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Dr. Alan J. Dunn
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Special Conference | The Life of Lot IV
Special Conference | The Life of Lot III
Special Conference | The Life of Lot II
Special Conference | The Life of Lot I
¿Cómo practicamos la adoración?
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La esencia de la salvación y la esencia de la adoración es la vida con Dios. La meta de la salvación es la vida con Dios: la vida con Dios que mora con nosotros, el Dios a quien le agrada tener contacto con su pueblo. Esa es la esencia de nuestra salvación, la esencia de nuestra adoración.
Esta perspectiva se expresa desde el principio hasta el final de nuestra Biblia. Lo vemos, por ejemplo, en Éxodo capítulo veintinueve; en este capítulo tenemos este testimonio de nuestro Antiguo Testamento. Allí encontramos las bendiciones de la adoración sacrificial reglamentada por Dios, en las que Él expresa la esencia de la promesa de Su pacto.
En Éxodo capítulo veintinueve y comenzando en el versículo cuarenta y dos leemos: “Será” [aquí se refiere al holocausto y al incienso]:
“Será holocausto continuo por vuestras generaciones a la entrada de la tienda de reunión, delante del Señor, donde yo me encontraré con vosotros, para hablar allí contigo. Y me encontraré allí con los hijos de Israel, y el lugar será santificado por mi gloria. Santificaré la tienda de reunión y el altar; también santificaré a Aarón y a sus hijos para que me sirvan como sacerdotes. Y habitaré entre los hijos de Israel, y seré su Dios. Y conocerán que soy el Señor su Dios, que los saqué de la tierra de Egipto para morar yo en medio de ellos. Yo soy el Señor su Dios”.
Esta es la esencia de la bendición salvífica de Dios sobre Su pueblo que le adora: que Él mora en medio nuestro como nuestro Dios y nosotros como pueblo suyo.
Esto se expresa también en el Nuevo Testamento, en la era de la iglesia actual en segunda de Corintios, capítulo seis, desde el versículo dieciséis y hasta el versículo dieciocho leemos:
“¿O qué acuerdo tiene el templo de Dios con los ídolos? Porque nosotros somos el templo del Dios vivo, como Dios dijo: Habitaré en ellos, y andaré entre ellos; y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por tanto, salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor; y no toquéis lo inmundo, y yo os recibiré. Y yo seré para vosotros padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso”.
Yo habitaré en medio de ellos. Yo seré su Dios. Ellos serán mi pueblo. La nueva familia del pacto de Dios, hijos e hijas para Dios, constituidos como un templo, el templo del Dios vivo. Y aquí volvemos a tener nuestra esperanza final en la era venidera.
En Apocalipsis capítulo veintiuno, comenzando desde el versículo uno y hasta el versículo tres encontramos:
“Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo. Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos”.
Y luego viene el versículo más glorioso, que es el versículo siete:
“El vencedor heredará estas cosas, y yo seré su Dios y él será mi hijo”.
Dios morará con nosotros; nosotros seremos los hijos de Dios y viviremos en una creación que habrá sido transformada en el tabernáculo mismo, el santo templo de Dios. Hermanos, yo creo que si nos aferráramos a esta verdad fundamental de que Dios mora en medio nuestro, una gran parte de nuestra confusión sobre la adoración empezaría inmediatamente a despejarse.
Si sintonizáramos nuestra fe para concretar la presencia de Dios con nosotros; si nos concentráramos en que Dios mora en medio de nosotros; si aprendiéramos a identificar que esto es la esencia de la adoración aceptable, que también se encuentra en otras iglesias, distintas a las nuestras en ciertas formas, pero en medio de las cuales podemos ver, a pesar de todo, la presencia de Dios; si aprendiéramos a reconocer esa presencia de Dios en medio nuestro y en otras iglesias, en mi opinión creo que se habría conseguido hacer un gran progreso que permitiría cultivar la unidad del Espíritu en los vínculos de la paz, y haría que nos alentáramos unos a otros para ir en busca de una adoración que diera honra a Dios.
Entre las iglesias cristianas encontramos diferencias. En mi opinión no estaría de más, llegado el caso, distinguir entre los elementos de adoración y las formas en que esta se puede llevar esta a cabo; los elementos de la adoración y las formas de adoración.
Por ejemplo, la oración es un elemento; es un componente, una actividad prescrita por la Biblia como elemento de adoración. Debemos orar, pero la oración corporativa puede tomar formas distintas. Hay iglesias que recitan al unísono el Padre Nuestro. Hay otras iglesias donde la oración se escribe y se utiliza un libro de oración. En otras iglesias lo que se practica es la oración extemporánea.
Ahora bien, por nuestra tradición, por nuestros antecedentes y por nuestra experiencia, nosotros podemos preferir una forma u otra. Sin embargo, podemos reconocer el elemento de la oración y, por este medio, nuestra conciencia puede ser dirigida. Por medio de la oración podemos llegar a creer que Dios está presente en medio de unas personas que, ciertamente están orando pero que, quizás, lo están haciendo de una forma distinta a lo que nosotros estamos acostumbrados y practicamos en nuestra iglesia local.
Luego, claro está, tenemos el elemento del cántico. Aquí nos encontramos con un verdadero reto hoy en día. Me produce temor incluso el simple tanteo del terreno en el que se encuentra este tema ya que es una mina que, sin duda, explotará bajo mis pies. Sin embargo, seguiré adelante con ello.
Cantar es un elemento de la adoración bíblica, pero existe toda una variedad de formas en las que se pueden presentar los cánticos en la adoración. Algunas iglesias tienen un coro y un tipo de música especial; en otras iglesias solo se practica el canto congregacional; otras solo cantan los Salmos.
Algunas iglesias usan coritos, en otras se usan los himnarios; las hay en las que se proyectan las palabras en una pantalla y en otras se canta a capela sin instrumentos; o solo con el piano; a veces solo la guitarra, y así sucesivamente. En algunas iglesias hay una pequeña orquesta.
Bueno, evidentemente yo tengo mis preferencias en estas cosas, y creo que tengo buenas razones para ello. Sin embargo, como hermano en Cristo que intenta fomentar la unidad de espíritu en los lazos de la paz, puedo al menos reconocer el elemento aunque admita que haya diferencias en las formas.
Ahora bien, yo creo que en consciencia podemos ser guiados a preferir una forma más que otra, según la información bíblica que tengamos. Pero lo que pretendo decir, en principio, es que debemos aprender a distinguir entre el elemento y la forma. Esto os liberará, y no constituirá una atadura ¿me comprendéis? Os liberará y hará que os sintáis hijos de Dios, alguien conciliador, e hijos del Altísimo; actuareis en gracia y os sentiréis unificados con los hermanos en la forma en que el Espíritu nos ha dado esa unidad.
Ahora, necesitamos conseguir un equilibrio en estas cosas; un equilibrio entre lo que está establecido y lo que está permitido; un equilibrio entre la ley y la gracia; un equilibrio en el compromiso con las normas bíblicas inflexibles, aunque reconociendo la presencia de Dios en las tradiciones y formas de adoración que expresan los elementos bíblicos. Quizás se trate de formas que son un tanto distintas a las que, de otro modo, contarían con nuestra preferencia y serían las que nosotros practicásemos.
Queremos tener una buena conciencia y, mientras adoramos, queremos saber que lo estamos haciendo en una forma de adoración bíblicamente establecida, en vez de hacerlo mediante elementos de adoración. Queremos tener una buena conciencia hacia los hermanos cuyas formas de adoración puedan ser distintas a las nuestras, aunque tengan igualmente sus principios y también sean bíblicas.
Necesitamos discernimiento, y para ello debemos darnos cuenta de que aquí hay un factor que entra en juego: el papel legítimo que tenemos como ancianos y pastores en la iglesia a la hora de dirigir la adoración a Dios.
Debemos dirigir a nuestra gente en adoración, y guiarles en una adoración que sea según las normas bíblicas. Pero debemos liderar a nuestra gente en la adoración. Esto significa que debe haber una sensibilidad hacia quiénes son, hacia su condición de pueblo de Dios. De este modo, junto con el pueblo de Dios y con nuestras Biblias abiertas, los líderes debemos guiar al rebaño a esa adoración que es según las normas bíblicas y que expresa la verdadera adoración que sale del corazón, en medio de ese pueblo en particular.
Somos específicamente responsables de generar el clima en el que se dirige la adoración, y gran parte de las formas de nuestra adoración proporcionará la información sobre el ambiente que se está generando en nuestra adoración. Si nuestras formas son descuidadas; si la forma en la que oramos, la forma en la que se presenta nuestra música; si las formas son informales y mundanas y no se distinguen por su reverencia; por darle honra a Dios, entonces el clima que estamos generando hace que a las personas les resulte difícil entender que han salido del mundo para entrar en la presencia de Dios.
Hay ciertas libertades que podríamos utilizar a la hora de expresarnos, pero por amor a la honra que hay que darle a Dios, necesitamos ser sabios en la forma en la que adoramos a Dios, en las formas de nuestra adoración en cualquier entorno cultural y en cualquier generación y tiempo.
Necesitamos dirigir a nuestra gente ejerciendo la autoridad bíblica, para poder establecer la clara distinción de que ahora hemos entrado en la presencia de Dios. Esto no solo debe hacerse por medio de los elementos de adoración, sino también por medio del ambiente, que tanto dice de las formas que usamos y, también, por la manera en la que llevamos a cabo nuestra adoración.
Debemos dirigir a nuestra congregación en estas cosas también, y cabe ejercer la autoridad legítima; esa autoridad de la que habla la Biblia que debemos utilizar a la hora de decir, como líderes o como ancianos, que esas son las formas que hemos elegido utilizar.
Es posible que algunos no estén expresamente de acuerdo con ello, o que quizás no les guste específicamente; pero cuando se trata de hacerlo, vosotros sois los ancianos y no ellos. Vosotros tenéis la responsabilidad de poner orden en la casa de Dios, en el tema de la adoración, y necesitáis tomar el liderazgo y guiar a vuestra gente a lo que sea más reverente y aquello que más honra le dé a Dios.
Así pues, debéis tener discernimiento; tenéis que tener sabiduría y aquí es donde el Espíritu Santo está más involucrado. Nos proporciona la gracia para ejercer nuestro liderazgo de manera que, por una parte, no ordenemos cosas que violen las normas bíblicas y que no seamos unos tiranos con respecto a la conciencia del hombre. Por otra parte, se encarga de que no seamos tan descuidados, negligentes y ególatras como para no tener la sensibilidad necesaria en el tema de conducir a las personas a una experiencia de santidad, una experiencia sagrada porque nos estamos acercando a la presencia de Dios.
No somos una reunión como otra cualquiera de las que se mantienen en nuestra cultura. A veces siento pena por mucha gente, especialmente por los jóvenes, por los niños, porque les puede resultar difícil expresar cuál es la diferencia entre ir a un concierto de música o ir a la iglesia. ¡Y debería haber una diferencia!
Nos corresponde a nosotros como líderes asegurarnos de que la diferencia sea palpable, que se pueda experimentar, de manera que en nuestras reuniones vengan a la presencia de Dios, que se postren y digan de verdad “Dios está en medio de vosotros”.
No tienen esa experiencia en una sala de conferencias en la universidad. No experimentan esto en un concierto de música. No tienen esa experiencia en una manifestación política, pero ¡sí la tienen en la iglesia! Por ese motivo tenemos que ser sabios en los tipos de formas que introducimos en la adoración a Dios y debemos guiar a las personas hacia elementos de adoración que estén dentro de la normativa bíblica.
Y bien, ¿cuáles son esos elementos? Propongo que sigamos el principio que se expresa, de forma sucinta, en Santiago capítulo cuatro y versículo ocho. En ese texto encontramos una exhortación que vamos a leer: “Acercaos a Dios, y Él se acercará a vosotros”.
Aquí es donde voy a dividir nuestro estudio, en la hora final, en dos partes: las cosas que hacemos y por las que nos acercamos a Dios, y las cosas que se hacen en adoración por medio de las cuales Dios se acerca a nosotros. Como veis, la adoración es una dinámica en dos sentidos: lo que le damos a Dios y lo que recibimos de Él. Le ofrecemos nuestro sacrificio espiritual como sacerdotes, y Él responde morando en medio de nosotros y transmitiendo su presencia y su amor hacia nosotros.
Ahora bien, ¿cuáles son las actividades por medio de las cuales le damos nuestro sacrificio espiritual? En mi opinión el primero es la oración. En Mateo capítulo veintiuno, versículo trece, Jesús dice: “Mi casa será llamada casa de oración”. En Hebreos, capítulo trece y versículo quince: “Por tanto, ofrezcamos continuamente mediante Él, sacrificio de alabanza a Dios, es decir, el fruto de labios que confiesan su nombre”.
Dar gracias y alabar son sacrificios. Son la adoración del sacerdocio del nuevo pacto. Nuestras oraciones deben expresar nuestra gratitud a Dios; debemos hacer oraciones en las que le demos gracias, oraciones de alabanza y adoración. La ingratitud mata a la adoración; un pueblo desagradecido no puede adorar.
Pablo nos habla acerca de la raíz de la idolatría, en Romanos capítulo uno, versículo veintiuno. Nos dice que aunque ellos conocían a Dios, no le honraban como Dios, ni le daban gracias, sino que se volvieron fútiles en sus especulaciones.
Era un pueblo incapaz de venir delante de Él con acción de gracias, y de ser agradecido en todo. Cualquiera que sea nuestra situación, sean cuales sean los retos a los que tengamos que enfrentarnos, somos un pueblo bendecido con la presencia de Dios; somos salvos.
Tenemos un Dios en el que nos gozamos y debemos ser agradecidos. Las oraciones de acción de gracias y alabanza son también oraciones de confesión de pecado. Una vez más es una adoración sacrificial y así lo vemos en el Salmo cincuenta y uno, versículo diecisiete: “Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás”.
Adoramos a Dios en nuestra condición de pecadores creyentes; por consiguiente, en nuestra adoración corporativa, nuestras oraciones deben expresar la confesión de nuestro pecado. Estamos confiando en Jesús como sacrificio expiatorio por nuestro pecado. Venimos delante de Dios y confesamos nuestro pecado, con humildad y con un corazón quebrantado y contrito.
Si la esencia de la adoración es conocer y experimentar a Dios en medio nuestro, entonces en Isaías cincuenta y siete, versículo quince Él nos dice dónde podemos encontrarle:
“Porque así dice el Alto y Sublime que vive para siempre, cuyo nombre es Santo: Habito en lo alto y santo, y también con el contrito y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los contritos”.
Si adorar es conocer al Dios que mora en medio nuestro, entonces Dios dice: he aquí el pueblo en medio del cual yo habito, un pueblo contrito, un pueblo humilde, un pueblo que confiesa sus pecados, que ofrece el sacrificio de la oración y la confesión que procede de un corazón contrito. Tenemos también la oración de intercesión en primera de Timoteo, capítulo dos, versículos uno y dos:
“Exhorto, pues, ante todo que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad”.
El versículo catorce del capítulo tres dice: “Te escribo estas cosas, esperando ir a ti pronto, pero en caso que me tarde, te escribo estas cosas para que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad”.
Pablo, ¿qué quieres que hagamos? Pues bien, en primer lugar quiero que oréis y quiero que vuestras oraciones incluyan peticiones de intercesión en favor de los hombres, pidiendo por aquellos que están en puestos de autoridad, para que podamos vivir vidas pacíficas. Esto es aceptable a Dios, y también que intercedamos por los que aún tienen que venir al conocimiento del único Dios y el único mediador entre Dios y los hombres, que es Cristo Jesús, porque Dios desea que los hombres sean salvos. Orad por ellos, elevad oraciones de intercesión. “Quiero”, dice el capítulo dos, versículo ocho, “que en todo lugar los hombres oren levantando manos santas, sin ira ni discusiones”.
¿Qué más deberíamos hacer para acercarnos a Dios? Junto con la oración, creo que la congregación debería cantar; pienso que nuestros cánticos son una expresión de la oración; es una aproximación a Dios.
En el antiguo pacto, la música era algo muy destacado cuando el pueblo adoraba a Dios. En Éxodo 15, Israel canta el cántico de Moisés. Los Salmos son cánticos al Señor, oraciones a las que se les pone música. Sabemos que en el templo había un coro formado por la tribu de Leví; estos eran los cantores en el templo de Dios.
En primera de Crónicas capítulo nueve, versículo treinta y tres vemos: un coro compuesto por los sacerdotes escogidos de Dios. ¿Pero quiénes son los sacerdotes escogidos en el Nuevo Pacto? Son el pueblo de Dios.
En Mateo capítulo veintiséis y versículo treinta el propio Jesús, junto con Sus discípulos, cantó un himno al concluir la Pascua cuando instituyó la Cena del Señor para Su iglesia. En Colosenses capítulo tres, versículo dieciséis leemos: “Que la palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, con toda sabiduría enseñándoos y amonestándoos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en vuestros corazones”.
La palabra de Cristo tiene que gobernar todo nuestro corazón a la hora de expresar nuestra adoración. Debemos enseñar y amonestar con toda sabiduría, y debemos cantar con salmos, himnos y cánticos espirituales.
Todo esto debe hacerse con gratitud en nuestros corazones hacia Dios, para que constituya lo que Hebreos capítulo trece, versículo quince define como “un sacrificio espiritual”. Por medio de Él ofrezcamos sacrificio de alabanza con salmos, himnos, cánticos espirituales, fruto de nuestros labios que dan gracias a su nombre. El canto congregacional es un elemento de adoración por medio del cual nos acercamos a Dios.
En tercer lugar, yo incluiría los diezmos y las ofrendas económicas. Las contribuciones del pueblo de Dios han sostenido siempre el templo; han promocionado y fomentado la adoración a Dios, y han constituido una provisión para los necesitados dentro del pueblo de Dios.
Así pues, en primera de Corintios capítulo dieciséis, Pablo dice a la iglesia de Corinto en el versículo uno: “Ahora bien, en cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también como instruí a las iglesias de Galacia. Que el primer día de la semana, cada uno de vosotros aparte y guarde según haya prosperado, para que cuando yo vaya no se recojan entonces ofrendas”.
Pablo no quiere que se le vea como alguien que solo viene a recaudar sostén económico. Esto debe formar parte de la adoración a Dios. El primer día de la semana debe hacerse esta contribución, para que la obra de Dios sea llevada adelante por medio del pueblo de Dios, en beneficio de esos hermanos, incluso del más insignificante de ellos que necesite ser alimentado, vestido y visitado, como vemos en Mateo capítulo veinticinco.
La iglesia debe recoger donativos como parte de su adoración. Yo he estado en iglesias donde el cepillo se encuentra en la parte trasera, en el vestíbulo, y los miembros saben que es allí donde deben aportar sus contribuciones. He asistido a iglesias donde los diáconos pasan al frente y se recoge la ofrenda. Esta es la forma.
Yo creo que el elemento implica esto mismo: que debemos contribuir como acto de sacrificio, como acto de adoración de nuestros primeros frutos. En Filipenses capítulo cuatro, versículo dieciocho, leemos: “Pero lo he recibido todo y tengo abundancia; estoy bien abastecido, habiendo recibido de Epafrodito lo que habéis enviado”. ¿Cómo lo describe? “Fragante aroma, sacrificio aceptable, agradable a Dios”.
Era lo que la iglesia ofrendaba como expresión de su adoración. Estaba destinado al sostén del evangelio para que el reino y la extensión de la adoración de Dios prosiguieran adelante. Y Pablo les da las gracias por haber suplido sus necesidades, pero esto era un acto de adoración a Dios, un aroma fragante, un sacrificio aceptable.
Ahora bien, algunos debatirán que no hay ningún versículo en el Nuevo Testamento donde se diga que el creyente del Nuevo Pacto deba diezmar el diez por ciento de sus ingresos.
En realidad no hay ningún mandamiento en el Nuevo Testamento que nos exija dar el diez por ciento de nuestros primeros frutos en el diezmo. Entonces ¿de dónde me saco yo que el diezmo sea parte de un elemento de adoración? Pues bien, lo deduzco de lo siguiente: Yo creo que somos los verdaderos hijos de Abraham, y en Juan capítulo ocho, versículo treinta y nueve, Jesús dice: “Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham”. Debemos seguir el ejemplo de Abraham, y responder a Dios con un corazón de fe.
Los hechos de Abraham quedaron demostrados cuando entregó a Melquisedec el diez por ciento de sus ingresos, en forma de adoración, en Génesis capítulo catorce. Estoy de acuerdo con los que ven esto como un precedente bíblico, como un punto de referencia fundamental para las finanzas bíblicas. Este es un punto de referencia por el cual podemos dirigir nuestra conciencia.
Si somos hijos de Abraham, nuestro corazón debe honrar ciertamente a Dios en la manera que Abraham dejó como ejemplo cuando ofrendó el diez por ciento. Esto se instituyó posteriormente como norma en el Antiguo Pacto, pero como hijos de Dios en el Nuevo Pacto quedamos libres para dar incluso más del diez por ciento.
Al menos esto me da un nivel para mi conciencia, de forma que pueda saber si estoy dando demasiado poco. ¿No os lo habéis preguntado nunca? Cuándo se trata de cuantificar ¿cuánto debería dar?
Si echo en la colecta el cambio suelto que llevo encima y, de vez en cuando un billete de cinco dólares, algo debería acercarse a mi conciencia y preguntar: “¿Estás dando lo suficiente? ¿Es esto lo que le agrada a Dios?
Bueno, entonces ¿cuánto tengo que dar? ¿Cómo puedo saberlo? Aquí tenéis un punto de referencia. Como hijo de Abraham puedo ver lo que hizo mi antepasado, y de ahí puedo sacar una medida de justicia que regule mi propia conciencia. Como hijo de Abraham soy libre en Cristo de dar bastante más.
De hecho, el Nuevo Testamento no pone el énfasis en la cantidad, sino en el corazón del dador. En segunda de Corintios capítulo nueve, versículo siete vemos: “Que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre”.
Lo que importa es el corazón, no la cantidad, pero el importe es el tema en cuestión porque lo que se da es una cantidad. ¿Cuánto? Bueno, yo creo que la conciencia va dirigida por el ejemplo de Abraham.
Nosotros, como hijos de Abraham, podemos hacer lo que nuestro padre hizo y dar diez por ciento, no de nuestro neto, sino del bruto de nuestros primeros frutos. Debe ser sobre la misma cantidad que reclama el gobierno. Si el gobierno reclama los impuestos sobre la base del total de mis ingresos, entonces mi rey reclama ciertamente que se tome esa cantidad como referencia para que yo le de esa porción que en realidad dice: “Señor, todo es tuyo”. Y el diez por ciento es simplemente para declarar que todo es tuyo. Creo que estos son elementos prescritos en la Biblia para acercarnos a Dios.
Pero entonces ¿qué es lo que se hace en la adoración para que Dios se acerque a nosotros? En primer lugar yo diría que son las ordenanzas del bautismo y la Santa Cena. En Romanos capítulo seis, versículos tres y cuatro leemos:
“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Por tanto, hemos sido sepultados con Él por medio del bautismo para muerte, a fin de que como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida”.
En el bautismo hay una demostración de nuestra unión con Jesucristo en su muerte y su resurrección. En el bautismo hay una comunicación visual del Evangelio. Cuando el discípulo es sumergido en el agua, Cristo nos está dando una imagen que describe nuestra unión con Jesús en su muerte.
¿Os habéis fijado en el discípulo justo después de haber sido sumergido en el agua? Intentad reproducir en vuestra mente la imagen de ese individuo que está justo debajo de la superficie del agua, cuando le estás bautizando. ¿Qué parece? Parece que está en su ataúd.
Hemos tenido bautismos en nuestra iglesia en los que he llevado a toda la iglesia hasta el borde del bautisterio, he puesto a los niños delante y los demás mirando por encima y les he dicho: “quiero que veáis lo que yo veo cuando bautizo a esta persona, porque lo que se ve es una imagen de la muerte”.
Si tomas una fotografía justo cuando está sumergido, y el agua se calma, y lo miras ahí debajo del agua, yaciendo sin más, os digo que parece estar muerto. ¿Qué representa eso? Es su unión con Cristo en su muerte.
Pero no lo dejas ahí, bajo el agua. Vuelve a levantarse porque ahí en la muerte se encuentra con alguien, en el momento en el que toma su cruz y se niega a sí mismo, y sigue a Jesús a la muerte.
Se encuentra con Jesús en esa agua de muerte y, unido a Él ahora en su resurrección, se levanta a una vida nueva. Es una imagen del Evangelio. Es una comunicación de Dios sobre nuestra unión con Jesucristo en la ordenanza del bautismo.
En primera de Corintios capítulo diez, versículo dieciséis, acerca de la Santa Cena dice:
“La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo?”
Pablo nos dice que así como los sacerdotes comían los alimentos sacrificiales, en el Antiguo Pacto, así nosotros también, en el Nuevo Pacto, tenemos que comer nuestro cordero pascual. Tenemos que comer nuestra cena sacrificial, y es una comida que nos recuerda la obra completa que Jesucristo llevó a cabo en el pasado.
Es una comida que nos proporciona también una comunión presente con el Cristo resucitado Quien es el Cordero de Dios. En un culto de adoración sacrificial, los adoradores saben qué hacer cuando encuentran al cordero. ¡Se lo comen!
En el Nuevo Pacto nosotros también somos conducidos a la comunión con el Cordero. ¿Qué hacemos con esto? ¡Nos lo comemos! Tenemos contacto con Él en su comida sacrificial. Y es también un testimonio, no solo de nuestra comunión presente sino un anticipo de la fiesta de las bodas del Cordero, donde comeremos con el Señor, y Él nos cumplimentará en esa glorificada comida escatológica del Cordero.
Este es el motivo por el cual Pablo dice, en primera de Corintios capítulo once, versículo veintiséis: “Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor proclamáis hasta que Él venga”.
La proclamáis, la recordáis; tenéis contacto con Él ahora comiéndolo, y a causa de ello testificáis que Él vuelve otra vez. En Hechos capítulo veinte, versículo siete, leemos que la iglesia estaba reunida para partir el pan.
Esta es una declaración de intenciones que señala que la iglesia se reunía con el propósito de partir el pan. En primera de Corintios capítulo once y versículo veinte, Pablo dice: “Por tanto, cuando os reunís, esto ya no es comer la cena del Señor”.
Ahora bien, este es el primer tema que Pablo aborda en esta sección de primera de Corintios, en la que da instrucciones, en el versículo diecisiete, con respecto a sus reuniones. En primer lugar, esto es lo primero que tiene en mente; el versículo dieciocho dice: “Cuando os reunís como iglesia”. Hechos capítulo veinte, versículo siete dice: “Cuando estábamos reunidos para partir el pan”.
¿Qué es lo que Pablo tiene en mente, cuando el pueblo de Dios se reúne como iglesia? La Santa Cena. Pablo los reprende porque lo que hacen no es celebrar la Cena del Señor.
Lo que está diciendo en realidad es: lo que deberíais hacer es celebrar la Santa Cena. Deberíais reuniros para tomar la Santa Cena. Lo que hacéis es un insulto. En el versículo treinta y tres leemos: “Así que, hermanos míos, cuando os reunáis para comer […]”.
El propósito de su reunión era comer la Santa Cena y, a la vez que tenían una comida con Jesús, junto con Su presencia en Hechos capítulo 20 vemos que entonces se hacía uso de los dones y se ejercían los ministerios de la iglesia, entre los que destacaba el ministerio de la palabra de Dios.
Yo me pregunto, ¿piensa nuestra gente que se reúnen para escuchar un sermón, o que se están reuniendo para tener contacto con Cristo? La iglesia primitiva se reunía, en el Nuevo Testamento, para comer con Cristo y cenar con Cristo. Esto es lo que, en Apocalipsis capítulo tres versículo veinte, Jesús le recuerda a su iglesia díscola: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo”. Jesús dice estas palabras a esa iglesia tibia y autocomplaciente de Laodicea.
La palabra para “cenar” en el original es la misma palabra que se utiliza para “la cena” en primera de Corintios once, en referencia a la comida de la Pascua, es decir la Santa Cena. Lo que Jesús está diciendo es: si escucháis mi voz y os arrepentís de vuestro letargo, vendré y cenaré con vosotros.
Al escuchar esto, la iglesia debería levantarse y decir: ¡arrepintámonos de esta forma de vida tibia y descuidada y adorémosle, porque Jesús va a venir a cenar con nosotros, a tomar la cena con nosotros! La Santa Cena es comer y beber de Cristo por fe; es comer y beber con Cristo por fe; y es un anticipo de comer y beber con Cristo por toda la eternidad en las glorias que han de venir.
Me gustaría exhortaros, queridos hermanos, a considerar seriamente si la Santa Cena tiene el papel destacado que debería, en la vida de vuestra asamblea. En Flemington, y solo puedo hablar de nosotros, estas consideraciones y algunas otras más nos llevaron hace unos tres años a empezar a celebrar la Santa Cena cada día del Señor.
Puedo daros testimonio de que ha resultado ser una bendición para nuestras almas, y ha sido una oportunidad de glorificar el Evangelio de Jesucristo. No importa en qué parte del paisaje de la verdad bíblica nos encontremos, siempre terminamos sentados a la mesa.
Siempre terminamos a los pies de la cruz. Siempre acabamos alabando a Cristo por su sangre y por el triunfo de su resurrección. El día del Señor implica la Santa Cena, y empezamos la semana habiendo tenido contacto con Cristo en su cena.
Sugiero que os preguntéis si le hemos dado la debida importancia al hecho de que la iglesia primitiva en Hechos capítulo dos, versículo cuarenta y dos, estaba dedicada a la predicación apostólica, a la oración, al partimiento del pan, y a la comunión.
El partimiento del pan era uno de los componentes fundamentales de la iglesia primitiva, y yo me pregunto si no haríamos bien en darle una mayor relevancia, ya que nuestra Biblia nos dice que el propósito por el cual se reunía la iglesia era para partir el pan y comer en la mesa del Señor.
Bien, en segundo lugar, junto con estas ordenanzas se encuentra la lectura pública de las Escrituras. En primera de Timoteo capítulo cuatro y versículo trece leemos: “Entretanto que llego, ocúpate en la lectura de las Escrituras, la exhortación y la enseñanza”.
Es más que probable que la mayoría de nosotros, en el transcurso de nuestro ministerio pastoral, no llegue a predicar sobre toda la Biblia. Sin embargo, deberíamos leer toda la Biblia con nuestra gente en una lectura sistemática y pública de la Palabra de Dios; de acuerdo con esto, deberíamos exhortar, alentar y enseñar por medio de ella.
En primera de Tesalonicenses capítulo cinco y versículo veintisiete leemos: “Os encargo solemnemente por el Señor que se lea esta carta a todos los hermanos”. En Colosenses capítulo cuatro y versículo dieciséis vemos: “Cuando esta carta se haya leído entre vosotros, hacedla leer también en la iglesia de los laodicenses; y vosotros, por vuestra parte, leed la carta que viene de Laodicea”.
En este caso, debemos tomar los escritos de Pablo como una carta. Esto significa que se empieza por el principio y se lee hasta el final. ¿Cuántos de vosotros recibís un e-mail, leéis la salutación, lo cerráis y lo guardáis; volvéis al día siguiente, leéis la primera frase lo cerráis, lo guardáis; al día siguiente leéis otra frase, lo cerráis… ¡No! Cuando recibís una carta la leéis de principio a fin. Eso es lo que se hace con una carta. Y eso es lo que debemos hacer con la Palabra de Dios. Debemos leerla; y lo saludable es leerla desde el principio hasta el final.
Ahora bien, lo que hacemos en nuestra iglesia es leer consecutivamente, como sé que lo hacen los hermanos en North Bergen, y sé que muchos de vosotros también lo hacéis. Leemos de forma consecutiva, y es bíblico que lo hagamos así. En nuestro culto matinal de adoración, leemos de forma consecutiva en el Nuevo Testamento. En nuestro culto vespertino de adoración, leemos de forma consecutiva en el Antiguo Testamento.
En el transcurso de los años habremos leído el Nuevo Testamento varias veces juntos, y habremos leído el Antiguo Testamento menos veces, pero habremos leído toda la Biblia en el ministerio público de la Palabra de Dios. Haciendo esto Dios se acerca a nosotros.
En tercer lugar, hay una proclamación de la Palabra de Dios. La enseñanza, la predicación, la exhortación por medio de la Palabra de Dios debe ser realmente la pieza central de lo que se hace en la presencia de Dios; por medio de esto, Dios se acerca a nosotros.
Me temo que hoy, hay demasiadas actividades no reguladas que se están introduciendo en la adoración a Dios y que desplazan a la predicación de la Palabra de Dios. Se le está dando demasiado lugar a actividades que no nos dejan suficiente tiempo, ni lugar, para la exposición de la Palabra de Dios.
Recuerdo que una vez visité una reunión de discípulos en la que me pidieron que predicara y, cuando por fin me levanté y subí al púlpito para predicar, después del tiempo dedicado a los testimonios personales; después del tiempo para los niños; después de la música especial; después de todas las cosas cuando me puse al frente, detrás del atril, el hombre me miró haciéndome una seña y me dijo: “aquí solemos terminar alrededor del mediodía”. Miré mi reloj y vi que eran las doce menos veinte, y le repliqué: “me estás tomando el pelo”.
En ese momento pensé que me iba al día siguiente y que si me pasaba de las doce, ¿qué podrían hacer? Pero esto no es más que un testimonio de la falta de respeto tan desconsiderada por la predicación.
La predicación debe ser la parte central porque nos reunimos en la presencia de Dios para recibir de Él la transmisión de su amor, la comunicación de su Verdad. La iglesia es el pilar y el sostén de la verdad.
Como nos exhortaba ayer el pastor Piñero, se nos ha encomendado la verdad. Debemos luchar con fervor por la verdad, y si la familia de verdad no da lugar a la verdad ¿cómo podemos glorificar y honrar a Dios?
Debemos predicar la Palabra, estar preparados a tiempo y fuera de tiempo, reprobar, reprender, exhortar con gran paciencia e instruir como dice segunda de Timoteo capítulo cuatro, versículo dos. En primera de Timoteo, capítulo cuatro y versículo trece leemos:
“Entretanto que llego, ocúpate en la lectura de las Escrituras, la exhortación y la enseñanza. No descuides el don espiritual que está en ti, que te fue conferido por medio de la profecía con la imposición de manos del presbiterio. Reflexiona sobre estas cosas; dedícate a ellas, para que tu aprovechamiento sea evidente a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza; persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan”.
Este tiene que ser el centro de vuestro compromiso pastoral y de vuestra labor de pastoreo: abrir la palabra y alimentar al rebaño con la Palabra de Dios. Reflexionad sobre estas cosas, haced progresos, cansaos en la búsqueda de estas cosas. En el capítulo cinco, versículo diecisiete dice: “Los ancianos que gobiernan bien sean considerados dignos de doble honor, principalmente los que trabajan en la predicación y en la enseñanza”.
La predicación y la enseñanza de la Biblia representan un arduo trabajo. No os asustéis del trabajo duro. Pablo sigue adelante y, más tarde, en segunda de Timoteo capítulo cuatro nos dice que llegará un tiempo en el que los hombres no querrán recibir doctrina.
Los hombres no querrán oír predicaciones. Los hombres querrán tener otras cosas que rasquen su comezón de oídos. Querrán oír algo distinto a lo que se esté predicando. No seáis transigentes en esto.
En primera de Corintios capítulo catorce, versículo veinticuatro y veinticinco encontramos: “Pero si todos profetizan, y entra un incrédulo, o uno sin ese don, por todos será convencido, por todos será juzgado”. Los secretos de su corazón quedarán al descubierto, y él se postrará y adorará a Dios, declarando que en verdad Dios está entre vosotros”.
La declaración ordenada de la palabra de Dios es un testimonio de la propia presencia de Dios. Dios no es un Dios de confusión. Él es el Dios que habla, el Dios cuya palabra nos ha sido comunicada por medio de sus profetas en nuestra Biblia, y que se ha hecho carne en su hijo y ahora está utilizando a un médium para transmitírsela a los hombres. Vosotros sois los médiums de Dios. Hubo un hombre enviado por Dios cuyo nombre era: el vuestro. Vosotros sois los médiums de Dios.
Cada vez tenemos más dependencia de los medios para la adoración. Somos los médiums de Dios, no necesitamos todos esos aparatos eléctricos, micrófonos y altavoces. ¡No! Dios ya nos ha dado un medio para la comunicación de Su palabra: el hombre, el predicador, el pastor, el que proclama la palabra y la verdad de Dios.
Lo que lleva a las personas a experimentar a este Dios es la proclamación de Su palabra, no las estrategias comerciales ni los trucos publicitarios. Es el poder de la palabra de Dios comunicada por medio de un modelo que ejemplifica la verdadera fe, el verdadero arrepentimiento, el verdadero discipulado y que pone en práctica los dones concedidos por el espíritu. Cuando esto ocurre, se oye la voz de Jesucristo.
En primera de Corintios capítulo uno, versículo veinte y veintiuno leemos: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el polemista de este siglo? ¿No ha hecho Dios que la sabiduría de este mundo sea necedad? Porque ya que en la sabiduría de Dios el mundo no conoció a Dios por medio de su propia sabiduría, agradó a Dios, mediante la necedad de la predicación, salvar a los que creen”.
Como el Pastor Meadows nos enseñó ayer, he aquí el método de transformación utilizado por Dios. Esto es lo que Dios usa para llevar a sus hijos e hijas a una mayor conformidad consigo, de forma que Cristo pueda tener la preeminencia como primogénito entre muchos hermanos. Él utiliza la necedad de la predicación.
Hoy en día hay muchas voces que nos dicen que lo que necesitamos es algo distinto a la predicación, que necesitamos predicar de una forma distinta a lo que se nos dice en la Biblia. ¿Dónde está el polemista? ¿Dónde está el sabio? ¿No ha silenciado Dios su necedad? ¿Cómo lo ha hecho? ¡Con la necedad de la predicación!
¡Predicad la palabra a tiempo, y fuera de tiempo! Predicad la palabra y, al hacerlo, Dios se acercará a su pueblo y ellos se postrarán sobre su rostro y dirán de verdad, “Dios está contigo”; de este modo, la predicación se vuelve transparente a la presencia de Dios.
Al finalizar nuestros cultos, al marcharse, la gente suele hacer muchas veces comentarios sobre nuestra predicación ¿no es así? “Me gusta la forma en la que usted dijo esto; me gustó la ilustración”. Yo me siento más estimulado cuando salen y dicen: “Yo no conocía a Jesús de este modo. He aprendido quién es Dios. He obtenido una apreciación mayor del amor de Dios por mi”. La predicación se vuelve transparente al Dios que está presente.
Bueno, ¿pero cuál es la respuesta de la Biblia a la pregunta: cómo debemos adorar? La respuesta no es ni más ni menos que la Biblia. Orad la Biblia, cantad la Biblia, ved la Biblia en las ordenanzas del bautismo y de la Santa Cena, leed la Biblia y predicad la Biblia.
Estos son los elementos, los ingredientes de la adoración por medio de la cual nos acercamos a Dios. Oramos la Biblia; cantamos la Biblia; ofrendamos los diezmos a nuestro Dios en obediencia a la Biblia. Recibimos gracia de parte de Dios en las ordenanzas del bautismo y de la Santa Cena, y vemos la Biblia. Leemos la Biblia y, en nuestras predicaciones, proclamamos la Biblia.
Ahora bien, esos elementos pueden ordenarse de formas distintas para ministrar al pueblo de Dios, pero caracterizarán la adoración bíblica. Se pueden expresar en una amplia gama de normas, según las distintas variantes, pero la adoración bíblica siempre tendrá estos elementos.
Y como conclusión, os traigo una descripción que he recogido de la contribución de Ligon Duncan al práctico volumen Give Praise to God [Alabad a Dios], donde ofrece cinco descripciones de una adoración regulada por la Biblia, estimulada por el Espíritu y centrada en Cristo.
Si el pueblo de Dios adora y se acerca a Dios en sacrificio y adoración regulados por la Biblia, y conocen a Dios que se va acercando a ellos en una comunión con Cristo que se centra en la palabra y en Cristo, entonces así es cómo se puede describir esa adoración: En primer lugar, es simple y yo diría que es espiritual.
Ligon Duncan dice simple, yo diría que es espiritual. Escribe: “Meramente basada en los principios sin adornos, sin pretensión, y ordenados que hallamos en la Biblia”.
Es justa, es simple, no tiene adornos y no es pretenciosa. No es llamativa. Se trata exactamente de simple compromiso espiritual. No es cuestión de satisfacer los sentidos carnales. No tiene nada que ver con incienso y sotanas llenas de colorido, ni con todos los uniformes secretos y los símbolos, y toda esa parafernalia. ¡Es algo simple!
No tiene nada que ver con esos movimientos en masa, coreografiados, mientras desfilan desplegando todo el boato. ¡No! La adoración bíblica es simple. Es espiritual; su interés está en el movimiento del corazón, no en el boato coreografiado ni en el movimiento de símbolos, vestimentas y todo lo demás.
En segundo lugar, es bíblica. Nosotros no estamos preocupados por cómo se adapta nuestra adoración a la cultura. Lo que nos interesa es: cómo ser bíblicos en todas las culturas. No se trata de cómo adaptar nuestra adoración a nuestra cultura, ¡no!, sino cómo vamos a ser bíblicos en los Estados Unidos, o cómo vamos a ser bíblicos en la República Dominicana, en España, en Paquistán, en China, en Brasil o en Islandia. Esa es la cuestión.
Se trata de ser bíblico sea cual sea la cultura, y no adaptar la adoración a la cultura. Es algo bíblico. Solo tenéis que orar la Biblia, cantar la Biblia, ver la Biblia, leer la Biblia y predicar la Biblia. Es bíblico.
En tercer lugar, es transferible. La adoración y las misiones van juntas. A medida que los elegidos de cada tribu y nación son salvos, son admitidos en la presencia de Dios, quien les da la base de su aceptación en la sangre de Cristo, y les da la salvación.
Luego, los dirige en lo que deben hacer en su presencia de manera que los hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación, nos reunamos en la presencia de Dios para hacer lo que Él nos ha dicho que hagamos. Así pues es transferible. Es mucho más transferible que los grandes ritos y rituales litúrgicos de la iglesia que hacen que, cuando viajamos al extranjero y vemos ciertas iglesias que fundan misiones, nos parezca que es la Iglesia de Inglaterra la que se ha establecido aquí.
Pero, ¡un momento! Esto no es Inglaterra. Dondequiera que encontremos una iglesia fundada debería ser una iglesia bíblica. La iglesia no puede ser lo que es a menos que lleve todos los avíos, todos los ritos, el boato y todo lo demás; la elevada iglesia litúrgica no transfiere demasiado bien. Lo que vemos hoy en día es también esta simple adoración espiritual, mucho más transferible que la adoración dependiente del sistema de sonido eléctrico que está más orientada al entretenimiento.
Participé en la adoración en algunas iglesias que, por así decirlo, se podrían denominar tercermundistas. Eran muy pequeñas y pobres, pero nadie podía hacer nada hasta que los micrófonos y los amplificadores estuvieran preparados. Este tipo de cosas no transfiere bien.
Recuerdo a mi querido hermano Amresh Semurath, de Trinidad. Fuimos juntos y predicamos en aquella pequeña iglesia en la isla de Granada, hace años. Venían predicadores invitados, venía un americano y tuvimos que asegurarnos de que todos los amplificadores estuviesen instalados, todos los micrófonos ajustados, y todo estuviese bien a punto.
El Pastor Semurath tiene una voz muy, muy fuerte. Se colocó detrás del púlpito y lo primero que hizo fue apagar el micrófono, lo quitó de allí y empezó a hablar en aquella habitación. ¡Vaya! Todos parecían pensar: este hombre no necesita micrófono. ¡No, no necesitáis toda esa parafernalia! Nada de eso es necesario para adorar.
La adoración bíblica puede transferirse a lugares donde no hay electricidad y no necesitáis ninguno de los trucos de los medios de comunicación modernos, ni todo lo demás, como si no pudiésemos adorar a menos que todo se amplifique por los altavoces. ¡No, no necesitáis nada de esto!
Ligon Duncan dice: “En los entornos más simples, con frecuencia en condiciones peligrosas, personas sacudidas por la pobreza y el terrorismo se reúnen cada Día del Señor para escuchar la proclamación de las doctrinas de gracia”.
¿En qué consiste su adoración? Leen la Biblia; predican la Biblia; cantan la Biblia; oran la Biblia. Es verdad que existen distintas costumbres y que las cosas se hacen a veces en un orden diferente, pero enseguida se reconoce su adoración bíblica. Es transferible a las diferentes culturas. No depende de las tecnologías, no está sujeta a boatos externos. Es simple; es bíblica; es transferible.
En cuarto lugar, es flexible. Podrán verse variaciones en el orden y en la presentación de la adoración bíblica, en las diferentes nacionalidades, o en las distintas tradiciones de iglesia. ¡Es flexible!
Los bautistas ofrecen una adoración bíblica. Los presbiterianos ofrecen una adoración bíblica. Las iglesias congregacionales ofrecen una adoración bíblica y las Iglesias Bajas Anglicanas ofrecen una adoración bíblica.
Es inmediatamente reconocible; es flexible, tiene algunas variantes de cultura y nacionalidad, así como factores tradicionales y socioeconómicos. Sin embargo, en todo el mundo, la adoración bíblica se está ofreciendo a Dios por fe en Jesucristo, y el Espíritu Santo la vivifica.
Duncan dice también: “No os encontraréis con algo manido, tampoco con un afán de estar al día; no encontraréis ninguna cosa excéntrica que destaque, solo carne y patatas; solo la adoración simple, espiritual, apasionada, bíblica y reverente”.
No se persigue lo que está de moda; nadie piensa: “Soy más relevante; soy más contemporáneo que tu”, solo concentrarse simplemente en el Dios que está presente. ¡Venid a Él, y orad vuestra Biblia, cantad vuestra Biblia, ved vuestra Biblia, leed vuestra Biblia y predicad vuestra Biblia!
Y, finalmente, esta adoración es reverente. Se trata de un encuentro con Dios. No es algo que se hace en broma; no es algo informal; no es algo social.
Hughes Old nos dice: “La mayor contribución simple que la herencia litúrgica reformada, es decir, el principio regulativo puede hacer al protestantismo contemporáneo es su sentido de la majestad y de la soberanía de Dios; es el sentido de reverencia y de simple dignidad; es la convicción de que la adoración debe servir sobre todo a la alabanza de Dios”.
¡Es reverente! “Dado que recibimos un reino que es inconmovible, ¡mostremos una gratitud por medio de la cual podamos ofrecer un servicio aceptable a Dios”. Él es quien nos dice lo que es aceptable; no se trata de un servicio popular sino de un servicio aceptable.
¿Cómo ofrecerlo? Con reverencia y con temor porque nuestro Dios es fuego consumidor. Todo ese juego, toda esa artificiosidad, todo ese egocentrismo… Dios es muy paciente, pero también es fuego consumidor. Llegará un día en el que el fuego del juicio de Dios quemará muchísima madera, heno y hojarasca de los ministerios de los hombres y de sus cultos de adoración.
Debemos ser sabios y traer ante Él aquello que es oro, plata y piedras preciosas porque Él es fuego consumidor y todo lo que no sea aceptable se quemará en el fuego. Así es que empecemos por no ofrecer aquello que no es aceptable, y vengamos con reverencia; vengamos con temor.
Dios está ciertamente en medio de vosotros. Dejemos de mirarnos a nosotros mismos cuando adoramos, y concentrémonos en el Dios que está en medio nuestro.
Para terminar, en Efesios capítulo dos leemos acerca de la dignidad y de la gloria de la iglesia, en el versículo diecisiete: “Y vino y anunció paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca [gentiles y judíos]; porque por medio de Él los unos y los otros [gentiles y judíos] tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu. Así pues, ya no sois extraños ni extranjeros, sino que sois conciudadanos de los santos y sois de la familia de Dios edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular, en quien todo el edificio, bien ajustado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor, en quien también vosotros sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”.
¡La morada de Dios! Mi oración es que os llevéis de estos cuatro mensajes sobre la adoración, este pensamiento tan fundamental: Dios está con nosotros. ¡Dios está con nosotros!
Si tenéis esto bien claro, todas las demás cosas entrarán en la perspectiva correcta. Habrá muchas cuestiones que ya no merezcan la pena debatirse o analizarse. El motivo es que la presencia de Dios, ese fuego consumidor, quemará todo lo que no sea esencial y no dejará más que la adoración a Dios, simple y espiritual, que se haga en espíritu y en verdad solamente.
Oraremos nuestras Biblias; cantaremos nuestras Biblias; veremos nuestras Biblias; predicaremos nuestras Biblias y daremos la gloria a Dios que nos ha dado la siguiente promesa: “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo, y moraré en medio de vosotros”. ¡Amén!
Oremos: Padre de gracia y Dios nuestro, nuestros corazones arden dentro de nosotros y tenemos hambre y sed de Ti, que eres el Dios vivo. Oramos pidiendo que nos concedas sabiduría y gracia para que, como siervos en la familia de Dios, podamos ministrar tu palabra y que podamos conducir a tu pueblo en el camino de la adoración aceptable. Padre, confesamos que en estos tiempos nos sentimos tan fácilmente confundidos por todos los debates y análisis, todas las opiniones que se expresan sobre estas cuestiones de la adoración… Te pedimos que nos des sabiduría.
Te pedimos que nos concedas una perspectiva clara y centrada en quien Tú eres, en cómo Te has revelado en Cristo, y lo que has decidido que sea tu voluntad para nosotros, cuando por medio de la fe en Cristo nos acercamos a Ti, en adoración.
No permitas que llevemos fuegos extraños delante de Tí. No nos dejes incorporar los métodos, ni el ambiente, ni las técnicas de los paganos que adoran sus entretenimientos, sus placeres y que se adoran a sí mismos, observándose unos a otros para confeccionar una religión de servicio egocéntrico.
¡No a nosotros, Padre, no a nosotros Señor, sino a tu nombre da gloria por tu tierna bondad, por tu verdad! Haz que nuestros ojos no estén fijados sobre nosotros mismos. Haz que nuestros ojos no estén puestos en las cosas de este mundo, ni en lo que se hace a otros dioses de este mundo. Fija nuestros ojos en Tí.
Haz que nuestros oídos estén pegados a tus labios. Haz que veamos y oigamos tus palabras y hagamos tu voluntad; que vengamos delante de ti con la belleza de la santidad, con la fuerza de tu Espíritu, en unión con Cristo Jesús y para la gloria de tu gracia y amor por nosotros en Él.
¡Ven, Dios nuestro, ven y mora en medio de nosotros! Haz de nosotros un pueblo santo, un pueblo amado y que ame, para que podamos adorarte y servirte todos los días de nuestra vida. ¡Amén!
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El principio regulador de la adoración
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Hermanos, volvamos a pedir la ayuda de Dios para adentrarnos en este asunto tan importante de la adoración a Dios:
Nuestro Padre misericordioso, invocamos tu nombre por la fe en Jesucristo. Nuestra confianza está en la gracia de nuestro gran Sumo Sacerdote y Rey.
Nos acercamos a ti por medio de la fe en Jesucristo, y te pedimos que glorifiques su nombre entre nosotros para que nuestros corazones sean instruidos en la Palabra de Dios, y para que el Espíritu de Dios que nos ha vivificado en Cristo sea derramado sobre nosotros para que podamos crecer en nuestro amor y adoración, en nuestra determinación de adorar y servir a nuestro Señor y Salvador.
Pedimos que tu gracia nos ayude en esta mañana para que nuestras mentes estén alertas, para que nos instruyas y podamos a cambio ser equipados para instruir a tu pueblo, a fin de que seas glorificado en la iglesia aquí y en todo el mundo. Oramos en el nombre de nuestro Salvador y Dios Jesucristo. Amén.
Bien, anteriormente en nuestra serie sobre la adoración hemos preguntado qué es adoración, y hemos respondido a esa pregunta diciendo que es una reunión colectiva del pueblo de Dios para encontrarse con Dios mismo, que la esencia de la adoración tiene que ver con que Dios esté presente entre nosotros y con que nosotros le demos el honor, la adoración y alabanza que le corresponden.
Luego preguntamos a quién adoramos, y adoramos al Dios vivo y verdadero revelado en las páginas de las Escrituras y dado a conocer en Jesucristo. ¿Y por qué adoramos? Lo hacemos porque Él es digno de nuestra adoración. Hemos sido creados y salvados para adorar, y es precisamente adoración lo que Dios desea de nosotros.
¿Dónde adoramos? En cualquier lugar del mundo donde nos reunamos, y nuestra adoración es admitida y bien recibida en la presencia misma de Cristo en el cielo. Así, verdaderamente adoramos en el cielo, y lo hacemos en el día del Señor, el primer día de la semana, el día que recuerda la resurrección de Jesús y el derramamiento del Espíritu Santo, ese día que marca una nueva creación y nos señala al eterno día de reposo de Dios, para que en el primer día ya comencemos a disfrutar las bendiciones que son nuestras para siempre cuando, como pueblo de Dios, nos reunimos para tener comunión con Él.
No hay duda de que esa es la esencia de la bendición del día de reposo: estar con Dios, vivir con Dios, disfrutar de su presencia entre nosotros.
Esa es, por supuesto, la esencia no sólo de la adoración, sino también de la salvación. Anoche aprendimos que debemos adorar según la prerrogativa de Dios, sabiendo quién es Él, la naturaleza de Dios que es espíritu.
Por tanto, nuestra adoración debe ser esencialmente un encuentro espiritual, el cual es, en sí mismo, una respuesta a la revelación de Dios. No podemos fabricar la adoración.
Dios es santo, es diferente a su creación. Nosotros somos finitos, y no podemos acercarnos a Dios a menos que Él inicie ese proceso de adoración, a menos que se nos revele a sí mismo.
En ningún lugar de la Biblia se nos dice que debamos congregarnos e inventar la adoración. La adoración se nos otorga por la revelación de Dios. Nuestro pecado agrava nuestra incapacidad para fabricar una adoración aceptable a Dios, pues somos pecadores y Dios es santo, y por eso no podemos llegar a su presencia y no ser consumidos inmediatamente por su ira y expulsados a la muerte eterna.
Nuestro problema, como el Adán caído, es la tendencia a confiar en nuestras hojas de higuera y a escondernos de Dios y no buscar su presencia. Nuestro problema es nuestra tendencia a la idolatría y a dirigir nuestra adoración hacia algo en la esfera de lo creado en vez de dirigirla a Él, que es el Creador, y a confiar en nuestras hojas de higuera para acallar nuestra conciencia y no sentir la vergüenza y la culpa cuando, de hecho, estamos llenos de vergüenza y de culpa.
Pero en medio de esta terrible situación de nuestro pecado, aparece Dios. Él irrumpe en la vida del pecador con bondad y responde a los rebeldes con misericordia, proveyendo un sustituto que absorbe la sentencia de muerte en lugar del pecador que cree y adora.
En el Antiguo Testamento ese sustituto era representado por los millones de animales que eran ofrecidos en el sacrificio de adoración que Dios demandaba al proveer las pieles de animales en Génesis, capítulo tres, cuando Él derramó esa sangre para cubrir el pecado de la pareja original, y esa provisión de sacrificio de sangre fue entonces institucionalizada y regulada en esta ley ceremonial del antiguo pacto.
Y todos esos corderos y machos cabríos que fueron sacrificados en altares judíos no eran sino el retrato del verdadero Cordero de Dios que anunció Juan el Bautista, Aquel que sería, sin duda, nuestro cordero pascual, y por cuya sangre nuestros pecados son expiados, es propiciada la ira de Dios, nosotros recibimos la aceptación y se nos da la justicia de ese Hijo de Dios perfecto.
En el Nuevo Testamento, nuestra adoración, por tanto, está basada en este sacrificio: la provisión que Dios nos otorgó en el sacrificio de Jesucristo. Bien, ahora y en nuestra última hora de esta mañana, comenzaremos a enfocarnos en cómo debemos adorar.
Acudimos a la presencia de Dios para experimentar la presencia de Dios entre nosotros, ser llenos del Espíritu Santo, que la Palabra de Dios abunde en nosotros, ser conformados a imagen de Jesucristo y experimentar lo que significa ser amado por Dios nuestro Padre.
Cuando acudimos a su presencia no es bueno que nos enfoquemos en nosotros mismos, en nuestros problemas, en nuestra situación, incluso en nuestros pecados, sino que hemos de conocer y experimentar la presencia de Dios entre nosotros.
Necesitamos que nos reafirme en su amor, y por eso acudimos a Él en el lenguaje del Salmo ciento quince, versículo uno: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre sea la gloria, por tu misericordia, por tu verdad”.
Por tanto, cuando estamos en la presencia de Dios hemos de hacer estas cosas que Dios nos manda hacer para que nuestra adoración le dé la gloria a Dios.
No debemos centrarnos en cómo estamos adorando, sino en Aquel a quien estamos adorando. No debemos fijarnos en nosotros mismos cuando adoramos, cosa que está ocurriendo hoy día, ya que todos se fijan en sí mismos mientras adoran: mira mi estilo de adoración; yo alzo las manos; yo me postro. Nos fijamos los unos en los otros, y eso no es adoración. Adoración es observar a Dios.
La mecánica de la adoración debería ser transparente e invisible ante el Dios que está presente. La adoración debería ser de tal forma que sirviera como el medio por el cual Dios se convierte en el centro de atención, y no la actividad de la adoración en sí misma.
Jesús no quiere que oremos para que los demás nos vean, porque de esa forma ya tenemos nuestra recompensa, sino que quiere que sea Dios quien nos vea y que oremos a nuestro Padre. La adoración no se hace para los hombres; por tanto, debemos hacerla como Dios ordena para que en la adoración no nos enfoquemos en la adoración misma, sino que nos enfoquemos en Dios.
No buscamos que la adoración atraiga la atención hacia sí misma, sino que sea el medio por el cual Dios se dé a conocer entre nosotros. Ahora bien, lo que estoy articulando es un punto de vista que ha sido tratado a lo largo de toda la historia de la Iglesia conocido con el nombre de principio regulador.
Esto quiere decir que la adoración está regulada por Dios, y consiste sólo en esas cosas que Él nos manda en las Escrituras. Hay algunos cristianos que se adhieren a lo que ha sido denominado el principio normativo: que la adoración debe obedecer a las Escrituras pero que el adorador es libre de traer cualquier cosa a Dios siempre que no esté específicamente prohibida en las Escrituras.
Por tanto, el principio normativo dice que si la Biblia no prohíbe un determinado acto en la adoración, entonces está permitido. El principio regulador dice que en la adoración hemos de hacer sólo lo que Dios nos ha ordenado porque Él regula lo que debe ser la adoración.
En esta hora, pues, vamos a hacer un repaso de este principio tal como lo encontramos en las páginas de nuestra Biblia, un repaso del principio regulador en la Palabra de Dios.
El principio regulador dice que la adoración ha de ser determinada por Dios. El contenido de la adoración debe ser determinado por Dios. Aquello que motiva y lleva a nuestro corazón a adorar ha de ser determinado por Dios, y el objetivo de la adoración también ha de ser determinado y regulado por Dios, siendo revelado en las Escrituras.
No hemos de fabricar la adoración a partir de cualquier premisa que queramos. Nuestra motivación para adorar no puede ser egocéntrica o por ganancia personal, ni tampoco debemos esperar lograr nada en adoración que no sea darle la gloria a Dios.
Pero Dios les enseñó a los hombres estas cosas sobre la adoración desde el principio de los tiempos. Recuerden la primera aparición de la adoración desde la caída en los eventos de Génesis capítulo cuatro, los hijos de Adán: Caín y Abel.
Acuérdense de que Abel ofrece un sacrificio, un sacrificio de sangre, en su adoración y Caín ofrece una ofrenda vegetal. Dios rechaza la adoración de Caín porque Caín no imitó el acto de Dios de cubrir el pecado por medio del derramamiento de sangre del animal.
Como puede ver, los hechos de Dios son reveladores de la voluntad de Dios de la misma forma que las palabras de Dios son reveladoras de su voluntad.
Y así es como Dios le ha dado al hombre tanto el día de reposo como el servicio sacrificial de la adoración. No por medio de un mandamiento de palabra, sino a través de un hecho que le incumbe al hombre; el hombre tiene la responsabilidad de imitar a Dios porque somos la imagen de Dios, y lo que Dios hace es lo que nosotros debemos hacer.
Hemos, pues, de imitar a Dios, por lo que nuestra obligación para con Él es mucho más profunda que simplemente obedecer un mandamiento; es la obligación de ser como Dios y hacer lo que Dios hace, y cuando Dios responde ante el pecado mediante el acto de este sacrificio de sangre, lo hace para enseñarles a Adán y a sus hijos la manera en que deben responder a ello: cuando acudan ante mí no lo hagan cubiertos con sus propias hojas de higuera, sino cubiertos con mi provisión para ustedes.
Abel lo entendió, y creyó a Dios. Su fe respondió obedientemente a la revelación de Dios. Caín no respondió a esa revelación en fe u obediencia, por lo que su adoración no fue aceptable. Y Caín mismo como adorador tampoco fue aceptado, porque su actitud al adorar fue totalmente egocéntrica.
Su corazón no estaba bien y su adoración tampoco, y por eso Dios lo llama al arrepentimiento. Pero él no se arrepintió, sino que tuvo celos de su hermano y celos de que la adoración de su hermano fuera aceptable, y por eso se levantó y asesinó a Abel; con lo cual, el primer asesinato y el primer conflicto fue una guerra religiosa, un conflicto religioso.
En Éxodo, capítulo veinte, de nuevo el segundo mandamiento es de suma importancia para estos asuntos de la adoración. Éxodo, capítulo veinte, leyendo desde el versículo tres:
“No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos”.
Aquí se nos dice que no se nos permite adorar a Dios según nuestra propia imaginación, sino que debemos hacerlo en obediencia a las palabras que fueron reveladas a través de Moisés.
El segundo mandamiento nos enseña que Dios se toma muy en serio su adoración. Dios es celoso de su adoración porque la manera en que adoramos determina la manera en que los hombres lo percibimos y lo entendemos, y Él no quiere que le representemos mal entre los hombres. Él es celoso de su reputación y de la integridad de su nombre, y de la manera en que es visto entre los hombres.
Por tanto, nos hace una advertencia en conjunción con este mandamiento relativo a la adoración: no deben adorar de una manera imaginaria y centrada en el hombre, sino que han de hacerlo de una manera bíblicamente regulada, acorde con la Palabra de Dios.
Los israelitas, en Éxodo capítulo veintidós, desobedecieron claramente este mandamiento cuando se hicieron el becerro de oro. ¿Cuál fue el problema?
Bien, en el versículo ocho de Éxodo treinta y dos, Dios le dice a Moisés: “Pronto se han apartado del camino que yo les mandé; se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y le han ofrecido sacrificios, y han dicho: Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto”.
¿Cuál fue el problema? Se apartaron del camino que yo les mandé, y se hicieron esta imagen, y la llamaron el Dios de Israel. Pero la adoraron de una forma que violaba los mandamientos reguladores de Dios, quebrantando el segundo mandamiento.
Más tarde, en Levítico capítulo diez, aprendemos de Nadab y Abiú, los hijos de Aarón, en el versículo uno, los cuales tomaron sus respectivos incensarios y, tras encenderlos, pusieron en ellos incienso y ofrecieron un fuego extraño ante el Señor, cosa que Él no les había ordenado hacer. Y descendió fuego de la presencia del Señor y los consumió, y murieron delante del Señor. Entonces Moisés le dijo a Aarón: “Esto es lo que habló Jehová, diciendo: En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado”. Por tanto, Aarón guardó silencio.
La Biblia interlineal hebrea traduce “extraño” en “fuego extraño” con la palabra “desautorizado”; fuego desautorizado. La Septuaginta usa la palabra griega que significa fuego ajeno, una palabra que significa algo que no te pertenece a ti, sino a otra persona. También podría significar fuego enemigo.
En hebreo, la raíz de este término conlleva la idea de una barrera, la idea de una frontera. En otras palabras, ellos produjeron fuego que estaba fuera de los límites, estaba fuera de las barreras que Dios había establecido en sus mandamientos; no había autorización, era extraño, ajeno, no le pertenecía al Señor.
Lo que hicieron es que trajeron fuego de fuera del complejo del templo, y pensaron: “Fuego es fuego, y cualquiera vale”. Pero procedía del otro lado de la frontera, estaba desautorizado, y Dios dice que no guardaba lo que Él había ordenado. Yo seré honrado, pues soy celoso de mi adoración. Ustedes juegan con fuego delante de mí, quieren su propio fuego, pues yo les daré fuego. Y fuego descendió y los consumió.
Aarón acababa de perder a sus dos hijos, pero no argumentó nada, sino que guardó silencio al comprender que Dios era absolutamente santo al vindicar su nombre. Porque sus dos hijos fueron descuidados en la presencia de un Dios santo y decidieron que podían ofrecer su propia adoración y poner en tela de juicio los mandamientos de Dios y hacer lo que era conveniente para ellos. En lugar de seguir las órdenes y permanecer dentro de los límites establecidos, lo trajeron del exterior.
Acuérdense en Números, capítulo dieciséis, de la rebelión de Coré, un levita que se reveló contra Moisés. Deseaba ser sacerdote junto con otros más, pero Dios dijo no, que sólo los hijos de Aarón, sólo los descendientes de Aarón serían aceptados en el lugar santo del tabernáculo para ofrecer sacrificios aceptables. Pero Coré quería ascender por sí mismo y quería cambiar la adoración de Dios.
Dios había señalado a hombres específicos para ofrecer sacrificios. Coré dijo: no, yo no quiero acatar los designios de Dios; yo creo que hay otros principios que se deberían tener en cuenta. Nosotros somos tan buenos como tú, Moisés, somos tan buenos como los hijos de Aarón. Tú te crees que eres mejor que el resto, pero aquí todos somos iguales, y deberíamos tener también el privilegio del sacerdocio.
Bueno, pues Moisés, en el versículo cinco de Números dieciséis, les da una prueba que consistía en lo siguiente: “Mañana mostrará Jehová quién es suyo, y quién es santo, y hará que se acerque a Él; al que él escogiere, él lo acercará a sí”.
Coré, tú puedes seguir hablando de ser iguales, y dar a conocer tu voto y hacerlo popular, pero esas no son las bases sobre las cuales los hombres han de acercarse a Dios. Él es quien debe acercar a los hombres a Él, Él debe escoger a los que se acercarán a Él; por tanto, esto es lo que haremos.
Saquen sus incensarios, y póstrense ante el Señor y veremos a quién escogerá el Señor. Y saben, Él no escogió a Coré; de hecho, lo destruyó a él y a todos los que se habían asociado con él. Y doscientos cincuenta hombres fueron destruidos porque ellos, al igual que Nadab y Abiú, vinieron y ofrecieron de nuevo un fuego extraño. Y Dios era muy celoso de su reputación entre el pueblo de Dios cuando comenzaron a quejarse.
La gente se quejó, pues no veían justo lo ocurrido, no creían que estaba bien, y Dios envió una plaga a la nación de Israel, y catorce mil setecientos hombres murieron hasta que Aarón corrió apresurada y rápidamente para hacer expiación por los pecados de la nación y aplacar así la ira de Dios, ya que Dios debía ser honrado.
Él es un Dios santo y celoso, y debemos acercarnos a Él según su mandamiento y ofrecer el sacrificio que Él ha escogido, el cual es aceptable, y no el más popular, no el que está de acuerdo con el principio democrático de la igualdad.
Podemos ver claramente esta declaración en Deuteronomio: Deuteronomio capítulo doce y versículo treinta y dos. Leemos, no obstante, desde el versículo veintinueve para entrar en contexto:
“Cuando Jehová tu Dios haya destruido delante de ti las naciones adonde tú vas para poseerlas, y las heredes, y habites en su tierra, guárdate que no tropieces yendo en pos de ellas, después que sean destruidas delante de ti; no preguntes acerca de sus dioses, diciendo: De la manera que servían aquellas naciones a sus dioses, yo también les serviré. No harás así a Jehová tu Dios; porque toda cosa abominable que Jehová aborrece, hicieron ellos a sus dioses; pues aún a sus hijos y a sus hijas quemaban en el fuego a sus dioses. Cuidarás de hacer solo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás”.
Del versículo veintinueve al treinta y uno, el Señor le dice a su pueblo: yo no quiero que se fijen en la forma en que los paganos adoran a su dioses, ni se fijen en su métodos y en su prácticas y luego implementen sus métodos y prácticas y las traigan cuando adoren al Dios verdadero.
No adoren al Dios verdadero como los paganos adoran a sus dioses. No pregunten cuál es la forma en que ellos adoran a sus dioses, pues no han de aprender a comportarse en la presencia del Dios verdadero de la forma en que los paganos se comportan en la presencia de sus falsos dioses.
Y el versículo treinta y dos declara el principio regulador: sólo deben hacer lo que Dios les ordena hacer en su presencia, nada más ni nada menos, y ninguna otra cosa, ninguna otra cosa más ni menos, y nada más. No es el lugar apropiado para dejar volar su imaginación e innovar y crear, y para que se vean a ustedes mismos adorando y diciéndoles a otras personas: miren cómo adoro, ¿acaso no soy un buen adorador?
No; se trata sólo de Dios, y su atención debe estar fijada en Dios. Y lo que Dios les manda hacer serán esas cosas que son transparentes ante su presencia, y no una actuación.
David tuvo que aprender el principio regulador cuando devolvió al arca a Jerusalén.
Vamos a Segunda de Samuel, en el capítulo seis, leyendo desde el versículo seis al ocho, cuando se disponía a devolver el arca de Dios y Uza la llevaba junto a los hijos de Abinadab:
“Cuando llegaron a la era de Nacón, Uza extendió su mano al arca de Dios, y la sostuvo; porque los bueyes tropezaban. Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió allí Dios por aquella temeridad, y cayó allí muerto junto al arca de Dios. Y se entristeció David por haber herido Jehová a Uza, y fue llamado aquel lugar Pérez-uza, hasta hoy”.
Este era un evento alegre, y todos estaban siendo sinceros en su tarea de llevar el arca, y seguro que Uza actuó con toda la buena intención del mundo. ¿Se imaginan que se cayera el arca al suelo y al barro y se ensuciara?
Pero quizá hubiera sido mejor que el arca se ensuciara que la mano de Uza tocara el arca, porque Uza no estaba autorizado. Uza no tenía autorización ni siquiera para tocar el arca, y en el momento en que se desobedeció la ley de Dios y se violó la santidad de Dios, Él intervino de inmediato. Dios responde inmediatamente en la integridad de su santidad, y el pecador fue consumido al instante.
David tenía que aprender un lección con relación a la reverencia a Dios, y la lección que aprendió se nos da en Primera de Crónicas. En el libro de Primera de Crónicas, capítulo dieciséis, de nuevo encontramos este mismo acontecimiento en el que Uza es consumido por la santidad de Dios por tocar el arca.
Leemos en Primera de Crónicas quince, versículo once: “Y llamó David a los sacerdotes Sadoc y Abiatar, y a los levitas Uriel, Asaías, Joel, Semanas, Eliel y Aminadab, y les dijo: Vosotros que sois los principales padres de las familias de los levitas, santificaos, vosotros y vuestros hermanos, y pasad el arca de Jehová Dios de Israel al lugar que le he preparado”.
Esta es la lección que aprendió: “Pues por no haberlo hecho así vosotros la primera vez, Jehová nuestro Dios nos quebrantó, por cuanto no le buscamos según su ordenanza. Así los sacerdotes y los levitas se santificaron para traer el arca de Jehová Dios de Israel. Y los hijos de los levitas trajeron el arca de Dios puesta sobre sus hombros en las barras, como lo había mandado Moisés, conforme a la palabra de Jehová”.
David aprendió una lección. ¿Cuál fue esa lección? Cuando intentamos llevar el arca antes con Uza, el hijo de Abinadab, que no era un levita, estábamos haciendo lo que era conveniente para nosotros; estábamos obrando con sinceridad, pero descubrimos, por el arrebato de Dios contra nosotros, que no estábamos guardando su ordenanza.
No era acorde, ya que Moisés había ordenado que obedeciéramos la Palabra de Dios. Fue una violación del mandamiento de Dios, una violación del principio regulador.
El rey Uzías, más adelante, en Segunda de Crónicas veintiséis, seguro que ustedes se acordarán, quiso cambiar la adoración prescrita por Dios.
Él pensaba que estaría autorizado para hacerlo, pues, al fin y al cabo, era el rey, y si había alguien autorizado para hacer lo que quisiera, ese era el rey. Así que decidió que quería quemar incienso en el templo, aunque él no era sacerdote. ¿Por qué?
Leemos en el versículo dieciséis de Segunda de Crónicas veintiséis que su corazón era tan orgulloso que actuó de manera corrupta y no le fue fiel al Señor su Dios. Él quería obtener más adoración. Mírenme, no sólo soy rey, sino también un sacerdote, y puedo hacer lo que me plazca, incluso en la presencia de Dios. Y su arrogancia lo llevó a traspasar las fronteras establecidas por Dios para la adoración.
Los sacerdotes acudieron al templo, y le pillaron in fraganti; advirtieron al rey de que no estaba autorizado para hacer eso. Sin embargo, el rey arrogantemente hizo caso omiso e hizo lo que quiso en la presencia de Dios, y Dios inmediatamente lo castigó nuevamente, y mientras ofrecía su ofrenda, sus manos se volvieron blancas como la nieve a causa de la lepra.
Y ustedes saben lo que debía hacer un leproso: ser apartado. Un leproso nunca podría ser admitido en el lugar santo, ya que debía pasar el resto de su vida en una casa recluido, y nunca más sería admitido en la presencia de Dios en el complejo del templo. ¿Por qué? Porque actuó con orgullo y violó los límites establecidos de la adoración a Dios.
En Mateo, capítulo quince, Jesús acusa a los fariseos de este mismo pecado: violar el principio regulador. En Mateo quince había estado enseñando sobre el quinto mandamiento, honra a tu padre y a tu madre, pero criticó duramente a los fariseos en el versículo cinco:
“Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquellos con que pudiera ayudarte, ya no ha de honrar a su padre o a su madre. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición. Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí, pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres”.
La religión de los fariseos atribuía más valor a su propia tradición creada por los hombres que a la Palabra de Dios, y por eso Jesús cita Isaías veintinueve dieciocho y les dice: miren, su religión es algo vacío, y es vana porque están más preocupados por hacer las cosas según los hombres que de ser obedientes a Dios.
Temen más al hombre y se preocupan más de ser vistos por los hombres que de temer a Dios, y su adoración está diseñada para honrarlos a ustedes mismos en lugar de honrar a Dios. Mientras adoran, están concentrados en ustedes mismos, les encanta ocupar los lugares más prominentes y les encanta usar palabras muy adornadas y términos que nadie usa; oh, qué hombre tan religioso.
Les encanta estar en las esquinas de las calles y alardear de su religión, y mientras tanto roban a las viudas y su corazón está lleno de celos, de avaricia, de lujuria y de asesinato. En vano usan el nombre de Dios con sus labios cuando lo cierto es que su corazón está lejos de Él. No siguen la Palabra de Dios, y se felicitan por su adoración.
Se están promoviendo en estas tradiciones y ritos que han hecho, fomentado y fabricado humanamente, los cuales están diseñados para hacerlos sentir bien cuando se miran. Dios dice que esto no le agrada, que es una adoración vacía y vana.
Cuando Jesús habla con la mujer en el pozo, en Juan capítulo cuatro, le enseña, si recuerdan, que Dios es espíritu y que los que le adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad, y que esa es la adoración que Dios busca. Él rechaza la adoración de los samaritanos en el monte Gerizim.
Él había venido y cumplido los tipos y los cuadros de la adoración aceptable que se daba en Jerusalén, llevando así esos tipos y cuadros a su plena expresión en su propia adoración a Dios llevada a cabo en el Calvario. ¿Ha pensado alguna vez que la cruz fue un acto de adoración?
La muerte de Jesús en la cruz fue un acto de adoración, la plena expresión de la adoración sacrificial; y ahora, en el nuevo pacto, es esa adoración en la que hemos de entrar.
Entramos en la adoración de Cristo en la cruz cuando acudimos a la presencia de Dios por la fe en el Cordero, esa provisión que nos fue dada en Jesucristo. Y acudimos llenos del Espíritu como hijos reales de Dios, como un sacerdocio santo cuyos sacrificios son de naturaleza espiritual en obediencia a la Palabra de Dios según la provisión que Dios nos ha dado en Jesucristo.
Todo este asunto tiene su enfoque en el vocabulario que el apóstol Pablo usa en Colosenses capítulo dos y versículo veintitrés; en Colosenses capítulo dos y versículo veintitrés, Pablo advierte contra las influencias del paganismo en nuestra adoración.
Nos advierte contra el ascetismo y sus reglas hechas por hombres, que maltratan el cuerpo y tienen una visión distorsionada de Dios como creador y nuestra como portadores de su imagen creados a su semejanza.
El versículo dieciocho nos dice que el orgullo está tras estas formas de adoración autocreadas e infladas sin causa en sus mentes carnales, y tal religión, nos dice en el versículo diecinueve, está desconectada de la cabeza que es Cristo. Y en el versículo veintitrés nos dice que esta religión y este ascetismo autocreados, esta religiosidad pagana no hace nada para batallar contra la indulgencia carnal.
Leemos en el versículo veintitrés: “Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne”.
Y, hermanos, en todo el mundo esta forma de religión es la que domina. Podemos ver a gente flagelándose la espalda, gente aporreándose la frente y la sangre corriendo por sus rostros debido al duro trato que le dan al cuerpo.
Podemos ver el trabajo mecánico y repetitivo del rosario a base de frases huecas lanzadas al viento absurdamente. Pueden ver los peregrinajes, lo que la gente da de forma sacrificial, gente que no tiene un corazón dispuesto para las cosas de Dios, sino que simplemente es una señal externa de una depravación autoascética del cuerpo.
Pablo dice: miren esto, esa religión no sirve para nada, está desconectada de la cabeza y no tiene beneficio alguno, no hace ningún bien. Y la palabra clave que hemos de considerar es la palabra traducida como “culto voluntario” en el versículo veintitrés.
El griego combina la palabra “voluntad” y la palabra “religión”, una actividad religiosa que está determinada por la voluntad del hombre, y no por la voluntad de Dios. Los puritanos lo llamaron adoración al gusto; y es interesante, hay sabiduría aquí, siendo la adoración de cualquier cosa que uno quiera.
Es la adoración de la propia voluntad del individuo. Adoración al gusto, hacer un dios de cualquier cosa que el hombre quiera en lugar de darle a Dios lo que Él quiere. Es la adoración de los deseos de uno mismo, ¿y con qué frecuencia oímos esto como el argumento de las novedades y las innovaciones que se hacen en la adoración hoy día?
Se debe a que eso es lo que la gente quiere. Eso es lo que gente quiere. Usted adora lo que quieren los demás; esto es adoración al gusto, adoración creada por el hombre.
Hermanos, como dije la pasada noche, esto es una forma de tiranía impuesta sobre el verdadero pueblo de Dios. Es una forma de tiranía, una imposición sobre el verdadero pueblo de Dios.
Me he contristado en ocasiones al estar en servicios de adoración donde la música y todo lo que ocurría estaba muy distante y desconectado de los santos más ancianos que estaban en el servicio, sobre los que estaban imponiendo tales formas. Y sus almas… les he visto ahí de pie, sin poder cantar, sin poder participar por ser algo tan ajeno a ellos, pero estaban obligados.
Y se les ha dejado atrás porque lo que impera y a lo que se sirve es a la voluntad de la generación más joven, y de esa forma la generación más anciana es ignorada, y eso es una forma de tiranía sobre ellos, una imposición.
Eso no es amor, no es ser considerado, y me entristece. Derek Thomas dice: “Si tenemos la libertad de adorar a Dios colectivamente de formas diferentes a las que Él ha revelado, estamos destinados a la tiranía y a la esclavitud, ya que estaremos a merced del gusto personal de alguien y de la nueva forma que alguien acaba de descubrir”.
William Cunningham comenta: “Ni en materia de fe ni de adoración la iglesia tiene ninguna autoridad por encima o distinta de lo que está escrito en la Biblia, ni tampoco tiene el derecho de decretar o imponer nuevas prácticas o instituciones en el apartado de la adoración bíblica más que el derecho que tiene de enseñar nuevas verdades en el apartado de fe bíblica”.
No tenemos más derecho a empezar a enseñar nuevas doctrinas diferentes del que tenemos a inventar una nueva adoración hecha por los hombres. Nuestra enseñanza y nuestra adoración deben estar reguladas por la Palabra de Dios.
Irónicamente, a quienes apoyamos el principio regulador a veces se nos tacha de legalistas porque no le damos al hombre la libertad de ser innovador en su adoración. Pero quiero decirles, amigos míos, que es la innovación lo que es legalismo, dictados hechos por el hombre que esclavizan la libertad de la conciencia y fuerzan al pueblo de Dios a presentar a Dios una forma de adoración que Él no les ha dado la libertad de llevar a cabo.
Cristo ha liberado nuestra conciencia para que sea instruida por las Escrituras. Y en esto creemos, nuestra conciencia está atada a las Escrituras y no podemos hacer otra cosa, para parafrasear a Lutero.
Derek Thomas de nuevo dice: “Mantener una buena conciencia ante Dios significa adaptarse a la normativa de Dios que Dios ha establecido, y sólo a esa ley. La alternativa es tiranía. La alternativa es tiranía”.
Y Pablo nos advierte de no incorporar las doctrinas o prácticas que han sido inventadas por los hombres y que no han sido reveladas por Dios. Las prácticas a menudo se toman de las actividades de falsas religiones, así que asegúrense de que sus prácticas religiosas están autorizadas por Dios y no influenciadas por la adoración al gusto, o la adoración creada por el hombre.
En Malaquías capítulo uno, al final de nuestro Antiguo Testamento, Dios nos hace una pregunta, en Malaquías capítulo uno versículo seis: “El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? Dice Jehová de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre. Y decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre?”.
Y continúa diciéndoles que están haciendo de la adoración a Dios algo diferente de lo que Él les ha dicho que fuera. En el versículo trece: “Habéis además dicho: ¡oh, qué fastidio es esto! y me despreciáis, dice Jehová de los ejércitos; y trajisteis lo hurtado, o cojo, o enfermo, y presentasteis ofrenda. ¿Aceptaré yo eso de vuestra mano?”.
Y esta es la misma pregunta que vimos la pasada noche en Isaías uno doce. ¿Debo recibir eso de su mano? ¿Quién les dijo que eso es lo que yo quería que trajeran? Ustedes dicen que mi adoración es muy aburrida, es fastidiosa, y la menosprecian. No nos gusta esta adoración, queremos algo más popular, algo que nos agrade más. Él dice: honran a su padre, ¿y no me honran a mí?
Respetan a su señor, ¿y no me respetan a mí? Cuando traen esta adoración que ustedes mismos han fabricado según las cosas que les convienen y las cosas que realmente no les cuestan mucho, ¿se supone que yo debo aceptarlo?
Imagínese que su padre le pide que le haga un sándwich, y le dice: “Quiero un sándwich de pollo con mostaza en pan de centeno, un sándwich de pollo con mostaza en pan de centeno. Por favor, hijo, hazme un sándwich”.
Usted va a la cocina, abre el mueble y ve la crema de cacahuate en la repisa. Pues bien, resulta que a usted le gusta más la crema de cacahuate que el pollo, y el pan blanco está abierto sobre la encimera.
No está seguro de dónde está el pan de centeno, y el pan blanco lo tiene ahí mismo, es lo más fácil. Así que toma el pan blanco, y unta algo de crema de cacahuate, y se come usted mismo un poco de crema de cacahuate porque le gusta mucho.
Y usted piensa: bueno, un sándwich es un sándwich, mi padre está hambriento y esto le calmará su apetito. Además, la crema de cacahuate es mi favorita. ¿Cree usted que su padre se agradará de su sándwich de crema de cacahuate? No.
Así que usted vuelve a la cocina y dice: de acuerdo, quiere un sándwich de pollo con mostaza en pan de centeno. Qué aburrido. Creo que debo poner unos pepinillos en este sándwich para que le dé algo más de sabor. Y además de la mostaza creo que le pondré también algo de mayonesa para mejorarlo.
Así que le voy a llevar un sándwich de pollo con mostaza en pan de centeno, pero voy a añadirle pepinillos y le voy a poner un poco de mayonesa encima también. Y le lleva el sándwich a su padre. ¿Le va a gustar el sándwich? No, eso no es lo que él ha pedido.
Él quiere que le dé un sándwich según el principio regulador, que le traiga lo que ha pedido, nada más, nada menos. Un sándwich de pollo con mostaza en pan de centeno, eso es lo que quiere.
Dios es un Dios celoso, y su nombre debe ser reverenciado. Por tanto, aquí está nuestro principio a la hora de acudir a su presencia según lo que Él ha ordenado, no según la fabricación de nuestros propios rituales, sino para darle adoración guardando sus ordenanzas; no siendo creativos, no siendo tiranos e imponiendo sobre otros rituales hechos por hombres y estrechando el hecho de ser sus hijos y su libertad para ser libres en su obediencia a Dios.
En una época donde lo novedoso, los trucos, el marketing, el entretenimiento, la política y toda clase de intereses han invadido la iglesia y se han adueñado de la atención y de las energías del pueblo de Dios, tenemos que alejarnos de la adoración al gusto creada por el hombre y hacernos la pregunta: ¿cómo quiere Dios que le adoremos?
Y en la siguiente hora, nuestro estudio final, intentaremos responder a esta pregunta con cuestiones más específicas, como qué debemos hacer en la presencia de Dios para ser obedientes a su Palabra. Que Dios nos conceda una adoración que glorifique su nombre. Amén.
Oremos: Padre, oramos que tú, por tu gracia y tu Espíritu, nos guíes a tu presencia, que en Cristo Jesús nos escojas para acercarnos a ti y que, en Cristo Jesús, por tu Espíritu y en obediencia a tu Palabra, podamos darte lo que deseas: adoración espiritual en espíritu y en verdad para la gloria de tu nombre, para la alabanza de Cristo Jesús. Amén.
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La provisión de Dios para la adoración
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Hermanos, inclinen su cabeza conmigo una vez más, para buscar la ayuda de Dios y que Él se revele a Sí mismo en esta noche, en el ministerio de Su palabra.
Glorioso Dios nuestro, Padre celestial, nos inclinamos ante ti en esta noche reconociendo que sólo Tú eres Dios. Confesamos que eres nuestro Creador, nuestro Hacedor, que somos las ovejas de tus pastos.
Te alabamos porque Te ha placido poner Tu amor sobre nosotros. Has derramado Tu gracia sobre nosotros al concedernos, por medio del espíritu, que estemos unidos a Jesucristo por la fe.
Oramos en el nombre de Jesucristo; Te pedimos que nos concedas Tu Espíritu en esta noche; que cumplas la promesa dada a todos los que estamos en el nuevo pacto, de ser enseñados por Dios, desde el menor hasta el mayor de nosotros.
Que en esta noche, al ministrar Tu palabra, haya comunicación de Tu espíritu con nuestros corazones, con nuestras conciencias, para instruirnos y guiarnos; para que podamos darte gloria y honra a ti. Nos encomendamos a ti sabiendo que somos siervos inútiles.
Confesamos que somos pecadores, y que si no fuera por Tu gracia, si no fuera porque te has revelado a nosotros por medio de Cristo Jesús, estaríamos adorando a dioses falsos.
Pero Tú nos has sacado de las tinieblas a la luz; Tú nos has unido a Jesucristo y, ahora, en Su rostro vemos Tu gloria. Glorifícate en medio de nosotros en esta noche, para alabanza de Cristo nuestro Salvador. Te lo rogamos, ¡Amén!
Anoche aprendimos que la adoración es la comunión espiritual con el propio Dios. La adoración es encontrarse con Dios, Quien viene y se acerca a Su pueblo reunido. La adoración está dirigida por Dios, y Le da alabanza y adoración.
Por medio de la adoración al verdadero Dios vivo, estaríamos obedeciendo el primero de los diez mandamientos: no tener ningún otro Dios delante de nosotros, más que Él, revelado en nuestro Señor y salvador Jesucristo.
Adoramos porque Él es el único supremo y digno. Hemos sido creados para adorar; hemos sido salvados para adorar; lo que Dios desea de nosotros es adoración ya que Él busca a aquellos que Le adoren en espíritu y en verdad.
Adoramos en cualquier lugar en el que nos reunimos, como discípulos de Jesucristo, para clamar a Su nombre. En el nuevo pacto ya no existe un trozo de territorio geográfico que identifiquemos como tierra santa. La presencia de Dios entre nosotros es lo que confiere a nuestra adoración un carácter santo.
En cualquier lugar que estemos con otros discípulos de Cristo y, juntos por fe clamemos al nombre de Cristo, allí Jesús se complace por medio de Su espíritu en reunirse con Sus discípulos. Su presencia con nosotros es lo que hace que ese lugar de reunión sea santo.
Adoramos en cualquier lugar sobre la tierra, pero adoramos en la presencia del Dios del cielo. Nuestras oraciones suben delante de Él y llegan ante Él para que en verdad adoremos en el cielo.
Adoramos en un día en particular como reunión corporativa de aquellos que han resucitado de los muertos; como aquellos que han nacido de lo alto; como aquellos que están vivos a Dios y que una vez estuvieron muertos en pecado y delitos, pero que ahora, por gracia, están unidos en el Cristo resucitado.
Estamos vivos a Dios, y somos el sacerdocio del nuevo pacto, formado por hijos e hijas reales de Dios nuestro Padre. En ese día glorioso de la resurrección, ese día de poder del Espíritu Santo, ese día que se en sitúa al principio de la eternidad, el primer día de la semana, dirigimos nuestra adoración hacia Dios.
Mientras vamos corriendo en esta carrera, orientamos nuestra vida hacia la meta del eterno reposo que se nos ha prometido. Nuestros ojos están fijos en Cristo. Atravesamos este desierto en busca de esa ciudad cuyo edificador y arquitecto es Dios, y proseguimos hacia adelante viviendo una vida marcada por el ritmo de la adoración.
Pasamos por pruebas, tenemos días fáciles y de prosperidad y también tiempos de dificultad, pero mantenemos el ritmo de la adoración. Caminamos con Dios en adoración corporativa, al reunirnos en Su presencia semana a semana, mes a mes, año a año, hasta que cruzamos la línea de meta.
Ahora bien, esta noche vamos a ver que la adoración no puede originarse dentro de nosotros. La adoración debe ser aquello que Dios nos revela. Él debe mostrarnos cómo tenemos que acercarnos a Él, y es Él quien tiene que proporcionarnos el camino que lleva a Su presencia.
Con esto en mente, mañana veremos con los hermanos en la conferencia de pastores qué ocurre una vez hemos sido admitidos en Su presencia, por Su provisión. ¿Qué es lo que debemos hacer? ¿De qué se compone esa actividad de la adoración? Lo primero que vamos a considerar en esta noche es que tenemos que adorar según la prerrogativa de Dios.
En realidad, queremos saber qué es lo que debemos hacer cuando venimos a la presencia de Dios. Somos admitidos ante el Rey de reyes y Señor de señores; allí es donde nos encontramos cuando nos reunimos y clamamos el nombre de Jesucristo. La iglesia, o el templo, se convierten en esa intersección, esa entrada a la presencia misma de Dios, y Él está entre nosotros.
¡Está bien! Dios nos está concediendo una audiencia. Ahora usted tiene que decidir el paso siguiente. ¿Qué le gustaría hacer? ¿Adónde le gustaría ir? Quizás podríamos realizar una encuesta para ver qué es lo que la mayoría de las personas desearían hacer
¿Es esta la pregunta correcta que deberíamos hacer? ¿Qué le gustaría hacer en la presencia de Dios? Me temo que esta pregunta es del todo incorrecta. La pregunta debe ser: ¿qué quiere Dios que hagamos? ¿Qué es lo que Dios quiere que nosotros hagamos?
En medio de toda esta confusión, de tantos análisis y debates acerca de la adoración, uno se levanta y dice:
“Yo quiero adorar a Dios de esta forma”,
“Yo quiero adorar a Dios de esta otra forma”, dice otro.
“Yo quiero este tipo de música; yo quiero este tipo de adoración; yo quiero poder hacer lo que quiero hacer”.
¿Pero quién pregunta: “¿qué es lo que Dios quiere que nosotros hagamos?”
Nuestro lugar de reunión es la presencia de Dios. Si apartamos nuestros ojos de Él para mirarnos unos a otros y decir: “Bueno, ¿qué te agrada a ti?” estaremos haciendo una pregunta absolutamente incorrecta.
Debemos mantener nuestros ojos fijos en Dios y decir: “Señor, ¿qué es lo que Te agrada a Ti? ¿qué es lo que Te complace a ti, Señor?” En Isaías, capítulo uno y versículo doce, el Señor hace una pregunta muy interesante:
“Cuando venís a presentaros delante de mí, ¿quién demanda esto de vosotros, de que pisoteéis mis atrios?”
En el texto original, la pregunta se podría parafrasear de la siguiente manera: “¿quién os dijo que pusierais esto en vuestra mano cuando venís a mi presencia?; ¿qué es lo que traéis en las manos cuando entráis a mis atrios, al venir delante de Mí?; ¿quién os dijo que esto es lo que yo quiero que me traigáis?”
Como veis, somos incapaces de inventar la adoración que honra a Dios. En ningún sitio de la Biblia se nos ordena que inventemos nuestra propia adoración. ¡Vamos a crearla nosotros mismos! ¡Vamos a elaborar una adoración! ¡Inventemos la adoración! En ningún momento se nos dice esto.
Dios debe decirnos cómo tenemos que adorarle. “Cuando aparecéis delante de Mí, ¿qué es lo que traéis en la mano?; ¿quién os dijo que eso es lo que yo quiero que hagáis?; ¿por qué hacéis esto delante de Mí?; ¿quién os dijo que esto me honraría?” Este es el tipo de pregunta que Dios hace en Isaías capítulo uno, versículo doce.
Pero tenemos que retroceder por un momento, y comprender que Dios es el único que decide cómo hay que adorar a Dios, y es por Su propia naturaleza en sí por lo que Dios decide cómo debe ser adorado. Dios es Dios.
Él es trascendente; Él es santo; Él mora en una luz inaccesible, que trasciende más allá de Su creación; Él supera nuestra capacidad de abarcarle mentalmente. Él es infinito y es exaltado por encima de todo.
¿Cómo podríamos saber qué hacer delante de Él para complacerle, a menos que Él nos lo revele, a menos que Él nos muestre lo que es una adoración aceptable? Y esa adoración que debemos aprender tiene que ceñirse a la propia naturaleza de Dios, que es Su trascendente santidad.
En Deuteronomio capítulo cuatro Dios establece la adoración de Su antiguo pacto; en Deuteronomio cuatro, desde el versículo quince hasta el versículo diecinueve leemos: “Así que guardaos bien”, esto en lo referente a nuestro acercamiento a Dios,
“Así que guardaos bien el día en que el Señor os habló en Horeb de en medio del fuego no sea que os corrompáis y hagáis para vosotros una imagen tallada semejante a cualquier figura: semejanza de varón o hembra, semejanza de cualquier animal que está en la tierra, semejanza de cualquier ave que vuela en el cielo”.
Moisés le recuerda al pueblo que en el Monte Sinaí no se reveló ninguna figura. Dios era invisible ante los ojos de ellos; por consiguiente, no debían hacer comparaciones con nada de lo que existiera en el mundo material visible. Se Le oía y, por medio de Sus palabras, Él se dio a conocer. De este modo, en Deuteronomio cinco, desde el versículo ocho hasta el diez, el segundo mandamiento contesta la pregunta de cómo hay que adorar a este Dios.
“No te harás ídolo, ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No los adorarás ni los servirás; porque yo, el Señor tu Dios, soy Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y muestro misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.”
¿Cómo deberíamos adorar a Dios? Pues bien, la respuesta es: “no te harás imágenes”. No te hagas imágenes de nada de lo que hay en la creación, nada que recree las cosas pertenecientes al orden creado y que se haya hecho por medio de la creatividad de las manos humanas. No hagas ninguna imagen que proceda de la creatividad de tu mente.
¡Con cuánta frecuencia nos hemos encontrado con personas que, al oírnos describir al Dios de la Biblia, nos contestan: “No creo que Dios sea así”. No debemos imaginar a Dios bajo ningún aspecto. No hay nada como Él. Quizás lo más parecido a Él somos nosotros, porque somos creados a Su imagen. Por ese motivo, hemos sido creados para adorarle porque sólo nosotros hemos sido hechos de una forma que corresponde a la naturaleza de Dios.
¿Cuál es la naturaleza de Dios? Juan capítulo cuatro, versículo veinticuatro:
“Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y verdad”.
¿Cómo debemos adorar? Debemos ceñirnos a la naturaleza de Dios y adaptarnos al Dios que es espíritu. Esto quiere decir que no debemos utilizar ningún material creado para fabricar una imagen.
No debemos hacer uso de nuestra imaginación para encajar en ella a Dios. La imaginación se halla dentro de la esfera de nuestro pensamiento y de nuestra actividad y, por consiguientes, son algo creado por nosotros mismos.
En Hechos diecisiete, versículo veintinueve, cuando el apóstol Pablo habla a los filósofos, en el Monte de Marte en Atenas, les dice: “no debemos pensar que la naturaleza divina sea semejante a oro, plata o piedra, esculpidos por el arte y el pensamiento humano”.
La naturaleza divina no se va a formar por la creatividad del hombre, o por la imaginación y pensamientos de éste. La adoración aceptable no puede originarse en nosotros. Debe ser aquella que se corresponda con Dios, y que está determinada por Su prerrogativa.
Las personas con las que Pablo está hablado llevan a cabo una adoración idólatra. Están adorando la imaginación de sus propios pensamientos y el arte de sus propias manos. La adoración que realizan les está enseñando mentiras porque ella es la que determina nuestro pensamiento acerca de Dios.
Por este motivo, el segundo mandamiento tiene una enorme importancia para nuestros hijos: “No te harás falsas imágenes”. Soy un Dios celoso; si pecáis contra mí de la manera en que lo hacéis, seréis visitados del mal hasta la tercera y cuarta generación. Vuestros hijos se ceñirán a la manera en la que vosotros adoráis, y de ahí sacarán su forma de pensar acerca de Dios.
Si vuestra adoración no es según la naturaleza divina, si no se adapta al Dios que es espíritu, entonces vuestra adoración es idólatra. Es una adoración imaginativa que influenciará a vuestros hijos haciendo que piensen que Dios es algo que, en realidad, no es; vuestra adoración es instructiva con respecto a la propia naturaleza de quién es Dios.
Veréis, existen dos formas de cometer idolatría. Podemos quebrantar el primer mandamiento y tener un dios totalmente distinto al Dios vivo y verdadero. La otra manera de ser idólatras es cuando transgredimos el segundo mandamiento pensando que estamos adorando al verdadero Dios, pero lo estamos haciendo de una forma incorrecta que no Le representa adecuadamente.
Damos una falsa impresión de Dios mediante una adoración idólatra que no se ciñe a la Biblia. Es la adoración que pone nuestra confianza y nuestra certidumbre en la creación de nuestras manos o en la imaginación de nuestra mente.
No podemos inventar la adoración. Ésta debe ceñirse al propio ser de Dios. Esto significa que la revelación de Dios es la que debe determinar cómo debemos adorarle. Dios nos revela la forma en la que debemos hacerlo. La adoración no se origina en nuestra imaginación, ni en nuestra creatividad.
Cuando me gradué en el seminario, en mil novecientos ochenta y dos, mi impresión particular como graduado de un destacado seminario evangélico era que el mayor enemigo del pueblo de Dios, a la hora de adorar, era el aburrimiento.
Se suponía que esto era lo que yo debía hacer por todos los medios: asegurarme de que las personas no se aburrieran. ¿Y usted qué tiene que hacer? Bueno, esto significa que usted tiene que ser creativo, que tiene que aportar nuevas fórmulas a la hora de dirigir la adoración.
Al salir del seminario, yo pensaba que esa adoración debía ser el escenario y el teatro para la innovación y la creatividad del hombre, porque lo único que uno deseaba evitar era que las personas se aburrieran. Había que mantener su interés. Y esta manera de pensar no hace más que abrir la puerta a todo tipo de novedades, todo tipo de trucos, de entretenimientos, de cosas centradas en el hombre.
Todo esto hace que nos pongamos delante de Dios, sin poner nuestros ojos en Él. Entonces nos miramos unos a otros y decimos: “¿qué puedo hacer para que no te aburras?” ¡Pero estamos en la presencia de Dios! ¿Eso te aburre? ¿Cómo puede aburrirnos el estar en la presencia de Dios?
¡Si te aburres en la presencia de Dios es que no Le estás prestando atención porque Él es el ser más magníficamente interesante que existe! Él nos ha revelado cómo debemos adorarle. Nosotros, como criaturas, no somos infinitos.
Por lo tanto, no podemos, con nuestras limitaciones, proyectar a Dios desde nuestro interior e imaginarle según nuestra propia imagen. Sobre todo, al ser pecadores no podemos fabricar la adoración porque nuestro pecado nos ha separado de Dios.
Nuestro pecado nos ha cegado y no podemos ver Quién es Dios. A menos que Dios se revele a Sí mismo a nosotros, la imagen que tenemos de Dios nos dirigirá a adorar a un ídolo. Y este es el problema del hombre; este es el pecado central del hombre.
Cuando analicemos la cultura, cuando investiguemos las preocupaciones de nuestros amigos que no son convertidos, cuando estudiemos nuestra propia susceptibilidad al pecado, vayamos a lo más profundo, a la raíz, y hagamos la pregunta: “¿qué dios me está incitando a este pecado? ¿En qué soy susceptible a la idolatría?
Mire la condena del apóstol a la humanidad en Romanos capítulo uno, desde el versículo dieciocho:
“Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad; porque lo que se conoce acerca de Dios es evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente.
Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa.
Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido.
Profesando ser sabios, se volvieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.
Por consiguiente, Dios los entregó a la impureza en la lujuria de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos; porque cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, quien es bendito por los siglos. Amén.”
Ahora bien, lo que Pablo nos está diciendo es que, en un sentido, todos los hombres han recibido revelación de Dios para obligarles a adorar. Han recibido la revelación de Dios por medio de la creación, y la han recibido como portadores de Su imagen que poseen una conciencia.
Tenemos un sentido de lo que es correcto y de lo que es incorrecto pero, al haber caído en nuestro pecado, nuestra conciencia está rota. Lo que queramos hacer, mientras estemos en nuestro pecado y sin la revelación salvadora de Dios, nos desviará y nos conducirá a adorar a ídolos.
Por este motivo Pablo estaba tan ansioso de ir a Roma y predicar el evangelio, porque lejos de la revelación salvadora de Dios a los hombres, el resultado era vagar lejos de Dios y adorar a sus ídolos. Lo que un ídolo hace es darnos permiso para consentir el pecado, y nos promete que no seremos castigados por ello.
Pero eso es mentira. Es la mentira que dice que usted puede pecar sin ser castigado; que usted puede romper la ley de Dios; que Dios no es justo; que Dios no es bueno; que no se preocupa por usted. ¡Eso no es verdad!
Pero los hombres se fabricarán ídolos. Los hombres adorarán la idea de que Dios no les va a juzgar. Esta es la idea subyacente en el ateísmo. El problema del ateo no es la existencia de Dios, sino que sabe que si Dios existe entonces él tiene un montón de problemas.
En vez de confesar que tiene un problema se limita a decir: “¡no hay Dios!” que equivale a decir “¡no me vas a juzgar!” Lea el Salmo diez; lea el Salmo catorce; este es el pensamiento ateo. El necio dice: “no hay Dios”, pero en realidad está diciendo: “Dios no tiene derecho a juzgarme”. ¡Esto es mentira!
De forma que, para evitar el juicio, el hombre adorará cualquier cosa porque esto le otorga permiso a su conciencia para seguir adelante y le consiente su pecado favorito. Pero cuando Dios viene en gracia revela el vacío, la futilidad, la vanidad, y las mentiras de la idolatría.
Y cuando la gracia de Dios irrumpe y recae sobre los hombres, éstos llegan a entender que han estado ocultando la verdad y han favorecido el pecado, en aras de su injusticia. Entonces Dios viene y trata con ellos, en su pecado, por gracia. La verdad de Dios, Quien es el creador ahora revelado a nosotros como redentor, se convierte en el verdadero objeto de nuestra adoración revelada en Jesucristo.
De este modo, la adoración es una respuesta a la revelación de Dios. Es algo a lo que estamos obligados porque todos hemos recibido la revelación de Dios el Creador.
Él es el juez que ha grabado Su imagen sobre nosotros porque tenemos una conciencia y juzgamos constantemente. Todo lo que hacemos está basado en nuestra conciencia. Nuestras discusiones políticas: “Me gusta, no me gusta. Estoy de acuerdo con esto. Creo que no es correcto. Esto es terrible. Creo que es fantástico.”
¿Qué es esto? Es la conciencia. Conocemos a una persona y la juzgamos. ¡Ahora mismo me estáis juzgando! Quizás no os guste mi corbata. Podéis pensar que tengo mal gusto. Pero estáis juzgando.
¿Por qué hacéis esto? Mi perro no me hace esto. ¿Por qué lo hacéis? Porque estáis creados a imagen de Dios. Tenéis una revelación de Dios, pero necesitáis (el hombre necesita) la revelación de Dios.
Dios se revela a Sí mismo y, para recibir adoración de Su pueblo, Él toma la iniciativa y otorga la revelación de Sí mismo. Él actúa y Su pueblo responde. Él habla y Su pueblo contesta y Le escucha. Él viene a nosotros en gracia y se revela a Sí mismo en amor, y nosotros respondemos en fe y obediencia.
Hebreos capítulo once y versículo seis: “Y sin fe es imposible agradar a Dios porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que El existe, y que es remunerador de los que le buscan.” Venimos al Dios que es realmente, y venimos por fe.
La fe tiene un objeto: lo que ha sido revelado por Dios. La revelación de Dios en Su actividad; la revelación de Dios en Su palabra; el Dios “que es”.
Le respondemos por fe, y él dice: “aquellos que me buscan por fe, me hallarán. Es imposible encontrarme a menos que se responda a mi revelación”.
Se trata de responder al descubrimiento de Dios por medio de Su actividad y por medio de Sus palabras. Esto quiere decir que la iglesia no tiene autoridad para elaborar su propia adoración.
Jesús es el Señor de la iglesia, no el papa, no una jerarquía eclesiástica, no vuestros ancianos. La gran comisión que se le da a la iglesia es que debemos reunirnos en la presencia de Cristo y aprender allí todos los mandamientos que Jesús nos ha dado.
Él nos dirige en nuestra vida como iglesia. Los ancianos de la iglesia ministran la palabra y la autoridad de Cristo, no la suya propia. No se trata de su propia prerrogativa sino del ministerio de la palabra que imparte la autoridad de Cristo, para que podamos hacer la voluntad de Cristo y no la nuestra.
No es la voluntad de la mayoría, sino la de la Palabra, la de Cristo que se revela en la Palabra. Estamos aquí para hacer lo que Jesús quiere, no porque queremos, sino porque Él es nuestro Señor. Él es nuestro amo.
Así pues, la iglesia no puede fabricar una adoración que aparte la palabra de Dios a un lado y que diga que no le vamos a prestar atención. Así es como elaboramos nuestra adoración. Esto es poner al pueblo de Dios en atadura.
Quizás haya experimentado esto al visitar las iglesias que no tienen una adoración regulada por las Escrituras. Quizás empiece a sentirse incómodo porque le están obligando a pasar por rituales y por actividades de adoración, y no puede encontrarlos en la Biblia.
Amigo mío, usted ha sido comprado al precio de la sangre de Jesucristo. Son hijos liberados de Dios y no deben volver a la atadura de los rituales hechos por hombres, ni a una adoración que viola una conciencia bíblicamente informada.
Usted ha sido salvo para adorar y los hijos de Dios, en la libertad de su condición de hijo, son los que pueden clamar a Dios tratándole como Padre. Si alguna autoridad de la iglesia le obliga, en contra de una conciencia bíblicamente informada, a empezar a adorar a Dios de una manera que Él no ha revelado ni prescrito en las Escrituras, esto es una tiranía. Esto no es libertad.
Somos el sacerdocio del nuevo pacto y debemos ir a nuestro Padre a través del ministerio mediador de Jesucristo, revelado en Su palabra. Debemos responder con fe, siendo dirigidos por la palabra de Dios en obediencia a Jesucristo.
No debemos seguir los dictados de una generación centrada en sí misma, orientada a la diversión y conducida por la demanda popular, que se reúne para adorar y contestar a la pregunta “¿Qué quiere usted hacer?”.
Dejemos que ellos adoren a Dios en la forma que quieran hacerlo; adoremos nosotros como Dios quiere que lo hagamos. El mayor problema del hombre es esta tendencia hacia la idolatría. Juan Calvino dijo: “El Dios humano es una fábrica de ídolos”. Produce ídolos de la misma manera en que la Compañía Ford Motor fabrica nuestros coches. Podemos convertir cualquier cosa en ídolos.
Necesitamos darnos cuenta de que nuestra adoración debe ser una respuesta a la revelación de Dios, y que debe ceñirse a la naturaleza de Dios porque ni el arte de los hombres, ni su imaginación pueden servir a la naturaleza divina. Él debe revelarse a Sí mismo. Adoramos según la prerrogativa de Dios.
En segundo lugar, adoramos en base a la provisión de Dios. Adoramos en base a la provisión de Dios. Y aquí nos encontramos con nuestro problema. Dios es santo y nosotros somos pecadores.
¿Cómo podemos, entonces acercarnos a este Dios santo, cuando nuestro pecado provocará inmediatamente en Dios la justa y santa respuesta de ira e indignación?
¿Cómo vamos a entrar a la presencia de Dios, en nuestra condición pecadora, si tan pronto como nos pongamos en la luz de Su santidad, seremos consumidos?
Nosotros merecemos justamente la sentencia de muerte que recayó sobre la raza humana, cuando nuestro padre Adán desobedeció a Dios y comió del fruto prohibido.
¿Qué tuvo que hacer Adán a causa del pecado? Tuvo que utilizar una hoja de higuera para intentar satisfacer su sentido de pecado y de culpa, y luego se escondió de la presencia de Dios. Esto es lo que leemos en Génesis tres, ocho, que Adán se escondió de la presencia de Dios.
Ahora bien, si se admite la adoración en la presencia de Dios, veremos inmediatamente que los hombres pecadores no son capaces de sentir el deseo de entrar a la presencia de Dios. Esto ocurre porque si entran a Su presencia, todavía unidos a su pecado, su conciencia les dice que tienen un gran problema. Entonces prefieren la hoja de higuera, prefieren permanecer escondidos.
Los hombres son capaces incluso de fabricar ritos religiosos para mantener a Dios alejado y convencerse a sí mismos de que Dios no los va a juzgar, que no hay problema con el pecado. La ira de Dios no existe. El infierno eterno tampoco existe. No hay castigo para el pecado. No existe la seguridad de que muramos.
Y los hombres han fabricado religiones creyendo la mentira de que no serán castigados por su pecado. Pero Dios viene a los pecadores y esto es lo asombroso porque ¿quién habría sabido esto?
¿Quién hubiera dicho que cuando Dios apareció en escena en Génesis tres, no venía a ejecutar el juicio final? Vino en gracia, y vino a comenzar en plan de salvación. Vino a rescatar el orden de la creación y a llamar a los dos pecadores para que volvieran a Él.
Vino a darles la promesa de una simiente que nacería a través de la mujer y que aplastaría la cabeza de la serpiente, aunque ésta le heriría en el calcañar. Por medio de esta semilla prometida, la muerte sería vencida.
El mundo, que ahora había sido sumergido en la muerte, el hombre que ahora volvía al polvo del que había salido, y toda la creación volverían a alinearse con Dios a través de esta semilla. Ella daría vida a un planeta y a un pueblo que habían muerto.
¿Cómo ocurriría esta redención? ¿Cómo se llevaría a cabo? Lo haría Dios al establecer una adoración aceptable por medio de los pecadores. Esto es lo que quiero que penséis y entendáis conmigo a estas alturas: que la salvación de los pecadores y la adoración aceptable se superponen y se convierten en una única y misma cosa.
La redención se convierte en adoración porque la provisión de Dios para salvar a los pecadores de la muerte, para salvarles del pecado, es la misma que la que Dios da para admitirles en Su presencia en adoración.
Ser admitidos en la presencia de Dios es ser salvos, es ser liberados de la muerte. Así pues, Dios hace una provisión. ¿Qué es lo que hace? En Génesis capítulo tres, versículo veintiuno:”Y el Señor Dios hizo vestiduras de piel para Adán y su mujer, y los vistió”.
El intento de Adán por resolver el problema del pecado no tuvo éxito. No era más que una tirita espiritual, una hoja de higuera. Era un ritual externo confeccionado por el hombre que no tuvo ningún efecto porque Dios es espíritu.
Poner un ritual externo entre usted y la ira de Dios no le va a poner a salvo de este santo Dios. Él debe proveer, Él debe cubrir nuestro pecado. Él debe resolver la cuestión de su vergüenza. Él debe tratar el tema de nuestra culpa.
Él debe satisfacer la sentencia de muerte que recae sobre nosotros por nuestro pecado. ¿Qué hace, pues? Toma a un animal, no a un hombre, pero algo que está vivo como el hombre. En hebreo “anefish hia” que significa otro ser vivo como el hombre, pero diferente a él, que tenga la vida en su sangre igual que el hombre.
Entonces, toma al animal y lo mata. Imagínese lo que pensarían Adán y Eva cuando vieron a Dios hacer esto. Niños, ¿os acordáis de la primera vez que os cortasteis, y visteis la sangre? ¿Qué es eso?
Imagine lo que Adán y Eva pensarían cuando se derramó la sangre del animal. Con la piel del cordero, Dios confeccionó una cubierta para tapar la desnudez de la piel de los dos. Con este acto les mostró lo que era necesario para que pudieran venir ante Su presencia.
Les proporcionó un sustituto que llevara la sentencia de muerte en nombre de ellos, cuya sangre fuera el testimonio de la purificación que necesitaban para cubrir su pecado. Dios también proporcionó la base para que pudieran venir con su pecado cubierto por el derramamiento de la sangre de un animal sustituto que llevó la pena de muerte en su lugar.
Por ese medio Dios ha permitido, desde ese momento y para siempre, que los pecadores entren a Su presencia bajo la única condición de que reconozcan su condición pecadora y la santidad de Él. Deben reconocer que Él tiene derecho a juzgarles por su pecado y que merecen la sentencia de muerte.
De este modo pueden venir delante de Dios, pero no por sus propias obras buenas, porque éstas son como trapos de inmundicia delante de este Dios. Han de venir confiando en la provisión del sacrificio y de la sangre derramada y la cubierta que Dios proporciona para ellos.
De esta manera, cuando entren a Su presencia confiando en el sacrificio que Él ha proporcionado, lo que están diciendo en realidad es:
“Tú eres Dios. Tú eres santo. Tú eres justo. Tú eres recto. Tú eres bueno. Tu ley debe ser obedecida. La honra debe ser para ti. Tú eres justo en la ejecución de muerte contra mí porque soy un pecador; soy un criminal; merezco la muerte, pero Tú ha proporcionado un sustituto para mí. Tú has aceptado la sangre de mi sustituto para que yo no derramara la mía. Tú has proporcionado a otro que muriera en mi lugar y yo me salvara de la muerte que yo merecía. Por eso, ahora conozco algo sobre Ti que no conocía antes: Tu gracia. Eres misericordioso. Eres un Dios de bondad. Eres un Dios de amor, ternura y paciencia”.
Esta fue la lección que Dios enseñó a Adán y Eva cuando los vistió, y es la lección que ha enseñado a Su pueblo redimido, desde entonces. Cuando Set clamó el nombre del Señor lo hizo por medio de un sacrificio. Cuando Noé entró al arca, supo lo bastante como para tomar a los animales que estuvieran limpios para poder presentar sacrificio a Dios. Esto fue antes de la ley mosaica.
¿Dónde aprendió esto? Lo aprendió por medio del acto de Dios. Lo aprendió por la revelación de Dios, acerca de Su regalo: un sacrificio aceptable. Cuando Dios llamó a Abram para que anduviese delante de Él y fuese irreprensible ¿cómo adoró Abram a Dios? Ofreciendo sacrificio, incluso hasta llegar Dios a poner a prueba la amistad de Abram y pedirle que ofreciera a Isaac en sacrificio. Con respecto a este punto, Jesús dice: “Vio mi día y se alegró.”
Abraham tuvo doce hijos. Durante su cautividad en Egipto crecieron como nación y fueron liberados de la esclavitud y reunidos en el Monte Sinaí. Allí, Dios hizo pacto con ellos y los convirtió en Su nación, y estableció que Él sería su Dios y moraría entre ellos.
¿Cómo podía un Dios santo vivir entre ellos? Esto es lo que hizo. Les dio un templo y en él habría un orden de sacerdotes elegidos por Dios, que tendrían el privilegio de entrar a la presencia de Dios para ofrecer sacrificio, la provisión de Dios.
Mientras ellos mantuvieran las ofrendas de sacrificio de sangre y reconocieran su santidad, Su justicia, su condición de pecadores y Su provisión de gracia, Él moraría con ellos y los guiaría a través del desierto, y viviría con ellos en la tierra prometida del descanso de su Día de Reposo.
Pero Israel no pudo permanecer fiel. Siguieron a los dioses de las naciones de su alrededor, y siguieron incorporando estilos de adoración pagana en la adoración al Dios vivo y verdadero. Y Dios les advirtió. Dios les rogó.
Envió profetas a los que ellos no escucharon, y Dios los disciplinó y los dejó llevar en cautividad. Allí aprendieron finalmente la lección de que hay un solo y único Dios. Los hizo regresar y, durante ese tiempo, los profetas comenzaron a pintar el retrato de la semilla que habían estado prometiendo, aquel que vendría y aplastaría la cabeza de la serpiente.
Isaías lo presentó como el varón de dolores de Jehová. En el capítulo cincuenta y tres nos enteramos de que se trata del Mesías, que es el Hijo de Dios, y que se entregaría a Sí mismo como ofrenda de culpa, como sacrificio para justificar a muchos.
Y Dios hizo estas promesas por medio de los profetas y alentó la fe de Su pueblo y ellos esperaron la venida del Mesías prometido durante cuatrocientos años. Y entonces empezó a oírse una voz en el desierto: la de Juan el Bautista que gritaba a los que serían el remanente del pueblo, que se reunió al sonido de la voz del profeta que los llamaba a arrepentirse de sus pecados. “No me digáis quién es vuestro padre” —dijo— “que tenéis a Abraham por padre”.
Dios es espíritu y las cuestiones del verdadero pueblo de Dios son temas espirituales. Arrepiéntase de sus pecados y ponga su confianza ¿en quién? “He aquí el cordero que quita el pecado del mundo.” Allí, a orillas del Rio Jordán, aquel que les había sido prometido a Adán y Eva en el Jardín.
Era la semilla prometida que resolvería la cuestión de nuestro pecado; que quitaría nuestra culpa; que vencería a la propia muerte muriendo en nuestro lugar; el Cordero que había sido representado por los miles y cientos de miles de corderos cuya sangre había sido derramada sobre los altares del templo judío.
Aquí, el Cordero perfecto ha venido y ha vivido la vida que nosotros nunca habríamos podido vivir, y murió la muerte que nosotros merecíamos como provisión de Dios para nosotros por nuestro pecado. Este es el don de Dios para los pecadores.
De este modo, en unión con Cristo Jesús somos admitidos ahora en la presencia de Dios. Estamos unidos a Él por la fe, creemos en la virtud de Su obra en la cruz, y somos limpios por esa sangre que fue derramada para propiciar la ira de Dios, con el fin de apaciguar la santa ira de Dios y su justicia contra nosotros.
De manera que cada vez que clamemos a Su nombre en oración privada, en los devocionales en familia, o en la adoración corporativa, nuestra confianza no estará en nuestras oraciones, sino en Jesucristo. Ahora venimos ante Él unidos a Jesucristo; con Él nos mantenemos en pie por fe, y confiamos en Cristo crucificado.
¿Por qué? Porque en Cristo crucificado soy aceptado delante del Padre; porque en Cristo estoy delante de mi Dios y le digo: Eres santo, eres justo, eres bueno. Tu ley es perfecta y no puede transigir, y la sentencia de muerte que Tú has ejecutado sobre mí en mi pecado es absolutamente justa y perfecta.
No puedo debatir ni discutir. Merezco la muerte. No merezco el privilegio de estar ante Tu presencia, pero Tú me has dado la base sobre la que puedo clamar a Tu nombre. Estoy delante de Ti en unión con mi Cristo; mi Rey; mi Cordero; mi sacrifico; Aquel que me amó y se entregó a Sí mismo por mí.
Tú me has dado ese don; no vengo aquí basándome en mis propias obras. Tú has venido a mí y me has dado el don de mi salvador y mi Cordero, cuya sangre ha sido derramada para que mi pecado fuera cubierto y yo pudiera estar de pie, con el crédito de Su obediencia.
Su justicia y Su muerte han pagado la penalización de mi pecado. Merezco ir al infierno, pero en vez de esto Tú me has permitido ir a la cruz. Como pecador, estas son nuestras dos únicas opciones. Como pecador, esta es la única alternativa: o va al infierno o va a la cruz porque estos son los dos únicos lugares donde la ira de Dios queda satisfecha contra usted en su pecado.
El don de Dios, la provisión de Dios, cuya prerrogativa dicta cómo debemos venir a Él, nos son dados por el Señor Jesucristo Quien murió por nuestro pecado y murió llevando la ira de Dios contra nosotros. El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Esta es la esencia de la adoración del nuevo pacto. Esta es la base de la adoración del nuevo pacto.
Amigo mío, en Apocalipsis capitulo 5 y versículo nueve, los redimidos cantan un nuevo cantico “Digno eres tu Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación”.
¿Puedes verlos? Hispanos, chinos, indios, brasileños, un par de irlandeses, toda tribu, lengua, pueblo y nación alabando para siempre a Dios ¿en base a qué? En base a la sangre de Jesucristo que fue derramada.
Ahora seremos admitidos para siempre en la presencia de Dios para adorarle, por causa del Cordero; por Su provisión; por la sangre que fue derramada para que los pecadores no tuvieran que ir al infierno. Ahora son admitidos en la presencia de Dios y tienen la vida eterna.
De manera que la adoración es siempre un ejercicio de fe en la revelación de Dios, sobre la base del sacrificio proporcionado por Dios en Jesucristo. Como veis, el cristianismo es una religión de pecadores.
Si no eres un pecador convencido de serlo, en la presencia de Dios, el cristianismo no es para ti. Necesitas otra religión. Necesitas una religión para gente justa que es básicamente cualquier otra religión que no sea cristianismo. Halagará tu orgullo y arrogancia.
El cristianismo es una religión para pecadores, una religión para los que vienen delante de Dios diciendo: sé que soy un pecador y que merezco tu muerte, mi muerte, pero me has dado la provisión de Cristo y sobre la base de esa sangre derramada y voy ser valiente.
Voy a tener valor. Voy a venir realmente ante la presencia del Santo Dios, confiando en el sacrificio de Jesucristo y por la virtud de Jesús no voy a ser consumido por la ira de Dios. Voy a ser amado. Voy a ser amado con un amor que se le da a Jesucristo. Voy a ser amado como si yo fuera el Hijo, porque estoy en el Hijo y soy aceptado en el Hijo, bendito en el Hijo y se me ha concedido la herencia del Hijo.
¿Lo entendéis? Porque la adoración no solo es para los pecadores. La adoración es para los pecadores salvos. La adoración es para los que han sido redimidos por la sangre de Jesucristo. Por este motivo, la adoración no es primeramente el evangelismo. Es esencialmente la celebración del que es salvo, en la presencia de su salvador. Es para los que son redimidos en la sangre de Jesucristo.
Cuando Jesucristo dijo en Juan catorce, seis: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí.” No estaba hablando solamente sobre la salvación. También está hablando de la adoración.
La salvación y la adoración se superponen porque sólo los que son aceptados en la presencia de Dios, para darle Su adoración, son los que están en unión con Cristo como pecadores salvados. Ningún hombre entra en la presencia del Padre excepto por Jesucristo.
¿Cree usted esto? ¿Está usted dispuesto a ser odiado por esto? ¿Está preparado para ser aislado por causa de esto? ¿Está dispuesto a ser perseguido? Porque el mundo pensará que es usted un arrogante por causa de esto.
El mundo pensará que usted es muy, muy intolerante a causa de esto, porque usted tiene la audacia de creer en Jesús solamente, en la grada de Dios solamente; solo por fe, para la gloria de Dios solamente, como lo revela la Biblia solamente.
Las religiones del mundo, las idolatrías del mundo no serán muy tolerantes con los que dicen que ningún hombre puede entrar a la presencia del Padre sino es por medio de Jesucristo. Si usted cree que tiene el privilegio de adorar, tiene el privilegio de estar en la presencia de Dios, en la presencia de Cristo y, por lo tanto, también llevará el odio del mundo.
Porque tan seguro como que Caín se levantó y mató a su hermano Abel porque Abel y su adoración fueron aceptados, y Caín y su adoración no lo fueron. Así también el linaje de Caín ha perseguido a la descendencia de Abel desde entonces.
Y conforme se acerca el día, la lucha se intensificará ya que es donde el diablo ataca a la iglesia. Satanás quiere que seas transigente con tu adoración. ¡Introduce algunas prácticas paganas en tu adoración! ¡Se creativo! ¡Utiliza tu imaginación! ¡Empieza a traer novedades q tu adoración!
¿Porque tienta Satanás a la iglesia para que haga esto? Porque si empiezas a ofender a Dios en Su propia casa, si empiezas a ofender a Dios en Su propia adoración Él se apartará de ti. Se pondrá detrás de ti y si Dios ya no mora en medio tuyo, perderás la batalla espiritual por tu alma.
Satanás sabe, igual que hizo por medio del consejo de Balaám, que si puede conseguir que transijas en la adoración entonces acarreará la disciplina de Dios sobre ti y te hará vulnerable en el campo de batallas. Le robará el honor a Dios.
Tu fuerza mayor está en que Dios mora en medio de ti. Tu gran victoria es que Dios mora en medio de tí. Dios mora entre Su pueblo salvo que Le adora. No Le ofendas en su adoración. No Le ofendas mientras clamas a Su nombre. Nuestro Dios, el Dios del nuevo pacto, en hebreos doce veintiocho y veintinueve, nuestro Dios es fuego consumidor y los que Le adoran deben hacerlo con reverencia y temor.
La iglesia es un templo, no es un patio de recreo. Es un templo para que more el Dios vivo. ¡No entristezcas al espíritu! ¡No apagues el espíritu! ¡No ofendas al Dos vivo! ¡No hagas que se ponga detrás de ti, sino ven a él confiando en la provisión de Jesucristo y el morará en medio de ti y será tu fuerza; y será tu vida; y será tu victoria; y te enseñará a ir por el camino del Cordero!
Y en todas estas cosas seréis más que vencedores al vivir con Cristo y adorarle. Él es el Cordero de Dios, la provisión para los pecadores para que puedan entrar a la presencia del Dios santo. ¡Que Dios nos de sabiduría y discernimiento en estos días para que podamos adorar al verdadero Dios y que podamos hacerlo de verdad! ¡Amén!
Oremos: Padre de gracia, oramos esta noche que tu Espíritu se haya complacido en tomar algo de lo que se ha dicho de la palabra, algo que se haya dicho en la predicación y que lo confesemos en nuestro corazón que los que estén aquí esta noche y que no sean convertidos, puedan entender que su sensibilidad espiritual y su religiosidad apartada de Cristo es ofensiva para Tu Padre, obra por tu espíritu para glorificar a Cristo como único sacrifico suficiente para los pecadores, y enséñanos a tu pueblo a ejerce la fe en él para que no confiemos en nuestros propios métodos, que no confiemos en trucos, y que no seamos incitado e este día de confusión a incorporar novedades y creatividades en la adoración a Dios.
Padre nuestro, queremos venir a tu presencia ciñéndonos a tu prerrogativa, según tu revelación, adaptándonos contiguo que eres el Dios que es espíritu. Convéncenos de estas cosas y danos valor para estar firmes por estas cosas en nuestro tiempo.
Concédenos que en unión con el Cordero de Dios, no solo podamos adorar sino que estemos dispuestos a vivir y morir para gloria de Su santo nombre. Que juntos, nosotros, hombre, y mujeres de toda tribu, lengua, pueblo y nación podamos reunirnos alrededor de ese trono y cantar:
“Digno es el cordero cuya sangre ha redimido a su pueblo”. Alabado seas tú el Dios de gracia que nos ha dado a Jesucristo, la provisión de nuestra salvación y nuestra adoración eterna a tu santo nombre. Magnifica a Cristo en medio de nosotros esta noche, te lo suplicamos, Amen.
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La obligación suprema
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Es un privilegio para mí estar con ustedes esta noche y estudiar juntos la Palabra de Dios.
Consideraremos el tema de la adoración de nuestro Dios.
De todas las tareas, de todas las obligaciones, de todas las demandas y presiones que están sobre ustedes a lo largo del curso de la vida, ¿cuál es la más importante?
¿Cuál es esa obligación suprema y más importante que destaca sobre todas las demás obligaciones? Quizá muchas cosas comiencen a agolparse en sus mentes; piensan ustedes en la importancia de mantener su salud, en cuidar de sus hijos, en cumplir con las demandas del trabajo y de las responsabilidades de su puesto, o quizá sus mentes tiendan a valores más trascendentes.
¿Qué podría ser más importante que cuidar de la tierra e interesarse por la ecología? O quizá el cese de la guerra, la lucha contra el hambre y la pobreza, corregir las injusticias, quizá esas cosas vengan a sus mente como cosas que son, sin duda alguna, personalmente importantes, universalmente importantes.
Pero espero que, como pueblo de Dios, cuando les hagan la pregunta: ¿Cuál es el mayor bien? ¿Qué es lo más valioso? ¿Qué cosa es extremadamente importante? comiencen a pensar en términos de los mandamientos de Dios: que no tengan ningunos otros dioses delante, que no se hagan para ustedes mismos una imagen grabada, que no tomen el nombre del Señor su Dios en vano, que se acuerden del día de reposo para santificarlo.
Ciertamente, la primera tabla de la ley prescribe para nosotros lo que es de suprema importancia, porque nuestra obligación hacia Dios es lo que tiene importancia suprema. Antes de que se nos enseñe que debemos honrar a nuestro padre y a nuestra madre, que no debemos matar, que no debemos cometer adulterio, que no debemos robar, que no debemos dar falso testimonio, que no debemos codiciar, de suprema importancia es lo que se resume como amor a Dios.
Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y con toda tu alma, con toda tu mente, y con todas tus fuerzas. Amar a Dios es la empresa de suprema importancia para nosotros, que somos creados a imagen de Él y redimidos por la sangre de Cristo.
Es lo que debemos hacer con toda nuestra mente, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas; es la suprema obligación que está sobre nosotros, un amor que se expresa por la obediencia a la ley de Dios, y, en particular, ese mandato que nos obliga a adorar al Señor como nuestro Dios.
Quiero darles, a ustedes y a los hermanos que están aquí como pastores, cuatro sermones a fin de estudiar temas relacionados con la adoración eclesial colectiva, con la adoración del pueblo de Dios reunido.
No voy a hablar sobre nuestra adoración privada y personal a Dios ni sobre nuestra adoración familiar a Dios, sino concretamente sobre la adoración de la Iglesia de Cristo, la adoración a Dios colectiva, y este es un tema sobre el que se debate y se habla mucho, un tema en el cual muchos son creativos e innovadores, un tema en el cual existe mucha confusión, pero espero que, por la gracia de Dios, este estudio sobre el tema de la adoración ayude a aclarar en nuestras mentes algunos de los asuntos primordiales, algunos de los principios importantes que se derivan de nuestras Biblias con respecto al tema de la adoración colectiva.
Esta noche quiero abordar cinco preguntas que conciernen a nuestra prioridad en cuanto a la adoración de Dios, y la primera pregunta es esta: ¿Qué es adoración?
¿Qué es adoración?
Bien, adoración significa dar a Dios honor, alabar a Dios, otorgarle a Él suprema dignidad y valía. En la adoración, la iglesia se acerca a Dios según los mandamientos de Él, apoyándose en su gracia que nos es dada en el sacrificio de Jesucristo.
Nos acercamos a Dios y Él se acerca a nosotros. Él se reúne con nosotros como pueblo suyo, y Él viene a nuestra asamblea a fin de alimentarnos y darnos una experiencia, la experiencia de ser amados por Dios.
Adoración es la comunión del pueblo adorador de Dios con su Dios amoroso, quien se reúne personalmente con su congregación reunida. Adoración no es esencialmente evangelismo. Adoración no es esencialmente y principalmente edificación. Adoración es una empresa esencialmente enfocada en Dios y dirigida a Dios.
Edificación y evangelismo son subproductos del principal enfoque de la adoración, de modo que, si un hombre no convertido o sin instrucción entra en la asamblea, y todos están profetizando, prestando su atención a la lectura de la Palabra de Dios, él se quebrantará al ser sacados a la luz sus pensamientos; él se quebrantará y dirá de la verdad: “Dios está entre ustedes. Dios está entre ustedes”; y no: “¿Ven mi tarjeta de visitante? ¿No ven que estoy aquí?”. No; Dios está entre ustedes. Ese es el enfoque de la adoración.
Edificación y evangelismo son subproductos de la principal empresa: que acudamos a dar adoración y alabanza a Dios como su familia de redimidos, quienes, cuando nos reunimos, somos edificados como un templo santo, como piedras vivas conectadas a una morada de Dios en el Espíritu, y llegamos a su presencia, y Él se nos da a conocer, revelándose a sí mismo por su Espíritu mediante su Palabra, una palabra que glorifica a su Hijo: nuestro Señor Jesucristo.
El principio se expresa sencillamente en Santiago, capítulo cuatro y versículo ocho. Yo ya he expresado el principio; ahora quiero que ustedes lo vean en Santiago cuatro, versículo ocho:
“Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros”.
En nuestra adoración somos a la vez activos y pasivos. Nos acercamos a Dios como respuesta a su llamado, como respuesta a su convocatoria. Como respuesta a la invitación de Él, nos acercamos como nación de reyes sacerdotales que acuden a ofrecerle a Él sacrificio espiritual de alabanza y de acción de gracias; y cuando nos acercamos a Él, Él se acerca a nosotros. Y por su Espíritu, mediante su Palabra, Él mora en medio de nosotros.
Oímos su voz mediante la locura de la predicación, y vemos la demostración de su gracia hacia nosotros en el evangelio cuando practicamos las ordenanzas del bautismo y de la Santa Cena: la familia de Dios teniendo comunión con Dios como su Padre.
En Efesios, capítulo dos, hemos de entender que la adoración del nuevo pacto está definida por la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. En Efesios dos, versículo dieciocho, leemos, hablando de Cristo:
“Porque por medio de él los unos y los otros”, o sea, los judíos y los gentiles, “tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre”.
Por medio de Él, Cristo, nosotros (los redimidos) tenemos acceso en un Espíritu al Padre, para que ya no seamos extraños y extranjeros, sino ciudadanos con los santos y miembros de la casa de Dios, de la familia de Dios, habiendo sido edificados en el fundamentos de los apóstoles y profetas, Cristo Jesús mismo siendo la piedra angular sobre la que todo el edificio se levanta, creciendo para ser un templo santo en el Señor, en quien también ustedes están siendo edificados para ser morada de Dios en el Espíritu.
La iglesia es un templo santo, el lugar de la morada de Dios en la tierra, y nuestra adoración está definida por el Dios a quien adoramos, el trino Dios: Padre, Hijo y Espíritu. Así, nos acercamos al Padre, clamando Abba Padre, por el Espíritu Santo, a través del ministerio mediador de Jesucristo.
Estamos capacitados para adorar porque hemos sido regenerados por el Espíritu. Estamos vivos para Dios por el Espíritu, y nuestra adoración es aceptada por medio de la obra mediadora de nuestro gran Sumo Sacerdote, sobre cuyo sacrificio está basada nuestra adoración; y acudimos a nuestro Padre, que depositó su amor sobre nosotros desde la eternidad, y nos llamó a Él.
Adoración es la comunidad del pueblo que Dios ha salvado. Adoración es acudir delante de Dios que es espíritu, el Dios verdadero. Por tanto, nuestra adoración es en espíritu y verdad, y acudimos a nuestro Padre como hijos e hijas redimidos, una comunidad, comunidad con Dios.
Por tanto, hemos de entender que la esencia de la adoración ―lo que es la adoración―, la esencia de la adoración es la experiencia de Dios morando entre nosotros. Es la experiencia de ser el pueblo de Dios congregado en la presencia de Dios.
Adoración es el cumplimiento de la promesa del pacto que se repite a lo largo de la historia de la redención, la esencia del compromiso de Dios con su pueblo: Yo seré su Dios; ustedes serán mi pueblo, y moraré entre ustedes.
Esa es la esencia de la adoración: vivir con Dios, vivos para Dios, amando a Dios y siendo amados por Él, y en ese amor ser transformados a la semejanza de Dios, para que reflejemos la imagen de su Hijo, para que seamos conformados según Cristo Jesús. ¿para qué? Para que Él pueda ser revelado como primogénito entre muchos hermanos. Nuestra adoración se solapa con nuestra salvación y no es sino una degustación de nuestro destino y gloria eternos: vivir con Dios.
¿A quién adoramos?
Segunda pregunta: ¿A quién adoramos? Bien, regresemos a la revelación de Dios al pueblo del antiguo pacto. Éxodo capítulo veinte, Éxodo capítulo veinte, leyendo desde el versículo uno al versículo tres:
“Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí”.
Adoramos al único Dios verdadero, adoramos al Creador de los cielos y la tierra, adoramos al Salvador del pueblo de Dios, adoramos al Juez de la tierra, adoramos al Señor, Jehová, Yahweh, Dios, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de Israel, su pueblo escogido y amado.
Hay muchos dioses y muchos señores en este mundo. Pablo nos dice, en Primera de Corintios capítulo ocho, esta verdad; hay muchos dioses, muchas deidades rivales. “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. ¿Por qué dice Dios esto? Porque el hombre, si no adora al Dios verdadero, adorará a dioses falsos. Y Pablo nos dice, en Primera de Corintios ocho, versículo cuatro:
“Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios. Pues aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo, o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores), para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él”.
Este es el trino Dios, el único Dios verdadero, y nosotros adoramos al Dios verdadero, adoramos al Dios de la Biblia, y cuando nos reunimos invocamos su nombre, y nos acercamos a Él en la luz de su Palabra, esa Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros, esa Palabra que es el Hijo de Dios encarnado: Jesucristo.
Adoramos al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Adoramos a Jesucristo, y con Tomás, con alegría nos postramos ante sus pies y exclamamos: “Dios mío y señor mío”. No estamos interesados en juntarnos con religiones que no confiesen que “Jesús es el Señor”, porque si Jesús no es el Señor, estaremos adorando a un dios falso.
Hay muchos dioses, y hay muchos señores, y hay muchas confesiones de deidad. Nosotros confesamos: “Jesús es el Señor”. Nosotros confesamos: “Jesucristo es el Hijo divino de Dios, el Hijo del hombre”. Muchas voces nos dicen hoy que nosotros, como cristianos, realmente adoramos al mismo dios que los judíos, al mismo dios que los musulmanes. Todos somos hijos e hijas de Abraham, según nos dicen.
Jesús dijo:
“Abraham vio este día y se regocijó”.
Si a mí me dicen que yo adoro al mismo dios que los musulmanes y los judíos, entonces mi pregunta es: ¿están ahora los musulmanes y los judíos confesando a Jesús como el Señor? Porque ese es el Dios al que yo adoro. No me interesa subirme a una plataforma y abrazarme con todos los religiosos que se postran ante este dios, y ese otro dios, y esta religión, y afirman tener cierto tipo de pseudo unidad. Donde yo me uno con mis hermanos y hermanas es en la común confesión de que Jesús es el Señor, de que Él es nuestro Dios, y nosotros somos el pueblo de este Dios revelado en Jesucristo.
Nosotros no adoramos dioses inventados por nosotros mismos. No adoramos a Mamón, ni el poder, ni adoramos el placer. Existen tantos dioses, que somos tentados a querer que sea un dios quien no lo es; somos tentados a querer adorar a un dios inventado, un dios moldeado por nosotros, un dios popular de esta era presente.
Pero decidimos no adorar a un dios inventado, un dios falso, un dios fabricado, sino que adoramos al Dios verdadero, al Dios que es, cuyo nombre le fue revelado a Moisés en Éxodo tres: Yahweh, “Yo soy”. El Dios que es, el Dios que es el Dios verdadero, ese es el Dios al que adoramos.
¿Por qué adoramos?
Tercera pregunta: ¿Por qué adoramos? Y respondo a esta pregunta con la siguientes respuestas. En primer lugar, porque Dios merece nuestra adoración, merece ser adorado. Conocerlo, obtener una vislumbre de su gloria, nos impulsa a adorarlo porque es digno y merecedor de ello. Él es valiosísimo, y se merece ser alabado y adorado.
En nuestra lectura bíblica, leemos en Apocalipsis capítulo cinco, y les pido por favor que vayan de nuevo a ver a Aquel que es digno. Leyendo en el versículo doce, las palabras de esta alabanza que rinde toda la creación de Dios, ángeles, hombres, toda la creación de Dios, y ellos cantan en voz alta:
“El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir:
Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Los cuatro seres vivientes decían: Amén; y los veinticuatro ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron”.
No existe nadie en ningún lugar que merezca más nuestra alabanza que nuestro Dios glorificado en el Cordero sobre el trono. Registren el universo, los cielos; busquen por la superficie del planeta, vayan debajo del mar; analicen toda la historia de la humanidad; traigan a los mejores hombres de cada época de la Historia, y todos ellos no tendrán más remedio que arrodillarse y confesar: “Jesucristo es el Señor”, para la gloria de Dios nuestro Padre. Sólo Él es digno de abrir los sellos, de recibir gloria y alabanza de toda la creación.
Sólo Él es Dios. En palabras de Isaías, en el capítulo cuarenta y cinco, Él es digno de ser adorado porque no hay otro Dios al que adorar. Leemos en Isaías cuarenta y cinco, versículo veintiuno:
“Proclamad, y hacedlos acercarse, y entren todos en consulta; ¿quién hizo oír esto desde el principio, y lo tiene dicho desde entonces, sino yo Jehová? Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí. Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más. Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua”.
Toda rodilla se postrará, toda lengua confesará. Estas palabras fueron retomadas por el apóstol Pablo en Filipenses dos, asociadas proféticamente con Jesucristo: que en el día de su gloria manifestada, nadie estará en pie salvo Él mismo, porque nadie es digno sino Él.
¿Por qué adoramos? Porque Él merece ser adorado. En segundo lugar, porque Dios nos creó para adorar, somos criaturas adoradoras. ¿Cuál es el principal fin del hombre? La respuesta más corta del catecismo: “El principal fin del hombre es glorificar a Dios y disfrutar de Él eternamente”. Ustedes fueron hechos para glorificar a la Deidad.
Ustedes son, por definición, portadores de la imagen de Dios. Ustedes están hechos para reflejar deidad, están hechos para reflejar a Dios. Por naturaleza, ustedes están orientados hacia el Dios que les hizo. Fueron creados para adorarlo, para glorificarlo.
Ustedes fueron creados para ser adoradores. Aquí, en Isaías capítulo cuarenta y cuatro, leyendo desde el versículo dieciséis y diecisiete, Isaías describe la necedad de la idolatría, la insensatez de un hombre que llega a un bosque, corta un árbol y se lleva parte de la madera y hace una fogata para cocinar su comida, y luego toma la otra parte de la madera y talla una pequeña estatua, le llama su dios y comienza a postrarse ante ese trozo de madera.
Miren cómo está descrito aquí, en Isaías cuarenta y cuatro, versículo dieciséis:
“Parte del leño quema en el fuego; con parte de él como carne, prepara un asado, y se sacia; después se calienta, y dice: ¡Oh! me he calentado, he visto el fuego; y hace del sobrante un dios, un ídolo suyo; se postra delante de él, lo adora, y le ruega diciendo:
Líbrame, porque mi dios eres tú. No saben ni entienden; porque cerrados están sus ojos para no ver, y s corazón para no entender. No discurre para consigo, no tiene sentido ni entendimiento para decir: Parte de esto quemé en el fuego, y sobre sus brasas cocí pan, asé carne, y la comí. ¿Haré del resto de él una abominación? ¿Me postraré delante de un tronco de árbol?”.
Acérquese hasta ese hombre y dígale: “¿Por qué está haciendo esto? Ahí está, postrándose ante un trozo de madera. Tóquelo en el hombro: “¿Por qué está usted haciendo esto? ¿Por qué se postra ante este trozo de madera? ¿Qué le ocurre?”. ¿Cuál es la respuesta?
Él no la sabe, fue creado para adorar, y si no adora al Dios verdadero, adorará cualquier cosa, adorará todo lo que se encuentre. Y tiene que adorar algo porque fue creado a imagen de Dios, y si está separado de Dios, caerá en la idolatría, porque fue creado para ser un adorador.
¿Por qué adoramos? Dios es digno; fuimos creados para adorar y, en tercer lugar, porque Dios nos salvó para adorarlo. En Éxodo capítulo tres, ya lo vimos antes, donde Dios revela su nombre como el Dios que existe: no hay otro Dios; Él es el Dios que existe. Y en Éxodo capítulo tres, Dios le da a Moisés la razón de la redención de su pueblo de Egipto, lo cual leemos en el versículo doce:
“Y él respondió: Vé, porque yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte”.
Y luego Moisés va al encuentro del faraón y repetidamente le dice que debe dejar salir al pueblo de Dios. ¿Por qué? Porque Dios les había emplazado en el monte Sinaí, donde le ofrecerían sacrificio de adoración, y Dios establecería un pacto con ellos y les haría una nación apartada para Él.
Serían redimidos por medio de la sangre del cordero pascual, liberados de la esclavitud de los ídolos de Egipto y sacados de esa oscuridad para salir al lugar de la presencia de Dios. Y allí, con Dios, ellos le adorarían. Por eso han de ser salvos, faraón, porque Dios desea ser adorado, y a aquellos a quienes salva, los salva con el propósito de darle adoración.
Este pueblo después fue constituido una nación, y fueron una nación liberada, y recibieron una bendición especial, la bendición de la morada de Dios en medio de ellos. Dios les estableció el complejo del templo y todo el sacerdocio y los sacrificios, y todas las ceremonias de los días de reposo, y todas las regulaciones que aseguraban que el Dios santo pudiera morar en medio del hombre pecador al proveerles los medios y los recursos para la expiación de sus pecados, para que su promesa de pacto fuera cumplida:
“Yo soy tu Dios, y tú eres mi pueblo, y habitaré en medio de ti”.
Yo les salvé para que pudieran adorarme, para que pudieran conocer mi morada. En el nuevo pacto se aplican los mismos principios. Somos salvos para adorarle. Son una nación santa, un pueblo que es posesión de Dios, un real sacerdocio. Ustedes, reunidos en la presencia del Dios viviente, no para ofrecer sacrificio de sangre, sino para ofrecer sacrificio de alabanza espiritual y acción de gracias a Dios. Ustedes son un templo, la morada de Dios, y su esperanza es ser para siempre parte de la morada eterna de Dios, el templo de Dios.
En Apocalipsis capítulo veintiuno, Juan ve descender la ciudad celestial, y tiene una forma muy poco usual en esta visión apocalíptica. Se parece a un cubo inmenso, la misma forma del arca del pacto que fue colocada en el centro del lugar santísimo en el templo, el lugar identificado como la presencia de Dios morando entre su pueblo, Dios ahora vencedor. Esta imagen de la ciudad, este lugar de morada comunal, con Dios haciendo de la totalidad del cosmos que Él creó su lugar de morada donde habitará con su pueblo para siempre, y donde le adoraremos por la eternidad viviendo y amando a nuestro Dios. Él nos salvó para adorarlo.
¿Por qué adoramos? En cuarto lugar, porque Él quiere que lo hagamos. Alguien podría decir: “Es que yo voy a una iglesia amigable con quienes buscan”. Y todos ustedes también. En Juan, capítulo cuatro y versículo veintitrés, el buscador al que usted trata amigablemente es Aquel que está buscando su adoración. Juan, capítulo cuatro, versículo veintitrés:
“Mas la hora viene ―dice Jesús―, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren”.
Ahí está el buscador que acude a la congregación: el Padre que busca adoración en espíritu y verdad. Dios quiere que le adoremos, y que lo hagamos con la vitalidad de un encuentro espiritual. Él quiere que le adoremos de acuerdo a la provisión de su verdad, esa verdad que se hizo carne y habitó entre nosotros: Jesucristo.
Él quiere que le adoremos, Él desea nuestra adoración, y nos dice que la adoración es muy, muy importante. Es tan importante que eso es lo que Dios quiere. Eso es lo que Dios quiere, quiere adoración, verdadera adoración; eso es lo que Él busca de los hombres.
¿Dónde adoramos?
Adoramos porque Dios es digno de adoración; adoramos porque Dios nos creó para adorar; adoramos porque Dios nos salvó para adorar; adoramos porque eso es lo que Dios quiere de nosotros. Él quiere su adoración. Cuarta pregunta: ¿Dónde adoramos? ¿Dónde adoramos? Y nuevamente, en Juan, capítulo cuatro, el pasaje que tenemos delante de nosotros, leyendo desde el versículo veinte al versículo veintiuno, la mujer en el pozo dice:
“Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre”.
Ven, en el antiguo pacto, el lugar de la adoración era crucial porque la presencia de Dios estaba localizada en su presencia en el templo en Jerusalén, pero ahora, en el nuevo pacto, Jesús dice que el lugar geográfico ya no es algo relevante. Ya no será ni en Gerasene ni en Jerusalén. De hecho, Él nos dice que dondequiera que su pueblo se reúna e invoque su nombre, ahí estará Él, ahí acudirá, y su lugar de asamblea será el lugar donde Dios sea adorado.
Como ven, la respuesta a la pregunta ―dónde debemos adorar a Dios― fue respondida hace mucho tiempo en Deuteronomio doce, versículo cinco. ¿Dónde debemos adorar a Dios? Deuteronomio doce, cinco:
“Sino que el lugar que Jehová vuestro Dios escogiere de entre todas vuestras tribus, para poner allí su nombre para su habitación, ése buscaréis, y allá iréis”.
Ese es el lugar donde, el lugar que Dios escoja, el lugar donde Dios identifica su nombre, y el lugar donde a Dios le agrada ir. Ese era el lugar en el antiguo pacto. Era el complejo del templo en Jerusalén, pero en el nuevo pacto, en Mateo, capítulo dieciocho, las cosas ahora han cambiado.
Como pueden ver, no se trata ya de un lugar geográfico específico, ya no era que ese lugar en concreto de alguna manera tuviera un significado mágico en sí, como si la tierra allí fuera diferente del resto de la tierra en cualquier otra parte del mundo. Lo que hacía a ese lugar en el antiguo pacto tan distintivo y especial era el hecho de que Dios mismo diseñó y se propuso colocar su lugar de adoración allí.
Su presencia allí era lo que hacía santo a ese lugar. No era el lugar en sí, sino la presencia de Dios en ese lugar. Y era allí donde le agradaba habitar, donde le agradaba identificar su nombre, donde le agradaba recibir a todos los pecadores que acudían a su presencia, que se habían apropiado de la provisión hecha por medio del sacrificio de sangre y la mediación sacerdotal.
Pues bien, el mismo principio se aplica en Mateo dieciocho, leyendo en el versículo veinte: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
Es lo mismo que Dios le dijo a Israel en Deuteronomio doce, cinco. Ese lugar ahí, donde pongo mi nombre, reunidos en mi nombre, ahí estaré, y moraré en medio de ustedes. ¿Dónde está ese sitio ahora? Donde dos o tres discípulos unidos de corazón y llenos de fe invoquen EL NOMBRE.
Ahí Dios acude y se agrada de hacer de esa asamblea el lugar santo de su morada. No es la tierra, ni el suelo, ni la montaña, sino las piedras vivas que se juntan para hacer el templo de la morada de Dios, ahí, por su confesión de fe, por su creencia y confianza en el nombre que es sobre todo nombre dado en esta era o en la venidera, el nombre de nuestro Señor Jesucristo; ahí, Jesús dice, yo estaré.
¡Miren! Yo estoy con ustedes hasta el fin de los tiempos ―con quién―, con ustedes mis discípulos de cada tribu, lengua, raza y nación que han sido bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y que ahora se congregan para ser enseñados en las cosas que yo les he mandado, y cuando invoquen mi nombre yo estaré allí, porque ustedes son mi templo, el lugar donde yo habito y magnifico mi nombre.
Rechazamos la idea de un lugar santo, una tierra santa, una ciudad santa. Nosotros no vendemos entradas al final del servicio para pedirles que hagan una peregrinación a Jerusalén. No necesitamos ir a Jerusalén para experimentar la presencia de Dios.
Creer en el Señor Jesucristo e invocar su nombre hará que Él esté con nosotros ahora mismo, en este mismo lugar. No necesitamos peregrinajes a la Meca, ni tenemos que ir a los Grandes Rápidos de Michigan, que tengo entendido que le llaman la Jerusalén de los Estados Unidos; dicen que si se va un domingo por la mañana a los Grandes Rápidos de Michigan es muy probable que sea atropellado por el autobús de alguna iglesia.
Nosotros somos un pueblo que en sí somos el lugar de la morada de Dios. ¿Saben lo que es un templo? Una intersección es el lugar donde dos caminos se encuentran y se unen. Eso es un templo: la intersección entre el cielo y la tierra, el lugar donde el cielo se cruza con la tierra.
Así que, cuando nos reunimos, nos reunimos en la tierra, pero las cosas que hacemos en el templo se llevan a cabo también en el cielo, porque el templo es la intersección; y lo que hacemos como templo, nuestras oraciones, nuestra alabanza, nuestra adoración sentida, no se queda entre estas paredes, ni se queda dentro de nuestros cuerpos, sino que se eleva como un incienso aromático agradable ante el Señor Dios, que está sentado en su trono en el verdadero templo, no en un tipo ni en un dibujo, no en un habitáculo terrenal, sino en el lugar de la verdadera morada de Dios.
En Hebreos, capítulo doce, el escritor contrasta el lugar de la adoración del Antiguo Testamento con el lugar del Nuevo Testamento. En Hebreos doce, versículo dieciocho: “Porque no os habéis acercado al monte”; lo ven ¿dónde adoramos? No aquí,
“No os habéis acercado al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad, al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más, porque no podían soportar lo que se ordenaba: Si aun una bestia tocare el monte, será apedreada, o pasada con dardo; y tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo: Estoy espantado y temblando”.
Ese no es el lugar al que han venido. No han venido al monte Sinaí, no, versículo veintidós:
“Sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel”.
Se han acercado a la presencia de Jesucristo en el cielo; ahí es donde se lleva la adoración, es ahí donde se oye su alabanza, y es ahí donde sus oraciones suben como un dulce aroma de incienso ante Dios. Ustedes se reúnen en la tierra, pero se reúnen como un templo, y un templo es la intersección del cielo y la tierra, y lo que hacen en el templo se desarrolla en la presencia del Dios del cielo.
¿Donde se adora? Se adora en todos los lugares del planeta. Me encanta pensar en la mañana del día del Señor de todos nuestros hermanos y hermanas que ya se han reunido. Oramos por estas preciosas personas, y pienso en ellas.
Y ya, cuando me estoy levantando para ir a adorar con nuestra gente aquí en Nueva Jersey, nuestros queridos hermanos en Nueva Zelanda están terminando el día del Señor y ya han estado adorando. Nuestros queridos hermanos en las Filipinas… y continúo desde el horario del Pacífico y sigo por todo el oeste, y pienso en todos los hermanos y hermanas por los que oramos en China, y en todo el Oriente Medio, y por toda Europa, y a lo largo de África, y por toda la Europa occidental, luego cruzo el Atlántico y la adoración estalla de nuevo cuando alcanzo las costas del este y bajo hasta Brasil, y continúo por todo el medio oeste hasta llegar a California y Hawai, y durante todo el día toda esta alabanza de todos los templos vivientes se está alzando y uniéndose en alabanza a Dios, en el trono celestial.
¿Dónde adoramos? En todas partes. ¿Dónde adoramos? En su presencia. ¿Dónde nos unimos como una Iglesia universal? En su presencia.
Puede que sólo seamos aquí dos o tres, pero realmente estamos cantando en un gran coro porque nuestras voces se unen con las voces de los hombres justos hechos perfectos, y los ángeles en las alturas, y las miríadas de miríadas, y en la gloria de Cristo, su magnificencia en su presencia. Así que aunque seamos sólo dos o tres, veinte o treinta, cantemos lo más alto que podamos y llevemos nuestras voces ante el trono. ¿Dónde adoramos? En la presencia de nuestro Rey.
¿Cuándo adoramos?
Finalmente: ¿Cuándo adoramos? Bien, en Romanos, capítulo doce, estamos de acuerdo con los que nos dirían que adoramos cada día. Adoramos cada día. Todas nuestras actividades han de ser hechas como un ejercicio de adoración y devoción a Jesucristo:
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”.
Cada día tenemos que adorar a Dios en nuestras tareas, en nuestras relaciones, en todo lo que hacemos en este cuerpo físico, ofrecido a Dios como adoración espiritual, como una forma de sacrificio y alabanza a Dios. Pero recuerden: no estoy hablando de la adoración privada de cada uno, sino que estoy hablando de la adoración colectiva, estoy hablando de la adoración que se lleva a cabo por el pueblo de Dios congregado en la presencia de Dios.
¿Responde la Biblia a la pregunta: cuándo ocurre esto? La respuesta del Nuevo Testamento es que esto ocurre en el primer día de la semana, el día que la Iglesia primitiva comenzó a llamar el día del Señor. En el antiguo pacto, el día de reposo, el séptimo, de adoración a Dios era un descanso de las labores cotidianas para poder dedicarse a la labor de adorar a Dios.
Se nos dieron dos razones para cumplir el cuarto mandamiento. En Éxodo veinte, en el versículo once, la razón para el día de reposo, la de acordarse de santificarlo, se dio debido a la actividad creadora de Dios. Dios creó los cielos y la tierra en seis días, y al séptimo día descansó. Y como nosotros somos portadores de la imagen del Dios que nos creó, la creación es una razón para la observancia del día de reposo.
Pero luego, en la segunda entrega de la ley, en Deuteronomio cinco, quince, la razón para el cuarto mandamiento cambió, y ahora al pueblo de Dios se le dice que se acuerde del día de reposo para santificarlo porque han sido redimidos de Egipto con brazo fuerte y poderoso.
La creación y la redención son las dos razones para guardar el día de reposo en la adoración del antiguo pacto. Ellos recibieron leyes ceremoniales que también estaban asociadas con los servicios de adoración del séptimo y el octavo día, para responder a la pregunta de cuándo se debe reunir la comunidad para adorar en la presencia de Dios en una adoración colectiva.
Ahora bien, en el nuevo pacto las cosas viejas pasaron y todas las cosas han sido hechas nuevas. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Qué ha cambiado en el nuevo pacto? Jesucristo resucitó de los muertos, y esa es la diferencia, algo sin precedente alguno. Jesucristo resucitó de los muertos, así que ahora, si algún hombre está en Cristo, es ¿qué? Es una nueva criatura.
El nuevo cosmos, el nuevo cielo y la nueva tierra, ya han comenzado a ser formados en la sustancia y el material del Jesucristo resucitado. En ese cuerpo resucitado existe un universo totalmente nuevo que se está formando. Él es el segundo Adán, y con su cuerpo glorificado y resucitado está también la promesa de un nuevo cielo y una nueva tierra, glorificados y purificados.
Cuando Jesucristo resucitó de los muertos, resucitó el primer día de la semana, y en ese día se reunió con sus discípulos. Juan es específico en Juan veinte, que fue el primer día de la semana cuando Jesús se reunió con sus discípulos.
Y al hacer eso, al acudir a su asamblea, al estar Jesús con ellos, les comunicó la bendición sabática de su presencia, y mediante ese hecho, no por su mandamiento, Él cambió el día: del séptimo al primero. Y después, en el día de Pentecostés, que fue el primer día de la semana, Él derramó su Espíritu y le dio a la iglesia el inicio de la herencia, el anticipo del glorioso día de reposo que está delante de ellos en los cielos nuevos y la nueva tierra, el Espíritu Santo, el anticipo de nuestra herencia.
Así como el día de reposo del antiguo pacto estaba basado en la obra de la creación de Dios y en la obra de la redención de Dios, ahora, en el nuevo pacto, la obra de la redención es la obra de la creación, porque la redención abarca la creación.
Somos nuevas criaturas, y como nuevas criaturas, ahora tenemos nuestro día que conmemora esta gran obra redentora de la nueva creación. Y es nuestra esperanza, y es nuestra experiencia como personas nacidas de nuevo y resucitadas de entre los muertos, que nosotros ya tenemos un anticipo de esta bendición sabática gloriosa y eterna de entrar en el reposo de Dios.
Así que ahora tenemos nuestro día, un día en el que nos reunimos ante el Señor del día de reposo y experimentamos la esencia de la bendición sabática, la cual es de nuevo:
“Yo seré tu Dios, y tú serás mi pueblo, y moraré en medio de ti”.
Dios viniendo a morar con su pueblo era la esencia de su adoración asociada con la bendición sabática, y cuando Jesús vino a morar con ese grupo congregado de discípulos en el primer día de la semana, transfirió la bendición sabática al primer día de la semana. Realmente podría predicar toda una serie sobre este tema.
Como ven, la bendición sabática se le dio a los portadores de su imagen. Es parte de nuestra imitación de Dios, parte de haber sido hechos a su imagen. Es hacer lo que Él hace, estar con Él, es vivir con Él; esa es la esencia de lo que es adoración, esa es la esencia de lo que es salvación.
Esa es la esencia de lo que es la bendición sabática: Dios con nosotros, Dios con nosotros. Nosotros somos su pueblo, y Él está con nosotros. En la Iglesia primitiva, en Hechos capítulo veinte y versículo siete:
“El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan”.
Primera de Corintios capítulo dieciséis, versículo uno (versículo dos):
“Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas”.
En Apocalipsis capítulo uno, en el versículo diez, Juan dice:
“Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor”.
Luego, al final del primer siglo, cuando se escribió el libro del Apocalipsis y la Iglesia primitiva leyó las palabras de Juan: “Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor”, no se miraron el uno al otro diciendo: “¿qué está diciendo?”. ¿Cuándo fue, entonces? Alguien dijo: “Miércoles por la mañana”; nooooo, “jueves por la tarde”; no. “Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor”.
Todos ellos sabían exactamente de qué día estaba hablando; estaba hablando del primer día de la semana, estaba hablando del día que marca la bendición de la resurrección, ese día que marca la redención de las nuevas criaturas, ese día que conmemora la venida de Jesucristo a la asamblea de su pueblo, ese día que marca la venida del Espíritu Santo como el anticipo de nuestra herencia, ese día que nos da una probada de las glorias del día de reposo que nos esperan.
Por tanto, en Hebreos, capítulo cuatro, versículo nueve, cuando el escritor nos dice: “Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios” (el original dice: “queda un reposo esperando para el pueblo de Dios”), no nos está enseñando; lo siento, no estoy de acuerdo con algunos maestros modernos a los que respeto, pero que toman este pasaje y le dicen al pueblo de Dios que el escritor aquí está enseñando sobre la justificación y el descanso de nuestras obras y confiando en la obra terminada de Jesucristo, y por eso ese entrar en el reposo de Dios es simplemente lo mismo que ser justificado sólo por la fe, por medio de la gracia, en Cristo.
Yo creo que la justificación es sólo por la fe, por medio de la gracia, en Cristo solamente, pero no creo que esto sea lo que está enseñando este pasaje. El escritor de Hebreos no está tratando de explicarle al pueblo de Dios la doctrina de la justificación, sino la doctrina de la santificación, y en particular la doctrina de la perseverancia.
Y está señalando a Jesucristo, y está diciendo, que como Cristo terminó su obra y entró en el reposo de Dios ―algo que no les dio Josué, algo que David no conoció, algo que el hombre no ha conocido desde que cayó y fue expulsado de la presencia de Dios en el huerto―, hay uno que ha entrado en ese reposo: Jesucristo.
Ahora ustedes también, que están en el desierto como lo estuvieron los israelitas, no hagan como ellos, que oyeron la palabra en incredulidad y muchos de ellos cayeron y no pudieron entrar en el reposo, no entraron en la promesa de Dios porque no perseveraron hasta el fin; Jesús perseveró hasta el fin, y ustedes, como Él, al seguirlo, deben perseverar hasta el fin.
Deben perseverar y terminar las obras que Dios les ha dado que hagan, y cuando las hagan, también entrarán en su reposo. Por eso nos espera un reposo, hay un recuerdo, hay una observancia de un día de reposo del nuevo pacto en el día del Señor. Eso nos dice que estamos en el desierto, que no hemos llegado aún a nuestro destino, pero que nos dirigimos a la tierra prometida.
Estamos de camino, y cada día del Señor recibimos un ajuste quiropráctico y enfocamos nuestra cabeza en la dirección correcta. Nos dirigimos a casa; sigamos hacia delante. Nos dirigimos a casa, estamos en la presencia de Dios, así que sigamos adorando, sigamos sirviendo, sigamos obedeciendo, y no nos demos la vuelta, sino perseveremos. Eso es lo que está diciendo en Hebreos capítulo cuatro. Terminen las buenas obras, no sólo que Dios ha terminado la buena obra en ustedes, sino que en Apocalipsis ellos entran en su reposo porque sus obras les siguen. Han descansado de sus obras.
De esto está hablando, de terminar la obra de la santificación, la obra de la perseverancia, y requiere que usted se ocupe de su salvación con temor y temblor y ponga todo de su parte, porque Dios está obrando en usted tanto en el querer como en el hacer por su buena voluntad. No ponga el punto muerto; no ponga el control de crucero ni dé marcha atrás, sino siga hacia delante.
Por tanto, acuérdese del día de reposo y santifíquelo. Reúnase con el pueblo de Dios, fije sus ojos en Cristo Jesús, y corra la carrera que tiene por delante, dejando a un lado los pecados y estorbos que tan fácilmente le acosan, y mantenga sus ojos en Cristo. Guarde el día santo, siga congregándose. No dejen de congregarse, Hebreos diez, veinticinco.
Cuando hay un día de reposo esperando, cuando la iglesia se reúne, acuda. Cuando se abre la Palabra de Dios, escúchela. Cuando se dé la Comunión, participe. Usted llega a la mesa de Cristo, Él está presente ahí con usted, y eso es una muestra del cielo; siga probando, pruebe y vea que el Señor es bueno, siga bebiéndole, siga comiéndole, siga respirándole, siga viviendo con Él y para Él, y persevere, continúe. Este es el mensaje de Hebreos, y es en este contexto que tenemos que entender lo que se dice.
Cuando dice que hay un reposo esperando, no está hablando de la justificación, sino que está hablando de la perseverancia, está hablando de terminar la carrera, de llegar a la línea de meta. Por tanto, el día de reposo fue hecho para el hombre, y no el hombre para el día de reposo. Es la bendición de Dios morando entre nosotros, y probar eso nos hace tener hambre para continuar.
¿Para qué está viviendo? ¿Para qué sirve su vida? ¿Qué es aquello en lo que merece la pena gastar sus energías? ¿Cuál será el pequeño epitafio que se leerá en su tumba? ¿Por qué cosa le recordarán sus familiares y amigos? Eso es lo que harán, sabía, cuando usted muera. Usted vive toda su vida; pequeño epitafio: así es como hizo todo su dinero. ¿Qué dirán ellos de usted? Ah, recuerdo a mi papá, recuerdo a mi tío, recuerdo a mi tía, recuerdo a mi hermana; saben, su vida consistió en… ¿qué? Y su vida se resumirá en una cosa que la gente sabe que es por la que usted vivía: ¿cuál es esa cosa?
Oro para que sus familiares y amigos, cuando usted muera, digan esto de usted: adoraba al Dios viviente. Adoraba al Dios viviente. Para él o ella, no había nada más importante.
En medio de una crisis económica, en medio de una crisis familiar, en medio de una crisis nacional, en medio de la enfermedad, en medio del desafío, en los buenos momentos, en los malos momentos, cada día del Señor. Ellos vivieron por una cadencia sabática. Camine en ella.
Cada séptimo día: me congrego, estoy con el pueblo de Dios. Así es como logré atravesar mi desierto: guardando el templo sabático, reuniéndome con el pueblo de Dios, ofreciendo adoración, viviendo con Él y probando el amor del Dios que me ama y me visita, y me enseña cómo amar a mis hermanos y hermanas y me da a probar algo más glorioso de lo que yo pudiera imaginar.
Quiero ir al cielo con ustedes, donde viviremos juntos en la presencia de Dios para siempre. Y eso es lo que estamos haciendo aquí, probando un poco, y sabe bastante bien ¿no es así? Lo pruebo y me hace querer probarlo más, me hace querer estar con ustedes, y con nuestro Salvador, viviendo eternamente con Dios. Esto es adoración: Yo seré tu Dios; tú serás mi pueblo, y moraré contigo.
Ahora bien, el pueblo de Dios se reúne cada día del Señor. ¿Dirían que hay algún otro lugar donde preferirían estar? ¿Dirían que hay alguna otra persona con la que preferirían estar? ¿Dirían que hay algo más importante que hacer para ustedes? Perdón, usted es una piedra viva del templo del Dios viviente y quería hacer, ¿qué? Ve, cuando agarran la bendición, nada de esto es legalismo, nada de esto nos supone un esfuerzo, sino que es vida. Esto es vida, vivir para la gloria de nuestro Dios y Salvador, Jesucristo. ¡Aleluya! Gloria sea al Dios que viene a morar entre nosotros en amor, y vida, y bendición, y gracia. Adoremos y postrémonos ante Dios nuestro hacedor. Amén.
Oremos: Dios y Padre nuestro, oramos que puedas encontrarnos en nuestros corazones congregados en torno a ese trono glorioso sobre el que el Cordero es exaltado, junto a las miríadas de miríadas y alabando a nuestro Salvador y Rey. Digno es el Cordero. Digno es el Cordero.
Nos postramos, y adoramos tu santo nombre. Déjanos probar tu presencia, déjanos probarte a ti, el buen Dios viviente, y aumenta nuestra hambre, aumenta nuestro gozo, aumenta nuestra esperanza, aumenta nuestra fe, aumenta nuestro amor. Glorifica el nombre de Jesucristo entre nosotros, te rogamos. Amén.
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Cómo debe cuidar el pastor de su familia
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Queridos hermanos, elevemos juntos una oración pidiendo la gracia y la ayuda del Señor para poder seguir con el estudio de su palabra:
“Dios y Padre de misericordia, te pedimos en este momento que nos des el Espíritu Santo. Haz que recibamos la instrucción de tu palabra para que nos enseñe a ser hombres de Dios, hombres piadosos, hombres cristianos en nuestros hogares.
Que podamos ser instrumentos en tus manos; que seamos siervos en tu familia; que seamos verdaderos ministros del nuevo pacto. Haz que podamos ser eficientes en nuestros esfuerzos por impulsar tu reino; que llevemos fruto y demos gloria y alabanza a Jesucristo. En su nombre te lo pedimos. Amén”.
El tema que vamos a tratar en esta hora es la prioridad que debe dar el pastor al cuidado de su familia. En la hora anterior vimos el cuidado que el pastor debe tener en cuanto a sí mismo y consideramos la prioridad de mantener nuestra propia salud espiritual. Vimos que teníamos que ser hombres cristianos verdaderos.
Es necesario que seamos disciplinados en nuestra devoción hacia Cristo, en nuestra lectura devocional de la palabra de Dios y en nuestra vida secreta de oración. Asimismo, debemos esforzarnos por mantener una buena conciencia delante de Dios y de los hombres.
Al considerar la necesidad de mantener nuestra salud, debemos referirnos también a la cuestión de la salud intelectual. Debemos aceptar el reto que nos presenta la palabra de Dios en cuanto a mantener un vigor intelectual, sobre todo en nuestros hábitos de lectura.
La palabra de Dios puede plantear también un desafío en lo que respecta al mantenimiento de nuestra salud física. Debemos esforzarnos como hombres para tener una buena salud física y estar fuertes de modo que podamos tener vigor y energía para desarrollar el ministerio del Evangelio.
De este modo, evitaríamos enfermedades innecesarias que nos representarían un obstáculo para la constancia en nuestros ministerios. Haciendo uso de la palabra de Dios, podríamos referirnos a nuestra salud emocional y ver la necesidad que tiene el ser humano de relacionarse con otros para poder tener salud y vigor emocional.
Durante esta hora en que hablaremos de nuestra relación con nuestras esposas y nuestros hijos, tocaremos indudablemente y, en gran medida, el tema de nuestra salud emocional. Está claro que, a la hora de plantearnos este estudio, nuestro enfoque se halla en nuestras propias familias.
En nuestra calidad de pastores, somos hombres y formamos parte de nuestra comunidad. Somos hombres en la comunidad de nuestras iglesias y vivimos como uno más en medio de ellas. No tenemos un ministerio itinerante que nos haga viajar de iglesia en iglesia.
Las Escrituras nos identifican con frecuencia como hombres casados y, en la mayoría de los casos, los hombres casados suelen tener hijos. Se instruye a la congregación según la palabra de Dios. Se le dice a sus miembros que miren dentro de ella y en su comunidad, con el fin de identificar a aquellos hombres que, a su modo de ver, han recibido el Espíritu Santo y han sido preparados y equipados para llevar a cabo la labor de pastorear.
Con este objeto, una de las cosas que se les suele decir es que observen cómo se comportan en la relación con sus familias. Si han podido reconocer que tiene las aptitudes de líder y que las ejerce en el seno de su propio hogar, entonces será muy fácil determinar quién tiene la capacidad de liderar a la iglesia.
Se les dice que la forma en que un hombre ame y guíe dentro de su hogar será la manera en que amará y guiará a la iglesia. Las aptitudes que tenga para guiar a su esposa y a sus hijos serán las mismas que aplicará a la hora de proporcionar liderazgo al pueblo de Dios.
Así pues, resulta sencillo discernir si un hombre está capacitado para ser pastor en su comunidad solo con analizar la relación que tenga con su esposa y con sus hijos. A diferencia de cualquier otra vocación, en la mayoría de los demás trabajos que un hombre suele desempeñar, usted no va al trabajo y su jefe le pregunta cómo va su matrimonio. No es asunto suyo.
Si usted se dedica a vender artilugios, lo único que a él le importa es que venda todos los que pueda. Si su matrimonio se está yendo al garete es algo que no le importa en absoluto, mientras no deje de vender los artilugios. ¿Cómo están sus hijos? A él le trae sin cuidado mientras usted siga siendo productivo. Pero nuestra tarea no es así.
Por así decirlo, nosotros somos nuestro trabajo. En el ministerio del Pastor Meadow y en los estudios que estamos manteniendo aquí, nosotros somos la expresión en esencia de nuestros ministerios. Nuestra forma de ser como hombres queda en total evidencia en nuestros propios hogares porque si uno no es cristiano en su casa, simplemente no es un cristiano.
Si un hombre no es cristiano en su matrimonio, no es cristiano; si no es cristiano en el seno de su familia, no es cristiano. Sus relaciones primarias son indicativas para que la iglesia pueda observar y ver quién es el cristiano maduro; quién es el hombre que tiene esa capacidad de liderazgo, quién es el que puede amar, el que puede tener influencia sobre nuestras almas, alentarnos y dirigirnos en las cosas de Dios.
Bien; en lo primero que debemos fijarnos, pues, es en la forma en la que el pastor cuida de su esposa. Veamos las cualificaciones que se detallan en primera de Timoteo, capítulo tres y versículo dos. Nuestros ojos se encuentran con estas palabras: “Un obispo debe ser, pues, irreprochable, marido de una sola mujer”.
Una vez más, Pablo da por sentado aquello que es normal para los hombres que viven en sus comunidades: se trata, por lo general, de hombres casados y suelen tener hijos. La preocupación global, con respecto a la iglesia, a la hora de determinar si un hombre está cualificado o no para el ministerio depende de su reputación, de su irreprochabilidad.
Como vimos al final de nuestro último estudio, primera de Timoteo tres, versículo dos y, de nuevo, en el versículo siete, vemos que lo que está en juego es el honor del nombre de Dios, de ahí la importancia de la calidad de los hombres que escogemos como líderes.
El nombre del Señor no debe ser blasfemado entre los gentiles por culpa nuestra. Por esa razón, la reputación y la irreprochabilidad del hombre deben ser un crédito. Se lo debe a las conciencias de los que están fuera y los que están dentro de la iglesia.
Esta es la preocupación que debemos tener cuando consideramos la vida familiar del hombre. Nos estamos preguntando: ¿tiene este hombre una vida familiar ejemplar? ¿Impone la integridad del Evangelio? ¿Honra el nombre de Dios? Si la vida del hombre no es ejemplar, entonces la iglesia tiene razones para preguntarse si el pastor está verdaderamente cualificado para su tarea.
En primera de Timoteo tres, versículo once, vemos algo muy interesante. El versículo describe aquí, en griego, las “gune”, las mujeres. Dice así: “De igual manera, las mujeres deben ser dignas, no calumniadoras, sino sobrias, fieles en todo”.
Ahora bien; la interpretación de este versículo depende de la forma en que se traduzca esta palabra griega. Los eruditos conservadores nos presentan dos opciones principales: una es que la palabra “gune” debería traducirse por “mujer” y que Pablo está pensando aquí en un grupo de obreras femeninas que sean auxiliares para los diáconos.
Yo creo que este criterio se impone, siempre y cuando no estemos estableciendo un nuevo oficio en la iglesia. Yo creo realmente que, en nuestras iglesias, las mujeres deberían ser consideradas como ministras que, por así decirlo, contribuyen a la vida y el ministerio dentro de las mismas.
El pastor Meadows ya nos enseñó en su último estudio que las mujeres ancianas deben enseñar a las más jóvenes; que existe un ministerio para las mujeres en la iglesia para el que están particularmente cualificadas y que tenemos que alentarlo.
Cuando interpretamos este pasaje teniendo en vista la vida de Febe, en Romanos dieciséis, versículo uno, vemos que era una sierva en la iglesia. Yo creo que sería muy beneficioso que alentáramos a las mujeres en nuestras iglesias a comprometerse de una forma más agresiva en el avance del Evangelio, en su trato unas con otras y en sus ministerios en general.
Pero la palabra puede traducirse también como “esposa” y esta es la traducción que se le da en el versículo dos: marido de una “gune”, una sola esposa. De nuevo, cuando se refiere a los diáconos, dice que deben ser maridos de una sola esposa en el versículo doce, y de nuevo encontramos la palabra “gune”.
De forma que, a mi modo de ver, el contexto nos conduce a pensar que Pablo se está refiriendo aquí a las esposas. No soy dogmático, pero esta es la forma en la que voy a interpretar y manejar el pasaje en nuestro estudio.
Si Pablo describe aquí tanto a la esposa del diácono como a la del anciano, lo que está diciendo es que ambas tienen unas cualificaciones o características básicamente iguales y que se ven primeramente en sus esposos.
Al comparar el versículo ocho con el once observad: “De la misma manera, también los diáconos deben ser dignos […]”. Veamos ahora el versículo once: “De igual manera, las mujeres deben ser dignas”. Versículo ocho: “[…] de una sola palabra”. Versículo once: “[…] no calumniadoras […]”. Versículo ocho: “[…] no dados al mucho vino […]”. Versículo once: “[…] sino sobrias […]”. Versículo ocho: […] ni amantes de ganancias deshonestas”. Versículo once: “[…] fieles en todo.
Cuando alineamos estos dos versículos podemos ver un paralelismo en el vocabulario y en los conceptos que Pablo tiene en mente cuando describe a la esposa del diácono, la de un anciano, y las compara. Entonces vemos estas similitudes.
Sugiero que al interpretar el pasaje de este modo, interpretando que se refiere a la mujer como esposa, debemos entender que Pablo nos está presentando a nosotros, más que a la iglesia en realidad, una de las mejores pruebas de la cualificación que un hombre debe tener para ejercer un liderazgo espiritual.
La pregunta de la iglesia es: ¿qué tipo de liderazgo espiritual nos proporcionará este hombre si le nombramos pastor de nuestra iglesia? ¿Cómo influenciará a otras personas? ¿Qué tipo de influencia tiene sobre los demás?
¿Tiene la habilidad de conducir a otra alma a la verdad y aportarle algún beneficio espiritual? ¿Puede llevar a personas inconversas al mundo del Evangelio y conducirlas a Cristo? ¿Es capaz de alimentar la fe de los pequeños y de los creyentes? ¿Cómo es su liderazgo?
¡Bueno! ¿Qué mejor forma de contestar a esta pregunta que mirando a la esposa de ese hombre? Al hacerlo veremos el impacto de su liderazgo, su amor y su dirección espiritual sobre aquella persona que Dios le ha dado para que él sea su cabeza, para dirigirla amarla?
La aptitud del pastor para el liderazgo espiritual será absolutamente evidente en la forma en la que trate a su propia esposa. Ella es la respuesta a la pregunta sobre la influencia que este hombre puede tener sobre otras personas.
¿Prosperará la iglesia bajo su liderazgo, o se irá debilitando? ¿Madurará la iglesia y florecerá o más bien se encogerá y se marchitará? Se puede hacer una lectura tremenda de la forma en la que su liderazgo se ejerce y en el fruto que lleva en sus relaciones domésticas.
Así pues, cuando veáis estas características de la mujer, que se describen en el versículo once, estaréis viendo un reflejo de las características de su esposo, según nos las refiere el versículo ocho. Ella refleja el carácter de él. Es un reflejo de sus virtudes.
Ahora bien, no estoy diciendo que una mujer cristiana sea incapaz de cultivar esas virtudes piadosas de forma separada de su esposo. Quiero decir que la esposa de un pastor debe mostrar esas virtudes que son evidentes por su colaboración en el ministerio espiritual de él en el hogar y que, de hecho, él la está conduciendo a la madurez espiritual.
Si el anciano es verdaderamente un hombre de carácter piadoso y capaz de influenciar a los demás con su santidad, entonces ¿dónde será esto más evidente si no en su propio matrimonio? Pablo dice que si él la ama, entonces amará a la iglesia. Si es sensible con ella, Pablo dice que lo será con la iglesia.
Si ella se somete a él es porque lo respeta y confía en él; por consiguiente, la iglesia no tiene ningún motivo para pensar si es digno de confianza o no. Se ha ganado el respeto y la confianza de la mujer que le conoce y le ve en sus peores momentos, en privado y que sigue confiando en él.
Si ella no está dispuesta a que él la guíe, la iglesia debería preguntarse si se dejaría dirigir por él. ¿Qué sabe ella sobre él que nosotros desconocemos? Si no es capaz de mantener el respeto de su esposa, ¿no será porque ella ve hipocresía en el hogar?
Amigo mío, si no puedes mirar a tu esposa a los ojos mientras predicas; si no puedes dirigirte desde el púlpito a su conciencia como pastor suyo, algo está fallando. Si cuando estás predicando llegas a cuestiones de aplicación y en tu fuero interno sabes que no la puedes mirar a los ojos porque, si lo haces, sentirás que su mirada te está diciendo: “hum, ya sé a lo que te refieres”, es que algo está fallando.
Tendrás que decirte a ti mismo que algo no va bien y que tienes que trabajarte algún área en tu hogar. Tal vez deberás preguntarte si deberías estar detrás del púlpito llevando a cabo la tarea que haces. Mi esposa es parte de lo que me cualifica para estar en el ministerio.
Por consiguiente, el pastor debe convertir su matrimonio en una prioridad porque este demuestra si sabe o no cómo aplicar el Evangelio a sus relaciones personales. ¿Quién es la persona contra la que más pecas sino tu esposa? ¿Dónde se necesita más el Evangelio y con más frecuencia sino en tu matrimonio?
El Evangelio debe ser una parte constante en la comunicación entre marido y mujer porque peco más contra mi esposa que contra cualquier otra persona. Le digo cosas que no debería decirle y esto ocurre mucho más a menudo que con cualquier otra persona. Tengo una mala actitud hacia ella con más frecuencia que hacia cualquier otra persona.
Ella es quien da la respuesta a la pregunta de si soy o no un pecador que lucha contra su propio pecado que permanece, si sé llevar el Evangelio y aplicarlo a las relaciones personales. De este modo se verá si los creyentes de la iglesia pueden esperar que, cuando pecamos (y no digo “si pecamos”) los unos contra los otros, haya alguien que pueda dar el correspondiente liderazgo espiritual.
Sabrán si pueden confiar en que ese alguien sepa lo que significa reconocer su pecado, confesarlo, arrepentirse y buscar el perdón. Verán si sabe lo que significa perdonar y no ser rencoroso guardando el pecado contra aquella persona a quien se ha perdonado. Estarán seguros de su capacidad de de llevar a cabo la reconciliación y la paz del Evangelio. ¿Quién tiene las aptitudes para esto? ¡El pastor! ¿Puede llevarlo a cabo? ¡Pregunta a su esposa!
¿Por qué? Porque si está pecando en algún área se trata con seguridad de la que se refiere a ella. Ella podrá decirte si sabe cómo reconocer su pecado y como arrepentirse. ¿Sabe cómo perdonar? ¿Sabe cómo ser líder en las relaciones personales, triunfar sobre el pecado y llevar la victoria del Evangelio, en lugar de la amenaza que supone ese pecado para el carácter de nuestra comunidad?
La iglesia necesita saber que ese hombre conoce la forma de liderar mediante el Evangelio. En Efesios capítulo cinco, versículo veintidós dice:
“Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo El mismo el Salvador del cuerpo. Pero así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo. El marido es la cabeza de la mujer, así como Cristo lo es de la Iglesia”.
Se le ha dado la posición de responsabilidad y liderazgo. No debemos ejercer como señores sobre nuestras esposas como los gentiles que se hacen con la autoridad y la convierten en tiranía y manipulación. Debemos liderar en Cristo; no debemos ejercer la autoridad para nuestros propios propósitos egoístas, ni debemos imponernos a la fuerza sobre otros. Debemos hacerlo mediante la entrega.
Debemos gobernar mediante el servicio. Tenemos que hacerlo como un salvador para que el resultado de nuestro liderazgo sea promover la salvación de aquellos a los que estamos guiando. Pablo sigue diciendo en el versículo veinticinco:
“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada”.
El liderazgo del marido debe ser la expresión del amor del Evangelio, de un gobierno como el de Cristo, que es servicio. De esta forma, está dispuesto a sacrificarse por su esposa como Cristo lo hace por la Iglesia; debe hablarle con palabras que la santifiquen, la edifiquen, la levanten, la limpien y la purifiquen.
Así pues, en el versículo veintisiete, está satisfecho y la presenta ante sí mismo como el resultado de su liderazgo: una mujer que ha madurado y florecido en su feminidad, que es como la esposa de Cristo, gloriosa por la belleza de su piedad.
Se presenta ante él y él se siente satisfecho, se sacrifica, santifica y siente contentamiento al recoger el fruto de su matrimonio hecho de amor y liderazgo según el Evangelio. Seguimos con el versículo veintiocho:
“Así también deben amar los maridos a sus mujeres, como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, así como también Cristo a la iglesia; porque somos miembros de su cuerpo”.
El amor del esposo debe ser algo que dé vida porque es una sola carne con su mujer. La salud y el vigor de ella son también los suyos. Debe amarla como se amaría a sí mismo porque es una sola carne con ella. Debe alimentarla; esto significa que debe proporcionarle alimento para algo: para su salud y bienestar.
Debe ser cariñoso con ella. En el original esta palabra significa suavizar algo calentándolo, manteniendo la relación en un estado cálido y afectuoso, cuidando tiernamente de ella, suavemente, dulcemente. Como dice Pablo, tiene que considerarla como vaso más débil porque es tierna y frágil.
El liderazgo de él no debería aplastarla, sino alimentarla. ¿Por qué? Porque así es como Cristo trata a su Iglesia: la alimenta y la cuida. Él sirve a su Iglesia con ternura, bondad, cariño y sacrificándose a sí mismo. De esta manera, la va guiando hacia la santidad.
Pablo dice ahora que esta es la forma en la que vosotros, maridos cristianos, debéis amar a vuestras esposas. Luego le dice a la iglesia que debe encontrar a hombres que amen así a sus esposas y los nombre pastores.
Por consiguiente, el pastor debe dar prioridad a su matrimonio porque este será una demostración para los que estén en la iglesia y fuera de ella, del tipo de liderazgo que el propio Jesús da a su Iglesia.
¿Cómo lidera Jesús a su Iglesia? La congregación debería contestar: de la forma en que nuestro pastor lleva su matrimonio. Nos está dando un modelo, un ejemplo de la forma en que Cristo ama a su iglesia. Por este motivo le nombramos pastor, porque reconocimos un liderazgo similar al de Cristo.
La forma en la que dirige a su esposa es la manera en la que queremos que nos guíe como iglesia. Es a la manera de Cristo. Entiende y aplica el Evangelio. A medida que ejerce el liderazgo espiritual procura ver cómo prosperan aquellos a los que está dirigiendo.
La forma en la que haya alimentado a su esposa, la manera en la que ella haya crecido bajo su dirección será el tipo de influencia que deseamos como pueblo de Dios. Reconocemos las aptitudes, los dones, las virtudes para ese tipo de liderazgo. Nos gustaría que ese hombre fuese nuestro pastor. ¿Veis cómo encaja todo?
El pastor no solo debe preocuparse por su esposa, sino que también debe ocuparse de sus hijos. Debe cuidar de ellos.
De nuevo, hay muchas cosas aquí que se solapan en las observaciones. La habilidad de un hombre para proporcionar un liderazgo espiritual no solo se verá en su matrimonio, sino también en la forma en la que ejerza la autoridad como padre.
No podemos infravalorar la influencia que un padre tiene sobre sus hijos. Así como un marido debe amar a su esposa como Cristo ama a la Iglesia, también debe el padre amar y disciplinar a sus hijos en la forma en la que nuestro Padre celestial nos ama y nos disciplina a nosotros.
El niño forjará sus ideas sobre Dios según se ejerza la autoridad paterna. Un padre no se limita a proveer en el área física del niño, proporcionándole comida, ropa y abrigo.
Un padre debe darle una dirección espiritual en lo emocional, intelectual, espiritual y, de este modo, el niño aprenderá el significado de la vida por medio de su padre. El niño adquiere los valores de su padre y estos van determinados por el Dios que ese padre adore en su vida.
Un niño es capaz de darse cuenta de que, aunque su padre vaya a la iglesia los domingos, lo que realmente le excita y lo que verdaderamente le interesa es si su equipo de béisbol gana la liga o no.
Observa a su padre. Le ve en la iglesia, cantando los himnos con pocas ganas. El predicador empieza a hablar y papá empieza a apagarse como si estuviera esperando que llegue el “Amén”.
Luego ve a su padre sentado ante el televisor, viendo jugar a su equipo de béisbol. Está sentado en el filo de su asiento y está pensando, ¡uau, esto es importante! Y el chiquillo se hace a la imagen de su padre.
Su alma se ve afectada por lo que su padre ama, lo que su padre adora y lo que su padre sirve. Y va creciendo y se convierte en un “hombre”. ¿Qué es un hombre? ¿Qué es un hombre? Un hombre es alguien que juega a ir a la iglesia pero que es “masculino” en el campo de deporte. ¿De dónde has aprendido eso? ¡De mi padre! Así es como adquiere sus valores.
Cuando leemos el capítulo veinte del libro de Éxodo, esto es lo que el Señor le enseñó al pueblo de Dios junto con el segundo mandamiento: el niño aprenderá el significado de la vida y heredará un sistema de valores que quedará definido y determinado por el dios que su padre esté adorando.
Éxodo veinte, desde el versículo cuatro al seis:
“No te harás ídolo, ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No los adorarás ni los servirás; porque yo, el Señor tu Dios, soy Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y muestro misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos”.
Veréis, si un padre adora al dios de su propia imaginación, no solo haciéndose falsas imágenes de él esto produce una idea de Dios contraria a su revelación. Esa idolatría de lo que es supremamente valioso y verdadero, se transmitirá en todo tipo de formas al hijo que se está formando a la imagen de su padre; luego pasa al nieto y, así, hasta la tercera y la cuarta generación.
Por medio de su adoración, ese hombre generará y transmitirá a sus hijos y a sus nietos un criterio de vida hecho de valores distorsionados. Dios dice en su palabra que esto formará parte de su juicio contra ese hombre porque Él es celoso de su propio nombre y de la revelación que ha dado de sí mismo.
Por el contrario, si el padre ama y obedece al verdadero Dios vivo, si guarda su pacto y aprende a amarle a Él y a su prójimo, recibe la promesa de que su amorosa misericordia visitará a los hijos y les transmitirá un sistema de valores definido por el verdadero Dios vivo. Crecerán para honrar sus mandamientos y sus leyes; recibirán aliento, como su progenitor, para aceptar al Dios de sus padres. Ahora, os ruego que me prestéis atención.
No estoy diciendo que todos los hijos de todos los hombres cristianos se convertirán y serán salvos. Tampoco estoy diciendo que todos los hijos de los hombres inconversos no serán nunca salvos. A lo que me estoy refiriendo es al hecho de que la verdadera religión se suele pasar de una generación a la siguiente, dentro de la estructura de unos padres piadosos y que, a menudo, esta forma de ser padres es el medio primordial que Dios utiliza para la evangelización.
Nuestra fe en Dios y los valores que llegan hasta nosotros, junto con nuestra adoración y servicio al verdadero Dios, influirán de hecho en nuestros hijos y nuestros nietos.
Espero, pues, que podáis ver por qué Pablo incluye al hombre como padre en su descripción de aquellos que están cualificados para el ministerio. Pablo dice a la iglesia: mirad, si queréis saber si un hombre puede influenciar a los demás con la religión verdadera, ved qué tipo de influencia tiene sobre sus propios hijos.
La naturaleza misma de la propia religión, falsa o verdadera, es lo que se transmite de padres a hijos. De manera que, si un hombre puede influenciar espiritualmente a sus hijos y llevarles al verdadero Dios, Jesucristo, podéis esperar que la tenga también sobre los demás para la causa de Cristo.
Así pues, en primera de Timoteo capítulo tres, versículos cuatro y cinco Pablo nos habla del hombre que tiene las cualificaciones que se reflejan en su capacidad como padre. Debe gobernar bien a su propia familia, tener control sobre sus hijos con toda dignidad, “Que gobierne bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad (pues si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?)”.
Aquí, Pablo relaciona claramente el liderazgo del hombre en el hogar con el liderazgo en la iglesia. Si sabe ejercer autoridad y liderazgo en su hogar, tendrá la misma capacidad y la aplicará de la misma manera en la iglesia. Si su dirección tiene resultados beneficiosos en el hogar, entonces la iglesia puede esperar que ese mismo tipo de gobierno aporte beneficios a la iglesia.
De manera que Pablo dice que tiene que tratarse de alguien que gobierne, es decir, que esté al frente, como si de un presidente se tratara. Debe conducir y guiar procurando el bien de aquellos a los que está dirigiendo (en el hogar a sus hijos).
Debe hacerlo de modo que les dé protección y los ayude para beneficio de los niños. Sus órdenes han de ser las adecuadas. Deberá ejercer autoridad y mantener el control de la situación para que proporcione beneficio a los que están a su cargo y se sientan a salvo bajo la administración de una dirección semejante.
Cuando todo esté bien gobernado, las cosas no serán un caos, ni estarán fuera de control y las personas se sentirán seguras. Debe mantener el control sobre sus hijos con toda dignidad para que el niño se someta a la autoridad y al gobierno del padre.
El niño no es un esclavo que recibe la brutalidad y es azotado para que obedezca como si fuera un perro apaleado. Sumisión significa que hay disposición para acatar la autoridad, un deseo de seguir al líder, porque respetan a su padre. Confían en él, le aman y quieren agradarle. Este es el tipo de control al que Pablo se refiere cuando dice “dignamente”.
He visto a padres y abuelos que tratan a sus niños de forma demencial y los humillan. Esto no es digno. Nuestro liderazgo debe dar dignidad al niño. Que los hijos menosprecien a su padre es algo muy feo; no le respetan y le sirven como un esclavo golpeado, fruncen el ceño, se burlan de él y hacen gestos con sus ojos porque se les ha obligado a hacer algo. Eso es terrible; no dignifica.
Pero qué hermoso es ver a un niño que quiere complacer a su padre. Qué bello es ver cómo llevan los valores de su padre en el corazón. En el momento en que empiezan a hacer sus elecciones, comienzan a vivir de una forma que su padre aprueba por completo. Están aprendiendo a servir al Dios de su padre y esto es algo muy hermoso.
Cuando la iglesia ve que los hijos del pastor le obedecen con amor, asisten a los cultos de adoración con todo respeto, prestan atención al ministerio de predicación de su padre, el efecto que esto produce sobre ellos es obvio. Cuando crecen, sus elecciones demuestran que han abrazado los valores de su padre.
Entonces esa iglesia recibe la prueba de que ese hombre no es un hipócrita en su hogar. Es dueño de la conciencia de sus hijos. No es de una forma en el púlpito y de otra en privado. Vive con integridad y coherencia para ganar la aprobación de la conciencia de su esposa y de sus hijos. Por medio de sus vidas, la esposa y los hijos del pastor están diciendo a la iglesia: “este es un hombre digno de confianza; es un hombre fiel; es capaz de influenciar vuestras almas para vuestro beneficio espiritual”. La esposa y los hijos se convierten en parte de sus cualificaciones para el ministerio.
En Tito capítulo uno y versículo seis dice que el hombre debe ser: “[…] marido de una sola mujer, que tenga hijos creyentes, no acusados de disolución ni de rebeldía”. Observad de nuevo que la preocupación que el apóstol tiene, en el versículo seis, es que debe ser irreprensible.
El pastor debe ser el ejemplo de un creyente cristiano maduro, un hombre que sepa cómo aplicar el Evangelio en sus relaciones más íntimas dentro de su familia. Una vez más debo preguntar: “¿dónde irrumpe el pecado en la vida del pastor si no es en su relación con sus hijos y en la de estos con él?”
Tiene que ser capaz de conducirles en el Evangelio y enseñarles a reconocer sus pecados, confesarlos e instarles a poner su fe en Cristo, que murió por los pecadores. Asimismo tiene que acercarse a ellos en esas ocasiones en las que él ha pecado contra ellos y preguntarles: “¿puedes perdonarme, por favor?”. De esta manera el niño aprende el Evangelio desde ambos lados, desde el del pecador y desde el de la persona a la que se pide perdón. Es el padre quien tiene que enseñar esto. Él aplica el Evangelio. Es irreprensible.
La credibilidad del Evangelio y del nombre de Cristo halla integridad en la vida de su hogar. Si el pastor no está viviendo su fe en su hogar y en su familia, entonces el pueblo tiene derecho a preguntar: “¿qué diferencia hace el Evangelio?”. Si no puede cambiar al hombre que está en el púlpito, ¿puede cambiar a alguien? Por ello, Pablo dice que tiene que tener hijos que crean.
Como ya nos enseñó el pastor Meadows en nuestra conferencia, no debemos interpretar que los hijos del anciano deban ser verdaderos creyentes, verdaderos cristianos. Entender el pasaje de este modo haría que el padre fuese responsable de la fe del hijo como si él mismo pudiera llevarle al nuevo nacimiento y darle el don de la fe y del arrepentimiento. Esto no es bíblico; solo el Espíritu Santo puede dar la vida regeneradora, la fe y el arrepentimiento al niño.
En Mateo diez, versículo treinta y cuatro, Jesús nos dice que nuestros enemigos espirituales se encontrarán entre los miembros de nuestra propia familia. Mateo diez, versículo veintiuno dice que los cristianos serán perseguidos por los miembros de su propia familia. ¿Están exentos los pastores de estas cosas? ¡No!
Lo que Pablo nos está diciendo es, más bien, que esta palabra “fe” puede traducirse legítimamente por “fiel” o “fidedigno” y “digno de confiar en él”. Se utiliza cinco veces en las Epístolas Pastorales como dichos fieles; son palabras en las que se puede confiar. Se usa en Mateo veinticuatro, versículo cuarenta y cinco cuando habla del “buen siervo y fiel”. Describe a ministros potenciales en segunda de Timoteo dos, versículo dos: “Y lo que has oído de mí en la presencia de muchos testigos, eso encarga a hombres fieles […]”.
Del mismo modo, el hijo de un pastor debería tener esa encomiable reputación de fidelidad. ¡Sí! Esperamos que un hogar gobernado por el Evangelio sea bendecido con la promesa de la amorosa ternura de Dios que encontramos en el segundo mandamiento.
A medida que criamos a nuestros hijos, les evangelizamos y oramos por ellos para que el Espíritu de Dios penetre en nuestra disciplina y en la instrucción del Evangelización que les damos. Pero, queridos hermanos, yo no puedo hacer que mi hijo crea. No puedo obligar a mi hijo a que se arrepienta sinceramente. No puedo darle el nuevo nacimiento.
Sin embargo, como padre cristiano y como pastor, soy responsable de entrenar a mi hijo para que sea fiel, para que sea digno de confianza, para que se pueda confiar en él. Hermanos, hasta los incrédulos pueden hacer esto. Aun ellos pueden entrenar a sus hijos para esto.
Aunque el niño no crea, aunque pueda llegar a rechazar la fe y al Dios de su padre, abrace una religión falsa y viva la vida de rebeldía del hijo pródigo, por lo menos debe ser respetuoso hacia la autoridad de su padre. Si vive en el hogar del padre, y sobre todo si ese es el caso, puede ser un incrédulo, pero debe mantener ese hogar irreprochable. Debe seguir manteniendo el buen orden de esa casa.
Recuerden, el hogar no puede desacreditar al Evangelio. Esta es la preocupación de Pablo. Por este motivo dice que el hijo no debe ser acusado, ¿lo entendéis?, no debe ser acusado de ser disoluto o rebelde. De nuevo, las cuestión es “ser irreprensible”, no dar lugar a la acusación. ¡Ojalá que el hogar pueda recibir el elogio de tener integridad bíblica!
Disoluto significa algo suelto, que no tiene principios éticos, que es temerario y salvaje. La rebeldía es una insubordinación, una insumisión, una mentalidad contra toda autoridad. Por otra parte, la fidelidad, un hijo creyente, no es lo contrario de la falta de fe, sino de la rebeldía. Esto es lo opuesto a la fidelidad.
El pastor no debería criar hijos desobedientes e indisciplinados. Sus hijos no deberían ser mocosos malcriados que hacen estragos en la iglesia, que no respetan la autoridad, que son indisciplinados y que van por libre.
Ahora bien, el pastor puede tener un hijo obstinado. Es posible que tenga cuatro hijos tercos y que requieran una severa disciplina. El niño puede ser difícil de manejar. Esto hace que la iglesia pregunte: “¿está ejerciendo el pastor una respuesta bíblica adecuada a este reto?”
Dios creó a este niño en el vientre de su madre y es un potro salvaje desde la edad de… ¿cuántos años? Dejadme pensar cuando fue la primera vez que vi ese tipo de cosas en mi hijo. Lo que quiero decir es que, desde muy temprana edad, yo diría que ya desde la cuna, puedo recordar cosas de mi hijo mayor que merecían disciplina.
¿Qué hacemos con esto? Bueno, la iglesia tiene que ver que, si tienes un hijo obstinado, estás aplicando una disciplina bíblica adecuada a la necesidad de ese niño. Si es un chico difícil, ¿cuál es tu comportamiento? ¿Te limitas a quedarte de brazos cruzados, abandonas y dices: “qué puedo hacer? Es un niño obstinado”. ¿O te enfrentas al niño y aplicas toda la disciplina? ¿Está siendo el pastor obediente a la Biblia en la forma en la que está disciplinando a su hijo?
Puede tener un hijo muy, muy sumiso, pero no todos los pastores tienen hijos sumisos. ¡Ojalá todos los tuviésemos! Pero no siempre es así. Algunos de nosotros recibimos verdaderos retos. ¿Nos descalifica esto del ministerio? ¡No! La pregunta es: ¿estamos a la altura del reto? ¿Estamos procurando aplicar una disciplina bíblica o nos limitamos a ignorarlo, excusarlo y dejar que el chico siga adelante con sus cosas porque no tenemos el liderazgo, no tenemos la fuerza de la hombría para enfrentarnos a un niño?
El tema de cómo criar a un hijo en el amor y la disciplina bíblica es algo que no podemos discutir, sino que es algo que se espera que un pastor sepa y dé ejemplo de ello. El pastor debe saber lo que dice la Biblia sobre la crianza de sus hijos y debe demostrar a la iglesia que tiene una encomiable competencia porque es capaz de amar y disciplinar a los que están bajo su autoridad.
De modo que, cuando la iglesia ve que no está dejando que este niño rebelde se salga con la suya, se siente alentada. Sabe que vendrán personas, engrosarán las filas de la comunidad de la iglesia y pondrán a prueba la autoridad bíblica. ¿Los dejará el pastor salirse con la suya?
Si encontramos a un lobo que intenta entrar en el rebaño con una personalidad apabullante, agresiva y terca ¿se dejará intimidar el pastor por ello? ¿Dará un paso atrás? ¿Cómo lo sabes? Está bien; tiene un hijo intimidante y obstinado. ¿Qué está haciendo al respecto? ¿Alza sus manos y dice: qué puedo hacer?”. Mi hijo, no, el niño ¿está siendo desobediente otra vez? ¡Sí! Pues agárralo y llévatelo dentro y disciplínalo.
Recuerdo que mi esposa y yo estábamos una vez acostados, exhaustos a causa de mi primer hijo y le pregunté: “¿Cuántas veces le has pegado hoy? Ella me respondió: “¿y tú, cuántas veces lo has hecho?” Y nos regocijamos porque finalmente habíamos alcanzado dígitos simples. ¡Menos de diez veces, ibamos mejorando!
La cuestión no es si tienes un potro salvaje. Personalmente yo preferiría tener un potro salvaje porque una vez ensillado, pueden correr de verdad. La cuestión es: ¿lo estás ensillando? ¿Le estás corrigiendo y disciplinando?
La preocupación es la forma en la que esto puede repercutir en la reputación del hogar. Es la respuesta que demuestra que el hogar está bíblicamente ordenado, que resistirá a las acusaciones y a las calumnias de aquellos que quieran desacreditar el ministerio. Esto es lo que preocupa a Pablo: “que sean irreprensibles; que estén por encima de todo reproche”. Esta es la prioridad del pastor: su propia salud espiritual y la de su esposa e hijos.
El pastor es un hombre cristiano, pero el Espíritu le ha dado dones que le capacitan para influenciar a otros espiritualmente, para que sea un ejemplo y les enseñe las Escrituras dirigiéndoles con una autoridad como la de Jesucristo, que se hizo siervo. Por medio de esta autoridad y servicio se sacrifica a sí mismo en su entrega para dirigir y obligar, con la autoridad del reino, a seguirle como él sigue a Cristo.
Si un hombre tiene los dones para influenciar así a los demás quedará probado en su vida y en sus hijos. Cuando ejerce la autoridad lo hará expresando la de Jesucristo, por la cual se nos permite amar, se nos permite amar. Entonces, ¿te alegras de que tu esposa no haya venido hoy?
¿Qué dirían tus hijos si les pidieras: “por favor, venid y dad testimonio a estos hermanos sobre mi liderazgo en casa”? ¿Te dejarían en evidencia y te harían sentir mal, o te elogiarían? Está claro que ellos saben que tú no eres un hombre perfecto. Saben que no eres un hombre sin pecado. ¿Pero creen que eres un hombre sincero? ¿Te respetan porque saben que te ven luchando honestamente con tus pecados según el Evangelio; que traes el Evangelio para que tenga influencia sobre sus pecados y que llevas a cabo un liderazgo honesto en el hogar para su beneficio espiritual?
¿Te ven como un hombre íntegro, sin hipocresía y te respetan y te aman por ello? ¿Aunque te vean en tus peores momentos, en tu debilidad y en tu pecado, te ven a pesar de todo como un hombre del Evangelio?
Tu esposa y tus hijos son prioridades para ti como pastor.
Si eres un fiel siervo de Cristo, un fiel ministro de la palabra, que ama a sus ovejas y las conduce a verdes pastos como el buen pastor, entonces, cuida primero tu propia salud espiritual y luego ministra el Evangelio a tu esposa e hijos y que el Espíritu te convierta en un hombre piadoso, en un verdadero pastor del pueblo de Dios. Tu esposa y tus hijos agradecerán que hayas sido llamado al ministerio y hayas aprendido a amarles y a amar a los demás con el Evangelio de Jesucristo.
Oremos:
“Padre nuestro, nuestra conciencia nos condena porque sabemos que en muchas cosas todos nosotros ofendemos. Sabemos lo fácil que nos resulta desatender la alimentación espiritual de nuestras esposas, ser negligentes con la disciplina de nuestros hijos.
Todos sabemos lo perversos que podemos llegar a ser y nos buscamos excusas que nos justifiquen aun en lo que respecta al ministerio. Nos convencemos a nosotros mismos de que nuestra negligencia tiene justificación por lo ocupados que estamos en la obra del ministerio. Padre, perdónanos y danos un nuevo propósito.
Permite que, cuando volvamos con nuestras esposas e hijos al final de esta semana, ellas puedan decirnos: “Pareces distinto ¿qué ha ocurrido?”. Que podamos mirarlas y decir: “Dios Espíritu Santo me ha convencido de que necesito amarte a ti y a nuestros hijos con más amor del Evangelio”.
Padre, danos el firme propósito de ser hombres piadosos delante de ti, delante de nuestras esposas y de nuestros hijos. Concede la respuesta a nuestras oraciones para que podamos ver realmente a cada uno de nuestros hijos e hijas en el reino de Dios.
Que podamos, junto con nuestras esposas, conocer la gracia, el amor y el triunfo del Evangelio en nuestros hogares para que Tú puedas ser el Dios de nuestras casas, de nuestros hijos, de nuestros nietos.
Padre, que reconozcamos tu Evangelio, por medio de tu Espíritu, en nuestros matrimonios y nuestra forma de ser padres.
Te rogamos estas cosas para que en ellas podamos ser siervos para Cristo. Que podamos enaltecer el ministerio y ministrar la Palabra de verdad, por el poder del Espíritu, a las conciencias de los hombres para triunfo de nuestro glorioso Rey y Salvador Jesucristo, en cuyo nombre oramos.
Amén.
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Our gracious God and our Father, we pray now that you would give to us the Holy Spirit; we pray that we would be instructed from your word as to how to be men of God, men who are godly, men who are Christian men in our homes, that we might be instruments in your hand, that we might be servants in your household, that we might be ministers of the new covenant, that we might be effectual in our efforts to advance your kingdom, that we might be fruitful and bring glory and praise to Jesus Christ, in whose name we pray, Amen.
In this hour we are going to consider the priority of the pastor’s care of his family. In our last hour, we looked at the pastor’s care of himself, and we considered the priority of maintaining our own spiritual health that we must indeed be true Christian men; we must be disciplined in our devotion to Christ, in our devotional reading of the word of God, and our secret prayer life, and we must strive to keep a good conscience before God and before men.
Considering the necessity of maintaining our health, we could also address ourselves to the matter of our intellectual health and be challenged from the word of God as to how to maintain intellectual vigor, particularly in our reading habits. We could also be challenged from the word of God in the matter of maintaining our physical health. We must strive as men to be as physically healthy and strong as we can be so that we might be vigorous and energetic in the ministry of the gospel, so that we can avoid unnecessary illness that would hinder us from being constant in our ministries. We could also speak from the word of God concerning our emotional health, and how we need as men in relationship to others to have an emotional health and vigor. Of course, in this hour, when we address ourselves to our relationship to our wives and to our children, we will in large measure be talking about our emotional health. It is of course, with our families in focus that we come to this present study.
As pastors, we are men in our community. We are men in the community of our churches, and we live as one among them. We don’t have an itinerate traveling ministry from church to church, but we are settled in the community of God’s people. We are community men, and as such the Scripture identifies us more often than not, as being married men, and married men more often than not, have children, and when the congregation is instructed from the word to look among themselves in their community to identify those men whom they can recognize as having been given the Holy Spirit, who has prepared them and equipped them for the work of shepherding and pastoring, they are told that one of the things they are to look at is a man in relation to his family, that they will recognize who is capable to give leadership in the church by recognizing those leadership skills being exercised in the man’s home.
They are told that the way a man loves and leads in his home will be in large measure the same way that he will love and lead in the church, that the skills that he has to lead his wife and children are the same skills that will then be applied in giving leadership to the people of God. So, they’re told that they can tell whether or not a man is qualified to be a pastor in his community by considering him in relation to his wife and in relation to his children. Unlike any other vocation, most other jobs that men have, you don’t go to work and your boss asks you, so how’s your marriage. He doesn’t care. If you’re selling widgets, he just wants you to sell as many widgets as you can, and if your marriage is a mess, doesn’t matter, as long as you’re selling widgets. How’re your children? It doesn’t matter to him, just as long as you’re being productive on the workplace.
Our job is not like that. We are our job, if you will. As is being pressed on us from Pastor Meadow’s ministry and from our own studies here, we as men are in essence the expression of our ministries, and what we are as men is most evident in our own homes, for if a man is not a Christian in his home, he’s not a Christian. If a man is not a Christian in his marriage, he’s not a Christian, if he’s not a Christian in his family, he’s not a Christian. His primary relationships are indicators for the church to look out and to see who is the mature Christian man, who is the man who has leadership, who is the man who is able to love, who is the man who is able to influence our souls, to encourage us and direct us into the things of God.
1) The pastor’s care of his wife.
Well, we must then first consider the pastor that he must care for his wife. Let’s look at these qualifications in first Timothy chapter three and verse two, our eyes light upon the words: “The overseer then must be above reproach, the husband of one wife.” Likewise again in Titus chapter one and verse six: “Namely if any man is above reproach, the husband of one wife.” Now Paul here again is assuming what is normal for men who are living in their communities, that they are normally married men and that they normally have children. The overarching concern for the church in determining whether or not a man is qualified for the ministry is the issue of his reputation, of his reproach, that he does not have reproach. We see that in first Timothy three verse two and again in verse seven, as we ended in our last study, the honor of God’s name is at stake in the quality of the men that we bring forward as leaders.
The name of God must not be blasphemed among the gentiles because of us, and so the man’s reputation and the man’s reproach, being irreproachable, he must be a credit, he must own the consciences of those outside and those inside the church; and so that’s the concern as we address the man’s family life. We’re asking the question, is the man’s family life exemplary? Does it command the integrity of the gospel; does it honor the name of God? If the man’s family life is not exemplary, then the church has reason to wonder whether or not the pastor is truly qualified.
In first Timothy three and verse eleven we see something very interesting; here the apostle describes in the Greek the gune, the women, he says, “women must likewise be dignified, not malicious gossips, but temperate and faithful in all things.”
Now, the interpretation of this verse depends upon how this Greek word is translated. Conservative scholars have presented us with two main options: one is that the word gune should be translated “woman” and that here Paul has in mind a group of female workers who are auxiliary to the deacons. He’s talked about the deacons and now he’s talking about their female assistance. I think that this view is commendable, provided that we do not establish a new church office. I do think that women in our churches ought to be viewed as contributing ministers, if you will, to the life and ministry of the church, as Pastor Meadows taught us in our last study, that the older women are to teach the younger women, that there is a ministry for the women in the church that they are peculiarly qualified for, and we need to encourage that kind of thing.
And when we interpret this passage in the view of the life of Phoebe, in Romans sixteen one, who was a servant in the church, I believe that we would benefit from encouraging women in our churches to be more aggressively engaged in advancing the gospel in their dealings one with another and in their ministries in general. But the word can also be translated as “wife,” and here is how the word is translated in verse two, the husband of one gune, one wife, also again in regard to the deacons, that they must be husbands of one wife in verse twelve again the word gune, so the context in my mind leads us to think that Paul is talking about wives. I’m not dogmatic, but that’s the way I’m going to interpret and handle the passage in our study.
If we indeed see Paul describing the wife of both the deacon and the elder, he’s describing them as having the same basic qualifications or characteristics that are first seen in their husbands. Notice when you compare verse eight and verse eleven, “Deacons must likewise be men of dignity.”Look at verse eleven, “Women must likewise be dignified.” Verse eight, “Deacons must be not double-tongued.” Verse eleven, “Women must not be malicious gossips.” Verse eight, “Deacons must not be addicted to much wine.” Verse eleven, “Women must be temperate.” Verse eight, “Deacons must not be fond of sordid gain.” Verse eleven, “Women must be faithful in all things.” When you line up those two verses you see that there is a parallelism in the vocabulary and in the concepts that Paul has in mind as he describes the wife of the deacon, the wife of the elder, and compares them and you see these similarities.
I submit to you that when we interpret the passage in this way and understand the woman in view as the wife, Paul is presenting to us, Paul is presenting rather to the church, one of the best evidences for a man’s qualification to exercise spiritual leadership. The church is asking the question, what kind of spiritual leadership will this man give to us if we ordain him as our pastor? How is this man going to influence other people? What kind of influence does he have upon other people? Does he have the ability to lead another soul into truth and to bring them into some spiritual benefit? Can he bring an unconverted person into the word of the gospel and lead them to Christ? Can he nurture faith in little ones and in believers? What kind of leadership does he have?
Well, what better way to answer that question than to look at the man’s wife and to see the impact of his leadership and his love and his spiritual guidance upon the one whom God has given to Him to be head and to lead and to love. The pastor’s aptitude for spiritual leadership will be most evident in the way in which he treats his own wife. She is the answer to the question, how does this man influence other people? Will the church prosper under his leadership, or will the church wither? Will the church mature and blossom, or will the church shrink and shrivel? An awful lot is seen by the way in which his leadership, the fruit that his leadership bears in his domestic relationships. So that when you see those characteristics of the woman described in verse eleven, you see a reflection of her husband’s characteristics first given to us in verse eight. She reflects his character. She reflects his virtues.
Now, I’m not saying that a Christian woman is unable to cultivate these godly virtues apart from a husband, I’m not saying that, but I am saying that the wife of a pastor must show these virtues that they are evident because of her cooperation with his spiritual leadership in the home and that he is in fact leading her into spiritual maturity. If the elder is really a man of godly character and capable of influencing others to holiness, then where will it be more evident if not in his own marriage? If he loves her, Paul says, he’ll love the church. If he’s sensitive to her, Paul says, he’ll be sensitive to the church. If she is submissive to him, it’s because she respects him and she trusts him, therefore the church has reason to think, he’s trustworthy. He’s gained the respect and confidence of the woman who knows him and sees him at his worst, in private, and she still respects it. If she is unwilling to be led by him, the church should ask the question whether the church should be willing to be led by him. What does she know about him that we don’t? If he cannot sustain the respect of his wife, could it be because she sees hypocrisy in the home?
My friend, if you cannot look you wife in the eye while you’re preaching and address her conscience as her pastor from the pulpit, then something is wrong. If when you are preaching and you’re coming to issues of application and in your mind you know, I can’t look at her because if I look at her in the eye she’s going to give me one of those, “um hum, I know what you’re saying” looks. Something’s wrong, I’ve got some work to do at home, or should I be doing the work that I’m doing behind the pulpit? She is part of what qualifies me to be in the ministry.
Therefore the pastor must make his marriage a priority because his marriage demonstrates whether or not he knows how to apply the gospel to his personal relationships. Who do you sin against more than your wife? Who do you sin against more than your wife? Where is the gospel more needed, more frequently, if not in your marriage? The gospel is to be a constant part of the communication of a husband and wife because I sin against my wife more than I sin against anybody else. I say things to her that I shouldn’t say, more than I say things like that to anybody else. I have a bad attitude toward her more than to anyone else, and she answers the question whether or not I, as a sinner struggling with my own remaining sin, know how to bring the gospel and apply the gospel to personal relationships.
So that my people in the church can expect that when we, not if, when we sin against each other, that there is someone who can give spiritual leadership that knows how to bring the gospel to bear upon those issues of sin, who knows what it is to acknowledge his sin, and to confess his sin, and to repent of his sin, and to seek forgiveness, who knows what it is to grant forgiveness and to no longer hold the sin against the forgiven and to accomplish gospel reconciliation and gospel peace. Who’s got the skills to do that? Pastor. Can he do it? Ask his wife. Why? Because if he’s sinning anywhere, it’s against her. And she can tell you, does he know how to own his sin, how to repent? Does he know how to be forgiving? Does he know how to lead in personal relationships, to triumph over sin, and to bring gospel victory to the threat that sin brings to the fiber of our community?
The church needs to know that the man knows how to lead by the gospel. In Ephesians chapter five in verse twenty -two, “Wives, be subject to your own husbands as to the Lord, for the husband is the head of the wife, as Christ also is the head of the church, He himself being the savior of the body, but as the church is subject to Christ, so also wives ought to be to their husbands in everything.” The husband is head of the wife as Christ is head of the Church. He has been given the position of responsibility and leadership, and we are not to lord it over our wives as the gentiles who take authority and make it something that’s tyrannical and manipulative. But we are to lead in Christ; we are to exercise authority not for own selfish purposes and not by forcing ourselves on others, but by giving.
We are to rule by serving; we are to rule as a savior, so that the result of our leadership is the promotion of the salvation of those whom we lead. So, Paul continues in verse twenty-five, “Husbands love your wives, just as Christ also loved the Church and gave Himself up for her, so that he might sanctify her having cleansed her by the washing of water with the word, that He might present to Himself the Church in all her glory having no spot or wrinkle or any such thing, but that she should be holy and blameless.”
The husband’s leadership is to be an expression of gospel love, of Christ-like rule that serves. And so he is willing to sacrifice himself for his wife as Christ sacrifices for the church and he speaks to her with words that sanctify and edify and build her up and cleanse and purify, so that in verse twenty-seven, he is satisfied as he presents to himself the result of his leadership: a woman who has matured and flowered in her femininity, who has become like the bride of Christ, glorious in her beauty of godliness. And is presented to him, he is satisfied, he sacrifices, he sanctifies, and he is satisfied as he reaps the fruit in his marriage of gospel love and gospel leadership. Again, we continue, verse twenty-eight, “So husbands ought also to love their own wives as their own bodies. He who loves his own wife loves himself, for no one ever hated his own flesh, but nourishes and cherishes it just as Christ also does the church, for we are members of His body.”
The husband’s love is to be life-giving because he is one flesh with his life. Her health and vigor is his health and vigor. He is to love her as he would love himself for he is one flesh with her. He is to nourish her that means to provide food for something, to promote health and well-being. He is to cherish her, that word in the original means to soften something by heating it, by keeping the relationship warm and affectionate and tenderly caring for her, gently, kindly. As Peter says, as with a weaker vessel for she is tender and frail, and his leadership should not be crushing, but it should be a nourishing leadership. Why? Because this is how Christ treats His church, He nourishes and cherishes His church. He tenderly, gently, kindly, self-sacrificially serves His church, and by doing so He leads her into holiness. Paul says now, you are to love your wives like that, Christian husband. And then he says to the church, now you are to find men who love their wives like this and recognize them as pastors.
So the pastor must make priority of his marriage because his marriage is to be a demonstration to those in the church and outside of the church of the kind of leadership that Jesus himself gives to His church. How does Jesus lead in His church? The congregation should say, the way our pastor leads in his marriage. He is giving to us a model, he is giving to us an example of the way Christ loves His church. That’s why we recognized him as a pastor, because we recognized Christ-like leadership. The way he leads his wife, that’s the way we want to be led in our church. It’s Christ-like. He understands and he applies the gospel. As he exercises spiritual leadership he is seeking to see those led prosper under his leadership, and the way he has nurtured his wife, the way she has grown under his leadership, that’s the kind of influence we desire as a people of God. We recognize the skills, the gifts, the graces for that kind of leadership; we would like this man to be our pastor. You see how it fits together?
2) The pastor’s care of his children.
Not only then, must the pastor care for his wife, but also he must care for his children. He must care for his children. And again, there are many things that overlap in these observations here. A man’s ability to give spiritual leadership will not only be seen in his marriage, but also in the way he exercises authority as a father. We cannot underestimate the influence a father has upon his children. Just as a husband is to love his wife as Christ loves the church, so too a father is to love and discipline his children the way our heavenly Father loves and disciplines us. The child will form his ideas about God from the way in which his father exercises his parental authority. A father not only provides for the child physically in giving the child food and clothing and shelter, but a father also gives spiritual leadership emotionally, intellectually, spiritually, and the child learns the meaning of life from his father. The child learns values from his father, and those values are determined by the God that that father is worshiping in his life.
A child is able to pick up on the fact that even though his dad goes to church on Sunday, the thing that his dad really gets excited about and really is interested in is whether or not his baseball team is winning in the competition. He watches his dad. He sees him at church, kind of half-hearted singing through the hymns, preacher begins to preach and dad begins to close down, just waiting for, “Amen.” Then he sees his dad in front of the television set, watching his baseball team play, he’s on the edge of his seat. And he’s thinking, wow, this is important. And the little guy is made in the image of his father, and his soul is affected by what his father loves and what his father worships and what his father serves. And he grows up and becomes a “man.” What is a man? What is a man? A man is somebody who plays at going to church but is “masculine” on the sports field. Where’d you learn that? My father. That’s where he got his values.
When you look to Exodus chapter twenty, this is what the Lord taught the people of God in conjunction with the second commandment; the child will learn the meaning of life and inherit a value system that is defined and determined by the god that the father is worshiping.
Exodus twenty, verse four to six, “You shall not make for yourself an idol or any likeness of what is in heaven above or on earth beneath or in the water under the earth. You shall not worship them or serve them, for I the Lord your God am a jealous God, visiting the iniquity of the fathers on the children on the third and fourth generation of those who hate me, but showing lovingkindness to thousands, to those who love me and keep my commandments.”
You see, if a father worships the god of his own imagination, not only making false images of god, but having an imagination of God that is contrary to the revelation of God, that idolatry of what is supremely valuable, what is supremely true, that idolatry will be communicated in all kinds of ways to his image- bearing child. And that through the child to his grandchildren to the third and to the fourth generation. And that man by his worship will generate and convey to his children and his grandchildren a life view of distorted values and that will be part, God says, of His judgment on that man because of His jealousy for His own name and His own revelation of Himself.
If the father however, on the other hand, loves and obeys the true and the living God, if He keeps the covenant of God and learns to love God and love neighbor, then God says His loving kindness is promised to be visited upon his children and that he will communicate to them a value system that is defined by the true and the living God. And that they will grow to honor God’s commands and God’s laws and be encouraged like their father to embrace the God of their fathers.
Now, please hear me. I’m not saying that all the children of every Christian man will be converted and saved. I’m not saying that, anymore than I am saying that all the children of unconverted men can never be saved. But I am saying that it is often the case that true religion is in fact passed on from one generation to the next within the framework of godly parenting, and that it is often the case that parenting is God’s primary means of evangelizing, and that our belief in God and the values that come to us in conjunction with our worship and service of the true God, will in fact influence our children and our grandchildren.
So I hope you can see why Paul includes the man as a father in his description of who’s qualified for the ministry. Paul tells the church, look, if you want to know whether or not a man is able to influence others with true religion, see what kind of influence he has on his own children. Because it’s the very nature of religion itself, false religion or true, that is conveyed by the fathers unto their children. So, if a man can spiritually influence his children for the true God, Jesus Christ, you can expect that he can spiritually influence others for the cause of Christ as well.
So, in first Timothy chapter three verse four and five, Paul tells us of the man qualified with qualifications that are seen in his ability to parent his children, he must be one who manages his own household well, keeping his children under control with all dignity, “but if a man does not know how to manage his own household, how will he take care of the church of God?” Here Paul clearly connects the man’s leadership in the home with his leadership in the church. If he knows how to exercise authority and leadership in his home, he’ll take that same skill set and apply it in the same manner in his leadership in the church. If his leadership affects beneficiary results in the home, then the church can anticipate that that same leadership style will be beneficial in the church.
So Paul says, he must be one who manages, that means to stand before, to preside, as president if you will, to lead and to guide, but to do so for the good of those who are being led, to do so as to give protection and help for the benefit of the child, to give proper order and exercise authority and maintain control of the situation so that it is for the good of those who are being led. They feel safe under the management of this leadership; things are not chaotic and out of control and people feel safe when things are well-managed. He must keep his children under control with all dignity that the child is submissive to the authority and rule of the father, the child is not like a slave who is brutalized and whipped into compliance like a beaten dog.
Submission means that there is willingness to comply with authority, a willingness to follow the leader because they respect their father; they trust him, and they love him, and they want to please him. This is the kind of control, Paul says, that is dignified.
I’ve seen parents, I’ve seen fathers who corral their kids in a demeaning way, humiliates the child. That’s not dignified. Our leadership is to give dignity to the child. It’s an ugly thing when children despise their father, and they do not respect him and give him abject service like a beaten slave, or when they scowl at him and scoff and roll their eyes and mock when they’re told to do something. That’s ugly; that’s not dignified. But it’s a beautiful thing to see a child want to please his or her father, to see a child take their father’s values into their hearts and make choices and begin to live in a way that meets the approval of their father. They’re learning to serve their father’s God, and that’s a beautiful thing.
When the church sees the pastor’s children giving him loving obedience, attending upon the worship services respectfully, listening to their father’s preaching ministry and being affected by it, making choices as they grow up that show that they’ve embraced their father’s values, the church is given evidence that this man is not a hypocrite in his home. He owns the consciences of his children. He’s not one thing in the pulpit and another thing in private. He’s living with integrity and consistency so as to gain the approval of the conscience of his wife and of his children, and by their lives the pastor’s wife and children tell the church, “this is a trustworthy man; this is a faithful man; this is a man who is capable of influencing your souls for your spiritual good.” The wife and the children become part of his qualifications for the ministry.
In Titus chapter one and verse six, “The man is to be a husband of one wife having children who believe, not accused of dissipation or rebellion.”
Now, note again that the concern that the apostle has in verse six is that he must be above reproach. The pastor is to exemplify what a mature Christian believer is. Here is a man who knows how to apply the gospel to his most intimate relationships in his family. For once again, where will sin break into the pastor’s life if not in his relationship to his children and his children’s relationship to him? He needs to be able to lead them in the gospel and teach them to own their sin and to confess them and to press them to put their faith in Christ who died for sinners, and he also needs to go to them on those occasions when he has sinned against them and to ask them, “will you please forgive me?” So that the child learns the gospel from both sides, of the one who has sinned and the one who was sought forgiveness from. And the father teaches that. He applies the gospel. He’s above reproach.
The credibility of the gospel and the name of Christ have integrity in his home life. If the pastor is not living out his faith in his home and his family, then the people have the right to ask the question, “Does the gospel make any difference?” If it doesn’t change the man who’s in the pulpit, does it change anybody? So Paul says he’s to have children who believe.
As Pastor Meadows has already taught us in our conference, we are not to understand this phrase to mean that the elder’s children are required to be true believers, true Christians. To interpret the passage that way would make the father responsible for the faith of the child as if the father of the child could bring the child to new birth and give him the gift of faith and repentance. That’s not biblical; only the Holy Spirit can give regenerating life and faith and repentance to the child. Jesus tells us that our spiritual enemies would be found as members of our own household in Matthew ten thirty-four. Christians are going to be persecuted by members of their own household in Matthew ten twenty-one. Are pastors exempt from such things? No. What Paul is telling us rather, this word “belief” can be legitimately translated as “faithful” or “trustworthy” and “reliable.” It’s used five times in the Pastoral Epistles as the faithful sayings, this is a reliable saying, this is a faithful saying. It’s used in Matthew twenty-four forty-five, of the “good and faithful slave.”
It describes potential ministers in 2 Timothy 2:2, “Commend these things to faithful men.”
Likewise also, the child of a pastor should have this commendable faithfulness about him. Yes, we hope that a home that is governed by the gospel would be blessed with the promise of God’s loving kindness that is given in the second commandment, and that as we parent our children, we evangelize our children, and we pray for them, that the Spirit of God would break in our evangelistic discipline and instruction to them. But brethren, I cannot make my child believe. I cannot make my child truly repent. I cannot give my child the new birth. Only God can do that. But as a Christian father, as a pastor, I’m responsible to train my child to be faithful, to be trustworthy, to be reliable.
And dear brethren, even unbelievers can do that. Even unbelievers can train their children to be reliable and to be trustworthy. Even if the child does not believe, even if he eventually rejects the faith of his father and leaves the God of his father and embraces a false religion and lives a life of a rebellious prodigal, the child is at least to be respectful of the father’s authority. Even, and especially however, if the child lives in the home of the father, he may be an unbeliever, but he is yet keeping that home without reproach. He’s yet keeping that home in good order.
Remember, the home cannot bring discredit to the gospel, that’s Paul’s concern. That’s why he says, the child is not to be accused, you see, not to be accused of dissipation or rebellion. Again, the issue is “be above reproach,” don’t come under accusation. May the home be a commendation of a home that has biblical integrity. Dissipation means something loose, without any ethical principle, reckless and wild. Rebellion is an insubordinate, unsubmissive, anti-authority mentality. You see faithfulness, a child who believes, is contrasted with its opposite, not unbelief, but unruliness. That’s the opposite of faithfulness. The pastor should not raise disobedient, undisciplined children. The pastor’s children should not be spoiled brats who wreck havoc in the church, who don’t respect authority, who are not disciplined and who get their own way.
Now the pastor may have a strong-willed child. The pastor may have four strong-willed children, and they require stern discipline. And the child may be hard to handle. So the church asks the question, “is the pastor exercising proper biblical response to that challenge?” God has mixed up this kid in his mother’s womb, and he is a bucking bronco from the age, what? Let me think of when I first started seeing these kind of things in my son. I mean, from a very young age I can remember things from my oldest boy in his crib that deserved discipline. What do we do with that?
Well, the church needs to see, if you’ve got a strong-willed kid, are you bringing proper biblical discipline to bear upon the need of that child. If he’s a difficult child, are you just standing back and abdicating and saying, “Oh, what can I do? He’s a strong-willed child.” Or are you getting in the child’s face and being all the more disciplined. Is he being obedient to the bible in the way in which he’s disciplining his child? He may have a very, very compliant child. Not every pastor has compliant children. I wish we all had compliant children. We are not all given compliant children; some of us are give real challenges. Does that disqualify us from the ministry? No. The question is, are we rising to the challenge. Are we seeking to bring biblical discipline, or do we just ignore it and excuse it and let the child get away with things because we don’t have the leadership, we don’t have the strength of manhood to confront a child.
The subject of how to raise a child in biblical love and discipline is a matter that we cannot discuss, but it is a subject that a pastor is expected to know and to exemplify. The pastor must know what the bible says about training his children, and he must demonstrate to church that he has a commendable competence in being able to love and discipline those who are under his authority.
So when the church sees that he is not letting that rebellious kid get away with things, then the church is encouraged because the church will know that there will be people who will come into the ranks of the church community who are going to test and try biblical authority. Is the pastor going to let them get away with that? If we get a wolf that comes into the flock and who is an intimidating personality and who is an aggressive, willful person, is the pastor going to be intimidated by that? Is he going to stand back from that? How do you know? Well, he’s got an intimidating, willful son, what’s he doing about that? Throwing up his hands and saying, “Oh, what can I do?” My kid, no, the kid is being disobedient, again? Yep. Grab him, take him, and we go in and we discipline him.
I remember my wife and I one time, lying down in bed together, exhausted, my first son, I said to her, “How many times did you spank him today?” She asked me, “how many times did you spank him today?” And we rejoiced we were finally under, we were finally into single digits. Less than ten spankings, we’re making improvement.
The issue is not whether or not you’ve got a bucking bronco. Personally, I’d rather have a bucking bronco because once you get a saddle on them, they can really run, you know. The issue is, are you putting the saddle on him? Are you corralling him? Are you disciplining him? That’s the concern that’s going to bear upon the reputation of the home. That’s the answer to whether the home is biblically ordered. That’s the issue as to whether the home will withstand the accusations and the slanders of those who want to bring discredit to the ministry. That’s Paul’s concern, “be above reproach; be above reproach.” That’s the priority of the pastor, his own spiritual health and the health of his wife and his children. The pastor is a Christian man, but he’s been given gifts by the spirit that enable him to influence others spiritually, to show by his example and to teach them from the Scriptures and to direct them with the servant like authority of Jesus Christ whereby he sacrifices himself in the giving of himself to lead and compels with kingdom authority others to follow him as he follows Christ. If a man has the gifts to so influence others in that way, those gifts and that leadership influence will be evidenced in his life and in his children. And when he exercises authority he will do so as an expression of the authority of Jesus Christ whereby we are authorized to love, we are authorized to love.
So, you’re glad your wife’s not here today? What would your children say if you asked them, please come here and give testimony to these brethren of your leadership in the home. Would they embarrass you or would they commend you. Now, they know that you’re not a perfect man. They know you’re not a sinless man. But do they know that you’re a sincere man? Do they respect you because they know that they see you honestly struggling with your sins according to the gospel, they see you honestly bringing the gospel to bear on their sins, they see you honestly giving leadership in the home for their spiritual good, they see you as a man of integrity without hypocrisy and they respect you and they love you for it? Even though they see you at your worst, and they see you in your weakness, and they see you in your sin, yet with all, do they see you as a man of the gospel?
Your wife and your children are priorities for you as a pastor. If you be a faithful servant of Christ, a faithful minister of the word, to love His sheep and direct them into green pastures as good shepherd, then first, tend to your own spiritual health and then minister the gospel to your wife and to your children, and may the spirit make you into a godly man, a true shepherd of the people of God, whose wife and children will thank you that you were called into the ministry and learned to love them and to love others with the gospel of Jesus Christ. Amen.
Let’s pray:
Our Father, our consciences are convicted for we all know that in many things we all offend. We know how easy it is for us to neglect the nurture of our wives, to neglect the discipline of our children. And we know how wicked we can be and make excuses for ourselves even with the ministry, and convince ourselves that we’re justified in our neglect because we’re so busy in the work of the ministry. Father, forgive us and give to us a fresh resolve. May it be that when we return to our wives and children at the end of this week, that our wives would say to us, “You seem different, what happened?” And we’ll look at them and say, “God the Holy Spirit has convinced me that I need to love you and our children with greater gospel love.” Father, give to us firm resolve to be godly men before you, before our wives and our children, and grant the answer to our prayers that indeed we might see each one of our sons and daughters in the kingdom of God, that we might with our wives know the grace and the love and the triumph of the gospel in our homes that You might be the God of our homes, the God of our children, the God of our grandchildren. Father, own your gospel by your Spirit in our marriages and in our parenting. We plead these things that we in these things might be servants of Christ, commending the ministry and ministering the Word of truth by the power of the Spirit to the consciences of men for the triumph of our glorious king and savior Jesus Christ, in whom we pray, Amen.
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Cómo debe cuidar el pastor de sí mismo
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Hoy, en nuestra primera hora, vamos a considerar cómo debe cuidar el pastor de sí mismo, cómo debemos hacer de nuestra vida espiritual, en particular, una prioridad.
Luego, en nuestra segunda hora, veremos el cuidado que el pastor debe tener de su familia ya que consideraremos nuestras responsabilidades en cuanto a nuestras esposas y nuestros hijos. En las demás reuniones en las que estaré ministrando, analizaremos todo el asunto de la adoración según las normas bíblicas.
Sin duda una de nuestras prioridades en el ministerio pastoral consiste en guiar al pueblo de Dios hasta su presencia, por medio de una adoración según se estipula en las Escrituras. Por ese motivo, también tocaremos ese tema esta semana. Cada una de esas prioridades es tan importante y se puede abrir hasta tal punto que se podría predicar muchos sermones sobre cada uno de esos temas.
Por consiguiente, nos limitaremos a examinarlos teniendo en mente que nuestro llamamiento es algo muy importante, que nuestra vida como pastores es muy seria a la luz del juicio venidero de Jesucristo.
Cuando vamos a primera de Corintios capítulo tres, empezando desde el versículo diez y hasta el quince, nos encontramos con estas palabras que son especialmente relevantes para nosotros como pastores:
“Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como sabio arquitecto, puse el fundamento, y otro edifica sobre él. Pero cada uno tenga cuidado cómo edifica encima. Pues nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, el cual es Jesucristo.
Ahora bien, si sobre este fundamento alguno edifica con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada uno se hará evidente; porque el día la dará a conocer, pues con fuego será revelada; el fuego mismo probará la calidad de la obra de cada uno.
Si permanece la obra de alguno que ha edificado sobre el fundamento, recibirá recompensa. Si la obra de alguno es consumida por el fuego, sufrirá pérdida; sin embargo, él será salvo, aunque así como por fuego”.
Cada uno de nosotros está intentando construir sobre el cimiento colocado por el Evangelio apostólico. Ese fundamento es Cristo Jesús y este pasaje nos advierte, más bien nos insta, que seamos muy cuidadosos con lo que edifiquemos sobre él en nuestro esfuerzo por ver iglesias locales edificadas como templos vivos para que la presencia del Espíritu Santo pueda morar en ellos. Se nos debe decir, de hecho se nos dice, que tengamos mucho cuidado con los materiales que utilicemos, que nos aseguremos de que son a prueba de fuego porque serán depurados y purificados en la hoguera del juicio de Dios.
Por consiguiente, debemos evitar el uso de cualquier cosa que pudiera considerarse heno, madera o paja y edificar con las cosas preciosas del oro, la plata y las piedras preciosas. Jesús nos va a pedir cuentas de nuestro ministerio. Nos preguntará qué hemos hecho con su palabra. Querrá saber en qué estado se encuentra su rebaño, cómo hemos honrado y defendido su nombre en medio del mundo de los hombres perversos.
Al leer Mateo veinticinco, nuestro deseo es que podamos oír esas palabras de la boca de nuestro Señor y Salvador en aquel día en que rindamos cuenta. Nuestro anhelo es oírle decir, con las mismas palabras que en Mateo veinticinco, versículo veintitrés:
“Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor”.
Nuestra oración es que esta conferencia nos ayude a cada uno de nosotros a dar prioridad a las cosas que son más importantes para nuestro Señor. Así podremos edificar sobre el fundamento que es Cristo, con ese material que le honrará, que pasará la prueba del fuego y que será un elogio para la gracia de Dios que produce en nosotros un fiel ministerio, para loor y gloria de Cristo.
Bien, con esta perspectiva introductoria que acabamos de hacer, consideremos durante esta hora el cuidado que el pastor debe tener de sí mismo.
¿Cómo debe cuidar el pastor de sí mismo?
Lo primero de todo es ser conscientes de cuál es el método de Dios.
El procedimiento de Dios es que sean hombres piadosos. Aquí recalco lo que oímos ayer en boca del Pastor Meadows: la forma en que el Señor designa a hombres piadosos para que sean pastores. Los utiliza para poner las cosas en orden y llevar a cabo las reformas que darán lugar al liderazgo que el pueblo de Dios necesita. Ese es el método de Dios.
De modo que debemos empezar por nosotros mismos si vamos a comenzar con las prioridades que Dios quiere que consideremos. Debemos acometer la tarea primeramente en nosotros mismos y ejercer ese ministerio en nuestra propia alma. ¿Por qué? Porque este es el método de Dios.
Cuando leemos el comienzo del Evangelio de Juan, vemos algo muy significativo. Nos encontramos en el principio de una nueva era de la historia redentora. Dios está a punto de moverse con gran poder y gracia, anunciando las palabras del Evangelio, la venida del Mesías. Juan nos dice en el capítulo uno, versículo seis:
“Vino al mundo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan”.
Cuando Dios obra para su gloria y para beneficio de su pueblo, emplea un método que es el siguiente: envía a un hombre. No envía a un ángel para que pastoree a su pueblo; envía a hombres. Estos hombres se han convertido y han recibido el Espíritu Santo. Este les ha dado dones que les cualifica para que sean un regalo para la iglesia, para pastorear el rebaño de Dios.
Su método no es enviar un nuevo programa. No se trata de una nueva técnica de misión. Él envía a un hombre… a hombres. El cristianismo no es un mero sistema de doctrina teológica. No es un simple orden de adoración o un ritual. No es una mera organización o una estructura religiosa. Es esencialmente la transformación de hombres caídos que pasan a conformarse a la imagen de Jesucristo. Es algo evidente; el cristianismo es algo principalmente manifiesto en el hombre.
En Romanos capítulo ocho, versículo veintinueve vemos el propósito de Dios cuando leemos:
“Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que El sea el primogénito entre muchos hermanos”.
Esta es la meta de nuestra salvación: ser conformados a la imagen de Jesucristo, el primogénito de su familia que lleva su semejanza. El fin del cristianismo es la transformación de un pecador que pasa a tener la semejanza de Cristo.
¿Qué hace Dios cuando empieza a aplicar este método, cuando acomete este proceso de conformar a los pecadores a la imagen de su Hijo? Pues bien; vayamos de nuevo a Juan capítulo uno y ahora al versículo catorce:
“Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”.
Este es el procedimiento de Dios. Cuando Dios lleva eficazmente a cabo los propósitos de su salvación, su palabra se hace carne. No se limita a enviar un simple programa. No escribe algo en el cielo. Él viene en carne. La encarnación de la segunda persona de la divinidad, la vida y el ministerio, la crucifixión, la resurrección, la ascensión, la exaltación al trono de Dios, la segunda venida y la resurrección de los muertos, todo está relacionado con la gloria de Dios revelada en carne humana.
El ministerio del Hijo de Dios se lleva a cabo bajo la forma de un hombre divino. Este es también el método que Dios utiliza para tratar con su pueblo: dar el ministerio para que se lleve a cabo en carne humana, por medio de hombres santos, piadosos, que son encarnaciones personales de la verdad.
Ellos mismos son la encarnación de su mensaje. Son como Cristo, la Palabra hecha carne, pero no como Dios encarnado sino como encarnación de la verdad. Sus vidas, sus palabras, sus actos, sus relaciones son un despliegue del ministerio de Cristo a su pueblo.
Así pues, debemos dar prioridad a ministrarnos a nosotros mismos como pastores, a cuidarnos a nosotros mismos y a alimentar nuestras propias almas, nuestra propia salud y vigor para que en la totalidad de nuestro ser humano podamos ser la encarnación del mensaje que estamos comunicando a nuestra gente.
Si no estás nutriendo tu propia salud, no podrás comprometerte en el ministerio porque es una tarea muy exigente y un trabajo agotador. Para ser el instrumento que Dios quiere que seas, tu estado de salud debe ser el mejor posible. De este modo tendrás la energía necesaria y podrás cumplir con todos los compromisos que te impone su palabra. Serás capaz de llevar adelante tus interacciones con el pueblo de Dios, así como tus responsabilidades con las fuerzas de las tinieblas, en el campo de batalla.
Por consiguiente, vemos que el método de Dios es Juan uno, versículo seis: “Vino al mundo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era…” y aquí podéis poner vuestro propio nombre porque ese es el medio que Dios está empleando, cualquiera que sea el lugar en el que te ha puesto. Tú eres el método de Dios. Eres el hombre con nombre que Dios envió al lugar en el que Él te ha puesto.
Cuando el Apóstol Pablo habla a los pastores en Hechos capítulo veinte, les dice que la salud espiritual debe ser su prioridad. En el versículo veintiocho de ese mismo capítulo dice así: “Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual El compró con su propia sangre”.
Antes de que podáis tener cuidado del rebaño de Dios, pastorearlo y ocuparos de la posesión más preciosa comprada por Cristo, debéis cuidaros a vosotros mismos. De igual manera, en primera de Timoteo capítulo cuatro, leyendo desde el versículo catorce encontramos:
“No descuides el don espiritual que está en ti, que te fue conferido por medio de la profecía con la imposición de manos del presbiterio”.
Reflexiona sobre estas cosas; dedícate a ellas, para que tu aprovechamiento sea evidente a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza; persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan”.
Aquí, Pablo dice al joven Timoteo: no puedes descuidarte a ti mismo, no puedes dejarte absorber por el trabajo del ministerio hasta el punto de ser negligente con la alimentación de tu propia alma. Debes ser un ejemplo de la imagen del crecimiento en gracia. Tu progreso debería ser algo evidente para los demás. Por consiguiente, cuídate, préstale una atención especial a cultivar tu salud espiritual y también la física.
Pablo estaba preocupado por el estómago de Timoteo y también por su espíritu. Eres el método de Dios. No estás presentando un programa sino que tú mismo eres ese programa. No estás mostrando un nuevo artilugio: tú eres el método de Dios. Eres el hombre que encarna el mensaje, debes cumplir su ministerio siendo tú mismo la encarnación personal del ministerio.
Robert Murray M’Cheyne dice:
“Sois la espada de Dios, su instrumento, un vaso escogido para llevar su nombre. El éxito dependerá en gran medida de la pureza y la perfección del instrumento. Dios no bendice los grandes talentos sino el parecido con Cristo. Un ministerio santo es una arma terrible en la mano de Dios”.
El método de Dios es un hombre piadoso.
En primer lugar, debemos estar conscientes de cuál es el método de Dios: el método de Dios es un hombre piadoso.
En segundo lugar, el pastor debe ser un verdadero cristiano. Puedes pensar: “bueno, sobra decir que un pastor debe ser un verdadero cristiano”.
Pero cuando piensas en lo que es un pastor y cuando te preguntas a ti mismo: “¿por dónde debo empezar si me tengo que dirigir a pastores para hablarles de su salud espiritual?” pues tengo que hacerlo diciendo: “queridos hermanos, tenéis que haber nacido de nuevo. Debes haber sido verdaderamente regenerado porque si no estás vivo espiritualmente, no sirve de nada que te hable sobre tu salud espiritual”.
No voy al cementerio para hablarle a las lápidas sobre qué tipo de dieta deberían llevar o si están haciendo suficiente ejercicio. Están muertos. Es inútil hablar a los hombres sobre mantenerse espiritualmente saludables a menos que primero grabéis en su conciencia la necesidad del nuevo nacimiento, de haber sido verdaderamente convertidos, de tener una unión real con Cristo por medio de la fe y el arrepentimiento.
Todo esto tiene que ocurrir antes de que seas pastor. De hecho tienes que ser un cristiano verdadero, un discípulo genuino de Jesucristo, no un cristiano oficial, hipotético o simplemente por cultura.
En Hechos capítulo catorce leemos desde el versículo veintiuno:
“Y después de anunciar el evangelio a aquella ciudad y de hacer muchos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, fortaleciendo los ánimos de los discípulos, exhortándolos a que perseveraran en la fe, y diciendo: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.
Después que les designaron ancianos en cada iglesia, habiendo orado con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído”.
Sugiero que los primeros ancianos que se nombraron fueron elegidos de entre los discípulos. Antes de ser ancianos fueron discípulos. Eran parte de esa iglesia local.
Un discípulo es alguien que ha recibido una nueva vida por medio del Espíritu Santo, que ha puesto su confianza y su fe en Jesucristo tras haberse arrepentido de sus pecados y que ha decidido seguir a Cristo como su Señor y su Salvador. Es un verdadero cristiano; punto final.
Antes de que podamos hablar sobre el ejercicio de sus dones, de su ministerio, su identidad fundamental y espiritual es: verdadero cristiano y discípulo de Jesucristo.
Estoy seguro de que todos nos hemos encontrado con personas que se llaman cristianos porque nacieron en el seno de una familia que asiste a la iglesia; porque no son musulmanes, budistas o hindús. ¿Entonces qué son? “Bueno, pues pienso que debo ser cristiano. Vivo en los Estados Unidos, supongo que soy cristiano”. Pero están hablando de algo tradicional, cultural, algo que han adquirido por medio del contexto social de su familia.
Hay países en los que en vuestro documento de identidad figura la religión. ¿Eres musulmán? ¿Eres cristiano? ¿Qué eres? Si alguien pregunta: ¿eres cristiano? La respuesta es: ¡Por supuesto que lo soy, aquí tienes mi tarjeta! ¿Te convierte eso en un cristiano?
Me he encontrado con hombres que estaban en el ministerio. Si preguntas ¿por qué razón estás en el ministerio? Contestan: bueno, mi padre ya lo estaba y ahora yo también. Es un buen trabajo, consigues prestigio, respeto y me gusta la obra del ministerio. Leo libros, hablo con las personas y… bueno es parte del modo en el que mi padre me educó.
Pues bien, esos hombres no están cualificados para el ministerio porque no son verdaderos cristianos. Su ministerio es un trabajo cuyo propósito es sostener las tradiciones de una subcultura. No se dedica a fomentar la vida, la energía y la vitalidad del reino de Dios.
Si un pastor va a cultivar su propia salud espiritual primero debe estar espiritualmente vivo. Por consiguiente, empezamos por preguntarte si has nacido de nuevo.
¿Te has convertido realmente? ¿Tu confianza en Cristo se basa solo en la fe? ¿Te has arrepentido y has dejado atrás tus pecados, confiando en la misericordia de Dios, por medio del poder limpiador de la sangre de Jesucristo?
El pastor debe ser un verdadero cristiano. Como pastor, como cristiano, según vemos en Filipenses tres, debe tener un hambre gradual por conocer a Jesucristo y crecer en su conocimiento. Aparte de la obra del ministerio, de las labores de la preparación de sermones, del consejo pastoral y de todo el trabajo administrativo, para ver que lo que subyace en la mente es la edificación; ¿qué somos sino simples discípulos de Jesucristo que se esfuerzan por crecer en el conocimiento y la experiencia de Él?
En Filipenses capítulo tres, desde el versículo ocho, Pablo dice:
”Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en Él, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe, y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como Él en su muerte”.
Aquí tenemos el hambre, el apetito de un hombre espiritualmente saludable. Quiere alimentarse para tener una mayor energía en Cristo. Conocer a Cristo implica tener conocimiento de mi pecado, haber sido perdonado, tener la justicia que la Gracia de Dios me otorga en base a la obra de Jesucristo para que yo pueda ser justificado en Él. No se trata de una justicia propia sino de aquella que viene con la fe en Cristo.
Conocer a Cristo significa estar dispuesto a sufrir con Cristo y en esa aflicción experimentar el triunfo de la resurrección, el poder y la esperanza de las glorias venideras. Esto es vida espiritual, esta es la energía que ciñe todo lo que estamos haciendo en la obra del ministerio. Conocer a Cristo es algo que debemos perseguir hasta el fin de nuestros días.
Pablo dice más tarde en este mismo pasaje:
“Hermanos, yo mismo no considero haber lo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante”.
¿De qué se trata? De conocer a Cristo. Este es el hombre piadoso, el instrumento de Cristo en su iglesia. No es un hombre que se limita a hacer la obra del ministerio sino que es un verdadero discípulo de Jesucristo que procura estar con Cristo, conocerle, crecer unido a Él y vivir constantemente con Él.
Así pues, cuando hablamos acerca de la salud espiritual, nos referimos a esto, al afán de conocer a Jesucristo, pero de una forma empírica.
En primer lugar, debemos entender que el método de Dios es utilizar a hombres piadosos.
En segundo lugar, debemos comprender que esto significa que, por descontado, tenemos que ser verdaderos cristianos, discípulos bíblicos cuyas vidas estén orientadas hacia Cristo, ser conformados a Él, conocerle, andar con Él.
En la base de todo lo que tenemos que hacer como pastores, ya sea que nuestro ministerio se centre en la predicación, la enseñanza, que seamos consejeros o administrativos, o cualquier otro servicio que el Señor nos haya dado en la iglesia, somos discípulos de Cristo que tienen hambre de Él, de conocerle y de ser como Él.
Bien, esto implica en tercer lugar, que el pastor debe ser disciplinado en su devoción por Jesús.
Como discípulos, como personas que estamos bajo la disciplina de nuestro Señor, nuestra vida tiene que estar marcada por ciertas normas, ciertos ejercicios, hábitos regulares de devoción a Jesucristo.
El propósito es conocerle, crecer en nuestro saber acerca de su identidad, tener comunión con Él e ir siendo conformados a Él. Pablo insta a Timoteo a todo esto en la primera carta que le escribe, capítulo cuatro y versículo siete:
“Pero nada tengas que ver con las fábulas profanas propias de viejas.
Más bien disciplínate a ti mismo para la piedad”.
Disciplínate; en el inglés tenemos la palabra “gymnasium” que procede de esta palabra disciplina. Ir al “gym”, a la sala de ejercicios y allí ejercitar un cierto grupo de músculos. Acércate a un hombre que esté haciendo pesas y dile: “¿sabes? Te vi la semana pasada y estabas haciendo pesas. Ya es suficiente ¿no? Ya lo has hecho, no necesitas hacer más. ¡No es así!
Tengo que repetir una y otra vez el ejercicio para fortalecer esos músculos en particular. Así pues, no se trata de haber leído la Biblia una vez y esto es todo lo que tenemos que hacer. Hemos orado y… ¡No! Hay repetidos ejercicios que debemos cultivar como hábitos para disciplinarnos en la piedad.
¿Qué implica esto? Bien, implica ciertamente el hecho de que el pastor debe cultivar la disciplina de la lectura devocional de la palabra de Dios. Como discípulos no debemos acercarnos a nuestra Biblia con el único propósito de encontrar algo sobre lo cual podamos predicar en nuestro ministerio a los demás.
Debemos ir como María y sentarnos a los pies de Cristo y ser ministrados como discípulos. Nos acercamos a la palabra de Dios para alimentar nuestra alma, sustentar nuestra propia salud espiritual, no para hacer nuestro trabajo sino para seguir teniendo una buena salud espiritual.
Tenemos que alimentar nuestra alma con las Escrituras; debemos conocer nuestra Biblia. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se llega a conocer este libro? Puedo frotarme con él a ver si penetra en mí, pero ¡Esto no es lo que hay que hacer! Tienes que abrirla y leerla. Tienes que leerla de una forma disciplinada, sistemática y regular.
En el Salmo uno, desde el versículo uno al tres leemos:
“¡Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores, sino que en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de día y de noche! Será como árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo, y su hoja no se marchita; en todo lo que hace, prospera”.
En lugar de llenar nuestra mente con las palabras de los políticos, los artistas y los necios de este mundo, debemos deleitarnos en las palabras de nuestro Dios. Nuestra mente debe ocuparse día y noche en el consejo y las palabras de las Escrituras.
En el Salmo ciento diecinueve vemos el amor que el salmista siente por la palabra de Dios. Es algo patente a lo largo de todo este capítulo del libro de los salmos, a lo largo de todo este salmo… pero observa lo que dicen los versículos ciento cuarenta y siete y ciento cuarenta y ocho:
“Me anticipo al alba y clamo; en tus palabras espero. Mis ojos se anticipan a las vigilias de la noche, para meditar en tu palabra”.
Este hombre se acerca disciplinadamente a la palabra de Dios. Se levanta por la mañana, comienza el día orando y centra su mente en la palabra del Señor. Dice:
“por la noche espero las vigilias y las anhelo porque entonces todo se acaba y puedo por fin meditar de nuevo en la palabra de Dios”.
Existe un acercamiento disciplinado por la mañana y por la noche a la palabra de Dios; es algo regular. No vas a conocer el contenido de tu Biblia de forma accidental. Es algo que ocurrirá intencionadamente y será porque tengas un plan, porque hayas tomado la decisión de sacar el tiempo para hacerlo y lo harás con convencimiento, con coherencia en la costumbre de una lectura devocional de la palabra de Dios.
Necesitas apartar tiempo para poder leer todo el Antiguo Testamento y también el Nuevo:
Escrito está: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.
En Mateo capítulo veintidós, Jesús está tratando con los fariseos y los acusa y les recrimina por esta misma deficiencia: que no conocen el contenido de su Biblia. Forman el clero profesional que tiene más conocimiento sobre las tradiciones de los hombres que sobre las palabras de Dios. En Mateo capítulo veintidós, empezando a leer desde el versículo veintinueve dice:
“Pero Jesús respondió y les dijo: Estáis equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios. Porque en la resurrección, ni se casan ni son dados en matrimonio, sino que son como los ángeles de Dios en el cielo. Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído […]?”
En muchos versículos de los Evangelios donde formula esa pregunta a los fariseos “¿no habéis leído?” se está dirigiendo a esos hombres que constituyen el clero profesional y les pregunta a ellos específicamente: “¿Qué estáis leyendo?”. Bueno, este libro de teología, este libro de historia y… Lo que Él les está diciendo es: “¿No estáis leyendo vuestra Biblia? ¿No estáis leyendo vuestra Biblia? ¿No sabéis lo que dicen las Escrituras?”.
En Colosenses capítulo tres, versículo dieciséis el Apóstol Pablo alienta a los cristianos. Nosotros también necesitamos recibir estímulo por medio de la amonestación de Colosenses tres, dieciséis:
“Que la palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros […]”.
Debes conocer tu Biblia. Debes leer tu Biblia. Debes hacerlo sistemáticamente, en una forma disciplinada, habitual y devocional con respecto a Jesucristo, como discípulos suyos.
El pastor no solo debe disciplinar su lectura devocional de la palabra de Dios, sino que debe cultivar también la de la oración secreta, ¡oración secreta! En Mateo capítulo seis, versículos cinco y seis dice:
“Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas; porque a ellos les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.
No estamos hablando sobre dirigir a la congregación en oración. Nos referimos a la oración secreta, a solas con Dios en oración. Cuando nadie más te ve, ni te oye, ni comentará sobre la forma tan bonita en la que haces tus frases. “Cuando oréis”; Jesús supone que sus discípulos lo harán a solas, buscando el rostro de su Padre celestial.
En el Salmo cinco, desde el versículo uno al tres leemos:
“Escucha mis palabras, oh Señor; considera mi lamento. Está atento a la voz de mi clamor, Rey mío y Dios mío, porque es a ti a quien oro. Oh Señor, de mañana oirás mi voz; de mañana presentaré mi oración a ti, y con ansias esperaré”.
Sugiero que hay razones bíblicas para exhortaros a comenzar el día orando en la presencia de Dios. Esto es lo que David está haciendo aquí; es lo primero que hace por la mañana. Ordena sus oraciones y alza su voz a su Dios.
En Marcos capítulo uno y versículo treinta y cinco vemos que esta era, de hecho, la costumbre de nuestro Señor Jesucristo:
“Levantándose muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, salió, y se fue a un lugar solitario, y allí oraba”.
Jesús se levantaba temprano para estar a solas con su Padre. Permitidme una pregunta. Sé que estáis muy ocupados y algunos de vosotros estáis llevando la obra del ministerio junto con otros trabajos, que tenéis una esposa e hijos y que las exigencias son constantes y estresantes. ¿Cuándo vais a encontrar el tiempo? Sugiero que sea lo primero que hagáis por la mañana; es un modelo bíblico.
¿Tienes un momento concreto para orar en secreto, de forma personal, como hábito de vida comprometida y disciplinada? Si solo oras cuando te apetece verás como pronto tus sentimientos se esfuman y dejarás de hacerlo. Tienes que tener unos principios; necesitas ser disciplinado; necesitas comprometerte con una disciplina y un patrón al que te vas a dedicar.
Lamentablemente podemos convertirnos en formalistas aun en nuestras devociones privadas y actuar por inercia, sin que el corazón esté verdaderamente comprometido. Necesitamos orar para que Dios nos dé la experiencia de conocer a Jesucristo utilizando el medio de gracia.
En Filipenses capítulo, perdón, Efesios capítulo tres, desde el versículo catorce:
“Por esta causa, pues, doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra, que os conceda, conforme a las riquezas de su gloria, ser fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior, de manera que Cristo more por la fe en vuestros corazones; y que arraigados y cimentados en amor, seáis capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento, para que seáis llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios”.
Necesitáis orar para experimentar que Jesucristo os está amando. No se trata de venir y llevar a cabo vuestras devociones, simplemente, leer los versículos, orar y poner la marca de haber cumplido con la obligación. Pero orar para ser fortalecidos por el Espíritu requiere que tengas la experiencia de sentir que Cristo está presente contigo, y tú con Él; tienes que sentirte amado por Él y tú tienes que expresar un amor genuino por Él.
Hazte estas preguntas:
¿Tengo que esforzarme para que mi vida devocional sea regular?
¿Estoy convencido de que estas disciplinas básicas son fundamentales para ser un verdadero discípulo de Jesucristo? ¿Entiendo que antes de ser pastor, soy un discípulo, un cristiano? ¿Comprendo que como alguien espiritualmente vivo debo ejercitarme, y disciplinarme para santidad?
Ahora bien; sé que todos nos saltamos alguna vez el tiempo del devocional. Sé que algunas veces podemos pasar días sin tener un compromiso devocional concentrado y disciplinado con la palabra de Dios y con Jesucristo, pero no deberíamos sentirnos satisfechos de ello.
Debería causarnos dolor, debería llevarnos a un nuevo arrepentimiento, a una decisión renovada. Este es el camino por el que debemos andar y tenemos que hacerlo hasta que crucemos la línea de meta, hermanos.
“Yo solía tener una buena vida devocional disciplinada, pero ahora he pasado de ello y…” ¡No! Las costumbres devocionales de oración y lectura de la palabra de Dios tienen que caracterizar al verdadero hombre piadoso a lo largo de su vida. El pastor tiene que ser disciplinado en su devoción por Jesús.
En primer lugar, debemos entender que el método de Dios es utilizar a hombres piadosos.
En segundo lugar, debemos comprender que esto significa que tenemos que ser verdaderos cristianos, discípulos bíblicos cuyas vidas estén orientadas hacia Cristo.
En tercer lugar, el pastor debe ser disciplinado en su devoción por Jesús.
Y ahora en cuarto lugar, el pastor debe mantener una buena conciencia delante de los hombres y delante de Dios. Debe hacerlo.
Sugiero que lo más importante que poseemos como hombres, como pastores, y como cristianos es una buena conciencia.
Cualquiera que sea el tipo de casa en el que vivamos y el coche que tengamos, nuestra posesión más valiosa es una buena conciencia. No importa cuál sea el tamaño de tu biblioteca, esta no es tu más preciada pertenencia.
A veces entramos en casa de algunos hombres y su biblioteca es inmensa. Y uno piensa: ¡Vaya! ¡Qué patrimonio! Pero lo más valioso que uno puede poseer es una buena conciencia. Una conciencia comprometida os debilitará desde el interior.
Contristaréis al Espíritu Santo y perderéis el poder espiritual necesario para tener influencia sobre el alma de otras personas. Estaréis inquietos. Os volveréis renuentes a utilizar la espada porque cuando la desenvainéis, cortará vuestra propia conciencia. Por esta razón, la mantenéis enfundada no sea que haga agujeros a vuestra propia conciencia. Así pues, empezamos a dejarnos llevar por la inercia.
¿Sabéis? Influenciamos a los demás y a la cultura en la conciencia, así es cómo somos la sal de la tierra y la luz del mundo.
Debemos iluminar nuestra conciencia con la luz de la palabra de Dios. Si nuestra vida no condena o convence la conciencia de los demás no seremos capaces de influenciarlos para llevarlos al Señor Jesucristo.
El poder del ministerio es mantener una buena consciencia.
En Hechos capítulo veinticuatro y versículo dieciséis, esto es lo que Pablo declara:
“Por esto (en vista de la seguridad de la resurrección tanto de los justos como de los impíos) yo también me esfuerzo (lo convierto en mi prioridad y hago todo lo posible) por conservar siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres”.
¿Qué implica mantener una buena conciencia delante de Dios? Bueno, ciertamente significa esto: que no escondes el pecado del Señor. Que no te pones una hoja de higuera ni te escondes detrás de un arbusto intentando apartarte de la vista y de la mirada de Dios.
¿Sabéis una cosa? El pecado nos engaña. Trata de convencernos para que lo aceptemos en nuestra vida y que lo toleremos. Nos dice que no nos va a dañar tanto como pensamos.
Pero Jesucristo percibe la presencia del pecado y, a menos que lo reconozcamos y lo confesemos, si lo escondemos, debemos pensar que Él lo ve de todos modos. Y esto será una separación en nuestra comunión con Él. Y nuestra alma empezará a distanciarse de Él porque Cristo no tendrá comunión con nosotros mientras abracemos nuestros pecados con afecto y los aceptemos.
El pecado nos endurece, nos ciega, nos ensordece; nos hace insensibles al ministerio del Espíritu. Si tienes principios y estás comprometido con la disciplina de la oración secreta, esta será la mayor parte del tiempo la ocasión en la que el Espíritu se reunirá contigo en tu lectura regular de la palabra de Dios y en tu hábito de la oración secreta.
Te confrontará con el pecado al que te has acomodado. Vienes a la presencia de Dios como un discípulo y el Espíritu está presente para exponer tu pecado. En el Salmo 139 dice:
“Oh Señor, tú me has escudriñado y conocido. Tú conoces mi sentarme y mi levantarme; desde lejos comprendes mis pensamientos. Tú escudriñas mi senda y mi descanso, y conoces bien todos mis caminos. Aun antes de que haya palabra en mi boca, he aquí, oh Señor, tú ya la sabes toda.
Por detrás y por delante me has cercado, y tu mano pusiste sobre mí. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; es muy elevado, no lo puedo alcanzar. ¿Adónde me iré de tu Espíritu, o adónde huiré de tu presencia?”.
¿Qué podemos esconder de Dios? Todos nuestros pensamientos, todas nuestras palabras, nuestras acciones están expuestas delante del Señor y Dios.
En el Salmo diecinueve, desde el versículo doce leemos:
“¿Quién puede discernir sus propios errores? Absuélveme de los que me son ocultos. Guarda también a tu siervo de pecados de soberbia; que no se enseñoreen de mí.
Entonces seré íntegro, y seré absuelto de gran transgresión. Sean gratas las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Señor, roca mía y redentor mío”.
Esta es una oración en la que el corazón está abierto y los pecados quedan expuestos, en la lectura regular de la palabra de Dios. Eres un discípulo disciplinado de Cristo e irás a esos textos que te obligan a introducir estas palabras en tus oraciones y a abrir tu corazón y decir: “Oh Señor, tú me has escudriñado y conocido”.
En el Salmo cincuenta y uno tenemos la oración de confesión:
“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones. Lávame por completo de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí.
Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que eres justo cuando hablas, y sin reproche cuando juzgas.
He aquí, yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre. He aquí, tú deseas la verdad en lo más íntimo, y en lo secreto me harás conocer sabiduría.
Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría; que se regocijen los huesos que has quebrantado.
Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis iniquidades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de tu presencia, y no quites de mí tu santo Espíritu.
Restitúyeme el gozo de tu salvación, y sostenme con un espíritu de poder. Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti”.
Antes de entrar en un ministerio público en el que tendré que tratar con pecadores e instruir a otros acerca de la palabra de Dios, debo saber que estoy limpio en la presencia de Dios y esto no puede ocurrir si estoy escondiendo algún pecado.
No puede ocurrir si estoy evitando pasajes como este y no trato con ellos dentro de mi corazón. El pecado. Mantener una buena conciencia con Dios significa que no estoy escondiendo mi pecado, que no estoy ignorando lo que Dios quiere que haga. No me estoy negando a hacer lo que Él me ordena. Estoy haciendo su voluntad y estoy dispuesto a cumplirla de forma que cualquiera que sea el deber que encuentre en mi Biblia, me sentiré deseoso de andar por el sendero de ese deber.
Tener una buena conciencia delante de Dios significa que no estoy rechazando o negando nada de lo que el Espíritu me va a enseñar de la palabra de Dios. Significa que estoy dispuesto a someter mi mente a lo que la Biblia enseña, aunque descubra que algunas de las cosas que he creído durante mucho tiempo se ven retadas por las Escrituras.
Estoy dispuesto a arrepentirme, no solo de la actividad no bíblica, sino también de los pensamientos que no lo son y a someter mi mente a la palabra de Dios.
Conservar una buena conciencia delante de los hombres significa que estoy dispuesto a resolver cualquier área de discordia en mis relaciones con los demás. Como veremos en nuestra próxima hora, mantener una dinámica espiritual saludable en mi matrimonio y en mi relación con mis hijos también significa que no estoy permitiendo que mis pecados dañen mi relación con mis colegas líderes en la iglesia o con el pueblo de Dios, entre los que vivo o quienes hago negocio.
En primera de Timoteo capítulo tres, la lista de cualificaciones de un hombre para el ministerio termina con una preocupación primaria de Pablo que tiene la función de un sujeta-libros. En el versículo dos leemos: “Un obispo debe ser, pues, irreprochable” y en el versículo siete: “Debe gozar también de una buena reputación entre los de afuera de la iglesia”.
Esta es la preocupación primordial de Pablo: que seas un hombre que no transige en su trato con los demás, que conserves una buena conciencia delante de los hombres en la iglesia, por encima de todo reproche y con los de afuera de ella con una buena reputación.
De este modo, no ofenderás a nadie, serás un hombre que, cuando la iglesia diga: “este es nuestro pastor” y otros te conozcan, no se sorprendan diciendo: “¿Me estás tomando el pelo? ¿Este es vuestro pastor? Hice negocios con él. No es un buen trabajador”.
¿Eres un buen obrero? ¿Eres aplicado y diligente o eres perezoso? ¿Piensan los demás que mereces todo el respeto? ¿Conservas una buena conciencia delante de los hombres de forma que están convencidos de tu integridad?
¿Eres un hombre iracundo? ¿Violas el sexto mandamiento? ¿Bienaventurados los pacificadores porque serán llamados Hijos de Dios? ¿Robas lo que no es tuyo? ¿Eres un hombre honrado? ¿Confían los demás en ti? ¿Te respetan?
¿Le dirían otros hombres a sus hijas: “Cuando te cases, me gustaría que lo hicieras con un hombre como…” y te señalarían a ti? ¿Te ven irreprensible; te respetan?
Amigo mío, por más que se repita nunca se hará demasiado hincapié. Si no conservas una buena conciencia te encontraras probablemente en el camino que lleva a la apostasía. En primera de Timoteo uno, versículo diecinueve, Pablo alienta a Timoteo a “guardando la fe y una buena conciencia, que algunos han rechazado y naufragaron en lo que toca a la fe. Entre los cuales están Himeneo y Alejandro”.
Timoteo había conocido a esos dos hombres y cuando Pablo le dice:
“guarda la fe, la integridad doctrinal, la fidelidad y una buena conciencia. Algunos no lo han hecho y han jugado con su conciencia. La consecuencia ha sido el naufragio. Han apostatado y su vida es ahora como una ruina sobre las rocas”.
Timoteo debía saber quiénes eran Himeneo y Alejandro. Algunos de nosotros que estamos en este salón hoy nos acordamos de nombres que vienen a nuestra mente cuando leemos pasajes como este. Son hombres que sabemos que no guardaron una buena conciencia delante de Dios y delante de los hombres.
A pesar de ello se levantan, predican y dirigen la oración pública, pero al mismo tiempo están desarrollando una vida paralela, una doble vida. En lugar de cultivar la oración en secreto, cultivan los pecados secretos. En vez de mantener el conocimiento de la intimidad y la relación con Jesucristo, alimentan el de la intimidad con hombres y mujeres perversos.
El sexo y el dinero son los dos peligros principales en el ministerio. Algunos de nosotros hemos conocido a hombres que han caído en hábitos de lujuria, cogiendo dinero que no debían, entregándose a placeres sexuales que no debían y lo han hecho durante un tiempo hasta que Dios los ha dejado en evidencia y ahora su vida es como ruinas sobre las rocas.
Los matrimonios se han arruinado. La relación con los hijos también. La posición financiera, la reputación social, toda una vida de ministerio, el equilibrio sicológico, todo como una ruina. No fueron capaces de guardar la fe y una buena conciencia. Aunque llegaran a conocer el perdón de Dios de nuevo en la gracia, sigue habiendo una destrucción porque Dios no puede ser burlado. Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.
Hermanos, la batalla de vuestra alma en el ministerio está exactamente en esto. Aquí es donde se gana esa pelea y donde se pierde: en guardar la salud espiritual, en la lectura devocional de la palabra de Dios, la vida de oración devocional y conservar una buena conciencia.
Salomón dice en Proverbios cuatro, versículo veintitrés: “Con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida”. Todo lo que concierne especialmente al ministerio fluirá en la calidad de tu salud espiritual y en la de tu corazón.
Esta es nuestra pelea; aunque vayamos haciéndonos mayores y nos enfrentemos a los desafíos de un extenso ministerio, la pelea sigue siendo la misma: ¿cómo está tu conciencia? ¿Es posible que estés llevando una doble vida y que los hombres que están aquí te conozcan de una forma, pero Dios te vea viviendo de otro modo?
¿Qué haces en secreto? ¿Oras o pecas en secreto? ¿Cómo está tu conciencia? ¿Tienes una buena salud espiritual? ¿Eres un hombre piadoso? Si lo eres, entonces eres el método de Dios. Hubo un hombre enviado por Dios cuyo nombre es el tuyo. ¡Sed el método de Dios! ¡Sed hombres piadosos y un gran instrumento en la mano de Dios!
Oremos:
Padre nuestro, te pedimos que tu Espíritu descienda y nos vuelva a condenar por las cosas que hay en nuestro corazón, esas cosas que se hallan en nuestra vida. Sabemos que son pecados y que son un estorbo que pueden derrotarnos fácilmente y ser un obstáculo en la carrera que tenemos por delante.
Padre, danos el deseo de tener buena salud y energía espiritual. Que no caigamos en los hábitos del ministerio de forma que perdamos la vitalidad de la comunión con Cristo; que el ministerio llegue a convertirse en un mero trabajo en una función. ¡Ayúdanos, Dios nuestro, a ser hombres piadosos que caminan con Cristo para que podamos ser instrumentos en tu mano por el bien de tu pueblo y para la gloria de tu nombre! Amén.
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Now, each of these priorities are so important and could be opened up to such an extent, that many sermons could be preached on each one of these subjects. So we’re only going to survey them, but we’re going to survey them with the realization that we have a very serious calling, that our ministries and our lives as pastors are very serious things in light of the coming judgment of Jesus Christ.
When you turn to first Corinthians chapter three, reading from verse ten to verse fifteen we see these words as especially relevant to us as pastors, “according to the grace of God which was given to me, like a wise master builder I laid a foundation and another is building on it, but each man must be careful how he builds on it for no man can lay a foundation other than the one which is laid which is Jesus Christ. Now if any man builds on the foundation with gold, silver, precious stones, wood, hay, straw, each man’s work will become evident for the day will show it because it is to be revealed with fire and the fire itself will test the quality of each man’s work. But if any man’s work which he has built on it remains, he will receive a reward. If any man’s work is burnt up he will suffer loss, but he himself will be saved yet as though through fire.”
Each of us are attempting to build upon the foundation that has been laid by the apostolic gospel, that foundation being Christ Jesus, and this passage warns us, urges us to be very careful what it is that we construct upon that foundation as we endeavor to see local churches being built as living temples for the indwelling presence of the Holy Spirit. And we’re to be told, we are told to be careful about the materials that we use, to be sure that we use material that is fire proof and that will in fact be purged and purified by the fire of God’s judgment.
We are therefore to avoid the use of anything that would be considered hay, wood, or straw, and build with the precious things of gold and silver, precious stones. Jesus is going to ask us to give an account for our ministry. He’s going to ask us what we have done with His word. He’s going to ask us what is the condition of his flock. He’s going to ask us how we have honored and defended His name in the midst of the world of wicked men.
Our desire as we turn to Matthew twenty-five is that we might hear these words from our Lord and from our savior on that day when we will give an account. Our desire will be to hear Him say in the words of Matthew twenty-five and verse twenty-three, “well done, good and faithful slave. You were faithful with a few things; I will put you in charge of many things. Enter into the joy of your master.”
It is our prayer that this conference will help each of us to make priority of those things that are most important to our master so that we might build upon the foundation which is Christ with that material that will honor Him, that will be preserved through the fire and that will be a commendation to God’s grace working in us in a faithful ministry that will be to the praise and glory of Christ.
Well, with that introductory perspective behind us, let us consider in this hour the pastor’s care of himself. The pastor’s care of himself.
We need to first of all realize what God’s method is. God’s method is godly men. Here I underscore what we heard yesterday from Pastor Meadows concerning how the Lord designs godly men as pastors to be used to set things in order and to bring about reformation to bring the leadership that is needed by the people of God. This is God’s method.
So we must begin with ourselves if we’re going to begin with the priorities that God would have us consider. We must start with ourselves and with our ministry to our own souls. Why? Because this is God’s method. When we turn to the beginning of the gospel of John we see something that is very significant. We are now in the beginning of a new era of redemptive history; God is about to move with great power and grace, announcing the words of the gospel, the coming of the Messiah.
John tells us in John one six, “there came a man sent from God whose name was John.”
When God acts for His glory and for the good of His people He employs a method, here’s the method: He sends a man. He does not send an angel to pastor His people; He sends men. Men who have been converted, men who have received the Holy Spirit, men who have been given gifts by the Spirit who has qualified them to be a gift to the church to shepherd the flock of God. God’s method is not to send a new program. It’s not a new mission’s technique. His method is to send a man; He sends men. Christianity is not merely a system of theological doctrine. It is not merely an order of worship and ritual. It is not merely a religious organization and structure. It is essentially the transformation of fallen men into conformity with Jesus Christ. It is primarily evident; Christianity is primarily evident in the man.
In Romans chapter eight in verse twenty-nine we see God’s purpose when we read, “for whom He foreknew, these He also predestined to become conformed to the image of His son so that He would be the firstborn among many brethren.” Here is the goal of our salvation, that we become conformed to Jesus Christ, that Christ be firstborn among His family who bear His likeness. The goal of Christianity is the transformation of a sinner into Christ-likeness. What does God do when He commences this method, when He begins this process to bring sinners into conformity with His son?
Well, in John chapter one again in verse fourteen, “the word became flesh and dwelt among us, and we saw His glory, glory as of the only begotten from the Father, full of grace and truth.” Here is God’s method. When God comes to effectively accomplish the purposes of His salvation His word becomes flesh. He doesn’t send merely a program. He doesn’t write something in the sky. He comes in the flesh. The incarnation of the second person of the godhead, the life and the ministry, the crucifixion, the resurrection, the ascension, the exaltation to God’s throne, the second coming, and the resurrection of the dead, it all has to do with the glory of God revealed in human flesh. The ministry of the Son of God is accomplished as the divine man and so too this is God’s method for dealing with His people, to give the ministry to be accomplished in human flesh, by men who themselves are holy men, who are godly men, who are personal incarnations of the truth. They themselves are the embodiment of their message. They are like Christ, the Word becoming flesh, not as the incarnate God, but as an incarnation of the truth. Their lives, their words, their actions, their relations are all a display of Christ’s ministry to His people.
So we must make priority of ministering to ourselves as pastors, to take care of ourselves and to nurture our own souls, our own health and vigor that we in the totality of our manhood may be the embodiment of the message that we are communicating to our people. If you’re not nurturing your own health, you’ll not be able to engage in the ministry which is a demanding labor, which is an exhausting labor. To be the instrument that God would have you to be you must be as healthy as you can be so that you might be vigorous in your engagement to His word and you interactions with God’s people and with your engagement with the forces of darkness on this battlefield.
So God’s method is John one and verse six, “there came a man who was sent from God whose name was.” You can put your own name there because that is the method that God is employing wherever he has placed you. You’re God’s method. You’re the man with a name sent from God to the place where God has put you. When the apostle Paul speaks to pastors in Acts chapter twenty, he tells them that they are to make priority of their own spiritual health. He tells them in Acts twenty and verse twenty eight, “be on guard for yourselves and for all the flock among which the Holy Spirit has made you overseers to shepherd the church of God which He purchased with His own blood.”
Before you will be able to stand on guard and to shepherd the flock of God and to take care of that most precious, purchased possession of Christ, you must first be on guard for yourselves.
Likewise in first Timothy chapter four, reading from verse fourteen, “do not neglect the spiritual gift within you which was bestowed on you through prophetic utterance with the laying on of hands by the presbytery. Take pains with these things; be absorbed in them so that your progress will be evident to all. Pay close attention to yourself and to your teaching; persevere in these things for as you do this you will ensure salvation both for yourself and for those who hear you.” Paul says to the young man Timothy, you cannot neglect yourself, you cannot get so caught up in the work of the ministry that you neglect the nurture of your own soul. You must yourself be an example of what growth in grace looks like. Your progress should be evident to others; therefore, watch yourself attentively; pay close attention; be careful to cultivate both your spiritual and your physical health. Paul was concerned for Timothy’s stomach as well as for Timothy’s spirit. You are God’s method. You’re not introducing some program; you are the program. You’re not introducing a new gimmick; you are God’s method. The man who is an incarnation of the message, you are to fulfill this ministry by being yourself a personal embodiment of the ministry.
Robert Murray M’Cheyne says, “You are God’s sword, His instrument, a chosen vessel to bear His name. In great measure according to the purity and perfection of the instrument will be the success. It is not great talents that God blesses so much as likeness to Christ. A holy minister is an awe full weapon in the hand of God.” God’s method is a godly man.
Secondly, the pastor must be a true Christian. You might think, “Well, this is not necessary to say, that a pastor must be a true Christian.” But when you think about what a pastor is and when you ask yourself, “Where must I begin if I am going to address pastors on the matter of their spiritual health?” I must begin by saying, “My dear friend, you must be born again. You must truly be regenerated, for if you’re not spiritually alive, there is no use to talking to you about your spiritual health.” I am not going to walk up to that graveyard and talk to the tombstones about what diet they’re having whether they’re getting enough exercise. They’re dead. So it’s no use to talk to men about staying spiritually healthy unless you first press upon their consciences the necessity of the new birth, of having truly been converted, of having really come into union with Christ through faith and repentance and that you are before you are a pastor, you are in fact a true Christian and a genuine disciple of Jesus Christ, not a formal Christian, not a notional Christian, not merely a cultural Christian.
In Acts chapter fourteen we read from verse twenty-one, “After they preached the gospel to that city and had made many disciples, they returned to Listra and to Aconium and to Antioch strengthening the souls of the disciples, encouraging them to continue in the faith and saying, ‘Through many tribulation we must enter the kingdom.’ When they had appointed elders for them in every church, having prayed with fasting, they commended them to the Lord in whom they had believed.” I submit to you that the elders that were first appointed were drawn from the disciples. Before they were elders they were disciples. They were part of that local church. A disciple is one who has been given new life by the holy spirit, who has put his trust and faith in Jesus Christ, having repented of his sin and resolved to follow Christ as his Lord and as his savior. He is a true Christian, bottom line. Before we can talk about the exercise of his gifts, and the exercise of his ministry, his fundamental, spiritual identity is: true Christian, disciple of Jesus Christ.
I’m sure we’ve all met people who call themselves Christians because they’ve been born into a family that attends church, because they’re not a Muslim and they’re not a Buddhist and they’re not a Hindu, so what are they? Well, I guess I must be Christian. I live in the United States. I suppose I’m a Christian. And they’re only talking about something that is traditional, something that is cultural, something that they’ve acquired through the social context of their family. In some countries, I’m not sure if Spain is now one of them, you are given a nation identity card where your religion is associated on the card. Is that right, in Spain, no? Okay. But there are some countries where you have the religion put on the card. Are you Muslim? Are you Christian? What are you? If someone says, are you a Christian? Sure, I’m a Christian. Here’s my card. Does that make you a Christian? I’ve met men in the ministry who are in the ministry, why? Well, my father was in the ministry, and now I’m in the ministry. It’s a good job to be in the ministry. I get a lot of prestige; I get respect, and I like the work of the ministry. I get to read books and talk to people and so I’m in the ministry because it’s part of the way in which my father trained me to be.
Well, such men are not qualified to be in the ministry because they’re not true Christians. The ministry is a job, a job that is designed to sustain the traditions of a subculture, not in order to promote the life and vigor and vitality of the kingdom of God. If a pastor is going to cultivate his own spiritual health he must first be spiritually alive. So the first place we start is to ask you, are you born again? Are you truly converted? Is your trust in Christ alone by faith alone? Have you repented and turned from your sin and confident of the mercies of God through the cleansing power of the blood of Jesus Christ. The pastor must be a true Christian and as a pastor, as a Christian as we turn to Philippians three, he must have an ever growing hunger to know Jesus Christ and to grow in his knowledge of Jesus Christ. Beneath the work of the ministry, beneath the labors of sermon preparation and pastoral counseling and all of the administrative work, in order to see that the building is tended to and this matter is tended to, beneath all of that what are we if we’re not simply disciples of Jesus Christ who are striving to grow in our knowledge and our experience of Him.
Paul says in Philippians chapter three verse eight, “More than that, I count all things to be loss in view of the surpassing value of knowing Christ Jesus my Lord for whom I have suffered the loss of all things and count them but rubbish so that I may gain Christ and may be found in Him, not having a righteousness of my own derived from the law, but that which comes through faith in Christ, the righteousness which comes from God on the basis of faith that I may know Him and the power of His resurrection and the fellowship of His sufferings, being conformed to His death in order that I may attain to the resurrection from the dead.”
Here is the hunger, the appetite of a spiritually healthy man. He wants to feed with greater vigor upon Jesus Christ. To know Christ involves the knowledge of my sin, having been forgiven, having a righteousness imputed to me by the grace of God on the basis of the work of Jesus Christ so that I stand justified in Christ, not with a righteousness of my own, but that righteousness which comes through faith in Christ. A knowledge of Christ involves a willingness to suffer with Christ and that in that suffering to experience the triumph of the resurrection and the power and the hope of the glories to come. That’s spiritual life, that’s vigor that undergirds whatever we’re doing in the work of the ministry. The knowledge of Christ is something that we’re to pursue to the end of our days, pressing forward as he continues to say later in this very passage, I haven’t attained this, I forget what lies behind, I press on. What? For the knowledge of Christ, to know Christ. That’s the godly man, that’s the instrument of Christ in His church, not a man who is simply doing the work of the ministry, but a true disciple of Jesus Christ who is seeking to live with Christ, to know Christ, to grow in union with Christ and to be constantly living with Christ.
So when we speak about spiritual health, this is what we’re talking about; we’re talking about this pursuit of the knowledge of Jesus Christ. We’re talking about the pursuit of the knowledge of Jesus Christ, experientially knowing Christ.
Which brings us thirdly to become more specific then in regard to how it is that we are to promote our own spiritual health. We must understand that godly men is God’s method. We must understand that means that we must be indeed true Christians, biblical disciples whose life is oriented toward Christ, to be conformed to Christ, to know Christ, to walk with Christ, and that beneath all that we have to do as pastors, whether our ministries focus primarily upon preaching or teaching or counseling or administrative or however God has put us in the church to function, beneath all that we are disciples of Christ who hunger after Him, to know Him and to be like Him.
Well that will involve then, thirdly, that the pastor must be disciplined in his devotion to Jesus. He must be disciplined in his devotion to Jesus.
We are disciples, disciplined in our devotion to Jesus Christ. As disciples, as those who are under the discipline of our master, our lives are to be marked by certain spiritual disciplines, certain spiritual exercises, regular habits of devotion to Jesus Christ so that we might know Him, so that we might grow in our knowledge of who He is and communion with Him and are being conformed to Him. It’s what Paul urges Timothy in first Timothy chapter four and verse seven, “But have nothing to do with worldly fables fit only for old women. On the other hand, discipline yourself for the purpose of godliness.” Discipline yourself; in the English we get the English word “gymnasium” from this word discipline. Go to the gym, go to the exercise room and there you have certain muscle groups that you’re going to exercise. Come over to a man and he’s doing curls, you say, you know I saw you here last week, you were doing curls then. That’s enough, isn’t it? You’ve already done that, you don’t need to do that anymore. No, no, I’m going to repeatedly do this exercise to strengthen these particular muscles. So, it’s not like we’ve read our Bibles once and that’s all we need to do, we’ve prayed and, no there are repeated exercises that we are to cultivate as habits of disciplining ourselves unto godliness. What does that involve? Well, it involves certainly the fact that the pastor must cultivate the discipline of devotional reading of the word of God, of devotional reading of the word of God.
We must, as disciples, we must come to our bibles not for the purpose of trying to get something to preach in our ministry for somebody else, but we must come like Mary who sat at the foot of Christ and was ministered to as a disciple. We come to the word of God to feed our own souls, to sustain our own spiritual health, not in order to do our job, but to remain healthy, spiritually. We need to feed our souls upon the Scripture as the food of our souls. We must know our Bibles. We must know our Bibles, and how do you do that? How do I get to know this book? I just rub it on myself enough, maybe it will get in, I just try to get…That’s not what you do. You got to open it up and you got to read it. You’ve got to read it in a disciplined, systematic, regular way.
In Psalm chapter one, in Psalm chapter one, reading from verse one to verse three, “How blessed is the man who does not walk in the counsel of the wicked nor stand in the path of sinners nor sit in the seat of scoffers, but his delight is in the law of the Lord and in His law he meditates day and night. He will be like a tree firmly planted by streams of water which yields its fruit in its season and its leaf does not wither and in whatever he does he prospers.”
Rather than filling our minds with the words of the politicians and the entertainers and the fools of this world, we’re to take delight in the words of our God. And our minds are to be preoccupied night and day with the counsel and the words of Scripture.
In Psalm one hundred nineteen we see the psalmist’s love for the word of God throughout this entire chapter of the book of psalms, throughout this psalm, but notice verse one forty-seven and verse one forty-eight, “I rise before dawn and cry for help; I wait for your words. My eyes anticipate the night watches that I may meditate on your Word.” Here is man who had a disciplined approach to the word of God. He rises in the morning; he begins with prayer, and he puts his mind upon the word of God. He says, “At nighttime I will be assigned the night watches and I’m looking forward to it because then everything will be finished and I’ll finally be able to meditate afresh upon the word of God.” Morning and night, there’s a disciplined approach, there’s a regular approach to the reading of the word of God.
You’re not going to learn the content of your Bible by accident. It’s going to happen on purpose; it’s going to happen because you have a plan. It’s going to happen because you are resolved and determined that you’re going to make the time and be consistent in the habit of devotional reading of the word of God. You need to set time that you might read through the Old Testament, read through the New Testament, “For it is written, man shall not live by bread alone, but by every word that proceeds from the mouth of God.”
In Matthew chapter twenty-two, Jesus is dealing with the Pharisees and He indicts them and charges them with this very deficiency, that they do not know the content of their Bibles. They are the professional clergy who have become more knowledgeable in the traditions of men than in the words of God. In Matthew chapter twenty-two, reading from verse twenty-nine, “But Jesus answered and said to them, ‘you are mistaken, not understanding the Scriptures nor the power of God, for in the resurrection they neither marry nor are given in marriage, but are like angels in heaven, but regarding the resurrection of the dead you have, have you not read,’” rather, “‘What was spoken to you by God. There are many places in the gospels where Jesus asks that question of the Pharisees, “Have you not read?” He’s talking to these men who are professional clergy men and he asks them specifically, “What are you reading?” Oh, I’m reading this theology book; I’m reading this history book, and, and, but he’s saying to them, “Are you not reading you Bible? Are you not reading your Bible? Do you not know what the Scriptures say?”
In Colossians chapter three and verse sixteen the apostle Paul encourages Christians and certainly we as Christian men are to be encouraged by the admonition of Colossians three sixteen, “Let the word of Christ richly dwell within you. Let the word of Christ richly dwell within you.” You must know your Bible. You must read your Bible. You must read it systematically, in a disciplined habitual, habit and devotional way to Jesus Christ as disciples of Christ.
The pastor not only must discipline his devotional reading of the word of God, but he must cultivate the discipline of secret prayer, secret prayer. In Matthew chapter six, verse five and six, “When you pray, you are not to be like the hypocrites for they love to stand and pray in the synagogues and on the street corners so that they may be seen by men. Truly I say to you, they have their reward in full, but you when you pray go into your inner room, close your door, and pray to your Father who is in secret, and your Father who sees what is done in secret will reward you.” We’re not talking about leading your congregation in prayer. We’re talking about secret prayer, alone with God in prayer. When no one else sees you, when no one else hears you, when no one else is going to comment upon that nicely put phrase. When you pray is the assumption Jesus makes of his disciples that they will do so alone, seeking the face of their heavenly Father.
In Psalm five reading from verse one to three, “Give ear to my words, oh Lord, consider my groaning, heed the sound of my cry for help my King and my God for to you I pray. In the morning, oh Lord, in the morning I will offer my prayer to you and eagerly watch.”
I submit to you that there is biblical reason to encourage you to begin your day in God’s presence in prayer. This is what David is doing here, in the morning, first thing; he orders his prayers and lifts his voice to his God.
In Mark chapter one and verse thirty-five, we learn that this indeed was the habit of our Lord Jesus Christ, “In the early morning, while it was still dark, Jesus got up left the house and went away to a secluded place and was praying there.”
Jesus would rise early and get alone with His father. Let me ask you, I know you’re very busy and some of you men are working in the work of the ministry, working other jobs, and you’ve got a wife and children and the demands are constant and pressing upon you. When are you going to find the time? I suggest first thing in the morning is a biblical pattern. Do you have a set time to pray secretly, personally, as a committed, disciplined habit of your life? If you only pray when you feel like praying, you’ll find your feelings will soon fade and you’ll become a prayer less man. You need to be principled; you need to be disciplined; you need to have commitment to a discipline and a pattern that you are going to be devoted to. Sadly, we can become formalists even in our private devotions and go through the motions without any real heart engagement. We need to pray that God would give to us an experience of knowing Jesus Christ in our use of the means of grace.
In Philippians chapter, I’m sorry, Ephesians chapter three reading at verse fourteen, “For this reason I bow my knees before the Father and from whom every family in heaven and on earth derives its name, that He would grant you according to the riches of His glory to be strengthened with power through the Spirit in the inner man so that Christ may dwell in your hearts through faith and that you being rooted and grounded in love may be able to comprehend with all the saints what is the breadth and length and height and depth and to know the love of Christ which surpasses knowledge, that you may be filled up to all the fullness of God.”
You need to pray to experience being loved by Jesus Christ. Not simply coming in and doing your devotions, checking off the mark, read my verses, prayed my prayer, but to pray to be strengthened with the Spirit that you might experience Christ present with you, you present with Christ, you being loved by Christ and you expressing genuine love for Christ. Ask yourself these questions: Am I striving to be regular in my devotional life? Am I convinced that these basic disciplines are essential to being a true disciple of Jesus Christ? Do I understand that before I am a pastor, I am a disciple, I am a Christian and as one who is spiritually alive I must exercise myself, discipline myself unto godliness? Now, I know that we all miss times of devotion. I know that sometimes we can even go for days without having concentrated, disciplined, devotional engagement with the word of God and with Jesus Christ, but we ought not to be content with that. That ought to grieve us, that ought to bring us to fresh repentance, that ought to bring us to a renewed resolve; this is the way we must go and it is the way we must go until we cross the finish line, brethren. It’s not that well, I used to have a good disciplined devotional life, but I’ve gone beyond that now and, no, devotional habits of prayer and reading of the word of God is to characterize the true godly man through the course of his days. The pastor must be disciplined in his devotion to Jesus.
And then fourthly, the pastor must maintain a good conscience before man and before God. The pastor must maintain a good conscience before God and before men. I submit to you that the most important thing that we possess as men, as pastors, as Christians, is a good conscience. Regardless of what kind of house you live in, what kind of car you drive, your most valuable possession is a good conscience. No matter what size your library is, that’s not your most valuable possession. Walk into some men’s homes and their library is huge, you say, oh, what a possession. The most valuable possession is a good conscience. A compromised conscience will weaken you from within. You will grieve the Holy Spirit and you will lose the spiritual power that is necessary to have influence upon the souls of other men. You’ll become apprehensive. You’ll become reluctant to use the sword because when you take the sword out your own conscience will be cut by it. So you keep the sword sheathed lest your own conscience become pricked by it. So you begin to go through the motions. You see, the place where we influence others and the place where we influence culture is the conscience, that’s how we are the salt of the earth, that’s how we are the light of the world; it’s by illuminating conscience with the light of the word of God, and if our lives do not convict and convince the consciences of others we will not be able to influence them for the Lord Jesus Christ.
The power of the ministry is found in keeping a good conscience.
In Acts chapter twenty four and verse sixteen, this is Paul’s statement, “In view of this, in view of the certainty of the resurrection of both the righteous and the wicked I also do my best, I make it may priority, I give it my utmost to maintain always a blameless conscience both before God and before men.”
Maintaining a good conscience before God, what does that involve? Well, it means certainly this: it means that you are not hiding sin from God. You’re not putting on a fig leaf and crouching behind a bush, trying to get away from the sight and from the gaze of God. You see, sin deceives us. It tries to convince us to accept it into our lives, and to tolerate it. It will not, sin tells us, do us as much damage as we might think. But the presence of sin is perceived by Jesus Christ, and unless it is acknowledged, and unless it is confessed, if it is hidden, we think He sees it nonetheless. And it will separate us in our communion with Him. And our souls will begin to be distanced from Him, because Christ will not commune with us while we are hugging our sins affectionately and accepting sin.
Sin hardens us, it blinds us, it deafens us; it makes us insensitive to the ministry of the Spirit. And if you’re principled and committed to the discipline of secret prayer that commitment oftentimes will be the occasion in which the Spirit will meet you in your regular reading of the word of God and in your habit of secret prayer and confront you with the sin that you’ve become too comfortable with. You come into the presence of God as a disciple and the Spirit is present to expose your sin.
In Psalm one hundred thirty-nine, “Oh Lord, you have searched me and known me. You know when I sit down and when I rise up. You understand my thought from afar. You scrutinize my path and my lying down and are intimately acquainted with all my ways. Even before there is a word on my tongue, behold oh Lord, you know it all. You have enclosed me behind and before and have laid your hand upon me. Such knowledge is too wonderful for me; it is too high; I cannot attain to it. Where can I go from your Spirit? Where can I flee from your presence?”
What can we hide from God? All of our thoughts, all of our words, all of our actions are open and laid bare before the Lord God. In Psalm nineteen, reading from verse twelve of Psalm nineteen, “Who can discern his errors? Acquit me of hidden faults. Also, keep back your servant from presumptuous sins, let them not rule over me. Then I will be blameless, and I will be acquitted of great transgression. Let the words of my mouth and the meditation of my heart be acceptable in your sight oh Lord, my Rock and my Redeemer.” Here is a prayer to have your heart opened and your sins exposed and in the regular reading of the word of God, because you’re a disciplined disciple of Christ you’ll come to these texts that compel you to take these words into your prayers and to open your heart and say, “Lord, search me and know me.”
In Psalm fifty-one, the prayer of confession, “Be gracious to me oh God, according to your loving kindness, according to the greatness of your compassion, blot out my transgressions, wash me thoroughly from my iniquity and cleanse me from my sin for I know my transgressions and my sin is ever before me. Against you, you only I have sinned and done what is evil in your sight, so that you are justified when you speak and blameless when you judge. Behold, I was brought forth in iniquity and in sin my mother conceived me. Behold, you desire truth in the inner most being and in the hidden part you will make me know wisdom. Purity me with hyssop and I shall be clean, wash me and I will be whiter than snow. Make me to hear joy and gladness, let the bones which you have broken rejoice. Hide your face from my sin and blot out all my iniquities, create in me a clean heart oh God and renew a steadfast spirit within me. Do not cast me away from your presence, and do not take your Holy Spirit from me. Restore to me the joy of your salvation and sustain me with a willing spirit. Then, I will teach transgressors your way and sinners will be converted to you.”
Before I enter in to a public ministry of dealing with sinners and instructing others from the word of God, I must know myself clean in the presence of God, and that’s not going to happen if I’m hiding sin. That’s not going to happen if I’m avoiding passages like this and not dealing with them in my heart. Sin, rather maintaining a good conscience with God means I’m not hiding my sin. It means I’m not ignoring what God wants me to do. I’m not refusing to do what He commands. I’m doing His will and willing to do His will so that whatever duty I meet in my Bible I’m willing to walk in the path of that duty. To have a good conscience before God means I’m not denying or rejecting anything that the Spirit is going to teach me from the word of God, willing to submit my mind to whatever the Bible teaches, even if I discover that some long-held beliefs are being challenged by the Scriptures. I’m willing to repent not only of unbiblical activity, but unbiblical thinking, to submit my mind to the word of God.
Maintaining a good conscience before men means that I am willing to resolve any area of discord in my relationships with others. As we’ll see in our next hour, maintaining healthy spiritual dynamics in my marriage and in my relationship to my children, it also means not allowing my sins to hurt my relationship to my fellow leaders in the church or to the people of God or with those among whom I live or with whom I do business.
In first Timothy chapter three, the qualifications of a man in the ministry are bookended by a primary concern that the apostle has. In chapter three in verse two, “an overseer then must be above reproach,” and then in verse seven, “And he must have a good reputation with those outside the church.”
That’s Paul’s primary concern, that you be a man who is not compromising in your dealings with others, you be a man who is maintaining a good conscience before men in the church, above reproach, and to those outside of the church with a good reputation. So that men are not offended by you. So that you are a man that when the church says, this is our pastor, and others know you, they don’t look at the church and look at you and say, “You gotta be kidding me. That’s your pastor. I’ve done business with him. He’s not a good worker.” Are you a good worker? Are you industrious and diligent? Or are you lazy? Do you have the respect of other men’s conscience? Are you maintaining a good conscience before men so that their consciences are convinced of your integrity? Are you an angry man? A violator of the sixth commandment? Blessed are the peacemakers for they shall be called sons of God? Do you steal what is not yours? Are you an honest man? Do others trust you? Do they respect you? Would other men say to their daughters, “When you get married, I want you to marry a man like.” Would they point to you? Because you own their conscience, you are above reproach; they respect you. My friend, maintaining a good conscience cannot be over emphasized. If you do not keep a good conscience you are very likely on the road to apostasy.
In first Timothy one nineteen, Paul encourages Timothy to “keep faith and a good conscience which some have rejected and suffered shipwreck in regard to their faith, among these are Homanius and Alexander.”
Timothy would have known these two men and when Paul says to him, keep faith, keep doctrinal integrity, keep fidelity, and keep a good conscience, some have not kept these things and they played fast and loose with their consciences, and as a consequence they’ve suffered shipwreck, they’ve apostatized, and their lives now lie like ruins on the rocks. And Timothy would know who Homanius and Alexander were. And some of us reading in this room today have names of men who come to our minds when we read passages like this, men who we know did not keep a good conscience before God and before men, yet who could stand up and preach and lead in public prayer, but at the same time were developing a parallel life, a double life, and they were instead of cultivating secret prayer, they were cultivating secret sins. Instead of cultivating a knowledge of intimacy and relationship with Jesus Christ, they were cultivating a knowledge of intimacy with wicked men and wicked women.
Sex and money are the two main pitfalls for men in the ministry. Sex and money, and some of us have known men who have fallen into habits of lust, seizing money that was not theirs to seize. Seizing sexual pleasure that was not theirs to seize, and they were able to do that for a while until God exposed them, and now their lives lie like ruins upon the rocks. Marriages, ruined. Relationship to children, ruined. Financial standing, ruined. Social reputation, ruined. A life of ministry, ruined. A psychological stability, ruined. Because they failed to keep faith and a good conscience. Even if they come to know the forgiveness of God again in grace, there is still a destruction for God will not be mocked, whatever a man sows, that shall he reap.
Brethren, the battle for your soul in the ministry is right here, this is where the battle is won, this is where the battle is lost, in the maintenance of your spiritual health, in the maintenance of your devotional reading of the word of God, your devotional prayer life, and your keeping of a good conscience.
Solomon says in Proverbs four twenty-three, “Watch over your heart with all diligence, for from it flow the issues of life.”
Everything from your ministry especially is going to flow from the quality of your spiritual health, from the quality of your heart. And here’s our battle, even as we grow older and face the challenges of lengthy ministry, the battle is still the same, how is your conscience? Could you be at this conference and yet leading a double life, and men in this room know you in one way but God sees you living in another way? What are you doing in secret? Are you praying in secret, or are you sinning in secret? How is your conscience? Are you spiritually healthy? Are you a godly man? Are you a godly man? If you are, you are God’s method. There came a man, sent from God, whose name is you. Be God’s method, be godly men, and be a great instrument in the hand of Christ.
Let’s pray:
Our Father we pray that your Spirit would come and convict us afresh of those things in our hearts, those things in our lives, those things that we know are sins and encumbrances that so easily weigh us down and hinder us in the race that is set before us. Father, give to us a desire to be spiritually vigorous and healthy. Let us not fall into the habits of the ministry in such a way that we lose the vitality of communion with Christ, that doing the work of the ministry merely becomes a job and a function. Help us, our God, to be godly men who walk with Christ that we might be instruments in Your hand for the good of your people and for the glory of Your name, Amen.
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2005 Pastors’ Conference | Sola Gratia
2005 Pastors’ Conference | Sola Fide
La prioridad de pastorear el rebaño del Señor
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Vamos a estudiar la prioridad de pastorear el rebaño del Señor. Hemos visto anteriormente la prioridad de la predicación y también la prioridad de la oración.
Tenemos que ser los mejores predicadores que podamos y, por medio del ministerio público de la Palabra de Dios que tiene el pastor, intentar alimentar a las ovejas con la verdad de la Palabra.
De hecho, en Jeremías 3:15, el Señor promete: “Entonces os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con conocimiento y con inteligencia”.
El pastor es alguien que alimenta al rebaño de Dios con el alimento de las Escrituras; pero el pastor es más que un orador público y su ministerio de la Palabra de Dios va más allá de la predicación en el púlpito. Es un pastor y su preocupación es que cada oveja individual del rebaño del Señor reciba el alimento de la Palabra de Dios de forma personal y específica.
Vamos a Colosenses capítulo uno y leemos la descripción que hace Pablo de esta preocupación por cada persona que se encuentra bajo su ministerio público.
Cada hombre es tema de preocupación para el Apóstol. Él le habla a todos los tipos de hombres y también, de forma individual, a cada uno de ellos. A todos los hombres. Y lo hace a un gran precio, con esfuerzo y tormento, con luchas, no confiando en su propia fuerza sino en el poder que obra poderosamente dentro de él; es una energía y una capacidad que se le da al hombre de Dios para que haga el trabajo que Él le ha llamado a hacer, porque es un hombre al que el Espíritu Santo le ha dado el don. El Espíritu Santo obra poderosamente dentro de él mientras él trabaja tan duramente como puede. Pablo dice: “trabajo”. Trabajo hasta el punto de quedar agotado. Algunas veces caigo en la cama absolutamente exhausto emocional, espiritual y físicamente, habiendo trabajado hasta el agotamiento, pero no con mi propio poder: “[…] trabajo, esforzándome según su poder que obra poderosamente en mí”.
La obra del ministerio pastoral requiere que se pastoree a las ovejas, que se les alimente con la Palabra de Dios, no solamente de forma pública en la adoración corporativa, desde el púlpito, sino también de una forma personal, privada e individual, esforzándonos en tener encuentros con ellos, de uno en uno.
Ahora bien; antes de considerar todo lo que involucra el pastoreo del rebaño de Dios, estudiemos algunas metáforas o descripciones bíblicas del ministerio pastoral. Ciertamente, el pastor es la metáfora dominante que se utiliza en la Biblia para describir el ministerio pastoral; pero no es la única. Tengo que mencionar algunas de ellas para que podáis ver el ministerio pastoral desde distintos puntos de vista, según se describe en la Palabra de Dios. Cuando vamos al libro de los Hechos capítulo veinte, encontramos la metáfora de un supervisor; en Hechos veinte, versículo veintiocho: “Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con su propia sangre”.
De modo que, en la tarea del pastoreo, vemos que también hay una labor de supervisión. La palabra en el original significa estar por encima para supervisar, vigilar y montar guardia sobre algo. La idea es un vigía militar, que tiene una posición para proteger al rebaño montando guardia y vigilándolo. Es, asimismo, la idea de alguien que supervisa lo que se está haciendo para asegurarse de que se está llevando a cabo aquello que ha sido encomendado. En Hebreos capítulo trece se nos da otra metáfora y es la de un gobernador o un gobernante. Aquí el sustantivo “vuestros líderes” podría traducirse por gobernadores o gobernantes. Es la idea de alguien a quien el rey le ha delegado autoridad. Es alguien responsable, delante del rey, de la prosperidad de sus súbditos, de los ciudadanos que viven en su reino. Jesús nos dice que no debemos gobernar como hacen los gentiles que imponen su propia autoridad sobre el pueblo de Dios, sino que debemos hacerlo a la manera de Cristo, en un servicio que implica el sacrificio de uno mismo por el bien de la gente. Hay que liderar a las personas por medio del ejemplo, ganándose el respeto de la conciencia y gobernando para el bien del rey, para su gloria y para beneficio de las personas y no para uno mismo ni para autopromocionarse.
En primera de Tesalonicenses, capítulo dos se nos da aún otra metáfora, por medio de la cual debemos entender el ministerio pastoral y esta es la de los padres.
En primera de Tesalonicenses dos, versículo siete leemos: “Más bien demostramos ser benignos entre vosotros, como una madre que cría con ternura a sus propios hijos”.
Aquí tenemos a una madre que cría a sus hijos, como descripción del ministerio y, después, en el versículo once leemos: “Así como sabéis de qué manera os exhortábamos, alentábamos e implorábamos a cada uno de vosotros […]”.
“A cada uno de vosotros”, ¿lo veis? El enfoque individual: cada uno de vosotros. “[…] como un padre lo haría con sus propios hijos”.
Así pues, como una madre que cría a su hijo tiernamente, cuidando, alimentando y ministrando, y también como un padre que exhorta, instruye y disciplina. El propósito de los padres, tanto de la madre como del padre, es ver al hijo madurar; que crezca, se desarrolle y se convierta en un adulto independiente.
Hay que enseñarles; predicar, pero también enseñar. Y la imagen que tenemos aquí es la de un maestro en medio de sus estudiantes. Sin embargo, la enseñanza no se limita simplemente a dar la información bíblica, aun con todo lo importante y crucial que esto es, sino que se trata de una instrucción sobre cómo seguir a Cristo, cómo vivir la vida cristiana y la forma de poner en práctica la verdad de las Escrituras. Así pues, en resumen, vemos el ministerio pastoral por medio de estas metáforas. La imagen dominante es la de un pastor en medio de sus ovejas, pero esta representación está ampliada por otras perspectivas, de manera que la labor del pastor es la tarea de alguien que debe proteger como un vigía, conducir como un gobernador, alimentar como hacen los padres e instruir como maestros, con el fin de poder guiar al rebaño de Dios por el camino del servicio obediente a Jesucristo.
Ahora que hemos visto esta amplia imagen del ministerio pastoral, centrémonos específicamente en el ministerio del pastoreo tal y como se describe en las Escrituras.
Nuestro ministerio como pastores debe seguir el modelo del propio Buen Pastor, Jesucristo, quien describe su ministerio pastoral en el Evangelio de Juan capítulo diez, comenzando a leer desde el versículo uno.
Bien; observemos algunos elementos de la descripción que Jesús hace de sí mismo como el Buen Pastor:
Desde el versículo uno y hasta el seis se nos hace saber que el Pastor tiene un conocimiento íntimo de sus ovejas. El pastor tiene una relación personal con sus ovejas.
Observemos cómo, desde el versículo siete hasta el diez, el Pastor se esfuerza con respecto a la provisión para las ovejas, para sus vidas y cómo procura protegerlas de cualquier amenaza o cualquier mal.
Desde el versículo once hasta el trece, vemos de nuevo que el Pastor se compromete a proteger a las ovejas. Se le describe como aquel que se preocupa por ellas.
Desde el versículo catorce hasta el dieciséis, el Pastor se niega a sí mismo por el bien de las ovejas.
Así pues, estos son los tres aspectos principales del pastoreo: provisión, protección, presidencia sobre las ovejas. Provisión, protección y presidir, guiar, dirigir y conducir.
En el Salmo veintitrés, quizás uno de los salmos sobre el pastoreo que nos resulta más familiar, se describe al Señor como nuestro pastor, en esta ocasión con términos del Antiguo Testamento. Una vez vista la descripción que se hace en Juan diez, en palabras del Nuevo Testamento, en el Salmo veintitrés leemos: El SEÑOR es mi pastor, nada me faltará.
Aunque el pastoreo implica muchas cosas, la labor del pastor siempre se compone de estos tres aspectos: provisión —alimentar al rebaño, cuidarlo para que esté bien alimentado—; protección, vigilancia sobre el rebaño, mantenerlo a salvo, protegerlo de las amenazas externas y cuidarlo de cualquier problema que pueda surgir de dentro del rebaño; presidir sobre él, o guiar, dirigir y liderar o conducir. Estamos llevando el rebaño a algún lugar. Le estamos dirigiendo a los caminos de un servicio obediente a Cristo para, finalmente, poder llevarlos al hogar del Padre. Estas tres responsabilidades siempre se mezclan entre sí para un ministerio fiel y bíblico de pastoreo.
Tras haber descrito el ministerio de pastoreo de Cristo, en tercer lugar veremos cómo se debe dar continuidad a este ministerio de Cristo, hoy día, en el ministerio pastoral.
El ministerio de pastoreo de Jesucristo tiene su continuación, ahora, por medio de aquellos que Él da a la Iglesia, tras haberles dotado del Espíritu Santo y haberles capacitado para que sean pastores según su propio corazón; para que alimenten al rebaño con sabiduría y entendimiento.
En el libro de Efesios, capítulo cuatro y versículo once, Pablo nos dice de dónde proceden esos pastores. Aquél, que es Jesucristo resucitado y exaltado, dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros. Cristo, que es exaltado, concede dones a su Iglesia y, entre ellos, se encuentran esos hombres que son pastores, alimentadores y que son también maestros en el ministerio de la Palabra.
¿Por qué hace esto Cristo? En Mateo capítulo nueve, empezando a leer desde el versículo treinta y seis, vemos: “Y viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor”. ¿Por qué les da pastores? Por la compasión que Él siente por sus ovejas. No quiere que su pueblo se vea afligido. No quiere que sean como aquellos que no tienen protección, que no tienen alimento, que no reciben dirección de su Palabra; así pues, por compasión, Él da a su pueblo pastores según su propio corazón, para que cuiden de su rebaño y le transmitan su Palabra, su reinado, su amor, su piedad. De este modo, el ministerio del pastoreo debe continuarse a través del ministerio de la Palabra de Dios, por medio de aquellos hombres que han sido dados a la Iglesia como pastores.
Esto es lo que encontramos al final del Evangelio de Juan, cuando Jesús está tratando con Pedro, exhortándole en su ministerio de pastoreo.
En Juan veintiuno, leyendo desde el versículo quince, encontramos:
Entonces, cuando habían acabado de desayunar, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?
Pedro le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dijo: Apacienta mis corderos.
Y volvió a decirle por segunda vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
Pedro le dijo: Sí, Señor, tú sabes que te quiero.
Jesús le dijo: Pastorea mis ovejas.
Le dijo por tercera vez: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
Pedro se entristeció porque la tercera vez le dijo: ¿Me quieres? Y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.
Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas”.
Cristo encarga a Pedro que ministre la Palabra a su rebaño; le pide que lo pastoree como demostración del amor que siente por Jesús y como comunicador de ese amor que Jesús tiene por sus ovejas. Luego, Pedro, en su primera epístola capítulo cinco, escribe como un anciano más entre los demás; como alguien que tiene la responsabilidad del liderazgo entre el pueblo de Dios:
“Por tanto, a los ancianos entre vosotros, exhorto yo, anciano como ellos y testigo de los padecimientos de Cristo, y también participante de la gloria que ha de ser revelada: pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios; no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo; tampoco como teniendo señorío sobre los que os han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño”.
Pastoread el rebaño de Dios. Pedro, quien recibió el encargo: “Apacienta mis corderos y pastorea mis ovejas”, ahora, en su calidad de anciano entre los demás; como alguien que viene a ministrar la Palabra al pueblo de Dios, nos dice a nosotros, ancianos, que somos los que ahora tenemos que pastorear el rebaño de Dios. En su soberanía, Dios os ha colocado entre el grupo de sus ovejas. Tenéis que ejercer vuestra mayordomía en pastorearlas y dar continuación al ministerio de pastoreo de Cristo, que fue encomendado a los Apóstoles, y que se corrobora en la Palabra de Dios; este recibe su continuidad a medida que la Palabra de Dios se va ministrando a las ovejas por medio de aquellos que han sido apartados para el ministerio pastoral.
Centrémonos ahora en este asunto de la provisión; el pastor que alimenta a las ovejas. En el Salmo veintitrés podemos decir que lo que representan esos verdes pastos, a los que se lleva a las ovejas para que se alimenten, es la Biblia. El Pastor dirige a las ovejas a esos pastos y hace que se alimenten de la Palabra de Dios, de manera que sus almas se nutran de las Escrituras. Por tanto, debemos entender que las ovejas se alimentan cuando se les enseña el contenido de su Biblia, cuando se les da la Palabra de Dios. Volvemos de nuevo al libro de los Hechos, capítulo veinte. Ahora vemos el hincapié que se hace en el versículo que leímos con anterioridad, el veintiocho: el Espíritu Santo nos ha colocado sobre el rebaño; nos ha hecho supervisores para que pastoreemos la Iglesia de Dios.
Debemos alimentar al rebaño. Tenemos que pastorear la Iglesia. ¿Qué es lo que esto implica? Cuando nos fijamos en el contexto, vemos el hincapié que se hace sobre la predicación y sobre el ministerio de la enseñanza de la Palabra.
En el versículo veinte: “No rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil, y de enseñaros públicamente y de casa en casa”.
Versículo veintiuno: “Testificando solemnemente, tanto a judíos como a griegos, del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesucristo”.
Versículo veinticuatro: “[…] a fin de poder terminar mi carrera […] para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios”.
Versículo veintisiete: “Pues no rehuí declarar a vosotros todo el propósito de Dios”.
Versículo treinta y dos: “Ahora os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que es poderosa para edificaros y daros la herencia entre todos los santificados”.
El ejemplo de Pablo entre los ancianos de efesios es un modelo de cómo alimentar, cómo pastorear por medio de cosas como: enseñar, predicar, declarar, testificar y encomendar a los hombres de Dios a la Palabra de Dios. De este modo vemos que, alimentar a las ovejas es ciertamente ministrar la Palabra de Dios, principalmente desde el púlpito; ser un mayordomo de la verdad y alimentar al rebaño de forma pública, desde el púlpito; pero, de la misma forma, ese mismo ministerio se extiende de casa en casa: debemos alimentar a nuestra gente con la Palabra de Dios, de manera privada y personal. Les damos la Biblia cuando estamos delante de ellos, predicando; asimismo, cuando nos encontramos sentados, con ellos, alrededor de la mesa de su cocina, aconsejándoles, también les estamos dando la Palabra de Dios.
Proverbios diez, veintiuno dice: “Los labios del justo apacientan a muchos, pero los necios mueren por falta de entendimiento”.
Así pues, tenemos que ocuparnos de la alimentación del rebaño de Dios, pero luego, también debemos considerar ese aspecto del pastoreo que implica el proteger a las ovejas. Aquí, una vez más, nuestras biblias se abren en el libro de los Hechos, capítulo veinte, y leemos desde el versículo veintiocho: “Tened cuidado de vosotros”, proteged:
“Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con su propia sangre. Sé que después de mi partida, vendrán lobos feroces entre vosotros que no perdonarán al rebaño, y que de entre vosotros mismos se levantarán algunos hablando cosas perversas para arrastrar a los discípulos tras ellos. Por tanto, estad alerta, recordando que por tres años, de noche y de día, no cesé de amonestar a cada uno con lágrimas”.
Aquí, Pablo destaca la responsabilidad de los pastores de guardar y proteger. En primer lugar dice: “tened cuidado de vosotros. Protegeos a vosotros mismos”. El año pasado, esta fue la primera prioridad de la serie, en dos partes, que impartimos sobre la prioridad del pastor. Guarda tu propio corazón; guarda tu propia vida espiritual porque si el pastor no está tomando su lugar, las ovejas se encontrarán en problemas. Si el pastor no se encuentra en buena salud, las ovejas no estarán bien atendidas; así es que el pastor debe cuidar de su propia alma y esto redundará en beneficio de su gente. Mantén tu dedo señalando Hechos veinte, pero pasa también a primera de Timoteo cuatro y verás cómo se recalca esta verdad en 1 Ti. 4, versículo 16: “Ten cuidado de ti mismo”. Guárdate a ti mismo, vigílate, protégete “y de la enseñanza; persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan”, aquellos a los que alimentas.
Protegerte a ti mismo es crucial si quieres ser un fiel pastor, para que puedas proteger y cuidar al rebaño de Dios; pero Pablo dice en Hechos veinte, versículo veintiocho: “Tened cuidado de vosotros y de toda la grey” y, en particular, estad alertas contra la amenaza que representan los falsos maestros y las falsas enseñanzas.
En Tito, capítulo uno, después de describir las cualificaciones del hombre de Dios, Pablo también explica la responsabilidad y el deber que tiene esta persona. En el capítulo uno de Tito, versículo nueve, leemos que tiene que ser alguien capaz de retener la palabra fiel que es conforme a la enseñanza. ¿Por qué? Para que sea también capaz de exhortar con sana doctrina y refutar a los que la contradicen; para que pueda guardar al rebaño y protegerlo de aquellos que pudieran venir en medio de ellos, desde el exterior, o de los que se levantaran desde dentro del propio grupo y que enseñaran algo que no estuviera de acuerdo con la sana doctrina.
“Tu vara y tu callado me infunden aliento” dice David. Cuando veo el cayado… Es esa herramienta de pastor que se utiliza para traer a las ovejas de vuelta a la fila y poder guiarlas mientras él camina junto a ellas; sin embargo, cuando las ovejas ven al pastor sacar el cayado, ya saben que hay un lobo cerca que está a punto de que le aporreen la cabeza, porque esa vara es un arma de guerra que el pastor utiliza para repeler cualquier amenaza que pueda aparecer. Esta es la responsabilidad del pastor: que guíe y dirija con su báculo; pero también tendrá que tomar el cayado para proteger al rebaño de cualquier intruso que pudiera venir e intentar alimentarlo con cualquier otra cosa que no sean las sanas palabras, la sana doctrina.
¿Sabéis? El pastor siente la compasión de Cristo por sus ovejas. Este es el motivo por el cual es dado al rebaño, porque es una expresión de la compasión de Cristo. Siente preocupación por las ovejas. No es un mero orador público. No se limita a ser un simple orador que aparece y descarga su sermón sobre la gente y luego se va sin importarle si ellos lo han entendido o no; si lo han aceptado o no; si lo están aplicando y viviendo en sus vidas.
No es un simple cuidador profesional. Si no fuera más que esto, volveríamos al capítulo diez de Juan y entenderíamos lo que es un asalariado. No es un pastor; es una mera mano de obra arrendada. Leed de nuevo desde el versículo once del capítulo diez de Juan:
“Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el que es un asalariado y no un pastor, que no es el dueño de las ovejas, ve venir al lobo, y abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. El huye porque solo trabaja por el pago y no le importan las ovejas. Yo soy el buen pastor, y conozco mis ovejas y las mías me conocen, de igual manera que el Padre me conoce y yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas”.
Yo pongo mi vida por las ovejas. Veis, en el versículo once, Jesús dice que el Buen Pastor entrega su vida y termina diciendo, de nuevo en el versículo quince, “doy mi vida”.
El pastor, que lo es según el corazón de Cristo, está dispuesto a sacrificarse en beneficio de las ovejas para que estas puedan estar protegidas y, de ese modo, estar a salvo. Ahora bien; Jesús dice del hombre que no hace esto que: “no es un pastor. Que es un asalariado. Es una mano de obra arrendada”.
Esto quiere decir que, la mano de obra arrendada, puede hacer la labor de alimentar al rebaño. Puede darles de comer; pero cuando ve venir a un lobo, cuando ve llegar el peligro, cuando ve que surgen los problemas, su primera y principal preocupación es por él mismo. Si hay peligro, si hay dificultades, si hay problemas, el asalariado piensa primero en sí mismo, y deja y permite que las ovejas queden desprotegidas y sin protección. El lobo viene y empieza a causar estragos y dispersa al rebaño, y Jesús nos dice por qué este hombre actúa de esta forma. En un día de paz, en un día de tranquilidad, él alimenta a las ovejas, cumple con esa tarea, pero cuando llega el momento de la prueba y llega la aflicción, su corazón queda al descubierto. Puede predicar un sermón, claro está, pero cuando surgen los problemas, él está pensando en sí mismo y no siente un amor verdadero; no tiene un corazón que se preocupe verdaderamente por el pueblo de Dios. No se queda; no lucha; no defiende ni protege a las ovejas; en lugar de ello, las deja y permite que se les haga daño. ¿Por qué? Jesús dice que esto es porque, versículo trece, no se preocupa por las ovejas. Solo se preocupa de sí mismo.
Este es uno de los retos a los que nos enfrentamos hoy en el ministerio, a causa de las comunicaciones, por culpa del internet. Podemos ir y descargar a nuestros predicadores favoritos y escucharles. Ya sabéis, cinco o seis de las voces principales que son tan populares en nuestro tiempo; hombres que dicen muy buenas cosas y nuestras ovejas pueden sentirse atraídas por esas voces famosas y se sentarán en el banco y te mirarán diciéndote: “¿Cómo es que no predica usted esto y lo otro? ¿Por qué no habla usted acerca de esto?” ¿Comprendéis? Ellos tienen la sensación de que, todo lo que necesitan es a alguien que les predique un sermón y se pierden el hecho de que Jesús les haya dado pastores. El pastor es alguien que se preocupa por ellos; no es solo una voz en el audífono de un ipod, sino que es una persona que les mira a los ojos; pone sus manos sobre ellos; está involucrado en sus vidas; ora por ellos; se preocupa por ellos; vive entre ellos y se derrama a sí mismo por ellos.
El tema es que, a causa de esas grandes personalidades de la comunicación, las personas pueden proyectar a veces sus expectativas y que estas queden muy lejos de la realidad; no sean bíblicas; y que necesiten recibir los medios de gracia. Además, el ministerio del pastoreo es un medio vital de gracia. Esta es una declaración fidedigna, digna de ser totalmente aceptada; si alguien desea la obra de supervisor, la tarea que desea hacer es una buena obra.
Este es un aspecto necesario del cuidado de Cristo por su pueblo; no se trata de una personalidad de las comunicaciones; no es la voz que sale de un ipod, o de una pantalla, sino que es un medio terrenal, una vasija de barro, un pecador como los demás que está trabajando por su salvación junto con su ministerio al pueblo de Dios. Esta es la realidad del pastoreo. El pastor está preocupado por las ovejas. Tiene un conocimiento íntimo de las ovejas y estás tienen la responsabilidad de conocerle. Su vida tiene que estar tejida de una forma que refleje la relación del Padre con el Hijo: tiene que haber un amor; tiene que haber un conocimiento; una preocupación, un compromiso. Sin ese corazón, sin esa preocupación, el hombre no será más que un asalariado, y esto nos lleva ahora a este otro aspecto del pastoreo: al de presidir sobre, al de cuidar, al de dirigir.
Un pastor debe proporcionar alimento, proteger contra las falsas doctrinas y, después, guiar también, cuidar y ministrar en beneficio de las ovejas. En primera de Timoteo, capítulo tres, cuando Pablo describe las cualificaciones del pastor, utiliza una palabra que resulta muy interesante.
En primera de Timoteo, capítulo tres, versículo cinco: “Si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?”
La Iglesia debería ser capaz de ver qué tipo de beneficio se derivará del liderazgo de ese hombre y qué tipo de provecho les reportará, solo con mirar a su esposa, a sus hijos. Así podrán ver que ese mismo será el impacto de su liderazgo espiritual porque ese es el resultado de vivir bajo su gobierno y su dirección. De muchas formas, hermanos, vuestra esposa es el mejor testimonio que puede cualificaros para el ministerio porque el pueblo de Dios podrá mirarla y decir, si ella prospera: bien, esto es lo que ocurre con las personas que se hallan bajo el liderazgo de este hombre, bajo su cuidado y su preocupación. Si sus hijos son dóciles y manejables, de forma que sean decentes y ordenados, que se merezcan una respetabilidad hacia ellos, entonces será el efecto del liderazgo de este hombre sobre las personas; ¿lo entendéis? Pablo dice que podéis fijaros en eso para contestar a la pregunta de ¿cómo cuidará ese hombre a la Iglesia?
Ahora bien, el único otro lugar donde se utiliza esta palabra es en Lucas diez, treinta y cinco, cuando se describe al buen samaritano que cuidó al hombre al que le habían robado y habían golpeado, dejándolo abandonado. Esto quiere decir que cuidar al rebaño requiere que se hagan cosas que, a menudo, nos resultan incómodas; que tenemos que salirnos de nuestro camino para cuidar, proteger, guiar y dirigir al pueblo de Dios.
En Lucas capítulo quince esto implica la responsabilidad de buscar a una oveja que esté deambulando, que esté vagando, que se encuentre indefensa y en posible peligro. En Lucas quince leemos, desde el versículo tres:
“Entonces Él les refirió esta parábola, diciendo: ¿Qué hombre de vosotros, si tiene cien ovejas y una de ellas se pierde, no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la que está perdida hasta que la halla? Al encontrarla, la pone sobre sus hombros, gozoso; y cuando llega a su casa, reúne a los amigos y a los vecinos, diciéndoles: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado mi oveja que se había perdido’. Os digo que de la misma manera, habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento”.
Esta es la descripción del pastoreo, que era un conocimiento común para el pueblo en el tiempo de Jesús. El pastor se da cuenta de que una de sus ovejas anda perdida y deambulando. Se asegura de dejar a las noventa y nueve a buen recaudo, que estén alimentadas, que estén protegidas, que estén a salvo y luego se toma la molestia de ir tras esa oveja para poder recuperarla. Es la imagen de un ministro que busca cómo traer de vuelta a una oveja desobediente, equivocada, que la llama al arrepentimiento para poder traerla de vuelta al redil, al orden; busca a la enferma, a la indisciplinada para poder restaurarla.
En Ezequiel capítulo treinta y cuatro, tenemos un pasaje del Antiguo Testamento, que critica duramente a los pastores de aquel tiempo; desde el versículo uno y hasta el seis leemos:
“Y vino a mí la palabra del Señor, diciendo: Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel; profetiza y di a los pastores: ‘Así dice el Señor Dios: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño? Coméis la grosura, os habéis vestido con la lana, degolláis a la oveja engordada, pero no apacentáis al rebaño. Las débiles no habéis fortalecido, la enferma no habéis curado, la perniquebrada no habéis vendado, la descarriada no habéis hecho volver, la perdida no habéis buscado; sino que las habéis dominado con dureza y con severidad. Y han sido dispersadas por falta de pastor, y se han convertido en alimento para toda fiera del campo; se han dispersado. Mis ovejas andaban errantes por todos los montes y por todo collado alto; mis ovejas han sido dispersadas por toda la faz de la tierra, sin haber quien las busque ni pregunte por ellas”.
El pastor es recriminado porque las ovejas no están bien cuidadas y Dios mira a sus ovejas y dice: “Las veo merodeando sin protección alguna. Veo a algunas que están enfermas y nadie las alimenta. Las veo flacas y cojas, y no reciben alimento; y miro a los pastores y veo que se están dando atracones, procurando su propia comodidad y descuidando a las ovejas, mientras van en busca de su propio bienestar”. Cuidar a las ovejas significa que tendremos que sufrir molestias.
Somos responsables ante Cristo por la condición en la que se encuentre su rebaño y me gustaría pensar que, mientras digo estas cosas, vuestros pensamientos estén yendo hacia vuestra gente y que la tengáis en mente. Podría ser que, mientras hablamos, algo esté presionando vuestra conciencia: necesito hacer una llamada; tengo que hacer una visita; debo hacer el seguimiento de una preocupación.
El aspecto final de nuestro estudio es la visita pastoral y la supervisión privada de las ovejas: nuestra responsabilidad de alimentarlas, de proveer para ellas; nuestra responsabilidad de protegerlas, de guiarlas, de conducirlas y de dirigirlas. Con el fin de llevar todo esto a cabo, preocupándonos de todo el mundo, nuestra vida deberá estar implicada en la de nuestra gente a nivel privado, personal. Un verdadero pastor se preocupa por sus ovejas y en la relación que existe entre pastor y ovejas; este tiene la prerrogativa de iniciar el compromiso con ellas, y no limitarse a responder a la llamada de ayuda; él ve la posible amenaza que se dibuja en el horizonte porque es un vigía, porque está cuidando y observando el estado del rebaño. Tiene el privilegio de tomar la iniciativa con aquella oveja que, a su entender, necesita un cuidado, una provisión y una protección adicionales. Junto con la preparación de su sermón, con su ministerio de oración intercesora, el pastor tiene que estar al tanto de su rebaño. Esto es conocimiento general; sabiduría general. En Proverbios veintisiete, versículo veintitrés, dice: “Conoce bien la condición de tus rebaños y presta atención a tu ganado”.
Ahora bien; esta interacción individual, privada, cara a cara, puede ser el resultado de algo que el pastor observe mientras esté viviendo entre su gente, ejerciendo su ministerio, y predicándoles de forma pública.
Por ejemplo: si, mientras estáis predicando, observáis que una de vuestras ovejas está sentada, de brazos cruzados, cabizbaja, y que solo mueve su cabeza; que cuando dices algo se limita a poner los ojos en blanco y sacudir su cabeza, a menos que tú seas del planeta Martes, aquí en la tierra eso significa que ese hombre no está recibiendo lo que tú estás diciendo: tiene un problema con aquello que tú estás hablando; si sales del santuario y ves a dos ovejas que están debatiendo y discutiendo sobre lo que acabas de predicar, o tienen un altercado sobre algo que incluso desconoces, pero sabes que tienen una controversia; o si ves a un matrimonio que va hacia el coche al final del culto, y él tiene mala cara y ella está arremetiendo contra él y son dos de tus miembros; como observador, como alguien a quien se le ha dado la responsabilidad de cuidar a sus ovejas, estas son cosas que te atañen. Bíblicamente tienes la prerrogativa de iniciar un encuentro, una interacción: o bien hablas con las ovejas allí y entonces, o, si no es apropiado, les pides que queden contigo de forma privada para poder preguntarles si estás interpretando las cosas de manera correcta. Cuando estabas sentado moviendo la cabeza, ¿te dolía el estómago? O, ¿hay algo de lo que dije sobre lo que necesitemos hablar, o que tenga que aclarar un poco más? Hay ocasiones en las que, como pastor, puedes ir junto a las ovejas y hacerles preguntas porque algo te haya llamado la atención y que tenga que ver contigo. No eres un asalariado; ¡te importan! Te preocupan las ovejas, te preocupas por su unidad, te preocupas por sus almas, por su relación los unos con los otros; te preocupa que el Espíritu se vea contristado en el rebaño.
Esta interacción, cara a cara, puede programarse o estructurarse formalmente. Podemos intentar tener visitas pastorales cada año, más o menos, con nuestra gente. Podemos tener hojas de inscripción y las personas pueden programar una hora para que el pastor venga y hable con ellos en privado. No tiene por qué ser a causa de un problema, o de una crisis, o una preocupación en sí, sino solo para poder saber en qué condiciones se halla el rebaño; para que ellos puedan conocernos, saber que hay una comunicación y que nosotros podamos entender mejor cómo orar por ellos en nuestras oraciones de intercesión. De este modo podremos percibir mejor el nivel en el que se halla nuestra congregación y así prodigarles mejor el ministerio de la Palabra de Dios hacia ellos.
Hace un par de años, en nuestra relación pastoral con la gente, tuvimos la impresión de que un puñado de personas de nuestra iglesia estaba teniendo algunas tensiones matrimoniales. Esto surgió en una reunión de ancianos: ¿sabéis una cosa? Tenemos unas cuantas familias aquí que parecen estar enfrentándose a luchas en su matrimonio. Esto es lo que haremos en nuestra próxima Escuela Dominical para adultos. Tocaremos el tema del matrimonio, porque esta es la forma en la que podemos ministrar la Palabra a este rebaño en este momento concreto. Ahora bien; cuando tenemos ese tipo de reuniones de supervisión pastoral, en mis encuentros con las ovejas suelo hacer preguntas sobre tres áreas distintas:
En primer lugar, sobre su propio discipulado. ¿Estáis comprometidos con vuestros devocionales personales? ¿Estáis cultivando vuestra comunión con Cristo en oración? ¿Estáis enfrentando algo en vuestro discipulado personal con Jesucristo en lo que yo pueda seros de ayuda? ¿Qué estáis leyendo? ¿Cómo es vuestra vida de oración? ¿Cómo está vuestra conciencia? ¿Cómo es vuestro caminar personal con Dios?
En segundo lugar, ¿cómo van las cosas en la familia? ¿Cómo van las cosas en el matrimonio? ¿Qué tal con los niños? ¿Qué tal con tus hermanos o tus hermanas, o tus padres? ¿Estás teniendo devocionales en familia? ¿Oráis juntos como una familia? ¿Leéis la Palabra de Dios? ¿Hay preocupaciones en lo que respecta a la familia de las que yo debería estar al corriente?
En tercer lugar, ¿qué tal van las cosas en la iglesia? ¿Estás recibiendo beneficio del ministerio del púlpito? ¿Hay algunas preguntas que te gustaría hacer en cuanto a las cosas que se están enseñando? ¿Estás cumpliendo tus obligaciones de membresía? ¿Tienes relación con el pueblo de Dios de una forma sana? ¿Hay alguna preocupación entre el pueblo de Dios que tú también tienes? ¿Existe alguna preocupación en cuanto a lo que se hace como iglesia, con respecto a nuestra implicación en misiones, a la mayordomía de nuestras finanzas, o alguna pregunta en esas líneas?
Estas son las tres áreas principales sobre las que intentamos charlar, por lo general. Tu caminar personal con Dios, tu familia y tu vida en la iglesia. ¿Estás ministrando? ¿Qué dones tienes? ¿En qué estás contribuyendo en lo que respecta a la vida y en el ministerio de la iglesia? ¿Estás creciendo por medio del servicio mientras ejerces el ministerio que Dios te ha dado?
Ahora bien; de este tipo de compromiso, puedes descubrir rápidamente que hay cosas que necesitan tu seguimiento; cosas sobre las que tienes que reunirte con ellos y cosas que te harán desear programar otros encuentros para poder comprometerte en orientarles.
Estás intentando reconocer la gracia de Dios en ellos; estás intentando darles instrucciones prácticas y ayudarles a conocer lo que significa ejercer la salvación.
En primera de Corintios capítulo siete y versículo veinticinco, Pablo da algunos consejos y esto consiste en un reto porque tenemos que ser capaces de discernir cuándo, como pastores, tenéis que orientar, aconsejar y cuándo tenéis que explicar la Palabra de Dios y cuándo tenéis que darles aquello que ata su conciencia a la Palabra y que ellos, como pueblo de Dios están obligados a seguir.
Pablo era capaz de hacer esa diferencia. Él dice: “En cuanto a las doncellas no tengo mandamiento del Señor, pero doy mi opinión como el que habiendo recibido la misericordia del Señor es digno de confianza”.
Pablo dice —y, el reto es, por supuesto, que su opinión está escrita en las Escrituras. ¡Huh! Pero, al menos, entendemos que Pablo sabía cuándo decía: “Hablo por mandamiento del Señor”, y cuándo decía: “doy mi propia opinión sobre este tema”.
Por supuesto que su opinión tenía que ver con su orientación en cuanto a las vírgenes. El mandamiento del Señor para las vírgenes era su pureza virginal, que fueran obedientes en lo que se refería al séptimo mandamiento y este puede obedecerse ya sea que permanezcan solteras o que se casen. Este mandamiento es innegociable, pero en vista de las persecuciones que presionaban a la iglesia de Corintios, Pablo da una opinión y aboga por el celibato. Es un consejo pastoral. Rechazarlo no es pecado, pero es sabio tomarlo en consideración, y de eso trata el consejo. Se trata de buscar la sabiduría, la aplicación práctica de los mandamientos. A la hora de tratar con nuestras ovejas, cuando estamos hablando con ellas, tenemos que ser capaces de entender lo que estamos diciendo; los mandamientos del Señor que dicen: “Así dice el Señor” y, cuando hablamos con ellas como hombres, dotados con cierta medida de discernimiento, que solo estamos dando una opinión, una orientación. El consejo de hombres sabios en cuanto a cómo aplicar la palabra de Dios en los asuntos prácticos de la vida, es muy beneficioso.
El hombre sabio busca tales consejos. Los necios solo se escuchan a sí mismos y no buscan consejo: Proverbios 12:15; Proverbios 13:10; Proverbios 15:22; Proverbios 24:6; Proverbios 27:9.
Todos estos proverbios recalcan el beneficio que hay en recibir consejos prácticos por parte de hombres cuya mente se ha informado en la Palabra de Dios y cuya vida, experiencia y ejemplo nos recomiendan la obediencia cristiana práctica.
Tienen que ser, para nosotros, las voces de la sabiduría y nosotros tenemos que ser esas voces en la vida de nuestra gente y exhortarles, alentarles y dirigirles.
En Deuteronomio capítulo diecisiete, leyendo en el versículo ocho, los principios o las analogías cara a cara no son directamente aplicables al ministerio pastoral en el sentido de ser como los antiguos jueces entre nuestra gente, pero hay una cierta relevancia en el propio principio. En Deuteronomio 17:8, leemos así:
“Si un caso es demasiado difícil para que puedas juzgar, como entre una clase de homicidio y otra, entre una clase de pleito y otra, o entre una clase de asalto y otra, siendo casos de litigio en tus puertas, te levantarás y subirás al lugar que el Señor tu Dios escoja, y vendrás al sacerdote levita o al juez que oficie en aquellos días, e inquirirás de ellos, y ellos te declararán el fallo del caso. Y harás conforme a los términos de la sentencia que te declaren desde aquel lugar que el Señor escoja; y cuidarás de observar todo lo que ellos te enseñen. Según los términos de la ley que ellos te enseñen, y según la sentencia que te declaren, así harás; no te apartarás a la derecha ni a la izquierda de la palabra que ellos te declaren. Y el hombre que proceda con presunción, no escuchando al sacerdote que está allí para servir al Señor tu Dios, ni al juez, ese hombre morirá; así quitarás el mal de en medio de Israel: Entonces todo el pueblo escuchará y temerá, y no volverá a proceder con presunción”.
Ahora bien; con esto no estoy diciendo que el pastor del Nuevo Pacto se encuentre en el lugar del sacerdote y juez, para desarrollar un oficio, como en este caso, para emitir su veredicto y que, si no se sigue, pueda poner a la iglesia en disciplina. Sin embargo, a lo que me refiero es a este principio: no actuar presuntuosamente. No debería haber nada, ningún problema con el pueblo de Dios, si se le dice algo, si oye algo; Dios te ha dado dones; los hombres viven con la mente constantemente saturada por la Palabra de Dios; hombres que están orando por ti, que están buscando tu bien, que se preocupan por ti. No son hombres perfectos; no son hombres sin pecado, pero son hombres a los que se les ha dado un depósito de sabiduría práctica de cómo hacer las cosas para vivir la vida cristiana. Buscad su contribución. Buscad su orientación. Discernid entre opinión y mandamiento, pero entended que cuando el pastor intenta dar un consejo práctico, no está tratando de dominar, ni de manipular; solo trata de ser para ti aquello que Cristo le ha hecho ser: un medio de gracia, una ayuda, una asistencia. Ahora bien; algunos que me escucharan decir estas cosas me mirarían y dirían: “Solo tratas de tener mano dura; te estás entrometiendo. Quieres involucrarte en cosas que no son de tu incumbencia”.
Hermano, no entiendo esa mentalidad. Si hay un verdadero corazón de pastor, y si el pueblo de Dios quiere saber sinceramente cómo agradar a Cristo, ¿no podremos reunirnos y abrir nuestra biblia e intentar conocer la mente de Cristo en las formas prácticas de obediencia? ¿No tendremos el suficiente discernimiento como para decir: esta es mi opinión, este es mi consejo acerca de este tema? Ahora bien; si no aceptáis mi opinión, si no actuáis según mi consejo, esto no significa necesariamente que estéis quebrantando la ley de Dios. No es más que consejo; solo es orientación, pero esto es parte de lo que Dios ha hecho que yo sea para ti: una fuente de orientación.
Puedo decirte que, cuando yo era un cristiano joven, me habría gustado tener a algunos pastores que hubiesen estado más atentos a los problemas por los que yo estaba pasando; que hubieran levantado el teléfono y me hubiesen llamado diciéndome: “Alan, he oído esto y estoy preocupado; ¿qué tienes entre manos? ¿Qué está pasando?”. Si esto me hubiese ocurrido, quizás al final de mi adolescencia, a principio de mis veinte años, habría podido evitar tomar algunas decisiones estúpidas. Me habría sentido protegido frente a algunas actividades pecaminosas. Quizás mis huellas en el pasado habrían sido más correctas en lugar de haber divagado fuera del camino. Puedo deciros como pastor, que yo busco consejo. Busco la aportación de hombres cuyas opiniones valoro. Acato su consejo; sopeso sus opiniones y algunas veces no siempre sigo sus consejos, pero no quiero trabajar al margen de esas opiniones. El ministerio pastoral es un medio de gracia, hermanos, una oportunidad para que podáis derramar vuestra vida en la de vuestra gente. Esta es la razón por la cual Cristo os ha dado a ellos. Llevadles la Palabra de Dios. Llevadles la Palabra de Dios de forma pública y privada. Preocupaos por ellos, protegedlos, amadlos. Invertid parte de vosotros mismos en ellos. Molestaos por ellos. Entregad vuestra vida por ellos. Dadles la compasión, el amor de Cristo. Sed el hombre de Dios para el pueblo de Dios y Cristo os utilizará para llevar beneficio a sus ovejas y glorificarle en ellos; y, cuando el Buen Pastor vuelva, Pedro os dice que recibiréis una corona de gloria que no pasará nunca y, cuando la consigáis, os daréis cuenta del tipo de pastor que habréis sido en realidad. Os alegraréis de quitaros esa corona y decir: la dejo a los pies del Buen Pastor; no soy más que un siervo indigno, pero ojala Dios se agrade de utilizarnos con todos nuestros fallos, los pecados que queden en nosotros nuestra debilidades, nuestras luchas, todos nuestros errores, que no seamos más que hombres de integridad, hombres como Elías, que seamos el hombre de Dios del que aprendemos en de 2 Pedro y 2 Timoteo y nos entreguemos para el bien del las ovejas de Cristo, por amor a Cristo y para gloria de Su nombre. Amén.
Oremos: Padre nuestro, oramos para que nos des tu Espíritu y nos ayudes en estos días a ministrar tu Palabra como pastores del rebaño de Dios; para guiarlos, para protegerlos, darles lo mejor que podamos como medio de gracia, de beneficio para tu pueblo para que tu nombre sea glorificado entre nosotros y alabado. Que tu palabra sea entendida y obedecida; que tu, el buen pastor seas glorificado y que tu pueblo sea una alabanza a tu nombre, ahora y siempre. Amén.
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And we need to be the best preachers that we can be and through the pastor’s public ministry of the Word of God we endeavor to feed the sheep with the truth of the Word.
Indeed in Jeremiah 3:15, the Lord promises,
Then I will give you shepherds after My own heart who will feed you on knowledge and understanding.
The shepherd is one who feeds the flock of God with the food of the Scripture, but the pastor is more than a public speaker and his ministry of the Word of God goes beyond preaching in the pulpit. He is a shepherd and he is concerned that each individual sheep in His flock receives the nourishment of God’s Word personally and specifically.
We turn to Colossians chapter 1 and we read of Paul’s description of this concern for every man who sits under his public ministry.
Every man is the concern of the apostle. He speaks to all kinds of men and he speaks to individual men. Every man. And He does this at great cost with labor agonizing, striving, relying not on His own strength but on the power that works mightily within him an energy and ability that is given to the man of God to do the work that God has called him to do, for he is a man gifted by the Holy Spirit and the Holy Spirit works mightily within Him as he works as hard as he can.
“I labor,” says Paul, I work myself to the point of exhaustion. I drop in to bed at night sometimes absolutely exhausted emotionally, spiritually, physically, having labored to the point of exhaustion but not with my own power: laboring with the strength that comes from God.
The work of the pastoral ministry requires that we shepherd the sheep, that we feed them with the Word of God, not only publicly, in corporate worship, from the pulpit but also personally, privately, individually as we endeavor to meet with them one on one.
Now, before we look at what is involved in shepherding the flock of God, let’s consider some metaphors, Biblical descriptions of the pastoral ministry. Certainly the shepherd is the dominant metaphor I used in the Bible to describe the pastoral ministry, but it is not the only metaphor. I can only mention some of these so that you might see the pastoral ministry from different points of view as it is depicted in the Word of God. When we turn to Acts chapter 20, we see the metaphor of an overseer, in Acts 20, verse 28.
“Be on guard for yourselves and for all the flock among whom the Holy Spirit has made you overseers to shepherd the church of God which He purchased with His own blood.”
So, involved in the work of shepherding is functioning as an overseer. The word from the original means to stand above so as to survey and watch and stand guard over. The idea is a military watchman who, who has a position to protect standing guard and watch over the flock. The idea also is one who, who surveys what is being done to insure that what is assigned is being accomplished. In Hebrews chapter 13 we’re given another metaphor and it is that of a governor or a ruler.
Here, the noun, your leaders, could be translated rulers or governors. It’s the idea of one who has delegated authority from the king. He’s accountable to the king for the prosperity of the king’s subjects, for the citizens who live in the realm of the king. Jesus tells us that we are not to rule like the Gentiles do who force their own authority upon the people of God but we are to rule as Christ rules in a self-sacrificial serving for the good of the people leading the people by example, gaining the respect of the conscience and ruling for the good of the King, for the glory of the King and the good of the people, not for one’s own self and self-promotion.
In 1 Thessalonians chapter 2, we’re given yet another metaphor by which we’re to understand pastoral ministry and it is that of parents.
1 Thessalonians 2, verse 7 reads, “we proved to be gentle among you as a nursing mother tenderly cares for her own children.”
Here, a nursing mother is seen as a description of ministry and then in verse 11, “Just as you know how we were exhorting and encouraging and imploring each one of you.”
Each one of you, see? The individual focus, each one of you. “As a father would his own children.”
So as a nursing mother tenderly caring and nourishing and ministering to, and as a father who is exhorting and instructing and disciplining. The purpose of the parent, both mother and father is to see the child mature and grow and develop and become and independent adult.
Teaching them, preaching but also teaching and the picture here is a teacher among his students. The teaching is not simply however to merely give Bible information as important and crucial as that is, but it is an instruction as to how to follow Christ, as to how to live the Christian life and to put into practice the truth of the Scripture so in summary, we see the Pastoral ministry by these metaphors. The dominant picture is a shepherd among His sheep, but this picture is informed by other perspectives, so that the work of the pastor is the work of a shepherd which is to protect like a watchman and to lead like a governor and to nurture like parents and to instruct like teachers so that we might guide God’s flock into the path of obedient service to Jesus Christ.
Now having seen that broad picture of the pastoral ministry, let’s now focus specifically on the shepherding ministry as it is described in Scripture.
Our ministry as shepherds is to be patterned after the Good Shepherd Himself, Jesus Christ, who describes His shepherding ministry in the gospel of John chapter 10, reading from verse 1.
Now, notice some things about Jesus’ description of Himself as the Good Shepherd.
In verse 1 through 6 we learn that the Shepherd has intimate knowledge of His sheep. The Shepherd has a personal involvement with his sheep.
Notice in verse 7 through 10 that the Shepherd endeavors to make provision for the sheep for their life and the Shepherd endeavors to protect the sheep from any threat or harm.
In verse 11 through 13, again, the Shepherd is committed to protect the sheep. He is described as the one who has concern for the sheep.
In verse 14 through 16 the Shepherd denies Himself for the benefit of the sheep.
So here are the three main aspects of shepherding: Provision, Protection, and Presiding Over—provision, protection and presiding, guiding, directing, leading.
In Psalm 23, perhaps one of the most familiar shepherding psalms describing the Lord as our shepherd, here in Old Testament terms, having seen (John 10) the description in New Testament terms, we read in Psalm 23,
Although there is much involved in shepherding, the labor of the shepherd always involves these three aspects: provision—feeding the flock, taking care of the flock so that it is well nourished—protection, watching over the flock, keeping the flock safe, keeping it safe from outside threats and keeping it safe from any problem that might arise from within the flock and presiding over or guiding, directing, leading. You are taking the flock somewhere. You’re directing them into paths of obedient service to Christ that ultimately you might bring them to the Father’s home. These three responsibilities always blend together in a faithful, biblical shepherding ministry.
After describing Christ’s shepherding ministry, thirdly we see how Christ’s shepherding ministry is to be continued today in the pastoral ministry.
The shepherding ministry of Jesus Christ is now continued by those whom He gives to the church having gifted them with the Holy Spirit, enabling them to be the shepherds after His own heart who feed the flock on wisdom and understanding.
In Ephesians chapter 4 and verse 11, Paul tells us where these shepherds come from. He, that is the risen and exalted Jesus Christ, gave some as apostles and some as prophets and some as evangelists and some as pastors and teachers. Christ who is exalted gives gifts to His church and among those gifts are these men who are pastors, shepherds, feeders, who are also teachers in the ministry of the Word.
Why does Christ do this? Matthew chapter 9, reading at verse 36, “Seeing the people, He felt compassion for them because they were distressed and dispirited like sheep without a shepherd.” Why does He give them shepherds? Because of His compassion for His sheep. He does not want His people to be distressed. He does not want them to be as those who are without protection, without nourishment, without guidance from His Word, and so with compassion He gives to His people shepherds after His own heart to care for His flock and to give His flock His Word, His rule, His love, His compassion. So, the shepherding ministry is to be continued through the ministry of the Word of God, by men given to the church as pastors.
This is what we find at the end of the gospel of John where Jesus deals with Peter exhorting him in His shepherding ministry.
In John 21, reading from verse 15:
So when they had finished breakfast, Jesus said to Simon Peter, “Simon, son of John, do you love Me more than these?”
He said to him, “Yes Lord, You known that I love You.”
He said to him, “Tend My lambs.”
He said to him again, a second time, “Simon, son of John, do you love Me?”
He said to Him, “Yes, Lord, You known that I love You.”
He said to him, “Shepherd My sheep.”
He said to him the third time, “Simon, son of John, do you love Me?”
Peter was grieved because He said to him the third time, Do you love Me? And he said to Him, “Lord, You know all things, You know that I love You.”
Jesus said to him, “Tend My sheep.”
Peter is charged by Christ to minister the Word to His flock, shepherding them as a demonstration of his love to Jesus and as a communicator of Jesus’s love to His sheep.
Peter then, in 1st Peter 5, writes as a fellow elder among elders, as one who has a responsibility of leading among God’s people, “I exhort the elders among you.” 1st Peter 5:1,
As your fellow elder and witness of the sufferings of Christ and a partaker of the glory that is to be revealed, shepherd the flock of God which is among you exercising oversight, not under compulsion, but voluntarily, according to the will of God and not for sordid gain but with eagerness, nor yet as lording it over those allotted to your charge, but proving to be examples to the flock.
Shepherd the flock of God. Peter, who was commissioned to tend My sheep, to feed My lambs, now, in that capacity as a fellow elder, as one who comes to minister the Word to the people of God tells us as elders, you now shepherd the flock of God. God has sovereignly placed you among the cluster of His sheep. You are to exercise your stewardship to shepherd them and to continue Christ’s shepherding ministry that has been commissioned to the apostles, that is substantiated in the Word of God, and that is then furthered as the Word of God is ministered to the sheep by those set aside for the pastoral ministry.
Let’s focus in now on this matter of provision, the shepherd feeding the sheep. In Psalm 23, we can picture the Bible as the green pasture to which the sheep are brought to feed. The Shepherd directs the sheep into that pasture and has them feed from the Word of God so that their souls are nourished from the Scriptures. Therefore we are to understand that sheep are fed when they’re taught their Bible, when they are given the Word of God. Again, back to Acts chapter 20. Now we see this emphasis in that verse that we read previously in verse 28, that the Holy Spirit has placed us over the flock, he has made us overseers to shepherd the church of God.
We are to feed the flock. We are to shepherd the church. What does that involve? When you look at the context, you see the emphasis upon the preaching, teaching ministry of the Word.
In verse 20, “I did not shrink from declaring to you anything that was profitable and teaching you publicly and from house to house.”
Verse 21, “Solemnly testifying to both Jews and Greeks of repentance toward God and faith in our Lord Jesus Christ.”
Verse 24, “I will finish My course to testify solemnly of the gospel of the grace of God.”
Verse 27, “I did not shrink from declaring to you the whole purpose of God.”
Verse 32, “I commend you to God and to the Word of His grace which is able to build you up and give you inheritance among all who are sanctified.”
Paul’s example among the Ephesian elders is an example of feeding, of shepherding by teaching, preaching, declaring, testifying and commending the men of God to the Word of God. So, to feed the sheep is to minister the Word of God certainly, primarily in the pulpit, to be a steward of truth and to feed the flock publicly in the pulpit, but likewise that same ministry is extended from house to house–privately and personally we are to our people feeders of the Word of God. We give them their Bible when we’re standing before them preaching, and when we’re sitting across from their kitchen table counseling we give them the Word of God.
Proverbs 10:21, “The lips of the righteous feed many but the fool dies for lack of understanding.”
So there is the feeding of the flock of God, but then, also, consider this aspect of shepherding that involves protecting the sheep. Here again our Bibles are opened to Acts chapter 20, we read from verse 28, “Be on guard,” protect:
Be on guard for yourselves and for all the flock among which the Holy Spirit has made you overseers to shepherd the church of God which He purchased with His own blood. I know that after my departure savage wolves will come in among you not sparing the flock, and from among your own selves men will arise speaking perverse things to draw away the disciples after them. Therefore, be on the alert, remembering that night and day for a period of three years I did not cease to admonish each one with tears.
Here Paul brings to the fore the shepherds responsibility to guard and to protect. He says, “First of all, protect yourself. Guard yourself.” Last year this was the first priority in this two part series on the priority of the pastor. Guard your own heart; guard your own spiritual life because if the shepherd is not taking his place, the sheep are in trouble. If the shepherd is not healthy the sheep are not going to be tended to, so the pastor must tend to his own soul, and that’s for the benefit of his people. Keep your finger there in Acts 20, but turn over to 1 Timothy 4, and you see this truth underscored in 1 Timothy 4 and verse 16, “pay close attention to yourself.” Guard yourself, watch yourself, protect yourself “and to your teaching, persevere in these things for as you do this you will ensure salvation both for yourself and for those who hear you,” those you feed.
Protecting yourself is crucial if you’re going to be a faithful shepherd so as to protect and care for the flock of God, but Paul does say in Acts 20, verse 28, “Be on guard for yourself and be on guard for all the flock” and in particular, watch out for the threat of false teachers and false teaching.
In Titus chapter 1, Paul, having described the qualifications of the man of God also describes the responsibility and the duty of the man of God. In chapter 1 of Titus verse 9 we read that he is to be one holding fast the faithful word which is in accordance with the teaching, why? So that he will be able both to exhort in sound doctrine and to refute those who contradict, to guard the flock and protect them from those who would come among them from outside or those who would rise up from within them who are teaching that which is not in accordance with sound doctrine.
“Thy rod and thy staff they comfort me,” David says. When I see the staff, it’s that tool of the shepherd which is used in order to bring the sheep back into line in order to guide the sheep as he goes along, but when sheep sees the shepherd take out the rod, he knows there’s a wolf at hand who’s about to get his head clobbered because the rod is a weapon of warfare that the shepherd uses to beat off any possible threat that would come. That’s the responsibility of the shepherd, that he will guide and direct with his staff, but he will also take out the rod and protect from any intruder who would come to try to feed the flock with something other than sound words, sound doctrine.
You see, the shepherd has the compassion of Christ for His sheep. That’s why he’s given to the flock, because he is an expression of Christ’s compassion. He has concern for the sheep. He’s not merely a public speaker. He’s not merely an orator who comes up and just dumps his sermon on top of people and then goes away and doesn’t care about whether or not they understood it, whether or not they’ve accepted it, whether or not they’re applying it and living it out in their lives.
He’s not just a professional speaker. If that’s what he is then we come back to John chapter 10 and we understand that what he is a hireling. He’s not a shepherd; he is merely a hired hand. Read again from verse 11 of John 10:
I am the good shepherd, the good shepherd lays down his life for the sheep. He who is a hired hand and not a shepherd, who is not the owner of the sheep, sees the wolf coming and leaves the sheep and flees and the wolf snatches them and scatters them. He flees because he is a hired hand and is not concerned about the sheep. I am the Good Shepherd. I know My own. My own know Me even as the Father knows Me and I know the Father and I lay down My life for the sheep.
I lay down My life for the sheep. You see, in verse 11, Jesus says the Good Shepherd lays down His life and He ends again in verse 15, “I lay down My life.”
The pastor who is a shepherd after the heart of Christ is willing to sacrifice himself for the benefit of the sheep so that they would be protected, so that they would be kept safe. Now, the man who doesn’t do that, Jesus says, “He’s not a shepherd. He’s a hireling. He’s a hired hand.”
Now, the hired hand can do the work of feeding. He can feed, but when he sees a wolf coming, when he sees danger coming, when he sees disturbance arising, his first and foremost concern is for himself. If there’s danger, if there’s trouble, if there are problems, the hireling thinks first about himself, and he leaves and allows the sheep to be vulnerable without protection. The wolf comes in and starts to ravage and scatter the flock and Jesus tells us why this man does this. In a day of peace, in a day of tranquility he’s feeding the sheep, he’s doing the function, but when the test comes and the trial comes, his heart is revealed. He can preach a sermon, sure, but when the problems arise, he’s thinking about himself and he has no real love, he has no real heart concern for the people of God. He doesn’t stay, he doesn’t fight, he doesn’t defend and protect the sheep, rather he leaves them and allows them to be harmed. Why? Jesus says because, verse 13, he is not concerned about the sheep. He’s just concerned about himself.
This is one of the challenges that we face in the ministry today because of the media, because of the internet. We can go and download our favorite preachers and we can listen to, you know, five or six of the main voices that are very popular in our day, men who are saying very good things and our sheep can become attracted to these main voices and they’ll sit in the pew and they’ll look at you and they’ll say, “How come you don’t preach like so and so? Why don’t you talk like that?” See? And they’re getting a sense of, all I need is somebody to preach a sermon to me and they’re missing the fact that Jesus has given them shepherds. He is one who is concerned for them, and he’s not just a voice in an ear-pod bud but he is looking at them eye to eye, he’s putting his hands on them, he’s involved in their lives, he’s praying for them, he’s concerned for them. He’s living among them. He’s pouring himself out for them.
And people, because of these large media personalities, can sometimes project expectations onto us that are simply unrealistic and unbiblical and they need to receive the means of grace and the shepherding ministry is a vital means of grace. This is a trustworthy statement, worthy of full acceptance, if anyone desires the work of a overseer, it is a good work he desires to do.
This is a necessary aspect of Christ’s care for his people, not a media personality, not a voice from an ipod, not a face on a screen, but an earthen vessel, a clay pot, a fellow sinner who’s working out his salvation in conjunction with his ministry to the people of God. That’s the reality of shepherding. He’s concerned for the sheep. His life is being given to the sheep. He’s not simply a professional orator. He’s a shepherd. He has intimate knowledge of the sheep and the sheep are responsible to know him.
Their lives are to be knit in a way that reflects the Father’s relationship to the Son: there is to be a love, there is to be a knowledge, there is to be a concern, an engagement. Without that heart, without that concern, the man is just a hireling, which brings us then to this other aspect of shepherding, the presiding over, the caring for, the directing.
A shepherd must provide the food, protect against false doctrine, and then also guide and care and minister for the benefit of the sheep. In 1st Timothy chapter 3, when Paul describes the qualifications of the pastor, he uses a word that is very interesting.
In 1st Timothy chapter 3 verse 5, “If a man does not know how to manage his own household, how will he take care of the church of God?”
The church ought to be able to see what kind of benefit they will derive, what kind of benefit they will have under the leadership of this man by looking at his wife and by looking at his kids and they’ll be able to see, here’s the impact of a man’s spiritual leadership, here’s the result of living under this man’s rule and guidance. In many ways, brethren, your wife is your best testimony that qualifies you for the ministry, because the people of God can look at her and say, if she’s thriving, well, that’s what happens to people who are under this man’s leadership, under the care and concern of this man.
If his children being managed so that there’s a decency and orderliness, a respectability about them, well then, that’s the effect of this man’s leadership upon people, you see, and Paul says, you can look at that to answer the question, how will this man take care of the church?
Now the only other place where that word is used is in Luke 10:35, describing the Good Samaritan who took care of the man who was robbed and beaten and left and abandoned, so that caring for the flock requires that we do things that are often uncomfortable for ourselves, that we go out of our way to get and to care for and to protect and guide and direct the people of God.
It involves, in Luke chapter 15, it involves the responsibility of seeking out a sheep that is meandering off, wandering away, vulnerable and in possible danger. In Luke 15, we read from verse 3:
He told them a parable saying, what man among you, if he has a hundred sheep and has lost one of them, does not leave the ninety-nine in the open pasture and go after the one which is lost until he find it. When he has found it, he lays it on his shoulders rejoicing and when he comes home, he calls together his friends and his neighbors, saying to them, ‘rejoice with me, for I have found my sheep which was lost.’ I tell you that in the same way there will be more joy in heaven over one sinner who repents than over ninety-nine persons who need no repentance.
Here’s the picture of shepherding that was common knowledge to the people in Jesus’s day. The shepherd realizes that one of his flock has meandered off, he’s wandered away. He makes sure the ninety-nine are cared for, they’re fed, they’re protected, they’re safe and then he inconveniences himself and goes after that sheep in order to retrieve it.
It’s the picture of a minister seeking to bring back an erring, disobedient sheep, calling them to repentance that they might be brought back in line, back in order, seeking out the sickly and the undisciplined in order to restore them.
In Ezekiel chapter 34, this Old Testament passage that indicts the shepherds of the Old Testament, we read in verse 1 through verse 6:
Then the Word of the Lord came to me saying, “Son of Man prophesy against the shepherds of Israel, prophesy and say to those shepherds, thus says the Lord God, woe shepherds of Israel who have been feeding themselves. Should not the shepherds feed the flock? You eat the fat and clothe yourselves with the wool, you slaughter the fat sheep without feeding the flock. Those who are sickly you have not strengthened. The diseased you have not healed, the broken you have not bound up, the scattered you have not brought back nor have you sought for the lost but with force and with severity you have dominated them.
They were scattered for lack of a shepherd and they became food for every beast in the field and were scattered. My flock wandered through all the mountains and on every high hill. My flock was scattered over the surface of the earth and there was no one to search or to seek for them.”
The shepherd is indicted because the sheep are not well cared for and God looks at His sheep and He says, “I see them meandering around without protection. I see sick ones that are not being nurtured. I see skinny and lame that are not being fed and I look at shepherds and I see them gorging themselves, conveniencing themselves and neglecting the sheep in the pursuit of their own comforts. To care for the sheep means we’ll be inconvenienced.
We’re accountable to Christ for the condition of His flock and I would think that as I’m saying these things, your mind has your people in your thoughts. There could be, even as we’re speaking, pressure upon your conscience. I need to make a phone call. I need to make a visit. I need to follow up on a concern.
Which brings us to this final aspect of our study this morning, pastoral visitation and private oversight of the sheep: our responsibility to feed, to provide, our responsibility to protect, our responsibility to guide and lead and direct. In order to do these things with a concern for every man, we’re going to have to get involved in the lives of our people at a private, personal level.
A true shepherd is concerned for his sheep and in the relationship of shepherd to sheep, the shepherd has the prerogative to initiate engaging with His sheep, not only to respond to the call for help but also because he’s a watchman, because he’s looking over and seeing the state of the flock, because he sees on the horizon a possible threat. He has the prerogative to take the initiative and to get in contact with the sheep that he believes needs additional care and provision and protection. Along with his sermon preparation, along with his intercessory prayer ministry the shepherd is to be aware of his flock. This is general knowledge. This is general wisdom. In Proverbs 27, verse 23,
“Know well the conditions of your flocks and pay attention to your herds.”
Now, this individual, private, one on one interaction can result from something that the pastor observes while he is living among his people ministering among his people, publicly preaching to his people.
For example, if while you’re preaching, you notice that one of your sheep is sitting with his arms closed, his face is down, and he’s just shaking his head, and you say something and he just rolls his eyes and shakes his head, now, unless you’re from Mars, on earth that means, that man’s not receiving what you’re saying. He’s having a problem with what you’re saying. You walk out of the sanctuary and you see two of the sheep who are debating and arguing about what you just got done preaching or they’re arguing about something that you don’t even know what it’s about, but you know that they’re having and argument.
Or you see a husband and wife who are walking to the car at the end of the service, and he’s just got a look on his face and she going at it, and they’re two of your members. As an overseer, one who is given a responsibility to look out for the care of your sheep, those are things that concern you. You have biblically the prerogative to initiate an encounter, an interaction, either to speak to the sheep right there and then or, if it’s not appropriate, to ask them to meet with you privately so that you can inquire, am I interpreting things correctly? When you were sitting with your head shaking, was your stomach sore? Or was it something that was being said that we need to address and further clarify?
There are occasions when you as a shepherd can come alongside of the sheep and ask a question because something has attracted your attention that concerns you, because you’re not a hireling, you’re concerned, you’re concerned for the sheep, you’re concerned for the unity, you’re concerned for their souls, you’re concerned for their relationships, you’re concerned for the Spirit not being grieved in the flock.
Now, this one on one interaction can also be formally scheduled, formally structured. We endeavor every year or so to have pastoral visits with our people. We have a sign up sheet and people schedule a time for the pastor to come and interact with them privately. It’s not because there’s a trouble or a crisis, or a concern per se, but it’s just in order that we might know the condition of the flock and that they might know us and that there might be communication and that we might have a better understanding of how to pray for them in our intercessory prayers and also get a sense of where the congregation is, that we might then direct the ministry of the Word of God to them.
A couple of years ago in our pastoral interaction with people we got the impression that there was a handful of people in our church that were having some marital tension. And it dawned on us in an elders meeting, you know something? We’ve got several families here that seem to be facing some struggles in their marriage. That’s what we’re going to do in our next adult Sunday School class. We’re going to address the subject of marriage, you see, because this is how we can minister the Word to this flock at this time. Now, when we have these meetings for pastoral oversight I usually endeavor in my meetings with the sheep to ask questions along three different areas:
First, their own personal discipleship. Are you engaged in personal devotions? Are you cultivating your communion with Christ in prayer? Are there any things that you’re facing personally in your discipleship to Jesus Christ that I can be of help to you in? What are you reading, how is your prayer life? How is your conscience? What is your personal walk with God?
Secondly, how are things in the family? How are things in the marriage? How are things with the children? How are things with your brothers or your sisters or your parents? Are you having family devotions? Are you praying together as a family? Are you reading the Word of God? Are there concerns that I need to be aware of relative to the family?
Thirdly, how are things in the church? Are you benefiting from the pulpit ministry? Are there any questions that you have about things that are being taught? Are you fulfilling your membership obligations? Are you interacting with the people of God in a healthy way? Are there any concerns among the people of God that you have? Are there any concerns for what we’re doing as a church in our involvement in missions, in our financial and stewardship, any questions along those lines?
Those are the three main areas that we generally try to simply discuss. Your personal walk with God, your family, your life in the church. Are you ministering? What gifts do you have? What are you contributing to the life and ministry of the church? Are you growing through service as you exercise the ministry that God has given you?
Now, from that kind of engagement, you might quickly discover that there are things you need to follow up on, things that you need to further meet with them about and you might want to schedule then some more meetings in order to engage in counseling.
You’re seeking to recognize God’s grace in them, you’re seeking to give them practical instruction and to help them know what it means to work their salvation out.
Now, in 1st Corinthians chapter 7 and verse 25, Paul gives some counsel and this is challenging because we need to be able to discern when it is that I as a pastor am giving counsel, advice and when it is that I’m opening up the Word of God and giving them that which binds their conscience to the Word which they as people of God are compelled to follow.
Paul was able to make that distinction. He says, “now, concerning virgins, I have no command of the Lord, but I give an opinion as one who by the mercy of the Lord is trustworthy.”
Paul says—and, the challenge is, of course, his opinion is written in Scripture. Huh. But at least we understand that Paul understood when it was that he was saying, “I am speaking by the commandment of God,” and when it was that he was saying, “I’m giving my opinion on this matter.”
Now, his opinion, of course, had to do with his counsel relative to virgins. The commandment of the Lord for the virgin was their sexual purity, that they be obedient in matters of the seventh commandment and that commandment can be obeyed whether they’re in the single state or whether they’re in the married state. That commandment is nonnegotiable, but in view of the persecutions that were pressing upon the Corinthian church, Paul gives an opinion and he advocates the single state. That’s pastoral counsel. To reject that is not sin, but it sure is wise to take it under consideration, and that’s what counsel is, it’s the seeking of wisdom, the practical application of the commands.
We need to be able to understand in our dealings with our sheep when we’re are speaking, “Thus sayeth the Lord” commands and when we are with them as a man endowed with some measure of discernment who’s simply giving an opinion, who’s simply giving counsel. Advice from wise men as to how to apply the Word of God in. practical matters of life is very beneficial.
The wise man seeks such counsel. The fool listens to himself and doesn’t seek counsel:
(Proverbs 12:15, Proverbs 13:10, Proverbs 15:22, Proverbs 24:6, Proverbs 27:9).
All of those Proverbs underscore the benefit of having practical advice given to us by men whose minds have been informed of the Word of God and whose life and experience and example commends practical Christian obedience.
They are to be voices of wisdom for us and we are to be such voices in the lives of our people to exhort and encourage and direct them.
In Deuteronomy chapter 17, reading at verse 8, the one-on-one principles here, or the one on one analogy is not to directly apply to the pastoral ministry in the sense that we are old covenant judges among our people, but there is relevance in principle. We read in Deuteronomy 17:8:
If any case is too difficult for you to decide between one kind of homicide or another, between one kind of lawsuit or another, between one kind of assault or another, being cases of dispute in your courts, then you shall arise and go up to the place which the Lord your God chooses, you shall come to the Levitical priest or to the judge who is in office in these days and you shall inquire of them and they will declare to you the verdict in the case. You shall do according to the terms of the verdict which they declare to you from the place which the Lord chooses and you shall be careful to observe according to all that they teach you, according to the terms of the law which they teach you and according to the verdict which they tell you, you shall do. You shall not turn aside from the Word which they declare to you, to the right or to the left. The man who acts presumptuously by not listening to the priest who stands there to serve the Lord your God or to the judge, that man shall die, thus you shall purge the evil from Israel, then all the people will hear and will be afraid and will not act presumptuously again.
Now, I’m not saying by this that the New Covenant pastor is in the office of the priest and judge as in this setting to the place to where his verdict on the case, if it is not followed brings about church discipline. What I’m saying though, is this principle: don’t act presumptuously. There should be nothing, there should be no problem with the people of God being said, being told, listen, God has given gifts to you, men who live with their minds constantly being saturated by the Word of God, men who are praying for you, men who are seeking your good, they have concern for you.
They’re not perfect men, they’re not sinless men, but they’re men who’ve been given a deposit of practical wisdom in the how-to’s of living the Christian life. Seek their input. Seek their counsel. Discern between opinion and command, but understand that when the pastor attempts to give practical counsel, he’s not trying to dominate, he’s not trying to manipulate, he’s simply trying to be to you what Christ has made him to be, a means of grace, a help, an aid. Now, some people who would hear this kind of teaching would look at me and say, “You’re just trying to be heavy handed. You’re just trying to meddle. You’re just trying to get involved in things that you have no business in.”
Brother, I don’t understand that mentality. If there’s a true pastors heart, and if the people of God are sincerely wanting to know how to please Christ, then can we not come together and open up our Bibles together and seek to know the mind of Christ in practical ways of obedience? And can we not have enough discernment to say, here’s my opinion, here’s my counsel on this. Now, if you don’t take my opinion, and if you don’t act on my counsel, it’s not necessarily breaking God’s law. It’s just advice, it’s just counsel, but that’s part of what God made me to be for you, is to be a source of counsel.
I can tell you, I wish that when I were a young man as a Christian, I had had some pastors who were more attentive to the problems that I was having, that would’ve picked up the phone and called me and would’ve said to me, “Hey, Allan, I hear about this and I’m concerned about that, what are you up to? What’s going on? Perhaps if that had happened to me, in my latter teens and early twenties, I would’ve been prevented from making some pretty stupid decisions. I would’ve been protected from some sinful activities. Maybe I would’ve made more footprints on the path of righteousness instead of leaving footprints wandering off the path.
I can tell you as a pastor, I seek counsel. I seek input from men whose opinions I value. I take their counsel, I weigh their opinions and sometimes I don’t always follow their advice, but I don’t wanna work apart from having that advice.
Pastoral ministry is a means of grace, brethren, an opportunity for you to pour your life into the lives of your people. That’s what Christ has given you to them to do. Bring them the Word of God. Bring them the Word of God publicly, privately, care for them, protect them, love them. Invest yourself in them. Inconvenience yourself for them. Lay down your life for them. Give them Christ’s compassion, Christ’s love, be the man of God for the people of God and Christ will use you to give benefit to His sheep and glorify Himself in them and when the Good Shepherd comes and returns, Peter tells us, you will receive a crown of glory that fades not away and when you get that crown and you realize what kind of shepherd you’ve really been, you’ll be glad to take the crown off and say, “I lay it at the foot of the Good Shepherd, I am but an unworthy servant,” but may God be pleased to use us with all of our shortcomings, our remaining sins, our weaknesses, our struggles, all of our mistakes, may we yet be men of integrity, may we yet be men like Elisha, may we be the man of God that we’re learning about in 2 Peter, 2 Timothy and give ourselves, give ourselves for the good of Christ’s sheep, out of love for Christ and for the glory of His Name. Amen.
Let’s pray.
Our Father, we do pray that You would give us Your Spirit and help us in these days and minister Your Word as the shepherds of God’s flock, to guide, to protect, to give ourselves as best we can that we might be a means of grace, of benefit to Your people that Your Name would be among us glorified and praised, that Your Word would be understood and obeyed, that You, the Good Shepherd would be glorified as Your people will be a praise to Your Name, now and forever, Amen.
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La prioridad de la oración
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El puritano Samuel Chadwick dice que Satanás solo le tiene pavor a la oración. Las actividades se pueden multiplicar hasta el punto en que la oración no tenga lugar, y las organizaciones crecen hasta no dejar sitio para ella. La única preocupación del diablo es impedir que los santos oren. Él no le teme a los estudios bíblicos en los que no se ora, ni a las obras en las que no cabe la oración, ni a la religión sin ruego. Él se ríe de nuestros esfuerzos y se burla de nuestra sabiduría, pero tiembla cuando oramos.
A la Iglesia se le ha dado la misión de la oración corporativa y el pastor, como aquel que pastorea a un rebaño, debe guiar al pueblo de Dios en la responsabilidad que le ha sido encomendada. Debemos convertir la oración corporativa en la prioridad de la Iglesia, de forma que esta cumpla con sus deberes en relación con su Maestro y Señor Jesucristo.
Consideremos algunas de las razones por las que la Iglesia se reunía para orar en el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Recepción del don del apostolado:
En el capítulo uno vemos que la primera razón era para reconocer y recibir los dones del liderazgo que les llegaba de manos del Cristo exaltado. Vemos la recepción del don del apostolado en Hechos capítulo uno versículo catorce.
Todos éstos estaban unánimes, entregados de continuo a la oración junto con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con los hermanos de Él.
Durante diez días, la Iglesia perseveró en la oración, esperando que el Espíritu les ministrara, y fue después de este tiempo extenso de oración que se llenó el puesto de apóstol [dejado por Judas]. En el versículo veinticuatro leemos lo que oraron y dijeron,
Tú, Señor, que conoces el corazón de todos, muéstranos a cuál de estos dos has escogido para ocupar este ministerio y apostolado, del cual Judas se desvió para irse al lugar que le correspondía.
Fueron dirigidos a obedecer la Palabra de Dios a la hora de sustituir a Judas en el apostolado. Oraron. Recibieron dirección y eligieron a Matías según la provisión de Dios.
Institución del ministerio del diaconato:
En Hechos capítulo seis vemos la institución del ministerio del diaconato y el de un líder: el liderazgo que nace en el contexto de la oración. Y en Hechos seis, versículo seis, después de elegir a esos hombres, una vez más cualificados según las Escrituras, capacitados por el Espíritu para tener las cualidades especificadas en la Biblia y reconocidas por el pueblo [de Dios], versículo 6,
…los… presentaron ante los apóstoles, y después de orar, pusieron sus manos sobre ellos.
Como en Hechos capítulo uno, los apóstoles establecieron las cualificaciones necesarias que vemos en el versículo tres de dicho capítulo. La congregación estaba implicada en la responsabilidad de reconocer y escoger a los hombres cualificados según el versículo cinco. Luego, la congregación junto con los líderes oraron unánimes y recibieron los dones de los diáconos.
La función de anciano:
En Hechos capítulo catorce, tenemos lo mismo con respecto a la función de anciano. En Hechos catorce, versículo veintitrés Pablo ha vuelto a Listria, Listra, Iconio y Antioquía. Ha animado a los discípulos y en conjunto con este ministerio, versículo veintitrés,
Después que les designaron ancianos en cada iglesia, habiendo orado con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído.
¿Cuál era el contenido de su oración? No se nos dice. Se nos dice simplemente que los encomendaron al Señor.
Ahora bien; en el versículo diecinueve vemos que esa iglesia se veía inmersa en una situación de oposición y persecución. Pablo había sido apedreado. Se veían inmersos en la tribulación. Es lo que Pablo les había predicado en el versículo veintidós: entraremos en el reino por medio de la tribulación. Así pues, en esta ocasión, encomendar estos hombres al Dios en el que creían implicaba confiarlos a la protección del Señor, pidiendo a Dios que los cuidara y los usara.
En Hechos capítulo veinte se da la ocasión en la que el Apóstol habla a los ancianos de Éfeso que vienen a Mileto para encontrarse con él y vemos el mandamiento que les da en el versículo veintiocho. El les dice,
Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual El compró con su propia sangre. Sé que después de mi partida, vendrán lobos feroces entre vosotros que no perdonarán el rebaño, y que de entre vosotros mismos se levantarán algunos hablando cosas perversas para arrastrar a los discípulos tras ellos. Por tanto, estad alerta, recordando que por tres años, de noche y de día, no cesé de amonestar a cada uno con lágrimas. Ahora os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que es poderosa para edificaros y daros la herencia entre todos los santificados.
De modo que tenemos la petición del Apóstol. Encomienda a los ancianos al Señor como lo hizo anteriormente en Hechos catorce.
Observe el versículo treinta y seis:
Cuando hubo dicho estas cosas, se puso de rodillas, y oró con todos ellos.
Por ello, no podemos más que asumir que la oración consistía en llevar a cabo lo que había predicado, lo que les había encomendado, pidiendo por su protección; rogando que la gracia les fuese concedida para que pudiesen cuidarse de ellos mismos y velar por el rebaño; que fuesen conscientes de las estratagemas del maligno que pudieran surgir aun de entre ellos mismos; en resumen, encomendarles a la gracia de Dios de modo que pudieran ser edificados. Creo que estas cosas fueron las que Pablo oró con respecto al ministerio de los ancianos.
La Iglesia no solo oró para que los líderes fuesen reconocidos y recibidos sino que, en segundo lugar, pidió protección contra la oposición.
Volviendo al libro de los Hechos capítulo doce, leemos desde el versículo uno al cinco.
Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos que pertenecían a la iglesia para maltratarlos. E hizo matar a espada a Jacobo, el hermano de Juan. Y viendo que esto agradaba a los judíos, hizo arrestar también a Pedro. Esto sucedió durante los días de los panes sin levadura. Y habiéndolo tomado preso, lo puso en la cárcel, entregándolo a cuatro piquetes de soldados para que lo guardaran, con la intención de llevarlo ante el pueblo después de la Pascua.
Vemos que Pedro fue encarcelado, pero la Iglesia de Dios oraba fervientemente por él. Aquí tenemos, pues, una circunstancia de oposición y persecución; el liderazgo de la Iglesia se ve atacado. Santiago había sido martirizado. Pedro está en prisión y la Iglesia hace una petición, empieza a serigrafiar camisetas con el eslogan de “¡liberad a Pedro!” y emprende una marcha alrededor de la cárcel con pancartas y gritos de protesta. ¡No, no! La Iglesia comienza a orar. La Iglesia se pone a orar y, como resultado, leemos que Pedro fue liberado de la prisión por medio de un ángel.
Luego, en el versículo doce, dándose cuenta de que había sido liberado, se dirigió a casa de María, la madre de Juan también conocido como Marcos, donde muchos estaban reunidos orando. La Iglesia está reunida para celebrar un culto de oración.
Ahora bien, ¿por qué oraban? Una vez más, Lucas no nos lo dice específicamente, ¿pero cuál era el motivo de esas oraciones? Sus enemigos les habían atacado. Santiago había sido decapitado. Pedro está en la cárcel. ¿Qué podían estar orando?
Su Maestro les había dicho:
Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos […] (Mt. 5:44-45).
Lucas no nos lo dice pero creo que tenemos suficientes razones para esperar, y pensar, que estaban orando por sus enemigos y que Dios oyó sus oraciones y liberó a Pedro de la cárcel.
Esa oración por los enemigos se ve en el primer martirio, el de Esteban, en Hechos capítulo siete y versículo sesenta; mientras le apedreaban hasta la muerte se nos dice que él oraba diciendo:
Señor, no les tomes en cuenta este pecado.
Oraron para reconocer y recibir líderes; pidieron protección de sus enemigos y para sus enemigos. En tercer lugar, la Iglesia se reunió para orar por la proclamación del Evangelio. En Hechos capítulo cuatro vemos que el Evangelio se estaba predicando en medio de una intensa oposición y, en medio de esa persecución, la Iglesia creció. La oposición y la persecución se convirtieron en el entorno de la oración corporativa.
En el capítulo cuatro de Hechos, leemos desde el versículo veintitrés,
Cuando quedaron en libertad
Aquí se está refiriendo a Juan y a Pedro con el Sanedrín.
…fueron a los suyos y les contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho.
Al oír ellos esto, unánimes alzaron la voz a Dios y dijeron: Oh, Señor, tú eres el que HICISTE EL CIELO Y LA TIERRA, EL MAR Y TODO LO QUE EN ELLOS HAY, el que por el Espíritu Santo, por boca de nuestro padre David, tu siervo, dijiste:
¿POR QUE SE ENFURECIERON LOS GENTILES,
Y LOS PUEBLOS TRAMARON COSAS VANAS?SE PRESENTARON LOS REYES DE LA TIERRA,
Y LOS GOBERNANTES SE JUNTARON A UNA
CONTRA EL SEÑOR Y CONTRA SU CRISTO.Porque en verdad, en esta ciudad se unieron tanto Herodes como Poncio Pilato, juntamente con los gentiles y los pueblos de Israel, contra tu santo siervo Jesús, a quien tú ungiste, para hacer cuanto tu mano y tu propósito habían predestinado que sucediera. Y ahora, Señor, considera sus amenazas, y permite que tus siervos hablen tu palabra con toda confianza, mientras extiendes tu mano para que se hagan curaciones, señales y prodigios mediante el nombre de tu santo siervo Jesús.
Después que oraron, el lugar donde estaban reunidos tembló, y todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban la palabra de Dios con valor.
¿Os acordáis que Juan y Pedro habían sido llevados ante el Sanedrín a causa de la prioridad de predicar? Habían decidido predicar y se les dijo que no lo hicieran; pero ellos siguieron haciéndolo. Después de azotarlos fueron liberados y continuaron predicando, y fueron a la Iglesia y esta siguió y decidió perseverar en la oración.
En el versículo veinticuatro se dirigen a Dios como Creador suyo, citando las palabras del Salmo 146, versículo seis. Observad, hermanos, cómo este ejemplo de oración nos enseña la forma en la que deberíamos orar. Deberíamos orar nuestra Biblia.
Deberíamos utilizar nuestra Biblia como contenido y sustancia de nuestra oración. Ellos oraron las palabras del Salmo 146 versículo seis. Luego, desde el versículo veinticinco al veintiocho, oraron las palabras del Salmo 2. Este salmo es una profecía mesiánica que vio su cumplimiento en la crucifixión de Jesucristo.
Lo que hacen es buscar el lugar puntual de su Biblia en el que se encuentran. Buscan su lugar exacto en la historia de la redención; en su relación con Cristo; en relación con la obra de Dios y su plan de redención. Se sitúan en las Escrituras. Toman las Escrituras y las convierten en el contenido de sus oraciones. Confían en que están orando según la voluntad de Dios porque están orando la Palabra de Dios.
Oran situando el lugar puntual en el que se encuentran dentro de la Palabra de Dios. No se limitan a venir y derramar sus emociones sin forma, sin estructura y sin dirección de la Palabra de Dios. Oran según su situación en particular, versículos veintinueve y treinta.
Piden protección y valor para no descuidar la prioridad de la predicación, ese llamamiento que han recibido de Dios como iglesia; y para que sus portavoces, en particular, sean capacitados para hablar la Palabra de Dios. En el versículo treinta y uno eso es precisamente lo que hacen con valentía, coraje y con el poder y la manifestación del espíritu. Se reunieron para orar por la proclamación del Evangelio.
Hermanos, es necesario que oremos por las grandes preocupaciones del Reino, de manera que tengamos una vida tranquila. ¿Por qué? Para el crecimiento del Evangelio. Esto es bueno y aceptable a los ojos de Dios, nuestro Salvador, quien desea que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad.
Tenemos que orar por nuestros líderes civiles para que Dios, en gracia común, los capacite para mantener la paz civil y que nosotros, el pueblo de Dios, podamos vivir tiempos de tranquilidad para concentrarnos en los asuntos del Reino.
El propósito no es amasar más comodidades terrenales, sino que podamos centrarnos en hacer crecer el Reino y en dar a conocer a todos los hombres las genuinas y sinceras invitaciones que Dios hace, en el Evangelio, para que se arrepientan y vengan al conocimiento de la verdad en Jesucristo. Esto solo lo pueden hacer por medio de la proclamación del Evangelio mientras la Iglesia permanece fiel en sus oraciones, y en la proclamación, para exponer el Evangelio ante los hombres.
Necesitamos que nuestras reuniones de oración se centren en el Reino. Estos cultos de oración deben ocuparse de las grandes cuestiones del Reino. No podemos consentir que nuestras reuniones de oración se conviertan en un tiempo de autoindulgencia que se centre en nosotros mismos. No pueden ser momentos en los que, como iglesia reunida, se ore por cosas que serían aceptables en el contexto del entorno familiar, o en nuestros devocionales privados.
No necesitamos movilizar todas las energías del ejército de Dios para orar por la tía Suzi que se ha golpeado el dedo del pie, o quizás por su salvación. Pero… verán ustedes, juntos somos un pueblo comprometido en una guerra spiritual. Debemos tomar todas las armas de la oración y comprometernos en el campo de batalla para el crecimiento del Reino de Dios; para dar prioridad a las grandes cuestiones de la Iglesia y del crecimiento del Evangelio en nuestros días; y para interceder de forma cierta por los temas específicos que afectan a la vida y al ministerio de la iglesia local. Sin embargo, debemos mantener una amplia visión de lo que la oración debería ser cuando el pueblo de Dios esté reunido como una congregación.
Pablo dice, en el versículo ocho, mientras define sus prioridades —recordemos que, en el capítulo tres y versículo quince, está escribiendo: “para que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios”— de modo que, en el versículo ocho del capítulo dos dice:
“Por consiguiente, quiero que en todo lugar los hombres oren levantando manos santas, sin ira ni discusiones”.
Ahora bien; algunos de nosotros aplican este versículo de forma práctica en nuestros cultos de oración, de forma que solo a los hombres se les da la responsabilidad de dirigir a la iglesia en oración. Ciertamente todos deben estar comprometidos en la oración; ¡sin embargo, en este texto el deber de orar recae específicamente sobre los hombres!
De muchas maneras, en lo que a las Escrituras se refiere, la oración es un compromiso masculino. Pablo, o más bien Pedro, se dirige a nosotros como maridos, en 1 Pedro 3:7, y nos dice de vivir con nuestras esposas de forma sabia y con gracia, advirtiéndonos que, de no hacerlo, ¿qué ocurrirá? Nuestras oraciones se verán estorbadas.
¿Has experimentado esto alguna vez? ¿Has tenido alguna vez una discusión con tu esposa? —¿eres lo suficientemente sincero para reconocer que tienes discusiones con tu esposa?—; quiero decir que algunas personas contestan de forma negativa diciendo: yo no discuto nunca con mi mujer… Pues yo sí. Ambos somos pecadores. ¿Has discutido alguna vez con tu esposa? Las cosas no están resueltas. Abre tu biblia por la mañana. Es hora de encontrarse con Dios; comienza a orar y es como si el Señor te tocara en el hombro y te dijera: “¿no tienes una esposa? ¿Qué haces aquí, hablando conmigo, cuando ella está por allí, todavía dolida? ¿No tienes algo que hacer antes? Y entonces te das cuenta de que hay algo que debes hacer, y es ponerte en paz con ella. Necesitas resolver este tema.
Necesitas vivir sabiamente, en gracia con tu esposa y después volver delante del Señor y sentir que ahora tus oraciones son bien acogidas. Mirad, la oración es algo que se nos asigna a nosotros, como hombres, en la iglesia. La oración no es para los niños. Es para los hombres.
“Estad alertas, permaneced firmes en la fe, portaos varonilmente, sed fuertes. Todas vuestras cosas sean hechas con amor” 1 Corintios 15, 16, más bien los versículos 13 y 14.
“Quiero que en todo lugar los hombres oren”. Actuad como hombres. ¿Qué hacéis como hombres? Quiero que seas un hombre de oración. Quiero que seas un hombre de oración. Cuando ores, toma tu posición de liderazgo en la casa: el esposo sobre la esposa; el padre sobre los hijos; el hombre en la comunidad del pueblo de Dios y, como líder, ora por los líderes. Ora por aquellos que tengan responsabilidad en el área civil; por los reyes y por los que estén en una posición de autoridad.
Hermanos, tenemos que ser conscientes de lo crucial y lo eficaz que es la oración. Pablo nos dice, en Romanos 8:26 al 28 que, aunque no sepamos cómo ni qué orar, el Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos indecibles, que suben hasta el oído de Dios nuestro Padre, y Él comprende aun los quejidos de nuestro corazón. Así como un padre comprende los gemidos y los llantos de un bebé en su cuna.
Aunque no articule palabras, se sabe cuando el niño llora porque su pañal está mojado, porque tiene sueño e intenta dormirse, o si solo tiene un arranque de llanto porque quiere salir de la cuna. Uno puede decir qué tipo de llanto es el que el bebé está expresando aunque no sepa decir ni una palabra.
Pues bien, de esa misma manera el Padre reconoce los gemidos de sus hijos. Tenemos que venir con una expectativa expresada, entendiendo confiadamente que nuestras oraciones intercedidas por el Espíritu Santo están en línea con los propósitos de Dios, quien escucha y conoce las respuestas y hace que todas las cosas ayuden para bien.
Santiago nos señala a Elías, el hombre que estamos estudiando en esta conferencia, y nos recuerda el poder que tenía en la oración. Era eficiente en su ministerio de oración: puso fin a aquel periodo de hambruna y nos recuerda que las oraciones de un hombre justo pueden lograr muchas cosas.
Recientemente hice un estudio muy interesante, mientras recordaba el martirio de nuestros amigos Arif y Kathy Khan, con ocasión del primer aniversario de su muerte. Dirigí un estudio, en nuestra iglesia, en el que analizamos las oraciones de los santos que se hallaban debajo del altar en el capítulo seis, versículo nueve de Apocalipsis. Vimos cómo aquellos que han partido antes que nosotros están comprometidos en la oración. En su estado incorpóreo están haciendo crecer el Reino por medio de la oración.
Luego, en un estudio posterior, consideramos cómo las oraciones que proceden del altar juegan un papel en la revelación de los juicios de Dios sobre la tierra. Es muy interesante ver que, junto con el resultado de las trompetas y las copas, Juan nos recuerda una que otra vez las voces que salen del altar y las respuestas que Dios da a los santos que han sido martirizados. El libro de Apocalipsis debe hacernos entender que el trato de Dios con los hombres en la historia es, en mayor medida, una respuesta a las oraciones de los mártires.
¡Entendamos lo crucial, lo importante y lo eficaz que es la oración!
Permitidme alentaros a que dirijáis a vuestra congregación para que tenga momentos de oración corporativa. Haced reuniones que solo sean para la oración, reuniones regulares de oración. Organizad espacios de tiempo dedicados a extensos momentos de oración. Que sean tiempos, en la vida de la congregación, donde haya una preocupación: ¡vamos a tener un día de ayuno y oración! ¡Tengamos un tiempo durante el cual busquemos el rostro de Dios! ¡Saturad las reuniones corporativas con la oración!
Haced que los visitantes que vengan a vuestra iglesia —y que puedan estar acostumbrados a ver todo tipo de cosas: que todo se mueve, que todo relampaguea, que hay colores, humos y todas esas cosas— vengan a vuestra iglesia y queden impresionados con palabras; esas palabras que Dios habla a los hombres y aquellas que estos eleven hacia Él. Que sean palabras; personas saturadas de palabras que escuchan la Palabra de Dios y que dirigen palabras a Dios.
Orad por vuestros gobernantes pidiendo a Dios que conceda la paz social para que el Evangelio pueda prosperar en medio de vosotros. Orad por vuestras iglesias hermanas en las que se proclama la Palabra de Dios.
Orad los unos por los otros, como creyentes, pero sobre todo por el crecimiento del Reino en la vida de cada uno. Orad por un crecimiento en santidad; por un mayor entendimiento de la Palabra de Dios; por vuestros esfuerzos a la hora de evangelizar, llevando las cargas los uno de los otros y cumpliendo así la ley de Cristo.
Yo creo que es sabio asignar a los hombres la responsabilidad de orar; entrenarlos para que se levanten, hablen y hagan oír su voz y que todos puedan decir “amen” una vez oído y entendido lo que se ha orado. Recordemos el principio regulador de Pablo en 1 Corintios 14:40: “Que todo se haga decentemente y con orden”.
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Our glorious and loving Father, You have welcomed us into Your presence in union with Jesus Christ, and for the sake of our Saviour You have determined to do us good. We come today as Your sons and ask that You would give us Your spirit, this spirit of supplication and of prayer. That we would be among those who call upon the name of the Lord. That we would be among those who are members of Your house, that house which is to be a house of prayer for the nations. That we would gladly take our place today as a royal priesthood who come into Your presence offering spiritual sacrifice of praise and thanksgiving. That we would come and lay our petitions before You, casting our cares upon You, knowing that You care for us. That we would come confessing our sin, our constant need of that mercy that You give to us in full supply, through Christ Jesus. That we would come and petition, our Father, for the glory of Your name, in the midst of Your people, for the power of Your Word to go forth victoriously, to conquer, and to build, establish, and bring praise to Christ.
Our God, we pray today that in this hour we would be challenged to be men who are men of prayer, that we would labor to see Your Church be a house of prayer, and that in our ministries, as pastors to Your people, that we would know what it is to stand in the gap and to intercede and to plead for the glory of Your name to be manifest in the transformed lives of Your people. So, our God, we thank you and ask for Your Spirit in this hour, that we might be challenged and encouraged and emboldened to be more faithful and constant in the glorious privilege that You’ve given to us, as sons, to come before You in prayer. We ask these mercies in Christ’s name. Amen.
The Puritan Samuel Chadwick says Satan dreads nothing but prayer. Activities are multiplied that prayer may be ousted, and organizations are increased that prayer may have no chance. The one concern of the devil is to keep the saints from praying. He fears nothing from prayerless studies, prayerless work, prayerless religion. He laughs at our toil, mocks at our wisdom, but trembles when we pray.
We’ve looked in our last hour at our priority of preaching. In this hour I want to survey the priority of prayer, considering both congregational prayer, as well as pastoral intercessory prayer.
1) The priority of congregational prayer.
Now, it traditionally has been the practice of evangelical churches in the United States to meet on Wednesday nights for prayer. That’s our practice in our church in Flemington. But sadly we are seeing a day when many American churches are discontinuing this practice, and no longer having a midweek meeting that is devoted solely to prayer. Now, I’m not saying that a church has to meet on a Wednesday night. I’m even willing to say that a church does not have to have a meeting specifically for prayer, although there is biblical precedent for that, and good reason for that, and biblical reason for that. But I am saying that the Church is given the assignment of corporate prayer, and the Pastor, as shepherd of the flock, must guide the people of God into this assigned responsibility. We must make corporate prayer a priority of the church so that the Church accomplishes her duties in relation to her Master and Lord Jesus Christ.
Let’s consider some reasons why the Church met for prayer in the book of Acts.
1- The Church prayed to recognize and receive the gifts of leadership from Christ.
As we turn to Acts chapter 1, we see that the first reason was so that the Church would recognize and receive the gifts of leadership from Christ. The Church met to pray to recognize and receive the gifts of leadership given to them by the exalted Christ. We see the reception of the gift of apostle in Acts chapter 1, verse 14.
“These all with one mind were continually devoting themselves to prayer, along with the women, and Mary the mother of Jesus, and with His brothers.”
For ten days the Church labored in prayer, waiting for the ministry of the Spirit, and in conjunction with that extended prayer time the office of apostle was filled out. We read in verse 24,
“And they prayed and said, ‘Lord, You know the hearts of all men, show which one of these two You have chosen to occupy this ministry and apostleship from which Judas turned aside to go to his own place.’”
They were directed to be obedient in the Word of God in the replacement of Judas to the apostleship. They prayed, they were directed, and it was Matthias that was chosen in accordance with God’s provision.
In Acts chapter 6 we see the institution of the ministry of the deacon, and again, it is leadership that is borne in the context of prayer. In Acts 6:6, after having selected these men, qualified, again, by the Scriptures, enabled of the Spirit to meet biblical qualifications recognized by the people.
Verse 6, “And these they brought before the apostles; and after praying, they laid their hands on them.”
As in Acts chapter 1, the apostles laid out the necessary qualifications that we see there in verse 3. The congregation was involved in the responsibility of recognizing and then selecting the men that were qualified, in verse 5. The congregation then, in union with the leaders, praying together, recognizing and receiving the gifts of deacons.
In Acts chapter 14, the same thing relevant to the office of elder. Acts 14:23. Paul now has returned to Lystra and Iconium and Antioch. He’s encouraged the disciples, and in conjunction with that ministry, verse 23,
“When they had appointed elders for them in every church, having prayed with fasting, they commended them to the Lord in whom they had believed.”
Now, what would they have been praying? We’re not told. We’re simply told that “they commended them to the Lord.”
Now, we know, in verse 19, that this church was in a context of opposition and persecution. Paul had been stoned. They were in the midst of tribulation. That’s what Paul had preached to them in verse 22: “Through tribulation we must enter the kingdom of God.” So, certainly to commend these men to the Lord in whom they had believed, on this occasion would involve entrusting them to the Lord’s protection, asking God to keep them and preserved them and use them.
In Acts chapter 20 we have an occasion of the Apostle speaking to the elders of Ephesus who come to Miletus to meet with the Apostle, and we read of his commending them here in verse 28. He tells them,
“Be on guard for yourselves and for all the flock, among which the Holy Spirit has made you overseers, to shepherd the church of God which He purchased with His own blood. I know that after my departure savage wolves will come in among you, not sparing the flock; and from among your own selves men will arise, speaking perverse things, to draw away the disciples after them. Therefore be on the alert, remembering that night and day for a period of three years I did not cease to admonish each one with tears. And now I commend you to God and to the word of His grace, which is able to build you up and to give you the inheritance among all those who are sanctified.”
So here is a commending of the Apostle. He commends the elders to the Lord, as he did there earlier in Acts 14.
Notice in verse 36,
“When he had said these things, he knelt down and prayed with them all.”
So we can but assume that what he prayed was a further driving home the things that he had preached, the things that he has commended to them, asking for their protection; asking for the grace to be granted them that they might guard themselves and watch the flock and be aware of the devices of the Evil One rising even from among them; that there would be a commending to the grace of God that is able to build them up. These things, I believe, were things that Paul prayed in conjunction with the ministry of the elders.
2- The Church prayed for protection from opposition.
Not only did the Church pray for the recognition and reception of leaders, but secondly the Church prayed for protection from opposition.
Let me turn back to chapter 12 in the book of Acts, we read from verse 1 to verse 5.
“Now about that time Herod the king laid hands on some who belonged to the church in order to mistreat them. And he had James the brother of John put to death with a sword. When he saw that it pleased the Jews, he proceeded to arrest Peter also. Now it was during the days of Unleavened Bread. When he had seized him, he put him in prison, delivering him to four squads of soldiers to guard him, intending after the Passover to bring him out before the people. So Peter was kept in the prison, but prayer for him was being made fervently by the church to God.”
Peter was kept in prison, but prayer for him was being fervently made by the Church to God. Here as an occasion of opposition, persecution; the leadership of the Church is being attacked. James has been martyred, Peter is in prison, and the Church takes a petition, starts printing up t-shirts “free Peter!” and began to march around the prison, with signs, shouting in protests. No, no! The Church went to prayer. The Church went to prayer, and as a result of that we read that Peter, by the hand of an angel, was delivered from the prison.
Then in verse 12, realizing that he has been delivered he went to the house of Mary, the mother of John who was also called Mark, where many were gathered together and were praying. The Church is assembled for a prayer meeting!
Now, what were they praying? Again, Luke doesn’t tell us specifically, but what is the occasion? Their enemies have attacked them! James has been beheaded! Peter is in prison! What would they pray?
Their Master told them,
“I say unto you, love your enemies, and pray for those who persecute you in order that you may be sons of your Father who is in Heaven.” (Matthew 5:44-45).
Luke doesn’t tell us, but I believe we have every reason to hope and think that they were praying for their enemies, and God heard their prayers and delivered Peter from prison.
This prayer for enemies is seen in the first martyr of Stephen in Acts chapter 7, verse 60; while being stoned to death we’re told he prayed and said:
“Lord, do not hold this sin against them.”
They prayed to recognize and receive leaders; they prayed for protection from their enemies and for their enemies; thirdly, the Church met to pray for the proclamation of the gospel.
3- The Church prayed for the proclamation of the gospel.
In Acts chapter 4 the gospel was being preaching in the midst of intense opposition, and it is in this persecution that the Church grew. Opposition and persecution became the setting of corporate prayer.
In chapter 4 of Acts, reading from verse 23,
When they had been released…
That is, John and Peter from the Sanhedrin.
…they went to their own companions and reported all that the chief priests and the elders had said to them. And when they heard this, they lifted their voices to God with one accord and said, “O Lord, it is You who made the heaven and the earth and the sea, and all that is in them, who by the Holy Spirit, through the mouth of our father David Your servant, said,
‘Why did the Gentiles rage,
And the peoples devise futile things?
‘The kings of the earth took their stand,
And the rulers were gathered together
Against the Lord and against His Christ.’For truly in this city there were gathered together against Your holy servant Jesus, whom You anointed, both Herod and Pontius Pilate, along with the Gentiles and the peoples of Israel, to do whatever Your hand and Your purpose predestined to occur. And now, Lord, take note of their threats, and grant that Your bond-servants may speak Your word with all confidence, while You extend Your hand to heal, and signs and wonders take place through the name of Your holy servant Jesus.” And when they had prayed, the place where they had gathered together was shaken, and they were all filled with the Holy Spirit and began to speak the word of God with boldness.
You remember that John and Peter had been brought before the Sanhedrin because of the priority of preaching? They resolved to preach, and they were told not to preach, and they resolved to continue to preach. Having been beaten they were released and they continued to preach, and they went to the Church and the Church was continued and resolved to pray.
In verse 24 they address God as their Creator, quoting the words of Psalm 146, and verse 6. Notice, brethren, the example of the prayer. It gives to us instruction as to what we should pray. We should pray our Bibles. We should use our Bible as the content and substance of our prayer. They prayed from Psalm 146, verse 6. Then in verse 25 through 28 they prayed from Psalm 2. This Psalm is a Messianic prophecy that came to fulfillment in the crucifixion of Jesus Christ.
What they do is they locate where they are in their Bibles. They find where they are in redemptive history in relation to Christ: in relation to the work of God and His plan of redemption. They situate themselves in Scripture. They take the Scripture and make that the content of their prayers. They’re confident that they’re praying according to the will of God, because they’re praying the Word of God.
They’re praying where they are in the Word of God. They’re not simply coming and pouring out emotions without any form or structure or direction from the Word of God. They do pray concerning their particular situation.
(Verse 29 and 30.) A petition for protection and a request for boldness, that they not slack back from their priority of preaching, from that calling that God has given to them as a Church, and to their spokesman in particular, that they would be enabled to speak the Word of God. In verse 31, that’s precisely what they did, and they did so with courage and with boldness and with the power and demonstration of the Spirit. They met to pray for the advancement of the Kingdom through the proclamation of the gospel.
4- The Church prayed for their civil leaders.
Fourthly, Paul tells us in 1 Timothy chapter 2 further instruction as to what we ought to pray.
We are to pray for our civil leaders. Again, so that the Church might live in peace and be enabled to advance the Kingdom of God. Our concerns are for the Kingdom of God. 1 Timothy 2:1-2,
“First of all, then, I urge that entreaties and prayers, petitions and thanksgivings, be made on behalf of all men, for kings and all who are in authority, so that we may lead a tranquil and quiet life in all godliness and dignity.”
We need to pray, brethren, for large Kingdom concerns so that we would have undisturbed lives. Why? For the advancement of the gospel. This is good and acceptable in the sight of God our Savior who desires all men to be saved and come to a knowledge of the truth.
We need to pray for our civil leaders so that God in common grace would enable them to maintain civil peace so that we the people of God can live in times of tranquility to be about the business of the Kingdom. Not for the amassing of more earthly comforts, but so that we might be about the business of advancing the Kingdom and making it known to all men of God’s genuine, sincere summons in the gospel: that men would repent, that men would come to a knowledge of the truth in Jesus Christ. They can only do that through the proclamation of the gospel as the church is faithful in her praying and proclaiming to get the gospel before men.
We need to make our prayer meetings Kingdom-focused. We need to make our prayer meetings concerned with the large issues of the Kingdom. We cannot allow our prayer meetings to become times of self indulgence and self focus where we’re praying as a gathered church for things that would be satisfactory to pray in the context of a family setting or one’s own private devotions.
We all don’t need to marshal the energies of the army of God in prayer to pray for Aunt Susie’s stubbed toe, or Aunt Susie’s salvation, maybe. But you see, we’re together as a people engaged in spiritual warfare. We’re to take the weapons of all-prayer and engage in the battlefield for the advancement of the kingdom of God and to give priority to the large issues of the church and of the advancement of the gospel in our day and to intercede certainly for crucial issues of personal concern, certainly for specific issues that affect the life and ministry of the local church, but to maintain a large vision of what the prayer ought to be by the assembled gathered people of God.
Paul says in verse 8 as he maps out his priorities—remember he’s writing here, chapter 3, and verse 15, so that you will know how to conduct yourself in the household of God.
So he says in verse 8 of chapter 2, “I desire therefore that the men pray in every place, lifting up holy hands, without wrath and disputing.”
Now some of us apply this verse in practical ways at our church prayer meetings so that only the men are given the responsibility of leading the church in prayer. Certainly all are to be engaged in prayer, but the duty of prayer in this text falls specifically upon the shoulders of the men! That prayer in many ways biblically is a masculine engagement. Peter tells us as husbands to live with our wives with wisdom and with grace in 1 Peter 3:7, warning that if we don’t, what will happen? Our prayers will be hindered.
Have you ever experienced that? Had an argument with your wife—are you honest enough to say you have arguments with your wife? I mean, I some people say they don’t–I never argue with my wife. …I do. We’re both sinners. Ever have an argument with your wife? Things are not resolved. Come in the morning, open your Bible. It’s time to meet with God, begin to pray and it’s though the Lord taps you on the shoulder and says, “Don’t you have a wife? What’re you doing here talking to Me when she’s over there still hurting? Don’t you have some business to do first?” You realize, “Yes, I need to make peace. I need to resolve. I need to live with my wife with wisdom and with grace and then come back before the Lord and have a sense of my prayers now being welcomed.” You see prayer is something that is assigned to us as men in the church. Prayer is not for boys. It’s for men.
“Be on the alert. Stand firm in the faith. Act like men and let, and be strong and let all you do be done in love.” (1 Corinthians 16:13-14.)
“I would that the men in every place pray.” (1 Timothy 2:8.)
Act like men. What do you do to act like men? I want you to be a man of prayer. I want you to be a man of prayer. When you pray take your position of leadership in the home, husband to wife, father to children, a man in the community of God’s people and as a leader pray for the leaders. Pray for those who have responsibility in the civil arena for kings and for those who are in authority.
Brethren, we need to realize how crucial and effective prayer is. Paul tells us in Romans 8:26-28 that although we do not know how or what to pray the Holy Spirit yet intercedes for us and brings genuine heart yearnings into the ear of God our Father, and He understands even the groanings of our hearts.
In the same way that a parent understands the groanings and cries of an infant in its crib. They’re not articulating words, but you can tell when a child is crying whether it’s diaper is wet, whether it’s just sleepy and he’s crying himself to sleep, or whether he’s in there having an, a temper fit because he wants to get out of the crib and you can tell what kind of cry is being expressed by the child who doesn’t even speak words.
Well so, too, the Father recognizes the groans of His children. We need to come with an expressed anticipation, with a confident understanding that our prayers interceded by the Holy Spirit are being with aligned with the purposes of God who hears and knows and answers and causes all things to work together for good.
James points us to Elijah, the man we’re studying in this very conference, and reminds us of how powerful he was in prayer. He was effective in his prayer ministry, bringing an end to that period of famine and reminds us that the prayers of a righteous man accomplish much.
It’s a very interesting study I recently did in conjunction with remembering the martyrdom of our friends Arif and Kathy Khan. In the occasion of the first anniversary of their death I conducted a study in our church where we analyzed the prayers of the saints beneath the altar in Revelation chapter 6, verse 9 through 11 and we saw how those who’ve gone before us are engaged in praying. They are advancing the kingdom in their disembodied state by prayer.
And then, in a subsequent study we looked at how the prayers that come from the altar play a role in the unfolding of God’s judgments upon the earth. Very interesting that in conjunction with the sequel of trumpets and bowls John will occasionally remind us of the voices coming from the altar and the answers of prayer that God gives to the saints who’ve been martyred. We’re to understand from the book of the Revelation that God’s dealings with men in history is in large measure an answer to the prayers of the martyrs.
Understand how crucial, important and effective prayer is!
Let me encourage you to lead your congregation into times of corporate prayer. Have meetings that are just for prayer, regular prayer meetings. Have times that are devoted to extended times of prayer. Times in the congregation life where there’s a concern: we’re going to have a day of fasting and prayer; we’re going to have a time where we’re going to seek the face of God. Make your corporate meetings saturated with prayer.
Let the visitors who come to your church who may be used to seeing all kinds of things and everything moving and everything flashing and colors and smoke and all of the — let them come to your church and be impressed with words—words: the words that are spoken from God to men and the words that are spoken from man to God—words, word-saturated people, hearing the Word from God and speaking words to God.
Pray for your civil leaders asking God for social peace that the gospel may prosper among you. Pray for your sister churches and for ministries that you know where the Word of God is being proclaimed.
Pray for one another as believers, but particularly for the advancement of the kingdom in each other’s life. Pray for growth in holiness; for greater understanding of the Word of God; for your efforts to evangelize; carrying one another’s burdens and thus fulfill the law of Christ.
It’s wise, I believe to assign men the responsibility of praying and to train them to stand and speak and make their voice heard so that everyone can say the ‘Amen’ having heard and understood what is being prayed. Remember Paul’s regulating principal in 1 Corinthians 14:40, “Let all things be done properly and in an orderly manner.”
2) The priority of pastoral intercessory prayer.
Not only is the pastor to make priority of prayer for the congregation, but he must make prayer a priority in his own pastoral ministry.
To the degree that the pastor realizes his dependence upon God, to that degree he will value intercessory prayer.
1- The intercessor pleads on behalf of the people.
He will pray for his people because he knows that only Christ can change them. He’ll pray for his people because he knows that only the Holy Spirit can sanctify them; only the Holy Spirit can cause them to grow; only the Holy Spirit can enable them to use their gifts so as to advance the Kingdom.
To the degree that he understands his utter dependence upon God, to that degree he’ll pray for his people, instead of complaining about them to his wife or to his fellow elders. He’ll pray for them, because he understands that his wife and elders can’t change them, but God can. They’re God’s people. They bear God’s name. Christ has died for them. Christ has given them His Spirit. Christ has given them His Word. God has given them a mandate. They’re Christ’s people. Take them to Christ; entrust them to Christ.
In Acts chapter 6, reading verse 2:
So the twelve summoned the congregation of the disciples and said, “It is not desirable for us to neglect the word of God in order to serve tables. Therefore, brethren, select from among you seven men of good reputation, full of the Spirit and of wisdom, whom we may put in charge of this task. But we will devote ourselves to prayer and to the ministry of the word.”
Now the demand that the widows were making upon the church was a legitimate demand. It was a need that had to be met. The injustice, the inequity of the distribution of the food was something of a gospel concern. It had to be addressed, and the apostles addressed how that need is going to be fulfilled, and servants are recognized and take their place in the ministry of the Church.
But they also recognized that this legitimate need posed a threat that would distract them from their primary responsibility of the ministry of the Word. So they resolve to devote themselves, that is to give constant attention and persevere in focused endeavor, to prayer and the ministry of the Word.
Now, notice that the overall concern is the Word. Verse 2, “It is not desirable for us to neglect the Word.” So in order to maintain that priority of the Word, they devote themselves to prayer and to the ministry of the Word. The both of those are together. To be devoted to the Word requires devotion to prayer and study and ministry of the Word of God. Devotion to the Word of God is devotion to prayer which is devotion to the Word of God—the both are found together, not separately. The both are found together.
You see, before the pastor stands before his people to speak to men on behalf of God, he must have first stood before God and spoke to God on behalf of men. Before he preaches to men he must first have prayed for them, and while he’s preaching to them he needs to be praying for them. Do you do that?
There are occasions when I know in my notes that where I am in my passage that I am going to say something now that I’ve had in my heart and I’ve prayed before the Lord in my study, that this particular individual would hear what I’m going to say now, because this piece of food that’s coming from the pulpit is to be put right on that person’s plate. Nobody else knows it and that individual might not know it, but I know it because I’m feeding them!
I know that when I am in the Word and I am preparing a message and I come to a point and I am impressed, “Lord, this is something that needs to speak to brother so-and-so. He needs to hear this.” So as I say, “Brethren, take your Bibles and turn to such-and-such a passage,” and while the Bibles are turning, I’m saying, “Lord, open brother so-and-so’s ears. I’m about to be Your mouthpiece to this man’s conscience. Open his ears.” You intercede while you’re preaching. While you’re preaching you’re praying for them!
When the ministry is done and you’re in the back room and you see them talking and everyone is moving about, you say, “Lord, give me an opportunity. When this man comes by and I shake his hand, let me get his eye, let me say something that is going to confirm the Word. Let me get some sense that something has happened, that You’ve done something, because I’ve prayed for them. I’ve prayed for them.”
Spiritual leadership involves this ministry of intercessory prayer, of standing in the gap. In Genesis chapter 18, Abraham prays for Lot. Yes, he was interceding for the entire city of Sodom, “If there’s fifty righteous, forty, thirty…” he comes down to ten. And when you study the story you realize that Lot and his wife and his children..there could’ve been ten righteous in Lot’s household, and Abraham is hoping that Lot has been righteous, has kept the faith. He’s interceding for him. In Genesis 19:29, when Lot was delivered from Sodom, Moses tells us the reason: God remembered Abraham, and sent Lot out of the midst of the overthrow. Lot was rescued because Abraham interceded for him!
When Israel sinned with the worship of the golden calf in Exodus 32, Moses interceded for them.
When God judged the people in Numbers 11 and Numbers 21 for the sin of murmuring Moses interceded for the people.
After Israel was defeated at the battle of Ai in Joshua 7, Joshua intercedes for the people and is told to search through the camp and God will direct them to the traitor, and Achan surfaces.
In 1 Samuel 12, a passage I’m sure that you’re familiar with, 1 Samuel 12, it’s a text that we would do well to take to heart, verse 23. 1 Samuel 12, verse 23,
“Moreover as for me, far be it from me that I should sin against Jehovah by ceasing to pray for you: but I will instruct you in the good and the right way. “
It’s what the apostles did. It’s what we are to do: devote ourselves to prayer and the ministry of the Word. “I’ll never stop praying for you while I endeavor to instruct you in the way of God.”
In Daniel chapter 9, Daniel realizing that the seventy years of exile prophesied by Jeremiah has now come to pass, that time has now been completed, what does Daniel do? He gives himself to a ministry of intercessory prayer. In Daniel chapter 9, verse 3,
So I gave my attention to the Lord God to seek Him by prayer and supplications, with fasting, sackcloth and ashes. I prayed to the Lord my God and confessed and said, “Alas, O Lord, the great and awesome God, who keeps His covenant and lovingkindness for those who love Him and keep His commandments, we have sinned, committed iniquity, acted wickedly and rebelled, even turning aside from Your commandments and ordinances. Moreover, we have not listened to Your servants the prophets, who spoke in Your name to our kings, our princes, our fathers and all the people of the land. Righteousness belongs to You, O Lord, but to us open shame, as it is this day.”
And Daniel goes on and he prays confessing sin, acknowledging that they rightly deserve God’s discipline that has come upon them in the exile, but God has promised that He would restore them and the time has come in keeping with God’s own words and timetable. Daniel mounts the promises of God and pleads, “God, vindicate Your Word, not because we’re such a great and deserving people, we’re not, but because You are the God who is true to Yourself and to Your promises, so listen to my prayer.”
In Ezekiel chapter 22 and verse 23, once again you have an example of intercessory prayer by the prophet of God: Ezekiel,
“The Word of the Lord came to me.”
In Ezekiel 22 there’s conspiracy. They’ve devoured the people, the priests have gone and done violence. Verse 27, the princes are like wolves; verse 28, the prophets are speaking lies; the people themselves are committing robbery and doing injustice, and God says in verse 30,
I searched for a man among them who would build up the wall and stand in the gap before Me for the land, so that I would not destroy it; but I found no one. Thus I have poured out My indignation on them; I have consumed them with the fire of My wrath; their way I have brought upon their heads,” declares the Lord.
The people of God are in moral confusion. The priests, the princes, the prophets, the leaders are in neglect and failing to lead, and God says, “In the midst of these people who are asking for My wrath, I’m looking for someone to intercede but I find no one so their way will come upon them.”
Now, that’s instructive to us, because it tells us two things about intercessory prayer, and it’s very interesting. The man who would be an intercessor assumes a very dangerous place.
When you watch Abraham, in Genesis 18, inching closer and closer to God to make intercession, there’s a sense in which you say, “This man is taking great risk,” getting closer and closer to this God who is standing on the brink of destroying Sodom! He’s on His way to pour fire and brimstone on Sodom, and here is Abraham coming closer and closer to Him and interceding in behalf of a people who deserve wrath and damnation. Abraham is in a very dangerous place. God has come in wrath. God has come to destroy, and Abraham’s standing in the middle of that between a people who deserve that wrath and the God who is righteous and holy in exercising that wrath. That’s the place of the intercessor. The same as this instance here in Ezekiel where God says, “These people deserve My wrath. I’m looking for someone to intercede, someone to stand in the gap between the wrath that rightly should fall on them and the heart of the God who yearns to be gracious.”
You see, the interceder taps into the heart of God because although justice must be served, wrath must be vented. The heart of God is such that He delights in mercy, and when Abraham came and interceded for a people deserving wrath and plead for God’s patience, plead for God’s mercy, plead for God’s salvation, God liked that. He looked at Abraham and you know what He called him?
“My friend. This is My friend. This is someone who understands the seriousness of My holiness. He understands the seriousness of sin. He understands the justice and the righteousness of My wrath, but there’s something about My friend, Abraham, that resonates with My own heart, because he puts himself at risk and stands under the shadow of impending wrath in order to plead for the salvation and the deliverance of undeserving sinners. I like that. That is My friend.”
The interceder takes a very risky place because he stands between those who deserve the wrath of God and the God who is righteous in the exercise of that wrath, and yet He pleads for something that is even more deep and profound in the heart of God and that is His desire to to be gracious, to be merciful, to have His wrath propitiated.
2- The intercessor pleads on the basis of God’s name.
The second thing that we learn about this intercessor is that he pleads on the basis of God’s name. He pleads for the sake of God. He doesn’t plead for the sake of the people, he pleads for the sake of God.
Now, he pleads on behalf of the people, but not on the basis of the people. He pleads on behalf of the people on the basis of the name of God; on the basis of the character of God; on the basis of the covenant promises of God.
Have your children ever done that with you? Years ago we moved into our house that we’re living in now, and sometime prior to that I had made the stupid mistake of telling my kids that when we got to our new house we’d get a dog. To this day I am living with this animal. Jake the Beast. He is a 120 pound, yellow lab. He’s got epilepsy. He’s really ugly. Why do I have this animal in my house? Because my children, when they were very young, about ten years ago, at the dinner table the subject came up,
“Dad, when are we getting the dog?”
“What dog?”
“Remember the dog that you promised we could get when we came to our house?”
And you know what? They were right. I had promised them that we would get a dog. So, in order to be true to my promise we got the dog.
You know, we can come to our Father like that and say to Him, “You’ve promised. You’ve promised. You’ve committed yourself. Your name is at stake. Your reputation is at stake. You’ve promised.”
And take to God His own words, take to Him His promises, not because we deserve it, not on the basis of what we are or what we deserve. If we pray on that line, we’re in trouble! But because of who God is, because of His character, because of His promises, because He’s committed to us in the person of His Son, because of who Jesus Christ is, because He is our Mediator, because He’s given us His Spirit, because we bear His Name among men.
“For the sake of Your Name, for the sake of Your Word, for the sake of Christ look upon us in mercy and magnify Your grace. We know we’re sinners. We do not deserve anything but Your discipline, but glorify Your grace because You’ve promised. That is Your intent in having saved us. You’ve saved us for grace. You’ve saved us for the glory of Your Name.”
Let me recommend that you buy and use in your church the book by Donald Carson entitled A Call to Spiritual Reformation. It’s a study of the prayers of the apostle Paul–very helpful. If you find yourself thinking, “You know, we gather for prayer and we’re all over the map, we’re praying about this, we’re praying about that. We need to learn what to pray about.” Well this book is very helpful because it’s a study of the content of Paul’s prayers teaching us to pray for the things that Paul prayed for.
For example, in Ephesians chapter 1, looking at verse 15, Paul says there in verse 16 that he does not,
“Cease to give thanks for you, making mention of you in my prayers.”
Here’s what he prays,
“That the God of our Lord Jesus Christ the Father of glory may give to you a spirit of wisdom and of revelation in the knowledge of Him, I pray that the eyes of your heart may be enlightened so that you will know what is the hope of His calling, what are the riches of the glory of His inheritance in the saints and what is the surpassing greatness of His power toward us who believe.”
Paul says here’s what you should pray for each other. Here’s what I’m praying for you. That God would give you wisdom, that God would instruct your heart that you might know and experience real hope, solid hope.
Again in chapter 3, verse 14, another record of His prayer.
For this reason I bow my knees before the Father, from whom every family in heaven and on earth derives its name, that He would grant you, according to the riches of His glory, to be strengthened with power through His Spirit in the inner man, so that Christ may dwell in your hearts through faith; and that you, being rooted and grounded in love, may be able to comprehend with all the saints what is the breadth and length and height and depth, and to know the love of Christ which surpasses knowledge, that you may be filled up to all the fullness of God. Now to Him who is able to do far more abundantly beyond all that we ask or think, according to the power that works within us, to Him be the glory in the church and in Christ Jesus to all generations forever and ever. Amen.
Paul says, “Here’s what I’m praying for you, here’s what I am interceding for in regard to you the church at Ephesus, that you would be given strength by the Spirit in the inner man; so that you would know the presence of Christ in your assembly; so that you would grow in faith that you would experience being loved by Jesus; that You would be complete; and that You would come with me into this place of praise and end with this doxology, ‘To Him be the glory in the church and in Christ Jesus forever and ever.’”
In Philippians 1:9-11, the same thing. He prays for increased love. He prays for knowledge. He prays for discernment. He prays that we would be enabled to choose the things that are excellent and to arrive before Christ in judgment having lived holy lives and bearing an abundance of fruit. Here’s what we should pray for! Here’s what we should teach our people to pray for!
There are other places where Paul tells us what he prays for in the church. Paul’s example challenges the way we often pray. We ask for material things. We ask that our situation would change. Paul would say, “Look, don’t worry about changing your situation, worry about YOU changing. Worry about God changing you, not changing your situation. He wants you to be holy in whatever situation you’re in.”
Yes, you can pray for your health and your job and your situations—“Casting all our cares upon Him because He cares for you”—but pray these things submitted to the Kingdom priorities: holiness, sanctification, discernment, growth in faith, growth in grace.
Sometimes we pray for people’s situations to change and we don’t stop to think maybe God doesn’t want their situation to change. Maybe He wants them to change in that situation. He’s brought them into that situation to teach them patience, to teach them faith, to teach them endurance.
We need to be encouraged by the example of a man like Epaphras in Colossians chapter 4, verse 12 and 13.
Epaphras who is one of your number a bondslave of Jesus Christ sends you his greetings always laboring earnestly for you in his prayers, that you may stand perfect and fully assured in all the will of God. For I testify for him that he has a deep concern for you and for those who are in Laodicea and Hierapolis.”
It’s thought that Epaphras planted the church in Colossae, but Paul doesn’t mention his preaching ministry. He mentions his intercessory prayer ministry and he says, it’s very, very arduous, it’s very, very difficult. He’s laboring earnestly. The Greek word is ‘agonizing.’ It’s like a picture of the athlete who is straining to cross the finish line with his jugular veins bulging and his sweat pouring out and his muscles straining. It’s work involved. He’s laboring earnestly. He does this always, constantly, continually, in a disciplined, regular manner. Why? So that you may stand perfect, fully assured in the will of God for your growth in grace.
Our best example in this ministry, of course, is Christ Jesus Himself in Luke chapter 22 where Jesus there speaks to Peter in verse 31,
“Simon, Simon, behold, Satan has demanded permission to sift you like wheat; but I have prayed for you, that your faith may not fail; and you, when once you have turned again, strengthen your brothers.”
While Satan sifts our people we need to intercede for them, praying that their faith will not fail.
Again in John, chapter 17, Jesus’ high priestly prayer. John 17, verse 9,
“I ask on their behalf; I do not ask on behalf of the world, but of those whom You have given Me; for they are Yours”
Jesus prays on behalf of His apostles. They are with Him that night before His crucifixion, then verse 20,
“I do not ask on behalf of these alone, but for those also who believe in Me through their word.”
He prays for you. He’s praying for me. He’s praying for us who believe. Paul tells us in Romans 8:34, He is at the right hand of God making intercession for us.
In Hebrews 7:25, “He always lives making intercession for us.” The work of Christ right now is the work of the intercessor. It’s the work He calls us to, as pastors, to come into the privileged place of intercessory prayer. It’s the thing that Christ Himself is doing! If Christ is doing that, ought not we to be doing that?
Well, quickly let me summarize this last head of practical counsel for the pastoral prayer ministry. I’ve listed to you several passages and commend them to you, but let me ask and attempt to answer the question, what we should pray for our people?
In Colossians 4, verse 2-4, I believe that we’re taught that we should pray for the Holy Spirit to be given to our people in the ministry of the Word of God.
We should pray for our people, secondly, that they might endure temptation even as Christ prayed for Peter being tempted, sifted by Satan. We should pray for each member according to their needs as you know them.
Paul says in Romans 10:1 that he prays for his kindred, he prays for his family. In Luke 11:13, again praying that Christ by the Spirit would be present in the meetings of the church and in Colossians 1:9-12 that the people’s faith, love and fruitful service to Christ would grow.
Pray for Kingdom concerns, brethren. Pray for Kingdom concerns.
How should you pray? You need to schedule time to do this. This should be a part of your disciplined, scheduled labor before Christ. You’ll not pray as an interceder by accident. You’ll do it on purpose. You’ll do it by planning to do it. You do it in a systematic way, perhaps in conjunction with your morning devotions to take two or three of the folk who are on your membership list and pray regularly through the list of members.
When you gather for your elders meetings, devote a large chart of that time for praying for the particular sheep in your flock and intercede for them.
Carry your people in your heart when you’re working in the Word of God. You’ve got your people there and there’ll be a realization. This passage will meet this need. “I’ve gotta call this person up and encourage them from this word,” or drop to your knees there on that occasion and pray for them. Pray for them spontaneously. Pray for them in a disciplined way. Study Christ. Learn His heart. He is the intercessor and He will teach us to be interceders. Ask for the Spirit of Christ that you might look upon your people with the compassion of Christ and He cannot look at us, but He doesn’t intercede for us.
Here are two main priorities for our study this year: the priority of preaching and the priority of prayer–the priority of prayer and the priority of preaching.
We can’t separate them. You’re not going to be an effectual preacher if you’re not a man of prayer and the more you become a man of prayer the more you become a better preacher. The two of them are devoted together.
May God make us mighty in the pulpit when we speak to men on behalf of God and may God make us mighty on our knees when we speak to God in behalf of men.
Let’s pray.
Our Father, we do ask for Your Spirit. We confess that we do not pray as we ought to pray, we do not pray as constantly and as consistently as we should. We do not pray for the things that we should pray for. How often our prayers are misguided. How often we seek to spend our prayers upon ourselves, seeking to advance our own name and our own agenda. Father, we confess that we are unworthy servants. We ask that You would give us Your Spirit and instruct us in the way of intercessory prayer, that we would be men who are bold in Your presence, courageous to stand between You and the wrath that is rightfully deserving of our people that we know, our God, our people are weak, our people are often disobedient and negligent.
Lord, we pray for the heart of Jesus Christ, that we might stand between You and them and plead that You would vindicate Your gospel purposes in them, that You would magnify the name of Christ among them, that You would cause Your grace and love to triumph in and through them. Father, we pray that praying for them would make us better preachers to them, that we would carry them in our hearts, and that we would speak to them from hearts of yearning compassionate love that we’ve learned from Christ by praying for them. Lord, we pray that You would teach us how to be a people of prayer, that as churches we would be house of prayer for all the nations, praying for the good of Your people, for the establishment of leaders, for the protection that the people of God need so that the work of the Kingdom would go forth through the proclamation of the gospel.
Lord, we pray, teach us to pray. Give to us a spirit of prayer and magnify Your grace in us and glorify Your Name through us. These things we petition in Jesus Christ. Amen.
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La prioridad de la predicación
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Charles Spurgeon escribe:
“Queremos que vuelva a haber muchos hombres como Lutero, Bunyan, Calvino, Whitefield, dispuestos a señalar sus errores y cuyos nombres inspiren terror en los oídos de nuestros enemigos. Necesitamos desesperadamente a hombres así. ¿De dónde vendrán?
Son dones de Cristo a la iglesia y llegarán a su debido tiempo. Él ya dio, y tiene poder de volver a darnos, una edad dorada de predicadores, un tiempo tan fértil en grandes teólogos y poderosos ministros como fue la época de los puritanos. Era un tiempo en el que la antigua y buena verdad se volvió a predicar por hombres cuyos labios parecían tocados por un carbón encendido tomado del altar. Este será el instrumento en manos del Espíritu para llevar a cabo un gran avivamiento profundo de la religión en el país.
Yo no busco otros medios para que el hombre se convierta fuera de la simple predicación del Evangelio y la apertura de los oídos de los hombres para que la oigan. En el momento en el que la Iglesia de Dios menosprecie el púlpito, Dios la despreciará a ella. El ministerio de la predicación ha sido siempre la forma en la que al Señor le ha placido reavivar y bendecir a sus iglesias”.
En primer lugar, pues, consideraremos la prioridad de la predicación en la historia del pueblo de Dios. Escudriñaremos en el pasado antiguo durante un momento con el fin de reconocer que Dios trató siempre con su pueblo por medio de predicadores.
En Génesis capítulo cinco y versículo veinticuatro leemos acerca de Enoc; se nos dice que anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó. Fue un hombre misterioso, relevante y Judas nos dice en el capítulo uno y versículo catorce que Enoc era un predicador.
Según dice Judas en el capítulo uno versículo catorce, Enoc profetizó o predicó en la séptima generación desde Adán y su mensaje era de juicio; anunciaba que Dios vendría a ejecutar juicio sobre todos. Vemos el personaje de Noé, en el Antiguo Testamento, y le recordamos sobre todo por haber construido el arca, pero Pedro nos dice en 2 Pedro 2:5 que fue un predicador de justicia.
Acerca de Abraham, cuya vida conocemos a través de las páginas del Génesis, leemos en el capítulo dieciocho, versículo diecinueve:
“Porque yo lo he escogido para que mande a sus hijos y a su casa después de él que guarden el camino del Señor, haciendo justicia y juicio, para que el Señor cumpla en Abraham todo lo que Él ha dicho acerca de él”.
A Abraham se le confió la palabra de Dios y él mandó a su familia que la cumpliese. Su casa estaba formada por varios cientos de personas. En Génesis catorce se nos dice que movilizó a trescientos dieciocho hombres nacidos en su casa para que lucharan contra los cuatro reyes.
Él ordenó a sus hijos y a su casa que guardaran el camino del Señor. En Génesis capítulo veinte y versículo 7 se dice que Abraham era un profeta. Abraham fue un predicador de la Palabra de Dios.
Del mismo modo, Moisés fue un predicador. Recibió palabras de Dios y las proclamó ante los israelitas. Gran parte del pentateuco, los primeros cinco libros de la Biblia, recogen las palabras que Moisés dijo a los hijos de Israel. Predicó al pueblo de Dios congregado.
Cuando observamos a los profetas del Antiguo Testamento como Isaías, Jeremías, Ezequiel, Jonás, Amós, Hageo, Malaquías, Habacuc… vemos que hay algo común entre ellos. Aunque vivieron en distintas situaciones y ministraron en circunstancias diferentes, todos ellos eran predicadores y proclamaron la Palabra de Dios.
Ahora quiero que busquemos en nuestras Biblias el primero de varios pasajes que me gustaría ver y leer en las Escrituras acerca del ministerio de Juan el Bautista, en Marcos capítulo uno y versículo cuatro. Marcos uno versículo cuatro. Juan el Bautista apareció en el desierto predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados. La ordenanza del bautismo definió el ministerio de Juan. Esa fue la actividad que caracterizó a Juan. Se le llama “el Bautista”, pero su ministerio fue el de un predicador. Él fue alguien que predicó un bautismo de arrepentimiento para perdón de los pecados.
Cuando contemplamos a nuestro Señor y Salvador Jesucristo sabemos que el propósito supremo para el cual vino fue para expiar nuestros pecados por medio de su muerte en la cruz y de su triunfo sobre la muerte en la resurrección. Su victoria sobre Satanás le convirtió en nuestro libertador, pero la prioridad del ministerio de Jesús fue la predicación.
En Marcos capítulo uno, versículos catorce y quince, leemos: “Después que Juan había sido encarcelado, Jesús vino a Galilea proclamando el evangelio de Dios, y diciendo: El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio”.
Jesús vino predicando. De nuevo, en el capítulo uno, versículo 38, del Evangelio de Marcos leemos: “Y Él les dijo: Vamos a otro lugar, a los pueblos vecinos, para que predique también allí, porque para eso he venido. Y fue por toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando demonios”.
Las obras de poder de Jesús eran manifestaciones que validaban la Palabra que Él había proclamado.
En Lucas capítulo cuatro vemos el mensaje de Cristo a su ciudad natal de Nazaret. En el versículo dieciocho y el diecinueve leemos lo que constituye su mandato mesiánico derivado del profeta Isaías:
“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos; para proclamar el año favorable del Señor”.
El ministerio de Jesús es de proclamación, de predicación, y los Evangelios recogen para nosotros muchos de sus sermones.
En Mateo capítulo siete tenemos la conclusión del Sermón del Monte y leemos las palabras finales en el versículo veintiocho y en el veintinueve. “Cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes se admiraban de su enseñanza; porque les enseñaba como uno que tiene autoridad, y no como sus escribas”. La gente estaba perpleja, no solo por lo que Él decía sino por la forma en la que lo hacía: su método de comunicación. Era una manifestación de poder. Era una demostración de autoridad.
En Juan siete, versículo cuarenta y seis, aquellos que fueron enviados a capturar a Jesús se encontraron con su predicación. Le oyeron predicar y volvieron con las manos vacías diciendo: “Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre habla”
Cuando llevaron a Jesús ante Pilato en Juan dieciocho, en el versículo treinta y siete, se dirige a Pilato diciendo: “[…] Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”.
Para dar testimonio de la Verdad se necesita una voz. La descripción del ministerio de predicación de Jesús, un ministerio de palabras, es lo que hacía que los hombres fuesen responsables ante Dios de haber oído su testimonio acerca de la Verdad.
Jesús era un predicador y encargó a sus discípulos que, de igual modo, ellos también lo fueran.
Otra vez, en el Evangelio de Marcos capítulo tres, versículo catorce y quince vemos: “Y designó a doce, para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar, y para que tuvieran autoridad de expulsar demonios”.
La predicación del Evangelio es el medio a través del cual se ataca a los poderes de la oscuridad.
¿Cuándo ocurre esto? En el libro de los Hechos tenemos el ministerio de estos hombres. Vayamos a Hechos de los Apóstoles capítulo uno desde el versículo ocho y esto es lo que leemos: “Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”.
Ser un testigo es responsabilizarse del mensaje, de la Palabra, de predicar este Evangelio y esto, claro está, se convierte en el núcleo del ministerio apostólico.
En Hechos capítulo dos vemos a Pedro. ¿Qué está haciendo? Está predicando. Observamos en el versículo catorce que, poniéndose en pie “con los once, alzó la voz y les declaró […]”.
Pedro proclama un mensaje, predica un sermón que se deriva de tres textos del Antiguo Testamento. Su sermón tiene tres puntos principales y la aplicación hace que la conciencia de los hombres les conduzca a la fe en Jesucristo. En el versículo cuarenta leemos: “Y con muchas otras palabras testificaba solemnemente y les exhortaba diciendo: Sed salvos de esta perversa generación”.
Cuando, al analizar el capítulo dos del libro de los Hechos, lo único que se reconoce es que esa gente habló en lenguas esto implica que no estamos viendo lo que el Espíritu Santo nos ha dado en ese pasaje. Se trata de un sermón que se ha recogido allí. Es el relato de un predicador que abre la Palabra de Dios y predica sobre Joel, sobre los Salmos y que declara a Cristo crucificado, resucitado e insta a los hombres al arrepentimiento y a la fe.
En Hechos capítulo tres el Señor usa a Pedro para sanar a un cojo y ¿qué es lo que esto provoca? Una oportunidad para predicar el segundo sermón que se recoge en Hechos capítulo tres. En el capítulo cuatro versículo dos se hace una descripción para nosotros. ¿Qué fue lo que se predicó? Enseñaron al pueblo y proclamaron la resurrección de los muertos en Jesús. Enseñaron y proclamaron.
El Sanedrín se opuso a la predicación de Pedro. En Hechos capítulo cuatro, empezando a leer desde el versículo dieciocho tenemos: “Cuando los llamaron, les ordenaron no hablar ni enseñar en el nombre de Jesús. Mas respondiendo Pedro y Juan, les dijeron: Vosotros mismos juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”.
Pedro se da cuenta de que la oposición es contra lo que está predicando y decide ser obediente a Dios incluso frente a las autoridades que están en contra. Toma la determinación de continuar hablando, de seguir dando testimonio. Así pues, en Hechos cuatro, versículo treinta y tres dice: “Con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia había sobre todos ellos”.
He venido a dar testimonio. Vosotros sois mis testigos. Proclamar; declarar; predicar; enseñar; dar testimonio.
La predicación provocó más persecución. En Hechos capítulo cinco versículo cuarenta y dos, en medio de la oposición y persecución, leemos: “Y todos los días, en el templo y de casa en casa, no cesaban de enseñar y predicar a Jesús como el Cristo”.
Entonces vemos que aquí Satanás cambia su estrategia. No consigue hacerles callar por medio de la oposición y la persecución. Por consiguiente, en el capítulo seis, decide distraerles e intenta silenciarlos proporcionando una buena razón para que descuiden la predicación por verse enredados en otras actividades legítimas del reino.
En Hechos capítulo seis leemos:
“Por aquellos días, al multiplicarse el número de los discípulos, surgió una queja de parte de los judíos helenistas en contra de los judíos nativos, porque sus viudas eran desatendidas en la distribución diaria de los alimentos. Entonces los doce convocaron a la congregación de los discípulos, y dijeron: No es conveniente que nosotros descuidemos la palabra de Dios para servir mesas.
Por tanto, hermanos, escoged de entre vosotros siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes podamos encargar esta tarea. Y nosotros nos entregaremos a la oración y al ministerio de la palabra. Lo propuesto tuvo la aprobación de toda la congregación, y escogieron a Esteban, un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas y a Nicolás, un prosélito de Antioquía; a los cuales presentaron ante los apóstoles, y después de orar, pusieron sus manos sobre ellos”.
Aquí, los Apóstoles tuvieron la suficiente sabiduría para ver la importancia del ministerio a las viudas necesitadas que se encontraban entre ellos. No descuidaron esa necesidad sino que dirigieron a la congregación para que reconociera a hombres que fuesen siervos y tuviesen la capacidad de tomar la responsabilidad de hacer frente a esa necesidad, por ser una preocupación necesaria del Evangelio, un ministerio de iglesia ineludible.
Sin embargo, con todo lo necesario que pueda ser ese ministerio, no puede constituir una distracción de la predicación de la Palabra de Dios. No puede desplazar la atención de los Apóstoles y hacer que descuiden la Palabra de Dios para entregarse a esas obligaciones por muy buenas y legítimas que sean. Por tanto, los Apóstoles mantienen la prioridad de predicar y no permiten que esto, por necesario y bueno que sea, les distraiga de la Palabra de Dios.
Lucas nos relata el resultado de esta decisión en el versículo siete: “Y la palabra de Dios crecía, y el número de los discípulos se multiplicaba en gran manera en Jerusalén, y muchos de los sacerdotes obedecían a la fe”. La Palabra de Dios siguió creciendo. Esta es la forma en que Lucas describe el éxito de predicar la Palabra de Dios: se proclamaba públicamente la Palabra de Dios, de casa en casa, testificando, predicando, dando testimonio; todo el vocabulario que describe el avance de la Palabra.
En Hechos veinte tenemos el ejemplo del Apóstol Pablo cuando describe su ministerio entre los efesios. Observemos las palabras, el vocabulario y tomemos nota de las distintas formas que utiliza en Hechos capítulo veinte, y comenzando en el versículo dieciocho, para describir la declaración verbal y la proclamación de la Palabra de Dios.
Cuando los ancianos de Éfeso llegan a Mileto, vienen a Pablo y él les dice:
“Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, y con lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos; cómo no rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil, y de enseñaros públicamente y de casa en casa, testificando solemnemente, tanto a judíos como a griegos, del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesucristo”.
Pablo dice: “Recordad cuando vine a vosotros por primera vez. Qué destaca en vuestra mente de ese momento en el que me visteis en el entorno público, cuando me observasteis en privado, de casa en casa, ¿en qué se fijaron vuestros ojos? Mis labios —dice Pablo— estaban en continuo movimiento. Declaré, enseñé, di solemne testimonio e intenté en cada momento que las palabras penetraran en vuestros oídos por medio de la proclamación verbal”.
Versículo veinticuatro: “Pero en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios”.
Versículo veinticinco: “Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de vosotros, entre quienes anduve predicando el reino, volverá a ver mi rostro”. “Anduve predicando”.
Otra vez, en el versículo veintisiete: “Pues no rehuí declarar a vosotros todo el propósito de Dios”.
Pablo describe cada punto de su ministerio: de forma pública, privada, de principio a fin, hasta el final de su vida se dedicará a predicar, declarar, proclamar, testificar, enseñar, instruir. Será una comunicación verbal constante y continua de la Palabra de Dios.
Cuando llega a la última carta de su vida, en el momento en que está al borde de la eternidad ¿cómo se define a sí mismo?
Segunda de Timoteo capítulo uno versículo once. Lo vimos esta mañana. ¿Cómo se describe a sí mismo? Versículo once: “para el cual yo fui constituido predicador, apóstol y maestro”.
He aquí mi ministerio. Es un ministerio de proclamación. Es un ministerio de declaración. Es una vida entregada a un tipo particular de comunicación: predicar y predicar.
Dejando nuestras biblias para considerar la historia de la Iglesia, no puedo pretender hacer un estudio siglo a siglo. Sin embargo, os sugiero hermanos que penséis por un instante en un momento de la historia de la Iglesia que atraiga vuestra atención.
Pensad por un momento en un periodo de la historia de la Iglesia que tenga un interés particular para vosotros. Me atrevería a decir que, cualquiera que sea vuestro pensamiento sobre ello ahora mismo, podéis asociarlo a la predicación y podéis nombrar a alguien de la iglesia primitiva que fuese útil y relevante a causa de la necedad de la predicación.
Si pensáis en la Reforma, podréis pensar en hombres que fueron poderosos en el púlpito, que abrieron la Palabra de Dios y la proclamaron. Si pensáis en el Gran Avivamiento; en el Segundo Gran Avivamiento; en los movimientos del Espíritu en avivamientos regionales, nacionales, ¿qué veis con los ojos de vuestra mente? Veis un púlpito y un predicador.
Cada vez que Dios ha tenido a bien que hubiese un avance del Evangelio en la historia, lo ha hecho por medio de la predicación. Nuestra oración es que el Espíritu descienda sobre nosotros en este lugar y nos capacite para ser portavoces del Dios que vive, que habla, que nos ha dado un libro y palabras para que podamos ser sus heraldos, sus voceros, y sus predicadores en nuestro tiempo.
Anteriormente consideramos la prioridad de la predicación en la historia del pueblo de Dios.
En segundo lugar, considerad conmigo la prioridad de la predicación en la vida del pueblo de Dios. Sí, la prioridad de la predicación en la vida del pueblo de Dios. En su faceta de comunidad, la iglesia es responsable de proclamar el Evangelio. Como iglesia, tiene una mayordomía para que el Evangelio avance por medio del ministerio de la predicación. La iglesia tiene varias tareas que le han sido asignadas por su Señor exaltado, pero la misión fundamental es el crecimiento del Evangelio por medio de la proclamación de un predicador.
En primera de Timoteo capítulo tres y versículo quince leemos: “[…] te escribo para que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad”.
La Iglesia es la plataforma sobre la que se erige y se emite la Verdad. La iglesia es responsable de mantener la integridad de la doctrina de la Verdad; de emitirla y de hacerla avanzar.
En primera de Pedro capítulo dos y versículo nueve, Pedro describe a la Iglesia como responsable de este ministerio de proclamación. “Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”.
El pueblo de Dios, en tanto que comunidad, es responsable de ver que la Palabra de Dios se proclame y que su identidad de comunidad reunida es para la proclamación de ese Evangelio, para declarar las virtudes de ese Dios que es nuestro Salvador. No hay otra institución en el planeta al que se le haya dado esta responsabilidad.
A ninguna otra organización se le ha asignado la tarea de la responsabilidad en cuanto a la Verdad, para mantenerla, proclamarla y para su crecimiento en el mundo. Si la iglesia no se asegura de que el Evangelio se proclame, este no será proclamado. Por consiguiente, la Iglesia debe convertir la predicación en su prioridad principal. La Iglesia debe establecer un ministerio bíblico de predicación y hacer lo posible para enviar a predicadores bíblicos: la prioridad de predicar en la vida del pueblo de Dios.
Esto nos lleva a considerar, en tercer lugar, que el ministerio pastoral debe centrarse en la predicación y la enseñanza. Si el pueblo de Dios tiene la responsabilidad y la ejerce para reconocernos como hombres que tiene ese don, como hombres dotados del Espíritu para la proclamación y nos apartan para esa tarea, entonces debemos convertir la predicación y la enseñanza en el centro principal de nuestras labores. Debemos predicar el Evangelio, pues, a aquellos que nunca lo han oído ni han creído en Jesucristo.
En segunda de Timoteo capítulo 4 y versículo cinco, vemos que debemos hacer la obra de un evangelista. Debemos buscar oportunidades para hacer la obra de evangelizar a aquellos que están fuera de Cristo; para predicar a los inconversos.
Debemos intentar tocar la conciencia de los que no son salvos, cuando se reúnan con nosotros en nuestros cultos de adoración, para que haya una palabra que les llame a la fe y al arrepentimiento, llevándoles a una unión con Cristo. Tenemos que buscar las oportunidades cuando y donde Dios nos las de, ya sea de casa en casa o en un entorno público, en nuestra Atenas, donde hay debates, donde hay un foro para que la voz del Evangelio pueda oírse.
Debemos adoptar medidas agresivas para proclamar el Evangelio en los oídos de aquellos que se encuentran fuera de Cristo. Pablo deja esto muy claro cuando leemos en Romanos capítulo diez, versículos trece y catorce: “Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?
Un predicador. No un director de cine, sino un predicador. No un titiritero, sino un predicador. No un coreógrafo de baile, sino un predicador. Esa es la forma en la que oirán. Y al proclamar esta necedad de la predicación, el Espíritu abrirá soberanamente sus oídos y llegarán a creer en Aquel al que están oyendo hablar.
Prestad atención a las palabras. No dice en Aquel de quien oyen hablar sino Aquel al que oyen hablar porque la predicación del Evangelio por el Espíritu es la propia voz de Cristo para aquellos que se congregan bajo esta forma de comunicación. Oyen a Cristo en la predicación autorizada por el Espíritu. No oyen de Él, ni acerca de Él, ni con respecto a Él, sino que le oyen a Él por medio de la predicación. Por tanto, debemos intentar predicar a los inconversos.
Asimismo, debemos predicar para la edificación de aquellos que creen, dándoles lo que Pablo denomina “todo el consejo de Dios”. En primera de Timoteo, capítulo cuatro, tenemos el mandato del Apóstol Pablo a Timoteo (primera de Timoteo capítulo cuatro leyendo desde el versículo trece):
“Entretanto que llego, ocúpate en la lectura de las Escrituras, la exhortación y la enseñanza. No descuides el don espiritual que está en ti, que te fue conferido por medio de la profecía con la imposición de manos del presbiterio. Reflexiona sobre estas cosas, dedícate a ellas, para que tu aprovechamiento sea evidente a todos. Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza, persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan”.
Timoteo, eres un ministro de la Palabra de Dios en la asamblea del Pueblo de Dios. Presta atención a la Palabra de Dios. Léela. Hazlo públicamente. No descuides la lectura pública, exhorta, enseña y predica. Céntrate en ello. Déjate absorber por ello, de tal modo que las personas que lleven tiempo bajo tu ministerio puedan reconocer que estás mejorando; que estás creciendo; que tu progreso sea evidente para todos. Ten cuidado de ti mismo, préstate atención porque eres el instrumento por medio del cual llega la predicación y tú mismo debes recomendarla. Vosotros sois el medio, como vimos en la hora anterior. El hombre de Dios es el medio que Dios utiliza para el crecimiento de su reino en cualquier generación.
Juan 1:6: “Vino al mundo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan”. Este es el método de Dios.
El hombre; Timoteo, cuídate como hombre porque eres el instrumento. ¿Para qué? Para pronunciar la Palabra de Dios por medio de la predicación del Evangelio. Céntrate en esto. Conviértelo en tu centro de atención. Haz que sea la meta a la que te conduzca tu tiempo.
Personalmente, hay tantas cosas en las que me gustaría tener un interés y que con el paso de los años han quedado de lado. Hubo un momento en mi vida en el que pensé que me gustaría ser una especie de músico; esto se quedó de lado. Pensé que me gustaría ser algo así como un artista. Me habría gustado aprender a dibujar y hacer bellas obras de arte. ¿Cómo puedo hacer esto y absorberme en el ministerio de la Palabra de Dios? El ministerio de la Palabra de Dios es un esfuerzo que abarca todo.
Cualquier cosa que leo me provoca el pensamiento de cómo puedo relacionar este material con mis ovejas. Muy pocas veces leo cosas que no tengan que ver con ayudar a mi gente, a alimentarla. Cuando leo nuevas revistas estoy buscando algo que llevar a mi gente para ayudarles a entender la Palabra de Dios en relación con los días en los que vivimos.
Tantos otros intereses y planteamientos se quedan por el camino porque tenemos que prestar atención a nosotros mismos, tenemos que atender a nuestra doctrina y debemos trabajar de forma que nuestro progreso sea evidente y estemos más centrados en esta prioridad de la predicación que nos llevará a esta última consideración.
Debemos resistir a la tentación de descuidar la prioridad de la predicación. Debemos hacerlo. Las palabras predicar, predicación, proclamar, testificar, declarar, heraldo, anuncio, todos estos términos pueden encontrarse más de un centenar de veces en el Nuevo Testamento En realidad, el Nuevo Testamento utiliza treinta y tres verbos distintos para describir la actividad de predicar; ¡treinta y tres verbos diferentes!
Ahora bien; cualquiera que lea su biblia con sinceridad llegará a la conclusión de que la predicación es muy importante. Predicar es muy importante y a pesar de ello, vivimos en un tiempo en el que el mensaje que se nos da como predicadores es, cada vez más, que la predicación no era importante para Pablo. Si hay algo cada vez más irrelevante en nuestra generación, eso parece ser la predicación. ¿No os da esa sensación algunas veces?
Te sientas al lado de alguien en el avión y preguntas: ¿A qué se dedica?
Y te contestan: “Vendo dispositivos. Quiero vender tantos como pueda y voy a cualquier sitio donde haya posibilidad de venderlos. Los dispositivos son fabulosos, déjeme hablarle sobre ellos. ¿Y usted, a qué se dedica?
—Soy predicador.
—Oh.
Y en ese momento sientes como si una ventana se cerrara, ¿verdad? Rara vez te encuentras con un cálido y cordial interés.
—¿De veras? ¡Hábleme de ello!
Vivimos en un tiempo en el que cada vez se mira con más desprecio a los predicadores y a la predicación y lo lamentable es que esto ocurre incluso en la iglesia. Sucede aun entre aquellos que profesan ser cristianos y que, si realmente lo son, llegaron a serlo porque alguien les proclamó la Palabra de Dios.
¿De qué otro modo podrían haber llegado a creer de no ser por haberle oído hablar por medio de alguien? ¿Y quién fue esa persona? Un predicador. Fue alguien que testificó y proclamó.
Con todo, parece que Satanás ha sido capaz de influenciar a muchos para que les convenza de que si hay algo que se pueda dar por sentado, algo que se pueda descuidar y descartar, es la predicación. Por tanto, no os sorprendáis de que el enemigo del alma de los hombres tome todas las medidas para desanimar a los predicadores y silenciar las predicaciones.
Algunas veces su oposición es muy directa, muy agresiva. Suscita la oposición religiosa y política en contra de la predicación. Combina la oposición religiosa y la política para perseguir agresivamente y silenciar la predicación. La bestia de Apocalipsis trece y el falso profeta, las fuerzas políticas y religiosas, se unieron y su estrategia fue la de perseguir y silenciar a base de atemorizar con el daño físico. Esa es la estrategia en oriente, en la iglesia en oriente, en Asia, en los países islámicos.
En nuestra situación, Satanás utiliza una estrategia más indirecta. No es la bestia del Apocalipsis sino la ramera babilónica que intenta silenciar la voz de la predicación en occidente; la tentadora y atractiva seducción de la riqueza, la conveniencia y la propia satisfacción que surge e insta a que disminuya la predicación y nos tienta para que transijamos y seamos más populares y atrayentes. Esa es la estrategia de occidente.
Me temo que estamos viviendo en un tiempo en el que muchos que profesan ser cristianos están comprometiendo, no solo el contenido del Evangelio, sino también el método por el cual este debe comunicarse.
En estos días, muchos nos dicen que no importa el método mientras se comunique el mensaje de alguna manera. La forma en que se haga es irrelevante, pero os sugiero que la Biblia no solo enseña el contenido del mensaje sino el método por el cual este debe ser declarado y el modo en que debe crecer. Veréis; el mensaje es el de la Cruz y el método es la necedad de la predicación. Tanto el mensaje como el método escandalizan la mente inconversa.
En primera de Corintios capítulo uno, Pablo escribe en el versículo veintiuno:
“Porque ya que en la sabiduría de Dios el mundo no conoció a Dios por medio de su propia sabiduría, agradó a Dios, mediante la necedad de la predicación, salvar a los que creen. Porque en verdad los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, piedra de tropiezo para los judíos, y necedad para los gentiles; mas para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios”.
Los que estaban en Corinto no solo tenían dificultades con la idea de un Mesías crucificado; tampoco estaban muy contentos con Pablo. Para ellos Pablo no era muy impresionante; no pensaban que Pablo pudiera satisfacer su noción de lo que debía ser la oratoria.
Esta genta no iban a ver una obra de teatro un viernes por la noche, no encendían su televisor; no tenían nada de esto. Lo que harían sería ir al teatro y reunirse a centenares y escuchar las grandiosas y fabulosas retóricas durante tres o cuatro horas. Se trataría de hombres de lenguaje elocuente y discursos reveladores, con ciertas formas y subsiguientes estructuras. La audiencia se sentaba y luego juzgaba y valoraba la forma en la que el hombre hablaba. Pablo llegaría hasta ellos y les hablaría.
Yo creo que Pablo debía ser un hombre bajito y feo que había sido golpeado… ¿cuántas veces? Lo que quiero decir es que si os hubieran azotado tantas veces como a Pablo, imagino que vuestro cuerpo se vería deteriorado. No impresionaba a nadie por su apariencia y no seguía las reglas de la retórica griega.
Él empezaba a hablar y se irritaría tanto que al comenzar a hablar diría: “En primer lugar”, y hablaría sin cesar sin llegar nunca a un “en segundo lugar”. Y todo el mundo estaría allí sentado diciendo: “Estas no son las reglas. No es así como se debe hacer. Este hombre no está siguiendo la estructura, la belleza y el orden de la retórica griega. No nos impresiona en absoluto”.
No les gustaba la forma de comunicación de Pablo y este dice: “No voy a transigir. No estoy aquí para acatar la cultura griega, sus definiciones de lo que es un buen entretenimiento o sus expectativas acerca de lo que es necesario para reunir a una multitud y complacer a una audiencia.
No es este el juego al que estamos jugando aquí. Estamos tratando con el alma de los hombres. Estamos tratando con la Palabra de Dios. Estamos hablando a personas que se hallan a tan solo unos segundos de la eternidad y tenemos una mayordomía. No estamos aquí para entretener. No estamos aquí para hacer cosquillas en los oídos. No estamos aquí para satisfacer a una audiencia.
Estamos aquí para declarar la Palabra del Dios vivo y, al hacerlo, hablaremos de una forma que no tendrá por objetivo el gusto artístico estético de la presentación. Nuestro objetivo es su conciencia. Hablaremos de las consecuencias de su pecado y lo haremos con un celo y una pasión que transmitirá una autoridad que viene del mismo trono de Dios.
Hablaremos un mensaje que humillará el orgullo de los hombres. Haremos un llamamiento para que midan su vida por el rasero de la ley de Dios y vean que tienen carencias; que sepan que son pecadores, transgresores de la ley y podamos llevarles, en esa condición quebrantada, a ver esa gracia de Dios otorgada en un Mesías crucificado cuya sangre hace expiación del pecado; por cuya muerte se propicia la ira de Dios, por cuya resurrección se ha vencido a la muerte, se ha derrotado a Satanás y el nuevo mundo ha amanecido sobre nosotros por medio del don y el ministerio del Espíritu.
Esto no va a encajar en las categorías del entretenimiento cultural. Es una palabra que viene del cielo, es un anuncio de Dios y viene por un medio, a través de un instrumento. Viene por medio de un hombre y de la proclamación. El propio mensaje se alinea con el método porque este parece necio.
El método parece necio y el mensaje suena a locura, pero en la sabiduría de Dios su necedad es más sabia que la sabiduría de los hombres. Por tanto, el mensaje y el método están designados para humillar a los hombres y llevarles a un lugar de arrepentimiento y fe en Jesucristo.
Apelo a vosotros, hermanos, para que escuchéis la voz de vuestro Maestro y hagáis inventario de vuestra herencia; a que os identifiquéis como he intentado hacer durante esta hora y que rastreéis el pedigrí, el honor, la dignidad de vuestra labor remontándoos hasta Enoc y siguiendo el pasillo de honor dado a los predicadores, de los cuales Cristo mismo es el más honorable.
Apartad vuestros oídos de las voces que gritan hoy en día, a veces desde nuestros bancos de iglesia y nos dicen: “¡Dejemos la predicación de lado, no seamos tan serios en cuanto a ella! No nos centremos tanto en la predicación, no nos comprometamos tanto a predicar. Quizás deberíamos utilizar otro método; quizás deberíamos probar una forma distinta de comunicación.
Hermanos, es posible que una de las razones por la que se ataca la predicación en nuestros días es porque hay muy pocos hombres que se entreguen a la difícil y poco convincente tarea de la predicación, que estudian para mostrarse aprobados; son obreros que no necesitan ser avergonzados, que manejan cuidadosamente la Palabra de Dios que los entrega a estas cosas y se asegura de que su progreso sea evidente para todos.
Quizás una de las razones por las cuales la predicación se ha desprestigiado es por culpa nuestra, porque no estamos trabajando duro en la predicación. Por tanto, no debemos sorprendernos cuando la gente dice: “No estoy interesado en la predicación. Necesitamos convertirnos en mejores predicadores, no debemos descartar la predicación y tenemos que quedar avisados de no remplazar la predicación con música, con obras de teatro, baile, videos y tiempos de testimonio. Debemos dedicarnos a predicar.
Veamos lo que Pablo nos dice en segunda de Timoteo capítulo cuatro, el mandamiento del hombre que está a punto de morir. ¿Qué dice a su joven hijo en la fe? Segunda de Timoteo cuatro, versículo uno:
“Te encargo solemnemente, en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por su manifestación y por su reino: Predica la palabra, insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a mitos. Pero tú, sé sobrio en todas las cosas, sufre penalidades, haz el trabajo de un evangelista, cumple tu ministerio”.
¿Cuál es ese ministerio? Predicar la Palabra.
Predicar la Palabra. Amén
Oremos:
Bendito Padre y Dios nuestro: pedimos el don de tu Espíritu que venga sobre nosotros como siervos de Jesucristo. Dios mío, confesamos que con frecuencia nos desanimamos en nuestros esfuerzos por predicar Tu Palabra. Con frecuencia nos enfrentamos a retos y dificultades que vienen del mundo que nos rodea; que llegan incluso de personas que profesan ser cristianas; que proceden incluso de cristianos bien intencionados; retos que surgen incluso dentro de nuestra propia alma.
Dios mío pedimos que, tras haber realizado este estudio acerca de la prioridad de la predicación para el hombre de Dios, que decidamos de nuevo ser los mejores predicadores posibles; que manejemos cuidadosamente la Palabra de Verdad y proclamemos la Palabra de Dios con palabras de nuestra biblia; que podamos ser fieles a esta mayordomía que nos has dado.
Te damos gracias por habernos llamado para esta obra. Ahora te pedimos que nos equipes para la tarea que debemos hacer, para que seamos fieles en nuestra generación, así como Pablo, para que terminemos nuestra carrera, para que podamos correr, ser fieles, entregar nuestra vida a la proclamación, el testimonio, la predicación, el glorioso Evangelio de Jesucristo en cuyo nombre te lo pedimos todo. Amén.
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And this year I’m going to resume on that subject picking up where we left off. Last year, we considered the priorities of the pastor in relation to himself, the care of the pastor to himself and then we saw the priority of the pastor in relation to his family and then we invested two studies on the priority of worship.
This year we’re going to consider the priority of preaching, in this hour, and then the priority of prayer and then the priority of shepherding and, lastly, the priority of our witness to the world.
In this hour we look then, to the priority of preaching.
Charles Spurgeon writes, “We want again Luthers, Bunyans, Calvins, Whitfields, men who are fit to mark their errors, whose names breathe terror into our enemies ears.[”?] We have dire need of such men, from where will they come? They are gifts of Christ to the church and will come in due time. He has given—He has power to give us back again a golden age of preachers, a time as fertile of great divines and mighty ministers as was the puritan age. And when the good old truth was once again preached by men whose lips are touched as with a life coal from off the altar. This shall be the instrument in the hand of the Spirit for bringing about a great and thorough revival of religion in the land. I do not look for any other means of converting men beyond the simple preaching of the gospel and the opening of men’s ears to hear it. The moment the church of God shall despise the pulpit, God will despise her. It has been through the ministry of preaching that the Lord has always been pleased to revive and bless His churches.”
Pastor Meadows is going to be focusing in his survey on 2nd Timothy with our stewardship of the gospel and the content of that gospel. My focus in this hour is more as to the method by which that gospel is to be communicated and so we’re going to survey several passages as to what the Bible has to say about this method, the method of preaching.
So we look first of all at the priority of preaching in the history of God’s people. We want to look to the ancient past for a moment and recognize God’s dealings with His people has always been through preachers. We read of Enoch in Genesis chapter 5 and verse 24 that he walked with God and he was not for God took him. God demonstrated His power over death in His dealings with Enoch. A very mysterious man, a significant man, and Jude tells us in Jude 1 and verse 14 that Enoch was a preacher.
Enoch, in the seventh generation from Adam, prophesied or preached, says Jude in June [Jude] 1:14 and his message is that of judgment, that God would come to exercise judgment. We look at the Old Testament character of Noah, we both, most remember him for his constructing of the arc, but Peter tells us in 2nd Peter 2:5 that he was a preacher of righteousness.
Abraham, whose life is given to us again in the pages of Genesis. We read in Genesis 18:19, “I have chosen him in order that he may command his children and his household after him to keep the way of the Lord by doing righteousness and justice in order that the Lord may bring upon Abraham what he has spoken about him. Abraham was entrusted with the word of God that he commanded to his family and his family, his household, consisted of several hundred people. In Genesis 14, we are told that from his household, three hundred eighteen men were raised to fight against the four kings.
He commanded his children and his household to keep the way of the Lord, Abraham is said in Genesis chapter 20 and verse 7 to be a prophet. Abraham was a preacher of the Word of God.
Likewise, Moses was a preacher. He received words from God and then proclaimed those words to the Israelites. Much of the Pentateuch, the first five books of the Bible records the words of Moses to the children of Israel. He preached to the assembled people of God.
When we consider the Old Testament prophets, Isaiah, Jeremiah, Ezekiel, Jonah, Amos, Haggai, Malachai, Habbakuk. We look at these men and see something common to each one. Although they lived in different situations and ministered in different circumstances, they were each preachers, proclaimers of the Word of God.
We turn in our Bibles to the first of several passages that I want us now to see and read from Scripture when we consider the ministry of John the Baptist in Mark chapter 1 and verse 4. Mark 1 and verse 4. John the Baptist appeared in the Wilderness preaching a baptism of repentance for the forgiveness of sin. The ordinance of Baptism defined John’s ministry. That was the activity that characterized John. He is called the Baptist, but his ministry was that of a preacher. He was one who preached a baptism of repentance for forgiveness of sins.
When we look at our Lord and Savior Jesus Christ we know that the supreme purpose for which He came was to make atonement for our sins by His death on the cross and His triumph over death in the resurrection, His victory over Satan as our deliverer, but the ministry of Jesus made priority of preaching.
In Mark chapter 1, we read in verse 14 and 15, “Now after John had been taken into custody, Jesus came into Galilee preaching the gospel of God and saying, ‘The time is fulfilled and the kingdom of God is at hand, repent and believe the gospel.”
Jesus came preaching. Again, chapter 1, verse 38 of Mark’s gospel. “Jesus said to them, ‘Let us go somewhere else to the towns nearby so that I may preach there also, for that is what I came for and he went into their synagogues throughout Galilee, preaching and casting out demons.”
Jesus’ works of power were demonstrations of validating, validating the Word that He was proclaiming.
In Luke chapter 4 we’re given the message of Christ to His home town of Nazareth. We read in verse 18 and 19 that which is His Messianic mandate derived from the prophet Isaiah, “The Spirit of the Lord is upon Me because He has anointed Me to preach the gospel to the poor. He has sent Me to proclaim to the captives, release to the captives and recovery of sight to the blind. to set free those who are oppressed, to proclaim the favorable year of the Lord.” Jesus’ ministry is one of proclamation, it is one of preaching and the gospels record to us many of Jesus sermons.
In Matthew chapter 7 we come to the conclusion of the Sermon on the Mount and we read the final words in verse 28 and verse 29, “When Jesus had finished these words the crowds were amazed at His teaching for He was teaching them as one having authority and not as the scribes. The people were astonished, not only at what He said but the way in which He said it, the method of His communication. It was a manifestation of power. It was a manifestation of authority.
Those in John 7, verse 46, who were sent to capture Jesus were met up by His preaching. They heard Him preaching and they returned empty handed and they said, “Never did a man speak in the way that this man speaks.”
When He was brought before Pilate in John 18, He tells Pilate in verse 37, “For this I have been born and for this I have come into the world to bear witness to the truth. Everyone who is of the truth hears My voice.”
To bear witness to the truth requires a voice. It is describing Jesus preaching ministry, a ministry of words that made men accountable to God having heard His witness to the truth.
Jesus was a preacher and He commissioned His apostles, likewise, to be preachers.
Again, in the gospel of Mark chapter 3, Mark 3, verse 14 and 15. “And He appointed twelve so that they would be with Him and that He could send them out to preach and to have authority to cast out demons.” The powers of darkness are attacked through the medium of preaching the gospel.
When we come to the ministry of these men in the book of Acts, we turn to Acts chapter 1 reading from verse 8. “You will receive power when the Holy Spirit has come upon you and you shall be My witnesses both in Jerusalem and in all Judea and Samara, Samaria and even to the remotest part of the earth.”
To be a witness is to take responsibility for the message, for the Word, to preach this gospel and this, indeed, becomes the focus of apostolic ministry.
In Acts chapter 2 we see Peter doing what? He is preaching. We notice, in verse 14, Peter taking his stand “with the eleven raised his voice and declared to them”
Peter proclaims a message, he preaches a sermon, a sermon derived from three Old Testament texts with three main points in his sermon, the application driving to men’s consciences to bring them to faith in Christ Jesus. We read verse 40, “and with many other words he solemnly testified and kept on exhorting them saying, be saved from this perverse generation.”
When Acts chapter 2 is considered and the only thing recognized there is that people spoke in tongues, you’re not seeing what the Spirit has given to us in Acts chapter 2. It is a record of a sermon. It is the account of a preacher who opens the Word of God and preaches from Joel and preaches from the Psalms and declares Christ crucified, risen and urges men to repentance and faith.
In Acts chapter 3 the Lord uses Peter to heal a lame man and what does that bring? An opportunity for preaching, the second sermon recorded in Acts chapter 3. It’s described for us in Acts 4 and verse 2. What was it that was preached? They were teaching the people and proclaiming in Jesus the resurrection from the dead. They were teaching; they were proclaiming.
Peter’s preaching was then opposed by the Sanhedrin. In Acts chapter 4 reading in verse 18:
“and when they had summoned them they commanded them not to speak or to teach at all in the name of Jesus, but Peter and John answered and said to them, ‘whether it is right in the sight of God to heed to you or rather to God, you be the judge for we cannot stop speaking about what we have seen and heard.’”
Peter realizes that it is his preaching that is being opposed and he determines to be obedient to God even in the face of opposing authorities and resolves to continue speaking to continue bearing witness so in Acts 4, verse 33, “with great power the apostles were giving testimony to the resurrection of the Lord Jesus and abundant grace was upon them all.”
I have come to bear witness. You are My witnesses. Proclaim. Declare. Preach. Teach. Give testimony.
The preaching brought on more persecution. In Acts chapter 5 verse 42, in the midst of the opposition and persecution we read, “And everyday in the temple and from house to house they kept right on teaching and preaching Jesus as the Christ.”
Satan here then changes his strategy. He’s not able to shut them up by opposition and persecution so in chapter 6, he decides to distract them and attempt to silence them by a good reason that they might neglect preaching having been caught up in other legitimate kingdom pursuits. We read in Acts chapter 6, “Now at this time while the disciples were increasing in number a complaint arose from the part of the Hellenistic Jews against the native Hebrews because their widows were being overlooked in the daily serving of food. So the twelve summoned the congregation of the disciples and said, “It is not desirable for us to neglect the Word of God in order to serve tables. Therefore, brethren, select from among you seven men of good reputation full of the Spirit and of wisdom whom we may put in charge of this task, but we will devote ourselves to prayer and to the ministry of the Word. The statement found approval with the whole congregation and they chose Stephen, a man full of faith and of the Holy Spirit, and Philip, and Prochorus, and Nicanor, and Timon, and Parmenas, and Nicolaus, a proselyte of Antioch.
And these they brought before the apostles and after praying, they laid their hands on them.”
The apostles here were wise enough to see the importance of ministering to the needy widows among them. They do not neglect that need, but rather direct the congregation to recognize men who are servants who will be able then to take responsibility to meet that need for this is a necessary gospel concern, a necessary church ministry, but as necessary as that ministry is, it cannot distract from the preaching of the Word of God. It cannot displace the attentions of the apostles and cause them to neglect the Word of God in order to give themselves to these very good and legitimate concerns so the apostles maintain the priority of preaching and they don’t allow even a good and necessary thing to distract them from the Word of God.
Luke tells us the result of that decision, verse 7, “The Word of God kept on spreading, and the number of the disciples continued to increase greatly in Jerusalem and a great many of the priests were becoming obedient to the faith.” The Word of God kept on spreading.” That is Luke’s way of describing the success of the preaching of the Word of God: the Word of God being proclaimed publicly from house to house, testifying, preaching, witnessing, all of these vocabulary that describe the Word being advanced.
We look at the example of the apostle Paul when he describes his ministry among the Ephesians in Acts chapter 20, look at the words, look at his vocabulary and notice in Acts chapter 20, beginning in verse 18, how many ways he describes verbal declaration, proclamation of the Word of God. When the elders from Ephesus arrive at Miletus, they came to Paul and he said to them, “You yourselves know from the first day that I set foot in Asia how I was with you the whole time serving the Lord with all humility and with tears and with trials which came upon me through the plots of the Jews, how I did not shrink from declaring to you anything that was profitable and teaching you publicly and from house to house, solemnly testifying to you to both Jews and Greeks of repentance toward God and faith in our Lord Jesus Christ.”
Paul says, “Remember when I first came among you. What is it that stands out in your mind when you saw me in the public setting, when you saw me privately from house to house, where were your eyes focused? My lips,” said Paul, “my lips, they were always moving. I was declaring, I was teaching. I was solemnly testifying, I was endeavoring at every point to get the words into your ears through verbal proclamation.”
Verse 24, “I did not consider my life of any account as dear to myself so that I may finish my course and the ministry which I received from the Lord Jesus to testify solemnly of the gospel of the grace of God. Here is Paul’s focus, here is his priority, to testify of the gospel of the grace of God.
Verse 25, “Behold, I know that,” “Behold I know that all of you among whom I went about preaching the kingdom will no longer see my face.” I went about preaching.
And again, verse 27, “I did not shrink from declaring to you the whole purpose of God.”
Paul describes his ministry at every point, public, private, from the beginning all the way through the end, all to the end of his life, what he’s going to do is preach, declare, proclaim, testify, teach, instruct, constant, continued, verbal communication of the Word of God.
When he comes to the last letter of his life, when he now stands on the brink of eternity, what does he define himself to be? 2nd Timothy chapter 1 verse 11, we saw it this morning, how does he describe himself? Verse 11, “I was was appointed a preacher and an apostle and a teacher.”
Here is my ministry. It is a ministry of proclamation. It is a ministry of declaration. It is a life that is given to a particular kind of communication: preaching, preaching.
When we turn from our Bibles to consider, secondly, the history of the church and I, I cannot presume to survey the history of the church in its centuries, but I submit to you, brethren, to think for a moment of a time in the history of the church that attracts your attention.
Think for a moment of some period in the history of the church that has peculiar interest to you and I will venture to say whatever you’re happening to think about right now you can associate that period of history with preaching, you can name someone in the early church who was useful and significant because of the foolishness of preaching.
You think of the Reformation and you can think of men who were powerful in the pulpit, men who opened the Word of God and proclaimed it. You think of the Great Awakening. you think of the Second Great Awakening; you think of the of the movements of the Spirit in revival, regional, national, and what do you see in your mind’s eye? You see a pulpit and you see a preacher.
Whenever God has been pleased in history to advance the gospel, He has done so through preaching. It’s our prayer in this place that the Spirit would come upon us and enable us to be mouthpieces for the God who lives, the God who speaks, the God who has given us a book, the God who has given us words that we might be His heralds, His proclaimers, preachers in our day.
Consider with me the priority of preaching in the life of God’s people. The priority of preaching in the life of God’s people. The church as a community is responsible to proclaim the gospel. The church as church has as stewardship for the advancement of the gospel through the ministry of preaching. The church has several tasks assigned to it by her exalted Lord, but central to those tasks is the advancement of the gospel through the proclamation of a preacher.
In 1st Timothy chapter 3 and verse 15, “I write so that you will know how to, how one ought to conduct himself in the household of God which is the church of the living God, the pillar and the support of the truth.”
The church is the platform upon which the truth is erected and launched. The church is responsible to maintain the integrity of the doctrine of the truth and the church is responsible for the launching forth, the advancement of that truth.
In 1st Peter chapter 2 and verse 9, Peter describes the church as church as responsible for this proclaiming ministry. You are a chosen race a royal priesthood a holy nation, a people for God’s own possession so that you may proclaim the excellencies of Him who has called you out of darkness into His marvelous light.”
The people of God as a community are responsible to see that the Word of God is proclaimed and their identity as a gathered community is for the proclamation of that gospel for the declaration of the excellencies of the God who is our Savior. There is no other institution in the planet who is given that responsibility. There is no other organization who is assigned the task of the responsibility for truth and for its maintenance and for its proclamation and advancement in the world. If the church does not ensure that the gospel is proclaimed then the gospel will not be proclaimed. The church therefore must make preaching a top priority. The church must establish a biblical preaching ministry and seek to send forth biblical preachers: the priority of preaching in the life of God’s people.
Which brings us, then, to consider, thirdly, the pastoral ministry must focus on preaching and teaching. If it is the responsibility of the people of God and they exercise that responsibility in recognizing us as men gifted, as men as men endowed of the Spirit to proclaim and they set us aside for this task, then we must make preaching and teaching primary focus of our labors. We must preach the gospel, certainly, then to those who have never heard or never believed in Jesus Christ.
We must, in 2nd Timothy chapter 4 and verse 5, we must do the work of an evangelist. We must seek opportunities to do the work of gospelling those who are outside of Christ, seeking to preach to the unconverted, seeking to address the consciences of the unsaved when they assemble with us in our worship services so that there is a word to those who are outside of Christ to call them to faith and repentance and bring them into union with Christ and we must seek opportunities whenever and wherever God gives us opportunity, house to house or in a public setting in our Athens, where there are discussions, where there is a forum for the voice of the gospel to be heard.
We need to take aggressive steps to proclaim the gospel into the ears of those who are outside of Christ. Paul makes this evident when we read in Romans chapter 10 and verse 13 and 14, “whoever will call upon the name of the Lord will be saved. How then will they call upon Him in whom they have not believed? How will they believe in Him whom they have not heard and how will they hear without a preacher?”
A preacher. Not a movie director, a preacher. Not a puppeteer, a preacher. Not a dance choreographer, a preacher. That’s how they will hear. And through the foolishness of preaching preached the Spirit sovereignly will open their ears and they will come to believe in Him whom they hear. Notice the words. Not, in Him of whom they hear but Him whom they hear for the preaching of the gospel by the Spirit is the very voice of Christ to those who are assembled underneath this form of communication. They hear Christ in Spirit empowered preaching. Not of Him, not about Him, not concerning Him, they hear Him through preaching. We must therefore endeavor to preach to the unconverted.
We must also preach for the edification of those who believe, giving to them what Paul calls the whole counsel of God. We read in 1st Timothy chapter 4 the mandate of the apostle Paul to Timothy in 1st Timothy chapter 4 reading from verse 13. “Until I come give attention to the public reading of Scripture to exhortation and teaching. Do not neglect the Spiritual gift within you which was bestowed on you through prophetic utterance with the laying on of hands by the presbytery. Take pains with these things. Be absorbed in them so that your progress will be evident to all. Pay close attention to yourself and to your teaching, persevere in these things for as you do this you will ensure salvation both for yourself and for those who hear you.”
Timothy, you’re a minister of the Word of God in the assembly of God’s people. Give attention to the Word of God. Read it. Read it publicly. Don’t neglect the public reading and exhort and teach and preach. Make this your focus. Be absorbed in this, so much so that people who sit under your ministry over a lengthy period of time can recognize that you’re making improvement, that you’re growing, that your progress is evident toward all. Watch yourself, pay attention to yourself, because you are the instrument through which the preaching comes and you yourself must commend the preaching. You are the means as we learned in the last hour. The man of God is the means that God uses to advance His kingdom in any generation.
John 1:6, “There came a man sent from God whose name was John. That’s God’s method.
The man, Timothy, watch yourself as the man because you’re the instrument. For what? For the sounding of the Word of God through the preaching of the gospel. Be absorbed in this. Make this your focus. Make this the driving goal of your time. So many things I can say personally that I would like to have an interest in that over the years that have just fallen to the side. There was a one point in my life I thought I would like to have been something of a musician; it’s just fallen to the side. I thought at one point I’d like to be something of of an artist. I would like to have learned how to draw and, and, and do nice art work. How can I do that and be absorbed in the ministry of the Word of God? The ministry of the Word of God is an all encompassing endeavor.
Whatever I read I always have a mind, how can I bring this material to bear upon my sheep? I very seldom read anything except it is not in relation to helping my people, to feed them. When I read news magazine, I am looking for something to bring to my people to help them understand the Word of God in relation to the days in which we live. So many other interests and focus go off to the side because we have to pay attention to ourselves, we have to pay attention to our doctrine and we have to labor in such a way that our progress becomes evident and we become that much more focused on this priority of preaching, which is to bring us to this last consideration. We must withstand the temptation to neglect the priority of preaching.
We must withstand the temptation to neglect the priority of preaching. The words preach, preaching, proclaim, testify, declare, herald, announce, all of these terms can be found over one hundred times in the New Testament. In fact, the New Testament uses thirty-three different verbs to describe the activity of preaching, thirty-three different verbs. Now, anybody who reads their Bible with some honesty is going to come to the conclusion that preaching is very important. Preaching is very important, and yet we live in a day where increasingly the message that we’re being told as preachers is that preaching is not important to Paul. If there’s one thing that is irrelevant in our generation, increasingly, it seems, preaching. Don’t you feel that sometimes?
You sit down next to somebody in the airplane, “What do you do?”
And they tell you, “I sell widgets. I wanna sell as many widgets as I can and I’m getting everywhere I possibly can to sell widgets. Widgets are great, let me tell you about my widgets. What do you do?”
“I’m a preacher.”
“Oh.”
You feel like a window gets rolled up, right? Very seldom do you meet with a warm welcoming interest, “Really? Tell me about that.”
Increasingly we’re living in a day where preachers and preaching is looked down upon and sadly that happens even in the church. That happens even among those who profess to be Christians, who if they are Christians became Christians because somebody proclaimed the Word of God to them. How else could they have believed unless they hear Him speaking through, what? A preacher. A testifier. A proclaimer.
And yet it seems that Satan has been able to influence many to convince them that the thing that we can take for granted, the thing that we can neglect, the thing that we can discard is preaching. So, don’t be surprised that the enemy of men’s souls takes every measure to discourage preachers and to silence preaching.
Sometimes his opposition is very direct, very aggressive. He arouses religious opposition to preaching and he arouses political opposition to preaching and he brings the combination of religious and political opposition together in order to aggressively persecute and silence the preaching, the beast of Revelation 13 and the false prophet, political and religious forces come together in a strategy to persecute and silence out of fear of bodily harm. This is the strategy in the Easter, the church in the East, in Asia, in Islamic countries.
Our situation is one where Satan uses a more indirect strategy, not the beast in Revelation but the Babylonian harlot is the indirect strategy that attempts to silence the voice of preaching in the West, the seductive enticing allurement of affluence and convenience and self-centered indulgences that rise up and urge preaching to be diminished and entice us to make compromises in order that we might become more popular and appealing. Here is the strategy in the West. I fear we’re living in a day when many professed Christians are compromising not only the content of the gospel but the method by which the gospel is to be communicated. Many are telling us in our day that the method doesn’t matter as long as somehow the message is communicated, the way in which it’s communicated is irrelevant, but I submit to you that the Bible teaches not only the content of the message but the method by which the message is to be declared, is to be advanced. You see the message is the message of the cross and the method is the foolishness of preaching and both the message and the method scandalize the unconverted mind. In 1st Corinthians chapter 1, Paul writes in verse 21, “For since in the wisdom of God the world through its wisdom did not come to know God, God was well pleased through the foolishness of the preaching preached to save those who believe, for indeed Jews ask for signs and Greeks search for wisdom, but we preach Christ crucified, to Jews a stumbling block and to Gentiles foolishness, but to those who are the called, both Jews and Greeks, Christ the power of God and the wisdom of God.”
You see, those at Corinth not only had difficulty with the idea of a crucified Messiah, they also were not, they we—they were not very pleased with Paul. They didn’t think that Paul was very impressive, they didn’t think that Paul, that Paul really satisfied their understanding of what oratory should be.
You see, these are people, they didn’t go down to a movie theater on Friday night, they didn’t turn on their television, they didn’t have any of that, what they would do was that they would go down to the, to, to the theater and gather by the hundreds and listen to grand and great rhetoric for three, four hours at at time. Men who would come in with eloquent language and eloquent speech and who had certain forms and structures that followed and the audience sat and then they would judge and they would make assessments of the way the man spoke and Paul would come and talk to them and here’s this man and I think Paul, frankly, was a very ugly little man, he had been beaten up how many times? I mean if you had been beaten up as many times as Paul had been beaten up, I imagine your body was looking a bit worn, hm. He didn’t impress anybody by his appearance and he didn’t follow the rules of Greek rhetoric, he would start to speak and his passions would get so riled up, he would begin and he would say, “First of all,” and then he would go and he would never get to a second of all. And everybody sitting, “That’s not the rules. That’s not how this is to be done. This man isn’t following the structure and the beauty and the arrangement of Greek rhetoric. He’s not very impressive at all.”
And they didn’t like the way Paul communicated and Paul says, “I’m not gonna compromise. I’m not here in order to comply with Greek culture and with its definitions of what good entertainment is all about and its expectations about what is necessary in order to gather a crowd and please an audience.
That’s not the game that we’re playing here. We’re dealing with men’s souls. We’re dealing with the Word of God. We’re speaking to people who are only seconds away from eternity and we have a stewardship. We’re not here to entertain. We’re not here to tickle ears. We’re not here to satisfy an audience. We’re here to declare the Word of the Living God and in so doing we’re going to speak in such a way that’s going to target not men’s aesthetic artistic taste of presentation, we’re going to target their consciences. We’re going to speak to the issues of their sin and we’re going to talk with a zeal and a passion that communicates an authority that comes from the very throne of God and we’re going to speak a message that is going to humble men’s pride and we’re going to call them to measure their lives by the standard’s of God’s law and discover themselves wanting, to learn that their sinners, lawbreakers and to bring them in that condition of brokenness to see that grace of God granted in a crucified Messiah by whose blood sin is atoned for, by whose death the wrath of God is propitiated, by whose resurrection death has been conquered, Satan has been vanquished and the new world has dawned upon us through the gift and ministry of the Spirit.
This is not going to fit into the categories of cultural entertainment. This is a word from heaven, this is an announcement from God and it comes through a medium, its comes through a vehicle, it comes through a man and it comes by proclamation and the message itself aligns with the method, for the method looks foolish. The method looks foolish and the message sounds foolish but in the wisdom of God, His foolishness is wiser than the wisdom of men and both the message and the method are designed to humble men and to bring them to a place of repentance and faith in Jesus Christ.
I appeal to you brethren to hear the voice of your Master and to take stock of your heritage, to identify yourselves as I’ve attempted to do in this hour and trace the pedigree, the honor, the dignity of your labor all the way back to Enoch and follow the hall of honor given to preachers, the most honorable being Christ Himself and turn your ears away from the voices that are crying out today often times even from our pews that are telling us, “Let’s push preaching off to the side, let’s not be that serious about preaching. Let’s not be that focused upon preaching, let’s not be that committed to preaching. Maybe we should be using another method, maybe we should be trying a different way to communicate.
Brethren, maybe one of the reasons that preaching is being attacked in our day is because there are so few men that are giving themselves to the hard work invalid in preaching, who are studying to show themselves approved, workmen who need not to be ashamed, ha— accurately handling the Word of God who gives themselves to these things and make sure their progress is obvious toward all. Maybe one of the reasons preaching has fallen into disrepute is our fault because we’re not working hard at preaching! So, we ought not to be surprised sometimes when people say, I’m not interested in the preaching, but we need to become better preachers, not to discard preaching and we need to be warned not to replace preaching with music, not to replace preaching with drama and dance and video and testimony times.
We need to give ourselves to preaching.
We look at what Paul tells us in 2nd Timothy chapter 4, the mandate of the man about to die, what does he say to his young son in the faith? 2nd Timothy 4 and verse 1, “I solemnly charge you in the presence of God and of Christ Jesus who is to judge the living and the dead and by His appearing and His kingdom, preach the Word. Be ready in season, out of season, reprove, rebuke, exhort with great patience and instruction for the time will come when they will not endure sound doctrine but wanting to have their ears tickled they will accumulate for themselves teachers in accordance with their own desires and will turn away their ears from the truth and will turn aside to myths, but you be sober in all things, endure hardship, do the work of an evangelist and fulfill your ministry.” Which is what? Preach the Word.
Preach the Word. Amen.
Let’s pray
Our Gracious Father and our God we do ask for the endowment of Your Spirit to come upon us as servants of Jesus Christ, we confess our God that we are often discouraged in our efforts to preach Your Word. We are often confronted with challenges and difficulties that come to us from the world round about us, that come to us even from professed Christians, that come to us even from well-meaning Christians, challenges that arise even within our own souls and our God we would pray that having seen this survey of the priority of preaching for the man of God, that we would resolve afresh to be the best preachers that we can be, accurately handling the Word of Truth and proclaiming the Word of God with words from our Bibles that we might be faithful to this stewardship that You have given to us. We thank You that You have called us into this work, now we pray, equip us for the work that we must do that we might be faithful in our generation even as Paul to finish our race, to run our course, to be faithful, to give our lives for the proclamation, testimony, the preaching, the glorious gospel of Jesus Christ in whose name we pray. Amen.
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