preacher. For Paul said to Timothy in 2 Timothy 2:15, “Do your utmost, continually strive to be a workman who needs not to be ashamed, handling aright the word of truth.” To explain the Bible with the Bible. In 2 Timothy 4 Paul says, “I charge you in the sight of God, and in the light of the day of judgement: preach the word; reprove, rebuke, exhort with all longsuffering and teaching. The time is coming when men will not endure sound doctrine.”
So, as I said in recent past conferences where I generally track with you during the week of your conference when I get the announcement of who’s going to preach and what’s going to preach, I trust that over the years not a few of you have become men passionate to become that kind of a preacher: Bible-saturated, exegetically accurate, Spirit-empowered, earnest, pointed preacher of the Word of God.
What I want to do today, God helping me, is to demonstrate from the Scriptures another primary passion of every man of God. What is that primary passion? It is pursuing personal holiness of heart and of life, a holiness patterned after and measured by increasing likeness to Christ.
If someone were to have stopped me in the parking lot on the way in and said, “Pastor Martin, what do you hope to accomplish as you preach today?” I would answer without reservation: “Under God and with the blessing of the Holy Spirit, I want to persuade every pastor in this conference to pursue personal holiness of heart and life, a holiness patterned after and measured by increasing likeness to Christ.” Now, how will I pursue that goal? I will pursue it under two headings.
I want to consider with you a biblical and theological basis for this passion. “Why should I have such a passion?” You have a legitimate ground to ask me that question. My answer is going to be: to give you a biblical and theological basis for having this passion, and having done that, secondly, to set before you the biblically appointed means to pursue that passion. It’s one thing to have that passion; it’s another thing to pursue it along the tracks that are laid by the Scriptures. Just as we are not free to set out what our passion should be, we are not free to determine how to pursue that passion. So, I want to set this truth before you in the time allotted to me, under those two headings.
1. The biblical and theological basis for pursuing personal holiness and likeness to Christ as a primary ministerial passion.
My basic thesis is this: the biblical and theological basis for this challenge is nothing more and nothing less than the purpose and the activity of the triune Godhead in redemptive grace. In other words, it is what God has done and is doing in His redemptive grace—not His common grace that spreads a canopy of goodwill over all men—but in His saving grace, central to the purpose and plan and working of God in redemptive grace is the matter of your holiness and my holiness; your likeness to Christ and my likeness to Christ.
One of the wonders of God’s saving mercy is that it involves the engagement of all three Persons of the blessed Trinity. When we turn to the Scriptures, we see precisely what each Person in the Godhead does in connection with our salvation. When we do that, we discover that central to the action of each Person is the design to make the recipient of that salvation like Jesus.
When the Father and the Son and the Holy Spirit in the deep recesses of eternity—we feel like fools when we talk this way, but it’s the only way we can talk—when Father, Son and Holy Spirit in the deep bowels of eternity conceived a plan to rescue man, who in Adam would fall away from God, bring mankind under the condemnation and judgement of God, and seeing the direction man would go, God purposed that a vast multitude out of every kindred, tribe and tongue of every nation would be gathered to Himself within the framework of redemptive grace in that activity of the Triune God. Father, Son, and Holy Spirit—one mind, one will, but distinctive elements of what they would do in effecting and applying that salvation—were completely united in this: that that salvation would result in coming to rebellious, hell-deserving sinners, and change them ultimately into the very likeness of Jesus Christ, both soul and body, after the pattern of the glorified Christ. Central, you see, to this salvation is that God is committed—in His Triune Being—to have a holy people.
Now, let me prove that from the Scriptures. The Scriptures make it plain that the work, the activity of election—when God sets His mind and heart upon a specific number of specific sinners to provide and to apply to them His great salvation—God the Father’s unique place in the plan of that redemption is: election.
God the Father purposes and choses our redemption
In Ephesians chapter 1 we read these unmistakable words. Ephesians 1:3, “Blessed be the God and Father of our Lord Jesus Christ, who has blessed us in Christ with every spiritual blessing in the Heavenly places; even as He [God the Father] chose us in Him [that is, in Christ], before the foundation of the world.” Here, election is attributed especially to the God and Father of our Lord Jesus Christ. When He chose us, what end did He have in view? Look at the text, “Chose us in Him before the foundation of the world, that we should be holy and blameless before Him.” So, when God’s heart was set in free, sovereign, electing love upon a people whom He would save, His purpose was choosing them that they should be holy and blameless before Him.
When we trace our salvation back as far as we can trace it with an open Bible, we come to the mystery and the wonder of God the Father’s electing grace; tied to that election was His purpose to have a people who would be holy and blameless before Him. God the Father, in His electing love and predestinating choice and purpose, was committed to have a people who would be holy. Look at a second text. I’ll be looking at two key texts under each of my headings at the mouth of two or three witnesses; let every word be established.
Turn to Romans chapter 8. We’ll break into the middle of Paul’s writing. We read in Romans 8:28, “And we know that for those who love God all things work together for good, for those who are called according to His purpose. For those whom He foreknew..” That word ‘foreknew’ means ‘those whom He loved beforehand.’ “..He also predestined to be conformed to the image of His Son, in order that He [that is, His Son Jesus], might be the firstborn, the chief among all others, among many brothers.”
Here we have a second text that indicates that when God the Father set His distinguishing love upon specific sinners, notice, it doesn’t say, “What He foreknew.” People say, “Well, God saw you would believe, and when He saw what you would do He chose you.” No. It doesn’t say, “What He foresaw,” but, “Whom He foresaw.” It is people whom He loved beforehand, those upon whom He set His free, sovereign, electing love and choice. He predestined. This is what He had in view: “When I take these guilty, vile, sinful, polluted, unclean sinners, when I am done applying to them—on the basis of the work of My Son—My salvation, they are going to be completely reflecting the family likeness with Jesus as the firstborn among His whole redeemed family.” You look at anyone of them, and you’ll say, “He looks like Jesus. Look at her; she looks like Jesus.” They shall be perfected in a holiness after the pattern of the Lord Jesus Christ.
God the Son procures our redemption by His saving acts
We move secondly, to consider the place of God the Son. God the Father purposes and choses, but it is God the Son who actually procures our redemption by His saving acts. It is by the saving acts of the incarnate Word that our salvation is procured and effected.
When the Lord Jesus came to Mary’s womb, His last words when He left Heaven were these: “A body You have prepared for Me. Lo, I come, it is written of Me to do Your will, O God.” What was in the heart of the Lord Jesus, as He envisioned leaving all of the glories and what someone has called “the trappings” of the immediate presence of God in Heaven? He came to the dark, limited confines of Mary’s womb. I’ve sought to preach on Sunday morning and focus on what it meant for Him to take a true, human soul and a true, human body in Mary’s womb. What beat in the heart of the Son of God as He grew up as a little boy, became a man, became conscious of the ministry entrusted to Him? What was the driving passion that took Him all the way to the bloody sweat in Gethsemane, to the horrific, brutal treatment of the scourging, the mocking, and ultimately the crucifixion, the darkened heavens, and the abandonment by the Father? What was the passion of Jesus? Let’s look at two passages of Scripture, and we will see as we did with the Father’s election, that holiness and likeness to Christ was central, so with God the Son.
Ephesians chapter 5. Here we see this wonderful example of how biblical doctrine and the most practical duties are wedded together in the Bible. The duties are rooted in the doctrines, and the doctrines flower in the duties. We can’t separate duties and doctrine. In the Bible they are inseparable, and God help us if we separate them in our thinking and in our ministries. Paul wants to teach husbands how to love their wives, and he reaches into one of the deepest doctrines in all of Scripture in order to tell husbands how they are to love their wives. He writes in verse 25, “Husbands, love your wives, as Christ loved the church, and gave Himself up for her.” Now, why did He love then give? He’s going to tell us. These are three purpose clauses. “In order that He might sanctify her, having cleansed her by the washing of water with the word.” “He gave Himself up.” Compressed into those three words—‘gave Himself up’—is all that Scripture tells us of all of His manifold sufferings, culminating in His abandonment and His cry of forsakenness. “He gave Himself up for her, in order that He might sanctify her, having cleansed her by the washing of water with the word.” “He gave Himself up in order to sanctify her.” That is, to set her apart from her native condition of bondage to sin, pollution in her sin, uncleanness in her sin.
Think of Ezekiel 16, when God speaks of His relationship to Israel, and found her like an unwashed newborn, with her umbilical cord not cut. Eventually Yahweh takes Israel to Himself. He cleanses her, washes her, makes her a beautiful bride. Ezekiel 16 has its shadow over this passage. But this is the central point: “He gave Himself up that He might sanctify her.” To set her apart to Himself.
Not only set apart to, but set apart from the dominion of sin, the practice of sin, the defilement of sin. What will be the ultimate issue? Look at the text. He did this, “So that [another purpose clause], He might present the church to Himself in splendor, without spot or blemish; that she might be holy and without blemish.” He gave Himself up that He might sanctify, cleanse, present to Himself a spotless, blemishless bride. This is why Jesus died. He died not only to turn away the wrath of God we deserved. He lived His perfect life not only to earn a credit on our behalf to make our entrance into Heaven a righteous act of God, but He died that He might have a holy bride, and present that bride to Himself without a spot, without a blemish. Here I must digress, because I’m preparing a message on this subject, and I just must tell my brain, “Shut down. Don’t go there. That’s not your subject for today.” If you have that trouble sometimes, preachers, I’m in it with you. But notice that this is what was envisioned by our Lord.
We find a similar emphasis in Titus chapter 2. Remember now, what I’m trying to show you is that the biblical and theological basis for my saying that pursuing personal holiness after the likeness of Christ is a primary, ministerial duty and privilege. We’ve seen that the answer to why that should be so lies in the work and purpose of the Godhead in our salvation: the Father’s election, the Son’s purchase of His bride. Titus chapter 2. Here again we see how doctrine and duty are wedded. There are few chapters in the Bible that contain more practical teaching than does Titus chapter 2. He’s talking here, notice in verse 2, telling Titus, “That this is what you’re to tell the old men.” Verse 3: “This is what you’re to tell the older women.” Verse 4, “This is what you’re to tell the younger women.” Verse 6, “This is what you’re to tell the younger men.” Notice that there is practical teaching to all these different segments of the church there in Crete.
It’s as though Titus said, “Paul, when I teach the people these things—for you’ve told me this is what I am to teach them, very specific moral and ethical instruction about how to live—what am I to tell them as to the question, “Paul, why did you teach this to Titus? Titus, why are you so painstaking in teaching us these specific patterns of life?” He is going to answer in verse 11. Here’s the reason: “For the grace of God has appeared, bringing salvation for all people, training us to renounce ungodliness and worldly passions and to live self-controlled, upright, and godly lives in our present age; waiting for the blessed hope and appearing of the glory of our great God and Saviour Jesus Christ.”
Now notice, “Who gave Himself for us.” Similar language to Ephesians 5. He gave Himself for us, why? “To redeem us from all lawlessness, and purify for Himself a people for His own possession, who are zealous for good works.” In other words, Paul is telling Titus to teach the people, “If you regard this detailed, specific instruction about how you are to live as old men, young men, older women, young women, slaves; if you are indifferent to pursuing in detail the kind of lifestyle I’m teaching you, you are treating lightly the very purpose for which Jesus died!” How can you claim to love Jesus if you are indifferent to the purpose for which Jesus died? He died to redeem us from all iniquity and to purify to Himself a people who are zealous for good works, who are living a life in which they are renouncing ungodliness and worldly passions, and are living self-controlled, upright, and godly lives in this present age.
Brethren, if that’s the purpose for which Jesus died, and you’re standing behind a pulpit Sunday by Sunday, preaching the great truths of a redemption that is brought to men based upon the Person and work of Christ, how can we preach that purpose of God in redemption for our people, if we are not fully embracing it for ourselves, where this business of being a holy man, a Christ-like man has become a passion?
God the Holy Spirit primarily applies redemption
Thirdly, let’s consider the place of God the Holy Spirit. To God the Holy Spirit, God has given the privilege of actually applying the redemption purposed by the Father and purchased by the Son. When the Holy Spirit comes to apply this salvation purposed, chosen in Christ to be Holy, purchased by Christ that He might have a pure bride, what does the Holy Spirit do? He falls in line with the choice of the Father and the purchase of the Son, and He applies that salvation in such a way that all who receive it begin to become holy men and women. When that salvation is completed, they will be just like Jesus. Look at several texts.
Turn to 2 Thessalonians chapter 2. 2 Thessalonians 2:13-15, “But we ought always to give thanks to God for you, brothers beloved of the Lord, because God chose you from the beginning to be saved.” Notice how, “Through sanctification by the Spirit and belief in the truth: to this he called you through our gospel, so that you may obtain the glory of our Lord Jesus Christ.” So then, brothers, stand firm, and hold the traditions that you were taught by us, whether by our spoken word, or by our letter.” Notice this language. When God actually calls with His effectual call those whom He’s chosen, those for whom Jesus died, they are brought into the possession of salvation through, by means of the sanctification of the Spirit and the belief of the truth.
When the gospel is preached, and as Paul says in the first letter, when that gospel comes not in word only, but in power and in the Holy Spirit and in much assurance, and that word of the gospel is believed, the Spirit in conjunction with giving the gift of faith cuts people loose from their deliberate, willful attachment to sin as their master, to the devil as their lord, to the world as their delightful companion. They are sanctified by the Spirit in the very act of the believing of the truth. If there is no belief of the truth, there’s no sanctifying work of the Holy Spirit, but where there is belief of the truth, there is the calling of God that brings the effectual call to the sinner, into the orbit of God’s sanctifying work.
I must give you the second one on the work of the Spirit. We have two witnesses. 1 Peter 1:1, “Peter, an Apostle of Jesus Christ, to those who are elect exiles of the Dispersion in Pontus, Galatia, Cappadocia, Asia, Bithynia.” As it were, bracket out those different places and read the text like this: “Who are elect according to the foreknowledge of God.” That is, God, knowing, loving, choosing ahead of time, He identifies them as elect. “According to the foreknowledge of God the Father, in the sanctification of the Spirit, for obedience to Jesus Christ and for sprinkling with His blood.” God never sprinkles a sinner with the blood of His Son without bringing that sinner into the realm of the sanctifying work of the Holy Spirit taking them out of their bondage and their submission to a lifestyle of indifference to God and His law and His ways, and setting them apart unto Himself and into the path of increasing, progressive sanctification.
Let me say now by summary and application of this first heading: why should you have as a personal passion to become a more holy man, a man whose holiness is measured by likeness to Jesus? I answer: because in the salvation of the Triune Godhead, making you a holy man is central to the entire Godhead in the planning, the executing, and the applying of our salvation. That’s pretty heavy stuff, isn’t it? That’s weighty stuff. The very fabric of our salvation is woven with the divine purpose to make us a holy people.
When we are regenerated by the Spirit of God, God does many things, but there is one thing I want to highlight. When God takes out the heart of stone—to use the language of both Jeremiah and Ezekiel in the New Covenant—when He takes out the heart of stone and He gives us a tender heart of flesh and He gives us the gift of the Holy Spirit, there’s something else He does. He impregnates our hearts with a longing and a passion to become what we will eventually be when that salvation is completed. What will we be when it’s completed? We will be conformed to the image of Christ. The longing to be completely formed—which we will one day experience—comes when we are truly converted. God puts in us a passion to be done with all sin. If we could, we would chop off one finger each day of the week if we knew we would never sin again!
God puts within us a yearning. “I want to be done with all sin. Sins of thought, sins of word, sins of attitude, sins of omission, sins of commission. O God, will I ever, ever, ever be done with sin?” God says, “Yes, my child. When My Son appears.” (1 John 3.) We will see Him as He is, and we shall be like Him. Most of us will get that in two stages: the moment we die—in a millisecond, when we breathe our last and the heart stops beating and the soul and body are separated—in that instant God will bring into us such a measure of the power of His sanctifying grace, that every last remnant down to one-tenth of ten millionth of sin will be forever and forever purged from our spirits.
In the same instant, our spirits will be infused with every single likeness to Christ. We will have every attitude, every disposition that marks the perfection of Christ. God will not only have us forever done with sin, He’ll have us clothed with all the graces of Christ so our spirits, the moment we die, join the spirits of just men made perfect. Perfect. A perfection that will grow. It will develop, but it will not increase to a new level of perfection. Perfection is perfection! What a marvelous thing to know that that will be true one day.
The problem we have is: it ain’t true now. We wish it were true now! Because our hearts are impregnated with compassion for what we will one day become, we then take seriously what the Bible tells us as to how we can make progress, moving to the goal that will ultimately be realized: perfect conformity to Christ. Most of us will get the first installment at death; those who are alive at His return will get both installments at once, when the heavens part and the voice of the archangel speaks and the trump of God blows. We will look up and the skies will be rolled up like a scroll, and we shall see our returning Lord.
He will take care of His dead ones first. “The dead in Christ shall rise.” We will see Him and say, “O Lord, when are you going to give me my glorified body?” The Lord’s going to say, “You’ve got to wait a minute. I have to take care of My dead ones first. I’m going to take care of those who died in union with Me.” Then we who are alive and remain unto the coming of the Lord shall be caught up together with them. They’re going to precede in some way I do not know, but then together we will have our glorified body, fashioned after the body of His glory. (Philippians 3:20-21.)
We have it there brethren: the entire Godhead committed to make us holy. If we are indeed those who have been effectually called into union with Christ, have been given a new heart, then for us the passion to be holy men is not thought a strange thing. Remaining sin is our greatest burden and our greatest irritation.
Rabbi Duncan was a Scottish theologian that was so knowledgeable in Semitic languages and issues related to Israel, that they gave him the title ‘Rabbi.’ He wasn’t a rabbi, but they called him ‘Rabbi Duncan.’ Rabbi Duncan said this, “You hear Christians talking and they say, ‘Well, nobody is perfect. Oh yes, I did that, but nobody is perfect.’ Those words ‘nobody is perfect’ are the hypocrite’s pillow. They are the true Christian’s bed of thorns.” “Nobody is perfect,” that’s a pillow for the hypocrite, but the true child of God says, “Nobody is perfect, and I am one of those imperfect ones. I am one of the wretched men. Who shall deliver me from the body of this death? O God, will it ever come to pass that I sin no more?” “Nobody is perfect.” Is it your pillow or is it your bed of thorns? If we are the Lord’s, and if we are in a healthy state of grace, we know what the bed of thorns is, and we long for the day when we shall be like Him and shall see Him as He is.
2. The biblically appointed means to pursue personal holiness and likeness to Christ as a primary ministerial passion.
Let me seek now to demonstrate what are the biblically appointed means to pursue this passion. If sitting here today you’re heart has resonated and you’ve said, “O Pastor Martin, I know that horrible bed of thorns. I long to be more like Christ. I long to get victory over my touchiness; I want to get victory over my lust; I want to have victory and grow in the grace of true love that bears all things, believes all things, hopes all things. What can I do to be a more holy man?” I want to lay this simple thesis before you: that God has given to us means that we need to be conscientious, consistent, and all-our-lifetime engaged in these means ordained by God to produce holiness and likeness to Christ. These things must be engaged in conscientiously. By that I mean what is governed or done according to what we know and believe is right. Once we are persuaded that a matter is right and is the will of God, we are to be committed to it conscientiously, and also consistently, holding to the same principles or practice.
I’ve said it’s a lifelong pattern too. I would like to tell you, men, that with the passing of the decades, it’s become easier and easier to live the Christian life, but if I were to tell you that I’d be a liar. The longer you’re in the way, the more the devil has to gain if He can get you out of the way, because you have a longer trail of people who know what you profess and what you preach. The stock of your ability to bring shame to Christ and dishonor to His name grows year after year after year after year. It makes the battle more intense. It makes the issue such that if we are not conscientiously consistent, committed to a lifelong pattern of this life, it is doubtful that we wouldn’t be anything more than wreckage along the highway. So, let me give you just the heads, and you’ll have to work out the details on your own. What are those things appointed by God?
Firstly, basic to everything: feeding your soul upon your Bible, simply as a Christian man for your own growth and holiness and likeness to Christ, with no conscious thought of finding food for your people.
In other words, the Bible must always be primarily God’s instrument to make me more like Christ, not just a means to tell others how to become like Christ.
Jeremiah said in chapter 15, verse 16, “Thy words were found, and I did eat them; thy words were unto me the joy and rejoicing of my heart.” Jesus prays for us, “Father, sanctify them in the truth; thy Word is truth.” Who is the blessed man described in Psalm one? “He does not walk in the counsel of the ungodly, stand in the way of sinners, sit in the seat of scoffers, but his delight is the law of the Lord; and on His law he meditates day and night. He shall be like a tree planted by the waters.” His root system goes down into the cool, refreshing, fruit-producing life of the Word of God.
Brethren, we must be committed to that relationship of the Scriptures, in which we come to them primarily for our own communion with our God, for our own exposure of our own sins and our duties. We should never have our Bibles become primarily an official textbook from which to get things to say to others, but the voice of God speaking to our own hearts.
There is one other key text: 2 Timothy 3:14-17. It is a text that is often used of all God’s people, and it’s not sinful to do it, but if you look at the language it’s very clear. Paul has reminded Timothy of the function of the Scriptures in his own life. This is what he says in verse 14, “But as for you [that is, Timothy] continue in what you’ve learned and have firmly believed, knowing from whom you learned it. And how from childhood you have been acquainted with the Holy Scriptures, the sacred writings.” Now notice, “Which are able to make you, Timothy, wise for salvation through faith in Christ Jesus. All Scripture is breathed out by God, and profitable for teaching, for reproof, for correction, for training in righteousness.” Now notice carefully the next words, “That the man of God may be competent, equipped for every good work.” The term ‘man of God,’ with its taproots in the Old Testament, is the name or the title given to those marked out and set apart for special leadership and service among the people of God.
So, he’s saying, “Timothy, the Scriptures—taught to you by your grandmother and your mother—are divine instruments that have led you to salvation by faith in Christ. But Timothy, they have another function, having been let to faith in Christ and set apart by the sanctifying work of the Spirit. Timothy, you must grow in grace; you must grow in likeness to Christ; you must grow in victory over sin; you must grow in understanding and fulfilling your duties. Timothy, Scripture that was sufficient to bring you to faith in Christ, breathed out by God, is also profitable for teaching, teaching you, Timothy. Reproving you, correcting you, training you in the life of righteousness that you, the man of God, may be competent, equipped for every good work. As Scripture shapes and molds you, you become a workman who will be more useful in the hands of the Living God.”
My brothers, if you’ve gotten out of the habit of systematically reading through the Scriptures, having some plan by which you go from Genesis to Revelation over a given period of time, I solemnly urge you to start today!
I’m not a musician, and since the loss of my ears I can’t process music, but one morning, my mind was rather fruitful. I was thinking of the fact that if I were an Israelite living in the days of the Exodus, what would I do every morning as a father? I’d go out and gather manna for me and for my family. Then you have the horrible story of how they began to despise the manna. Here they had—think of it—all the fiber, all the phytochemicals, all the minerals, all of the substances needed to keep people healthy and well for forty years in the wilderness, and they said, “Pff, this manna, this light thing. We want something better.”
I thought that’s like a lot of people in our day. God has given us manna, and we begin to despise the manna. Then, as I thought, speaking to myself, “Albert, what are you here for? What do you come down to this leather chair in your study every morning for and grab your Bible?” These words came to me: “I’ve come to gather my manna, Lord. I’ve come to feed my soul. I’ve come to gather my manna, Lord. Now, feed me, and make me whole. Jesus is all the manna, Lord. In Him there is all I need. Send me Your Spirit now, O Lord, that on Him I’ll truly feed. For, I’ve come to gather my manna, Lord. I’ve come to feed my soul.” That’s become my morning prayer, morning after morning after morning. When God does it, it’s a blessed thing. Some mornings you leave feeling gorged; some mornings you leave feeling dry, but you say, “I will consistently continue. I will not be whipped about by how I feel. I am committed to have my dealings with God’s Word primarily as a Christian man.”
Secondly, we must maintain the habit and the spirit of secret prayer.
The habit is underscored in Psalm after Psalm. “O Lord, in the morning You will hear my voice. In the morning I will order my prayer unto You.” Jesus said, “Enter your closet, shut the door.” There’s an element of deliberateness in that instruction, but maintaining the spirit of prayer. Praying in the Spirit, and watching thereunto with all perseverance. Surely, brethren, we need desperately—if we are to make progress in grace—to maintain this habit in spirit of secret prayer.
Thirdly, maintain a biblically instructed, tender, blood-washed, non-accusing conscience towards God and man.
Maintain a biblically instructed conscience. The voice of conscience has been twisted by sin. It calls come things wrong that are not wrong, and some things right that are not right. We must continually bring our conscience to the light of the Word. The claims of conscience are always ultimate. You must never violate your conscience. Whatsoever is not a faith is sin. If you cannot do a thing convinced it’s right, don’t do it, even though it may not be wrong in itself. Paul said to these people that when they would eat meat that had been offered to idols, they still felt, “There’s no way I can eat that meat and separate it from the idol. I am in some way participating in idol worship.” Paul said, “You’ve got a weak conscience. It’s not properly instructed, but as long as it’s weak, don’t eat that meat!” “For whatsoever is not a faith is sin.” We must continually have our consciences instructed. They must continually be kept tender.
Once you start saying no to conscience, you put a callus over your conscience, and you must bring it again and again to be washed in the blood of Christ, having your heart sprinkled from an evil conscience. To be able to say with Paul in 1 Corinthians 4:4, “I know nothing against myself, yet am I not hereby justified. I’m not saying I am perfect in the eye of God, but I have no known controversy with my conscience at the present moment.” Brethren, I do want to park here for just a few moments. It’s so crucial. This was Paul’s driving ambition among others. Acts 24:16, “Herein do I exercise myself to have always a conscience void of offense to God and man.” At any point in his life, in the midst of a shipwreck, in the midst of a synagogue, being pummeled with stones, sitting in a wealthy person’s home, the recipient of godly, Christian hospitality. Paul said, “Wherever I am, at all times, I exercise myself.” He uses an athletic term. “I subject myself to a strict, spiritual discipline to have a conscience void of offense to God and to man at all times.” Once you give up a good conscience, you run the danger of apostasy.
Paul says in 1 Timothy chapter 1, “Certain ones who cast off a good conscience, and if made shipwreck concerning the faith.” Brethren, do you have a biblically-instructed, tender, blood-washed, non-accusing conscience, before God and man? Or does your computer point a finger at you and say “Guilty of uncleanness”? What does God know and what do you know about what goes into your eyes from your computer screen? What does God know and what do you know when you’ve had harsh words with your wife? Do you run immediately, “Lord Jesus, forgive me for those harsh words”? Do you seek her out and say, “Dear, I sinned against you. Will you forgive me?” There you should let the issue. You can’t say, “But.” No. Everything that comes after the ‘but’ negates your confession. “I sinned against you with those angry words, but you provoked me.” No. No. No. To have a good conscience you must own your sin. “I sinned. Will you forgive me?” And you run to the fountain open for sin and uncleanness.
When you’ve said something from the pulpit that was an overstatement to make yourself look better, or you’ve said something that was not absolutely truthful in order to hide some defect in your own life, you sin needs to be confessed to God. It needs to be confessed from your pulpit. Before God and before your people. “Dear people, when I said thus and thus in the sermon, I spoke in a way to make myself look better in the situation I described. I’ve sinned. Will you forgive me for my dishonesty? Keep a conscience void of offense to God and to man.
Fourthly, wage a merciless warfare with your remaining sin.
Romans 8:13, “If by the Spirit you mortify the deeds of the flesh, you shall live.” Jesus talked about cutting off right hands and right eyes. I beg you men, if you’re not familiar with John Owen’s three treatises on the mortification of sin, on the subject of temptation and the subject of indwelling sin, obtain that book and begin to pray through that book. If you can read and pray on your knees, read through on your knees, asking God to teach you how to deal mercilessly with your remaining sin, with temptation, and with the reality of indwelling sin. Then you should conscientiously cultivate Christ-like grace. There are so many texts for that.
Now, I must desist. These are the things, brethren, nothing new, nothing fancy, nothing simple. The Christian life is likened to a warfare, to a marathon race, not a sprint. May God help us to use every God-appointed means, that we shall press towards that which one day we shall be: like Him. Like Him, forever. Let’s pray.
Father, we pray you would take these thoughts from Your Word and write them deeply upon our hearts, that we, as men, may indeed be people who are passionately pursuing holiness after the pattern of our Lord Jesus. Give us the grace that is so abundantly manifested in Him. Give us, we pray, all that we need; that we may more effectively put to death our sins, that we may more victoriously come off from temptation to sin. Help us, Lord, and be merciful to us we plead. In Jesus’ name. Amen.
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Paul’s Farewell to the Ephesian Elders (2)
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Hechos 20:33-35
En esta hora, consideraremos el ejemplo de Pablo de una labor ministerial desinteresada. La palabra «desinteresada» significa estar libre de motivos egoístas, interés personal o ambición.
1. La afirmación de Pablo (20:33)
¿Por qué había llegado Pablo hasta Éfeso para predicar el evangelio? ¿Realmente lo había hecho para ganar las almas de los que lo escuchaban para Cristo o para ganar posesiones para sí mismo? ¿Cuál era la ambición que lo había inspirado en sus labores? Él afirma que no había sido inspirado por la codicia ni por la ambición personal. Les dice a estos hombres, que habían sido testigos de su comportamiento por años, que él había estado en medio de ellos como alguien que quería lo de ellos, sino que los quería a ellos. Cuando les había predicado el evangelio, su motivación había sido un sincero deseo que se convirtieran y fueran edificados en la Palabra, y de que fueran llevados a la herencia prometida para el pueblo de Dios. Cualquier riqueza que los hermanos en Éfeso poseían no había sido un lazo para él, ni lo había seducido para que él trabajara en medio de ellos con el propósito de apropiarse de las pertenencias de ellos. Su corazón había quedado libre del anhelo codicioso de enriquecerse a expensas de ellos. Sus motivos al ministrarle habían sido completamente diferentes. Él afirma que «ni la plata, ni el oro, ni la ropa de nadie [había] codiciado».
Aparentemente, la iglesia en Éfeso comprendía un número de creyentes pudientes, algo que aprendemos de la primera carta de Pablo a Timoteo, escrita a Timoteo mientras este trabajaba allí. A pesar de esto, Pablo no tenía deseo alguno de unirse a ellos en su riqueza. No envidiaba su prosperidad ni les instó a despojarse de su abundancia, aunque sí entendió que tenía el potencial de ser un lazo para sus almas. Por lo tanto, le dice a Timoteo: «A los ricos en este mundo, enséñales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, el cual nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos. Enséñales que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, generosos y prontos a compartir, acumulando para sí el tesoro de un buen fundamento para el futuro, para que puedan echar mano de lo que en verdad es vida» (1 Timoteo 6:17-19). Como veremos más adelante, Pablo les había dado un ejemplo en estas cosas. Pero estamos adelantándonos. Aquí, dice simplemente que el ministerio que llevó a cabo entre ellos no había sido motivado por una pasión codiciosa por unirse a las filas de los ricos. Había hombres en la iglesia en Éfeso que tenían plata, oro y ropas costosas, pero Pablo declara: «Ni la plata, ni el oro, ni la ropa de nadie he codiciado».
2. Su apelación en base a lo que ellos conocían acerca de su comportamiento (20:34)
Cuando Pablo habla a estos hombres, su alegación tiene credibilidad. No teme que alguien escuchará sus palabras y pensará por dentro: «Este no es el Pablo que yo conozco». Es relativamente fácil para un hombre el hacer cualquier alegación que se le ocurra. Las palabras, después de todo, son palabras. Un ministro del evangelio puede desear que otros los perciban como alguien que está libre de motivos egoístas y hasta puede pretender que este es su caso, pero la prueba no está en sus palabras sino en su comportamiento. Nuestro comportamiento o les proporciona credibilidad a nuestras palabras o nos expone como farsantes. De cualquier manera, lo que hacemos (mucho más de lo que decimos) ejerce una fuerte influencia sobre el juicio de los que nos conocen.
Anteriormente, Pablo había dicho a estos hombres: «Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia» (20:18). Cuando consideramos esta declaración anteriormente, vimos que él había dirigido la atención de ellos a lo que personalmente conocían acerca de él. No esperaba que ellos recibieran la estimación que él les había dado de su ministerio sin considerar lo que ellos conocían por experiencia propia. No, él habló con la seguridad de un hombre que conocía que tenía una influencia sobre sus consciencias que se había ganado por medio de un ministerio honorable y fiel entre ellos. De acuerdo con los principios nobles que se manifestaban en su ministerio, había demostrado una consecuencia desde el primer día que se había unido a ellos. Nunca les había dado razón, ni siquiera por un momento, para que se preguntaran quién era él en verdad y si estaba dedicado a ellos y al ministerio que buscaba ejercer entre ellos.
Nuevamente, Pablo apela al conocimiento que ellos tienen de su comportamiento. Y lo que él quiere dar a entender es que su comportamiento le da credibilidad a su afirmación de que él no había trabajado con motivos egoístas. «Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y las de los que estaban conmigo» (20:34).
Basándonos en estas palabras, lo que podemos inferir correctamente es que él no recibió dinero ni bienes de parte de los Efesios para su sustento o para el sustento de sus compañeros, sino que se suplió esta necesidad por medio sus propias labores. Por supuesto, esta no fue la única vez que Pablo hizo esta afirmación (cf. 1 Cor. 9:1-18; 2 Cor. 11:7-12; 12:14-18; 1 Tes. 2: 1-10; 2 Tes. 3:7-10).
Pablo dice a estos hombres: «Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades». No sabemos si él les mostró las manos marcadas por el trabajo, como algunos imaginan que hizo, pero de hecho estaban marcadas por causa de unas labores que tenían el propósito de librarlo de cualquier acusación de ser ministro del evangelio por causa de la codicia. Esos callos le brindaban credibilidad a la afirmación de que «Ni la plata, ni el oro, ni la ropa de nadie [había] codiciado».
3. La lección que aprendemos del ejemplo de Pablo (20:35)
El propósito del ejemplo de Pablo que encontramos aquí, así como las otras cosas que se mencionan en este discurso, era para que ellos lo imitaran. Él insta a los ancianos en Éfeso a hacer lo mismo que él había hecho. ¿Pero qué es lo que él les insta a practicar, a ellos y a nosotros también?
Algunos dicen que él nos exhorta a renunciar el derecho de recibir apoyo financiero por el bien de los de débil fe, que pueden sospechar que tenemos motivos mercenarios y que pueden tropezar si tomamos un salario por predicar el evangelio. Esta interpretación tiene mucho a su favor porque este era el ejemplo de Pablo. Pero, si esto es lo que quiere decir Pablo, ¿qué relación sostiene esto con el dicho de Jesús que él cita en la última parte del versículo? Ahí el tema parece ser aquellos que tienen necesidad de ayuda material y no aquellos que son de fe débil.
Esto ha llevado a algunos a decir que lo que Pablo quería decir no es que tenemos que necesariamente imitar su ejemplo de trabajar para su sostén independientemente de cualquier apoyo financiero de la iglesia, sino que debemos imitar el espíritu generoso que demostró tener para con los miembros pobres y débiles del rebaño, que no podían hacer provisión para sus propias necesidades. En el asunto de la benevolencia para con los necesitados, en otras palabras, había dado un ejemplo, también en el ámbito de la prudencia en presencia de aquellos que eran débiles en la fe.
Quizás debemos preferir una combinación de ideas. Pablo quiere que estemos libres de cargo de codicia y que seamos ejemplos de generosidad desinteresada. Pero, es generalmente aceptado que Pablo aquí no está llamando a los ministros del evangelio a prescindir del derecho del sostén en todas las circunstancias. De hecho, él establece firmemente que el sostén del ministerio es un deber de las iglesias y un derecho de los que trabajan en el ministerio, especialmente los que trabajan en la predicación. Y verdaderamente, en más de una ocasión, él mismo recibió asistencia de la iglesia en Filipo, aunque al parecer nunca solicitó sus regalos.
¿Entonces, qué quiere decir? ¿Está estableciendo una norma que se debe seguir en toda circunstancia, de manera que ningún hombre debe recibir sostén de aquellos a quienes ministra? No parece ser el caso. ¿Está presentando un modelo para los esfuerzos de la labor misionera de plantar iglesias? Tal vez es esto lo que está haciendo. Hay muchos que han seguido su ejemplo en este asunto.
¿Pero existe también una aplicación legítima de los principios que se presentan en este texto para una iglesia ya establecida? No necesariamente en lo que está relacionado con el ejemplo de las labores seculares de Pablo, porque si una iglesia quiere que su pastor se entregue de lleno al ministerio, debe suponer que le dará sostén para que él pueda llevar esto acabo. Pero a pesar de esto, el ejemplo de Pablo es aún pertinente para nosotros: (1) Debemos comportarnos de tal manera que no exista sospecha de que somos hombres codiciosos que trabajan en medio del pueblo de Dios para enriquecerse, (2) Debemos ser hombres que muestren benevolencia hacia los débiles, que sean un ejemplo de amor genuino, como el de Cristo, por el pueblo de Dios, sin mandarlos a estar calientes y saciados, cuando poseemos los medios para suplir sus necesidades (Santiago 2:16).
Al principio de mi ministerio, me impresionó el ejemplo de W. A. Criswell, el difunto pastor de la First Baptist Church de Dallas. Hacia el final de su largo ministerio, el Dr. Criswell reembolsó todo el salario que había recibido a través de los años. Pocos hombres podrán hacer esto. Pero siempre he pensado que sería maravilloso poder seguir su ejemplo. Ciertamente concuerda con el ejemplo del apóstol, así como él lo describe en nuestro texto. La mayoría de nosotros no podrá hacer lo que hizo el Dr. Criswell. Sin embargo, ¿hacemos todo lo que está a nuestro alcance para que nadie tenga razón de acusarnos de codicia?
También los instó a considerar el modelo que el ejemplo de Pablo nos presenta del tipo de hombre que la iglesia debe buscar para el ministerio pastoral. La iglesia necesita ancianos cuyo caminar personal con Dios sea una razón para creer que su ministerio no será marcado por el egoísmo o la ambición egoísta. La iglesia necesita hombres que no sean motivados por la codicia sino por un deseo sincero de ver que las personas se conviertan, sean edificadas y llevadas a la herencia que ha sido prometida para el pueblo de Dios. La iglesia necesita hombres excepcionales como Timoteo, de quien dijo Pablo: «Pues a nadie más tengo del mismo sentir mío y que esté sinceramente interesado en vuestro bienestar. Porque todos buscan sus propios intereses, no los de Cristo Jesús» (Filipenses 2:20-21).
Debemos orar para que Dios levante a hombres hábiles que sean fieles, desinteresados, de espíritu generoso, cuya única ambición sea el ser agradables a Cristo. Y debemos estar alertas en la búsqueda de tales hombres para suplir la necesidad de las iglesias. Debemos poner las manos solamente en hombres como estos, para gozar a través de ellos de un ministerio bendito por Dios para la gloria de Cristo y el bien de nuestras almas.
Postdata
En este estudio hemos visto algo del retrato de Pablo como un pastor fiel y hábil. Espero que haya sido de provecho para nosotros. Al dejarlos, quiero exhortarles a recordar las cosas que han visto. Estimado hermano, haz el compromiso de ser un hombre que siga el modelo apostólico. Toma el capítulo 20 de Hechos a tu aposento de oración y pídele a Dios que te haga un imitador del ejemplo de fidelidad pastoral de Pablo. Y te insto a seguir luchando con Dios hasta llegar a ser un hombre así.
Las palabras finales de John Dick sobre el discurso de Pablo en esta ocasión son apropiadas para terminar nuestro estudio, así que con estas palabras concluiremos:
El ejemplo de Pablo nos muestra la manera en la cual todo cristiano debe tratar de desempeñar las labores que la Providencia le ha asignado. Vemos a un hombre que está enfocado en el desempeño de su deber, que es infatigable en sus esfuerzos y que actúa con las motivaciones más puras, con un valor que no desmaya, al que ninguna cuestión puede desviar ni a la izquierda ni a la derecha. ¡La mayoría de nosotros es tan diferente a él! Debiéramos sonrojar al pensar en nuestra obediencia apática e inconsecuente, del egoísmo que se mezcla con nuestras acciones…de nuestra cobardía cuando hay peligro, de la facilidad con la que nos desviamos del camino del deber para involucrarnos en alguna otra ocupación. Pero servimos al mismo Señor que Pablo servía y profesamos poseer la misma sinceridad. También son nuestras las mismas promesas de asistencia divina y el mismo porvenir glorioso para animarnos. Sintámonos avergonzados porque somos tan inferiores en cuanto al celo y la actividad. El mantener siempre a los mejores modelos, los ejemplos más perfectos ante nuestros ojos es un incentivo poderoso para esos esfuerzos que son necesarios si hemos de obtener la excelencia… [Pero] no nos propongamos imitar las pequeñas virtudes de la mayoría de los cristianos, sino las obras heroicas de Pablo y otros grandes hombres para que, aunque no esperemos igualarnos a ellos, podamos, por lo menos, alcanzar un nivel más alto de santidad que el que hubiéramos alcanzado al fijarnos en un ejemplo inferior.
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Acts 20:33-35
In this hour, we’ll consider Paul’s example of disinterested ministerial labor. The word “disinterested” means free from selfish motive, interest, or ambition.
1. Paul’s claim (20:33)
Why had Paul come to Ephesus preaching the gospel? Had he truly come to gain the souls of his hearers for Christ, or to gain their possessions for himself? Which ambition moved him in his labors? He claims that he wasn’t moved by covetousness and selfish ambition. He says to these men, who had witnessed his behavior for years, that he had been among them as one who sought not theirs but them. In preaching the gospel to them, he had been motivated by a sincere desire to see them converted, built up by the Word, and brought to the inheritance promised to God’s people. Whatever wealth was possessed by the brethren in Ephesus had not been a snare to him, enticing him so that he had labored among them so that their possessions might become his. His heart had been free from a covetous yearning to enrich himself at their expense. He had ministered to them from different motives altogether. He had, he says, “coveted no man’s silver, or gold, or apparel.”
The Ephesian church apparently included a number of wealthy believers, as we learn from Paul’s first letter to Timothy, written while Timothy was laboring there. And yet, Paul had no desire to join them in their wealth. He did not begrudge their prosperity, nor did he urge them to divest themselves of their abundance, yet he understood the potential snare that it represented to their souls. Therefore, he says to Timothy, “Command those who are rich in this present age not to be haughty, nor to trust in uncertain riches but in the living God, who gives us richly all things to enjoy. Let them do good, that they be rich in good works, ready to give, willing to share, storing up for themselves a good foundation for the time to come, that they may lay hold on eternal life” (1 Tim. 6:17-19). As we will see later, Paul had set them an example in these things; but that is to run ahead. Here he simply says that his ministry among them had not been motivated by a covetous passion to join the ranks of the rich. Men who had silver and gold and costly apparel were present in the Ephesian church; yet Paul says, “I coveted no man’s silver, or gold, or apparel.”
2. His appeal to his known behavior (20:34)
When Paul speaks to these men, his claim has credibility. He has no fear that any will hear his words and say to himself, “This is not the Paul that I know.” It is relatively easy for a man to make any claim that he wishes. Words, after all, are words. A minister of the gospel may wish to be perceived as free from selfish motives, and even claim that this is the case with him; but the proof is not in his words but his behavior. Our behavior either gives credibility to our words, or it exposes us as frauds. Either way, what we do (far more than what we say) carries the judgment of those who know us.
Earlier Paul had said to these men, “You yourselves know, from the first day that I set foot in Asia, after what manner I was with you all the time” (20:18). When we examined this statement, we saw that he directed their attention to what they personally knew about him. He did not expect them to receive his account of his ministry with no reference to what they knew by firsthand experience. No, he spoke with the assurance of a man who knew that he had a grip on their consciences gained by an honorable and faithful ministry among them. In the noble principles fleshed out in his ministry, he had displayed consistency from the first day that he came among them. He had never given them reason even for a moment to wonder who he was or whether he was committed to them and the ministry which he sought to exercise among them.
Paul now appeals again to their knowledge of his behavior. And his point is that his behavior gives credibility to his claim that he did not labor from selfish motives. “You yourselves know that these hands ministered unto my necessities, and to them that were with me” (20:34).
The correct inference from these words is that he did not receive money or goods from the Ephesians for his support, or for the support of his companions, but that this need was supplied from their own labors. This, of course, is not the only time Paul made this claim (cf., 1 Cor. 9:1-18; 2 Cor. 11:7-12; 12:14-18; 1 Thess. 2:1-10; 2 Thess. 3:7-10).
Paul says to these men, “Ye yourselves know that these hands ministered unto my necessities.” We don’t know whether he showed them his work-scarred hands, as some imagine that he did; but in fact they were scarred by labors aimed at freeing him from any charge of ministering the gospel out of covetousness. Those callouses lent credibility to his claim that he “coveted no man’s silver or gold.”
3. The lesson of Paul’s example (20:35)
Paul’s example here, as in the other things cited in this address, was for their imitation. He urges the Ephesian elders to do as he had done. But to what practice is he urging them (and us)?
Some say that he urges us to forego the right to financial support for the sake of those weak in faith, who might suspect us of mercenary motives and be caused to stumble if we take a salary for preaching the gospel. This interpretation has much to commend it, for this was Paul’s example. And yet, if this is what Paul means, what relation does this have to the saying of Jesus that he quotes in the last part of the verse? There the issue seems to be, not those weak in faith, but those in need of material help.
This has led some to say that Paul means not that we must necessarily imitate his laboring to support himself apart from any financial support from the church but that we should imitate the generous spirit that he showed toward the poor and weak members of the flock, who were unable to provide for themselves. In the matter of benevolence towards the needy, in other words, he had set an example, as well as in the area of prudence before the weak in faith.
Perhaps some combination of ideas is to be preferred. Paul would have us be free from the charge of covetousness and have us be examples of disinterested generosity. Yet, it is generally agreed that Paul does not here call on all ministers of the gospel to forego their right of support under every circumstance. Indeed, he firmly establishes the support of the ministry as a duty of the churches and a right of those who labor in the ministry, especially of those who labor in the Word. And, indeed, on more than one occasion, he himself received support from the church at Philippi, though apparently he never solicited their gifts.
What then is going on? Is he establishing a norm that must be followed in every circumstance, so that no man ought to receive support from those to whom he ministers? It does not appear that he is. Is he setting out a model for missionary church-planting endeavors? Perhaps he is. Many have followed his example in this.
But is there also legitimate application of the principles of this text to a settled pastoral ministry in an established church? Not necessarily in the example of Paul’s secular labors, for if a church wants its pastor to give himself fully to the ministry, it must expect to support him so that he can do so. And yet, Paul’s example still has this relevance: (1) that we should conduct ourselves in such a way that there will be no suspicion that we are covetous men who labor among God’s people so that we may enrich ourselves, and (2) that we should be men who show benevolence towards the weak, setting an example of genuine Christ-like love for God’s people—not ourselves telling them be warmed and be filled, when we have it by us to relieve their need.
Early in my ministry I was impressed by the example of W. A. Criswell, the late pastor of the First Baptist Church of Dallas. Near the end of his long ministry, Dr. Criswell returned all the salary that he had been given over the years. Few men will be able to do that. But I have always thought that it would be wonderful to be able to follow his example. It certainly accords with the Apostle’s example, as he has described it in our text. Most of us will never be able to do as Dr. Criswell did; however, do we do all that we can than none may justly charge you with covetousness?
I also urge you to consider the model that Paul’s example provides of the kind of men that the church should seek out for pastoral ministry. The church needs elders whose personal walk as Christian men gives reason to believe that their ministry will be unmarred by selfishness or selfish ambition. The church needs men not motivated by covetousness but by a sincere desire to see people converted, built up, and brought to the inheritance promised to God’s people. The church needs those rare men like Timothy, of whom Paul said, “I have no man likeminded, who will care truly for your state, for they all seek their own, not the things of Jesus Christ” (Philip. 2:20-21).
We must pray that God will raise up able men of a faithful, disinterested, generous spirit, who are ambitious only to be well-pleasing to Christ. And we must be vigilant to look for such men to fill the need of the churches. And we must lay hands only on such men, that we may know through them a ministry blessed by God to the glory of Christ and to the good of our souls.
Postscript
In this study we’ve seen something of Paul’s portrait of an able and faithful pastor. I hope this has been profitable to you. As I leave you, I want to exhort you to remember the things you’ve seen. Dear brother, commit yourself to being a man after the apostolic model. Take Acts 20 to your prayer closet and ask God to make you an imitator of Paul’s example of pastoral faithfulness. And I urge you to continue wrestling with God until you are such a man.
John Dick’s closing words on Paul’s address on this occasion are a fitting way to close our study, so that with these words we conclude:
The example of Paul shows us in what manner every Christian should study to acquit himself, in the station which Providence has assigned to him. We see a man intent upon the performance of his duty, indefatigable in his exertions, and acting from the purest motives, whose courage was undaunted, and whom no consideration could turn aside to the right hand or to the left. How unlike him are the most of us! Should we not blush to think of our languid and interrupted obedience, of the mixture of selfishness in our actions . . . , of our cowardice when danger occurs, of the facility with which we deviate from the path of duty to enter upon some other pursuit! Yet, we serve the same master, whom Paul served, and profess to be equally sincere. We have the same promises of divine assistance, and the same glorious prospects to animate us. Let us be ashamed, that we are so much inferior in zeal and activity. It is a powerful excitement to those efforts which are necessary to the attainment of excellence, to keep constantly in our eye the finest models, the most perfect patterns. . . . [But] Let us propose for imitation not the dwarfish virtues of the majority of Christians, but the heroic deeds of Paul and other illustrious men, that, if we cannot hope to equal them, we may, at least, rise to higher degrees of holiness than we should have attained, if we had fixed a lower standard.
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Paul’s Farewell to the Ephesian Elders (1)
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Hechos 20:32-35
Dr. Robert Martin
La última labor de Pablo como su pastor (20:32)
Pablo ha exhortado a estos hombres a cumplir su deber, instándolos a imitar su propio ejemplo pastoral. Ahora hace lo último que puede hacer, es decir, los encomienda al cuidado de otro pastor, en este caso, al cuidado del Gran Pastor. Al hacer esto, los dirige al único objeto adecuado de la esperanza y fe de ellos.
1.El deseo de un pastor fiel para el pueblo de Dios es que este sea edificado y reciba la herencia prometida.
Algunos de los mensajes más maravillosos que se han predicado jamás fueron unos sermones de despedida predicados en 1662 por pastores que fueron obligados a dejar sus iglesias en Inglaterra; hoy día este acontecimiento se conoce como The Great Ejection [La gran expulsión]. En estos discursos, que eran los últimos sermones que estos hombres predicaron a sus amadas congregaciones, ellos hablaban de las cosas que más le importaban. No hablaban solamente acerca de su amor por sus congregaciones sino también de sus deseos más fervientes para ellos. Aquí Pablo no está en una situación idéntica, pero él sabe (como dice después) que nunca volverá a ver a estos hombres. En una occasion como esta, nuestra expectativa es que él hable acerca de lo que tiene más importancia para él, es decir, sus más sinceros deseos para ellos. ¿Pero que es lo que más le importa cuando se trata del bienestar de estos hombres y de los creyentes que ellos pastorearán?
Lo que más le importaba a Pablo en esta ocasión era lo mismo que más le había importado durante los años de su propio ministerio en Éfeso. Les había declarado «todo el consejo de Dios» y había hecho esto por una sencilla razón. Su anhelo era que ellos fueran salvos, que se convirtieran, que crecieran en gracia y que al final llegaran a poseer todo lo que Dios ha prometido para su pueblo creyente. Con esa carga en el corazón, les había predicado «del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo». Les había predicado el «evangelio de la gracia de Dios». Había pasado entre ellos «predicando el reino» y no había rehuido de anunciarles «nada que fuese útil». Ahora les dice que al despedirse de ellos, su preocupación es la misma. Su mayor deseo sigue siendo que ellos sean edificados y reciban la herencia prometida.
Comienza con la imagen de una edificación, es decir, de un edificio que se está construyendo sobre un fundameto sólido, de acuerdo a un plan bueno y sabio. En este caso, estos hombres y los otros creyentes en Éfeso son el edificio. Dios es el arquitecto. Cristo es el fundamento. El Espíritu es el que edifica. El esquema [para el edificio] es la «palabra de su gracia». Ellos tienen que estar activos en lo que concierne su propia madurez, es decir, en su crecimiento en gracia, progreso en santidad y una creciente conformidad a la imagen de Cristo su Salvador. No pueden ser pasivos en este proceso. Aunque no son el arquitecto, han de seguir Su plan. Aunque no son los que edifican, son obreros que tienen que obedecer Sus instrucciones cuidadosamente. Aunque no son el fundamento, han de edificar sobre el fundamento que ha sido puesto. Con el esquema de Dios para la vida cristiana en la mano, mirando cuidadosamente sus instrucciones detalladas, con la fe fijada firmemente en Cristo el fundamento, con el Espíritu morando en sus corazones, produciendo en ellos «tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad», han de ocuparse de su salvación con temor y temblor (Filipenses 2:12).
Pablo entiende que su deber había sido el trabajar para el beneficio de ellos con este propósito. Ahora se está marchando y ellos deben tener cuidado de ellos mismos en relación con este asunto. Y deben trabajar para que este sea el caso dentro del rebaño en el cual el Espíritu los ha puesto como obispos. La santificación perfeccionada del pueblo de Dios es el gran propósito para el cual se instituyó el oficio pastoral. El anhelo de Pablo como pastor es que este propósito tenga su cumplimiento en estos hombres, y por medio de ellos, en los que ellos trabajan por salvar. Su deseo pastoral sincero es la edificación del pueblo de Dios.
La segunda ilustración es la de una herencia. Esta es una ilustración simple y familiar para nosotros. Una herencia es un patrimonio que un padre ha establecido para su hijo. Es una expresión del amor de los padres y de su resolución de que algún día el hijo llegue a poseer una gran bendición.
Dios les promete una herencia a sus hijos. Pedro se refiere a ella como algo que nos pertenece en virtud de ser hijos de Dios por medio del nuevo nacimiento (1 Pedro 1:3-5). [Esta herencia] es una patria celestial, es decir, la morada misma de Dios, con todas sus bendiciones, que poseeremos con paz y seguridad (Hebreos 11:16). Es la vida eterna (Mateo 19:29), la entrada al reposo del Padre y del Hijo (Hebreos 4:9), una ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios (Hebreos 11:10), un reino inconmovible (Hebreos 12:28), una morada en la casa del Padre (Juan 14:2). «Incorruptible, incontaminada e inmarcesible», que está «reservada en el cielo» para nosotros y para ella somos «guardados por el poder de Dios» (1 Pedro 1:3-5).
Pablo ha trabajado con ahínco para que los Efesios pudieran recibir su herencia celestial. Como Pedro, él conoce que ha sido reservada para ellos y que ellos son guardados para ella. Pero también sabe que ellos recibirán su herencia solamente al final de una vida de perseverancia en la fe en Cristo y una búsqueda seria por la santidad. En otras palabras, él comparte el ahnelo del autor del libro de Hebreos, quien escribió: «Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas» (Hebreos 6:11-12).
La preocupación de Pablo por estos amados hermanos y compañeros en el ministerio, y también por las ovejas que estaban a cargo de ellos, la misma que había sido suya desde el primer día que puso pie en Asia, era que ellos recibieran «herencia con todos los santificados» (Hechos 20:32). Su ahnelo es que ellos sean edificados en piedad y en semejanza a Cristo y que ellos sean discípulos santos de Cristo que perseveran. Esto es lo que más le importa al despedirse. Puede ser que él no vuelva a ver sus caras en este mundo, pero quiere poder verlos allá, en la patria celestial. Por consiguiente, sus palabras de despedida son: «Os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados». Consideremos también que…
2. El pastor en cuyo cuidado los deja y el medio que Él utilizará para promover su bien, es Dios y la Palabra de Su gracia.
¿A quién es que Pablo le encomienda el cuidado de estos cristianos? Sabemos que él tenía ayudantes que siguieron trabajando en las iglesias después de su partida, y que estos eran de un mismo espíritu con él. Por ejemplo, conocemos acerca de Tito, que se quedó en Creta para «[poner] en orden lo que [quedaba] (Tito 1:5). Conocemos acerca de cómo Pablo mandó a Epafrodito a Filipo (Filipenses 2:25). Y estamos familiarizados con el ministerio amplio que Timoteo emprendió bajo su tutela (Filipenses 2:19-20; 1 Corintios 4:16-17; 1 Tesalonicenses 3:1-13), en el que estaba incluída esta misma iglesia en Éfeso (1 Timoteo 1:3-4).
Pudo haberles dicho: «Os encomiendo a mi amado y fiel colaborador Timoteo. Él realmente cuidadará de vosotros. Él os recordará mis caminos, los caminos en Cristo, tal como enseño en todas partes, en cada iglesia (1 Corintios 4:17). Él os fortalecerá y alentará respecto a vuestra fe, a fin de que nadie se inquiete por causa de las aflicciones» (1 Tesalonicenses 3:2). ¿No tendrían ayudantes humanos que se unieran a ellos y les sirvieran cómo Pablo lo había hecho? Los tendrían, por lo menos por un tiempo. ¿Pero donde estaría su verdadera seguridad? ¿Había uno que los cuidaría y los guiaría cuando todo hombre estuviera buscando sus propios intereses y no los de Cristo Jesús? En realidad, sí lo habrá, y Él está sobre todo pastor de las ovejas como el Príncipe de los pastores que permanecerá en Su puesto cuando todo el que es un asalariado huya. ¡Pablo le encomienda a estos hermanos a Él!
Él dice: «Ahora os encomiendo a Dios». No hay otro pastor que puede hacer por nosotros lo que Él puede hacer y hará por nosotros. Él aumentará nuestra fe en respuesta a la oración. Nos otorgará misericordia y gracia para la ayuda oportuna (Hebreos 4:16). Él nos «perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá» (1 Pedro 5:10). Ha puesto en nuestras manos un poderoso instrumento para nuestro crecimiento, es decir, «la palabra de su gracia». El Señor mismo nos va a edificar y nos dará la herencia prometida. Él comenzó esta buena obra en nosotros y la perfeccionará (Filipenses 1:6). No hay otro que lo pueda hacer; ¡pero Él puede hacerlo y lo hara! Este es el Dios que nos santificará por completo; y preservará todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, para que sea irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. «Fiel es el que os llama, el cual también lo hará» (1 Tesalonicenses 5:23). Pablo nos encomienda al Dios que le dijo a Jacob: «He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que vayas…porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he prometido» (Génesis 28:15).
1. Basado en lo que dice Pablo aquí, debemos deducir que la santificación perfeccionada del pueblo de Dios es el propósito principal por el cual se instituyó el oficio pastoral. La meta de Pablo en Éfeso, que se refleja en su última labor como pastor a favor de los Efesios, era que ellos fueran hechos maduros y perfeccionados en la fe.
Hay muchas cosas que compiten por nuestro tiempo y energía. Hay muchas buenas causas a las que podemos dedicarnos. Pero si no nos dedicamos principalmente a llevar al pueblo de Dios que está bajo nuestro cuidado a la madurez, no hemos realizado el gran propósito para el cual Cristo nos ha hecho obispos del rebaño. Estimado hermano, con la ayuda de Dios, estás comprometido a entregarte, día tras día, a perfeccionar el pueblo de Dios? ¿Hay algo que te ha distraído de esta meta? ¿O has trazado algún otro rumbo para tu ministerio? Medita en el ejemplo de Pablo. No hay otro asunto que tenga más importancia para un pastor que el de perfeccionar a los santos.
2. Como un cristiano, ¿cuál debería ser tu preocupación principal y eso por lo que más trabajas en la vida cristiana? La respuesta es que tu preocupación principal debe ser el que tu conversión sea a fondo, que estés creciendo en la gracia y que finalmente llegues a poseer todo lo que Dios le ha prometido a su pueblo creyente.
Tu salvación final es de gran interés para Dios y seguramente lo es para ti también. Pero algo más que esto está en peligro, porque tu madurez como cristiano también significa que serás el tipo de hombre que es un instrumento útil en las manos de Dios para hacer bien a los demás. Pablo le dijo a Timoteo: «Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza; persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan» (1 Timoteo 4:16). Pablo le dice a estos hombres: «Tened cuidado de vosotros y de toda la grey» (Hechos 20:28). ¿Que pasará si descuidas tu propio estado espiritual? ¿Conocerás la bendición de Dios sobre tus esfuerzos cuando le hablas acerca de Cristo a los demás? ¿Será tu vida un adorno del evangelio, que lo hace atractivo para tus hijos, vecinos y los que te escuchan? ¿O cerrarás los oídos de los hombres por medio de tu comportamiento impío y no santificado?
Debemos estar activos en nuestro propio crecimiento en la gracia, nuestro propio progreso en la santidad, nuestra propia conformidad a la imagen de Cristo que va en aumento. No se supone que permanezcamos pasivos en este proseso. Tenemos que seguir el plan del arquitecto y obedecer las instrucciones del constructor. Con el esquema de Dios en nuestras manos, con un ojo que cuidadosamente mira las instrucciones detalladas, con nuestra fe fijada firmemente en Cristo, con el Espíritu que mora en nosotros, obrando en nosotros el querer como el hacer para su beneplácito, se nos llama al trabajo de limpiarnos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios (2 Corintios 7:1). Y esto no es solamente para nuestro propio bien espiritual sino también para que podamos ser útiles en gran manera en el establecimiento del reino de Cristo. En su despedida a su congregación en Newark, New Jersey, Edward Griffin dijo: «Cada mañana ha la decisión que el asunto más importante del día será hacer progreso hacia el cielo». Si hacemos esto, diremos en las palabras de Pedro: «Pues estas virtudes, al estar en vosotros y al abundar, no os dejarán ociosos ni estériles en el verdadero conocimiento de nuestro Señor Jesucristo» (2 Pedro 1:8).
3. En conclusión, les señaló nuevamente el único objeto apropiado para nuestra fe y esperanza. Dios puede otorgarnos colaboradores humanos, que tengan el mismo espíritu que los apóstoles, pero no debemos depositar nuestra fe en ellos. La Palabra nos encomienda a Dios. No hay otro pastor que puede hacer lo que Él puede hacer por nosotros y lo que hará. No olvidemos esto. Un hombre nos puede desfraudar o desilucionar, pero no así con Dios. Él nos edificará y nos dará la herencia prometida. No hay otro que puede hacer esto. Por lo tanto, mantengamos nuestros ojos, nuestra esperanza, nuestras oraciones enfocadas en Él. Él es el que comenzó esta buena obra en nosotros y Él la perfeccionará. Nuevamente, Griffin le dijo a su congregación:
Hermanos, los encomiendo a Dios. En Él encontrarán un amigo en la necesidad, una fortaleza en el día de la angustia. Él ha sido «un refugio para nosotros de generación en generación» y vivirá para proteger a Su pueblo cuando todas las naciones hayan muerto. En Su misericordia y cuidado, en Su poder y fidelidad, encontraremos los recursos que nunca nos faltarán…solamente en Él se ha establecido el consejo de paz. Solamente en Él se ha levantado la Iglesia y ha sido preservada hasta ahora, y por Él será preservada para siempre. La Iglesia es el objeto de Su más tierno amor…el enfoque de todos Sus cuidados…Su más preciado tesoro. «Pues la porción del Señor es su pueblo; Jacob es la parte de su heredad» (Deuteronomio 32:9). Él destruiría a todas las naciones, aplastaría mil mundos, antes de permitir que un cabello de su cabeza caiga al suelo. Los reinos de la tierra se derrumbarán, la tierra misma se desvanecerá, «los cielos se enrollarán como un pergamino» (Isaías 34:4), pero este reino permanecerá para siempre.
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Acts 20:32-35
Dr. Robert Martin
Paul’s Final Act as Their Pastor (20:32)
Paul has exhorted these men to do their duty, urging them to imitate his own pastoral example. Now he does the last thing that he can do, i.e., he commits them to the care of another shepherd–in this case to the care of the Chief Shepherd himself. And in doing so, he points them to the only proper object of their faith and hope.
1. A true pastor’s desire for God’s people, which is that they may be built up and receive the promised inheritance.
Some of the greatest messages ever preached were farewell sermons preached in 1662 by pastors forced to leave their churches in England in what is now known as The Great Ejection. In these addresses, the final sermons these men preached to their beloved congregations, they spoke of the things closest to their hearts–speaking not only of their love for their people, but also of their most ardent desires for them. Paul is not in an identical situation, yet he knows (as he says further on) that he will never see these men again. On such an occasion we would expect him to speak what was nearest to his heart, i.e., his most earnest desires for them. But what does he care about most when it comes to the well-being of these men and of the believers that they will shepherd?
What mattered most to Paul on this occasion was what had mattered most to him during the years of his own ministry in Ephesus. He had declared to them “the whole counsel of God.” And he had done this for a simple reason. He desired their salvation: that they would be converted, that they would grow in grace, and that in the end they would come to possess all that God had promised to his believing people. With this burden on his heart, he had preached to them “repentance toward God and faith toward our Lord Jesus Christ,” he had preached “the gospel of the grace of God,” he had gone among them “preaching the kingdom,” he had not shrunk back from declaring “anything that was profitable.” Now, he tells them that in parting, his burden is the same. His greatest desire still is that they may be built up and receive the promised inheritance.
He begins with the image of edification, i.e., of a building being erected on a solid foundation and according to a good and wise plan. In this case these men and the other believers in Ephesus are the building. God is the architect, Christ is the foundation, the Spirit is the builder, the “word of his grace” is the blueprint. They themselves must be active in their own maturation, i.e., in growth in grace, progress in holiness, and increasing conformity to the image of Christ their Savior. They cannot be passive in the process. Although they are not the architect, they are to follow his plan. Although they are not the builder, they are workmen who must obey his instructions carefully. Although they are not the foundation, they are to build on the foundation which has been laid. With God’s blueprint for the Christian life in hand, with a careful eye to its detailed instructions, with their faith firmly fixed on Christ the foundation, with the Spirit dwelling in their hearts, working in them to will and to do according to his good pleasure, they are to work out their own salvation with fear and trembling (Philip. 2:12).
Paul believes that his duty had been to labor in their behalf for this purpose. Now he’s leaving and they must take heed to themselves in this business. And they must labor that this is the case for all the flock in which the Spirit has made them overseers. The perfected sanctification of God’s people is the great purpose for which the pastoral office was instituted. And Paul the pastor longs that this purpose may be fulfilled in these men and through them in those for whose salvation they labor. His earnest pastoral desire is that God’s people may be built up.
The second image is that of inheritance. This image is simple and familiar. An inheritance is an estate established by a parent for his child. It expresses the parent’s love and resolve that the child one day will come into possession of a great blessing.
God promises his children an inheritance. Peter speaks of it as ours by virtue of being God’s children by the new birth (1 Pet. 1:3-5). It is a heavenly country, i.e., the place of God’s own dwelling, with all its blessings, to be possessed in peace and security (Heb. 11:16). It is eternal life (Matt. 19:29), an entrance into the Sabbath rest of the Father and Son (Heb. 4:9), a city with foundations, whose architect and builder is God (Heb. 11:10), a kingdom that cannot be shaken (Heb. 12:28), a place in the Father’s house (John 14:2). “Incorruptible, undefiled, and unfading,” it is “reserved in heaven for you” and you are “guarded by the power of God” for it (1 Pet. 1:3-5).
Paul has labored earnestly that the Ephesians might receive their heavenly inheritance. He knows what Peter knows, that it is reserved for them and they are kept for it. And yet he also knows that they will come to their inheritance only at the end of a life of persevering faith in Christ and earnest pursuit of holiness. In other words, he shares the longing of the author of Hebrews, who said, “We desire that each one of you may show the same diligence unto the fullness of hope even to the end: that you be not sluggish, but imitators of those who through faith and perseverance inherit the promises” (Heb. 6:11-12).
Paul’s burden for these beloved brethren and fellow-laborers, and for the sheep in their care, the same burden that he’s had since the first day he set foot in Asia, is that they may receive “the inheritance among all them that are sanctified” (20:32). He longs that they may be built up in godliness and Christ-likeness and that they may be persevering, holy disciples of Christ. That is what matters most to him as he takes his leave. He may not see their faces again here; but he wants to see them there, in the heavenly country. Therefore, in parting, he says, “I commend you to God, and to the word of his grace, which is able to build you up, and to give you the inheritance among all them that are sanctified.” Consider also . . .
2. The pastor into whose care he delivers them and the means that he will use for their further good, which is God and the Word of his grace.
To whom does Paul commit these Christians for safekeeping? We know that he had helpers who labored on in the churches after his departure, who were of the same spirit as the apostle himself. We know, e.g., of Titus, who remained in Crete to “set in order the things that were wanting” (Tit. 1:5). We know of Paul’s sending Epaphroditus to Philippi (Philip. 2:25). And we know of the extensive ministry which Timothy undertook at his direction (Philip. 2:19-20; 1 Cor. 4:16-17; 1 Thess. 3:1-3), including in this very church in Ephesus (1 Tim. 1:3-4).
He could have said to them, “I commend you to my beloved and faithful fellow-worker Timothy. He will truly care for your state. He will put you in remembrance of my ways which are in Christ, even as I teach everywhere in every church. He will establish you and comfort you concerning your faith, that no man be moved by afflictions.” Will there be no human helpers to come along side and serve them as Paul had? There will be, at least for a season. But where is their real safety? Is there one who will watch over them and guide them when every man is seeking his own things and not the things of Christ? Indeed there will be, and he stands above every other shepherd of the sheep as the Chief Shepherd, i.e., the Good Shepherd who will remain at his post when every hireling flees. Paul commends these brethren to him!
“Now I commend you to God,” he says. No other shepherd can do for you what he can and will do. He will increase your faith in answer to prayer. He will give you mercy and grace to help in time of need. He will “perfect, establish, and strengthen you” (1 Pet. 5:10). He has put in your hand a powerful instrument for your growth, i.e., “the word of his grace.” The Lord himself will build you up and give you the promised inheritance. He began this good work in you and he will bring it to completion. No other can do it; but he can and will do it! This is the God who will sanctify you wholly and preserve your spirit and soul and body entire, without blame at the coming of our Lord Jesus Christ. “Faithful is he that calls you, who will also do it” (1 Thess. 5:23-24). Paul commends us to the God who said to Jacob, “Behold, I am with thee, and will keep thee, whithersoever thou goest . . . . For I will not leave thee, until I have done that which I have spoken to thee of” (Gen. 28:15).
1. We should deduce from what Paul here says that the perfected sanctification of God’s people is the primary purpose for which the pastoral office was instituted. Paul’s goal in Ephesus, reflected in this final pastoral act on behalf of the Ephesians, was that they should be matured and perfected in the faith.
Many things compete for your time and energy. There are many good causes in which you can expend yourself. But if you are not chiefly given to the maturing of God’s people under your charge, you have missed the great purpose for which Christ has made you an overseer of the flock. Dear brother, God helping you, are you committed to giving yourself, day in and day out, to the perfecting of God’s people? Has something distracted you from this goal? Or have you set some other course for your ministry? Give thought to Paul’s example. There is no better business for a pastor than perfecting the saints.
2. As a Christian, what should you care most about and labor most for in the Christian life? The answer is that your primary concern also should be that you are thoroughly converted, that you grow in grace, and that in the end you come to possess all that God has promised his believing people.
Your ultimate salvation is a great concern to God and surely it is to you as well. But there is more at stake, for your maturation as a Christian also means that you will be the kind of man who will be a useful instrument in the hands of God for the good of others. Paul said to Timothy, “Take heed to thyself, and to thy teaching. Continue in these things; for in doing this thou shalt save both thyself and them that hear thee” (1 Tim. 4:16). Paul says to these men, “Take heed to yourselves, and to all the flock” (Acts 20:28). What will happen if you disregard your own spiritual state? Will you know God’s blessing on your efforts to speak to others of Christ? Will your lives adorn the gospel, making it attractive to your children and neighbors and hearers? Or will you shut men’s ears by your unholy, unsanctified behavior?
We must be active in our own growth in grace, our own progress in holiness, our own increasing conformity to the image of Christ. We are not meant to be passive in the process. We must follow the architect’s plan and obey the builder’s instructions. With God’s blueprint in our hands, with a careful eye to its detailed instructions, with our faith firmly fixed on Christ, with the Spirit dwelling in us, working in us to will and to do according to his good pleasure, we are called to the business of cleansing ourselves from all filthiness of flesh and spirit, perfecting holiness in the fear of the God. And this is not just for our own spiritual good but that we may be greatly used in the establishment of Christ’s kingdom. In his farewell to his Newark, NJ congregation, Edward Griffin said, “Settle it in your minds every morning that the chief business of the day is to make advances towards heaven.” If you do this, to borrow Peter’s words, “you will be neither barren nor unfruitful in the knowledge of our Lord Jesus Christ” (2 Pet. 1:8).
3. In closing, I point you again to the only proper object of your faith and hope. God may give you human helpers, who are of the same spirit as the apostles; yet your faith must not be in them. The Word commends you to God. No other shepherd can do for you what he can and will do. Don’t forget this. A man may fail you or disappoint you–but not God. He will build you up and give you the promised inheritance. No other can do that. Therefore, keep your eyes, your hope, your prayers focused on him. It is he who began this good work in you and he will bring it to completion. Again, Griffin said to his people,
Brethren, “I commend you to God.” You will find Him a friend in need, a refuge in times of trouble. He has “been our dwelling place in all generations” and He will live to protect His people when all the nations die. In His mercy and care . . . in His power and faithfulness, you will find resources which will never fail. . . . By Him alone the counsel of peace was established. By Him alone the Church was erected, and has been preserved to this time; and by Him it will be preserved forever. The Church is the object of His tenderest love . . . the center of all His cares . . . His most precious treasure. “The Lord’s portion is His people; Jacob is the lot of His inheritance.” . . . He would blot out all the nations, He would crush a thousand worlds, before one hair of her head should fall to the ground. The kingdoms of the nations shall fall; the earth itself shall be dissolved; “the heavens shall be rolled together as a scroll” . . . but this kingdom shall stand forever.
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Ministerial Suffering (2)
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Dr. Alan J. Dunn
Para mí ha sido un privilegio el pasarme estos días con ustedes en el ministerio de la conferencia. Una de las bendiciones de ser el último conferencista es que puedo ver cómo el Espíritu Santo ha obrado en Su soberanía para que todos tengamos mensajes diferentes, pero con muchas de las mismas observaciones. Al final de la conferencia puedo percibir que Cristo ha estado con nosotros. Cristo nos ha hablado. Él nos ha dado preciosas verdades para refrescar nuestras almas y para que las llevemos de vuelta con nosotros a nuestras congregaciones, para que podamos seguir ministrando como siervos fieles en la casa de Dios.
Sabemos que cuando Pablo llego a Corinto fue con la determinación de enfocarse en un solo mensaje y ese era Cristo crucificado, pero su responsabilidad no era solamente proclamar el mensaje. Como vimos en el primer mensaje, también tenía que ser una encarnación de este mensaje. La experiencia de sufrimiento de Pablo era parte de ser una encarnación de ese mensaje.
Pablo era un apóstol, pero los cristianos en Corinto cuestionaban su apostolado. La forma de pensar de ellos se asemejaba más a la de un corintio que a la de un cristiano. Pensaban que muchas cosas acerca de Pablo y de su ministerio eran ofensivas. No les gustaba su apariencia. Parecía un hombre débil y no atractivo. Su forma de hablar no tenía atracción para ellos. Estaban acostumbrados a los oradores refinados que se guiaban por reglas particulares para emitir su retórica, sus discursos. En lugar de ir al cine, los corintios escuchaban a los oradores y a los que se expresaban muy bien, hombres hermosos que predicaban y hablaban con elocuencia. En cambio, Pablo era un hombre feo y su forma de hablar era ofensiva. Su forma de ministrar estaba opuesta a todos los valores que se apreciaban en la cultura de los corintios.
Hoy quiero enfocarme en un aspecto particular que Pablo rechaza de la cultura en Corinto. Es el tema de la jactancia. Las personas en Corinto estaban entrenadas para jactarse de sí mismas. Tenían un espíritu de competencia. Les gustaba competir en cualquier cosa y en todo, en los deportes, la música, el entretenimiento, el discurso, la educación, los negocios. Siempre estaban compitiendo y promoviendo su persona de forma constante. Se burlaban de los perdedores. Consideraban que la humildad era una debilidad despreciable. El ganador se volvía en una celebridad. Las personas solían hacer estatuas de sí mismos, grandes retratos de sí mismos, alardeando y jactándose de sus logros, de sus hazañas, de sus personas. Estaban inmersos en lo que podríamos llamar la «egolatría», la adoración que una persona rinde a sí misma.
Hoy en día veremos cómo Pablo toma esta costumbre de jactarse y la invierte. Comienza a jactarse, pero se jacta de las cosas que avergüenzan a los corintios. Tiene una razón para hacer esto porque quiere que estén más interesados en la unión con Jesucristo, la unión en Su crucifixión y en Su resurrección.
Hemos visto que Dios les había enviado a Pablo para que este fuera una exhibición, un espectáculo. Él se compara a un gladiador que ha sido señalado como el perdedor, pero a pesar de esto, es ahí donde se encuentra la estrategia para nuestra victoria, pues es por medio de la muerte que nosotros abrazamos y experimentamos la vida de la resurrección. Pablo recibió el cargo del sufrimiento. Dios le dio gracia en el sufrimiento, o bien para librarlo del sufrimiento, como vimos anteriormente, o para darle la gracia que lo sostenía en el sufrimiento, lo cual veremos en nuestro estudio hoy. Hay muchas lecciones que podemos aprender de Pablo y de su experiencia de sufrimiento.
1) La muerte y la resurrección son realidades que se experimentan de forma simultánea en el sufrimiento cristiano (2 Corintios 4:7-12).
Al abrir nuestras Biblias en 2 Corintios 4, quiero que veamos que, en el sufrimiento cristiano, la muerte y la resurrección son realidades que se experimentan simultáneamente. 2 Corintios 4:7-12: «Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros. Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos; llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Porque nosotros que vivimos, constantemente estamos siendo entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal».
Al llegar a este punto del mensaje en mis estudios de preparación para ministrar aquí, pude percibir algo de una manera que me parecía fresca: en nuestro sufrimiento, hemos de experimentar una unión con Cristo en Su muerte, y como resultado de nuestra unión con Él en Su resurrección, simultáneamente también experimentamos la fortaleza que nos otorga la resurrección. Bien, nuestra inclinación es pensar de forma secuencial sobre el sufrimiento y la resurrección. Decimos: «Estoy atravesando por un tiempo de sufrimiento. Estoy pasando por un tiempo de aflicción y después de este tiempo, cuando se termine la aflicción, entonces Dios me llevará a un tiempo de victoria y de resurrección restaurada y renovada. Sin embargo, primero tengo que pasar por esta experiencia de aflicción». Es verdad que cuando consideramos la historia de la redención, vemos que primero se nos llama al sufrimiento y después hemos de llegar a la gloria de la resurrección.
Esto es lo que nos dice Pablo en Romanos 8:17: «si en verdad padecemos con El a fin de que también seamos glorificados con El». Primero, sufrimos con Él. Después, somos glorificados con Él. En la historia de la redención, en el desarrollo de los propósitos de Cristo en el tiempo, la realidad es que primero sufrimos y después somos glorificados. Pero en el sufrimiento ministerial, en la experiencia del sufrimiento, se nos llama a una experiencia en la cual nos identificamos con Cristo en Su sufrimiento y también nos identificamos con Él en el poder de Su resurrección. Son realidades simultáneas en nuestra experiencia como el resultado de que las dos eras se solapan, porque vivimos en el ámbito del «ya» y el «aún no». Ya se nos ha otorgado el don y el ministerio del Espíritu Santo, ya tenemos unión con Cristo, ya Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, ya hemos sido justificados, ya adoptados. Pero aún no hemos sido santificados por completo, aún no tenemos cuerpos glorificados, aún no vivimos en los nuevos cielos y en la nueva tierra. Esta tensión condiciona nuestra experiencia como cristianos y como ministros, pero también explica cómo hemos de experimentar tanto sufrimiento como resurrección en el crisol de nuestras aflicciones.
William Edwards escribe: «Pablo explica las dimensiones de la muerte y la resurrección en el ministerio como algo que no se experimenta de forma secuencial sino simultánea». En otras palabras, Pablo no describe una experiencia de muerte seguida por una experiencia de resurrección. No son momentos separados ni ocasiones distintas. Ambas experiencias están presentes al mismo tiempo.
Esto lo vemos claramente en 2 Corintios 4:10-11, donde Pablo nos proporciona el marco interpretativo que es la clave para estos aspectos opuestos que caracterizan su vida y ministerio. Toda su experiencia se encuentra resumida en estas palabras: «llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». Sigue diciendo: «Porque nosotros que vivimos, constantemente estamos siendo entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal». No es primero la muerte y después la resurrección. El patrón es siempre la muerte y también la resurrección. Pablo no describe algo que ocurre ocasionalmente sino el patrón constante que enmarca su concepto del ministerio como algo que está fundado en la muerte y a la resurrección de Cristo. En otras palabras, los tiempos de resurrección en el ministerio sólo se producen cuando vienen acompañados por experiencias que con razón se caracterizan como experiencias de muerte, pero de igual manera, no existe una experiencia de muerte que no incluya también el poder sustentador de la resurrección de Cristo para los que son Sus siervos.
No puede haber una comprensión verdadera de la experiencia de Pablo hasta que no entendamos esto. Ni tampoco entenderemos la nuestra a no ser que interpretemos la vida en el ministerio del mismo modo, como una exhibición que incluye siempre una demostración simultánea de la muerte y la resurrección de Cristo. He encontrado que este es un concepto útil y esclarecedor. Anteriormente aprendimos que somos llamados al sufrimiento y que la recompensa será nuestra gloria. Este es el fundamento esencial de la historia de la redención, pero ahora estamos aprendiendo, en esta ocasión, que tanto la muerte y la resurrección de Cristo están presentes en nuestra experiencia de sufrimiento ministerial.
Cuando en nuestro sufrimiento por Cristo somos llevados a experimentar aquello que se asemeja a la muerte, recibimos aliento inmediato porque estamos unidos al Cristo resucitado. Los únicos que están interesados en un Señor que ha resucitado son los muertos. Nadie está interesado en la resurrección sin antes morir y la resurrección no tiene efecto a menos que alguien ya haya muerto. Entonces, estas dos cosas van juntas en nuestra experiencia de sufrimiento en el ministerio. En Cristo, han pasado dos acontecimientos escatológicos. Él murió y en Su muerte llegó el final de la vida en esta era presente. También resucitó y Su resurrección conlleva el principio de la vida en la era venidera. Ambas experiencias nos pertenecen. Estamos unidos con Él en Su muerte y en Su resurrección. Damos testimonio y somos una exhibición de esta realidad en las aguas del bautismo. Nuestra unión con Cristo en Su muerte y en Su resurrección es la realidad que define nuestras vidas como cristianos y es el modelo de nuestro ministerio como pastores.
¿Saben cuál es el primer mandamiento que Pablo le da a la iglesia en Roma? La primera vez que usa un verbo imperativo en la carta a los romanos es en Romanos 6:11: «Así también vosotros, consideraos muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús». Debemos tener este mismo concepto de nuestras personas. En Cristo estamos muertos al pecado, estamos unidos a Cristo en todo lo que Él experimentó, somos odiados por el mundo. De nuevo, como consideramos la última vez, estamos unidos en todo lo que Él experimentó en su sufrimiento. Estamos muertos en Cristo, pero también estamos unidos en Él, vivos para Dios en Cristo Jesús, para que podamos vivir una vida con el poder de la resurrección y de victoria, dando fruto que se pueda cosechar para el siglo venidero, y aún ahora en este tiempo.
Notamos que, en este capítulo, Pablo nos dice en el versículo 5: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús». Entonces en el versículo 7, Pablo comienza a hablar de sí mismo como un siervo. Les dice que tiene un tesoro, y pienso que esto es una referencia al evangelio que menciona en el versículo 3. Este es el evangelio que se le ha encomendado a Pablo. Se le da como a un vaso de barro. Él mismo es el medio mediante el cual el mensaje del evangelio se comunica, no sólo por sus palabras, pero hasta por medio de su persona y sus experiencias personales en el ministerio. El evangelio es el poder de Dios que obró en la creación. El Dios que dijo «sea la luz» es el Dios que otorga la luz para que nuestros ojos sean abiertos, para que podamos ver la gloria de Dios revelada en el rostro de Jesucristo. Este es el poder de la vida, este es el poder de la resurrección. Es el poder para vencer el engaño y las mentiras que son perpetradas por el maligno. Es poder para vencer la muerte que tiene bajo su control a los no tienen ojos para ver y que perecen.
Todo lo que tenía que ver con Pablo comunicaba este poderoso evangelio: el evangelio de la muerte y la resurrección de Cristo. Pablo, como el medio por el cual se comunica este mensaje, es una demostración de debilidad, una demostración de la crucifixión, una demostración de la muerte. Es en el contexto oscuro de esta unión con Cristo en la cruz que vemos más intensa y claramente el poder y la luz y la vida de la resurrección. Lo vemos en el contraste del versículo 10 y el 11. Notemos que hay una experiencia simultánea de ambas realidades. Pablo no dice que una va primero y, en segundo lugar, la otra. Dice que ambas y simultáneamente. Identificados con la muerte de Cristo, afligidos y simultáneamente unidos en la vida de Cristo, pero no derrotados: «Perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos». Una unión simultánea con Cristo en Su muerte y en Su resurrección.
En su comentario, Scott Hafemann escribe lo siguiente acerca de este versículo: «Aquí, Pablo relaciona explícitamente su sufrimiento con la muerte del propio Jesús. En todo caso, el apóstol considera que su sufrimiento es una muerte preparada por Dios que, como la cruz de Cristo, lleva a cabo una función reveladora». La mayoría de los verbos que se encuentran en el versículo 10 son pasivos. La acción se está llevando a cabo sobre Pablo. Podemos preguntarnos quién lleva a cabo la acción. ¿Quién lleva a cabo la acción en la cual está implicado Pablo? ¿Quién ha colocado a Pablo en esta aflicción y al mismo tiempo lo sostiene para que no sea destruido? ¿Quién lleva a Pablo a tal perplejidad y al mismo tiempo lo preserva para que no sea abrumado por el desaliento? ¿Quién es el que lleva a cabo la acción, si Pablo es el recipiente pasivo de la acción? Bueno, la respuesta es la siguiente: Dios.
Estas son experiencias de sufrimiento que han sido preparadas por Dios, de tal modo que, en su contexto, el mismo Pablo, un vaso de barro, se convierte en una demostración del poder y la vida de la resurrección. A diferencia de su experiencia en Asia, que analizamos ayer, de las cuales Pablo fue librado por Dios, aunque estaba convencido de que ya estaba prácticamente muerto, a diferencia de esa experiencia, en esta ocasión Pablo es llevado a una experiencia prolongada de sufrimiento. Notemos cómo lo describe en el versículo 10. Habla de su unión en la muerte de Jesús. La palabra es «nekrosin» en el original, una palabra que a diferencia de la palabra «thanatos» (que se refiere a la muerte en sí), se refiere a un proceso de morir. Es una actividad continúa y constante que caracteriza la experiencia de Pablo. Notemos que dice: «llevando siempre» y «constantemente estamos siendo entregados a muerte». Es como si Pablo se describiera como la cruz misma de Cristo, siempre llevando consigo el cuerpo de Jesús. Su unión con Cristo en su sufrimiento es tal que él define su dolor en términos de la cruz misma.
En su comentario, C.K. Barrett afirma: «El que observaba la vida de Pablo como apóstol percibía repetidamente un proceso análogo a la muerte de Jesús». Si hubiéramos mirado a Pablo, hubiéramos visto una ilustración de algo que tenía la apariencia de crucifixión, que parecía estar derrotado. Es así como describe su persona cuando relata, en el capítulo 11 de 2 Corintios, cómo fue golpeado, azotado y apedreado varias veces. ¡Habríamos visto las cicatrices en el cuerpo del Apóstol Pablo!
Él le escribe a la iglesia en Gálatas y le dice: «Porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús». Vemos que Pablo no fue golpeado por ser Pablo. Fue golpeado por su unión con Cristo, por causa de su mensaje sobre Cristo crucificado, porque fue llamado como un apóstol para sufrir por causa de Cristo, y su sufrimiento tenía el propósito de ser en sí mismo una comunicación del evangelio de Jesucristo.
Al mirar a Pablo, habríamos visto a un hombre que estaba vivo, pero que, según todas las apariencias, debió de haber estado muerto. Cuando relata sus experiencias, no dice de como plantó una iglesia allí y habló a miles de personas acá. No, sino que dice: «Naufrague, fui golpeado, tuve hambre, en desnudez». ¡Cosas humillantes! ¡Experiencias que se asemejaban a la muerte! Sin embargo, nunca podríamos encontrar a otro hombre con más energía en lo que respecta al evangelio. Afirma: «He trabajado más que todos ellos». Un hombre tenaz, que tenía una fe, una esperanza, un amor intenso.
Podemos observar que, a medida que Pablo pasa por el sufrimiento, notemos lo que dice, mientras lleva, por así decirlo, el cuerpo de Jesús en un vaso de barro, manifiesta simultáneamente el poder de la resurrección. ¿Cuál es la razón de esta experiencia de sufrimiento? 2 Corintios 4:10: «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». De nuevo en el versículo 11: «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal». No es para que, después y en segundo lugar, podamos en alguna ocasión lejana experimentar el poder y la vida de Jesús. No. Él usa la palabra «también». El Dios que resucita a los muertos y el mismo Cristo resucitado me sostiene, me capacita y me habilita en medio del sufrimiento. ¿Cómo se manifiesta esa vida? ¿Cómo se hace visible? ¿Cómo llega a ser algo que podemos ver? ¡Por medio del hombre que persevera! Sigue adelante, sin ser derrotado, ni agobiado, ni abandonado, ni destruido.
¡Este es el reto que enfrentamos en el ministerio! El apropiarnos de la vida de la resurrección. No solamente después que hemos pasado por un tiempo de sufrimiento, sino apropiarnos de la vida de la resurrección en medio del mismo sufrimiento. Por medio de la fe, dejar claro por medio de nuestras expresiones verbales, estados emocionales, patrones de comportamiento y hacer que sea evidente que estamos vivos, a pesar del sufrimiento. Estamos vivos en Jesucristo que ha sido resucitado. Si no demostramos que poseemos esa vida, estamos presentando un evangelio distorsionado, porque como pastores, no estamos comunicando el evangelio. Nuestras personalidades transmiten el evangelio, nuestras relaciones personales transmiten el evangelio, nuestro estilo de vida transmite el evangelio. Nunca dejas de ser pastor. ¿Estás consciente de eso, verdad? Si vendieras aparatos, terminarías tu día de trabajo a las 5:00 de la tarde y dirías: «Ya no vendo aparatos. Ya me voy a casa y entro en el rol de esposo, en el rol de padre. Dejo del rol de vender aparatos». Uno nunca pone a un lado el rol de pastor. Es un estilo de vida. Es quién eres. Es un trabajo de veinticuatro horas. Tú, un vaso de barro, transmites el evangelio.
Si piensas que el sufrimiento es algo que simplemente ocurre de manera secuencial –que primero sufrirás y después gozarás del poder de la resurrección— transmitirás una visión distorsionada del evangelio. La imagen que transmitirás será una en la cual Jesús cuelga siempre en la cruz. Existe un cristianismo así. En el catolicismo romano, Cristo está siempre en la cruz y el sufrimiento llega a ser la quintaesencia de la virtud religiosa. Sí, sufriremos, pero en medio del sufrimiento estamos unidos al Cristo resucitado. No solamente mostramos a los demás a Cristo en la cruz. Lo hacemos, pero jamás sin demostrar también al Cristo resucitado y exaltado a la diestra de nuestro Padre.
Es así por la siguiente razón. En 2 Corintios 4:12 leemos: «Así que en nosotros obra la muerte, pero en vosotros, la vida». Reitero que, ciertamente, el sufrimiento de Pablo era un medio de santificación. Sin duda era un crisol que tenía el propósito de enriquecer su fe, pero un pastor, un ministro, sufre en beneficio de su congregación. El sufrimiento es un contexto en el cual somos llamados a comunicar el evangelio y a demostrar una fe viva. Tiene como su propósito el demostrar que somos vencedores, que triunfamos sobre la muerte, la oposición y el sufrimiento de este siglo presente. Nosotros también hemos de sufrir, y en medio de ese sufrimiento, es nuestro deber probar que nuestra fe es más preciosa que el oro, aunque seamos « [probados] por fuego», como nos dice Pedro en 1 Pedro 1:6.
Tenemos que entender que nuestra congregación no solo nos escucha cuando hablamos desde el púlpito, sino que también mira cómo vivimos nuestras vidas. Conoce la situación en la cual experimentamos nuestro propio discipulado y caminar con Jesucristo. Hemos de ser una ayuda para ellos. Hemos de hacerle frente a las idolatrías que caracterizan nuestra cultura, de la misma manera en que Pablo le hizo frente a las idolatrías de la cultura de los corintios. En una cultura que adora a las riquezas, en una cultura que persigue el placer, en una cultura que exalta al hombre y sus logros antes que a Dios.
Si hemos de seguir a Cristo, en esta cultura, con esos valores culturales, la oposición será parte de nuestra experiencia. Pero recordemos lo que Cristo nos dice: « Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros».
Lo primero que consideramos hoy es que la resurrección y la muerte son experiencias simultáneas en el sufrimiento.
2) La gracia de Dios es suficiente en el sufrimiento (2 Corintios 12:9-10).
En segundo lugar, al recurrir a 2 Corintios 12, vemos que la gracia de Dios es suficiente para nosotros en el sufrimiento. 2 Corintios 12:9-10: « Y El me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte».
Phillip Hughes hace el siguiente comentario: «Esta es la cumbre de la epístola, la gran cima, el elevado pico desde el cual el todo [de la epístola] se puede apreciar en sus proporciones puras. Desde este punto de vista, podemos ver y enfocar todo el campo del apostolado de Pablo».
Scott Hafeman afirma: «Así, la manifestación del poder de Cristo en la debilidad de Pablo (versículo 9b) y el consiguiente contentamiento de Pablo (versículo 10a) componen la cumbre de su argumento en este pasaje, y al hacerlo, nos proporcionan un resumen de la infraestructura teológica de 2 Corintios en su conjunto».
Los eruditos señalan este pasaje y dicen: «Así es como hemos de entender lo que Pablo le dice a la iglesia en Corinto». Esta es su motivación. Como vimos la última vez, al comenzar su primera epístola, justo en el principio, él les lleva a recordar la experiencia que lo aproximó a la muerte. ¿Por qué? Constantemente pone ante ellos representaciones de su debilidad, representaciones de sus padecimientos, y sabe que esto los incomoda. Ofende sus costumbres culturales y lo hace porque es necesario penetrar la cultura de los corintios para persuadirlos a ser seguidores de Cristo crucificado. En unión con Cristo, su experiencia es la vida del Cristo resucitado.
En el versículo 1, él lo cambia de nuevo. Ha dicho esto constantemente, pero para señalarlo más claramente dice: «El gloriarse es necesario». Ahora, para conveniencia propia podían responder: «Finalmente comienza a ser uno de nosotros. ¡Habla de gloriarse!» Para los corintios, él se ha hecho un corintio, y se gloriará. Pero probablemente se han dado cuenta para este entonces que cuando Pablo dice algo así, está empleando la ironía. Lo dice sarcásticamente. De hecho, la frase «el gloriarse es necesario» podría haber sido el lema de los corintios. Es una frase que podríamos haber encontrado pegada a un carruaje, como una pegatina de parachoques, al caminar por la calle principal de corintio. Era uno de sus valores culturales, la idea de que para llegar a ser alguien, tienes que jactarte de ti mismo. Tienes que presumir de tu persona. Tienes que buscar tu propio beneficio.
Pablo dice: «Bién, seguiré gloriándome». Reecordemos que él termina el capítulo 11 con una letanía de [sus sufrimientos], había sido golpeado, apedreado, había naufragado y pasado hambre. [Hace un recuento] de todos los acontecimientos que lo llevaron casi hasta la muerte. Entonces dice: «Está bien, voy a decir algunas cosas más sobre el gloriarse». ¿Cuáles son las cosas que menciona? «Recibí una visión». Al llegar a este punto, [los corintios] le hubieran brindado toda su atención, ya que los falsos profetas pretendían tener visiones. « ¿Qué nos contará Pablo acerca de su visión? ¿Qué nos dirá acerca de su visión?» La respuesta es nada. Nada. Incluso, empieza hablando de sí mismo en tercera persona. Dice: “conozco a un hombre”. Pero nos damos cuenta más tarde que habla de sí mismo. Él no recuenta lo que vio. Dice que oyó palabras, pero no registra ni una sola de las palabras que Jesús le habló en esa visión. Pero cuando llegamos al versículo 9, vemos que comparte cada palabra que Jesús le había dicho en el contexto de su sufrimiento. Esto hubiera confundido mucho a los corintios. Esperaban que Pablo guardara silencio sobre su sufrimiento y que recontara todo lo que Jesús le había dicho en su visión, pero hace todo lo contrario.
Dice que esto es necesario para que pudieran conocer a los falsos profetas que pretendían tener visiones. Les cuenta que conocía a un hombre que tuvo una visión. Sí, era él mismo. Pero les deja saber que no les predicaría acerca de su visión. ¿Sabías que Pablo nunca predica sobre nada de lo que él vio en esa visión? Nunca comienza una de sus predicaciones diciendo: «Tengo unas palabras de Jesús para ustedes que recibí cuando tuve la visión». Nunca les dice eso. Él predica del Antiguo Testamento sobre la historia de la redención. Utiliza la experiencia de su encuentro con Jesús en el camino hacia Damasco. Es interesante notar que cuando Pablo habla acerca de Jesús, se refiere a Jesús en Su glorificación. Pablo nunca conoció a Jesús en Su humillación. Se encontró con Él en el camino hacia Damasco y su cristología es la más sublime.
También utiliza las tradiciones de la iglesia primitiva sobre la vida y los dichos de Jesús, pero nunca predica basándose en su visión. Para cerrar la boca de los falsos profetas, era necesario decir: «Tuve una visión». Ellos esperan que él comparta lo que Jesús le había dicho en esa visión. Pero él dice: «No me es permitido decirlo, pero les contaré lo que Él me dijo en respuesta a mis oraciones». Él registra esas palabras y ellos escuchan estas palabras y el contexto es que Pablo es un vaso de barro: el apóstol débil, feo y angustiado.
Sabemos que en el versículo 7, Pablo habla acerca de una espina en la carne. Dice: «Y dada la extraordinaria grandeza de las revelaciones, por esta razón, para impedir que me enalteciera, me fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca». ¿Qué era esa espina en la carne? Bueno, algunos dicen que era un mensajero de Satanás, un ángel de Satanás. ¡Un demonio! Otros dicen: «No. La espina en la carne de Pablo eran los falsos apóstoles. Los enemigos que se habían infiltrado en la iglesia en Corinto». Hay otros que dicen que no, que era una enfermedad física crónica de algún tipo, quizás migrañas o tal vez sus problemas de visión (anteriormente, le había dicho a los corintios que ellos le hubieran dados sus ojos, si hubiera sido posible). En verdad no sabemos en qué consistía esta espina en la carne. Esta mañana, durante el desayuno, el pastor Jeff Smith y yo estábamos hablando y él hizo el siguiente comentario: « ¡Es bueno que no sabemos cuál era esa espina en la carne!» Todos nos podemos identificar con ella porque no se identifica cómo algo específico. Permite que todos le hagamos frente a nuestra espina, cualquiera que sea.
Esta espina hizo que Pablo sufriera por más de catorce años, porque en el versículo [2] él dice: «Hace catorce años que recibí esta visión». Nos dice que cuando le fue dada la visión, también le fue dada la espina. ¿Cuál era la lección, la razón? Se repite dos veces en el versículo 7. Recordemos que cuando se repite algo en las Escrituras, es para darle énfasis. No tenían letras cursivas. No tenían letras negritas. No podían aumentar el tamaño de la letra a un número 14 o utilizar mayúsculas. Por esta razón, usaban la repetición para hacer que se escuchara el énfasis. Nos dice por qué se le había dado esta espina. Es algo que forma parte de la esencia misma de lo que él le está transmitiendo a la iglesia en Corinto. ¿Por qué? «Para impedir que me enalteciera. Para que con toda certeza yo nunca llegue a ser como los de Corinto, lleno de jactancia y vanagloria. Para mantenerme en una postura de humildad».
Notemos nuevamente que esta espina fue dada a Pablo. Era un mensajero de Satanás, pero fue dada a Pablo. ¿Quién se la dio? Dios. Dios es quién se la dio. Es como el caso de Job. Satanás tenía libertad para ocasionar todo el tipo de sufrimiento que le fue dado a Job. También se asemeja a la experiencia de Cristiano al entrar en la casa del intérprete. Un pequeño rayo de luz sale de la puerta abierta y alumbra su camino. Puede escuchar el rugir de los leones y sentir el viento de las garras que se acercan a su cabeza, pero sabe que están atados, sujetos a los propósitos soberanos de Dios. [Le resulta difícil] superar el temor y caminar a lo largo de esa luz tan tenue, recta y estrecha, mientras se acercan las garras de los leones. Sin embargo, él busca la obediencia, persevera y sigue adelante.
Esta espina se otorga de la misma manera. Es designio del maligno. Es mala, pero se le da a Pablo para impedir que se enaltezca. La lección es la humildad. Humildad. Es crucial que los hermanos en Corintio entiendan esto y es crucial que los que estamos en el ministerio entendamos esto.
Hermanos, podemos tener una actitud cómo la de los corintios y la de los norteamericanos. Nuestras preguntas son: «¿De cuál escuela te graduaste? ¿Cuánta gente hay en tu iglesia? ¿A cuántas conferencias te han invitado?» En breve, existe una competencia entre nosotros y Pablo dice que esta no es la forma de jactarse en el reino. Dice: « ¿Quieren que me jacte? Les contaré acerca de cómo la gracia de Dios me sostuvo en mis sufrimientos. Me jacto en la cruz de Cristo». Es una lección de humildad. Necesitamos entender, hermanos, el poder del evangelio, el poder del evangelio de Dios que transforma vidas no tiene poder en el contexto del orgullo humano.
«Porque así dice el Alto y Sublime que vive para siempre, cuyo nombre es Santo: Habito en lo alto y santo, y también con el contrito y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los contritos» (Isaías 57:15).
«Pero a éste miraré: al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra» (Isaías 66:2).
Pablo es un vaso de barro. Esto significa que es un vaso barato, que se rompe fácilmente. Puede ser reemplazado. Si se rompe un vaso de barro, se tira y se reemplaza con otro. Pablo era un vaso de plástico. Cuando se termina de usar, se tira a la basura. A pesar de esto, en ese vaso de plástico se encuentra el agua de vida, la comunicación del evangelio.
Timothy Savage tiene un libro muy útil cuyo título es Power Through Weakness: Paul’s Understanding of the Christian Ministry in 2 Corinthians [Poder por medio de la debilidad: el concepto del ministerio cristiano que Pablo muestra en 2 Corintios]. Escribe: «Donde hay orgullo y arrogancia no puede haber, por definición, poder divino». Igual que su Señor, que oró tres veces en el Getsemaní, en el versículo 8 Pablo le implora al Señor tres veces. Después de la tercera vez que hace su petición, llega a la conclusión que Cristo le otorga, versículo 9: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad». La palabra «basta» significa que es «adecuada, satisfactoria». En otros lugares, esta palabra se traduce como «contento». Podemos encontrar un sinónimo de esta palabra en 2 Corintios 3:5-6: «No que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios, el cual también nos hizo suficientes como ministros de un nuevo pacto». Somos adecuados por medio de la gracia, la gracia que nos es suficiente, la gracia en la cual podemos estar contentos y satisfechos.
Pablo se da cuenta que este mensajero de Satanás, cualquiera que sea esta espina, es algo que Dios ha planificado en su vida, como su Padre celestial, para instruirlo en la humildad que es conforme a la semejanza de Cristo. ¿Has pensado alguna vez que no hubo nadie más humilde que Jesucristo? No hay hombre que haya sido más humilde que Jesucristo. Es Jesús quién dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas». Tomad el discipulado sobre vosotros y aprended [a tener] el corazón de Cristo. El Señor, su Padre, le está enseñando a [tener] el corazón de Cristo. Le está enseñando la humildad que conforme a la semejanza de Cristo.
La lección se otorga como una verdad axiomática, indiscutible, inquebrantable: «Mi poder se perfecciona en la debilidad». El poder cumple sus propósitos, alcanza su meta en el contexto de la debilidad. El poder del que se habla aquí es el poder del Señor. Existen algunas traducciones que incluyen el pronombre personal: «Mi poder se perfecciona en la debilidad». Sabemos que se refiere al poder de Cristo porque al final del versículo 9, se hace un paralelismo con el poder de Cristo. El axioma se puede expresar de la siguiente manera: Cristo demuestra Su poder en y por medio de siervos débiles, humildes y obedientes. Pablo se presenta a sí mismo como una demostración de esta verdad y ya le ha recordado a los corintios su propia debilidad personal.
Pero también les ha señalado a los corintios y les ha recordado la debilidad de ellos mismos. En 1 Corintios 1:26, les dice, en otras palabras, que miren a su alrededor a los que estaban con ellos en la congregación, que miren a quienes Dios había escogido: los débiles, necios, viles, despreciados, ¡«lo que no es»!
Pablo señala a la cruz de Jesucristo de manera especial. Ahí encontramos una ilustración de la debilidad. Tomemos una foto. ¡Miremos a Dios! Está maltratado, sangrando, lleno de moretones, desnudo, clavado en una cruz. Hay algo en nosotros que dice: «¡Señor, baja de ahí! ¡Esto es vergonzoso, débil, indignante, repugnante!» Pero es esencial para la comunicación del evangelio, para que nuestra salvación sea efectuada. Este es el calcañar de la simiente de la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente. Cuando el calcañar empieza a hundirse en la cabeza, los colmillos de la serpiente también entren en el calcañar y toda la imagen se embarra de sangre. Al principio, solamente vemos la sangre que emana del calcañar de la simiente de la mujer, pero después de tres días podemos oír que el cráneo de la serpiente comienza a agrietarse, porque este calcañar le pertenece al Cristo resucitado. En el poder de la resurrección, el calcañar le arranca la cabeza a la serpiente, el cráneo se hunde, y Cristo triunfa en la gloria de la resurrección.
Este es el método del Cordero. Es el método del ministerio cristiano. Es el método del discipulado cristiano. Es la manera en la que se nos llama a vencer. Es la manera en la que somos más que vencedores. Pablo sabe que esta es la forma en la que obra el poder de Dios. ¡Así es como obra el poder de Dios! Cuando él acepta, en humildad, la aflicción y la tribulación que viene de afuera, incluso cuando esa aflicción se pudiera considerar, con razón, como algo demoníaco por su energía, engaño y sus mentiras, incluso cuando se tiene que enfrentar, de forma muy inmediata, a la misma muerte. En esa debilidad, él entiende que se le otorgará la gracia divina y el poder divino y que causará en él la vida de la resurrección, o bien librándolo del peligro o sosteniéndolo [en medio de] ese peligro, o resucitándolo cuando haya muerto por causa de ese peligro. Porque, como sabemos, sí llegó un momento en el que la cabeza de Pablo fue separada de su cuerpo. [En ese momento], no fue librado de la muerte, pero recibió sostén en la muerte hacia la gloria de la resurrección.
Entonces esto es lo que Pablo dice en el versículo 9. Ayer, el Pastor Martin y yo meditamos sobre este asunto brevemente. Es algo muy difícil. [¿?]
Entonces Pablo afirma: «Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Corintios 12:10)».
«¡Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande! ¡Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos!» (Mateo 5:11-12).
¡Regocíjense! Hermanos, esto es difícil para mí. Necesito el poder de la resurrección en lo que concierne mi obediencia emocional a Jesucristo. El sufrimiento, bien. La frustración, bien. Las desilusiones, bien. Sé que todas estas cosas son parte de este camino y las sufro de buena gana. Pero espera un momento. ¡Regocíjate! ¿De veras? «[Señor], proporcióname sentimientos que sean según la resurrección. Líbrame de los pecados ministeriales de la queja crónica, la frustración crónica que no se aprovecha del poder y la gloria de nuestro Salvador resucitado».
Pablo dice: «Voy a jactarme alegremente delante de ustedes. Pondré una sonrisa en mi rostro y gustaré de la vida de la resurrección en mis emociones. Me jactaré de mis debilidades, no de mis logros, sino de mis debilidades. Porque este es el contexto en el cual el poder de Cristo mora en mí». Ahora, aquí tenemos una palabra interesante. La palabra «mora» es la palabra «tabernáculo». Es un sustantivo, «tabernáculo», que se ha convertido en un verbo. El poder de Cristo [hace un tabernáculo] en mí. En mi debilidad, en mi unión con el Cristo resucitado, en verdad soy transformado en un templo del Dios vivo. Me convierto en una tienda, ¡un tabernáculo en el cual está presente el Dios vivo! Cuando Él está presente, yo [recibo poder].
Algunas veces pienso en los israelitas mientras cruzaban el desierto y la presencia de Dios moraba en el tabernáculo. Era evidente que Dios estaba en el tabernáculo con los israelitas durante el día porque había una gran columna de nube que subía desde el tabernáculo hasta el cielo. Era evidente que la presencia de Dios estaba en el tabernáculo con los israelitas durante le noche, porque había una gran columna de fuego que subía del tabernáculo hasta los cielos.
Me imagino a los enemigos de Israel observándolos desde lejos, buscando un tiempo oportuno para atacarlos. Uno de ellos mira al otro y dice:
«Parecen vulnerables, pero que hace esa gran columna en medio de ellos? ¿Qué es eso? Nunca antes he visto algo así».
«Bueno, parece una nube, esperemos y regresemos de noche. Vamos a ver si podemos hacerles una emboscada entonces».
Regresan y la columna de nube se ha convertido en una columna de fuego. Miran sus lanzas y no se atreven a acercarse. Dios está con [su pueblo]. ¡Su Dios les otorga poder! Verdaderamente, pronto las naciones aprendieron que el Dios de Israel destruía a cada enemigo que Israel enfrentaba, porque Él [moraba] con ellos.
Esto es lo que nos dice Pablo. ¿Quieres que Dios more contigo? ¿Quieres que Dios more contigo, que more en ti? Entonces, acepta su método en el ministerio:
« Por eso me complazco en las debilidades… porque cuando soy débil, entonces soy fuerte».
Notemos que Pablo no dice: «Sí soy débil», sino que dice: «Cuando soy débil». Sigue en el versículo 10: «Por eso me complazco en las debilidades». La palabra «complazco» significa que piensa bien de ellas, que la valora como algo bueno. Considero que es otro sinónimo de la palabra «basta» en el versículo 9, esa suficiencia que Dios nos da para ser siervos del nuevo pacto en el capítulo 3:5-6. Nuevamente, Pablo enumera las cosas que hubieran sido ofensivas o repugnantes para los corintios. La debilidad, los insultos, la angustia, la persecución, las dificultades, todo por amor a Cristo, en unión con Cristo, y con la experiencia del poder de Cristo. Este es el poder, es esta palabra que tenemos aquí, «poder». El poder de la resurrección. «Mi poder». El poder que el Cristo resucitado les otorga a Sus siervos humildes, débiles, creyentes y obedientes.
Aplicación
¿Qué podemos decir como aplicación al concluir nuestro estudio?
1. Evitemos los métodos de enfrentar el sufrimiento que no son bíblicos ni cristianos.
La primera aplicación es esta: hermanos, evitemos los métodos de enfrentar el sufrimiento que no son bíblicos ni cristianos, especialmente aquellos de ustedes hermanos que trabajan en un ambiente en el cual el catolicismo predomina. Tu congregación queda expuesta a una perspectiva tergiversada del sufrimiento. La cultura al su alrededor transmite la idea que el sufrimiento, en sí mismo, es virtuoso y que cuando hay más sufrimiento, hay más virtud. Este concepto no es bíblico. El sufrimiento, por sí mismo, no es único al cristianismo! Sufrir como cristiano, sufrir en semejanza a Cristo, de manera cristiana— es sí es único. En muchos sentidos, la experiencia del sufrimiento es común a todos los hombres en nuestro estado caído, pero se nos llama a ciertas dimensiones de sufrimiento por amor a Cristo que son únicas. Necesitamos una perspectiva bíblica de esta experiencia de sufrimiento.
No enfrentamos el sufrimiento como los estoicos, buscando obtener dominio propio, el poder del pensamiento positivo y evadiendo cualquier angustia o dolor emocional. Esto no es lo que Pablo expresa. No es lo que David expresa cuando leemos los salmos. Sabemos que David sufre dolor. ¿Por qué? ¡Él clama! Expresa su angustia. Él sufre. No se cauteriza a sí mismo, no se vuelve insensible e incapaz de sentir dolor verdadero. Cuando sufrimos, ¡nos duele! Cuando pasamos por trauma, es traumático. Cuando tenemos necesidades, clamamos a Dios. No reprimimos estas cosas sino que las expresamos.
Cuando mis hijos eran pequeños y ocurría una tormenta eléctrica, yo sabía que estaban en cama, temblando entre las sábanas. No subía y les decía: «No tengan miedo, ¡cobardes de tres años!» No. Más bien les repetía el salmo: «El día en que temo, yo en ti confío». Hay muchas cosas en la vida que ocasionan temor. No le enseñamos a nuestros hijos a no tener miedo. Les enseñamos a ser obedientes aun cuando sienten temor. Tienes que poner tu confianza en el Señor y clamarle a Él. No cauterices tus emociones. Tienes que pedir que se te otorgue el gozo del poder de la resurrección en medio de la debilidad.
Por otro lado, no debes desarrollar un complejo de mártir que hace del sufrimiento el epítome de la virtud religiosa. Notemos que Pablo dice: «Cuando soy débil». Y no dice: «Sí soy débil». Si Pablo hubiera dicho «sí» soy debil, nos hubiera dejado con la impresión de que debemos buscar el sufrimiento, porque si no somos débiles, entonces no gozaremos de la comunión con el Salvador resucitado. De alguna manera, [esto haría] que la comunión con el Salvador resucitado dependa de que seamos débiles y suframos. Él no dice que debemos buscar el sufrimiento de forma activa, porque si no somos débiles y no estamos buscando el sufrimiento, entonces no gozaremos del poder de la comunión con Cristo quien mora con Su pueblo. No. No hemos de desarrollar un complejo de mártir o una teología de mártir. No hemos de buscar el sufrimiento de forma activa, pero hermanos, por otro lado, hemos de contar con el sufrimiento y que vendrá un tiempo en nuestras vidas cuando sufriremos.
La decisión de cómo sufriremos por Cristo no es nuestra. No tenemos la opción de escoger el tipo de sufrimiento que Cristo nos traerá y en el cual nos dirá que quiere que comuniquemos el poder de la resurrección en el contexto de ese sufrimiento que ha planificado para nuestras vidas. No tenemos la opción de escoger esto. No podemos acercarnos a Cristo y decirle: «Señor, no quiero este tipo de sufrimiento. Prefiero otro tipo de sufrimiento». Él nos dice que no, que debemos ir por el camino por el cual Él nos dirige.
Algunos de nosotros somos llamados a pastorear a nuestra congregación en el contexto del dolor de tener hijos incrédulos. Nuestra congregación lo sabe. Observan la manera en la que criamos a nuestros hijos. Escuchan nuestra predicación. Miran nuestras vidas. Saben que el tener un hijo incrédulo nos rompe el corazón, y a pesar de esto, escuchan una voz que se regocija, una voz que alaba. Es en medio de ese sufrimiento que demostramos el evangelio. No lo escogimos. Tal vez hubiéramos preferido otro tipo de sufrimiento, pero ese es el camino de discipulado que Cristo ha trazado para nosotros.
Algunos de nosotros sufrimos por la experiencia de la división en nuestra iglesia local: ruptura, desunión. Como pastores, esto rompe nuestros corazones. Entramos al aposento de oración con llanto, subimos al púlpito y nuestros corazones se rompen mientras que la sangre bombea fuertemente en la vena yugular, porque nuestras emociones están tan afectadas a causa del pueblo. Estás ejerciendo tu ministerio en medio del sufrimiento cuando sabes que hay alguien sentado allí que alberga pensamientos negativos hacia ti, y otro sentado allá que tiene conflicto con ese que está por acá, y que el otro sentado atrás está formando un grupito de calumniadores y chismosos. A pesar de esto, tienes que desplegar la victoria de la resurrección, y es un camino de sufrimiento. Puede ser que tú no hubieras escogido esto. No tienes la opción de escoger cuándo vendrá el sufrimiento. No tienes la opción de escoger cómo sufrirás, pero cuando sufras, ¡ten ánimo! ¡Ten ánimo! Este es nuestro segundo punto.
Cuando seas llamado al sufrimiento, percibe en él la oportunidad de ilustrar el evangelio.
Cuando sufras, debes comprender que Dios te ha otorgado una oportunidad para ser una ilustración del evangelio y hacer que esto sea algo evidente para los que te aman y están más cerca de ti. Este es mi reto. Algunas veces puedo mostrar una paz evangélica satisfactoria en frente de la congregación, pero mi pobre esposa ve lo peor de mí. ¿Soy capaz de verdaderamente y con gozo soportar el sufrimiento de manera que sea de edificación hasta para mi esposa? Debes ver esto como una oportunidad en la que la muerte y la resurrección de Cristo deben ser desplegadas por medio de tu humanidad como un vaso de barro.
Pablo no se da por vencido con este tema. Miremos lo que dice en 2 Corintios 13:4: «Porque ciertamente El fue crucificado por debilidad, pero vive por el poder de Dios. Así también nosotros somos débiles en El, sin embargo, viviremos con El por el poder de Dios para con vosotros». Él no se cansa de buscar nuestra unión con Cristo en Su sufrimiento y en Su resurrección.
¿Cómo podemos ilustrar el poder del evangelio cuando los demás nos están observando? Porque cuando sufrimos, ¡la gente nos está mirando! Que escuchen palabras de fe de nuestras bocas, palabras de contentamiento, palabras de esperanza, palabras de confianza. Que vean que gozamos de la gracia sustentadora de Cristo. Que no vean un despliegue de enojo impaciente, resentimiento vengativo, que acusa y señala a los demás. ¡Que Dios perdone nuestros pecados ministeriales!
El pueblo de Dios y los inconversos están observándonos cuando se nos coloca en el crisol de la aflicción. Dios nos está dando una oportunidad para ser derramados como un sacrificio a favor de otros, para que nuestras vidas y no solamente nuestra predicación, sino que nuestras vidas sean una comunicación del evangelio para el beneficio de los demás. Para que podamos decir: «Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos». Demostremos y declaremos el glorioso evangelio de Jesucristo en medio de nuestro sufrimiento.
Acerquémonos a Cristo en adoración.
Acércate a Cristo en adoración enérgica, porque es en medio de tu debilidad que Cristo mora contigo. Él está en el tabernáculo. Este es el lenguaje de la adoración. Es el lenguaje de la alabanza. Es el privilegio de acercarnos a Cristo, que está sentado sobre Su trono, e inclinarnos delante de Él en adoración y alabanza.
Creo que muchos de nosotros podemos dar testimonio de que verdaderamente nunca hemos gozado de la dulzura y el consuelo y la misericordia de Cristo más que cuando se nos ha conducido al crisol de la aflicción, en tiempos de sufrimiento intenso. ¿Por qué? Porque Él mora con nosotros. Cuando estés sufriendo, no huyas de Él. No trates de manejarlo todo por ti solo y después no te aires porque no puedes controlar la situación. No te enojes, culpando este o aquel o aquello que te ocurrió cuando tenías seis años. Pon los ojos en Cristo y goza de la presencia de Su Espíritu que mora en ti. Anímate al comprender que tu Padre te está llevando a la conformidad con Su Hijo, que te está conduciendo en el camino del Cordero, conformándote a Cristo en Su sufrimiento y en el poder de Su resurrección. Entonces en todas estas cosas, somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Amén.
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You know that when Paul came to Corinth he determined to focus upon one message, and that is Christ crucified, but he was not only responsible to proclaim the message. As we saw yesterday, he is also to embody the message, as well. Part of the embodiment of that message included Paul’s experience of suffering.
Paul was an Apostle. His apostleship was being questioned by the Christians at Corinth. They were thinking more like Corinthians than like Christians. They were offended at many things about Paul and his ministry. They didn’t like the way he looked. His appearance seemed weak, unattractive. They didn’t like the way he spoke. They were used to polished orators with particular rules that they followed to give their rhetoric, their speeches. Instead of going to movies, Corinthians would listen to orators and great speakers who were beautiful men, and who preached or spoke with eloquence. Paul was an ugly man, and his speech was offensive. The way Paul ministered was in contrast with all the values that were esteemed in Corinthian culture.
Today we want to focus on one particular aspect of Corinthian culture that Paul goes against. It’s this aspect of boasting. The Corinthian was trained to brag about himself. He was competitive. He would compete in everything and anything: sports, music, entertainments, speech, education, business. He was constantly competing, constantly promoting himself. Losers were mocked. Humility was seen as despicable weakness. The winner was made a celebrity. People would make statues of themselves, big portraits of themselves, bragging and boasting about their accomplishments, about their achievements, about themselves. They were involved in what you could call ‘self-olatry,’ the worship of self.
Today, especially, we’re going to see Paul take this practice of boasting, and turn it on its head. He begins to boast, but he boasts about the things that embarrass the Corinthians. He has a reason to do that, because he wants to draw them into their union with Jesus Christ in His crucifixion and in His resurrection.
We saw that Paul was given by God to be an exhibit, to be a spectacle. He compares himself to the gladiator who has given the thumbs down as the one who is defeated, and yet in that is the strategy of our victory; for it is through death that we embrace and experience resurrection life. Paul was given the charge of suffering. God gave him grace in his suffering, either to deliver him from suffering, as we saw, or to give him grace that sustained him in his suffering, which is what we’ll see in our studies today. There are many lessons for us from Paul and his experience of suffering.
1) Death and resurrection are simultaneous in Christian suffering (2 Cor. 4:7-12).
I want is to see—as we turn in our Bibles today to 2 Corinthians 4—that death and resurrection are experienced simultaneously in Christian suffering. 2 Corinthians 4:7-12, “But we have this treasure in earthen vessels, so that the surpassing greatness of the power will be of God and not from ourselves; we are afflicted in every way, but not crushed; perplexed, but not despairing; persecuted, but not forsaken; struck down, but not destroyed; always carrying about in the body the dying of Jesus, so that the life of Jesus also may be manifested in our body. For we who live are constantly being delivered over to death for Jesus’ sake, so that the life of Jesus also may be manifested in our mortal flesh.”
This point in the message was something of a fresh insight for me in my studies in preparation for this ministry. In our suffering, we are to experience simultaneously a union with Christ in His death, and the empowerment of the resurrection in our union with Christ in His resurrection. Now, we are inclined to think sequentially about suffering and resurrection, about death and resurrection. We’re inclined to say, “I’m in a time of suffering. I’m in a time of affliction, and after this time of affliction is over, then God will bring me into a time of restored and renewed resurrection victory. But I have to first now go through this ordeal of affliction.” It is true, when we look at redemptive history, that we are called first to suffer, and then to enter into resurrection glory.
That’s what Paul tells us in Romans 8:17, “If indeed we suffer with Him, in order that we might also be glorified with Him.” First, suffer with Him; second, be glorified with Him. In redemptive history, in the unfolding of God’s purposes in time, we indeed suffer first and are glorified second. But in ministerial suffering, in the experience of suffering, we are called to experience both an identification with Christ in His suffering and an identification with Christ in His resurrection power. They are simultaneous in our experience, because of the overlap of the ages, because we live in the realm of the already and the not-yet. Already being given the gift and ministry of the Holy Spirit; already united with Christ and seated with Christ in the heavenly places; already justified; already adopted. But not yet fully sanctified; not yet glorified in our bodies; not yet dwelling in the new Heaven and the new earth. It’s that tension that conditions our experience as Christians and as ministers, but it is that tension that explains how we are to experience both suffering and resurrection in the crucible of our afflictions.
William Edwards writes, “As Paul explains the dimensions of death and resurrection in ministry, they’re not experienced sequentially, but simultaneously.” In other words, Paul does not describe an experience of death that is then followed by an experience of resurrection. They’re not separate moments, or distinct occasions. Both are present at the same time.
This is clearly seen in 2 Corinthians 4:10-11, where Paul provides the key interpretive framework for these contrasting features that characterize his life and ministry. The whole of his experience is condensed in these words: “Always carrying in the body the death of Jesus, so that the life of Jesus may also be manifested in our bodies.” He continues, “For we who live are always being delivered over to death for Jesus’ sake, so that the life of Jesus also may be manifested in our mortal flesh.” It is not first death and then resurrection. The pattern is always death and also resurrection. Paul is not describing occasional moments, but the consistent pattern that frames his conception of ministry is grounded in Christ’s death and resurrection. In other words, resurrection moments in ministry only occur when accompanied by experiences that may rightly be characterized as death, but likewise there is no experience of death that also will not include the life-sustaining power of Christ’s resurrection for those who serve Him.
Paul’s experience is not truly understood until this is grasped, nor will ours be unless we similarly interpret life in the ministry as a display that always includes the simultaneous show of Christ’s death and resurrection. I found that helpful and insightful. We learned last time that we are called to suffer and the reward will be our glory, that’s the fundamental foundation of redemptive history, but we are learning now, on this occasion, that we draw from both the death and the resurrection of Christ in our experience of ministerial suffering.
When we are brought to experience that which feels like death in suffering for Christ, we are immediately encouraged, because we are united to the risen Christ. The only people that are interested in a resurrected Lord are dead people. No one is interested in resurrection unless they first die, but the resurrection is not effectual until or unless someone dies. So, they are held together in our experience of ministerial suffering. In Christ, two eschatological events have transpired. He died, and in His death was the end of life in this present age. He also rose again, and in His resurrection is the beginning of life in the age to come. Those two experiences of Christ are ours. We are united to Him in His death and in His resurrection. We make testimony and display of that in the waters of baptism. Our union with Christ in His death and resurrection is the defining reality of our lives as Christians, and the pattern of our ministry as pastors.
Do you know what the first commandment is that Paul gives to the church in Rome? The first time in the letter to the Romans that he uses an imperative verb is in Romans 6:11, “Even so, consider yourself to be dead to sin, but alive to God in Christ Jesus.” This is how you must define yourself. You are dead in Christ to sin, you are united to Christ in all that He experienced, as being hated by the world. Again, as we saw last time, we are united in all that he experienced in his suffering. We are dead in Christ, but we are also united with Him, alive in Christ unto God, that we might live a life of resurrection power and victory, bearing fruit harvestable to the age to come, even now in this present age.
You notice that in this chapter, Paul tells us in verse 5, “We do not preach ourselves, but Christ Jesus as Lord, and ourselves as your bond-servants for Jesus’ sake.” So, in verse 7 Paul starts preaching himself as a bondservant. He tells them that he has a treasure, and that, I believe, is a reference to the gospel that he mentions in verse 3. This gospel in entrusted to Paul. It’s entrusted to him as an earthen vessel. He himself is the media through which this gospel is communicated, not only in his speaking, but even in his persona and his personal experiences in the ministry. This gospel is the power of God that was at work in Creation. The God who said, “Let there be light,” is the God who gives light to open our eyes, that we would see the glory of God revealed in the face of Jesus Christ. This is the power of life; this is the power of resurrection. It is the power to overcome the deception and the lies that are perpetrated by the Evil One. Power to overcome the death that grips those whose eyes are blinded and who are now perishing.
Everything about Paul was a communication of this powerful gospel: the gospel of Christ’s death and resurrection. Paul—as the vehicle through which this message is communicated—is a demonstration of weakness, a demonstration of crucifixion, a demonstration of death. It’s against the dark backdrop of that union with Christ in the cross that the power and light and life of the resurrection is made all the more vivid and all the more evident. You see it in the contrast in verse 10 and verse 11. Notice, these are experienced simultaneously. Paul does not say first and then second; he says both and simultaneously. Identified with the death of Christ, afflicted, and simultaneously united in the life of Christ, but not crushed. “Perplexed, but not despairing; persecuted, but not forsaken; struck down, but not destroyed.” Simultaneous union with Christ in His death and in His resurrection.
Scott Hafemann, in his commentary, writes on this verse, “Here Paul explicitly associates his suffering with the death of Jesus itself. In each case, Paul views his suffering to be a divinely orchestrated death, that like the cross of Christ, performs a revelatory function.” Most of the verbs in verse 10 are passive. Action is being done to Paul. You might ask who’s doing the action? Who’s acting upon Paul? Who’s bringing Paul into this affliction while at the same time sustaining him, that he’s not crushed? Who’s bringing Paul into this perplexity, while at the same time sustaining him, that he’s not being overwhelmed with despair? Who’s doing the action, if Paul is the passive recipient of this action? Well, the answer is: God.
These are divinely orchestrated experiences of suffering, so that in that context Paul himself, as an earthen vessel, becomes a demonstration of resurrection life and power. Unlike his experience in Asia that we looked at yesterday, where God delivered him, although Paul was convinced he was as good as dead. Unlike that, now Paul is brought into a prolonged experience of suffering. Notice how he describes it in verse 10. He speaks of his union in the dying of Jesus. Nekrosin, in the original; not thanatos, death itself, but this is a process of dying. It’s a continued and constant activity that characterizes Paul’s experience. Notice he says, “Always carrying,” and, “Constantly being delivered over to death.” It’s as though Paul describes himself as the very cross of Christ itself always carrying about the body of Jesus. He’s so united to Christ in his suffering, that he defines his suffering in terms of the cross itself.
C.K. Barrett, in his commentary, says, “One who observed Paul’s life as an Apostle would see constantly repeated a process analogous to the killing of Jesus.” The message of this crucified cross is conveyed, therefore, in Paul’s physical body. You would look at Paul, and you would get an illustration of something that looked crucified, that looked beaten. That’s how he describes himself when he tells us, in chapter 11 of 2 Corinthians, about his beatings and his lashings and his having been several times stoned. You would have seen scars on the body of the Apostle Paul!
He writes to the church in Galatians and tells them, “I bear on my body the brand marks of Jesus Christ.” You see, Paul wasn’t beaten because he was Paul. He was beaten because of his union with Christ, because of his message of Christ crucified, because he was called as an Apostle to suffer for Christ’s sake, and his suffering was to be itself a communication of the gospel of Jesus Christ.
When you would look at Paul you would see a man who was alive, but who, for all appearances, should have been dead. When he would tell you about his experiences, he wouldn’t tell you about, “Oh, I went and I planted this church here. I spoke to thousands of people here.” No. He said, “I was shipwrecked; I was beaten; I was starving; I was naked.” Humiliating things! Near-death experiences! And yet, never had you met a man more energetic in the gospel. “Working harder than the rest,” he says. A man who was tenacious. A man who was vibrant in his faith, in his hope, and in his love.
You see, while Paul is experiencing the suffering—notice what he says—while he is carrying, as it were, the body of Jesus in this earthen vessel, he is simultaneously demonstrating the power of the resurrection. Why does he experience this suffering? Verse 10, “So that the life of Jesus also may be manifested in our body.” Again, in verse 11, “So that the life of Jesus also may be manifested in our mortal flesh.” It’s not so that later on, afterward, secondly, we will then sometime later experience the power and life of Jesus. No. He says, “Also.” While I am in the midst of suffering, I am being sustained and enabled and empowered by the God who raises the dead, and by the risen Christ Himself. How is that life manifested? How is it made visible? How is it made something that we can see? Because the man perseveres! He continues, not crushed, not despairing, not forsaken, not destroyed.
That is our challenge in the ministry! To lay ahold of resurrection life. Not merely after we’ve experienced a period of suffering, but to lay ahold of resurrection life in the midst of the suffering itself. By faith, to make clear in verbal expressions, in emotional dispositions, and behavior patterns, to make it evident that although we are suffering, we are alive. We are alive in the risen Jesus Christ. If we don’t demonstrate that life, we give a distortion of the gospel, because we do communicate the gospel as pastors. Our personalities convey the gospel; our personal relationships convey the gospel; our lifestyles convey the gospel. You never stop being a pastor. You know that, right? If you are selling widgets, you would punch out at 5 o’clock and say, “I don’t sell widgets now. I go home, put on my husband hat, put on my daddy hat. I take off my widget-selling hat.” You never take off your pastor’s hat. It’s the life that you live. It’s who you are. It’s 24/7. You, as an earthen vessel, communicate the gospel.
If you think of suffering merely sequentially—first I’m going to suffer, then I will experience resurrection power—you will give a distorted view of the gospel. The picture that you will communicate is one of Jesus constantly hanging on the cross. There is a Christianity that’s like that. Roman Catholicism has Christ on a stick constantly on the cross, and suffering becomes the epitome of religious virtue. Yes, we will suffer, but we are in union with the risen Christ in the midst of the suffering. We don’t just present Christ on the cross. We do, but never apart from the demonstration of the risen Christ who is exalted in the right hand of our Father.
Here’s the reason. In 2 Corinthians 4:12 we read, “So death works in us, but life in you.” Again, Paul’s suffering was certainly sanctifying. It certainly was a crucible to enrich his faith, but as a pastor, as a minister, suffering is for the benefit of our people. Suffering is a context in which we are called to communicate the gospel, and to demonstrate living faith. It is to show, by our own experience, that we are overcomers, that we triumph over death, opposition, and the suffering of this present age. We too are going to suffer, and we must, in that suffering, prove our faith to be more precious than gold. Even though tested by fire, as Peter tells us in 1 Peter 1:6.
We need to understand that not only do our people listen to us when we speak from the pulpit, but they see us live our lives. They know the situation in which we are experiencing our own discipleship, and walk with Jesus Christ. We are to be a visual aid for them. We’re to stand against the idolatries that characterize our culture, the way Paul stood against the idolatries of Corinthian culture. In a culture that worships mammon; in a culture that pursues pleasure; in a culture that extols man and man’s achievements above God.
We are to follow Christ, and in this culture, with those cultural values, we will experience opposition. But remember what Christ has told us, “Blessed are those who have been persecuted for the sake of righteousness, for theirs is the kingdom of heaven. Blessed are you when people insult you and persecute you, and say all kinds of evil against you falsely, because of Me. Rejoice and be glad, for your reward in heaven is great; for in the same way they persecuted the prophets who were before you.”
We see first today, that death and resurrection are simultaneously experiences in suffering.
2) God’s grace is sufficient in suffering (2 Cor. 12:9-10).
Secondly, as we turn to 2 Corinthians 12, we consider that God’s grace is sufficient for us in suffering. 2 Corinthians 12:9-10, And He has said to me, “My grace is sufficient for you, for power is perfected in weakness.” Most gladly, therefore, I will rather boast about my weaknesses, so that the power of Christ may dwell in me. Therefore I am well content with weaknesses, with insults, with distresses, with persecutions, with difficulties, for Christ’s sake; for when I am weak, then I am strong.”
Phillip Hughes comments, “This is the summit of the epistle, the lofty peak from which the whole is viewed in pure proportion. From this vantage point, the entire range of Paul’s apostleship is seen and focused.”
Scott Hafeman says, “Thus the revelation of Christ’s power in Paul’s weakness (v. 9b) and Paul’s consequent contentment (v.10a) form the high point of his argument in this passage, and in so doing, provide a summary of the theological substructure of 2 Corinthians as a whole.”
Scholars point to this text and say, “This is how you’re to understand what Paul says to the church in Corinth.” This is what’s driving him. We saw last time, as he begins this second epistle, that right at the very beginning he brings to them a reminder of his near-death experience! Why? He constantly puts before them depictions of his weakness, depictions of his sufferings, and he knows he’s grating on their nerves. He’s offending their cultural sensibilities, and he’s doing so because he has to break through Corinthians culture to convince them to be followers of Christ crucified. In union with Christ, they experience the life of the risen Christ.
In verse 1, he tweaks it again. He’s been saying this constantly, but just to point it out he says, “Boasting is necessary.” Now, conveniently they might say, “Finally, he’s starting to be like one of us! Boasting!” To the Corinthian, he has become a Corinthian, and he’s going to boast. But they probably realize by now that whenever Paul says that, he’s using irony. He’s saying it sarcastically. In fact “boasting is necessary” could be a Corinthian slogan. That could be something that you saw on a bumper sticker on a chariot when you went down Main St. in Corinth. That was one of their cultural values. If you’re going to be anybody, you better boast about yourself. You better brag about yourself. You better look after number one!
Paul says, “Ok, I’ll continue this boasting.” Now, remember, he’s just finished in chapter 11 with this whole litany of his beatings and stonings and shipwrecks and hungers and all of the events that brought him nigh unto death. So, he says, “Alright, I’ll say some more things about boasting.” What does he talk about? “I was given a vision.” Again, they would be on the edge of their seats, because the false prophets claimed visions. “What’s Paul going to tell us about his vision? What is he going to tell us about his vision?” The answer is nothing. Nothing. He even begins by talking about himself in the third person. “I know a man,” but we realize later that he’s talking about himself. He doesn’t tell us what he saw. He tells us he heard words, but he doesn’t record a single word that Jesus spoke to him in that vision. But when we come to verse 9 he records every word that Jesus says to him, in the context of his suffering. That would have totally befuddled the Corinthians. They would think Paul would be silent about his suffering, and that he would tell us everything Jesus said to him in his vision, but he does the exact opposite.
He says, “It’s necessary in order that you might understand these false prophets who claimed visions. I know a man who had a vision. Yes, it was me. But I do not minister to you from my vision.” Did you know that Paul never preaches anything that he saw in that vision? He never begins one of his messages and says, “I have words to you from Jesus that I received when I had my vision.” He never says that. He preaches from his Old Testament in redemptive history. He draws upon his experience of meeting Jesus on the Damascus road. It’s very interesting to realize that when Paul talks about Jesus, he talks about Jesus in His glorification. Paul never knew Jesus in His humiliation. He met Him on the Damascus road. He has the most exalted Christology.
He will also draw upon the early church traditions of Jesus’ life and sayings, but he never preaches from his vision. It’s necessary in order to shut the mouths of these false prophets to say, “I had a vision.” They’re expecting him to say, “Ok, tell us what Jesus told you in the vision.” “I’m not permitted to say it, but I’ll tell you what He said in answer to my prayers.” He records those words, and they hear those words in the context of Paul, the earthen vessel, the weak, ugly, suffering Apostle.
You know that in verse 7 he makes mention of this thorn. He says, “Because of the surpassing greatness of the revelations, for this reason, to keep me from exalting myself, there was given me a thorn in the flesh, a messenger of Satan to torment me—to keep me from exalting myself!”
What is this thorn? Well, some say it’s a messenger from Satan, an Angelus, an angel from Satan. It’s a demon! Some say, “No. The thorn in his flesh were the false apostles. The enemies that had infiltrated the church in Corinth.” Others say, “No. It was a chronic, physical illness of some kind. Perhaps migraine headaches. Perhaps his problem with his eyesight.” You remember he told the Corinthians that they would have given him their eyes if they were able. Frankly, we don’t know what the thorn is. We don’t know what it is. Pastor Jeff Smith and I were speaking this morning at breakfast, and Pastor Smith commented, “It’s a good thing we don’t know what the thorn is!” Because it is not identified, we are all able to identify with it. We are all able to come to terms with what our thorn might be.
Now, this is a thorn that caused Paul’s suffering for over fourteen years, because in verse 1 he says, “Fourteen years ago I received this vision.” He tells us that on the occasion of having been given that vision he was also given this thorn. The lesson, the reason, was why? It says it twice in verse 7. Remember, when something is repeated in Scripture it’s emphasized. They didn’t have italics. They didn’t have bold. They couldn’t enlarge the font to 14 font, or capitalize letters. So, they repeated it in order to make the emphasis to the ear. He tells you why this thorn was given. It;s at the very essence of what he’s communicating to the Corinthian church. Why? “To keep me from exalting myself.” “To make sure that the last thing I am going to be is a bragging, boasting Corinthian. To keep me in a posture of humility.”
Notice again, that this thorn was given to Paul. It was a messenger from Satan, but it was given to Paul. Who’s doing the giving? God. God is the One who’s giving it. You see, this is like Job. Satan had liberty to cause all kinds of suffering having been given to Job. This is like Christian coming into the house of the interpreter. That little beam of light that shines in his path from the open door, and he hears the roaring of the lion and feels the wind of their claws coming near his head, but he knows the lions are chained. They’re kept under the sovereign purposes of God. It’s given to overcome his fear and walk down that straight, little, narrow light while the paws come close, but he pursues obedience, perseveres, and presses on.
So too this thorn is given. It’s designed from the Evil One. It’s evil, but it is given so as to keep Paul from exalting himself. The lesson is humility. Humility. It’s crucial that the Corinthians understand this, and it’s crucial that we in the ministry understand this!
Brethren, we can be so Corinthian, so American! “Where did you go to school? How many people are in your church? What conferences have you been invited to?” Pretty soon we’re competing with each other, and Paul says that’s not the way we boast in the Kingdom. “You want me to boast? I’ll tell you about God’s grace sustaining me in my sufferings. I boast in the cross of Christ.” The lesson is that of humility. We need to understand, brethren, the power of the gospel. The life-transforming power of God’s gospel is not powerful in the context of human pride.
“For thus says the high and exalted One who lives forever, whose name is holy. I dwell in a high and holy place, and also with the contrite and lowly spirit. In order to revive the spirit of the lowly and to revive the heart of the contrite.” (Isaiah 57:15.)
“But to this one I will look, to him who is humble and contrite of spirit, and who trembles at My word.” (Isaiah 66:2.)
Paul is an earthen vessel. That means he’s a cheap vase. He’s easily broken. He’s expendable. You break an earthen vessel, you could throw it away and replace it with another one. Paul was a plastic cup. You’re done with it, and you throw it away. Yet, in that plastic cup is the water of life; the communication of the gospel.
Timothy Savage, has a very helpful volume that is entitled Power Through Weakness: Paul’s Understanding of the Christian Ministry in 2 Corinthians. He writes, “Where there is pride and arrogance there cannot, by definition, be divine power.”
As his Master, who in Gethsemane prayed three times, so in verse 8, Paul implored the Lord three times. After that third petitioning, he came to the conclusion given to him by Christ. Verse 9, “My grace is sufficient for you, for power is perfected in weakness.” The word ‘sufficient’ means ‘adequate, satisfying.’ This word is translated elsewhere with the word ‘content.’ A synonym of this word is found in 2 Corinthians 3:5-6. “Not that we are adequate in ourselves to consider anything as coming from ourselves, but our adequacy is from God, who also made us adequate as servants of a new covenant.” Adequate by grace; grace that is sufficient; grace in which we can be content and satisfied.
Paul realizes that this messenger from Satan—whatever this thorn is—is something that God has orchestrated in his life, as His heavenly Father, to instruct him in Christ-like humility. Have you ever thought that there was none more humble than Jesus Christ? No man was ever more humble than Jesus Christ. It’s Jesus who says, “Learn of Me, for I am meek and lowly of heart. Take My yoke upon you.” Take discipleship upon you and learn the heart of Christ. The Lord, his Father, is teaching him the heart of Christ. He’s teaching him Christ-like humility.
The lesson comes as an axiomatic truth, as an undisputable, unbreakable truth. “For power is perfected in weakness.” Power accomplishes its purposes, comes to its goal in the context of weakness. The power here is the Lord’s power. There are some translations that include the personal pronoun, “My power is perfected in weakness.” We know that it’s Christ’s power, because it’s paralleled with the power of Christ, at the end of verse 9. The axiom can be stated in this way: Christ displays His power in and through weak, humble, obedient servants. Paul points to himself as a demonstration of this truth, and has reminded the Corinthians of his own, personal weakness.
But he has also pointed to the Corinthians and reminded them of their own weakness, as well. In 1 Corinthians 1:26 he says to them in effect: look around and see who is with you in the congregation. Look who God has chosen. The weak, the foolish, the base, the despised, the things that are not!
Paul especially points to the cross of Jesus Christ. There is a picture of weakness. Take the snapshot. Look at your God! Battered, bleeding, bruised, naked, impaled upon a cross. There’s something in you that says, “Lord, get down from there! That’s embarrassing! That’s weak! That’s repulsive! That’s disgusting!” But that’s essential to the communication of the gospel, to the accomplishment of our salvation. That is the heel of the seed of the woman coming down on the head of the serpent. As that heel begins to come down on the head, the fangs go into the heel, and the whole picture becomes a bloody mess. At first, the only blood you see is the blood of the heel of the seed of the woman, but after three days you hear a cranium begin to crack, because that heel belongs to the risen Christ. In resurrection power, that heel pushes off the head of the serpent, and his skull collapses, and Christ, in resurrection glory, overcomes.
That’s the way of the Lamb. That’s the way of Christian ministry. That’s the way of Christian discipleship. That’s the way in which we are called to overcome. That’s the way in which we are more than conquerors. Paul knows this is how the power of God works. This is how the power of God works! It’s when he embraces, in humility, the affliction and the tribulation that comes from outside, even when that affliction could be rightly seen as demonic in its energy and its deception and its lies, even when he has to confront, in a very immediate sense, his own death. In that weakness he understands that he will be given divine grace and divine power, and it will effect resurrection life in him either by delivering him from that threat, or sustaining him from that threat, or resurrecting him after that threat has actually killed him. Because, you know, there did come a time when Paul’s head was taken off of his shoulders. He wasn’t delivered, but he was sustained through death unto the glory of the resurrection.
So, that’s why Paul says that in verse 9. Pastor Martin and I reflected upon this briefly yesterday. This is so challenging. At this point we can say, “Ok, I see it. I see the cross, and resurrection. I get it.”
Then Paul says, “Most gladly, therefore, I will rather boast about my weaknesses, so that the power of Christ may dwell in me.” (2 Corinthians 12:10.)
“Rejoice and be glad, for your reward in Heaven is great!” “Blessed are you when you’re persecuted!” (Matthew 5:11-12.)
Be happy! This is a challenge for me, brethren. How I need resurrection power in my emotional obedience to Jesus Christ. Suffering. Okay. Frustration. Alright. Disappointments. Alright. I know what I’ve signed up for. Most gladly. Wait a minute. Rejoice! Really? Give me resurrection emotions. Deliver me from ministerial sins of chronic complaining, and chronic frustration that doesn’t tap into the power and glory of our risen Saviour.
Paul says, “I am going to gladly boast to you. I’m going to put a smile on my face and experience resurrection life in my emotions, and I’m going to boast about my weaknesses, not my accomplishments, but my weaknesses. Because that’s the context in which the power of Christ dwells in me.” Now, here is an interesting word. This word ‘dwell’ is the word ‘tabernacle.’ It’s a noun, ‘tabernacle,’ turned into a verb. The power of Christ tabernacles in me. In my weakness, in my union with the risen Christ, I truly become a temple of the Living God. I become a tent, a tabernacle in which the Living God is present! When He is present, I am empowered.
I sometimes think of the Israelites moving across the desert, and the presence of God dwells in the tabernacle. You would know that God was tabernacling with the Israelites during the day, because there was a huge pillar of cloud that went up from the tabernacle into the heavens. You knew that the presence of God was tabernacling with the Israelites at night, because there was a huge pillar of fire that went up from the tabernacle into the heavens.
I can just imagine some of the enemies of Israel watching them from a distance, looking for an opportune time to make an attack. One of them looks to the other one and saying, “They look vulnerable, but what’s that big pillar in the middle doing? What is that? I’ve never seen that before?” “Well, it looks like a cloud, let’s wait and come back tonight. We’ll see if we can ambush them then.” They come back and now it’s turned into a pillar of fire! They look at their spears and arrows and think, “I am not going near this thing. Their God dwells with them. Their God is empowering them!” Indeed, the nations soon learned that the God of Israel was destroying every enemy that the Israelites confronted, because He tabernacled with them. He tabernacled with them.
That’s what Paul was telling us. Do you want the dwelling of God? Do you want God to dwell with you, to dwell in you? Then embrace this way of ministry: “Most gladly I will boast in my weaknesses, because when I am weak, then I am strong.”
Now notice, Paul doesn’t say, “If I am weak,” but, “When I am weak.” He goes on in verse 10 to say, “Therefore, I am well content with weaknesses.” The word ‘content’ means ‘I think good about it.’ ‘I value it as something good.’ I see it as another synonym as that sufficiency in verse 9; that adequacy that God gives us to be servants of the New Covenant in chapter 3:5-6. Again, Paul lists these things that would have been very offensive or impulsive to the Corinthian. Weakness, insult, distress, persecution, difficulties, but all for the sake of Christ, and in union with Christ, experiencing the strength of Christ. That’s the power. It’s the word ‘power’ there. Resurrection power. “My power.” The power of the risen Christ is given to His humble, weak, believing, obedient servants.
Application.
What can we say by way of application as we conclude our study?
1. Avoid non-biblical, non-Christian approaches to suffering.
The first is this: brethren, avoid non-biblical, non-Christian approaches to suffering, especially you brothers who labor in predominantly Roman-Catholic contexts. Your people are exposed to a twisted view of suffering. Their culture communicates the idea that suffering, in and of itself, is virtuous, and the more suffering, the more virtue. That is an unbiblical notion. Suffering, in and of itself, is not uniquely Christian! Suffering as a Christian, suffering Christ-like, Christianly—that is unique. The experience of suffering, in many ways, is common to all men in our fallen place, but we are called to certain dimensions of suffering for Christ’s sake which are unique. We need to have biblical perspective on this experience of suffering.
We do not approach suffering like the Stoics, endeavoring to obtain self-mastery, the power of positive thinking, and fending off any emotional distress or pain. That’s not what Paul articulates. That’s not what David expresses when you read the Psalms. You know David is experiencing pain. Why? He’s crying out! He’s expressing his distress. He’s experiencing the suffering. He doesn’t cauterize himself, and render himself unfeeling and unable to enter into real pain. When we suffer, we hurt! When we experience trauma, it’s traumatic. When we have needs, we cry out to God. We don’t suppress those things, we express them.
When my children were young, and we would get a thunderstorm, I knew they were up in bed, quaking in their sheets. I would go up and tell them, “Don’t you be afraid, you three year old sissy!” No. You would repeat the Psalm, “When I am afraid, I would put my trust in Thee.” There are a lot of things in life that are scary. You don’t teach the child, “Don’t be afraid.” You teach the child how to be obedient when he experiences fear. You put your trust in the Lord, and you cry out to the Lord. You don’t cauterize your emotions. You ask for the experience of resurrection power in the midst of the weakness.
You don’t develop, on the other hand, a martyr complex in which you make suffering into the epitome of religious virtue. Notice, “When I am weak.” It’s not, “If I am weak.” If Paul says, “If I am weak, you would get the impression of, “I better pursue suffering, because unless I am weak, I am not going to experience communion with the risen Saviour. Somehow, my communion with the risen Saviour is contingent on my becoming weak and suffering.” He doesn’t say, “I want you to actively pursue suffering, because unless you are weak and pursuing suffering, you will not experience the communing power of Christ who tabernacles with His people.” No. We’re not to develop a martyr complex or a martyr theology. We’re not to actively seek suffering, but brethren, on the other hand, we are to expect that we will suffer, that there will be a ‘when’ in our lives.
We don’t get to decide how we are to suffer for Christ. We don’t get to choose the kind of suffering that Christ is going to bring to us and say, “I want you to communicate the power of the resurrection in the context of this suffering that I am orchestrating in your life.” We don’t get to choose that. We don’t get to come to Christ and say, “Lord, I don’t want this kind of suffering. I prefer to have this kind of suffering.” He says, “No. You will go the way that I will direct for you.”
For some of us, we’re called to pastor our people in the context of the pain of having unbelieving children. Our people know that. They see our parenting; they hear our preaching; they see our lives. They know that having an unbelieving child breaks our hearts, and yet they hear the voice of rejoicing, they hear the voice of praise. It’s in the midst of that suffering that we display the gospel. We didn’t chose that. We might have chosen some other course of suffering, but that’s the path of discipleship Christ has laid out for us.
Some of us experience the division in the local church: disruption, disunity. As a shepherd, it breaks our hearts. We come into the prayer closet weeping, and we come into the pulpit with our hearts breaking with the thumping up in the jugular vein, because your emotions are so rung out for the people. You’re ministering in a time of suffering when you know that that one sitting there is harboring ill thoughts towards you, and that one sitting there is in conflict with that one over there, and that one back there is gathering a little group of slanderers and gossipers. Yet, you are to display the triumph of the resurrection, and it’s a path of suffering. You maybe wouldn’t have chosen that. You don’t get to choose when, and you don’t get to choose the nature of your suffering, but when you suffer, be encouraged! Be encouraged! That’s our second point.
2. When you are called to suffer, perceive the opportunity to illustrate the gospel.
When you suffer, understand that God has given you an opportunity to be an illustration of the gospel, and to make it evident to those who love you, nearest to you. That’s my challenge. I am sometimes able to demonstrate reasonable gospel peace in front of my people, but my poor wife hears me at my worst. Can I truly, with gladness, endure suffering that will even edify my wife? See this as an occasion in which Christ’s death and resurrection is to be displayed in my humanity, as an earthen vessel!
Paul does not give up on this theme. Look what he says in 2 Corinthians 13:4. “For indeed He was crucified because of weakness, yet He lives because of the power of God. For we also are weak in Him, yet we will live with Him because of the power of God directed toward you.” He is relentless in his pursuit of our union with Christ in His suffering and in His resurrection.
How can we illustrate the power of the gospel when others are watching us? Because when we suffer, others watch us! Let them hear words of faith from us, words of contentment, words of cope, words of confidence. Let them see that we are experiencing the sustaining grace of Christ. Let us not display impatient anger, retaliatory resentment, and accusing blame-shifting! May God forgive our pastoral sins!
The people of God and the unconverted are watching when we are brought into crucibles of affliction. God is giving us an opportunity to be poured out as a sacrifice for the sake of others, so that our lives, not only our preaching, but our lives would be a communication of the gospel for the benefit of others. So that we might say, “Afflicted, but not crushed; perplexed, but not departing; persecuted, but not forsaken; struck down, but not destroyed.” Demonstrate and declare the glorious gospel of Jesus Christ in the midst of your suffering.
3. Draw near to Christ in worship.
Draw near to Christ in vigorous worship, because it is in the midst of your weakness that Christ tabernacles with you. He tabernacles. It’s the language of worship. It’s the language of praise. It’s the privilege of drawing near to Christ—as He is exalted upon His throne—and bowing down, worshiping, and adoring Him.
I believe there are many of us that would give testimony to the truth: that we’ve never experienced the sweetness and the comfort and the mercy of Christ more than when we’ve been brought into the crucibles of affliction, and times of intense suffering. Why is that? Because He tabernacles with you. When you’re in pain, don’t run from Him. Don’t try to handle it on your own, and get all mad and angry because you can’t control the situation. Don’t be getting angry, blaming this one and blaming that one and blaming something that happened to you when you were six. Put your eyes upon Christ, and experience the indwelling presence of His Spirit. Be invigorated with the realization that your Father is bringing you into conformity with His Son, and taking you down the way of the Lamb; conforming you to Christ in His sufferings and in the power of His resurrection. So that in all these things, we are more than conquerors through Him who loves us. Amen.
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El sufrimiento en el ministerio I
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Dr. Alan J. Dunn
Inclinemos nuestros rostros en oración y pidamos la gracia de Dios sobre el tiempo que compartiremos en Su Palabra.
Nuestro bondadoso Padre, imploramos en Tu nombre por medio de la fe en Cristo Jesús. Nuestros ojos están puestos sobre nuestro exaltado Salvador y ahí vemos al Cordero de pie, como inmolado. Imploramos que nos enseñes cómo hemos de ministrar este evangelio, no solamente con nuestras palabras, sino por medio de nuestras vidas y nuestras experiencias. Consuélanos, fortalécenos en nuestra debilidad y úsanos para la gloria de Cristo Jesús, esta es nuestra oración. Amén.
Hablaré sobre el tema del sufrimiento ministerial. Vamos a considerar el tema de los escritos de Pablo a la iglesia en Corinto de forma particular. Su argumentación es que sus sufrimientos demuestran que él es un apóstol de Jesucristo, en contraste con los falsos apóstoles que se habían introducido en la iglesia y que tentaban a la iglesia para que dejara su relación con Pablo y su confianza en el evangelio.
Ahora, antes de entrar en este tema, quiero empezar afirmando que estoy convencido que el estar en el ministerio es un privilegio. Digo como el apóstol: «Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me ha fortalecido, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio» (1 Timoteo 1:12). Me regocijo en el privilegio de ser un ministro del evangelio de Jesucristo. A menudo le doy gracias a Dios por el tipo de trabajo que me ha puesto a hacer. Los hombres en mi iglesia trabajan «como para el Señor» (Colosenses 3:23), pero su trabajo no tiene la importancia eterna que el mío posee. Con frecuencia tienen que salir de sus hogares muy temprano, viajar una hora hacia el trabajo y después viajar de regreso a casa por la noche. Llevan a cabo su labor en un ambiente laboral donde están rodeados de incrédulos, a menudo en un contexto de hostilidad donde existen agendas que se oponen intencionalmente a las cosas de Cristo. A medida que envejecen, se enfrentan con la inseguridad laboral. Muchos de estos asuntos que atormentan a mis hermanos no me tocan a mí.
Puedo estudiar la Palabra de Dios y orar. Puedo hablarles a las personas acerca de Aquel a quien amo sobre todas las cosas y también acerca de las cosas más importantes y más apremiantes. Disfruto de la oportunidad de tener comunión con el pueblo de Dios, no solamente en mi propia congregación, sino también en otras congregaciones. «En cuanto a los santos que están en la tierra, ellos son los nobles en quienes está toda mi delicia» (Salmo 16:3). No hay gente como la gente de Cristo y es un privilegio el trabajar entre el pueblo de Cristo y ser un ministro del evangelio de Jesucristo.
Estos privilegios conllevan sus retos. El ministerio pastoral tiene sus propios espinos y abrojos peculiares, pero quiero comenzar nuestro estudio sobre el sufrimiento ministerial con esta nota de gratitud a Jesucristo por el privilegio de haberme colocado en el ministerio. Nuestra labor no es en vano, hermanos, y es un privilegio.
A pesar de esto, existen dimensiones en nuestra labor como pastores que son únicas al ministerio pastoral. Esa dimensión única tiene que ver con el corazón de un pastor. Los hombres a quienes se les ha otorgado un corazón pastoral también son llamados a una experiencia única de sufrimiento ministerial. El verdadero pastor no es un asalariado, sino que les importan las ovejas, como nos dice Jesús en Juan 10:13.
Pablo describe el ministerio que llevó a cabo en la iglesia en Gálatas. En Gálatas 4:19, él dice: «Hijos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros». Compara el ministerio pastoral a una mujer que tiene dolores de parto, que está sufriendo las contracciones de dar a luz a un hijo. Estas son contracciones dolorosas que con frecuencia dan lugar a la frustración, y que no producen fruto, sino solamente una oportunidad para sufrir aún otra contracción dolorosa.
Recuerdo una reunión con el pastor Martin en el 1983. Fue uno de nuestros primeros encuentros. Yo tenía 29 años y estaba en mi segundo año del ministerio pastoral. Nos reunimos en el despacho del pastor Martin y hablamos acerca del ministerio pastoral. En ese entonces, él estaba pasando por un crisol de sufrimiento. Sus ojos se llenaron de lágrimas y me dijo algo como lo siguiente: «Cuando ya no hay dolor, entonces ya no eres pastor». Me quedé atónito. Estaba en el segundo año de mi ministerio. Me sorprendió. El dolor, la angustia inesperada es uno de los factores que saca a los hombres del ministerio.
Recientemente leí que, desde la década del 1970, la cantidad de hombres que han renunciado a la labor pastoral en los primeros cinco años de entrar en el ministerio se ha cuadruplicado. La generación que Dios nos ha llamado a servir es difícil. La civilización occidental ha producido a personas con retos y necesidades únicas. Resulta interesante ver que son personas muy similares a las que estaban en la iglesia en Corinto. Vamos a considerar unos pasajes de Corintios. ¿Por qué? Porque el tema principal es la defensa que Pablo hizo de su propio ministerio a una iglesia que, en muchas maneras, rechazaba las realidades del evangelio.
Vemos en Hechos 9 que el Señor le cuenta a Ananías acerca del ministerio de Pablo y también le dice qué debe decirle al apóstol. En el versículo 15 y 16 de Hechos 9: «Pero el Señor le dijo: Ve, porque él me es un instrumento escogido, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre». Desde el principio, el ministerio de Pablo estaba marcado por dos dimensiones: llevar el nombre de Cristo, la proclamación del evangelio, y su propia experiencia de sufrimiento. Ahora, me gustaría hacer cinco observaciones preliminares.
1. La distinción entre el sufrimiento del Apóstol Pablo y nuestro sufrimiento
En primer lugar, debemos hacer una distinción entre el sufrimiento del Apóstol Pablo y nuestro sufrimiento como pastores y discípulos de Jesucristo. El sufrimiento de Pablo era parte de su ministerio apostólico. Tenía un aspecto de revelación. Era parte de su predicación, del servicio apostólico que brindaba a Cristo. El evangelio se transmitió a los corintios no solamente por medio de la predicación de Pablo, sino que también se reveló por medió de la forma en la que Pablo ejerció su ministerio. Se manifestó, no solamente en el mensaje de Pablo, sino en la forma en la que él presentó este mensaje, en el hombre mismo, particularmente en su debilidad y sufrimiento. No podían aferrarse a Cristo y rechazar al Apóstol Pablo. No podían aferrarse a Cristo y rechazar la forma en la que Pablo proclamaba el evangelio, en necedad y en debilidad. No podían rechazar a Pablo en su ejemplo de sufrimiento.
En 2 Corintios 4:5, Pablo les dice: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús». Era necesario que entendieran el señorío de Cristo, así como el ministerio que el Apóstol Pablo ejercía como servidor. Ellos habrían rechazado la idea de Pablo como un siervo. No es algo que los corintios hubieran deseado alcanzar. Él no habría deseado hacerse un siervo. Tenía una alta opinión de sí mismo y el ser un siervo debió haberle causado repulsión. Pero tenían que superar la ofensa que sentían al escuchar la forma de hablar de Pablo, y la ofensa de la apariencia de Pablo, la debilidad de Pablo, el sufrimiento de Pablo, porque es en esa debilidad, es en el testimonio del sufrimiento, que Pablo transmite el evangelio.
Nuestro sufrimiento no es parte de la revelación. Cuando sufrimos lo hacemos para el beneficio de los demás, para ser un ejemplo. No como parte de la revelación sino como ejemplo. Aunque proclamamos la Palabra de Dios, nuestra predicación no es parte de la revelación y nuestra experiencia de sufrimiento en el ministerio no es parte de la revelación. Pero nuestra experiencia en el ministerio sí es parte de nuestro llamado. Es parte de nuestro servicio, de nuestra labor ministerial. Es parte de nuestro caminar personal con Cristo. Cómo discípulos de Cristo y ministros del evangelio, seremos llamados a cierta medida de sufrimiento.
En el capítulo 1 de 2 Timoteo, Pablo le escribe a Timoteo, su hijo en el evangelio: «Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, prisionero suyo, sino participa conmigo en las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios, quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad, y que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio, para el cual yo fui constituido predicador, apóstol y maestro» (2 Timoteo 1:8-11). Pablo dice: «Participa conmigo en las aflicciones por el evangelio… [habiendo sido] constituido predicador, apóstol y maestro». Cuando nos inscribimos para servir a Cristo como predicadores y maestros, nos hemos inscrito en un singular trayecto de sufrimiento. Dice Pablo: «Quiero que participes en mis sufrimientos».
En 1 Pedro 4:13, Pablo nos dice que compartimos los sufrimientos de Cristo. Ahora, esto no significa que nuestros sufrimientos sirven para hacer expiación a favor de otros, pero sí significa que somos partícipes con Cristo en Su sufrimiento, en Su muerte, en Su cruz, en Su resurrección. Cómo discipulos, se nos explica que sufriremos. «Porque a vosotros se os ha concedido por amor de Cristo, no sólo creer en El, sino también sufrir por El, sufriendo el mismo conflicto que visteis en mí, y que ahora oís que está en mí» (Filipenses 1:29-30).
De nuevo, en Romanos 8:16-17: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con El a fin de que también seamos glorificados con El». Entonces, la primera observación preliminar es que existe una diferencia entre nuestro sufrimiento y el sufrimiento de Pablo. El de él es parte de la revelación. El de nosotros debe ser ejemplar.
2. Pablo no nos llama a sufrir por sufrir
La segunda perspectiva es que Pablo nunca llama a los corintios a sufrir por sufrir. Él no expone lo que nosotros llamaríamos una «teología de martir». Nunca se nos anima a buscar el sufrimiento. Se nos llama a ir en pos de la santidad, pero se nos dice que, en la búsqueda de la santidad, nos encontraremos con la oposición de un mundo impío. Nos encontraremos con la oposición de un mundo que odia al Cristo que amamos y servimos.
Nunca se nos llama a provocar el conflicto con el mundo, pero de nuevo, el mundo está en conflicto con nuestro Señor. Por lo tanto, encontraremos que el odio que el mundo le tiene a Cristo también lo dirige hacia nosotros. Pablo nos dirá que estamos llamados a sufrir, pero nunca nos dirá que debemos buscar el sufrimiento. Busquemos a Cristo e indiscutiblemente nos encontraremos con oposición en el camino.
3. ¿Por qué la certidumbre casi inevitable del sufrimiento?
En tercer lugar, ¿por qué es el sufrimiento inevitable para nosotros? Hay dos razones básicas.
Una tiene que ver con nuestro enemigo: Satanás. Pablo les dice a los Romanos en Romanos 16:20: «Y el Dios de paz aplastará pronto a Satanás debajo de vuestros pies». Nosotros, como la simiente de la mujer, estamos en guerra con el maligno. La estrategía de esta guerra exige que el maligno hunda sus colmillos en nuestro calcañar. En esta guerra somos llamados a experimentar una medida de sufrimiento. No luchamos según la carne. Destruímos especulaciones y todo pensamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10:5). Nos relacionamos con personas quienes son engañadas por nuestro adversario. Se nos llama a participar en una estrategia de guerra que conlleva sufrimiento.
No sufrimos solamente por causa de Satanás, sino que también sufrimos por Cristo porque estamos unidos a Él en Su cruz y en Su resurrección. Esta es la parte crucial del sufrimiento de Pablo que debemos entender: en su sufrimiento él les presenta a los corintios y a nosotros, por así decirlo, una extensión humana de la misma cruz de Cristo. Vemos aquí algo que se asemeja a Cristo, y se nos llama a algo que se asemeja a Cristo en esta época actual donde vivimos en el «ya pero todavía no». Hemos de sostener esta relación con la muerte y la resurrección: resucitados en Cristo, unidos en Cristo a la gracia y el poder del siglo venidero. Pero, al mismo tiempo, debemos vivir en la época presente y se nos llama a seguir los pasos del Cordero donde nos enfrentamos a Satanás, a la cruz. Seremos aquellos que han de sufrir.
4. La gracia de Dios para con los que sufren
En cuarto lugar, consideremos la gracia que Dios nos da en medio del sufrimiento. Dios llevará a cabo una de dos cosas a nuestro favor en medio del sufrimiento.
En primer lugar, nos librará de nuestro sufrimiento. Vemos esto en la experiencia de Pablo. Dios o elimina el peligro o saca a Pablo y lo libra del sufrimiento. En segundo lugar, Él le otorga a Pablo la gracia que necesita para soportar el sufrimiento. Cómo consideraremos la próxima vez, Él no le quita la espina, pero le otorga la gracia para glorificar a Cristo en medio de la debilidad y el dolor.
Los resultados del sufrimiento
Finalmente, como observación preliminar, hay dos resultados principales que brotan del sufrimiento ministerial.
El primero es el beneficio que recibe el pueblo de Dios. Repetidamente, Pablo deja claro que no sufre por sufrir. No sufre como algún martir en el sentido de pensar que cuanto más sufre, más virtud alcanza. Sufre para el beneficio del pueblo de Dios en Corinto. Él quiere que ellos sepan que su sufrimiento es para el beneficio de ellos, para que ellos reciban el ministerio del evangelio.
El segundo propósito del sufrimiento es inspirar la adoración y la alabanza a Dios, desplegar la gloria del evangelio de Dios y ser causa de alabanza y accion de gracias cuando Dios libra a Sus siervos del sufrimiento y los sostiene en medio de él, y lo hace como el Dios que levanta a los muertos, el Dios que triunfa sobre la muerte y el sufrimiento. Así que, nuestro sufrimiento siempre tiene un propósito. Siempre tiene un propósito, para el beneficio del pueblo de Dios y para Su gloria.
1) Pablo como una demostración del evangelio (1 Corintios 4:9)
En primer lugar, consideremos a Pablo como una demostración del evangelio. Antes de entrar al tema del sufrimiento en sí, per se, quiero que consideremos, basándonos en 1 Corintios 4:9, a Pablo como una demostración del evangelio.
En 1 Corintios 4:9 leemos: «Porque pienso que Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles en último lugar, como a sentenciados a muerte; porque hemos llegado a ser un espectáculo para el mundo, tanto para los ángeles como para los hombres». Ahora, nosotros conocemos el contexto. Los corintios estaban dividos y cada cual se identificaba con su predicador célebre. Competían entre sí y se jactaban en su orgullo, de manera que Pablo los reprende en el versículo 6 y en el versículo 7: «Porque ¿quién te distingue?» ¿Por qué te jactas como lo haces? En el versículo 8 vemos que han sido infectados con una escatología sobrerrealizada. Enfatizan lo que ya tenemos aquí sin hacer un equilibrio con lo que todavía ha de venir. Pensaban que ya se habían hecho ricos, ya habían llegado a reinar. Pablo les dice: «¡Ojalá fuera cierto! Permítanme que les diga lo que pienso». Es una forma de sarcasmo. Bueno si todos estamos dando nuestra opinión, aquí está la de Pablo: ustedes no son ricos y no han llegado a reinar.
Él les dice: «Estamos en exhibición. Dios quiere que ustedes vean algo en nosotros. Dios nos ha puesto de exhibición». La palabra «exhibición» significa presentar algo públicamente. Uno va a un museo para ver una exhibición. Ahí está con las luces enfocadas sobre ello. Hay una obra de arte y nos reunimos ahí para considerar lo que se está exhibiendo.
Consideremos que él hizo un «espectáculo» de nosotros. Tiene que ver con la palabra «theatron». De esta palabra obtenemos la palabra «teatro». Los corintios estaban familiarizados con lo que se hacía en los teatros. Era donde se presentaban los espectáculos. En particular, era donde se asistía para ver las peleas de los gladiadores. Era donde iban para ver los dramas y las obras teatrales en las cuales se recreaban las grandes batallas de su ejército y los grandes acontecimientos de su cultura. Pablo utiliza esta palabra y se describe a sí mismo como un gladiador que es derrotado en el conflicto.
Un autor escribe: «Parece que a los apóstoles no se le daba más importancia que a los gladiadores que derramaban su sangre en el coliseo para proveer un espectáculo público divertido. Indudablemente, a los corintios debió de haberles dado vergüenza el estar recostados en los mejores asientos para simplemente aplaudir o hasta sisear». Pablo dice: «Dios les ha otorgado algo que mirar, una exhibición. ¿Quieren un espectáculo? ¿Quieren un evento de gladiadores? En último lugar, somos como hombres condenados a muerte». Entonces pensarían en cómo terminaría el evento de gladiadores. Vemos a dos hombres que están luchando el uno con el otro. Están fatigados, débiles por causa de las peleas que han librado anteriormente. Uno de ellos tiene que perder, porque está condenado a muerte. Cuando cae al suelo, el otro gladiador está listo para traspasarlo y la multitud lo condena a muerte.
Pablo dice: «Ahí tienen su espectáculo. Esto es lo que observarán cuando consideren mi persona y mi vida. Me veran como si estuvieran en un teatro, mirando a un gladiador que ha sido condenado a muerte». ¡Qué despliege de humillación y derrota! Pablo dice: «Pero esta estrategía es la que miran los ángeles, porque no peleamos contra sangre ni carne». Esta es la estrategía que se muestra a los hombres y que tienen el propósito de destruir las especulaciones arrogantes y los pensamientos altivos que se levanta contra el conocimiento de Dios. Esta es una táctica de guerra que nos lleva a la unión con el Cristo que aplastó la cabeza de la serpiente en la cruz y triunfó en el poder de la resurección. La imagen que presenta Pablo de sí mismo hubiera causado repulsión en los corintios.
Debemos escuchar estas palabras y darnos cuenta de cuan desagradables hubieran sido para esta congregación en Corinto. Consideremos lo que él continúa diciendo en el versículo 10: «Nosotros somos necios por amor de Cristo, mas vosotros, prudentes en Cristo; nosotros somos débiles, mas vosotros, fuertes; vosotros sois distinguidos, mas nosotros, sin honra. Hasta el momento presente pasamos hambre y sed, andamos mal vestidos, somos maltratados y no tenemos dónde vivir; nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; cuando nos ultrajan, bendecimos; cuando somos perseguidos, lo soportamos; cuando nos difaman, tratamos de reconciliar; hemos llegado a ser, hasta ahora, la escoria del mundo, el desecho de todo». Si estuvieramos grabando a la congregación en Corinto, no escucharíamos a la gente decir amén, amén. Los escucharíamos expresar asco y disgusto: «Son cosas terribles. ¿La escoria del mundo? ¿Mal vestidos?»
La manera en la que se presenta Pablo desafía el sistema de valores de los corintios. Hace esto no solamente por medio de sus palabras sino por medio su persona y através de las experiencies que Dios le trae en la trayectoria de su ministerio.
Esto nos lleva a la cuestión de la aplicación y es esta: ¿es necesario que los cristianos vean el evangelio? ¿Necesitan ver el evangelio? Con razón enfatizamos la importancia del oír. «El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias», es una frase que se repite después de cada carta que Cristo escribe a las iglesias en Apocalipsis 2.
En 2 Corintios 4:2, Pablo afirma: «…hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino que, mediante la manifestación de la verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo hombre en la presencia de Dios». Cómo el Pastor Meadows nos ha estado instruyendo, debemos ser hombres que sean una encarnación de la verdad. La palabra «manifestación» significa llevarla a la luz para que sea evidente, para que sea obvia. Pablo dice: «Cuando ustedes me escuchan, oyen palabras de verdad. Cuando consideran mi vida, ven una manifestación de la verdad», una demostración que se adhiere genuinamente al mensaje del evangelio que se predica.
Pablo era una encarnación de este mensaje y no podía predicar al Cristo crucificado y a la vez tener la apariencia de alguien impresionante para los corintios. ¡La crucifixión no es estupenda! Será una encarnación del mensaje, particularmente con su sufrimiento.
Robert Plummer establece una relación entre el sufrimiento de Pablo y la proclamación del evangelio. Declara: «Pablo piensa que el sufrimiento no solamente acompaña la proclamación del evangelio, sino que es una proclamación del evangelio». Como podemos ver, Pablo mismo es el medio por el cual se comunica el evangelio. Plummer afirma: «El que transmite el mensaje es una ilustración del contenido del mensaje». No podemos predicar al Cristo crucificado y también ser figuras impresionantes en nuestra cultura. El mensajero se alínea al mensaje y de esta manera los que no fueron testigos oculares de la crucifixión de Cristo todavía recibieron una ayuda visual, si lo podemos decir así, del evangelio. Se les otorga un siervo sufriente, el mismo Apostol Pablo. El reto para nosotros es que también debemos ser una encarnación de nuestro mensaje. También debemos ser ejemplos emblemáticos del mensaje que proclamamos.
El método de Dios no es dar a la Iglesia nuevas estrategias, programas, artilugios y tecnologías. Su método es enviarles un hombre: tú. «Vino al mundo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan». Es así que Juan comienza su evangelio en Juan 1:6. Ahí lo tienen. ¡Así comienza la nueva historia de redención! ¿Comienza con un anuncio de trompetas? No. Llega un hombre que es envíado por Dios con un mensaje y él mismo es el emblema de ese mensaje, a medida que llama a los pecadores al arrepentimiento y a la fe en Jesucristo.
Me gustaría compartir algo de mi opinión acerca de lo que ocurre en nuestra cultura hoy en día. Por alguna razón, el hacer películas de Jesús ha empezado a popularizarse. También se hacen programas de televisión acerca del libro de Hechos, sobre Noé y otras películas acerca de los personajes de la Biblia y las historias bíblicas. Se producirá una película del Apostol Pablo que está programada para estrenar dentro de un par de años. No me haré señor de sus consciencias, pero no les recomiendo que se expongan a esas imágenes visuales. No recomiendo que vean esas imágenes visuales. No recomiendo que se lleven esas imágenes visuales a la mente. Condicionará la manera en que se lee la Biblia. Esas imágenes comenzarán a influenciar la manera en que se interpreta las Escrituras. Te animo, como lo he hecho anteriormente, a que exhortes a tu congregación para que no se expongan a esas películas.
Pero Dios les ha dado algo que sí pueden ver. Dios les ha provisto algo que pueden mirar: tú. Les ha dado una imagen visual: tú. Les ha dado una exhibición de una vida transformada por la gracia. Les ha provisto una representación visual de un hombre que está unido a Jesucristo por medio de Su vida y resurección. Tú, un pecador que se ha convertido, un siervo dotado de Jesucristo, que vive su vida con integridad delante de su congregación. Ellos conocen tús aflicciones, conocen tus dificultades y tus defectos y ven como vives la realidad del evangelio, no solamente cuando estás en el púlpito, sino en medio de ellos. Tú eres la representación visual que Dios le ha otorgado a Su pueblo. Ellos necesitan escuchar y necesitan ver. Ellos te escuchan, te oyen y también te observan. Y tienen una razón válida para hacer esto porque, así como Pablo, nosotros también hemos de ser una demostración del evangelio.
2) La liberación de Pablo de la muerte (2 Corintios 1:8-11)
En segundo lugar, en 2 Corintios, capítulo 1, vemos la liberación de Pablo de la muerte. En esta ocasión, en lugar de otorgarle la gracia para soportar el sufrimiento, Dios rescató al apostol de la muerte. 2 Corintios 1:8-11: «Porque no queremos que ignoréis, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia, porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos, el cual nos libró de tan gran peligro de muerte y nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que El aún nos ha de librar, cooperando también vosotros con nosotros con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don que nos ha sido impartido por medio de las oraciones de muchos».
Bien, ¿a qué se refiere Pablo en este pasaje? ¿De qué está hablando? Los eruditos no están seguros a qué se refería Pablo. Algunos señalan 1 Corintios 15:32 donde Pablo dice: «Si por motivos humanos luché contra fieras en Efeso, ¿de qué me aprovecha?» Pero Pablo no dice que en verdad luchó con fieras en Éfeso. Lo que dice es: «Si lo hubiera hecho».
De la misma manera, cuando dice en 1 Corintios 13:3: «Y si diera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado», está hablando hipotéticamente. No sabemos con seguridad. No podemos aseverar que Pablo luchó con fieras en Éfeso. Está usando un ejemplo hipotético. Pero él sí sufrió algo y es a lo que se refiere. Los lectores en Corinto conocían los detalles porque él no los repite; ellos sabían a cuál evento él hacia referencia. Fue un acontecimiento que llevó a Pablo al límite de su persona, hasta la misma puerta del infierno. Él estaba excesivamente agobiado. [Esta carga] era superior a sus fuerzas. Había llegado al límite de su propia capacidad humana. Notemos como enfatiza la muerte. En el versículo 8: «Perdimos la esperanza de salir con vida». En el versículo 9: «La sentencia de muerte». En el versículo 10: «[el] gran peligro de muerte».
Ahora, «la sentencia de muerte» puede ser una referencia a una corte humana que realmente le había dado una sentencia de muerte a Pablo y que hemos internalizado esa sentencia (?). Pablo estaba seguro que era un hombre muerto. Una cosa es que hoy reconozcamos que algún día moriremos, pero otra es saber que mañana por la mañana seremos ejecutados. Esta es la situación en la que se encuentra Pablo. En lo que a él respecta, la vida ha llegado a su final. Él está a punto de morir. Mañana morirá. Humanamente hablando, no hay manera de escapar su muerte inminente. ¿Cual es su entendimiento sobre estas cosas? Versículo 5: «los sufrimientos de Cristo son nuestros». Él entiende sus sufrimientos en términos de su unión con Jesús y dice: «Este es el sufrimiento de Cristo». Está a punto de entrar en una nueva y más profunda relación con su salvador, por medio del sufrimiento.
No solamente le pertenecen los sufrimientos, sino que su consuelo es abundante. Vivió la realidad de ese consuelo. Él le escribe a los corintios para animarlos, para que aun cuando estén a punto de morir, conozcan el consuelo de aquellos que mueren en unión con Cristo, aquellos que sufren por causa del evangelio.
De manera que él les dice en el versículo 6: «Pero si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salvación; o si somos consolados, es para vuestro consuelo, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros está firmemente establecida, sabiendo que como sois copartícipes de los sufrimientos, así también lo sois de la consolación». Consideremos lo que Pablo hace justo al principio de esta carta. Nuevamente, confronta a los corintios por medio de su sufrimiento. Inmediatamente, primero les recuerda acerca de ese evento que ellos deben de haber conocido, en el que Pablo casi muere. «Que repugnante, que débil, que humillante, que insignificante. ¿Por qué comparte estas cosas con nosotros? ¡Esto no nos impresiona en absoluto!»
Ah, pero debiera impresionarnos, porque nos lleva a conocer al Dios que levanta a los muertos. Nos lleva a probar el poder de la gracia y el
consuelo de la resurrección y la esperanza del Dios que levanta a los muertos. Nos insta a brindar la alabanza, la acción de gracias y la adoración que este Dios justamente merece. Porque cuando enfrentamos la muerte, la enfrentamos en unión con Jesucristo. Cuando enfrentamos el sufrimiento, particularmente el sufrimiento que viene como el resultado del ministerio, compartimos los sufrimientos de Jesucristo. Aunque este pensamiento nos puede resultar muy terrible y doloroso, la realidad es que me refiero a un sufrimiento abrumador. ¡Es algo que supera nuestras fuerzas! «Nos llevó al límite de nuestro ser. Perdimos la esperanza. Estábamos casi perdidos», pero este no es el final de la historia, porque somos resucitados en unión con Cristo. También recibimos consuelo, esperanza y hasta gozo en medio del sufrimiento.
Inmediatamente, Pablo lleva el tema hacia un tono de adoración. Próximamente hace referencia a lo que había dicho anteriormente en el versículo
3: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación». Notemos que este es el Dios que resucita a los muertos. Se nos instruye a no «[confiar] en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos». Conocemos a ese Dios, no solamente como el Dios de Marta en el funeral de Lázaro, quien esperaba que su hermano resucitaría «en la resurrección, en el día final».
Conocemos al Dios que levanta a los muertos y que dijo: «Yo soy la resurrección y la vida». Conocemos a este Dios que se revela en Jesucristo y al compartir los sufrimientos de Jesucristo, obtenemos sostén por medio del poder de resurrección y la gracia de Jesucristo.
Entonces en el versículo 7, él usa la palabra «pathéma» cuando se refiere a su sufrimiento. Es la palabra «pathos», una palabra que se utiliza para indicar angustia emocional intensa, incomodidad y aflicción. La frase «perdimos la esperanza» conlleva la perplejidad total y la angustia interna. Además, la palabra «aflicción» en el versículo 8 es el término del cual obtenemos la palabra «tribulación». Es la idea de que existen unas circunstancias externas que nos presionan arriba, abajo, en el lado, delante, detrás, nos presionan. Pablo siente que se desploma por la presión exterior, que se debilita por la perplejidad que siente por dentro, pero a pesar de todo, también se le otorga un consuelo maravilloso y se le rescata de forma milagrosa. No sabemos cómo, pero sí sabemos que fue por la mano de Dios que produce acción de gracias y alabanza a Dios. Al principio de la epístola, sin nisiquiera terminar el primer capítulo, Pablo nuevamente les relata a los corintios sus sufrimientos en su favor y para la gloria de Dios, por causa de [su] unión con Jesucristo, en Su muerte y resurrección.
Aplicación
Hermanos, tenemos que aceptar el hecho de que, como discípulos de Jesucristo, vamos a sufrir y necesitamos aceptar que, como pastores del rebaño de Cristo, se nos ha llamado a una dimensión única de sufrimiento.
Con toda seguridad puedo asegurarte que, si Dios te ha otorgado el corazón de un pastor, mientras estás sentado aquí hoy tienes dolor en tu corazón. Tienes a las personas de tu iglesia en el corazón y te importan, te preocupas por ellas, intercedes por ellas. Vas a tu escritorio y le pides a Cristo que te otorge el alimento que será para su provecho y que hablará a sus consciencias, que será apto para sus necesidades particulares. Llevas a cabo tus visitas de pastor, oras con ellas, te empeñas por traerles una Palabra de Dios que será adecuada y «una palabra a tiempo» (Proverbios 15:23) para sus necesidades particulares. Esto es doloroso. Podemos decir: «de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gálatas 4:19).
Se te ha concedido una clase de sufrimiento que el hombre inconverso no conoce en lo absoluto. No es solamente el sufrimiento de vivir en un mundo caído. No es solamente el sufrimiento de perder la vista y los dientes y la audición y el deterioro del hombre exterior (2 Corintios 4:16). Esto es algo ordinario. Son los sufrimientos de Cristo. Es la experiencia de que nos odien por ninguna otra razón que nuestra identidad con Jesucristo. Es ser intimidados por un mundo que cada día se opone más a Cristo. Que se nos amenaze con perder la aprobación de los demás, perder el afecto de los seres queridos que amamos, pero para quienes somos una ofensa.
Puede ser que que en el occidente nos estemos enfrentando a la pérdida de derechos legales, el estatus económico que tenemos en nuestra cultura, cosas como la exención de impuestos. Tal vez tendremos que enfrentar la opresión económica, como aquellos que recibieron la carta a los hebreos, que perdieron sus trabajos y a quienes les arrebataron los bienes y algunos de ellos fueron encarcelados. Quizá sufriremos el tipo de persecución que sufren nuestros hermanos en el medio oriente.
Vi algunas grabaciones, algunas imágenes de algunos de esos cristianos coptos que estaban arrodillados mientras los jihadis estaban de pie detrás de ellos, listos para decapitarlos. Amplie la foto para mirar algunas de las expresiones en las caras de esos hombres cuando estaban a punto de morir. Tuve la impresión de que algunos de ellos habían aceptado su muerte inminente. Tengo problemas reales con el cristianismo copto, existen problemas doctrinales y eclesiásticos que son reales. No puedo responder todas las preguntas que este tema conlleva, pero sí puedo decir lo siguiente: la única razón por la cual esos hombres estaban a punto de perder sus vidas era el nombre de Jesucristo. ¿Cuánto entendían del evangelio? No lo sé. Pero pienso que muchos, si no la mayoría de estos hombres, esperaban que, en el momento de la decapitación, abrirían sus ojos para contemplar el rostro de Cristo. Tengo cierta sospecha de que algunos de esos jihadis conocían esto y que sabían aun al martirizarlos, que estos hombres todavía eran vencedores. No sé que tipo de oposición tendremos que enfrentar, pero sí sé que estamos llamados al sufrimiento ministerial.
Hermanos, hoy en día los pastores son presionados para que se conviertan en terapistas profesionales, gerentes de empresa, maestros de ceremonia que se paran en la plataforma y coordinan a diversos artistas que suben para entretener a una audiencia.
Pablo muestra que somos una extensión humana del evangelio, una demostración de lo que significa seguir y proclamar al Cristo crucificado que ha triunfado sobre la muerte en la victoria de la resurrección, que triunfó sobre Satanás y aplastó su cabeza con el calcañar sangriento y que estaba dispuesto a sufrir a manos de un mundo que todavía grita: «¡Crucifícale! ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!» Es en ese mundo en el que se nos llama a predicar una verdad intransigente, en el cual se nos llama a mostrar integridad y autenticidad como ministros del evangelio. Cuando se nos llama a sufrir por causa de Cristo, hemos de esperar ocaciones de liberación y anticipar la gracia propicia y sustentadora, confiados en que servimos al Dios que resuscita a los muertos.
Para concluír este estudio inicial, me gustaría leer los deseos que el Apostol Pablo expresa en Filipenses capítulo 3, desde el versículo 8 al 11 (espero que estas palabras sean una expresión de nuestra determinación): «Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en El, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe, y conocerle a El, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como El en su muerte, a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos».
Que esta también sea nuestra aspiración. Amén.
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Our gracious Father, we call upon Your name by faith in Jesus Christ. We would put our eyes upon our exalted Saviour, and see there the Lamb standing, having been slain. We would ask that You would teach us how we are to minister this gospel, not only with our words, but by our lives and our experiences. Comfort us, strengthen us in our weakness, and use us, we pray for the glory of Christ Jesus. Amen.
I’m going to speak on the subject of ministerial suffering. We’re going to be looking particularly at Paul’s writings to the church in Corinth. He makes the case that his sufferings prove that he is an Apostle of Jesus Christ, in distinction from the false apostles who have infiltrated the church, and are tempting to move the church away from their connection to Paul and their confidence in the gospel.
Now, before we get into this topic, let me begin by asserting my sense of privilege for being in the ministry. As the Apostle who says, “I thank Jesus Christ our Lord who has strengthened me, because He considered me faithful, putting me into service.” I rejoice in the privilege of being a minister of the gospel of Jesus Christ. I often thank God for the kind of work He has given me to do. The men in my church work as unto the Lord, but their work does not have the eternal significance that my work has. They are often leaving home very early, commuting an hour plus one way to work, commuting back again at night; working in a work environment with unbelievers, often in a hostile environment with agendas that are intentionally set against the things of Christ. As they get older they’re facing job insecurity, many of those things do not plague me as they do my brethren.
I get to study the Word of God, and to pray. I get to tell people about the One that I love supremely, and to talk to people about the things that are most important and most urgent. I have opportunity to fellowship with God’s people not only in my own congregation, but in other congregations. “For the saints who are on the earth, they are My majestic ones, in whom there is My delight.” There are no people like Christ’s people, and it is a privilege to labor among Christ’s people and to be a minister of the gospel of Jesus Christ.
These privileges have challenges. The pastoral ministry has its own unique thorns and thistles, as all men’s work have thorns and thistles, but I want to begin our study on ministerial suffering by sounding this note of gratitude to Jesus Christ for the privilege of putting me into the ministry. We labor not in vain, brethren, and it is a privilege.
There are dimensions, however, of our work, as pastors, which is unique to the pastoral ministry. That unique dimension has to do with the heart of a shepherd. Those men who are given a shepherd’s heart are also called to a unique experience of ministerial suffering. The true shepherd is not a hireling, he is concerned for the sheep, as Jesus tells us in John 10:13.
Paul describes his ministry in the Galatian church. He says, “My children, with whom I am again with labor until Christ is formed in you,” in Galatians 4:19. He likens the pastoral ministry to a woman who is in labor, experiencing the contractions of giving birth to a child. Painful contractions that often result in frustration, without fruit, and an opportunity to experience yet another painful contraction.
I remember reading with Pastor Martin back in 1983. It was one of our first meetings. I was 29. I was into my second year in the pastoral ministry. We met in Pastor Martin’s office, and we were talking about the pastoral ministry. At the time he was going through a crucible of suffering. Tears welled up in his eyes, and he said to me something to this effect: “When it stops hurting, you stop pastoring.” I was stunned. This was my second year in the ministry. I was surprised. Unexpected pain, unexpected heartache is one of the factors that drive men out of the ministry.
I read recently that since the 1970s there has been a fourfold increase of men resigning from pastoral labor within the first five years of entering into the ministry. This is a challenging generation that God has called us to serve. Western civilization has produced people with unique needs and challenges. Interestingly, people who are very similar to those who were in the church at Corinth. We’re going to consider passages from Corinth. Why? Because the main theme is Paul’s defense of his own ministry to a church that was repulsed in many ways by gospel realities.
If you look at Acts 9, we see what Ananias is to tell the Apostle Paul as the Lord tells Ananias of Paul’s ministry. In verse 15 and verse 16 of Acts 9, “The Lord said to Ananias, ‘Go! For he is a chosen instrument of mine to bear my name before the Gentiles and their kings and the sons of Israel. For I will show him how much he must suffer for my name’s sake.’” From the very beginning, there are two dimensions to Paul’s ministry: the bearing of the name of Christ and the proclamation of the gospel, and his own experience of suffering. Now, let me make five preliminary observations.
1. The distinction between the Apostle Paul’s suffering and our suffering.
First of all, we must distinguish between the suffering of the Apostle Paul, and our suffering as pastors and as disciples of Jesus Christ. Paul’s suffering was part of his apostolic ministry. It was revelatory. It accompanied his preaching as his apostolic service to Christ. The gospel was communicated to the Corinthians not only by Paul’s preaching, but also it was displayed in the manner in which Paul ministered. It was displayed in Paul’s experience of ministerial suffering. The Corinthians had to embrace not only Paul’s message, but the manner in which he delivered that message, and the man himself, particularly in his weakness and in his suffering. They could not have Jesus Christ and reject the Apostle Paul. They could not have Christ and reject the way Paul proclaimed the gospel, in foolishness and weakness. They could not reject Paul in the example of his suffering.
Paul tells them in 2 Corinthians 4:5, “We do not preach ourselves, but Christ Jesus as Lord, and ourselves as your bondservants for Jesus’ sake.” They needed to understand the lordship of Christ, as well as the servant ministry of the Apostle Paul. They would be repelled by the idea of Paul as a servant. That is not something the Corinthian would want to attain to. He would not want to become a servant. He had elevated views of himself, and being a servant would have been repulsive. But they had to get over their offense of the way Paul spoke, and their offense of Paul’s appearance and Paul’s weakness and Paul’s suffering, because it’s in that weakness and it’s in the testimony of suffering that Paul communicates the gospel.
Our suffering is not revelatory. When we suffer, we do—for the benefit of others—give an example. Not revelatory, but exemplary. Although we proclaim the Word of God, our preaching is not revelatory, and our experience of suffering in the ministry is not revelatory. But our experience in the ministry is part of our calling, it’s part of our service, it’s part of our ministerial labor, it’s part of our personal discipleship to Christ. As disciples of Christ and as ministers of the gospel, we will be called to some measure of suffering.
Paul writes in 2 Timothy chapter 1 to his son in the gospel, Timothy. 2 Timothy 1:8-11, “Therefore do not be ashamed of the testimony of our Lord or of me his prisoner. But, join with me in suffering for the gospel, according to the power of God. Who has saved us and called is with a holy calling—not according to our works but according to His own purpose and grace. Which was granted us in Christ Jesus from all eternity, but now has been revealed by the appearing of our Saviour, Christ Jesus, who abolished death and has brought life and immortality to light through the gospel. For which I was appointed a preacher and an apostle and a teacher.” Join the beginning and the end of that where Paul says, “Join with me in suffering for the gospel…having been appointed as a preacher, an apostle, and a teacher.” When we sign up to serve Christ as a preacher and as a teacher, we have signed up for a unique course of suffering. Paul says, “I want you to join with me in the sufferings.”
Peter tells us in 1 Peter 4:13 that we share the sufferings of Christ. Now, that does not mean our sufferings make atonement for others, but it means that we enter into union with Christ in His suffering, in His death, in His cross, and in His resurrection. As disciples, we’re told that we will suffer. “For to you it has been granted for Christ’s sake not only to believe in Him, but also to suffer for His sake, experiencing the same conflict which He sought in me, and now here to be in me.” (Philippians 1:29-30.)
Again in Romans 8:16-17, the Spirit Himself testifies with our spirit that we are the children of God, and if children, heirs also. Heirs of God and fellow heirs with Christ if indeed we suffer with Him in order that we might be glorified with Him. So, the first preliminary observation is to differentiate Paul’s suffering from our suffering. His is revelatory, ours ought to be exemplary.
2. Paul does not call to suffer just for the sake of suffering.
The second perspective is that Paul never calls the Corinthians to suffer for the sake of suffering itself. He does not present us with what we would call ‘martyr theology.’ We are never told to pursue suffering. We are told to pursue holiness, but we are told that in the pursuit of holiness we will encounter the opposition of an unholy world. We will meet up with the opposition of a world that hates the Christ that we love, and that we serve.
We are never told to provoke a conflict with the world, but again, the world is in conflict with our Lord. Therefore, we will experience the hatred the world has for Christ directed toward us as well. Paul will tell us we’ve been called to suffer, but he will never tell us to pursue suffering. Pursue Christ, and experience in the way that you will meet with certain opposition.
3. Why the almost certainty of suffering?
Thirdly, why is suffering inevitable for us? There are two basic reasons.
One, is has to do with our enemy: Satan. Paul tells the Romans in Romans 16:20, “The God of peace will soon crush Satan beneath your feet.” We, as the seed of the woman, are in warfare with the Evil One. The strategy of this warfare requires the fangs of the Evil One piercing our heels. We are called in this warfare to experience a measure of suffering. We do not war according to the flesh. We tear down speculations and lofty thoughts that are raised up against the knowledge of God. We deal with people who are being deceived and lied to by the Adversary. We’re called to engage in a strategy of warfare that will involve our suffering.
Not only do we suffer because of Satan, but we also suffer because of Christ. Because we are united to Christ in His cross and in His resurrection. This is what is so crucial to understand about Paul’s suffering: in his suffering he is giving to the Corinthians and giving to us, as it were, a human extension of the very cross of Christ. We see something here that is Christ-like, and we are called to something that is Christ-like in this present age of the already and the not-yet. We are to live in this relationship to death and resurrection; resurrected in Christ, united in Christ to the grace and the power of the age to come. Yet, at the same time, living in this present age and called to go the way of the Lamb. Satan, and the cross; we will be those who will suffer.
4. God’s grace to those who suffer.
Fourthly, consider the grace that God gives to us in suffering. God will do one of two things for us in our suffering.
First, He’ll deliver us from our suffering. We’ll see that in Paul’s experience. He either removes the threat or He removes Paul and delivers him from suffering, or secondly, He gives Paul the grace to endure suffering. As we’ll see next time, He doesn’t take the thorn away, but gives the grace to glorify Christ in the midst of his weakness and his pain.
The results of suffering.
Finally, by way of preliminary observation, there are two main results that come from ministerial suffering.
The first is the benefit that is given to the people of God. Paul repeatedly makes it clear that he’s not suffering for suffering’s sake. He’s not suffering as some martyr in the sense that the more he suffers, the more virtuous he is. He’s suffering for the benefit of the people of God in Corinth. He wants them to know that his sufferings is for their benefit, that they might receive a ministry of the gospel.
The second purpose of suffering is to occasion the worship and praise of God, to display the glory of God’s gospel, and bring about praise and thanksgiving as God delivers His servants from suffering and sustains His servants in suffering, doing so as the God who raises the dead, the God who overcomes death and suffering. So, our suffering always has a purpose to it. It always has a purpose: for the benefit of God’s people and for the glory of God.
1) Paul as a display of the gospel (1 Cor. 4:9).
Let’s look first of all, at Paul as the display of the gospel. Before we get to the issue of the suffering in itself, per se, I want you to see from 1 Corinthians 4:9 that Paul is a display of the gospel.
We read in 1 Corinthians 4:9, “For I think God has exhibited us apostles last of all, as men condemned to death. Because we have become a spectacle to the world, both to angels and to men.” Now, you know the context. The Corinthians were divided in aligning themselves with their celebrity preachers. They were competing with one another, and they were boasting in their pride, as Paul rebukes them in verse 6 and verse 7, “Who regards you as superior?” Why are you bragging the way you are? In verse 8 they are infected with an over-realized eschatology. They’re putting an emphasis on the already, not balanced with the not-yet. They are thinking to themselves that they already have become rich, they already have become kings. Paul says, “Oh, I wish that were true! Let me tell you what I think.” It’s sort of a sarcastic, “If we’re going to give our opinion, here’s Paul’s opinion.” “You’re not rich kings.”
He says, “We are exhibits. God has given you something to see in us. God has exhibited us.” It’s a word that means to put something on public display. You go to a museum and you see an exhibit. It’s there with spotlights on. There’s a piece of art, and you’re there to look at what is exhibited.
Then, “He has made a spectacle out of us.” It’s this word theatron. We get the word ‘theater’ from that. The Corinthians would know what happens in their theaters. That’s where the spectacles were put on display. In particular, that’s where they would go to see gladiators fight one another. That’s where they would go to see dramas and plays that would reenact the great battles of their army and the great events of their culture. Paul uses this word and describes himself as one of the gladiators who loses his conflict.
One writer writes, “The apostles seemed to be of no more importance than the gladiators who shed their blood in the arena to provide an amusing public spectacle. Surely, the Corinthians should be ashamed of themselves to lounge in the best seats to simply applaud or even to boo.” Paul says, “God has given you something to look at: an exhibit. You want a spectacle? You want a gladiator event? We are like men last of all condemned to death.” They would then think of how the gladiator event would come to an end. You’ve now got the two men fighting off against each other. They’re fatigued, they’re weak from previous bouts. One of them is going to lose, being condemned to death. When he falls to the ground, the other gladiator is ready to thrust him through, and the crowd condemns him to death.
Paul says, “There’s your spectacle. That’s what you’ll see when you see me and my life. You’ll see me as though in the theater, watching the gladiator who was condemned to death.” What a display of humiliation and defeat! Paul says, “But this is the strategy that is seen by angels, for we wrestle not with flesh and blood.” This is the strategy seen by men in order to topple their arrogant speculations and lofty thoughts raised up against God. This is a tactic of warfare that brings us into union with the Christ who crushed the head of the serpent on the cross and triumphed in resurrection power. Paul presents a picture of himself that would have been repulsive to the Corinthians.
You must hear these words and realize how repulsive these things would sound to this Corinthian congregation. Look what he goes on to say in verse 10, “For we are fools for Christ’s sake, but you are prudent in Christ! We are weak, but you are strong! You are distinguished, but we are without honor! To this present hour we are both hungry and thirsty, and are poorly clothed, and roughly treated, and are homeless. We toil, working with our own hands. When we are reviled, we bless; when we are persecuted, we endure; when we are slandered, we try to conciliate. We have become as the scum of the world, drags of all things—even until now.” If you were recording the Corinthian congregation, you would not be hearing people saying, “Amen. Amen.” You would hear them saying, “Ugh. Eh. Disgusting. That’s terrible. Scum of the world? Poorly dressed?”
Paul presents himself in a way that challenges the Corinthian value system. He does so not only by what he says, but by who he is and the experiences that God brings him to in the course of his ministry.
This brings us to a question of application, and it is this: do Christians need to see the gospel? Do they need to see the gospel? We rightly emphasize the ear gate. “He who has ears to hear, let him hear what the Spirit says to the churches,” is the repeated refrain after every letter Christ writes to the churches in Revelation 2:3.
In 2 Corinthians 4:2, Paul says, “Having renounced the hidden things because of shame; not walking in craftiness, or adultery in the Word of God. But by the manifestation of the truth, commending ourselves to every man’s conscience in the sight of God.” As Pastor Meadows has been instructing us, truth is to be something that we embody as men. The word ‘manifesting,’ means to bring it to light, to make it evident, to make it obvious. Paul says, “When you hear me speak, you hear words of truth. When you look at my life, you see a manifestation of truth.” A demonstration that aligns itself genuinely with the message of the gospel that is being preached.
Paul was an embodiment of his message, and he is not going to preach Christ crucified and appear impressive to the Corinthian. Crucifixion is not impressive! He will embody his message, and particularly in his suffering.
Robert Plummer connects Paul’s suffering and gospel proclamation. He says, “Paul thinks suffering not only accompanies the Apostle’s proclamation of the gospel, but is a proclamation of the gospel.” Paul himself, you see, is the media through which the gospel is communicated. Plummer says, “The conveyer of the message pictures the content of the message.” You’re not going to preach Christ crucified and then be culturally impressive. The messenger aligns with the message, and those who are not eyewitnesses to Christ’s crucifixion were still given a visual aid, if you will, to the gospel. They are given a suffering servant, even the Apostle Paul himself. The challenge to us is that we are to likewise embody our message. We are likewise to be emblematic of the message that we proclaim.
God’s method is not to send the Church new strategies and programs and gimmicks and technologies. His method is to send them you. “There came a man sent from God whose name was John.” That’s how John opens his gospel in John 1:6. Here it is. The new redemptive history begins! How does it begin? Trumpets announcing? No. Here comes a man sent from God with a message, and he himself is the very emblem of that message, as he calls sinners to repentance and faith in Jesus Christ.
Let me give something of my opinion on what is happening in our culture today. For some reason, it has begun to be popular to make movies about Jesus, television programs about the Book of Acts, Noah, and other movies about Bible characters and Bible stories. I understand there’s more to come. There’s going to be a movie produced about the Apostle Paul, being unleashed within the next couple of years. I won’t lord it over your conscience, but I don’t recommend that you see those visual images. I don’t recommend that you take those visual images into your mind. They will condition the way you read your Bible. Those images will begin to inform how you interpret Scripture. I would encourage you, as I’ve done, to encourage your people not to see those movies.
But God has given them something to see. God has given them something to look at: you. He’s given them a visual image: you. He’s given them the display of a life that’s transformed by grace. He’s given them a visual display of a man who is joined to Jesus Christ in His death and resurrection. You—a converted sinner, a gifted servant of Jesus Christ—who live your life with integrity before your people. So they know your trials, they know your difficulties, they know your shortcomings and they see you living out the reality of the gospel, not only when you’re in your pulpit, but when you’re living among them. You’re the visual display that God has given to His people. They need to hear and the need to see. They hear and listen to you, and they look at you. With good reason, because like Paul, we too are to be a display of the gospel.
2) Paul’s deliverance from death (2 Cor. 1:8-11).
Secondly, in 2 Corinthians chapter 1 we see Paul’s deliverance from death. Here’s the occasion where rather than given grace to endure suffering, God delivered the Apostle from death. 2 Corinthians 1:8-11, “For we do not want you to be unaware, brethren, of our affliction which came to us in Asia, that we were burdened excessively, beyond our strength, so that we despaired even of life; indeed, we had the sentence of death within ourselves so that we would not trust in ourselves, but in God who raises the dead; who delivered us from so great a peril of death, and will deliver us, He on whom we have set our hope. And He will yet deliver us, you also joining in helping us through your prayers, so that thanks may be given by many persons on our behalf for the favor bestowed on us through the prayers of many.”
Now, to what does Paul refer here? What is he speaking about? Scholars are uncertain as to what Paul is referring to. Some point to 1 Corinthians 15:32, where Paul says, “If from human motives I fought with wild beasts at Ephesus, what does it profit me?” But Paul doesn’t say that he did fight with wild beasts at Ephesus. He said, “If I did that.”
Likewise, in 1 Corinthians 13:3, “If I give all my possessions to feed the poor; if I surrender my body to be burned.” He’s speaking hypothetically. We’re not sure. We can’t say Paul fought with wild beasts at Ephesus. He’s using that as a hypothetical example. But he experienced something, to which he refers the details of which are known to the Corinthian readers, because he doesn’t rehearse the details. They know the event of which he’s speaking, and it was an event that took Paul to the very extremity of himself, right to the very gate of death itself. He was burdened excessively. It was beyond his strength. He was at the end of his own human capacity. Notice the emphasis of death. “Despaired even of life,” in verse 8. “The sentence of death,” in verse 9. “The great peril of death,” in verse 10.
Now, the sentence of death could refer to a human court that had actually sentenced Paul to death, and that sentence was internalised within ourselves. Paul was certain he’s a dead man. It’s one thing to acknowledge today that some day we will die; it’s another thing to expect that tomorrow morning you’re going to be executed. That’s where Paul is. As far as he is concerned, life is done. He is on death’s door. Tomorrow he is going to die. There is no human escape from this impending death. How does he understand that? Verse 5, “The sufferings of Christ are ours.” He understands his sufferings in terms of his union with Jesus and says, “This is the suffering of Christ.” He is about to enter into a deeper and fresh union with His Saviour, in suffering.
Not only are the sufferings his, but his comfort was made abundant. He experienced the reality of that comfort. He writes to the Corinthians in order to encourage them, that even at death’s door they will know the comfort of those who die in union with Christ, of those who suffer for the sake of the gospel.
So, he says in verse 6, “If we are afflicted, it is for your comfort and salvation; if we are comforted, it is for your comfort, which is effective in the patient enduring of the same sufferings which we also suffer; and our hope for you is firmly grounded, knowing that as you are sharers of our suffering, so also you are sharers of our comfort.” Look what Paul does right at the very beginning of this letter. Once again, he confronts the Corinthians with his suffering. Immediately, first thing he reminds them of was that event which they must have known about, in which Paul nearly died. “How disgusting; how weak; how humiliating; how insignificant. Why is he telling us this? That doesn’t impress us at all!”
Ah, but it should, because it brings you to the realization of the God who raises the dead. It brings you to experience the power of resurrection grace and comfort, and the hope of the God who raises the dead. It brings you to the praise and thanksgiving and worship that this God rightly deserves, because when we face death, we face death in union with Jesus Christ. When we face suffering—particularly suffering that comes to us in the way of ministry—we are sharers in the sufferings of Jesus Christ. As horrifying as that might be and painful as that might be, this is a suffering that is excessive. It’s beyond our strength! It took us to the end of ourselves. We were despairing, we were undone, but that’s not the end of the story, for in union with Christ we are also resurrected. We also receive comfort and hope, and even joy in the midst of our suffering.
You see, Paul immediately brings this to a note of worship. He immediately refers back to what he says in verse 3, “Blessed be the God and Father of our Lord Jesus Christ, the Father of mercies and God of all comfort.” Notice, this is the God who raises the dead. Teaching us, verse 9, “Not to trust in ourselves, but in God who raises the dead.” We know that God, not simply as the God of Martha at Lazarus’ funeral, who hoped her brother would rise again at the last day. We know the God who raises the dead who said, “I am the resurrection and the life.” We know this God revealed in Jesus Christ, and we enter into the sufferings of Jesus Christ, being sustained by the resurrecting power and grace of Jesus Christ.
So in verse 7, where he says that he is suffering, it’s that word pathéma, it’s the word pathos, it’s the word of intense emotional anguish and discomfort and distress. ‘Despair’—it’s a word of utter perplexity and internal turmoil. Also, ‘affliction’ in verse 8 is the word from where we get the word ‘tribulation.’ It’s the idea of external circumstances pressing in upon us, above, beneath, on the side, before, behind, and pressuring us. Paul is feeling himself collapse from the pressure of the outside, weakened by the perplexity of the inside, and yet marvelously comforted and miraculously delivered. We don’t know how, but we do know it was by the hand of God that brings thanksgiving and praise to God. Right out of the gate; not done with the first chapter, and Paul is already telling the Corinthians again about his suffering for their benefit and for the glory of God, because of our union with Jesus Christ, in His death and in His resurrection.
Application.
Brethren, we need to come to terms with the fact that as disciples of Jesus Christ we will suffer, and we need to come to terms that as pastors of Christ’s flock, we have been called to a unique dimension of suffering.
If God has given you a shepherd’s heart, I can assure you, I am confident that you’re sitting here today with pain. You’re carrying people in your heart from your church, and you care for them, you’re concerned for them, you’re interceding for them. You go to your desk asking Christ to give you food that will nourish them and that will address their consciences, that will speak to their particular needs. You visit them pastorally; you pray with them; you pray for them; you seek to bring them a Word of God that will be fitting in due season for their particular needs. That is a painful thing. It’s like I am in labor again until Christ be formed in you.
You’ve been given the kind of suffering the unconverted man knows nothing about. It’s not just the suffering of life in a fallen world. It’s not just the suffering of losing your eyesight and your teeth and your hearing and the decay of the outer man; that’s common. It’s the sufferings of Christ. It’s the experience of being hated for no other reason than your identity with Jesus Christ. Being intimidated by a world that is increasingly anti-Christ. Being threatened with the loss of social acceptance, the loss of the affection of loved ones whom you love, but who are offended at you.
Perhaps we will be facing in the West the loss of legal rights, the economic standing in our culture, tax exemptions and such. Perhaps we’ll see economic oppression, even as those who received the letter to the Hebrews, who lost jobs and had possessions taken, and some of the brethren in prison. Perhaps we’ll experience the kind of persecution that our brethren in the Middle Eastern experience.
I saw some of the tapes, some of the pictures of some of those coptic Christians on their knees with those Jihadis standing behind them about ready to behead them. I kind of enlarged the picture to take a look at some of the expressions on those men’s faces before they were about to die. I got the impression that some of them had come to terms with their impending death. I have real problems with coptic Christianity. There are real doctrinal, ecclesiastical problems. I can’t answer all the questions involved in this issue, but I can say this: the only reason those men are losing their lives is because of the name of Jesus Christ. How much do they understand of the gospel? I don’t know. Is their church ordered as a biblical church should be ordered? I don’t think so. But I think many, if not most, of those men were expecting that when their heads fell from their shoulders they would open their eyes to behold the face of Christ. I get the sneaking suspicion that some of those Jihadis knew that, and they realized that even in martyring these men, those men were still overcomers. I don’t know what kind of opposition we will face but I do know that we’re called to ministerial suffering.
Brethren, today pastors are being pressured to become professional therapists, to become business managers, to become ringmasters on the stage coordinating the various acts that come up to perform for the audience.
Paul presents us as a human extension of the gospel, as a display of what it means to follow and proclaim a crucified Christ who has triumphed over death in the victory of the resurrection, who has conquered Satan by His bloody heel crushing his head, and who was willing to suffer at the hands of a world that still cries out, “Crucify Him! Crucify Him! Crucify Him!” It’s in that world that we’re called to preach an uncompromising truth, that we’re called to be a display of integrity and authenticity, as ministers of the gospel. We are to expect occasions of deliverance, and to anticipate sustaining, enabling grace if and when we’re called to suffer for Christ’s sake, confident that we serve the God who raises the dead.
Let me conclude this initial study today by asking you to read with me the desires of the Apostle Paul in Philippians chapter 3, reading from verse 8 to verse 11. May these words express our own resolve. “More than that, I count all things to be loss in view of the surpassing value of knowing Christ Jesus my Lord, for whom I have suffered the loss of all things, and count them but rubbish so that I may gain Christ, and may be found in Him, not having a righteousness of my own derived from the Law, but that which is through faith in Christ, the righteousness which comes from God on the basis of faith, that I may know Him and the power of His resurrection and the fellowship of His sufferings, being conformed to His death; in order that I may attain to the resurrection from the dead.”
May we aspire to do the same. Amen.
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Lessons from the Pharisees for Christian Pastors
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Es bueno estar con ustedes hoy. Les traigo saludos de Trinity Baptist Church. Como ya saben, hemos tenido una larga relación; los amamos y oramos por ustedes con regularidad. Estoy muy agradecido por la invitación para formar parte de la conferencia pastoral y por la oportunidad de volver a ver algunos de los hombres que han asistido a esta conferencia en el pasado, también ver nuevas caras y escuchar nuevos nombres y saludarlos. Estoy agradecido de poder ministrar la Palabra de Dios a ustedes hombres, que están con nosotros hoy.
Por favor tomen sus Biblias y vayan al capítulo 11 de Lucas. Me enfocaré en los versículos 37 al 52 de Lucas 11. Ahora, pidamos la ayuda de Dios al acercarnos a su Palabra. Oremos juntos.
Dios que estás en el cielo, te damos gracias por tu palabra y que Tú nos has dado tu Palabra escrita. Nos la has otorgado en nuestros propios idiomas y te pedimos que nos ayudes por medio de tu Santo Espíritu, porque aunque Tú nos has dado la capacidad mental para entender las palabras, sin la ayuda de tu Espíritu nuestros esfuerzos aquí hoy serán en vano, los esfuerzos de predicar o de escuchar. Te pedimos que nos mandes tu Espíritu en gran medida, que nuestros esfuerzos no sean en vano. Que conozcamos la ayuda de tu Espíritu para el bien de nuestras almas y la gloria de tu nombre. Te pedimos todas estas cosas en el nombre de tu Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Amén.
Cuando estudiamos los evangelios, llegamos a familiarizarnos con ciertas personas. Obviamente llegamos a conocer más de Jesús, José y María, los apóstoles, Marta, María, Lázaro. Eran buenas personas, con la excepción de Judás, que fue uno de los apóstoles. Pero, también, cómo Judas, hay otras personas no tan buenas con las cuales también llegamos a familiarizarnos al leer y estudiar los evangelios. Además de Judas, existen otras personas como Pilato y claro, están los fariseos.
En general, los fariseos eran hombres malos. No todos, pero la mayoría de ellos, podemos decir, representaban el epítome de la maldad. Esto no significa que cometían los pecados más viles, sino que eran hombres que tenían mucha luz y que profesaban conocer a Dios pero que en realidad estaban en oposición a Él. Leemos acerca de esto en Lucas 12:47-48. Hay un sentido en el cual los fariseos representan a los siervos que conocían la voluntad de su Señor, pero que no se comportaban conforme a esa voluntad.
En Lucas 12:47 dice: «Y aquel siervo que sabía la voluntad de su señor, y que no se preparó ni obró conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes». Sigue diciendo en el versículo 48 que aquel que no conocía y no hacía la voluntad de su Señor, aunque también merecía azotes, no recibiría tantos. Los fariseos eran hombres que conocían la voluntad de Dios. Estaban expuestos a su Palabra. Conocían lo que estaba bien y lo que estaba mal, pero estaban en oposición a Dios. Por lo tanto, podemos decir que es importante que nosotros estudiemos sobre ellos.
Hay muchas palabras en el Nuevo Testamento escritas sobre los fariseos y es por una buena razón. Jesús mismo dijo al principio de Lucas 12 que debemos cuidarnos de su levadura que es la hipocresía. Si tenemos que cuidarnos de algo, tenemos que saber en qué consiste esto de lo cual nos estamos cuidando. Todos llevamos dentro de nosotros el pecado de los fariseos, por lo menos las semillas de estos pecados en nuestros corazones. Como personas que asisten regularmente a la iglesia y que están familiarizadas con la Biblia, fácilmente podemos convertirnos en fariseos si la gracia de Dios no se encuentra en nuestras vidas.
Al considerar este pasaje, vemos que se nos dice que Jesús entró a comer en la casa de un fariseo.
1. Los que acompañaban a Jesús
Veamos, en primer lugar, quiénes estaban alrededor de Jesús. En el versículo 37, se nos dice que su huésped era cierto fariseo. Cierto fariseo le pidió que fuera a comer con él. Tal vez se trataba de un almuerzo. Entonces, se nos dice que Él entró y se sentó a comer. El fariseo era el huésped. Habían otros invitados ahí también. Evidentemente, habían otros fariseos ahí junto con el dueño de la casa, y junto con ellos habían algunos abogados, maestros de la ley, o escribas, como se llaman en el relato evangelístico. Notemos que el versículo 45 dice: «Respondiendo uno de los intérpretes de la ley». Entonces, queda evidente que habían por lo menos dos abogados en ese lugar. Había más de un abogado ahí y uno de ellos abrió la boca y habló.
Los fariseos formaban una secta judía, eran una rama del judaísmo, en un sentido podríamos decir que formaban una denominación. Eran muy popular en los tiempos de Jesús. Eran líderes religiosos. No eran líderes religiosos oficiales nombrados en la Biblia como los sacerdotes y los levitas, pero eran líderes de la religión judía de aquel entonces. Por su posición de liderazgo, eran muy respetados por el pueblo judío. La palabra «fariseo» literalmente significa «separado», y ellos se enorgullecian de ser separados o diferentes. Se enfocaban en la separación de todo lo que era inmundo. Se enorgullecían de manera especial de estar separados de los gentiles.
Notemos que los fariseos no solamente se veían a ellos mismos como separados de, diferentes y superiores a los gentiles. En Juan 7:49, habla un fariseo y se refiere a «esta multitud». Él se está refiriendo al pueblo judío de Jerusalén: «Pero esta multitud que no conoce de la ley, maldita es», porque un número creciente de judíos comenzaban a escuchar y a seguir a Jesús. Ellos no tenían en poco solamente a los gentiles, sino a todo el que no era un fariseo como ellos. Los abogados generalmente pertenecían al partido de los fariseos, pero eran los eruditos o teólogos entre los fariseos. Entonces, estos eran los invitados. Aquí están los acompañantes de Jesús. Su huésped era un fariseo. Entre los invitados habían por lo menos algunos otros fariseos y algunos abogados.
2) La entrada de Jesús
Lo segundo que notamos es la entrada de Jesús. En la última parte del versículo 37 vemos que dice que después de recibir la invitación: «Jesús entró y se sentó a la mesa». Fue a la mesa inmediatamente.
En segundo lugar, en lo que respecta a su entrada, notamos que esto provocó una reacción de parte del fariseo que lo había invitado. Versículo 38: « Cuando el fariseo vio esto, se sorprendió de que Jesús no se hubiera lavado primero antes de comer». No había llevado a cabo el lavamiento ceremonial del cual leemos en otro lugar en los evangelios. Era la tradición de los ancianos (Mateo 15:2). No era un requisito bíblico, pero era un requisito de la tradición de los ancianos. Entonces, esto provocó una reacción de parte del fariseo. Se maravilló de que Jesús no se hubiera lavado primero antes de comer.
Ahora, esta palabra se usa en muchas ocasiones en los evangelios de manera positiva. La gente se maravilló de las obras que Jesús había hecho. Se maravillaban de ellas y deseaban seguir a Jesús por causa de ellas. Pero aquí la palabra no se emplea en un sentido positivo porque notemos lo que pasa después. El que Jesús siguiera directamente hacia la mesa provocó esta reacción dentro del fariseo, pero esto en turno provocó una reacción de parte de Jesús. Esto es lo que vemos en el versículo 39 y los versículos que le siguen.
Cuando Jesús entró en ese lugar y se sentó a la mesa sin lavarse, ¿piensan ustedes que a Él se le había olvidado lavarse? Desde luego, no era pecaminoso que Él se sentara sin lavarse, porque lavarse las manos no era un requisito bíblico. Pero en un entorno social, especialmente en la casa de un fariseo, esto era algo muy ofensivo. Jesús era un hombre verdaderamente cortés, ¿verdad? Pero a Él no se le había olvidado lavarse las manos ese día. Queda evidente que Jesús quería usar esta ocasión como una oportunidad para abordar un problema espiritual serio, extenso y muy común. Los fariseos y los abogados representaban la religión oficial y en general su forma de pensar era muy errónea. Ejercían mucha influencia. Digo que su forma de pensar era errónea porque a pesar de todos sus estudios de la Palabra de Dios, a pesar de todo su conocimiento de las Escrituras y de cómo profesaban ser el pueblo de Dios, hasta el pueblo especial de Dios, los que eran «separados», no habían dado en la marca. No habían alcanzado entender el mensaje de la Palabra de Dios, no entendían el Antiguo Testamento aunque lo tenían. Se encontraban muy lejos de entenderlo. Podríamos decir que se encontraban a cientos de millas de distancia. Por tanto, Jesús estaba usando la ocasión como una oportunidad para darles una lección. Hemos repasado quienes eran sus acompañantes y también como fue su entrada.
3) La reprensión de Jesús
En tercer lugar, Jesús reprende a los fariseos. Esto se encuentra en los versículos 39-44, y tiene cuatro partes diferentes.
1. Jesús reprende a los fariseos (Lucas 11:39-44)
La primera parte consiste esencialmente en las siguientes palabras de Jesús: «Ustedes son hipócritas» (versículos 39-41). En primer lugar, les dice que este es su gran problema. Versículo 39: «Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad». La ilustración que Jesús presenta es de algo absurdo y en un sentido, asqueroso.
Esta tarde tuvimos una cena en nuestro hogar. Habían invitados y antes de ir al comedor, todos nos sentamos en la sala para conversar. Mientras conversábamos podíamos mirar hacia la mesa y ver que habían buenos platos sobre ella, por lo menos, parecían muy buenos desde la sala.
Imaginemos sin embargo que, al ser llamados a comer, hubiéramos salido de la sala y entrado al comedor, y que despues de haber visto, desde la sala, una mesa que estaba bien arreglada, al sentarnos todos alrededor de la mesa nos hubiéramos dado cuenta que el interior de los platos y los vasos no tenía el mismo aspecto que tenía su exterior cuando lo mirábamos desde la sala de estar, sino que por dentro estaban sucios con el remanente de unos 30 días de comida vieja. Les aseguro que mi esposa nunca haría algo semejante. ¡Sería asqueroso!
Jesús quiere comunicar lo siguiente: el comportamiento habitual de los fariseos, incluyendo lo que ocurría en el corazón de aquel fariseo en cuya casa Jesús estaba comiendo en ese momento, su comportamiento habitual era una expresión de esa ilustración tan asquerosa y absurda. Más adelante, en Lucas 16, Jesús habla acerca de estos hombres y dice que eran «amantes del dinero». Eran líderes religiosos, pero eran amantes al dinero. Eran líderes religiosos, pero más adelante en Lucas 20, Jesús dice que devoraban las casas de las viudas. A pesar de toda su apariencia de santidad y la impresión que causaban en los demás de ser hombres buenos y piadosos, en realidad eran hombres malvados. Así como mi ilustración es muy asquerosa, también la ilustración que da Jesús es absurda y asquerosa, y así eran estos hombres. Esto es lo que nos enseña Jesús. Particularmente ante los ojos de Dios.
Notemos lo primero que Él dice. Los reprende por ser hipócritas. Les dice que ahí está su mayor problema (versículo 39).
En segundo lugar les dice cual debiera de ser su perspectiva. Versículo 40: «Necios, el que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro?» En otras palabras, les dice que Dios ha hecho tanto el exterior del hombre, las manos que se lavan, pero también ha hecho el interior. Él hizo el corazón. Él formó el alma. Esta es la idea. En efecto, les está diciendo que se apliquen las mismas reglas que tienen para sus siervos a ellos mismos. Se hubieran enojado mucho con sus siervos si solamente hubieran lavado el exterior de las tazas y los platos y no el interior. Les está diciendo que deben aplicarse esas mismas reglas a ellos mismos, que deben aplicarlas a sus propias vidas, corazones, almas, a su enseñanza. Esta es la idea. Esta debe ser nuestra perspectiva.
En tercer lugar, Él les dice lo que deben hacer. He aquí lo que deben hacer, versículo 41: «Pero dad limosna de lo que tenéis, y entonces todo os será limpio» (RVR1960). Literalmente: «Todas las cosas que están por dentro son limpias para ustedes». Él quiere decir una de dos cosas aquí.
Puede ser que los esté mandando a literalmente dar limosna. En otras palabras: «Ustedes deben dar limosna del contenido de sus tazas y sus platos, de todo lo que poseen. Deben dar a otros que la necesitan». Recordemos que ellos eran amantes del dinero. En otro lugar de los evangelios, vemos que a ellos nisiquiera les gustaba dar dinero a sus padres. Recuerden la manera en la que tergiversaban la ley para poder retener el dinero que debían de haber dado a sus padres. Él les dice que deben dar limosna, dar a la gente pobre y necesitada. Ayudar a los demás de forma patente. Esto es lo que Jesús está diciendo. En Santiago 1:27 vemos que «la religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones». El les está diciendo que deben involucrarse en esas cosas. Esto sería una religión pura.
Él también puede estar diciendo lo siguiente: «Entregen todo su ser –lo interior, el alma, el corazón— entrégenlo a Dios», como dice en 2 Corintios 8:5, cuando Pablo le escribe a los corintios y habla acerca de cuan generosos fueron al ayudar a los cristianos judíos en Judea. El dice que «primeramente se dieron a sí mismos al Señor». Esta es la idea que Jesús estaba comunicando a los demás.
De cualquier forma –si les está diciendo, en sentido literal, que den dinero a los podres o si se refiere a dar el corazón a Dios— la idea que les imparte es que tienen que amar a Dios y a los hombres. Necesitan la religión verdadera. Su corazón necesita estar involucrado en su religión. Esta es la idea. Entonces, cómo resultado, serán verdaderamente limpios.Veamos la última parte del versículo 41: «Pero dad limosna de lo que tenéis, y entonces todo os será limpio». En otras palabras: «Si sus corazones están limpio delante de Dios y no solamente ante los ojos de los hombres, no solo según las tradiciones del fariseísmo, entonces ustedes serán verdaderamente limpios, y todo os será limpio».
Se asemeja a la afirmación de Pablo en Tito 1:15: «Todas las cosas son puras para los puros». De manera que si estás puro por dentro y te sientas a la mesa, un poco de polvo que se ha acumulado sobre tus dedos como el resultado de tus actividades cotidianas no hará que seas inmundo o que tu comida sea inmunda. Esta es la idea que Jesús les está comunicando, pero la religión de los fariseos no era una religión interna. Erá básicamente un espectáculo externo. Jesús primeramente reprende a los fariseos y les dice que son hipócritas (versículos 39-41).
Ahora, las tres reprensiones que le siguen tienen forma de «ayes»: «Ay de vosotros». A estas le siguen tres «ayes» por causa de los abogados.
En primer lugar, hay tres «ayes» para los fariseos. «Ay de vosotros». Jesús les señala lo triste y nocivo que resulta su carácter y conducta. Les advierte acerca del juicio que merecen y el juicio que de hecho tendrán que sufrir si no se vuelven de sus pecados. Veamos, en primer lugar, los «ayes» dirigidos a los fariseos.
1- Ustedes le dan el primer lugar a lo que tiene menor importancia (Versículo 42)
El primer aye está en el versículo 42 y la sustancia es esta: Ustedes le dan el primer lugar a lo que tiene menor importancia. Leamos el versículo 42: «¡ay de vosotros, fariseos! que diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza, y pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello». Eran muy cuidadosos para diezmar de todo lo que poseían y hasta diezmaban de las plantitas que crecían en un vasito sobre la encimera de la cocina. Eran así de quisquillosos.
Notemos algunas de las faltas en el comportamiento de los fariseos que Jesús menciona y subraya aquí, lo que llamo un extremismo quisquilloso que va más allá de lo que Dios ha dicho en Su Palabra. El Antiguo Testamento declara: «Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová» (Levítico 27:30). En realidad estaban edificando una cerca, es algo que hicieron con respecto a muchos asuntos diferentes. La idea que sostenían era que, cómo la Palabra de Dios decía aquello, entonces debían asegurarse de dar un paso más allá, y tal vez otro paso más allá del anterior, y después aun otro paso, para tener mucho cuidado de no infringir el mandamiento literal de la Palabra de Dios.
Hacían esto hasta con el nombre de Dios, de manera que hoy en día nisiquiera sabemos cómo los judíos pronunciaban el nombre de Dios, ¡porque pararon de pronunciarlo! La Biblia dice: «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano». Entonces cada vez que leían el nombre de Jehová en el Antiguo Testamento, no lo pronunciaban. Decían «Adonai» porque querían estar seguros de que no lo estaban tomando en vano. Iban más allá de lo que decía la Palabra de Dios. Aquí están haciendo lo mismo. Es un extremismo quisquilloso, y esto nos lleva a lo que sigue.
Ellos desarrollaron su propia legislación porque eventualmente sus cercas se volvieron en leyes y esta era la tradición de los ancianos. Jesús dice lo siguiente acerca de este asunto en Mateo 15:9: «[enseñan] como doctrina los mandamientos de hombres».
Cómo he dicho, nisiquiera existía una ley acerca del lavar de las manos antes de cada comida, pero todos estos hombres acusaban a Jesús de pecado en esta ocasión. Estoy seguro que fue por esta razón que Jesús no se lavó las manos. Tal vez en algunas ocasiones sí se las lavó. Se asemeja al caso de Pablo. En una ocasión, Pablo circuncidó a Timoteo. No necesitaba hacerlo, pero en otra ocación rehusó circuncidar a Tito, porque en esa ocasión el problema consistía en que se arriesgaba a perder la misma verdad de la gracia de Dios y del evangelio. De manera que Jesús quería enfatizar un punto. Ellos habían creado su propia legislación.
En tercer lugar, habían puesto sus leyes por encima de las leyes de Dios. Aquí vemos a unos hombres codiciosos que no se preocupaban de sus propios pecados. Estos hombres orgullosos no pensaban ni por un minuto acerca de su vil orgullo, sino que todos se enfocaban en el hecho de que Jesús no se había lavado las manos. Habían puesto sus leyes por encima de las leyes de Dios.
Por último, el resultado final fue que terminaron por descuidar las leyes de Dios por completo, especialmente aquellas cosas que Dios más aprecia. Notemos la conclusión de Jesús al final del versículo 42: «Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello». Él les dijo que cumplían con las cosas pequeñas, pero ignoraban las cosas grandes: la justicia y el amor de Dios. No es que debieran ignorar las cosas que eran relativamente pequeñas en la ley de Dios, esto no es lo que Jesús quiere decir. Él dice que debieron de haber hecho ambas cosas. Actualmente, están ignorando las leyes de Dios que más importancia tienen. Específicamente, el amar a Dios con todo el corazón, alma, fuerza y mente, y el amar al prójimo como a ellos mismos, los dos grandes mandamientos. [Jesús les dijo] que le daban prioridad a las cosas más pequeñas.
2- Ustedes están enamorados con recibir atención de los demás (Versículo 43)
El segundo «aye» está en el versículo 43. La tercera censura que Jesús le hace a los fariseos es que ellos estaban enamorados con la atención que recibían de los demás. Versículo 43: «¡Ay de vosotros, fariseos! que amáis las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas».
En la sinagoga había una silla principal, la silla de Moisés, y era donde se sentaba el rabino. También estaban los asientos baratos que estaban entre el arca que tenía los rollos de la ley y los profetas. Esto estaba en el centro como lo está nuestro púlpito, y era una señal de reverencia apropiada, en cierto sentido, hacia la Palabra de Dios. Entonces también habían otros asientos que estaban orientados hacia la congregación. Digamos que aquí, donde están los escalones [los escalones hacia la plataforma del púlpito], hubiera otra plataforma con asientos. Los fariseos querían sentarse en esos asientos. Esos asientos estaban orientados hacía la congregación. No estaban enseñando ni dirigiendo el culto. Esos asientos no tenían una función real ni la había para esos hombres en el culto. Todo era una mera exhibibión, ¡pero ellos amaban esos asientos! Me imagino que si no habían suficientes para todos se peleaban por ellos.
En Mateo 6, Jesús afirmó lo siguiente: «[a] los hipócritas…les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres». En Juan 12:43, dice lo siguiente acerca de los gobernantes de la sinagoga: «Amaban más el reconocimiento de los hombres que el reconocimiento de Dios».
Jesús está diciendo que los fariseos, en general, están llenos de orgullo y que este orgullo afecta todo lo que hacen. Hacen todo lo que hacen para ser vistos por los hombres, para obtener la adulación de los hombres. Jesús dice que esto no solamente está mal, sino que serán juzgados por esto. Este es el segundo «aye».
3-Ustedes conducen a los demás por el mismo camino de condenación (Versículo 44).
La cuarta censura y el tercer «aye» está en el versículo 44. Su esencia es: «Ustedes conducen a los demás por el mismo camino de condenación». Miremos el versículo 44: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! que sois como sepulcros que no se ven, y los hombres que andan encima no lo saben» (RVR1960). Algunas versiones no tienen las palabras «escribas y fariseos» y solamente dicen: «ay de vosotros, hipócritas».
La idea es que en el Antiguo Testamento, el que tocaba una tumba o un cadáver quedaba inmundo. Escuchemos las palabras de Números 16:16: « De igual manera, todo el que en campo abierto toque a uno que ha sido muerto a espada, o que ha muerto de causas naturales, o que toque hueso humano, o tumba, quedará inmundo durante siete días». Esto afectaba los privilegios de adoración. Si quedaban inmundos por siete días, no podían entrar en la casa de Dios y adorar en el día de reposo o en un día de fiesta. También afectaba el privilegio de poder relacionarse con otros judíos. No podían hacerlo si están inmundos. Si no se percataban de que había una tumba, porque no estaba marcada claramente, y la pisaban o la tocaban, sin querer quedaban inmundos. Lo que Jesús dice es lo siguiente: «Fariseos, al relacionarse con ustedes, la gente se ha contaminado sin darse cuenta, porque no saben que vuestros corazones son como el interior de una tumba».
Miremos el versículo 39: «Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad». Son la personificación de una tumba. Por fuera tal vez luce bien, pero por dentro está llena de huesos de muerto. Él les está diciendo que [esta ilustración] es fiel porque ellos figen ser santos y le dicen a los demás cuan santos son. La gente habla acerca de la santidad de ellos y a ellos les encanta escucharlo, pero por dentro son feos. Ellos conducen a los demás por el mismo camino de condenación. En otras palabras: «Fariseos, nadie se da cuenta que está caminando sobre un sepulcro al relacionarse con ustedes, pero la enseñanza y el ejemplo de ustedes está matando a los demás». Este es el argumento de Jesús. Hemos visto cómo Jesús reprende a los fariseos, ahora veremos la objeción de los abogados que se encuentra en el versículo 45.
2. La reprensión de Jesús a los abogados (Lucas 11:46-52)
Versículo 45: «Respondiendo uno de los intérpretes de la ley, le dijo: Maestro, cuando dices esto, también a nosotros nos insultas». Como dije anteriormente, no todos los abogados, pero sí muchos de ellos, por lo general, formaban parte del grupo de los farisesos. Eran los eruditos y los teólogos del grupo. Podríamos decir que eran una mezcla del erudito religioso –como un profesor del seminario—, y del experto en leyes. Su Biblia, el Antiguo Testamento y la ley de Moisés, era su regla. Como dije anteriormente, los fariseos y los abogados juntos formaban el establecimiento religioso.
En esta ocasión, la percepción de este abogado fue muy aguda. Él se dio cuenta que los abogados también estaban en la línea de fuego de Jesús, aunque no sepamos sí o no se dio cuenta que Jesús lo hizo intencionalmente. Él sabía que todo lo que Jesús dijera en censura de los fariseos, tambiéra era una censura para los abogados. Por supuesto, la idea no le resultó agradable, y tal vez le estaba dando el beneficio de la duda a Jesús y pensaba por dentro que quizás Jesús no se había dado cuenta [de la implicación de sus palabras]. Básicamente, le dice a Jesús: «¡No es posible que te refieras a nosotros!» Pero sí se refería a ellos. Le estaba haciendo un llamado al arrepentimiento a todos los que formaban parte del establecimiento religioso judío.
Podríamos decir que los seis «ayes», los tres que ya hemos mirado y los tres que nos quedan por mirar, en realidad se aplicaban al grupo completo, al conjunto de los fariseos y los abogados. Pero los próximos tres «ayes» con los que nos encontramos estaban dirigidos especialmente a los abogados. Vamos a verlos. Nuevamente, vemos que se incluyen tres «ayes», y seré mucho más breve en relación con estos.
1- Ustedes cargan a los hombres (versículo 49)
El primero es este: «Ustedes cargan a los hombres, los estorban». Versículo 46: «Y El dijo: ¡Ay también de vosotros, intérpretes de la ley!, porque cargáis a los hombres con cargas difíciles de llevar, y vosotros ni siquiera tocáis las cargas con uno de vuestros dedos». En otras palabras les dice que ellos cargan a las personas. Las sobrecargan. Las estorban. Les ponen obstáculos en el camino. Algunas personas (puede ser que solamente sea al nivel humano), estas personas quieren conocer más acerca de Dios o quieren descubrir algo acerca de Dios, reconciliarse con Dios, o quizás son en verdad el pueblo de Dios. Cualquiera que sea el caso, ustedes ponen obstáculos en su camino. No los están ayudando sino que los estorban, los sobrecargan. La primera parte de la afirmación es esta: «Cargáis a los hombres con cargas difíciles de llevar». En otras palabras: «Ustedes hacen que las personas lleven cargas que no pueden manejar».
Es como si tomaras a tu hijo de once años y le pidieras que lleve unas pesas de doscientos libras hacia el otro lado del cuarto. ¡No puede hacerlo! [Jesús] dice: «Eso es lo que ustedes están haciendo, sobrecargando a las personas. Acumulan cargas duras sobre ellos». Como ya hemos visto, son cargas que Dios no requiere de ellos.
Recordemos que, en cierto sentido, la misma ley del Antiguo Testamento, era una carga, ¿verdad? En Hechos 15:10, Pedro se refiere a las leyes ceremoniales del Antiguo Testamento como un «un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar». En cierto sentido, podemos decir que la ley del Antiguo Testamento ya era una carga, aunque una carga legítima, porque Dios la había puesto sobre el pueblo. Estos abogados, como los fariseos, incrementaban la carga. Iban más allá de los requisitos del Antiguo Testamento. Todas las tradiciones de los ancianos eran añadiduras, todas eran añadiduras a la ley de Dios. ¿Cómo lo hicieron? Lo hicieron con interpretaciones minuciosas y legalistas de la ley de Dios, con añadiduras a la ley de Dios.
Era como el asunto de diezmar de las hierbas, o semejante a lo que le hicieron a Jesús y a sus discípulos esa vez que tan sólo arrancaban unas pocas espigas porque tuvieron hambre en un día de reposo. Les dijeron que eran culpables de cosechar y trillar cuando arrancaban las espigas, la rodaban entre sus dedos y se las comían. Los acusaron de cosechar y trillar. Con todas sus tradiciones del día de reposo, esto es lo que hacían: le añadían a la ley de Dios. Esta es la primera parte de lo que Jesús está diciendo aquí: «Porque cargaís a los hombres con cargas».
Notemos la segunda parte, la última parte del versículo 46: « ¡Pero vosotros ni aun con un dedo las tocáis». Lo que Jesús dice en esta ocasión se puede interpretar de dos formas. Pienso que probablemente quiso decir ambas cosas.
La primera sería esta: «Ustedes les dan muchas tareas difíciles, pero son cosas que ustedes mismos no hacen». Este puede ser el significado de lo que está diciendo. Ustedes les dictan qué deben hacer, pero ustedes mismos no lo hacen. No sólo conocían las 617 tradiciones de los ancianos en cuanto al día de reposo y cómo guardarlo, sino que también conocían cada laguna que existía en las reglas. De manera que si había algo que en verdad deseaban hacer en el día de reposo, podían encontrar una razón por la cual era legítimo. Esto es hipocrecía, el no poner en práctica lo que se predica.
La otra posibilidad en cuanto al significado de lo que Jesús dice en esta ocasión es que ellos cargaban a los demás con muchas cargas pesadas, ¡pero no los ayudaban! «Pero vosotros ni aun con un dedo las tocáis». «Ustedes no hacen estas cosas» puede significar que ellos no los ayudaban con esas cargas.
Por ejemplo, cuando las personas se acercan a mí y me hacen preguntas, yo les doy consejería pastoral, o si yo me acerco a ellos y les hago unas preguntas y pienso que necesitan consejería pastoral, entonces los aconsejo. En primer lugar, esto implica dejarles saber lo que creo que deben hacer según lo que dice la Biblia. En segundo lugar, trato de explicarles cómo deben llevarlo a cabo. En otras palabras, los dirigo hacia la Palabra de Dios. Les explico lo que dice la Palabra de Dios. Los aconsejo. Oro con ellos y oro por ellos. Les animo y les digo que si necesitan más ayuda, si necesitan más instrucción, me pueden llamar. Pueden acercarse a mí para hablar sobre el asunto.
El problema es que los fariseos no hacían nada parecido a esto. Agobiaban a los hombres con cargas y no hacían nada para ayudarlos. Esto es lo primero: «cargáis a los hombres con cargas» (versículo 46).
2-Fingen que aman a los profetas (versículo 47-51)
El segundo «aye» es el siguiente: «Ustedes fingen que aman a los profetas». Está en los versículos 47-51. Leamos tan sólo los versículos 47-48: « ¡Ay de vosotros!, porque edificáis los sepulcros de los profetas, y fueron vuestros padres quienes los mataron. De modo que sois testigos, y aprobáis las acciones de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis sus sepulcros».
El punto es este: «Ustedes fingen que están en el partido de Dios. Ustedes adoran a los profetas. Estos en verdad eran los mensajeros de Dios. ¡En verdad eran siervos de Dios! Ustedes conocen sus hombres: Isaías, Jeremías y los de muchos, muchos otros profetas». En cierto sentido, él les está diciendo que ellos dirigen unas excursiones de los sepulcros, los decoran con flores, elogian a los profetas, y en realidad lo que están haciendo es pregonando la admiración que sienten por esos hombres cuando la realidad es que en verdad, en última instancia, los desprecian. Todo lo que hacen, todo lo que representan, es una demostración de esta realidad. Ese es el punto de sus palabras. La conclusión es que ellos odiaban a los profetas porque odiaban su mensaje. No obedecían su mensaje. Eran como sus padres, sus antepasados que habían matado a los profetas. Ellos decoraban los sepulcros que sus padres habían edificado para los profetas. Ese es el punto que Él quiere comunicar, que ellos eran como sus antepasados.
3- En realidad, ustedes impiden que las personas entren en el reino de Dios (versículo 52)
Luego está el tercer «aye» y es que ellos en realidad impedían que las personas entraran en el reino de Dios. Versículo 52: «¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley!, porque habéis quitado la llave del conocimiento; vosotros mismos no entrasteis, y a los que estaban entrando se lo impedisteis».
«Habéis quitado la llave del conocimiento». En cierto sentido, ellos tenían la llave del conocimiento. Tenían las Escrituras, tenían acceso a la Palabra de Dios. Poseían un conocimiento de la Palabra de Dios que la gente común no tenía. No tenían la Biblia en el celular como nosotros o sobre un estante en el hogar. ¡No la tenían de esa forma! Pero tenían acceso a ella. Tenían conocimiento de la voluntad de Dios. Tenían la plataforma para ponerse de pie y instruir al pueblo de Dios sobre el contenido de la Palabra de Dios. El punto es que ellos desaprovecharon la oportunidad. Ellos tampoco entraron. Tampoco creyeron. Ellos tampoco conocían a Dios, aunque tuvieron la oportunidad y entonces también impideron que otras personas entrarán. Esta es una triste, muy triste censura de los abogados y los fariseos.
Aplicación
Me gustaría tomar el resto del tiempo que me queda para dar algunas aplicaciones prácticas de este tema. Empezaré con una palabra para todos, en realidad para todo el pueblo de Dios, pero para todos. Si Jesús advertió a los fariseos y a los abogados acerca de la gran luz que tenían y el grave peligro que la acompañaba si no se arrepentían y creían, los que están sentados aquí hoy pueden estar en un peligro mucho más grave que cualquiera de ellos. Miremos los versículos 49-51 nuevamente: «Por eso la sabiduría de Dios también dijo: “Les enviaré profetas y apóstoles, y de ellos, matarán a algunos y perseguirán a otros, para que la sangre de todos los profetas, derramada desde la fundación del mundo, se le cargue a esta generación, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que pereció entre el altar y la casa de Dios; sí, os digo que le será cargada a esta generación”».
Pensemos en esto. Estos hombres vivieron antes de que se escribiera el Nuevo Testamento. Ellos vivieron antes de que hubiera una iglesia nuevo testamentaria del Señor Jesucristo. Vivieron antes de los días de la Reforma. Vivieron antes del desarrollo de la imprenta y de la distribución de todo tipo de buena, sólida literatura cristiana. Jesús dijo básicamente que la culpa de la sangre de todos los siervos de Dios que fueron asesinados, desde el tiempo de Abel, hijo de Adán, hasta el tiempo de Jesús, les caería encima a todos ellos, por causa de su luz.
Ahora, piensa en tu persona. Al menos muchas de las personas que están sentadas aquí hoy crecieron en una iglesia. Crecieron bajo la predicación de la Palabra de Dios, y quizás en una muy buena iglesia con muy buena enseñanza, rodeadas de ejemplos buenos y piadosos como el de sus padres y el de los pastores de la iglesia en la que crecieron. ¿Es la obligación que tienen de creer en el evangelio inferior a la de los fariseos y los abogados? ¿Si no creen en él, será su condenación más ligera que la de ellos? ¿Se arrepentirán y pondrán su confianza en Jesucristo hoy? ¡Debieras arrepentirte y creer en Jesucristo hoy!
Como un ministro de Jesucristo, te ordeno a arrepentirte de tus pecados y a creer en el Hijo. Como una persona que entiende las consecuencias a las que te enfrentas si no lo haces, te insto a creer en el Señor Jesucristo. Como un predicador, te imploro que creas en el Señor Jesucristo y abandones hoy tus pecados. Como un cristiano, oraré por ti para que verdaderamente le des la espalda a tus pecados y pongas tu confianza en el Señor Jesucristo, antes de que acabe al día. Que Dios te ayude.
Estas son lecciones que se aplican a nosotros los pastores porque sé que el culto que estamos celebrando ahora, aunque es un culto regular de la iglesia, en esta ocasión se lleva a cabo conjuntamente con la Conferencia Pastoral, y afortunadamente tenemos muchos pastores aquí. Quiero terminar con algunas lecciones de los fariseos para los pastores cristianos.
Podemos decir que los fariseos y los abogados eran el equivalente de los pastores cristianos o quizás, podríamos decir viceversa, que en algunas formas somos el equivalente de ellos en la iglesia del Señor Jesucristo.
1. No debemos enfocarnos en las cosas externas y descuidar lo interno.
La primera lección es esta: no debemos enfocarnos en las cosas externas y descuidar lo interno (versículos 39-41). Leeré el versículo 39 de nuevo: « Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de rapacidad y de maldad».
Se enfocaban en lo externo, en los rituales, en los cosas de la religión que eran meramente formal. Todos se preocupaban sobre sí o no Jesús se había lavado las manos ceremonialmente antes de comer y si lo hubiera hecho, probablemente no les hubiera importado que había en su corazón. Se preocupaban por lavarse las manos, pero ignoraban lo que estaba en sus corazones, mientras sus manos estuvieran limpias, esto a ellos no les importaba. Esto es lo que hacían los fariseos, en lo que se trataba de lavarse las manos o diezmar de las hierbas o de orar en las esquinas, pero en relidad no daban limozna a los pobres ni se entregaban a Dios. En algunas maneras, se asemejaban a la iglesia católica romana que ofrece los sacramentos, las ordenanzas externas, sin importarle si la gente en realidad posee un arrepentimiento verdadero que conduce a la salvación y si tiene fe en Cristo o no.
Muchos protestantes se comportan de forma similar, ¿verdad? El enfoque es: «¿Te has bautizado? Si eres bautizado, entonces estás bien con Dios». O la pregunta es: «¿Has hecho tu decisión?» Si la respuesta es afirmativa dicen: «Que bien, entonces eres salvo». También preguntan: «¿Eres miembro de una iglesia? Entonces todo está bien». ¡Estas cosas no salvan a los hombres! Las ordenanzas externas no salvan. Hermanos, nosotros también podemos ser culpables de lo mismo. Aun siendo reformados y bautistas reformados, ¡podemos ser culpables de la misma cosa! Como pastores, podemos ponernos de pie y decir: «Bueno, por lo menos asisten a la iglesia». O puede ser que pienses en tu corazón: «Yo pertenezco a la iglesia». También puedes decir algo similar a lo siguiente: «Por lo menos soy decente en lo que respecta el exterior. No estoy en algún pecado grave, como los que tienen que ser disciplinados por la iglesia, y por tanto todo va bien». No necesariamente.
Pastores y hermanos míos, debemos predicar y enseñar y pastorear y gobernar a las iglesia de Cristo de tal manera que nunca nos demos por vencidos en este asunto. Es difícil hacer esto año tras año. Se convierte en algo agotador y tristemente, no hay muchos otros que están haciendo lo mismo. Como resultado, es posible que escuchemos muchas quejas y hostigamiento por hacer las cosas de esta manera, ¡pero nunca te des por vencido! No cedas al mundo y no cedas a la iglesia profesante. No cedas a las personas que puedan estar en tu propia iglesia –que puede ser una iglesia bíblica buena— pero quizás hay gente en tu iglesia que se han cansado. Han estado en la iglesia por veinte años y lo único que quieren es que los dejes tranquilos durante los últimos años (cualquiera que sea la cantidad) que le quedan por vivir. No cedas ante las personas que dan mucho dinero a la iglesia. Que Dios nos ayude. No debemos enfocarnos en lo externo y descuidar lo interno.
2 No debemos poner las cosas que son relativamente menores sobre las cosas mayores
La segunda lección: no debemos poner las cosas que son relativamente menores sobre las cosas mayores. Lucas 11:42: «Mas ¡ay de vosotros, fariseos! que diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza, y pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello».
Jesús dice lo mismo de otra manera en Mateo 23:24: «¡Guías ciegos, que coláis el mosquito (algo pequeño) , y tragáis el camello (algo grande)!» Esta es otra imagen repugnante, pero vemos el punto. Se enfocaban en las cosas menores e ignoraban por completo las mayores.
Hermanos, no debemos permitir que lleguemos a ser así. Podemos decir que no tenemos todos los rituales externos de los fariseos y que bueno. También podemos decir que no tenemos todos los rituales externos del catolicismo romano. ¡Que bueno! A pesar de esto, nos puede ocurrir de maneras sutiles.
Podemos estar satisfechos con que alguien nos diga que lee la Biblia a diario. ¡Es algo importante! Es importante que alguien lea su Biblia. Si le preguntamos que cómo van sus devocionales y responden que están orando diariamente, podemos estar agradecidos de que alguien toma el tiempo necesario para ponerse de rodillas y hablar con Dios. Es importante, pero no significa que esta persona tenga una religión del corazón porque haga estas cosas. Podemos estar agradecidos porque las personas están haciendo buenas obras, es decir, esas cosas que la Biblia llama buenas obras, pero debemos cuidarnos de nunca poner el simple comportamiento externo sobre la adoración verdadera y la comunión con Dios. Tenemos que predicar esto y enfatizarlo ante nuestra congregación. Debemos indagar más profundamente cuando le preguntamos acerca del estado de sus almas. No debemos poner las cosas que son relativamente menores sobre las cosas mayores. ¿Aman a Dios? ¿Tienen comunión verdadera con Él? ¿Se deleitan en el Señor?
3 No debemos fabricar mandamientos de hombres y tratarlos como los mandamientos de Dios.
En tercer lugar, no debemos frabricar mandamientos de hombres y tratarlos como los mandamientos de Dios. Como mencioné, en algunas formas, la iglesia católica romana es la personificación moderna del fariseísmo. En lo que respecta a nosotros, hermanos, debemos guardarnos de el mismo tipo de errores.
Podríamos argumentar que algunos documentos escritos son muy importantes para nosotros. El que más importancia tiene aparte de las Escrituras es nuestra Confesión de Fe. Existen otros buenos credos y confesiones, pero debemos recordar siempre que, sin importar lo buena que, a nuestro parecer, sea nuestra confesión, no es la Biblia. ¡No es una revelación divina! ¡Ni tampoco lo es la constitución de nuestra iglesia!
Aquellas formas específicas de seguir a Jesucristo, que han sido una bendición tan grande para mí, tampoco son la Palabra de Dios. ¿A que me refiero? Hay algunas cosas que hago en mi vida cristiana que son aplicaciones específicas de la Palabra de Dios en mi vida para ayudarme a obeder a Dios y a Jesucristo, pero si algún día las escribiría y las llamara «las tradiciones de los ancianos» y dijese que los demás deben seguirlas porque han sido tan útiles para mí, entonces estaría en peligro de hacer lo mismo que hicieron los fariseos. No estoy diciendo que si escribes un libro estás haciendo eso. Estoy diciendo que si pones tu libro y tus dictados al mismo nivel de la Palabra de Dios, eso es lo que estarás haciendo. Así fue, por lo menos en parte, como se desarrolló el fariseísmo. Es probable que comenzó con hombres de una piedad genuina que dijeron: «Bueno, yo voy más allá de esto. Lo hago para asegurarme de que no estoy violando la ley de Dios». Espero que tengas áreas en tu vida en las que puedas decir esto. Que no llegues simplemente hasta el límite de lo que permite cada mandamiento de Dios, retando a Dios, en cierto sentido, para ver si te deja caer o no. Esta no es una manera piadosa de vivir. Pero tan pronto comienzes a decir lo siguiente: «No tengo una computadora en mi casa porque conozco mi propio corazón. De manera que cualquiera que tenga una computadora en su casa está pecando», entonces te estas asemejando a ellos. Debemos evitar tal cosa. No debemos tomar los mandamientos de los hombres y tratarlos como si fueran los mandamientos de Dios. Confío en que esto no ocurre en esta iglesia. Confío en que esto no ocurre en las iglesias de ninguno de los hombres que están sentados aquí hoy. No dejemos que esto ocurra en nuestras iglesias, no formalmente de manera que lo reconozcamos públicamente y nisiquiera en una manera que sea simplemente práctica. Que Dios nos ayude.
4-Debemos abstenernos de las apariencias en la religión
Tengo que explicar esa palabra. La uso porque me gusta y significa que no debemos tener nada que ver con las apariencias en la religión.
Versículo 43: «¡Ay de vosotros, fariseos! que amáis las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas!».
De forma particular en lo que tiene que ver con los pastores, no debemos enaltecernos porque somos pastores. Estamos en un entorno en el cual existe la tentación de hacer justamente eso porque las personas en nuestras iglesias aprecian la Palabra de Dios. Puede ser que haigan personas en tu iglesia que asistan porque eres el único pastor en el área que abre las Escrituras y las explica de forma fiel y cuidadosa y hasta las aplica a sus almas. Si hay personas así en tu iglesia, te amarán por esta razón. Entonces, existe el peligro de que nos encaminemos hacia el púlpito con un sentido de orgullo porque la congregación nos ama y con el deseo de darles una buena presentación de todo lo que le agrada, aunque sean cosas buenas. Sí, podemos estar comportándonos de esa manera, sin embargo, debemos evitar toda clase de espectáculo en la religión.
No debemos amar la atención de los demás. No debemos enaltecernos porque somos pastores y no debemos enseñorearnos sobre la grey.
Escuchemos las palabras de Dios por medio de Ezequiel. Dice en Ezequiel 34:4: «Las habéis dominado con dureza y con severidad». Estos eran hombres que amaban los puestos de autoridad, pero que no estaban pastoreando el rebaño de Dios. Los fariseos y los abogados eran una ilustración de esa clase de pastor falso e infiel que se denuncia en el Antiguo Testamento.
Escuchemos las palabras de Pedro en 1 Pedro 5:2-3: «Pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios; no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo; tampoco como teniendo señorío sobre los que os han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño».
Vayan comingo a Mateo 23 por un momento. Leamos Mateo 23:6-7. En este pasaje, Jesús habla nuevamente y denuncia a los líderes religiosos de aquellos días: «Aman el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, y los saludos respetuosos en las plazas y ser llamados por los hombres Rabí». Ahora miremos los versículos 11-12: «Pero el mayor de vosotros será vuestro servidor. Y cualquiera que se ensalce, será humillado, y cualquiera que se humille, será ensalzado». Debemos abstenernos, alejarnos de todo espectáculo en la religión.
5 Debemos cuidarnos de permitir que la religión se vuelva algo meramente externo
El próximo punto está relacionado al anterior. Debemos cuidarnos de que la religión no se vuelva en algo meramente externo, una fachada. En Lucas 11:39, Jesús afirmó: «Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad». Puede ocurrir. Pensarás que no puede ocurrir en una iglesia como esta, una iglesia fiel. Pensarás que no puede ocurrir en un lugar donde los hombres toman la Palabra de Dios en serio, donde se estudia la Palabra de Dios diariamente. ¡Puedes pensar que no puede ocurrir! ¿Piensas así? Por eso es que tenemos a Judas en la Biblia, para que entendamos que sí puede pasar. Las personas pueden caminar con Jesús, hablar con Jesús, escuchar a Jesús, aprender de Jesús, acostarse en el mismo aposento que Jesús para dormir de noche, ¡y aun así puede ocurrir! Los pastores tenemos que enfrentarnos a todos los pecados y las tentaciones que enfrenta el pueblo de Dios. En cierto sentido, como resultado de nuestra posición, tenemos que enfrentarnos más a estas cosas.
Es por esta razón que Pablo dice: «Hermanos, orad por nosotros». Y yo digo: «Hermanos, orad por nosotros». Oremos por los pastores aquí en la Iglesia Bautista Reformada. Oremos por todos los pastores que asisten a la conferencia durante esta semana. Oremos por todos los pastores que conocemos, y oremos también por todos los que no cocemos, todos los pastores cristianos verdaderos. Debemos cuidarnos para no permitir que nuestra religión se vuelva una mera fachada.
6 No olvidemos nuestro llamamiento
En Lucas 11:52, al final del versículo dice lo siguiente: «Vosotros mismos no entrasteis, y a los que estaban entrando se lo impedisteis». ¿Cual es nuestro llamamiento? Es dirigir a las personas hacia Cristo. Conducirlas al cielo. Este es nuestro llamamiento, pero tomemos un momento y vayamos al pasaje que mencioné anteriormente, Ezequiel 34.
Comenzaré a la mitad del versículo 3 del capítulo 34, donde hay una lamentación. Ezequiel 34:2-4:
¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño? ‘Coméis la grosura, os habéis vestido con la lana, degolláis la oveja engordada, pero no apacentáis el rebaño. ‘Las débiles no habéis fortalecido, la enferma no habéis curado, la perniquebrada no habéis vendado, la descarriada no habéis hecho volver, la perdida no habéis buscado; sino que las habéis dominado con dureza y con severidad.
No debemos olvidar nuestro llamamiento. El oficio de pastor no es ante todo una plataforma para ti. No es una plataforma para que tengas éxito en tu predicación. No es una plataforma para promover tu fama, por medio de la predicación o por medio de la escritura, o por medio de cualquier otros dones que Dios te haya dado. Quizás Dios bendiga tu predicación y bendiga lo que escribes, haciendo que seas útil más alla de los confines de la iglesia donde te ha colocado. Quizás lo hará, pero quiero recalcar que esta no es la meta. Esta no es tu meta como siervo de Cristo.
No debemos olvidar nuestro llamamiento. ¿Y cuál es este? Lo encontramos en Hebreos 13:17: «Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta. Permitidles que lo hagan con alegría y no quejándose, porque eso no sería provechoso para vosotros». Velamos por las almas de las personas como aquellos que han de dar cuenta. No debemos olvidar nuestro llamamiento, y tenemos que tomarlo en serio.
7-Nunca debemos aprovecharnos de las personas
Nuevamente, Jesús les dijo a los escribas y fariseos: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque devoráis las casas de las viudas, aun cuando por pretexto hacéis largas oraciones; por eso recibiréis mayor condenación» (Mateo 23:14).
En la historia de la iglesia, hay muchos terribles acontecimientos de esta clase de pecado y muchos acontecimientos terribles de esta clase de pecado en la iglesia moderna. Pecados escandalosos. Simplemente porque seamos reformados, y porque seamos bautistas reformados, esto no significa que seamos inmunes al pecado. Existen manifestaciones más sutiles de este pecado de aprovecharse de los demás. Podemos poner el listón bajo y decir lo siguiente: que cuando alguien da dinero a la iglesia, diezmos, y el pastor no se ocupa de las necesidades del alma de esa persona, se está aprovechando de ella. De hecho, es así aun si la persona no puede dar dinero a la iglesia. Si es un miembro de la iglesia y el pastor no se está ocupando de las necesidades de su alma, se está aprovechando de él. Haríamos bien, hermanos, si reflexionáramos en estas realidades cuando comenzemos a olvidarlas: «Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga».
8- No debemos despreciar al débil
Por último, no debemos despreciar al débil, incluso a los pecaminosos. Esto no solo se aplica a los pastores, se aplica de forma general al pueblo de Dios. El no despreciar al débil es un deber general de los cristianos.
Escuchemos 1 Tesalonicenses 5:14. Recordemos que está escrito a la iglesia en Tesalónica y no solamente a los ancianos de la iglesia: «Y os exhortamos, hermanos, a que amonestéis a los indisciplinados, animéis a los desalentados, sostengáis a los débiles y seáis pacientes con todos».
En Santiago 1:27 se nos dice que: «La religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones». No debemos despreciar a los débiles, incluso a los pecaminosos.
Ahora, estas palabras, como ya dije, eran para todos los discípulos, pero los pastores tienen una necesidad especial de ser conscientes de esto. Notemos en estos pasajes que leeré para concluir, el ejemplo de Dios y de nuestro Señor en este asunto. Notemos su actitud hacia los débiles y los pecadores en medio del rebaño.
Leamos en Ezequiel 34:16 donde el Señor declara: «Buscaré la perdida, haré volver la descarriada». Lo que está diciendo es, en otras palabras, que sus pastores no estaban llevando a cabo esta tarea ni tampoco los líderes religiosos del pueblo de Israel. Dice que buscará lo que se ha perdido y hará volver al descarriado: «Vendaré la perniquebrada y fortaleceré la enferma; pero destruiré la engordada y la fuerte. Las apacentaré con justicia».
Recordemos la manera que Dios afirma esto en Isaías 40:10-11: «He aquí, el Señor Dios vendrá con poder, y su brazo gobernará por El. He aquí, con El está su galardón, y delante de El su recompensa. Como pastor apacentará su rebaño, en su brazo recogerá los corderos». Él presta una atención especial a los débiles y a los jóvenes. Dice que «en su seno los llevará; guiará con cuidado a las recién paridas». Esta es la manera que Dios obra y es la forma en que nosotros debemos comportarnos, hermanos. Cuando se trata de ministrar a las personas débiles, no estoy diciendo que debes invertir todo tu tiempo como pastor con las ovejás más débiles de la iglesia. No digo esto, pero sí necesitas darles el tiempo debido a ellas. No quiere decir que el pastor debe dejarlo todo para asistir a una oveja débil cada vez que se queja (porque algunas se quejan mucho), pero debe prestar atención cuando las escucha balir.
En último lugar, quisiera leer del capítulo 18 de Mateo. Despúes que leamos esto casi habré terminado. Reconozco que me he pasado del tiempo que se me había otorgado, pero quisiera concluír. Mateo 18:10-14 es un pasaje bien conocido. En él Jesús afirma: «Mirad que no despreciéis a uno de estos pequeñitos, porque os digo que sus ángeles en los cielos contemplan siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos. Porque el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que se había perdido. ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se ha descarriado, ¿no deja las noventa y nueve en los montes, y va en busca de la descarriada? Y si sucede que la halla, en verdad os digo que se regocija más por ésta que por las noventa y nueve que no se han descarriado. Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda uno de estos pequeñitos».
Esos «pequeñitos» son discípulos, cristianos profesantes. Es a ellos que se refiere el texto. No están perdidos en general. Puede ser que, como pastor, hayas escuchado lo siguiente, o tal vez ha sido tu experiencia. Es un truismo, es un hecho que por lo general, las personas que reciben la mayor parte del esfuerzo particular de un pastor terminan por alejarse. A pesar de esto, debemos recordar que el Dios que conoce esta realidad dice en Su Palabra que no debemos despreciar o ignorar a los débiles. Es lo que observamos en Mateo 18. Significa imitar a Cristo.
Versículo 11: «Porque el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que se había perdido». En el versículo 12, vemos que el pastor va al monte sin garantía de que encontrará a la oveja perdida, porque en el versículo 13 dice «Y si sucede que la halla». Debemos estar listos a gastarnos, no a amarnos a nosotros mismos, sino a amar al pueblo de Dios.
Que Dios bendiga estas amonestaciones y que bendiga la conferencia pastoral que se está llevando a cabo esta semana. Que nos haga a todos más santos y que seamos ministros útiles de su nuevo pacto. Oremos.
Padre que estás en los cielos, te damos gracias por tu Palabra. Reconocemos que no somos lo que debiéramos ser, pero te pedidos que nos otorges la gracia para darle la espalda más y más al ego y al mundo, a nuestro amor por la comodidad y por nuestros pecados. Guárdanos de no llegar a ser nunca como los fariseos y los abogados. Haz que nos asemejemos más y más a tu Hijo. Ayúdanos a servir fielmente como subpastores de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, porque pedimos estas cosas en su nombre. Amén.
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Please take your Bibles and turn to Luke chapter 11. I’m going to be focusing on verses 37 through 52 of Luke 11. Now, let’s ask God for His help as we come to His Word. Let’s pray together.
Father in Heaven, we thank you for Your Word and that You have given us Your Word in writing. You’ve given it to us in our own languages, and we ask now that You would help, by Your Holy Spirit, because even though You have given us minds to understand words, yet without the help of Your Spirit our efforts here today will be in vain, whether to preach or to hear. We ask that You would send Your Spirit in a plentiful measure, that our efforts would not be in vain. May we know the help of Your Spirit for the good of our souls and the glory of Your name. We ask this all in the name of Your Son, our Lord and Saviour Jesus Christ. Amen.
When we study the gospels, we become familiar with certain people. We obviously become familiar with Jesus, we become familiar with Joseph and Mary, the Apostles, Martha, Mary, Lazarus. Those are good people—with the exception of Judas, who was one of the Apostles. But then, along with Judas, there are some other non-so-good people with whom we become familiar, as we read and study the gospels. In addition to Judas, there is someone like Pilot, and, of course, there are the Pharisees.
By and large, the Pharisees were bad men. Not all of them, but many of them—we could say—were the epitome of evil. That does not mean that they were the grossest of sinners, but they were men who had much light and who professed to know God, but they really opposed God. We read that in Luke 12:47-48. There’s a sense in which the Pharisees embodied the servants who knew their Master’s will, but did not do according to His will.
It says in Luke 12:47, “That servant who knew his master’s will, and did not prepare himself or do according to his will, shall be beaten with many stripes.” It goes on to say in verse 48 that the one who did not know and did not do his master’s will, though he’s worthy of stripes, he will not be beaten with as many. The Pharisees were men who knew God’s will. They were exposed to His Word. They knew better, but they opposed God. Therefore, we could say that is is important for us to study them.
There are many words—in the New Testament—written about the Pharisees, and it’s for a good reason. Jesus Himself said at the beginning of Luke 12 that we should beware of their leaven, which is hypocrisy. If we’re going to be beware of something, we have to know what we’re being aware of. We all carry the sins of the Pharisees within us, at least the seeds of them in our our hearts. As people who go to church regularly and familiarize ourselves with the Bibles, we could easily become Pharisees if the grace of God is not in our lives.
As we look at this passage, we’re told that He went to the Pharisee’s’ house for a meal.
1) Jesus’ company.
Let’s notice, first of all here, Jesus’ company. In verse 37 it tells us that His host was a certain Pharisee. A certain Pharisee asked Him to dine with him. Perhaps it was brunch. So, we’re told He went in and sat down to eat. The Pharisee was the host. There were other guests there. Evidently, there were other Pharisees along with this owner of the house, and along with them there were some lawyers, teachers of law, or ‘scribes,’ as they’re called in the gospel account. Notice in verse 45. It says, “Then one of the lawyers answered and said to Him.” So, evidently there are at least two lawyers. There was more than one lawyer there. One of them opened up his mouth and spoke.
The Pharisees were a Jewish sect. That is a branch of Judaism, a denomination we could say in one sense. They were very popular in Jesus’ day. They were religious leaders. They were not official religious leaders that the Bible itself spoke about, such as the priests or the Levites, but they were the leaders of the Jewish religion in that day. Having that position as leaders, they were greatly respected by the Jewish people. ‘Pharisee’ means literally ‘separated,’ and they prided themselves on being separate or separated. They concentrated on separation from everything that was unclean. They especially prided themselves on separation from Gentiles.
Notice that the Pharisees did not just think of themselves as separated from, different from, and above Gentiles. In John 7:49, there’s a Pharisee speaking, “This crowd.” He means the Jewish people of Jerusalem. “This crowd does not know the law is accursed,” because more and more of the Jews were beginning to listen to and follow Jesus. They despised not only Gentiles, but everyone who was not a Pharisee like themselves. The lawyers were generally part of the party of the Pharisees, but they were the scholars or theologians among the Pharisees. So, those were the guests. There’s Jesus’ company. His host: a Pharisee. The guests: at least a few other Pharisees and some lawyers.
2) Jesus’ entrance.
The second thing to notice is Jesus’ entrance. In the last part of verse 37 it says that after He was invited, “He went in and sat down to eat.” He proceeded immediately to the table.
Secondly, in terms of His entrance, we notice that this provoked a reaction from the Pharisee who invited Him. Verse 38, “When the Pharisee saw it, he marveled that He had not first washed before dinner.” He hadn’t engaged in the ceremonial washing that we read in another place in the gospels. It was the tradition of the elders. It was not required in the Bible, but it was required by the tradition of the elders. So, it provoked this reaction in the Pharisee: he marveled that He had not first washed before dinner.
Now, many times that word is used in the gospels in a positive way. People marveled at the works that Jesus did. They were amazed at them, and they wanted to follow Jesus because of it. But here the word was not used in a positive sense, because you notice the next thing. Jesus going right to the table provoked this reaction within the Pharisee, but that provoked a reaction from Jesus. That’s what we have in verses 39 and following.
When Jesus when into that room and sat down at the table without washing, do you think He forgot to wash? It certainly was not sinful for Him to sit down without washing, because the Bible didn’t require He wash His hands. In a social setting, especially at the home of a Pharisee, this was very offensive! Jesus was a truly gracious man, wasn’t He? But He didn’t forget to wash His hands on that day. It’s evident that Jesus wanted to use this as an opportunity to address a serious, extensive, pervasive, spiritual problem. The Pharisees and the lawyers were the religious establishment, and they were by and large very wrong in their thinking. They were very influential. I say they were very wrong, because for all of their study of the Word of God, and for all their knowledge of Scripture and their profession to be God’s people—even God’s special people, the ‘separate ones’—they missed it. They missed the message of the Word of God itself, the Old Testament that they had. They missed it by a mile! We could say they missed it by hundreds of miles. So, Jesus was using this as a teaching opportunity. There’s His company, and His entrance.
3) Jesus’ rebuke.
Thirdly, Jesus’ rebuke of the Pharisees. That comes in verses 39-44, and it comes in four different parts.
1. Jesus’ rebuke to the Pharisees (Luke 11:39-44).
The first part is essentially that Jesus says this: “You are hypocrites!” (verses 39-41.) First of all, He tells them this is their great problem. Verse 39, “But the Lord said to him, ‘Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.’” Jesus’ illustration is absurd, and it’s gross in a sense.
We had a dinner at our house this afternoon. We had guests with us, and before we went to the dining room table we all sat in the living room and talked. As we did we could look over at the table and we could see that there were nice dishes on the table. At least they looked very nice from the living room. Imagine though if we came from the living room to the table, when we were called, and everyone who saw the nicely set table from the living room, when they sat down at the table saw that the inside of the dishes—the cups and the plates—did not look like the outside look when they sat over in the living room. But it looked like they had maybe thirty days worth of meals caked on the inside. My wife would never do that, let me assure you. It would be gross!
Jesus is saying this: the Pharisees’ constant conduct, including what was going on in the heart of that Pharisee at whose house He was eating at this moment, their constant conduct is an expression of that gross, absurd illustration! As Jesus said later on in Luke 16, speaking of these same men, that they were lovers of money. They were the religious leaders, but they were lovers of money! They were the religious leaders, but Jesus said later on in Luke 20, “They devoured widow’s houses.” For all of their holy appearance and the impression that they gave that they were good and godly men, they were evil men. Just like my illustration was very gross, Jesus’ illustration was absurd and gross, so were these men. That’s what Jesus was saying! Particularly in God’s eyes.
Notice what He said first of all. He rebukes them for being hypocrites. He says here’s their great problem. (Verse 39.)
Secondly, He said, “Here is how you should see things.” Verse 40, “Foolish ones! Did not He who made the outside make the inside also?” In other words, “God made both the outside of the man, the hands that you wash, but He also made the inside! He made your heart. He made your soul!” That’s His point. In effect He’s saying, “Apply the rules that you have for your servants. You would be extremely upset with them if you only washed the outside of the cups and the plates, and they didn’t wash the inside.” He’s saying, “You should have those same rules for yourself, and you should apply them to your own life, your heart, your soul, and your teaching.” That’s His point. That’s how you should see things.
Thirdly, He tells them what they should do. Here’s what you should do. Verse 41, “But rather give alms of such things as you have; then indeed all things are clean to you.” Literally, it says, “All things that are within are clean to you.” He’s saying one of two things here.
He’s either saying this: “You should literally give alms.” In other words, You should give alms of the content of your cups and your plates, all of the things you have. You should give to others who need them. Remember, they were lovers of money. They didn’t like to give money we’re told in another place in the gospels, even to their parents! Remember the way that they twisted the law so that they could keep the money that they should have been using to help their elderly parents for themselves. He says, “You should give alms. Give what you have to poor people, to people who need it! Actually help other people.” That’s what he’s saying. It says in James 1:27 that if you visit orphans and widows, that is pure and undefiled religion. He’s saying, “You should engage in that.” That would be true religion.
He might also be saying this: “Give yourself—your insides, your soul, your heart—give it to God.” Like it says in 2 Corinthians 8:5 as Paul is writing to the Corinthians, telling about how generous they were to help the Jewish Christians in Judea. He said, “They gave themselves first to the Lord.” This is what Jesus would have been saying.
Either way—whether He is saying to literally give money to the poor, or give your hearts to God—the point is this: you must love God and man. You must have true religion. Your heart must be in your religion. That’s His point. Then, the result will be that they will be truly clean. Look at the last part of verse 41. “Then indeed all things are clean to you.” In other words, “If your heart is clean before God, not just in the eyes of men, not just according to your Pharisaical traditions, then you will be truly clean, and all things will be made clean to you.”
It’s like Paul’s statement in Titus 1:15, “To the pure, all things are pure.” So that if you are pure within and you sit down at your meal, and there’s a bit of dust from your daily activities on your fingers, it’s not going to make you or your meal unclean. That’s Jesus’ point, but the religion of the Pharisees was not an inward religion. It was basically an outward show. Jesus’ rebuke of the Pharisees is first of all, “You’re hypocrites.” (Verses 39-41).
Now, the next three rebukes are in the form of woes. “Woe to you.” Then they’re followed by three woes for the lawyers.
First, there are three for the Pharisees. “Woe to you.” Jesus is pointing out to them how sad and how grievous their conduct and their character is. He’s giving them warning about the judgement that they deserve, and the judgement that they will in fact experience if they don’t turn from their sins. Let’s look, first of all, at the woes to the Pharisees.
1- “You put lesser things first” (Verse 42).
The first woe is in verse 42, and the substance of it is this: “You put lesser things first.” Let’s read verse 42, “But woe to you Pharisees! For you tithe mint and rue and all manner of herbs, and pass by justice and the love of God. These you ought to have done, without leaving the others undone.” They were so careful to tithe everything that they had, they even tithed from the little things that they grew in a little glass on their kitchen counter. That’s how persnickety they were.
Let’s notice some of the faults of the Pharisee’s behavior Jesus mentions here and highlights. What I will call persnickety extremism that goes beyond what God has said in His Word. The Old Testament said to, “Bring a tithe of the land of the trees, the fruit of your trees and of your herds.” (Leviticus 27.) They were in effect creating a hedge, and they did this at many, many different points. They said, “The Word of God says this. Let’s make sure we go a step beyond that, and maybe even a step beyond that, and then a step beyond that, so that we’re very careful that we don’t break what God’s law actually says!”
They did that even with the name of God, so that here we are nowadays when we don’t even know how the Jews pronounce the name of God, because they stopped pronouncing it! The Bible said, “Don’t take the name of the Lord your God in vain.” So every time in their Old Testament that they read the name Yahweh they wouldn’t say it. They would say Adonai, because, “We want to make sure we’re not taking it in vain.” They went beyond what the Word of God was saying! That’s what they were doing here. It’s a persnickety extremism, and that leads to the second thing.
They created their own legislation, because their hedges eventually turned into laws, and it was the tradition of the elders. Jesus said this about what they did in Matthew 15:9: “You teach as doctrines the commandments of men.”
As I said, there wasn’t even a law about washing your hands before you eat a meal, but these men all had Jesus sinning there. That’s why I’m sure Jesus didn’t wash His hands. In some occasions maybe He did. It was kind of like Paul. On one occasion Paul had Timothy circumcised. He didn’t need to, but on another occasion he refused to circumcise Titus, because there the point was that he might lose the very truth of the grace of God and the gospel. So, Jesus wanted to make a point here. They created their own legislation.
Third, they elevated their laws above God’s laws. Here are these greedy men not worrying about their own sins. These prideful men, not thinking for a minute about their terrible pride, but they’re all thinking about the fact that Jesus didn’t wash His hands. They elevated their laws above God’s.
Finally, they ended up completely neglecting God’s laws, especially the things God regards the most. Notice Jesus’ conclusion at the end of verse 42. “These you ought to have done, without leaving the others undone.” He said, “They did the little things, but they passed by the big things: justice and the love of God!” It’s not that they should ignore relatively minor things in God’s law, that’s not Jesus’ point. He says, “You should have done both!” As it is, they’re ignoring the most important of God’s laws. Namely, love for God with all their heart and soul and strength and mind, and love for their neighbor as for themselves—the two great commandments. “You put lesser things first.”
2- “You’re in love with attention” (Verse 43).
The second woe is in verse 43. The third criticism that Jesus has of the Pharisees is that they were in love with attention. Verse 43, “Woe to you Pharisees! For you love the best seats in the synagogues and greetings in the marketplaces.”
In the synagogue there was a main seat—the seat of Moses—and the Rabbi sat in it. Then there were these cheap seats between the ark that they had with the scrolls of the law and the prophets in it. That was up in the center like our pulpit is, giving a right reverence, in a sense, to the Word of God. Then they had some other seats facing the people. Let’s say there was a shorter platform out here, where the stairs are, and it was ringed with seats. These Pharisees wanted to sit in those seats. Those seats would be facing the people. They weren’t teaching; they weren’t leading the service. There was no real function for those seats or for those men in the service. It was just for display, but they loved those seats! I would imagine they fought for them if there weren’t enough to go around.
Jesus said this in Matthew 6: “The hypocrites love to pray standing in the synagogues and in the corners of the streets, that they may be seen by men.”
Jesus said this about the rulers of the synagogue in John 12:43: “They love the praise of men more than the praise of God.”
What Jesus was saying was this: that the Pharisees, by and large, are full of pride, and it affects everything they do. They do everything they do to be seen by men, and to get the praise of men. Jesus says not only that it is wrong, but that they’re going to be judged for it. That’s the second woe.
3- “You lead others down the same path of condemnation” (Verse 44).
His fourth criticism, and the third woe we find in verse 44. It’s essentially, “You lead others down the same path of condemnation.” Look at verse 44, “Woe to you, scribes and Pharisees, hypocrites! For you are like graves which are not seen, and the men who walk over them are not aware of them.” Some versions don’t have the words ‘scribes and Pharisees’ in there, it just says ‘woe to you, hypocrites.’
The idea is that it says in the Old Testament that if you touch a grave or if you touch a dead body it makes you unclean. Listen to Numbers 19:16, “Whoever in the open field touches one who is slain by a sword or who has died, or a bone of a man, or a grave, shall be unclean seven days.” That would affect their privileges of worship. If they’re unclean for seven days they can’t go to the house of God and worship on the Sabbath or on a feast day. It affects their privileges of being able to interact with other Jews. They can’t do it if they’re unclean. If people can’t see that there’s a grave, because it’s not marked clearly, and they step on it or touch it, they unwillingly become unclean. Here’s what Jesus is saying, “By interacting with you Pharisees, people are unwillingly becoming unclean, because they don’t know that your hearts are like the inside of a tomb.”
Look at verse 39, “Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.” They’re the living equivalent of tombs. Nice-looking outside perhaps, but inside full of dead men’s bones. “That’s true because you men pretend to be holy, and you tell people how holy you are. Others say how holy you are, and you love to hear it, but you’re ugly inside.” That’s what He’s saying. “You lead others down the same path of condemnation.” In other words, “No one sees that he’s walking back and forth over a grave when he has interaction with you, but your teaching and your example, you Pharisees, are killing people.” That’s His point. There’s Jesus’ rebuke of the Pharisees, then we come to the lawyer’s objection in verse 45.
2. Jesus’ rebuke to the lawyers (Luke 11:46-52).
Verse 45, “Then one of the lawyers answered and said to Him, “Teacher, by saying these things You reproach us also.” As I said, not all of them, but many lawyers, by and large, were part of the Pharisees. They were the scholars and theologians among them. We could say they were a combination of religious scholar, like a seminary professor, and a legal expert. Their Bible—the Old Testament and the law of Moses—was their law. Together, the Pharisees and the lawyers were the religious establishment, as I said.
In this instance, this lawyer’s perception was very good. He realized that the lawyers were in Jesus’ line of fire, whether he realized that Jesus meant it that way or not. He knew that whatever Jesus said in condemnation of the Pharisees was condemning the lawyers as well. Of course, he didn’t like it, and maybe he was giving Jesus the benefit of the doubt, thinking, “Maybe He doesn’t realize this.” He’s basically saying to Jesus, “You couldn’t possibly be meaning us!” But He did. He did mean them. He was calling the whole religious establishment of the Jews to repent.
We could say all six of the woes—the three we’ve already looked at and the three to come—were really for all of them, Pharisees and lawyers together. But these next three we come upon were especially intended for the lawyers. Let’s look at them. Again, it includes three woes, and I’ll be much more brief regarding these.
1- “You weigh people down” (Verse 46).
The first one is this: “You weigh people down, or you encumber them.” Verse 46, “And He said, ‘Woe to you also, lawyers! For you load men with burdens hard to bear, and you yourselves do not touch the burdens with one of your fingers.’” In other words, “You weigh them down. You overload them. You hinder them. You put obstacles in their way.” Some people, whether it’s just in a human level, they want to know more about God or find out something about God, be reconciled to God, or maybe it’s truly God’s people. “Whatever the case, you put obstacles in their way. You’re not helping them, you’re hindering them. You overload them.” The first part of the statement is this: “That you load men with burdens hard to bear.” In other words, “You make people try to carry something that they cannot handle.”
It’s like taking your eleven year old child and saying, “Here’s two-hundred pound weights. Carry them across the other side of the room for me.” He can’t do it! He says, “That’s what you men are doing. You overload people. You pile severe burdens on them.” They’re burdens—as we saw already—that God has not required.
Remember that the Old Testament law itself, in a sense, was a burden, wasn’t it? Peter in Acts 15:10 referred to the Old Testament ceremonial laws as, “A yoke which neither we nor our fathers were able to bear.” Already, in a sense, we could say that the Old Testament law was a burden, but a legitimate burden, because God placed it on people. These lawyers, like the Pharisees, increased the burden! They went beyond what the Old Testament required. The traditions of the elders were all add-ons. They were all additions to God’s law. How did they do that? They did it with minute, legalistic interpretations of God’s law, and additions to God’s law.
It was like the tithing of herbs, or what they did to Jesus and His disciples that one time when they were just taking a few heads of grain so that they didn’t get famished on the Sabbath Day. They said, “You’re guilty of harvesting and threshing when you pluck a head of grain and roll it between your fingers, and eat it. You’re harvesting and threshing!” With all of their Sabbath traditions, that’s what they were doing: adding to God’s law. That’s the first part of what Jesus says here. “You load men with burdens.”
Notice the second part of it, the last part of verse 46. “And you yourselves do not touch the burdens with one of your fingers.” There’s two possible things Jesus meant here. I think it’s likely He meant both.
The first one would be this: “You give them all these hard things to do, but you don’t do them yourselves.” He could be saying that. You tell them what to do, but you don’t do them yourselves. They not only knew all the six-hundred seventeen traditions of the elders regarding the Sabbath Day and how to keep it, they also knew every loophole. So that if they really wanted to do something on the Sabbath Day, they could find a reason as to why it was legitimate. That’s hypocrisy, not practicing what you preach.
The other possibility that Jesus meant here is that they gave all these heavy burdens to them, but they didn’t help them! “You yourselves do not touch the burdens with one of your fingers.” “You don’t do it yourself” might mean “You don’t help them to do it.”
For instance, I give people pastoral counsel when they come and ask me questions, or if I come and ask them questions and I think they need pastoral counsel, I’ll give it to them. It involves part one: I tell them what I believe the Bible says they need to do. Part two: I try to tell them how they should do it. In other words, I direct them to the Word of God. I explain what the Word of God says. I give them advice. I pray with them, and I pray for them. I encourage them, and I say, “If you need further help, if you need further instruction, call me. Come to me. We can talk about it.”
The point is that the Pharisees did nothing of the sort. They would overload men with burdens and do nothing to help them do it. That’s the first thing. “You weigh people down or encumber them.” (Verse 46).
2- “You pretend that you love the prophets” (Verses 47-51).
The second woe is this: “You pretend that you love the prophets.” It’s verse 47 to 51. Let’s just read verses 47 and 48. “Woe to you! For you build the tombs of the prophets, and your fathers killed them. In fact, you bear witness that you approve the deeds of your fathers; for they indeed killed them, and you build their tombs.”
The point is this: “You pretend that you’re on God’s side. You worship the prophets.” Those were really God’s messengers. They were really God’s servants! You know their names: Isaiah, Jeremiah, and many, many other prophets. In a sense He’s saying this: “When you lead tours of their graves, and decorate their graves with flowers, and eulogize those prophets, what you’re doing in effect is trumpeting your admiration for those men. The fact is that you truly, ultimately despise them! You demonstrate that by everything you do, and everything you stand for.” That’s His point. The bottom line is this: “You hate the prophets, because you hate their message. You don’t follow their message. You’re like your fathers, your ancestors who killed the prophets. They put them in the tombs, and you decorate the tombs that your fathers built for them.” That’s His point. “You’re like your fathers.”
3- “You effectively bar people from God’s Kingdom” (Verse 52).
Then there’s the third woe. “You effectively bar people from God’s Kingdom.” Verse 52, “Woe to you lawyers! For you have taken away the key of knowledge. You did not enter in yourselves, and those who were entering in you hindered.”
“You’ve taken away the key of knowledge.” In a sense, they had the key of knowledge. They had the Scriptures, they had access to the Word of God. They had knowledge of the Word of God that the common people did not have. They didn’t have Bibles like you do on your phone, on your bookshelf at home. They didn’t have that! They had the access to it. They had the knowledge of the will of God. They had the platform to stand up and tell the people of God what the Word of God said. The point is that they squandered it. They did not enter in themselves. They didn’t believe it themselves. They didn’t know God themselves, though they had every opportunity, and they prevented other people, therefore, from entering, as well. It’s a sad, sad denunciation of the lawyers and the Pharisees.
Application.
Let me take the rest of the time I have for some practical application of this. Let me start out with one word for all people, really all of God’s people, but all people. If Jesus warned the Pharisees and the lawyers concerning the great light that they had, and the grave danger that came with it if they didn’t repent and believe, you sitting here today may be in far greater danger than any of them. Look at verses 49 through 51 again.
“Therefore the wisdom of God also said, ‘I will send them prophets and apostles, and some of them they will kill and persecute,’ that the blood of all the prophets which was shed from the foundation of the world may be required of this generation, from the blood of Abel to the blood of Zechariah who perished between the altar and the temple. Yes, I say to you, it shall be required of this generation.”
Think about this. These men lived before the New Testament was written. They lived before there was a New Testament church of the Lord Jesus Christ. They lived before the days of the Reformation. They lived before the development of the printing press, and the printing and distribution of all kinds of good, solid, Christian literature. Jesus said that basically the guilt of the blood of all the servants of God that was slain—from the time of Abel the son of Adam, to Jesus’ time—was going to come crashing down upon them, because of all their light.
Now, think of yourself, at least for many people sitting here today. You grew up in a church. You grew up hearing the Word of God, and maybe in a very good church with very good teaching, and good, godly examples in the lives of people like your parents, and the pastors of the church in which you grew up in. Is your obligation to believe in Jesus Christ any less than that of the Pharisees and lawyers? If you don’t believe in Him, will your condemnation be any lighter than theirs? Will you repent and believe in Jesus Christ today? You should repent and believe in Jesus today!
As a minister of Jesus Christ, I command you to repent of your sins and believe in His Son. As a person who understands the consequences that you face if you don’t, I urge you to believe on the Lord Jesus Christ. As a preacher, I plead with you that you would believe on the Lord Jesus Christ and forsake your sins today. As a Christian, I will pray for you that you will indeed turn from your sins and trust in the Lord Jesus Christ before this day is over. May God help you.
There are lessons for us pastors, because I know that this service here, though it’s the regular service of the church, it’s in conjunction with the Pastor’s Conference, and we have many pastors here, thankfully. Let me close with some lessons from the Pharisees for Christian Pastors.
We could say the Pharisees and lawyers were the equivalent of Christian pastors, or perhaps we could say vice versa that we are in some ways their equivalent in the church of the Lord Jesus Christ.
1- We must not focus on external things to the neglect of the internal things.
The first thing is this: we must not focus on external things to the neglect of internal. (Verses 39-41.) Let me just read verse 39 again, “Then the Lord said to him, ‘Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.’”
They focused on the outward, ritual, merely formal things in religion. They were all concerned about whether Jesus’ hands were washed ceremonially before He ate the meal, and if He had done that they probably would not have cared what was in His heart. They cared about whether their hands were washed, but they were oblivious to what was in their hearts, and they didn’t care about it as long as their hands were washed! That’s what the Pharisees did, whether it was the washing of hands, the tithing of herbs, or the praying on street corners, but they didn’t really give either alms to the poor, or themselves to God. In some ways, they’re like the Roman Catholic church, who dispenses sacraments, outward ordinances, without caring whether people have true, saving repentance and faith in Christ, or not.
Many Protestants act in similar ways, don’t they? The focus is: “have you been baptized? If you’ve been baptized it’s well with your soul.” Or “did you make a decision?” “Yes.” “Oh, good. You’re saved.” Or “do you have a church membership? Then all is well.” Those things don’t save people! Outward ordinances don’t save! Brethren, we can do that as well. We can be Reformed, we can be Reformed Baptists. We can do that! We could, as pastors, stand up and say, “Well, at least they’re here.” Or you might think in your heart, “I belong to the church.” Or you might say something like, “At least I’m outwardly decent. I’m not committing some kind of gross sin, like people who have to be disciplined by the church, and therefore all is well.” All is not necessarily well!
My brethren pastors, we must preach and teach and shepherd and govern the churches of Christ in such a way that we never cave in at this point. It’s difficult to do that year after year after year. It becomes tiring, and sadly, hardly anybody else is doing it. As a result, you can get a lot of complaints and grief for doing it that way, but never cave in! Don’t cave into the world, and don’t cave in to the professing church. Don’t cave in to the people who might be in your own church—which might be a good, biblical church—but there are people in your church, perhaps, who are tired of it. They’ve been in the church for twenty years, and they want you to just leave them alone for the last whatever number of years of their lives. Don’t cave in to the people who give a lot of money to the church. God help us. We must not focus on external things to the neglect of internal.
2- We must not elevate relatively minor things above the greatest things.
Second lesson: we must not elevate relatively minor things above the greatest things. Luke 11:42, “But woe to you Pharisees! For you tithe mint and rue and all manner of herbs, and pass by justice and the love of God. These you ought to have done, without leaving the others undone.”
Jesus said that in a different way in Matthew 23:24, “Blind guides, who strain out a gnat [a little thing] and swallow a camel [a big thing]!” Another gross illustration, but you see the point. They concentrate on minor things, and they completely miss the greatest things.
Brethren, we must not let ourselves become like that. We could say, “We don’t have all those outward rituals of the Pharisees.” Good! “We don’t have all the outward rituals of Roman Catholicism.” Good! But it could happen to us in subtle ways.
We could be content if someone just tells us, “I’m reading my Bible everyday.” That’s important! It’s important that someone is opening their Bible and reading it. If we ask, “How are your devotions?” “I’m praying everyday.” We can be thankful that someone is taking time in getting on his knees and talking to God. That’s important, but that’s not necessarily heart religion that he’s doing that. We could be thankful that people are doing good works. That is, things the Bible designates as good works, but we must be careful never to elevate simply outward performance over true worship and communion with God. We need to preach that, and we need to emphasize it to our people. We need to go deeper when we ask them, “How is it with your soul?”
We must not elevate relatively minor things above the greatest things. Do they love God? Do they commune truly with God? Do they delight themselves in the Lord?
3- We must not create commandments of men and treat them as the commandments of God.
Thirdly, we must not create commandments of men and treat them as the commandments of God. As I mentioned, the Roman Catholic Church is in some ways the modern day embodiment of Pharisaism. With us, brethren, we must guard against the same kinds of errors.
Some things, we could argue, are very important written documents. The most important one we have other than the Scriptures would be our Confession of Faith. There are other good creeds and confessions in existence, but we must always remember—no matter how good we regard our Confession to be—that it is not the Bible. It is not divine revelation! Neither is our church constitution divine revelation!
Neither are those specific ways of following Jesus Christ—that have been such a great blessing to me—the Word of God. What am I talking about? There are some things that I do in my Christian life that are specific applications of the Word of God in my life to help me obey God and to obey Jesus Christ, but if I ever write them down and call it ‘the traditions of the elders’ and say, “Therefore, you need to do it, because it has been so helpful to me.” I would be in danger of doing the same things that the Pharisees did. I’m not saying if you write a book that you’ve done that. I’m saying that if you elevate your book and your dictates to the level of God’s Word, that is what you are doing. That’s at least in part how Phariseeism developed! They were probably genuinely godly men, and they said, “Well, I go beyond just this. I do this to make sure I’m not violating God’s law.” I hope you have things in your life that you can say that. That you don’t just go to the edge of what every commandment of God allows, and dare God, in a sense, to let you fall off or not. That’s not godly living, but as soon as you start saying, “I do not permit a computer in my house, because I know my own heart. Therefore, anybody who allows a computer in his house is sinning.” You’re becoming like them. We must avoid that. We must not take commandments of men, and treat them as the commandments of God.
I trust that is no one in this church. I trust that is is not done in your churches, you men who are sitting here. Don’t ever let it happen in your churches, not in a formal way that you come right out and admit it. Not even in simply a practical way. May God help us.
4- We must eschew show in religion.
I have to explain that word. I use it because I love it, but it means this: we must have nothing to do with show in religion.
Verse 43, “Woe to you Pharisees! For you love the best seats in the synagogues and greetings in the marketplaces.”
In particular for pastors, we must not exalt ourselves because we’re pastors. We’re in a setting in which we can be tempted to do that, because people in our churches appreciate the Word of God. People may come to your church perhaps because you’re the only pastor in the area who opens the Scriptures and faithfully, painstakingly explains them, and even applies it to their souls. If you have people like that, they love you for that. So, there is that danger that we could walk up to the pulpit loving it that people love us, and wanting to give them a nice show of all of the things they love; even if they’re good things. Yeah, we could do that kind of thing, but we must eschew, however, all show in religion. We must not love attention. We must not exalt ourselves because we’re pastors, and we must not lord it over the flock.
Listen to the words of God through Ezekiel. In Exequiel 34:4 he said, “With force and cruelty you have ruled over God’s people.” They were men who loved positions of authority, but they were not shepherding the flock of God. The Pharisees and the lawyers were the picture of those kinds of false and unfaithful shepherds that were denounced in the Old Testament.
Listen to Peter’s words in 1 Peter 5:2-3, “Shepherd the flock of God which is among you, serving as overseers, not by compulsion but willingly, not for dishonest gain but eagerly; nor as being lords over those entrusted to you, but being examples to the flock.”
Do turn with me to Matthew 23 for a moment. Let’s read Matthew 23:6-7. These are Jesus’ words in a passage, again, where He’s denouncing the religious leaders of the day. “They love the best places at feasts, the best seats in the synagogues, greetings in the marketplaces, and to be called by men, ‘Rabbi, Rabbi.’” Then look at verses 11-12, “But he who is greatest among you shall be your servant. And whoever exalts himself will be humbled, and he who humbles himself will be exalted.” We must eschew, we must steer clear of all show in religion.
5- We must beware of letting religion degenerate into a facade.
The next thing is related. We must beware of letting religion degenerate into a facade, a mere outward picture. In Luke 11:39 Jesus said, “Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.” It can happen, and you may think, “It can’t happen in a church like this. A faithful church.” You may think, “It can’t happen when men are serious about God’s Word, and they’re studying God’s Word day by day. It can’t happen!” You think it can’t happen? That’s why Judas is in the Bible, so that we understand that it can happen. People can be walking with Jesus, talking with Jesus, listening to Jesus, learning from Jesus, lying down to sleep at night next to Jesus, and it can happen! All the sins and temptations that all of God’s people face, we as pastors face. In a sense we face it more, because of our peculiar place.
That’s why Paul says, “Brethren, pray for us,” and I say, “Brethren, pray for us.” Pray for your pastors here at IBR. Pray for all these pastors who have come for the conference this week. Pray for all the pastors you know, and pray for all you don’t know, all true, Christian pastors. We must beware of letting our religion degenerate into a mere facade.
6- We must not forget our calling.
Luke 11:52, at the end of the verse says, “You did not enter in yourselves, and those who were entering in you hindered.” What is our calling? It’s to lead people to God. It’s to lead people to Christ. It’s to lead people to heaven. That’s our calling, but let’s take a moment and do turn to that passage I mentioned earlier, Ezekiel 34.
I’ll begin in the middle of verse 2 of chapter 34, there is a woe. Ezekiel 34:2-4, “Woe to the shepherds of Israel who feed themselves! Should not the shepherds feed the flocks? You eat the fat and clothe yourselves with the wool; you slaughter the fatlings, but you do not feed the flock. The weak you have not strengthened, nor have you healed those who were sick, nor bound up the broken, nor brought back what was driven away, nor sought what was lost; but with force and cruelty you have ruled them.”
We must not forget our calling. Your office, as a pastor, is not first and foremost a platform for you! It is not a platform for your success as a preacher. It is not a platform for your fame, due to your preaching, or to your writing, or whatever gifts God has given you. Maybe God will bless your preaching, and bless your writing, making you useful beyond the walls of the church He has placed you. Maybe He will, but my point is this: that is not the goal. That is not to be your goal as a servant of Christ.
We must not forget our calling, which is what? It’s stated in Hebrews 13:17, “Obey those who rule over you, and be submissive, for they watch out for your souls, as those who must give account. Let them do so with joy and not with grief, for that would be unprofitable for you.” We watch out for people’s souls as those who must give account. We must not forget our calling, and we must take that calling seriously.
7- We must never take advantage of people.
Jesus said again to the scribes and the Pharisees, “Woe to you scribes and Pharisees, hypocrites, for you devour widow’s houses, and for a pretense you make long prayers. Therefore you will receive greater condemnation.” (Luke 20:47.)
In the history of the church, there are many terrible incidents of this kind of sin, and there are many terrible incidents of this kind of sin in the modern church. Scandalous sins! Just because we are Reformed, and just because we are Reformed Baptists, it does not mean we are immune to such sins. There are more subtle expressions of this sin of taking advantage of people. We could put the bar this low and say this: that whenever anyone pays money to the church, tithes, and the pastor doesn’t faithfully and diligently serve that person’s soul’s needs, he’s taking advantage of him. In fact, it’s even if the person can’t afford to pay money to the church. If he’s a member of the church, and the pastor isn’t serving his soul’s needs, he’s taking advantage of him. We would do well, brethren, to reflect on those realities when we begin to forget them.
“Let him who thinks he stands take heed, lest he fall.”
8- We must not despise the weak.
Finally, we must not despise the weak, including the sinful. This is true not only for pastors, it’s true in general for God’s people. It’s a general obligation for Christians to not despise the weak.
Listen to 1 Thessalonians 5:14. Remember that it’s written to the church of Thessalonica, not just the elders of the church. “Now we exhort you, brethren, warn those who are unruly, comfort the fainthearted, uphold the weak, be patient with all.”
James 1:27 tells us that, “Pure and undefiled religion before God and the Father is this: to visit orphans and widows in their trouble.” We must not despise the weak, including the sinful.
Now, those words, as I said, came to all the disciples, but it’s especially needful for pastors to be mindful of this. Notice—in these texts that I’m going to read in closing—the example of God and of our Lord in this matter. Notice their disposition to the weak and erring among the flock.
Look at Ezekiel 34:16. The Lord says, “I will seek what was lost and bring back what was driven away.” In other words, “My shepherds aren’t doing it, the religious leaders of the people of Israel aren’t doing it. I will seek what was lost and bring back what was driven away. “And bind up the broken and strengthen what was sick; but I will destroy the fat and the strong, and feed them in judgment.”
Remember how God says it in Isaiah 40:10-11, “He will feed His flock like a shepherd;
He will gather the lambs with His arm.” The young ones, the weak ones, He will give them special attention. He will, “Carry them in His bosom, and gently lead those who are with young.” That’s how God does it, and that’s how we should do it, brethren. When it comes to ministering to weak people I am not saying you have to spend all your time as a pastor with the weakest sheep in the church. I am not saying that, but you do need to spend due time with them! It does not mean that the pastor has to drop everything every time a weak sheep bleats, because some of them bleat a lot, but he must pay attention when they bleat!
Let me read, finally, from Matthew 18. After I read this I’ll be just about done. I know I’ve gone over my set time, but let me just conclude. Matthew 18:10-14. It’s a well-known passage. Jesus says here, “Take heed that you do not despise one of these little ones, [He means believers, disciples] for I say to you that in heaven their angels always see the face of My Father who is in heaven. For the Son of Man has come to save that which was lost. “What do you think? If a man has a hundred sheep, and one of them goes astray, does he not leave the ninety-nine and go to the mountains to seek the one that is straying? And if he should find it, assuredly, I say to you, he rejoices more over that sheep than over the ninety-nine that did not go astray. Even so it is not the will of your Father who is in heaven that one of these little ones should perish.”
These ‘little ones’ are disciples, professing Christians. That’s who they are! They’re not the lost in general. You may have heard this, as a pastor, and maybe if you’re a pastor you have experienced it. It’s a truism. It’s a general truth that often the people who receive a lion’s share of a pastor’s private labors end up walking away. We must remember that still, God who knows that, says in His Word that we must not despise or ignore the weak. You see that in Matthew 18. It’s an imitation of Christ. Verse 11, “The Son of Man has come to save that which was lost.” that the shepherd goes to the mountains, in verse 12. He goes with no guarantee that he will recover the lost sheep, because verse 13 says, “And if he should find it.” We have to be ready to lay ourselves out, not to love ourselves, but to love God’s people.
May God bless these admonitions, and may He bless the Pastor’s Conference this week. May He make us all more holy and useful ministers of His New Covenant. Let’s pray together.
Father in Heaven, we do thank You for Your Word. We acknowledge that we are not what we ought to be, but we ask that You would give us grace to turn more and more away from ourselves and from the world, from our love of ease, and from our sins. Keep us from ever becoming like the Pharisees and the lawyers. Make us more and more like Your Son. Help us to faithfully serve as undershepherds of our Lord and Saviour Jesus Christ. For we ask these things in His name. Amen.
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Cuatro características esenciales de la fe salvadora
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Albert N. Martin
Aquellos que han visto el programa para la conferencia saben que se ha anunciado que hoy predicaré un sermón sobre “cuatro características esenciales de la fe salvadora”. Comprendo que esto puede llevarlos a pensar que están a punto de recibir un discurso teológico. Parece un título que un profesor de teología podría dar a un discurso para sus estudiantes en un seminario: «Las cuatro características esenciales de la fe salvadora». Pero les aseguro que en mi corazón tengo algo (confío que también lo tenga en mi mente y ojalá que sea lo que salga de mi boca) que está muy lejos de ser un discurso teológico. El tema que voy a tratar es nada menos que un asunto de vida o muerte: la vida eterna por un lado y la muerte eterna por el otro. Quiero citar varios pasajes de las Escrituras que subrayan esta realidad muy claramente.
En Romanos 1:16 leemos: «Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego». Y en Juan 3:36 leemos: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él». Si no eres un creyente, si no estás unido a Cristo con una fe verdadera y salvadora, entonces la ira del Dios Todopoderoso es una amenaza que cuelga sobre tu cabeza, esto es algo tan cierto como que estamos aquí sentados debajo de este techo. Solamente un latido de tu corazón impide que esa ira caiga sobre tu cabeza y te empuje hacia las tinieblas eternas, donde será el llanto y el crujir de dientes.
Otro pasaje es Efesios 2:8: «Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe». Por último, Apocalipsis 21:8 declara: «Pero los cobardes, incrédulos…tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre». Este asunto de la fe salvadora, y la cuestión de si la poseemos en verdad, no es un centro de deportes teológico, en el que jugamos con las palabras. Es un asunto de vida eterna o de muerte eterna.
La Biblia habla claramente acerca de las personas que tienen un tipo de fe que no está a la altura de la fe verdadera, por esta razón, debemos conocer la diferencia entre ambas. Escuchemos estas palabras de las Escrituras que se refieren a unas personas que creyeron y aun así no llegaron a tener una relación salvífica con el Señor Jesús. En el capítulo 2 de Juan, las Escrituras nos dicen en el versículo 23 al 25 que Jesús estaba en Jerusalén y había hecho muchos milagros. Juan declara: «Cuando estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía. Pero Jesús, por su parte, no se confiaba a ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diera testimonio del hombre, pues Él sabía lo que había en el hombre». Estas eran unas personas que decían: «Sí, creemos en Jesús. Vemos los milagros que confirman Su identidad». Pero Jesús no se confiaba de ellos, porque sabía que la fe que profesaban no era una fe real y salvífica.
Encontramos lo mismo en Juan capítulo 8, versículo 31. Nuestro Señor declara: «Entonces Jesús decía a los judíos que habían creído en Él: Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Ellos le contestaron: Somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres”?» Estas personas eran creyentes. El pasaje lo deja claro: «Los judíos que habían creído en Él». Con Sus palabras, Jesús subraya cuál es el fruto de la fe salvadora: «Si vosotros permanecéis en mi palabra…conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». Ellos le responden «¿Por qué necesitamos ser hechos libres? Nunca hemos sido esclavos de nadie». Después, en el versículo 44 de este mismo capítulo, Jesús les dice a las mismas personas: «Sois de vuestro padre el diablo». ¡He aquí creyentes que son hijos del diablo! Entonces, como podemos ver, es posible tener un tipo de fe que no llega a la altura de la verdadera fe salvadora.
De nuevo, en el libro de Santiago, Santiago está tratando de conseguir que estas personas entiendan que la fe genuina no está compuesta meramente de nociones acerca de Dios y acerca de Cristo, sino que, donde hay la fe verdadera, existe una experiencia de la gracia de Dios que es vital y que transforma la vida. En el capítulo 2, versículo 19, Santiago declara: «Tú crees que Dios es uno. Haces bien». En otras palabras: «Tú crees lo que un judío ortodoxo está supuesto a creer». «Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es». Santiago dice: «Tú crees. Muy bien. También los demonios creen, y tiemblan». Los demonios creen. Los demonios tienen fe. ¿Hay alguien aquí en esta mañana que esté dispuesto a afirmar que los demonios son salvos? Claro que no, pero tenían una fe que Santiago identifica como una fe real. Incluso les causó una respuesta emocional. Ellos tiemblan, tiemblan a la luz de lo que creen.
Entonces tenemos el incidente de Hechos 8. Cuando Felipe, junto con otros, estaba predicando en Samaria, hubo una gran obra del Espíritu de Dios. En medio de todo eso, se dice que cierto hombre creyó y fue bautizado. Pero, después que salieron a la luz sus intenciones verdaderas, Pedro le dice: «No tienes parte en este asunto. Simón, todavía estás en hiel de amargura y en cadena de iniquidad».
Este tema acerca de cuáles son las cuatro características esenciales de la fe salvadora es un asunto vital porque existe una fe que no llega a la altura de la verdadera fe salvadora. Aunque los hombres puedan ir a la deriva en esta vida con esa fe que los condena, vendrá un día cuando nuestro Señor se sentará en Su trono y serán reunidos todos delante de Él. Según lo que dice Jesús, habrá muchos que dirán: «Señor, Señor, ¿no hicimos esto, aquello y lo otro?» Él les responderá: «Apartaos de mí, jamás os conocí». Así que, entender las características de la verdadera fe salvadora es algo vital para nosotros. En Tito 1:1 se denomina como «la fe de los escogidos de Dios». ¿Cuáles son sus rasgos distintivos? ¿De qué está compuesta? Bueno, sería conveniente si pudiéramos acudir a uno o dos pasajes de las Escrituras y encontrar en estos una definición de la fe salvadora que sea buena, resumida, breve y precisa. Si tal cosa existiera, estoy seguro que todos nosotros habríamos memorizado ese versículo, pero Dios no nos ha dado esto. Él nos ha dado algunos versículos que nos proporcionan unas descripciones de la fe, por ejemplo: Hebreos 11:1. Pero lo que Dios sí nos ha otorgado en Su Palabra son ejemplos de la fe salvadora en acción. Así que, de esta manera vemos lo que es por medio de lo que hace y lo que no hace.
También existen analogías o ilustraciones de lo que es la fe salvadora. Se describe como «mirar», «comer» y «beber» de Cristo. Se describe como «ir a Cristo» y «aferrarse de Cristo». Por tanto, tenemos que tomar todas estas facetas de la verdad bíblica que nos muestran en qué consiste la fe por sus acciones, por analogía y con ilustraciones, y tenemos que organizarlas y ponerlas en las categorías que obviamente les corresponden. De esta manera, en lugar de tratar de formular una simple y pequeña definición de la fe, intentaremos identificar cuáles son esos elementos absolutamente esenciales que están presentes donde existe la fe salvadora. Esto es lo que intentaré hacer hoy en mi predicación.
Me podrían hacer la siguiente pregunta: «Pastor Martin, ¿qué espera lograr con eso?» Quiero compartir tres palabras contigo. Todas empiezan con la letra “c” y expresan mi meta en la predicación de hoy: confirmar, convencer y constreñir.
En primer lugar, en mi predicación, quiero ser un instrumento en las manos de Dios para confirmar a los verdaderos creyentes, dejándoles saber que la fe que poseen es realmente la fe que es un don de Dios y que tendrá como resultado la vida eterna. Puede ser que hayas leído estos pasajes acerca de los demonios que también creen, ese mago en Hechos 8 que creyó y los muchos judíos que creyeron, pero no eran realmente salvos, y a la hora de leerlos tal vez te has rascado la cabeza y dicho: «Señor, ¿tengo yo fe genuina? ¿Es mi fe esa fe verdadera, la fe salvadora?» Espero que en la predicación de hoy podamos ver algunos aspectos de este tema que fortalezcan tu seguridad y que sean una confirmación para tu propia consciencia de que estás realmente unido a Cristo con una fe verdadera y salvadora.
En segundo lugar, espero ser un instrumento que traiga convicción de culpa. Es posible que algunos aquí no sean verdaderos creyentes y estén sentados aquí hoy diciendo entre sí: «He creído en el evangelio por años. He creído que Cristo murió por los pecadores. Creo que Él resucitó de los muertos al tercer día. Asisto con regularidad a una buena iglesia con enseñanza sólida. ¿Qué razón puedo tener para dudar de la veracidad de mi fe?» Bueno, espero que algunos que estén bajo sea categoría sean convencidos de culpa y digan: «Yo no tengo la fe genuina», para entonces acudir a Cristo y ser realmente unidos a Él.
En tercer lugar, hay otras personas que espero constreñir. Es posible que algunos de los que están sentados aquí hoy hayan estado pensando acerca de la realidad de su pecado y del juicio venidero. Estas personas no confían en que sus pecados han sido perdonados. No tienen confianza de que tienen un buen historial ante la corte del cielo. Es mi esperanza y mi oración que, por medio de mi predicación, mientras consideramos los elementos de la verdadera fe salvadora en esta mañana, estas personas sean constreñidas a llegar a la fe. Que sean constreñidas por la obra del Espíritu Santo a confiar sin dudas en el Señor Jesucristo y a irse de aquí hoy diciendo: «Yo sé que verdaderamente creo en el Señor Jesucristo y que tengo vida eterna en Él». Esta es mi meta.
Hemos considerado por qué este tema es importante y cuál es mi objetivo. Ahora, ¿cómo he de ir tras esa meta? Quiero encaminarme hacia esa meta al demostrar que todos los elementos de la fe salvadora se refieren al Señor Jesucristo mismo. Vamos a considerar la fe salvadora y su relación con la persona de Cristo, las provisiones de Cristo, las promesas de Cristo y los preceptos de Cristo. Presentaré mis cuatro puntos usando estas cuatro palabras que comienzan con la letra «p». En el tiempo que me queda, quiero intentar descifrar estas cuatro verdades.
1) La fe salvadora y su relación con la persona de Cristo
Mi principio fundamental es que, según las Escrituras, cuando un pecador tiene fe salvadora experimenta una relación directa y espiritual con la persona de Cristo. Él es el objeto de la fe y la fe nos une a Él. Miremos estos pasajes que son muy conocidos.
Juan 1:12: «Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre». ¿Qué significa creer en Su nombre? Significa aceptar a la persona de Cristo.
Colosenses 2:6: «Por tanto, de la manera que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en Él; firmemente arraigados y edificados en Él y confirmados en vuestra fe, tal como fuisteis instruidos, rebosando de gratitud». Aquí Pablo piensa en la iglesia que está en Colosenses y dice: «Ese es un grupo de personas que se ha parado ante la cruz y meramente asentido con la cabeza y dicho: “Creo que Jesús murió por los pecadores”». Él dijo: «De la manera que recibisteis a Jesucristo el Señor». Él nombra todos sus títulos, indicando que habían recibido a Cristo en su totalidad: un profeta para darles instrucción, un sacerdote para otorgarles el perdón y un rey para ejercer dominio sobre ellos.
Juan 6:37: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera». ¿En qué consiste la fe salvadora? Consiste en ir a Cristo mismo.
Juan 14:6: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí».
En la gran invitación de Mateo 11:28, Jesús mira a las grandes multitudes que están cansadas y cargadas con todos esos rituales religiosos vanos de los Fariseos que habían sido impuestos sobre el pueblo y dice: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí».
Además, ¿qué afirma el versículo más conocido del Nuevo Testamento? «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree». Después tenemos ahí una pequeña preposición griega «εἰς» que significa «en». «Todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna». ¿Quiénes tienen vida eterna? Aquellos que tienen la verdadera fe salvadora. ¿Y cuál es uno de los elementos esenciales de la fe salvadora? Nos sitúa en Cristo, y a través de nuestra unión con Jesucristo, tenemos todas las bendiciones de la salvación que Él provee. Significa creer en Cristo. Esta idea se encuentra por todo el libro de Juan.
En el versículo que probablemente es el segundo versículo más conocido –cuando el carcelero de Filipos, al ver el poder de Dios y Su gracia y misericordia clama: «Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?» Pablo le responde: «Cree». Después usa la preposición «ἐπὶ» que significa «sobre». Cuando yo pongo mi Biblia sobre esta tabla que está en el púlpito, todo el peso de la Biblia cae sobre esta tabla. «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo», y si los de tu casa también ejercen la fe, ellos también serán salvos.
Por tanto, al considerar todo este asunto acerca de cuáles son los elementos clave de la verdadera fe salvadora, vemos que, un pecador que tiene fe salvadora, experimenta una relación directa y espiritual con la persona de Cristo. El pecador, —con toda su culpa, toda su esclavitud, toda su miseria—, y el Salvador —en toda la plenitud de Su gracia, poder, misericordia y disposición para recibir a los pecadores—, el pecador en la magnitud de su necesidad y el Salvador en la magnitud de Su gracia, ambos se juntan y se abrazan en la fe verdadera. Significa creer sobre Él, creer en Él. Significa aceptarle a Él.
Un siervo de Dios que me ha ayudado en gran manera a entender estas cosas escribió lo siguiente: «La esencia de la fe salvadora es el traer al pecador que está perdido y muerto en sus delitos y pecados a tener un contacto directo y personal con el Salvador mismo, una relación que es nada menos que un compromiso del ser con Cristo en toda la gloria de Su persona, la perfección de Su obra, de la forma libre y completa en la que Él se nos presenta en el evangelio».
El evangelio es como un caballo sobre el cual Dios cabalga hacia los pecadores mientras les anuncia: «Todo lo que necesitan está en Mi Hijo: misericordia, perdón, liberación del poder del pecado y de los lazos del mismo diablo». Dónde existe la verdadera fe salvadora, el Salvador misericordioso y el pecador necesitado entran en una relación directa y personal que es nada menos que un compromiso del ser con Él en toda la gloria de Su persona. Él es Dios y hombre en una sola Persona para siempre y Su obra es perfecta. Él es el que clamó: «¡Consumado es!» y es de esta manera que Él se nos ofrece gratuitamente en el evangelio.
Ya que he establecido cuál es el primer elemento —espero que con suficiente prueba de las Escrituras como para persuadir tu consciencia— ahora quisiera dar varias aplicaciones. Hay algunos que enseñan que la fe salvadora no es nada más que creer el testimonio que Dios ha dado acerca de Su Hijo. Dios dijo: «Este es mi Hijo, mi amado. Escuchadle. Mi Hijo va a morir como el cordero de Dios para quitar el pecado del mundo. Después que haya pagado la paga del pecado, será resucitado de entre los muertos en el tercer día. Unos días después, haré que regrese a Mi diestra y lo pondré en Su trono como el Rey mesiánico, donde reinará hasta que haya puesto al enemigo final debajo de Sus pies: la misma muerte». Cree en ese testimonio; cree en lo que Dios ha dicho sobre Su Hijo. Pero esto no es fe salvadora. La fe salvadora no tiene como su objeto algunas verdades acerca de Cristo, sino a Cristo mismo. Dónde hay fe salvadora, el pecador y el Salvador entran en una relación directa y espiritual.
Existen miles de tratados impresos que al concluir afirman, dirigiéndose al lector del tratado: «Si reconoces que eres un pecador y crees que Jesucristo murió por ti, serás salvo». Esta no es la enseñanza bíblica. La fe salvadora no reposa sobre un solo acto salvífico de Cristo. No hay salvación sin Su muerte, pero puedes creer en Su muerte por los pecadores ¡y aun así caer en el infierno mañana! No somos salvos porque simplemente creemos que Él murió por pecadores igual que no somos salvos simplemente por creer que Él resucitó de entre los muertos y ascendió a la diestra del Padre en las alturas. El pecador es salvo cuando en toda su necesidad, él cree en y recibe a Aquel que se ofrece al pecador como el único Salvador de los hombres.
2) La fe salvadora y su relación con la provisión de Cristo
Consideremos ahora el segundo elemento de la fe salvadora. Este elemento tiene que ver con la provisión de Cristo. Hemos considerado la relación que la fe salvadora sostiene con la persona de Cristo y ahora, ¿cuál es su relación con la provisión de Cristo?
Ustedes recuerdan el relato navideño. José se entera de que su esposa está en cinta. Sostiene una lucha interior porque no sabe qué hacer. Tenía varias opciones bajo la ley judía contemporánea. Cuando está luchando internamente con el tema de cuál sería el curso de acción que más bondad le mostraría a María, se le aparece un ángel. El ángel dice: «José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque el Niño que se ha engendrado en ella es del Espíritu Santo. Y dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:20-21).
Se identifica a Cristo, desde Su concepción misma, como el único Salvador que ha sido enviado por Dios. Ha hecho toda la provisión que necesitamos, en cada aspecto de nuestra necesidad, para que Dios siga siendo absolutamente santo, absolutamente justo, absolutamente íntegro, absolutamente amoroso. Dios conserva la integridad de todos Sus atributos al salvarnos de la manera en que lo hace. No tiene que pisotear sobre ninguno de Sus atributos a fin de salvarnos. El que Dios pisoteara Su propia integridad sería un precio demasiado alto que pagar. Así que, Él ha concebido este maravilloso plan de salvación por medio del cual se magnifica Su justicia, se exalta Su virtud: tanto Su rectitud absoluta como Su amor, misericordia y compasión se manifiestan completamente. Él hace todo en la persona de Su Hijo.
Pero hay algo crucial que nunca, nunca debemos olvidar y es que para Jesús hacer lo que Dios dijo que haría, salvar «a Su pueblo de sus pecados», Él tenía que llegar a ser lo que llegó a ser para realizar esa obra. El fundamento de la obra salvífica de Cristo es la singularidad de Su persona como el Dios hombre. Para Dios salvarnos sin comprometer ninguno de Sus atributos, tenía que haber una encarnación. La segunda persona de la deidad tenía que hacerse carne.
Juan 1:1-4 declara: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres».
Después, el versículo 14 del primer capítulo de Juan dice: «Y el Verbo». La Palabra eterna que estaba con Dios, que es Dios mismo, la segunda persona de la misteriosa Trinidad. Dice: «La Palabra se hizo carne». Él no deja de ser la Palabra. Él era igual a Dios mismo y no perdió ninguna parte de Su Deidad. Esto sería imposible para Dios. Pero, sin dejar de ser todo lo que era como Dios, puso a un lado los signos de la Deidad, la adoración inmediata de los serafines, querubines y de las miríadas de ángeles.
Él entra en el vientre de María por obra del Espíritu Santo. Meditemos en esto. ¡Meditemos en esto! Ahí, en la matriz de una joven virgen, en el momento en que ocurrió la concepción, cuando el Espíritu de Dios —lo digo con reverencia— tomó uno de sus óvulos y María quedó encinta, Dios tomó forma de cigoto. ¡Pensemos en eso! El Dios que habló y fueron hechos todos los millones de galaxias por el aliento de Su boca; ¡todas las cosas fueran hechas por Él! Repentinamente, este Dios queda escondido dentro de los límites de la matriz oscura de una joven virgen, con forma de un ser humano de dos células, después con cuatro células y dieciséis. Pasó por cada etapa del desarrollo prenatal. Hubo un tiempo cuando las manos que se extendieron para tocar a los leprosos tenían la forma de las pequeñas aletas de un feto en la matriz. ¡La Deidad obtuvo Su sustento por medio de un cordón umbilical! ¡Amigos, meditemos en esto! ¿Por qué hubo esta condescendencia de parte de la segunda persona de la Deidad? Porque, sin una muerte que tuviera lugar bajo la ira de Dios, no podríamos tener salvación.
El escritor a los hebreos declara: «Así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, Él igualmente participó también de lo mismo, para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida».
Por esta razón, Pablo podía escribir en Gálatas 4:4: «Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer». Cómo afirman los viejos credos y confesiones: «de la sustancia de María». Sin pecado, pero nacido de mujer. Prestemos mucha atención: «nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos».
Si tú y yo hemos de entrar al cielo, necesitamos un historial personal que esté absolutamente y perfectamente limpio. Si hemos de entrar al cielo de forma justa, no puede haber un solo cargo en contra nuestra. El Dios que conoce nuestros pensamientos y las intenciones del corazón, que conoce nuestras motivaciones y nuestros pensamientos más oscuros, bajos y egoístas, Él debe ser capaz de mirarnos y decir: «Te doy la bienvenida a Mi presencia, tú que no tienes pecado. Mi hijo en contra quién no tengo cargo alguno, perfectamente inocente. Te doy la bienvenida a Mi presencia». ¿Cómo puede hacer eso? Lo puede hacer porque envió a Su Hijo, nacido bajo la ley como nuestro representante, la cabeza del pacto, el segundo Adán, el último hombre del cielo. Meditemos en esto. Jesús tomó nuestro lugar bajo la ley, guardó la ley en toda la anchura y altura de sus demandas, afectaba cada pensamiento, cada palabra.
Medita en esto, tú que eres joven y tienes hermanos. Cuando Él era un niñito, Jesús nunca le arrancó un juguete a uno de Sus hermanos o hermanas, diciendo: «Eso es mío, no lo toques». Ni una sola vez. Cuando tuvo edad para hacer quehaceres y José le pedía que sacara la basura, nunca puso una mala cara. Si Jesús hubiera hecho una sola mala cara, ¡seríamos malditos! Seríamos condenados porque no existiera un historial perfecto de ningún hombre que haya vivido en este mundo bajo la ley y que pudiera presentar un historial perfecto ante Dios y decir: «Mi Padre, el historial que tengo, lo tengo a favor de Mi pueblo». Esta es la justificación en su primer aspecto maravilloso.
Romanos 5:19: «Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos». Dios pone la provisión hecha por Jesucristo a nuestro favor, el historial perfecto de Su obediencia perfecta a la ley perfecta de Dios.
Pero también hizo otra cosa. Gálatas 3:13 afirma: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley». ¿Cómo? ¿Persuadió a Dios para que se olvidara de la maldición? No, sino que, lo hizo, «habiéndose hecho maldición por nosotros».
El verdadero significado de la cruz no se encuentra cuando leemos los relatos de los evangelios y vemos la tragedia de cómo Sus discípulos le fallaron en el jardín de Getsemaní. Lo abandonaron después que fue arrestado y las multitudes, sedientas de sangre, gritaban: «¡Crucifícalo!»
¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo?
¡Que nos den a Barrabás! ¡Sea crucificado!
Lo ataron a un poste de flagelación y un soldado romano tomó el horrible instrumento de tortura y lo dejó caer sobre la espalda desnuda del Hijo de Dios una y otra vez, utilizando una forma de tortura que solía matar a la víctima. La espalda de nuestro Señor fue hecha tiras de carne sangrienta. Entonces lo sacan para afuera y Él se tambalea bajo el peso de la cruz. Después reclutan a un hombre, Simón de Cirene, y él carga la cruz hasta el lugar de ejecución. A continuación, siguen con el tratamiento brutal de estirarlo sobre la cruz y clavan sus manos y sus pies a martillazos, levantando lo recto y hundiéndolo en el hoyo, hasta que todo Su cuerpo se hunde en un espasmo de dolor estremecedor, agudo, abrasador. Cuelga ahí, en medio de la tierra y el cielo, sin un solo murmullo de queja. Todas las palabras que salen de Su boca son palabras de gracia, palabras de bondad. Entonces ocurre algo extraño en pleno mediodía: los cielos se cubren de una oscuridad tan negra y oscura que parece tinta. Hubo oscuridad sobre toda la tierra desde el mediodía hasta las tres, como si Dios mismo hubiera dicho: «Esta escena es tan horrenda que no puedo mirarla directamente».
Las Escrituras nos dicen que hacia la hora novena –las tres de la tarde, a la misma hora en que el sacerdote de la comunidad estaría ofreciendo el sacrificio de la tarde— dicen: «Jesús exclamó a gran voz, diciendo: “ELI, ELI, ¿LEMA SABACTANI?” Esto es: “DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?”». En otras palabras: «Las multitudes han clamado por Mi sangre. Yo fui como una oveja llevada al esquilador. Estuve mudo delante de Mis acusadores. Mis discípulos me abandonaron, ¿pero Mi Padre? Tú me has sostenido a través de todos los años de Mi peregrinaje, y yo podía decir: “Yo sé que siempre me oyes”. Pero ahora, Mi Padre, toda consciencia perceptible de Tu presencia y Tu sostén y Tu cercanía están ausentes. Mi Padre, Mi Dios, ¿por qué me has abandonado?» ¿Ustedes saben cuál es la respuesta a esa pregunta? Las Escrituras dicen que fue porque Él estaba haciéndose maldición por nosotros.
El profeta Isaías dijo: «El SEÑOR hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros». Dios, por decirlo así, bajó de Su trono por un momento. Se puso las vestiduras especiales de juez y dijo: «Mi Hijo y Yo vamos a la corte donde yo me sentaré como el Juez universal. Mi Hijo vendrá delante de Mi cargado con los pecados de todo Su pueblo». Cuando el Padre dice: «Mi Hijo, te imputo la culpa que merece las angustias del infierno, a favor de todos aquellos que Tú tomaste voluntariamente como Mi depósito para Ti». Recuerden que Jesús dijo: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí». «Yo te los entrego, mi Hijo, y este es el pináculo de Tu obra a su favor. Si Tú has de ponerlos en libertad y Yo he de decir que no han de ser castigados, Mi Hijo, debes soportar toda la realidad del abandono». Él fue abandonado porque esto es la esencia del infierno. Las últimas palabras que todo pecador que es condenado al infierno escuchará son: «Apartaos de Mí, los que practicáis la iniquidad».
Pero gracias a Dios que antes de inclinar Su cabeza y entregar Su espíritu, Jesús clamó otra vez a gran voz. Personalmente, pienso que fue por esta razón que Él acepto el vino amargo, el vinagre, algo barato que los soldados llevaban en un cántaro. Se mojó los labios, se humedeció la boca y la lengua suficientemente, respiró bien profundo por última vez, y clamó a gran voz: «¡Tetelestai!» ¡Consumado es! No dijo: «Estoy acabado» sino «Consumado es». ¿Qué se había consumado? Toda la obra de cargar con la maldición a favor de ti y de mí, como nuestro sustituto.
Muerte y maldición estaban en la copa:
Oh, Cristo, para Ti llena estaba;
Pero Tú bebiste hasta la última gota
Y para mí ha sido vaciada.
Esa copa amarga que el amor consumió;
Es ahora mi copa de bendición.
(Estrofa de un himno por Anne R. Cousin)
Así fue como Cristo hizo provisión para nuestra salvación: por medio de una vida de perfecta obediencia que Dios pone a nuestra cuenta, por la manera en que cargó con la maldición como nuestro sustituto, algo que Dios imputa a nuestro favor. De esta manera Dios puede ser justo y el que justifica al que tiene fe en Jesús.
Ahora, rápidamente, permítanme delinear unos cuantos aspectos más de esa provisión de Cristo. Lo que Él logro en la cruz, cuando exhaló Su Espíritu, fue validado tres días después. Romanos 4:25 declara: «Él fue resucitado para nuestra justificación». Después de cargar con la maldición y eliminarla, Él fue resucitado para confirmar que el precio se había pagado. En esa cruz, Él venció los poderes de las tinieblas (Colosenses 2; Hebreos 2; 1 Juan 3:8). Por esta razón, podía entonces liberar a los cautivos, porque había obtenido la victoria por medio de Su muerte.
Después ascendió a la diestra del Padre. Su obra en la tierra se había realizado, pero no Su obra de salvación. Todos los que llegan a tener la fe verdadera, necesitan que se les mantenga en esta luz y que se les guarde por la puerta de la muerte. ¿Cómo son guardados? Hebreos 7:25: «Por lo cual Él también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios». ¿Por qué? «Puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos». No soy salvo solamente por medio de la vida perfecta de Cristo y la muerte sustitutiva de Cristo, sino que soy salvo por mi Cristo que intercede por mí a la diestra del Padre.
A pesar de todo el pecado remanente que está en nosotros y que puede arrastrarnos hacía la vergüenza, el Salvador que continuará haciendo esta obra nos guarda, hasta que el Padre diga: «Ha llegado la hora Mi Hijo. Los últimos de Tus elegidos, que son también Mis elegidos, están reunidos. Ha llegado la hora para que el arcángel toque su trompeta. Es tiempo de reunir a todos los escogidos para presentarle a Mi Hijo su esposa hermoseada y perfeccionada, que ha sido llamada de toda tribu, lengua y nación, que fue hecha perfecta en base a la obra de Cristo, santificada, conformada a la imagen de Cristo por el Espíritu que mora en ella». Esta es la obra de Cristo, la obra por la cual obtuvo nuestra salvación.
¿Qué es la fe salvadora? La fe salvadora no consiste en solamente experimentar un trato directo con la persona de Cristo. Conlleva el apropiarse de y descansar sobre la provisión de Cristo para los pecadores, el descansar solamente sobre la obra de Cristo. Cristo más nada equivale a todo lo que necesitamos para estar bien con Dios en este tiempo presente y en la eternidad. Me apresuro para presentar los otros encabezados rápidamente. No tengo tiempo para explicarlos.
3) La fe salvadora en relación con las promesas de Cristo
En tercer lugar, por medio de la fe salvadora nos apropiamos de las promesas de Cristo. ¿Cuáles son estas promesas? Son promesas maravillosas. Ya he citado una de ellas. Juan 6:37: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera. Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba». Como dicen las Escrituras: «El que cree en mí, de lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva». «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar». La fe salvadora se agarra de las promesas de Cristo como los cuernos sobre el altar. Estos son los medios por los cuales somos llevados a esa unión salvadora. Las promesas que son «sí» y «amén» en Cristo, esas promesas que se encuentran a través de las Escrituras, llegan a ser, por así decirlo, el camino por el cual andamos en fe hacia los brazos del Salvador.
4) La fe salvadora en relación con la sumisión a los preceptos de Cristo
En cuarto lugar, presento este encabezado: por medio de la fe salvadora, nos sometemos alegremente a los preceptos y al gobierno de Cristo. Este es un asunto crucial. Muchas personas dicen: «Acepta a Cristo como tu Salvador». Pero no dicen nada de lo siguiente: «Sométete a Cristo como tu Señor. Acepta la Palabra de Cristo como la norma para tu vida, para que, en tu vida personal, familiar, laboral y social, la Palabra de Cristo sea tu gobierno y te conduzca en los senderos de justicia por amor a su nombre».
Prestemos atención a unos cuantos pasajes. De nuevo, el pasaje de Mateo 11: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar». ¿Qué palabra viene después? «Tomad». ¿Tomad qué? «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí». ¿Qué es un yugo? Era una barra que se cargaba sobre los hombros para cargar cántaros de agua u otros artículos, o una yunta de bueyes que tiraban hacia la misma dirección y araban el mismo surco. Jesús dijo: «Cuando acudas a Mí para quitarte esa carga pesada y opresiva de encima, toma mi yugo sobre ti. Mi yugo es fácil. Mi carga es ligera, ¡pero es real! Toda persona a quien yo le quito la carga del pecado, toma mi yugo para aprender de Mí. ¿Qué aprenden de Mí? Todo lo que digo a través de Mi Palabra para que la vida sea gobernada por las Escrituras».
Existen muchos pasajes que tratan sobre este tema. Pedro podía decir: «Vosotros andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Guardián de vuestras almas» (1 Pedro 2:25). Un guardián es un administrador. «Habéis vuelto al Pastor y Guardián de vuestras almas», a quién debemos rendir cuentas en toda faceta de la vida. «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen» (Juan 10:27). «Vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen» (Hebreos 5:9). «El que dice: “Yo he llegado a conocerle”, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él» (1 Juan 2:4). «El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo» (1 Juan 2:6). Pasaje tras pasaje muestra que donde existe la verdadera fe salvadora, hay una sumisión alegre a los preceptos y al gobierno de Cristo.
Amo el Salmo 2, donde Dios declara que las naciones y las personas importantes se reúnen y traman para quitarse el yugo de Cristo, hablan de cómo romperán las cadenas de Su ley y de Su gobierno. Las Escrituras dicen: «El que se sienta en los cielos se ríe» (Salmo 2:4). Solamente existen unos pocos lugares en las Escrituras que mencionan la risa de Dios. Siempre se refieren a la risa que provocaría una pequeña cucaracha que de algún modo se subiera a esta plataforma y que de repente pudiera hablar, se parara en sus patitas traseras, levantara los puños y dijera: «Predicador, no me agrada lo que estás diciendo. Quiero que cierres la boca y si no lo haces, ¡te daré una paliza!» Yo le podría responder a esa cucaracha: «¡Ja, ja, ja! ¿Tú me darás una paliza Señor Cucaracha? No hay duda de quién ganará; calzo un número 12». Entonces se oiría el crujido de la cucaracha bajo mi zapato. En una situación así, me reiría, y este es el cuadro que se presenta. El que se sienta en el cielo ve a unos hombrecillos insignificantes que dicen: «Vamos a hacer lo que nos plazca. Adoptaremos nuestra propia identidad sexual. A la basura con todas estas nociones de una masculinidad y una feminidad distintivas. Escogeremos cualquier senda por la cual nos lleven nuestros placeres eróticos. ¿A quién le importa Dios? El Dios que hizo el varón y la hembra. ¿A quién le importa la inviolabilidad del matrimonio? ¿A quién le interesa la inviolabilidad de las relaciones sexuales?» A Dios le importan todas estas cosas y cuando mira a los hombrecillos insignificantes, se ríe.
Dios dice que en presencia de tal Dios que exalta a Su Hijo y lo sienta a Su diestra, debemos: «Honrar al Hijo. Le he entregado todo gobierno. Él tiene el cetro del universo en Su mano. Hónrenlo con sumisión. Honren al Hijo para que no se enoje y perezcáis en el camino».
Bueno, he tropezado a través de los últimos encabezados, pero espero que haya presentado algunos puntos que nos ayuden a pensar bíblicamente. ¿Qué significa llegar a creer en Cristo en verdad? No estoy diciendo que sea necesario llegar a la fe con unos conceptos que se expresan usando las mismas palabras que yo he usado. Esto sería francamente estúpido y también irresponsable. Pero es mi esperanza que, si eres un verdadero creyente, te has dicho a ti mismo: «Sí, es verdad, esto fue lo que ocurrió conmigo. Me encontré acercándome a Jesús y en Jesús encontré la respuesta al problema del pecado, al por qué de mi existencia y al significado de la vida. Sí, confío solamente en Su vida perfecta y en la muerte que Él murió a favor de un pecador como yo. Confío solamente en Él. Sí, encuentro consuelo en la promesa de que una vez acudimos a Él, Él nunca nos echará fuera. Amo su yugo; he encontrado que es fácil y que su carga es ligera». Si estas cosas son parte de tu experiencia espiritual entonces eres un verdadero creyente y crees con la fe de los elegidos de Dios.
Pero si estás sentado aquí y dices: «No tengo ni idea de lo que habla este hombre. Habla de la vida perfecta de Cristo y la muerte perfecta de Cristo. Estas cosas nunca me han pasado por la mente. Esa idea de someter mi vida a Cristo de manera que desee conocer Su voluntad para cada faceta de mi vida con un anhelo por complacerle, no la conozco». Amigo, si ese eres tú, eres un incrédulo y la ira de Dios cuelga sobre tu cabeza. Estoy aquí hoy para decirte que, si te vuelves de una vida de autodeterminación, una vida en la que defines lo que está bien o mal de acuerdo a tus propios estándares, en la que vives para complacerte a ti mismo y para ti mismo (como Pablo la describe en 2 Corintios 5:14) –si aquí y ahora, te vuelves de esa vida y descansas sin reservas sobre el Señor Jesucristo, crees en Cristo, crees sobre el Señor Jesucristo ¡serás salvo! Quiera Dios que acudas a Jesús.
Quiero terminar con una analogía que ha sido una bendición para mí a través de los años. Durante el ministerio de sanación de nuestro Señor, se corrió la palabra de que Él limpiaba a los leprosos, sanaba a los ciegos y abría los oídos de los sordos. En una ocasión, Él estaba saliendo de un pueblo y parece que un hombre ciego, un hombre que no podía ver lo que estaba ocurriendo pero que tenía buenos oídos (no como yo que tengo usar un aparato para poder escuchar), este hombre escuchó cierto alboroto. Tal vez le dio un empujoncito a alguien que le quedaba cerca.
¿Qué está pasando?
Jesús el Nazareno, de Galilea, está entrando en nuestro pueblo.
¿Jesús? ¿El mismo que abre los oídos sordos y cura los ojos ciegos?
Sí, ahí viene.
Él escucha y oye que se acercan unos pasos, hasta que como un hombre ciego que ha cultivado sus otros sentidos hasta agudizarlos más que los sentidos de aquellos que pueden ver, sabe que Jesús debe estar justo al lado de él. Entonces, clama: «Hijo de David, ¡ten misericordia de mí!». La gente que lo rodea le dice: «Cállate. Él no tiene tiempo para ti. Ha silencio». Pero la Biblia declara que él gritó aún más alto: «¡Hijo de David, ten misericordia de mí!». Luego dice con unas palabras muy hermosas: «Y deteniéndose Jesús».
¿Quieres parar al Señor Jesús en seco? Comienza a gritar como un méndigo ciego: «Hijo de David, ¡ten misericordia!» Jesús dejará cualquier otra cosa que esté haciendo he irá a ti en gracia salvadora y en poder, te abrirá los ojos ciegos, destapará tus oídos sordos, te levantará de entre los muertos y te hará una nueva criatura en Él.
Oh, mis hermanos predicadores, ¡qué evangelio tenemos para predicar! Que proclamación tan libre y sin trabas que nos permite decir a todo pecador: «Cristo es tuyo si confías en Él». ¡Dios quiera que acudas a Él hoy mismo! Vamos a orar.
Padre santo, te damos gracias por tal Salvador y tal salvación. Te damos gracias por lo que en muchas maneras es la pura sencillez de la fe salvadora: nosotros, pecadores, entramos en una relación con un Salvador que es apto y está dispuesto. Oramos que Tú bendigas la proclamación de Tu Palabra, para que su resultado sea el que algunos pasen de muerte a vida, que algunos sean confirmados y fortalecidos en la convicción de que en verdad creen con esa fe que Tú les has otorgado por el Espíritu. Para aquellos que se demoran, Señor, que vean ellos la necedad de seguir esperando. Que este sea el día en el que ellos clamen al Señor Jesús, Hijo de David: «¡Ten misericordia de mí!» Escúchanos, te lo rogamos, en el nombre de Jesús. Amén.
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In Romans 1:16 we read, “I am not ashamed of the gospel, for is is the power of God to everyone that believes: to the Jew first, and also to the Greek.” Then in John 3:36 we read, “Whoever believes has eternal life, but he that believes not, for the wrath of God abides on him.” As surely as we sit under this roof—if you are not a believer, if you are not united to Christ in true, saving faith—the wrath of Almighty God hangs over your head. It’s as surely as that roof hangs over your head. It’s only a heartbeat that keeps that wrath from falling down upon your head and pressing you into everlasting darkness, where there is weeping and wailing and gnashing of teeth.
Another text is Ephesians 2:8, “For by grace are ye saved, through faith.” Finally, Revelation 21:8 says, “But the fearful and the unbelieving shall have their part in the Lake of Fire. This matter of saving faith and whether we possess saving faith is not a theological gymnasium, where we play games with words. It is a matter of eternal life or eternal death.
Because the Bible clearly speaks of people who have a kind of faith that falls short of real, saving faith, we should know the difference between the two. Listen to these Scriptures that speak of people that believed, and yet fell short of a saving relationship to the Lord Jesus.
In John chapter 2, the Scriptures tell us in verse 23 that when Jesus was in Jerusalem and had been performing many miracles. John tells us, “Now when He was in Jerusalem at the Passover Feast, many believed in His name when they saw the signs He was doing. But Jesus on His part did not entrust Himself to them, because He knew all people, and needed not that anyone should bear witness about all men, for He Himself knew what was in man.” Here were people that said, “Yes, we believe in Jesus. We see His miracles that validate who He is.” But Jesus did not believe in them. It’s the same Greek word. He did not entrust Himself to them, because He knew that their professed faith was not real, saving faith.
You find the same thing in John chapter 8, verse 31. Our Lord says, “Jesus said to the Jews who had believed in Him, ‘If you abide in My word, then you are truly my disciples, and you will know the truth, and the truth will set you free.’ They answered Him ‘We are offspring of Abraham, we have never been enslaved to anyone. How is it that you say we will become free?’” Here are believers. The text is clear, “The Jews believed in Him.” Jesus underscores what the fruit of saving faith is and says, “If you continue to abide by My word, you’ll know the truth; the truth will make you free.” They say, “Why do we need to be made free? We have never been in bondage to anyone.” Later on, in this very chapter, to those same people, in verse 44 Jesus says, “You are of your father, the devil.” Here are believers who are children of the devil! So, it’s possible, you see, to have a kind of faith that falls short of real, saving faith.
Again, in the book of James, James is trying to get these people to understand that true faith is not just notions about God and about Christ, but that there is a vital life-transforming experience of the grace of God, where there is true faith. He says in chapter 2, verse 19, “You believe God is one. You do well.” In other words, “You believe what an Orthodox Jew is supposed to believe.” “Hear O Israel, the Lord our God is one.” He says, “You believe. Very well. The demons also believe—and they tremble.” The demons believe. The demons have faith. Is anyone ready to say this morning, “The demons are saved”? Of course not, but they had a faith that James says was a real faith. It even caused emotional responses. They shudder, they tremble in the light of what they believe.
Then you have that incident in Acts chapter 8. When Philip and others were preaching in Samaria there was a mighty work of the Spirit of God. In the midst of that, it said that a certain man believed and was baptized. Yet, after he showed his true colors, Peter said to him, “You do not have the root of the matter in you. Simon, you are still in the gall of bitterness and in the bond of iniquity.”
This subject of what are the four essential properties of saving faith is vital, because there is a faith that falls short of real, saving faith. Though men may drift along in this life with that faith that damns, a day is coming when our Lord sits upon His throne, and all will be gathered before Him. There will be many, according to Jesus, who will say, “Lord, Lord, did we not do this and that and the other?” He will say to them, “Depart from Me, I never knew you.” So, it’s vital for us to understand what are the things that make up true, saving faith. What was called in the passage of Titus 1:1, “The faith of God’s elect.” What does it look like? What is it made up of? Well, it would be lovely if we could turn to one or two texts of Scripture, and there find a nice, condensed, brief, accurate definition of saving faith. If there were such, I’m sure all of us would have memorized that verse, but God has not given us that. He’s given us a few verses that give us descriptions of faith. (Hebrews 11:1). But what God has given us in His Word is that He gives us illustrations of saving faith in action. So, we see what it is by what it does and what it does not do.
Then, there are analogies or pictures of what saving faith is. It’s called ‘looking,’ ‘eating’ and ‘drinking’ of Christ. It’s called ‘coming to Christ.’ It’s called ‘laying hold of Christ.’ So, we have to take all of these strands of biblical truth that show faith in action, faith by analogy and picture, and we need to spread them all out and put them in their obvious categories, and seek to come up not with a simple, little definition of faith, but try to identify what are those elements absolutely essential where we find saving faith. That’s what I’m going to attempt to do in my preaching today.
If you were to ask me, “Pastor Martin, what do you hope to accomplish in doing that?” I want to give you three c’s that capture what my goal is in my preaching today. My goal is to confirm, to convict, and to constrain.
First of all, in my preaching I want to be an instrument in God’s hands to confirm true believers that the faith you possess is indeed that faith which is the gift of God, and will issue in everlasting life. There may be some of you who have read these passages about the demons who also believe, and about that magician in Acts 8 that believed, and the many Jews that believed but were not truly saved. When you’ve come to them, perhaps you’ve scratched your head and said, “Lord, do I have the real thing? Is my faith true, saving faith?” I hope in the preaching of today you will see things that will strengthen your assurance, that will confirm to your own conscience that you really are united to Christ in true and saving faith.
Secondly, I hope to be an instrument to convict. Some of you who are not true believers, you may sit there right now and say, “I’ve believed the gospel for years, I’ve believed Christ died for sinners. I believe He rose from the dead on the third day. I attend a good, solid church regularly. Why would I have any reason to doubt that my faith is real?” Well, I hope there may be some in that category that would be brought to conviction, “I don’t have the real thing,” and will run to Christ, that you might indeed be truly united to Him.
Thirdly, I hope to constrain others. There may be some sitting here who have been thinking of the fact of your sin, the coming judgement, and that you have no confidence that your sins are pardoned. You have no confidence that you have a good record in the court of Heaven, and I’m hoping and praying that as I preach and we consider the elements of true, saving faith, you will be constrained to come to faith this morning. That you would be constrained by the work of the Holy Spirit to cast yourself without any reservation upon the Lord Jesus Christ, and leave here today saying, “I know I am a true believer in the Lord Jesus Christ, and I have eternal life in Him.” That’s my goal.
We looked at why the subject is important, we looked at what my goal is. Now, how am I going to pursue the goal? I want to pursue the goal by demonstrating that the elements of saving faith all have reference to the Lord Jesus Christ Himself. We’re going to consider saving faith in relationship to the Person of Christ, the provisions of Christ, the promises of Christ, and the precepts of Christ. I give you those four p’s. In the time that remains, let me attempt to unpack those four lines of truth.
1) Saving faith in relationship to the Person of Christ.
Here’s my basic principle: according to the Scriptures, in saving faith the sinner experiences direct, spiritual engagement with the Person of Christ. He is the object of faith, and faith united us to Him. Listen to these very familiar texts.
John 1:12, “As many as received Him [the Person] to them gave He the right to become the children of God, even to them that believe on His name.” What is it to believe on His name? It is to receive the Person of Christ.
Colossians 2:6, “As ye have therefore received Christ Jesus the Lord, so walk in Him, rooted and built up in Him, abounding in thanksgiving.” Here Paul, thinking of the Church in Colossae, says, “That’s a group of people. They have not simply stood before the cross and nodded their heads and said, ‘I believe Jesus died for sinners.’” He said, “As you have received Christ Jesus the Lord.” He gives all of His titles, indicating they received a whole Christ: a Prophet to teach them, a Priest to forgive them, and a King to rule over them.
John 6:37, “All that the Father gives Me shall come to Me, and him that comes to Me I will in no wise cast out.” What is saving faith? It is a coming to Christ Himself.
John 14:6, “I am the way, the truth, and the life. No man comes to the Father but by Me.”
In His great invitation, in Matthew 11:28, Jesus looks out on the vast multitudes burdened and bent down and heavy-laden with all the Pharisaic, empty religious rituals imposed upon the people, and He says, “Come unto Me, all ye that labor and are heavy-laden, and I will give you rest. Take My yoke upon you, and learn from Me.”
Then, the most familiar verse in the New Testament, what does it say? “For God so loved the world, that He gave His only begotten Son, that whosoever believeth.” Then you have a little, Greek preposition eis, which means ‘into’. “Whosoever believes into Him should not perish, but have everlasting life.” Who has everlasting life? Those that have true, saving faith. And what is one of the fundamental elements of saving faith? It places us into Christ, and in union with Jesus Christ, we have all the blessings of the salvation provided by Christ. It is believing into Christ. You find that all the way through the book of John.
In that second verse probably most well-known, when that Philippian jailor—having seen the power of God—is ready to kill himself and Paul says, “Do yourself no harm. We’re all here.” He, seeing the power of God and the mercy and grace of God, cries out, “Sirs, what must I do to be saved?” Paul says, “Believe.” Then he uses a proposition, epi, which means ‘upon.’ When I place my Bible upon this shelf in the pulpit, all the weight of the Bible rests down on this shelf in the pulpit. “Believe upon the Lord Jesus Christ, and you shall be saved; and your house coming to faith, they shall be saved also.”
So, we think of this whole matter of what are the key elements of true, saving faith. In saving faith, the sinners experiences direct, spiritual engagement with the Person of Christ. The sinner—in all his guilt, in all his bondage, in all his wretched condition, and the Saviour in all the plenitude of His grace, power, mercy, and welcoming of sinners, the sinner in the magnitude of his need, the Saviour in the magnitude of His grace—they come together, and they embrace in true faith. It is a believing upon Him, a believing into Him. It is a receiving of Him.
One of God’s servant’s who has greatly helped me in understanding these things wrote as follows, “The essence of saving faith is to bring the sinner lost and dead in tresspasses and sins into direct, personal cotact with the Saviour Himself, contact which is nothing less than that of self-commitment to Christ in all the glory of His Person, and the perfection of His work, as He is freely, and fully offered to us in the gospel.”
The gospel is God’s horse upon which He rides to sinners, and says, “In My Son is everything you need: forgiveness, for pardon, for liberation from the power of sin and the snares of the devil himself.” In true, saving faith, this gracious Saviour and this needy sinner come into direct, personal contact that is nothing less than self-commitment to Him in all the glory of His Person. He is God and man in one Person forever, and the perfection of His work—the One who cried “It is finished”—this is how He is freely offered in the gospel.
Having established that first element, I trust from enough Scriptures to carry your conscience, let me say several things by way of application. There are some who teach, “Saving faith is nothing more than crediting the testimony God made about His Son.” God said, “This is My Son, My beloved. Listen to Him. This is My Son who will die as the Lamb of God to take away the sin of the world. Having paid the price for sin, He will be raised from the dead on the third day. Some days later I will take Him back to My right hand, and I will enthrone Him as the Messianic King, where He will reign until He puts the last enemy beneath His feet: death itself.” Credit that testimony; believe what God has said about His Son. That is not saving faith. The object of saving faith is not some truths about Christ, but Christ Himself. In saving faith, the sinner and the Saviour come into direct, spiritual engagement.
There are hundreds of tracts printed that say at the end, when they’re talking to the person who is reading the tract, “If you will acknowledge yourself to be a sinner, and believe that Jesus Christ died for you, you will be saved.” That’s not what the Bible teaches. Saving faith does not terminate on one of the saving acts of Christ. Without His death there is no salvation, but you can believe in His death for sinners, and split Hell wide open tomorrow! We’re not saved by simply believing He died for sinners anymore than we’re saved by simply believing He rose from the dead or ascended to the right hand of the Father on high. We are saved when the sinner in all his need, and the Saviour in all His grace and power, come into direct contact as the sinner believes upon, believes into, as the sinner receives Him who is offered to the sinner as the only Saviour of men.
2) Saving faith in relationship to the provisions of Christ.
Now, let’s look at a second element of saving faith; that has to do with the provisions of Christ. We began with its relationship to the Person of Christ, now what about the provisions of Christ?
You remember the Christmas story. Joseph finds out his wife is pregnant. He’s wrestling with what to do, and has several options under Jewish and contemporary law. As he’s wrestling with what to do that would be the kindest thing to do to Mary, an angel appears to him. The angel says, “Joseph, do not be afraid to take unto you Mary your wife, for that which is begotten of her is of the Holy Spirit, and she shall bring forth a Son. And you shall call His name Jesus, for He it is that will save His people from their sins.” (Matthew 1:20-21.)
Christ is identified—from His very conception—as the one Saviour sent by God. He has made provision for every aspect of our need for God to remain absolutely holy, absolutely just, absolutely upright, perfectly loving. God maintains the integrity of all of His attributes in the way in which He saves us. He does not have to trample any of His attributes under foot in order to save us. It would be too high a price to pay for God to trample upon His own integrity. So, He has conceived this marvellous plan of salvation by which His justice is magnified; His righteousness is exalted; His total uprightness, as well as His love and mercy and compassion is fully manifested. He does all of this in the Person of His Son.
But here’s a critical thing that we must never, never forget: if Jesus is to do what God has said He is to do—“He shall save His people from their sins”—He has to become what He became in order to do that work. The foundation of Christ’s saving work is the uniqueness of His Person as the God-man, and for God to save us in a way that does not compromise any of His attributes, there had to be an incarnation. There had to be the enfleshment of the second Person of the Godhead.
John 1:1-4, “In the beginning was the Word, and the Word was with God, and the Word was God. All things were made by Him, and without Him was not anything made that has been made. In Him was life. He was light and was the life of men.” Then verse 14 of John 1 says, “And the Word.” That eternal Word who was with God, who is God Himself, the second Person of the mysterious Trinity. It says, “The Word became flesh.” He did not cease to be the Word. He was equal to God Himself. He did not lose anything of His Godness. That’s impossible for God. But remaining all that He was as God, He lays aside the trappings of His Deity, the immediate worship of Seraphim and Cherubim and the multitudes, innumerable companies of angels.
He comes to Mary’s womb by the operation of the Holy Spirit. Think of it. Think of it! There, in that young virgin’s womb, the moment that conception occurred, when the Spirit of God—I say it reverently—took one of her eggs and impregnated Mary; God became a zygote. Think of it! The God who spoke the millions of galaxies into being by the word of His mouth. All things were made by Him! Suddenly, this God is tucked away in the dark confines of a young virgin’s womb, and is a two-celled human being, then a four-celled and a sixteen-cell. He passed through every single stage of prenatal development. There was a time when the hands that reached out and touched lepers were those little flippers of the fetus in the womb. Deity was sustained by an umbilical cord! Think of it, my friends! Why this stooping on the part of the second Person of the Godhead? Because, without a death died under the wrath of God, we could have no salvation.
The writer to the Hebrews says, “For as much as the children are sharers of flesh and blood, He likewise partook of the same, that through death He might destroy him that had the power of death, and deliver them who through fear of death were all their lifetime subject to bondage.
This is why Paul could write in Galatians 4:4, “When the fullness of the times had come, God sent forth His Son, made of a woman.” As the old creeds and confessions say, “Of the substance of Mary.” Without sin, but made of a woman. Listen carefully, “Made under the law, that He might redeem them that were under the law, that we might receive the adoption as sons.”
You and I—if we are ever to enter Heaven—we have to have a record that is absolutely, perfectly clean. There must be not one charge against us if we are to enter Heaven righteously. The God who knows the thoughts and the intentions of the heart, who knows our motives, our deepest, dirtiest, most selfish thoughts, He must be able to look at us and say, “I welcome you into My presence, my sinless one. My one against whom I have no charge whatsoever. My perfectly innocent one. I welcome you into My presence.” How can He do that? He can do it, because He sent forth His Son made under the law, and as our representative, as our Covenant Head, as the second Adam, the last man from Heaven. Think of it. Jesus stood under the law in our place, keeping that law in the full length and breadth of its demands, touching every thought, every word.
Think of it, you young people who have siblings. Never once as a little toddler did Jesus grab a toy of one of His brothers or sisters and say, “That’s mine. You can’t have it.” Never once. When He got old enough to have some chores, and Joseph said, “Son, take out the garbage,” not once did His lower lip go out even in a pout. Had Jesus pouted once, we would be damned! We would be damned, because there would be no perfect record of any man living in this world under the law who could present to God a perfect record and say, “My Father, this record I have, I have on behalf of My people.” That’s what justification is in the first, marvelous aspect of it.
Romans 5:19, “As through the one man, many were made sinners, so by the obedience of the other, the many are constituted righteous.” God credits to us as a provision made by Jesus Christ, the perfect record of His perfect obedience to God’s perfect law.
But He did something else. Galatians 3:13 says, “Christ has redeemed us from the curse of the law.” How? By persuading God to forget the curse? No, but, “By becoming a curse for us.”
The true significance of the cross is not to be found when you read the gospel records, and you see the tragedy of how His disciples failed Him in the Garden of Gethsemane. They forsook Him after He was arrested, and the multitudes were bloodthirsty, crying out, “Crucify Him!” “Will I release unto you Barabbas or Jesus called ‘the Christ’?” “Give us Barabbas! Crucify Him!” They tied Him to the whipping post, and the Roman soldier took that horrible instrument of torture, and he brought it down upon the bare back of the Son of God again and again and again, in a form of torture that often killed the victim. Our Lord’s back was laid into strips of bleeding flesh. Then He’s driven out and staggers under His cross, and they constript this man, Simon of Cyrene, and he carries the cross to the place of execution. Then there is the brutal treatment of stretching Him out upon the cross, pounding the nails into His hands and into His feet, lifting up the upright and sinking it into the hole, until His whole body comes down in a jarring searing, scorching spasm of pain. There He hangs, between earth and Heaven, and He mumbles not a word. Any of the words He speaks are words of grace, words of kindness. Then a strange thing happens at high noon: the heavens are shrouded in inky, dark blackness. Darkness was over the whole land from noon until three, as though God Himself said, “This scene is so horrific, I cannot look straight upon it.”
The Scriptures tell us that towards the ninth hour—three o’clock in the afternoon just at the time the local priest would be offering up the afternoon sacrifice—it says, “Jesus cried with a loud voice, ‘Elohi, elohi, lama sabachthani.’” “My God, My God, why have You abandoned Me?” In other words, “The crowds have cried for My blood. I was like a Lamb led to the shearers. I was dumb before My accusers. My disciples have forsaken Me, but My Father? You have upheld Me through all the years of My pilgrimage, and I could say, ‘I know that Your hear Me always.’ But now, My Father, all felt awareness of Your presence and Your support and Your nearness is gone. My Father, My God, why have You forsaken Me?” You know what the answer to that question is? Because the Scripture says He was being made a curse for us.
Isaiah the Prophet said, “The Lord has made to strike upon Him the iniquity of us all.” God, as it were, had stepped off His throne for a moment. He put on His special judge’s robes, and He said, “I and My Son are going into court, and I will sit as the universal, righteous Judge. My Son is going to come before Me laden with the sins of all of His people.” When the Father says, “My Son, I charge you guilty, deserving of the pangs of hell, for all those whom you voluntarily took as My deposit to You.” Remember? Jesus said, “All that the Father gives Me comes to Me.” “I gave them to you, My Son, and this is the pinnacle of your work for them, and if you are to release them and I am to say, ‘No punishment do to them,’ My Son, you must bare all the reality of forsakenness.” He was forsakened, because that’s the essence of hell. The last words every sinner will hear who is consigned to hell are these: “Depart from Me you that work iniquity.”
But thank God, that before He bowed His head and yielded up His Spirit, He gave out another cry. Personally, I believe that’s why He accepted the sour wine. He refused the drugged wine when they were about to crucify Him, because He wanted to be fully alert and fully alive to all the pains and agony of His suffering. Before His last cry, when He said, “I thirst,” they brought Him a sponge full of the sour wine, vinegar wine, that cheap stuff that the soldiers carried in a jug. He wet His lips, moistened His mouth and tongue enough, took one last big breath, and said with a loud voice: “Tetelestai!” It. Is. Finished. Not “I am finished,” but “it is finished.” What was finished? All the substitutionary, curse-bearing for you and for me.
Death and the curse were in that cup:
O Christ, ‘twas full for Thee;
But Thou has drained the last dark drop,
‘Tis empty now for me.
That bitter cup, love drank it up;
Now blessing’s draught for me
(Anne R. Cousin hymn)
This is how Christ made provision for our salvation: by His life of perfect obedience that God puts to our account, and by His substitutionary curse-bearing that God reckons on our behalf. So that God can be both just, and the justifier of the one who has faith in Jesus.
Very quickly, let’s sketch in a few more aspects of that provision of Christ. What He accomplished on the cross—gave up His spirit—was validated three days later. Romans 4:25 says, “He was raised again for our justification.” Having born the curse and carried it away, He is raised to validate that the price has been paid. On that cross, He defeated the powers of darkness. (Colossians 2; Hebrews 2; 1 John 3:8.) He could then set the captives free, because He conquered by His death.
Then He ascended to the right hand of the Father. His work on earth was done, but not His work of salvation. All those who come to true faith, they need to be kept in this light and kept through the door of death. How are they kept? Hebrews 7:25, “Wherefore, He is able to save to the uttermost all that come unto God by Him.” Why? “Seeing He ever lives to make intercession for them.” I am not just saved by the perfect life of Christ, by the substitutionary death of Christ. I am being saved by my interceding Christ at the right hand of the Father.
With all the remaining sin in us that could drag us down into shame, in a moment we’re kept by the same Saviour who will go on doing that work, until the Father says, “The hour has come, My Son. The last of Your elect and My elect are gathered in.” It’s time for the archangel to blow his trumpet. It’s time for the shout of victory. It’s time to go and gather all of that elect, that I might present to My Son His beautiful, His perfected bride called out of every kindred, tribe, tongue, and nation.” Made just on the basis of the work of Christ; made holy, conformed to the image of Christ by the indwelling Spirit. That is the work of Christ; that work that He obtained our salvation by.
What is saving faith? Saving faith is not just experiencing direct engagement with the Person of Christ. It involves appropriating and resting upon Christ’s provision for sinners, resting upon Christ’s work alone. Christ plus nothing equals: everything needed to make us right with God for time and for eternity. I hasten very quickly to just give you the other heads. I don’t have time to open them up.
3) Saving faith in relationship to the promises of Christ.
Thirdly, in saving faith we appropriate to ourselves the promises of Christ. What are the promises? They are wonderful promises. I already quoted one of them. John 6:37, “All that the Father gives me shall come to me. Him that comes to Me I will in no wise [I will never, never] cast them out. If any man thirst, let him come unto Me and drink.”
As the Scriptures says, “He that believes on Me, out of his belly shall flow rivers of living water.” “Come unto Me all ye that labor and are heavy-laden, and I will give you rest.” Saving faith takes hold of the promises of Christ like horns upon the altar. These are the means by which we are brought into that saving union. The promises that are yes and amen in Christ, those promises scattered throughout the Scriptures become, is it were, the very pathway on which we move in faith towards the embrace of the Saviour.
4) Saving faith in relationship to submit to the precepts of Christ.
Fourthly, I give you again the heading: in saving faith we gladly submit to the precepts and the government of Christ. This is critical. A lot of people say, “Trust Christ as your Saviour. They say nothing about, “Bow to Christ as your Lord. Embrace the Word of Christ as the rule of your life, so that in your personal life, in your family life, in your work life, in your social life, Christ’s Word governs you and leads you into paths of righteousness for His name’s sake.”
Listen to a couple of these texts. Again, the Matthew 11 text, “Come unto Me, all ye that labor and are heavy-laden, and I will give you rest.” What’s the next word? “Take.” Take what? “Take My yoke upon you, and learn from Me.” What is a yoke? It was either a bar across the shoulders of someone to carry jugs of water or other items, or to yoke two oxens together that they might pull in the same direction, plow the same furrow. Jesus said, “When you come to get that heavy, crushing burden taken off your back, take My yoke upon you. My yoke is easy, My burden is light, but it’s real! Anyone from whom I lift the burden of sin comes under My yoke to learn from Me. Learn what from Me? Everything I have to say throughout My Word so that our lives become regulated by the Scriptures.”
There are so many passages. Peter could say, “You were like sheep have gone astray, but you have now returned to the Shepherd and Bishop.” (1 Peter 2:25.) A bishop is an overseer. “You’ve returned to the Shepherd and the Overseer of your soul, to whom you are accountable in every facet of life.” “My sheep hear My voice; and I know them, and they follow Me. I give to them eternal life.” (John 10:27.)
He became the Author of eternal salvation to all that obey Him. “If we say that we know Him and keep not His commandments we lie and we do not the truth.” “He that says he abides in Him ought to walk even as He walked.” (1 John 2:4, 6.) Scripture after Scriptures shows that where there is true, saving faith, we gladly submit to the precepts and the government of Christ.
I love Psalm 2, where God says that the nations gather and all the big-shots, and they conspire how they’re going to cast off the yoke of Christ, how they’re going to break the chains of His law and His government. The Scripture says, “He that sits in the heavens will laugh.” (Psalm 2:4.) There are only several places in Scripture where it talks about God’s laughter. It’s always the laugh that I would have if a little cockroach somehow crawled up on the platform and all of a sudden the little cockroach could talk, and he reared back on his hind legs, shook his fists, and said, “Preacher, I don’t like what you’re saying. I want you to shut up or I’m going to take you on!” I could say, “Ha ha ha! You, Mr. Cockroach? No contest. Size 12.” You would hear the cracking of the cockroaches’ back. I could laugh, and that’s the picture. He that sits in the heavens sees puny little men. “We’re going to do our own thing. We’re going to have our own sexual identity. Phooey with all these notions of distinct masculinity/femininity. We’ll choose whatever path our erotic pleasures take us! Who cares about God?! The God who made the male and female. Who cares about the sanctity of marriage? Who cares about the sanctity of sex?” God cares, and when He sees puny little men He laughs.
In the face of such a God who exalts His Son and sits Him at His right hand, God says, “Kiss this Son. I’ve committed all government to Him. He holds the scepter of the universe in His hand. Kiss Him with the kiss of submission. Kiss the Son, lest He be angry and you perish in the way.”
Well, I’ve stumbled through the last couple of heads, but I hope there’s been some gleanings that will help you to think biblically. “What does it mean if I truly believe in Christ?” I’m not saying you must have come to faith with concepts framed in my words. That would be downright stupid, as well as irresponsible. But I hope sitting here—if you are a true believer—that you’ve said, “Oh, that’s right. What happened? I found myself approaching Jesus. I found in Jesus the answer to the sin question, to the question of why am I here? What is my life all about? Yes, I trust only in His perfect life, and in the death that He died for a sinner like me. I’m only trusting in this Christ. Yes, I find comfort in the promises that is having come to Him, He’ll never cast me out. I love His yoke. I’ve found it’s easy and His burden is light.” You see, if those issues are part of your spiritual experience, you are a true believer! You are believing with the faith of God’s elect!
But, if you’ve been sitting here saying, “I don’t have a clue what that guy’s talking about. He’s talking about Christ’s perfect life and Christ’s perfect death. Those things never entered my mind, and this idea of submitting my life to Christ so that in every area of life I’d want to know His will, and I’d want to please Him. I don’t have a clue what that is.” My friend, if that’s you, you’re an unbeliever and the wrath of God is hanging upon your head. I’m here to tell you that here, in this place today, if you will turn from that life of self-determination—defining right and wrong by your own standards, living to please yourself, living unto yourself as Paul describes it in 2 Corinthians 5:14—here and now, if you turn from that life and cast yourself without reservation upon the Lord Jesus Christ, believe into Christ, believe upon the Lord Jesus Christ, and you shall be saved! God grant that some of your will run to Jesus.
I want to close with one analogy that has blessed me through the years. In the healing ministry of our Lord, word was getting out that He cleansed lepers, He healed blind people, opened the ears of the deaf. On one occasion He was coming into a town, and apparently there was this blind man, a man who couldn’t see what was going on but had good ears. Unlike me, he didn’t have to stick an apparatus to hear. He heard some commotion, and perhaps he nudged someone near him.
“What’s going on?”
“Jesus from Nazareth, up in Galilee, He’s coming into our town.”
“Jesus? You mean the One who opens deaf ears, opens blind eyes?”
“Yes. He’s coming.”
He listens, and he hears the footsteps getting closer and closer and closer, until as a blind man, who cultivates his other senses more highly than those of us who are sighted, he knows Jesus must be just opposite him. So, he cries out, “Son of David, have mercy on me!” And the people around him say, “Shut up. He’s got no time for you. Just be quiet.” The Bible says he cried the louder, “Son of David, have mercy on me!!” Then it says the most beautiful words, “And Jesus stood still.”
You want to freeze the Lord Jesus in His tracks? Start crying out like a blind beggar, “Son of David, have mercy!” Jesus will stop whatever else He is doing, and come to you in saving grace and power, open your blinded eyes, unstop your deafened ears, quicken you from the dead, and make you a new creature in Himself.
O, my preacher brethren sitting here, what a gospel we have to preach! What a free, unfettered proclamation, that we can say to any and every sinner, “Christ is yours if you would only have Him. God grant you’ll have Him this day!” Let’s pray.
Holy Father, how we thank You for such a Saviour and such a salvation. We thank You in many ways for the pure simplicity of saving faith: we, sinners, getting in touch with a willing and an able Saviour. We pray that You would bless the proclamation of Your Word, that it may result in some passing from death unto life. That some will be confirmed and strengthened that they do indeed believe with that faith that You have given by the Spirit. For some who have been lingering, Lord, may they see the folly of waiting any longer. May they this day cry out to the Lord Jesus, Son of David, “Have mercy upon me!” Hear us, we plead. In Jesus’ name. Amen.
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Reseña biográfica de John Owen
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Agradezco la oportunidad de servirles a ustedes con esta exposición, aunque sé que otras personas podrían hacer algo parecido mejor que yo. Pero confío en el Señor para que lo que he preparado sea para edificación y útil para cualquier persona que desea profundizar más en un estudio de la vida y escritos de John Owen.
Preparar un breve estudio sobre este hombre no es fácil, no por la escasez de materiales, sino por la abundancia. Me siento como un carpintero que tiene que construir una sola casa pequeña y en un espacio reducido. Quiere tener una buena casa. No necesito de nada, porque hay materiales buenos y suficientes para hacer un palacio. El problema es, ¿qué clase de casa quiero construir? No hay planos, solamente una abundancia de materiales. Pero si sigo así, no habrá ni una choza en la que habitar.
Creo que todos saben que los materiales originales se encuentran en lengua inglesa, el lenguaje de Owen (aunque él dominó y usó el latín también). Pero, Owen tiene sus alumnos en latino-América y en España y en otros lugares que hablan español. Muchos de ellos han preparado estudios y han hecho traducciones de los escritos de Owen para ayudar a aquellos que no manejan bien el inglés, y especialmente el vocabulario y estilo literario de este gran puritano.
Para las partes biográficas de este estudio he utilizado la biografía de Andrew Thomson que aparece al principio de la edición de las obras de Owen, publicadas (en inglés) por Johnstone y Hunter, primeramente en 1850-1853, y reimpreso por Banner of Truth Trust en 1965. Hay como 92 páginas de biografía mas un apéndice en torno a10 páginas, con unas cartas de Owen y una lista de sus escritos con el año de su publicación. El Sr. Thomson confiesa su deuda al libro del Sr. William Orme, Memoirs of the Life, Writings and Religious Connexions of John Owen, D.D. (Ese libro está disponible de varias formas. Logré bajarlo en PDF. Hay 548 páginas en la copia que tengo. He podido cotejar algunas partes de esa obra.)
Hace más que 330 años desde que murió John Owen, pero muchos encontramos sus escritos instructivos y edificantes, de tal manera que hay una página en internet dedicada a ese hombre de Dios (www.johnowen.org), y varias páginas en Facebook que contienen citas y miran a varios aspectos de su vida.
Owen nació en Inglaterra en el año 1616 y murió el 24 de agosto de 1683, a la edad de 67 años (más o menos).
Durante esos años en Inglaterra había mucha turbulencia eclesiástica y política. Durante varios años hubo “puritanos” en la Iglesia Anglicana, pero el rey James I, que autorizó la traducción de la Biblia inglesa que lleva su nombre, así como su hijo Charles I, buscaron la forma para “limpiar” la Iglesia Anglicana de todos ellos. A la larga hubo un conflicto interno en Inglaterra entre el parlamento y el rey. En medio de ese contexto, el rey perdió su vida. Desde 1649 hasta 1660 no hubo rey, sino un “Commonwealth”, una comunidad, una república, con un pacto, y con un “señor protector” que en ese caso fue Oliver Cromwell.
Después de la muerte de Cromwell, el hijo de Charles I, Charles II, fue coronado rey. Charles II llevó a cabo una persecución de todos los que no quisieron aceptar a la Iglesia Anglicana tal y como el rey decía. En el año 1662, 2.000 ministros fueron expulsados de sus iglesias, perdiendo sus posiciones y sueldos, y sometidos a tremendas restricciones para que no predicaran más. En ese tiempo, John Bunyan fue encarcelado durante 12 años porque no quiso aceptar las restricciones.
Aunque hubo un poco de alivio, la persecución continuó hasta 1688 cuando tuvo lugar una revolución y el nuevo rey estableció una medida de tolerancia en asuntos de la religión y la conciencia.
John Owen vivió en el medio de todo, pero murió antes de la revolución.
Primeros años y educación (1616-1636)
El padre de Owen fue educado en Oxford y trabajó como ministro en la iglesia anglicana, pero no como un ministro conformista, sino como un hombre que buscaba la purificación de la iglesia, o sea, un puritano.
Como niño, recibió tutoría de Edward Sylvester, un hombre erudito que enseñaba griego y latín. A los 12 años de edad Owen estaba preparado para comenzar sus estudios universitarios y fue aceptado como alumno en Queen’s College, Oxford en 1628. Cuatro años después, terminó su bachillerato (1632) y comenzó su maestría que terminó en 1633. En ese año comenzó sus estudios en “divinidad”, o sea en teología, Biblia, historia, etc.
Antes de seguir con la vida de Owen, quisiera mencionar que desarrolló la costumbre de dormir solamente 4 horas por noche, cosa que contribuyó a deteriorar su salud. Sin embargo, no dedicó todo su tiempo a sus estudios. Parece que fue un buen y fuerte atleta, porque participó en competiciones de salto, lanzamiento de jabalina y en hacer sonar campanas. Además de las diversiones físicas, Owen aprendió a tocar la flauta, teniendo como profesor a un hombre que muchas veces fue llamado para educar al rey.
Owen dejó esos estudios en 1636, debido a la presión que había para conformarse a las ideas del rey y del arzobispo Laud, quien persiguió a los no conformistas. Owen vio que no había futuro en Oxford para cualquiera que no fuera arminiano y por tanto no quiso conformarse a las reglas del arzobispo.
Esa decisión demuestra que Owen ya tenía unas convicciones arraigadas en su mente, aunque aparente tenía muchas dudas y luchas espirituales, según su propio testimonio. Todavía no tenía una paz interna firme y estable. Sin embargo, estaba seguro de no volver a los errores de los anglicanos.
Especialmente en el asunto de la adoración, Owen estaba convencido de lo que llamaríamos el “principio regulativo”. Ningún hombre puede decir como Dios debe ser adorado, solamente Dios mismo. Solamente Jesucristo es Cabeza de la iglesia, y solamente lo que Dios ordena es lo que podemos hacer en su adoración. Los anglicanos habían establecido muchas prácticas sin ninguna autorización de la Biblia, cosas no aprobadas por Dios y no aceptables delante de Él. En eso Owen estaba totalmente de acuerdo con el distintivo notable de los puritanos. Ese principio forma una parte obvia de las confesiones inglesas de ese tiempo, la confesión de Westminster, la Confesión de Savoy (que fue preparada por Owen y otros hombres como él) y la Confesión Bautista de 1689.
Entonces, Owen dejó Oxford y no volvió hasta que, en la providencia de Dios, regresó como decano y rector en uno de los colegios. Pero, mientras tanto, perdió toda esperanza para obtener beneficios, y perdió la buena voluntad de aquellos que apoyaban al rey y al partido del arzobispo Laud, incluyendo la ayuda económica de un tío.
Después de dejar Oxford hasta ser pastor (1636-1642)
Owen trabajó como capellán y tutor con la familia Dormer, “Lord” Robert Dormer y su hijo mayor, señor Phillip Dormer.
Luego, trabajó con “Lord” Lovelace hasta la guerra civil. Lovelace apoyó al rey y a Owen al parlamento, y obviamente no pudo seguir trabajando para ese hombre.
En 1641 Owen se mudó a Londres y vivió en un sitio llamado “Charter House”, un lugar para hombres de alta cuna pero en situación de pobreza. Durante ese tiempo en aquel lugar, dos (2) cosas importantes sucedieron:
1. Owen fue con un primo para oír a Edmund Calamy, un predicador presbiteriano de buena fama. Cuando llegaron al lugar, descubrieron que Calamy no había podido llegar. El primo quiso salir y buscar otro lugar, pero Owen no quiso seguir caminando y esperó para ver qué ocurría. Un predicador del campo ocupó el púlpito y después de una oración ferviente, leyó Mateo 8:26 y tomó como su texto las palabras, ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?
En seguida Owen pensó que esa palabra era para él y oró al Señor para que bendijera esa palabra en su corazón, y Dios oyó su oración y Owen recibió una paz profunda, estable y firme. A partir de ahí entró en una nueva etapa en su vida.
Owen nunca supo el nombre de ese predicador, aunque hizo esfuerzos para descubrirlo. Pero, aunque no sabemos los nombres de muchos siervos y criados que Dios ha usado, sí que sabemos que Él ha querido glorificar su propio Nombre haciendo las cosas así, para que ningún hombre se gloríe.
2. También publicó un libro titulado, A Display of Arminianism (Una exposición del armianismo). El libro fue dedicado a los señores y caballeros del Comité para la Religión y ese comité autorizó la publicación. La fecha de la publicación fue 1642.
Como resultado, Owen fue llevado a trabajar como pastor.
Pastor presbiteriano en Fordham (1642-1646)
Pronto, después de comenzar sus labores en Fordham, en una iglesia relacionada con los presbiterianos, se casó con una señora llamada Mary Rooke. Thomson resume el matrimonio de ellos así: Casi toda la información, tomada de biografías anteriores, que ha llegado hasta nosotros sobre esa unión es esta: esa señora le dio once hijos y todos murieron en su niñez excepto una hija. Esa hija se casó con un caballero de Gales, pero la unión fue muy infeliz, y ella volvió a la casa de su padre y allí murió de tuberculosis. Dice Orme, que no sabemos casi nada sobre la esposa de Owen, aunque unas declaraciones halladas acá y allá indican que era una mujer de buen carácter cristiano.
Parece que Owen estaba muy feliz en Fordham, sirviendo al Señor. Preparó catecismos para niños y adultos, y promovió el uso de ellos. Creemos que hizo eso con mucho gusto y de buena voluntad, aunque parece que el gobierno también exigía eso.
En el año 1643 (según Orme) escribió y publicó The Duties of Pastors and People Distinguished (Los distintos deberes de los pastores y del pueblo). En ese libro, entre muchas otras cosas, Owen mostró el peligro de algunos pastores que toman demasiado poder y también del pueblo que puede tomar demasiado poder.
Aunque trabajaba en una iglesia no muy conocida, por sus publicaciones, su nombre fue conocido y adquirió como resultado una reputación sólida, de tal manera que fue invitado a predicar ante la Cámara de los Comunes en el Parlamento de Inglaterra, el día 29 de abril de 1646 (hace como 369 años), en la ocasión de su ayuno mensual. Predicó sobre Hechos 16:9, y de la súplica del hombre de Macedonia que Pablo vio en una visión en la que ese hombre pedía ayuda. Owen señaló que había lugares de Inglaterra, y de Gales, que necesitaban el evangelio. El sermón fue dirigido a ese Parlamento que se estaba reuniendo durante años para dirigir al país y permitía al rey seguir con sus abusos.
Sus trabajos en la iglesia de Coggeshall y con el ejército (1646-1650)
Durante el tiempo en Fordham, Owen consideró más profundamente el asunto del gobierno de la iglesia y a la larga llegó a creer en el formato de iglesias independientes con un gobierno congregacional, pero no como muchos congregacionalistas e iglesias independientes. Por esto, muchos bautistas han estimado a Owen hasta hoy.
En el año 1646, sin que hubiera ningún problema con Owen, sino debido a la forma en la que los pastores eran puestos en las iglesias, otro pastor fue enviado a Fordham. Después, una congregación de 2000 personas, tan pronto como supieron lo que había pasado, invitaron a Owen con urgencia para que fuera su ministro. Un oficial de Inglaterra de Warwick, le confirmó en esa posición. En Coggeshall, Owen pudo seguir manteniendo sus convicciones sobre el gobierno congregacional.
Owen también abogó para que el Estado no exigiera imponer por la fuerza que las Iglesias estuvieran conformes con su política religiosa, ni que se ejecutasen a los herejes con la espada. La herejía es un cáncer espiritual y debe ser confrontado por medios espirituales. La decapitación no es un remedio apropiado para la herejía, escribió.
En 1647 publicó Eshcol, Reglas para la comunión de las iglesias. También en ese año publicó The Death of Death in the Death of Christ (La muerte de la muerte en la muerte de Cristo).
En 1648 fue colocado como capellán con los ejércitos del Parlamento, obligado por Cromwell. Predicó una vez más en la Cámara de Comunes, y acompañó a Cromwell a Irlanda.
En enero de 1649, el Parlamento condenó al rey Charles a muerte por traición y el día después de la decapitación, el Parlamento ordenó que Owen predicara ante el Parlamento. Predicó de Jeremías 15:19-20, sobre el tema: El celo justo animado por la protección divina. Owen ha sido criticado mucho, especialmente por su silencio, casi total, sobre lo que había pasado. Muchos le llamaron cobarde. La situación fue difícil, porque muchos creyeron que el Parlamento pecó, y muchos otros creyeron que hizo bien.
En 1649-50 publicó Of the Death of Christ (De la muerte de Cristo). Fue nombrado como predicador en el concilio del Estado. Hizo dos viajes a Escocia como capellán con Cromwell.
Su tiempo en Oxford (1651-1659)
Cromwell logró que Owen fuera colocado como decano de “Christ Church” una parte integral de la Universidad de Oxford. También fue hecho rector de la universidad bajo Cromwell. Owen asumía todo con gran responsabilidad.
Predicaba una semana sí y la otra no, compartiendo esa responsabilidad con Thomas Goodwin, otro conocido puritano.
Produjo varios libros durante los años que pasó allí y administró bien la universidad, teniendo muchos asociados y estudiantes de renombre.
Durante este tiempo también le fue dado el oficio de “trier” (probador) junto con otros 40 ministros, para eliminar a pastores que no tenían los requisitos que un pastor necesita cumplir. Parece que procedieron con todo el amor y respeto posible pero siempre hallaron a hombres que no debieron haber sido nombrados como pastores. Owen creía en la libertad de conciencia y en la tolerancia. Generalmente se opuso a los castigos de personas que tuviesen diferencias, siempre y cuando no presentasen una amenaza para la paz de la nación.
Pero, llegó el tiempo cuando hubo un desacuerdo con aquellos que quisieron coronar a Cromwell como rey. Por ese desacuerdo, Owen renunció su oficio de rector, pero lo hizo como un verdadero hombre de Dios. Eso fue en 1656. Owen siguió predicando en la iglesia de la universidad, junto con Goodwin, hasta 1659.
En 1658, junto con otros independientes, no conformistas, Owen tuvo una parte principal en la producción de una confesión de fe llamado la Confesión de Savoy. Básicamente copiaron la confesión de Westminster, añadiendo un capítulo sobre el evangelio (capítulo 20) y cambiando algunas cosas acá y allá que reflejaron sus distintivos, especialmente en asuntos de eclesiología. (Luego, en 1677, los bautistas produjeron lo que llamamos la confesión de 1689 y usaron la confesión de Savoy para hacer lo mismo. La copiaron, cambiando algunas cosas que reflejaban sus distintivos, especialmente en asuntos de eclesiología.)
Stadhampton (1660-1662)
Después de Oxford, Owen se mudó a Stadhampton y predicó allí hasta que tuvo que abandonar el lugar, debido al hecho de que en 1660, Charles II, hijo del rey decapitado en 1649, comenzó a reinar, y poco a poco hizo la vida imposible para todos los que no eran anglicanos, mientras que él mismo quiso traer el catolicismo romano a Inglaterra de nuevo.
En el año 1662, 2000 ministros, que no aceptaron conformarse a la Iglesia Anglicana, tuvieron que abandonar sus iglesias, sus sueldos, todo. Antes de eso Owen ya no podía seguir como ministro y se mudó a Stoke Newington, una zona de Londres.
Stoke Newington (1663-1672)
La persecución a los no anglicanos continuó.
En medio de esa persecución, en el año 1665, Dios mandó una plaga horrible a Londres que exterminó a un 20 a 25 por ciento de la población. En tales circunstancias el rey, el parlamento y los clérigos que persiguieron a los no conformistas, huyeron de la ciudad, pero los pastores expusieron sus vidas para ministrar. Viendo ese amor entre los pastores y el pueblo, tanto el rey como el parlamento hicieron una ley que no permitía a ningún pastor estar más cerca de 5 millas (8 kms) a de zonas en las que habían servido antes. El sufrimiento de muchos fue agudo, y aun Owen, que tenía amigos poderosos, estuvo en peligro en varias ocasiones.
El año siguiente, hubo un incendio que destruyó gran parte de Londres durante 3 días, y los pastores, incluyendo a Owen, volvieron a ayudar. Durante un tiempo el gobierno no hizo nada en contra de los pastores porque todos estaban sufriendo como resultado de ese incendio. Había mucha oposición, pero era cada vez más evidente que la política de la persecución no estaba funcionando.
Owen escribió folletos abogando por la libertad (aunque ni su nombre ni el nombre del publicador aparecieron en ellos). Owen también escribió a los líderes de Nueva Inglaterra exhortando a las iglesias independientes a que dejaran de castigar a los bautistas, cuáqueros y otros por su falta de conformismo.
Finalmente en 1671, Charles II emitió una indulgencia, sin la aprobación del parlamento, permitiendo ciertas libertades a los católicos romanos y a algunas iglesias no conformistas. Probablemente lo hizo por amor a los católicos.
Bunyan, por quien Owen abogó mucho, fue liberado de la prisión en 1672.
Hasta el fin (1673-1683)
En 1673 la iglesia de Owen se unió con la iglesia donde Joseph Caryl había servido hasta su muerte. Ministró en la iglesia y escribió más libros. En 1675 su esposa murió.
En 1676, 18 meses después de la muerte de su esposa, Owen se casó con una viuda hacendada. Owen también había heredado unas propiedades y pudo vivir sin preocupaciones económicas.
Owen siguió predicando y escribiendo, pero su salud iba fallando. David Clarkson le ayudó en el ministerio, y otros le sirvieron como amanuenses para que pudiera seguir produciendo libros de valor que todavía hoy nos sirven, incluyendo uno sobre la justificación, otro sobre la persona de Cristo y otro sobre el deber de pensar espiritualmente. Finalmente escribió uno sobre la gloria de Cristo, que fue publicado después de su muerte.
Owen murió el 24 de agosto de 1683, el día de San Bartolomé. En ese mismo día en 1662, los 2000 ministros habían sido expulsados de sus púlpitos. Y también en ese día del año 1572, comenzaron a masacrar a los hugonotes en Francia.
Owen fue sepultado en Bunhill Fields, el famoso cementerio de los puritanos.
El valor de los escritos, y del ministerio continuo, de John Owen
Hay muchas áreas en las cuales podemos sacar provecho de Owen así como de los libros y comentarios que ha escrito.
Por lo tanto, me limito a mi experiencia, y esa experiencia es muy limitada en comparación con muchos otros ministros. No he leído ni la mitad de lo que Owen escribió, aunque tenga sus obras en mi biblioteca.
Pero, mucho antes de adquirir sus obras, Owen tuvo una parte formativa en mi persona y, por lo tanto, en todo mi ministerio, porque el Señor usó el libro sobre la necesidad de hacer morir el pecado (On the Mortification of Sin) (Sobre la mortificación del pecado) para infundir en mí esa verdad. Compré un libro usado por $2 de un pobre estudiante en Lexington, KY. El título del libro es “Temptation and Sin”. Fue publicado por Jay Green en 1958. (Banner of Truth fue fundado en 1957.) Lo que está ahí escrito tocó mi alma. En ese libro también se encuentra lo que Owen escribió sobre la tentación (Of Temptation) y sobre el pecado que sigue habitando en nuestro ser (Indwelling Sin). Esos son los escritos que recomendamos a cualquier cristiano, y se encuentran en el tomo 6 de la edición de BOT, junto con la exposición del Salmo 130.
Después de comprar el juego de 16 tomos publicado por Banner, leí su exposición del Salmo 130. El Señor hizo que el v4 actuase en mí con poder mediante los comentarios de Owen. Ese versículo dice: Pero en ti hay perdón, para que seas temido. (LBA)
En toda esa lectura de las diferentes partes del tomo 6, he aprendido lecciones valiosas sobre la seguridad personal de la salvación que una persona debe y puede tener.
Como un punto más debo decir, que hay algo importante que veo en lo que Owen escribió y es su uso de la Biblia. No cabe duda de que la Biblia dominó su pensar y su escribir. Muestra un gran conocimiento de las Sagradas Escrituras. Eso debe ser ejemplo para todos nosotros.
Como otro punto, en cuanto a lo que he leído de Owen, observo que tiene un libro favorito que es Oseas. He visto muchas referencias a ese libro, tantas referencias que he tenido la tentación de buscar todas ellas y recopilarlas en orden, porque pienso que podríamos hacer un comentario valioso sobre las partes que toca. Creo que hay un índice de muchas de ellas en el último tomo de sus obras, pero los peritos en la tecnología moderna probablemente podrían producir una lista de casi todo y aun copiar los comentarios.
Owen escribió sobre el Espíritu Santo exhaustivamente. Nadie antes había hecho eso.
Y su libro sobre comunión con Dios, en la Trinidad de su Ser (comunión con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo), es estimado por muchos.
He leído porciones de su comentario sobre Hebreos, especialmente el capítulo 4 y la parte que habla sobre el día de reposo en la introducción (¡una introducción de 1000 páginas!).
Me acuerdo de sus discursos sobre “la gloria de Cristo”. En alguna parte sus comentarios sobre Juan 1:14, me conmovieron a predicar sobre lo que él escribió.
Conocemos a Owen como autor y es así como recibimos provecho, pero era mucho más que un autor. Era un pastor, que sirvió, en diferentes tiempos como capellán, decano y rector de la Universidad de Oxford, y aun estuvo involucrado en asuntos de Estado.
Por ejemplo, Owen abogaba por la libertad de conciencia y estaba opuesto a que el Estado obligara a ser de una religión establecida. Cuando Owen supo que en las colonias de Massachusetts y Connecticut había persecución de personas que no eran de la iglesia establecida (como bautistas y cuáqueros), escribió una carta a los líderes de esas colonias suplicándoles que dejaran de hacer tales cosas.
Pero, repito, era un pastor, y por eso, hay mucho de lo que escribió que sirve para todo el pueblo de Dios.
Hacia el fin de su vida en un tiempo de enfermedad, no pudo volver a su congregación como esperaba y mandó una carta a la iglesia. Entre las cosas que les escribió podemos leer esto:
“…quisiera que, como no tienen ancianos que les gobiernen y dado que sus maestros no pueden andar públicamente con seguridad, que pongan a algunos de entre ustedes que, como sus ocasiones les permitan, puedan moverse entre ustedes de casa en casa, continuamente, y puedan dedicarse especialmente a atender a los débiles y tentados y temerosos—a los que están a punto de desanimarse o detenerse, y que los animéis en el Señor…Velad ahora, hermanos, de manera que, si es la voluntad de Dios, ni una sola alma se pierda de su cuidado. Que no descuiden ni hagan caso omiso de nadie; piensen en sus condiciones y atiendan a todas sus circunstancias.”
El Señor nos llama a ser pastores. ¡Que aprendamos esto de ese siervo de Dios!
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La Biblia usa cuadros de la vida diaria para describir la obra de los pastores en la Iglesia. Estos cuadros presentan a los siervos de Dios como pastores del rebaño (Hch. 20:28); también como padres de familia (1 Ti. 3:4). Los presentan como gobernadores de la congregación (He. 13:7 y 13), como centinelas (1 P. 5:2), también como administradores de los misterios de Dios (1 Co. 4:1-3).
La Palabra de Dios no solo describe la obra pastoral, sino que también presenta la disposición con la que los pastores deben realizar esta obra. En esta ocasión comenzaremos a tratar el tema de la disposición predominante del corazón del pastor; esa disposición con la que cada pastor o anciano debe llevar a cabo la obra pastoral.
Al hablar de la disposición del pastor me refiero a la actitud o inclinación que principalmente domina el corazón. Las santas Escrituras nos enseñan que la disposición predominante con la que el pastor debe llevar a cabo la obra pastoral es la disposición con la que el Señor Jesucristo pastorea a sus ovejas. Los pastores deben imitar su ejemplo porque este es el modelo perfecto de pastorear las ovejas. Jesús dijo: Yo soy el buen pastor (Jn. 10:11). Es decir, Él es el pastor por excelencia. El significado básico de la palabra griega traducida al español por “buen” significa básicamente bueno, hermoso en el sentido del ideal o del modelo de perfección. En este caso, según William Hendrickson, significa excelente. Este “pastor corresponde al ideal tanto en su carácter como en su obra. Jesucristo es el pastor bueno; es el pastor excelente”. Aunque en un sentido el Señor es el único de esta clase, su manera de pastorear a sus ovejas forma el patrón que deben imitar aquellos que Él llama a pastorear a sus ovejas. La declaración: Yo soy el buen pastor implica que el divino pastor revelado en el Antiguo Testamento encuentra su expresión encarnada en la persona del Señor Jesucristo. Él es aquel que, como Dios del pacto y Pastor de su pueblo, se comprometió a salvarlo y a pastorearlo. El Salmo 23 describe el pastoreo perfecto del Señor. David dice: El Señor es mi pastor y nada me faltará. En otras palabras, su pastoreo sobre mí y sobre su pueblo es todo lo que debe ser. Por tanto Él es el modelo perfecto que todos los pastores deben imitar.
En su primera epístola capítulo 5, versículo 4, Pedro declara: Cuando aparezca el príncipe de los pastores recibiréis la corona inmarcesible de gloria. Esta declaración enseña que el Señor Jesús es el Pastor Supremo de todo el rebaño y, al mismo tiempo, es el Príncipe y Gobernante de todos los pastores que Él llama al oficio pastoral. Estos pastores no solo reciben su comisión y sus instrucciones del Supremo Pastor, sino que también reciben de Él aquel ejemplo de pastor que ellos deben imitar. El ejemplo que los pastores deben seguir no debe ser formado de los patrones sociales populares y sensacionales del mundo ni de la tradición eclesiástica, ni del pragmatismo, sino del patrón perfecto del Pastor Supremo. Nuestro modelo de lo que un pastor debe ser, a quién debe imitar, no debe proceder de aquello que produce resultados, de lo que trae a mucha gente. Nuestro modelo perfecto o nuestro patrón excelente es el Señor Jesucristo. No hay deficiencia en este patrón. El Pastor Supremo es todo lo que debe ser como pastor de su pueblo; por tanto, pastores, es a Él a quien nosotros tenemos que imitar. Debemos imitar el pastoreo del Señor Jesucristo, porque es el patrón perfecto.
En segundo lugar, debemos imitar este pastoreo porque los Apóstoles lo imitaron. La conducta de los Apóstoles y las instrucciones que ellos dieron acerca del ministerio pastoral demuestran esta afirmación. En varios pasajes bíblicos encontramos que los Apóstoles llamaron a sus seguidores a imitar su ejemplo. ¿Por qué? Porque ellos imitaron a Cristo. En 1 Corintios 11:1 Pablo dice: Sed imitadores de mí como también yo lo soy de Cristo. Hay una doctrina de imitación en las Escrituras, y aquel que socava esto o que lo pasa por alto no representará correctamente al Señor Jesucristo; ni manifestará la manera en que Él pastorea a sus ovejas.
En Filipenses 3:17 Pablo declara: Hermanos sed imitadores míos y observad a los que andan según el ejemplo que tenéis en nosotros. En Hechos 20:18 vemos que Pablo llamó a los pastores o a los ancianos de Éfeso y les dijo: Vosotros bien sabéis como he sido con vosotros todo el tiempo […] sirviendo al Señor con toda humildad y con lágrimas y con pruebas […]. A pesar de todo esto, v. 20: No rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil. Más adelante, en el versículo 33 a 35, Pablo dice, Ni la plata ni el oro, ni la ropa de nadie he codiciado. V. 34: Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y la de los que estaban conmigo. En todo os mostré [fui vuestro ejemplo] que así, trabajando, debéis ayudar a los débiles y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir”. Observen; es a los ancianos a quienes Pablo dice: Os mostré. En otras palabras: os di mi ejemplo cuando estuve entre vosotros; me entregué a serviros con un corazón desinteresado, bondadoso y generoso. Esta forma de servir o pastorear la aprendí del Señor Jesucristo que dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir”. Ahora ustedes imiten mi ejemplo así como yo imito a Cristo. De esta manera, Pablo dio a entender que el ejemplo de pastorear a las ovejas que él recibió del Señor Jesucristo, y que él siguió a través de toda su vida, era también el ejemplo y la norma que deben seguir todos los pastores en la Iglesia. Considerar e imitar el ejemplo apostólico en este asunto significa seguir el ejemplo de Jesucristo como pastor del rebaño. Una de las cosas que debemos imitar de este ejemplo es la disposición con la que Cristo pastorea a sus ovejas.
Alguien con percepción declaró: “Pablo es un ejemplo exegético de la disposición pastoral del Señor Jesucristo. En otras palabras, la disposición con la que Cristo pastorea a sus ovejas se manifiesta claramente por medio de la vida y el ministerio de Pablo. Esta disposición cristológica que Pablo manifestó en su propio ministerio pastoral es la que los pastores también deben imitar”.
Después de haber señalado la disposición pastoral con la que los pastores deben desempeñar la obra pastoral, la disposición pastoral del Señor Jesucristo, pasemos a considerar los elementos esenciales de esta disposición predominante.
Esta disposición incluye varios elementos esenciales:
* Un corazón de siervo
* Un corazón compasivo
* Un espíritu manso y tierno
* Un amor desinteresado
* Una solicitud constante
Agradecido por la ayuda que he recibido de otros siervos del Señor para tratar este tema, consideremos el primer elemento esencial de la disposición predominante con la que debemos realizar la obra pastoral.
Uno de los elementos de esta disposición es un corazón que está dispuesto a servir a otros para la gloria de Dios y para el bien de ellos. Según Marcos 9:33-37, surgió una discusión entre los discípulos de Jesús acerca de quién de ellos era el mayor: Y llegaron a Capernaúm; y estando ya en la casa, les preguntaba: ¿Qué discutíais por el camino? Pero ellos guardaron silencio, porque en el camino habían discutido entre sí quién de ellos era el mayor. Lamentablemente, este espíritu que se manifestó entre los discípulos continua manifestándose en nuestros días entre algunos de los que profesan ser sus discípulos. Sentándose [Jesús, ¡con qué calma y paciencia!] llamó a los doce y les dijo: Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos. Obviamente, los discípulos no habían comprendido lo que era ser grande en el Reino de Cristo. Su concepto de la grandeza procedía del mundo. Cristo les explicó lo que significa ser el primero en su reino. Versículo 35: ser el último de todos y el servidor de todos; que el Señor grabe esta verdad en nuestros corazones. “La idea de grandeza que tiene el mundo —dice R _________— consiste en gobernar, pero la grandeza cristiana consiste en servir. La ambición del mundo es recibir honor y atención, pero el deseo del cristiano debe ser dar más que recibir y ayudar a los demás”.
El comentario de Strauch sobre la grandeza personal es pertinente. En Marcos 9:35, Jesús declara que la verdadera grandeza no se logra luchando por sobresalir entre los demás ni aferrándose al poder, sino mostrando una actitud humilde, modesta, de servicio a todos. Por esta razón Jesús dijo: si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos. La sabia advertencia de C_________ a los líderes cristianos merece repetirse: “El poder es como el agua salada. Cuanto más se bebe, más sed se tiene. El ansia de poder puede alejar al más resuelto cristiano de la verdadera naturaleza del liderazgo cristiano que es el servicio a otros”.
El liderazgo y la autoridad que ejercen los pastores sobre la grey deben surgir y ser gobernados por un corazón que, sobre todo, quiera servir a otros. Esta disposición ha de prevalecer. El pastor debe mantener en sus pensamientos que él es sobre todo un siervo; siervo de Cristo, siervo del rebaño.
En Mateo 20:20-28, Jesús manda a los líderes de su reino a servir a otros con un corazón de siervo. El incidente que dio lugar a este mandato fue la petición de la madre de Jacobo y Juan. Sus hijos deseaban ocupar un lugar de preeminencia en el Reino de Cristo. Parece que ellos animaron a su madre a pedir al Señor que en su reino se les permitiese sentarse el uno a su izquierda y el otro a su derecha. Esta petición incomodó a los discípulos, creó malos sentimientos entre ellos. El versículo 24 declara que los diez se indignaron contra los dos hermanos. Probablemente esta reacción se debe a la envidia o al temor de salir perdiendo. Tal vez querían estas posiciones para sí mismos. Jesús usó este incidente para enseñar a todos sus discípulos que el liderazgo en su reino no es para que los líderes se enseñoreen del pueblo de Dios. El liderazgo cristiano es un llamado al sacrificio, servicio y sufrimiento. ¡Sacrificio! ¡Negarse a uno mismo! El ministerio no es una plataforma para obtener poder y gloria. Sobre este asunto un escritor cristiano dijo:
“Sin embargo, el mundo e incluso la iglesia están llenos de jacobos y de juanes, emprendedores y buscadores de posición, sedientos de honor y prestigio, que miden la vida por los logros y los interminables sueños de éxito. Son agresivamente ambiciosos para sí mismos. Esta mentalidad es incompatible con el camino de la cruz”.
El hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir y para dar. Renunció al poder y a la gloria del cielo, es decir, se negó a manifestar la plenitud de su gloria divina, velándola al tomar una forma de siervo y se humilló a sí mismo para ser un siervo. El hijo de Dios, Dios, la segunda persona de la Trinidad, se dio a sí mismo sin reservas y sin temor, a los despreciados y olvidados de la comunidad. Su obsesión fue la gloria de Dios, el bien de los seres humanos. Para promover esto estuvo dispuesto a soportar hasta la vergüenza de la cruz. Ahora, Él nos llama a seguirlo; Él no nos llama a buscar grandes cosas para nosotros, sino más bien a buscar primero la voluntad de Dios, su reino y su justicia. Si hemos de buscar el bienestar de los hombres, los pastores deben imitar al Señor Jesucristo. Él dijo a sus discípulos: Sin embargo entre vosotros yo soy como el que sirve (Lucas 22:27).
El Señor Jesucristo no usó su autoridad ni liderazgo para aprovecharse de sus discípulos, para oprimirlos, o abusarlos. El usó su autoridad para procurar y promover el bienestar de ellos. No son pocos los gobernantes que se aprovechan de su posición para promover sus propios intereses. No buscan realmente el bienestar de sus súbditos. Otros como Diótrefes procuran el liderazgo porque les gusta la preeminencia. El apóstol Juan, en su tercera epístola, dice: “Escribí algo a la iglesia pero Diótrefes, a quien le gusta ser el primero entre ellos, no acepta lo que decimos”.
Otros ejercen su autoridad despóticamente, para controlar u obtener ventajas materiales para sí mismos. En Mateo 20:25 Jesús dice: Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. La palabra griega katakurieuousin (κατακυριεύουσιν) que se traduce “ejercen autoridad” habla de un gobierno caprichoso y despótico. Según el Señor hay líderes que se enseñorean de la gente para lograr sus ambiciones caprichosas, vanas y egoístas. El pueblo existe para ellos, para propiciar sus intereses monetarios o para satisfacer sus vanas aspiraciones. Estos gobernantes viven entregados a sus placeres, a expensas de su gente. Ellos no sirven, más bien quieren que la gente les sirva. Jesús dice a sus discípulos: “No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande sea vuestro servidor”. La actitud de los siervos de Cristo no debe ser: “Aquí estoy para ser servido”; más bien debe ser: “Aquí estoy para servir”, y deben servir con un corazón humilde y servicial. No deben usar su autoridad para imponer sus preferencias personales o su voluntad sobre el pueblo de Dios, o para exigir que la gente se someta a mandamientos que el Señor Jesucristo no hada dado a su pueblo en su palabra. Esto es lo que Pedro enseña en su primera epístola capítulo 5 v. 2 y 3. Él exhorta a los ancianos y les dice: Pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, supervisándolo, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios, no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo; tampoco como teniendo señorío sobre los que os han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño. La autoridad que Cristo da a los pastores para gobernar al rebaño no se confiere para que ellos se enseñoreen de la grey o se conviertan en señores de la conciencia de las ovejas. ¡No! Solo Cristo es el Señor y el dueño de la conciencia.
Antes de seguir adelante quiero hacer una salvedad, subrayar un principio bíblico y es el siguiente:
Aunque los pastores son siervos, esto no niega su autoridad para gobernar a la iglesia. La Biblia enseña claramente que Cristo ha dado autoridad a los pastores para dirigir a la iglesia. Hebreos 13:17 declara: Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta. Y claro, en aquel momento no era necesario añadir “si ellos os dirigen de una manera bíblica”, porque esa es la manera en que los pastores fieles (que enseñan la Palabra y que son dignos de imitación v.7) dirigen la iglesia. Mientras los pastores nos dirijan según la enseñanza bíblica, debemos seguirles.
El versículo 17 de Hebreos 13 identifica a los líderes de la iglesia como dirigentes o gobernantes. Strauch indica que la palabra griega traducida al español “pastores” o “guías” es un término genérico. Se puede usar para describir a líderes militares, políticos o religiosos. En el Antiguo Testamento griego, esta palabra ēgoumenois (ἡγουμένοις) se usaba para describir a los jefes de la tribu. Por ejemplo, en Deuteronomio 5:23, el jefe de un ejército; en Jueces 11:11, gobernante de la nación de Israel; en 1 Samuel 5:2, el superintendente de todos los bienes; en 1 Crónica 26:24, el sacerdote principal y en 2 Crónicas 19:11 el sumo sacerdote. En Hechos, a Pablo y a Silas se les llama varones principales entre los hermanos (Hch. 15:22). El uso que hace el escritor de la palabra griega traducida “pastores” en Hebreos 13:7, 17 y 24 habla de la tarea de los ancianos o pastores de la iglesia local. Estos hombres tienen la tarea de enseñar en la iglesia, vers. 7. Estos hombres son líderes, gobernantes, dirigentes, pastores de la grey. Enseñan, protegen, guían y velan el rebaño. A los miembros de ese rebaño, o iglesia local, se les manda a obedecer y a estar sujetos a estos hombres. Mientras ellos dirijan, gobiernen o guíen a la congregación según las normas bíblicas, los miembros deben seguirles. El título que define tanto a los pastores como a los deberes de aquellos que se encuentran bajo el cuidado de estos hombres indica que han sido investidos con autoridad para gobernar a la iglesia.
Pablo dice a los tesalonicenses, en su primera epístola, capítulo 5, versículo 12: Pero os rogamos hermanos, que reconozcáis a los que con diligencia trabajan entre vosotros, y os dirigen en el Señor y os instruyen. Estos líderes tienen la responsabilidad de dirigir e instruir a la iglesia. En la primera epístola a Timoteo, capítulo 5:17 se habla de los ancianos que gobiernan. Estos deben ser considerados dignos de doble honor, principalmente los que trabajan en la predicación y la enseñanza. En la misma epístola, capítulo 3, versículos 4 y 5 dice que el obispo debe ser un buen gobernador o administrador, o dirigente de su hogar, porque si un hombre no es capaz de gobernar bien su casa y sus hijos, no es apto para que pueda cuidar y dirigir la iglesia.
Aunque los pastores son siervos, aun así tienen autoridad para gobernar a la iglesia. Una cosa no niega la otra. Jesús fue un siervo, pero este hecho no niega su autoridad sobre sus ovejas. Aquel que dijo: Yo no he venido para ser servido, sino para servir, también dijo: ¿Por qué me llamáis Señor, Señor y no hacéis lo que yo os digo? En otras palabras, el que Él viniera a servir no niega su autoridad. Su autoridad no solo procedía de su posición como Señor sino también de su posición como pastor. Por eso no debe sorprendernos que Jesús hable de sus ovejas como aquellas que le reconocen como Señor y se someten a su autoridad. Él dijo: Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Jesús ejerció su autoridad como pastor sin sentirse intimidado ni avergonzado. ¿Y cómo se llamaba a los gobernantes en el Antiguo Testamento? Se les llamaba igual que a los pastores. La palabra pastor implica autoridad.
La autoridad pastoral es algo inherente al oficio de pastor. En el antiguo testamento, se llamaba a los gobernantes pastores. La palabra pastor implica autoridad. Este término habla de su autoridad para gobernar. Ellos gobernaban a sus súbditos. El Señor no se avergonzó de ejercer su autoridad como pastor de las ovejas. Aun más, Él esperaba que aquellos que Él vino a servir y que le habían recibido como pastor, le obedecieran. El que Jesús fuera un siervo entre los discípulos, que Él les sirviera y aun le lavara sus pies no negó su autoridad como pastor de ellos. Por tanto sus discípulos no podían ser indiferentes a las instrucciones de Jesús.
Por otro lado, un líder puede ejercer su autoridad y aun así ser un siervo verdadero de los que se encuentran bajo su gobierno. Pablo entendía este principio; por esta razón vio su posición como un medio para servir a otros. Alguien correctamente dijo: “Él percibió sus dones y autoridad como medio para edificar y proteger a otros. No como medio para controlar u obtener posición, ventajas para sí mismo”. ¡No! Él utilizó su autoridad apostólica para edificar, guardar y proteger a la Iglesia de Cristo. En Corinto usó su autoridad para mantener la pureza moral de la iglesia. En 1 Co. 5:4 dice a los corintios: En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, cuando vosotros estéis reunidos y yo con vosotros en espíritu y con el poder de nuestro Señor Jesucristo, entregad (esto es un mandato) a ese tal a Satanás para la destrucción de su carne a fin de que su espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús. Observad. Pablo no utilizó su autoridad como Diótrefes. Este disciplinaba para mantener la preeminencia. En cambio, Pablo utilizó su autoridad para que la iglesia cumpliera la voluntad de Cristo. Ejerció su autoridad para que el pecador impenitente se arrepintiera, para que los miembros de la iglesia no se contaminaran pues la Biblia dice: un poco de levadura fermenta toda la masa (1 Co. 5:6). Por tanto, él dijo a la iglesia: “Expulsad de entre vosotros al impenitente”. Pablo ejerció su autoridad para procurar el bien, el gozo, la paz y la unidad de la iglesia.
Esta perspectiva debe gobernar la autoridad del esposo en el hogar. Él, como cabeza, tiene autoridad (Ef. 5:25). Él fue investido de autoridad para que él procure el bienestar, la santidad, y la felicidad de los miembros de su hogar. El esposo debe ser un líder amoroso y servicial. En su hogar, él es sobretodo un siervo. Tal vez esto no le guste a algunos esposos pero para este fin fue que Dios les dio autoridad. En el hogar el esposo no es solamente un líder, es también un siervo. Su autoridad fue concedida para que él promueva el bienestar y la felicidad de aquellos que se encuentran bajo su cuidado.
El esposo es un siervo, pero el que sea un siervo no niega su autoridad como cabeza de su hogar. Su rol como siervo en el hogar le indica el propósito de su autoridad y la manera en que debe ejercerla. ¿Ves la sabiduría de Dios? Ellos son siervos y deben ejercer su autoridad para lograr el propósito divino.
El rol de siervo de los pastores no niega su autoridad, pero les recuerda el propósito y la manera en la que ellos deben ejercerla. El Dr. Wayne Mack tenía mucha razón cuando aseveró que el concepto bíblico de un líder, según Mateo 20:20-28, es que “en primer y principal lugar él es un siervo. Su preocupación no debe ser por sí mismo ni por dar órdenes, ni mangonear, ni imponer su voluntad. Debe preocuparse por satisfacer las necesidades de otros. En verdad, si los intereses de otro no están sobre su corazón, si no está dispuesto a sacrificar sus necesidades personales, sus deseos y aspiraciones, su tiempo y su dinero; si las necesidades de otro no son más importantes que las suyas propias, tal hombre no está en condiciones de ser un líder. El líder debe tener un corazón de siervo. Y lo que sigue es muy importante: si tiene un corazón de siervo actuará como siervo y reaccionará como tal cuando le traten como un siervo”.
Hay mucho fango que comer en el ministerio. La única manera de comernos ese fango es recordando lo que somos: siervos. Strauch resume lo que dije de la siguiente manera: “El carácter de humilde siervo, de liderazgo, no implica ausencia de autoridad. Los términos del nuevo testamento, que describen la posición y el trabajo del líder como mayordomo de Dios, supervisor, guía, implican autoridad tanto como responsabilidad. Pedro no podría haber advertido a los ancianos de Asia contra el señorío sobre los que estaban a su cargo si no hubieran tenido autoridad para guiar y proteger a la iglesia local. La clave es la actitud, la disposición con la cual los ancianos deben ejercer su autoridad”.
Uno de los elementos de la disposición predominante con la que un pastor debe pastorear a las ovejas es un corazón de siervo, un corazón dispuesto a servir a otros. En segundo lugar consideremos algunas de las implicaciones prácticas de este elemento esencial.
Estimado pastor, si mantienes en tu corazón tu identidad como siervo no te molestará ni te quejaras por tener que realizar ciertos deberes diaconales en la iglesia. En las iglesias pequeñas habrá ocasiones en que será necesario que el pastor cumpla ciertas tareas diaconales. Cuando esto ocurra, debes estar dispuesto a realizar estas tareas para servir a las ovejas de Cristo. Debes recordar, que no eres solamente un siervo de tu gente, sino que también su esclavo.
Si había una verdad que constreñía el corazón de Pablo, a predicar a Cristo, a servir a Cristo, a servir a la iglesia de Cristo; si había algo que le llevó a sufrir los sinsabores, tensiones, aflicciones, vituperios del ministerio, fue que él conocía que era ante todo un esclavo de Cristo y de su pueblo. Mucho fue lo que Pablo sufrió. Lo azotaron; lo apedrearon. Se levantaba y seguía sirviendo. ¡Yo soy siervo de Cristo! ¡Soy esclavo de Cristo, para servir a Cristo, para servir al pueblo de Cristo! Él declaró: Porque no nos predicamos a nosotros mismos sino a Cristo Jesús como Señor y a nosotros como siervos (literalmente esclavos). Aquí, la palabra griega no es dikanoi (siervos) sino douloi (esclavos). Y a nosotros, como esclavos vuestros por amor de Jesús.
Compañero en el ministerio, ¿qué imagen tienen de ti? O ¿qué imagen tienes de tu persona? Si no te consideras un siervo o esclavo del rebaño, dispuesto a ser todo lo que esto implica, no podrás ministrar a las ovejas de Cristo.
Por otro lado, la convicción de que eres un siervo será un antídoto poderoso contra la ingratitud y el desaliento. Muchas veces no se reconoce el esfuerzo y trabajo pastoral que toma lugar en privado. Hay muchas cosas de nuestra tarea ministerial que nuestra gente no ve; entre estas cosas podemos mencionar el tiempo dedicado a la oración, las horas que dedicamos al estudio de la palabra, la educación en general, la preparación de los sermones, el tiempo de visitar a los enfermos, débiles y necesitados; la preocupación por la condición espiritual y física de las ovejas. Esto es una carga sobre nuestro corazón. Hemos dado consejo, hemos enseñado, pero la persona no entiende. Eso nos preocupa. Nos lleva a orar por esta persona. Su condición espiritual se convierte en una carga para nosotros. Vemos nuestra debilidad e insuficiencia y esto nos lleva al trono de la gracia y decimos: ¡Señor ten misericordia de nosotros! Danos más de tu gracia para poder servir a tu pueblo. Después, el domingo, ven al pastor que le abraza, y le da la mano; y lo hace con sinceridad porque los ama. Pero eso no quita toda la aflicción, toda esa carga. Mientras muchos duermen, los pastores están pensando y orando para ver cómo pueden ayudarles a resolver su problema. Piensan cómo van a tratar a aquel hermano para que no se ofenda innecesariamente y que pueda ver el principio, lo aplique y pueda servir al Señor de corazón, siendo ejemplo para otros.
Nosotros no somos profesionales. No podemos limitarnos a decir: “Estoy aquí, hago mi trabajo y me voy. ¡No! Pero la gente no ve muchas de esas cosas. No ven las lágrimas; el dolor que sentimos al ver la indiferencia de las personas hacia la palabra; no tienen conocimiento de las decisiones difíciles que debemos tomar para guardar la unidad y el testimonio de Cristo y de su iglesia; del tiempo que empleamos para organizar los ministerios de la iglesia; de las reuniones en el liderazgo de la iglesia; de las conversaciones y reuniones con otros líderes…Muchos desconocen estas cosas.
¿Y qué del dolor que sentimos al ver la indiferencia de las personas hacia la palabra? Esto nos trae tristeza. A menudo, la gente pasa por alto y no da gracias por el ministerio de la palabra. Muchas veces no aprecian ni dan gracias por el ministerio público de la palabra. Semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Hay personas que creen que han sido llamadas a mantener a sus pastores humildes y no les dan gracias. Nosotros, los pastores, los que somos fieles, no queremos aduladores, pero sí queremos saber si nuestra oración, si la oración del pueblo de Dios, si la enseñanza que ha sido explicada y aplicada, ha sido usada por el Señor para edificar y bendecir a su pueblo. Nos alienta oír: “Pastor, aunque no le habíamos dicho nada; sin embargo, ¡esas inquietudes que teníamos desaparecieron cuando usted estaba predicando!” “Pastor, el otro día, mientras usted predicaba la palabra la flecha del Altísimo vino a mi conciencia, traspasó mi corazón, me vi desnudo y en falta, y allí mismo tuve que pedir perdón al Señor”. “Pastor gracias por ser fiel a mi alma”.
Pastor, si no tienes un corazón de siervo, la ingratitud e indiferencia te desplomarán; estas actitudes pueden convertir estas cosas que debes hacer en cargas pesadas que no desearás cargar. Si te olvidas que eres un siervo, la ingratitud de la gente, la falta de reconocimiento por tu labor, tus esfuerzos, puede crear en ti amargura, resentimiento y un espíritu murmurador. Y esto te impedirá entregarte con gozo y entusiasmo a tus labores ministeriales. Tu corazón se enfriará. El fervor y el deseo de servir al pueblo de Dios y a Cristo menguarán o desaparecerán. Por tanto, es necesario que siempre recuerdes que eres un siervo. Y cuando servimos o hacemos lo que el Señor nos dice, debemos decir: “Siervo inútil soy. No he hecho más que lo que debía hacer”.
Aunque debemos trabajar con la esperanza de que seremos recompensados (1 Co. 9:10), aunque la Biblia nos dice que a su tiempo si no nos cansamos segaremos, estas promesas no significan que seremos necesariamente recompensados por nuestro esfuerzo y labor de forma inmediata. Puede ser que el Señor dilate la recompensa como hizo con siervos más fieles que tú y yo. Puede ser que el fruto no aparezca inmediatamente. Puede ser que tu gente no manifieste agradecimiento por tu trabajo.
Entonces, recuerda, somos siervos, eso es lo que somos. Somos siervos… ¿pero de quién? De Cristo. El asimilar este concepto es fundamental para que el pastor pueda realizar la obra pastoral. Traerá estabilidad, sosiego y tranquilidad al corazón. Le animará a seguir adelante, porque entiende que es un siervo inútil que sólo ha hecho lo que debía. Siervos inútiles; literalmente somos esclavos inútiles. Es decir, no merecemos ninguna gratitud especial porque, como Lenski comenta, no tenemos derecho especial alguno sobre el Señor. Hemos de llamarnos a nosotros mismos inútiles, porque no hemos hecho más que lo que estábamos obligados a hacer. Dejamos a un lado cualquier derecho puesto que, ciertamente, delante de Dios no tenemos ninguno. Somos esclavos inútiles y, aunque no recibamos nuestra recompensa inmediatamente, esta perspectiva nos llevará a ver las necesidades del pueblo de Dios como un llamado a usar nuestro tiempo, nuestras energías, nuestros dones, oraciones y lagrimas para seguir sirviendo al pueblo de Dios.
Hermano y compañero en el ministerio, si no puedes recibir esto de Cristo, si no es grato para ti servir como siervo u esclavo, entonces debes salir del ministerio.
Estimado pastor, ¿ven tus ovejas en ti un corazón de siervo? ¿Ven en ti la disposición del Señor Jesucristo, que no vino para ser servido sino para servir? No dije: “¿Ven tus ovejas que tienes una mente lógica, brillante o que presentas tus tesis teológicas con una precisión clínica?” No dije: “¿Ven que puedes presentar y defender magistralmente la doctrinas de la gracia?” No. Mi pregunta es: “¿Ven ellos en ti un corazón de siervo?” La pregunta no es: “¿Ven una gran capacidad para dialogar o debatir?” Sino, “¿Ven tus ovejas la disposición de siervo que Pablo manifestó entre los efesios?” El apóstol dijo: Vosotros bien sabéis como he sido con vosotros todo el tiempo, sirviendo al Señor con toda humildad y con lágrimas. Hay cosas que quebrantaron el corazón de Pablo, pero aun así él dijo: No rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil. Pero de ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mi mismo a fin de terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesucristo.
¿Puedes tú decir a tu gente lo que mismo que Pablo dijo a los ancianos en Éfeso? Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y los que estaban conmigo. ¿Cómo te ven los hermanos, como un siervo o como un amo, esperando que te sirvan? Quiero recordarte que tu servicio a tu iglesia debe ser una revelación del corazón de Cristo a su pueblo. Para que esto sea una realidad, tú tienes que ministrar o servir a tus ovejas con un corazón de siervo. La disposición de siervo atraerá a la oveja tímida y temerosa hacia tu persona. La llevará a buscar y a recibir de ti guía y el consejo que necesita. Las ovejas deben conocer que tú verdaderamente quieres ayudarles. Por tanto, querido hermano, no tengas temor de involucrarte en los problemas, las adversidades y las aflicciones de tus ovejas. En estos tiempos donde hay tantos charlatanes, engañadores y hombres sin escrúpulos que buscan una posición de autoridad y liderazgo en la iglesia para promoverse a sí mismos o enriquecerse a expensas de la gente; hombres como los que Pablo describe en su epístola a los filipenses, porque muchos andan como os he dicho muchas veces: y ahora lo digo aun llorando que son enemigos de la cruz cuyo fin es su perdición, cuya Dios es su apetito y cuya gloria es su vergüenza, en tiempos como estos, donde abundan esta clase de hombres, es necesario que se destaque mucho más en nosotros un corazón de siervo. Así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.
Queridos hermanos, oren por nosotros los pastores. Oren y clamen a Dios: ¡Señor, que cada año que pase, al contemplar al Señor Jesucristo, ellos reflejen cada día más y más su corazón!
Amigo incrédulo, Cristo dejó la manifestación plena de su gloria divina y la veló tomando una forma de siervo, para hacerse obediente y obediente hasta la cruz, para pagar la deuda que el hombre pecador le debe a Dios. Cuando él habla de si como siervo, no lo hace simplemente para darnos un ejemplo de abnegación. Él se describe así mismo como siervo para dar a conocer lo que Él tuvo que hacer para rescatar a los hombres del diablo, del pecado y del mundo; para que recibieran vida y salvación. Querido amigo, niño, joven, Jesucristo se hizo siervo para salvar a pecadores y Él continúa, por su palabra y el evangelio, salvando pecadores. Tú no puedes pagar la deuda por tu pecado. Tú no puedes pagar esa gran deuda que debes a Dios. Por amor a tu alma, clama hoy a Aquel que vino a ser siervo, que murió en la cruz para que pecadores como tú sean salvos. Ven, confía en Él, cree en Él y sé salvo. No continúes en esa condición. Cree en Él y serás salvo.
Iglesia, Dios nos llama a manifestar el espíritu de siervo del Señor Jesucristo. ¡Que el Señor use su palabra para que nosotros los pastores, sirvamos a Cristo y a su pueblo!
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