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Pastors’ Conference 2012 | Paul’s Example: Unselfishness

El ejemplo de generosidad de Pablo

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El ejemplo de generosidad de Pablo

Sirviendo al Señor […] y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos (Hch. 20:19)

Al dirigirse Pablo a los ancianos efesios, y describir el ejemplo de su propio ministerio, conduce la atención de ellos a lo que conocen por experiencia, de primera mano, en cuanto a su coherente ministerio en medio de ellos. «Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia» (20:18). Al hablar de cómo se comportó estando en medio de ellos, cita su humildad, su compasión y su generosidad. «Sirviendo al Señor con toda humildad, y con lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos» (20:19).

Con anterioridad hemos visto que la presencia y el ministerio de Pablo en Éfeso estuvieron marcados por las virtudes de la humildad y la compasión. En este capítulo analizaremos la tercera virtud de un ministro idóneo y fiel del evangelio, como se describe e las palabras «y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos». Consideremos, pues…

1. Lo que estas palabras describen

2. Lo que implican sobre el carácter y el papel de Pablo como ministro del evangelio

3. Lo que el ejemplo de Pablo nos dice sobre el carácter y el papel adecuados de quienes desempeñan el oficio pastoral.

1. ¿Qué describen estas palabras?

¿Qué quiere decir Pablo cuando afirma: «Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo al Señor […], con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos»? Prosigue apelando al conocimiento que tienen, de primera mano, sobre su ministerio; esta vez, sin embargo, alude a lo que ellos saben acerca de las condiciones o circunstancias en las que ha servido al Señor en medio de ellos.

Como podemos ver en capítulos anteriores de Hechos, desde el principio de su ministerio el apóstol tuvo que predicar el evangelio enfrentándose a graves oposiciones por parte de la mayoría de sus compatriotas judíos. Consideremos los relatos siguientes:

Pero Saulo seguía fortaleciéndose y confundiendo a los judíos que habitaban en Damasco, demostrando que este Jesús es el Cristo. Después de muchos días, los judíos tramaron deshacerse de él, pero su conjura llegó al conocimiento de Saulo. Y aun vigilaban las puertas día y noche con el intento de matarlo; pero sus discípulos lo tomaron de noche y lo sacaron por una abertura en la muralla, bajándolo en una canasta (9:22-25).

Y estaba con ellos moviéndose libremente en Jerusalén, hablando con valor en el nombre del Señor. También hablaba y discutía con los judíos helenistas; mas éstos intentaban matarlo. Pero cuando los hermanos lo supieron, lo llevaron a Cesarea, y de allí lo enviaron a Tarso (9:28-30).

El siguiente día de reposo casi toda la ciudad se reunió para oír la palabra del Señor. Pero cuando los judíos vieron la muchedumbre, se llenaron de celo, y blasfemando, contradecían lo que Pablo decía (13:44-45).

Y la palabra del Señor se difundía por toda la región. Pero los judíos instigaron a las mujeres piadosas y distinguidas, y a los hombres más prominentes de la ciudad, y provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron de su comarca (13:49-50).

Aconteció que en Iconio entraron juntos en la sinagoga de los judíos, y hablaron de tal manera que creyó una gran multitud, tanto de judíos como de griegos. Pero los judíos que no creyeron, excitaron y llenaron de odio los ánimos de los gentiles contra los hermanos. Con todo, se detuvieron allí mucho tiempo hablando valientemente confiados en el Señor que confirmaba la palabra de su gracia, concediendo que se hicieran señales y prodigios por medio de sus manos. Pero la multitud de la ciudad estaba dividida, y unos estaban con los judíos y otros con los apóstoles. Y cuando los gentiles y los judíos, con sus gobernantes, prepararon un atentado para maltratarlos y apedrearlos, los apóstoles se dieron cuenta de ello y huyeron a las ciudades de Licaonia, Listra, Derbe, y sus alrededores; y allí continuaron anunciando el evangelio (14:1-7).

Pero vinieron algunos judíos de Antioquía y de Iconio, y habiendo persuadido a la multitud, apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto (14:19).
Pero los judíos, llenos de envidia, llevaron algunos hombres malvados de la plaza pública, organizaron una turba y alborotaron la ciudad; y asaltando la casa de Jasón, procuraban sacarlos al pueblo. Al no encontrarlos, arrastraron a Jasón y a algunos de los hermanos ante las autoridades de la ciudad, gritando: Esos que han trastornado al mundo han venido acá también; y Jasón los ha recibido, y todos ellos actúan contra los decretos del César, diciendo que hay otro rey, Jesús. Y alborotaron a la multitud y a las autoridades de la ciudad que oían esto. Pero después de recibir una fianza de Jasón y de los otros, los soltaron. Enseguida los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas a Berea, los cuales, al llegar, fueron a la sinagoga de los judíos (17:5-10).
Pero cuando los judíos de Tesalónica supieron que la palabra de Dios había sido proclamada por Pablo también en Berea, fueron también allá para agitar y alborotar a las multitudes. Entonces los hermanos inmediatamente enviaron a Pablo para que fuera hasta el mar; pero Silas y Timoteo se quedaron allí (17:13-14).

Cuando Silas y Timoteo descendieron de Macedonia, Pablo se dedicaba por completo a la predicación de la palabra, testificando solemnemente a los judíos que Jesús era el Cristo. Pero cuando ellos se le opusieron y blasfemaron, él sacudió sus ropas y les dijo: Vuestra sangre sea sobre vuestras cabezas; yo soy limpio; desde ahora me iré a los gentiles. Y se quedó allí un año y seis meses, enseñando la palabra de Dios entre ellos. Pero siendo Galión procónsul de Acaya, los judíos se levantaron a una contra Pablo y lo trajeron ante el tribunal, diciendo: Este persuade a los hombres a que adoren a Dios en forma contraria a la ley (18:5-6, 11-13).

Al llegar a Éfeso, las condiciones no son distintas a los demás lugares donde Pablo ha intentado servir a su Señor.

¿Por qué estamos en peligro a toda hora? Os aseguro, hermanos, por la satisfacción que siento por vosotros en Cristo Jesús nuestro Señor, que cada día estoy en peligro de muerte. Si por motivos humanos luché contra fieras en Éfeso, ¿de qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos (1 Co. 15:30-32).

Porque no queremos que ignoréis, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia, porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos, el cual nos libró de tan gran peligro de muerte y nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que El aún nos ha de librar (2 Co. 1:8-10).

Más tarde, en 2 Corintios, Pablo hablará de la gran variedad de sufrimientos que tuvo que soportar por amor a Cristo y a su iglesia (cf. 6:3-10; 7:2-5; 11:22-28). Observen, en especial, esta declaración: «Cinco veces he recibido de los judíos treinta y nueve azotes» (11:24). Este era el castigo más severo que las autoridades judías podían aplicar legalmente.

Pablo recuerda a los ancianos efesios que ha servido al Señor en medio de ellos «con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos». Lo que está diciendo con esto es que las circunstancias de su ministerio entre ellos fueron muy difíciles. Trae a su memoria que su servicio allí había tenido un gran coste personal, y que había sufrido mucho a causa de los incesantes complots de los judíos en su contra. Ellos lo sabían de primera mano. Era algo que no se podía negar, y que no debían ignorar al considerar su ejemplo como ministro del evangelio. Si querían imitarlo en su servicio a Cristo, su evangelio y su iglesia, también deben estar preparados para emularlo en sus sufrimientos, sobre todo a manos de aquellos que odian la verdad.

2. ¿Qué sugieren estas palabras acerca del carácter y del papel de Pablo como ministro del evangelio?

El ejemplo de Pablo muestra que era un hombre generoso, dispuesto (como le dice a los corintios) «muy gustosamente gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré» por las almas de los hombres (2 Co. 12:15). Desde el principio, en Damasco, un espíritu de abnegación y autosacrificio había marcado todo su ministerio anterior. También había sido el carácter de su ministerio desde el primer día que había puesto sus pies en Asia. Y, por lo que sigue en 20:22-24, Pablo deja claro a estos hombres que sigue hasta Jerusalén, con los ojos bien abiertos, sabiendo que las circunstancias no serán distintas allí.

Y ahora, he aquí que yo, atado en espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que allá me sucederá, salvo que el Espíritu Santo solemnemente me da testimonio en cada ciudad, diciendo que me esperan cadenas y aflicciones. Pero en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios.

Pablo no se engaña a sí mismo, esperando ser recibido con respeto y tolerancia por sus paisanos en Jerusalén. Por el contrario, sabe que puede esperar una oposición enérgica y violenta por su parte. Con todo, sigue adelante, sin apego a su vida: para él lo más importante es acabar su carrera y el ministerio recibido del Señor Jesús. Ha sufrido enormemente. ¡Con toda seguridad, ha cumplido con su parte! Pero no; está dispuesto a sufrir más aún, si así puede «dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios». En su carácter como ministro, Pablo era un hombre generoso, abnegado, con gran capacidad de autosacrificio.

En su papel de ministro del evangelio, Pablo reconoció su llamado a sufrir lo que fuera necesario por el bien de la iglesia de Cristo. A los corintios les dice:

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios. Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo. Pero si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salvación; o si somos consolados, es para vuestro consuelo, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros está firmemente establecida, sabiendo que como sois copartícipes de los sufrimientos, así también lo sois de la consolación (2 Co. 1:3-7).

Pablo sabía que, en sus aflicciones como ministro del evangelio, no sufría como persona privada solamente, sino por el bien del pueblo de Dios. Entendía que el propósito de Dios en sus aflicciones no se limitaba a su propia santificación, sino al «consuelo y salvación» del pueblo de Dios (2 Co. 1:6). Lo que soportó fue por amor a ellos, para que pudieran experimentar el consuelo del evangelio y la salvación de sus almas.

El papel pastoral de Pablo incluía soportar cualquier sufrimiento personal necesario que beneficiara a aquellos a los que tenía bajo su cuidado. Y esto es lo que tenía en mente cuando escribió a los Colosenses: «Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros, y en mi carne, completando lo que falta de las aflicciones de Cristo, hago mi parte por su cuerpo, que es la iglesia, de la cual fui hecho ministro conforme a la administración de Dios que me fue dada para beneficio vuestro, a fin de llevar a cabo la predicación de la palabra de Dios» (Col. 1:24-25). Por supuesto que Pablo no está diciendo que sus sufrimientos complementen en modo alguno el padecimiento expiatorio de Cristo. En la muerte de Cristo y en sus sufrimientos para la remisión de los pecados de su pueblo nada falta. No son necesarios ni complemento ni socio. Mediante una sola ofrenda (el sacrificio por los pecados) Cristo perfeccionó para siempre a su pueblo en el perdón completo de nuestros pecados (cf. Heb. 10:14). No obstante, el padecimiento sustitutorio de Cristo por nuestro pecado no representa la totalidad de los sufrimientos que benefician a la iglesia. El pueblo de Dios recibe muchas bendiciones a través del sufrimiento de sus ministros.

3. Lo que el ejemplo de Pablo nos dice sobre el carácter y el papel adecuados de quienes desempeñan el oficio pastoral

En primer lugar, la lección es indudablemente obvia: los pastores han de ser hombres abnegados con capacidad de autosacrificio. Esto no se cita entre los requisitos ministeriales que hallamos en 1 Timoteo 3 y Tito 1, pero se ve por todas partes en el ejemplo de Cristo y de sus apóstoles. Y lo vemos encarnado en la exhortación de Pablo a Timoteo: «Participa conmigo en las aflicciones por el evangelio […]. Sufre penalidades conmigo, como buen soldado de Cristo Jesús». Para el ministro, las palabras de Cristo tienen una relevancia especial, cuando afirma: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame» (Lc. 9:23). El hombre que solo esté dispuesto a llevar la cruz ordinaria del cristiano, y no la cruz especial de un pastor, no tiene nada que hacer en el ministerio pastoral.

En segundo lugar, el ejemplo de Pablo nos muestra que la porción del pastor consiste en sufrir por el pueblo de Dios. Está llamado a morir a diario por ellos (1 Co. 15:31). Su nombramiento por parte de Dios y la obra soberana de este requieren que sea afligido para consuelo y salvación de ellos (2 Co. 1:6). Su papel consiste en completar lo que falta de las aflicciones de Cristo por amor a su cuerpo, que es la iglesia (Col 1:24).

En algunos casos, la porción del pastor supone soportar ciertas cosas para que, al final, pueda ser más comprensivo. Suelo decir a los estudiantes ministeriales que jamás llegarán a ser gran cosa como pastores hasta que hayan sufrido en un marcado grado, al menos hasta que les hayan dado una gran patada en la barriga. Solo entonces serán capaces de entrar en el oficio con una compasión real por los sufrimientos de su gente y ministrarles verdadero consuelo. La clase de teología pastoral nunca los adecuará como la experiencia personal. Solo allí, en el crisol de sus propias aflicciones, aprenderán lo que significa sufrir. Aprenderán la verdadera compasión por los santos sufrientes de Dios. Estoy absolutamente convencido de que hay pruebas y aflicciones que los pastores sufren por la razón principal de «que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios» (2 Co. 1:4). No pretendo saber todo lo que Dios ha estado haciendo en las pruebas por las que he pasado, pero una cosa tengo clara: su intención es que su pueblo se beneficie de que yo sea afligido de estas formas.

En otros casos, el pastor actúa a modo de escudo, absorbiendo golpes para que no caigan sobre su gente. La mayoría de esto ocurre sin que lo sepan, pero es una parte real de la porción del pastor. Más tarde (20:29), Pablo hablará de lobos feroces que vendrán de afuera buscando devorar al rebaño y hombres perversos de en medio de ellos que intentarán arrastrar discípulos tras ellos. Con frecuencia, y sin que la congregación lo sepa, el pastor debe salir a enfrentarse con estos enemigos, espada y escudo en mano. A él no lo ven hasta que ha acabado la batalla, cansado y tal vez ensangrentado por el conflicto; a pesar de ello, no tienen por qué saber que agotó sus fuerzas y derramó su sangre por ellos.

Y aunque en estas cosas se le escatima, no ocurre lo mismo con el sufrimiento semanal asociado a las tareas ordinarias del pastor para beneficio de las almas de su gente. No menospreciaré en modo alguno las aflicciones que todos los cristianos experimentan en su llamado, pero el gasto emocional que requiere la obra del ministerio es en verdad extraordinario, y de manera sostenida. Casi todo lo que ustedes dicen o hacen tiene ramificaciones a largo plazo (incluso eternas) para las personas a las que ministran. Su descuido en un consejo dado, en una doctrina o práctica enseñadas o en el gobierno ejercido puede seguir a una oveja durante todos los días de su vida. El pastor que entiende esto vive en una ansiedad continua que lo lleva a no dejar piedra sin remover no sea que represente de forma errónea al Señor o que confunda a sus ovejas. El verdadero pastor experimenta, a menor escala, lo que Pablo vivió en una escala apostólica, cuando afirmó: «Además de tales cosas externas, está sobre mí la presión cotidiana de la preocupación por todas las iglesias» (2 Co. 11:28). El verdadero pastor siente angustia por el estado de las ovejas bajo su cuidado. Y, en cuanto a algunos, puede decir lo que Pablo afirmó de los gálatas: «Hijos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gá. 4:19).

La guerra espiritual que un pastor experimenta es, prácticamente, sin fin. Él es, por supuesto, el objeto especial de los ataques del diablo, porque el enemigo sabe que si logra lisiar al pastor, podrá asolar al rebaño. Asimismo, su lucha diaria con la Palabra suele ir acompañada de intensas batallas con su propio pecado que permanece. Con frecuencia oigo a cristianos que se lamentan por lo difíciles que les resultan sus devociones personales, porque tienen que pelear con el pecado que permanece o con pensamientos errantes. Multipliquen esa experiencia de treinta minutos hasta llegar a las ocho o diez horas, y sabrán lo que es un día de preparación de sermón. A pesar de ello, el pastor que quiere alimentar a las ovejas no puede excusarse de este tipo de sufrimiento y salir de su estudio con algo adecuado para su alimentación.

Existen otras formas en que los pastores son llamados a sufrir por las almas de su gente, sobre todo en tiempos de persecución; pero me voy a abstener. Con estas descripciones basta para subrayar el punto que deseo exponer: que quien aspira al oficio de pastor debe esperar sufrir y ha de estar dispuesto a ello, como autosacrificio por el bien de las ovejas de Cristo.

Mi propósito al decir estas cosas es instarlos a que oren por sus pastores. No estoy intentando ganarme su empatía para que hagan algo más por nosotros. Cristo nos ha apartado para esto, como parte de nuestro llamado, y lo hacemos de forma voluntaria y sin sentirnos obligados. Aun así, les ruego que oren fervientemente por nosotros, para que no tengamos apego a nuestra vida, que esta no sea tan importante como terminar nuestra carrera y el ministerio que recibimos del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios. Somos hombres de carne y hueso; y el mundo, la carne y el diablo nos instan a evitar el sufrimiento. Oren por nosotros, para que el enemigo no tome ventaja sobre nosotros, sino que seamos buenos soldados de Cristo Jesús, fieles en llevar la cruz que nos ha llamado a cargar.

Y le pregunto a mis hermanos en el ministerio: ¿Están dispuestos a sufrir en la causa de Cristo? ¿Han establecido un límite a sus padecimientos? Para Pablo, ese límite era su vida, por la que no sentía apego por amor al evangelio. ¿Estamos dispuestos a negarnos a nosotros mismos hasta ese punto? Puede ser que nuestro Señor no nos pida nunca semejante sacrificio; pero nos pida lo que nos pida, sobrellevémoslo con buena disposición en su servicio. Thomas Boston dice:

No debemos ser escogedores de cruces. Cada uno ha de tomar la suya propia, la que le ha sido asignada por sabiduría soberana, que es el mejor juez para decidir cuál es más adecuada para nosotros. Estamos preparados para pensar que podríamos llevar otra cruz mejor que la que tenemos delante, pero esto no es sino una mentira del corazón que está a favor de cambiar la cruz presente y manifiesta una falta de abnegación.1

Notas:

1 Thomas Boston, «The Necessity of Self-Denial» [La necesidad de la abnegación] en Complete Works [Obras completas], (reed. Wheaton, IL.: Richard Owen Roberts, Publishers, 1980) 6:313.

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Pastors’ Conference 2012 | Paul’s Example: Compassion

El ejemplo de compasión de Pablo

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El ejemplo de compasión de Pablo

Sirviendo al Señor […] con lágrimas (Hch. 20:19)

Hemos visto que, al describir el ejemplo de su propio ministerio. Pablo dirige la atención de los ancianos efesios a lo que conocen por experiencia y de primera mano. Habla con la plena seguridad de un hombre que sabe que tiene un control sobre sus conciencias logrado por su ministerio coherentemente honorable, idóneo y fiel en medio de ellos. «Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia» (Hch. 20:18).

Cuando detalla cómo se ha comportado entre ellos, Pablo cita en primer lugar su humildad, su compasión y su abnegación: «Sirviendo al Señor con toda humildad, y con lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos» (20:19). En el último capítulo, consideramos la primera de estas virtudes y vimos que la presencia y el ministerio de Pablo habían estado marcados por la cualidad de la humildad. Había servido al Señor «con toda humildad». En este capítulo tomamos la segunda virtud de un ministro fiel e idóneo del evangelio, que se exhibe en las palabras «y con lágrimas».1

¿Qué significan estas sencillas palabas? Al nivel más básico, y tomando sus palabras de forma literal, el apóstol está diciendo que el llanto ha acompañado su ministerio entre ellos. Y esto significa, sin duda, que no se limitó a comportarse como un frío funcionario sin sentimientos, centrado en un programa personal o cumpliendo simplemente con su trabajo, sin respeto por ellos ni por sus necesidades. Por el contrario, estuvo entre ellos como un hombre que los amaba, cuyo corazón ansiaba su salvación y su crecimiento en gracia y que, realmente, lloró por ellos. Posteriormente, al encargar a estos hombres su propio deber, les recomienda: «Estad alerta, recordando que por tres años, de noche y de día, no cesé de amonestar a cada uno con lágrimas» (20:31). En otra ocasión, escribe a los corintios diciendo: «… por la mucha tribulación y angustia del corazón os escribí con muchas lágrimas» (2 Co. 2:4). En una palabra, las lágrimas de Pablo eran el desbordamiento de su corazón que se derramaba en amor por los perdidos y por el pueblo de Dios.

En las palabras «con lágrimas», Pablo afirma que su ministerio entre los efesios había estado marcado por la virtud de la compasión. ¿Pero qué relevancia tiene esto para nosotros? De nuevo, asumiendo que el ejemplo de Pablo está recogido para instruirnos a nosotros, les insto a considerar lo siguiente: el ministerio del evangelio que recibirá la bendición de Dios, que será digno de imitación por parte de los hombres fieles que vendrán después y que merecerá el respaldo del pueblo de Dios tendrá la compasión como una de sus marcas de distinción.

Al iniciar el tema del ejemplo de ministerio compasivo de Pablo, consideraremos tres cosas:

1. La fuente del ministerio compasivo de Pablo
2. Los objetos del ministerio compasivo de Pablo
3. El fruto del ministerio compasivo de Pablo

1. La fuente del ministerio compasivo de Pablo

Aquí formulamos una pregunta sencilla: ¿Cómo llegó Pablo a sentir tal amor por los efesios que lloró por ellos? No pretendo afirmar que esto que sigue sea una respuesta completa, pero creo que al menos estas tres cosas contribuyeron ampliamente al amor y la compasión (hasta las lágrimas) que vemos manifestados en el ejemplo de Pablo. Su amor por los efesios y las lágrimas derramadas por ellos estaban arraigados en…

Su experiencia personal del evangelio de Cristo
Su imitación personal del ejemplo de Cristo
Su encarnación personal de la presencia de Cristo

En primer lugar, la compasión que Pablo sentía por los efesios y las lágrimas que vertió por ellos se remontan a su propia experiencia del evangelio de Cristo. Pablo había llegado a ver, en términos personales, lo que significa estar perdido. Aunque hubo una época en la que se consideraba hebreo de hebreos y fariseo de fariseos, por la compasiva misericordia de Dios llegó a convencerse de pecado y se vio tal y como era en verdad, es decir, un pecador perdido y merecedor del Infierno, sin esperanza y sin Dios en el mundo. En una palabra, Pablo conocía de primera mano la experiencia de la perdición. Y sabía perfectamente lo que significaba que, de repente, la propia conciencia despertara a un entendimiento de tan desesperada condición. Sabía por experiencia propia lo que quería decir hallarse bajo la maldición de la ley. Conocía los terrores de tomar conciencia de hallarse bajo la ira de Dios, precipitándose de cabeza al juicio. Por tanto, sabiendo que «todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo […], conociendo el temor del Señor» afirma: «persuadimos a los hombres» (2 Co. 5:10-11).

Pablo también había llegado a ver, en términos personales, lo que significa ser perdonado de sus pecados por la compasiva misericordia de Dios. Si podemos tomar prestadas las palabras de John Newton en Faith’s Review and Expectation (más conocido como Amazing Grace [Gracia Sublime]), Pablo sabía lo que significaba poder cantar

Sublime gracia del Señor
Que a mí, pecador salvó
Fui ciego mas hoy veo yo
Perdido y El me halló

Su gracia me enseñó a temer
Mis dudas ahuyentó
¡Oh cuán precioso fue a mi ser
Cuando Él me transformó!

En 1 Ti. 1:12-16, Pablo relata la evaluación de su propia conversión.

Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me ha fortalecido, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio; aun habiendo sido yo antes blasfemo, perseguidor y agresor. Sin embargo, se me mostró misericordia porque lo hice por ignorancia en mi incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor fue más que abundante, con la fe y el amor que se hallan en Cristo Jesús. Palabra fiel y digna de ser aceptada por todos: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero. Sin embargo, por esto hallé misericordia, para que en mí, como el primero, Jesucristo demostrara toda su paciencia como un ejemplo para los que habrían de creer en Él para vida eterna.

En su propio caso, en la misericordia que le fue mostrada como «el primero de los pecadores», Pablo había visto la magnitud del corazón de Dios hacia los pecadores y su disposición a perdonar aun a los más viles y endurecidos ofensores. Como en su caso, y a pesar de ser el mayor de los pecadores, había sido objeto de tal paciencia y misericordia, confiaba en que todos los que vinieran a Cristo serían reconciliados con Dios.

La experiencia personal de Pablo en cuanto al evangelio lo moldeó, en gran medida, como ministro compasivo del evangelio. Se veía a sí mismo, de manera muy acertada, en el papel de embajador de Cristo, enviado a ofrecer la misma redención que él había recibido. Y lo hizo en el único espíritu adecuado para quien ha entendido la misericordia que él mismo ha recibido en el perdón de sus propios pecados, y que comprende la embajada que se le ha sido encomendada. A los corintios les dice lo siguiente:

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas. Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios! (2 Co. 5:17-20).

La palabra traducida «os rogamos» (de, omai, 5:20) significa «pedir con urgencia, con la implicación de una presunta necesidad».2 Pablo predicó como quien entendía la necesidad de sus oyentes, la urgencia de su perdición. Y con el amor de Cristo (que se había mostrado tan ricamente en su propio caso) constriñéndolo, instó a los hombres a ser reconciliados con Dios. Por tanto, cuando predicaba, no hablaba como quien habla monótonamente, con frialdad e indiferencia, sino como un pecador que había sido salvado y que hablaba con la urgencia y la compasión de un embajador de la reconciliación. Comentando este texto, Hughes afirma:

El mensaje de la reconciliación no es algo que el embajador de Cristo anuncie con desapego impersonal. Se le han confiado unas noticias vitales para las personas que están en desesperada necesidad. Por esta razón, ruega a sus oyentes. No podemos dejar de detectar la fuerte nota de urgencia y compasión en el lenguaje del apóstol. Ve a los hombres como Dios lo hace, en un estado de perdición; en su poder está la palabra que, por ser la de la reconciliación, ellos deben escuchar por encima de todas las demás; y, porque está proclamando lo que Dios, en su misericordia y su gracia, ya ha hecho por ellos en Cristo, su voz conlleva la autoridad de la voz de Dios.3

En segundo lugar, la compasión que Pablo tenía por los efesios y las lágrimas que derramó por ellos deben remontarse a su imitación personal del ejemplo de Cristo. ¿Dónde aprendió Pablo que su corazón debía desbordar compasión por aquellos a quienes ministraba? ¿Dónde aprendió que los embajadores de Cristo debían predicar el evangelio de la reconciliación manifestando así su misma compasión? La respuesta, en su nivel más básico, es que lo aprendió del ejemplo de Cristo mismo.

Cuando Cristo vio a las multitudes «tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (Mt. 9:36). Leemos que, en una ocasión, desembarcó y vio a una gran multitud, «y tuvo compasión de ellos y sanó a sus enfermos» (Mt. 14:14). En otra oportunidad, la compasión de Jesús surgió al ver a la multitud hambrienta, y dijo: «No quiero despedirlos sin comer, no sea que desfallezcan en el camino» (Mt. 15:32). Otra vez, cuando dos ciegos clamaron pidiendo misericordia, fue «movido a compasión» y tocó los ojos de ellos, sanándolos (Mt. 20:34). Este es el mismo Cristo que, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, «lloró sobre ella diciendo, ¡si tú también hubieras sabido en este día lo que conduce a la paz!» (Lc. 19:41-42).

Pablo les dice a los corintios que, en su postura hacia los inconversos, sigue el ejemplo de Cristo, no buscando su propio provecho, sino el de muchos para que puedan ser salvos (1 Co. 10:32—11:31). ¿Debemos suponer que su imitación de Cristo se detiene simplemente con su ejemplo de abnegación? ¿Acaso no deberíamos mirar más allá y ver la compasión de Cristo que lo impulsó a negarse a sí mismo por la salvación de su pueblo? ¿No deberíamos decir que, así como Pablo imita la generosidad de Cristo, también reproduce su corazón de compasión? Al emular a Cristo, el apóstol siente compasión por las ovejas en apuros y dispersadas. Comportándose como su Señor lo hizo, Pablo no puede despedir a las personas hambrientas del pan de vida, no sea que se desmayen por el camino. Actuando como lo hizo su Señor, contempla a los hombres con amor, piedad y llora por ellos, sintiendo dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ellos (cf. Gá. 4:19). En su compasión, en sus lágrimas, ¡el siervo es como su Señor!

En tercer lugar, la compasión que Pablo sentía por los efesios y las lágrimas que derramó por ellos se remontan a su encarnación personal de la presencia de Cristo. Aquí es importante considerar varios textos que hablan claramente de la presencia personal de Cristo en la predicación de su palabra.

El que a vosotros escucha, a mí me escucha, y el que a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y el que a mí me rechaza, rechaza al que me envió (Lc. 10:16).

Tengo otras ovejas que no son de este redil; a ésas también me es necesario traerlas, y oirán mi voz, y serán un rebaño con un solo pastor (Jn. 10:16).

Porque Él mismo es nuestra paz, quien de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne la enemistad, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un nuevo hombre, estableciendo así la paz, y para reconciliar con Dios a los dos en un cuerpo por medio de la cruz, habiendo dado muerte en ella a la enemistad. Y vino y anunció paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca; porque por medio de Él los unos y los otros tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu (Ef. 2:14-18).

Pero vosotros no habéis aprendido a Cristo de esta manera, si en verdad lo oísteis y habéis sido enseñados en Él, conforme a la verdad que hay en Jesús (Ef. 4:20-21).4

Porque todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? Tal como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio del bien! Sin embargo, no todos hicieron caso al evangelio, porque Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo (Ro. 10:13-17).5

Mi propósito al citar estos textos es enfatizar que la voz de Cristo se oye dondequiera que Él esté presente con sus siervos en el ministerio de la Palabra. Jesús dijo que aquellos que oyen la predicación de Sus discípulos le oirán a Él (Lc. 10:16). Al edificar la iglesia de Cristo, Pablo dice que Cristo mismo predicará paz a los judíos y a los gentiles (Ef. 2:17). Además, añade que al aprender a Cristo, «lo oísteis» (Ef. 4:20-21). Y afirma que cuando los hombres oyen la predicación del evangelio, escuchan a «aquel» de quien se predica (Ro. 10:14).

Ahora bien, ¿acaso sería un salto de lógica demasiado grande decir que donde se escucha la voz de Cristo por medio de Sus siervos, esta tendrá la misma cualidad de compasión que marcó Su ministerio terrenal? Aun llegando a esta conclusión por deducción, seguramente es correcto decir que la compasión que resaltó el ministerio paulino fue, en grado relevante, el fruto de la presencia de Cristo con él, obrando en él y a través de él para ministrar a su pueblo.

Hermanos, quienes escuchen la voz de Cristo a través de nosotros deberían percibir también el tono de la misma y no solo la forma de sus palaras. No diré que Cristo jamás habló con tono de reprobación y que, por tanto, nunca debemos hacerlo; sin embargo, con toda seguridad, el tono predominante en la predicación de Su evangelio era de compasión por los pecadores perdidos. Esto, por encima de todo, es lo que queremos imitar de nuestro Señor.

2. Los objetos del ministerio de compasión de Pablo

Pablo sentía compasión tanto por los perdidos como por el pueblo de Dios. Su corazón anhelaba a ambos tipos de personas. Deseaba fervientemente que escaparan a la ira venidera; pero más que esto, quería que una vez salvos crecieran en gracia y utilidad en el reino de Dios.

La compasión de Pablo por los perdidos se puede ver en todo lo que hacía por ellos. ¿Cómo, si no, se explican los largos viajes, los abnegados esfuerzos y las repetidas pruebas, arriesgando hasta su propia vida, de no ser porque tenía un corazón de amor y compasión por los perdidos? En este punto, consideremos su propio testimonio.

Digo la verdad en Cristo, no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo, de que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque desearía yo mismo ser anatema, separado de Cristo por amor a mis hermanos, mis parientes según la carne […]. Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por ellos es para su salvación (Ro. 9:1-3; 10:1).

Porque aunque soy libre de todos, de todos me he hecho esclavo para ganar a mayor número. A los judíos me hice como judío, para ganar a los judíos; a los que están bajo la ley, como bajo la ley (aunque yo no estoy bajo la ley) para ganar a los que están bajo la ley; a los que están sin ley, como sin ley (aunque no estoy sin la ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo) para ganar a los que están sin ley. A los débiles me hice débil, para ganar a los débiles; a todos me he hecho todo, para que por todos los medios salve a algunos (1 Co. 9:19-22).

A causa de su amor por los perdidos, ¡Pablo se extendió en formas que lo llevaron mucho por el camino de las pruebas y los inconvenientes! ¿Quién de entre nosotros puede sondear las profundidades de una compasión que desearía ser «anatema (maldito) de Cristo» con tal de que solo uno de sus compatriotas se salvara? John Brown afirma:

Si ser expulsado por el Salvador asegurara la recepción y salvación de todo el pueblo judío, expresa su disposición a someterse a ello. Pero como esto era imposible, y como él lo sabía bien, todo lo que podemos deducir razonablemente de ese pasaje es que su apego por sus compatriotas era tan grande que estaba listo a hacer o sufrir cualquier cosa, dentro de los límites de lo posible, con tal de que la salvación de ellos quedara asegurada por estos esfuerzos y sufrimientos. Esta extraordinaria expresión para un estado de sentimientos no haya forma adecuada de lenguaje más común. Pretendía manifestar tan alto grado de afecto como un hombre pueda sentir por el hombre. Entendiéndolo así, no es la expresión de un deseo perentorio real, sino la declaración de que si fuera coherente con la voluntad de Dios y para la gloria de Cristo, estaba dispuesto a cambiar su condición con la de los desdichados judíos incrédulos. Estos, aun siendo sus hermanos, sus parientes según la carne, eran también sus enemigos activos, tenaces e imparables, por lo que su declaración ha de considerarse como una explosión incontenible de generosidad y benevolencia sin precedente. Sin embargo, por lo que la excede al infinito, ese amor que sobrepasa todo conocimiento es el que indujo al Justo no solo a desear convertirse en maldición, sino que como Pablo dice: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, habiéndose hecho maldición por nosotros» para que «nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en Él».6

En una palabra, la compasión de Pablo por los perdidos era como la de Cristo. Estaba dispuesto a convertirse en una maldición, si ese sufrimiento personal llevaba el fruto de liberar a los hombres de la maldición. No podía morir bajo la maldición de Dios en lugar de los perdidos, pero podía decir: «A todos me he hecho de todo», para que por medio de esa abnegación como la de Cristo, algunos pudieran aprovecharse del beneficio de la salvación.

Una vez más, Pablo no se contentaba con que los hombres escaparan a la ira de Dios contra los pecadores. Anhelaba que, una vez salvos, pudieran crecer en gracia y utilidad en el reino de Dios. Este deseo se manifestó en un corazón que se derramaba por el pueblo de Dios, de nuevo a cambio de un gran precio personal. Su compasión por los santos fue evidente en la forma como trató con ellos y en todo lo que sufrió por ellos. Solo un corazón lleno de amor y compasión por el pueblo de Dios explica la disposición de Pablo a sufrir por ellos e incluso a manos de ellos para que pudieran crecer en gracia y en el conocimiento de Cristo. Consideremos otra vez su propio testimonio.

Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, orando siempre con gozo en cada una de mis oraciones por todos vosotros, por vuestra participación en el evangelio desde el primer día hasta ahora, estando convencido precisamente de esto: que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús. Es justo que yo sienta esto acerca de todos vosotros, porque os llevo en el corazón, pues tanto en mis prisiones como en la defensa y confirmación del evangelio, todos vosotros sois participantes conmigo de la gracia. Porque Dios me es testigo de cuánto os añoro a todos con el entrañable amor de Cristo Jesús (Fil. 1:3-8).

Más bien demostramos ser benignos entre vosotros, como una madre que cría con ternura a sus propios hijos. Teniendo así un gran afecto por vosotros, nos hemos complacido en impartiros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas, pues llegasteis a sernos muy amados. Porque recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas, cómo, trabajando de día y de noche para no ser carga a ninguno de vosotros, os proclamamos el evangelio de Dios. Vosotros sois testigos, y también Dios, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes; así como sabéis de qué manera os exhortábamos, alentábamos e implorábamos a cada uno de vosotros, como un padre lo haría con sus propios hijos, para que anduvierais como es digno del Dios que os ha llamado a su reino y a su gloria (1 Ts. 2:7-12).

Nuestra boca, oh corintios, os ha hablado con toda franqueza. Nuestro corazón se ha abierto de par en par. No estáis limitados por nosotros, sino que estáis limitados en vuestros sentimientos. Ahora bien, en igual reciprocidad (os hablo como a niños) vosotros también abrid de par en par vuestro corazón (2 Co. 6:11-13; 7:2-3).

¡Pablo amaba al pueblo de Dios! Y el amor que sentía hacía que estuviera dispuesto a sufrir por ellos. Estaban «en su corazón» y «los añoraba con el entrañable amor de Cristo».

3. El fruto del ministerio compasivo de Pablo

Ciertamente, muchas cosas maravillosas se originaron en la representación compasiva de Cristo y del evangelio que marcaron el ministerio de Pablo; sin embargo, aquí quiero centrarme en un punto importante. El Señor utilizó de forma poderosa la compasión de Pablo por las personas, para abrir los oídos de los hombres al ministerio de la Palabra. Debía recibirse como principio general de que la pasión sin la compasión es calor sin calidez. La Palabra de Dios predicada sin amor puede ser precisa y convencer de juicio, pero jamás alcanzará al corazón del oyente, donde debe hacerse la obra real del evangelio. La mente puede alcanzar la mente, pero solo el corazón puede llegar al corazón. Únicamente cuando, en el corazón del predicador, más que una mera pasión por sus sujetos, también se halla compasión por sus oyentes, podrá conseguir sus oídos y sus corazones. Y solo entonces será capaz de hacerles bien.

A lo largo de su larga asociación con los corintios, Pablo tuvo que decirles muchas cosas duras, cosas difíciles de decir y de oír. A pesar de todo, al final, se hizo con sus oídos y sus corazones, y ellos recibieron sus amonestaciones. ¿Qué fue lo que logró que estos necesitados creyentes prestaran oído a Pablo? De nuevo, consideremos su testimonio.
La gracia del Señor Jesús sea con vosotros. Mi amor sea con todos vosotros en Cristo Jesús. Amén (1 Co. 16:23-24).

Pues por la mucha aflicción y angustia de corazón os escribí con muchas lágrimas, no para entristeceros, sino para que conozcáis el amor que tengo especialmente por vosotros (2 Co. 2:4).
No dando nosotros en nada motivo de tropiezo, para que el ministerio no sea desacreditado, sino que en todo nos recomendamos a nosotros mismos como ministros de Dios, en mucha perseverancia, en aflicciones, en privaciones, en angustias, en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en desvelos, en ayunos, en pureza, en conocimiento, en paciencia, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor sincero (2 Co. 6:3-6).

Y yo muy gustosamente gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré por vuestras almas. Si os amo más, ¿seré amado menos? (2 Co. 12:15).

Al final, los corintios estaban deseando escuchar a Pablo, no solo porque lo que decía era verdad, sino porque lo creyeron cuando dijo: «Mi amor sea con todos vosotros en Cristo Jesús. Amén» (1 Co. 16:24).

Pablo dice a los ancianos efesios: «Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, y con lágrimas […]; por tres años, de noche y de día, no cesé de amonestar a cada uno con lágrimas» (Hch. 20:18, 19, 31). Estas eran las palabras de un hombre que no se preguntaba si le escucharían. Su ministerio había estado marcado por la compasión de un pecador salvado por gracia, por la compasión de un siervo de Cristo que imitaba a su Señor, por la compasión de un hombre que encarnaba la presencia de Cristo entre ellos, por la compasión de un hombre que se había gastado a sí mismo por sus almas. En Pablo habían experimentado, en cierta medida, el amor de Cristo que este les había ministrado por medio de su siervo. John Dick afirma:

Sus lágrimas expresaban su tierna preocupación por las almas de los hombres, de la compasión con la que contemplaba a los que perecían en sus pecados, y con su empatía por los discípulos en sus aflicciones comunes y sus sufrimientos por la religión. No era un hombre de carácter severo e insensible; en él se conjuntaban un corazón tierno y un enérgico entendimiento. No predicaba el evangelio con la indiferencia de un filósofo que resuelve una cuestión abstracta de ciencia; predicaba con todos los afectos que el evangelio, con su importante diseño y sus interesantes doctrinas, estaba calculado para provocar. Susceptible de las emociones del amor y la compasión, no se avergonzaba de derretirse en lágrimas ante la necedad y la perversión de la impiedad. «Muchos andan como os he dicho muchas veces, y ahora os lo digo aun llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo».7

En el último capítulo sugerí un principio que debería regular nuestro pensamiento sobre el ministerio pastoral de la iglesia. Y ese principio es que un ministerio que puede esperar la bendición de Dios, que es digno de imitación por parte de los fieles hombres que vengan después, y que es digno del respaldo del pueblo de Dios estará marcado por la coherencia en el despliegue de aquellas virtudes que reflejen el ejemplo de Cristo y de sus apóstoles, y que encarne los principios del evangelio mismo.

En este capítulo hemos considerado el ejemplo de la compasión de Pablo. Hay hombres maravillosos que trabajan en el ministerio del evangelio; sin embargo, también los hay que aparentemente carecen de la virtud de la compasión. No debemos creer cualquier informe negativo que escuchemos, porque «justo parece el primero que defiende su causa hasta que otro viene y lo examina» (Pr 18:17). No obstante, existen casos de pastores que tratan a su gente de forma fría y sin corazón. Con toda seguridad, podemos preguntarnos con razón si estos hombres entienden realmente el evangelio, o si de verdad encarnan la compasión de Cristo en sus tratos pastorales. Las iglesias tienen una clamorosa necesidad de hombres de compasión que aman a los perdidos y al pueblo de Dios así como aman la verdad. Recuerden, hermanos ministeriales, la pasión sin compasión es calor sin calidez y matará en lugar de curar a los enfermos por el pecado.

¿Pero dónde adquiriremos semejante compasión? ¡Este tipo de amor no procede de los genes de Adán! Por naturaleza somos egoístas y no tenemos amor, ni siquiera hacia quienes nos aman. ¿Acaso no necesitamos la poderosa gracia divina para amar como deberíamos? ¿No necesitamos el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, no solo para persuadirnos del amor que Él tiene por nosotros, sino en tal medida que lleguemos a ver cuánto amor debemos a los demás pecadores como nosotros? ¿Acaso no debemos hallar esa compasión única, que adorna el evangelio, en la misma fuente donde Pablo se imbuyó de ella? Si esto es verdad, hermanos —y sin lugar a dudas a debemos decir que lo es—, entonces debemos considerar nuestra propia experiencia del evangelio, nuestra propia imitación del ejemplo de Cristo, y nuestra propia encarnación de la presencia de Cristo.

No existe sustituto de la profunda experiencia personal y transformadora de vida del evangelio de Jesucristo. Solo Dios conoce el corazón de los hombres; ¡pero son tantos los ministros que parecen no haber sido convertidos! ¿Cómo pueden tales hombres, extraños a su propia necesidad como pecadores así como al remedio del evangelio que está en Cristo, derramar su corazón en compasión por los que están muertos en sus delitos y pecados? Un ministro puede solidarizarse con las necesidades sociales o emocionales y desear que las cosas vayan mejor en la vida; pero el corazón de quien no tiene una experiencia personal del evangelio bíblico no puede decir: «El deseo de mi corazón y mi oración a Dios por ellos es para su salvación». Y no «rogará» a los hombres «en nombre de Cristo:
¡Reconciliaos con Dios!».

Antes de que ningún hombre aspire a la obra del ministerio del evangelio, ha de estar seguro de ser un cristiano concienzudamente convertido, que ama el evangelio y que ha aceptado a Cristo. Esto es elemental. Y si usted es, en la actualidad, un ministro en la iglesia de Cristo, haga una buena evaluación de su propio caso. ¿Puede decir con Pablo: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, entre los cuales yo soy el primero»? ¿Puede decir: «Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí»? Tómese en serio la amonestación de Pablo: «Poneos a prueba para ver si estáis en la fe; examinaos a vosotros mismos. ¿O no reconocéis a vosotros mismos que Jesucristo está en vosotros, a menos de que en verdad no paséis la prueba? (2 Co. 13:5). Asegúrese doblemente de su propio caso antes de pretender ministrar en el nombre de Cristo a otros.

Tampoco existe sustituto para la imitación personal del compasivo ejemplo de Cristo. En el mismo lugar donde Pablo habla de su política de abnegación, afirmando: «Así como también yo procuro agradar a todos en todo, no buscando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos», también dice: «Sed imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo» (1 Co. 11:1). Esta es parte de una verdadera sucesión apostólica —no como la que reivindica Roma—, pero una sucesión de hombres que imitarán al apóstol, así como él imita la amorosa abnegación de Cristo. O, como Pablo dirá a los ancianos efesios en otra ocasión: «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados; y andad en amor, así como también Cristo os amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma» (Ef. 5:1-2).

Hermanos, ¿están ustedes imitando a Cristo en su ministerio? ¿Están sus corazones comprometidos o tan solo sus mentes y sus bocas, sus pies y sus manos? Adopte como meta ministerial principal el ser como su Señor, y conocerá su bendición y verá avanzar la Palabra en demostración del Espíritu y poder.

De nuevo, como vimos en el último capítulo, detrás del ejemplo de Pablo hay algo más que el nivel por el cual deberían ser juzgados los ministros. De entrada, la exigencia del evangelio es que todo cristiano imite el ejemplo de Cristo. La amonestación bíblica a todos los que llevan el nombre de Cristo es: «Como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión» (Col. 3:12). «En conclusión, sed todos de un mismo sentir, compasivos, fraternales, misericordiosos» (1 P. 3:8). «Sed afectuosos unos con otros con amor fraternal; con honra, daos preferencia unos a otros» (Ro. 12:10). Hermanos, si la virtud de la compasión cristiana no se halla en gran medida entre nosotros, la vida de la iglesia pronto tendrá el frío helor de la muerte. Cuando la compasión de Cristo ya no se puede ver en los rostros (y los hechos) de su pueblo, el Espíritu de Cristo, que produce amor como su primer fruto, se entristecerá y se marchará. Como Pablo escribe más tarde a estos efesios: «Y no entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, por el cual fuisteis sellados para el día de la redención […]. Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo» (Ef. 4:30-32). Esta es una descripción de cómo actúa el amor de los hermanos. Y sin este tipo de amor en acción, entristecemos al bendito Espíritu y hacemos que se retire de nosotros.

Notas:

1 Siguiendo el Textus Receptus —“texto recibido”, nombre por el que se conoce el texto griego del NT editado por Erasmo de Rotterdam e impreso por primera vez en 1516. Este conjunto de manuscritos en griego del NT es la base de muchas traducciones clásicas de la Biblia—, la RVR1960 y otras versiones traducen “con muchas lágrimas”. Que “muchas” sea la interpretación correcta es debatible; sin embargo, es sin duda una descripción precisa de la experiencia de Pablo.

2 Johannes P. Louw y Eugene A. Nida, Greek-English Lexicon of the New Testament Based on Semantic Domains (Nueva York: United Bible Societies, 1988), 1:408.

3 Philip Edgcumbe Hughes, Paul’s Second Epistle to the Corinthians [La segunda epístola de Pablo a los Corintios] en The New International Commentary on the New Testament [El Nuevo comentario internacional del Nuevo Testamento], (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans Publishing Co. 1962), 210.

4 Las traducciones de algunas versiones «sobre Él» y «de Él» son incorrectas. La expresión auvto, n, sate significa, sencillamente, «lo oísteis».

5 La traducción de algunas versiones («a quien») es preferible a la de otras («de quien»). Esto resulta especialmente claro cuando consideramos el contexto del Antiguo Testamento de donde Pablo toma la cita: «Por tanto, mi pueblo conocerá mi nombre; así que en aquel día comprenderán que yo soy el que dice: “Heme aquí”. ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas del que anuncia la paz, del que trae las buenas nuevas de gozo, del que anuncia la salvación, y dice a Sion: Tu Dios reina!» (Is. 52:6-7).

6 John Brown, Analytical Exposition of the Epistle of Paul de Apostle to the Romans (reed., Grand Rapids: Baker Book House, 1981), 298-99.

7 John Dick, Lectures on the Acts of the Apostles (Glasgow: Maurice Ogle & Son, 1848), 356.

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2012 Pastors’ Conference | Paul’s Example: Humility

El ejemplo de humildad de Pablo

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El ejemplo de humildad de Pablo

Sirviendo al Señor con toda humildad (Hch. 20:19).

Al describir su forma de conducta entre los efesios, Pablo menciona primero su humildad, su compasión y su abnegación. «Sirviendo al Señor con toda humildad, y con lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos» (20:19). En este capítulo, consideraremos la primera de estas virtudes de un ministro idóneo y fiel. Pablo afirma que su presencia y su ministerio habían sido marcados con la cualidad de la humildad. Asevera haber servido al Señor «con toda humildad (tapeinofrosu, nh). Esta palabra no se halla en las litas de vocabulario griego elemental estudiada por los estudiantes ministeriales, pero quizá debería figurar en ellas, porque denota el rasgo esencial de un ministerio que sigue el ejemplo apostólico.

Lo primero que hay que resaltar de esta virtud es su gran importancia a la luz de lo que el Nuevo Testamento afirma sobre la misión de Cristo y su mensaje. Una característica prominente de la misión de Jesús es la degradación de los orgullosos y la exaltación de los humildes. Vemos este énfasis, por ejemplo, en el Magnificat de María. Ella habla de la obra de Dios en su propio caso (es decir, al convertirla en la madre de Cristo), y, después, mira más allá, al significado de la venida del Hijo de Dios a una mayor escala del plan divino de la redención.

Mi alma engrandece al Señor,
y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.
Porque ha mirado la humilde condición (tapei, nwsij) de esta su sierva…
Ha hecho proezas con su brazo;
ha esparcido a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.
Ha quitado a los poderosos de sus tronos;
y ha exaltado a los humildes (tapeino, j);
a los hambrientos ha colmado de bienes
y ha despedido a los ricos con las manos vacías.
(Lucas 1:47-53)

María está asombrada de la extraordinaria misericordia que la ha convertido a ella, una doncella de «humilde condición», en la madre de Cristo. Y, tal como ella lo ve, esto no es otra cosa que la manifestación del propósito y del significado de la venida de su Hijo. Él es la pieza central del plan de Dios para «esparcir a los soberbios y “exaltar a los humildes”».

Como parte de su dispersión de los orgullosos y su exaltación de los humildes, Cristo destronó en realidad la «virtud» de la nobleza de pensamientos (megalofrosu, nh) tan valorada por el mundo pagano y la remplazó con la cualidad de la humildad o modestia (tapeinofrosu, nh). De hecho, esta ocupa el primer lugar entre las virtudes cristianas; tanto es así que Basilio la definió como la casa del tesoro que contiene todas las demás cualidades.1

Cristo exhibió esta virtud en perfección sin pecado. Dijo: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde (tapeino, j) de corazón» (Mt. 11:29). Pablo habla de la necesidad cristiana de imitar la humildad de Cristo: «Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil. 2:5-8). A pesar de si grandeza, Cristo asumió el papel de siervo. Como él mismo afirmó: «Entre vosotros yo soy como el que sirve» (Lc. 22:27).

En una palabra, la humildad o la mansedumbre es una virtud de siervo y aquel que llega al pueblo de Dios en este espíritu no lo hace como señor para ser servicio, sino como ministro para servir en el nombre de Dios. ¿Resulta, acaso, sorprendente que Pablo, cuya pasión de vida y ministerio era la imitación de Cristo, se presentara como lo hace en Ro. 1:1, afirmando: «Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, apartado [es decir, en mi papel de siervo y apóstol de Cristo] para el evangelio de Dios» (Ro. 1:1)? ¿Nos extraña que hable de sí mismo como lo hace en 2 Co. 4:5, cuando dice: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús»?

La evaluación más básica de Pablo en cuanto a la posición a la que Dios le había llamado puede resumirse en el título «Siervo de Cristo, Siervo del evangelio, Siervo de los santos». Dirigiéndose a los ancianos efesios les dice: «Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad». Pablo está afirmando que no había estado entre ellos como señor para ser servido, sino como siervo en los negocios de su Señor. Había estado allí para servir a Cristo, servir al evangelio y servirlos a ellos. Y la prueba, la marca que lo distinguía en este papel, la virtud que dio tanto encanto y poder a su ministerio, y que encomendó el evangelio a la conciencia de todos los hombres, fue la cualidad del siervo, la humildad, que exhibió sistemáticamente entre ellos.

Detengámonos por un momento y consideremos quién hace esta afirmación. ¿Quién era el hombre que fue a Éfeso para trabajar en la obra del evangelio? ¿Quién era este Pablo que había convocado a los ancianos de la iglesia y ahora se dirigía a ellos en lo referente a su propio ejemplo y al deber de ellos? Fue el predicador y el misionero de mayor educación teológica de la iglesia apostólica. Más aún, fue investido por Cristo mismo con el oficio de apóstol, mediante revelación especial. Cristo lo había escogido como instrumento principal por medio del cual reveló las doctrinas fundamentales que debían regular el pensamiento de la iglesia para todos los siglos venideros. Además, fue dotado de dones milagrosos en tal medida abundante, que estando en Éfeso, por ejemplo, hasta los pañuelos con los que se había secado el sudor, llevados a los enfermos les transmitía virtud sanadora.

Con todo, y a pesar ello, Pablo no se vanagloriaba. Como dice a los corintios: «Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no resultó vana; antes bien he trabajado mucho más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios en mí» (15:10). Al regresar a la iglesia en Antioquía, tras su primer viaje misionero, él y Bernabé «informaron de todas las cosas que Dios había hecho con ellos, y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe» (Hch. 14:27). Pablo acreditaba todo el éxito de su ministerio a Dios.

Además, a pesar de su educación, dones y oficio, se movió entre el pueblo de Dios y les ministró, no con un sentido de suficiencia personal para la obra, sino de nuevo, como les indica a los corintios: «Y estuve entre vosotros con debilidad, y con temor y mucho temblor» (1 Co. 2:3). En 2 Corintios, dice:
Pero gracias a Dios, que en Cristo siempre nos lleva en triunfo, y que por medio de nosotros manifiesta en todo lugar la fragancia de su conocimiento. Porque fragante aroma de Cristo somos para Dios entre los que se salvan y entre los que se pierden; para unos, olor de muerte para muerte, y para otros, olor de vida para vida. Y para estas cosas ¿quién está capacitado? (2:14-16).

Y esta confianza tenemos hacia Dios por medio de Cristo: no que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios, el cual también nos hizo suficientes como ministros de un nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida (3:4-6).

No son estas palabras que expresen una falsa humildad. Reflejan el reconocimiento muy real que Pablo hace: separado de la gracia y la capacitación de Dios, él es completamente insuficiente para llevar a cabo el ministerio que Cristo le encomendado.

Además, Pablo no se enseñoreaba sobre la herencia de Dios. No era como Diótrefes, al que le gustaba tener la preeminencia. No trataba a los inferiores con desprecio y desdén, aunque estos lo trataran con frecuencia en una forma vergonzosa. Sabía que los orgullosos nunca se habían medido por ningún parámetro que no fuera la propia opinión engañada y envanecida de sí mismos. Estos hombres estaban comprometidos en la autopromoción, un vicio que el humilde siervo de Cristo, consciente de su propia debilidad y limitaciones, no podía ni imaginar imitar. Como dijo a los corintios: «Porque no nos atrevemos a contarnos ni a compararnos con algunos que se alaban a sí mismos; pero ellos, midiéndose a sí mismos y comparándose consigo mismos, carecen de entendimiento» (2 Co. 10:12).

La virtud más básica del carácter de Pablo, forjado por el Espíritu, que con tanta riqueza adornó su ministerio, era su humildad. Esta le había abierto más puertas y asegurado más utilidad que toda la agresividad de los hombres que continuamente se lanzaban sobre el pueblo de Dios. Fue esta cualidad la que lo capacitó para predicar el evangelio sin hipocresía. Y fue ella también la que le permitió controlar la conciencia del pueblo de Dios cuando los exhortó como lo hace con estos efesios, a vivir «de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad y mansedumbre» (Ef. 4:1-2). ¿Podemos imaginar la respuesta de los efesios a esta exhortación, de no haber sido verdad las palabras de Pablo: «Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad»? Si Pablo no hubiera sido lo que afirmaba ser, los oídos de los ancianos efesios se habrían cerrado a todo lo demás que profiriera.

Considerando lo que hemos visto (hasta este momento de nuestro estudio), quiero sugerir un principio que debería regular nuestro pensamiento en cuanto al ministerio pastoral de la iglesia. Ese principio es que un ministerio digno de imitación y del respaldo del pueblo de Dios estará marcado por la coherencia en la exhibición de aquellas virtudes que reflejen el ejemplo de Cristo y de sus apóstoles, y que encarne los principio del evangelio mismo. Ningún hombre debería estar en el ministerio del evangelio si no ordena su vida y su ministerio según los principios hallados en este texto, es decir, de acuerdo con el ejemplo apostólico presentado en el ministerio de Pablo.

Hasta aquí hemos considerado el ejemplo de la humildad de Pablo. Durante los pasados cuarenta y cinco años he tenido el privilegio de ayudar a formar a hombres para el ministerio del evangelio. He visto a muchos aspirantes a dicho cargo. Aquellos que han resultado ser prometedores y de utilidad potencial en el ministerio para los hombres han poseído la virtud de la humildad. Por el contrario, los que han estado llenos de sí mismo, siempre con afán de protagonismo, nunca abiertos a la valoración de sus hermanos, se han convertido en una lacra para las iglesias y, a pesar de la imagen que han intentado proyectar, no han servido a Cristo ni al evangelio, ni a los santos.

Tenemos el solemne deber de ordenar la casa de Dios según un nivel bíblico que incluye el respeto adecuado a la imagen del ministro del evangelio que Cristo ha colocado en su Palabra. Ese nivel requiere (en parte) coherencia en la humildad. Todo hombre que carezca de esta cualidad no podrá ser hallado «irreprochable» e «irreprensible» (1 Ti. 3:2; Tit. 1:6-7). No tenemos la libertad de dejar a un lado el parámetro bíblico, por mucho que tengamos otras razones para juzgar que un hombre es adecuado para la obra. Si este fue el nivel por el que la iglesia debía juzgar la adecuación incluso de los apóstoles, no podemos dejarlo a un lado como si no tuviera importancia.

El ejemplo de humildad de Pablo tiene, por supuesto, más relevancia que el nivel por el cual han de ser juzgados los ministros. En última instancia está la exigencia del evangelio de que todo cristiano imite el ejemplo de Cristo. El Pablo que se dirigió a los ancianos efesios es, primeramente, un hombre cristiano y apóstol solo en segundo lugar. Tiene dos llamados: primero, a ser un cristiano piadoso y solo después de esto a ser un ministro del evangelio. Su deber de ser humilde está arraigado en primer lugar a su primer llamado. Cristo le ordena a Pablo que se revista de humildad primordialmente como hombre cristiano. Y, a partir de la realidad de lo que él es como cristiano humilde y piadoso, es como sirve a Cristo en su iglesia.

La amonestación de la Biblia a todos los que llevan el nombre de Cristo es: «…todos, revestíos de humildad (tapeinofrosu, nh) en vuestro trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes» (1 P. 5:5). La dinámica de la vida de la iglesia requiere esto de todos nosotros. Por esta razón, la Biblia nos amonesta: «Siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito. Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde (tapeinofrosu, nh) cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús […] se humilló (tapeino, w) a sí mismo» (Fil. 2:2-8).

Si la virtud de la humildad cristiana no se halla en gran medida entre los miembros de una congregación, la vida de la iglesia degenerará en un club «yo», en el que todos buscan ser servidos y nadie quiere servir. Este no fue el ejemplo de Cristo ni está de acuerdo con su instrucción.
Entonces, cuando acabó de lavarles los pies, tomó su manto, y sentándose a la mesa otra vez, les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y tenéis razón, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. En verdad, en verdad os digo: un siervo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis esto, seréis felices si lo practicáis (Jn. 13:12-17).

La virtud de la humildad es una parte vital del carácter de un hombre a semejanza de Cristo y de un pastor según el modelo apostólico. Es un reflejo del propio ejemplo del Jefe de los Pastores. Y es indispensable para conseguir y mantener la conciencia de los hombres en las cosas relacionadas con su paz. Describiendo la autoevaluación adecuada que todo hombre cristiano debería hacer, Thomas Charles dijo con gran acierto:

Si nos humillamos delante de Dios, también lo haremos en nuestra conducta externa hacia las demás criaturas. Si tenemos plena conciencia de que no tenemos nada, sino lo que recibimos a diario, nuestro comportamiento para con aquellos de los que Dios nos ha distinguido mediante dones superiores, estaremos verdaderamente persuadidos de nuestra pobreza. En vano fingiremos humillarnos debidamente ante Dios y estar persuadidos de nuestra pobreza, si nuestra conducta hacia los hombres es orgullosa y pretenciosa…

Si en verdad creemos que recibimos todo lo bueno de Dios, no podemos gloriarnos como si no fuera así. En la proporción que creamos esto, no podremos gloriarnos en nosotros mismos en nada, sino tan solo en Dios, el dador de todo lo bueno y de todo don perfecto. ¿Tenemos gracia? La hemos recibido. ¿Creemos esto? Entonces no podemos gloriarnos frente a quienes no la tienen; nuestra conducta hacia ellos debe estar llena de modestia y humildad, de piedad y compasión. ¿Somos eminentemente distinguidos por dones útiles y ornamentales? ¿Están abundantemente bendecidos estos dones y nuestras tareas? Todo esto procede de Dios, ¿pero lo creemos? Si es así, no deberemos menospreciar a quienes no lo tienen, sino que con toda humildad y laboriosidad debemos emplearlos para la gloria de Dios y para beneficio de otros. Si creemos que lo hemos recibido todo de Dios, no nos resultará posible atribuirnos nada, sino la vergüenza; porque nada podemos calificar como nuestro, sino el pecado. En cuanto a nuestro entendimiento, todo lo que pertenece a nuestro propio ser es tinieblas; y en lo tocante a nuestro corazón, todo lo que nos pertenece es su impiedad y su engaño; y si nuestras manos y lengua han hecho algo bueno es porque Dios las ha utilizado. Toda la luz que existe en nuestra mente… procede del Padre de luces; y todo lo bueno de nuestro corazón desciende de arriba. No hay nada que sea nuestro, sino el pecado y la vergüenza; si nos gloriamos en nosotros mismos, debemos gloriarnos en nuestra vergüenza…

Aquel que se juzga correctamente, mide cada día su religión por su humildad, y su humildad por el grado de influencia que tiene en la mente, revistiéndola de los estados de ánimo suaves, benevolentes y celestiales que se adaptan al miserable pecador que vive por la paciencia y la misericordia de Dios, y adornando la totalidad del hombre exterior con la conducta afable, humilde y cortés convirtiéndolo en alguien que no puede gloriarse de algo bueno como si no lo hubiera recibido.2

Notas:

1 Citado por Richard Chenevix Trench, Synonyms of the New Testament [Sinónimos del Nuevo Testamento] (reed., Grand Rapida: Baker Book House, 1989), 163.
2 Thomas Charles, «Humility» [Humildad], en Spiritual Counsels [Consejos espirituales] (reed., Edimburgo: Banner of Truth, 1993), pp. 27-28, 43.

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2012 Pastors’ Conference | Paul’s Example: Faithfulness in the Ministry

La fidelidad en el ministerio pastoral

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La fidelidad en el ministerio pastoral

Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia (Hch. 20:18).

Pablo ha estado fuera, en su tercer viaje misionero, fortaleciendo a las iglesias de Galacia y Frigia (Hch. 18:23), y trabajando durante tres años en Éfeso (20:31); a lo largo de este tiempo, «todos los que vivían en Asia oyeron la palabra del Señor» (19:10). Ahora está volviendo a la iglesia de Antioquía que lo había enviado, y con planes de detenerse por el camino en Jerusalén. En primer lugar, se dirigió al oeste por última vez, y visitó a las iglesias de Macedonia y Grecia. Solo después de esto, ahora inicia su trayecto hacia Jerusalén.

Pablo tiene un pasaje en un barco que atracará en Mileto, el puerto de mar de Éfeso situado a unos cuarenta y ocho kilómetros de la ciudad en sí. Lucas dice, sin embargo, que había decidido no aventurarse hasta Éfeso mismo: «Porque Pablo había decidido dejar a un lado a Éfeso para no detenerse en Asia, pues se apresuraba para estar, si le era posible, el día de Pentecostés en Jerusalén» (20:16). Pablo sabe que, si entra en Éfeso, sus enemigos empezarán a agitarse, o sus amigos le insistirán para que permanezca más tiempo del que sus planes le permiten. Como se está apurando para cumplir con una fecha en concreto, no se puede demorar. Está haciendo todo el esfuerzo posible para llegar a Jerusalén a tiempo para la gran fiesta de Pentecostés. La ciudad estará llena de peregrinos que suben para la festividad y el apóstol espera estar allí en un momento en el que su «testimonio del evangelio de la gracia de Dios» (20:24) puede tener la más amplia audiencia entre sus hermanos según la carne.

Hechos 20:17-18 es el relato que Lucas hace del discurso de Pablo a los ancianos efesios, a los que ha convocado para que se reúnan con él en Mileto. Aunque se dirige originalmente a estos responsables de la iglesia, de manera que su instrucción principal es para hombres que desempeñan dicho oficio, aquí existen, no obstante, valiosas lecciones para todos los cristianos. El tema de este discurso, si podemos resumirlo a sus énfasis primordiales, es La fidelidad en el ministerio pastoral. Mediante un amplio bosquejo, Pablo recuerda el ejemplo de su propio ministerio, habla de sus proyectos inmediatos para el futuro, exhorta a los ancianos efesios con respecto a sus propias tareas ministeriales y los encomienda a Dios y a Su Palabra.

Este texto, quizá más que cualquier otro en la Palabra de Dios, nos proporciona una instantánea de lo que Pablo describe en otro lugar como un ministerio fiel e idóneo (2 Ti. 2:2). Todo ministro del evangelio debería orar fervientemente para que Dios lo capacite de tal manera que pueda imitar a Pablo, con el fin de que al término de sus días le sea posible tener una buena conciencia en cuanto a la conducta de su servicio a Cristo. La meta hacia la que todo ministro debería dirigirse es esta: poder afirmar, al final de la vida, que uno ha acabado su carrera y cumplido el ministerio recibido del Señor Jesús de una forma honrosa y fiel. Si un hombre adopta este propósito como objetivo personal, si esta es su aspiración sincera, no podrá sino definir su ministerio y situarlo en el camino donde aguardar legítimamente la bendición de Dios.

Si usted es un ministro del evangelio eterno, ¿está decidido a perseguir esta meta como la única digna de un hombre que trabaja al servicio de Cristo? Una determinación semejante será costosa, como lo fue en el caso de Pablo; sin embargo, ¿sería demasiado atrevido afirmar que ningún hombre debería estar en el ministerio del evangelio, a menos que su vida y su ministerio estén ordenados según los principios que hallamos en este texto? Todavía tenemos que examinar el discurso de Pablo para ver en su articulación de los principios que lo distinguieron como ministro del evangelio; pero si usted es pastor, un anciano en la iglesia de Cristo, le ruego que ore con fervor con el fin de que nuestro Señor lo capacite para imitar fielmente el ejemplo de su apóstol. Más allá del asunto de su propia conducta, también necesita enseñar al pueblo de Cristo lo que debe esperar en un ministro del evangelio idóneo y fiel. Ellos, al igual que usted, necesitan establecer el nivel tan alto como lo hace la Biblia. Ahora bien, si usted no es un ministro, sino un cristiano laico, le ruego que considere con mucha oración los principios que se hallan en este texto, y que ordene su forma de pensar en cuanto al ministerio del evangelio según lo que vea.

Cualquiera que sea su posición en la iglesia de Cristo, su actitud con respecto a lo que constituye un ministerio idóneo y fiel es importante para la salud y la utilidad de la iglesia. Un principio sencillo, pero importante, es que la utilidad de la iglesia en perseguir su llamado no suele superar la capacidad y la fidelidad de sus líderese. Es vital que tanto los ministros de Cristo como su pueblo entiendan esto. Una vez visto que esto es así, examinemos el testimonio de Pablo en cuanto a su propio ejemplo como ministro fiel e idóneo del evangelio. Por supuesto que, al comenzar a hacerlo, deberíamos reconocer que en ningún lugar de estos versículos Pablo nos dice: «Imítenme a mí en sus labores ministeriales», pero con toda seguridad este era el mensaje que el Espíritu Santo pretendía para los ancianos efesios y para cualquier hombre que comparta con ellos el sagrado oficio de pastor en la iglesia de Cristo.
Empezaremos citando la totalidad de Hechos 20:17-18.

Y desde Mileto mandó mensaje a Éfeso y llamó a los ancianos de la iglesia. Cuando vinieron a él, les dijo: Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad, y con lágrimas y con pruebas que vinieron sobre mí por causa de las intrigas de los judíos; cómo no rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil, y de enseñaros públicamente y de casa en casa, testificando solemnemente, tanto a judíos como a griegos, del arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesucristo. Y ahora, he aquí que yo, atado en espíritu, voy a Jerusalén sin saber lo que allá me sucederá, salvo que el Espíritu Santo solemnemente me da testimonio en cada ciudad, diciendo que me esperan cadenas y aflicciones. Pero en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios. Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de vosotros, entre quienes anduve predicando el reino, volverá a ver mi rostro. Por tanto, os doy testimonio en este día de que soy inocente de la sangre de todos, pues no rehuí declarar a vosotros todo el propósito de Dios. Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual El compró con su propia sangre. Sé que después de mi partida, vendrán lobos feroces entre vosotros que no perdonarán el rebaño, y que de entre vosotros mismos se levantarán algunos hablando cosas perversas para arrastrar a los discípulos tras ellos. Por tanto, estad alerta, recordando que por tres años, de noche y de día, no cesé de amonestar a cada uno con lágrimas. Ahora os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que es poderosa para edificaros y daros la herencia entre todos los santificados. Ni la plata, ni el oro, ni la ropa de nadie he codiciado. Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y las de los que estaban conmigo. En todo os mostré que así, trabajando, debéis ayudar a los débiles, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir”. Cuando terminó de hablar, se arrodilló y oró con todos ellos. Y comenzaron a llorar desconsoladamente, y abrazando a Pablo, lo besaban, afligidos especialmente por la palabra que había dicho de que ya no volverían a ver su rostro. Y lo acompañaron hasta el barco.

Al describir el ejemplo de su propio ministerio, Pablo dirige la atención de los ancianos efesios a lo que conocen, de primera mano, por su propia experiencia. «Vosotros bien sabéis (es decir, sabéis perfectamente, evpi, stamai), cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia (20:18). Pablo no apela a informes de segunda mano. No afirma: «Vosotros sabéis lo que se dice de mí. Conocéis mi reputación». Tampoco les pide que reciban su autoevaluación sin referencia alguna a su propio juicio sobre esta materia. En lugar de ello, recurre a lo que conocen perfectamente por la experiencia que ellos mismos han tenido al respecto. Y habla sin ningún temor a que ellos se rasquen la cabeza y digan: «El Pablo que estás describiendo no es el que nosotros conocemos». Habla con la confianza de un hombre que tiene muy claro que ha ganado la sujeción de sus consciencias por el ministerio honorable y fiel que ha desempeñado entre ellos.
También es importante que observemos que Pablo apela a ellos basándose en un ministerio coherente. «Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo desde el primer día que estuve en Asia». Ninguno de ellos podía escuchar lo que él afirmaba y no respetarlo a causa de alguna inestabilidad por su parte. Ninguno se había preguntado jamás qué Pablo predicaría en el Día del Señor, o con qué Pablo se encontrarían en la interacción privada, o qué tema iba a sacar ahora. En su manera y mensaje, en los principios expuestos en su ministerio, había expresado constancia y coherencia desde el primer día que llegó a ellos. Nunca les había dado razones para que por un solo instante se preguntaran quién era él o si estaba comprometido con ellos y con el ministerio que intentaba ejercer en medio de ellos.

Aún debemos ver los detalles que sustentaban la declaración, pero en su frase de apertura, Pablo está diciendo que en todo el tiempo que pasó con los efesios fue un fiel ministro del evangelio y pastor de sus almas. J. A. Alexander dice que este discurso «se ha considerado, con razón […], una obra maestra de fidelidad apostólica y pastoral».1 Pablo da las primeras pinceladas de su obra maestra con estas palabras: «Vosotros bien sabéis, cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia (20:18).

Incluso en esta declaración de apertura, las palabras de Pablo suscitan importantes preguntas para cualquier hombre que trabaje en el ministerio del evangelio. Sin embargo, la más básica de todas ellas es la validez del autoexamen sincero a la luz del ejemplo y el testimonio del apóstol. En una palabra, colega ministro, ¿puede usted decir lo que Pablo afirmó?

¿Qué sabe su gente sobre usted por su experiencia de primera mano? No lo conocen sencillamente por informes de un tercero o por reputación, sino de una forma íntima mediante su propia interacción con usted. No es un predicador visitante. Y tampoco recibe el pueblo de Dios su mera autoevaluación sin referirse a su propio juicio. Lo conocen bien. ¿Pero qué saben de usted? ¿Opinan que es usted un hombre idóneo y fiel, un obrero que no tiene por qué ser avergonzado? ¿O tal vez piensen que no usted no es más que un zángano, es decir, tan estéril en su propia alma y tan incapaz de engendrar y criar hijos espirituales?

Además, ¿cuenta usted con un historial de coherencia en sus labores ministeriales? ¿O, por el contrario, es usted inestable, dubitativo, con un estado de ánimo ministerial de altos y bajos? ¿Es usted un pastor «bipolar», un día lleno de celo y aliento, y, al siguiente, desalentado, abatido y paralizado? ¿Se preguntan las ovejas de Cristo qué clase de hombre aparecerá el próximo Día del Señor? ¿O quizá se preguntan qué va a ser lo próximo con lo que usted va a salir? ¿Persigue usted la última moda actual del ministerio o espera ansiosamente que se publiquen las guías prácticas de los gurús del ministerio que tanto parecen abundar en nuestra época? ¿O está andando por los senderos antiguos donde los hombres hallan descanso para sus almas? (cf. Jer. 6:16).

Además, ¿qué ha definido su ministerio? ¿Ha sido su propio interés su principal motivación? ¿Está cumpliendo la ambición de ser el «clérigo» (la persona «principal» en la comunidad)? ¿Busca usted fama y notoriedad? O, como en el caso de Pablo, ¿le ha constreñido el amor de Cristo? ¿Son el honor de Dios y la bendición de las alamas bajo su cuidado lo que más le importa?

¿Tiene una buena conciencia con respecto a su servicio a Cristo y a Su iglesia? Si la respuesta es «sí», el camino le ha resultado costoso y seguirá siéndolo. Quizá se esté acercando al final de su ministerio y de su vida. ¿Puede decir con una buena conciencia (aunque no perfecta) que ha corrido una buena carrera, de una forma honorable y fiel? No le estoy preguntando cuánta gente se ha convertido por su predicación, el tamaño de la congregación que ha pastoreado, o si ha conseguido dejar un lugar alquilado para tener su propio edificio de iglesia. Lo que quiero saber es si, llegado al final de su ministerio y al decir adiós al pueblo de Dios, cuando se dirige a él por última vez, revisando con todos ellos la conducta y los frutos de su labor entre ellos, tendrán que replicar: «El pastor que usted está describiendo no es el que nosotros conocemos»?

Para poder hablar como Pablo lo hizo en esta ocasión, se requieren tres cosas de usted ahora. En primer lugar, debe atender sus tareas con mucha oración. El ejemplo de Pablo en esto se percibe con suma facilidad a partir de sus cartas. Oraba continuamente por aquellos a los que había ministrado, para que abundaran en bendiciones espirituales. Algo típico en sus oraciones por los efesios es lo siguiente: «Por esta razón también yo, habiendo oído de la fe en el Señor Jesús que hay entre vosotros, y de vuestro amor por todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo mención de vosotros en mis oraciones; pidiendo que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en un mejor conocimiento de Él. Mi oración es que los ojos de vuestro corazón sean iluminados, para que sepáis cuál es la esperanza de su llamamiento, cuáles son las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, conforme a la eficacia de la fuerza de su poder» (Ef. 1:15-19; cf. Ro. 10:1; 2 Co. 13:5-9; Fil. 1:3-11; Col. 1.9-11; 2 Ts 1.11-12). Con toda seguridad, los asuntos por los que él pedía a otros que oraran con respecto a él, también constituirían su continua súplica para su persona (cf. Ro. 15:30-32; 2 Co. 1:11; Fil. 1:19; Col. 4:2-4; 2 Ts. 3:1-2; He. 13:18). El ministerio de Pablo estaba bañado en oración. Cada aspecto del mismo comenzaba con él arrodillado ante Dios. Y si no lo imitamos en esto, no podemos esperar la bendición de Dios. Un ministerio sin oración será estéril y, al final, habrá de ser confesado y no celebrado.

En segundo lugar, su ministerio debe estar marcado por una labor ardua. En nuestras preparaciones para enseñar y predicar, debemos tomarnos muy en serio la advertencia de Pablo a Timoteo: «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad» (2 Ti. 2:15). Pablo podía hablar de su ministerio en estos términos: «Y con este fin también trabajo, esforzándome según su poder que obra poderosamente en mí» (Col. 1:29). Recordó a los corintios sus «trabajos y fatigas» (2 Co. 11:27). Es un hecho sencillo, aunque ignorado, que las Escrituras no entregarán sus tesoros a los perezosos ni a los negligentes. Y Dios no bendecirá con gracia de conversión y edificación el ministerio de los hombres que no «gaste y sea gastado» por las almas de los hombres (2 Co. 12:15).

En tercer lugar, su ministerio debe estar marcado por la resolución en lo que respecta a su propio estado espiritual y moral. Pablo pudo decir al Sanedrín judío: «He vivido delante de Dios con una conciencia perfectamente limpia» (Hch. 23:1). Le fue posible decir al gobernador romano de Judea: «Teniendo la misma esperanza en Dios […], de que ciertamente habrá una resurrección tanto de los justos como de los impíos. Por esto, yo también me esfuerzo por conservar siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres» (Hch. 24:15-16). Semejante testimonio no se lograba al margen de una resolución y un esfuerzo continua, ferviente, como Pablo describe en 1 Co. 9:27. «Golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado» (1 Co. 9:27). Tan vital es esta determinación que Pablo advierte a Timoteo: «Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza; persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan» (1 Ti. 4:16). Por consiguiente, que Timoteo ignorara el estado de su propia alma sería tan perjudicial para el éxito de sus tareas como descuidar la sana doctrina. De hecho, ¿cómo podría ser de otro modo? ¿Acaso Dios bendecirá a aquellos cuyas propias almas no son transformadas por las verdades que predican? ¿Bendice Dios a los hipócritas?

¿Qué sabe su gente de usted, como experiencia de primera mano? ¿Lo conocen como un hombre que sigue el ejemplo apostólico en su caminar y su ministerio? ¿Cómo un hombre que se niega a sí mismo? La presencia de esta virtud se da por sentada en todo lo que ya hemos visto. Pertenece a la esencia del vivir cristiano y a la del ministerio cristiano. ¿Su manifestación de esta virtud va en aumento? Si no es así, no será capaz de hablar como lo hizo Pablo al final de su ministerio. Todavía queda mucho por ver en los capítulos que tenemos por delante, ¿pero ha captado ya Dios su atención? ¿Está usted haciendo las cosas que lo capacitarán a proceder y acabar bien?

Notas:

1. J. A. Alexander, A Commentary on the Acts of the Apostles [Un comentario sobre los Hechos de los Apóstoles] (reed., Edimburgo: Banner of Truth, 1963), 2:239.

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Pastors’ Conference 2013 | The Courageous Manner of Paul’s Preaching and Its Fruit in His Own Conscience

The Courageous Manner of Paul’s Preaching and Its Fruit in His Own Conscience

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I shrank not from declaring unto you anything that was profitable. . . .
I go bound in the spirit . . . I hold not my life of any account as dear unto
myself . . . I testify unto you this day, that I am pure from the blood of all
men. For I shrank not from declaring unto you the whole counsel of God
(Acts 20:20, 22, 24, 26-27).

In previous chapters, we have been considering Paul’s example as an able and faithful preacher of the Word of God. Thus far we have looked at the scope of his preaching and its focus and recurring themes. In this chapter, we will consider the courageous manner of his preaching and its fruit in his own conscience.

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Pastors’ Conference 2013 | The Focus and Recurring Themes of Paul’s Preaching II

The Focus and Recurring Themes of Paul’s Preaching II

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To testify the gospel of the grace of God (Acts 20:24).

In the last chapter we began to consider the foci and recurring themes of Paul’s preaching. We examined Acts 20:21, where Paul speaks of his “testifying both to Jews and to Greeks repentance toward God, and faith toward our Lord Jesus Christ.” And we saw that in this statement, he identifies a primary focus and recurring emphasis in his preaching, i.e., the themes of repentance and faith. In this chapter, we continue this study by examining the words in verse 24 that he uses to summarize and characterize the ministry that he received from the Lord Jesus: “to testify the gospel of the grace of God.”

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Pastors’ Conference 2013 | The Focus and Recurring Themes of Paul’s Preaching I

The Focus and Recurring Themes of Paul’s Preaching I

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Testifying both to Jews and to Greeks
repentance toward God and
faith toward our Lord Jesus Christ (20:21).

In this segment of our study, we are considering Paul’s example as an able and faithful preacher of the Scriptures. In the last chapter we looked at Paul’s claim concerning the scope of his preaching, as described in the words: “I shrank not from declaring unto you anything that was profitable” (20:20), “I shrank not from declaring unto you the whole counsel of God” (20:27). In this chapter, we come to . . .

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Pastors’ Conference 2013 | The Scope of Paul’s Preaching

The Scope of Paul’s Preaching

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I shrank not from declaring unto you anything that was profitable . . .I shrank not from declaring unto you the whole counsel of God (Acts 20:20, 27).

In previous studies, we have seen that Paul appeals to the Ephesians’ knowledge of his consistent humility, compassion, and unselfishness. In this chapter, we begin to take up the next mark of a true pastor, which is that he is an able and faithful preacher of God’s Word. Paul says to the Ephesian elders,

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2014 Pastors’ Conference | Paul’s Farewell III

Paul’s Farewell III

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2014 Pastors’ Conference | Paul’s Farewell II

Paul’s Farewell II

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2014 Pastors’ Conference | Paul’s Farewell I

Paul’s Farewell I

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