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2013 Pastors’ Conference | The Church as the Bride of Christ

La Iglesia como la esposa de Cristo

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La Iglesia como la esposa de Cristo

En Efesios 5:22 leemos:

“Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo Él mismo el Salvador del cuerpo. Pero así como la iglesia, está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada. Así también deben amar los maridos a sus mujeres, como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, así como también Cristo a la iglesia”.

Acudamos ahora al Señor en oración y pidámosle su bendición sobre la palabra.

Oremos:

“Padre celestial, nos inclinamos ante ti, conscientes de que necesitamos de tu Espíritu. Tú has prometido, Señor, que escucharías el clamor de tus hijos, así que venimos como hijos que tienen el espíritu de Dios, el espíritu de adopción que nos capacita para exclamar: ‘Abba, Padre”. Y venimos a ti creyendo que te agrada derramar lluvias de buenos dones sobre tus hijos. Tú eres un Dios generoso. Te damos gracias por las bendiciones del pasado Día del Señor. Te damos gracias por ayudar a los siervos que ministraron la Palabra de Dios, y, ahora, te pedimos, Señor, que tu bendición esté sobre estos hombres, aquí, sobre los diferentes oradores. Danos, Señor, tu Espíritu. Ayúdanos a manejar con precisión la Palabra de Verdad. Te lo pedimos en el nombre de Cristo, amén”.

Permíteme empezar diciendo que hay una especie de obsesión hoy con el matrimonio. Libros sobre el asunto, conferencias, seminarios, consejería matrimonial en abundancia; y, aunque esto no es necesariamente algo malo, podría no ser tan bueno como uno piensa. Puede ser una señal de enfermedad, no un indicativo de salud. Quizá sea un indicio de estar en problemas, y que las personas andan en busca de respuestas. ¿Quién suele hablar sobre el cáncer? Aquellos que lo padecen, los que están sufriendo por esta dolencia. Y esto explica, en mi opinión y hasta cierto punto, por qué hay tantos libros sobre el matrimonio: porque se están derrumbando ante nuestros propios ojos. Por primera vez en la historia estadounidense, más personas —según me han dicho recientemente— viven juntas y después entran en la relación matrimonial; algo similar le ha sucedido a la iglesia de Jesucristo. ¿Has notado que se han escrito más libros sobre la iglesia en los últimos cinco, diez años que hace 24 ó 30 años? ¡Y no todos son positivos! De hecho, varios de ellos son bastante negativos. Estos son algunos de los títulos: Life After Church [La vida después de la iglesia]; Quitting Church [Abandonando la iglesia]; You Don’t Want to Go to Church Anymore [Ya no quieres ir a la iglesia]. Existe un creciente sentimiento de que la iglesia está muriendo. Se nos está diciendo ad náuseam que es necesario que hagamos cambios, y que si no los realizamos rápido, nos enfrentaremos con toda seguridad a la muerte. Y estoy convencido de que has escuchado algunas cosas negativas, tal vez incluso de personas que un día se sentaron en los bancos de la iglesia, pero ya no. Consideran que la religión organizada es opresiva e irrelevante. Además, existe una creciente desilusión y desencanto entre los jóvenes. El ochenta por ciento de los jóvenes están abandonando las iglesias evangélicas y no vuelven. Con toda esta crítica, ¿no te sientes como Cristiano en El progreso del peregrino de Bunyan? ¿Recuerdas la parte inicial de esa historia, la escena de apertura? Estaba tan afligido que tapó sus oídos con los dedos y salió corriendo. No sé si te ha pasado, pero a mí sí. Algunas veces he sentido ganas de taparme los oídos y decir: “¡Basta ya de críticas! ¡Basta de hablar mal de la iglesia! ¡Basta ya de odiar a la iglesia de Cristo!”.

Yo amo a la iglesia, ¿tú no? Deberíamos. Y ese es, en realidad, el propósito de esta sesión y de las demás que tendré la oportunidad de exponer ante ustedes. No estoy aquí para hablar de nuestros problemas ni de cómo se supone que podemos resolver las dificultades que creemos tener, sino para apreciar y suscitar el amor y el afecto por la iglesia. Los pastores pueden perder la perspectiva, y podemos olvidarnos de lo privilegiados que somos no sólo de servir a la iglesia, sino de ser miembros, integrados en la iglesia. Por tanto, permítanme empezar diciendo que no planeo decir nada nuevo.

En nuestro estudio reciente de la iglesia con nuestra propia gente en la iglesia Grace Baptist, hace varios meses, hice buen uso de nuestra Confesión de Fe de 1689 o la Confesión de Londres. Sé que tiene más de trescientos años —creo que 324, para ser exacto—, pero es como el vino añejo, ¿verdad? Cuantos más años tiene, mejor es. Es bueno recordar que estamos viviendo en la era de las novedades, al menos aquí en los Estados Unidos; una verdadera falta de poder de fijación con casi todo. ¡Más de trescientos años, es bastante significativo! ¿Cómo te explicas la utilidad a largo plazo de este documento o de esta confesión? Bueno, creo que es bastante sencillo: está saturada con la Biblia y esta no pierde nunca su relevancia. Existen al menos cien textos, o más, de las Escrituras que respaldan todos los párrafos de la Confesión de Londres de 1689. Está repleta de Biblia y, en mi opinión, esto es algo que testifica de por qué ha resistido a la prueba del tiempo. El capítulo 26 de nuestra confesión se centra en la iglesia, que es donde nuestros antepasados bautistas parecían entusiasmarse de verdad. Es donde tienen lo que se podría llamar una explosión de tinta. Es el capítulo más largo, el doble que el capítulo que la Confesión de Westminster tiene sobre la iglesia; y se puede entender por qué: amaban la iglesia. Cuando quieres algo o a alguien, no puedes evitar hablar de ello y quieres contárselo a los demás.

Soy canadiense y hay algo que los canadienses amamos y que a la mayoría de las personas de otras partes del mundo no les gusta, probablemente. Nos encanta un juego que se llama “hockey”, no “fútbol”, sino “hockey”. Yo solía jugar ese deporte, hasta que tuve un accidente de automóvil bastante grave, y fue donde perdí mi brazo derecho. Pero amaba el juego del hockey y me sigue gustando. En Canadá hay un equipo particular que es mi favorito; se llama Toronto Maple Leafs [Hojas de Arce de Toronto]. Es muy posible que nunca hayas oído hablar de él, pero es el mayor equipo deportivo de Canadá. No han estado en los playoffs durante nueve años; esta es la primera vez que lo han logrado (de hecho, juegan esta noche), pero a mí me encanta hablar de ellos. Tal vez podamos sentarnos durante el almuerzo y tener un rato de charla. Me podrías preguntar sobre los jugadores, quién juega en qué posición, defensas, centrales, banda derecha, banda izquierda; pero la idea es la siguiente: si amamos algo o a alguien, nos gusta hablar de ello y esto mismo es válido para la iglesia.

Podríamos decir que nuestros antepasados bautistas amaban la iglesia y, por esta razón, tienen esta declaración o párrafo tan largo en el capítulo 26 sobre la iglesia. Y lo que creo debería impresionarnos más de ese largo párrafo, del capítulo 26, es que tiene algo del aroma de Jesucristo. Las declaraciones tienen, de principio a fin, lo que se podría denominar un “pulso o latido cristológico”. Por ejemplo, el primer párrafo de este capítulo identifica de inmediato a la iglesia en su relación con Jesucristo “serán reunidos [los electos] en uno bajo Cristo, su cabeza; y es la esposa, el cuerpo, la plenitud de aquel que llena todo en todos”. En el párrafo 2, que trata de las personas: “Todos en todo el mundo que profesan la fe del evangelio y obediencia a Dios por Cristo”. El párrafo 3 nos recuerda que no hay iglesias perfectas: “Las iglesias más puras bajo el cielo están sujetas a la impureza y al error, y algunas se han degenerado tanto que han llegado a ser no iglesias de Cristo, sino sinagogas de Satanás. Sin embargo, Cristo siempre ha tenido y siempre tendrá un reino en este mundo, hasta el fin del mismo, compuesto de aquellos que creen en él y profesan su nombre”. El párrafo 4 empieza identificando a Cristo como cabeza de la iglesia. Se hace mención explícita de Jesucristo en cada uno de estos párrafos, excepto en uno; en total, en catorce de quince. Tiene el aroma de Cristo y esto tiene sentido, ¿verdad? Porque la iglesia le pertenece a Cristo.

La primera vez que aparece la palabra “iglesia” en la Biblia, ya sabes donde es: en el Evangelio de Mateo, capítulo 16, el término griego ecclesia, donde Cristo afirma: “Mi iglesia”. ¡Es mi iglesia! A Cristo le gustaba hablar sobre Su iglesia. Podríamos decir que Cristo piensa cada día en Su iglesia. Ora por Su iglesia a diario, la guía, la cuida. ¡Ama a Su iglesia! Es un extraordinario punto de partida cuando uno empieza a hablar sobre la iglesia. ¿Cómo deberíamos moldear la doctrina de la iglesia? Pues, piensa en Jesucristo y, de nuevo, la confesión lo capta de una forma muy clara. En el párrafo 1, tras decirnos que Cristo es la cabeza de la iglesia, describen su relación con ella bajo la analogía del matrimonio. Utilizan la palabra “esposa”. Ahora bien, este término viene del latín espouse, que significa “prometida”. Con frecuencia hablamos de nuestra esposa o nuestro marido. Es un término descriptivo, una imagen gráfica; y no conozco una mejor y más sencilla forma de apreciar a la iglesia que estudiar las ilustraciones de la Biblia. Es casi como si Dios tomara un pincel y empezara a pintar, sobre el lienzo de las Escrituras, un retrato tras otro de la iglesia. Alguien ha contado hasta cien imágenes de la iglesia. ¡Cien! Creo que alguien ha sido un poco más específico: noventa y tres. Pero, aunque se rebajara esta cifra a la mitad —esto es una exageración—, cincuenta o setenta y cinco sería un número bastante relevante. Sólo el mero número de imágenes de la iglesia ya nos dice que es importante, relevante.

Dios ha pasado mucho tiempo ante su caballete de pintura, pintando imágenes de la iglesia; y no utiliza colores oscuros. Ninguno de estos retratos es feo, repulsivo o negativo. No; en realidad, podríamos decir lo siguiente: son más bien impresionantes, positivos, hermosos. Se puede decir que la pintura más bonita que tenemos de la iglesia es la analogía de la esposa, la novia de Jesucristo, y así es como queremos ver a la iglesia hoy bajo la primera imagen gráfica. Voy a usar cuatro ilustraciones de la iglesia a lo largo de nuestra sesión, pero esta es la primera de la que quiero que saquemos provecho: la analogía del matrimonio, de la esposa, la conyugal. La he dividido en dos sencillos puntos, y unas tres aplicaciones que surgen de lo que vamos a considerar. En primer lugar: la presentación de la analogía de la esposa o del matrimonio; y, después, en segundo lugar, el desarrollo de la analogía de la esposa o del matrimonio.

Contemplando de nuevo esa imagen gráfica, consideremos, pues, en primer lugar: la presentación de la analogía del matrimonio, la iglesia asemejada a una novia, a la esposa de Jesucristo. En su excelente libro titulado The Quest for Godliness [La búsqueda de la piedad], un estudio de los puritanos, el Dr. Packer los describe como gigantes espirituales, bajo la analogía de los árboles. Los pinta como esas secuoyas de California, de unos ciento ocho metros de alto y, en cuanto a tamaño del tronco, un metro ochenta de circunferencia. Gigantes espirituales. Y dice que lo que convierte a esas personas en los puritanos es la guerra spiritual: estaban preparados para librar guerra contra el pecado, el Diablo y el mundo. El Dr. Packer declara: “La comodidad y el lujo, como los que nuestra riqueza nos ofrece hoy, no conduce a la madurez, mientras que la dificultad y la lucha sí”. ¿No has observado que las personas más maduras, más piadosas, suelen ser aquellas que más han sufrido? Por lo general, son los mejores cristianos y creo que, en gran medida, esto explica quiénes fueron los puritanos: eran hombres que sufrieron, y sufrieron bien. Un hombre dijo: “¡Cuánto le debo al martillo y al yunque!” Vuelvo a repetir, lo que hizo que los puritanos fueran los puritanos fue que sufrieron, y supieron cómo sufrir. Sus batallas produjeron un carácter heroico, fueron capaces de elevarse por encima de sus temores y de sus desalientos.

El Dr. Packer sigue diciendo que estamos sumamente endeudados con los puritanos y recalca que no sólo por su piadoso ejemplo, sino también por lo que nos dieron: fueron los creadores del domingo cristiano y del matrimonio cristiano ingleses. Restauraron lo que podríamos llamar las ordenanzas creacionales del día de reposo y del matrimonio, esas ordenanzas que fueron dadas al hombre como hombre. El día de reposo le fue dado al hombre y también el don del matrimonio. Restauraron estos dos sacramentos creacionales: el día de reposo y la institución del matrimonio. Dice que los puritanos fueron como los Reformadores por cuanto glorificaron el matrimonio. Y esto es, en realidad, de lo que quiero hablar. Permíteme darte un par de citas de los puritanos, sólo para que veas qué pensaban ellos sobre el matrimonio.

“Salve, amor conyugal. Como una esposa trata las cartas de su esposo que está en un país lejano, halla muchos dulces indicios de amor, y las volverá a leer con frecuencia. A diario hablará a su esposo en la distancia y lo verá en las cartas. El hombre cuyo corazón ama a la mujer, le gusta soñar con ella por la noche, conserva su imagen en la mente cuando despierta, con aprensión. Piensa en ella cuando se sienta a la mesa. Ella está reclinada en su pecho. Su corazón confía en ella y su afecto por ella es como una poderosa corriente que fluye con la marea alta y con fuerza”. Los puritanos daban gran honor a la institución del matrimonio. Amaban realmente a sus esposas. ¿Acaso no estamos todos de acuerdo en que no hay relación más importante entre los seres humanos que la de marido y mujer? Si eres un hombre casado, ¿con quién tienes la mayor deuda? Con tu esposa, porque ella es tu ayuda.

Y, cuando Dios habla sobre la iglesia, quiere que pensemos en estos términos: la analogía del matrimonio, o la relación de marido y mujer, esa íntima relación que todos podemos apreciar ciertamente. La analogía del matrimonio o de los esposos recorre toda la Biblia. Dios quiere que entendamos que Su relación con Su pueblo tiene que ir marcada con la intimidad. Tiene sus semillas en el Antiguo Testamento. En las Escrituras tenemos una especie de presentación, un álbum de boda: el Antiguo Testamento. Permíteme darte un par de instantáneas del divino Novio o del Esposo. Isaías 62:5: “Porque como el joven se desposa con la doncella, se desposarán contigo tus hijos; y como se regocija el esposo por la esposa, tu Dios se regocijará por ti”. ¡Dios se regocija! Ese es el lenguaje elevado de la emoción.

Ahora bien, estoy seguro de que la mayoría de nosotros podemos recordar aquellos días en que sentíamos que nuestras emociones estaban disparadas, los días de cortejo, del compromiso, los primeros días de la luna de miel o del matrimonio. Remóntate a ese día en que tu esposa, tu novia, caminó por el pasillo con ese hermoso vestido blanco. ¿Te acuerdas? No me digas que tu corazón no se hinchó de entusiasmo. Hasta yo, que soy canadiense, con mi reserva, me sentí entusiasmado cuando vi a mi esposa, mi novia descendiendo por el pasillo. El corazón se disparaba de gozo; como hombres, como maridos, experimentamos una especie de deleite. Pues bien, Dios quiere comunicarnos eso. Cuando Él piensa en Su pueblo, en la iglesia, pinta esa imagen. En Jeremías 31, Dios declara: “Yo soy vuestro esposo”, y Jesús hace un buen uso de esta analogía. Varias veces leemos cómo Jesús mismo se pone bajo esta figura en los Evangelios con sus discípulos.

Vayamos, por ejemplo, al Evangelio de Lucas, capítulo 5. Jesús no menciona sencillamente esta imagen al azar. Creo que está pensando en el Antiguo Testamento. Utiliza esta ilustración que toma de los pasajes del Antiguo Testamento; y, aquí, en Lucas 5, interactúa con los fariseos y escribas. Constantemente los implicaba en controversia, y ellos venían a Él una y otra vez con quejas. Aquí en Lucas 5 tienen dos problemas o dos protestas contra Jesús. La primera es que pasa demasiado tiempo con los pecadores (v. 30). No les gusta el hecho de que Él esté evangelizando. La segunda crítica está relacionada con los discípulos de Jesús: sus seguidores se divierten mucho, están demasiado alegres, celebrando. Lucas 5:33: “Y ellos le dijeron: ¿Por qué los discípulos de Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben?” Jesús y Sus amigos discípulos están asistiendo a un banquete, una especie de fiesta, cuyo anfitrión es Leví. Están disfrutando de verdad. La comida es extraordinaria, y hasta se les podría escuchar reír. Era una ocasión de gozo, pero los fariseos —que eran los aguafiestas— no sabemos si sonreían alguna vez. Eran como esa mujer, la humorista Erma Bomberck, que escuchó por casualidad a alguien que hablaba con su hija durante un culto de adoración y dejó de sonreír en la iglesia.

“Nosotros ayunamos, los discípulos de Juan ayunan, ¿por qué no lo hacen ustedes? ¿Qué les pasa? ¡Borren esa sonrisa de su rostro! ¡Dejen de llenarse la boca de comida!”. Y Jesús no deja pasar esto por alto. Sale en defensa de sus amigos discípulos tomando esta analogía del matrimonio. Observa el versículo 34: “Él les dijo: ¿Podéis acaso hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con ellos?”. La palabra que Jesús usa aquí para describir la asistencia del novio es una expresión hebraica, literalmente “los hijos de la cámara nupcial”, los amigos del novio eran los responsables o quienes se ocupaban de los arreglos. Tenían que asegurarse de que hubiera suficiente comida, vino, y de que se tocara la música. Debían ocuparse de todos, y en especial del novio; y Jesús se identifica con el Esposo. De nuevo el versículo 34: “Entre tanto que el esposo está con ellos”. En la presencia del esposo, de Jesús, hay gozo. Él no quiere discípulos sombríos, porque Él no es un Salvador triste. ¿Crees que hubo alguien más feliz que Jesús? “Varón de dolores”, sí, pero la Biblia nos dice que era un “hombre de gozo”. En lo referente a sus emociones, tenía un equilibrio perfecto. Adoramos a un Salvador Esposo.

Estoy seguro de que habrías visto esto en las mujeres y esposas de tu propia congregación, algunas de ellas muy alegres y otras muy tristes; y, la mayoría de las veces —no siempre— la salud emocional de una esposa está relacionada con la forma en que su marido la trata. Un esposo cariñoso, amoroso, sensible suele tener una esposa que florece como una flor resplandeciente, con gozo, contentamiento; pero el marido insensible, exigente, que critica constantemente, tiene una esposa que se reseca, que parece una flor que ha estado bajo el calor del sol y no se ha regado en semanas. Así como la esposa tiene un profundo impacto en su marido, éste también tiene un profundo impacto sobre su esposa, sobre su salud emocional. Piensa en esto: El Esposo es Jesús. Tenemos un Esposo perfecto, que se regocija en nosotros. Este Esposo no se irrita nunca, jamás está frustrado ni malhumorado con su esposa. Nunca es egoísta, la cuida siempre y es constantemente solícito. Siempre dispone de tiempo suficiente para ella, ella puede hablar siempre con él. Jesús es el Esposo y la iglesia es su esposa.

Esta analogía del matrimonio, por extraña que pueda parecer, figura con mayor frecuencia en el libro de Apocalipsis. ¿Por qué? Al menos lo que yo pienso es que es una analogía que mira hacia el futuro. Como sabrás probablemente, el matrimonio judío era un poco distinto al nuestro. Tenían lo que se llamaba el periodo del desposorio. Era algo mucho más que, para nosotros, el estar prometidos. Era un asunto más serio, más vinculante. Era como si estuvieran casados en realidad, como si hubieran firmado los documentos y pronunciado sus votos. Se habían comprometido en público, ante un testigo. Era algo muy parecido a la ceremonia de boda. Incluso había una dote que pagaba el novio o su familia. Por tanto, en ese sentido, era como un matrimonio. Se parecía a lo que nosotros entenderíamos como un matrimonio, pero sin llegar a serlo por completo. La pareja comprometida no vivía junta, no estaban bajo el mismo techo ni tenían intimidad en lo que a relación sexual se refiere. De hecho, durante este periodo del desposorio, podían no verse o no hablarse durante meses, y podía durar largo tiempo. Una de las razones era poner a prueba la fidelidad, la lealtad; algo similar a nuestra relación con Jesús.

Estamos comprometidos con Jesús; este es el lenguaje del apóstol Pablo, ¿no es así? En 2 Corintios pudo decir: “Os he desposado con un sólo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo”. De modo que estamos comprometidos con Cristo, pero no nos hemos sentado aún a la cena de boda. Seguimos esperando la plenitud de esa relación matrimonial. Jesús no nos ha llevado aún al hogar, a morar con Él para siempre en ese lugar llamado “Cielo”. Todavía hay algo por llegar. La Biblia espera la consumación final, y sigue esperando que el Esposo regrese para llevarnos a casa. En el libro de Apocalipsis, Juan espera la venida del Esposo. Por esa razón tenemos tantas referencias. Apocalipsis 19:7, por ejemplo: “Regocijémonos y alegrémonos, y démosle a Él la gloria, porque las bodas del Cordero han llegado y su esposa se ha preparado”. De nuevo está esperando ese matrimonio del cordero, el banquete de boda. Apocalipsis 21:2: “Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo”. Y, después, en la parte final de Apocalipsis, en el capítulo 22, versículo 17: “Y el Espíritu y la esposa dicen: Ven”.

Si estás casado, probablemente tendrás una fotografía de tu esposa, ¿verdad? ¿En tu billetera? Antes de venir le pregunté a mi esposa si podía tomarle una foto. A ella no le gusta mucho que la fotografíen, pero le dije: “Cariño, quiero una foto tuya”. De modo que le saqué una fotografía en mi Ipad; si quieren ver a mi esposa, pueden hacerlo, pero díganme que tienen una foto de su esposa. Tal vez no en su billetera, pero sobre su escritorio, en la oficina. Pues bien, esa es una imagen que Dios quiere poner ante nuestros propios ojos, delante de nuestro pueblo. Es la imagen de un esposo tierno, amoroso; es la imagen de Jesucristo. Dicen que “una imagen vale más que mil palabras”. Pues esta vale diez mil sermones.

Una vez presentada la analogía del matrimonio, ahora pasamos al: desarrollo de la analogía del matrimonio. Mi bosquejo es sencillo: la presentación de la analogía del matrimonio, el desarrollo de la analogía del matrimonio. Como ya dije, se puede decir mucho de esta única imagen, pero permíteme llamar la atención a dos facetas o aspectos del amor de Cristo por su iglesia. Ambas son tremendamente consoladoras para el pueblo de Dios, para nosotros como pastores, en medio de nuestros desafíos y luchas. Quiero hablarte sobre Su amor. En primer lugar: Su amor protector, y, después: Su amor sacrificial. Jesús ama a Su iglesia, y esto significa que la cuida.

Pasemos a Efesios 1. Este libro tiene mucho que decir sobre la iglesia. Comienza su primer capítulo hablándonos de ella. Efesios 1:21 dice que Jesucristo está por encima de todo: “Tiene poder y dominio sobre todo nombre que se nombra”. Es una declaración magnífica sobre nuestro Señor Jesús en términos de Su gobierno y reinado: “Muy por encima de todo principado, autoridad, poder, dominio y de todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero”. Pero —como señala el Dr. Ferguson en su comentario sobre Efesios— por magnífica que sea esta declaración sobre Jesús, no llega a su clímax de aplicación hasta el versículo 22. Observa: “Y todo sometió bajo sus pies, y a Él lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de aquel que lo llena todo en todo”. Él reina sobre todas las cosas. Domina a todos Sus enemigos, todas las fuerzas siniestras y malignas de este universo, con el fin de salvaguardar y bendecir a Su iglesia, Su pueblo escogido. Pablo quiere asegurarles a los efesios, en esta misma carta, en la parte frontal de esta carta, que Jesús cuidará a su iglesia. Así es cómo empieza.

Pero, observa que también, al final de la carta, nos dice que Jesús cuida de Su iglesia, en Efesios 5, esa sección que se leyó anteriormente. Efesios 5 habla aquí a los maridos y a las esposas, ayudándoles a entender sus papeles distintivos, y da un módulo teológico sobre la iglesia. Dice que la forma en que el marido se relaciona con la esposa, cómo se comportan el uno con el otro, sirve de parábola visible que refleja la relación entre Cristo y su esposa. Es bastante aleccionador, como esposos, porque se supone que debemos ser un ejemplo vivo en nuestra relación con nuestras esposas. El hombre que trata a su esposa con gentileza, amabilidad, ternura, está sirviendo realmente como herramienta evangelizadora hacia el mundo. Está anunciando: “¡Así es Jesús! ¡Así es cómo Jesús trata a Su iglesia!”. De manera que esta siempre es la pregunta que necesitamos hacernos: “¿Le hablamos a nuestras esposas? ¿Escuchamos a nuestras esposas? ¿Nos preocupamos de ellas? ¿Las protegemos o las ignoramos? ¿Somos irritables con ellas?”. Le estás hablando a la gente sobre Jesús. No queremos mentir sobre Jesús, ¿verdad? Él insta a los maridos a amar a sus esposas como Cristo amó a la iglesia. Lo enfatiza en el versículo 28, en el versículo 32, y también en el versículo 25; pero lo arraiga y lo basa en el amor de Cristo por la iglesia. “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia”, y recalca la idea de que es un amor con propósito. Versículo 26: “Para santificarla”. Versículo 27: “a fin de presentársela a sí mismo en toda su gloria”. Y, después, en tercer lugar, en el versículo 27: “para hacerla santa e inmaculada”. Tres cláusulas de propósito. Después, sigue instruyendo o instando a los esposos a amar a sus esposas, a cuidar tiernamente de ellas como de su propio cuerpo.

Cuando se trata de deportes, los hombres tienen tendencia a que les guste la fuerza y la dureza; nos gusta el fútbol americano, y nos gusta el hockey. Pero, cuando se trata de nuestros cuerpos, somos más blandos. ¿Te ha dicho tu mujer esto alguna vez? La mía sí, y es bastante incómodo: “¡Deja de lloriquear!”. Cuando estoy un poco resfriado o tocado por el virus de la gripe, a veces gimo y me quejo bastante. ¡No llevamos bien la enfermedad! Yo no la llevo tan bien como mi esposa; pero el apóstol Pablo está al tanto de esto. Tal vez sabe que los hombres tienden a ser blandos con su propio cuerpo, por eso lo recalca. Todos podemos relacionarnos con esto, y de alguna manera la forma en que tratamos nuestros cuerpos debe también manifestarse en cómo cuidamos a nuestras esposas: un cuidado suave, solícito y de alta calidad. Los maridos deben, pues, amar a sus esposas como a sus propios cuerpos. Y cuando habla aquí de sustentar y cuidar a nuestras esposas como lo hacemos con nuestro propio cuerpo, vuelve a meter a Jesús en la imagen. Versículo 29: “Porque nadie aborreció jamás su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, así como también Cristo a la iglesia”.

Ahora bien, ¿quieres ver a Jesús en acción? ¿Quieres ver cómo cuida a Su iglesia? Repasa los Evangelios y verás cómo se preocupa por sus discípulos. Se ocupaba de la totalidad de la persona. Le preocupaba su estado emocional. ¿Recuerdas? Les dijo que no tuvieran miedo. Los protegió espiritualmente de sus enemigos, los fariseos. Cuando estos los atacaban, era como si Jesús fuera un león que saltaba en defensa de Sus pequeños cachorros. En numerosas ocasiones advierte a los discípulos contra la levadura de los escribas y de los fariseos. A veces, Jesús ejercía su cuidado protector ocupándose de los problemas de pecado que ellos tenían. Los protegió del peligroso pecado del orgullo, y cuando discutían entre ellos quién era el mayor, ¿qué hizo Jesús? Les dio una ilustración sirviéndose de un niño. Los protegió enseñándoles, no sólo advirtiéndoles, sino enseñándoles sobre la humildad y sobre lo que significa ser un siervo. Los protegió, asimismo, del diablo. ¿Recuerdas el incidente con Pedro en Lucas 22? Jesús sabía que el diablo iba tras Pedro y le advirtió: “Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo”. Es casi como si Pedro caminara alrededor de uno de esos objetivos grandes en la espalda con un blanco bien marcado, y el diablo estuviera dirigiendo su atención al orgullo de Pedro y a su temor del hombre. ¡Y da en el blanco! Alcanza a Pedro y este cae, tropieza de muy mala manera. Empieza a jurar que no conoce al Señor Jesús. Si tuviéramos que detener la imagen en ese mismo momento, podríamos llegar a esta conclusión: “¡Este va a ser otro Judas! Va a desertar”. Pero no lo hace, ¿y sabes por qué? Porque Jesús oró por él, lo estaba protegiendo.

De manera que lo que vemos —Jesús en términos de Su relación con Sus discípulos— es una especie de microcosmo de lo que Él hace por la iglesia, la iglesia local, la iglesia universal, Su esposa. También vemos algo de esto en el libro de Apocalipsis. Tan pronto como abrimos ese libro, vemos a Jesús caminando entre los candelabros. Está allí para proteger a Su iglesia, para advertir a Su iglesia. Habla a las siete iglesias en esos dos primeros capítulos, advirtiéndoles específicamente de los peligros y amenazas; pero lo que queda muy claro es que Jesús se preocupa por Su iglesia. La protege de los enemigos, los de dentro y los de afuera. Jesús ama a Su iglesia, es evidente. ¡Ella es su esposa!

Bueno, hemos considerado este segundo asunto de la iglesia desarrollado bajo esta analogía. Vimos Su amor protector, pero mencioné que quiero considerar aquí la cuestión final: Su amor sacrificial. Cuando pensamos en la relación de Cristo con Su iglesia: Él es el esposo, ella es Su esposa. Él la protege. Existe el amor protector, pero también el sacrificial. Podría decir que he guardado lo mejor para el final. Cuando pensamos en el amor de Cristo por la iglesia, existen muchos lugares a los que podemos ir, lo sé muy bien. Podríamos remontarnos hasta la eternidad; Él nos escogió antes de la fundación del mundo. Incluso se lo dice a sus amigos discípulos, ¿lo recuerdas? Aquella última noche, en aquel aposento alto donde habla de amor: “Vosotros no me escogisteis a mí, sino que yo os escogí a vosotros”. Y nos amó; nosotros no le habríamos amado jamás si Él no nos hubiera amado primero. Es un amor elector, eterno. Pero donde el amor de Jesús llega a su más alta expresión, a su pináculo, su cénit, es en la cruz. ¡Esta analogía del matrimonio nos lleva a la cruz! Efesios 5:25 es un texto como la cima de una montaña: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella”. Jesús dijo: “Nadie tiene un amor mayor que éste: que uno dé su vida por sus amigos”. Jesús lo da todo, ¡se entrega a Sí mismo! ¿Qué más podría dar? Y, recuerda, no sólo es una muerte física, es una muerte sustitutoria. En la cruz no sólo sufrió el dolor del cuerpo. Sólo usa una expresión allí en el madero que nos indica que estaba sufriendo físicamente: “Tengo sed”. Sus palabras indicaban aún más: Su sufrimiento espiritual. Sobre todo en aquel grito de abandono: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Por primera vez en toda una eternidad de comunión con el Padre, esa relación se había quebrantado. ¡En la cruz sucedió algo parecido a un divorcio!

Estoy seguro de que habrás oído la historia de Martín Lutero, cuando se encontraba en su estudio y meditaba durante largo tiempo, horas, en esas palabras pronunciadas en la cruz, y pasó grandes períodos de tiempo sin comer, y en la más profunda meditación. Por fin se levantó y, cuando caminaba por la habitación se le oyó exclamar con asombro: “Dios abandonado por Dios, ¿quién puede entender esto?”. Cuando comencé mi ministerio en Canton, hace 25 años, ¿sabes cuál era uno de mis mayores temores? No tener suficiente para predicar. “¡Dos sermones a la semana! ¡Tengo miedo!”. Y ahora, me asusta predicar tan poco. ¡Tan poco de mi Biblia! Cuanto más la leo, más leo sobre mi Salvador, más pienso en Su amor, más siento que apenas he tocado la superficie. Es un océano de infinidad y nosotros sólo nos mojamos los dedos de los pies en él. Eso es todo lo que hacemos; pero en la cruz, nuestro Salvador, Jesús, fue abandonado. Pasó a estar bajo las oleadas de la ira de Dios, y éste lanzó todas las flechas que pudo a Su Hijo. Dios cargó sobre Él toda la maldición. ¿Por qué lo hizo? Para ser fiel a Sí mismo, el Justo y el Justificador. “De tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito”, ¿pero por qué fue Jesús a la cruz? Porque quiso obedecer a Su Padre. Era un Hijo perfecto. ¿Pero por qué jadeaba? ¿Por qué pronunció con gemidos estas palabras del Salmo 22: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”? ¡Porque amaba a la iglesia!

Seguramente habrás oído decir que la mejor forma de enseñar son las tres “R”, ¿verdad? ¿Y sabes cuáles son esas tres “R”? Repetir, repetir, repetir. Aquí en Efesios 5, Pablo usa las tres “R” para hablar del amor sacrificial de Cristo. Volvamos al versículo 2 del capítulo 5: “Y andad en amor, así como también Cristo os amó y se dio a sí mismo por nosotros”, esto tiene que ver con la cruz. En el versículo 23, por la palabra misma “Salvador” podemos argumentar que está pensando en la cruz. “Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo El mismo el Salvador del cuerpo”, que es la iglesia. El versículo 25: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella”, que es la razón por la que está en la cruz, sangra y muere, por lo que sepulta la ira de dios, porque ama a la iglesia, ¡la esposa! Está poniendo su vida por la esposa. La figura o gráfico del matrimonio se usa para describir a la iglesia, y la hemos considerado bajo dos encabezados sencillos. Pero, ahora, permíteme acabar con tres aplicaciones simples. ¿Qué podemos sacar de esto? Podríamos sacar muchas cosas, hermanos, pero sólo quiero exponer antes ustedes tres sencillas palabras de aplicación. Si comprendemos esta analogía, su relevancia y sus aplicaciones, ¿qué deducimos? ¿Qué podemos decir a nuestra gente, como pastores? ¿Qué nos enseña a nosotros mismos?

En primer lugar: entender que la iglesia como esposa de Cristo nos recuerda que tenemos una obligación como iglesia de ser leal y fiel al pacto del matrimonio. “El nuevo pacto en mi sangre”, dijo Jesús. Ya mencioné anteriormente que el desposorio de una joven pareja judía era un tiempo de prueba; a veces estaban separados durante meses. Era para probar la fidelidad y la lealtad, para probar si serían fieles a sus votos matrimoniales. Por tanto, la pregunta que se podría hacer es: estamos comprometidos con Cristo, ¿seremos fieles a nuestro voto? En el corazón mismo del pacto hay promesas, votos. Dios nos promete lealtad y fidelidad, ¿acaso no le prometemos lo mismo a él? Él ha prometido amor, bondad, amorosa lealtad, constancia. David y Jonatán tenían un pacto de lealtad: “Yo te seré leal, y tú me serás leal”. ¿No es esto lo que exige el matrimonio? La nota triste y trágica es que el Israel del Antiguo Pacto fue infiel, y se le asemeja a una ramera espiritual, una adúltera. Piensa en el libro de Oseas, ¿acaso no es esta la imagen que presenta? Es la historia de Oseas y Gomer. Un retrato de Israel: “No has sido fiel, eres como una prostituta, una ramera”. Dios quiere un pueblo fiel, y esta es una de las cosas que debería marcar a la iglesia: la fidelidad.

La primerísima instantánea que tenemos de la iglesia se encuentra en Hechos 2. Ella se mantuvo firme, era fiel. Se dedicaban a la enseñanza apostólica, la comunión y las oraciones. ¿Recuerdas cuando Pablo les escribe a los corintios? Esta es una de las cosas que ha grabado en sus conciencias: que no están siendo fieles. Teme que no estén siendo leales a sus votos. En 2 Corintios 11:2, leemos: “Porque celoso estoy de vosotros con celo de Dios; pues os desposé a un esposo para presentaros como virgen pura a Cristo. Pero temo que, así como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestras mentes sean desviadas [o corrompidas] de la sencillez y pureza de la devoción a Cristo”. Es algo que puede ocurrir rápidamente, ¿no es así? A menudo, en una generación. Muy pocos seminarios duran dos generaciones. Todos conocemos iglesias, tal vez algunas en las que hayamos tenido comunión hace años, que ya no mantienen la doctrina de los Apóstoles. En algún momento, dejaron de creer que eran la esposa de Cristo. La analogía argumenta a favor de la lealtad y la fidelidad a Jesús, y a lo que es verdad. Jesús es lo verdadero.

En segundo lugar: la analogía del matrimonio, la esposa y el esposo, argumenta que necesitamos cultivar y mantener intimidad con nuestro Esposo, nuestro Salvador. ¿Acaso no es esto lo que se destaca en la relación del matrimonio? “Los dos serán uno”. Es una relación de intimidad, ¡y resulta tan fácil convertirse en algo parecido a una máquina de sermones! O entrar en tu oficina o estudio y empezar a acercarte a tus libros, tus comentarios e incluso a tu Biblia como un abogado profesional. ¡Dejamos de considerar a Jesús como el amante de nuestras almas! Ya no pensamos en la fe cristiana como en un romance cuando, en realidad, es así como deberíamos verlo, como una especie de romance. “La iglesia de Éfeso ha perdido su primer amor”, y tú también podrías ser doctrinalmente ortodoxo ¡y, a pesar de ello, haber perdido tu primer amor! ¡Una cabeza llena de hechos, pero sin corazón para Jesús! En su excelente libro Knowing God [Conociendo a Dios], el Dr. Packer hace una declaración que jamás he olvidado. Dice: “Puedes saber tanto de Dios o tener tanta teología como Juan Calvino, y, sin embargo, no conocer a Dios en absoluto”. Es necesario que tengamos una creciente relación íntima con el Señor Jesús, y es preciso que alentemos a nuestra agente diciéndoles que son la esposa de Cristo. ¡Ellos también la necesitan! Las presiones del ministerio, la preparación de los sermones, y hasta nuestras oraciones pueden convertirse en algo demasiado formal. Pronunciamos las palabras correctas, pero hay una gran carencia de afecto y de corazón. No olvides que tu Salvador es tu Esposo. No olvides que tenemos que mantener una relación íntima con Jesucristo en nuestro rincón de oración, en nuestros cultos de oración, cuando interactuamos con el pueblo de Dios. Cuando predicamos queremos alentarlos a recordar que tienen una relación viva, íntima con Jesucristo. La semana pasada estaba leyendo ese enorme volumen sobre teología puritana del Doctor Joel Beeke, donde dice: “¿Qué podemos aprender de los puritanos?”. Lo primero que dice es: que estaban centrados en Cristo. ¡Los puritanos estaban enfocados en Cristo! Lee las cartas de Rutherford. ¡Él hablaba en términos tan tiernos con su Salvador! Y lo primero que dice en ese capítulo, la primera cita que proporciona es de Thomas Brooks: “Quienes aman cualquier cosa más que a Cristo, no aman a Cristo. Si pierdes a Cristo, ¡lo has perdido todo!”. No perdamos de vista al Amante de nuestras almas, y no dejemos de amarlo y alentar a nuestra gente a que lo amen; Él es su Esposo.

La analogía del matrimonio nos alienta a mantener lealtad y fidelidad a Jesucristo, el Esposo; nos estimula a cultivar la intimidad con Jesús, el Esposo; pero, en tercer y último lugar, hermanos, esta analogía del matrimonio o del esposo, del esposo y de la esposa, nos alienta a luchar por la pureza. Adoramos a un Salvador santo, el Cordero perfecto, el Esposo perfecto, y Jesús quiere una esposa pura. Efesios 5:26 dice: “Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra”. ¿Recuerdas 2 Corintios 11:2?: “Para presentaros como virgen pura”. Si somos la esposa de Cristo, debemos tomar en serio la santidad. Oí argumentar a un hombre sobre el asunto de la modestia o la forma de vestir entre las mujeres jóvenes de nuestra iglesia. ¡Lo hacía desde esta analogía de esposo/esposa! Es un argumento sumamente poderoso; te estás vistiendo para Jesús, quieres mostrarte puro en tu apariencia. Necesitamos decirle a nuestra gente que Jesucristo fue a la cruz para que fueran santos en toda manera de vivir. Y también hay indicativos evangélicos, ¿verdad? Nos dicen lo que Dios hizo por nosotros. No me da miedo afirmar que también hay imperativos evangélicos. Provoqué que alguien abandonara la iglesia donde yo pastoreaba, porque utilicé esta terminología de “imperativos del evangelio”. Él creía que era una perversión del evangelio. Yo dije: “¿Acaso no dice la Biblia: ‘¡obedece el evangelio!’?”. Todas las epístolas de Pablo están divididas en términos de indicativos: “Esto es lo que Jesús ha hecho por ustedes, ahora esto es lo que ustedes tienen que hacer por él: ¡vivir una vida santa!”.

Una esposa perfecta para un Esposo perfecto; por eso anhelamos el día en que Jesús regrese y lo veamos cara a cara. Queremos mirarlo a los ojos y no avergonzarnos, sentir que hemos sido fieles. Ese día, seremos como Él es, perfectos como Él. Pero hasta ese momento es necesario que luchemos, que peleemos por vivir una vida santa, que alentemos a nuestra gente a perseverar, a perseverar en fe, en vestir toda la armadura de Dios y en librar batalla contra el diablo y contra su propia corrupción remanente. ¡Jesús ama a la iglesia! Ama a su esposa y quiere que sea pura, una esposa atractiva. Cuando nos escogió éramos tan desagradables como se podía ser, pero quiere hacernos hermosos, y por ello nos santifica bajo la palabra de Dios; es la forma principal en que lo hace. Jesús nos amó y se entregó por nosotros, y un día seremos perfectos. Resulta difícil imaginar, ¿no es cierto? Perfectos. En el cielo no habrá riñas matrimoniales. Habrá un Esposo y una esposa perfectos. Es el único matrimonio en el cielo, ¿verdad? Es el matrimonio hecho en el cielo: un matrimonio perfecto, un Esposo perfecto, una esposa perfecta.

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The Church as the Bride of Christ

Ephesians chapter 5, verse 22,

“Wives, submit to your own husbands, as to the Lord. For the husband is head of the wife, as also Christ is head of the church; and He is the Savior of the body. Therefore, just as the church is subject to Christ, so let the wives be to their own husbands in everything. Husbands, love your wives, just as Christ also loved the church and gave Himself for her, that He might sanctify and cleanse her with the washing of water by the word, that He might present her to Himself a glorious church, not having spot or wrinkle or any such thing, but that she should be holy and without blemish. So husbands ought to love their own wives as their own bodies; he who loves his wife loves himself. For no one ever hated his own flesh, but nourishes and cherishes it, just as the Lord does the church.”

Well, let’s look to The Lord by way of prayer, and ask Him for His blessing upon the word. Let’s Pray.

Father in heaven, we bow before You, conscious that we are in need of Your Spirit. You have promised, Lord, that You will hear the cries of Your children, so we come as children who have even the spirit of God, the spirit of adoption to enable us to cry “Abba Father.” And we come believing, Lord, that You love to shower Your children with good gifts. You are a generous God. We thank You for the blessings of the past Lord’s Day. We thank You for giving help to those servants who ministered the Word of God, and now we pray, Lord, that Your blessing would be upon the men here, upon the various speakers. Give us, Lord, Your Spirit. Help us to rightly divide the Word of Truth, and we pray this in Christ’s name, amen.

Let me begin by saying there is a kind of obsession with marriage today. Marriage books, conferences, seminars, marriage counseling galore; and while that’s not necessarily a bad thing, it might not be as good as we think. It can be a sign of a disease, not a sign of health, a sign that we’re in trouble, and people are looking for answers. Who generally talks about cancer? It’s people who have cancer, and who are suffering from that disease. And that explains, I think, to some degree, why there are so many books on marriage: because marriages are crumbling before our very eyes. For the first time in American history, more people—I was told recently—are cohabiting, then they are entering into the marriage relationship; and something similar has happened to the church of Jesus Christ. Have you noticed there are more books being written about the church in the last, what, five, ten years, as opposed to the last 25 or 30 years? And they’re not all positive! In fact, a number of them are quite negative. Here are some of the titles: Life After Church, Quitting Church, You Don’t Want to Go to Church Anymore. There’s a growing sentiment that the church is dying. We are being told ad nauseum that we need to make changes, and if we don’t make changes fast, then we are going to face sure death. And I’m sure you’ve heard some of the negatives, as well, maybe even from people who once sat on church pews, but no longer. They view organized religion as oppressive and irrelevant. Plus, there’s a growing disillusionment and disenchantment among young people. Eighty percent of young people are leaving evangelical churches and not coming back. And with all the criticism, don’t you feel like Christian in Bunyan’s Pilgrim’s Progress? You remember the front part of that story, the opening scene? He’s in such distress, he puts his fingers in his ears and runs out the door; and sometimes, I don’t know if you do, but I feel like that, putting my fingers in my ears and saying, “Stop all the criticism! Stop bad-mouthing the church! Stop hating the church of Christ!”

I love the church, don’t you? We should; and that’s really the purpose in this session and the other ones I trust that I will have the opportunity to set before you. I’m not here to talk about our problems and supposedly how we can fix the problems we might think we have, but to appreciate and stir up love and affection for the church. We too, as pastors, can decline in our affection, in our love, in our appreciation for the church. Pastors can lose perspective, and we can forget how privileged we are not only to serve the church, but to be members, to be integrated into the church ourselves. So, let me begin by saying I don’t plan to say anything new.

In our recent study of the church with our own people at Grace Baptist Church several months ago, I made good use of our Confession of Faith the 1689 or the London Confession. I know it’s a Confession that’s over 300 years—324 I think, to be exact—but it’s like vintage wine, right? The older it gets, the better it gets. It’s good to remember that we are living in the age of fads, at least here in America, a very lack of sticking power with almost anything. 300 plus years—now that’s pretty significant! Well, how do you explain the long-term usefulness of that document or that confession? Well, I think it’s quite simple: it’s saturated with the Bible, and the Bible never loses its relevance. There are at least 100 plus texts of Scripture to support all of those paragraphs found in the 1689 of the London Confession. It’s full of Bible, and that’s something that I think testifies to why it’s stood the test of time. Chapter 26 of our Confession focuses upon the church, that’s where our Baptist forefathers seem to get really excited. That’s where they have what you might have called an explosion of ink. It’s the longest chapter, it’s twice as long as the Westminster chapter they have on the church; and you can understand why: they loved the church. When you love something or someone, you can’t help but talk about it, and you want to tell others about it.

I’m a Canadian, and there’s something that Canadians love that probably most people in other parts of the world don’t love. We love a game called “hockey,” not “soccer,” but “hockey”; and I used to play hockey until I had a pretty serious car accident, that’s where I lost my right arm, but I loved the game of hockey, and I still do. And there’s a particular team in Canada that I love, it’s called the Toronto Maple Leafs, you’ve probably never heard of them, but they’re probably the biggest sports team in Canada. They haven’t been in the playoffs for 9 years, this is the first year they got into the playoffs. In fact, they play tonight, but I do love to talk about the Toronto Maple Leafs, maybe we can sit down at lunch and have some conversation. You could ask me about the players, who plays what position, the fence, the center, right wing, left wing; but the point is: if we love something or someone, we love to talk about it, and the same is true of the church.

Our Baptist forefathers, we could say, loved the church, and that’s why they have that long statement or paragraph in chapter 26 about the church. And what should strike us, I think, most about that long paragraph, chapter 26, is that it has something of the aroma of Jesus Christ. The statements throughout have what you could call a “Christological pulse or heartbeat.” For example, the opening paragraph immediately identifies the church in its relationship to Jesus Christ “gathered into one, under Christ, the head thereof; and ithe spouse, the body, the fulness of him that filleth all in all.” Paragraph 2, again, consisting of the people “throughout the world, professing the faith of the gospel, and obedience unto God by Christ.” Paragraph 3 reminds us that there are no perfect churches, “The purest churches under heaven are subject to mixture and error; and some have so degenerated as to become no churches of Christ, but synagogues of Satan; nevertheless Christ always had a kingdom in this world, to the end thereof, of such as believe in him, and make profession of his name.” Paragraph 4 begins by identifying Christ as the head of the church. Jesus Christ is given explicit mention in every one of those paragraphs except one, fourteen of the fifteen. It has the aroma of Christ, and it makes sense, doesn’t it? Because the church belongs to Christ.

The very first time the word “church” is used in our Bible, you know where. Matthew’s gospel, Matthew 16, the Greek word ecclesia, where Christ says, “My church, it’s My church!” Christ loved to talk about His church. Every day, we could say, Christ is thinking about His church. Every day He’s praying for His church. Every day He’s guiding, taking care of His church. He loves His church! That’s a great starting point, when you start talking about the church. How should we shape the doctrine of the church? Well, think of Jesus Christ, and again, the Confession captures that quite distinctly. Paragraph 1, after telling us that Christ is the head of the church, they describe His relationship to the church under a marriage analogy. They use the word “spouse.” Now, that’s a word that comes from the Latin. It comes from the Latin word espouse, meaning “betrothed.” We often speak of ones wife or husband. It’s a picture word, it’s a graphic image; and I don’t really know a better way, a more simpler way to appreciate the church than to study the pictures of the Bible, the graphic images. It’s almost as if God takes a paintbrush, and begins to paint on the canvas of Scripture one picture after another picture of the church. Someone has counted up to 100 pictures of the church, 100! I think someone got a little bit more specific, 93, but even if you cut that in half—let’s say that’s a little bit of an exaggeration. Let’s say 50, or 75, that’s pretty significant. Just the sheer number of pictures of the church tells us that the church is important, significant.
God has spent a lot of time at His painting easel, painting pictures of the church, and He doesn’t use dark colors. Not one of the paintings is ugly, not one of the paintings is repulsive or negative. No, we could say this: they are rather breathtaking, positive, beautiful pictures. Arguably the most beautiful picture we have of the church is the church is the spouse, the bride of Jesus Christ, and that’s how we want to look at the church today under that first graphic image. I’m going to use four pictures of the church throughout our session, but this is the first one that I want us to take advantage of: it’s the marriage analogy, or the bride, or spousal analogy, and I’ve got two simple points. Two simple points, and then about three applications that grow out of what we will consider. First of all: the bride or the marriage analogy presented; and then secondly: the bride or marriage analogy developed.

So, let’s consider then first of all—looking again at this graphic picture: the church is likened to a bride, the spouse of Jesus Christ—first of all: the marriage analogy presented. Doctor Packer, in a excellent book titled The Quest for Godliness, which is a study of the Puritans, describes the Puritans as spiritual giants; and he describes them under the analogy of trees. He describes them as those California redwoods, what? 360 feet tall, and in terms of the size of the trunk: 60 feet round. Spiritual giants; and he says that what makes the Puritans the Puritans was spiritual warfare, they were prepared to wage war against sin, the devil, and the world. Doctor Packer says, “Ease and luxury, such as our affluence brings us today, do not make for maturity. Whereas hardship and struggle do.” Haven’t you noticed that the most mature, the most Godliest people, are often those who have suffered the most? Ordinarily, the best of Christians, and I think that, to a large degree, explains the Puritans. They were men who suffered, and who suffered well. What one man said, “What I owe to the hammer and the anvil!” What made the Puritans the Puritans was, again, they suffered and suffered well. Their battles produced a heroic of character, they were able to rise above their fears and their discouragements.

Doctor Packer goes on to say how indebted we are to the Puritans, and he says not only in terms of their Godly example, but he says this is what the Puritans gave us: they were creators of the English, Christian Sunday, and they were creators of the English, Christian marriage. They restored, what we could say, those creational ordinances of the Sabbath and marriage, those ordinances that were given to man as man. Sabbath was given to man, and so was marriage, the gift of marriage. They restored those two Creational ordinances: the Sabbath Day and the marriage institution. He says the Puritans were like the Reformers in that they glorified marriage. Marriage. That’s what I really want to talk about. Let me give you a couple of quotes from the Puritans, just to let you see what they thought about marriage. “Hail wedded love,” one quote, “as a wife deals with letters of her husband in a far country, she finds many sweet inklings of love, and she will read these letters often. And daily she will talk with her husband afar off and see him in the letters. The man whose heart is endeared to the woman he loves dreams of her in the night, has her in his eye in apprehension when he awakes. He thinks about her as he sits at the table. She lies in his bosom. His heart trusts in her, and his affection for her is like a mighty current that runs with full tide and strength.” The Puritans gave great honor to the marriage institution. They really loved their wives. They loved their wives, and wouldn’t we all agree that there’s no relationship between human beings that’s more important than a husband-wife relationship? Who are you most indebted to if you’re a married man? You’re indebted to your wife, she is your helper.

And when God talks about the church, He wants us to think in these terms: the marriage analogy, or the husband-wife relationship, that intimate relationship that we all can certainly appreciate. The marriage or spousal analogy runs throughout our Bibles. God wants us to understand that His relationship with His people is one that is to be marked with intimacy. It has its seeds in the Old Testament. We have something of a slideshow, we could say, kind of a wedding album in our Bibles, Old Testament. Let me just give you a couple of snapshots of the divine Bridegroom or Husband. Isaiah chapter 62, verse 5, “For as a young man marries a young woman, so shall your sons marry you. As the bridegroom rejoices over the bride, so shall your God rejoice over you.” God rejoice! That’s the language, it’s a language that soars with emotion.

Now, I’m sure most of us can remember back to those days when we felt like our emotions were soaring, those courtship days, those days of engagement, those early days of honeymoon or marriage. Think back to the very day that your wife, your bride walked down the aisle wearing that beautiful, white dress. Remember that day? Now, don’t tell me your heart didn’t race with excitement. Even me, being a Canadian with my reserve, I was excited when I saw my wife, my bride coming down the aisle. Your heart surged with joy, there’s something of a delight that we experience as men, as husbands. Well, God wants to communicate that to us. When He thinks about His people, when He thinks about the church He paints that picture. Jeremiah 31, God says, “I am a Husband to them,” and Jesus makes good use of this analogy. Several times we read in the gospels Jesus putting Himself under this very figure with his disciples.

Turn, for example, to Luke’s gospel, Luke chapter 5. Jesus doesn’t simply pull this image or picture out of a hat. I believe He’s thinking of the Old Testament, He’s using this image, He’s drawing from Old Testament passages; and here in Luke chapter 5, Jesus engages those Pharisees and scribes. He was constantly engaging them in controversy, and they were coming to Him with complaint after complaint. Well, here in Luke chapter 5, they have two problems, or two complaints, against Jesus. One complaint, first complaint is: He’s spending too much time with sinners in Luke 5, verse 30. They don’t like the fact that He’s involved in outreach and evangelism. The second criticism relates to the disciples of Jesus: His followers are enjoying themselves too much, they’re too happy, celebrating. Luke 5, verse 33, “Then they said to Him, ‘Why do the disciples of John fast often and make prayers, and likewise those of the Pharisees, but yours eat and drink?’” Jesus and His disciple friends are attending a banquet, something of a party, Levi’s party; and they’re really enjoying themselves. The food’s great, you might even hear them laughing. It was a joyous occasion, but the Pharisees—they were party poopers, sourpuss guys, I don’t know if they ever smiled. They were like that woman, that humorist Erma Bombeck, who overheard someone speaking to her daughter during a worship service, to stop that grinning here in church.

“We fast, John’s disciples fast, why don’t you fast? What’s wrong with you guys? Get those smiles off your face! Stop filling your mouths full of food!” And Jesus doesn’t let this go, does He? He goes on the defense of His disciple friends by picking up this marriage analogy. Notice verse 34, “And He said to them, ‘Can you make the friends of the bridegroom fast while the bridegroom is with them?’” The word Jesus uses here to describe the bridegroom attendance is a Hebraic expression, literally “the sons of the bridal chamber,” the friends of the groom were the ones responsible or in charge of the arrangements. They had to make sure that there was enough food room, enough wine, music was playing. They were to make sure that everybody was being taken care of, especially the bridegroom; and Jesus identifies Himself as the Bridegroom. Verse 34, again, “while the bridegroom is with them.” In the presence of the bridegroom, in the presence of Jesus, there is joy. Jesus doesn’t want gloomy disciples, He’s not a gloomy Savior. You think there was anyone more happy than Jesus? “Man of sorrows,” yes, but the Bible does tell us He was a “man of joy.” He had a perfect balance when it came to His emotions. We worship a Bridegroom Savior.

I’m sure you’ve seen this yourself with women and wives in your own congregation, some of them are very happy and some of them are very sad; and oftentimes—not always— oftentimes the emotional health of a wife is related to how her husband treats her. A caring, loving, sensitive husband usually, usually, has a wife that blossoms like a bright flower with joy, contentment, but the husband who is insensitive, demanding, unrelenting in his criticism, the wife shrivels up, she looks like a flower that has been under a hot sun and hasn’t had water for weeks. A husband—just like a wife has a profound impact upon a husband—a husband has a profound impact upon a wife, upon her emotional health. Well, think about this: the Bridegroom is Jesus. Jesus. We have a perfect Husband, Jesus rejoices over us. This Husband never gets irritated. He never is frustrated, He’s never grouchy with His wife, He’s never selfish. He always takes care of her, He’s always solicitous, He always has enough time for her, she always is able to talk to Him. Jesus is the Bridegroom, the church is His spouse.

Now, this marriage analogy, strange as it might seem, finds its greatest frequency in the book of Revelation, and why is that? Well, because, at least what I’m thinking is, the marriage analogy looks forward. It looks forward. As you probably know, the Jewish marriage was a little bit different than ours. They had what was called a betrothal period. Betrothal was more than our engagement, far more serious, more binding. It was really like they were married. It was like they’d signed the documents, they’d said their vows, they’d done than in public. There was a witness that these two were betrothed. It was something like a wedding ceremony, again, legal documents had been signed. There even had been a dowry paid by the groom or his family. So, in that sense, it did look like a marriage. It sounded like what we would understand as a marriage, but it fell short of a full-fledged marriage. A betrothed couple didn’t live together, they weren’t under the same roof, they had no intimacy in terms of the sexual relationship. In fact, during the betrothal periods they might not even see each other, or talk to each other for months, and it could go on for a long time. And one of the reasons was to test fidelity, loyalty; something similar to our relationship with Jesus.

We are, we have been betrothed to Jesus, that’s the very language the Apostle Paul uses, doesn’t he? In 2 Corinthians, “betrothed.” He could say to the Corinthians, “I have betrothed you to Christ to present you as a pure bride to her one Husband.” So, we’re betrothed to Christ, but we haven’t sat down at the marriage supper. We’re still anticipating the fullness of that marriage relationship. Jesus hasn’t brought us home to dwell with Him forever in that place called “Heaven.” There’s still something to come, you see. The Bible’s looking forward to the final consummation, still waiting for the Bridegroom to return to take us home! In the book of Revelation, John anticipates the coming of the Bridegroom. That’s why you have those references, Revelation 19, verse 7, for example, “Let us be glad and rejoice and give honor to Him, for the marriage of the Lamb has come, and His wife has made herself ready.” Again, he’s anticipating that marriage of the Lamb, marriage supper. Revelation 21, verse 2, “And I, John, saw the holy city, New Jerusalem, coming down out of heaven from God, prepared as a bride adorned for her husband.” And then at the very back end of Revelation, Revelation 22, verse 17, “And the Spirit and the bride say, ‘Come!’”

If you’re married, you probably have a picture of your wife, right? In your wallet? Before I left, I asked my wife if I could take a picture of her. She doesn’t like getting her picture taken, but I said, “Honey, I want a picture of you.” So, I got a picture in my iPad, if you want to see my wife, you can; but tell me you have a picture, don’t you, of your wife? Maybe not on your wallet, but at your desk, in your office. Well, this is a picture that God wants us to set before our own eyes, before our people. It’s this picture of a tender, loving husband; it’s the picture of Jesus Christ. They say “a picture is worth a thousand words.” Well, this is worth ten thousand sermons.

The marriage analogy presented, but secondly: the marriage analogy developed. I got a pretty simple outline: marriage analogy presented; marriage analogy developed. So, we’ve shown, I trust from the Bible, that that marriage analogy stands up, doesn’t it? I trust your conscience is convinced it’s a legitimate picture of the church; but the marriage analogy developed. As I said, a lot can be said from this one picture, let me simply draw your attention to two facets or aspects of Christ’s love for His church. Both are tremendously comforting for God’s people, for us as pastors, in the midst of our challenges and struggles. I want to talk to you about His love. First of all: His protecting love, and then: His sacrificial love. Protecting love, and sacrificial love; Jesus loves His church, that means He takes care of His church.

Turn to Ephesians chapter one, the book of Ephesians does have a lot to say about the church. He begins this first chapter telling us about the church. Ephesians 1, verse 21, he says that Jesus Christ towers over all; “He has power and dominion above every name that is named.” It’s a magnificent statement about our Lord Jesus in terms of His rule and reign: “Far above all power and principality and might and dominion, and every name that is named, not only in this age but also in that which is to come.” But—as Doctor Ferguson points out in his commentary on Ephesians—as magnificent as that statement is about Jesus, it doesn’t come to its applicatory climax until verse 22. Notice verse 22, “And He puts all things under His feet, and gave Him to be head over all things to the church, which is His body, the fullness of Him who fills all in all.” He reigns over all things. He subdues all of His enemies, all sinister, evil forces in this universe, in order to safeguard, bless His church, His chosen people. Paul wants to assure the Ephesians in this very letter, on the very front part of this letter, that Jesus is going to take care of His church! That’s how he begins.

But notice, that he, also, at the back end of the letter, tells us about Jesus taking care of His church in Ephesians 5, that section that was read earlier. Ephesians 5, speaking here to husbands and wives, helping them to understand their distinctive roles, he gives a theological module about the church, and says that a way a husband and a wife relate to each other, behave towards each other, serves as a visible parable, reflecting the relationship that exists between Christ and His church. It’s pretty sobering as a husband, because we’re supposed to be a living example in our relationship to our wives! The man who treats his wife graciously, kindly, tenderly, is really serving as an evangelistic tool to the world. He’s advertising, “This is Jesus! This is how Jesus treats His church!” So, that’s always the question we need to ask ourselves, “Do we talk to our wives? Do we listen to our wives? Do we care for our wives? Do we protect our wives? Or do we ignore our wives? Are we irritable with our wives?”

You’re telling people about Jesus. We don’t want to lie, do we? About Jesus? He urges husbands to love their wives like Christ loved the church. He emphasizes that in verse 28, in verse 32, as well as verse 25; but he roots or grounds it in Christ’s love for the church. “Husbands, love your wives, as Christ loved the church,” and he underscores that this is a purposeful love. Verse 26, “That He might sanctify”; verse 27, “Present her to Himself in splendor”; and then thirdly in verse 27, “Enable her to be holy and blameless,” three purpose clauses. Then he further instructs or urges husbands to love their wives, to tenderly take care of their wives like their own body!

When it comes to sports, men tend to like it rough and tough, we like football, we like hockey. When it comes to our bodies, we turn into softies. Has your wife ever said this to you? My wife has, it’s rather embarrassing, “Stop your whining!” When I have a little cold or a little touch of the flu bug, I mean, I can groan and moan quite a bit. “Stop your whining!” We don’t handle sickness! I don’t handle sickness as well as my wife handles sickness; but the Apostle Paul knows that. Maybe he knows that men tend to be softies with their own bodies, and so he drives this home, we could all relate to this, in terms of how you take care of your wife should be manifested in some way in which you take care of your body: that gentle, solicitous, high-quality care. So, husbands ought to love their own wives as their own bodies, and when he talks here of nourishing and cherishing our wives like we do our bodies, he brings Jesus back into the picture. Verse 29, “For no one ever hated his own flesh, but nourishes and cherishes it, just as the Lord does the church.”

Now, you want to see Jesus in action? You want to see how Jesus cares for His church? Run through the gospels, see how He cares for His disciples! He took care of the whole person, didn’t He? He was concerned for their emotional well-being. Remember? He tells them not to be afraid. He protected them spiritually from their enemies, the Pharisees. When the Pharisees attacked His disciples, it was like Jesus was a lion, springing to the defense of His little cubs. A number of occasions He warns the disciples about the leaven of the scribes and the Pharisees. Sometimes Jesus exercised His protecting care by dealing with the disciples’ own sin problems. He protected them from that dangerous sin of pride, and when they were squabbling among themselves—remember? “Who’s the greatest?” What did Jesus do? Well, He gave an illustration using a child. He protected them by teaching them, not only warning them, but teaching them about humility and what it means to be a servant. He also protected His disciples from the devil. Remember the incident with Peter in Luke chapter 22? Jesus knows the devil’s going after Peter, and He warns Peter, “Simon, Simon, indeed Satan has asked for you, that he may sift you as wheat.” It’s almost as if Peter’s walking around with one of those big targets on his back with a bullseye, and the devil’s going to zero in on Peter’s pride and his fear of man. And he hits Peter! Peter falls, Peter stumbles in a big, bad way. He begins to swear that he doesn’t even know the Lord Jesus, and if you were to freeze-frame Peter at that very moment, you might conclude, “The guy’s going to be another Judas! He’s going to go AWOL,” but he doesn’t, and you know why? Jesus prayed for him, Jesus was protecting him.

So, what we see—Jesus in terms of His relationship with His disciples—is something of a microcosm of what He does for the church, the local church, the universal church, His bride. We see something of that too, don’t we, in the book of Revelation? As soon as you open up the book of Revelation you see Jesus walking amongst the lampstands. He’s there to protect His church, to warn His church. He speaks to the seven churches in those first two chapters, warning them specifically of dangers and threats; but what’s so clear is that Jesus cares for His church. He’s protecting His church from the enemies, from within and from without. Jesus loves His church, of course He does, the church is His bride!

Well, we’ve considered this second matter of the church developed under this analogy. We looked at His protecting love, but I did mention I want to consider the final matter here: His sacrificial love. When we think of Christ’s relationship to His church: He is the bridegroom, the church is His bride, He protects the church, there is protecting love, but there’s also sacrificial love. I could say I’ve saved the best for the last. When we think of Christ’s love for the church, there’s lots of places we could go, I realize that. We could go all the way back to eternity, before the foundation of the world He chose us. He even tells His disciple friends, you remember? On that last night, in that upper room when He talks about love, “You did not choose Me, but I chose you”; and He loved us, we would never have loved Him if He didn’t first love us! It’s an electing love, it’s an eternal love, but where Jesus’ love comes to its highest expression, its pinnacle, its zenith, is at the cross. This marriage analogy takes us to the cross! Ephesians 5:25, it’s as the mountain peak text, “Husband love your wives, just as Christ also loved the church and gave Himself for her.” “No greater love,” said Jesus, “than to lay down one’s life for his friend.” Jesus gives everything, He gives Himself! What more could He give? And remember, it’s not just a physical death, it’s a substitutionary death. On the cross He suffered not just pain of body. He only uses one expression there on the cross to let us know He was suffering pain of body: “I thirst,” but more. Those sayings point to His spiritual suffering, especially that cry of dereliction, “My God, My God, why have You forsaken Me?” First time in an eternity of communion with the Father. First time that relationship was fractured, it was like a divorce took place at the cross!

I’m sure you’ve heard the story of Martin Luther where he was in his study and was meditating for a long time, hours, upon that one saying from the cross, and he went long periods without food and in deepest meditation, sitting in his one chair for a long time. Then he finally rose, and when walking the room he was heard to exclaim with amazement, “God forsaken by God—who can understand that?!” When I first started my ministry in Canton, 25 years ago, you know what one of my greatest fears was? I wouldn’t have enough to preach. “Two sermons every week? I’m scared!” And now—I’m scared I’m going to preach so little. So little of my Bible! The more I read my Bible, the more I read of my Savior, the more I think about His love, the more I feel I’ve just touched the surface. It’s an ocean of infinity, we simply dip our toes in the ocean! That’s all we do; but on the cross our Savior, Jesus, is forsaken. He comes under the billows of God’s wrath. God fires every arrow He possibly can at His Son. God brings the full curse upon His Son! Why would God do that? Well, to be true to Himself, The Just and The Justifier. “God also loved the world, He gave His only begotten Son,” but why would Jesus go to the cross? Well, He wanted to obey His Father. He was a perfect Son, but why is He gasping for air? Why is He groaning out those words of Psalm 22, “My God, My God, why have You forsaken Me?”? Well, it’s because He loved the church!

You’ve heard it said, “The best way to teach is three R’s,” right? Three R’s of teaching, you know what they are? Repeat, repeat, repeat. Here in Ephesians 5, Paul uses the three R’s to speak of Christ’s sacrificial love. Go back to verse 2 of the chapter, chapter 5, “And walk in love, as Christ also has loved us and given Himself for us,” that’s about the cross. Verse 23, you can argue by that very word “Savior” he’s thinking of the cross. “For the husband is the of the wife, as also Christ is head of the church; and He is the Savior of the body,” that’s the church. Verse 25, “Husbands, love your wives, just as Christ also loved the church and gave Himself for her,” that’s why He’s on the cross, that’s why He’s bleeding, that’s why He’s dying, that’s why He’s burying the wrath of God, because He loves the church, the bride! He’s laying down His life for the bride. A marriage figure, or graphic, is a graphic used to describe the church, we’ve considered it under two simple heads, but now let me just close with three simple applications. What can we draw from this? Well, we could draw many things brethren, but I simply want to set before you three simple words of application. If we understand this analogy, the significance of it, and the implications of it, what can we glean? What can we say to our people, as pastors? What does this teach us, ourselves?

Well, number one: understanding the church as the bride of Christ reminds us that we have an obligation as the church, to be loyal and faithful to the marriage covenant. “The new covenant in My blood,” said Jesus. I mentioned earlier that a young, Jewish couple betrothed, was a testing time, sometimes they were separated for months. It was to test fidelity and loyalty, to test whether they were going to be true to their marriage vows. So the question could be asked: we are betrothed to Christ, are we going to be true to our vow? At the very heart of the covenant are promises, vows. God promises loyalty and faithfulness to us, don’t we promise the same to Him? He’s promised love, lovingkindness, loving loyalty, steadfastness. David and Jonathan had a covenant of loyalty, “I’m going to be true to you, you’re going to be true to me.” Isn’t that what a marriage demands? On a sad, tragic note, Old Covenant Israel was unfaithful, they’re likened to a spiritual whore, adulterous. Think of the book of Hosea, isn’t that the whole picture? Hosea and Gomer? It’s a picture of Israel, “You haven’t been faithful, you’re like a prostitute, a harlot.” God wants a faithful people, that’s one of the things that should mark out the church: faithfulness.

The very first snapshot we have of the church is in Acts chapter 2, it continued steadfastly, it was faithful. They devoted themselves to Apostle’s teaching, fellowship, and prayers. And remember when Paul writes to the Corinthians? That’s one of the things he’s pressing upon their conscience, they’re not being faithful. He’s afraid they’re not being faithful to their vows. 2 Corinthians 11:2, “I feel a divine jealousy for you, for I betrothed you that I might present you as a chase virgin, and the serpent that deceived Eve by his cunning,” or his craftiness, “so your minds have been led astray,” or corrupted, “from a pure devotion to Christ.” It can happen quickly, can’t it? Often within a generation. Very few seminaries last for two generations. We all know churches, probably even churches that we might have fellowshipped with years ago, they no longer hold to the Apostles doctrine. Somewhere along the line they stopped believing they were the bride of Christ. The analogy argues for loyalty and fidelity to Jesus, and to the true. Jesus is the true.

Secondly: the marriage analogy, the bride and bridegroom argues that we need to cultivate and maintain intimacy with our Bridegroom, our Savior. Isn’t that what marks out a relationship of marriage? “The two shall become one.” It’s a relationship of intimacy, and it’s so easy, isn’t it, to become something like a sermon machine? Or to go into your office or your study, and you begin to approach your books, your commentaries, and even your Bible like a professional lawyer? We stopped viewing Jesus as the lover of our souls! We stopped thinking of the Christian faith in terms of a romance, and it’s something to be said that it is, it’s something of a romance. “The church of Ephesus has left their first love,” and you could be doctrinally orthodox and still leave your first love! A head full of facts, but no heart for Jesus! Doctor Packer, in that excellent book Knowing God said a statement that I’ve never forgotten. He said, “You can know as much about God, or have as much theology as John Calvin, and not know God at all.” We need to have a growing, intimate relationship with The Lord Jesus, and we need to encourage our people they are the bride of Christ, they do too. The pressures of the ministry, sermon preparation, even our praying can become formal. We say the right words, but there’s very lack of affection and heart. Don’t forget your Savior is your Husband. Don’t forget we are to maintain an intimate relationship with Jesus Christ in our prayer closets, in our prayer meetings, as we interact with God’s people, as we preach we want to encourage them to remember that they have a living, intimate relationship with Jesus Christ. I was reading this past week that huge volume on Puritan theology by Doctor Joel Beeke, and he says, “What can we learn from the Puritans?” The first thing he says is: they’re focused upon Christ. The Puritans, they’re focused upon Christ! Read the letters of Rutherford, I mean, he talked in such intimate terms with his Savior, and the first thing he says in that chapter, the first quote he gives is he gives a quote by Thomas Brooks, “They do not love Christ who love anything more than Christ. Miss Christ, and you miss all!” Let’s not lose sight of the Lover of our souls, and let’s not stop loving Him and encouraging our people to love Him, He is their Husband.

The marriage analogy encourages us to maintain loyalty, fidelity to Jesus Christ, the Bridegroom; it encourages us to cultivate intimacy with Jesus, the Bridegroom; but thirdly and finally men, this marriage or bridegroom analogy, bridegroom and bride analogy, encourages us to strive for purity. We worship a holy Savior, the perfect Lamb, the perfect Bridegroom, the perfect Husband, and Jesus wants a pure bride. Ephesians 5:26, “He loved the church and gave Himself for her, that He might sanctify and cleanse her with the washing of the Word.” In 2 Corinthians 11:2, remember? “Present you as a chase virgin.” If we are the bride of Christ, we must take holiness seriously, we must take it seriously. I heard a man argue for the matter of modesty, of dress, amongst young ladies from our churches. He argues from this bridegroom/bride analogy! Now, that’s a pretty powerful argument; you’re dressing up for Jesus, you want to show yourself to be pure in how you appear. We need to tell our people that Jesus Christ went to the cross so they would be holy in all manner of life. There are Gospel indicatives, aren’t there? They tell us what God did for us. I’m not afraid to say there’s Gospel imperatives, as well. I had someone leave the church where I was pastoring because I used that terminology “Gospel imperatives,” he thought that was a perversion of the Gospel. I said, “Doesn’t the Bible say, ‘Obey the gospel’?” All those epistles by Paul are divided in terms of indicatives, “This is what Jesus has done for you, now this is what you must do for Him: live out a holy life!”

A perfect bride for a perfect Bridegroom; that’s why we long for the day when Jesus returns, and we see Him face to face. You want to look in His eyes and not be ashamed that we have been true, faithful. On that day we will become like Him, perfect like Him, and until that day we need to strive, we need to fight to live a holy life, encourage our people to persevere, persevere in faith, persevere in putting on the whole armor of God and warring against the devil and against their own remaining corruption. Jesus loves the church! He loves His bride, and He wants a pure bride, an attractive bride. When He first chose us we were as ugly as ugly could be, but He wants to make us beautiful, that’s why He sanctifies us under the Word of God, that’s the primary way in which he does that. Jesus loved us, and gave Himself for us, and one day we will be perfect, it’s hard to imagine, isn’t it? Perfect. There’ll be no marital spats in Heaven, you have a perfect Husband and a perfect bride. It’s the only marriage in Heaven, right? It’s the marriage made in Heaven: a perfect marriage, perfect Husband, perfect bride.

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Sermones

2013 Pastors’ Conference | The Church as the Bride of Christ

La Iglesia como la esposa de Cristo

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La Iglesia como la esposa de Cristo

En Efesios 5:22 leemos:

“Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo Él mismo el Salvador del cuerpo. Pero así como la iglesia, está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada. Así también deben amar los maridos a sus mujeres, como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, así como también Cristo a la iglesia”.

Acudamos ahora al Señor en oración y pidámosle su bendición sobre la palabra.

Oremos:

“Padre celestial, nos inclinamos ante ti, conscientes de que necesitamos de tu Espíritu. Tú has prometido, Señor, que escucharías el clamor de tus hijos, así que venimos como hijos que tienen el espíritu de Dios, el espíritu de adopción que nos capacita para exclamar: ‘Abba, Padre”. Y venimos a ti creyendo que te agrada derramar lluvias de buenos dones sobre tus hijos. Tú eres un Dios generoso. Te damos gracias por las bendiciones del pasado Día del Señor. Te damos gracias por ayudar a los siervos que ministraron la Palabra de Dios, y, ahora, te pedimos, Señor, que tu bendición esté sobre estos hombres, aquí, sobre los diferentes oradores. Danos, Señor, tu Espíritu. Ayúdanos a manejar con precisión la Palabra de Verdad. Te lo pedimos en el nombre de Cristo, amén”.

Permíteme empezar diciendo que hay una especie de obsesión hoy con el matrimonio. Libros sobre el asunto, conferencias, seminarios, consejería matrimonial en abundancia; y, aunque esto no es necesariamente algo malo, podría no ser tan bueno como uno piensa. Puede ser una señal de enfermedad, no un indicativo de salud. Quizá sea un indicio de estar en problemas, y que las personas andan en busca de respuestas. ¿Quién suele hablar sobre el cáncer? Aquellos que lo padecen, los que están sufriendo por esta dolencia. Y esto explica, en mi opinión y hasta cierto punto, por qué hay tantos libros sobre el matrimonio: porque se están derrumbando ante nuestros propios ojos. Por primera vez en la historia estadounidense, más personas —según me han dicho recientemente— viven juntas y después entran en la relación matrimonial; algo similar le ha sucedido a la iglesia de Jesucristo. ¿Has notado que se han escrito más libros sobre la iglesia en los últimos cinco, diez años que hace 24 ó 30 años? ¡Y no todos son positivos! De hecho, varios de ellos son bastante negativos. Estos son algunos de los títulos: Life After Church [La vida después de la iglesia]; Quitting Church [Abandonando la iglesia]; You Don’t Want to Go to Church Anymore [Ya no quieres ir a la iglesia]. Existe un creciente sentimiento de que la iglesia está muriendo. Se nos está diciendo ad náuseam que es necesario que hagamos cambios, y que si no los realizamos rápido, nos enfrentaremos con toda seguridad a la muerte. Y estoy convencido de que has escuchado algunas cosas negativas, tal vez incluso de personas que un día se sentaron en los bancos de la iglesia, pero ya no. Consideran que la religión organizada es opresiva e irrelevante. Además, existe una creciente desilusión y desencanto entre los jóvenes. El ochenta por ciento de los jóvenes están abandonando las iglesias evangélicas y no vuelven. Con toda esta crítica, ¿no te sientes como Cristiano en El progreso del peregrino de Bunyan? ¿Recuerdas la parte inicial de esa historia, la escena de apertura? Estaba tan afligido que tapó sus oídos con los dedos y salió corriendo. No sé si te ha pasado, pero a mí sí. Algunas veces he sentido ganas de taparme los oídos y decir: “¡Basta ya de críticas! ¡Basta de hablar mal de la iglesia! ¡Basta ya de odiar a la iglesia de Cristo!”.

Yo amo a la iglesia, ¿tú no? Deberíamos. Y ese es, en realidad, el propósito de esta sesión y de las demás que tendré la oportunidad de exponer ante ustedes. No estoy aquí para hablar de nuestros problemas ni de cómo se supone que podemos resolver las dificultades que creemos tener, sino para apreciar y suscitar el amor y el afecto por la iglesia. Los pastores pueden perder la perspectiva, y podemos olvidarnos de lo privilegiados que somos no sólo de servir a la iglesia, sino de ser miembros, integrados en la iglesia. Por tanto, permítanme empezar diciendo que no planeo decir nada nuevo.

En nuestro estudio reciente de la iglesia con nuestra propia gente en la iglesia Grace Baptist, hace varios meses, hice buen uso de nuestra Confesión de Fe de 1689 o la Confesión de Londres. Sé que tiene más de trescientos años —creo que 324, para ser exacto—, pero es como el vino añejo, ¿verdad? Cuantos más años tiene, mejor es. Es bueno recordar que estamos viviendo en la era de las novedades, al menos aquí en los Estados Unidos; una verdadera falta de poder de fijación con casi todo. ¡Más de trescientos años, es bastante significativo! ¿Cómo te explicas la utilidad a largo plazo de este documento o de esta confesión? Bueno, creo que es bastante sencillo: está saturada con la Biblia y esta no pierde nunca su relevancia. Existen al menos cien textos, o más, de las Escrituras que respaldan todos los párrafos de la Confesión de Londres de 1689. Está repleta de Biblia y, en mi opinión, esto es algo que testifica de por qué ha resistido a la prueba del tiempo. El capítulo 26 de nuestra confesión se centra en la iglesia, que es donde nuestros antepasados bautistas parecían entusiasmarse de verdad. Es donde tienen lo que se podría llamar una explosión de tinta. Es el capítulo más largo, el doble que el capítulo que la Confesión de Westminster tiene sobre la iglesia; y se puede entender por qué: amaban la iglesia. Cuando quieres algo o a alguien, no puedes evitar hablar de ello y quieres contárselo a los demás.

Soy canadiense y hay algo que los canadienses amamos y que a la mayoría de las personas de otras partes del mundo no les gusta, probablemente. Nos encanta un juego que se llama “hockey”, no “fútbol”, sino “hockey”. Yo solía jugar ese deporte, hasta que tuve un accidente de automóvil bastante grave, y fue donde perdí mi brazo derecho. Pero amaba el juego del hockey y me sigue gustando. En Canadá hay un equipo particular que es mi favorito; se llama Toronto Maple Leafs [Hojas de Arce de Toronto]. Es muy posible que nunca hayas oído hablar de él, pero es el mayor equipo deportivo de Canadá. No han estado en los playoffs durante nueve años; esta es la primera vez que lo han logrado (de hecho, juegan esta noche), pero a mí me encanta hablar de ellos. Tal vez podamos sentarnos durante el almuerzo y tener un rato de charla. Me podrías preguntar sobre los jugadores, quién juega en qué posición, defensas, centrales, banda derecha, banda izquierda; pero la idea es la siguiente: si amamos algo o a alguien, nos gusta hablar de ello y esto mismo es válido para la iglesia.

Podríamos decir que nuestros antepasados bautistas amaban la iglesia y, por esta razón, tienen esta declaración o párrafo tan largo en el capítulo 26 sobre la iglesia. Y lo que creo debería impresionarnos más de ese largo párrafo, del capítulo 26, es que tiene algo del aroma de Jesucristo. Las declaraciones tienen, de principio a fin, lo que se podría denominar un “pulso o latido cristológico”. Por ejemplo, el primer párrafo de este capítulo identifica de inmediato a la iglesia en su relación con Jesucristo “serán reunidos [los electos] en uno bajo Cristo, su cabeza; y es la esposa, el cuerpo, la plenitud de aquel que llena todo en todos”. En el párrafo 2, que trata de las personas: “Todos en todo el mundo que profesan la fe del evangelio y obediencia a Dios por Cristo”. El párrafo 3 nos recuerda que no hay iglesias perfectas: “Las iglesias más puras bajo el cielo están sujetas a la impureza y al error, y algunas se han degenerado tanto que han llegado a ser no iglesias de Cristo, sino sinagogas de Satanás. Sin embargo, Cristo siempre ha tenido y siempre tendrá un reino en este mundo, hasta el fin del mismo, compuesto de aquellos que creen en él y profesan su nombre”. El párrafo 4 empieza identificando a Cristo como cabeza de la iglesia. Se hace mención explícita de Jesucristo en cada uno de estos párrafos, excepto en uno; en total, en catorce de quince. Tiene el aroma de Cristo y esto tiene sentido, ¿verdad? Porque la iglesia le pertenece a Cristo.

La primera vez que aparece la palabra “iglesia” en la Biblia, ya sabes donde es: en el Evangelio de Mateo, capítulo 16, el término griego ecclesia, donde Cristo afirma: “Mi iglesia”. ¡Es mi iglesia! A Cristo le gustaba hablar sobre Su iglesia. Podríamos decir que Cristo piensa cada día en Su iglesia. Ora por Su iglesia a diario, la guía, la cuida. ¡Ama a Su iglesia! Es un extraordinario punto de partida cuando uno empieza a hablar sobre la iglesia. ¿Cómo deberíamos moldear la doctrina de la iglesia? Pues, piensa en Jesucristo y, de nuevo, la confesión lo capta de una forma muy clara. En el párrafo 1, tras decirnos que Cristo es la cabeza de la iglesia, describen su relación con ella bajo la analogía del matrimonio. Utilizan la palabra “esposa”. Ahora bien, este término viene del latín espouse, que significa “prometida”. Con frecuencia hablamos de nuestra esposa o nuestro marido. Es un término descriptivo, una imagen gráfica; y no conozco una mejor y más sencilla forma de apreciar a la iglesia que estudiar las ilustraciones de la Biblia. Es casi como si Dios tomara un pincel y empezara a pintar, sobre el lienzo de las Escrituras, un retrato tras otro de la iglesia. Alguien ha contado hasta cien imágenes de la iglesia. ¡Cien! Creo que alguien ha sido un poco más específico: noventa y tres. Pero, aunque se rebajara esta cifra a la mitad —esto es una exageración—, cincuenta o setenta y cinco sería un número bastante relevante. Sólo el mero número de imágenes de la iglesia ya nos dice que es importante, relevante.

Dios ha pasado mucho tiempo ante su caballete de pintura, pintando imágenes de la iglesia; y no utiliza colores oscuros. Ninguno de estos retratos es feo, repulsivo o negativo. No; en realidad, podríamos decir lo siguiente: son más bien impresionantes, positivos, hermosos. Se puede decir que la pintura más bonita que tenemos de la iglesia es la analogía de la esposa, la novia de Jesucristo, y así es como queremos ver a la iglesia hoy bajo la primera imagen gráfica. Voy a usar cuatro ilustraciones de la iglesia a lo largo de nuestra sesión, pero esta es la primera de la que quiero que saquemos provecho: la analogía del matrimonio, de la esposa, la conyugal. La he dividido en dos sencillos puntos, y unas tres aplicaciones que surgen de lo que vamos a considerar. En primer lugar: la presentación de la analogía de la esposa o del matrimonio; y, después, en segundo lugar, el desarrollo de la analogía de la esposa o del matrimonio.

Contemplando de nuevo esa imagen gráfica, consideremos, pues, en primer lugar: la presentación de la analogía del matrimonio, la iglesia asemejada a una novia, a la esposa de Jesucristo. En su excelente libro titulado The Quest for Godliness [La búsqueda de la piedad], un estudio de los puritanos, el Dr. Packer los describe como gigantes espirituales, bajo la analogía de los árboles. Los pinta como esas secuoyas de California, de unos ciento ocho metros de alto y, en cuanto a tamaño del tronco, un metro ochenta de circunferencia. Gigantes espirituales. Y dice que lo que convierte a esas personas en los puritanos es la guerra spiritual: estaban preparados para librar guerra contra el pecado, el Diablo y el mundo. El Dr. Packer declara: “La comodidad y el lujo, como los que nuestra riqueza nos ofrece hoy, no conduce a la madurez, mientras que la dificultad y la lucha sí”. ¿No has observado que las personas más maduras, más piadosas, suelen ser aquellas que más han sufrido? Por lo general, son los mejores cristianos y creo que, en gran medida, esto explica quiénes fueron los puritanos: eran hombres que sufrieron, y sufrieron bien. Un hombre dijo: “¡Cuánto le debo al martillo y al yunque!” Vuelvo a repetir, lo que hizo que los puritanos fueran los puritanos fue que sufrieron, y supieron cómo sufrir. Sus batallas produjeron un carácter heroico, fueron capaces de elevarse por encima de sus temores y de sus desalientos.

El Dr. Packer sigue diciendo que estamos sumamente endeudados con los puritanos y recalca que no sólo por su piadoso ejemplo, sino también por lo que nos dieron: fueron los creadores del domingo cristiano y del matrimonio cristiano ingleses. Restauraron lo que podríamos llamar las ordenanzas creacionales del día de reposo y del matrimonio, esas ordenanzas que fueron dadas al hombre como hombre. El día de reposo le fue dado al hombre y también el don del matrimonio. Restauraron estos dos sacramentos creacionales: el día de reposo y la institución del matrimonio. Dice que los puritanos fueron como los Reformadores por cuanto glorificaron el matrimonio. Y esto es, en realidad, de lo que quiero hablar. Permíteme darte un par de citas de los puritanos, sólo para que veas qué pensaban ellos sobre el matrimonio.

“Salve, amor conyugal. Como una esposa trata las cartas de su esposo que está en un país lejano, halla muchos dulces indicios de amor, y las volverá a leer con frecuencia. A diario hablará a su esposo en la distancia y lo verá en las cartas. El hombre cuyo corazón ama a la mujer, le gusta soñar con ella por la noche, conserva su imagen en la mente cuando despierta, con aprensión. Piensa en ella cuando se sienta a la mesa. Ella está reclinada en su pecho. Su corazón confía en ella y su afecto por ella es como una poderosa corriente que fluye con la marea alta y con fuerza”. Los puritanos daban gran honor a la institución del matrimonio. Amaban realmente a sus esposas. ¿Acaso no estamos todos de acuerdo en que no hay relación más importante entre los seres humanos que la de marido y mujer? Si eres un hombre casado, ¿con quién tienes la mayor deuda? Con tu esposa, porque ella es tu ayuda.

Y, cuando Dios habla sobre la iglesia, quiere que pensemos en estos términos: la analogía del matrimonio, o la relación de marido y mujer, esa íntima relación que todos podemos apreciar ciertamente. La analogía del matrimonio o de los esposos recorre toda la Biblia. Dios quiere que entendamos que Su relación con Su pueblo tiene que ir marcada con la intimidad. Tiene sus semillas en el Antiguo Testamento. En las Escrituras tenemos una especie de presentación, un álbum de boda: el Antiguo Testamento. Permíteme darte un par de instantáneas del divino Novio o del Esposo. Isaías 62:5: “Porque como el joven se desposa con la doncella, se desposarán contigo tus hijos; y como se regocija el esposo por la esposa, tu Dios se regocijará por ti”. ¡Dios se regocija! Ese es el lenguaje elevado de la emoción.

Ahora bien, estoy seguro de que la mayoría de nosotros podemos recordar aquellos días en que sentíamos que nuestras emociones estaban disparadas, los días de cortejo, del compromiso, los primeros días de la luna de miel o del matrimonio. Remóntate a ese día en que tu esposa, tu novia, caminó por el pasillo con ese hermoso vestido blanco. ¿Te acuerdas? No me digas que tu corazón no se hinchó de entusiasmo. Hasta yo, que soy canadiense, con mi reserva, me sentí entusiasmado cuando vi a mi esposa, mi novia descendiendo por el pasillo. El corazón se disparaba de gozo; como hombres, como maridos, experimentamos una especie de deleite. Pues bien, Dios quiere comunicarnos eso. Cuando Él piensa en Su pueblo, en la iglesia, pinta esa imagen. En Jeremías 31, Dios declara: “Yo soy vuestro esposo”, y Jesús hace un buen uso de esta analogía. Varias veces leemos cómo Jesús mismo se pone bajo esta figura en los Evangelios con sus discípulos.

Vayamos, por ejemplo, al Evangelio de Lucas, capítulo 5. Jesús no menciona sencillamente esta imagen al azar. Creo que está pensando en el Antiguo Testamento. Utiliza esta ilustración que toma de los pasajes del Antiguo Testamento; y, aquí, en Lucas 5, interactúa con los fariseos y escribas. Constantemente los implicaba en controversia, y ellos venían a Él una y otra vez con quejas. Aquí en Lucas 5 tienen dos problemas o dos protestas contra Jesús. La primera es que pasa demasiado tiempo con los pecadores (v. 30). No les gusta el hecho de que Él esté evangelizando. La segunda crítica está relacionada con los discípulos de Jesús: sus seguidores se divierten mucho, están demasiado alegres, celebrando. Lucas 5:33: “Y ellos le dijeron: ¿Por qué los discípulos de Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben?” Jesús y Sus amigos discípulos están asistiendo a un banquete, una especie de fiesta, cuyo anfitrión es Leví. Están disfrutando de verdad. La comida es extraordinaria, y hasta se les podría escuchar reír. Era una ocasión de gozo, pero los fariseos —que eran los aguafiestas— no sabemos si sonreían alguna vez. Eran como esa mujer, la humorista Erma Bomberck, que escuchó por casualidad a alguien que hablaba con su hija durante un culto de adoración y dejó de sonreír en la iglesia.

“Nosotros ayunamos, los discípulos de Juan ayunan, ¿por qué no lo hacen ustedes? ¿Qué les pasa? ¡Borren esa sonrisa de su rostro! ¡Dejen de llenarse la boca de comida!”. Y Jesús no deja pasar esto por alto. Sale en defensa de sus amigos discípulos tomando esta analogía del matrimonio. Observa el versículo 34: “Él les dijo: ¿Podéis acaso hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con ellos?”. La palabra que Jesús usa aquí para describir la asistencia del novio es una expresión hebraica, literalmente “los hijos de la cámara nupcial”, los amigos del novio eran los responsables o quienes se ocupaban de los arreglos. Tenían que asegurarse de que hubiera suficiente comida, vino, y de que se tocara la música. Debían ocuparse de todos, y en especial del novio; y Jesús se identifica con el Esposo. De nuevo el versículo 34: “Entre tanto que el esposo está con ellos”. En la presencia del esposo, de Jesús, hay gozo. Él no quiere discípulos sombríos, porque Él no es un Salvador triste. ¿Crees que hubo alguien más feliz que Jesús? “Varón de dolores”, sí, pero la Biblia nos dice que era un “hombre de gozo”. En lo referente a sus emociones, tenía un equilibrio perfecto. Adoramos a un Salvador Esposo.

Estoy seguro de que habrías visto esto en las mujeres y esposas de tu propia congregación, algunas de ellas muy alegres y otras muy tristes; y, la mayoría de las veces —no siempre— la salud emocional de una esposa está relacionada con la forma en que su marido la trata. Un esposo cariñoso, amoroso, sensible suele tener una esposa que florece como una flor resplandeciente, con gozo, contentamiento; pero el marido insensible, exigente, que critica constantemente, tiene una esposa que se reseca, que parece una flor que ha estado bajo el calor del sol y no se ha regado en semanas. Así como la esposa tiene un profundo impacto en su marido, éste también tiene un profundo impacto sobre su esposa, sobre su salud emocional. Piensa en esto: El Esposo es Jesús. Tenemos un Esposo perfecto, que se regocija en nosotros. Este Esposo no se irrita nunca, jamás está frustrado ni malhumorado con su esposa. Nunca es egoísta, la cuida siempre y es constantemente solícito. Siempre dispone de tiempo suficiente para ella, ella puede hablar siempre con él. Jesús es el Esposo y la iglesia es su esposa.

Esta analogía del matrimonio, por extraña que pueda parecer, figura con mayor frecuencia en el libro de Apocalipsis. ¿Por qué? Al menos lo que yo pienso es que es una analogía que mira hacia el futuro. Como sabrás probablemente, el matrimonio judío era un poco distinto al nuestro. Tenían lo que se llamaba el periodo del desposorio. Era algo mucho más que, para nosotros, el estar prometidos. Era un asunto más serio, más vinculante. Era como si estuvieran casados en realidad, como si hubieran firmado los documentos y pronunciado sus votos. Se habían comprometido en público, ante un testigo. Era algo muy parecido a la ceremonia de boda. Incluso había una dote que pagaba el novio o su familia. Por tanto, en ese sentido, era como un matrimonio. Se parecía a lo que nosotros entenderíamos como un matrimonio, pero sin llegar a serlo por completo. La pareja comprometida no vivía junta, no estaban bajo el mismo techo ni tenían intimidad en lo que a relación sexual se refiere. De hecho, durante este periodo del desposorio, podían no verse o no hablarse durante meses, y podía durar largo tiempo. Una de las razones era poner a prueba la fidelidad, la lealtad; algo similar a nuestra relación con Jesús.

Estamos comprometidos con Jesús; este es el lenguaje del apóstol Pablo, ¿no es así? En 2 Corintios pudo decir: “Os he desposado con un sólo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo”. De modo que estamos comprometidos con Cristo, pero no nos hemos sentado aún a la cena de boda. Seguimos esperando la plenitud de esa relación matrimonial. Jesús no nos ha llevado aún al hogar, a morar con Él para siempre en ese lugar llamado “Cielo”. Todavía hay algo por llegar. La Biblia espera la consumación final, y sigue esperando que el Esposo regrese para llevarnos a casa. En el libro de Apocalipsis, Juan espera la venida del Esposo. Por esa razón tenemos tantas referencias. Apocalipsis 19:7, por ejemplo: “Regocijémonos y alegrémonos, y démosle a Él la gloria, porque las bodas del Cordero han llegado y su esposa se ha preparado”. De nuevo está esperando ese matrimonio del cordero, el banquete de boda. Apocalipsis 21:2: “Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo”. Y, después, en la parte final de Apocalipsis, en el capítulo 22, versículo 17: “Y el Espíritu y la esposa dicen: Ven”.

Si estás casado, probablemente tendrás una fotografía de tu esposa, ¿verdad? ¿En tu billetera? Antes de venir le pregunté a mi esposa si podía tomarle una foto. A ella no le gusta mucho que la fotografíen, pero le dije: “Cariño, quiero una foto tuya”. De modo que le saqué una fotografía en mi Ipad; si quieren ver a mi esposa, pueden hacerlo, pero díganme que tienen una foto de su esposa. Tal vez no en su billetera, pero sobre su escritorio, en la oficina. Pues bien, esa es una imagen que Dios quiere poner ante nuestros propios ojos, delante de nuestro pueblo. Es la imagen de un esposo tierno, amoroso; es la imagen de Jesucristo. Dicen que “una imagen vale más que mil palabras”. Pues esta vale diez mil sermones.

Una vez presentada la analogía del matrimonio, ahora pasamos al: desarrollo de la analogía del matrimonio. Mi bosquejo es sencillo: la presentación de la analogía del matrimonio, el desarrollo de la analogía del matrimonio. Como ya dije, se puede decir mucho de esta única imagen, pero permíteme llamar la atención a dos facetas o aspectos del amor de Cristo por su iglesia. Ambas son tremendamente consoladoras para el pueblo de Dios, para nosotros como pastores, en medio de nuestros desafíos y luchas. Quiero hablarte sobre Su amor. En primer lugar: Su amor protector, y, después: Su amor sacrificial. Jesús ama a Su iglesia, y esto significa que la cuida.

Pasemos a Efesios 1. Este libro tiene mucho que decir sobre la iglesia. Comienza su primer capítulo hablándonos de ella. Efesios 1:21 dice que Jesucristo está por encima de todo: “Tiene poder y dominio sobre todo nombre que se nombra”. Es una declaración magnífica sobre nuestro Señor Jesús en términos de Su gobierno y reinado: “Muy por encima de todo principado, autoridad, poder, dominio y de todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero”. Pero —como señala el Dr. Ferguson en su comentario sobre Efesios— por magnífica que sea esta declaración sobre Jesús, no llega a su clímax de aplicación hasta el versículo 22. Observa: “Y todo sometió bajo sus pies, y a Él lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de aquel que lo llena todo en todo”. Él reina sobre todas las cosas. Domina a todos Sus enemigos, todas las fuerzas siniestras y malignas de este universo, con el fin de salvaguardar y bendecir a Su iglesia, Su pueblo escogido. Pablo quiere asegurarles a los efesios, en esta misma carta, en la parte frontal de esta carta, que Jesús cuidará a su iglesia. Así es cómo empieza.

Pero, observa que también, al final de la carta, nos dice que Jesús cuida de Su iglesia, en Efesios 5, esa sección que se leyó anteriormente. Efesios 5 habla aquí a los maridos y a las esposas, ayudándoles a entender sus papeles distintivos, y da un módulo teológico sobre la iglesia. Dice que la forma en que el marido se relaciona con la esposa, cómo se comportan el uno con el otro, sirve de parábola visible que refleja la relación entre Cristo y su esposa. Es bastante aleccionador, como esposos, porque se supone que debemos ser un ejemplo vivo en nuestra relación con nuestras esposas. El hombre que trata a su esposa con gentileza, amabilidad, ternura, está sirviendo realmente como herramienta evangelizadora hacia el mundo. Está anunciando: “¡Así es Jesús! ¡Así es cómo Jesús trata a Su iglesia!”. De manera que esta siempre es la pregunta que necesitamos hacernos: “¿Le hablamos a nuestras esposas? ¿Escuchamos a nuestras esposas? ¿Nos preocupamos de ellas? ¿Las protegemos o las ignoramos? ¿Somos irritables con ellas?”. Le estás hablando a la gente sobre Jesús. No queremos mentir sobre Jesús, ¿verdad? Él insta a los maridos a amar a sus esposas como Cristo amó a la iglesia. Lo enfatiza en el versículo 28, en el versículo 32, y también en el versículo 25; pero lo arraiga y lo basa en el amor de Cristo por la iglesia. “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia”, y recalca la idea de que es un amor con propósito. Versículo 26: “Para santificarla”. Versículo 27: “a fin de presentársela a sí mismo en toda su gloria”. Y, después, en tercer lugar, en el versículo 27: “para hacerla santa e inmaculada”. Tres cláusulas de propósito. Después, sigue instruyendo o instando a los esposos a amar a sus esposas, a cuidar tiernamente de ellas como de su propio cuerpo.

Cuando se trata de deportes, los hombres tienen tendencia a que les guste la fuerza y la dureza; nos gusta el fútbol americano, y nos gusta el hockey. Pero, cuando se trata de nuestros cuerpos, somos más blandos. ¿Te ha dicho tu mujer esto alguna vez? La mía sí, y es bastante incómodo: “¡Deja de lloriquear!”. Cuando estoy un poco resfriado o tocado por el virus de la gripe, a veces gimo y me quejo bastante. ¡No llevamos bien la enfermedad! Yo no la llevo tan bien como mi esposa; pero el apóstol Pablo está al tanto de esto. Tal vez sabe que los hombres tienden a ser blandos con su propio cuerpo, por eso lo recalca. Todos podemos relacionarnos con esto, y de alguna manera la forma en que tratamos nuestros cuerpos debe también manifestarse en cómo cuidamos a nuestras esposas: un cuidado suave, solícito y de alta calidad. Los maridos deben, pues, amar a sus esposas como a sus propios cuerpos. Y cuando habla aquí de sustentar y cuidar a nuestras esposas como lo hacemos con nuestro propio cuerpo, vuelve a meter a Jesús en la imagen. Versículo 29: “Porque nadie aborreció jamás su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, así como también Cristo a la iglesia”.

Ahora bien, ¿quieres ver a Jesús en acción? ¿Quieres ver cómo cuida a Su iglesia? Repasa los Evangelios y verás cómo se preocupa por sus discípulos. Se ocupaba de la totalidad de la persona. Le preocupaba su estado emocional. ¿Recuerdas? Les dijo que no tuvieran miedo. Los protegió espiritualmente de sus enemigos, los fariseos. Cuando estos los atacaban, era como si Jesús fuera un león que saltaba en defensa de Sus pequeños cachorros. En numerosas ocasiones advierte a los discípulos contra la levadura de los escribas y de los fariseos. A veces, Jesús ejercía su cuidado protector ocupándose de los problemas de pecado que ellos tenían. Los protegió del peligroso pecado del orgullo, y cuando discutían entre ellos quién era el mayor, ¿qué hizo Jesús? Les dio una ilustración sirviéndose de un niño. Los protegió enseñándoles, no sólo advirtiéndoles, sino enseñándoles sobre la humildad y sobre lo que significa ser un siervo. Los protegió, asimismo, del diablo. ¿Recuerdas el incidente con Pedro en Lucas 22? Jesús sabía que el diablo iba tras Pedro y le advirtió: “Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo”. Es casi como si Pedro caminara alrededor de uno de esos objetivos grandes en la espalda con un blanco bien marcado, y el diablo estuviera dirigiendo su atención al orgullo de Pedro y a su temor del hombre. ¡Y da en el blanco! Alcanza a Pedro y este cae, tropieza de muy mala manera. Empieza a jurar que no conoce al Señor Jesús. Si tuviéramos que detener la imagen en ese mismo momento, podríamos llegar a esta conclusión: “¡Este va a ser otro Judas! Va a desertar”. Pero no lo hace, ¿y sabes por qué? Porque Jesús oró por él, lo estaba protegiendo.

De manera que lo que vemos —Jesús en términos de Su relación con Sus discípulos— es una especie de microcosmo de lo que Él hace por la iglesia, la iglesia local, la iglesia universal, Su esposa. También vemos algo de esto en el libro de Apocalipsis. Tan pronto como abrimos ese libro, vemos a Jesús caminando entre los candelabros. Está allí para proteger a Su iglesia, para advertir a Su iglesia. Habla a las siete iglesias en esos dos primeros capítulos, advirtiéndoles específicamente de los peligros y amenazas; pero lo que queda muy claro es que Jesús se preocupa por Su iglesia. La protege de los enemigos, los de dentro y los de afuera. Jesús ama a Su iglesia, es evidente. ¡Ella es su esposa!

Bueno, hemos considerado este segundo asunto de la iglesia desarrollado bajo esta analogía. Vimos Su amor protector, pero mencioné que quiero considerar aquí la cuestión final: Su amor sacrificial. Cuando pensamos en la relación de Cristo con Su iglesia: Él es el esposo, ella es Su esposa. Él la protege. Existe el amor protector, pero también el sacrificial. Podría decir que he guardado lo mejor para el final. Cuando pensamos en el amor de Cristo por la iglesia, existen muchos lugares a los que podemos ir, lo sé muy bien. Podríamos remontarnos hasta la eternidad; Él nos escogió antes de la fundación del mundo. Incluso se lo dice a sus amigos discípulos, ¿lo recuerdas? Aquella última noche, en aquel aposento alto donde habla de amor: “Vosotros no me escogisteis a mí, sino que yo os escogí a vosotros”. Y nos amó; nosotros no le habríamos amado jamás si Él no nos hubiera amado primero. Es un amor elector, eterno. Pero donde el amor de Jesús llega a su más alta expresión, a su pináculo, su cénit, es en la cruz. ¡Esta analogía del matrimonio nos lleva a la cruz! Efesios 5:25 es un texto como la cima de una montaña: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella”. Jesús dijo: “Nadie tiene un amor mayor que éste: que uno dé su vida por sus amigos”. Jesús lo da todo, ¡se entrega a Sí mismo! ¿Qué más podría dar? Y, recuerda, no sólo es una muerte física, es una muerte sustitutoria. En la cruz no sólo sufrió el dolor del cuerpo. Sólo usa una expresión allí en el madero que nos indica que estaba sufriendo físicamente: “Tengo sed”. Sus palabras indicaban aún más: Su sufrimiento espiritual. Sobre todo en aquel grito de abandono: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Por primera vez en toda una eternidad de comunión con el Padre, esa relación se había quebrantado. ¡En la cruz sucedió algo parecido a un divorcio!

Estoy seguro de que habrás oído la historia de Martín Lutero, cuando se encontraba en su estudio y meditaba durante largo tiempo, horas, en esas palabras pronunciadas en la cruz, y pasó grandes períodos de tiempo sin comer, y en la más profunda meditación. Por fin se levantó y, cuando caminaba por la habitación se le oyó exclamar con asombro: “Dios abandonado por Dios, ¿quién puede entender esto?”. Cuando comencé mi ministerio en Canton, hace 25 años, ¿sabes cuál era uno de mis mayores temores? No tener suficiente para predicar. “¡Dos sermones a la semana! ¡Tengo miedo!”. Y ahora, me asusta predicar tan poco. ¡Tan poco de mi Biblia! Cuanto más la leo, más leo sobre mi Salvador, más pienso en Su amor, más siento que apenas he tocado la superficie. Es un océano de infinidad y nosotros sólo nos mojamos los dedos de los pies en él. Eso es todo lo que hacemos; pero en la cruz, nuestro Salvador, Jesús, fue abandonado. Pasó a estar bajo las oleadas de la ira de Dios, y éste lanzó todas las flechas que pudo a Su Hijo. Dios cargó sobre Él toda la maldición. ¿Por qué lo hizo? Para ser fiel a Sí mismo, el Justo y el Justificador. “De tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito”, ¿pero por qué fue Jesús a la cruz? Porque quiso obedecer a Su Padre. Era un Hijo perfecto. ¿Pero por qué jadeaba? ¿Por qué pronunció con gemidos estas palabras del Salmo 22: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”? ¡Porque amaba a la iglesia!

Seguramente habrás oído decir que la mejor forma de enseñar son las tres “R”, ¿verdad? ¿Y sabes cuáles son esas tres “R”? Repetir, repetir, repetir. Aquí en Efesios 5, Pablo usa las tres “R” para hablar del amor sacrificial de Cristo. Volvamos al versículo 2 del capítulo 5: “Y andad en amor, así como también Cristo os amó y se dio a sí mismo por nosotros”, esto tiene que ver con la cruz. En el versículo 23, por la palabra misma “Salvador” podemos argumentar que está pensando en la cruz. “Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo El mismo el Salvador del cuerpo”, que es la iglesia. El versículo 25: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella”, que es la razón por la que está en la cruz, sangra y muere, por lo que sepulta la ira de dios, porque ama a la iglesia, ¡la esposa! Está poniendo su vida por la esposa. La figura o gráfico del matrimonio se usa para describir a la iglesia, y la hemos considerado bajo dos encabezados sencillos. Pero, ahora, permíteme acabar con tres aplicaciones simples. ¿Qué podemos sacar de esto? Podríamos sacar muchas cosas, hermanos, pero sólo quiero exponer antes ustedes tres sencillas palabras de aplicación. Si comprendemos esta analogía, su relevancia y sus aplicaciones, ¿qué deducimos? ¿Qué podemos decir a nuestra gente, como pastores? ¿Qué nos enseña a nosotros mismos?

En primer lugar: entender que la iglesia como esposa de Cristo nos recuerda que tenemos una obligación como iglesia de ser leal y fiel al pacto del matrimonio. “El nuevo pacto en mi sangre”, dijo Jesús. Ya mencioné anteriormente que el desposorio de una joven pareja judía era un tiempo de prueba; a veces estaban separados durante meses. Era para probar la fidelidad y la lealtad, para probar si serían fieles a sus votos matrimoniales. Por tanto, la pregunta que se podría hacer es: estamos comprometidos con Cristo, ¿seremos fieles a nuestro voto? En el corazón mismo del pacto hay promesas, votos. Dios nos promete lealtad y fidelidad, ¿acaso no le prometemos lo mismo a él? Él ha prometido amor, bondad, amorosa lealtad, constancia. David y Jonatán tenían un pacto de lealtad: “Yo te seré leal, y tú me serás leal”. ¿No es esto lo que exige el matrimonio? La nota triste y trágica es que el Israel del Antiguo Pacto fue infiel, y se le asemeja a una ramera espiritual, una adúltera. Piensa en el libro de Oseas, ¿acaso no es esta la imagen que presenta? Es la historia de Oseas y Gomer. Un retrato de Israel: “No has sido fiel, eres como una prostituta, una ramera”. Dios quiere un pueblo fiel, y esta es una de las cosas que debería marcar a la iglesia: la fidelidad.

La primerísima instantánea que tenemos de la iglesia se encuentra en Hechos 2. Ella se mantuvo firme, era fiel. Se dedicaban a la enseñanza apostólica, la comunión y las oraciones. ¿Recuerdas cuando Pablo les escribe a los corintios? Esta es una de las cosas que ha grabado en sus conciencias: que no están siendo fieles. Teme que no estén siendo leales a sus votos. En 2 Corintios 11:2, leemos: “Porque celoso estoy de vosotros con celo de Dios; pues os desposé a un esposo para presentaros como virgen pura a Cristo. Pero temo que, así como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestras mentes sean desviadas [o corrompidas] de la sencillez y pureza de la devoción a Cristo”. Es algo que puede ocurrir rápidamente, ¿no es así? A menudo, en una generación. Muy pocos seminarios duran dos generaciones. Todos conocemos iglesias, tal vez algunas en las que hayamos tenido comunión hace años, que ya no mantienen la doctrina de los Apóstoles. En algún momento, dejaron de creer que eran la esposa de Cristo. La analogía argumenta a favor de la lealtad y la fidelidad a Jesús, y a lo que es verdad. Jesús es lo verdadero.

En segundo lugar: la analogía del matrimonio, la esposa y el esposo, argumenta que necesitamos cultivar y mantener intimidad con nuestro Esposo, nuestro Salvador. ¿Acaso no es esto lo que se destaca en la relación del matrimonio? “Los dos serán uno”. Es una relación de intimidad, ¡y resulta tan fácil convertirse en algo parecido a una máquina de sermones! O entrar en tu oficina o estudio y empezar a acercarte a tus libros, tus comentarios e incluso a tu Biblia como un abogado profesional. ¡Dejamos de considerar a Jesús como el amante de nuestras almas! Ya no pensamos en la fe cristiana como en un romance cuando, en realidad, es así como deberíamos verlo, como una especie de romance. “La iglesia de Éfeso ha perdido su primer amor”, y tú también podrías ser doctrinalmente ortodoxo ¡y, a pesar de ello, haber perdido tu primer amor! ¡Una cabeza llena de hechos, pero sin corazón para Jesús! En su excelente libro Knowing God [Conociendo a Dios], el Dr. Packer hace una declaración que jamás he olvidado. Dice: “Puedes saber tanto de Dios o tener tanta teología como Juan Calvino, y, sin embargo, no conocer a Dios en absoluto”. Es necesario que tengamos una creciente relación íntima con el Señor Jesús, y es preciso que alentemos a nuestra agente diciéndoles que son la esposa de Cristo. ¡Ellos también la necesitan! Las presiones del ministerio, la preparación de los sermones, y hasta nuestras oraciones pueden convertirse en algo demasiado formal. Pronunciamos las palabras correctas, pero hay una gran carencia de afecto y de corazón. No olvides que tu Salvador es tu Esposo. No olvides que tenemos que mantener una relación íntima con Jesucristo en nuestro rincón de oración, en nuestros cultos de oración, cuando interactuamos con el pueblo de Dios. Cuando predicamos queremos alentarlos a recordar que tienen una relación viva, íntima con Jesucristo. La semana pasada estaba leyendo ese enorme volumen sobre teología puritana del Doctor Joel Beeke, donde dice: “¿Qué podemos aprender de los puritanos?”. Lo primero que dice es: que estaban centrados en Cristo. ¡Los puritanos estaban enfocados en Cristo! Lee las cartas de Rutherford. ¡Él hablaba en términos tan tiernos con su Salvador! Y lo primero que dice en ese capítulo, la primera cita que proporciona es de Thomas Brooks: “Quienes aman cualquier cosa más que a Cristo, no aman a Cristo. Si pierdes a Cristo, ¡lo has perdido todo!”. No perdamos de vista al Amante de nuestras almas, y no dejemos de amarlo y alentar a nuestra gente a que lo amen; Él es su Esposo.

La analogía del matrimonio nos alienta a mantener lealtad y fidelidad a Jesucristo, el Esposo; nos estimula a cultivar la intimidad con Jesús, el Esposo; pero, en tercer y último lugar, hermanos, esta analogía del matrimonio o del esposo, del esposo y de la esposa, nos alienta a luchar por la pureza. Adoramos a un Salvador santo, el Cordero perfecto, el Esposo perfecto, y Jesús quiere una esposa pura. Efesios 5:26 dice: “Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra”. ¿Recuerdas 2 Corintios 11:2?: “Para presentaros como virgen pura”. Si somos la esposa de Cristo, debemos tomar en serio la santidad. Oí argumentar a un hombre sobre el asunto de la modestia o la forma de vestir entre las mujeres jóvenes de nuestra iglesia. ¡Lo hacía desde esta analogía de esposo/esposa! Es un argumento sumamente poderoso; te estás vistiendo para Jesús, quieres mostrarte puro en tu apariencia. Necesitamos decirle a nuestra gente que Jesucristo fue a la cruz para que fueran santos en toda manera de vivir. Y también hay indicativos evangélicos, ¿verdad? Nos dicen lo que Dios hizo por nosotros. No me da miedo afirmar que también hay imperativos evangélicos. Provoqué que alguien abandonara la iglesia donde yo pastoreaba, porque utilicé esta terminología de “imperativos del evangelio”. Él creía que era una perversión del evangelio. Yo dije: “¿Acaso no dice la Biblia: ‘¡obedece el evangelio!’?”. Todas las epístolas de Pablo están divididas en términos de indicativos: “Esto es lo que Jesús ha hecho por ustedes, ahora esto es lo que ustedes tienen que hacer por él: ¡vivir una vida santa!”.

Una esposa perfecta para un Esposo perfecto; por eso anhelamos el día en que Jesús regrese y lo veamos cara a cara. Queremos mirarlo a los ojos y no avergonzarnos, sentir que hemos sido fieles. Ese día, seremos como Él es, perfectos como Él. Pero hasta ese momento es necesario que luchemos, que peleemos por vivir una vida santa, que alentemos a nuestra gente a perseverar, a perseverar en fe, en vestir toda la armadura de Dios y en librar batalla contra el diablo y contra su propia corrupción remanente. ¡Jesús ama a la iglesia! Ama a su esposa y quiere que sea pura, una esposa atractiva. Cuando nos escogió éramos tan desagradables como se podía ser, pero quiere hacernos hermosos, y por ello nos santifica bajo la palabra de Dios; es la forma principal en que lo hace. Jesús nos amó y se entregó por nosotros, y un día seremos perfectos. Resulta difícil imaginar, ¿no es cierto? Perfectos. En el cielo no habrá riñas matrimoniales. Habrá un Esposo y una esposa perfectos. Es el único matrimonio en el cielo, ¿verdad? Es el matrimonio hecho en el cielo: un matrimonio perfecto, un Esposo perfecto, una esposa perfecta.

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The Church as the Bride of Christ

Ephesians chapter 5, verse 22,

“Wives, submit to your own husbands, as to the Lord. For the husband is head of the wife, as also Christ is head of the church; and He is the Savior of the body. Therefore, just as the church is subject to Christ, so let the wives be to their own husbands in everything. Husbands, love your wives, just as Christ also loved the church and gave Himself for her, that He might sanctify and cleanse her with the washing of water by the word, that He might present her to Himself a glorious church, not having spot or wrinkle or any such thing, but that she should be holy and without blemish. So husbands ought to love their own wives as their own bodies; he who loves his wife loves himself. For no one ever hated his own flesh, but nourishes and cherishes it, just as the Lord does the church.”

Well, let’s look to The Lord by way of prayer, and ask Him for His blessing upon the word. Let’s Pray.

Father in heaven, we bow before You, conscious that we are in need of Your Spirit. You have promised, Lord, that You will hear the cries of Your children, so we come as children who have even the spirit of God, the spirit of adoption to enable us to cry “Abba Father.” And we come believing, Lord, that You love to shower Your children with good gifts. You are a generous God. We thank You for the blessings of the past Lord’s Day. We thank You for giving help to those servants who ministered the Word of God, and now we pray, Lord, that Your blessing would be upon the men here, upon the various speakers. Give us, Lord, Your Spirit. Help us to rightly divide the Word of Truth, and we pray this in Christ’s name, amen.

Let me begin by saying there is a kind of obsession with marriage today. Marriage books, conferences, seminars, marriage counseling galore; and while that’s not necessarily a bad thing, it might not be as good as we think. It can be a sign of a disease, not a sign of health, a sign that we’re in trouble, and people are looking for answers. Who generally talks about cancer? It’s people who have cancer, and who are suffering from that disease. And that explains, I think, to some degree, why there are so many books on marriage: because marriages are crumbling before our very eyes. For the first time in American history, more people—I was told recently—are cohabiting, then they are entering into the marriage relationship; and something similar has happened to the church of Jesus Christ. Have you noticed there are more books being written about the church in the last, what, five, ten years, as opposed to the last 25 or 30 years? And they’re not all positive! In fact, a number of them are quite negative. Here are some of the titles: Life After Church, Quitting Church, You Don’t Want to Go to Church Anymore. There’s a growing sentiment that the church is dying. We are being told ad nauseum that we need to make changes, and if we don’t make changes fast, then we are going to face sure death. And I’m sure you’ve heard some of the negatives, as well, maybe even from people who once sat on church pews, but no longer. They view organized religion as oppressive and irrelevant. Plus, there’s a growing disillusionment and disenchantment among young people. Eighty percent of young people are leaving evangelical churches and not coming back. And with all the criticism, don’t you feel like Christian in Bunyan’s Pilgrim’s Progress? You remember the front part of that story, the opening scene? He’s in such distress, he puts his fingers in his ears and runs out the door; and sometimes, I don’t know if you do, but I feel like that, putting my fingers in my ears and saying, “Stop all the criticism! Stop bad-mouthing the church! Stop hating the church of Christ!”

I love the church, don’t you? We should; and that’s really the purpose in this session and the other ones I trust that I will have the opportunity to set before you. I’m not here to talk about our problems and supposedly how we can fix the problems we might think we have, but to appreciate and stir up love and affection for the church. We too, as pastors, can decline in our affection, in our love, in our appreciation for the church. Pastors can lose perspective, and we can forget how privileged we are not only to serve the church, but to be members, to be integrated into the church ourselves. So, let me begin by saying I don’t plan to say anything new.

In our recent study of the church with our own people at Grace Baptist Church several months ago, I made good use of our Confession of Faith the 1689 or the London Confession. I know it’s a Confession that’s over 300 years—324 I think, to be exact—but it’s like vintage wine, right? The older it gets, the better it gets. It’s good to remember that we are living in the age of fads, at least here in America, a very lack of sticking power with almost anything. 300 plus years—now that’s pretty significant! Well, how do you explain the long-term usefulness of that document or that confession? Well, I think it’s quite simple: it’s saturated with the Bible, and the Bible never loses its relevance. There are at least 100 plus texts of Scripture to support all of those paragraphs found in the 1689 of the London Confession. It’s full of Bible, and that’s something that I think testifies to why it’s stood the test of time. Chapter 26 of our Confession focuses upon the church, that’s where our Baptist forefathers seem to get really excited. That’s where they have what you might have called an explosion of ink. It’s the longest chapter, it’s twice as long as the Westminster chapter they have on the church; and you can understand why: they loved the church. When you love something or someone, you can’t help but talk about it, and you want to tell others about it.

I’m a Canadian, and there’s something that Canadians love that probably most people in other parts of the world don’t love. We love a game called “hockey,” not “soccer,” but “hockey”; and I used to play hockey until I had a pretty serious car accident, that’s where I lost my right arm, but I loved the game of hockey, and I still do. And there’s a particular team in Canada that I love, it’s called the Toronto Maple Leafs, you’ve probably never heard of them, but they’re probably the biggest sports team in Canada. They haven’t been in the playoffs for 9 years, this is the first year they got into the playoffs. In fact, they play tonight, but I do love to talk about the Toronto Maple Leafs, maybe we can sit down at lunch and have some conversation. You could ask me about the players, who plays what position, the fence, the center, right wing, left wing; but the point is: if we love something or someone, we love to talk about it, and the same is true of the church.

Our Baptist forefathers, we could say, loved the church, and that’s why they have that long statement or paragraph in chapter 26 about the church. And what should strike us, I think, most about that long paragraph, chapter 26, is that it has something of the aroma of Jesus Christ. The statements throughout have what you could call a “Christological pulse or heartbeat.” For example, the opening paragraph immediately identifies the church in its relationship to Jesus Christ “gathered into one, under Christ, the head thereof; and ithe spouse, the body, the fulness of him that filleth all in all.” Paragraph 2, again, consisting of the people “throughout the world, professing the faith of the gospel, and obedience unto God by Christ.” Paragraph 3 reminds us that there are no perfect churches, “The purest churches under heaven are subject to mixture and error; and some have so degenerated as to become no churches of Christ, but synagogues of Satan; nevertheless Christ always had a kingdom in this world, to the end thereof, of such as believe in him, and make profession of his name.” Paragraph 4 begins by identifying Christ as the head of the church. Jesus Christ is given explicit mention in every one of those paragraphs except one, fourteen of the fifteen. It has the aroma of Christ, and it makes sense, doesn’t it? Because the church belongs to Christ.

The very first time the word “church” is used in our Bible, you know where. Matthew’s gospel, Matthew 16, the Greek word ecclesia, where Christ says, “My church, it’s My church!” Christ loved to talk about His church. Every day, we could say, Christ is thinking about His church. Every day He’s praying for His church. Every day He’s guiding, taking care of His church. He loves His church! That’s a great starting point, when you start talking about the church. How should we shape the doctrine of the church? Well, think of Jesus Christ, and again, the Confession captures that quite distinctly. Paragraph 1, after telling us that Christ is the head of the church, they describe His relationship to the church under a marriage analogy. They use the word “spouse.” Now, that’s a word that comes from the Latin. It comes from the Latin word espouse, meaning “betrothed.” We often speak of ones wife or husband. It’s a picture word, it’s a graphic image; and I don’t really know a better way, a more simpler way to appreciate the church than to study the pictures of the Bible, the graphic images. It’s almost as if God takes a paintbrush, and begins to paint on the canvas of Scripture one picture after another picture of the church. Someone has counted up to 100 pictures of the church, 100! I think someone got a little bit more specific, 93, but even if you cut that in half—let’s say that’s a little bit of an exaggeration. Let’s say 50, or 75, that’s pretty significant. Just the sheer number of pictures of the church tells us that the church is important, significant.
God has spent a lot of time at His painting easel, painting pictures of the church, and He doesn’t use dark colors. Not one of the paintings is ugly, not one of the paintings is repulsive or negative. No, we could say this: they are rather breathtaking, positive, beautiful pictures. Arguably the most beautiful picture we have of the church is the church is the spouse, the bride of Jesus Christ, and that’s how we want to look at the church today under that first graphic image. I’m going to use four pictures of the church throughout our session, but this is the first one that I want us to take advantage of: it’s the marriage analogy, or the bride, or spousal analogy, and I’ve got two simple points. Two simple points, and then about three applications that grow out of what we will consider. First of all: the bride or the marriage analogy presented; and then secondly: the bride or marriage analogy developed.

So, let’s consider then first of all—looking again at this graphic picture: the church is likened to a bride, the spouse of Jesus Christ—first of all: the marriage analogy presented. Doctor Packer, in a excellent book titled The Quest for Godliness, which is a study of the Puritans, describes the Puritans as spiritual giants; and he describes them under the analogy of trees. He describes them as those California redwoods, what? 360 feet tall, and in terms of the size of the trunk: 60 feet round. Spiritual giants; and he says that what makes the Puritans the Puritans was spiritual warfare, they were prepared to wage war against sin, the devil, and the world. Doctor Packer says, “Ease and luxury, such as our affluence brings us today, do not make for maturity. Whereas hardship and struggle do.” Haven’t you noticed that the most mature, the most Godliest people, are often those who have suffered the most? Ordinarily, the best of Christians, and I think that, to a large degree, explains the Puritans. They were men who suffered, and who suffered well. What one man said, “What I owe to the hammer and the anvil!” What made the Puritans the Puritans was, again, they suffered and suffered well. Their battles produced a heroic of character, they were able to rise above their fears and their discouragements.

Doctor Packer goes on to say how indebted we are to the Puritans, and he says not only in terms of their Godly example, but he says this is what the Puritans gave us: they were creators of the English, Christian Sunday, and they were creators of the English, Christian marriage. They restored, what we could say, those creational ordinances of the Sabbath and marriage, those ordinances that were given to man as man. Sabbath was given to man, and so was marriage, the gift of marriage. They restored those two Creational ordinances: the Sabbath Day and the marriage institution. He says the Puritans were like the Reformers in that they glorified marriage. Marriage. That’s what I really want to talk about. Let me give you a couple of quotes from the Puritans, just to let you see what they thought about marriage. “Hail wedded love,” one quote, “as a wife deals with letters of her husband in a far country, she finds many sweet inklings of love, and she will read these letters often. And daily she will talk with her husband afar off and see him in the letters. The man whose heart is endeared to the woman he loves dreams of her in the night, has her in his eye in apprehension when he awakes. He thinks about her as he sits at the table. She lies in his bosom. His heart trusts in her, and his affection for her is like a mighty current that runs with full tide and strength.” The Puritans gave great honor to the marriage institution. They really loved their wives. They loved their wives, and wouldn’t we all agree that there’s no relationship between human beings that’s more important than a husband-wife relationship? Who are you most indebted to if you’re a married man? You’re indebted to your wife, she is your helper.

And when God talks about the church, He wants us to think in these terms: the marriage analogy, or the husband-wife relationship, that intimate relationship that we all can certainly appreciate. The marriage or spousal analogy runs throughout our Bibles. God wants us to understand that His relationship with His people is one that is to be marked with intimacy. It has its seeds in the Old Testament. We have something of a slideshow, we could say, kind of a wedding album in our Bibles, Old Testament. Let me just give you a couple of snapshots of the divine Bridegroom or Husband. Isaiah chapter 62, verse 5, “For as a young man marries a young woman, so shall your sons marry you. As the bridegroom rejoices over the bride, so shall your God rejoice over you.” God rejoice! That’s the language, it’s a language that soars with emotion.

Now, I’m sure most of us can remember back to those days when we felt like our emotions were soaring, those courtship days, those days of engagement, those early days of honeymoon or marriage. Think back to the very day that your wife, your bride walked down the aisle wearing that beautiful, white dress. Remember that day? Now, don’t tell me your heart didn’t race with excitement. Even me, being a Canadian with my reserve, I was excited when I saw my wife, my bride coming down the aisle. Your heart surged with joy, there’s something of a delight that we experience as men, as husbands. Well, God wants to communicate that to us. When He thinks about His people, when He thinks about the church He paints that picture. Jeremiah 31, God says, “I am a Husband to them,” and Jesus makes good use of this analogy. Several times we read in the gospels Jesus putting Himself under this very figure with his disciples.

Turn, for example, to Luke’s gospel, Luke chapter 5. Jesus doesn’t simply pull this image or picture out of a hat. I believe He’s thinking of the Old Testament, He’s using this image, He’s drawing from Old Testament passages; and here in Luke chapter 5, Jesus engages those Pharisees and scribes. He was constantly engaging them in controversy, and they were coming to Him with complaint after complaint. Well, here in Luke chapter 5, they have two problems, or two complaints, against Jesus. One complaint, first complaint is: He’s spending too much time with sinners in Luke 5, verse 30. They don’t like the fact that He’s involved in outreach and evangelism. The second criticism relates to the disciples of Jesus: His followers are enjoying themselves too much, they’re too happy, celebrating. Luke 5, verse 33, “Then they said to Him, ‘Why do the disciples of John fast often and make prayers, and likewise those of the Pharisees, but yours eat and drink?’” Jesus and His disciple friends are attending a banquet, something of a party, Levi’s party; and they’re really enjoying themselves. The food’s great, you might even hear them laughing. It was a joyous occasion, but the Pharisees—they were party poopers, sourpuss guys, I don’t know if they ever smiled. They were like that woman, that humorist Erma Bombeck, who overheard someone speaking to her daughter during a worship service, to stop that grinning here in church.

“We fast, John’s disciples fast, why don’t you fast? What’s wrong with you guys? Get those smiles off your face! Stop filling your mouths full of food!” And Jesus doesn’t let this go, does He? He goes on the defense of His disciple friends by picking up this marriage analogy. Notice verse 34, “And He said to them, ‘Can you make the friends of the bridegroom fast while the bridegroom is with them?’” The word Jesus uses here to describe the bridegroom attendance is a Hebraic expression, literally “the sons of the bridal chamber,” the friends of the groom were the ones responsible or in charge of the arrangements. They had to make sure that there was enough food room, enough wine, music was playing. They were to make sure that everybody was being taken care of, especially the bridegroom; and Jesus identifies Himself as the Bridegroom. Verse 34, again, “while the bridegroom is with them.” In the presence of the bridegroom, in the presence of Jesus, there is joy. Jesus doesn’t want gloomy disciples, He’s not a gloomy Savior. You think there was anyone more happy than Jesus? “Man of sorrows,” yes, but the Bible does tell us He was a “man of joy.” He had a perfect balance when it came to His emotions. We worship a Bridegroom Savior.

I’m sure you’ve seen this yourself with women and wives in your own congregation, some of them are very happy and some of them are very sad; and oftentimes—not always— oftentimes the emotional health of a wife is related to how her husband treats her. A caring, loving, sensitive husband usually, usually, has a wife that blossoms like a bright flower with joy, contentment, but the husband who is insensitive, demanding, unrelenting in his criticism, the wife shrivels up, she looks like a flower that has been under a hot sun and hasn’t had water for weeks. A husband—just like a wife has a profound impact upon a husband—a husband has a profound impact upon a wife, upon her emotional health. Well, think about this: the Bridegroom is Jesus. Jesus. We have a perfect Husband, Jesus rejoices over us. This Husband never gets irritated. He never is frustrated, He’s never grouchy with His wife, He’s never selfish. He always takes care of her, He’s always solicitous, He always has enough time for her, she always is able to talk to Him. Jesus is the Bridegroom, the church is His spouse.

Now, this marriage analogy, strange as it might seem, finds its greatest frequency in the book of Revelation, and why is that? Well, because, at least what I’m thinking is, the marriage analogy looks forward. It looks forward. As you probably know, the Jewish marriage was a little bit different than ours. They had what was called a betrothal period. Betrothal was more than our engagement, far more serious, more binding. It was really like they were married. It was like they’d signed the documents, they’d said their vows, they’d done than in public. There was a witness that these two were betrothed. It was something like a wedding ceremony, again, legal documents had been signed. There even had been a dowry paid by the groom or his family. So, in that sense, it did look like a marriage. It sounded like what we would understand as a marriage, but it fell short of a full-fledged marriage. A betrothed couple didn’t live together, they weren’t under the same roof, they had no intimacy in terms of the sexual relationship. In fact, during the betrothal periods they might not even see each other, or talk to each other for months, and it could go on for a long time. And one of the reasons was to test fidelity, loyalty; something similar to our relationship with Jesus.

We are, we have been betrothed to Jesus, that’s the very language the Apostle Paul uses, doesn’t he? In 2 Corinthians, “betrothed.” He could say to the Corinthians, “I have betrothed you to Christ to present you as a pure bride to her one Husband.” So, we’re betrothed to Christ, but we haven’t sat down at the marriage supper. We’re still anticipating the fullness of that marriage relationship. Jesus hasn’t brought us home to dwell with Him forever in that place called “Heaven.” There’s still something to come, you see. The Bible’s looking forward to the final consummation, still waiting for the Bridegroom to return to take us home! In the book of Revelation, John anticipates the coming of the Bridegroom. That’s why you have those references, Revelation 19, verse 7, for example, “Let us be glad and rejoice and give honor to Him, for the marriage of the Lamb has come, and His wife has made herself ready.” Again, he’s anticipating that marriage of the Lamb, marriage supper. Revelation 21, verse 2, “And I, John, saw the holy city, New Jerusalem, coming down out of heaven from God, prepared as a bride adorned for her husband.” And then at the very back end of Revelation, Revelation 22, verse 17, “And the Spirit and the bride say, ‘Come!’”

If you’re married, you probably have a picture of your wife, right? In your wallet? Before I left, I asked my wife if I could take a picture of her. She doesn’t like getting her picture taken, but I said, “Honey, I want a picture of you.” So, I got a picture in my iPad, if you want to see my wife, you can; but tell me you have a picture, don’t you, of your wife? Maybe not on your wallet, but at your desk, in your office. Well, this is a picture that God wants us to set before our own eyes, before our people. It’s this picture of a tender, loving husband; it’s the picture of Jesus Christ. They say “a picture is worth a thousand words.” Well, this is worth ten thousand sermons.

The marriage analogy presented, but secondly: the marriage analogy developed. I got a pretty simple outline: marriage analogy presented; marriage analogy developed. So, we’ve shown, I trust from the Bible, that that marriage analogy stands up, doesn’t it? I trust your conscience is convinced it’s a legitimate picture of the church; but the marriage analogy developed. As I said, a lot can be said from this one picture, let me simply draw your attention to two facets or aspects of Christ’s love for His church. Both are tremendously comforting for God’s people, for us as pastors, in the midst of our challenges and struggles. I want to talk to you about His love. First of all: His protecting love, and then: His sacrificial love. Protecting love, and sacrificial love; Jesus loves His church, that means He takes care of His church.

Turn to Ephesians chapter one, the book of Ephesians does have a lot to say about the church. He begins this first chapter telling us about the church. Ephesians 1, verse 21, he says that Jesus Christ towers over all; “He has power and dominion above every name that is named.” It’s a magnificent statement about our Lord Jesus in terms of His rule and reign: “Far above all power and principality and might and dominion, and every name that is named, not only in this age but also in that which is to come.” But—as Doctor Ferguson points out in his commentary on Ephesians—as magnificent as that statement is about Jesus, it doesn’t come to its applicatory climax until verse 22. Notice verse 22, “And He puts all things under His feet, and gave Him to be head over all things to the church, which is His body, the fullness of Him who fills all in all.” He reigns over all things. He subdues all of His enemies, all sinister, evil forces in this universe, in order to safeguard, bless His church, His chosen people. Paul wants to assure the Ephesians in this very letter, on the very front part of this letter, that Jesus is going to take care of His church! That’s how he begins.

But notice, that he, also, at the back end of the letter, tells us about Jesus taking care of His church in Ephesians 5, that section that was read earlier. Ephesians 5, speaking here to husbands and wives, helping them to understand their distinctive roles, he gives a theological module about the church, and says that a way a husband and a wife relate to each other, behave towards each other, serves as a visible parable, reflecting the relationship that exists between Christ and His church. It’s pretty sobering as a husband, because we’re supposed to be a living example in our relationship to our wives! The man who treats his wife graciously, kindly, tenderly, is really serving as an evangelistic tool to the world. He’s advertising, “This is Jesus! This is how Jesus treats His church!” So, that’s always the question we need to ask ourselves, “Do we talk to our wives? Do we listen to our wives? Do we care for our wives? Do we protect our wives? Or do we ignore our wives? Are we irritable with our wives?”

You’re telling people about Jesus. We don’t want to lie, do we? About Jesus? He urges husbands to love their wives like Christ loved the church. He emphasizes that in verse 28, in verse 32, as well as verse 25; but he roots or grounds it in Christ’s love for the church. “Husbands, love your wives, as Christ loved the church,” and he underscores that this is a purposeful love. Verse 26, “That He might sanctify”; verse 27, “Present her to Himself in splendor”; and then thirdly in verse 27, “Enable her to be holy and blameless,” three purpose clauses. Then he further instructs or urges husbands to love their wives, to tenderly take care of their wives like their own body!

When it comes to sports, men tend to like it rough and tough, we like football, we like hockey. When it comes to our bodies, we turn into softies. Has your wife ever said this to you? My wife has, it’s rather embarrassing, “Stop your whining!” When I have a little cold or a little touch of the flu bug, I mean, I can groan and moan quite a bit. “Stop your whining!” We don’t handle sickness! I don’t handle sickness as well as my wife handles sickness; but the Apostle Paul knows that. Maybe he knows that men tend to be softies with their own bodies, and so he drives this home, we could all relate to this, in terms of how you take care of your wife should be manifested in some way in which you take care of your body: that gentle, solicitous, high-quality care. So, husbands ought to love their own wives as their own bodies, and when he talks here of nourishing and cherishing our wives like we do our bodies, he brings Jesus back into the picture. Verse 29, “For no one ever hated his own flesh, but nourishes and cherishes it, just as the Lord does the church.”

Now, you want to see Jesus in action? You want to see how Jesus cares for His church? Run through the gospels, see how He cares for His disciples! He took care of the whole person, didn’t He? He was concerned for their emotional well-being. Remember? He tells them not to be afraid. He protected them spiritually from their enemies, the Pharisees. When the Pharisees attacked His disciples, it was like Jesus was a lion, springing to the defense of His little cubs. A number of occasions He warns the disciples about the leaven of the scribes and the Pharisees. Sometimes Jesus exercised His protecting care by dealing with the disciples’ own sin problems. He protected them from that dangerous sin of pride, and when they were squabbling among themselves—remember? “Who’s the greatest?” What did Jesus do? Well, He gave an illustration using a child. He protected them by teaching them, not only warning them, but teaching them about humility and what it means to be a servant. He also protected His disciples from the devil. Remember the incident with Peter in Luke chapter 22? Jesus knows the devil’s going after Peter, and He warns Peter, “Simon, Simon, indeed Satan has asked for you, that he may sift you as wheat.” It’s almost as if Peter’s walking around with one of those big targets on his back with a bullseye, and the devil’s going to zero in on Peter’s pride and his fear of man. And he hits Peter! Peter falls, Peter stumbles in a big, bad way. He begins to swear that he doesn’t even know the Lord Jesus, and if you were to freeze-frame Peter at that very moment, you might conclude, “The guy’s going to be another Judas! He’s going to go AWOL,” but he doesn’t, and you know why? Jesus prayed for him, Jesus was protecting him.

So, what we see—Jesus in terms of His relationship with His disciples—is something of a microcosm of what He does for the church, the local church, the universal church, His bride. We see something of that too, don’t we, in the book of Revelation? As soon as you open up the book of Revelation you see Jesus walking amongst the lampstands. He’s there to protect His church, to warn His church. He speaks to the seven churches in those first two chapters, warning them specifically of dangers and threats; but what’s so clear is that Jesus cares for His church. He’s protecting His church from the enemies, from within and from without. Jesus loves His church, of course He does, the church is His bride!

Well, we’ve considered this second matter of the church developed under this analogy. We looked at His protecting love, but I did mention I want to consider the final matter here: His sacrificial love. When we think of Christ’s relationship to His church: He is the bridegroom, the church is His bride, He protects the church, there is protecting love, but there’s also sacrificial love. I could say I’ve saved the best for the last. When we think of Christ’s love for the church, there’s lots of places we could go, I realize that. We could go all the way back to eternity, before the foundation of the world He chose us. He even tells His disciple friends, you remember? On that last night, in that upper room when He talks about love, “You did not choose Me, but I chose you”; and He loved us, we would never have loved Him if He didn’t first love us! It’s an electing love, it’s an eternal love, but where Jesus’ love comes to its highest expression, its pinnacle, its zenith, is at the cross. This marriage analogy takes us to the cross! Ephesians 5:25, it’s as the mountain peak text, “Husband love your wives, just as Christ also loved the church and gave Himself for her.” “No greater love,” said Jesus, “than to lay down one’s life for his friend.” Jesus gives everything, He gives Himself! What more could He give? And remember, it’s not just a physical death, it’s a substitutionary death. On the cross He suffered not just pain of body. He only uses one expression there on the cross to let us know He was suffering pain of body: “I thirst,” but more. Those sayings point to His spiritual suffering, especially that cry of dereliction, “My God, My God, why have You forsaken Me?” First time in an eternity of communion with the Father. First time that relationship was fractured, it was like a divorce took place at the cross!

I’m sure you’ve heard the story of Martin Luther where he was in his study and was meditating for a long time, hours, upon that one saying from the cross, and he went long periods without food and in deepest meditation, sitting in his one chair for a long time. Then he finally rose, and when walking the room he was heard to exclaim with amazement, “God forsaken by God—who can understand that?!” When I first started my ministry in Canton, 25 years ago, you know what one of my greatest fears was? I wouldn’t have enough to preach. “Two sermons every week? I’m scared!” And now—I’m scared I’m going to preach so little. So little of my Bible! The more I read my Bible, the more I read of my Savior, the more I think about His love, the more I feel I’ve just touched the surface. It’s an ocean of infinity, we simply dip our toes in the ocean! That’s all we do; but on the cross our Savior, Jesus, is forsaken. He comes under the billows of God’s wrath. God fires every arrow He possibly can at His Son. God brings the full curse upon His Son! Why would God do that? Well, to be true to Himself, The Just and The Justifier. “God also loved the world, He gave His only begotten Son,” but why would Jesus go to the cross? Well, He wanted to obey His Father. He was a perfect Son, but why is He gasping for air? Why is He groaning out those words of Psalm 22, “My God, My God, why have You forsaken Me?”? Well, it’s because He loved the church!

You’ve heard it said, “The best way to teach is three R’s,” right? Three R’s of teaching, you know what they are? Repeat, repeat, repeat. Here in Ephesians 5, Paul uses the three R’s to speak of Christ’s sacrificial love. Go back to verse 2 of the chapter, chapter 5, “And walk in love, as Christ also has loved us and given Himself for us,” that’s about the cross. Verse 23, you can argue by that very word “Savior” he’s thinking of the cross. “For the husband is the of the wife, as also Christ is head of the church; and He is the Savior of the body,” that’s the church. Verse 25, “Husbands, love your wives, just as Christ also loved the church and gave Himself for her,” that’s why He’s on the cross, that’s why He’s bleeding, that’s why He’s dying, that’s why He’s burying the wrath of God, because He loves the church, the bride! He’s laying down His life for the bride. A marriage figure, or graphic, is a graphic used to describe the church, we’ve considered it under two simple heads, but now let me just close with three simple applications. What can we draw from this? Well, we could draw many things brethren, but I simply want to set before you three simple words of application. If we understand this analogy, the significance of it, and the implications of it, what can we glean? What can we say to our people, as pastors? What does this teach us, ourselves?

Well, number one: understanding the church as the bride of Christ reminds us that we have an obligation as the church, to be loyal and faithful to the marriage covenant. “The new covenant in My blood,” said Jesus. I mentioned earlier that a young, Jewish couple betrothed, was a testing time, sometimes they were separated for months. It was to test fidelity and loyalty, to test whether they were going to be true to their marriage vows. So the question could be asked: we are betrothed to Christ, are we going to be true to our vow? At the very heart of the covenant are promises, vows. God promises loyalty and faithfulness to us, don’t we promise the same to Him? He’s promised love, lovingkindness, loving loyalty, steadfastness. David and Jonathan had a covenant of loyalty, “I’m going to be true to you, you’re going to be true to me.” Isn’t that what a marriage demands? On a sad, tragic note, Old Covenant Israel was unfaithful, they’re likened to a spiritual whore, adulterous. Think of the book of Hosea, isn’t that the whole picture? Hosea and Gomer? It’s a picture of Israel, “You haven’t been faithful, you’re like a prostitute, a harlot.” God wants a faithful people, that’s one of the things that should mark out the church: faithfulness.

The very first snapshot we have of the church is in Acts chapter 2, it continued steadfastly, it was faithful. They devoted themselves to Apostle’s teaching, fellowship, and prayers. And remember when Paul writes to the Corinthians? That’s one of the things he’s pressing upon their conscience, they’re not being faithful. He’s afraid they’re not being faithful to their vows. 2 Corinthians 11:2, “I feel a divine jealousy for you, for I betrothed you that I might present you as a chase virgin, and the serpent that deceived Eve by his cunning,” or his craftiness, “so your minds have been led astray,” or corrupted, “from a pure devotion to Christ.” It can happen quickly, can’t it? Often within a generation. Very few seminaries last for two generations. We all know churches, probably even churches that we might have fellowshipped with years ago, they no longer hold to the Apostles doctrine. Somewhere along the line they stopped believing they were the bride of Christ. The analogy argues for loyalty and fidelity to Jesus, and to the true. Jesus is the true.

Secondly: the marriage analogy, the bride and bridegroom argues that we need to cultivate and maintain intimacy with our Bridegroom, our Savior. Isn’t that what marks out a relationship of marriage? “The two shall become one.” It’s a relationship of intimacy, and it’s so easy, isn’t it, to become something like a sermon machine? Or to go into your office or your study, and you begin to approach your books, your commentaries, and even your Bible like a professional lawyer? We stopped viewing Jesus as the lover of our souls! We stopped thinking of the Christian faith in terms of a romance, and it’s something to be said that it is, it’s something of a romance. “The church of Ephesus has left their first love,” and you could be doctrinally orthodox and still leave your first love! A head full of facts, but no heart for Jesus! Doctor Packer, in that excellent book Knowing God said a statement that I’ve never forgotten. He said, “You can know as much about God, or have as much theology as John Calvin, and not know God at all.” We need to have a growing, intimate relationship with The Lord Jesus, and we need to encourage our people they are the bride of Christ, they do too. The pressures of the ministry, sermon preparation, even our praying can become formal. We say the right words, but there’s very lack of affection and heart. Don’t forget your Savior is your Husband. Don’t forget we are to maintain an intimate relationship with Jesus Christ in our prayer closets, in our prayer meetings, as we interact with God’s people, as we preach we want to encourage them to remember that they have a living, intimate relationship with Jesus Christ. I was reading this past week that huge volume on Puritan theology by Doctor Joel Beeke, and he says, “What can we learn from the Puritans?” The first thing he says is: they’re focused upon Christ. The Puritans, they’re focused upon Christ! Read the letters of Rutherford, I mean, he talked in such intimate terms with his Savior, and the first thing he says in that chapter, the first quote he gives is he gives a quote by Thomas Brooks, “They do not love Christ who love anything more than Christ. Miss Christ, and you miss all!” Let’s not lose sight of the Lover of our souls, and let’s not stop loving Him and encouraging our people to love Him, He is their Husband.

The marriage analogy encourages us to maintain loyalty, fidelity to Jesus Christ, the Bridegroom; it encourages us to cultivate intimacy with Jesus, the Bridegroom; but thirdly and finally men, this marriage or bridegroom analogy, bridegroom and bride analogy, encourages us to strive for purity. We worship a holy Savior, the perfect Lamb, the perfect Bridegroom, the perfect Husband, and Jesus wants a pure bride. Ephesians 5:26, “He loved the church and gave Himself for her, that He might sanctify and cleanse her with the washing of the Word.” In 2 Corinthians 11:2, remember? “Present you as a chase virgin.” If we are the bride of Christ, we must take holiness seriously, we must take it seriously. I heard a man argue for the matter of modesty, of dress, amongst young ladies from our churches. He argues from this bridegroom/bride analogy! Now, that’s a pretty powerful argument; you’re dressing up for Jesus, you want to show yourself to be pure in how you appear. We need to tell our people that Jesus Christ went to the cross so they would be holy in all manner of life. There are Gospel indicatives, aren’t there? They tell us what God did for us. I’m not afraid to say there’s Gospel imperatives, as well. I had someone leave the church where I was pastoring because I used that terminology “Gospel imperatives,” he thought that was a perversion of the Gospel. I said, “Doesn’t the Bible say, ‘Obey the gospel’?” All those epistles by Paul are divided in terms of indicatives, “This is what Jesus has done for you, now this is what you must do for Him: live out a holy life!”

A perfect bride for a perfect Bridegroom; that’s why we long for the day when Jesus returns, and we see Him face to face. You want to look in His eyes and not be ashamed that we have been true, faithful. On that day we will become like Him, perfect like Him, and until that day we need to strive, we need to fight to live a holy life, encourage our people to persevere, persevere in faith, persevere in putting on the whole armor of God and warring against the devil and against their own remaining corruption. Jesus loves the church! He loves His bride, and He wants a pure bride, an attractive bride. When He first chose us we were as ugly as ugly could be, but He wants to make us beautiful, that’s why He sanctifies us under the Word of God, that’s the primary way in which he does that. Jesus loved us, and gave Himself for us, and one day we will be perfect, it’s hard to imagine, isn’t it? Perfect. There’ll be no marital spats in Heaven, you have a perfect Husband and a perfect bride. It’s the only marriage in Heaven, right? It’s the marriage made in Heaven: a perfect marriage, perfect Husband, perfect bride.

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Conferencia Pastoral 2013 | John Gill II

John Gill II

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Conferencia Pastoral 2013 | John Gill II

John Gill II

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Conferencia Pastoral 2013 | John Gill I

John Gill I

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John Gill era un pastor bautista que también escribía lo que estudiaba y lo presentaba tanto a su congregación como a otros grupos, para posteriormente publicarlo. Hasta el día de hoy (abril 2013), después de más de doscientos cincuenta años, mucho de lo que John Gill escribió está disponible para los que puedan leer en inglés. Hay varios sitios en Internet donde uno puede ver gratis sus comentarios sobre la Biblia completa y otros libros suyos. Y, para aquellos que aman los libros en sí, todavía hay disponibles (en inglés) su Exposición del Antiguo y Nuevo Testamento; su “Body of Divinity” (libro de teología) y “The Cause of God and Truth”, y otros.

Su nombre está asociado a estos libros perdurables, que han sido de provecho para generaciones de pastores y estudiantes de la Biblia, especialmente para aquellos que creemos en las “doctrinas de la gracia”, tal como se expresan en la Confesión bautista de fe de 1689 y las confesiones de Westminster y de Savoy.

Muchas iglesias y pastores seguimos recibiendo bendiciones de ese siervo de Dios, a quien espero que podamos conocer mejor.

Gill no escribió sus memorias. Escribió algunas cartas, pero, al parecer, la mayor parte de ellas ha desaparecido, de manera que pocas pueden citarse. No se refirió a sus experiencias en sus escritos, por lo que quienes han querido y quieren escribir de él encuentran diversas dificultades por falta de información.

En el prefacio de una edición particular de las memorias de Gill, de 1838, los publicadores dicen: El difunto Dr. John Gill fue, en varios aspectos, un individuo distinguido. Si tenemos en cuenta sus talentos, su diligencia en el uso de ellos y su progreso, la eminencia que alcanzó en la literatura oriental y clásica, o su carácter cristiano, eran tan distinguidos que uno puede sorprenderse, y con razón, de que se haya conocido tan poco de su vida y su trabajo en general.

Posteriormente, los editores presentan el documento fundamental disponible para saber de la vida de ese hombre; se trata del escrito por John Rippon, D.D. que se llama A Brief Memoir of the Life and Writings of the late Rev. John Gill, D.D. (Memorias breves de la vida y los escritos del finado Rev. John Gill D.D.). Rippon siguió a Gill a través de su pastorado en la iglesia donde Gill sirvió como pastor hasta su muerte. Rippon conoció a muchos que habían tenido contacto íntimo con Gill. Esas memorias se encuentran en el primer tomo de la Exposición del A.T. y en unas ediciones de su “Body of Divinity”, pero fueron publicadas en ese libro aparte en 1838 para el beneficio de aquellos que no tienen el primer tomo de la Exposición, y con un tipo de letra más grande.

No he encontrado una traducción de las memorias en español, y tampoco ningún escrito que presente el contenido básico de esas memorias, de manera que espero poder presentar básicamente este aspecto, con unas traducciones directas (debidamente marcadas) para el beneficio de quienes oigan esta exposición y de los que lean estos apuntes. Repito, lo que comparto procede directamente de esas memorias a menos que indique lo contrario. Espero que sirva para estimular a otros pastores y que las obras de Gill sean útiles en su ministerio.

John Gill nació el 23 de noviembre de 1697 (calendario antiguo) en Kettering, Northhamptonshire, Inglaterra.

Sus padres, Edward Gill y Elizabeth Walker Gill tenían la reputación de ser amables y serios. Por la buena providencia de Dios fueron librados tanto de la trampa de la pobreza como de la trampa de las riquezas (véase Proverbios 30:8-9). En sus circunstancias bajo el cielo, trabajando diligente y pacíficamente, con una fe genuina, pasaron sus días siendo una bendición para aquellos que los rodeaban por la disposición de Dios.

Edward Gill, padre de John, se hizo miembro de una iglesia de disidentes en aquel lugar. Esa congregación estaba formada por presbiterianos, independientes y bautistas. Además del pastor, había un anciano maestro bautista, llamado William Wallis. Este hombre impartió los bautismos por inmersión a las personas adultas entre quienes desearon bautizarse así. Pero, después de un tiempo, debido a la actitud de algunos en la iglesia, los bautistas vieron la necesidad de separarse y establecerse como una iglesia. El Sr. William Wallis sirvió como primer pastor. (Muchos años después, el Sr. Andrew Fuller sirvió como pastor en aquella iglesia en Kettering en los días de Rippon, Carey y otros.) El Sr. Edward Gill era miembro de aquella congregación y, a su tiempo, fue escogido para el oficio de diácono entre ellos. Hasta el final de sus días gozó de buen nombre por su gracia, piedad y conducta santa.

En su hijo, “con el amanecer de la razón”, se descubrió una gran capacidad para recibir instrucción. Asistió a la escuela primaria en la ciudad, con una diligencia poco común, y con una incansable solicitud, y superó rápidamente a los de su misma edad, y otros considerablemente superiores. Allí continuó hasta los once años. Durante este tiempo, a pesar de la manera tediosa en que el conocimiento gramatical se transmitía en aquel entonces, además de estudiar los libros escolares comunes, el joven dominó los principales clásicos en latín; se especializó en el griego. En ocasiones, varios de los cleros vecinos condescendieron para examinar y alentar su progreso.

En los días de mercado en la ciudad se abría la tienda de un librero al que Gill visitó constantemente. Allí consultó a diferentes autores, y, como siempre, pasó los días de mercado en aquella tienda. Entre la gente del barrio, este dicho se convirtió en una aseveración habitual que recogía aquello que consideraban cierto. Esta frase era: “tan cierto como que John Gill está en la tienda del librero”. Y, como esa misma disposición estudiosa lo asistió de por vida, aquellos que lo conocieron bien, modificaron la afirmación, diciendo: “tan cierto como que el Dr. Gill está en su oficina”.

Como los anglicanos controlaban prácticamente toda la educación superior, debido a un conflicto con quienes quisieron obligarlo a asistir a la iglesia anglicana para que pudiera seguir con sus estudios, Gill no pudo seguir con su educación formal. Por unos años trabajó con su padre, tejiendo, pero su progenitor cooperó en su educación por su propia cuenta, de manera que continuó progresando en muchos ámbitos, mediante libros que pudo obtener para estudiar, incluyendo la gramática hebrea. Leía libros en latín y griego sobre la lógica, filosofía, teología y otras cosas.

En las memorias, Rippon vuelve hacia atrás para hablar de la conversión de Gill. “A veces estaba aterrorizado por el miedo a la muerte y al Infierno, y otras veces eufórico pensando en las alegrías del Cielo; pero sus impresiones eran superficiales y temporales, hasta que alcanzó los doce años de edad. Al llegar a esta edad, las operaciones de su mente fueron más sobrias y serias, especialmente después de escuchar un sermón que predicó el Sr. William Wallis sobre Génesis 3:9: “Y el Señor Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿dónde estás?”.

“Por un tiempo, el texto y el tema resonaban continuamente en sus oídos, y estas preguntas estaban dirigidas a su corazón: Pecador, ¿dónde estás? ¿En qué estado y condición miserable estás? ¿Cuán miserable serás, viviendo y muriendo sin convertirte? Se sintió como llamado a comparecer ante el Juez de todos, para responder por su conducta. Tales fueron los efectos del sermón , que, de haber podido considerar a algún hombre como su padre espiritual, habría sido al Sr. Wallis. Pero ese buen hombre murió poco después.

“En ese tiempo comenzó a ver con mayor claridad la depravación de su naturaleza, la gran pecaminosidad del pecado, su necesidad del Salvador, y de una justicia mejor que la suya: la justicia de Cristo, recibida por la fe. Poco después fue favorecido con la persuasión consoladora de tener un interés en él. Ese consuelo vino mediante la aplicación a su corazón de varias promesas grandes y preciosas, por el bendito Espíritu de Dios.

“Fue, además, su suerte feliz, en aquellos primeros días, de tener su mente irradiada con la luz y el conocimiento de las doctrinas evangélicas, bajo el ministerio de varios predicadores del evangelio, que predicaban en aquellas partes del país, a los cuales, a veces, tuvo la oportunidad de escuchar. Y ya que estas verdades sublimes vinieron a él, no sólo en palabras, sino en poder, y en el Espíritu Santo, y con mucha seguridad, se sintió libre de la esclavitud de la ley, como un pacto de obras, y se llenó de alegría y paz en el creer.

“Sin embargo, a pesar de que había alcanzado cierto grado de satisfacción en su mente en cuanto a la seguridad de su estado eterno, no hizo una profesión pública de la religión hasta que tuvo casi 19 años. Al principio, esta demora se ocasionó debido a una consideración de su juventud, y la solemnidad de hacer una profesión. Después se retrasó, porque se dio cuenta de que los ojos de la iglesia estaban sobre él para llamarlo a la labor ministerial, tan pronto como fuera conveniente, y que solo esperaban que se hiciera miembro de la misma. Se sintieron aun más inclinados a esta idea, porque, en aquellos momentos, su pastor estaba muy ocupado en sus tareas temporales y necesitaba ayuda ministerial.”

El 1 de noviembre de 1716, Gill hizo profesión pública de su fe y ese mismo día fue bautizado por Thomas Wallis, hijo del difunto pastor William Wallis. Fueron muchos los que presenciaron su bautismo, por inmersión en el río, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. [Sin citar la fuente, George Ella dice que compuso un himno en aquella ocasión (incluye la letra) y que lo cantaron.]

El domingo siguiente, 4 de noviembre, fue recibido como miembro en la iglesia y participó de la Cena del Señor. Después en una reunión informal de los creyentes, Gill leyó una porción de Isaías 53 y expuso algunos de los versículos.

El domingo siguiente, 11 de noviembre, durante el servicio de la tarde, predicó un sermón sobre 1 Corintios 2:2: Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Había una señora presente que le oyó predicar ese primer sermón y 50 años después oyó también su último sermón. Después de la muerte de Gill se unió a la iglesia donde Rippon estaba sirviendo. Esa señora comentó cómo Gill había hablado con gran solemnidad, y cómo los presentes recibieron la palabra con sobriedad, amor y gozo.

Durante los años de 1717 y 1718 Gill vivió en un lugar llamado Higham-Ferrer, en la casa del pastor John Davis. Rippon dice: “…instado por algunos de sus amigos en Londres, que lo habían conocido y conversado con él en Kettering, se trasladó a Higham-Ferrers, a unos nueve o diez kilómetros de allí. A su entender, iba allí para poder estudiar con John Davis, pastor en aquel lugar, en cuya casa se quedaría como inquilino. Davis era un caballero erudito que había venido del país de Gales, y se estableció como pastor de una nueva iglesia, establecida en Higham. Los planes del joven se vieron frustrados, pero el designio de sus amigos de Londres se realizó básicamente, porque querían que pudiera asistir a esa nueva obra y ayudar a los jóvenes recién convertidos de allí, y predicar de vez en cuando en los pueblos adyacentes. Continuó allí hasta el año siguiente. Mientras tanto, conoció a una joven llamada Elizabeth Negus, miembro de la nueva iglesia, con quien se casó en 1718. Siempre pensó que su matrimonio con esta excelente persona era la razón principal por la que Dios, en su providencia, lo había enviado a ese lugar. Y es que ella era cariñosa, discreta y cuidadosa, y, por su incansable prudencia, lo libró de todos los quehaceres domésticos, de modo que pudo proseguir sus estudios y dedicarse a su trabajo ministerial sin preocupaciones y con paz mental”.

George Ella dice que a Elizabeth se la consideraba diferente a otras jóvenes, pero Gill se dio cuenta de que esa diferencia procedía de su piedad, su temor de Dios, y así se sintió atraído por ella.

Rippon continua con la historia de la pareja: “Vivieron unidos durante más de cuarenta y seis años hasta que ella murió el 10 de octubre 1764, a la edad de 68 años. El sermón el día de su funeral se imprimió, y se considera como uno de los mejores discursos funerarios que él publicó. El texto del sermón era Hebreos 11:16: Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad. Al final del mensaje, quiso honrarla con una nota que recogía su vida en una breve historia, desde su infancia hasta sus últimos momentos, pero parece ser que al final del sermón, por las fuertes emociones que se apoderaron de él, no fue capaz de dar esa parte. Con aquella amable mujer tuvo muchos hijos, pero todos murieron en su infancia, con excepción de tres. Elizabeth, “una niña hermosa y deseable en su persona, prudencia y gracia” murió el 30 de mayo de 1738 a los trece años de edad. Su padre predicó el sermón de su funeral, basándose en el texto de 1 Tesalonicenses 4: 13, 14. Ese sermón se imprimió junto con un emotivo recordatorio de parte de su experiencia. María, que era un miembro de la iglesia de su padre, se casó con el Sr. George Keith, un librero de la calle Gracechurch, y murió en enero de 1773. John era orfebre y vivió muchos años en la misma calle, hasta que, retirado de los negocios se mudó a Walworth, a unos dos kilómetros de Londres, donde murió el 22 de mayo de 1804, a los 78 años de edad. Ambos niños proporcionaban gran felicidad a sus padres y la familia siempre tuvo razones para estar agradecida a Dios por su confort doméstico, la paz y la armonía.”

Mientras ayudaba en Kettering, algunos pastores lograron conseguirle ayuda económica de un fondo establecido para casos como el suyo. Le dieron ese dinero para que pudiera continuar con sus estudios y servir en el ministerio. Trabajó en Kettering durante gran parte del año 1718 —1719, pero en 1719 le invitaron en ocasiones a predicar en la capilla en Goat Yard en Horselydown, Calle Fair, Southwark, como a un kilómetro y medio del Puente de Londres.

La iglesia de Horselydown tenía fama entre los bautistas. Durante muchos años estuvo pastoreada por Benjamin Keach (1640—1704), un hombre que apoyó la confesión de fe hecha por los bautistas en 1643 y luego firmó la confesión de 1677, publicada en 1689. Keach era un líder reconocido; entre otras cosas, fue célebre por haber fomentado el que se cantasen himnos entre los bautistas. Después de Keach, su yerno Benjamin Stinton sirvió como pastor en la misma iglesia hasta su muerte en 1718. En 1719, la iglesia seguía buscando pastor. Habían oído hablar de John Gill, y le invitaron a predicar varias veces. En septiembre de aquel año lo llamaron como pastor. Todavía no había cumplido 22 años. Gill creyó que era la voluntad de Dios y aceptó, pero algunos hombres de la iglesia no estaban de acuerdo y a la larga la iglesia se dividió. Gill no fue ordenado hasta marzo del año siguiente.

El Señor bendijo la predicación y el ministerio de Gill y la iglesia creció y prosperó espiritualmente durante los 51 años de su ministerio. Había bautismos con regularidad y la iglesia no menguó hasta los últimos dos años de su vida, cuando Gill ya no pudo predicar y cuidar la iglesia como antes.

En 1721, al principio de su ministerio, Gill reorganizó el alcance pastoral y evangélico de la iglesia, asegurándose de que todos se cuidaran los unos a los otros.

Durante el año 1723, cuando Gill tenía 25 años, padeció numerosas enfermedades, incluida una fiebre severa que amenazó su vida. En medio de esas grandes pruebas, Jesucristo se manifestó más precioso que nunca y después de eso, en el año 1724, comenzó a predicar sobre el Cantar de cantares. Predicó 122 sermones sobre dicho libro, y acabó publicando un comentario aparte sobre el mismo. Por supuesto, tanto para Gill, como para muchos otros, el tema del Cantar de los Cantares es Jesucristo y ningún otro, y su relación con su iglesia, al estilo del Salmo 45 que también habla del Hijo de Dios.

En ese año de 1724, se publica por primera vez algo escrito por él: un sermón sobre Romanos 5:20, 21 con ocasión de la muerte de John Smith, un diácono de su iglesia.

Al año siguiente (1725), publicó una obra: El Urim y Tumim encontrado con Cristo, de Deuteronomio 33:8.

Gill siempre fue bautista. Aunque se le ha reconocido como un gran erudito y su comentario es valioso. Es muy posible que no tenga el reconocimiento que podría haber tenido si hubiera sido un “paidobautista”. Algunos le dijeron que si publicaba libros sobre ciertas doctrinas, podría perder el apoyo económico de algunos, pero Gill amaba la verdad más que el dinero o la fama y defendió la verdad sobre el bautismo bíblico hasta el fin. La defendió de buena manera y por eso siempre contaba con amigos anglicanos evangélicos, presbiterianos e independientes. En 1726, publicó “La manera antigua de bautizar con agua”, en respuesta a una publicación contra los bautistas: La manera antigua de bautizar con agua, aclarado por la Palabra de Dios y la razón correcta. El año siguiente continuó el debate con Una defensa de la antigua manera, etc. Quizás su libro más famoso sobre el bautismo sea el titulado El bautismo de bebés, parte y columna del papismo. También examinó el tema del bautismo de prosélitos entre los judíos que algunos antibautistas querían usar para justificar el bautismo de bebés. Después de aquello, Gill descubrió y publicó que solo una persona ignorante o con grandes prejuicios trataría de defender una posición antibautista abogando la práctica tardía de tales bautismos de prosélitos.

En 1728, publicó su Exposición del Cantar de los Cantares. Entre las demás publicaciones de ese año encontramos: Las profecías del Antiguo Testamento sobre el Mesías consideradas y demostradas que son cumplidas literalmente en Jesús.

Aunque era joven, Gill fue grandemente apreciado por hombres de otras iglesias, incluyendo a pastores. Varios de ellos deseaban oírle regularmente sin tener que faltar a los cultos de adoración en sus propias iglesias. Unos caballeros formaron una sociedad y buscaban “suscripciones” para poder llevar a cabo reuniones con él. Consiguieron un sitio donde reunirse en un sector de Londres llamado Great Eastcheap. Comenzando en 1728, a los 30 años de edad, casi todos los miércoles por la tarde y durante 26 años, Gill dio conferencias en aquel lugar. Mucho de ese material también fue publicado, por ejemplo, su tratado sobre la Trinidad, la Justificación, 2 partes de La causa de Dios y la verdad; algunas partes de su Exposición de la Biblia.

En 1730, unos líderes evangélicos preocupados por las herejías que entraban en las iglesias, por la decadencia de la enseñanza de la sana doctrina en muchos lugares y por los ataques contra la fe cristiana, organizaron una serie de conferencias para defender la fe. Invitaron a nueve ministros fieles de varias iglesias a participar y asignaron los temas que cada uno enseñaría. Gill y otro hermano bautista fueron invitados para representar a los bautistas. A Gill le asignaron el tema “La resurrección de los muertos”. Posteriormente, todas las conferencias fueron publicadas en un par de tomos llamados “Lime Street Lectures”.

Gill continuó su ministerio de predicación y de publicaciones, porque muchos lo instaron, lo animaron y aun le solicitaron que escribiera sobre temas doctrinales que estaban siendo atacados, o que necesitaban ser presentados de una manera clara y convincente.

El 31 de diciembre de 1737 predicó un sermón importante, La Doctrina de la Gracia librada del Cargo de libertinaje.

En 1737—1739 publicó varios folletos defendiendo a los bautistas del ataque de S. Bourne, un presbiteriano.

El 30 de mayo de 1738, muere su hija Elizabeth Gill, de trece años. Su padre predicó en su funeral sobre 1 Tesalonicenses 4:13,14

En 1746, se publicó el primer volumen de su Exposición de todo el Nuevo Testamento. El segundo en 1747 y el tercero en 1748. En ese mismo año, algunos tomaron nota del valor de su exposición y, como consecuencia, Gill recibió un diploma del Marischal College de la Universidad de Aberdeen, reconociéndolo como Doctor en Teología, por su conocimiento de las Escrituras, lenguas orientales y las antigüedades de los judíos. Cuando los diáconos de la iglesia se dieron cuenta de ese honor, felicitaron a Gill, y él les dio las gracias añadiendo: “No lo pensé ni lo compré, ni lo busqué” (en inglés: I neither thought it, nor bought it, nor sought it.)

Gill siguió con sus tareas pastorales mientras fue aumentando el número de publicaciones. En 1749 escribió un tratado llamado “El rito divino del bautismo de bebés examinado y refutado”. En 1751 aparecieron varias publicaciones.

El 15 de marzo de 1752, Gill se encontraba en su cuarto de estudio cuando, a causa de unos vientos violentos, unas chimeneas cayeron sobre su casa, pero Dios lo protegió de la muerte. En ese año publicó su folleto sobre “La doctrina de la perseverancia final de los santos”.

En 1753 publicó un folleto titulado Anti-“paidobautismo”, (contra el bautismo de los bebés). En 1755, el Dr. Gill publicó Obras del Dr. Crisp, tras escribir una breve Memoria de la vida del doctor y aprovechando la oportunidad de exonerarse a sí mismo de la acusación de “antinomianismo”.

El 24 de marzo de 1756, el Dr. Gill predicó su sermón de despedida a los que se reunían los miércoles por la tarde; su texto fue: Hechos 26:22,23. Deseaba dedicar su tiempo a terminar la exposición de todo el Antiguo Testamento.

En 1757, dedicó una nueva capilla en Carter Lane, calle San Olave, cerca del puente de Londres, y predicó dos sermones sobre Éxodo 20:24, que se publicaron como “Asistencia en los lugares de culto religioso, donde se registra el nombre divino.” Según Ella, había 235 miembros cuando cambiaron de la capilla de Horselydown a Carter Lane. Esa iglesia fue la iglesia bautista más grande de Londres y se estima que Gill predicaba regularmente a más de 300 personas. Los registros de la iglesia indican que había conversiones y bautismos frecuentes (véase a Ella, páginas 62, 63).

En 1757—1758 publicó su Exposición de los Profetas, y una Exposición del Apocalipsis.

El 10 de octubre de 1764, murió la Sra. John Gill a los 68 años. Estuvieron casados durante más de 46 años.

Gill siguió trabajando. En 1767 publicó su Disertación sobre la antigüedad de la Lengua Hebrea, Letras, Vocales, Puntos y Acentos; en 1769, Cuerpo de la Divinidad doctrinal (Body of Doctrinal Divinity); y en 1770, Cuerpo de teología práctica.

El 14 de octubre de 1771, muere el Dr. John Gill alrededor de las 11:00 de la mañana, en su casa en Camberwell, Surrey, a la edad de setenta y tres años, diez meses y diez días. Le enterraron cerca de Moorfields, en la tumba familiar.

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Conferencia Pastoral 2013 | John Gill I

John Gill I

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John Gill era un pastor bautista que también escribía lo que estudiaba y lo presentaba tanto a su congregación como a otros grupos, para posteriormente publicarlo. Hasta el día de hoy (abril 2013), después de más de doscientos cincuenta años, mucho de lo que John Gill escribió está disponible para los que puedan leer en inglés. Hay varios sitios en Internet donde uno puede ver gratis sus comentarios sobre la Biblia completa y otros libros suyos. Y, para aquellos que aman los libros en sí, todavía hay disponibles (en inglés) su Exposición del Antiguo y Nuevo Testamento; su “Body of Divinity” (libro de teología) y “The Cause of God and Truth”, y otros.

Su nombre está asociado a estos libros perdurables, que han sido de provecho para generaciones de pastores y estudiantes de la Biblia, especialmente para aquellos que creemos en las “doctrinas de la gracia”, tal como se expresan en la Confesión bautista de fe de 1689 y las confesiones de Westminster y de Savoy.

Muchas iglesias y pastores seguimos recibiendo bendiciones de ese siervo de Dios, a quien espero que podamos conocer mejor.

Gill no escribió sus memorias. Escribió algunas cartas, pero, al parecer, la mayor parte de ellas ha desaparecido, de manera que pocas pueden citarse. No se refirió a sus experiencias en sus escritos, por lo que quienes han querido y quieren escribir de él encuentran diversas dificultades por falta de información.

En el prefacio de una edición particular de las memorias de Gill, de 1838, los publicadores dicen: El difunto Dr. John Gill fue, en varios aspectos, un individuo distinguido. Si tenemos en cuenta sus talentos, su diligencia en el uso de ellos y su progreso, la eminencia que alcanzó en la literatura oriental y clásica, o su carácter cristiano, eran tan distinguidos que uno puede sorprenderse, y con razón, de que se haya conocido tan poco de su vida y su trabajo en general.

Posteriormente, los editores presentan el documento fundamental disponible para saber de la vida de ese hombre; se trata del escrito por John Rippon, D.D. que se llama A Brief Memoir of the Life and Writings of the late Rev. John Gill, D.D. (Memorias breves de la vida y los escritos del finado Rev. John Gill D.D.). Rippon siguió a Gill a través de su pastorado en la iglesia donde Gill sirvió como pastor hasta su muerte. Rippon conoció a muchos que habían tenido contacto íntimo con Gill. Esas memorias se encuentran en el primer tomo de la Exposición del A.T. y en unas ediciones de su “Body of Divinity”, pero fueron publicadas en ese libro aparte en 1838 para el beneficio de aquellos que no tienen el primer tomo de la Exposición, y con un tipo de letra más grande.

No he encontrado una traducción de las memorias en español, y tampoco ningún escrito que presente el contenido básico de esas memorias, de manera que espero poder presentar básicamente este aspecto, con unas traducciones directas (debidamente marcadas) para el beneficio de quienes oigan esta exposición y de los que lean estos apuntes. Repito, lo que comparto procede directamente de esas memorias a menos que indique lo contrario. Espero que sirva para estimular a otros pastores y que las obras de Gill sean útiles en su ministerio.

John Gill nació el 23 de noviembre de 1697 (calendario antiguo) en Kettering, Northhamptonshire, Inglaterra.

Sus padres, Edward Gill y Elizabeth Walker Gill tenían la reputación de ser amables y serios. Por la buena providencia de Dios fueron librados tanto de la trampa de la pobreza como de la trampa de las riquezas (véase Proverbios 30:8-9). En sus circunstancias bajo el cielo, trabajando diligente y pacíficamente, con una fe genuina, pasaron sus días siendo una bendición para aquellos que los rodeaban por la disposición de Dios.

Edward Gill, padre de John, se hizo miembro de una iglesia de disidentes en aquel lugar. Esa congregación estaba formada por presbiterianos, independientes y bautistas. Además del pastor, había un anciano maestro bautista, llamado William Wallis. Este hombre impartió los bautismos por inmersión a las personas adultas entre quienes desearon bautizarse así. Pero, después de un tiempo, debido a la actitud de algunos en la iglesia, los bautistas vieron la necesidad de separarse y establecerse como una iglesia. El Sr. William Wallis sirvió como primer pastor. (Muchos años después, el Sr. Andrew Fuller sirvió como pastor en aquella iglesia en Kettering en los días de Rippon, Carey y otros.) El Sr. Edward Gill era miembro de aquella congregación y, a su tiempo, fue escogido para el oficio de diácono entre ellos. Hasta el final de sus días gozó de buen nombre por su gracia, piedad y conducta santa.

En su hijo, “con el amanecer de la razón”, se descubrió una gran capacidad para recibir instrucción. Asistió a la escuela primaria en la ciudad, con una diligencia poco común, y con una incansable solicitud, y superó rápidamente a los de su misma edad, y otros considerablemente superiores. Allí continuó hasta los once años. Durante este tiempo, a pesar de la manera tediosa en que el conocimiento gramatical se transmitía en aquel entonces, además de estudiar los libros escolares comunes, el joven dominó los principales clásicos en latín; se especializó en el griego. En ocasiones, varios de los cleros vecinos condescendieron para examinar y alentar su progreso.

En los días de mercado en la ciudad se abría la tienda de un librero al que Gill visitó constantemente. Allí consultó a diferentes autores, y, como siempre, pasó los días de mercado en aquella tienda. Entre la gente del barrio, este dicho se convirtió en una aseveración habitual que recogía aquello que consideraban cierto. Esta frase era: “tan cierto como que John Gill está en la tienda del librero”. Y, como esa misma disposición estudiosa lo asistió de por vida, aquellos que lo conocieron bien, modificaron la afirmación, diciendo: “tan cierto como que el Dr. Gill está en su oficina”.

Como los anglicanos controlaban prácticamente toda la educación superior, debido a un conflicto con quienes quisieron obligarlo a asistir a la iglesia anglicana para que pudiera seguir con sus estudios, Gill no pudo seguir con su educación formal. Por unos años trabajó con su padre, tejiendo, pero su progenitor cooperó en su educación por su propia cuenta, de manera que continuó progresando en muchos ámbitos, mediante libros que pudo obtener para estudiar, incluyendo la gramática hebrea. Leía libros en latín y griego sobre la lógica, filosofía, teología y otras cosas.

En las memorias, Rippon vuelve hacia atrás para hablar de la conversión de Gill. “A veces estaba aterrorizado por el miedo a la muerte y al Infierno, y otras veces eufórico pensando en las alegrías del Cielo; pero sus impresiones eran superficiales y temporales, hasta que alcanzó los doce años de edad. Al llegar a esta edad, las operaciones de su mente fueron más sobrias y serias, especialmente después de escuchar un sermón que predicó el Sr. William Wallis sobre Génesis 3:9: “Y el Señor Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿dónde estás?”.

“Por un tiempo, el texto y el tema resonaban continuamente en sus oídos, y estas preguntas estaban dirigidas a su corazón: Pecador, ¿dónde estás? ¿En qué estado y condición miserable estás? ¿Cuán miserable serás, viviendo y muriendo sin convertirte? Se sintió como llamado a comparecer ante el Juez de todos, para responder por su conducta. Tales fueron los efectos del sermón , que, de haber podido considerar a algún hombre como su padre espiritual, habría sido al Sr. Wallis. Pero ese buen hombre murió poco después.

“En ese tiempo comenzó a ver con mayor claridad la depravación de su naturaleza, la gran pecaminosidad del pecado, su necesidad del Salvador, y de una justicia mejor que la suya: la justicia de Cristo, recibida por la fe. Poco después fue favorecido con la persuasión consoladora de tener un interés en él. Ese consuelo vino mediante la aplicación a su corazón de varias promesas grandes y preciosas, por el bendito Espíritu de Dios.

“Fue, además, su suerte feliz, en aquellos primeros días, de tener su mente irradiada con la luz y el conocimiento de las doctrinas evangélicas, bajo el ministerio de varios predicadores del evangelio, que predicaban en aquellas partes del país, a los cuales, a veces, tuvo la oportunidad de escuchar. Y ya que estas verdades sublimes vinieron a él, no sólo en palabras, sino en poder, y en el Espíritu Santo, y con mucha seguridad, se sintió libre de la esclavitud de la ley, como un pacto de obras, y se llenó de alegría y paz en el creer.

“Sin embargo, a pesar de que había alcanzado cierto grado de satisfacción en su mente en cuanto a la seguridad de su estado eterno, no hizo una profesión pública de la religión hasta que tuvo casi 19 años. Al principio, esta demora se ocasionó debido a una consideración de su juventud, y la solemnidad de hacer una profesión. Después se retrasó, porque se dio cuenta de que los ojos de la iglesia estaban sobre él para llamarlo a la labor ministerial, tan pronto como fuera conveniente, y que solo esperaban que se hiciera miembro de la misma. Se sintieron aun más inclinados a esta idea, porque, en aquellos momentos, su pastor estaba muy ocupado en sus tareas temporales y necesitaba ayuda ministerial.”

El 1 de noviembre de 1716, Gill hizo profesión pública de su fe y ese mismo día fue bautizado por Thomas Wallis, hijo del difunto pastor William Wallis. Fueron muchos los que presenciaron su bautismo, por inmersión en el río, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. [Sin citar la fuente, George Ella dice que compuso un himno en aquella ocasión (incluye la letra) y que lo cantaron.]

El domingo siguiente, 4 de noviembre, fue recibido como miembro en la iglesia y participó de la Cena del Señor. Después en una reunión informal de los creyentes, Gill leyó una porción de Isaías 53 y expuso algunos de los versículos.

El domingo siguiente, 11 de noviembre, durante el servicio de la tarde, predicó un sermón sobre 1 Corintios 2:2: Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Había una señora presente que le oyó predicar ese primer sermón y 50 años después oyó también su último sermón. Después de la muerte de Gill se unió a la iglesia donde Rippon estaba sirviendo. Esa señora comentó cómo Gill había hablado con gran solemnidad, y cómo los presentes recibieron la palabra con sobriedad, amor y gozo.

Durante los años de 1717 y 1718 Gill vivió en un lugar llamado Higham-Ferrer, en la casa del pastor John Davis. Rippon dice: “…instado por algunos de sus amigos en Londres, que lo habían conocido y conversado con él en Kettering, se trasladó a Higham-Ferrers, a unos nueve o diez kilómetros de allí. A su entender, iba allí para poder estudiar con John Davis, pastor en aquel lugar, en cuya casa se quedaría como inquilino. Davis era un caballero erudito que había venido del país de Gales, y se estableció como pastor de una nueva iglesia, establecida en Higham. Los planes del joven se vieron frustrados, pero el designio de sus amigos de Londres se realizó básicamente, porque querían que pudiera asistir a esa nueva obra y ayudar a los jóvenes recién convertidos de allí, y predicar de vez en cuando en los pueblos adyacentes. Continuó allí hasta el año siguiente. Mientras tanto, conoció a una joven llamada Elizabeth Negus, miembro de la nueva iglesia, con quien se casó en 1718. Siempre pensó que su matrimonio con esta excelente persona era la razón principal por la que Dios, en su providencia, lo había enviado a ese lugar. Y es que ella era cariñosa, discreta y cuidadosa, y, por su incansable prudencia, lo libró de todos los quehaceres domésticos, de modo que pudo proseguir sus estudios y dedicarse a su trabajo ministerial sin preocupaciones y con paz mental”.

George Ella dice que a Elizabeth se la consideraba diferente a otras jóvenes, pero Gill se dio cuenta de que esa diferencia procedía de su piedad, su temor de Dios, y así se sintió atraído por ella.

Rippon continua con la historia de la pareja: “Vivieron unidos durante más de cuarenta y seis años hasta que ella murió el 10 de octubre 1764, a la edad de 68 años. El sermón el día de su funeral se imprimió, y se considera como uno de los mejores discursos funerarios que él publicó. El texto del sermón era Hebreos 11:16: Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad. Al final del mensaje, quiso honrarla con una nota que recogía su vida en una breve historia, desde su infancia hasta sus últimos momentos, pero parece ser que al final del sermón, por las fuertes emociones que se apoderaron de él, no fue capaz de dar esa parte. Con aquella amable mujer tuvo muchos hijos, pero todos murieron en su infancia, con excepción de tres. Elizabeth, “una niña hermosa y deseable en su persona, prudencia y gracia” murió el 30 de mayo de 1738 a los trece años de edad. Su padre predicó el sermón de su funeral, basándose en el texto de 1 Tesalonicenses 4: 13, 14. Ese sermón se imprimió junto con un emotivo recordatorio de parte de su experiencia. María, que era un miembro de la iglesia de su padre, se casó con el Sr. George Keith, un librero de la calle Gracechurch, y murió en enero de 1773. John era orfebre y vivió muchos años en la misma calle, hasta que, retirado de los negocios se mudó a Walworth, a unos dos kilómetros de Londres, donde murió el 22 de mayo de 1804, a los 78 años de edad. Ambos niños proporcionaban gran felicidad a sus padres y la familia siempre tuvo razones para estar agradecida a Dios por su confort doméstico, la paz y la armonía.”

Mientras ayudaba en Kettering, algunos pastores lograron conseguirle ayuda económica de un fondo establecido para casos como el suyo. Le dieron ese dinero para que pudiera continuar con sus estudios y servir en el ministerio. Trabajó en Kettering durante gran parte del año 1718 —1719, pero en 1719 le invitaron en ocasiones a predicar en la capilla en Goat Yard en Horselydown, Calle Fair, Southwark, como a un kilómetro y medio del Puente de Londres.

La iglesia de Horselydown tenía fama entre los bautistas. Durante muchos años estuvo pastoreada por Benjamin Keach (1640—1704), un hombre que apoyó la confesión de fe hecha por los bautistas en 1643 y luego firmó la confesión de 1677, publicada en 1689. Keach era un líder reconocido; entre otras cosas, fue célebre por haber fomentado el que se cantasen himnos entre los bautistas. Después de Keach, su yerno Benjamin Stinton sirvió como pastor en la misma iglesia hasta su muerte en 1718. En 1719, la iglesia seguía buscando pastor. Habían oído hablar de John Gill, y le invitaron a predicar varias veces. En septiembre de aquel año lo llamaron como pastor. Todavía no había cumplido 22 años. Gill creyó que era la voluntad de Dios y aceptó, pero algunos hombres de la iglesia no estaban de acuerdo y a la larga la iglesia se dividió. Gill no fue ordenado hasta marzo del año siguiente.

El Señor bendijo la predicación y el ministerio de Gill y la iglesia creció y prosperó espiritualmente durante los 51 años de su ministerio. Había bautismos con regularidad y la iglesia no menguó hasta los últimos dos años de su vida, cuando Gill ya no pudo predicar y cuidar la iglesia como antes.

En 1721, al principio de su ministerio, Gill reorganizó el alcance pastoral y evangélico de la iglesia, asegurándose de que todos se cuidaran los unos a los otros.

Durante el año 1723, cuando Gill tenía 25 años, padeció numerosas enfermedades, incluida una fiebre severa que amenazó su vida. En medio de esas grandes pruebas, Jesucristo se manifestó más precioso que nunca y después de eso, en el año 1724, comenzó a predicar sobre el Cantar de cantares. Predicó 122 sermones sobre dicho libro, y acabó publicando un comentario aparte sobre el mismo. Por supuesto, tanto para Gill, como para muchos otros, el tema del Cantar de los Cantares es Jesucristo y ningún otro, y su relación con su iglesia, al estilo del Salmo 45 que también habla del Hijo de Dios.

En ese año de 1724, se publica por primera vez algo escrito por él: un sermón sobre Romanos 5:20, 21 con ocasión de la muerte de John Smith, un diácono de su iglesia.

Al año siguiente (1725), publicó una obra: El Urim y Tumim encontrado con Cristo, de Deuteronomio 33:8.

Gill siempre fue bautista. Aunque se le ha reconocido como un gran erudito y su comentario es valioso. Es muy posible que no tenga el reconocimiento que podría haber tenido si hubiera sido un “paidobautista”. Algunos le dijeron que si publicaba libros sobre ciertas doctrinas, podría perder el apoyo económico de algunos, pero Gill amaba la verdad más que el dinero o la fama y defendió la verdad sobre el bautismo bíblico hasta el fin. La defendió de buena manera y por eso siempre contaba con amigos anglicanos evangélicos, presbiterianos e independientes. En 1726, publicó “La manera antigua de bautizar con agua”, en respuesta a una publicación contra los bautistas: La manera antigua de bautizar con agua, aclarado por la Palabra de Dios y la razón correcta. El año siguiente continuó el debate con Una defensa de la antigua manera, etc. Quizás su libro más famoso sobre el bautismo sea el titulado El bautismo de bebés, parte y columna del papismo. También examinó el tema del bautismo de prosélitos entre los judíos que algunos antibautistas querían usar para justificar el bautismo de bebés. Después de aquello, Gill descubrió y publicó que solo una persona ignorante o con grandes prejuicios trataría de defender una posición antibautista abogando la práctica tardía de tales bautismos de prosélitos.

En 1728, publicó su Exposición del Cantar de los Cantares. Entre las demás publicaciones de ese año encontramos: Las profecías del Antiguo Testamento sobre el Mesías consideradas y demostradas que son cumplidas literalmente en Jesús.

Aunque era joven, Gill fue grandemente apreciado por hombres de otras iglesias, incluyendo a pastores. Varios de ellos deseaban oírle regularmente sin tener que faltar a los cultos de adoración en sus propias iglesias. Unos caballeros formaron una sociedad y buscaban “suscripciones” para poder llevar a cabo reuniones con él. Consiguieron un sitio donde reunirse en un sector de Londres llamado Great Eastcheap. Comenzando en 1728, a los 30 años de edad, casi todos los miércoles por la tarde y durante 26 años, Gill dio conferencias en aquel lugar. Mucho de ese material también fue publicado, por ejemplo, su tratado sobre la Trinidad, la Justificación, 2 partes de La causa de Dios y la verdad; algunas partes de su Exposición de la Biblia.

En 1730, unos líderes evangélicos preocupados por las herejías que entraban en las iglesias, por la decadencia de la enseñanza de la sana doctrina en muchos lugares y por los ataques contra la fe cristiana, organizaron una serie de conferencias para defender la fe. Invitaron a nueve ministros fieles de varias iglesias a participar y asignaron los temas que cada uno enseñaría. Gill y otro hermano bautista fueron invitados para representar a los bautistas. A Gill le asignaron el tema “La resurrección de los muertos”. Posteriormente, todas las conferencias fueron publicadas en un par de tomos llamados “Lime Street Lectures”.

Gill continuó su ministerio de predicación y de publicaciones, porque muchos lo instaron, lo animaron y aun le solicitaron que escribiera sobre temas doctrinales que estaban siendo atacados, o que necesitaban ser presentados de una manera clara y convincente.

El 31 de diciembre de 1737 predicó un sermón importante, La Doctrina de la Gracia librada del Cargo de libertinaje.

En 1737—1739 publicó varios folletos defendiendo a los bautistas del ataque de S. Bourne, un presbiteriano.

El 30 de mayo de 1738, muere su hija Elizabeth Gill, de trece años. Su padre predicó en su funeral sobre 1 Tesalonicenses 4:13,14

En 1746, se publicó el primer volumen de su Exposición de todo el Nuevo Testamento. El segundo en 1747 y el tercero en 1748. En ese mismo año, algunos tomaron nota del valor de su exposición y, como consecuencia, Gill recibió un diploma del Marischal College de la Universidad de Aberdeen, reconociéndolo como Doctor en Teología, por su conocimiento de las Escrituras, lenguas orientales y las antigüedades de los judíos. Cuando los diáconos de la iglesia se dieron cuenta de ese honor, felicitaron a Gill, y él les dio las gracias añadiendo: “No lo pensé ni lo compré, ni lo busqué” (en inglés: I neither thought it, nor bought it, nor sought it.)

Gill siguió con sus tareas pastorales mientras fue aumentando el número de publicaciones. En 1749 escribió un tratado llamado “El rito divino del bautismo de bebés examinado y refutado”. En 1751 aparecieron varias publicaciones.

El 15 de marzo de 1752, Gill se encontraba en su cuarto de estudio cuando, a causa de unos vientos violentos, unas chimeneas cayeron sobre su casa, pero Dios lo protegió de la muerte. En ese año publicó su folleto sobre “La doctrina de la perseverancia final de los santos”.

En 1753 publicó un folleto titulado Anti-“paidobautismo”, (contra el bautismo de los bebés). En 1755, el Dr. Gill publicó Obras del Dr. Crisp, tras escribir una breve Memoria de la vida del doctor y aprovechando la oportunidad de exonerarse a sí mismo de la acusación de “antinomianismo”.

El 24 de marzo de 1756, el Dr. Gill predicó su sermón de despedida a los que se reunían los miércoles por la tarde; su texto fue: Hechos 26:22,23. Deseaba dedicar su tiempo a terminar la exposición de todo el Antiguo Testamento.

En 1757, dedicó una nueva capilla en Carter Lane, calle San Olave, cerca del puente de Londres, y predicó dos sermones sobre Éxodo 20:24, que se publicaron como “Asistencia en los lugares de culto religioso, donde se registra el nombre divino.” Según Ella, había 235 miembros cuando cambiaron de la capilla de Horselydown a Carter Lane. Esa iglesia fue la iglesia bautista más grande de Londres y se estima que Gill predicaba regularmente a más de 300 personas. Los registros de la iglesia indican que había conversiones y bautismos frecuentes (véase a Ella, páginas 62, 63).

En 1757—1758 publicó su Exposición de los Profetas, y una Exposición del Apocalipsis.

El 10 de octubre de 1764, murió la Sra. John Gill a los 68 años. Estuvieron casados durante más de 46 años.

Gill siguió trabajando. En 1767 publicó su Disertación sobre la antigüedad de la Lengua Hebrea, Letras, Vocales, Puntos y Acentos; en 1769, Cuerpo de la Divinidad doctrinal (Body of Doctrinal Divinity); y en 1770, Cuerpo de teología práctica.

El 14 de octubre de 1771, muere el Dr. John Gill alrededor de las 11:00 de la mañana, en su casa en Camberwell, Surrey, a la edad de setenta y tres años, diez meses y diez días. Le enterraron cerca de Moorfields, en la tumba familiar.

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Conferencia Pastoral 2013 | La identidad del consejero IV

La identidad del consejero IV

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Conferencia Pastoral 2013 | El lugar y ambiente de la consejería pastoral III

El lugar y ambiente de la consejería pastoral III

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Conferencia Pastoral 2013 | La necesidad de la consejería pastoral II

La necesidad de la consejería pastoral II

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Conferencia Pastoral 2013 | La naturaleza de la consejería pastoral I

La naturaleza de la consejería pastoral I

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Conferencia Pastoral 2013 | La batalla del amor

La batalla del amor

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2014 Pastors’ Conference | Biblical Reflection on Social Media II

Biblical Reflection on Social Media II

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2014 Pastors’ Conference | Paul’s Farewell III

Paul’s Farewell III

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2014 Pastors’ Conference | Paul’s Farewell I

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2014 Pastors’ Conference | Challenges We Face in Our Culture II

Challenges We Face in Our Culture II

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We’re going to continue in our examination of culture and what we believe to be our biblical responsibility, as shepherds, to make analysis of the cultural landscape, the social climate, and the societal climate in which our people live and work. So, with that topic once again before us, in this hour, let’s bow and ask the Lord to give us instruction.

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2014 Pastors’ Conference | Challenges We Face in Our Culture II

Challenges We Face in Our Culture II

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We’re going to continue in our examination of culture and what we believe to be our biblical responsibility, as shepherds, to make analysis of the cultural landscape, the social climate, and the societal climate in which our people live and work. So, with that topic once again before us, in this hour, let’s bow and ask the Lord to give us instruction.

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2014 Pastors’ Conference | Challenges We Face in Our Culture I

Challenges We Face in Our Culture I

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We’re going to look, first of all, at the biblical justification for considering our culture. Is this what the Bible requires of us, as pastors? Are we responsible to analyze the culture roundabout us?

One brother has said, “It’s more important that we know our people than we know our culture,” and there’s some truth to that, but we need to know that our people live in the midst of a culture and how that culture affects them and how it affects us, as well. So, we’re going to look at how culture is constructed, what are some of the foundational issues that are common to cultures, how they are structured in certain ways that are common to all cultures, and how those issues relate, especially to the kingdom of God. We’re going to look at the culture and the issue of the two kingdoms: the kingdom of man, and the kingdom of God. God willing, next time we’ll consider these things further, and looking, specifically, at one recent development in Western culture that poses a particular threat to the Gospel and to the work of the church in our generation. So, with that menu in front of us, let’s come together and ask for the Lord’s help as we would pray as we begin.

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2014 Pastors’ Conference | Challenges We Face in Our Culture I

Challenges We Face in Our Culture I

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We’re going to look, first of all, at the biblical justification for considering our culture. Is this what the Bible requires of us, as pastors? Are we responsible to analyze the culture roundabout us?

One brother has said, “It’s more important that we know our people than we know our culture,” and there’s some truth to that, but we need to know that our people live in the midst of a culture and how that culture affects them and how it affects us, as well. So, we’re going to look at how culture is constructed, what are some of the foundational issues that are common to cultures, how they are structured in certain ways that are common to all cultures, and how those issues relate, especially to the kingdom of God. We’re going to look at the culture and the issue of the two kingdoms: the kingdom of man, and the kingdom of God. God willing, next time we’ll consider these things further, and looking, specifically, at one recent development in Western culture that poses a particular threat to the Gospel and to the work of the church in our generation. So, with that menu in front of us, let’s come together and ask for the Lord’s help as we would pray as we begin.

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Conferencia Pastoral 2014 | Andrew Fuller

Andrew Fuller

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Andrew Fuller

Las siguientes notas fueron tomadas de las memorias de Andrew Fuller, impresas (en inglés) con la colección de sus obras en el año 1831, 16 años después de su muerte. Fueron escritas por su hijo Andrew Gunton Fuller. Además, parte de lo que expongo hacia el final lo usé también en un escrito: Amigos de William (Guillermo) Carey.

Cualquier fama que el Sr Fuller tenga no se debe a los beneficios de pertenecer a una familia reconocida, con recursos abundantes o de una buena educación académica. Era hijo de agricultores que no eran de la iglesia anglicana. Su educación era rudimentaria en inglés, tal y como sus primeros manuscritos indican. (Nota de NDV: parece que había errores ortográficos en ellos.)

Nació el 6 de febrero de 1754 en un pueblo de Cambridgeshire, el lugar de sus familiares paternos. Había antepasados paternos y maternos que habían sufrido por la causa de Jesucristo. Entre los años 1660 y 1688, sus bisabuelos y tatarabuelos se congregaban en los bosques con 2 ministros expulsados de sus púlpitos por el rey Carlos II.

El padre de Andrew se llamaba Robert y su madre Philippa. Trabajaron en su finca y sirvieron al Señor en el contexto de una iglesia de “disidentes” escuchando la predicación de un ministro bautista durante muchos años, el pastor Eve. Tuvieron tres hijos varones, y el menor era Andrew. Sus hermanos mayores le sobrevivieron. Los tres sirvieron al Señor hasta su muerte.

En una nota añadida a las memorias, una persona hizo la observación de que Andrew era un hombre bastante grande, que participaba en la lucha libre sin miedo en su juventud. Tenía un aspecto físico imponente y casi severo.

Según los recuerdos de Andrew, la iglesia de sus padres es lo que se denominó luego como doctrina “híper-calvinista”, o “falso-calvinista”. El pastor no mandó a los oyentes a arrepentirse, no los invitó a venir a Jesús para ser salvos, sino que predicó sus sermones para consolar y animar a los escogidos que Dios había salvado. Andrew entendió que los escogidos serán salvos y los no escogidos condenados por sus pecados, pero no pensó que tenía el deber o la responsabilidad para creer, porque no podía hacerlo. Según su entendimiento, solamente podría desear ser uno de los escogidos y esperar a que Dios hiciera algo para que supiera que era de los escogidos. A la larga, el Señor usó a Fuller para que muchos ministros e iglesias fueran librados de esas ideas que carecen de apoyo bíblico. Fuller nunca dejó de creer en la elección incondicional o en las otras doctrinas de la gracia soberana de Dios, pero entendió que había otras enseñanzas bíblicas tan ciertas como las doctrinas de la gracia y que era necesaria enseñarlas. Pero antes de llegar a esa etapa en su entendimiento, Fuller tuvo que pasar por tiempos difíciles.

En las memorias, hay una narración de su conversión, y de los tiempos que vinieron después, basada en 2 cartas que contienen una gran cantidad de material. Hay muchas citas tomadas de ellas. Fuller dijo que no vio nada en la predicación de su iglesia que fuera para él, pero al leer y reflexionar, a veces se sintió compungido por sus pecados, como los pecados de mentir y maldecir.

Cuando tenía en torno a 14 años, comenzó a pensar más sobre el futuro. Años después entendió que Dios iba dándole luz. Por esa luz fue compungido por el pecado. Esa compunción no le gustó, porque quería disfrutar del pecado como otros muchachos, pero encontró que no podía. Por ejemplo, una vez estuvo con unos muchachos que cantaban canciones necias, y se sintió muy incómodo y por encima de todo, hubo unas palabras que vinieron a su mente, “¿Qué haces aquí, Elías?” Se fue, molesto con Dios porque no le permitió disfrutar de esa oportunidad.

A pesar de las quejas de Fuller sobre el ambiente hiper-calvinista de la iglesia de sus padres, podemos observar que, de una manera u otra, algunos libros llegaron a sus manos que no eran “hiper-calvinistas” y tuvo el interés de leerlos, cosa que era fruto de la misericordia de Dios. Leyó el libro de Bunyan sobre “Gracia abundante al primero de pecadores” y también el Progreso de Peregrino. Fue tocado por unos poemas evangélicos de Ralph Erskine. A veces se emocionó hasta llorar pensando en la doctrina de la salvación eterna, pero, su corazón no fue cambiado. También, sintió una atracción peculiar hacia la gente buena, especialmente hacia aquellos que le hablaron de la religión.

En algunas ocasiones, debido a sentir tanta convicción por sus pecados, interpretó esas convicciones como una evidencia de la salvación. También, en 2 ocasiones diferentes, unos versículos llegaron poderosamente a su mente: “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia,” (Romanos 6:14) este fue uno y el otro fue: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Isaías 44:22).

Entre los llamados cristianos con los que él tenía comunión estaban convencidos de que una experiencia como esa era una señal de la salvación, y por un tiempo se sintió en paz. [Como nota aparte, debemos recordar que la confesión de 1689 advierte de que una persona puede tener una seguridad de su salvación sin una revelación extraordinaria: capítulo 18, párrafo 3.]

Pero Fuller se dio cuenta de que su corazón no había cambiado, y que era un adicto al mal y cada vez más. También tenía malas compañías que le instigaban en su carrera hacia la muerte. Su corazón iba endureciéndose. Sin embargo, en medio de su “progreso” en la maldad, fue compungido nuevamente en el otoño de 1769 (cuando tenía 15 años de edad), y en esa ocasión el Señor triunfó en él, y fue convertido de verdad.

No fue convertido al instante, sino después de una lucha. Por la noche se acostó en pecado, pero por la mañana se sintió muy mal y tomó la determinación de no volver a pecar. Violó sus compromisos por la noche, y los hizo de nuevo por la mañana, hasta que un día la carga de su culpa fue tan grave que casi se desesperó. Vio su culpa, su flaqueza e incapacidad; vio que Dios sería justo en condenarle. Entendió que la obra de Jesús era perfecta y suficiente, que nada más valía para la salvación de un pecador, y estaba contento con eso. Pero, no se atrevió a pedir perdón, debido a todo el mal que había hecho. En su desesperación consideró la posibilidad de aceptar la condenación y vivir entregado al deseo de la carne, pero luego pensó que en realidad no quería vivir sin Jesús, no quería ir al infierno. No sabía qué hacer. Las palabras de Job vinieron a su mente: He aquí, aunque él me matare, en él esperaré (Job 13:15), y las repitió una y otra vez, y de una manera misteriosa la paz de Dios llegó. No estaba pensando en lo que estaba haciendo. Se sintió como la reina Esther, que estaba violando la ley con su atrevimiento, pero estaba dispuesto como ella a buscar misericordia con esa actitud: “…entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca” (Esther 4:16). En aquel tiempo Fuller no había aprendido que la Palabra de Dios permite a los pecadores venir así. Por la gracia de Dios vino; atraído por una visión espiritual de la hermosura y gloria de Cristo, fue perdonado y tuvo paz con Dios.

De ahí en adelante Fuller sabía que todo era nuevo: sus deseos fueron nuevos y odiaba el mal que había hecho antes con tanto placer. Dios le había hecho una nueva criatura. Todo su testimonio de esa lucha y el fin glorioso al que llegó es conmovedor. Fuller se dio cuenta de que pertenecía a Dios; se dio cuenta de lo que es el amor a los hermanos. Dice que antes respetaba a algunos santos, pero después hubo una atracción mayor y un deseo sincero de tener comunión con ellos.

Pasó por tentaciones, especialmente el deseo de participar en juegos con otros jóvenes, porque tenía 16 años y estaba lleno de vida y antes había tenido algún renombre entre ellos, pero mediante la comunión con amigos cristianos y su determinación de ir y buscar comunión con cristianos serios, pudo evitar la tentación.

En marzo de 1770 asistió al el bautismo de dos jóvenes, lo cual le conmovió. Fue persuadido de que esa inmersión en agua de un creyente era bíblica y un deber. Al cabo de aproximadamente un mes después Fuller fue bautizado y se unió a la iglesia a la edad de 16 años.Poco después Dios probó su fe cuando unos jóvenes del lugar se mofaron de él porque había sido ‘sumergido’. Dios le dio la gracia de aceptar tal oposición y aun desear el bien eterno de los que le hicieron eso.”

Sus reflexiones sobre las pruebas y tentaciones que los cristianos enfrentan le llevó a considerar Proverbios 3:6, “Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas“. Esas palabras siempre tuvieron una gran influencia sobre su conducta, especialmente sobre sus decisiones y compromisos.

Fuller también reconoció la buena providencia de Dios en darle un amigo que amaba las Escrituras, un hombre mayor que él, pero que fue bautizado con él, llamado Joseph Diver. Unos meses después de su bautismo hubo problemas en la iglesia de Soham, a la que pertenecía. “La paz de la iglesia fue interrumpida porque Fuller criticó a un hermano que tenía problemas serios con el alcohol y se embriagaba. Ese hombre dijo que no tenía poder para corregir el problema. La iglesia disciplinó al borracho, pero se dividió sobre un asunto doctrinal al respecto provocando la salida del pastor en noviembre de 1771.

La mayoría de los miembros siguieron reuniéndose, pero sin pastor. El amigo de Fuller, Diver, fue reconocido como diácono y fue encargado de dirigir los servicios. En una ocasión, probablemente en 1772, Diver tuvo un accidente y no pudo llegar al culto. Envió un mensaje a Fuller, dándole a entender que debía dirigir la lectura y la enseñanza. De esa manera, cuando Fuller tenía como 17 o 18 años, predicó su primer sermón. Fue de bendición para la iglesia. Después de ese suceso, enseñó de vez en cuando. Había en él un deseo de servir. En 1774, debido a una petición especial, Fuller predicó en el funeral de una hermana que había muerto. Desde aquella ocasión la iglesia quiso que predicara, y en 1775, la iglesia bautista de Soham le pidió que fuera su pastor. A los 21 años de edad fue ordenado al ministerio.

Fuller siempre fue un hombre serio, temeroso de Dios. Estudiaba su Biblia cuidadosamente. No quiso enseñar nada falso. Podríamos decir que no quiso usar el Nombre de Dios en vano. Leyó los escritos de Bunyan, de Gill y de John Brine. Confesó que había recibido mucha buena enseñanza de la teología de Gill, pero vio que en algunas cosas había diferencias entre él y Bunyan.

El día de su ordenación, uno de los pastores que le impuso las manos, recomendó que leyera a Edwards sobre la voluntad. Fuller confundió el Edwards recomendado con otro y no descubrió su error hasta casi 2 años después.

Mientras tanto, Fuller predicó básicamente sin exhortar a los pecadores que se arrepintieran. O sea, seguía el modelo que había visto. Pero, Dios iba tratando con él y encontró unos escritos que enseñaban que los pecadores tienen el deber de arrepentirse y creer, y por tanto hay que predicarles estas cosas. Fuller no pudo contestar con sus argumentos bíblicos y vio que algo andaba mal en su entendimiento de la Biblia.

En el año 1776, Fuller conoció al pastor John Sutcliff de Olney, y luego al pastor John Ryland, hijo. Estos hombres habían leído los escritos de Jonathan Edwards y David Brainerd y otros. Ya tenían dudas sobre el sistema del calvinismo falso que prevalecía en muchas iglesias. Debido a su contacto con ellos (contacto muy limitado por la distancia), Fuller comenzó a estudiar más y escribió lo que aprendió en un manuscrito que a la larga fue publicado con el título: The Gospel worthy of all Acceptation; or the Obligations of Men cordially to believe whatever God makes known. (El evangelio digno de toda aceptación; o, las obligaciones de los hombres que aceptarán de buena voluntad todo lo que Dios da a conocer.)

“La liberación del hipercalvinismo (o del ‘calvinismo falso’ como Fuller lo llamó frecuentemente) y la aceptación del calvinismo evangélico, visto en la fe de hombres como Bunyan, Owen, Whitefield y muchísimos otros, trajo como consecuencia más proclamación del evangelio en los lugares de su ministerio y finalmente en la proclamación en otros lugares del mundo.

“Ninguno de estos hombres abandonó su fe de la gracia soberana de Dios, en lo que se llama las doctrinas de la gracia o el calvinismo. Nunca se avergonzaron de esas verdades y fueron grandes oponentes al arminianismo. A la vez, Fuller declaró su creencia en que había gente regenerada tanto entre los arminianos como entre los hipercalvinistas, porque, como él explicó, había hombres santos que tenían principios espirituales arraigados en su ser mientras que tenían a la vez opiniones flotando en sus cabezas que nunca afectaron a la práctica (Memoir, Pág. 16)” (de NDV, Amigos de Carey).

Fuller siguió estudiando cuidadosamente la Palabra de Dios y examinando cada tema.

El 23 de diciembre de 1776, Fuller se casó con Sarah Gardiner, un miembro de la iglesia de Soham. Para él, el matrimonio fue un evento importante. Asumió ese paso pensando en Proverbios 3:6, “Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas“. Esa mujer gozaba de la reputación de tener un espíritu manso y afable, pero sufrió mucho, porque dio a luz 11 veces y solo 3 de los bebés sobrevivieron. Andrew sufrió también, porque la amaba. Ella murió en 1792, 2 meses antes de la fundación de la Sociedad Misionera que envió a Carey a la India. (Fuller se casó de nuevo en el año 1794, con Ann Coles, quien murió 10 años después de Fuller.)

El cambio en su entendimiento sobre la responsabilidad humana y de cómo predicar el evangelio fue manifiesto en su predicación. Algunos no estaban de acuerdo. Además la iglesia no le sostenía bien económicamente y vivió en una situación de pobreza . Sin embargo, estaba convencido de que Dios le había puesto allí como pastor y no estaba dispuesto a dejar la iglesia para servir en otra ni abandonar el ministerio para trabajar en otra cosa.

En la segunda sección de las memorias, su hijo incluye muchas partes de su diario durante estos tiempos. Se queja de sí mismo, no de otros. Uno ve su compromiso con el Señor y con la iglesia.

En 1781, hubo una reunión de pastores. Todos los presentes (Booth, Evans, Gill, Guy, Hall, Hopper, Ryland senior, Ryland junior, and Sutcliffe,) aconsejaron a Fuller que fuera a Kettering porque esa iglesia no tenía pastor. Con todo, Fuller no estaba seguro de si debiera tomar ese paso. Después de muchas luchas, en octubre de 1782 Andrew Fuller se mudó a Kettering y el año siguiente, en octubre de 1783 fue ordenado como pastor. La iglesia de Soham escribió una carta de recomendación, una carta preciosa y conmovedora.

Fuller sirvió como pastor hasta su muerte en 1815. Su ministerio fue expositivo. Expuso muchos libros del Antiguo Testamento y también del Nuevo Testamento. Además de predicar y pastorear, mantuvo controversias por escrito. Después de su muerte juntaron sus publicaciones en una colección. La colección que tengo en inglés es de 3 tomos bastante extensa con una letra no muy grande. Hay defensas de la fe (por ejemplo, vs Sandeman) sermones, memorias de Samuel Pearce, cartas y por supuesto, el libro famoso sobre El evangelio digno de toda aceptación.

Pero, quizás la obra más duradera de Fuller es la que hizo, junto con otros colegas para la extensión del reino de Dios en el mundo, porque fue uno de los principales objetivos en lo que se llama el movimiento moderno de las misiones, que comenzó con el envío de William Carey a la India.

En el año 1791 hubo una reunión de los pastores de la Asociación. Sutcliff y Fuller habían sido seleccionados para predicar. Sutcliff predicó un sermón sobre “Celo s por el Señor” basado en 1 Reyes 19:14. Los que lo oyeron fueron tocados profundamente. El sermón fue publicado junto con el sermón que Fuller predicó en ese mismo día en la reunión. Fuller predicó sobre la “Influencia perniciosa de postergar”, basado en Hageo 1:2. Después de oír los mensajes y viendo la reacción de los pastores Carey los instó a que hicieran algo para llevar a cabo misiones entre los paganos. (Carey l mismo tenía deseos de servir, especialmente en Tahiti en el Mar Pacífico, habiendo leído tanto sobre esa isla en los escritos del Capitán Cook.) Todos sintieron su pequeñez, pobreza y limitaciones y Sutcliff dijo que era necesario tener cuidado y no apresurarse. Lo positivo que salió de la reunión fue el apoyo que dieron a Carey para que publicara la “Investigación…”

En mayo de 1792 en la reunión de la asociación Carey predicó su sermón famoso sobre Isaías 54:2-3 con el bosquejo simple de dos puntos: Espera grandes cosas y ensaya (o, esfuérzate para hacer) grandes cosas (en inglés: Expect great things; attempt great things). Los pastores fueron conmovidos. Sin embargo, estaban a punto de cerrar la reunión sin tomar ninguna decisión, cuando Carey le suplicó a Fuller que hiciera algo y Fuller persuadió al moderador para que todos consideraran el asunto de formar una sociedad para las misiones. Aprobaron que pudiera ser presentado un plan en la próxima reunión de octubre. Carey estaba seguro de que la sociedad sería formada y quiso ser el primer donante prometiendo dar a la sociedad lo que recibiera de la venta de su obra ya publicada: “Investigación…”.

En octubre de 1792 nació la “Sociedad de bautistas particulares para la propagación del evangelio entre los paganos” (inglés: Particular Baptist Society for the Propagation of the Gospel among the Heathen). Los “miembros” hicieron promesas de sus contribuciones y lo que recibieron ese día y las notas de las promesas de 13 hombres fueron colocadas en una caja de tabaco vacía que pertenecía a Fuller. La caja fue decorada con un dibujo de la conversión de Saulo de Tarso en la tapa.

El primer nombre en la lista de donantes es el de Ryland quien prometió 2 libras (esterlinas) y 2 chelines a la causa. El segundo nombre fue el del pastor Reynold Hogg por la misma cantidad; los nombres de Fuller y Sutcliff siguen con promesas de 1 libra y 1 chelín cada uno; y después hay 9 nombres más. Once de los 13 eran pastores. Sus iglesias no tenían grandes recursos económicos; los sueldos de los pastores eran bajos. Uno de los pastores presente en la formación de la sociedad fue Samuel Pearce, hombre piadoso, tremendo predicador, de buen nombre. Era pastor en la iglesia bautista de Birmingham, y esa iglesia pertenecía a otra sociedad. Estaba presente porque fue invitado por ellos para que predicara. Pearce también era de un solo corazón y una sola alma con Carey, Fuller, Ryland y Sutcliff. Al cabo de poco tiempo pudo traer un regalo de 70 libras de su iglesia para la obra misionera.

El comité ejecutivo de la Sociedad estaba formado por: Ryland, Carey, Fuller (secretario), Sutcliff y Hogg (tesorero). Luego Hogg tuvo que renunciar como tesorero porque no tenía tiempo, pero Fuller continuó como secretario hasta su muerte en 1815. Un amigo de Fuller le llamó un “mártir de la misión”. [De NDV Amigos…

(Estas notas están basadas en el libro One Heart and One Soul (Un corazón y una alma) escrito por Michael A. G. Haykin, y publicado por Evangelical Press, Durham, England, 1994)]

Fuller viajó mucho promoviendo las misiones. Escribió muchas cartas. Estuvo envuelto en todas las decisiones para enviar personas y equipo a la obra misionera.

¿Qué podemos aprender?
La bendición sobre los padres y los hogares fieles.
Dios es Soberano.
Pero, en su soberanía, levanta hogares fieles y actúa en esas familias.
¡Cuán grande es la misericordia y la gracia de Dios!
Salvó a Fuller en medio de un ambiente no muy evangélico.
Dios usa a los hermanos. En la vida de Fuller: Eve, Diver, Hall, Sutcliff, Ryland, etc.
Dios usa la literatura. Especialmente usó a Jonathan Edwards en la vida de Fuller y otros bautistas de Inglaterra.
Vemos la necesidad de la sana doctrina en su relación a la vida cristiana en todos sus aspectos, incluyendo las misiones.

Hoy día hay personas que estudian y escriben sobre Fuller y su doctrina. Desde que comencé este estudio he leído artículos sobre Fuller. Pero, no es tan importante que sepamos de él como siervo de Dios, como de la verdad que le conmovió.

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Conferencia Pastoral 2014 | Andrew Fuller

Andrew Fuller

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Andrew Fuller

Las siguientes notas fueron tomadas de las memorias de Andrew Fuller, impresas (en inglés) con la colección de sus obras en el año 1831, 16 años después de su muerte. Fueron escritas por su hijo Andrew Gunton Fuller. Además, parte de lo que expongo hacia el final lo usé también en un escrito: Amigos de William (Guillermo) Carey.

Cualquier fama que el Sr Fuller tenga no se debe a los beneficios de pertenecer a una familia reconocida, con recursos abundantes o de una buena educación académica. Era hijo de agricultores que no eran de la iglesia anglicana. Su educación era rudimentaria en inglés, tal y como sus primeros manuscritos indican. (Nota de NDV: parece que había errores ortográficos en ellos.)

Nació el 6 de febrero de 1754 en un pueblo de Cambridgeshire, el lugar de sus familiares paternos. Había antepasados paternos y maternos que habían sufrido por la causa de Jesucristo. Entre los años 1660 y 1688, sus bisabuelos y tatarabuelos se congregaban en los bosques con 2 ministros expulsados de sus púlpitos por el rey Carlos II.

El padre de Andrew se llamaba Robert y su madre Philippa. Trabajaron en su finca y sirvieron al Señor en el contexto de una iglesia de “disidentes” escuchando la predicación de un ministro bautista durante muchos años, el pastor Eve. Tuvieron tres hijos varones, y el menor era Andrew. Sus hermanos mayores le sobrevivieron. Los tres sirvieron al Señor hasta su muerte.

En una nota añadida a las memorias, una persona hizo la observación de que Andrew era un hombre bastante grande, que participaba en la lucha libre sin miedo en su juventud. Tenía un aspecto físico imponente y casi severo.

Según los recuerdos de Andrew, la iglesia de sus padres es lo que se denominó luego como doctrina “híper-calvinista”, o “falso-calvinista”. El pastor no mandó a los oyentes a arrepentirse, no los invitó a venir a Jesús para ser salvos, sino que predicó sus sermones para consolar y animar a los escogidos que Dios había salvado. Andrew entendió que los escogidos serán salvos y los no escogidos condenados por sus pecados, pero no pensó que tenía el deber o la responsabilidad para creer, porque no podía hacerlo. Según su entendimiento, solamente podría desear ser uno de los escogidos y esperar a que Dios hiciera algo para que supiera que era de los escogidos. A la larga, el Señor usó a Fuller para que muchos ministros e iglesias fueran librados de esas ideas que carecen de apoyo bíblico. Fuller nunca dejó de creer en la elección incondicional o en las otras doctrinas de la gracia soberana de Dios, pero entendió que había otras enseñanzas bíblicas tan ciertas como las doctrinas de la gracia y que era necesaria enseñarlas. Pero antes de llegar a esa etapa en su entendimiento, Fuller tuvo que pasar por tiempos difíciles.

En las memorias, hay una narración de su conversión, y de los tiempos que vinieron después, basada en 2 cartas que contienen una gran cantidad de material. Hay muchas citas tomadas de ellas. Fuller dijo que no vio nada en la predicación de su iglesia que fuera para él, pero al leer y reflexionar, a veces se sintió compungido por sus pecados, como los pecados de mentir y maldecir.

Cuando tenía en torno a 14 años, comenzó a pensar más sobre el futuro. Años después entendió que Dios iba dándole luz. Por esa luz fue compungido por el pecado. Esa compunción no le gustó, porque quería disfrutar del pecado como otros muchachos, pero encontró que no podía. Por ejemplo, una vez estuvo con unos muchachos que cantaban canciones necias, y se sintió muy incómodo y por encima de todo, hubo unas palabras que vinieron a su mente, “¿Qué haces aquí, Elías?” Se fue, molesto con Dios porque no le permitió disfrutar de esa oportunidad.

A pesar de las quejas de Fuller sobre el ambiente hiper-calvinista de la iglesia de sus padres, podemos observar que, de una manera u otra, algunos libros llegaron a sus manos que no eran “hiper-calvinistas” y tuvo el interés de leerlos, cosa que era fruto de la misericordia de Dios. Leyó el libro de Bunyan sobre “Gracia abundante al primero de pecadores” y también el Progreso de Peregrino. Fue tocado por unos poemas evangélicos de Ralph Erskine. A veces se emocionó hasta llorar pensando en la doctrina de la salvación eterna, pero, su corazón no fue cambiado. También, sintió una atracción peculiar hacia la gente buena, especialmente hacia aquellos que le hablaron de la religión.

En algunas ocasiones, debido a sentir tanta convicción por sus pecados, interpretó esas convicciones como una evidencia de la salvación. También, en 2 ocasiones diferentes, unos versículos llegaron poderosamente a su mente: “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia,” (Romanos 6:14) este fue uno y el otro fue: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Isaías 44:22).

Entre los llamados cristianos con los que él tenía comunión estaban convencidos de que una experiencia como esa era una señal de la salvación, y por un tiempo se sintió en paz. [Como nota aparte, debemos recordar que la confesión de 1689 advierte de que una persona puede tener una seguridad de su salvación sin una revelación extraordinaria: capítulo 18, párrafo 3.]

Pero Fuller se dio cuenta de que su corazón no había cambiado, y que era un adicto al mal y cada vez más. También tenía malas compañías que le instigaban en su carrera hacia la muerte. Su corazón iba endureciéndose. Sin embargo, en medio de su “progreso” en la maldad, fue compungido nuevamente en el otoño de 1769 (cuando tenía 15 años de edad), y en esa ocasión el Señor triunfó en él, y fue convertido de verdad.

No fue convertido al instante, sino después de una lucha. Por la noche se acostó en pecado, pero por la mañana se sintió muy mal y tomó la determinación de no volver a pecar. Violó sus compromisos por la noche, y los hizo de nuevo por la mañana, hasta que un día la carga de su culpa fue tan grave que casi se desesperó. Vio su culpa, su flaqueza e incapacidad; vio que Dios sería justo en condenarle. Entendió que la obra de Jesús era perfecta y suficiente, que nada más valía para la salvación de un pecador, y estaba contento con eso. Pero, no se atrevió a pedir perdón, debido a todo el mal que había hecho. En su desesperación consideró la posibilidad de aceptar la condenación y vivir entregado al deseo de la carne, pero luego pensó que en realidad no quería vivir sin Jesús, no quería ir al infierno. No sabía qué hacer. Las palabras de Job vinieron a su mente: He aquí, aunque él me matare, en él esperaré (Job 13:15), y las repitió una y otra vez, y de una manera misteriosa la paz de Dios llegó. No estaba pensando en lo que estaba haciendo. Se sintió como la reina Esther, que estaba violando la ley con su atrevimiento, pero estaba dispuesto como ella a buscar misericordia con esa actitud: “…entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca” (Esther 4:16). En aquel tiempo Fuller no había aprendido que la Palabra de Dios permite a los pecadores venir así. Por la gracia de Dios vino; atraído por una visión espiritual de la hermosura y gloria de Cristo, fue perdonado y tuvo paz con Dios.

De ahí en adelante Fuller sabía que todo era nuevo: sus deseos fueron nuevos y odiaba el mal que había hecho antes con tanto placer. Dios le había hecho una nueva criatura. Todo su testimonio de esa lucha y el fin glorioso al que llegó es conmovedor. Fuller se dio cuenta de que pertenecía a Dios; se dio cuenta de lo que es el amor a los hermanos. Dice que antes respetaba a algunos santos, pero después hubo una atracción mayor y un deseo sincero de tener comunión con ellos.

Pasó por tentaciones, especialmente el deseo de participar en juegos con otros jóvenes, porque tenía 16 años y estaba lleno de vida y antes había tenido algún renombre entre ellos, pero mediante la comunión con amigos cristianos y su determinación de ir y buscar comunión con cristianos serios, pudo evitar la tentación.

En marzo de 1770 asistió al el bautismo de dos jóvenes, lo cual le conmovió. Fue persuadido de que esa inmersión en agua de un creyente era bíblica y un deber. Al cabo de aproximadamente un mes después Fuller fue bautizado y se unió a la iglesia a la edad de 16 años.Poco después Dios probó su fe cuando unos jóvenes del lugar se mofaron de él porque había sido ‘sumergido’. Dios le dio la gracia de aceptar tal oposición y aun desear el bien eterno de los que le hicieron eso.”

Sus reflexiones sobre las pruebas y tentaciones que los cristianos enfrentan le llevó a considerar Proverbios 3:6, “Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas“. Esas palabras siempre tuvieron una gran influencia sobre su conducta, especialmente sobre sus decisiones y compromisos.

Fuller también reconoció la buena providencia de Dios en darle un amigo que amaba las Escrituras, un hombre mayor que él, pero que fue bautizado con él, llamado Joseph Diver. Unos meses después de su bautismo hubo problemas en la iglesia de Soham, a la que pertenecía. “La paz de la iglesia fue interrumpida porque Fuller criticó a un hermano que tenía problemas serios con el alcohol y se embriagaba. Ese hombre dijo que no tenía poder para corregir el problema. La iglesia disciplinó al borracho, pero se dividió sobre un asunto doctrinal al respecto provocando la salida del pastor en noviembre de 1771.

La mayoría de los miembros siguieron reuniéndose, pero sin pastor. El amigo de Fuller, Diver, fue reconocido como diácono y fue encargado de dirigir los servicios. En una ocasión, probablemente en 1772, Diver tuvo un accidente y no pudo llegar al culto. Envió un mensaje a Fuller, dándole a entender que debía dirigir la lectura y la enseñanza. De esa manera, cuando Fuller tenía como 17 o 18 años, predicó su primer sermón. Fue de bendición para la iglesia. Después de ese suceso, enseñó de vez en cuando. Había en él un deseo de servir. En 1774, debido a una petición especial, Fuller predicó en el funeral de una hermana que había muerto. Desde aquella ocasión la iglesia quiso que predicara, y en 1775, la iglesia bautista de Soham le pidió que fuera su pastor. A los 21 años de edad fue ordenado al ministerio.

Fuller siempre fue un hombre serio, temeroso de Dios. Estudiaba su Biblia cuidadosamente. No quiso enseñar nada falso. Podríamos decir que no quiso usar el Nombre de Dios en vano. Leyó los escritos de Bunyan, de Gill y de John Brine. Confesó que había recibido mucha buena enseñanza de la teología de Gill, pero vio que en algunas cosas había diferencias entre él y Bunyan.

El día de su ordenación, uno de los pastores que le impuso las manos, recomendó que leyera a Edwards sobre la voluntad. Fuller confundió el Edwards recomendado con otro y no descubrió su error hasta casi 2 años después.

Mientras tanto, Fuller predicó básicamente sin exhortar a los pecadores que se arrepintieran. O sea, seguía el modelo que había visto. Pero, Dios iba tratando con él y encontró unos escritos que enseñaban que los pecadores tienen el deber de arrepentirse y creer, y por tanto hay que predicarles estas cosas. Fuller no pudo contestar con sus argumentos bíblicos y vio que algo andaba mal en su entendimiento de la Biblia.

En el año 1776, Fuller conoció al pastor John Sutcliff de Olney, y luego al pastor John Ryland, hijo. Estos hombres habían leído los escritos de Jonathan Edwards y David Brainerd y otros. Ya tenían dudas sobre el sistema del calvinismo falso que prevalecía en muchas iglesias. Debido a su contacto con ellos (contacto muy limitado por la distancia), Fuller comenzó a estudiar más y escribió lo que aprendió en un manuscrito que a la larga fue publicado con el título: The Gospel worthy of all Acceptation; or the Obligations of Men cordially to believe whatever God makes known. (El evangelio digno de toda aceptación; o, las obligaciones de los hombres que aceptarán de buena voluntad todo lo que Dios da a conocer.)

“La liberación del hipercalvinismo (o del ‘calvinismo falso’ como Fuller lo llamó frecuentemente) y la aceptación del calvinismo evangélico, visto en la fe de hombres como Bunyan, Owen, Whitefield y muchísimos otros, trajo como consecuencia más proclamación del evangelio en los lugares de su ministerio y finalmente en la proclamación en otros lugares del mundo.

“Ninguno de estos hombres abandonó su fe de la gracia soberana de Dios, en lo que se llama las doctrinas de la gracia o el calvinismo. Nunca se avergonzaron de esas verdades y fueron grandes oponentes al arminianismo. A la vez, Fuller declaró su creencia en que había gente regenerada tanto entre los arminianos como entre los hipercalvinistas, porque, como él explicó, había hombres santos que tenían principios espirituales arraigados en su ser mientras que tenían a la vez opiniones flotando en sus cabezas que nunca afectaron a la práctica (Memoir, Pág. 16)” (de NDV, Amigos de Carey).

Fuller siguió estudiando cuidadosamente la Palabra de Dios y examinando cada tema.

El 23 de diciembre de 1776, Fuller se casó con Sarah Gardiner, un miembro de la iglesia de Soham. Para él, el matrimonio fue un evento importante. Asumió ese paso pensando en Proverbios 3:6, “Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus veredas“. Esa mujer gozaba de la reputación de tener un espíritu manso y afable, pero sufrió mucho, porque dio a luz 11 veces y solo 3 de los bebés sobrevivieron. Andrew sufrió también, porque la amaba. Ella murió en 1792, 2 meses antes de la fundación de la Sociedad Misionera que envió a Carey a la India. (Fuller se casó de nuevo en el año 1794, con Ann Coles, quien murió 10 años después de Fuller.)

El cambio en su entendimiento sobre la responsabilidad humana y de cómo predicar el evangelio fue manifiesto en su predicación. Algunos no estaban de acuerdo. Además la iglesia no le sostenía bien económicamente y vivió en una situación de pobreza . Sin embargo, estaba convencido de que Dios le había puesto allí como pastor y no estaba dispuesto a dejar la iglesia para servir en otra ni abandonar el ministerio para trabajar en otra cosa.

En la segunda sección de las memorias, su hijo incluye muchas partes de su diario durante estos tiempos. Se queja de sí mismo, no de otros. Uno ve su compromiso con el Señor y con la iglesia.

En 1781, hubo una reunión de pastores. Todos los presentes (Booth, Evans, Gill, Guy, Hall, Hopper, Ryland senior, Ryland junior, and Sutcliffe,) aconsejaron a Fuller que fuera a Kettering porque esa iglesia no tenía pastor. Con todo, Fuller no estaba seguro de si debiera tomar ese paso. Después de muchas luchas, en octubre de 1782 Andrew Fuller se mudó a Kettering y el año siguiente, en octubre de 1783 fue ordenado como pastor. La iglesia de Soham escribió una carta de recomendación, una carta preciosa y conmovedora.

Fuller sirvió como pastor hasta su muerte en 1815. Su ministerio fue expositivo. Expuso muchos libros del Antiguo Testamento y también del Nuevo Testamento. Además de predicar y pastorear, mantuvo controversias por escrito. Después de su muerte juntaron sus publicaciones en una colección. La colección que tengo en inglés es de 3 tomos bastante extensa con una letra no muy grande. Hay defensas de la fe (por ejemplo, vs Sandeman) sermones, memorias de Samuel Pearce, cartas y por supuesto, el libro famoso sobre El evangelio digno de toda aceptación.

Pero, quizás la obra más duradera de Fuller es la que hizo, junto con otros colegas para la extensión del reino de Dios en el mundo, porque fue uno de los principales objetivos en lo que se llama el movimiento moderno de las misiones, que comenzó con el envío de William Carey a la India.

En el año 1791 hubo una reunión de los pastores de la Asociación. Sutcliff y Fuller habían sido seleccionados para predicar. Sutcliff predicó un sermón sobre “Celo s por el Señor” basado en 1 Reyes 19:14. Los que lo oyeron fueron tocados profundamente. El sermón fue publicado junto con el sermón que Fuller predicó en ese mismo día en la reunión. Fuller predicó sobre la “Influencia perniciosa de postergar”, basado en Hageo 1:2. Después de oír los mensajes y viendo la reacción de los pastores Carey los instó a que hicieran algo para llevar a cabo misiones entre los paganos. (Carey l mismo tenía deseos de servir, especialmente en Tahiti en el Mar Pacífico, habiendo leído tanto sobre esa isla en los escritos del Capitán Cook.) Todos sintieron su pequeñez, pobreza y limitaciones y Sutcliff dijo que era necesario tener cuidado y no apresurarse. Lo positivo que salió de la reunión fue el apoyo que dieron a Carey para que publicara la “Investigación…”

En mayo de 1792 en la reunión de la asociación Carey predicó su sermón famoso sobre Isaías 54:2-3 con el bosquejo simple de dos puntos: Espera grandes cosas y ensaya (o, esfuérzate para hacer) grandes cosas (en inglés: Expect great things; attempt great things). Los pastores fueron conmovidos. Sin embargo, estaban a punto de cerrar la reunión sin tomar ninguna decisión, cuando Carey le suplicó a Fuller que hiciera algo y Fuller persuadió al moderador para que todos consideraran el asunto de formar una sociedad para las misiones. Aprobaron que pudiera ser presentado un plan en la próxima reunión de octubre. Carey estaba seguro de que la sociedad sería formada y quiso ser el primer donante prometiendo dar a la sociedad lo que recibiera de la venta de su obra ya publicada: “Investigación…”.

En octubre de 1792 nació la “Sociedad de bautistas particulares para la propagación del evangelio entre los paganos” (inglés: Particular Baptist Society for the Propagation of the Gospel among the Heathen). Los “miembros” hicieron promesas de sus contribuciones y lo que recibieron ese día y las notas de las promesas de 13 hombres fueron colocadas en una caja de tabaco vacía que pertenecía a Fuller. La caja fue decorada con un dibujo de la conversión de Saulo de Tarso en la tapa.

El primer nombre en la lista de donantes es el de Ryland quien prometió 2 libras (esterlinas) y 2 chelines a la causa. El segundo nombre fue el del pastor Reynold Hogg por la misma cantidad; los nombres de Fuller y Sutcliff siguen con promesas de 1 libra y 1 chelín cada uno; y después hay 9 nombres más. Once de los 13 eran pastores. Sus iglesias no tenían grandes recursos económicos; los sueldos de los pastores eran bajos. Uno de los pastores presente en la formación de la sociedad fue Samuel Pearce, hombre piadoso, tremendo predicador, de buen nombre. Era pastor en la iglesia bautista de Birmingham, y esa iglesia pertenecía a otra sociedad. Estaba presente porque fue invitado por ellos para que predicara. Pearce también era de un solo corazón y una sola alma con Carey, Fuller, Ryland y Sutcliff. Al cabo de poco tiempo pudo traer un regalo de 70 libras de su iglesia para la obra misionera.

El comité ejecutivo de la Sociedad estaba formado por: Ryland, Carey, Fuller (secretario), Sutcliff y Hogg (tesorero). Luego Hogg tuvo que renunciar como tesorero porque no tenía tiempo, pero Fuller continuó como secretario hasta su muerte en 1815. Un amigo de Fuller le llamó un “mártir de la misión”. [De NDV Amigos…

(Estas notas están basadas en el libro One Heart and One Soul (Un corazón y una alma) escrito por Michael A. G. Haykin, y publicado por Evangelical Press, Durham, England, 1994)]

Fuller viajó mucho promoviendo las misiones. Escribió muchas cartas. Estuvo envuelto en todas las decisiones para enviar personas y equipo a la obra misionera.

¿Qué podemos aprender?
La bendición sobre los padres y los hogares fieles.
Dios es Soberano.
Pero, en su soberanía, levanta hogares fieles y actúa en esas familias.
¡Cuán grande es la misericordia y la gracia de Dios!
Salvó a Fuller en medio de un ambiente no muy evangélico.
Dios usa a los hermanos. En la vida de Fuller: Eve, Diver, Hall, Sutcliff, Ryland, etc.
Dios usa la literatura. Especialmente usó a Jonathan Edwards en la vida de Fuller y otros bautistas de Inglaterra.
Vemos la necesidad de la sana doctrina en su relación a la vida cristiana en todos sus aspectos, incluyendo las misiones.

Hoy día hay personas que estudian y escriben sobre Fuller y su doctrina. Desde que comencé este estudio he leído artículos sobre Fuller. Pero, no es tan importante que sepamos de él como siervo de Dios, como de la verdad que le conmovió.

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Conferencia Pastoral 2014 | La integración de la psicología y el cristianismo

La integración de la psicología y el cristianismo

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Conferencia Pastoral 2014 | La consejería pastoral y el hombre como criatura regenerada I

La consejería pastoral y el hombre como criatura regenerada I

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Conferencia Pastoral 2014 | La consejería pastoral y el hombre como criatura caída II

La consejería pastoral y el hombre como criatura caída II

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Conferencia Pastoral 2014 | La Providencia

La Providencia

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2015 Pastors’ Conference | Standing Firm (2)

Permaneced firmes en la verdad II

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Permaneced firmes en la verdad: la cristología aplicada en un mundo que está a la deriva

Parte 2 de 2

Muchas gracias por su cordial bienvenida. Alabado sea Dios por el tiempo que hemos compartido juntos en esta conferencia. Hoy hablaré sobre un tema que he titulado de la siguiente manera: «Permaneced firmes en la verdad: la cristología aplicada en un mundo que está a la deriva». Es un llamamiento cristocéntrico para que todos nosotros permanezcamos firmes en la verdad como Jesús.

Mi enfoque es en el ejemplo de Cristo como nuestro llamamiento y nuestra inspiración, especialmente en la relación que existe entre su ejemplo y el que nosotros permanezcamos firmes en la verdad. Esta mañana en la parte 1, nos enfocamos de forma especial en la relación de Jesús con la verdad junto con algunas implicaciones prácticas para nosotros. Tratamos el tema en tres partes:

En primer lugar, demostré a base de las Escrituras que Jesús mismo es la verdad y que esta realidad es un llamado a que seamos íntegros. Si queremos ser cómo Jesús, tenemos que conformarnos de corazón y en nuestra conducta a la verdad de Dios que es revelada de forma suprema en Jesús y que también se revela en las Santas Escrituras.

En segundo lugar, vimos la enseñanza bíblica de que Jesús predicó la verdad de acuerdo a la misión que tenía de Dios el Padre. Somos llamados a imitar a Cristo en esta forma también, como testigos fieles de la verdad. Tenemos que predicar el evangelio a toda la creación hasta que Él vuelva.

En tercer lugar, Jesús cree en la verdad. El tiene una confianza santa y plena de que Dios usa la verdad para llevar a cabo sus propósitos redentores en el mundo, liberando a legiones de los que están esclavizados a Satanás y apartándonos para el servicio de Dios como Jesús. En cada uno de estos tres aspectos, entonces, —la integridad, la misión, y la esperanza—, recibimos instrucción y motivación del ejemplo de Jesús y su relación con la verdad.

Pero falta más por tratar sobre este tema. En esta noche quiero tratar la otra parte, el permanecer firmes en la verdad. El mundo realmente se ha alejado de la verdad de Dios. Por ser la encarnación de la verdad, predicar la verdad y creer en la verdad, Cristo provocó la oposición, una oposición que exigiría su sacrificio, un sacrificio que recibiría su justa recompensa, la gloria. La oposición, el sacrificio y la gloria: todos están presentes cuando permanecemos firmes en la verdad.

Vemos en Jesús lo que significa permanecer perfectamente firme en la verdad. Él estaba firmemente convencido acerca de la verdad. Llevó a cabo un ministerio valiente entre sus enemigos y este es el patrón que Él ha establecido para su Iglesia. La Iglesia verdadera se conoce por su postura fundamental de permanecer firme. También es una realidad que podemos y debemos mejorar. Cristo mismo es nuestra vida y nuestra guía en este asunto también. Es al mirarlo a Él que llegamos a ser más como Él y que cumplimos con el propósito para el cual Dios ha puesto a su Iglesia en el mundo, para dar un testimonio fiel ante todos los enemigos espirituales hasta que regrese Cristo, para la gloria de Dios y el bien de la humanidad.

Esta tarde quiero seguir con el mismo método que utilicé por la mañana. Cada epígrafe tiene dos partes: la explicación de la cristología y la aplicación de la cristología. La cristología, claro está, es el estudio de Cristo. En esta noche quiero responder a dos preguntas básicas. ¿Qué nos enseñan las Escrituras sobre la manera en que Cristo mismo permaneció firme? ¿Qué aplicación tiene esta enseñanza en cuanto a nuestra propia firmeza en la verdad?

Parte 2: Jesús permaneció firme

Tengo tres puntos: 1) La necesidad de permanecer firmes en la verdad 2) El precio de permanecer firmes en la verdad 3) El premio por permanecer firmes en la verdad. 1) La necesidad de permanecer firmes en la verdad es real porque existe una oposición real a la verdad. 2) Esto nos lleva a pensar sobre el precio de permanecer firmes, que es el dar nuestras vidas como un sacrificio por la verdad. En último lugar, 3) el premio que Dios da a los que sufren con fidelidad por causa de la verdad, comenzando con Jesús, es la gloria eterna. Y ahora es mi oración que nuestra meditación sea un estímulo para que permanezcamos firmes en la verdad como Jesús.

Oremos.

Padre que estás en los cielos, por medio de tu Palabra, por tu Espíritu y el ministerio pastoral en la Iglesia, nos has llevado a contemplar a tu hijo santo en su excelencia como el ejemplo supremo para todos nosotros. De esta forma ya hemos comenzado el servicio eterno ante el trono de Jesús por medio de nuestra adoración y nuestra alabanza. Oh, te damos gracias por este gran privilegio y este favor misericordioso. Ahora, oh Señor nuestro Dios, te rogamos que por fe podamos ver tu gloria en el rostro de Jesucristo, y que por medio del Espíritu de libertad, seamos librados de nuestros pecados y transformados a una mayor semejanza a Cristo, de gloria en gloria. Todos los cristianos de espíritu noble que ahora me escuchan quieren permanecer firmes en la verdad como tu hijo Jesús, pero necesitamos que más de la sabiduría y el ánimo y la guía y la fortaleza que proviene de ti. Tu Palabra nos insta a pedirte estas cosas porque tu eres nuestro Padre que se deleita en dar buenos dones a tus hijos, incluso el Espíritu Santo. Oh, Señor bueno y bondadoso, te pedimos que nos des toda bendición espiritual que hay en Cristo, que podamos caminar en sus pasos, ser fructíferos en el mundo y entrar con Él en la gloria. Rogamos tu favor en el loable nombre de Jesús nuestro Señor. Amén.

Comenzamos entonces con

I. La oposición: la necesidad de permanecer firmes

La frase misma, «permanecer firmes», implica que existen poderes que se oponen y que desean que abandonemos nuestra postura de rectitud. Los poderes que se oponen a la verdad son espiritualmente malignos, y han estado en este mundo desde que la serpiente se acercó a Eva en el Jardín del Edén. ¿Cómo podemos olvidar la exhortación conmovedora que Pablo hace en Efesios 6? Notemos cómo utiliza la palabra «permaneced» tres veces. El original tiene el significado de «hacer frente, resistir» (BDAG) y la palabra que está relacionada a esta significa «soportar», que es la traducción del verbo griego que significa: «resistir un poder» y «defender tu posición» (BDAG). Notemos también que esa primera parte que Él menciona de la armadura de Dios, que con tanta desesperación necesitamos como soldados del Señor, es la verdad:

Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza. Revestíos con toda la armadura de Dios para que podáis estar firmes contra las insidias del diablo. Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiéndolo hecho todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñida vuestra cintura con la verdad… (Efesios 6:10-14).

Amigos, hoy en día necesitamos miembros de la iglesia y pastores que permanezcan firmes en la verdad cómo Jesús. Como dijo alguien: «El estar muy ocupados no es suficiente. Debemos permanecer firmes en la verdad».

Aplicación de la cristología

Los cuatro evangelios nos dicen claramente que Cristo enfrentó mucha oposición durante su vida terrenal. Jesús tenía enemigos literalmente desde la infancia. El Rey Herodes se turbó cuando escuchó acerca del nacimiento de Cristo (Mateo 2:3). Después, mandó a matar a todos los niños varones de dos años para abajo que había en Belén y sus alrededores. Evidentemente era un plan asesino para matar al joven Jesús (Mateo 2:16).

En el umbral de su ministerio público que duró tres años, un ministerio que consistía mayormente en la predicación de la verdad, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo (Mateo 4.1ss). Cristo sufrió tres ataques de Satanás, cado uno ponía en prueba su lealtad a la verdad bíblica. Para repelar al archienemigo, en cada ocasión Cristo citó las Escrituras que se aplicaban al caso y de esta manera reafirmó su fe y su compromiso con la verdad revelada por Dios. «Está escrito» fue la espada santa que nuestro campeón espiritual utilizó tres veces para resistir al diablo y ahuyentarlo.

Pero este era solo el principio de la oposición al testimonio fiel de Cristo. Aunque algunos recibieron su predicación, hubo otros que respondieron con desprecio, aunque Dios confirmó la Palabra por medio de milagros que también eran señales. Hace mucho tiempo que los eruditos bíblicos han llamado el último año del ministerio público de Jesús como el «año de oposición ». Un autor lo describe de la siguiente manera:

Estaba rodeado por voces que ya no clamaban con gratitud y aplauso sino que eran voces de oposición, amargura y blasfemia. Ya no se movía de un lugar poblado a otro en el centro del país, bienvenido en todo lugar por aquellos que esperaban probar o ver sus milagros y con miles de seguidores que estaban ansiosos por no perder ni una de las palabras de sus discursos. Era un fugitivo, buscando los lugares más lejos y remotos, acompañado solamente por un puñado de seguidores.

Los escribas y fariseos eran sus adversarios más prominentes, pero también habían otros de las clases influyentes y educadas de la sociedad; también tenía adversarios entre los oficiales del gobierno romano, el Sanedrín, los oficiales judíos en el Templo junto con sus atrios, y por último estaba también la multitud hostil que fue instigada hasta llegar a un estado de frenesí en Jerusalén, gritando sin cesar que lo mataran: « ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!» (Juan 19:6).

¿Pero, por qué? ¿Qué mal había hecho Él? Él proclamó la verdad. Este fue su gran error ante los ojos del mundo. Él representaba y predicaba la verdad acerca de Dios y su obra redentora. Él desenmascaró las mentiras y la corrupción de los líderes apóstatas de Israel. Él se ofreció como el único camino hacia Dios, la verdad de Dios y la vida de Dios. Como dice Juan: « Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron» (Juan 1:5) o « no prevalecieron contra ella» (RVR1960).

Los que más odiaban a Jesús, los fariseos, sabían que Él era consecuente con su mensaje, sin importar el auditorio. Su intención era adularle por medio de esta declaración, pero terminaron diciendo algo cierto y noble acerca de Él: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con verdad, y no buscas el favor de nadie, porque eres imparcial» (Mateo 22:16). Por supuesto, Él tenía un cuidado amoroso para con las personas, pero no se preocupaba acerca de que podrían pensar, como si esto pudiera ser una razón para predicar nada más que la verdad. Jesús no suavizó su mensaje por causa de la oposición, aunque finalmente le costó la vida. La última frase, «no buscas el favor de nadie» se puede expresar literalmente como «no miras el rostro de los hombres», un modismo que significa temer a la audiencia. El Señor le dijo al joven profeta Jeremías: «No tengas temor ante ellos, porque contigo estoy para librarte —declara el Señor» (Jeremías 1:8).

Ha aquí la oscura realidad que Jesús enfrentaba: « Y este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, pues sus acciones eran malas. Porque todo el que hace lo malo odia la luz, y no viene a la luz para que sus acciones no sean expuestas» (Juan 3:19-20). Su carácter íntegro, su vida santa y su mensaje veraz, todo esto era una reprensión para sus oyentes pecaminosos. A algunos les dijo: « El mundo no puede odiaros a vosotros, pero a mí me odia, porque yo doy testimonio de él, que sus acciones son malas». La unión de Jesús con la verdad y su fidelidad en la predicación tuvo la inevitable consecuencia de provocar la hostilidad de un mundo malvado.

Y en la tempestad de las tinieblas, nuestro Señor Jesucristo permaneció firme, como una roca inmovible. Él «soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo» (Hebreos 12:3). Él afirmó su rostro como un pedernal para ir a Jerusalén, sabiendo de antemano las cosas horribles que sufriría allí conforme al plan de Dios (Lucas 9:51 e Isaías 50:7). Él dijo: «He aquí, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para burlarse de El, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará» (Mateo 20:18-19).

Aplicación de la cristología

Este Señor Jesucristo audaz es nuestro amo que abre el camino, marca el camino y provee el patrón para nuestro servicio a favor de la verdad en este mundo. Él nos enseña de forma explícita que seguirle provocará el odio del mundo hacia nosotros. En sus propias palabras, que perdurarán para siempre, dice lo siguiente:

Si el mundo os odia, sabéis que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí de entre el mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de la palabra que yo os dije: “Un siervo no es mayor que su señor.” Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros; si guardaron mi palabra, también guardarán la vuestra. Pero todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió.

Considera que si has de ser un cristiano verdadero o un pastor fiel que con integridad acepta la verdad, el mundo no te apreciará. Tendrás que enfrentarte a la oposición. Habrá ocasiones en las que tendrás que declarar cosas de las Escrituras que serán ofensivas para tus oyentes y tomará mucho valor del Señor para que puedas permanecer firme en la verdad.

Algunas veces, los nuevos conversos piensan inocentemente que todo el mundo apoyará su conversión a Cristo, porque después de todo el ser cristiano es lo más inofensivo que hay en el mundo y en realidad los convierte en seres mejores de lo que eran antes. Esta no es la expectativa bíblica en absoluto. Cuando te conviertes en un cristiano, no solamente sigues pasando por los problemas que son comunes a todos sino que te encuentras con todo un conjunto de nuevos problemas en tu relación con los inconversos que de repente sienten hostilidad hacia ti debido a su enemistad con Jesucristo y tu relación con Él.

Parece que hay muchos en la iglesia visible hoy que piensan que cualquier oposición del mundo es una señal de que no estamos comunicando el mensaje que debemos o que es nuestra culpa por no llevar a cabo el ministerio cristiano con más atractiva. ¿Cómo podemos llegar a pensar que ellos están en lo correcto cuando vemos por nosotros mismos la oposición del mundo para con Cristo y hacia la manera en la que Él permanecía firme en la verdad y su incomparable ministerio a los perdidos? Más bien, Jesús nos ha enseñado a reconocer que algo está muy mal si el mundo nos ama: « ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, porque de la misma manera trataban sus padres a los falsos profetas» (Lucas 6:26).

Ahora llego a un punto de aplicación que se debe tratar con mucho cuidado. Existe oposición a la verdad doctrinal aun dentro de la iglesia y entre los hermanos verdaderos, y también aquí debemos permanecer firmes en la verdad. Sí, todos debemos hacer esto con mansedumbre, humildad, paciencia y misericordia, pero no debemos silenciar nuestro testimonio sobre toda la verdad de la Palabra de Dios.

No todos los cristianos buenos y piadosos tendrán las mismas convicciones que nosotros sobre muchos asuntos, pero mi preocupación es que algunos piensen que el amor requiere que guardemos silencio sobre los temas en los cuales diferimos. Existe la tentación de hacer un acuerdo de paz doctrinal con el fin de lograr una tranquilidad superficial, pero amigos, si en verdad tenemos razones bíblicas y sólidas para este o aquel distintivo, entonces también estamos bajo la obligación moral de dar testimonio de su verdad, incluso ante otros creyentes que han caído en algún error. Esto será para el bien del cuerpo y tal vez, resultará en el restablecimiento de los que están equivocados.

Quiero darles algunos ejemplos. Debemos alegrarnos por las señales que hay de un resurgimiento respecto a las doctrinas de la gracia, pero no todo acerca del Nuevo Calvinismo merece nuestro aplauso, y no es pecado señalarlo. Algunos de los líderes son carismáticos que piensan que Dios todavía emite, verbalmente, nuevos mensajes a su pueblo, y debemos advertirles contra esto. Algunos de ellos dicen que nuestra inquietud en lo que respecta la mundanalidad es legalista, pero debemos permanecer firmes a favor de la santidad bíblica. Muchos cristianos profesantes hablan en contra de una perspectiva sólida de la soberanía de Dios que conlleva doctrinas como la elección, la predestinación y la reprobación. Debemos mostrar fidelidad hacia ellos y hacia el Señor y no ceder ni una pulgada. Y también están esos hermanos que practican el bautismo infantil. La evaluación de los bautistas es, claro está, que estos hermanos están equivocados en este asunto porque no es bíblico y no debemos tener miedo de admitirlo. Hay algunos evangélicos influyentes, entre ellos algunos líderes reformados, que han caído en el error del aniquilacionismo y que rechazan la doctrina tradicional del infierno. Muchos cristianos hablan en contra del reposo del Día del Señor, pero sabemos que estas cosas son fieles y verdaderas y que debemos predicarlas y enseñarlas sin temor. Debemos permanecer firmes en la verdad porque nuestra unidad espiritual como cristianos es una unidad en la verdad. Sí, algunos estarán en contra de ella, aun dentro de la misma Iglesia, pero el hablar la verdad en amor es una de las cosas que Dios utiliza para reestablecer a los extraviados y remediar la discordia.

Era necesario que Jesús permaneciera firme en la verdad por causa de la oposición, y lo mismo ocurre con nosotros. Ahora, meditemos sobre el alto costo de permanecer firmes en la verdad. Permanecer firmes conlleva, necesariamente, el sacrificio.

II. El sacrificio: el precio de permanecer firmes en la verdad

Explicación de la cristología

Jesús tuvo que pagar un alto precio como resultado de su ministerio fiel: días llenos de cansancio, noches sin dormir, sin tener lugar donde recostar la cabeza, sufrió la miseria psicológica de ser acusado falsamente y vilipendiado, la angustia de saber que tenía amigos poderosos que estaban planificando su muerte en secreto: todo esto era solamente el principio de dolores. Porque permaneció firme en la verdad: «Fue despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos» (Isaías 53:3).

Los enemigos de Jesús y de la verdad, bajo la influencia de Satanás, eran hombres sedientos de sangre. Ellos no desistirían hasta crucificar al Hijo de Dios. Cristo no solamente conocía estas cosas de antemano sino que encontró la forma de hacer que la rabia que ellos sentían hacia Él promoviera su alabanza. Utilizó los mismos instrumentos de odio para la redención de su pueblo escogido. La crucifixión de Jesús no fue evidencia de que había fracasado. Fue el cumplimiento inesperado de su misión de expiar el pecado y sostener la verdad y la honra de Dios. Finalmente, Jesús fue crucificado, y este fue el precio que Él estuvo dispuesto a pagar por permanecer firme en la verdad.

Aplicación de la cristología

El discipulado cristiano verdadero significa seguir a Cristo crucificado. Significa dar nuestras vidas de forma sacrificial por Él y por su causa diariamente. Jesús les dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará» (Mateo 16:24-25). Después de plantar algunas iglesias en Asia Menor, el apóstol Pablo las visitó nuevamente para promover el bien espiritual de ellas; uno de los medios que el utilizó fue la enseñanza sobre el sufrimiento que inevitablemente tendrían que padecer por causa de Cristo y su verdad.

En Listra, Iconio y Antioquía, Pablo y Barnabás fueron fieles «fortaleciendo los ánimos de los discípulos, exhortándolos a que perseveraran en la fe, y diciendo: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios» (Hechos 14:22). Pablo mismo padeció muchas cosas por predicar el evangelio fielmente y le enseñó a Timoteo que «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos» (2 Timoteo 3:12). El apóstol Pablo escribió lo siguiente a los cristianos en medio de la aflicción: «Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que en medio de vosotros ha venido para probaros, como si alguna cosa extraña os estuviera aconteciendo» (1 Pedro 4:12). Él les dijo que al igual que Cristo sufrió por nosotros en la carne, ellos debían «armarse con el mismo propósito», es decir, con la expectativa de que sufrirían por causa de la verdad y por causa de Cristo (1 Pedro 4:1).

Por consiguiente, la reacción negativa del mundo no debe sorprendernos, desde la indiferencia arrogante en un extremo del espectro hasta la persecución violenta, incluido el martirio, en el otro. El que por último fue clavado en un madero por causa de su lealtad a la verdad utilizó la cruz como una metáfora que representaba el discipulado fiel y verdadero.

Amados, existen demasiadas personas que son cristianos solo en los tiempos buenos, que profesan a Cristo siempre que sea fácil hacerlo, pero cuando surgen los problemas y la persecución, o regresan al mundo o, para no ofender a nadie, se vuelven muy reservados en cuanto a la fe que supuestamente poseen. Así es como la sal se vuelve insípida, algo que «para nada sirve, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres» (Mateo 5:13).

Y la presión sobre los pastores para que pongan la verdad en juego es aún mayor. Algunas veces parece que mientras más fieles somos, peores son los resultados que vemos en el ministerio. El pragmatismo en cuanto al crecimiento de la iglesia tiene cierta atracción para hombres fieles que anhelan ver frutos. Estimado pastor y hermano, debes permanecer firme en la verdad y resistir el pragmatismo. El fin no justifica los medios. Cuando la fe de Abram se debilitó, se casó con Agar y como resultado nació Ismael, el «hijo de la carne» (cf. Romanos 9:8). Mucho después, por fin se realizó el milagro y nació Isaac, el hijo de la promesa de Dios. Tenemos que creerle a Dios, permanecer firmes en la verdad y aguardar su bendición, sin importar el sacrificio que sea necesario hasta entonces.

Hemos visto la necesidad de permanecer firmes en la verdad porque el mundo se opone a ella y que el precio de permanecer firmes a la verdad es sacrificarnos realmente por ella. Ahora concluiremos recordando la dulce promesa bíblica de la recompensa que tendrán los fieles que sufren por causa de la verdad. La recompensa será ser glorificados con Cristo, quien ya está sentado en su trono en el cielo.

III. La gloria: la recompensa de permanecer firmes en la verdad

Explicación de la cristología

Jesús no recibió un llamado divino a permanecer en un estado perpetuo de humillación y contienda. Esta experiencia quedó limitada a unos cuantos años y después de pasar la prueba y llevar a cabo su misión, fue coronado de gloria y honor (cf. Hebreos 2:9).

En estos momentos, el Señor Jesucristo es glorificado, algo que comenzó con su resurrección de entre los muertos, una vindicación poderosa ante sus enemigos. Durante poco más de un mes, les demostró a sus discípulos que estaba vivo por medio de muchas pruebas infalibles y después fue llevado hacia el cielo en presencia de ellos. Su ascensión fue el segundo paso de su glorificación. En las palabras de Pedro: «a este Jesús…Dios le ha hecho Señor y Cristo» (Hechos 2:36).

Esta es la recompensa que Jesús recibió de Dios por permanecer firme en la verdad, la razón por la cual vino al mundo. El próximo paso en su glorificación será su regreso al mundo en gloria y poder, cuando presidirá en el juicio de toda la humanidad. Entonces consumará el reino de Dios para la eternidad por medio de la nueva creación. En ese gran día, la glorificación de Jesucristo será realizada por completo. La glorificación completa de Jesús se resume en unos cuantos versículos:

«Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Filipenses 2:9-11).

Explicación de la cristología

La exaltación de Jesús es lo que nos motiva a permanecer firmes en la verdad en medio de «los sufrimientos de este tiempo presente» (cf. Romanos 8:18), cuando como Él soportamos el odio y la oposición. Cuando Él vuelva, seremos glorificados juntamente con Él. Recordemos algunos pasajes clave. Jesús afirmó: « En verdad os digo que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, os sentaréis también sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna» (Mateo 18:28-29). Pablo declaró: «Si perseveramos, también reinaremos con El; si le negamos, El también nos negará» (2 Timoteo 2:12). Pedro dijo que al pasar por las aflicciones duras de este siglo presente por causa de Cristo, debemos «[regocijarnos], para que también en la revelación de su gloria [nos regocijemos] con gran alegría» (1 Pedro 4:13).

Hermanos, cuando realmente creemos estas cosas, y confiamos en su fidelidad, entonces presentaremos la verdad de Dios confiadamente sin rastros de transigencia. Cuando venga la persecución, nos encontrará regocijándonos porque se nos ha tenido por dignos de padecer afrenta por Su nombre (Hechos 5:41). Seremos como Moisés, quien escogió «ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los placeres temporales del pecado, considerando como mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto; porque tenía la mirada puesta en la recompensa» (Hebreos 11:25-26, el énfasis es mío). Podemos soportar cualquier tipo de oposición y vergüenza durante esta vida pasajera si recordamos la recompensa que nos espera al lado de Cristo.

Concluyo con unos versículos del gran himno escrito por Isaac Watts.

¿Soy yo soldado de la cruz?/ ¿Soy yo un discípulo del Cordero?/ ¿O temeré proclamar su causa/y su nombre confesar?

No ascenderé yo al cielo/en nubes de tranquilidad, /sin batallar como los demás/y cruzar un turbulento mar.

Hay que pelear para triunfar. / ¡Aumenta mi valor, Señor!/Así podré soportar el dolor, /con la ayuda de tu Palabra.

Amén. Que Dios esté con todos nosotros. Que toda la alabanza sea para el glorioso nombre del Señor Jesucristo. Amén y amén. Ω

Notas:

1. Stalker, J. (1882). The life of Jesus Christ [La vida de Jesucristo]. Chicago: Henry A. Sumner and Company.
2. Ibid., pp. 93-94.
3. Watts, I. (1812). The Works of the Rev. Isaac Watts [La obra del reverendo Isaac Watts] (Vol. 1, p. 438). Leeds; London: Edward Baines; William Baynes; Thomas Williams and Son; Thomas Hamilton; Josiah Conder

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STANDING FIRM IN THE TRUTH: APPLIED CHRISTOLOGY IN A WORLD ADRIFT

Part 2 of 2

Thank you so much for a warm welcome. Praise God for our fellowship in this conference. I am speaking today on the subject entitled, “Standing Firm in the Truth: Applied Christology in a World Adrift.” This is a Christocentric appeal that all of us should

Stand firm in the truth like Jesus.
I am focusing on the example of Christ as our calling and our inspiration, especially as His example relates to our standing firm in the truth. This morning in Part 1, we especially considered Jesus’ own relationship to the truth with some of the practical implications for us. We handled the subject along three lines.

First, I demonstrated from Scripture that Jesus Himself is the truth, and that this calls for our integrity. If we would be like Jesus, we must conform in heart and conduct to the truth of God seen supremely in Jesus and also revealed in Holy Scripture.

Second, we saw the biblical teaching that Jesus preached the truth as His mission from God the Father. We are called to imitate Christ in this way also, as faithful witnesses to the truth. We must preach the gospel to all creation until He returns.

Third, Jesus believes in the truth. He has all holy confidence that God uses the truth to accomplish His redemptive purpose in the world, setting free legions of the devil’s slaves and setting us apart for God’s service like Jesus. In all three aspects, then—integrity, mission, and hope—we are instructed and motivated by Jesus in His relationship with the truth.

But there is more to our subject. Tonight I want to address the part about standing firm. The world really is adrift from God’s truth. When Christ embodied the truth, preached the truth, and believed in the truth, in these ways He provoked opposition, opposition that would require His sacrifice, a sacrifice that would be justly rewarded with glory. Opposition, sacrifice, and glory are always found together when we stand firm in the truth.

We see in Jesus the perfection of what it means to stand firm. He had a hard-nosed conviction about truth. His was a courageous ministry among enemies, and this is the pattern He has set for His Church to follow. The true Church is known by its fundamental posture of standing firm. It is also true that we can and should do better. Christ Himself is our life and our guide in this, too. It is by looking to Him that we shall become more like Him, and accomplish the purpose for which God has His Church in the world—to bear a faithful witness in the face of all spiritual enemies until Christ returns, for the glory of God and the good of humanity.

This evening I want to continue the same approach I used this morning. Under each heading there are two parts: Christology asserted and Christology applied. Christology, of course, is the study of Christ. Tonight I want to answer two basic questions. What does Scripture teach us about Christ Himself standing firm? What does that mean for our standing firm?

Part 2: Jesus Standing Firm

I have three points: 1) the NEED for standing firm, 2) the COST of standing firm, and 3) the REWARD for standing firm. 1) The need for standing firm is real because of real OPPOSITION to the truth. That leads us to think about 2) the cost of standing firm, which is to lay down one’s life as a SACRIFICE for the truth. Finally, 3) the reward God gives to the faithful suffering on truth’s account, starting with Jesus, is eternal GLORY. And now I pray that our meditation will stimulate us to

Stand firm in the truth like Jesus.
Let us pray.

Our Father in heaven, by Your Word, Your Spirit, and the pastoral ministry in the Church, You have brought us to behold Your holy Son in His excellence as the supreme Example for us all. In this way we are already beginning our eternal service to You before the throne of Jesus with adoration and praise. Oh, thank you for this high privilege and gracious favor! Now, O Lord our God, we beg of You that we shall be enabled by faith to behold Your glory in the face of Jesus Christ, and that by the Spirit of liberty we will be freed from our sins and transformed in further Christlikeness, from one degree of glory to the next. All the noble-hearted Christians hearing me now want to stand firm in truth like Your Son Jesus, but we need more wisdom and encouragement and guidance and strength from You. Your Word urges us to ask these things from You, because You are our Father who delights to give good gifts to Your children, even the Holy Spirit. Oh, kind and generous Lord, please give us every spiritual blessing in Christ, that we may walk in His steps, be fruitful in the world, and follow Him into glory. We ask your favor in that worthy name of Jesus our Lord. Amen.

We begin, then, with

I. Opposition: The Need to Stand Firm

The very phrase, “stand firm,” implies opposing forces that would move one from his righteous position. Those forces opposing truth are spiritually evil, and they have been present in the world ever since the serpent appeared to Eve in the Garden of Eden. Can we ever forget Paul’s stirring exhortation in Ephesians 6? Notice how he uses the word “stand” three times, the original word meaning “to stand up against, resist” (BDAG), and the related word “withstand,” which translates the Greek verb meaning, “to be resistant to power,” and, “to stand your ground” (BDAG). Notice also how that the first piece he mentions in the armor of God we so desperately need as the Lord’s soldiers is truth:

Finally, be strong in the Lord and in the strength of his might. Put on the whole armor of God, that you may be able to stand against the schemes of the devil. For we do not wrestle against flesh and blood, but against the rulers, against the authorities, against the cosmic powers over this present darkness, against the spiritual forces of evil in the heavenly places. Therefore take up the whole armor of God, that you may be able to withstand in the evil day, and having done all, to stand firm. Stand therefore, having fastened on the belt of truth . . . (Eph 6.10–14).

O friends, we desperately need church members and pastors, who, like Jesus, will stand firm in the truth today. As someone said, “Don’t just do something, stand there!”

Christology Asserted

The four Gospels plainly tell of much opposition to Christ during His earthly life. Jesus had enemies literally from His infancy. King Herod was troubled when he heard of Christ’s birth (Matt 2.3). Later, Herod ordered the slaughter of all the boys under two years old in Bethlehem and its coasts, evidently in a murderous plot to kill the young Jesus (Matt 2.16).

On the threshold of His three-year public ministry, primarily of preaching the truth, Jesus was led up by the Spirit into the wilderness to be tempted by the devil (Matt 4.1ff.). Christ suffered three satanic assaults, each challenging His loyalty to biblical truth. To fend off the arch-enemy, Christ quoted the relevant Scriptures every time, and so affirmed His faith and commitment to divinely-revealed truth. “It is written” was the holy broadsword swung three times by our spiritual Champion to resist the devil and chase him away.

But this was just the beginning of opposition to Christ’s faithful witness. Although some welcomed His preaching, others responded with contempt, even though God confirmed the Word with miracles as signs. Biblical scholars have long called the last year of Jesus’ public ministry “the year of opposition.”1 One author characterizes it this way:

The voices that rose around Him were no longer the ringing shouts of gratitude and applause, but voices of opposition, bitter and blasphemous. He was no longer to be seen moving from one populous place to another in the heart of the country, welcomed everywhere by those who waited to experience or to see His miracles, and followed by thousands eager not to lose a word of His discourses. He was a fugitive, seeking the most distant and outlandish places, and accompanied only by a handful of followers.2

His most obvious opponents were scribes and Pharisees, but there were others from the learned and influential classes of society, and Roman government officials, and the Sanhedrin, and Jewish officials in the Temple with its courts, and finally there was the hostile mob whipped up into a frenzy at Jerusalem, crying incessantly for His blood, “Crucify him, crucify him!” (John 19.6).

But why? What evil had He done? He spoke the truth; that was His “fault” in the world’s eyes. He embodied and preached the truth about God and His redemptive work. He exposed the lies and corruption of Israel’s apostate leaders. He presented Himself as the only way that leads to God, the truth of God and the life of God. As John says, the Light was shining in darkness, and the darkness comprehended it not (John 1.5) or “has not overcome it” (ESV).

Those who hated Jesus most, the Pharisees, knew He was consistent in His message, no matter the audience. They intended this admission as flattery, but what they said about Him was true and noble: “Teacher, we know that You are true, and teach the way of God in truth; nor do You care about anyone, for You do not regard the person of men” (Matt 22.16 NKJV). Of course He cared about people in a loving way, but He didn’t care what they thought as if that could be a reason to preach anything but the truth. Jesus did not soft-pedal the message because of opposition, even though it eventually cost Him His life. The last phrase, “You do not regard the person of men,” could be rendered literally, “You do not look on the face of men,” an idiom to fear of one’s audience. The LORD told the young prophet Jeremiah, “Be not afraid of their faces: for I am with thee to deliver thee, saith the LORD” (Jer 1.8).

Here is the dark reality Jesus faced: “And this is the condemnation, that light is come into the world, and men loved darkness rather than light, because their deeds were evil. For every one that doeth evil hateth the light, neither cometh to the light, lest his deeds should be reproved” (John 3.19–20). Jesus’ upright character, His holy life, and His truthful message were all a reproof to sinful hearers. He said to some, “The world cannot hate you; but me it hateth, because I testify of it, that the works thereof are evil” (John 7.7). Jesus’ oneness with the truth and His faithfulness in preaching it inevitably provoked the hostility of the wicked world.

And in the tempest of darkness, our Lord Jesus Christ stood firm, like a Rock that cannot be moved. He “endured such contradiction of sinners against himself” (Heb 12.3). He set His face like a flint toward Jerusalem, knowing beforehand what horrible things He would suffer there according to God’s plan (Luke 9.51 with Isa 50.7). He said, “Behold, we go up to Jerusalem; and the Son of man shall be betrayed unto the chief priests and unto the scribes, and they shall condemn him to death, And shall deliver him to the Gentiles to mock, and to scourge, and to crucify him: and the third day he shall rise again” (Matt 20.18–19).

Christology Applied

This bold Lord Jesus Christ is our Master who leads the way, sets the pace, and provides the pattern for our service to the truth in this world. He explicitly teaches that following Him will definitely provoke the world’s hatred for us. In His own timeless words,

If the world hate you, ye know that it hated me before it hated you. If ye were of the world, the world would love his own: but because ye are not of the world, but I have chosen you out of the world, therefore the world hateth you. Remember the word that I said unto you, The servant is not greater than his lord. If they have persecuted me, they will also persecute you; if they have kept my saying, they will keep yours also. But all these things will they do unto you for my name’s sake, because they know not him that sent me (John 15.18–21).

Look; if you would be a real Christian or a faithful pastor with integrity in your embrace of truth, you will not be loved in the world for it. You are going to face opposition. There will be times you must say things from Scripture that are very offensive to your hearers, and it will take great courage from the Lord to stand firm in the truth.

New converts sometimes naively think that since being a Christian is the most harmless thing and makes them truly better people than they were, everyone will be supportive of their conversion to Christ. That is not at all the biblical expectation. When you become a Christian, you not only continue to suffer the troubles common to everyone, but you gain a whole new set of problems in your relationship with the unconverted who are now hostile to you on account of their enmity to Jesus Christ and your association with Him.

It seems there are many in the visible Church today who think that any opposition from the world is a sign that we are not getting the message right, or that we are to blame for not carrying out the Christian ministry in a more winsome way. How can we be persuaded they are right when we see the world’s opposition to Christ in His faithful stand for truth and His incomparable ministry to the lost? Jesus has taught us, rather, to know something is desperately wrong if the world loves us. “Woe unto you, when all men shall speak well of you! for so did their fathers to the false prophets” (Luke 6.26).

Now I come to a point of application that must be handled very carefully. There is even opposition to doctrinal truth within the church and among true brethren, and here we must also stand firm in the truth. Yes, we must all the while be meek, humble, patient, and gracious, but we ought not to mute our testimony to the whole truth of God’s Word.

Not all good and godly Christians will share our convictions on many things, but I am concerned that some believe love requires silence on points where we differ. We are tempted to embrace a doctrinal truce for the sake of a superficial peace, but my friends, if we really are on solid biblical ground in this or that distinctive of ours, we are also under moral obligation to bear witness to the truth of it, even to other believers who have fallen into some error. This will be for the good of the body and, perhaps, for the recovery of the mistaken.

Let me give you some examples. We should be welcome signs of resurgence concerning the doctrines of grace, but not everything about the New Calvinism is praiseworthy, and it is not a sin to point that out. Some of the leaders are charismatics who believe God still gives new verbal messages to His people, and we should warn about that. Some of them say our concern about worldliness is legalistic, but we must stand firm for biblical holiness. Many professing Christians speak against a robust view of the sovereignty of God with doctrines like election, predestination, and reprobation. In faithfulness to them and to the Lord, we must not yield an inch. And then there are our brethren who practice infant baptism. The Baptist assessment, of course, is that they are wrong about this because it is unscriptural, and we must not be afraid to say so. A few influential evangelicals—even some Reformed leaders, have fallen into the error of annihilationism and denied the traditional doctrine of hell. Many Christians argue against the regulative principle of worship and against the Lord’s Day Sabbath, but we know these things are right and true, and that we ought to preach and teach them without shame. We must stand firm in the truth because our spiritual unity as Christians is a unity in the truth. Yes, some will oppose it, even within the Church, but speaking the truth in love is one thing God uses to recover the wayward and heal our divisions.

Jesus needed to stand firm because there was opposition, and so do we. Now reflect with me on the high cost of standing firm. It necessarily involves sacrifice.

II. Sacrifice: The Cost of Standing Firm

Christology Asserted

The Lord’s faithful ministry took a great toll on Him. Tiresome days, sleepless nights, chronic homelessness, the psychological misery of being falsely accused and vilified, the angst of powerful enemies secretly plotting His demise—all these were just the beginning of sorrows. Because He stood firm in the truth, “He [was] despised and rejected of men; a man of sorrows, and acquainted with grief: and we hid as it were our faces from him; he was despised, and we esteemed him not” (Isa 53.3).

The enemies of Jesus and truth, under the sway of Satan, were bloodthirsty men. They would not stop until they had crucified the Son of God. Not only did Christ know this beforehand, but He found a way to make their wrath promote His praise. He would use the very instruments of their hatred as tools for the redemption of His chosen people. Jesus’ crucifixion was not evidence of failure. It was the counter-intuitive fulfillment of His mission to atone for sins and vindicate the truth and honor of God. Finally, Jesus was crucified, and that was the price He was willing to pay for standing firm in the truth.

Christology Applied

True Christian discipleship means following Christ crucified. It is sacrificially laying down our lives for Him and His cause every day. Jesus said to His disciples, “If any man will come after me, let him deny himself, and take up his cross, and follow me. For whosoever will save his life shall lose it: and whosoever will lose his life for my sake shall find it” (Matt 16.24–25). After the apostle Paul had planted some churches in Asia Minor, he made the rounds again to promote their spiritual well-being, and one of the ways he did that was by teaching them about their inevitable suffering for Christ and His truth. At Lystra, Iconium, and Antioch, Paul and Barnabas were faithfully “confirming [strengthening, ESV] the souls of the disciples, and exhorting them to continue in the faith, and that we must through much tribulation enter into the kingdom of God” (Acts 14.22). Paul himself suffered many things for preaching the gospel faithfully, and he taught Timothy that “all that will live godly in Christ Jesus shall suffer persecution” (2 Tim 3.12). The apostle Peter wrote to suffering Christians, “Beloved, think it not strange concerning the fiery trial which is to try you, as though some strange thing happened unto you” (1 Pet 4.12). He told them that as Christ has suffered for us in the flesh, they should arm themselves with the same mind, that is, with the expectation that they must suffer for truth and for Christ (1 Pet 4.1).

Therefore, we must not be surprised by the negative reaction we receive from the world, from their arrogant disdain on one end of the spectrum all the way to violent persecution
including martyrdom on the other. He who was finally nailed to a tree for His loyalty to the truth used the cross as a metaphor for true and faithful discipleship.

Dearly beloved, there are far too many “fair weather Christians” who profess Christ as long as it’s easy, but when trouble or persecution arises, they either fall away to the world, or they become nearly secretive about their supposed faith so as not to offend anyone. That is the way for the salt to lose its savor and to become good for nothing except to be thrown under the foot of men.

And the pressure is even greater for pastors to compromise the truth. Sometimes it seems like the more faithful you are, the worse your results in the ministry. Church growth pragmatism has a certain appeal for good men who long for fruitfulness. My dear pastor-brother, stand firm in the truth and resist pragmatism. The end does not justify the means. When Abram’s faith weakened, he married Hagar and Ishmael was born, the child of the flesh. Much later the miracle finally came, Isaac, the child of God’s promise. We must believe God, stand firm in the truth, and wait for His blessing, no matter what sacrifice is required in the meantime.

We have considered the need to stand firm because of the world’s opposition to truth, and the cost of standing firm which is real sacrifice. Now we conclude with the sweet remembrance of the scriptural promise of reward to the faithful ones who suffer for the sake of the truth. The reward is to be glorified with Christ, already seated upon His throne in heaven.

III. Glory: The Reward of Standing Firm

Christology Asserted

Jesus was not called by God into a perpetual state of struggle and humiliation. That experience was limited to a few years, and when He had passed the test and completed His mission, He was crowned with glory and honor.

Right now the Lord Jesus Christ is being glorified, and that began with His resurrection from the dead—a powerful vindication before His foes. For a little over a month He showed Himself alive to His disciples by many infallible proofs, and then He was taken up into heaven while they watched. His ascension was the second step in His glorification. As Peter preached, “God hath made that same Jesus . . . both Lord and Christ” (Acts 3.36).

All this is God’s reward to Jesus for standing firm in the truth, the reason He came into the world. The next step in Jesus’ glorification is His return to earth in power and glory, when He will preside over the judgment of all mankind. Then He will consummate the kingdom of God for eternity in the New Creation. On that great Day, the glorification of Jesus Christ will be fully realized. Here is Jesus’ entire glorification summarized in a few verses:

Wherefore God also hath highly exalted him, and given him a name which is above every name: that at the name of Jesus every knee should bow, of things in heaven, and things in earth, and things under the earth; and that every tongue should confess that Jesus Christ is Lord, to the glory of God the Father (Phil 2.9–11).

Christology Applied

This exaltation of Jesus is our incentive now to stand firm in the truth during this present time of our humiliation, when we suffer hate and opposition as He did. When He returns, we will be glorified together with Him. I remind you of a couple key passages. Jesus said, “Truly, I say to you, in the new world, when the Son of Man will sit on his glorious throne, you who have followed me will also sit on twelve thrones, judging the twelve tribes of Israel. And everyone who has left houses or brothers or sisters or father or mother or children or lands, for my name’s sake, will receive a hundredfold and will inherit eternal life” (Matt 18.28–29). Paul said, “If we suffer, we shall also reign with him” (2 Tim 2.12). Peter said that when we endure the fiery trial of this present age for Christ’s sake, then we should “rejoice, inasmuch as ye are partakers of Christ’s sufferings; that, when his glory shall be revealed, ye may be glad also with exceeding joy” (1 Pet 4.13).

Brethren, when we really and truly believe these things, and count on them to be true, we will boldly represent God’s truth without a shred of compromise! When persecution comes, we will be found rejoicing that we are counted worthy to suffer shame for His name (Acts 5.41). We will be like Moses, who chose “rather to suffer affliction with the people of God, than to enjoy the pleasures of sin for a season; esteeming the reproach of Christ greater riches than the treasures in Egypt: for he had respect unto the recompence of the reward” (Heb 11.25–26, emphasis mine). We can endure any opposition and shame during this momentary life if we remember the reward awaiting us with Christ!

I close with a few verses from Isaac Watts’ great hymn.

Am I a soldier of the cross, / A follower of the Lamb? / And shall I fear to own his cause, / Or blush to speak his name?

Must I be carry’d to the skies, / On flow’ry beds of ease; / While others fought to win the prize, / And sail’d through bloody seas?

Sure I must fight if I would reign; / Increase my courage, Lord! / I’ll bear the toil, endure the pain, / Supported by thy word.3

Amen. God be with us all. All praise to the glorious name of our Lord Jesus Christ. Amen and amen. Ω

Notes:
1 Stalker, J. (1882). The life of Jesus Christ. Chicago: Henry A. Sumner and Company.
2 Ibid., pp. 93-94.
3 Watts, I. (1812). The Works of the Rev. Isaac Watts (Vol. 1, p. 438). Leeds; London: Edward Baines; William Baynes; Thomas Williams and Son; Thomas Hamilton; Josiah Conder

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Sermones

2015 Pastors’ Conference | Standing Firm (2)

Permaneced firmes en la verdad II

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Permaneced firmes en la verdad: la cristología aplicada en un mundo que está a la deriva

Parte 2 de 2

Muchas gracias por su cordial bienvenida. Alabado sea Dios por el tiempo que hemos compartido juntos en esta conferencia. Hoy hablaré sobre un tema que he titulado de la siguiente manera: «Permaneced firmes en la verdad: la cristología aplicada en un mundo que está a la deriva». Es un llamamiento cristocéntrico para que todos nosotros permanezcamos firmes en la verdad como Jesús.

Mi enfoque es en el ejemplo de Cristo como nuestro llamamiento y nuestra inspiración, especialmente en la relación que existe entre su ejemplo y el que nosotros permanezcamos firmes en la verdad. Esta mañana en la parte 1, nos enfocamos de forma especial en la relación de Jesús con la verdad junto con algunas implicaciones prácticas para nosotros. Tratamos el tema en tres partes:

En primer lugar, demostré a base de las Escrituras que Jesús mismo es la verdad y que esta realidad es un llamado a que seamos íntegros. Si queremos ser cómo Jesús, tenemos que conformarnos de corazón y en nuestra conducta a la verdad de Dios que es revelada de forma suprema en Jesús y que también se revela en las Santas Escrituras.

En segundo lugar, vimos la enseñanza bíblica de que Jesús predicó la verdad de acuerdo a la misión que tenía de Dios el Padre. Somos llamados a imitar a Cristo en esta forma también, como testigos fieles de la verdad. Tenemos que predicar el evangelio a toda la creación hasta que Él vuelva.

En tercer lugar, Jesús cree en la verdad. El tiene una confianza santa y plena de que Dios usa la verdad para llevar a cabo sus propósitos redentores en el mundo, liberando a legiones de los que están esclavizados a Satanás y apartándonos para el servicio de Dios como Jesús. En cada uno de estos tres aspectos, entonces, —la integridad, la misión, y la esperanza—, recibimos instrucción y motivación del ejemplo de Jesús y su relación con la verdad.

Pero falta más por tratar sobre este tema. En esta noche quiero tratar la otra parte, el permanecer firmes en la verdad. El mundo realmente se ha alejado de la verdad de Dios. Por ser la encarnación de la verdad, predicar la verdad y creer en la verdad, Cristo provocó la oposición, una oposición que exigiría su sacrificio, un sacrificio que recibiría su justa recompensa, la gloria. La oposición, el sacrificio y la gloria: todos están presentes cuando permanecemos firmes en la verdad.

Vemos en Jesús lo que significa permanecer perfectamente firme en la verdad. Él estaba firmemente convencido acerca de la verdad. Llevó a cabo un ministerio valiente entre sus enemigos y este es el patrón que Él ha establecido para su Iglesia. La Iglesia verdadera se conoce por su postura fundamental de permanecer firme. También es una realidad que podemos y debemos mejorar. Cristo mismo es nuestra vida y nuestra guía en este asunto también. Es al mirarlo a Él que llegamos a ser más como Él y que cumplimos con el propósito para el cual Dios ha puesto a su Iglesia en el mundo, para dar un testimonio fiel ante todos los enemigos espirituales hasta que regrese Cristo, para la gloria de Dios y el bien de la humanidad.

Esta tarde quiero seguir con el mismo método que utilicé por la mañana. Cada epígrafe tiene dos partes: la explicación de la cristología y la aplicación de la cristología. La cristología, claro está, es el estudio de Cristo. En esta noche quiero responder a dos preguntas básicas. ¿Qué nos enseñan las Escrituras sobre la manera en que Cristo mismo permaneció firme? ¿Qué aplicación tiene esta enseñanza en cuanto a nuestra propia firmeza en la verdad?

Parte 2: Jesús permaneció firme

Tengo tres puntos: 1) La necesidad de permanecer firmes en la verdad 2) El precio de permanecer firmes en la verdad 3) El premio por permanecer firmes en la verdad. 1) La necesidad de permanecer firmes en la verdad es real porque existe una oposición real a la verdad. 2) Esto nos lleva a pensar sobre el precio de permanecer firmes, que es el dar nuestras vidas como un sacrificio por la verdad. En último lugar, 3) el premio que Dios da a los que sufren con fidelidad por causa de la verdad, comenzando con Jesús, es la gloria eterna. Y ahora es mi oración que nuestra meditación sea un estímulo para que permanezcamos firmes en la verdad como Jesús.

Oremos.

Padre que estás en los cielos, por medio de tu Palabra, por tu Espíritu y el ministerio pastoral en la Iglesia, nos has llevado a contemplar a tu hijo santo en su excelencia como el ejemplo supremo para todos nosotros. De esta forma ya hemos comenzado el servicio eterno ante el trono de Jesús por medio de nuestra adoración y nuestra alabanza. Oh, te damos gracias por este gran privilegio y este favor misericordioso. Ahora, oh Señor nuestro Dios, te rogamos que por fe podamos ver tu gloria en el rostro de Jesucristo, y que por medio del Espíritu de libertad, seamos librados de nuestros pecados y transformados a una mayor semejanza a Cristo, de gloria en gloria. Todos los cristianos de espíritu noble que ahora me escuchan quieren permanecer firmes en la verdad como tu hijo Jesús, pero necesitamos que más de la sabiduría y el ánimo y la guía y la fortaleza que proviene de ti. Tu Palabra nos insta a pedirte estas cosas porque tu eres nuestro Padre que se deleita en dar buenos dones a tus hijos, incluso el Espíritu Santo. Oh, Señor bueno y bondadoso, te pedimos que nos des toda bendición espiritual que hay en Cristo, que podamos caminar en sus pasos, ser fructíferos en el mundo y entrar con Él en la gloria. Rogamos tu favor en el loable nombre de Jesús nuestro Señor. Amén.

Comenzamos entonces con

I. La oposición: la necesidad de permanecer firmes

La frase misma, «permanecer firmes», implica que existen poderes que se oponen y que desean que abandonemos nuestra postura de rectitud. Los poderes que se oponen a la verdad son espiritualmente malignos, y han estado en este mundo desde que la serpiente se acercó a Eva en el Jardín del Edén. ¿Cómo podemos olvidar la exhortación conmovedora que Pablo hace en Efesios 6? Notemos cómo utiliza la palabra «permaneced» tres veces. El original tiene el significado de «hacer frente, resistir» (BDAG) y la palabra que está relacionada a esta significa «soportar», que es la traducción del verbo griego que significa: «resistir un poder» y «defender tu posición» (BDAG). Notemos también que esa primera parte que Él menciona de la armadura de Dios, que con tanta desesperación necesitamos como soldados del Señor, es la verdad:

Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza. Revestíos con toda la armadura de Dios para que podáis estar firmes contra las insidias del diablo. Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiéndolo hecho todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñida vuestra cintura con la verdad… (Efesios 6:10-14).

Amigos, hoy en día necesitamos miembros de la iglesia y pastores que permanezcan firmes en la verdad cómo Jesús. Como dijo alguien: «El estar muy ocupados no es suficiente. Debemos permanecer firmes en la verdad».

Aplicación de la cristología

Los cuatro evangelios nos dicen claramente que Cristo enfrentó mucha oposición durante su vida terrenal. Jesús tenía enemigos literalmente desde la infancia. El Rey Herodes se turbó cuando escuchó acerca del nacimiento de Cristo (Mateo 2:3). Después, mandó a matar a todos los niños varones de dos años para abajo que había en Belén y sus alrededores. Evidentemente era un plan asesino para matar al joven Jesús (Mateo 2:16).

En el umbral de su ministerio público que duró tres años, un ministerio que consistía mayormente en la predicación de la verdad, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo (Mateo 4.1ss). Cristo sufrió tres ataques de Satanás, cado uno ponía en prueba su lealtad a la verdad bíblica. Para repelar al archienemigo, en cada ocasión Cristo citó las Escrituras que se aplicaban al caso y de esta manera reafirmó su fe y su compromiso con la verdad revelada por Dios. «Está escrito» fue la espada santa que nuestro campeón espiritual utilizó tres veces para resistir al diablo y ahuyentarlo.

Pero este era solo el principio de la oposición al testimonio fiel de Cristo. Aunque algunos recibieron su predicación, hubo otros que respondieron con desprecio, aunque Dios confirmó la Palabra por medio de milagros que también eran señales. Hace mucho tiempo que los eruditos bíblicos han llamado el último año del ministerio público de Jesús como el «año de oposición ». Un autor lo describe de la siguiente manera:

Estaba rodeado por voces que ya no clamaban con gratitud y aplauso sino que eran voces de oposición, amargura y blasfemia. Ya no se movía de un lugar poblado a otro en el centro del país, bienvenido en todo lugar por aquellos que esperaban probar o ver sus milagros y con miles de seguidores que estaban ansiosos por no perder ni una de las palabras de sus discursos. Era un fugitivo, buscando los lugares más lejos y remotos, acompañado solamente por un puñado de seguidores.

Los escribas y fariseos eran sus adversarios más prominentes, pero también habían otros de las clases influyentes y educadas de la sociedad; también tenía adversarios entre los oficiales del gobierno romano, el Sanedrín, los oficiales judíos en el Templo junto con sus atrios, y por último estaba también la multitud hostil que fue instigada hasta llegar a un estado de frenesí en Jerusalén, gritando sin cesar que lo mataran: « ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!» (Juan 19:6).

¿Pero, por qué? ¿Qué mal había hecho Él? Él proclamó la verdad. Este fue su gran error ante los ojos del mundo. Él representaba y predicaba la verdad acerca de Dios y su obra redentora. Él desenmascaró las mentiras y la corrupción de los líderes apóstatas de Israel. Él se ofreció como el único camino hacia Dios, la verdad de Dios y la vida de Dios. Como dice Juan: « Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron» (Juan 1:5) o « no prevalecieron contra ella» (RVR1960).

Los que más odiaban a Jesús, los fariseos, sabían que Él era consecuente con su mensaje, sin importar el auditorio. Su intención era adularle por medio de esta declaración, pero terminaron diciendo algo cierto y noble acerca de Él: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con verdad, y no buscas el favor de nadie, porque eres imparcial» (Mateo 22:16). Por supuesto, Él tenía un cuidado amoroso para con las personas, pero no se preocupaba acerca de que podrían pensar, como si esto pudiera ser una razón para predicar nada más que la verdad. Jesús no suavizó su mensaje por causa de la oposición, aunque finalmente le costó la vida. La última frase, «no buscas el favor de nadie» se puede expresar literalmente como «no miras el rostro de los hombres», un modismo que significa temer a la audiencia. El Señor le dijo al joven profeta Jeremías: «No tengas temor ante ellos, porque contigo estoy para librarte —declara el Señor» (Jeremías 1:8).

Ha aquí la oscura realidad que Jesús enfrentaba: « Y este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, pues sus acciones eran malas. Porque todo el que hace lo malo odia la luz, y no viene a la luz para que sus acciones no sean expuestas» (Juan 3:19-20). Su carácter íntegro, su vida santa y su mensaje veraz, todo esto era una reprensión para sus oyentes pecaminosos. A algunos les dijo: « El mundo no puede odiaros a vosotros, pero a mí me odia, porque yo doy testimonio de él, que sus acciones son malas». La unión de Jesús con la verdad y su fidelidad en la predicación tuvo la inevitable consecuencia de provocar la hostilidad de un mundo malvado.

Y en la tempestad de las tinieblas, nuestro Señor Jesucristo permaneció firme, como una roca inmovible. Él «soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo» (Hebreos 12:3). Él afirmó su rostro como un pedernal para ir a Jerusalén, sabiendo de antemano las cosas horribles que sufriría allí conforme al plan de Dios (Lucas 9:51 e Isaías 50:7). Él dijo: «He aquí, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y escribas, y le condenarán a muerte; y le entregarán a los gentiles para burlarse de El, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará» (Mateo 20:18-19).

Aplicación de la cristología

Este Señor Jesucristo audaz es nuestro amo que abre el camino, marca el camino y provee el patrón para nuestro servicio a favor de la verdad en este mundo. Él nos enseña de forma explícita que seguirle provocará el odio del mundo hacia nosotros. En sus propias palabras, que perdurarán para siempre, dice lo siguiente:

Si el mundo os odia, sabéis que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí de entre el mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de la palabra que yo os dije: “Un siervo no es mayor que su señor.” Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros; si guardaron mi palabra, también guardarán la vuestra. Pero todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió.

Considera que si has de ser un cristiano verdadero o un pastor fiel que con integridad acepta la verdad, el mundo no te apreciará. Tendrás que enfrentarte a la oposición. Habrá ocasiones en las que tendrás que declarar cosas de las Escrituras que serán ofensivas para tus oyentes y tomará mucho valor del Señor para que puedas permanecer firme en la verdad.

Algunas veces, los nuevos conversos piensan inocentemente que todo el mundo apoyará su conversión a Cristo, porque después de todo el ser cristiano es lo más inofensivo que hay en el mundo y en realidad los convierte en seres mejores de lo que eran antes. Esta no es la expectativa bíblica en absoluto. Cuando te conviertes en un cristiano, no solamente sigues pasando por los problemas que son comunes a todos sino que te encuentras con todo un conjunto de nuevos problemas en tu relación con los inconversos que de repente sienten hostilidad hacia ti debido a su enemistad con Jesucristo y tu relación con Él.

Parece que hay muchos en la iglesia visible hoy que piensan que cualquier oposición del mundo es una señal de que no estamos comunicando el mensaje que debemos o que es nuestra culpa por no llevar a cabo el ministerio cristiano con más atractiva. ¿Cómo podemos llegar a pensar que ellos están en lo correcto cuando vemos por nosotros mismos la oposición del mundo para con Cristo y hacia la manera en la que Él permanecía firme en la verdad y su incomparable ministerio a los perdidos? Más bien, Jesús nos ha enseñado a reconocer que algo está muy mal si el mundo nos ama: « ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, porque de la misma manera trataban sus padres a los falsos profetas» (Lucas 6:26).

Ahora llego a un punto de aplicación que se debe tratar con mucho cuidado. Existe oposición a la verdad doctrinal aun dentro de la iglesia y entre los hermanos verdaderos, y también aquí debemos permanecer firmes en la verdad. Sí, todos debemos hacer esto con mansedumbre, humildad, paciencia y misericordia, pero no debemos silenciar nuestro testimonio sobre toda la verdad de la Palabra de Dios.

No todos los cristianos buenos y piadosos tendrán las mismas convicciones que nosotros sobre muchos asuntos, pero mi preocupación es que algunos piensen que el amor requiere que guardemos silencio sobre los temas en los cuales diferimos. Existe la tentación de hacer un acuerdo de paz doctrinal con el fin de lograr una tranquilidad superficial, pero amigos, si en verdad tenemos razones bíblicas y sólidas para este o aquel distintivo, entonces también estamos bajo la obligación moral de dar testimonio de su verdad, incluso ante otros creyentes que han caído en algún error. Esto será para el bien del cuerpo y tal vez, resultará en el restablecimiento de los que están equivocados.

Quiero darles algunos ejemplos. Debemos alegrarnos por las señales que hay de un resurgimiento respecto a las doctrinas de la gracia, pero no todo acerca del Nuevo Calvinismo merece nuestro aplauso, y no es pecado señalarlo. Algunos de los líderes son carismáticos que piensan que Dios todavía emite, verbalmente, nuevos mensajes a su pueblo, y debemos advertirles contra esto. Algunos de ellos dicen que nuestra inquietud en lo que respecta la mundanalidad es legalista, pero debemos permanecer firmes a favor de la santidad bíblica. Muchos cristianos profesantes hablan en contra de una perspectiva sólida de la soberanía de Dios que conlleva doctrinas como la elección, la predestinación y la reprobación. Debemos mostrar fidelidad hacia ellos y hacia el Señor y no ceder ni una pulgada. Y también están esos hermanos que practican el bautismo infantil. La evaluación de los bautistas es, claro está, que estos hermanos están equivocados en este asunto porque no es bíblico y no debemos tener miedo de admitirlo. Hay algunos evangélicos influyentes, entre ellos algunos líderes reformados, que han caído en el error del aniquilacionismo y que rechazan la doctrina tradicional del infierno. Muchos cristianos hablan en contra del reposo del Día del Señor, pero sabemos que estas cosas son fieles y verdaderas y que debemos predicarlas y enseñarlas sin temor. Debemos permanecer firmes en la verdad porque nuestra unidad espiritual como cristianos es una unidad en la verdad. Sí, algunos estarán en contra de ella, aun dentro de la misma Iglesia, pero el hablar la verdad en amor es una de las cosas que Dios utiliza para reestablecer a los extraviados y remediar la discordia.

Era necesario que Jesús permaneciera firme en la verdad por causa de la oposición, y lo mismo ocurre con nosotros. Ahora, meditemos sobre el alto costo de permanecer firmes en la verdad. Permanecer firmes conlleva, necesariamente, el sacrificio.

II. El sacrificio: el precio de permanecer firmes en la verdad

Explicación de la cristología

Jesús tuvo que pagar un alto precio como resultado de su ministerio fiel: días llenos de cansancio, noches sin dormir, sin tener lugar donde recostar la cabeza, sufrió la miseria psicológica de ser acusado falsamente y vilipendiado, la angustia de saber que tenía amigos poderosos que estaban planificando su muerte en secreto: todo esto era solamente el principio de dolores. Porque permaneció firme en la verdad: «Fue despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos» (Isaías 53:3).

Los enemigos de Jesús y de la verdad, bajo la influencia de Satanás, eran hombres sedientos de sangre. Ellos no desistirían hasta crucificar al Hijo de Dios. Cristo no solamente conocía estas cosas de antemano sino que encontró la forma de hacer que la rabia que ellos sentían hacia Él promoviera su alabanza. Utilizó los mismos instrumentos de odio para la redención de su pueblo escogido. La crucifixión de Jesús no fue evidencia de que había fracasado. Fue el cumplimiento inesperado de su misión de expiar el pecado y sostener la verdad y la honra de Dios. Finalmente, Jesús fue crucificado, y este fue el precio que Él estuvo dispuesto a pagar por permanecer firme en la verdad.

Aplicación de la cristología

El discipulado cristiano verdadero significa seguir a Cristo crucificado. Significa dar nuestras vidas de forma sacrificial por Él y por su causa diariamente. Jesús les dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará» (Mateo 16:24-25). Después de plantar algunas iglesias en Asia Menor, el apóstol Pablo las visitó nuevamente para promover el bien espiritual de ellas; uno de los medios que el utilizó fue la enseñanza sobre el sufrimiento que inevitablemente tendrían que padecer por causa de Cristo y su verdad.

En Listra, Iconio y Antioquía, Pablo y Barnabás fueron fieles «fortaleciendo los ánimos de los discípulos, exhortándolos a que perseveraran en la fe, y diciendo: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios» (Hechos 14:22). Pablo mismo padeció muchas cosas por predicar el evangelio fielmente y le enseñó a Timoteo que «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos» (2 Timoteo 3:12). El apóstol Pablo escribió lo siguiente a los cristianos en medio de la aflicción: «Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que en medio de vosotros ha venido para probaros, como si alguna cosa extraña os estuviera aconteciendo» (1 Pedro 4:12). Él les dijo que al igual que Cristo sufrió por nosotros en la carne, ellos debían «armarse con el mismo propósito», es decir, con la expectativa de que sufrirían por causa de la verdad y por causa de Cristo (1 Pedro 4:1).

Por consiguiente, la reacción negativa del mundo no debe sorprendernos, desde la indiferencia arrogante en un extremo del espectro hasta la persecución violenta, incluido el martirio, en el otro. El que por último fue clavado en un madero por causa de su lealtad a la verdad utilizó la cruz como una metáfora que representaba el discipulado fiel y verdadero.

Amados, existen demasiadas personas que son cristianos solo en los tiempos buenos, que profesan a Cristo siempre que sea fácil hacerlo, pero cuando surgen los problemas y la persecución, o regresan al mundo o, para no ofender a nadie, se vuelven muy reservados en cuanto a la fe que supuestamente poseen. Así es como la sal se vuelve insípida, algo que «para nada sirve, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres» (Mateo 5:13).

Y la presión sobre los pastores para que pongan la verdad en juego es aún mayor. Algunas veces parece que mientras más fieles somos, peores son los resultados que vemos en el ministerio. El pragmatismo en cuanto al crecimiento de la iglesia tiene cierta atracción para hombres fieles que anhelan ver frutos. Estimado pastor y hermano, debes permanecer firme en la verdad y resistir el pragmatismo. El fin no justifica los medios. Cuando la fe de Abram se debilitó, se casó con Agar y como resultado nació Ismael, el «hijo de la carne» (cf. Romanos 9:8). Mucho después, por fin se realizó el milagro y nació Isaac, el hijo de la promesa de Dios. Tenemos que creerle a Dios, permanecer firmes en la verdad y aguardar su bendición, sin importar el sacrificio que sea necesario hasta entonces.

Hemos visto la necesidad de permanecer firmes en la verdad porque el mundo se opone a ella y que el precio de permanecer firmes a la verdad es sacrificarnos realmente por ella. Ahora concluiremos recordando la dulce promesa bíblica de la recompensa que tendrán los fieles que sufren por causa de la verdad. La recompensa será ser glorificados con Cristo, quien ya está sentado en su trono en el cielo.

III. La gloria: la recompensa de permanecer firmes en la verdad

Explicación de la cristología

Jesús no recibió un llamado divino a permanecer en un estado perpetuo de humillación y contienda. Esta experiencia quedó limitada a unos cuantos años y después de pasar la prueba y llevar a cabo su misión, fue coronado de gloria y honor (cf. Hebreos 2:9).

En estos momentos, el Señor Jesucristo es glorificado, algo que comenzó con su resurrección de entre los muertos, una vindicación poderosa ante sus enemigos. Durante poco más de un mes, les demostró a sus discípulos que estaba vivo por medio de muchas pruebas infalibles y después fue llevado hacia el cielo en presencia de ellos. Su ascensión fue el segundo paso de su glorificación. En las palabras de Pedro: «a este Jesús…Dios le ha hecho Señor y Cristo» (Hechos 2:36).

Esta es la recompensa que Jesús recibió de Dios por permanecer firme en la verdad, la razón por la cual vino al mundo. El próximo paso en su glorificación será su regreso al mundo en gloria y poder, cuando presidirá en el juicio de toda la humanidad. Entonces consumará el reino de Dios para la eternidad por medio de la nueva creación. En ese gran día, la glorificación de Jesucristo será realizada por completo. La glorificación completa de Jesús se resume en unos cuantos versículos:

«Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Filipenses 2:9-11).

Explicación de la cristología

La exaltación de Jesús es lo que nos motiva a permanecer firmes en la verdad en medio de «los sufrimientos de este tiempo presente» (cf. Romanos 8:18), cuando como Él soportamos el odio y la oposición. Cuando Él vuelva, seremos glorificados juntamente con Él. Recordemos algunos pasajes clave. Jesús afirmó: « En verdad os digo que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, os sentaréis también sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna» (Mateo 18:28-29). Pablo declaró: «Si perseveramos, también reinaremos con El; si le negamos, El también nos negará» (2 Timoteo 2:12). Pedro dijo que al pasar por las aflicciones duras de este siglo presente por causa de Cristo, debemos «[regocijarnos], para que también en la revelación de su gloria [nos regocijemos] con gran alegría» (1 Pedro 4:13).

Hermanos, cuando realmente creemos estas cosas, y confiamos en su fidelidad, entonces presentaremos la verdad de Dios confiadamente sin rastros de transigencia. Cuando venga la persecución, nos encontrará regocijándonos porque se nos ha tenido por dignos de padecer afrenta por Su nombre (Hechos 5:41). Seremos como Moisés, quien escogió «ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los placeres temporales del pecado, considerando como mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto; porque tenía la mirada puesta en la recompensa» (Hebreos 11:25-26, el énfasis es mío). Podemos soportar cualquier tipo de oposición y vergüenza durante esta vida pasajera si recordamos la recompensa que nos espera al lado de Cristo.

Concluyo con unos versículos del gran himno escrito por Isaac Watts.

¿Soy yo soldado de la cruz?/ ¿Soy yo un discípulo del Cordero?/ ¿O temeré proclamar su causa/y su nombre confesar?

No ascenderé yo al cielo/en nubes de tranquilidad, /sin batallar como los demás/y cruzar un turbulento mar.

Hay que pelear para triunfar. / ¡Aumenta mi valor, Señor!/Así podré soportar el dolor, /con la ayuda de tu Palabra.

Amén. Que Dios esté con todos nosotros. Que toda la alabanza sea para el glorioso nombre del Señor Jesucristo. Amén y amén. Ω

Notas:

1. Stalker, J. (1882). The life of Jesus Christ [La vida de Jesucristo]. Chicago: Henry A. Sumner and Company.
2. Ibid., pp. 93-94.
3. Watts, I. (1812). The Works of the Rev. Isaac Watts [La obra del reverendo Isaac Watts] (Vol. 1, p. 438). Leeds; London: Edward Baines; William Baynes; Thomas Williams and Son; Thomas Hamilton; Josiah Conder

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STANDING FIRM IN THE TRUTH: APPLIED CHRISTOLOGY IN A WORLD ADRIFT

Part 2 of 2

Thank you so much for a warm welcome. Praise God for our fellowship in this conference. I am speaking today on the subject entitled, “Standing Firm in the Truth: Applied Christology in a World Adrift.” This is a Christocentric appeal that all of us should

Stand firm in the truth like Jesus.
I am focusing on the example of Christ as our calling and our inspiration, especially as His example relates to our standing firm in the truth. This morning in Part 1, we especially considered Jesus’ own relationship to the truth with some of the practical implications for us. We handled the subject along three lines.

First, I demonstrated from Scripture that Jesus Himself is the truth, and that this calls for our integrity. If we would be like Jesus, we must conform in heart and conduct to the truth of God seen supremely in Jesus and also revealed in Holy Scripture.

Second, we saw the biblical teaching that Jesus preached the truth as His mission from God the Father. We are called to imitate Christ in this way also, as faithful witnesses to the truth. We must preach the gospel to all creation until He returns.

Third, Jesus believes in the truth. He has all holy confidence that God uses the truth to accomplish His redemptive purpose in the world, setting free legions of the devil’s slaves and setting us apart for God’s service like Jesus. In all three aspects, then—integrity, mission, and hope—we are instructed and motivated by Jesus in His relationship with the truth.

But there is more to our subject. Tonight I want to address the part about standing firm. The world really is adrift from God’s truth. When Christ embodied the truth, preached the truth, and believed in the truth, in these ways He provoked opposition, opposition that would require His sacrifice, a sacrifice that would be justly rewarded with glory. Opposition, sacrifice, and glory are always found together when we stand firm in the truth.

We see in Jesus the perfection of what it means to stand firm. He had a hard-nosed conviction about truth. His was a courageous ministry among enemies, and this is the pattern He has set for His Church to follow. The true Church is known by its fundamental posture of standing firm. It is also true that we can and should do better. Christ Himself is our life and our guide in this, too. It is by looking to Him that we shall become more like Him, and accomplish the purpose for which God has His Church in the world—to bear a faithful witness in the face of all spiritual enemies until Christ returns, for the glory of God and the good of humanity.

This evening I want to continue the same approach I used this morning. Under each heading there are two parts: Christology asserted and Christology applied. Christology, of course, is the study of Christ. Tonight I want to answer two basic questions. What does Scripture teach us about Christ Himself standing firm? What does that mean for our standing firm?

Part 2: Jesus Standing Firm

I have three points: 1) the NEED for standing firm, 2) the COST of standing firm, and 3) the REWARD for standing firm. 1) The need for standing firm is real because of real OPPOSITION to the truth. That leads us to think about 2) the cost of standing firm, which is to lay down one’s life as a SACRIFICE for the truth. Finally, 3) the reward God gives to the faithful suffering on truth’s account, starting with Jesus, is eternal GLORY. And now I pray that our meditation will stimulate us to

Stand firm in the truth like Jesus.
Let us pray.

Our Father in heaven, by Your Word, Your Spirit, and the pastoral ministry in the Church, You have brought us to behold Your holy Son in His excellence as the supreme Example for us all. In this way we are already beginning our eternal service to You before the throne of Jesus with adoration and praise. Oh, thank you for this high privilege and gracious favor! Now, O Lord our God, we beg of You that we shall be enabled by faith to behold Your glory in the face of Jesus Christ, and that by the Spirit of liberty we will be freed from our sins and transformed in further Christlikeness, from one degree of glory to the next. All the noble-hearted Christians hearing me now want to stand firm in truth like Your Son Jesus, but we need more wisdom and encouragement and guidance and strength from You. Your Word urges us to ask these things from You, because You are our Father who delights to give good gifts to Your children, even the Holy Spirit. Oh, kind and generous Lord, please give us every spiritual blessing in Christ, that we may walk in His steps, be fruitful in the world, and follow Him into glory. We ask your favor in that worthy name of Jesus our Lord. Amen.

We begin, then, with

I. Opposition: The Need to Stand Firm

The very phrase, “stand firm,” implies opposing forces that would move one from his righteous position. Those forces opposing truth are spiritually evil, and they have been present in the world ever since the serpent appeared to Eve in the Garden of Eden. Can we ever forget Paul’s stirring exhortation in Ephesians 6? Notice how he uses the word “stand” three times, the original word meaning “to stand up against, resist” (BDAG), and the related word “withstand,” which translates the Greek verb meaning, “to be resistant to power,” and, “to stand your ground” (BDAG). Notice also how that the first piece he mentions in the armor of God we so desperately need as the Lord’s soldiers is truth:

Finally, be strong in the Lord and in the strength of his might. Put on the whole armor of God, that you may be able to stand against the schemes of the devil. For we do not wrestle against flesh and blood, but against the rulers, against the authorities, against the cosmic powers over this present darkness, against the spiritual forces of evil in the heavenly places. Therefore take up the whole armor of God, that you may be able to withstand in the evil day, and having done all, to stand firm. Stand therefore, having fastened on the belt of truth . . . (Eph 6.10–14).

O friends, we desperately need church members and pastors, who, like Jesus, will stand firm in the truth today. As someone said, “Don’t just do something, stand there!”

Christology Asserted

The four Gospels plainly tell of much opposition to Christ during His earthly life. Jesus had enemies literally from His infancy. King Herod was troubled when he heard of Christ’s birth (Matt 2.3). Later, Herod ordered the slaughter of all the boys under two years old in Bethlehem and its coasts, evidently in a murderous plot to kill the young Jesus (Matt 2.16).

On the threshold of His three-year public ministry, primarily of preaching the truth, Jesus was led up by the Spirit into the wilderness to be tempted by the devil (Matt 4.1ff.). Christ suffered three satanic assaults, each challenging His loyalty to biblical truth. To fend off the arch-enemy, Christ quoted the relevant Scriptures every time, and so affirmed His faith and commitment to divinely-revealed truth. “It is written” was the holy broadsword swung three times by our spiritual Champion to resist the devil and chase him away.

But this was just the beginning of opposition to Christ’s faithful witness. Although some welcomed His preaching, others responded with contempt, even though God confirmed the Word with miracles as signs. Biblical scholars have long called the last year of Jesus’ public ministry “the year of opposition.”1 One author characterizes it this way:

The voices that rose around Him were no longer the ringing shouts of gratitude and applause, but voices of opposition, bitter and blasphemous. He was no longer to be seen moving from one populous place to another in the heart of the country, welcomed everywhere by those who waited to experience or to see His miracles, and followed by thousands eager not to lose a word of His discourses. He was a fugitive, seeking the most distant and outlandish places, and accompanied only by a handful of followers.2

His most obvious opponents were scribes and Pharisees, but there were others from the learned and influential classes of society, and Roman government officials, and the Sanhedrin, and Jewish officials in the Temple with its courts, and finally there was the hostile mob whipped up into a frenzy at Jerusalem, crying incessantly for His blood, “Crucify him, crucify him!” (John 19.6).

But why? What evil had He done? He spoke the truth; that was His “fault” in the world’s eyes. He embodied and preached the truth about God and His redemptive work. He exposed the lies and corruption of Israel’s apostate leaders. He presented Himself as the only way that leads to God, the truth of God and the life of God. As John says, the Light was shining in darkness, and the darkness comprehended it not (John 1.5) or “has not overcome it” (ESV).

Those who hated Jesus most, the Pharisees, knew He was consistent in His message, no matter the audience. They intended this admission as flattery, but what they said about Him was true and noble: “Teacher, we know that You are true, and teach the way of God in truth; nor do You care about anyone, for You do not regard the person of men” (Matt 22.16 NKJV). Of course He cared about people in a loving way, but He didn’t care what they thought as if that could be a reason to preach anything but the truth. Jesus did not soft-pedal the message because of opposition, even though it eventually cost Him His life. The last phrase, “You do not regard the person of men,” could be rendered literally, “You do not look on the face of men,” an idiom to fear of one’s audience. The LORD told the young prophet Jeremiah, “Be not afraid of their faces: for I am with thee to deliver thee, saith the LORD” (Jer 1.8).

Here is the dark reality Jesus faced: “And this is the condemnation, that light is come into the world, and men loved darkness rather than light, because their deeds were evil. For every one that doeth evil hateth the light, neither cometh to the light, lest his deeds should be reproved” (John 3.19–20). Jesus’ upright character, His holy life, and His truthful message were all a reproof to sinful hearers. He said to some, “The world cannot hate you; but me it hateth, because I testify of it, that the works thereof are evil” (John 7.7). Jesus’ oneness with the truth and His faithfulness in preaching it inevitably provoked the hostility of the wicked world.

And in the tempest of darkness, our Lord Jesus Christ stood firm, like a Rock that cannot be moved. He “endured such contradiction of sinners against himself” (Heb 12.3). He set His face like a flint toward Jerusalem, knowing beforehand what horrible things He would suffer there according to God’s plan (Luke 9.51 with Isa 50.7). He said, “Behold, we go up to Jerusalem; and the Son of man shall be betrayed unto the chief priests and unto the scribes, and they shall condemn him to death, And shall deliver him to the Gentiles to mock, and to scourge, and to crucify him: and the third day he shall rise again” (Matt 20.18–19).

Christology Applied

This bold Lord Jesus Christ is our Master who leads the way, sets the pace, and provides the pattern for our service to the truth in this world. He explicitly teaches that following Him will definitely provoke the world’s hatred for us. In His own timeless words,

If the world hate you, ye know that it hated me before it hated you. If ye were of the world, the world would love his own: but because ye are not of the world, but I have chosen you out of the world, therefore the world hateth you. Remember the word that I said unto you, The servant is not greater than his lord. If they have persecuted me, they will also persecute you; if they have kept my saying, they will keep yours also. But all these things will they do unto you for my name’s sake, because they know not him that sent me (John 15.18–21).

Look; if you would be a real Christian or a faithful pastor with integrity in your embrace of truth, you will not be loved in the world for it. You are going to face opposition. There will be times you must say things from Scripture that are very offensive to your hearers, and it will take great courage from the Lord to stand firm in the truth.

New converts sometimes naively think that since being a Christian is the most harmless thing and makes them truly better people than they were, everyone will be supportive of their conversion to Christ. That is not at all the biblical expectation. When you become a Christian, you not only continue to suffer the troubles common to everyone, but you gain a whole new set of problems in your relationship with the unconverted who are now hostile to you on account of their enmity to Jesus Christ and your association with Him.

It seems there are many in the visible Church today who think that any opposition from the world is a sign that we are not getting the message right, or that we are to blame for not carrying out the Christian ministry in a more winsome way. How can we be persuaded they are right when we see the world’s opposition to Christ in His faithful stand for truth and His incomparable ministry to the lost? Jesus has taught us, rather, to know something is desperately wrong if the world loves us. “Woe unto you, when all men shall speak well of you! for so did their fathers to the false prophets” (Luke 6.26).

Now I come to a point of application that must be handled very carefully. There is even opposition to doctrinal truth within the church and among true brethren, and here we must also stand firm in the truth. Yes, we must all the while be meek, humble, patient, and gracious, but we ought not to mute our testimony to the whole truth of God’s Word.

Not all good and godly Christians will share our convictions on many things, but I am concerned that some believe love requires silence on points where we differ. We are tempted to embrace a doctrinal truce for the sake of a superficial peace, but my friends, if we really are on solid biblical ground in this or that distinctive of ours, we are also under moral obligation to bear witness to the truth of it, even to other believers who have fallen into some error. This will be for the good of the body and, perhaps, for the recovery of the mistaken.

Let me give you some examples. We should be welcome signs of resurgence concerning the doctrines of grace, but not everything about the New Calvinism is praiseworthy, and it is not a sin to point that out. Some of the leaders are charismatics who believe God still gives new verbal messages to His people, and we should warn about that. Some of them say our concern about worldliness is legalistic, but we must stand firm for biblical holiness. Many professing Christians speak against a robust view of the sovereignty of God with doctrines like election, predestination, and reprobation. In faithfulness to them and to the Lord, we must not yield an inch. And then there are our brethren who practice infant baptism. The Baptist assessment, of course, is that they are wrong about this because it is unscriptural, and we must not be afraid to say so. A few influential evangelicals—even some Reformed leaders, have fallen into the error of annihilationism and denied the traditional doctrine of hell. Many Christians argue against the regulative principle of worship and against the Lord’s Day Sabbath, but we know these things are right and true, and that we ought to preach and teach them without shame. We must stand firm in the truth because our spiritual unity as Christians is a unity in the truth. Yes, some will oppose it, even within the Church, but speaking the truth in love is one thing God uses to recover the wayward and heal our divisions.

Jesus needed to stand firm because there was opposition, and so do we. Now reflect with me on the high cost of standing firm. It necessarily involves sacrifice.

II. Sacrifice: The Cost of Standing Firm

Christology Asserted

The Lord’s faithful ministry took a great toll on Him. Tiresome days, sleepless nights, chronic homelessness, the psychological misery of being falsely accused and vilified, the angst of powerful enemies secretly plotting His demise—all these were just the beginning of sorrows. Because He stood firm in the truth, “He [was] despised and rejected of men; a man of sorrows, and acquainted with grief: and we hid as it were our faces from him; he was despised, and we esteemed him not” (Isa 53.3).

The enemies of Jesus and truth, under the sway of Satan, were bloodthirsty men. They would not stop until they had crucified the Son of God. Not only did Christ know this beforehand, but He found a way to make their wrath promote His praise. He would use the very instruments of their hatred as tools for the redemption of His chosen people. Jesus’ crucifixion was not evidence of failure. It was the counter-intuitive fulfillment of His mission to atone for sins and vindicate the truth and honor of God. Finally, Jesus was crucified, and that was the price He was willing to pay for standing firm in the truth.

Christology Applied

True Christian discipleship means following Christ crucified. It is sacrificially laying down our lives for Him and His cause every day. Jesus said to His disciples, “If any man will come after me, let him deny himself, and take up his cross, and follow me. For whosoever will save his life shall lose it: and whosoever will lose his life for my sake shall find it” (Matt 16.24–25). After the apostle Paul had planted some churches in Asia Minor, he made the rounds again to promote their spiritual well-being, and one of the ways he did that was by teaching them about their inevitable suffering for Christ and His truth. At Lystra, Iconium, and Antioch, Paul and Barnabas were faithfully “confirming [strengthening, ESV] the souls of the disciples, and exhorting them to continue in the faith, and that we must through much tribulation enter into the kingdom of God” (Acts 14.22). Paul himself suffered many things for preaching the gospel faithfully, and he taught Timothy that “all that will live godly in Christ Jesus shall suffer persecution” (2 Tim 3.12). The apostle Peter wrote to suffering Christians, “Beloved, think it not strange concerning the fiery trial which is to try you, as though some strange thing happened unto you” (1 Pet 4.12). He told them that as Christ has suffered for us in the flesh, they should arm themselves with the same mind, that is, with the expectation that they must suffer for truth and for Christ (1 Pet 4.1).

Therefore, we must not be surprised by the negative reaction we receive from the world, from their arrogant disdain on one end of the spectrum all the way to violent persecution
including martyrdom on the other. He who was finally nailed to a tree for His loyalty to the truth used the cross as a metaphor for true and faithful discipleship.

Dearly beloved, there are far too many “fair weather Christians” who profess Christ as long as it’s easy, but when trouble or persecution arises, they either fall away to the world, or they become nearly secretive about their supposed faith so as not to offend anyone. That is the way for the salt to lose its savor and to become good for nothing except to be thrown under the foot of men.

And the pressure is even greater for pastors to compromise the truth. Sometimes it seems like the more faithful you are, the worse your results in the ministry. Church growth pragmatism has a certain appeal for good men who long for fruitfulness. My dear pastor-brother, stand firm in the truth and resist pragmatism. The end does not justify the means. When Abram’s faith weakened, he married Hagar and Ishmael was born, the child of the flesh. Much later the miracle finally came, Isaac, the child of God’s promise. We must believe God, stand firm in the truth, and wait for His blessing, no matter what sacrifice is required in the meantime.

We have considered the need to stand firm because of the world’s opposition to truth, and the cost of standing firm which is real sacrifice. Now we conclude with the sweet remembrance of the scriptural promise of reward to the faithful ones who suffer for the sake of the truth. The reward is to be glorified with Christ, already seated upon His throne in heaven.

III. Glory: The Reward of Standing Firm

Christology Asserted

Jesus was not called by God into a perpetual state of struggle and humiliation. That experience was limited to a few years, and when He had passed the test and completed His mission, He was crowned with glory and honor.

Right now the Lord Jesus Christ is being glorified, and that began with His resurrection from the dead—a powerful vindication before His foes. For a little over a month He showed Himself alive to His disciples by many infallible proofs, and then He was taken up into heaven while they watched. His ascension was the second step in His glorification. As Peter preached, “God hath made that same Jesus . . . both Lord and Christ” (Acts 3.36).

All this is God’s reward to Jesus for standing firm in the truth, the reason He came into the world. The next step in Jesus’ glorification is His return to earth in power and glory, when He will preside over the judgment of all mankind. Then He will consummate the kingdom of God for eternity in the New Creation. On that great Day, the glorification of Jesus Christ will be fully realized. Here is Jesus’ entire glorification summarized in a few verses:

Wherefore God also hath highly exalted him, and given him a name which is above every name: that at the name of Jesus every knee should bow, of things in heaven, and things in earth, and things under the earth; and that every tongue should confess that Jesus Christ is Lord, to the glory of God the Father (Phil 2.9–11).

Christology Applied

This exaltation of Jesus is our incentive now to stand firm in the truth during this present time of our humiliation, when we suffer hate and opposition as He did. When He returns, we will be glorified together with Him. I remind you of a couple key passages. Jesus said, “Truly, I say to you, in the new world, when the Son of Man will sit on his glorious throne, you who have followed me will also sit on twelve thrones, judging the twelve tribes of Israel. And everyone who has left houses or brothers or sisters or father or mother or children or lands, for my name’s sake, will receive a hundredfold and will inherit eternal life” (Matt 18.28–29). Paul said, “If we suffer, we shall also reign with him” (2 Tim 2.12). Peter said that when we endure the fiery trial of this present age for Christ’s sake, then we should “rejoice, inasmuch as ye are partakers of Christ’s sufferings; that, when his glory shall be revealed, ye may be glad also with exceeding joy” (1 Pet 4.13).

Brethren, when we really and truly believe these things, and count on them to be true, we will boldly represent God’s truth without a shred of compromise! When persecution comes, we will be found rejoicing that we are counted worthy to suffer shame for His name (Acts 5.41). We will be like Moses, who chose “rather to suffer affliction with the people of God, than to enjoy the pleasures of sin for a season; esteeming the reproach of Christ greater riches than the treasures in Egypt: for he had respect unto the recompence of the reward” (Heb 11.25–26, emphasis mine). We can endure any opposition and shame during this momentary life if we remember the reward awaiting us with Christ!

I close with a few verses from Isaac Watts’ great hymn.

Am I a soldier of the cross, / A follower of the Lamb? / And shall I fear to own his cause, / Or blush to speak his name?

Must I be carry’d to the skies, / On flow’ry beds of ease; / While others fought to win the prize, / And sail’d through bloody seas?

Sure I must fight if I would reign; / Increase my courage, Lord! / I’ll bear the toil, endure the pain, / Supported by thy word.3

Amen. God be with us all. All praise to the glorious name of our Lord Jesus Christ. Amen and amen. Ω

Notes:
1 Stalker, J. (1882). The life of Jesus Christ. Chicago: Henry A. Sumner and Company.
2 Ibid., pp. 93-94.
3 Watts, I. (1812). The Works of the Rev. Isaac Watts (Vol. 1, p. 438). Leeds; London: Edward Baines; William Baynes; Thomas Williams and Son; Thomas Hamilton; Josiah Conder

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2015 Pastors’ Conference | Standing Firm (1)

Permaneced firmes en la verdad I

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Permaneced firmes en la verdad: la cristología aplicada en un mundo que está a la deriva

Parte 1 de 2

Reciban un cordial saludo de Calvary Baptist Church en Exeter, New Hampshire. Quiero dar las gracias a los anfitriones, en especial al pastor Piñero y al pastor Martínez, así como a toda la iglesia de North Bergen, por su cortés invitación. Este es el undécimo año que tengo el privilegio de hablar en esta conferencia. Este año, se me ha pedido que trate el tema que he titulado: «Permaneciendo firmes en la verdad: la cristología aplicada a un mundo que está a la deriva».

La verdad es un ancla y el mundo está a la deriva. La cadena se rompió hace mucho tiempo, y desde el Jardín del Edén, la nave de la sociedad está sin rumbo, perdida, se estrella sobre las rocas y las consecuencias son miseria incalculable y muerte.

Justo en medio de este mar turbulento que es la humanidad a través de la historia hay una roca que permanece firme, arraigada en el lugar exacto que le corresponde, el punto de referencia absoluto para la realidad existencial, para el propósito fundamental, para la salvación cósmica. Su nombre es el Señor Jesucristo y su Iglesia santa está atada a Él por medio de la cadena maciza de la fe absoluta, fe en Aquel que es el «ancla del alma, una esperanza segura y firme» (Hebreos 6:19). Mientras la Iglesia se mantenga adherida al Señor fuerte e inmutable, seguirá dando un testimonio fiel y verdadero a través de todas las generaciones y en última instancia llegará al puerto seguro de su morada eterna.

El mantenernos aferrados a Cristo, nuestra roca, es uno de nuestros retos más difíciles, especialmente hoy en día, cuando la conspiración global en contra de la verdad está más interconectada que nunca. La tecnología moderna permite que las mentiras infernales se propaguen literalmente a la velocidad de la luz. Las fuerzas del mal que están listas para batallar contra Cristo y su Iglesia están cada vez más organizadas. Y, esta camarilla satánica llega a corromper hasta los púlpitos y los bancos de la iglesia, en tanto que los pastores y el pueblo pierden su sensibilidad espiritual a través de la intimidación y la seducción.

Hermanos, estoy profundamente preocupado. En todos lados encontramos ejemplos de una desviación mundana de la verdad aun dentro de la Iglesia. Las creencias básicas que los cristianos han sostenido por dos mil años están perdiendo a sus defensores más audaces. Por ejemplo, la Iglesia ha hecho hincapié en que la fe en Cristo es realmente necesaria para la salvación, y por lo tanto, todos los que se adhieren a las religiones no cristianas perecen en sus pecados. Ya las cosas están cambiando. La exclusividad inherente de la fe cristiana ha sido atacada por el Vaticano, Billy Graham, y Rob Bell (un líder de la iglesia emergente), para nombrar unos pocos que pretenden representar a Jesucristo en el mundo de hoy. Algunos que forman parte de la iglesia visible hasta están cediendo en lo que respecta a la moralidad básica. El mundo ha llegado rápidamente a la conclusión de que no hay nada de malo con ser homosexual y las grandes denominaciones están cayendo como piezas de dominó, adoptando la etiqueta benevolente de «abierta y acogedora». Hay pocos que todavía están dispuestos a hablar francamente por medio de la predicación sobre la pureza bíblica y el poder del evangelio, a presentar la esperanza de ser salvos, no solo de la culpa del pecado, sino de los estilos de vida pecaminosos, incluida esta perversión.

Aun entre las iglesias verdaderas y dentro de una iglesia local fiel, aumentan las presiones para transigir con respecto a la sana doctrina y una vida de santidad por todo tipo de razones pragmáticas y hay muchos que están cediendo antes estas presiones. De vez en cuando, aquellos que son miembros de alguna iglesia se desencantan como resultado de lo que los puritanos llamaban el «hablar claro», el hablar de forma directa a las almas amadas que están bajo nuestro cuidado pastoral cuando sostenemos un ministerio de la Palabra de Dios que escudriña las consciencias. Por causa del temor a perder miembros de su iglesia, incluso hasta los pastores fieles sienten la tentación de ceder ante el clamor por la predicación que se centra solo en las «palabras agradables» (Isaías 30:10).

A pesar de la desviación que hay en la Iglesia, tengo esperanza. Sé a ciencia cierta que al final todo terminará bien. Lo sé porque nuestra Roca está firme en la verdad y el ancla de la Iglesia aún permanece, hasta en la peor tormenta. Recuerdo las palabras de Pablo a sus compañeros de viaje en medio de la tempestad llamada Euroclidón. Después que Dios le había prometido que todos los que estaban a bordo del barco sobrevivirían, Pablo afirmó: «Por tanto, tened buen ánimo amigos, porque yo confío en Dios, que acontecerá exactamente como se me dijo» (Hechos 27:24-25).
Sin embargo, así como Pablo, me veo obligado a exhortarles. Él dijo: «Si éstos no permanecen en la nave, vosotros no podréis salvaros» (Hechos 27:31). A menos que permanezcamos firmes en la verdad, ciertamente pereceremos. De manera que les digo a ustedes, amados hermanos, para su bien eterno y utilidad como siervos de Cristo:

Permanezcamos firmes en la verdad cómo Jesús.

Con la ayuda de Dios, mi propósito es trazar una cristología aplicada en un mundo inestable, especialmente en lo que tiene que ver con el tema de permanecer firmes en la verdad. Nuestra salvación del desvío doctrinal, moral y pastoral está relacionada con nuestra cristología, junto con sus implicaciones en cuanto a nuestra relación con Cristo. Estas perspectivas bíblicas tienen aplicaciones prácticas para muchos de los problemas en la Iglesia de hoy.

En estos dos mensajes, mi propósito es enfocarme en el ejemplo, la perspectiva y el ministerio de la persona de Cristo como nuestro llamado e inspiración, especialmente en la relación que sostiene con el hecho de que permanezcamos firmes en la verdad. Cristo es nuestra vida, nuestro patrón, nuestro destino. Todo el que siga a Cristo como Señor permanecerá firme en la verdad como Él y debemos esforzarnos por sobresalir con respecto a esta virtud varonil. Esto queda implícito en el axioma del Señor sobre el discipulado: «Un discípulo no está por encima de su maestro; mas todo discípulo, después de que se ha preparado bien, será como su maestro». El ser semejantes a Cristo por medio de un testimonio fiel de la verdad es una de las marcas que distingue a los verdaderos cristianos de los demás y al verdadero pastor del asalariado que «ve venir al lobo y abandona las ovejas» (Juan 10:12). En igualdad de condiciones, los mejores cristianos son aquellos que permanecen más firmes en la verdad sin desviarse de esta, y los mejores predicadores son aquellos que presentan la verdad pura, sin diluirla, y que pueden decir como Pablo: «No rehuí declarar a vosotros todo el propósito de Dios» (Hechos 20:27).

Consideremos el tema en dos partes principales. En primer lugar, en esta mañana, apreciemos la enseñanza bíblica de Jesús y la relación que Él tenía con la verdad. En segundo lugar, en el mensaje de esta noche, vamos a reflexionar sobre la manera en que Jesús permanece firme en la verdad. Mi método será primero explicar acerca del mismo Jesús y después hacer unas aplicaciones prácticas de esa enseñanza para nosotros. En otras palabras, primero afirmaré la cristología bíblica y después la aplicaré a nosotros. Ahora, sigamos a la primera parte: Jesús y la verdad.

Parte 1: Jesús y la verdad

Cuando utilizo la frase «la verdad» me refiero a algo que se aproxima a lo que Francis Schaeffer quería decir con la frase: «la verdad verdadera». Escribe con perspicacia sobre la mentalidad del hombre moderno:

«Hoy en día la gente vive en una generación que ya no cree en la esperanza de la verdad como verdadera. Es por esta razón que empleó la expresión «la verdad verdadera» en mis libros, para enfatizar la verdad real. Esto no es una tautología sino que reconozco que en la actualidad la palabra «verdad» significa algo que [en otros tiempos] de ningún modo se hubiera considerado como la verdad1

Y para que quede claro, lo que Schaeffer afirma es que la gente ya no cree que existe algo semejante a «la verdad» así como se entendía en el pasado cuando se daba por sentado que sí existía. Schaeffer explicó que la «verdadera verdad» no es el equivalente a un «conocimiento exhaustivo», sino a un «conocimiento verdadero y unificado»2. Es un conocimiento acerca de Dios, la historia y el cosmos3. La verdad verdadera se revela en la Biblia. Está compuesta de proposiciones y es factual4. Es decir, podemos expresar la verdad verdadera por medio de palabras y frases y párrafos e, independientemente de si goza del reconocimiento o la aprobación general, en realidad permanece verdadera. La verdad verdadera no es algo que se determina por medio de una encuesta y no es esto para una persona y aquello para la otra. La mentalidad moderna alberga un escepticismo profundo en cuanto a la existencia misma de tal verdad absoluta y objetiva, y esto impide que pueda comprender, y aún menos, aceptar, la verdad bíblica.

Lo primero que debemos decir acerca de la relación que Jesús sostiene con la verdad es que Él es la verdad y esto subraya la virtud indispensable de nuestra integridad.

I. Integridad: Jesús es la verdad

Explicación de la cristología

Nuestro Señor Jesucristo dice claramente de sí mismo: «Yo soy…la verdad» (Juan 14:6). Esta declaración no es nada menos que una afirmación de que Él es el Dios encarnado. En la noche en la que comenzó su pasión, Jesús dijo que iría al Padre y Tomás le preguntó acerca del camino hacia Él. Jesús le respondió: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí». La explicación que D.A. Carson da de este versículo es sustanciosa:

Jesús es el camino a Dios, precisamente porque Él es la verdad de Dios y la vida de Dios. Jesús es la verdad porque Él es la encarnación de la revelación suprema de Dios—El mismo Jesús es el camino a Dios, precisamente porque Él es la verdad de Dios y la vida de Dios. Jesús es la verdad porque Él es la encarnación de la revelación suprema de Dios—Él mismo es el «narrador» de Dios (1.18), dice y hace exclusivamente lo que el Padre le da para que haga y diga (5.19ff; 8.29), de hecho, su nombre apropiado es «Dios» (1.1, 18; 20.28). Él es la revelación compasiva que Dios hace de su persona, Su «Palabra» hecha carne (1.14)5

Este último versículo que he citado, Juan 1:14, también afirma que Cristo está «lleno de gracia y de verdad». Prestemos atención especial a lo siguiente y es que Jesús, en su persona, es la encarnación de la verdad y está lleno de la verdad.

Otro testimonio bíblico importante acerca de Jesús como la verdad es Juan 1:9. La luz es una metáfora de la verdad que predomina en la Biblia. Cuando el apóstol Juan primero habla de Jesús a sus lectores lo hace diciendo: «La luz verdadera que, al venir al mundo, alumbra a todo hombre». Después, Jesús dice lo mismo de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8:12). También dice: «Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo» (Juan 9:5).

Los que lo rodeaban presenciaron y reconocieron la consecuencia perfecta que existe entre la persona y el mensaje de Jesús. Aunque puede ser que solo intentaban adularlo, los fariseos le dijeron a Jesús: «Maestro, sabemos que eres veraz» (Mateo 22:16; Marcos 12:14). La forma de este enunciado merece nuestra atención. Dijeron «eres veraz» y no solamente «hablas con veracidad». Es una declaración acerca del carácter moral de Jesús, su rectitud de espíritu.

El argumento que Jesús le presentó a sus oyentes era que podían creer en Él porque, sobre todas las cosas, Él buscaba la gloria de su Padre en los cielos. Hace un contraste entre los falsos maestros y su persona, diciendo: «El que habla de sí mismo busca su propia gloria; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero y no hay injusticia en Él» (Juan 7:18). Esto equivale a que Jesús diga «Yo soy verdadero», en el sentido de que no hay absolutamente nada de «injusticia» o «mentira» en Él.

Ahora, apliquemos esta cristología bíblica a nuestras personas.

Aplicación de la cristología

La «integridad» es una palabra interesante. Viene de una palabra que significa «intacto» y por
consiguiente, algo que está entero, sin dividir. De ahí se le ha añadido el sentido metafórico de un corazón recto que es inocente, irreprochable y puro6.

Ninguno de nosotros podrá decir jamás: «Yo soy la verdad», como lo hace Cristo, porque solamente Él es Dios. Pero se nos llama a esforzarnos por causa de su ejemplo perfecto de integridad y pureza como un hombre de la verdad, por fuera y por dentro. Para nosotros, el permanecer firmes en la verdad como Jesús comienza con la regeneración, un cambio radical de naturaleza por medio de la obra misericordiosa del Espíritu Santo en nuestro interior. Debemos nacer de nuevo por el Espíritu de Cristo. También necesitamos la gracia para llegar a ser más «rectos» y fieles en nuestro interior, para aceptar de manera más consecuente y para nuestra propia salud espiritual, toda la verdad de Dios que se revela en las Escrituras y que se ve ejemplificada en Cristo. Me temo que cuando algunos escuchen el reto que les hago de «permanecer firmes en la verdad», pensarán que solo me refiero a sostener las doctrinas correctas y proclamarlas a los demás, pero el predicar la verdad sin ser fieles y vivir fielmente no es nada sino pura hipocresía. Defender la verdad es peor que inútil a menos que seamos santificados por la verdad por dentro y nos comportemos conforme a la verdad por fuera. Jesús hizo la siguiente oración a favor de sus discípulos:

«Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad» (Juan 17:17). Él afirmó: «Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que sus acciones sean manifestadas que han sido hechas en Dios» (Juan 3:21). Existe lo que se llama el «obrar fielmente» y es indispensable para aquellos que desean permanecer firmes en la verdad. Para ser como Jesús, tenemos que esforzarnos «por conservar siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres» (Hechos 24:16). Las Escrituras dicen que los que aspiran al oficio de obispo deben ser «irreprochables» o «irreprensibles» (1 Timoteo 3:1-2, LBLA, RVR 1960). De lo contrario, tan solo hacen un pobre esfuerzo por representar al santo Jesús ante los demás.

Jesús es la verdad y esto requiere integridad, por dentro y por fuera. Ahora, veamos que para Jesús, la verdad es su misión.

II. Misión: Jesús predica la verdad

Explicación de la cristología

Consideremos la declaración profunda de nuestro Señor en cuanto al principio por el que se guiaba: «Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Juan 18:37). ¿No es esta una declaración asombrosa? La repetición intensifica su afirmación: «Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo», las dos frases son básicamente iguales. Aquí vemos que Jesús revela el fin principal de su ministerio terrenal, la misión que había recibido de Dios.

Aquí hay un verbo griego que se traduce como «dar testimonio», o en algunas traducciones como «testificar». Es la palabra μαρτυρέω (martyreō) de la cual obtenemos la palabra en español para «mártir», que significa alguien que muere por causa de su testimonio religioso. La palabra martyreō significa «hacer una afirmación solemne de algo, ofreciendo pruebas de primera mano sobre el hecho, y a menudo sobre asuntos graves o importantes»7. Aquí se hace referencia al testimonio activo de Jesús de «la verdad», que en este contexto es claramente religiosa y significa «nada menos que la auto-revelación de Dios en Su Hijo, quien es la verdad (14:6)», como explica Carson8. La ocasión en la cual Jesús hace esta declaración es en la que Pilato le pregunta si Él es un rey. Su respuesta implica que «Su reino es un reino de la verdad» y que «revelar la verdad de Dios, de la salvación y del juicio, era la manera principal de hacer súbditos, de ejercitar su reinado de salvación»9.

No digo esto para minimizar la importancia central del sacrificio expiatorio que Jesús llevó a cabo en la cruz como parte de su misión. También vino al mundo «para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28), pero la crucifixión de Jesús era parte de la misión más amplia que tenía de parte del Padre de dar testimonio de la verdad. El dio testimonio no solamente por medio de su predicación sino también por su muerte.

El Señor Jesucristo ejerce la función y desempeña el papel de un profeta de forma perfecta. Debemos comprender esto si hemos de entender su ministerio. La función profética, conforme a su definición bíblica, es el comunicar fielmente al pueblo la revelación divina, sin añadir y sin quitar nada (Deuteronomio 4:2; Proverbios 30:6; Jeremías 26:2; Apocalipsis 22:18-19). La fidelidad a las palabras mismas que se reciben de Dios es un requisito absoluto. El concepto es el de un profeta que está de pie, de espaldas a Dios y de frente a sus oyentes, y que de esta manera proclama la Palabra del Señor, como representante de Dios al pueblo. Un sacerdote desempeña la función opuesta, como representante del pueblo a Dios, y Jesús es el que también ocupa este puesto de forma perfecta.

Jesús enfatizó su fidelidad como profeta que se adhiere fielmente a la verdad que recibe de Dios. Acusó a los fariseos de la siguiente manera: «Pero ahora procuráis matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios. Esto no lo hizo Abraham» (Juan 8:40). Él le dice a sus discípulos: «os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre» (Juan 15:15). Esto es aún más impresionante cuando se considera junto con su afirmación de que no hacía nada por su propia autoridad aparte del Padre: «Cuando levantéis al Hijo del Hombre, entonces sabréis que yo soy y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo estas cosas como el Padre me enseñó» (Juan 8:28).

¿Cuál era la relación que Jesús sostenía con la verdad? Sencillamente, decía la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. La gente decía lo siguiente acerca de Él: «Enseñas el camino de Dios con verdad» (Mateo 22:16). El espíritu de Cristo estaba vivo y sano en ese profeta fiel, Micaías. Cuando se le instó a dar un mensaje similar a los falsos profetas, su respuesta fue la siguiente: «Vive el Señor que lo que el Señor me diga, eso hablaré» (1 Reyes 22:14).
Aplicación de la cristología

Al igual que Jesús, el comunicar la verdad es nuestra misión, y esto requiere que testifiquemos fielmente de la verdad como lo hizo Jesús. Esto es lo que han hecho los verdaderos profetas desde el principio del mundo. Jesús dijo acerca de Juan el Bautista: «Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que el testimonio que da de mí es verdadero. Vosotros habéis enviado a preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad» (Juan 5:32-33). Juan el apóstol dijo lo mismo acerca de sí mismo: «Y el que lo ha visto [la muerte de Jesús en la cruz] ha dado testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad, para que vosotros también creáis» (Juan 19:35). El apóstol Juan probablemente se refería a todo el evangelio que había escrito cuando se presentó de la siguiente manera: «Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y el que escribió esto, y sabemos que su testimonio es verdadero» (Juan 21:24).

Durante su ministerio terrenal, Jesús anunció que después de su ascensión, mandaría el «Espíritu de verdad» para que habitara con sus discípulos siempre (Juan 14:16-17). El Espíritu Santo mora en la verdadera Iglesia poderosamente y por esta razón ella ha sido esencialmente fiel a la verdad a través de los siglos.

En el último libro de la Biblia, nuestro Señor glorificado se revela como «el testigo fiel» (Apocalipsis 1:5) y «el Testigo fiel y verdadero» (Apocalipsis 3:14). Y una de las preocupaciones principales que Jesús expresa a sus iglesias es que deben ser testigos de la verdad como Él lo es.

El Dr. Greg Beale afirma:

Jesús se presenta…como el « El Amén, el Testigo fiel y verdadero» porque Él quiere que los cristianos dejen de transigir y lo imiten a Él para que también sean «testigos fieles y verdaderos» fervientes. Si no prestan atención a su llamado al arrepentimiento, tendrán que enfrentarse a Él como un juez «fiel y verdadero» (19:11), que los vomitará de su boca (3:16). Si en verdad llegan a ser testigos fieles, demostrarán que son parte de la nueva creación, que se ha inaugurado en Jesús10.

Hermanos, los discípulos de Jesús son llamados, por medio de Su ejemplo, a proclamar la verdad fielmente, declarando la verdad sobre Dios y Su obra redentora en Cristo, junto con toda la enseñanza bíblica sobre muchos temas. Cristo desea que propaguemos la verdad bíblica hasta su venida. Debemos ir «por todo el mundo y [predicar] el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15). Ya que Cristo, quien es la Luz, ha ascendido al cielo, los creyentes cristianos deben «[resplandecer] como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida» (Filipenses 2:15-16). Y debemos hacer esto en presencia de personas sin interés alguno en la doctrina, y mucho menos en la doctrina verdadera.

Porque Jesús es la verdad, debemos tener integridad. La misión de Jesús era predicar la verdad, y también es la nuestra. Ahora concluiré con un punto adicional acerca de la relación que Jesús sostiene con la verdad: Él cree en la verdad. Su esperanza está en el poder irresistible de la verdad que es bendecida por Dios, y nosotros también debemos tener la misma confianza.

III. La esperanza: Jesús cree en la verdad

Explicación de la cristología

Cuando digo que Jesús cree en la verdad, quiero decir que Él tiene una santa confianza plena de que «la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos» (Hebreos 4:12), y que es inevitable que cumpla con todo Su propósito, especialmente en lo que tiene que ver con su relación a la salvación de su pueblo escogido. Escuchemos la manera en que Isaías celebra la verdad de Dios:

Porque como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá sino que riegan la tierra, haciéndola producir y germinar, dando semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié. Porque con alegría saldréis, y con paz seréis conducidos; los montes y las colinas prorrumpirán en gritos de júbilo delante de vosotros, y todos los árboles del campo batirán palmas (Isaías 55:10-12).

Jesús confía en el poder de la verdad. Con referencia a sus discípulos que iban a perseverar, dice: «y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:32). El contexto demanda que entendamos que Él se refiere a la libertad espiritual, a la libertad del pecado. En unos versículos que vienen posteriormente dice: «En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado…Así que, si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres» (Juan 8:34, 36). En otras palabras, Jesús dice con audacia santa que la verdad nos hará libres del pecado. Esta es la libertad que necesitamos más que cualquier otra, y es la libertad que más glorifica a Dios. Y por supuesto, no es la verdad sobre cualquier tema que libera a los cautivos de esta forma, sino solamente la verdad sobre Dios y su obra redentora, el evangelio de Jesucristo y las doctrinas que están relacionadas a este, revelado de forma exhaustiva en toda la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

Otra prueba de que Jesús cree en el poder de la verdad se encuentra en la oración sacerdotal que se encuentra en Juan 17. Con los discípulos en mente, Jesús hace la siguiente petición a su Padre celestial: «Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad» (versículo 17). Jesús está diciendo que la verdad es la Palabra de Dios y que específicamente es el instrumento que Él ha escogido para cumplir su soberana voluntad, es decir, la santificación de su pueblo especial, elegidos desde la fundación del mundo. «Tu palabra es verdad» significa que la Escritura es equivalente a la verdad que Jesús tiene en mente. La santificación significa que nuestro ser ha sido apartado, como fue Jesús, para el servicio santo de Dios, y la Palabra de Dios es su instrumento para cumplir este propósito espiritual en nuestras vidas. Reconozco que esto también implica la purificación de nuestros pecados, pero este no es el punto principal aquí. De nuevo, Carson es útil:

Jesús se dedica a la tarea de facilitar el reinado salvador de Dios, como el sacerdote de Dios (es decir su mediador) y profeta (es decir el que lo revela); pero el propósito de esta dedicación es que sus discípulos puedan dedicarse al mismo reinado salvador, la misma misión en el mundo (versículo 18)11.

De modo que las Escrituras revelan que Jesús está convencido del poder de la verdad. Él sabe que la Palabra de Dios propagada, preservada y predicada tiene poder para salvar a pecadores y apartarlos para el servicio santo de Dios.

Aplicación de la cristología

La aplicación es tan obvia, que no lamento el tener que explicarla con brevedad. Es la voluntad de Dios el que nosotros, como Jesús, tengamos esperanza en el poder de la Palabra de Dios. Recordemos el testimonio de Pablo a los romanos: «Ansioso estoy de anunciar el evangelio también a vosotros que estáis en Roma. Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego» (Romanos 1:15-16). También dijo: «Pues Cristo… me envió…a predicar el evangelio…Porque la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para nosotros los salvos es poder de Dios» (1 Corintios 1:17-18).

En su importante libro, Ashamed of the Gospel [Avergonzados del evangelio], John MacArthur dice: «Desafortunadamente, «avergonzados del evangelio» parecer ser más y más una descripción adecuada de algunas de las iglesias más visibles e influyentes en nuestra época»12. Existen pruebas por todos lados que corroboran esta declaración. Cuando los mensajes y los métodos fabricados por los hombres aumentan, y disminuye la predicación fiel y bíblica, entonces la confianza en el poder del evangelio mengua. Cuando desde el púlpito hay silencio en cuanto al pecado y el juicio y la gracia y la salvación y todo lo que se escucha son charlas para realzar el ego y para hacer que los incrédulos se sientan cómodos, bien podemos preguntarnos si una verdadera iglesia de Cristo aún existe.

Somos llamados a tener la misma esperanza confiada que Jesús tiene en el poder de la verdad para salvar a pecadores y edificar el reino de Dios en la tierra. Cuando esta confianza arda con una luz intensa en nuestros corazones, veremos la necedad de las alternativas que ofrece el mundo y proclamaremos fielmente todo el consejo de Dios en las Escrituras.

1Schaeffer, F. A. (1982). The complete works of Francis A. Schaeffer: a Christian worldview [La obra completa de Francis A. Schaeffer: una visión cristiana del mundo]. Westchester, Illinois: Crossway Books, Vol. 1, p. 313.
2 Vol. 1, p. 218
3Vol 4, p. 120
4Vol 2, p. 23.
5Carson, D. A. (1991). The Gospel according to John [El evangelio según Juan] 6(p. 491). Leicester, Inglaterra; Grand Rapids, MI: Inter-Varsity Press; W.B. Eerdmans.
http://dictionary.reference.com/browse/integrity (accessed 25 April 2015).
7Logos Bible Sense Lexicon [Léxico Logos del significado bíblico].
8Carson, D. A. (1991). The Gospel according to John [El evangelio según Juan]. Leicester, Inglaterra; Grand Rapids, Michigan: Inter-Varsity Press; W.B. Eerdmans, p. 594.
9Ibid.
10Beale, G. K. (1999). The book of Revelation: a commentary on the Greek text [El libro del Apocalipsis: un comentario del texto griego] (pp. 301–302). Grand Rapids, Michigan; Carlisle, Cumbria: W.B. Eerdmans; Paternoster Press.
11Ibid., p. 567.
12MacArthur, J. F., Jr. (1993). Ashamed of the gospel: when the Church becomes like the world [Avergonzados del evangelio: cuándo la Iglesia imita al mundo] (p. 19). Wheaton, Illinois: Crossway Books, p. 19.

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STANDING FIRM IN THE TRUTH: APPLIED CHRISTOLOGY IN A WORLD ADRIFT

Part 1 of 2

Warmest greetings from the Calvary Baptist Church in Exeter, New Hampshire. Let me thank my hosts, especially Pastors Piñero and Martίnez, along with the whole North Bergen church, for your gracious invitation. This is the eleventh year in a row I have had the privilege of speaking at this conference. This year, I have been asked to address the subject now entitled, “Standing Firm in the Truth: Applied Christology in a World Adrift.”

Truth is an anchor and the world is adrift. The chain was broken long ago, and ever since the Garden of Eden, the ship of society is aimless, lost, and crashing on the rocks, with the wretched consequences of incalculable misery and death.

Right in the middle of this turbulent sea which is mankind through history, a solid rock stands firm, planted in exactly the right place, the absolute reference point of existential reality, ultimate purpose, and cosmic salvation. His name is the Lord Jesus Christ, and His holy Church is attached to Him by the massive chain of implicit faith, faith in Him who is “an anchor of the soul, both sure and stedfast” (Heb 6.19). As she maintains a grip on her mighty, immutable Lord, she keeps bearing a true and faithful witness through all generations, and she shall be found at last in the safe harbor of her eternal home.

Staying anchored to Christ the Rock is one of our greatest challenges, especially today, when the global conspiracy against the truth is more interconnected than ever. Modern technology allows infernal lies to be propagated literally at the speed of light. The forces of evil arrayed against Christ and His church are increasingly organized. And this satanic cabal corrupts even pulpits and pews, as pastors and people lose their spiritual grip through intimidation and seduction.

I am deeply concerned, brethren. On every hand we find examples of worldly drift from the truth even within the Church. Basic biblical beliefs that Christians have held for two thousand years are losing bold advocates. For example, the Church has insisted that faith in Christ really is necessary for salvation, and therefore, that all adherents of non-Christian religions are perishing in their sins. Not so much anymore. Attacks on the inherent exclusivity of the Christian faith have come from the Vatican, Billy Graham, and emergent church leader Rob Bell, to name a few who claim to represent Jesus Christ in the world today. Some in the visible church are even capitulating on basic morality. The world has rapidly come to a consensus that gay is okay, and major denominations are falling like dominoes, labeling themselves benignly as “welcoming and affirming.” Few remain willing to speak forthrightly in preaching biblical chastity and the powerful gospel, offering hope for salvation not just from the guilt of sin, but from sinful lifestyles, including this perversion.

Even among true churches and within a true local church, pressures are mounting to compromise sound doctrine and holy living for all kinds of pragmatic reasons, and many are surrendering to those pressures. Now and then church members become disaffected on account of what the Puritans called “plain dealing,” straight talk to the precious souls under our pastoral care when we maintain a conscience-searching ministry of the Word of God. From fear of losing members, even good pastors are tempted to accommodate the clamor that we preach only “smooth things” (Isa 30.10).

Despite the drift in the Church, I am hopeful. I know for sure that all will be well at last. I know this because our Rock stands firm in the truth, and the Church’s anchor still holds, even in the worst of storms. I remember Paul’s words to his shipmates during the tempest called Euroclydon. After God promised him the survival of all on board, Paul said, “Wherefore, sirs, be of good cheer: for I believe God, that it shall be even as it was told me” (Acts 27.24–25).

However, like Paul in this way, too, I am compelled to exhort you. He said, “Unless these men stay in the ship, you cannot be saved” (Acts 27.31 ESV). Unless you stand firm in the truth, you will certainly perish. And so I say to you, beloved, for your eternal good and usefulness as Christ’s servants,

Stand firm in the truth like Jesus.
God helping me, I intend to lay out an applied Christology in a world adrift, especially as it relates to the theme of standing firm in the truth. Our salvation from drifting doctrinally, morally, and pastorally, has everything to do with our Christology, along with its implications for our relationship to Christ Himself. These biblical perspectives have real-world application to many problems in the Church today.

In these two messages, I would focus on the example of Christ’s Person, perspective, and ministry as our calling and our inspiration, especially as they pertain to our standing firm in the truth. Christ is our life, our pattern, and our destiny. Whoever follows Christ as Lord will stand firm in the truth like Him, and we must strive to excel in this manly virtue. That is implied in our Lord’s axiom about discipleship: “A disciple is not above his teacher, but everyone when he is fully trained will be like his teacher” (Luke 6:40 ESV). Christlikeness in our faithful witness to the truth is one of the marks that distinguishes real Christians from others, and true pastors from hirelings who see the wolf coming and run away (John 10.12). All other things being equal, the best Christians are those who stand the most firm in the truth without drifting from it, and the best preachers are those who serve it up pure without watering it down, and who can say with Paul, “I did not shrink from declaring to you the whole counsel of God” (Acts 20.27).

Let us consider the subject in two major parts. First, this morning, let us appreciate the biblical teaching about Jesus and His relationship to the truth itself. Second, in these evening’s message, we should reflect on Jesus standing firm in the truth. My approach will first be to explain something about Jesus Himself, and then to make practical applications of that to us. In other words, first I will assert a biblical Christology, and then I will apply it. Now to Part 1, Jesus and the truth.

Part 1: Jesus and the Truth

By “the truth” I mean something close to what Francis Schaeffer intended by his phrase, “true truth.” With discernment about the modern man’s mindset, he wrote,

People today live in a generation that no longer believes in the hope of truth as truth. That is why I use the term “true truth” in my books, to emphasize real truth. This is not just a tautology. It is an admission that the word truth now means something that [formerly] would not have been considered truth at all.1

And to be clear, Schaeffer is saying that people no longer believe there is such a thing as “the truth” in the old sense of the phrase when it was taken for granted that there was. Schaeffer explained that “true truth” is not “exhaustive knowledge,” but “true and unified knowledge.”2 It is a knowledge about God, about history, and about the cosmos.3 True truth is revealed in the Bible. It is propositional and it is factual.4 That is to say, True truth can be stated in words and sentences and paragraphs, and it is really true independent of general recognition or agreement. True truth is not determined by a poll, and it is not one thing for one person and something else for another. The modern mindset is deeply skeptical that such absolute and objective truth even exists, and this hinders it even from grasping the biblical truth, much less receiving it.

The first thing to say about Jesus’ own relationship to the truth is that He is the truth, and this highlights the indispensable virtue of our integrity.

I. Integrity: Jesus Is the Truth

Christology Asserted

Our Lord Jesus Christ plainly says of Himself, “I am . . . the truth” (John 14.6). This statement is nothing less than His saying that He is God in the flesh. On the night that began His Passion, Jesus said He was going to God, and Thomas asked about the way there. Jesus answered, “I am the way, the truth, and the life: no man cometh unto the Father, but by me.” D. A. Carson’s explanation of this verse is rich:

Jesus is the way to God, precisely because He is the truth of God and the life of God. Jesus is the truth, because He embodies the supreme revelation of God—He Himself ‘narrates’ God (1.18), says and does exclusively what the Father gives Him to say and do (5.19ff; 8.29), indeed He is properly called ‘God’ (1.1, 18; 20.28). He is God’s gracious self-disclosure, His ‘Word’, made flesh (1.14).5

This last verse, John 1.14, also says that Christ is “full of grace and truth.” Note this well: In His very Person, Jesus is the truth, embodies the truth, and is full of truth.

Another important biblical testimony to Jesus as the truth is John 1.9. Light is a prevalent biblical metaphor for the truth. The apostle John introduces his readers to Jesus by saying, “The true light, which gives light to everyone, was coming into the world” (ESV). Later, Jesus says the same of Himself. “I am the light of the world: he that followeth me shall not walk in darkness, but shall have the light of life” (John 8.12). He also says, “As long as I am in the world, I am the light of the world” (John 9.5).

Others saw and admitted the perfect consistency of Jesus between His Person and His message. While they may have intended it as flattery, the Pharisees said to Jesus, “Master, we know that thou art true” (Matt 22.16; Mark 12.14). The form of this statement is noteworthy. “Thou art true,” not just, “you speak truly.” It is a declaration about Jesus’ moral character, the uprightness of His spirit.

Jesus reasoned with His hearers that He was believable because, above all things, He was seeking the glory of His Father in heaven. Contrasting false teachers with Himself, Jesus said, “He that speaketh of himself seeketh his own glory: but he that seeketh his glory that sent him, the same is true, and no unrighteousness is in him” (John 7.18). This is tantamount to Jesus saying “I am true,” meaning that there was absolutely “no unrighteousness” or “falsehood” (ESV) in Him.

Now let us apply this biblical Christology to ourselves.

Christology Applied

“Integrity” is an interesting word. It developed from a word meaning “untouched” and therefore whole, not divided. From there it took on the figurative sense of an undivided heart with its innocence, blamelessness, and purity.6

None of us will ever be able to say, “I am the truth,” as Christ does, because only He is God. But we are called to strive for His perfect example of integrity and spiritual wholeness as a man of the truth, inside and out. For us, standing firm in the truth like Jesus begins with regeneration, a radical change of nature by the Holy Spirit’s gracious operation inside of us. We must be born from above by the Spirit of Christ. We also must have grace to become more “straight” and true within, to embrace more consistently for our own spiritual health the whole truth of God revealed in Scripture and exemplified by Christ. I am afraid that when some hear my challenge to “stand firm in the truth,” they only think of holding the right doctrines and proclaiming them to others, but preaching truth without being true and living truly is rank hypocrisy. Advocating the truth is worse than useless unless we are sanctified by the truth on the inside and do the truth on the outside. Jesus prayed for His disciples, “Sanctify them through thy truth: thy word is truth” (John 17.17). Jesus said, “He that doeth the truth cometh to the light, that his deeds may be manifest, that they are wrought in God” (John 3.21). There is such a thing as doing the truth, and it is indispensable for those who would stand firm in the truth. To be like Jesus, we must “exercise ourselves to have always a conscience void of offense toward God, and toward men” (Acts 24.16). Of those who aspire to the office of overseer, Scripture says they must be “blameless” or “above reproach” (1 Tim 3.1-2, AV, ESV). Otherwise they are only sorry pretenders to represent the holy Jesus to others.

Jesus is the truth, and this requires our integrity, inside and out. Now let us see how that for Jesus, truth is His mission.

II. Mission: Jesus Preaches the Truth

Christology Asserted

Consider this sweeping statement of our Lord about His guiding purpose. “For this purpose I was born and for this purpose I have come into the world—to bear witness to the truth” (John 18.37). Isn’t that an amazing thing for Him to say? His assertion is strengthened by the repetition, “for this purpose I was born and for this purpose I have come into the world,” which are basically saying the same thing. We know from this that Jesus is revealing the ultimate purpose of His earthly ministry, the mission He had received from God.

A single Greek verb is here translated, “to bear witness,” or in some translations, “testify.” It is the word μαρτυρέω (martyreō) from which we get the English word “martyr” that means one who is killed because of his religious testimony. Martyreō means “to solemnly assert something, offering firsthand authentication of the fact; often concerning grave or important matters.”7 Here, it references Jesus’ active testimony to “the truth,” which in this context is clearly religious and means “nothing less than the self-disclosure of God in His Son, who is the truth (14:6),” as Carson explained.8 The occasion of Jesus’ statement is Pilate asking Him if He was a King. His answer implies that “His kingdom is a kingdom of truth,” and that “disclosing the truth of God, of salvation and of judgment, was the principal way of making subjects, of exercising His saving kingship.”9

This is not to minimize the central importance of Jesus’ atoning sacrifice on the cross in His mission. He also came into the world “to give his life a ransom for many” (Matt 20.28), but Jesus’ crucifixion was part of His larger mission from His Father to bear witness to the truth. He bore witness not just by His preaching, but also by His death.

The Lord Jesus Christ supremely holds the office and fulfills the role of a prophet. We must appreciate this to understand His ministry. The prophetic function, biblically defined, is faithfully to relay divine revelation to people, adding nothing and taking nothing away (Deut 4.2; Prov 30.6; Jer 26.2; Rev 22.18–19). Fidelity to the very words received from God is absolutely required. Conceptually, a prophet stands with his back to God and his face to the hearers, and thus he proclaims the word of the Lord, representing God to people. A priest exercises the opposite function, representing people to God, and Jesus also holds that office supremely.

Jesus stressed His faithfulness as a prophet in His strict fidelity to the truth He received from God. He accused the Pharisees this way: “Now you seek to kill me, a man who has told you the truth that I heard from God” (John 8.40 ESV). He told His disciples, “All things that I have heard of my Father I have made known unto you” (John 15.15). This is all the more impressive when it is coupled with His denial that He did anything by His own authority apart from His Father. “When ye have lifted up the Son of man, then shall ye know that I am he, and that I do nothing of myself; but as my Father hath taught me, I speak these things” (John 8.28).

What was Jesus’ relationship with the truth? Simply put, He told the truth, the whole truth, and nothing but the truth! People said this about Him: “[You] teach the way of God truthfully” (Matt 22.16 ESV). The spirit of Christ was alive and well in the faithful prophet Micaiah. When he was urged to give a similar message as the false prophets, he replied, “As the LORD liveth, what the LORD saith unto me, that will I speak” (2 Kings 22.14).

Christology Applied

Like Jesus, truth-telling is our mission, and this requires faithfully testifying to the truth like Jesus did. This is what true prophets have done from the beginning of the world. Jesus said of John the Baptist, “There is another who bears witness about me, and I know that the testimony that he bears about me is true. You sent to John, and he has borne witness to the truth” (John 5.32–33 ESV). John the apostle said the same thing about himself: “He who saw it [Jesus’ death on the cross] has borne witness—his testimony is true, and he knows that he is telling the truth—that you also may believe” (John 19.35). Probably referring to the whole Gospel he wrote, the apostle John identified himself in these words, “This is the disciple who is bearing witness about these things, and who has written these things, and we know that his testimony is true” (John 21.24 ESV).

During His earthly ministry, Jesus announced that after His ascension, He would send “the Spirit of truth” to abide with His disciples forever (John 14.16–17). The Holy Spirit powerfully indwells the true Church and this accounts for her essential fidelity to the truth through the centuries.

In the last book of the Bible, our glorified Lord is revealed to be “the faithful witness” (Rev 1.5), and, “the faithful and true witness” (Rev 3.14). And one of the greatest concerns Jesus expresses to His churches is that they be witnesses to the truth as He is. Dr. Greg Beale says,

Jesus introduces Himself . . . as “the Amen, the faithful and true witness” because He wants [Christians] to stop compromising and emulate Him so that they will also be zealous “faithful and true witnesses.” If they do not heed His warning to repent, they will face Him as a “faithful and true” judge (19.11), who will vomit them out (3:16). If they do become faithful witnesses, they also will show themselves to be a part of the new creation, which has been inaugurated in Jesus.10

Brethren, followers of Jesus are called by His example to be faithful truth-tellers, declaring the truth about God and His redeeming work in Christ, along with the whole biblical teaching on many topics. Christ wants us to propagate biblical truth until He comes. We must “go into all the world and proclaim the gospel to the whole creation” (Mark 16.15 ESV). Now that Christ the Light has gone to heaven, Christian believers “shine as lights in the world; holding forth the word of life” (Phil 2.15–16). And we must do this before people who don’t care about doctrine at all, much less true doctrine.

Because Jesus is the truth, we must have integrity. Jesus’ mission was to preach the truth, and ours is, too. Now I will conclude with one more point about Jesus’ relationship to the truth: He believes in the truth. His hope is the irresistible power of the truth with God’s blessing, and we must have the same confidence.

III. Hope: Jesus Believes in the Truth

Christology Asserted

When I say Jesus believes in the truth, I mean that He has all holy confidence that “the word of God is living and active, sharper than any two-edged sword” (Heb 4.12 ESV), and that it is bound to accomplish everything He intends, especially as it relates to the salvation of His chosen people. Listen to how Isaiah celebrated God’s truth:

For as the rain and the snow come down from heaven and do not return there but water the earth, making it bring forth and sprout, giving seed to the sower and bread to the eater, so shall my word be that goes out from my mouth; it shall not return to me empty, but it shall accomplish that which I purpose, and shall succeed in the thing for which I sent it. For you shall go out in joy and be led forth in peace; the mountains and the hills before you shall break forth into singing, and all the trees of the field shall clap their hands. (Isa 55.10–12 ESV).

Jesus is confident about power of the truth. Referring to His disciples who would persevere, He said, “And ye shall know the truth, and the truth shall make you free” (John 8.32). The context demands that we understand He is talking about spiritual freedom, that is, freedom from sin. A few verses later, He said, “Truly, truly, I say to you, everyone who practices sin is a slave to sin. . . . So if the Son sets you free, you will be free indeed” (John 8.34, 36 ESV). In other words, Jesus says with holy boldness, the truth shall make you free from sin. That is the freedom we need more than any other freedom, and that is the freedom that most glorifies God. And of course not just any truth about anything sets captives free this way, but only the truth about God and His redeeming work, the gospel of Jesus Christ with its related doctrines, comprehensively revealed in the whole Bible from Genesis to Revelation.

Another evidence that Jesus believes in the power of the truth is found in His high priestly prayer of John 17. With His disciples in mind, Jesus made this petition to His heavenly Father: “Sanctify them through thy truth: thy word is truth” (v. 17). Jesus is saying that the truth is God’s Word, and that it specifically is His chosen instrument to accomplish His sovereign purpose, namely, the sanctification of His own special people, elect from the foundation of the world. “Thy word is truth” is an equation of Scripture with the truth Jesus has in mind. Sanctification is our being set apart, as Jesus was, for God’s holy service, and the Word of God is His means to accomplish that spiritual purpose in our lives. I admit that this also involves purification from our sins, but that is not the main point here. Again, Carson is helpful:

Jesus dedicates Himself to the task of bringing in God’s saving reign, as God’s priest (i.e. His mediator) and prophet (i.e. revealer); but the purpose of this dedication is that His followers may dedicate themselves to the same saving reign, the same mission to the world (v. 18).11

So Scripture reveals that Jesus believed in power of the truth. He knew that God’s Word propagated, preserved, and preached has power to save sinners and set them apart for God’s holy service.

Christology Applied

The application is so obvious, I do not regret that it must be stated briefly. It is the will of God that we, like Jesus, have hope in the power of God’s Word. Remember Paul’s testimony in Romans, “So I am eager to preach the gospel to you also who are in Rome. For I am not ashamed of the gospel, for it is the power of God for salvation to everyone who believes, to the Jew first and also to the Greek” (Rom 1.15–16 ESV). He also said, “Christ sent me . . . to preach the gospel. . . . For the preaching of the cross is to them that perish foolishness; but unto us which are saved it is the power of God” (1 Cor 1.17-18).

In his important book Ashamed of the Gospel, John MacArthur noted, “Unfortunately, ‘ashamed of the gospel’ seems more and more apt as a description of some of the most visible and influential churches of our age.”12 Supporting evidence is everywhere. When manmade messages and methods increase, and faithful, biblical preaching decreases, hope in the power of truth is waning. Where a pulpit is silent about sin and judgment and grace and salvation and you hear feel-good talks to make unbelievers feel comfortable, we may well wonder if a true church of Christ even exists.

We are called to have the same confident hope Jesus has in the power of the truth to save sinners and build God’s kingdom on earth. When that hope burns brightly in our hearts, we will see the folly of worldly substitutes and faithfully proclaim the whole counsel of God in Scripture.

Notes:

1 Schaeffer, F. A. (1982). The complete works of Francis A. Schaeffer: a Christian worldview. Westchester, IL: Crossway Books, Vol. 1, p. 313.
2 Vol. 1, p. 218.
3 Vol 4, p. 120.
4 Vol 2, p. 23.
5 Carson, D. A. (1991). The Gospel according to John (p. 491). Leicester, England; Grand Rapids, MI: Inter-Varsity Press; W.B. Eerdmans.
6 http://dictionary.reference.com/browse/integrity (accessed 25 April 2015).
7 Logos Bible Sense Lexicon.
8 Carson, D. A. (1991). The Gospel according to John. Leicester, England; Grand Rapids, MI: Inter-Varsity Press; W.B. Eerdmans, p. 594.
9 Ibid.
10 Beale, G. K. (1999). The book of Revelation: a commentary on the Greek text (pp. 301–302). Grand Rapids, MI; Carlisle, Cumbria: W.B. Eerdmans; Paternoster Press.
11 Ibid., p. 567.
12 MacArthur, J. F., Jr. (1993). Ashamed of the gospel: when the Church becomes like the world (p. 19). Wheaton, IL: Crossway Books, p. 19.

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2015 Pastors’ Conference | Standing Firm (1)

Permaneced firmes en la verdad I

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Permaneced firmes en la verdad: la cristología aplicada en un mundo que está a la deriva

Parte 1 de 2

Reciban un cordial saludo de Calvary Baptist Church en Exeter, New Hampshire. Quiero dar las gracias a los anfitriones, en especial al pastor Piñero y al pastor Martínez, así como a toda la iglesia de North Bergen, por su cortés invitación. Este es el undécimo año que tengo el privilegio de hablar en esta conferencia. Este año, se me ha pedido que trate el tema que he titulado: «Permaneciendo firmes en la verdad: la cristología aplicada a un mundo que está a la deriva».

La verdad es un ancla y el mundo está a la deriva. La cadena se rompió hace mucho tiempo, y desde el Jardín del Edén, la nave de la sociedad está sin rumbo, perdida, se estrella sobre las rocas y las consecuencias son miseria incalculable y muerte.

Justo en medio de este mar turbulento que es la humanidad a través de la historia hay una roca que permanece firme, arraigada en el lugar exacto que le corresponde, el punto de referencia absoluto para la realidad existencial, para el propósito fundamental, para la salvación cósmica. Su nombre es el Señor Jesucristo y su Iglesia santa está atada a Él por medio de la cadena maciza de la fe absoluta, fe en Aquel que es el «ancla del alma, una esperanza segura y firme» (Hebreos 6:19). Mientras la Iglesia se mantenga adherida al Señor fuerte e inmutable, seguirá dando un testimonio fiel y verdadero a través de todas las generaciones y en última instancia llegará al puerto seguro de su morada eterna.

El mantenernos aferrados a Cristo, nuestra roca, es uno de nuestros retos más difíciles, especialmente hoy en día, cuando la conspiración global en contra de la verdad está más interconectada que nunca. La tecnología moderna permite que las mentiras infernales se propaguen literalmente a la velocidad de la luz. Las fuerzas del mal que están listas para batallar contra Cristo y su Iglesia están cada vez más organizadas. Y, esta camarilla satánica llega a corromper hasta los púlpitos y los bancos de la iglesia, en tanto que los pastores y el pueblo pierden su sensibilidad espiritual a través de la intimidación y la seducción.

Hermanos, estoy profundamente preocupado. En todos lados encontramos ejemplos de una desviación mundana de la verdad aun dentro de la Iglesia. Las creencias básicas que los cristianos han sostenido por dos mil años están perdiendo a sus defensores más audaces. Por ejemplo, la Iglesia ha hecho hincapié en que la fe en Cristo es realmente necesaria para la salvación, y por lo tanto, todos los que se adhieren a las religiones no cristianas perecen en sus pecados. Ya las cosas están cambiando. La exclusividad inherente de la fe cristiana ha sido atacada por el Vaticano, Billy Graham, y Rob Bell (un líder de la iglesia emergente), para nombrar unos pocos que pretenden representar a Jesucristo en el mundo de hoy. Algunos que forman parte de la iglesia visible hasta están cediendo en lo que respecta a la moralidad básica. El mundo ha llegado rápidamente a la conclusión de que no hay nada de malo con ser homosexual y las grandes denominaciones están cayendo como piezas de dominó, adoptando la etiqueta benevolente de «abierta y acogedora». Hay pocos que todavía están dispuestos a hablar francamente por medio de la predicación sobre la pureza bíblica y el poder del evangelio, a presentar la esperanza de ser salvos, no solo de la culpa del pecado, sino de los estilos de vida pecaminosos, incluida esta perversión.

Aun entre las iglesias verdaderas y dentro de una iglesia local fiel, aumentan las presiones para transigir con respecto a la sana doctrina y una vida de santidad por todo tipo de razones pragmáticas y hay muchos que están cediendo antes estas presiones. De vez en cuando, aquellos que son miembros de alguna iglesia se desencantan como resultado de lo que los puritanos llamaban el «hablar claro», el hablar de forma directa a las almas amadas que están bajo nuestro cuidado pastoral cuando sostenemos un ministerio de la Palabra de Dios que escudriña las consciencias. Por causa del temor a perder miembros de su iglesia, incluso hasta los pastores fieles sienten la tentación de ceder ante el clamor por la predicación que se centra solo en las «palabras agradables» (Isaías 30:10).

A pesar de la desviación que hay en la Iglesia, tengo esperanza. Sé a ciencia cierta que al final todo terminará bien. Lo sé porque nuestra Roca está firme en la verdad y el ancla de la Iglesia aún permanece, hasta en la peor tormenta. Recuerdo las palabras de Pablo a sus compañeros de viaje en medio de la tempestad llamada Euroclidón. Después que Dios le había prometido que todos los que estaban a bordo del barco sobrevivirían, Pablo afirmó: «Por tanto, tened buen ánimo amigos, porque yo confío en Dios, que acontecerá exactamente como se me dijo» (Hechos 27:24-25).
Sin embargo, así como Pablo, me veo obligado a exhortarles. Él dijo: «Si éstos no permanecen en la nave, vosotros no podréis salvaros» (Hechos 27:31). A menos que permanezcamos firmes en la verdad, ciertamente pereceremos. De manera que les digo a ustedes, amados hermanos, para su bien eterno y utilidad como siervos de Cristo:

Permanezcamos firmes en la verdad cómo Jesús.

Con la ayuda de Dios, mi propósito es trazar una cristología aplicada en un mundo inestable, especialmente en lo que tiene que ver con el tema de permanecer firmes en la verdad. Nuestra salvación del desvío doctrinal, moral y pastoral está relacionada con nuestra cristología, junto con sus implicaciones en cuanto a nuestra relación con Cristo. Estas perspectivas bíblicas tienen aplicaciones prácticas para muchos de los problemas en la Iglesia de hoy.

En estos dos mensajes, mi propósito es enfocarme en el ejemplo, la perspectiva y el ministerio de la persona de Cristo como nuestro llamado e inspiración, especialmente en la relación que sostiene con el hecho de que permanezcamos firmes en la verdad. Cristo es nuestra vida, nuestro patrón, nuestro destino. Todo el que siga a Cristo como Señor permanecerá firme en la verdad como Él y debemos esforzarnos por sobresalir con respecto a esta virtud varonil. Esto queda implícito en el axioma del Señor sobre el discipulado: «Un discípulo no está por encima de su maestro; mas todo discípulo, después de que se ha preparado bien, será como su maestro». El ser semejantes a Cristo por medio de un testimonio fiel de la verdad es una de las marcas que distingue a los verdaderos cristianos de los demás y al verdadero pastor del asalariado que «ve venir al lobo y abandona las ovejas» (Juan 10:12). En igualdad de condiciones, los mejores cristianos son aquellos que permanecen más firmes en la verdad sin desviarse de esta, y los mejores predicadores son aquellos que presentan la verdad pura, sin diluirla, y que pueden decir como Pablo: «No rehuí declarar a vosotros todo el propósito de Dios» (Hechos 20:27).

Consideremos el tema en dos partes principales. En primer lugar, en esta mañana, apreciemos la enseñanza bíblica de Jesús y la relación que Él tenía con la verdad. En segundo lugar, en el mensaje de esta noche, vamos a reflexionar sobre la manera en que Jesús permanece firme en la verdad. Mi método será primero explicar acerca del mismo Jesús y después hacer unas aplicaciones prácticas de esa enseñanza para nosotros. En otras palabras, primero afirmaré la cristología bíblica y después la aplicaré a nosotros. Ahora, sigamos a la primera parte: Jesús y la verdad.

Parte 1: Jesús y la verdad

Cuando utilizo la frase «la verdad» me refiero a algo que se aproxima a lo que Francis Schaeffer quería decir con la frase: «la verdad verdadera». Escribe con perspicacia sobre la mentalidad del hombre moderno:

«Hoy en día la gente vive en una generación que ya no cree en la esperanza de la verdad como verdadera. Es por esta razón que empleó la expresión «la verdad verdadera» en mis libros, para enfatizar la verdad real. Esto no es una tautología sino que reconozco que en la actualidad la palabra «verdad» significa algo que [en otros tiempos] de ningún modo se hubiera considerado como la verdad1

Y para que quede claro, lo que Schaeffer afirma es que la gente ya no cree que existe algo semejante a «la verdad» así como se entendía en el pasado cuando se daba por sentado que sí existía. Schaeffer explicó que la «verdadera verdad» no es el equivalente a un «conocimiento exhaustivo», sino a un «conocimiento verdadero y unificado»2. Es un conocimiento acerca de Dios, la historia y el cosmos3. La verdad verdadera se revela en la Biblia. Está compuesta de proposiciones y es factual4. Es decir, podemos expresar la verdad verdadera por medio de palabras y frases y párrafos e, independientemente de si goza del reconocimiento o la aprobación general, en realidad permanece verdadera. La verdad verdadera no es algo que se determina por medio de una encuesta y no es esto para una persona y aquello para la otra. La mentalidad moderna alberga un escepticismo profundo en cuanto a la existencia misma de tal verdad absoluta y objetiva, y esto impide que pueda comprender, y aún menos, aceptar, la verdad bíblica.

Lo primero que debemos decir acerca de la relación que Jesús sostiene con la verdad es que Él es la verdad y esto subraya la virtud indispensable de nuestra integridad.

I. Integridad: Jesús es la verdad

Explicación de la cristología

Nuestro Señor Jesucristo dice claramente de sí mismo: «Yo soy…la verdad» (Juan 14:6). Esta declaración no es nada menos que una afirmación de que Él es el Dios encarnado. En la noche en la que comenzó su pasión, Jesús dijo que iría al Padre y Tomás le preguntó acerca del camino hacia Él. Jesús le respondió: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí». La explicación que D.A. Carson da de este versículo es sustanciosa:

Jesús es el camino a Dios, precisamente porque Él es la verdad de Dios y la vida de Dios. Jesús es la verdad porque Él es la encarnación de la revelación suprema de Dios—El mismo Jesús es el camino a Dios, precisamente porque Él es la verdad de Dios y la vida de Dios. Jesús es la verdad porque Él es la encarnación de la revelación suprema de Dios—Él mismo es el «narrador» de Dios (1.18), dice y hace exclusivamente lo que el Padre le da para que haga y diga (5.19ff; 8.29), de hecho, su nombre apropiado es «Dios» (1.1, 18; 20.28). Él es la revelación compasiva que Dios hace de su persona, Su «Palabra» hecha carne (1.14)5

Este último versículo que he citado, Juan 1:14, también afirma que Cristo está «lleno de gracia y de verdad». Prestemos atención especial a lo siguiente y es que Jesús, en su persona, es la encarnación de la verdad y está lleno de la verdad.

Otro testimonio bíblico importante acerca de Jesús como la verdad es Juan 1:9. La luz es una metáfora de la verdad que predomina en la Biblia. Cuando el apóstol Juan primero habla de Jesús a sus lectores lo hace diciendo: «La luz verdadera que, al venir al mundo, alumbra a todo hombre». Después, Jesús dice lo mismo de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8:12). También dice: «Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo» (Juan 9:5).

Los que lo rodeaban presenciaron y reconocieron la consecuencia perfecta que existe entre la persona y el mensaje de Jesús. Aunque puede ser que solo intentaban adularlo, los fariseos le dijeron a Jesús: «Maestro, sabemos que eres veraz» (Mateo 22:16; Marcos 12:14). La forma de este enunciado merece nuestra atención. Dijeron «eres veraz» y no solamente «hablas con veracidad». Es una declaración acerca del carácter moral de Jesús, su rectitud de espíritu.

El argumento que Jesús le presentó a sus oyentes era que podían creer en Él porque, sobre todas las cosas, Él buscaba la gloria de su Padre en los cielos. Hace un contraste entre los falsos maestros y su persona, diciendo: «El que habla de sí mismo busca su propia gloria; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero y no hay injusticia en Él» (Juan 7:18). Esto equivale a que Jesús diga «Yo soy verdadero», en el sentido de que no hay absolutamente nada de «injusticia» o «mentira» en Él.

Ahora, apliquemos esta cristología bíblica a nuestras personas.

Aplicación de la cristología

La «integridad» es una palabra interesante. Viene de una palabra que significa «intacto» y por
consiguiente, algo que está entero, sin dividir. De ahí se le ha añadido el sentido metafórico de un corazón recto que es inocente, irreprochable y puro6.

Ninguno de nosotros podrá decir jamás: «Yo soy la verdad», como lo hace Cristo, porque solamente Él es Dios. Pero se nos llama a esforzarnos por causa de su ejemplo perfecto de integridad y pureza como un hombre de la verdad, por fuera y por dentro. Para nosotros, el permanecer firmes en la verdad como Jesús comienza con la regeneración, un cambio radical de naturaleza por medio de la obra misericordiosa del Espíritu Santo en nuestro interior. Debemos nacer de nuevo por el Espíritu de Cristo. También necesitamos la gracia para llegar a ser más «rectos» y fieles en nuestro interior, para aceptar de manera más consecuente y para nuestra propia salud espiritual, toda la verdad de Dios que se revela en las Escrituras y que se ve ejemplificada en Cristo. Me temo que cuando algunos escuchen el reto que les hago de «permanecer firmes en la verdad», pensarán que solo me refiero a sostener las doctrinas correctas y proclamarlas a los demás, pero el predicar la verdad sin ser fieles y vivir fielmente no es nada sino pura hipocresía. Defender la verdad es peor que inútil a menos que seamos santificados por la verdad por dentro y nos comportemos conforme a la verdad por fuera. Jesús hizo la siguiente oración a favor de sus discípulos:

«Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad» (Juan 17:17). Él afirmó: «Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que sus acciones sean manifestadas que han sido hechas en Dios» (Juan 3:21). Existe lo que se llama el «obrar fielmente» y es indispensable para aquellos que desean permanecer firmes en la verdad. Para ser como Jesús, tenemos que esforzarnos «por conservar siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres» (Hechos 24:16). Las Escrituras dicen que los que aspiran al oficio de obispo deben ser «irreprochables» o «irreprensibles» (1 Timoteo 3:1-2, LBLA, RVR 1960). De lo contrario, tan solo hacen un pobre esfuerzo por representar al santo Jesús ante los demás.

Jesús es la verdad y esto requiere integridad, por dentro y por fuera. Ahora, veamos que para Jesús, la verdad es su misión.

II. Misión: Jesús predica la verdad

Explicación de la cristología

Consideremos la declaración profunda de nuestro Señor en cuanto al principio por el que se guiaba: «Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Juan 18:37). ¿No es esta una declaración asombrosa? La repetición intensifica su afirmación: «Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo», las dos frases son básicamente iguales. Aquí vemos que Jesús revela el fin principal de su ministerio terrenal, la misión que había recibido de Dios.

Aquí hay un verbo griego que se traduce como «dar testimonio», o en algunas traducciones como «testificar». Es la palabra μαρτυρέω (martyreō) de la cual obtenemos la palabra en español para «mártir», que significa alguien que muere por causa de su testimonio religioso. La palabra martyreō significa «hacer una afirmación solemne de algo, ofreciendo pruebas de primera mano sobre el hecho, y a menudo sobre asuntos graves o importantes»7. Aquí se hace referencia al testimonio activo de Jesús de «la verdad», que en este contexto es claramente religiosa y significa «nada menos que la auto-revelación de Dios en Su Hijo, quien es la verdad (14:6)», como explica Carson8. La ocasión en la cual Jesús hace esta declaración es en la que Pilato le pregunta si Él es un rey. Su respuesta implica que «Su reino es un reino de la verdad» y que «revelar la verdad de Dios, de la salvación y del juicio, era la manera principal de hacer súbditos, de ejercitar su reinado de salvación»9.

No digo esto para minimizar la importancia central del sacrificio expiatorio que Jesús llevó a cabo en la cruz como parte de su misión. También vino al mundo «para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28), pero la crucifixión de Jesús era parte de la misión más amplia que tenía de parte del Padre de dar testimonio de la verdad. El dio testimonio no solamente por medio de su predicación sino también por su muerte.

El Señor Jesucristo ejerce la función y desempeña el papel de un profeta de forma perfecta. Debemos comprender esto si hemos de entender su ministerio. La función profética, conforme a su definición bíblica, es el comunicar fielmente al pueblo la revelación divina, sin añadir y sin quitar nada (Deuteronomio 4:2; Proverbios 30:6; Jeremías 26:2; Apocalipsis 22:18-19). La fidelidad a las palabras mismas que se reciben de Dios es un requisito absoluto. El concepto es el de un profeta que está de pie, de espaldas a Dios y de frente a sus oyentes, y que de esta manera proclama la Palabra del Señor, como representante de Dios al pueblo. Un sacerdote desempeña la función opuesta, como representante del pueblo a Dios, y Jesús es el que también ocupa este puesto de forma perfecta.

Jesús enfatizó su fidelidad como profeta que se adhiere fielmente a la verdad que recibe de Dios. Acusó a los fariseos de la siguiente manera: «Pero ahora procuráis matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios. Esto no lo hizo Abraham» (Juan 8:40). Él le dice a sus discípulos: «os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre» (Juan 15:15). Esto es aún más impresionante cuando se considera junto con su afirmación de que no hacía nada por su propia autoridad aparte del Padre: «Cuando levantéis al Hijo del Hombre, entonces sabréis que yo soy y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo estas cosas como el Padre me enseñó» (Juan 8:28).

¿Cuál era la relación que Jesús sostenía con la verdad? Sencillamente, decía la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. La gente decía lo siguiente acerca de Él: «Enseñas el camino de Dios con verdad» (Mateo 22:16). El espíritu de Cristo estaba vivo y sano en ese profeta fiel, Micaías. Cuando se le instó a dar un mensaje similar a los falsos profetas, su respuesta fue la siguiente: «Vive el Señor que lo que el Señor me diga, eso hablaré» (1 Reyes 22:14).
Aplicación de la cristología

Al igual que Jesús, el comunicar la verdad es nuestra misión, y esto requiere que testifiquemos fielmente de la verdad como lo hizo Jesús. Esto es lo que han hecho los verdaderos profetas desde el principio del mundo. Jesús dijo acerca de Juan el Bautista: «Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que el testimonio que da de mí es verdadero. Vosotros habéis enviado a preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad» (Juan 5:32-33). Juan el apóstol dijo lo mismo acerca de sí mismo: «Y el que lo ha visto [la muerte de Jesús en la cruz] ha dado testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad, para que vosotros también creáis» (Juan 19:35). El apóstol Juan probablemente se refería a todo el evangelio que había escrito cuando se presentó de la siguiente manera: «Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y el que escribió esto, y sabemos que su testimonio es verdadero» (Juan 21:24).

Durante su ministerio terrenal, Jesús anunció que después de su ascensión, mandaría el «Espíritu de verdad» para que habitara con sus discípulos siempre (Juan 14:16-17). El Espíritu Santo mora en la verdadera Iglesia poderosamente y por esta razón ella ha sido esencialmente fiel a la verdad a través de los siglos.

En el último libro de la Biblia, nuestro Señor glorificado se revela como «el testigo fiel» (Apocalipsis 1:5) y «el Testigo fiel y verdadero» (Apocalipsis 3:14). Y una de las preocupaciones principales que Jesús expresa a sus iglesias es que deben ser testigos de la verdad como Él lo es.

El Dr. Greg Beale afirma:

Jesús se presenta…como el « El Amén, el Testigo fiel y verdadero» porque Él quiere que los cristianos dejen de transigir y lo imiten a Él para que también sean «testigos fieles y verdaderos» fervientes. Si no prestan atención a su llamado al arrepentimiento, tendrán que enfrentarse a Él como un juez «fiel y verdadero» (19:11), que los vomitará de su boca (3:16). Si en verdad llegan a ser testigos fieles, demostrarán que son parte de la nueva creación, que se ha inaugurado en Jesús10.

Hermanos, los discípulos de Jesús son llamados, por medio de Su ejemplo, a proclamar la verdad fielmente, declarando la verdad sobre Dios y Su obra redentora en Cristo, junto con toda la enseñanza bíblica sobre muchos temas. Cristo desea que propaguemos la verdad bíblica hasta su venida. Debemos ir «por todo el mundo y [predicar] el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15). Ya que Cristo, quien es la Luz, ha ascendido al cielo, los creyentes cristianos deben «[resplandecer] como luminares en el mundo; asidos de la palabra de vida» (Filipenses 2:15-16). Y debemos hacer esto en presencia de personas sin interés alguno en la doctrina, y mucho menos en la doctrina verdadera.

Porque Jesús es la verdad, debemos tener integridad. La misión de Jesús era predicar la verdad, y también es la nuestra. Ahora concluiré con un punto adicional acerca de la relación que Jesús sostiene con la verdad: Él cree en la verdad. Su esperanza está en el poder irresistible de la verdad que es bendecida por Dios, y nosotros también debemos tener la misma confianza.

III. La esperanza: Jesús cree en la verdad

Explicación de la cristología

Cuando digo que Jesús cree en la verdad, quiero decir que Él tiene una santa confianza plena de que «la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos» (Hebreos 4:12), y que es inevitable que cumpla con todo Su propósito, especialmente en lo que tiene que ver con su relación a la salvación de su pueblo escogido. Escuchemos la manera en que Isaías celebra la verdad de Dios:

Porque como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá sino que riegan la tierra, haciéndola producir y germinar, dando semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié. Porque con alegría saldréis, y con paz seréis conducidos; los montes y las colinas prorrumpirán en gritos de júbilo delante de vosotros, y todos los árboles del campo batirán palmas (Isaías 55:10-12).

Jesús confía en el poder de la verdad. Con referencia a sus discípulos que iban a perseverar, dice: «y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:32). El contexto demanda que entendamos que Él se refiere a la libertad espiritual, a la libertad del pecado. En unos versículos que vienen posteriormente dice: «En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado…Así que, si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres» (Juan 8:34, 36). En otras palabras, Jesús dice con audacia santa que la verdad nos hará libres del pecado. Esta es la libertad que necesitamos más que cualquier otra, y es la libertad que más glorifica a Dios. Y por supuesto, no es la verdad sobre cualquier tema que libera a los cautivos de esta forma, sino solamente la verdad sobre Dios y su obra redentora, el evangelio de Jesucristo y las doctrinas que están relacionadas a este, revelado de forma exhaustiva en toda la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

Otra prueba de que Jesús cree en el poder de la verdad se encuentra en la oración sacerdotal que se encuentra en Juan 17. Con los discípulos en mente, Jesús hace la siguiente petición a su Padre celestial: «Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad» (versículo 17). Jesús está diciendo que la verdad es la Palabra de Dios y que específicamente es el instrumento que Él ha escogido para cumplir su soberana voluntad, es decir, la santificación de su pueblo especial, elegidos desde la fundación del mundo. «Tu palabra es verdad» significa que la Escritura es equivalente a la verdad que Jesús tiene en mente. La santificación significa que nuestro ser ha sido apartado, como fue Jesús, para el servicio santo de Dios, y la Palabra de Dios es su instrumento para cumplir este propósito espiritual en nuestras vidas. Reconozco que esto también implica la purificación de nuestros pecados, pero este no es el punto principal aquí. De nuevo, Carson es útil:

Jesús se dedica a la tarea de facilitar el reinado salvador de Dios, como el sacerdote de Dios (es decir su mediador) y profeta (es decir el que lo revela); pero el propósito de esta dedicación es que sus discípulos puedan dedicarse al mismo reinado salvador, la misma misión en el mundo (versículo 18)11.

De modo que las Escrituras revelan que Jesús está convencido del poder de la verdad. Él sabe que la Palabra de Dios propagada, preservada y predicada tiene poder para salvar a pecadores y apartarlos para el servicio santo de Dios.

Aplicación de la cristología

La aplicación es tan obvia, que no lamento el tener que explicarla con brevedad. Es la voluntad de Dios el que nosotros, como Jesús, tengamos esperanza en el poder de la Palabra de Dios. Recordemos el testimonio de Pablo a los romanos: «Ansioso estoy de anunciar el evangelio también a vosotros que estáis en Roma. Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego» (Romanos 1:15-16). También dijo: «Pues Cristo… me envió…a predicar el evangelio…Porque la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para nosotros los salvos es poder de Dios» (1 Corintios 1:17-18).

En su importante libro, Ashamed of the Gospel [Avergonzados del evangelio], John MacArthur dice: «Desafortunadamente, «avergonzados del evangelio» parecer ser más y más una descripción adecuada de algunas de las iglesias más visibles e influyentes en nuestra época»12. Existen pruebas por todos lados que corroboran esta declaración. Cuando los mensajes y los métodos fabricados por los hombres aumentan, y disminuye la predicación fiel y bíblica, entonces la confianza en el poder del evangelio mengua. Cuando desde el púlpito hay silencio en cuanto al pecado y el juicio y la gracia y la salvación y todo lo que se escucha son charlas para realzar el ego y para hacer que los incrédulos se sientan cómodos, bien podemos preguntarnos si una verdadera iglesia de Cristo aún existe.

Somos llamados a tener la misma esperanza confiada que Jesús tiene en el poder de la verdad para salvar a pecadores y edificar el reino de Dios en la tierra. Cuando esta confianza arda con una luz intensa en nuestros corazones, veremos la necedad de las alternativas que ofrece el mundo y proclamaremos fielmente todo el consejo de Dios en las Escrituras.

1Schaeffer, F. A. (1982). The complete works of Francis A. Schaeffer: a Christian worldview [La obra completa de Francis A. Schaeffer: una visión cristiana del mundo]. Westchester, Illinois: Crossway Books, Vol. 1, p. 313.
2 Vol. 1, p. 218
3Vol 4, p. 120
4Vol 2, p. 23.
5Carson, D. A. (1991). The Gospel according to John [El evangelio según Juan] 6(p. 491). Leicester, Inglaterra; Grand Rapids, MI: Inter-Varsity Press; W.B. Eerdmans.
http://dictionary.reference.com/browse/integrity (accessed 25 April 2015).
7Logos Bible Sense Lexicon [Léxico Logos del significado bíblico].
8Carson, D. A. (1991). The Gospel according to John [El evangelio según Juan]. Leicester, Inglaterra; Grand Rapids, Michigan: Inter-Varsity Press; W.B. Eerdmans, p. 594.
9Ibid.
10Beale, G. K. (1999). The book of Revelation: a commentary on the Greek text [El libro del Apocalipsis: un comentario del texto griego] (pp. 301–302). Grand Rapids, Michigan; Carlisle, Cumbria: W.B. Eerdmans; Paternoster Press.
11Ibid., p. 567.
12MacArthur, J. F., Jr. (1993). Ashamed of the gospel: when the Church becomes like the world [Avergonzados del evangelio: cuándo la Iglesia imita al mundo] (p. 19). Wheaton, Illinois: Crossway Books, p. 19.

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STANDING FIRM IN THE TRUTH: APPLIED CHRISTOLOGY IN A WORLD ADRIFT

Part 1 of 2

Warmest greetings from the Calvary Baptist Church in Exeter, New Hampshire. Let me thank my hosts, especially Pastors Piñero and Martίnez, along with the whole North Bergen church, for your gracious invitation. This is the eleventh year in a row I have had the privilege of speaking at this conference. This year, I have been asked to address the subject now entitled, “Standing Firm in the Truth: Applied Christology in a World Adrift.”

Truth is an anchor and the world is adrift. The chain was broken long ago, and ever since the Garden of Eden, the ship of society is aimless, lost, and crashing on the rocks, with the wretched consequences of incalculable misery and death.

Right in the middle of this turbulent sea which is mankind through history, a solid rock stands firm, planted in exactly the right place, the absolute reference point of existential reality, ultimate purpose, and cosmic salvation. His name is the Lord Jesus Christ, and His holy Church is attached to Him by the massive chain of implicit faith, faith in Him who is “an anchor of the soul, both sure and stedfast” (Heb 6.19). As she maintains a grip on her mighty, immutable Lord, she keeps bearing a true and faithful witness through all generations, and she shall be found at last in the safe harbor of her eternal home.

Staying anchored to Christ the Rock is one of our greatest challenges, especially today, when the global conspiracy against the truth is more interconnected than ever. Modern technology allows infernal lies to be propagated literally at the speed of light. The forces of evil arrayed against Christ and His church are increasingly organized. And this satanic cabal corrupts even pulpits and pews, as pastors and people lose their spiritual grip through intimidation and seduction.

I am deeply concerned, brethren. On every hand we find examples of worldly drift from the truth even within the Church. Basic biblical beliefs that Christians have held for two thousand years are losing bold advocates. For example, the Church has insisted that faith in Christ really is necessary for salvation, and therefore, that all adherents of non-Christian religions are perishing in their sins. Not so much anymore. Attacks on the inherent exclusivity of the Christian faith have come from the Vatican, Billy Graham, and emergent church leader Rob Bell, to name a few who claim to represent Jesus Christ in the world today. Some in the visible church are even capitulating on basic morality. The world has rapidly come to a consensus that gay is okay, and major denominations are falling like dominoes, labeling themselves benignly as “welcoming and affirming.” Few remain willing to speak forthrightly in preaching biblical chastity and the powerful gospel, offering hope for salvation not just from the guilt of sin, but from sinful lifestyles, including this perversion.

Even among true churches and within a true local church, pressures are mounting to compromise sound doctrine and holy living for all kinds of pragmatic reasons, and many are surrendering to those pressures. Now and then church members become disaffected on account of what the Puritans called “plain dealing,” straight talk to the precious souls under our pastoral care when we maintain a conscience-searching ministry of the Word of God. From fear of losing members, even good pastors are tempted to accommodate the clamor that we preach only “smooth things” (Isa 30.10).

Despite the drift in the Church, I am hopeful. I know for sure that all will be well at last. I know this because our Rock stands firm in the truth, and the Church’s anchor still holds, even in the worst of storms. I remember Paul’s words to his shipmates during the tempest called Euroclydon. After God promised him the survival of all on board, Paul said, “Wherefore, sirs, be of good cheer: for I believe God, that it shall be even as it was told me” (Acts 27.24–25).

However, like Paul in this way, too, I am compelled to exhort you. He said, “Unless these men stay in the ship, you cannot be saved” (Acts 27.31 ESV). Unless you stand firm in the truth, you will certainly perish. And so I say to you, beloved, for your eternal good and usefulness as Christ’s servants,

Stand firm in the truth like Jesus.
God helping me, I intend to lay out an applied Christology in a world adrift, especially as it relates to the theme of standing firm in the truth. Our salvation from drifting doctrinally, morally, and pastorally, has everything to do with our Christology, along with its implications for our relationship to Christ Himself. These biblical perspectives have real-world application to many problems in the Church today.

In these two messages, I would focus on the example of Christ’s Person, perspective, and ministry as our calling and our inspiration, especially as they pertain to our standing firm in the truth. Christ is our life, our pattern, and our destiny. Whoever follows Christ as Lord will stand firm in the truth like Him, and we must strive to excel in this manly virtue. That is implied in our Lord’s axiom about discipleship: “A disciple is not above his teacher, but everyone when he is fully trained will be like his teacher” (Luke 6:40 ESV). Christlikeness in our faithful witness to the truth is one of the marks that distinguishes real Christians from others, and true pastors from hirelings who see the wolf coming and run away (John 10.12). All other things being equal, the best Christians are those who stand the most firm in the truth without drifting from it, and the best preachers are those who serve it up pure without watering it down, and who can say with Paul, “I did not shrink from declaring to you the whole counsel of God” (Acts 20.27).

Let us consider the subject in two major parts. First, this morning, let us appreciate the biblical teaching about Jesus and His relationship to the truth itself. Second, in these evening’s message, we should reflect on Jesus standing firm in the truth. My approach will first be to explain something about Jesus Himself, and then to make practical applications of that to us. In other words, first I will assert a biblical Christology, and then I will apply it. Now to Part 1, Jesus and the truth.

Part 1: Jesus and the Truth

By “the truth” I mean something close to what Francis Schaeffer intended by his phrase, “true truth.” With discernment about the modern man’s mindset, he wrote,

People today live in a generation that no longer believes in the hope of truth as truth. That is why I use the term “true truth” in my books, to emphasize real truth. This is not just a tautology. It is an admission that the word truth now means something that [formerly] would not have been considered truth at all.1

And to be clear, Schaeffer is saying that people no longer believe there is such a thing as “the truth” in the old sense of the phrase when it was taken for granted that there was. Schaeffer explained that “true truth” is not “exhaustive knowledge,” but “true and unified knowledge.”2 It is a knowledge about God, about history, and about the cosmos.3 True truth is revealed in the Bible. It is propositional and it is factual.4 That is to say, True truth can be stated in words and sentences and paragraphs, and it is really true independent of general recognition or agreement. True truth is not determined by a poll, and it is not one thing for one person and something else for another. The modern mindset is deeply skeptical that such absolute and objective truth even exists, and this hinders it even from grasping the biblical truth, much less receiving it.

The first thing to say about Jesus’ own relationship to the truth is that He is the truth, and this highlights the indispensable virtue of our integrity.

I. Integrity: Jesus Is the Truth

Christology Asserted

Our Lord Jesus Christ plainly says of Himself, “I am . . . the truth” (John 14.6). This statement is nothing less than His saying that He is God in the flesh. On the night that began His Passion, Jesus said He was going to God, and Thomas asked about the way there. Jesus answered, “I am the way, the truth, and the life: no man cometh unto the Father, but by me.” D. A. Carson’s explanation of this verse is rich:

Jesus is the way to God, precisely because He is the truth of God and the life of God. Jesus is the truth, because He embodies the supreme revelation of God—He Himself ‘narrates’ God (1.18), says and does exclusively what the Father gives Him to say and do (5.19ff; 8.29), indeed He is properly called ‘God’ (1.1, 18; 20.28). He is God’s gracious self-disclosure, His ‘Word’, made flesh (1.14).5

This last verse, John 1.14, also says that Christ is “full of grace and truth.” Note this well: In His very Person, Jesus is the truth, embodies the truth, and is full of truth.

Another important biblical testimony to Jesus as the truth is John 1.9. Light is a prevalent biblical metaphor for the truth. The apostle John introduces his readers to Jesus by saying, “The true light, which gives light to everyone, was coming into the world” (ESV). Later, Jesus says the same of Himself. “I am the light of the world: he that followeth me shall not walk in darkness, but shall have the light of life” (John 8.12). He also says, “As long as I am in the world, I am the light of the world” (John 9.5).

Others saw and admitted the perfect consistency of Jesus between His Person and His message. While they may have intended it as flattery, the Pharisees said to Jesus, “Master, we know that thou art true” (Matt 22.16; Mark 12.14). The form of this statement is noteworthy. “Thou art true,” not just, “you speak truly.” It is a declaration about Jesus’ moral character, the uprightness of His spirit.

Jesus reasoned with His hearers that He was believable because, above all things, He was seeking the glory of His Father in heaven. Contrasting false teachers with Himself, Jesus said, “He that speaketh of himself seeketh his own glory: but he that seeketh his glory that sent him, the same is true, and no unrighteousness is in him” (John 7.18). This is tantamount to Jesus saying “I am true,” meaning that there was absolutely “no unrighteousness” or “falsehood” (ESV) in Him.

Now let us apply this biblical Christology to ourselves.

Christology Applied

“Integrity” is an interesting word. It developed from a word meaning “untouched” and therefore whole, not divided. From there it took on the figurative sense of an undivided heart with its innocence, blamelessness, and purity.6

None of us will ever be able to say, “I am the truth,” as Christ does, because only He is God. But we are called to strive for His perfect example of integrity and spiritual wholeness as a man of the truth, inside and out. For us, standing firm in the truth like Jesus begins with regeneration, a radical change of nature by the Holy Spirit’s gracious operation inside of us. We must be born from above by the Spirit of Christ. We also must have grace to become more “straight” and true within, to embrace more consistently for our own spiritual health the whole truth of God revealed in Scripture and exemplified by Christ. I am afraid that when some hear my challenge to “stand firm in the truth,” they only think of holding the right doctrines and proclaiming them to others, but preaching truth without being true and living truly is rank hypocrisy. Advocating the truth is worse than useless unless we are sanctified by the truth on the inside and do the truth on the outside. Jesus prayed for His disciples, “Sanctify them through thy truth: thy word is truth” (John 17.17). Jesus said, “He that doeth the truth cometh to the light, that his deeds may be manifest, that they are wrought in God” (John 3.21). There is such a thing as doing the truth, and it is indispensable for those who would stand firm in the truth. To be like Jesus, we must “exercise ourselves to have always a conscience void of offense toward God, and toward men” (Acts 24.16). Of those who aspire to the office of overseer, Scripture says they must be “blameless” or “above reproach” (1 Tim 3.1-2, AV, ESV). Otherwise they are only sorry pretenders to represent the holy Jesus to others.

Jesus is the truth, and this requires our integrity, inside and out. Now let us see how that for Jesus, truth is His mission.

II. Mission: Jesus Preaches the Truth

Christology Asserted

Consider this sweeping statement of our Lord about His guiding purpose. “For this purpose I was born and for this purpose I have come into the world—to bear witness to the truth” (John 18.37). Isn’t that an amazing thing for Him to say? His assertion is strengthened by the repetition, “for this purpose I was born and for this purpose I have come into the world,” which are basically saying the same thing. We know from this that Jesus is revealing the ultimate purpose of His earthly ministry, the mission He had received from God.

A single Greek verb is here translated, “to bear witness,” or in some translations, “testify.” It is the word μαρτυρέω (martyreō) from which we get the English word “martyr” that means one who is killed because of his religious testimony. Martyreō means “to solemnly assert something, offering firsthand authentication of the fact; often concerning grave or important matters.”7 Here, it references Jesus’ active testimony to “the truth,” which in this context is clearly religious and means “nothing less than the self-disclosure of God in His Son, who is the truth (14:6),” as Carson explained.8 The occasion of Jesus’ statement is Pilate asking Him if He was a King. His answer implies that “His kingdom is a kingdom of truth,” and that “disclosing the truth of God, of salvation and of judgment, was the principal way of making subjects, of exercising His saving kingship.”9

This is not to minimize the central importance of Jesus’ atoning sacrifice on the cross in His mission. He also came into the world “to give his life a ransom for many” (Matt 20.28), but Jesus’ crucifixion was part of His larger mission from His Father to bear witness to the truth. He bore witness not just by His preaching, but also by His death.

The Lord Jesus Christ supremely holds the office and fulfills the role of a prophet. We must appreciate this to understand His ministry. The prophetic function, biblically defined, is faithfully to relay divine revelation to people, adding nothing and taking nothing away (Deut 4.2; Prov 30.6; Jer 26.2; Rev 22.18–19). Fidelity to the very words received from God is absolutely required. Conceptually, a prophet stands with his back to God and his face to the hearers, and thus he proclaims the word of the Lord, representing God to people. A priest exercises the opposite function, representing people to God, and Jesus also holds that office supremely.

Jesus stressed His faithfulness as a prophet in His strict fidelity to the truth He received from God. He accused the Pharisees this way: “Now you seek to kill me, a man who has told you the truth that I heard from God” (John 8.40 ESV). He told His disciples, “All things that I have heard of my Father I have made known unto you” (John 15.15). This is all the more impressive when it is coupled with His denial that He did anything by His own authority apart from His Father. “When ye have lifted up the Son of man, then shall ye know that I am he, and that I do nothing of myself; but as my Father hath taught me, I speak these things” (John 8.28).

What was Jesus’ relationship with the truth? Simply put, He told the truth, the whole truth, and nothing but the truth! People said this about Him: “[You] teach the way of God truthfully” (Matt 22.16 ESV). The spirit of Christ was alive and well in the faithful prophet Micaiah. When he was urged to give a similar message as the false prophets, he replied, “As the LORD liveth, what the LORD saith unto me, that will I speak” (2 Kings 22.14).

Christology Applied

Like Jesus, truth-telling is our mission, and this requires faithfully testifying to the truth like Jesus did. This is what true prophets have done from the beginning of the world. Jesus said of John the Baptist, “There is another who bears witness about me, and I know that the testimony that he bears about me is true. You sent to John, and he has borne witness to the truth” (John 5.32–33 ESV). John the apostle said the same thing about himself: “He who saw it [Jesus’ death on the cross] has borne witness—his testimony is true, and he knows that he is telling the truth—that you also may believe” (John 19.35). Probably referring to the whole Gospel he wrote, the apostle John identified himself in these words, “This is the disciple who is bearing witness about these things, and who has written these things, and we know that his testimony is true” (John 21.24 ESV).

During His earthly ministry, Jesus announced that after His ascension, He would send “the Spirit of truth” to abide with His disciples forever (John 14.16–17). The Holy Spirit powerfully indwells the true Church and this accounts for her essential fidelity to the truth through the centuries.

In the last book of the Bible, our glorified Lord is revealed to be “the faithful witness” (Rev 1.5), and, “the faithful and true witness” (Rev 3.14). And one of the greatest concerns Jesus expresses to His churches is that they be witnesses to the truth as He is. Dr. Greg Beale says,

Jesus introduces Himself . . . as “the Amen, the faithful and true witness” because He wants [Christians] to stop compromising and emulate Him so that they will also be zealous “faithful and true witnesses.” If they do not heed His warning to repent, they will face Him as a “faithful and true” judge (19.11), who will vomit them out (3:16). If they do become faithful witnesses, they also will show themselves to be a part of the new creation, which has been inaugurated in Jesus.10

Brethren, followers of Jesus are called by His example to be faithful truth-tellers, declaring the truth about God and His redeeming work in Christ, along with the whole biblical teaching on many topics. Christ wants us to propagate biblical truth until He comes. We must “go into all the world and proclaim the gospel to the whole creation” (Mark 16.15 ESV). Now that Christ the Light has gone to heaven, Christian believers “shine as lights in the world; holding forth the word of life” (Phil 2.15–16). And we must do this before people who don’t care about doctrine at all, much less true doctrine.

Because Jesus is the truth, we must have integrity. Jesus’ mission was to preach the truth, and ours is, too. Now I will conclude with one more point about Jesus’ relationship to the truth: He believes in the truth. His hope is the irresistible power of the truth with God’s blessing, and we must have the same confidence.

III. Hope: Jesus Believes in the Truth

Christology Asserted

When I say Jesus believes in the truth, I mean that He has all holy confidence that “the word of God is living and active, sharper than any two-edged sword” (Heb 4.12 ESV), and that it is bound to accomplish everything He intends, especially as it relates to the salvation of His chosen people. Listen to how Isaiah celebrated God’s truth:

For as the rain and the snow come down from heaven and do not return there but water the earth, making it bring forth and sprout, giving seed to the sower and bread to the eater, so shall my word be that goes out from my mouth; it shall not return to me empty, but it shall accomplish that which I purpose, and shall succeed in the thing for which I sent it. For you shall go out in joy and be led forth in peace; the mountains and the hills before you shall break forth into singing, and all the trees of the field shall clap their hands. (Isa 55.10–12 ESV).

Jesus is confident about power of the truth. Referring to His disciples who would persevere, He said, “And ye shall know the truth, and the truth shall make you free” (John 8.32). The context demands that we understand He is talking about spiritual freedom, that is, freedom from sin. A few verses later, He said, “Truly, truly, I say to you, everyone who practices sin is a slave to sin. . . . So if the Son sets you free, you will be free indeed” (John 8.34, 36 ESV). In other words, Jesus says with holy boldness, the truth shall make you free from sin. That is the freedom we need more than any other freedom, and that is the freedom that most glorifies God. And of course not just any truth about anything sets captives free this way, but only the truth about God and His redeeming work, the gospel of Jesus Christ with its related doctrines, comprehensively revealed in the whole Bible from Genesis to Revelation.

Another evidence that Jesus believes in the power of the truth is found in His high priestly prayer of John 17. With His disciples in mind, Jesus made this petition to His heavenly Father: “Sanctify them through thy truth: thy word is truth” (v. 17). Jesus is saying that the truth is God’s Word, and that it specifically is His chosen instrument to accomplish His sovereign purpose, namely, the sanctification of His own special people, elect from the foundation of the world. “Thy word is truth” is an equation of Scripture with the truth Jesus has in mind. Sanctification is our being set apart, as Jesus was, for God’s holy service, and the Word of God is His means to accomplish that spiritual purpose in our lives. I admit that this also involves purification from our sins, but that is not the main point here. Again, Carson is helpful:

Jesus dedicates Himself to the task of bringing in God’s saving reign, as God’s priest (i.e. His mediator) and prophet (i.e. revealer); but the purpose of this dedication is that His followers may dedicate themselves to the same saving reign, the same mission to the world (v. 18).11

So Scripture reveals that Jesus believed in power of the truth. He knew that God’s Word propagated, preserved, and preached has power to save sinners and set them apart for God’s holy service.

Christology Applied

The application is so obvious, I do not regret that it must be stated briefly. It is the will of God that we, like Jesus, have hope in the power of God’s Word. Remember Paul’s testimony in Romans, “So I am eager to preach the gospel to you also who are in Rome. For I am not ashamed of the gospel, for it is the power of God for salvation to everyone who believes, to the Jew first and also to the Greek” (Rom 1.15–16 ESV). He also said, “Christ sent me . . . to preach the gospel. . . . For the preaching of the cross is to them that perish foolishness; but unto us which are saved it is the power of God” (1 Cor 1.17-18).

In his important book Ashamed of the Gospel, John MacArthur noted, “Unfortunately, ‘ashamed of the gospel’ seems more and more apt as a description of some of the most visible and influential churches of our age.”12 Supporting evidence is everywhere. When manmade messages and methods increase, and faithful, biblical preaching decreases, hope in the power of truth is waning. Where a pulpit is silent about sin and judgment and grace and salvation and you hear feel-good talks to make unbelievers feel comfortable, we may well wonder if a true church of Christ even exists.

We are called to have the same confident hope Jesus has in the power of the truth to save sinners and build God’s kingdom on earth. When that hope burns brightly in our hearts, we will see the folly of worldly substitutes and faithfully proclaim the whole counsel of God in Scripture.

Notes:

1 Schaeffer, F. A. (1982). The complete works of Francis A. Schaeffer: a Christian worldview. Westchester, IL: Crossway Books, Vol. 1, p. 313.
2 Vol. 1, p. 218.
3 Vol 4, p. 120.
4 Vol 2, p. 23.
5 Carson, D. A. (1991). The Gospel according to John (p. 491). Leicester, England; Grand Rapids, MI: Inter-Varsity Press; W.B. Eerdmans.
6 http://dictionary.reference.com/browse/integrity (accessed 25 April 2015).
7 Logos Bible Sense Lexicon.
8 Carson, D. A. (1991). The Gospel according to John. Leicester, England; Grand Rapids, MI: Inter-Varsity Press; W.B. Eerdmans, p. 594.
9 Ibid.
10 Beale, G. K. (1999). The book of Revelation: a commentary on the Greek text (pp. 301–302). Grand Rapids, MI; Carlisle, Cumbria: W.B. Eerdmans; Paternoster Press.
11 Ibid., p. 567.
12 MacArthur, J. F., Jr. (1993). Ashamed of the gospel: when the Church becomes like the world (p. 19). Wheaton, IL: Crossway Books, p. 19.

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2015 Pastors’ Conference | Pursuing Personal Holiness—a Primary Ministerial Passion

En pos de la santidad personal –una pasión ministerial primordial

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En pos de la santidad personal –una pasión ministerial primordial

Albert N. Martin

Busquemos el rostro de Dios en oración para implorar su bendición sobre el ministerio de su Palabra.

Padre, Tú nos has mandado a venir delante de tu presencia con acciones de gracias, a entrar en tus atrios con alabanza. Hacemos esto hoy, con gratitud por las misericordias que nos has concedido en las horas tempranas de este día. Te damos gracias por concedernos una buena noche de descanso. Te damos gracias porque pudimos levantarnos de la cama y poner los pies sobre el piso. Tú nos has alimentado con nuestro pan diario. Nos has guardado en el tráfico fuerte de Nueva York/Nueva Jersey para que llegáramos aquí a salvo. Estamos reunidos aquí para escuchar tu voz. Oramos por tu siervo, que él sea fortalecido para que pueda hablar tu Palabra de forma veraz, clara y, sobre todo, en el poder y la manifestación del Espíritu Santo. Gracias por cada uno de los hombres que están reunidos en este lugar. Oramos por cada uno de ellos, para que todos conozcan lo que significa sentir el ministerio del Espíritu Santo en sus corazones, de modo que juntos podamos postrarnos delante de Ti en adoración y alabanza. Escucha nuestras oraciones y ven a nuestro encuentro, esto te lo suplicamos en el loable nombre de Jesús. Amén.

Ustedes saben, porque han leído el anuncio que está en el programa, que está planificado para hoy que yo predique acerca del tema de ir en pos de la santidad y la semejanza a Cristo y de que esto sea una pasión ministerial primordial. La mayoría de ustedes saben que existen tres colores primarios: rojo, amarillo y azul. Todos los demás colores se derivan de una serie de combinaciones diferentes de esos colores primarios. En las conferencias que se han llevado a cabo en los años pasados, y en la del año pasado, de una manera u otra, una de las pasiones que se ha puesto delante de ustedes, hombres, y que deben cultivar, es la pasión por ganarse la reputación de ser exégetas precisos, saturados de Biblia, llenos del poder del Espíritu Santo, que predican la Palabra de Dios de una manera fervorosa y directa. Espero que esta sea la pasión de todo hombre que está sentado aquí hoy y que ha sido llamado a ministrar la Palabra de Dios.

Seguramente, ustedes quieren ser predicadores que están saturados de Biblia, que acuden a la Biblia para explicar la Biblia, que acuden a la Biblia para ilustrar la Biblia; predicadores que están saturados de Biblia, y que, a la vez, son exégetas fieles. Esto significa que, cuando te paras en frente de tu gente para abrir las Escrituras, no interpretas las palabras de las Escrituras cómo te parece bien, sino que extraes de ellas lo que estaba en el propósito de Dios cuando plasmó su mente en su Santa Palabra. Espero que esta pasión no sea solamente por ser predicadores saturados de Biblia, sino también exégetas fieles y precisos. También, necesitan el poder del Espíritu Santo para que, cuando abran las Escrituras y cuando prediquen sermones que estén saturados de Biblia, puedan decir junto con el Apóstol Pablo: «Y ni mi mensaje ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Corintios 2:5). Es mi esperanza que ustedes tengan una pasión, no solamente por ser predicadores que están saturados de Biblia, que son exégetas precisos y que tienen el poder del Espíritu Santo, sino también que prediquen la Palabra de Dios con claridad y fervor, que no estén diciendo cosas buenas y verdaderas al aire, sino cuya meta sea penetrar los corazones, las mentes y las vidas de su gente.

Seguramente, cuando vamos a pasajes como 2 Timoteo 2:15 y 2 Timoteo 4, vemos que estos textos son las raíces principales de una pasión por ser ese tipo de predicador. Pablo le dijo a Timoteo en 2 Timoteo 2:15: «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad». Esto implica usar la misma Biblia para explicar la Biblia. En 2 Timoteo 4, Pablo declara: «Te encargo solemnemente, en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por su manifestación y por su reino: Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina».

Así que, como dije anteriormente acerca de las conferencias que se han llevado a cabo en el pasado reciente (las cuales yo generalmente también sigo con ustedes durante esa semana de la conferencia, cuando recibo el anuncio acerca de quién va a predicar y sobre qué tema), espero que, a través de los años, muchos de ustedes han llegado a ser hombres que tienen una pasión por ser ese tipo de predicador que está saturado de Biblia y que es un exégeta preciso, que predica la Palabra de Dios con el poder del Espíritu Santo y con fervor y claridad.

Con la ayuda de Dios, hoy quiero demostrar, basándome en las Escrituras, otra pasión primordial de todo hombre de Dios. ¿Cuál es esa pasión primordial? Es una pasión por ir en pos de la santidad personal, una santidad que se manifiesta en el corazón y en la forma de vida, que tiene a Cristo como su modelo y cuya medida es una semejanza a Él que va en aumento.

Si hoy alguien me hubiera detenido en el estacionamiento antes de entrar aquí y me hubiera preguntado: «Pastor Martin, ¿qué espera lograr con la predicación de hoy?» Le hubiera respondido sin reservas: «En sumisión a Dios y con la bendición del Espíritu Santo, es mi deseo el persuadir a cada pastor en esta conferencia a ir en pos de una santidad personal que se manifieste en el corazón y en la vida, que tiene a Cristo como su modelo y cuya medida es una semejanza a Él que va en aumento». Ahora, ¿cómo trataré de alcanzar este objetivo? Lo haré bajo dos encabezados.

En primer lugar, quiero que consideremos un fundamento bíblico y teológico para esta pasión. Ustedes se pueden preguntar «¿Y por qué debo tener esta pasión?» Existen razones legítimas para que me hagan esa pregunta. Mi respuesta será el darles un fundamento bíblico y teológico para esta pasión, y después de esto, en segundo lugar, presentaré los medios, prescritos por la Biblia, para poder ir en pos de esta pasión. Una cosa es tener esta pasión y otra es ir en pos de ella por los senderos que han sido establecidos por las Escrituras. De la misma manera en la que no tenemos la libertad de establecer cuál será nuestra pasión, tampoco tenemos la libertad de determinar la forma en la que vamos a ir en pos de ella. Entonces quiero plantearles esta verdad en el tiempo que se me ha otorgado, bajo esos dos encabezados.

1. El fundamento bíblico y teológico para el lugar primordial de una pasión ministerial por la búsqueda de la santidad personal y la semejanza a Cristo

Mi tesis básica es que el fundamento bíblico y teológico para este reto es nada más y nada menos que el propósito y la actividad de la Deidad trina, en la gracia redentora. En otras palabras, este fundamento consiste en lo que Dios ha hecho y está haciendo en su gracia redentora –no en su gracia común que cubre a todos los hombres con un manto de buena voluntad— sino en su gracia redentora, que es central al propósito, al plan y a la obra de Dios, la gracia redentora en lo que concierne tu santidad y mi santidad, tu semejanza a Cristo y mi semejanza a Cristo.

Una de las maravillas de la gracia redentora de Dios es que en ella están envueltas las tres personas de la bendita Trinidad. Cuando abrimos las Escrituras, vemos, de forma precisa, lo que cada persona de la Trinidad hace en conexión con nuestra salvación. Cuando hacemos esto, nos damos cuenta que el propósito de hacer que cada recipiente de esta salvación sea como Jesús es algo central en la acción de cada persona de la Trinidad.

Cuando el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, en las profundidades de la eternidad (nos sentimos como tontos cuando hablamos de esta manera, pero es la única forma en la que podemos expresarlo), concibieron un plan para rescatar al hombre, que en Adán se apartaría de Dios y pondría a toda la humanidad bajo la condenación y el juicio de Dios, y cuando tras observar cómo se desviaría el hombre, Dios decidió que una gran multitud de toda familia, tribu y lengua, de toda nación, se uniría a Él, dentro del marco de la gracia redentora, en esa actividad del Dios trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo —con una sola mente y una sola voluntad, pero con elementos distintivos en lo que concierne lo que harían para llevar a cabo y aplicar esa salvación— estaban completamente unidos en el propósito de que esa salvación tendría el resultado de alcanzar a pecadores rebeldes, que merecían el infierno, y que en última instancia los cambiaría a semejanza de Cristo Jesús, en cuerpo y alma, siguiendo el modelo del Cristo glorificado. Como pueden ver, la doctrina de que Dios está comprometido —en su ser trinitario— a tener un pueblo santo, es central a esta salvación.

Quiero ahora probarles esto basándome en las Escrituras. Las Escrituras dejan claro que el trabajo y la actividad de la elección –cuando Dios fija en su mente y en su corazón un número específico de pecadores para proveerles y aplicarles su gran salvación— esta elección es el papel distintivo de Dios el Padre en el plan de redención.

Dios el Padre escoge nuestra redención por su voluntad

En Efesios capítulo 1, leemos unas palabras inequívocas. Efesios 1:3, “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo”. En estos versículos, la elección se atribuye de forma especial al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. ¿Cuál era el propósito que tenía en mente cuando nos escogió? Miren el texto, “nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él”. Así que, cuando Dios, en su corazón, eligió con un amor libre, soberano y electivo, un pueblo al que salvaría, su intención en su elección de ellos era que fueran santos y sin mancha delante de Él.

Cuando nos remontamos hasta el principio de nuestra salvación (hasta el punto que podemos hacerlo con nuestras Biblias abiertas) llegamos al misterio y la maravilla de la gracia electiva de Dios el Padre, y envuelto con esa elección estaba su propósito de tener un pueblo que fuera santo y sin mancha delante de Él. Dios el Padre, en su amor electivo y su voluntad y propósitos en la predestinación, estaba comprometido a tener un pueblo que fuera santo. Miren el segundo texto. Estaré considerando dos textos clave debajo de mis encabezados, «que toda palabra sea confirmada por la boca de dos o tres testigos».

Abran sus Biblias en el capítulo 8 de Romanos. Comenzaremos a leer a la mitad de lo que escribe Pablo. Leemos en Romanos 8:28: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito… Porque a los que de antemano conoció –Las palabras ‘de antemano’ significan ‘aquellos que Él amó anteriormente’— también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos».

En este pasaje tenemos otro texto que indica que Dios el Padre puso su amor distintivo sobre pecadores específicos. Noten que no afirma: «de quienes Él tenía presciencia». Muchos dicen: «Así que Dios vio que en el futuro tú serías creyente, y cuando vio esto, entonces te escogió». No. La Biblia no afirma que era algo «de lo cual Él tenía presciencia», sino que afirma: «a los que de antemano conoció». Fueron personas las que Él amó de antemano, aquellas que Él amó y eligió libre y soberanamente. Él las predestinó. Tenía en mente las siguientes cosas: «Cuando Yo tome a estos pecadores culpables, viles, contaminados e inmundos y termine de aplicarles mi salvación –en la base de la obra de mi Hijo –reflejarán de forma completa una semejanza filial con Jesús quien es el primogénito entre toda su familia redimida». La gente podrá mirar a cualquiera de ellos y decir: «Él se parece a Jesús. Mírala; ella se parece a Jesús». Serán perfeccionados en una santidad que es conforme al modelo del Señor Jesucristo.

Dios el Hijo procura la redención por medio de sus acciones salvíficas

En segundo lugar, consideremos el papel de Dios el Hijo. Dios el Padre escoge de acuerdo a su voluntad, pero es Dios el Hijo el que propiamente procura nuestra redención por sus acciones salvíficas. Es por medio de las acciones salvíficas del Verbo encarnado que nuestra salvación se adquiere y se efectúa.

Cuando el Señor Jesús entró en el vientre de María, las últimas palabras que dijo antes de bajar del cielo fueron estas: «Has preparado un cuerpo para Mí. Por lo tanto, me iré, porque está escrito de Mí que Yo, oh Dios, haré tu voluntad». ¿Qué era aquello que Jesús tenía en su corazón cuando visualizó lo que significaría dejar todas las glorias y lo que alguien llamo «las comodidades» de la presencia inmediata de Dios en el cielo? Entró en los confines oscuros y limitados de la matriz de María. Ha sido mi meta en la predicación del domingo por la mañana el enfocarme en lo que significaría para Él, el tomar un alma verdaderamente humana y un cuerpo verdaderamente humano en la matriz de María. ¿Qué latía en el corazón del Hijo de Dios cuando era un pequeño niño que crecía y después cuando se hizo hombre y tuvo conciencia del ministerio que se le había encargado? ¿Cuál era la pasión que lo impulsaba y que lo llevó hasta sudar gotas de sangre en el Getsemaní y después al horrible y brutal abuso de azotes, burla y finalmente, la crucifixión, el cielo oscurecido y el abandonamiento del Padre? ¿Cuál era la pasión de Jesús? Consideremos dos pasajes de las Escrituras donde veremos, como hicimos con la elección del Padre, que en lo que concierne a Dios el Hijo, la santidad y la semejanza a Cristo también eran centrales.

Efesios, capítulo 5. En este pasaje vemos un ejemplo maravilloso de la manera en que la doctrina bíblica y el deber práctico están unidos en la Biblia. Los deberes tienen su raíz en las doctrinas y las doctrinas florecen en los deberes. No podemos separar el deber de la doctrina. En la Biblia son inseparables, y que Dios nos ayude si lo separamos en nuestro pensar y en nuestros ministerios. Pablo quiere enseñar a los esposos cómo deben amar a sus esposas e indaga en una de las doctrinas más profundas de las Escrituras para enseñarles a los maridos cómo deben amar a sus esposas. Escribe en el versículo 25: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella». Ahora, ¿Por qué amó Cristo a la Iglesia? Nos dirá. Hay tres frases que denotan propósito: «para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra». «Y se dio a sí mismo por ella». En estas pocas palabras, «y se dio a sí mismo», está comprimido todo lo que nos dicen las Escrituras acerca de sus numerosos sufrimientos, que culminaron en el desamparo y en su exclamación cuando fue abandonado. «Se dio a sí mismo por ella para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra». «Se dio a sí mismo para santificarla». Esto significa, para sacarla de su condición nativa de esclavitud al pecado, contaminación con su pecado, inmundicia en su pecado.

Consideren el pasaje de Ezequiel 16, cuando Dios describe su relación con Israel y la encuentra en el camino como una recién nacida sin lavar y que todavía tenía el cordón umbilical. Después, Jehová toma a Israel para Sí. Él la limpia, la lava y la transforma en una hermosa novia. La sombra de Ezequiel 16 está sobre este pasaje. Pero el punto fundamental es este, que Él «se dio a sí mismo para santificarla». Para apartarla para Sí mismo.

No solo para apartarla para Sí, sino para apartarla del dominio del pecado, la práctica del pecado, la corrupción del pecado. ¿Cuál será el resultado final? Miren el texto. Hizo esto, «A fin –esta es otra frase que indica propósito— de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada». Se dio a sí mismo a fin de santificar, lavar y presentársela a Sí mismo como una novia sin mancha e inmaculada. Fue por esta razón que Jesús murió. Él murió, no solo para apartarnos de la ira de Dios que merecíamos. Vivió una vida perfecta no solamente para obtener crédito a nuestro favor para hacer que nuestra entrada al Cielo sea un acto justo de Dios, sino que murió para obtener para Sí una novia santa y presentársela a Sí mismo sin mancha y sin mácula. Aquí voy a parar porque estoy preparando un mensaje acerca de este tema y tengo que decirle a mi mente, “Para ahí, no sigas adelante con ese tema. No es lo que estás tratando hoy”. Si algunos de ustedes predicadores también tienen este problema, bueno a mí me ocurre lo mismo. Pero noten lo que estaba en la mente de nuestro Señor.

Encontramos un énfasis similar en el capítulo dos de Tito. Recuerden que estoy tratando de demostrarles cuál es el fundamento bíblico y teológico para lo que he dicho acerca de ir en pos de la santidad personal y la semejanza de Cristo como un privilegio y deber primordial en el ministerio. Hemos visto que la respuesta al porqué debemos ir en pos de la santidad personal como algo primordial en el ministerio se encuentra en la obra y el propósito de la Deidad en nuestra salvación: el Padre elige y el Hijo compra a su novia. Veamos el pasaje de Tito, capítulo dos. De nuevo vemos cómo la doctrina y el deber están unidos de forma indisoluble. Existen pocos capítulos en la Biblia que tengan más enseñanza práctica que el capítulo número dos de Tito. Aquí Pablo habla y le dice a Tito, noten el versículo dos: «Esto es lo que le debes decir a los ancianos». En el versículo tres: «Esto es lo que le debes decir a las ancianas». En el versículo cuatro, «Esto es lo que le debes decir a las jóvenes». En el versículo cinco: «Esto es lo que le debes decir a los hombres jóvenes». Noten que hay enseñanza práctica para todos los segmentos distintos de la iglesia que estaba en Creta.

Es como si Tito hubiera dicho: «Pablo, cuando yo le enseñe estas cosas a la gente –porque tú me has dicho que esto es lo que les debo enseñar, una instrucción muy específica acerca de cómo debemos vivir en lo que concierne la ética y la moral– qué les debo decir cuando me pregunten por qué me has enseñado esto, cuando me pregunten, “¿Tito, por qué estás enseñándonos esta forma de vida de manera tan detallada?”» Pablo da su respuesta en el versículo once. Esta es la razón: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres, enseñándonos, que, negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús».

Noten también que afirma: «Quien se dio a sí mismo por nosotros». Estas palabras son similares a las de Efesios cinco. Él se dio a Sí mismo por nosotros, ¿por qué? «Para redimirnos de toda iniquidad y purificar para si un pueblo para posesión suya, celoso de buenas obras». En otras palabras, Pablo le está diciendo a Tito que enseñe a la gente de la siguiente manera: «Si ustedes no obedecen estas instrucciones detalladas y específicas acerca de cómo han de vivir los ancianos, los hombres jóvenes, las ancianas, las jóvenes, los esclavos; si son indiferentes al deber de ir en pos del estilo de vida que les estoy enseñando, ¡están tratando el propósito mismo por el que murió Jesús con liviandad! ¿Cómo pueden decir que aman a Jesús si muestran indiferencia hacia el propósito por el cual murió? Murió para redimirnos de toda iniquidad y para purificar para Sí un pueblo celoso de buenas obras, que vive una vida en la que niega la impiedad y los deseos mundanos y que vive en este mundo sobria, justa y piadosamente».

Hermanos, fue para este propósito que Jesús murió, y ustedes se paran detrás de un púlpito domingo tras domingo, y predican las grandes verdades de una redención que se les concede a los hombres en base de la persona y la obra de Cristo. ¿Cómo podemos predicar acerca de ese propósito de Dios en la redención de nuestra gente si nosotros mismos no abrazamos esta doctrina plenamente, si este asunto de ser un hombre santo, un hombre semejante a Cristo, no se ha convertido en una pasión?

Dios el Espíritu Santo es el que primordialmente aplica la redención

En tercer lugar, consideremos el papel de Dios el Espíritu Santo. A Dios el Espíritu Santo, Dios le ha dado el privilegio de aplicar efectivamente la redención que fue hecha por elección del Padre, comprada por el Hijo y aplicada primordialmente por el Espíritu Santo. Cuando el Espíritu Santo aplica la salvación a los elegidos en Cristo para ser santos, comprados por Cristo de modo que Él pueda tener una novia pura, ¿qué hace el Espíritu Santo? Él se alinea con la elección del Padre y el propósito del Hijo y aplica esa salvación de tal manera que todos los que la reciben llegan a ser hombres y mujeres santos. Cuando esa salvación sea realizada por completo, estas personas serán exactamente como Jesús. Miremos unos cuantos textos bíblicos.

Abran sus Biblias en 2 Tesalonicenses 2:13-15: «Pero nosotros siempre tenemos que dar gracias a Dios por vosotros, hermanos amados por el Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para salvación».

Noten como esto se lleva a cabo: «Mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad. Y fue para esto que Él os llamó mediante nuestro evangelio, para que alcancéis la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Así que, hermanos, estad firmes y conservad las doctrinas que os fueron enseñadas, ya de palabra, ya por carta nuestra».

Noten el lenguaje que se usa aquí. Cuando Dios llama con su llamamiento eficaz a aquellos que ha escogido, por los cuales murió Jesús, son llevados a poseer la salvación por medio de y debido a la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.

Cuando se predica el evangelio, como dice Pablo en su primera carta, cuando el evangelio viene no solamente en palabras, sino también en poder y en el Espíritu Santo con plena convicción, y se ejerce fe en esa palabra del evangelio, el Espíritu, juntamente con la otorgación del don de la fe, libera a las personas de su apego voluntarioso y deliberado al pecado como su amo, al diablo como su Señor y al mundo como el compañero en el que se deleitan. Son santificados por el Espíritu en el mismo hecho de creer en la verdad. Si no hay fe en la verdad, no hay una obra de santificación por el Espíritu Santo, pero donde hay fe en la verdad, está el llamamiento de Dios que, con un llamamiento eficaz al pecador, le lleva a entrar en la órbita de la obra santificadora de Dios.

Debo seguir al segundo punto en cuanto a la obra del Espíritu. Tenemos a dos testigos. 1 Pedro 1:1: «A los expatriados, de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos». Por así decirlo, ignoren por un momento todos esos lugares que se mencionan y lean el capítulo de la siguiente manera: «elegidos según el previo conocimiento de Dios». Esto significa que, Dios, conociéndolos, amándolos, y escogiéndolos previamente, los identifica como los elegidos: «Según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre». Dios nunca rosea a un pecador con la sangre de su Hijo sin llevar a ese pecador al ámbito de la obra santificadora del Espíritu Santo, librándolo de su esclavitud y de la sumisión a un estilo de vida que está marcado por indiferencia hacia Dios, su ley y sus caminos. Nunca hace esto sin apartarlo para Sí y llevarlo a andar en la senda de una santificación progresiva que va en aumento.

Ahora, permítanme darles un resumen y una aplicación de este primer encabezado. ¿Por qué debería ser su pasión el ser hombres más santos, hombres cuya santidad tiene como su medida la semejanza a Jesús? Mi respuesta es la siguiente: porque en la salvación que viene de la Deidad trina, el hacerte un hombre santo es central a toda la Deidad en lo que concierne el planificar, llevar a cabo y aplicar la salvación. Estos son asuntos muy profundos, ¿verdad? Asuntos de mucho peso. El tejido mismo de nuestra salvación está entrelazado con el propósito divino de hacernos un pueblo santo.

Cuando somos regenerados por el Espíritu de Dios, Dios hace muchas cosas, pero hay una que quiero enfatizar. Cuando Él quita el corazón de piedra –para usar el lenguaje de Jeremías y de Ezequiel en el Nuevo Pacto– cuando Él nos quita el corazón de piedra y nos da un corazón blando de carne y el don del Espíritu Santo, también hace otra cosa. Él empapa nuestros corazones con un anhelo y una pasión por ser lo que seremos finalmente cuando esa salvación tenga su cumplimiento. ¿Cómo seremos cuando esta salvación tenga su cumplimiento? Seremos hechos conforme a la imagen de Cristo. El anhelo de ser hechos completamente conforme a su imagen –algo que nos ocurrirá algún día— surge cuando somos verdaderamente convertidos. Dios nos da una pasión por ponerle fin a todo pecado. Si pudiéramos, ¡nos cortaríamos un dedo cada día de la semana, si supiéramos que así no volveríamos a pecar jamás!

Dios nos da un anhelo: «Quiero ponerle fin a todo pecado. Los pecados de pensamiento, de palabra, pecados en lo que concierne mi actitud, pecados de omisión y de comisión. Oh Dios, ¿cuándo, cuándo acabaré con todo pecado?» Dios responde: «Sí, mi hijo, será cuando mi Hijo se manifieste» (1 Juan 3). Entonces le veremos como Él es y seremos semejantes a Él. La mayoría de nosotros obtendrá esto en dos etapas: en el momento de nuestra muerta –en un milisegundo, al exhalar nuestro último aliento, cuando el corazón cese de latir y el cuerpo y el alma sean separados— en ese instante Dios nos dará una medida tan grande del poder de su gracia santificadora que, hasta el último vestigio de pecado, hasta la décima parte de la millonésima parte del pecado, será para siempre jamás eliminada de nuestras almas.

En ese mismo instante, en nuestros espíritus se inculcará todo lo que es semejante a Cristo. Poseeremos todas las actitudes, todas las disposiciones que son parte de la perfección de Cristo. El propósito de Dios no es solamente el que terminemos para siempre con el pecado, también quiere que nos vistamos de todas las gracias de Cristo para que, en el momento de la muerte, nuestros espíritus se unan a los espíritus de los justos hechos ya perfectos. Perfectos. Una perfección que crecerá. Se desarrollará, pero esto no significa que incrementará hasta alcanzar un nuevo nivel de perfección. ¡La perfección es perfección! Que cosa tan maravillosa es saber que, algún día, esto será una realidad.

El problema es el siguiente: esto aún no es una realidad. ¡Es nuestro deseo que ya lo fuera! Porque nuestros corazones están llenos de una pasión por lo que seremos en el futuro, tomamos en serio lo que la Biblia dice acerca de cómo podemos progresar y avanzar hacia la meta que será finalmente realizada, una conformidad perfecta a Cristo. La mayoría de nosotros recibirá el primer plazo en el momento de la muerte; aquellos que estén vivos cuando Él vuelva recibirán las dos partes al mismo tiempo, cuando los cielos se abran y la voz del arcángel proclame y suene la trompeta de Dios. Miraremos hacia arriba y los cielos se enrollarán como un pergamino y veremos el regreso del Señor.

Primero se encargará de los que han muerto: «Los muertos en Cristo se levantarán». Le veremos y diremos: «Oh Señor, ¿cuándo se nos otorgará un cuerpo glorificado?» El Señor nos responderá: «Tienen que esperar un momento porque primero tengo que encargarme de mis muertos. Voy a encargarme de aquellos que murieron en unión conmigo». Entonces nosotros, los que estemos vivos y permanezcamos hasta la segunda venida del Señor, seremos arrebatados juntamente con ellos. Ellos irán primero de alguna manera que ignoro, pero después, todos juntos tendremos un cuerpo glorificado, en conformidad al cuerpo de su gloria (Filipenses 3:20-21).

Ahí está hermanos, la Deidad completa está dedicada a hacernos santos. Si en verdad hemos sido llamados de forma eficaz para estar unidos a Cristo, si hemos recibido un nuevo corazón, entonces para nosotros la pasión por ser hombres santos no será algo extraño. El pecado remanente es la carga más opresiva y nuestra más grande irritación.

El rabino Duncan era un teólogo escocés que tenía tanto conocimiento de las lenguas semíticas y de los temas relacionados a Israel que le fue otorgado el título de “rabino”. No era un rabino, pero lo llamaban “rabino Duncan”. El rabino Duncan afirmó: «Ustedes han escuchado a cristianos que hablan y dicen, “Bueno, nadie es perfecto. Sí, hice eso, pero nadie es perfecto”. Esas palabras, “nadie es perfecto”, son la almohada de un hipócrita y la cama de espinas del verdadero cristiano». «Nadie es perfecto», esta frase es una almohada para el hipócrita, pero el verdadero hijo de Dios dice: «Nadie es perfecto, y yo soy uno de aquellos que son imperfectos. Soy uno de esos hombres miserables. ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte? Oh Dios, ¿cuándo llegará ese día en el que no pecaré jamás?» Nadie es perfecto. ¿Es para ti esta frase una almohada o una cama de espinas? Si pertenecemos al Señor y si estamos en un estado de salud espiritual, conocemos esta cama de espinas y anhelamos el día en el que seremos semejantes a Él y le veremos cómo Él es.

2. Los medios señalados en la Biblia para ir en pos de la santidad personal y la semejanza a Cristo como una pasión ministerial primordial

Permítanme intentar de demostrar ahora cuales son los medios señalados en la Biblia para ir en pos de esta pasión. Si ahí donde están sentados ustedes han sentido hoy que estas cosas han resonado en su corazón y han dicho entre sí: «Oh, Pastor Martin, yo conozco esa horrible cama de espinas. Mi anhelo es ser más como Cristo. Anhelo obtener la victoria sobre mi susceptibilidad; quiero obtener victoria sobre mi codicia; quiero obtener la victoria y crecer en la gracia del amor verdadero que todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera. ¿Cómo puedo llegar a ser un hombre más santo?» Deseo presentarles una tesis simple: Dios nos ha dado los medios y necesitamos estar ocupados por toda la vida de forma concienzuda y consecuente con estos medios, que han sido ordenados por Él para producir en nosotros la santidad y la semejanza a Cristo. Nos debemos ocupar con estas cosas concienzudamente. Con esto quiero decir que nos debemos regir y actuar en conformidad con lo que conocemos y creemos es bueno. Cuando estamos persuadidos que algún asunto es conforme a la rectitud y representa la voluntad de Dios, debemos dedicarnos a él de forma concienzuda y también consecuente, aferrándonos a este, sea un principio o una práctica.

También he dicho que debe ser un patrón de toda la vida. Quisiera poder decirles a ustedes, hombres, que con el pasar de las décadas, el vivir la vida cristiana se ha hecho más y más fácil, pero si les dijera esto, sería un mentiroso. Más tiempo en el camino significa que el diablo tiene aún más que ganar si puede lograr que nos desviemos del camino, porque hay una línea más larga de gente que conoce lo que profesamos y predicamos. Nuestra capacidad para avergonzar a Cristo y deshonrar su nombre crece año tras año tras año. Hace que la batalla sea más intensa. Hace que el asunto adquiera una naturaleza tal que, si no somos consecuentes de forma concienzuda, dedicados de por vida a esta forma de ser, es dudoso que no lleguemos a ser nada más que una ruina que se encuentra en el camino.

Les daré los encabezados y tendrán que elaborar los detalles por su propia cuenta. ¿Cuáles son los medios que han sido señalados por Dios?

En primer lugar, y fundamental a todo lo demás, está el medio de la alimentación de tu alma con la Biblia, simplemente como un hombre cristiano, para tu propio crecimiento en santidad y semejanza a Cristo, sin ningún pensamiento deliberado de encontrar alimento para tu gente.

En otras palabras, la Biblia debe siempre ser primordialmente el instrumento que nos asemeja más a Cristo y no solamente un medio para decirles a las otras personas acerca de cómo llegar a ser más como Cristo.

Jeremías dijo en el capítulo 15, versículo 16: «Cuando se presentaban tus palabras, yo las comía; tus palabras eran para mí el gozo y la alegría de mi corazón». Jesús ora por nosotros: «Padre, santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad». ¿Cuál es el hombre bienaventurado que se describe en el Salmo uno? «No anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores, ¡sino que en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de día y de noche! Será como árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua».

Su sistema radicular se nutre de la vida de la Palabra de Dios, que es agua fresca y reconfortante que produce frutos.

Hermanos, tenemos que tener un compromiso de sostener ese tipo de relación con las Escrituras, una relación en la que acudimos a ella ante todo para nuestra propia comunión con Dios, para que nuestros propios pecados y deberes queden expuestos. Nunca debemos dejar que la función primordial de nuestras Biblias sea el de un libro de texto oficial del cual sacamos lo que debemos decir a otras personas. Debe ser la voz de Dios que habla a nuestros propios corazones.

Existe otro texto clave y es 2 Timoteo 3:14-17. Es un pasaje que con frecuencia se aplica a todo el pueblo de Dios, y aunque no es pecaminoso hacerlo, si miramos el lenguaje del pasaje, queda algo muy claro. Pablo le ha recordado a Timoteo la función que las Escrituras debían tener en su propia vida. Dice lo siguiente en el versículo 14: «Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes las has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras».

Ahora presten atención a estas palabras: «Las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia». Ahora, presten mucha atención a las próximas palabras: «A fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra». La raíz principal del concepto «hombre de Dios» está en el Antiguo Testamento y es el nombre o título que se da a aquellos que han sido marcados o apartados para un rol de liderazgo especial y de servicio entre el pueblo de Dios.

De manera que él está diciendo: «Timoteo, las Escrituras –que te fueron enseñadas por tu abuela y por tu madre— son un instrumento divino que te han conducido a la salvación por medio de la fe en Cristo. Pero, Timoteo, también tienen otra función, y es que después de haber sido conducido a la fe en Cristo y separado por la obra santificadora del Espíritu, debes crecer en gracia. Timoteo, debes crecer en semejanza a Cristo, en victoria sobre el pecado; debes crecer en entendimiento y en el cumplimiento de tus deberes. Timoteo, las Escrituras que fueron adecuadas para conducirte a la fe en Cristo, que fueron inspiradas por Dios, también son útiles para enseñarte, enseñarte a ti, Timoteo. Te reprenden, te corrigen, te equipan para toda buena obra. A medida que la Escritura te de forma y te moldee, serás transformado en un obrero de mayor utilidad en las manos del Dios viviente».

Hermanos, si han descuidado el hábito de leer las Escrituras de forma sistemática, con un plan para leer desde el Génesis hasta el Apocalipsis dentro de un marco de tiempo específico, ¡les pido solemnemente que comiencen hoy mismo!
No soy músico y desde que perdí la audición, no puedo escuchar música, pero una mañana, cuando mi mente estaba muy fructífera, comencé a pensar que, si fuera un israelita en los tiempos del éxodo, ¿cuál sería la tarea que como padre tendría que llevar a cabo todas las mañanas? Saldría a recoger el maná para mí y para mi familia. Entonces tenemos la horrible historia de cómo los israelitas comenzaron a despreciar el maná. Piensen en que este maná tenía toda la fibra, todos los fitoquímicos, todos los minerales, todas las sustancias que se necesitaban para que la gente estuviera saludable y bien por cuarenta años en el desierto, pero dijeron: «Este maná es muy ligero; queremos algo mejor».

En ese momento, pensé que las personas en nuestros días se comportan de una manera muy similar. Dios nos ha dado el maná, pero nosotros comenzamos a despreciarlo. Entonces, pensé, hablándome a mí mismo: «Albert, ¿por qué estás aquí? ¿Por qué bajas a tu despacho todas las mañanas y te sientas en tu sillón de cuero y coges tu Biblia?» Me vinieron estas palabras:

Estoy aquí para recoger el maná, Señor.
Vengo a alimentar mi alma.
Estoy aquí para recoger el maná, Señor.
Ahora, aliméntame y sáname.
Señor, Jesús es el maná.
En Él está todo lo que necesito.
Envía tu Espíritu a mí ahora, Oh Señor,
y de Él me alimentaré en verdad.
Porque vengo a recoger mi maná Señor,
vengo a alimentar mi alma.

Esta se ha convertido en mi oración matutina, mañana tras mañana. Cuando Dios lo hace, es una bendición. Algunas mañanas quedamos repletos, en otras nos quedamos con un sentimiento de sequedad, pero decimos, “Continuaré regularmente. No me dejaré dominar por mis sentimientos. Estoy dedicado a relacionarme con Dios, primordialmente como un hombre cristiano”.

En segundo lugar, tenemos que conservar el hábito y el espíritu de la oración secreta.

Este hábito se enfatiza en un salmo tras otro: «Oh Señor, de mañana oirás mi voz; de mañana presentaré mi oración a ti». Jesús dijo: «Entra en tu aposento; cierra la puerta». Hay un elemento de hacer las cosas deliberadamente en esa instrucción, pero perseverando en el espíritu de oración. Orando en el Espíritu y velando con toda perseverancia. Ciertamente, hermanos, si hemos de progresar en la gracia, tenemos una necesidad urgente de perseverar en el hábito del espíritu de la oración secreta.

En tercer lugar, conserva una consciencia bíblicamente instruida, lavada con sangre, irreprensible delante de Dios y delante de los hombres.

Conserva una consciencia que esté bíblicamente instruida. La voz de la consciencia ha sido corrompida por el pecado. Algunas veces, llama malo a lo que no tiene nada de malo, y algunas cosas que no son buenas, las llama buenas. Debemos llevar nuestras consciencias de manera continua a la luz de la Palabra. Las demandas de la consciencia siempre son definitivas. Nunca se debe violar la consciencia. Todo lo que no procede de fe, es pecado. Si no puedes hacer algo con la convicción de que es bueno, no lo hagas, aunque no tenga nada de malo en sí mismo. Pablo les dijo a las personas que, si al comer carne que había sido sacrificada a ídolos, aún sentían que: «No puedo comerme esta carne y separarla del ídolo. Siento que de alguna manera estoy participando en la adoración a los ídolos», a estas personas Pablo les dijo: “Ustedes tienen una consciencia débil que no ha sido instruida correctamente, pero mientras sea débil, ¡no se coman esa carne! Porque todo lo que no procede de fe, es pecado». Debemos instruir a nuestras consciencias de forma constante. Necesitan atención continua para mantenerlas sensibles.

Cuando se comienza a violar la consciencia, un callo se forma sobre esta, y es necesario llevarla una y otra vez a ser lavada por la sangre de Cristo, teniendo un corazón purificado de mala consciencia. Entonces podremos decir como Pablo en 1 Corintios 4:4: «Porque no estoy consciente de nada en contra mía; mas no por eso estoy sin culpa. No estoy diciendo que soy perfecto a los ojos de Dios, pero que yo sepa, no tengo controversia con mi consciencia actualmente». Hermanos, quiero pausar aquí por unos momentos. Es algo tan crucial. Entre otras, esta era la ambición que impulsaba a Pablo hacia delante. Hechos 24:16: «Por esto, yo también me esfuerzo por conservar siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres». En todo momento de su vida, en medio de un naufragio, en medio de la sinagoga, cuando lo apedreaban o cuando estaba sentado en la casa de alguna persona pudiente como un beneficiario de la hospitalidad cristiana y piadosa, Pablo dijo: «Donde sea que esté, a todo tiempo, me esfuerzo». Utiliza un término que está relacionado con el atletismo: «Me sujeto a una disciplina espiritual estricta para conservar una consciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres en todo tiempo». Una vez que renuncias a una buena consciencia, estás en peligro de caer en apostasía.

En 1 Timoteo capítulo 1, Pablo afirma: «Algunos han rechazado una buena consciencia y naufragaron en lo que toca a la fe». Hermanos, ¿ustedes tienen una consciencia tierna que ha sido instruida bíblicamente, lavada por sangre, irreprensible delante de Dios y de los hombres? ¿O sus computadoras los acusan y declaran que son “culpables de inmundicia”? ¿Qué sabe Dios y qué saben ustedes acerca de lo que entra por sus ojos por medio de la pantalla de la computadora? ¿Qué sabe Dios y qué saben ustedes acerca de los momentos en los que han tenido palabras ásperas para con sus esposas? ¿Acuden inmediatamente a Jesús y le piden perdón por esas palabras ásperas? ¿Buscan a sus esposas y le confiesan, “Querida esposa, he pecado contra ti, perdóname”»? Así se debe tratar el asunto. No se debe añadir un «pero». No. Cada palabra que sigue el «pero» invalida la confesión. «Pequé contra ti con palabras de enojo, pero tú me provocaste». No, no, no. Para conservar una buena consciencia es necesario admitir que hemos pecado. «He pecado. ¿Me puedes perdonar?» De esta manera se corre hacia la fuente que está abierta para lavar el pecado y la inmundicia.

Cuando has dicho algo desde el púlpito, que es una exageración, para lucir mejor ante los ojos de las otras personas, o has dicho algo que no era la pura verdad para esconder alguna carencia en tu propia vida, necesitas confesar tu pecado a Dios. Necesitas confesarlo desde tu púlpito, ante Dios y ante tu gente: «Querida gente, cuando dije esto o aquello en el sermón, hablé de una forma que me hacía lucir mejor en la situación que estaba describiendo. He pecado. ¿Me pueden perdonar por mi deshonestidad?» Conserven una consciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres.

En cuarto lugar, libren una guerra feroz con el pecado remanente.

Romanos 8:13: «Porque si vivís conforme a la carne, habréis de morir; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis». Jesús habló de cortarse la mano derecha y sacarse el ojo derecho. Hombres, les ruego que si no están familiarizados con los tres tratados de John Owen sobre la mortificación del pecado, sobre el tema de la tentación y el tema del pecado remante, obtengan ese libro y comiencen a leerlo en oración. Si pueden leerlo de rodillas en oración, léanlo de rodillas, pidiéndole a Dios que les enseñe cómo tratar con el pecado remanente, con la tentación y con la realidad del pecado que mora en nosotros de forma implacable. Luego cultiven la gracia de la semejanza a Cristo concienzudamente. Hay muchos pasajes bíblicos que tocan este tema.

Aquí debo parar. Hermanos, estos asuntos no son nada nuevo, nada sofisticado, ¡son simples! La vida cristiana se compara a una guerra, es un maratón, no un “sprint”. Que Dios nos ayude a utilizar todos los medios que Él ha señalado, para que podamos avanzar hacia lo que algún día seremos, semejantes a Él. Semejantes a Él, para siempre. Vamos a orar.

Padre, es nuestra oración que Tú tomes estos pensamientos que son de tu Palabra y que los escribas profundamente en nuestros corazones para que nosotros, como hombres, podamos ser en verdad personas que están buscando la santidad con pasión, según el modelo de nuestro Señor Jesús. Concédenos la gracia que se manifiesta tan abundantemente en Él. Concédenos, te rogamos, todo lo que necesitamos para darle muerte a nuestros pecados de manera más eficaz, para salir más victoriosos de la tentación a pecar. Ayúdanos Señor, ten misericordia de nosotros, te rogamos en el nombre de Jesús. Amén.

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Let’s seek God’s face in prayer for His blessing upon the ministry of the Word of God.

Father, You have commanded us to come before Your presence with thanksgiving, to enter into Your courts with praise. We do that today, thankful for the mercies that have surrounded us already in the early hours of this day. We thank You for a good night of rest. We thank You that we’ve been able to place our feet on the floor. You have fed us with our necessary food. You have brought us safely here through the heavy New York/New Jersey traffic. We are gathered here, that we might hear Your voice. We pray for Your servant, that he may be upheld to be able to speak Your Word, truthfully, clearly, and above all in the power and the demonstration of the Holy Spirit. Thank you for each of the men gathered here in this place. We pray that each one may know what it is to sense the Holy Spirit’s ministry to his heart, that together we may fall before You in worship and praise. Hear our prayers, and meet with us we plead in Jesus’ worthy name. Amen.

You men know from the announcement found in your program that I am scheduled to preach to you on this subject: pursuing personal holiness and likeness to Christ—a primary ministerial passion. Most of you know that there are three primary colors: red, yellow, and blue. All other colors derive from different combinations of those primary colors. In these conferences, over the past years and even in the conference this year, in one way or another, one of the passions that has been set before you, men, that you ought to cultivate, is the passion to earn the reputation of being Bible-saturated, exegetically accurate, Spirit-empowered, earnest and pointed preachers of the Word of God. I hope that’s the passion of every man sitting here today called to minister the Word of God.

Surely, you want to be a Bible-saturated preacher, explaining the Bible by the Bible, illustrating the Bible with the Bible. Bible-saturated, but exegetically accurate. That is, when you stand before your people to open up the Scriptures, you are not putting into the words of Scripture what you want, you are extracting out of the word of Scriptures what God intended when He put His mind in His Holy Word. I hope that’s a passion, not just to be Bible-saturated, but exegetically accurate. Also, you need to be Spirit-empowered. That when you open up the Scriptures, and when you preach sermons saturated with the Bible, you can say with the Apostle Paul, “My speech and my preaching were not with enticing words of men’s wisdom, but in demonstration of the Spirit, and of power, that you faith should not rest in the wisdom of men, but in the power of God.” I hope you have a passion not only to be Bible-saturated, exegetically accurate, Spirit-empowered, but earnest and pointed preachers of the Word of God, that you are not just saying good things and true things into the air, but you are seeking to penetrate into the hearts and consciousness and lives of your people.

Surely, when we turn to such passages as 2 Timothy 2:15 and 2 Timothy 4, these passages are the taproots of having a passion to be that kind of a preacher. For Paul said to Timothy in 2 Timothy 2:15, “Do your utmost, continually strive to be a workman who needs not to be ashamed, handling aright the word of truth.” To explain the Bible with the Bible. In 2 Timothy 4 Paul says, “I charge you in the sight of God, and in the light of the day of judgement: preach the word; reprove, rebuke, exhort with all longsuffering and teaching. The time is coming when men will not endure sound doctrine.”

So, as I said in recent past conferences where I generally track with you during the week of your conference when I get the announcement of who’s going to preach and what’s going to preach, I trust that over the years not a few of you have become men passionate to become that kind of a preacher: Bible-saturated, exegetically accurate, Spirit-empowered, earnest, pointed preacher of the Word of God.

What I want to do today, God helping me, is to demonstrate from the Scriptures another primary passion of every man of God. What is that primary passion? It is pursuing personal holiness of heart and of life, a holiness patterned after and measured by increasing likeness to Christ.

If someone were to have stopped me in the parking lot on the way in and said, “Pastor Martin, what do you hope to accomplish as you preach today?” I would answer without reservation: “Under God and with the blessing of the Holy Spirit, I want to persuade every pastor in this conference to pursue personal holiness of heart and life, a holiness patterned after and measured by increasing likeness to Christ.” Now, how will I pursue that goal? I will pursue it under two headings.

I want to consider with you a biblical and theological basis for this passion. “Why should I have such a passion?” You have a legitimate ground to ask me that question. My answer is going to be: to give you a biblical and theological basis for having this passion, and having done that, secondly, to set before you the biblically appointed means to pursue that passion. It’s one thing to have that passion; it’s another thing to pursue it along the tracks that are laid by the Scriptures. Just as we are not free to set out what our passion should be, we are not free to determine how to pursue that passion. So, I want to set this truth before you in the time allotted to me, under those two headings.

1. The biblical and theological basis for pursuing personal holiness and likeness to Christ as a primary ministerial passion.

My basic thesis is this: the biblical and theological basis for this challenge is nothing more and nothing less than the purpose and the activity of the triune Godhead in redemptive grace. In other words, it is what God has done and is doing in His redemptive grace—not His common grace that spreads a canopy of goodwill over all men—but in His saving grace, central to the purpose and plan and working of God in redemptive grace is the matter of your holiness and my holiness; your likeness to Christ and my likeness to Christ.

One of the wonders of God’s saving mercy is that it involves the engagement of all three Persons of the blessed Trinity. When we turn to the Scriptures, we see precisely what each Person in the Godhead does in connection with our salvation. When we do that, we discover that central to the action of each Person is the design to make the recipient of that salvation like Jesus.

When the Father and the Son and the Holy Spirit in the deep recesses of eternity—we feel like fools when we talk this way, but it’s the only way we can talk—when Father, Son and Holy Spirit in the deep bowels of eternity conceived a plan to rescue man, who in Adam would fall away from God, bring mankind under the condemnation and judgement of God, and seeing the direction man would go, God purposed that a vast multitude out of every kindred, tribe and tongue of every nation would be gathered to Himself within the framework of redemptive grace in that activity of the Triune God. Father, Son, and Holy Spirit—one mind, one will, but distinctive elements of what they would do in effecting and applying that salvation—were completely united in this: that that salvation would result in coming to rebellious, hell-deserving sinners, and change them ultimately into the very likeness of Jesus Christ, both soul and body, after the pattern of the glorified Christ. Central, you see, to this salvation is that God is committed—in His Triune Being—to have a holy people.

Now, let me prove that from the Scriptures. The Scriptures make it plain that the work, the activity of election—when God sets His mind and heart upon a specific number of specific sinners to provide and to apply to them His great salvation—God the Father’s unique place in the plan of that redemption is: election.

God the Father purposes and choses our redemption

In Ephesians chapter 1 we read these unmistakable words. Ephesians 1:3, “Blessed be the God and Father of our Lord Jesus Christ, who has blessed us in Christ with every spiritual blessing in the Heavenly places; even as He [God the Father] chose us in Him [that is, in Christ], before the foundation of the world.” Here, election is attributed especially to the God and Father of our Lord Jesus Christ. When He chose us, what end did He have in view? Look at the text, “Chose us in Him before the foundation of the world, that we should be holy and blameless before Him.” So, when God’s heart was set in free, sovereign, electing love upon a people whom He would save, His purpose was choosing them that they should be holy and blameless before Him.

When we trace our salvation back as far as we can trace it with an open Bible, we come to the mystery and the wonder of God the Father’s electing grace; tied to that election was His purpose to have a people who would be holy and blameless before Him. God the Father, in His electing love and predestinating choice and purpose, was committed to have a people who would be holy. Look at a second text. I’ll be looking at two key texts under each of my headings at the mouth of two or three witnesses; let every word be established.

Turn to Romans chapter 8. We’ll break into the middle of Paul’s writing. We read in Romans 8:28, “And we know that for those who love God all things work together for good, for those who are called according to His purpose. For those whom He foreknew..” That word ‘foreknew’ means ‘those whom He loved beforehand.’ “..He also predestined to be conformed to the image of His Son, in order that He [that is, His Son Jesus], might be the firstborn, the chief among all others, among many brothers.”

Here we have a second text that indicates that when God the Father set His distinguishing love upon specific sinners, notice, it doesn’t say, “What He foreknew.” People say, “Well, God saw you would believe, and when He saw what you would do He chose you.” No. It doesn’t say, “What He foresaw,” but, “Whom He foresaw.” It is people whom He loved beforehand, those upon whom He set His free, sovereign, electing love and choice. He predestined. This is what He had in view: “When I take these guilty, vile, sinful, polluted, unclean sinners, when I am done applying to them—on the basis of the work of My Son—My salvation, they are going to be completely reflecting the family likeness with Jesus as the firstborn among His whole redeemed family.” You look at anyone of them, and you’ll say, “He looks like Jesus. Look at her; she looks like Jesus.” They shall be perfected in a holiness after the pattern of the Lord Jesus Christ.

God the Son procures our redemption by His saving acts

We move secondly, to consider the place of God the Son. God the Father purposes and choses, but it is God the Son who actually procures our redemption by His saving acts. It is by the saving acts of the incarnate Word that our salvation is procured and effected.

When the Lord Jesus came to Mary’s womb, His last words when He left Heaven were these: “A body You have prepared for Me. Lo, I come, it is written of Me to do Your will, O God.” What was in the heart of the Lord Jesus, as He envisioned leaving all of the glories and what someone has called “the trappings” of the immediate presence of God in Heaven? He came to the dark, limited confines of Mary’s womb. I’ve sought to preach on Sunday morning and focus on what it meant for Him to take a true, human soul and a true, human body in Mary’s womb. What beat in the heart of the Son of God as He grew up as a little boy, became a man, became conscious of the ministry entrusted to Him? What was the driving passion that took Him all the way to the bloody sweat in Gethsemane, to the horrific, brutal treatment of the scourging, the mocking, and ultimately the crucifixion, the darkened heavens, and the abandonment by the Father? What was the passion of Jesus? Let’s look at two passages of Scripture, and we will see as we did with the Father’s election, that holiness and likeness to Christ was central, so with God the Son.

Ephesians chapter 5. Here we see this wonderful example of how biblical doctrine and the most practical duties are wedded together in the Bible. The duties are rooted in the doctrines, and the doctrines flower in the duties. We can’t separate duties and doctrine. In the Bible they are inseparable, and God help us if we separate them in our thinking and in our ministries. Paul wants to teach husbands how to love their wives, and he reaches into one of the deepest doctrines in all of Scripture in order to tell husbands how they are to love their wives. He writes in verse 25, “Husbands, love your wives, as Christ loved the church, and gave Himself up for her.” Now, why did He love then give? He’s going to tell us. These are three purpose clauses. “In order that He might sanctify her, having cleansed her by the washing of water with the word.” “He gave Himself up.” Compressed into those three words—‘gave Himself up’—is all that Scripture tells us of all of His manifold sufferings, culminating in His abandonment and His cry of forsakenness. “He gave Himself up for her, in order that He might sanctify her, having cleansed her by the washing of water with the word.” “He gave Himself up in order to sanctify her.” That is, to set her apart from her native condition of bondage to sin, pollution in her sin, uncleanness in her sin.

Think of Ezekiel 16, when God speaks of His relationship to Israel, and found her like an unwashed newborn, with her umbilical cord not cut. Eventually Yahweh takes Israel to Himself. He cleanses her, washes her, makes her a beautiful bride. Ezekiel 16 has its shadow over this passage. But this is the central point: “He gave Himself up that He might sanctify her.” To set her apart to Himself.

Not only set apart to, but set apart from the dominion of sin, the practice of sin, the defilement of sin. What will be the ultimate issue? Look at the text. He did this, “So that [another purpose clause], He might present the church to Himself in splendor, without spot or blemish; that she might be holy and without blemish.” He gave Himself up that He might sanctify, cleanse, present to Himself a spotless, blemishless bride. This is why Jesus died. He died not only to turn away the wrath of God we deserved. He lived His perfect life not only to earn a credit on our behalf to make our entrance into Heaven a righteous act of God, but He died that He might have a holy bride, and present that bride to Himself without a spot, without a blemish. Here I must digress, because I’m preparing a message on this subject, and I just must tell my brain, “Shut down. Don’t go there. That’s not your subject for today.” If you have that trouble sometimes, preachers, I’m in it with you. But notice that this is what was envisioned by our Lord.

We find a similar emphasis in Titus chapter 2. Remember now, what I’m trying to show you is that the biblical and theological basis for my saying that pursuing personal holiness after the likeness of Christ is a primary, ministerial duty and privilege. We’ve seen that the answer to why that should be so lies in the work and purpose of the Godhead in our salvation: the Father’s election, the Son’s purchase of His bride. Titus chapter 2. Here again we see how doctrine and duty are wedded. There are few chapters in the Bible that contain more practical teaching than does Titus chapter 2. He’s talking here, notice in verse 2, telling Titus, “That this is what you’re to tell the old men.” Verse 3: “This is what you’re to tell the older women.” Verse 4, “This is what you’re to tell the younger women.” Verse 6, “This is what you’re to tell the younger men.” Notice that there is practical teaching to all these different segments of the church there in Crete.

It’s as though Titus said, “Paul, when I teach the people these things—for you’ve told me this is what I am to teach them, very specific moral and ethical instruction about how to live—what am I to tell them as to the question, “Paul, why did you teach this to Titus? Titus, why are you so painstaking in teaching us these specific patterns of life?” He is going to answer in verse 11. Here’s the reason: “For the grace of God has appeared, bringing salvation for all people, training us to renounce ungodliness and worldly passions and to live self-controlled, upright, and godly lives in our present age; waiting for the blessed hope and appearing of the glory of our great God and Saviour Jesus Christ.”

Now notice, “Who gave Himself for us.” Similar language to Ephesians 5. He gave Himself for us, why? “To redeem us from all lawlessness, and purify for Himself a people for His own possession, who are zealous for good works.” In other words, Paul is telling Titus to teach the people, “If you regard this detailed, specific instruction about how you are to live as old men, young men, older women, young women, slaves; if you are indifferent to pursuing in detail the kind of lifestyle I’m teaching you, you are treating lightly the very purpose for which Jesus died!” How can you claim to love Jesus if you are indifferent to the purpose for which Jesus died? He died to redeem us from all iniquity and to purify to Himself a people who are zealous for good works, who are living a life in which they are renouncing ungodliness and worldly passions, and are living self-controlled, upright, and godly lives in this present age.

Brethren, if that’s the purpose for which Jesus died, and you’re standing behind a pulpit Sunday by Sunday, preaching the great truths of a redemption that is brought to men based upon the Person and work of Christ, how can we preach that purpose of God in redemption for our people, if we are not fully embracing it for ourselves, where this business of being a holy man, a Christ-like man has become a passion?

God the Holy Spirit primarily applies redemption

Thirdly, let’s consider the place of God the Holy Spirit. To God the Holy Spirit, God has given the privilege of actually applying the redemption purposed by the Father and purchased by the Son. When the Holy Spirit comes to apply this salvation purposed, chosen in Christ to be Holy, purchased by Christ that He might have a pure bride, what does the Holy Spirit do? He falls in line with the choice of the Father and the purchase of the Son, and He applies that salvation in such a way that all who receive it begin to become holy men and women. When that salvation is completed, they will be just like Jesus. Look at several texts.

Turn to 2 Thessalonians chapter 2. 2 Thessalonians 2:13-15, “But we ought always to give thanks to God for you, brothers beloved of the Lord, because God chose you from the beginning to be saved.” Notice how, “Through sanctification by the Spirit and belief in the truth: to this he called you through our gospel, so that you may obtain the glory of our Lord Jesus Christ.” So then, brothers, stand firm, and hold the traditions that you were taught by us, whether by our spoken word, or by our letter.” Notice this language. When God actually calls with His effectual call those whom He’s chosen, those for whom Jesus died, they are brought into the possession of salvation through, by means of the sanctification of the Spirit and the belief of the truth.

When the gospel is preached, and as Paul says in the first letter, when that gospel comes not in word only, but in power and in the Holy Spirit and in much assurance, and that word of the gospel is believed, the Spirit in conjunction with giving the gift of faith cuts people loose from their deliberate, willful attachment to sin as their master, to the devil as their lord, to the world as their delightful companion. They are sanctified by the Spirit in the very act of the believing of the truth. If there is no belief of the truth, there’s no sanctifying work of the Holy Spirit, but where there is belief of the truth, there is the calling of God that brings the effectual call to the sinner, into the orbit of God’s sanctifying work.

I must give you the second one on the work of the Spirit. We have two witnesses. 1 Peter 1:1, “Peter, an Apostle of Jesus Christ, to those who are elect exiles of the Dispersion in Pontus, Galatia, Cappadocia, Asia, Bithynia.” As it were, bracket out those different places and read the text like this: “Who are elect according to the foreknowledge of God.” That is, God, knowing, loving, choosing ahead of time, He identifies them as elect. “According to the foreknowledge of God the Father, in the sanctification of the Spirit, for obedience to Jesus Christ and for sprinkling with His blood.” God never sprinkles a sinner with the blood of His Son without bringing that sinner into the realm of the sanctifying work of the Holy Spirit taking them out of their bondage and their submission to a lifestyle of indifference to God and His law and His ways, and setting them apart unto Himself and into the path of increasing, progressive sanctification.

Let me say now by summary and application of this first heading: why should you have as a personal passion to become a more holy man, a man whose holiness is measured by likeness to Jesus? I answer: because in the salvation of the Triune Godhead, making you a holy man is central to the entire Godhead in the planning, the executing, and the applying of our salvation. That’s pretty heavy stuff, isn’t it? That’s weighty stuff. The very fabric of our salvation is woven with the divine purpose to make us a holy people.

When we are regenerated by the Spirit of God, God does many things, but there is one thing I want to highlight. When God takes out the heart of stone—to use the language of both Jeremiah and Ezekiel in the New Covenant—when He takes out the heart of stone and He gives us a tender heart of flesh and He gives us the gift of the Holy Spirit, there’s something else He does. He impregnates our hearts with a longing and a passion to become what we will eventually be when that salvation is completed. What will we be when it’s completed? We will be conformed to the image of Christ. The longing to be completely formed—which we will one day experience—comes when we are truly converted. God puts in us a passion to be done with all sin. If we could, we would chop off one finger each day of the week if we knew we would never sin again!

God puts within us a yearning. “I want to be done with all sin. Sins of thought, sins of word, sins of attitude, sins of omission, sins of commission. O God, will I ever, ever, ever be done with sin?” God says, “Yes, my child. When My Son appears.” (1 John 3.) We will see Him as He is, and we shall be like Him. Most of us will get that in two stages: the moment we die—in a millisecond, when we breathe our last and the heart stops beating and the soul and body are separated—in that instant God will bring into us such a measure of the power of His sanctifying grace, that every last remnant down to one-tenth of ten millionth of sin will be forever and forever purged from our spirits.

In the same instant, our spirits will be infused with every single likeness to Christ. We will have every attitude, every disposition that marks the perfection of Christ. God will not only have us forever done with sin, He’ll have us clothed with all the graces of Christ so our spirits, the moment we die, join the spirits of just men made perfect. Perfect. A perfection that will grow. It will develop, but it will not increase to a new level of perfection. Perfection is perfection! What a marvelous thing to know that that will be true one day.

The problem we have is: it ain’t true now. We wish it were true now! Because our hearts are impregnated with compassion for what we will one day become, we then take seriously what the Bible tells us as to how we can make progress, moving to the goal that will ultimately be realized: perfect conformity to Christ. Most of us will get the first installment at death; those who are alive at His return will get both installments at once, when the heavens part and the voice of the archangel speaks and the trump of God blows. We will look up and the skies will be rolled up like a scroll, and we shall see our returning Lord.

He will take care of His dead ones first. “The dead in Christ shall rise.” We will see Him and say, “O Lord, when are you going to give me my glorified body?” The Lord’s going to say, “You’ve got to wait a minute. I have to take care of My dead ones first. I’m going to take care of those who died in union with Me.” Then we who are alive and remain unto the coming of the Lord shall be caught up together with them. They’re going to precede in some way I do not know, but then together we will have our glorified body, fashioned after the body of His glory. (Philippians 3:20-21.)

We have it there brethren: the entire Godhead committed to make us holy. If we are indeed those who have been effectually called into union with Christ, have been given a new heart, then for us the passion to be holy men is not thought a strange thing. Remaining sin is our greatest burden and our greatest irritation.

Rabbi Duncan was a Scottish theologian that was so knowledgeable in Semitic languages and issues related to Israel, that they gave him the title ‘Rabbi.’ He wasn’t a rabbi, but they called him ‘Rabbi Duncan.’ Rabbi Duncan said this, “You hear Christians talking and they say, ‘Well, nobody is perfect. Oh yes, I did that, but nobody is perfect.’ Those words ‘nobody is perfect’ are the hypocrite’s pillow. They are the true Christian’s bed of thorns.” “Nobody is perfect,” that’s a pillow for the hypocrite, but the true child of God says, “Nobody is perfect, and I am one of those imperfect ones. I am one of the wretched men. Who shall deliver me from the body of this death? O God, will it ever come to pass that I sin no more?” “Nobody is perfect.” Is it your pillow or is it your bed of thorns? If we are the Lord’s, and if we are in a healthy state of grace, we know what the bed of thorns is, and we long for the day when we shall be like Him and shall see Him as He is.

2. The biblically appointed means to pursue personal holiness and likeness to Christ as a primary ministerial passion.

Let me seek now to demonstrate what are the biblically appointed means to pursue this passion. If sitting here today you’re heart has resonated and you’ve said, “O Pastor Martin, I know that horrible bed of thorns. I long to be more like Christ. I long to get victory over my touchiness; I want to get victory over my lust; I want to have victory and grow in the grace of true love that bears all things, believes all things, hopes all things. What can I do to be a more holy man?” I want to lay this simple thesis before you: that God has given to us means that we need to be conscientious, consistent, and all-our-lifetime engaged in these means ordained by God to produce holiness and likeness to Christ. These things must be engaged in conscientiously. By that I mean what is governed or done according to what we know and believe is right. Once we are persuaded that a matter is right and is the will of God, we are to be committed to it conscientiously, and also consistently, holding to the same principles or practice.

I’ve said it’s a lifelong pattern too. I would like to tell you, men, that with the passing of the decades, it’s become easier and easier to live the Christian life, but if I were to tell you that I’d be a liar. The longer you’re in the way, the more the devil has to gain if He can get you out of the way, because you have a longer trail of people who know what you profess and what you preach. The stock of your ability to bring shame to Christ and dishonor to His name grows year after year after year after year. It makes the battle more intense. It makes the issue such that if we are not conscientiously consistent, committed to a lifelong pattern of this life, it is doubtful that we wouldn’t be anything more than wreckage along the highway. So, let me give you just the heads, and you’ll have to work out the details on your own. What are those things appointed by God?

Firstly, basic to everything: feeding your soul upon your Bible, simply as a Christian man for your own growth and holiness and likeness to Christ, with no conscious thought of finding food for your people.

In other words, the Bible must always be primarily God’s instrument to make me more like Christ, not just a means to tell others how to become like Christ.

Jeremiah said in chapter 15, verse 16, “Thy words were found, and I did eat them; thy words were unto me the joy and rejoicing of my heart.” Jesus prays for us, “Father, sanctify them in the truth; thy Word is truth.” Who is the blessed man described in Psalm one? “He does not walk in the counsel of the ungodly, stand in the way of sinners, sit in the seat of scoffers, but his delight is the law of the Lord; and on His law he meditates day and night. He shall be like a tree planted by the waters.” His root system goes down into the cool, refreshing, fruit-producing life of the Word of God.

Brethren, we must be committed to that relationship of the Scriptures, in which we come to them primarily for our own communion with our God, for our own exposure of our own sins and our duties. We should never have our Bibles become primarily an official textbook from which to get things to say to others, but the voice of God speaking to our own hearts.

There is one other key text: 2 Timothy 3:14-17. It is a text that is often used of all God’s people, and it’s not sinful to do it, but if you look at the language it’s very clear. Paul has reminded Timothy of the function of the Scriptures in his own life. This is what he says in verse 14, “But as for you [that is, Timothy] continue in what you’ve learned and have firmly believed, knowing from whom you learned it. And how from childhood you have been acquainted with the Holy Scriptures, the sacred writings.” Now notice, “Which are able to make you, Timothy, wise for salvation through faith in Christ Jesus. All Scripture is breathed out by God, and profitable for teaching, for reproof, for correction, for training in righteousness.” Now notice carefully the next words, “That the man of God may be competent, equipped for every good work.” The term ‘man of God,’ with its taproots in the Old Testament, is the name or the title given to those marked out and set apart for special leadership and service among the people of God.

So, he’s saying, “Timothy, the Scriptures—taught to you by your grandmother and your mother—are divine instruments that have led you to salvation by faith in Christ. But Timothy, they have another function, having been let to faith in Christ and set apart by the sanctifying work of the Spirit. Timothy, you must grow in grace; you must grow in likeness to Christ; you must grow in victory over sin; you must grow in understanding and fulfilling your duties. Timothy, Scripture that was sufficient to bring you to faith in Christ, breathed out by God, is also profitable for teaching, teaching you, Timothy. Reproving you, correcting you, training you in the life of righteousness that you, the man of God, may be competent, equipped for every good work. As Scripture shapes and molds you, you become a workman who will be more useful in the hands of the Living God.”

My brothers, if you’ve gotten out of the habit of systematically reading through the Scriptures, having some plan by which you go from Genesis to Revelation over a given period of time, I solemnly urge you to start today!

I’m not a musician, and since the loss of my ears I can’t process music, but one morning, my mind was rather fruitful. I was thinking of the fact that if I were an Israelite living in the days of the Exodus, what would I do every morning as a father? I’d go out and gather manna for me and for my family. Then you have the horrible story of how they began to despise the manna. Here they had—think of it—all the fiber, all the phytochemicals, all the minerals, all of the substances needed to keep people healthy and well for forty years in the wilderness, and they said, “Pff, this manna, this light thing. We want something better.”

I thought that’s like a lot of people in our day. God has given us manna, and we begin to despise the manna. Then, as I thought, speaking to myself, “Albert, what are you here for? What do you come down to this leather chair in your study every morning for and grab your Bible?” These words came to me: “I’ve come to gather my manna, Lord. I’ve come to feed my soul. I’ve come to gather my manna, Lord. Now, feed me, and make me whole. Jesus is all the manna, Lord. In Him there is all I need. Send me Your Spirit now, O Lord, that on Him I’ll truly feed. For, I’ve come to gather my manna, Lord. I’ve come to feed my soul.” That’s become my morning prayer, morning after morning after morning. When God does it, it’s a blessed thing. Some mornings you leave feeling gorged; some mornings you leave feeling dry, but you say, “I will consistently continue. I will not be whipped about by how I feel. I am committed to have my dealings with God’s Word primarily as a Christian man.”

Secondly, we must maintain the habit and the spirit of secret prayer.

The habit is underscored in Psalm after Psalm. “O Lord, in the morning You will hear my voice. In the morning I will order my prayer unto You.” Jesus said, “Enter your closet, shut the door.” There’s an element of deliberateness in that instruction, but maintaining the spirit of prayer. Praying in the Spirit, and watching thereunto with all perseverance. Surely, brethren, we need desperately—if we are to make progress in grace—to maintain this habit in spirit of secret prayer.

Thirdly, maintain a biblically instructed, tender, blood-washed, non-accusing conscience towards God and man.

Maintain a biblically instructed conscience. The voice of conscience has been twisted by sin. It calls come things wrong that are not wrong, and some things right that are not right. We must continually bring our conscience to the light of the Word. The claims of conscience are always ultimate. You must never violate your conscience. Whatsoever is not a faith is sin. If you cannot do a thing convinced it’s right, don’t do it, even though it may not be wrong in itself. Paul said to these people that when they would eat meat that had been offered to idols, they still felt, “There’s no way I can eat that meat and separate it from the idol. I am in some way participating in idol worship.” Paul said, “You’ve got a weak conscience. It’s not properly instructed, but as long as it’s weak, don’t eat that meat!” “For whatsoever is not a faith is sin.” We must continually have our consciences instructed. They must continually be kept tender.

Once you start saying no to conscience, you put a callus over your conscience, and you must bring it again and again to be washed in the blood of Christ, having your heart sprinkled from an evil conscience. To be able to say with Paul in 1 Corinthians 4:4, “I know nothing against myself, yet am I not hereby justified. I’m not saying I am perfect in the eye of God, but I have no known controversy with my conscience at the present moment.” Brethren, I do want to park here for just a few moments. It’s so crucial. This was Paul’s driving ambition among others. Acts 24:16, “Herein do I exercise myself to have always a conscience void of offense to God and man.” At any point in his life, in the midst of a shipwreck, in the midst of a synagogue, being pummeled with stones, sitting in a wealthy person’s home, the recipient of godly, Christian hospitality. Paul said, “Wherever I am, at all times, I exercise myself.” He uses an athletic term. “I subject myself to a strict, spiritual discipline to have a conscience void of offense to God and to man at all times.” Once you give up a good conscience, you run the danger of apostasy.

Paul says in 1 Timothy chapter 1, “Certain ones who cast off a good conscience, and if made shipwreck concerning the faith.” Brethren, do you have a biblically-instructed, tender, blood-washed, non-accusing conscience, before God and man? Or does your computer point a finger at you and say “Guilty of uncleanness”? What does God know and what do you know about what goes into your eyes from your computer screen? What does God know and what do you know when you’ve had harsh words with your wife? Do you run immediately, “Lord Jesus, forgive me for those harsh words”? Do you seek her out and say, “Dear, I sinned against you. Will you forgive me?” There you should let the issue. You can’t say, “But.” No. Everything that comes after the ‘but’ negates your confession. “I sinned against you with those angry words, but you provoked me.” No. No. No. To have a good conscience you must own your sin. “I sinned. Will you forgive me?” And you run to the fountain open for sin and uncleanness.

When you’ve said something from the pulpit that was an overstatement to make yourself look better, or you’ve said something that was not absolutely truthful in order to hide some defect in your own life, you sin needs to be confessed to God. It needs to be confessed from your pulpit. Before God and before your people. “Dear people, when I said thus and thus in the sermon, I spoke in a way to make myself look better in the situation I described. I’ve sinned. Will you forgive me for my dishonesty? Keep a conscience void of offense to God and to man.

Fourthly, wage a merciless warfare with your remaining sin.

Romans 8:13, “If by the Spirit you mortify the deeds of the flesh, you shall live.” Jesus talked about cutting off right hands and right eyes. I beg you men, if you’re not familiar with John Owen’s three treatises on the mortification of sin, on the subject of temptation and the subject of indwelling sin, obtain that book and begin to pray through that book. If you can read and pray on your knees, read through on your knees, asking God to teach you how to deal mercilessly with your remaining sin, with temptation, and with the reality of indwelling sin. Then you should conscientiously cultivate Christ-like grace. There are so many texts for that.

Now, I must desist. These are the things, brethren, nothing new, nothing fancy, nothing simple. The Christian life is likened to a warfare, to a marathon race, not a sprint. May God help us to use every God-appointed means, that we shall press towards that which one day we shall be: like Him. Like Him, forever. Let’s pray.

Father, we pray you would take these thoughts from Your Word and write them deeply upon our hearts, that we, as men, may indeed be people who are passionately pursuing holiness after the pattern of our Lord Jesus. Give us the grace that is so abundantly manifested in Him. Give us, we pray, all that we need; that we may more effectively put to death our sins, that we may more victoriously come off from temptation to sin. Help us, Lord, and be merciful to us we plead. In Jesus’ name. Amen.

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2015 Pastors’ Conference | Pursuing Personal Holiness—a Primary Ministerial Passion

En pos de la santidad personal –una pasión ministerial primordial

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En pos de la santidad personal –una pasión ministerial primordial

Albert N. Martin

Busquemos el rostro de Dios en oración para implorar su bendición sobre el ministerio de su Palabra.

Padre, Tú nos has mandado a venir delante de tu presencia con acciones de gracias, a entrar en tus atrios con alabanza. Hacemos esto hoy, con gratitud por las misericordias que nos has concedido en las horas tempranas de este día. Te damos gracias por concedernos una buena noche de descanso. Te damos gracias porque pudimos levantarnos de la cama y poner los pies sobre el piso. Tú nos has alimentado con nuestro pan diario. Nos has guardado en el tráfico fuerte de Nueva York/Nueva Jersey para que llegáramos aquí a salvo. Estamos reunidos aquí para escuchar tu voz. Oramos por tu siervo, que él sea fortalecido para que pueda hablar tu Palabra de forma veraz, clara y, sobre todo, en el poder y la manifestación del Espíritu Santo. Gracias por cada uno de los hombres que están reunidos en este lugar. Oramos por cada uno de ellos, para que todos conozcan lo que significa sentir el ministerio del Espíritu Santo en sus corazones, de modo que juntos podamos postrarnos delante de Ti en adoración y alabanza. Escucha nuestras oraciones y ven a nuestro encuentro, esto te lo suplicamos en el loable nombre de Jesús. Amén.

Ustedes saben, porque han leído el anuncio que está en el programa, que está planificado para hoy que yo predique acerca del tema de ir en pos de la santidad y la semejanza a Cristo y de que esto sea una pasión ministerial primordial. La mayoría de ustedes saben que existen tres colores primarios: rojo, amarillo y azul. Todos los demás colores se derivan de una serie de combinaciones diferentes de esos colores primarios. En las conferencias que se han llevado a cabo en los años pasados, y en la del año pasado, de una manera u otra, una de las pasiones que se ha puesto delante de ustedes, hombres, y que deben cultivar, es la pasión por ganarse la reputación de ser exégetas precisos, saturados de Biblia, llenos del poder del Espíritu Santo, que predican la Palabra de Dios de una manera fervorosa y directa. Espero que esta sea la pasión de todo hombre que está sentado aquí hoy y que ha sido llamado a ministrar la Palabra de Dios.

Seguramente, ustedes quieren ser predicadores que están saturados de Biblia, que acuden a la Biblia para explicar la Biblia, que acuden a la Biblia para ilustrar la Biblia; predicadores que están saturados de Biblia, y que, a la vez, son exégetas fieles. Esto significa que, cuando te paras en frente de tu gente para abrir las Escrituras, no interpretas las palabras de las Escrituras cómo te parece bien, sino que extraes de ellas lo que estaba en el propósito de Dios cuando plasmó su mente en su Santa Palabra. Espero que esta pasión no sea solamente por ser predicadores saturados de Biblia, sino también exégetas fieles y precisos. También, necesitan el poder del Espíritu Santo para que, cuando abran las Escrituras y cuando prediquen sermones que estén saturados de Biblia, puedan decir junto con el Apóstol Pablo: «Y ni mi mensaje ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no descanse en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1 Corintios 2:5). Es mi esperanza que ustedes tengan una pasión, no solamente por ser predicadores que están saturados de Biblia, que son exégetas precisos y que tienen el poder del Espíritu Santo, sino también que prediquen la Palabra de Dios con claridad y fervor, que no estén diciendo cosas buenas y verdaderas al aire, sino cuya meta sea penetrar los corazones, las mentes y las vidas de su gente.

Seguramente, cuando vamos a pasajes como 2 Timoteo 2:15 y 2 Timoteo 4, vemos que estos textos son las raíces principales de una pasión por ser ese tipo de predicador. Pablo le dijo a Timoteo en 2 Timoteo 2:15: «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad». Esto implica usar la misma Biblia para explicar la Biblia. En 2 Timoteo 4, Pablo declara: «Te encargo solemnemente, en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por su manifestación y por su reino: Predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción. Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina».

Así que, como dije anteriormente acerca de las conferencias que se han llevado a cabo en el pasado reciente (las cuales yo generalmente también sigo con ustedes durante esa semana de la conferencia, cuando recibo el anuncio acerca de quién va a predicar y sobre qué tema), espero que, a través de los años, muchos de ustedes han llegado a ser hombres que tienen una pasión por ser ese tipo de predicador que está saturado de Biblia y que es un exégeta preciso, que predica la Palabra de Dios con el poder del Espíritu Santo y con fervor y claridad.

Con la ayuda de Dios, hoy quiero demostrar, basándome en las Escrituras, otra pasión primordial de todo hombre de Dios. ¿Cuál es esa pasión primordial? Es una pasión por ir en pos de la santidad personal, una santidad que se manifiesta en el corazón y en la forma de vida, que tiene a Cristo como su modelo y cuya medida es una semejanza a Él que va en aumento.

Si hoy alguien me hubiera detenido en el estacionamiento antes de entrar aquí y me hubiera preguntado: «Pastor Martin, ¿qué espera lograr con la predicación de hoy?» Le hubiera respondido sin reservas: «En sumisión a Dios y con la bendición del Espíritu Santo, es mi deseo el persuadir a cada pastor en esta conferencia a ir en pos de una santidad personal que se manifieste en el corazón y en la vida, que tiene a Cristo como su modelo y cuya medida es una semejanza a Él que va en aumento». Ahora, ¿cómo trataré de alcanzar este objetivo? Lo haré bajo dos encabezados.

En primer lugar, quiero que consideremos un fundamento bíblico y teológico para esta pasión. Ustedes se pueden preguntar «¿Y por qué debo tener esta pasión?» Existen razones legítimas para que me hagan esa pregunta. Mi respuesta será el darles un fundamento bíblico y teológico para esta pasión, y después de esto, en segundo lugar, presentaré los medios, prescritos por la Biblia, para poder ir en pos de esta pasión. Una cosa es tener esta pasión y otra es ir en pos de ella por los senderos que han sido establecidos por las Escrituras. De la misma manera en la que no tenemos la libertad de establecer cuál será nuestra pasión, tampoco tenemos la libertad de determinar la forma en la que vamos a ir en pos de ella. Entonces quiero plantearles esta verdad en el tiempo que se me ha otorgado, bajo esos dos encabezados.

1. El fundamento bíblico y teológico para el lugar primordial de una pasión ministerial por la búsqueda de la santidad personal y la semejanza a Cristo

Mi tesis básica es que el fundamento bíblico y teológico para este reto es nada más y nada menos que el propósito y la actividad de la Deidad trina, en la gracia redentora. En otras palabras, este fundamento consiste en lo que Dios ha hecho y está haciendo en su gracia redentora –no en su gracia común que cubre a todos los hombres con un manto de buena voluntad— sino en su gracia redentora, que es central al propósito, al plan y a la obra de Dios, la gracia redentora en lo que concierne tu santidad y mi santidad, tu semejanza a Cristo y mi semejanza a Cristo.

Una de las maravillas de la gracia redentora de Dios es que en ella están envueltas las tres personas de la bendita Trinidad. Cuando abrimos las Escrituras, vemos, de forma precisa, lo que cada persona de la Trinidad hace en conexión con nuestra salvación. Cuando hacemos esto, nos damos cuenta que el propósito de hacer que cada recipiente de esta salvación sea como Jesús es algo central en la acción de cada persona de la Trinidad.

Cuando el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, en las profundidades de la eternidad (nos sentimos como tontos cuando hablamos de esta manera, pero es la única forma en la que podemos expresarlo), concibieron un plan para rescatar al hombre, que en Adán se apartaría de Dios y pondría a toda la humanidad bajo la condenación y el juicio de Dios, y cuando tras observar cómo se desviaría el hombre, Dios decidió que una gran multitud de toda familia, tribu y lengua, de toda nación, se uniría a Él, dentro del marco de la gracia redentora, en esa actividad del Dios trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo —con una sola mente y una sola voluntad, pero con elementos distintivos en lo que concierne lo que harían para llevar a cabo y aplicar esa salvación— estaban completamente unidos en el propósito de que esa salvación tendría el resultado de alcanzar a pecadores rebeldes, que merecían el infierno, y que en última instancia los cambiaría a semejanza de Cristo Jesús, en cuerpo y alma, siguiendo el modelo del Cristo glorificado. Como pueden ver, la doctrina de que Dios está comprometido —en su ser trinitario— a tener un pueblo santo, es central a esta salvación.

Quiero ahora probarles esto basándome en las Escrituras. Las Escrituras dejan claro que el trabajo y la actividad de la elección –cuando Dios fija en su mente y en su corazón un número específico de pecadores para proveerles y aplicarles su gran salvación— esta elección es el papel distintivo de Dios el Padre en el plan de redención.

Dios el Padre escoge nuestra redención por su voluntad

En Efesios capítulo 1, leemos unas palabras inequívocas. Efesios 1:3, “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo”. En estos versículos, la elección se atribuye de forma especial al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. ¿Cuál era el propósito que tenía en mente cuando nos escogió? Miren el texto, “nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él”. Así que, cuando Dios, en su corazón, eligió con un amor libre, soberano y electivo, un pueblo al que salvaría, su intención en su elección de ellos era que fueran santos y sin mancha delante de Él.

Cuando nos remontamos hasta el principio de nuestra salvación (hasta el punto que podemos hacerlo con nuestras Biblias abiertas) llegamos al misterio y la maravilla de la gracia electiva de Dios el Padre, y envuelto con esa elección estaba su propósito de tener un pueblo que fuera santo y sin mancha delante de Él. Dios el Padre, en su amor electivo y su voluntad y propósitos en la predestinación, estaba comprometido a tener un pueblo que fuera santo. Miren el segundo texto. Estaré considerando dos textos clave debajo de mis encabezados, «que toda palabra sea confirmada por la boca de dos o tres testigos».

Abran sus Biblias en el capítulo 8 de Romanos. Comenzaremos a leer a la mitad de lo que escribe Pablo. Leemos en Romanos 8:28: «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito… Porque a los que de antemano conoció –Las palabras ‘de antemano’ significan ‘aquellos que Él amó anteriormente’— también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos».

En este pasaje tenemos otro texto que indica que Dios el Padre puso su amor distintivo sobre pecadores específicos. Noten que no afirma: «de quienes Él tenía presciencia». Muchos dicen: «Así que Dios vio que en el futuro tú serías creyente, y cuando vio esto, entonces te escogió». No. La Biblia no afirma que era algo «de lo cual Él tenía presciencia», sino que afirma: «a los que de antemano conoció». Fueron personas las que Él amó de antemano, aquellas que Él amó y eligió libre y soberanamente. Él las predestinó. Tenía en mente las siguientes cosas: «Cuando Yo tome a estos pecadores culpables, viles, contaminados e inmundos y termine de aplicarles mi salvación –en la base de la obra de mi Hijo –reflejarán de forma completa una semejanza filial con Jesús quien es el primogénito entre toda su familia redimida». La gente podrá mirar a cualquiera de ellos y decir: «Él se parece a Jesús. Mírala; ella se parece a Jesús». Serán perfeccionados en una santidad que es conforme al modelo del Señor Jesucristo.

Dios el Hijo procura la redención por medio de sus acciones salvíficas

En segundo lugar, consideremos el papel de Dios el Hijo. Dios el Padre escoge de acuerdo a su voluntad, pero es Dios el Hijo el que propiamente procura nuestra redención por sus acciones salvíficas. Es por medio de las acciones salvíficas del Verbo encarnado que nuestra salvación se adquiere y se efectúa.

Cuando el Señor Jesús entró en el vientre de María, las últimas palabras que dijo antes de bajar del cielo fueron estas: «Has preparado un cuerpo para Mí. Por lo tanto, me iré, porque está escrito de Mí que Yo, oh Dios, haré tu voluntad». ¿Qué era aquello que Jesús tenía en su corazón cuando visualizó lo que significaría dejar todas las glorias y lo que alguien llamo «las comodidades» de la presencia inmediata de Dios en el cielo? Entró en los confines oscuros y limitados de la matriz de María. Ha sido mi meta en la predicación del domingo por la mañana el enfocarme en lo que significaría para Él, el tomar un alma verdaderamente humana y un cuerpo verdaderamente humano en la matriz de María. ¿Qué latía en el corazón del Hijo de Dios cuando era un pequeño niño que crecía y después cuando se hizo hombre y tuvo conciencia del ministerio que se le había encargado? ¿Cuál era la pasión que lo impulsaba y que lo llevó hasta sudar gotas de sangre en el Getsemaní y después al horrible y brutal abuso de azotes, burla y finalmente, la crucifixión, el cielo oscurecido y el abandonamiento del Padre? ¿Cuál era la pasión de Jesús? Consideremos dos pasajes de las Escrituras donde veremos, como hicimos con la elección del Padre, que en lo que concierne a Dios el Hijo, la santidad y la semejanza a Cristo también eran centrales.

Efesios, capítulo 5. En este pasaje vemos un ejemplo maravilloso de la manera en que la doctrina bíblica y el deber práctico están unidos en la Biblia. Los deberes tienen su raíz en las doctrinas y las doctrinas florecen en los deberes. No podemos separar el deber de la doctrina. En la Biblia son inseparables, y que Dios nos ayude si lo separamos en nuestro pensar y en nuestros ministerios. Pablo quiere enseñar a los esposos cómo deben amar a sus esposas e indaga en una de las doctrinas más profundas de las Escrituras para enseñarles a los maridos cómo deben amar a sus esposas. Escribe en el versículo 25: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella». Ahora, ¿Por qué amó Cristo a la Iglesia? Nos dirá. Hay tres frases que denotan propósito: «para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra». «Y se dio a sí mismo por ella». En estas pocas palabras, «y se dio a sí mismo», está comprimido todo lo que nos dicen las Escrituras acerca de sus numerosos sufrimientos, que culminaron en el desamparo y en su exclamación cuando fue abandonado. «Se dio a sí mismo por ella para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra». «Se dio a sí mismo para santificarla». Esto significa, para sacarla de su condición nativa de esclavitud al pecado, contaminación con su pecado, inmundicia en su pecado.

Consideren el pasaje de Ezequiel 16, cuando Dios describe su relación con Israel y la encuentra en el camino como una recién nacida sin lavar y que todavía tenía el cordón umbilical. Después, Jehová toma a Israel para Sí. Él la limpia, la lava y la transforma en una hermosa novia. La sombra de Ezequiel 16 está sobre este pasaje. Pero el punto fundamental es este, que Él «se dio a sí mismo para santificarla». Para apartarla para Sí mismo.

No solo para apartarla para Sí, sino para apartarla del dominio del pecado, la práctica del pecado, la corrupción del pecado. ¿Cuál será el resultado final? Miren el texto. Hizo esto, «A fin –esta es otra frase que indica propósito— de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada». Se dio a sí mismo a fin de santificar, lavar y presentársela a Sí mismo como una novia sin mancha e inmaculada. Fue por esta razón que Jesús murió. Él murió, no solo para apartarnos de la ira de Dios que merecíamos. Vivió una vida perfecta no solamente para obtener crédito a nuestro favor para hacer que nuestra entrada al Cielo sea un acto justo de Dios, sino que murió para obtener para Sí una novia santa y presentársela a Sí mismo sin mancha y sin mácula. Aquí voy a parar porque estoy preparando un mensaje acerca de este tema y tengo que decirle a mi mente, “Para ahí, no sigas adelante con ese tema. No es lo que estás tratando hoy”. Si algunos de ustedes predicadores también tienen este problema, bueno a mí me ocurre lo mismo. Pero noten lo que estaba en la mente de nuestro Señor.

Encontramos un énfasis similar en el capítulo dos de Tito. Recuerden que estoy tratando de demostrarles cuál es el fundamento bíblico y teológico para lo que he dicho acerca de ir en pos de la santidad personal y la semejanza de Cristo como un privilegio y deber primordial en el ministerio. Hemos visto que la respuesta al porqué debemos ir en pos de la santidad personal como algo primordial en el ministerio se encuentra en la obra y el propósito de la Deidad en nuestra salvación: el Padre elige y el Hijo compra a su novia. Veamos el pasaje de Tito, capítulo dos. De nuevo vemos cómo la doctrina y el deber están unidos de forma indisoluble. Existen pocos capítulos en la Biblia que tengan más enseñanza práctica que el capítulo número dos de Tito. Aquí Pablo habla y le dice a Tito, noten el versículo dos: «Esto es lo que le debes decir a los ancianos». En el versículo tres: «Esto es lo que le debes decir a las ancianas». En el versículo cuatro, «Esto es lo que le debes decir a las jóvenes». En el versículo cinco: «Esto es lo que le debes decir a los hombres jóvenes». Noten que hay enseñanza práctica para todos los segmentos distintos de la iglesia que estaba en Creta.

Es como si Tito hubiera dicho: «Pablo, cuando yo le enseñe estas cosas a la gente –porque tú me has dicho que esto es lo que les debo enseñar, una instrucción muy específica acerca de cómo debemos vivir en lo que concierne la ética y la moral– qué les debo decir cuando me pregunten por qué me has enseñado esto, cuando me pregunten, “¿Tito, por qué estás enseñándonos esta forma de vida de manera tan detallada?”» Pablo da su respuesta en el versículo once. Esta es la razón: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres, enseñándonos, que, negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús».

Noten también que afirma: «Quien se dio a sí mismo por nosotros». Estas palabras son similares a las de Efesios cinco. Él se dio a Sí mismo por nosotros, ¿por qué? «Para redimirnos de toda iniquidad y purificar para si un pueblo para posesión suya, celoso de buenas obras». En otras palabras, Pablo le está diciendo a Tito que enseñe a la gente de la siguiente manera: «Si ustedes no obedecen estas instrucciones detalladas y específicas acerca de cómo han de vivir los ancianos, los hombres jóvenes, las ancianas, las jóvenes, los esclavos; si son indiferentes al deber de ir en pos del estilo de vida que les estoy enseñando, ¡están tratando el propósito mismo por el que murió Jesús con liviandad! ¿Cómo pueden decir que aman a Jesús si muestran indiferencia hacia el propósito por el cual murió? Murió para redimirnos de toda iniquidad y para purificar para Sí un pueblo celoso de buenas obras, que vive una vida en la que niega la impiedad y los deseos mundanos y que vive en este mundo sobria, justa y piadosamente».

Hermanos, fue para este propósito que Jesús murió, y ustedes se paran detrás de un púlpito domingo tras domingo, y predican las grandes verdades de una redención que se les concede a los hombres en base de la persona y la obra de Cristo. ¿Cómo podemos predicar acerca de ese propósito de Dios en la redención de nuestra gente si nosotros mismos no abrazamos esta doctrina plenamente, si este asunto de ser un hombre santo, un hombre semejante a Cristo, no se ha convertido en una pasión?

Dios el Espíritu Santo es el que primordialmente aplica la redención

En tercer lugar, consideremos el papel de Dios el Espíritu Santo. A Dios el Espíritu Santo, Dios le ha dado el privilegio de aplicar efectivamente la redención que fue hecha por elección del Padre, comprada por el Hijo y aplicada primordialmente por el Espíritu Santo. Cuando el Espíritu Santo aplica la salvación a los elegidos en Cristo para ser santos, comprados por Cristo de modo que Él pueda tener una novia pura, ¿qué hace el Espíritu Santo? Él se alinea con la elección del Padre y el propósito del Hijo y aplica esa salvación de tal manera que todos los que la reciben llegan a ser hombres y mujeres santos. Cuando esa salvación sea realizada por completo, estas personas serán exactamente como Jesús. Miremos unos cuantos textos bíblicos.

Abran sus Biblias en 2 Tesalonicenses 2:13-15: «Pero nosotros siempre tenemos que dar gracias a Dios por vosotros, hermanos amados por el Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para salvación».

Noten como esto se lleva a cabo: «Mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad. Y fue para esto que Él os llamó mediante nuestro evangelio, para que alcancéis la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Así que, hermanos, estad firmes y conservad las doctrinas que os fueron enseñadas, ya de palabra, ya por carta nuestra».

Noten el lenguaje que se usa aquí. Cuando Dios llama con su llamamiento eficaz a aquellos que ha escogido, por los cuales murió Jesús, son llevados a poseer la salvación por medio de y debido a la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.

Cuando se predica el evangelio, como dice Pablo en su primera carta, cuando el evangelio viene no solamente en palabras, sino también en poder y en el Espíritu Santo con plena convicción, y se ejerce fe en esa palabra del evangelio, el Espíritu, juntamente con la otorgación del don de la fe, libera a las personas de su apego voluntarioso y deliberado al pecado como su amo, al diablo como su Señor y al mundo como el compañero en el que se deleitan. Son santificados por el Espíritu en el mismo hecho de creer en la verdad. Si no hay fe en la verdad, no hay una obra de santificación por el Espíritu Santo, pero donde hay fe en la verdad, está el llamamiento de Dios que, con un llamamiento eficaz al pecador, le lleva a entrar en la órbita de la obra santificadora de Dios.

Debo seguir al segundo punto en cuanto a la obra del Espíritu. Tenemos a dos testigos. 1 Pedro 1:1: «A los expatriados, de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos». Por así decirlo, ignoren por un momento todos esos lugares que se mencionan y lean el capítulo de la siguiente manera: «elegidos según el previo conocimiento de Dios». Esto significa que, Dios, conociéndolos, amándolos, y escogiéndolos previamente, los identifica como los elegidos: «Según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre». Dios nunca rosea a un pecador con la sangre de su Hijo sin llevar a ese pecador al ámbito de la obra santificadora del Espíritu Santo, librándolo de su esclavitud y de la sumisión a un estilo de vida que está marcado por indiferencia hacia Dios, su ley y sus caminos. Nunca hace esto sin apartarlo para Sí y llevarlo a andar en la senda de una santificación progresiva que va en aumento.

Ahora, permítanme darles un resumen y una aplicación de este primer encabezado. ¿Por qué debería ser su pasión el ser hombres más santos, hombres cuya santidad tiene como su medida la semejanza a Jesús? Mi respuesta es la siguiente: porque en la salvación que viene de la Deidad trina, el hacerte un hombre santo es central a toda la Deidad en lo que concierne el planificar, llevar a cabo y aplicar la salvación. Estos son asuntos muy profundos, ¿verdad? Asuntos de mucho peso. El tejido mismo de nuestra salvación está entrelazado con el propósito divino de hacernos un pueblo santo.

Cuando somos regenerados por el Espíritu de Dios, Dios hace muchas cosas, pero hay una que quiero enfatizar. Cuando Él quita el corazón de piedra –para usar el lenguaje de Jeremías y de Ezequiel en el Nuevo Pacto– cuando Él nos quita el corazón de piedra y nos da un corazón blando de carne y el don del Espíritu Santo, también hace otra cosa. Él empapa nuestros corazones con un anhelo y una pasión por ser lo que seremos finalmente cuando esa salvación tenga su cumplimiento. ¿Cómo seremos cuando esta salvación tenga su cumplimiento? Seremos hechos conforme a la imagen de Cristo. El anhelo de ser hechos completamente conforme a su imagen –algo que nos ocurrirá algún día— surge cuando somos verdaderamente convertidos. Dios nos da una pasión por ponerle fin a todo pecado. Si pudiéramos, ¡nos cortaríamos un dedo cada día de la semana, si supiéramos que así no volveríamos a pecar jamás!

Dios nos da un anhelo: «Quiero ponerle fin a todo pecado. Los pecados de pensamiento, de palabra, pecados en lo que concierne mi actitud, pecados de omisión y de comisión. Oh Dios, ¿cuándo, cuándo acabaré con todo pecado?» Dios responde: «Sí, mi hijo, será cuando mi Hijo se manifieste» (1 Juan 3). Entonces le veremos como Él es y seremos semejantes a Él. La mayoría de nosotros obtendrá esto en dos etapas: en el momento de nuestra muerta –en un milisegundo, al exhalar nuestro último aliento, cuando el corazón cese de latir y el cuerpo y el alma sean separados— en ese instante Dios nos dará una medida tan grande del poder de su gracia santificadora que, hasta el último vestigio de pecado, hasta la décima parte de la millonésima parte del pecado, será para siempre jamás eliminada de nuestras almas.

En ese mismo instante, en nuestros espíritus se inculcará todo lo que es semejante a Cristo. Poseeremos todas las actitudes, todas las disposiciones que son parte de la perfección de Cristo. El propósito de Dios no es solamente el que terminemos para siempre con el pecado, también quiere que nos vistamos de todas las gracias de Cristo para que, en el momento de la muerte, nuestros espíritus se unan a los espíritus de los justos hechos ya perfectos. Perfectos. Una perfección que crecerá. Se desarrollará, pero esto no significa que incrementará hasta alcanzar un nuevo nivel de perfección. ¡La perfección es perfección! Que cosa tan maravillosa es saber que, algún día, esto será una realidad.

El problema es el siguiente: esto aún no es una realidad. ¡Es nuestro deseo que ya lo fuera! Porque nuestros corazones están llenos de una pasión por lo que seremos en el futuro, tomamos en serio lo que la Biblia dice acerca de cómo podemos progresar y avanzar hacia la meta que será finalmente realizada, una conformidad perfecta a Cristo. La mayoría de nosotros recibirá el primer plazo en el momento de la muerte; aquellos que estén vivos cuando Él vuelva recibirán las dos partes al mismo tiempo, cuando los cielos se abran y la voz del arcángel proclame y suene la trompeta de Dios. Miraremos hacia arriba y los cielos se enrollarán como un pergamino y veremos el regreso del Señor.

Primero se encargará de los que han muerto: «Los muertos en Cristo se levantarán». Le veremos y diremos: «Oh Señor, ¿cuándo se nos otorgará un cuerpo glorificado?» El Señor nos responderá: «Tienen que esperar un momento porque primero tengo que encargarme de mis muertos. Voy a encargarme de aquellos que murieron en unión conmigo». Entonces nosotros, los que estemos vivos y permanezcamos hasta la segunda venida del Señor, seremos arrebatados juntamente con ellos. Ellos irán primero de alguna manera que ignoro, pero después, todos juntos tendremos un cuerpo glorificado, en conformidad al cuerpo de su gloria (Filipenses 3:20-21).

Ahí está hermanos, la Deidad completa está dedicada a hacernos santos. Si en verdad hemos sido llamados de forma eficaz para estar unidos a Cristo, si hemos recibido un nuevo corazón, entonces para nosotros la pasión por ser hombres santos no será algo extraño. El pecado remanente es la carga más opresiva y nuestra más grande irritación.

El rabino Duncan era un teólogo escocés que tenía tanto conocimiento de las lenguas semíticas y de los temas relacionados a Israel que le fue otorgado el título de “rabino”. No era un rabino, pero lo llamaban “rabino Duncan”. El rabino Duncan afirmó: «Ustedes han escuchado a cristianos que hablan y dicen, “Bueno, nadie es perfecto. Sí, hice eso, pero nadie es perfecto”. Esas palabras, “nadie es perfecto”, son la almohada de un hipócrita y la cama de espinas del verdadero cristiano». «Nadie es perfecto», esta frase es una almohada para el hipócrita, pero el verdadero hijo de Dios dice: «Nadie es perfecto, y yo soy uno de aquellos que son imperfectos. Soy uno de esos hombres miserables. ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte? Oh Dios, ¿cuándo llegará ese día en el que no pecaré jamás?» Nadie es perfecto. ¿Es para ti esta frase una almohada o una cama de espinas? Si pertenecemos al Señor y si estamos en un estado de salud espiritual, conocemos esta cama de espinas y anhelamos el día en el que seremos semejantes a Él y le veremos cómo Él es.

2. Los medios señalados en la Biblia para ir en pos de la santidad personal y la semejanza a Cristo como una pasión ministerial primordial

Permítanme intentar de demostrar ahora cuales son los medios señalados en la Biblia para ir en pos de esta pasión. Si ahí donde están sentados ustedes han sentido hoy que estas cosas han resonado en su corazón y han dicho entre sí: «Oh, Pastor Martin, yo conozco esa horrible cama de espinas. Mi anhelo es ser más como Cristo. Anhelo obtener la victoria sobre mi susceptibilidad; quiero obtener victoria sobre mi codicia; quiero obtener la victoria y crecer en la gracia del amor verdadero que todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera. ¿Cómo puedo llegar a ser un hombre más santo?» Deseo presentarles una tesis simple: Dios nos ha dado los medios y necesitamos estar ocupados por toda la vida de forma concienzuda y consecuente con estos medios, que han sido ordenados por Él para producir en nosotros la santidad y la semejanza a Cristo. Nos debemos ocupar con estas cosas concienzudamente. Con esto quiero decir que nos debemos regir y actuar en conformidad con lo que conocemos y creemos es bueno. Cuando estamos persuadidos que algún asunto es conforme a la rectitud y representa la voluntad de Dios, debemos dedicarnos a él de forma concienzuda y también consecuente, aferrándonos a este, sea un principio o una práctica.

También he dicho que debe ser un patrón de toda la vida. Quisiera poder decirles a ustedes, hombres, que con el pasar de las décadas, el vivir la vida cristiana se ha hecho más y más fácil, pero si les dijera esto, sería un mentiroso. Más tiempo en el camino significa que el diablo tiene aún más que ganar si puede lograr que nos desviemos del camino, porque hay una línea más larga de gente que conoce lo que profesamos y predicamos. Nuestra capacidad para avergonzar a Cristo y deshonrar su nombre crece año tras año tras año. Hace que la batalla sea más intensa. Hace que el asunto adquiera una naturaleza tal que, si no somos consecuentes de forma concienzuda, dedicados de por vida a esta forma de ser, es dudoso que no lleguemos a ser nada más que una ruina que se encuentra en el camino.

Les daré los encabezados y tendrán que elaborar los detalles por su propia cuenta. ¿Cuáles son los medios que han sido señalados por Dios?

En primer lugar, y fundamental a todo lo demás, está el medio de la alimentación de tu alma con la Biblia, simplemente como un hombre cristiano, para tu propio crecimiento en santidad y semejanza a Cristo, sin ningún pensamiento deliberado de encontrar alimento para tu gente.

En otras palabras, la Biblia debe siempre ser primordialmente el instrumento que nos asemeja más a Cristo y no solamente un medio para decirles a las otras personas acerca de cómo llegar a ser más como Cristo.

Jeremías dijo en el capítulo 15, versículo 16: «Cuando se presentaban tus palabras, yo las comía; tus palabras eran para mí el gozo y la alegría de mi corazón». Jesús ora por nosotros: «Padre, santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad». ¿Cuál es el hombre bienaventurado que se describe en el Salmo uno? «No anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores, ¡sino que en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de día y de noche! Será como árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua».

Su sistema radicular se nutre de la vida de la Palabra de Dios, que es agua fresca y reconfortante que produce frutos.

Hermanos, tenemos que tener un compromiso de sostener ese tipo de relación con las Escrituras, una relación en la que acudimos a ella ante todo para nuestra propia comunión con Dios, para que nuestros propios pecados y deberes queden expuestos. Nunca debemos dejar que la función primordial de nuestras Biblias sea el de un libro de texto oficial del cual sacamos lo que debemos decir a otras personas. Debe ser la voz de Dios que habla a nuestros propios corazones.

Existe otro texto clave y es 2 Timoteo 3:14-17. Es un pasaje que con frecuencia se aplica a todo el pueblo de Dios, y aunque no es pecaminoso hacerlo, si miramos el lenguaje del pasaje, queda algo muy claro. Pablo le ha recordado a Timoteo la función que las Escrituras debían tener en su propia vida. Dice lo siguiente en el versículo 14: «Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes las has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras».

Ahora presten atención a estas palabras: «Las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia». Ahora, presten mucha atención a las próximas palabras: «A fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra». La raíz principal del concepto «hombre de Dios» está en el Antiguo Testamento y es el nombre o título que se da a aquellos que han sido marcados o apartados para un rol de liderazgo especial y de servicio entre el pueblo de Dios.

De manera que él está diciendo: «Timoteo, las Escrituras –que te fueron enseñadas por tu abuela y por tu madre— son un instrumento divino que te han conducido a la salvación por medio de la fe en Cristo. Pero, Timoteo, también tienen otra función, y es que después de haber sido conducido a la fe en Cristo y separado por la obra santificadora del Espíritu, debes crecer en gracia. Timoteo, debes crecer en semejanza a Cristo, en victoria sobre el pecado; debes crecer en entendimiento y en el cumplimiento de tus deberes. Timoteo, las Escrituras que fueron adecuadas para conducirte a la fe en Cristo, que fueron inspiradas por Dios, también son útiles para enseñarte, enseñarte a ti, Timoteo. Te reprenden, te corrigen, te equipan para toda buena obra. A medida que la Escritura te de forma y te moldee, serás transformado en un obrero de mayor utilidad en las manos del Dios viviente».

Hermanos, si han descuidado el hábito de leer las Escrituras de forma sistemática, con un plan para leer desde el Génesis hasta el Apocalipsis dentro de un marco de tiempo específico, ¡les pido solemnemente que comiencen hoy mismo!
No soy músico y desde que perdí la audición, no puedo escuchar música, pero una mañana, cuando mi mente estaba muy fructífera, comencé a pensar que, si fuera un israelita en los tiempos del éxodo, ¿cuál sería la tarea que como padre tendría que llevar a cabo todas las mañanas? Saldría a recoger el maná para mí y para mi familia. Entonces tenemos la horrible historia de cómo los israelitas comenzaron a despreciar el maná. Piensen en que este maná tenía toda la fibra, todos los fitoquímicos, todos los minerales, todas las sustancias que se necesitaban para que la gente estuviera saludable y bien por cuarenta años en el desierto, pero dijeron: «Este maná es muy ligero; queremos algo mejor».

En ese momento, pensé que las personas en nuestros días se comportan de una manera muy similar. Dios nos ha dado el maná, pero nosotros comenzamos a despreciarlo. Entonces, pensé, hablándome a mí mismo: «Albert, ¿por qué estás aquí? ¿Por qué bajas a tu despacho todas las mañanas y te sientas en tu sillón de cuero y coges tu Biblia?» Me vinieron estas palabras:

Estoy aquí para recoger el maná, Señor.
Vengo a alimentar mi alma.
Estoy aquí para recoger el maná, Señor.
Ahora, aliméntame y sáname.
Señor, Jesús es el maná.
En Él está todo lo que necesito.
Envía tu Espíritu a mí ahora, Oh Señor,
y de Él me alimentaré en verdad.
Porque vengo a recoger mi maná Señor,
vengo a alimentar mi alma.

Esta se ha convertido en mi oración matutina, mañana tras mañana. Cuando Dios lo hace, es una bendición. Algunas mañanas quedamos repletos, en otras nos quedamos con un sentimiento de sequedad, pero decimos, “Continuaré regularmente. No me dejaré dominar por mis sentimientos. Estoy dedicado a relacionarme con Dios, primordialmente como un hombre cristiano”.

En segundo lugar, tenemos que conservar el hábito y el espíritu de la oración secreta.

Este hábito se enfatiza en un salmo tras otro: «Oh Señor, de mañana oirás mi voz; de mañana presentaré mi oración a ti». Jesús dijo: «Entra en tu aposento; cierra la puerta». Hay un elemento de hacer las cosas deliberadamente en esa instrucción, pero perseverando en el espíritu de oración. Orando en el Espíritu y velando con toda perseverancia. Ciertamente, hermanos, si hemos de progresar en la gracia, tenemos una necesidad urgente de perseverar en el hábito del espíritu de la oración secreta.

En tercer lugar, conserva una consciencia bíblicamente instruida, lavada con sangre, irreprensible delante de Dios y delante de los hombres.

Conserva una consciencia que esté bíblicamente instruida. La voz de la consciencia ha sido corrompida por el pecado. Algunas veces, llama malo a lo que no tiene nada de malo, y algunas cosas que no son buenas, las llama buenas. Debemos llevar nuestras consciencias de manera continua a la luz de la Palabra. Las demandas de la consciencia siempre son definitivas. Nunca se debe violar la consciencia. Todo lo que no procede de fe, es pecado. Si no puedes hacer algo con la convicción de que es bueno, no lo hagas, aunque no tenga nada de malo en sí mismo. Pablo les dijo a las personas que, si al comer carne que había sido sacrificada a ídolos, aún sentían que: «No puedo comerme esta carne y separarla del ídolo. Siento que de alguna manera estoy participando en la adoración a los ídolos», a estas personas Pablo les dijo: “Ustedes tienen una consciencia débil que no ha sido instruida correctamente, pero mientras sea débil, ¡no se coman esa carne! Porque todo lo que no procede de fe, es pecado». Debemos instruir a nuestras consciencias de forma constante. Necesitan atención continua para mantenerlas sensibles.

Cuando se comienza a violar la consciencia, un callo se forma sobre esta, y es necesario llevarla una y otra vez a ser lavada por la sangre de Cristo, teniendo un corazón purificado de mala consciencia. Entonces podremos decir como Pablo en 1 Corintios 4:4: «Porque no estoy consciente de nada en contra mía; mas no por eso estoy sin culpa. No estoy diciendo que soy perfecto a los ojos de Dios, pero que yo sepa, no tengo controversia con mi consciencia actualmente». Hermanos, quiero pausar aquí por unos momentos. Es algo tan crucial. Entre otras, esta era la ambición que impulsaba a Pablo hacia delante. Hechos 24:16: «Por esto, yo también me esfuerzo por conservar siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres». En todo momento de su vida, en medio de un naufragio, en medio de la sinagoga, cuando lo apedreaban o cuando estaba sentado en la casa de alguna persona pudiente como un beneficiario de la hospitalidad cristiana y piadosa, Pablo dijo: «Donde sea que esté, a todo tiempo, me esfuerzo». Utiliza un término que está relacionado con el atletismo: «Me sujeto a una disciplina espiritual estricta para conservar una consciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres en todo tiempo». Una vez que renuncias a una buena consciencia, estás en peligro de caer en apostasía.

En 1 Timoteo capítulo 1, Pablo afirma: «Algunos han rechazado una buena consciencia y naufragaron en lo que toca a la fe». Hermanos, ¿ustedes tienen una consciencia tierna que ha sido instruida bíblicamente, lavada por sangre, irreprensible delante de Dios y de los hombres? ¿O sus computadoras los acusan y declaran que son “culpables de inmundicia”? ¿Qué sabe Dios y qué saben ustedes acerca de lo que entra por sus ojos por medio de la pantalla de la computadora? ¿Qué sabe Dios y qué saben ustedes acerca de los momentos en los que han tenido palabras ásperas para con sus esposas? ¿Acuden inmediatamente a Jesús y le piden perdón por esas palabras ásperas? ¿Buscan a sus esposas y le confiesan, “Querida esposa, he pecado contra ti, perdóname”»? Así se debe tratar el asunto. No se debe añadir un «pero». No. Cada palabra que sigue el «pero» invalida la confesión. «Pequé contra ti con palabras de enojo, pero tú me provocaste». No, no, no. Para conservar una buena consciencia es necesario admitir que hemos pecado. «He pecado. ¿Me puedes perdonar?» De esta manera se corre hacia la fuente que está abierta para lavar el pecado y la inmundicia.

Cuando has dicho algo desde el púlpito, que es una exageración, para lucir mejor ante los ojos de las otras personas, o has dicho algo que no era la pura verdad para esconder alguna carencia en tu propia vida, necesitas confesar tu pecado a Dios. Necesitas confesarlo desde tu púlpito, ante Dios y ante tu gente: «Querida gente, cuando dije esto o aquello en el sermón, hablé de una forma que me hacía lucir mejor en la situación que estaba describiendo. He pecado. ¿Me pueden perdonar por mi deshonestidad?» Conserven una consciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres.

En cuarto lugar, libren una guerra feroz con el pecado remanente.

Romanos 8:13: «Porque si vivís conforme a la carne, habréis de morir; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis». Jesús habló de cortarse la mano derecha y sacarse el ojo derecho. Hombres, les ruego que si no están familiarizados con los tres tratados de John Owen sobre la mortificación del pecado, sobre el tema de la tentación y el tema del pecado remante, obtengan ese libro y comiencen a leerlo en oración. Si pueden leerlo de rodillas en oración, léanlo de rodillas, pidiéndole a Dios que les enseñe cómo tratar con el pecado remanente, con la tentación y con la realidad del pecado que mora en nosotros de forma implacable. Luego cultiven la gracia de la semejanza a Cristo concienzudamente. Hay muchos pasajes bíblicos que tocan este tema.

Aquí debo parar. Hermanos, estos asuntos no son nada nuevo, nada sofisticado, ¡son simples! La vida cristiana se compara a una guerra, es un maratón, no un “sprint”. Que Dios nos ayude a utilizar todos los medios que Él ha señalado, para que podamos avanzar hacia lo que algún día seremos, semejantes a Él. Semejantes a Él, para siempre. Vamos a orar.

Padre, es nuestra oración que Tú tomes estos pensamientos que son de tu Palabra y que los escribas profundamente en nuestros corazones para que nosotros, como hombres, podamos ser en verdad personas que están buscando la santidad con pasión, según el modelo de nuestro Señor Jesús. Concédenos la gracia que se manifiesta tan abundantemente en Él. Concédenos, te rogamos, todo lo que necesitamos para darle muerte a nuestros pecados de manera más eficaz, para salir más victoriosos de la tentación a pecar. Ayúdanos Señor, ten misericordia de nosotros, te rogamos en el nombre de Jesús. Amén.

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Let’s seek God’s face in prayer for His blessing upon the ministry of the Word of God.

Father, You have commanded us to come before Your presence with thanksgiving, to enter into Your courts with praise. We do that today, thankful for the mercies that have surrounded us already in the early hours of this day. We thank You for a good night of rest. We thank You that we’ve been able to place our feet on the floor. You have fed us with our necessary food. You have brought us safely here through the heavy New York/New Jersey traffic. We are gathered here, that we might hear Your voice. We pray for Your servant, that he may be upheld to be able to speak Your Word, truthfully, clearly, and above all in the power and the demonstration of the Holy Spirit. Thank you for each of the men gathered here in this place. We pray that each one may know what it is to sense the Holy Spirit’s ministry to his heart, that together we may fall before You in worship and praise. Hear our prayers, and meet with us we plead in Jesus’ worthy name. Amen.

You men know from the announcement found in your program that I am scheduled to preach to you on this subject: pursuing personal holiness and likeness to Christ—a primary ministerial passion. Most of you know that there are three primary colors: red, yellow, and blue. All other colors derive from different combinations of those primary colors. In these conferences, over the past years and even in the conference this year, in one way or another, one of the passions that has been set before you, men, that you ought to cultivate, is the passion to earn the reputation of being Bible-saturated, exegetically accurate, Spirit-empowered, earnest and pointed preachers of the Word of God. I hope that’s the passion of every man sitting here today called to minister the Word of God.

Surely, you want to be a Bible-saturated preacher, explaining the Bible by the Bible, illustrating the Bible with the Bible. Bible-saturated, but exegetically accurate. That is, when you stand before your people to open up the Scriptures, you are not putting into the words of Scripture what you want, you are extracting out of the word of Scriptures what God intended when He put His mind in His Holy Word. I hope that’s a passion, not just to be Bible-saturated, but exegetically accurate. Also, you need to be Spirit-empowered. That when you open up the Scriptures, and when you preach sermons saturated with the Bible, you can say with the Apostle Paul, “My speech and my preaching were not with enticing words of men’s wisdom, but in demonstration of the Spirit, and of power, that you faith should not rest in the wisdom of men, but in the power of God.” I hope you have a passion not only to be Bible-saturated, exegetically accurate, Spirit-empowered, but earnest and pointed preachers of the Word of God, that you are not just saying good things and true things into the air, but you are seeking to penetrate into the hearts and consciousness and lives of your people.

Surely, when we turn to such passages as 2 Timothy 2:15 and 2 Timothy 4, these passages are the taproots of having a passion to be that kind of a preacher. For Paul said to Timothy in 2 Timothy 2:15, “Do your utmost, continually strive to be a workman who needs not to be ashamed, handling aright the word of truth.” To explain the Bible with the Bible. In 2 Timothy 4 Paul says, “I charge you in the sight of God, and in the light of the day of judgement: preach the word; reprove, rebuke, exhort with all longsuffering and teaching. The time is coming when men will not endure sound doctrine.”

So, as I said in recent past conferences where I generally track with you during the week of your conference when I get the announcement of who’s going to preach and what’s going to preach, I trust that over the years not a few of you have become men passionate to become that kind of a preacher: Bible-saturated, exegetically accurate, Spirit-empowered, earnest, pointed preacher of the Word of God.

What I want to do today, God helping me, is to demonstrate from the Scriptures another primary passion of every man of God. What is that primary passion? It is pursuing personal holiness of heart and of life, a holiness patterned after and measured by increasing likeness to Christ.

If someone were to have stopped me in the parking lot on the way in and said, “Pastor Martin, what do you hope to accomplish as you preach today?” I would answer without reservation: “Under God and with the blessing of the Holy Spirit, I want to persuade every pastor in this conference to pursue personal holiness of heart and life, a holiness patterned after and measured by increasing likeness to Christ.” Now, how will I pursue that goal? I will pursue it under two headings.

I want to consider with you a biblical and theological basis for this passion. “Why should I have such a passion?” You have a legitimate ground to ask me that question. My answer is going to be: to give you a biblical and theological basis for having this passion, and having done that, secondly, to set before you the biblically appointed means to pursue that passion. It’s one thing to have that passion; it’s another thing to pursue it along the tracks that are laid by the Scriptures. Just as we are not free to set out what our passion should be, we are not free to determine how to pursue that passion. So, I want to set this truth before you in the time allotted to me, under those two headings.

1. The biblical and theological basis for pursuing personal holiness and likeness to Christ as a primary ministerial passion.

My basic thesis is this: the biblical and theological basis for this challenge is nothing more and nothing less than the purpose and the activity of the triune Godhead in redemptive grace. In other words, it is what God has done and is doing in His redemptive grace—not His common grace that spreads a canopy of goodwill over all men—but in His saving grace, central to the purpose and plan and working of God in redemptive grace is the matter of your holiness and my holiness; your likeness to Christ and my likeness to Christ.

One of the wonders of God’s saving mercy is that it involves the engagement of all three Persons of the blessed Trinity. When we turn to the Scriptures, we see precisely what each Person in the Godhead does in connection with our salvation. When we do that, we discover that central to the action of each Person is the design to make the recipient of that salvation like Jesus.

When the Father and the Son and the Holy Spirit in the deep recesses of eternity—we feel like fools when we talk this way, but it’s the only way we can talk—when Father, Son and Holy Spirit in the deep bowels of eternity conceived a plan to rescue man, who in Adam would fall away from God, bring mankind under the condemnation and judgement of God, and seeing the direction man would go, God purposed that a vast multitude out of every kindred, tribe and tongue of every nation would be gathered to Himself within the framework of redemptive grace in that activity of the Triune God. Father, Son, and Holy Spirit—one mind, one will, but distinctive elements of what they would do in effecting and applying that salvation—were completely united in this: that that salvation would result in coming to rebellious, hell-deserving sinners, and change them ultimately into the very likeness of Jesus Christ, both soul and body, after the pattern of the glorified Christ. Central, you see, to this salvation is that God is committed—in His Triune Being—to have a holy people.

Now, let me prove that from the Scriptures. The Scriptures make it plain that the work, the activity of election—when God sets His mind and heart upon a specific number of specific sinners to provide and to apply to them His great salvation—God the Father’s unique place in the plan of that redemption is: election.

God the Father purposes and choses our redemption

In Ephesians chapter 1 we read these unmistakable words. Ephesians 1:3, “Blessed be the God and Father of our Lord Jesus Christ, who has blessed us in Christ with every spiritual blessing in the Heavenly places; even as He [God the Father] chose us in Him [that is, in Christ], before the foundation of the world.” Here, election is attributed especially to the God and Father of our Lord Jesus Christ. When He chose us, what end did He have in view? Look at the text, “Chose us in Him before the foundation of the world, that we should be holy and blameless before Him.” So, when God’s heart was set in free, sovereign, electing love upon a people whom He would save, His purpose was choosing them that they should be holy and blameless before Him.

When we trace our salvation back as far as we can trace it with an open Bible, we come to the mystery and the wonder of God the Father’s electing grace; tied to that election was His purpose to have a people who would be holy and blameless before Him. God the Father, in His electing love and predestinating choice and purpose, was committed to have a people who would be holy. Look at a second text. I’ll be looking at two key texts under each of my headings at the mouth of two or three witnesses; let every word be established.

Turn to Romans chapter 8. We’ll break into the middle of Paul’s writing. We read in Romans 8:28, “And we know that for those who love God all things work together for good, for those who are called according to His purpose. For those whom He foreknew..” That word ‘foreknew’ means ‘those whom He loved beforehand.’ “..He also predestined to be conformed to the image of His Son, in order that He [that is, His Son Jesus], might be the firstborn, the chief among all others, among many brothers.”

Here we have a second text that indicates that when God the Father set His distinguishing love upon specific sinners, notice, it doesn’t say, “What He foreknew.” People say, “Well, God saw you would believe, and when He saw what you would do He chose you.” No. It doesn’t say, “What He foresaw,” but, “Whom He foresaw.” It is people whom He loved beforehand, those upon whom He set His free, sovereign, electing love and choice. He predestined. This is what He had in view: “When I take these guilty, vile, sinful, polluted, unclean sinners, when I am done applying to them—on the basis of the work of My Son—My salvation, they are going to be completely reflecting the family likeness with Jesus as the firstborn among His whole redeemed family.” You look at anyone of them, and you’ll say, “He looks like Jesus. Look at her; she looks like Jesus.” They shall be perfected in a holiness after the pattern of the Lord Jesus Christ.

God the Son procures our redemption by His saving acts

We move secondly, to consider the place of God the Son. God the Father purposes and choses, but it is God the Son who actually procures our redemption by His saving acts. It is by the saving acts of the incarnate Word that our salvation is procured and effected.

When the Lord Jesus came to Mary’s womb, His last words when He left Heaven were these: “A body You have prepared for Me. Lo, I come, it is written of Me to do Your will, O God.” What was in the heart of the Lord Jesus, as He envisioned leaving all of the glories and what someone has called “the trappings” of the immediate presence of God in Heaven? He came to the dark, limited confines of Mary’s womb. I’ve sought to preach on Sunday morning and focus on what it meant for Him to take a true, human soul and a true, human body in Mary’s womb. What beat in the heart of the Son of God as He grew up as a little boy, became a man, became conscious of the ministry entrusted to Him? What was the driving passion that took Him all the way to the bloody sweat in Gethsemane, to the horrific, brutal treatment of the scourging, the mocking, and ultimately the crucifixion, the darkened heavens, and the abandonment by the Father? What was the passion of Jesus? Let’s look at two passages of Scripture, and we will see as we did with the Father’s election, that holiness and likeness to Christ was central, so with God the Son.

Ephesians chapter 5. Here we see this wonderful example of how biblical doctrine and the most practical duties are wedded together in the Bible. The duties are rooted in the doctrines, and the doctrines flower in the duties. We can’t separate duties and doctrine. In the Bible they are inseparable, and God help us if we separate them in our thinking and in our ministries. Paul wants to teach husbands how to love their wives, and he reaches into one of the deepest doctrines in all of Scripture in order to tell husbands how they are to love their wives. He writes in verse 25, “Husbands, love your wives, as Christ loved the church, and gave Himself up for her.” Now, why did He love then give? He’s going to tell us. These are three purpose clauses. “In order that He might sanctify her, having cleansed her by the washing of water with the word.” “He gave Himself up.” Compressed into those three words—‘gave Himself up’—is all that Scripture tells us of all of His manifold sufferings, culminating in His abandonment and His cry of forsakenness. “He gave Himself up for her, in order that He might sanctify her, having cleansed her by the washing of water with the word.” “He gave Himself up in order to sanctify her.” That is, to set her apart from her native condition of bondage to sin, pollution in her sin, uncleanness in her sin.

Think of Ezekiel 16, when God speaks of His relationship to Israel, and found her like an unwashed newborn, with her umbilical cord not cut. Eventually Yahweh takes Israel to Himself. He cleanses her, washes her, makes her a beautiful bride. Ezekiel 16 has its shadow over this passage. But this is the central point: “He gave Himself up that He might sanctify her.” To set her apart to Himself.

Not only set apart to, but set apart from the dominion of sin, the practice of sin, the defilement of sin. What will be the ultimate issue? Look at the text. He did this, “So that [another purpose clause], He might present the church to Himself in splendor, without spot or blemish; that she might be holy and without blemish.” He gave Himself up that He might sanctify, cleanse, present to Himself a spotless, blemishless bride. This is why Jesus died. He died not only to turn away the wrath of God we deserved. He lived His perfect life not only to earn a credit on our behalf to make our entrance into Heaven a righteous act of God, but He died that He might have a holy bride, and present that bride to Himself without a spot, without a blemish. Here I must digress, because I’m preparing a message on this subject, and I just must tell my brain, “Shut down. Don’t go there. That’s not your subject for today.” If you have that trouble sometimes, preachers, I’m in it with you. But notice that this is what was envisioned by our Lord.

We find a similar emphasis in Titus chapter 2. Remember now, what I’m trying to show you is that the biblical and theological basis for my saying that pursuing personal holiness after the likeness of Christ is a primary, ministerial duty and privilege. We’ve seen that the answer to why that should be so lies in the work and purpose of the Godhead in our salvation: the Father’s election, the Son’s purchase of His bride. Titus chapter 2. Here again we see how doctrine and duty are wedded. There are few chapters in the Bible that contain more practical teaching than does Titus chapter 2. He’s talking here, notice in verse 2, telling Titus, “That this is what you’re to tell the old men.” Verse 3: “This is what you’re to tell the older women.” Verse 4, “This is what you’re to tell the younger women.” Verse 6, “This is what you’re to tell the younger men.” Notice that there is practical teaching to all these different segments of the church there in Crete.

It’s as though Titus said, “Paul, when I teach the people these things—for you’ve told me this is what I am to teach them, very specific moral and ethical instruction about how to live—what am I to tell them as to the question, “Paul, why did you teach this to Titus? Titus, why are you so painstaking in teaching us these specific patterns of life?” He is going to answer in verse 11. Here’s the reason: “For the grace of God has appeared, bringing salvation for all people, training us to renounce ungodliness and worldly passions and to live self-controlled, upright, and godly lives in our present age; waiting for the blessed hope and appearing of the glory of our great God and Saviour Jesus Christ.”

Now notice, “Who gave Himself for us.” Similar language to Ephesians 5. He gave Himself for us, why? “To redeem us from all lawlessness, and purify for Himself a people for His own possession, who are zealous for good works.” In other words, Paul is telling Titus to teach the people, “If you regard this detailed, specific instruction about how you are to live as old men, young men, older women, young women, slaves; if you are indifferent to pursuing in detail the kind of lifestyle I’m teaching you, you are treating lightly the very purpose for which Jesus died!” How can you claim to love Jesus if you are indifferent to the purpose for which Jesus died? He died to redeem us from all iniquity and to purify to Himself a people who are zealous for good works, who are living a life in which they are renouncing ungodliness and worldly passions, and are living self-controlled, upright, and godly lives in this present age.

Brethren, if that’s the purpose for which Jesus died, and you’re standing behind a pulpit Sunday by Sunday, preaching the great truths of a redemption that is brought to men based upon the Person and work of Christ, how can we preach that purpose of God in redemption for our people, if we are not fully embracing it for ourselves, where this business of being a holy man, a Christ-like man has become a passion?

God the Holy Spirit primarily applies redemption

Thirdly, let’s consider the place of God the Holy Spirit. To God the Holy Spirit, God has given the privilege of actually applying the redemption purposed by the Father and purchased by the Son. When the Holy Spirit comes to apply this salvation purposed, chosen in Christ to be Holy, purchased by Christ that He might have a pure bride, what does the Holy Spirit do? He falls in line with the choice of the Father and the purchase of the Son, and He applies that salvation in such a way that all who receive it begin to become holy men and women. When that salvation is completed, they will be just like Jesus. Look at several texts.

Turn to 2 Thessalonians chapter 2. 2 Thessalonians 2:13-15, “But we ought always to give thanks to God for you, brothers beloved of the Lord, because God chose you from the beginning to be saved.” Notice how, “Through sanctification by the Spirit and belief in the truth: to this he called you through our gospel, so that you may obtain the glory of our Lord Jesus Christ.” So then, brothers, stand firm, and hold the traditions that you were taught by us, whether by our spoken word, or by our letter.” Notice this language. When God actually calls with His effectual call those whom He’s chosen, those for whom Jesus died, they are brought into the possession of salvation through, by means of the sanctification of the Spirit and the belief of the truth.

When the gospel is preached, and as Paul says in the first letter, when that gospel comes not in word only, but in power and in the Holy Spirit and in much assurance, and that word of the gospel is believed, the Spirit in conjunction with giving the gift of faith cuts people loose from their deliberate, willful attachment to sin as their master, to the devil as their lord, to the world as their delightful companion. They are sanctified by the Spirit in the very act of the believing of the truth. If there is no belief of the truth, there’s no sanctifying work of the Holy Spirit, but where there is belief of the truth, there is the calling of God that brings the effectual call to the sinner, into the orbit of God’s sanctifying work.

I must give you the second one on the work of the Spirit. We have two witnesses. 1 Peter 1:1, “Peter, an Apostle of Jesus Christ, to those who are elect exiles of the Dispersion in Pontus, Galatia, Cappadocia, Asia, Bithynia.” As it were, bracket out those different places and read the text like this: “Who are elect according to the foreknowledge of God.” That is, God, knowing, loving, choosing ahead of time, He identifies them as elect. “According to the foreknowledge of God the Father, in the sanctification of the Spirit, for obedience to Jesus Christ and for sprinkling with His blood.” God never sprinkles a sinner with the blood of His Son without bringing that sinner into the realm of the sanctifying work of the Holy Spirit taking them out of their bondage and their submission to a lifestyle of indifference to God and His law and His ways, and setting them apart unto Himself and into the path of increasing, progressive sanctification.

Let me say now by summary and application of this first heading: why should you have as a personal passion to become a more holy man, a man whose holiness is measured by likeness to Jesus? I answer: because in the salvation of the Triune Godhead, making you a holy man is central to the entire Godhead in the planning, the executing, and the applying of our salvation. That’s pretty heavy stuff, isn’t it? That’s weighty stuff. The very fabric of our salvation is woven with the divine purpose to make us a holy people.

When we are regenerated by the Spirit of God, God does many things, but there is one thing I want to highlight. When God takes out the heart of stone—to use the language of both Jeremiah and Ezekiel in the New Covenant—when He takes out the heart of stone and He gives us a tender heart of flesh and He gives us the gift of the Holy Spirit, there’s something else He does. He impregnates our hearts with a longing and a passion to become what we will eventually be when that salvation is completed. What will we be when it’s completed? We will be conformed to the image of Christ. The longing to be completely formed—which we will one day experience—comes when we are truly converted. God puts in us a passion to be done with all sin. If we could, we would chop off one finger each day of the week if we knew we would never sin again!

God puts within us a yearning. “I want to be done with all sin. Sins of thought, sins of word, sins of attitude, sins of omission, sins of commission. O God, will I ever, ever, ever be done with sin?” God says, “Yes, my child. When My Son appears.” (1 John 3.) We will see Him as He is, and we shall be like Him. Most of us will get that in two stages: the moment we die—in a millisecond, when we breathe our last and the heart stops beating and the soul and body are separated—in that instant God will bring into us such a measure of the power of His sanctifying grace, that every last remnant down to one-tenth of ten millionth of sin will be forever and forever purged from our spirits.

In the same instant, our spirits will be infused with every single likeness to Christ. We will have every attitude, every disposition that marks the perfection of Christ. God will not only have us forever done with sin, He’ll have us clothed with all the graces of Christ so our spirits, the moment we die, join the spirits of just men made perfect. Perfect. A perfection that will grow. It will develop, but it will not increase to a new level of perfection. Perfection is perfection! What a marvelous thing to know that that will be true one day.

The problem we have is: it ain’t true now. We wish it were true now! Because our hearts are impregnated with compassion for what we will one day become, we then take seriously what the Bible tells us as to how we can make progress, moving to the goal that will ultimately be realized: perfect conformity to Christ. Most of us will get the first installment at death; those who are alive at His return will get both installments at once, when the heavens part and the voice of the archangel speaks and the trump of God blows. We will look up and the skies will be rolled up like a scroll, and we shall see our returning Lord.

He will take care of His dead ones first. “The dead in Christ shall rise.” We will see Him and say, “O Lord, when are you going to give me my glorified body?” The Lord’s going to say, “You’ve got to wait a minute. I have to take care of My dead ones first. I’m going to take care of those who died in union with Me.” Then we who are alive and remain unto the coming of the Lord shall be caught up together with them. They’re going to precede in some way I do not know, but then together we will have our glorified body, fashioned after the body of His glory. (Philippians 3:20-21.)

We have it there brethren: the entire Godhead committed to make us holy. If we are indeed those who have been effectually called into union with Christ, have been given a new heart, then for us the passion to be holy men is not thought a strange thing. Remaining sin is our greatest burden and our greatest irritation.

Rabbi Duncan was a Scottish theologian that was so knowledgeable in Semitic languages and issues related to Israel, that they gave him the title ‘Rabbi.’ He wasn’t a rabbi, but they called him ‘Rabbi Duncan.’ Rabbi Duncan said this, “You hear Christians talking and they say, ‘Well, nobody is perfect. Oh yes, I did that, but nobody is perfect.’ Those words ‘nobody is perfect’ are the hypocrite’s pillow. They are the true Christian’s bed of thorns.” “Nobody is perfect,” that’s a pillow for the hypocrite, but the true child of God says, “Nobody is perfect, and I am one of those imperfect ones. I am one of the wretched men. Who shall deliver me from the body of this death? O God, will it ever come to pass that I sin no more?” “Nobody is perfect.” Is it your pillow or is it your bed of thorns? If we are the Lord’s, and if we are in a healthy state of grace, we know what the bed of thorns is, and we long for the day when we shall be like Him and shall see Him as He is.

2. The biblically appointed means to pursue personal holiness and likeness to Christ as a primary ministerial passion.

Let me seek now to demonstrate what are the biblically appointed means to pursue this passion. If sitting here today you’re heart has resonated and you’ve said, “O Pastor Martin, I know that horrible bed of thorns. I long to be more like Christ. I long to get victory over my touchiness; I want to get victory over my lust; I want to have victory and grow in the grace of true love that bears all things, believes all things, hopes all things. What can I do to be a more holy man?” I want to lay this simple thesis before you: that God has given to us means that we need to be conscientious, consistent, and all-our-lifetime engaged in these means ordained by God to produce holiness and likeness to Christ. These things must be engaged in conscientiously. By that I mean what is governed or done according to what we know and believe is right. Once we are persuaded that a matter is right and is the will of God, we are to be committed to it conscientiously, and also consistently, holding to the same principles or practice.

I’ve said it’s a lifelong pattern too. I would like to tell you, men, that with the passing of the decades, it’s become easier and easier to live the Christian life, but if I were to tell you that I’d be a liar. The longer you’re in the way, the more the devil has to gain if He can get you out of the way, because you have a longer trail of people who know what you profess and what you preach. The stock of your ability to bring shame to Christ and dishonor to His name grows year after year after year after year. It makes the battle more intense. It makes the issue such that if we are not conscientiously consistent, committed to a lifelong pattern of this life, it is doubtful that we wouldn’t be anything more than wreckage along the highway. So, let me give you just the heads, and you’ll have to work out the details on your own. What are those things appointed by God?

Firstly, basic to everything: feeding your soul upon your Bible, simply as a Christian man for your own growth and holiness and likeness to Christ, with no conscious thought of finding food for your people.

In other words, the Bible must always be primarily God’s instrument to make me more like Christ, not just a means to tell others how to become like Christ.

Jeremiah said in chapter 15, verse 16, “Thy words were found, and I did eat them; thy words were unto me the joy and rejoicing of my heart.” Jesus prays for us, “Father, sanctify them in the truth; thy Word is truth.” Who is the blessed man described in Psalm one? “He does not walk in the counsel of the ungodly, stand in the way of sinners, sit in the seat of scoffers, but his delight is the law of the Lord; and on His law he meditates day and night. He shall be like a tree planted by the waters.” His root system goes down into the cool, refreshing, fruit-producing life of the Word of God.

Brethren, we must be committed to that relationship of the Scriptures, in which we come to them primarily for our own communion with our God, for our own exposure of our own sins and our duties. We should never have our Bibles become primarily an official textbook from which to get things to say to others, but the voice of God speaking to our own hearts.

There is one other key text: 2 Timothy 3:14-17. It is a text that is often used of all God’s people, and it’s not sinful to do it, but if you look at the language it’s very clear. Paul has reminded Timothy of the function of the Scriptures in his own life. This is what he says in verse 14, “But as for you [that is, Timothy] continue in what you’ve learned and have firmly believed, knowing from whom you learned it. And how from childhood you have been acquainted with the Holy Scriptures, the sacred writings.” Now notice, “Which are able to make you, Timothy, wise for salvation through faith in Christ Jesus. All Scripture is breathed out by God, and profitable for teaching, for reproof, for correction, for training in righteousness.” Now notice carefully the next words, “That the man of God may be competent, equipped for every good work.” The term ‘man of God,’ with its taproots in the Old Testament, is the name or the title given to those marked out and set apart for special leadership and service among the people of God.

So, he’s saying, “Timothy, the Scriptures—taught to you by your grandmother and your mother—are divine instruments that have led you to salvation by faith in Christ. But Timothy, they have another function, having been let to faith in Christ and set apart by the sanctifying work of the Spirit. Timothy, you must grow in grace; you must grow in likeness to Christ; you must grow in victory over sin; you must grow in understanding and fulfilling your duties. Timothy, Scripture that was sufficient to bring you to faith in Christ, breathed out by God, is also profitable for teaching, teaching you, Timothy. Reproving you, correcting you, training you in the life of righteousness that you, the man of God, may be competent, equipped for every good work. As Scripture shapes and molds you, you become a workman who will be more useful in the hands of the Living God.”

My brothers, if you’ve gotten out of the habit of systematically reading through the Scriptures, having some plan by which you go from Genesis to Revelation over a given period of time, I solemnly urge you to start today!

I’m not a musician, and since the loss of my ears I can’t process music, but one morning, my mind was rather fruitful. I was thinking of the fact that if I were an Israelite living in the days of the Exodus, what would I do every morning as a father? I’d go out and gather manna for me and for my family. Then you have the horrible story of how they began to despise the manna. Here they had—think of it—all the fiber, all the phytochemicals, all the minerals, all of the substances needed to keep people healthy and well for forty years in the wilderness, and they said, “Pff, this manna, this light thing. We want something better.”

I thought that’s like a lot of people in our day. God has given us manna, and we begin to despise the manna. Then, as I thought, speaking to myself, “Albert, what are you here for? What do you come down to this leather chair in your study every morning for and grab your Bible?” These words came to me: “I’ve come to gather my manna, Lord. I’ve come to feed my soul. I’ve come to gather my manna, Lord. Now, feed me, and make me whole. Jesus is all the manna, Lord. In Him there is all I need. Send me Your Spirit now, O Lord, that on Him I’ll truly feed. For, I’ve come to gather my manna, Lord. I’ve come to feed my soul.” That’s become my morning prayer, morning after morning after morning. When God does it, it’s a blessed thing. Some mornings you leave feeling gorged; some mornings you leave feeling dry, but you say, “I will consistently continue. I will not be whipped about by how I feel. I am committed to have my dealings with God’s Word primarily as a Christian man.”

Secondly, we must maintain the habit and the spirit of secret prayer.

The habit is underscored in Psalm after Psalm. “O Lord, in the morning You will hear my voice. In the morning I will order my prayer unto You.” Jesus said, “Enter your closet, shut the door.” There’s an element of deliberateness in that instruction, but maintaining the spirit of prayer. Praying in the Spirit, and watching thereunto with all perseverance. Surely, brethren, we need desperately—if we are to make progress in grace—to maintain this habit in spirit of secret prayer.

Thirdly, maintain a biblically instructed, tender, blood-washed, non-accusing conscience towards God and man.

Maintain a biblically instructed conscience. The voice of conscience has been twisted by sin. It calls come things wrong that are not wrong, and some things right that are not right. We must continually bring our conscience to the light of the Word. The claims of conscience are always ultimate. You must never violate your conscience. Whatsoever is not a faith is sin. If you cannot do a thing convinced it’s right, don’t do it, even though it may not be wrong in itself. Paul said to these people that when they would eat meat that had been offered to idols, they still felt, “There’s no way I can eat that meat and separate it from the idol. I am in some way participating in idol worship.” Paul said, “You’ve got a weak conscience. It’s not properly instructed, but as long as it’s weak, don’t eat that meat!” “For whatsoever is not a faith is sin.” We must continually have our consciences instructed. They must continually be kept tender.

Once you start saying no to conscience, you put a callus over your conscience, and you must bring it again and again to be washed in the blood of Christ, having your heart sprinkled from an evil conscience. To be able to say with Paul in 1 Corinthians 4:4, “I know nothing against myself, yet am I not hereby justified. I’m not saying I am perfect in the eye of God, but I have no known controversy with my conscience at the present moment.” Brethren, I do want to park here for just a few moments. It’s so crucial. This was Paul’s driving ambition among others. Acts 24:16, “Herein do I exercise myself to have always a conscience void of offense to God and man.” At any point in his life, in the midst of a shipwreck, in the midst of a synagogue, being pummeled with stones, sitting in a wealthy person’s home, the recipient of godly, Christian hospitality. Paul said, “Wherever I am, at all times, I exercise myself.” He uses an athletic term. “I subject myself to a strict, spiritual discipline to have a conscience void of offense to God and to man at all times.” Once you give up a good conscience, you run the danger of apostasy.

Paul says in 1 Timothy chapter 1, “Certain ones who cast off a good conscience, and if made shipwreck concerning the faith.” Brethren, do you have a biblically-instructed, tender, blood-washed, non-accusing conscience, before God and man? Or does your computer point a finger at you and say “Guilty of uncleanness”? What does God know and what do you know about what goes into your eyes from your computer screen? What does God know and what do you know when you’ve had harsh words with your wife? Do you run immediately, “Lord Jesus, forgive me for those harsh words”? Do you seek her out and say, “Dear, I sinned against you. Will you forgive me?” There you should let the issue. You can’t say, “But.” No. Everything that comes after the ‘but’ negates your confession. “I sinned against you with those angry words, but you provoked me.” No. No. No. To have a good conscience you must own your sin. “I sinned. Will you forgive me?” And you run to the fountain open for sin and uncleanness.

When you’ve said something from the pulpit that was an overstatement to make yourself look better, or you’ve said something that was not absolutely truthful in order to hide some defect in your own life, you sin needs to be confessed to God. It needs to be confessed from your pulpit. Before God and before your people. “Dear people, when I said thus and thus in the sermon, I spoke in a way to make myself look better in the situation I described. I’ve sinned. Will you forgive me for my dishonesty? Keep a conscience void of offense to God and to man.

Fourthly, wage a merciless warfare with your remaining sin.

Romans 8:13, “If by the Spirit you mortify the deeds of the flesh, you shall live.” Jesus talked about cutting off right hands and right eyes. I beg you men, if you’re not familiar with John Owen’s three treatises on the mortification of sin, on the subject of temptation and the subject of indwelling sin, obtain that book and begin to pray through that book. If you can read and pray on your knees, read through on your knees, asking God to teach you how to deal mercilessly with your remaining sin, with temptation, and with the reality of indwelling sin. Then you should conscientiously cultivate Christ-like grace. There are so many texts for that.

Now, I must desist. These are the things, brethren, nothing new, nothing fancy, nothing simple. The Christian life is likened to a warfare, to a marathon race, not a sprint. May God help us to use every God-appointed means, that we shall press towards that which one day we shall be: like Him. Like Him, forever. Let’s pray.

Father, we pray you would take these thoughts from Your Word and write them deeply upon our hearts, that we, as men, may indeed be people who are passionately pursuing holiness after the pattern of our Lord Jesus. Give us the grace that is so abundantly manifested in Him. Give us, we pray, all that we need; that we may more effectively put to death our sins, that we may more victoriously come off from temptation to sin. Help us, Lord, and be merciful to us we plead. In Jesus’ name. Amen.

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Pastors’ Conference 2015 | Paul’s Farewell to the Ephesian Elders (2)

Paul’s Farewell to the Ephesian Elders (2)

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Las palabras de despedida de Pablo para los ancianos en Éfeso II

Hechos 20:33-35

En esta hora, consideraremos el ejemplo de Pablo de una labor ministerial desinteresada. La palabra «desinteresada» significa estar libre de motivos egoístas, interés personal o ambición.

1. La afirmación de Pablo (20:33)

¿Por qué había llegado Pablo hasta Éfeso para predicar el evangelio? ¿Realmente lo había hecho para ganar las almas de los que lo escuchaban para Cristo o para ganar posesiones para sí mismo? ¿Cuál era la ambición que lo había inspirado en sus labores? Él afirma que no había sido inspirado por la codicia ni por la ambición personal. Les dice a estos hombres, que habían sido testigos de su comportamiento por años, que él había estado en medio de ellos como alguien que quería lo de ellos, sino que los quería a ellos. Cuando les había predicado el evangelio, su motivación había sido un sincero deseo que se convirtieran y fueran edificados en la Palabra, y de que fueran llevados a la herencia prometida para el pueblo de Dios. Cualquier riqueza que los hermanos en Éfeso poseían no había sido un lazo para él, ni lo había seducido para que él trabajara en medio de ellos con el propósito de apropiarse de las pertenencias de ellos. Su corazón había quedado libre del anhelo codicioso de enriquecerse a expensas de ellos. Sus motivos al ministrarle habían sido completamente diferentes. Él afirma que «ni la plata, ni el oro, ni la ropa de nadie [había] codiciado».

Aparentemente, la iglesia en Éfeso comprendía un número de creyentes pudientes, algo que aprendemos de la primera carta de Pablo a Timoteo, escrita a Timoteo mientras este trabajaba allí. A pesar de esto, Pablo no tenía deseo alguno de unirse a ellos en su riqueza. No envidiaba su prosperidad ni les instó a despojarse de su abundancia, aunque sí entendió que tenía el potencial de ser un lazo para sus almas. Por lo tanto, le dice a Timoteo: «A los ricos en este mundo, enséñales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, el cual nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos. Enséñales que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, generosos y prontos a compartir, acumulando para sí el tesoro de un buen fundamento para el futuro, para que puedan echar mano de lo que en verdad es vida» (1 Timoteo 6:17-19). Como veremos más adelante, Pablo les había dado un ejemplo en estas cosas. Pero estamos adelantándonos. Aquí, dice simplemente que el ministerio que llevó a cabo entre ellos no había sido motivado por una pasión codiciosa por unirse a las filas de los ricos. Había hombres en la iglesia en Éfeso que tenían plata, oro y ropas costosas, pero Pablo declara: «Ni la plata, ni el oro, ni la ropa de nadie he codiciado».

2. Su apelación en base a lo que ellos conocían acerca de su comportamiento (20:34)

Cuando Pablo habla a estos hombres, su alegación tiene credibilidad. No teme que alguien escuchará sus palabras y pensará por dentro: «Este no es el Pablo que yo conozco». Es relativamente fácil para un hombre el hacer cualquier alegación que se le ocurra. Las palabras, después de todo, son palabras. Un ministro del evangelio puede desear que otros los perciban como alguien que está libre de motivos egoístas y hasta puede pretender que este es su caso, pero la prueba no está en sus palabras sino en su comportamiento. Nuestro comportamiento o les proporciona credibilidad a nuestras palabras o nos expone como farsantes. De cualquier manera, lo que hacemos (mucho más de lo que decimos) ejerce una fuerte influencia sobre el juicio de los que nos conocen.

Anteriormente, Pablo había dicho a estos hombres: «Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia» (20:18). Cuando consideramos esta declaración anteriormente, vimos que él había dirigido la atención de ellos a lo que personalmente conocían acerca de él. No esperaba que ellos recibieran la estimación que él les había dado de su ministerio sin considerar lo que ellos conocían por experiencia propia. No, él habló con la seguridad de un hombre que conocía que tenía una influencia sobre sus consciencias que se había ganado por medio de un ministerio honorable y fiel entre ellos. De acuerdo con los principios nobles que se manifestaban en su ministerio, había demostrado una consecuencia desde el primer día que se había unido a ellos. Nunca les había dado razón, ni siquiera por un momento, para que se preguntaran quién era él en verdad y si estaba dedicado a ellos y al ministerio que buscaba ejercer entre ellos.

Nuevamente, Pablo apela al conocimiento que ellos tienen de su comportamiento. Y lo que él quiere dar a entender es que su comportamiento le da credibilidad a su afirmación de que él no había trabajado con motivos egoístas. «Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y las de los que estaban conmigo» (20:34).

Basándonos en estas palabras, lo que podemos inferir correctamente es que él no recibió dinero ni bienes de parte de los Efesios para su sustento o para el sustento de sus compañeros, sino que se suplió esta necesidad por medio sus propias labores. Por supuesto, esta no fue la única vez que Pablo hizo esta afirmación (cf. 1 Cor. 9:1-18; 2 Cor. 11:7-12; 12:14-18; 1 Tes. 2: 1-10; 2 Tes. 3:7-10).

Pablo dice a estos hombres: «Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades». No sabemos si él les mostró las manos marcadas por el trabajo, como algunos imaginan que hizo, pero de hecho estaban marcadas por causa de unas labores que tenían el propósito de librarlo de cualquier acusación de ser ministro del evangelio por causa de la codicia. Esos callos le brindaban credibilidad a la afirmación de que «Ni la plata, ni el oro, ni la ropa de nadie [había] codiciado».

3. La lección que aprendemos del ejemplo de Pablo (20:35)

El propósito del ejemplo de Pablo que encontramos aquí, así como las otras cosas que se mencionan en este discurso, era para que ellos lo imitaran. Él insta a los ancianos en Éfeso a hacer lo mismo que él había hecho. ¿Pero qué es lo que él les insta a practicar, a ellos y a nosotros también?

Algunos dicen que él nos exhorta a renunciar el derecho de recibir apoyo financiero por el bien de los de débil fe, que pueden sospechar que tenemos motivos mercenarios y que pueden tropezar si tomamos un salario por predicar el evangelio. Esta interpretación tiene mucho a su favor porque este era el ejemplo de Pablo. Pero, si esto es lo que quiere decir Pablo, ¿qué relación sostiene esto con el dicho de Jesús que él cita en la última parte del versículo? Ahí el tema parece ser aquellos que tienen necesidad de ayuda material y no aquellos que son de fe débil.

Esto ha llevado a algunos a decir que lo que Pablo quería decir no es que tenemos que necesariamente imitar su ejemplo de trabajar para su sostén independientemente de cualquier apoyo financiero de la iglesia, sino que debemos imitar el espíritu generoso que demostró tener para con los miembros pobres y débiles del rebaño, que no podían hacer provisión para sus propias necesidades. En el asunto de la benevolencia para con los necesitados, en otras palabras, había dado un ejemplo, también en el ámbito de la prudencia en presencia de aquellos que eran débiles en la fe.

Quizás debemos preferir una combinación de ideas. Pablo quiere que estemos libres de cargo de codicia y que seamos ejemplos de generosidad desinteresada. Pero, es generalmente aceptado que Pablo aquí no está llamando a los ministros del evangelio a prescindir del derecho del sostén en todas las circunstancias. De hecho, él establece firmemente que el sostén del ministerio es un deber de las iglesias y un derecho de los que trabajan en el ministerio, especialmente los que trabajan en la predicación. Y verdaderamente, en más de una ocasión, él mismo recibió asistencia de la iglesia en Filipo, aunque al parecer nunca solicitó sus regalos.

¿Entonces, qué quiere decir? ¿Está estableciendo una norma que se debe seguir en toda circunstancia, de manera que ningún hombre debe recibir sostén de aquellos a quienes ministra? No parece ser el caso. ¿Está presentando un modelo para los esfuerzos de la labor misionera de plantar iglesias? Tal vez es esto lo que está haciendo. Hay muchos que han seguido su ejemplo en este asunto.

¿Pero existe también una aplicación legítima de los principios que se presentan en este texto para una iglesia ya establecida? No necesariamente en lo que está relacionado con el ejemplo de las labores seculares de Pablo, porque si una iglesia quiere que su pastor se entregue de lleno al ministerio, debe suponer que le dará sostén para que él pueda llevar esto acabo. Pero a pesar de esto, el ejemplo de Pablo es aún pertinente para nosotros: (1) Debemos comportarnos de tal manera que no exista sospecha de que somos hombres codiciosos que trabajan en medio del pueblo de Dios para enriquecerse, (2) Debemos ser hombres que muestren benevolencia hacia los débiles, que sean un ejemplo de amor genuino, como el de Cristo, por el pueblo de Dios, sin mandarlos a estar calientes y saciados, cuando poseemos los medios para suplir sus necesidades (Santiago 2:16).

Al principio de mi ministerio, me impresionó el ejemplo de W. A. Criswell, el difunto pastor de la First Baptist Church de Dallas. Hacia el final de su largo ministerio, el Dr. Criswell reembolsó todo el salario que había recibido a través de los años. Pocos hombres podrán hacer esto. Pero siempre he pensado que sería maravilloso poder seguir su ejemplo. Ciertamente concuerda con el ejemplo del apóstol, así como él lo describe en nuestro texto. La mayoría de nosotros no podrá hacer lo que hizo el Dr. Criswell. Sin embargo, ¿hacemos todo lo que está a nuestro alcance para que nadie tenga razón de acusarnos de codicia?

También los instó a considerar el modelo que el ejemplo de Pablo nos presenta del tipo de hombre que la iglesia debe buscar para el ministerio pastoral. La iglesia necesita ancianos cuyo caminar personal con Dios sea una razón para creer que su ministerio no será marcado por el egoísmo o la ambición egoísta. La iglesia necesita hombres que no sean motivados por la codicia sino por un deseo sincero de ver que las personas se conviertan, sean edificadas y llevadas a la herencia que ha sido prometida para el pueblo de Dios. La iglesia necesita hombres excepcionales como Timoteo, de quien dijo Pablo: «Pues a nadie más tengo del mismo sentir mío y que esté sinceramente interesado en vuestro bienestar. Porque todos buscan sus propios intereses, no los de Cristo Jesús» (Filipenses 2:20-21).

Debemos orar para que Dios levante a hombres hábiles que sean fieles, desinteresados, de espíritu generoso, cuya única ambición sea el ser agradables a Cristo. Y debemos estar alertas en la búsqueda de tales hombres para suplir la necesidad de las iglesias. Debemos poner las manos solamente en hombres como estos, para gozar a través de ellos de un ministerio bendito por Dios para la gloria de Cristo y el bien de nuestras almas.

Postdata

En este estudio hemos visto algo del retrato de Pablo como un pastor fiel y hábil. Espero que haya sido de provecho para nosotros. Al dejarlos, quiero exhortarles a recordar las cosas que han visto. Estimado hermano, haz el compromiso de ser un hombre que siga el modelo apostólico. Toma el capítulo 20 de Hechos a tu aposento de oración y pídele a Dios que te haga un imitador del ejemplo de fidelidad pastoral de Pablo. Y te insto a seguir luchando con Dios hasta llegar a ser un hombre así.

Las palabras finales de John Dick sobre el discurso de Pablo en esta ocasión son apropiadas para terminar nuestro estudio, así que con estas palabras concluiremos:

El ejemplo de Pablo nos muestra la manera en la cual todo cristiano debe tratar de desempeñar las labores que la Providencia le ha asignado. Vemos a un hombre que está enfocado en el desempeño de su deber, que es infatigable en sus esfuerzos y que actúa con las motivaciones más puras, con un valor que no desmaya, al que ninguna cuestión puede desviar ni a la izquierda ni a la derecha. ¡La mayoría de nosotros es tan diferente a él! Debiéramos sonrojar al pensar en nuestra obediencia apática e inconsecuente, del egoísmo que se mezcla con nuestras acciones…de nuestra cobardía cuando hay peligro, de la facilidad con la que nos desviamos del camino del deber para involucrarnos en alguna otra ocupación. Pero servimos al mismo Señor que Pablo servía y profesamos poseer la misma sinceridad. También son nuestras las mismas promesas de asistencia divina y el mismo porvenir glorioso para animarnos. Sintámonos avergonzados porque somos tan inferiores en cuanto al celo y la actividad. El mantener siempre a los mejores modelos, los ejemplos más perfectos ante nuestros ojos es un incentivo poderoso para esos esfuerzos que son necesarios si hemos de obtener la excelencia… [Pero] no nos propongamos imitar las pequeñas virtudes de la mayoría de los cristianos, sino las obras heroicas de Pablo y otros grandes hombres para que, aunque no esperemos igualarnos a ellos, podamos, por lo menos, alcanzar un nivel más alto de santidad que el que hubiéramos alcanzado al fijarnos en un ejemplo inferior.

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Paul’s Parting Words #2
Acts 20:33-35

In this hour, we’ll consider Paul’s example of disinterested ministerial labor. The word “disinterested” means free from selfish motive, interest, or ambition.

1. Paul’s claim (20:33)

Why had Paul come to Ephesus preaching the gospel? Had he truly come to gain the souls of his hearers for Christ, or to gain their possessions for himself? Which ambition moved him in his labors? He claims that he wasn’t moved by covetousness and selfish ambition. He says to these men, who had witnessed his behavior for years, that he had been among them as one who sought not theirs but them. In preaching the gospel to them, he had been motivated by a sincere desire to see them converted, built up by the Word, and brought to the inheritance promised to God’s people. Whatever wealth was possessed by the brethren in Ephesus had not been a snare to him, enticing him so that he had labored among them so that their possessions might become his. His heart had been free from a covetous yearning to enrich himself at their expense. He had ministered to them from different motives altogether. He had, he says, “coveted no man’s silver, or gold, or apparel.”

The Ephesian church apparently included a number of wealthy believers, as we learn from Paul’s first letter to Timothy, written while Timothy was laboring there. And yet, Paul had no desire to join them in their wealth. He did not begrudge their prosperity, nor did he urge them to divest themselves of their abundance, yet he understood the potential snare that it represented to their souls. Therefore, he says to Timothy, “Command those who are rich in this present age not to be haughty, nor to trust in uncertain riches but in the living God, who gives us richly all things to enjoy. Let them do good, that they be rich in good works, ready to give, willing to share, storing up for themselves a good foundation for the time to come, that they may lay hold on eternal life” (1 Tim. 6:17-19). As we will see later, Paul had set them an example in these things; but that is to run ahead. Here he simply says that his ministry among them had not been motivated by a covetous passion to join the ranks of the rich. Men who had silver and gold and costly apparel were present in the Ephesian church; yet Paul says, “I coveted no man’s silver, or gold, or apparel.”

2. His appeal to his known behavior (20:34)

When Paul speaks to these men, his claim has credibility. He has no fear that any will hear his words and say to himself, “This is not the Paul that I know.” It is relatively easy for a man to make any claim that he wishes. Words, after all, are words. A minister of the gospel may wish to be perceived as free from selfish motives, and even claim that this is the case with him; but the proof is not in his words but his behavior. Our behavior either gives credibility to our words, or it exposes us as frauds. Either way, what we do (far more than what we say) carries the judgment of those who know us.

Earlier Paul had said to these men, “You yourselves know, from the first day that I set foot in Asia, after what manner I was with you all the time” (20:18). When we examined this statement, we saw that he directed their attention to what they personally knew about him. He did not expect them to receive his account of his ministry with no reference to what they knew by firsthand experience. No, he spoke with the assurance of a man who knew that he had a grip on their consciences gained by an honorable and faithful ministry among them. In the noble principles fleshed out in his ministry, he had displayed consistency from the first day that he came among them. He had never given them reason even for a moment to wonder who he was or whether he was committed to them and the ministry which he sought to exercise among them.

Paul now appeals again to their knowledge of his behavior. And his point is that his behavior gives credibility to his claim that he did not labor from selfish motives. “You yourselves know that these hands ministered unto my necessities, and to them that were with me” (20:34).

The correct inference from these words is that he did not receive money or goods from the Ephesians for his support, or for the support of his companions, but that this need was supplied from their own labors. This, of course, is not the only time Paul made this claim (cf., 1 Cor. 9:1-18; 2 Cor. 11:7-12; 12:14-18; 1 Thess. 2:1-10; 2 Thess. 3:7-10).

Paul says to these men, “Ye yourselves know that these hands ministered unto my necessities.” We don’t know whether he showed them his work-scarred hands, as some imagine that he did; but in fact they were scarred by labors aimed at freeing him from any charge of ministering the gospel out of covetousness. Those callouses lent credibility to his claim that he “coveted no man’s silver or gold.”

3. The lesson of Paul’s example (20:35)

Paul’s example here, as in the other things cited in this address, was for their imitation. He urges the Ephesian elders to do as he had done. But to what practice is he urging them (and us)?

Some say that he urges us to forego the right to financial support for the sake of those weak in faith, who might suspect us of mercenary motives and be caused to stumble if we take a salary for preaching the gospel. This interpretation has much to commend it, for this was Paul’s example. And yet, if this is what Paul means, what relation does this have to the saying of Jesus that he quotes in the last part of the verse? There the issue seems to be, not those weak in faith, but those in need of material help.

This has led some to say that Paul means not that we must necessarily imitate his laboring to support himself apart from any financial support from the church but that we should imitate the generous spirit that he showed toward the poor and weak members of the flock, who were unable to provide for themselves. In the matter of benevolence towards the needy, in other words, he had set an example, as well as in the area of prudence before the weak in faith.

Perhaps some combination of ideas is to be preferred. Paul would have us be free from the charge of covetousness and have us be examples of disinterested generosity. Yet, it is generally agreed that Paul does not here call on all ministers of the gospel to forego their right of support under every circumstance. Indeed, he firmly establishes the support of the ministry as a duty of the churches and a right of those who labor in the ministry, especially of those who labor in the Word. And, indeed, on more than one occasion, he himself received support from the church at Philippi, though apparently he never solicited their gifts.

What then is going on? Is he establishing a norm that must be followed in every circumstance, so that no man ought to receive support from those to whom he ministers? It does not appear that he is. Is he setting out a model for missionary church-planting endeavors? Perhaps he is. Many have followed his example in this.

But is there also legitimate application of the principles of this text to a settled pastoral ministry in an established church? Not necessarily in the example of Paul’s secular labors, for if a church wants its pastor to give himself fully to the ministry, it must expect to support him so that he can do so. And yet, Paul’s example still has this relevance: (1) that we should conduct ourselves in such a way that there will be no suspicion that we are covetous men who labor among God’s people so that we may enrich ourselves, and (2) that we should be men who show benevolence towards the weak, setting an example of genuine Christ-like love for God’s people—not ourselves telling them be warmed and be filled, when we have it by us to relieve their need.

Early in my ministry I was impressed by the example of W. A. Criswell, the late pastor of the First Baptist Church of Dallas. Near the end of his long ministry, Dr. Criswell returned all the salary that he had been given over the years. Few men will be able to do that. But I have always thought that it would be wonderful to be able to follow his example. It certainly accords with the Apostle’s example, as he has described it in our text. Most of us will never be able to do as Dr. Criswell did; however, do we do all that we can than none may justly charge you with covetousness?

I also urge you to consider the model that Paul’s example provides of the kind of men that the church should seek out for pastoral ministry. The church needs elders whose personal walk as Christian men gives reason to believe that their ministry will be unmarred by selfishness or selfish ambition. The church needs men not motivated by covetousness but by a sincere desire to see people converted, built up, and brought to the inheritance promised to God’s people. The church needs those rare men like Timothy, of whom Paul said, “I have no man likeminded, who will care truly for your state, for they all seek their own, not the things of Jesus Christ” (Philip. 2:20-21).

We must pray that God will raise up able men of a faithful, disinterested, generous spirit, who are ambitious only to be well-pleasing to Christ. And we must be vigilant to look for such men to fill the need of the churches. And we must lay hands only on such men, that we may know through them a ministry blessed by God to the glory of Christ and to the good of our souls.

Postscript

In this study we’ve seen something of Paul’s portrait of an able and faithful pastor. I hope this has been profitable to you. As I leave you, I want to exhort you to remember the things you’ve seen. Dear brother, commit yourself to being a man after the apostolic model. Take Acts 20 to your prayer closet and ask God to make you an imitator of Paul’s example of pastoral faithfulness. And I urge you to continue wrestling with God until you are such a man.

John Dick’s closing words on Paul’s address on this occasion are a fitting way to close our study, so that with these words we conclude:

The example of Paul shows us in what manner every Christian should study to acquit himself, in the station which Providence has assigned to him. We see a man intent upon the performance of his duty, indefatigable in his exertions, and acting from the purest motives, whose courage was undaunted, and whom no consideration could turn aside to the right hand or to the left. How unlike him are the most of us! Should we not blush to think of our languid and interrupted obedience, of the mixture of selfishness in our actions . . . , of our cowardice when danger occurs, of the facility with which we deviate from the path of duty to enter upon some other pursuit! Yet, we serve the same master, whom Paul served, and profess to be equally sincere. We have the same promises of divine assistance, and the same glorious prospects to animate us. Let us be ashamed, that we are so much inferior in zeal and activity. It is a powerful excitement to those efforts which are necessary to the attainment of excellence, to keep constantly in our eye the finest models, the most perfect patterns. . . . [But] Let us propose for imitation not the dwarfish virtues of the majority of Christians, but the heroic deeds of Paul and other illustrious men, that, if we cannot hope to equal them, we may, at least, rise to higher degrees of holiness than we should have attained, if we had fixed a lower standard.

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Pastors’ Conference 2015 | Paul’s Farewell to the Ephesian Elders (2)

Paul’s Farewell to the Ephesian Elders (2)

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Las palabras de despedida de Pablo para los ancianos en Éfeso II

Hechos 20:33-35

En esta hora, consideraremos el ejemplo de Pablo de una labor ministerial desinteresada. La palabra «desinteresada» significa estar libre de motivos egoístas, interés personal o ambición.

1. La afirmación de Pablo (20:33)

¿Por qué había llegado Pablo hasta Éfeso para predicar el evangelio? ¿Realmente lo había hecho para ganar las almas de los que lo escuchaban para Cristo o para ganar posesiones para sí mismo? ¿Cuál era la ambición que lo había inspirado en sus labores? Él afirma que no había sido inspirado por la codicia ni por la ambición personal. Les dice a estos hombres, que habían sido testigos de su comportamiento por años, que él había estado en medio de ellos como alguien que quería lo de ellos, sino que los quería a ellos. Cuando les había predicado el evangelio, su motivación había sido un sincero deseo que se convirtieran y fueran edificados en la Palabra, y de que fueran llevados a la herencia prometida para el pueblo de Dios. Cualquier riqueza que los hermanos en Éfeso poseían no había sido un lazo para él, ni lo había seducido para que él trabajara en medio de ellos con el propósito de apropiarse de las pertenencias de ellos. Su corazón había quedado libre del anhelo codicioso de enriquecerse a expensas de ellos. Sus motivos al ministrarle habían sido completamente diferentes. Él afirma que «ni la plata, ni el oro, ni la ropa de nadie [había] codiciado».

Aparentemente, la iglesia en Éfeso comprendía un número de creyentes pudientes, algo que aprendemos de la primera carta de Pablo a Timoteo, escrita a Timoteo mientras este trabajaba allí. A pesar de esto, Pablo no tenía deseo alguno de unirse a ellos en su riqueza. No envidiaba su prosperidad ni les instó a despojarse de su abundancia, aunque sí entendió que tenía el potencial de ser un lazo para sus almas. Por lo tanto, le dice a Timoteo: «A los ricos en este mundo, enséñales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, el cual nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos. Enséñales que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, generosos y prontos a compartir, acumulando para sí el tesoro de un buen fundamento para el futuro, para que puedan echar mano de lo que en verdad es vida» (1 Timoteo 6:17-19). Como veremos más adelante, Pablo les había dado un ejemplo en estas cosas. Pero estamos adelantándonos. Aquí, dice simplemente que el ministerio que llevó a cabo entre ellos no había sido motivado por una pasión codiciosa por unirse a las filas de los ricos. Había hombres en la iglesia en Éfeso que tenían plata, oro y ropas costosas, pero Pablo declara: «Ni la plata, ni el oro, ni la ropa de nadie he codiciado».

2. Su apelación en base a lo que ellos conocían acerca de su comportamiento (20:34)

Cuando Pablo habla a estos hombres, su alegación tiene credibilidad. No teme que alguien escuchará sus palabras y pensará por dentro: «Este no es el Pablo que yo conozco». Es relativamente fácil para un hombre el hacer cualquier alegación que se le ocurra. Las palabras, después de todo, son palabras. Un ministro del evangelio puede desear que otros los perciban como alguien que está libre de motivos egoístas y hasta puede pretender que este es su caso, pero la prueba no está en sus palabras sino en su comportamiento. Nuestro comportamiento o les proporciona credibilidad a nuestras palabras o nos expone como farsantes. De cualquier manera, lo que hacemos (mucho más de lo que decimos) ejerce una fuerte influencia sobre el juicio de los que nos conocen.

Anteriormente, Pablo había dicho a estos hombres: «Vosotros bien sabéis cómo he sido con vosotros todo el tiempo, desde el primer día que estuve en Asia» (20:18). Cuando consideramos esta declaración anteriormente, vimos que él había dirigido la atención de ellos a lo que personalmente conocían acerca de él. No esperaba que ellos recibieran la estimación que él les había dado de su ministerio sin considerar lo que ellos conocían por experiencia propia. No, él habló con la seguridad de un hombre que conocía que tenía una influencia sobre sus consciencias que se había ganado por medio de un ministerio honorable y fiel entre ellos. De acuerdo con los principios nobles que se manifestaban en su ministerio, había demostrado una consecuencia desde el primer día que se había unido a ellos. Nunca les había dado razón, ni siquiera por un momento, para que se preguntaran quién era él en verdad y si estaba dedicado a ellos y al ministerio que buscaba ejercer entre ellos.

Nuevamente, Pablo apela al conocimiento que ellos tienen de su comportamiento. Y lo que él quiere dar a entender es que su comportamiento le da credibilidad a su afirmación de que él no había trabajado con motivos egoístas. «Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y las de los que estaban conmigo» (20:34).

Basándonos en estas palabras, lo que podemos inferir correctamente es que él no recibió dinero ni bienes de parte de los Efesios para su sustento o para el sustento de sus compañeros, sino que se suplió esta necesidad por medio sus propias labores. Por supuesto, esta no fue la única vez que Pablo hizo esta afirmación (cf. 1 Cor. 9:1-18; 2 Cor. 11:7-12; 12:14-18; 1 Tes. 2: 1-10; 2 Tes. 3:7-10).

Pablo dice a estos hombres: «Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades». No sabemos si él les mostró las manos marcadas por el trabajo, como algunos imaginan que hizo, pero de hecho estaban marcadas por causa de unas labores que tenían el propósito de librarlo de cualquier acusación de ser ministro del evangelio por causa de la codicia. Esos callos le brindaban credibilidad a la afirmación de que «Ni la plata, ni el oro, ni la ropa de nadie [había] codiciado».

3. La lección que aprendemos del ejemplo de Pablo (20:35)

El propósito del ejemplo de Pablo que encontramos aquí, así como las otras cosas que se mencionan en este discurso, era para que ellos lo imitaran. Él insta a los ancianos en Éfeso a hacer lo mismo que él había hecho. ¿Pero qué es lo que él les insta a practicar, a ellos y a nosotros también?

Algunos dicen que él nos exhorta a renunciar el derecho de recibir apoyo financiero por el bien de los de débil fe, que pueden sospechar que tenemos motivos mercenarios y que pueden tropezar si tomamos un salario por predicar el evangelio. Esta interpretación tiene mucho a su favor porque este era el ejemplo de Pablo. Pero, si esto es lo que quiere decir Pablo, ¿qué relación sostiene esto con el dicho de Jesús que él cita en la última parte del versículo? Ahí el tema parece ser aquellos que tienen necesidad de ayuda material y no aquellos que son de fe débil.

Esto ha llevado a algunos a decir que lo que Pablo quería decir no es que tenemos que necesariamente imitar su ejemplo de trabajar para su sostén independientemente de cualquier apoyo financiero de la iglesia, sino que debemos imitar el espíritu generoso que demostró tener para con los miembros pobres y débiles del rebaño, que no podían hacer provisión para sus propias necesidades. En el asunto de la benevolencia para con los necesitados, en otras palabras, había dado un ejemplo, también en el ámbito de la prudencia en presencia de aquellos que eran débiles en la fe.

Quizás debemos preferir una combinación de ideas. Pablo quiere que estemos libres de cargo de codicia y que seamos ejemplos de generosidad desinteresada. Pero, es generalmente aceptado que Pablo aquí no está llamando a los ministros del evangelio a prescindir del derecho del sostén en todas las circunstancias. De hecho, él establece firmemente que el sostén del ministerio es un deber de las iglesias y un derecho de los que trabajan en el ministerio, especialmente los que trabajan en la predicación. Y verdaderamente, en más de una ocasión, él mismo recibió asistencia de la iglesia en Filipo, aunque al parecer nunca solicitó sus regalos.

¿Entonces, qué quiere decir? ¿Está estableciendo una norma que se debe seguir en toda circunstancia, de manera que ningún hombre debe recibir sostén de aquellos a quienes ministra? No parece ser el caso. ¿Está presentando un modelo para los esfuerzos de la labor misionera de plantar iglesias? Tal vez es esto lo que está haciendo. Hay muchos que han seguido su ejemplo en este asunto.

¿Pero existe también una aplicación legítima de los principios que se presentan en este texto para una iglesia ya establecida? No necesariamente en lo que está relacionado con el ejemplo de las labores seculares de Pablo, porque si una iglesia quiere que su pastor se entregue de lleno al ministerio, debe suponer que le dará sostén para que él pueda llevar esto acabo. Pero a pesar de esto, el ejemplo de Pablo es aún pertinente para nosotros: (1) Debemos comportarnos de tal manera que no exista sospecha de que somos hombres codiciosos que trabajan en medio del pueblo de Dios para enriquecerse, (2) Debemos ser hombres que muestren benevolencia hacia los débiles, que sean un ejemplo de amor genuino, como el de Cristo, por el pueblo de Dios, sin mandarlos a estar calientes y saciados, cuando poseemos los medios para suplir sus necesidades (Santiago 2:16).

Al principio de mi ministerio, me impresionó el ejemplo de W. A. Criswell, el difunto pastor de la First Baptist Church de Dallas. Hacia el final de su largo ministerio, el Dr. Criswell reembolsó todo el salario que había recibido a través de los años. Pocos hombres podrán hacer esto. Pero siempre he pensado que sería maravilloso poder seguir su ejemplo. Ciertamente concuerda con el ejemplo del apóstol, así como él lo describe en nuestro texto. La mayoría de nosotros no podrá hacer lo que hizo el Dr. Criswell. Sin embargo, ¿hacemos todo lo que está a nuestro alcance para que nadie tenga razón de acusarnos de codicia?

También los instó a considerar el modelo que el ejemplo de Pablo nos presenta del tipo de hombre que la iglesia debe buscar para el ministerio pastoral. La iglesia necesita ancianos cuyo caminar personal con Dios sea una razón para creer que su ministerio no será marcado por el egoísmo o la ambición egoísta. La iglesia necesita hombres que no sean motivados por la codicia sino por un deseo sincero de ver que las personas se conviertan, sean edificadas y llevadas a la herencia que ha sido prometida para el pueblo de Dios. La iglesia necesita hombres excepcionales como Timoteo, de quien dijo Pablo: «Pues a nadie más tengo del mismo sentir mío y que esté sinceramente interesado en vuestro bienestar. Porque todos buscan sus propios intereses, no los de Cristo Jesús» (Filipenses 2:20-21).

Debemos orar para que Dios levante a hombres hábiles que sean fieles, desinteresados, de espíritu generoso, cuya única ambición sea el ser agradables a Cristo. Y debemos estar alertas en la búsqueda de tales hombres para suplir la necesidad de las iglesias. Debemos poner las manos solamente en hombres como estos, para gozar a través de ellos de un ministerio bendito por Dios para la gloria de Cristo y el bien de nuestras almas.

Postdata

En este estudio hemos visto algo del retrato de Pablo como un pastor fiel y hábil. Espero que haya sido de provecho para nosotros. Al dejarlos, quiero exhortarles a recordar las cosas que han visto. Estimado hermano, haz el compromiso de ser un hombre que siga el modelo apostólico. Toma el capítulo 20 de Hechos a tu aposento de oración y pídele a Dios que te haga un imitador del ejemplo de fidelidad pastoral de Pablo. Y te insto a seguir luchando con Dios hasta llegar a ser un hombre así.

Las palabras finales de John Dick sobre el discurso de Pablo en esta ocasión son apropiadas para terminar nuestro estudio, así que con estas palabras concluiremos:

El ejemplo de Pablo nos muestra la manera en la cual todo cristiano debe tratar de desempeñar las labores que la Providencia le ha asignado. Vemos a un hombre que está enfocado en el desempeño de su deber, que es infatigable en sus esfuerzos y que actúa con las motivaciones más puras, con un valor que no desmaya, al que ninguna cuestión puede desviar ni a la izquierda ni a la derecha. ¡La mayoría de nosotros es tan diferente a él! Debiéramos sonrojar al pensar en nuestra obediencia apática e inconsecuente, del egoísmo que se mezcla con nuestras acciones…de nuestra cobardía cuando hay peligro, de la facilidad con la que nos desviamos del camino del deber para involucrarnos en alguna otra ocupación. Pero servimos al mismo Señor que Pablo servía y profesamos poseer la misma sinceridad. También son nuestras las mismas promesas de asistencia divina y el mismo porvenir glorioso para animarnos. Sintámonos avergonzados porque somos tan inferiores en cuanto al celo y la actividad. El mantener siempre a los mejores modelos, los ejemplos más perfectos ante nuestros ojos es un incentivo poderoso para esos esfuerzos que son necesarios si hemos de obtener la excelencia… [Pero] no nos propongamos imitar las pequeñas virtudes de la mayoría de los cristianos, sino las obras heroicas de Pablo y otros grandes hombres para que, aunque no esperemos igualarnos a ellos, podamos, por lo menos, alcanzar un nivel más alto de santidad que el que hubiéramos alcanzado al fijarnos en un ejemplo inferior.

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Paul’s Parting Words #2
Acts 20:33-35

In this hour, we’ll consider Paul’s example of disinterested ministerial labor. The word “disinterested” means free from selfish motive, interest, or ambition.

1. Paul’s claim (20:33)

Why had Paul come to Ephesus preaching the gospel? Had he truly come to gain the souls of his hearers for Christ, or to gain their possessions for himself? Which ambition moved him in his labors? He claims that he wasn’t moved by covetousness and selfish ambition. He says to these men, who had witnessed his behavior for years, that he had been among them as one who sought not theirs but them. In preaching the gospel to them, he had been motivated by a sincere desire to see them converted, built up by the Word, and brought to the inheritance promised to God’s people. Whatever wealth was possessed by the brethren in Ephesus had not been a snare to him, enticing him so that he had labored among them so that their possessions might become his. His heart had been free from a covetous yearning to enrich himself at their expense. He had ministered to them from different motives altogether. He had, he says, “coveted no man’s silver, or gold, or apparel.”

The Ephesian church apparently included a number of wealthy believers, as we learn from Paul’s first letter to Timothy, written while Timothy was laboring there. And yet, Paul had no desire to join them in their wealth. He did not begrudge their prosperity, nor did he urge them to divest themselves of their abundance, yet he understood the potential snare that it represented to their souls. Therefore, he says to Timothy, “Command those who are rich in this present age not to be haughty, nor to trust in uncertain riches but in the living God, who gives us richly all things to enjoy. Let them do good, that they be rich in good works, ready to give, willing to share, storing up for themselves a good foundation for the time to come, that they may lay hold on eternal life” (1 Tim. 6:17-19). As we will see later, Paul had set them an example in these things; but that is to run ahead. Here he simply says that his ministry among them had not been motivated by a covetous passion to join the ranks of the rich. Men who had silver and gold and costly apparel were present in the Ephesian church; yet Paul says, “I coveted no man’s silver, or gold, or apparel.”

2. His appeal to his known behavior (20:34)

When Paul speaks to these men, his claim has credibility. He has no fear that any will hear his words and say to himself, “This is not the Paul that I know.” It is relatively easy for a man to make any claim that he wishes. Words, after all, are words. A minister of the gospel may wish to be perceived as free from selfish motives, and even claim that this is the case with him; but the proof is not in his words but his behavior. Our behavior either gives credibility to our words, or it exposes us as frauds. Either way, what we do (far more than what we say) carries the judgment of those who know us.

Earlier Paul had said to these men, “You yourselves know, from the first day that I set foot in Asia, after what manner I was with you all the time” (20:18). When we examined this statement, we saw that he directed their attention to what they personally knew about him. He did not expect them to receive his account of his ministry with no reference to what they knew by firsthand experience. No, he spoke with the assurance of a man who knew that he had a grip on their consciences gained by an honorable and faithful ministry among them. In the noble principles fleshed out in his ministry, he had displayed consistency from the first day that he came among them. He had never given them reason even for a moment to wonder who he was or whether he was committed to them and the ministry which he sought to exercise among them.

Paul now appeals again to their knowledge of his behavior. And his point is that his behavior gives credibility to his claim that he did not labor from selfish motives. “You yourselves know that these hands ministered unto my necessities, and to them that were with me” (20:34).

The correct inference from these words is that he did not receive money or goods from the Ephesians for his support, or for the support of his companions, but that this need was supplied from their own labors. This, of course, is not the only time Paul made this claim (cf., 1 Cor. 9:1-18; 2 Cor. 11:7-12; 12:14-18; 1 Thess. 2:1-10; 2 Thess. 3:7-10).

Paul says to these men, “Ye yourselves know that these hands ministered unto my necessities.” We don’t know whether he showed them his work-scarred hands, as some imagine that he did; but in fact they were scarred by labors aimed at freeing him from any charge of ministering the gospel out of covetousness. Those callouses lent credibility to his claim that he “coveted no man’s silver or gold.”

3. The lesson of Paul’s example (20:35)

Paul’s example here, as in the other things cited in this address, was for their imitation. He urges the Ephesian elders to do as he had done. But to what practice is he urging them (and us)?

Some say that he urges us to forego the right to financial support for the sake of those weak in faith, who might suspect us of mercenary motives and be caused to stumble if we take a salary for preaching the gospel. This interpretation has much to commend it, for this was Paul’s example. And yet, if this is what Paul means, what relation does this have to the saying of Jesus that he quotes in the last part of the verse? There the issue seems to be, not those weak in faith, but those in need of material help.

This has led some to say that Paul means not that we must necessarily imitate his laboring to support himself apart from any financial support from the church but that we should imitate the generous spirit that he showed toward the poor and weak members of the flock, who were unable to provide for themselves. In the matter of benevolence towards the needy, in other words, he had set an example, as well as in the area of prudence before the weak in faith.

Perhaps some combination of ideas is to be preferred. Paul would have us be free from the charge of covetousness and have us be examples of disinterested generosity. Yet, it is generally agreed that Paul does not here call on all ministers of the gospel to forego their right of support under every circumstance. Indeed, he firmly establishes the support of the ministry as a duty of the churches and a right of those who labor in the ministry, especially of those who labor in the Word. And, indeed, on more than one occasion, he himself received support from the church at Philippi, though apparently he never solicited their gifts.

What then is going on? Is he establishing a norm that must be followed in every circumstance, so that no man ought to receive support from those to whom he ministers? It does not appear that he is. Is he setting out a model for missionary church-planting endeavors? Perhaps he is. Many have followed his example in this.

But is there also legitimate application of the principles of this text to a settled pastoral ministry in an established church? Not necessarily in the example of Paul’s secular labors, for if a church wants its pastor to give himself fully to the ministry, it must expect to support him so that he can do so. And yet, Paul’s example still has this relevance: (1) that we should conduct ourselves in such a way that there will be no suspicion that we are covetous men who labor among God’s people so that we may enrich ourselves, and (2) that we should be men who show benevolence towards the weak, setting an example of genuine Christ-like love for God’s people—not ourselves telling them be warmed and be filled, when we have it by us to relieve their need.

Early in my ministry I was impressed by the example of W. A. Criswell, the late pastor of the First Baptist Church of Dallas. Near the end of his long ministry, Dr. Criswell returned all the salary that he had been given over the years. Few men will be able to do that. But I have always thought that it would be wonderful to be able to follow his example. It certainly accords with the Apostle’s example, as he has described it in our text. Most of us will never be able to do as Dr. Criswell did; however, do we do all that we can than none may justly charge you with covetousness?

I also urge you to consider the model that Paul’s example provides of the kind of men that the church should seek out for pastoral ministry. The church needs elders whose personal walk as Christian men gives reason to believe that their ministry will be unmarred by selfishness or selfish ambition. The church needs men not motivated by covetousness but by a sincere desire to see people converted, built up, and brought to the inheritance promised to God’s people. The church needs those rare men like Timothy, of whom Paul said, “I have no man likeminded, who will care truly for your state, for they all seek their own, not the things of Jesus Christ” (Philip. 2:20-21).

We must pray that God will raise up able men of a faithful, disinterested, generous spirit, who are ambitious only to be well-pleasing to Christ. And we must be vigilant to look for such men to fill the need of the churches. And we must lay hands only on such men, that we may know through them a ministry blessed by God to the glory of Christ and to the good of our souls.

Postscript

In this study we’ve seen something of Paul’s portrait of an able and faithful pastor. I hope this has been profitable to you. As I leave you, I want to exhort you to remember the things you’ve seen. Dear brother, commit yourself to being a man after the apostolic model. Take Acts 20 to your prayer closet and ask God to make you an imitator of Paul’s example of pastoral faithfulness. And I urge you to continue wrestling with God until you are such a man.

John Dick’s closing words on Paul’s address on this occasion are a fitting way to close our study, so that with these words we conclude:

The example of Paul shows us in what manner every Christian should study to acquit himself, in the station which Providence has assigned to him. We see a man intent upon the performance of his duty, indefatigable in his exertions, and acting from the purest motives, whose courage was undaunted, and whom no consideration could turn aside to the right hand or to the left. How unlike him are the most of us! Should we not blush to think of our languid and interrupted obedience, of the mixture of selfishness in our actions . . . , of our cowardice when danger occurs, of the facility with which we deviate from the path of duty to enter upon some other pursuit! Yet, we serve the same master, whom Paul served, and profess to be equally sincere. We have the same promises of divine assistance, and the same glorious prospects to animate us. Let us be ashamed, that we are so much inferior in zeal and activity. It is a powerful excitement to those efforts which are necessary to the attainment of excellence, to keep constantly in our eye the finest models, the most perfect patterns. . . . [But] Let us propose for imitation not the dwarfish virtues of the majority of Christians, but the heroic deeds of Paul and other illustrious men, that, if we cannot hope to equal them, we may, at least, rise to higher degrees of holiness than we should have attained, if we had fixed a lower standard.

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Pastors’ Conference 2015 | Paul’s Farewell to the Ephesian Elders (1)

Paul’s Farewell to the Ephesian Elders (1)

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Las palabras de despedida de Pablo para los ancianos en Éfeso I
Hechos 20:32-35
Dr. Robert Martin

La última labor de Pablo como su pastor (20:32)

Pablo ha exhortado a estos hombres a cumplir su deber, instándolos a imitar su propio ejemplo pastoral. Ahora hace lo último que puede hacer, es decir, los encomienda al cuidado de otro pastor, en este caso, al cuidado del Gran Pastor. Al hacer esto, los dirige al único objeto adecuado de la esperanza y fe de ellos.

1.El deseo de un pastor fiel para el pueblo de Dios es que este sea edificado y reciba la herencia prometida.

Algunos de los mensajes más maravillosos que se han predicado jamás fueron unos sermones de despedida predicados en 1662 por pastores que fueron obligados a dejar sus iglesias en Inglaterra; hoy día este acontecimiento se conoce como The Great Ejection [La gran expulsión]. En estos discursos, que eran los últimos sermones que estos hombres predicaron a sus amadas congregaciones, ellos hablaban de las cosas que más le importaban. No hablaban solamente acerca de su amor por sus congregaciones sino también de sus deseos más fervientes para ellos. Aquí Pablo no está en una situación idéntica, pero él sabe (como dice después) que nunca volverá a ver a estos hombres. En una occasion como esta, nuestra expectativa es que él hable acerca de lo que tiene más importancia para él, es decir, sus más sinceros deseos para ellos. ¿Pero que es lo que más le importa cuando se trata del bienestar de estos hombres y de los creyentes que ellos pastorearán?

Lo que más le importaba a Pablo en esta ocasión era lo mismo que más le había importado durante los años de su propio ministerio en Éfeso. Les había declarado «todo el consejo de Dios» y había hecho esto por una sencilla razón. Su anhelo era que ellos fueran salvos, que se convirtieran, que crecieran en gracia y que al final llegaran a poseer todo lo que Dios ha prometido para su pueblo creyente. Con esa carga en el corazón, les había predicado «del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo». Les había predicado el «evangelio de la gracia de Dios». Había pasado entre ellos «predicando el reino» y no había rehuido de anunciarles «nada que fuese útil». Ahora les dice que al despedirse de ellos, su preocupación es la misma. Su mayor deseo sigue siendo que ellos sean edificados y reciban la herencia prometida.

Comienza con la imagen de una edificación, es decir, de un edificio que se está construyendo sobre un fundameto sólido, de acuerdo a un plan bueno y sabio. En este caso, estos hombres y los otros creyentes en Éfeso son el edificio. Dios es el arquitecto. Cristo es el fundamento. El Espíritu es el que edifica. El esquema [para el edificio] es la «palabra de su gracia». Ellos tienen que estar activos en lo que concierne su propia madurez, es decir, en su crecimiento en gracia, progreso en santidad y una creciente conformidad a la imagen de Cristo su Salvador. No pueden ser pasivos en este proceso. Aunque no son el arquitecto, han de seguir Su plan. Aunque no son los que edifican, son obreros que tienen que obedecer Sus instrucciones cuidadosamente. Aunque no son el fundamento, han de edificar sobre el fundamento que ha sido puesto. Con el esquema de Dios para la vida cristiana en la mano, mirando cuidadosamente sus instrucciones detalladas, con la fe fijada firmemente en Cristo el fundamento, con el Espíritu morando en sus corazones, produciendo en ellos «tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad», han de ocuparse de su salvación con temor y temblor (Filipenses 2:12).

Pablo entiende que su deber había sido el trabajar para el beneficio de ellos con este propósito. Ahora se está marchando y ellos deben tener cuidado de ellos mismos en relación con este asunto. Y deben trabajar para que este sea el caso dentro del rebaño en el cual el Espíritu los ha puesto como obispos. La santificación perfeccionada del pueblo de Dios es el gran propósito para el cual se instituyó el oficio pastoral. El anhelo de Pablo como pastor es que este propósito tenga su cumplimiento en estos hombres, y por medio de ellos, en los que ellos trabajan por salvar. Su deseo pastoral sincero es la edificación del pueblo de Dios.

La segunda ilustración es la de una herencia. Esta es una ilustración simple y familiar para nosotros. Una herencia es un patrimonio que un padre ha establecido para su hijo. Es una expresión del amor de los padres y de su resolución de que algún día el hijo llegue a poseer una gran bendición.

Dios les promete una herencia a sus hijos. Pedro se refiere a ella como algo que nos pertenece en virtud de ser hijos de Dios por medio del nuevo nacimiento (1 Pedro 1:3-5). [Esta herencia] es una patria celestial, es decir, la morada misma de Dios, con todas sus bendiciones, que poseeremos con paz y seguridad (Hebreos 11:16). Es la vida eterna (Mateo 19:29), la entrada al reposo del Padre y del Hijo (Hebreos 4:9), una ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios (Hebreos 11:10), un reino inconmovible (Hebreos 12:28), una morada en la casa del Padre (Juan 14:2). «Incorruptible, incontaminada e inmarcesible», que está «reservada en el cielo» para nosotros y para ella somos «guardados por el poder de Dios» (1 Pedro 1:3-5).

Pablo ha trabajado con ahínco para que los Efesios pudieran recibir su herencia celestial. Como Pedro, él conoce que ha sido reservada para ellos y que ellos son guardados para ella. Pero también sabe que ellos recibirán su herencia solamente al final de una vida de perseverancia en la fe en Cristo y una búsqueda seria por la santidad. En otras palabras, él comparte el ahnelo del autor del libro de Hebreos, quien escribió: «Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas» (Hebreos 6:11-12).

La preocupación de Pablo por estos amados hermanos y compañeros en el ministerio, y también por las ovejas que estaban a cargo de ellos, la misma que había sido suya desde el primer día que puso pie en Asia, era que ellos recibieran «herencia con todos los santificados» (Hechos 20:32). Su ahnelo es que ellos sean edificados en piedad y en semejanza a Cristo y que ellos sean discípulos santos de Cristo que perseveran. Esto es lo que más le importa al despedirse. Puede ser que él no vuelva a ver sus caras en este mundo, pero quiere poder verlos allá, en la patria celestial. Por consiguiente, sus palabras de despedida son: «Os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados». Consideremos también que…

2. El pastor en cuyo cuidado los deja y el medio que Él utilizará para promover su bien, es Dios y la Palabra de Su gracia.

¿A quién es que Pablo le encomienda el cuidado de estos cristianos? Sabemos que él tenía ayudantes que siguieron trabajando en las iglesias después de su partida, y que estos eran de un mismo espíritu con él. Por ejemplo, conocemos acerca de Tito, que se quedó en Creta para «[poner] en orden lo que [quedaba] (Tito 1:5). Conocemos acerca de cómo Pablo mandó a Epafrodito a Filipo (Filipenses 2:25). Y estamos familiarizados con el ministerio amplio que Timoteo emprendió bajo su tutela (Filipenses 2:19-20; 1 Corintios 4:16-17; 1 Tesalonicenses 3:1-13), en el que estaba incluída esta misma iglesia en Éfeso (1 Timoteo 1:3-4).

Pudo haberles dicho: «Os encomiendo a mi amado y fiel colaborador Timoteo. Él realmente cuidadará de vosotros. Él os recordará mis caminos, los caminos en Cristo, tal como enseño en todas partes, en cada iglesia (1 Corintios 4:17). Él os fortalecerá y alentará respecto a vuestra fe, a fin de que nadie se inquiete por causa de las aflicciones» (1 Tesalonicenses 3:2). ¿No tendrían ayudantes humanos que se unieran a ellos y les sirvieran cómo Pablo lo había hecho? Los tendrían, por lo menos por un tiempo. ¿Pero donde estaría su verdadera seguridad? ¿Había uno que los cuidaría y los guiaría cuando todo hombre estuviera buscando sus propios intereses y no los de Cristo Jesús? En realidad, sí lo habrá, y Él está sobre todo pastor de las ovejas como el Príncipe de los pastores que permanecerá en Su puesto cuando todo el que es un asalariado huya. ¡Pablo le encomienda a estos hermanos a Él!

Él dice: «Ahora os encomiendo a Dios». No hay otro pastor que puede hacer por nosotros lo que Él puede hacer y hará por nosotros. Él aumentará nuestra fe en respuesta a la oración. Nos otorgará misericordia y gracia para la ayuda oportuna (Hebreos 4:16). Él nos «perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá» (1 Pedro 5:10). Ha puesto en nuestras manos un poderoso instrumento para nuestro crecimiento, es decir, «la palabra de su gracia». El Señor mismo nos va a edificar y nos dará la herencia prometida. Él comenzó esta buena obra en nosotros y la perfeccionará (Filipenses 1:6). No hay otro que lo pueda hacer; ¡pero Él puede hacerlo y lo hara! Este es el Dios que nos santificará por completo; y preservará todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, para que sea irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. «Fiel es el que os llama, el cual también lo hará» (1 Tesalonicenses 5:23). Pablo nos encomienda al Dios que le dijo a Jacob: «He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que vayas…porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he prometido» (Génesis 28:15).

1. Basado en lo que dice Pablo aquí, debemos deducir que la santificación perfeccionada del pueblo de Dios es el propósito principal por el cual se instituyó el oficio pastoral. La meta de Pablo en Éfeso, que se refleja en su última labor como pastor a favor de los Efesios, era que ellos fueran hechos maduros y perfeccionados en la fe.

Hay muchas cosas que compiten por nuestro tiempo y energía. Hay muchas buenas causas a las que podemos dedicarnos. Pero si no nos dedicamos principalmente a llevar al pueblo de Dios que está bajo nuestro cuidado a la madurez, no hemos realizado el gran propósito para el cual Cristo nos ha hecho obispos del rebaño. Estimado hermano, con la ayuda de Dios, estás comprometido a entregarte, día tras día, a perfeccionar el pueblo de Dios? ¿Hay algo que te ha distraído de esta meta? ¿O has trazado algún otro rumbo para tu ministerio? Medita en el ejemplo de Pablo. No hay otro asunto que tenga más importancia para un pastor que el de perfeccionar a los santos.

2. Como un cristiano, ¿cuál debería ser tu preocupación principal y eso por lo que más trabajas en la vida cristiana? La respuesta es que tu preocupación principal debe ser el que tu conversión sea a fondo, que estés creciendo en la gracia y que finalmente llegues a poseer todo lo que Dios le ha prometido a su pueblo creyente.

Tu salvación final es de gran interés para Dios y seguramente lo es para ti también. Pero algo más que esto está en peligro, porque tu madurez como cristiano también significa que serás el tipo de hombre que es un instrumento útil en las manos de Dios para hacer bien a los demás. Pablo le dijo a Timoteo: «Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza; persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan» (1 Timoteo 4:16). Pablo le dice a estos hombres: «Tened cuidado de vosotros y de toda la grey» (Hechos 20:28). ¿Que pasará si descuidas tu propio estado espiritual? ¿Conocerás la bendición de Dios sobre tus esfuerzos cuando le hablas acerca de Cristo a los demás? ¿Será tu vida un adorno del evangelio, que lo hace atractivo para tus hijos, vecinos y los que te escuchan? ¿O cerrarás los oídos de los hombres por medio de tu comportamiento impío y no santificado?

Debemos estar activos en nuestro propio crecimiento en la gracia, nuestro propio progreso en la santidad, nuestra propia conformidad a la imagen de Cristo que va en aumento. No se supone que permanezcamos pasivos en este proseso. Tenemos que seguir el plan del arquitecto y obedecer las instrucciones del constructor. Con el esquema de Dios en nuestras manos, con un ojo que cuidadosamente mira las instrucciones detalladas, con nuestra fe fijada firmemente en Cristo, con el Espíritu que mora en nosotros, obrando en nosotros el querer como el hacer para su beneplácito, se nos llama al trabajo de limpiarnos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios (2 Corintios 7:1). Y esto no es solamente para nuestro propio bien espiritual sino también para que podamos ser útiles en gran manera en el establecimiento del reino de Cristo. En su despedida a su congregación en Newark, New Jersey, Edward Griffin dijo: «Cada mañana ha la decisión que el asunto más importante del día será hacer progreso hacia el cielo». Si hacemos esto, diremos en las palabras de Pedro: «Pues estas virtudes, al estar en vosotros y al abundar, no os dejarán ociosos ni estériles en el verdadero conocimiento de nuestro Señor Jesucristo» (2 Pedro 1:8).

3. En conclusión, les señaló nuevamente el único objeto apropiado para nuestra fe y esperanza. Dios puede otorgarnos colaboradores humanos, que tengan el mismo espíritu que los apóstoles, pero no debemos depositar nuestra fe en ellos. La Palabra nos encomienda a Dios. No hay otro pastor que puede hacer lo que Él puede hacer por nosotros y lo que hará. No olvidemos esto. Un hombre nos puede desfraudar o desilucionar, pero no así con Dios. Él nos edificará y nos dará la herencia prometida. No hay otro que puede hacer esto. Por lo tanto, mantengamos nuestros ojos, nuestra esperanza, nuestras oraciones enfocadas en Él. Él es el que comenzó esta buena obra en nosotros y Él la perfeccionará. Nuevamente, Griffin le dijo a su congregación:

Hermanos, los encomiendo a Dios. En Él encontrarán un amigo en la necesidad, una fortaleza en el día de la angustia. Él ha sido «un refugio para nosotros de generación en generación» y vivirá para proteger a Su pueblo cuando todas las naciones hayan muerto. En Su misericordia y cuidado, en Su poder y fidelidad, encontraremos los recursos que nunca nos faltarán…solamente en Él se ha establecido el consejo de paz. Solamente en Él se ha levantado la Iglesia y ha sido preservada hasta ahora, y por Él será preservada para siempre. La Iglesia es el objeto de Su más tierno amor…el enfoque de todos Sus cuidados…Su más preciado tesoro. «Pues la porción del Señor es su pueblo; Jacob es la parte de su heredad» (Deuteronomio 32:9). Él destruiría a todas las naciones, aplastaría mil mundos, antes de permitir que un cabello de su cabeza caiga al suelo. Los reinos de la tierra se derrumbarán, la tierra misma se desvanecerá, «los cielos se enrollarán como un pergamino» (Isaías 34:4), pero este reino permanecerá para siempre.

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Paul’s Parting Words #1
Acts 20:32-35

Dr. Robert Martin

Paul’s Final Act as Their Pastor (20:32)

Paul has exhorted these men to do their duty, urging them to imitate his own pastoral example. Now he does the last thing that he can do, i.e., he commits them to the care of another shepherd–in this case to the care of the Chief Shepherd himself. And in doing so, he points them to the only proper object of their faith and hope.

1. A true pastor’s desire for God’s people, which is that they may be built up and receive the promised inheritance.

Some of the greatest messages ever preached were farewell sermons preached in 1662 by pastors forced to leave their churches in England in what is now known as The Great Ejection. In these addresses, the final sermons these men preached to their beloved congregations, they spoke of the things closest to their hearts–speaking not only of their love for their people, but also of their most ardent desires for them. Paul is not in an identical situation, yet he knows (as he says further on) that he will never see these men again. On such an occasion we would expect him to speak what was nearest to his heart, i.e., his most earnest desires for them. But what does he care about most when it comes to the well-being of these men and of the believers that they will shepherd?

What mattered most to Paul on this occasion was what had mattered most to him during the years of his own ministry in Ephesus. He had declared to them “the whole counsel of God.” And he had done this for a simple reason. He desired their salvation: that they would be converted, that they would grow in grace, and that in the end they would come to possess all that God had promised to his believing people. With this burden on his heart, he had preached to them “repentance toward God and faith toward our Lord Jesus Christ,” he had preached “the gospel of the grace of God,” he had gone among them “preaching the kingdom,” he had not shrunk back from declaring “anything that was profitable.” Now, he tells them that in parting, his burden is the same. His greatest desire still is that they may be built up and receive the promised inheritance.

He begins with the image of edification, i.e., of a building being erected on a solid foundation and according to a good and wise plan. In this case these men and the other believers in Ephesus are the building. God is the architect, Christ is the foundation, the Spirit is the builder, the “word of his grace” is the blueprint. They themselves must be active in their own maturation, i.e., in growth in grace, progress in holiness, and increasing conformity to the image of Christ their Savior. They cannot be passive in the process. Although they are not the architect, they are to follow his plan. Although they are not the builder, they are workmen who must obey his instructions carefully. Although they are not the foundation, they are to build on the foundation which has been laid. With God’s blueprint for the Christian life in hand, with a careful eye to its detailed instructions, with their faith firmly fixed on Christ the foundation, with the Spirit dwelling in their hearts, working in them to will and to do according to his good pleasure, they are to work out their own salvation with fear and trembling (Philip. 2:12).

Paul believes that his duty had been to labor in their behalf for this purpose. Now he’s leaving and they must take heed to themselves in this business. And they must labor that this is the case for all the flock in which the Spirit has made them overseers. The perfected sanctification of God’s people is the great purpose for which the pastoral office was instituted. And Paul the pastor longs that this purpose may be fulfilled in these men and through them in those for whose salvation they labor. His earnest pastoral desire is that God’s people may be built up.

The second image is that of inheritance. This image is simple and familiar. An inheritance is an estate established by a parent for his child. It expresses the parent’s love and resolve that the child one day will come into possession of a great blessing.

God promises his children an inheritance. Peter speaks of it as ours by virtue of being God’s children by the new birth (1 Pet. 1:3-5). It is a heavenly country, i.e., the place of God’s own dwelling, with all its blessings, to be possessed in peace and security (Heb. 11:16). It is eternal life (Matt. 19:29), an entrance into the Sabbath rest of the Father and Son (Heb. 4:9), a city with foundations, whose architect and builder is God (Heb. 11:10), a kingdom that cannot be shaken (Heb. 12:28), a place in the Father’s house (John 14:2). “Incorruptible, undefiled, and unfading,” it is “reserved in heaven for you” and you are “guarded by the power of God” for it (1 Pet. 1:3-5).

Paul has labored earnestly that the Ephesians might receive their heavenly inheritance. He knows what Peter knows, that it is reserved for them and they are kept for it. And yet he also knows that they will come to their inheritance only at the end of a life of persevering faith in Christ and earnest pursuit of holiness. In other words, he shares the longing of the author of Hebrews, who said, “We desire that each one of you may show the same diligence unto the fullness of hope even to the end: that you be not sluggish, but imitators of those who through faith and perseverance inherit the promises” (Heb. 6:11-12).

Paul’s burden for these beloved brethren and fellow-laborers, and for the sheep in their care, the same burden that he’s had since the first day he set foot in Asia, is that they may receive “the inheritance among all them that are sanctified” (20:32). He longs that they may be built up in godliness and Christ-likeness and that they may be persevering, holy disciples of Christ. That is what matters most to him as he takes his leave. He may not see their faces again here; but he wants to see them there, in the heavenly country. Therefore, in parting, he says, “I commend you to God, and to the word of his grace, which is able to build you up, and to give you the inheritance among all them that are sanctified.” Consider also . . .

2. The pastor into whose care he delivers them and the means that he will use for their further good, which is God and the Word of his grace.

To whom does Paul commit these Christians for safekeeping? We know that he had helpers who labored on in the churches after his departure, who were of the same spirit as the apostle himself. We know, e.g., of Titus, who remained in Crete to “set in order the things that were wanting” (Tit. 1:5). We know of Paul’s sending Epaphroditus to Philippi (Philip. 2:25). And we know of the extensive ministry which Timothy undertook at his direction (Philip. 2:19-20; 1 Cor. 4:16-17; 1 Thess. 3:1-3), including in this very church in Ephesus (1 Tim. 1:3-4).

He could have said to them, “I commend you to my beloved and faithful fellow-worker Timothy. He will truly care for your state. He will put you in remembrance of my ways which are in Christ, even as I teach everywhere in every church. He will establish you and comfort you concerning your faith, that no man be moved by afflictions.” Will there be no human helpers to come along side and serve them as Paul had? There will be, at least for a season. But where is their real safety? Is there one who will watch over them and guide them when every man is seeking his own things and not the things of Christ? Indeed there will be, and he stands above every other shepherd of the sheep as the Chief Shepherd, i.e., the Good Shepherd who will remain at his post when every hireling flees. Paul commends these brethren to him!

“Now I commend you to God,” he says. No other shepherd can do for you what he can and will do. He will increase your faith in answer to prayer. He will give you mercy and grace to help in time of need. He will “perfect, establish, and strengthen you” (1 Pet. 5:10). He has put in your hand a powerful instrument for your growth, i.e., “the word of his grace.” The Lord himself will build you up and give you the promised inheritance. He began this good work in you and he will bring it to completion. No other can do it; but he can and will do it! This is the God who will sanctify you wholly and preserve your spirit and soul and body entire, without blame at the coming of our Lord Jesus Christ. “Faithful is he that calls you, who will also do it” (1 Thess. 5:23-24). Paul commends us to the God who said to Jacob, “Behold, I am with thee, and will keep thee, whithersoever thou goest . . . . For I will not leave thee, until I have done that which I have spoken to thee of” (Gen. 28:15).

1. We should deduce from what Paul here says that the perfected sanctification of God’s people is the primary purpose for which the pastoral office was instituted. Paul’s goal in Ephesus, reflected in this final pastoral act on behalf of the Ephesians, was that they should be matured and perfected in the faith.

Many things compete for your time and energy. There are many good causes in which you can expend yourself. But if you are not chiefly given to the maturing of God’s people under your charge, you have missed the great purpose for which Christ has made you an overseer of the flock. Dear brother, God helping you, are you committed to giving yourself, day in and day out, to the perfecting of God’s people? Has something distracted you from this goal? Or have you set some other course for your ministry? Give thought to Paul’s example. There is no better business for a pastor than perfecting the saints.

2. As a Christian, what should you care most about and labor most for in the Christian life? The answer is that your primary concern also should be that you are thoroughly converted, that you grow in grace, and that in the end you come to possess all that God has promised his believing people.

Your ultimate salvation is a great concern to God and surely it is to you as well. But there is more at stake, for your maturation as a Christian also means that you will be the kind of man who will be a useful instrument in the hands of God for the good of others. Paul said to Timothy, “Take heed to thyself, and to thy teaching. Continue in these things; for in doing this thou shalt save both thyself and them that hear thee” (1 Tim. 4:16). Paul says to these men, “Take heed to yourselves, and to all the flock” (Acts 20:28). What will happen if you disregard your own spiritual state? Will you know God’s blessing on your efforts to speak to others of Christ? Will your lives adorn the gospel, making it attractive to your children and neighbors and hearers? Or will you shut men’s ears by your unholy, unsanctified behavior?

We must be active in our own growth in grace, our own progress in holiness, our own increasing conformity to the image of Christ. We are not meant to be passive in the process. We must follow the architect’s plan and obey the builder’s instructions. With God’s blueprint in our hands, with a careful eye to its detailed instructions, with our faith firmly fixed on Christ, with the Spirit dwelling in us, working in us to will and to do according to his good pleasure, we are called to the business of cleansing ourselves from all filthiness of flesh and spirit, perfecting holiness in the fear of the God. And this is not just for our own spiritual good but that we may be greatly used in the establishment of Christ’s kingdom. In his farewell to his Newark, NJ congregation, Edward Griffin said, “Settle it in your minds every morning that the chief business of the day is to make advances towards heaven.” If you do this, to borrow Peter’s words, “you will be neither barren nor unfruitful in the knowledge of our Lord Jesus Christ” (2 Pet. 1:8).

3. In closing, I point you again to the only proper object of your faith and hope. God may give you human helpers, who are of the same spirit as the apostles; yet your faith must not be in them. The Word commends you to God. No other shepherd can do for you what he can and will do. Don’t forget this. A man may fail you or disappoint you–but not God. He will build you up and give you the promised inheritance. No other can do that. Therefore, keep your eyes, your hope, your prayers focused on him. It is he who began this good work in you and he will bring it to completion. Again, Griffin said to his people,

Brethren, “I commend you to God.” You will find Him a friend in need, a refuge in times of trouble. He has “been our dwelling place in all generations” and He will live to protect His people when all the nations die. In His mercy and care . . . in His power and faithfulness, you will find resources which will never fail. . . . By Him alone the counsel of peace was established. By Him alone the Church was erected, and has been preserved to this time; and by Him it will be preserved forever. The Church is the object of His tenderest love . . . the center of all His cares . . . His most precious treasure. “The Lord’s portion is His people; Jacob is the lot of His inheritance.” . . . He would blot out all the nations, He would crush a thousand worlds, before one hair of her head should fall to the ground. The kingdoms of the nations shall fall; the earth itself shall be dissolved; “the heavens shall be rolled together as a scroll” . . . but this kingdom shall stand forever.

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Pastors’ Conference 2015 | Paul’s Farewell to the Ephesian Elders (1)

Paul’s Farewell to the Ephesian Elders (1)

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Las palabras de despedida de Pablo para los ancianos en Éfeso I
Hechos 20:32-35
Dr. Robert Martin

La última labor de Pablo como su pastor (20:32)

Pablo ha exhortado a estos hombres a cumplir su deber, instándolos a imitar su propio ejemplo pastoral. Ahora hace lo último que puede hacer, es decir, los encomienda al cuidado de otro pastor, en este caso, al cuidado del Gran Pastor. Al hacer esto, los dirige al único objeto adecuado de la esperanza y fe de ellos.

1.El deseo de un pastor fiel para el pueblo de Dios es que este sea edificado y reciba la herencia prometida.

Algunos de los mensajes más maravillosos que se han predicado jamás fueron unos sermones de despedida predicados en 1662 por pastores que fueron obligados a dejar sus iglesias en Inglaterra; hoy día este acontecimiento se conoce como The Great Ejection [La gran expulsión]. En estos discursos, que eran los últimos sermones que estos hombres predicaron a sus amadas congregaciones, ellos hablaban de las cosas que más le importaban. No hablaban solamente acerca de su amor por sus congregaciones sino también de sus deseos más fervientes para ellos. Aquí Pablo no está en una situación idéntica, pero él sabe (como dice después) que nunca volverá a ver a estos hombres. En una occasion como esta, nuestra expectativa es que él hable acerca de lo que tiene más importancia para él, es decir, sus más sinceros deseos para ellos. ¿Pero que es lo que más le importa cuando se trata del bienestar de estos hombres y de los creyentes que ellos pastorearán?

Lo que más le importaba a Pablo en esta ocasión era lo mismo que más le había importado durante los años de su propio ministerio en Éfeso. Les había declarado «todo el consejo de Dios» y había hecho esto por una sencilla razón. Su anhelo era que ellos fueran salvos, que se convirtieran, que crecieran en gracia y que al final llegaran a poseer todo lo que Dios ha prometido para su pueblo creyente. Con esa carga en el corazón, les había predicado «del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo». Les había predicado el «evangelio de la gracia de Dios». Había pasado entre ellos «predicando el reino» y no había rehuido de anunciarles «nada que fuese útil». Ahora les dice que al despedirse de ellos, su preocupación es la misma. Su mayor deseo sigue siendo que ellos sean edificados y reciban la herencia prometida.

Comienza con la imagen de una edificación, es decir, de un edificio que se está construyendo sobre un fundameto sólido, de acuerdo a un plan bueno y sabio. En este caso, estos hombres y los otros creyentes en Éfeso son el edificio. Dios es el arquitecto. Cristo es el fundamento. El Espíritu es el que edifica. El esquema [para el edificio] es la «palabra de su gracia». Ellos tienen que estar activos en lo que concierne su propia madurez, es decir, en su crecimiento en gracia, progreso en santidad y una creciente conformidad a la imagen de Cristo su Salvador. No pueden ser pasivos en este proceso. Aunque no son el arquitecto, han de seguir Su plan. Aunque no son los que edifican, son obreros que tienen que obedecer Sus instrucciones cuidadosamente. Aunque no son el fundamento, han de edificar sobre el fundamento que ha sido puesto. Con el esquema de Dios para la vida cristiana en la mano, mirando cuidadosamente sus instrucciones detalladas, con la fe fijada firmemente en Cristo el fundamento, con el Espíritu morando en sus corazones, produciendo en ellos «tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad», han de ocuparse de su salvación con temor y temblor (Filipenses 2:12).

Pablo entiende que su deber había sido el trabajar para el beneficio de ellos con este propósito. Ahora se está marchando y ellos deben tener cuidado de ellos mismos en relación con este asunto. Y deben trabajar para que este sea el caso dentro del rebaño en el cual el Espíritu los ha puesto como obispos. La santificación perfeccionada del pueblo de Dios es el gran propósito para el cual se instituyó el oficio pastoral. El anhelo de Pablo como pastor es que este propósito tenga su cumplimiento en estos hombres, y por medio de ellos, en los que ellos trabajan por salvar. Su deseo pastoral sincero es la edificación del pueblo de Dios.

La segunda ilustración es la de una herencia. Esta es una ilustración simple y familiar para nosotros. Una herencia es un patrimonio que un padre ha establecido para su hijo. Es una expresión del amor de los padres y de su resolución de que algún día el hijo llegue a poseer una gran bendición.

Dios les promete una herencia a sus hijos. Pedro se refiere a ella como algo que nos pertenece en virtud de ser hijos de Dios por medio del nuevo nacimiento (1 Pedro 1:3-5). [Esta herencia] es una patria celestial, es decir, la morada misma de Dios, con todas sus bendiciones, que poseeremos con paz y seguridad (Hebreos 11:16). Es la vida eterna (Mateo 19:29), la entrada al reposo del Padre y del Hijo (Hebreos 4:9), una ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios (Hebreos 11:10), un reino inconmovible (Hebreos 12:28), una morada en la casa del Padre (Juan 14:2). «Incorruptible, incontaminada e inmarcesible», que está «reservada en el cielo» para nosotros y para ella somos «guardados por el poder de Dios» (1 Pedro 1:3-5).

Pablo ha trabajado con ahínco para que los Efesios pudieran recibir su herencia celestial. Como Pedro, él conoce que ha sido reservada para ellos y que ellos son guardados para ella. Pero también sabe que ellos recibirán su herencia solamente al final de una vida de perseverancia en la fe en Cristo y una búsqueda seria por la santidad. En otras palabras, él comparte el ahnelo del autor del libro de Hebreos, quien escribió: «Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas» (Hebreos 6:11-12).

La preocupación de Pablo por estos amados hermanos y compañeros en el ministerio, y también por las ovejas que estaban a cargo de ellos, la misma que había sido suya desde el primer día que puso pie en Asia, era que ellos recibieran «herencia con todos los santificados» (Hechos 20:32). Su ahnelo es que ellos sean edificados en piedad y en semejanza a Cristo y que ellos sean discípulos santos de Cristo que perseveran. Esto es lo que más le importa al despedirse. Puede ser que él no vuelva a ver sus caras en este mundo, pero quiere poder verlos allá, en la patria celestial. Por consiguiente, sus palabras de despedida son: «Os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados». Consideremos también que…

2. El pastor en cuyo cuidado los deja y el medio que Él utilizará para promover su bien, es Dios y la Palabra de Su gracia.

¿A quién es que Pablo le encomienda el cuidado de estos cristianos? Sabemos que él tenía ayudantes que siguieron trabajando en las iglesias después de su partida, y que estos eran de un mismo espíritu con él. Por ejemplo, conocemos acerca de Tito, que se quedó en Creta para «[poner] en orden lo que [quedaba] (Tito 1:5). Conocemos acerca de cómo Pablo mandó a Epafrodito a Filipo (Filipenses 2:25). Y estamos familiarizados con el ministerio amplio que Timoteo emprendió bajo su tutela (Filipenses 2:19-20; 1 Corintios 4:16-17; 1 Tesalonicenses 3:1-13), en el que estaba incluída esta misma iglesia en Éfeso (1 Timoteo 1:3-4).

Pudo haberles dicho: «Os encomiendo a mi amado y fiel colaborador Timoteo. Él realmente cuidadará de vosotros. Él os recordará mis caminos, los caminos en Cristo, tal como enseño en todas partes, en cada iglesia (1 Corintios 4:17). Él os fortalecerá y alentará respecto a vuestra fe, a fin de que nadie se inquiete por causa de las aflicciones» (1 Tesalonicenses 3:2). ¿No tendrían ayudantes humanos que se unieran a ellos y les sirvieran cómo Pablo lo había hecho? Los tendrían, por lo menos por un tiempo. ¿Pero donde estaría su verdadera seguridad? ¿Había uno que los cuidaría y los guiaría cuando todo hombre estuviera buscando sus propios intereses y no los de Cristo Jesús? En realidad, sí lo habrá, y Él está sobre todo pastor de las ovejas como el Príncipe de los pastores que permanecerá en Su puesto cuando todo el que es un asalariado huya. ¡Pablo le encomienda a estos hermanos a Él!

Él dice: «Ahora os encomiendo a Dios». No hay otro pastor que puede hacer por nosotros lo que Él puede hacer y hará por nosotros. Él aumentará nuestra fe en respuesta a la oración. Nos otorgará misericordia y gracia para la ayuda oportuna (Hebreos 4:16). Él nos «perfeccionará, afirmará, fortalecerá y establecerá» (1 Pedro 5:10). Ha puesto en nuestras manos un poderoso instrumento para nuestro crecimiento, es decir, «la palabra de su gracia». El Señor mismo nos va a edificar y nos dará la herencia prometida. Él comenzó esta buena obra en nosotros y la perfeccionará (Filipenses 1:6). No hay otro que lo pueda hacer; ¡pero Él puede hacerlo y lo hara! Este es el Dios que nos santificará por completo; y preservará todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, para que sea irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. «Fiel es el que os llama, el cual también lo hará» (1 Tesalonicenses 5:23). Pablo nos encomienda al Dios que le dijo a Jacob: «He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que vayas…porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he prometido» (Génesis 28:15).

1. Basado en lo que dice Pablo aquí, debemos deducir que la santificación perfeccionada del pueblo de Dios es el propósito principal por el cual se instituyó el oficio pastoral. La meta de Pablo en Éfeso, que se refleja en su última labor como pastor a favor de los Efesios, era que ellos fueran hechos maduros y perfeccionados en la fe.

Hay muchas cosas que compiten por nuestro tiempo y energía. Hay muchas buenas causas a las que podemos dedicarnos. Pero si no nos dedicamos principalmente a llevar al pueblo de Dios que está bajo nuestro cuidado a la madurez, no hemos realizado el gran propósito para el cual Cristo nos ha hecho obispos del rebaño. Estimado hermano, con la ayuda de Dios, estás comprometido a entregarte, día tras día, a perfeccionar el pueblo de Dios? ¿Hay algo que te ha distraído de esta meta? ¿O has trazado algún otro rumbo para tu ministerio? Medita en el ejemplo de Pablo. No hay otro asunto que tenga más importancia para un pastor que el de perfeccionar a los santos.

2. Como un cristiano, ¿cuál debería ser tu preocupación principal y eso por lo que más trabajas en la vida cristiana? La respuesta es que tu preocupación principal debe ser el que tu conversión sea a fondo, que estés creciendo en la gracia y que finalmente llegues a poseer todo lo que Dios le ha prometido a su pueblo creyente.

Tu salvación final es de gran interés para Dios y seguramente lo es para ti también. Pero algo más que esto está en peligro, porque tu madurez como cristiano también significa que serás el tipo de hombre que es un instrumento útil en las manos de Dios para hacer bien a los demás. Pablo le dijo a Timoteo: «Ten cuidado de ti mismo y de la enseñanza; persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan» (1 Timoteo 4:16). Pablo le dice a estos hombres: «Tened cuidado de vosotros y de toda la grey» (Hechos 20:28). ¿Que pasará si descuidas tu propio estado espiritual? ¿Conocerás la bendición de Dios sobre tus esfuerzos cuando le hablas acerca de Cristo a los demás? ¿Será tu vida un adorno del evangelio, que lo hace atractivo para tus hijos, vecinos y los que te escuchan? ¿O cerrarás los oídos de los hombres por medio de tu comportamiento impío y no santificado?

Debemos estar activos en nuestro propio crecimiento en la gracia, nuestro propio progreso en la santidad, nuestra propia conformidad a la imagen de Cristo que va en aumento. No se supone que permanezcamos pasivos en este proseso. Tenemos que seguir el plan del arquitecto y obedecer las instrucciones del constructor. Con el esquema de Dios en nuestras manos, con un ojo que cuidadosamente mira las instrucciones detalladas, con nuestra fe fijada firmemente en Cristo, con el Espíritu que mora en nosotros, obrando en nosotros el querer como el hacer para su beneplácito, se nos llama al trabajo de limpiarnos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios (2 Corintios 7:1). Y esto no es solamente para nuestro propio bien espiritual sino también para que podamos ser útiles en gran manera en el establecimiento del reino de Cristo. En su despedida a su congregación en Newark, New Jersey, Edward Griffin dijo: «Cada mañana ha la decisión que el asunto más importante del día será hacer progreso hacia el cielo». Si hacemos esto, diremos en las palabras de Pedro: «Pues estas virtudes, al estar en vosotros y al abundar, no os dejarán ociosos ni estériles en el verdadero conocimiento de nuestro Señor Jesucristo» (2 Pedro 1:8).

3. En conclusión, les señaló nuevamente el único objeto apropiado para nuestra fe y esperanza. Dios puede otorgarnos colaboradores humanos, que tengan el mismo espíritu que los apóstoles, pero no debemos depositar nuestra fe en ellos. La Palabra nos encomienda a Dios. No hay otro pastor que puede hacer lo que Él puede hacer por nosotros y lo que hará. No olvidemos esto. Un hombre nos puede desfraudar o desilucionar, pero no así con Dios. Él nos edificará y nos dará la herencia prometida. No hay otro que puede hacer esto. Por lo tanto, mantengamos nuestros ojos, nuestra esperanza, nuestras oraciones enfocadas en Él. Él es el que comenzó esta buena obra en nosotros y Él la perfeccionará. Nuevamente, Griffin le dijo a su congregación:

Hermanos, los encomiendo a Dios. En Él encontrarán un amigo en la necesidad, una fortaleza en el día de la angustia. Él ha sido «un refugio para nosotros de generación en generación» y vivirá para proteger a Su pueblo cuando todas las naciones hayan muerto. En Su misericordia y cuidado, en Su poder y fidelidad, encontraremos los recursos que nunca nos faltarán…solamente en Él se ha establecido el consejo de paz. Solamente en Él se ha levantado la Iglesia y ha sido preservada hasta ahora, y por Él será preservada para siempre. La Iglesia es el objeto de Su más tierno amor…el enfoque de todos Sus cuidados…Su más preciado tesoro. «Pues la porción del Señor es su pueblo; Jacob es la parte de su heredad» (Deuteronomio 32:9). Él destruiría a todas las naciones, aplastaría mil mundos, antes de permitir que un cabello de su cabeza caiga al suelo. Los reinos de la tierra se derrumbarán, la tierra misma se desvanecerá, «los cielos se enrollarán como un pergamino» (Isaías 34:4), pero este reino permanecerá para siempre.

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Paul’s Parting Words #1
Acts 20:32-35

Dr. Robert Martin

Paul’s Final Act as Their Pastor (20:32)

Paul has exhorted these men to do their duty, urging them to imitate his own pastoral example. Now he does the last thing that he can do, i.e., he commits them to the care of another shepherd–in this case to the care of the Chief Shepherd himself. And in doing so, he points them to the only proper object of their faith and hope.

1. A true pastor’s desire for God’s people, which is that they may be built up and receive the promised inheritance.

Some of the greatest messages ever preached were farewell sermons preached in 1662 by pastors forced to leave their churches in England in what is now known as The Great Ejection. In these addresses, the final sermons these men preached to their beloved congregations, they spoke of the things closest to their hearts–speaking not only of their love for their people, but also of their most ardent desires for them. Paul is not in an identical situation, yet he knows (as he says further on) that he will never see these men again. On such an occasion we would expect him to speak what was nearest to his heart, i.e., his most earnest desires for them. But what does he care about most when it comes to the well-being of these men and of the believers that they will shepherd?

What mattered most to Paul on this occasion was what had mattered most to him during the years of his own ministry in Ephesus. He had declared to them “the whole counsel of God.” And he had done this for a simple reason. He desired their salvation: that they would be converted, that they would grow in grace, and that in the end they would come to possess all that God had promised to his believing people. With this burden on his heart, he had preached to them “repentance toward God and faith toward our Lord Jesus Christ,” he had preached “the gospel of the grace of God,” he had gone among them “preaching the kingdom,” he had not shrunk back from declaring “anything that was profitable.” Now, he tells them that in parting, his burden is the same. His greatest desire still is that they may be built up and receive the promised inheritance.

He begins with the image of edification, i.e., of a building being erected on a solid foundation and according to a good and wise plan. In this case these men and the other believers in Ephesus are the building. God is the architect, Christ is the foundation, the Spirit is the builder, the “word of his grace” is the blueprint. They themselves must be active in their own maturation, i.e., in growth in grace, progress in holiness, and increasing conformity to the image of Christ their Savior. They cannot be passive in the process. Although they are not the architect, they are to follow his plan. Although they are not the builder, they are workmen who must obey his instructions carefully. Although they are not the foundation, they are to build on the foundation which has been laid. With God’s blueprint for the Christian life in hand, with a careful eye to its detailed instructions, with their faith firmly fixed on Christ the foundation, with the Spirit dwelling in their hearts, working in them to will and to do according to his good pleasure, they are to work out their own salvation with fear and trembling (Philip. 2:12).

Paul believes that his duty had been to labor in their behalf for this purpose. Now he’s leaving and they must take heed to themselves in this business. And they must labor that this is the case for all the flock in which the Spirit has made them overseers. The perfected sanctification of God’s people is the great purpose for which the pastoral office was instituted. And Paul the pastor longs that this purpose may be fulfilled in these men and through them in those for whose salvation they labor. His earnest pastoral desire is that God’s people may be built up.

The second image is that of inheritance. This image is simple and familiar. An inheritance is an estate established by a parent for his child. It expresses the parent’s love and resolve that the child one day will come into possession of a great blessing.

God promises his children an inheritance. Peter speaks of it as ours by virtue of being God’s children by the new birth (1 Pet. 1:3-5). It is a heavenly country, i.e., the place of God’s own dwelling, with all its blessings, to be possessed in peace and security (Heb. 11:16). It is eternal life (Matt. 19:29), an entrance into the Sabbath rest of the Father and Son (Heb. 4:9), a city with foundations, whose architect and builder is God (Heb. 11:10), a kingdom that cannot be shaken (Heb. 12:28), a place in the Father’s house (John 14:2). “Incorruptible, undefiled, and unfading,” it is “reserved in heaven for you” and you are “guarded by the power of God” for it (1 Pet. 1:3-5).

Paul has labored earnestly that the Ephesians might receive their heavenly inheritance. He knows what Peter knows, that it is reserved for them and they are kept for it. And yet he also knows that they will come to their inheritance only at the end of a life of persevering faith in Christ and earnest pursuit of holiness. In other words, he shares the longing of the author of Hebrews, who said, “We desire that each one of you may show the same diligence unto the fullness of hope even to the end: that you be not sluggish, but imitators of those who through faith and perseverance inherit the promises” (Heb. 6:11-12).

Paul’s burden for these beloved brethren and fellow-laborers, and for the sheep in their care, the same burden that he’s had since the first day he set foot in Asia, is that they may receive “the inheritance among all them that are sanctified” (20:32). He longs that they may be built up in godliness and Christ-likeness and that they may be persevering, holy disciples of Christ. That is what matters most to him as he takes his leave. He may not see their faces again here; but he wants to see them there, in the heavenly country. Therefore, in parting, he says, “I commend you to God, and to the word of his grace, which is able to build you up, and to give you the inheritance among all them that are sanctified.” Consider also . . .

2. The pastor into whose care he delivers them and the means that he will use for their further good, which is God and the Word of his grace.

To whom does Paul commit these Christians for safekeeping? We know that he had helpers who labored on in the churches after his departure, who were of the same spirit as the apostle himself. We know, e.g., of Titus, who remained in Crete to “set in order the things that were wanting” (Tit. 1:5). We know of Paul’s sending Epaphroditus to Philippi (Philip. 2:25). And we know of the extensive ministry which Timothy undertook at his direction (Philip. 2:19-20; 1 Cor. 4:16-17; 1 Thess. 3:1-3), including in this very church in Ephesus (1 Tim. 1:3-4).

He could have said to them, “I commend you to my beloved and faithful fellow-worker Timothy. He will truly care for your state. He will put you in remembrance of my ways which are in Christ, even as I teach everywhere in every church. He will establish you and comfort you concerning your faith, that no man be moved by afflictions.” Will there be no human helpers to come along side and serve them as Paul had? There will be, at least for a season. But where is their real safety? Is there one who will watch over them and guide them when every man is seeking his own things and not the things of Christ? Indeed there will be, and he stands above every other shepherd of the sheep as the Chief Shepherd, i.e., the Good Shepherd who will remain at his post when every hireling flees. Paul commends these brethren to him!

“Now I commend you to God,” he says. No other shepherd can do for you what he can and will do. He will increase your faith in answer to prayer. He will give you mercy and grace to help in time of need. He will “perfect, establish, and strengthen you” (1 Pet. 5:10). He has put in your hand a powerful instrument for your growth, i.e., “the word of his grace.” The Lord himself will build you up and give you the promised inheritance. He began this good work in you and he will bring it to completion. No other can do it; but he can and will do it! This is the God who will sanctify you wholly and preserve your spirit and soul and body entire, without blame at the coming of our Lord Jesus Christ. “Faithful is he that calls you, who will also do it” (1 Thess. 5:23-24). Paul commends us to the God who said to Jacob, “Behold, I am with thee, and will keep thee, whithersoever thou goest . . . . For I will not leave thee, until I have done that which I have spoken to thee of” (Gen. 28:15).

1. We should deduce from what Paul here says that the perfected sanctification of God’s people is the primary purpose for which the pastoral office was instituted. Paul’s goal in Ephesus, reflected in this final pastoral act on behalf of the Ephesians, was that they should be matured and perfected in the faith.

Many things compete for your time and energy. There are many good causes in which you can expend yourself. But if you are not chiefly given to the maturing of God’s people under your charge, you have missed the great purpose for which Christ has made you an overseer of the flock. Dear brother, God helping you, are you committed to giving yourself, day in and day out, to the perfecting of God’s people? Has something distracted you from this goal? Or have you set some other course for your ministry? Give thought to Paul’s example. There is no better business for a pastor than perfecting the saints.

2. As a Christian, what should you care most about and labor most for in the Christian life? The answer is that your primary concern also should be that you are thoroughly converted, that you grow in grace, and that in the end you come to possess all that God has promised his believing people.

Your ultimate salvation is a great concern to God and surely it is to you as well. But there is more at stake, for your maturation as a Christian also means that you will be the kind of man who will be a useful instrument in the hands of God for the good of others. Paul said to Timothy, “Take heed to thyself, and to thy teaching. Continue in these things; for in doing this thou shalt save both thyself and them that hear thee” (1 Tim. 4:16). Paul says to these men, “Take heed to yourselves, and to all the flock” (Acts 20:28). What will happen if you disregard your own spiritual state? Will you know God’s blessing on your efforts to speak to others of Christ? Will your lives adorn the gospel, making it attractive to your children and neighbors and hearers? Or will you shut men’s ears by your unholy, unsanctified behavior?

We must be active in our own growth in grace, our own progress in holiness, our own increasing conformity to the image of Christ. We are not meant to be passive in the process. We must follow the architect’s plan and obey the builder’s instructions. With God’s blueprint in our hands, with a careful eye to its detailed instructions, with our faith firmly fixed on Christ, with the Spirit dwelling in us, working in us to will and to do according to his good pleasure, we are called to the business of cleansing ourselves from all filthiness of flesh and spirit, perfecting holiness in the fear of the God. And this is not just for our own spiritual good but that we may be greatly used in the establishment of Christ’s kingdom. In his farewell to his Newark, NJ congregation, Edward Griffin said, “Settle it in your minds every morning that the chief business of the day is to make advances towards heaven.” If you do this, to borrow Peter’s words, “you will be neither barren nor unfruitful in the knowledge of our Lord Jesus Christ” (2 Pet. 1:8).

3. In closing, I point you again to the only proper object of your faith and hope. God may give you human helpers, who are of the same spirit as the apostles; yet your faith must not be in them. The Word commends you to God. No other shepherd can do for you what he can and will do. Don’t forget this. A man may fail you or disappoint you–but not God. He will build you up and give you the promised inheritance. No other can do that. Therefore, keep your eyes, your hope, your prayers focused on him. It is he who began this good work in you and he will bring it to completion. Again, Griffin said to his people,

Brethren, “I commend you to God.” You will find Him a friend in need, a refuge in times of trouble. He has “been our dwelling place in all generations” and He will live to protect His people when all the nations die. In His mercy and care . . . in His power and faithfulness, you will find resources which will never fail. . . . By Him alone the counsel of peace was established. By Him alone the Church was erected, and has been preserved to this time; and by Him it will be preserved forever. The Church is the object of His tenderest love . . . the center of all His cares . . . His most precious treasure. “The Lord’s portion is His people; Jacob is the lot of His inheritance.” . . . He would blot out all the nations, He would crush a thousand worlds, before one hair of her head should fall to the ground. The kingdoms of the nations shall fall; the earth itself shall be dissolved; “the heavens shall be rolled together as a scroll” . . . but this kingdom shall stand forever.

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2015 Pastors’ Conference | Ministerial Suffering (2)

Ministerial Suffering (2)

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El sufrimiento en el ministerio II

Dr. Alan J. Dunn

Para mí ha sido un privilegio el pasarme estos días con ustedes en el ministerio de la conferencia. Una de las bendiciones de ser el último conferencista es que puedo ver cómo el Espíritu Santo ha obrado en Su soberanía para que todos tengamos mensajes diferentes, pero con muchas de las mismas observaciones. Al final de la conferencia puedo percibir que Cristo ha estado con nosotros. Cristo nos ha hablado. Él nos ha dado preciosas verdades para refrescar nuestras almas y para que las llevemos de vuelta con nosotros a nuestras congregaciones, para que podamos seguir ministrando como siervos fieles en la casa de Dios.

Sabemos que cuando Pablo llego a Corinto fue con la determinación de enfocarse en un solo mensaje y ese era Cristo crucificado, pero su  responsabilidad no era solamente proclamar el mensaje. Como vimos en el primer mensaje, también tenía que ser una encarnación de este mensaje. La experiencia de sufrimiento de Pablo era parte de ser una encarnación de ese mensaje.

Pablo era un apóstol, pero los cristianos en Corinto cuestionaban su apostolado. La forma de pensar de ellos se asemejaba más a la de un corintio que a la de un cristiano. Pensaban que muchas cosas acerca de Pablo y de su ministerio eran ofensivas. No les gustaba su apariencia. Parecía un hombre débil y no atractivo. Su forma de hablar no tenía atracción para ellos. Estaban acostumbrados a los oradores refinados que se guiaban por reglas particulares para emitir su retórica, sus discursos. En lugar de ir al cine, los corintios escuchaban a los oradores y a los que se expresaban muy bien, hombres hermosos que predicaban y hablaban con elocuencia. En cambio, Pablo era un hombre feo y su forma de hablar era ofensiva. Su forma de ministrar estaba opuesta a todos los valores que se apreciaban en la cultura de los corintios.

Hoy quiero enfocarme en un aspecto particular que Pablo rechaza de la cultura en Corinto. Es el tema de la jactancia. Las personas en Corinto estaban entrenadas para jactarse de sí mismas. Tenían un espíritu de competencia. Les gustaba competir en cualquier cosa y en todo, en los deportes, la música, el entretenimiento, el discurso, la educación, los negocios. Siempre estaban compitiendo y promoviendo su persona de forma constante. Se burlaban de los perdedores. Consideraban que la humildad era una debilidad despreciable. El ganador se volvía en una celebridad. Las personas solían hacer estatuas de sí mismos, grandes retratos de sí mismos, alardeando y jactándose de sus logros, de sus hazañas, de sus personas. Estaban inmersos en lo que podríamos llamar la «egolatría», la adoración que una persona rinde a sí misma.

Hoy en día veremos cómo Pablo toma esta costumbre de jactarse y la invierte. Comienza a jactarse, pero se jacta de las cosas que avergüenzan a los corintios. Tiene una razón para hacer esto porque quiere que estén más interesados en la unión con Jesucristo, la unión en Su crucifixión y en Su resurrección.

Hemos visto que Dios les había enviado a Pablo para que este fuera una exhibición, un espectáculo. Él se compara a un gladiador que ha sido señalado como el perdedor, pero a pesar de esto, es ahí donde se encuentra la estrategia para nuestra victoria, pues es por medio de la muerte que nosotros abrazamos y experimentamos la vida de la resurrección. Pablo recibió el cargo del sufrimiento. Dios le dio gracia en el sufrimiento, o bien para librarlo del sufrimiento, como vimos anteriormente, o para darle la gracia que lo sostenía en el sufrimiento, lo cual veremos en nuestro estudio hoy. Hay muchas lecciones que podemos aprender de Pablo y de su experiencia de sufrimiento.

1) La muerte y la resurrección son realidades que se experimentan de forma simultánea en el sufrimiento cristiano (2 Corintios 4:7-12).

Al abrir nuestras Biblias en 2 Corintios 4, quiero que veamos que, en el sufrimiento cristiano, la muerte y la resurrección son realidades que se experimentan simultáneamente. 2 Corintios 4:7-12: «Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros. Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos; llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Porque nosotros que vivimos, constantemente estamos siendo entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal».

Al llegar a este punto del mensaje en mis estudios de preparación para ministrar aquí, pude percibir algo de una manera que me parecía fresca: en nuestro sufrimiento, hemos de experimentar una unión con Cristo en Su muerte, y como resultado de nuestra unión con Él en Su resurrección, simultáneamente también experimentamos la fortaleza que nos otorga la resurrección. Bien, nuestra inclinación es pensar de forma secuencial sobre el sufrimiento y la resurrección. Decimos: «Estoy atravesando por un tiempo de sufrimiento. Estoy pasando por un tiempo de aflicción y después de este tiempo, cuando se termine la aflicción, entonces Dios me llevará a un tiempo de victoria y de resurrección restaurada y renovada. Sin embargo, primero tengo que pasar por esta experiencia de aflicción». Es verdad que cuando consideramos la historia de la redención, vemos que primero se nos llama al sufrimiento y después hemos de llegar a la gloria de la resurrección.

Esto es lo que nos dice Pablo en Romanos 8:17: «si en verdad padecemos con El a fin de que también seamos glorificados con El». Primero, sufrimos con Él. Después, somos glorificados con Él. En la historia de la redención, en el desarrollo de los propósitos de Cristo en el tiempo, la realidad es que primero sufrimos y después somos glorificados. Pero en el sufrimiento ministerial, en la experiencia del sufrimiento, se nos llama a una experiencia en la cual nos identificamos con Cristo en Su sufrimiento y también nos identificamos con Él en el poder de Su resurrección. Son realidades simultáneas en nuestra experiencia como el resultado de que las dos eras se solapan, porque vivimos en el ámbito del «ya» y el «aún no». Ya se nos ha otorgado el don y el ministerio del Espíritu Santo, ya tenemos unión con Cristo, ya Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, ya hemos sido justificados, ya adoptados. Pero aún no hemos sido santificados por completo, aún no tenemos cuerpos glorificados, aún no vivimos en los nuevos cielos y en la nueva tierra. Esta tensión condiciona nuestra experiencia como cristianos y como ministros, pero también explica cómo hemos de experimentar tanto sufrimiento como resurrección en el crisol de nuestras aflicciones.

William Edwards escribe: «Pablo explica las dimensiones de la muerte y la resurrección en el ministerio como algo que no se experimenta de forma secuencial sino simultánea». En otras palabras, Pablo no describe una experiencia de muerte seguida por una experiencia de resurrección. No son momentos separados ni ocasiones distintas. Ambas experiencias están presentes al mismo tiempo.

Esto lo vemos claramente en 2 Corintios 4:10-11, donde Pablo nos proporciona el marco interpretativo que es la clave para estos aspectos opuestos que caracterizan su vida y ministerio. Toda su experiencia se encuentra resumida en estas palabras: «llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». Sigue diciendo: «Porque nosotros que vivimos, constantemente estamos siendo entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal». No es primero la muerte y después la resurrección. El patrón es siempre la muerte y también la resurrección. Pablo no describe algo que ocurre ocasionalmente sino el patrón constante que enmarca su concepto del ministerio como algo que está fundado en la muerte y a la resurrección de Cristo. En otras palabras, los tiempos de resurrección en el ministerio sólo se producen cuando vienen acompañados por experiencias que con razón se caracterizan como experiencias de muerte, pero de igual manera, no existe una experiencia de muerte que no incluya también el poder sustentador de la resurrección de Cristo para los que son Sus siervos.

No puede haber una comprensión verdadera de la experiencia de Pablo hasta que no entendamos esto. Ni tampoco entenderemos la nuestra a no ser que interpretemos la vida en el ministerio del mismo modo, como una exhibición que incluye siempre una demostración simultánea de la muerte y la resurrección de Cristo. He encontrado que este es un concepto útil y esclarecedor. Anteriormente aprendimos que somos llamados al sufrimiento y que la recompensa será nuestra gloria. Este es el fundamento esencial de la historia de la redención, pero ahora estamos aprendiendo, en esta ocasión, que tanto la muerte y la resurrección de Cristo están presentes en nuestra experiencia de sufrimiento ministerial.

Cuando en nuestro sufrimiento por Cristo somos llevados a experimentar aquello que se asemeja a la muerte, recibimos aliento inmediato porque estamos unidos al Cristo resucitado. Los únicos que están interesados en un Señor que ha resucitado son los muertos. Nadie está interesado en la resurrección sin antes morir y la resurrección no tiene efecto a menos que alguien ya haya muerto. Entonces, estas dos cosas van juntas en nuestra experiencia de sufrimiento en el ministerio. En Cristo, han pasado dos acontecimientos escatológicos. Él murió y en Su muerte llegó el final de la vida en esta era presente. También resucitó y Su resurrección conlleva el principio de la vida en la era venidera. Ambas experiencias nos pertenecen. Estamos unidos con Él en Su muerte y en Su resurrección. Damos testimonio y somos una exhibición de esta realidad en las aguas del bautismo. Nuestra unión con Cristo en Su muerte y en Su resurrección es la realidad que define nuestras vidas como cristianos y es el modelo de nuestro ministerio como pastores.

¿Saben cuál es el primer mandamiento que Pablo le da a la iglesia en Roma? La primera vez que usa un verbo imperativo en la carta a los romanos es en Romanos 6:11: «Así también vosotros, consideraos muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús». Debemos tener este mismo concepto de nuestras personas. En Cristo estamos muertos al pecado, estamos unidos a Cristo en todo lo que Él experimentó, somos odiados por el mundo. De nuevo, como consideramos la última vez, estamos unidos en todo lo que Él experimentó en su sufrimiento. Estamos muertos en Cristo, pero también estamos unidos en Él, vivos para Dios en Cristo Jesús, para que podamos vivir una vida con el poder de la resurrección y de victoria, dando fruto que se pueda cosechar para el siglo venidero, y aún ahora en este tiempo.

Notamos que, en este capítulo, Pablo nos dice en el versículo 5: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús». Entonces en el versículo 7, Pablo comienza a hablar de sí mismo como un siervo. Les dice que tiene un tesoro, y pienso que esto es una referencia al evangelio que menciona en el versículo 3. Este es el evangelio que se le ha encomendado a Pablo. Se le da como a un vaso de barro. Él mismo es el medio mediante el cual el mensaje del evangelio se comunica, no sólo por sus palabras, pero hasta por medio de su persona y sus experiencias personales en el ministerio. El evangelio es el poder de Dios que obró en la creación. El Dios que dijo «sea la luz» es el Dios que otorga la luz para que nuestros ojos sean abiertos, para que podamos ver la gloria de Dios revelada en el rostro de Jesucristo. Este es el poder de la vida, este es el poder de la resurrección. Es el poder para vencer el engaño y las mentiras que son perpetradas por el maligno. Es poder para vencer la muerte que tiene bajo su control a los no tienen ojos para ver y que perecen.

Todo lo que tenía que ver con Pablo comunicaba este poderoso evangelio: el evangelio de la muerte y la resurrección de Cristo. Pablo, como el medio por el cual se comunica este mensaje, es una demostración de debilidad, una demostración de la crucifixión, una demostración de la muerte. Es en el contexto oscuro de esta unión con Cristo en la cruz que vemos más intensa y claramente el poder y la luz y la vida de la resurrección. Lo vemos en el contraste del versículo 10 y el 11. Notemos que hay una experiencia simultánea de ambas realidades. Pablo no dice que una va primero y, en segundo lugar, la otra. Dice que ambas y simultáneamente. Identificados con la muerte de Cristo, afligidos y simultáneamente unidos en la vida de Cristo, pero no derrotados: «Perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos». Una unión simultánea con Cristo en Su muerte y en Su resurrección.

En su comentario, Scott Hafemann escribe lo siguiente acerca de este versículo: «Aquí, Pablo relaciona explícitamente su sufrimiento con la muerte del propio Jesús. En todo caso, el apóstol considera que su sufrimiento es una muerte preparada por Dios que, como la cruz de Cristo, lleva a cabo una función reveladora». La mayoría de los verbos que se encuentran en el versículo 10 son pasivos. La acción se está llevando a cabo sobre Pablo. Podemos preguntarnos quién lleva a cabo la acción. ¿Quién lleva a cabo la acción en la cual está implicado Pablo? ¿Quién ha colocado a Pablo en esta aflicción y al mismo tiempo lo sostiene para que no sea destruido? ¿Quién lleva a Pablo a tal perplejidad y al mismo tiempo lo preserva para que no sea abrumado por el desaliento? ¿Quién es el que lleva a cabo la acción, si Pablo es el recipiente pasivo de la acción? Bueno, la respuesta es la siguiente: Dios.

Estas son experiencias de sufrimiento que han sido preparadas por Dios, de tal modo que, en su contexto, el mismo Pablo, un vaso de barro, se convierte en una demostración del poder y la vida de la resurrección. A diferencia de su experiencia en Asia, que analizamos ayer, de las cuales Pablo fue librado por Dios, aunque estaba convencido de que ya estaba prácticamente muerto, a diferencia de esa experiencia, en esta ocasión Pablo es llevado a una experiencia prolongada de sufrimiento. Notemos cómo lo describe en el versículo 10. Habla de su unión en la muerte de Jesús. La palabra es «nekrosin» en el original, una palabra que a diferencia de la palabra «thanatos» (que se refiere a la muerte en sí), se refiere a un proceso de morir. Es una actividad continúa y constante que caracteriza la experiencia de Pablo. Notemos que dice: «llevando siempre» y «constantemente estamos siendo entregados a muerte». Es como si Pablo se describiera como la cruz misma de Cristo, siempre llevando consigo el cuerpo de Jesús. Su unión con Cristo en su sufrimiento es tal que él define su dolor en términos de la cruz misma.

En su comentario, C.K. Barrett afirma: «El que observaba la vida de Pablo como apóstol percibía repetidamente un proceso análogo a la muerte de Jesús». Si hubiéramos mirado a Pablo, hubiéramos visto una ilustración de algo que tenía la apariencia de crucifixión, que parecía estar derrotado. Es así como describe su persona cuando relata, en el capítulo 11 de 2 Corintios, cómo fue golpeado, azotado y apedreado varias veces. ¡Habríamos visto las cicatrices en el cuerpo del Apóstol Pablo!

Él le escribe a la iglesia en Gálatas y le dice: «Porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús». Vemos que Pablo no fue golpeado por ser Pablo. Fue golpeado por su unión con Cristo, por causa de su mensaje sobre Cristo crucificado, porque fue llamado como un apóstol para sufrir por causa de Cristo, y su sufrimiento tenía el propósito de ser en sí mismo una comunicación del evangelio de Jesucristo.

Al mirar a Pablo, habríamos visto a un hombre que estaba vivo, pero que, según todas las apariencias, debió de haber estado muerto. Cuando relata sus experiencias, no dice de como plantó una iglesia allí y habló a miles de personas acá. No, sino que dice: «Naufrague, fui golpeado, tuve hambre, en desnudez». ¡Cosas humillantes! ¡Experiencias que se asemejaban a la muerte! Sin embargo, nunca podríamos encontrar a otro hombre con más energía en lo que respecta al evangelio. Afirma: «He trabajado más que todos ellos». Un hombre tenaz, que tenía una fe, una esperanza, un amor intenso.

Podemos observar que, a medida que Pablo pasa por el sufrimiento, notemos lo que dice, mientras lleva, por así decirlo, el cuerpo de Jesús en un vaso de barro, manifiesta simultáneamente el poder de la resurrección. ¿Cuál es la razón de esta experiencia de sufrimiento? 2 Corintios 4:10: «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». De nuevo en el versículo 11: «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal». No es para que, después y en segundo lugar, podamos en alguna ocasión lejana experimentar el poder y la vida de Jesús. No. Él usa la palabra «también». El Dios que resucita a los muertos y el mismo Cristo resucitado me sostiene, me capacita y me habilita en medio del sufrimiento. ¿Cómo se manifiesta esa vida? ¿Cómo se hace visible? ¿Cómo llega a ser algo que podemos ver? ¡Por medio del hombre que persevera! Sigue adelante, sin ser derrotado, ni agobiado, ni abandonado, ni destruido.

¡Este es el reto que enfrentamos en el ministerio! El apropiarnos de la vida de la resurrección. No solamente después que hemos pasado por un tiempo de sufrimiento, sino apropiarnos de la vida de la resurrección en medio del mismo sufrimiento. Por medio de la fe, dejar claro por medio de nuestras expresiones verbales, estados emocionales, patrones de comportamiento y hacer que sea evidente que estamos vivos, a pesar del sufrimiento. Estamos vivos en Jesucristo que ha sido resucitado. Si no demostramos que poseemos esa vida, estamos presentando un evangelio distorsionado, porque como pastores, no estamos comunicando el evangelio. Nuestras personalidades transmiten el evangelio, nuestras relaciones personales transmiten el evangelio, nuestro estilo de vida transmite el evangelio. Nunca dejas de ser pastor. ¿Estás consciente de eso, verdad? Si vendieras aparatos, terminarías tu día de trabajo a las 5:00 de la tarde y dirías: «Ya no vendo aparatos. Ya me voy a casa y entro en el rol de esposo, en el rol de padre. Dejo del rol de vender aparatos». Uno nunca pone a un lado el rol de pastor. Es un estilo de vida. Es quién eres. Es un trabajo de veinticuatro horas. Tú, un vaso de barro, transmites el evangelio.

Si piensas que el sufrimiento es algo que simplemente ocurre de manera secuencial –que primero sufrirás y después gozarás del poder de la resurrección— transmitirás una visión distorsionada del evangelio. La imagen que transmitirás será una en la cual Jesús cuelga siempre en la cruz. Existe un cristianismo así. En el catolicismo romano, Cristo está siempre en la cruz y el sufrimiento llega a ser la quintaesencia de la virtud religiosa. Sí, sufriremos, pero en medio del sufrimiento estamos unidos al Cristo resucitado. No solamente mostramos a los demás a Cristo en la cruz. Lo hacemos, pero jamás sin demostrar también al Cristo resucitado y exaltado a la diestra de nuestro Padre.

Es así por la siguiente razón. En 2 Corintios 4:12 leemos: «Así que en nosotros obra la muerte, pero en vosotros, la vida». Reitero que, ciertamente, el sufrimiento de Pablo era un medio de santificación. Sin duda era un crisol que tenía el propósito de enriquecer su fe, pero un pastor, un ministro, sufre en beneficio de su congregación. El sufrimiento es un contexto en el cual somos llamados a comunicar el evangelio y a demostrar una fe viva. Tiene como su propósito el demostrar que somos vencedores, que triunfamos sobre la muerte, la oposición y el sufrimiento de este siglo presente. Nosotros también hemos de sufrir, y en medio de ese sufrimiento, es nuestro deber probar que nuestra fe es más preciosa que el oro, aunque seamos « [probados] por fuego», como nos dice Pedro en 1 Pedro 1:6.

Tenemos que entender que nuestra congregación no solo nos escucha cuando hablamos desde el púlpito, sino que también mira cómo vivimos nuestras vidas. Conoce la situación en la cual experimentamos nuestro propio discipulado y caminar con Jesucristo. Hemos de ser una ayuda para ellos. Hemos de hacerle frente a las idolatrías que caracterizan nuestra cultura, de la misma manera en que Pablo le hizo frente a las idolatrías de la cultura de los corintios. En una cultura que adora a las riquezas, en una cultura que persigue el placer, en una cultura que exalta al hombre y sus logros antes que a Dios.

Si hemos de seguir a Cristo, en esta cultura, con esos valores culturales, la oposición será parte de nuestra experiencia. Pero recordemos lo que Cristo nos dice: « Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros».

Lo primero que consideramos hoy es que la resurrección y la muerte son experiencias simultáneas en el sufrimiento.

2) La gracia de Dios es suficiente en el sufrimiento (2 Corintios 12:9-10).

En segundo lugar, al recurrir a 2 Corintios 12, vemos que la gracia de Dios es suficiente para nosotros en el sufrimiento. 2 Corintios 12:9-10: « Y El me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte».

Phillip Hughes hace el siguiente comentario: «Esta es la cumbre de la epístola, la gran cima, el elevado pico desde el cual el todo [de la epístola] se puede apreciar en sus proporciones puras. Desde este punto de vista, podemos ver y enfocar todo el campo del apostolado de Pablo».
Scott Hafeman afirma: «Así, la manifestación del poder de Cristo en la debilidad de Pablo (versículo 9b) y el consiguiente contentamiento de Pablo (versículo 10a) componen la cumbre de su argumento en este pasaje, y al hacerlo, nos proporcionan un resumen de la infraestructura teológica de 2 Corintios en su conjunto».

Los eruditos señalan este pasaje y dicen: «Así es como hemos de entender lo que Pablo le dice a la iglesia en Corinto». Esta es su motivación. Como vimos la última vez, al comenzar su primera epístola, justo en el principio, él les lleva a recordar la experiencia que lo aproximó a la muerte. ¿Por qué? Constantemente pone ante ellos representaciones de su debilidad, representaciones de sus padecimientos, y sabe que esto los incomoda. Ofende sus costumbres culturales y lo hace porque es necesario penetrar la cultura de los corintios para persuadirlos a ser seguidores de Cristo crucificado. En unión con Cristo, su experiencia es la vida del Cristo resucitado.

En el versículo 1, él lo cambia de nuevo. Ha dicho esto constantemente, pero para señalarlo más claramente dice: «El gloriarse es necesario». Ahora, para conveniencia propia podían responder: «Finalmente comienza a ser uno de nosotros. ¡Habla de gloriarse!» Para los corintios, él se ha hecho un corintio, y se gloriará. Pero probablemente se han dado cuenta para este entonces que cuando Pablo dice algo así, está empleando la ironía. Lo dice sarcásticamente. De hecho, la frase «el gloriarse es necesario» podría haber sido el lema de los corintios. Es una frase que podríamos haber encontrado pegada a un carruaje, como una pegatina de parachoques, al caminar por la calle principal de corintio. Era uno de sus valores culturales, la idea de que para llegar a ser alguien, tienes que jactarte de ti mismo. Tienes que presumir de tu persona. Tienes que buscar tu propio beneficio.

Pablo dice: «Bién, seguiré gloriándome». Reecordemos que él termina el capítulo 11 con una letanía de [sus sufrimientos], había sido golpeado, apedreado, había naufragado y pasado hambre. [Hace un recuento] de todos los acontecimientos que lo llevaron casi hasta la muerte. Entonces dice: «Está bien, voy a decir algunas cosas más sobre el gloriarse». ¿Cuáles son las cosas que menciona? «Recibí una visión». Al llegar a este punto, [los corintios] le hubieran brindado toda su atención, ya que los falsos profetas pretendían tener visiones. « ¿Qué nos contará Pablo acerca de su visión? ¿Qué nos dirá acerca de su visión?» La respuesta es nada. Nada. Incluso, empieza hablando de sí mismo en tercera persona. Dice: “conozco a un hombre”. Pero nos damos cuenta más tarde que habla de sí mismo. Él no recuenta lo que vio. Dice que oyó palabras, pero no registra ni una sola de las palabras que Jesús le habló en esa visión. Pero cuando llegamos al versículo 9, vemos que comparte cada palabra que Jesús le había dicho en el contexto de su sufrimiento. Esto hubiera confundido mucho a los corintios. Esperaban que Pablo guardara silencio sobre su sufrimiento y que recontara todo lo que Jesús le había dicho en su visión, pero hace todo lo contrario.

Dice que esto es necesario para que pudieran conocer a los falsos profetas que pretendían tener visiones. Les cuenta que conocía a un hombre que tuvo una visión. Sí, era él mismo. Pero les deja saber que no les predicaría acerca de su visión. ¿Sabías que Pablo nunca predica sobre nada de lo que él vio en esa visión? Nunca comienza una de sus predicaciones diciendo: «Tengo unas palabras de Jesús para ustedes que recibí cuando tuve la visión». Nunca les dice eso. Él predica del Antiguo Testamento sobre la historia de la redención. Utiliza la experiencia de su encuentro con Jesús en el camino hacia Damasco. Es interesante notar que cuando Pablo habla acerca de Jesús, se refiere a Jesús en Su glorificación. Pablo nunca conoció a Jesús en Su humillación. Se encontró con Él en el camino hacia Damasco y su cristología es la más sublime.

También utiliza las tradiciones de la iglesia primitiva sobre la vida y los dichos de Jesús, pero nunca predica basándose en su visión. Para cerrar la boca de los falsos profetas, era necesario decir: «Tuve una visión». Ellos esperan que él comparta lo que Jesús le había dicho en esa visión. Pero él dice: «No me es permitido decirlo, pero les contaré lo que Él me dijo en respuesta a mis oraciones». Él registra esas palabras y ellos escuchan estas palabras y el contexto es que Pablo es un vaso de barro: el apóstol débil, feo y angustiado.

Sabemos que en el versículo 7, Pablo habla acerca de una espina en la carne. Dice: «Y dada la extraordinaria grandeza de las revelaciones, por esta razón, para impedir que me enalteciera, me fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca». ¿Qué era esa espina en la carne? Bueno, algunos dicen que era un mensajero de Satanás, un ángel de Satanás. ¡Un demonio! Otros dicen: «No. La espina en la carne de Pablo eran los falsos apóstoles. Los enemigos que se habían infiltrado en la iglesia en Corinto». Hay otros que dicen que no, que era una enfermedad física crónica de algún tipo, quizás migrañas o tal vez sus problemas de visión (anteriormente, le había dicho a los corintios que ellos le hubieran dados sus ojos, si hubiera sido posible). En verdad no sabemos en qué consistía esta espina en la carne. Esta mañana, durante el desayuno, el pastor Jeff Smith y yo estábamos hablando y él hizo el siguiente comentario: « ¡Es bueno que no sabemos cuál era esa espina en la carne!» Todos nos podemos identificar con ella porque no se identifica cómo algo específico. Permite que todos le hagamos frente a nuestra espina, cualquiera que sea.

Esta espina hizo que Pablo sufriera por más de catorce años, porque en el versículo [2] él dice: «Hace catorce años que recibí esta visión». Nos dice que cuando le fue dada la visión, también le fue dada la espina. ¿Cuál era la lección, la razón? Se repite dos veces en el versículo 7. Recordemos que cuando se repite algo en las Escrituras, es para darle énfasis. No tenían letras cursivas. No tenían letras negritas. No podían aumentar el tamaño de la letra a un número 14 o utilizar mayúsculas. Por esta razón, usaban la repetición para hacer que se escuchara el énfasis. Nos dice por qué se le había dado esta espina. Es algo que forma parte de la esencia misma de lo que él le está transmitiendo a la iglesia en Corinto. ¿Por qué? «Para impedir que me enalteciera. Para que con toda certeza yo nunca llegue a ser como los de Corinto, lleno de jactancia y vanagloria. Para mantenerme en una postura de humildad».

Notemos nuevamente que esta espina fue dada a Pablo. Era un mensajero de Satanás, pero fue dada a Pablo. ¿Quién se la dio? Dios. Dios es quién se la dio. Es como el caso de Job. Satanás tenía libertad para ocasionar todo el tipo de sufrimiento que le fue dado a Job. También se asemeja a la experiencia de Cristiano al entrar en la casa del intérprete. Un pequeño rayo de luz sale de la puerta abierta y alumbra su camino. Puede escuchar el rugir de los leones y sentir el viento de las garras que se acercan a su cabeza, pero sabe que están atados, sujetos a los propósitos soberanos de Dios. [Le resulta difícil] superar el temor y caminar a lo largo de esa luz tan tenue, recta y estrecha, mientras se acercan las garras de los leones. Sin embargo, él busca la obediencia, persevera y sigue adelante.

Esta espina se otorga de la misma manera. Es designio del maligno. Es mala, pero se le da a Pablo para impedir que se enaltezca. La lección es la humildad. Humildad. Es crucial que los hermanos en Corintio entiendan esto y es crucial que los que estamos en el ministerio entendamos esto.
Hermanos, podemos tener una actitud cómo la de los corintios y la de los norteamericanos. Nuestras preguntas son: «¿De cuál escuela te graduaste? ¿Cuánta gente hay en tu iglesia? ¿A cuántas conferencias te han invitado?» En breve, existe una competencia entre nosotros y Pablo dice que esta no es la forma de jactarse en el reino. Dice: « ¿Quieren que me jacte? Les contaré acerca de cómo la gracia de Dios me sostuvo en mis sufrimientos. Me jacto en la cruz de Cristo». Es una lección de humildad. Necesitamos entender, hermanos, el poder del evangelio, el poder del evangelio de Dios que transforma vidas no tiene poder en el contexto del orgullo humano.

«Porque así dice el Alto y Sublime que vive para siempre, cuyo nombre es Santo: Habito en lo alto y santo, y también con el contrito y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los contritos» (Isaías 57:15).
«Pero a éste miraré: al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra» (Isaías 66:2).

Pablo es un vaso de barro. Esto significa que es un vaso barato, que se rompe fácilmente. Puede ser reemplazado. Si se rompe un vaso de barro, se tira y se reemplaza con otro. Pablo era un vaso de plástico. Cuando se termina de usar, se tira a la basura. A pesar de esto, en ese vaso de plástico se encuentra el agua de vida, la comunicación del evangelio.

Timothy Savage tiene un libro muy útil cuyo título es Power Through Weakness: Paul’s Understanding of the Christian Ministry in 2 Corinthians [Poder por medio de la debilidad: el concepto del ministerio cristiano que Pablo muestra en 2 Corintios]. Escribe: «Donde hay orgullo y arrogancia no puede haber, por definición, poder divino». Igual que su Señor, que oró tres veces en el Getsemaní, en el versículo 8 Pablo le implora al Señor tres veces. Después de la tercera vez que hace su petición, llega a la conclusión que Cristo le otorga, versículo 9: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad». La palabra «basta» significa que es «adecuada, satisfactoria». En otros lugares, esta palabra se traduce como «contento». Podemos encontrar un sinónimo de esta palabra en 2 Corintios 3:5-6: «No que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios, el cual también nos hizo suficientes como ministros de un nuevo pacto». Somos adecuados por medio de la gracia, la gracia que nos es suficiente, la gracia en la cual podemos estar contentos y satisfechos.

Pablo se da cuenta que este mensajero de Satanás, cualquiera que sea esta espina, es algo que Dios ha planificado en su vida, como su Padre celestial, para instruirlo en la humildad que es conforme a la semejanza de Cristo. ¿Has pensado alguna vez que no hubo nadie más humilde que Jesucristo? No hay hombre que haya sido más humilde que Jesucristo. Es Jesús quién dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas». Tomad el discipulado sobre vosotros y aprended [a tener] el corazón de Cristo. El Señor, su Padre, le está enseñando a [tener] el corazón de Cristo. Le está enseñando la humildad que conforme a la semejanza de Cristo.

La lección se otorga como una verdad axiomática, indiscutible, inquebrantable: «Mi poder se perfecciona en la debilidad». El poder cumple sus propósitos, alcanza su meta en el contexto de la debilidad. El poder del que se habla aquí es el poder del Señor. Existen algunas traducciones que incluyen el pronombre personal: «Mi poder se perfecciona en la debilidad». Sabemos que se refiere al poder de Cristo porque al final del versículo 9, se hace un paralelismo con el poder de Cristo. El axioma se puede expresar de la siguiente manera: Cristo demuestra Su poder en y por medio de siervos débiles, humildes y obedientes. Pablo se presenta a sí mismo como una demostración de esta verdad y ya le ha recordado a los corintios su propia debilidad personal.

Pero también les ha señalado a los corintios y les ha recordado la debilidad de ellos mismos. En 1 Corintios 1:26, les dice, en otras palabras, que miren a su alrededor a los que estaban con ellos en la congregación, que miren a quienes Dios había escogido: los débiles, necios, viles, despreciados, ¡«lo que no es»!

Pablo señala a la cruz de Jesucristo de manera especial. Ahí encontramos una ilustración de la debilidad. Tomemos una foto. ¡Miremos a Dios! Está maltratado, sangrando, lleno de moretones, desnudo, clavado en una cruz. Hay algo en nosotros que dice: «¡Señor, baja de ahí! ¡Esto es vergonzoso, débil, indignante, repugnante!» Pero es esencial para la comunicación del evangelio, para que nuestra salvación sea efectuada. Este es el calcañar de la simiente de la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente. Cuando el calcañar empieza a hundirse en la cabeza, los colmillos de la serpiente también entren en el calcañar y toda la imagen se embarra de sangre. Al principio, solamente vemos la sangre que emana del calcañar de la simiente de la mujer, pero después de tres días podemos oír que el cráneo de la serpiente comienza a agrietarse, porque este calcañar le pertenece al Cristo resucitado. En el poder de la resurrección, el calcañar le arranca la cabeza a la serpiente, el cráneo se hunde, y Cristo triunfa en la gloria de la resurrección.

Este es el método del Cordero. Es el método del ministerio cristiano. Es el método del discipulado cristiano. Es la manera en la que se nos llama a vencer. Es la manera en la que somos más que vencedores. Pablo sabe que esta es la forma en la que obra el poder de Dios. ¡Así es como obra el poder de Dios! Cuando él acepta, en humildad, la aflicción y la tribulación que viene de afuera, incluso cuando esa aflicción se pudiera considerar, con razón, como algo demoníaco por su energía, engaño y sus mentiras, incluso cuando se tiene que enfrentar, de forma muy inmediata, a la misma muerte. En esa debilidad, él entiende que se le otorgará la gracia divina y el poder divino y que causará en él la vida de la resurrección, o bien librándolo del peligro o sosteniéndolo [en medio de] ese peligro, o resucitándolo cuando haya muerto por causa de ese peligro. Porque, como sabemos, sí llegó un momento en el que la cabeza de Pablo fue separada de su cuerpo. [En ese momento], no fue librado de la muerte, pero recibió sostén en la muerte hacia la gloria de la resurrección.

Entonces esto es lo que Pablo dice en el versículo 9. Ayer, el Pastor Martin y yo meditamos sobre este asunto brevemente. Es algo muy difícil. [¿?]
Entonces Pablo afirma: «Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Corintios 12:10)».

«¡Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande! ¡Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos!» (Mateo 5:11-12).

¡Regocíjense! Hermanos, esto es difícil para mí. Necesito el poder de la resurrección en lo que concierne mi obediencia emocional a Jesucristo. El sufrimiento, bien. La frustración, bien. Las desilusiones, bien. Sé que todas estas cosas son parte de este camino y las sufro de buena gana. Pero espera un momento. ¡Regocíjate! ¿De veras? «[Señor], proporcióname sentimientos que sean según la resurrección. Líbrame de los pecados ministeriales de la queja crónica, la frustración crónica que no se aprovecha del poder y la gloria de nuestro Salvador resucitado».
Pablo dice: «Voy a jactarme alegremente delante de ustedes. Pondré una sonrisa en mi rostro y gustaré de la vida de la resurrección en mis emociones. Me jactaré de mis debilidades, no de mis logros, sino de mis debilidades. Porque este es el contexto en el cual el poder de Cristo mora en mí». Ahora, aquí tenemos una palabra interesante. La palabra «mora» es la palabra «tabernáculo». Es un sustantivo, «tabernáculo», que se ha convertido en un verbo. El poder de Cristo [hace un tabernáculo] en mí. En mi debilidad, en mi unión con el Cristo resucitado, en verdad soy transformado en un templo del Dios vivo. Me convierto en una tienda, ¡un tabernáculo en el cual está presente el Dios vivo! Cuando Él está presente, yo [recibo poder].

Algunas veces pienso en los israelitas mientras cruzaban el desierto y la presencia de Dios moraba en el tabernáculo. Era evidente que Dios estaba en el tabernáculo con los israelitas durante el día porque había una gran columna de nube que subía desde el tabernáculo hasta el cielo. Era evidente que la presencia de Dios estaba en el tabernáculo con los israelitas durante le noche, porque había una gran columna de fuego que subía del tabernáculo hasta los cielos.

Me imagino a los enemigos de Israel observándolos desde lejos, buscando un tiempo oportuno para atacarlos. Uno de ellos mira al otro y dice:

«Parecen vulnerables, pero que hace esa gran columna en medio de ellos? ¿Qué es eso? Nunca antes he visto algo así».

«Bueno, parece una nube, esperemos y regresemos de noche. Vamos a ver si podemos hacerles una emboscada entonces».

Regresan y la columna de nube se ha convertido en una columna de fuego. Miran sus lanzas y no se atreven a acercarse. Dios está con [su pueblo]. ¡Su Dios les otorga poder! Verdaderamente, pronto las naciones aprendieron que el Dios de Israel destruía a cada enemigo que Israel enfrentaba, porque Él [moraba] con ellos.

Esto es lo que nos dice Pablo. ¿Quieres que Dios more contigo? ¿Quieres que Dios more contigo, que more en ti? Entonces, acepta su método en el ministerio:

« Por eso me complazco en las debilidades… porque cuando soy débil, entonces soy fuerte».

Notemos que Pablo no dice: «Sí soy débil», sino que dice: «Cuando soy débil». Sigue en el versículo 10: «Por eso me complazco en las debilidades». La palabra «complazco» significa que piensa bien de ellas, que la valora como algo bueno. Considero que es otro sinónimo de la palabra «basta» en el versículo 9, esa suficiencia que Dios nos da para ser siervos del nuevo pacto en el capítulo 3:5-6. Nuevamente, Pablo enumera las cosas que hubieran sido ofensivas o repugnantes para los corintios. La debilidad, los insultos, la angustia, la persecución, las dificultades, todo por amor a Cristo, en unión con Cristo, y con la experiencia del poder de Cristo. Este es el poder, es esta palabra que tenemos aquí, «poder». El poder de la resurrección. «Mi poder». El poder que el Cristo resucitado les otorga a Sus siervos humildes, débiles, creyentes y obedientes.

Aplicación

¿Qué podemos decir como aplicación al concluir nuestro estudio?

1. Evitemos los métodos de enfrentar el sufrimiento que no son bíblicos ni cristianos.

La primera aplicación es esta: hermanos, evitemos los métodos de enfrentar el sufrimiento que no son bíblicos ni cristianos, especialmente aquellos de ustedes hermanos que trabajan en un ambiente en el cual el catolicismo predomina. Tu congregación queda expuesta a una perspectiva tergiversada del sufrimiento. La cultura al su alrededor transmite la idea que el sufrimiento, en sí mismo, es virtuoso y que cuando hay más sufrimiento, hay más virtud. Este concepto no es bíblico. El sufrimiento, por sí mismo, no es único al cristianismo! Sufrir como cristiano, sufrir en semejanza a Cristo, de manera cristiana— es sí es único. En muchos sentidos, la experiencia del sufrimiento es común a todos los hombres en nuestro estado caído, pero se nos llama a ciertas dimensiones de sufrimiento por amor a Cristo que son únicas. Necesitamos una perspectiva bíblica de esta experiencia de sufrimiento.

No enfrentamos el sufrimiento como los estoicos, buscando obtener dominio propio, el poder del pensamiento positivo y evadiendo cualquier angustia o dolor emocional. Esto no es lo que Pablo expresa. No es lo que David expresa cuando leemos los salmos. Sabemos que David sufre dolor. ¿Por qué? ¡Él clama! Expresa su angustia. Él sufre. No se cauteriza a sí mismo, no se vuelve insensible e incapaz de sentir dolor verdadero. Cuando sufrimos, ¡nos duele! Cuando pasamos por trauma, es traumático. Cuando tenemos necesidades, clamamos a Dios. No reprimimos estas cosas sino que las expresamos.

Cuando mis hijos eran pequeños y ocurría una tormenta eléctrica, yo sabía que estaban en cama, temblando entre las sábanas. No subía y les decía: «No tengan miedo, ¡cobardes de tres años!» No. Más bien les repetía el salmo: «El día en que temo, yo en ti confío». Hay muchas cosas en la vida que ocasionan temor. No le enseñamos a nuestros hijos a no tener miedo. Les enseñamos a ser obedientes aun cuando sienten temor. Tienes que poner tu confianza en el Señor y clamarle a Él. No cauterices tus emociones. Tienes que pedir que se te otorgue el gozo del poder de la resurrección en medio de la debilidad.

Por otro lado, no debes desarrollar un complejo de mártir que hace del sufrimiento el epítome de la virtud religiosa. Notemos que Pablo dice: «Cuando soy débil». Y no dice: «Sí soy débil». Si Pablo hubiera dicho «sí» soy debil, nos hubiera dejado con la impresión de que debemos buscar el sufrimiento, porque si no somos débiles, entonces no gozaremos de la comunión con el Salvador resucitado. De alguna manera, [esto haría] que la comunión con el Salvador resucitado dependa de que seamos débiles y suframos. Él no dice que debemos buscar el sufrimiento de forma activa, porque si no somos débiles y no estamos buscando el sufrimiento, entonces no gozaremos del poder de la comunión con Cristo quien mora con Su pueblo. No. No hemos de desarrollar un complejo de mártir o una teología de mártir. No hemos de buscar el sufrimiento de forma activa, pero hermanos, por otro lado, hemos de contar con el sufrimiento y que vendrá un tiempo en nuestras vidas cuando sufriremos.

La decisión de cómo sufriremos por Cristo no es nuestra. No tenemos la opción de escoger el tipo de sufrimiento que Cristo nos traerá y en el cual nos dirá que quiere que comuniquemos el poder de la resurrección en el contexto de ese sufrimiento que ha planificado para nuestras vidas. No tenemos la opción de escoger esto. No podemos acercarnos a Cristo y decirle: «Señor, no quiero este tipo de sufrimiento. Prefiero otro tipo de sufrimiento». Él nos dice que no, que debemos ir por el camino por el cual Él nos dirige.

Algunos de nosotros somos llamados a pastorear a nuestra congregación en el contexto del dolor de tener hijos incrédulos. Nuestra congregación lo sabe. Observan la manera en la que criamos a nuestros hijos. Escuchan nuestra predicación. Miran nuestras vidas. Saben que el tener un hijo incrédulo nos rompe el corazón, y a pesar de esto, escuchan una voz que se regocija, una voz que alaba. Es en medio de ese sufrimiento que demostramos el evangelio. No lo escogimos. Tal vez hubiéramos preferido otro tipo de sufrimiento, pero ese es el camino de discipulado que Cristo ha trazado para nosotros.

Algunos de nosotros sufrimos por la experiencia de la división en nuestra iglesia local: ruptura, desunión. Como pastores, esto rompe nuestros corazones. Entramos al aposento de oración con llanto, subimos al púlpito y nuestros corazones se rompen mientras que la sangre bombea fuertemente en la vena yugular, porque nuestras emociones están tan afectadas a causa del pueblo. Estás ejerciendo tu ministerio en medio del sufrimiento cuando sabes que hay alguien sentado allí que alberga pensamientos negativos hacia ti, y otro sentado allá que tiene conflicto con ese que está por acá, y que el otro sentado atrás está formando un grupito de calumniadores y chismosos. A pesar de esto, tienes que desplegar la victoria de la resurrección, y es un camino de sufrimiento. Puede ser que tú no hubieras escogido esto. No tienes la opción de escoger cuándo vendrá el sufrimiento. No tienes la opción de escoger cómo sufrirás, pero cuando sufras, ¡ten ánimo! ¡Ten ánimo! Este es nuestro segundo punto.
Cuando seas llamado al sufrimiento, percibe en él la oportunidad de ilustrar el evangelio.

Cuando sufras, debes comprender que Dios te ha otorgado una oportunidad para ser una ilustración del evangelio y hacer que esto sea algo evidente para los que te aman y están más cerca de ti. Este es mi reto. Algunas veces puedo mostrar una paz evangélica satisfactoria en frente de la congregación, pero mi pobre esposa ve lo peor de mí. ¿Soy capaz de verdaderamente y con gozo soportar el sufrimiento de manera que sea de edificación hasta para mi esposa? Debes ver esto como una oportunidad en la que la muerte y la resurrección de Cristo deben ser desplegadas por medio de tu humanidad como un vaso de barro.

Pablo no se da por vencido con este tema. Miremos lo que dice en 2 Corintios 13:4: «Porque ciertamente El fue crucificado por debilidad, pero vive por el poder de Dios. Así también nosotros somos débiles en El, sin embargo, viviremos con El por el poder de Dios para con vosotros». Él no se cansa de buscar nuestra unión con Cristo en Su sufrimiento y en Su resurrección.

¿Cómo podemos ilustrar el poder del evangelio cuando los demás nos están observando? Porque cuando sufrimos, ¡la gente nos está mirando! Que escuchen palabras de fe de nuestras bocas, palabras de contentamiento, palabras de esperanza, palabras de confianza. Que vean que gozamos de la gracia sustentadora de Cristo. Que no vean un despliegue de enojo impaciente, resentimiento vengativo, que acusa y señala a los demás. ¡Que Dios perdone nuestros pecados ministeriales!

El pueblo de Dios y los inconversos están observándonos cuando se nos coloca en el crisol de la aflicción. Dios nos está dando una oportunidad para ser derramados como un sacrificio a favor de otros, para que nuestras vidas y no solamente nuestra predicación, sino que nuestras vidas sean una comunicación del evangelio para el beneficio de los demás. Para que podamos decir: «Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos». Demostremos y declaremos el glorioso evangelio de Jesucristo en medio de nuestro sufrimiento.

Acerquémonos a Cristo en adoración.

Acércate a Cristo en adoración enérgica, porque es en medio de tu debilidad que Cristo mora contigo. Él está en el tabernáculo. Este es el lenguaje de la adoración. Es el lenguaje de la alabanza. Es el privilegio de acercarnos a Cristo, que está sentado sobre Su trono, e inclinarnos delante de Él en adoración y alabanza.

Creo que muchos de nosotros podemos dar testimonio de que verdaderamente nunca hemos gozado de la dulzura y el consuelo y la misericordia de Cristo más que cuando se nos ha conducido al crisol de la aflicción, en tiempos de sufrimiento intenso. ¿Por qué? Porque Él mora con nosotros. Cuando estés sufriendo, no huyas de Él. No trates de manejarlo todo por ti solo y después no te aires porque no puedes controlar la situación. No te enojes, culpando este o aquel o aquello que te ocurrió cuando tenías seis años. Pon los ojos en Cristo y goza de la presencia de Su Espíritu que mora en ti. Anímate al comprender que tu Padre te está llevando a la conformidad con Su Hijo, que te está conduciendo en el camino del Cordero, conformándote a Cristo en Su sufrimiento y en el poder de Su resurrección. Entonces en todas estas cosas, somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Amén.

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It has been a privilege to spend these days with you in conference ministry. One of the blessings of being last in the conference is that I can see how the Holy Spirit has sovereignly arranged the various speakers to bring different messages, and yet to sound many of the same notes, and to get a sense at the end of the conference that Christ has been with us, Christ has been speaking to us. He has given to us precious truths to refresh our souls, and to take home to our own congregations, that we might continue to minister as faithful servants in the house of God.

You know that when Paul came to Corinth he determined to focus upon one message, and that is Christ crucified, but he was not only responsible to proclaim the message. As we saw yesterday, he is also to embody the message, as well. Part of the embodiment of that message included Paul’s experience of suffering.

Paul was an Apostle. His apostleship was being questioned by the Christians at Corinth. They were thinking more like Corinthians than like Christians. They were offended at many things about Paul and his ministry. They didn’t like the way he looked. His appearance seemed weak, unattractive. They didn’t like the way he spoke. They were used to polished orators with particular rules that they followed to give their rhetoric, their speeches. Instead of going to movies, Corinthians would listen to orators and great speakers who were beautiful men, and who preached or spoke with eloquence. Paul was an ugly man, and his speech was offensive. The way Paul ministered was in contrast with all the values that were esteemed in Corinthian culture.

Today we want to focus on one particular aspect of Corinthian culture that Paul goes against. It’s this aspect of boasting. The Corinthian was trained to brag about himself. He was competitive. He would compete in everything and anything: sports, music, entertainments, speech, education, business. He was constantly competing, constantly promoting himself. Losers were mocked. Humility was seen as despicable weakness. The winner was made a celebrity. People would make statues of themselves, big portraits of themselves, bragging and boasting about their accomplishments, about their achievements, about themselves. They were involved in what you could call ‘self-olatry,’ the worship of self.

Today, especially, we’re going to see Paul take this practice of boasting, and turn it on its head. He begins to boast, but he boasts about the things that embarrass the Corinthians. He has a reason to do that, because he wants to draw them into their union with Jesus Christ in His crucifixion and in His resurrection.

We saw that Paul was given by God to be an exhibit, to be a spectacle. He compares himself to the gladiator who has given the thumbs down as the one who is defeated, and yet in that is the strategy of our victory; for it is through death that we embrace and experience resurrection life. Paul was given the charge of suffering. God gave him grace in his suffering, either to deliver him from suffering, as we saw, or to give him grace that sustained him in his suffering, which is what we’ll see in our studies today. There are many lessons for us from Paul and his experience of suffering.

1) Death and resurrection are simultaneous in Christian suffering (2 Cor. 4:7-12).

I want is to see—as we turn in our Bibles today to 2 Corinthians 4—that death and resurrection are experienced simultaneously in Christian suffering. 2 Corinthians 4:7-12, “But we have this treasure in earthen vessels, so that the surpassing greatness of the power will be of God and not from ourselves; we are afflicted in every way, but not crushed; perplexed, but not despairing; persecuted, but not forsaken; struck down, but not destroyed; always carrying about in the body the dying of Jesus, so that the life of Jesus also may be manifested in our body. For we who live are constantly being delivered over to death for Jesus’ sake, so that the life of Jesus also may be manifested in our mortal flesh.”

This point in the message was something of a fresh insight for me in my studies in preparation for this ministry. In our suffering, we are to experience simultaneously a union with Christ in His death, and the empowerment of the resurrection in our union with Christ in His resurrection. Now, we are inclined to think sequentially about suffering and resurrection, about death and resurrection. We’re inclined to say, “I’m in a time of suffering. I’m in a time of affliction, and after this time of affliction is over, then God will bring me into a time of restored and renewed resurrection victory. But I have to first now go through this ordeal of affliction.” It is true, when we look at redemptive history, that we are called first to suffer, and then to enter into resurrection glory.

That’s what Paul tells us in Romans 8:17, “If indeed we suffer with Him, in order that we might also be glorified with Him.” First, suffer with Him; second, be glorified with Him. In redemptive history, in the unfolding of God’s purposes in time, we indeed suffer first and are glorified second. But in ministerial suffering, in the experience of suffering, we are called to experience both an identification with Christ in His suffering and an identification with Christ in His resurrection power. They are simultaneous in our experience, because of the overlap of the ages, because we live in the realm of the already and the not-yet. Already being given the gift and ministry of the Holy Spirit; already united with Christ and seated with Christ in the heavenly places; already justified; already adopted. But not yet fully sanctified; not yet glorified in our bodies; not yet dwelling in the new Heaven and the new earth. It’s that tension that conditions our experience as Christians and as ministers, but it is that tension that explains how we are to experience both suffering and resurrection in the crucible of our afflictions.

William Edwards writes, “As Paul explains the dimensions of death and resurrection in ministry, they’re not experienced sequentially, but simultaneously.” In other words, Paul does not describe an experience of death that is then followed by an experience of resurrection. They’re not separate moments, or distinct occasions. Both are present at the same time.

This is clearly seen in 2 Corinthians 4:10-11, where Paul provides the key interpretive framework for these contrasting features that characterize his life and ministry. The whole of his experience is condensed in these words: “Always carrying in the body the death of Jesus, so that the life of Jesus may also be manifested in our bodies.” He continues, “For we who live are always being delivered over to death for Jesus’ sake, so that the life of Jesus also may be manifested in our mortal flesh.” It is not first death and then resurrection. The pattern is always death and also resurrection. Paul is not describing occasional moments, but the consistent pattern that frames his conception of ministry is grounded in Christ’s death and resurrection. In other words, resurrection moments in ministry only occur when accompanied by experiences that may rightly be characterized as death, but likewise there is no experience of death that also will not include the life-sustaining power of Christ’s resurrection for those who serve Him.

Paul’s experience is not truly understood until this is grasped, nor will ours be unless we similarly interpret life in the ministry as a display that always includes the simultaneous show of Christ’s death and resurrection. I found that helpful and insightful. We learned last time that we are called to suffer and the reward will be our glory, that’s the fundamental foundation of redemptive history, but we are learning now, on this occasion, that we draw from both the death and the resurrection of Christ in our experience of ministerial suffering.

When we are brought to experience that which feels like death in suffering for Christ, we are immediately encouraged, because we are united to the risen Christ. The only people that are interested in a resurrected Lord are dead people. No one is interested in resurrection unless they first die, but the resurrection is not effectual until or unless someone dies. So, they are held together in our experience of ministerial suffering. In Christ, two eschatological events have transpired. He died, and in His death was the end of life in this present age. He also rose again, and in His resurrection is the beginning of life in the age to come. Those two experiences of Christ are ours. We are united to Him in His death and in His resurrection. We make testimony and display of that in the waters of baptism. Our union with Christ in His death and resurrection is the defining reality of our lives as Christians, and the pattern of our ministry as pastors.

Do you know what the first commandment is that Paul gives to the church in Rome? The first time in the letter to the Romans that he uses an imperative verb is in Romans 6:11, “Even so, consider yourself to be dead to sin, but alive to God in Christ Jesus.” This is how you must define yourself. You are dead in Christ to sin, you are united to Christ in all that He experienced, as being hated by the world. Again, as we saw last time, we are united in all that he experienced in his suffering. We are dead in Christ, but we are also united with Him, alive in Christ unto God, that we might live a life of resurrection power and victory, bearing fruit harvestable to the age to come, even now in this present age.

You notice that in this chapter, Paul tells us in verse 5, “We do not preach ourselves, but Christ Jesus as Lord, and ourselves as your bond-servants for Jesus’ sake.” So, in verse 7 Paul starts preaching himself as a bondservant. He tells them that he has a treasure, and that, I believe, is a reference to the gospel that he mentions in verse 3. This gospel in entrusted to Paul. It’s entrusted to him as an earthen vessel. He himself is the media through which this gospel is communicated, not only in his speaking, but even in his persona and his personal experiences in the ministry. This gospel is the power of God that was at work in Creation. The God who said, “Let there be light,” is the God who gives light to open our eyes, that we would see the glory of God revealed in the face of Jesus Christ. This is the power of life; this is the power of resurrection. It is the power to overcome the deception and the lies that are perpetrated by the Evil One. Power to overcome the death that grips those whose eyes are blinded and who are now perishing.

Everything about Paul was a communication of this powerful gospel: the gospel of Christ’s death and resurrection. Paul—as the vehicle through which this message is communicated—is a demonstration of weakness, a demonstration of crucifixion, a demonstration of death. It’s against the dark backdrop of that union with Christ in the cross that the power and light and life of the resurrection is made all the more vivid and all the more evident. You see it in the contrast in verse 10 and verse 11. Notice, these are experienced simultaneously. Paul does not say first and then second; he says both and simultaneously. Identified with the death of Christ, afflicted, and simultaneously united in the life of Christ, but not crushed. “Perplexed, but not despairing; persecuted, but not forsaken; struck down, but not destroyed.” Simultaneous union with Christ in His death and in His resurrection.

Scott Hafemann, in his commentary, writes on this verse, “Here Paul explicitly associates his suffering with the death of Jesus itself. In each case, Paul views his suffering to be a divinely orchestrated death, that like the cross of Christ, performs a revelatory function.” Most of the verbs in verse 10 are passive. Action is being done to Paul. You might ask who’s doing the action? Who’s acting upon Paul? Who’s bringing Paul into this affliction while at the same time sustaining him, that he’s not crushed? Who’s bringing Paul into this perplexity, while at the same time sustaining him, that he’s not being overwhelmed with despair? Who’s doing the action, if Paul is the passive recipient of this action? Well, the answer is: God.

These are divinely orchestrated experiences of suffering, so that in that context Paul himself, as an earthen vessel, becomes a demonstration of resurrection life and power. Unlike his experience in Asia that we looked at yesterday, where God delivered him, although Paul was convinced he was as good as dead. Unlike that, now Paul is brought into a prolonged experience of suffering. Notice how he describes it in verse 10. He speaks of his union in the dying of Jesus. Nekrosin, in the original; not thanatos, death itself, but this is a process of dying. It’s a continued and constant activity that characterizes Paul’s experience. Notice he says, “Always carrying,” and, “Constantly being delivered over to death.” It’s as though Paul describes himself as the very cross of Christ itself always carrying about the body of Jesus. He’s so united to Christ in his suffering, that he defines his suffering in terms of the cross itself.

C.K. Barrett, in his commentary, says, “One who observed Paul’s life as an Apostle would see constantly repeated a process analogous to the killing of Jesus.” The message of this crucified cross is conveyed, therefore, in Paul’s physical body. You would look at Paul, and you would get an illustration of something that looked crucified, that looked beaten. That’s how he describes himself when he tells us, in chapter 11 of 2 Corinthians, about his beatings and his lashings and his having been several times stoned. You would have seen scars on the body of the Apostle Paul!

He writes to the church in Galatians and tells them, “I bear on my body the brand marks of Jesus Christ.” You see, Paul wasn’t beaten because he was Paul. He was beaten because of his union with Christ, because of his message of Christ crucified, because he was called as an Apostle to suffer for Christ’s sake, and his suffering was to be itself a communication of the gospel of Jesus Christ.

When you would look at Paul you would see a man who was alive, but who, for all appearances, should have been dead. When he would tell you about his experiences, he wouldn’t tell you about, “Oh, I went and I planted this church here. I spoke to thousands of people here.” No. He said, “I was shipwrecked; I was beaten; I was starving; I was naked.” Humiliating things! Near-death experiences! And yet, never had you met a man more energetic in the gospel. “Working harder than the rest,” he says. A man who was tenacious. A man who was vibrant in his faith, in his hope, and in his love.

You see, while Paul is experiencing the suffering—notice what he says—while he is carrying, as it were, the body of Jesus in this earthen vessel, he is simultaneously demonstrating the power of the resurrection. Why does he experience this suffering? Verse 10, “So that the life of Jesus also may be manifested in our body.” Again, in verse 11, “So that the life of Jesus also may be manifested in our mortal flesh.” It’s not so that later on, afterward, secondly, we will then sometime later experience the power and life of Jesus. No. He says, “Also.” While I am in the midst of suffering, I am being sustained and enabled and empowered by the God who raises the dead, and by the risen Christ Himself. How is that life manifested? How is it made visible? How is it made something that we can see? Because the man perseveres! He continues, not crushed, not despairing, not forsaken, not destroyed.

That is our challenge in the ministry! To lay ahold of resurrection life. Not merely after we’ve experienced a period of suffering, but to lay ahold of resurrection life in the midst of the suffering itself. By faith, to make clear in verbal expressions, in emotional dispositions, and behavior patterns, to make it evident that although we are suffering, we are alive. We are alive in the risen Jesus Christ. If we don’t demonstrate that life, we give a distortion of the gospel, because we do communicate the gospel as pastors. Our personalities convey the gospel; our personal relationships convey the gospel; our lifestyles convey the gospel. You never stop being a pastor. You know that, right? If you are selling widgets, you would punch out at 5 o’clock and say, “I don’t sell widgets now. I go home, put on my husband hat, put on my daddy hat. I take off my widget-selling hat.” You never take off your pastor’s hat. It’s the life that you live. It’s who you are. It’s 24/7. You, as an earthen vessel, communicate the gospel.

If you think of suffering merely sequentially—first I’m going to suffer, then I will experience resurrection power—you will give a distorted view of the gospel. The picture that you will communicate is one of Jesus constantly hanging on the cross. There is a Christianity that’s like that. Roman Catholicism has Christ on a stick constantly on the cross, and suffering becomes the epitome of religious virtue. Yes, we will suffer, but we are in union with the risen Christ in the midst of the suffering. We don’t just present Christ on the cross. We do, but never apart from the demonstration of the risen Christ who is exalted in the right hand of our Father.

Here’s the reason. In 2 Corinthians 4:12 we read, “So death works in us, but life in you.” Again, Paul’s suffering was certainly sanctifying. It certainly was a crucible to enrich his faith, but as a pastor, as a minister, suffering is for the benefit of our people. Suffering is a context in which we are called to communicate the gospel, and to demonstrate living faith. It is to show, by our own experience, that we are overcomers, that we triumph over death, opposition, and the suffering of this present age. We too are going to suffer, and we must, in that suffering, prove our faith to be more precious than gold. Even though tested by fire, as Peter tells us in 1 Peter 1:6.

We need to understand that not only do our people listen to us when we speak from the pulpit, but they see us live our lives. They know the situation in which we are experiencing our own discipleship, and walk with Jesus Christ. We are to be a visual aid for them. We’re to stand against the idolatries that characterize our culture, the way Paul stood against the idolatries of Corinthian culture. In a culture that worships mammon; in a culture that pursues pleasure; in a culture that extols man and man’s achievements above God.

We are to follow Christ, and in this culture, with those cultural values, we will experience opposition. But remember what Christ has told us, “Blessed are those who have been persecuted for the sake of righteousness, for theirs is the kingdom of heaven. Blessed are you when people insult you and persecute you, and say all kinds of evil against you falsely, because of Me. Rejoice and be glad, for your reward in heaven is great; for in the same way they persecuted the prophets who were before you.”

We see first today, that death and resurrection are simultaneously experiences in suffering.

2) God’s grace is sufficient in suffering (2 Cor. 12:9-10).

Secondly, as we turn to 2 Corinthians 12, we consider that God’s grace is sufficient for us in suffering. 2 Corinthians 12:9-10, And He has said to me, “My grace is sufficient for you, for power is perfected in weakness.” Most gladly, therefore, I will rather boast about my weaknesses, so that the power of Christ may dwell in me. Therefore I am well content with weaknesses, with insults, with distresses, with persecutions, with difficulties, for Christ’s sake; for when I am weak, then I am strong.”

Phillip Hughes comments, “This is the summit of the epistle, the lofty peak from which the whole is viewed in pure proportion. From this vantage point, the entire range of Paul’s apostleship is seen and focused.”

Scott Hafeman says, “Thus the revelation of Christ’s power in Paul’s weakness (v. 9b) and Paul’s consequent contentment (v.10a) form the high point of his argument in this passage, and in so doing, provide a summary of the theological substructure of 2 Corinthians as a whole.”

Scholars point to this text and say, “This is how you’re to understand what Paul says to the church in Corinth.” This is what’s driving him. We saw last time, as he begins this second epistle, that right at the very beginning he brings to them a reminder of his near-death experience! Why? He constantly puts before them depictions of his weakness, depictions of his sufferings, and he knows he’s grating on their nerves. He’s offending their cultural sensibilities, and he’s doing so because he has to break through Corinthians culture to convince them to be followers of Christ crucified. In union with Christ, they experience the life of the risen Christ.

In verse 1, he tweaks it again. He’s been saying this constantly, but just to point it out he says, “Boasting is necessary.” Now, conveniently they might say, “Finally, he’s starting to be like one of us! Boasting!” To the Corinthian, he has become a Corinthian, and he’s going to boast. But they probably realize by now that whenever Paul says that, he’s using irony. He’s saying it sarcastically. In fact “boasting is necessary” could be a Corinthian slogan. That could be something that you saw on a bumper sticker on a chariot when you went down Main St. in Corinth. That was one of their cultural values. If you’re going to be anybody, you better boast about yourself. You better brag about yourself. You better look after number one!

Paul says, “Ok, I’ll continue this boasting.” Now, remember, he’s just finished in chapter 11 with this whole litany of his beatings and stonings and shipwrecks and hungers and all of the events that brought him nigh unto death. So, he says, “Alright, I’ll say some more things about boasting.” What does he talk about? “I was given a vision.” Again, they would be on the edge of their seats, because the false prophets claimed visions. “What’s Paul going to tell us about his vision? What is he going to tell us about his vision?” The answer is nothing. Nothing. He even begins by talking about himself in the third person. “I know a man,” but we realize later that he’s talking about himself. He doesn’t tell us what he saw. He tells us he heard words, but he doesn’t record a single word that Jesus spoke to him in that vision. But when we come to verse 9 he records every word that Jesus says to him, in the context of his suffering. That would have totally befuddled the Corinthians. They would think Paul would be silent about his suffering, and that he would tell us everything Jesus said to him in his vision, but he does the exact opposite.

He says, “It’s necessary in order that you might understand these false prophets who claimed visions. I know a man who had a vision. Yes, it was me. But I do not minister to you from my vision.” Did you know that Paul never preaches anything that he saw in that vision? He never begins one of his messages and says, “I have words to you from Jesus that I received when I had my vision.” He never says that. He preaches from his Old Testament in redemptive history. He draws upon his experience of meeting Jesus on the Damascus road. It’s very interesting to realize that when Paul talks about Jesus, he talks about Jesus in His glorification. Paul never knew Jesus in His humiliation. He met Him on the Damascus road. He has the most exalted Christology.

He will also draw upon the early church traditions of Jesus’ life and sayings, but he never preaches from his vision. It’s necessary in order to shut the mouths of these false prophets to say, “I had a vision.” They’re expecting him to say, “Ok, tell us what Jesus told you in the vision.” “I’m not permitted to say it, but I’ll tell you what He said in answer to my prayers.” He records those words, and they hear those words in the context of Paul, the earthen vessel, the weak, ugly, suffering Apostle.

You know that in verse 7 he makes mention of this thorn. He says, “Because of the surpassing greatness of the revelations, for this reason, to keep me from exalting myself, there was given me a thorn in the flesh, a messenger of Satan to torment me—to keep me from exalting myself!”

What is this thorn? Well, some say it’s a messenger from Satan, an Angelus, an angel from Satan. It’s a demon! Some say, “No. The thorn in his flesh were the false apostles. The enemies that had infiltrated the church in Corinth.” Others say, “No. It was a chronic, physical illness of some kind. Perhaps migraine headaches. Perhaps his problem with his eyesight.” You remember he told the Corinthians that they would have given him their eyes if they were able. Frankly, we don’t know what the thorn is. We don’t know what it is. Pastor Jeff Smith and I were speaking this morning at breakfast, and Pastor Smith commented, “It’s a good thing we don’t know what the thorn is!” Because it is not identified, we are all able to identify with it. We are all able to come to terms with what our thorn might be.

Now, this is a thorn that caused Paul’s suffering for over fourteen years, because in verse 1 he says, “Fourteen years ago I received this vision.” He tells us that on the occasion of having been given that vision he was also given this thorn. The lesson, the reason, was why? It says it twice in verse 7. Remember, when something is repeated in Scripture it’s emphasized. They didn’t have italics. They didn’t have bold. They couldn’t enlarge the font to 14 font, or capitalize letters. So, they repeated it in order to make the emphasis to the ear. He tells you why this thorn was given. It;s at the very essence of what he’s communicating to the Corinthian church. Why? “To keep me from exalting myself.” “To make sure that the last thing I am going to be is a bragging, boasting Corinthian. To keep me in a posture of humility.”

Notice again, that this thorn was given to Paul. It was a messenger from Satan, but it was given to Paul. Who’s doing the giving? God. God is the One who’s giving it. You see, this is like Job. Satan had liberty to cause all kinds of suffering having been given to Job. This is like Christian coming into the house of the interpreter. That little beam of light that shines in his path from the open door, and he hears the roaring of the lion and feels the wind of their claws coming near his head, but he knows the lions are chained. They’re kept under the sovereign purposes of God. It’s given to overcome his fear and walk down that straight, little, narrow light while the paws come close, but he pursues obedience, perseveres, and presses on.

So too this thorn is given. It’s designed from the Evil One. It’s evil, but it is given so as to keep Paul from exalting himself. The lesson is humility. Humility. It’s crucial that the Corinthians understand this, and it’s crucial that we in the ministry understand this!

Brethren, we can be so Corinthian, so American! “Where did you go to school? How many people are in your church? What conferences have you been invited to?” Pretty soon we’re competing with each other, and Paul says that’s not the way we boast in the Kingdom. “You want me to boast? I’ll tell you about God’s grace sustaining me in my sufferings. I boast in the cross of Christ.” The lesson is that of humility. We need to understand, brethren, the power of the gospel. The life-transforming power of God’s gospel is not powerful in the context of human pride.

“For thus says the high and exalted One who lives forever, whose name is holy. I dwell in a high and holy place, and also with the contrite and lowly spirit. In order to revive the spirit of the lowly and to revive the heart of the contrite.” (Isaiah 57:15.)

“But to this one I will look, to him who is humble and contrite of spirit, and who trembles at My word.” (Isaiah 66:2.)

Paul is an earthen vessel. That means he’s a cheap vase. He’s easily broken. He’s expendable. You break an earthen vessel, you could throw it away and replace it with another one. Paul was a plastic cup. You’re done with it, and you throw it away. Yet, in that plastic cup is the water of life; the communication of the gospel.

Timothy Savage, has a very helpful volume that is entitled Power Through Weakness: Paul’s Understanding of the Christian Ministry in 2 Corinthians. He writes, “Where there is pride and arrogance there cannot, by definition, be divine power.”

As his Master, who in Gethsemane prayed three times, so in verse 8, Paul implored the Lord three times. After that third petitioning, he came to the conclusion given to him by Christ. Verse 9, “My grace is sufficient for you, for power is perfected in weakness.” The word ‘sufficient’ means ‘adequate, satisfying.’ This word is translated elsewhere with the word ‘content.’ A synonym of this word is found in 2 Corinthians 3:5-6. “Not that we are adequate in ourselves to consider anything as coming from ourselves, but our adequacy is from God, who also made us adequate as servants of a new covenant.” Adequate by grace; grace that is sufficient; grace in which we can be content and satisfied.

Paul realizes that this messenger from Satan—whatever this thorn is—is something that God has orchestrated in his life, as His heavenly Father, to instruct him in Christ-like humility. Have you ever thought that there was none more humble than Jesus Christ? No man was ever more humble than Jesus Christ. It’s Jesus who says, “Learn of Me, for I am meek and lowly of heart. Take My yoke upon you.” Take discipleship upon you and learn the heart of Christ. The Lord, his Father, is teaching him the heart of Christ. He’s teaching him Christ-like humility.

The lesson comes as an axiomatic truth, as an undisputable, unbreakable truth. “For power is perfected in weakness.” Power accomplishes its purposes, comes to its goal in the context of weakness. The power here is the Lord’s power. There are some translations that include the personal pronoun, “My power is perfected in weakness.” We know that it’s Christ’s power, because it’s paralleled with the power of Christ, at the end of verse 9. The axiom can be stated in this way: Christ displays His power in and through weak, humble, obedient servants. Paul points to himself as a demonstration of this truth, and has reminded the Corinthians of his own, personal weakness.

But he has also pointed to the Corinthians and reminded them of their own weakness, as well. In 1 Corinthians 1:26 he says to them in effect: look around and see who is with you in the congregation. Look who God has chosen. The weak, the foolish, the base, the despised, the things that are not!

Paul especially points to the cross of Jesus Christ. There is a picture of weakness. Take the snapshot. Look at your God! Battered, bleeding, bruised, naked, impaled upon a cross. There’s something in you that says, “Lord, get down from there! That’s embarrassing! That’s weak! That’s repulsive! That’s disgusting!” But that’s essential to the communication of the gospel, to the accomplishment of our salvation. That is the heel of the seed of the woman coming down on the head of the serpent. As that heel begins to come down on the head, the fangs go into the heel, and the whole picture becomes a bloody mess. At first, the only blood you see is the blood of the heel of the seed of the woman, but after three days you hear a cranium begin to crack, because that heel belongs to the risen Christ. In resurrection power, that heel pushes off the head of the serpent, and his skull collapses, and Christ, in resurrection glory, overcomes.

That’s the way of the Lamb. That’s the way of Christian ministry. That’s the way of Christian discipleship. That’s the way in which we are called to overcome. That’s the way in which we are more than conquerors. Paul knows this is how the power of God works. This is how the power of God works! It’s when he embraces, in humility, the affliction and the tribulation that comes from outside, even when that affliction could be rightly seen as demonic in its energy and its deception and its lies, even when he has to confront, in a very immediate sense, his own death. In that weakness he understands that he will be given divine grace and divine power, and it will effect resurrection life in him either by delivering him from that threat, or sustaining him from that threat, or resurrecting him after that threat has actually killed him. Because, you know, there did come a time when Paul’s head was taken off of his shoulders. He wasn’t delivered, but he was sustained through death unto the glory of the resurrection.

So, that’s why Paul says that in verse 9. Pastor Martin and I reflected upon this briefly yesterday. This is so challenging. At this point we can say, “Ok, I see it. I see the cross, and resurrection. I get it.”

Then Paul says, “Most gladly, therefore, I will rather boast about my weaknesses, so that the power of Christ may dwell in me.” (2 Corinthians 12:10.)

“Rejoice and be glad, for your reward in Heaven is great!” “Blessed are you when you’re persecuted!” (Matthew 5:11-12.)

Be happy! This is a challenge for me, brethren. How I need resurrection power in my emotional obedience to Jesus Christ. Suffering. Okay. Frustration. Alright. Disappointments. Alright. I know what I’ve signed up for. Most gladly. Wait a minute. Rejoice! Really? Give me resurrection emotions. Deliver me from ministerial sins of chronic complaining, and chronic frustration that doesn’t tap into the power and glory of our risen Saviour.

Paul says, “I am going to gladly boast to you. I’m going to put a smile on my face and experience resurrection life in my emotions, and I’m going to boast about my weaknesses, not my accomplishments, but my weaknesses. Because that’s the context in which the power of Christ dwells in me.” Now, here is an interesting word. This word ‘dwell’ is the word ‘tabernacle.’ It’s a noun, ‘tabernacle,’ turned into a verb. The power of Christ tabernacles in me. In my weakness, in my union with the risen Christ, I truly become a temple of the Living God. I become a tent, a tabernacle in which the Living God is present! When He is present, I am empowered.

I sometimes think of the Israelites moving across the desert, and the presence of God dwells in the tabernacle. You would know that God was tabernacling with the Israelites during the day, because there was a huge pillar of cloud that went up from the tabernacle into the heavens. You knew that the presence of God was tabernacling with the Israelites at night, because there was a huge pillar of fire that went up from the tabernacle into the heavens.

I can just imagine some of the enemies of Israel watching them from a distance, looking for an opportune time to make an attack. One of them looks to the other one and saying, “They look vulnerable, but what’s that big pillar in the middle doing? What is that? I’ve never seen that before?” “Well, it looks like a cloud, let’s wait and come back tonight. We’ll see if we can ambush them then.” They come back and now it’s turned into a pillar of fire! They look at their spears and arrows and think, “I am not going near this thing. Their God dwells with them. Their God is empowering them!” Indeed, the nations soon learned that the God of Israel was destroying every enemy that the Israelites confronted, because He tabernacled with them. He tabernacled with them.

That’s what Paul was telling us. Do you want the dwelling of God? Do you want God to dwell with you, to dwell in you? Then embrace this way of ministry: “Most gladly I will boast in my weaknesses, because when I am weak, then I am strong.”

Now notice, Paul doesn’t say, “If I am weak,” but, “When I am weak.” He goes on in verse 10 to say, “Therefore, I am well content with weaknesses.” The word ‘content’ means ‘I think good about it.’ ‘I value it as something good.’ I see it as another synonym as that sufficiency in verse 9; that adequacy that God gives us to be servants of the New Covenant in chapter 3:5-6. Again, Paul lists these things that would have been very offensive or impulsive to the Corinthian. Weakness, insult, distress, persecution, difficulties, but all for the sake of Christ, and in union with Christ, experiencing the strength of Christ. That’s the power. It’s the word ‘power’ there. Resurrection power. “My power.” The power of the risen Christ is given to His humble, weak, believing, obedient servants.

Application.

What can we say by way of application as we conclude our study?

1. Avoid non-biblical, non-Christian approaches to suffering.

The first is this: brethren, avoid non-biblical, non-Christian approaches to suffering, especially you brothers who labor in predominantly Roman-Catholic contexts. Your people are exposed to a twisted view of suffering. Their culture communicates the idea that suffering, in and of itself, is virtuous, and the more suffering, the more virtue. That is an unbiblical notion. Suffering, in and of itself, is not uniquely Christian! Suffering as a Christian, suffering Christ-like, Christianly—that is unique. The experience of suffering, in many ways, is common to all men in our fallen place, but we are called to certain dimensions of suffering for Christ’s sake which are unique. We need to have biblical perspective on this experience of suffering.

We do not approach suffering like the Stoics, endeavoring to obtain self-mastery, the power of positive thinking, and fending off any emotional distress or pain. That’s not what Paul articulates. That’s not what David expresses when you read the Psalms. You know David is experiencing pain. Why? He’s crying out! He’s expressing his distress. He’s experiencing the suffering. He doesn’t cauterize himself, and render himself unfeeling and unable to enter into real pain. When we suffer, we hurt! When we experience trauma, it’s traumatic. When we have needs, we cry out to God. We don’t suppress those things, we express them.

When my children were young, and we would get a thunderstorm, I knew they were up in bed, quaking in their sheets. I would go up and tell them, “Don’t you be afraid, you three year old sissy!” No. You would repeat the Psalm, “When I am afraid, I would put my trust in Thee.” There are a lot of things in life that are scary. You don’t teach the child, “Don’t be afraid.” You teach the child how to be obedient when he experiences fear. You put your trust in the Lord, and you cry out to the Lord. You don’t cauterize your emotions. You ask for the experience of resurrection power in the midst of the weakness.

You don’t develop, on the other hand, a martyr complex in which you make suffering into the epitome of religious virtue. Notice, “When I am weak.” It’s not, “If I am weak.” If Paul says, “If I am weak, you would get the impression of, “I better pursue suffering, because unless I am weak, I am not going to experience communion with the risen Saviour. Somehow, my communion with the risen Saviour is contingent on my becoming weak and suffering.” He doesn’t say, “I want you to actively pursue suffering, because unless you are weak and pursuing suffering, you will not experience the communing power of Christ who tabernacles with His people.” No. We’re not to develop a martyr complex or a martyr theology. We’re not to actively seek suffering, but brethren, on the other hand, we are to expect that we will suffer, that there will be a ‘when’ in our lives.

We don’t get to decide how we are to suffer for Christ. We don’t get to choose the kind of suffering that Christ is going to bring to us and say, “I want you to communicate the power of the resurrection in the context of this suffering that I am orchestrating in your life.” We don’t get to choose that. We don’t get to come to Christ and say, “Lord, I don’t want this kind of suffering. I prefer to have this kind of suffering.” He says, “No. You will go the way that I will direct for you.”

For some of us, we’re called to pastor our people in the context of the pain of having unbelieving children. Our people know that. They see our parenting; they hear our preaching; they see our lives. They know that having an unbelieving child breaks our hearts, and yet they hear the voice of rejoicing, they hear the voice of praise. It’s in the midst of that suffering that we display the gospel. We didn’t chose that. We might have chosen some other course of suffering, but that’s the path of discipleship Christ has laid out for us.

Some of us experience the division in the local church: disruption, disunity. As a shepherd, it breaks our hearts. We come into the prayer closet weeping, and we come into the pulpit with our hearts breaking with the thumping up in the jugular vein, because your emotions are so rung out for the people. You’re ministering in a time of suffering when you know that that one sitting there is harboring ill thoughts towards you, and that one sitting there is in conflict with that one over there, and that one back there is gathering a little group of slanderers and gossipers. Yet, you are to display the triumph of the resurrection, and it’s a path of suffering. You maybe wouldn’t have chosen that. You don’t get to choose when, and you don’t get to choose the nature of your suffering, but when you suffer, be encouraged! Be encouraged! That’s our second point.

2. When you are called to suffer, perceive the opportunity to illustrate the gospel.

When you suffer, understand that God has given you an opportunity to be an illustration of the gospel, and to make it evident to those who love you, nearest to you. That’s my challenge. I am sometimes able to demonstrate reasonable gospel peace in front of my people, but my poor wife hears me at my worst. Can I truly, with gladness, endure suffering that will even edify my wife? See this as an occasion in which Christ’s death and resurrection is to be displayed in my humanity, as an earthen vessel!

Paul does not give up on this theme. Look what he says in 2 Corinthians 13:4. “For indeed He was crucified because of weakness, yet He lives because of the power of God. For we also are weak in Him, yet we will live with Him because of the power of God directed toward you.” He is relentless in his pursuit of our union with Christ in His suffering and in His resurrection.

How can we illustrate the power of the gospel when others are watching us? Because when we suffer, others watch us! Let them hear words of faith from us, words of contentment, words of cope, words of confidence. Let them see that we are experiencing the sustaining grace of Christ. Let us not display impatient anger, retaliatory resentment, and accusing blame-shifting! May God forgive our pastoral sins!

The people of God and the unconverted are watching when we are brought into crucibles of affliction. God is giving us an opportunity to be poured out as a sacrifice for the sake of others, so that our lives, not only our preaching, but our lives would be a communication of the gospel for the benefit of others. So that we might say, “Afflicted, but not crushed; perplexed, but not departing; persecuted, but not forsaken; struck down, but not destroyed.” Demonstrate and declare the glorious gospel of Jesus Christ in the midst of your suffering.

3. Draw near to Christ in worship.

Draw near to Christ in vigorous worship, because it is in the midst of your weakness that Christ tabernacles with you. He tabernacles. It’s the language of worship. It’s the language of praise. It’s the privilege of drawing near to Christ—as He is exalted upon His throne—and bowing down, worshiping, and adoring Him.

I believe there are many of us that would give testimony to the truth: that we’ve never experienced the sweetness and the comfort and the mercy of Christ more than when we’ve been brought into the crucibles of affliction, and times of intense suffering. Why is that? Because He tabernacles with you. When you’re in pain, don’t run from Him. Don’t try to handle it on your own, and get all mad and angry because you can’t control the situation. Don’t be getting angry, blaming this one and blaming that one and blaming something that happened to you when you were six. Put your eyes upon Christ, and experience the indwelling presence of His Spirit. Be invigorated with the realization that your Father is bringing you into conformity with His Son, and taking you down the way of the Lamb; conforming you to Christ in His sufferings and in the power of His resurrection. So that in all these things, we are more than conquerors through Him who loves us. Amen.

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2015 Pastors’ Conference | Ministerial Suffering (2)

Ministerial Suffering (2)

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El sufrimiento en el ministerio II

Dr. Alan J. Dunn

Para mí ha sido un privilegio el pasarme estos días con ustedes en el ministerio de la conferencia. Una de las bendiciones de ser el último conferencista es que puedo ver cómo el Espíritu Santo ha obrado en Su soberanía para que todos tengamos mensajes diferentes, pero con muchas de las mismas observaciones. Al final de la conferencia puedo percibir que Cristo ha estado con nosotros. Cristo nos ha hablado. Él nos ha dado preciosas verdades para refrescar nuestras almas y para que las llevemos de vuelta con nosotros a nuestras congregaciones, para que podamos seguir ministrando como siervos fieles en la casa de Dios.

Sabemos que cuando Pablo llego a Corinto fue con la determinación de enfocarse en un solo mensaje y ese era Cristo crucificado, pero su  responsabilidad no era solamente proclamar el mensaje. Como vimos en el primer mensaje, también tenía que ser una encarnación de este mensaje. La experiencia de sufrimiento de Pablo era parte de ser una encarnación de ese mensaje.

Pablo era un apóstol, pero los cristianos en Corinto cuestionaban su apostolado. La forma de pensar de ellos se asemejaba más a la de un corintio que a la de un cristiano. Pensaban que muchas cosas acerca de Pablo y de su ministerio eran ofensivas. No les gustaba su apariencia. Parecía un hombre débil y no atractivo. Su forma de hablar no tenía atracción para ellos. Estaban acostumbrados a los oradores refinados que se guiaban por reglas particulares para emitir su retórica, sus discursos. En lugar de ir al cine, los corintios escuchaban a los oradores y a los que se expresaban muy bien, hombres hermosos que predicaban y hablaban con elocuencia. En cambio, Pablo era un hombre feo y su forma de hablar era ofensiva. Su forma de ministrar estaba opuesta a todos los valores que se apreciaban en la cultura de los corintios.

Hoy quiero enfocarme en un aspecto particular que Pablo rechaza de la cultura en Corinto. Es el tema de la jactancia. Las personas en Corinto estaban entrenadas para jactarse de sí mismas. Tenían un espíritu de competencia. Les gustaba competir en cualquier cosa y en todo, en los deportes, la música, el entretenimiento, el discurso, la educación, los negocios. Siempre estaban compitiendo y promoviendo su persona de forma constante. Se burlaban de los perdedores. Consideraban que la humildad era una debilidad despreciable. El ganador se volvía en una celebridad. Las personas solían hacer estatuas de sí mismos, grandes retratos de sí mismos, alardeando y jactándose de sus logros, de sus hazañas, de sus personas. Estaban inmersos en lo que podríamos llamar la «egolatría», la adoración que una persona rinde a sí misma.

Hoy en día veremos cómo Pablo toma esta costumbre de jactarse y la invierte. Comienza a jactarse, pero se jacta de las cosas que avergüenzan a los corintios. Tiene una razón para hacer esto porque quiere que estén más interesados en la unión con Jesucristo, la unión en Su crucifixión y en Su resurrección.

Hemos visto que Dios les había enviado a Pablo para que este fuera una exhibición, un espectáculo. Él se compara a un gladiador que ha sido señalado como el perdedor, pero a pesar de esto, es ahí donde se encuentra la estrategia para nuestra victoria, pues es por medio de la muerte que nosotros abrazamos y experimentamos la vida de la resurrección. Pablo recibió el cargo del sufrimiento. Dios le dio gracia en el sufrimiento, o bien para librarlo del sufrimiento, como vimos anteriormente, o para darle la gracia que lo sostenía en el sufrimiento, lo cual veremos en nuestro estudio hoy. Hay muchas lecciones que podemos aprender de Pablo y de su experiencia de sufrimiento.

1) La muerte y la resurrección son realidades que se experimentan de forma simultánea en el sufrimiento cristiano (2 Corintios 4:7-12).

Al abrir nuestras Biblias en 2 Corintios 4, quiero que veamos que, en el sufrimiento cristiano, la muerte y la resurrección son realidades que se experimentan simultáneamente. 2 Corintios 4:7-12: «Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros. Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos; llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Porque nosotros que vivimos, constantemente estamos siendo entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal».

Al llegar a este punto del mensaje en mis estudios de preparación para ministrar aquí, pude percibir algo de una manera que me parecía fresca: en nuestro sufrimiento, hemos de experimentar una unión con Cristo en Su muerte, y como resultado de nuestra unión con Él en Su resurrección, simultáneamente también experimentamos la fortaleza que nos otorga la resurrección. Bien, nuestra inclinación es pensar de forma secuencial sobre el sufrimiento y la resurrección. Decimos: «Estoy atravesando por un tiempo de sufrimiento. Estoy pasando por un tiempo de aflicción y después de este tiempo, cuando se termine la aflicción, entonces Dios me llevará a un tiempo de victoria y de resurrección restaurada y renovada. Sin embargo, primero tengo que pasar por esta experiencia de aflicción». Es verdad que cuando consideramos la historia de la redención, vemos que primero se nos llama al sufrimiento y después hemos de llegar a la gloria de la resurrección.

Esto es lo que nos dice Pablo en Romanos 8:17: «si en verdad padecemos con El a fin de que también seamos glorificados con El». Primero, sufrimos con Él. Después, somos glorificados con Él. En la historia de la redención, en el desarrollo de los propósitos de Cristo en el tiempo, la realidad es que primero sufrimos y después somos glorificados. Pero en el sufrimiento ministerial, en la experiencia del sufrimiento, se nos llama a una experiencia en la cual nos identificamos con Cristo en Su sufrimiento y también nos identificamos con Él en el poder de Su resurrección. Son realidades simultáneas en nuestra experiencia como el resultado de que las dos eras se solapan, porque vivimos en el ámbito del «ya» y el «aún no». Ya se nos ha otorgado el don y el ministerio del Espíritu Santo, ya tenemos unión con Cristo, ya Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, ya hemos sido justificados, ya adoptados. Pero aún no hemos sido santificados por completo, aún no tenemos cuerpos glorificados, aún no vivimos en los nuevos cielos y en la nueva tierra. Esta tensión condiciona nuestra experiencia como cristianos y como ministros, pero también explica cómo hemos de experimentar tanto sufrimiento como resurrección en el crisol de nuestras aflicciones.

William Edwards escribe: «Pablo explica las dimensiones de la muerte y la resurrección en el ministerio como algo que no se experimenta de forma secuencial sino simultánea». En otras palabras, Pablo no describe una experiencia de muerte seguida por una experiencia de resurrección. No son momentos separados ni ocasiones distintas. Ambas experiencias están presentes al mismo tiempo.

Esto lo vemos claramente en 2 Corintios 4:10-11, donde Pablo nos proporciona el marco interpretativo que es la clave para estos aspectos opuestos que caracterizan su vida y ministerio. Toda su experiencia se encuentra resumida en estas palabras: «llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». Sigue diciendo: «Porque nosotros que vivimos, constantemente estamos siendo entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal». No es primero la muerte y después la resurrección. El patrón es siempre la muerte y también la resurrección. Pablo no describe algo que ocurre ocasionalmente sino el patrón constante que enmarca su concepto del ministerio como algo que está fundado en la muerte y a la resurrección de Cristo. En otras palabras, los tiempos de resurrección en el ministerio sólo se producen cuando vienen acompañados por experiencias que con razón se caracterizan como experiencias de muerte, pero de igual manera, no existe una experiencia de muerte que no incluya también el poder sustentador de la resurrección de Cristo para los que son Sus siervos.

No puede haber una comprensión verdadera de la experiencia de Pablo hasta que no entendamos esto. Ni tampoco entenderemos la nuestra a no ser que interpretemos la vida en el ministerio del mismo modo, como una exhibición que incluye siempre una demostración simultánea de la muerte y la resurrección de Cristo. He encontrado que este es un concepto útil y esclarecedor. Anteriormente aprendimos que somos llamados al sufrimiento y que la recompensa será nuestra gloria. Este es el fundamento esencial de la historia de la redención, pero ahora estamos aprendiendo, en esta ocasión, que tanto la muerte y la resurrección de Cristo están presentes en nuestra experiencia de sufrimiento ministerial.

Cuando en nuestro sufrimiento por Cristo somos llevados a experimentar aquello que se asemeja a la muerte, recibimos aliento inmediato porque estamos unidos al Cristo resucitado. Los únicos que están interesados en un Señor que ha resucitado son los muertos. Nadie está interesado en la resurrección sin antes morir y la resurrección no tiene efecto a menos que alguien ya haya muerto. Entonces, estas dos cosas van juntas en nuestra experiencia de sufrimiento en el ministerio. En Cristo, han pasado dos acontecimientos escatológicos. Él murió y en Su muerte llegó el final de la vida en esta era presente. También resucitó y Su resurrección conlleva el principio de la vida en la era venidera. Ambas experiencias nos pertenecen. Estamos unidos con Él en Su muerte y en Su resurrección. Damos testimonio y somos una exhibición de esta realidad en las aguas del bautismo. Nuestra unión con Cristo en Su muerte y en Su resurrección es la realidad que define nuestras vidas como cristianos y es el modelo de nuestro ministerio como pastores.

¿Saben cuál es el primer mandamiento que Pablo le da a la iglesia en Roma? La primera vez que usa un verbo imperativo en la carta a los romanos es en Romanos 6:11: «Así también vosotros, consideraos muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús». Debemos tener este mismo concepto de nuestras personas. En Cristo estamos muertos al pecado, estamos unidos a Cristo en todo lo que Él experimentó, somos odiados por el mundo. De nuevo, como consideramos la última vez, estamos unidos en todo lo que Él experimentó en su sufrimiento. Estamos muertos en Cristo, pero también estamos unidos en Él, vivos para Dios en Cristo Jesús, para que podamos vivir una vida con el poder de la resurrección y de victoria, dando fruto que se pueda cosechar para el siglo venidero, y aún ahora en este tiempo.

Notamos que, en este capítulo, Pablo nos dice en el versículo 5: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús». Entonces en el versículo 7, Pablo comienza a hablar de sí mismo como un siervo. Les dice que tiene un tesoro, y pienso que esto es una referencia al evangelio que menciona en el versículo 3. Este es el evangelio que se le ha encomendado a Pablo. Se le da como a un vaso de barro. Él mismo es el medio mediante el cual el mensaje del evangelio se comunica, no sólo por sus palabras, pero hasta por medio de su persona y sus experiencias personales en el ministerio. El evangelio es el poder de Dios que obró en la creación. El Dios que dijo «sea la luz» es el Dios que otorga la luz para que nuestros ojos sean abiertos, para que podamos ver la gloria de Dios revelada en el rostro de Jesucristo. Este es el poder de la vida, este es el poder de la resurrección. Es el poder para vencer el engaño y las mentiras que son perpetradas por el maligno. Es poder para vencer la muerte que tiene bajo su control a los no tienen ojos para ver y que perecen.

Todo lo que tenía que ver con Pablo comunicaba este poderoso evangelio: el evangelio de la muerte y la resurrección de Cristo. Pablo, como el medio por el cual se comunica este mensaje, es una demostración de debilidad, una demostración de la crucifixión, una demostración de la muerte. Es en el contexto oscuro de esta unión con Cristo en la cruz que vemos más intensa y claramente el poder y la luz y la vida de la resurrección. Lo vemos en el contraste del versículo 10 y el 11. Notemos que hay una experiencia simultánea de ambas realidades. Pablo no dice que una va primero y, en segundo lugar, la otra. Dice que ambas y simultáneamente. Identificados con la muerte de Cristo, afligidos y simultáneamente unidos en la vida de Cristo, pero no derrotados: «Perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos». Una unión simultánea con Cristo en Su muerte y en Su resurrección.

En su comentario, Scott Hafemann escribe lo siguiente acerca de este versículo: «Aquí, Pablo relaciona explícitamente su sufrimiento con la muerte del propio Jesús. En todo caso, el apóstol considera que su sufrimiento es una muerte preparada por Dios que, como la cruz de Cristo, lleva a cabo una función reveladora». La mayoría de los verbos que se encuentran en el versículo 10 son pasivos. La acción se está llevando a cabo sobre Pablo. Podemos preguntarnos quién lleva a cabo la acción. ¿Quién lleva a cabo la acción en la cual está implicado Pablo? ¿Quién ha colocado a Pablo en esta aflicción y al mismo tiempo lo sostiene para que no sea destruido? ¿Quién lleva a Pablo a tal perplejidad y al mismo tiempo lo preserva para que no sea abrumado por el desaliento? ¿Quién es el que lleva a cabo la acción, si Pablo es el recipiente pasivo de la acción? Bueno, la respuesta es la siguiente: Dios.

Estas son experiencias de sufrimiento que han sido preparadas por Dios, de tal modo que, en su contexto, el mismo Pablo, un vaso de barro, se convierte en una demostración del poder y la vida de la resurrección. A diferencia de su experiencia en Asia, que analizamos ayer, de las cuales Pablo fue librado por Dios, aunque estaba convencido de que ya estaba prácticamente muerto, a diferencia de esa experiencia, en esta ocasión Pablo es llevado a una experiencia prolongada de sufrimiento. Notemos cómo lo describe en el versículo 10. Habla de su unión en la muerte de Jesús. La palabra es «nekrosin» en el original, una palabra que a diferencia de la palabra «thanatos» (que se refiere a la muerte en sí), se refiere a un proceso de morir. Es una actividad continúa y constante que caracteriza la experiencia de Pablo. Notemos que dice: «llevando siempre» y «constantemente estamos siendo entregados a muerte». Es como si Pablo se describiera como la cruz misma de Cristo, siempre llevando consigo el cuerpo de Jesús. Su unión con Cristo en su sufrimiento es tal que él define su dolor en términos de la cruz misma.

En su comentario, C.K. Barrett afirma: «El que observaba la vida de Pablo como apóstol percibía repetidamente un proceso análogo a la muerte de Jesús». Si hubiéramos mirado a Pablo, hubiéramos visto una ilustración de algo que tenía la apariencia de crucifixión, que parecía estar derrotado. Es así como describe su persona cuando relata, en el capítulo 11 de 2 Corintios, cómo fue golpeado, azotado y apedreado varias veces. ¡Habríamos visto las cicatrices en el cuerpo del Apóstol Pablo!

Él le escribe a la iglesia en Gálatas y le dice: «Porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús». Vemos que Pablo no fue golpeado por ser Pablo. Fue golpeado por su unión con Cristo, por causa de su mensaje sobre Cristo crucificado, porque fue llamado como un apóstol para sufrir por causa de Cristo, y su sufrimiento tenía el propósito de ser en sí mismo una comunicación del evangelio de Jesucristo.

Al mirar a Pablo, habríamos visto a un hombre que estaba vivo, pero que, según todas las apariencias, debió de haber estado muerto. Cuando relata sus experiencias, no dice de como plantó una iglesia allí y habló a miles de personas acá. No, sino que dice: «Naufrague, fui golpeado, tuve hambre, en desnudez». ¡Cosas humillantes! ¡Experiencias que se asemejaban a la muerte! Sin embargo, nunca podríamos encontrar a otro hombre con más energía en lo que respecta al evangelio. Afirma: «He trabajado más que todos ellos». Un hombre tenaz, que tenía una fe, una esperanza, un amor intenso.

Podemos observar que, a medida que Pablo pasa por el sufrimiento, notemos lo que dice, mientras lleva, por así decirlo, el cuerpo de Jesús en un vaso de barro, manifiesta simultáneamente el poder de la resurrección. ¿Cuál es la razón de esta experiencia de sufrimiento? 2 Corintios 4:10: «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo». De nuevo en el versículo 11: «para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal». No es para que, después y en segundo lugar, podamos en alguna ocasión lejana experimentar el poder y la vida de Jesús. No. Él usa la palabra «también». El Dios que resucita a los muertos y el mismo Cristo resucitado me sostiene, me capacita y me habilita en medio del sufrimiento. ¿Cómo se manifiesta esa vida? ¿Cómo se hace visible? ¿Cómo llega a ser algo que podemos ver? ¡Por medio del hombre que persevera! Sigue adelante, sin ser derrotado, ni agobiado, ni abandonado, ni destruido.

¡Este es el reto que enfrentamos en el ministerio! El apropiarnos de la vida de la resurrección. No solamente después que hemos pasado por un tiempo de sufrimiento, sino apropiarnos de la vida de la resurrección en medio del mismo sufrimiento. Por medio de la fe, dejar claro por medio de nuestras expresiones verbales, estados emocionales, patrones de comportamiento y hacer que sea evidente que estamos vivos, a pesar del sufrimiento. Estamos vivos en Jesucristo que ha sido resucitado. Si no demostramos que poseemos esa vida, estamos presentando un evangelio distorsionado, porque como pastores, no estamos comunicando el evangelio. Nuestras personalidades transmiten el evangelio, nuestras relaciones personales transmiten el evangelio, nuestro estilo de vida transmite el evangelio. Nunca dejas de ser pastor. ¿Estás consciente de eso, verdad? Si vendieras aparatos, terminarías tu día de trabajo a las 5:00 de la tarde y dirías: «Ya no vendo aparatos. Ya me voy a casa y entro en el rol de esposo, en el rol de padre. Dejo del rol de vender aparatos». Uno nunca pone a un lado el rol de pastor. Es un estilo de vida. Es quién eres. Es un trabajo de veinticuatro horas. Tú, un vaso de barro, transmites el evangelio.

Si piensas que el sufrimiento es algo que simplemente ocurre de manera secuencial –que primero sufrirás y después gozarás del poder de la resurrección— transmitirás una visión distorsionada del evangelio. La imagen que transmitirás será una en la cual Jesús cuelga siempre en la cruz. Existe un cristianismo así. En el catolicismo romano, Cristo está siempre en la cruz y el sufrimiento llega a ser la quintaesencia de la virtud religiosa. Sí, sufriremos, pero en medio del sufrimiento estamos unidos al Cristo resucitado. No solamente mostramos a los demás a Cristo en la cruz. Lo hacemos, pero jamás sin demostrar también al Cristo resucitado y exaltado a la diestra de nuestro Padre.

Es así por la siguiente razón. En 2 Corintios 4:12 leemos: «Así que en nosotros obra la muerte, pero en vosotros, la vida». Reitero que, ciertamente, el sufrimiento de Pablo era un medio de santificación. Sin duda era un crisol que tenía el propósito de enriquecer su fe, pero un pastor, un ministro, sufre en beneficio de su congregación. El sufrimiento es un contexto en el cual somos llamados a comunicar el evangelio y a demostrar una fe viva. Tiene como su propósito el demostrar que somos vencedores, que triunfamos sobre la muerte, la oposición y el sufrimiento de este siglo presente. Nosotros también hemos de sufrir, y en medio de ese sufrimiento, es nuestro deber probar que nuestra fe es más preciosa que el oro, aunque seamos « [probados] por fuego», como nos dice Pedro en 1 Pedro 1:6.

Tenemos que entender que nuestra congregación no solo nos escucha cuando hablamos desde el púlpito, sino que también mira cómo vivimos nuestras vidas. Conoce la situación en la cual experimentamos nuestro propio discipulado y caminar con Jesucristo. Hemos de ser una ayuda para ellos. Hemos de hacerle frente a las idolatrías que caracterizan nuestra cultura, de la misma manera en que Pablo le hizo frente a las idolatrías de la cultura de los corintios. En una cultura que adora a las riquezas, en una cultura que persigue el placer, en una cultura que exalta al hombre y sus logros antes que a Dios.

Si hemos de seguir a Cristo, en esta cultura, con esos valores culturales, la oposición será parte de nuestra experiencia. Pero recordemos lo que Cristo nos dice: « Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí. Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros».

Lo primero que consideramos hoy es que la resurrección y la muerte son experiencias simultáneas en el sufrimiento.

2) La gracia de Dios es suficiente en el sufrimiento (2 Corintios 12:9-10).

En segundo lugar, al recurrir a 2 Corintios 12, vemos que la gracia de Dios es suficiente para nosotros en el sufrimiento. 2 Corintios 12:9-10: « Y El me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte».

Phillip Hughes hace el siguiente comentario: «Esta es la cumbre de la epístola, la gran cima, el elevado pico desde el cual el todo [de la epístola] se puede apreciar en sus proporciones puras. Desde este punto de vista, podemos ver y enfocar todo el campo del apostolado de Pablo».
Scott Hafeman afirma: «Así, la manifestación del poder de Cristo en la debilidad de Pablo (versículo 9b) y el consiguiente contentamiento de Pablo (versículo 10a) componen la cumbre de su argumento en este pasaje, y al hacerlo, nos proporcionan un resumen de la infraestructura teológica de 2 Corintios en su conjunto».

Los eruditos señalan este pasaje y dicen: «Así es como hemos de entender lo que Pablo le dice a la iglesia en Corinto». Esta es su motivación. Como vimos la última vez, al comenzar su primera epístola, justo en el principio, él les lleva a recordar la experiencia que lo aproximó a la muerte. ¿Por qué? Constantemente pone ante ellos representaciones de su debilidad, representaciones de sus padecimientos, y sabe que esto los incomoda. Ofende sus costumbres culturales y lo hace porque es necesario penetrar la cultura de los corintios para persuadirlos a ser seguidores de Cristo crucificado. En unión con Cristo, su experiencia es la vida del Cristo resucitado.

En el versículo 1, él lo cambia de nuevo. Ha dicho esto constantemente, pero para señalarlo más claramente dice: «El gloriarse es necesario». Ahora, para conveniencia propia podían responder: «Finalmente comienza a ser uno de nosotros. ¡Habla de gloriarse!» Para los corintios, él se ha hecho un corintio, y se gloriará. Pero probablemente se han dado cuenta para este entonces que cuando Pablo dice algo así, está empleando la ironía. Lo dice sarcásticamente. De hecho, la frase «el gloriarse es necesario» podría haber sido el lema de los corintios. Es una frase que podríamos haber encontrado pegada a un carruaje, como una pegatina de parachoques, al caminar por la calle principal de corintio. Era uno de sus valores culturales, la idea de que para llegar a ser alguien, tienes que jactarte de ti mismo. Tienes que presumir de tu persona. Tienes que buscar tu propio beneficio.

Pablo dice: «Bién, seguiré gloriándome». Reecordemos que él termina el capítulo 11 con una letanía de [sus sufrimientos], había sido golpeado, apedreado, había naufragado y pasado hambre. [Hace un recuento] de todos los acontecimientos que lo llevaron casi hasta la muerte. Entonces dice: «Está bien, voy a decir algunas cosas más sobre el gloriarse». ¿Cuáles son las cosas que menciona? «Recibí una visión». Al llegar a este punto, [los corintios] le hubieran brindado toda su atención, ya que los falsos profetas pretendían tener visiones. « ¿Qué nos contará Pablo acerca de su visión? ¿Qué nos dirá acerca de su visión?» La respuesta es nada. Nada. Incluso, empieza hablando de sí mismo en tercera persona. Dice: “conozco a un hombre”. Pero nos damos cuenta más tarde que habla de sí mismo. Él no recuenta lo que vio. Dice que oyó palabras, pero no registra ni una sola de las palabras que Jesús le habló en esa visión. Pero cuando llegamos al versículo 9, vemos que comparte cada palabra que Jesús le había dicho en el contexto de su sufrimiento. Esto hubiera confundido mucho a los corintios. Esperaban que Pablo guardara silencio sobre su sufrimiento y que recontara todo lo que Jesús le había dicho en su visión, pero hace todo lo contrario.

Dice que esto es necesario para que pudieran conocer a los falsos profetas que pretendían tener visiones. Les cuenta que conocía a un hombre que tuvo una visión. Sí, era él mismo. Pero les deja saber que no les predicaría acerca de su visión. ¿Sabías que Pablo nunca predica sobre nada de lo que él vio en esa visión? Nunca comienza una de sus predicaciones diciendo: «Tengo unas palabras de Jesús para ustedes que recibí cuando tuve la visión». Nunca les dice eso. Él predica del Antiguo Testamento sobre la historia de la redención. Utiliza la experiencia de su encuentro con Jesús en el camino hacia Damasco. Es interesante notar que cuando Pablo habla acerca de Jesús, se refiere a Jesús en Su glorificación. Pablo nunca conoció a Jesús en Su humillación. Se encontró con Él en el camino hacia Damasco y su cristología es la más sublime.

También utiliza las tradiciones de la iglesia primitiva sobre la vida y los dichos de Jesús, pero nunca predica basándose en su visión. Para cerrar la boca de los falsos profetas, era necesario decir: «Tuve una visión». Ellos esperan que él comparta lo que Jesús le había dicho en esa visión. Pero él dice: «No me es permitido decirlo, pero les contaré lo que Él me dijo en respuesta a mis oraciones». Él registra esas palabras y ellos escuchan estas palabras y el contexto es que Pablo es un vaso de barro: el apóstol débil, feo y angustiado.

Sabemos que en el versículo 7, Pablo habla acerca de una espina en la carne. Dice: «Y dada la extraordinaria grandeza de las revelaciones, por esta razón, para impedir que me enalteciera, me fue dada una espina en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca». ¿Qué era esa espina en la carne? Bueno, algunos dicen que era un mensajero de Satanás, un ángel de Satanás. ¡Un demonio! Otros dicen: «No. La espina en la carne de Pablo eran los falsos apóstoles. Los enemigos que se habían infiltrado en la iglesia en Corinto». Hay otros que dicen que no, que era una enfermedad física crónica de algún tipo, quizás migrañas o tal vez sus problemas de visión (anteriormente, le había dicho a los corintios que ellos le hubieran dados sus ojos, si hubiera sido posible). En verdad no sabemos en qué consistía esta espina en la carne. Esta mañana, durante el desayuno, el pastor Jeff Smith y yo estábamos hablando y él hizo el siguiente comentario: « ¡Es bueno que no sabemos cuál era esa espina en la carne!» Todos nos podemos identificar con ella porque no se identifica cómo algo específico. Permite que todos le hagamos frente a nuestra espina, cualquiera que sea.

Esta espina hizo que Pablo sufriera por más de catorce años, porque en el versículo [2] él dice: «Hace catorce años que recibí esta visión». Nos dice que cuando le fue dada la visión, también le fue dada la espina. ¿Cuál era la lección, la razón? Se repite dos veces en el versículo 7. Recordemos que cuando se repite algo en las Escrituras, es para darle énfasis. No tenían letras cursivas. No tenían letras negritas. No podían aumentar el tamaño de la letra a un número 14 o utilizar mayúsculas. Por esta razón, usaban la repetición para hacer que se escuchara el énfasis. Nos dice por qué se le había dado esta espina. Es algo que forma parte de la esencia misma de lo que él le está transmitiendo a la iglesia en Corinto. ¿Por qué? «Para impedir que me enalteciera. Para que con toda certeza yo nunca llegue a ser como los de Corinto, lleno de jactancia y vanagloria. Para mantenerme en una postura de humildad».

Notemos nuevamente que esta espina fue dada a Pablo. Era un mensajero de Satanás, pero fue dada a Pablo. ¿Quién se la dio? Dios. Dios es quién se la dio. Es como el caso de Job. Satanás tenía libertad para ocasionar todo el tipo de sufrimiento que le fue dado a Job. También se asemeja a la experiencia de Cristiano al entrar en la casa del intérprete. Un pequeño rayo de luz sale de la puerta abierta y alumbra su camino. Puede escuchar el rugir de los leones y sentir el viento de las garras que se acercan a su cabeza, pero sabe que están atados, sujetos a los propósitos soberanos de Dios. [Le resulta difícil] superar el temor y caminar a lo largo de esa luz tan tenue, recta y estrecha, mientras se acercan las garras de los leones. Sin embargo, él busca la obediencia, persevera y sigue adelante.

Esta espina se otorga de la misma manera. Es designio del maligno. Es mala, pero se le da a Pablo para impedir que se enaltezca. La lección es la humildad. Humildad. Es crucial que los hermanos en Corintio entiendan esto y es crucial que los que estamos en el ministerio entendamos esto.
Hermanos, podemos tener una actitud cómo la de los corintios y la de los norteamericanos. Nuestras preguntas son: «¿De cuál escuela te graduaste? ¿Cuánta gente hay en tu iglesia? ¿A cuántas conferencias te han invitado?» En breve, existe una competencia entre nosotros y Pablo dice que esta no es la forma de jactarse en el reino. Dice: « ¿Quieren que me jacte? Les contaré acerca de cómo la gracia de Dios me sostuvo en mis sufrimientos. Me jacto en la cruz de Cristo». Es una lección de humildad. Necesitamos entender, hermanos, el poder del evangelio, el poder del evangelio de Dios que transforma vidas no tiene poder en el contexto del orgullo humano.

«Porque así dice el Alto y Sublime que vive para siempre, cuyo nombre es Santo: Habito en lo alto y santo, y también con el contrito y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los contritos» (Isaías 57:15).
«Pero a éste miraré: al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra» (Isaías 66:2).

Pablo es un vaso de barro. Esto significa que es un vaso barato, que se rompe fácilmente. Puede ser reemplazado. Si se rompe un vaso de barro, se tira y se reemplaza con otro. Pablo era un vaso de plástico. Cuando se termina de usar, se tira a la basura. A pesar de esto, en ese vaso de plástico se encuentra el agua de vida, la comunicación del evangelio.

Timothy Savage tiene un libro muy útil cuyo título es Power Through Weakness: Paul’s Understanding of the Christian Ministry in 2 Corinthians [Poder por medio de la debilidad: el concepto del ministerio cristiano que Pablo muestra en 2 Corintios]. Escribe: «Donde hay orgullo y arrogancia no puede haber, por definición, poder divino». Igual que su Señor, que oró tres veces en el Getsemaní, en el versículo 8 Pablo le implora al Señor tres veces. Después de la tercera vez que hace su petición, llega a la conclusión que Cristo le otorga, versículo 9: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad». La palabra «basta» significa que es «adecuada, satisfactoria». En otros lugares, esta palabra se traduce como «contento». Podemos encontrar un sinónimo de esta palabra en 2 Corintios 3:5-6: «No que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios, el cual también nos hizo suficientes como ministros de un nuevo pacto». Somos adecuados por medio de la gracia, la gracia que nos es suficiente, la gracia en la cual podemos estar contentos y satisfechos.

Pablo se da cuenta que este mensajero de Satanás, cualquiera que sea esta espina, es algo que Dios ha planificado en su vida, como su Padre celestial, para instruirlo en la humildad que es conforme a la semejanza de Cristo. ¿Has pensado alguna vez que no hubo nadie más humilde que Jesucristo? No hay hombre que haya sido más humilde que Jesucristo. Es Jesús quién dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas». Tomad el discipulado sobre vosotros y aprended [a tener] el corazón de Cristo. El Señor, su Padre, le está enseñando a [tener] el corazón de Cristo. Le está enseñando la humildad que conforme a la semejanza de Cristo.

La lección se otorga como una verdad axiomática, indiscutible, inquebrantable: «Mi poder se perfecciona en la debilidad». El poder cumple sus propósitos, alcanza su meta en el contexto de la debilidad. El poder del que se habla aquí es el poder del Señor. Existen algunas traducciones que incluyen el pronombre personal: «Mi poder se perfecciona en la debilidad». Sabemos que se refiere al poder de Cristo porque al final del versículo 9, se hace un paralelismo con el poder de Cristo. El axioma se puede expresar de la siguiente manera: Cristo demuestra Su poder en y por medio de siervos débiles, humildes y obedientes. Pablo se presenta a sí mismo como una demostración de esta verdad y ya le ha recordado a los corintios su propia debilidad personal.

Pero también les ha señalado a los corintios y les ha recordado la debilidad de ellos mismos. En 1 Corintios 1:26, les dice, en otras palabras, que miren a su alrededor a los que estaban con ellos en la congregación, que miren a quienes Dios había escogido: los débiles, necios, viles, despreciados, ¡«lo que no es»!

Pablo señala a la cruz de Jesucristo de manera especial. Ahí encontramos una ilustración de la debilidad. Tomemos una foto. ¡Miremos a Dios! Está maltratado, sangrando, lleno de moretones, desnudo, clavado en una cruz. Hay algo en nosotros que dice: «¡Señor, baja de ahí! ¡Esto es vergonzoso, débil, indignante, repugnante!» Pero es esencial para la comunicación del evangelio, para que nuestra salvación sea efectuada. Este es el calcañar de la simiente de la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente. Cuando el calcañar empieza a hundirse en la cabeza, los colmillos de la serpiente también entren en el calcañar y toda la imagen se embarra de sangre. Al principio, solamente vemos la sangre que emana del calcañar de la simiente de la mujer, pero después de tres días podemos oír que el cráneo de la serpiente comienza a agrietarse, porque este calcañar le pertenece al Cristo resucitado. En el poder de la resurrección, el calcañar le arranca la cabeza a la serpiente, el cráneo se hunde, y Cristo triunfa en la gloria de la resurrección.

Este es el método del Cordero. Es el método del ministerio cristiano. Es el método del discipulado cristiano. Es la manera en la que se nos llama a vencer. Es la manera en la que somos más que vencedores. Pablo sabe que esta es la forma en la que obra el poder de Dios. ¡Así es como obra el poder de Dios! Cuando él acepta, en humildad, la aflicción y la tribulación que viene de afuera, incluso cuando esa aflicción se pudiera considerar, con razón, como algo demoníaco por su energía, engaño y sus mentiras, incluso cuando se tiene que enfrentar, de forma muy inmediata, a la misma muerte. En esa debilidad, él entiende que se le otorgará la gracia divina y el poder divino y que causará en él la vida de la resurrección, o bien librándolo del peligro o sosteniéndolo [en medio de] ese peligro, o resucitándolo cuando haya muerto por causa de ese peligro. Porque, como sabemos, sí llegó un momento en el que la cabeza de Pablo fue separada de su cuerpo. [En ese momento], no fue librado de la muerte, pero recibió sostén en la muerte hacia la gloria de la resurrección.

Entonces esto es lo que Pablo dice en el versículo 9. Ayer, el Pastor Martin y yo meditamos sobre este asunto brevemente. Es algo muy difícil. [¿?]
Entonces Pablo afirma: «Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Corintios 12:10)».

«¡Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande! ¡Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos!» (Mateo 5:11-12).

¡Regocíjense! Hermanos, esto es difícil para mí. Necesito el poder de la resurrección en lo que concierne mi obediencia emocional a Jesucristo. El sufrimiento, bien. La frustración, bien. Las desilusiones, bien. Sé que todas estas cosas son parte de este camino y las sufro de buena gana. Pero espera un momento. ¡Regocíjate! ¿De veras? «[Señor], proporcióname sentimientos que sean según la resurrección. Líbrame de los pecados ministeriales de la queja crónica, la frustración crónica que no se aprovecha del poder y la gloria de nuestro Salvador resucitado».
Pablo dice: «Voy a jactarme alegremente delante de ustedes. Pondré una sonrisa en mi rostro y gustaré de la vida de la resurrección en mis emociones. Me jactaré de mis debilidades, no de mis logros, sino de mis debilidades. Porque este es el contexto en el cual el poder de Cristo mora en mí». Ahora, aquí tenemos una palabra interesante. La palabra «mora» es la palabra «tabernáculo». Es un sustantivo, «tabernáculo», que se ha convertido en un verbo. El poder de Cristo [hace un tabernáculo] en mí. En mi debilidad, en mi unión con el Cristo resucitado, en verdad soy transformado en un templo del Dios vivo. Me convierto en una tienda, ¡un tabernáculo en el cual está presente el Dios vivo! Cuando Él está presente, yo [recibo poder].

Algunas veces pienso en los israelitas mientras cruzaban el desierto y la presencia de Dios moraba en el tabernáculo. Era evidente que Dios estaba en el tabernáculo con los israelitas durante el día porque había una gran columna de nube que subía desde el tabernáculo hasta el cielo. Era evidente que la presencia de Dios estaba en el tabernáculo con los israelitas durante le noche, porque había una gran columna de fuego que subía del tabernáculo hasta los cielos.

Me imagino a los enemigos de Israel observándolos desde lejos, buscando un tiempo oportuno para atacarlos. Uno de ellos mira al otro y dice:

«Parecen vulnerables, pero que hace esa gran columna en medio de ellos? ¿Qué es eso? Nunca antes he visto algo así».

«Bueno, parece una nube, esperemos y regresemos de noche. Vamos a ver si podemos hacerles una emboscada entonces».

Regresan y la columna de nube se ha convertido en una columna de fuego. Miran sus lanzas y no se atreven a acercarse. Dios está con [su pueblo]. ¡Su Dios les otorga poder! Verdaderamente, pronto las naciones aprendieron que el Dios de Israel destruía a cada enemigo que Israel enfrentaba, porque Él [moraba] con ellos.

Esto es lo que nos dice Pablo. ¿Quieres que Dios more contigo? ¿Quieres que Dios more contigo, que more en ti? Entonces, acepta su método en el ministerio:

« Por eso me complazco en las debilidades… porque cuando soy débil, entonces soy fuerte».

Notemos que Pablo no dice: «Sí soy débil», sino que dice: «Cuando soy débil». Sigue en el versículo 10: «Por eso me complazco en las debilidades». La palabra «complazco» significa que piensa bien de ellas, que la valora como algo bueno. Considero que es otro sinónimo de la palabra «basta» en el versículo 9, esa suficiencia que Dios nos da para ser siervos del nuevo pacto en el capítulo 3:5-6. Nuevamente, Pablo enumera las cosas que hubieran sido ofensivas o repugnantes para los corintios. La debilidad, los insultos, la angustia, la persecución, las dificultades, todo por amor a Cristo, en unión con Cristo, y con la experiencia del poder de Cristo. Este es el poder, es esta palabra que tenemos aquí, «poder». El poder de la resurrección. «Mi poder». El poder que el Cristo resucitado les otorga a Sus siervos humildes, débiles, creyentes y obedientes.

Aplicación

¿Qué podemos decir como aplicación al concluir nuestro estudio?

1. Evitemos los métodos de enfrentar el sufrimiento que no son bíblicos ni cristianos.

La primera aplicación es esta: hermanos, evitemos los métodos de enfrentar el sufrimiento que no son bíblicos ni cristianos, especialmente aquellos de ustedes hermanos que trabajan en un ambiente en el cual el catolicismo predomina. Tu congregación queda expuesta a una perspectiva tergiversada del sufrimiento. La cultura al su alrededor transmite la idea que el sufrimiento, en sí mismo, es virtuoso y que cuando hay más sufrimiento, hay más virtud. Este concepto no es bíblico. El sufrimiento, por sí mismo, no es único al cristianismo! Sufrir como cristiano, sufrir en semejanza a Cristo, de manera cristiana— es sí es único. En muchos sentidos, la experiencia del sufrimiento es común a todos los hombres en nuestro estado caído, pero se nos llama a ciertas dimensiones de sufrimiento por amor a Cristo que son únicas. Necesitamos una perspectiva bíblica de esta experiencia de sufrimiento.

No enfrentamos el sufrimiento como los estoicos, buscando obtener dominio propio, el poder del pensamiento positivo y evadiendo cualquier angustia o dolor emocional. Esto no es lo que Pablo expresa. No es lo que David expresa cuando leemos los salmos. Sabemos que David sufre dolor. ¿Por qué? ¡Él clama! Expresa su angustia. Él sufre. No se cauteriza a sí mismo, no se vuelve insensible e incapaz de sentir dolor verdadero. Cuando sufrimos, ¡nos duele! Cuando pasamos por trauma, es traumático. Cuando tenemos necesidades, clamamos a Dios. No reprimimos estas cosas sino que las expresamos.

Cuando mis hijos eran pequeños y ocurría una tormenta eléctrica, yo sabía que estaban en cama, temblando entre las sábanas. No subía y les decía: «No tengan miedo, ¡cobardes de tres años!» No. Más bien les repetía el salmo: «El día en que temo, yo en ti confío». Hay muchas cosas en la vida que ocasionan temor. No le enseñamos a nuestros hijos a no tener miedo. Les enseñamos a ser obedientes aun cuando sienten temor. Tienes que poner tu confianza en el Señor y clamarle a Él. No cauterices tus emociones. Tienes que pedir que se te otorgue el gozo del poder de la resurrección en medio de la debilidad.

Por otro lado, no debes desarrollar un complejo de mártir que hace del sufrimiento el epítome de la virtud religiosa. Notemos que Pablo dice: «Cuando soy débil». Y no dice: «Sí soy débil». Si Pablo hubiera dicho «sí» soy debil, nos hubiera dejado con la impresión de que debemos buscar el sufrimiento, porque si no somos débiles, entonces no gozaremos de la comunión con el Salvador resucitado. De alguna manera, [esto haría] que la comunión con el Salvador resucitado dependa de que seamos débiles y suframos. Él no dice que debemos buscar el sufrimiento de forma activa, porque si no somos débiles y no estamos buscando el sufrimiento, entonces no gozaremos del poder de la comunión con Cristo quien mora con Su pueblo. No. No hemos de desarrollar un complejo de mártir o una teología de mártir. No hemos de buscar el sufrimiento de forma activa, pero hermanos, por otro lado, hemos de contar con el sufrimiento y que vendrá un tiempo en nuestras vidas cuando sufriremos.

La decisión de cómo sufriremos por Cristo no es nuestra. No tenemos la opción de escoger el tipo de sufrimiento que Cristo nos traerá y en el cual nos dirá que quiere que comuniquemos el poder de la resurrección en el contexto de ese sufrimiento que ha planificado para nuestras vidas. No tenemos la opción de escoger esto. No podemos acercarnos a Cristo y decirle: «Señor, no quiero este tipo de sufrimiento. Prefiero otro tipo de sufrimiento». Él nos dice que no, que debemos ir por el camino por el cual Él nos dirige.

Algunos de nosotros somos llamados a pastorear a nuestra congregación en el contexto del dolor de tener hijos incrédulos. Nuestra congregación lo sabe. Observan la manera en la que criamos a nuestros hijos. Escuchan nuestra predicación. Miran nuestras vidas. Saben que el tener un hijo incrédulo nos rompe el corazón, y a pesar de esto, escuchan una voz que se regocija, una voz que alaba. Es en medio de ese sufrimiento que demostramos el evangelio. No lo escogimos. Tal vez hubiéramos preferido otro tipo de sufrimiento, pero ese es el camino de discipulado que Cristo ha trazado para nosotros.

Algunos de nosotros sufrimos por la experiencia de la división en nuestra iglesia local: ruptura, desunión. Como pastores, esto rompe nuestros corazones. Entramos al aposento de oración con llanto, subimos al púlpito y nuestros corazones se rompen mientras que la sangre bombea fuertemente en la vena yugular, porque nuestras emociones están tan afectadas a causa del pueblo. Estás ejerciendo tu ministerio en medio del sufrimiento cuando sabes que hay alguien sentado allí que alberga pensamientos negativos hacia ti, y otro sentado allá que tiene conflicto con ese que está por acá, y que el otro sentado atrás está formando un grupito de calumniadores y chismosos. A pesar de esto, tienes que desplegar la victoria de la resurrección, y es un camino de sufrimiento. Puede ser que tú no hubieras escogido esto. No tienes la opción de escoger cuándo vendrá el sufrimiento. No tienes la opción de escoger cómo sufrirás, pero cuando sufras, ¡ten ánimo! ¡Ten ánimo! Este es nuestro segundo punto.
Cuando seas llamado al sufrimiento, percibe en él la oportunidad de ilustrar el evangelio.

Cuando sufras, debes comprender que Dios te ha otorgado una oportunidad para ser una ilustración del evangelio y hacer que esto sea algo evidente para los que te aman y están más cerca de ti. Este es mi reto. Algunas veces puedo mostrar una paz evangélica satisfactoria en frente de la congregación, pero mi pobre esposa ve lo peor de mí. ¿Soy capaz de verdaderamente y con gozo soportar el sufrimiento de manera que sea de edificación hasta para mi esposa? Debes ver esto como una oportunidad en la que la muerte y la resurrección de Cristo deben ser desplegadas por medio de tu humanidad como un vaso de barro.

Pablo no se da por vencido con este tema. Miremos lo que dice en 2 Corintios 13:4: «Porque ciertamente El fue crucificado por debilidad, pero vive por el poder de Dios. Así también nosotros somos débiles en El, sin embargo, viviremos con El por el poder de Dios para con vosotros». Él no se cansa de buscar nuestra unión con Cristo en Su sufrimiento y en Su resurrección.

¿Cómo podemos ilustrar el poder del evangelio cuando los demás nos están observando? Porque cuando sufrimos, ¡la gente nos está mirando! Que escuchen palabras de fe de nuestras bocas, palabras de contentamiento, palabras de esperanza, palabras de confianza. Que vean que gozamos de la gracia sustentadora de Cristo. Que no vean un despliegue de enojo impaciente, resentimiento vengativo, que acusa y señala a los demás. ¡Que Dios perdone nuestros pecados ministeriales!

El pueblo de Dios y los inconversos están observándonos cuando se nos coloca en el crisol de la aflicción. Dios nos está dando una oportunidad para ser derramados como un sacrificio a favor de otros, para que nuestras vidas y no solamente nuestra predicación, sino que nuestras vidas sean una comunicación del evangelio para el beneficio de los demás. Para que podamos decir: «Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos». Demostremos y declaremos el glorioso evangelio de Jesucristo en medio de nuestro sufrimiento.

Acerquémonos a Cristo en adoración.

Acércate a Cristo en adoración enérgica, porque es en medio de tu debilidad que Cristo mora contigo. Él está en el tabernáculo. Este es el lenguaje de la adoración. Es el lenguaje de la alabanza. Es el privilegio de acercarnos a Cristo, que está sentado sobre Su trono, e inclinarnos delante de Él en adoración y alabanza.

Creo que muchos de nosotros podemos dar testimonio de que verdaderamente nunca hemos gozado de la dulzura y el consuelo y la misericordia de Cristo más que cuando se nos ha conducido al crisol de la aflicción, en tiempos de sufrimiento intenso. ¿Por qué? Porque Él mora con nosotros. Cuando estés sufriendo, no huyas de Él. No trates de manejarlo todo por ti solo y después no te aires porque no puedes controlar la situación. No te enojes, culpando este o aquel o aquello que te ocurrió cuando tenías seis años. Pon los ojos en Cristo y goza de la presencia de Su Espíritu que mora en ti. Anímate al comprender que tu Padre te está llevando a la conformidad con Su Hijo, que te está conduciendo en el camino del Cordero, conformándote a Cristo en Su sufrimiento y en el poder de Su resurrección. Entonces en todas estas cosas, somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Amén.

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It has been a privilege to spend these days with you in conference ministry. One of the blessings of being last in the conference is that I can see how the Holy Spirit has sovereignly arranged the various speakers to bring different messages, and yet to sound many of the same notes, and to get a sense at the end of the conference that Christ has been with us, Christ has been speaking to us. He has given to us precious truths to refresh our souls, and to take home to our own congregations, that we might continue to minister as faithful servants in the house of God.

You know that when Paul came to Corinth he determined to focus upon one message, and that is Christ crucified, but he was not only responsible to proclaim the message. As we saw yesterday, he is also to embody the message, as well. Part of the embodiment of that message included Paul’s experience of suffering.

Paul was an Apostle. His apostleship was being questioned by the Christians at Corinth. They were thinking more like Corinthians than like Christians. They were offended at many things about Paul and his ministry. They didn’t like the way he looked. His appearance seemed weak, unattractive. They didn’t like the way he spoke. They were used to polished orators with particular rules that they followed to give their rhetoric, their speeches. Instead of going to movies, Corinthians would listen to orators and great speakers who were beautiful men, and who preached or spoke with eloquence. Paul was an ugly man, and his speech was offensive. The way Paul ministered was in contrast with all the values that were esteemed in Corinthian culture.

Today we want to focus on one particular aspect of Corinthian culture that Paul goes against. It’s this aspect of boasting. The Corinthian was trained to brag about himself. He was competitive. He would compete in everything and anything: sports, music, entertainments, speech, education, business. He was constantly competing, constantly promoting himself. Losers were mocked. Humility was seen as despicable weakness. The winner was made a celebrity. People would make statues of themselves, big portraits of themselves, bragging and boasting about their accomplishments, about their achievements, about themselves. They were involved in what you could call ‘self-olatry,’ the worship of self.

Today, especially, we’re going to see Paul take this practice of boasting, and turn it on its head. He begins to boast, but he boasts about the things that embarrass the Corinthians. He has a reason to do that, because he wants to draw them into their union with Jesus Christ in His crucifixion and in His resurrection.

We saw that Paul was given by God to be an exhibit, to be a spectacle. He compares himself to the gladiator who has given the thumbs down as the one who is defeated, and yet in that is the strategy of our victory; for it is through death that we embrace and experience resurrection life. Paul was given the charge of suffering. God gave him grace in his suffering, either to deliver him from suffering, as we saw, or to give him grace that sustained him in his suffering, which is what we’ll see in our studies today. There are many lessons for us from Paul and his experience of suffering.

1) Death and resurrection are simultaneous in Christian suffering (2 Cor. 4:7-12).

I want is to see—as we turn in our Bibles today to 2 Corinthians 4—that death and resurrection are experienced simultaneously in Christian suffering. 2 Corinthians 4:7-12, “But we have this treasure in earthen vessels, so that the surpassing greatness of the power will be of God and not from ourselves; we are afflicted in every way, but not crushed; perplexed, but not despairing; persecuted, but not forsaken; struck down, but not destroyed; always carrying about in the body the dying of Jesus, so that the life of Jesus also may be manifested in our body. For we who live are constantly being delivered over to death for Jesus’ sake, so that the life of Jesus also may be manifested in our mortal flesh.”

This point in the message was something of a fresh insight for me in my studies in preparation for this ministry. In our suffering, we are to experience simultaneously a union with Christ in His death, and the empowerment of the resurrection in our union with Christ in His resurrection. Now, we are inclined to think sequentially about suffering and resurrection, about death and resurrection. We’re inclined to say, “I’m in a time of suffering. I’m in a time of affliction, and after this time of affliction is over, then God will bring me into a time of restored and renewed resurrection victory. But I have to first now go through this ordeal of affliction.” It is true, when we look at redemptive history, that we are called first to suffer, and then to enter into resurrection glory.

That’s what Paul tells us in Romans 8:17, “If indeed we suffer with Him, in order that we might also be glorified with Him.” First, suffer with Him; second, be glorified with Him. In redemptive history, in the unfolding of God’s purposes in time, we indeed suffer first and are glorified second. But in ministerial suffering, in the experience of suffering, we are called to experience both an identification with Christ in His suffering and an identification with Christ in His resurrection power. They are simultaneous in our experience, because of the overlap of the ages, because we live in the realm of the already and the not-yet. Already being given the gift and ministry of the Holy Spirit; already united with Christ and seated with Christ in the heavenly places; already justified; already adopted. But not yet fully sanctified; not yet glorified in our bodies; not yet dwelling in the new Heaven and the new earth. It’s that tension that conditions our experience as Christians and as ministers, but it is that tension that explains how we are to experience both suffering and resurrection in the crucible of our afflictions.

William Edwards writes, “As Paul explains the dimensions of death and resurrection in ministry, they’re not experienced sequentially, but simultaneously.” In other words, Paul does not describe an experience of death that is then followed by an experience of resurrection. They’re not separate moments, or distinct occasions. Both are present at the same time.

This is clearly seen in 2 Corinthians 4:10-11, where Paul provides the key interpretive framework for these contrasting features that characterize his life and ministry. The whole of his experience is condensed in these words: “Always carrying in the body the death of Jesus, so that the life of Jesus may also be manifested in our bodies.” He continues, “For we who live are always being delivered over to death for Jesus’ sake, so that the life of Jesus also may be manifested in our mortal flesh.” It is not first death and then resurrection. The pattern is always death and also resurrection. Paul is not describing occasional moments, but the consistent pattern that frames his conception of ministry is grounded in Christ’s death and resurrection. In other words, resurrection moments in ministry only occur when accompanied by experiences that may rightly be characterized as death, but likewise there is no experience of death that also will not include the life-sustaining power of Christ’s resurrection for those who serve Him.

Paul’s experience is not truly understood until this is grasped, nor will ours be unless we similarly interpret life in the ministry as a display that always includes the simultaneous show of Christ’s death and resurrection. I found that helpful and insightful. We learned last time that we are called to suffer and the reward will be our glory, that’s the fundamental foundation of redemptive history, but we are learning now, on this occasion, that we draw from both the death and the resurrection of Christ in our experience of ministerial suffering.

When we are brought to experience that which feels like death in suffering for Christ, we are immediately encouraged, because we are united to the risen Christ. The only people that are interested in a resurrected Lord are dead people. No one is interested in resurrection unless they first die, but the resurrection is not effectual until or unless someone dies. So, they are held together in our experience of ministerial suffering. In Christ, two eschatological events have transpired. He died, and in His death was the end of life in this present age. He also rose again, and in His resurrection is the beginning of life in the age to come. Those two experiences of Christ are ours. We are united to Him in His death and in His resurrection. We make testimony and display of that in the waters of baptism. Our union with Christ in His death and resurrection is the defining reality of our lives as Christians, and the pattern of our ministry as pastors.

Do you know what the first commandment is that Paul gives to the church in Rome? The first time in the letter to the Romans that he uses an imperative verb is in Romans 6:11, “Even so, consider yourself to be dead to sin, but alive to God in Christ Jesus.” This is how you must define yourself. You are dead in Christ to sin, you are united to Christ in all that He experienced, as being hated by the world. Again, as we saw last time, we are united in all that he experienced in his suffering. We are dead in Christ, but we are also united with Him, alive in Christ unto God, that we might live a life of resurrection power and victory, bearing fruit harvestable to the age to come, even now in this present age.

You notice that in this chapter, Paul tells us in verse 5, “We do not preach ourselves, but Christ Jesus as Lord, and ourselves as your bond-servants for Jesus’ sake.” So, in verse 7 Paul starts preaching himself as a bondservant. He tells them that he has a treasure, and that, I believe, is a reference to the gospel that he mentions in verse 3. This gospel in entrusted to Paul. It’s entrusted to him as an earthen vessel. He himself is the media through which this gospel is communicated, not only in his speaking, but even in his persona and his personal experiences in the ministry. This gospel is the power of God that was at work in Creation. The God who said, “Let there be light,” is the God who gives light to open our eyes, that we would see the glory of God revealed in the face of Jesus Christ. This is the power of life; this is the power of resurrection. It is the power to overcome the deception and the lies that are perpetrated by the Evil One. Power to overcome the death that grips those whose eyes are blinded and who are now perishing.

Everything about Paul was a communication of this powerful gospel: the gospel of Christ’s death and resurrection. Paul—as the vehicle through which this message is communicated—is a demonstration of weakness, a demonstration of crucifixion, a demonstration of death. It’s against the dark backdrop of that union with Christ in the cross that the power and light and life of the resurrection is made all the more vivid and all the more evident. You see it in the contrast in verse 10 and verse 11. Notice, these are experienced simultaneously. Paul does not say first and then second; he says both and simultaneously. Identified with the death of Christ, afflicted, and simultaneously united in the life of Christ, but not crushed. “Perplexed, but not despairing; persecuted, but not forsaken; struck down, but not destroyed.” Simultaneous union with Christ in His death and in His resurrection.

Scott Hafemann, in his commentary, writes on this verse, “Here Paul explicitly associates his suffering with the death of Jesus itself. In each case, Paul views his suffering to be a divinely orchestrated death, that like the cross of Christ, performs a revelatory function.” Most of the verbs in verse 10 are passive. Action is being done to Paul. You might ask who’s doing the action? Who’s acting upon Paul? Who’s bringing Paul into this affliction while at the same time sustaining him, that he’s not crushed? Who’s bringing Paul into this perplexity, while at the same time sustaining him, that he’s not being overwhelmed with despair? Who’s doing the action, if Paul is the passive recipient of this action? Well, the answer is: God.

These are divinely orchestrated experiences of suffering, so that in that context Paul himself, as an earthen vessel, becomes a demonstration of resurrection life and power. Unlike his experience in Asia that we looked at yesterday, where God delivered him, although Paul was convinced he was as good as dead. Unlike that, now Paul is brought into a prolonged experience of suffering. Notice how he describes it in verse 10. He speaks of his union in the dying of Jesus. Nekrosin, in the original; not thanatos, death itself, but this is a process of dying. It’s a continued and constant activity that characterizes Paul’s experience. Notice he says, “Always carrying,” and, “Constantly being delivered over to death.” It’s as though Paul describes himself as the very cross of Christ itself always carrying about the body of Jesus. He’s so united to Christ in his suffering, that he defines his suffering in terms of the cross itself.

C.K. Barrett, in his commentary, says, “One who observed Paul’s life as an Apostle would see constantly repeated a process analogous to the killing of Jesus.” The message of this crucified cross is conveyed, therefore, in Paul’s physical body. You would look at Paul, and you would get an illustration of something that looked crucified, that looked beaten. That’s how he describes himself when he tells us, in chapter 11 of 2 Corinthians, about his beatings and his lashings and his having been several times stoned. You would have seen scars on the body of the Apostle Paul!

He writes to the church in Galatians and tells them, “I bear on my body the brand marks of Jesus Christ.” You see, Paul wasn’t beaten because he was Paul. He was beaten because of his union with Christ, because of his message of Christ crucified, because he was called as an Apostle to suffer for Christ’s sake, and his suffering was to be itself a communication of the gospel of Jesus Christ.

When you would look at Paul you would see a man who was alive, but who, for all appearances, should have been dead. When he would tell you about his experiences, he wouldn’t tell you about, “Oh, I went and I planted this church here. I spoke to thousands of people here.” No. He said, “I was shipwrecked; I was beaten; I was starving; I was naked.” Humiliating things! Near-death experiences! And yet, never had you met a man more energetic in the gospel. “Working harder than the rest,” he says. A man who was tenacious. A man who was vibrant in his faith, in his hope, and in his love.

You see, while Paul is experiencing the suffering—notice what he says—while he is carrying, as it were, the body of Jesus in this earthen vessel, he is simultaneously demonstrating the power of the resurrection. Why does he experience this suffering? Verse 10, “So that the life of Jesus also may be manifested in our body.” Again, in verse 11, “So that the life of Jesus also may be manifested in our mortal flesh.” It’s not so that later on, afterward, secondly, we will then sometime later experience the power and life of Jesus. No. He says, “Also.” While I am in the midst of suffering, I am being sustained and enabled and empowered by the God who raises the dead, and by the risen Christ Himself. How is that life manifested? How is it made visible? How is it made something that we can see? Because the man perseveres! He continues, not crushed, not despairing, not forsaken, not destroyed.

That is our challenge in the ministry! To lay ahold of resurrection life. Not merely after we’ve experienced a period of suffering, but to lay ahold of resurrection life in the midst of the suffering itself. By faith, to make clear in verbal expressions, in emotional dispositions, and behavior patterns, to make it evident that although we are suffering, we are alive. We are alive in the risen Jesus Christ. If we don’t demonstrate that life, we give a distortion of the gospel, because we do communicate the gospel as pastors. Our personalities convey the gospel; our personal relationships convey the gospel; our lifestyles convey the gospel. You never stop being a pastor. You know that, right? If you are selling widgets, you would punch out at 5 o’clock and say, “I don’t sell widgets now. I go home, put on my husband hat, put on my daddy hat. I take off my widget-selling hat.” You never take off your pastor’s hat. It’s the life that you live. It’s who you are. It’s 24/7. You, as an earthen vessel, communicate the gospel.

If you think of suffering merely sequentially—first I’m going to suffer, then I will experience resurrection power—you will give a distorted view of the gospel. The picture that you will communicate is one of Jesus constantly hanging on the cross. There is a Christianity that’s like that. Roman Catholicism has Christ on a stick constantly on the cross, and suffering becomes the epitome of religious virtue. Yes, we will suffer, but we are in union with the risen Christ in the midst of the suffering. We don’t just present Christ on the cross. We do, but never apart from the demonstration of the risen Christ who is exalted in the right hand of our Father.

Here’s the reason. In 2 Corinthians 4:12 we read, “So death works in us, but life in you.” Again, Paul’s suffering was certainly sanctifying. It certainly was a crucible to enrich his faith, but as a pastor, as a minister, suffering is for the benefit of our people. Suffering is a context in which we are called to communicate the gospel, and to demonstrate living faith. It is to show, by our own experience, that we are overcomers, that we triumph over death, opposition, and the suffering of this present age. We too are going to suffer, and we must, in that suffering, prove our faith to be more precious than gold. Even though tested by fire, as Peter tells us in 1 Peter 1:6.

We need to understand that not only do our people listen to us when we speak from the pulpit, but they see us live our lives. They know the situation in which we are experiencing our own discipleship, and walk with Jesus Christ. We are to be a visual aid for them. We’re to stand against the idolatries that characterize our culture, the way Paul stood against the idolatries of Corinthian culture. In a culture that worships mammon; in a culture that pursues pleasure; in a culture that extols man and man’s achievements above God.

We are to follow Christ, and in this culture, with those cultural values, we will experience opposition. But remember what Christ has told us, “Blessed are those who have been persecuted for the sake of righteousness, for theirs is the kingdom of heaven. Blessed are you when people insult you and persecute you, and say all kinds of evil against you falsely, because of Me. Rejoice and be glad, for your reward in heaven is great; for in the same way they persecuted the prophets who were before you.”

We see first today, that death and resurrection are simultaneously experiences in suffering.

2) God’s grace is sufficient in suffering (2 Cor. 12:9-10).

Secondly, as we turn to 2 Corinthians 12, we consider that God’s grace is sufficient for us in suffering. 2 Corinthians 12:9-10, And He has said to me, “My grace is sufficient for you, for power is perfected in weakness.” Most gladly, therefore, I will rather boast about my weaknesses, so that the power of Christ may dwell in me. Therefore I am well content with weaknesses, with insults, with distresses, with persecutions, with difficulties, for Christ’s sake; for when I am weak, then I am strong.”

Phillip Hughes comments, “This is the summit of the epistle, the lofty peak from which the whole is viewed in pure proportion. From this vantage point, the entire range of Paul’s apostleship is seen and focused.”

Scott Hafeman says, “Thus the revelation of Christ’s power in Paul’s weakness (v. 9b) and Paul’s consequent contentment (v.10a) form the high point of his argument in this passage, and in so doing, provide a summary of the theological substructure of 2 Corinthians as a whole.”

Scholars point to this text and say, “This is how you’re to understand what Paul says to the church in Corinth.” This is what’s driving him. We saw last time, as he begins this second epistle, that right at the very beginning he brings to them a reminder of his near-death experience! Why? He constantly puts before them depictions of his weakness, depictions of his sufferings, and he knows he’s grating on their nerves. He’s offending their cultural sensibilities, and he’s doing so because he has to break through Corinthians culture to convince them to be followers of Christ crucified. In union with Christ, they experience the life of the risen Christ.

In verse 1, he tweaks it again. He’s been saying this constantly, but just to point it out he says, “Boasting is necessary.” Now, conveniently they might say, “Finally, he’s starting to be like one of us! Boasting!” To the Corinthian, he has become a Corinthian, and he’s going to boast. But they probably realize by now that whenever Paul says that, he’s using irony. He’s saying it sarcastically. In fact “boasting is necessary” could be a Corinthian slogan. That could be something that you saw on a bumper sticker on a chariot when you went down Main St. in Corinth. That was one of their cultural values. If you’re going to be anybody, you better boast about yourself. You better brag about yourself. You better look after number one!

Paul says, “Ok, I’ll continue this boasting.” Now, remember, he’s just finished in chapter 11 with this whole litany of his beatings and stonings and shipwrecks and hungers and all of the events that brought him nigh unto death. So, he says, “Alright, I’ll say some more things about boasting.” What does he talk about? “I was given a vision.” Again, they would be on the edge of their seats, because the false prophets claimed visions. “What’s Paul going to tell us about his vision? What is he going to tell us about his vision?” The answer is nothing. Nothing. He even begins by talking about himself in the third person. “I know a man,” but we realize later that he’s talking about himself. He doesn’t tell us what he saw. He tells us he heard words, but he doesn’t record a single word that Jesus spoke to him in that vision. But when we come to verse 9 he records every word that Jesus says to him, in the context of his suffering. That would have totally befuddled the Corinthians. They would think Paul would be silent about his suffering, and that he would tell us everything Jesus said to him in his vision, but he does the exact opposite.

He says, “It’s necessary in order that you might understand these false prophets who claimed visions. I know a man who had a vision. Yes, it was me. But I do not minister to you from my vision.” Did you know that Paul never preaches anything that he saw in that vision? He never begins one of his messages and says, “I have words to you from Jesus that I received when I had my vision.” He never says that. He preaches from his Old Testament in redemptive history. He draws upon his experience of meeting Jesus on the Damascus road. It’s very interesting to realize that when Paul talks about Jesus, he talks about Jesus in His glorification. Paul never knew Jesus in His humiliation. He met Him on the Damascus road. He has the most exalted Christology.

He will also draw upon the early church traditions of Jesus’ life and sayings, but he never preaches from his vision. It’s necessary in order to shut the mouths of these false prophets to say, “I had a vision.” They’re expecting him to say, “Ok, tell us what Jesus told you in the vision.” “I’m not permitted to say it, but I’ll tell you what He said in answer to my prayers.” He records those words, and they hear those words in the context of Paul, the earthen vessel, the weak, ugly, suffering Apostle.

You know that in verse 7 he makes mention of this thorn. He says, “Because of the surpassing greatness of the revelations, for this reason, to keep me from exalting myself, there was given me a thorn in the flesh, a messenger of Satan to torment me—to keep me from exalting myself!”

What is this thorn? Well, some say it’s a messenger from Satan, an Angelus, an angel from Satan. It’s a demon! Some say, “No. The thorn in his flesh were the false apostles. The enemies that had infiltrated the church in Corinth.” Others say, “No. It was a chronic, physical illness of some kind. Perhaps migraine headaches. Perhaps his problem with his eyesight.” You remember he told the Corinthians that they would have given him their eyes if they were able. Frankly, we don’t know what the thorn is. We don’t know what it is. Pastor Jeff Smith and I were speaking this morning at breakfast, and Pastor Smith commented, “It’s a good thing we don’t know what the thorn is!” Because it is not identified, we are all able to identify with it. We are all able to come to terms with what our thorn might be.

Now, this is a thorn that caused Paul’s suffering for over fourteen years, because in verse 1 he says, “Fourteen years ago I received this vision.” He tells us that on the occasion of having been given that vision he was also given this thorn. The lesson, the reason, was why? It says it twice in verse 7. Remember, when something is repeated in Scripture it’s emphasized. They didn’t have italics. They didn’t have bold. They couldn’t enlarge the font to 14 font, or capitalize letters. So, they repeated it in order to make the emphasis to the ear. He tells you why this thorn was given. It;s at the very essence of what he’s communicating to the Corinthian church. Why? “To keep me from exalting myself.” “To make sure that the last thing I am going to be is a bragging, boasting Corinthian. To keep me in a posture of humility.”

Notice again, that this thorn was given to Paul. It was a messenger from Satan, but it was given to Paul. Who’s doing the giving? God. God is the One who’s giving it. You see, this is like Job. Satan had liberty to cause all kinds of suffering having been given to Job. This is like Christian coming into the house of the interpreter. That little beam of light that shines in his path from the open door, and he hears the roaring of the lion and feels the wind of their claws coming near his head, but he knows the lions are chained. They’re kept under the sovereign purposes of God. It’s given to overcome his fear and walk down that straight, little, narrow light while the paws come close, but he pursues obedience, perseveres, and presses on.

So too this thorn is given. It’s designed from the Evil One. It’s evil, but it is given so as to keep Paul from exalting himself. The lesson is humility. Humility. It’s crucial that the Corinthians understand this, and it’s crucial that we in the ministry understand this!

Brethren, we can be so Corinthian, so American! “Where did you go to school? How many people are in your church? What conferences have you been invited to?” Pretty soon we’re competing with each other, and Paul says that’s not the way we boast in the Kingdom. “You want me to boast? I’ll tell you about God’s grace sustaining me in my sufferings. I boast in the cross of Christ.” The lesson is that of humility. We need to understand, brethren, the power of the gospel. The life-transforming power of God’s gospel is not powerful in the context of human pride.

“For thus says the high and exalted One who lives forever, whose name is holy. I dwell in a high and holy place, and also with the contrite and lowly spirit. In order to revive the spirit of the lowly and to revive the heart of the contrite.” (Isaiah 57:15.)

“But to this one I will look, to him who is humble and contrite of spirit, and who trembles at My word.” (Isaiah 66:2.)

Paul is an earthen vessel. That means he’s a cheap vase. He’s easily broken. He’s expendable. You break an earthen vessel, you could throw it away and replace it with another one. Paul was a plastic cup. You’re done with it, and you throw it away. Yet, in that plastic cup is the water of life; the communication of the gospel.

Timothy Savage, has a very helpful volume that is entitled Power Through Weakness: Paul’s Understanding of the Christian Ministry in 2 Corinthians. He writes, “Where there is pride and arrogance there cannot, by definition, be divine power.”

As his Master, who in Gethsemane prayed three times, so in verse 8, Paul implored the Lord three times. After that third petitioning, he came to the conclusion given to him by Christ. Verse 9, “My grace is sufficient for you, for power is perfected in weakness.” The word ‘sufficient’ means ‘adequate, satisfying.’ This word is translated elsewhere with the word ‘content.’ A synonym of this word is found in 2 Corinthians 3:5-6. “Not that we are adequate in ourselves to consider anything as coming from ourselves, but our adequacy is from God, who also made us adequate as servants of a new covenant.” Adequate by grace; grace that is sufficient; grace in which we can be content and satisfied.

Paul realizes that this messenger from Satan—whatever this thorn is—is something that God has orchestrated in his life, as His heavenly Father, to instruct him in Christ-like humility. Have you ever thought that there was none more humble than Jesus Christ? No man was ever more humble than Jesus Christ. It’s Jesus who says, “Learn of Me, for I am meek and lowly of heart. Take My yoke upon you.” Take discipleship upon you and learn the heart of Christ. The Lord, his Father, is teaching him the heart of Christ. He’s teaching him Christ-like humility.

The lesson comes as an axiomatic truth, as an undisputable, unbreakable truth. “For power is perfected in weakness.” Power accomplishes its purposes, comes to its goal in the context of weakness. The power here is the Lord’s power. There are some translations that include the personal pronoun, “My power is perfected in weakness.” We know that it’s Christ’s power, because it’s paralleled with the power of Christ, at the end of verse 9. The axiom can be stated in this way: Christ displays His power in and through weak, humble, obedient servants. Paul points to himself as a demonstration of this truth, and has reminded the Corinthians of his own, personal weakness.

But he has also pointed to the Corinthians and reminded them of their own weakness, as well. In 1 Corinthians 1:26 he says to them in effect: look around and see who is with you in the congregation. Look who God has chosen. The weak, the foolish, the base, the despised, the things that are not!

Paul especially points to the cross of Jesus Christ. There is a picture of weakness. Take the snapshot. Look at your God! Battered, bleeding, bruised, naked, impaled upon a cross. There’s something in you that says, “Lord, get down from there! That’s embarrassing! That’s weak! That’s repulsive! That’s disgusting!” But that’s essential to the communication of the gospel, to the accomplishment of our salvation. That is the heel of the seed of the woman coming down on the head of the serpent. As that heel begins to come down on the head, the fangs go into the heel, and the whole picture becomes a bloody mess. At first, the only blood you see is the blood of the heel of the seed of the woman, but after three days you hear a cranium begin to crack, because that heel belongs to the risen Christ. In resurrection power, that heel pushes off the head of the serpent, and his skull collapses, and Christ, in resurrection glory, overcomes.

That’s the way of the Lamb. That’s the way of Christian ministry. That’s the way of Christian discipleship. That’s the way in which we are called to overcome. That’s the way in which we are more than conquerors. Paul knows this is how the power of God works. This is how the power of God works! It’s when he embraces, in humility, the affliction and the tribulation that comes from outside, even when that affliction could be rightly seen as demonic in its energy and its deception and its lies, even when he has to confront, in a very immediate sense, his own death. In that weakness he understands that he will be given divine grace and divine power, and it will effect resurrection life in him either by delivering him from that threat, or sustaining him from that threat, or resurrecting him after that threat has actually killed him. Because, you know, there did come a time when Paul’s head was taken off of his shoulders. He wasn’t delivered, but he was sustained through death unto the glory of the resurrection.

So, that’s why Paul says that in verse 9. Pastor Martin and I reflected upon this briefly yesterday. This is so challenging. At this point we can say, “Ok, I see it. I see the cross, and resurrection. I get it.”

Then Paul says, “Most gladly, therefore, I will rather boast about my weaknesses, so that the power of Christ may dwell in me.” (2 Corinthians 12:10.)

“Rejoice and be glad, for your reward in Heaven is great!” “Blessed are you when you’re persecuted!” (Matthew 5:11-12.)

Be happy! This is a challenge for me, brethren. How I need resurrection power in my emotional obedience to Jesus Christ. Suffering. Okay. Frustration. Alright. Disappointments. Alright. I know what I’ve signed up for. Most gladly. Wait a minute. Rejoice! Really? Give me resurrection emotions. Deliver me from ministerial sins of chronic complaining, and chronic frustration that doesn’t tap into the power and glory of our risen Saviour.

Paul says, “I am going to gladly boast to you. I’m going to put a smile on my face and experience resurrection life in my emotions, and I’m going to boast about my weaknesses, not my accomplishments, but my weaknesses. Because that’s the context in which the power of Christ dwells in me.” Now, here is an interesting word. This word ‘dwell’ is the word ‘tabernacle.’ It’s a noun, ‘tabernacle,’ turned into a verb. The power of Christ tabernacles in me. In my weakness, in my union with the risen Christ, I truly become a temple of the Living God. I become a tent, a tabernacle in which the Living God is present! When He is present, I am empowered.

I sometimes think of the Israelites moving across the desert, and the presence of God dwells in the tabernacle. You would know that God was tabernacling with the Israelites during the day, because there was a huge pillar of cloud that went up from the tabernacle into the heavens. You knew that the presence of God was tabernacling with the Israelites at night, because there was a huge pillar of fire that went up from the tabernacle into the heavens.

I can just imagine some of the enemies of Israel watching them from a distance, looking for an opportune time to make an attack. One of them looks to the other one and saying, “They look vulnerable, but what’s that big pillar in the middle doing? What is that? I’ve never seen that before?” “Well, it looks like a cloud, let’s wait and come back tonight. We’ll see if we can ambush them then.” They come back and now it’s turned into a pillar of fire! They look at their spears and arrows and think, “I am not going near this thing. Their God dwells with them. Their God is empowering them!” Indeed, the nations soon learned that the God of Israel was destroying every enemy that the Israelites confronted, because He tabernacled with them. He tabernacled with them.

That’s what Paul was telling us. Do you want the dwelling of God? Do you want God to dwell with you, to dwell in you? Then embrace this way of ministry: “Most gladly I will boast in my weaknesses, because when I am weak, then I am strong.”

Now notice, Paul doesn’t say, “If I am weak,” but, “When I am weak.” He goes on in verse 10 to say, “Therefore, I am well content with weaknesses.” The word ‘content’ means ‘I think good about it.’ ‘I value it as something good.’ I see it as another synonym as that sufficiency in verse 9; that adequacy that God gives us to be servants of the New Covenant in chapter 3:5-6. Again, Paul lists these things that would have been very offensive or impulsive to the Corinthian. Weakness, insult, distress, persecution, difficulties, but all for the sake of Christ, and in union with Christ, experiencing the strength of Christ. That’s the power. It’s the word ‘power’ there. Resurrection power. “My power.” The power of the risen Christ is given to His humble, weak, believing, obedient servants.

Application.

What can we say by way of application as we conclude our study?

1. Avoid non-biblical, non-Christian approaches to suffering.

The first is this: brethren, avoid non-biblical, non-Christian approaches to suffering, especially you brothers who labor in predominantly Roman-Catholic contexts. Your people are exposed to a twisted view of suffering. Their culture communicates the idea that suffering, in and of itself, is virtuous, and the more suffering, the more virtue. That is an unbiblical notion. Suffering, in and of itself, is not uniquely Christian! Suffering as a Christian, suffering Christ-like, Christianly—that is unique. The experience of suffering, in many ways, is common to all men in our fallen place, but we are called to certain dimensions of suffering for Christ’s sake which are unique. We need to have biblical perspective on this experience of suffering.

We do not approach suffering like the Stoics, endeavoring to obtain self-mastery, the power of positive thinking, and fending off any emotional distress or pain. That’s not what Paul articulates. That’s not what David expresses when you read the Psalms. You know David is experiencing pain. Why? He’s crying out! He’s expressing his distress. He’s experiencing the suffering. He doesn’t cauterize himself, and render himself unfeeling and unable to enter into real pain. When we suffer, we hurt! When we experience trauma, it’s traumatic. When we have needs, we cry out to God. We don’t suppress those things, we express them.

When my children were young, and we would get a thunderstorm, I knew they were up in bed, quaking in their sheets. I would go up and tell them, “Don’t you be afraid, you three year old sissy!” No. You would repeat the Psalm, “When I am afraid, I would put my trust in Thee.” There are a lot of things in life that are scary. You don’t teach the child, “Don’t be afraid.” You teach the child how to be obedient when he experiences fear. You put your trust in the Lord, and you cry out to the Lord. You don’t cauterize your emotions. You ask for the experience of resurrection power in the midst of the weakness.

You don’t develop, on the other hand, a martyr complex in which you make suffering into the epitome of religious virtue. Notice, “When I am weak.” It’s not, “If I am weak.” If Paul says, “If I am weak, you would get the impression of, “I better pursue suffering, because unless I am weak, I am not going to experience communion with the risen Saviour. Somehow, my communion with the risen Saviour is contingent on my becoming weak and suffering.” He doesn’t say, “I want you to actively pursue suffering, because unless you are weak and pursuing suffering, you will not experience the communing power of Christ who tabernacles with His people.” No. We’re not to develop a martyr complex or a martyr theology. We’re not to actively seek suffering, but brethren, on the other hand, we are to expect that we will suffer, that there will be a ‘when’ in our lives.

We don’t get to decide how we are to suffer for Christ. We don’t get to choose the kind of suffering that Christ is going to bring to us and say, “I want you to communicate the power of the resurrection in the context of this suffering that I am orchestrating in your life.” We don’t get to choose that. We don’t get to come to Christ and say, “Lord, I don’t want this kind of suffering. I prefer to have this kind of suffering.” He says, “No. You will go the way that I will direct for you.”

For some of us, we’re called to pastor our people in the context of the pain of having unbelieving children. Our people know that. They see our parenting; they hear our preaching; they see our lives. They know that having an unbelieving child breaks our hearts, and yet they hear the voice of rejoicing, they hear the voice of praise. It’s in the midst of that suffering that we display the gospel. We didn’t chose that. We might have chosen some other course of suffering, but that’s the path of discipleship Christ has laid out for us.

Some of us experience the division in the local church: disruption, disunity. As a shepherd, it breaks our hearts. We come into the prayer closet weeping, and we come into the pulpit with our hearts breaking with the thumping up in the jugular vein, because your emotions are so rung out for the people. You’re ministering in a time of suffering when you know that that one sitting there is harboring ill thoughts towards you, and that one sitting there is in conflict with that one over there, and that one back there is gathering a little group of slanderers and gossipers. Yet, you are to display the triumph of the resurrection, and it’s a path of suffering. You maybe wouldn’t have chosen that. You don’t get to choose when, and you don’t get to choose the nature of your suffering, but when you suffer, be encouraged! Be encouraged! That’s our second point.

2. When you are called to suffer, perceive the opportunity to illustrate the gospel.

When you suffer, understand that God has given you an opportunity to be an illustration of the gospel, and to make it evident to those who love you, nearest to you. That’s my challenge. I am sometimes able to demonstrate reasonable gospel peace in front of my people, but my poor wife hears me at my worst. Can I truly, with gladness, endure suffering that will even edify my wife? See this as an occasion in which Christ’s death and resurrection is to be displayed in my humanity, as an earthen vessel!

Paul does not give up on this theme. Look what he says in 2 Corinthians 13:4. “For indeed He was crucified because of weakness, yet He lives because of the power of God. For we also are weak in Him, yet we will live with Him because of the power of God directed toward you.” He is relentless in his pursuit of our union with Christ in His suffering and in His resurrection.

How can we illustrate the power of the gospel when others are watching us? Because when we suffer, others watch us! Let them hear words of faith from us, words of contentment, words of cope, words of confidence. Let them see that we are experiencing the sustaining grace of Christ. Let us not display impatient anger, retaliatory resentment, and accusing blame-shifting! May God forgive our pastoral sins!

The people of God and the unconverted are watching when we are brought into crucibles of affliction. God is giving us an opportunity to be poured out as a sacrifice for the sake of others, so that our lives, not only our preaching, but our lives would be a communication of the gospel for the benefit of others. So that we might say, “Afflicted, but not crushed; perplexed, but not departing; persecuted, but not forsaken; struck down, but not destroyed.” Demonstrate and declare the glorious gospel of Jesus Christ in the midst of your suffering.

3. Draw near to Christ in worship.

Draw near to Christ in vigorous worship, because it is in the midst of your weakness that Christ tabernacles with you. He tabernacles. It’s the language of worship. It’s the language of praise. It’s the privilege of drawing near to Christ—as He is exalted upon His throne—and bowing down, worshiping, and adoring Him.

I believe there are many of us that would give testimony to the truth: that we’ve never experienced the sweetness and the comfort and the mercy of Christ more than when we’ve been brought into the crucibles of affliction, and times of intense suffering. Why is that? Because He tabernacles with you. When you’re in pain, don’t run from Him. Don’t try to handle it on your own, and get all mad and angry because you can’t control the situation. Don’t be getting angry, blaming this one and blaming that one and blaming something that happened to you when you were six. Put your eyes upon Christ, and experience the indwelling presence of His Spirit. Be invigorated with the realization that your Father is bringing you into conformity with His Son, and taking you down the way of the Lamb; conforming you to Christ in His sufferings and in the power of His resurrection. So that in all these things, we are more than conquerors through Him who loves us. Amen.

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2015 Pastors’ Conference | Ministerial Suffering (1)

El sufrimiento en el ministerio I

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El sufrimiento en el ministerio I

Dr. Alan J. Dunn

Inclinemos nuestros rostros en oración y pidamos la gracia de Dios sobre el tiempo que compartiremos en Su Palabra.

Nuestro bondadoso Padre, imploramos en Tu nombre por medio de la fe en Cristo Jesús. Nuestros ojos están puestos sobre nuestro exaltado Salvador y ahí vemos al Cordero de pie, como inmolado. Imploramos que nos enseñes cómo hemos de ministrar este evangelio, no solamente con nuestras palabras, sino por medio de nuestras vidas y nuestras experiencias. Consuélanos, fortalécenos en nuestra debilidad y úsanos para la gloria de Cristo Jesús, esta es nuestra oración. Amén.

Hablaré sobre el tema del sufrimiento ministerial. Vamos a considerar el tema de los escritos de Pablo a la iglesia en Corinto de forma particular. Su argumentación es que sus sufrimientos demuestran que él es un apóstol de Jesucristo, en contraste con los falsos apóstoles que se habían introducido en la iglesia y que tentaban a la iglesia para que dejara su relación con Pablo y su confianza en el evangelio.

Ahora, antes de entrar en este tema, quiero empezar afirmando que estoy convencido que el estar en el ministerio es un privilegio. Digo como el apóstol: «Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me ha fortalecido, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio» (1 Timoteo 1:12). Me regocijo en el privilegio de ser un ministro del evangelio de Jesucristo. A menudo le doy gracias a Dios por el tipo de trabajo que me ha puesto a hacer. Los hombres en mi iglesia trabajan «como para el Señor» (Colosenses 3:23), pero su trabajo no tiene la importancia eterna que el mío posee. Con frecuencia tienen que salir de sus hogares muy temprano, viajar una hora hacia el trabajo y después viajar de regreso a casa por la noche. Llevan a cabo su labor en un ambiente laboral donde están rodeados de incrédulos, a menudo en un contexto de hostilidad donde existen agendas que se oponen intencionalmente a las cosas de Cristo. A medida que envejecen, se enfrentan con la inseguridad laboral. Muchos de estos asuntos que atormentan a mis hermanos no me tocan a mí.

Puedo estudiar la Palabra de Dios y orar. Puedo hablarles a las personas acerca de Aquel a quien amo sobre todas las cosas y también acerca de las cosas más importantes y más apremiantes. Disfruto de la oportunidad de tener comunión con el pueblo de Dios, no solamente en mi propia congregación, sino también en otras congregaciones. «En cuanto a los santos que están en la tierra, ellos son los nobles en quienes está toda mi delicia» (Salmo 16:3). No hay gente como la gente de Cristo y es un privilegio el trabajar entre el pueblo de Cristo y ser un ministro del evangelio de Jesucristo.

Estos privilegios conllevan sus retos. El ministerio pastoral tiene sus propios espinos y abrojos peculiares, pero quiero comenzar nuestro estudio sobre el sufrimiento ministerial con esta nota de gratitud a Jesucristo por el privilegio de haberme colocado en el ministerio. Nuestra labor no es en vano, hermanos, y es un privilegio.

A pesar de esto, existen dimensiones en nuestra labor como pastores que son únicas al ministerio pastoral. Esa dimensión única tiene que ver con el corazón de un pastor. Los hombres a quienes se les ha otorgado un corazón pastoral también son llamados a una experiencia única de sufrimiento ministerial. El verdadero pastor no es un asalariado, sino que les importan las ovejas, como nos dice Jesús en Juan 10:13.

Pablo describe el ministerio que llevó a cabo en la iglesia en Gálatas. En Gálatas 4:19, él dice: «Hijos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros». Compara el ministerio pastoral a una mujer que tiene dolores de parto, que está sufriendo las contracciones de dar a luz a un hijo. Estas son contracciones dolorosas que con frecuencia dan lugar a la frustración, y que no producen fruto, sino solamente una oportunidad para sufrir aún otra contracción dolorosa.

Recuerdo una reunión con el pastor Martin en el 1983. Fue uno de nuestros primeros encuentros. Yo tenía 29 años y estaba en mi segundo año del ministerio pastoral. Nos reunimos en el despacho del pastor Martin y hablamos acerca del ministerio pastoral. En ese entonces, él estaba pasando por un crisol de sufrimiento. Sus ojos se llenaron de lágrimas y me dijo algo como lo siguiente: «Cuando ya no hay dolor, entonces ya no eres pastor». Me quedé atónito. Estaba en el segundo año de mi ministerio. Me sorprendió. El dolor, la angustia inesperada es uno de los factores que saca a los hombres del ministerio.

Recientemente leí que, desde la década del 1970, la cantidad de hombres que han renunciado a la labor pastoral en los primeros cinco años de entrar en el ministerio se ha cuadruplicado. La generación que Dios nos ha llamado a servir es difícil. La civilización occidental ha producido a personas con retos y necesidades únicas. Resulta interesante ver que son personas muy similares a las que estaban en la iglesia en Corinto. Vamos a considerar unos pasajes de Corintios. ¿Por qué? Porque el tema principal es la defensa que Pablo hizo de su propio ministerio a una iglesia que, en muchas maneras, rechazaba las realidades del evangelio.

Vemos en Hechos 9 que el Señor le cuenta a Ananías acerca del ministerio de Pablo y también le dice qué debe decirle al apóstol. En el versículo 15 y 16 de Hechos 9: «Pero el Señor le dijo: Ve, porque él me es un instrumento escogido, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre». Desde el principio, el ministerio de Pablo estaba marcado por dos dimensiones: llevar el nombre de Cristo, la proclamación del evangelio, y su propia experiencia de sufrimiento. Ahora, me gustaría hacer cinco observaciones preliminares.

1. La distinción entre el sufrimiento del Apóstol Pablo y nuestro sufrimiento

En primer lugar, debemos hacer una distinción entre el sufrimiento del Apóstol Pablo y nuestro sufrimiento como pastores y discípulos de Jesucristo. El sufrimiento de Pablo era parte de su ministerio apostólico. Tenía un aspecto de revelación. Era parte de su predicación, del servicio apostólico que brindaba a Cristo. El evangelio se transmitió a los corintios no solamente por medio de la predicación de Pablo, sino que también se reveló por medió de la forma en la que Pablo ejerció su ministerio. Se manifestó, no solamente en el mensaje de Pablo, sino en la forma en la que él presentó este mensaje, en el hombre mismo, particularmente en su debilidad y sufrimiento. No podían aferrarse a Cristo y rechazar al Apóstol Pablo. No podían aferrarse a Cristo y rechazar la forma en la que Pablo proclamaba el evangelio, en necedad y en debilidad. No podían rechazar a Pablo en su ejemplo de sufrimiento.

En 2 Corintios 4:5, Pablo les dice: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús». Era necesario que entendieran el señorío de Cristo, así como el ministerio que el Apóstol Pablo ejercía como servidor. Ellos habrían rechazado la idea de Pablo como un siervo. No es algo que los corintios hubieran deseado alcanzar. Él no habría deseado hacerse un siervo. Tenía una alta opinión de sí mismo y el ser un siervo debió haberle causado repulsión. Pero tenían que superar la ofensa que sentían al escuchar la forma de hablar de Pablo, y la ofensa de la apariencia de Pablo, la debilidad de Pablo, el sufrimiento de Pablo, porque es en esa debilidad, es en el testimonio del sufrimiento, que Pablo transmite el evangelio.

Nuestro sufrimiento no es parte de la revelación. Cuando sufrimos lo hacemos para el beneficio de los demás, para ser un ejemplo. No como parte de la revelación sino como ejemplo. Aunque proclamamos la Palabra de Dios, nuestra predicación no es parte de la revelación y nuestra experiencia de sufrimiento en el ministerio no es parte de la revelación. Pero nuestra experiencia en el ministerio sí es parte de nuestro llamado. Es parte de nuestro servicio, de nuestra labor ministerial. Es parte de nuestro caminar personal con Cristo. Cómo discípulos de Cristo y ministros del evangelio, seremos llamados a cierta medida de sufrimiento.

En el capítulo 1 de 2 Timoteo, Pablo le escribe a Timoteo, su hijo en el evangelio: «Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, prisionero suyo, sino participa conmigo en las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios, quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad, y que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio, para el cual yo fui constituido predicador, apóstol y maestro» (2 Timoteo 1:8-11). Pablo dice: «Participa conmigo en las aflicciones por el evangelio… [habiendo sido] constituido predicador, apóstol y maestro». Cuando nos inscribimos para servir a Cristo como predicadores y maestros, nos hemos inscrito en un singular trayecto de sufrimiento. Dice Pablo: «Quiero que participes en mis sufrimientos».

En 1 Pedro 4:13, Pablo nos dice que compartimos los sufrimientos de Cristo. Ahora, esto no significa que nuestros sufrimientos sirven para hacer expiación a favor de otros, pero sí significa que somos partícipes con Cristo en Su sufrimiento, en Su muerte, en Su cruz, en Su resurrección. Cómo discipulos, se nos explica que sufriremos. «Porque a vosotros se os ha concedido por amor de Cristo, no sólo creer en El, sino también sufrir por El, sufriendo el mismo conflicto que visteis en mí, y que ahora oís que está en mí» (Filipenses 1:29-30).

De nuevo, en Romanos 8:16-17: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con El a fin de que también seamos glorificados con El». Entonces, la primera observación preliminar es que existe una diferencia entre nuestro sufrimiento y el sufrimiento de Pablo. El de él es parte de la revelación. El de nosotros debe ser ejemplar.

2. Pablo no nos llama a sufrir por sufrir

La segunda perspectiva es que Pablo nunca llama a los corintios a sufrir por sufrir. Él no expone lo que nosotros llamaríamos una «teología de martir». Nunca se nos anima a buscar el sufrimiento. Se nos llama a ir en pos de la santidad, pero se nos dice que, en la búsqueda de la santidad, nos encontraremos con la oposición de un mundo impío. Nos encontraremos con la oposición de un mundo que odia al Cristo que amamos y servimos.

Nunca se nos llama a provocar el conflicto con el mundo, pero de nuevo, el mundo está en conflicto con nuestro Señor. Por lo tanto, encontraremos que el odio que el mundo le tiene a Cristo también lo dirige hacia nosotros. Pablo nos dirá que estamos llamados a sufrir, pero nunca nos dirá que debemos buscar el sufrimiento. Busquemos a Cristo e indiscutiblemente nos encontraremos con oposición en el camino.

3. ¿Por qué la certidumbre casi inevitable del sufrimiento?

En tercer lugar, ¿por qué es el sufrimiento inevitable para nosotros? Hay dos razones básicas.

Una tiene que ver con nuestro enemigo: Satanás. Pablo les dice a los Romanos en Romanos 16:20: «Y el Dios de paz aplastará pronto a Satanás debajo de vuestros pies». Nosotros, como la simiente de la mujer, estamos en guerra con el maligno. La estrategía de esta guerra exige que el maligno hunda sus colmillos en nuestro calcañar. En esta guerra somos llamados a experimentar una medida de sufrimiento. No luchamos según la carne. Destruímos especulaciones y todo pensamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10:5). Nos relacionamos con personas quienes son engañadas por nuestro adversario. Se nos llama a participar en una estrategia de guerra que conlleva sufrimiento.
No sufrimos solamente por causa de Satanás, sino que también sufrimos por Cristo porque estamos unidos a Él en Su cruz y en Su resurrección. Esta es la parte crucial del sufrimiento de Pablo que debemos entender: en su sufrimiento él les presenta a los corintios y a nosotros, por así decirlo, una extensión humana de la misma cruz de Cristo. Vemos aquí algo que se asemeja a Cristo, y se nos llama a algo que se asemeja a Cristo en esta época actual donde vivimos en el «ya pero todavía no». Hemos de sostener esta relación con la muerte y la resurrección: resucitados en Cristo, unidos en Cristo a la gracia y el poder del siglo venidero. Pero, al mismo tiempo, debemos vivir en la época presente y se nos llama a seguir los pasos del Cordero donde nos enfrentamos a Satanás, a la cruz. Seremos aquellos que han de sufrir.

4. La gracia de Dios para con los que sufren

En cuarto lugar, consideremos la gracia que Dios nos da en medio del sufrimiento. Dios llevará a cabo una de dos cosas a nuestro favor en medio del sufrimiento.

En primer lugar, nos librará de nuestro sufrimiento. Vemos esto en la experiencia de Pablo. Dios o elimina el peligro o saca a Pablo y lo libra del sufrimiento. En segundo lugar, Él le otorga a Pablo la gracia que necesita para soportar el sufrimiento. Cómo consideraremos la próxima vez, Él no le quita la espina, pero le otorga la gracia para glorificar a Cristo en medio de la debilidad y el dolor.

Los resultados del sufrimiento

Finalmente, como observación preliminar, hay dos resultados principales que brotan del sufrimiento ministerial.

El primero es el beneficio que recibe el pueblo de Dios. Repetidamente, Pablo deja claro que no sufre por sufrir. No sufre como algún martir en el sentido de pensar que cuanto más sufre, más virtud alcanza. Sufre para el beneficio del pueblo de Dios en Corinto. Él quiere que ellos sepan que su sufrimiento es para el beneficio de ellos, para que ellos reciban el ministerio del evangelio.

El segundo propósito del sufrimiento es inspirar la adoración y la alabanza a Dios, desplegar la gloria del evangelio de Dios y ser causa de alabanza y accion de gracias cuando Dios libra a Sus siervos del sufrimiento y los sostiene en medio de él, y lo hace como el Dios que levanta a los muertos, el Dios que triunfa sobre la muerte y el sufrimiento. Así que, nuestro sufrimiento siempre tiene un propósito. Siempre tiene un propósito, para el beneficio del pueblo de Dios y para Su gloria.

1) Pablo como una demostración del evangelio (1 Corintios 4:9)

En primer lugar, consideremos a Pablo como una demostración del evangelio. Antes de entrar al tema del sufrimiento en sí, per se, quiero que consideremos, basándonos en 1 Corintios 4:9, a Pablo como una demostración del evangelio.

En 1 Corintios 4:9 leemos: «Porque pienso que Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles en último lugar, como a sentenciados a muerte; porque hemos llegado a ser un espectáculo para el mundo, tanto para los ángeles como para los hombres». Ahora, nosotros conocemos el contexto. Los corintios estaban dividos y cada cual se identificaba con su predicador célebre. Competían entre sí y se jactaban en su orgullo, de manera que Pablo los reprende en el versículo 6 y en el versículo 7: «Porque ¿quién te distingue?» ¿Por qué te jactas como lo haces? En el versículo 8 vemos que han sido infectados con una escatología sobrerrealizada. Enfatizan lo que ya tenemos aquí sin hacer un equilibrio con lo que todavía ha de venir. Pensaban que ya se habían hecho ricos, ya habían llegado a reinar. Pablo les dice: «¡Ojalá fuera cierto! Permítanme que les diga lo que pienso». Es una forma de sarcasmo. Bueno si todos estamos dando nuestra opinión, aquí está la de Pablo: ustedes no son ricos y no han llegado a reinar.

Él les dice: «Estamos en exhibición. Dios quiere que ustedes vean algo en nosotros. Dios nos ha puesto de exhibición». La palabra «exhibición» significa presentar algo públicamente. Uno va a un museo para ver una exhibición. Ahí está con las luces enfocadas sobre ello. Hay una obra de arte y nos reunimos ahí para considerar lo que se está exhibiendo.

Consideremos que él hizo un «espectáculo» de nosotros. Tiene que ver con la palabra «theatron». De esta palabra obtenemos la palabra «teatro». Los corintios estaban familiarizados con lo que se hacía en los teatros. Era donde se presentaban los espectáculos. En particular, era donde se asistía para ver las peleas de los gladiadores. Era donde iban para ver los dramas y las obras teatrales en las cuales se recreaban las grandes batallas de su ejército y los grandes acontecimientos de su cultura. Pablo utiliza esta palabra y se describe a sí mismo como un gladiador que es derrotado en el conflicto.

Un autor escribe: «Parece que a los apóstoles no se le daba más importancia que a los gladiadores que derramaban su sangre en el coliseo para proveer un espectáculo público divertido. Indudablemente, a los corintios debió de haberles dado vergüenza el estar recostados en los mejores asientos para simplemente aplaudir o hasta sisear». Pablo dice: «Dios les ha otorgado algo que mirar, una exhibición. ¿Quieren un espectáculo? ¿Quieren un evento de gladiadores? En último lugar, somos como hombres condenados a muerte». Entonces pensarían en cómo terminaría el evento de gladiadores. Vemos a dos hombres que están luchando el uno con el otro. Están fatigados, débiles por causa de las peleas que han librado anteriormente. Uno de ellos tiene que perder, porque está condenado a muerte. Cuando cae al suelo, el otro gladiador está listo para traspasarlo y la multitud lo condena a muerte.

Pablo dice: «Ahí tienen su espectáculo. Esto es lo que observarán cuando consideren mi persona y mi vida. Me veran como si estuvieran en un teatro, mirando a un gladiador que ha sido condenado a muerte». ¡Qué despliege de humillación y derrota! Pablo dice: «Pero esta estrategía es la que miran los ángeles, porque no peleamos contra sangre ni carne». Esta es la estrategía que se muestra a los hombres y que tienen el propósito de destruir las especulaciones arrogantes y los pensamientos altivos que se levanta contra el conocimiento de Dios. Esta es una táctica de guerra que nos lleva a la unión con el Cristo que aplastó la cabeza de la serpiente en la cruz y triunfó en el poder de la resurección. La imagen que presenta Pablo de sí mismo hubiera causado repulsión en los corintios.

Debemos escuchar estas palabras y darnos cuenta de cuan desagradables hubieran sido para esta congregación en Corinto. Consideremos lo que él continúa diciendo en el versículo 10: «Nosotros somos necios por amor de Cristo, mas vosotros, prudentes en Cristo; nosotros somos débiles, mas vosotros, fuertes; vosotros sois distinguidos, mas nosotros, sin honra. Hasta el momento presente pasamos hambre y sed, andamos mal vestidos, somos maltratados y no tenemos dónde vivir; nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; cuando nos ultrajan, bendecimos; cuando somos perseguidos, lo soportamos; cuando nos difaman, tratamos de reconciliar; hemos llegado a ser, hasta ahora, la escoria del mundo, el desecho de todo». Si estuvieramos grabando a la congregación en Corinto, no escucharíamos a la gente decir amén, amén. Los escucharíamos expresar asco y disgusto: «Son cosas terribles. ¿La escoria del mundo? ¿Mal vestidos?»

La manera en la que se presenta Pablo desafía el sistema de valores de los corintios. Hace esto no solamente por medio de sus palabras sino por medio su persona y através de las experiencies que Dios le trae en la trayectoria de su ministerio.

Esto nos lleva a la cuestión de la aplicación y es esta: ¿es necesario que los cristianos vean el evangelio? ¿Necesitan ver el evangelio? Con razón enfatizamos la importancia del oír. «El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias», es una frase que se repite después de cada carta que Cristo escribe a las iglesias en Apocalipsis 2.

En 2 Corintios 4:2, Pablo afirma: «…hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino que, mediante la manifestación de la verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo hombre en la presencia de Dios». Cómo el Pastor Meadows nos ha estado instruyendo, debemos ser hombres que sean una encarnación de la verdad. La palabra «manifestación» significa llevarla a la luz para que sea evidente, para que sea obvia. Pablo dice: «Cuando ustedes me escuchan, oyen palabras de verdad. Cuando consideran mi vida, ven una manifestación de la verdad», una demostración que se adhiere genuinamente al mensaje del evangelio que se predica.

Pablo era una encarnación de este mensaje y no podía predicar al Cristo crucificado y a la vez tener la apariencia de alguien impresionante para los corintios. ¡La crucifixión no es estupenda! Será una encarnación del mensaje, particularmente con su sufrimiento.

Robert Plummer establece una relación entre el sufrimiento de Pablo y la proclamación del evangelio. Declara: «Pablo piensa que el sufrimiento no solamente acompaña la proclamación del evangelio, sino que es una proclamación del evangelio». Como podemos ver, Pablo mismo es el medio por el cual se comunica el evangelio. Plummer afirma: «El que transmite el mensaje es una ilustración del contenido del mensaje». No podemos predicar al Cristo crucificado y también ser figuras impresionantes en nuestra cultura. El mensajero se alínea al mensaje y de esta manera los que no fueron testigos oculares de la crucifixión de Cristo todavía recibieron una ayuda visual, si lo podemos decir así, del evangelio. Se les otorga un siervo sufriente, el mismo Apostol Pablo. El reto para nosotros es que también debemos ser una encarnación de nuestro mensaje. También debemos ser ejemplos emblemáticos del mensaje que proclamamos.

El método de Dios no es dar a la Iglesia nuevas estrategias, programas, artilugios y tecnologías. Su método es enviarles un hombre: tú. «Vino al mundo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan». Es así que Juan comienza su evangelio en Juan 1:6. Ahí lo tienen. ¡Así comienza la nueva historia de redención! ¿Comienza con un anuncio de trompetas? No. Llega un hombre que es envíado por Dios con un mensaje y él mismo es el emblema de ese mensaje, a medida que llama a los pecadores al arrepentimiento y a la fe en Jesucristo.

Me gustaría compartir algo de mi opinión acerca de lo que ocurre en nuestra cultura hoy en día. Por alguna razón, el hacer películas de Jesús ha empezado a popularizarse. También se hacen programas de televisión acerca del libro de Hechos, sobre Noé y otras películas acerca de los personajes de la Biblia y las historias bíblicas. Se producirá una película del Apostol Pablo que está programada para estrenar dentro de un par de años. No me haré señor de sus consciencias, pero no les recomiendo que se expongan a esas imágenes visuales. No recomiendo que vean esas imágenes visuales. No recomiendo que se lleven esas imágenes visuales a la mente. Condicionará la manera en que se lee la Biblia. Esas imágenes comenzarán a influenciar la manera en que se interpreta las Escrituras. Te animo, como lo he hecho anteriormente, a que exhortes a tu congregación para que no se expongan a esas películas.

Pero Dios les ha dado algo que sí pueden ver. Dios les ha provisto algo que pueden mirar: tú. Les ha dado una imagen visual: tú. Les ha dado una exhibición de una vida transformada por la gracia. Les ha provisto una representación visual de un hombre que está unido a Jesucristo por medio de Su vida y resurección. Tú, un pecador que se ha convertido, un siervo dotado de Jesucristo, que vive su vida con integridad delante de su congregación. Ellos conocen tús aflicciones, conocen tus dificultades y tus defectos y ven como vives la realidad del evangelio, no solamente cuando estás en el púlpito, sino en medio de ellos. Tú eres la representación visual que Dios le ha otorgado a Su pueblo. Ellos necesitan escuchar y necesitan ver. Ellos te escuchan, te oyen y también te observan. Y tienen una razón válida para hacer esto porque, así como Pablo, nosotros también hemos de ser una demostración del evangelio.

2) La liberación de Pablo de la muerte (2 Corintios 1:8-11)

En segundo lugar, en 2 Corintios, capítulo 1, vemos la liberación de Pablo de la muerte. En esta ocasión, en lugar de otorgarle la gracia para soportar el sufrimiento, Dios rescató al apostol de la muerte. 2 Corintios 1:8-11: «Porque no queremos que ignoréis, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia, porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos, el cual nos libró de tan gran peligro de muerte y nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que El aún nos ha de librar, cooperando también vosotros con nosotros con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don que nos ha sido impartido por medio de las oraciones de muchos».

Bien, ¿a qué se refiere Pablo en este pasaje? ¿De qué está hablando? Los eruditos no están seguros a qué se refería Pablo. Algunos señalan 1 Corintios 15:32 donde Pablo dice: «Si por motivos humanos luché contra fieras en Efeso, ¿de qué me aprovecha?» Pero Pablo no dice que en verdad luchó con fieras en Éfeso. Lo que dice es: «Si lo hubiera hecho».

De la misma manera, cuando dice en 1 Corintios 13:3: «Y si diera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado», está hablando hipotéticamente. No sabemos con seguridad. No podemos aseverar que Pablo luchó con fieras en Éfeso. Está usando un ejemplo hipotético. Pero él sí sufrió algo y es a lo que se refiere. Los lectores en Corinto conocían los detalles porque él no los repite; ellos sabían a cuál evento él hacia referencia. Fue un acontecimiento que llevó a Pablo al límite de su persona, hasta la misma puerta del infierno. Él estaba excesivamente agobiado. [Esta carga] era superior a sus fuerzas. Había llegado al límite de su propia capacidad humana. Notemos como enfatiza la muerte. En el versículo 8: «Perdimos la esperanza de salir con vida». En el versículo 9: «La sentencia de muerte». En el versículo 10: «[el] gran peligro de muerte».

Ahora, «la sentencia de muerte» puede ser una referencia a una corte humana que realmente le había dado una sentencia de muerte a Pablo y que hemos internalizado esa sentencia (?). Pablo estaba seguro que era un hombre muerto. Una cosa es que hoy reconozcamos que algún día moriremos, pero otra es saber que mañana por la mañana seremos ejecutados. Esta es la situación en la que se encuentra Pablo. En lo que a él respecta, la vida ha llegado a su final. Él está a punto de morir. Mañana morirá. Humanamente hablando, no hay manera de escapar su muerte inminente. ¿Cual es su entendimiento sobre estas cosas? Versículo 5: «los sufrimientos de Cristo son nuestros». Él entiende sus sufrimientos en términos de su unión con Jesús y dice: «Este es el sufrimiento de Cristo». Está a punto de entrar en una nueva y más profunda relación con su salvador, por medio del sufrimiento.

No solamente le pertenecen los sufrimientos, sino que su consuelo es abundante. Vivió la realidad de ese consuelo. Él le escribe a los corintios para animarlos, para que aun cuando estén a punto de morir, conozcan el consuelo de aquellos que mueren en unión con Cristo, aquellos que sufren por causa del evangelio.

De manera que él les dice en el versículo 6: «Pero si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salvación; o si somos consolados, es para vuestro consuelo, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros está firmemente establecida, sabiendo que como sois copartícipes de los sufrimientos, así también lo sois de la consolación». Consideremos lo que Pablo hace justo al principio de esta carta. Nuevamente, confronta a los corintios por medio de su sufrimiento. Inmediatamente, primero les recuerda acerca de ese evento que ellos deben de haber conocido, en el que Pablo casi muere. «Que repugnante, que débil, que humillante, que insignificante. ¿Por qué comparte estas cosas con nosotros? ¡Esto no nos impresiona en absoluto!»

Ah, pero debiera impresionarnos, porque nos lleva a conocer al Dios que levanta a los muertos. Nos lleva a probar el poder de la gracia y el
consuelo de la resurrección y la esperanza del Dios que levanta a los muertos. Nos insta a brindar la alabanza, la acción de gracias y la adoración que este Dios justamente merece. Porque cuando enfrentamos la muerte, la enfrentamos en unión con Jesucristo. Cuando enfrentamos el sufrimiento, particularmente el sufrimiento que viene como el resultado del ministerio, compartimos los sufrimientos de Jesucristo. Aunque este pensamiento nos puede resultar muy terrible y doloroso, la realidad es que me refiero a un sufrimiento abrumador. ¡Es algo que supera nuestras fuerzas! «Nos llevó al límite de nuestro ser. Perdimos la esperanza. Estábamos casi perdidos», pero este no es el final de la historia, porque somos resucitados en unión con Cristo. También recibimos consuelo, esperanza y hasta gozo en medio del sufrimiento.

Inmediatamente, Pablo lleva el tema hacia un tono de adoración. Próximamente hace referencia a lo que había dicho anteriormente en el versículo
3: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación». Notemos que este es el Dios que resucita a los muertos. Se nos instruye a no «[confiar] en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos». Conocemos a ese Dios, no solamente como el Dios de Marta en el funeral de Lázaro, quien esperaba que su hermano resucitaría «en la resurrección, en el día final».
Conocemos al Dios que levanta a los muertos y que dijo: «Yo soy la resurrección y la vida». Conocemos a este Dios que se revela en Jesucristo y al compartir los sufrimientos de Jesucristo, obtenemos sostén por medio del poder de resurrección y la gracia de Jesucristo.

Entonces en el versículo 7, él usa la palabra «pathéma» cuando se refiere a su sufrimiento. Es la palabra «pathos», una palabra que se utiliza para indicar angustia emocional intensa, incomodidad y aflicción. La frase «perdimos la esperanza» conlleva la perplejidad total y la angustia interna. Además, la palabra «aflicción» en el versículo 8 es el término del cual obtenemos la palabra «tribulación». Es la idea de que existen unas circunstancias externas que nos presionan arriba, abajo, en el lado, delante, detrás, nos presionan. Pablo siente que se desploma por la presión exterior, que se debilita por la perplejidad que siente por dentro, pero a pesar de todo, también se le otorga un consuelo maravilloso y se le rescata de forma milagrosa. No sabemos cómo, pero sí sabemos que fue por la mano de Dios que produce acción de gracias y alabanza a Dios. Al principio de la epístola, sin nisiquiera terminar el primer capítulo, Pablo nuevamente les relata a los corintios sus sufrimientos en su favor y para la gloria de Dios, por causa de [su] unión con Jesucristo, en Su muerte y resurrección.

Aplicación

Hermanos, tenemos que aceptar el hecho de que, como discípulos de Jesucristo, vamos a sufrir y necesitamos aceptar que, como pastores del rebaño de Cristo, se nos ha llamado a una dimensión única de sufrimiento.

Con toda seguridad puedo asegurarte que, si Dios te ha otorgado el corazón de un pastor, mientras estás sentado aquí hoy tienes dolor en tu corazón. Tienes a las personas de tu iglesia en el corazón y te importan, te preocupas por ellas, intercedes por ellas. Vas a tu escritorio y le pides a Cristo que te otorge el alimento que será para su provecho y que hablará a sus consciencias, que será apto para sus necesidades particulares. Llevas a cabo tus visitas de pastor, oras con ellas, te empeñas por traerles una Palabra de Dios que será adecuada y «una palabra a tiempo» (Proverbios 15:23) para sus necesidades particulares. Esto es doloroso. Podemos decir: «de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gálatas 4:19).

Se te ha concedido una clase de sufrimiento que el hombre inconverso no conoce en lo absoluto. No es solamente el sufrimiento de vivir en un mundo caído. No es solamente el sufrimiento de perder la vista y los dientes y la audición y el deterioro del hombre exterior (2 Corintios 4:16). Esto es algo ordinario. Son los sufrimientos de Cristo. Es la experiencia de que nos odien por ninguna otra razón que nuestra identidad con Jesucristo. Es ser intimidados por un mundo que cada día se opone más a Cristo. Que se nos amenaze con perder la aprobación de los demás, perder el afecto de los seres queridos que amamos, pero para quienes somos una ofensa.

Puede ser que que en el occidente nos estemos enfrentando a la pérdida de derechos legales, el estatus económico que tenemos en nuestra cultura, cosas como la exención de impuestos. Tal vez tendremos que enfrentar la opresión económica, como aquellos que recibieron la carta a los hebreos, que perdieron sus trabajos y a quienes les arrebataron los bienes y algunos de ellos fueron encarcelados. Quizá sufriremos el tipo de persecución que sufren nuestros hermanos en el medio oriente.

Vi algunas grabaciones, algunas imágenes de algunos de esos cristianos coptos que estaban arrodillados mientras los jihadis estaban de pie detrás de ellos, listos para decapitarlos. Amplie la foto para mirar algunas de las expresiones en las caras de esos hombres cuando estaban a punto de morir. Tuve la impresión de que algunos de ellos habían aceptado su muerte inminente. Tengo problemas reales con el cristianismo copto, existen problemas doctrinales y eclesiásticos que son reales. No puedo responder todas las preguntas que este tema conlleva, pero sí puedo decir lo siguiente: la única razón por la cual esos hombres estaban a punto de perder sus vidas era el nombre de Jesucristo. ¿Cuánto entendían del evangelio? No lo sé. Pero pienso que muchos, si no la mayoría de estos hombres, esperaban que, en el momento de la decapitación, abrirían sus ojos para contemplar el rostro de Cristo. Tengo cierta sospecha de que algunos de esos jihadis conocían esto y que sabían aun al martirizarlos, que estos hombres todavía eran vencedores. No sé que tipo de oposición tendremos que enfrentar, pero sí sé que estamos llamados al sufrimiento ministerial.

Hermanos, hoy en día los pastores son presionados para que se conviertan en terapistas profesionales, gerentes de empresa, maestros de ceremonia que se paran en la plataforma y coordinan a diversos artistas que suben para entretener a una audiencia.

Pablo muestra que somos una extensión humana del evangelio, una demostración de lo que significa seguir y proclamar al Cristo crucificado que ha triunfado sobre la muerte en la victoria de la resurrección, que triunfó sobre Satanás y aplastó su cabeza con el calcañar sangriento y que estaba dispuesto a sufrir a manos de un mundo que todavía grita: «¡Crucifícale! ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!» Es en ese mundo en el que se nos llama a predicar una verdad intransigente, en el cual se nos llama a mostrar integridad y autenticidad como ministros del evangelio. Cuando se nos llama a sufrir por causa de Cristo, hemos de esperar ocaciones de liberación y anticipar la gracia propicia y sustentadora, confiados en que servimos al Dios que resuscita a los muertos.

Para concluír este estudio inicial, me gustaría leer los deseos que el Apostol Pablo expresa en Filipenses capítulo 3, desde el versículo 8 al 11 (espero que estas palabras sean una expresión de nuestra determinación): «Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en El, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe, y conocerle a El, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como El en su muerte, a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos».

Que esta también sea nuestra aspiración. Amén.

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Let’s bow together and as God’s grace upon our time together in His Word.

Our gracious Father, we call upon Your name by faith in Jesus Christ. We would put our eyes upon our exalted Saviour, and see there the Lamb standing, having been slain. We would ask that You would teach us how we are to minister this gospel, not only with our words, but by our lives and our experiences. Comfort us, strengthen us in our weakness, and use us, we pray for the glory of Christ Jesus. Amen.

I’m going to speak on the subject of ministerial suffering. We’re going to be looking particularly at Paul’s writings to the church in Corinth. He makes the case that his sufferings prove that he is an Apostle of Jesus Christ, in distinction from the false apostles who have infiltrated the church, and are tempting to move the church away from their connection to Paul and their confidence in the gospel.

Now, before we get into this topic, let me begin by asserting my sense of privilege for being in the ministry. As the Apostle who says, “I thank Jesus Christ our Lord who has strengthened me, because He considered me faithful, putting me into service.” I rejoice in the privilege of being a minister of the gospel of Jesus Christ. I often thank God for the kind of work He has given me to do. The men in my church work as unto the Lord, but their work does not have the eternal significance that my work has. They are often leaving home very early, commuting an hour plus one way to work, commuting back again at night; working in a work environment with unbelievers, often in a hostile environment with agendas that are intentionally set against the things of Christ. As they get older they’re facing job insecurity, many of those things do not plague me as they do my brethren.

I get to study the Word of God, and to pray. I get to tell people about the One that I love supremely, and to talk to people about the things that are most important and most urgent. I have opportunity to fellowship with God’s people not only in my own congregation, but in other congregations. “For the saints who are on the earth, they are My majestic ones, in whom there is My delight.” There are no people like Christ’s people, and it is a privilege to labor among Christ’s people and to be a minister of the gospel of Jesus Christ.

These privileges have challenges. The pastoral ministry has its own unique thorns and thistles, as all men’s work have thorns and thistles, but I want to begin our study on ministerial suffering by sounding this note of gratitude to Jesus Christ for the privilege of putting me into the ministry. We labor not in vain, brethren, and it is a privilege.

There are dimensions, however, of our work, as pastors, which is unique to the pastoral ministry. That unique dimension has to do with the heart of a shepherd. Those men who are given a shepherd’s heart are also called to a unique experience of ministerial suffering. The true shepherd is not a hireling, he is concerned for the sheep, as Jesus tells us in John 10:13.

Paul describes his ministry in the Galatian church. He says, “My children, with whom I am again with labor until Christ is formed in you,” in Galatians 4:19. He likens the pastoral ministry to a woman who is in labor, experiencing the contractions of giving birth to a child. Painful contractions that often result in frustration, without fruit, and an opportunity to experience yet another painful contraction.

I remember reading with Pastor Martin back in 1983. It was one of our first meetings. I was 29. I was into my second year in the pastoral ministry. We met in Pastor Martin’s office, and we were talking about the pastoral ministry. At the time he was going through a crucible of suffering. Tears welled up in his eyes, and he said to me something to this effect: “When it stops hurting, you stop pastoring.” I was stunned. This was my second year in the ministry. I was surprised. Unexpected pain, unexpected heartache is one of the factors that drive men out of the ministry.

I read recently that since the 1970s there has been a fourfold increase of men resigning from pastoral labor within the first five years of entering into the ministry. This is a challenging generation that God has called us to serve. Western civilization has produced people with unique needs and challenges. Interestingly, people who are very similar to those who were in the church at Corinth. We’re going to consider passages from Corinth. Why? Because the main theme is Paul’s defense of his own ministry to a church that was repulsed in many ways by gospel realities.

If you look at Acts 9, we see what Ananias is to tell the Apostle Paul as the Lord tells Ananias of Paul’s ministry. In verse 15 and verse 16 of Acts 9, “The Lord said to Ananias, ‘Go! For he is a chosen instrument of mine to bear my name before the Gentiles and their kings and the sons of Israel. For I will show him how much he must suffer for my name’s sake.’” From the very beginning, there are two dimensions to Paul’s ministry: the bearing of the name of Christ and the proclamation of the gospel, and his own experience of suffering. Now, let me make five preliminary observations.

1. The distinction between the Apostle Paul’s suffering and our suffering.

First of all, we must distinguish between the suffering of the Apostle Paul, and our suffering as pastors and as disciples of Jesus Christ. Paul’s suffering was part of his apostolic ministry. It was revelatory. It accompanied his preaching as his apostolic service to Christ. The gospel was communicated to the Corinthians not only by Paul’s preaching, but also it was displayed in the manner in which Paul ministered. It was displayed in Paul’s experience of ministerial suffering. The Corinthians had to embrace not only Paul’s message, but the manner in which he delivered that message, and the man himself, particularly in his weakness and in his suffering. They could not have Jesus Christ and reject the Apostle Paul. They could not have Christ and reject the way Paul proclaimed the gospel, in foolishness and weakness. They could not reject Paul in the example of his suffering.

Paul tells them in 2 Corinthians 4:5, “We do not preach ourselves, but Christ Jesus as Lord, and ourselves as your bondservants for Jesus’ sake.” They needed to understand the lordship of Christ, as well as the servant ministry of the Apostle Paul. They would be repelled by the idea of Paul as a servant. That is not something the Corinthian would want to attain to. He would not want to become a servant. He had elevated views of himself, and being a servant would have been repulsive. But they had to get over their offense of the way Paul spoke, and their offense of Paul’s appearance and Paul’s weakness and Paul’s suffering, because it’s in that weakness and it’s in the testimony of suffering that Paul communicates the gospel.

Our suffering is not revelatory. When we suffer, we do—for the benefit of others—give an example. Not revelatory, but exemplary. Although we proclaim the Word of God, our preaching is not revelatory, and our experience of suffering in the ministry is not revelatory. But our experience in the ministry is part of our calling, it’s part of our service, it’s part of our ministerial labor, it’s part of our personal discipleship to Christ. As disciples of Christ and as ministers of the gospel, we will be called to some measure of suffering.

Paul writes in 2 Timothy chapter 1 to his son in the gospel, Timothy. 2 Timothy 1:8-11, “Therefore do not be ashamed of the testimony of our Lord or of me his prisoner. But, join with me in suffering for the gospel, according to the power of God. Who has saved us and called is with a holy calling—not according to our works but according to His own purpose and grace. Which was granted us in Christ Jesus from all eternity, but now has been revealed by the appearing of our Saviour, Christ Jesus, who abolished death and has brought life and immortality to light through the gospel. For which I was appointed a preacher and an apostle and a teacher.” Join the beginning and the end of that where Paul says, “Join with me in suffering for the gospel…having been appointed as a preacher, an apostle, and a teacher.” When we sign up to serve Christ as a preacher and as a teacher, we have signed up for a unique course of suffering. Paul says, “I want you to join with me in the sufferings.”

Peter tells us in 1 Peter 4:13 that we share the sufferings of Christ. Now, that does not mean our sufferings make atonement for others, but it means that we enter into union with Christ in His suffering, in His death, in His cross, and in His resurrection. As disciples, we’re told that we will suffer. “For to you it has been granted for Christ’s sake not only to believe in Him, but also to suffer for His sake, experiencing the same conflict which He sought in me, and now here to be in me.” (Philippians 1:29-30.)

Again in Romans 8:16-17, the Spirit Himself testifies with our spirit that we are the children of God, and if children, heirs also. Heirs of God and fellow heirs with Christ if indeed we suffer with Him in order that we might be glorified with Him. So, the first preliminary observation is to differentiate Paul’s suffering from our suffering. His is revelatory, ours ought to be exemplary.

2. Paul does not call to suffer just for the sake of suffering.

The second perspective is that Paul never calls the Corinthians to suffer for the sake of suffering itself. He does not present us with what we would call ‘martyr theology.’ We are never told to pursue suffering. We are told to pursue holiness, but we are told that in the pursuit of holiness we will encounter the opposition of an unholy world. We will meet up with the opposition of a world that hates the Christ that we love, and that we serve.

We are never told to provoke a conflict with the world, but again, the world is in conflict with our Lord. Therefore, we will experience the hatred the world has for Christ directed toward us as well. Paul will tell us we’ve been called to suffer, but he will never tell us to pursue suffering. Pursue Christ, and experience in the way that you will meet with certain opposition.

3. Why the almost certainty of suffering?

Thirdly, why is suffering inevitable for us? There are two basic reasons.

One, is has to do with our enemy: Satan. Paul tells the Romans in Romans 16:20, “The God of peace will soon crush Satan beneath your feet.” We, as the seed of the woman, are in warfare with the Evil One. The strategy of this warfare requires the fangs of the Evil One piercing our heels. We are called in this warfare to experience a measure of suffering. We do not war according to the flesh. We tear down speculations and lofty thoughts that are raised up against the knowledge of God. We deal with people who are being deceived and lied to by the Adversary. We’re called to engage in a strategy of warfare that will involve our suffering.

Not only do we suffer because of Satan, but we also suffer because of Christ. Because we are united to Christ in His cross and in His resurrection. This is what is so crucial to understand about Paul’s suffering: in his suffering he is giving to the Corinthians and giving to us, as it were, a human extension of the very cross of Christ. We see something here that is Christ-like, and we are called to something that is Christ-like in this present age of the already and the not-yet. We are to live in this relationship to death and resurrection; resurrected in Christ, united in Christ to the grace and the power of the age to come. Yet, at the same time, living in this present age and called to go the way of the Lamb. Satan, and the cross; we will be those who will suffer.

4. God’s grace to those who suffer.

Fourthly, consider the grace that God gives to us in suffering. God will do one of two things for us in our suffering.

First, He’ll deliver us from our suffering. We’ll see that in Paul’s experience. He either removes the threat or He removes Paul and delivers him from suffering, or secondly, He gives Paul the grace to endure suffering. As we’ll see next time, He doesn’t take the thorn away, but gives the grace to glorify Christ in the midst of his weakness and his pain.

The results of suffering.

Finally, by way of preliminary observation, there are two main results that come from ministerial suffering.

The first is the benefit that is given to the people of God. Paul repeatedly makes it clear that he’s not suffering for suffering’s sake. He’s not suffering as some martyr in the sense that the more he suffers, the more virtuous he is. He’s suffering for the benefit of the people of God in Corinth. He wants them to know that his sufferings is for their benefit, that they might receive a ministry of the gospel.

The second purpose of suffering is to occasion the worship and praise of God, to display the glory of God’s gospel, and bring about praise and thanksgiving as God delivers His servants from suffering and sustains His servants in suffering, doing so as the God who raises the dead, the God who overcomes death and suffering. So, our suffering always has a purpose to it. It always has a purpose: for the benefit of God’s people and for the glory of God.

1) Paul as a display of the gospel (1 Cor. 4:9).

Let’s look first of all, at Paul as the display of the gospel. Before we get to the issue of the suffering in itself, per se, I want you to see from 1 Corinthians 4:9 that Paul is a display of the gospel.

We read in 1 Corinthians 4:9, “For I think God has exhibited us apostles last of all, as men condemned to death. Because we have become a spectacle to the world, both to angels and to men.” Now, you know the context. The Corinthians were divided in aligning themselves with their celebrity preachers. They were competing with one another, and they were boasting in their pride, as Paul rebukes them in verse 6 and verse 7, “Who regards you as superior?” Why are you bragging the way you are? In verse 8 they are infected with an over-realized eschatology. They’re putting an emphasis on the already, not balanced with the not-yet. They are thinking to themselves that they already have become rich, they already have become kings. Paul says, “Oh, I wish that were true! Let me tell you what I think.” It’s sort of a sarcastic, “If we’re going to give our opinion, here’s Paul’s opinion.” “You’re not rich kings.”

He says, “We are exhibits. God has given you something to see in us. God has exhibited us.” It’s a word that means to put something on public display. You go to a museum and you see an exhibit. It’s there with spotlights on. There’s a piece of art, and you’re there to look at what is exhibited.

Then, “He has made a spectacle out of us.” It’s this word theatron. We get the word ‘theater’ from that. The Corinthians would know what happens in their theaters. That’s where the spectacles were put on display. In particular, that’s where they would go to see gladiators fight one another. That’s where they would go to see dramas and plays that would reenact the great battles of their army and the great events of their culture. Paul uses this word and describes himself as one of the gladiators who loses his conflict.

One writer writes, “The apostles seemed to be of no more importance than the gladiators who shed their blood in the arena to provide an amusing public spectacle. Surely, the Corinthians should be ashamed of themselves to lounge in the best seats to simply applaud or even to boo.” Paul says, “God has given you something to look at: an exhibit. You want a spectacle? You want a gladiator event? We are like men last of all condemned to death.” They would then think of how the gladiator event would come to an end. You’ve now got the two men fighting off against each other. They’re fatigued, they’re weak from previous bouts. One of them is going to lose, being condemned to death. When he falls to the ground, the other gladiator is ready to thrust him through, and the crowd condemns him to death.

Paul says, “There’s your spectacle. That’s what you’ll see when you see me and my life. You’ll see me as though in the theater, watching the gladiator who was condemned to death.” What a display of humiliation and defeat! Paul says, “But this is the strategy that is seen by angels, for we wrestle not with flesh and blood.” This is the strategy seen by men in order to topple their arrogant speculations and lofty thoughts raised up against God. This is a tactic of warfare that brings us into union with the Christ who crushed the head of the serpent on the cross and triumphed in resurrection power. Paul presents a picture of himself that would have been repulsive to the Corinthians.

You must hear these words and realize how repulsive these things would sound to this Corinthian congregation. Look what he goes on to say in verse 10, “For we are fools for Christ’s sake, but you are prudent in Christ! We are weak, but you are strong! You are distinguished, but we are without honor! To this present hour we are both hungry and thirsty, and are poorly clothed, and roughly treated, and are homeless. We toil, working with our own hands. When we are reviled, we bless; when we are persecuted, we endure; when we are slandered, we try to conciliate. We have become as the scum of the world, drags of all things—even until now.” If you were recording the Corinthian congregation, you would not be hearing people saying, “Amen. Amen.” You would hear them saying, “Ugh. Eh. Disgusting. That’s terrible. Scum of the world? Poorly dressed?”

Paul presents himself in a way that challenges the Corinthian value system. He does so not only by what he says, but by who he is and the experiences that God brings him to in the course of his ministry.

This brings us to a question of application, and it is this: do Christians need to see the gospel? Do they need to see the gospel? We rightly emphasize the ear gate. “He who has ears to hear, let him hear what the Spirit says to the churches,” is the repeated refrain after every letter Christ writes to the churches in Revelation 2:3.

In 2 Corinthians 4:2, Paul says, “Having renounced the hidden things because of shame; not walking in craftiness, or adultery in the Word of God. But by the manifestation of the truth, commending ourselves to every man’s conscience in the sight of God.” As Pastor Meadows has been instructing us, truth is to be something that we embody as men. The word ‘manifesting,’ means to bring it to light, to make it evident, to make it obvious. Paul says, “When you hear me speak, you hear words of truth. When you look at my life, you see a manifestation of truth.” A demonstration that aligns itself genuinely with the message of the gospel that is being preached.

Paul was an embodiment of his message, and he is not going to preach Christ crucified and appear impressive to the Corinthian. Crucifixion is not impressive! He will embody his message, and particularly in his suffering.

Robert Plummer connects Paul’s suffering and gospel proclamation. He says, “Paul thinks suffering not only accompanies the Apostle’s proclamation of the gospel, but is a proclamation of the gospel.” Paul himself, you see, is the media through which the gospel is communicated. Plummer says, “The conveyer of the message pictures the content of the message.” You’re not going to preach Christ crucified and then be culturally impressive. The messenger aligns with the message, and those who are not eyewitnesses to Christ’s crucifixion were still given a visual aid, if you will, to the gospel. They are given a suffering servant, even the Apostle Paul himself. The challenge to us is that we are to likewise embody our message. We are likewise to be emblematic of the message that we proclaim.

God’s method is not to send the Church new strategies and programs and gimmicks and technologies. His method is to send them you. “There came a man sent from God whose name was John.” That’s how John opens his gospel in John 1:6. Here it is. The new redemptive history begins! How does it begin? Trumpets announcing? No. Here comes a man sent from God with a message, and he himself is the very emblem of that message, as he calls sinners to repentance and faith in Jesus Christ.

Let me give something of my opinion on what is happening in our culture today. For some reason, it has begun to be popular to make movies about Jesus, television programs about the Book of Acts, Noah, and other movies about Bible characters and Bible stories. I understand there’s more to come. There’s going to be a movie produced about the Apostle Paul, being unleashed within the next couple of years. I won’t lord it over your conscience, but I don’t recommend that you see those visual images. I don’t recommend that you take those visual images into your mind. They will condition the way you read your Bible. Those images will begin to inform how you interpret Scripture. I would encourage you, as I’ve done, to encourage your people not to see those movies.

But God has given them something to see. God has given them something to look at: you. He’s given them a visual image: you. He’s given them the display of a life that’s transformed by grace. He’s given them a visual display of a man who is joined to Jesus Christ in His death and resurrection. You—a converted sinner, a gifted servant of Jesus Christ—who live your life with integrity before your people. So they know your trials, they know your difficulties, they know your shortcomings and they see you living out the reality of the gospel, not only when you’re in your pulpit, but when you’re living among them. You’re the visual display that God has given to His people. They need to hear and the need to see. They hear and listen to you, and they look at you. With good reason, because like Paul, we too are to be a display of the gospel.

2) Paul’s deliverance from death (2 Cor. 1:8-11).

Secondly, in 2 Corinthians chapter 1 we see Paul’s deliverance from death. Here’s the occasion where rather than given grace to endure suffering, God delivered the Apostle from death. 2 Corinthians 1:8-11, “For we do not want you to be unaware, brethren, of our affliction which came to us in Asia, that we were burdened excessively, beyond our strength, so that we despaired even of life; indeed, we had the sentence of death within ourselves so that we would not trust in ourselves, but in God who raises the dead; who delivered us from so great a peril of death, and will deliver us, He on whom we have set our hope. And He will yet deliver us, you also joining in helping us through your prayers, so that thanks may be given by many persons on our behalf for the favor bestowed on us through the prayers of many.”

Now, to what does Paul refer here? What is he speaking about? Scholars are uncertain as to what Paul is referring to. Some point to 1 Corinthians 15:32, where Paul says, “If from human motives I fought with wild beasts at Ephesus, what does it profit me?” But Paul doesn’t say that he did fight with wild beasts at Ephesus. He said, “If I did that.”

Likewise, in 1 Corinthians 13:3, “If I give all my possessions to feed the poor; if I surrender my body to be burned.” He’s speaking hypothetically. We’re not sure. We can’t say Paul fought with wild beasts at Ephesus. He’s using that as a hypothetical example. But he experienced something, to which he refers the details of which are known to the Corinthian readers, because he doesn’t rehearse the details. They know the event of which he’s speaking, and it was an event that took Paul to the very extremity of himself, right to the very gate of death itself. He was burdened excessively. It was beyond his strength. He was at the end of his own human capacity. Notice the emphasis of death. “Despaired even of life,” in verse 8. “The sentence of death,” in verse 9. “The great peril of death,” in verse 10.

Now, the sentence of death could refer to a human court that had actually sentenced Paul to death, and that sentence was internalised within ourselves. Paul was certain he’s a dead man. It’s one thing to acknowledge today that some day we will die; it’s another thing to expect that tomorrow morning you’re going to be executed. That’s where Paul is. As far as he is concerned, life is done. He is on death’s door. Tomorrow he is going to die. There is no human escape from this impending death. How does he understand that? Verse 5, “The sufferings of Christ are ours.” He understands his sufferings in terms of his union with Jesus and says, “This is the suffering of Christ.” He is about to enter into a deeper and fresh union with His Saviour, in suffering.

Not only are the sufferings his, but his comfort was made abundant. He experienced the reality of that comfort. He writes to the Corinthians in order to encourage them, that even at death’s door they will know the comfort of those who die in union with Christ, of those who suffer for the sake of the gospel.

So, he says in verse 6, “If we are afflicted, it is for your comfort and salvation; if we are comforted, it is for your comfort, which is effective in the patient enduring of the same sufferings which we also suffer; and our hope for you is firmly grounded, knowing that as you are sharers of our suffering, so also you are sharers of our comfort.” Look what Paul does right at the very beginning of this letter. Once again, he confronts the Corinthians with his suffering. Immediately, first thing he reminds them of was that event which they must have known about, in which Paul nearly died. “How disgusting; how weak; how humiliating; how insignificant. Why is he telling us this? That doesn’t impress us at all!”

Ah, but it should, because it brings you to the realization of the God who raises the dead. It brings you to experience the power of resurrection grace and comfort, and the hope of the God who raises the dead. It brings you to the praise and thanksgiving and worship that this God rightly deserves, because when we face death, we face death in union with Jesus Christ. When we face suffering—particularly suffering that comes to us in the way of ministry—we are sharers in the sufferings of Jesus Christ. As horrifying as that might be and painful as that might be, this is a suffering that is excessive. It’s beyond our strength! It took us to the end of ourselves. We were despairing, we were undone, but that’s not the end of the story, for in union with Christ we are also resurrected. We also receive comfort and hope, and even joy in the midst of our suffering.

You see, Paul immediately brings this to a note of worship. He immediately refers back to what he says in verse 3, “Blessed be the God and Father of our Lord Jesus Christ, the Father of mercies and God of all comfort.” Notice, this is the God who raises the dead. Teaching us, verse 9, “Not to trust in ourselves, but in God who raises the dead.” We know that God, not simply as the God of Martha at Lazarus’ funeral, who hoped her brother would rise again at the last day. We know the God who raises the dead who said, “I am the resurrection and the life.” We know this God revealed in Jesus Christ, and we enter into the sufferings of Jesus Christ, being sustained by the resurrecting power and grace of Jesus Christ.

So in verse 7, where he says that he is suffering, it’s that word pathéma, it’s the word pathos, it’s the word of intense emotional anguish and discomfort and distress. ‘Despair’—it’s a word of utter perplexity and internal turmoil. Also, ‘affliction’ in verse 8 is the word from where we get the word ‘tribulation.’ It’s the idea of external circumstances pressing in upon us, above, beneath, on the side, before, behind, and pressuring us. Paul is feeling himself collapse from the pressure of the outside, weakened by the perplexity of the inside, and yet marvelously comforted and miraculously delivered. We don’t know how, but we do know it was by the hand of God that brings thanksgiving and praise to God. Right out of the gate; not done with the first chapter, and Paul is already telling the Corinthians again about his suffering for their benefit and for the glory of God, because of our union with Jesus Christ, in His death and in His resurrection.

Application.

Brethren, we need to come to terms with the fact that as disciples of Jesus Christ we will suffer, and we need to come to terms that as pastors of Christ’s flock, we have been called to a unique dimension of suffering.

If God has given you a shepherd’s heart, I can assure you, I am confident that you’re sitting here today with pain. You’re carrying people in your heart from your church, and you care for them, you’re concerned for them, you’re interceding for them. You go to your desk asking Christ to give you food that will nourish them and that will address their consciences, that will speak to their particular needs. You visit them pastorally; you pray with them; you pray for them; you seek to bring them a Word of God that will be fitting in due season for their particular needs. That is a painful thing. It’s like I am in labor again until Christ be formed in you.

You’ve been given the kind of suffering the unconverted man knows nothing about. It’s not just the suffering of life in a fallen world. It’s not just the suffering of losing your eyesight and your teeth and your hearing and the decay of the outer man; that’s common. It’s the sufferings of Christ. It’s the experience of being hated for no other reason than your identity with Jesus Christ. Being intimidated by a world that is increasingly anti-Christ. Being threatened with the loss of social acceptance, the loss of the affection of loved ones whom you love, but who are offended at you.

Perhaps we will be facing in the West the loss of legal rights, the economic standing in our culture, tax exemptions and such. Perhaps we’ll see economic oppression, even as those who received the letter to the Hebrews, who lost jobs and had possessions taken, and some of the brethren in prison. Perhaps we’ll experience the kind of persecution that our brethren in the Middle Eastern experience.

I saw some of the tapes, some of the pictures of some of those coptic Christians on their knees with those Jihadis standing behind them about ready to behead them. I kind of enlarged the picture to take a look at some of the expressions on those men’s faces before they were about to die. I got the impression that some of them had come to terms with their impending death. I have real problems with coptic Christianity. There are real doctrinal, ecclesiastical problems. I can’t answer all the questions involved in this issue, but I can say this: the only reason those men are losing their lives is because of the name of Jesus Christ. How much do they understand of the gospel? I don’t know. Is their church ordered as a biblical church should be ordered? I don’t think so. But I think many, if not most, of those men were expecting that when their heads fell from their shoulders they would open their eyes to behold the face of Christ. I get the sneaking suspicion that some of those Jihadis knew that, and they realized that even in martyring these men, those men were still overcomers. I don’t know what kind of opposition we will face but I do know that we’re called to ministerial suffering.

Brethren, today pastors are being pressured to become professional therapists, to become business managers, to become ringmasters on the stage coordinating the various acts that come up to perform for the audience.

Paul presents us as a human extension of the gospel, as a display of what it means to follow and proclaim a crucified Christ who has triumphed over death in the victory of the resurrection, who has conquered Satan by His bloody heel crushing his head, and who was willing to suffer at the hands of a world that still cries out, “Crucify Him! Crucify Him! Crucify Him!” It’s in that world that we’re called to preach an uncompromising truth, that we’re called to be a display of integrity and authenticity, as ministers of the gospel. We are to expect occasions of deliverance, and to anticipate sustaining, enabling grace if and when we’re called to suffer for Christ’s sake, confident that we serve the God who raises the dead.

Let me conclude this initial study today by asking you to read with me the desires of the Apostle Paul in Philippians chapter 3, reading from verse 8 to verse 11. May these words express our own resolve. “More than that, I count all things to be loss in view of the surpassing value of knowing Christ Jesus my Lord, for whom I have suffered the loss of all things, and count them but rubbish so that I may gain Christ, and may be found in Him, not having a righteousness of my own derived from the Law, but that which is through faith in Christ, the righteousness which comes from God on the basis of faith, that I may know Him and the power of His resurrection and the fellowship of His sufferings, being conformed to His death; in order that I may attain to the resurrection from the dead.”

May we aspire to do the same. Amen.

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2015 Pastors’ Conference | Ministerial Suffering (1)

El sufrimiento en el ministerio I

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El sufrimiento en el ministerio I

Dr. Alan J. Dunn

Inclinemos nuestros rostros en oración y pidamos la gracia de Dios sobre el tiempo que compartiremos en Su Palabra.

Nuestro bondadoso Padre, imploramos en Tu nombre por medio de la fe en Cristo Jesús. Nuestros ojos están puestos sobre nuestro exaltado Salvador y ahí vemos al Cordero de pie, como inmolado. Imploramos que nos enseñes cómo hemos de ministrar este evangelio, no solamente con nuestras palabras, sino por medio de nuestras vidas y nuestras experiencias. Consuélanos, fortalécenos en nuestra debilidad y úsanos para la gloria de Cristo Jesús, esta es nuestra oración. Amén.

Hablaré sobre el tema del sufrimiento ministerial. Vamos a considerar el tema de los escritos de Pablo a la iglesia en Corinto de forma particular. Su argumentación es que sus sufrimientos demuestran que él es un apóstol de Jesucristo, en contraste con los falsos apóstoles que se habían introducido en la iglesia y que tentaban a la iglesia para que dejara su relación con Pablo y su confianza en el evangelio.

Ahora, antes de entrar en este tema, quiero empezar afirmando que estoy convencido que el estar en el ministerio es un privilegio. Digo como el apóstol: «Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me ha fortalecido, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio» (1 Timoteo 1:12). Me regocijo en el privilegio de ser un ministro del evangelio de Jesucristo. A menudo le doy gracias a Dios por el tipo de trabajo que me ha puesto a hacer. Los hombres en mi iglesia trabajan «como para el Señor» (Colosenses 3:23), pero su trabajo no tiene la importancia eterna que el mío posee. Con frecuencia tienen que salir de sus hogares muy temprano, viajar una hora hacia el trabajo y después viajar de regreso a casa por la noche. Llevan a cabo su labor en un ambiente laboral donde están rodeados de incrédulos, a menudo en un contexto de hostilidad donde existen agendas que se oponen intencionalmente a las cosas de Cristo. A medida que envejecen, se enfrentan con la inseguridad laboral. Muchos de estos asuntos que atormentan a mis hermanos no me tocan a mí.

Puedo estudiar la Palabra de Dios y orar. Puedo hablarles a las personas acerca de Aquel a quien amo sobre todas las cosas y también acerca de las cosas más importantes y más apremiantes. Disfruto de la oportunidad de tener comunión con el pueblo de Dios, no solamente en mi propia congregación, sino también en otras congregaciones. «En cuanto a los santos que están en la tierra, ellos son los nobles en quienes está toda mi delicia» (Salmo 16:3). No hay gente como la gente de Cristo y es un privilegio el trabajar entre el pueblo de Cristo y ser un ministro del evangelio de Jesucristo.

Estos privilegios conllevan sus retos. El ministerio pastoral tiene sus propios espinos y abrojos peculiares, pero quiero comenzar nuestro estudio sobre el sufrimiento ministerial con esta nota de gratitud a Jesucristo por el privilegio de haberme colocado en el ministerio. Nuestra labor no es en vano, hermanos, y es un privilegio.

A pesar de esto, existen dimensiones en nuestra labor como pastores que son únicas al ministerio pastoral. Esa dimensión única tiene que ver con el corazón de un pastor. Los hombres a quienes se les ha otorgado un corazón pastoral también son llamados a una experiencia única de sufrimiento ministerial. El verdadero pastor no es un asalariado, sino que les importan las ovejas, como nos dice Jesús en Juan 10:13.

Pablo describe el ministerio que llevó a cabo en la iglesia en Gálatas. En Gálatas 4:19, él dice: «Hijos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros». Compara el ministerio pastoral a una mujer que tiene dolores de parto, que está sufriendo las contracciones de dar a luz a un hijo. Estas son contracciones dolorosas que con frecuencia dan lugar a la frustración, y que no producen fruto, sino solamente una oportunidad para sufrir aún otra contracción dolorosa.

Recuerdo una reunión con el pastor Martin en el 1983. Fue uno de nuestros primeros encuentros. Yo tenía 29 años y estaba en mi segundo año del ministerio pastoral. Nos reunimos en el despacho del pastor Martin y hablamos acerca del ministerio pastoral. En ese entonces, él estaba pasando por un crisol de sufrimiento. Sus ojos se llenaron de lágrimas y me dijo algo como lo siguiente: «Cuando ya no hay dolor, entonces ya no eres pastor». Me quedé atónito. Estaba en el segundo año de mi ministerio. Me sorprendió. El dolor, la angustia inesperada es uno de los factores que saca a los hombres del ministerio.

Recientemente leí que, desde la década del 1970, la cantidad de hombres que han renunciado a la labor pastoral en los primeros cinco años de entrar en el ministerio se ha cuadruplicado. La generación que Dios nos ha llamado a servir es difícil. La civilización occidental ha producido a personas con retos y necesidades únicas. Resulta interesante ver que son personas muy similares a las que estaban en la iglesia en Corinto. Vamos a considerar unos pasajes de Corintios. ¿Por qué? Porque el tema principal es la defensa que Pablo hizo de su propio ministerio a una iglesia que, en muchas maneras, rechazaba las realidades del evangelio.

Vemos en Hechos 9 que el Señor le cuenta a Ananías acerca del ministerio de Pablo y también le dice qué debe decirle al apóstol. En el versículo 15 y 16 de Hechos 9: «Pero el Señor le dijo: Ve, porque él me es un instrumento escogido, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de los reyes y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré cuánto debe padecer por mi nombre». Desde el principio, el ministerio de Pablo estaba marcado por dos dimensiones: llevar el nombre de Cristo, la proclamación del evangelio, y su propia experiencia de sufrimiento. Ahora, me gustaría hacer cinco observaciones preliminares.

1. La distinción entre el sufrimiento del Apóstol Pablo y nuestro sufrimiento

En primer lugar, debemos hacer una distinción entre el sufrimiento del Apóstol Pablo y nuestro sufrimiento como pastores y discípulos de Jesucristo. El sufrimiento de Pablo era parte de su ministerio apostólico. Tenía un aspecto de revelación. Era parte de su predicación, del servicio apostólico que brindaba a Cristo. El evangelio se transmitió a los corintios no solamente por medio de la predicación de Pablo, sino que también se reveló por medió de la forma en la que Pablo ejerció su ministerio. Se manifestó, no solamente en el mensaje de Pablo, sino en la forma en la que él presentó este mensaje, en el hombre mismo, particularmente en su debilidad y sufrimiento. No podían aferrarse a Cristo y rechazar al Apóstol Pablo. No podían aferrarse a Cristo y rechazar la forma en la que Pablo proclamaba el evangelio, en necedad y en debilidad. No podían rechazar a Pablo en su ejemplo de sufrimiento.

En 2 Corintios 4:5, Pablo les dice: «Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por amor de Jesús». Era necesario que entendieran el señorío de Cristo, así como el ministerio que el Apóstol Pablo ejercía como servidor. Ellos habrían rechazado la idea de Pablo como un siervo. No es algo que los corintios hubieran deseado alcanzar. Él no habría deseado hacerse un siervo. Tenía una alta opinión de sí mismo y el ser un siervo debió haberle causado repulsión. Pero tenían que superar la ofensa que sentían al escuchar la forma de hablar de Pablo, y la ofensa de la apariencia de Pablo, la debilidad de Pablo, el sufrimiento de Pablo, porque es en esa debilidad, es en el testimonio del sufrimiento, que Pablo transmite el evangelio.

Nuestro sufrimiento no es parte de la revelación. Cuando sufrimos lo hacemos para el beneficio de los demás, para ser un ejemplo. No como parte de la revelación sino como ejemplo. Aunque proclamamos la Palabra de Dios, nuestra predicación no es parte de la revelación y nuestra experiencia de sufrimiento en el ministerio no es parte de la revelación. Pero nuestra experiencia en el ministerio sí es parte de nuestro llamado. Es parte de nuestro servicio, de nuestra labor ministerial. Es parte de nuestro caminar personal con Cristo. Cómo discípulos de Cristo y ministros del evangelio, seremos llamados a cierta medida de sufrimiento.

En el capítulo 1 de 2 Timoteo, Pablo le escribe a Timoteo, su hijo en el evangelio: «Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, prisionero suyo, sino participa conmigo en las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios, quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad, y que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio, para el cual yo fui constituido predicador, apóstol y maestro» (2 Timoteo 1:8-11). Pablo dice: «Participa conmigo en las aflicciones por el evangelio… [habiendo sido] constituido predicador, apóstol y maestro». Cuando nos inscribimos para servir a Cristo como predicadores y maestros, nos hemos inscrito en un singular trayecto de sufrimiento. Dice Pablo: «Quiero que participes en mis sufrimientos».

En 1 Pedro 4:13, Pablo nos dice que compartimos los sufrimientos de Cristo. Ahora, esto no significa que nuestros sufrimientos sirven para hacer expiación a favor de otros, pero sí significa que somos partícipes con Cristo en Su sufrimiento, en Su muerte, en Su cruz, en Su resurrección. Cómo discipulos, se nos explica que sufriremos. «Porque a vosotros se os ha concedido por amor de Cristo, no sólo creer en El, sino también sufrir por El, sufriendo el mismo conflicto que visteis en mí, y que ahora oís que está en mí» (Filipenses 1:29-30).

De nuevo, en Romanos 8:16-17: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con El a fin de que también seamos glorificados con El». Entonces, la primera observación preliminar es que existe una diferencia entre nuestro sufrimiento y el sufrimiento de Pablo. El de él es parte de la revelación. El de nosotros debe ser ejemplar.

2. Pablo no nos llama a sufrir por sufrir

La segunda perspectiva es que Pablo nunca llama a los corintios a sufrir por sufrir. Él no expone lo que nosotros llamaríamos una «teología de martir». Nunca se nos anima a buscar el sufrimiento. Se nos llama a ir en pos de la santidad, pero se nos dice que, en la búsqueda de la santidad, nos encontraremos con la oposición de un mundo impío. Nos encontraremos con la oposición de un mundo que odia al Cristo que amamos y servimos.

Nunca se nos llama a provocar el conflicto con el mundo, pero de nuevo, el mundo está en conflicto con nuestro Señor. Por lo tanto, encontraremos que el odio que el mundo le tiene a Cristo también lo dirige hacia nosotros. Pablo nos dirá que estamos llamados a sufrir, pero nunca nos dirá que debemos buscar el sufrimiento. Busquemos a Cristo e indiscutiblemente nos encontraremos con oposición en el camino.

3. ¿Por qué la certidumbre casi inevitable del sufrimiento?

En tercer lugar, ¿por qué es el sufrimiento inevitable para nosotros? Hay dos razones básicas.

Una tiene que ver con nuestro enemigo: Satanás. Pablo les dice a los Romanos en Romanos 16:20: «Y el Dios de paz aplastará pronto a Satanás debajo de vuestros pies». Nosotros, como la simiente de la mujer, estamos en guerra con el maligno. La estrategía de esta guerra exige que el maligno hunda sus colmillos en nuestro calcañar. En esta guerra somos llamados a experimentar una medida de sufrimiento. No luchamos según la carne. Destruímos especulaciones y todo pensamiento altivo que se levanta contra el conocimiento de Dios (2 Corintios 10:5). Nos relacionamos con personas quienes son engañadas por nuestro adversario. Se nos llama a participar en una estrategia de guerra que conlleva sufrimiento.
No sufrimos solamente por causa de Satanás, sino que también sufrimos por Cristo porque estamos unidos a Él en Su cruz y en Su resurrección. Esta es la parte crucial del sufrimiento de Pablo que debemos entender: en su sufrimiento él les presenta a los corintios y a nosotros, por así decirlo, una extensión humana de la misma cruz de Cristo. Vemos aquí algo que se asemeja a Cristo, y se nos llama a algo que se asemeja a Cristo en esta época actual donde vivimos en el «ya pero todavía no». Hemos de sostener esta relación con la muerte y la resurrección: resucitados en Cristo, unidos en Cristo a la gracia y el poder del siglo venidero. Pero, al mismo tiempo, debemos vivir en la época presente y se nos llama a seguir los pasos del Cordero donde nos enfrentamos a Satanás, a la cruz. Seremos aquellos que han de sufrir.

4. La gracia de Dios para con los que sufren

En cuarto lugar, consideremos la gracia que Dios nos da en medio del sufrimiento. Dios llevará a cabo una de dos cosas a nuestro favor en medio del sufrimiento.

En primer lugar, nos librará de nuestro sufrimiento. Vemos esto en la experiencia de Pablo. Dios o elimina el peligro o saca a Pablo y lo libra del sufrimiento. En segundo lugar, Él le otorga a Pablo la gracia que necesita para soportar el sufrimiento. Cómo consideraremos la próxima vez, Él no le quita la espina, pero le otorga la gracia para glorificar a Cristo en medio de la debilidad y el dolor.

Los resultados del sufrimiento

Finalmente, como observación preliminar, hay dos resultados principales que brotan del sufrimiento ministerial.

El primero es el beneficio que recibe el pueblo de Dios. Repetidamente, Pablo deja claro que no sufre por sufrir. No sufre como algún martir en el sentido de pensar que cuanto más sufre, más virtud alcanza. Sufre para el beneficio del pueblo de Dios en Corinto. Él quiere que ellos sepan que su sufrimiento es para el beneficio de ellos, para que ellos reciban el ministerio del evangelio.

El segundo propósito del sufrimiento es inspirar la adoración y la alabanza a Dios, desplegar la gloria del evangelio de Dios y ser causa de alabanza y accion de gracias cuando Dios libra a Sus siervos del sufrimiento y los sostiene en medio de él, y lo hace como el Dios que levanta a los muertos, el Dios que triunfa sobre la muerte y el sufrimiento. Así que, nuestro sufrimiento siempre tiene un propósito. Siempre tiene un propósito, para el beneficio del pueblo de Dios y para Su gloria.

1) Pablo como una demostración del evangelio (1 Corintios 4:9)

En primer lugar, consideremos a Pablo como una demostración del evangelio. Antes de entrar al tema del sufrimiento en sí, per se, quiero que consideremos, basándonos en 1 Corintios 4:9, a Pablo como una demostración del evangelio.

En 1 Corintios 4:9 leemos: «Porque pienso que Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles en último lugar, como a sentenciados a muerte; porque hemos llegado a ser un espectáculo para el mundo, tanto para los ángeles como para los hombres». Ahora, nosotros conocemos el contexto. Los corintios estaban dividos y cada cual se identificaba con su predicador célebre. Competían entre sí y se jactaban en su orgullo, de manera que Pablo los reprende en el versículo 6 y en el versículo 7: «Porque ¿quién te distingue?» ¿Por qué te jactas como lo haces? En el versículo 8 vemos que han sido infectados con una escatología sobrerrealizada. Enfatizan lo que ya tenemos aquí sin hacer un equilibrio con lo que todavía ha de venir. Pensaban que ya se habían hecho ricos, ya habían llegado a reinar. Pablo les dice: «¡Ojalá fuera cierto! Permítanme que les diga lo que pienso». Es una forma de sarcasmo. Bueno si todos estamos dando nuestra opinión, aquí está la de Pablo: ustedes no son ricos y no han llegado a reinar.

Él les dice: «Estamos en exhibición. Dios quiere que ustedes vean algo en nosotros. Dios nos ha puesto de exhibición». La palabra «exhibición» significa presentar algo públicamente. Uno va a un museo para ver una exhibición. Ahí está con las luces enfocadas sobre ello. Hay una obra de arte y nos reunimos ahí para considerar lo que se está exhibiendo.

Consideremos que él hizo un «espectáculo» de nosotros. Tiene que ver con la palabra «theatron». De esta palabra obtenemos la palabra «teatro». Los corintios estaban familiarizados con lo que se hacía en los teatros. Era donde se presentaban los espectáculos. En particular, era donde se asistía para ver las peleas de los gladiadores. Era donde iban para ver los dramas y las obras teatrales en las cuales se recreaban las grandes batallas de su ejército y los grandes acontecimientos de su cultura. Pablo utiliza esta palabra y se describe a sí mismo como un gladiador que es derrotado en el conflicto.

Un autor escribe: «Parece que a los apóstoles no se le daba más importancia que a los gladiadores que derramaban su sangre en el coliseo para proveer un espectáculo público divertido. Indudablemente, a los corintios debió de haberles dado vergüenza el estar recostados en los mejores asientos para simplemente aplaudir o hasta sisear». Pablo dice: «Dios les ha otorgado algo que mirar, una exhibición. ¿Quieren un espectáculo? ¿Quieren un evento de gladiadores? En último lugar, somos como hombres condenados a muerte». Entonces pensarían en cómo terminaría el evento de gladiadores. Vemos a dos hombres que están luchando el uno con el otro. Están fatigados, débiles por causa de las peleas que han librado anteriormente. Uno de ellos tiene que perder, porque está condenado a muerte. Cuando cae al suelo, el otro gladiador está listo para traspasarlo y la multitud lo condena a muerte.

Pablo dice: «Ahí tienen su espectáculo. Esto es lo que observarán cuando consideren mi persona y mi vida. Me veran como si estuvieran en un teatro, mirando a un gladiador que ha sido condenado a muerte». ¡Qué despliege de humillación y derrota! Pablo dice: «Pero esta estrategía es la que miran los ángeles, porque no peleamos contra sangre ni carne». Esta es la estrategía que se muestra a los hombres y que tienen el propósito de destruir las especulaciones arrogantes y los pensamientos altivos que se levanta contra el conocimiento de Dios. Esta es una táctica de guerra que nos lleva a la unión con el Cristo que aplastó la cabeza de la serpiente en la cruz y triunfó en el poder de la resurección. La imagen que presenta Pablo de sí mismo hubiera causado repulsión en los corintios.

Debemos escuchar estas palabras y darnos cuenta de cuan desagradables hubieran sido para esta congregación en Corinto. Consideremos lo que él continúa diciendo en el versículo 10: «Nosotros somos necios por amor de Cristo, mas vosotros, prudentes en Cristo; nosotros somos débiles, mas vosotros, fuertes; vosotros sois distinguidos, mas nosotros, sin honra. Hasta el momento presente pasamos hambre y sed, andamos mal vestidos, somos maltratados y no tenemos dónde vivir; nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; cuando nos ultrajan, bendecimos; cuando somos perseguidos, lo soportamos; cuando nos difaman, tratamos de reconciliar; hemos llegado a ser, hasta ahora, la escoria del mundo, el desecho de todo». Si estuvieramos grabando a la congregación en Corinto, no escucharíamos a la gente decir amén, amén. Los escucharíamos expresar asco y disgusto: «Son cosas terribles. ¿La escoria del mundo? ¿Mal vestidos?»

La manera en la que se presenta Pablo desafía el sistema de valores de los corintios. Hace esto no solamente por medio de sus palabras sino por medio su persona y através de las experiencies que Dios le trae en la trayectoria de su ministerio.

Esto nos lleva a la cuestión de la aplicación y es esta: ¿es necesario que los cristianos vean el evangelio? ¿Necesitan ver el evangelio? Con razón enfatizamos la importancia del oír. «El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias», es una frase que se repite después de cada carta que Cristo escribe a las iglesias en Apocalipsis 2.

En 2 Corintios 4:2, Pablo afirma: «…hemos renunciado a lo oculto y vergonzoso, no andando con astucia, ni adulterando la palabra de Dios, sino que, mediante la manifestación de la verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo hombre en la presencia de Dios». Cómo el Pastor Meadows nos ha estado instruyendo, debemos ser hombres que sean una encarnación de la verdad. La palabra «manifestación» significa llevarla a la luz para que sea evidente, para que sea obvia. Pablo dice: «Cuando ustedes me escuchan, oyen palabras de verdad. Cuando consideran mi vida, ven una manifestación de la verdad», una demostración que se adhiere genuinamente al mensaje del evangelio que se predica.

Pablo era una encarnación de este mensaje y no podía predicar al Cristo crucificado y a la vez tener la apariencia de alguien impresionante para los corintios. ¡La crucifixión no es estupenda! Será una encarnación del mensaje, particularmente con su sufrimiento.

Robert Plummer establece una relación entre el sufrimiento de Pablo y la proclamación del evangelio. Declara: «Pablo piensa que el sufrimiento no solamente acompaña la proclamación del evangelio, sino que es una proclamación del evangelio». Como podemos ver, Pablo mismo es el medio por el cual se comunica el evangelio. Plummer afirma: «El que transmite el mensaje es una ilustración del contenido del mensaje». No podemos predicar al Cristo crucificado y también ser figuras impresionantes en nuestra cultura. El mensajero se alínea al mensaje y de esta manera los que no fueron testigos oculares de la crucifixión de Cristo todavía recibieron una ayuda visual, si lo podemos decir así, del evangelio. Se les otorga un siervo sufriente, el mismo Apostol Pablo. El reto para nosotros es que también debemos ser una encarnación de nuestro mensaje. También debemos ser ejemplos emblemáticos del mensaje que proclamamos.

El método de Dios no es dar a la Iglesia nuevas estrategias, programas, artilugios y tecnologías. Su método es enviarles un hombre: tú. «Vino al mundo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan». Es así que Juan comienza su evangelio en Juan 1:6. Ahí lo tienen. ¡Así comienza la nueva historia de redención! ¿Comienza con un anuncio de trompetas? No. Llega un hombre que es envíado por Dios con un mensaje y él mismo es el emblema de ese mensaje, a medida que llama a los pecadores al arrepentimiento y a la fe en Jesucristo.

Me gustaría compartir algo de mi opinión acerca de lo que ocurre en nuestra cultura hoy en día. Por alguna razón, el hacer películas de Jesús ha empezado a popularizarse. También se hacen programas de televisión acerca del libro de Hechos, sobre Noé y otras películas acerca de los personajes de la Biblia y las historias bíblicas. Se producirá una película del Apostol Pablo que está programada para estrenar dentro de un par de años. No me haré señor de sus consciencias, pero no les recomiendo que se expongan a esas imágenes visuales. No recomiendo que vean esas imágenes visuales. No recomiendo que se lleven esas imágenes visuales a la mente. Condicionará la manera en que se lee la Biblia. Esas imágenes comenzarán a influenciar la manera en que se interpreta las Escrituras. Te animo, como lo he hecho anteriormente, a que exhortes a tu congregación para que no se expongan a esas películas.

Pero Dios les ha dado algo que sí pueden ver. Dios les ha provisto algo que pueden mirar: tú. Les ha dado una imagen visual: tú. Les ha dado una exhibición de una vida transformada por la gracia. Les ha provisto una representación visual de un hombre que está unido a Jesucristo por medio de Su vida y resurección. Tú, un pecador que se ha convertido, un siervo dotado de Jesucristo, que vive su vida con integridad delante de su congregación. Ellos conocen tús aflicciones, conocen tus dificultades y tus defectos y ven como vives la realidad del evangelio, no solamente cuando estás en el púlpito, sino en medio de ellos. Tú eres la representación visual que Dios le ha otorgado a Su pueblo. Ellos necesitan escuchar y necesitan ver. Ellos te escuchan, te oyen y también te observan. Y tienen una razón válida para hacer esto porque, así como Pablo, nosotros también hemos de ser una demostración del evangelio.

2) La liberación de Pablo de la muerte (2 Corintios 1:8-11)

En segundo lugar, en 2 Corintios, capítulo 1, vemos la liberación de Pablo de la muerte. En esta ocasión, en lugar de otorgarle la gracia para soportar el sufrimiento, Dios rescató al apostol de la muerte. 2 Corintios 1:8-11: «Porque no queremos que ignoréis, hermanos, acerca de nuestra aflicción sufrida en Asia, porque fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte, a fin de que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos, el cual nos libró de tan gran peligro de muerte y nos librará, y en quien hemos puesto nuestra esperanza de que El aún nos ha de librar, cooperando también vosotros con nosotros con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don que nos ha sido impartido por medio de las oraciones de muchos».

Bien, ¿a qué se refiere Pablo en este pasaje? ¿De qué está hablando? Los eruditos no están seguros a qué se refería Pablo. Algunos señalan 1 Corintios 15:32 donde Pablo dice: «Si por motivos humanos luché contra fieras en Efeso, ¿de qué me aprovecha?» Pero Pablo no dice que en verdad luchó con fieras en Éfeso. Lo que dice es: «Si lo hubiera hecho».

De la misma manera, cuando dice en 1 Corintios 13:3: «Y si diera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado», está hablando hipotéticamente. No sabemos con seguridad. No podemos aseverar que Pablo luchó con fieras en Éfeso. Está usando un ejemplo hipotético. Pero él sí sufrió algo y es a lo que se refiere. Los lectores en Corinto conocían los detalles porque él no los repite; ellos sabían a cuál evento él hacia referencia. Fue un acontecimiento que llevó a Pablo al límite de su persona, hasta la misma puerta del infierno. Él estaba excesivamente agobiado. [Esta carga] era superior a sus fuerzas. Había llegado al límite de su propia capacidad humana. Notemos como enfatiza la muerte. En el versículo 8: «Perdimos la esperanza de salir con vida». En el versículo 9: «La sentencia de muerte». En el versículo 10: «[el] gran peligro de muerte».

Ahora, «la sentencia de muerte» puede ser una referencia a una corte humana que realmente le había dado una sentencia de muerte a Pablo y que hemos internalizado esa sentencia (?). Pablo estaba seguro que era un hombre muerto. Una cosa es que hoy reconozcamos que algún día moriremos, pero otra es saber que mañana por la mañana seremos ejecutados. Esta es la situación en la que se encuentra Pablo. En lo que a él respecta, la vida ha llegado a su final. Él está a punto de morir. Mañana morirá. Humanamente hablando, no hay manera de escapar su muerte inminente. ¿Cual es su entendimiento sobre estas cosas? Versículo 5: «los sufrimientos de Cristo son nuestros». Él entiende sus sufrimientos en términos de su unión con Jesús y dice: «Este es el sufrimiento de Cristo». Está a punto de entrar en una nueva y más profunda relación con su salvador, por medio del sufrimiento.

No solamente le pertenecen los sufrimientos, sino que su consuelo es abundante. Vivió la realidad de ese consuelo. Él le escribe a los corintios para animarlos, para que aun cuando estén a punto de morir, conozcan el consuelo de aquellos que mueren en unión con Cristo, aquellos que sufren por causa del evangelio.

De manera que él les dice en el versículo 6: «Pero si somos atribulados, es para vuestro consuelo y salvación; o si somos consolados, es para vuestro consuelo, que obra al soportar las mismas aflicciones que nosotros también sufrimos. Y nuestra esperanza respecto de vosotros está firmemente establecida, sabiendo que como sois copartícipes de los sufrimientos, así también lo sois de la consolación». Consideremos lo que Pablo hace justo al principio de esta carta. Nuevamente, confronta a los corintios por medio de su sufrimiento. Inmediatamente, primero les recuerda acerca de ese evento que ellos deben de haber conocido, en el que Pablo casi muere. «Que repugnante, que débil, que humillante, que insignificante. ¿Por qué comparte estas cosas con nosotros? ¡Esto no nos impresiona en absoluto!»

Ah, pero debiera impresionarnos, porque nos lleva a conocer al Dios que levanta a los muertos. Nos lleva a probar el poder de la gracia y el
consuelo de la resurrección y la esperanza del Dios que levanta a los muertos. Nos insta a brindar la alabanza, la acción de gracias y la adoración que este Dios justamente merece. Porque cuando enfrentamos la muerte, la enfrentamos en unión con Jesucristo. Cuando enfrentamos el sufrimiento, particularmente el sufrimiento que viene como el resultado del ministerio, compartimos los sufrimientos de Jesucristo. Aunque este pensamiento nos puede resultar muy terrible y doloroso, la realidad es que me refiero a un sufrimiento abrumador. ¡Es algo que supera nuestras fuerzas! «Nos llevó al límite de nuestro ser. Perdimos la esperanza. Estábamos casi perdidos», pero este no es el final de la historia, porque somos resucitados en unión con Cristo. También recibimos consuelo, esperanza y hasta gozo en medio del sufrimiento.

Inmediatamente, Pablo lleva el tema hacia un tono de adoración. Próximamente hace referencia a lo que había dicho anteriormente en el versículo
3: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación». Notemos que este es el Dios que resucita a los muertos. Se nos instruye a no «[confiar] en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos». Conocemos a ese Dios, no solamente como el Dios de Marta en el funeral de Lázaro, quien esperaba que su hermano resucitaría «en la resurrección, en el día final».
Conocemos al Dios que levanta a los muertos y que dijo: «Yo soy la resurrección y la vida». Conocemos a este Dios que se revela en Jesucristo y al compartir los sufrimientos de Jesucristo, obtenemos sostén por medio del poder de resurrección y la gracia de Jesucristo.

Entonces en el versículo 7, él usa la palabra «pathéma» cuando se refiere a su sufrimiento. Es la palabra «pathos», una palabra que se utiliza para indicar angustia emocional intensa, incomodidad y aflicción. La frase «perdimos la esperanza» conlleva la perplejidad total y la angustia interna. Además, la palabra «aflicción» en el versículo 8 es el término del cual obtenemos la palabra «tribulación». Es la idea de que existen unas circunstancias externas que nos presionan arriba, abajo, en el lado, delante, detrás, nos presionan. Pablo siente que se desploma por la presión exterior, que se debilita por la perplejidad que siente por dentro, pero a pesar de todo, también se le otorga un consuelo maravilloso y se le rescata de forma milagrosa. No sabemos cómo, pero sí sabemos que fue por la mano de Dios que produce acción de gracias y alabanza a Dios. Al principio de la epístola, sin nisiquiera terminar el primer capítulo, Pablo nuevamente les relata a los corintios sus sufrimientos en su favor y para la gloria de Dios, por causa de [su] unión con Jesucristo, en Su muerte y resurrección.

Aplicación

Hermanos, tenemos que aceptar el hecho de que, como discípulos de Jesucristo, vamos a sufrir y necesitamos aceptar que, como pastores del rebaño de Cristo, se nos ha llamado a una dimensión única de sufrimiento.

Con toda seguridad puedo asegurarte que, si Dios te ha otorgado el corazón de un pastor, mientras estás sentado aquí hoy tienes dolor en tu corazón. Tienes a las personas de tu iglesia en el corazón y te importan, te preocupas por ellas, intercedes por ellas. Vas a tu escritorio y le pides a Cristo que te otorge el alimento que será para su provecho y que hablará a sus consciencias, que será apto para sus necesidades particulares. Llevas a cabo tus visitas de pastor, oras con ellas, te empeñas por traerles una Palabra de Dios que será adecuada y «una palabra a tiempo» (Proverbios 15:23) para sus necesidades particulares. Esto es doloroso. Podemos decir: «de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros» (Gálatas 4:19).

Se te ha concedido una clase de sufrimiento que el hombre inconverso no conoce en lo absoluto. No es solamente el sufrimiento de vivir en un mundo caído. No es solamente el sufrimiento de perder la vista y los dientes y la audición y el deterioro del hombre exterior (2 Corintios 4:16). Esto es algo ordinario. Son los sufrimientos de Cristo. Es la experiencia de que nos odien por ninguna otra razón que nuestra identidad con Jesucristo. Es ser intimidados por un mundo que cada día se opone más a Cristo. Que se nos amenaze con perder la aprobación de los demás, perder el afecto de los seres queridos que amamos, pero para quienes somos una ofensa.

Puede ser que que en el occidente nos estemos enfrentando a la pérdida de derechos legales, el estatus económico que tenemos en nuestra cultura, cosas como la exención de impuestos. Tal vez tendremos que enfrentar la opresión económica, como aquellos que recibieron la carta a los hebreos, que perdieron sus trabajos y a quienes les arrebataron los bienes y algunos de ellos fueron encarcelados. Quizá sufriremos el tipo de persecución que sufren nuestros hermanos en el medio oriente.

Vi algunas grabaciones, algunas imágenes de algunos de esos cristianos coptos que estaban arrodillados mientras los jihadis estaban de pie detrás de ellos, listos para decapitarlos. Amplie la foto para mirar algunas de las expresiones en las caras de esos hombres cuando estaban a punto de morir. Tuve la impresión de que algunos de ellos habían aceptado su muerte inminente. Tengo problemas reales con el cristianismo copto, existen problemas doctrinales y eclesiásticos que son reales. No puedo responder todas las preguntas que este tema conlleva, pero sí puedo decir lo siguiente: la única razón por la cual esos hombres estaban a punto de perder sus vidas era el nombre de Jesucristo. ¿Cuánto entendían del evangelio? No lo sé. Pero pienso que muchos, si no la mayoría de estos hombres, esperaban que, en el momento de la decapitación, abrirían sus ojos para contemplar el rostro de Cristo. Tengo cierta sospecha de que algunos de esos jihadis conocían esto y que sabían aun al martirizarlos, que estos hombres todavía eran vencedores. No sé que tipo de oposición tendremos que enfrentar, pero sí sé que estamos llamados al sufrimiento ministerial.

Hermanos, hoy en día los pastores son presionados para que se conviertan en terapistas profesionales, gerentes de empresa, maestros de ceremonia que se paran en la plataforma y coordinan a diversos artistas que suben para entretener a una audiencia.

Pablo muestra que somos una extensión humana del evangelio, una demostración de lo que significa seguir y proclamar al Cristo crucificado que ha triunfado sobre la muerte en la victoria de la resurrección, que triunfó sobre Satanás y aplastó su cabeza con el calcañar sangriento y que estaba dispuesto a sufrir a manos de un mundo que todavía grita: «¡Crucifícale! ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!» Es en ese mundo en el que se nos llama a predicar una verdad intransigente, en el cual se nos llama a mostrar integridad y autenticidad como ministros del evangelio. Cuando se nos llama a sufrir por causa de Cristo, hemos de esperar ocaciones de liberación y anticipar la gracia propicia y sustentadora, confiados en que servimos al Dios que resuscita a los muertos.

Para concluír este estudio inicial, me gustaría leer los deseos que el Apostol Pablo expresa en Filipenses capítulo 3, desde el versículo 8 al 11 (espero que estas palabras sean una expresión de nuestra determinación): «Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en El, no teniendo mi propia justicia derivada de la ley, sino la que es por la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios sobre la base de la fe, y conocerle a El, el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, llegando a ser como El en su muerte, a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos».

Que esta también sea nuestra aspiración. Amén.

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Let’s bow together and as God’s grace upon our time together in His Word.

Our gracious Father, we call upon Your name by faith in Jesus Christ. We would put our eyes upon our exalted Saviour, and see there the Lamb standing, having been slain. We would ask that You would teach us how we are to minister this gospel, not only with our words, but by our lives and our experiences. Comfort us, strengthen us in our weakness, and use us, we pray for the glory of Christ Jesus. Amen.

I’m going to speak on the subject of ministerial suffering. We’re going to be looking particularly at Paul’s writings to the church in Corinth. He makes the case that his sufferings prove that he is an Apostle of Jesus Christ, in distinction from the false apostles who have infiltrated the church, and are tempting to move the church away from their connection to Paul and their confidence in the gospel.

Now, before we get into this topic, let me begin by asserting my sense of privilege for being in the ministry. As the Apostle who says, “I thank Jesus Christ our Lord who has strengthened me, because He considered me faithful, putting me into service.” I rejoice in the privilege of being a minister of the gospel of Jesus Christ. I often thank God for the kind of work He has given me to do. The men in my church work as unto the Lord, but their work does not have the eternal significance that my work has. They are often leaving home very early, commuting an hour plus one way to work, commuting back again at night; working in a work environment with unbelievers, often in a hostile environment with agendas that are intentionally set against the things of Christ. As they get older they’re facing job insecurity, many of those things do not plague me as they do my brethren.

I get to study the Word of God, and to pray. I get to tell people about the One that I love supremely, and to talk to people about the things that are most important and most urgent. I have opportunity to fellowship with God’s people not only in my own congregation, but in other congregations. “For the saints who are on the earth, they are My majestic ones, in whom there is My delight.” There are no people like Christ’s people, and it is a privilege to labor among Christ’s people and to be a minister of the gospel of Jesus Christ.

These privileges have challenges. The pastoral ministry has its own unique thorns and thistles, as all men’s work have thorns and thistles, but I want to begin our study on ministerial suffering by sounding this note of gratitude to Jesus Christ for the privilege of putting me into the ministry. We labor not in vain, brethren, and it is a privilege.

There are dimensions, however, of our work, as pastors, which is unique to the pastoral ministry. That unique dimension has to do with the heart of a shepherd. Those men who are given a shepherd’s heart are also called to a unique experience of ministerial suffering. The true shepherd is not a hireling, he is concerned for the sheep, as Jesus tells us in John 10:13.

Paul describes his ministry in the Galatian church. He says, “My children, with whom I am again with labor until Christ is formed in you,” in Galatians 4:19. He likens the pastoral ministry to a woman who is in labor, experiencing the contractions of giving birth to a child. Painful contractions that often result in frustration, without fruit, and an opportunity to experience yet another painful contraction.

I remember reading with Pastor Martin back in 1983. It was one of our first meetings. I was 29. I was into my second year in the pastoral ministry. We met in Pastor Martin’s office, and we were talking about the pastoral ministry. At the time he was going through a crucible of suffering. Tears welled up in his eyes, and he said to me something to this effect: “When it stops hurting, you stop pastoring.” I was stunned. This was my second year in the ministry. I was surprised. Unexpected pain, unexpected heartache is one of the factors that drive men out of the ministry.

I read recently that since the 1970s there has been a fourfold increase of men resigning from pastoral labor within the first five years of entering into the ministry. This is a challenging generation that God has called us to serve. Western civilization has produced people with unique needs and challenges. Interestingly, people who are very similar to those who were in the church at Corinth. We’re going to consider passages from Corinth. Why? Because the main theme is Paul’s defense of his own ministry to a church that was repulsed in many ways by gospel realities.

If you look at Acts 9, we see what Ananias is to tell the Apostle Paul as the Lord tells Ananias of Paul’s ministry. In verse 15 and verse 16 of Acts 9, “The Lord said to Ananias, ‘Go! For he is a chosen instrument of mine to bear my name before the Gentiles and their kings and the sons of Israel. For I will show him how much he must suffer for my name’s sake.’” From the very beginning, there are two dimensions to Paul’s ministry: the bearing of the name of Christ and the proclamation of the gospel, and his own experience of suffering. Now, let me make five preliminary observations.

1. The distinction between the Apostle Paul’s suffering and our suffering.

First of all, we must distinguish between the suffering of the Apostle Paul, and our suffering as pastors and as disciples of Jesus Christ. Paul’s suffering was part of his apostolic ministry. It was revelatory. It accompanied his preaching as his apostolic service to Christ. The gospel was communicated to the Corinthians not only by Paul’s preaching, but also it was displayed in the manner in which Paul ministered. It was displayed in Paul’s experience of ministerial suffering. The Corinthians had to embrace not only Paul’s message, but the manner in which he delivered that message, and the man himself, particularly in his weakness and in his suffering. They could not have Jesus Christ and reject the Apostle Paul. They could not have Christ and reject the way Paul proclaimed the gospel, in foolishness and weakness. They could not reject Paul in the example of his suffering.

Paul tells them in 2 Corinthians 4:5, “We do not preach ourselves, but Christ Jesus as Lord, and ourselves as your bondservants for Jesus’ sake.” They needed to understand the lordship of Christ, as well as the servant ministry of the Apostle Paul. They would be repelled by the idea of Paul as a servant. That is not something the Corinthian would want to attain to. He would not want to become a servant. He had elevated views of himself, and being a servant would have been repulsive. But they had to get over their offense of the way Paul spoke, and their offense of Paul’s appearance and Paul’s weakness and Paul’s suffering, because it’s in that weakness and it’s in the testimony of suffering that Paul communicates the gospel.

Our suffering is not revelatory. When we suffer, we do—for the benefit of others—give an example. Not revelatory, but exemplary. Although we proclaim the Word of God, our preaching is not revelatory, and our experience of suffering in the ministry is not revelatory. But our experience in the ministry is part of our calling, it’s part of our service, it’s part of our ministerial labor, it’s part of our personal discipleship to Christ. As disciples of Christ and as ministers of the gospel, we will be called to some measure of suffering.

Paul writes in 2 Timothy chapter 1 to his son in the gospel, Timothy. 2 Timothy 1:8-11, “Therefore do not be ashamed of the testimony of our Lord or of me his prisoner. But, join with me in suffering for the gospel, according to the power of God. Who has saved us and called is with a holy calling—not according to our works but according to His own purpose and grace. Which was granted us in Christ Jesus from all eternity, but now has been revealed by the appearing of our Saviour, Christ Jesus, who abolished death and has brought life and immortality to light through the gospel. For which I was appointed a preacher and an apostle and a teacher.” Join the beginning and the end of that where Paul says, “Join with me in suffering for the gospel…having been appointed as a preacher, an apostle, and a teacher.” When we sign up to serve Christ as a preacher and as a teacher, we have signed up for a unique course of suffering. Paul says, “I want you to join with me in the sufferings.”

Peter tells us in 1 Peter 4:13 that we share the sufferings of Christ. Now, that does not mean our sufferings make atonement for others, but it means that we enter into union with Christ in His suffering, in His death, in His cross, and in His resurrection. As disciples, we’re told that we will suffer. “For to you it has been granted for Christ’s sake not only to believe in Him, but also to suffer for His sake, experiencing the same conflict which He sought in me, and now here to be in me.” (Philippians 1:29-30.)

Again in Romans 8:16-17, the Spirit Himself testifies with our spirit that we are the children of God, and if children, heirs also. Heirs of God and fellow heirs with Christ if indeed we suffer with Him in order that we might be glorified with Him. So, the first preliminary observation is to differentiate Paul’s suffering from our suffering. His is revelatory, ours ought to be exemplary.

2. Paul does not call to suffer just for the sake of suffering.

The second perspective is that Paul never calls the Corinthians to suffer for the sake of suffering itself. He does not present us with what we would call ‘martyr theology.’ We are never told to pursue suffering. We are told to pursue holiness, but we are told that in the pursuit of holiness we will encounter the opposition of an unholy world. We will meet up with the opposition of a world that hates the Christ that we love, and that we serve.

We are never told to provoke a conflict with the world, but again, the world is in conflict with our Lord. Therefore, we will experience the hatred the world has for Christ directed toward us as well. Paul will tell us we’ve been called to suffer, but he will never tell us to pursue suffering. Pursue Christ, and experience in the way that you will meet with certain opposition.

3. Why the almost certainty of suffering?

Thirdly, why is suffering inevitable for us? There are two basic reasons.

One, is has to do with our enemy: Satan. Paul tells the Romans in Romans 16:20, “The God of peace will soon crush Satan beneath your feet.” We, as the seed of the woman, are in warfare with the Evil One. The strategy of this warfare requires the fangs of the Evil One piercing our heels. We are called in this warfare to experience a measure of suffering. We do not war according to the flesh. We tear down speculations and lofty thoughts that are raised up against the knowledge of God. We deal with people who are being deceived and lied to by the Adversary. We’re called to engage in a strategy of warfare that will involve our suffering.

Not only do we suffer because of Satan, but we also suffer because of Christ. Because we are united to Christ in His cross and in His resurrection. This is what is so crucial to understand about Paul’s suffering: in his suffering he is giving to the Corinthians and giving to us, as it were, a human extension of the very cross of Christ. We see something here that is Christ-like, and we are called to something that is Christ-like in this present age of the already and the not-yet. We are to live in this relationship to death and resurrection; resurrected in Christ, united in Christ to the grace and the power of the age to come. Yet, at the same time, living in this present age and called to go the way of the Lamb. Satan, and the cross; we will be those who will suffer.

4. God’s grace to those who suffer.

Fourthly, consider the grace that God gives to us in suffering. God will do one of two things for us in our suffering.

First, He’ll deliver us from our suffering. We’ll see that in Paul’s experience. He either removes the threat or He removes Paul and delivers him from suffering, or secondly, He gives Paul the grace to endure suffering. As we’ll see next time, He doesn’t take the thorn away, but gives the grace to glorify Christ in the midst of his weakness and his pain.

The results of suffering.

Finally, by way of preliminary observation, there are two main results that come from ministerial suffering.

The first is the benefit that is given to the people of God. Paul repeatedly makes it clear that he’s not suffering for suffering’s sake. He’s not suffering as some martyr in the sense that the more he suffers, the more virtuous he is. He’s suffering for the benefit of the people of God in Corinth. He wants them to know that his sufferings is for their benefit, that they might receive a ministry of the gospel.

The second purpose of suffering is to occasion the worship and praise of God, to display the glory of God’s gospel, and bring about praise and thanksgiving as God delivers His servants from suffering and sustains His servants in suffering, doing so as the God who raises the dead, the God who overcomes death and suffering. So, our suffering always has a purpose to it. It always has a purpose: for the benefit of God’s people and for the glory of God.

1) Paul as a display of the gospel (1 Cor. 4:9).

Let’s look first of all, at Paul as the display of the gospel. Before we get to the issue of the suffering in itself, per se, I want you to see from 1 Corinthians 4:9 that Paul is a display of the gospel.

We read in 1 Corinthians 4:9, “For I think God has exhibited us apostles last of all, as men condemned to death. Because we have become a spectacle to the world, both to angels and to men.” Now, you know the context. The Corinthians were divided in aligning themselves with their celebrity preachers. They were competing with one another, and they were boasting in their pride, as Paul rebukes them in verse 6 and verse 7, “Who regards you as superior?” Why are you bragging the way you are? In verse 8 they are infected with an over-realized eschatology. They’re putting an emphasis on the already, not balanced with the not-yet. They are thinking to themselves that they already have become rich, they already have become kings. Paul says, “Oh, I wish that were true! Let me tell you what I think.” It’s sort of a sarcastic, “If we’re going to give our opinion, here’s Paul’s opinion.” “You’re not rich kings.”

He says, “We are exhibits. God has given you something to see in us. God has exhibited us.” It’s a word that means to put something on public display. You go to a museum and you see an exhibit. It’s there with spotlights on. There’s a piece of art, and you’re there to look at what is exhibited.

Then, “He has made a spectacle out of us.” It’s this word theatron. We get the word ‘theater’ from that. The Corinthians would know what happens in their theaters. That’s where the spectacles were put on display. In particular, that’s where they would go to see gladiators fight one another. That’s where they would go to see dramas and plays that would reenact the great battles of their army and the great events of their culture. Paul uses this word and describes himself as one of the gladiators who loses his conflict.

One writer writes, “The apostles seemed to be of no more importance than the gladiators who shed their blood in the arena to provide an amusing public spectacle. Surely, the Corinthians should be ashamed of themselves to lounge in the best seats to simply applaud or even to boo.” Paul says, “God has given you something to look at: an exhibit. You want a spectacle? You want a gladiator event? We are like men last of all condemned to death.” They would then think of how the gladiator event would come to an end. You’ve now got the two men fighting off against each other. They’re fatigued, they’re weak from previous bouts. One of them is going to lose, being condemned to death. When he falls to the ground, the other gladiator is ready to thrust him through, and the crowd condemns him to death.

Paul says, “There’s your spectacle. That’s what you’ll see when you see me and my life. You’ll see me as though in the theater, watching the gladiator who was condemned to death.” What a display of humiliation and defeat! Paul says, “But this is the strategy that is seen by angels, for we wrestle not with flesh and blood.” This is the strategy seen by men in order to topple their arrogant speculations and lofty thoughts raised up against God. This is a tactic of warfare that brings us into union with the Christ who crushed the head of the serpent on the cross and triumphed in resurrection power. Paul presents a picture of himself that would have been repulsive to the Corinthians.

You must hear these words and realize how repulsive these things would sound to this Corinthian congregation. Look what he goes on to say in verse 10, “For we are fools for Christ’s sake, but you are prudent in Christ! We are weak, but you are strong! You are distinguished, but we are without honor! To this present hour we are both hungry and thirsty, and are poorly clothed, and roughly treated, and are homeless. We toil, working with our own hands. When we are reviled, we bless; when we are persecuted, we endure; when we are slandered, we try to conciliate. We have become as the scum of the world, drags of all things—even until now.” If you were recording the Corinthian congregation, you would not be hearing people saying, “Amen. Amen.” You would hear them saying, “Ugh. Eh. Disgusting. That’s terrible. Scum of the world? Poorly dressed?”

Paul presents himself in a way that challenges the Corinthian value system. He does so not only by what he says, but by who he is and the experiences that God brings him to in the course of his ministry.

This brings us to a question of application, and it is this: do Christians need to see the gospel? Do they need to see the gospel? We rightly emphasize the ear gate. “He who has ears to hear, let him hear what the Spirit says to the churches,” is the repeated refrain after every letter Christ writes to the churches in Revelation 2:3.

In 2 Corinthians 4:2, Paul says, “Having renounced the hidden things because of shame; not walking in craftiness, or adultery in the Word of God. But by the manifestation of the truth, commending ourselves to every man’s conscience in the sight of God.” As Pastor Meadows has been instructing us, truth is to be something that we embody as men. The word ‘manifesting,’ means to bring it to light, to make it evident, to make it obvious. Paul says, “When you hear me speak, you hear words of truth. When you look at my life, you see a manifestation of truth.” A demonstration that aligns itself genuinely with the message of the gospel that is being preached.

Paul was an embodiment of his message, and he is not going to preach Christ crucified and appear impressive to the Corinthian. Crucifixion is not impressive! He will embody his message, and particularly in his suffering.

Robert Plummer connects Paul’s suffering and gospel proclamation. He says, “Paul thinks suffering not only accompanies the Apostle’s proclamation of the gospel, but is a proclamation of the gospel.” Paul himself, you see, is the media through which the gospel is communicated. Plummer says, “The conveyer of the message pictures the content of the message.” You’re not going to preach Christ crucified and then be culturally impressive. The messenger aligns with the message, and those who are not eyewitnesses to Christ’s crucifixion were still given a visual aid, if you will, to the gospel. They are given a suffering servant, even the Apostle Paul himself. The challenge to us is that we are to likewise embody our message. We are likewise to be emblematic of the message that we proclaim.

God’s method is not to send the Church new strategies and programs and gimmicks and technologies. His method is to send them you. “There came a man sent from God whose name was John.” That’s how John opens his gospel in John 1:6. Here it is. The new redemptive history begins! How does it begin? Trumpets announcing? No. Here comes a man sent from God with a message, and he himself is the very emblem of that message, as he calls sinners to repentance and faith in Jesus Christ.

Let me give something of my opinion on what is happening in our culture today. For some reason, it has begun to be popular to make movies about Jesus, television programs about the Book of Acts, Noah, and other movies about Bible characters and Bible stories. I understand there’s more to come. There’s going to be a movie produced about the Apostle Paul, being unleashed within the next couple of years. I won’t lord it over your conscience, but I don’t recommend that you see those visual images. I don’t recommend that you take those visual images into your mind. They will condition the way you read your Bible. Those images will begin to inform how you interpret Scripture. I would encourage you, as I’ve done, to encourage your people not to see those movies.

But God has given them something to see. God has given them something to look at: you. He’s given them a visual image: you. He’s given them the display of a life that’s transformed by grace. He’s given them a visual display of a man who is joined to Jesus Christ in His death and resurrection. You—a converted sinner, a gifted servant of Jesus Christ—who live your life with integrity before your people. So they know your trials, they know your difficulties, they know your shortcomings and they see you living out the reality of the gospel, not only when you’re in your pulpit, but when you’re living among them. You’re the visual display that God has given to His people. They need to hear and the need to see. They hear and listen to you, and they look at you. With good reason, because like Paul, we too are to be a display of the gospel.

2) Paul’s deliverance from death (2 Cor. 1:8-11).

Secondly, in 2 Corinthians chapter 1 we see Paul’s deliverance from death. Here’s the occasion where rather than given grace to endure suffering, God delivered the Apostle from death. 2 Corinthians 1:8-11, “For we do not want you to be unaware, brethren, of our affliction which came to us in Asia, that we were burdened excessively, beyond our strength, so that we despaired even of life; indeed, we had the sentence of death within ourselves so that we would not trust in ourselves, but in God who raises the dead; who delivered us from so great a peril of death, and will deliver us, He on whom we have set our hope. And He will yet deliver us, you also joining in helping us through your prayers, so that thanks may be given by many persons on our behalf for the favor bestowed on us through the prayers of many.”

Now, to what does Paul refer here? What is he speaking about? Scholars are uncertain as to what Paul is referring to. Some point to 1 Corinthians 15:32, where Paul says, “If from human motives I fought with wild beasts at Ephesus, what does it profit me?” But Paul doesn’t say that he did fight with wild beasts at Ephesus. He said, “If I did that.”

Likewise, in 1 Corinthians 13:3, “If I give all my possessions to feed the poor; if I surrender my body to be burned.” He’s speaking hypothetically. We’re not sure. We can’t say Paul fought with wild beasts at Ephesus. He’s using that as a hypothetical example. But he experienced something, to which he refers the details of which are known to the Corinthian readers, because he doesn’t rehearse the details. They know the event of which he’s speaking, and it was an event that took Paul to the very extremity of himself, right to the very gate of death itself. He was burdened excessively. It was beyond his strength. He was at the end of his own human capacity. Notice the emphasis of death. “Despaired even of life,” in verse 8. “The sentence of death,” in verse 9. “The great peril of death,” in verse 10.

Now, the sentence of death could refer to a human court that had actually sentenced Paul to death, and that sentence was internalised within ourselves. Paul was certain he’s a dead man. It’s one thing to acknowledge today that some day we will die; it’s another thing to expect that tomorrow morning you’re going to be executed. That’s where Paul is. As far as he is concerned, life is done. He is on death’s door. Tomorrow he is going to die. There is no human escape from this impending death. How does he understand that? Verse 5, “The sufferings of Christ are ours.” He understands his sufferings in terms of his union with Jesus and says, “This is the suffering of Christ.” He is about to enter into a deeper and fresh union with His Saviour, in suffering.

Not only are the sufferings his, but his comfort was made abundant. He experienced the reality of that comfort. He writes to the Corinthians in order to encourage them, that even at death’s door they will know the comfort of those who die in union with Christ, of those who suffer for the sake of the gospel.

So, he says in verse 6, “If we are afflicted, it is for your comfort and salvation; if we are comforted, it is for your comfort, which is effective in the patient enduring of the same sufferings which we also suffer; and our hope for you is firmly grounded, knowing that as you are sharers of our suffering, so also you are sharers of our comfort.” Look what Paul does right at the very beginning of this letter. Once again, he confronts the Corinthians with his suffering. Immediately, first thing he reminds them of was that event which they must have known about, in which Paul nearly died. “How disgusting; how weak; how humiliating; how insignificant. Why is he telling us this? That doesn’t impress us at all!”

Ah, but it should, because it brings you to the realization of the God who raises the dead. It brings you to experience the power of resurrection grace and comfort, and the hope of the God who raises the dead. It brings you to the praise and thanksgiving and worship that this God rightly deserves, because when we face death, we face death in union with Jesus Christ. When we face suffering—particularly suffering that comes to us in the way of ministry—we are sharers in the sufferings of Jesus Christ. As horrifying as that might be and painful as that might be, this is a suffering that is excessive. It’s beyond our strength! It took us to the end of ourselves. We were despairing, we were undone, but that’s not the end of the story, for in union with Christ we are also resurrected. We also receive comfort and hope, and even joy in the midst of our suffering.

You see, Paul immediately brings this to a note of worship. He immediately refers back to what he says in verse 3, “Blessed be the God and Father of our Lord Jesus Christ, the Father of mercies and God of all comfort.” Notice, this is the God who raises the dead. Teaching us, verse 9, “Not to trust in ourselves, but in God who raises the dead.” We know that God, not simply as the God of Martha at Lazarus’ funeral, who hoped her brother would rise again at the last day. We know the God who raises the dead who said, “I am the resurrection and the life.” We know this God revealed in Jesus Christ, and we enter into the sufferings of Jesus Christ, being sustained by the resurrecting power and grace of Jesus Christ.

So in verse 7, where he says that he is suffering, it’s that word pathéma, it’s the word pathos, it’s the word of intense emotional anguish and discomfort and distress. ‘Despair’—it’s a word of utter perplexity and internal turmoil. Also, ‘affliction’ in verse 8 is the word from where we get the word ‘tribulation.’ It’s the idea of external circumstances pressing in upon us, above, beneath, on the side, before, behind, and pressuring us. Paul is feeling himself collapse from the pressure of the outside, weakened by the perplexity of the inside, and yet marvelously comforted and miraculously delivered. We don’t know how, but we do know it was by the hand of God that brings thanksgiving and praise to God. Right out of the gate; not done with the first chapter, and Paul is already telling the Corinthians again about his suffering for their benefit and for the glory of God, because of our union with Jesus Christ, in His death and in His resurrection.

Application.

Brethren, we need to come to terms with the fact that as disciples of Jesus Christ we will suffer, and we need to come to terms that as pastors of Christ’s flock, we have been called to a unique dimension of suffering.

If God has given you a shepherd’s heart, I can assure you, I am confident that you’re sitting here today with pain. You’re carrying people in your heart from your church, and you care for them, you’re concerned for them, you’re interceding for them. You go to your desk asking Christ to give you food that will nourish them and that will address their consciences, that will speak to their particular needs. You visit them pastorally; you pray with them; you pray for them; you seek to bring them a Word of God that will be fitting in due season for their particular needs. That is a painful thing. It’s like I am in labor again until Christ be formed in you.

You’ve been given the kind of suffering the unconverted man knows nothing about. It’s not just the suffering of life in a fallen world. It’s not just the suffering of losing your eyesight and your teeth and your hearing and the decay of the outer man; that’s common. It’s the sufferings of Christ. It’s the experience of being hated for no other reason than your identity with Jesus Christ. Being intimidated by a world that is increasingly anti-Christ. Being threatened with the loss of social acceptance, the loss of the affection of loved ones whom you love, but who are offended at you.

Perhaps we will be facing in the West the loss of legal rights, the economic standing in our culture, tax exemptions and such. Perhaps we’ll see economic oppression, even as those who received the letter to the Hebrews, who lost jobs and had possessions taken, and some of the brethren in prison. Perhaps we’ll experience the kind of persecution that our brethren in the Middle Eastern experience.

I saw some of the tapes, some of the pictures of some of those coptic Christians on their knees with those Jihadis standing behind them about ready to behead them. I kind of enlarged the picture to take a look at some of the expressions on those men’s faces before they were about to die. I got the impression that some of them had come to terms with their impending death. I have real problems with coptic Christianity. There are real doctrinal, ecclesiastical problems. I can’t answer all the questions involved in this issue, but I can say this: the only reason those men are losing their lives is because of the name of Jesus Christ. How much do they understand of the gospel? I don’t know. Is their church ordered as a biblical church should be ordered? I don’t think so. But I think many, if not most, of those men were expecting that when their heads fell from their shoulders they would open their eyes to behold the face of Christ. I get the sneaking suspicion that some of those Jihadis knew that, and they realized that even in martyring these men, those men were still overcomers. I don’t know what kind of opposition we will face but I do know that we’re called to ministerial suffering.

Brethren, today pastors are being pressured to become professional therapists, to become business managers, to become ringmasters on the stage coordinating the various acts that come up to perform for the audience.

Paul presents us as a human extension of the gospel, as a display of what it means to follow and proclaim a crucified Christ who has triumphed over death in the victory of the resurrection, who has conquered Satan by His bloody heel crushing his head, and who was willing to suffer at the hands of a world that still cries out, “Crucify Him! Crucify Him! Crucify Him!” It’s in that world that we’re called to preach an uncompromising truth, that we’re called to be a display of integrity and authenticity, as ministers of the gospel. We are to expect occasions of deliverance, and to anticipate sustaining, enabling grace if and when we’re called to suffer for Christ’s sake, confident that we serve the God who raises the dead.

Let me conclude this initial study today by asking you to read with me the desires of the Apostle Paul in Philippians chapter 3, reading from verse 8 to verse 11. May these words express our own resolve. “More than that, I count all things to be loss in view of the surpassing value of knowing Christ Jesus my Lord, for whom I have suffered the loss of all things, and count them but rubbish so that I may gain Christ, and may be found in Him, not having a righteousness of my own derived from the Law, but that which is through faith in Christ, the righteousness which comes from God on the basis of faith, that I may know Him and the power of His resurrection and the fellowship of His sufferings, being conformed to His death; in order that I may attain to the resurrection from the dead.”

May we aspire to do the same. Amen.

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2015 Pastors’ Conference | Lessons from the Pharisees for Christian Pastors

Lessons from the Pharisees for Christian Pastors

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Lecciones de los fariseos para los pastores cristianos

Es bueno estar con ustedes hoy. Les traigo saludos de Trinity Baptist Church. Como ya saben, hemos tenido una larga relación; los amamos y oramos por ustedes con regularidad. Estoy muy agradecido por la invitación para formar parte de la conferencia pastoral y por la oportunidad de volver a ver algunos de los hombres que han asistido a esta conferencia en el pasado, también ver nuevas caras y escuchar nuevos nombres y saludarlos. Estoy agradecido de poder ministrar la Palabra de Dios a ustedes hombres, que están con nosotros hoy.

Por favor tomen sus Biblias y vayan al capítulo 11 de Lucas. Me enfocaré en los versículos 37 al 52 de Lucas 11. Ahora, pidamos la ayuda de Dios al acercarnos a su Palabra. Oremos juntos.

Dios que estás en el cielo, te damos gracias por tu palabra y que Tú nos has dado tu Palabra escrita. Nos la has otorgado en nuestros propios idiomas y te pedimos que nos ayudes por medio de tu Santo Espíritu, porque aunque Tú nos has dado la capacidad mental para entender las palabras, sin la ayuda de tu Espíritu nuestros esfuerzos aquí hoy serán en vano, los esfuerzos de predicar o de escuchar. Te pedimos que nos mandes tu Espíritu en gran medida, que nuestros esfuerzos no sean en vano. Que conozcamos la ayuda de tu Espíritu para el bien de nuestras almas y la gloria de tu nombre. Te pedimos todas estas cosas en el nombre de tu Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Amén.

Cuando estudiamos los evangelios, llegamos a familiarizarnos con ciertas personas. Obviamente llegamos a conocer más de Jesús, José y María, los apóstoles, Marta, María, Lázaro. Eran buenas personas, con la excepción de Judás, que fue uno de los apóstoles. Pero, también, cómo Judas, hay otras personas no tan buenas con las cuales también llegamos a familiarizarnos al leer y estudiar los evangelios. Además de Judas, existen otras personas como Pilato y claro, están los fariseos.

En general, los fariseos eran hombres malos. No todos, pero la mayoría de ellos, podemos decir, representaban el epítome de la maldad. Esto no significa que cometían los pecados más viles, sino que eran hombres que tenían mucha luz y que profesaban conocer a Dios pero que en realidad estaban en oposición a Él. Leemos acerca de esto en Lucas 12:47-48. Hay un sentido en el cual los fariseos representan a los siervos que conocían la voluntad de su Señor, pero que no se comportaban conforme a esa voluntad.

En Lucas 12:47 dice: «Y aquel siervo que sabía la voluntad de su señor, y que no se preparó ni obró conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes». Sigue diciendo en el versículo 48 que aquel que no conocía y no hacía la voluntad de su Señor, aunque también merecía azotes, no recibiría tantos. Los fariseos eran hombres que conocían la voluntad de Dios. Estaban expuestos a su Palabra. Conocían lo que estaba bien y lo que estaba mal, pero estaban en oposición a Dios. Por lo tanto, podemos decir que es importante que nosotros estudiemos sobre ellos.

Hay muchas palabras en el Nuevo Testamento escritas sobre los fariseos y es por una buena razón. Jesús mismo dijo al principio de Lucas 12 que debemos cuidarnos de su levadura que es la hipocresía. Si tenemos que cuidarnos de algo, tenemos que saber en qué consiste esto de lo cual nos estamos cuidando. Todos llevamos dentro de nosotros el pecado de los fariseos, por lo menos las semillas de estos pecados en nuestros corazones. Como personas que asisten regularmente a la iglesia y que están familiarizadas con la Biblia, fácilmente podemos convertirnos en fariseos si la gracia de Dios no se encuentra en nuestras vidas.

Al considerar este pasaje, vemos que se nos dice que Jesús entró a comer en la casa de un fariseo.

1. Los que acompañaban a Jesús

Veamos, en primer lugar, quiénes estaban alrededor de Jesús. En el versículo 37, se nos dice que su huésped era cierto fariseo. Cierto fariseo le pidió que fuera a comer con él. Tal vez se trataba de un almuerzo. Entonces, se nos dice que Él entró y se sentó a comer. El fariseo era el huésped. Habían otros invitados ahí también. Evidentemente, habían otros fariseos ahí junto con el dueño de la casa, y junto con ellos habían algunos abogados, maestros de la ley, o escribas, como se llaman en el relato evangelístico. Notemos que el versículo 45 dice: «Respondiendo uno de los intérpretes de la ley». Entonces, queda evidente que habían por lo menos dos abogados en ese lugar. Había más de un abogado ahí y uno de ellos abrió la boca y habló.

Los fariseos formaban una secta judía, eran una rama del judaísmo, en un sentido podríamos decir que formaban una denominación. Eran muy popular en los tiempos de Jesús. Eran líderes religiosos. No eran líderes religiosos oficiales nombrados en la Biblia como los sacerdotes y los levitas, pero eran líderes de la religión judía de aquel entonces. Por su posición de liderazgo, eran muy respetados por el pueblo judío. La palabra «fariseo» literalmente significa «separado», y ellos se enorgullecian de ser separados o diferentes. Se enfocaban en la separación de todo lo que era inmundo. Se enorgullecían de manera especial de estar separados de los gentiles.

Notemos que los fariseos no solamente se veían a ellos mismos como separados de, diferentes y superiores a los gentiles. En Juan 7:49, habla un fariseo y se refiere a «esta multitud». Él se está refiriendo al pueblo judío de Jerusalén: «Pero esta multitud que no conoce de la ley, maldita es», porque un número creciente de judíos comenzaban a escuchar y a seguir a Jesús. Ellos no tenían en poco solamente a los gentiles, sino a todo el que no era un fariseo como ellos. Los abogados generalmente pertenecían al partido de los fariseos, pero eran los eruditos o teólogos entre los fariseos. Entonces, estos eran los invitados. Aquí están los acompañantes de Jesús. Su huésped era un fariseo. Entre los invitados habían por lo menos algunos otros fariseos y algunos abogados.

2) La entrada de Jesús

Lo segundo que notamos es la entrada de Jesús. En la última parte del versículo 37 vemos que dice que después de recibir la invitación: «Jesús entró y se sentó a la mesa». Fue a la mesa inmediatamente.

En segundo lugar, en lo que respecta a su entrada, notamos que esto provocó una reacción de parte del fariseo que lo había invitado. Versículo 38: « Cuando el fariseo vio esto, se sorprendió de que Jesús no se hubiera lavado primero antes de comer». No había llevado a cabo el lavamiento ceremonial del cual leemos en otro lugar en los evangelios. Era la tradición de los ancianos (Mateo 15:2). No era un requisito bíblico, pero era un requisito de la tradición de los ancianos. Entonces, esto provocó una reacción de parte del fariseo. Se maravilló de que Jesús no se hubiera lavado primero antes de comer.

Ahora, esta palabra se usa en muchas ocasiones en los evangelios de manera positiva. La gente se maravilló de las obras que Jesús había hecho. Se maravillaban de ellas y deseaban seguir a Jesús por causa de ellas. Pero aquí la palabra no se emplea en un sentido positivo porque notemos lo que pasa después. El que Jesús siguiera directamente hacia la mesa provocó esta reacción dentro del fariseo, pero esto en turno provocó una reacción de parte de Jesús. Esto es lo que vemos en el versículo 39 y los versículos que le siguen.

Cuando Jesús entró en ese lugar y se sentó a la mesa sin lavarse, ¿piensan ustedes que a Él se le había olvidado lavarse? Desde luego, no era pecaminoso que Él se sentara sin lavarse, porque lavarse las manos no era un requisito bíblico. Pero en un entorno social, especialmente en la casa de un fariseo, esto era algo muy ofensivo. Jesús era un hombre verdaderamente cortés, ¿verdad? Pero a Él no se le había olvidado lavarse las manos ese día. Queda evidente que Jesús quería usar esta ocasión como una oportunidad para abordar un problema espiritual serio, extenso y muy común. Los fariseos y los abogados representaban la religión oficial y en general su forma de pensar era muy errónea. Ejercían mucha influencia. Digo que su forma de pensar era errónea porque a pesar de todos sus estudios de la Palabra de Dios, a pesar de todo su conocimiento de las Escrituras y de cómo profesaban ser el pueblo de Dios, hasta el pueblo especial de Dios, los que eran «separados», no habían dado en la marca. No habían alcanzado entender el mensaje de la Palabra de Dios, no entendían el Antiguo Testamento aunque lo tenían. Se encontraban muy lejos de entenderlo. Podríamos decir que se encontraban a cientos de millas de distancia. Por tanto, Jesús estaba usando la ocasión como una oportunidad para darles una lección. Hemos repasado quienes eran sus acompañantes y también como fue su entrada.

3) La reprensión de Jesús

En tercer lugar, Jesús reprende a los fariseos. Esto se encuentra en los versículos 39-44, y tiene cuatro partes diferentes.

1. Jesús reprende a los fariseos (Lucas 11:39-44)

La primera parte consiste esencialmente en las siguientes palabras de Jesús: «Ustedes son hipócritas» (versículos 39-41). En primer lugar, les dice que este es su gran problema. Versículo 39: «Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad». La ilustración que Jesús presenta es de algo absurdo y en un sentido, asqueroso.

Esta tarde tuvimos una cena en nuestro hogar. Habían invitados y antes de ir al comedor, todos nos sentamos en la sala para conversar. Mientras conversábamos podíamos mirar hacia la mesa y ver que habían buenos platos sobre ella, por lo menos, parecían muy buenos desde la sala.

Imaginemos sin embargo que, al ser llamados a comer, hubiéramos salido de la sala y entrado al comedor, y que despues de haber visto, desde la sala, una mesa que estaba bien arreglada, al sentarnos todos alrededor de la mesa nos hubiéramos dado cuenta que el interior de los platos y los vasos no tenía el mismo aspecto que tenía su exterior cuando lo mirábamos desde la sala de estar, sino que por dentro estaban sucios con el remanente de unos 30 días de comida vieja. Les aseguro que mi esposa nunca haría algo semejante. ¡Sería asqueroso!

Jesús quiere comunicar lo siguiente: el comportamiento habitual de los fariseos, incluyendo lo que ocurría en el corazón de aquel fariseo en cuya casa Jesús estaba comiendo en ese momento, su comportamiento habitual era una expresión de esa ilustración tan asquerosa y absurda. Más adelante, en Lucas 16, Jesús habla acerca de estos hombres y dice que eran «amantes del dinero». Eran líderes religiosos, pero eran amantes al dinero. Eran líderes religiosos, pero más adelante en Lucas 20, Jesús dice que devoraban las casas de las viudas. A pesar de toda su apariencia de santidad y la impresión que causaban en los demás de ser hombres buenos y piadosos, en realidad eran hombres malvados. Así como mi ilustración es muy asquerosa, también la ilustración que da Jesús es absurda y asquerosa, y así eran estos hombres. Esto es lo que nos enseña Jesús. Particularmente ante los ojos de Dios.

Notemos lo primero que Él dice. Los reprende por ser hipócritas. Les dice que ahí está su mayor problema (versículo 39).

En segundo lugar les dice cual debiera de ser su perspectiva. Versículo 40: «Necios, el que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro?» En otras palabras, les dice que Dios ha hecho tanto el exterior del hombre, las manos que se lavan, pero también ha hecho el interior. Él hizo el corazón. Él formó el alma. Esta es la idea. En efecto, les está diciendo que se apliquen las mismas reglas que tienen para sus siervos a ellos mismos. Se hubieran enojado mucho con sus siervos si solamente hubieran lavado el exterior de las tazas y los platos y no el interior. Les está diciendo que deben aplicarse esas mismas reglas a ellos mismos, que deben aplicarlas a sus propias vidas, corazones, almas, a su enseñanza. Esta es la idea. Esta debe ser nuestra perspectiva.

En tercer lugar, Él les dice lo que deben hacer. He aquí lo que deben hacer, versículo 41: «Pero dad limosna de lo que tenéis, y entonces todo os será limpio» (RVR1960). Literalmente: «Todas las cosas que están por dentro son limpias para ustedes». Él quiere decir una de dos cosas aquí.
Puede ser que los esté mandando a literalmente dar limosna. En otras palabras: «Ustedes deben dar limosna del contenido de sus tazas y sus platos, de todo lo que poseen. Deben dar a otros que la necesitan». Recordemos que ellos eran amantes del dinero. En otro lugar de los evangelios, vemos que a ellos nisiquiera les gustaba dar dinero a sus padres. Recuerden la manera en la que tergiversaban la ley para poder retener el dinero que debían de haber dado a sus padres. Él les dice que deben dar limosna, dar a la gente pobre y necesitada. Ayudar a los demás de forma patente. Esto es lo que Jesús está diciendo. En Santiago 1:27 vemos que «la religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones». El les está diciendo que deben involucrarse en esas cosas. Esto sería una religión pura.

Él también puede estar diciendo lo siguiente: «Entregen todo su ser –lo interior, el alma, el corazón— entrégenlo a Dios», como dice en 2 Corintios 8:5, cuando Pablo le escribe a los corintios y habla acerca de cuan generosos fueron al ayudar a los cristianos judíos en Judea. El dice que «primeramente se dieron a sí mismos al Señor». Esta es la idea que Jesús estaba comunicando a los demás.

De cualquier forma –si les está diciendo, en sentido literal, que den dinero a los podres o si se refiere a dar el corazón a Dios— la idea que les imparte es que tienen que amar a Dios y a los hombres. Necesitan la religión verdadera. Su corazón necesita estar involucrado en su religión. Esta es la idea. Entonces, cómo resultado, serán verdaderamente limpios.Veamos la última parte del versículo 41: «Pero dad limosna de lo que tenéis, y entonces todo os será limpio». En otras palabras: «Si sus corazones están limpio delante de Dios y no solamente ante los ojos de los hombres, no solo según las tradiciones del fariseísmo, entonces ustedes serán verdaderamente limpios, y todo os será limpio».

Se asemeja a la afirmación de Pablo en Tito 1:15: «Todas las cosas son puras para los puros». De manera que si estás puro por dentro y te sientas a la mesa, un poco de polvo que se ha acumulado sobre tus dedos como el resultado de tus actividades cotidianas no hará que seas inmundo o que tu comida sea inmunda. Esta es la idea que Jesús les está comunicando, pero la religión de los fariseos no era una religión interna. Erá básicamente un espectáculo externo. Jesús primeramente reprende a los fariseos y les dice que son hipócritas (versículos 39-41).

Ahora, las tres reprensiones que le siguen tienen forma de «ayes»: «Ay de vosotros». A estas le siguen tres «ayes» por causa de los abogados.

En primer lugar, hay tres «ayes» para los fariseos. «Ay de vosotros». Jesús les señala lo triste y nocivo que resulta su carácter y conducta. Les advierte acerca del juicio que merecen y el juicio que de hecho tendrán que sufrir si no se vuelven de sus pecados. Veamos, en primer lugar, los «ayes» dirigidos a los fariseos.

1- Ustedes le dan el primer lugar a lo que tiene menor importancia (Versículo 42)

El primer aye está en el versículo 42 y la sustancia es esta: Ustedes le dan el primer lugar a lo que tiene menor importancia. Leamos el versículo 42: «¡ay de vosotros, fariseos! que diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza, y pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello». Eran muy cuidadosos para diezmar de todo lo que poseían y hasta diezmaban de las plantitas que crecían en un vasito sobre la encimera de la cocina. Eran así de quisquillosos.

Notemos algunas de las faltas en el comportamiento de los fariseos que Jesús menciona y subraya aquí, lo que llamo un extremismo quisquilloso que va más allá de lo que Dios ha dicho en Su Palabra. El Antiguo Testamento declara: «Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová» (Levítico 27:30). En realidad estaban edificando una cerca, es algo que hicieron con respecto a muchos asuntos diferentes. La idea que sostenían era que, cómo la Palabra de Dios decía aquello, entonces debían asegurarse de dar un paso más allá, y tal vez otro paso más allá del anterior, y después aun otro paso, para tener mucho cuidado de no infringir el mandamiento literal de la Palabra de Dios.

Hacían esto hasta con el nombre de Dios, de manera que hoy en día nisiquiera sabemos cómo los judíos pronunciaban el nombre de Dios, ¡porque pararon de pronunciarlo! La Biblia dice: «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano». Entonces cada vez que leían el nombre de Jehová en el Antiguo Testamento, no lo pronunciaban. Decían «Adonai» porque querían estar seguros de que no lo estaban tomando en vano. Iban más allá de lo que decía la Palabra de Dios. Aquí están haciendo lo mismo. Es un extremismo quisquilloso, y esto nos lleva a lo que sigue.

Ellos desarrollaron su propia legislación porque eventualmente sus cercas se volvieron en leyes y esta era la tradición de los ancianos. Jesús dice lo siguiente acerca de este asunto en Mateo 15:9: «[enseñan] como doctrina los mandamientos de hombres».

Cómo he dicho, nisiquiera existía una ley acerca del lavar de las manos antes de cada comida, pero todos estos hombres acusaban a Jesús de pecado en esta ocasión. Estoy seguro que fue por esta razón que Jesús no se lavó las manos. Tal vez en algunas ocasiones sí se las lavó. Se asemeja al caso de Pablo. En una ocasión, Pablo circuncidó a Timoteo. No necesitaba hacerlo, pero en otra ocación rehusó circuncidar a Tito, porque en esa ocasión el problema consistía en que se arriesgaba a perder la misma verdad de la gracia de Dios y del evangelio. De manera que Jesús quería enfatizar un punto. Ellos habían creado su propia legislación.

En tercer lugar, habían puesto sus leyes por encima de las leyes de Dios. Aquí vemos a unos hombres codiciosos que no se preocupaban de sus propios pecados. Estos hombres orgullosos no pensaban ni por un minuto acerca de su vil orgullo, sino que todos se enfocaban en el hecho de que Jesús no se había lavado las manos. Habían puesto sus leyes por encima de las leyes de Dios.

Por último, el resultado final fue que terminaron por descuidar las leyes de Dios por completo, especialmente aquellas cosas que Dios más aprecia. Notemos la conclusión de Jesús al final del versículo 42: «Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello». Él les dijo que cumplían con las cosas pequeñas, pero ignoraban las cosas grandes: la justicia y el amor de Dios. No es que debieran ignorar las cosas que eran relativamente pequeñas en la ley de Dios, esto no es lo que Jesús quiere decir. Él dice que debieron de haber hecho ambas cosas. Actualmente, están ignorando las leyes de Dios que más importancia tienen. Específicamente, el amar a Dios con todo el corazón, alma, fuerza y mente, y el amar al prójimo como a ellos mismos, los dos grandes mandamientos. [Jesús les dijo] que le daban prioridad a las cosas más pequeñas.

2- Ustedes están enamorados con recibir atención de los demás (Versículo 43)

El segundo «aye» está en el versículo 43. La tercera censura que Jesús le hace a los fariseos es que ellos estaban enamorados con la atención que recibían de los demás. Versículo 43: «¡Ay de vosotros, fariseos! que amáis las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas».

En la sinagoga había una silla principal, la silla de Moisés, y era donde se sentaba el rabino. También estaban los asientos baratos que estaban entre el arca que tenía los rollos de la ley y los profetas. Esto estaba en el centro como lo está nuestro púlpito, y era una señal de reverencia apropiada, en cierto sentido, hacia la Palabra de Dios. Entonces también habían otros asientos que estaban orientados hacia la congregación. Digamos que aquí, donde están los escalones [los escalones hacia la plataforma del púlpito], hubiera otra plataforma con asientos. Los fariseos querían sentarse en esos asientos. Esos asientos estaban orientados hacía la congregación. No estaban enseñando ni dirigiendo el culto. Esos asientos no tenían una función real ni la había para esos hombres en el culto. Todo era una mera exhibibión, ¡pero ellos amaban esos asientos! Me imagino que si no habían suficientes para todos se peleaban por ellos.

En Mateo 6, Jesús afirmó lo siguiente: «[a] los hipócritas…les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres». En Juan 12:43, dice lo siguiente acerca de los gobernantes de la sinagoga: «Amaban más el reconocimiento de los hombres que el reconocimiento de Dios».

Jesús está diciendo que los fariseos, en general, están llenos de orgullo y que este orgullo afecta todo lo que hacen. Hacen todo lo que hacen para ser vistos por los hombres, para obtener la adulación de los hombres. Jesús dice que esto no solamente está mal, sino que serán juzgados por esto. Este es el segundo «aye».

3-Ustedes conducen a los demás por el mismo camino de condenación (Versículo 44).

La cuarta censura y el tercer «aye» está en el versículo 44. Su esencia es: «Ustedes conducen a los demás por el mismo camino de condenación». Miremos el versículo 44: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! que sois como sepulcros que no se ven, y los hombres que andan encima no lo saben» (RVR1960). Algunas versiones no tienen las palabras «escribas y fariseos» y solamente dicen: «ay de vosotros, hipócritas».

La idea es que en el Antiguo Testamento, el que tocaba una tumba o un cadáver quedaba inmundo. Escuchemos las palabras de Números 16:16: « De igual manera, todo el que en campo abierto toque a uno que ha sido muerto a espada, o que ha muerto de causas naturales, o que toque hueso humano, o tumba, quedará inmundo durante siete días». Esto afectaba los privilegios de adoración. Si quedaban inmundos por siete días, no podían entrar en la casa de Dios y adorar en el día de reposo o en un día de fiesta. También afectaba el privilegio de poder relacionarse con otros judíos. No podían hacerlo si están inmundos. Si no se percataban de que había una tumba, porque no estaba marcada claramente, y la pisaban o la tocaban, sin querer quedaban inmundos. Lo que Jesús dice es lo siguiente: «Fariseos, al relacionarse con ustedes, la gente se ha contaminado sin darse cuenta, porque no saben que vuestros corazones son como el interior de una tumba».

Miremos el versículo 39: «Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad». Son la personificación de una tumba. Por fuera tal vez luce bien, pero por dentro está llena de huesos de muerto. Él les está diciendo que [esta ilustración] es fiel porque ellos figen ser santos y le dicen a los demás cuan santos son. La gente habla acerca de la santidad de ellos y a ellos les encanta escucharlo, pero por dentro son feos. Ellos conducen a los demás por el mismo camino de condenación. En otras palabras: «Fariseos, nadie se da cuenta que está caminando sobre un sepulcro al relacionarse con ustedes, pero la enseñanza y el ejemplo de ustedes está matando a los demás». Este es el argumento de Jesús. Hemos visto cómo Jesús reprende a los fariseos, ahora veremos la objeción de los abogados que se encuentra en el versículo 45.

2. La reprensión de Jesús a los abogados (Lucas 11:46-52)

Versículo 45: «Respondiendo uno de los intérpretes de la ley, le dijo: Maestro, cuando dices esto, también a nosotros nos insultas». Como dije anteriormente, no todos los abogados, pero sí muchos de ellos, por lo general, formaban parte del grupo de los farisesos. Eran los eruditos y los teólogos del grupo. Podríamos decir que eran una mezcla del erudito religioso –como un profesor del seminario—, y del experto en leyes. Su Biblia, el Antiguo Testamento y la ley de Moisés, era su regla. Como dije anteriormente, los fariseos y los abogados juntos formaban el establecimiento religioso.

En esta ocasión, la percepción de este abogado fue muy aguda. Él se dio cuenta que los abogados también estaban en la línea de fuego de Jesús, aunque no sepamos sí o no se dio cuenta que Jesús lo hizo intencionalmente. Él sabía que todo lo que Jesús dijera en censura de los fariseos, tambiéra era una censura para los abogados. Por supuesto, la idea no le resultó agradable, y tal vez le estaba dando el beneficio de la duda a Jesús y pensaba por dentro que quizás Jesús no se había dado cuenta [de la implicación de sus palabras]. Básicamente, le dice a Jesús: «¡No es posible que te refieras a nosotros!» Pero sí se refería a ellos. Le estaba haciendo un llamado al arrepentimiento a todos los que formaban parte del establecimiento religioso judío.

Podríamos decir que los seis «ayes», los tres que ya hemos mirado y los tres que nos quedan por mirar, en realidad se aplicaban al grupo completo, al conjunto de los fariseos y los abogados. Pero los próximos tres «ayes» con los que nos encontramos estaban dirigidos especialmente a los abogados. Vamos a verlos. Nuevamente, vemos que se incluyen tres «ayes», y seré mucho más breve en relación con estos.

1- Ustedes cargan a los hombres (versículo 49)

El primero es este: «Ustedes cargan a los hombres, los estorban». Versículo 46: «Y El dijo: ¡Ay también de vosotros, intérpretes de la ley!, porque cargáis a los hombres con cargas difíciles de llevar, y vosotros ni siquiera tocáis las cargas con uno de vuestros dedos». En otras palabras les dice que ellos cargan a las personas. Las sobrecargan. Las estorban. Les ponen obstáculos en el camino. Algunas personas (puede ser que solamente sea al nivel humano), estas personas quieren conocer más acerca de Dios o quieren descubrir algo acerca de Dios, reconciliarse con Dios, o quizás son en verdad el pueblo de Dios. Cualquiera que sea el caso, ustedes ponen obstáculos en su camino. No los están ayudando sino que los estorban, los sobrecargan. La primera parte de la afirmación es esta: «Cargáis a los hombres con cargas difíciles de llevar». En otras palabras: «Ustedes hacen que las personas lleven cargas que no pueden manejar».

Es como si tomaras a tu hijo de once años y le pidieras que lleve unas pesas de doscientos libras hacia el otro lado del cuarto. ¡No puede hacerlo! [Jesús] dice: «Eso es lo que ustedes están haciendo, sobrecargando a las personas. Acumulan cargas duras sobre ellos». Como ya hemos visto, son cargas que Dios no requiere de ellos.

Recordemos que, en cierto sentido, la misma ley del Antiguo Testamento, era una carga, ¿verdad? En Hechos 15:10, Pedro se refiere a las leyes ceremoniales del Antiguo Testamento como un «un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar». En cierto sentido, podemos decir que la ley del Antiguo Testamento ya era una carga, aunque una carga legítima, porque Dios la había puesto sobre el pueblo. Estos abogados, como los fariseos, incrementaban la carga. Iban más allá de los requisitos del Antiguo Testamento. Todas las tradiciones de los ancianos eran añadiduras, todas eran añadiduras a la ley de Dios. ¿Cómo lo hicieron? Lo hicieron con interpretaciones minuciosas y legalistas de la ley de Dios, con añadiduras a la ley de Dios.

Era como el asunto de diezmar de las hierbas, o semejante a lo que le hicieron a Jesús y a sus discípulos esa vez que tan sólo arrancaban unas pocas espigas porque tuvieron hambre en un día de reposo. Les dijeron que eran culpables de cosechar y trillar cuando arrancaban las espigas, la rodaban entre sus dedos y se las comían. Los acusaron de cosechar y trillar. Con todas sus tradiciones del día de reposo, esto es lo que hacían: le añadían a la ley de Dios. Esta es la primera parte de lo que Jesús está diciendo aquí: «Porque cargaís a los hombres con cargas».
Notemos la segunda parte, la última parte del versículo 46: « ¡Pero vosotros ni aun con un dedo las tocáis». Lo que Jesús dice en esta ocasión se puede interpretar de dos formas. Pienso que probablemente quiso decir ambas cosas.

La primera sería esta: «Ustedes les dan muchas tareas difíciles, pero son cosas que ustedes mismos no hacen». Este puede ser el significado de lo que está diciendo. Ustedes les dictan qué deben hacer, pero ustedes mismos no lo hacen. No sólo conocían las 617 tradiciones de los ancianos en cuanto al día de reposo y cómo guardarlo, sino que también conocían cada laguna que existía en las reglas. De manera que si había algo que en verdad deseaban hacer en el día de reposo, podían encontrar una razón por la cual era legítimo. Esto es hipocrecía, el no poner en práctica lo que se predica.

La otra posibilidad en cuanto al significado de lo que Jesús dice en esta ocasión es que ellos cargaban a los demás con muchas cargas pesadas, ¡pero no los ayudaban! «Pero vosotros ni aun con un dedo las tocáis». «Ustedes no hacen estas cosas» puede significar que ellos no los ayudaban con esas cargas.

Por ejemplo, cuando las personas se acercan a mí y me hacen preguntas, yo les doy consejería pastoral, o si yo me acerco a ellos y les hago unas preguntas y pienso que necesitan consejería pastoral, entonces los aconsejo. En primer lugar, esto implica dejarles saber lo que creo que deben hacer según lo que dice la Biblia. En segundo lugar, trato de explicarles cómo deben llevarlo a cabo. En otras palabras, los dirigo hacia la Palabra de Dios. Les explico lo que dice la Palabra de Dios. Los aconsejo. Oro con ellos y oro por ellos. Les animo y les digo que si necesitan más ayuda, si necesitan más instrucción, me pueden llamar. Pueden acercarse a mí para hablar sobre el asunto.

El problema es que los fariseos no hacían nada parecido a esto. Agobiaban a los hombres con cargas y no hacían nada para ayudarlos. Esto es lo primero: «cargáis a los hombres con cargas» (versículo 46).

2-Fingen que aman a los profetas (versículo 47-51)

El segundo «aye» es el siguiente: «Ustedes fingen que aman a los profetas». Está en los versículos 47-51. Leamos tan sólo los versículos 47-48: « ¡Ay de vosotros!, porque edificáis los sepulcros de los profetas, y fueron vuestros padres quienes los mataron. De modo que sois testigos, y aprobáis las acciones de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis sus sepulcros».

El punto es este: «Ustedes fingen que están en el partido de Dios. Ustedes adoran a los profetas. Estos en verdad eran los mensajeros de Dios. ¡En verdad eran siervos de Dios! Ustedes conocen sus hombres: Isaías, Jeremías y los de muchos, muchos otros profetas». En cierto sentido, él les está diciendo que ellos dirigen unas excursiones de los sepulcros, los decoran con flores, elogian a los profetas, y en realidad lo que están haciendo es pregonando la admiración que sienten por esos hombres cuando la realidad es que en verdad, en última instancia, los desprecian. Todo lo que hacen, todo lo que representan, es una demostración de esta realidad. Ese es el punto de sus palabras. La conclusión es que ellos odiaban a los profetas porque odiaban su mensaje. No obedecían su mensaje. Eran como sus padres, sus antepasados que habían matado a los profetas. Ellos decoraban los sepulcros que sus padres habían edificado para los profetas. Ese es el punto que Él quiere comunicar, que ellos eran como sus antepasados.

3- En realidad, ustedes impiden que las personas entren en el reino de Dios (versículo 52)

Luego está el tercer «aye» y es que ellos en realidad impedían que las personas entraran en el reino de Dios. Versículo 52: «¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley!, porque habéis quitado la llave del conocimiento; vosotros mismos no entrasteis, y a los que estaban entrando se lo impedisteis».

«Habéis quitado la llave del conocimiento». En cierto sentido, ellos tenían la llave del conocimiento. Tenían las Escrituras, tenían acceso a la Palabra de Dios. Poseían un conocimiento de la Palabra de Dios que la gente común no tenía. No tenían la Biblia en el celular como nosotros o sobre un estante en el hogar. ¡No la tenían de esa forma! Pero tenían acceso a ella. Tenían conocimiento de la voluntad de Dios. Tenían la plataforma para ponerse de pie y instruir al pueblo de Dios sobre el contenido de la Palabra de Dios. El punto es que ellos desaprovecharon la oportunidad. Ellos tampoco entraron. Tampoco creyeron. Ellos tampoco conocían a Dios, aunque tuvieron la oportunidad y entonces también impideron que otras personas entrarán. Esta es una triste, muy triste censura de los abogados y los fariseos.

Aplicación

Me gustaría tomar el resto del tiempo que me queda para dar algunas aplicaciones prácticas de este tema. Empezaré con una palabra para todos, en realidad para todo el pueblo de Dios, pero para todos. Si Jesús advertió a los fariseos y a los abogados acerca de la gran luz que tenían y el grave peligro que la acompañaba si no se arrepentían y creían, los que están sentados aquí hoy pueden estar en un peligro mucho más grave que cualquiera de ellos. Miremos los versículos 49-51 nuevamente: «Por eso la sabiduría de Dios también dijo: “Les enviaré profetas y apóstoles, y de ellos, matarán a algunos y perseguirán a otros, para que la sangre de todos los profetas, derramada desde la fundación del mundo, se le cargue a esta generación, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que pereció entre el altar y la casa de Dios; sí, os digo que le será cargada a esta generación”».

Pensemos en esto. Estos hombres vivieron antes de que se escribiera el Nuevo Testamento. Ellos vivieron antes de que hubiera una iglesia nuevo testamentaria del Señor Jesucristo. Vivieron antes de los días de la Reforma. Vivieron antes del desarrollo de la imprenta y de la distribución de todo tipo de buena, sólida literatura cristiana. Jesús dijo básicamente que la culpa de la sangre de todos los siervos de Dios que fueron asesinados, desde el tiempo de Abel, hijo de Adán, hasta el tiempo de Jesús, les caería encima a todos ellos, por causa de su luz.

Ahora, piensa en tu persona. Al menos muchas de las personas que están sentadas aquí hoy crecieron en una iglesia. Crecieron bajo la predicación de la Palabra de Dios, y quizás en una muy buena iglesia con muy buena enseñanza, rodeadas de ejemplos buenos y piadosos como el de sus padres y el de los pastores de la iglesia en la que crecieron. ¿Es la obligación que tienen de creer en el evangelio inferior a la de los fariseos y los abogados? ¿Si no creen en él, será su condenación más ligera que la de ellos? ¿Se arrepentirán y pondrán su confianza en Jesucristo hoy? ¡Debieras arrepentirte y creer en Jesucristo hoy!

Como un ministro de Jesucristo, te ordeno a arrepentirte de tus pecados y a creer en el Hijo. Como una persona que entiende las consecuencias a las que te enfrentas si no lo haces, te insto a creer en el Señor Jesucristo. Como un predicador, te imploro que creas en el Señor Jesucristo y abandones hoy tus pecados. Como un cristiano, oraré por ti para que verdaderamente le des la espalda a tus pecados y pongas tu confianza en el Señor Jesucristo, antes de que acabe al día. Que Dios te ayude.

Estas son lecciones que se aplican a nosotros los pastores porque sé que el culto que estamos celebrando ahora, aunque es un culto regular de la iglesia, en esta ocasión se lleva a cabo conjuntamente con la Conferencia Pastoral, y afortunadamente tenemos muchos pastores aquí. Quiero terminar con algunas lecciones de los fariseos para los pastores cristianos.

Podemos decir que los fariseos y los abogados eran el equivalente de los pastores cristianos o quizás, podríamos decir viceversa, que en algunas formas somos el equivalente de ellos en la iglesia del Señor Jesucristo.

1. No debemos enfocarnos en las cosas externas y descuidar lo interno.

La primera lección es esta: no debemos enfocarnos en las cosas externas y descuidar lo interno (versículos 39-41). Leeré el versículo 39 de nuevo: « Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de rapacidad y de maldad».

Se enfocaban en lo externo, en los rituales, en los cosas de la religión que eran meramente formal. Todos se preocupaban sobre sí o no Jesús se había lavado las manos ceremonialmente antes de comer y si lo hubiera hecho, probablemente no les hubiera importado que había en su corazón. Se preocupaban por lavarse las manos, pero ignoraban lo que estaba en sus corazones, mientras sus manos estuvieran limpias, esto a ellos no les importaba. Esto es lo que hacían los fariseos, en lo que se trataba de lavarse las manos o diezmar de las hierbas o de orar en las esquinas, pero en relidad no daban limozna a los pobres ni se entregaban a Dios. En algunas maneras, se asemejaban a la iglesia católica romana que ofrece los sacramentos, las ordenanzas externas, sin importarle si la gente en realidad posee un arrepentimiento verdadero que conduce a la salvación y si tiene fe en Cristo o no.

Muchos protestantes se comportan de forma similar, ¿verdad? El enfoque es: «¿Te has bautizado? Si eres bautizado, entonces estás bien con Dios». O la pregunta es: «¿Has hecho tu decisión?» Si la respuesta es afirmativa dicen: «Que bien, entonces eres salvo». También preguntan: «¿Eres miembro de una iglesia? Entonces todo está bien». ¡Estas cosas no salvan a los hombres! Las ordenanzas externas no salvan. Hermanos, nosotros también podemos ser culpables de lo mismo. Aun siendo reformados y bautistas reformados, ¡podemos ser culpables de la misma cosa! Como pastores, podemos ponernos de pie y decir: «Bueno, por lo menos asisten a la iglesia». O puede ser que pienses en tu corazón: «Yo pertenezco a la iglesia». También puedes decir algo similar a lo siguiente: «Por lo menos soy decente en lo que respecta el exterior. No estoy en algún pecado grave, como los que tienen que ser disciplinados por la iglesia, y por tanto todo va bien». No necesariamente.

Pastores y hermanos míos, debemos predicar y enseñar y pastorear y gobernar a las iglesia de Cristo de tal manera que nunca nos demos por vencidos en este asunto. Es difícil hacer esto año tras año. Se convierte en algo agotador y tristemente, no hay muchos otros que están haciendo lo mismo. Como resultado, es posible que escuchemos muchas quejas y hostigamiento por hacer las cosas de esta manera, ¡pero nunca te des por vencido! No cedas al mundo y no cedas a la iglesia profesante. No cedas a las personas que puedan estar en tu propia iglesia –que puede ser una iglesia bíblica buena— pero quizás hay gente en tu iglesia que se han cansado. Han estado en la iglesia por veinte años y lo único que quieren es que los dejes tranquilos durante los últimos años (cualquiera que sea la cantidad) que le quedan por vivir. No cedas ante las personas que dan mucho dinero a la iglesia. Que Dios nos ayude. No debemos enfocarnos en lo externo y descuidar lo interno.

2 No debemos poner las cosas que son relativamente menores sobre las cosas mayores

La segunda lección: no debemos poner las cosas que son relativamente menores sobre las cosas mayores. Lucas 11:42: «Mas ¡ay de vosotros, fariseos! que diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza, y pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello».

Jesús dice lo mismo de otra manera en Mateo 23:24: «¡Guías ciegos, que coláis el mosquito (algo pequeño) , y tragáis el camello (algo grande)!» Esta es otra imagen repugnante, pero vemos el punto. Se enfocaban en las cosas menores e ignoraban por completo las mayores.

Hermanos, no debemos permitir que lleguemos a ser así. Podemos decir que no tenemos todos los rituales externos de los fariseos y que bueno. También podemos decir que no tenemos todos los rituales externos del catolicismo romano. ¡Que bueno! A pesar de esto, nos puede ocurrir de maneras sutiles.

Podemos estar satisfechos con que alguien nos diga que lee la Biblia a diario. ¡Es algo importante! Es importante que alguien lea su Biblia. Si le preguntamos que cómo van sus devocionales y responden que están orando diariamente, podemos estar agradecidos de que alguien toma el tiempo necesario para ponerse de rodillas y hablar con Dios. Es importante, pero no significa que esta persona tenga una religión del corazón porque haga estas cosas. Podemos estar agradecidos porque las personas están haciendo buenas obras, es decir, esas cosas que la Biblia llama buenas obras, pero debemos cuidarnos de nunca poner el simple comportamiento externo sobre la adoración verdadera y la comunión con Dios. Tenemos que predicar esto y enfatizarlo ante nuestra congregación. Debemos indagar más profundamente cuando le preguntamos acerca del estado de sus almas. No debemos poner las cosas que son relativamente menores sobre las cosas mayores. ¿Aman a Dios? ¿Tienen comunión verdadera con Él? ¿Se deleitan en el Señor?

3 No debemos fabricar mandamientos de hombres y tratarlos como los mandamientos de Dios.

En tercer lugar, no debemos frabricar mandamientos de hombres y tratarlos como los mandamientos de Dios. Como mencioné, en algunas formas, la iglesia católica romana es la personificación moderna del fariseísmo. En lo que respecta a nosotros, hermanos, debemos guardarnos de el mismo tipo de errores.

Podríamos argumentar que algunos documentos escritos son muy importantes para nosotros. El que más importancia tiene aparte de las Escrituras es nuestra Confesión de Fe. Existen otros buenos credos y confesiones, pero debemos recordar siempre que, sin importar lo buena que, a nuestro parecer, sea nuestra confesión, no es la Biblia. ¡No es una revelación divina! ¡Ni tampoco lo es la constitución de nuestra iglesia!

Aquellas formas específicas de seguir a Jesucristo, que han sido una bendición tan grande para mí, tampoco son la Palabra de Dios. ¿A que me refiero? Hay algunas cosas que hago en mi vida cristiana que son aplicaciones específicas de la Palabra de Dios en mi vida para ayudarme a obeder a Dios y a Jesucristo, pero si algún día las escribiría y las llamara «las tradiciones de los ancianos» y dijese que los demás deben seguirlas porque han sido tan útiles para mí, entonces estaría en peligro de hacer lo mismo que hicieron los fariseos. No estoy diciendo que si escribes un libro estás haciendo eso. Estoy diciendo que si pones tu libro y tus dictados al mismo nivel de la Palabra de Dios, eso es lo que estarás haciendo. Así fue, por lo menos en parte, como se desarrolló el fariseísmo. Es probable que comenzó con hombres de una piedad genuina que dijeron: «Bueno, yo voy más allá de esto. Lo hago para asegurarme de que no estoy violando la ley de Dios». Espero que tengas áreas en tu vida en las que puedas decir esto. Que no llegues simplemente hasta el límite de lo que permite cada mandamiento de Dios, retando a Dios, en cierto sentido, para ver si te deja caer o no. Esta no es una manera piadosa de vivir. Pero tan pronto comienzes a decir lo siguiente: «No tengo una computadora en mi casa porque conozco mi propio corazón. De manera que cualquiera que tenga una computadora en su casa está pecando», entonces te estas asemejando a ellos. Debemos evitar tal cosa. No debemos tomar los mandamientos de los hombres y tratarlos como si fueran los mandamientos de Dios. Confío en que esto no ocurre en esta iglesia. Confío en que esto no ocurre en las iglesias de ninguno de los hombres que están sentados aquí hoy. No dejemos que esto ocurra en nuestras iglesias, no formalmente de manera que lo reconozcamos públicamente y nisiquiera en una manera que sea simplemente práctica. Que Dios nos ayude.

4-Debemos abstenernos de las apariencias en la religión

Tengo que explicar esa palabra. La uso porque me gusta y significa que no debemos tener nada que ver con las apariencias en la religión.
Versículo 43: «¡Ay de vosotros, fariseos! que amáis las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas!».

De forma particular en lo que tiene que ver con los pastores, no debemos enaltecernos porque somos pastores. Estamos en un entorno en el cual existe la tentación de hacer justamente eso porque las personas en nuestras iglesias aprecian la Palabra de Dios. Puede ser que haigan personas en tu iglesia que asistan porque eres el único pastor en el área que abre las Escrituras y las explica de forma fiel y cuidadosa y hasta las aplica a sus almas. Si hay personas así en tu iglesia, te amarán por esta razón. Entonces, existe el peligro de que nos encaminemos hacia el púlpito con un sentido de orgullo porque la congregación nos ama y con el deseo de darles una buena presentación de todo lo que le agrada, aunque sean cosas buenas. Sí, podemos estar comportándonos de esa manera, sin embargo, debemos evitar toda clase de espectáculo en la religión.
No debemos amar la atención de los demás. No debemos enaltecernos porque somos pastores y no debemos enseñorearnos sobre la grey.

Escuchemos las palabras de Dios por medio de Ezequiel. Dice en Ezequiel 34:4: «Las habéis dominado con dureza y con severidad». Estos eran hombres que amaban los puestos de autoridad, pero que no estaban pastoreando el rebaño de Dios. Los fariseos y los abogados eran una ilustración de esa clase de pastor falso e infiel que se denuncia en el Antiguo Testamento.

Escuchemos las palabras de Pedro en 1 Pedro 5:2-3: «Pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios; no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo; tampoco como teniendo señorío sobre los que os han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño».

Vayan comingo a Mateo 23 por un momento. Leamos Mateo 23:6-7. En este pasaje, Jesús habla nuevamente y denuncia a los líderes religiosos de aquellos días: «Aman el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, y los saludos respetuosos en las plazas y ser llamados por los hombres Rabí». Ahora miremos los versículos 11-12: «Pero el mayor de vosotros será vuestro servidor. Y cualquiera que se ensalce, será humillado, y cualquiera que se humille, será ensalzado». Debemos abstenernos, alejarnos de todo espectáculo en la religión.

5 Debemos cuidarnos de permitir que la religión se vuelva algo meramente externo

El próximo punto está relacionado al anterior. Debemos cuidarnos de que la religión no se vuelva en algo meramente externo, una fachada. En Lucas 11:39, Jesús afirmó: «Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad». Puede ocurrir. Pensarás que no puede ocurrir en una iglesia como esta, una iglesia fiel. Pensarás que no puede ocurrir en un lugar donde los hombres toman la Palabra de Dios en serio, donde se estudia la Palabra de Dios diariamente. ¡Puedes pensar que no puede ocurrir! ¿Piensas así? Por eso es que tenemos a Judas en la Biblia, para que entendamos que sí puede pasar. Las personas pueden caminar con Jesús, hablar con Jesús, escuchar a Jesús, aprender de Jesús, acostarse en el mismo aposento que Jesús para dormir de noche, ¡y aun así puede ocurrir! Los pastores tenemos que enfrentarnos a todos los pecados y las tentaciones que enfrenta el pueblo de Dios. En cierto sentido, como resultado de nuestra posición, tenemos que enfrentarnos más a estas cosas.

Es por esta razón que Pablo dice: «Hermanos, orad por nosotros». Y yo digo: «Hermanos, orad por nosotros». Oremos por los pastores aquí en la Iglesia Bautista Reformada. Oremos por todos los pastores que asisten a la conferencia durante esta semana. Oremos por todos los pastores que conocemos, y oremos también por todos los que no cocemos, todos los pastores cristianos verdaderos. Debemos cuidarnos para no permitir que nuestra religión se vuelva una mera fachada.

6 No olvidemos nuestro llamamiento

En Lucas 11:52, al final del versículo dice lo siguiente: «Vosotros mismos no entrasteis, y a los que estaban entrando se lo impedisteis». ¿Cual es nuestro llamamiento? Es dirigir a las personas hacia Cristo. Conducirlas al cielo. Este es nuestro llamamiento, pero tomemos un momento y vayamos al pasaje que mencioné anteriormente, Ezequiel 34.

Comenzaré a la mitad del versículo 3 del capítulo 34, donde hay una lamentación. Ezequiel 34:2-4:

¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño? ‘Coméis la grosura, os habéis vestido con la lana, degolláis la oveja engordada, pero no apacentáis el rebaño. ‘Las débiles no habéis fortalecido, la enferma no habéis curado, la perniquebrada no habéis vendado, la descarriada no habéis hecho volver, la perdida no habéis buscado; sino que las habéis dominado con dureza y con severidad.

No debemos olvidar nuestro llamamiento. El oficio de pastor no es ante todo una plataforma para ti. No es una plataforma para que tengas éxito en tu predicación. No es una plataforma para promover tu fama, por medio de la predicación o por medio de la escritura, o por medio de cualquier otros dones que Dios te haya dado. Quizás Dios bendiga tu predicación y bendiga lo que escribes, haciendo que seas útil más alla de los confines de la iglesia donde te ha colocado. Quizás lo hará, pero quiero recalcar que esta no es la meta. Esta no es tu meta como siervo de Cristo.
No debemos olvidar nuestro llamamiento. ¿Y cuál es este? Lo encontramos en Hebreos 13:17: «Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta. Permitidles que lo hagan con alegría y no quejándose, porque eso no sería provechoso para vosotros». Velamos por las almas de las personas como aquellos que han de dar cuenta. No debemos olvidar nuestro llamamiento, y tenemos que tomarlo en serio.

7-Nunca debemos aprovecharnos de las personas

Nuevamente, Jesús les dijo a los escribas y fariseos: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque devoráis las casas de las viudas, aun cuando por pretexto hacéis largas oraciones; por eso recibiréis mayor condenación» (Mateo 23:14).

En la historia de la iglesia, hay muchos terribles acontecimientos de esta clase de pecado y muchos acontecimientos terribles de esta clase de pecado en la iglesia moderna. Pecados escandalosos. Simplemente porque seamos reformados, y porque seamos bautistas reformados, esto no significa que seamos inmunes al pecado. Existen manifestaciones más sutiles de este pecado de aprovecharse de los demás. Podemos poner el listón bajo y decir lo siguiente: que cuando alguien da dinero a la iglesia, diezmos, y el pastor no se ocupa de las necesidades del alma de esa persona, se está aprovechando de ella. De hecho, es así aun si la persona no puede dar dinero a la iglesia. Si es un miembro de la iglesia y el pastor no se está ocupando de las necesidades de su alma, se está aprovechando de él. Haríamos bien, hermanos, si reflexionáramos en estas realidades cuando comenzemos a olvidarlas: «Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga».

8- No debemos despreciar al débil

Por último, no debemos despreciar al débil, incluso a los pecaminosos. Esto no solo se aplica a los pastores, se aplica de forma general al pueblo de Dios. El no despreciar al débil es un deber general de los cristianos.

Escuchemos 1 Tesalonicenses 5:14. Recordemos que está escrito a la iglesia en Tesalónica y no solamente a los ancianos de la iglesia: «Y os exhortamos, hermanos, a que amonestéis a los indisciplinados, animéis a los desalentados, sostengáis a los débiles y seáis pacientes con todos».
En Santiago 1:27 se nos dice que: «La religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones». No debemos despreciar a los débiles, incluso a los pecaminosos.

Ahora, estas palabras, como ya dije, eran para todos los discípulos, pero los pastores tienen una necesidad especial de ser conscientes de esto. Notemos en estos pasajes que leeré para concluir, el ejemplo de Dios y de nuestro Señor en este asunto. Notemos su actitud hacia los débiles y los pecadores en medio del rebaño.

Leamos en Ezequiel 34:16 donde el Señor declara: «Buscaré la perdida, haré volver la descarriada». Lo que está diciendo es, en otras palabras, que sus pastores no estaban llevando a cabo esta tarea ni tampoco los líderes religiosos del pueblo de Israel. Dice que buscará lo que se ha perdido y hará volver al descarriado: «Vendaré la perniquebrada y fortaleceré la enferma; pero destruiré la engordada y la fuerte. Las apacentaré con justicia».

Recordemos la manera que Dios afirma esto en Isaías 40:10-11: «He aquí, el Señor Dios vendrá con poder, y su brazo gobernará por El. He aquí, con El está su galardón, y delante de El su recompensa. Como pastor apacentará su rebaño, en su brazo recogerá los corderos». Él presta una atención especial a los débiles y a los jóvenes. Dice que «en su seno los llevará; guiará con cuidado a las recién paridas». Esta es la manera que Dios obra y es la forma en que nosotros debemos comportarnos, hermanos. Cuando se trata de ministrar a las personas débiles, no estoy diciendo que debes invertir todo tu tiempo como pastor con las ovejás más débiles de la iglesia. No digo esto, pero sí necesitas darles el tiempo debido a ellas. No quiere decir que el pastor debe dejarlo todo para asistir a una oveja débil cada vez que se queja (porque algunas se quejan mucho), pero debe prestar atención cuando las escucha balir.

En último lugar, quisiera leer del capítulo 18 de Mateo. Despúes que leamos esto casi habré terminado. Reconozco que me he pasado del tiempo que se me había otorgado, pero quisiera concluír. Mateo 18:10-14 es un pasaje bien conocido. En él Jesús afirma: «Mirad que no despreciéis a uno de estos pequeñitos, porque os digo que sus ángeles en los cielos contemplan siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos. Porque el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que se había perdido. ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se ha descarriado, ¿no deja las noventa y nueve en los montes, y va en busca de la descarriada? Y si sucede que la halla, en verdad os digo que se regocija más por ésta que por las noventa y nueve que no se han descarriado. Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda uno de estos pequeñitos».

Esos «pequeñitos» son discípulos, cristianos profesantes. Es a ellos que se refiere el texto. No están perdidos en general. Puede ser que, como pastor, hayas escuchado lo siguiente, o tal vez ha sido tu experiencia. Es un truismo, es un hecho que por lo general, las personas que reciben la mayor parte del esfuerzo particular de un pastor terminan por alejarse. A pesar de esto, debemos recordar que el Dios que conoce esta realidad dice en Su Palabra que no debemos despreciar o ignorar a los débiles. Es lo que observamos en Mateo 18. Significa imitar a Cristo.
Versículo 11: «Porque el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que se había perdido». En el versículo 12, vemos que el pastor va al monte sin garantía de que encontrará a la oveja perdida, porque en el versículo 13 dice «Y si sucede que la halla». Debemos estar listos a gastarnos, no a amarnos a nosotros mismos, sino a amar al pueblo de Dios.

Que Dios bendiga estas amonestaciones y que bendiga la conferencia pastoral que se está llevando a cabo esta semana. Que nos haga a todos más santos y que seamos ministros útiles de su nuevo pacto. Oremos.

Padre que estás en los cielos, te damos gracias por tu Palabra. Reconocemos que no somos lo que debiéramos ser, pero te pedidos que nos otorges la gracia para darle la espalda más y más al ego y al mundo, a nuestro amor por la comodidad y por nuestros pecados. Guárdanos de no llegar a ser nunca como los fariseos y los abogados. Haz que nos asemejemos más y más a tu Hijo. Ayúdanos a servir fielmente como subpastores de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, porque pedimos estas cosas en su nombre. Amén.

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It’s good to be with you all today. I greetings from Trinity Baptist Church. As you know, we’ve had a longstanding relationship, and we do love you and pray for you all regularly. I’m very thankful for the invitation to be here as part of the Pastor’s Conference, and to see some of the men from past conferences, to see new faces and new names and to greet them. I’m thankful to be able to minister the Word of God to you men, as well, here today.

Please take your Bibles and turn to Luke chapter 11. I’m going to be focusing on verses 37 through 52 of Luke 11. Now, let’s ask God for His help as we come to His Word. Let’s pray together.

Father in Heaven, we thank you for Your Word and that You have given us Your Word in writing. You’ve given it to us in our own languages, and we ask now that You would help, by Your Holy Spirit, because even though You have given us minds to understand words, yet without the help of Your Spirit our efforts here today will be in vain, whether to preach or to hear. We ask that You would send Your Spirit in a plentiful measure, that our efforts would not be in vain. May we know the help of Your Spirit for the good of our souls and the glory of Your name. We ask this all in the name of Your Son, our Lord and Saviour Jesus Christ. Amen.

When we study the gospels, we become familiar with certain people. We obviously become familiar with Jesus, we become familiar with Joseph and Mary, the Apostles, Martha, Mary, Lazarus. Those are good people—with the exception of Judas, who was one of the Apostles. But then, along with Judas, there are some other non-so-good people with whom we become familiar, as we read and study the gospels. In addition to Judas, there is someone like Pilot, and, of course, there are the Pharisees.

By and large, the Pharisees were bad men. Not all of them, but many of them—we could say—were the epitome of evil. That does not mean that they were the grossest of sinners, but they were men who had much light and who professed to know God, but they really opposed God. We read that in Luke 12:47-48. There’s a sense in which the Pharisees embodied the servants who knew their Master’s will, but did not do according to His will.

It says in Luke 12:47, “That servant who knew his master’s will, and did not prepare himself or do according to his will, shall be beaten with many stripes.” It goes on to say in verse 48 that the one who did not know and did not do his master’s will, though he’s worthy of stripes, he will not be beaten with as many. The Pharisees were men who knew God’s will. They were exposed to His Word. They knew better, but they opposed God. Therefore, we could say that is is important for us to study them.

There are many words—in the New Testament—written about the Pharisees, and it’s for a good reason. Jesus Himself said at the beginning of Luke 12 that we should beware of their leaven, which is hypocrisy. If we’re going to be beware of something, we have to know what we’re being aware of. We all carry the sins of the Pharisees within us, at least the seeds of them in our our hearts. As people who go to church regularly and familiarize ourselves with the Bibles, we could easily become Pharisees if the grace of God is not in our lives.

As we look at this passage, we’re told that He went to the Pharisee’s’ house for a meal.

1) Jesus’ company.

Let’s notice, first of all here, Jesus’ company. In verse 37 it tells us that His host was a certain Pharisee. A certain Pharisee asked Him to dine with him. Perhaps it was brunch. So, we’re told He went in and sat down to eat. The Pharisee was the host. There were other guests there. Evidently, there were other Pharisees along with this owner of the house, and along with them there were some lawyers, teachers of law, or ‘scribes,’ as they’re called in the gospel account. Notice in verse 45. It says, “Then one of the lawyers answered and said to Him.” So, evidently there are at least two lawyers. There was more than one lawyer there. One of them opened up his mouth and spoke.

The Pharisees were a Jewish sect. That is a branch of Judaism, a denomination we could say in one sense. They were very popular in Jesus’ day. They were religious leaders. They were not official religious leaders that the Bible itself spoke about, such as the priests or the Levites, but they were the leaders of the Jewish religion in that day. Having that position as leaders, they were greatly respected by the Jewish people. ‘Pharisee’ means literally ‘separated,’ and they prided themselves on being separate or separated. They concentrated on separation from everything that was unclean. They especially prided themselves on separation from Gentiles.

Notice that the Pharisees did not just think of themselves as separated from, different from, and above Gentiles. In John 7:49, there’s a Pharisee speaking, “This crowd.” He means the Jewish people of Jerusalem. “This crowd does not know the law is accursed,” because more and more of the Jews were beginning to listen to and follow Jesus. They despised not only Gentiles, but everyone who was not a Pharisee like themselves. The lawyers were generally part of the party of the Pharisees, but they were the scholars or theologians among the Pharisees. So, those were the guests. There’s Jesus’ company. His host: a Pharisee. The guests: at least a few other Pharisees and some lawyers.

2) Jesus’ entrance.

The second thing to notice is Jesus’ entrance. In the last part of verse 37 it says that after He was invited, “He went in and sat down to eat.” He proceeded immediately to the table.

Secondly, in terms of His entrance, we notice that this provoked a reaction from the Pharisee who invited Him. Verse 38, “When the Pharisee saw it, he marveled that He had not first washed before dinner.” He hadn’t engaged in the ceremonial washing that we read in another place in the gospels. It was the tradition of the elders. It was not required in the Bible, but it was required by the tradition of the elders. So, it provoked this reaction in the Pharisee: he marveled that He had not first washed before dinner.

Now, many times that word is used in the gospels in a positive way. People marveled at the works that Jesus did. They were amazed at them, and they wanted to follow Jesus because of it. But here the word was not used in a positive sense, because you notice the next thing. Jesus going right to the table provoked this reaction within the Pharisee, but that provoked a reaction from Jesus. That’s what we have in verses 39 and following.

When Jesus when into that room and sat down at the table without washing, do you think He forgot to wash? It certainly was not sinful for Him to sit down without washing, because the Bible didn’t require He wash His hands. In a social setting, especially at the home of a Pharisee, this was very offensive! Jesus was a truly gracious man, wasn’t He? But He didn’t forget to wash His hands on that day. It’s evident that Jesus wanted to use this as an opportunity to address a serious, extensive, pervasive, spiritual problem. The Pharisees and the lawyers were the religious establishment, and they were by and large very wrong in their thinking. They were very influential. I say they were very wrong, because for all of their study of the Word of God, and for all their knowledge of Scripture and their profession to be God’s people—even God’s special people, the ‘separate ones’—they missed it. They missed the message of the Word of God itself, the Old Testament that they had. They missed it by a mile! We could say they missed it by hundreds of miles. So, Jesus was using this as a teaching opportunity. There’s His company, and His entrance.

3) Jesus’ rebuke.

Thirdly, Jesus’ rebuke of the Pharisees. That comes in verses 39-44, and it comes in four different parts.

1. Jesus’ rebuke to the Pharisees (Luke 11:39-44).

The first part is essentially that Jesus says this: “You are hypocrites!” (verses 39-41.) First of all, He tells them this is their great problem. Verse 39, “But the Lord said to him, ‘Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.’” Jesus’ illustration is absurd, and it’s gross in a sense.

We had a dinner at our house this afternoon. We had guests with us, and before we went to the dining room table we all sat in the living room and talked. As we did we could look over at the table and we could see that there were nice dishes on the table. At least they looked very nice from the living room. Imagine though if we came from the living room to the table, when we were called, and everyone who saw the nicely set table from the living room, when they sat down at the table saw that the inside of the dishes—the cups and the plates—did not look like the outside look when they sat over in the living room. But it looked like they had maybe thirty days worth of meals caked on the inside. My wife would never do that, let me assure you. It would be gross!

Jesus is saying this: the Pharisees’ constant conduct, including what was going on in the heart of that Pharisee at whose house He was eating at this moment, their constant conduct is an expression of that gross, absurd illustration! As Jesus said later on in Luke 16, speaking of these same men, that they were lovers of money. They were the religious leaders, but they were lovers of money! They were the religious leaders, but Jesus said later on in Luke 20, “They devoured widow’s houses.” For all of their holy appearance and the impression that they gave that they were good and godly men, they were evil men. Just like my illustration was very gross, Jesus’ illustration was absurd and gross, so were these men. That’s what Jesus was saying! Particularly in God’s eyes.

Notice what He said first of all. He rebukes them for being hypocrites. He says here’s their great problem. (Verse 39.)

Secondly, He said, “Here is how you should see things.” Verse 40, “Foolish ones! Did not He who made the outside make the inside also?” In other words, “God made both the outside of the man, the hands that you wash, but He also made the inside! He made your heart. He made your soul!” That’s His point. In effect He’s saying, “Apply the rules that you have for your servants. You would be extremely upset with them if you only washed the outside of the cups and the plates, and they didn’t wash the inside.” He’s saying, “You should have those same rules for yourself, and you should apply them to your own life, your heart, your soul, and your teaching.” That’s His point. That’s how you should see things.

Thirdly, He tells them what they should do. Here’s what you should do. Verse 41, “But rather give alms of such things as you have; then indeed all things are clean to you.” Literally, it says, “All things that are within are clean to you.” He’s saying one of two things here.

He’s either saying this: “You should literally give alms.” In other words, You should give alms of the content of your cups and your plates, all of the things you have. You should give to others who need them. Remember, they were lovers of money. They didn’t like to give money we’re told in another place in the gospels, even to their parents! Remember the way that they twisted the law so that they could keep the money that they should have been using to help their elderly parents for themselves. He says, “You should give alms. Give what you have to poor people, to people who need it! Actually help other people.” That’s what he’s saying. It says in James 1:27 that if you visit orphans and widows, that is pure and undefiled religion. He’s saying, “You should engage in that.” That would be true religion.

He might also be saying this: “Give yourself—your insides, your soul, your heart—give it to God.” Like it says in 2 Corinthians 8:5 as Paul is writing to the Corinthians, telling about how generous they were to help the Jewish Christians in Judea. He said, “They gave themselves first to the Lord.” This is what Jesus would have been saying.

Either way—whether He is saying to literally give money to the poor, or give your hearts to God—the point is this: you must love God and man. You must have true religion. Your heart must be in your religion. That’s His point. Then, the result will be that they will be truly clean. Look at the last part of verse 41. “Then indeed all things are clean to you.” In other words, “If your heart is clean before God, not just in the eyes of men, not just according to your Pharisaical traditions, then you will be truly clean, and all things will be made clean to you.”

It’s like Paul’s statement in Titus 1:15, “To the pure, all things are pure.” So that if you are pure within and you sit down at your meal, and there’s a bit of dust from your daily activities on your fingers, it’s not going to make you or your meal unclean. That’s Jesus’ point, but the religion of the Pharisees was not an inward religion. It was basically an outward show. Jesus’ rebuke of the Pharisees is first of all, “You’re hypocrites.” (Verses 39-41).

Now, the next three rebukes are in the form of woes. “Woe to you.” Then they’re followed by three woes for the lawyers.

First, there are three for the Pharisees. “Woe to you.” Jesus is pointing out to them how sad and how grievous their conduct and their character is. He’s giving them warning about the judgement that they deserve, and the judgement that they will in fact experience if they don’t turn from their sins. Let’s look, first of all, at the woes to the Pharisees.

1- “You put lesser things first” (Verse 42).

The first woe is in verse 42, and the substance of it is this: “You put lesser things first.” Let’s read verse 42, “But woe to you Pharisees! For you tithe mint and rue and all manner of herbs, and pass by justice and the love of God. These you ought to have done, without leaving the others undone.” They were so careful to tithe everything that they had, they even tithed from the little things that they grew in a little glass on their kitchen counter. That’s how persnickety they were.

Let’s notice some of the faults of the Pharisee’s behavior Jesus mentions here and highlights. What I will call persnickety extremism that goes beyond what God has said in His Word. The Old Testament said to, “Bring a tithe of the land of the trees, the fruit of your trees and of your herds.” (Leviticus 27.) They were in effect creating a hedge, and they did this at many, many different points. They said, “The Word of God says this. Let’s make sure we go a step beyond that, and maybe even a step beyond that, and then a step beyond that, so that we’re very careful that we don’t break what God’s law actually says!”

They did that even with the name of God, so that here we are nowadays when we don’t even know how the Jews pronounce the name of God, because they stopped pronouncing it! The Bible said, “Don’t take the name of the Lord your God in vain.” So every time in their Old Testament that they read the name Yahweh they wouldn’t say it. They would say Adonai, because, “We want to make sure we’re not taking it in vain.” They went beyond what the Word of God was saying! That’s what they were doing here. It’s a persnickety extremism, and that leads to the second thing.

They created their own legislation, because their hedges eventually turned into laws, and it was the tradition of the elders. Jesus said this about what they did in Matthew 15:9: “You teach as doctrines the commandments of men.”

As I said, there wasn’t even a law about washing your hands before you eat a meal, but these men all had Jesus sinning there. That’s why I’m sure Jesus didn’t wash His hands. In some occasions maybe He did. It was kind of like Paul. On one occasion Paul had Timothy circumcised. He didn’t need to, but on another occasion he refused to circumcise Titus, because there the point was that he might lose the very truth of the grace of God and the gospel. So, Jesus wanted to make a point here. They created their own legislation.

Third, they elevated their laws above God’s laws. Here are these greedy men not worrying about their own sins. These prideful men, not thinking for a minute about their terrible pride, but they’re all thinking about the fact that Jesus didn’t wash His hands. They elevated their laws above God’s.

Finally, they ended up completely neglecting God’s laws, especially the things God regards the most. Notice Jesus’ conclusion at the end of verse 42. “These you ought to have done, without leaving the others undone.” He said, “They did the little things, but they passed by the big things: justice and the love of God!” It’s not that they should ignore relatively minor things in God’s law, that’s not Jesus’ point. He says, “You should have done both!” As it is, they’re ignoring the most important of God’s laws. Namely, love for God with all their heart and soul and strength and mind, and love for their neighbor as for themselves—the two great commandments. “You put lesser things first.”

2- “You’re in love with attention” (Verse 43).

The second woe is in verse 43. The third criticism that Jesus has of the Pharisees is that they were in love with attention. Verse 43, “Woe to you Pharisees! For you love the best seats in the synagogues and greetings in the marketplaces.”

In the synagogue there was a main seat—the seat of Moses—and the Rabbi sat in it. Then there were these cheap seats between the ark that they had with the scrolls of the law and the prophets in it. That was up in the center like our pulpit is, giving a right reverence, in a sense, to the Word of God. Then they had some other seats facing the people. Let’s say there was a shorter platform out here, where the stairs are, and it was ringed with seats. These Pharisees wanted to sit in those seats. Those seats would be facing the people. They weren’t teaching; they weren’t leading the service. There was no real function for those seats or for those men in the service. It was just for display, but they loved those seats! I would imagine they fought for them if there weren’t enough to go around.

Jesus said this in Matthew 6: “The hypocrites love to pray standing in the synagogues and in the corners of the streets, that they may be seen by men.”

Jesus said this about the rulers of the synagogue in John 12:43: “They love the praise of men more than the praise of God.”

What Jesus was saying was this: that the Pharisees, by and large, are full of pride, and it affects everything they do. They do everything they do to be seen by men, and to get the praise of men. Jesus says not only that it is wrong, but that they’re going to be judged for it. That’s the second woe.

3- “You lead others down the same path of condemnation” (Verse 44).

His fourth criticism, and the third woe we find in verse 44. It’s essentially, “You lead others down the same path of condemnation.” Look at verse 44, “Woe to you, scribes and Pharisees, hypocrites! For you are like graves which are not seen, and the men who walk over them are not aware of them.” Some versions don’t have the words ‘scribes and Pharisees’ in there, it just says ‘woe to you, hypocrites.’

The idea is that it says in the Old Testament that if you touch a grave or if you touch a dead body it makes you unclean. Listen to Numbers 19:16, “Whoever in the open field touches one who is slain by a sword or who has died, or a bone of a man, or a grave, shall be unclean seven days.” That would affect their privileges of worship. If they’re unclean for seven days they can’t go to the house of God and worship on the Sabbath or on a feast day. It affects their privileges of being able to interact with other Jews. They can’t do it if they’re unclean. If people can’t see that there’s a grave, because it’s not marked clearly, and they step on it or touch it, they unwillingly become unclean. Here’s what Jesus is saying, “By interacting with you Pharisees, people are unwillingly becoming unclean, because they don’t know that your hearts are like the inside of a tomb.”

Look at verse 39, “Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.” They’re the living equivalent of tombs. Nice-looking outside perhaps, but inside full of dead men’s bones. “That’s true because you men pretend to be holy, and you tell people how holy you are. Others say how holy you are, and you love to hear it, but you’re ugly inside.” That’s what He’s saying. “You lead others down the same path of condemnation.” In other words, “No one sees that he’s walking back and forth over a grave when he has interaction with you, but your teaching and your example, you Pharisees, are killing people.” That’s His point. There’s Jesus’ rebuke of the Pharisees, then we come to the lawyer’s objection in verse 45.

2. Jesus’ rebuke to the lawyers (Luke 11:46-52).

Verse 45, “Then one of the lawyers answered and said to Him, “Teacher, by saying these things You reproach us also.” As I said, not all of them, but many lawyers, by and large, were part of the Pharisees. They were the scholars and theologians among them. We could say they were a combination of religious scholar, like a seminary professor, and a legal expert. Their Bible—the Old Testament and the law of Moses—was their law. Together, the Pharisees and the lawyers were the religious establishment, as I said.

In this instance, this lawyer’s perception was very good. He realized that the lawyers were in Jesus’ line of fire, whether he realized that Jesus meant it that way or not. He knew that whatever Jesus said in condemnation of the Pharisees was condemning the lawyers as well. Of course, he didn’t like it, and maybe he was giving Jesus the benefit of the doubt, thinking, “Maybe He doesn’t realize this.” He’s basically saying to Jesus, “You couldn’t possibly be meaning us!” But He did. He did mean them. He was calling the whole religious establishment of the Jews to repent.

We could say all six of the woes—the three we’ve already looked at and the three to come—were really for all of them, Pharisees and lawyers together. But these next three we come upon were especially intended for the lawyers. Let’s look at them. Again, it includes three woes, and I’ll be much more brief regarding these.

1- “You weigh people down” (Verse 46).

The first one is this: “You weigh people down, or you encumber them.” Verse 46, “And He said, ‘Woe to you also, lawyers! For you load men with burdens hard to bear, and you yourselves do not touch the burdens with one of your fingers.’” In other words, “You weigh them down. You overload them. You hinder them. You put obstacles in their way.” Some people, whether it’s just in a human level, they want to know more about God or find out something about God, be reconciled to God, or maybe it’s truly God’s people. “Whatever the case, you put obstacles in their way. You’re not helping them, you’re hindering them. You overload them.” The first part of the statement is this: “That you load men with burdens hard to bear.” In other words, “You make people try to carry something that they cannot handle.”

It’s like taking your eleven year old child and saying, “Here’s two-hundred pound weights. Carry them across the other side of the room for me.” He can’t do it! He says, “That’s what you men are doing. You overload people. You pile severe burdens on them.” They’re burdens—as we saw already—that God has not required.

Remember that the Old Testament law itself, in a sense, was a burden, wasn’t it? Peter in Acts 15:10 referred to the Old Testament ceremonial laws as, “A yoke which neither we nor our fathers were able to bear.” Already, in a sense, we could say that the Old Testament law was a burden, but a legitimate burden, because God placed it on people. These lawyers, like the Pharisees, increased the burden! They went beyond what the Old Testament required. The traditions of the elders were all add-ons. They were all additions to God’s law. How did they do that? They did it with minute, legalistic interpretations of God’s law, and additions to God’s law.

It was like the tithing of herbs, or what they did to Jesus and His disciples that one time when they were just taking a few heads of grain so that they didn’t get famished on the Sabbath Day. They said, “You’re guilty of harvesting and threshing when you pluck a head of grain and roll it between your fingers, and eat it. You’re harvesting and threshing!” With all of their Sabbath traditions, that’s what they were doing: adding to God’s law. That’s the first part of what Jesus says here. “You load men with burdens.”

Notice the second part of it, the last part of verse 46. “And you yourselves do not touch the burdens with one of your fingers.” There’s two possible things Jesus meant here. I think it’s likely He meant both.

The first one would be this: “You give them all these hard things to do, but you don’t do them yourselves.” He could be saying that. You tell them what to do, but you don’t do them yourselves. They not only knew all the six-hundred seventeen traditions of the elders regarding the Sabbath Day and how to keep it, they also knew every loophole. So that if they really wanted to do something on the Sabbath Day, they could find a reason as to why it was legitimate. That’s hypocrisy, not practicing what you preach.

The other possibility that Jesus meant here is that they gave all these heavy burdens to them, but they didn’t help them! “You yourselves do not touch the burdens with one of your fingers.” “You don’t do it yourself” might mean “You don’t help them to do it.”

For instance, I give people pastoral counsel when they come and ask me questions, or if I come and ask them questions and I think they need pastoral counsel, I’ll give it to them. It involves part one: I tell them what I believe the Bible says they need to do. Part two: I try to tell them how they should do it. In other words, I direct them to the Word of God. I explain what the Word of God says. I give them advice. I pray with them, and I pray for them. I encourage them, and I say, “If you need further help, if you need further instruction, call me. Come to me. We can talk about it.”

The point is that the Pharisees did nothing of the sort. They would overload men with burdens and do nothing to help them do it. That’s the first thing. “You weigh people down or encumber them.” (Verse 46).

2- “You pretend that you love the prophets” (Verses 47-51).

The second woe is this: “You pretend that you love the prophets.” It’s verse 47 to 51. Let’s just read verses 47 and 48. “Woe to you! For you build the tombs of the prophets, and your fathers killed them. In fact, you bear witness that you approve the deeds of your fathers; for they indeed killed them, and you build their tombs.”

The point is this: “You pretend that you’re on God’s side. You worship the prophets.” Those were really God’s messengers. They were really God’s servants! You know their names: Isaiah, Jeremiah, and many, many other prophets. In a sense He’s saying this: “When you lead tours of their graves, and decorate their graves with flowers, and eulogize those prophets, what you’re doing in effect is trumpeting your admiration for those men. The fact is that you truly, ultimately despise them! You demonstrate that by everything you do, and everything you stand for.” That’s His point. The bottom line is this: “You hate the prophets, because you hate their message. You don’t follow their message. You’re like your fathers, your ancestors who killed the prophets. They put them in the tombs, and you decorate the tombs that your fathers built for them.” That’s His point. “You’re like your fathers.”

3- “You effectively bar people from God’s Kingdom” (Verse 52).

Then there’s the third woe. “You effectively bar people from God’s Kingdom.” Verse 52, “Woe to you lawyers! For you have taken away the key of knowledge. You did not enter in yourselves, and those who were entering in you hindered.”

“You’ve taken away the key of knowledge.” In a sense, they had the key of knowledge. They had the Scriptures, they had access to the Word of God. They had knowledge of the Word of God that the common people did not have. They didn’t have Bibles like you do on your phone, on your bookshelf at home. They didn’t have that! They had the access to it. They had the knowledge of the will of God. They had the platform to stand up and tell the people of God what the Word of God said. The point is that they squandered it. They did not enter in themselves. They didn’t believe it themselves. They didn’t know God themselves, though they had every opportunity, and they prevented other people, therefore, from entering, as well. It’s a sad, sad denunciation of the lawyers and the Pharisees.

Application.

Let me take the rest of the time I have for some practical application of this. Let me start out with one word for all people, really all of God’s people, but all people. If Jesus warned the Pharisees and the lawyers concerning the great light that they had, and the grave danger that came with it if they didn’t repent and believe, you sitting here today may be in far greater danger than any of them. Look at verses 49 through 51 again.

“Therefore the wisdom of God also said, ‘I will send them prophets and apostles, and some of them they will kill and persecute,’ that the blood of all the prophets which was shed from the foundation of the world may be required of this generation, from the blood of Abel to the blood of Zechariah who perished between the altar and the temple. Yes, I say to you, it shall be required of this generation.”

Think about this. These men lived before the New Testament was written. They lived before there was a New Testament church of the Lord Jesus Christ. They lived before the days of the Reformation. They lived before the development of the printing press, and the printing and distribution of all kinds of good, solid, Christian literature. Jesus said that basically the guilt of the blood of all the servants of God that was slain—from the time of Abel the son of Adam, to Jesus’ time—was going to come crashing down upon them, because of all their light.

Now, think of yourself, at least for many people sitting here today. You grew up in a church. You grew up hearing the Word of God, and maybe in a very good church with very good teaching, and good, godly examples in the lives of people like your parents, and the pastors of the church in which you grew up in. Is your obligation to believe in Jesus Christ any less than that of the Pharisees and lawyers? If you don’t believe in Him, will your condemnation be any lighter than theirs? Will you repent and believe in Jesus Christ today? You should repent and believe in Jesus today!

As a minister of Jesus Christ, I command you to repent of your sins and believe in His Son. As a person who understands the consequences that you face if you don’t, I urge you to believe on the Lord Jesus Christ. As a preacher, I plead with you that you would believe on the Lord Jesus Christ and forsake your sins today. As a Christian, I will pray for you that you will indeed turn from your sins and trust in the Lord Jesus Christ before this day is over. May God help you.

There are lessons for us pastors, because I know that this service here, though it’s the regular service of the church, it’s in conjunction with the Pastor’s Conference, and we have many pastors here, thankfully. Let me close with some lessons from the Pharisees for Christian Pastors.

We could say the Pharisees and lawyers were the equivalent of Christian pastors, or perhaps we could say vice versa that we are in some ways their equivalent in the church of the Lord Jesus Christ.

1- We must not focus on external things to the neglect of the internal things.

The first thing is this: we must not focus on external things to the neglect of internal. (Verses 39-41.) Let me just read verse 39 again, “Then the Lord said to him, ‘Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.’”

They focused on the outward, ritual, merely formal things in religion. They were all concerned about whether Jesus’ hands were washed ceremonially before He ate the meal, and if He had done that they probably would not have cared what was in His heart. They cared about whether their hands were washed, but they were oblivious to what was in their hearts, and they didn’t care about it as long as their hands were washed! That’s what the Pharisees did, whether it was the washing of hands, the tithing of herbs, or the praying on street corners, but they didn’t really give either alms to the poor, or themselves to God. In some ways, they’re like the Roman Catholic church, who dispenses sacraments, outward ordinances, without caring whether people have true, saving repentance and faith in Christ, or not.

Many Protestants act in similar ways, don’t they? The focus is: “have you been baptized? If you’ve been baptized it’s well with your soul.” Or “did you make a decision?” “Yes.” “Oh, good. You’re saved.” Or “do you have a church membership? Then all is well.” Those things don’t save people! Outward ordinances don’t save! Brethren, we can do that as well. We can be Reformed, we can be Reformed Baptists. We can do that! We could, as pastors, stand up and say, “Well, at least they’re here.” Or you might think in your heart, “I belong to the church.” Or you might say something like, “At least I’m outwardly decent. I’m not committing some kind of gross sin, like people who have to be disciplined by the church, and therefore all is well.” All is not necessarily well!

My brethren pastors, we must preach and teach and shepherd and govern the churches of Christ in such a way that we never cave in at this point. It’s difficult to do that year after year after year. It becomes tiring, and sadly, hardly anybody else is doing it. As a result, you can get a lot of complaints and grief for doing it that way, but never cave in! Don’t cave into the world, and don’t cave in to the professing church. Don’t cave in to the people who might be in your own church—which might be a good, biblical church—but there are people in your church, perhaps, who are tired of it. They’ve been in the church for twenty years, and they want you to just leave them alone for the last whatever number of years of their lives. Don’t cave in to the people who give a lot of money to the church. God help us. We must not focus on external things to the neglect of internal.

2- We must not elevate relatively minor things above the greatest things.

Second lesson: we must not elevate relatively minor things above the greatest things. Luke 11:42, “But woe to you Pharisees! For you tithe mint and rue and all manner of herbs, and pass by justice and the love of God. These you ought to have done, without leaving the others undone.”

Jesus said that in a different way in Matthew 23:24, “Blind guides, who strain out a gnat [a little thing] and swallow a camel [a big thing]!” Another gross illustration, but you see the point. They concentrate on minor things, and they completely miss the greatest things.

Brethren, we must not let ourselves become like that. We could say, “We don’t have all those outward rituals of the Pharisees.” Good! “We don’t have all the outward rituals of Roman Catholicism.” Good! But it could happen to us in subtle ways.

We could be content if someone just tells us, “I’m reading my Bible everyday.” That’s important! It’s important that someone is opening their Bible and reading it. If we ask, “How are your devotions?” “I’m praying everyday.” We can be thankful that someone is taking time in getting on his knees and talking to God. That’s important, but that’s not necessarily heart religion that he’s doing that. We could be thankful that people are doing good works. That is, things the Bible designates as good works, but we must be careful never to elevate simply outward performance over true worship and communion with God. We need to preach that, and we need to emphasize it to our people. We need to go deeper when we ask them, “How is it with your soul?”

We must not elevate relatively minor things above the greatest things. Do they love God? Do they commune truly with God? Do they delight themselves in the Lord?

3- We must not create commandments of men and treat them as the commandments of God.

Thirdly, we must not create commandments of men and treat them as the commandments of God. As I mentioned, the Roman Catholic Church is in some ways the modern day embodiment of Pharisaism. With us, brethren, we must guard against the same kinds of errors.

Some things, we could argue, are very important written documents. The most important one we have other than the Scriptures would be our Confession of Faith. There are other good creeds and confessions in existence, but we must always remember—no matter how good we regard our Confession to be—that it is not the Bible. It is not divine revelation! Neither is our church constitution divine revelation!

Neither are those specific ways of following Jesus Christ—that have been such a great blessing to me—the Word of God. What am I talking about? There are some things that I do in my Christian life that are specific applications of the Word of God in my life to help me obey God and to obey Jesus Christ, but if I ever write them down and call it ‘the traditions of the elders’ and say, “Therefore, you need to do it, because it has been so helpful to me.” I would be in danger of doing the same things that the Pharisees did. I’m not saying if you write a book that you’ve done that. I’m saying that if you elevate your book and your dictates to the level of God’s Word, that is what you are doing. That’s at least in part how Phariseeism developed! They were probably genuinely godly men, and they said, “Well, I go beyond just this. I do this to make sure I’m not violating God’s law.” I hope you have things in your life that you can say that. That you don’t just go to the edge of what every commandment of God allows, and dare God, in a sense, to let you fall off or not. That’s not godly living, but as soon as you start saying, “I do not permit a computer in my house, because I know my own heart. Therefore, anybody who allows a computer in his house is sinning.” You’re becoming like them. We must avoid that. We must not take commandments of men, and treat them as the commandments of God.

I trust that is no one in this church. I trust that is is not done in your churches, you men who are sitting here. Don’t ever let it happen in your churches, not in a formal way that you come right out and admit it. Not even in simply a practical way. May God help us.

4- We must eschew show in religion.

I have to explain that word. I use it because I love it, but it means this: we must have nothing to do with show in religion.

Verse 43, “Woe to you Pharisees! For you love the best seats in the synagogues and greetings in the marketplaces.”

In particular for pastors, we must not exalt ourselves because we’re pastors. We’re in a setting in which we can be tempted to do that, because people in our churches appreciate the Word of God. People may come to your church perhaps because you’re the only pastor in the area who opens the Scriptures and faithfully, painstakingly explains them, and even applies it to their souls. If you have people like that, they love you for that. So, there is that danger that we could walk up to the pulpit loving it that people love us, and wanting to give them a nice show of all of the things they love; even if they’re good things. Yeah, we could do that kind of thing, but we must eschew, however, all show in religion. We must not love attention. We must not exalt ourselves because we’re pastors, and we must not lord it over the flock.

Listen to the words of God through Ezekiel. In Exequiel 34:4 he said, “With force and cruelty you have ruled over God’s people.” They were men who loved positions of authority, but they were not shepherding the flock of God. The Pharisees and the lawyers were the picture of those kinds of false and unfaithful shepherds that were denounced in the Old Testament.

Listen to Peter’s words in 1 Peter 5:2-3, “Shepherd the flock of God which is among you, serving as overseers, not by compulsion but willingly, not for dishonest gain but eagerly; nor as being lords over those entrusted to you, but being examples to the flock.”

Do turn with me to Matthew 23 for a moment. Let’s read Matthew 23:6-7. These are Jesus’ words in a passage, again, where He’s denouncing the religious leaders of the day. “They love the best places at feasts, the best seats in the synagogues, greetings in the marketplaces, and to be called by men, ‘Rabbi, Rabbi.’” Then look at verses 11-12, “But he who is greatest among you shall be your servant. And whoever exalts himself will be humbled, and he who humbles himself will be exalted.” We must eschew, we must steer clear of all show in religion.

5- We must beware of letting religion degenerate into a facade.

The next thing is related. We must beware of letting religion degenerate into a facade, a mere outward picture. In Luke 11:39 Jesus said, “Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.” It can happen, and you may think, “It can’t happen in a church like this. A faithful church.” You may think, “It can’t happen when men are serious about God’s Word, and they’re studying God’s Word day by day. It can’t happen!” You think it can’t happen? That’s why Judas is in the Bible, so that we understand that it can happen. People can be walking with Jesus, talking with Jesus, listening to Jesus, learning from Jesus, lying down to sleep at night next to Jesus, and it can happen! All the sins and temptations that all of God’s people face, we as pastors face. In a sense we face it more, because of our peculiar place.

That’s why Paul says, “Brethren, pray for us,” and I say, “Brethren, pray for us.” Pray for your pastors here at IBR. Pray for all these pastors who have come for the conference this week. Pray for all the pastors you know, and pray for all you don’t know, all true, Christian pastors. We must beware of letting our religion degenerate into a mere facade.

6- We must not forget our calling.

Luke 11:52, at the end of the verse says, “You did not enter in yourselves, and those who were entering in you hindered.” What is our calling? It’s to lead people to God. It’s to lead people to Christ. It’s to lead people to heaven. That’s our calling, but let’s take a moment and do turn to that passage I mentioned earlier, Ezekiel 34.

I’ll begin in the middle of verse 2 of chapter 34, there is a woe. Ezekiel 34:2-4, “Woe to the shepherds of Israel who feed themselves! Should not the shepherds feed the flocks? You eat the fat and clothe yourselves with the wool; you slaughter the fatlings, but you do not feed the flock. The weak you have not strengthened, nor have you healed those who were sick, nor bound up the broken, nor brought back what was driven away, nor sought what was lost; but with force and cruelty you have ruled them.”

We must not forget our calling. Your office, as a pastor, is not first and foremost a platform for you! It is not a platform for your success as a preacher. It is not a platform for your fame, due to your preaching, or to your writing, or whatever gifts God has given you. Maybe God will bless your preaching, and bless your writing, making you useful beyond the walls of the church He has placed you. Maybe He will, but my point is this: that is not the goal. That is not to be your goal as a servant of Christ.

We must not forget our calling, which is what? It’s stated in Hebrews 13:17, “Obey those who rule over you, and be submissive, for they watch out for your souls, as those who must give account. Let them do so with joy and not with grief, for that would be unprofitable for you.” We watch out for people’s souls as those who must give account. We must not forget our calling, and we must take that calling seriously.

7- We must never take advantage of people.

Jesus said again to the scribes and the Pharisees, “Woe to you scribes and Pharisees, hypocrites, for you devour widow’s houses, and for a pretense you make long prayers. Therefore you will receive greater condemnation.” (Luke 20:47.)

In the history of the church, there are many terrible incidents of this kind of sin, and there are many terrible incidents of this kind of sin in the modern church. Scandalous sins! Just because we are Reformed, and just because we are Reformed Baptists, it does not mean we are immune to such sins. There are more subtle expressions of this sin of taking advantage of people. We could put the bar this low and say this: that whenever anyone pays money to the church, tithes, and the pastor doesn’t faithfully and diligently serve that person’s soul’s needs, he’s taking advantage of him. In fact, it’s even if the person can’t afford to pay money to the church. If he’s a member of the church, and the pastor isn’t serving his soul’s needs, he’s taking advantage of him. We would do well, brethren, to reflect on those realities when we begin to forget them.

“Let him who thinks he stands take heed, lest he fall.”

8- We must not despise the weak.

Finally, we must not despise the weak, including the sinful. This is true not only for pastors, it’s true in general for God’s people. It’s a general obligation for Christians to not despise the weak.

Listen to 1 Thessalonians 5:14. Remember that it’s written to the church of Thessalonica, not just the elders of the church. “Now we exhort you, brethren, warn those who are unruly, comfort the fainthearted, uphold the weak, be patient with all.”

James 1:27 tells us that, “Pure and undefiled religion before God and the Father is this: to visit orphans and widows in their trouble.” We must not despise the weak, including the sinful.

Now, those words, as I said, came to all the disciples, but it’s especially needful for pastors to be mindful of this. Notice—in these texts that I’m going to read in closing—the example of God and of our Lord in this matter. Notice their disposition to the weak and erring among the flock.

Look at Ezekiel 34:16. The Lord says, “I will seek what was lost and bring back what was driven away.” In other words, “My shepherds aren’t doing it, the religious leaders of the people of Israel aren’t doing it. I will seek what was lost and bring back what was driven away. “And bind up the broken and strengthen what was sick; but I will destroy the fat and the strong, and feed them in judgment.”

Remember how God says it in Isaiah 40:10-11, “He will feed His flock like a shepherd;
He will gather the lambs with His arm.” The young ones, the weak ones, He will give them special attention. He will, “Carry them in His bosom, and gently lead those who are with young.” That’s how God does it, and that’s how we should do it, brethren. When it comes to ministering to weak people I am not saying you have to spend all your time as a pastor with the weakest sheep in the church. I am not saying that, but you do need to spend due time with them! It does not mean that the pastor has to drop everything every time a weak sheep bleats, because some of them bleat a lot, but he must pay attention when they bleat!

Let me read, finally, from Matthew 18. After I read this I’ll be just about done. I know I’ve gone over my set time, but let me just conclude. Matthew 18:10-14. It’s a well-known passage. Jesus says here, “Take heed that you do not despise one of these little ones, [He means believers, disciples] for I say to you that in heaven their angels always see the face of My Father who is in heaven. For the Son of Man has come to save that which was lost. “What do you think? If a man has a hundred sheep, and one of them goes astray, does he not leave the ninety-nine and go to the mountains to seek the one that is straying? And if he should find it, assuredly, I say to you, he rejoices more over that sheep than over the ninety-nine that did not go astray. Even so it is not the will of your Father who is in heaven that one of these little ones should perish.”

These ‘little ones’ are disciples, professing Christians. That’s who they are! They’re not the lost in general. You may have heard this, as a pastor, and maybe if you’re a pastor you have experienced it. It’s a truism. It’s a general truth that often the people who receive a lion’s share of a pastor’s private labors end up walking away. We must remember that still, God who knows that, says in His Word that we must not despise or ignore the weak. You see that in Matthew 18. It’s an imitation of Christ. Verse 11, “The Son of Man has come to save that which was lost.” that the shepherd goes to the mountains, in verse 12. He goes with no guarantee that he will recover the lost sheep, because verse 13 says, “And if he should find it.” We have to be ready to lay ourselves out, not to love ourselves, but to love God’s people.

May God bless these admonitions, and may He bless the Pastor’s Conference this week. May He make us all more holy and useful ministers of His New Covenant. Let’s pray together.

Father in Heaven, we do thank You for Your Word. We acknowledge that we are not what we ought to be, but we ask that You would give us grace to turn more and more away from ourselves and from the world, from our love of ease, and from our sins. Keep us from ever becoming like the Pharisees and the lawyers. Make us more and more like Your Son. Help us to faithfully serve as undershepherds of our Lord and Saviour Jesus Christ. For we ask these things in His name. Amen.

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2015 Pastors’ Conference | Lessons from the Pharisees for Christian Pastors

Lessons from the Pharisees for Christian Pastors

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Lecciones de los fariseos para los pastores cristianos

Es bueno estar con ustedes hoy. Les traigo saludos de Trinity Baptist Church. Como ya saben, hemos tenido una larga relación; los amamos y oramos por ustedes con regularidad. Estoy muy agradecido por la invitación para formar parte de la conferencia pastoral y por la oportunidad de volver a ver algunos de los hombres que han asistido a esta conferencia en el pasado, también ver nuevas caras y escuchar nuevos nombres y saludarlos. Estoy agradecido de poder ministrar la Palabra de Dios a ustedes hombres, que están con nosotros hoy.

Por favor tomen sus Biblias y vayan al capítulo 11 de Lucas. Me enfocaré en los versículos 37 al 52 de Lucas 11. Ahora, pidamos la ayuda de Dios al acercarnos a su Palabra. Oremos juntos.

Dios que estás en el cielo, te damos gracias por tu palabra y que Tú nos has dado tu Palabra escrita. Nos la has otorgado en nuestros propios idiomas y te pedimos que nos ayudes por medio de tu Santo Espíritu, porque aunque Tú nos has dado la capacidad mental para entender las palabras, sin la ayuda de tu Espíritu nuestros esfuerzos aquí hoy serán en vano, los esfuerzos de predicar o de escuchar. Te pedimos que nos mandes tu Espíritu en gran medida, que nuestros esfuerzos no sean en vano. Que conozcamos la ayuda de tu Espíritu para el bien de nuestras almas y la gloria de tu nombre. Te pedimos todas estas cosas en el nombre de tu Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Amén.

Cuando estudiamos los evangelios, llegamos a familiarizarnos con ciertas personas. Obviamente llegamos a conocer más de Jesús, José y María, los apóstoles, Marta, María, Lázaro. Eran buenas personas, con la excepción de Judás, que fue uno de los apóstoles. Pero, también, cómo Judas, hay otras personas no tan buenas con las cuales también llegamos a familiarizarnos al leer y estudiar los evangelios. Además de Judas, existen otras personas como Pilato y claro, están los fariseos.

En general, los fariseos eran hombres malos. No todos, pero la mayoría de ellos, podemos decir, representaban el epítome de la maldad. Esto no significa que cometían los pecados más viles, sino que eran hombres que tenían mucha luz y que profesaban conocer a Dios pero que en realidad estaban en oposición a Él. Leemos acerca de esto en Lucas 12:47-48. Hay un sentido en el cual los fariseos representan a los siervos que conocían la voluntad de su Señor, pero que no se comportaban conforme a esa voluntad.

En Lucas 12:47 dice: «Y aquel siervo que sabía la voluntad de su señor, y que no se preparó ni obró conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes». Sigue diciendo en el versículo 48 que aquel que no conocía y no hacía la voluntad de su Señor, aunque también merecía azotes, no recibiría tantos. Los fariseos eran hombres que conocían la voluntad de Dios. Estaban expuestos a su Palabra. Conocían lo que estaba bien y lo que estaba mal, pero estaban en oposición a Dios. Por lo tanto, podemos decir que es importante que nosotros estudiemos sobre ellos.

Hay muchas palabras en el Nuevo Testamento escritas sobre los fariseos y es por una buena razón. Jesús mismo dijo al principio de Lucas 12 que debemos cuidarnos de su levadura que es la hipocresía. Si tenemos que cuidarnos de algo, tenemos que saber en qué consiste esto de lo cual nos estamos cuidando. Todos llevamos dentro de nosotros el pecado de los fariseos, por lo menos las semillas de estos pecados en nuestros corazones. Como personas que asisten regularmente a la iglesia y que están familiarizadas con la Biblia, fácilmente podemos convertirnos en fariseos si la gracia de Dios no se encuentra en nuestras vidas.

Al considerar este pasaje, vemos que se nos dice que Jesús entró a comer en la casa de un fariseo.

1. Los que acompañaban a Jesús

Veamos, en primer lugar, quiénes estaban alrededor de Jesús. En el versículo 37, se nos dice que su huésped era cierto fariseo. Cierto fariseo le pidió que fuera a comer con él. Tal vez se trataba de un almuerzo. Entonces, se nos dice que Él entró y se sentó a comer. El fariseo era el huésped. Habían otros invitados ahí también. Evidentemente, habían otros fariseos ahí junto con el dueño de la casa, y junto con ellos habían algunos abogados, maestros de la ley, o escribas, como se llaman en el relato evangelístico. Notemos que el versículo 45 dice: «Respondiendo uno de los intérpretes de la ley». Entonces, queda evidente que habían por lo menos dos abogados en ese lugar. Había más de un abogado ahí y uno de ellos abrió la boca y habló.

Los fariseos formaban una secta judía, eran una rama del judaísmo, en un sentido podríamos decir que formaban una denominación. Eran muy popular en los tiempos de Jesús. Eran líderes religiosos. No eran líderes religiosos oficiales nombrados en la Biblia como los sacerdotes y los levitas, pero eran líderes de la religión judía de aquel entonces. Por su posición de liderazgo, eran muy respetados por el pueblo judío. La palabra «fariseo» literalmente significa «separado», y ellos se enorgullecian de ser separados o diferentes. Se enfocaban en la separación de todo lo que era inmundo. Se enorgullecían de manera especial de estar separados de los gentiles.

Notemos que los fariseos no solamente se veían a ellos mismos como separados de, diferentes y superiores a los gentiles. En Juan 7:49, habla un fariseo y se refiere a «esta multitud». Él se está refiriendo al pueblo judío de Jerusalén: «Pero esta multitud que no conoce de la ley, maldita es», porque un número creciente de judíos comenzaban a escuchar y a seguir a Jesús. Ellos no tenían en poco solamente a los gentiles, sino a todo el que no era un fariseo como ellos. Los abogados generalmente pertenecían al partido de los fariseos, pero eran los eruditos o teólogos entre los fariseos. Entonces, estos eran los invitados. Aquí están los acompañantes de Jesús. Su huésped era un fariseo. Entre los invitados habían por lo menos algunos otros fariseos y algunos abogados.

2) La entrada de Jesús

Lo segundo que notamos es la entrada de Jesús. En la última parte del versículo 37 vemos que dice que después de recibir la invitación: «Jesús entró y se sentó a la mesa». Fue a la mesa inmediatamente.

En segundo lugar, en lo que respecta a su entrada, notamos que esto provocó una reacción de parte del fariseo que lo había invitado. Versículo 38: « Cuando el fariseo vio esto, se sorprendió de que Jesús no se hubiera lavado primero antes de comer». No había llevado a cabo el lavamiento ceremonial del cual leemos en otro lugar en los evangelios. Era la tradición de los ancianos (Mateo 15:2). No era un requisito bíblico, pero era un requisito de la tradición de los ancianos. Entonces, esto provocó una reacción de parte del fariseo. Se maravilló de que Jesús no se hubiera lavado primero antes de comer.

Ahora, esta palabra se usa en muchas ocasiones en los evangelios de manera positiva. La gente se maravilló de las obras que Jesús había hecho. Se maravillaban de ellas y deseaban seguir a Jesús por causa de ellas. Pero aquí la palabra no se emplea en un sentido positivo porque notemos lo que pasa después. El que Jesús siguiera directamente hacia la mesa provocó esta reacción dentro del fariseo, pero esto en turno provocó una reacción de parte de Jesús. Esto es lo que vemos en el versículo 39 y los versículos que le siguen.

Cuando Jesús entró en ese lugar y se sentó a la mesa sin lavarse, ¿piensan ustedes que a Él se le había olvidado lavarse? Desde luego, no era pecaminoso que Él se sentara sin lavarse, porque lavarse las manos no era un requisito bíblico. Pero en un entorno social, especialmente en la casa de un fariseo, esto era algo muy ofensivo. Jesús era un hombre verdaderamente cortés, ¿verdad? Pero a Él no se le había olvidado lavarse las manos ese día. Queda evidente que Jesús quería usar esta ocasión como una oportunidad para abordar un problema espiritual serio, extenso y muy común. Los fariseos y los abogados representaban la religión oficial y en general su forma de pensar era muy errónea. Ejercían mucha influencia. Digo que su forma de pensar era errónea porque a pesar de todos sus estudios de la Palabra de Dios, a pesar de todo su conocimiento de las Escrituras y de cómo profesaban ser el pueblo de Dios, hasta el pueblo especial de Dios, los que eran «separados», no habían dado en la marca. No habían alcanzado entender el mensaje de la Palabra de Dios, no entendían el Antiguo Testamento aunque lo tenían. Se encontraban muy lejos de entenderlo. Podríamos decir que se encontraban a cientos de millas de distancia. Por tanto, Jesús estaba usando la ocasión como una oportunidad para darles una lección. Hemos repasado quienes eran sus acompañantes y también como fue su entrada.

3) La reprensión de Jesús

En tercer lugar, Jesús reprende a los fariseos. Esto se encuentra en los versículos 39-44, y tiene cuatro partes diferentes.

1. Jesús reprende a los fariseos (Lucas 11:39-44)

La primera parte consiste esencialmente en las siguientes palabras de Jesús: «Ustedes son hipócritas» (versículos 39-41). En primer lugar, les dice que este es su gran problema. Versículo 39: «Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad». La ilustración que Jesús presenta es de algo absurdo y en un sentido, asqueroso.

Esta tarde tuvimos una cena en nuestro hogar. Habían invitados y antes de ir al comedor, todos nos sentamos en la sala para conversar. Mientras conversábamos podíamos mirar hacia la mesa y ver que habían buenos platos sobre ella, por lo menos, parecían muy buenos desde la sala.

Imaginemos sin embargo que, al ser llamados a comer, hubiéramos salido de la sala y entrado al comedor, y que despues de haber visto, desde la sala, una mesa que estaba bien arreglada, al sentarnos todos alrededor de la mesa nos hubiéramos dado cuenta que el interior de los platos y los vasos no tenía el mismo aspecto que tenía su exterior cuando lo mirábamos desde la sala de estar, sino que por dentro estaban sucios con el remanente de unos 30 días de comida vieja. Les aseguro que mi esposa nunca haría algo semejante. ¡Sería asqueroso!

Jesús quiere comunicar lo siguiente: el comportamiento habitual de los fariseos, incluyendo lo que ocurría en el corazón de aquel fariseo en cuya casa Jesús estaba comiendo en ese momento, su comportamiento habitual era una expresión de esa ilustración tan asquerosa y absurda. Más adelante, en Lucas 16, Jesús habla acerca de estos hombres y dice que eran «amantes del dinero». Eran líderes religiosos, pero eran amantes al dinero. Eran líderes religiosos, pero más adelante en Lucas 20, Jesús dice que devoraban las casas de las viudas. A pesar de toda su apariencia de santidad y la impresión que causaban en los demás de ser hombres buenos y piadosos, en realidad eran hombres malvados. Así como mi ilustración es muy asquerosa, también la ilustración que da Jesús es absurda y asquerosa, y así eran estos hombres. Esto es lo que nos enseña Jesús. Particularmente ante los ojos de Dios.

Notemos lo primero que Él dice. Los reprende por ser hipócritas. Les dice que ahí está su mayor problema (versículo 39).

En segundo lugar les dice cual debiera de ser su perspectiva. Versículo 40: «Necios, el que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro?» En otras palabras, les dice que Dios ha hecho tanto el exterior del hombre, las manos que se lavan, pero también ha hecho el interior. Él hizo el corazón. Él formó el alma. Esta es la idea. En efecto, les está diciendo que se apliquen las mismas reglas que tienen para sus siervos a ellos mismos. Se hubieran enojado mucho con sus siervos si solamente hubieran lavado el exterior de las tazas y los platos y no el interior. Les está diciendo que deben aplicarse esas mismas reglas a ellos mismos, que deben aplicarlas a sus propias vidas, corazones, almas, a su enseñanza. Esta es la idea. Esta debe ser nuestra perspectiva.

En tercer lugar, Él les dice lo que deben hacer. He aquí lo que deben hacer, versículo 41: «Pero dad limosna de lo que tenéis, y entonces todo os será limpio» (RVR1960). Literalmente: «Todas las cosas que están por dentro son limpias para ustedes». Él quiere decir una de dos cosas aquí.
Puede ser que los esté mandando a literalmente dar limosna. En otras palabras: «Ustedes deben dar limosna del contenido de sus tazas y sus platos, de todo lo que poseen. Deben dar a otros que la necesitan». Recordemos que ellos eran amantes del dinero. En otro lugar de los evangelios, vemos que a ellos nisiquiera les gustaba dar dinero a sus padres. Recuerden la manera en la que tergiversaban la ley para poder retener el dinero que debían de haber dado a sus padres. Él les dice que deben dar limosna, dar a la gente pobre y necesitada. Ayudar a los demás de forma patente. Esto es lo que Jesús está diciendo. En Santiago 1:27 vemos que «la religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones». El les está diciendo que deben involucrarse en esas cosas. Esto sería una religión pura.

Él también puede estar diciendo lo siguiente: «Entregen todo su ser –lo interior, el alma, el corazón— entrégenlo a Dios», como dice en 2 Corintios 8:5, cuando Pablo le escribe a los corintios y habla acerca de cuan generosos fueron al ayudar a los cristianos judíos en Judea. El dice que «primeramente se dieron a sí mismos al Señor». Esta es la idea que Jesús estaba comunicando a los demás.

De cualquier forma –si les está diciendo, en sentido literal, que den dinero a los podres o si se refiere a dar el corazón a Dios— la idea que les imparte es que tienen que amar a Dios y a los hombres. Necesitan la religión verdadera. Su corazón necesita estar involucrado en su religión. Esta es la idea. Entonces, cómo resultado, serán verdaderamente limpios.Veamos la última parte del versículo 41: «Pero dad limosna de lo que tenéis, y entonces todo os será limpio». En otras palabras: «Si sus corazones están limpio delante de Dios y no solamente ante los ojos de los hombres, no solo según las tradiciones del fariseísmo, entonces ustedes serán verdaderamente limpios, y todo os será limpio».

Se asemeja a la afirmación de Pablo en Tito 1:15: «Todas las cosas son puras para los puros». De manera que si estás puro por dentro y te sientas a la mesa, un poco de polvo que se ha acumulado sobre tus dedos como el resultado de tus actividades cotidianas no hará que seas inmundo o que tu comida sea inmunda. Esta es la idea que Jesús les está comunicando, pero la religión de los fariseos no era una religión interna. Erá básicamente un espectáculo externo. Jesús primeramente reprende a los fariseos y les dice que son hipócritas (versículos 39-41).

Ahora, las tres reprensiones que le siguen tienen forma de «ayes»: «Ay de vosotros». A estas le siguen tres «ayes» por causa de los abogados.

En primer lugar, hay tres «ayes» para los fariseos. «Ay de vosotros». Jesús les señala lo triste y nocivo que resulta su carácter y conducta. Les advierte acerca del juicio que merecen y el juicio que de hecho tendrán que sufrir si no se vuelven de sus pecados. Veamos, en primer lugar, los «ayes» dirigidos a los fariseos.

1- Ustedes le dan el primer lugar a lo que tiene menor importancia (Versículo 42)

El primer aye está en el versículo 42 y la sustancia es esta: Ustedes le dan el primer lugar a lo que tiene menor importancia. Leamos el versículo 42: «¡ay de vosotros, fariseos! que diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza, y pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello». Eran muy cuidadosos para diezmar de todo lo que poseían y hasta diezmaban de las plantitas que crecían en un vasito sobre la encimera de la cocina. Eran así de quisquillosos.

Notemos algunas de las faltas en el comportamiento de los fariseos que Jesús menciona y subraya aquí, lo que llamo un extremismo quisquilloso que va más allá de lo que Dios ha dicho en Su Palabra. El Antiguo Testamento declara: «Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová» (Levítico 27:30). En realidad estaban edificando una cerca, es algo que hicieron con respecto a muchos asuntos diferentes. La idea que sostenían era que, cómo la Palabra de Dios decía aquello, entonces debían asegurarse de dar un paso más allá, y tal vez otro paso más allá del anterior, y después aun otro paso, para tener mucho cuidado de no infringir el mandamiento literal de la Palabra de Dios.

Hacían esto hasta con el nombre de Dios, de manera que hoy en día nisiquiera sabemos cómo los judíos pronunciaban el nombre de Dios, ¡porque pararon de pronunciarlo! La Biblia dice: «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano». Entonces cada vez que leían el nombre de Jehová en el Antiguo Testamento, no lo pronunciaban. Decían «Adonai» porque querían estar seguros de que no lo estaban tomando en vano. Iban más allá de lo que decía la Palabra de Dios. Aquí están haciendo lo mismo. Es un extremismo quisquilloso, y esto nos lleva a lo que sigue.

Ellos desarrollaron su propia legislación porque eventualmente sus cercas se volvieron en leyes y esta era la tradición de los ancianos. Jesús dice lo siguiente acerca de este asunto en Mateo 15:9: «[enseñan] como doctrina los mandamientos de hombres».

Cómo he dicho, nisiquiera existía una ley acerca del lavar de las manos antes de cada comida, pero todos estos hombres acusaban a Jesús de pecado en esta ocasión. Estoy seguro que fue por esta razón que Jesús no se lavó las manos. Tal vez en algunas ocasiones sí se las lavó. Se asemeja al caso de Pablo. En una ocasión, Pablo circuncidó a Timoteo. No necesitaba hacerlo, pero en otra ocación rehusó circuncidar a Tito, porque en esa ocasión el problema consistía en que se arriesgaba a perder la misma verdad de la gracia de Dios y del evangelio. De manera que Jesús quería enfatizar un punto. Ellos habían creado su propia legislación.

En tercer lugar, habían puesto sus leyes por encima de las leyes de Dios. Aquí vemos a unos hombres codiciosos que no se preocupaban de sus propios pecados. Estos hombres orgullosos no pensaban ni por un minuto acerca de su vil orgullo, sino que todos se enfocaban en el hecho de que Jesús no se había lavado las manos. Habían puesto sus leyes por encima de las leyes de Dios.

Por último, el resultado final fue que terminaron por descuidar las leyes de Dios por completo, especialmente aquellas cosas que Dios más aprecia. Notemos la conclusión de Jesús al final del versículo 42: «Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello». Él les dijo que cumplían con las cosas pequeñas, pero ignoraban las cosas grandes: la justicia y el amor de Dios. No es que debieran ignorar las cosas que eran relativamente pequeñas en la ley de Dios, esto no es lo que Jesús quiere decir. Él dice que debieron de haber hecho ambas cosas. Actualmente, están ignorando las leyes de Dios que más importancia tienen. Específicamente, el amar a Dios con todo el corazón, alma, fuerza y mente, y el amar al prójimo como a ellos mismos, los dos grandes mandamientos. [Jesús les dijo] que le daban prioridad a las cosas más pequeñas.

2- Ustedes están enamorados con recibir atención de los demás (Versículo 43)

El segundo «aye» está en el versículo 43. La tercera censura que Jesús le hace a los fariseos es que ellos estaban enamorados con la atención que recibían de los demás. Versículo 43: «¡Ay de vosotros, fariseos! que amáis las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas».

En la sinagoga había una silla principal, la silla de Moisés, y era donde se sentaba el rabino. También estaban los asientos baratos que estaban entre el arca que tenía los rollos de la ley y los profetas. Esto estaba en el centro como lo está nuestro púlpito, y era una señal de reverencia apropiada, en cierto sentido, hacia la Palabra de Dios. Entonces también habían otros asientos que estaban orientados hacia la congregación. Digamos que aquí, donde están los escalones [los escalones hacia la plataforma del púlpito], hubiera otra plataforma con asientos. Los fariseos querían sentarse en esos asientos. Esos asientos estaban orientados hacía la congregación. No estaban enseñando ni dirigiendo el culto. Esos asientos no tenían una función real ni la había para esos hombres en el culto. Todo era una mera exhibibión, ¡pero ellos amaban esos asientos! Me imagino que si no habían suficientes para todos se peleaban por ellos.

En Mateo 6, Jesús afirmó lo siguiente: «[a] los hipócritas…les gusta ponerse en pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos por los hombres». En Juan 12:43, dice lo siguiente acerca de los gobernantes de la sinagoga: «Amaban más el reconocimiento de los hombres que el reconocimiento de Dios».

Jesús está diciendo que los fariseos, en general, están llenos de orgullo y que este orgullo afecta todo lo que hacen. Hacen todo lo que hacen para ser vistos por los hombres, para obtener la adulación de los hombres. Jesús dice que esto no solamente está mal, sino que serán juzgados por esto. Este es el segundo «aye».

3-Ustedes conducen a los demás por el mismo camino de condenación (Versículo 44).

La cuarta censura y el tercer «aye» está en el versículo 44. Su esencia es: «Ustedes conducen a los demás por el mismo camino de condenación». Miremos el versículo 44: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! que sois como sepulcros que no se ven, y los hombres que andan encima no lo saben» (RVR1960). Algunas versiones no tienen las palabras «escribas y fariseos» y solamente dicen: «ay de vosotros, hipócritas».

La idea es que en el Antiguo Testamento, el que tocaba una tumba o un cadáver quedaba inmundo. Escuchemos las palabras de Números 16:16: « De igual manera, todo el que en campo abierto toque a uno que ha sido muerto a espada, o que ha muerto de causas naturales, o que toque hueso humano, o tumba, quedará inmundo durante siete días». Esto afectaba los privilegios de adoración. Si quedaban inmundos por siete días, no podían entrar en la casa de Dios y adorar en el día de reposo o en un día de fiesta. También afectaba el privilegio de poder relacionarse con otros judíos. No podían hacerlo si están inmundos. Si no se percataban de que había una tumba, porque no estaba marcada claramente, y la pisaban o la tocaban, sin querer quedaban inmundos. Lo que Jesús dice es lo siguiente: «Fariseos, al relacionarse con ustedes, la gente se ha contaminado sin darse cuenta, porque no saben que vuestros corazones son como el interior de una tumba».

Miremos el versículo 39: «Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad». Son la personificación de una tumba. Por fuera tal vez luce bien, pero por dentro está llena de huesos de muerto. Él les está diciendo que [esta ilustración] es fiel porque ellos figen ser santos y le dicen a los demás cuan santos son. La gente habla acerca de la santidad de ellos y a ellos les encanta escucharlo, pero por dentro son feos. Ellos conducen a los demás por el mismo camino de condenación. En otras palabras: «Fariseos, nadie se da cuenta que está caminando sobre un sepulcro al relacionarse con ustedes, pero la enseñanza y el ejemplo de ustedes está matando a los demás». Este es el argumento de Jesús. Hemos visto cómo Jesús reprende a los fariseos, ahora veremos la objeción de los abogados que se encuentra en el versículo 45.

2. La reprensión de Jesús a los abogados (Lucas 11:46-52)

Versículo 45: «Respondiendo uno de los intérpretes de la ley, le dijo: Maestro, cuando dices esto, también a nosotros nos insultas». Como dije anteriormente, no todos los abogados, pero sí muchos de ellos, por lo general, formaban parte del grupo de los farisesos. Eran los eruditos y los teólogos del grupo. Podríamos decir que eran una mezcla del erudito religioso –como un profesor del seminario—, y del experto en leyes. Su Biblia, el Antiguo Testamento y la ley de Moisés, era su regla. Como dije anteriormente, los fariseos y los abogados juntos formaban el establecimiento religioso.

En esta ocasión, la percepción de este abogado fue muy aguda. Él se dio cuenta que los abogados también estaban en la línea de fuego de Jesús, aunque no sepamos sí o no se dio cuenta que Jesús lo hizo intencionalmente. Él sabía que todo lo que Jesús dijera en censura de los fariseos, tambiéra era una censura para los abogados. Por supuesto, la idea no le resultó agradable, y tal vez le estaba dando el beneficio de la duda a Jesús y pensaba por dentro que quizás Jesús no se había dado cuenta [de la implicación de sus palabras]. Básicamente, le dice a Jesús: «¡No es posible que te refieras a nosotros!» Pero sí se refería a ellos. Le estaba haciendo un llamado al arrepentimiento a todos los que formaban parte del establecimiento religioso judío.

Podríamos decir que los seis «ayes», los tres que ya hemos mirado y los tres que nos quedan por mirar, en realidad se aplicaban al grupo completo, al conjunto de los fariseos y los abogados. Pero los próximos tres «ayes» con los que nos encontramos estaban dirigidos especialmente a los abogados. Vamos a verlos. Nuevamente, vemos que se incluyen tres «ayes», y seré mucho más breve en relación con estos.

1- Ustedes cargan a los hombres (versículo 49)

El primero es este: «Ustedes cargan a los hombres, los estorban». Versículo 46: «Y El dijo: ¡Ay también de vosotros, intérpretes de la ley!, porque cargáis a los hombres con cargas difíciles de llevar, y vosotros ni siquiera tocáis las cargas con uno de vuestros dedos». En otras palabras les dice que ellos cargan a las personas. Las sobrecargan. Las estorban. Les ponen obstáculos en el camino. Algunas personas (puede ser que solamente sea al nivel humano), estas personas quieren conocer más acerca de Dios o quieren descubrir algo acerca de Dios, reconciliarse con Dios, o quizás son en verdad el pueblo de Dios. Cualquiera que sea el caso, ustedes ponen obstáculos en su camino. No los están ayudando sino que los estorban, los sobrecargan. La primera parte de la afirmación es esta: «Cargáis a los hombres con cargas difíciles de llevar». En otras palabras: «Ustedes hacen que las personas lleven cargas que no pueden manejar».

Es como si tomaras a tu hijo de once años y le pidieras que lleve unas pesas de doscientos libras hacia el otro lado del cuarto. ¡No puede hacerlo! [Jesús] dice: «Eso es lo que ustedes están haciendo, sobrecargando a las personas. Acumulan cargas duras sobre ellos». Como ya hemos visto, son cargas que Dios no requiere de ellos.

Recordemos que, en cierto sentido, la misma ley del Antiguo Testamento, era una carga, ¿verdad? En Hechos 15:10, Pedro se refiere a las leyes ceremoniales del Antiguo Testamento como un «un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar». En cierto sentido, podemos decir que la ley del Antiguo Testamento ya era una carga, aunque una carga legítima, porque Dios la había puesto sobre el pueblo. Estos abogados, como los fariseos, incrementaban la carga. Iban más allá de los requisitos del Antiguo Testamento. Todas las tradiciones de los ancianos eran añadiduras, todas eran añadiduras a la ley de Dios. ¿Cómo lo hicieron? Lo hicieron con interpretaciones minuciosas y legalistas de la ley de Dios, con añadiduras a la ley de Dios.

Era como el asunto de diezmar de las hierbas, o semejante a lo que le hicieron a Jesús y a sus discípulos esa vez que tan sólo arrancaban unas pocas espigas porque tuvieron hambre en un día de reposo. Les dijeron que eran culpables de cosechar y trillar cuando arrancaban las espigas, la rodaban entre sus dedos y se las comían. Los acusaron de cosechar y trillar. Con todas sus tradiciones del día de reposo, esto es lo que hacían: le añadían a la ley de Dios. Esta es la primera parte de lo que Jesús está diciendo aquí: «Porque cargaís a los hombres con cargas».
Notemos la segunda parte, la última parte del versículo 46: « ¡Pero vosotros ni aun con un dedo las tocáis». Lo que Jesús dice en esta ocasión se puede interpretar de dos formas. Pienso que probablemente quiso decir ambas cosas.

La primera sería esta: «Ustedes les dan muchas tareas difíciles, pero son cosas que ustedes mismos no hacen». Este puede ser el significado de lo que está diciendo. Ustedes les dictan qué deben hacer, pero ustedes mismos no lo hacen. No sólo conocían las 617 tradiciones de los ancianos en cuanto al día de reposo y cómo guardarlo, sino que también conocían cada laguna que existía en las reglas. De manera que si había algo que en verdad deseaban hacer en el día de reposo, podían encontrar una razón por la cual era legítimo. Esto es hipocrecía, el no poner en práctica lo que se predica.

La otra posibilidad en cuanto al significado de lo que Jesús dice en esta ocasión es que ellos cargaban a los demás con muchas cargas pesadas, ¡pero no los ayudaban! «Pero vosotros ni aun con un dedo las tocáis». «Ustedes no hacen estas cosas» puede significar que ellos no los ayudaban con esas cargas.

Por ejemplo, cuando las personas se acercan a mí y me hacen preguntas, yo les doy consejería pastoral, o si yo me acerco a ellos y les hago unas preguntas y pienso que necesitan consejería pastoral, entonces los aconsejo. En primer lugar, esto implica dejarles saber lo que creo que deben hacer según lo que dice la Biblia. En segundo lugar, trato de explicarles cómo deben llevarlo a cabo. En otras palabras, los dirigo hacia la Palabra de Dios. Les explico lo que dice la Palabra de Dios. Los aconsejo. Oro con ellos y oro por ellos. Les animo y les digo que si necesitan más ayuda, si necesitan más instrucción, me pueden llamar. Pueden acercarse a mí para hablar sobre el asunto.

El problema es que los fariseos no hacían nada parecido a esto. Agobiaban a los hombres con cargas y no hacían nada para ayudarlos. Esto es lo primero: «cargáis a los hombres con cargas» (versículo 46).

2-Fingen que aman a los profetas (versículo 47-51)

El segundo «aye» es el siguiente: «Ustedes fingen que aman a los profetas». Está en los versículos 47-51. Leamos tan sólo los versículos 47-48: « ¡Ay de vosotros!, porque edificáis los sepulcros de los profetas, y fueron vuestros padres quienes los mataron. De modo que sois testigos, y aprobáis las acciones de vuestros padres; porque ellos los mataron y vosotros edificáis sus sepulcros».

El punto es este: «Ustedes fingen que están en el partido de Dios. Ustedes adoran a los profetas. Estos en verdad eran los mensajeros de Dios. ¡En verdad eran siervos de Dios! Ustedes conocen sus hombres: Isaías, Jeremías y los de muchos, muchos otros profetas». En cierto sentido, él les está diciendo que ellos dirigen unas excursiones de los sepulcros, los decoran con flores, elogian a los profetas, y en realidad lo que están haciendo es pregonando la admiración que sienten por esos hombres cuando la realidad es que en verdad, en última instancia, los desprecian. Todo lo que hacen, todo lo que representan, es una demostración de esta realidad. Ese es el punto de sus palabras. La conclusión es que ellos odiaban a los profetas porque odiaban su mensaje. No obedecían su mensaje. Eran como sus padres, sus antepasados que habían matado a los profetas. Ellos decoraban los sepulcros que sus padres habían edificado para los profetas. Ese es el punto que Él quiere comunicar, que ellos eran como sus antepasados.

3- En realidad, ustedes impiden que las personas entren en el reino de Dios (versículo 52)

Luego está el tercer «aye» y es que ellos en realidad impedían que las personas entraran en el reino de Dios. Versículo 52: «¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley!, porque habéis quitado la llave del conocimiento; vosotros mismos no entrasteis, y a los que estaban entrando se lo impedisteis».

«Habéis quitado la llave del conocimiento». En cierto sentido, ellos tenían la llave del conocimiento. Tenían las Escrituras, tenían acceso a la Palabra de Dios. Poseían un conocimiento de la Palabra de Dios que la gente común no tenía. No tenían la Biblia en el celular como nosotros o sobre un estante en el hogar. ¡No la tenían de esa forma! Pero tenían acceso a ella. Tenían conocimiento de la voluntad de Dios. Tenían la plataforma para ponerse de pie y instruir al pueblo de Dios sobre el contenido de la Palabra de Dios. El punto es que ellos desaprovecharon la oportunidad. Ellos tampoco entraron. Tampoco creyeron. Ellos tampoco conocían a Dios, aunque tuvieron la oportunidad y entonces también impideron que otras personas entrarán. Esta es una triste, muy triste censura de los abogados y los fariseos.

Aplicación

Me gustaría tomar el resto del tiempo que me queda para dar algunas aplicaciones prácticas de este tema. Empezaré con una palabra para todos, en realidad para todo el pueblo de Dios, pero para todos. Si Jesús advertió a los fariseos y a los abogados acerca de la gran luz que tenían y el grave peligro que la acompañaba si no se arrepentían y creían, los que están sentados aquí hoy pueden estar en un peligro mucho más grave que cualquiera de ellos. Miremos los versículos 49-51 nuevamente: «Por eso la sabiduría de Dios también dijo: “Les enviaré profetas y apóstoles, y de ellos, matarán a algunos y perseguirán a otros, para que la sangre de todos los profetas, derramada desde la fundación del mundo, se le cargue a esta generación, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que pereció entre el altar y la casa de Dios; sí, os digo que le será cargada a esta generación”».

Pensemos en esto. Estos hombres vivieron antes de que se escribiera el Nuevo Testamento. Ellos vivieron antes de que hubiera una iglesia nuevo testamentaria del Señor Jesucristo. Vivieron antes de los días de la Reforma. Vivieron antes del desarrollo de la imprenta y de la distribución de todo tipo de buena, sólida literatura cristiana. Jesús dijo básicamente que la culpa de la sangre de todos los siervos de Dios que fueron asesinados, desde el tiempo de Abel, hijo de Adán, hasta el tiempo de Jesús, les caería encima a todos ellos, por causa de su luz.

Ahora, piensa en tu persona. Al menos muchas de las personas que están sentadas aquí hoy crecieron en una iglesia. Crecieron bajo la predicación de la Palabra de Dios, y quizás en una muy buena iglesia con muy buena enseñanza, rodeadas de ejemplos buenos y piadosos como el de sus padres y el de los pastores de la iglesia en la que crecieron. ¿Es la obligación que tienen de creer en el evangelio inferior a la de los fariseos y los abogados? ¿Si no creen en él, será su condenación más ligera que la de ellos? ¿Se arrepentirán y pondrán su confianza en Jesucristo hoy? ¡Debieras arrepentirte y creer en Jesucristo hoy!

Como un ministro de Jesucristo, te ordeno a arrepentirte de tus pecados y a creer en el Hijo. Como una persona que entiende las consecuencias a las que te enfrentas si no lo haces, te insto a creer en el Señor Jesucristo. Como un predicador, te imploro que creas en el Señor Jesucristo y abandones hoy tus pecados. Como un cristiano, oraré por ti para que verdaderamente le des la espalda a tus pecados y pongas tu confianza en el Señor Jesucristo, antes de que acabe al día. Que Dios te ayude.

Estas son lecciones que se aplican a nosotros los pastores porque sé que el culto que estamos celebrando ahora, aunque es un culto regular de la iglesia, en esta ocasión se lleva a cabo conjuntamente con la Conferencia Pastoral, y afortunadamente tenemos muchos pastores aquí. Quiero terminar con algunas lecciones de los fariseos para los pastores cristianos.

Podemos decir que los fariseos y los abogados eran el equivalente de los pastores cristianos o quizás, podríamos decir viceversa, que en algunas formas somos el equivalente de ellos en la iglesia del Señor Jesucristo.

1. No debemos enfocarnos en las cosas externas y descuidar lo interno.

La primera lección es esta: no debemos enfocarnos en las cosas externas y descuidar lo interno (versículos 39-41). Leeré el versículo 39 de nuevo: « Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de rapacidad y de maldad».

Se enfocaban en lo externo, en los rituales, en los cosas de la religión que eran meramente formal. Todos se preocupaban sobre sí o no Jesús se había lavado las manos ceremonialmente antes de comer y si lo hubiera hecho, probablemente no les hubiera importado que había en su corazón. Se preocupaban por lavarse las manos, pero ignoraban lo que estaba en sus corazones, mientras sus manos estuvieran limpias, esto a ellos no les importaba. Esto es lo que hacían los fariseos, en lo que se trataba de lavarse las manos o diezmar de las hierbas o de orar en las esquinas, pero en relidad no daban limozna a los pobres ni se entregaban a Dios. En algunas maneras, se asemejaban a la iglesia católica romana que ofrece los sacramentos, las ordenanzas externas, sin importarle si la gente en realidad posee un arrepentimiento verdadero que conduce a la salvación y si tiene fe en Cristo o no.

Muchos protestantes se comportan de forma similar, ¿verdad? El enfoque es: «¿Te has bautizado? Si eres bautizado, entonces estás bien con Dios». O la pregunta es: «¿Has hecho tu decisión?» Si la respuesta es afirmativa dicen: «Que bien, entonces eres salvo». También preguntan: «¿Eres miembro de una iglesia? Entonces todo está bien». ¡Estas cosas no salvan a los hombres! Las ordenanzas externas no salvan. Hermanos, nosotros también podemos ser culpables de lo mismo. Aun siendo reformados y bautistas reformados, ¡podemos ser culpables de la misma cosa! Como pastores, podemos ponernos de pie y decir: «Bueno, por lo menos asisten a la iglesia». O puede ser que pienses en tu corazón: «Yo pertenezco a la iglesia». También puedes decir algo similar a lo siguiente: «Por lo menos soy decente en lo que respecta el exterior. No estoy en algún pecado grave, como los que tienen que ser disciplinados por la iglesia, y por tanto todo va bien». No necesariamente.

Pastores y hermanos míos, debemos predicar y enseñar y pastorear y gobernar a las iglesia de Cristo de tal manera que nunca nos demos por vencidos en este asunto. Es difícil hacer esto año tras año. Se convierte en algo agotador y tristemente, no hay muchos otros que están haciendo lo mismo. Como resultado, es posible que escuchemos muchas quejas y hostigamiento por hacer las cosas de esta manera, ¡pero nunca te des por vencido! No cedas al mundo y no cedas a la iglesia profesante. No cedas a las personas que puedan estar en tu propia iglesia –que puede ser una iglesia bíblica buena— pero quizás hay gente en tu iglesia que se han cansado. Han estado en la iglesia por veinte años y lo único que quieren es que los dejes tranquilos durante los últimos años (cualquiera que sea la cantidad) que le quedan por vivir. No cedas ante las personas que dan mucho dinero a la iglesia. Que Dios nos ayude. No debemos enfocarnos en lo externo y descuidar lo interno.

2 No debemos poner las cosas que son relativamente menores sobre las cosas mayores

La segunda lección: no debemos poner las cosas que son relativamente menores sobre las cosas mayores. Lucas 11:42: «Mas ¡ay de vosotros, fariseos! que diezmáis la menta, y la ruda, y toda hortaliza, y pasáis por alto la justicia y el amor de Dios. Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello».

Jesús dice lo mismo de otra manera en Mateo 23:24: «¡Guías ciegos, que coláis el mosquito (algo pequeño) , y tragáis el camello (algo grande)!» Esta es otra imagen repugnante, pero vemos el punto. Se enfocaban en las cosas menores e ignoraban por completo las mayores.

Hermanos, no debemos permitir que lleguemos a ser así. Podemos decir que no tenemos todos los rituales externos de los fariseos y que bueno. También podemos decir que no tenemos todos los rituales externos del catolicismo romano. ¡Que bueno! A pesar de esto, nos puede ocurrir de maneras sutiles.

Podemos estar satisfechos con que alguien nos diga que lee la Biblia a diario. ¡Es algo importante! Es importante que alguien lea su Biblia. Si le preguntamos que cómo van sus devocionales y responden que están orando diariamente, podemos estar agradecidos de que alguien toma el tiempo necesario para ponerse de rodillas y hablar con Dios. Es importante, pero no significa que esta persona tenga una religión del corazón porque haga estas cosas. Podemos estar agradecidos porque las personas están haciendo buenas obras, es decir, esas cosas que la Biblia llama buenas obras, pero debemos cuidarnos de nunca poner el simple comportamiento externo sobre la adoración verdadera y la comunión con Dios. Tenemos que predicar esto y enfatizarlo ante nuestra congregación. Debemos indagar más profundamente cuando le preguntamos acerca del estado de sus almas. No debemos poner las cosas que son relativamente menores sobre las cosas mayores. ¿Aman a Dios? ¿Tienen comunión verdadera con Él? ¿Se deleitan en el Señor?

3 No debemos fabricar mandamientos de hombres y tratarlos como los mandamientos de Dios.

En tercer lugar, no debemos frabricar mandamientos de hombres y tratarlos como los mandamientos de Dios. Como mencioné, en algunas formas, la iglesia católica romana es la personificación moderna del fariseísmo. En lo que respecta a nosotros, hermanos, debemos guardarnos de el mismo tipo de errores.

Podríamos argumentar que algunos documentos escritos son muy importantes para nosotros. El que más importancia tiene aparte de las Escrituras es nuestra Confesión de Fe. Existen otros buenos credos y confesiones, pero debemos recordar siempre que, sin importar lo buena que, a nuestro parecer, sea nuestra confesión, no es la Biblia. ¡No es una revelación divina! ¡Ni tampoco lo es la constitución de nuestra iglesia!

Aquellas formas específicas de seguir a Jesucristo, que han sido una bendición tan grande para mí, tampoco son la Palabra de Dios. ¿A que me refiero? Hay algunas cosas que hago en mi vida cristiana que son aplicaciones específicas de la Palabra de Dios en mi vida para ayudarme a obeder a Dios y a Jesucristo, pero si algún día las escribiría y las llamara «las tradiciones de los ancianos» y dijese que los demás deben seguirlas porque han sido tan útiles para mí, entonces estaría en peligro de hacer lo mismo que hicieron los fariseos. No estoy diciendo que si escribes un libro estás haciendo eso. Estoy diciendo que si pones tu libro y tus dictados al mismo nivel de la Palabra de Dios, eso es lo que estarás haciendo. Así fue, por lo menos en parte, como se desarrolló el fariseísmo. Es probable que comenzó con hombres de una piedad genuina que dijeron: «Bueno, yo voy más allá de esto. Lo hago para asegurarme de que no estoy violando la ley de Dios». Espero que tengas áreas en tu vida en las que puedas decir esto. Que no llegues simplemente hasta el límite de lo que permite cada mandamiento de Dios, retando a Dios, en cierto sentido, para ver si te deja caer o no. Esta no es una manera piadosa de vivir. Pero tan pronto comienzes a decir lo siguiente: «No tengo una computadora en mi casa porque conozco mi propio corazón. De manera que cualquiera que tenga una computadora en su casa está pecando», entonces te estas asemejando a ellos. Debemos evitar tal cosa. No debemos tomar los mandamientos de los hombres y tratarlos como si fueran los mandamientos de Dios. Confío en que esto no ocurre en esta iglesia. Confío en que esto no ocurre en las iglesias de ninguno de los hombres que están sentados aquí hoy. No dejemos que esto ocurra en nuestras iglesias, no formalmente de manera que lo reconozcamos públicamente y nisiquiera en una manera que sea simplemente práctica. Que Dios nos ayude.

4-Debemos abstenernos de las apariencias en la religión

Tengo que explicar esa palabra. La uso porque me gusta y significa que no debemos tener nada que ver con las apariencias en la religión.
Versículo 43: «¡Ay de vosotros, fariseos! que amáis las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas!».

De forma particular en lo que tiene que ver con los pastores, no debemos enaltecernos porque somos pastores. Estamos en un entorno en el cual existe la tentación de hacer justamente eso porque las personas en nuestras iglesias aprecian la Palabra de Dios. Puede ser que haigan personas en tu iglesia que asistan porque eres el único pastor en el área que abre las Escrituras y las explica de forma fiel y cuidadosa y hasta las aplica a sus almas. Si hay personas así en tu iglesia, te amarán por esta razón. Entonces, existe el peligro de que nos encaminemos hacia el púlpito con un sentido de orgullo porque la congregación nos ama y con el deseo de darles una buena presentación de todo lo que le agrada, aunque sean cosas buenas. Sí, podemos estar comportándonos de esa manera, sin embargo, debemos evitar toda clase de espectáculo en la religión.
No debemos amar la atención de los demás. No debemos enaltecernos porque somos pastores y no debemos enseñorearnos sobre la grey.

Escuchemos las palabras de Dios por medio de Ezequiel. Dice en Ezequiel 34:4: «Las habéis dominado con dureza y con severidad». Estos eran hombres que amaban los puestos de autoridad, pero que no estaban pastoreando el rebaño de Dios. Los fariseos y los abogados eran una ilustración de esa clase de pastor falso e infiel que se denuncia en el Antiguo Testamento.

Escuchemos las palabras de Pedro en 1 Pedro 5:2-3: «Pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios; no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo; tampoco como teniendo señorío sobre los que os han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño».

Vayan comingo a Mateo 23 por un momento. Leamos Mateo 23:6-7. En este pasaje, Jesús habla nuevamente y denuncia a los líderes religiosos de aquellos días: «Aman el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, y los saludos respetuosos en las plazas y ser llamados por los hombres Rabí». Ahora miremos los versículos 11-12: «Pero el mayor de vosotros será vuestro servidor. Y cualquiera que se ensalce, será humillado, y cualquiera que se humille, será ensalzado». Debemos abstenernos, alejarnos de todo espectáculo en la religión.

5 Debemos cuidarnos de permitir que la religión se vuelva algo meramente externo

El próximo punto está relacionado al anterior. Debemos cuidarnos de que la religión no se vuelva en algo meramente externo, una fachada. En Lucas 11:39, Jesús afirmó: «Pero el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de afuera del vaso y del plato; pero por dentro estáis llenos de robo y de maldad». Puede ocurrir. Pensarás que no puede ocurrir en una iglesia como esta, una iglesia fiel. Pensarás que no puede ocurrir en un lugar donde los hombres toman la Palabra de Dios en serio, donde se estudia la Palabra de Dios diariamente. ¡Puedes pensar que no puede ocurrir! ¿Piensas así? Por eso es que tenemos a Judas en la Biblia, para que entendamos que sí puede pasar. Las personas pueden caminar con Jesús, hablar con Jesús, escuchar a Jesús, aprender de Jesús, acostarse en el mismo aposento que Jesús para dormir de noche, ¡y aun así puede ocurrir! Los pastores tenemos que enfrentarnos a todos los pecados y las tentaciones que enfrenta el pueblo de Dios. En cierto sentido, como resultado de nuestra posición, tenemos que enfrentarnos más a estas cosas.

Es por esta razón que Pablo dice: «Hermanos, orad por nosotros». Y yo digo: «Hermanos, orad por nosotros». Oremos por los pastores aquí en la Iglesia Bautista Reformada. Oremos por todos los pastores que asisten a la conferencia durante esta semana. Oremos por todos los pastores que conocemos, y oremos también por todos los que no cocemos, todos los pastores cristianos verdaderos. Debemos cuidarnos para no permitir que nuestra religión se vuelva una mera fachada.

6 No olvidemos nuestro llamamiento

En Lucas 11:52, al final del versículo dice lo siguiente: «Vosotros mismos no entrasteis, y a los que estaban entrando se lo impedisteis». ¿Cual es nuestro llamamiento? Es dirigir a las personas hacia Cristo. Conducirlas al cielo. Este es nuestro llamamiento, pero tomemos un momento y vayamos al pasaje que mencioné anteriormente, Ezequiel 34.

Comenzaré a la mitad del versículo 3 del capítulo 34, donde hay una lamentación. Ezequiel 34:2-4:

¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar el rebaño? ‘Coméis la grosura, os habéis vestido con la lana, degolláis la oveja engordada, pero no apacentáis el rebaño. ‘Las débiles no habéis fortalecido, la enferma no habéis curado, la perniquebrada no habéis vendado, la descarriada no habéis hecho volver, la perdida no habéis buscado; sino que las habéis dominado con dureza y con severidad.

No debemos olvidar nuestro llamamiento. El oficio de pastor no es ante todo una plataforma para ti. No es una plataforma para que tengas éxito en tu predicación. No es una plataforma para promover tu fama, por medio de la predicación o por medio de la escritura, o por medio de cualquier otros dones que Dios te haya dado. Quizás Dios bendiga tu predicación y bendiga lo que escribes, haciendo que seas útil más alla de los confines de la iglesia donde te ha colocado. Quizás lo hará, pero quiero recalcar que esta no es la meta. Esta no es tu meta como siervo de Cristo.
No debemos olvidar nuestro llamamiento. ¿Y cuál es este? Lo encontramos en Hebreos 13:17: «Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta. Permitidles que lo hagan con alegría y no quejándose, porque eso no sería provechoso para vosotros». Velamos por las almas de las personas como aquellos que han de dar cuenta. No debemos olvidar nuestro llamamiento, y tenemos que tomarlo en serio.

7-Nunca debemos aprovecharnos de las personas

Nuevamente, Jesús les dijo a los escribas y fariseos: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque devoráis las casas de las viudas, aun cuando por pretexto hacéis largas oraciones; por eso recibiréis mayor condenación» (Mateo 23:14).

En la historia de la iglesia, hay muchos terribles acontecimientos de esta clase de pecado y muchos acontecimientos terribles de esta clase de pecado en la iglesia moderna. Pecados escandalosos. Simplemente porque seamos reformados, y porque seamos bautistas reformados, esto no significa que seamos inmunes al pecado. Existen manifestaciones más sutiles de este pecado de aprovecharse de los demás. Podemos poner el listón bajo y decir lo siguiente: que cuando alguien da dinero a la iglesia, diezmos, y el pastor no se ocupa de las necesidades del alma de esa persona, se está aprovechando de ella. De hecho, es así aun si la persona no puede dar dinero a la iglesia. Si es un miembro de la iglesia y el pastor no se está ocupando de las necesidades de su alma, se está aprovechando de él. Haríamos bien, hermanos, si reflexionáramos en estas realidades cuando comenzemos a olvidarlas: «Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga».

8- No debemos despreciar al débil

Por último, no debemos despreciar al débil, incluso a los pecaminosos. Esto no solo se aplica a los pastores, se aplica de forma general al pueblo de Dios. El no despreciar al débil es un deber general de los cristianos.

Escuchemos 1 Tesalonicenses 5:14. Recordemos que está escrito a la iglesia en Tesalónica y no solamente a los ancianos de la iglesia: «Y os exhortamos, hermanos, a que amonestéis a los indisciplinados, animéis a los desalentados, sostengáis a los débiles y seáis pacientes con todos».
En Santiago 1:27 se nos dice que: «La religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones». No debemos despreciar a los débiles, incluso a los pecaminosos.

Ahora, estas palabras, como ya dije, eran para todos los discípulos, pero los pastores tienen una necesidad especial de ser conscientes de esto. Notemos en estos pasajes que leeré para concluir, el ejemplo de Dios y de nuestro Señor en este asunto. Notemos su actitud hacia los débiles y los pecadores en medio del rebaño.

Leamos en Ezequiel 34:16 donde el Señor declara: «Buscaré la perdida, haré volver la descarriada». Lo que está diciendo es, en otras palabras, que sus pastores no estaban llevando a cabo esta tarea ni tampoco los líderes religiosos del pueblo de Israel. Dice que buscará lo que se ha perdido y hará volver al descarriado: «Vendaré la perniquebrada y fortaleceré la enferma; pero destruiré la engordada y la fuerte. Las apacentaré con justicia».

Recordemos la manera que Dios afirma esto en Isaías 40:10-11: «He aquí, el Señor Dios vendrá con poder, y su brazo gobernará por El. He aquí, con El está su galardón, y delante de El su recompensa. Como pastor apacentará su rebaño, en su brazo recogerá los corderos». Él presta una atención especial a los débiles y a los jóvenes. Dice que «en su seno los llevará; guiará con cuidado a las recién paridas». Esta es la manera que Dios obra y es la forma en que nosotros debemos comportarnos, hermanos. Cuando se trata de ministrar a las personas débiles, no estoy diciendo que debes invertir todo tu tiempo como pastor con las ovejás más débiles de la iglesia. No digo esto, pero sí necesitas darles el tiempo debido a ellas. No quiere decir que el pastor debe dejarlo todo para asistir a una oveja débil cada vez que se queja (porque algunas se quejan mucho), pero debe prestar atención cuando las escucha balir.

En último lugar, quisiera leer del capítulo 18 de Mateo. Despúes que leamos esto casi habré terminado. Reconozco que me he pasado del tiempo que se me había otorgado, pero quisiera concluír. Mateo 18:10-14 es un pasaje bien conocido. En él Jesús afirma: «Mirad que no despreciéis a uno de estos pequeñitos, porque os digo que sus ángeles en los cielos contemplan siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos. Porque el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que se había perdido. ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se ha descarriado, ¿no deja las noventa y nueve en los montes, y va en busca de la descarriada? Y si sucede que la halla, en verdad os digo que se regocija más por ésta que por las noventa y nueve que no se han descarriado. Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda uno de estos pequeñitos».

Esos «pequeñitos» son discípulos, cristianos profesantes. Es a ellos que se refiere el texto. No están perdidos en general. Puede ser que, como pastor, hayas escuchado lo siguiente, o tal vez ha sido tu experiencia. Es un truismo, es un hecho que por lo general, las personas que reciben la mayor parte del esfuerzo particular de un pastor terminan por alejarse. A pesar de esto, debemos recordar que el Dios que conoce esta realidad dice en Su Palabra que no debemos despreciar o ignorar a los débiles. Es lo que observamos en Mateo 18. Significa imitar a Cristo.
Versículo 11: «Porque el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que se había perdido». En el versículo 12, vemos que el pastor va al monte sin garantía de que encontrará a la oveja perdida, porque en el versículo 13 dice «Y si sucede que la halla». Debemos estar listos a gastarnos, no a amarnos a nosotros mismos, sino a amar al pueblo de Dios.

Que Dios bendiga estas amonestaciones y que bendiga la conferencia pastoral que se está llevando a cabo esta semana. Que nos haga a todos más santos y que seamos ministros útiles de su nuevo pacto. Oremos.

Padre que estás en los cielos, te damos gracias por tu Palabra. Reconocemos que no somos lo que debiéramos ser, pero te pedidos que nos otorges la gracia para darle la espalda más y más al ego y al mundo, a nuestro amor por la comodidad y por nuestros pecados. Guárdanos de no llegar a ser nunca como los fariseos y los abogados. Haz que nos asemejemos más y más a tu Hijo. Ayúdanos a servir fielmente como subpastores de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, porque pedimos estas cosas en su nombre. Amén.

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It’s good to be with you all today. I greetings from Trinity Baptist Church. As you know, we’ve had a longstanding relationship, and we do love you and pray for you all regularly. I’m very thankful for the invitation to be here as part of the Pastor’s Conference, and to see some of the men from past conferences, to see new faces and new names and to greet them. I’m thankful to be able to minister the Word of God to you men, as well, here today.

Please take your Bibles and turn to Luke chapter 11. I’m going to be focusing on verses 37 through 52 of Luke 11. Now, let’s ask God for His help as we come to His Word. Let’s pray together.

Father in Heaven, we thank you for Your Word and that You have given us Your Word in writing. You’ve given it to us in our own languages, and we ask now that You would help, by Your Holy Spirit, because even though You have given us minds to understand words, yet without the help of Your Spirit our efforts here today will be in vain, whether to preach or to hear. We ask that You would send Your Spirit in a plentiful measure, that our efforts would not be in vain. May we know the help of Your Spirit for the good of our souls and the glory of Your name. We ask this all in the name of Your Son, our Lord and Saviour Jesus Christ. Amen.

When we study the gospels, we become familiar with certain people. We obviously become familiar with Jesus, we become familiar with Joseph and Mary, the Apostles, Martha, Mary, Lazarus. Those are good people—with the exception of Judas, who was one of the Apostles. But then, along with Judas, there are some other non-so-good people with whom we become familiar, as we read and study the gospels. In addition to Judas, there is someone like Pilot, and, of course, there are the Pharisees.

By and large, the Pharisees were bad men. Not all of them, but many of them—we could say—were the epitome of evil. That does not mean that they were the grossest of sinners, but they were men who had much light and who professed to know God, but they really opposed God. We read that in Luke 12:47-48. There’s a sense in which the Pharisees embodied the servants who knew their Master’s will, but did not do according to His will.

It says in Luke 12:47, “That servant who knew his master’s will, and did not prepare himself or do according to his will, shall be beaten with many stripes.” It goes on to say in verse 48 that the one who did not know and did not do his master’s will, though he’s worthy of stripes, he will not be beaten with as many. The Pharisees were men who knew God’s will. They were exposed to His Word. They knew better, but they opposed God. Therefore, we could say that is is important for us to study them.

There are many words—in the New Testament—written about the Pharisees, and it’s for a good reason. Jesus Himself said at the beginning of Luke 12 that we should beware of their leaven, which is hypocrisy. If we’re going to be beware of something, we have to know what we’re being aware of. We all carry the sins of the Pharisees within us, at least the seeds of them in our our hearts. As people who go to church regularly and familiarize ourselves with the Bibles, we could easily become Pharisees if the grace of God is not in our lives.

As we look at this passage, we’re told that He went to the Pharisee’s’ house for a meal.

1) Jesus’ company.

Let’s notice, first of all here, Jesus’ company. In verse 37 it tells us that His host was a certain Pharisee. A certain Pharisee asked Him to dine with him. Perhaps it was brunch. So, we’re told He went in and sat down to eat. The Pharisee was the host. There were other guests there. Evidently, there were other Pharisees along with this owner of the house, and along with them there were some lawyers, teachers of law, or ‘scribes,’ as they’re called in the gospel account. Notice in verse 45. It says, “Then one of the lawyers answered and said to Him.” So, evidently there are at least two lawyers. There was more than one lawyer there. One of them opened up his mouth and spoke.

The Pharisees were a Jewish sect. That is a branch of Judaism, a denomination we could say in one sense. They were very popular in Jesus’ day. They were religious leaders. They were not official religious leaders that the Bible itself spoke about, such as the priests or the Levites, but they were the leaders of the Jewish religion in that day. Having that position as leaders, they were greatly respected by the Jewish people. ‘Pharisee’ means literally ‘separated,’ and they prided themselves on being separate or separated. They concentrated on separation from everything that was unclean. They especially prided themselves on separation from Gentiles.

Notice that the Pharisees did not just think of themselves as separated from, different from, and above Gentiles. In John 7:49, there’s a Pharisee speaking, “This crowd.” He means the Jewish people of Jerusalem. “This crowd does not know the law is accursed,” because more and more of the Jews were beginning to listen to and follow Jesus. They despised not only Gentiles, but everyone who was not a Pharisee like themselves. The lawyers were generally part of the party of the Pharisees, but they were the scholars or theologians among the Pharisees. So, those were the guests. There’s Jesus’ company. His host: a Pharisee. The guests: at least a few other Pharisees and some lawyers.

2) Jesus’ entrance.

The second thing to notice is Jesus’ entrance. In the last part of verse 37 it says that after He was invited, “He went in and sat down to eat.” He proceeded immediately to the table.

Secondly, in terms of His entrance, we notice that this provoked a reaction from the Pharisee who invited Him. Verse 38, “When the Pharisee saw it, he marveled that He had not first washed before dinner.” He hadn’t engaged in the ceremonial washing that we read in another place in the gospels. It was the tradition of the elders. It was not required in the Bible, but it was required by the tradition of the elders. So, it provoked this reaction in the Pharisee: he marveled that He had not first washed before dinner.

Now, many times that word is used in the gospels in a positive way. People marveled at the works that Jesus did. They were amazed at them, and they wanted to follow Jesus because of it. But here the word was not used in a positive sense, because you notice the next thing. Jesus going right to the table provoked this reaction within the Pharisee, but that provoked a reaction from Jesus. That’s what we have in verses 39 and following.

When Jesus when into that room and sat down at the table without washing, do you think He forgot to wash? It certainly was not sinful for Him to sit down without washing, because the Bible didn’t require He wash His hands. In a social setting, especially at the home of a Pharisee, this was very offensive! Jesus was a truly gracious man, wasn’t He? But He didn’t forget to wash His hands on that day. It’s evident that Jesus wanted to use this as an opportunity to address a serious, extensive, pervasive, spiritual problem. The Pharisees and the lawyers were the religious establishment, and they were by and large very wrong in their thinking. They were very influential. I say they were very wrong, because for all of their study of the Word of God, and for all their knowledge of Scripture and their profession to be God’s people—even God’s special people, the ‘separate ones’—they missed it. They missed the message of the Word of God itself, the Old Testament that they had. They missed it by a mile! We could say they missed it by hundreds of miles. So, Jesus was using this as a teaching opportunity. There’s His company, and His entrance.

3) Jesus’ rebuke.

Thirdly, Jesus’ rebuke of the Pharisees. That comes in verses 39-44, and it comes in four different parts.

1. Jesus’ rebuke to the Pharisees (Luke 11:39-44).

The first part is essentially that Jesus says this: “You are hypocrites!” (verses 39-41.) First of all, He tells them this is their great problem. Verse 39, “But the Lord said to him, ‘Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.’” Jesus’ illustration is absurd, and it’s gross in a sense.

We had a dinner at our house this afternoon. We had guests with us, and before we went to the dining room table we all sat in the living room and talked. As we did we could look over at the table and we could see that there were nice dishes on the table. At least they looked very nice from the living room. Imagine though if we came from the living room to the table, when we were called, and everyone who saw the nicely set table from the living room, when they sat down at the table saw that the inside of the dishes—the cups and the plates—did not look like the outside look when they sat over in the living room. But it looked like they had maybe thirty days worth of meals caked on the inside. My wife would never do that, let me assure you. It would be gross!

Jesus is saying this: the Pharisees’ constant conduct, including what was going on in the heart of that Pharisee at whose house He was eating at this moment, their constant conduct is an expression of that gross, absurd illustration! As Jesus said later on in Luke 16, speaking of these same men, that they were lovers of money. They were the religious leaders, but they were lovers of money! They were the religious leaders, but Jesus said later on in Luke 20, “They devoured widow’s houses.” For all of their holy appearance and the impression that they gave that they were good and godly men, they were evil men. Just like my illustration was very gross, Jesus’ illustration was absurd and gross, so were these men. That’s what Jesus was saying! Particularly in God’s eyes.

Notice what He said first of all. He rebukes them for being hypocrites. He says here’s their great problem. (Verse 39.)

Secondly, He said, “Here is how you should see things.” Verse 40, “Foolish ones! Did not He who made the outside make the inside also?” In other words, “God made both the outside of the man, the hands that you wash, but He also made the inside! He made your heart. He made your soul!” That’s His point. In effect He’s saying, “Apply the rules that you have for your servants. You would be extremely upset with them if you only washed the outside of the cups and the plates, and they didn’t wash the inside.” He’s saying, “You should have those same rules for yourself, and you should apply them to your own life, your heart, your soul, and your teaching.” That’s His point. That’s how you should see things.

Thirdly, He tells them what they should do. Here’s what you should do. Verse 41, “But rather give alms of such things as you have; then indeed all things are clean to you.” Literally, it says, “All things that are within are clean to you.” He’s saying one of two things here.

He’s either saying this: “You should literally give alms.” In other words, You should give alms of the content of your cups and your plates, all of the things you have. You should give to others who need them. Remember, they were lovers of money. They didn’t like to give money we’re told in another place in the gospels, even to their parents! Remember the way that they twisted the law so that they could keep the money that they should have been using to help their elderly parents for themselves. He says, “You should give alms. Give what you have to poor people, to people who need it! Actually help other people.” That’s what he’s saying. It says in James 1:27 that if you visit orphans and widows, that is pure and undefiled religion. He’s saying, “You should engage in that.” That would be true religion.

He might also be saying this: “Give yourself—your insides, your soul, your heart—give it to God.” Like it says in 2 Corinthians 8:5 as Paul is writing to the Corinthians, telling about how generous they were to help the Jewish Christians in Judea. He said, “They gave themselves first to the Lord.” This is what Jesus would have been saying.

Either way—whether He is saying to literally give money to the poor, or give your hearts to God—the point is this: you must love God and man. You must have true religion. Your heart must be in your religion. That’s His point. Then, the result will be that they will be truly clean. Look at the last part of verse 41. “Then indeed all things are clean to you.” In other words, “If your heart is clean before God, not just in the eyes of men, not just according to your Pharisaical traditions, then you will be truly clean, and all things will be made clean to you.”

It’s like Paul’s statement in Titus 1:15, “To the pure, all things are pure.” So that if you are pure within and you sit down at your meal, and there’s a bit of dust from your daily activities on your fingers, it’s not going to make you or your meal unclean. That’s Jesus’ point, but the religion of the Pharisees was not an inward religion. It was basically an outward show. Jesus’ rebuke of the Pharisees is first of all, “You’re hypocrites.” (Verses 39-41).

Now, the next three rebukes are in the form of woes. “Woe to you.” Then they’re followed by three woes for the lawyers.

First, there are three for the Pharisees. “Woe to you.” Jesus is pointing out to them how sad and how grievous their conduct and their character is. He’s giving them warning about the judgement that they deserve, and the judgement that they will in fact experience if they don’t turn from their sins. Let’s look, first of all, at the woes to the Pharisees.

1- “You put lesser things first” (Verse 42).

The first woe is in verse 42, and the substance of it is this: “You put lesser things first.” Let’s read verse 42, “But woe to you Pharisees! For you tithe mint and rue and all manner of herbs, and pass by justice and the love of God. These you ought to have done, without leaving the others undone.” They were so careful to tithe everything that they had, they even tithed from the little things that they grew in a little glass on their kitchen counter. That’s how persnickety they were.

Let’s notice some of the faults of the Pharisee’s behavior Jesus mentions here and highlights. What I will call persnickety extremism that goes beyond what God has said in His Word. The Old Testament said to, “Bring a tithe of the land of the trees, the fruit of your trees and of your herds.” (Leviticus 27.) They were in effect creating a hedge, and they did this at many, many different points. They said, “The Word of God says this. Let’s make sure we go a step beyond that, and maybe even a step beyond that, and then a step beyond that, so that we’re very careful that we don’t break what God’s law actually says!”

They did that even with the name of God, so that here we are nowadays when we don’t even know how the Jews pronounce the name of God, because they stopped pronouncing it! The Bible said, “Don’t take the name of the Lord your God in vain.” So every time in their Old Testament that they read the name Yahweh they wouldn’t say it. They would say Adonai, because, “We want to make sure we’re not taking it in vain.” They went beyond what the Word of God was saying! That’s what they were doing here. It’s a persnickety extremism, and that leads to the second thing.

They created their own legislation, because their hedges eventually turned into laws, and it was the tradition of the elders. Jesus said this about what they did in Matthew 15:9: “You teach as doctrines the commandments of men.”

As I said, there wasn’t even a law about washing your hands before you eat a meal, but these men all had Jesus sinning there. That’s why I’m sure Jesus didn’t wash His hands. In some occasions maybe He did. It was kind of like Paul. On one occasion Paul had Timothy circumcised. He didn’t need to, but on another occasion he refused to circumcise Titus, because there the point was that he might lose the very truth of the grace of God and the gospel. So, Jesus wanted to make a point here. They created their own legislation.

Third, they elevated their laws above God’s laws. Here are these greedy men not worrying about their own sins. These prideful men, not thinking for a minute about their terrible pride, but they’re all thinking about the fact that Jesus didn’t wash His hands. They elevated their laws above God’s.

Finally, they ended up completely neglecting God’s laws, especially the things God regards the most. Notice Jesus’ conclusion at the end of verse 42. “These you ought to have done, without leaving the others undone.” He said, “They did the little things, but they passed by the big things: justice and the love of God!” It’s not that they should ignore relatively minor things in God’s law, that’s not Jesus’ point. He says, “You should have done both!” As it is, they’re ignoring the most important of God’s laws. Namely, love for God with all their heart and soul and strength and mind, and love for their neighbor as for themselves—the two great commandments. “You put lesser things first.”

2- “You’re in love with attention” (Verse 43).

The second woe is in verse 43. The third criticism that Jesus has of the Pharisees is that they were in love with attention. Verse 43, “Woe to you Pharisees! For you love the best seats in the synagogues and greetings in the marketplaces.”

In the synagogue there was a main seat—the seat of Moses—and the Rabbi sat in it. Then there were these cheap seats between the ark that they had with the scrolls of the law and the prophets in it. That was up in the center like our pulpit is, giving a right reverence, in a sense, to the Word of God. Then they had some other seats facing the people. Let’s say there was a shorter platform out here, where the stairs are, and it was ringed with seats. These Pharisees wanted to sit in those seats. Those seats would be facing the people. They weren’t teaching; they weren’t leading the service. There was no real function for those seats or for those men in the service. It was just for display, but they loved those seats! I would imagine they fought for them if there weren’t enough to go around.

Jesus said this in Matthew 6: “The hypocrites love to pray standing in the synagogues and in the corners of the streets, that they may be seen by men.”

Jesus said this about the rulers of the synagogue in John 12:43: “They love the praise of men more than the praise of God.”

What Jesus was saying was this: that the Pharisees, by and large, are full of pride, and it affects everything they do. They do everything they do to be seen by men, and to get the praise of men. Jesus says not only that it is wrong, but that they’re going to be judged for it. That’s the second woe.

3- “You lead others down the same path of condemnation” (Verse 44).

His fourth criticism, and the third woe we find in verse 44. It’s essentially, “You lead others down the same path of condemnation.” Look at verse 44, “Woe to you, scribes and Pharisees, hypocrites! For you are like graves which are not seen, and the men who walk over them are not aware of them.” Some versions don’t have the words ‘scribes and Pharisees’ in there, it just says ‘woe to you, hypocrites.’

The idea is that it says in the Old Testament that if you touch a grave or if you touch a dead body it makes you unclean. Listen to Numbers 19:16, “Whoever in the open field touches one who is slain by a sword or who has died, or a bone of a man, or a grave, shall be unclean seven days.” That would affect their privileges of worship. If they’re unclean for seven days they can’t go to the house of God and worship on the Sabbath or on a feast day. It affects their privileges of being able to interact with other Jews. They can’t do it if they’re unclean. If people can’t see that there’s a grave, because it’s not marked clearly, and they step on it or touch it, they unwillingly become unclean. Here’s what Jesus is saying, “By interacting with you Pharisees, people are unwillingly becoming unclean, because they don’t know that your hearts are like the inside of a tomb.”

Look at verse 39, “Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.” They’re the living equivalent of tombs. Nice-looking outside perhaps, but inside full of dead men’s bones. “That’s true because you men pretend to be holy, and you tell people how holy you are. Others say how holy you are, and you love to hear it, but you’re ugly inside.” That’s what He’s saying. “You lead others down the same path of condemnation.” In other words, “No one sees that he’s walking back and forth over a grave when he has interaction with you, but your teaching and your example, you Pharisees, are killing people.” That’s His point. There’s Jesus’ rebuke of the Pharisees, then we come to the lawyer’s objection in verse 45.

2. Jesus’ rebuke to the lawyers (Luke 11:46-52).

Verse 45, “Then one of the lawyers answered and said to Him, “Teacher, by saying these things You reproach us also.” As I said, not all of them, but many lawyers, by and large, were part of the Pharisees. They were the scholars and theologians among them. We could say they were a combination of religious scholar, like a seminary professor, and a legal expert. Their Bible—the Old Testament and the law of Moses—was their law. Together, the Pharisees and the lawyers were the religious establishment, as I said.

In this instance, this lawyer’s perception was very good. He realized that the lawyers were in Jesus’ line of fire, whether he realized that Jesus meant it that way or not. He knew that whatever Jesus said in condemnation of the Pharisees was condemning the lawyers as well. Of course, he didn’t like it, and maybe he was giving Jesus the benefit of the doubt, thinking, “Maybe He doesn’t realize this.” He’s basically saying to Jesus, “You couldn’t possibly be meaning us!” But He did. He did mean them. He was calling the whole religious establishment of the Jews to repent.

We could say all six of the woes—the three we’ve already looked at and the three to come—were really for all of them, Pharisees and lawyers together. But these next three we come upon were especially intended for the lawyers. Let’s look at them. Again, it includes three woes, and I’ll be much more brief regarding these.

1- “You weigh people down” (Verse 46).

The first one is this: “You weigh people down, or you encumber them.” Verse 46, “And He said, ‘Woe to you also, lawyers! For you load men with burdens hard to bear, and you yourselves do not touch the burdens with one of your fingers.’” In other words, “You weigh them down. You overload them. You hinder them. You put obstacles in their way.” Some people, whether it’s just in a human level, they want to know more about God or find out something about God, be reconciled to God, or maybe it’s truly God’s people. “Whatever the case, you put obstacles in their way. You’re not helping them, you’re hindering them. You overload them.” The first part of the statement is this: “That you load men with burdens hard to bear.” In other words, “You make people try to carry something that they cannot handle.”

It’s like taking your eleven year old child and saying, “Here’s two-hundred pound weights. Carry them across the other side of the room for me.” He can’t do it! He says, “That’s what you men are doing. You overload people. You pile severe burdens on them.” They’re burdens—as we saw already—that God has not required.

Remember that the Old Testament law itself, in a sense, was a burden, wasn’t it? Peter in Acts 15:10 referred to the Old Testament ceremonial laws as, “A yoke which neither we nor our fathers were able to bear.” Already, in a sense, we could say that the Old Testament law was a burden, but a legitimate burden, because God placed it on people. These lawyers, like the Pharisees, increased the burden! They went beyond what the Old Testament required. The traditions of the elders were all add-ons. They were all additions to God’s law. How did they do that? They did it with minute, legalistic interpretations of God’s law, and additions to God’s law.

It was like the tithing of herbs, or what they did to Jesus and His disciples that one time when they were just taking a few heads of grain so that they didn’t get famished on the Sabbath Day. They said, “You’re guilty of harvesting and threshing when you pluck a head of grain and roll it between your fingers, and eat it. You’re harvesting and threshing!” With all of their Sabbath traditions, that’s what they were doing: adding to God’s law. That’s the first part of what Jesus says here. “You load men with burdens.”

Notice the second part of it, the last part of verse 46. “And you yourselves do not touch the burdens with one of your fingers.” There’s two possible things Jesus meant here. I think it’s likely He meant both.

The first one would be this: “You give them all these hard things to do, but you don’t do them yourselves.” He could be saying that. You tell them what to do, but you don’t do them yourselves. They not only knew all the six-hundred seventeen traditions of the elders regarding the Sabbath Day and how to keep it, they also knew every loophole. So that if they really wanted to do something on the Sabbath Day, they could find a reason as to why it was legitimate. That’s hypocrisy, not practicing what you preach.

The other possibility that Jesus meant here is that they gave all these heavy burdens to them, but they didn’t help them! “You yourselves do not touch the burdens with one of your fingers.” “You don’t do it yourself” might mean “You don’t help them to do it.”

For instance, I give people pastoral counsel when they come and ask me questions, or if I come and ask them questions and I think they need pastoral counsel, I’ll give it to them. It involves part one: I tell them what I believe the Bible says they need to do. Part two: I try to tell them how they should do it. In other words, I direct them to the Word of God. I explain what the Word of God says. I give them advice. I pray with them, and I pray for them. I encourage them, and I say, “If you need further help, if you need further instruction, call me. Come to me. We can talk about it.”

The point is that the Pharisees did nothing of the sort. They would overload men with burdens and do nothing to help them do it. That’s the first thing. “You weigh people down or encumber them.” (Verse 46).

2- “You pretend that you love the prophets” (Verses 47-51).

The second woe is this: “You pretend that you love the prophets.” It’s verse 47 to 51. Let’s just read verses 47 and 48. “Woe to you! For you build the tombs of the prophets, and your fathers killed them. In fact, you bear witness that you approve the deeds of your fathers; for they indeed killed them, and you build their tombs.”

The point is this: “You pretend that you’re on God’s side. You worship the prophets.” Those were really God’s messengers. They were really God’s servants! You know their names: Isaiah, Jeremiah, and many, many other prophets. In a sense He’s saying this: “When you lead tours of their graves, and decorate their graves with flowers, and eulogize those prophets, what you’re doing in effect is trumpeting your admiration for those men. The fact is that you truly, ultimately despise them! You demonstrate that by everything you do, and everything you stand for.” That’s His point. The bottom line is this: “You hate the prophets, because you hate their message. You don’t follow their message. You’re like your fathers, your ancestors who killed the prophets. They put them in the tombs, and you decorate the tombs that your fathers built for them.” That’s His point. “You’re like your fathers.”

3- “You effectively bar people from God’s Kingdom” (Verse 52).

Then there’s the third woe. “You effectively bar people from God’s Kingdom.” Verse 52, “Woe to you lawyers! For you have taken away the key of knowledge. You did not enter in yourselves, and those who were entering in you hindered.”

“You’ve taken away the key of knowledge.” In a sense, they had the key of knowledge. They had the Scriptures, they had access to the Word of God. They had knowledge of the Word of God that the common people did not have. They didn’t have Bibles like you do on your phone, on your bookshelf at home. They didn’t have that! They had the access to it. They had the knowledge of the will of God. They had the platform to stand up and tell the people of God what the Word of God said. The point is that they squandered it. They did not enter in themselves. They didn’t believe it themselves. They didn’t know God themselves, though they had every opportunity, and they prevented other people, therefore, from entering, as well. It’s a sad, sad denunciation of the lawyers and the Pharisees.

Application.

Let me take the rest of the time I have for some practical application of this. Let me start out with one word for all people, really all of God’s people, but all people. If Jesus warned the Pharisees and the lawyers concerning the great light that they had, and the grave danger that came with it if they didn’t repent and believe, you sitting here today may be in far greater danger than any of them. Look at verses 49 through 51 again.

“Therefore the wisdom of God also said, ‘I will send them prophets and apostles, and some of them they will kill and persecute,’ that the blood of all the prophets which was shed from the foundation of the world may be required of this generation, from the blood of Abel to the blood of Zechariah who perished between the altar and the temple. Yes, I say to you, it shall be required of this generation.”

Think about this. These men lived before the New Testament was written. They lived before there was a New Testament church of the Lord Jesus Christ. They lived before the days of the Reformation. They lived before the development of the printing press, and the printing and distribution of all kinds of good, solid, Christian literature. Jesus said that basically the guilt of the blood of all the servants of God that was slain—from the time of Abel the son of Adam, to Jesus’ time—was going to come crashing down upon them, because of all their light.

Now, think of yourself, at least for many people sitting here today. You grew up in a church. You grew up hearing the Word of God, and maybe in a very good church with very good teaching, and good, godly examples in the lives of people like your parents, and the pastors of the church in which you grew up in. Is your obligation to believe in Jesus Christ any less than that of the Pharisees and lawyers? If you don’t believe in Him, will your condemnation be any lighter than theirs? Will you repent and believe in Jesus Christ today? You should repent and believe in Jesus today!

As a minister of Jesus Christ, I command you to repent of your sins and believe in His Son. As a person who understands the consequences that you face if you don’t, I urge you to believe on the Lord Jesus Christ. As a preacher, I plead with you that you would believe on the Lord Jesus Christ and forsake your sins today. As a Christian, I will pray for you that you will indeed turn from your sins and trust in the Lord Jesus Christ before this day is over. May God help you.

There are lessons for us pastors, because I know that this service here, though it’s the regular service of the church, it’s in conjunction with the Pastor’s Conference, and we have many pastors here, thankfully. Let me close with some lessons from the Pharisees for Christian Pastors.

We could say the Pharisees and lawyers were the equivalent of Christian pastors, or perhaps we could say vice versa that we are in some ways their equivalent in the church of the Lord Jesus Christ.

1- We must not focus on external things to the neglect of the internal things.

The first thing is this: we must not focus on external things to the neglect of internal. (Verses 39-41.) Let me just read verse 39 again, “Then the Lord said to him, ‘Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.’”

They focused on the outward, ritual, merely formal things in religion. They were all concerned about whether Jesus’ hands were washed ceremonially before He ate the meal, and if He had done that they probably would not have cared what was in His heart. They cared about whether their hands were washed, but they were oblivious to what was in their hearts, and they didn’t care about it as long as their hands were washed! That’s what the Pharisees did, whether it was the washing of hands, the tithing of herbs, or the praying on street corners, but they didn’t really give either alms to the poor, or themselves to God. In some ways, they’re like the Roman Catholic church, who dispenses sacraments, outward ordinances, without caring whether people have true, saving repentance and faith in Christ, or not.

Many Protestants act in similar ways, don’t they? The focus is: “have you been baptized? If you’ve been baptized it’s well with your soul.” Or “did you make a decision?” “Yes.” “Oh, good. You’re saved.” Or “do you have a church membership? Then all is well.” Those things don’t save people! Outward ordinances don’t save! Brethren, we can do that as well. We can be Reformed, we can be Reformed Baptists. We can do that! We could, as pastors, stand up and say, “Well, at least they’re here.” Or you might think in your heart, “I belong to the church.” Or you might say something like, “At least I’m outwardly decent. I’m not committing some kind of gross sin, like people who have to be disciplined by the church, and therefore all is well.” All is not necessarily well!

My brethren pastors, we must preach and teach and shepherd and govern the churches of Christ in such a way that we never cave in at this point. It’s difficult to do that year after year after year. It becomes tiring, and sadly, hardly anybody else is doing it. As a result, you can get a lot of complaints and grief for doing it that way, but never cave in! Don’t cave into the world, and don’t cave in to the professing church. Don’t cave in to the people who might be in your own church—which might be a good, biblical church—but there are people in your church, perhaps, who are tired of it. They’ve been in the church for twenty years, and they want you to just leave them alone for the last whatever number of years of their lives. Don’t cave in to the people who give a lot of money to the church. God help us. We must not focus on external things to the neglect of internal.

2- We must not elevate relatively minor things above the greatest things.

Second lesson: we must not elevate relatively minor things above the greatest things. Luke 11:42, “But woe to you Pharisees! For you tithe mint and rue and all manner of herbs, and pass by justice and the love of God. These you ought to have done, without leaving the others undone.”

Jesus said that in a different way in Matthew 23:24, “Blind guides, who strain out a gnat [a little thing] and swallow a camel [a big thing]!” Another gross illustration, but you see the point. They concentrate on minor things, and they completely miss the greatest things.

Brethren, we must not let ourselves become like that. We could say, “We don’t have all those outward rituals of the Pharisees.” Good! “We don’t have all the outward rituals of Roman Catholicism.” Good! But it could happen to us in subtle ways.

We could be content if someone just tells us, “I’m reading my Bible everyday.” That’s important! It’s important that someone is opening their Bible and reading it. If we ask, “How are your devotions?” “I’m praying everyday.” We can be thankful that someone is taking time in getting on his knees and talking to God. That’s important, but that’s not necessarily heart religion that he’s doing that. We could be thankful that people are doing good works. That is, things the Bible designates as good works, but we must be careful never to elevate simply outward performance over true worship and communion with God. We need to preach that, and we need to emphasize it to our people. We need to go deeper when we ask them, “How is it with your soul?”

We must not elevate relatively minor things above the greatest things. Do they love God? Do they commune truly with God? Do they delight themselves in the Lord?

3- We must not create commandments of men and treat them as the commandments of God.

Thirdly, we must not create commandments of men and treat them as the commandments of God. As I mentioned, the Roman Catholic Church is in some ways the modern day embodiment of Pharisaism. With us, brethren, we must guard against the same kinds of errors.

Some things, we could argue, are very important written documents. The most important one we have other than the Scriptures would be our Confession of Faith. There are other good creeds and confessions in existence, but we must always remember—no matter how good we regard our Confession to be—that it is not the Bible. It is not divine revelation! Neither is our church constitution divine revelation!

Neither are those specific ways of following Jesus Christ—that have been such a great blessing to me—the Word of God. What am I talking about? There are some things that I do in my Christian life that are specific applications of the Word of God in my life to help me obey God and to obey Jesus Christ, but if I ever write them down and call it ‘the traditions of the elders’ and say, “Therefore, you need to do it, because it has been so helpful to me.” I would be in danger of doing the same things that the Pharisees did. I’m not saying if you write a book that you’ve done that. I’m saying that if you elevate your book and your dictates to the level of God’s Word, that is what you are doing. That’s at least in part how Phariseeism developed! They were probably genuinely godly men, and they said, “Well, I go beyond just this. I do this to make sure I’m not violating God’s law.” I hope you have things in your life that you can say that. That you don’t just go to the edge of what every commandment of God allows, and dare God, in a sense, to let you fall off or not. That’s not godly living, but as soon as you start saying, “I do not permit a computer in my house, because I know my own heart. Therefore, anybody who allows a computer in his house is sinning.” You’re becoming like them. We must avoid that. We must not take commandments of men, and treat them as the commandments of God.

I trust that is no one in this church. I trust that is is not done in your churches, you men who are sitting here. Don’t ever let it happen in your churches, not in a formal way that you come right out and admit it. Not even in simply a practical way. May God help us.

4- We must eschew show in religion.

I have to explain that word. I use it because I love it, but it means this: we must have nothing to do with show in religion.

Verse 43, “Woe to you Pharisees! For you love the best seats in the synagogues and greetings in the marketplaces.”

In particular for pastors, we must not exalt ourselves because we’re pastors. We’re in a setting in which we can be tempted to do that, because people in our churches appreciate the Word of God. People may come to your church perhaps because you’re the only pastor in the area who opens the Scriptures and faithfully, painstakingly explains them, and even applies it to their souls. If you have people like that, they love you for that. So, there is that danger that we could walk up to the pulpit loving it that people love us, and wanting to give them a nice show of all of the things they love; even if they’re good things. Yeah, we could do that kind of thing, but we must eschew, however, all show in religion. We must not love attention. We must not exalt ourselves because we’re pastors, and we must not lord it over the flock.

Listen to the words of God through Ezekiel. In Exequiel 34:4 he said, “With force and cruelty you have ruled over God’s people.” They were men who loved positions of authority, but they were not shepherding the flock of God. The Pharisees and the lawyers were the picture of those kinds of false and unfaithful shepherds that were denounced in the Old Testament.

Listen to Peter’s words in 1 Peter 5:2-3, “Shepherd the flock of God which is among you, serving as overseers, not by compulsion but willingly, not for dishonest gain but eagerly; nor as being lords over those entrusted to you, but being examples to the flock.”

Do turn with me to Matthew 23 for a moment. Let’s read Matthew 23:6-7. These are Jesus’ words in a passage, again, where He’s denouncing the religious leaders of the day. “They love the best places at feasts, the best seats in the synagogues, greetings in the marketplaces, and to be called by men, ‘Rabbi, Rabbi.’” Then look at verses 11-12, “But he who is greatest among you shall be your servant. And whoever exalts himself will be humbled, and he who humbles himself will be exalted.” We must eschew, we must steer clear of all show in religion.

5- We must beware of letting religion degenerate into a facade.

The next thing is related. We must beware of letting religion degenerate into a facade, a mere outward picture. In Luke 11:39 Jesus said, “Now you Pharisees make the outside of the cup and dish clean, but your inward part is full of greed and wickedness.” It can happen, and you may think, “It can’t happen in a church like this. A faithful church.” You may think, “It can’t happen when men are serious about God’s Word, and they’re studying God’s Word day by day. It can’t happen!” You think it can’t happen? That’s why Judas is in the Bible, so that we understand that it can happen. People can be walking with Jesus, talking with Jesus, listening to Jesus, learning from Jesus, lying down to sleep at night next to Jesus, and it can happen! All the sins and temptations that all of God’s people face, we as pastors face. In a sense we face it more, because of our peculiar place.

That’s why Paul says, “Brethren, pray for us,” and I say, “Brethren, pray for us.” Pray for your pastors here at IBR. Pray for all these pastors who have come for the conference this week. Pray for all the pastors you know, and pray for all you don’t know, all true, Christian pastors. We must beware of letting our religion degenerate into a mere facade.

6- We must not forget our calling.

Luke 11:52, at the end of the verse says, “You did not enter in yourselves, and those who were entering in you hindered.” What is our calling? It’s to lead people to God. It’s to lead people to Christ. It’s to lead people to heaven. That’s our calling, but let’s take a moment and do turn to that passage I mentioned earlier, Ezekiel 34.

I’ll begin in the middle of verse 2 of chapter 34, there is a woe. Ezekiel 34:2-4, “Woe to the shepherds of Israel who feed themselves! Should not the shepherds feed the flocks? You eat the fat and clothe yourselves with the wool; you slaughter the fatlings, but you do not feed the flock. The weak you have not strengthened, nor have you healed those who were sick, nor bound up the broken, nor brought back what was driven away, nor sought what was lost; but with force and cruelty you have ruled them.”

We must not forget our calling. Your office, as a pastor, is not first and foremost a platform for you! It is not a platform for your success as a preacher. It is not a platform for your fame, due to your preaching, or to your writing, or whatever gifts God has given you. Maybe God will bless your preaching, and bless your writing, making you useful beyond the walls of the church He has placed you. Maybe He will, but my point is this: that is not the goal. That is not to be your goal as a servant of Christ.

We must not forget our calling, which is what? It’s stated in Hebrews 13:17, “Obey those who rule over you, and be submissive, for they watch out for your souls, as those who must give account. Let them do so with joy and not with grief, for that would be unprofitable for you.” We watch out for people’s souls as those who must give account. We must not forget our calling, and we must take that calling seriously.

7- We must never take advantage of people.

Jesus said again to the scribes and the Pharisees, “Woe to you scribes and Pharisees, hypocrites, for you devour widow’s houses, and for a pretense you make long prayers. Therefore you will receive greater condemnation.” (Luke 20:47.)

In the history of the church, there are many terrible incidents of this kind of sin, and there are many terrible incidents of this kind of sin in the modern church. Scandalous sins! Just because we are Reformed, and just because we are Reformed Baptists, it does not mean we are immune to such sins. There are more subtle expressions of this sin of taking advantage of people. We could put the bar this low and say this: that whenever anyone pays money to the church, tithes, and the pastor doesn’t faithfully and diligently serve that person’s soul’s needs, he’s taking advantage of him. In fact, it’s even if the person can’t afford to pay money to the church. If he’s a member of the church, and the pastor isn’t serving his soul’s needs, he’s taking advantage of him. We would do well, brethren, to reflect on those realities when we begin to forget them.

“Let him who thinks he stands take heed, lest he fall.”

8- We must not despise the weak.

Finally, we must not despise the weak, including the sinful. This is true not only for pastors, it’s true in general for God’s people. It’s a general obligation for Christians to not despise the weak.

Listen to 1 Thessalonians 5:14. Remember that it’s written to the church of Thessalonica, not just the elders of the church. “Now we exhort you, brethren, warn those who are unruly, comfort the fainthearted, uphold the weak, be patient with all.”

James 1:27 tells us that, “Pure and undefiled religion before God and the Father is this: to visit orphans and widows in their trouble.” We must not despise the weak, including the sinful.

Now, those words, as I said, came to all the disciples, but it’s especially needful for pastors to be mindful of this. Notice—in these texts that I’m going to read in closing—the example of God and of our Lord in this matter. Notice their disposition to the weak and erring among the flock.

Look at Ezekiel 34:16. The Lord says, “I will seek what was lost and bring back what was driven away.” In other words, “My shepherds aren’t doing it, the religious leaders of the people of Israel aren’t doing it. I will seek what was lost and bring back what was driven away. “And bind up the broken and strengthen what was sick; but I will destroy the fat and the strong, and feed them in judgment.”

Remember how God says it in Isaiah 40:10-11, “He will feed His flock like a shepherd;
He will gather the lambs with His arm.” The young ones, the weak ones, He will give them special attention. He will, “Carry them in His bosom, and gently lead those who are with young.” That’s how God does it, and that’s how we should do it, brethren. When it comes to ministering to weak people I am not saying you have to spend all your time as a pastor with the weakest sheep in the church. I am not saying that, but you do need to spend due time with them! It does not mean that the pastor has to drop everything every time a weak sheep bleats, because some of them bleat a lot, but he must pay attention when they bleat!

Let me read, finally, from Matthew 18. After I read this I’ll be just about done. I know I’ve gone over my set time, but let me just conclude. Matthew 18:10-14. It’s a well-known passage. Jesus says here, “Take heed that you do not despise one of these little ones, [He means believers, disciples] for I say to you that in heaven their angels always see the face of My Father who is in heaven. For the Son of Man has come to save that which was lost. “What do you think? If a man has a hundred sheep, and one of them goes astray, does he not leave the ninety-nine and go to the mountains to seek the one that is straying? And if he should find it, assuredly, I say to you, he rejoices more over that sheep than over the ninety-nine that did not go astray. Even so it is not the will of your Father who is in heaven that one of these little ones should perish.”

These ‘little ones’ are disciples, professing Christians. That’s who they are! They’re not the lost in general. You may have heard this, as a pastor, and maybe if you’re a pastor you have experienced it. It’s a truism. It’s a general truth that often the people who receive a lion’s share of a pastor’s private labors end up walking away. We must remember that still, God who knows that, says in His Word that we must not despise or ignore the weak. You see that in Matthew 18. It’s an imitation of Christ. Verse 11, “The Son of Man has come to save that which was lost.” that the shepherd goes to the mountains, in verse 12. He goes with no guarantee that he will recover the lost sheep, because verse 13 says, “And if he should find it.” We have to be ready to lay ourselves out, not to love ourselves, but to love God’s people.

May God bless these admonitions, and may He bless the Pastor’s Conference this week. May He make us all more holy and useful ministers of His New Covenant. Let’s pray together.

Father in Heaven, we do thank You for Your Word. We acknowledge that we are not what we ought to be, but we ask that You would give us grace to turn more and more away from ourselves and from the world, from our love of ease, and from our sins. Keep us from ever becoming like the Pharisees and the lawyers. Make us more and more like Your Son. Help us to faithfully serve as undershepherds of our Lord and Saviour Jesus Christ. For we ask these things in His name. Amen.

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2015 Pastors’ Conference | Four Essential Properties of Saving Faith

Cuatro características esenciales de la fe salvadora

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Cuatro características esenciales de la fe salvadora

Albert N. Martin

Aquellos que han visto el programa para la conferencia saben que se ha anunciado que hoy predicaré un sermón sobre “cuatro características esenciales de la fe salvadora”. Comprendo que esto puede llevarlos a pensar que están a punto de recibir un discurso teológico. Parece un título que un profesor de teología podría dar a un discurso para sus estudiantes en un seminario: «Las cuatro características esenciales de la fe salvadora». Pero les aseguro que en mi corazón tengo algo (confío que también lo tenga en mi mente y ojalá que sea lo que salga de mi boca) que está muy lejos de ser un discurso teológico. El tema que voy a tratar es nada menos que un asunto de vida o muerte: la vida eterna por un lado y la muerte eterna por el otro. Quiero citar varios pasajes de las Escrituras que subrayan esta realidad muy claramente.

En Romanos 1:16 leemos: «Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego». Y en Juan 3:36 leemos: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él». Si no eres un creyente, si no estás unido a Cristo con una fe verdadera y salvadora, entonces la ira del Dios Todopoderoso es una amenaza que cuelga sobre tu cabeza, esto es algo tan cierto como que estamos aquí sentados debajo de este techo. Solamente un latido de tu corazón impide que esa ira caiga sobre tu cabeza y te empuje hacia las tinieblas eternas, donde será el llanto y el crujir de dientes.

Otro pasaje es Efesios 2:8: «Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe». Por último, Apocalipsis 21:8 declara: «Pero los cobardes, incrédulos…tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre». Este asunto de la fe salvadora, y la cuestión de si la poseemos en verdad, no es un centro de deportes teológico, en el que jugamos con las palabras. Es un asunto de vida eterna o de muerte eterna.

La Biblia habla claramente acerca de las personas que tienen un tipo de fe que no está a la altura de la fe verdadera, por esta razón, debemos conocer la diferencia entre ambas. Escuchemos estas palabras de las Escrituras que se refieren a unas personas que creyeron y aun así no llegaron a tener una relación salvífica con el Señor Jesús. En el capítulo 2 de Juan, las Escrituras nos dicen en el versículo 23 al 25 que Jesús estaba en Jerusalén y había hecho muchos milagros. Juan declara: «Cuando estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía. Pero Jesús, por su parte, no se confiaba a ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diera testimonio del hombre, pues Él sabía lo que había en el hombre». Estas eran unas personas que decían: «Sí, creemos en Jesús. Vemos los milagros que confirman Su identidad». Pero Jesús no se confiaba de ellos, porque sabía que la fe que profesaban no era una fe real y salvífica.

Encontramos lo mismo en Juan capítulo 8, versículo 31. Nuestro Señor declara: «Entonces Jesús decía a los judíos que habían creído en Él: Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Ellos le contestaron: Somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres”?» Estas personas eran creyentes. El pasaje lo deja claro: «Los judíos que habían creído en Él». Con Sus palabras, Jesús subraya cuál es el fruto de la fe salvadora: «Si vosotros permanecéis en mi palabra…conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». Ellos le responden «¿Por qué necesitamos ser hechos libres? Nunca hemos sido esclavos de nadie». Después, en el versículo 44 de este mismo capítulo, Jesús les dice a las mismas personas: «Sois de vuestro padre el diablo». ¡He aquí creyentes que son hijos del diablo! Entonces, como podemos ver, es posible tener un tipo de fe que no llega a la altura de la verdadera fe salvadora.

De nuevo, en el libro de Santiago, Santiago está tratando de conseguir que estas personas entiendan que la fe genuina no está compuesta meramente de nociones acerca de Dios y acerca de Cristo, sino que, donde hay la fe verdadera, existe una experiencia de la gracia de Dios que es vital y que transforma la vida. En el capítulo 2, versículo 19, Santiago declara: «Tú crees que Dios es uno. Haces bien». En otras palabras: «Tú crees lo que un judío ortodoxo está supuesto a creer». «Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es». Santiago dice: «Tú crees. Muy bien. También los demonios creen, y tiemblan». Los demonios creen. Los demonios tienen fe. ¿Hay alguien aquí en esta mañana que esté dispuesto a afirmar que los demonios son salvos? Claro que no, pero tenían una fe que Santiago identifica como una fe real. Incluso les causó una respuesta emocional. Ellos tiemblan, tiemblan a la luz de lo que creen.

Entonces tenemos el incidente de Hechos 8. Cuando Felipe, junto con otros, estaba predicando en Samaria, hubo una gran obra del Espíritu de Dios. En medio de todo eso, se dice que cierto hombre creyó y fue bautizado. Pero, después que salieron a la luz sus intenciones verdaderas, Pedro le dice: «No tienes parte en este asunto. Simón, todavía estás en hiel de amargura y en cadena de iniquidad».

Este tema acerca de cuáles son las cuatro características esenciales de la fe salvadora es un asunto vital porque existe una fe que no llega a la altura de la verdadera fe salvadora. Aunque los hombres puedan ir a la deriva en esta vida con esa fe que los condena, vendrá un día cuando nuestro Señor se sentará en Su trono y serán reunidos todos delante de Él. Según lo que dice Jesús, habrá muchos que dirán: «Señor, Señor, ¿no hicimos esto, aquello y lo otro?» Él les responderá: «Apartaos de mí, jamás os conocí». Así que, entender las características de la verdadera fe salvadora es algo vital para nosotros. En Tito 1:1 se denomina como «la fe de los escogidos de Dios». ¿Cuáles son sus rasgos distintivos? ¿De qué está compuesta? Bueno, sería conveniente si pudiéramos acudir a uno o dos pasajes de las Escrituras y encontrar en estos una definición de la fe salvadora que sea buena, resumida, breve y precisa. Si tal cosa existiera, estoy seguro que todos nosotros habríamos memorizado ese versículo, pero Dios no nos ha dado esto. Él nos ha dado algunos versículos que nos proporcionan unas descripciones de la fe, por ejemplo: Hebreos 11:1. Pero lo que Dios sí nos ha otorgado en Su Palabra son ejemplos de la fe salvadora en acción. Así que, de esta manera vemos lo que es por medio de lo que hace y lo que no hace.

También existen analogías o ilustraciones de lo que es la fe salvadora. Se describe como «mirar», «comer» y «beber» de Cristo. Se describe como «ir a Cristo» y «aferrarse de Cristo». Por tanto, tenemos que tomar todas estas facetas de la verdad bíblica que nos muestran en qué consiste la fe por sus acciones, por analogía y con ilustraciones, y tenemos que organizarlas y ponerlas en las categorías que obviamente les corresponden. De esta manera, en lugar de tratar de formular una simple y pequeña definición de la fe, intentaremos identificar cuáles son esos elementos absolutamente esenciales que están presentes donde existe la fe salvadora. Esto es lo que intentaré hacer hoy en mi predicación.

Me podrían hacer la siguiente pregunta: «Pastor Martin, ¿qué espera lograr con eso?» Quiero compartir tres palabras contigo. Todas empiezan con la letra “c” y expresan mi meta en la predicación de hoy: confirmar, convencer y constreñir.

En primer lugar, en mi predicación, quiero ser un instrumento en las manos de Dios para confirmar a los verdaderos creyentes, dejándoles saber que la fe que poseen es realmente la fe que es un don de Dios y que tendrá como resultado la vida eterna. Puede ser que hayas leído estos pasajes acerca de los demonios que también creen, ese mago en Hechos 8 que creyó y los muchos judíos que creyeron, pero no eran realmente salvos, y a la hora de leerlos tal vez te has rascado la cabeza y dicho: «Señor, ¿tengo yo fe genuina? ¿Es mi fe esa fe verdadera, la fe salvadora?» Espero que en la predicación de hoy podamos ver algunos aspectos de este tema que fortalezcan tu seguridad y que sean una confirmación para tu propia consciencia de que estás realmente unido a Cristo con una fe verdadera y salvadora.

En segundo lugar, espero ser un instrumento que traiga convicción de culpa. Es posible que algunos aquí no sean verdaderos creyentes y estén sentados aquí hoy diciendo entre sí: «He creído en el evangelio por años. He creído que Cristo murió por los pecadores. Creo que Él resucitó de los muertos al tercer día. Asisto con regularidad a una buena iglesia con enseñanza sólida. ¿Qué razón puedo tener para dudar de la veracidad de mi fe?» Bueno, espero que algunos que estén bajo sea categoría sean convencidos de culpa y digan: «Yo no tengo la fe genuina», para entonces acudir a Cristo y ser realmente unidos a Él.

En tercer lugar, hay otras personas que espero constreñir. Es posible que algunos de los que están sentados aquí hoy hayan estado pensando acerca de la realidad de su pecado y del juicio venidero. Estas personas no confían en que sus pecados han sido perdonados. No tienen confianza de que tienen un buen historial ante la corte del cielo. Es mi esperanza y mi oración que, por medio de mi predicación, mientras consideramos los elementos de la verdadera fe salvadora en esta mañana, estas personas sean constreñidas a llegar a la fe. Que sean constreñidas por la obra del Espíritu Santo a confiar sin dudas en el Señor Jesucristo y a irse de aquí hoy diciendo: «Yo sé que verdaderamente creo en el Señor Jesucristo y que tengo vida eterna en Él». Esta es mi meta.

Hemos considerado por qué este tema es importante y cuál es mi objetivo. Ahora, ¿cómo he de ir tras esa meta? Quiero encaminarme hacia esa meta al demostrar que todos los elementos de la fe salvadora se refieren al Señor Jesucristo mismo. Vamos a considerar la fe salvadora y su relación con la persona de Cristo, las provisiones de Cristo, las promesas de Cristo y los preceptos de Cristo. Presentaré mis cuatro puntos usando estas cuatro palabras que comienzan con la letra «p». En el tiempo que me queda, quiero intentar descifrar estas cuatro verdades.

1) La fe salvadora y su relación con la persona de Cristo

Mi principio fundamental es que, según las Escrituras, cuando un pecador tiene fe salvadora experimenta una relación directa y espiritual con la persona de Cristo. Él es el objeto de la fe y la fe nos une a Él. Miremos estos pasajes que son muy conocidos.

Juan 1:12: «Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre». ¿Qué significa creer en Su nombre? Significa aceptar a la persona de Cristo.

Colosenses 2:6: «Por tanto, de la manera que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en Él; firmemente arraigados y edificados en Él y confirmados en vuestra fe, tal como fuisteis instruidos, rebosando de gratitud». Aquí Pablo piensa en la iglesia que está en Colosenses y dice: «Ese es un grupo de personas que se ha parado ante la cruz y meramente asentido con la cabeza y dicho: “Creo que Jesús murió por los pecadores”». Él dijo: «De la manera que recibisteis a Jesucristo el Señor». Él nombra todos sus títulos, indicando que habían recibido a Cristo en su totalidad: un profeta para darles instrucción, un sacerdote para otorgarles el perdón y un rey para ejercer dominio sobre ellos.

Juan 6:37: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera». ¿En qué consiste la fe salvadora? Consiste en ir a Cristo mismo.

Juan 14:6: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí».

En la gran invitación de Mateo 11:28, Jesús mira a las grandes multitudes que están cansadas y cargadas con todos esos rituales religiosos vanos de los Fariseos que habían sido impuestos sobre el pueblo y dice: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí».

Además, ¿qué afirma el versículo más conocido del Nuevo Testamento? «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree». Después tenemos ahí una pequeña preposición griega «εἰς» que significa «en». «Todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna». ¿Quiénes tienen vida eterna? Aquellos que tienen la verdadera fe salvadora. ¿Y cuál es uno de los elementos esenciales de la fe salvadora? Nos sitúa en Cristo, y a través de nuestra unión con Jesucristo, tenemos todas las bendiciones de la salvación que Él provee. Significa creer en Cristo. Esta idea se encuentra por todo el libro de Juan.

En el versículo que probablemente es el segundo versículo más conocido –cuando el carcelero de Filipos, al ver el poder de Dios y Su gracia y misericordia clama: «Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?» Pablo le responde: «Cree». Después usa la preposición «ἐπὶ» que significa «sobre». Cuando yo pongo mi Biblia sobre esta tabla que está en el púlpito, todo el peso de la Biblia cae sobre esta tabla. «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo», y si los de tu casa también ejercen la fe, ellos también serán salvos.

Por tanto, al considerar todo este asunto acerca de cuáles son los elementos clave de la verdadera fe salvadora, vemos que, un pecador que tiene fe salvadora, experimenta una relación directa y espiritual con la persona de Cristo. El pecador, —con toda su culpa, toda su esclavitud, toda su miseria—, y el Salvador —en toda la plenitud de Su gracia, poder, misericordia y disposición para recibir a los pecadores—, el pecador en la magnitud de su necesidad y el Salvador en la magnitud de Su gracia, ambos se juntan y se abrazan en la fe verdadera. Significa creer sobre Él, creer en Él. Significa aceptarle a Él.

Un siervo de Dios que me ha ayudado en gran manera a entender estas cosas escribió lo siguiente: «La esencia de la fe salvadora es el traer al pecador que está perdido y muerto en sus delitos y pecados a tener un contacto directo y personal con el Salvador mismo, una relación que es nada menos que un compromiso del ser con Cristo en toda la gloria de Su persona, la perfección de Su obra, de la forma libre y completa en la que Él se nos presenta en el evangelio».

El evangelio es como un caballo sobre el cual Dios cabalga hacia los pecadores mientras les anuncia: «Todo lo que necesitan está en Mi Hijo: misericordia, perdón, liberación del poder del pecado y de los lazos del mismo diablo». Dónde existe la verdadera fe salvadora, el Salvador misericordioso y el pecador necesitado entran en una relación directa y personal que es nada menos que un compromiso del ser con Él en toda la gloria de Su persona. Él es Dios y hombre en una sola Persona para siempre y Su obra es perfecta. Él es el que clamó: «¡Consumado es!» y es de esta manera que Él se nos ofrece gratuitamente en el evangelio.

Ya que he establecido cuál es el primer elemento —espero que con suficiente prueba de las Escrituras como para persuadir tu consciencia— ahora quisiera dar varias aplicaciones. Hay algunos que enseñan que la fe salvadora no es nada más que creer el testimonio que Dios ha dado acerca de Su Hijo. Dios dijo: «Este es mi Hijo, mi amado. Escuchadle. Mi Hijo va a morir como el cordero de Dios para quitar el pecado del mundo. Después que haya pagado la paga del pecado, será resucitado de entre los muertos en el tercer día. Unos días después, haré que regrese a Mi diestra y lo pondré en Su trono como el Rey mesiánico, donde reinará hasta que haya puesto al enemigo final debajo de Sus pies: la misma muerte». Cree en ese testimonio; cree en lo que Dios ha dicho sobre Su Hijo. Pero esto no es fe salvadora. La fe salvadora no tiene como su objeto algunas verdades acerca de Cristo, sino a Cristo mismo. Dónde hay fe salvadora, el pecador y el Salvador entran en una relación directa y espiritual.

Existen miles de tratados impresos que al concluir afirman, dirigiéndose al lector del tratado: «Si reconoces que eres un pecador y crees que Jesucristo murió por ti, serás salvo». Esta no es la enseñanza bíblica. La fe salvadora no reposa sobre un solo acto salvífico de Cristo. No hay salvación sin Su muerte, pero puedes creer en Su muerte por los pecadores ¡y aun así caer en el infierno mañana! No somos salvos porque simplemente creemos que Él murió por pecadores igual que no somos salvos simplemente por creer que Él resucitó de entre los muertos y ascendió a la diestra del Padre en las alturas. El pecador es salvo cuando en toda su necesidad, él cree en y recibe a Aquel que se ofrece al pecador como el único Salvador de los hombres.

2) La fe salvadora y su relación con la provisión de Cristo

Consideremos ahora el segundo elemento de la fe salvadora. Este elemento tiene que ver con la provisión de Cristo. Hemos considerado la relación que la fe salvadora sostiene con la persona de Cristo y ahora, ¿cuál es su relación con la provisión de Cristo?

Ustedes recuerdan el relato navideño. José se entera de que su esposa está en cinta. Sostiene una lucha interior porque no sabe qué hacer. Tenía varias opciones bajo la ley judía contemporánea. Cuando está luchando internamente con el tema de cuál sería el curso de acción que más bondad le mostraría a María, se le aparece un ángel. El ángel dice: «José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque el Niño que se ha engendrado en ella es del Espíritu Santo. Y dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:20-21).

Se identifica a Cristo, desde Su concepción misma, como el único Salvador que ha sido enviado por Dios. Ha hecho toda la provisión que necesitamos, en cada aspecto de nuestra necesidad, para que Dios siga siendo absolutamente santo, absolutamente justo, absolutamente íntegro, absolutamente amoroso. Dios conserva la integridad de todos Sus atributos al salvarnos de la manera en que lo hace. No tiene que pisotear sobre ninguno de Sus atributos a fin de salvarnos. El que Dios pisoteara Su propia integridad sería un precio demasiado alto que pagar. Así que, Él ha concebido este maravilloso plan de salvación por medio del cual se magnifica Su justicia, se exalta Su virtud: tanto Su rectitud absoluta como Su amor, misericordia y compasión se manifiestan completamente. Él hace todo en la persona de Su Hijo.

Pero hay algo crucial que nunca, nunca debemos olvidar y es que para Jesús hacer lo que Dios dijo que haría, salvar «a Su pueblo de sus pecados», Él tenía que llegar a ser lo que llegó a ser para realizar esa obra. El fundamento de la obra salvífica de Cristo es la singularidad de Su persona como el Dios hombre. Para Dios salvarnos sin comprometer ninguno de Sus atributos, tenía que haber una encarnación. La segunda persona de la deidad tenía que hacerse carne.

Juan 1:1-4 declara: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres».

Después, el versículo 14 del primer capítulo de Juan dice: «Y el Verbo». La Palabra eterna que estaba con Dios, que es Dios mismo, la segunda persona de la misteriosa Trinidad. Dice: «La Palabra se hizo carne». Él no deja de ser la Palabra. Él era igual a Dios mismo y no perdió ninguna parte de Su Deidad. Esto sería imposible para Dios. Pero, sin dejar de ser todo lo que era como Dios, puso a un lado los signos de la Deidad, la adoración inmediata de los serafines, querubines y de las miríadas de ángeles.

Él entra en el vientre de María por obra del Espíritu Santo. Meditemos en esto. ¡Meditemos en esto! Ahí, en la matriz de una joven virgen, en el momento en que ocurrió la concepción, cuando el Espíritu de Dios —lo digo con reverencia— tomó uno de sus óvulos y María quedó encinta, Dios tomó forma de cigoto. ¡Pensemos en eso! El Dios que habló y fueron hechos todos los millones de galaxias por el aliento de Su boca; ¡todas las cosas fueran hechas por Él! Repentinamente, este Dios queda escondido dentro de los límites de la matriz oscura de una joven virgen, con forma de un ser humano de dos células, después con cuatro células y dieciséis. Pasó por cada etapa del desarrollo prenatal. Hubo un tiempo cuando las manos que se extendieron para tocar a los leprosos tenían la forma de las pequeñas aletas de un feto en la matriz. ¡La Deidad obtuvo Su sustento por medio de un cordón umbilical! ¡Amigos, meditemos en esto! ¿Por qué hubo esta condescendencia de parte de la segunda persona de la Deidad? Porque, sin una muerte que tuviera lugar bajo la ira de Dios, no podríamos tener salvación.

El escritor a los hebreos declara: «Así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, Él igualmente participó también de lo mismo, para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida».

Por esta razón, Pablo podía escribir en Gálatas 4:4: «Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer». Cómo afirman los viejos credos y confesiones: «de la sustancia de María». Sin pecado, pero nacido de mujer. Prestemos mucha atención: «nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos».

Si tú y yo hemos de entrar al cielo, necesitamos un historial personal que esté absolutamente y perfectamente limpio. Si hemos de entrar al cielo de forma justa, no puede haber un solo cargo en contra nuestra. El Dios que conoce nuestros pensamientos y las intenciones del corazón, que conoce nuestras motivaciones y nuestros pensamientos más oscuros, bajos y egoístas, Él debe ser capaz de mirarnos y decir: «Te doy la bienvenida a Mi presencia, tú que no tienes pecado. Mi hijo en contra quién no tengo cargo alguno, perfectamente inocente. Te doy la bienvenida a Mi presencia». ¿Cómo puede hacer eso? Lo puede hacer porque envió a Su Hijo, nacido bajo la ley como nuestro representante, la cabeza del pacto, el segundo Adán, el último hombre del cielo. Meditemos en esto. Jesús tomó nuestro lugar bajo la ley, guardó la ley en toda la anchura y altura de sus demandas, afectaba cada pensamiento, cada palabra.

Medita en esto, tú que eres joven y tienes hermanos. Cuando Él era un niñito, Jesús nunca le arrancó un juguete a uno de Sus hermanos o hermanas, diciendo: «Eso es mío, no lo toques». Ni una sola vez. Cuando tuvo edad para hacer quehaceres y José le pedía que sacara la basura, nunca puso una mala cara. Si Jesús hubiera hecho una sola mala cara, ¡seríamos malditos! Seríamos condenados porque no existiera un historial perfecto de ningún hombre que haya vivido en este mundo bajo la ley y que pudiera presentar un historial perfecto ante Dios y decir: «Mi Padre, el historial que tengo, lo tengo a favor de Mi pueblo». Esta es la justificación en su primer aspecto maravilloso.

Romanos 5:19: «Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos». Dios pone la provisión hecha por Jesucristo a nuestro favor, el historial perfecto de Su obediencia perfecta a la ley perfecta de Dios.

Pero también hizo otra cosa. Gálatas 3:13 afirma: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley». ¿Cómo? ¿Persuadió a Dios para que se olvidara de la maldición? No, sino que, lo hizo, «habiéndose hecho maldición por nosotros».

El verdadero significado de la cruz no se encuentra cuando leemos los relatos de los evangelios y vemos la tragedia de cómo Sus discípulos le fallaron en el jardín de Getsemaní. Lo abandonaron después que fue arrestado y las multitudes, sedientas de sangre, gritaban: «¡Crucifícalo!»

¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo?

¡Que nos den a Barrabás! ¡Sea crucificado!

Lo ataron a un poste de flagelación y un soldado romano tomó el horrible instrumento de tortura y lo dejó caer sobre la espalda desnuda del Hijo de Dios una y otra vez, utilizando una forma de tortura que solía matar a la víctima. La espalda de nuestro Señor fue hecha tiras de carne sangrienta. Entonces lo sacan para afuera y Él se tambalea bajo el peso de la cruz. Después reclutan a un hombre, Simón de Cirene, y él carga la cruz hasta el lugar de ejecución. A continuación, siguen con el tratamiento brutal de estirarlo sobre la cruz y clavan sus manos y sus pies a martillazos, levantando lo recto y hundiéndolo en el hoyo, hasta que todo Su cuerpo se hunde en un espasmo de dolor estremecedor, agudo, abrasador. Cuelga ahí, en medio de la tierra y el cielo, sin un solo murmullo de queja. Todas las palabras que salen de Su boca son palabras de gracia, palabras de bondad. Entonces ocurre algo extraño en pleno mediodía: los cielos se cubren de una oscuridad tan negra y oscura que parece tinta. Hubo oscuridad sobre toda la tierra desde el mediodía hasta las tres, como si Dios mismo hubiera dicho: «Esta escena es tan horrenda que no puedo mirarla directamente».

Las Escrituras nos dicen que hacia la hora novena –las tres de la tarde, a la misma hora en que el sacerdote de la comunidad estaría ofreciendo el sacrificio de la tarde— dicen: «Jesús exclamó a gran voz, diciendo: “ELI, ELI, ¿LEMA SABACTANI?” Esto es: “DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?”». En otras palabras: «Las multitudes han clamado por Mi sangre. Yo fui como una oveja llevada al esquilador. Estuve mudo delante de Mis acusadores. Mis discípulos me abandonaron, ¿pero Mi Padre? Tú me has sostenido a través de todos los años de Mi peregrinaje, y yo podía decir: “Yo sé que siempre me oyes”. Pero ahora, Mi Padre, toda consciencia perceptible de Tu presencia y Tu sostén y Tu cercanía están ausentes. Mi Padre, Mi Dios, ¿por qué me has abandonado?» ¿Ustedes saben cuál es la respuesta a esa pregunta? Las Escrituras dicen que fue porque Él estaba haciéndose maldición por nosotros.

El profeta Isaías dijo: «El SEÑOR hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros». Dios, por decirlo así, bajó de Su trono por un momento. Se puso las vestiduras especiales de juez y dijo: «Mi Hijo y Yo vamos a la corte donde yo me sentaré como el Juez universal. Mi Hijo vendrá delante de Mi cargado con los pecados de todo Su pueblo». Cuando el Padre dice: «Mi Hijo, te imputo la culpa que merece las angustias del infierno, a favor de todos aquellos que Tú tomaste voluntariamente como Mi depósito para Ti». Recuerden que Jesús dijo: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí». «Yo te los entrego, mi Hijo, y este es el pináculo de Tu obra a su favor. Si Tú has de ponerlos en libertad y Yo he de decir que no han de ser castigados, Mi Hijo, debes soportar toda la realidad del abandono». Él fue abandonado porque esto es la esencia del infierno. Las últimas palabras que todo pecador que es condenado al infierno escuchará son: «Apartaos de Mí, los que practicáis la iniquidad».

Pero gracias a Dios que antes de inclinar Su cabeza y entregar Su espíritu, Jesús clamó otra vez a gran voz. Personalmente, pienso que fue por esta razón que Él acepto el vino amargo, el vinagre, algo barato que los soldados llevaban en un cántaro. Se mojó los labios, se humedeció la boca y la lengua suficientemente, respiró bien profundo por última vez, y clamó a gran voz: «¡Tetelestai!» ¡Consumado es! No dijo: «Estoy acabado» sino «Consumado es». ¿Qué se había consumado? Toda la obra de cargar con la maldición a favor de ti y de mí, como nuestro sustituto.

Muerte y maldición estaban en la copa:
Oh, Cristo, para Ti llena estaba;
Pero Tú bebiste hasta la última gota
Y para mí ha sido vaciada.
Esa copa amarga que el amor consumió;
Es ahora mi copa de bendición.
(Estrofa de un himno por Anne R. Cousin)

Así fue como Cristo hizo provisión para nuestra salvación: por medio de una vida de perfecta obediencia que Dios pone a nuestra cuenta, por la manera en que cargó con la maldición como nuestro sustituto, algo que Dios imputa a nuestro favor. De esta manera Dios puede ser justo y el que justifica al que tiene fe en Jesús.

Ahora, rápidamente, permítanme delinear unos cuantos aspectos más de esa provisión de Cristo. Lo que Él logro en la cruz, cuando exhaló Su Espíritu, fue validado tres días después. Romanos 4:25 declara: «Él fue resucitado para nuestra justificación». Después de cargar con la maldición y eliminarla, Él fue resucitado para confirmar que el precio se había pagado. En esa cruz, Él venció los poderes de las tinieblas (Colosenses 2; Hebreos 2; 1 Juan 3:8). Por esta razón, podía entonces liberar a los cautivos, porque había obtenido la victoria por medio de Su muerte.

Después ascendió a la diestra del Padre. Su obra en la tierra se había realizado, pero no Su obra de salvación. Todos los que llegan a tener la fe verdadera, necesitan que se les mantenga en esta luz y que se les guarde por la puerta de la muerte. ¿Cómo son guardados? Hebreos 7:25: «Por lo cual Él también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios». ¿Por qué? «Puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos». No soy salvo solamente por medio de la vida perfecta de Cristo y la muerte sustitutiva de Cristo, sino que soy salvo por mi Cristo que intercede por mí a la diestra del Padre.

A pesar de todo el pecado remanente que está en nosotros y que puede arrastrarnos hacía la vergüenza, el Salvador que continuará haciendo esta obra nos guarda, hasta que el Padre diga: «Ha llegado la hora Mi Hijo. Los últimos de Tus elegidos, que son también Mis elegidos, están reunidos. Ha llegado la hora para que el arcángel toque su trompeta. Es tiempo de reunir a todos los escogidos para presentarle a Mi Hijo su esposa hermoseada y perfeccionada, que ha sido llamada de toda tribu, lengua y nación, que fue hecha perfecta en base a la obra de Cristo, santificada, conformada a la imagen de Cristo por el Espíritu que mora en ella». Esta es la obra de Cristo, la obra por la cual obtuvo nuestra salvación.

¿Qué es la fe salvadora? La fe salvadora no consiste en solamente experimentar un trato directo con la persona de Cristo. Conlleva el apropiarse de y descansar sobre la provisión de Cristo para los pecadores, el descansar solamente sobre la obra de Cristo. Cristo más nada equivale a todo lo que necesitamos para estar bien con Dios en este tiempo presente y en la eternidad. Me apresuro para presentar los otros encabezados rápidamente. No tengo tiempo para explicarlos.

3) La fe salvadora en relación con las promesas de Cristo

En tercer lugar, por medio de la fe salvadora nos apropiamos de las promesas de Cristo. ¿Cuáles son estas promesas? Son promesas maravillosas. Ya he citado una de ellas. Juan 6:37: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera. Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba». Como dicen las Escrituras: «El que cree en mí, de lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva». «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar». La fe salvadora se agarra de las promesas de Cristo como los cuernos sobre el altar. Estos son los medios por los cuales somos llevados a esa unión salvadora. Las promesas que son «sí» y «amén» en Cristo, esas promesas que se encuentran a través de las Escrituras, llegan a ser, por así decirlo, el camino por el cual andamos en fe hacia los brazos del Salvador.

4) La fe salvadora en relación con la sumisión a los preceptos de Cristo

En cuarto lugar, presento este encabezado: por medio de la fe salvadora, nos sometemos alegremente a los preceptos y al gobierno de Cristo. Este es un asunto crucial. Muchas personas dicen: «Acepta a Cristo como tu Salvador». Pero no dicen nada de lo siguiente: «Sométete a Cristo como tu Señor. Acepta la Palabra de Cristo como la norma para tu vida, para que, en tu vida personal, familiar, laboral y social, la Palabra de Cristo sea tu gobierno y te conduzca en los senderos de justicia por amor a su nombre».

Prestemos atención a unos cuantos pasajes. De nuevo, el pasaje de Mateo 11: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar». ¿Qué palabra viene después? «Tomad». ¿Tomad qué? «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí». ¿Qué es un yugo? Era una barra que se cargaba sobre los hombros para cargar cántaros de agua u otros artículos, o una yunta de bueyes que tiraban hacia la misma dirección y araban el mismo surco. Jesús dijo: «Cuando acudas a Mí para quitarte esa carga pesada y opresiva de encima, toma mi yugo sobre ti. Mi yugo es fácil. Mi carga es ligera, ¡pero es real! Toda persona a quien yo le quito la carga del pecado, toma mi yugo para aprender de Mí. ¿Qué aprenden de Mí? Todo lo que digo a través de Mi Palabra para que la vida sea gobernada por las Escrituras».

Existen muchos pasajes que tratan sobre este tema. Pedro podía decir: «Vosotros andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Guardián de vuestras almas» (1 Pedro 2:25). Un guardián es un administrador. «Habéis vuelto al Pastor y Guardián de vuestras almas», a quién debemos rendir cuentas en toda faceta de la vida. «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen» (Juan 10:27). «Vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen» (Hebreos 5:9). «El que dice: “Yo he llegado a conocerle”, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él» (1 Juan 2:4). «El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo» (1 Juan 2:6). Pasaje tras pasaje muestra que donde existe la verdadera fe salvadora, hay una sumisión alegre a los preceptos y al gobierno de Cristo.

Amo el Salmo 2, donde Dios declara que las naciones y las personas importantes se reúnen y traman para quitarse el yugo de Cristo, hablan de cómo romperán las cadenas de Su ley y de Su gobierno. Las Escrituras dicen: «El que se sienta en los cielos se ríe» (Salmo 2:4). Solamente existen unos pocos lugares en las Escrituras que mencionan la risa de Dios. Siempre se refieren a la risa que provocaría una pequeña cucaracha que de algún modo se subiera a esta plataforma y que de repente pudiera hablar, se parara en sus patitas traseras, levantara los puños y dijera: «Predicador, no me agrada lo que estás diciendo. Quiero que cierres la boca y si no lo haces, ¡te daré una paliza!» Yo le podría responder a esa cucaracha: «¡Ja, ja, ja! ¿Tú me darás una paliza Señor Cucaracha? No hay duda de quién ganará; calzo un número 12». Entonces se oiría el crujido de la cucaracha bajo mi zapato. En una situación así, me reiría, y este es el cuadro que se presenta. El que se sienta en el cielo ve a unos hombrecillos insignificantes que dicen: «Vamos a hacer lo que nos plazca. Adoptaremos nuestra propia identidad sexual. A la basura con todas estas nociones de una masculinidad y una feminidad distintivas. Escogeremos cualquier senda por la cual nos lleven nuestros placeres eróticos. ¿A quién le importa Dios? El Dios que hizo el varón y la hembra. ¿A quién le importa la inviolabilidad del matrimonio? ¿A quién le interesa la inviolabilidad de las relaciones sexuales?» A Dios le importan todas estas cosas y cuando mira a los hombrecillos insignificantes, se ríe.

Dios dice que en presencia de tal Dios que exalta a Su Hijo y lo sienta a Su diestra, debemos: «Honrar al Hijo. Le he entregado todo gobierno. Él tiene el cetro del universo en Su mano. Hónrenlo con sumisión. Honren al Hijo para que no se enoje y perezcáis en el camino».

Bueno, he tropezado a través de los últimos encabezados, pero espero que haya presentado algunos puntos que nos ayuden a pensar bíblicamente. ¿Qué significa llegar a creer en Cristo en verdad? No estoy diciendo que sea necesario llegar a la fe con unos conceptos que se expresan usando las mismas palabras que yo he usado. Esto sería francamente estúpido y también irresponsable. Pero es mi esperanza que, si eres un verdadero creyente, te has dicho a ti mismo: «Sí, es verdad, esto fue lo que ocurrió conmigo. Me encontré acercándome a Jesús y en Jesús encontré la respuesta al problema del pecado, al por qué de mi existencia y al significado de la vida. Sí, confío solamente en Su vida perfecta y en la muerte que Él murió a favor de un pecador como yo. Confío solamente en Él. Sí, encuentro consuelo en la promesa de que una vez acudimos a Él, Él nunca nos echará fuera. Amo su yugo; he encontrado que es fácil y que su carga es ligera». Si estas cosas son parte de tu experiencia espiritual entonces eres un verdadero creyente y crees con la fe de los elegidos de Dios.

Pero si estás sentado aquí y dices: «No tengo ni idea de lo que habla este hombre. Habla de la vida perfecta de Cristo y la muerte perfecta de Cristo. Estas cosas nunca me han pasado por la mente. Esa idea de someter mi vida a Cristo de manera que desee conocer Su voluntad para cada faceta de mi vida con un anhelo por complacerle, no la conozco». Amigo, si ese eres tú, eres un incrédulo y la ira de Dios cuelga sobre tu cabeza. Estoy aquí hoy para decirte que, si te vuelves de una vida de autodeterminación, una vida en la que defines lo que está bien o mal de acuerdo a tus propios estándares, en la que vives para complacerte a ti mismo y para ti mismo (como Pablo la describe en 2 Corintios 5:14) –si aquí y ahora, te vuelves de esa vida y descansas sin reservas sobre el Señor Jesucristo, crees en Cristo, crees sobre el Señor Jesucristo ¡serás salvo! Quiera Dios que acudas a Jesús.

Quiero terminar con una analogía que ha sido una bendición para mí a través de los años. Durante el ministerio de sanación de nuestro Señor, se corrió la palabra de que Él limpiaba a los leprosos, sanaba a los ciegos y abría los oídos de los sordos. En una ocasión, Él estaba saliendo de un pueblo y parece que un hombre ciego, un hombre que no podía ver lo que estaba ocurriendo pero que tenía buenos oídos (no como yo que tengo usar un aparato para poder escuchar), este hombre escuchó cierto alboroto. Tal vez le dio un empujoncito a alguien que le quedaba cerca.

¿Qué está pasando?

Jesús el Nazareno, de Galilea, está entrando en nuestro pueblo.

¿Jesús? ¿El mismo que abre los oídos sordos y cura los ojos ciegos?

Sí, ahí viene.

Él escucha y oye que se acercan unos pasos, hasta que como un hombre ciego que ha cultivado sus otros sentidos hasta agudizarlos más que los sentidos de aquellos que pueden ver, sabe que Jesús debe estar justo al lado de él. Entonces, clama: «Hijo de David, ¡ten misericordia de mí!». La gente que lo rodea le dice: «Cállate. Él no tiene tiempo para ti. Ha silencio». Pero la Biblia declara que él gritó aún más alto: «¡Hijo de David, ten misericordia de mí!». Luego dice con unas palabras muy hermosas: «Y deteniéndose Jesús».

¿Quieres parar al Señor Jesús en seco? Comienza a gritar como un méndigo ciego: «Hijo de David, ¡ten misericordia!» Jesús dejará cualquier otra cosa que esté haciendo he irá a ti en gracia salvadora y en poder, te abrirá los ojos ciegos, destapará tus oídos sordos, te levantará de entre los muertos y te hará una nueva criatura en Él.

Oh, mis hermanos predicadores, ¡qué evangelio tenemos para predicar! Que proclamación tan libre y sin trabas que nos permite decir a todo pecador: «Cristo es tuyo si confías en Él». ¡Dios quiera que acudas a Él hoy mismo! Vamos a orar.

Padre santo, te damos gracias por tal Salvador y tal salvación. Te damos gracias por lo que en muchas maneras es la pura sencillez de la fe salvadora: nosotros, pecadores, entramos en una relación con un Salvador que es apto y está dispuesto. Oramos que Tú bendigas la proclamación de Tu Palabra, para que su resultado sea el que algunos pasen de muerte a vida, que algunos sean confirmados y fortalecidos en la convicción de que en verdad creen con esa fe que Tú les has otorgado por el Espíritu. Para aquellos que se demoran, Señor, que vean ellos la necedad de seguir esperando. Que este sea el día en el que ellos clamen al Señor Jesús, Hijo de David: «¡Ten misericordia de mí!» Escúchanos, te lo rogamos, en el nombre de Jesús. Amén.

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Those of you who have seen the program for the conference will know that it is announced that today I am to preach to you on the subject of a sermon on “Four Essential Properties of Saving Faith.” I realized that that sounds like you’re going to get a theological lecture. That sounds like a title that a teacher of theology might give as a lecture to his students in a seminary. “The Four Essential Properties of Saving Faith.” I assure you that what I have in my heart and I trust in my head and hopefully on my tongue, is far from a theological lecture. This subject is nothing less than a matter of life and death. Eternal life on the one hand, or eternal death on the other hand. Let me quote several texts of Scripture that underscore that very clearly.

In Romans 1:16 we read, “I am not ashamed of the gospel, for is is the power of God to everyone that believes: to the Jew first, and also to the Greek.” Then in John 3:36 we read, “Whoever believes has eternal life, but he that believes not, for the wrath of God abides on him.” As surely as we sit under this roof—if you are not a believer, if you are not united to Christ in true, saving faith—the wrath of Almighty God hangs over your head. It’s as surely as that roof hangs over your head. It’s only a heartbeat that keeps that wrath from falling down upon your head and pressing you into everlasting darkness, where there is weeping and wailing and gnashing of teeth.

Another text is Ephesians 2:8, “For by grace are ye saved, through faith.” Finally, Revelation 21:8 says, “But the fearful and the unbelieving shall have their part in the Lake of Fire. This matter of saving faith and whether we possess saving faith is not a theological gymnasium, where we play games with words. It is a matter of eternal life or eternal death.

Because the Bible clearly speaks of people who have a kind of faith that falls short of real, saving faith, we should know the difference between the two. Listen to these Scriptures that speak of people that believed, and yet fell short of a saving relationship to the Lord Jesus.

In John chapter 2, the Scriptures tell us in verse 23 that when Jesus was in Jerusalem and had been performing many miracles. John tells us, “Now when He was in Jerusalem at the Passover Feast, many believed in His name when they saw the signs He was doing. But Jesus on His part did not entrust Himself to them, because He knew all people, and needed not that anyone should bear witness about all men, for He Himself knew what was in man.” Here were people that said, “Yes, we believe in Jesus. We see His miracles that validate who He is.” But Jesus did not believe in them. It’s the same Greek word. He did not entrust Himself to them, because He knew that their professed faith was not real, saving faith.

You find the same thing in John chapter 8, verse 31. Our Lord says, “Jesus said to the Jews who had believed in Him, ‘If you abide in My word, then you are truly my disciples, and you will know the truth, and the truth will set you free.’ They answered Him ‘We are offspring of Abraham, we have never been enslaved to anyone. How is it that you say we will become free?’” Here are believers. The text is clear, “The Jews believed in Him.” Jesus underscores what the fruit of saving faith is and says, “If you continue to abide by My word, you’ll know the truth; the truth will make you free.” They say, “Why do we need to be made free? We have never been in bondage to anyone.” Later on, in this very chapter, to those same people, in verse 44 Jesus says, “You are of your father, the devil.” Here are believers who are children of the devil! So, it’s possible, you see, to have a kind of faith that falls short of real, saving faith.

Again, in the book of James, James is trying to get these people to understand that true faith is not just notions about God and about Christ, but that there is a vital life-transforming experience of the grace of God, where there is true faith. He says in chapter 2, verse 19, “You believe God is one. You do well.” In other words, “You believe what an Orthodox Jew is supposed to believe.” “Hear O Israel, the Lord our God is one.” He says, “You believe. Very well. The demons also believe—and they tremble.” The demons believe. The demons have faith. Is anyone ready to say this morning, “The demons are saved”? Of course not, but they had a faith that James says was a real faith. It even caused emotional responses. They shudder, they tremble in the light of what they believe.

Then you have that incident in Acts chapter 8. When Philip and others were preaching in Samaria there was a mighty work of the Spirit of God. In the midst of that, it said that a certain man believed and was baptized. Yet, after he showed his true colors, Peter said to him, “You do not have the root of the matter in you. Simon, you are still in the gall of bitterness and in the bond of iniquity.”

This subject of what are the four essential properties of saving faith is vital, because there is a faith that falls short of real, saving faith. Though men may drift along in this life with that faith that damns, a day is coming when our Lord sits upon His throne, and all will be gathered before Him. There will be many, according to Jesus, who will say, “Lord, Lord, did we not do this and that and the other?” He will say to them, “Depart from Me, I never knew you.” So, it’s vital for us to understand what are the things that make up true, saving faith. What was called in the passage of Titus 1:1, “The faith of God’s elect.” What does it look like? What is it made up of? Well, it would be lovely if we could turn to one or two texts of Scripture, and there find a nice, condensed, brief, accurate definition of saving faith. If there were such, I’m sure all of us would have memorized that verse, but God has not given us that. He’s given us a few verses that give us descriptions of faith. (Hebrews 11:1). But what God has given us in His Word is that He gives us illustrations of saving faith in action. So, we see what it is by what it does and what it does not do.

Then, there are analogies or pictures of what saving faith is. It’s called ‘looking,’ ‘eating’ and ‘drinking’ of Christ. It’s called ‘coming to Christ.’ It’s called ‘laying hold of Christ.’ So, we have to take all of these strands of biblical truth that show faith in action, faith by analogy and picture, and we need to spread them all out and put them in their obvious categories, and seek to come up not with a simple, little definition of faith, but try to identify what are those elements absolutely essential where we find saving faith. That’s what I’m going to attempt to do in my preaching today.

If you were to ask me, “Pastor Martin, what do you hope to accomplish in doing that?” I want to give you three c’s that capture what my goal is in my preaching today. My goal is to confirm, to convict, and to constrain.

First of all, in my preaching I want to be an instrument in God’s hands to confirm true believers that the faith you possess is indeed that faith which is the gift of God, and will issue in everlasting life. There may be some of you who have read these passages about the demons who also believe, and about that magician in Acts 8 that believed, and the many Jews that believed but were not truly saved. When you’ve come to them, perhaps you’ve scratched your head and said, “Lord, do I have the real thing? Is my faith true, saving faith?” I hope in the preaching of today you will see things that will strengthen your assurance, that will confirm to your own conscience that you really are united to Christ in true and saving faith.

Secondly, I hope to be an instrument to convict. Some of you who are not true believers, you may sit there right now and say, “I’ve believed the gospel for years, I’ve believed Christ died for sinners. I believe He rose from the dead on the third day. I attend a good, solid church regularly. Why would I have any reason to doubt that my faith is real?” Well, I hope there may be some in that category that would be brought to conviction, “I don’t have the real thing,” and will run to Christ, that you might indeed be truly united to Him.

Thirdly, I hope to constrain others. There may be some sitting here who have been thinking of the fact of your sin, the coming judgement, and that you have no confidence that your sins are pardoned. You have no confidence that you have a good record in the court of Heaven, and I’m hoping and praying that as I preach and we consider the elements of true, saving faith, you will be constrained to come to faith this morning. That you would be constrained by the work of the Holy Spirit to cast yourself without any reservation upon the Lord Jesus Christ, and leave here today saying, “I know I am a true believer in the Lord Jesus Christ, and I have eternal life in Him.” That’s my goal.

We looked at why the subject is important, we looked at what my goal is. Now, how am I going to pursue the goal? I want to pursue the goal by demonstrating that the elements of saving faith all have reference to the Lord Jesus Christ Himself. We’re going to consider saving faith in relationship to the Person of Christ, the provisions of Christ, the promises of Christ, and the precepts of Christ. I give you those four p’s. In the time that remains, let me attempt to unpack those four lines of truth.

1) Saving faith in relationship to the Person of Christ.

Here’s my basic principle: according to the Scriptures, in saving faith the sinner experiences direct, spiritual engagement with the Person of Christ. He is the object of faith, and faith united us to Him. Listen to these very familiar texts.

John 1:12, “As many as received Him [the Person] to them gave He the right to become the children of God, even to them that believe on His name.” What is it to believe on His name? It is to receive the Person of Christ.

Colossians 2:6, “As ye have therefore received Christ Jesus the Lord, so walk in Him, rooted and built up in Him, abounding in thanksgiving.” Here Paul, thinking of the Church in Colossae, says, “That’s a group of people. They have not simply stood before the cross and nodded their heads and said, ‘I believe Jesus died for sinners.’” He said, “As you have received Christ Jesus the Lord.” He gives all of His titles, indicating they received a whole Christ: a Prophet to teach them, a Priest to forgive them, and a King to rule over them.

John 6:37, “All that the Father gives Me shall come to Me, and him that comes to Me I will in no wise cast out.” What is saving faith? It is a coming to Christ Himself.

John 14:6, “I am the way, the truth, and the life. No man comes to the Father but by Me.”

In His great invitation, in Matthew 11:28, Jesus looks out on the vast multitudes burdened and bent down and heavy-laden with all the Pharisaic, empty religious rituals imposed upon the people, and He says, “Come unto Me, all ye that labor and are heavy-laden, and I will give you rest. Take My yoke upon you, and learn from Me.”

Then, the most familiar verse in the New Testament, what does it say? “For God so loved the world, that He gave His only begotten Son, that whosoever believeth.” Then you have a little, Greek preposition eis, which means ‘into’. “Whosoever believes into Him should not perish, but have everlasting life.” Who has everlasting life? Those that have true, saving faith. And what is one of the fundamental elements of saving faith? It places us into Christ, and in union with Jesus Christ, we have all the blessings of the salvation provided by Christ. It is believing into Christ. You find that all the way through the book of John.

In that second verse probably most well-known, when that Philippian jailor—having seen the power of God—is ready to kill himself and Paul says, “Do yourself no harm. We’re all here.” He, seeing the power of God and the mercy and grace of God, cries out, “Sirs, what must I do to be saved?” Paul says, “Believe.” Then he uses a proposition, epi, which means ‘upon.’ When I place my Bible upon this shelf in the pulpit, all the weight of the Bible rests down on this shelf in the pulpit. “Believe upon the Lord Jesus Christ, and you shall be saved; and your house coming to faith, they shall be saved also.”

So, we think of this whole matter of what are the key elements of true, saving faith. In saving faith, the sinners experiences direct, spiritual engagement with the Person of Christ. The sinner—in all his guilt, in all his bondage, in all his wretched condition, and the Saviour in all the plenitude of His grace, power, mercy, and welcoming of sinners, the sinner in the magnitude of his need, the Saviour in the magnitude of His grace—they come together, and they embrace in true faith. It is a believing upon Him, a believing into Him. It is a receiving of Him.

One of God’s servant’s who has greatly helped me in understanding these things wrote as follows, “The essence of saving faith is to bring the sinner lost and dead in tresspasses and sins into direct, personal cotact with the Saviour Himself, contact which is nothing less than that of self-commitment to Christ in all the glory of His Person, and the perfection of His work, as He is freely, and fully offered to us in the gospel.”

The gospel is God’s horse upon which He rides to sinners, and says, “In My Son is everything you need: forgiveness, for pardon, for liberation from the power of sin and the snares of the devil himself.” In true, saving faith, this gracious Saviour and this needy sinner come into direct, personal contact that is nothing less than self-commitment to Him in all the glory of His Person. He is God and man in one Person forever, and the perfection of His work—the One who cried “It is finished”—this is how He is freely offered in the gospel.

Having established that first element, I trust from enough Scriptures to carry your conscience, let me say several things by way of application. There are some who teach, “Saving faith is nothing more than crediting the testimony God made about His Son.” God said, “This is My Son, My beloved. Listen to Him. This is My Son who will die as the Lamb of God to take away the sin of the world. Having paid the price for sin, He will be raised from the dead on the third day. Some days later I will take Him back to My right hand, and I will enthrone Him as the Messianic King, where He will reign until He puts the last enemy beneath His feet: death itself.” Credit that testimony; believe what God has said about His Son. That is not saving faith. The object of saving faith is not some truths about Christ, but Christ Himself. In saving faith, the sinner and the Saviour come into direct, spiritual engagement.

There are hundreds of tracts printed that say at the end, when they’re talking to the person who is reading the tract, “If you will acknowledge yourself to be a sinner, and believe that Jesus Christ died for you, you will be saved.” That’s not what the Bible teaches. Saving faith does not terminate on one of the saving acts of Christ. Without His death there is no salvation, but you can believe in His death for sinners, and split Hell wide open tomorrow! We’re not saved by simply believing He died for sinners anymore than we’re saved by simply believing He rose from the dead or ascended to the right hand of the Father on high. We are saved when the sinner in all his need, and the Saviour in all His grace and power, come into direct contact as the sinner believes upon, believes into, as the sinner receives Him who is offered to the sinner as the only Saviour of men.

2) Saving faith in relationship to the provisions of Christ.

Now, let’s look at a second element of saving faith; that has to do with the provisions of Christ. We began with its relationship to the Person of Christ, now what about the provisions of Christ?

You remember the Christmas story. Joseph finds out his wife is pregnant. He’s wrestling with what to do, and has several options under Jewish and contemporary law. As he’s wrestling with what to do that would be the kindest thing to do to Mary, an angel appears to him. The angel says, “Joseph, do not be afraid to take unto you Mary your wife, for that which is begotten of her is of the Holy Spirit, and she shall bring forth a Son. And you shall call His name Jesus, for He it is that will save His people from their sins.” (Matthew 1:20-21.)

Christ is identified—from His very conception—as the one Saviour sent by God. He has made provision for every aspect of our need for God to remain absolutely holy, absolutely just, absolutely upright, perfectly loving. God maintains the integrity of all of His attributes in the way in which He saves us. He does not have to trample any of His attributes under foot in order to save us. It would be too high a price to pay for God to trample upon His own integrity. So, He has conceived this marvellous plan of salvation by which His justice is magnified; His righteousness is exalted; His total uprightness, as well as His love and mercy and compassion is fully manifested. He does all of this in the Person of His Son.

But here’s a critical thing that we must never, never forget: if Jesus is to do what God has said He is to do—“He shall save His people from their sins”—He has to become what He became in order to do that work. The foundation of Christ’s saving work is the uniqueness of His Person as the God-man, and for God to save us in a way that does not compromise any of His attributes, there had to be an incarnation. There had to be the enfleshment of the second Person of the Godhead.

John 1:1-4, “In the beginning was the Word, and the Word was with God, and the Word was God. All things were made by Him, and without Him was not anything made that has been made. In Him was life. He was light and was the life of men.” Then verse 14 of John 1 says, “And the Word.” That eternal Word who was with God, who is God Himself, the second Person of the mysterious Trinity. It says, “The Word became flesh.” He did not cease to be the Word. He was equal to God Himself. He did not lose anything of His Godness. That’s impossible for God. But remaining all that He was as God, He lays aside the trappings of His Deity, the immediate worship of Seraphim and Cherubim and the multitudes, innumerable companies of angels.

He comes to Mary’s womb by the operation of the Holy Spirit. Think of it. Think of it! There, in that young virgin’s womb, the moment that conception occurred, when the Spirit of God—I say it reverently—took one of her eggs and impregnated Mary; God became a zygote. Think of it! The God who spoke the millions of galaxies into being by the word of His mouth. All things were made by Him! Suddenly, this God is tucked away in the dark confines of a young virgin’s womb, and is a two-celled human being, then a four-celled and a sixteen-cell. He passed through every single stage of prenatal development. There was a time when the hands that reached out and touched lepers were those little flippers of the fetus in the womb. Deity was sustained by an umbilical cord! Think of it, my friends! Why this stooping on the part of the second Person of the Godhead? Because, without a death died under the wrath of God, we could have no salvation.

The writer to the Hebrews says, “For as much as the children are sharers of flesh and blood, He likewise partook of the same, that through death He might destroy him that had the power of death, and deliver them who through fear of death were all their lifetime subject to bondage.
This is why Paul could write in Galatians 4:4, “When the fullness of the times had come, God sent forth His Son, made of a woman.” As the old creeds and confessions say, “Of the substance of Mary.” Without sin, but made of a woman. Listen carefully, “Made under the law, that He might redeem them that were under the law, that we might receive the adoption as sons.”

You and I—if we are ever to enter Heaven—we have to have a record that is absolutely, perfectly clean. There must be not one charge against us if we are to enter Heaven righteously. The God who knows the thoughts and the intentions of the heart, who knows our motives, our deepest, dirtiest, most selfish thoughts, He must be able to look at us and say, “I welcome you into My presence, my sinless one. My one against whom I have no charge whatsoever. My perfectly innocent one. I welcome you into My presence.” How can He do that? He can do it, because He sent forth His Son made under the law, and as our representative, as our Covenant Head, as the second Adam, the last man from Heaven. Think of it. Jesus stood under the law in our place, keeping that law in the full length and breadth of its demands, touching every thought, every word.

Think of it, you young people who have siblings. Never once as a little toddler did Jesus grab a toy of one of His brothers or sisters and say, “That’s mine. You can’t have it.” Never once. When He got old enough to have some chores, and Joseph said, “Son, take out the garbage,” not once did His lower lip go out even in a pout. Had Jesus pouted once, we would be damned! We would be damned, because there would be no perfect record of any man living in this world under the law who could present to God a perfect record and say, “My Father, this record I have, I have on behalf of My people.” That’s what justification is in the first, marvelous aspect of it.

Romans 5:19, “As through the one man, many were made sinners, so by the obedience of the other, the many are constituted righteous.” God credits to us as a provision made by Jesus Christ, the perfect record of His perfect obedience to God’s perfect law.

But He did something else. Galatians 3:13 says, “Christ has redeemed us from the curse of the law.” How? By persuading God to forget the curse? No, but, “By becoming a curse for us.”

The true significance of the cross is not to be found when you read the gospel records, and you see the tragedy of how His disciples failed Him in the Garden of Gethsemane. They forsook Him after He was arrested, and the multitudes were bloodthirsty, crying out, “Crucify Him!” “Will I release unto you Barabbas or Jesus called ‘the Christ’?” “Give us Barabbas! Crucify Him!” They tied Him to the whipping post, and the Roman soldier took that horrible instrument of torture, and he brought it down upon the bare back of the Son of God again and again and again, in a form of torture that often killed the victim. Our Lord’s back was laid into strips of bleeding flesh. Then He’s driven out and staggers under His cross, and they constript this man, Simon of Cyrene, and he carries the cross to the place of execution. Then there is the brutal treatment of stretching Him out upon the cross, pounding the nails into His hands and into His feet, lifting up the upright and sinking it into the hole, until His whole body comes down in a jarring searing, scorching spasm of pain. There He hangs, between earth and Heaven, and He mumbles not a word. Any of the words He speaks are words of grace, words of kindness. Then a strange thing happens at high noon: the heavens are shrouded in inky, dark blackness. Darkness was over the whole land from noon until three, as though God Himself said, “This scene is so horrific, I cannot look straight upon it.”

The Scriptures tell us that towards the ninth hour—three o’clock in the afternoon just at the time the local priest would be offering up the afternoon sacrifice—it says, “Jesus cried with a loud voice, ‘Elohi, elohi, lama sabachthani.’” “My God, My God, why have You abandoned Me?” In other words, “The crowds have cried for My blood. I was like a Lamb led to the shearers. I was dumb before My accusers. My disciples have forsaken Me, but My Father? You have upheld Me through all the years of My pilgrimage, and I could say, ‘I know that Your hear Me always.’ But now, My Father, all felt awareness of Your presence and Your support and Your nearness is gone. My Father, My God, why have You forsaken Me?” You know what the answer to that question is? Because the Scripture says He was being made a curse for us.

Isaiah the Prophet said, “The Lord has made to strike upon Him the iniquity of us all.” God, as it were, had stepped off His throne for a moment. He put on His special judge’s robes, and He said, “I and My Son are going into court, and I will sit as the universal, righteous Judge. My Son is going to come before Me laden with the sins of all of His people.” When the Father says, “My Son, I charge you guilty, deserving of the pangs of hell, for all those whom you voluntarily took as My deposit to You.” Remember? Jesus said, “All that the Father gives Me comes to Me.” “I gave them to you, My Son, and this is the pinnacle of your work for them, and if you are to release them and I am to say, ‘No punishment do to them,’ My Son, you must bare all the reality of forsakenness.” He was forsakened, because that’s the essence of hell. The last words every sinner will hear who is consigned to hell are these: “Depart from Me you that work iniquity.”

But thank God, that before He bowed His head and yielded up His Spirit, He gave out another cry. Personally, I believe that’s why He accepted the sour wine. He refused the drugged wine when they were about to crucify Him, because He wanted to be fully alert and fully alive to all the pains and agony of His suffering. Before His last cry, when He said, “I thirst,” they brought Him a sponge full of the sour wine, vinegar wine, that cheap stuff that the soldiers carried in a jug. He wet His lips, moistened His mouth and tongue enough, took one last big breath, and said with a loud voice: “Tetelestai!” It. Is. Finished. Not “I am finished,” but “it is finished.” What was finished? All the substitutionary, curse-bearing for you and for me.

Death and the curse were in that cup:
O Christ, ‘twas full for Thee;
But Thou has drained the last dark drop,
‘Tis empty now for me.
That bitter cup, love drank it up;
Now blessing’s draught for me
(Anne R. Cousin hymn)

This is how Christ made provision for our salvation: by His life of perfect obedience that God puts to our account, and by His substitutionary curse-bearing that God reckons on our behalf. So that God can be both just, and the justifier of the one who has faith in Jesus.

Very quickly, let’s sketch in a few more aspects of that provision of Christ. What He accomplished on the cross—gave up His spirit—was validated three days later. Romans 4:25 says, “He was raised again for our justification.” Having born the curse and carried it away, He is raised to validate that the price has been paid. On that cross, He defeated the powers of darkness. (Colossians 2; Hebrews 2; 1 John 3:8.) He could then set the captives free, because He conquered by His death.

Then He ascended to the right hand of the Father. His work on earth was done, but not His work of salvation. All those who come to true faith, they need to be kept in this light and kept through the door of death. How are they kept? Hebrews 7:25, “Wherefore, He is able to save to the uttermost all that come unto God by Him.” Why? “Seeing He ever lives to make intercession for them.” I am not just saved by the perfect life of Christ, by the substitutionary death of Christ. I am being saved by my interceding Christ at the right hand of the Father.

With all the remaining sin in us that could drag us down into shame, in a moment we’re kept by the same Saviour who will go on doing that work, until the Father says, “The hour has come, My Son. The last of Your elect and My elect are gathered in.” It’s time for the archangel to blow his trumpet. It’s time for the shout of victory. It’s time to go and gather all of that elect, that I might present to My Son His beautiful, His perfected bride called out of every kindred, tribe, tongue, and nation.” Made just on the basis of the work of Christ; made holy, conformed to the image of Christ by the indwelling Spirit. That is the work of Christ; that work that He obtained our salvation by.

What is saving faith? Saving faith is not just experiencing direct engagement with the Person of Christ. It involves appropriating and resting upon Christ’s provision for sinners, resting upon Christ’s work alone. Christ plus nothing equals: everything needed to make us right with God for time and for eternity. I hasten very quickly to just give you the other heads. I don’t have time to open them up.

3) Saving faith in relationship to the promises of Christ.

Thirdly, in saving faith we appropriate to ourselves the promises of Christ. What are the promises? They are wonderful promises. I already quoted one of them. John 6:37, “All that the Father gives me shall come to me. Him that comes to Me I will in no wise [I will never, never] cast them out. If any man thirst, let him come unto Me and drink.”

As the Scriptures says, “He that believes on Me, out of his belly shall flow rivers of living water.” “Come unto Me all ye that labor and are heavy-laden, and I will give you rest.” Saving faith takes hold of the promises of Christ like horns upon the altar. These are the means by which we are brought into that saving union. The promises that are yes and amen in Christ, those promises scattered throughout the Scriptures become, is it were, the very pathway on which we move in faith towards the embrace of the Saviour.

4) Saving faith in relationship to submit to the precepts of Christ.

Fourthly, I give you again the heading: in saving faith we gladly submit to the precepts and the government of Christ. This is critical. A lot of people say, “Trust Christ as your Saviour. They say nothing about, “Bow to Christ as your Lord. Embrace the Word of Christ as the rule of your life, so that in your personal life, in your family life, in your work life, in your social life, Christ’s Word governs you and leads you into paths of righteousness for His name’s sake.”

Listen to a couple of these texts. Again, the Matthew 11 text, “Come unto Me, all ye that labor and are heavy-laden, and I will give you rest.” What’s the next word? “Take.” Take what? “Take My yoke upon you, and learn from Me.” What is a yoke? It was either a bar across the shoulders of someone to carry jugs of water or other items, or to yoke two oxens together that they might pull in the same direction, plow the same furrow. Jesus said, “When you come to get that heavy, crushing burden taken off your back, take My yoke upon you. My yoke is easy, My burden is light, but it’s real! Anyone from whom I lift the burden of sin comes under My yoke to learn from Me. Learn what from Me? Everything I have to say throughout My Word so that our lives become regulated by the Scriptures.”

There are so many passages. Peter could say, “You were like sheep have gone astray, but you have now returned to the Shepherd and Bishop.” (1 Peter 2:25.) A bishop is an overseer. “You’ve returned to the Shepherd and the Overseer of your soul, to whom you are accountable in every facet of life.” “My sheep hear My voice; and I know them, and they follow Me. I give to them eternal life.” (John 10:27.)

He became the Author of eternal salvation to all that obey Him. “If we say that we know Him and keep not His commandments we lie and we do not the truth.” “He that says he abides in Him ought to walk even as He walked.” (1 John 2:4, 6.) Scripture after Scriptures shows that where there is true, saving faith, we gladly submit to the precepts and the government of Christ.

I love Psalm 2, where God says that the nations gather and all the big-shots, and they conspire how they’re going to cast off the yoke of Christ, how they’re going to break the chains of His law and His government. The Scripture says, “He that sits in the heavens will laugh.” (Psalm 2:4.) There are only several places in Scripture where it talks about God’s laughter. It’s always the laugh that I would have if a little cockroach somehow crawled up on the platform and all of a sudden the little cockroach could talk, and he reared back on his hind legs, shook his fists, and said, “Preacher, I don’t like what you’re saying. I want you to shut up or I’m going to take you on!” I could say, “Ha ha ha! You, Mr. Cockroach? No contest. Size 12.” You would hear the cracking of the cockroaches’ back. I could laugh, and that’s the picture. He that sits in the heavens sees puny little men. “We’re going to do our own thing. We’re going to have our own sexual identity. Phooey with all these notions of distinct masculinity/femininity. We’ll choose whatever path our erotic pleasures take us! Who cares about God?! The God who made the male and female. Who cares about the sanctity of marriage? Who cares about the sanctity of sex?” God cares, and when He sees puny little men He laughs.

In the face of such a God who exalts His Son and sits Him at His right hand, God says, “Kiss this Son. I’ve committed all government to Him. He holds the scepter of the universe in His hand. Kiss Him with the kiss of submission. Kiss the Son, lest He be angry and you perish in the way.”

Well, I’ve stumbled through the last couple of heads, but I hope there’s been some gleanings that will help you to think biblically. “What does it mean if I truly believe in Christ?” I’m not saying you must have come to faith with concepts framed in my words. That would be downright stupid, as well as irresponsible. But I hope sitting here—if you are a true believer—that you’ve said, “Oh, that’s right. What happened? I found myself approaching Jesus. I found in Jesus the answer to the sin question, to the question of why am I here? What is my life all about? Yes, I trust only in His perfect life, and in the death that He died for a sinner like me. I’m only trusting in this Christ. Yes, I find comfort in the promises that is having come to Him, He’ll never cast me out. I love His yoke. I’ve found it’s easy and His burden is light.” You see, if those issues are part of your spiritual experience, you are a true believer! You are believing with the faith of God’s elect!

But, if you’ve been sitting here saying, “I don’t have a clue what that guy’s talking about. He’s talking about Christ’s perfect life and Christ’s perfect death. Those things never entered my mind, and this idea of submitting my life to Christ so that in every area of life I’d want to know His will, and I’d want to please Him. I don’t have a clue what that is.” My friend, if that’s you, you’re an unbeliever and the wrath of God is hanging upon your head. I’m here to tell you that here, in this place today, if you will turn from that life of self-determination—defining right and wrong by your own standards, living to please yourself, living unto yourself as Paul describes it in 2 Corinthians 5:14—here and now, if you turn from that life and cast yourself without reservation upon the Lord Jesus Christ, believe into Christ, believe upon the Lord Jesus Christ, and you shall be saved! God grant that some of your will run to Jesus.

I want to close with one analogy that has blessed me through the years. In the healing ministry of our Lord, word was getting out that He cleansed lepers, He healed blind people, opened the ears of the deaf. On one occasion He was coming into a town, and apparently there was this blind man, a man who couldn’t see what was going on but had good ears. Unlike me, he didn’t have to stick an apparatus to hear. He heard some commotion, and perhaps he nudged someone near him.

“What’s going on?”
“Jesus from Nazareth, up in Galilee, He’s coming into our town.”
“Jesus? You mean the One who opens deaf ears, opens blind eyes?”
“Yes. He’s coming.”

He listens, and he hears the footsteps getting closer and closer and closer, until as a blind man, who cultivates his other senses more highly than those of us who are sighted, he knows Jesus must be just opposite him. So, he cries out, “Son of David, have mercy on me!” And the people around him say, “Shut up. He’s got no time for you. Just be quiet.” The Bible says he cried the louder, “Son of David, have mercy on me!!” Then it says the most beautiful words, “And Jesus stood still.”

You want to freeze the Lord Jesus in His tracks? Start crying out like a blind beggar, “Son of David, have mercy!” Jesus will stop whatever else He is doing, and come to you in saving grace and power, open your blinded eyes, unstop your deafened ears, quicken you from the dead, and make you a new creature in Himself.

O, my preacher brethren sitting here, what a gospel we have to preach! What a free, unfettered proclamation, that we can say to any and every sinner, “Christ is yours if you would only have Him. God grant you’ll have Him this day!” Let’s pray.

Holy Father, how we thank You for such a Saviour and such a salvation. We thank You in many ways for the pure simplicity of saving faith: we, sinners, getting in touch with a willing and an able Saviour. We pray that You would bless the proclamation of Your Word, that it may result in some passing from death unto life. That some will be confirmed and strengthened that they do indeed believe with that faith that You have given by the Spirit. For some who have been lingering, Lord, may they see the folly of waiting any longer. May they this day cry out to the Lord Jesus, Son of David, “Have mercy upon me!” Hear us, we plead. In Jesus’ name. Amen.

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2015 Pastors’ Conference | Four Essential Properties of Saving Faith

Cuatro características esenciales de la fe salvadora

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Cuatro características esenciales de la fe salvadora

Albert N. Martin

Aquellos que han visto el programa para la conferencia saben que se ha anunciado que hoy predicaré un sermón sobre “cuatro características esenciales de la fe salvadora”. Comprendo que esto puede llevarlos a pensar que están a punto de recibir un discurso teológico. Parece un título que un profesor de teología podría dar a un discurso para sus estudiantes en un seminario: «Las cuatro características esenciales de la fe salvadora». Pero les aseguro que en mi corazón tengo algo (confío que también lo tenga en mi mente y ojalá que sea lo que salga de mi boca) que está muy lejos de ser un discurso teológico. El tema que voy a tratar es nada menos que un asunto de vida o muerte: la vida eterna por un lado y la muerte eterna por el otro. Quiero citar varios pasajes de las Escrituras que subrayan esta realidad muy claramente.

En Romanos 1:16 leemos: «Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego». Y en Juan 3:36 leemos: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él». Si no eres un creyente, si no estás unido a Cristo con una fe verdadera y salvadora, entonces la ira del Dios Todopoderoso es una amenaza que cuelga sobre tu cabeza, esto es algo tan cierto como que estamos aquí sentados debajo de este techo. Solamente un latido de tu corazón impide que esa ira caiga sobre tu cabeza y te empuje hacia las tinieblas eternas, donde será el llanto y el crujir de dientes.

Otro pasaje es Efesios 2:8: «Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe». Por último, Apocalipsis 21:8 declara: «Pero los cobardes, incrédulos…tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre». Este asunto de la fe salvadora, y la cuestión de si la poseemos en verdad, no es un centro de deportes teológico, en el que jugamos con las palabras. Es un asunto de vida eterna o de muerte eterna.

La Biblia habla claramente acerca de las personas que tienen un tipo de fe que no está a la altura de la fe verdadera, por esta razón, debemos conocer la diferencia entre ambas. Escuchemos estas palabras de las Escrituras que se refieren a unas personas que creyeron y aun así no llegaron a tener una relación salvífica con el Señor Jesús. En el capítulo 2 de Juan, las Escrituras nos dicen en el versículo 23 al 25 que Jesús estaba en Jerusalén y había hecho muchos milagros. Juan declara: «Cuando estaba en Jerusalén durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía. Pero Jesús, por su parte, no se confiaba a ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diera testimonio del hombre, pues Él sabía lo que había en el hombre». Estas eran unas personas que decían: «Sí, creemos en Jesús. Vemos los milagros que confirman Su identidad». Pero Jesús no se confiaba de ellos, porque sabía que la fe que profesaban no era una fe real y salvífica.

Encontramos lo mismo en Juan capítulo 8, versículo 31. Nuestro Señor declara: «Entonces Jesús decía a los judíos que habían creído en Él: Si vosotros permanecéis en mi palabra, verdaderamente sois mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Ellos le contestaron: Somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres”?» Estas personas eran creyentes. El pasaje lo deja claro: «Los judíos que habían creído en Él». Con Sus palabras, Jesús subraya cuál es el fruto de la fe salvadora: «Si vosotros permanecéis en mi palabra…conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». Ellos le responden «¿Por qué necesitamos ser hechos libres? Nunca hemos sido esclavos de nadie». Después, en el versículo 44 de este mismo capítulo, Jesús les dice a las mismas personas: «Sois de vuestro padre el diablo». ¡He aquí creyentes que son hijos del diablo! Entonces, como podemos ver, es posible tener un tipo de fe que no llega a la altura de la verdadera fe salvadora.

De nuevo, en el libro de Santiago, Santiago está tratando de conseguir que estas personas entiendan que la fe genuina no está compuesta meramente de nociones acerca de Dios y acerca de Cristo, sino que, donde hay la fe verdadera, existe una experiencia de la gracia de Dios que es vital y que transforma la vida. En el capítulo 2, versículo 19, Santiago declara: «Tú crees que Dios es uno. Haces bien». En otras palabras: «Tú crees lo que un judío ortodoxo está supuesto a creer». «Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es». Santiago dice: «Tú crees. Muy bien. También los demonios creen, y tiemblan». Los demonios creen. Los demonios tienen fe. ¿Hay alguien aquí en esta mañana que esté dispuesto a afirmar que los demonios son salvos? Claro que no, pero tenían una fe que Santiago identifica como una fe real. Incluso les causó una respuesta emocional. Ellos tiemblan, tiemblan a la luz de lo que creen.

Entonces tenemos el incidente de Hechos 8. Cuando Felipe, junto con otros, estaba predicando en Samaria, hubo una gran obra del Espíritu de Dios. En medio de todo eso, se dice que cierto hombre creyó y fue bautizado. Pero, después que salieron a la luz sus intenciones verdaderas, Pedro le dice: «No tienes parte en este asunto. Simón, todavía estás en hiel de amargura y en cadena de iniquidad».

Este tema acerca de cuáles son las cuatro características esenciales de la fe salvadora es un asunto vital porque existe una fe que no llega a la altura de la verdadera fe salvadora. Aunque los hombres puedan ir a la deriva en esta vida con esa fe que los condena, vendrá un día cuando nuestro Señor se sentará en Su trono y serán reunidos todos delante de Él. Según lo que dice Jesús, habrá muchos que dirán: «Señor, Señor, ¿no hicimos esto, aquello y lo otro?» Él les responderá: «Apartaos de mí, jamás os conocí». Así que, entender las características de la verdadera fe salvadora es algo vital para nosotros. En Tito 1:1 se denomina como «la fe de los escogidos de Dios». ¿Cuáles son sus rasgos distintivos? ¿De qué está compuesta? Bueno, sería conveniente si pudiéramos acudir a uno o dos pasajes de las Escrituras y encontrar en estos una definición de la fe salvadora que sea buena, resumida, breve y precisa. Si tal cosa existiera, estoy seguro que todos nosotros habríamos memorizado ese versículo, pero Dios no nos ha dado esto. Él nos ha dado algunos versículos que nos proporcionan unas descripciones de la fe, por ejemplo: Hebreos 11:1. Pero lo que Dios sí nos ha otorgado en Su Palabra son ejemplos de la fe salvadora en acción. Así que, de esta manera vemos lo que es por medio de lo que hace y lo que no hace.

También existen analogías o ilustraciones de lo que es la fe salvadora. Se describe como «mirar», «comer» y «beber» de Cristo. Se describe como «ir a Cristo» y «aferrarse de Cristo». Por tanto, tenemos que tomar todas estas facetas de la verdad bíblica que nos muestran en qué consiste la fe por sus acciones, por analogía y con ilustraciones, y tenemos que organizarlas y ponerlas en las categorías que obviamente les corresponden. De esta manera, en lugar de tratar de formular una simple y pequeña definición de la fe, intentaremos identificar cuáles son esos elementos absolutamente esenciales que están presentes donde existe la fe salvadora. Esto es lo que intentaré hacer hoy en mi predicación.

Me podrían hacer la siguiente pregunta: «Pastor Martin, ¿qué espera lograr con eso?» Quiero compartir tres palabras contigo. Todas empiezan con la letra “c” y expresan mi meta en la predicación de hoy: confirmar, convencer y constreñir.

En primer lugar, en mi predicación, quiero ser un instrumento en las manos de Dios para confirmar a los verdaderos creyentes, dejándoles saber que la fe que poseen es realmente la fe que es un don de Dios y que tendrá como resultado la vida eterna. Puede ser que hayas leído estos pasajes acerca de los demonios que también creen, ese mago en Hechos 8 que creyó y los muchos judíos que creyeron, pero no eran realmente salvos, y a la hora de leerlos tal vez te has rascado la cabeza y dicho: «Señor, ¿tengo yo fe genuina? ¿Es mi fe esa fe verdadera, la fe salvadora?» Espero que en la predicación de hoy podamos ver algunos aspectos de este tema que fortalezcan tu seguridad y que sean una confirmación para tu propia consciencia de que estás realmente unido a Cristo con una fe verdadera y salvadora.

En segundo lugar, espero ser un instrumento que traiga convicción de culpa. Es posible que algunos aquí no sean verdaderos creyentes y estén sentados aquí hoy diciendo entre sí: «He creído en el evangelio por años. He creído que Cristo murió por los pecadores. Creo que Él resucitó de los muertos al tercer día. Asisto con regularidad a una buena iglesia con enseñanza sólida. ¿Qué razón puedo tener para dudar de la veracidad de mi fe?» Bueno, espero que algunos que estén bajo sea categoría sean convencidos de culpa y digan: «Yo no tengo la fe genuina», para entonces acudir a Cristo y ser realmente unidos a Él.

En tercer lugar, hay otras personas que espero constreñir. Es posible que algunos de los que están sentados aquí hoy hayan estado pensando acerca de la realidad de su pecado y del juicio venidero. Estas personas no confían en que sus pecados han sido perdonados. No tienen confianza de que tienen un buen historial ante la corte del cielo. Es mi esperanza y mi oración que, por medio de mi predicación, mientras consideramos los elementos de la verdadera fe salvadora en esta mañana, estas personas sean constreñidas a llegar a la fe. Que sean constreñidas por la obra del Espíritu Santo a confiar sin dudas en el Señor Jesucristo y a irse de aquí hoy diciendo: «Yo sé que verdaderamente creo en el Señor Jesucristo y que tengo vida eterna en Él». Esta es mi meta.

Hemos considerado por qué este tema es importante y cuál es mi objetivo. Ahora, ¿cómo he de ir tras esa meta? Quiero encaminarme hacia esa meta al demostrar que todos los elementos de la fe salvadora se refieren al Señor Jesucristo mismo. Vamos a considerar la fe salvadora y su relación con la persona de Cristo, las provisiones de Cristo, las promesas de Cristo y los preceptos de Cristo. Presentaré mis cuatro puntos usando estas cuatro palabras que comienzan con la letra «p». En el tiempo que me queda, quiero intentar descifrar estas cuatro verdades.

1) La fe salvadora y su relación con la persona de Cristo

Mi principio fundamental es que, según las Escrituras, cuando un pecador tiene fe salvadora experimenta una relación directa y espiritual con la persona de Cristo. Él es el objeto de la fe y la fe nos une a Él. Miremos estos pasajes que son muy conocidos.

Juan 1:12: «Pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre». ¿Qué significa creer en Su nombre? Significa aceptar a la persona de Cristo.

Colosenses 2:6: «Por tanto, de la manera que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en Él; firmemente arraigados y edificados en Él y confirmados en vuestra fe, tal como fuisteis instruidos, rebosando de gratitud». Aquí Pablo piensa en la iglesia que está en Colosenses y dice: «Ese es un grupo de personas que se ha parado ante la cruz y meramente asentido con la cabeza y dicho: “Creo que Jesús murió por los pecadores”». Él dijo: «De la manera que recibisteis a Jesucristo el Señor». Él nombra todos sus títulos, indicando que habían recibido a Cristo en su totalidad: un profeta para darles instrucción, un sacerdote para otorgarles el perdón y un rey para ejercer dominio sobre ellos.

Juan 6:37: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera». ¿En qué consiste la fe salvadora? Consiste en ir a Cristo mismo.

Juan 14:6: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí».

En la gran invitación de Mateo 11:28, Jesús mira a las grandes multitudes que están cansadas y cargadas con todos esos rituales religiosos vanos de los Fariseos que habían sido impuestos sobre el pueblo y dice: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí».

Además, ¿qué afirma el versículo más conocido del Nuevo Testamento? «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree». Después tenemos ahí una pequeña preposición griega «εἰς» que significa «en». «Todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna». ¿Quiénes tienen vida eterna? Aquellos que tienen la verdadera fe salvadora. ¿Y cuál es uno de los elementos esenciales de la fe salvadora? Nos sitúa en Cristo, y a través de nuestra unión con Jesucristo, tenemos todas las bendiciones de la salvación que Él provee. Significa creer en Cristo. Esta idea se encuentra por todo el libro de Juan.

En el versículo que probablemente es el segundo versículo más conocido –cuando el carcelero de Filipos, al ver el poder de Dios y Su gracia y misericordia clama: «Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?» Pablo le responde: «Cree». Después usa la preposición «ἐπὶ» que significa «sobre». Cuando yo pongo mi Biblia sobre esta tabla que está en el púlpito, todo el peso de la Biblia cae sobre esta tabla. «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo», y si los de tu casa también ejercen la fe, ellos también serán salvos.

Por tanto, al considerar todo este asunto acerca de cuáles son los elementos clave de la verdadera fe salvadora, vemos que, un pecador que tiene fe salvadora, experimenta una relación directa y espiritual con la persona de Cristo. El pecador, —con toda su culpa, toda su esclavitud, toda su miseria—, y el Salvador —en toda la plenitud de Su gracia, poder, misericordia y disposición para recibir a los pecadores—, el pecador en la magnitud de su necesidad y el Salvador en la magnitud de Su gracia, ambos se juntan y se abrazan en la fe verdadera. Significa creer sobre Él, creer en Él. Significa aceptarle a Él.

Un siervo de Dios que me ha ayudado en gran manera a entender estas cosas escribió lo siguiente: «La esencia de la fe salvadora es el traer al pecador que está perdido y muerto en sus delitos y pecados a tener un contacto directo y personal con el Salvador mismo, una relación que es nada menos que un compromiso del ser con Cristo en toda la gloria de Su persona, la perfección de Su obra, de la forma libre y completa en la que Él se nos presenta en el evangelio».

El evangelio es como un caballo sobre el cual Dios cabalga hacia los pecadores mientras les anuncia: «Todo lo que necesitan está en Mi Hijo: misericordia, perdón, liberación del poder del pecado y de los lazos del mismo diablo». Dónde existe la verdadera fe salvadora, el Salvador misericordioso y el pecador necesitado entran en una relación directa y personal que es nada menos que un compromiso del ser con Él en toda la gloria de Su persona. Él es Dios y hombre en una sola Persona para siempre y Su obra es perfecta. Él es el que clamó: «¡Consumado es!» y es de esta manera que Él se nos ofrece gratuitamente en el evangelio.

Ya que he establecido cuál es el primer elemento —espero que con suficiente prueba de las Escrituras como para persuadir tu consciencia— ahora quisiera dar varias aplicaciones. Hay algunos que enseñan que la fe salvadora no es nada más que creer el testimonio que Dios ha dado acerca de Su Hijo. Dios dijo: «Este es mi Hijo, mi amado. Escuchadle. Mi Hijo va a morir como el cordero de Dios para quitar el pecado del mundo. Después que haya pagado la paga del pecado, será resucitado de entre los muertos en el tercer día. Unos días después, haré que regrese a Mi diestra y lo pondré en Su trono como el Rey mesiánico, donde reinará hasta que haya puesto al enemigo final debajo de Sus pies: la misma muerte». Cree en ese testimonio; cree en lo que Dios ha dicho sobre Su Hijo. Pero esto no es fe salvadora. La fe salvadora no tiene como su objeto algunas verdades acerca de Cristo, sino a Cristo mismo. Dónde hay fe salvadora, el pecador y el Salvador entran en una relación directa y espiritual.

Existen miles de tratados impresos que al concluir afirman, dirigiéndose al lector del tratado: «Si reconoces que eres un pecador y crees que Jesucristo murió por ti, serás salvo». Esta no es la enseñanza bíblica. La fe salvadora no reposa sobre un solo acto salvífico de Cristo. No hay salvación sin Su muerte, pero puedes creer en Su muerte por los pecadores ¡y aun así caer en el infierno mañana! No somos salvos porque simplemente creemos que Él murió por pecadores igual que no somos salvos simplemente por creer que Él resucitó de entre los muertos y ascendió a la diestra del Padre en las alturas. El pecador es salvo cuando en toda su necesidad, él cree en y recibe a Aquel que se ofrece al pecador como el único Salvador de los hombres.

2) La fe salvadora y su relación con la provisión de Cristo

Consideremos ahora el segundo elemento de la fe salvadora. Este elemento tiene que ver con la provisión de Cristo. Hemos considerado la relación que la fe salvadora sostiene con la persona de Cristo y ahora, ¿cuál es su relación con la provisión de Cristo?

Ustedes recuerdan el relato navideño. José se entera de que su esposa está en cinta. Sostiene una lucha interior porque no sabe qué hacer. Tenía varias opciones bajo la ley judía contemporánea. Cuando está luchando internamente con el tema de cuál sería el curso de acción que más bondad le mostraría a María, se le aparece un ángel. El ángel dice: «José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque el Niño que se ha engendrado en ella es del Espíritu Santo. Y dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1:20-21).

Se identifica a Cristo, desde Su concepción misma, como el único Salvador que ha sido enviado por Dios. Ha hecho toda la provisión que necesitamos, en cada aspecto de nuestra necesidad, para que Dios siga siendo absolutamente santo, absolutamente justo, absolutamente íntegro, absolutamente amoroso. Dios conserva la integridad de todos Sus atributos al salvarnos de la manera en que lo hace. No tiene que pisotear sobre ninguno de Sus atributos a fin de salvarnos. El que Dios pisoteara Su propia integridad sería un precio demasiado alto que pagar. Así que, Él ha concebido este maravilloso plan de salvación por medio del cual se magnifica Su justicia, se exalta Su virtud: tanto Su rectitud absoluta como Su amor, misericordia y compasión se manifiestan completamente. Él hace todo en la persona de Su Hijo.

Pero hay algo crucial que nunca, nunca debemos olvidar y es que para Jesús hacer lo que Dios dijo que haría, salvar «a Su pueblo de sus pecados», Él tenía que llegar a ser lo que llegó a ser para realizar esa obra. El fundamento de la obra salvífica de Cristo es la singularidad de Su persona como el Dios hombre. Para Dios salvarnos sin comprometer ninguno de Sus atributos, tenía que haber una encarnación. La segunda persona de la deidad tenía que hacerse carne.

Juan 1:1-4 declara: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres».

Después, el versículo 14 del primer capítulo de Juan dice: «Y el Verbo». La Palabra eterna que estaba con Dios, que es Dios mismo, la segunda persona de la misteriosa Trinidad. Dice: «La Palabra se hizo carne». Él no deja de ser la Palabra. Él era igual a Dios mismo y no perdió ninguna parte de Su Deidad. Esto sería imposible para Dios. Pero, sin dejar de ser todo lo que era como Dios, puso a un lado los signos de la Deidad, la adoración inmediata de los serafines, querubines y de las miríadas de ángeles.

Él entra en el vientre de María por obra del Espíritu Santo. Meditemos en esto. ¡Meditemos en esto! Ahí, en la matriz de una joven virgen, en el momento en que ocurrió la concepción, cuando el Espíritu de Dios —lo digo con reverencia— tomó uno de sus óvulos y María quedó encinta, Dios tomó forma de cigoto. ¡Pensemos en eso! El Dios que habló y fueron hechos todos los millones de galaxias por el aliento de Su boca; ¡todas las cosas fueran hechas por Él! Repentinamente, este Dios queda escondido dentro de los límites de la matriz oscura de una joven virgen, con forma de un ser humano de dos células, después con cuatro células y dieciséis. Pasó por cada etapa del desarrollo prenatal. Hubo un tiempo cuando las manos que se extendieron para tocar a los leprosos tenían la forma de las pequeñas aletas de un feto en la matriz. ¡La Deidad obtuvo Su sustento por medio de un cordón umbilical! ¡Amigos, meditemos en esto! ¿Por qué hubo esta condescendencia de parte de la segunda persona de la Deidad? Porque, sin una muerte que tuviera lugar bajo la ira de Dios, no podríamos tener salvación.

El escritor a los hebreos declara: «Así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, Él igualmente participó también de lo mismo, para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida».

Por esta razón, Pablo podía escribir en Gálatas 4:4: «Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer». Cómo afirman los viejos credos y confesiones: «de la sustancia de María». Sin pecado, pero nacido de mujer. Prestemos mucha atención: «nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos».

Si tú y yo hemos de entrar al cielo, necesitamos un historial personal que esté absolutamente y perfectamente limpio. Si hemos de entrar al cielo de forma justa, no puede haber un solo cargo en contra nuestra. El Dios que conoce nuestros pensamientos y las intenciones del corazón, que conoce nuestras motivaciones y nuestros pensamientos más oscuros, bajos y egoístas, Él debe ser capaz de mirarnos y decir: «Te doy la bienvenida a Mi presencia, tú que no tienes pecado. Mi hijo en contra quién no tengo cargo alguno, perfectamente inocente. Te doy la bienvenida a Mi presencia». ¿Cómo puede hacer eso? Lo puede hacer porque envió a Su Hijo, nacido bajo la ley como nuestro representante, la cabeza del pacto, el segundo Adán, el último hombre del cielo. Meditemos en esto. Jesús tomó nuestro lugar bajo la ley, guardó la ley en toda la anchura y altura de sus demandas, afectaba cada pensamiento, cada palabra.

Medita en esto, tú que eres joven y tienes hermanos. Cuando Él era un niñito, Jesús nunca le arrancó un juguete a uno de Sus hermanos o hermanas, diciendo: «Eso es mío, no lo toques». Ni una sola vez. Cuando tuvo edad para hacer quehaceres y José le pedía que sacara la basura, nunca puso una mala cara. Si Jesús hubiera hecho una sola mala cara, ¡seríamos malditos! Seríamos condenados porque no existiera un historial perfecto de ningún hombre que haya vivido en este mundo bajo la ley y que pudiera presentar un historial perfecto ante Dios y decir: «Mi Padre, el historial que tengo, lo tengo a favor de Mi pueblo». Esta es la justificación en su primer aspecto maravilloso.

Romanos 5:19: «Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos». Dios pone la provisión hecha por Jesucristo a nuestro favor, el historial perfecto de Su obediencia perfecta a la ley perfecta de Dios.

Pero también hizo otra cosa. Gálatas 3:13 afirma: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley». ¿Cómo? ¿Persuadió a Dios para que se olvidara de la maldición? No, sino que, lo hizo, «habiéndose hecho maldición por nosotros».

El verdadero significado de la cruz no se encuentra cuando leemos los relatos de los evangelios y vemos la tragedia de cómo Sus discípulos le fallaron en el jardín de Getsemaní. Lo abandonaron después que fue arrestado y las multitudes, sedientas de sangre, gritaban: «¡Crucifícalo!»

¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo?

¡Que nos den a Barrabás! ¡Sea crucificado!

Lo ataron a un poste de flagelación y un soldado romano tomó el horrible instrumento de tortura y lo dejó caer sobre la espalda desnuda del Hijo de Dios una y otra vez, utilizando una forma de tortura que solía matar a la víctima. La espalda de nuestro Señor fue hecha tiras de carne sangrienta. Entonces lo sacan para afuera y Él se tambalea bajo el peso de la cruz. Después reclutan a un hombre, Simón de Cirene, y él carga la cruz hasta el lugar de ejecución. A continuación, siguen con el tratamiento brutal de estirarlo sobre la cruz y clavan sus manos y sus pies a martillazos, levantando lo recto y hundiéndolo en el hoyo, hasta que todo Su cuerpo se hunde en un espasmo de dolor estremecedor, agudo, abrasador. Cuelga ahí, en medio de la tierra y el cielo, sin un solo murmullo de queja. Todas las palabras que salen de Su boca son palabras de gracia, palabras de bondad. Entonces ocurre algo extraño en pleno mediodía: los cielos se cubren de una oscuridad tan negra y oscura que parece tinta. Hubo oscuridad sobre toda la tierra desde el mediodía hasta las tres, como si Dios mismo hubiera dicho: «Esta escena es tan horrenda que no puedo mirarla directamente».

Las Escrituras nos dicen que hacia la hora novena –las tres de la tarde, a la misma hora en que el sacerdote de la comunidad estaría ofreciendo el sacrificio de la tarde— dicen: «Jesús exclamó a gran voz, diciendo: “ELI, ELI, ¿LEMA SABACTANI?” Esto es: “DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?”». En otras palabras: «Las multitudes han clamado por Mi sangre. Yo fui como una oveja llevada al esquilador. Estuve mudo delante de Mis acusadores. Mis discípulos me abandonaron, ¿pero Mi Padre? Tú me has sostenido a través de todos los años de Mi peregrinaje, y yo podía decir: “Yo sé que siempre me oyes”. Pero ahora, Mi Padre, toda consciencia perceptible de Tu presencia y Tu sostén y Tu cercanía están ausentes. Mi Padre, Mi Dios, ¿por qué me has abandonado?» ¿Ustedes saben cuál es la respuesta a esa pregunta? Las Escrituras dicen que fue porque Él estaba haciéndose maldición por nosotros.

El profeta Isaías dijo: «El SEÑOR hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros». Dios, por decirlo así, bajó de Su trono por un momento. Se puso las vestiduras especiales de juez y dijo: «Mi Hijo y Yo vamos a la corte donde yo me sentaré como el Juez universal. Mi Hijo vendrá delante de Mi cargado con los pecados de todo Su pueblo». Cuando el Padre dice: «Mi Hijo, te imputo la culpa que merece las angustias del infierno, a favor de todos aquellos que Tú tomaste voluntariamente como Mi depósito para Ti». Recuerden que Jesús dijo: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí». «Yo te los entrego, mi Hijo, y este es el pináculo de Tu obra a su favor. Si Tú has de ponerlos en libertad y Yo he de decir que no han de ser castigados, Mi Hijo, debes soportar toda la realidad del abandono». Él fue abandonado porque esto es la esencia del infierno. Las últimas palabras que todo pecador que es condenado al infierno escuchará son: «Apartaos de Mí, los que practicáis la iniquidad».

Pero gracias a Dios que antes de inclinar Su cabeza y entregar Su espíritu, Jesús clamó otra vez a gran voz. Personalmente, pienso que fue por esta razón que Él acepto el vino amargo, el vinagre, algo barato que los soldados llevaban en un cántaro. Se mojó los labios, se humedeció la boca y la lengua suficientemente, respiró bien profundo por última vez, y clamó a gran voz: «¡Tetelestai!» ¡Consumado es! No dijo: «Estoy acabado» sino «Consumado es». ¿Qué se había consumado? Toda la obra de cargar con la maldición a favor de ti y de mí, como nuestro sustituto.

Muerte y maldición estaban en la copa:
Oh, Cristo, para Ti llena estaba;
Pero Tú bebiste hasta la última gota
Y para mí ha sido vaciada.
Esa copa amarga que el amor consumió;
Es ahora mi copa de bendición.
(Estrofa de un himno por Anne R. Cousin)

Así fue como Cristo hizo provisión para nuestra salvación: por medio de una vida de perfecta obediencia que Dios pone a nuestra cuenta, por la manera en que cargó con la maldición como nuestro sustituto, algo que Dios imputa a nuestro favor. De esta manera Dios puede ser justo y el que justifica al que tiene fe en Jesús.

Ahora, rápidamente, permítanme delinear unos cuantos aspectos más de esa provisión de Cristo. Lo que Él logro en la cruz, cuando exhaló Su Espíritu, fue validado tres días después. Romanos 4:25 declara: «Él fue resucitado para nuestra justificación». Después de cargar con la maldición y eliminarla, Él fue resucitado para confirmar que el precio se había pagado. En esa cruz, Él venció los poderes de las tinieblas (Colosenses 2; Hebreos 2; 1 Juan 3:8). Por esta razón, podía entonces liberar a los cautivos, porque había obtenido la victoria por medio de Su muerte.

Después ascendió a la diestra del Padre. Su obra en la tierra se había realizado, pero no Su obra de salvación. Todos los que llegan a tener la fe verdadera, necesitan que se les mantenga en esta luz y que se les guarde por la puerta de la muerte. ¿Cómo son guardados? Hebreos 7:25: «Por lo cual Él también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios». ¿Por qué? «Puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos». No soy salvo solamente por medio de la vida perfecta de Cristo y la muerte sustitutiva de Cristo, sino que soy salvo por mi Cristo que intercede por mí a la diestra del Padre.

A pesar de todo el pecado remanente que está en nosotros y que puede arrastrarnos hacía la vergüenza, el Salvador que continuará haciendo esta obra nos guarda, hasta que el Padre diga: «Ha llegado la hora Mi Hijo. Los últimos de Tus elegidos, que son también Mis elegidos, están reunidos. Ha llegado la hora para que el arcángel toque su trompeta. Es tiempo de reunir a todos los escogidos para presentarle a Mi Hijo su esposa hermoseada y perfeccionada, que ha sido llamada de toda tribu, lengua y nación, que fue hecha perfecta en base a la obra de Cristo, santificada, conformada a la imagen de Cristo por el Espíritu que mora en ella». Esta es la obra de Cristo, la obra por la cual obtuvo nuestra salvación.

¿Qué es la fe salvadora? La fe salvadora no consiste en solamente experimentar un trato directo con la persona de Cristo. Conlleva el apropiarse de y descansar sobre la provisión de Cristo para los pecadores, el descansar solamente sobre la obra de Cristo. Cristo más nada equivale a todo lo que necesitamos para estar bien con Dios en este tiempo presente y en la eternidad. Me apresuro para presentar los otros encabezados rápidamente. No tengo tiempo para explicarlos.

3) La fe salvadora en relación con las promesas de Cristo

En tercer lugar, por medio de la fe salvadora nos apropiamos de las promesas de Cristo. ¿Cuáles son estas promesas? Son promesas maravillosas. Ya he citado una de ellas. Juan 6:37: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera. Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba». Como dicen las Escrituras: «El que cree en mí, de lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva». «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar». La fe salvadora se agarra de las promesas de Cristo como los cuernos sobre el altar. Estos son los medios por los cuales somos llevados a esa unión salvadora. Las promesas que son «sí» y «amén» en Cristo, esas promesas que se encuentran a través de las Escrituras, llegan a ser, por así decirlo, el camino por el cual andamos en fe hacia los brazos del Salvador.

4) La fe salvadora en relación con la sumisión a los preceptos de Cristo

En cuarto lugar, presento este encabezado: por medio de la fe salvadora, nos sometemos alegremente a los preceptos y al gobierno de Cristo. Este es un asunto crucial. Muchas personas dicen: «Acepta a Cristo como tu Salvador». Pero no dicen nada de lo siguiente: «Sométete a Cristo como tu Señor. Acepta la Palabra de Cristo como la norma para tu vida, para que, en tu vida personal, familiar, laboral y social, la Palabra de Cristo sea tu gobierno y te conduzca en los senderos de justicia por amor a su nombre».

Prestemos atención a unos cuantos pasajes. De nuevo, el pasaje de Mateo 11: «Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar». ¿Qué palabra viene después? «Tomad». ¿Tomad qué? «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí». ¿Qué es un yugo? Era una barra que se cargaba sobre los hombros para cargar cántaros de agua u otros artículos, o una yunta de bueyes que tiraban hacia la misma dirección y araban el mismo surco. Jesús dijo: «Cuando acudas a Mí para quitarte esa carga pesada y opresiva de encima, toma mi yugo sobre ti. Mi yugo es fácil. Mi carga es ligera, ¡pero es real! Toda persona a quien yo le quito la carga del pecado, toma mi yugo para aprender de Mí. ¿Qué aprenden de Mí? Todo lo que digo a través de Mi Palabra para que la vida sea gobernada por las Escrituras».

Existen muchos pasajes que tratan sobre este tema. Pedro podía decir: «Vosotros andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Guardián de vuestras almas» (1 Pedro 2:25). Un guardián es un administrador. «Habéis vuelto al Pastor y Guardián de vuestras almas», a quién debemos rendir cuentas en toda faceta de la vida. «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen» (Juan 10:27). «Vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen» (Hebreos 5:9). «El que dice: “Yo he llegado a conocerle”, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él» (1 Juan 2:4). «El que dice que permanece en Él, debe andar como Él anduvo» (1 Juan 2:6). Pasaje tras pasaje muestra que donde existe la verdadera fe salvadora, hay una sumisión alegre a los preceptos y al gobierno de Cristo.

Amo el Salmo 2, donde Dios declara que las naciones y las personas importantes se reúnen y traman para quitarse el yugo de Cristo, hablan de cómo romperán las cadenas de Su ley y de Su gobierno. Las Escrituras dicen: «El que se sienta en los cielos se ríe» (Salmo 2:4). Solamente existen unos pocos lugares en las Escrituras que mencionan la risa de Dios. Siempre se refieren a la risa que provocaría una pequeña cucaracha que de algún modo se subiera a esta plataforma y que de repente pudiera hablar, se parara en sus patitas traseras, levantara los puños y dijera: «Predicador, no me agrada lo que estás diciendo. Quiero que cierres la boca y si no lo haces, ¡te daré una paliza!» Yo le podría responder a esa cucaracha: «¡Ja, ja, ja! ¿Tú me darás una paliza Señor Cucaracha? No hay duda de quién ganará; calzo un número 12». Entonces se oiría el crujido de la cucaracha bajo mi zapato. En una situación así, me reiría, y este es el cuadro que se presenta. El que se sienta en el cielo ve a unos hombrecillos insignificantes que dicen: «Vamos a hacer lo que nos plazca. Adoptaremos nuestra propia identidad sexual. A la basura con todas estas nociones de una masculinidad y una feminidad distintivas. Escogeremos cualquier senda por la cual nos lleven nuestros placeres eróticos. ¿A quién le importa Dios? El Dios que hizo el varón y la hembra. ¿A quién le importa la inviolabilidad del matrimonio? ¿A quién le interesa la inviolabilidad de las relaciones sexuales?» A Dios le importan todas estas cosas y cuando mira a los hombrecillos insignificantes, se ríe.

Dios dice que en presencia de tal Dios que exalta a Su Hijo y lo sienta a Su diestra, debemos: «Honrar al Hijo. Le he entregado todo gobierno. Él tiene el cetro del universo en Su mano. Hónrenlo con sumisión. Honren al Hijo para que no se enoje y perezcáis en el camino».

Bueno, he tropezado a través de los últimos encabezados, pero espero que haya presentado algunos puntos que nos ayuden a pensar bíblicamente. ¿Qué significa llegar a creer en Cristo en verdad? No estoy diciendo que sea necesario llegar a la fe con unos conceptos que se expresan usando las mismas palabras que yo he usado. Esto sería francamente estúpido y también irresponsable. Pero es mi esperanza que, si eres un verdadero creyente, te has dicho a ti mismo: «Sí, es verdad, esto fue lo que ocurrió conmigo. Me encontré acercándome a Jesús y en Jesús encontré la respuesta al problema del pecado, al por qué de mi existencia y al significado de la vida. Sí, confío solamente en Su vida perfecta y en la muerte que Él murió a favor de un pecador como yo. Confío solamente en Él. Sí, encuentro consuelo en la promesa de que una vez acudimos a Él, Él nunca nos echará fuera. Amo su yugo; he encontrado que es fácil y que su carga es ligera». Si estas cosas son parte de tu experiencia espiritual entonces eres un verdadero creyente y crees con la fe de los elegidos de Dios.

Pero si estás sentado aquí y dices: «No tengo ni idea de lo que habla este hombre. Habla de la vida perfecta de Cristo y la muerte perfecta de Cristo. Estas cosas nunca me han pasado por la mente. Esa idea de someter mi vida a Cristo de manera que desee conocer Su voluntad para cada faceta de mi vida con un anhelo por complacerle, no la conozco». Amigo, si ese eres tú, eres un incrédulo y la ira de Dios cuelga sobre tu cabeza. Estoy aquí hoy para decirte que, si te vuelves de una vida de autodeterminación, una vida en la que defines lo que está bien o mal de acuerdo a tus propios estándares, en la que vives para complacerte a ti mismo y para ti mismo (como Pablo la describe en 2 Corintios 5:14) –si aquí y ahora, te vuelves de esa vida y descansas sin reservas sobre el Señor Jesucristo, crees en Cristo, crees sobre el Señor Jesucristo ¡serás salvo! Quiera Dios que acudas a Jesús.

Quiero terminar con una analogía que ha sido una bendición para mí a través de los años. Durante el ministerio de sanación de nuestro Señor, se corrió la palabra de que Él limpiaba a los leprosos, sanaba a los ciegos y abría los oídos de los sordos. En una ocasión, Él estaba saliendo de un pueblo y parece que un hombre ciego, un hombre que no podía ver lo que estaba ocurriendo pero que tenía buenos oídos (no como yo que tengo usar un aparato para poder escuchar), este hombre escuchó cierto alboroto. Tal vez le dio un empujoncito a alguien que le quedaba cerca.

¿Qué está pasando?

Jesús el Nazareno, de Galilea, está entrando en nuestro pueblo.

¿Jesús? ¿El mismo que abre los oídos sordos y cura los ojos ciegos?

Sí, ahí viene.

Él escucha y oye que se acercan unos pasos, hasta que como un hombre ciego que ha cultivado sus otros sentidos hasta agudizarlos más que los sentidos de aquellos que pueden ver, sabe que Jesús debe estar justo al lado de él. Entonces, clama: «Hijo de David, ¡ten misericordia de mí!». La gente que lo rodea le dice: «Cállate. Él no tiene tiempo para ti. Ha silencio». Pero la Biblia declara que él gritó aún más alto: «¡Hijo de David, ten misericordia de mí!». Luego dice con unas palabras muy hermosas: «Y deteniéndose Jesús».

¿Quieres parar al Señor Jesús en seco? Comienza a gritar como un méndigo ciego: «Hijo de David, ¡ten misericordia!» Jesús dejará cualquier otra cosa que esté haciendo he irá a ti en gracia salvadora y en poder, te abrirá los ojos ciegos, destapará tus oídos sordos, te levantará de entre los muertos y te hará una nueva criatura en Él.

Oh, mis hermanos predicadores, ¡qué evangelio tenemos para predicar! Que proclamación tan libre y sin trabas que nos permite decir a todo pecador: «Cristo es tuyo si confías en Él». ¡Dios quiera que acudas a Él hoy mismo! Vamos a orar.

Padre santo, te damos gracias por tal Salvador y tal salvación. Te damos gracias por lo que en muchas maneras es la pura sencillez de la fe salvadora: nosotros, pecadores, entramos en una relación con un Salvador que es apto y está dispuesto. Oramos que Tú bendigas la proclamación de Tu Palabra, para que su resultado sea el que algunos pasen de muerte a vida, que algunos sean confirmados y fortalecidos en la convicción de que en verdad creen con esa fe que Tú les has otorgado por el Espíritu. Para aquellos que se demoran, Señor, que vean ellos la necedad de seguir esperando. Que este sea el día en el que ellos clamen al Señor Jesús, Hijo de David: «¡Ten misericordia de mí!» Escúchanos, te lo rogamos, en el nombre de Jesús. Amén.

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Those of you who have seen the program for the conference will know that it is announced that today I am to preach to you on the subject of a sermon on “Four Essential Properties of Saving Faith.” I realized that that sounds like you’re going to get a theological lecture. That sounds like a title that a teacher of theology might give as a lecture to his students in a seminary. “The Four Essential Properties of Saving Faith.” I assure you that what I have in my heart and I trust in my head and hopefully on my tongue, is far from a theological lecture. This subject is nothing less than a matter of life and death. Eternal life on the one hand, or eternal death on the other hand. Let me quote several texts of Scripture that underscore that very clearly.

In Romans 1:16 we read, “I am not ashamed of the gospel, for is is the power of God to everyone that believes: to the Jew first, and also to the Greek.” Then in John 3:36 we read, “Whoever believes has eternal life, but he that believes not, for the wrath of God abides on him.” As surely as we sit under this roof—if you are not a believer, if you are not united to Christ in true, saving faith—the wrath of Almighty God hangs over your head. It’s as surely as that roof hangs over your head. It’s only a heartbeat that keeps that wrath from falling down upon your head and pressing you into everlasting darkness, where there is weeping and wailing and gnashing of teeth.

Another text is Ephesians 2:8, “For by grace are ye saved, through faith.” Finally, Revelation 21:8 says, “But the fearful and the unbelieving shall have their part in the Lake of Fire. This matter of saving faith and whether we possess saving faith is not a theological gymnasium, where we play games with words. It is a matter of eternal life or eternal death.

Because the Bible clearly speaks of people who have a kind of faith that falls short of real, saving faith, we should know the difference between the two. Listen to these Scriptures that speak of people that believed, and yet fell short of a saving relationship to the Lord Jesus.

In John chapter 2, the Scriptures tell us in verse 23 that when Jesus was in Jerusalem and had been performing many miracles. John tells us, “Now when He was in Jerusalem at the Passover Feast, many believed in His name when they saw the signs He was doing. But Jesus on His part did not entrust Himself to them, because He knew all people, and needed not that anyone should bear witness about all men, for He Himself knew what was in man.” Here were people that said, “Yes, we believe in Jesus. We see His miracles that validate who He is.” But Jesus did not believe in them. It’s the same Greek word. He did not entrust Himself to them, because He knew that their professed faith was not real, saving faith.

You find the same thing in John chapter 8, verse 31. Our Lord says, “Jesus said to the Jews who had believed in Him, ‘If you abide in My word, then you are truly my disciples, and you will know the truth, and the truth will set you free.’ They answered Him ‘We are offspring of Abraham, we have never been enslaved to anyone. How is it that you say we will become free?’” Here are believers. The text is clear, “The Jews believed in Him.” Jesus underscores what the fruit of saving faith is and says, “If you continue to abide by My word, you’ll know the truth; the truth will make you free.” They say, “Why do we need to be made free? We have never been in bondage to anyone.” Later on, in this very chapter, to those same people, in verse 44 Jesus says, “You are of your father, the devil.” Here are believers who are children of the devil! So, it’s possible, you see, to have a kind of faith that falls short of real, saving faith.

Again, in the book of James, James is trying to get these people to understand that true faith is not just notions about God and about Christ, but that there is a vital life-transforming experience of the grace of God, where there is true faith. He says in chapter 2, verse 19, “You believe God is one. You do well.” In other words, “You believe what an Orthodox Jew is supposed to believe.” “Hear O Israel, the Lord our God is one.” He says, “You believe. Very well. The demons also believe—and they tremble.” The demons believe. The demons have faith. Is anyone ready to say this morning, “The demons are saved”? Of course not, but they had a faith that James says was a real faith. It even caused emotional responses. They shudder, they tremble in the light of what they believe.

Then you have that incident in Acts chapter 8. When Philip and others were preaching in Samaria there was a mighty work of the Spirit of God. In the midst of that, it said that a certain man believed and was baptized. Yet, after he showed his true colors, Peter said to him, “You do not have the root of the matter in you. Simon, you are still in the gall of bitterness and in the bond of iniquity.”

This subject of what are the four essential properties of saving faith is vital, because there is a faith that falls short of real, saving faith. Though men may drift along in this life with that faith that damns, a day is coming when our Lord sits upon His throne, and all will be gathered before Him. There will be many, according to Jesus, who will say, “Lord, Lord, did we not do this and that and the other?” He will say to them, “Depart from Me, I never knew you.” So, it’s vital for us to understand what are the things that make up true, saving faith. What was called in the passage of Titus 1:1, “The faith of God’s elect.” What does it look like? What is it made up of? Well, it would be lovely if we could turn to one or two texts of Scripture, and there find a nice, condensed, brief, accurate definition of saving faith. If there were such, I’m sure all of us would have memorized that verse, but God has not given us that. He’s given us a few verses that give us descriptions of faith. (Hebrews 11:1). But what God has given us in His Word is that He gives us illustrations of saving faith in action. So, we see what it is by what it does and what it does not do.

Then, there are analogies or pictures of what saving faith is. It’s called ‘looking,’ ‘eating’ and ‘drinking’ of Christ. It’s called ‘coming to Christ.’ It’s called ‘laying hold of Christ.’ So, we have to take all of these strands of biblical truth that show faith in action, faith by analogy and picture, and we need to spread them all out and put them in their obvious categories, and seek to come up not with a simple, little definition of faith, but try to identify what are those elements absolutely essential where we find saving faith. That’s what I’m going to attempt to do in my preaching today.

If you were to ask me, “Pastor Martin, what do you hope to accomplish in doing that?” I want to give you three c’s that capture what my goal is in my preaching today. My goal is to confirm, to convict, and to constrain.

First of all, in my preaching I want to be an instrument in God’s hands to confirm true believers that the faith you possess is indeed that faith which is the gift of God, and will issue in everlasting life. There may be some of you who have read these passages about the demons who also believe, and about that magician in Acts 8 that believed, and the many Jews that believed but were not truly saved. When you’ve come to them, perhaps you’ve scratched your head and said, “Lord, do I have the real thing? Is my faith true, saving faith?” I hope in the preaching of today you will see things that will strengthen your assurance, that will confirm to your own conscience that you really are united to Christ in true and saving faith.

Secondly, I hope to be an instrument to convict. Some of you who are not true believers, you may sit there right now and say, “I’ve believed the gospel for years, I’ve believed Christ died for sinners. I believe He rose from the dead on the third day. I attend a good, solid church regularly. Why would I have any reason to doubt that my faith is real?” Well, I hope there may be some in that category that would be brought to conviction, “I don’t have the real thing,” and will run to Christ, that you might indeed be truly united to Him.

Thirdly, I hope to constrain others. There may be some sitting here who have been thinking of the fact of your sin, the coming judgement, and that you have no confidence that your sins are pardoned. You have no confidence that you have a good record in the court of Heaven, and I’m hoping and praying that as I preach and we consider the elements of true, saving faith, you will be constrained to come to faith this morning. That you would be constrained by the work of the Holy Spirit to cast yourself without any reservation upon the Lord Jesus Christ, and leave here today saying, “I know I am a true believer in the Lord Jesus Christ, and I have eternal life in Him.” That’s my goal.

We looked at why the subject is important, we looked at what my goal is. Now, how am I going to pursue the goal? I want to pursue the goal by demonstrating that the elements of saving faith all have reference to the Lord Jesus Christ Himself. We’re going to consider saving faith in relationship to the Person of Christ, the provisions of Christ, the promises of Christ, and the precepts of Christ. I give you those four p’s. In the time that remains, let me attempt to unpack those four lines of truth.

1) Saving faith in relationship to the Person of Christ.

Here’s my basic principle: according to the Scriptures, in saving faith the sinner experiences direct, spiritual engagement with the Person of Christ. He is the object of faith, and faith united us to Him. Listen to these very familiar texts.

John 1:12, “As many as received Him [the Person] to them gave He the right to become the children of God, even to them that believe on His name.” What is it to believe on His name? It is to receive the Person of Christ.

Colossians 2:6, “As ye have therefore received Christ Jesus the Lord, so walk in Him, rooted and built up in Him, abounding in thanksgiving.” Here Paul, thinking of the Church in Colossae, says, “That’s a group of people. They have not simply stood before the cross and nodded their heads and said, ‘I believe Jesus died for sinners.’” He said, “As you have received Christ Jesus the Lord.” He gives all of His titles, indicating they received a whole Christ: a Prophet to teach them, a Priest to forgive them, and a King to rule over them.

John 6:37, “All that the Father gives Me shall come to Me, and him that comes to Me I will in no wise cast out.” What is saving faith? It is a coming to Christ Himself.

John 14:6, “I am the way, the truth, and the life. No man comes to the Father but by Me.”

In His great invitation, in Matthew 11:28, Jesus looks out on the vast multitudes burdened and bent down and heavy-laden with all the Pharisaic, empty religious rituals imposed upon the people, and He says, “Come unto Me, all ye that labor and are heavy-laden, and I will give you rest. Take My yoke upon you, and learn from Me.”

Then, the most familiar verse in the New Testament, what does it say? “For God so loved the world, that He gave His only begotten Son, that whosoever believeth.” Then you have a little, Greek preposition eis, which means ‘into’. “Whosoever believes into Him should not perish, but have everlasting life.” Who has everlasting life? Those that have true, saving faith. And what is one of the fundamental elements of saving faith? It places us into Christ, and in union with Jesus Christ, we have all the blessings of the salvation provided by Christ. It is believing into Christ. You find that all the way through the book of John.

In that second verse probably most well-known, when that Philippian jailor—having seen the power of God—is ready to kill himself and Paul says, “Do yourself no harm. We’re all here.” He, seeing the power of God and the mercy and grace of God, cries out, “Sirs, what must I do to be saved?” Paul says, “Believe.” Then he uses a proposition, epi, which means ‘upon.’ When I place my Bible upon this shelf in the pulpit, all the weight of the Bible rests down on this shelf in the pulpit. “Believe upon the Lord Jesus Christ, and you shall be saved; and your house coming to faith, they shall be saved also.”

So, we think of this whole matter of what are the key elements of true, saving faith. In saving faith, the sinners experiences direct, spiritual engagement with the Person of Christ. The sinner—in all his guilt, in all his bondage, in all his wretched condition, and the Saviour in all the plenitude of His grace, power, mercy, and welcoming of sinners, the sinner in the magnitude of his need, the Saviour in the magnitude of His grace—they come together, and they embrace in true faith. It is a believing upon Him, a believing into Him. It is a receiving of Him.

One of God’s servant’s who has greatly helped me in understanding these things wrote as follows, “The essence of saving faith is to bring the sinner lost and dead in tresspasses and sins into direct, personal cotact with the Saviour Himself, contact which is nothing less than that of self-commitment to Christ in all the glory of His Person, and the perfection of His work, as He is freely, and fully offered to us in the gospel.”

The gospel is God’s horse upon which He rides to sinners, and says, “In My Son is everything you need: forgiveness, for pardon, for liberation from the power of sin and the snares of the devil himself.” In true, saving faith, this gracious Saviour and this needy sinner come into direct, personal contact that is nothing less than self-commitment to Him in all the glory of His Person. He is God and man in one Person forever, and the perfection of His work—the One who cried “It is finished”—this is how He is freely offered in the gospel.

Having established that first element, I trust from enough Scriptures to carry your conscience, let me say several things by way of application. There are some who teach, “Saving faith is nothing more than crediting the testimony God made about His Son.” God said, “This is My Son, My beloved. Listen to Him. This is My Son who will die as the Lamb of God to take away the sin of the world. Having paid the price for sin, He will be raised from the dead on the third day. Some days later I will take Him back to My right hand, and I will enthrone Him as the Messianic King, where He will reign until He puts the last enemy beneath His feet: death itself.” Credit that testimony; believe what God has said about His Son. That is not saving faith. The object of saving faith is not some truths about Christ, but Christ Himself. In saving faith, the sinner and the Saviour come into direct, spiritual engagement.

There are hundreds of tracts printed that say at the end, when they’re talking to the person who is reading the tract, “If you will acknowledge yourself to be a sinner, and believe that Jesus Christ died for you, you will be saved.” That’s not what the Bible teaches. Saving faith does not terminate on one of the saving acts of Christ. Without His death there is no salvation, but you can believe in His death for sinners, and split Hell wide open tomorrow! We’re not saved by simply believing He died for sinners anymore than we’re saved by simply believing He rose from the dead or ascended to the right hand of the Father on high. We are saved when the sinner in all his need, and the Saviour in all His grace and power, come into direct contact as the sinner believes upon, believes into, as the sinner receives Him who is offered to the sinner as the only Saviour of men.

2) Saving faith in relationship to the provisions of Christ.

Now, let’s look at a second element of saving faith; that has to do with the provisions of Christ. We began with its relationship to the Person of Christ, now what about the provisions of Christ?

You remember the Christmas story. Joseph finds out his wife is pregnant. He’s wrestling with what to do, and has several options under Jewish and contemporary law. As he’s wrestling with what to do that would be the kindest thing to do to Mary, an angel appears to him. The angel says, “Joseph, do not be afraid to take unto you Mary your wife, for that which is begotten of her is of the Holy Spirit, and she shall bring forth a Son. And you shall call His name Jesus, for He it is that will save His people from their sins.” (Matthew 1:20-21.)

Christ is identified—from His very conception—as the one Saviour sent by God. He has made provision for every aspect of our need for God to remain absolutely holy, absolutely just, absolutely upright, perfectly loving. God maintains the integrity of all of His attributes in the way in which He saves us. He does not have to trample any of His attributes under foot in order to save us. It would be too high a price to pay for God to trample upon His own integrity. So, He has conceived this marvellous plan of salvation by which His justice is magnified; His righteousness is exalted; His total uprightness, as well as His love and mercy and compassion is fully manifested. He does all of this in the Person of His Son.

But here’s a critical thing that we must never, never forget: if Jesus is to do what God has said He is to do—“He shall save His people from their sins”—He has to become what He became in order to do that work. The foundation of Christ’s saving work is the uniqueness of His Person as the God-man, and for God to save us in a way that does not compromise any of His attributes, there had to be an incarnation. There had to be the enfleshment of the second Person of the Godhead.

John 1:1-4, “In the beginning was the Word, and the Word was with God, and the Word was God. All things were made by Him, and without Him was not anything made that has been made. In Him was life. He was light and was the life of men.” Then verse 14 of John 1 says, “And the Word.” That eternal Word who was with God, who is God Himself, the second Person of the mysterious Trinity. It says, “The Word became flesh.” He did not cease to be the Word. He was equal to God Himself. He did not lose anything of His Godness. That’s impossible for God. But remaining all that He was as God, He lays aside the trappings of His Deity, the immediate worship of Seraphim and Cherubim and the multitudes, innumerable companies of angels.

He comes to Mary’s womb by the operation of the Holy Spirit. Think of it. Think of it! There, in that young virgin’s womb, the moment that conception occurred, when the Spirit of God—I say it reverently—took one of her eggs and impregnated Mary; God became a zygote. Think of it! The God who spoke the millions of galaxies into being by the word of His mouth. All things were made by Him! Suddenly, this God is tucked away in the dark confines of a young virgin’s womb, and is a two-celled human being, then a four-celled and a sixteen-cell. He passed through every single stage of prenatal development. There was a time when the hands that reached out and touched lepers were those little flippers of the fetus in the womb. Deity was sustained by an umbilical cord! Think of it, my friends! Why this stooping on the part of the second Person of the Godhead? Because, without a death died under the wrath of God, we could have no salvation.

The writer to the Hebrews says, “For as much as the children are sharers of flesh and blood, He likewise partook of the same, that through death He might destroy him that had the power of death, and deliver them who through fear of death were all their lifetime subject to bondage.
This is why Paul could write in Galatians 4:4, “When the fullness of the times had come, God sent forth His Son, made of a woman.” As the old creeds and confessions say, “Of the substance of Mary.” Without sin, but made of a woman. Listen carefully, “Made under the law, that He might redeem them that were under the law, that we might receive the adoption as sons.”

You and I—if we are ever to enter Heaven—we have to have a record that is absolutely, perfectly clean. There must be not one charge against us if we are to enter Heaven righteously. The God who knows the thoughts and the intentions of the heart, who knows our motives, our deepest, dirtiest, most selfish thoughts, He must be able to look at us and say, “I welcome you into My presence, my sinless one. My one against whom I have no charge whatsoever. My perfectly innocent one. I welcome you into My presence.” How can He do that? He can do it, because He sent forth His Son made under the law, and as our representative, as our Covenant Head, as the second Adam, the last man from Heaven. Think of it. Jesus stood under the law in our place, keeping that law in the full length and breadth of its demands, touching every thought, every word.

Think of it, you young people who have siblings. Never once as a little toddler did Jesus grab a toy of one of His brothers or sisters and say, “That’s mine. You can’t have it.” Never once. When He got old enough to have some chores, and Joseph said, “Son, take out the garbage,” not once did His lower lip go out even in a pout. Had Jesus pouted once, we would be damned! We would be damned, because there would be no perfect record of any man living in this world under the law who could present to God a perfect record and say, “My Father, this record I have, I have on behalf of My people.” That’s what justification is in the first, marvelous aspect of it.

Romans 5:19, “As through the one man, many were made sinners, so by the obedience of the other, the many are constituted righteous.” God credits to us as a provision made by Jesus Christ, the perfect record of His perfect obedience to God’s perfect law.

But He did something else. Galatians 3:13 says, “Christ has redeemed us from the curse of the law.” How? By persuading God to forget the curse? No, but, “By becoming a curse for us.”

The true significance of the cross is not to be found when you read the gospel records, and you see the tragedy of how His disciples failed Him in the Garden of Gethsemane. They forsook Him after He was arrested, and the multitudes were bloodthirsty, crying out, “Crucify Him!” “Will I release unto you Barabbas or Jesus called ‘the Christ’?” “Give us Barabbas! Crucify Him!” They tied Him to the whipping post, and the Roman soldier took that horrible instrument of torture, and he brought it down upon the bare back of the Son of God again and again and again, in a form of torture that often killed the victim. Our Lord’s back was laid into strips of bleeding flesh. Then He’s driven out and staggers under His cross, and they constript this man, Simon of Cyrene, and he carries the cross to the place of execution. Then there is the brutal treatment of stretching Him out upon the cross, pounding the nails into His hands and into His feet, lifting up the upright and sinking it into the hole, until His whole body comes down in a jarring searing, scorching spasm of pain. There He hangs, between earth and Heaven, and He mumbles not a word. Any of the words He speaks are words of grace, words of kindness. Then a strange thing happens at high noon: the heavens are shrouded in inky, dark blackness. Darkness was over the whole land from noon until three, as though God Himself said, “This scene is so horrific, I cannot look straight upon it.”

The Scriptures tell us that towards the ninth hour—three o’clock in the afternoon just at the time the local priest would be offering up the afternoon sacrifice—it says, “Jesus cried with a loud voice, ‘Elohi, elohi, lama sabachthani.’” “My God, My God, why have You abandoned Me?” In other words, “The crowds have cried for My blood. I was like a Lamb led to the shearers. I was dumb before My accusers. My disciples have forsaken Me, but My Father? You have upheld Me through all the years of My pilgrimage, and I could say, ‘I know that Your hear Me always.’ But now, My Father, all felt awareness of Your presence and Your support and Your nearness is gone. My Father, My God, why have You forsaken Me?” You know what the answer to that question is? Because the Scripture says He was being made a curse for us.

Isaiah the Prophet said, “The Lord has made to strike upon Him the iniquity of us all.” God, as it were, had stepped off His throne for a moment. He put on His special judge’s robes, and He said, “I and My Son are going into court, and I will sit as the universal, righteous Judge. My Son is going to come before Me laden with the sins of all of His people.” When the Father says, “My Son, I charge you guilty, deserving of the pangs of hell, for all those whom you voluntarily took as My deposit to You.” Remember? Jesus said, “All that the Father gives Me comes to Me.” “I gave them to you, My Son, and this is the pinnacle of your work for them, and if you are to release them and I am to say, ‘No punishment do to them,’ My Son, you must bare all the reality of forsakenness.” He was forsakened, because that’s the essence of hell. The last words every sinner will hear who is consigned to hell are these: “Depart from Me you that work iniquity.”

But thank God, that before He bowed His head and yielded up His Spirit, He gave out another cry. Personally, I believe that’s why He accepted the sour wine. He refused the drugged wine when they were about to crucify Him, because He wanted to be fully alert and fully alive to all the pains and agony of His suffering. Before His last cry, when He said, “I thirst,” they brought Him a sponge full of the sour wine, vinegar wine, that cheap stuff that the soldiers carried in a jug. He wet His lips, moistened His mouth and tongue enough, took one last big breath, and said with a loud voice: “Tetelestai!” It. Is. Finished. Not “I am finished,” but “it is finished.” What was finished? All the substitutionary, curse-bearing for you and for me.

Death and the curse were in that cup:
O Christ, ‘twas full for Thee;
But Thou has drained the last dark drop,
‘Tis empty now for me.
That bitter cup, love drank it up;
Now blessing’s draught for me
(Anne R. Cousin hymn)

This is how Christ made provision for our salvation: by His life of perfect obedience that God puts to our account, and by His substitutionary curse-bearing that God reckons on our behalf. So that God can be both just, and the justifier of the one who has faith in Jesus.

Very quickly, let’s sketch in a few more aspects of that provision of Christ. What He accomplished on the cross—gave up His spirit—was validated three days later. Romans 4:25 says, “He was raised again for our justification.” Having born the curse and carried it away, He is raised to validate that the price has been paid. On that cross, He defeated the powers of darkness. (Colossians 2; Hebrews 2; 1 John 3:8.) He could then set the captives free, because He conquered by His death.

Then He ascended to the right hand of the Father. His work on earth was done, but not His work of salvation. All those who come to true faith, they need to be kept in this light and kept through the door of death. How are they kept? Hebrews 7:25, “Wherefore, He is able to save to the uttermost all that come unto God by Him.” Why? “Seeing He ever lives to make intercession for them.” I am not just saved by the perfect life of Christ, by the substitutionary death of Christ. I am being saved by my interceding Christ at the right hand of the Father.

With all the remaining sin in us that could drag us down into shame, in a moment we’re kept by the same Saviour who will go on doing that work, until the Father says, “The hour has come, My Son. The last of Your elect and My elect are gathered in.” It’s time for the archangel to blow his trumpet. It’s time for the shout of victory. It’s time to go and gather all of that elect, that I might present to My Son His beautiful, His perfected bride called out of every kindred, tribe, tongue, and nation.” Made just on the basis of the work of Christ; made holy, conformed to the image of Christ by the indwelling Spirit. That is the work of Christ; that work that He obtained our salvation by.

What is saving faith? Saving faith is not just experiencing direct engagement with the Person of Christ. It involves appropriating and resting upon Christ’s provision for sinners, resting upon Christ’s work alone. Christ plus nothing equals: everything needed to make us right with God for time and for eternity. I hasten very quickly to just give you the other heads. I don’t have time to open them up.

3) Saving faith in relationship to the promises of Christ.

Thirdly, in saving faith we appropriate to ourselves the promises of Christ. What are the promises? They are wonderful promises. I already quoted one of them. John 6:37, “All that the Father gives me shall come to me. Him that comes to Me I will in no wise [I will never, never] cast them out. If any man thirst, let him come unto Me and drink.”

As the Scriptures says, “He that believes on Me, out of his belly shall flow rivers of living water.” “Come unto Me all ye that labor and are heavy-laden, and I will give you rest.” Saving faith takes hold of the promises of Christ like horns upon the altar. These are the means by which we are brought into that saving union. The promises that are yes and amen in Christ, those promises scattered throughout the Scriptures become, is it were, the very pathway on which we move in faith towards the embrace of the Saviour.

4) Saving faith in relationship to submit to the precepts of Christ.

Fourthly, I give you again the heading: in saving faith we gladly submit to the precepts and the government of Christ. This is critical. A lot of people say, “Trust Christ as your Saviour. They say nothing about, “Bow to Christ as your Lord. Embrace the Word of Christ as the rule of your life, so that in your personal life, in your family life, in your work life, in your social life, Christ’s Word governs you and leads you into paths of righteousness for His name’s sake.”

Listen to a couple of these texts. Again, the Matthew 11 text, “Come unto Me, all ye that labor and are heavy-laden, and I will give you rest.” What’s the next word? “Take.” Take what? “Take My yoke upon you, and learn from Me.” What is a yoke? It was either a bar across the shoulders of someone to carry jugs of water or other items, or to yoke two oxens together that they might pull in the same direction, plow the same furrow. Jesus said, “When you come to get that heavy, crushing burden taken off your back, take My yoke upon you. My yoke is easy, My burden is light, but it’s real! Anyone from whom I lift the burden of sin comes under My yoke to learn from Me. Learn what from Me? Everything I have to say throughout My Word so that our lives become regulated by the Scriptures.”

There are so many passages. Peter could say, “You were like sheep have gone astray, but you have now returned to the Shepherd and Bishop.” (1 Peter 2:25.) A bishop is an overseer. “You’ve returned to the Shepherd and the Overseer of your soul, to whom you are accountable in every facet of life.” “My sheep hear My voice; and I know them, and they follow Me. I give to them eternal life.” (John 10:27.)

He became the Author of eternal salvation to all that obey Him. “If we say that we know Him and keep not His commandments we lie and we do not the truth.” “He that says he abides in Him ought to walk even as He walked.” (1 John 2:4, 6.) Scripture after Scriptures shows that where there is true, saving faith, we gladly submit to the precepts and the government of Christ.

I love Psalm 2, where God says that the nations gather and all the big-shots, and they conspire how they’re going to cast off the yoke of Christ, how they’re going to break the chains of His law and His government. The Scripture says, “He that sits in the heavens will laugh.” (Psalm 2:4.) There are only several places in Scripture where it talks about God’s laughter. It’s always the laugh that I would have if a little cockroach somehow crawled up on the platform and all of a sudden the little cockroach could talk, and he reared back on his hind legs, shook his fists, and said, “Preacher, I don’t like what you’re saying. I want you to shut up or I’m going to take you on!” I could say, “Ha ha ha! You, Mr. Cockroach? No contest. Size 12.” You would hear the cracking of the cockroaches’ back. I could laugh, and that’s the picture. He that sits in the heavens sees puny little men. “We’re going to do our own thing. We’re going to have our own sexual identity. Phooey with all these notions of distinct masculinity/femininity. We’ll choose whatever path our erotic pleasures take us! Who cares about God?! The God who made the male and female. Who cares about the sanctity of marriage? Who cares about the sanctity of sex?” God cares, and when He sees puny little men He laughs.

In the face of such a God who exalts His Son and sits Him at His right hand, God says, “Kiss this Son. I’ve committed all government to Him. He holds the scepter of the universe in His hand. Kiss Him with the kiss of submission. Kiss the Son, lest He be angry and you perish in the way.”

Well, I’ve stumbled through the last couple of heads, but I hope there’s been some gleanings that will help you to think biblically. “What does it mean if I truly believe in Christ?” I’m not saying you must have come to faith with concepts framed in my words. That would be downright stupid, as well as irresponsible. But I hope sitting here—if you are a true believer—that you’ve said, “Oh, that’s right. What happened? I found myself approaching Jesus. I found in Jesus the answer to the sin question, to the question of why am I here? What is my life all about? Yes, I trust only in His perfect life, and in the death that He died for a sinner like me. I’m only trusting in this Christ. Yes, I find comfort in the promises that is having come to Him, He’ll never cast me out. I love His yoke. I’ve found it’s easy and His burden is light.” You see, if those issues are part of your spiritual experience, you are a true believer! You are believing with the faith of God’s elect!

But, if you’ve been sitting here saying, “I don’t have a clue what that guy’s talking about. He’s talking about Christ’s perfect life and Christ’s perfect death. Those things never entered my mind, and this idea of submitting my life to Christ so that in every area of life I’d want to know His will, and I’d want to please Him. I don’t have a clue what that is.” My friend, if that’s you, you’re an unbeliever and the wrath of God is hanging upon your head. I’m here to tell you that here, in this place today, if you will turn from that life of self-determination—defining right and wrong by your own standards, living to please yourself, living unto yourself as Paul describes it in 2 Corinthians 5:14—here and now, if you turn from that life and cast yourself without reservation upon the Lord Jesus Christ, believe into Christ, believe upon the Lord Jesus Christ, and you shall be saved! God grant that some of your will run to Jesus.

I want to close with one analogy that has blessed me through the years. In the healing ministry of our Lord, word was getting out that He cleansed lepers, He healed blind people, opened the ears of the deaf. On one occasion He was coming into a town, and apparently there was this blind man, a man who couldn’t see what was going on but had good ears. Unlike me, he didn’t have to stick an apparatus to hear. He heard some commotion, and perhaps he nudged someone near him.

“What’s going on?”
“Jesus from Nazareth, up in Galilee, He’s coming into our town.”
“Jesus? You mean the One who opens deaf ears, opens blind eyes?”
“Yes. He’s coming.”

He listens, and he hears the footsteps getting closer and closer and closer, until as a blind man, who cultivates his other senses more highly than those of us who are sighted, he knows Jesus must be just opposite him. So, he cries out, “Son of David, have mercy on me!” And the people around him say, “Shut up. He’s got no time for you. Just be quiet.” The Bible says he cried the louder, “Son of David, have mercy on me!!” Then it says the most beautiful words, “And Jesus stood still.”

You want to freeze the Lord Jesus in His tracks? Start crying out like a blind beggar, “Son of David, have mercy!” Jesus will stop whatever else He is doing, and come to you in saving grace and power, open your blinded eyes, unstop your deafened ears, quicken you from the dead, and make you a new creature in Himself.

O, my preacher brethren sitting here, what a gospel we have to preach! What a free, unfettered proclamation, that we can say to any and every sinner, “Christ is yours if you would only have Him. God grant you’ll have Him this day!” Let’s pray.

Holy Father, how we thank You for such a Saviour and such a salvation. We thank You in many ways for the pure simplicity of saving faith: we, sinners, getting in touch with a willing and an able Saviour. We pray that You would bless the proclamation of Your Word, that it may result in some passing from death unto life. That some will be confirmed and strengthened that they do indeed believe with that faith that You have given by the Spirit. For some who have been lingering, Lord, may they see the folly of waiting any longer. May they this day cry out to the Lord Jesus, Son of David, “Have mercy upon me!” Hear us, we plead. In Jesus’ name. Amen.

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Conferencia Pastoral 2015 | Reseña biográfica de John Owen

Reseña biográfica de John Owen

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John Owen (1616-1683): una breve introducción a su vida

Agradezco la oportunidad de servirles a ustedes con esta exposición, aunque sé que otras personas podrían hacer algo parecido mejor que yo. Pero confío en el Señor para que lo que he preparado sea para edificación y útil para cualquier persona que desea profundizar más en un estudio de la vida y escritos de John Owen.

Preparar un breve estudio sobre este hombre no es fácil, no por la escasez de materiales, sino por la abundancia. Me siento como un carpintero que tiene que construir una sola casa pequeña y en un espacio reducido. Quiere tener una buena casa. No necesito de nada, porque hay materiales buenos y suficientes para hacer un palacio. El problema es, ¿qué clase de casa quiero construir? No hay planos, solamente una abundancia de materiales. Pero si sigo así, no habrá ni una choza en la que habitar.

Creo que todos saben que los materiales originales se encuentran en lengua inglesa, el lenguaje de Owen (aunque él dominó y usó el latín también). Pero, Owen tiene sus alumnos en latino-América y en España y en otros lugares que hablan español. Muchos de ellos han preparado estudios y han hecho traducciones de los escritos de Owen para ayudar a aquellos que no manejan bien el inglés, y especialmente el vocabulario y estilo literario de este gran puritano.

Para las partes biográficas de este estudio he utilizado la biografía de Andrew Thomson que aparece al principio de la edición de las obras de Owen, publicadas (en inglés) por Johnstone y Hunter, primeramente en 1850-1853, y reimpreso por Banner of Truth Trust en 1965. Hay como 92 páginas de biografía mas un apéndice en torno a10 páginas, con unas cartas de Owen y una lista de sus escritos con el año de su publicación. El Sr. Thomson confiesa su deuda al libro del Sr. William Orme, Memoirs of the Life, Writings and Religious Connexions of John Owen, D.D. (Ese libro está disponible de varias formas. Logré bajarlo en PDF. Hay 548 páginas en la copia que tengo. He podido cotejar algunas partes de esa obra.)

Hace más que 330 años desde que murió John Owen, pero muchos encontramos sus escritos instructivos y edificantes, de tal manera que hay una página en internet dedicada a ese hombre de Dios (www.johnowen.org), y varias páginas en Facebook que contienen citas y miran a varios aspectos de su vida.

Owen nació en Inglaterra en el año 1616 y murió el 24 de agosto de 1683, a la edad de 67 años (más o menos).

Durante esos años en Inglaterra había mucha turbulencia eclesiástica y política. Durante varios años hubo “puritanos” en la Iglesia Anglicana, pero el rey James I, que autorizó la traducción de la Biblia inglesa que lleva su nombre, así como su hijo Charles I, buscaron la forma para “limpiar” la Iglesia Anglicana de todos ellos. A la larga hubo un conflicto interno en Inglaterra entre el parlamento y el rey. En medio de ese contexto, el rey perdió su vida. Desde 1649 hasta 1660 no hubo rey, sino un “Commonwealth”, una comunidad, una república, con un pacto, y con un “señor protector” que en ese caso fue Oliver Cromwell.

Después de la muerte de Cromwell, el hijo de Charles I, Charles II, fue coronado rey. Charles II llevó a cabo una persecución de todos los que no quisieron aceptar a la Iglesia Anglicana tal y como el rey decía. En el año 1662, 2.000 ministros fueron expulsados de sus iglesias, perdiendo sus posiciones y sueldos, y sometidos a tremendas restricciones para que no predicaran más. En ese tiempo, John Bunyan fue encarcelado durante 12 años porque no quiso aceptar las restricciones.

Aunque hubo un poco de alivio, la persecución continuó hasta 1688 cuando tuvo lugar una revolución y el nuevo rey estableció una medida de tolerancia en asuntos de la religión y la conciencia.

John Owen vivió en el medio de todo, pero murió antes de la revolución.

Primeros años y educación (1616-1636)

El padre de Owen fue educado en Oxford y trabajó como ministro en la iglesia anglicana, pero no como un ministro conformista, sino como un hombre que buscaba la purificación de la iglesia, o sea, un puritano.

Como niño, recibió tutoría de Edward Sylvester, un hombre erudito que enseñaba griego y latín. A los 12 años de edad Owen estaba preparado para comenzar sus estudios universitarios y fue aceptado como alumno en Queen’s College, Oxford en 1628. Cuatro años después, terminó su bachillerato (1632) y comenzó su maestría que terminó en 1633. En ese año comenzó sus estudios en “divinidad”, o sea en teología, Biblia, historia, etc.

Antes de seguir con la vida de Owen, quisiera mencionar que desarrolló la costumbre de dormir solamente 4 horas por noche, cosa que contribuyó a deteriorar su salud. Sin embargo, no dedicó todo su tiempo a sus estudios. Parece que fue un buen y fuerte atleta, porque participó en competiciones de salto, lanzamiento de jabalina y en hacer sonar campanas. Además de las diversiones físicas, Owen aprendió a tocar la flauta, teniendo como profesor a un hombre que muchas veces fue llamado para educar al rey.

Owen dejó esos estudios en 1636, debido a la presión que había para conformarse a las ideas del rey y del arzobispo Laud, quien persiguió a los no conformistas. Owen vio que no había futuro en Oxford para cualquiera que no fuera arminiano y por tanto no quiso conformarse a las reglas del arzobispo.

Esa decisión demuestra que Owen ya tenía unas convicciones arraigadas en su mente, aunque aparente tenía muchas dudas y luchas espirituales, según su propio testimonio. Todavía no tenía una paz interna firme y estable. Sin embargo, estaba seguro de no volver a los errores de los anglicanos.

Especialmente en el asunto de la adoración, Owen estaba convencido de lo que llamaríamos el “principio regulativo”. Ningún hombre puede decir como Dios debe ser adorado, solamente Dios mismo. Solamente Jesucristo es Cabeza de la iglesia, y solamente lo que Dios ordena es lo que podemos hacer en su adoración. Los anglicanos habían establecido muchas prácticas sin ninguna autorización de la Biblia, cosas no aprobadas por Dios y no aceptables delante de Él. En eso Owen estaba totalmente de acuerdo con el distintivo notable de los puritanos. Ese principio forma una parte obvia de las confesiones inglesas de ese tiempo, la confesión de Westminster, la Confesión de Savoy (que fue preparada por Owen y otros hombres como él) y la Confesión Bautista de 1689.

Entonces, Owen dejó Oxford y no volvió hasta que, en la providencia de Dios, regresó como decano y rector en uno de los colegios. Pero, mientras tanto, perdió toda esperanza para obtener beneficios, y perdió la buena voluntad de aquellos que apoyaban al rey y al partido del arzobispo Laud, incluyendo la ayuda económica de un tío.

Después de dejar Oxford hasta ser pastor (1636-1642)

Owen trabajó como capellán y tutor con la familia Dormer, “Lord” Robert Dormer y su hijo mayor, señor Phillip Dormer.

Luego, trabajó con “Lord” Lovelace hasta la guerra civil. Lovelace apoyó al rey y a Owen al parlamento, y obviamente no pudo seguir trabajando para ese hombre.

En 1641 Owen se mudó a Londres y vivió en un sitio llamado “Charter House”, un lugar para hombres de alta cuna pero en situación de pobreza. Durante ese tiempo en aquel lugar, dos (2) cosas importantes sucedieron:

1. Owen fue con un primo para oír a Edmund Calamy, un predicador presbiteriano de buena fama. Cuando llegaron al lugar, descubrieron que Calamy no había podido llegar. El primo quiso salir y buscar otro lugar, pero Owen no quiso seguir caminando y esperó para ver qué ocurría. Un predicador del campo ocupó el púlpito y después de una oración ferviente, leyó Mateo 8:26 y tomó como su texto las palabras, ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?

En seguida Owen pensó que esa palabra era para él y oró al Señor para que bendijera esa palabra en su corazón, y Dios oyó su oración y Owen recibió una paz profunda, estable y firme. A partir de ahí entró en una nueva etapa en su vida.

Owen nunca supo el nombre de ese predicador, aunque hizo esfuerzos para descubrirlo. Pero, aunque no sabemos los nombres de muchos siervos y criados que Dios ha usado, sí que sabemos que Él ha querido glorificar su propio Nombre haciendo las cosas así, para que ningún hombre se gloríe.

2. También publicó un libro titulado, A Display of Arminianism (Una exposición del armianismo). El libro fue dedicado a los señores y caballeros del Comité para la Religión y ese comité autorizó la publicación. La fecha de la publicación fue 1642.

Como resultado, Owen fue llevado a trabajar como pastor.

Pastor presbiteriano en Fordham (1642-1646)

Pronto, después de comenzar sus labores en Fordham, en una iglesia relacionada con los presbiterianos, se casó con una señora llamada Mary Rooke. Thomson resume el matrimonio de ellos así: Casi toda la información, tomada de biografías anteriores, que ha llegado hasta nosotros sobre esa unión es esta: esa señora le dio once hijos y todos murieron en su niñez excepto una hija. Esa hija se casó con un caballero de Gales, pero la unión fue muy infeliz, y ella volvió a la casa de su padre y allí murió de tuberculosis. Dice Orme, que no sabemos casi nada sobre la esposa de Owen, aunque unas declaraciones halladas acá y allá indican que era una mujer de buen carácter cristiano.

Parece que Owen estaba muy feliz en Fordham, sirviendo al Señor. Preparó catecismos para niños y adultos, y promovió el uso de ellos. Creemos que hizo eso con mucho gusto y de buena voluntad, aunque parece que el gobierno también exigía eso.

En el año 1643 (según Orme) escribió y publicó The Duties of Pastors and People Distinguished (Los distintos deberes de los pastores y del pueblo). En ese libro, entre muchas otras cosas, Owen mostró el peligro de algunos pastores que toman demasiado poder y también del pueblo que puede tomar demasiado poder.

Aunque trabajaba en una iglesia no muy conocida, por sus publicaciones, su nombre fue conocido y adquirió como resultado una reputación sólida, de tal manera que fue invitado a predicar ante la Cámara de los Comunes en el Parlamento de Inglaterra, el día 29 de abril de 1646 (hace como 369 años), en la ocasión de su ayuno mensual. Predicó sobre Hechos 16:9, y de la súplica del hombre de Macedonia que Pablo vio en una visión en la que ese hombre pedía ayuda. Owen señaló que había lugares de Inglaterra, y de Gales, que necesitaban el evangelio. El sermón fue dirigido a ese Parlamento que se estaba reuniendo durante años para dirigir al país y permitía al rey seguir con sus abusos.

Sus trabajos en la iglesia de Coggeshall y con el ejército (1646-1650)

Durante el tiempo en Fordham, Owen consideró más profundamente el asunto del gobierno de la iglesia y a la larga llegó a creer en el formato de iglesias independientes con un gobierno congregacional, pero no como muchos congregacionalistas e iglesias independientes. Por esto, muchos bautistas han estimado a Owen hasta hoy.

En el año 1646, sin que hubiera ningún problema con Owen, sino debido a la forma en la que los pastores eran puestos en las iglesias, otro pastor fue enviado a Fordham. Después, una congregación de 2000 personas, tan pronto como supieron lo que había pasado, invitaron a Owen con urgencia para que fuera su ministro. Un oficial de Inglaterra de Warwick, le confirmó en esa posición. En Coggeshall, Owen pudo seguir manteniendo sus convicciones sobre el gobierno congregacional.

Owen también abogó para que el Estado no exigiera imponer por la fuerza que las Iglesias estuvieran conformes con su política religiosa, ni que se ejecutasen a los herejes con la espada. La herejía es un cáncer espiritual y debe ser confrontado por medios espirituales. La decapitación no es un remedio apropiado para la herejía, escribió.

En 1647 publicó Eshcol, Reglas para la comunión de las iglesias. También en ese año publicó The Death of Death in the Death of Christ (La muerte de la muerte en la muerte de Cristo).

En 1648 fue colocado como capellán con los ejércitos del Parlamento, obligado por Cromwell. Predicó una vez más en la Cámara de Comunes, y acompañó a Cromwell a Irlanda.

En enero de 1649, el Parlamento condenó al rey Charles a muerte por traición y el día después de la decapitación, el Parlamento ordenó que Owen predicara ante el Parlamento. Predicó de Jeremías 15:19-20, sobre el tema: El celo justo animado por la protección divina. Owen ha sido criticado mucho, especialmente por su silencio, casi total, sobre lo que había pasado. Muchos le llamaron cobarde. La situación fue difícil, porque muchos creyeron que el Parlamento pecó, y muchos otros creyeron que hizo bien.

En 1649-50 publicó Of the Death of Christ (De la muerte de Cristo). Fue nombrado como predicador en el concilio del Estado. Hizo dos viajes a Escocia como capellán con Cromwell.

Su tiempo en Oxford (1651-1659)

Cromwell logró que Owen fuera colocado como decano de “Christ Church” una parte integral de la Universidad de Oxford. También fue hecho rector de la universidad bajo Cromwell. Owen asumía todo con gran responsabilidad.

Predicaba una semana sí y la otra no, compartiendo esa responsabilidad con Thomas Goodwin, otro conocido puritano.

Produjo varios libros durante los años que pasó allí y administró bien la universidad, teniendo muchos asociados y estudiantes de renombre.

Durante este tiempo también le fue dado el oficio de “trier” (probador) junto con otros 40 ministros, para eliminar a pastores que no tenían los requisitos que un pastor necesita cumplir. Parece que procedieron con todo el amor y respeto posible pero siempre hallaron a hombres que no debieron haber sido nombrados como pastores. Owen creía en la libertad de conciencia y en la tolerancia. Generalmente se opuso a los castigos de personas que tuviesen diferencias, siempre y cuando no presentasen una amenaza para la paz de la nación.

Pero, llegó el tiempo cuando hubo un desacuerdo con aquellos que quisieron coronar a Cromwell como rey. Por ese desacuerdo, Owen renunció su oficio de rector, pero lo hizo como un verdadero hombre de Dios. Eso fue en 1656. Owen siguió predicando en la iglesia de la universidad, junto con Goodwin, hasta 1659.

En 1658, junto con otros independientes, no conformistas, Owen tuvo una parte principal en la producción de una confesión de fe llamado la Confesión de Savoy. Básicamente copiaron la confesión de Westminster, añadiendo un capítulo sobre el evangelio (capítulo 20) y cambiando algunas cosas acá y allá que reflejaron sus distintivos, especialmente en asuntos de eclesiología. (Luego, en 1677, los bautistas produjeron lo que llamamos la confesión de 1689 y usaron la confesión de Savoy para hacer lo mismo. La copiaron, cambiando algunas cosas que reflejaban sus distintivos, especialmente en asuntos de eclesiología.)

Stadhampton (1660-1662)

Después de Oxford, Owen se mudó a Stadhampton y predicó allí hasta que tuvo que abandonar el lugar, debido al hecho de que en 1660, Charles II, hijo del rey decapitado en 1649, comenzó a reinar, y poco a poco hizo la vida imposible para todos los que no eran anglicanos, mientras que él mismo quiso traer el catolicismo romano a Inglaterra de nuevo.

En el año 1662, 2000 ministros, que no aceptaron conformarse a la Iglesia Anglicana, tuvieron que abandonar sus iglesias, sus sueldos, todo. Antes de eso Owen ya no podía seguir como ministro y se mudó a Stoke Newington, una zona de Londres.

Stoke Newington (1663-1672)

La persecución a los no anglicanos continuó.

En medio de esa persecución, en el año 1665, Dios mandó una plaga horrible a Londres que exterminó a un 20 a 25 por ciento de la población. En tales circunstancias el rey, el parlamento y los clérigos que persiguieron a los no conformistas, huyeron de la ciudad, pero los pastores expusieron sus vidas para ministrar. Viendo ese amor entre los pastores y el pueblo, tanto el rey como el parlamento hicieron una ley que no permitía a ningún pastor estar más cerca de 5 millas (8 kms) a de zonas en las que habían servido antes. El sufrimiento de muchos fue agudo, y aun Owen, que tenía amigos poderosos, estuvo en peligro en varias ocasiones.

El año siguiente, hubo un incendio que destruyó gran parte de Londres durante 3 días, y los pastores, incluyendo a Owen, volvieron a ayudar. Durante un tiempo el gobierno no hizo nada en contra de los pastores porque todos estaban sufriendo como resultado de ese incendio. Había mucha oposición, pero era cada vez más evidente que la política de la persecución no estaba funcionando.

Owen escribió folletos abogando por la libertad (aunque ni su nombre ni el nombre del publicador aparecieron en ellos). Owen también escribió a los líderes de Nueva Inglaterra exhortando a las iglesias independientes a que dejaran de castigar a los bautistas, cuáqueros y otros por su falta de conformismo.

Finalmente en 1671, Charles II emitió una indulgencia, sin la aprobación del parlamento, permitiendo ciertas libertades a los católicos romanos y a algunas iglesias no conformistas. Probablemente lo hizo por amor a los católicos.

Bunyan, por quien Owen abogó mucho, fue liberado de la prisión en 1672.

Hasta el fin (1673-1683)

En 1673 la iglesia de Owen se unió con la iglesia donde Joseph Caryl había servido hasta su muerte. Ministró en la iglesia y escribió más libros. En 1675 su esposa murió.

En 1676, 18 meses después de la muerte de su esposa, Owen se casó con una viuda hacendada. Owen también había heredado unas propiedades y pudo vivir sin preocupaciones económicas.

Owen siguió predicando y escribiendo, pero su salud iba fallando. David Clarkson le ayudó en el ministerio, y otros le sirvieron como amanuenses para que pudiera seguir produciendo libros de valor que todavía hoy nos sirven, incluyendo uno sobre la justificación, otro sobre la persona de Cristo y otro sobre el deber de pensar espiritualmente. Finalmente escribió uno sobre la gloria de Cristo, que fue publicado después de su muerte.

Owen murió el 24 de agosto de 1683, el día de San Bartolomé. En ese mismo día en 1662, los 2000 ministros habían sido expulsados de sus púlpitos. Y también en ese día del año 1572, comenzaron a masacrar a los hugonotes en Francia.

Owen fue sepultado en Bunhill Fields, el famoso cementerio de los puritanos.

El valor de los escritos, y del ministerio continuo, de John Owen

Hay muchas áreas en las cuales podemos sacar provecho de Owen así como de los libros y comentarios que ha escrito.

Por lo tanto, me limito a mi experiencia, y esa experiencia es muy limitada en comparación con muchos otros ministros. No he leído ni la mitad de lo que Owen escribió, aunque tenga sus obras en mi biblioteca.

Pero, mucho antes de adquirir sus obras, Owen tuvo una parte formativa en mi persona y, por lo tanto, en todo mi ministerio, porque el Señor usó el libro sobre la necesidad de hacer morir el pecado (On the Mortification of Sin) (Sobre la mortificación del pecado) para infundir en mí esa verdad. Compré un libro usado por $2 de un pobre estudiante en Lexington, KY. El título del libro es “Temptation and Sin”. Fue publicado por Jay Green en 1958. (Banner of Truth fue fundado en 1957.) Lo que está ahí escrito tocó mi alma. En ese libro también se encuentra lo que Owen escribió sobre la tentación (Of Temptation) y sobre el pecado que sigue habitando en nuestro ser (Indwelling Sin). Esos son los escritos que recomendamos a cualquier cristiano, y se encuentran en el tomo 6 de la edición de BOT, junto con la exposición del Salmo 130.

Después de comprar el juego de 16 tomos publicado por Banner, leí su exposición del Salmo 130. El Señor hizo que el v4 actuase en mí con poder mediante los comentarios de Owen. Ese versículo dice: Pero en ti hay perdón, para que seas temido. (LBA)

En toda esa lectura de las diferentes partes del tomo 6, he aprendido lecciones valiosas sobre la seguridad personal de la salvación que una persona debe y puede tener.

Como un punto más debo decir, que hay algo importante que veo en lo que Owen escribió y es su uso de la Biblia. No cabe duda de que la Biblia dominó su pensar y su escribir. Muestra un gran conocimiento de las Sagradas Escrituras. Eso debe ser ejemplo para todos nosotros.

Como otro punto, en cuanto a lo que he leído de Owen, observo que tiene un libro favorito que es Oseas. He visto muchas referencias a ese libro, tantas referencias que he tenido la tentación de buscar todas ellas y recopilarlas en orden, porque pienso que podríamos hacer un comentario valioso sobre las partes que toca. Creo que hay un índice de muchas de ellas en el último tomo de sus obras, pero los peritos en la tecnología moderna probablemente podrían producir una lista de casi todo y aun copiar los comentarios.

Owen escribió sobre el Espíritu Santo exhaustivamente. Nadie antes había hecho eso.

Y su libro sobre comunión con Dios, en la Trinidad de su Ser (comunión con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo), es estimado por muchos.

He leído porciones de su comentario sobre Hebreos, especialmente el capítulo 4 y la parte que habla sobre el día de reposo en la introducción (¡una introducción de 1000 páginas!).

Me acuerdo de sus discursos sobre “la gloria de Cristo”. En alguna parte sus comentarios sobre Juan 1:14, me conmovieron a predicar sobre lo que él escribió.

Conocemos a Owen como autor y es así como recibimos provecho, pero era mucho más que un autor. Era un pastor, que sirvió, en diferentes tiempos como capellán, decano y rector de la Universidad de Oxford, y aun estuvo involucrado en asuntos de Estado.

Por ejemplo, Owen abogaba por la libertad de conciencia y estaba opuesto a que el Estado obligara a ser de una religión establecida. Cuando Owen supo que en las colonias de Massachusetts y Connecticut había persecución de personas que no eran de la iglesia establecida (como bautistas y cuáqueros), escribió una carta a los líderes de esas colonias suplicándoles que dejaran de hacer tales cosas.

Pero, repito, era un pastor, y por eso, hay mucho de lo que escribió que sirve para todo el pueblo de Dios.

Hacia el fin de su vida en un tiempo de enfermedad, no pudo volver a su congregación como esperaba y mandó una carta a la iglesia. Entre las cosas que les escribió podemos leer esto:

“…quisiera que, como no tienen ancianos que les gobiernen y dado que sus maestros no pueden andar públicamente con seguridad, que pongan a algunos de entre ustedes que, como sus ocasiones les permitan, puedan moverse entre ustedes de casa en casa, continuamente, y puedan dedicarse especialmente a atender a los débiles y tentados y temerosos—a los que están a punto de desanimarse o detenerse, y que los animéis en el Señor…Velad ahora, hermanos, de manera que, si es la voluntad de Dios, ni una sola alma se pierda de su cuidado. Que no descuiden ni hagan caso omiso de nadie; piensen en sus condiciones y atiendan a todas sus circunstancias.”

El Señor nos llama a ser pastores. ¡Que aprendamos esto de ese siervo de Dios!

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Conferencia Pastoral 2015 | Reseña biográfica de John Owen

Reseña biográfica de John Owen

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John Owen (1616-1683): una breve introducción a su vida

Agradezco la oportunidad de servirles a ustedes con esta exposición, aunque sé que otras personas podrían hacer algo parecido mejor que yo. Pero confío en el Señor para que lo que he preparado sea para edificación y útil para cualquier persona que desea profundizar más en un estudio de la vida y escritos de John Owen.

Preparar un breve estudio sobre este hombre no es fácil, no por la escasez de materiales, sino por la abundancia. Me siento como un carpintero que tiene que construir una sola casa pequeña y en un espacio reducido. Quiere tener una buena casa. No necesito de nada, porque hay materiales buenos y suficientes para hacer un palacio. El problema es, ¿qué clase de casa quiero construir? No hay planos, solamente una abundancia de materiales. Pero si sigo así, no habrá ni una choza en la que habitar.

Creo que todos saben que los materiales originales se encuentran en lengua inglesa, el lenguaje de Owen (aunque él dominó y usó el latín también). Pero, Owen tiene sus alumnos en latino-América y en España y en otros lugares que hablan español. Muchos de ellos han preparado estudios y han hecho traducciones de los escritos de Owen para ayudar a aquellos que no manejan bien el inglés, y especialmente el vocabulario y estilo literario de este gran puritano.

Para las partes biográficas de este estudio he utilizado la biografía de Andrew Thomson que aparece al principio de la edición de las obras de Owen, publicadas (en inglés) por Johnstone y Hunter, primeramente en 1850-1853, y reimpreso por Banner of Truth Trust en 1965. Hay como 92 páginas de biografía mas un apéndice en torno a10 páginas, con unas cartas de Owen y una lista de sus escritos con el año de su publicación. El Sr. Thomson confiesa su deuda al libro del Sr. William Orme, Memoirs of the Life, Writings and Religious Connexions of John Owen, D.D. (Ese libro está disponible de varias formas. Logré bajarlo en PDF. Hay 548 páginas en la copia que tengo. He podido cotejar algunas partes de esa obra.)

Hace más que 330 años desde que murió John Owen, pero muchos encontramos sus escritos instructivos y edificantes, de tal manera que hay una página en internet dedicada a ese hombre de Dios (www.johnowen.org), y varias páginas en Facebook que contienen citas y miran a varios aspectos de su vida.

Owen nació en Inglaterra en el año 1616 y murió el 24 de agosto de 1683, a la edad de 67 años (más o menos).

Durante esos años en Inglaterra había mucha turbulencia eclesiástica y política. Durante varios años hubo “puritanos” en la Iglesia Anglicana, pero el rey James I, que autorizó la traducción de la Biblia inglesa que lleva su nombre, así como su hijo Charles I, buscaron la forma para “limpiar” la Iglesia Anglicana de todos ellos. A la larga hubo un conflicto interno en Inglaterra entre el parlamento y el rey. En medio de ese contexto, el rey perdió su vida. Desde 1649 hasta 1660 no hubo rey, sino un “Commonwealth”, una comunidad, una república, con un pacto, y con un “señor protector” que en ese caso fue Oliver Cromwell.

Después de la muerte de Cromwell, el hijo de Charles I, Charles II, fue coronado rey. Charles II llevó a cabo una persecución de todos los que no quisieron aceptar a la Iglesia Anglicana tal y como el rey decía. En el año 1662, 2.000 ministros fueron expulsados de sus iglesias, perdiendo sus posiciones y sueldos, y sometidos a tremendas restricciones para que no predicaran más. En ese tiempo, John Bunyan fue encarcelado durante 12 años porque no quiso aceptar las restricciones.

Aunque hubo un poco de alivio, la persecución continuó hasta 1688 cuando tuvo lugar una revolución y el nuevo rey estableció una medida de tolerancia en asuntos de la religión y la conciencia.

John Owen vivió en el medio de todo, pero murió antes de la revolución.

Primeros años y educación (1616-1636)

El padre de Owen fue educado en Oxford y trabajó como ministro en la iglesia anglicana, pero no como un ministro conformista, sino como un hombre que buscaba la purificación de la iglesia, o sea, un puritano.

Como niño, recibió tutoría de Edward Sylvester, un hombre erudito que enseñaba griego y latín. A los 12 años de edad Owen estaba preparado para comenzar sus estudios universitarios y fue aceptado como alumno en Queen’s College, Oxford en 1628. Cuatro años después, terminó su bachillerato (1632) y comenzó su maestría que terminó en 1633. En ese año comenzó sus estudios en “divinidad”, o sea en teología, Biblia, historia, etc.

Antes de seguir con la vida de Owen, quisiera mencionar que desarrolló la costumbre de dormir solamente 4 horas por noche, cosa que contribuyó a deteriorar su salud. Sin embargo, no dedicó todo su tiempo a sus estudios. Parece que fue un buen y fuerte atleta, porque participó en competiciones de salto, lanzamiento de jabalina y en hacer sonar campanas. Además de las diversiones físicas, Owen aprendió a tocar la flauta, teniendo como profesor a un hombre que muchas veces fue llamado para educar al rey.

Owen dejó esos estudios en 1636, debido a la presión que había para conformarse a las ideas del rey y del arzobispo Laud, quien persiguió a los no conformistas. Owen vio que no había futuro en Oxford para cualquiera que no fuera arminiano y por tanto no quiso conformarse a las reglas del arzobispo.

Esa decisión demuestra que Owen ya tenía unas convicciones arraigadas en su mente, aunque aparente tenía muchas dudas y luchas espirituales, según su propio testimonio. Todavía no tenía una paz interna firme y estable. Sin embargo, estaba seguro de no volver a los errores de los anglicanos.

Especialmente en el asunto de la adoración, Owen estaba convencido de lo que llamaríamos el “principio regulativo”. Ningún hombre puede decir como Dios debe ser adorado, solamente Dios mismo. Solamente Jesucristo es Cabeza de la iglesia, y solamente lo que Dios ordena es lo que podemos hacer en su adoración. Los anglicanos habían establecido muchas prácticas sin ninguna autorización de la Biblia, cosas no aprobadas por Dios y no aceptables delante de Él. En eso Owen estaba totalmente de acuerdo con el distintivo notable de los puritanos. Ese principio forma una parte obvia de las confesiones inglesas de ese tiempo, la confesión de Westminster, la Confesión de Savoy (que fue preparada por Owen y otros hombres como él) y la Confesión Bautista de 1689.

Entonces, Owen dejó Oxford y no volvió hasta que, en la providencia de Dios, regresó como decano y rector en uno de los colegios. Pero, mientras tanto, perdió toda esperanza para obtener beneficios, y perdió la buena voluntad de aquellos que apoyaban al rey y al partido del arzobispo Laud, incluyendo la ayuda económica de un tío.

Después de dejar Oxford hasta ser pastor (1636-1642)

Owen trabajó como capellán y tutor con la familia Dormer, “Lord” Robert Dormer y su hijo mayor, señor Phillip Dormer.

Luego, trabajó con “Lord” Lovelace hasta la guerra civil. Lovelace apoyó al rey y a Owen al parlamento, y obviamente no pudo seguir trabajando para ese hombre.

En 1641 Owen se mudó a Londres y vivió en un sitio llamado “Charter House”, un lugar para hombres de alta cuna pero en situación de pobreza. Durante ese tiempo en aquel lugar, dos (2) cosas importantes sucedieron:

1. Owen fue con un primo para oír a Edmund Calamy, un predicador presbiteriano de buena fama. Cuando llegaron al lugar, descubrieron que Calamy no había podido llegar. El primo quiso salir y buscar otro lugar, pero Owen no quiso seguir caminando y esperó para ver qué ocurría. Un predicador del campo ocupó el púlpito y después de una oración ferviente, leyó Mateo 8:26 y tomó como su texto las palabras, ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?

En seguida Owen pensó que esa palabra era para él y oró al Señor para que bendijera esa palabra en su corazón, y Dios oyó su oración y Owen recibió una paz profunda, estable y firme. A partir de ahí entró en una nueva etapa en su vida.

Owen nunca supo el nombre de ese predicador, aunque hizo esfuerzos para descubrirlo. Pero, aunque no sabemos los nombres de muchos siervos y criados que Dios ha usado, sí que sabemos que Él ha querido glorificar su propio Nombre haciendo las cosas así, para que ningún hombre se gloríe.

2. También publicó un libro titulado, A Display of Arminianism (Una exposición del armianismo). El libro fue dedicado a los señores y caballeros del Comité para la Religión y ese comité autorizó la publicación. La fecha de la publicación fue 1642.

Como resultado, Owen fue llevado a trabajar como pastor.

Pastor presbiteriano en Fordham (1642-1646)

Pronto, después de comenzar sus labores en Fordham, en una iglesia relacionada con los presbiterianos, se casó con una señora llamada Mary Rooke. Thomson resume el matrimonio de ellos así: Casi toda la información, tomada de biografías anteriores, que ha llegado hasta nosotros sobre esa unión es esta: esa señora le dio once hijos y todos murieron en su niñez excepto una hija. Esa hija se casó con un caballero de Gales, pero la unión fue muy infeliz, y ella volvió a la casa de su padre y allí murió de tuberculosis. Dice Orme, que no sabemos casi nada sobre la esposa de Owen, aunque unas declaraciones halladas acá y allá indican que era una mujer de buen carácter cristiano.

Parece que Owen estaba muy feliz en Fordham, sirviendo al Señor. Preparó catecismos para niños y adultos, y promovió el uso de ellos. Creemos que hizo eso con mucho gusto y de buena voluntad, aunque parece que el gobierno también exigía eso.

En el año 1643 (según Orme) escribió y publicó The Duties of Pastors and People Distinguished (Los distintos deberes de los pastores y del pueblo). En ese libro, entre muchas otras cosas, Owen mostró el peligro de algunos pastores que toman demasiado poder y también del pueblo que puede tomar demasiado poder.

Aunque trabajaba en una iglesia no muy conocida, por sus publicaciones, su nombre fue conocido y adquirió como resultado una reputación sólida, de tal manera que fue invitado a predicar ante la Cámara de los Comunes en el Parlamento de Inglaterra, el día 29 de abril de 1646 (hace como 369 años), en la ocasión de su ayuno mensual. Predicó sobre Hechos 16:9, y de la súplica del hombre de Macedonia que Pablo vio en una visión en la que ese hombre pedía ayuda. Owen señaló que había lugares de Inglaterra, y de Gales, que necesitaban el evangelio. El sermón fue dirigido a ese Parlamento que se estaba reuniendo durante años para dirigir al país y permitía al rey seguir con sus abusos.

Sus trabajos en la iglesia de Coggeshall y con el ejército (1646-1650)

Durante el tiempo en Fordham, Owen consideró más profundamente el asunto del gobierno de la iglesia y a la larga llegó a creer en el formato de iglesias independientes con un gobierno congregacional, pero no como muchos congregacionalistas e iglesias independientes. Por esto, muchos bautistas han estimado a Owen hasta hoy.

En el año 1646, sin que hubiera ningún problema con Owen, sino debido a la forma en la que los pastores eran puestos en las iglesias, otro pastor fue enviado a Fordham. Después, una congregación de 2000 personas, tan pronto como supieron lo que había pasado, invitaron a Owen con urgencia para que fuera su ministro. Un oficial de Inglaterra de Warwick, le confirmó en esa posición. En Coggeshall, Owen pudo seguir manteniendo sus convicciones sobre el gobierno congregacional.

Owen también abogó para que el Estado no exigiera imponer por la fuerza que las Iglesias estuvieran conformes con su política religiosa, ni que se ejecutasen a los herejes con la espada. La herejía es un cáncer espiritual y debe ser confrontado por medios espirituales. La decapitación no es un remedio apropiado para la herejía, escribió.

En 1647 publicó Eshcol, Reglas para la comunión de las iglesias. También en ese año publicó The Death of Death in the Death of Christ (La muerte de la muerte en la muerte de Cristo).

En 1648 fue colocado como capellán con los ejércitos del Parlamento, obligado por Cromwell. Predicó una vez más en la Cámara de Comunes, y acompañó a Cromwell a Irlanda.

En enero de 1649, el Parlamento condenó al rey Charles a muerte por traición y el día después de la decapitación, el Parlamento ordenó que Owen predicara ante el Parlamento. Predicó de Jeremías 15:19-20, sobre el tema: El celo justo animado por la protección divina. Owen ha sido criticado mucho, especialmente por su silencio, casi total, sobre lo que había pasado. Muchos le llamaron cobarde. La situación fue difícil, porque muchos creyeron que el Parlamento pecó, y muchos otros creyeron que hizo bien.

En 1649-50 publicó Of the Death of Christ (De la muerte de Cristo). Fue nombrado como predicador en el concilio del Estado. Hizo dos viajes a Escocia como capellán con Cromwell.

Su tiempo en Oxford (1651-1659)

Cromwell logró que Owen fuera colocado como decano de “Christ Church” una parte integral de la Universidad de Oxford. También fue hecho rector de la universidad bajo Cromwell. Owen asumía todo con gran responsabilidad.

Predicaba una semana sí y la otra no, compartiendo esa responsabilidad con Thomas Goodwin, otro conocido puritano.

Produjo varios libros durante los años que pasó allí y administró bien la universidad, teniendo muchos asociados y estudiantes de renombre.

Durante este tiempo también le fue dado el oficio de “trier” (probador) junto con otros 40 ministros, para eliminar a pastores que no tenían los requisitos que un pastor necesita cumplir. Parece que procedieron con todo el amor y respeto posible pero siempre hallaron a hombres que no debieron haber sido nombrados como pastores. Owen creía en la libertad de conciencia y en la tolerancia. Generalmente se opuso a los castigos de personas que tuviesen diferencias, siempre y cuando no presentasen una amenaza para la paz de la nación.

Pero, llegó el tiempo cuando hubo un desacuerdo con aquellos que quisieron coronar a Cromwell como rey. Por ese desacuerdo, Owen renunció su oficio de rector, pero lo hizo como un verdadero hombre de Dios. Eso fue en 1656. Owen siguió predicando en la iglesia de la universidad, junto con Goodwin, hasta 1659.

En 1658, junto con otros independientes, no conformistas, Owen tuvo una parte principal en la producción de una confesión de fe llamado la Confesión de Savoy. Básicamente copiaron la confesión de Westminster, añadiendo un capítulo sobre el evangelio (capítulo 20) y cambiando algunas cosas acá y allá que reflejaron sus distintivos, especialmente en asuntos de eclesiología. (Luego, en 1677, los bautistas produjeron lo que llamamos la confesión de 1689 y usaron la confesión de Savoy para hacer lo mismo. La copiaron, cambiando algunas cosas que reflejaban sus distintivos, especialmente en asuntos de eclesiología.)

Stadhampton (1660-1662)

Después de Oxford, Owen se mudó a Stadhampton y predicó allí hasta que tuvo que abandonar el lugar, debido al hecho de que en 1660, Charles II, hijo del rey decapitado en 1649, comenzó a reinar, y poco a poco hizo la vida imposible para todos los que no eran anglicanos, mientras que él mismo quiso traer el catolicismo romano a Inglaterra de nuevo.

En el año 1662, 2000 ministros, que no aceptaron conformarse a la Iglesia Anglicana, tuvieron que abandonar sus iglesias, sus sueldos, todo. Antes de eso Owen ya no podía seguir como ministro y se mudó a Stoke Newington, una zona de Londres.

Stoke Newington (1663-1672)

La persecución a los no anglicanos continuó.

En medio de esa persecución, en el año 1665, Dios mandó una plaga horrible a Londres que exterminó a un 20 a 25 por ciento de la población. En tales circunstancias el rey, el parlamento y los clérigos que persiguieron a los no conformistas, huyeron de la ciudad, pero los pastores expusieron sus vidas para ministrar. Viendo ese amor entre los pastores y el pueblo, tanto el rey como el parlamento hicieron una ley que no permitía a ningún pastor estar más cerca de 5 millas (8 kms) a de zonas en las que habían servido antes. El sufrimiento de muchos fue agudo, y aun Owen, que tenía amigos poderosos, estuvo en peligro en varias ocasiones.

El año siguiente, hubo un incendio que destruyó gran parte de Londres durante 3 días, y los pastores, incluyendo a Owen, volvieron a ayudar. Durante un tiempo el gobierno no hizo nada en contra de los pastores porque todos estaban sufriendo como resultado de ese incendio. Había mucha oposición, pero era cada vez más evidente que la política de la persecución no estaba funcionando.

Owen escribió folletos abogando por la libertad (aunque ni su nombre ni el nombre del publicador aparecieron en ellos). Owen también escribió a los líderes de Nueva Inglaterra exhortando a las iglesias independientes a que dejaran de castigar a los bautistas, cuáqueros y otros por su falta de conformismo.

Finalmente en 1671, Charles II emitió una indulgencia, sin la aprobación del parlamento, permitiendo ciertas libertades a los católicos romanos y a algunas iglesias no conformistas. Probablemente lo hizo por amor a los católicos.

Bunyan, por quien Owen abogó mucho, fue liberado de la prisión en 1672.

Hasta el fin (1673-1683)

En 1673 la iglesia de Owen se unió con la iglesia donde Joseph Caryl había servido hasta su muerte. Ministró en la iglesia y escribió más libros. En 1675 su esposa murió.

En 1676, 18 meses después de la muerte de su esposa, Owen se casó con una viuda hacendada. Owen también había heredado unas propiedades y pudo vivir sin preocupaciones económicas.

Owen siguió predicando y escribiendo, pero su salud iba fallando. David Clarkson le ayudó en el ministerio, y otros le sirvieron como amanuenses para que pudiera seguir produciendo libros de valor que todavía hoy nos sirven, incluyendo uno sobre la justificación, otro sobre la persona de Cristo y otro sobre el deber de pensar espiritualmente. Finalmente escribió uno sobre la gloria de Cristo, que fue publicado después de su muerte.

Owen murió el 24 de agosto de 1683, el día de San Bartolomé. En ese mismo día en 1662, los 2000 ministros habían sido expulsados de sus púlpitos. Y también en ese día del año 1572, comenzaron a masacrar a los hugonotes en Francia.

Owen fue sepultado en Bunhill Fields, el famoso cementerio de los puritanos.

El valor de los escritos, y del ministerio continuo, de John Owen

Hay muchas áreas en las cuales podemos sacar provecho de Owen así como de los libros y comentarios que ha escrito.

Por lo tanto, me limito a mi experiencia, y esa experiencia es muy limitada en comparación con muchos otros ministros. No he leído ni la mitad de lo que Owen escribió, aunque tenga sus obras en mi biblioteca.

Pero, mucho antes de adquirir sus obras, Owen tuvo una parte formativa en mi persona y, por lo tanto, en todo mi ministerio, porque el Señor usó el libro sobre la necesidad de hacer morir el pecado (On the Mortification of Sin) (Sobre la mortificación del pecado) para infundir en mí esa verdad. Compré un libro usado por $2 de un pobre estudiante en Lexington, KY. El título del libro es “Temptation and Sin”. Fue publicado por Jay Green en 1958. (Banner of Truth fue fundado en 1957.) Lo que está ahí escrito tocó mi alma. En ese libro también se encuentra lo que Owen escribió sobre la tentación (Of Temptation) y sobre el pecado que sigue habitando en nuestro ser (Indwelling Sin). Esos son los escritos que recomendamos a cualquier cristiano, y se encuentran en el tomo 6 de la edición de BOT, junto con la exposición del Salmo 130.

Después de comprar el juego de 16 tomos publicado por Banner, leí su exposición del Salmo 130. El Señor hizo que el v4 actuase en mí con poder mediante los comentarios de Owen. Ese versículo dice: Pero en ti hay perdón, para que seas temido. (LBA)

En toda esa lectura de las diferentes partes del tomo 6, he aprendido lecciones valiosas sobre la seguridad personal de la salvación que una persona debe y puede tener.

Como un punto más debo decir, que hay algo importante que veo en lo que Owen escribió y es su uso de la Biblia. No cabe duda de que la Biblia dominó su pensar y su escribir. Muestra un gran conocimiento de las Sagradas Escrituras. Eso debe ser ejemplo para todos nosotros.

Como otro punto, en cuanto a lo que he leído de Owen, observo que tiene un libro favorito que es Oseas. He visto muchas referencias a ese libro, tantas referencias que he tenido la tentación de buscar todas ellas y recopilarlas en orden, porque pienso que podríamos hacer un comentario valioso sobre las partes que toca. Creo que hay un índice de muchas de ellas en el último tomo de sus obras, pero los peritos en la tecnología moderna probablemente podrían producir una lista de casi todo y aun copiar los comentarios.

Owen escribió sobre el Espíritu Santo exhaustivamente. Nadie antes había hecho eso.

Y su libro sobre comunión con Dios, en la Trinidad de su Ser (comunión con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo), es estimado por muchos.

He leído porciones de su comentario sobre Hebreos, especialmente el capítulo 4 y la parte que habla sobre el día de reposo en la introducción (¡una introducción de 1000 páginas!).

Me acuerdo de sus discursos sobre “la gloria de Cristo”. En alguna parte sus comentarios sobre Juan 1:14, me conmovieron a predicar sobre lo que él escribió.

Conocemos a Owen como autor y es así como recibimos provecho, pero era mucho más que un autor. Era un pastor, que sirvió, en diferentes tiempos como capellán, decano y rector de la Universidad de Oxford, y aun estuvo involucrado en asuntos de Estado.

Por ejemplo, Owen abogaba por la libertad de conciencia y estaba opuesto a que el Estado obligara a ser de una religión establecida. Cuando Owen supo que en las colonias de Massachusetts y Connecticut había persecución de personas que no eran de la iglesia establecida (como bautistas y cuáqueros), escribió una carta a los líderes de esas colonias suplicándoles que dejaran de hacer tales cosas.

Pero, repito, era un pastor, y por eso, hay mucho de lo que escribió que sirve para todo el pueblo de Dios.

Hacia el fin de su vida en un tiempo de enfermedad, no pudo volver a su congregación como esperaba y mandó una carta a la iglesia. Entre las cosas que les escribió podemos leer esto:

“…quisiera que, como no tienen ancianos que les gobiernen y dado que sus maestros no pueden andar públicamente con seguridad, que pongan a algunos de entre ustedes que, como sus ocasiones les permitan, puedan moverse entre ustedes de casa en casa, continuamente, y puedan dedicarse especialmente a atender a los débiles y tentados y temerosos—a los que están a punto de desanimarse o detenerse, y que los animéis en el Señor…Velad ahora, hermanos, de manera que, si es la voluntad de Dios, ni una sola alma se pierda de su cuidado. Que no descuiden ni hagan caso omiso de nadie; piensen en sus condiciones y atiendan a todas sus circunstancias.”

El Señor nos llama a ser pastores. ¡Que aprendamos esto de ese siervo de Dios!

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Conferencia Pastoral 2015 | Advertencia de Cristo para la Iglesia de hoy

Advertencia de Cristo para la Iglesia de hoy

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Conferencia Pastoral 2015 | Mensaje de Cristo a la Iglesia

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Conferencia Pastoral 2015 | Los ángeles de las siete iglesias

Los ángeles de las siete iglesias

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Conferencia Pastoral 2014 | La consejería pastoral y el hombre como criatura caída II

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Conferencia Pastoral 2014 | La consejería pastoral y el hombre como criatura caída I

La consejería pastoral y el hombre como criatura caída I

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La consejería pastoral y el hombre como criatura caída I

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Biografía: Adoniram Judson: una reseña de su vida con algunas observaciones prácticas y pastorales

noble-vater033020151121Noble Vater

Introducción
Cuando nuestro Señor Jesucristo se reunió con sus discípulos en una de las ocasiones después de su resurrección y antes de su ascensión, les dio lo que llamamos la Gran Comisión en las palabras conocidas que encontramos en los últimos versículos del evangelio de Mateo:

Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

Sabemos que muchas veces las iglesias del Señor han sido lentas en llevar a cabo esta comisión. Pero el Señor de todo poder ha hecho cosas para empujar o dirigir sus iglesias hacia el cumplimiento de su misión. Hay naciones que una vez oyeron mucho del evangelio y hoy día oyen poco. Hay naciones que por diferentes motivos no tienen el evangelio porque odian el evangelio. Algunas naciones creen que cualquier persona que no acepta a Mahoma como profeta es digno de muerte; otros países tienen la actitud que cualquier persona que no cree en el ateísmo de su país o en la idolatría de su país que esa persona es enemigo del país. Ha habido y hay naciones que deben oír el evangelio.

Durante el siglo 18 el Señor envío un gran avivamiento a partes de Inglaterra y Escocia y a las colonias de los Estados Unidos. Parece que junto con eso y como consecuencia había un despertamiento entre las iglesias sobre el deber de llevar el evangelio a las naciones del mundo que estaban en las tinieblas de las falsas religiones. Hombres como William Carey de Inglaterra llevaron el evangelio a la India y por medio de sus informes, y de otros misioneros, Dios llamó a otros hombres a dedicar sus vidas a la difusión del evangelio del Señor Jesucristo.

Uno de esos hombres llamado así y enviado para predicar la palabra de Dios a los paganos se llama Adoniram Judson, un hombre protegido y preservado y capacitado por Dios para hacer una obra grande en la nación de Birmania (llamado Myanmar hoy día). Wikipedia dice: La Unión de Myanmar es un país del Sudeste asiático antiguamente conocido como Birmania. Limita al norte con China, al sur con el mar de Andamán, al este con Laos y Tailandia, y al oeste con la India, Bangladesh y el golfo de Bengala.

Antes de seguir, quisiera mencionar que hay algunos libros disponibles sobre la vida de Judson. El libro por su hijo Edward y varias biografías breves y estudios se pueden encontrar por medio del internet (véase algunas referencias al final). Casi todo el mundo reconoce que el libro básico para un estudio de la vida de Judson es lo que se llama “Memoir of the Life and Labours of the Rev. Adoniram Judson, D.D.” por Francis Wayland, publicado originalmente en 2 tomos (disponible en un tomo todavía, pero no sé si es completo). Como veremos, Judson, destruyó o mandó que fueran destruidas a casi todas sus cartas y documentos personales. Los informes oficiales a la Junta de Misiones no fueron destruidos y Wayland tenía acceso a ellos. También, la última esposa de Judson, trabajó de cerca con Wayland para ayudarle producir las memorias. El libro titulado “To the Golden Shore” por Courtney Andersen es un favorito mio y la fuente principal de esta reseña. He leído la biografía escrita por su hijo Edward (muy interesante e instructivo), y un libro por Sharon James sobre la vida de la primera esposa de Judson, Ann (Nancy) Hasseltine, “My Heart in His Hands”.

Vamos a mirar ahora algunos datos sobre su vida y labores.

Nacimiento y juventud
Nació en Malden, Massachusetts, 9 agosto 1788 (año de la ratificación de la constitución de los EEUU). Adoniram fue el primogénito de Adoniram Judson, Sr. y Abigail Brown Judson. Aunque Adoniram fue “Junior”, su nombre a la larga fue tan famoso que casi nadie añadía el nombre “Junior”. Su padre era pastor congregacionalista, sumamente calvinista y conservador en sus creencias. Como todo pastor de su comunión, creía en el bautismo de bebés y por supuesto, Adoniram Jr. fue “bautizado” como bebé. Adoniram padre era muy estricto y tuvo grandes ambiciones en referencia a su hijo. Solo Él que escudriña todo sabe hasta donde esa actitud influyó en su hijo por bien o por mal. Años luego en su vida Judson tuvo luchas dentro de sí, y pensó que su vida había sido dominada por ambición, orgullo y vanidad – de manera que mandó que su familia destruyera todas sus cartas como una condición para que él firmara un documento legal que la familia necesitó. Aquí, tenemos que aprender los peligros de tratar de vivir a través de los hijos las ambiciones nuestras. Puede ser que sufran como sufrió Judson. Hay que reconocer que en algunas cosas Dios dotó a Judson Jr. con capacidades extraordinarias. Era un genio destinado para una obra grande. Por ejemplo: A la edad de tres aprendió a leer en una semana, y leyó un capítulo de la Biblia a su papá cuando llegó de un viaje. Pudo resolver enigmas difíciles de matemática. Su papá le dio un libro de tales “enigmas” y llegó a ser perito en ellos. Luego, a la edad de diez había hecho mucho progreso en latín y griego. Estudió navegación también. Comenzó en el segundo año la “universidad” (R.I. College) en 1804 (16 años de edad). Se graduó número uno en su clase. Ganó muchos honores.

Conversión y llamamiento a ser misionero
Judson era un estudiante excelente, pero por la influencia de otro estudiante, Jacob Eames, Judson abandonó la fe de sus padres y se hizo deísta. Tenía muchas ambiciones carnales aunque no dijo nada a sus padres. Trabajó un año en su propia escuela, pero a cumplir 20 años de edad, Judson informó a sus padres que quiso “viajar” y abandonó su hogar para buscar el cumplimiento de sus ambiciones.

Tenía el deseo de estar en el “teatro” y viajar a NY. Por unos días estaba con un pequeño grupo de actores, pero a la larga se disgusto y decidió buscar su caballo en la casa de un tío y continuar su viaje. Su tio era pastor también, pero no estaba. En su lugar había un joven ministro con el cual Judson habló y la actitud del joven le tocó, porque vio un hombre sincero, pero no severo. Luego siguió su camino y llegó a una posada. Allí la única habitación estaba al lado de la habitación de un hombre moribundo. Judson dijo al dueño del lugar que eso no sería problema, pero en realidad se conturbó por los gemidos y la lucha mortal de su vecino y comenzó a preguntarse si estaba preparado para morir, cosa que, supuestamente, no debe conturbar a un deísta. Por la mañana Judson preguntó al dueño del lugar que pasó con el hombre enfermo. Le informó que se murió. Judson pidió si sabía quién era y el hombre le dijo que el nombre del difunto era Jacob Eames. El “amigo” de Judson que le persuadió del deísmo estaba muerto. Ese golpe fue tan grande que regresó a la casa de sus padres, lleno de dudas y luchas.

Por la sugerencia de unos pastores amigos de su padre Adoniram entró en el seminario de Andover, buscando respuestas, en octubre de 1808 (20 años). En diciembre halló paz y su deseo fue saber cómo ordenar su vida para agradar a Dios.

Mediante la lectura sobre Carey, y un libro de M. Symes An account of an embassy to the kingdom of Ava, se sintió llamada a servir como misionero extranjero y a Birmania en particular.

Misionero
Adoniram Judson no fue el único hombre que tenía interés en llevar el evangelio a los países paganos. Había otros estudiantes en Andover que antes estaban en Williams College que tras un tiempo de oración protegidos de las lluvias por un “almiar” (¿sabe lo que es?) se dedicaron al servicio del Señor. Habían formado una pequeña sociedad de personas dedicadas a servir al Señor como misioneros. Judson fue invitado a formar parte de ese grupo, y unidos y llevados por el celo, lograron convencer a las iglesias congregacionalistas de formar una Comisión o Sociedad para enviar a misioneros. La Junta que tenía poder para enviar a misioneros fue establecida en el año 1810 y los primeros misioneros de los Estados Unidos a países extranjeros fueron ordenados y comisionados en el año 1812 – Adoniram Judson, Samuel Newell, Samuel Notts, Gordon Hall y Luther Rice (el único soltero). Su destino fue el sur de India.

Pero Judson hizo algo 1 día antes de su ordenación. Se casó con Ann (Nancy le llamaron) Hasseltine, mujer admirable en muchos sentidos. Su carta a su padre, pidiendo permiso de casarse con ella es extraordinaria. Como dice una reseña:

“Seis meses antes de salir para India, Judson escribió una carta al padre de ella, pidiéndole su hija. En parte de la carta decía:

«Deseo preguntarle si usted puede consentirme partir con su hija la próxima primavera, para no verla nunca más en este mundo; si usted aprueba su ida y su sometimiento a las penalidades y sufrimientos de la vida misionera; si usted puede consentir en su exposición a los peligros del océano, a la influencia fatal del clima del sur de India; a todo tipo de necesidad y dolor; a la degradación, a los insultos, a la persecución, y quizás a una muerte violenta. ¿Puede consentir usted en todo esto, por causa de Aquel que abandonó su morada celestial, y murió por ella y por usted; por causa de las perdidas almas inmortales; por causa de Sion, y la gloria de Dios? ¿Puede usted consentir en todo esto, en la esperanza de encontrarse pronto a su hija en la gloria, con la corona de justicia, gozosa con las aclamaciones de alabanza que tributarán a su Salvador los paganos salvados del infortunio y la eterna desesperación, por medio de ella?».

”Increíblemente, el padre dijo que ella debía decidir por sí misma. Ella escribió a su amiga Lydia Kimball:

«Me siento deseosa y expectante, si nada en la Providencia lo impide, pasar mis días en este mundo en las tierras de los paganos. Sí, Lydia, tengo la determinación de dejar todas mis comodidades y goces aquí, sacrificar mi afecto a los parientes y amigos, e ir donde Dios, en su Providencia, tenga un lugar para establecerme».” 1

Salieron el fin de febrero hacia India. Llegaron como a mediados de junio, pero en ese viaje algo muy inesperado sucedió.

Sus convicciones bautistas
Durante el viaje, Judson estudió sobre el bautismo. Sabía que iba a conocer y hablar con el bautista, William Carey, aunque no sabía que Carey y sus asociados evitaban hablar sobre ese tema con hombres como ellos. Parece que Judson quiso tener argumentos bíblicos sustanciales para sostener su posición al conocer a Carey. Estudiando su Nuevo Testamento en griego, llegó a creer en la posición bautista. Le puso en una posición tensa. Al principio aun su esposa se le opuso mucho. Ella no quería ser “bautista”. A la vez, otro misionero en otro barco, sin saber nada de la luchas de Judson, experimentó lo mismo, Luther Rice. No había bautistas en el barco con Judson, pero en el barco donde Rice estaba había unos bautistas y Rice había tenido unas discusiones fuertes con ellos. Aunque los métodos eran diferentes, creemos que Dios produjo en ellos la inquietud que los llevó a estudiar sus Biblias y seguir la verdad sin pensar en las consecuencias; sin influirse por otras consideraciones.

En su contemplación del tema, algo que conturbó a Judson fue: suponiendo que se convirtiera un señor con siervos e hijos. ¿Serán los siervos e hijos parte de la iglesia, porque se supone que debe bautizar la “casa” del hombre como Abraham circuncidó a todos en su “casa”?

Adoniram y Ann pidieron a los bautistas que los bautizaran y en septiembre de 1812, el pastor Ward, asociado de Carey, los bautizó en la capilla bautista Lal Bazar. Luego, Rice se convenció por completo y también se bautizó. Como una nota aparte, a la larga en 1817 el papá de Judson, 67 años de edad, renunció el pastorado de su iglesia, fue bautizado por inmersión y se unió con una iglesia bautista.

En aquel tiempo de su bautismo, Judson preparó un sermón largo sobre el bautismo que Carey, Marshman y Ward publicaron en Serampore. Audubon Press hizo una edición (en inglés) en el año 2000 que está en venta todavía (véase referencias al final).

Por supuesto, ese cambio de creencias presentó un problema serio, porque se dieron cuenta que no pudieron seguir como misioneros de las iglesias Congregacionalistas y no tenían idea si los bautistas pudieron sostenerles económicamente.

Prepararon cartas que se tardaron meses en llegar a los Estados Unidos. Informaron a la Junta misionera congregacionalista del cambio y, ayudados por Carey y asociados, suplicaron a unos pastores bautistas en los Estados Unidos de formar una sociedad y apoyarles.

Mientras tanto, otro problema enfrentó a todos los misioneros americanos. Los ingleses no les permitieron quedarse en la India. Tras varios problemas, finalmente Adoniram y Ann decidieron ir a Rangún, Birmania donde estaba un hijo de Carey (Felix), y en julio de 1813 llegaron. Vivieron con los Carey (ella portugués, nacida en Birmania), en una buena casa. Carey había hecho un poco de trabajo hacia la traducción de la Biblia en birmana.

Rice tuvo que volver a los EEUU por razones de salud y aunque quiso venir de nuevo como misionero, no le permitieron. Sin embargo, fue usado grandemente para despertar una consciencia de misiones entre los bautistas por toda parte. Se dedicó a buscar ayuda económica y otros obreros para trabajar con Judson y otros misioneros. Hizo mucho bien.

Hoy día parece que todavía hay algunos que tienen miedo de seguir las Escrituras. Siguen más bien las tradiciones humanas y argumentos racionalistas. No pueden pensar en una humillación más grande que ser llamado “bautista / sumersionista”. Adoniram y Ann Judson y Luther Rice supieron de cómo los bautistas fueron despreciados. Pero el amor a la verdad les dio el poder de echar al lado los reproches humanos. El amor a la palabra de Dios debe ser la única razón que tenemos para creer o practicar cualquier cosa que esa palabra enseña.

Trabajo misionero en Birmania
La primera vista de Birmania y de Rangún mostró a los Judson que necesitarían la fuerza del Señor. Era mucho peor que la India. Callejones estrechos, casas de bambú, pobreza grande.

En cuanto a la comunicación, aun la esposa de Felix Carey no hablaba casi nada de inglés. Era portuguesa, nacida en Birmania. No había ingleses ni americanos. Para comunicarse tuvieron que aprender el idioma birmano, sin gramática, sin diccionario y sin un maestro que sabía nada de inglés. En eso Adoniram y Ann fueron como unos niños, señalando objetos a su maestro y repitiendo lo que dijo. Se dieron a sí mismos con afán a esa tarea, pero el idioma fue tan diferente que para ellos su progreso pareció ser muy lento.

En enero (1814) se movieron más cerca a la ciudad para tener más contacto con la gente y practicar el idioma, pero tres meses después (marzo de 1814) debido a un fuego que destruyó gran parte de la ciudad, tuvieron que volver a la casa grande dedicada a la misión. Mientras tanto, Felix Carey decidió trabajar por el gobierno en Ava, la capital. Los Judson dijeron adios a Felix y a su familia. Nunca iban a ver a la Sra. Carey y sus dos niñitos más, porque Felix perdió su esposa y sus dos hijos en el viaje hacia Ava, ahogados en el río durante una tormenta.

Adoniram y Ann continuaron su trabajo en el idioma, ella usándolo más en el gobierno de la casa, pero él dominando la gramática y otras cosas para poder traducir la Biblia. Iba componiendo una gramática y una lista de palabras para un diccionario.

Miramos unas áreas específicas de dificultades:
RELIGION. Los birmanos eran (y todavía la mayoría son) budistas. No creyeron en Dios eterno, un solo Dios personal Creador. Esa idea no entró en la cabeza de ellos. Aun su idioma no tenía una manera adecuada de comunicar esas verdades. Había mucha superstición. En Rangún había una pagoda enorme, una de las maravillas del mundo, con el techo cubierto de oro, que contenía reliquias como ocho pelos de la cabeza de Gautama Buda. También, había grupos étnicos como los “karen” que eran animista.

CONDICIONES SOCIALES: En Birmania, todo dependía del favor del encargado del área, y finalmente del favor del rey. Dar regalos fue una manera de vivir. No había incentivo a los birmanos a trabajar porque si prosperaban los encargados buscaron como apoderarse de sus bienes. Por lo general, los Judson gozaron del favor de los virreyes en Rangún. Pero, en dos ocasiones Judson fue a la capital, a los “pies de oro” (al rey) para buscar permiso oficial para enseñar, porque un virrey había dado una señal de desaprobación y casi en seguida el interés que muchos habían mostrado desapareció.

COMUNICACIONES. A se tardaron meses la comunicación. A salir de viaje, si había algún contratiempo, muchas veces no había manera de comunicarse. P.e., no fue hasta 1815 que Adoniram recibió la noticia de que los bautistas de los Estados Unidos le iban a apoyar y que venía un hombre que sabía usar una prensa. Hicieron arreglos para enviar una prensa a Rangún.

En otra ocasión Judson fue a visitar un sitio y esperaban que estaría ausente como 3 meses. Nunca llegó a su destino y no pudo regresar a Rangún por 7 meses. Casi todos pensaron que estaba muerto y algunos estaban listos para abandonar la misión cuando él llegó al fin.

SUFRIMIENTOS PERSONALES: A ellos nació un bebé que llamaron Roger Williams Judson. Ese bebé trajo mucho gozo a la vida de los Judson, pero sólo vivió 8 meses. Se enfermó y murió y la tristeza fue grande. Sin embargo, reconocieron la perfección de los caminos del Señor. La Sra. Judson se enfermó frecuentemente. A la larga en 1821 Ann hizo un viaje a los EEUU buscando ayuda médica. Volvió en 1823. Judson también tenía tiempos de enfermedad de vez en cuando – dolores de cabeza fuertísimos o fiebres de la selva. Uno o dos veces un viaje por barco fue el medio propuesto para curarle, y parece que funcionó. Otras veces fue ayudado saliendo temprano a los campos montado sobre un caballo.

Vamos a volver ahora a comentar sobre su trabajo misionero: Apoyado por la persona que imprimía las páginas de su traducción y por otros misioneros que llegaron y aprendieron el idioma, Judson comenzó a enseñar públicamente. Después de 6 años vieron al primer convertido bautizado. Después de 10 años tenía el Nuevo Testamento básicamente traducido. Pero había una interrupción seria a sus labores misioneros y su vida y labor fueron expuestas a peligro serio.

El año 1923 fue el año que su esposa llegó de los EEUU. Judson estaba en la capital Ava, disfrutando algún favor de la familia del rey y de uno de los príncipes más alto del país. Pero esas circumstancias favorables cambiaron rápidamente cuando Inglaterra declaró guerra contra Birmania y comenzó a derrotar de los birmanos. Después de varias derrotas, el gobierno pensó que había espías entre ellos, y en seguida todos los extranjeros fueron considerados como espías. Un comerciante inglés había cambiado unos cheques para Judson y por eso el rey creía que Inglaterra estaba pagándole. Pronto, todos los extranjeros fueron encarcelados cruelmente en 1824 y quedaron así cautivos hasta 1826 – 21 meses: 17 en prisiones y 4 con restricciones.

Durante el tiempo del encarcelamiento de Judson su esposa se dedicó a preservar la vida, visitando, llevando comida, haciendo lo necesario para cuidar a los prisioneros. Su conducta era valiente, especialmente considerando que ella estaba encinta. Su bebé, llamada María nació en enero de 1825.

La vida de Judson estaba en peligro, pero también el único manuscrito birmano del Nuevo Testamento estaba en gran peligro. Judson mandó a su esposa a ponerla en una almohada tan fea que ningún carcelero la deseara. Así por meses, lo tenía con él. Pero, cuando al fin los oficiales birmanos mandaron que le soltaran de las prisiones, porque necesitaban su ayuda como mediador, no pudo llevar la almohada. En la providencia de Dios, un carcelero tiró la parte dentro, sin darse cuenta de lo que era, y un discípulo de Judson que fue a ver si había algo de sus cosas allí, lo encontró y así fue preservado. Dios obró en la grandeza de su providencia, y los birmanos muchas veces han llamado la Biblia birmana la “Biblia de la almohada”.

Judson pudo regresar a Rangún y allí los ingleses le invitaron a acompañarlos a establecer una fortaleza que fue llamada Amherst. (Luego, los ingleses hicieron otra ciudad llamada Moulmein, y de allí Judson hizo su trabajo por el resto de su vida, como su centro de mando, protegido por los ingleses excepto cuando hizo sus viajes.) Adoniram y Ann hicieron una casa allí. Pronto los ingleses pidieron a Judson que les ayudara en su trato con el emperador en Ava. Judson no quiso ir, pero como los ingleses dijeron que iban a buscar una clausula en el acuerdo con el emperador birmano garantizando tolerancia religiosa, Judson se unió a la embajada inglesa que visitó a Ava. Esa tarea exigió la separación de su esposa y de su niña enfermiza. Ellas se quedaron en la nueva ciudad de Amherst. Entonces vino el golpe fuerte.

Golpe fuerte
Judson sabía que su niña estaba enferma, pero no estaba preparado para la carta que llegó con el sello negro. Pensó que contuvo noticia de la muerte de la pequeñita María, pero se pasmó a saber de la muerte de su esposa Nancy, en octubre de 1826. Recibió la noticia en noviembre. La sepultaron pronto, cerca de su casa. Judson no vio el lugar de su sepultura hasta enero de 1827. Su tristeza y sentido de culpa fueron grandes. Luego su hija pequeña murió en la primavera de 1827. Después de eso recibió noticia de la muerte de su padre que había muerto unos meses antes. También murió una birmana cristiana, muy querida.

Judson comenzó un auto examen severo, pensando que la ambición le conmovía – ser el primer misionero americano, el primero en llevar el evangelio a Birmania, darles la primera Biblia en su idioma, y así por el estilo. A Judson pareció que Dios aprobó su misión, pero le hizo enfrentar a sí mismo y su amor a sí mismo con lecciones severas.

Entró en un tiempo de depresión y tendencias y prácticas místicas, buscando como morir a sí mismo y vivir para Dios. Rechazó honores; destruyó cartas que otros le habían enviado, y cartas que había escrito a otros de su familia les obligó a destruir como condición de firmar un documento legal que ellos necesitaron; hizo una disposición de sus bienes; pidió una reducción de su sueldo, y otras cosas. Por un tiempo vivía en una choza, con un hoyo en la tierra al lado, hecho para contemplar la muerte y sepultura y descomposición del cuerpo. Comió comida simple. Prácticamente no tenía vida social. Por casi un año trabajaba poco en la traducción de la Biblia. Después de un tiempo de 40 días en los cuales salió solo con su Biblia por la mañana y regresó solo por al tarde, un tiempo de contemplación solitaria en la selva (que los birmanos vieron como un milagro debido a la presencia de muchos tigres), parece que Judson se dio cuenta que esa clase de vida no era provechosa contra la carne y comenzó a dejar ese ascetismo.

Volviendo a trabajar con entusiasmo
Ya por 1830, comenzó a trabajar con entusiasmo. Los años 1831 a 1833 fueron dedicados a terminar la Biblia y al final de enero de 1834 terminó la Biblia con muchas acciones de gracias, y sintiendo cierto alivio, miró bien a su vida y también miró bien a la viuda de un misionero.

George Boardman murió temprano en el año 1831. Su esposa Sarah se quedó trabajando con los “karen”. Judson le escribió una carta de condolencia en 1831, pero parece que no había mucha correspondencia entre ellos. Cuando ella se enteró del hecho que Judson había terminado toda la Biblia, le escribió una carta alabando la traducción del Nuevo Testamento que ella leía continuamente. Parece que esa carta fue todo el estímulo que Judson necesitó ya que había terminado el trabajo arduo de la traducción. El primer día de abril de 1834 Judson salió de Moulmein para visitar la misión donde ella trabajaba. Llegó el 6 de abril y se casaron el 10 de abril. El tenía 46 años y ella 30. Su vida matrimonial fue fructífera y gozosa.

En 1835 terminó la revisión del AT, vio el convertido número 100 bautizado, vio una hija nacer, el comienzo de su familia. Su familia creció, cinco hijos sobrevivieron.

En 1840, Judson hizo otra revisión de la Biblia; siguió predicando y trabajaba en el diccionario birmano, no con gusto sino con un sentido de deber. También supervisaba a los predicadores, enviándoles a muchos sitios con el evangelio.

Otro cambio grande
Judson salió de los Estados Unidos en 1812 y nunca había regresado. Dios le preservó por medio de enfermedades, peligros de ladrones, peligros de enemigos, de los 21 meses como prisionero. En 1845, después de 33 años de servicio, su esposa Sarah se enfermó y tomaron la decisión de embarcar para los Estados Unidos, por recomendaciones médicas. Pero ella no llegó porque se puso mala en el viaje y murió en Santa Helena y allí fue sepultada. Judson continuó el viaje con sus cinco hijos.

Visitó y habló en varios lugares en lo Estados Unidos. Allí conoció a Emily Chubbock, una autora que usaba el nombre “Fanny Forrester”. Habló con ella sobre su deseo de ver unas memorias de Sarah publicadas. Después de un poco de tiempo, decidió que ella no debe escribir las memorias solamente, sino tomar su lugar. Así, Judson se casó de nuevo en junio de 1846. En julio de 1846, Judson dejó sus tres hijos mayores y se fue con Emily hacia Birmania.

Volvió a Birmania, a sus dos hijos que vivían todavía. Siguió trabajando, procreó una hija, pero su fin estaba llegando. Se enfermó y otra vez los médicos recomendaron un viaje en alto mar. Judson dejó a Emily y fue con uno de los misioneros Thomas Ranney y un siervo. Murió en el barco y fue sepultado en el mar.

De sus hijos, dos eran ministros, y también el primer hijo de Sara (George Dana Boardman). El hijo mayor era médico. Otro se unió con el ejército de la Unión la en la guerra entre los Estados y fue incapacitado por heridas recibidas. En cuanto a las hijas: la mayor fue maestra y la menor, la de Emily, se casó para cumplir la alta vocación se ser madre.

Un biógrafo comenta respecto de Adoniram Judson: «Él tenía 24 años cuando llegó a Birmania, y trabajó allí durante 38 años hasta su muerte a los 61, con un solo viaje a casa de Nueva Inglaterra después de 33 años. El precio que él pagó fue inmenso. Él fue una semilla que cayó a tierra y murió. Él «aborreció su vida en este mundo» y fue una «semilla que cayó a tierra y murió». En sus sufrimientos, «llenó lo que estaba faltando de las aflicciones de Cristo» en la inalcanzable Birmania. Por consiguiente, su vida llevó mucho fruto y él vive para disfrutarlo hoy y siempre. Él podría, sin ninguna duda, decir: «Valió la pena». 2

Dejó la Biblia en el idioma de Birmania, hizo una gramática, casi terminó el diccionario. Publicó miles y miles de tratados que el Señor bendijo. Vio a muchos convertidos y misioneros establecidos en varios lugares y trabajando con diligencia.

Judson descubrión que pudo usar dos canales para alcanzar a los birmanos: los oídos y los ojos. Los birmanos leían y por eso Judson siempre usaba tratados, muchos tratados en la obra en Birmania. Usualmente no regaló a ningún tratado a menos que la persona pidiera y entonces, no rehusó. El Señor usó esos tratados, desde el primer convertido en adelante. Había contacto personal y enseñanza y predicación, pero muchas veces los tratados fueron los medios para despertar interés y dirigir a los llamados hacia la predicación de la verdad o las clases dadas por Judson y luego por los enseñados por él.

Judson trabajaba arduamente, no sólo como traductor, sino como predicador, maestro y autor de tratados, supervisando la obra por años.

Judson era calvinista en su fe, bautista en sus convicciones y excepto por el desvío hacia el misticismo en su tiempo de depresión, un hombre estricto en todos los principios y fundamentos de la fe. Como William Carey y muchos otros de aquellos tiempos, Judson y sus esposas eran post-milenialistas. 3

Su hijo Edward comenta sobre su propósito como misionero. “¿Qué propuso este hombre joven de 25 años con su esposa joven, viviendo en medio de campos de arroz de las partes bajas de Birmania, con sus caras hacia los pueblos y ciudades llenas de idólatras…? Su propósito fue socavar una religión anciana, arraigada profundamente en el corazón y en las costumbres de 400 millones de seres humanos. No propusieron hacerles sentir las influencias por las cuales el cirstianismo sería presentado como una religión del estado y las rodillas obligadas a doblarse a Cristo… Procuraron una revolución más grande, o sea, nada menos que un cambio de creencia y de corazón de cada individuo. Los millones de birmanos tenían que ser tomados uno por uno y sus afectos dominados y sus personas transformadas por la religión de Cristo. Estaban seguros que en la masa del pueblo alrededor de ellos había un hombre acá y allá enseñado por la providencia de Dios y madurado por el Espíritu. A tal persona si la historia de la cruz pudiera llegar entonces la aceptaría enseguida diciendo, ‘Esto es exactamente lo que deseo’.”

¿Y los medios para hacer esto? Solamente el evangelio de Cristo. Las verdades antiguas.

Esas verdades contradecían al budismo por completo – un budismo sin Dios, sin alma, sin pecado.

Judson no propuso “civilizar” para preparar la mente.

“Tenía confianza implicita en la promesa de su Amo, ‘He aquí estoy con vosotros para siempre’. Creía que Cristo estaba con él obrando en el corazón de los paganos, abriendo la puerta desde adentro.”

No pensó como algunos que era inútil tratar con los viejos y por tanto sería mejor tener escuelas para niños. Había escuelas, pero subordinadas a la predicación a los adultos. Buscó alcanzar los hijos por los padres, no vice-versa.

A Judson le gustó predicar y comunicar el mensaje uno a uno y en grupos.

Su hijo también comenta sobre el carácter de su padre. Dice que era un hombre de oración, muchas veces orando mientras caminaba solo. Y comentando sobre su trato con otros, dice que había algo atractivo en su persona y conducta. “Había venido desde lejos y había sufrido penalidades porque amaba a los birmanos… Poco a poco descubrieron eso; y el poder del predicador está en proporción directa a su capacidad para inspirar confianza y afecto” 4

Cerca al sitio donde Judson nació hay una piedra con un mensaje en memoria de Adoniram Judson. Traducido a español 5 dice:

In Memoriam
Rev. Adoniram Judson
Nació el 9 de Agosto de 1788.
Murió el 12 de abril de 1850.
Lugar de nacimiento: Malden.
Lugar de sepultura: El océano.
Su obra: Los salvos de Birmania y la Biblia birmana.
Sus memorias: Están en lo alto.

Notas

(1) (http://biografas.blogspot.com/2007_03_01_archive.html)

(2) http://biografas.blogspot.com/2007_03_01_archive.html

(3) Véase Iain Murray’s The Puritan Hope

(4) Todas las citas de Edward Judson se encuentran en las páginas 59-61 del libro en las referencias que siguen.

(5) http://biografas.blogspot.com/2007_03_01_archive.html

Referencias:

Anderson, Courtney. To the Golden Shore. The Life of Adoniram Judson. Judson Press, 1987

James, Sharon. My Heart in His Hands. Ann Judson of Burma. A life with selections from her memoir and letters. Evangelical Press, 1998

Judson, Adoniram. Christian Baptism. Audubon Press edition, 2000. Based on 1846, 5th American edition of the original work done by Serampore Press (William Carey), India.

Judson, Edward. Adoniram Judson, a Biography. American Baptist Publication Society, Philadelphia, 1902 edition. This book is available on line in PDF format at: http://www.wholesomewords.org/missions/bjudsoni.html

Otras biografías breves en ingles sobre Judson: http://www.wholesomewords.org/biography/biorpjudson.html

En español:

http://biografas.blogspot.com/2007/03/adoniram-judson.html

Nota sobre bautistas en Birmania (Myanmar) que aparece en el artículo sobre Myanmar y enlaces hallados en Wikipedia via Google: …In 2003, the [Myanmar Baptist] Convention had 629,146 members in 3513 churches. Myanmar Baptist Convention has 17 affiliated conventions under its umbrella, and is a member of the World Council of Churches and the Baptist World Alliance.

A mis hermanos que asistieron la conferencia de pastores hispanos en la Iglesia Bautista Reformada de North Bergen, NJ, en mayo 2007, puedo enviarles una copia por correo electrónico. Sólo pido que me ayudan corregir cualquier error y mejorar la presentación. Cualquier sugerencia para hacer esta reseña más útil y edificante será agradecida.

Su hermano y co-siervo en el evangelio del Señor Jesucristo,
Noble Vater

Mi dirección de correo electrónico (email) es:
ndvater@yahoo.com

Apéndice.

Un himno escrito por Judson (en inglés).

Come, Holy Spirit, Dove divine,
On these baptismal waters shine,

And teach our hearts, in highest strain,
To praise the Lamb for sinners slain.

We love Your Name, we love Your laws,
And joyfully embrace Your cause;

We love Your cross, the shame, the pain,
O Lamb of God, for sinners slain.

We sink beneath the water’s face,
And thank You for Your saving grace;

We die to sin and seek a grave
With You, beneath the yielding wave.

And as we rise with You to live,
O let the Holy Spirit give

The sealing unction from above,
The joy of life, the fire of love.

Versión de Nicolás Martínez, en Cántico Nuevo. (Tercera estrofa alterada.)

Desciende, Espíritu de Dios sobre el bautismo a realizar;
Y haz que al Cordero, con fervor podamos juntos alabar.

Tu ley amamos, tu verdad; tu cruz tomamos con amor,
Cordero muerto por salvar y libertar al pecador.

Haz que a las aguas al bajar, podamos hoy por tu poder,
Con Cristo, muertos al pecar, gloriosamente en Ti vivir.

Y al elevarnos otra vez con Cristo en su resurrección,
Enciende nuestra débil fe, inflama nuestro corazón. Amén.

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Biografía: Adoniram Judson: una reseña de su vida con algunas observaciones prácticas y pastorales

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Introducción
Cuando nuestro Señor Jesucristo se reunió con sus discípulos en una de las ocasiones después de su resurrección y antes de su ascensión, les dio lo que llamamos la Gran Comisión en las palabras conocidas que encontramos en los últimos versículos del evangelio de Mateo:

Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

Sabemos que muchas veces las iglesias del Señor han sido lentas en llevar a cabo esta comisión. Pero el Señor de todo poder ha hecho cosas para empujar o dirigir sus iglesias hacia el cumplimiento de su misión. Hay naciones que una vez oyeron mucho del evangelio y hoy día oyen poco. Hay naciones que por diferentes motivos no tienen el evangelio porque odian el evangelio. Algunas naciones creen que cualquier persona que no acepta a Mahoma como profeta es digno de muerte; otros países tienen la actitud que cualquier persona que no cree en el ateísmo de su país o en la idolatría de su país que esa persona es enemigo del país. Ha habido y hay naciones que deben oír el evangelio.

Durante el siglo 18 el Señor envío un gran avivamiento a partes de Inglaterra y Escocia y a las colonias de los Estados Unidos. Parece que junto con eso y como consecuencia había un despertamiento entre las iglesias sobre el deber de llevar el evangelio a las naciones del mundo que estaban en las tinieblas de las falsas religiones. Hombres como William Carey de Inglaterra llevaron el evangelio a la India y por medio de sus informes, y de otros misioneros, Dios llamó a otros hombres a dedicar sus vidas a la difusión del evangelio del Señor Jesucristo.

Uno de esos hombres llamado así y enviado para predicar la palabra de Dios a los paganos se llama Adoniram Judson, un hombre protegido y preservado y capacitado por Dios para hacer una obra grande en la nación de Birmania (llamado Myanmar hoy día). Wikipedia dice: La Unión de Myanmar es un país del Sudeste asiático antiguamente conocido como Birmania. Limita al norte con China, al sur con el mar de Andamán, al este con Laos y Tailandia, y al oeste con la India, Bangladesh y el golfo de Bengala.

Antes de seguir, quisiera mencionar que hay algunos libros disponibles sobre la vida de Judson. El libro por su hijo Edward y varias biografías breves y estudios se pueden encontrar por medio del internet (véase algunas referencias al final). Casi todo el mundo reconoce que el libro básico para un estudio de la vida de Judson es lo que se llama “Memoir of the Life and Labours of the Rev. Adoniram Judson, D.D.” por Francis Wayland, publicado originalmente en 2 tomos (disponible en un tomo todavía, pero no sé si es completo). Como veremos, Judson, destruyó o mandó que fueran destruidas a casi todas sus cartas y documentos personales. Los informes oficiales a la Junta de Misiones no fueron destruidos y Wayland tenía acceso a ellos. También, la última esposa de Judson, trabajó de cerca con Wayland para ayudarle producir las memorias. El libro titulado “To the Golden Shore” por Courtney Andersen es un favorito mio y la fuente principal de esta reseña. He leído la biografía escrita por su hijo Edward (muy interesante e instructivo), y un libro por Sharon James sobre la vida de la primera esposa de Judson, Ann (Nancy) Hasseltine, “My Heart in His Hands”.

Vamos a mirar ahora algunos datos sobre su vida y labores.

Nacimiento y juventud
Nació en Malden, Massachusetts, 9 agosto 1788 (año de la ratificación de la constitución de los EEUU). Adoniram fue el primogénito de Adoniram Judson, Sr. y Abigail Brown Judson. Aunque Adoniram fue “Junior”, su nombre a la larga fue tan famoso que casi nadie añadía el nombre “Junior”. Su padre era pastor congregacionalista, sumamente calvinista y conservador en sus creencias. Como todo pastor de su comunión, creía en el bautismo de bebés y por supuesto, Adoniram Jr. fue “bautizado” como bebé. Adoniram padre era muy estricto y tuvo grandes ambiciones en referencia a su hijo. Solo Él que escudriña todo sabe hasta donde esa actitud influyó en su hijo por bien o por mal. Años luego en su vida Judson tuvo luchas dentro de sí, y pensó que su vida había sido dominada por ambición, orgullo y vanidad – de manera que mandó que su familia destruyera todas sus cartas como una condición para que él firmara un documento legal que la familia necesitó. Aquí, tenemos que aprender los peligros de tratar de vivir a través de los hijos las ambiciones nuestras. Puede ser que sufran como sufrió Judson. Hay que reconocer que en algunas cosas Dios dotó a Judson Jr. con capacidades extraordinarias. Era un genio destinado para una obra grande. Por ejemplo: A la edad de tres aprendió a leer en una semana, y leyó un capítulo de la Biblia a su papá cuando llegó de un viaje. Pudo resolver enigmas difíciles de matemática. Su papá le dio un libro de tales “enigmas” y llegó a ser perito en ellos. Luego, a la edad de diez había hecho mucho progreso en latín y griego. Estudió navegación también. Comenzó en el segundo año la “universidad” (R.I. College) en 1804 (16 años de edad). Se graduó número uno en su clase. Ganó muchos honores.

Conversión y llamamiento a ser misionero
Judson era un estudiante excelente, pero por la influencia de otro estudiante, Jacob Eames, Judson abandonó la fe de sus padres y se hizo deísta. Tenía muchas ambiciones carnales aunque no dijo nada a sus padres. Trabajó un año en su propia escuela, pero a cumplir 20 años de edad, Judson informó a sus padres que quiso “viajar” y abandonó su hogar para buscar el cumplimiento de sus ambiciones.

Tenía el deseo de estar en el “teatro” y viajar a NY. Por unos días estaba con un pequeño grupo de actores, pero a la larga se disgusto y decidió buscar su caballo en la casa de un tío y continuar su viaje. Su tio era pastor también, pero no estaba. En su lugar había un joven ministro con el cual Judson habló y la actitud del joven le tocó, porque vio un hombre sincero, pero no severo. Luego siguió su camino y llegó a una posada. Allí la única habitación estaba al lado de la habitación de un hombre moribundo. Judson dijo al dueño del lugar que eso no sería problema, pero en realidad se conturbó por los gemidos y la lucha mortal de su vecino y comenzó a preguntarse si estaba preparado para morir, cosa que, supuestamente, no debe conturbar a un deísta. Por la mañana Judson preguntó al dueño del lugar que pasó con el hombre enfermo. Le informó que se murió. Judson pidió si sabía quién era y el hombre le dijo que el nombre del difunto era Jacob Eames. El “amigo” de Judson que le persuadió del deísmo estaba muerto. Ese golpe fue tan grande que regresó a la casa de sus padres, lleno de dudas y luchas.

Por la sugerencia de unos pastores amigos de su padre Adoniram entró en el seminario de Andover, buscando respuestas, en octubre de 1808 (20 años). En diciembre halló paz y su deseo fue saber cómo ordenar su vida para agradar a Dios.

Mediante la lectura sobre Carey, y un libro de M. Symes An account of an embassy to the kingdom of Ava, se sintió llamada a servir como misionero extranjero y a Birmania en particular.

Misionero
Adoniram Judson no fue el único hombre que tenía interés en llevar el evangelio a los países paganos. Había otros estudiantes en Andover que antes estaban en Williams College que tras un tiempo de oración protegidos de las lluvias por un “almiar” (¿sabe lo que es?) se dedicaron al servicio del Señor. Habían formado una pequeña sociedad de personas dedicadas a servir al Señor como misioneros. Judson fue invitado a formar parte de ese grupo, y unidos y llevados por el celo, lograron convencer a las iglesias congregacionalistas de formar una Comisión o Sociedad para enviar a misioneros. La Junta que tenía poder para enviar a misioneros fue establecida en el año 1810 y los primeros misioneros de los Estados Unidos a países extranjeros fueron ordenados y comisionados en el año 1812 – Adoniram Judson, Samuel Newell, Samuel Notts, Gordon Hall y Luther Rice (el único soltero). Su destino fue el sur de India.

Pero Judson hizo algo 1 día antes de su ordenación. Se casó con Ann (Nancy le llamaron) Hasseltine, mujer admirable en muchos sentidos. Su carta a su padre, pidiendo permiso de casarse con ella es extraordinaria. Como dice una reseña:

“Seis meses antes de salir para India, Judson escribió una carta al padre de ella, pidiéndole su hija. En parte de la carta decía:

«Deseo preguntarle si usted puede consentirme partir con su hija la próxima primavera, para no verla nunca más en este mundo; si usted aprueba su ida y su sometimiento a las penalidades y sufrimientos de la vida misionera; si usted puede consentir en su exposición a los peligros del océano, a la influencia fatal del clima del sur de India; a todo tipo de necesidad y dolor; a la degradación, a los insultos, a la persecución, y quizás a una muerte violenta. ¿Puede consentir usted en todo esto, por causa de Aquel que abandonó su morada celestial, y murió por ella y por usted; por causa de las perdidas almas inmortales; por causa de Sion, y la gloria de Dios? ¿Puede usted consentir en todo esto, en la esperanza de encontrarse pronto a su hija en la gloria, con la corona de justicia, gozosa con las aclamaciones de alabanza que tributarán a su Salvador los paganos salvados del infortunio y la eterna desesperación, por medio de ella?».

”Increíblemente, el padre dijo que ella debía decidir por sí misma. Ella escribió a su amiga Lydia Kimball:

«Me siento deseosa y expectante, si nada en la Providencia lo impide, pasar mis días en este mundo en las tierras de los paganos. Sí, Lydia, tengo la determinación de dejar todas mis comodidades y goces aquí, sacrificar mi afecto a los parientes y amigos, e ir donde Dios, en su Providencia, tenga un lugar para establecerme».” 1

Salieron el fin de febrero hacia India. Llegaron como a mediados de junio, pero en ese viaje algo muy inesperado sucedió.

Sus convicciones bautistas
Durante el viaje, Judson estudió sobre el bautismo. Sabía que iba a conocer y hablar con el bautista, William Carey, aunque no sabía que Carey y sus asociados evitaban hablar sobre ese tema con hombres como ellos. Parece que Judson quiso tener argumentos bíblicos sustanciales para sostener su posición al conocer a Carey. Estudiando su Nuevo Testamento en griego, llegó a creer en la posición bautista. Le puso en una posición tensa. Al principio aun su esposa se le opuso mucho. Ella no quería ser “bautista”. A la vez, otro misionero en otro barco, sin saber nada de la luchas de Judson, experimentó lo mismo, Luther Rice. No había bautistas en el barco con Judson, pero en el barco donde Rice estaba había unos bautistas y Rice había tenido unas discusiones fuertes con ellos. Aunque los métodos eran diferentes, creemos que Dios produjo en ellos la inquietud que los llevó a estudiar sus Biblias y seguir la verdad sin pensar en las consecuencias; sin influirse por otras consideraciones.

En su contemplación del tema, algo que conturbó a Judson fue: suponiendo que se convirtiera un señor con siervos e hijos. ¿Serán los siervos e hijos parte de la iglesia, porque se supone que debe bautizar la “casa” del hombre como Abraham circuncidó a todos en su “casa”?

Adoniram y Ann pidieron a los bautistas que los bautizaran y en septiembre de 1812, el pastor Ward, asociado de Carey, los bautizó en la capilla bautista Lal Bazar. Luego, Rice se convenció por completo y también se bautizó. Como una nota aparte, a la larga en 1817 el papá de Judson, 67 años de edad, renunció el pastorado de su iglesia, fue bautizado por inmersión y se unió con una iglesia bautista.

En aquel tiempo de su bautismo, Judson preparó un sermón largo sobre el bautismo que Carey, Marshman y Ward publicaron en Serampore. Audubon Press hizo una edición (en inglés) en el año 2000 que está en venta todavía (véase referencias al final).

Por supuesto, ese cambio de creencias presentó un problema serio, porque se dieron cuenta que no pudieron seguir como misioneros de las iglesias Congregacionalistas y no tenían idea si los bautistas pudieron sostenerles económicamente.

Prepararon cartas que se tardaron meses en llegar a los Estados Unidos. Informaron a la Junta misionera congregacionalista del cambio y, ayudados por Carey y asociados, suplicaron a unos pastores bautistas en los Estados Unidos de formar una sociedad y apoyarles.

Mientras tanto, otro problema enfrentó a todos los misioneros americanos. Los ingleses no les permitieron quedarse en la India. Tras varios problemas, finalmente Adoniram y Ann decidieron ir a Rangún, Birmania donde estaba un hijo de Carey (Felix), y en julio de 1813 llegaron. Vivieron con los Carey (ella portugués, nacida en Birmania), en una buena casa. Carey había hecho un poco de trabajo hacia la traducción de la Biblia en birmana.

Rice tuvo que volver a los EEUU por razones de salud y aunque quiso venir de nuevo como misionero, no le permitieron. Sin embargo, fue usado grandemente para despertar una consciencia de misiones entre los bautistas por toda parte. Se dedicó a buscar ayuda económica y otros obreros para trabajar con Judson y otros misioneros. Hizo mucho bien.

Hoy día parece que todavía hay algunos que tienen miedo de seguir las Escrituras. Siguen más bien las tradiciones humanas y argumentos racionalistas. No pueden pensar en una humillación más grande que ser llamado “bautista / sumersionista”. Adoniram y Ann Judson y Luther Rice supieron de cómo los bautistas fueron despreciados. Pero el amor a la verdad les dio el poder de echar al lado los reproches humanos. El amor a la palabra de Dios debe ser la única razón que tenemos para creer o practicar cualquier cosa que esa palabra enseña.

Trabajo misionero en Birmania
La primera vista de Birmania y de Rangún mostró a los Judson que necesitarían la fuerza del Señor. Era mucho peor que la India. Callejones estrechos, casas de bambú, pobreza grande.

En cuanto a la comunicación, aun la esposa de Felix Carey no hablaba casi nada de inglés. Era portuguesa, nacida en Birmania. No había ingleses ni americanos. Para comunicarse tuvieron que aprender el idioma birmano, sin gramática, sin diccionario y sin un maestro que sabía nada de inglés. En eso Adoniram y Ann fueron como unos niños, señalando objetos a su maestro y repitiendo lo que dijo. Se dieron a sí mismos con afán a esa tarea, pero el idioma fue tan diferente que para ellos su progreso pareció ser muy lento.

En enero (1814) se movieron más cerca a la ciudad para tener más contacto con la gente y practicar el idioma, pero tres meses después (marzo de 1814) debido a un fuego que destruyó gran parte de la ciudad, tuvieron que volver a la casa grande dedicada a la misión. Mientras tanto, Felix Carey decidió trabajar por el gobierno en Ava, la capital. Los Judson dijeron adios a Felix y a su familia. Nunca iban a ver a la Sra. Carey y sus dos niñitos más, porque Felix perdió su esposa y sus dos hijos en el viaje hacia Ava, ahogados en el río durante una tormenta.

Adoniram y Ann continuaron su trabajo en el idioma, ella usándolo más en el gobierno de la casa, pero él dominando la gramática y otras cosas para poder traducir la Biblia. Iba componiendo una gramática y una lista de palabras para un diccionario.

Miramos unas áreas específicas de dificultades:
RELIGION. Los birmanos eran (y todavía la mayoría son) budistas. No creyeron en Dios eterno, un solo Dios personal Creador. Esa idea no entró en la cabeza de ellos. Aun su idioma no tenía una manera adecuada de comunicar esas verdades. Había mucha superstición. En Rangún había una pagoda enorme, una de las maravillas del mundo, con el techo cubierto de oro, que contenía reliquias como ocho pelos de la cabeza de Gautama Buda. También, había grupos étnicos como los “karen” que eran animista.

CONDICIONES SOCIALES: En Birmania, todo dependía del favor del encargado del área, y finalmente del favor del rey. Dar regalos fue una manera de vivir. No había incentivo a los birmanos a trabajar porque si prosperaban los encargados buscaron como apoderarse de sus bienes. Por lo general, los Judson gozaron del favor de los virreyes en Rangún. Pero, en dos ocasiones Judson fue a la capital, a los “pies de oro” (al rey) para buscar permiso oficial para enseñar, porque un virrey había dado una señal de desaprobación y casi en seguida el interés que muchos habían mostrado desapareció.

COMUNICACIONES. A se tardaron meses la comunicación. A salir de viaje, si había algún contratiempo, muchas veces no había manera de comunicarse. P.e., no fue hasta 1815 que Adoniram recibió la noticia de que los bautistas de los Estados Unidos le iban a apoyar y que venía un hombre que sabía usar una prensa. Hicieron arreglos para enviar una prensa a Rangún.

En otra ocasión Judson fue a visitar un sitio y esperaban que estaría ausente como 3 meses. Nunca llegó a su destino y no pudo regresar a Rangún por 7 meses. Casi todos pensaron que estaba muerto y algunos estaban listos para abandonar la misión cuando él llegó al fin.

SUFRIMIENTOS PERSONALES: A ellos nació un bebé que llamaron Roger Williams Judson. Ese bebé trajo mucho gozo a la vida de los Judson, pero sólo vivió 8 meses. Se enfermó y murió y la tristeza fue grande. Sin embargo, reconocieron la perfección de los caminos del Señor. La Sra. Judson se enfermó frecuentemente. A la larga en 1821 Ann hizo un viaje a los EEUU buscando ayuda médica. Volvió en 1823. Judson también tenía tiempos de enfermedad de vez en cuando – dolores de cabeza fuertísimos o fiebres de la selva. Uno o dos veces un viaje por barco fue el medio propuesto para curarle, y parece que funcionó. Otras veces fue ayudado saliendo temprano a los campos montado sobre un caballo.

Vamos a volver ahora a comentar sobre su trabajo misionero: Apoyado por la persona que imprimía las páginas de su traducción y por otros misioneros que llegaron y aprendieron el idioma, Judson comenzó a enseñar públicamente. Después de 6 años vieron al primer convertido bautizado. Después de 10 años tenía el Nuevo Testamento básicamente traducido. Pero había una interrupción seria a sus labores misioneros y su vida y labor fueron expuestas a peligro serio.

El año 1923 fue el año que su esposa llegó de los EEUU. Judson estaba en la capital Ava, disfrutando algún favor de la familia del rey y de uno de los príncipes más alto del país. Pero esas circumstancias favorables cambiaron rápidamente cuando Inglaterra declaró guerra contra Birmania y comenzó a derrotar de los birmanos. Después de varias derrotas, el gobierno pensó que había espías entre ellos, y en seguida todos los extranjeros fueron considerados como espías. Un comerciante inglés había cambiado unos cheques para Judson y por eso el rey creía que Inglaterra estaba pagándole. Pronto, todos los extranjeros fueron encarcelados cruelmente en 1824 y quedaron así cautivos hasta 1826 – 21 meses: 17 en prisiones y 4 con restricciones.

Durante el tiempo del encarcelamiento de Judson su esposa se dedicó a preservar la vida, visitando, llevando comida, haciendo lo necesario para cuidar a los prisioneros. Su conducta era valiente, especialmente considerando que ella estaba encinta. Su bebé, llamada María nació en enero de 1825.

La vida de Judson estaba en peligro, pero también el único manuscrito birmano del Nuevo Testamento estaba en gran peligro. Judson mandó a su esposa a ponerla en una almohada tan fea que ningún carcelero la deseara. Así por meses, lo tenía con él. Pero, cuando al fin los oficiales birmanos mandaron que le soltaran de las prisiones, porque necesitaban su ayuda como mediador, no pudo llevar la almohada. En la providencia de Dios, un carcelero tiró la parte dentro, sin darse cuenta de lo que era, y un discípulo de Judson que fue a ver si había algo de sus cosas allí, lo encontró y así fue preservado. Dios obró en la grandeza de su providencia, y los birmanos muchas veces han llamado la Biblia birmana la “Biblia de la almohada”.

Judson pudo regresar a Rangún y allí los ingleses le invitaron a acompañarlos a establecer una fortaleza que fue llamada Amherst. (Luego, los ingleses hicieron otra ciudad llamada Moulmein, y de allí Judson hizo su trabajo por el resto de su vida, como su centro de mando, protegido por los ingleses excepto cuando hizo sus viajes.) Adoniram y Ann hicieron una casa allí. Pronto los ingleses pidieron a Judson que les ayudara en su trato con el emperador en Ava. Judson no quiso ir, pero como los ingleses dijeron que iban a buscar una clausula en el acuerdo con el emperador birmano garantizando tolerancia religiosa, Judson se unió a la embajada inglesa que visitó a Ava. Esa tarea exigió la separación de su esposa y de su niña enfermiza. Ellas se quedaron en la nueva ciudad de Amherst. Entonces vino el golpe fuerte.

Golpe fuerte
Judson sabía que su niña estaba enferma, pero no estaba preparado para la carta que llegó con el sello negro. Pensó que contuvo noticia de la muerte de la pequeñita María, pero se pasmó a saber de la muerte de su esposa Nancy, en octubre de 1826. Recibió la noticia en noviembre. La sepultaron pronto, cerca de su casa. Judson no vio el lugar de su sepultura hasta enero de 1827. Su tristeza y sentido de culpa fueron grandes. Luego su hija pequeña murió en la primavera de 1827. Después de eso recibió noticia de la muerte de su padre que había muerto unos meses antes. También murió una birmana cristiana, muy querida.

Judson comenzó un auto examen severo, pensando que la ambición le conmovía – ser el primer misionero americano, el primero en llevar el evangelio a Birmania, darles la primera Biblia en su idioma, y así por el estilo. A Judson pareció que Dios aprobó su misión, pero le hizo enfrentar a sí mismo y su amor a sí mismo con lecciones severas.

Entró en un tiempo de depresión y tendencias y prácticas místicas, buscando como morir a sí mismo y vivir para Dios. Rechazó honores; destruyó cartas que otros le habían enviado, y cartas que había escrito a otros de su familia les obligó a destruir como condición de firmar un documento legal que ellos necesitaron; hizo una disposición de sus bienes; pidió una reducción de su sueldo, y otras cosas. Por un tiempo vivía en una choza, con un hoyo en la tierra al lado, hecho para contemplar la muerte y sepultura y descomposición del cuerpo. Comió comida simple. Prácticamente no tenía vida social. Por casi un año trabajaba poco en la traducción de la Biblia. Después de un tiempo de 40 días en los cuales salió solo con su Biblia por la mañana y regresó solo por al tarde, un tiempo de contemplación solitaria en la selva (que los birmanos vieron como un milagro debido a la presencia de muchos tigres), parece que Judson se dio cuenta que esa clase de vida no era provechosa contra la carne y comenzó a dejar ese ascetismo.

Volviendo a trabajar con entusiasmo
Ya por 1830, comenzó a trabajar con entusiasmo. Los años 1831 a 1833 fueron dedicados a terminar la Biblia y al final de enero de 1834 terminó la Biblia con muchas acciones de gracias, y sintiendo cierto alivio, miró bien a su vida y también miró bien a la viuda de un misionero.

George Boardman murió temprano en el año 1831. Su esposa Sarah se quedó trabajando con los “karen”. Judson le escribió una carta de condolencia en 1831, pero parece que no había mucha correspondencia entre ellos. Cuando ella se enteró del hecho que Judson había terminado toda la Biblia, le escribió una carta alabando la traducción del Nuevo Testamento que ella leía continuamente. Parece que esa carta fue todo el estímulo que Judson necesitó ya que había terminado el trabajo arduo de la traducción. El primer día de abril de 1834 Judson salió de Moulmein para visitar la misión donde ella trabajaba. Llegó el 6 de abril y se casaron el 10 de abril. El tenía 46 años y ella 30. Su vida matrimonial fue fructífera y gozosa.

En 1835 terminó la revisión del AT, vio el convertido número 100 bautizado, vio una hija nacer, el comienzo de su familia. Su familia creció, cinco hijos sobrevivieron.

En 1840, Judson hizo otra revisión de la Biblia; siguió predicando y trabajaba en el diccionario birmano, no con gusto sino con un sentido de deber. También supervisaba a los predicadores, enviándoles a muchos sitios con el evangelio.

Otro cambio grande
Judson salió de los Estados Unidos en 1812 y nunca había regresado. Dios le preservó por medio de enfermedades, peligros de ladrones, peligros de enemigos, de los 21 meses como prisionero. En 1845, después de 33 años de servicio, su esposa Sarah se enfermó y tomaron la decisión de embarcar para los Estados Unidos, por recomendaciones médicas. Pero ella no llegó porque se puso mala en el viaje y murió en Santa Helena y allí fue sepultada. Judson continuó el viaje con sus cinco hijos.

Visitó y habló en varios lugares en lo Estados Unidos. Allí conoció a Emily Chubbock, una autora que usaba el nombre “Fanny Forrester”. Habló con ella sobre su deseo de ver unas memorias de Sarah publicadas. Después de un poco de tiempo, decidió que ella no debe escribir las memorias solamente, sino tomar su lugar. Así, Judson se casó de nuevo en junio de 1846. En julio de 1846, Judson dejó sus tres hijos mayores y se fue con Emily hacia Birmania.

Volvió a Birmania, a sus dos hijos que vivían todavía. Siguió trabajando, procreó una hija, pero su fin estaba llegando. Se enfermó y otra vez los médicos recomendaron un viaje en alto mar. Judson dejó a Emily y fue con uno de los misioneros Thomas Ranney y un siervo. Murió en el barco y fue sepultado en el mar.

De sus hijos, dos eran ministros, y también el primer hijo de Sara (George Dana Boardman). El hijo mayor era médico. Otro se unió con el ejército de la Unión la en la guerra entre los Estados y fue incapacitado por heridas recibidas. En cuanto a las hijas: la mayor fue maestra y la menor, la de Emily, se casó para cumplir la alta vocación se ser madre.

Un biógrafo comenta respecto de Adoniram Judson: «Él tenía 24 años cuando llegó a Birmania, y trabajó allí durante 38 años hasta su muerte a los 61, con un solo viaje a casa de Nueva Inglaterra después de 33 años. El precio que él pagó fue inmenso. Él fue una semilla que cayó a tierra y murió. Él «aborreció su vida en este mundo» y fue una «semilla que cayó a tierra y murió». En sus sufrimientos, «llenó lo que estaba faltando de las aflicciones de Cristo» en la inalcanzable Birmania. Por consiguiente, su vida llevó mucho fruto y él vive para disfrutarlo hoy y siempre. Él podría, sin ninguna duda, decir: «Valió la pena». 2

Dejó la Biblia en el idioma de Birmania, hizo una gramática, casi terminó el diccionario. Publicó miles y miles de tratados que el Señor bendijo. Vio a muchos convertidos y misioneros establecidos en varios lugares y trabajando con diligencia.

Judson descubrión que pudo usar dos canales para alcanzar a los birmanos: los oídos y los ojos. Los birmanos leían y por eso Judson siempre usaba tratados, muchos tratados en la obra en Birmania. Usualmente no regaló a ningún tratado a menos que la persona pidiera y entonces, no rehusó. El Señor usó esos tratados, desde el primer convertido en adelante. Había contacto personal y enseñanza y predicación, pero muchas veces los tratados fueron los medios para despertar interés y dirigir a los llamados hacia la predicación de la verdad o las clases dadas por Judson y luego por los enseñados por él.

Judson trabajaba arduamente, no sólo como traductor, sino como predicador, maestro y autor de tratados, supervisando la obra por años.

Judson era calvinista en su fe, bautista en sus convicciones y excepto por el desvío hacia el misticismo en su tiempo de depresión, un hombre estricto en todos los principios y fundamentos de la fe. Como William Carey y muchos otros de aquellos tiempos, Judson y sus esposas eran post-milenialistas. 3

Su hijo Edward comenta sobre su propósito como misionero. “¿Qué propuso este hombre joven de 25 años con su esposa joven, viviendo en medio de campos de arroz de las partes bajas de Birmania, con sus caras hacia los pueblos y ciudades llenas de idólatras…? Su propósito fue socavar una religión anciana, arraigada profundamente en el corazón y en las costumbres de 400 millones de seres humanos. No propusieron hacerles sentir las influencias por las cuales el cirstianismo sería presentado como una religión del estado y las rodillas obligadas a doblarse a Cristo… Procuraron una revolución más grande, o sea, nada menos que un cambio de creencia y de corazón de cada individuo. Los millones de birmanos tenían que ser tomados uno por uno y sus afectos dominados y sus personas transformadas por la religión de Cristo. Estaban seguros que en la masa del pueblo alrededor de ellos había un hombre acá y allá enseñado por la providencia de Dios y madurado por el Espíritu. A tal persona si la historia de la cruz pudiera llegar entonces la aceptaría enseguida diciendo, ‘Esto es exactamente lo que deseo’.”

¿Y los medios para hacer esto? Solamente el evangelio de Cristo. Las verdades antiguas.

Esas verdades contradecían al budismo por completo – un budismo sin Dios, sin alma, sin pecado.

Judson no propuso “civilizar” para preparar la mente.

“Tenía confianza implicita en la promesa de su Amo, ‘He aquí estoy con vosotros para siempre’. Creía que Cristo estaba con él obrando en el corazón de los paganos, abriendo la puerta desde adentro.”

No pensó como algunos que era inútil tratar con los viejos y por tanto sería mejor tener escuelas para niños. Había escuelas, pero subordinadas a la predicación a los adultos. Buscó alcanzar los hijos por los padres, no vice-versa.

A Judson le gustó predicar y comunicar el mensaje uno a uno y en grupos.

Su hijo también comenta sobre el carácter de su padre. Dice que era un hombre de oración, muchas veces orando mientras caminaba solo. Y comentando sobre su trato con otros, dice que había algo atractivo en su persona y conducta. “Había venido desde lejos y había sufrido penalidades porque amaba a los birmanos… Poco a poco descubrieron eso; y el poder del predicador está en proporción directa a su capacidad para inspirar confianza y afecto” 4

Cerca al sitio donde Judson nació hay una piedra con un mensaje en memoria de Adoniram Judson. Traducido a español 5 dice:

In Memoriam
Rev. Adoniram Judson
Nació el 9 de Agosto de 1788.
Murió el 12 de abril de 1850.
Lugar de nacimiento: Malden.
Lugar de sepultura: El océano.
Su obra: Los salvos de Birmania y la Biblia birmana.
Sus memorias: Están en lo alto.

Notas

(1) (http://biografas.blogspot.com/2007_03_01_archive.html)

(2) http://biografas.blogspot.com/2007_03_01_archive.html

(3) Véase Iain Murray’s The Puritan Hope

(4) Todas las citas de Edward Judson se encuentran en las páginas 59-61 del libro en las referencias que siguen.

(5) http://biografas.blogspot.com/2007_03_01_archive.html

Referencias:

Anderson, Courtney. To the Golden Shore. The Life of Adoniram Judson. Judson Press, 1987

James, Sharon. My Heart in His Hands. Ann Judson of Burma. A life with selections from her memoir and letters. Evangelical Press, 1998

Judson, Adoniram. Christian Baptism. Audubon Press edition, 2000. Based on 1846, 5th American edition of the original work done by Serampore Press (William Carey), India.

Judson, Edward. Adoniram Judson, a Biography. American Baptist Publication Society, Philadelphia, 1902 edition. This book is available on line in PDF format at: http://www.wholesomewords.org/missions/bjudsoni.html

Otras biografías breves en ingles sobre Judson: http://www.wholesomewords.org/biography/biorpjudson.html

En español:

http://biografas.blogspot.com/2007/03/adoniram-judson.html

Nota sobre bautistas en Birmania (Myanmar) que aparece en el artículo sobre Myanmar y enlaces hallados en Wikipedia via Google: …In 2003, the [Myanmar Baptist] Convention had 629,146 members in 3513 churches. Myanmar Baptist Convention has 17 affiliated conventions under its umbrella, and is a member of the World Council of Churches and the Baptist World Alliance.

A mis hermanos que asistieron la conferencia de pastores hispanos en la Iglesia Bautista Reformada de North Bergen, NJ, en mayo 2007, puedo enviarles una copia por correo electrónico. Sólo pido que me ayudan corregir cualquier error y mejorar la presentación. Cualquier sugerencia para hacer esta reseña más útil y edificante será agradecida.

Su hermano y co-siervo en el evangelio del Señor Jesucristo,
Noble Vater

Mi dirección de correo electrónico (email) es:
ndvater@yahoo.com

Apéndice.

Un himno escrito por Judson (en inglés).

Come, Holy Spirit, Dove divine,
On these baptismal waters shine,

And teach our hearts, in highest strain,
To praise the Lamb for sinners slain.

We love Your Name, we love Your laws,
And joyfully embrace Your cause;

We love Your cross, the shame, the pain,
O Lamb of God, for sinners slain.

We sink beneath the water’s face,
And thank You for Your saving grace;

We die to sin and seek a grave
With You, beneath the yielding wave.

And as we rise with You to live,
O let the Holy Spirit give

The sealing unction from above,
The joy of life, the fire of love.

Versión de Nicolás Martínez, en Cántico Nuevo. (Tercera estrofa alterada.)

Desciende, Espíritu de Dios sobre el bautismo a realizar;
Y haz que al Cordero, con fervor podamos juntos alabar.

Tu ley amamos, tu verdad; tu cruz tomamos con amor,
Cordero muerto por salvar y libertar al pecador.

Haz que a las aguas al bajar, podamos hoy por tu poder,
Con Cristo, muertos al pecar, gloriosamente en Ti vivir.

Y al elevarnos otra vez con Cristo en su resurrección,
Enciende nuestra débil fe, inflama nuestro corazón. Amén.

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Biografía: Apuntes sobre la vida y la obra de John Gill (1697—1771)

Parte I:
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Parte II:
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John Gill era un pastor bautista que también escribía lo que estudiaba y lo presentaba tanto a su congregación como a otros grupos, para posteriormente publicarlo. Hasta el día de hoy (abril 2013), después de más de doscientos cincuenta años, mucho de lo que John Gill escribió está disponible para los que puedan leer en inglés. Hay varios sitios en Internet donde uno puede ver gratis sus comentarios sobre la Biblia completa y otros libros suyos. Y, para aquellos que aman los libros en sí, todavía hay disponibles (en inglés) su Exposición del Antiguo y Nuevo Testamento; su “Body of Divinity” (libro de teología) y “The Cause of God and Truth”, y otros.

Su nombre está asociado a estos libros perdurables, que han sido de provecho para generaciones de pastores y estudiantes de la Biblia, especialmente para aquellos que creemos en las “doctrinas de la gracia”, tal como se expresan en la Confesión bautista de fe de 1689 y las confesiones de Westminster y de Savoy.

Muchas iglesias y pastores seguimos recibiendo bendiciones de ese siervo de Dios, a quien espero que podamos conocer mejor.

Gill no escribió sus memorias. Escribió algunas cartas, pero, al parecer, la mayor parte de ellas ha desaparecido, de manera que pocas pueden citarse. No se refirió a sus experiencias en sus escritos, por lo que quienes han querido y quieren escribir de él encuentran diversas dificultades por falta de información.

En el prefacio de una edición particular de las memorias de Gill, de 1838, los publicadores dicen: El difunto Dr. John Gill fue, en varios aspectos, un individuo distinguido. Si tenemos en cuenta sus talentos, su diligencia en el uso de ellos y su progreso, la eminencia que alcanzó en la literatura oriental y clásica, o su carácter cristiano, eran tan distinguidos que uno puede sorprenderse, y con razón, de que se haya conocido tan poco de su vida y su trabajo en general.

Posteriormente, los editores presentan el documento fundamental disponible para saber de la vida de ese hombre; se trata del escrito por John Rippon, D.D. que se llama A Brief Memoir of the Life and Writings of the late Rev. John Gill, D.D. (Memorias breves de la vida y los escritos del finado Rev. John Gill D.D.). Rippon siguió a Gill a través de su pastorado en la iglesia donde Gill sirvió como pastor hasta su muerte. Rippon conoció a muchos que habían tenido contacto íntimo con Gill. Esas memorias se encuentran en el primer tomo de la Exposición del A.T. y en unas ediciones de su “Body of Divinity”, pero fueron publicadas en ese libro aparte en 1838 para el beneficio de aquellos que no tienen el primer tomo de la Exposición, y con un tipo de letra más grande.

No he encontrado una traducción de las memorias en español, y tampoco ningún escrito que presente el contenido básico de esas memorias, de manera que espero poder presentar básicamente este aspecto, con unas traducciones directas (debidamente marcadas) para el beneficio de quienes oigan esta exposición y de los que lean estos apuntes. Repito, lo que comparto procede directamente de esas memorias a menos que indique lo contrario. Espero que sirva para estimular a otros pastores y que las obras de Gill sean útiles en su ministerio.

John Gill nació el 23 de noviembre de 1697 (calendario antiguo) en Kettering, Northhamptonshire, Inglaterra.

Sus padres, Edward Gill y Elizabeth Walker Gill tenían la reputación de ser amables y serios. Por la buena providencia de Dios fueron librados tanto de la trampa de la pobreza como de la trampa de las riquezas (véase Proverbios 30:8-9). En sus circunstancias bajo el cielo, trabajando diligente y pacíficamente, con una fe genuina, pasaron sus días siendo una bendición para aquellos que los rodeaban por la disposición de Dios.

Edward Gill, padre de John, se hizo miembro de una iglesia de disidentes en aquel lugar. Esa congregación estaba formada por presbiterianos, independientes y bautistas. Además del pastor, había un anciano maestro bautista, llamado William Wallis. Este hombre impartió los bautismos por inmersión a las personas adultas entre quienes desearon bautizarse así. Pero, después de un tiempo, debido a la actitud de algunos en la iglesia, los bautistas vieron la necesidad de separarse y establecerse como una iglesia. El Sr. William Wallis sirvió como primer pastor. (Muchos años después, el Sr. Andrew Fuller sirvió como pastor en aquella iglesia en Kettering en los días de Rippon, Carey y otros.) El Sr. Edward Gill era miembro de aquella congregación y, a su tiempo, fue escogido para el oficio de diácono entre ellos. Hasta el final de sus días gozó de buen nombre por su gracia, piedad y conducta santa.

En su hijo, “con el amanecer de la razón”, se descubrió una gran capacidad para recibir instrucción. Asistió a la escuela primaria en la ciudad, con una diligencia poco común, y con una incansable solicitud, y superó rápidamente a los de su misma edad, y otros considerablemente superiores. Allí continuó hasta los once años. Durante este tiempo, a pesar de la manera tediosa en que el conocimiento gramatical se transmitía en aquel entonces, además de estudiar los libros escolares comunes, el joven dominó los principales clásicos en latín; se especializó en el griego. En ocasiones, varios de los cleros vecinos condescendieron para examinar y alentar su progreso.

En los días de mercado en la ciudad se abría la tienda de un librero al que Gill visitó constantemente. Allí consultó a diferentes autores, y, como siempre, pasó los días de mercado en aquella tienda. Entre la gente del barrio, este dicho se convirtió en una aseveración habitual que recogía aquello que consideraban cierto. Esta frase era: “tan cierto como que John Gill está en la tienda del librero”. Y, como esa misma disposición estudiosa lo asistió de por vida, aquellos que lo conocieron bien, modificaron la afirmación, diciendo: “tan cierto como que el Dr. Gill está en su oficina”.

Como los anglicanos controlaban prácticamente toda la educación superior, debido a un conflicto con quienes quisieron obligarlo a asistir a la iglesia anglicana para que pudiera seguir con sus estudios, Gill no pudo seguir con su educación formal. Por unos años trabajó con su padre, tejiendo, pero su progenitor cooperó en su educación por su propia cuenta, de manera que continuó progresando en muchos ámbitos, mediante libros que pudo obtener para estudiar, incluyendo la gramática hebrea. Leía libros en latín y griego sobre la lógica, filosofía, teología y otras cosas.

En las memorias, Rippon vuelve hacia atrás para hablar de la conversión de Gill. “A veces estaba aterrorizado por el miedo a la muerte y al Infierno, y otras veces eufórico pensando en las alegrías del Cielo; pero sus impresiones eran superficiales y temporales, hasta que alcanzó los doce años de edad. Al llegar a esta edad, las operaciones de su mente fueron más sobrias y serias, especialmente después de escuchar un sermón que predicó el Sr. William Wallis sobre Génesis 3:9: “Y el Señor Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿dónde estás?”.

“Por un tiempo, el texto y el tema resonaban continuamente en sus oídos, y estas preguntas estaban dirigidas a su corazón: Pecador, ¿dónde estás? ¿En qué estado y condición miserable estás? ¿Cuán miserable serás, viviendo y muriendo sin convertirte? Se sintió como llamado a comparecer ante el Juez de todos, para responder por su conducta. Tales fueron los efectos del sermón , que, de haber podido considerar a algún hombre como su padre espiritual, habría sido al Sr. Wallis. Pero ese buen hombre murió poco después.

“En ese tiempo comenzó a ver con mayor claridad la depravación de su naturaleza, la gran pecaminosidad del pecado, su necesidad del Salvador, y de una justicia mejor que la suya: la justicia de Cristo, recibida por la fe. Poco después fue favorecido con la persuasión consoladora de tener un interés en él. Ese consuelo vino mediante la aplicación a su corazón de varias promesas grandes y preciosas, por el bendito Espíritu de Dios.

“Fue, además, su suerte feliz, en aquellos primeros días, de tener su mente irradiada con la luz y el conocimiento de las doctrinas evangélicas, bajo el ministerio de varios predicadores del evangelio, que predicaban en aquellas partes del país, a los cuales, a veces, tuvo la oportunidad de escuchar. Y ya que estas verdades sublimes vinieron a él, no sólo en palabras, sino en poder, y en el Espíritu Santo, y con mucha seguridad, se sintió libre de la esclavitud de la ley, como un pacto de obras, y se llenó de alegría y paz en el creer.

“Sin embargo, a pesar de que había alcanzado cierto grado de satisfacción en su mente en cuanto a la seguridad de su estado eterno, no hizo una profesión pública de la religión hasta que tuvo casi 19 años. Al principio, esta demora se ocasionó debido a una consideración de su juventud, y la solemnidad de hacer una profesión. Después se retrasó, porque se dio cuenta de que los ojos de la iglesia estaban sobre él para llamarlo a la labor ministerial, tan pronto como fuera conveniente, y que solo esperaban que se hiciera miembro de la misma. Se sintieron aun más inclinados a esta idea, porque, en aquellos momentos, su pastor estaba muy ocupado en sus tareas temporales y necesitaba ayuda ministerial.”

El 1 de noviembre de 1716, Gill hizo profesión pública de su fe y ese mismo día fue bautizado por Thomas Wallis, hijo del difunto pastor William Wallis. Fueron muchos los que presenciaron su bautismo, por inmersión en el río, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. [Sin citar la fuente, George Ella dice que compuso un himno en aquella ocasión (incluye la letra) y que lo cantaron.]

El domingo siguiente, 4 de noviembre, fue recibido como miembro en la iglesia y participó de la Cena del Señor. Después en una reunión informal de los creyentes, Gill leyó una porción de Isaías 53 y expuso algunos de los versículos.

El domingo siguiente, 11 de noviembre, durante el servicio de la tarde, predicó un sermón sobre 1 Corintios 2:2: Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Había una señora presente que le oyó predicar ese primer sermón y 50 años después oyó también su último sermón. Después de la muerte de Gill se unió a la iglesia donde Rippon estaba sirviendo. Esa señora comentó cómo Gill había hablado con gran solemnidad, y cómo los presentes recibieron la palabra con sobriedad, amor y gozo.

Durante los años de 1717 y 1718 Gill vivió en un lugar llamado Higham-Ferrer, en la casa del pastor John Davis. Rippon dice: “…instado por algunos de sus amigos en Londres, que lo habían conocido y conversado con él en Kettering, se trasladó a Higham-Ferrers, a unos nueve o diez kilómetros de allí. A su entender, iba allí para poder estudiar con John Davis, pastor en aquel lugar, en cuya casa se quedaría como inquilino. Davis era un caballero erudito que había venido del país de Gales, y se estableció como pastor de una nueva iglesia, establecida en Higham. Los planes del joven se vieron frustrados, pero el designio de sus amigos de Londres se realizó básicamente, porque querían que pudiera asistir a esa nueva obra y ayudar a los jóvenes recién convertidos de allí, y predicar de vez en cuando en los pueblos adyacentes. Continuó allí hasta el año siguiente. Mientras tanto, conoció a una joven llamada Elizabeth Negus, miembro de la nueva iglesia, con quien se casó en 1718. Siempre pensó que su matrimonio con esta excelente persona era la razón principal por la que Dios, en su providencia, lo había enviado a ese lugar. Y es que ella era cariñosa, discreta y cuidadosa, y, por su incansable prudencia, lo libró de todos los quehaceres domésticos, de modo que pudo proseguir sus estudios y dedicarse a su trabajo ministerial sin preocupaciones y con paz mental”.

George Ella dice que a Elizabeth se la consideraba diferente a otras jóvenes, pero Gill se dio cuenta de que esa diferencia procedía de su piedad, su temor de Dios, y así se sintió atraído por ella.

Rippon continua con la historia de la pareja: “Vivieron unidos durante más de cuarenta y seis años hasta que ella murió el 10 de octubre 1764, a la edad de 68 años. El sermón el día de su funeral se imprimió, y se considera como uno de los mejores discursos funerarios que él publicó. El texto del sermón era Hebreos 11:16: Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad. Al final del mensaje, quiso honrarla con una nota que recogía su vida en una breve historia, desde su infancia hasta sus últimos momentos, pero parece ser que al final del sermón, por las fuertes emociones que se apoderaron de él, no fue capaz de dar esa parte. Con aquella amable mujer tuvo muchos hijos, pero todos murieron en su infancia, con excepción de tres. Elizabeth, “una niña hermosa y deseable en su persona, prudencia y gracia” murió el 30 de mayo de 1738 a los trece años de edad. Su padre predicó el sermón de su funeral, basándose en el texto de 1 Tesalonicenses 4: 13, 14. Ese sermón se imprimió junto con un emotivo recordatorio de parte de su experiencia. María, que era un miembro de la iglesia de su padre, se casó con el Sr. George Keith, un librero de la calle Gracechurch, y murió en enero de 1773. John era orfebre y vivió muchos años en la misma calle, hasta que, retirado de los negocios se mudó a Walworth, a unos dos kilómetros de Londres, donde murió el 22 de mayo de 1804, a los 78 años de edad. Ambos niños proporcionaban gran felicidad a sus padres y la familia siempre tuvo razones para estar agradecida a Dios por su confort doméstico, la paz y la armonía.”

Mientras ayudaba en Kettering, algunos pastores lograron conseguirle ayuda económica de un fondo establecido para casos como el suyo. Le dieron ese dinero para que pudiera continuar con sus estudios y servir en el ministerio. Trabajó en Kettering durante gran parte del año 1718 —1719, pero en 1719 le invitaron en ocasiones a predicar en la capilla en Goat Yard en Horselydown, Calle Fair, Southwark, como a un kilómetro y medio del Puente de Londres.

La iglesia de Horselydown tenía fama entre los bautistas. Durante muchos años estuvo pastoreada por Benjamin Keach (1640—1704), un hombre que apoyó la confesión de fe hecha por los bautistas en 1643 y luego firmó la confesión de 1677, publicada en 1689. Keach era un líder reconocido; entre otras cosas, fue célebre por haber fomentado el que se cantasen himnos entre los bautistas. Después de Keach, su yerno Benjamin Stinton sirvió como pastor en la misma iglesia hasta su muerte en 1718. En 1719, la iglesia seguía buscando pastor. Habían oído hablar de John Gill, y le invitaron a predicar varias veces. En septiembre de aquel año lo llamaron como pastor. Todavía no había cumplido 22 años. Gill creyó que era la voluntad de Dios y aceptó, pero algunos hombres de la iglesia no estaban de acuerdo y a la larga la iglesia se dividió. Gill no fue ordenado hasta marzo del año siguiente.

El Señor bendijo la predicación y el ministerio de Gill y la iglesia creció y prosperó espiritualmente durante los 51 años de su ministerio. Había bautismos con regularidad y la iglesia no menguó hasta los últimos dos años de su vida, cuando Gill ya no pudo predicar y cuidar la iglesia como antes.

En 1721, al principio de su ministerio, Gill reorganizó el alcance pastoral y evangélico de la iglesia, asegurándose de que todos se cuidaran los unos a los otros.

Durante el año 1723, cuando Gill tenía 25 años, padeció numerosas enfermedades, incluida una fiebre severa que amenazó su vida. En medio de esas grandes pruebas, Jesucristo se manifestó más precioso que nunca y después de eso, en el año 1724, comenzó a predicar sobre el Cantar de cantares. Predicó 122 sermones sobre dicho libro, y acabó publicando un comentario aparte sobre el mismo. Por supuesto, tanto para Gill, como para muchos otros, el tema del Cantar de los Cantares es Jesucristo y ningún otro, y su relación con su iglesia, al estilo del Salmo 45 que también habla del Hijo de Dios.

En ese año de 1724, se publica por primera vez algo escrito por él: un sermón sobre Romanos 5:20, 21 con ocasión de la muerte de John Smith, un diácono de su iglesia.

Al año siguiente (1725), publicó una obra: El Urim y Tumim encontrado con Cristo, de Deuteronomio 33:8.

Gill siempre fue bautista. Aunque se le ha reconocido como un gran erudito y su comentario es valioso. Es muy posible que no tenga el reconocimiento que podría haber tenido si hubiera sido un “paidobautista”. Algunos le dijeron que si publicaba libros sobre ciertas doctrinas, podría perder el apoyo económico de algunos, pero Gill amaba la verdad más que el dinero o la fama y defendió la verdad sobre el bautismo bíblico hasta el fin. La defendió de buena manera y por eso siempre contaba con amigos anglicanos evangélicos, presbiterianos e independientes. En 1726, publicó “La manera antigua de bautizar con agua”, en respuesta a una publicación contra los bautistas: La manera antigua de bautizar con agua, aclarado por la Palabra de Dios y la razón correcta. El año siguiente continuó el debate con Una defensa de la antigua manera, etc. Quizás su libro más famoso sobre el bautismo sea el titulado El bautismo de bebés, parte y columna del papismo. También examinó el tema del bautismo de prosélitos entre los judíos que algunos antibautistas querían usar para justificar el bautismo de bebés. Después de aquello, Gill descubrió y publicó que solo una persona ignorante o con grandes prejuicios trataría de defender una posición antibautista abogando la práctica tardía de tales bautismos de prosélitos.

En 1728, publicó su Exposición del Cantar de los Cantares. Entre las demás publicaciones de ese año encontramos: Las profecías del Antiguo Testamento sobre el Mesías consideradas y demostradas que son cumplidas literalmente en Jesús.

Aunque era joven, Gill fue grandemente apreciado por hombres de otras iglesias, incluyendo a pastores. Varios de ellos deseaban oírle regularmente sin tener que faltar a los cultos de adoración en sus propias iglesias. Unos caballeros formaron una sociedad y buscaban “suscripciones” para poder llevar a cabo reuniones con él. Consiguieron un sitio donde reunirse en un sector de Londres llamado Great Eastcheap. Comenzando en 1728, a los 30 años de edad, casi todos los miércoles por la tarde y durante 26 años, Gill dio conferencias en aquel lugar. Mucho de ese material también fue publicado, por ejemplo, su tratado sobre la Trinidad, la Justificación, 2 partes de La causa de Dios y la verdad; algunas partes de su Exposición de la Biblia.

En 1730, unos líderes evangélicos preocupados por las herejías que entraban en las iglesias, por la decadencia de la enseñanza de la sana doctrina en muchos lugares y por los ataques contra la fe cristiana, organizaron una serie de conferencias para defender la fe. Invitaron a nueve ministros fieles de varias iglesias a participar y asignaron los temas que cada uno enseñaría. Gill y otro hermano bautista fueron invitados para representar a los bautistas. A Gill le asignaron el tema “La resurrección de los muertos”. Posteriormente, todas las conferencias fueron publicadas en un par de tomos llamados “Lime Street Lectures”.

Gill continuó su ministerio de predicación y de publicaciones, porque muchos lo instaron, lo animaron y aun le solicitaron que escribiera sobre temas doctrinales que estaban siendo atacados, o que necesitaban ser presentados de una manera clara y convincente.

El 31 de diciembre de 1737 predicó un sermón importante, La Doctrina de la Gracia librada del Cargo de libertinaje.

En 1737—1739 publicó varios folletos defendiendo a los bautistas del ataque de S. Bourne, un presbiteriano.

El 30 de mayo de 1738, muere su hija Elizabeth Gill, de trece años. Su padre predicó en su funeral sobre 1 Tesalonicenses 4:13,14

En 1746, se publicó el primer volumen de su Exposición de todo el Nuevo Testamento. El segundo en 1747 y el tercero en 1748. En ese mismo año, algunos tomaron nota del valor de su exposición y, como consecuencia, Gill recibió un diploma del Marischal College de la Universidad de Aberdeen, reconociéndolo como Doctor en Teología, por su conocimiento de las Escrituras, lenguas orientales y las antigüedades de los judíos. Cuando los diáconos de la iglesia se dieron cuenta de ese honor, felicitaron a Gill, y él les dio las gracias añadiendo: “No lo pensé ni lo compré, ni lo busqué” (en inglés: I neither thought it, nor bought it, nor sought it.)

Gill siguió con sus tareas pastorales mientras fue aumentando el número de publicaciones. En 1749 escribió un tratado llamado “El rito divino del bautismo de bebés examinado y refutado”. En 1751 aparecieron varias publicaciones.

El 15 de marzo de 1752, Gill se encontraba en su cuarto de estudio cuando, a causa de unos vientos violentos, unas chimeneas cayeron sobre su casa, pero Dios lo protegió de la muerte. En ese año publicó su folleto sobre “La doctrina de la perseverancia final de los santos”.

En 1753 publicó un folleto titulado Anti-“paidobautismo”, (contra el bautismo de los bebés). En 1755, el Dr. Gill publicó Obras del Dr. Crisp, tras escribir una breve Memoria de la vida del doctor y aprovechando la oportunidad de exonerarse a sí mismo de la acusación de “antinomianismo”.

El 24 de marzo de 1756, el Dr. Gill predicó su sermón de despedida a los que se reunían los miércoles por la tarde; su texto fue: Hechos 26:22,23. Deseaba dedicar su tiempo a terminar la exposición de todo el Antiguo Testamento.

En 1757, dedicó una nueva capilla en Carter Lane, calle San Olave, cerca del puente de Londres, y predicó dos sermones sobre Éxodo 20:24, que se publicaron como “Asistencia en los lugares de culto religioso, donde se registra el nombre divino.” Según Ella, había 235 miembros cuando cambiaron de la capilla de Horselydown a Carter Lane. Esa iglesia fue la iglesia bautista más grande de Londres y se estima que Gill predicaba regularmente a más de 300 personas. Los registros de la iglesia indican que había conversiones y bautismos frecuentes (véase a Ella, páginas 62, 63).

En 1757—1758 publicó su Exposición de los Profetas, y una Exposición del Apocalipsis.

El 10 de octubre de 1764, murió la Sra. John Gill a los 68 años. Estuvieron casados durante más de 46 años.

Gill siguió trabajando. En 1767 publicó su Disertación sobre la antigüedad de la Lengua Hebrea, Letras, Vocales, Puntos y Acentos; en 1769, Cuerpo de la Divinidad doctrinal (Body of Doctrinal Divinity); y en 1770, Cuerpo de teología práctica.

El 14 de octubre de 1771, muere el Dr. John Gill alrededor de las 11:00 de la mañana, en su casa en Camberwell, Surrey, a la edad de setenta y tres años, diez meses y diez días. Le enterraron cerca de Moorfields, en la tumba familiar.

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Biografía: Apuntes sobre la vida y la obra de John Gill (1697—1771)

Parte I:
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Parte II:
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John Gill era un pastor bautista que también escribía lo que estudiaba y lo presentaba tanto a su congregación como a otros grupos, para posteriormente publicarlo. Hasta el día de hoy (abril 2013), después de más de doscientos cincuenta años, mucho de lo que John Gill escribió está disponible para los que puedan leer en inglés. Hay varios sitios en Internet donde uno puede ver gratis sus comentarios sobre la Biblia completa y otros libros suyos. Y, para aquellos que aman los libros en sí, todavía hay disponibles (en inglés) su Exposición del Antiguo y Nuevo Testamento; su “Body of Divinity” (libro de teología) y “The Cause of God and Truth”, y otros.

Su nombre está asociado a estos libros perdurables, que han sido de provecho para generaciones de pastores y estudiantes de la Biblia, especialmente para aquellos que creemos en las “doctrinas de la gracia”, tal como se expresan en la Confesión bautista de fe de 1689 y las confesiones de Westminster y de Savoy.

Muchas iglesias y pastores seguimos recibiendo bendiciones de ese siervo de Dios, a quien espero que podamos conocer mejor.

Gill no escribió sus memorias. Escribió algunas cartas, pero, al parecer, la mayor parte de ellas ha desaparecido, de manera que pocas pueden citarse. No se refirió a sus experiencias en sus escritos, por lo que quienes han querido y quieren escribir de él encuentran diversas dificultades por falta de información.

En el prefacio de una edición particular de las memorias de Gill, de 1838, los publicadores dicen: El difunto Dr. John Gill fue, en varios aspectos, un individuo distinguido. Si tenemos en cuenta sus talentos, su diligencia en el uso de ellos y su progreso, la eminencia que alcanzó en la literatura oriental y clásica, o su carácter cristiano, eran tan distinguidos que uno puede sorprenderse, y con razón, de que se haya conocido tan poco de su vida y su trabajo en general.

Posteriormente, los editores presentan el documento fundamental disponible para saber de la vida de ese hombre; se trata del escrito por John Rippon, D.D. que se llama A Brief Memoir of the Life and Writings of the late Rev. John Gill, D.D. (Memorias breves de la vida y los escritos del finado Rev. John Gill D.D.). Rippon siguió a Gill a través de su pastorado en la iglesia donde Gill sirvió como pastor hasta su muerte. Rippon conoció a muchos que habían tenido contacto íntimo con Gill. Esas memorias se encuentran en el primer tomo de la Exposición del A.T. y en unas ediciones de su “Body of Divinity”, pero fueron publicadas en ese libro aparte en 1838 para el beneficio de aquellos que no tienen el primer tomo de la Exposición, y con un tipo de letra más grande.

No he encontrado una traducción de las memorias en español, y tampoco ningún escrito que presente el contenido básico de esas memorias, de manera que espero poder presentar básicamente este aspecto, con unas traducciones directas (debidamente marcadas) para el beneficio de quienes oigan esta exposición y de los que lean estos apuntes. Repito, lo que comparto procede directamente de esas memorias a menos que indique lo contrario. Espero que sirva para estimular a otros pastores y que las obras de Gill sean útiles en su ministerio.

John Gill nació el 23 de noviembre de 1697 (calendario antiguo) en Kettering, Northhamptonshire, Inglaterra.

Sus padres, Edward Gill y Elizabeth Walker Gill tenían la reputación de ser amables y serios. Por la buena providencia de Dios fueron librados tanto de la trampa de la pobreza como de la trampa de las riquezas (véase Proverbios 30:8-9). En sus circunstancias bajo el cielo, trabajando diligente y pacíficamente, con una fe genuina, pasaron sus días siendo una bendición para aquellos que los rodeaban por la disposición de Dios.

Edward Gill, padre de John, se hizo miembro de una iglesia de disidentes en aquel lugar. Esa congregación estaba formada por presbiterianos, independientes y bautistas. Además del pastor, había un anciano maestro bautista, llamado William Wallis. Este hombre impartió los bautismos por inmersión a las personas adultas entre quienes desearon bautizarse así. Pero, después de un tiempo, debido a la actitud de algunos en la iglesia, los bautistas vieron la necesidad de separarse y establecerse como una iglesia. El Sr. William Wallis sirvió como primer pastor. (Muchos años después, el Sr. Andrew Fuller sirvió como pastor en aquella iglesia en Kettering en los días de Rippon, Carey y otros.) El Sr. Edward Gill era miembro de aquella congregación y, a su tiempo, fue escogido para el oficio de diácono entre ellos. Hasta el final de sus días gozó de buen nombre por su gracia, piedad y conducta santa.

En su hijo, “con el amanecer de la razón”, se descubrió una gran capacidad para recibir instrucción. Asistió a la escuela primaria en la ciudad, con una diligencia poco común, y con una incansable solicitud, y superó rápidamente a los de su misma edad, y otros considerablemente superiores. Allí continuó hasta los once años. Durante este tiempo, a pesar de la manera tediosa en que el conocimiento gramatical se transmitía en aquel entonces, además de estudiar los libros escolares comunes, el joven dominó los principales clásicos en latín; se especializó en el griego. En ocasiones, varios de los cleros vecinos condescendieron para examinar y alentar su progreso.

En los días de mercado en la ciudad se abría la tienda de un librero al que Gill visitó constantemente. Allí consultó a diferentes autores, y, como siempre, pasó los días de mercado en aquella tienda. Entre la gente del barrio, este dicho se convirtió en una aseveración habitual que recogía aquello que consideraban cierto. Esta frase era: “tan cierto como que John Gill está en la tienda del librero”. Y, como esa misma disposición estudiosa lo asistió de por vida, aquellos que lo conocieron bien, modificaron la afirmación, diciendo: “tan cierto como que el Dr. Gill está en su oficina”.

Como los anglicanos controlaban prácticamente toda la educación superior, debido a un conflicto con quienes quisieron obligarlo a asistir a la iglesia anglicana para que pudiera seguir con sus estudios, Gill no pudo seguir con su educación formal. Por unos años trabajó con su padre, tejiendo, pero su progenitor cooperó en su educación por su propia cuenta, de manera que continuó progresando en muchos ámbitos, mediante libros que pudo obtener para estudiar, incluyendo la gramática hebrea. Leía libros en latín y griego sobre la lógica, filosofía, teología y otras cosas.

En las memorias, Rippon vuelve hacia atrás para hablar de la conversión de Gill. “A veces estaba aterrorizado por el miedo a la muerte y al Infierno, y otras veces eufórico pensando en las alegrías del Cielo; pero sus impresiones eran superficiales y temporales, hasta que alcanzó los doce años de edad. Al llegar a esta edad, las operaciones de su mente fueron más sobrias y serias, especialmente después de escuchar un sermón que predicó el Sr. William Wallis sobre Génesis 3:9: “Y el Señor Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿dónde estás?”.

“Por un tiempo, el texto y el tema resonaban continuamente en sus oídos, y estas preguntas estaban dirigidas a su corazón: Pecador, ¿dónde estás? ¿En qué estado y condición miserable estás? ¿Cuán miserable serás, viviendo y muriendo sin convertirte? Se sintió como llamado a comparecer ante el Juez de todos, para responder por su conducta. Tales fueron los efectos del sermón , que, de haber podido considerar a algún hombre como su padre espiritual, habría sido al Sr. Wallis. Pero ese buen hombre murió poco después.

“En ese tiempo comenzó a ver con mayor claridad la depravación de su naturaleza, la gran pecaminosidad del pecado, su necesidad del Salvador, y de una justicia mejor que la suya: la justicia de Cristo, recibida por la fe. Poco después fue favorecido con la persuasión consoladora de tener un interés en él. Ese consuelo vino mediante la aplicación a su corazón de varias promesas grandes y preciosas, por el bendito Espíritu de Dios.

“Fue, además, su suerte feliz, en aquellos primeros días, de tener su mente irradiada con la luz y el conocimiento de las doctrinas evangélicas, bajo el ministerio de varios predicadores del evangelio, que predicaban en aquellas partes del país, a los cuales, a veces, tuvo la oportunidad de escuchar. Y ya que estas verdades sublimes vinieron a él, no sólo en palabras, sino en poder, y en el Espíritu Santo, y con mucha seguridad, se sintió libre de la esclavitud de la ley, como un pacto de obras, y se llenó de alegría y paz en el creer.

“Sin embargo, a pesar de que había alcanzado cierto grado de satisfacción en su mente en cuanto a la seguridad de su estado eterno, no hizo una profesión pública de la religión hasta que tuvo casi 19 años. Al principio, esta demora se ocasionó debido a una consideración de su juventud, y la solemnidad de hacer una profesión. Después se retrasó, porque se dio cuenta de que los ojos de la iglesia estaban sobre él para llamarlo a la labor ministerial, tan pronto como fuera conveniente, y que solo esperaban que se hiciera miembro de la misma. Se sintieron aun más inclinados a esta idea, porque, en aquellos momentos, su pastor estaba muy ocupado en sus tareas temporales y necesitaba ayuda ministerial.”

El 1 de noviembre de 1716, Gill hizo profesión pública de su fe y ese mismo día fue bautizado por Thomas Wallis, hijo del difunto pastor William Wallis. Fueron muchos los que presenciaron su bautismo, por inmersión en el río, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. [Sin citar la fuente, George Ella dice que compuso un himno en aquella ocasión (incluye la letra) y que lo cantaron.]

El domingo siguiente, 4 de noviembre, fue recibido como miembro en la iglesia y participó de la Cena del Señor. Después en una reunión informal de los creyentes, Gill leyó una porción de Isaías 53 y expuso algunos de los versículos.

El domingo siguiente, 11 de noviembre, durante el servicio de la tarde, predicó un sermón sobre 1 Corintios 2:2: Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Había una señora presente que le oyó predicar ese primer sermón y 50 años después oyó también su último sermón. Después de la muerte de Gill se unió a la iglesia donde Rippon estaba sirviendo. Esa señora comentó cómo Gill había hablado con gran solemnidad, y cómo los presentes recibieron la palabra con sobriedad, amor y gozo.

Durante los años de 1717 y 1718 Gill vivió en un lugar llamado Higham-Ferrer, en la casa del pastor John Davis. Rippon dice: “…instado por algunos de sus amigos en Londres, que lo habían conocido y conversado con él en Kettering, se trasladó a Higham-Ferrers, a unos nueve o diez kilómetros de allí. A su entender, iba allí para poder estudiar con John Davis, pastor en aquel lugar, en cuya casa se quedaría como inquilino. Davis era un caballero erudito que había venido del país de Gales, y se estableció como pastor de una nueva iglesia, establecida en Higham. Los planes del joven se vieron frustrados, pero el designio de sus amigos de Londres se realizó básicamente, porque querían que pudiera asistir a esa nueva obra y ayudar a los jóvenes recién convertidos de allí, y predicar de vez en cuando en los pueblos adyacentes. Continuó allí hasta el año siguiente. Mientras tanto, conoció a una joven llamada Elizabeth Negus, miembro de la nueva iglesia, con quien se casó en 1718. Siempre pensó que su matrimonio con esta excelente persona era la razón principal por la que Dios, en su providencia, lo había enviado a ese lugar. Y es que ella era cariñosa, discreta y cuidadosa, y, por su incansable prudencia, lo libró de todos los quehaceres domésticos, de modo que pudo proseguir sus estudios y dedicarse a su trabajo ministerial sin preocupaciones y con paz mental”.

George Ella dice que a Elizabeth se la consideraba diferente a otras jóvenes, pero Gill se dio cuenta de que esa diferencia procedía de su piedad, su temor de Dios, y así se sintió atraído por ella.

Rippon continua con la historia de la pareja: “Vivieron unidos durante más de cuarenta y seis años hasta que ella murió el 10 de octubre 1764, a la edad de 68 años. El sermón el día de su funeral se imprimió, y se considera como uno de los mejores discursos funerarios que él publicó. El texto del sermón era Hebreos 11:16: Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad. Al final del mensaje, quiso honrarla con una nota que recogía su vida en una breve historia, desde su infancia hasta sus últimos momentos, pero parece ser que al final del sermón, por las fuertes emociones que se apoderaron de él, no fue capaz de dar esa parte. Con aquella amable mujer tuvo muchos hijos, pero todos murieron en su infancia, con excepción de tres. Elizabeth, “una niña hermosa y deseable en su persona, prudencia y gracia” murió el 30 de mayo de 1738 a los trece años de edad. Su padre predicó el sermón de su funeral, basándose en el texto de 1 Tesalonicenses 4: 13, 14. Ese sermón se imprimió junto con un emotivo recordatorio de parte de su experiencia. María, que era un miembro de la iglesia de su padre, se casó con el Sr. George Keith, un librero de la calle Gracechurch, y murió en enero de 1773. John era orfebre y vivió muchos años en la misma calle, hasta que, retirado de los negocios se mudó a Walworth, a unos dos kilómetros de Londres, donde murió el 22 de mayo de 1804, a los 78 años de edad. Ambos niños proporcionaban gran felicidad a sus padres y la familia siempre tuvo razones para estar agradecida a Dios por su confort doméstico, la paz y la armonía.”

Mientras ayudaba en Kettering, algunos pastores lograron conseguirle ayuda económica de un fondo establecido para casos como el suyo. Le dieron ese dinero para que pudiera continuar con sus estudios y servir en el ministerio. Trabajó en Kettering durante gran parte del año 1718 —1719, pero en 1719 le invitaron en ocasiones a predicar en la capilla en Goat Yard en Horselydown, Calle Fair, Southwark, como a un kilómetro y medio del Puente de Londres.

La iglesia de Horselydown tenía fama entre los bautistas. Durante muchos años estuvo pastoreada por Benjamin Keach (1640—1704), un hombre que apoyó la confesión de fe hecha por los bautistas en 1643 y luego firmó la confesión de 1677, publicada en 1689. Keach era un líder reconocido; entre otras cosas, fue célebre por haber fomentado el que se cantasen himnos entre los bautistas. Después de Keach, su yerno Benjamin Stinton sirvió como pastor en la misma iglesia hasta su muerte en 1718. En 1719, la iglesia seguía buscando pastor. Habían oído hablar de John Gill, y le invitaron a predicar varias veces. En septiembre de aquel año lo llamaron como pastor. Todavía no había cumplido 22 años. Gill creyó que era la voluntad de Dios y aceptó, pero algunos hombres de la iglesia no estaban de acuerdo y a la larga la iglesia se dividió. Gill no fue ordenado hasta marzo del año siguiente.

El Señor bendijo la predicación y el ministerio de Gill y la iglesia creció y prosperó espiritualmente durante los 51 años de su ministerio. Había bautismos con regularidad y la iglesia no menguó hasta los últimos dos años de su vida, cuando Gill ya no pudo predicar y cuidar la iglesia como antes.

En 1721, al principio de su ministerio, Gill reorganizó el alcance pastoral y evangélico de la iglesia, asegurándose de que todos se cuidaran los unos a los otros.

Durante el año 1723, cuando Gill tenía 25 años, padeció numerosas enfermedades, incluida una fiebre severa que amenazó su vida. En medio de esas grandes pruebas, Jesucristo se manifestó más precioso que nunca y después de eso, en el año 1724, comenzó a predicar sobre el Cantar de cantares. Predicó 122 sermones sobre dicho libro, y acabó publicando un comentario aparte sobre el mismo. Por supuesto, tanto para Gill, como para muchos otros, el tema del Cantar de los Cantares es Jesucristo y ningún otro, y su relación con su iglesia, al estilo del Salmo 45 que también habla del Hijo de Dios.

En ese año de 1724, se publica por primera vez algo escrito por él: un sermón sobre Romanos 5:20, 21 con ocasión de la muerte de John Smith, un diácono de su iglesia.

Al año siguiente (1725), publicó una obra: El Urim y Tumim encontrado con Cristo, de Deuteronomio 33:8.

Gill siempre fue bautista. Aunque se le ha reconocido como un gran erudito y su comentario es valioso. Es muy posible que no tenga el reconocimiento que podría haber tenido si hubiera sido un “paidobautista”. Algunos le dijeron que si publicaba libros sobre ciertas doctrinas, podría perder el apoyo económico de algunos, pero Gill amaba la verdad más que el dinero o la fama y defendió la verdad sobre el bautismo bíblico hasta el fin. La defendió de buena manera y por eso siempre contaba con amigos anglicanos evangélicos, presbiterianos e independientes. En 1726, publicó “La manera antigua de bautizar con agua”, en respuesta a una publicación contra los bautistas: La manera antigua de bautizar con agua, aclarado por la Palabra de Dios y la razón correcta. El año siguiente continuó el debate con Una defensa de la antigua manera, etc. Quizás su libro más famoso sobre el bautismo sea el titulado El bautismo de bebés, parte y columna del papismo. También examinó el tema del bautismo de prosélitos entre los judíos que algunos antibautistas querían usar para justificar el bautismo de bebés. Después de aquello, Gill descubrió y publicó que solo una persona ignorante o con grandes prejuicios trataría de defender una posición antibautista abogando la práctica tardía de tales bautismos de prosélitos.

En 1728, publicó su Exposición del Cantar de los Cantares. Entre las demás publicaciones de ese año encontramos: Las profecías del Antiguo Testamento sobre el Mesías consideradas y demostradas que son cumplidas literalmente en Jesús.

Aunque era joven, Gill fue grandemente apreciado por hombres de otras iglesias, incluyendo a pastores. Varios de ellos deseaban oírle regularmente sin tener que faltar a los cultos de adoración en sus propias iglesias. Unos caballeros formaron una sociedad y buscaban “suscripciones” para poder llevar a cabo reuniones con él. Consiguieron un sitio donde reunirse en un sector de Londres llamado Great Eastcheap. Comenzando en 1728, a los 30 años de edad, casi todos los miércoles por la tarde y durante 26 años, Gill dio conferencias en aquel lugar. Mucho de ese material también fue publicado, por ejemplo, su tratado sobre la Trinidad, la Justificación, 2 partes de La causa de Dios y la verdad; algunas partes de su Exposición de la Biblia.

En 1730, unos líderes evangélicos preocupados por las herejías que entraban en las iglesias, por la decadencia de la enseñanza de la sana doctrina en muchos lugares y por los ataques contra la fe cristiana, organizaron una serie de conferencias para defender la fe. Invitaron a nueve ministros fieles de varias iglesias a participar y asignaron los temas que cada uno enseñaría. Gill y otro hermano bautista fueron invitados para representar a los bautistas. A Gill le asignaron el tema “La resurrección de los muertos”. Posteriormente, todas las conferencias fueron publicadas en un par de tomos llamados “Lime Street Lectures”.

Gill continuó su ministerio de predicación y de publicaciones, porque muchos lo instaron, lo animaron y aun le solicitaron que escribiera sobre temas doctrinales que estaban siendo atacados, o que necesitaban ser presentados de una manera clara y convincente.

El 31 de diciembre de 1737 predicó un sermón importante, La Doctrina de la Gracia librada del Cargo de libertinaje.

En 1737—1739 publicó varios folletos defendiendo a los bautistas del ataque de S. Bourne, un presbiteriano.

El 30 de mayo de 1738, muere su hija Elizabeth Gill, de trece años. Su padre predicó en su funeral sobre 1 Tesalonicenses 4:13,14

En 1746, se publicó el primer volumen de su Exposición de todo el Nuevo Testamento. El segundo en 1747 y el tercero en 1748. En ese mismo año, algunos tomaron nota del valor de su exposición y, como consecuencia, Gill recibió un diploma del Marischal College de la Universidad de Aberdeen, reconociéndolo como Doctor en Teología, por su conocimiento de las Escrituras, lenguas orientales y las antigüedades de los judíos. Cuando los diáconos de la iglesia se dieron cuenta de ese honor, felicitaron a Gill, y él les dio las gracias añadiendo: “No lo pensé ni lo compré, ni lo busqué” (en inglés: I neither thought it, nor bought it, nor sought it.)

Gill siguió con sus tareas pastorales mientras fue aumentando el número de publicaciones. En 1749 escribió un tratado llamado “El rito divino del bautismo de bebés examinado y refutado”. En 1751 aparecieron varias publicaciones.

El 15 de marzo de 1752, Gill se encontraba en su cuarto de estudio cuando, a causa de unos vientos violentos, unas chimeneas cayeron sobre su casa, pero Dios lo protegió de la muerte. En ese año publicó su folleto sobre “La doctrina de la perseverancia final de los santos”.

En 1753 publicó un folleto titulado Anti-“paidobautismo”, (contra el bautismo de los bebés). En 1755, el Dr. Gill publicó Obras del Dr. Crisp, tras escribir una breve Memoria de la vida del doctor y aprovechando la oportunidad de exonerarse a sí mismo de la acusación de “antinomianismo”.

El 24 de marzo de 1756, el Dr. Gill predicó su sermón de despedida a los que se reunían los miércoles por la tarde; su texto fue: Hechos 26:22,23. Deseaba dedicar su tiempo a terminar la exposición de todo el Antiguo Testamento.

En 1757, dedicó una nueva capilla en Carter Lane, calle San Olave, cerca del puente de Londres, y predicó dos sermones sobre Éxodo 20:24, que se publicaron como “Asistencia en los lugares de culto religioso, donde se registra el nombre divino.” Según Ella, había 235 miembros cuando cambiaron de la capilla de Horselydown a Carter Lane. Esa iglesia fue la iglesia bautista más grande de Londres y se estima que Gill predicaba regularmente a más de 300 personas. Los registros de la iglesia indican que había conversiones y bautismos frecuentes (véase a Ella, páginas 62, 63).

En 1757—1758 publicó su Exposición de los Profetas, y una Exposición del Apocalipsis.

El 10 de octubre de 1764, murió la Sra. John Gill a los 68 años. Estuvieron casados durante más de 46 años.

Gill siguió trabajando. En 1767 publicó su Disertación sobre la antigüedad de la Lengua Hebrea, Letras, Vocales, Puntos y Acentos; en 1769, Cuerpo de la Divinidad doctrinal (Body of Doctrinal Divinity); y en 1770, Cuerpo de teología práctica.

El 14 de octubre de 1771, muere el Dr. John Gill alrededor de las 11:00 de la mañana, en su casa en Camberwell, Surrey, a la edad de setenta y tres años, diez meses y diez días. Le enterraron cerca de Moorfields, en la tumba familiar.

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Biografía: Jonathan Edwards como pastor, Parte 2

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En nuestro primer estudio consideramos unos datos biográficos de la vida de Jonathan Edwards y, a continuación, nos centramos en cómo Dios le llamó de un modo en que su vida fue dominada por una visión espiritual de la majestad, la gloria, el esplendor y la soberanía de Dios. Llegó a ser un pastor que deseaba que los demás vieran a Dios en Cristo de esta manera, y que lo amaran. Asimismo, vimos la bendición de Dios sobre él al proporcionarle la esposa que tuvo y cómo fueron ejemplo para muchos. Con una esposa así, Edwards pudo pastorear bien no solo por la ayuda que le prestaba (porque ella era una genuina ayuda idónea en todo el amplio sentido de la palabra), sino por el ejemplo que suponía para el pueblo del Señor.

Dado que la tarea que se me ha asignado consiste en analizar a Edwards como pastor, les recuerdo que Jonathan Edwards fue reconocido como pastor. Quienes le llamaron para, posteriormente, sostenerle económicamente creyeron que fue un don de Jesucristo para la iglesia, para su pueblo redimido. Nosotros coincidimos con esta opinión.

Se podrían señalar muchas cosas sobre este hombre de Dios. Prosigo, por tanto, con otras reflexiones adicionales. Cuando pienso en su faceta de pastor, al margen de lo que ya he apuntado hasta ahora, me gustaría considerar varias cosas.

En su «oficina», es decir, en su lugar de trabajo
Según su reputación, Edwards pasaba trece horas al día trabajando, nutriendo una vida de contemplación, de estudio y de reflexión; tomando notas sobre muchas cosas; viviendo conscientemente en la presencia de Dios. Preparaba sus sermones en ese ambiente. Esta práctica podría parecer demasiado extrema, pero si consideramos algunas de las bendiciones que recibió, y de las cuales fue testigo, la justa conclusión sería decir que los pastores modernos debemos pensar bien en nuestros caminos. ¿Estamos pasando el tiempo necesario con Dios y con Su Palabra para el bien de nuestras almas y el de la iglesia?

Edwards mantenía una disciplina en su propia vida y en la de su familia, con la ayuda de su esposa que cooperaba por completo. No descuidó a su familia. Oró con ella por la mañana y adoraba con ella por la noche.

Al parecer, Edwards no visitaba a los miembros con regularidad; sin embargo, si alguno mandaba buscarle para que fuera a visitarle o cuando había una emergencia, siempre estaba disponible. Además, muchas personas se hospedaron en su casa y, a veces, algunos hombres que se preparaban para el ministerio también se alojaron unas semanas allí, y Edwards los guió en la lectura y el estudio. Samuel Hopkins fue uno de ellos. Como testigo ocular, dejó mucha información valiosa sobre la vida de Edwards y de su esposa Sarah.

En oración
Volviendo a las trece horas que pasaba en su lugar de estudio, estas incluían su tiempo de oración en privado, algo que, al parecer, solía hacer con frecuencia. En esto Edwards sirve de ejemplo a los que esperan servir como pastores, porque existen razones para creer que la comunión con Dios en la oración era un rasgo de su vida. Tenía su tiempo de oración en privado, y otro en que lo hacía con la familia. Las oraciones que elevó en la adoración pública no estaban escritas, sino que eran según le salían del corazón, de manera que, muchas veces, dejó una profunda impresión en aquellos que oyeron. Predicó y publicó mucho sobre la oración, promoviéndola en la iglesia que cuidaba, pero también instando a las iglesias en general a que dedicaran tiempo a ella. Un sermón sobre la oración muestra que una de las señales de un hipócrita es su deficiencia en el asunto de la oración en privado. Edwards escribió un libro instando al pueblo del Señor a que orara unido por el avivamiento de la religión, y por la extensión del reino de Dios en el mundo. Esa obra llegó a Inglaterra y, junto con una biografía de David Brainerd que Edwards también había preparado, tuvo gran parte en la misión de William Carey a la India. Este énfasis en la oración conviene a los pastores y a las almas que estos cuidan.

La humildad de Jonathan Edwards
Otra gracia que podemos observar en Edwards es su humildad. Sé que algunos estarían dispuestos a señalar algunas cosas en cuanto a su casa, la forma de vestir de su familia, su sueldo y sus ventajas económicas, pero no hay evidencia de que Edwards tuviera una gran preocupación por las cosas materiales. En realidad, existen pruebas tangibles de su disposición a dejarlo todo para seguir sus convicciones, como veremos más adelante. Edwards era un hombre que servía al Señor con toda humildad (como Pablo en Hechos 20:19). Su biznieto descubrió lo siguiente entre sus documentos, escrito de su puño y letra, pero sin el propósito de que fuera publicado:

“Desde que vivo en este pueblo, he visto muchas veces mi pecaminosidad y vileza de una manera que me han afectado sumamente; con frecuencia esto me ha tocado tanto que un gran llanto se apoderaba de mí, a veces durante un tiempo prolongado, de tal manera que tenía que encerrarme. Mi sentido de mi propia iniquidad y de la maldad de mi corazón fue en aumento, superando a la que tenía antes de mi conversión. Muchas veces he visto que si Dios tuviera en cuenta mi maldad, me vería como el peor de todos los hombres, de los que han sido desde el principio del mundo hasta ahora, y que me correspondería el lugar más bajo del infierno, mucho más bajo que el de los demás.

“Hace mucho que mi maldad, como yo soy en mí mismo, me ha parecido, en un sentido, inefable, como si devorara todo pensamiento e imaginación, como un diluvio infinito o como montañas sobre mi cabeza. No conozco una manera más correcta de expresar en qué se asemejan mis pecados a mí mismo, excepto poniendo infinito sobre infinito y multiplicar infinito por infinito. Muchas veces, durante estos años, estas expresiones han estado en mi mente y en mi boca, ¡Infinito sobre infinito… infinito sobre infinito! Cuando miro a mi corazón, y evalúo mi maldad, percibo un abismo infinitamente más profundo que el infierno.

“Últimamente he anhelado grandemente tener un corazón quebrantado y postrarme muy bajo delante de Dios; y cuando pido humildad, no puedo soportar la idea de no ser más humilde que otros cristianos. Me parece que su grado de humildad puede ser idóneo para ellos, pero que en mi caso, no ser el más bajo de todos los hombres en humildad, sería como una vil autoexaltación. Otros hablan de su deseo de ser ‘humillados hasta el polvo’ y esa expresión puede ser apropiada para ellos, pero en lo que a mí respecta, pienso que debo ‘postrarme hasta lo sumo delante de Dios’. Y me afecta mucho pensar en lo ignorante que era como cristiano joven, desconociendo las profundidades sin límites, infinitas, de maldad, orgullo, hipocresía y engaño que permanecen en mi corazón1”.

Antes de criticar a Edwards debemos anhelar tener una percepción de Dios como la que él parecía tener. Una visión como esta situó a Job, el hombre más recto de la tierra, en una postura de aborrecimiento de sí mismo. Asimismo, obligó a que Isaías clamara: “¡Ay de mí!”; mucho después de él, el apóstol Pablo expresó lo mismo, y añadió que era el primero de pecadores, y confesó: Soy menos que el más pequeño de todos los santos (véase Job 40:4, 5; 42:5, 6; Isaías 6:5; 1 Timoteo 1:15 y Efesios 3:8)».

Esa humillación personal sucedió antes de la experiencia de Jonathan Edwards al ver el primer despertar en Northampton, hacia finales de 1734 y principios de 1735. En ese tiempo, pensó que quizás se habían convertido unos trescientos y la iglesia añadió a muchos miembros. La Palabra de Dios dice que Él resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes. Nosotros, los pastores, tenemos gran necesidad de andar humildemente con nuestro Dios.

La sobriedad
Jonathan Edwards era también un hombre serio en todo su porte; ponía especial cuidado en su forma de hablar. No pasaba su tiempo charlando sobre una u otra cosa. Su percepción de Dios y de Sus cosas, su amor a Dios y a los hombres, producían en él gran sobriedad, evidente en todas las áreas de su vida. No había nada en su conducta que socavara la seriedad a la cual llamó a la gente, avisando de la ira de Dios, de la brevedad de la vida y del juicio venidero; exhortando a todos a que creyeran en Jesucristo y a que le siguieran, conforme a Su palabra. Y yo me pregunto: ¿Cuántos causamos daño o tropiezo, cuántos socavamos y debilitamos nuestro mensaje por una falta de sobriedad? Si esperamos comunicar la verdad no podemos ir haciendo chistes sobre el pecado ni sobre las cosas divinas; no podemos reírnos de aquello por lo que los hombres rendirán cuenta en el Día de Juicio. La sobriedad es un requisito para los pastores.

Como predicador
Por algunas cosas que escribió el biznieto de Edwards, existe la creencia de que Edwards leía sus sermones, con el manuscrito frente a la cara. Iain Murray comenta sobre esto en las páginas 188 a 191 de su biografía y llega a la conclusión de que tal idea es poco probable, a la vez que presenta buenas razones para sostener su conclusión. El problema es que apenas hay testimonio ocular sobre su manera de predicar. Aquello de lo que disponemos indica que no usaba gestos físicos y que no tenía mucho contacto visual con la gente. Pero creemos que predicó con un gran temor de Dios, sabiendo que estaba en Su presencia, y nadie podía dudar de que un hombre de Dios, fiel y ferviente, estuviera hablando Su Palabra.

Si predicamos teniendo a Dios presente, esto afectará muchas cosas de nuestra manera de predicar.

Un problema
No podemos decir que Jonathan Edwards sea un ejemplo perfecto como pastor. Su biznieto y biógrafo nos cuenta algo que ocurrió y que se utilizó en su contra. Después del gran avivamiento, allá por el año 1744, unos jóvenes estaban haciendo un uso indebido, vil y carnal de un manual para parteras (ya se pueden imaginar). Después de consultar con otros, Edwards y los líderes decidieron reunirse con los jóvenes para indagar sobre el asunto. Llamaron a todos los que pudieran ayudar en la investigación, pero en la reunión en que se leyeron los nombres de los jóvenes citados, no indicaron que todos no eran sospechosos, sino que algunos solo eran testigos de aquel mal. Sin embargo, la manera de manejar el asunto provocó que el nombre de unos cuantos inocentes quedara asociado a los culpables. Aunque, a la larga, los culpables fueron expuestos y tuvieron que pedir perdón públicamente, parece ser que muchos nunca le perdonaron a Edwards la manera de tratar dicho asunto. Pero, esto nos lleva a considerar otra cosa a la que Edwards se enfrentó como pastor.

La fidelidad al Señor y su verdad
Jonathan Edwards fue criado y tuvo que trabajar por muchos años en una situación eclesiástica en la que resultaba fácil que la iglesia se viese dominada por personas que no eran verdaderamente piadosas. Las iglesias congregacionalistas de Nueva Inglaterra habían adoptado una práctica de recibir como miembros a personas que no profesaban su fe de una manera sobria, seria y creíble desde el punto de vista bíblico. Los pastores fieles predicaron el evangelio buscando verdaderos frutos de fe. Pero la realidad es que había muchos miembros en las iglesias que no dieron evidencia de un nuevo nacimiento y que, sin embargo, participaban de la Santa Cena con la aprobación oficial de la iglesia.

Con el apoyo del pastor Stoddard, abuelo de Edwards, la iglesia de Northhampton, Massachusetts, había seguido esa práctica. Al principio de su vida, Edwards aceptó ese arreglo e hizo lo que cualquier pastor que ama a sus oyentes habría hecho: les predicó sobre los grandes temas de la Biblia, buscando el fruto del Espíritu, anhelando una visitación especial del Espíritu Santo, porque sabía que sin el nuevo nacimiento no verían el Reino de Dios.

Es decir, en una situación que no debió haber existido y que él mismo había aceptado y apoyado al principio de su ministerio, Edwards anhelaba, deseaba y buscaba el verdadero bien de la gente. Predicó fielmente. Frente al arminianismo que estaba haciendo estragos en algunos lugares, predicó con claridad la gracia soberana de Dios y, después, publicó un famoso libro sobre el error de los arminianos con respecto al libre albedrío de los hombres. Mientras servía fielmente al Señor en amor y humildad, Edwards vio tiempos en los que el Señor transformó a muchos, concretamente a finales de 1734 y en el año 1735. Luego, en los años 1740-42, lo que se conoce por “el Gran Avivamiento” abarcó muchos lugares, incluido Northhampton, donde Edwards servía como pastor. De hecho, fue usado grandemente por aquel entonces.

Pero, volviendo a Edwards como pastor, admiramos su corazón que deseaba la salvación de aquellos a quienes servía. Quería poder presentarlos santos delante del Señor. Anhelaba verles salvos de todo engaño y, por ello, predicó la verdad a sus conciencias. Les habló sobre el amor como gracia principal, según 1 Corintios 13; los afectos, las evidencias del nuevo nacimiento, la necesidad de no tener ninguna justicia que no sea la del Señor. Quizás el libro más útil y más leído de Jonathan Edwards sea el que contiene la esencia de sus sermones a su iglesia sobre los afectos.

Pero, a la larga, sus estudios —especialmente los que trataban sobre los afectos— le llevaron a la convicción de que las iglesias congregacionalistas habían seguido una enseñanza equivocada en cuanto a quiénes podían ser miembros y participar de la Santa Cena. Su abuelo Solomon Stoddard, cuya memoria se tenía en muy alta estima, había apoyado esa práctica. Sin embargo, comprobó que entraba en conflicto con lo que su abuelo había enseñado a la iglesia. Se dio cuenta de que iba a tener problemas pero su convicción de la verdad le llevó a comentarle a su esposa, y a uno o dos amigos íntimos, que no apoyaría a nadie más que quisiera hacerse miembro de la iglesia sin una profesión de fe creíble. Varios de los miembros que eran columnas de la iglesia notaron el cambio de Edwards y se opusieron a sus ideas. En aquella época, transcurrieron unos cuatro años durante los cuales nadie nuevo pidió membresía en la iglesia. Al parecer y debido a la oposición existente, Edwards no enseñó directamente a todos sobre el tema. Finalmente, una persona pidió unirse a la iglesia como miembro y, manipulada por unos miembros de la junta, se negó a hacer la profesión que Edwards exigía y la iglesia entró en crisis. Reunieron un concilio de pastores, pero, finalmente, se dieron cuenta de que había tanta oposición al cambio propuesto que, a menos que Edwards cambiara y aceptara el “status quo” no podría seguir como pastor de la iglesia. Solo pudieron votar los varones de los que solo un diez por ciento lo hicieron a favor de Edwards. Así que, después de veintitrés años como pastor, tuvo que salir. Perdió su sueldo y toda ventaja económica, pero mostró que su amor al Señor estaba por encima de la posición, los títulos y los bienes materiales. Dijo que no podía admitir miembros en la iglesia que no profesaran la fe de un modo creíble, es decir, una fe a la que acompañara una vida piadosa, alguna evidencia de un nuevo nacimiento, y por ello le despidieron.

Aun en su despedida, Edwards buscó la paz. La iglesia le permitió predicar un sermón de despedida que fue sobrio y amoroso. Incluso después de ese sermón, Edwards no se mudó enseguida y, en algunas ocasiones, cuando no pudieron conseguir a un pastor visitante, le pidieron que predicara y él lo hizo.

Pero, en cuanto a esta experiencia de Jonathan Edwards, debemos ver que el pastor tiene que poner oro, plata y piedras preciosas en el templo, no heno, hojarasca y madera. Jonathan Edwards aprendió esto y sufrió por su fe. Un pastor tiene que ir adonde la palabra del Señor le lleve y no puede permitir que el amor a su posición o a cualquier otra cosa interfiera con su servicio fiel.

Más tarde, Edwards trabajó entre los indios y los ingleses en un pueblo de Massachusetts llamado Stockbridge. Estuvo allí unos siete años antes de ser nombrado presidente de la Universidad de Princeton, pero apenas había comenzado sus labores allí cuando le sobrevino la muerte por una reacción a la vacuna contra la viruela. Murió en marzo de 1758.

En el poco tiempo que trabajó en Princeton mostró que iba a trabajar con el corazón y el cuidado de un pastor, buscando el bien eterno de los estudiantes.

Edwards pone de manifiesto el corazón y los rasgos de un pastor fiel. Fue ejemplo para sus oyentes de piedad personal y piedad en el hogar, y procuró la salvación de estos, una salvación que incluía el gozo en el Señor, el regocijo por haberle conocido. Quería verlos glorificar a Dios mediante la fe y vidas santas. Deseaba que aceptaran alegremente el gobierno de Dios en sus vidas. Predicaba Su soberanía absoluta, persuadido de que solo esa verdad podría llevarles a una vida de verdadera piedad.

Hasta el día de hoy, multitudes de personas aman al Señor y hemos sido edificados mediante los escritos de Edwards; pero, casi todos sus escritos, procedían de su pensamiento de pastor que amaba al Señor y a Su Reino. Sentimos gran estima por lo que escribió, porque es bíblico y nos lleva a pensar en la verdad.

Quienes no son amigos de Cristo hablan de Edwards desde una perspectiva humanista, socavando así la fe de quienes leen su obra y sacan provecho. Tales autores han sido piedra de tropiezo para las personas que reciben el veneno de su humanismo.

Pero, aquellos que aman la Palabra de Dios y quieren vivir piadosamente, estimarán su enseñanza. En nuestra iglesia, algunos aprecian mucho lo que Jonathan Edwards enseñó. Como pastor, siento gozo al ver un interés por la lectura de Jonathan Edwards en aquellos a quienes cuido como pastor.

Notas

1Citado por Iain Murray, véase bibliografía, páginas 101-102, de Personal Narrative de Jonathan Edwards, incluida en su biografía por Sereno Dwight; traducción de NDV.

Bibliografía selecta
Existen unas cuantas biografías de Edwards, algunas escritas por creyentes que amaban o aman su fe, y otras por personas que, como humanistas, tratan de explicar su fe y su vida desde su propio punto de vista, aun no estando de acuerdo con la fe bíblica (evangélica y calvinista) de Edwards.

Las obras más provechosas que recomiendo son:

Murray, Iain H., Jonathan Edwards – A New Biography (Edinburgh: The Banner of Truth Trust, 1987). Esta es la obra que más estimo junto con la biografía de Sereno Dwight, biznieto de Edwards.

Dwight, Sereno, Life of President Edwards. La biografía que he leído se encuentra en el tomo I de esta próxima obra. Incluye la narración personal de Edwards.

The Works of Jonathan Edwards, en dos tomos, revisado y corregido por Edward Hickman (1834); (Edinburgh: The Banner of Truth Trust, 1974; reprinted 1976). Estos dos tomos contienen los sermones y los escritos más conocidos. Son de mucho provecho.

La Universidad de Yale mantiene una página web con muchos recursos: http://edwards.yale.edu/

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Biografía: Jonathan Edwards como pastor, Parte 2

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En nuestro primer estudio consideramos unos datos biográficos de la vida de Jonathan Edwards y, a continuación, nos centramos en cómo Dios le llamó de un modo en que su vida fue dominada por una visión espiritual de la majestad, la gloria, el esplendor y la soberanía de Dios. Llegó a ser un pastor que deseaba que los demás vieran a Dios en Cristo de esta manera, y que lo amaran. Asimismo, vimos la bendición de Dios sobre él al proporcionarle la esposa que tuvo y cómo fueron ejemplo para muchos. Con una esposa así, Edwards pudo pastorear bien no solo por la ayuda que le prestaba (porque ella era una genuina ayuda idónea en todo el amplio sentido de la palabra), sino por el ejemplo que suponía para el pueblo del Señor.

Dado que la tarea que se me ha asignado consiste en analizar a Edwards como pastor, les recuerdo que Jonathan Edwards fue reconocido como pastor. Quienes le llamaron para, posteriormente, sostenerle económicamente creyeron que fue un don de Jesucristo para la iglesia, para su pueblo redimido. Nosotros coincidimos con esta opinión.

Se podrían señalar muchas cosas sobre este hombre de Dios. Prosigo, por tanto, con otras reflexiones adicionales. Cuando pienso en su faceta de pastor, al margen de lo que ya he apuntado hasta ahora, me gustaría considerar varias cosas.

En su «oficina», es decir, en su lugar de trabajo
Según su reputación, Edwards pasaba trece horas al día trabajando, nutriendo una vida de contemplación, de estudio y de reflexión; tomando notas sobre muchas cosas; viviendo conscientemente en la presencia de Dios. Preparaba sus sermones en ese ambiente. Esta práctica podría parecer demasiado extrema, pero si consideramos algunas de las bendiciones que recibió, y de las cuales fue testigo, la justa conclusión sería decir que los pastores modernos debemos pensar bien en nuestros caminos. ¿Estamos pasando el tiempo necesario con Dios y con Su Palabra para el bien de nuestras almas y el de la iglesia?

Edwards mantenía una disciplina en su propia vida y en la de su familia, con la ayuda de su esposa que cooperaba por completo. No descuidó a su familia. Oró con ella por la mañana y adoraba con ella por la noche.

Al parecer, Edwards no visitaba a los miembros con regularidad; sin embargo, si alguno mandaba buscarle para que fuera a visitarle o cuando había una emergencia, siempre estaba disponible. Además, muchas personas se hospedaron en su casa y, a veces, algunos hombres que se preparaban para el ministerio también se alojaron unas semanas allí, y Edwards los guió en la lectura y el estudio. Samuel Hopkins fue uno de ellos. Como testigo ocular, dejó mucha información valiosa sobre la vida de Edwards y de su esposa Sarah.

En oración
Volviendo a las trece horas que pasaba en su lugar de estudio, estas incluían su tiempo de oración en privado, algo que, al parecer, solía hacer con frecuencia. En esto Edwards sirve de ejemplo a los que esperan servir como pastores, porque existen razones para creer que la comunión con Dios en la oración era un rasgo de su vida. Tenía su tiempo de oración en privado, y otro en que lo hacía con la familia. Las oraciones que elevó en la adoración pública no estaban escritas, sino que eran según le salían del corazón, de manera que, muchas veces, dejó una profunda impresión en aquellos que oyeron. Predicó y publicó mucho sobre la oración, promoviéndola en la iglesia que cuidaba, pero también instando a las iglesias en general a que dedicaran tiempo a ella. Un sermón sobre la oración muestra que una de las señales de un hipócrita es su deficiencia en el asunto de la oración en privado. Edwards escribió un libro instando al pueblo del Señor a que orara unido por el avivamiento de la religión, y por la extensión del reino de Dios en el mundo. Esa obra llegó a Inglaterra y, junto con una biografía de David Brainerd que Edwards también había preparado, tuvo gran parte en la misión de William Carey a la India. Este énfasis en la oración conviene a los pastores y a las almas que estos cuidan.

La humildad de Jonathan Edwards
Otra gracia que podemos observar en Edwards es su humildad. Sé que algunos estarían dispuestos a señalar algunas cosas en cuanto a su casa, la forma de vestir de su familia, su sueldo y sus ventajas económicas, pero no hay evidencia de que Edwards tuviera una gran preocupación por las cosas materiales. En realidad, existen pruebas tangibles de su disposición a dejarlo todo para seguir sus convicciones, como veremos más adelante. Edwards era un hombre que servía al Señor con toda humildad (como Pablo en Hechos 20:19). Su biznieto descubrió lo siguiente entre sus documentos, escrito de su puño y letra, pero sin el propósito de que fuera publicado:

“Desde que vivo en este pueblo, he visto muchas veces mi pecaminosidad y vileza de una manera que me han afectado sumamente; con frecuencia esto me ha tocado tanto que un gran llanto se apoderaba de mí, a veces durante un tiempo prolongado, de tal manera que tenía que encerrarme. Mi sentido de mi propia iniquidad y de la maldad de mi corazón fue en aumento, superando a la que tenía antes de mi conversión. Muchas veces he visto que si Dios tuviera en cuenta mi maldad, me vería como el peor de todos los hombres, de los que han sido desde el principio del mundo hasta ahora, y que me correspondería el lugar más bajo del infierno, mucho más bajo que el de los demás.

“Hace mucho que mi maldad, como yo soy en mí mismo, me ha parecido, en un sentido, inefable, como si devorara todo pensamiento e imaginación, como un diluvio infinito o como montañas sobre mi cabeza. No conozco una manera más correcta de expresar en qué se asemejan mis pecados a mí mismo, excepto poniendo infinito sobre infinito y multiplicar infinito por infinito. Muchas veces, durante estos años, estas expresiones han estado en mi mente y en mi boca, ¡Infinito sobre infinito… infinito sobre infinito! Cuando miro a mi corazón, y evalúo mi maldad, percibo un abismo infinitamente más profundo que el infierno.

“Últimamente he anhelado grandemente tener un corazón quebrantado y postrarme muy bajo delante de Dios; y cuando pido humildad, no puedo soportar la idea de no ser más humilde que otros cristianos. Me parece que su grado de humildad puede ser idóneo para ellos, pero que en mi caso, no ser el más bajo de todos los hombres en humildad, sería como una vil autoexaltación. Otros hablan de su deseo de ser ‘humillados hasta el polvo’ y esa expresión puede ser apropiada para ellos, pero en lo que a mí respecta, pienso que debo ‘postrarme hasta lo sumo delante de Dios’. Y me afecta mucho pensar en lo ignorante que era como cristiano joven, desconociendo las profundidades sin límites, infinitas, de maldad, orgullo, hipocresía y engaño que permanecen en mi corazón1”.

Antes de criticar a Edwards debemos anhelar tener una percepción de Dios como la que él parecía tener. Una visión como esta situó a Job, el hombre más recto de la tierra, en una postura de aborrecimiento de sí mismo. Asimismo, obligó a que Isaías clamara: “¡Ay de mí!”; mucho después de él, el apóstol Pablo expresó lo mismo, y añadió que era el primero de pecadores, y confesó: Soy menos que el más pequeño de todos los santos (véase Job 40:4, 5; 42:5, 6; Isaías 6:5; 1 Timoteo 1:15 y Efesios 3:8)».

Esa humillación personal sucedió antes de la experiencia de Jonathan Edwards al ver el primer despertar en Northampton, hacia finales de 1734 y principios de 1735. En ese tiempo, pensó que quizás se habían convertido unos trescientos y la iglesia añadió a muchos miembros. La Palabra de Dios dice que Él resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes. Nosotros, los pastores, tenemos gran necesidad de andar humildemente con nuestro Dios.

La sobriedad
Jonathan Edwards era también un hombre serio en todo su porte; ponía especial cuidado en su forma de hablar. No pasaba su tiempo charlando sobre una u otra cosa. Su percepción de Dios y de Sus cosas, su amor a Dios y a los hombres, producían en él gran sobriedad, evidente en todas las áreas de su vida. No había nada en su conducta que socavara la seriedad a la cual llamó a la gente, avisando de la ira de Dios, de la brevedad de la vida y del juicio venidero; exhortando a todos a que creyeran en Jesucristo y a que le siguieran, conforme a Su palabra. Y yo me pregunto: ¿Cuántos causamos daño o tropiezo, cuántos socavamos y debilitamos nuestro mensaje por una falta de sobriedad? Si esperamos comunicar la verdad no podemos ir haciendo chistes sobre el pecado ni sobre las cosas divinas; no podemos reírnos de aquello por lo que los hombres rendirán cuenta en el Día de Juicio. La sobriedad es un requisito para los pastores.

Como predicador
Por algunas cosas que escribió el biznieto de Edwards, existe la creencia de que Edwards leía sus sermones, con el manuscrito frente a la cara. Iain Murray comenta sobre esto en las páginas 188 a 191 de su biografía y llega a la conclusión de que tal idea es poco probable, a la vez que presenta buenas razones para sostener su conclusión. El problema es que apenas hay testimonio ocular sobre su manera de predicar. Aquello de lo que disponemos indica que no usaba gestos físicos y que no tenía mucho contacto visual con la gente. Pero creemos que predicó con un gran temor de Dios, sabiendo que estaba en Su presencia, y nadie podía dudar de que un hombre de Dios, fiel y ferviente, estuviera hablando Su Palabra.

Si predicamos teniendo a Dios presente, esto afectará muchas cosas de nuestra manera de predicar.

Un problema
No podemos decir que Jonathan Edwards sea un ejemplo perfecto como pastor. Su biznieto y biógrafo nos cuenta algo que ocurrió y que se utilizó en su contra. Después del gran avivamiento, allá por el año 1744, unos jóvenes estaban haciendo un uso indebido, vil y carnal de un manual para parteras (ya se pueden imaginar). Después de consultar con otros, Edwards y los líderes decidieron reunirse con los jóvenes para indagar sobre el asunto. Llamaron a todos los que pudieran ayudar en la investigación, pero en la reunión en que se leyeron los nombres de los jóvenes citados, no indicaron que todos no eran sospechosos, sino que algunos solo eran testigos de aquel mal. Sin embargo, la manera de manejar el asunto provocó que el nombre de unos cuantos inocentes quedara asociado a los culpables. Aunque, a la larga, los culpables fueron expuestos y tuvieron que pedir perdón públicamente, parece ser que muchos nunca le perdonaron a Edwards la manera de tratar dicho asunto. Pero, esto nos lleva a considerar otra cosa a la que Edwards se enfrentó como pastor.

La fidelidad al Señor y su verdad
Jonathan Edwards fue criado y tuvo que trabajar por muchos años en una situación eclesiástica en la que resultaba fácil que la iglesia se viese dominada por personas que no eran verdaderamente piadosas. Las iglesias congregacionalistas de Nueva Inglaterra habían adoptado una práctica de recibir como miembros a personas que no profesaban su fe de una manera sobria, seria y creíble desde el punto de vista bíblico. Los pastores fieles predicaron el evangelio buscando verdaderos frutos de fe. Pero la realidad es que había muchos miembros en las iglesias que no dieron evidencia de un nuevo nacimiento y que, sin embargo, participaban de la Santa Cena con la aprobación oficial de la iglesia.

Con el apoyo del pastor Stoddard, abuelo de Edwards, la iglesia de Northhampton, Massachusetts, había seguido esa práctica. Al principio de su vida, Edwards aceptó ese arreglo e hizo lo que cualquier pastor que ama a sus oyentes habría hecho: les predicó sobre los grandes temas de la Biblia, buscando el fruto del Espíritu, anhelando una visitación especial del Espíritu Santo, porque sabía que sin el nuevo nacimiento no verían el Reino de Dios.

Es decir, en una situación que no debió haber existido y que él mismo había aceptado y apoyado al principio de su ministerio, Edwards anhelaba, deseaba y buscaba el verdadero bien de la gente. Predicó fielmente. Frente al arminianismo que estaba haciendo estragos en algunos lugares, predicó con claridad la gracia soberana de Dios y, después, publicó un famoso libro sobre el error de los arminianos con respecto al libre albedrío de los hombres. Mientras servía fielmente al Señor en amor y humildad, Edwards vio tiempos en los que el Señor transformó a muchos, concretamente a finales de 1734 y en el año 1735. Luego, en los años 1740-42, lo que se conoce por “el Gran Avivamiento” abarcó muchos lugares, incluido Northhampton, donde Edwards servía como pastor. De hecho, fue usado grandemente por aquel entonces.

Pero, volviendo a Edwards como pastor, admiramos su corazón que deseaba la salvación de aquellos a quienes servía. Quería poder presentarlos santos delante del Señor. Anhelaba verles salvos de todo engaño y, por ello, predicó la verdad a sus conciencias. Les habló sobre el amor como gracia principal, según 1 Corintios 13; los afectos, las evidencias del nuevo nacimiento, la necesidad de no tener ninguna justicia que no sea la del Señor. Quizás el libro más útil y más leído de Jonathan Edwards sea el que contiene la esencia de sus sermones a su iglesia sobre los afectos.

Pero, a la larga, sus estudios —especialmente los que trataban sobre los afectos— le llevaron a la convicción de que las iglesias congregacionalistas habían seguido una enseñanza equivocada en cuanto a quiénes podían ser miembros y participar de la Santa Cena. Su abuelo Solomon Stoddard, cuya memoria se tenía en muy alta estima, había apoyado esa práctica. Sin embargo, comprobó que entraba en conflicto con lo que su abuelo había enseñado a la iglesia. Se dio cuenta de que iba a tener problemas pero su convicción de la verdad le llevó a comentarle a su esposa, y a uno o dos amigos íntimos, que no apoyaría a nadie más que quisiera hacerse miembro de la iglesia sin una profesión de fe creíble. Varios de los miembros que eran columnas de la iglesia notaron el cambio de Edwards y se opusieron a sus ideas. En aquella época, transcurrieron unos cuatro años durante los cuales nadie nuevo pidió membresía en la iglesia. Al parecer y debido a la oposición existente, Edwards no enseñó directamente a todos sobre el tema. Finalmente, una persona pidió unirse a la iglesia como miembro y, manipulada por unos miembros de la junta, se negó a hacer la profesión que Edwards exigía y la iglesia entró en crisis. Reunieron un concilio de pastores, pero, finalmente, se dieron cuenta de que había tanta oposición al cambio propuesto que, a menos que Edwards cambiara y aceptara el “status quo” no podría seguir como pastor de la iglesia. Solo pudieron votar los varones de los que solo un diez por ciento lo hicieron a favor de Edwards. Así que, después de veintitrés años como pastor, tuvo que salir. Perdió su sueldo y toda ventaja económica, pero mostró que su amor al Señor estaba por encima de la posición, los títulos y los bienes materiales. Dijo que no podía admitir miembros en la iglesia que no profesaran la fe de un modo creíble, es decir, una fe a la que acompañara una vida piadosa, alguna evidencia de un nuevo nacimiento, y por ello le despidieron.

Aun en su despedida, Edwards buscó la paz. La iglesia le permitió predicar un sermón de despedida que fue sobrio y amoroso. Incluso después de ese sermón, Edwards no se mudó enseguida y, en algunas ocasiones, cuando no pudieron conseguir a un pastor visitante, le pidieron que predicara y él lo hizo.

Pero, en cuanto a esta experiencia de Jonathan Edwards, debemos ver que el pastor tiene que poner oro, plata y piedras preciosas en el templo, no heno, hojarasca y madera. Jonathan Edwards aprendió esto y sufrió por su fe. Un pastor tiene que ir adonde la palabra del Señor le lleve y no puede permitir que el amor a su posición o a cualquier otra cosa interfiera con su servicio fiel.

Más tarde, Edwards trabajó entre los indios y los ingleses en un pueblo de Massachusetts llamado Stockbridge. Estuvo allí unos siete años antes de ser nombrado presidente de la Universidad de Princeton, pero apenas había comenzado sus labores allí cuando le sobrevino la muerte por una reacción a la vacuna contra la viruela. Murió en marzo de 1758.

En el poco tiempo que trabajó en Princeton mostró que iba a trabajar con el corazón y el cuidado de un pastor, buscando el bien eterno de los estudiantes.

Edwards pone de manifiesto el corazón y los rasgos de un pastor fiel. Fue ejemplo para sus oyentes de piedad personal y piedad en el hogar, y procuró la salvación de estos, una salvación que incluía el gozo en el Señor, el regocijo por haberle conocido. Quería verlos glorificar a Dios mediante la fe y vidas santas. Deseaba que aceptaran alegremente el gobierno de Dios en sus vidas. Predicaba Su soberanía absoluta, persuadido de que solo esa verdad podría llevarles a una vida de verdadera piedad.

Hasta el día de hoy, multitudes de personas aman al Señor y hemos sido edificados mediante los escritos de Edwards; pero, casi todos sus escritos, procedían de su pensamiento de pastor que amaba al Señor y a Su Reino. Sentimos gran estima por lo que escribió, porque es bíblico y nos lleva a pensar en la verdad.

Quienes no son amigos de Cristo hablan de Edwards desde una perspectiva humanista, socavando así la fe de quienes leen su obra y sacan provecho. Tales autores han sido piedra de tropiezo para las personas que reciben el veneno de su humanismo.

Pero, aquellos que aman la Palabra de Dios y quieren vivir piadosamente, estimarán su enseñanza. En nuestra iglesia, algunos aprecian mucho lo que Jonathan Edwards enseñó. Como pastor, siento gozo al ver un interés por la lectura de Jonathan Edwards en aquellos a quienes cuido como pastor.

Notas

1Citado por Iain Murray, véase bibliografía, páginas 101-102, de Personal Narrative de Jonathan Edwards, incluida en su biografía por Sereno Dwight; traducción de NDV.

Bibliografía selecta
Existen unas cuantas biografías de Edwards, algunas escritas por creyentes que amaban o aman su fe, y otras por personas que, como humanistas, tratan de explicar su fe y su vida desde su propio punto de vista, aun no estando de acuerdo con la fe bíblica (evangélica y calvinista) de Edwards.

Las obras más provechosas que recomiendo son:

Murray, Iain H., Jonathan Edwards – A New Biography (Edinburgh: The Banner of Truth Trust, 1987). Esta es la obra que más estimo junto con la biografía de Sereno Dwight, biznieto de Edwards.

Dwight, Sereno, Life of President Edwards. La biografía que he leído se encuentra en el tomo I de esta próxima obra. Incluye la narración personal de Edwards.

The Works of Jonathan Edwards, en dos tomos, revisado y corregido por Edward Hickman (1834); (Edinburgh: The Banner of Truth Trust, 1974; reprinted 1976). Estos dos tomos contienen los sermones y los escritos más conocidos. Son de mucho provecho.

La Universidad de Yale mantiene una página web con muchos recursos: http://edwards.yale.edu/

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Biografía: Jonathan Edwards como pastor, Parte 1

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¿Quién era Jonathan Edwards?
Jonathan era un hijo de Adán por naturaleza; biznieto de un hombre inglés (William Edwards) y llevado a los Estados Unidos por su madre y su padrastro británico que, junto con otros santos, buscaban poder adorar a Dios conforme a Su Palabra. Estas personas vivieron en Hartford, Connecticut. Su pastor era Thomas Hooker, un conocido puritano de Nueva Inglaterra. El abuelo de Jonathan (Richard Edwards) nació en Hartford y llegó a ser un próspero hombre de negocios; y, lo que es más, era temeroso de Dios, a pesar de (o, quizás debido a) tener una esposa que sufría de una enfermedad mental. El padre de Jonathan, Timothy Edwards, tenía a su padre en alta estima, pero llegó un momento en que tuvo que testificar contra la infidelidad de su propia madre. Su padre estudió en Harvard, se graduó con buenas notas y, posteriormente, se instaló en el pueblo de East Windsor, Connecticut, donde fue pastor. Timothy se casó con Esther Stoddard, hija de Solomon Stoddard, pastor de Northhampton, Massachusetts, muy conocido en aquel tiempo. Los Stoddard eran de clase social alta, pero sobre todo eran personas que seguían al Señor conforme a la luz que tenían, confiando solo en Él para su justificación y su esperanza de vida eterna.

Jonathan nació el 5 de octubre de 1703 en East Windsor. Tenía cuatro hermanas mayores que él y seis menores. Era el único hijo varón de la familia. Debió haber recibido bastante atención, pero hay razones para creer que sus padres no querían que fuese un hombre consentido y malcriado. Recibió una buena educación.

En cuanto a su crianza, Timothy Edwards (padre de Jonathan) servía como pastor y además era tutor. Tenía fama como tal, porque sus estudiantes siempre estuvieron bien preparados para entrar en la universidad. Enseñó a su propio hijo que era un niño precoz. Cuando Jonathan comenzó sus estudios, lo que llamaríamos estudios universitarios, ya sabía mucho de latín, griego y hebreo. Todavía no había cumplido los trece años, cuando comenzó dichos estudios en septiembre de 1716.

Además de la disciplina de los estudios formales, Jonathan habría observado atentamente todo lo que su padre tenía que hacer y sufrir, enfrentar y llevar, en su oficio de pastor. Asimismo, es probable que tuviera contacto con muchas de las visitas que pasaron por aquel pueblo. Seguramente vería los gozos del ministerio y, a la vez, quizás también algunas de las dificultades. Al parecer, su padre enseñaba como tutor, porque su sueldo no era suficiente para suplir todas las necesidades de su familia. Con todo, es evidente que Edwards no vio nada que le empujara a huir del ministerio. A la larga, y siendo aún joven, anhelaba pregonar la grandeza de Dios y aceptó la responsabilidad de pastor.

Estudió en un colegio/universidad que, con posterioridad, se llamó Yale. Terminó su bachillerato en mayo de 1720 (tenía 16 años) y fue el estudiante con mejores notas. Como era la costumbre, le tocó dar un discurso en una reunión de reconocimiento de los graduados, en septiembre del mismo año.

A continuación hizo su “maestría”, terminando sus estudios en mayo de 1722 y presentó el equivalente de lo que denominamos “tesis” que fue aprobada poco antes de que cumpliera los veinte años.

Durante el tiempo en que cursó sus estudios graduados tuvo una experiencia de conversión, una transformación en su manera de pensar y sentir, una nueva vida y un nuevo rumbo. Volveremos a ese asunto más adelante.

Desde el 10 de agosto de 1722 hasta abril de 1723, vivía y predicaba en una iglesia presbiteriana de habla inglesa, en la ciudad de Nueva York.

Sirvió como pastor en Bolton, Connecticut, desde el 11 de noviembre de 1723 hasta mayo de 1724 (solo tenía veinte años). En mayo de 1724, fue elegido tutor en Yale y dejó su posición como pastor en Bolton, para desempeñar dicho puesto.

En agosto de 1726, la Iglesia de Northampton, Massachusetts, que su abuelo materno, Solomon Stoddard, había pastoreado durante cincuenta años, le pidió que viniera para ayudar al pastor Stoddard. Edwards renunció a su posición como tutor y, en octubre de 1726, comenzó un tiempo de prueba para que la congregación pudiera conocerle como persona y como predicador.

En 1727, el día 15 de febrero, Jonathan fue ordenado pastor asistente en la Iglesia Congregacionalista de Northampton, Massachusetts. Tenía veintitrés años. En julio de ese mismo año se casó con una joven de diecisiete, Sarah Pierrepont, piadosa y de buen nombre, hija de pastor. Hay libros escritos sobre la esposa de Edwards, y creo que todo el mundo está de acuerdo en que él pudo servir como lo hizo por la gracia de Dios, y porque Él le dio una mujer extraordinaria1.

Experiencia de conversión
Hasta ahora hemos considerado unos hechos relativos a aspectos más superficiales de la vida de Edwards, con el fin de obtener un contexto histórico de este hombre de Dios. Pero, se supone que debo hablar de él como pastor.

Lo más importante en un pastor es que sea verdaderamente un hombre de Dios, un hombre piadoso. Es cierto que, en la historia de la iglesia, también ha habido Judas, y que Él puede usar incluso a una burra para expresar su Palabra. Sin embargo, por lo general, son hombres llenos del Espíritu de Cristo cuya influencia entre el pueblo del Señor es duradera; como aquellos hombres que vivieron y murieron en la fe dada una vez y para siempre a los santos. Dios manda a los pastores que le amen a Él (como vemos en las palabras de Jesús a Pedro en Juan 21); que cuiden de sí mismos y que sigan la fe, el amor y la santidad. Edwards es un ejemplo de este tipo de pastor.

Aunque no se convirtió hasta el verano de 1721, a la edad de diecisiete años, nunca vivió una vida escandalosa. Tenía una conciencia sensible. A los ocho años y medio, hizo una choza en un pantano donde pudiera ir a orar. A pesar de ello, como testificaría más tarde, no tenía paz con Dios. De hecho, le molestó pensar en su soberanía por encima de todas las cosas y que la salvación dependiera solamente de Él. Pero, en la gracia de Dios, el Espíritu le abrió los ojos mediante la lectura y la meditación de 1 Timoteo 1:17, y su vida cambió para siempre.

En la biografía de Edwards (p. 35) obra de Iain Murray, se afirma que la declaración más importante que escribió sobre sí mismo es la que vemos en su Personal Narrative (que se halla en la vida de Jonathan Edwards preparada por su biznieto Sereno Dwight). En ella, Edwards escribe:

«El primer ejemplo que recuerdo de esa clase de deleite interno y dulce en Dios, y en las cosas divinas en las cuales he vivido mucho después, fue cuando leí esas palabras (1 Timoteo 1:17): “Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén”. Mientras leía, las palabras entraron en mi alma y en ella se difundió un sentido de la gloria del Ser Divino; un nuevo sentido, muy diferente a cualquier otra cosa que hubiera experimentado antes. Jamás había visto unas palabras de las Escrituras como aquellas. Pensé:

“¡Cuán excelente Ser es Él y cuán feliz sería yo si pudiera disfrutar de Dios, y ser arrebatado hacia Él en el cielo, quedar para siempre como absorto en Él!”. Me repetía a mí mismo una y otra vez aquellas palabras, y era como si las cantara. Entonces empecé a orar a Dios pidiéndole que pudiera disfrutar de Él. Fue una oración muy distinta a las que solía hacer, con un nuevo tipo de afecto. Pero mi mente no captó que hubiera algo espiritual en aquella experiencia o algo relativo a una naturaleza salvadora.

“Desde ese tiempo en adelante, comencé a tener una nueva clase de entendimiento e ideas sobre Cristo y la obra de redención, así como de la manera gloriosa de la salvación efectuada por Él. A veces, un sentido interior y dulce de estas cosas entraba en mi corazón, y mi alma era dirigida hacia agradables percepciones y contemplaciones de ellas. Mi mente solo pensaba en pasar mi tiempo en la lectura y en la meditación de Cristo, en la hermosura y excelencia de Su persona y en el camino precioso de la salvación, por gracia y libre en Él. Los mejores libros eran aquellos que trataban de estos asuntos. Las palabras de Cantares 2:1 no se apartaban de mí: “Yo soy la rosa de Sarón, y el lirio de los valles”. Me parecían una dulce representación de la hermosura y la belleza de Jesucristo. Todo el libro de Cantares me resultaba agradable y pasé mucho tiempo leyéndolo […]. El sentido que tenía de las cosas divinas me provocaba, con frecuencia, un ardor en el corazón que no sé cómo expresar2».

Asimismo, testificó:

«Caminé solo en los pastos de mi padre, por un lugar solitario, para tener un tiempo de contemplación. Y al ir caminando por allí y mirando hacia el cielo y las nubes, me vino a la mente una dulce sensación de la gloriosa majestad y la gracia de Dios que no sabría explicar. Me pareció verlas en dulce unión: majestad y mansedumbre unidas. Fue dulce, apacible, y santo; una inmensa dulzura, una elevada nobleza, grande y santa.

“El aspecto de todo quedó alterado: parecía existir una calma, una dulce mirada o una apariencia de la gloria divina, sobre casi todas las cosas. La excelencia de Dios, Su sabiduría, Su pureza y Su amor, parecían estar en todo: en el sol, la luna y las estrellas; en las nubes y en el cielo azul; en la hierba, las flores y los árboles; en el agua y en toda la naturaleza […] que se me quedó grabada por largo tiempo en la mente. Solía sentarme, a menudo, a contemplar la luna durante largo rato, y dedicaba gran parte del día observando las nubes y el cielo, para poder contemplar la dulce gloria de Dios en ellos. Mientras tanto, iba cantando en voz baja mis meditaciones sobre el Creador y Redentor3”.

Hermanos, si una persona profesa ser cristiana, pero no tiene tiempo o no se toma el tiempo de contemplar la Creación con admiración, tiene un serio problema. Los pastores hemos de ser ejemplos en este asunto. Al parecer, Edwards nunca perdió su deseo de salir fuera y contemplar las obras de Dios en la Creación. A la vez que reconocemos las ventajas de los aparatos celulares y del Internet, tenemos que lamentar que, en la mayoría de los casos, esos aparatos de la tecnología moderna tienen a la gente fascinada, estupefacta, encantada, embelesada, embobada, etc., con cosas que carecen de valor espiritual y eterno. No consideran los cielos como el salmista ni consideran los lirios y las aves como nuestro Señor.

El Señor, sus palabras y sus obras deben fascinarnos.

Pero, como conclusión de esta primera observación, diremos que Jonathan Edwards fue un pastor fiel por la gracia de Dios que lo llamó. En él podemos ver los rasgos de un hombre que ama a Dios.

La bendición de una esposa piadosa
Además de pensar en su experiencia de conversión, podemos considerar otras muchas cosas en relación con él como pastor.

En otro estudio analizaremos algo de su vida de contemplación, de estudio, de reflexión y de vivir en la presencia de Dios. Tenía su tiempo de oración en privado, y el que compartía con la familia. No escribió ninguna de sus oraciones; ni las privadas ni las familiares, y esto es algo que entendemos. Sin embargo, tampoco escribía las que hacía en la adoración, aunque muchos pastores sí tenían costumbre de hacerlo. Sus oraciones públicas salían de su corazón y en una forma que, muchas veces, dejaron una profunda impresión en aquellos que lo oyeron.

En conexión con lo anteriormente mencionado, pienso en su disciplina, en su propia vida y en su familia. En cuanto al hogar, Jonathan Edwards pudo contar con una mujer que cooperaba por completo. No cabe duda del amor que existía entre ellos. A veces salían por las tardes, a caballo, para conversar y compartir.

Edwards se había fijado en ella cuando solo contaba con trece años y escribió sobre su reputación:

«Dicen que hay una joven en New Haven, amada por ese Ser Todopoderoso que creó y gobierna el mundo y que, en momentos concretos, de alguna manera invisible u otra, viene a ella y le llena la mente con gran placer, de tal manera que apenas se preocupa de nada que no sea meditar en él. Ella espera, después de un tiempo, ser recibida arriba donde Él está; ser levantada del mundo y llevada al cielo, con la completa seguridad de que Él la ama demasiado para quedarse por siempre a una distancia de Él. Allí vivirá con Él, encantada con Su amor y deleite para siempre. Por tanto, si se le presenta el mundo con el más rico de sus tesoros, no lo tiene en cuenta ni se preocupa de esas cosas, ni se conmueve por cualquier dolor o aflicción. Posee una extraña dulzura en su mente, y una pureza singular en sus afectos. Es sumamente justa y concienzuda en todos sus actos y no se la puede persuadir para que haga algo malo o pecaminoso ni siquiera a cambio de todo lo que uno pudiera darle, ya que no quiere ofender a ese gran Ser. Su dulzura es maravillosa, su calma y su benevolencia universales, especialmente después de esas temporadas en las que este gran Dios se ha manifestado a su mente. A veces va de un lugar a otro, cantando dulcemente, y parece estar siempre llena de alegría y placer, sin que nadie sepa por qué. Le encanta estar sola y caminar por los campos, en las montañas, y parece que alguien invisible está siempre conversando con ella4».

Su diligencia en cuidar de su casa y su piedad delante de Dios han sido objetos de testimonio de muchos, tanto de visitas como de personas que vivían con ellos.

Poco antes de morir, estando él en New Jersey y ella todavía en Massachusetts, Edwards dijo a una de las hijas que estaba con él: “…parece ser la voluntad de Dios que pronto tenga que dejarles; por tanto, transmite mi amor más cariñoso a mi amada esposa, y dile que confíe en que la unión inusual (poco común, en inglés ‘uncommon’) que hemos tenido durante tanto tiempo, ha sido de tal naturaleza que ha de ser espiritual y, por tanto, continuará para siempre. Espero que se sienta sostenida en esta prueba tan grande y que se someta gozosamente a la voluntad de Dios5”.

El Señor bendijo su unión matrimonial con once hijos (ocho hijas y tres varones). Todos nacieron bien y no perdieron ningún bebé por aborto espontáneo ni en el momento de su nacimiento.

Con una familia tan grande, su esposa necesitaba ayuda y, conforme a la costumbre de ese tiempo, Edwards tenía siervos (esclavos) para que asistieran a su esposa en la casa y trabajaran en los terrenos que la iglesia había provisto. Los criados se unían a la adoración junto a la familia, tanto en la casa como en la iglesia.

Fue una gran bendición del Señor el proporcionarle una esposa tan extraordinaria. Como opinó un biógrafo serio—y probablemente muchos han creído lo mismo—, es muy posible y aún probable que, sin ella, yo no estaría escribiendo sobre él ahora. Hay unos cuantos hombres que podrían servir mucho mejor en el reino del Señor si tuvieran una mujer parecida a la de Edwards. Algunas mujeres, por su carácter defectuoso en unas áreas, su lengua suelta y/o por su manera descuidada (o atrevida) de vestir y de comportarse, estorban grandemente cualquier influencia santa que sus esposos pudieran tener como líderes. Todo esto nos hace entender cuán importante es que un hombre de Dios ponga sumo cuidado a la hora de escoger a una esposa, y la relevancia de que esta sea una ayuda idónea para él. Estas son cosas por las que hay que orar.

Por supuesto, cada creyente, sea hombre o mujer, debe vivir una vida piadosa, dedicada a Dios, tener cuidado en la selección de su cónyuge y cumplir debidamente con sus deberes.

La piedad de Jonathan y Sarah Edwards es digna de imitar.

Notas
1. Existe un interesante libro sobre ella: Marriage to a difficult man, por Elizabeth Dodds.
2. Citada en Iain Murray, véase la bibliografía, páginas 35, 36; traducción de NDV
3. De Personal Narrative, aunque no sé quién hizo la traducción; la encontré en http://mestizaenamor.blogspot.com/2010/05/narracion-personal-de-jonathan-edwards.html
4. Citada en Iain Murray, véase la bibliografía, página 92; traducción: Google y NDV
5. Citada en varios libros; traducción NDV

Bibliografía selecta.

Existen unas cuantas biografías de Edwards, algunas escritas por creyentes que amaban o aman su fe, y otras por personas que, como humanistas, tratan de explicar su fe y su vida desde su propio punto de vista, aun no estando de acuerdo con la fe bíblica (evangélica y calvinista) de Edwards.

Las obras más provechosas que recomiendo son:

Murray, Iain H., Jonathan Edwards – A New Biography (Edinburgh: The Banner of Truth Trust, 1987). Esta es la obra que más estimo junto con la biografía de Sereno Dwight, bisnieto de Edwards.

Dwight, Sereno, Life of President Edwards. La biografía que he leído se encuentra en el tomo I de esta próxima obra. Incluye la narración personal de Edwards.

The Works of Jonathan Edwards, en dos tomos, revisado y corregido por Edward Hickman (1834); (Edinburgh: The Banner of Truth Trust, 1974; reprinted 1976). Estos dos tomos contienen los sermones y los escritos más conocidos. Son de mucho provecho.

La Universidad de Yale mantiene una página web con muchos recursos: http://edwards.yale.edu/

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Biografía: Jonathan Edwards como pastor, Parte 1

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¿Quién era Jonathan Edwards?
Jonathan era un hijo de Adán por naturaleza; biznieto de un hombre inglés (William Edwards) y llevado a los Estados Unidos por su madre y su padrastro británico que, junto con otros santos, buscaban poder adorar a Dios conforme a Su Palabra. Estas personas vivieron en Hartford, Connecticut. Su pastor era Thomas Hooker, un conocido puritano de Nueva Inglaterra. El abuelo de Jonathan (Richard Edwards) nació en Hartford y llegó a ser un próspero hombre de negocios; y, lo que es más, era temeroso de Dios, a pesar de (o, quizás debido a) tener una esposa que sufría de una enfermedad mental. El padre de Jonathan, Timothy Edwards, tenía a su padre en alta estima, pero llegó un momento en que tuvo que testificar contra la infidelidad de su propia madre. Su padre estudió en Harvard, se graduó con buenas notas y, posteriormente, se instaló en el pueblo de East Windsor, Connecticut, donde fue pastor. Timothy se casó con Esther Stoddard, hija de Solomon Stoddard, pastor de Northhampton, Massachusetts, muy conocido en aquel tiempo. Los Stoddard eran de clase social alta, pero sobre todo eran personas que seguían al Señor conforme a la luz que tenían, confiando solo en Él para su justificación y su esperanza de vida eterna.

Jonathan nació el 5 de octubre de 1703 en East Windsor. Tenía cuatro hermanas mayores que él y seis menores. Era el único hijo varón de la familia. Debió haber recibido bastante atención, pero hay razones para creer que sus padres no querían que fuese un hombre consentido y malcriado. Recibió una buena educación.

En cuanto a su crianza, Timothy Edwards (padre de Jonathan) servía como pastor y además era tutor. Tenía fama como tal, porque sus estudiantes siempre estuvieron bien preparados para entrar en la universidad. Enseñó a su propio hijo que era un niño precoz. Cuando Jonathan comenzó sus estudios, lo que llamaríamos estudios universitarios, ya sabía mucho de latín, griego y hebreo. Todavía no había cumplido los trece años, cuando comenzó dichos estudios en septiembre de 1716.

Además de la disciplina de los estudios formales, Jonathan habría observado atentamente todo lo que su padre tenía que hacer y sufrir, enfrentar y llevar, en su oficio de pastor. Asimismo, es probable que tuviera contacto con muchas de las visitas que pasaron por aquel pueblo. Seguramente vería los gozos del ministerio y, a la vez, quizás también algunas de las dificultades. Al parecer, su padre enseñaba como tutor, porque su sueldo no era suficiente para suplir todas las necesidades de su familia. Con todo, es evidente que Edwards no vio nada que le empujara a huir del ministerio. A la larga, y siendo aún joven, anhelaba pregonar la grandeza de Dios y aceptó la responsabilidad de pastor.

Estudió en un colegio/universidad que, con posterioridad, se llamó Yale. Terminó su bachillerato en mayo de 1720 (tenía 16 años) y fue el estudiante con mejores notas. Como era la costumbre, le tocó dar un discurso en una reunión de reconocimiento de los graduados, en septiembre del mismo año.

A continuación hizo su “maestría”, terminando sus estudios en mayo de 1722 y presentó el equivalente de lo que denominamos “tesis” que fue aprobada poco antes de que cumpliera los veinte años.

Durante el tiempo en que cursó sus estudios graduados tuvo una experiencia de conversión, una transformación en su manera de pensar y sentir, una nueva vida y un nuevo rumbo. Volveremos a ese asunto más adelante.

Desde el 10 de agosto de 1722 hasta abril de 1723, vivía y predicaba en una iglesia presbiteriana de habla inglesa, en la ciudad de Nueva York.

Sirvió como pastor en Bolton, Connecticut, desde el 11 de noviembre de 1723 hasta mayo de 1724 (solo tenía veinte años). En mayo de 1724, fue elegido tutor en Yale y dejó su posición como pastor en Bolton, para desempeñar dicho puesto.

En agosto de 1726, la Iglesia de Northampton, Massachusetts, que su abuelo materno, Solomon Stoddard, había pastoreado durante cincuenta años, le pidió que viniera para ayudar al pastor Stoddard. Edwards renunció a su posición como tutor y, en octubre de 1726, comenzó un tiempo de prueba para que la congregación pudiera conocerle como persona y como predicador.

En 1727, el día 15 de febrero, Jonathan fue ordenado pastor asistente en la Iglesia Congregacionalista de Northampton, Massachusetts. Tenía veintitrés años. En julio de ese mismo año se casó con una joven de diecisiete, Sarah Pierrepont, piadosa y de buen nombre, hija de pastor. Hay libros escritos sobre la esposa de Edwards, y creo que todo el mundo está de acuerdo en que él pudo servir como lo hizo por la gracia de Dios, y porque Él le dio una mujer extraordinaria1.

Experiencia de conversión
Hasta ahora hemos considerado unos hechos relativos a aspectos más superficiales de la vida de Edwards, con el fin de obtener un contexto histórico de este hombre de Dios. Pero, se supone que debo hablar de él como pastor.

Lo más importante en un pastor es que sea verdaderamente un hombre de Dios, un hombre piadoso. Es cierto que, en la historia de la iglesia, también ha habido Judas, y que Él puede usar incluso a una burra para expresar su Palabra. Sin embargo, por lo general, son hombres llenos del Espíritu de Cristo cuya influencia entre el pueblo del Señor es duradera; como aquellos hombres que vivieron y murieron en la fe dada una vez y para siempre a los santos. Dios manda a los pastores que le amen a Él (como vemos en las palabras de Jesús a Pedro en Juan 21); que cuiden de sí mismos y que sigan la fe, el amor y la santidad. Edwards es un ejemplo de este tipo de pastor.

Aunque no se convirtió hasta el verano de 1721, a la edad de diecisiete años, nunca vivió una vida escandalosa. Tenía una conciencia sensible. A los ocho años y medio, hizo una choza en un pantano donde pudiera ir a orar. A pesar de ello, como testificaría más tarde, no tenía paz con Dios. De hecho, le molestó pensar en su soberanía por encima de todas las cosas y que la salvación dependiera solamente de Él. Pero, en la gracia de Dios, el Espíritu le abrió los ojos mediante la lectura y la meditación de 1 Timoteo 1:17, y su vida cambió para siempre.

En la biografía de Edwards (p. 35) obra de Iain Murray, se afirma que la declaración más importante que escribió sobre sí mismo es la que vemos en su Personal Narrative (que se halla en la vida de Jonathan Edwards preparada por su biznieto Sereno Dwight). En ella, Edwards escribe:

«El primer ejemplo que recuerdo de esa clase de deleite interno y dulce en Dios, y en las cosas divinas en las cuales he vivido mucho después, fue cuando leí esas palabras (1 Timoteo 1:17): “Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén”. Mientras leía, las palabras entraron en mi alma y en ella se difundió un sentido de la gloria del Ser Divino; un nuevo sentido, muy diferente a cualquier otra cosa que hubiera experimentado antes. Jamás había visto unas palabras de las Escrituras como aquellas. Pensé:

“¡Cuán excelente Ser es Él y cuán feliz sería yo si pudiera disfrutar de Dios, y ser arrebatado hacia Él en el cielo, quedar para siempre como absorto en Él!”. Me repetía a mí mismo una y otra vez aquellas palabras, y era como si las cantara. Entonces empecé a orar a Dios pidiéndole que pudiera disfrutar de Él. Fue una oración muy distinta a las que solía hacer, con un nuevo tipo de afecto. Pero mi mente no captó que hubiera algo espiritual en aquella experiencia o algo relativo a una naturaleza salvadora.

“Desde ese tiempo en adelante, comencé a tener una nueva clase de entendimiento e ideas sobre Cristo y la obra de redención, así como de la manera gloriosa de la salvación efectuada por Él. A veces, un sentido interior y dulce de estas cosas entraba en mi corazón, y mi alma era dirigida hacia agradables percepciones y contemplaciones de ellas. Mi mente solo pensaba en pasar mi tiempo en la lectura y en la meditación de Cristo, en la hermosura y excelencia de Su persona y en el camino precioso de la salvación, por gracia y libre en Él. Los mejores libros eran aquellos que trataban de estos asuntos. Las palabras de Cantares 2:1 no se apartaban de mí: “Yo soy la rosa de Sarón, y el lirio de los valles”. Me parecían una dulce representación de la hermosura y la belleza de Jesucristo. Todo el libro de Cantares me resultaba agradable y pasé mucho tiempo leyéndolo […]. El sentido que tenía de las cosas divinas me provocaba, con frecuencia, un ardor en el corazón que no sé cómo expresar2».

Asimismo, testificó:

«Caminé solo en los pastos de mi padre, por un lugar solitario, para tener un tiempo de contemplación. Y al ir caminando por allí y mirando hacia el cielo y las nubes, me vino a la mente una dulce sensación de la gloriosa majestad y la gracia de Dios que no sabría explicar. Me pareció verlas en dulce unión: majestad y mansedumbre unidas. Fue dulce, apacible, y santo; una inmensa dulzura, una elevada nobleza, grande y santa.

“El aspecto de todo quedó alterado: parecía existir una calma, una dulce mirada o una apariencia de la gloria divina, sobre casi todas las cosas. La excelencia de Dios, Su sabiduría, Su pureza y Su amor, parecían estar en todo: en el sol, la luna y las estrellas; en las nubes y en el cielo azul; en la hierba, las flores y los árboles; en el agua y en toda la naturaleza […] que se me quedó grabada por largo tiempo en la mente. Solía sentarme, a menudo, a contemplar la luna durante largo rato, y dedicaba gran parte del día observando las nubes y el cielo, para poder contemplar la dulce gloria de Dios en ellos. Mientras tanto, iba cantando en voz baja mis meditaciones sobre el Creador y Redentor3”.

Hermanos, si una persona profesa ser cristiana, pero no tiene tiempo o no se toma el tiempo de contemplar la Creación con admiración, tiene un serio problema. Los pastores hemos de ser ejemplos en este asunto. Al parecer, Edwards nunca perdió su deseo de salir fuera y contemplar las obras de Dios en la Creación. A la vez que reconocemos las ventajas de los aparatos celulares y del Internet, tenemos que lamentar que, en la mayoría de los casos, esos aparatos de la tecnología moderna tienen a la gente fascinada, estupefacta, encantada, embelesada, embobada, etc., con cosas que carecen de valor espiritual y eterno. No consideran los cielos como el salmista ni consideran los lirios y las aves como nuestro Señor.

El Señor, sus palabras y sus obras deben fascinarnos.

Pero, como conclusión de esta primera observación, diremos que Jonathan Edwards fue un pastor fiel por la gracia de Dios que lo llamó. En él podemos ver los rasgos de un hombre que ama a Dios.

La bendición de una esposa piadosa
Además de pensar en su experiencia de conversión, podemos considerar otras muchas cosas en relación con él como pastor.

En otro estudio analizaremos algo de su vida de contemplación, de estudio, de reflexión y de vivir en la presencia de Dios. Tenía su tiempo de oración en privado, y el que compartía con la familia. No escribió ninguna de sus oraciones; ni las privadas ni las familiares, y esto es algo que entendemos. Sin embargo, tampoco escribía las que hacía en la adoración, aunque muchos pastores sí tenían costumbre de hacerlo. Sus oraciones públicas salían de su corazón y en una forma que, muchas veces, dejaron una profunda impresión en aquellos que lo oyeron.

En conexión con lo anteriormente mencionado, pienso en su disciplina, en su propia vida y en su familia. En cuanto al hogar, Jonathan Edwards pudo contar con una mujer que cooperaba por completo. No cabe duda del amor que existía entre ellos. A veces salían por las tardes, a caballo, para conversar y compartir.

Edwards se había fijado en ella cuando solo contaba con trece años y escribió sobre su reputación:

«Dicen que hay una joven en New Haven, amada por ese Ser Todopoderoso que creó y gobierna el mundo y que, en momentos concretos, de alguna manera invisible u otra, viene a ella y le llena la mente con gran placer, de tal manera que apenas se preocupa de nada que no sea meditar en él. Ella espera, después de un tiempo, ser recibida arriba donde Él está; ser levantada del mundo y llevada al cielo, con la completa seguridad de que Él la ama demasiado para quedarse por siempre a una distancia de Él. Allí vivirá con Él, encantada con Su amor y deleite para siempre. Por tanto, si se le presenta el mundo con el más rico de sus tesoros, no lo tiene en cuenta ni se preocupa de esas cosas, ni se conmueve por cualquier dolor o aflicción. Posee una extraña dulzura en su mente, y una pureza singular en sus afectos. Es sumamente justa y concienzuda en todos sus actos y no se la puede persuadir para que haga algo malo o pecaminoso ni siquiera a cambio de todo lo que uno pudiera darle, ya que no quiere ofender a ese gran Ser. Su dulzura es maravillosa, su calma y su benevolencia universales, especialmente después de esas temporadas en las que este gran Dios se ha manifestado a su mente. A veces va de un lugar a otro, cantando dulcemente, y parece estar siempre llena de alegría y placer, sin que nadie sepa por qué. Le encanta estar sola y caminar por los campos, en las montañas, y parece que alguien invisible está siempre conversando con ella4».

Su diligencia en cuidar de su casa y su piedad delante de Dios han sido objetos de testimonio de muchos, tanto de visitas como de personas que vivían con ellos.

Poco antes de morir, estando él en New Jersey y ella todavía en Massachusetts, Edwards dijo a una de las hijas que estaba con él: “…parece ser la voluntad de Dios que pronto tenga que dejarles; por tanto, transmite mi amor más cariñoso a mi amada esposa, y dile que confíe en que la unión inusual (poco común, en inglés ‘uncommon’) que hemos tenido durante tanto tiempo, ha sido de tal naturaleza que ha de ser espiritual y, por tanto, continuará para siempre. Espero que se sienta sostenida en esta prueba tan grande y que se someta gozosamente a la voluntad de Dios5”.

El Señor bendijo su unión matrimonial con once hijos (ocho hijas y tres varones). Todos nacieron bien y no perdieron ningún bebé por aborto espontáneo ni en el momento de su nacimiento.

Con una familia tan grande, su esposa necesitaba ayuda y, conforme a la costumbre de ese tiempo, Edwards tenía siervos (esclavos) para que asistieran a su esposa en la casa y trabajaran en los terrenos que la iglesia había provisto. Los criados se unían a la adoración junto a la familia, tanto en la casa como en la iglesia.

Fue una gran bendición del Señor el proporcionarle una esposa tan extraordinaria. Como opinó un biógrafo serio—y probablemente muchos han creído lo mismo—, es muy posible y aún probable que, sin ella, yo no estaría escribiendo sobre él ahora. Hay unos cuantos hombres que podrían servir mucho mejor en el reino del Señor si tuvieran una mujer parecida a la de Edwards. Algunas mujeres, por su carácter defectuoso en unas áreas, su lengua suelta y/o por su manera descuidada (o atrevida) de vestir y de comportarse, estorban grandemente cualquier influencia santa que sus esposos pudieran tener como líderes. Todo esto nos hace entender cuán importante es que un hombre de Dios ponga sumo cuidado a la hora de escoger a una esposa, y la relevancia de que esta sea una ayuda idónea para él. Estas son cosas por las que hay que orar.

Por supuesto, cada creyente, sea hombre o mujer, debe vivir una vida piadosa, dedicada a Dios, tener cuidado en la selección de su cónyuge y cumplir debidamente con sus deberes.

La piedad de Jonathan y Sarah Edwards es digna de imitar.

Notas
1. Existe un interesante libro sobre ella: Marriage to a difficult man, por Elizabeth Dodds.
2. Citada en Iain Murray, véase la bibliografía, páginas 35, 36; traducción de NDV
3. De Personal Narrative, aunque no sé quién hizo la traducción; la encontré en http://mestizaenamor.blogspot.com/2010/05/narracion-personal-de-jonathan-edwards.html
4. Citada en Iain Murray, véase la bibliografía, página 92; traducción: Google y NDV
5. Citada en varios libros; traducción NDV

Bibliografía selecta.

Existen unas cuantas biografías de Edwards, algunas escritas por creyentes que amaban o aman su fe, y otras por personas que, como humanistas, tratan de explicar su fe y su vida desde su propio punto de vista, aun no estando de acuerdo con la fe bíblica (evangélica y calvinista) de Edwards.

Las obras más provechosas que recomiendo son:

Murray, Iain H., Jonathan Edwards – A New Biography (Edinburgh: The Banner of Truth Trust, 1987). Esta es la obra que más estimo junto con la biografía de Sereno Dwight, bisnieto de Edwards.

Dwight, Sereno, Life of President Edwards. La biografía que he leído se encuentra en el tomo I de esta próxima obra. Incluye la narración personal de Edwards.

The Works of Jonathan Edwards, en dos tomos, revisado y corregido por Edward Hickman (1834); (Edinburgh: The Banner of Truth Trust, 1974; reprinted 1976). Estos dos tomos contienen los sermones y los escritos más conocidos. Son de mucho provecho.

La Universidad de Yale mantiene una página web con muchos recursos: http://edwards.yale.edu/

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Biografía: John (Juan) Bunyan -Un estudio breve

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Hay un libro cuyo título en inglés The Pilgrim’s Progress, y en español El progreso del peregrino o sencillamente, El peregrino. Ese libro fue publicado en inglés en el año 1678 y ha sido publicado continuamente hasta el día de hoy en muchos otros idiomas. Incluso se han hecho películas del libro. Después de la Biblia, es el libro cristiano que más se ha vendido en el mundo. Con todo, en el entorno superficial de las iglesias evangélicas de hoy, un mundo de mucha televisión y poca lectura, hay personas que profesan fe en el Señor Jesucristo y que no saben de Juan Bunyan ni de su famoso libro.

Sé que eso no es el caso de muchos que leerán esto, y espero que este breve estudio sirva para que seamos estimulados a leer los libros de Bunyan, especialmente “El peregrino” y “Gracia abundante” (en inglés Grace Abounding to the Chief of Sinners) que es una auto-biografía de Bunyan con la historia de sus experiencias hasta que la gracia triunfó en él. También, es posible que puedan encontrar una copia de La guerra santa (título en inglés, The Holy War) y les aseguro que ese libro será de bendición a cualquier persona que ama la gracia de Dios y admira lo que Dios hace para salvar a las almas. Espero que al leer esta pequeña biografía estimulen a otros a leer los libros de Bunyan, porque son libros prácticos.

Tanto Gracia abundante como ambas partes del Progreso del peregrino, o sea, El peregrino y La peregrina, están disponibles en varias editoriales. Hay versiones abreviadas del Peregrino, incluso algunos libritos hechos para niños. También fue publicado un libro por de Bunyan sobre el tema de la oración cuyo título en español es precisamente el objeto de su tema: La oración. Si puede conseguir una copia sería excelente. La edición hecha por Estandarte de la Verdad (Banner of Truth Trust), contiene una pequeña reseña biográfica. Ese mismo libro fue publicado por Portavoz con el título “Cómo orar en el Espíritu”. CLIE hizo una edición de La guerra santa, pero hoy día no creo que ese libro esté disponible. En cuanto a los datos de los que dispongo, la única biografía de Bunyan bastante completa en español fue escrito por Alfredo S. Rodríguez y García. Luego daré más detalles sobre ese libro.

Basado en el testimonio de sus biógrafos, podemos decir que aunque Bunyan nunca hubiera escrito una página, aún así habría tenido un ministerio bendecido por Dios para la salvación de pecadores y la edificación de la iglesia del Señor. Pero probablemente hubiéramos sabido muy poco de él si no hubiera escrito esos libros que son reconocidos como clásicos, aun en el mundo no cristiano. En sus propios tiempos esos libros fueron usados para influir grandemente a nivel espiritual en la vida de las ovejas del Señor.

Bunyan obtuvo una fama duradera por sus libros. Y como es natural en el ser humano, hay un deseo de saber qué clase de persona escribió un libro como El progreso del peregrino, o La guerra santa. Especialmente para el creyente, la lectura de algunos de los libros de Bunyan despiertan el deseo de conocer al autor, de tener alguna información sobre él, de oírle predicar si fuera posible. De esta manera Bunyan nos ha ayudado a conocerle en parte mediante su autobiografía, Gracia abundante. Pero, gracias al Señor, otros nos han dado biografías con información que también es edificante y nos estimula al amor y buenas obras.

Por la autobiografía de Bunyan y por esas otras biografías, o bien notas y memorias de otros, sabemos que además de ser autor, Bunyan sirvió y sufrió como predicador evangelista y pastor. Con un sentido profundo de un llamamiento de Dios, reconocido e impuesto por el pueblo de Dios, Bunyan creía que era su deber predicar el evangelio para que los pecadores se convirtieran. Para él, suponía haber desobedecido a Dios si no hubiera predicado el evangelio. Por eso nunca aceptó callarse y estuvo dispuesto a sufrir hasta la muerte si hubiera sido necesario antes de desobedecer al Señor.

En un sentido, la historia de la iglesia es la historia de pecadores salvados por la gracia de Dios y luego llevando a cabo la voluntad de Dios por esa misma gracia. Toda persona que oye esa palabra “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”, confesará que está allí en ese Reino por la redención en Cristo Jesús, una redención que fue planificada en la eternidad, llevada a cabo en la cruz y aplicada por el Espíritu Santo, todo por la pura y libre gracia y misericordia de Dios. Dirán todos, “…tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios…” Cada hijo de Adán que habitará al en el cielo (con la excepción de Aquel que es Hijo de Dios e Hijo del Hombre a la vez), lo habitará porque fue salvo por la pura gracia del Señor mediante la redención por la sangre de Jesucristo.

Esa gracia de Dios que solamente lleva a los pecadores al cielo tiene que ser aplicada a los escogidos. En su aplicación a los seres caídos, a veces el Señor en su gracia obra en los niños desde una temprana edad, como en el caso de Samuel, de Juan el bautista, de Timoteo y otros. Pero también hay casos que tienen semejanzas con la conversión de Saulo de Tarso y la experiencia es sumamente notable. Según su propio testimonio, la experiencia de Bunyan guarda algunas semejanzas a con la experiencia de Pablo, pero especialmente con la de Martín Lutero. Pasaba tiempos de agonía, pensando que había cometido el pecado imperdonable, pensando que era como Esaú, que vendió su primogenitura. Pero, a la larga el Señor le enseñó y le atrajo y una vez rescatado de sus pecados, habiendo recibido la seguridad del perdón de sus pecados, Bunyan sabía que todo era de gracia y nunca olvidó ese hecho. Experimentó el poder de la gracia del Señor operando en su ser y sabia que el Señor fue el autor de esa transformación y poder. Sabía que Dios podía salvar a cualquier persona y él deseaba la salvación de otros.

Todos los que sabemos algo de lo que debemos a la gracia de Dios nos sentimos atraídos hacia Juan Bunyan como a un hermano querido, viendo en él los triunfos de la grandeza de la gracia de Dios en medio de sus sufrimientos y también en tiempos de paz. Deseamos tener el celo que tenía.

Bunyan nació en Inglaterra en noviembre del año 1628 en un pequeño pueblo llamado Elstow, no muy lejos de Bedford, un pueblo más grande, en medio del cual pasa un rio llamado Ouse. Bedford está al norte y un poco al oeste de Londres.

El padre de Bunyan era un calderero, o estañador. Reparaba calderos. En aquellos tiempos muchos gitanos hacían esa clase de trabajo y por eso algunos biógrafos presentan la idea de que el padre o antepasados de Juan Bunyan eran gitanos. Esa idea no ha sido aceptada por muchos. Pero por esa asociación entre gitanos y estañadores entendemos como la familia de Bunyan no era importante. Aun si Bunyan hubiera sido gitano, ese hecho solamente nos haría ver la gracia de Dios más excelente.

John recibió una educación rudimentaria en su pequeño pueblo. Aprendió a leer y a escribir pero no tuvo la oportunidad de continuar con una educación clásica. A los diez años de edad su padre le puso a aprender el oficio de calderero y Bunyan lo aprendió bien. A pesar de que era joven pudo hacer bien su trabajo y a los 14 años ya había terminado su periodo de aprendizaje y pudo trabajar por su cuenta. Deducimos que Bunyan era un joven fuerte y robusto, alegre y lleno de vida en el sentido popular. Parece que era atrevido y no muy precavido y por eso estuvo a punto de perecer ahogado en un par de ocasiones. También, según él, podría haber perdido su vida cuando estuvo jugando con una serpiente venenosa. Estas cosas demuestran la bondad del Señor hacia él, que no le permitió perecer. Bunyan nos dice que en su tiempo libre le gustaba jugar a un juego llamado “tipcat” y eso en los domingos, el día del Señor. Aprendió a bailar. Leyó una novela que no le hizo ningún bien en cuanto a la moralidad se refiere. A veces hacía sonar las campanas de la iglesia a horas intempestivas. Pero una de sus costumbres más horribles fue la de jurar, maldecir y blasfemar.

Bunyan vivió en tiempos turbulentos. En el año 1643 cuando Bunyan tenía 15 años, el Parlamento de Inglaterra formuló más de 200 acusaciones contra el rey Carlos I. Se libró una guerra civil. Bajo el liderazgo de Oliver Cromwell los ejércitos del Parlamento pudieron derrotar a los que mantenían lealtad al rey. El rey fue decapitado. Con el apoyo del Parlamento, Cromwell luego dirigió el país como Protector, pero no aceptó que le hicieran rey. Logró aplastar a toda oposición y que la nación de Inglaterra fuera respetada. Era muy anti-católico y favorecía a los presbiterianos y a los anglicanos que tenían principios protestantes, pero había tolerancia de bautistas, congregacionalistas, independientes y otros disidentes siempre y cuando fueran pacíficos, llevando su fe y manteniendo una buena conciencia. En esa época se redactó la confesión de fe de Westminster. También 7 congregaciones bautistas publicaron una confesión de fe en el año 1644 firmado por William Kiffin y Hanserd Knollys entre otros.

Como un aparte, pero como algo de interés a los que somos bautistas, Cromwell comisionó a un hombre llamado Samuel Morland para visitar a los Valdenses que estaban siendo perseguidos en Europa y por esa visita sabemos mucho de esas iglesias antiguas, ya que Morland logró traer muchos de sus documentos que fueron publicados posteriormente. En algunas cosas los bautistas tienen semejanzas en algunos de esas iglesias valdenses.

Ese tiempo sin rey duró desde 1644 hasta 1660 cuando el hijo de Carlos I, Carlos II, logró sentarse en el trono de Inglaterra, aproximadamente 2 años después de la muerte de Cromwell. Carlos II básicamente creía en el catolicismo romano y mediante la iglesia anglicana buscó aplastar el protestantismo y obligar a todos a asistir a la iglesia anglicana, aportar sus recursos económicos y conformarse a todas las reglas de la iglesia anglicana. Cualquier ministro que no quisiera someterse a estos preceptos serían despojados de su ministerio y en un día en el año 1662, 2.000 ministros fueron despedidos. Muchas leyes opresivas fueron hechas para tapar la boca de cualquier ministro no conformista. Fueron multados, encarcelados, desterrados y hasta matados por no aceptar lo que el rey y los líderes anglicanos querían. Como veremos, todo esto afectó a Juan Bunyan.

Volvemos ahora a Bunyan y el año 1643, ese año es importante en la historia de Inglaterra. En aquel tiempo murieron la madre de Bunyan y también una hermana. El padre de Bunyan se casó de nuevo a los 2 meses de la muerte de la esposa y parece que eso trajo turbación a John y provocó un conflicto con su padre. En el año 1644 Bunyan se unió con el ejército. Creo que la mayoría de los biógrafos, especialmente los más recientes, piensan que él se unió con los ejércitos del Parlamento, pero otros han afirmado que se unió con los ejércitos reales, o sea con los leales al rey. (P.e., Offor defiende esta última posición en “Memoír of John Bunyan” en tomo 1 de The Whole Works of John Bunyan, edición de 1877, reproducido por Baker, Grand Rapids, 1975.) Ambos grupos presentan sus argumentos y algunos que creen que se unió al ejército del parlamento se apoyan en un documento hallado después y que fue escrito por otros biógrafos. Bunyan no nos dice con qué ejército sirvió como soldado, pero nos da a entender que era soldado y nos cuenta una ocasión cuando cambió su turno de guardia con otro soldado y ese soldado fue matado en ese mismo turno. Dios hizo muchas cosas que Bunyan debiera haber meditado bien, pero parece que solo después vio la gran misericordia de Dios hacia su alma.

Después de salir del ejército a los 19 años de edad (quizá en julio de 1648 si él es el “John Bunion” del documento hallado), Bunyan se casó como a los 20 años de edad. La mujer con la que se casó era pobre, pero religiosa. Como dote solamente trajo con ella 2 libros de su padre: The Plain Man´s Pathway to Heaven (El camino al cielo del hombre sencillo) por Arthur Dent, y Practice of Piety (Práctica de la piedad) por Lewis Bayly. Bunyan dice que eran tan pobres que no tenían entre ellos ni plato ni cuchara, o sea no tenían casi nada de las cosas necesarias para su casa.

Por qué razón una mujer religiosa pudiera haberse casado con él, es un misterio. No cabe duda que ella violó las normas de la voluntad de Dios. Sin embargo, en su gran misericordia hacia Bunyan (y hacia ella), Dios, a la larga, usó a esa joven esposa y a esos 2 libros que ella llevó al matrimonio para la conversión de John Bunyan.

La conversión no sucedió pronto o de una vez, sino tras una gran lucha. Bunyan sintió gran carga por algunos pecados, así como falta de paz y quería encontrar aquello que no tenía. Al principio buscó en la iglesia anglicana (no era algo muy popular en los días de Cromwell), pero experimentó un fracaso tras otro en su “búsqueda”. En uno de esos momentos de fracaso comenzó a pecar más que nunca, especialmente, con la lengua, con juramentos y maldiciones. Sin embargo, Dios en su providencia le mandó una reprensión por la boca de una mujer de baja vida que le dijo a Bunyan que a ella le hizo temblar al oírle hablar como él hablaba y que él podría corromper a toda la juventud del pueblo con su lengua. Debido a esa reprensión hecha por esa mujer de mala fama, Bunyan trató de nuevo de reformarse.

Otro suceso importante en la vida de Bunyan en el camino por el cual el Señor le llevó a la salvación fue que oyó una conversación entre tres mujeres de Bedford muy pobres. Hablaron sobre las cosas del Señor y de la Biblia, en cuanto a la fe y de sus experiencias con un gozo y una realidad que dejó a Bunyan con el deseo de tener lo que ellas tenían. Antes de seguir con esta historia hay una lección obvia aquí, y es que debemos siempre hablar como personas que tememos al Señor y gozarnos en la realidad de su salvación y presencia con nosotros. En Malaquías 3:16 vemos que Dios bendijo a los israelitas que temían al SEÑOR y que se hablaron unos a otros, y el SEÑOR prestó atención y escuchó, y fue escrito delante de Él un libro memorial para los que temían al SEÑOR y para los que estimaban su Nombre. Debemos hablar así porque le agrada a Dios. Y si está en su propósito, entonces otras personas pueden oír algunas de las cosas que decimos, como Bunyan las oyó, y nunca sabremos el efecto de una conversación sana entre los que nos oyen. Esas 3 mujeres pobrísimas no estaban hablando para el beneficio de Bunyan, pero el sacó benefició y luego habló con ellas en otras ocasiones.

Todas esas cosas y muchas más que Bunyan nos cuenta en su autobiografía – de pesadillas, de tentaciones satánicas para quitarle toda esperanza, de ideas no bíblicas y de cómo comenzó a leer la Biblia y a orar. Todas esas cosas fueron usadas por el Señor para convencerle de pecado, para mostrarle su incapacidad para salvarse a sí mismo y así salvarle y darle la seguridad de que en y por Jesucristo sus pecados fueron perdonados y él había sido declarado justo por la obediencia de Jesús por medio de la fe en Él.

Por medio de esas mujeres pobres que ya mencionamos, Bunyan conoció al recién instalado pastor bautista en Bedford, John Gifford, aquel que es identificado como Evangelista en el Progreso del peregrino. Dios usó a Gifford para el bien de Bunyan. Especialmente, Bunyan aprendió a buscar todo en la Biblia y a ser guiado por la Biblia solamente. Bunyan aprendió bien esa lección y comenzó a estudiar su Biblia con más amor e interés que nunca. Sin embargo, de alguna manera u otra, Bunyan también pudo leer el comentario de Lutero sobre la epístola a los gálatas, y ese libro fue un canal de gran bendición para su vida. Bunyan casi nunca habló de un libro aparte de la Biblia, pero menciona ese de Lutero como de mucho beneficio para la conciencia herida.

Finalmente, Bunyan recibió la paz del Señor, después de 5 o 6 años llenos de temores. Fue bautizado el 13 de mayo de 1653, teniendo 24 años de edad, en el río Ouse por el pastor John Gifford y se unió con la iglesia donde estaban las tres mujeres que le llevaron a Gifford y donde había otros fieles también. Poco después de su bautismo enfermó gravemente y tuvo que luchar de nuevo con las dudas, pero el Señor le dio la victoria y Bunyan se dedicó con nuevo poder a sus deberes como esposo y padre, y a sus deberes delante de Dios sobre todo.

En el año 1655 murió la joven esposa de Bunyan y le dejó 4 hijos para cuidar. La mayor de los hijos era una chica que nació ciega, llamada Mary (María). Bunyan la amaba grandemente. Es difícil para muchos leer el libro clásico de Sally Rochester Ford sobre esa niña sin llorar.

Como señala Rodríguez y García, los hermanos y hermanas de la iglesia de Bedford pronto reconocieron que Bunyan tenía dos cualidades o condiciones muy dignas de ser apreciadas en su justo valor, a saber: la sinceridad y robustez de sus convicciones religiosas y su gran facilidad de palabra. Convencido de que Bunyan tenía los requisitos morales e intelectuales, algunos le instaban para que predicara el evangelio. En su humildad y sabiduría dada por el Espíritu, Bunyan no los escuchó en seguida, pero “al fin… creyó que era su deber ante el Señor hacer un o dos sermones en las humildes viviendas de los contornos.” Como resultado los oyentes fueron convencidos de que Bunyan era un verdadero predicador que podría ayudar a cualquier congregación.

La iglesia le nombró diácono y luego predicador laico y Bunyan fue predicando en varios sitios. La bendición del Señor estaba sobre su predicación. Poco a poco fue adquiriendo fama como predicador del evangelio. Muchos se reunían para oírle dondequiera que iba y muchos se convirtieron, hasta un profesor de la universidad de Cambridge.

En 1656 Bunyan publicó su primer libro, un ataque a las doctrinas de los Cuáqueros. El año siguiente defendió sus planteamientos contra un Cuáquero que había respondido a ese primer libro. En 1658 fue publicado el libro A Few Sighs from Hell (Lamentaciones del infierno) y en 1959, The Doctrine of the Law and Grace Unfolded (La doctrina de la ley y la gracia).

Ahora bien, como ya dije, en el año 1660 Carlos II comenzó a reinar. En ese año hubo una rebelión protagonizada por unos religiosos de la “Quinta monarquía” que no aceptaban al rey. Se llamaron de la 5ta monarquía por su interpretación de los 5 reinos presentados en Daniel capítulo 2. Dijeron que eran de la 5ta monarquía que es la del Señor Jesucristo. Aunque fueron aplastados, el rey quiso vengarse a la vez de los puritanos, bautistas y otros, porque consideró que ellos habían sido los enemigos de su padre y de él también.

Aunque el parlamento no había aprobado todavía leyes de opresión religiosa, sin embargo Bunyan fue imputado con cargos en base a una ley antigua, que no estaba en vigor y en realidad no podría ser aplicable, pero fue usada como una excusa para hacerle callar. Bunyan fue encarcelado al final de 1660 y no fue liberado hasta 1666. No quedó libre por mucho tiempo siendo de nuevo encarcelado hasta 1672, cuando al fin le dieron su libertad.

Hay razones para creer que Bunyan gozó del favor de uno de los carceleros y en momentos dados pudo salir de la cárcel. Sin embargo, él y su familia pasaron por tiempos sumamente difíciles porque realmente era un preso con libertad grandemente restringida.

Bunyan podría haber tenido libertad si hubiera aceptado no predicar más, pero él estaba convencido de que la predicación del evangelio era su deber y por lo tanto nunca aceptó el compromiso ante las autoridades de que no predicaría más. Al contrario, dijo claramente que volvería a predicar si le soltaran de la cárcel. En la prisión estuvo haciendo encajes que su hija ciega vendía. Leía y escribía también durante los primeros 6 años (en torno a 10 publicaciones), pero nada de Bunyan fue publicado durante los últimos 6 años (con la posible excepción de algo durante su último año en la cárcel).

Por supuesto, ese tiempo era difícil, pero Dios proveyó para él y para su familia. Bunyan se había casado de nuevo en 1659 con una buena mujer cristiana llamada Elizabeth (Isabel). Ella trabajó mucho para buscar su libertad, y no hizo nada para socavar las convicciones de Bunyan, muy diferente a la mujer de Job.

Finalmente Bunyan salió de la cárcel en 1672 y fue llamado para ser pastor de la iglesia bautista de Bedford. Aunque predicó en otros lugares, sirvió como pastor hasta su muerte en 1688. Como pastor hizo lo que hacen los pastores fieles – predicó, disciplinó, exhortó. Buscó el verdadero bien del pueblo del Señor y les instó a que vivieran por la fe en Él. Sobrevivieron unos documentos de la iglesia desde los días de Bunyan y se han encontrado notas hechas por él mismo sobre casos de disciplina y otros asuntos. Parece que cuidaba la bien iglesia, deseoso de que cada miembro anduviera en santidad. Sin embargo, no estaba de acuerdo con todos sus hermanos bautistas.

Ahora hacemos unas observaciones más sobre Bunyan para nuestra información y edificación.
Bunyan era bautista. No creía en el bautismo de los bebés, y tuvo que llevar el reproche que los bautistas hemos llevado por no haber seguido una práctica de una iglesia apóstata. Hay hombres que se rinden en ese punto por motivos que sólo Dios sabe, pero las Escrituras no conducen al camino del bautismo de los bebés.

Bunyan era bautista, pero tenía el permiso de predicar y pastorear por una licencia del rey Carlos que le fue otorgada a él como “congregacionalista”. No sabemos por qué él aceptó eso, pero debemos creer que no lo hizo violando su conciencia.

Bunyan era bautista, pero en algunos puntos entró en controversia con otros bautistas, como William Kiffin, porque Bunyan celebraba la comunión de forma abierta en su iglesia. Cualquier persona que decía ser creyente, no importaba si esa persona era bautizada como creyente o si fue bautizado cuando era un bebé, esa persona estaba invitada a participar de la Santa Cena. Los bautistas como Kiffin y otros que firmaron la confesión de 1677 (publicada en 1689) insistieron en el orden establecido de fe, bautismo, comunión con la iglesia. Para ellos como para muchos de nosotros, ese es el orden que las Escrituras señalan. Pero Bunyan no aceptó sus planteamientos.

Como predicador, algunos han comparado a Bunyan con Spurgeon. Era un gran predicador, poderoso por el Espíritu de Dios, y había congregaciones nutridas de personas que querían oírle predicar.

Hay una anécdota de que el puritano John Owen tenía algún contacto personal con el rey Carlos II de vez en cuando. Según informan hubo una vez en la que el rey se enteró de que Owen había ido a oír a Bunyan predicar. El rey le preguntó por qué un hombre erudito como Owen iría a oír la charla de un calderero. Owen supuestamente contestó que cambiaría toda su erudición para tener el poder que Bunyan tenía en su predicación. No sé la fuente de esto, pero he visto esta cita en varias biografías o memorias de Bunyan.

Bunyan era calvinista estricto en sus creencias, y predicaba de la ley y de la gracia, pero fervorosamente como una persona que ha experimentado el poder de la gracia y sabe lo que la gracia de Dios puede hacer. Sus sermones publicados y todos sus escritos reflejan lo que llamamos calvinismo estricto. Defendió fuertemente la doctrina de la imputación de la justicia de Cristo para la justificación de pecadores, aunque hacia el fin de su ministerio tomó una posición sobre la justificación que tenía más en común con los antinomianos e hiper-calvinistas que con los calvinistas estrictos, afirmando que por la fe los hombres se dan cuenta de que ya son justificados en Cristo y por la fe tienen paz.

Bunyan creía en la dirección e iluminación del Espíritu Santo, pero nunca aparte de la revelación de Dios en las Sagradas Escrituras. No estaba fríamente apegado a su Biblia, sino en comunión con el Señor, buscando la ayuda del Espíritu, y con esa disposición estudiaba y predicaba.

Bunyan era un pastor fiel que atendía su grey, pero como pastor Bunyan también dedicó tiempo para escribir. Durante los años en los que fue pastor escribió el Progreso del peregrino (aunque parece que la idea comenzó cuando estaba encarcelado), y La guerra santa y la The Death of Mr. Badman (Muerte del Sr. Hombre-malo), y muchos otros. Entre sus libros y monografías, hay como 60 obras que fueron publicadas durante su vida así como después de su muerte. Era un trabajador incansable. Dice uno de sus biógrafos que solía escribir sus sermones después de predicarlos, algo que exige mucha disciplina. Los libros son prácticos, bíblicos, profundos sencillos y populares en su estilo. Hay una variedad de estilos literarios usado por Bunyan, pero todos sus libros buscan el bien del pueblo de Dios y la conversión de los pecadores.

Bunyan era un hombre fiel. Pensaba en la Palabra de Dios y en lo que Dios exige en esa Palabra. No quiso hacer a nadie a tropezar. Pensó que hubiera sido infiel al callarse y no predicar el evangelio.

Bunyan era un hombre de mucha humildad. No se promovía a sí mismo. Sabemos que escuchó a unas mujeres pobres, les consultaba en sus tiempos de angustia y a través de ellas recibió ayuda. En su trato con otros, en sus escritos, se nota que no pensaba de sí mismo indebidamente.

Bunyan también era un hombre pacificador. Dice Rodríguez y García, que algunos llamaron a Bunyan el “reconciliador” porque buscaba que la gente viviera en paz. Es notable que Bunyan murió después de un esfuerzo exitoso para persuadir a un padre que no desheredara a su hijo. Bunyan viajó unas cuantas millas para visitarles y al regresar le sobrevino una lluvia y se mojó mucho. Llegó a la casa de un amigo pero le sobrevino una fiebre. Bunyan nunca mejoró lo suficiente como para regresar a su casa y no sabemos si su esposa pudo estar con él en la hora de su muerte. Murió con su fe colocada firmemente en el Señor Jesucristo solamente.

Hay muchas cosas que podemos aprender de la vida y los escritos de Bunyan, pero me limito ahora a unas pocas cosas más que me parecen excelentes.

Una de las cosas admirables en Bunyan es su conocimiento de las Escrituras y su precisión como teólogo en muchas áreas. Aun cuando una persona no esté de acuerdo con algunas de sus conclusiones e interpretaciones, nadie puede negar que usó la Biblia para todo y con una fuerte lógica, aunque nunca estudió la lógica como tal, ni latín, ni griego, ni hebreo. Tenía su Biblia en inglés solamente y no tenía biblioteca. Llegó a leer muy pocos libros escritos por los hombres. Es cierto que sabía escuchar sermones y parece que conoció personalmente a John Owen y otros eruditos, aunque su contacto con ellos fue muy limitado. Así que, mayor y principalmente con su Biblia en inglés Bunyan dominó áreas difíciles de teología y predicó con gran poder y la bendición del Espíritu Santo, como muchos testificaron, hasta el mismo Owen, como hemos visto.

Sus libros están llenos de citas y frases de las Escrituras y de alusiones a ellas. Spurgeon dijo de Bunyan que su sangre era bíblica. Puedes pincharle en cualquier parte de su cuerpo y la Biblia sale. Todos los que saben algo de la Biblia y que han leído sus libros, reconocen que el vocabulario lenguaje y especialmente la enseñanza, son bíblicos.

Si una persona cree en la suficiencia de las Sagradas Escrituras para todo lo relacionado a con la salvación y con la vida y si una persona cree en la realidad de la iluminación del Espíritu Santo para entender esa revelación y para creer en ella como la Palabra de Dios y para vivir conforme a ella por la fe, entonces esa persona tendrá en Juan Bunyan un ejemplo sobresaliente de esa suficiencia. Alabamos al Dios de toda gracia porque vemos ilustrado maravillosamente en el caso de Juan Bunyan lo que Dios puede hacer con un hombre que, dotado de su gracia y la presencia del Espíritu, estudia detenida, celosa y cuidadosamente su Biblia en su propio idioma. Espero que el ejemplo de Bunyan anime a todos nosotros a vivir en las páginas de las Sagradas Escrituras con un espíritu humilde y con el deseo dado por su Espíritu Santo de saber la voluntad de Dios y hacerla.

Otra manifestación de la bondad y misericordia de Dios que es admirable en la vida de Bunyan es cómo aprendió tanto sin tener el beneficio de conocer la Biblia en su juventud. Después de los veinte años comenzó a conocer la Biblia, sin embargo, sobrepasó a muchísimos que como Timoteo habían conocido las Sagradas Escrituras desde su juventud. Digo eso para animar a cualquiera que recibe el llamamiento eficaz después de años de pecado. El Señor sabe quitar los años que comieron las langostas y hacer a uno fructificar como si nunca hubiera pasado hambre.

El Señor nos muestra lo que Él puede hacer con un hombre que se dedica a escudriñar las Escrituras. Bunyan era mejor teólogo pastor y predicador que muchos que tenían conocimiento de los idiomas bíblicos. No menospreciamos eso, pero vemos que no es absolutamente necesario para poder predicar con poder.

Apéndice sobre la biografía de Juan Bunyan por Alfredo S. Rodríguez y García.

De lo que yo conozco, la única biografía de John Bunyan que existe en español es la de Alfredo S. Rodríguez y García, publicado originalmente por Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, Texas, EEUU, en el año 1929. El autor escribió la biografía aproximadamente unos 300 años después del nacimiento de Bunyan.

En 1986 el libro fue publicado por CLIE de España, usando una copia del original de Casa Bautista. Todavía estaba disponible en mayo de 2006.

En términos generales es una biografía buena, bien organizada, con información sobre los tiempos, vida y carácter de Bunyan y de sus labores como pastor y escritor. El vocabulario usado exigirá el uso de un buen diccionario para algunos, como pasó en el caso mío.

Disfruté mucho del libro. Hay algunas opiniones del autor que no son bíblicas, o que no son presentadas claramente. Un ejemplo es su opinión de que no hay pecado grande o pequeño (página 92). Aun con el “pero” que puso, se quedó corto. Juan 19:11 y otras declaraciones del Señor nos enseñan que hay pecados más grandes que otros. Estamos de acuerdo en que la infracción de cualquier ley de Dios es suficiente para condenarnos y solamente la sangre de Jesucristo puede quitar la culpa de cualquier pecado.

Hay también algunas especulaciones del autor sobre la educación y unas cosas relacionadas con la juventud de Bunyan que parecen más sicológicas que bíblicas, que para mí no contribuyen a la edificación, pero tampoco son una distracción insuperable.

Y su uso de la palabra “inspirar / inspirado” me parece inadecuado, especialmente en una frase en la introducción debajo de una pintura de Bunyan que se titula “El inspirado soñador”. El biógrafo no pone El peregrino al nivel de la Biblia, pero parece que casi deja la idea de que el Espíritu Santo inspiró al autor sin aclarar bien el asunto de que tal inspiración no se puede comparar con la de Moisés y la de los profetas. Por mi parte prefiero un uso de la palabra “inspirar” más preciso en los libros cristianos, de manera que no dejemos la idea en la mente de nadie de que el Espíritu Santo hace todavía en algunos lo que hizo en los escritores de las Sagradas Escrituras.

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Biografía: John (Juan) Bunyan -Un estudio breve

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Hay un libro cuyo título en inglés The Pilgrim’s Progress, y en español El progreso del peregrino o sencillamente, El peregrino. Ese libro fue publicado en inglés en el año 1678 y ha sido publicado continuamente hasta el día de hoy en muchos otros idiomas. Incluso se han hecho películas del libro. Después de la Biblia, es el libro cristiano que más se ha vendido en el mundo. Con todo, en el entorno superficial de las iglesias evangélicas de hoy, un mundo de mucha televisión y poca lectura, hay personas que profesan fe en el Señor Jesucristo y que no saben de Juan Bunyan ni de su famoso libro.

Sé que eso no es el caso de muchos que leerán esto, y espero que este breve estudio sirva para que seamos estimulados a leer los libros de Bunyan, especialmente “El peregrino” y “Gracia abundante” (en inglés Grace Abounding to the Chief of Sinners) que es una auto-biografía de Bunyan con la historia de sus experiencias hasta que la gracia triunfó en él. También, es posible que puedan encontrar una copia de La guerra santa (título en inglés, The Holy War) y les aseguro que ese libro será de bendición a cualquier persona que ama la gracia de Dios y admira lo que Dios hace para salvar a las almas. Espero que al leer esta pequeña biografía estimulen a otros a leer los libros de Bunyan, porque son libros prácticos.

Tanto Gracia abundante como ambas partes del Progreso del peregrino, o sea, El peregrino y La peregrina, están disponibles en varias editoriales. Hay versiones abreviadas del Peregrino, incluso algunos libritos hechos para niños. También fue publicado un libro por de Bunyan sobre el tema de la oración cuyo título en español es precisamente el objeto de su tema: La oración. Si puede conseguir una copia sería excelente. La edición hecha por Estandarte de la Verdad (Banner of Truth Trust), contiene una pequeña reseña biográfica. Ese mismo libro fue publicado por Portavoz con el título “Cómo orar en el Espíritu”. CLIE hizo una edición de La guerra santa, pero hoy día no creo que ese libro esté disponible. En cuanto a los datos de los que dispongo, la única biografía de Bunyan bastante completa en español fue escrito por Alfredo S. Rodríguez y García. Luego daré más detalles sobre ese libro.

Basado en el testimonio de sus biógrafos, podemos decir que aunque Bunyan nunca hubiera escrito una página, aún así habría tenido un ministerio bendecido por Dios para la salvación de pecadores y la edificación de la iglesia del Señor. Pero probablemente hubiéramos sabido muy poco de él si no hubiera escrito esos libros que son reconocidos como clásicos, aun en el mundo no cristiano. En sus propios tiempos esos libros fueron usados para influir grandemente a nivel espiritual en la vida de las ovejas del Señor.

Bunyan obtuvo una fama duradera por sus libros. Y como es natural en el ser humano, hay un deseo de saber qué clase de persona escribió un libro como El progreso del peregrino, o La guerra santa. Especialmente para el creyente, la lectura de algunos de los libros de Bunyan despiertan el deseo de conocer al autor, de tener alguna información sobre él, de oírle predicar si fuera posible. De esta manera Bunyan nos ha ayudado a conocerle en parte mediante su autobiografía, Gracia abundante. Pero, gracias al Señor, otros nos han dado biografías con información que también es edificante y nos estimula al amor y buenas obras.

Por la autobiografía de Bunyan y por esas otras biografías, o bien notas y memorias de otros, sabemos que además de ser autor, Bunyan sirvió y sufrió como predicador evangelista y pastor. Con un sentido profundo de un llamamiento de Dios, reconocido e impuesto por el pueblo de Dios, Bunyan creía que era su deber predicar el evangelio para que los pecadores se convirtieran. Para él, suponía haber desobedecido a Dios si no hubiera predicado el evangelio. Por eso nunca aceptó callarse y estuvo dispuesto a sufrir hasta la muerte si hubiera sido necesario antes de desobedecer al Señor.

En un sentido, la historia de la iglesia es la historia de pecadores salvados por la gracia de Dios y luego llevando a cabo la voluntad de Dios por esa misma gracia. Toda persona que oye esa palabra “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”, confesará que está allí en ese Reino por la redención en Cristo Jesús, una redención que fue planificada en la eternidad, llevada a cabo en la cruz y aplicada por el Espíritu Santo, todo por la pura y libre gracia y misericordia de Dios. Dirán todos, “…tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios…” Cada hijo de Adán que habitará al en el cielo (con la excepción de Aquel que es Hijo de Dios e Hijo del Hombre a la vez), lo habitará porque fue salvo por la pura gracia del Señor mediante la redención por la sangre de Jesucristo.

Esa gracia de Dios que solamente lleva a los pecadores al cielo tiene que ser aplicada a los escogidos. En su aplicación a los seres caídos, a veces el Señor en su gracia obra en los niños desde una temprana edad, como en el caso de Samuel, de Juan el bautista, de Timoteo y otros. Pero también hay casos que tienen semejanzas con la conversión de Saulo de Tarso y la experiencia es sumamente notable. Según su propio testimonio, la experiencia de Bunyan guarda algunas semejanzas a con la experiencia de Pablo, pero especialmente con la de Martín Lutero. Pasaba tiempos de agonía, pensando que había cometido el pecado imperdonable, pensando que era como Esaú, que vendió su primogenitura. Pero, a la larga el Señor le enseñó y le atrajo y una vez rescatado de sus pecados, habiendo recibido la seguridad del perdón de sus pecados, Bunyan sabía que todo era de gracia y nunca olvidó ese hecho. Experimentó el poder de la gracia del Señor operando en su ser y sabia que el Señor fue el autor de esa transformación y poder. Sabía que Dios podía salvar a cualquier persona y él deseaba la salvación de otros.

Todos los que sabemos algo de lo que debemos a la gracia de Dios nos sentimos atraídos hacia Juan Bunyan como a un hermano querido, viendo en él los triunfos de la grandeza de la gracia de Dios en medio de sus sufrimientos y también en tiempos de paz. Deseamos tener el celo que tenía.

Bunyan nació en Inglaterra en noviembre del año 1628 en un pequeño pueblo llamado Elstow, no muy lejos de Bedford, un pueblo más grande, en medio del cual pasa un rio llamado Ouse. Bedford está al norte y un poco al oeste de Londres.

El padre de Bunyan era un calderero, o estañador. Reparaba calderos. En aquellos tiempos muchos gitanos hacían esa clase de trabajo y por eso algunos biógrafos presentan la idea de que el padre o antepasados de Juan Bunyan eran gitanos. Esa idea no ha sido aceptada por muchos. Pero por esa asociación entre gitanos y estañadores entendemos como la familia de Bunyan no era importante. Aun si Bunyan hubiera sido gitano, ese hecho solamente nos haría ver la gracia de Dios más excelente.

John recibió una educación rudimentaria en su pequeño pueblo. Aprendió a leer y a escribir pero no tuvo la oportunidad de continuar con una educación clásica. A los diez años de edad su padre le puso a aprender el oficio de calderero y Bunyan lo aprendió bien. A pesar de que era joven pudo hacer bien su trabajo y a los 14 años ya había terminado su periodo de aprendizaje y pudo trabajar por su cuenta. Deducimos que Bunyan era un joven fuerte y robusto, alegre y lleno de vida en el sentido popular. Parece que era atrevido y no muy precavido y por eso estuvo a punto de perecer ahogado en un par de ocasiones. También, según él, podría haber perdido su vida cuando estuvo jugando con una serpiente venenosa. Estas cosas demuestran la bondad del Señor hacia él, que no le permitió perecer. Bunyan nos dice que en su tiempo libre le gustaba jugar a un juego llamado “tipcat” y eso en los domingos, el día del Señor. Aprendió a bailar. Leyó una novela que no le hizo ningún bien en cuanto a la moralidad se refiere. A veces hacía sonar las campanas de la iglesia a horas intempestivas. Pero una de sus costumbres más horribles fue la de jurar, maldecir y blasfemar.

Bunyan vivió en tiempos turbulentos. En el año 1643 cuando Bunyan tenía 15 años, el Parlamento de Inglaterra formuló más de 200 acusaciones contra el rey Carlos I. Se libró una guerra civil. Bajo el liderazgo de Oliver Cromwell los ejércitos del Parlamento pudieron derrotar a los que mantenían lealtad al rey. El rey fue decapitado. Con el apoyo del Parlamento, Cromwell luego dirigió el país como Protector, pero no aceptó que le hicieran rey. Logró aplastar a toda oposición y que la nación de Inglaterra fuera respetada. Era muy anti-católico y favorecía a los presbiterianos y a los anglicanos que tenían principios protestantes, pero había tolerancia de bautistas, congregacionalistas, independientes y otros disidentes siempre y cuando fueran pacíficos, llevando su fe y manteniendo una buena conciencia. En esa época se redactó la confesión de fe de Westminster. También 7 congregaciones bautistas publicaron una confesión de fe en el año 1644 firmado por William Kiffin y Hanserd Knollys entre otros.

Como un aparte, pero como algo de interés a los que somos bautistas, Cromwell comisionó a un hombre llamado Samuel Morland para visitar a los Valdenses que estaban siendo perseguidos en Europa y por esa visita sabemos mucho de esas iglesias antiguas, ya que Morland logró traer muchos de sus documentos que fueron publicados posteriormente. En algunas cosas los bautistas tienen semejanzas en algunos de esas iglesias valdenses.

Ese tiempo sin rey duró desde 1644 hasta 1660 cuando el hijo de Carlos I, Carlos II, logró sentarse en el trono de Inglaterra, aproximadamente 2 años después de la muerte de Cromwell. Carlos II básicamente creía en el catolicismo romano y mediante la iglesia anglicana buscó aplastar el protestantismo y obligar a todos a asistir a la iglesia anglicana, aportar sus recursos económicos y conformarse a todas las reglas de la iglesia anglicana. Cualquier ministro que no quisiera someterse a estos preceptos serían despojados de su ministerio y en un día en el año 1662, 2.000 ministros fueron despedidos. Muchas leyes opresivas fueron hechas para tapar la boca de cualquier ministro no conformista. Fueron multados, encarcelados, desterrados y hasta matados por no aceptar lo que el rey y los líderes anglicanos querían. Como veremos, todo esto afectó a Juan Bunyan.

Volvemos ahora a Bunyan y el año 1643, ese año es importante en la historia de Inglaterra. En aquel tiempo murieron la madre de Bunyan y también una hermana. El padre de Bunyan se casó de nuevo a los 2 meses de la muerte de la esposa y parece que eso trajo turbación a John y provocó un conflicto con su padre. En el año 1644 Bunyan se unió con el ejército. Creo que la mayoría de los biógrafos, especialmente los más recientes, piensan que él se unió con los ejércitos del Parlamento, pero otros han afirmado que se unió con los ejércitos reales, o sea con los leales al rey. (P.e., Offor defiende esta última posición en “Memoír of John Bunyan” en tomo 1 de The Whole Works of John Bunyan, edición de 1877, reproducido por Baker, Grand Rapids, 1975.) Ambos grupos presentan sus argumentos y algunos que creen que se unió al ejército del parlamento se apoyan en un documento hallado después y que fue escrito por otros biógrafos. Bunyan no nos dice con qué ejército sirvió como soldado, pero nos da a entender que era soldado y nos cuenta una ocasión cuando cambió su turno de guardia con otro soldado y ese soldado fue matado en ese mismo turno. Dios hizo muchas cosas que Bunyan debiera haber meditado bien, pero parece que solo después vio la gran misericordia de Dios hacia su alma.

Después de salir del ejército a los 19 años de edad (quizá en julio de 1648 si él es el “John Bunion” del documento hallado), Bunyan se casó como a los 20 años de edad. La mujer con la que se casó era pobre, pero religiosa. Como dote solamente trajo con ella 2 libros de su padre: The Plain Man´s Pathway to Heaven (El camino al cielo del hombre sencillo) por Arthur Dent, y Practice of Piety (Práctica de la piedad) por Lewis Bayly. Bunyan dice que eran tan pobres que no tenían entre ellos ni plato ni cuchara, o sea no tenían casi nada de las cosas necesarias para su casa.

Por qué razón una mujer religiosa pudiera haberse casado con él, es un misterio. No cabe duda que ella violó las normas de la voluntad de Dios. Sin embargo, en su gran misericordia hacia Bunyan (y hacia ella), Dios, a la larga, usó a esa joven esposa y a esos 2 libros que ella llevó al matrimonio para la conversión de John Bunyan.

La conversión no sucedió pronto o de una vez, sino tras una gran lucha. Bunyan sintió gran carga por algunos pecados, así como falta de paz y quería encontrar aquello que no tenía. Al principio buscó en la iglesia anglicana (no era algo muy popular en los días de Cromwell), pero experimentó un fracaso tras otro en su “búsqueda”. En uno de esos momentos de fracaso comenzó a pecar más que nunca, especialmente, con la lengua, con juramentos y maldiciones. Sin embargo, Dios en su providencia le mandó una reprensión por la boca de una mujer de baja vida que le dijo a Bunyan que a ella le hizo temblar al oírle hablar como él hablaba y que él podría corromper a toda la juventud del pueblo con su lengua. Debido a esa reprensión hecha por esa mujer de mala fama, Bunyan trató de nuevo de reformarse.

Otro suceso importante en la vida de Bunyan en el camino por el cual el Señor le llevó a la salvación fue que oyó una conversación entre tres mujeres de Bedford muy pobres. Hablaron sobre las cosas del Señor y de la Biblia, en cuanto a la fe y de sus experiencias con un gozo y una realidad que dejó a Bunyan con el deseo de tener lo que ellas tenían. Antes de seguir con esta historia hay una lección obvia aquí, y es que debemos siempre hablar como personas que tememos al Señor y gozarnos en la realidad de su salvación y presencia con nosotros. En Malaquías 3:16 vemos que Dios bendijo a los israelitas que temían al SEÑOR y que se hablaron unos a otros, y el SEÑOR prestó atención y escuchó, y fue escrito delante de Él un libro memorial para los que temían al SEÑOR y para los que estimaban su Nombre. Debemos hablar así porque le agrada a Dios. Y si está en su propósito, entonces otras personas pueden oír algunas de las cosas que decimos, como Bunyan las oyó, y nunca sabremos el efecto de una conversación sana entre los que nos oyen. Esas 3 mujeres pobrísimas no estaban hablando para el beneficio de Bunyan, pero el sacó benefició y luego habló con ellas en otras ocasiones.

Todas esas cosas y muchas más que Bunyan nos cuenta en su autobiografía – de pesadillas, de tentaciones satánicas para quitarle toda esperanza, de ideas no bíblicas y de cómo comenzó a leer la Biblia y a orar. Todas esas cosas fueron usadas por el Señor para convencerle de pecado, para mostrarle su incapacidad para salvarse a sí mismo y así salvarle y darle la seguridad de que en y por Jesucristo sus pecados fueron perdonados y él había sido declarado justo por la obediencia de Jesús por medio de la fe en Él.

Por medio de esas mujeres pobres que ya mencionamos, Bunyan conoció al recién instalado pastor bautista en Bedford, John Gifford, aquel que es identificado como Evangelista en el Progreso del peregrino. Dios usó a Gifford para el bien de Bunyan. Especialmente, Bunyan aprendió a buscar todo en la Biblia y a ser guiado por la Biblia solamente. Bunyan aprendió bien esa lección y comenzó a estudiar su Biblia con más amor e interés que nunca. Sin embargo, de alguna manera u otra, Bunyan también pudo leer el comentario de Lutero sobre la epístola a los gálatas, y ese libro fue un canal de gran bendición para su vida. Bunyan casi nunca habló de un libro aparte de la Biblia, pero menciona ese de Lutero como de mucho beneficio para la conciencia herida.

Finalmente, Bunyan recibió la paz del Señor, después de 5 o 6 años llenos de temores. Fue bautizado el 13 de mayo de 1653, teniendo 24 años de edad, en el río Ouse por el pastor John Gifford y se unió con la iglesia donde estaban las tres mujeres que le llevaron a Gifford y donde había otros fieles también. Poco después de su bautismo enfermó gravemente y tuvo que luchar de nuevo con las dudas, pero el Señor le dio la victoria y Bunyan se dedicó con nuevo poder a sus deberes como esposo y padre, y a sus deberes delante de Dios sobre todo.

En el año 1655 murió la joven esposa de Bunyan y le dejó 4 hijos para cuidar. La mayor de los hijos era una chica que nació ciega, llamada Mary (María). Bunyan la amaba grandemente. Es difícil para muchos leer el libro clásico de Sally Rochester Ford sobre esa niña sin llorar.

Como señala Rodríguez y García, los hermanos y hermanas de la iglesia de Bedford pronto reconocieron que Bunyan tenía dos cualidades o condiciones muy dignas de ser apreciadas en su justo valor, a saber: la sinceridad y robustez de sus convicciones religiosas y su gran facilidad de palabra. Convencido de que Bunyan tenía los requisitos morales e intelectuales, algunos le instaban para que predicara el evangelio. En su humildad y sabiduría dada por el Espíritu, Bunyan no los escuchó en seguida, pero “al fin… creyó que era su deber ante el Señor hacer un o dos sermones en las humildes viviendas de los contornos.” Como resultado los oyentes fueron convencidos de que Bunyan era un verdadero predicador que podría ayudar a cualquier congregación.

La iglesia le nombró diácono y luego predicador laico y Bunyan fue predicando en varios sitios. La bendición del Señor estaba sobre su predicación. Poco a poco fue adquiriendo fama como predicador del evangelio. Muchos se reunían para oírle dondequiera que iba y muchos se convirtieron, hasta un profesor de la universidad de Cambridge.

En 1656 Bunyan publicó su primer libro, un ataque a las doctrinas de los Cuáqueros. El año siguiente defendió sus planteamientos contra un Cuáquero que había respondido a ese primer libro. En 1658 fue publicado el libro A Few Sighs from Hell (Lamentaciones del infierno) y en 1959, The Doctrine of the Law and Grace Unfolded (La doctrina de la ley y la gracia).

Ahora bien, como ya dije, en el año 1660 Carlos II comenzó a reinar. En ese año hubo una rebelión protagonizada por unos religiosos de la “Quinta monarquía” que no aceptaban al rey. Se llamaron de la 5ta monarquía por su interpretación de los 5 reinos presentados en Daniel capítulo 2. Dijeron que eran de la 5ta monarquía que es la del Señor Jesucristo. Aunque fueron aplastados, el rey quiso vengarse a la vez de los puritanos, bautistas y otros, porque consideró que ellos habían sido los enemigos de su padre y de él también.

Aunque el parlamento no había aprobado todavía leyes de opresión religiosa, sin embargo Bunyan fue imputado con cargos en base a una ley antigua, que no estaba en vigor y en realidad no podría ser aplicable, pero fue usada como una excusa para hacerle callar. Bunyan fue encarcelado al final de 1660 y no fue liberado hasta 1666. No quedó libre por mucho tiempo siendo de nuevo encarcelado hasta 1672, cuando al fin le dieron su libertad.

Hay razones para creer que Bunyan gozó del favor de uno de los carceleros y en momentos dados pudo salir de la cárcel. Sin embargo, él y su familia pasaron por tiempos sumamente difíciles porque realmente era un preso con libertad grandemente restringida.

Bunyan podría haber tenido libertad si hubiera aceptado no predicar más, pero él estaba convencido de que la predicación del evangelio era su deber y por lo tanto nunca aceptó el compromiso ante las autoridades de que no predicaría más. Al contrario, dijo claramente que volvería a predicar si le soltaran de la cárcel. En la prisión estuvo haciendo encajes que su hija ciega vendía. Leía y escribía también durante los primeros 6 años (en torno a 10 publicaciones), pero nada de Bunyan fue publicado durante los últimos 6 años (con la posible excepción de algo durante su último año en la cárcel).

Por supuesto, ese tiempo era difícil, pero Dios proveyó para él y para su familia. Bunyan se había casado de nuevo en 1659 con una buena mujer cristiana llamada Elizabeth (Isabel). Ella trabajó mucho para buscar su libertad, y no hizo nada para socavar las convicciones de Bunyan, muy diferente a la mujer de Job.

Finalmente Bunyan salió de la cárcel en 1672 y fue llamado para ser pastor de la iglesia bautista de Bedford. Aunque predicó en otros lugares, sirvió como pastor hasta su muerte en 1688. Como pastor hizo lo que hacen los pastores fieles – predicó, disciplinó, exhortó. Buscó el verdadero bien del pueblo del Señor y les instó a que vivieran por la fe en Él. Sobrevivieron unos documentos de la iglesia desde los días de Bunyan y se han encontrado notas hechas por él mismo sobre casos de disciplina y otros asuntos. Parece que cuidaba la bien iglesia, deseoso de que cada miembro anduviera en santidad. Sin embargo, no estaba de acuerdo con todos sus hermanos bautistas.

Ahora hacemos unas observaciones más sobre Bunyan para nuestra información y edificación.
Bunyan era bautista. No creía en el bautismo de los bebés, y tuvo que llevar el reproche que los bautistas hemos llevado por no haber seguido una práctica de una iglesia apóstata. Hay hombres que se rinden en ese punto por motivos que sólo Dios sabe, pero las Escrituras no conducen al camino del bautismo de los bebés.

Bunyan era bautista, pero tenía el permiso de predicar y pastorear por una licencia del rey Carlos que le fue otorgada a él como “congregacionalista”. No sabemos por qué él aceptó eso, pero debemos creer que no lo hizo violando su conciencia.

Bunyan era bautista, pero en algunos puntos entró en controversia con otros bautistas, como William Kiffin, porque Bunyan celebraba la comunión de forma abierta en su iglesia. Cualquier persona que decía ser creyente, no importaba si esa persona era bautizada como creyente o si fue bautizado cuando era un bebé, esa persona estaba invitada a participar de la Santa Cena. Los bautistas como Kiffin y otros que firmaron la confesión de 1677 (publicada en 1689) insistieron en el orden establecido de fe, bautismo, comunión con la iglesia. Para ellos como para muchos de nosotros, ese es el orden que las Escrituras señalan. Pero Bunyan no aceptó sus planteamientos.

Como predicador, algunos han comparado a Bunyan con Spurgeon. Era un gran predicador, poderoso por el Espíritu de Dios, y había congregaciones nutridas de personas que querían oírle predicar.

Hay una anécdota de que el puritano John Owen tenía algún contacto personal con el rey Carlos II de vez en cuando. Según informan hubo una vez en la que el rey se enteró de que Owen había ido a oír a Bunyan predicar. El rey le preguntó por qué un hombre erudito como Owen iría a oír la charla de un calderero. Owen supuestamente contestó que cambiaría toda su erudición para tener el poder que Bunyan tenía en su predicación. No sé la fuente de esto, pero he visto esta cita en varias biografías o memorias de Bunyan.

Bunyan era calvinista estricto en sus creencias, y predicaba de la ley y de la gracia, pero fervorosamente como una persona que ha experimentado el poder de la gracia y sabe lo que la gracia de Dios puede hacer. Sus sermones publicados y todos sus escritos reflejan lo que llamamos calvinismo estricto. Defendió fuertemente la doctrina de la imputación de la justicia de Cristo para la justificación de pecadores, aunque hacia el fin de su ministerio tomó una posición sobre la justificación que tenía más en común con los antinomianos e hiper-calvinistas que con los calvinistas estrictos, afirmando que por la fe los hombres se dan cuenta de que ya son justificados en Cristo y por la fe tienen paz.

Bunyan creía en la dirección e iluminación del Espíritu Santo, pero nunca aparte de la revelación de Dios en las Sagradas Escrituras. No estaba fríamente apegado a su Biblia, sino en comunión con el Señor, buscando la ayuda del Espíritu, y con esa disposición estudiaba y predicaba.

Bunyan era un pastor fiel que atendía su grey, pero como pastor Bunyan también dedicó tiempo para escribir. Durante los años en los que fue pastor escribió el Progreso del peregrino (aunque parece que la idea comenzó cuando estaba encarcelado), y La guerra santa y la The Death of Mr. Badman (Muerte del Sr. Hombre-malo), y muchos otros. Entre sus libros y monografías, hay como 60 obras que fueron publicadas durante su vida así como después de su muerte. Era un trabajador incansable. Dice uno de sus biógrafos que solía escribir sus sermones después de predicarlos, algo que exige mucha disciplina. Los libros son prácticos, bíblicos, profundos sencillos y populares en su estilo. Hay una variedad de estilos literarios usado por Bunyan, pero todos sus libros buscan el bien del pueblo de Dios y la conversión de los pecadores.

Bunyan era un hombre fiel. Pensaba en la Palabra de Dios y en lo que Dios exige en esa Palabra. No quiso hacer a nadie a tropezar. Pensó que hubiera sido infiel al callarse y no predicar el evangelio.

Bunyan era un hombre de mucha humildad. No se promovía a sí mismo. Sabemos que escuchó a unas mujeres pobres, les consultaba en sus tiempos de angustia y a través de ellas recibió ayuda. En su trato con otros, en sus escritos, se nota que no pensaba de sí mismo indebidamente.

Bunyan también era un hombre pacificador. Dice Rodríguez y García, que algunos llamaron a Bunyan el “reconciliador” porque buscaba que la gente viviera en paz. Es notable que Bunyan murió después de un esfuerzo exitoso para persuadir a un padre que no desheredara a su hijo. Bunyan viajó unas cuantas millas para visitarles y al regresar le sobrevino una lluvia y se mojó mucho. Llegó a la casa de un amigo pero le sobrevino una fiebre. Bunyan nunca mejoró lo suficiente como para regresar a su casa y no sabemos si su esposa pudo estar con él en la hora de su muerte. Murió con su fe colocada firmemente en el Señor Jesucristo solamente.

Hay muchas cosas que podemos aprender de la vida y los escritos de Bunyan, pero me limito ahora a unas pocas cosas más que me parecen excelentes.

Una de las cosas admirables en Bunyan es su conocimiento de las Escrituras y su precisión como teólogo en muchas áreas. Aun cuando una persona no esté de acuerdo con algunas de sus conclusiones e interpretaciones, nadie puede negar que usó la Biblia para todo y con una fuerte lógica, aunque nunca estudió la lógica como tal, ni latín, ni griego, ni hebreo. Tenía su Biblia en inglés solamente y no tenía biblioteca. Llegó a leer muy pocos libros escritos por los hombres. Es cierto que sabía escuchar sermones y parece que conoció personalmente a John Owen y otros eruditos, aunque su contacto con ellos fue muy limitado. Así que, mayor y principalmente con su Biblia en inglés Bunyan dominó áreas difíciles de teología y predicó con gran poder y la bendición del Espíritu Santo, como muchos testificaron, hasta el mismo Owen, como hemos visto.

Sus libros están llenos de citas y frases de las Escrituras y de alusiones a ellas. Spurgeon dijo de Bunyan que su sangre era bíblica. Puedes pincharle en cualquier parte de su cuerpo y la Biblia sale. Todos los que saben algo de la Biblia y que han leído sus libros, reconocen que el vocabulario lenguaje y especialmente la enseñanza, son bíblicos.

Si una persona cree en la suficiencia de las Sagradas Escrituras para todo lo relacionado a con la salvación y con la vida y si una persona cree en la realidad de la iluminación del Espíritu Santo para entender esa revelación y para creer en ella como la Palabra de Dios y para vivir conforme a ella por la fe, entonces esa persona tendrá en Juan Bunyan un ejemplo sobresaliente de esa suficiencia. Alabamos al Dios de toda gracia porque vemos ilustrado maravillosamente en el caso de Juan Bunyan lo que Dios puede hacer con un hombre que, dotado de su gracia y la presencia del Espíritu, estudia detenida, celosa y cuidadosamente su Biblia en su propio idioma. Espero que el ejemplo de Bunyan anime a todos nosotros a vivir en las páginas de las Sagradas Escrituras con un espíritu humilde y con el deseo dado por su Espíritu Santo de saber la voluntad de Dios y hacerla.

Otra manifestación de la bondad y misericordia de Dios que es admirable en la vida de Bunyan es cómo aprendió tanto sin tener el beneficio de conocer la Biblia en su juventud. Después de los veinte años comenzó a conocer la Biblia, sin embargo, sobrepasó a muchísimos que como Timoteo habían conocido las Sagradas Escrituras desde su juventud. Digo eso para animar a cualquiera que recibe el llamamiento eficaz después de años de pecado. El Señor sabe quitar los años que comieron las langostas y hacer a uno fructificar como si nunca hubiera pasado hambre.

El Señor nos muestra lo que Él puede hacer con un hombre que se dedica a escudriñar las Escrituras. Bunyan era mejor teólogo pastor y predicador que muchos que tenían conocimiento de los idiomas bíblicos. No menospreciamos eso, pero vemos que no es absolutamente necesario para poder predicar con poder.

Apéndice sobre la biografía de Juan Bunyan por Alfredo S. Rodríguez y García.

De lo que yo conozco, la única biografía de John Bunyan que existe en español es la de Alfredo S. Rodríguez y García, publicado originalmente por Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, Texas, EEUU, en el año 1929. El autor escribió la biografía aproximadamente unos 300 años después del nacimiento de Bunyan.

En 1986 el libro fue publicado por CLIE de España, usando una copia del original de Casa Bautista. Todavía estaba disponible en mayo de 2006.

En términos generales es una biografía buena, bien organizada, con información sobre los tiempos, vida y carácter de Bunyan y de sus labores como pastor y escritor. El vocabulario usado exigirá el uso de un buen diccionario para algunos, como pasó en el caso mío.

Disfruté mucho del libro. Hay algunas opiniones del autor que no son bíblicas, o que no son presentadas claramente. Un ejemplo es su opinión de que no hay pecado grande o pequeño (página 92). Aun con el “pero” que puso, se quedó corto. Juan 19:11 y otras declaraciones del Señor nos enseñan que hay pecados más grandes que otros. Estamos de acuerdo en que la infracción de cualquier ley de Dios es suficiente para condenarnos y solamente la sangre de Jesucristo puede quitar la culpa de cualquier pecado.

Hay también algunas especulaciones del autor sobre la educación y unas cosas relacionadas con la juventud de Bunyan que parecen más sicológicas que bíblicas, que para mí no contribuyen a la edificación, pero tampoco son una distracción insuperable.

Y su uso de la palabra “inspirar / inspirado” me parece inadecuado, especialmente en una frase en la introducción debajo de una pintura de Bunyan que se titula “El inspirado soñador”. El biógrafo no pone El peregrino al nivel de la Biblia, pero parece que casi deja la idea de que el Espíritu Santo inspiró al autor sin aclarar bien el asunto de que tal inspiración no se puede comparar con la de Moisés y la de los profetas. Por mi parte prefiero un uso de la palabra “inspirar” más preciso en los libros cristianos, de manera que no dejemos la idea en la mente de nadie de que el Espíritu Santo hace todavía en algunos lo que hizo en los escritores de las Sagradas Escrituras.

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Biografía: Charles Haddon Spurgeon: contendiendo por la fe

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Charles Haddon Spurgeon: contendiendo por la fe

La palabra de Dios nos dice que Jesucristo ha dado dones a su pueblo (Efesios 4:11ss). Estos hombres de Dios, dones de Jesucristo a su pueblo, son nuestros, dijo Pablo a los corintios: Así que nadie se jacte en los hombres, porque todo es vuestro: ya sea Pablo, o Apolos, o Cefas, o el mundo, o la vida, o la muerte, o lo presente, o lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios (1 Cor 3:21-23, LBA). Hay que imitar lo bueno y correcto que vemos en los siervos del Señor (véase 1 Corintios 4:16-17; Hebreos 13:7).

Entre los hombres escogidos que Cristo ha dado a su pueblo encontramos a aquellos que escribieron buenos libros. Esos siervos de Dios son conocidos todavía por sus escritos. Hay otros siervos de Él de los cuales sabemos algunas cosas por unas historias preservadas. Damos gracias al Señor por fieles historiadores y por los siervos del Señor que, además de predicar y pastorear, dejaron escritos útiles.

Entre los muchos hombres de Dios que vemos como un gran don a su iglesia quisiera señalar a uno muy conocido y admirado por muchos de nosotros. Su nombre es Charles Haddon Spurgeon y a pesar de haber muerto en enero de 1892, es conocido todavía entre cristianos en toda parte del mundo. Cientos de sus sermones y libros están disponibles, muchos de ellos español. Hay también biografías disponibles, algunos enfocando aspectos especiales de su vida y ministerio, como hace el señor Murray en el libro, Spurgeon: un príncipe olvidado.

Me toca presentar en esta noche unos aspectos selectivos de la vida y ministerio de Spurgeon. Hay mucha información disponible sobre Spurgeon. Por ejemplo, hay una autobiografía, a la cual su esposa y otros colocaron materiales, que fue publicada en 4 tomos. No tengo esos 4 tomos, pero están disponibles. Estandarte de la Verdad publicó una edición de 2 tomos (en inglés) de selecciones de esos 4 tomos. Además hay unas anécdotas y cosas sobre su vida que se pueden notar en algunos sermones y en algunos de los libros. Sus creencias y convicciones bíblicas están claras en todo lo que predicó y escribió.

Observamos que hay ciertos dones especiales en la vida de muchos conocidos siervos del Señor. Muchos no tenemos tales dones. Además hay obras de la providencia que son especiales y peculiares, hechas por el Dios soberano en la vida de cada uno que son para él que las experimenta. Estas cosas peculiares existen en la vida de cada individuo. Pero hay cosas que todos los cristianos tenemos en común. Por eso hay cosas que vemos en los siervos de Dios, algunas gracias que todo cristiano puede tener y debe imitar.

En el caso de Spurgeon vamos a ver como Dios obró de una manera especial en él y vamos a ver las cosas que podemos aprender e imitar, entre ellos lo que vemos en Judas 3, Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Jacobo, a los llamados, amados en Dios Padre y guardados para Jesucristo: Misericordia, paz y amor os sean multiplicados. Amados, por el gran empeño que tenía en escribiros acerca de nuestra común salvación, he sentido la necesidad de escribiros exhortándoos a contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos.

El deber de contender ardientemente por la fe es un deber de todos los llamados, amados en Dios Padre y guardados para Jesucristo, o sea, es un deber de toda persona salva por la gracia y la misericordia de Dios, de todo aquel que comparte la “común salvación”, de toda persona que necesita que la misericordia y paz y amor le sean multiplicados. Spurgeon cumplía ese deber y podemos observar la gracia de Dios operando en él y anhelar y buscar y seguir esa misma gracia.

Por supuesto, nadie puede contender por la fe si no conoce la fe, y nadie puede conocer la fe sin un conocimiento de la Palabra de Dios y la iluminación del Espíritu Santo. Vamos a ver como Spurgeon recibió esas bendiciones.

Spurgeon nació el 19 de junio de 1834 (10 días después que Guillermo Carey murió). Nació en el condado de Essex, un condado que tenía fama porque había tantas iglesias “no conformista” (o sea, no de acuerdo con la Iglesia de Inglaterra, la oficial). El padre de Spurgeon (John) era un hombre de negocios y pastor de una iglesia no-conformista, y la madre de Spurgeon era una mujer piadosa. El abuelo de Spurgeon también era pastor de una iglesia no-conformista. No eran bautistas y Spurgeon fue “bautizado” cuando bebé. Pero, Spurgeon nunca dudó de la salvación y piedad de sus padres y abuelos, y aun después de seguir la fe como bautista, mostró mucho amor a ellos.

Spurgeon tuvo catorce meses cuando fue llevado por los abuelos paternos. Pasó los próximos seis años de su vida criado por ellos y una tía, hermana menor de su padre, que todavía vivía con ellos. No podemos estar seguros porque eso sucedió: quizás por la juventud de su madre y/o la llegada pronto de otro bebé y/o motivos económicos. Lo que sabemos es que el arreglo fue bendito para su bien. Se nota que había mucho amor y respeto hacia los abuelos y los padres. En la casa de sus abuelos Spurgeon aprendió a leer y llegó a poder leer la Biblia en el tiempo del culto familiar. Por la providencia de Dios Spurgeon amaba los libros y la lectura y la situación con el abuelo pastor figura en eso. Fue criado en un ambiente en el cual la Biblia tenía un lugar especial y Spurgeon no dudaba de eso. Además, parece que su abuela pasó mucho tiempo con él y vio y oyó muchas cosas en la casa pastoral que despertaron su interés.

No cabe duda que Spurgeon era precoz y atrevido. Hubo un momento cuando se enteró de un miembro de la iglesia de su abuelo que estaba bebiendo indebidamente en la taberna del pueblo y causando dolor al corazón de su abuelo. Fue y le halló y le reprendió de tal manera que el hombre se arrepintió.

Al volver a la casa de sus padres, estudiaba con dos o tres maestros, pero el que más le ayudó fue un hombre llamado Leeding. Bajo su tutoría Spurgeon dominaba bastante bien el latín y geometría entre otras cosas. Cuando tenía como 14 años su padre le envió a un colegio, junto con su hermano menor. Un tío de ellos era el principal. Los maestros eran mayormente anglicanos, aun oficiales de la iglesia anglicana. Había 2 incidentes interesantes que sucedieron durante ese tiempo, y uno de ellos tenía efectos duraderos en su vida personal.

Spurgeon era muy buena en la matemática y una vez descubrió un error en unos cálculos de su tío. Hizo la corrección frente a la clase y el tío decidió que sería mejor que estudiara aparte, aunque con una tarea de hacer unos cálculos. Así que Spurgeon pudo estudiar solo, debajo de un árbol y los cálculos que hizo fueron entregados por su tío a una compañía de seguros que los usaba por varios años.

Otro incidente tuvo efecto duradero en su vida porque influyó profundamente en su decisión de ser bautista. Estaba en una clase de religión con un clérigo anglicano y el clérigo entró en una discusión con él sobre el bautismo. Como resultado, Spurgeon, después de estudiar el tema para poder contestar al clérigo, decidió que si la gracia divina obrara en él, entonces sería bautizado. (Véase la conversación interesante traducida por Allan Román en Otro peregrino, páginas 39-42).

Todo esto demuestra como Spurgeon aun antes de su conversión tenía una conciencia dominada por las Escrituras y luego vemos que estaba dispuesto a sufrir reproches y aun necesidades por sus convicciones.

Después de un año en el colegio Spurgeon fue ofrecido la oportunidad de asistir en una escuela en la ciudad de Newmarket y a la vez continuar estudiando. Llamaron tal posición la de “ujier”. El padre de Spurgeon estaba de acuerdo y a 15 años de edad Spurgeon comenzó esa etapa de su vida. He leído que Spurgeon pudo estudiar algo de griego y me parece que fue en aquel lugar.

Spurgeon hacía su trabajo y estudiaba, pero se sintió perdido. No tenía paz. Se sintió un gran peso encima, como el peregrino de Bunyan. Asistía la iglesia pero parece que en Newmarket no había muy buen ministerio para que se salvara. Allí conoció a una mujer, Mary King, la cocinera en la escuela, que era de los bautistas estrictos o particulares. Era un aficionado de un predicador llamado J C Philpot y leía sus sermones que trataban de lo que algunos llamarían “calvinismo experimental”. Ella y Spurgeon tenían muchas conversaciones sobre las doctrinas de la gracia, muy provechosas y Spurgeon dijo que aprendió sus primeras lecciones en teología de ella, y otras cosas prácticas sobre cómo sobrevivir en un sitio donde no hay buena predicación. Spurgeon entendió la elección y predestinación pero no creía que estaba bien con el Señor y estaba pasando por mucha tribulación del alma. Dijo que había 10 caballos negros arrastrando un arado muy afilado por su corazón – los diez mandamientos y la justicia de Dios.

Estaba en esa condición de sufrimiento espiritual cuando le tocó unas vacaciones al final del año 1849. Fue a la casa de sus padres en un sitio llamado Colchester y decidió visitar varias iglesias. El primer domingo de 1850 el tiempo fue muy malo, tanto que Spurgeon no fue con su padre ni tampoco al pueblo en sí, sino visitó una capilla cercana de metodistas primitivos. Había muy poca gente. Por el mal tiempo el pastor no llegó y tocó a un hermano dar un mensaje.

Cito ahora a Rodríguez y García (ASRG) y al señor Dallimore (AD) para que sepamos lo que pasó cuando, por el mal tiempo, Spurgeon visitó esa capilla:

Al fin, un hombre de apariencia muy delgada, subió al púlpito, abrió la Biblia, y leyó las palabras: “Mirad a mí todos los términos de la tierra y sed salvos”. (ASRG) Ni siquiera pronunciaba las palabras correctamente, dice Spurgeon, pero eso no importaba: pensé que en ese pasaje había un rayo de esperanza para mí. (AD)

El predicador comenzó de esta manera: “Este versículo es de lo más sencillo; dice: ‘Mirad’. La verdad es que mirar no cuesta mucho trabajo. No es como levantar el pie o el dedo; es simplemente ‘mirar’. Bueno, no hace falta ir a la universidad para aprender a mirar: uno puede ser tonto de remate y, sin embargo, mirar. No hace falta tener una renta de 1000 libras al año para mirar. Todo el mundo puede mirar; hasta un niño puede mirar. (AD)

Pero luego, el versículo dice: ‘Mirad a mí’. ¡Ay!, exclamó… Muchos de ustedes se estarán mirando a sí mismos; pero de nada vale mirar ahí. Jamás hallarán consuelo en ustedes mismos. Algunos dice: ‘Mirad a Dios Padre?. ¡No, a El mírenlo más adelante! Jesucristo dice: ‘Miradme a Mí’. Algunos de ustedes dirán:’Debemos esperar a que el Espíritu obre’. Ahora mismo no se trata de eso: miren a Cristo. El testo dice: ‘Mirad a mí’. (AD)

Luego aquel buen hombre siguió con su versículo diciendo lo siguiente: “Miradme a mí: estoy sudando grandes gotas de sangre. Miradme a mí: estoy colgado de la Cruz. Miradme a mí: estoy muerto y sepultado. Miradme a mí: resucito. Miradme a mí: asciendo al Cielo. Miradme a mí: estoy sentado a la diestra del Padre. ¡Pobre pecador, mírame a mí, mírame a mí!”. (AD)

Tras haber […] logrado extenderse durante diez minutos, poco más o menos, estaba en las últimas; pero luego miró hacia mí, sentado debajo de la galería, y supongo que con tan pocas personas presentes, supo que era un extraño. (AD)

Entonces, fijando en mí sus ojos, como si conociera por entero mi corazón, dijo: “Joven, pareces muy desdichado”. En verdad lo era; pero no estaba acostumbrado a que se hicieran comentarios acerca de mi aspecto personal desde el púlpito. Sin embargo, aquel fue un golpe certero que me alcanzó de lleno. Luego siguió diciendo, “Y siempre serás desdichado – desdichado en la vida y desdichado en la muerte – si no obedeces al versículo que he escogido; pero si lo haces, ahora, en este momento, serás salvo”. Y levantando las manos gritó como solo es capaz de hacerlo un metodista primitivo, “¡Joven, mira a Cristo! ¡Mira! ¡Mira! ¡Mira! ¡No tienes más que mirar y vivir!”. (AD)

Y en ese momento vi el camino de la salvación, ¡Oh! ¡Cómo salté de gozo en aquel momento! No sé si otra cosa dijo. No presté mucha atención, tan poseído estaba por aquella sola idea. Cuando la serpiente fue levantada en el desierto, el pueblo sólo tenía que mirar para curarse. Yo estaba esperando para hacer lo que correspondiera, pero cuando oí esta palabra, “mira”, ¡qué agradable me pareció! Oh, miré hasta casi saltárseme los ojos y en el cielo seguiré mirando en mi indecible gozo. (ASRG)

***
En 1979, en la primera edición de Heraldo de Gracia, escribí lo siguiente:

“En abril de 1854 aceptó pastorear una iglesia bautista en Londres. El edificio en el cual se reunieron tenía capacidad para 1,200 personas. Sin embargo, sólo alrededor de 200 personas se reunían. Pasado apenas un año, el edificio se llenaba completamente de personas, por lo que se vieron obligados a mudarse de un lugar a otro hasta que construyeron el Tabernáculo Metropolitano, el cual fue dedicado en el año 1861. En el Tabernáculo, Spurgeon predicó por 31 años a una congregación de más de 5.000 personas. Sus sermones fueron enviados a todas partes del mundo, y muchos periódicos los publicaron regularmente.

“¿A qué se debió su éxito? Ciertamente no a campañas utilizando los métodos de las agencias de publicidad, ni a ómnibuses o minibuses, ni a atracciones musicales, etc. Su popularidad se debió a su fidelidad a la Palabra de Dios proclamada poderosamente por la bendición del Espíritu Santo.

“¿Qué predicaba Spurgeon? Todo el consejo de Dios. Muchos que desean tener un gran nombre como Spurgeon y a veces le alaban, no se atreven a predicar lo que Spurgeon predicó porque no tienen confianza en la predicación de la verdad y creen que tienen que hacer algo más. Hay algunos que admiran la manera simple, popular y bien ilustrada de la predicación de Spurgeon, pero no quieren tener nada que ver con sus enseñanzas. Hay algunos que han sido tan deshonestos que se han atrevido a cambiar partes de sus sermones antes de publicarlos.

“Hay cristianos de habla hispana que por falta de oportunidad no han tenido la bendición de ser edificados por los sermones de Spurgeon. En parte esto se debe al hecho de que se han agotado algunos de sus libros de sermones (No hay otro evangelio y Sermones del año de avivamiento). También se debe al hecho de que algunos pastores no instan a sus congregaciones a leer sermones de otros pastores. (A veces los pastores menosprecian aquellos hombres que Dios ha dado a su Iglesia y que ha usado como instrumentos en avivamiento y tiempos de reforma).”

***
Bosquejo de NDV para la presentación de la conferencia sobre Spurgeon.

Providencia de Dios y dones “naturales”
En crianza y educación
Poderes mentales y voz
Gracia especial
(Hay cosas que ninguno tenemos; pero hay cosas que podemos imitar)
Su disciplina, diligencia, deseo de ser santo
Obediencia en el bautismo
Deseo de ver a otros convertidos y ser un siervo
Uso de tratados desde el principio de su conversión
Respondió a peticiones de otros para ayudar en clases dominicales
No buscó eminencia; aceptó responsablemente invitaciones para ayudar
Oración
Lugar de las Escrituras
Convicción de la verdad
Valor
Sabiduría
Dirección del Señor – selección de los textos; otros sucesos, p.e., no universidad
Convicciones “Calvinistas” desde antes de su conversión
5 puntos en dedicación del Tabernáculo Metropolitano
El declive y como lo vio

***
Breve cronología de su vida (1834-1892).

1834, 19 junio Nacimiento
1850, enero Conversión, Isaías 45:22
1851, 3 mayo Bautismo en el rió Lark
1851-1853 Enseñando y ministrando de varias maneras
1853, 18 diciembre Primer sermón en “New Park Street” capilla bautista
1854 Comienza a pastorear en “New Park Street”
1855 Sermones publicados desde el principio del año
1887 Controversia sobre el declive entre bautistas; deja la Unión
1892, 31 enero Con el Señor.

Libros usados en la preparación de la conferencia:

Spurgeon por Arnold Dallimore
The Forgotten Spurgeon por Ian Murray
Autobiography, 2 volúmenes, edición de Banner of Truth
Otro peregrino, por Allan Román, disponible en PDF
Muchos sermones de CHS y escritos de él o sobre él, leídos durante los últimos 50 años.

***
OJO, nota de NDV, 16 junio, 2016 – hay que actualizar la lista de las obras de Spurgeon y de biografías, disponibles en español.
Lo que sigue es de 1979 y NO sirve

No hay otro evangelio
Sermones del año del avivamiento
Ganador de hombres
Spurgeon: El príncipe olvidado
por I. Murray
Todos estos fueron publicados por Estandarte de la Verdad y si usted tiene la oportunidad de conseguir uno, debe aprovecharse.

Discursos a mis estudiantes también se halla en las bibliotecas de unos pastores. El editor de esta revista estaría muy agradecido de recibir información sobre este libro (quién lo publicó, dónde, cuándo, etc.).

Los siguientes libros todavía están disponibles en español:

El ministerio ideal (2 tomos), Estandarte de la Verdad
Biografía de Spurgeon, A. S. Rodríguez y García, Casa Bautista de Publicaciones
Apuntes de sermones, Publicaciones Portavoz Evangélica

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Biografía: Charles Haddon Spurgeon: contendiendo por la fe

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Charles Haddon Spurgeon: contendiendo por la fe

La palabra de Dios nos dice que Jesucristo ha dado dones a su pueblo (Efesios 4:11ss). Estos hombres de Dios, dones de Jesucristo a su pueblo, son nuestros, dijo Pablo a los corintios: Así que nadie se jacte en los hombres, porque todo es vuestro: ya sea Pablo, o Apolos, o Cefas, o el mundo, o la vida, o la muerte, o lo presente, o lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios (1 Cor 3:21-23, LBA). Hay que imitar lo bueno y correcto que vemos en los siervos del Señor (véase 1 Corintios 4:16-17; Hebreos 13:7).

Entre los hombres escogidos que Cristo ha dado a su pueblo encontramos a aquellos que escribieron buenos libros. Esos siervos de Dios son conocidos todavía por sus escritos. Hay otros siervos de Él de los cuales sabemos algunas cosas por unas historias preservadas. Damos gracias al Señor por fieles historiadores y por los siervos del Señor que, además de predicar y pastorear, dejaron escritos útiles.

Entre los muchos hombres de Dios que vemos como un gran don a su iglesia quisiera señalar a uno muy conocido y admirado por muchos de nosotros. Su nombre es Charles Haddon Spurgeon y a pesar de haber muerto en enero de 1892, es conocido todavía entre cristianos en toda parte del mundo. Cientos de sus sermones y libros están disponibles, muchos de ellos español. Hay también biografías disponibles, algunos enfocando aspectos especiales de su vida y ministerio, como hace el señor Murray en el libro, Spurgeon: un príncipe olvidado.

Me toca presentar en esta noche unos aspectos selectivos de la vida y ministerio de Spurgeon. Hay mucha información disponible sobre Spurgeon. Por ejemplo, hay una autobiografía, a la cual su esposa y otros colocaron materiales, que fue publicada en 4 tomos. No tengo esos 4 tomos, pero están disponibles. Estandarte de la Verdad publicó una edición de 2 tomos (en inglés) de selecciones de esos 4 tomos. Además hay unas anécdotas y cosas sobre su vida que se pueden notar en algunos sermones y en algunos de los libros. Sus creencias y convicciones bíblicas están claras en todo lo que predicó y escribió.

Observamos que hay ciertos dones especiales en la vida de muchos conocidos siervos del Señor. Muchos no tenemos tales dones. Además hay obras de la providencia que son especiales y peculiares, hechas por el Dios soberano en la vida de cada uno que son para él que las experimenta. Estas cosas peculiares existen en la vida de cada individuo. Pero hay cosas que todos los cristianos tenemos en común. Por eso hay cosas que vemos en los siervos de Dios, algunas gracias que todo cristiano puede tener y debe imitar.

En el caso de Spurgeon vamos a ver como Dios obró de una manera especial en él y vamos a ver las cosas que podemos aprender e imitar, entre ellos lo que vemos en Judas 3, Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Jacobo, a los llamados, amados en Dios Padre y guardados para Jesucristo: Misericordia, paz y amor os sean multiplicados. Amados, por el gran empeño que tenía en escribiros acerca de nuestra común salvación, he sentido la necesidad de escribiros exhortándoos a contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos.

El deber de contender ardientemente por la fe es un deber de todos los llamados, amados en Dios Padre y guardados para Jesucristo, o sea, es un deber de toda persona salva por la gracia y la misericordia de Dios, de todo aquel que comparte la “común salvación”, de toda persona que necesita que la misericordia y paz y amor le sean multiplicados. Spurgeon cumplía ese deber y podemos observar la gracia de Dios operando en él y anhelar y buscar y seguir esa misma gracia.

Por supuesto, nadie puede contender por la fe si no conoce la fe, y nadie puede conocer la fe sin un conocimiento de la Palabra de Dios y la iluminación del Espíritu Santo. Vamos a ver como Spurgeon recibió esas bendiciones.

Spurgeon nació el 19 de junio de 1834 (10 días después que Guillermo Carey murió). Nació en el condado de Essex, un condado que tenía fama porque había tantas iglesias “no conformista” (o sea, no de acuerdo con la Iglesia de Inglaterra, la oficial). El padre de Spurgeon (John) era un hombre de negocios y pastor de una iglesia no-conformista, y la madre de Spurgeon era una mujer piadosa. El abuelo de Spurgeon también era pastor de una iglesia no-conformista. No eran bautistas y Spurgeon fue “bautizado” cuando bebé. Pero, Spurgeon nunca dudó de la salvación y piedad de sus padres y abuelos, y aun después de seguir la fe como bautista, mostró mucho amor a ellos.

Spurgeon tuvo catorce meses cuando fue llevado por los abuelos paternos. Pasó los próximos seis años de su vida criado por ellos y una tía, hermana menor de su padre, que todavía vivía con ellos. No podemos estar seguros porque eso sucedió: quizás por la juventud de su madre y/o la llegada pronto de otro bebé y/o motivos económicos. Lo que sabemos es que el arreglo fue bendito para su bien. Se nota que había mucho amor y respeto hacia los abuelos y los padres. En la casa de sus abuelos Spurgeon aprendió a leer y llegó a poder leer la Biblia en el tiempo del culto familiar. Por la providencia de Dios Spurgeon amaba los libros y la lectura y la situación con el abuelo pastor figura en eso. Fue criado en un ambiente en el cual la Biblia tenía un lugar especial y Spurgeon no dudaba de eso. Además, parece que su abuela pasó mucho tiempo con él y vio y oyó muchas cosas en la casa pastoral que despertaron su interés.

No cabe duda que Spurgeon era precoz y atrevido. Hubo un momento cuando se enteró de un miembro de la iglesia de su abuelo que estaba bebiendo indebidamente en la taberna del pueblo y causando dolor al corazón de su abuelo. Fue y le halló y le reprendió de tal manera que el hombre se arrepintió.

Al volver a la casa de sus padres, estudiaba con dos o tres maestros, pero el que más le ayudó fue un hombre llamado Leeding. Bajo su tutoría Spurgeon dominaba bastante bien el latín y geometría entre otras cosas. Cuando tenía como 14 años su padre le envió a un colegio, junto con su hermano menor. Un tío de ellos era el principal. Los maestros eran mayormente anglicanos, aun oficiales de la iglesia anglicana. Había 2 incidentes interesantes que sucedieron durante ese tiempo, y uno de ellos tenía efectos duraderos en su vida personal.

Spurgeon era muy buena en la matemática y una vez descubrió un error en unos cálculos de su tío. Hizo la corrección frente a la clase y el tío decidió que sería mejor que estudiara aparte, aunque con una tarea de hacer unos cálculos. Así que Spurgeon pudo estudiar solo, debajo de un árbol y los cálculos que hizo fueron entregados por su tío a una compañía de seguros que los usaba por varios años.

Otro incidente tuvo efecto duradero en su vida porque influyó profundamente en su decisión de ser bautista. Estaba en una clase de religión con un clérigo anglicano y el clérigo entró en una discusión con él sobre el bautismo. Como resultado, Spurgeon, después de estudiar el tema para poder contestar al clérigo, decidió que si la gracia divina obrara en él, entonces sería bautizado. (Véase la conversación interesante traducida por Allan Román en Otro peregrino, páginas 39-42).

Todo esto demuestra como Spurgeon aun antes de su conversión tenía una conciencia dominada por las Escrituras y luego vemos que estaba dispuesto a sufrir reproches y aun necesidades por sus convicciones.

Después de un año en el colegio Spurgeon fue ofrecido la oportunidad de asistir en una escuela en la ciudad de Newmarket y a la vez continuar estudiando. Llamaron tal posición la de “ujier”. El padre de Spurgeon estaba de acuerdo y a 15 años de edad Spurgeon comenzó esa etapa de su vida. He leído que Spurgeon pudo estudiar algo de griego y me parece que fue en aquel lugar.

Spurgeon hacía su trabajo y estudiaba, pero se sintió perdido. No tenía paz. Se sintió un gran peso encima, como el peregrino de Bunyan. Asistía la iglesia pero parece que en Newmarket no había muy buen ministerio para que se salvara. Allí conoció a una mujer, Mary King, la cocinera en la escuela, que era de los bautistas estrictos o particulares. Era un aficionado de un predicador llamado J C Philpot y leía sus sermones que trataban de lo que algunos llamarían “calvinismo experimental”. Ella y Spurgeon tenían muchas conversaciones sobre las doctrinas de la gracia, muy provechosas y Spurgeon dijo que aprendió sus primeras lecciones en teología de ella, y otras cosas prácticas sobre cómo sobrevivir en un sitio donde no hay buena predicación. Spurgeon entendió la elección y predestinación pero no creía que estaba bien con el Señor y estaba pasando por mucha tribulación del alma. Dijo que había 10 caballos negros arrastrando un arado muy afilado por su corazón – los diez mandamientos y la justicia de Dios.

Estaba en esa condición de sufrimiento espiritual cuando le tocó unas vacaciones al final del año 1849. Fue a la casa de sus padres en un sitio llamado Colchester y decidió visitar varias iglesias. El primer domingo de 1850 el tiempo fue muy malo, tanto que Spurgeon no fue con su padre ni tampoco al pueblo en sí, sino visitó una capilla cercana de metodistas primitivos. Había muy poca gente. Por el mal tiempo el pastor no llegó y tocó a un hermano dar un mensaje.

Cito ahora a Rodríguez y García (ASRG) y al señor Dallimore (AD) para que sepamos lo que pasó cuando, por el mal tiempo, Spurgeon visitó esa capilla:

Al fin, un hombre de apariencia muy delgada, subió al púlpito, abrió la Biblia, y leyó las palabras: “Mirad a mí todos los términos de la tierra y sed salvos”. (ASRG) Ni siquiera pronunciaba las palabras correctamente, dice Spurgeon, pero eso no importaba: pensé que en ese pasaje había un rayo de esperanza para mí. (AD)

El predicador comenzó de esta manera: “Este versículo es de lo más sencillo; dice: ‘Mirad’. La verdad es que mirar no cuesta mucho trabajo. No es como levantar el pie o el dedo; es simplemente ‘mirar’. Bueno, no hace falta ir a la universidad para aprender a mirar: uno puede ser tonto de remate y, sin embargo, mirar. No hace falta tener una renta de 1000 libras al año para mirar. Todo el mundo puede mirar; hasta un niño puede mirar. (AD)

Pero luego, el versículo dice: ‘Mirad a mí’. ¡Ay!, exclamó… Muchos de ustedes se estarán mirando a sí mismos; pero de nada vale mirar ahí. Jamás hallarán consuelo en ustedes mismos. Algunos dice: ‘Mirad a Dios Padre?. ¡No, a El mírenlo más adelante! Jesucristo dice: ‘Miradme a Mí’. Algunos de ustedes dirán:’Debemos esperar a que el Espíritu obre’. Ahora mismo no se trata de eso: miren a Cristo. El testo dice: ‘Mirad a mí’. (AD)

Luego aquel buen hombre siguió con su versículo diciendo lo siguiente: “Miradme a mí: estoy sudando grandes gotas de sangre. Miradme a mí: estoy colgado de la Cruz. Miradme a mí: estoy muerto y sepultado. Miradme a mí: resucito. Miradme a mí: asciendo al Cielo. Miradme a mí: estoy sentado a la diestra del Padre. ¡Pobre pecador, mírame a mí, mírame a mí!”. (AD)

Tras haber […] logrado extenderse durante diez minutos, poco más o menos, estaba en las últimas; pero luego miró hacia mí, sentado debajo de la galería, y supongo que con tan pocas personas presentes, supo que era un extraño. (AD)

Entonces, fijando en mí sus ojos, como si conociera por entero mi corazón, dijo: “Joven, pareces muy desdichado”. En verdad lo era; pero no estaba acostumbrado a que se hicieran comentarios acerca de mi aspecto personal desde el púlpito. Sin embargo, aquel fue un golpe certero que me alcanzó de lleno. Luego siguió diciendo, “Y siempre serás desdichado – desdichado en la vida y desdichado en la muerte – si no obedeces al versículo que he escogido; pero si lo haces, ahora, en este momento, serás salvo”. Y levantando las manos gritó como solo es capaz de hacerlo un metodista primitivo, “¡Joven, mira a Cristo! ¡Mira! ¡Mira! ¡Mira! ¡No tienes más que mirar y vivir!”. (AD)

Y en ese momento vi el camino de la salvación, ¡Oh! ¡Cómo salté de gozo en aquel momento! No sé si otra cosa dijo. No presté mucha atención, tan poseído estaba por aquella sola idea. Cuando la serpiente fue levantada en el desierto, el pueblo sólo tenía que mirar para curarse. Yo estaba esperando para hacer lo que correspondiera, pero cuando oí esta palabra, “mira”, ¡qué agradable me pareció! Oh, miré hasta casi saltárseme los ojos y en el cielo seguiré mirando en mi indecible gozo. (ASRG)

***
En 1979, en la primera edición de Heraldo de Gracia, escribí lo siguiente:

“En abril de 1854 aceptó pastorear una iglesia bautista en Londres. El edificio en el cual se reunieron tenía capacidad para 1,200 personas. Sin embargo, sólo alrededor de 200 personas se reunían. Pasado apenas un año, el edificio se llenaba completamente de personas, por lo que se vieron obligados a mudarse de un lugar a otro hasta que construyeron el Tabernáculo Metropolitano, el cual fue dedicado en el año 1861. En el Tabernáculo, Spurgeon predicó por 31 años a una congregación de más de 5.000 personas. Sus sermones fueron enviados a todas partes del mundo, y muchos periódicos los publicaron regularmente.

“¿A qué se debió su éxito? Ciertamente no a campañas utilizando los métodos de las agencias de publicidad, ni a ómnibuses o minibuses, ni a atracciones musicales, etc. Su popularidad se debió a su fidelidad a la Palabra de Dios proclamada poderosamente por la bendición del Espíritu Santo.

“¿Qué predicaba Spurgeon? Todo el consejo de Dios. Muchos que desean tener un gran nombre como Spurgeon y a veces le alaban, no se atreven a predicar lo que Spurgeon predicó porque no tienen confianza en la predicación de la verdad y creen que tienen que hacer algo más. Hay algunos que admiran la manera simple, popular y bien ilustrada de la predicación de Spurgeon, pero no quieren tener nada que ver con sus enseñanzas. Hay algunos que han sido tan deshonestos que se han atrevido a cambiar partes de sus sermones antes de publicarlos.

“Hay cristianos de habla hispana que por falta de oportunidad no han tenido la bendición de ser edificados por los sermones de Spurgeon. En parte esto se debe al hecho de que se han agotado algunos de sus libros de sermones (No hay otro evangelio y Sermones del año de avivamiento). También se debe al hecho de que algunos pastores no instan a sus congregaciones a leer sermones de otros pastores. (A veces los pastores menosprecian aquellos hombres que Dios ha dado a su Iglesia y que ha usado como instrumentos en avivamiento y tiempos de reforma).”

***
Bosquejo de NDV para la presentación de la conferencia sobre Spurgeon.

Providencia de Dios y dones “naturales”
En crianza y educación
Poderes mentales y voz
Gracia especial
(Hay cosas que ninguno tenemos; pero hay cosas que podemos imitar)
Su disciplina, diligencia, deseo de ser santo
Obediencia en el bautismo
Deseo de ver a otros convertidos y ser un siervo
Uso de tratados desde el principio de su conversión
Respondió a peticiones de otros para ayudar en clases dominicales
No buscó eminencia; aceptó responsablemente invitaciones para ayudar
Oración
Lugar de las Escrituras
Convicción de la verdad
Valor
Sabiduría
Dirección del Señor – selección de los textos; otros sucesos, p.e., no universidad
Convicciones “Calvinistas” desde antes de su conversión
5 puntos en dedicación del Tabernáculo Metropolitano
El declive y como lo vio

***
Breve cronología de su vida (1834-1892).

1834, 19 junio Nacimiento
1850, enero Conversión, Isaías 45:22
1851, 3 mayo Bautismo en el rió Lark
1851-1853 Enseñando y ministrando de varias maneras
1853, 18 diciembre Primer sermón en “New Park Street” capilla bautista
1854 Comienza a pastorear en “New Park Street”
1855 Sermones publicados desde el principio del año
1887 Controversia sobre el declive entre bautistas; deja la Unión
1892, 31 enero Con el Señor.

Libros usados en la preparación de la conferencia:

Spurgeon por Arnold Dallimore
The Forgotten Spurgeon por Ian Murray
Autobiography, 2 volúmenes, edición de Banner of Truth
Otro peregrino, por Allan Román, disponible en PDF
Muchos sermones de CHS y escritos de él o sobre él, leídos durante los últimos 50 años.

***
OJO, nota de NDV, 16 junio, 2016 – hay que actualizar la lista de las obras de Spurgeon y de biografías, disponibles en español.
Lo que sigue es de 1979 y NO sirve

No hay otro evangelio
Sermones del año del avivamiento
Ganador de hombres
Spurgeon: El príncipe olvidado
por I. Murray
Todos estos fueron publicados por Estandarte de la Verdad y si usted tiene la oportunidad de conseguir uno, debe aprovecharse.

Discursos a mis estudiantes también se halla en las bibliotecas de unos pastores. El editor de esta revista estaría muy agradecido de recibir información sobre este libro (quién lo publicó, dónde, cuándo, etc.).

Los siguientes libros todavía están disponibles en español:

El ministerio ideal (2 tomos), Estandarte de la Verdad
Biografía de Spurgeon, A. S. Rodríguez y García, Casa Bautista de Publicaciones
Apuntes de sermones, Publicaciones Portavoz Evangélica

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Biografías

Biografía: Amigos de William (Guillermo) Carey
Notas sobre la vida y los tiempos de los hombres principales que apoyaron a Carey en su misión a la India

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Estas notas están basadas en el libro One Heart and One Soul (Un corazón y una alma) escrito por Michael A. G. Haykin, y publicado por Evangelical Press, Durham, England, 1994.

El propósito de este estudio es examinar lo que estaba detrás de la misión de William Carey que tuvo una influencia mundial y efectos directos e indirectos hasta el día de hoy en asuntos de misiones.

Condiciones en Inglaterra en las iglesias bautistas y otras iglesias no conformistas (presbiterianas, congregacionalistas, etc.)

Durante los tiempos de tolerancia religiosa de Cromwell el señor protector de Inglaterra, los bautistas particulares (“calvinista”) prosperaron; sus congregaciones crecieron. Publicaron una confesión de fe en 1643 que definió ciertos puntos de vista bautista. El documento demuestra su fe en las doctrinas de la gracia. Pastores representando 7 congregaciones en Londres firmaron esa primera confesión de fe. Cuando en 1677 hicieron una nueva confesión, más completa y diseñada para mostrar su unidad con presbiterianos y congregacionalistas en muchos asuntos esenciales, había muchos más pastores firmando (incluyendo 2 que firmaron la confesión de 1643 que estaban vivos todavía). Dios había bendecido sus oraciones, celo y predicación.

Como noto en otro lugar, esos tiempos sin rey duraron desde 1644 hasta 1660 cuando el hijo de Carlos I, Carlos II, logró sentarse en el trono de Inglaterra, como 2 años después de la muerte de Cromwell. Carlos II básicamente creía en el catolicismo romano y mediante la iglesia anglicana buscó aplastar el protestantismo y obligar a todos a presentarse en los cultos de la iglesia anglicana, aportar a la iglesia anglicana, estar en comunión con ella y conformarse a todas sus reglas. Cualquier ministro que no quiso conformarse fue despojado de su ministerio y en un día en el año 1662, 2000 ministros fueron despedidos. Muchas leyes opresivas fueron hechas para tapar la boca de todo ministro no conformista. Fueron multados, encarcelados, desterrados y hasta matados por no aceptar lo que el rey y los líderes anglicanos quisieron.

En 1688 Inglaterra fue liberada del yugo de los pro-católicos y los protestantes William y Mary comenzaron a reinar. Una vez más había tolerancia de las reuniones y adoración de iglesias que no eran anglicanas. Sin embargo, había unas leyes pasadas por parlamento en los días de Carlos II que no fueron cambiadas. Por ejemplo, sólo los que estaban en comunión con la Iglesia Anglicana podrían ser empleados del gobierno, oficiales en el ejército o marina y maestros de escuelas reconocidas por las autoridades (“acreditadas”). Los que no eran de la iglesia oficial de Inglaterra no pudieron graduarse de las universidades de renombre como Oxford y Cambridge. También era necesario registrar los edificios donde se reunían y limitar sus actividades públicas a esos edificios. O sea, había tolerancia de la religión de otros que no eran anglicanos (como bautistas, presbiterianos, congregacionalistas, cuáqueros y otros “no conformistas”, “disidentes”, o “independientes”), pero sus libertades o derechos civiles fueron restringidos y muchas veces fueron mirados con sospecho como potenciales enemigos del estado, revolucionarios, “terroristas”.

Esa clase de restricciones contribuyó a la rebeldía de los habitantes de las trece colonias de Inglaterra en norte América que resultó en la Declaración de Independencia en el 4 de julio de 1776 y la consecuente Revolución que tuvo éxito después de varios años de guerra (formalmente terminado en 1783).

Este discrimen legal y social afectó a los bautistas y su crecimiento en los años del siglo 18, y no solo eso, sino el hipercalvinismo de muchos también. John Gill (cuyos comentarios todavía están disponibles) y John Brine y otros tuvieron una influencia negativa en muchos pastores e iglesias. Además, había controversias entre los bautistas que causaron problemas (por ejemplo, si era correcto cantar himnos en el culto de adoración). Las distancias entre las iglesias y los caminos feos que tuvieron que usar para visitar unos a otros limitaron el contacto y los beneficios que acompañan el compañerismo cristiano. Hay evidencias de declinación entre los bautistas. Un historiador estimó que entre 1715 y 1718 había como 220 iglesias bautistas en Inglaterra y Gales. En 1750 había un estimado de cómo 150 iglesias bautistas, y esto a pesar de lo que estaba pasando en Inglaterra.

Comenzando en los 1730 había avivamientos en partes de Inglaterra y luego en América del norte. Los nombres de George Whitefield y los Wesleys son unos famosos asociados con ese tiempo. En las colonias los bautistas fueron afectados para bien, pero en Inglaterra por muchos años el “avivamiento” no tocó a la mayoría de los bautistas, que eran estrictos en su doctrina y sospechosos de “entusiasmo” (parecido a lo que llamaríamos “carismatismo” o “pentecostalismo” o “misticismo” en el día de hoy).

Pero en las últimas 3 décadas del siglo 18 hubo cambios grandes entre los bautistas calvinistas (Particular Baptists). Cosas buenas sucedieron en sus iglesias en Inglaterra y en sus esfuerzos para establecer iglesias en otros países. En relación a misiones hay cuatro nombres prominentes en estos cambios: John Sutcliff, Andrew Fuller, John Ryland, hijo, y William Carey. Una contemplación de sus vidas y ministerios es edificante.

John Sutcliff

Sutcliff nació 9 agosto 1752 en el área de Yorkshire en el norte de Inglaterra. Sus padres eran piadosos. Criaron a sus hijos en el temor del Señor, enseñándoles de evitar malos compañeros y otras verdades útiles. Se reunieron en iglesias bautistas. El pastor que más influencia tenía en la vida de John era John Fawcett, un bautista calvinista evangélico, convertido por medio del ministerio de personas asociadas con el Gran “Despertamiento” (Avivamiento). Sutcliff fue llamado eficazmente cuando tenía como 15 o 16 años (en 1767 o 1768). Fue aceptado como miembro de la iglesia el 28 de mayo de 1769, supuestamente habiendo sido bautizado por Fawcett. Mostró un gran interés en las Escrituras, y le gustó leer. Ayudó enseñar a niños. Fawcett era su mentor y viendo los dones de un ministro del evangelio recomendó que estudiara en la única institución que existía en Inglaterra para la buena preparación de ministros bautistas (dado el discrimen contra ellos), Bristol Baptist Academy.

En enero de 1772 John Sutcliff caminó como 200 millas hacia el sur y oeste para llegar a la ciudad de Bristol, la iglesia bautista (calvinista) Broadmead y su academia. Muchos años antes un hombre próspero dejó un fondo a la iglesia de Broadmead para que uno de sus ministros, capacitado en Hebreo y Griego, enseñara a otros en el contexto de una iglesia local para que los bautistas pudieron tener una sucesión de pastores preparados. Bautistas conocidos, como Benjamin Beddome y John Ryland, padre, habían estudiado allí y después de ellos, muchos más estudiaron. En los días de Sutcliff, el pastor y maestro principal fue Hugh Evans. Su hijo Caleb Evans ayudó y después de la muerte de su padre en 1781, Caleb fue llamado como pastor de la iglesia y principal de la Academia.

Los estudios eran fuertes y a la vez los estudiantes tuvieron que ejercitar sus dones. Sutcliff predicó regularmente especialmente en un sitio llamado Trowbridge. Hizo amigos. Hacia el final de sus estudios, predicó en Northampton por John Ryland padre y conoció a su hijo John Ryland, el cual se convirtió en amigo hasta la muerte. Sutcliff terminó sus estudios formales en mayo de 1774.

Es importante mencionar que Sutcliff fue introducido a los escritos de Jonathan Edwards, el gran teólogo de Nueva Inglaterra, amigo de Whitefield y testigo de grandes obras de Dios en sus tiempos. No sabemos si fue Fawcett o los Evans, pero Sutcliff leía con cuidado las publicaciones de Edwards. Luego podemos ver que quizás indirectamente podríamos llamar a Edwards el padre de las misiones calvinistas modernas, porque por sus libros ejercitó una fuerte influencia en Sutcliff, Carey y otros: en sus sermones y teología y en la publicación del diario y vida de David Brainerd.

Después de terminar sus estudios en 1774, Sutcliff fue invitado a Shrewsbury para ministrar en la iglesia allá. Pasó unos tiempos difíciles en esa iglesia dividida y finalmente tomó el consejo de unos amigos, renunció como pastor y viajó a la ciudad de Birmingham. Ayudó allí al pastor desde enero hasta junio de 1775.

En julio visitó por primera vez la ciudad de Olney. Los bautistas tenían un edificio en el cual 700 pudieron reunirse. Había una asistencia de cómo 300 a 400, pero hacía más de un año que no habían tenido un pastor.

La iglesia en Olney tenía más de 100 años de historia y había pasado por varias divisiones y problemas. Por poco desapareció en un tiempo de su historia. Su último pastor, antes de cansarse de lidiar con tantos problemas pastorales, había trabajado mucho y ayudó en la organización de una asociación de esa iglesia y 5 otras iglesias bautistas. La asociación fue llamada por el nombre de esa área, Asociación Bautista de Northamptonshire. Esa asociación creció pero nunca fue muy grande, sin embargo algunos de los pastores de esa asociación fueron el instrumento de una obra misionera bautista mundial.

Olney también era la ciudad en la cual John Newton fue cura de la iglesia anglicana desde 1764 hasta 1779. Además de las iglesias bautista y anglicana, había otra iglesia independiente, congregacional que creía en bautismo de los bebés. Sin embargo, en los días de Newton los tres pastores eran calvinistas y evangélicos. Newton no era sectario e hizo esfuerzos para tener y mantener amistad entre los pastores y sus iglesias, y vio sus deseos realizados. Había mucha paz entre los cristianos de Olney en general.

Sin embargo, como sucede frecuentemente, los bautistas no eran fáciles. Había entre ellos algunos miembros de tendencias “híper calvinistas” y otros que todavía no estaban muy de acuerdo con el uso de himnos en el culto. Sutcliff aceptó trabajar entre ellos. Tuvo una buena relación con Newton y el otro pastor y con la mayoría de los miembros, pero tuvo que hacer frente a contiendas y otros problemas entre algunos de los miembros. Trabajó duró para tener la iglesia unida y a la larga hasta los “híper calvinistas” que habían salido volvieron.

Por muchos años Sutcliff vivió soltero. Una mujer viuda proveyó alojamiento y él en cambio sirvió como tutor de su hijo. Ese arreglo fue idóneo. Sutcliff pudo gastar gran parte de su entrada económica en libros. Así adquirió una biblioteca excelente. Vivió de manera sencilla y estudiaba mucho.

En 1783 produjo un catecismo para niños. Fue reconocido como muy bueno, y aceptado por muchos. Varias impresiones fueron hechas.

En 1784 Sutcliff y sus amigos Andrew Fuller y John Ryland (hijo) hicieron una llamada a la oración. Conmovido por los escritos de Jonathan Edwards, después de un sermón predicado por Fuller en una reunión de la asociación, Sutcliff exhortó a las iglesias que una vez al mes celebraran una reunión para orar por el avivamiento de verdadera religión y la extensión del reino de Cristo en el mundo. Las iglesias de la asociación tomaron en serio este llamamiento a la oración (un llamamiento hecho también por medio de una hoja impresa). Este llamamiento fue conocido por otros pastores e iglesias en otros lugares fuera de la Asociación y muchas otras iglesias bautistas y no bautistas también establecieron un tiempo mensual para pedir por estas cosas.

No nos sorprende saber que había un avivamiento de las iglesias bautistas y la extensión de sus enseñanzas y metas, y después la formación de la Sociedad Misionera en 1792. Como Sutcliff dijo una vez, Cada vez que llega un avivamiento de religión (cristiana) deseado por mucho tiempo, seguramente será efectuado por un derramamiento abundante del Espíritu Santo. Hay razones para creer que este evento bendito será precedido por o su acercamiento evidenciado por un espíritu de oración entre las iglesias. El deseo de ver a Dios glorificado en sus propias vidas y en el conocimiento de su nombre en el mundo era muy fuerte y se ve en la dependencia de El expresada en la oración constante.

Todos los pastores unidos en la Asociación Northamptonshire participaron con Sutcliff en ese esfuerzo, pero había dos de esos pastores que eran muy amigos de Sutcliff: John Ryland hijo y Andrew Fuller. William Carey no era pastor ordenado todavía, ni parte del grupo original, pero pronto estaba asociado con ellos en la asociación y en el compromiso de orar regularmente.

Miremos brevemente a unos datos sobre las vidas de los amigos de Sutcliff.

John Ryland (hijo)

John Ryland nació en 1753 (¿29 enero?) en Warwick. Su padre, John Ryland, era pastor de una iglesia bautista calvinista, un hombre conocido en y fuera de los círculos bautista, amigo de hombres bautistas como John Gill y Abraham Booth, y de hombres no bautista como George Whitefield y John Newton.

John Ryland hijo, el amigo de Sutcliff, Fuller y Carey, fue criado en un ambiente piadoso y de buena preparación educacional. Se dice que cuando tenía 5 años solamente citó el Salmo 23 en hebreo por un amigo de su papá. Antes de tener 12 años sabía latín, había leído Génesis en hebreo como 5 veces y había leído el Nuevo Testamento en griego.

Cuando tenía catorce años tuvo una gran preocupación en cuanto a su condición espiritual. El 8 de septiembre de 1767 oyó a Whitefield predicar y 5 días luego fue bautizado por su padre en el río Nen. Con todo, parece que luchaba con dudas sobre su salvación hasta mayo del año 1768 después de haber oído a su padre predicar dos sermones diferentes. El Señor los bendijo para mucho bien en su vida.

Tuvo la oportunidad de conocer los amigos de su padre. John Newton tenía un interés especial en John hijo y hay una colección de unas cuantas cartas que Newton le escribió, corrigiendo, animando, exhortando al joven en quien vio mucho potencial para bien.

Ryland comenzó a predicar cuando tenía 17 años de edad. Desde 1771 ayudó a su padre en la escuela que mantenía en Northampton. En 1781 fue ordenado en la iglesia bautista College Lane de Northampton para servir como pastor con su padre, y después de su padre aceptar servir en otro lugar en 1786 entonces John siguió allí como pastor principal, hasta 1793 cuando aceptó servir como pastor en la iglesia bautista Broadmead en Bristol y como tutor principal en la Academia.

Los Ryland conocieron a William Carey en el año 1983 cuando Carey fue persuadido de la enseñanza bíblica sobre el bautismo y quiso bautizarse conforme a las Escrituras. Carey buscó y consultó con John Ryland padre sobre el asunto. El padre tenía 60 años de edad en aquel tiempo y refirió el caso a su hijo. Sin tener idea alguna de los planes del Señor, John bautizó a Carey en el río Nen, el domingo 5 de octubre a las 6 de la mañana.

La iglesia donde servía en Northampton fue nutrida y Ryland predicó el evangelio en muchos otros lugares alredor también.

Ryland cooperó con Sutcliff y Fuller en el llamamiento a la oración y luego en la organización de la sociedad bautista para misiones y la gran empresa de enviar misioneros a otros países, comenzando con la India.

Andrew Fuller

Fuller nació el 6 de febrero de 1754 en Wicken, Cambridgeshire, Inglaterra. Sus padres eran creyentes, miembros de una iglesia bautista. Parece que ellos, como los padres de Sutcliff, cuidaban de su crianza.

Habiendo sido compungido de sus pecados y temeroso en cuanto a su salvación, tuvo muchas luchas en el ambiente hipercalvinista de su iglesia, pero a la larga el Señor triunfó por su palabra y en noviembre de 1769 conoció paz con el Señor, teniendo 15 años de edad. En marzo de 1770, vio un bautismo y deseó obedecer a su Señor de esa manera de modo que como un mes mas tarde fue bautizado. Pronto después Dios probó su fe cuando unos jóvenes del lugar se mofaron de él porque había sido “sumergido”. Dios le dio la gracia de aceptar tal oposición y aun desear el bien eterno de los que hicieron eso.

Desde su conversión Fuller amó a los hermanos y comunión con ellos. Un hombre de cómo 40 años de edad, bautizado con él, muy piadoso y estudioso, era buen amigo y le introdujo a unos buenos libros y también el pastor de la iglesia. Pero la paz de la iglesia fue interrumpida porque Fuller criticó a un hermano que tuvo problemas serios con el alcohol y se embriagaba. Ese hombre dijo que no tenía poder para corregir el problema. La iglesia disciplinó al borracho, pero se dividió sobre una pelea doctrinal que resultó como consecuencia y el pastor se fue.

Después el amigo de Fuller enseñaba regularmente en la iglesia, pero no como pastor. Una vez ese amigo tuvo un accidente un domingo por la mañana y dijo a la gente que Andrew podría enseñar. Después de eso sintió un interés en enseñar, pero hasta 1774 no enseñó mucho. En 1774 la iglesia misma le empujó hacia el ministerio y finalmente en 1775 fue ordenado en la iglesia de Soham, en la cual había sido criado desde 6 años de edad. Sirvió en Soham hasta 1782 y luego en Kettering hasta su muerte en 1815.

Fuller siempre consultaba su Biblia en todo y pensaba profundamente sobre todo tema presentado. En el día de su ordenación en Soham, Robert Hall, un pastor bautista conocido participó en la ordenación de Fuller. Durante la ordenación preguntaron sobre como vio los asuntos doctrinales envueltos en el problema que dividió la iglesia. Oyeron la explicación de Fuller basado en unas enseñanzas de John Gill y estaban satisfechos, pero después el pastor Hall recomendó que leyera el libro de Jonathan Edwards sobre la libertad de la voluntad (albedrío) humana. Fuller nunca había oído de Jonathan Edwards o de ese libró. Le confundió con un John Edwards y leyó otro libró y no entendió la relación con los asuntos que salieron durante la ordenación. Luego descubrió su error y leyó el libro de Jonathan Edwards. El y Carey, Ryland y Sutcliff, todos aceptaron la distinción de Edwards entre una incapacidad moral y una incapacidad “física” o “natural” y con ese argumento hicieron frente al hipercalvinismo de sus tiempos.

Fuller leía los libros que pudo conseguir o tomar prestado, pero no tenía las ventajas de Sutcliff y Ryland. Al principio leía mayormente los escritos de los bautistas Gill y Bunyan y Brine. Leyó el libro de Gill sobre las doctrinas de la gracia The cause of God and Truth (La causa de Dios y de la verdad) y su libro de teología A Body of Divinity (Un cuerpo de divinidad, o sea teología). Observó que había una diferencia entre Bunyan y Gill en lo que se llama la “oferta” del evangelio o salvación a todos. Gill predicó el evangelio pero no de la misma manera que Bunyan la había predicado. Pero como Fuller no pudo armonizar la elección y la predestinación con tal clase de predicación como la de Bunyan, concluyó que Gill tenía más luz y que Bunyan se había equivocado en ese asunto.

Luego, Fuller tuvo la oportunidad de leer otros escritos y se dio cuenta de lo que la Biblia enseña. Como resultado hizo un estudio profundo y bíblico que resultó en la publicación (primera edición en 1785) de un libro llamado The Gospel Worthy of all Acceptation mostrando los errores del hipercalvinismo en su manera restringida de predicar el evangelio en el cual estaban exigiendo que una persona tuviera evidencias de su elección para que pudiera creer en Cristo. Esto no hicieron en tantas palabras, pero práctica e implícitamente eso es lo que estaban haciendo. Para algunos hipercalvinistas solamente los “pecadores sensibles” (o sea, sensibles de sus pecados) fueron invitados a Jesús, pero el “pecador sensible” es aquel en el cual Dios está obrando porque es uno de sus escogidos. Unos cuantos hipercalvinistas creyeron que el arrepentimiento y la fe no fueron deberes de todos, sino solamente de aquellos llamados eficazmente por el Espíritu Santo.

Una vez que Fuller y Sutcliff y Ryland conocieron los unos a los otros (en 1776) y se dieron cuenta que cada uno había tenido luchas con el hipercalvinismo en años anteriores, sus almas se unieron y ayudaron grandemente los unos a los otros. Sutcliff y Ryland y Robert Hall leyeron el manuscrito de Fuller sobre El evangelio digno de toda aceptación y le instaron que lo publicara. Fuller no quiso porque sabía que iba a traer controversia, pero se sometió al consejo de otros hombres de Dios.

La liberación del hipercalvinismo (o del “calvinismo falso” como Fuller lo llamó frecuentemente) y la aceptación del calvinismo evangélico, visto en la fe de hombres como Bunyan y Owen y Whitefield y muchísimos otros, trajo como consecuencia más proclamación del evangelio en los lugares de su ministerio y finalmente en la proclamación en otros lugares del mundo.

Ninguno de estos hombres dejó su fe en la gracia soberana de Dios, en lo que se llama las doctrinas de la gracia o el calvinismo. Nunca se avergonzaron de esas verdades y fueron grandes oponentes al arminianismo. A la vez, Fuller declaró su creencia en que había gente regenerada tanto entre los arminianos como entre los hipercalvinistas, porque, como él explicó, había hombres santos que tenían principios espirituales arraigados en su ser mientras que tenían a la vez opiniones flotando en sus cabezas que nunca afectaron la práctica (Memoir, Pág. 16).

Antes de seguir, quisiera observar 2 cosas. Primero, cuán bueno es la comunión con otros hermanos que han experimentado la gracia de Dios. Para Sutcliff y Ryland y Fuller su amistad trajo mucho bien a su vida. Después de la instalación de Fuller como pastor en Kettering (comenzó a servir en 1782 y fue ordenado en 1783) tuvieron mucho más contacto porque estaban más cerca geográficamente.

Segundo, vemos en el caso de estos tres pastores amigos que los tres fueron criados en hogares de cristianos piadosos. No eran de la iglesia oficial, sus hijos no fueron bautizados como bebés sino criados en iglesias bautistas particulares (“calvinistas”), enseñados el evangelio, aunque Ryland y Fuller estaban bajo fuertes influencias de hipercalvinismo. Pero vieron su necesidad de salvación y fueron atraídos a Jesucristo por la obra salvadora de Dios en sus vidas cuando eran adolescentes: Ryland a los 14 años; Fuller convertido a 15 y bautizado a 16; y Sucliff, convertido a 15 o 16 años de edad (no hay mucha información precisa en su caso) y bautizado como a 16 años (como se supone, porque fue aceptado como miembro de la iglesia en mayo de 1769, no teniendo 17 años de edad todavía).

Estos son los hombres que fueron unidos en la Asociación Bautista de Northamptonshire, junto con otros pastores de iglesias bautistas conocidas como calvinistas. Estos son los hombres que hicieron un compromiso de orar unidos regularmente en tiempos establecidos “por el avivamiento de verdadera religión y la extensión del reino de Cristo en el mundo” y cumplieron con gozo.

Hacia el fin de 1784 Sutcliff fue invitado por la iglesia bautista de Earls Barton para que los aconsejara en el llamamiento e instalación de un pastor. La iglesia tenía interés en un hombre joven llamado William Carey que desde 1782 había predicado por ellos regularmente cada 2 semanas.

Sutcliff visitó al sitio temprano en el año 1785, predicó a ellos y habló con Carey. Como Carey era miembro de una iglesia floja en algunos sentidos, Sutcliff le aconsejó que se uniera con una iglesia sólida para continuar su ministerio como parte de una iglesia bautista sana en la fe.

Carey oyó el consejo y pidió unirse a la iglesia bautista en Olney con Sutcliff como su pastor. Carey había predicado con la bendición del Señor en otros lugares, pero la primera vez que predicó delante de esa iglesia de Olney, en un edificio que podía acomodar a 700 personas, la predicación fue tan pobre que la iglesia no pudo ver los dones de un pastor. No obstante, con el consejo y apoyo de ellos, siguió predicando en Earls Barton y también en un pueblo llamado Moulton.

Carey se había mudado a una aldea llamada Moulton en marzo de 1785 para abrir una escuela y seguir su oficio. Allí había una pobre iglesia bautista bien cerca de su casa. El edificio de ellos estaba muy deteriorado y también el ánimo y condición de los miembros. Carey predicó y ayudó a ellos en los domingos cuando no estaba en Earls Barton y en otros tiempos. Había unas conversiones, se animaron de nuevo los pocos creyentes de manera que ellos también quisieron que Carey fuera su pastor.

En el verano de 1786 Carey predicó otra vez en Olney y esa vez la iglesia estaba satisfecha y le comisionó a predicar a “dondequiera que Dios en su providencia le llamaría”, así reconociendo sus dones para predicar.

Con dos iglesias pidiendo su ayuda Carey consultó con Sutcliff. Decidió entonces aceptar la invitación de la iglesia de Moulton donde vivía. Fue ordenado al ministerio 1 agosto 1787. Había como 20 ministros presentes y John Sutcliff de Olney, Andrew Fuller de Kettering y John Ryland (hijo) de Northampton participaron de manera especial.

Desde el tiempo de su ordenación Carey tuvo más oportunidades de reunirse con los tres amigos y conocerles. Se formó una gran amistad entre los cuatro. Estaban unidos en los tiempos señalados para oración en las iglesias en las cuales cada uno servía.

Carey tenía gran interés en la condición de los paganos en el mundo y leía cada cosa que podía obtener sobre la condición espiritual de las naciones. Estaba persuadido que el uso de medios para buscar la conversión de los perdidos en todo lugar era una obligación perpetua de las iglesias del Señor Jesucristo. Las iglesias estaban orando por la extensión del reino del Señor en el mundo entero, pero ¿no tenían una obligación de hacer algo más que orar y esperar? Carey creía que sí y habló con todos sus amigos por separado y aun propuso que consideraran el tema en una de las reuniones de la asociación.

Además, con la aprobación de sus amigos trabajó en un panfleto sobre el asunto. Se llama “Una investigación sobre la obligación de los cristianos de usar medios para la conversión de los paganos”. Es reconocido como una presentación clásica del argumento para las misiones. Había cinco (5) secciones: la primera trató los argumentos usado contra la obligación; la segunda dio una historia de misiones en el mundo; la tercera contenía datos sobre la condición del mundo; la cuarta contestó las objeciones prácticas presentadas por la gente; finalmente, los medios necesarios, comenzando con la oración y dependencia conciente del Señor porque sólo El puede salvar a cualquier persona y sin El toda labor es en vano.

Carey había oído muchos argumentos en contra y había recibido reprensiones por algunos. Algunos de los que andaban en hipercalvinismo le llamaron “arminiano”. Por ejemplo, una vez Ryland le invitó a predicar en la iglesia de Northampton y algunos no quisieron oírle y otros criticaron su mensaje injustamente según la lamentación de Ryland. Supuestamente fue el padre de Ryland que en una reunión de algunos de la Asociación dijo a Carey: “Siéntate joven, cuando Dios quiere salvar a las naciones lo hará sin tu ayuda o la mía”. Hay varias versiones de lo que pasó y no podemos estar seguros. El hijo de Ryland dijo que no se acordó de haber oído a su padre decir tal cosa. Pero sabemos que había oposición.

Los tres amigos simpatizaron mucho con Carey y sus deseos. Todos continuaron orando con sus iglesias “por el avivamiento de verdadera religión y la extensión del reino de Cristo en el mundo”.

En el año 1791 había una reunión de los pastores de la Asociación. Sutcliff y Fuller habían sido seleccionados para predicar. Sutcliff predicó un sermón sobre “Celos por el Señor” basado en 1 Reyes 19:14. Los que oyeron fueron tocados profundamente. El sermón fue publicado junto con el sermón que Fuller ese mismo día en la reunión. Fuller predicó sobre la “Influencia perniciosa de postergar” basado en Hageo 1:2. Después de oír los mensajes y viendo la reacción de los pastores Carey los instó que hicieran algo para realizar misiones entre los paganos. (El mismo tenía deseos de servir, especialmente en Tahiti en el Mar Pacífico, habiendo leído tanto sobre esa isla en los escritos de Capitán Cook.) Todos sintieron su pequeñez, pobreza y limitaciones y Sutcliff dijo que era necesario tener cuidado y no apresurarse. Lo positivo que salió de la reunión fue el apoyo que dieron a Carey para que publicara la “Investigación…”

En mayo de 1792 en la reunión de la asociación Carey predicó su sermón famoso sobre Isaías 54:2-3 con el bosquejo simple de dos puntos: Espera grandes cosas y ensaya (o, esfuérzate para hacer) grandes cosas (en inglés: Expect great things; attempt great things). Los pastores fueron conmovidos. Sin embargo, estaban a punto de cerrar la reunión sin tomar ninguna decisión, cuando Carey suplicó a Fuller y Fuller persuadió al moderador que todos consideraran el asunto de formar una sociedad para misiones. Aprobaron que un plan fuera presentado en la próxima reunión en octubre. Carey estaba seguro que la sociedad sería formado y quiso ser el primer donante prometiendo dar a la sociedad lo que recibiera de la venta de su ya publicada “Investigación…”.

En octubre de 1792 nació la “Sociedad de bautistas particulares para la propagación del evangelio entre los paganos” (inglés: Particular Baptist Society for the Propagation of the Gospel among the Heathen). Los “miembros” hicieron promesas de contribuciones y lo que recibieron ese día y las notas de las promesas de 13 hombres fueron colocadas en una caja de tabaco vacía que pertenecía a Fuller. La caja fue decorada con un dibujo de la conversión de Saulo de Tarso en la tapa.

El primer nombre en la lista de donantes es el de Ryland quien prometió 2 libras (esterlinas) y 2 chelines a la causa. El segundo nombre fue el del pastor Reynold Hogg por la misma cantidad; los nombres de Fuller y Sutcliff siguen con promesas de 1 libra y 1 chelín cada uno; y después hay 9 nombres más. Once de los 13 eran pastores. Sus iglesias no tenían grandes recursos económicos; los sueldos de los pastores eran bajos. Uno de los pastores presente en la formación de la sociedad fue Samuel Pearce, hombre piadoso, tremendo predicador, de buen nombre. Era pastor en la iglesia bautista de Birmingham, y esa iglesia pertenecía a otra sociedad. Estaba presente porque fue invitado por ellos para que predicara. Pearce también era de un solo corazón y una sola alma con Carey, Fuller, Ryland y Sutcliff. Dentro de poco pudo traer un regalo de 70 libras de su iglesia para la obra misionera.

El comité ejecutiva de la Sociedad fue: Ryland, Carey, Fuller (secretario), Sutcliff y Hogg (tesorero). Luego Hogg tuvo que renunciar como tesorero porque no tenía tiempo, pero Fuller continuó como secretario hasta su muerte en 1815. Un amigo de Fuller le llamó un “mártir de la misión”.

Habían hecho un comienzo. Ahora, ¿a quién enviar? Conocieron a un hombre, John Thomas, un médico, que había servido como “misionero” en Bengali en la India. Sabía el idioma. Quiso volver y llevar con él un compañero. En enero de 1793 Thomas visitó la Sociedad Bautista y después de oírle Carey se ofreció como voluntario de acompañar a Thomas a la India. La Sociedad dio su apoyo y buscó la cooperación de otras iglesias e individuos. Decidieron que debieron salir en abril de ese año.

Antes de la salida de Carey, él llamó aparte a Fuller, Ryland, Sutcliff y Pearce y entró en un pacto con ellos. El iba, pero quiso que prometieran solemnemente nunca dejar de orar por él o abandonar la amistad. Fuller luego usó la figura, Carey iba a descender a la mina y ellos iban a sostener las sogas. Así prometieron y así cumplieron. Parece que eran de un solo corazón y una sola alma.

La compañía que representó los intereses de Inglaterra en la India no permitía a misioneros. Cualquier persona que quiso ir necesitaba permiso, una “licencia”. Thomas y Carey enfrentaron muchos contratiempos y por un tiempo pareció que su salida en 1793 sería imposible. Fue un tiempo difícil para todos, anticipando la vergüenza de ver sus planes frustrados y anticipando la crítica de muchos y el efecto en sus deseos y planes. Pero el Señor obró en su providencia y salieron en junio, llegando en noviembre, 1793.

Sutcliff recibió su primera carta de Carey el 29 de julio de 1794 (escrito por Carey el 3 de enero). Vemos el problema que enfrentaron en enviar y recibir correspondencia. Inglaterra y Francia estaban batallando y se complicó la situación aun más por eso. Muchas veces las situaciones habían cambiado durante el tiempo entre cartas y lo dicho o aconsejado no tenía aplicación.

Cuando Carey se ocupó en el trabajo de supervisar una plantación de índigo, había preocupación de que no estaba realmente atendiendo a la meta y misión principal, aunque Carey siempre quería ver a toda misión sosteniendo a sí misma lo más pronto posible. También Carey siempre tenía mucho interés en plantas y pedía frecuentemente que le enviaran herramientas agrícolas y semillas, plantas y pedazos de plantas cortadas de manera que sirvieran para sembrar en la India. Sutcliff cuyo deleite fue estudiar no pudo simpatizar mucho con ese “pasatiempo” de Carey. Prefirió enviarle libros más que plantas.

Los amigos de Carey cumplieron su promesa y cada uno fue fiel hasta la muerte. Pearce murió joven, pero los otros tenían más de 20 años de amistad antes de morir. Todos murieron antes de Carey. La fidelidad de ellos se nota en la gran cantidad de cartas enviadas unos a otros. Gracias al Señor muchas de esas cartas fueron preservadas.

La fidelidad se ve de maneras prácticas porque buscaron otros obreros para enviar a los mieses. Enviaron a John Fountain primero; luego, en 1799 enviaron a Ward, Marshman, Brunsdon y un hombre llamado Grant que murió poco después de llegar. De estos, los tres que trabajaron unidos y productivos por muchos años fueron Carey, Ward y Marshman, llamados a veces el “trio de Serampore”.

A través de los años suplieron otros hombres y materiales, aunque una vez allí Carey buscó cómo pudieron sostener a sí mismos y no depender de fondos de afuera. Los que vinieron luego no trabajaron con la misma armonía de Carey, Ward y Marshman, pero el evangelio fue proclamado más y más.

Además de su interés en la India la Sociedad buscó entrar en otros lugares, por ejemplo, en Africa. También, en Inglaterra las iglesias bautistas calvinistas experimentaban bendiciones de conversiones, aumento de miembros y crecimiento espiritual; como si fuera un pequeño avivamiento. Parece que su interés en la conversión de los paganos de otros países iba acompañado de un interés en la conversión de sus prójimos.

Podemos leer de lo que Dios hizo por medio de Carey, y fue mucho, pero debemos reconocer que Dios usó sus amigos y su apoyo también para que todo fuera realizado. Necesitamos trabajar unidos en la obra del Señor.

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Biografía: Amigos de William (Guillermo) Carey
Notas sobre la vida y los tiempos de los hombres principales que apoyaron a Carey en su misión a la India

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Estas notas están basadas en el libro One Heart and One Soul (Un corazón y una alma) escrito por Michael A. G. Haykin, y publicado por Evangelical Press, Durham, England, 1994.

El propósito de este estudio es examinar lo que estaba detrás de la misión de William Carey que tuvo una influencia mundial y efectos directos e indirectos hasta el día de hoy en asuntos de misiones.

Condiciones en Inglaterra en las iglesias bautistas y otras iglesias no conformistas (presbiterianas, congregacionalistas, etc.)

Durante los tiempos de tolerancia religiosa de Cromwell el señor protector de Inglaterra, los bautistas particulares (“calvinista”) prosperaron; sus congregaciones crecieron. Publicaron una confesión de fe en 1643 que definió ciertos puntos de vista bautista. El documento demuestra su fe en las doctrinas de la gracia. Pastores representando 7 congregaciones en Londres firmaron esa primera confesión de fe. Cuando en 1677 hicieron una nueva confesión, más completa y diseñada para mostrar su unidad con presbiterianos y congregacionalistas en muchos asuntos esenciales, había muchos más pastores firmando (incluyendo 2 que firmaron la confesión de 1643 que estaban vivos todavía). Dios había bendecido sus oraciones, celo y predicación.

Como noto en otro lugar, esos tiempos sin rey duraron desde 1644 hasta 1660 cuando el hijo de Carlos I, Carlos II, logró sentarse en el trono de Inglaterra, como 2 años después de la muerte de Cromwell. Carlos II básicamente creía en el catolicismo romano y mediante la iglesia anglicana buscó aplastar el protestantismo y obligar a todos a presentarse en los cultos de la iglesia anglicana, aportar a la iglesia anglicana, estar en comunión con ella y conformarse a todas sus reglas. Cualquier ministro que no quiso conformarse fue despojado de su ministerio y en un día en el año 1662, 2000 ministros fueron despedidos. Muchas leyes opresivas fueron hechas para tapar la boca de todo ministro no conformista. Fueron multados, encarcelados, desterrados y hasta matados por no aceptar lo que el rey y los líderes anglicanos quisieron.

En 1688 Inglaterra fue liberada del yugo de los pro-católicos y los protestantes William y Mary comenzaron a reinar. Una vez más había tolerancia de las reuniones y adoración de iglesias que no eran anglicanas. Sin embargo, había unas leyes pasadas por parlamento en los días de Carlos II que no fueron cambiadas. Por ejemplo, sólo los que estaban en comunión con la Iglesia Anglicana podrían ser empleados del gobierno, oficiales en el ejército o marina y maestros de escuelas reconocidas por las autoridades (“acreditadas”). Los que no eran de la iglesia oficial de Inglaterra no pudieron graduarse de las universidades de renombre como Oxford y Cambridge. También era necesario registrar los edificios donde se reunían y limitar sus actividades públicas a esos edificios. O sea, había tolerancia de la religión de otros que no eran anglicanos (como bautistas, presbiterianos, congregacionalistas, cuáqueros y otros “no conformistas”, “disidentes”, o “independientes”), pero sus libertades o derechos civiles fueron restringidos y muchas veces fueron mirados con sospecho como potenciales enemigos del estado, revolucionarios, “terroristas”.

Esa clase de restricciones contribuyó a la rebeldía de los habitantes de las trece colonias de Inglaterra en norte América que resultó en la Declaración de Independencia en el 4 de julio de 1776 y la consecuente Revolución que tuvo éxito después de varios años de guerra (formalmente terminado en 1783).

Este discrimen legal y social afectó a los bautistas y su crecimiento en los años del siglo 18, y no solo eso, sino el hipercalvinismo de muchos también. John Gill (cuyos comentarios todavía están disponibles) y John Brine y otros tuvieron una influencia negativa en muchos pastores e iglesias. Además, había controversias entre los bautistas que causaron problemas (por ejemplo, si era correcto cantar himnos en el culto de adoración). Las distancias entre las iglesias y los caminos feos que tuvieron que usar para visitar unos a otros limitaron el contacto y los beneficios que acompañan el compañerismo cristiano. Hay evidencias de declinación entre los bautistas. Un historiador estimó que entre 1715 y 1718 había como 220 iglesias bautistas en Inglaterra y Gales. En 1750 había un estimado de cómo 150 iglesias bautistas, y esto a pesar de lo que estaba pasando en Inglaterra.

Comenzando en los 1730 había avivamientos en partes de Inglaterra y luego en América del norte. Los nombres de George Whitefield y los Wesleys son unos famosos asociados con ese tiempo. En las colonias los bautistas fueron afectados para bien, pero en Inglaterra por muchos años el “avivamiento” no tocó a la mayoría de los bautistas, que eran estrictos en su doctrina y sospechosos de “entusiasmo” (parecido a lo que llamaríamos “carismatismo” o “pentecostalismo” o “misticismo” en el día de hoy).

Pero en las últimas 3 décadas del siglo 18 hubo cambios grandes entre los bautistas calvinistas (Particular Baptists). Cosas buenas sucedieron en sus iglesias en Inglaterra y en sus esfuerzos para establecer iglesias en otros países. En relación a misiones hay cuatro nombres prominentes en estos cambios: John Sutcliff, Andrew Fuller, John Ryland, hijo, y William Carey. Una contemplación de sus vidas y ministerios es edificante.

John Sutcliff

Sutcliff nació 9 agosto 1752 en el área de Yorkshire en el norte de Inglaterra. Sus padres eran piadosos. Criaron a sus hijos en el temor del Señor, enseñándoles de evitar malos compañeros y otras verdades útiles. Se reunieron en iglesias bautistas. El pastor que más influencia tenía en la vida de John era John Fawcett, un bautista calvinista evangélico, convertido por medio del ministerio de personas asociadas con el Gran “Despertamiento” (Avivamiento). Sutcliff fue llamado eficazmente cuando tenía como 15 o 16 años (en 1767 o 1768). Fue aceptado como miembro de la iglesia el 28 de mayo de 1769, supuestamente habiendo sido bautizado por Fawcett. Mostró un gran interés en las Escrituras, y le gustó leer. Ayudó enseñar a niños. Fawcett era su mentor y viendo los dones de un ministro del evangelio recomendó que estudiara en la única institución que existía en Inglaterra para la buena preparación de ministros bautistas (dado el discrimen contra ellos), Bristol Baptist Academy.

En enero de 1772 John Sutcliff caminó como 200 millas hacia el sur y oeste para llegar a la ciudad de Bristol, la iglesia bautista (calvinista) Broadmead y su academia. Muchos años antes un hombre próspero dejó un fondo a la iglesia de Broadmead para que uno de sus ministros, capacitado en Hebreo y Griego, enseñara a otros en el contexto de una iglesia local para que los bautistas pudieron tener una sucesión de pastores preparados. Bautistas conocidos, como Benjamin Beddome y John Ryland, padre, habían estudiado allí y después de ellos, muchos más estudiaron. En los días de Sutcliff, el pastor y maestro principal fue Hugh Evans. Su hijo Caleb Evans ayudó y después de la muerte de su padre en 1781, Caleb fue llamado como pastor de la iglesia y principal de la Academia.

Los estudios eran fuertes y a la vez los estudiantes tuvieron que ejercitar sus dones. Sutcliff predicó regularmente especialmente en un sitio llamado Trowbridge. Hizo amigos. Hacia el final de sus estudios, predicó en Northampton por John Ryland padre y conoció a su hijo John Ryland, el cual se convirtió en amigo hasta la muerte. Sutcliff terminó sus estudios formales en mayo de 1774.

Es importante mencionar que Sutcliff fue introducido a los escritos de Jonathan Edwards, el gran teólogo de Nueva Inglaterra, amigo de Whitefield y testigo de grandes obras de Dios en sus tiempos. No sabemos si fue Fawcett o los Evans, pero Sutcliff leía con cuidado las publicaciones de Edwards. Luego podemos ver que quizás indirectamente podríamos llamar a Edwards el padre de las misiones calvinistas modernas, porque por sus libros ejercitó una fuerte influencia en Sutcliff, Carey y otros: en sus sermones y teología y en la publicación del diario y vida de David Brainerd.

Después de terminar sus estudios en 1774, Sutcliff fue invitado a Shrewsbury para ministrar en la iglesia allá. Pasó unos tiempos difíciles en esa iglesia dividida y finalmente tomó el consejo de unos amigos, renunció como pastor y viajó a la ciudad de Birmingham. Ayudó allí al pastor desde enero hasta junio de 1775.

En julio visitó por primera vez la ciudad de Olney. Los bautistas tenían un edificio en el cual 700 pudieron reunirse. Había una asistencia de cómo 300 a 400, pero hacía más de un año que no habían tenido un pastor.

La iglesia en Olney tenía más de 100 años de historia y había pasado por varias divisiones y problemas. Por poco desapareció en un tiempo de su historia. Su último pastor, antes de cansarse de lidiar con tantos problemas pastorales, había trabajado mucho y ayudó en la organización de una asociación de esa iglesia y 5 otras iglesias bautistas. La asociación fue llamada por el nombre de esa área, Asociación Bautista de Northamptonshire. Esa asociación creció pero nunca fue muy grande, sin embargo algunos de los pastores de esa asociación fueron el instrumento de una obra misionera bautista mundial.

Olney también era la ciudad en la cual John Newton fue cura de la iglesia anglicana desde 1764 hasta 1779. Además de las iglesias bautista y anglicana, había otra iglesia independiente, congregacional que creía en bautismo de los bebés. Sin embargo, en los días de Newton los tres pastores eran calvinistas y evangélicos. Newton no era sectario e hizo esfuerzos para tener y mantener amistad entre los pastores y sus iglesias, y vio sus deseos realizados. Había mucha paz entre los cristianos de Olney en general.

Sin embargo, como sucede frecuentemente, los bautistas no eran fáciles. Había entre ellos algunos miembros de tendencias “híper calvinistas” y otros que todavía no estaban muy de acuerdo con el uso de himnos en el culto. Sutcliff aceptó trabajar entre ellos. Tuvo una buena relación con Newton y el otro pastor y con la mayoría de los miembros, pero tuvo que hacer frente a contiendas y otros problemas entre algunos de los miembros. Trabajó duró para tener la iglesia unida y a la larga hasta los “híper calvinistas” que habían salido volvieron.

Por muchos años Sutcliff vivió soltero. Una mujer viuda proveyó alojamiento y él en cambio sirvió como tutor de su hijo. Ese arreglo fue idóneo. Sutcliff pudo gastar gran parte de su entrada económica en libros. Así adquirió una biblioteca excelente. Vivió de manera sencilla y estudiaba mucho.

En 1783 produjo un catecismo para niños. Fue reconocido como muy bueno, y aceptado por muchos. Varias impresiones fueron hechas.

En 1784 Sutcliff y sus amigos Andrew Fuller y John Ryland (hijo) hicieron una llamada a la oración. Conmovido por los escritos de Jonathan Edwards, después de un sermón predicado por Fuller en una reunión de la asociación, Sutcliff exhortó a las iglesias que una vez al mes celebraran una reunión para orar por el avivamiento de verdadera religión y la extensión del reino de Cristo en el mundo. Las iglesias de la asociación tomaron en serio este llamamiento a la oración (un llamamiento hecho también por medio de una hoja impresa). Este llamamiento fue conocido por otros pastores e iglesias en otros lugares fuera de la Asociación y muchas otras iglesias bautistas y no bautistas también establecieron un tiempo mensual para pedir por estas cosas.

No nos sorprende saber que había un avivamiento de las iglesias bautistas y la extensión de sus enseñanzas y metas, y después la formación de la Sociedad Misionera en 1792. Como Sutcliff dijo una vez, Cada vez que llega un avivamiento de religión (cristiana) deseado por mucho tiempo, seguramente será efectuado por un derramamiento abundante del Espíritu Santo. Hay razones para creer que este evento bendito será precedido por o su acercamiento evidenciado por un espíritu de oración entre las iglesias. El deseo de ver a Dios glorificado en sus propias vidas y en el conocimiento de su nombre en el mundo era muy fuerte y se ve en la dependencia de El expresada en la oración constante.

Todos los pastores unidos en la Asociación Northamptonshire participaron con Sutcliff en ese esfuerzo, pero había dos de esos pastores que eran muy amigos de Sutcliff: John Ryland hijo y Andrew Fuller. William Carey no era pastor ordenado todavía, ni parte del grupo original, pero pronto estaba asociado con ellos en la asociación y en el compromiso de orar regularmente.

Miremos brevemente a unos datos sobre las vidas de los amigos de Sutcliff.

John Ryland (hijo)

John Ryland nació en 1753 (¿29 enero?) en Warwick. Su padre, John Ryland, era pastor de una iglesia bautista calvinista, un hombre conocido en y fuera de los círculos bautista, amigo de hombres bautistas como John Gill y Abraham Booth, y de hombres no bautista como George Whitefield y John Newton.

John Ryland hijo, el amigo de Sutcliff, Fuller y Carey, fue criado en un ambiente piadoso y de buena preparación educacional. Se dice que cuando tenía 5 años solamente citó el Salmo 23 en hebreo por un amigo de su papá. Antes de tener 12 años sabía latín, había leído Génesis en hebreo como 5 veces y había leído el Nuevo Testamento en griego.

Cuando tenía catorce años tuvo una gran preocupación en cuanto a su condición espiritual. El 8 de septiembre de 1767 oyó a Whitefield predicar y 5 días luego fue bautizado por su padre en el río Nen. Con todo, parece que luchaba con dudas sobre su salvación hasta mayo del año 1768 después de haber oído a su padre predicar dos sermones diferentes. El Señor los bendijo para mucho bien en su vida.

Tuvo la oportunidad de conocer los amigos de su padre. John Newton tenía un interés especial en John hijo y hay una colección de unas cuantas cartas que Newton le escribió, corrigiendo, animando, exhortando al joven en quien vio mucho potencial para bien.

Ryland comenzó a predicar cuando tenía 17 años de edad. Desde 1771 ayudó a su padre en la escuela que mantenía en Northampton. En 1781 fue ordenado en la iglesia bautista College Lane de Northampton para servir como pastor con su padre, y después de su padre aceptar servir en otro lugar en 1786 entonces John siguió allí como pastor principal, hasta 1793 cuando aceptó servir como pastor en la iglesia bautista Broadmead en Bristol y como tutor principal en la Academia.

Los Ryland conocieron a William Carey en el año 1983 cuando Carey fue persuadido de la enseñanza bíblica sobre el bautismo y quiso bautizarse conforme a las Escrituras. Carey buscó y consultó con John Ryland padre sobre el asunto. El padre tenía 60 años de edad en aquel tiempo y refirió el caso a su hijo. Sin tener idea alguna de los planes del Señor, John bautizó a Carey en el río Nen, el domingo 5 de octubre a las 6 de la mañana.

La iglesia donde servía en Northampton fue nutrida y Ryland predicó el evangelio en muchos otros lugares alredor también.

Ryland cooperó con Sutcliff y Fuller en el llamamiento a la oración y luego en la organización de la sociedad bautista para misiones y la gran empresa de enviar misioneros a otros países, comenzando con la India.

Andrew Fuller

Fuller nació el 6 de febrero de 1754 en Wicken, Cambridgeshire, Inglaterra. Sus padres eran creyentes, miembros de una iglesia bautista. Parece que ellos, como los padres de Sutcliff, cuidaban de su crianza.

Habiendo sido compungido de sus pecados y temeroso en cuanto a su salvación, tuvo muchas luchas en el ambiente hipercalvinista de su iglesia, pero a la larga el Señor triunfó por su palabra y en noviembre de 1769 conoció paz con el Señor, teniendo 15 años de edad. En marzo de 1770, vio un bautismo y deseó obedecer a su Señor de esa manera de modo que como un mes mas tarde fue bautizado. Pronto después Dios probó su fe cuando unos jóvenes del lugar se mofaron de él porque había sido “sumergido”. Dios le dio la gracia de aceptar tal oposición y aun desear el bien eterno de los que hicieron eso.

Desde su conversión Fuller amó a los hermanos y comunión con ellos. Un hombre de cómo 40 años de edad, bautizado con él, muy piadoso y estudioso, era buen amigo y le introdujo a unos buenos libros y también el pastor de la iglesia. Pero la paz de la iglesia fue interrumpida porque Fuller criticó a un hermano que tuvo problemas serios con el alcohol y se embriagaba. Ese hombre dijo que no tenía poder para corregir el problema. La iglesia disciplinó al borracho, pero se dividió sobre una pelea doctrinal que resultó como consecuencia y el pastor se fue.

Después el amigo de Fuller enseñaba regularmente en la iglesia, pero no como pastor. Una vez ese amigo tuvo un accidente un domingo por la mañana y dijo a la gente que Andrew podría enseñar. Después de eso sintió un interés en enseñar, pero hasta 1774 no enseñó mucho. En 1774 la iglesia misma le empujó hacia el ministerio y finalmente en 1775 fue ordenado en la iglesia de Soham, en la cual había sido criado desde 6 años de edad. Sirvió en Soham hasta 1782 y luego en Kettering hasta su muerte en 1815.

Fuller siempre consultaba su Biblia en todo y pensaba profundamente sobre todo tema presentado. En el día de su ordenación en Soham, Robert Hall, un pastor bautista conocido participó en la ordenación de Fuller. Durante la ordenación preguntaron sobre como vio los asuntos doctrinales envueltos en el problema que dividió la iglesia. Oyeron la explicación de Fuller basado en unas enseñanzas de John Gill y estaban satisfechos, pero después el pastor Hall recomendó que leyera el libro de Jonathan Edwards sobre la libertad de la voluntad (albedrío) humana. Fuller nunca había oído de Jonathan Edwards o de ese libró. Le confundió con un John Edwards y leyó otro libró y no entendió la relación con los asuntos que salieron durante la ordenación. Luego descubrió su error y leyó el libro de Jonathan Edwards. El y Carey, Ryland y Sutcliff, todos aceptaron la distinción de Edwards entre una incapacidad moral y una incapacidad “física” o “natural” y con ese argumento hicieron frente al hipercalvinismo de sus tiempos.

Fuller leía los libros que pudo conseguir o tomar prestado, pero no tenía las ventajas de Sutcliff y Ryland. Al principio leía mayormente los escritos de los bautistas Gill y Bunyan y Brine. Leyó el libro de Gill sobre las doctrinas de la gracia The cause of God and Truth (La causa de Dios y de la verdad) y su libro de teología A Body of Divinity (Un cuerpo de divinidad, o sea teología). Observó que había una diferencia entre Bunyan y Gill en lo que se llama la “oferta” del evangelio o salvación a todos. Gill predicó el evangelio pero no de la misma manera que Bunyan la había predicado. Pero como Fuller no pudo armonizar la elección y la predestinación con tal clase de predicación como la de Bunyan, concluyó que Gill tenía más luz y que Bunyan se había equivocado en ese asunto.

Luego, Fuller tuvo la oportunidad de leer otros escritos y se dio cuenta de lo que la Biblia enseña. Como resultado hizo un estudio profundo y bíblico que resultó en la publicación (primera edición en 1785) de un libro llamado The Gospel Worthy of all Acceptation mostrando los errores del hipercalvinismo en su manera restringida de predicar el evangelio en el cual estaban exigiendo que una persona tuviera evidencias de su elección para que pudiera creer en Cristo. Esto no hicieron en tantas palabras, pero práctica e implícitamente eso es lo que estaban haciendo. Para algunos hipercalvinistas solamente los “pecadores sensibles” (o sea, sensibles de sus pecados) fueron invitados a Jesús, pero el “pecador sensible” es aquel en el cual Dios está obrando porque es uno de sus escogidos. Unos cuantos hipercalvinistas creyeron que el arrepentimiento y la fe no fueron deberes de todos, sino solamente de aquellos llamados eficazmente por el Espíritu Santo.

Una vez que Fuller y Sutcliff y Ryland conocieron los unos a los otros (en 1776) y se dieron cuenta que cada uno había tenido luchas con el hipercalvinismo en años anteriores, sus almas se unieron y ayudaron grandemente los unos a los otros. Sutcliff y Ryland y Robert Hall leyeron el manuscrito de Fuller sobre El evangelio digno de toda aceptación y le instaron que lo publicara. Fuller no quiso porque sabía que iba a traer controversia, pero se sometió al consejo de otros hombres de Dios.

La liberación del hipercalvinismo (o del “calvinismo falso” como Fuller lo llamó frecuentemente) y la aceptación del calvinismo evangélico, visto en la fe de hombres como Bunyan y Owen y Whitefield y muchísimos otros, trajo como consecuencia más proclamación del evangelio en los lugares de su ministerio y finalmente en la proclamación en otros lugares del mundo.

Ninguno de estos hombres dejó su fe en la gracia soberana de Dios, en lo que se llama las doctrinas de la gracia o el calvinismo. Nunca se avergonzaron de esas verdades y fueron grandes oponentes al arminianismo. A la vez, Fuller declaró su creencia en que había gente regenerada tanto entre los arminianos como entre los hipercalvinistas, porque, como él explicó, había hombres santos que tenían principios espirituales arraigados en su ser mientras que tenían a la vez opiniones flotando en sus cabezas que nunca afectaron la práctica (Memoir, Pág. 16).

Antes de seguir, quisiera observar 2 cosas. Primero, cuán bueno es la comunión con otros hermanos que han experimentado la gracia de Dios. Para Sutcliff y Ryland y Fuller su amistad trajo mucho bien a su vida. Después de la instalación de Fuller como pastor en Kettering (comenzó a servir en 1782 y fue ordenado en 1783) tuvieron mucho más contacto porque estaban más cerca geográficamente.

Segundo, vemos en el caso de estos tres pastores amigos que los tres fueron criados en hogares de cristianos piadosos. No eran de la iglesia oficial, sus hijos no fueron bautizados como bebés sino criados en iglesias bautistas particulares (“calvinistas”), enseñados el evangelio, aunque Ryland y Fuller estaban bajo fuertes influencias de hipercalvinismo. Pero vieron su necesidad de salvación y fueron atraídos a Jesucristo por la obra salvadora de Dios en sus vidas cuando eran adolescentes: Ryland a los 14 años; Fuller convertido a 15 y bautizado a 16; y Sucliff, convertido a 15 o 16 años de edad (no hay mucha información precisa en su caso) y bautizado como a 16 años (como se supone, porque fue aceptado como miembro de la iglesia en mayo de 1769, no teniendo 17 años de edad todavía).

Estos son los hombres que fueron unidos en la Asociación Bautista de Northamptonshire, junto con otros pastores de iglesias bautistas conocidas como calvinistas. Estos son los hombres que hicieron un compromiso de orar unidos regularmente en tiempos establecidos “por el avivamiento de verdadera religión y la extensión del reino de Cristo en el mundo” y cumplieron con gozo.

Hacia el fin de 1784 Sutcliff fue invitado por la iglesia bautista de Earls Barton para que los aconsejara en el llamamiento e instalación de un pastor. La iglesia tenía interés en un hombre joven llamado William Carey que desde 1782 había predicado por ellos regularmente cada 2 semanas.

Sutcliff visitó al sitio temprano en el año 1785, predicó a ellos y habló con Carey. Como Carey era miembro de una iglesia floja en algunos sentidos, Sutcliff le aconsejó que se uniera con una iglesia sólida para continuar su ministerio como parte de una iglesia bautista sana en la fe.

Carey oyó el consejo y pidió unirse a la iglesia bautista en Olney con Sutcliff como su pastor. Carey había predicado con la bendición del Señor en otros lugares, pero la primera vez que predicó delante de esa iglesia de Olney, en un edificio que podía acomodar a 700 personas, la predicación fue tan pobre que la iglesia no pudo ver los dones de un pastor. No obstante, con el consejo y apoyo de ellos, siguió predicando en Earls Barton y también en un pueblo llamado Moulton.

Carey se había mudado a una aldea llamada Moulton en marzo de 1785 para abrir una escuela y seguir su oficio. Allí había una pobre iglesia bautista bien cerca de su casa. El edificio de ellos estaba muy deteriorado y también el ánimo y condición de los miembros. Carey predicó y ayudó a ellos en los domingos cuando no estaba en Earls Barton y en otros tiempos. Había unas conversiones, se animaron de nuevo los pocos creyentes de manera que ellos también quisieron que Carey fuera su pastor.

En el verano de 1786 Carey predicó otra vez en Olney y esa vez la iglesia estaba satisfecha y le comisionó a predicar a “dondequiera que Dios en su providencia le llamaría”, así reconociendo sus dones para predicar.

Con dos iglesias pidiendo su ayuda Carey consultó con Sutcliff. Decidió entonces aceptar la invitación de la iglesia de Moulton donde vivía. Fue ordenado al ministerio 1 agosto 1787. Había como 20 ministros presentes y John Sutcliff de Olney, Andrew Fuller de Kettering y John Ryland (hijo) de Northampton participaron de manera especial.

Desde el tiempo de su ordenación Carey tuvo más oportunidades de reunirse con los tres amigos y conocerles. Se formó una gran amistad entre los cuatro. Estaban unidos en los tiempos señalados para oración en las iglesias en las cuales cada uno servía.

Carey tenía gran interés en la condición de los paganos en el mundo y leía cada cosa que podía obtener sobre la condición espiritual de las naciones. Estaba persuadido que el uso de medios para buscar la conversión de los perdidos en todo lugar era una obligación perpetua de las iglesias del Señor Jesucristo. Las iglesias estaban orando por la extensión del reino del Señor en el mundo entero, pero ¿no tenían una obligación de hacer algo más que orar y esperar? Carey creía que sí y habló con todos sus amigos por separado y aun propuso que consideraran el tema en una de las reuniones de la asociación.

Además, con la aprobación de sus amigos trabajó en un panfleto sobre el asunto. Se llama “Una investigación sobre la obligación de los cristianos de usar medios para la conversión de los paganos”. Es reconocido como una presentación clásica del argumento para las misiones. Había cinco (5) secciones: la primera trató los argumentos usado contra la obligación; la segunda dio una historia de misiones en el mundo; la tercera contenía datos sobre la condición del mundo; la cuarta contestó las objeciones prácticas presentadas por la gente; finalmente, los medios necesarios, comenzando con la oración y dependencia conciente del Señor porque sólo El puede salvar a cualquier persona y sin El toda labor es en vano.

Carey había oído muchos argumentos en contra y había recibido reprensiones por algunos. Algunos de los que andaban en hipercalvinismo le llamaron “arminiano”. Por ejemplo, una vez Ryland le invitó a predicar en la iglesia de Northampton y algunos no quisieron oírle y otros criticaron su mensaje injustamente según la lamentación de Ryland. Supuestamente fue el padre de Ryland que en una reunión de algunos de la Asociación dijo a Carey: “Siéntate joven, cuando Dios quiere salvar a las naciones lo hará sin tu ayuda o la mía”. Hay varias versiones de lo que pasó y no podemos estar seguros. El hijo de Ryland dijo que no se acordó de haber oído a su padre decir tal cosa. Pero sabemos que había oposición.

Los tres amigos simpatizaron mucho con Carey y sus deseos. Todos continuaron orando con sus iglesias “por el avivamiento de verdadera religión y la extensión del reino de Cristo en el mundo”.

En el año 1791 había una reunión de los pastores de la Asociación. Sutcliff y Fuller habían sido seleccionados para predicar. Sutcliff predicó un sermón sobre “Celos por el Señor” basado en 1 Reyes 19:14. Los que oyeron fueron tocados profundamente. El sermón fue publicado junto con el sermón que Fuller ese mismo día en la reunión. Fuller predicó sobre la “Influencia perniciosa de postergar” basado en Hageo 1:2. Después de oír los mensajes y viendo la reacción de los pastores Carey los instó que hicieran algo para realizar misiones entre los paganos. (El mismo tenía deseos de servir, especialmente en Tahiti en el Mar Pacífico, habiendo leído tanto sobre esa isla en los escritos de Capitán Cook.) Todos sintieron su pequeñez, pobreza y limitaciones y Sutcliff dijo que era necesario tener cuidado y no apresurarse. Lo positivo que salió de la reunión fue el apoyo que dieron a Carey para que publicara la “Investigación…”

En mayo de 1792 en la reunión de la asociación Carey predicó su sermón famoso sobre Isaías 54:2-3 con el bosquejo simple de dos puntos: Espera grandes cosas y ensaya (o, esfuérzate para hacer) grandes cosas (en inglés: Expect great things; attempt great things). Los pastores fueron conmovidos. Sin embargo, estaban a punto de cerrar la reunión sin tomar ninguna decisión, cuando Carey suplicó a Fuller y Fuller persuadió al moderador que todos consideraran el asunto de formar una sociedad para misiones. Aprobaron que un plan fuera presentado en la próxima reunión en octubre. Carey estaba seguro que la sociedad sería formado y quiso ser el primer donante prometiendo dar a la sociedad lo que recibiera de la venta de su ya publicada “Investigación…”.

En octubre de 1792 nació la “Sociedad de bautistas particulares para la propagación del evangelio entre los paganos” (inglés: Particular Baptist Society for the Propagation of the Gospel among the Heathen). Los “miembros” hicieron promesas de contribuciones y lo que recibieron ese día y las notas de las promesas de 13 hombres fueron colocadas en una caja de tabaco vacía que pertenecía a Fuller. La caja fue decorada con un dibujo de la conversión de Saulo de Tarso en la tapa.

El primer nombre en la lista de donantes es el de Ryland quien prometió 2 libras (esterlinas) y 2 chelines a la causa. El segundo nombre fue el del pastor Reynold Hogg por la misma cantidad; los nombres de Fuller y Sutcliff siguen con promesas de 1 libra y 1 chelín cada uno; y después hay 9 nombres más. Once de los 13 eran pastores. Sus iglesias no tenían grandes recursos económicos; los sueldos de los pastores eran bajos. Uno de los pastores presente en la formación de la sociedad fue Samuel Pearce, hombre piadoso, tremendo predicador, de buen nombre. Era pastor en la iglesia bautista de Birmingham, y esa iglesia pertenecía a otra sociedad. Estaba presente porque fue invitado por ellos para que predicara. Pearce también era de un solo corazón y una sola alma con Carey, Fuller, Ryland y Sutcliff. Dentro de poco pudo traer un regalo de 70 libras de su iglesia para la obra misionera.

El comité ejecutiva de la Sociedad fue: Ryland, Carey, Fuller (secretario), Sutcliff y Hogg (tesorero). Luego Hogg tuvo que renunciar como tesorero porque no tenía tiempo, pero Fuller continuó como secretario hasta su muerte en 1815. Un amigo de Fuller le llamó un “mártir de la misión”.

Habían hecho un comienzo. Ahora, ¿a quién enviar? Conocieron a un hombre, John Thomas, un médico, que había servido como “misionero” en Bengali en la India. Sabía el idioma. Quiso volver y llevar con él un compañero. En enero de 1793 Thomas visitó la Sociedad Bautista y después de oírle Carey se ofreció como voluntario de acompañar a Thomas a la India. La Sociedad dio su apoyo y buscó la cooperación de otras iglesias e individuos. Decidieron que debieron salir en abril de ese año.

Antes de la salida de Carey, él llamó aparte a Fuller, Ryland, Sutcliff y Pearce y entró en un pacto con ellos. El iba, pero quiso que prometieran solemnemente nunca dejar de orar por él o abandonar la amistad. Fuller luego usó la figura, Carey iba a descender a la mina y ellos iban a sostener las sogas. Así prometieron y así cumplieron. Parece que eran de un solo corazón y una sola alma.

La compañía que representó los intereses de Inglaterra en la India no permitía a misioneros. Cualquier persona que quiso ir necesitaba permiso, una “licencia”. Thomas y Carey enfrentaron muchos contratiempos y por un tiempo pareció que su salida en 1793 sería imposible. Fue un tiempo difícil para todos, anticipando la vergüenza de ver sus planes frustrados y anticipando la crítica de muchos y el efecto en sus deseos y planes. Pero el Señor obró en su providencia y salieron en junio, llegando en noviembre, 1793.

Sutcliff recibió su primera carta de Carey el 29 de julio de 1794 (escrito por Carey el 3 de enero). Vemos el problema que enfrentaron en enviar y recibir correspondencia. Inglaterra y Francia estaban batallando y se complicó la situación aun más por eso. Muchas veces las situaciones habían cambiado durante el tiempo entre cartas y lo dicho o aconsejado no tenía aplicación.

Cuando Carey se ocupó en el trabajo de supervisar una plantación de índigo, había preocupación de que no estaba realmente atendiendo a la meta y misión principal, aunque Carey siempre quería ver a toda misión sosteniendo a sí misma lo más pronto posible. También Carey siempre tenía mucho interés en plantas y pedía frecuentemente que le enviaran herramientas agrícolas y semillas, plantas y pedazos de plantas cortadas de manera que sirvieran para sembrar en la India. Sutcliff cuyo deleite fue estudiar no pudo simpatizar mucho con ese “pasatiempo” de Carey. Prefirió enviarle libros más que plantas.

Los amigos de Carey cumplieron su promesa y cada uno fue fiel hasta la muerte. Pearce murió joven, pero los otros tenían más de 20 años de amistad antes de morir. Todos murieron antes de Carey. La fidelidad de ellos se nota en la gran cantidad de cartas enviadas unos a otros. Gracias al Señor muchas de esas cartas fueron preservadas.

La fidelidad se ve de maneras prácticas porque buscaron otros obreros para enviar a los mieses. Enviaron a John Fountain primero; luego, en 1799 enviaron a Ward, Marshman, Brunsdon y un hombre llamado Grant que murió poco después de llegar. De estos, los tres que trabajaron unidos y productivos por muchos años fueron Carey, Ward y Marshman, llamados a veces el “trio de Serampore”.

A través de los años suplieron otros hombres y materiales, aunque una vez allí Carey buscó cómo pudieron sostener a sí mismos y no depender de fondos de afuera. Los que vinieron luego no trabajaron con la misma armonía de Carey, Ward y Marshman, pero el evangelio fue proclamado más y más.

Además de su interés en la India la Sociedad buscó entrar en otros lugares, por ejemplo, en Africa. También, en Inglaterra las iglesias bautistas calvinistas experimentaban bendiciones de conversiones, aumento de miembros y crecimiento espiritual; como si fuera un pequeño avivamiento. Parece que su interés en la conversión de los paganos de otros países iba acompañado de un interés en la conversión de sus prójimos.

Podemos leer de lo que Dios hizo por medio de Carey, y fue mucho, pero debemos reconocer que Dios usó sus amigos y su apoyo también para que todo fuera realizado. Necesitamos trabajar unidos en la obra del Señor.

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Biografía: William (Guillermo) Carey “Padre de las misiones modernas”

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“Padre de las misiones modernas”
Unos apuntes sobre su vida

William (Guillermo) Carey nació en la aldea de Paulerspury, Northamptonshire, Inglaterra, 17 agosto 1761. No debe caber duda que era un instrumento escogido para llevar a cabo muchas obras en el mundo. Lo que hizo le llevó a ser conocido por muchos y conmovió a muchos de manera que ha sido llamado el “padre de las misiones modernas”.

Pero, ¿quién es William Carey? ¿Cómo sucedió esto? Podemos observar como Dios en su providencia dispuso muchas cosas para que todo esto sucediera en el mundo, incluyendo el llamamiento de Carey a la salvación y la labor de dar a conocer el evangelio entre personas de lenguas que nunca oyeron el nombre de Jesús y no sabían nada de las Sagradas Escrituras, la Palabra de Dios.

Su hogar, su juventud y los tiempos en los cuales vivió (1761-1775)

Los padres de William Carey pertenecían a la Iglesia de Inglaterra, llamada también la Iglesia Anglicana. Su abuelo paterno, que William nunca conoció, fue el maestro de una escuela en la aldea, mantenida por filántropos. También era empleado por la Iglesia para atender asuntos administrativos (como registrar los nacimientos y bautismos, mantener las minutas y otras cosas). Luego el padre de William ocupó las mismas posiciones.

En aquellos tiempos (desde los años de 1660 en adelante) sólo los de la Iglesia Anglicana podrían ser empleados del gobierno, oficiales en el ejército y la marina así como maestros de escuelas que serían reconocidas por las autoridades (“acreditadas”). Los que no eran de esa iglesia no podían graduarse en las universidades, y tenían la obligación de que los edificios donde se reunían estuvieran registrados ante las autoridades, a fin de limitar sus actividades públicas a esos edificios. Es decir, había tolerancia religiosa de aquellos que no eran anglicanos (como presbiterianos, congregacionalistas, bautistas, cuáqueros y otros “no conformistas”, “disidentes”, o “independientes”), pero sus libertades o derechos civiles fueron restringidos y muchas veces fueron mirados con sospecha como potenciales enemigos del Estado, revolucionarios, “terroristas”.

Por supuesto, William no tuvo que preocuparse con eso porque, aunque su familia era pobre, fue criado entre los privilegiados y absorbía el desdén de ellos hacia los “no conformistas”.
Con todo, si hubiera vivido unos años antes es muy posible que no hubiera recibido una educación formal. Debido al Señor y a su gracia común y también a lo que el Señor hizo en conexión con lo que se llama el “Gran Despertamiento” o “Gran Avivamiento” estaban ocurriendo en el país algunas cosas buenas a pesar del trato que recibían aquellos que no pertenecían a la Iglesia de Inglaterra.

Por ejemplo, la educación estaba llegando a los hijos de los pobres y William pudo cursar 7 años de estudios con su propio padre, incluyendo los rudimentos de latín.
Además, otras cosas estaban sucediendo en Inglaterra que sirvieron para preparar el camino para lo que el Señor hizo por medio de Carey y sus compañeros y los que apoyaban su visión misionera. Por ejemplo, la expansión colonial había aumentado el punto de vista internacional y la responsabilidad hacia esas colonias, abriendo rutas de comercio y viajes. El capitán Cook estaba haciendo mapas del mar Pacífico y las islas y costas de los distintos países; el mundo industrial (como las grandes empresas que tenían mucho control en la India) comenzó a oír las razones para abrir las puertas cerradas; y tener el conocimiento de muchos pueblos del mundo que no tenían el evangelio tocó la conciencia de algunos ingleses y los impulsó hacia el camino de la labor misionera.

Entre otros factores que influyeron en esos tiempos el Sr. S P Carey también apunta que, en las colonias de América del norte, los hijos de los padres puritanos estaban obteniendo nuevas libertades a costo de su sangre; en Inglaterra en el parlamento y en la prensa el pueblo estaba ganando unas campañas para tener más libertades; los de las iglesias que no eran de la Iglesia de Inglaterra estaban protestando sobre los estatutos que les negaban una ciudadanía igual a los de la iglesia “oficial”; Francia estaba en medio de una revolución para obtener más justicia; Gran Bretaña estaba dándose cuenta de la vergüenza del comercio de esclavos; se estaba despertando la compasión hacia los locos y prisioneros; el gran avivamiento había demostrado el poder del evangelio predicado; los redimidos estaban alabando al Señor en poesía; el hipercalvinismo estaba cediendo a un evangelio ofrecido a todos; las iglesias estaban aprendiendo a cooperar; la oración colectiva fue estimada y practicada constantemente.

Carey vivió en la aldea de Paulerspury hasta terminar su educación a los 14 años de edad. Le gustaba la ciencia y los libros sobre viajes que otros habían realizado. Tuvo deleite especial en los libros sobre “Colón” de manera que algunos de sus conocidos le llamaron “Columbus” (o sea, Colón). A los doce (12) años de edad memorizó 60 páginas de vocabulario en latín (Vocabulium Latiale por Thomas Dyche), el cual muestra su aptitud para los idiomas. Pero, no aprendió nada de griego en esos años.

Fue buen estudiante, pero sus intereses se extendieron más allá de los libros. Cerca de la aldea donde vivía había campos y bosques. William prestó mucha atención a las plantas, aves y animales – un interés que nunca perdió.

Tenía un tío llamado Peter que había pasado unos años en Canadá y después de regresar a Inglaterra trabajó como jardinero. Varios opinan que mediante el contacto con ese tío y las conversaciones con él, los horizontes de la educación de Carey fueron grandemente expandidos. Su interés en las plantas y en el mundo fuera de Inglaterra se debía en parte a su contacto con ese tío.
Aunque los padres de Carey no eran cristianos evangélicos, con todo Dios proveyó un ambiente serio en cuanto a educación se refiere. Pero Carey no aprendió las verdades netamente evangélicas y de piedad, no tenía fe salvadora y en el principio de su tiempo fuera del hogar, sin las restricciones del mismo, juraba y mentía.

Aunque Carey carecía de unas cosas importantes en su crianza, nos dan ganas de llorar al ver tantos niños hoy día que no tienen casi nada semejante a lo de Carey, sino que se están criando mayormente con el televisor y las locuras que se presentan. Aun peor, estas cosas muchas veces están expuestas en las escuelas públicas que, frecuentemente, son dominadas por los enemigos de Jesucristo y en contra de su pueblo fiel. El amor a las cosas creadas que nos rodean, amor a los libros y a la educación, son elementos cada vez más desconocidos en el mundo moderno de los Estados Unidos, Puerto Rico y muchos otros sitios. ¡Cuán importante es la crianza de los niños!

Los años de aprendizaje, conversión, matrimonio y desarrollo en la fe (1775-1784)

A los catorce años de edad, como los padres de Carey no pensaron en darle más educación o no pudieron hacerlo, Carey quiso trabajar en la jardinería, pero una enfermedad de su piel, que no le permitía trabajar bajo el sol, hizo necesario un cambio de planes. ¡Quién hubiera pensado que este joven que tuvo que cambiar la carrera deseada porque no pudo aguantar el sol de su país serviría al Señor durante años y años con el clima de la India! Todo ayuda a bien.
Se presentó una oportunidad de aprender cómo hacer zapatos en una aldea de Buckinghamshire (Piddington). Su padre pensó que había futuro en ese campo para su hijo y buscó la manera de planificar para que su hijo William pudiera aprender.

El dueño de ese negocio era un hombre severo, especialmente si estaba ebrio, pero Carey perseveró en su empleo como aprendiz. Dios hizo muchas cosas allí en su providencia. El otro aprendiz, John Warr, tres años mayor que Carey, había sido criado por sus padres en una iglesia no conformista. Al principio de su contacto como compañeros de cuarto y de trabajo Warr discutía sobre asuntos religiosos con Carey y Carey se molestó y le menospreció, aunque confesó luego que lo que Warr dijo le inquietó. Pasado un tiempo el Señor obró en la vida de Warr para salvarle de verdad y como creyente él buscó la salvación de su amo y de Carey, suplicando, persuadiendo y prestando libros, de tal manera que Carey comenzó a oír el evangelio. Al principio la forma de su religión fue una determinación, como dijo, de dejar de mentir, jurar y cometer otros pecados. A veces trató de orar cuando estaba solo. Asistió a las reuniones de oración en la iglesia de Warr, pero en su religiosidad asistió 3 veces cada domingo a la Iglesia anglicana de la parroquia. No obstante, no había visto todavía su verdadera pecaminosidad y la gracia de Dios en Cristo Jesús.

Finalmente, mediante un suceso en el cual Carey trató de robar un chelín, mintiendo, y siendo descubierto, Dios le humilló al máximo aunque tuvo misericordia de él, perdonándole y aun preservándole en su empleo, salvándole de vergüenza pública. De allí en adelante vio su falta de justicia propia, recibió la justicia de Cristo y vivió como un hijo de Dios, redimido, transformado y dedicado.

Junto con sus inquietudes y aun antes de convertirse hubo otra experiencia que vale la pena mencionar. Carey iba mirando un comentario sobre el Nuevo Testamento que pertenecía a su amo. (Parece que los libros del amo eran mejores que la vida de su dueño.) Carey encontró unas palabras que no entendió. Las copió y las llevó a un amigo que había recibido una educación mejor que Carey. El amigo le informó que eran letras griegas, esto le sirvió para estudiar con él, quien también le buscó un libro de gramática y un libro de vocabulario griego. A Carey le apasionó esta lengua.

Pasado algún tiempo después de su nuevo nacimiento, Carey tomó la decisión de continuar con las iglesias no conformistas. Sucedió que oyó un sermón el 10 de febrero de 1779 que le persuadió para aceptar el reproche de las iglesias no conformistas (y él sabía muy bien lo que era). Aunque identificado con los no conformistas, Carey pasó por unos caminos difíciles antes de llegar a tener convicciones firmes y fuertes sobre las enseñanzas bíblicas y su fe.

En septiembre de ese año 1779 su amo murió y él fue recogido por un pariente de su amo en otra aldea cercana donde estaba la iglesia no conformista a la que asistía. Allí en ese pueblo Carey conoció a Thomas Scott (luego conocido por sus comentarios). Scott fue una influencia positiva en la vida de Carey. Pero Carey también conoció a otros que eran seguidores de las enseñanzas de William Law, autor de un libro famoso, A Serious Call to a Devout and Holy Life (Una llamada seria a una vida piadosa y santa). Los seguidores de Law eran místicos en el sentido peor de la palabra y Carey se confundió hasta que vio que solamente las Escrituras son la guía segura para todo lo que debemos pensar y hacer. Dios usó a Scott y a otros en esa etapa de la vida de Carey para salvarle de la confusión y darle una seguridad bíblica, como el libro del bautista Robert Hall, Help for Zion’s Travellers (Ayuda para los viajeros a Zión).

Al acercarse al fin de su tiempo de aprendizaje, en junio de 1781, a los 20 años de edad, Carey se casó con una creyente, Dorothy, hija de un líder de la capilla no conformista, cuñada del dueño de la zapatería. Era buena mujer, aunque, como muchas mujeres de aquel entonces, ella nunca había aprendido a leer ni escribir (Carey le enseñó luego). Carey estaba feliz en su hogar, trabajando, estudiando latín y griego (en el “Colegio Carey” como Scott llamó a su casa), cuidando su jardín uniéndose en adoración con los hermanos de la aldea. Allí le nació una hija, llamada Ann.

El año siguiente Carey y su hija enfermaron de fiebre. La niña murió y Carey padeció como año y medio con esa fiebre, sufriendo, pero sin dejar de cumplir sus responsabilidades. Esa enfermedad le dejó calvo a los 22 años de edad. Además su cuñado, el dueño de la zapatería murió y le tocó a Carey ayudar con el cuidado de la viuda y sus 4 hijos. Los tiempos eran difíciles. Le tocó sufrir la pobreza.

A pesar de la carga pesada y sus luchas doctrinales y espirituales, Carey siempre fue activo en el servicio del Señor. Adoraba regularmente en la iglesia no conformista de la aldea. De hecho, un mes antes de casarse, hizo pacto con otros para establecer formalmente la iglesia disidente de la aldea. Participó activamente en algunas conferencias celebradas por la noche en el día de reposo.
En 1782 pudo asistir a una reunión de una asociación de iglesias bautistas, celebrada en el pueblo de Olney. Era un desconocido, y no tenía comida, pero pudo escuchar 3 sermones excelentes, uno de ellos predicado por Andrew Fuller, un hombre que luego influyó grandemente en la vida de Carey. Ese fue un momento inolvidable.

En junio de ese año, junto con otro hermano, comenzó a ayudar con la predicación, en semanas alternas, en una iglesia bautista que no tenía pastor. Además, la gente no conformista de la aldea donde se crió oyeron de él y pidieron que predicara para ellos también. Aceptó ir una vez al mes. Así pudo visitar a sus padres y hermanas, a los cuales quiso ver convertidos y sirviendo en una iglesia de creyentes en vez de estar en la iglesia anglicana. Sus hermanas se acordaron de su celo y como “quiso derrumbar todos los altares de Baal de una vez”.

El grupo de no conformistas con los cuales Carey servía no requirieron que una persona como Carey se bautizara como creyente. En el año 1983 Carey oyó un sermón sobre el bautismo de los creyentes que le inquietó. Estudió el Nuevo Testamento cuidadosamente y llegó a la conclusión de que el bautismo no es para los bebés sino una ordenanza dada por Dios para los que son conscientes de su fe. Habló con el bautista calvinista John Ryland padre de Northampton sobre el asunto. El padre tenía 60 años de edad en aquel tiempo y refirió el caso a su hijo John Ryland, el cual bautizó a Carey en el rio Nen, el domingo 5 de octubre a las 6 de la mañana.

Más o menos en ese tiempo leyó las jornadas de Capitán Cook (conocido por el motín en su barco Bounty). La lectura de los apuntes de Cook despertó en su ser un fuerte deseo de llevar el evangelio a los paganos. Cook presentó las condiciones de las gentes del mar Pacífico, pero también añadió que la religión no les llegaría porque “no serviría el propósito de la ambición pública ni la avaricia privada; y sin tales incentivos, nunca se intentaría semejante empresa. Carey pensó de manera diferente. A la vez que deseaba la salvación de los paganos de otros países, predicaba el evangelio en su propio país y buscaba la salvación de sus familiares.

El Señor llenó su vida con muchas experiencias formativas en los diez años de su vida después de su educación. Aprendió su oficio; tuvo su inicio en griego; descubrió sus pecados y a su Salvador; aceptó el reproche de pertenecer a iglesias no conformistas; llegó a convicciones propias y bíblicas sobre su fe cristiana y sus doctrinas; conoció lo bueno de estar casado y tener un hogar; experimentó el gozo de ser padre y también la angustia de perder un hijo y la prueba de la pobreza. Trabajó en enseñar, dio testimonio cristiano, se unió a una iglesia, predicó su primer sermón, obedeció la ordenanza del bautismo, sintió profundamente la condición perdida de los paganos y llevó a sus hermanas al Señor y a su servicio hasta el fin de sus vidas.

Pastor en Inglaterra y misionero escogido (1785-1793)

Carey trabajaba en su oficio, estudiaba y predicaba. Entonces llegó el día cuando los santos de la aldea de Earls Barton, los de la iglesia en la cual Carey predicaba cada 2 semanas, que quisieron llamarle como su pastor. A la vez, consultaron con un pastor bautista llamado John Sutcliff de Olney (un pueblo en el cual John Newton había vivido y pastoreado por un tiempo). Sutcliff visitó al sitio, les predicó y habló con Carey. Como Carey era miembro de una iglesia débil en algunos sentidos, Sutcliff le aconsejó que se uniera con una iglesia sólida para continuar su ministerio como parte de una iglesia bautista sana en la fe.

Carey oyó el consejo y se unió a la iglesia bautista en Olney con Sutcliff como su pastor, sin embargo, la primera vez que predicó delante de esa iglesia, en un edificio que podía acomodar a 700 personas, la predicación fue tan pobre que la iglesia no pudo ver los dones de un pastor. Pero, con el apoyo de ellos siguió predicando en Earls Barton y también en un pueblo llamado Moulton.

Carey se había mudado a Moulton en marzo de 1785 para abrir una escuela y seguir con su oficio. Allí había una pobre iglesia bautista bien cerca de su casa. El edificio de ellos estaba muy deteriorado y también el ánimo y la condición de los miembros. Carey predicó y les ayudó en los domingos que tenía libres y en otras ocasiones. Hubo conversiones, se animaron de nuevo los pocos creyentes de manera que ellos también quisieron que fuera su pastor.
En el verano de 1786 Carey predicó otra vez en Olney y esa vez la iglesia quedó satisfecha y por tanto, le comisionó a predicar a “dondequiera que Dios en su providencia le llamase”, reconociendo así sus dones para predicar.

Con dos iglesias pidiendo su ayuda, Carey consultó con Sutcliff. Decidió entonces aceptar la invitación de la iglesia de Moulton donde vivía. Fue ordenado al ministerio el 1 agosto de 1787. Había como 20 ministros presentes entre los que se encontraba John Sutcliff de Olney, Andrew Fuller de Kettering y John Ryland hijo de Northampton quienes participaron de una manera especial.
Antes de su ordenación, la iglesia de Moulton tuvo que hacer arreglos para reparar su lugar de reunión. Después de la ordenación Dios siguió derramando bendiciones sobre la predicación de Carey y la iglesia tuvo que reedificar y agrandar su edificio, sin embargo eran tan pobres que no pudieron pagarle a Carey lo suficiente para cuidar a su familia.

Durante ese tiempo Carey obtuvo sus ingresos enseñando a muchachos de la aldea y haciendo zapatos. Hizo un arreglo con Thomas Gotch, un diácono próspero de la iglesia en Kettering, quien le compraba cada dos semanas los zapatos que él fabricaba. Pero, después de un tiempo Fuller descubrió el celo y la perseverancia de Carey en estudios lingüísticos y le comentó esto a Gotch, el cual le dijo a Carey que se olvidara de hacer zapatos ya que él le pagaría para dedicarse a esos estudios.

Carey creció como predicador. Creció también en sus inquietudes sobre el deber que la iglesia tienen de proclamar el evangelio por todo el mundo. Leyó sobre las vidas de John Eliot (trabajó casi 60 años entre los indios de América del norte y tradujo la Biblia a una de sus lenguas, el primer hombre que logró poner la Biblia en una lengua pagana). Leyó también la vida de David Brainerd. Estos hombres sirvieron de héroes y modelos. Y, por supuesto, habló de estas cosas a otros ministros, especialmente a sus 3 amigos.

Un día Carey estaba hablando con Thomas Potts un joven diácono de la iglesia bautista en Birmingham. Potts había viajado a América y había hecho negocios con los indios en la zona que hoy corresponde a la ciudad de New Orleans. Al contar Potts a Carey algunas de sus experiencias allí como cristiano, entraron en una conversación sobre misiones y Carey expuso sus pensamientos. Potts le preguntó si no había pensado en escribir un librito sobre el asunto y Carey dijo que sí, pero que no tenía el dinero para publicarlo. Potts le dijo que le daría una cantidad suficiente para comenzar el proyecto. Ese librito no fue publicado hasta 3 o 4 años después (en 1792), pero tuvo una gran influencia. Aun antes de la publicación Fuller lo había leído y probablemente Sutcliff y Ryland, porque ellos, junto con Potts le habían animado trabajar en ese asunto. Se llama “Una investigación sobre la obligación de los cristianos de usar medios para la conversión de los paganos”.

En mayo de 1789, tras una lucha interna y consultas con varios consejeros, William Carey aceptó la invitación de la iglesia bautista de Harvey Lane en la ciudad de Leicester. Esa iglesia tenía un edificio en el que podía acomodar entre 200 y 300 personas, pero había pasado por divisiones y numerosos problemas. Al principio todo fue bien. Aun ampliaron el edificio para acomodar a los oyentes, pero salieron a la luz problemas no resueltos y afectó tanto a la obra que Carey propuso que la iglesia se deshiciera en septiembre de 1790 y comenzará de nuevo solamente con aquellos que realmente se comprometieran mediante un pacto solemne. Esto se realizó y algunos de los que se quedaron fuera en el proceso se convirtieron en enemigos, pero desde ese día el Señor comenzó a bendecir a la iglesia y Carey fue ordenado pastor de la misma en la primavera de 1791. Otra vez sus tres amigos participaron en el servicio de ordenación y un gran predicador Samuel Pearce predicó un excelente mensaje por la noche, titulado: “Gloriándonos en la cruz de Cristo”.

Aunque Carey recibía más ingresos como pastor en Leicester que en el lugar donde estaba, sin embargo no era suficiente para cuidar a su familia, lo cual le obligó a seguir manteniendo una escuela y haciendo zapatos también. Pero, era disciplinado y perseverante y nunca dejó de estudiar sistemáticamente por su propia cuenta: libros clásicos, ciencia, historia, la Biblia en Hebreo y Griego. Tenía amigos como el viejo Robert Hall que le aconsejaban y criticaban. Por ejemplo, Hall le dijo una vez que hacían falta mas “ventanas” en sus sermones.

Carey predicó 7 veces cada 2 semanas en la iglesia Harvey Lane, pero no estaba satisfecho por trabajar solamente en Leicester, por lo que salió y predicó en 5 aldeas cercanas poniendo el fundamento para el establecimiento de nuevas iglesias. En una aldea había muchas conversiones y más de 100 personas se reunían para la predicación. En su primera carta desde la India a esa iglesia él expresó su interés en esas aldeas y en lo que estaba pasando allí.

Todo esto nos muestra el corazón de Carey y como era el hombre escogido para servir al Señor en la India. Era de carácter probado y experiencia en el ministerio. Tenía compasión y había visto la bendición del Señor sobre sus trabajos en la predicación del evangelio a los pobres y a otros. No era un soñador y nada más. Trabajaba arduamente como evangelista y pastor mientras que seguía estudiando y proveyendo para su familia haciendo trabajos extra.

Junto con todo eso, Carey quería ver llegar el evangelio a los paganos. Dios estaba obrando en otros también que buscaban su gloria esperando avivamientos. Influenciado por los escritos de Jonathan Edwards, desde 1784 varias iglesias en la asociación bautista de Northamptonshire habían orado para que ocurriera un avivamiento mundial. Algunos tenían sus corazones dispuestos hacia las misiones, pero nadie pensó que ellos pudieran hacer algo. Solo Carey tenía esa visión y esperanza y lo cual le llevó a hablarle a sus amigos que le respetaban y le amaban, pero no vieron ninguna posibilidad de hacer algo. Sin embargo, en 1791 le animaron a que terminara y publicara su “Investigación… sobre el uso de medios” para que las iglesias pudieran estudiar el asunto y tomar una decisión sabia.

Finalmente en 1792 Carey vio a sus hermanos tomar unos pasos hacia la obediencia de la gran comisión. En mayo de ese año en la reunión de la asociación Carey predicó su sermón famoso sobre Isaías 54:2-3 con el bosquejo simple de dos puntos: Espera grandes cosas y ensaya grandes cosas (en inglés: Expect great things; attempt great things). Los pastores fueron conmovidos pero con todo estaban a punto de terminar la reunión sin tomar ninguna decisión, entonces Carey le instó a Fuller y Fuller persuadió al moderador a que consideraran el asunto de formar una sociedad misionera. Aprobaron que fuera presentado un plan en la próxima reunión en octubre. Carey estaba seguro que la sociedad sería formada y quiso ser el primer donante prometiendo dar lo que recibiera de la venta de su Investigación…” a la sociedad.

Así sucedió. En octubre de 1792 nació la “Sociedad de bautistas particulares para la propagación del evangelio entre los paganos” (inglés: Particular Baptist Society for the Propagation of the Gospel among the Heathen). Los “miembros” hicieron promesas para contribuir a este asunto y lo que recibieron ese día y las notas de las promesas de 13 hombres fueron colocadas en una caja de tabaco vacía que pertenecía a Fuller. La caja estaba decorada con un dibujo de la conversión de Saulo de Tarso en la tapa.

Habían comenzado. Ahora, ¿a quién enviar? Conocían a un hombre, John Thomas, un médico, que había servido como “misionero” en Bengali en la India. Él quería volver y llevarse a un compañero. En enero de 1793 Thomas visitó a la Sociedad Bautista y después de oírle Carey que antes quería ir a Tahiti se ofreció como voluntario para acompañar a Thomas a la India. La Sociedad dio su apoyo y buscó la cooperación de otras iglesias y personas. Thomas tenía unos contactos valiosos también. Decidieron salir en abril de ese mismo año.

La esposa de Carey estaba encinta y faltaba poco para su alumbramiento. Esa noticia fue impactante para ella y para la iglesia de Harvey Lane quienes lloraban ante el hecho de perder su pastor. Pero Harvey Lane se sometió al Señor y envió a Carey con su bendición. En la providencia del Señor, después de tiempos de prueba y angustia, Carey y Thomas no pudieron salir en abril. Finalmente salieron en junio de 1973 y Carey fue acompañado por su esposa, la hermana de ella y los cuatro hijos todavía vivos. Fue maravilloso como sucedió todo, pero la verdad es que muchos fueron probados en su fe por el tiempo que transcurrió entre abril y junio, porque todo parecía frustrado y perdido.

Aquí, podemos observar que el concepto de la obra misionera visualizado por Carey no era que el misionero recibiera ayuda económica constante, sino que fuera ayudado a mudarse, para quedarse y que buscaría como mantenerse a sí mismo en el campo misionero. Carey nunca volvió a Inglaterra. Una vez que su esposa estuvo a su lado nunca pensó o planificó volver. Lo que sí pidió de sus amigos fue su apoyo en oración. Cinco hombres (Pearce, Fuller, Sutcliff, Ryland y Carey) hicieron un pacto de apoyo espiritual. La figura que Fuller usó fue: Carey bajaría a la mina pero los cuatro tendrían que jurar su compromiso de que no soltarían las sogas mientras tuvieran vida.
Todos cumplieron su pacto.

Los cuarenta años en India (1793-1834)

El viaje a la India fue realizado en un barco danés y tardaron 5 meses en llegar, pero al fin el barco entró en el puerto de Calcuta en el río Hugli. Los misioneros no pudieron usar ese nombre porque la compañía de Bretaña que controlaba esa parte de la India no permitía la entrada a los misioneros. Además, salieron del barco usando un pequeño bote del lugar para evitar que otros los vieran e hicieran preguntas.

Al principio vivieron en una casa en una zona bajo control de los portugueses, evadiendo así la interferencia de los ingleses. Thomas comenzó a predicar a los bengalís inmediatamente.
Poco después, Thomas comenzó a trabajar como médico en Calcuta y Carey solicitó unas tierras de las autoridades para cultivarlas, pero mientras esperaba la respuesta a su petición recibió ayuda de un usurero que le proveyó una casa gratis. Thomas le informó que el dinero que trajeron se había acabado y no había esperanza de más ingresos para los próximos meses. En esos días de gran pobreza la esposa de Carey y su hijo Felix padecieron de disentería y comenzaron los problemas mentales de la esposa de Carey que duraron hasta su muerte 13 años después. En diciembre de 1793 y enero de 1794 Carey se dio cuenta de que sólo Dios podía sostenerle. Los sufrimientos fueron grandes.

En febrero tuvo la oportunidad de mudarse a un lugar donde había terrenos para trabajar y el Señor también proveyó un amigo en ese lugar, Charles Short. El clima era mejor y la esposa de Carey mejoró un poco allí. Carey tenía su propio maestro del idioma Bengalí que vivía con ellos. Trabajó en su “finca” allí y estudió el idioma hasta que recibió una carta de Thomas invitándole a un área llamada Malda donde Carey podría trabajar para un hombre cristiano en calidad de gerente de una plantación de índigo. Carey aceptó y en junio de 1794 comenzó sus trabajos en esa industria.

Carey dominó bien las responsabilidades. Escribió a la Sociedad Misionera el 5 de agosto, como Culross explica, “Al aceptar la oferta y cambiarse para allá, Carey escribió a sus amigos en Inglaterra informándoles que no pediría más ayuda a la Sociedad, y que el sueldo destinado para él debía usarse de otro modo; sólo deseaba que le enviaran herramientas para la agricultura y un surtido anual de semillas, por el cual prometió remitir con regularidad el dinero. Al mismo tiempo les aseguró que sería su gozo mantener con ellos la misma relación como si necesitara su ayuda y que esperaba tener la misma correspondencia con ellos como antes.”

En aquel entonces algunos criticaron a Carey porque pensaron que estaba demasiado envuelto en los negocios de este mundo. Pero progresó en sus estudios y comenzó a predicar en el idioma bengalí. Los que estaban preocupados jamás se imaginaron lo que estaba por delante. Carey fue fiel en lo poco, siguiendo al Señor. Luego pudo ser fiel en lo mucho.

Siempre pasó por sufrimientos. Su segundo hijo llamado Peter murió de fiebre. Su esposa se enfermó de nuevo a principios del año 1795 y de allí en adelante nunca estuvo bien mentalmente. (Carey la cuidó aunque ella se puso tan mala que se volvía violenta. Con el paso del tiempo, algunos amigos le aconsejaron que la pusiera en una institución, pero sabiendo como cuidaban a la gente en esos lugares, Carey nunca aceptó ese consejo, haciendo provisión en su casa hasta que ella murió en 1808.)

En octubre de 1796 el primer recluta misionero sorprendió a Carey entrando en su casa una tarde. Su nombre era John Fountain; su presencia animó a Carey. En 1798 el dueño de la plantación, Sr Udny, compró una imprenta para Carey y Fountain. Luego de esta bendición Carey recibió una carta de William Ward, un creyente que sabía cómo imprimir libros. La Sociedad iba a enviarle para ayudar a Carey, junto con algunos otros misioneros. Esa carta llegó en mayo de 1799, pero a la vez en ese mismo mes el dueño de la plantación, debido a inundaciones, sequías y otros problemas, vio la necesidad de cerrar sus operaciones y dio aviso de que lo haría al fin del año 1899.

Carey había servido en la India durante casi seis años, sin ver ni a un indio convertido de verdad y ahora estaba enfrentando el desempleo mientras que un grupo de misioneros venían de camino. Carey hizo arreglos para trabajar en otro lugar y gastó en los arreglos para lograr este fin. Pero cuando los misioneros llegaron a Serampore que pertenecía a los daneses los ingleses no los permitieron entrar en territorio controlado por ellos y aun trataron de obligar a los daneses a que los entregaran para deportarlos. Pero los daneses dijeron que no. Carey abandonó el lugar donde estaba, perdiendo el tiempo y el dinero invertido, pero no dudando de su deber. Llevaron la prensa a Serampore y allí comenzó un nuevo capítulo en la obra misionera en la India.

El famoso trio de Carey, Marshman y Ward mantuvieron contacto con la Sociedad misionera y sus cartas e informes fueron publicados hasta que el mundo pudo ver que a pesar de que eran poca gente, por medio de la fe y la oración podrían esperar grandes cosas y esforzarse para hacer grandes cosas. Por eso, Carey se llama el “padre de las misiones modernas”, un título que jamás buscó, esperó o se hubiera imaginado. Él sabía muy bien de las labores de otros y fue animado por esas labores. Pero los logros de traducciones de las Escrituras, las conversiones que eventualmente se vieron, fueron como llamamientos a otros para servir al Señor alrededor del mundo. Carey oró para que la Sociedad Bautista pudiera enviar misioneros a África y a muchos otros lugares, y la exhortó a que lo hiciera.

En Serampore, Carey rehusó hacerse jefe de los cinco misioneros (Carey, Fountain, Brunsdon, Marshman y Ward) e hicieron un acuerdo. Uso la descripción de Culross para explicarlo:

Teniendo en mente el tipo de organización comunal que asumieron los cristianos moravos cuando salieron de Bohemia a causa de las persecuciones ellos también adoptaron la idea de la iglesia en Pentecostés. Decidieron constituirse como si fueran una sola familia. Tendrían un fondo común en el que realizar los ingresos. (sean cuales fueren los medios de adquirirlos), una mesa común, y un hogar común, siendo dada a cada uno una pequeña suma separada como dinero particular. Todo lo que sobraba debía de dedicarse al sostenimiento de las viudas y huérfanos y a la propagación del evangelio, bajo la dirección de los hermanos así unidos. Los misioneros debían de considerarse como iguales, y tendrían que predicar y dirigir los cultos por turnos. Establecieron turnos por los que cada uno debería de ser responsable cada mes de los arreglos y gastos domésticos. Carey fue nombrado tesorero y guardián de la caja de medicinas, y Fountain era el bibliotecario.

El espíritu que los lideraba se ve en la “Forma de Acuerdo” que firmaron y que debería de leerse públicamente tres veces al año en cada misión.

1. Debía preservarse vivo “un sentido profundo del valor de las almas;” considerando a las multitudes como “inmortales.”
2. Debían esforzarse para entender bien a aquellos entre quienes trabajaban, familiarizándose con sus modos de pensar y sentir.
3. Debían evitar todo lo que aumentara la preocupación nativa en contra del evangelio, todas las palabras y actos descuidados, y deberían prestar atención para no ser ásperos en su predicación, acordándose de que las verdaderas conquistas del evangelio son las del amor.
4. El secreto de ser útil no consiste en estar siempre de pie; sino que debían estar alerta para usar todas las oportunidades para hacer el bien.
5. Debían centrar en “Cristo” el asunto de su predicación; es su amor, sólo Él, es Quien que puede ganar a las almas, y no hay esperanzas sino en un ministerio de amor.
6. Debían conquistar la confianza del pueblo.
7. Debían cuidar de los conversos con paciencia y ternura, porque las plantas nuevas en semejante clima deben ser nutridas con afecto especial.
8. Deben animarlos a hacer conocer el evangelio a sus compatriotas; porque “sólo por medio de los ministros nativos puede difundirse el conocimiento de la salvación en todas partes de la India; y a la vez que se forman iglesias deben escogerse pastores y diáconos de entre sus propios compatriotas aconsejándolos el misionero del distrito cuando sea necesario, pero dirigiendo sus propios esfuerzos especialmente a la extensión del evangelio y la organización de nuevas iglesias.
9. Deben trabajar con todas sus fuerzas para hacer traducciones de la Biblia en los distintos idiomas de la India; en hacer circular estas traducciones; y en establecer escuelas gratuitas para los nativos.
10. Y para que sean idóneos para ejercer estos ‘trabajos’ de vital importancia deben ser constantes en la oración y en el cultivo de la religión personal”.
11. “Finalmente,” dicen, “consagrémonos sin reserva a esta causa gloriosa. Que no pensemos nunca que nuestro tiempo, nuestros dones, nuestra fuerza, nuestra familia, o aun la ropa que usamos, nos pertenecen. Santifiquémoslos todos a Dios y a su causa. ¡Oh, que nos santifique Él a nosotros para su obra! Deshagámonos para siempre de la idea de atesorar aun un centavo para nosotros o nuestros hijos. Si abandonamos la resolución que tomamos sobre el asunto del comercio privado cuando al principio hicimos nuestra unión en Serampore la misión será, desde esa hora, una causa perdida. Un espíritu mundano, disputas y toda obra mala sobrevendrán en el momento en que se admita que cada hermano pueda hacer algo de su propia cuenta. ¡Ay de aquel hombre que alguna vez haga algún movimiento hacia semejante camino!”
Este “Acuerdo” no fue escrito sino hasta el año 1805; pero exhibe el propósito y la manera de vida a que los hermanos de Serampore se destinaron desde el principio. De haber obrado en conformidad con él desde el principio, la Sociedad en Inglaterra, podría haber impedido muchas de las molestias de los años siguientes.

En ese año de 1800 trabajaron en la traducción del Nuevo Testamento al Bengalí, página por página. Predicaron el evangelio y el 28 de diciembre de 1800 bautizaron a Krishna Pal, un carpintero, el primer hombre convertido del hinduismo que confesó a Cristo y pidió ser bautizado, las primicias de la cosecha que esperaban.

El 5 de marzo de 1801 la primera copia encuadernada del Nuevo Testamento en bengalí fue presentado en un culto especial. Carey había trabajado durante más de 7 años para ver esa meta realizada. La última página fue impresa el 7 de febrero. Luego vino la encuadernación y el tiempo especial de acción de gracias al Señor.

En abril de ese año, Carey fue invitado a ocupar la posición de profesor de bengalí en un nuevo colegio llamado Fort William College en Calcuta. Bretaña estaba haciendo unas reformas, entre ellas proveyendo una buena educación con la esperanza de tener buenos líderes en el futuro.
Sin embargo, como Carey no era anglicano no le llamaron “profesor” sino “tutor” para evitar problemas. Le pagaron bien y todo fue aportado para la bolsa común. Pronto, pusieron a Carey a enseñar en Sánscrito también. Carey continuó en esa posición de profesor durante 30 años y eso le dio de la oportunidad de trabajar en los idiomas de tal manera que antes de morir había traducido la Biblia completa en 6 idiomas, casi toda la Biblia en 3 idiomas más, el Nuevo Testamento en 21 idiomas y porciones del Nuevo Testamento en 5 otros idiomas.

Después del bautismo de Krishna Pal, otros se convirtieron y Krishna Pal y algunos de ellos fueron enseñados y viendo sus dones, fueron enviados a predicar a otros. Las puertas estaban abiertas. Los misioneros en Serampore querían establecer un centro en el cual otros podrían aprender los idiomas y salir para predicar hasta los confines de la tierra.

Desde 1806 hasta 1812 los deseos de los misioneros encontraron la oposición de muchos ingleses e indios, pero Dios levantó amigos bien posicionados que protegieron a los misioneros de manera que pudieron continuar sus labores.

Durante esos años también Carey vio a Dorothy morir en diciembre de 1807. Seis meses después Carey se casó de nuevo con Charlotte Rumohr, una mujer danesa de una familia conocida, enfermiza físicamente, pero de carácter muy espiritual y experta en el asunto de los idiomas. Parece que había mucho amor entre ellos. Carey también tuvo el gozo de ver a sus hijos sirviendo al Señor, aunque Felix el mayor se apartó por un tiempo, atraído por altas posiciones con los gobernantes en diferentes lugares.

La obra recibió un duro golpe en el año 1812, porque un fuego devoró gran parte del edificio principal de la misión en Serampore. Valiosos manuscritos, diccionarios y gramáticas de Carey perecieron y no había copias. Tuvo que comenzar de nuevo sus trabajos de todo cuanto se perdió.
En 1813 el parlamento de Inglaterra comunicó a la compañía que controlaba la India que permitieran la entrada de misioneros y que no estorbaran sus labores. En Serampore Carey y sus compañeros comenzaron una escuela para educar a los indios, especialmente los hijos de los creyentes para el futuro de la obra cristiana. Junto con el progreso y las bendiciones llegaron también los problemas, entre los mismos misioneros y con la Sociedad. Con la muerte de los fundadores y el crecimiento de la Sociedad Misionera Bautista hubo quienes la querían controlar y dirigir. Además, algunos de los nuevos misioneros no estaban preparados para vivir como Carey y sus compañeros. Hubo conflictos, pero Carey buscó la manera más apacible para resolverlos.

Carey perdió a su esposa Charlotte en 1821. Krishna Pal murió en 1822 y también Felix, el hijo mayor de Carey, a los 37 años de edad. El misionero veterano Ward, parte del “trio de Serampore” murió en 1823. En 1825 Carey oyó la noticia de la muerte de Ryland, el último del “trío” de los que eran los íntimos amigos de Carey (Sutcliff murió en 1814, Fuller en 1815).

En 1823 Carey halló una buena esposa en Grace Hughes, con quien vivió hasta que él fue llamado a la presencia del Señor en 1834.

Carey vio muchos cambios en la India. El evangelio llegó a muchas partes. Las Escrituras también. Socialmente, Carey y otros empujaron a los ingleses para que prohibieran el sacrificio de bebés en el río (costumbre que llevaban a cabo cumpliendo votos hechos por mujeres estériles que harían tal cosa si su dios les diera un hijo) y el quemar a las viudas vivas junto al cuerpo de sus esposos que habían muerto. Carey estaba muy opuesto a la esclavitud también. Pero sobre todo reconoció que solo Dios puede rescatar a los pecadores y hace eso mediante la predicación del evangelio y la obra Soberana de su Espíritu Santo.

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Biografía: William (Guillermo) Carey “Padre de las misiones modernas”

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“Padre de las misiones modernas”
Unos apuntes sobre su vida

William (Guillermo) Carey nació en la aldea de Paulerspury, Northamptonshire, Inglaterra, 17 agosto 1761. No debe caber duda que era un instrumento escogido para llevar a cabo muchas obras en el mundo. Lo que hizo le llevó a ser conocido por muchos y conmovió a muchos de manera que ha sido llamado el “padre de las misiones modernas”.

Pero, ¿quién es William Carey? ¿Cómo sucedió esto? Podemos observar como Dios en su providencia dispuso muchas cosas para que todo esto sucediera en el mundo, incluyendo el llamamiento de Carey a la salvación y la labor de dar a conocer el evangelio entre personas de lenguas que nunca oyeron el nombre de Jesús y no sabían nada de las Sagradas Escrituras, la Palabra de Dios.

Su hogar, su juventud y los tiempos en los cuales vivió (1761-1775)

Los padres de William Carey pertenecían a la Iglesia de Inglaterra, llamada también la Iglesia Anglicana. Su abuelo paterno, que William nunca conoció, fue el maestro de una escuela en la aldea, mantenida por filántropos. También era empleado por la Iglesia para atender asuntos administrativos (como registrar los nacimientos y bautismos, mantener las minutas y otras cosas). Luego el padre de William ocupó las mismas posiciones.

En aquellos tiempos (desde los años de 1660 en adelante) sólo los de la Iglesia Anglicana podrían ser empleados del gobierno, oficiales en el ejército y la marina así como maestros de escuelas que serían reconocidas por las autoridades (“acreditadas”). Los que no eran de esa iglesia no podían graduarse en las universidades, y tenían la obligación de que los edificios donde se reunían estuvieran registrados ante las autoridades, a fin de limitar sus actividades públicas a esos edificios. Es decir, había tolerancia religiosa de aquellos que no eran anglicanos (como presbiterianos, congregacionalistas, bautistas, cuáqueros y otros “no conformistas”, “disidentes”, o “independientes”), pero sus libertades o derechos civiles fueron restringidos y muchas veces fueron mirados con sospecha como potenciales enemigos del Estado, revolucionarios, “terroristas”.

Por supuesto, William no tuvo que preocuparse con eso porque, aunque su familia era pobre, fue criado entre los privilegiados y absorbía el desdén de ellos hacia los “no conformistas”.
Con todo, si hubiera vivido unos años antes es muy posible que no hubiera recibido una educación formal. Debido al Señor y a su gracia común y también a lo que el Señor hizo en conexión con lo que se llama el “Gran Despertamiento” o “Gran Avivamiento” estaban ocurriendo en el país algunas cosas buenas a pesar del trato que recibían aquellos que no pertenecían a la Iglesia de Inglaterra.

Por ejemplo, la educación estaba llegando a los hijos de los pobres y William pudo cursar 7 años de estudios con su propio padre, incluyendo los rudimentos de latín.
Además, otras cosas estaban sucediendo en Inglaterra que sirvieron para preparar el camino para lo que el Señor hizo por medio de Carey y sus compañeros y los que apoyaban su visión misionera. Por ejemplo, la expansión colonial había aumentado el punto de vista internacional y la responsabilidad hacia esas colonias, abriendo rutas de comercio y viajes. El capitán Cook estaba haciendo mapas del mar Pacífico y las islas y costas de los distintos países; el mundo industrial (como las grandes empresas que tenían mucho control en la India) comenzó a oír las razones para abrir las puertas cerradas; y tener el conocimiento de muchos pueblos del mundo que no tenían el evangelio tocó la conciencia de algunos ingleses y los impulsó hacia el camino de la labor misionera.

Entre otros factores que influyeron en esos tiempos el Sr. S P Carey también apunta que, en las colonias de América del norte, los hijos de los padres puritanos estaban obteniendo nuevas libertades a costo de su sangre; en Inglaterra en el parlamento y en la prensa el pueblo estaba ganando unas campañas para tener más libertades; los de las iglesias que no eran de la Iglesia de Inglaterra estaban protestando sobre los estatutos que les negaban una ciudadanía igual a los de la iglesia “oficial”; Francia estaba en medio de una revolución para obtener más justicia; Gran Bretaña estaba dándose cuenta de la vergüenza del comercio de esclavos; se estaba despertando la compasión hacia los locos y prisioneros; el gran avivamiento había demostrado el poder del evangelio predicado; los redimidos estaban alabando al Señor en poesía; el hipercalvinismo estaba cediendo a un evangelio ofrecido a todos; las iglesias estaban aprendiendo a cooperar; la oración colectiva fue estimada y practicada constantemente.

Carey vivió en la aldea de Paulerspury hasta terminar su educación a los 14 años de edad. Le gustaba la ciencia y los libros sobre viajes que otros habían realizado. Tuvo deleite especial en los libros sobre “Colón” de manera que algunos de sus conocidos le llamaron “Columbus” (o sea, Colón). A los doce (12) años de edad memorizó 60 páginas de vocabulario en latín (Vocabulium Latiale por Thomas Dyche), el cual muestra su aptitud para los idiomas. Pero, no aprendió nada de griego en esos años.

Fue buen estudiante, pero sus intereses se extendieron más allá de los libros. Cerca de la aldea donde vivía había campos y bosques. William prestó mucha atención a las plantas, aves y animales – un interés que nunca perdió.

Tenía un tío llamado Peter que había pasado unos años en Canadá y después de regresar a Inglaterra trabajó como jardinero. Varios opinan que mediante el contacto con ese tío y las conversaciones con él, los horizontes de la educación de Carey fueron grandemente expandidos. Su interés en las plantas y en el mundo fuera de Inglaterra se debía en parte a su contacto con ese tío.
Aunque los padres de Carey no eran cristianos evangélicos, con todo Dios proveyó un ambiente serio en cuanto a educación se refiere. Pero Carey no aprendió las verdades netamente evangélicas y de piedad, no tenía fe salvadora y en el principio de su tiempo fuera del hogar, sin las restricciones del mismo, juraba y mentía.

Aunque Carey carecía de unas cosas importantes en su crianza, nos dan ganas de llorar al ver tantos niños hoy día que no tienen casi nada semejante a lo de Carey, sino que se están criando mayormente con el televisor y las locuras que se presentan. Aun peor, estas cosas muchas veces están expuestas en las escuelas públicas que, frecuentemente, son dominadas por los enemigos de Jesucristo y en contra de su pueblo fiel. El amor a las cosas creadas que nos rodean, amor a los libros y a la educación, son elementos cada vez más desconocidos en el mundo moderno de los Estados Unidos, Puerto Rico y muchos otros sitios. ¡Cuán importante es la crianza de los niños!

Los años de aprendizaje, conversión, matrimonio y desarrollo en la fe (1775-1784)

A los catorce años de edad, como los padres de Carey no pensaron en darle más educación o no pudieron hacerlo, Carey quiso trabajar en la jardinería, pero una enfermedad de su piel, que no le permitía trabajar bajo el sol, hizo necesario un cambio de planes. ¡Quién hubiera pensado que este joven que tuvo que cambiar la carrera deseada porque no pudo aguantar el sol de su país serviría al Señor durante años y años con el clima de la India! Todo ayuda a bien.
Se presentó una oportunidad de aprender cómo hacer zapatos en una aldea de Buckinghamshire (Piddington). Su padre pensó que había futuro en ese campo para su hijo y buscó la manera de planificar para que su hijo William pudiera aprender.

El dueño de ese negocio era un hombre severo, especialmente si estaba ebrio, pero Carey perseveró en su empleo como aprendiz. Dios hizo muchas cosas allí en su providencia. El otro aprendiz, John Warr, tres años mayor que Carey, había sido criado por sus padres en una iglesia no conformista. Al principio de su contacto como compañeros de cuarto y de trabajo Warr discutía sobre asuntos religiosos con Carey y Carey se molestó y le menospreció, aunque confesó luego que lo que Warr dijo le inquietó. Pasado un tiempo el Señor obró en la vida de Warr para salvarle de verdad y como creyente él buscó la salvación de su amo y de Carey, suplicando, persuadiendo y prestando libros, de tal manera que Carey comenzó a oír el evangelio. Al principio la forma de su religión fue una determinación, como dijo, de dejar de mentir, jurar y cometer otros pecados. A veces trató de orar cuando estaba solo. Asistió a las reuniones de oración en la iglesia de Warr, pero en su religiosidad asistió 3 veces cada domingo a la Iglesia anglicana de la parroquia. No obstante, no había visto todavía su verdadera pecaminosidad y la gracia de Dios en Cristo Jesús.

Finalmente, mediante un suceso en el cual Carey trató de robar un chelín, mintiendo, y siendo descubierto, Dios le humilló al máximo aunque tuvo misericordia de él, perdonándole y aun preservándole en su empleo, salvándole de vergüenza pública. De allí en adelante vio su falta de justicia propia, recibió la justicia de Cristo y vivió como un hijo de Dios, redimido, transformado y dedicado.

Junto con sus inquietudes y aun antes de convertirse hubo otra experiencia que vale la pena mencionar. Carey iba mirando un comentario sobre el Nuevo Testamento que pertenecía a su amo. (Parece que los libros del amo eran mejores que la vida de su dueño.) Carey encontró unas palabras que no entendió. Las copió y las llevó a un amigo que había recibido una educación mejor que Carey. El amigo le informó que eran letras griegas, esto le sirvió para estudiar con él, quien también le buscó un libro de gramática y un libro de vocabulario griego. A Carey le apasionó esta lengua.

Pasado algún tiempo después de su nuevo nacimiento, Carey tomó la decisión de continuar con las iglesias no conformistas. Sucedió que oyó un sermón el 10 de febrero de 1779 que le persuadió para aceptar el reproche de las iglesias no conformistas (y él sabía muy bien lo que era). Aunque identificado con los no conformistas, Carey pasó por unos caminos difíciles antes de llegar a tener convicciones firmes y fuertes sobre las enseñanzas bíblicas y su fe.

En septiembre de ese año 1779 su amo murió y él fue recogido por un pariente de su amo en otra aldea cercana donde estaba la iglesia no conformista a la que asistía. Allí en ese pueblo Carey conoció a Thomas Scott (luego conocido por sus comentarios). Scott fue una influencia positiva en la vida de Carey. Pero Carey también conoció a otros que eran seguidores de las enseñanzas de William Law, autor de un libro famoso, A Serious Call to a Devout and Holy Life (Una llamada seria a una vida piadosa y santa). Los seguidores de Law eran místicos en el sentido peor de la palabra y Carey se confundió hasta que vio que solamente las Escrituras son la guía segura para todo lo que debemos pensar y hacer. Dios usó a Scott y a otros en esa etapa de la vida de Carey para salvarle de la confusión y darle una seguridad bíblica, como el libro del bautista Robert Hall, Help for Zion’s Travellers (Ayuda para los viajeros a Zión).

Al acercarse al fin de su tiempo de aprendizaje, en junio de 1781, a los 20 años de edad, Carey se casó con una creyente, Dorothy, hija de un líder de la capilla no conformista, cuñada del dueño de la zapatería. Era buena mujer, aunque, como muchas mujeres de aquel entonces, ella nunca había aprendido a leer ni escribir (Carey le enseñó luego). Carey estaba feliz en su hogar, trabajando, estudiando latín y griego (en el “Colegio Carey” como Scott llamó a su casa), cuidando su jardín uniéndose en adoración con los hermanos de la aldea. Allí le nació una hija, llamada Ann.

El año siguiente Carey y su hija enfermaron de fiebre. La niña murió y Carey padeció como año y medio con esa fiebre, sufriendo, pero sin dejar de cumplir sus responsabilidades. Esa enfermedad le dejó calvo a los 22 años de edad. Además su cuñado, el dueño de la zapatería murió y le tocó a Carey ayudar con el cuidado de la viuda y sus 4 hijos. Los tiempos eran difíciles. Le tocó sufrir la pobreza.

A pesar de la carga pesada y sus luchas doctrinales y espirituales, Carey siempre fue activo en el servicio del Señor. Adoraba regularmente en la iglesia no conformista de la aldea. De hecho, un mes antes de casarse, hizo pacto con otros para establecer formalmente la iglesia disidente de la aldea. Participó activamente en algunas conferencias celebradas por la noche en el día de reposo.
En 1782 pudo asistir a una reunión de una asociación de iglesias bautistas, celebrada en el pueblo de Olney. Era un desconocido, y no tenía comida, pero pudo escuchar 3 sermones excelentes, uno de ellos predicado por Andrew Fuller, un hombre que luego influyó grandemente en la vida de Carey. Ese fue un momento inolvidable.

En junio de ese año, junto con otro hermano, comenzó a ayudar con la predicación, en semanas alternas, en una iglesia bautista que no tenía pastor. Además, la gente no conformista de la aldea donde se crió oyeron de él y pidieron que predicara para ellos también. Aceptó ir una vez al mes. Así pudo visitar a sus padres y hermanas, a los cuales quiso ver convertidos y sirviendo en una iglesia de creyentes en vez de estar en la iglesia anglicana. Sus hermanas se acordaron de su celo y como “quiso derrumbar todos los altares de Baal de una vez”.

El grupo de no conformistas con los cuales Carey servía no requirieron que una persona como Carey se bautizara como creyente. En el año 1983 Carey oyó un sermón sobre el bautismo de los creyentes que le inquietó. Estudió el Nuevo Testamento cuidadosamente y llegó a la conclusión de que el bautismo no es para los bebés sino una ordenanza dada por Dios para los que son conscientes de su fe. Habló con el bautista calvinista John Ryland padre de Northampton sobre el asunto. El padre tenía 60 años de edad en aquel tiempo y refirió el caso a su hijo John Ryland, el cual bautizó a Carey en el rio Nen, el domingo 5 de octubre a las 6 de la mañana.

Más o menos en ese tiempo leyó las jornadas de Capitán Cook (conocido por el motín en su barco Bounty). La lectura de los apuntes de Cook despertó en su ser un fuerte deseo de llevar el evangelio a los paganos. Cook presentó las condiciones de las gentes del mar Pacífico, pero también añadió que la religión no les llegaría porque “no serviría el propósito de la ambición pública ni la avaricia privada; y sin tales incentivos, nunca se intentaría semejante empresa. Carey pensó de manera diferente. A la vez que deseaba la salvación de los paganos de otros países, predicaba el evangelio en su propio país y buscaba la salvación de sus familiares.

El Señor llenó su vida con muchas experiencias formativas en los diez años de su vida después de su educación. Aprendió su oficio; tuvo su inicio en griego; descubrió sus pecados y a su Salvador; aceptó el reproche de pertenecer a iglesias no conformistas; llegó a convicciones propias y bíblicas sobre su fe cristiana y sus doctrinas; conoció lo bueno de estar casado y tener un hogar; experimentó el gozo de ser padre y también la angustia de perder un hijo y la prueba de la pobreza. Trabajó en enseñar, dio testimonio cristiano, se unió a una iglesia, predicó su primer sermón, obedeció la ordenanza del bautismo, sintió profundamente la condición perdida de los paganos y llevó a sus hermanas al Señor y a su servicio hasta el fin de sus vidas.

Pastor en Inglaterra y misionero escogido (1785-1793)

Carey trabajaba en su oficio, estudiaba y predicaba. Entonces llegó el día cuando los santos de la aldea de Earls Barton, los de la iglesia en la cual Carey predicaba cada 2 semanas, que quisieron llamarle como su pastor. A la vez, consultaron con un pastor bautista llamado John Sutcliff de Olney (un pueblo en el cual John Newton había vivido y pastoreado por un tiempo). Sutcliff visitó al sitio, les predicó y habló con Carey. Como Carey era miembro de una iglesia débil en algunos sentidos, Sutcliff le aconsejó que se uniera con una iglesia sólida para continuar su ministerio como parte de una iglesia bautista sana en la fe.

Carey oyó el consejo y se unió a la iglesia bautista en Olney con Sutcliff como su pastor, sin embargo, la primera vez que predicó delante de esa iglesia, en un edificio que podía acomodar a 700 personas, la predicación fue tan pobre que la iglesia no pudo ver los dones de un pastor. Pero, con el apoyo de ellos siguió predicando en Earls Barton y también en un pueblo llamado Moulton.

Carey se había mudado a Moulton en marzo de 1785 para abrir una escuela y seguir con su oficio. Allí había una pobre iglesia bautista bien cerca de su casa. El edificio de ellos estaba muy deteriorado y también el ánimo y la condición de los miembros. Carey predicó y les ayudó en los domingos que tenía libres y en otras ocasiones. Hubo conversiones, se animaron de nuevo los pocos creyentes de manera que ellos también quisieron que fuera su pastor.
En el verano de 1786 Carey predicó otra vez en Olney y esa vez la iglesia quedó satisfecha y por tanto, le comisionó a predicar a “dondequiera que Dios en su providencia le llamase”, reconociendo así sus dones para predicar.

Con dos iglesias pidiendo su ayuda, Carey consultó con Sutcliff. Decidió entonces aceptar la invitación de la iglesia de Moulton donde vivía. Fue ordenado al ministerio el 1 agosto de 1787. Había como 20 ministros presentes entre los que se encontraba John Sutcliff de Olney, Andrew Fuller de Kettering y John Ryland hijo de Northampton quienes participaron de una manera especial.
Antes de su ordenación, la iglesia de Moulton tuvo que hacer arreglos para reparar su lugar de reunión. Después de la ordenación Dios siguió derramando bendiciones sobre la predicación de Carey y la iglesia tuvo que reedificar y agrandar su edificio, sin embargo eran tan pobres que no pudieron pagarle a Carey lo suficiente para cuidar a su familia.

Durante ese tiempo Carey obtuvo sus ingresos enseñando a muchachos de la aldea y haciendo zapatos. Hizo un arreglo con Thomas Gotch, un diácono próspero de la iglesia en Kettering, quien le compraba cada dos semanas los zapatos que él fabricaba. Pero, después de un tiempo Fuller descubrió el celo y la perseverancia de Carey en estudios lingüísticos y le comentó esto a Gotch, el cual le dijo a Carey que se olvidara de hacer zapatos ya que él le pagaría para dedicarse a esos estudios.

Carey creció como predicador. Creció también en sus inquietudes sobre el deber que la iglesia tienen de proclamar el evangelio por todo el mundo. Leyó sobre las vidas de John Eliot (trabajó casi 60 años entre los indios de América del norte y tradujo la Biblia a una de sus lenguas, el primer hombre que logró poner la Biblia en una lengua pagana). Leyó también la vida de David Brainerd. Estos hombres sirvieron de héroes y modelos. Y, por supuesto, habló de estas cosas a otros ministros, especialmente a sus 3 amigos.

Un día Carey estaba hablando con Thomas Potts un joven diácono de la iglesia bautista en Birmingham. Potts había viajado a América y había hecho negocios con los indios en la zona que hoy corresponde a la ciudad de New Orleans. Al contar Potts a Carey algunas de sus experiencias allí como cristiano, entraron en una conversación sobre misiones y Carey expuso sus pensamientos. Potts le preguntó si no había pensado en escribir un librito sobre el asunto y Carey dijo que sí, pero que no tenía el dinero para publicarlo. Potts le dijo que le daría una cantidad suficiente para comenzar el proyecto. Ese librito no fue publicado hasta 3 o 4 años después (en 1792), pero tuvo una gran influencia. Aun antes de la publicación Fuller lo había leído y probablemente Sutcliff y Ryland, porque ellos, junto con Potts le habían animado trabajar en ese asunto. Se llama “Una investigación sobre la obligación de los cristianos de usar medios para la conversión de los paganos”.

En mayo de 1789, tras una lucha interna y consultas con varios consejeros, William Carey aceptó la invitación de la iglesia bautista de Harvey Lane en la ciudad de Leicester. Esa iglesia tenía un edificio en el que podía acomodar entre 200 y 300 personas, pero había pasado por divisiones y numerosos problemas. Al principio todo fue bien. Aun ampliaron el edificio para acomodar a los oyentes, pero salieron a la luz problemas no resueltos y afectó tanto a la obra que Carey propuso que la iglesia se deshiciera en septiembre de 1790 y comenzará de nuevo solamente con aquellos que realmente se comprometieran mediante un pacto solemne. Esto se realizó y algunos de los que se quedaron fuera en el proceso se convirtieron en enemigos, pero desde ese día el Señor comenzó a bendecir a la iglesia y Carey fue ordenado pastor de la misma en la primavera de 1791. Otra vez sus tres amigos participaron en el servicio de ordenación y un gran predicador Samuel Pearce predicó un excelente mensaje por la noche, titulado: “Gloriándonos en la cruz de Cristo”.

Aunque Carey recibía más ingresos como pastor en Leicester que en el lugar donde estaba, sin embargo no era suficiente para cuidar a su familia, lo cual le obligó a seguir manteniendo una escuela y haciendo zapatos también. Pero, era disciplinado y perseverante y nunca dejó de estudiar sistemáticamente por su propia cuenta: libros clásicos, ciencia, historia, la Biblia en Hebreo y Griego. Tenía amigos como el viejo Robert Hall que le aconsejaban y criticaban. Por ejemplo, Hall le dijo una vez que hacían falta mas “ventanas” en sus sermones.

Carey predicó 7 veces cada 2 semanas en la iglesia Harvey Lane, pero no estaba satisfecho por trabajar solamente en Leicester, por lo que salió y predicó en 5 aldeas cercanas poniendo el fundamento para el establecimiento de nuevas iglesias. En una aldea había muchas conversiones y más de 100 personas se reunían para la predicación. En su primera carta desde la India a esa iglesia él expresó su interés en esas aldeas y en lo que estaba pasando allí.

Todo esto nos muestra el corazón de Carey y como era el hombre escogido para servir al Señor en la India. Era de carácter probado y experiencia en el ministerio. Tenía compasión y había visto la bendición del Señor sobre sus trabajos en la predicación del evangelio a los pobres y a otros. No era un soñador y nada más. Trabajaba arduamente como evangelista y pastor mientras que seguía estudiando y proveyendo para su familia haciendo trabajos extra.

Junto con todo eso, Carey quería ver llegar el evangelio a los paganos. Dios estaba obrando en otros también que buscaban su gloria esperando avivamientos. Influenciado por los escritos de Jonathan Edwards, desde 1784 varias iglesias en la asociación bautista de Northamptonshire habían orado para que ocurriera un avivamiento mundial. Algunos tenían sus corazones dispuestos hacia las misiones, pero nadie pensó que ellos pudieran hacer algo. Solo Carey tenía esa visión y esperanza y lo cual le llevó a hablarle a sus amigos que le respetaban y le amaban, pero no vieron ninguna posibilidad de hacer algo. Sin embargo, en 1791 le animaron a que terminara y publicara su “Investigación… sobre el uso de medios” para que las iglesias pudieran estudiar el asunto y tomar una decisión sabia.

Finalmente en 1792 Carey vio a sus hermanos tomar unos pasos hacia la obediencia de la gran comisión. En mayo de ese año en la reunión de la asociación Carey predicó su sermón famoso sobre Isaías 54:2-3 con el bosquejo simple de dos puntos: Espera grandes cosas y ensaya grandes cosas (en inglés: Expect great things; attempt great things). Los pastores fueron conmovidos pero con todo estaban a punto de terminar la reunión sin tomar ninguna decisión, entonces Carey le instó a Fuller y Fuller persuadió al moderador a que consideraran el asunto de formar una sociedad misionera. Aprobaron que fuera presentado un plan en la próxima reunión en octubre. Carey estaba seguro que la sociedad sería formada y quiso ser el primer donante prometiendo dar lo que recibiera de la venta de su Investigación…” a la sociedad.

Así sucedió. En octubre de 1792 nació la “Sociedad de bautistas particulares para la propagación del evangelio entre los paganos” (inglés: Particular Baptist Society for the Propagation of the Gospel among the Heathen). Los “miembros” hicieron promesas para contribuir a este asunto y lo que recibieron ese día y las notas de las promesas de 13 hombres fueron colocadas en una caja de tabaco vacía que pertenecía a Fuller. La caja estaba decorada con un dibujo de la conversión de Saulo de Tarso en la tapa.

Habían comenzado. Ahora, ¿a quién enviar? Conocían a un hombre, John Thomas, un médico, que había servido como “misionero” en Bengali en la India. Él quería volver y llevarse a un compañero. En enero de 1793 Thomas visitó a la Sociedad Bautista y después de oírle Carey que antes quería ir a Tahiti se ofreció como voluntario para acompañar a Thomas a la India. La Sociedad dio su apoyo y buscó la cooperación de otras iglesias y personas. Thomas tenía unos contactos valiosos también. Decidieron salir en abril de ese mismo año.

La esposa de Carey estaba encinta y faltaba poco para su alumbramiento. Esa noticia fue impactante para ella y para la iglesia de Harvey Lane quienes lloraban ante el hecho de perder su pastor. Pero Harvey Lane se sometió al Señor y envió a Carey con su bendición. En la providencia del Señor, después de tiempos de prueba y angustia, Carey y Thomas no pudieron salir en abril. Finalmente salieron en junio de 1973 y Carey fue acompañado por su esposa, la hermana de ella y los cuatro hijos todavía vivos. Fue maravilloso como sucedió todo, pero la verdad es que muchos fueron probados en su fe por el tiempo que transcurrió entre abril y junio, porque todo parecía frustrado y perdido.

Aquí, podemos observar que el concepto de la obra misionera visualizado por Carey no era que el misionero recibiera ayuda económica constante, sino que fuera ayudado a mudarse, para quedarse y que buscaría como mantenerse a sí mismo en el campo misionero. Carey nunca volvió a Inglaterra. Una vez que su esposa estuvo a su lado nunca pensó o planificó volver. Lo que sí pidió de sus amigos fue su apoyo en oración. Cinco hombres (Pearce, Fuller, Sutcliff, Ryland y Carey) hicieron un pacto de apoyo espiritual. La figura que Fuller usó fue: Carey bajaría a la mina pero los cuatro tendrían que jurar su compromiso de que no soltarían las sogas mientras tuvieran vida.
Todos cumplieron su pacto.

Los cuarenta años en India (1793-1834)

El viaje a la India fue realizado en un barco danés y tardaron 5 meses en llegar, pero al fin el barco entró en el puerto de Calcuta en el río Hugli. Los misioneros no pudieron usar ese nombre porque la compañía de Bretaña que controlaba esa parte de la India no permitía la entrada a los misioneros. Además, salieron del barco usando un pequeño bote del lugar para evitar que otros los vieran e hicieran preguntas.

Al principio vivieron en una casa en una zona bajo control de los portugueses, evadiendo así la interferencia de los ingleses. Thomas comenzó a predicar a los bengalís inmediatamente.
Poco después, Thomas comenzó a trabajar como médico en Calcuta y Carey solicitó unas tierras de las autoridades para cultivarlas, pero mientras esperaba la respuesta a su petición recibió ayuda de un usurero que le proveyó una casa gratis. Thomas le informó que el dinero que trajeron se había acabado y no había esperanza de más ingresos para los próximos meses. En esos días de gran pobreza la esposa de Carey y su hijo Felix padecieron de disentería y comenzaron los problemas mentales de la esposa de Carey que duraron hasta su muerte 13 años después. En diciembre de 1793 y enero de 1794 Carey se dio cuenta de que sólo Dios podía sostenerle. Los sufrimientos fueron grandes.

En febrero tuvo la oportunidad de mudarse a un lugar donde había terrenos para trabajar y el Señor también proveyó un amigo en ese lugar, Charles Short. El clima era mejor y la esposa de Carey mejoró un poco allí. Carey tenía su propio maestro del idioma Bengalí que vivía con ellos. Trabajó en su “finca” allí y estudió el idioma hasta que recibió una carta de Thomas invitándole a un área llamada Malda donde Carey podría trabajar para un hombre cristiano en calidad de gerente de una plantación de índigo. Carey aceptó y en junio de 1794 comenzó sus trabajos en esa industria.

Carey dominó bien las responsabilidades. Escribió a la Sociedad Misionera el 5 de agosto, como Culross explica, “Al aceptar la oferta y cambiarse para allá, Carey escribió a sus amigos en Inglaterra informándoles que no pediría más ayuda a la Sociedad, y que el sueldo destinado para él debía usarse de otro modo; sólo deseaba que le enviaran herramientas para la agricultura y un surtido anual de semillas, por el cual prometió remitir con regularidad el dinero. Al mismo tiempo les aseguró que sería su gozo mantener con ellos la misma relación como si necesitara su ayuda y que esperaba tener la misma correspondencia con ellos como antes.”

En aquel entonces algunos criticaron a Carey porque pensaron que estaba demasiado envuelto en los negocios de este mundo. Pero progresó en sus estudios y comenzó a predicar en el idioma bengalí. Los que estaban preocupados jamás se imaginaron lo que estaba por delante. Carey fue fiel en lo poco, siguiendo al Señor. Luego pudo ser fiel en lo mucho.

Siempre pasó por sufrimientos. Su segundo hijo llamado Peter murió de fiebre. Su esposa se enfermó de nuevo a principios del año 1795 y de allí en adelante nunca estuvo bien mentalmente. (Carey la cuidó aunque ella se puso tan mala que se volvía violenta. Con el paso del tiempo, algunos amigos le aconsejaron que la pusiera en una institución, pero sabiendo como cuidaban a la gente en esos lugares, Carey nunca aceptó ese consejo, haciendo provisión en su casa hasta que ella murió en 1808.)

En octubre de 1796 el primer recluta misionero sorprendió a Carey entrando en su casa una tarde. Su nombre era John Fountain; su presencia animó a Carey. En 1798 el dueño de la plantación, Sr Udny, compró una imprenta para Carey y Fountain. Luego de esta bendición Carey recibió una carta de William Ward, un creyente que sabía cómo imprimir libros. La Sociedad iba a enviarle para ayudar a Carey, junto con algunos otros misioneros. Esa carta llegó en mayo de 1799, pero a la vez en ese mismo mes el dueño de la plantación, debido a inundaciones, sequías y otros problemas, vio la necesidad de cerrar sus operaciones y dio aviso de que lo haría al fin del año 1899.

Carey había servido en la India durante casi seis años, sin ver ni a un indio convertido de verdad y ahora estaba enfrentando el desempleo mientras que un grupo de misioneros venían de camino. Carey hizo arreglos para trabajar en otro lugar y gastó en los arreglos para lograr este fin. Pero cuando los misioneros llegaron a Serampore que pertenecía a los daneses los ingleses no los permitieron entrar en territorio controlado por ellos y aun trataron de obligar a los daneses a que los entregaran para deportarlos. Pero los daneses dijeron que no. Carey abandonó el lugar donde estaba, perdiendo el tiempo y el dinero invertido, pero no dudando de su deber. Llevaron la prensa a Serampore y allí comenzó un nuevo capítulo en la obra misionera en la India.

El famoso trio de Carey, Marshman y Ward mantuvieron contacto con la Sociedad misionera y sus cartas e informes fueron publicados hasta que el mundo pudo ver que a pesar de que eran poca gente, por medio de la fe y la oración podrían esperar grandes cosas y esforzarse para hacer grandes cosas. Por eso, Carey se llama el “padre de las misiones modernas”, un título que jamás buscó, esperó o se hubiera imaginado. Él sabía muy bien de las labores de otros y fue animado por esas labores. Pero los logros de traducciones de las Escrituras, las conversiones que eventualmente se vieron, fueron como llamamientos a otros para servir al Señor alrededor del mundo. Carey oró para que la Sociedad Bautista pudiera enviar misioneros a África y a muchos otros lugares, y la exhortó a que lo hiciera.

En Serampore, Carey rehusó hacerse jefe de los cinco misioneros (Carey, Fountain, Brunsdon, Marshman y Ward) e hicieron un acuerdo. Uso la descripción de Culross para explicarlo:

Teniendo en mente el tipo de organización comunal que asumieron los cristianos moravos cuando salieron de Bohemia a causa de las persecuciones ellos también adoptaron la idea de la iglesia en Pentecostés. Decidieron constituirse como si fueran una sola familia. Tendrían un fondo común en el que realizar los ingresos. (sean cuales fueren los medios de adquirirlos), una mesa común, y un hogar común, siendo dada a cada uno una pequeña suma separada como dinero particular. Todo lo que sobraba debía de dedicarse al sostenimiento de las viudas y huérfanos y a la propagación del evangelio, bajo la dirección de los hermanos así unidos. Los misioneros debían de considerarse como iguales, y tendrían que predicar y dirigir los cultos por turnos. Establecieron turnos por los que cada uno debería de ser responsable cada mes de los arreglos y gastos domésticos. Carey fue nombrado tesorero y guardián de la caja de medicinas, y Fountain era el bibliotecario.

El espíritu que los lideraba se ve en la “Forma de Acuerdo” que firmaron y que debería de leerse públicamente tres veces al año en cada misión.

1. Debía preservarse vivo “un sentido profundo del valor de las almas;” considerando a las multitudes como “inmortales.”
2. Debían esforzarse para entender bien a aquellos entre quienes trabajaban, familiarizándose con sus modos de pensar y sentir.
3. Debían evitar todo lo que aumentara la preocupación nativa en contra del evangelio, todas las palabras y actos descuidados, y deberían prestar atención para no ser ásperos en su predicación, acordándose de que las verdaderas conquistas del evangelio son las del amor.
4. El secreto de ser útil no consiste en estar siempre de pie; sino que debían estar alerta para usar todas las oportunidades para hacer el bien.
5. Debían centrar en “Cristo” el asunto de su predicación; es su amor, sólo Él, es Quien que puede ganar a las almas, y no hay esperanzas sino en un ministerio de amor.
6. Debían conquistar la confianza del pueblo.
7. Debían cuidar de los conversos con paciencia y ternura, porque las plantas nuevas en semejante clima deben ser nutridas con afecto especial.
8. Deben animarlos a hacer conocer el evangelio a sus compatriotas; porque “sólo por medio de los ministros nativos puede difundirse el conocimiento de la salvación en todas partes de la India; y a la vez que se forman iglesias deben escogerse pastores y diáconos de entre sus propios compatriotas aconsejándolos el misionero del distrito cuando sea necesario, pero dirigiendo sus propios esfuerzos especialmente a la extensión del evangelio y la organización de nuevas iglesias.
9. Deben trabajar con todas sus fuerzas para hacer traducciones de la Biblia en los distintos idiomas de la India; en hacer circular estas traducciones; y en establecer escuelas gratuitas para los nativos.
10. Y para que sean idóneos para ejercer estos ‘trabajos’ de vital importancia deben ser constantes en la oración y en el cultivo de la religión personal”.
11. “Finalmente,” dicen, “consagrémonos sin reserva a esta causa gloriosa. Que no pensemos nunca que nuestro tiempo, nuestros dones, nuestra fuerza, nuestra familia, o aun la ropa que usamos, nos pertenecen. Santifiquémoslos todos a Dios y a su causa. ¡Oh, que nos santifique Él a nosotros para su obra! Deshagámonos para siempre de la idea de atesorar aun un centavo para nosotros o nuestros hijos. Si abandonamos la resolución que tomamos sobre el asunto del comercio privado cuando al principio hicimos nuestra unión en Serampore la misión será, desde esa hora, una causa perdida. Un espíritu mundano, disputas y toda obra mala sobrevendrán en el momento en que se admita que cada hermano pueda hacer algo de su propia cuenta. ¡Ay de aquel hombre que alguna vez haga algún movimiento hacia semejante camino!”
Este “Acuerdo” no fue escrito sino hasta el año 1805; pero exhibe el propósito y la manera de vida a que los hermanos de Serampore se destinaron desde el principio. De haber obrado en conformidad con él desde el principio, la Sociedad en Inglaterra, podría haber impedido muchas de las molestias de los años siguientes.

En ese año de 1800 trabajaron en la traducción del Nuevo Testamento al Bengalí, página por página. Predicaron el evangelio y el 28 de diciembre de 1800 bautizaron a Krishna Pal, un carpintero, el primer hombre convertido del hinduismo que confesó a Cristo y pidió ser bautizado, las primicias de la cosecha que esperaban.

El 5 de marzo de 1801 la primera copia encuadernada del Nuevo Testamento en bengalí fue presentado en un culto especial. Carey había trabajado durante más de 7 años para ver esa meta realizada. La última página fue impresa el 7 de febrero. Luego vino la encuadernación y el tiempo especial de acción de gracias al Señor.

En abril de ese año, Carey fue invitado a ocupar la posición de profesor de bengalí en un nuevo colegio llamado Fort William College en Calcuta. Bretaña estaba haciendo unas reformas, entre ellas proveyendo una buena educación con la esperanza de tener buenos líderes en el futuro.
Sin embargo, como Carey no era anglicano no le llamaron “profesor” sino “tutor” para evitar problemas. Le pagaron bien y todo fue aportado para la bolsa común. Pronto, pusieron a Carey a enseñar en Sánscrito también. Carey continuó en esa posición de profesor durante 30 años y eso le dio de la oportunidad de trabajar en los idiomas de tal manera que antes de morir había traducido la Biblia completa en 6 idiomas, casi toda la Biblia en 3 idiomas más, el Nuevo Testamento en 21 idiomas y porciones del Nuevo Testamento en 5 otros idiomas.

Después del bautismo de Krishna Pal, otros se convirtieron y Krishna Pal y algunos de ellos fueron enseñados y viendo sus dones, fueron enviados a predicar a otros. Las puertas estaban abiertas. Los misioneros en Serampore querían establecer un centro en el cual otros podrían aprender los idiomas y salir para predicar hasta los confines de la tierra.

Desde 1806 hasta 1812 los deseos de los misioneros encontraron la oposición de muchos ingleses e indios, pero Dios levantó amigos bien posicionados que protegieron a los misioneros de manera que pudieron continuar sus labores.

Durante esos años también Carey vio a Dorothy morir en diciembre de 1807. Seis meses después Carey se casó de nuevo con Charlotte Rumohr, una mujer danesa de una familia conocida, enfermiza físicamente, pero de carácter muy espiritual y experta en el asunto de los idiomas. Parece que había mucho amor entre ellos. Carey también tuvo el gozo de ver a sus hijos sirviendo al Señor, aunque Felix el mayor se apartó por un tiempo, atraído por altas posiciones con los gobernantes en diferentes lugares.

La obra recibió un duro golpe en el año 1812, porque un fuego devoró gran parte del edificio principal de la misión en Serampore. Valiosos manuscritos, diccionarios y gramáticas de Carey perecieron y no había copias. Tuvo que comenzar de nuevo sus trabajos de todo cuanto se perdió.
En 1813 el parlamento de Inglaterra comunicó a la compañía que controlaba la India que permitieran la entrada de misioneros y que no estorbaran sus labores. En Serampore Carey y sus compañeros comenzaron una escuela para educar a los indios, especialmente los hijos de los creyentes para el futuro de la obra cristiana. Junto con el progreso y las bendiciones llegaron también los problemas, entre los mismos misioneros y con la Sociedad. Con la muerte de los fundadores y el crecimiento de la Sociedad Misionera Bautista hubo quienes la querían controlar y dirigir. Además, algunos de los nuevos misioneros no estaban preparados para vivir como Carey y sus compañeros. Hubo conflictos, pero Carey buscó la manera más apacible para resolverlos.

Carey perdió a su esposa Charlotte en 1821. Krishna Pal murió en 1822 y también Felix, el hijo mayor de Carey, a los 37 años de edad. El misionero veterano Ward, parte del “trio de Serampore” murió en 1823. En 1825 Carey oyó la noticia de la muerte de Ryland, el último del “trío” de los que eran los íntimos amigos de Carey (Sutcliff murió en 1814, Fuller en 1815).

En 1823 Carey halló una buena esposa en Grace Hughes, con quien vivió hasta que él fue llamado a la presencia del Señor en 1834.

Carey vio muchos cambios en la India. El evangelio llegó a muchas partes. Las Escrituras también. Socialmente, Carey y otros empujaron a los ingleses para que prohibieran el sacrificio de bebés en el río (costumbre que llevaban a cabo cumpliendo votos hechos por mujeres estériles que harían tal cosa si su dios les diera un hijo) y el quemar a las viudas vivas junto al cuerpo de sus esposos que habían muerto. Carey estaba muy opuesto a la esclavitud también. Pero sobre todo reconoció que solo Dios puede rescatar a los pecadores y hace eso mediante la predicación del evangelio y la obra Soberana de su Espíritu Santo.

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Biografía: Juan Calvino: su vida y ministerio

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Hablar sobre la vida y ministerio de Juan Calvino es una tarea agradable. Hacer tal cosa en dos horas es difícil porque es necesario hacer una selección de lo mucho que está escrito. Hay libros enteros escritos sobre su vida y sobre muchos aspectos de su ministerio, de manera que tenemos que escoger lo que esperamos que sea provechoso y edificante y, a la vez, interesante.

A pesar del tiempo limitado para hablar de él y de su ministerio, creo que debemos tener algunas cosas claras, porque hay personas que se preguntan, ¿por qué hacer tal estudio? ¿Es esto necesario? ¿Es edificante? ¿Hay razones bíblicas para hacerlo? ¿No es esto adular a los hombres? Por eso aclaremos:

1. Juan Calvino ha tenido una influencia en el mundo que sólo Dios sabe. Los que le han odiado y han difundido mentiras tratando de destruir su nombre han reconocido esa influencia y por eso han tratado de menguarla mediante sus ataques.
a. Para nosotros que creemos que gran parte de su enseñanza es bíblica, le vemos como un instrumento que Dios levantó y ha usado para el bien del mundo.
b. Para los que no creen que su enseñanza esencial es bíblica o para los que desestiman la Biblia, Calvino es prácticamente un diablo.

2. Juan Calvino era un hombre, falible. No podemos hacerle un dios o darle una autoridad que no tiene. Todo lo que hizo y escribió tiene que pasar por el crisol de la Palabra de Dios. Sus cartas, sermones y comentarios, así como la e Institución de la Vida Cristiana, todos demuestran que él mismo creía que todo tiene que pasar por el juicio de la Biblia.

3. El motivo de estudiar su vida y ministerio obedece el principio enseñado en Hebreos 13:7, Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe. Creemos que Dios levantó a Juan Calvino y le usó de gran manera. Creemos que tenía fe y que Dios ha traído mucho bien al mundo por medio de las enseñanzas y ejemplo de Calvino. A pesar de las diferencias que tenemos con él, especialmente nosotros que tenemos convicciones bautistas, creemos que hay mucho que podemos aprender. No imitamos los errores de Calvino, sino su fe y sus virtudes. Como Abraham hizo cosas que ninguno de sus hijos debe imitar (como mentir sobre la esposa y tomar a Agar para procrear a un hijo), sin embargo, tenemos que andar en las pisadas de su fe. Hay cosas en la conducta de Calvino que debemos imitar, a la vez que tenemos que evitar otras cosas. Pero, Calvino era un pastor que habló la Palabra de Dios y Dios nos ha dado la oportunidad de saber el resultado de su conducta e imitar su fe.

Juventud y vida hasta Ginebra (1509-1536)

Juan Calvino nació el 10 de julio de 1509, de manera que estamos acercándonos a la fecha en la cual podemos celebrar 500 años desde que nació. Su lugar de nacimiento fue Noyon en Picardía, un condado en el noreste de Francia. Un pequeño río pasa por el medio del pueblo. Más allá de Noyon ese pequeño río desemboca en uno más grande (el río Oise) que desemboca en el Sena.

Noyon era un centro religioso importante. Carlomagno fue coronado allí en el año 768. La catedral actual fue edificada entre los años 1150 y 1290, y reparada después de la segunda guerra mundial. Es el quinto edificio (iglesia o catedral) que ocupa el lugar. Hoy día Noyon atrae a turistas y aun tiene un museo de Juan Calvino en el lugar donde estaba la casa en la cual nació.

El nombre de su padre era Gerard Cauvin (o Caulvin: en latin, Calvinus; en español, Calvino; en inglés, Calvin). Era abogado que trabajaba con el gobierno, pero especialmente con la iglesia católica-romana. La madre de Jean Cauvin (Juan Calvino), Jeanne le Franc, tenía la reputación de ser tan bella como piadosa, tal y como los católicos entienden la piedad. Parece que tenía algo de sinceridad y sobriedad como católica.

Creemos que estaban bien acomodados y que tenían buenas relaciones con personas de importancia e influencia social. Juan tenía un hermano mayor y uno menor. Su madre murió cuando era niño y su padre se casó de nuevo y procreó dos hijas de ese matrimonio.

Por las ventajas sociales de su padre Juan recibió una buena educación, en los primeros años de su vida como estudiante, estudiaba en la casa de la familia Montmor, una de las familias más distinguidas del condado según Beza y otros biógrafos. Desde sus primeros años Juan “demostró tener una memoria retentiva y una inteligencia despierta” (Irwin). Aunque el padre de Juan pagó por su mantenimiento parece que la familia Montmor prácticamente adoptó a Calvino. El primer libro de Calvino, Comentario de Seneca, fue dedicado a la abadesa Hangest de la familia Montmor. En la dedicación dice, “Educado cuando era muchacho, en vuestra casa; consagrado a los mismos estudios que vos, la primera instrucción que recibí la obtuve de la vida y trato de vuestra nobilísima familia.” (Citado por Irwin, p10). Han observado que por este contacto con la nobleza, “Dios lo estaba preparando así para desempeñar dignamente su papel en la sociedad de los grandes, de los príncipes y reyes” (Emile Doumergue, citado por Irwin, p10)

Cuando tenía solamente 14 años de edad (1523), Calvino fue a París con esa familia Montmor para terminar sus estudios en el Colegio de la Marche. Uno de sus profesores allí fue Maturinus Corderius (Mathurin Cordier), un hombre de gran reputación como maestro (Beza, p15) y de “espíritu profundamente evangélico” (Irwin, p10).

Además de tener un espíritu evangélico, Cordier trabajó para purificar el idioma francés, cosa que también debió haber tenido mucha influencia en Calvino. Luego, Cordier se mudó a Ginebra para enseñar en la academia allí. Murió cuatro meses antes que Calvino muriese (1564), habiendo llegado a 85 años de edad. En 1550, Calvino dedicó su comentario sobre 1 Tesalonicenses a ese maestro y amigo.

Después de estudiar con Cordier, Calvino se trasladó al Colegio Montaigu. A pesar de las condiciones de vida difíciles, el colegio tenía fama de producir buenos escolares. Erasmo había estudiado allí. Calvino progresó mucho en sus estudios en ese lugar. Al terminar, en 1527 Calvino fue ofrecido la parroquia de Saint Martín de Martheville.

Calvino tenía la reputación de ser recto y aun crítico con las malas conductas. Según Warfield (no da la fuente, pero dice que es indudablemente legendario) algunos de sus asociados solían llamarle “El Caso Acusativo” debido a su práctica de censurar a otros por conducta indebida. Con todo, hay evidencia de que Calvino tenía amigos y fue aceptado por los estudiantes. Con algunos mantuvo una amistad para toda la vida. Hay como 4000 cartas de Calvino preservadas (¿cuántas fueran destruidas?) que ayudan a los estudiosos a entender mejor a Calvino.

El padre de Calvino quería que él trabajara con la Iglesia y le ayudó obtener becas y ayuda de la Iglesia Católica, pero después cambió su idea y le instó a su hijo para que no aceptara la posición sino que estudiara leyes. Calvino siguió el consejo de su padre, probablemente porque ya tenía dudas sobre la iglesia y sabía de la pugna entre los protestantes y católicos. Calvino tuvo un primo, Pierre Robert, también conocido como Olivétan, evangélico, hombre que luego fue misionero a los valdenses y tradujo el Antiguo Testamento al francés para que ellos tuvieran la Biblia. Según Beza, por ese pariente Calvino conoció mejor la fe de los reformadores y dejó de asistir los servicios de la iglesia católica debido a su aborrecimiento de la superstición.

Calvino fue a Orleáns para estudiar leyes. Estuvo allí en el año 1528 y hasta mayo de 1529, poco antes de cumplir 20 años de edad. Allí, Calvino llegó a ser maestro sustituto de los profesores y quisieron hacerle doctor en leyes sin hacerle pasar por los pasos habituales. Aun en ese tiempo parece que Calvino no abandonó el estudio de las Sagradas Escrituras. Parece que tenía mucha auto-disciplina de manera que aun desde su juventud sacaba el máximo del tiempo disponible.

Después de sus estudios en Orleáns, Calvino continuó sus estudios en la Academia de Bourges en la cual había un profesor, abogado famoso de Italia. En ese lugar Calvino conoció a Melchior Wolmar, suizo, luterano, un hombre a quien luego dedicó su comentario sobre el Evangelio de Juan. Con la ayuda de ese hombre Calvino aprendió griego. Beza luego estudió griego bajo la enseñanza de este hombre Wolmar. Beza sucedió a Calvino en Ginebra en varios de los deberes y fue reconocido como gran erudito en griego.

En el año 1531 el padre de Calvino murió. Se quitó la presión de estudiar Derecho y Calvino volvió a París para estudiar literatura. Allí en el Colegio de Fortet estudió griego y hebreo.

El año siguiente (1532) Calvino publicó un comentario sobre la obra de Séneca, De clementia. Esa obra es reconocida como erudita. Parece que Calvino, de esa manera indirecta, quiso enviar un mensaje al rey y a otros que estaban persiguiendo a los “herejes” para que practicaran la misericordia. Pero fue un mensaje indirecto y no cristiano. Sin embargo, se nota que Calvino pudiera haber seguido su carrera en “humanidades”, y no en la Reforma.

Pero algo pasó y parece que en aquel tiempo Juan Calvino fue convertido al Señor realmente. Estaba hospedado en la de Etienne de la Forge, “un hombre que estuvo entusiásticamente dedicado a las doctrinas de la Reforma y en cuya casa protestante los fugitivos de la persecución fueron acogidos con cordial hospitalidad” (Calvino, profeta, p77).

Hughes, como otros, opina: “…Calvino estaba en contacto diario con el devoto y bíblico celo de la residencia en donde se encontraba a la sazón. De una fe tan vital no pudo mantenerse a distancia mucho tiempo. Todas sus futuras publicaciones fluyeron de la pluma, no del Calvino humanista, sino de Calvino el Reformador y apasionado campeón de la verdad evangélica. Esa verdad en favor de la cual estaban preparados hombres y mujeres a sufrir la pérdida de todas las cosas, incluso la propia vida.” (Calvino profeta, 77, 78)

En algún tiempo después de la publicación de ese libro y el año 1534 pensamos que Calvino se convirtió. En las palabras de Hughes:

“Esto se deduce de sus propios escritos en ese año, es decir, los Prefacios (publicados en 1535) al Antiguo y Nuevo Testamento en la traducción francesa que, con la ayuda de Calvino, había preparado su primo Roberto Olivetan, y su tratado titulado Psychopannychia, en el cual esforzadamente refuta la doctrina de ciertos anabaptistas de que entre la muerte y la Venida del Señor el alma está en un estado de sueño inconsciente, o incluso comparte la muerte del cuerpo. (Este trabajo realmente no apareció impreso hasta ocho años más tarde.) En él se nota inmediatamente que su llamamiento está dirigido a la suprema autoridad de la Sagrada Escritura como infalible Palabra de Dios, pues desde el principio emprende la tarea de probar su posición por «claros pasajes de la Escritura», para los cuales demanda que la humana sabiduría y la filosofía cedan un lugar. La sola Escritura (sola Scriptura), ese fundamental principio de la Reforma, ya ha sido captado y apropiado por Calvino. Y a él permanecerá inflexiblemente leal hasta su muerte.” (Calvino profeta, 78)

Renunció el estudio de todo y se dedicó a Dios y el estudio de su Palabra.

Cito a P E Hughes (Calvino, Profeta, p74):

En un pasaje autobiográfico de mucho interés, encontrado en el prefacio a su comentario de los Salmos, explica cómo siendo joven era «obstinadamente adicto a las supersticiones del papismo», pero que por una súbita conversión Dios conquistó su mente a una dócil condición. «Habiendo así adquirido un gusto por la verdadera piedad —dice—, me sentí inflamado con un intenso deseo de hacer progresos en ella, aunque sin abandonar mis otros estudios, que continué con no menos ardor. No había pasado un año antes de que todos los que tenían el deseo de una doctrina más pura vinieran continuamente hacia mí, aun siendo un novicio y un novato en la materia, para aprender. Siendo reservado por naturaleza y amante de la paz y del retiro, comencé entonces a buscar algún apartamiento; pero, a pesar de ello, todos mis retiros se convirtieron en clases públicas. Aunque mi único propósito era vivir apartado y desconocido, Dios me condujo a una situación tal que no me dejó estar en calma en ningún lugar hasta que, contrariamente a mi natural disposición, surgí a la luz pública.»

Parece que Calvino volvió a Orleáns por un tiempo pero en 1533 estaba en París de nuevo hasta principios de noviembre. E1 primer día de ese mes, un amigo de Calvino, Nicolás Cop, rector de la Universidad dio un discurso, que algunos creen que Calvino escribió. Ese discurso fue tan evangélico que Cop fue citado para comparecer delante de las autoridades y buscaron a Calvino también. Los dos huyeron. Calvino había dejado libros y documentos, entre ellos algunas cartas de amigos que quedaron expuestos al peligro porque fueron tomadas por aquellos que rebuscaron en el cuarto de Calvino.

La Inquisición había comenzado en el año 1525. Había una amenaza permanente contra los llamados “herejes”, pero también había personas de influencia, como la reina Margarita de Navarra, hermana del Rey Francis I, que dieron apoyo a los reformadores. En el tiempo que Calvino huyó de París ella hizo los trámites para que desestimaran las acusaciones contra Calvino. Él volvió a París, pero pronto se fue de nuevo a principios del año 1534.

Por un tiempo estaba en Angulema en la casa del canónigo Louis de Tillet, bajo la protección de la reina Margarita. Allí en esa casa, con una buena biblioteca disponible, Calvino comenzó el libro que luego fue publicado con el título de: “Institución de la religión cristiana”.

En mayo de ese año fue a Noyon para presentar la dimisión de los beneficios que recibía de la iglesia católica romana. Calvino había recibido beneficios de la iglesia desde los 12 años de edad, pero poco antes de cumplir 25 años lo dejó todo. En aquel tiempo fue encarcelado 2 veces brevemente, primero durante 9 días (desde el 26 de mayo hasta el 3 de junio) y dos días después por un tiempo adicional.

Hacia el fin de ese año se marchó a Poitiers, reuniéndose con unos protestantes en una caverna y celebrando con ellos la Santa Cena.

Hacia el fin de 1534 el rey de Francia, Francis I, quemó 32 “herejes” en 4 lugares públicos en la ciudad de París y declaró que haría lo mismo con sus propios hijos si ellos fueron infectados con las herejías de los que no creían en la misa tal y como era celebrada por los católicos (Beza, p20). Viendo la situación, Calvino y el canónigo, salieron de Francia y fueron a Basilea en Suiza. Allí Calvino estudió hebreo y terminó la Institución. Ese libro fue publicado en 1536 con 6 capítulos. Fue dedicado al rey Francis I, pero el libro tenía un propósito doble. Quiso que el rey leyera y considerara lo que él escribió, y a la vez quiso ayudar a los creyentes verdaderos a entender y confesar su fe.

Entre otras cosas que Calvino dice en la dedicación (xxv a xl de la edición de FeLiRe) se encuentran lo siguiente (Calvino, profeta, p79):

«No es sin justicia que solicito, Señor, que deberíais emprender una completa investigación de esta causa, que hasta ahora se ha manejado de manera tan irregular, sin ninguna orden de la ley y con desatada furia más que con formalidad judicial… La causa con la cual me encuentro plenamente identificado es la causa común de todo lo divino, y en consecuencia, la mismísima causa de Jesucristo. Es vuestro deber, Serenísimo Príncipe, no apartar ni vuestros oídos ni vuestra mente de una causa que tanto merece vuestra protección, especialmente cuando tan grandes cosas están en peligro, a saber: la gloria de Dios, la cual es para ser mantenida inviolada sobre la tierra; la verdad de Dios, que tiene que ser preservada en toda su dignidad, así como el Reino de Cristo, que ha de continuar firme y seguro… La principal característica de un verdadero soberano es conocer que, en la administración de su reino, él es un ministro de Dios. El que no subordina su reino a la divina gloria, no actúa en la forma de un verdadero rey, sino como un ladrón. Además, se engaña a sí mismo el que se promete una prolongada prosperidad para su reino, si no está gobernado por el cetro de Dios, esto es, por Su sagrada Palabra… Sabemos de nuestra insignificancia para persuadiros a tal investigación… Nuestra doctrina tiene que permanecer sublime por encima de toda la gloria del mundo e invencible frente a todo poder, porque no es nuestra, sino del Dios viviente y de Su Hijo Jesucristo, a quien el Padre ha nombrado Rey para que pueda gobernar de mar a mar y hasta los últimos confines de la tierra.»

Dice Beza (p21, traducción de Calvino, profeta, p80), «Si el rey lo hubiera leído, mucho me equivocaría si no hubiese producido en él un gran impacto y se hubiese infligido una gran herida a la ramera babilónica; ya que tal príncipe, a diferencia de los que le sucedieron, era muy capaz de formarse una opinión, habiendo dado pruebas de no pequeño discernimiento, pues fue un hombre verdaderamente instruido y personalmente no desafecto a los Reformadores. Pero los pecados del pueblo francés, y también los del propio rey, a cuenta de los cuales la ira de Dios pendía sobre ellos, no permitieron enterarse de tal escrito, y mucho menos leerlo.»

La Institución fue escrita originalmente en latín, aparente escondiendo su identidad usando el pseudónimo Alcuinus. En 1541 una edición en francés sería publicada. Los que saben de letras nos dicen que tanto el latín como el francés de Calvino era excelente, así como su estilo. Dice Hughes (Calvino profeta, p81), Tanto si escribe en latín como en francés, Calvino no es un mero estilista; su prosa está libre por completo de artificio, no es un argumento para deslumbrar, sino siempre un vehículo de la verdad. En cada página, la fuerza y la nobleza del estilo tiene una fiel proyección de la fuerza y la nobleza del propio carácter personal de su autor. La dignidad, la sinceridad y la completa sencillez de propósito son los contrastes del hombre y de sus escritos.

Francia hasta el día de hoy está en grandes tinieblas, sin embargo, Dios llamó de ese lugar a un hombre que usó grandemente para difundir su conocimiento en el mundo. Tuvo que realizar su obra fuera de su país, pero fue un trabajador incansable.

Antes de seguir con la historia de este hombre, hago énfasis en lo que Warfield señala y Calvino mismo indica. Calvino fue un hombre de letras, versado en literatura y un escritor. Como leímos en la cita de su introducción a los Salmos, quiso seguir una vida tranquila para estudiar y escribir, pero no pudo.

Después de terminar La Institución hizo un viaje a Italia para visitar a la Duquesa de Ferrara que había mostrado interés en la verdadera religión. Pero el Duque no tenía el mismo interés y Calvino se fue en abril de 1536 con la intención de llegar a Estrasburgo en Alemania. Viajó con su hermano menor, Antoine, el único hermano vivo que tenía. Debido a una guerra, Calvino fue obligado desviarse por Suiza y llegó a la ciudad de Ginebra para pasar la noche allí.

Ginebra era un pueblo lleno de inmoralidad. Según los registros del Concejo de Ginebra, especialmente en el año 1512, según Doumergue (Irwin, p26) “los sacerdotes de la Madeleine sostenían casas de prostitución y otros muchos las frecuentaban.”

Desde 1522 había predicadores proclamando la fe reformada. Finalmente en 1533 por primera vez celebraron la Cena del Señor a la manera protestante (Irwin, p26). Había mucha oposición y aun un intento contra la vida de los líderes de la reforma (Farel, Froment y Viret). Pero la lucha seguía y el 8 de agosto de 1535 Farel fue llevado a la catedral para predicar. “Ese mismo y el día siguiente el pueblo derribó las imágenes en la catedral y en las iglesias de San Gervasio, de los dominicos y de los agustinos. El 10 de agosto Farel predicó delante del Concejo. Pocos días después se prohibía a los sacerdotes que dijeran misa en Ginebra hasta nueva orden. Así se abolió la misa en Ginebra” (Irwin, p28).

Según Doumergue (citado por Irwin, p 28-29) los católicos-romanos se quejaron del vandalismo que acompañó la caída del catolicismo en Ginebra, pero sin mencionar los trucos que descubrieron. Habían inventado una manera de hacer a los santos cantar “de noche en Navidad por medio de tubos ingeniosamente colocados”. Y “un supuesto cerebro de San Pedro, venerado durante siglos, resultó ser un pedazo de piedra pómez.” Luego pusieron en las monedas de ginebra el lema Post tenebras lux.

El 21 de mayo de 1536 “el pueblo reunido en Concilio general, adoptó oficialmente la Reforma”. (Irwin, p29).

Calvino llegó de paso en julio de 1536 (27 años de edad) cuando Ginebra estaba comenzando el proceso de seguir la Reforma en serio. El fogoso predicador y reformador Guillermo Farel se enteró de la presencia de Calvino, ya conocido por muchos, y fue a saludarle e invitarle a permanecer con ellos y ayudar en la Reforma. Calvino mismo nos cuenta lo que pasó (en la introducción a los Salmos, citado por Hughes, Calvino profeta, p74), «Cuando (Farel) comprendió que yo había puesto mi corazón en estudios privados y dándose cuenta de que no conseguía nada con sus súplicas, procedió a proferir una imprecación en el sentido de que Dios condenaría mi reclusión y mi aislamiento si yo no aportaba mi ayuda cuando la necesidad era tan urgente. Me sentí tan aterrado que desistí del viaje que había emprendido; pero, consciente de mi apocamiento y mi timidez, no me até a ninguna promesa para cualquier particular cometido.»

Otra versión de las palabras de Farel armonizan con lo que Calvino escribió años atrás. Farel dijo, “Alegáis vuestros estudio como una excusa; pero si rehusáis entregaros con nosotros a esta obra del Señor, Dios os maldecirá por buscar vuestros propios intereses antes que los de Cristo.” Calvino cedió. (Irwin 29)

Así comenzó su asociación con Farel y su compromiso con Ginebra.

Esta historia ilustra algo en la vida de Calvino. Crucificaba sus deseos para cumplir lo que creía que era la Voluntad de Dios. Dice que era tímido, pero no era cobarde. Expuso su vida más de una vez por amor al evangelio.

Por ejemplo, una vez durante una epidemia, según Beza, Calvino ofreció ministrar a los que estaban muriendo. El Concejo no le permitió hacerlo, pero estaba dispuesto. En otra ocasión, desafió al Concejo que había ordenado que todos los que quisieran podrían tomar la Santa Cena. En otro tiempo de turbulencia Calvino pasó entre una muchedumbre ruidosa y peligrosa para tratar de establecer la paz.

Calvino enfatizó mucho la necesidad de la humildad y la oración en la cual la humildad se ve. Cuando murió era obvio que no había acumulado mucho. Para poder dar a sus sobrinos una herencia, tuvieron que vender sus libros y pertenencias.

Calvino era un trabajador incansable. Enseñaba y predicaba varias veces en la semana. Escribió el equivalente de 60 tomos. Además de la Institución que él revisó varias veces hasta la última edición en latín en 1559 que era 5 veces más grande que la edición original, Calvino escribió comentarios sobre gran parte de la Biblia. Publicó diversos folletos. Escribió muchísimas cartas. Publicaron muchos de sus sermones. Sus secretarios se cansaron antes que él.

Su salud no era buena. Tenía muchos dolores de cabeza y malestar en el estómago. Solía comer una sola vez al día. Pero nada fue un impedimento a su diligencia en el trabajo.
Según Beza, tenía una tremenda memoria. Se acordaba de todas las personas que iba conociendo. Si era interrumpido en su trabajo, sabía exactamente donde estaba.

Pero, sobre todo, sus amigos y feligreses reconocieron que era un hombre temeroso de Dios, dedicado a Él y a la causa del evangelio.

Los libros que he utilizado aparte de porciones de los escritos de Juan Calvino son:

En inglés:

Calvin and Augustine, por B. B. Warfield, Presbyterian and Reformed Publishing Company, Philadelphia, 1956. Especialmente el primer capítulo “John Calvin: The Man and His Work.
The Life of John Calvin, un pequeño libro escrito por Teodoro Beza, un contemporáneo de Calvino, amigo íntimo durante 16 años. Ese libro es una fuente original. La copia que tengo es una reimpresión de Back Home Industries, Milwaukie, OR, 1996. Es reimpresión de una edición hecha por Calvin Translation Society, 1844 en Edinburgh, Scotland.

An on line version is available: http://www.godrules.net/library/calvin/143calvin0.htm

En español:

Juan Calvino: su vida y su obra, por C H Irwin. Traducción de un libro publicado en 1909. La copia que usé fue publicado por CUPSA en México, 1981, segunda edición. CLIE tiene una edición actual. Sería más útil si tuviera más y mejores referencias a sus fuentes.

Juan Calvino: profeta contemporáneo, compilado por Jacob T. Hoogstra. TSELF, Grand Rapids, 1974. Catorce (14) escritos por 14 eruditos diferentes presentando varios aspectos de la humanidad, pluma e importancia del “profeta” Calvino. Excelente documentación de las fuentes.
Calvino, Antología, presentación y selección Dr. M Gutiérrez Marín, Producciones Editoriales del Noresteste (PEN), Barcelona, 1971. Básicamente este libro contiene escritos de Calvino mismo, con unas observaciones útiles.

Así fue Calvino, Thea B. Van Halsema, Libros Desafío, Grand Rapids, 1998 (primera edición por TELL, 1966). Contiene muchos hechos históricos, pero con muchos detalles añadidos por la imaginación de la autora, describiendo posibles pensamientos y también lo que una persona hubiera visto, basado en conocimiento general de aquellos tiempos. No hay notas al calce, pero es un buen libro, especialmente para enseñar a los niños y jóvenes. Fácil de leer e interesante.
Véase los prefacios de los libros de Calvino publicados en español.
Hay información disponible en varios sitios por medio del “Internet”.

“Hay dos cosas que están unidas… la enseñanza y la oración; Dios quiere que aquel a quien Él ha colocado como maestro en su iglesia sea alguien asiduo a la oración.”— Juan Calvino
Citas Edificantes – preparadas por Salvador Gómez

Cita de Pierre Marcel del libro Juan Calvino, profeta contemporáneo, editado por J T Hoogstra
«Es conveniente que aprendamos a vivir y a morir humildemente» (Com., Gen. 11:4).
«Demóstenes, el orador griego, cuando se le preguntó respecto a cuál era el primer precepto de la elocuencia, respondió que era la buena pronunciación. Cuando se le preguntó por el segundo, respondió lo mismo y así para el tercero. Así —dijo San Agustín—, si me preguntáis respecto a los preceptos de la religión cristiana, responderé que el primero, el segundo y el tercero son la humildad» (Inst., II, ii, 1).

Bibliografía y referencias útiles.

Libros.

Websites.
Wikipedia, en español.
http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Calvino
También en inglés:

http://www.biografas.blogspot.com/
http://biografas.blogspot.com/2007/05/juan-calvino.html

Encarta, en español
http://es.encarta.msn.com/encyclopedia_761570916/Juan_Calvino.html

Parte 2
Ginebra, Estrasburgo y Ginebra hasta la muerte (1536-1564)

En Ginebra Calvino buscó la verdadera reforma de la iglesia en su organización eclesiástica así como una reforma moral y social. Publicó una formula breve de doctrina, y un catecismo. Después de un año logró que la ciudad y el pueblo aceptaran las doctrinas básicas y la disciplina de la religión cristiana (Beza, p27).

Las autoridades civiles iban elaborando leyes contra la inmoralidad de varios tipos y eso le causó oposición a Calvino, porque a él le echaron la culpa. En 1538 el Concejo de la ciudad tomó dos decisiones (véase Irwin, p33).

Que no se excluyera a nadie de la Cena del Señor. Con esa regla acabaron con la disciplina en la iglesia, cosa que Calvino, distinto a Lutero, veía como una marca de la verdadera iglesia (predicación sana del evangelio, administración correcta de las ordenanzas y disciplina bíblica). Lutero estaba contento de predicar y administrar las ordenanzas y luego de orar para que el Espíritu Santo aplicara la Palabra. Calvino creía que los pastores tienen que buscar la santidad de la iglesia y la disciplina que la Biblia enseña.

La otra decisión del Concejo fue, Que el modo de celebrar la Cena del Señor fuera el adoptado en Berna. Con esa decisión el Concejo pisoteó la independencia de la iglesia y la confesión de que sólo Jesús Reina en su iglesia por medio de los que Él puso en ella. El problema no era con el modo de celebrar la Santa Cena en Berna, porque para Calvino ese asunto era indiferente. El problema es que el Concejo se apoderó de la autoridad en la iglesia y esto, para Calvino y los otros pastores era inaceptable.

Calvino y sus colegas rehusaron someterse a esas directrices del Concejo. El Concejo les prohibió predicar, pero él y Farel predicaron, aunque no celebraron la Cena, no por el tipo de pan, sino por el desorden que había y por eso dijeron, “Sería profanar un misterio tan santo administrarlo antes de que el pueblo estuviera mejor dispuesto,” citando como prueba las cosas que estaban pasando en la ciudad (Irwin, p34).

El Concejo se reunió el día siguiente, 23 de abril de 1538, y les condenó, dando a Calvino y a Farel tres (3) días para salir de la ciudad. (Véase Irwin, 34 y Beza 30)

Según las Actas de la ciudad su respuesta fue, “¡Muy bien! Si hubiéramos sido siervos de los hombres, nos consideraríamos muy mal recompensados; pero servimos a un gran Maestro, el cual nos recompensará” (Beza, p30). Salieron inmediatamente (Irwin, p34).

Irwin (p35) cita una carta que Calvino escribió a Tillet 3 meses después, expresando su alivio, pero a la vez, sus dudas sobre la Voluntad de Dios. Calvino declaró que creía que Dios le había llamado a Ginebra. La carta señala una disposición de hacer la Voluntad de Dios aun si fuera tan difícil como había sido en Ginebra.

Desterrado de Ginebra, Calvino fue buscado por Martín Bucero de Estrasburgo en Alemania. Calvino dice en el prefacio a los Salmos (cita de Irwin, p36), “Hallándome en libertad y relevado de mi oficio, había pensado vivir en paz, sin tomar ningún cargo público, hasta que Martín Bucero, usando una reprensión y protesta semejantes a la que Farel había usado antes, me llamó a otro lugar. Aterrado por el ejemplo de Jonás, que él puso delante de mí, continué todavía en el oficio de maestro.”

Había una pequeña colonia de franceses protestantes que Calvino pastoreó además de enseñar teología. En esa iglesia pudo poner en práctica sus convicciones sobre la necesidad de la santidad en los miembros y la disciplina bíblica que tiene que ser un rasgo de la iglesia.

Allí en esa posición de profesor comenzó los estudios bíblicos que luego resultaron en las exposiciones de la Biblia, así como los valiosos comentarios que todavía están disponibles a los que quieren estudiarlos. Antes de morir, Calvino había escrito comentarios sobre todo el Nuevo Testamento excepto los libros de 2 y 3 Juan y Apocalipsis. En el Antiguo Testamento no llegó a comentar los libros de Salomón y algunos de los libros históricos (Warfield, p9).

En Estrasburgo le hicieron ciudadano y le trataron relativamente bien, aunque vivió con pocos recursos. Como sus cartas a Farel demuestran, hubo una vez cuando tuvo que vender algunos de sus libros. También tuvo que tomar huéspedes aunque eran pobres estudiantes y no pudieron pagar mucho (Irwin, p38).

En Estrasburgo buscó y con el tiempo halló una esposa. Parece que estaba persuadido de que era necesario y para ello buscó la ayuda de sus amigos, pero las primeras 3 recomendaciones no resultaron positivas. Finalmente, después de abandonar la búsqueda, apareció la que él necesitaba. Se casó con Idelette de Bure la viuda de un hombre creyente. Ellos habían sido desterrados de Bélgica por su fe protestante.

Se casó en 1540 y su vida matrimonial duró menos de nueve años. El único hijo que nació vivo duró poco tiempo. Calvino sintió profundamente esa pérdida pero escribió que el Señor le había dado miríadas de hijos, así fue consolándose con las enseñanzas del Señor. Al morir su esposa Calvino escribió a Viret, “Mi aflicción no es una aflicción ordinaria. He perdido la excelente compañera de mi vida (optima socia vitae, en latín), que caso de haber venido sobre nosotros la desgracia, hubiera compartido conmigo alegremente, no sólo el destierro y la miseria, sino la misma muerte. Mientras vivió fue una fiel auxiliadora en mi ministerio. Jamás experimenté por parte de ella el menor impedimento.” (Irwin, p38, 39)

En Estrasburgo hizo una edición de la Institución en francés; el comentario sobre Romanos y un tratado sobre la Cena del Señor, entre otras cosas.

Es Estrasburgo hizo la famosa carta a Cardenal Sadoleto. Ese hombre quiso atraer a la gente de Ginebra hacia la iglesia católica romana nuevamente y Calvino, por amor al Señor, al evangelio y a la gente de Ginebra que él amaba, contestó a Sadoleto en una carta famosa por la suavidad y manera atractiva en la cual trató de ganar al cardenal mismo a la fe.

Durante su tiempo en Estrasburgo participó en unas reuniones de aquellos que querían buscar más unidad entre las iglesias protestantes. En una ocasión conoció a Melanchton y su amistad fue duradera a pesar de algunas diferencias entre ellos. Calvino dedicó su Comentario sobre Daniel a Melanchton (Irwin, p39). Calvino y Lutero nunca se conocieron personalmente, pero parece que se mandaron saludos el uno al otro por medio de unas cartas. Calvino había criticado una posición de Lutero pero parece que los dos tenían buena voluntad y el deseo de tener alguna clase de amistad sin sacrificar sus convicciones.

Pero, no fue la Voluntad de Dios que Calvino se quedara en Estrasburgo. En Ginebra, sus enemigos habían caídos en problemas graves y los líderes se dieron cuenta de cuánto necesitaban a Calvino. Farel estaba comprometido con Neuchatel y Ginebra dirigió su atención hacia Calvino desde 1540.

Al principio Calvino, apoyado por Bucero, objetó. Dios había bendecido su ministerio en Estrasburgo. La iglesia francesa había prosperado. A Viret le escribió, “No pude leer una parte de tu carta sin reír. Es aquella en la que expresas tanta solicitud por mi prosperidad. ¿Y he de ir a Ginebra para asegurar mi paz? ¿Por qué no someterme a ser crucificado? Sería preferible perecer de una vez a ser atormentado hasta la muerte en aquella cámara de tortura. Si deseas mi bien, querido Viret, hazme el favor de no seguir dándome semejantes consejos.” Y a Farel le escribió también, “Siempre que pienso lo desgraciado que fui en Ginebra, tiemblo en todo mi ser interior cuando se me habla de mi regreso… Tengo que rogarte que me perdones si digo que temo aquel lugar como un lugar donde es imposible la paz y la seguridad.” (Véase Irwin, p41).

Sin embargo, los de Ginebra lograron convencer a Bucero, que no quiso dejar a Calvino en Estrasburgo, entendiendo que sería la Voluntad de Dios que Calvino volviera a Ginebra. Con gran humildad y sumisión al Señor, Calvino volvió a Ginebra en septiembre de 1541 después de un año de súplicas para que volviera. Ginebra le proveyó una casa y un sueldo suficiente para vivir sin grandes preocupaciones, pero no para enriquecerle. Estrasburgo mantuvo su ciudadanía y quiso continuar ayudándole económicamente, esperando que volviera a Estrasburgo en algún tiempo, pero Calvino dijo que no. [Al morir, sus posesiones valían como $170, según la Enciclopedia cristiana Schaff-Herzog (en un artículo escrito a principios del siglo XX). Así que sus enemigos que le acusaron de enriquecerse fueron desmentidos.]

En Ginebra, Calvino mantuvo sus luchas con los enemigos, y tiempos de peligro, pero poco a poco iba logrando las reformas que anhelaba en la iglesia.

Uno de los males que Calvino tuvo que enfrentar fue la interferencia de las autoridades civiles en los asuntos de la iglesia. Aun cuando había un acuerdo de que no iban a hacer tal cosa, había personas que querían obligar a Calvino y a los otros pastores a no disciplinar a los malhechores y a darles la Cena del Señor. En ese punto Calvino fue intransigente y declaró en un sermón que escogería más bien ir a la muerte antes que permitir a un profano tomar la Cena. En ese asunto el Señor le cuidó.

Aunque Calvino no creía que el Estado podía decirle a las iglesias como debían llevar la adoración y el ministerio, sí que pensaba que el Estado o los magistrados tienen el poder de juzgar y ejecutar a los herejes, por lo menos, algunos herejes, condenados y excomulgados por la iglesia. El caso más famoso que envolvió a Calvino es el de Miguel Servet.

Servet fue un español, un médico, que durante años había promulgado una doctrina anti-trinitaria (sabelianismo o modalismo según algunos o quizás peor según otros). Publicó un libro provocativo que promovía sus convicciones sobre el asunto. Servet había sido condenado por los católicos y le iban a matar pero de alguna manera logró escapar. Fue a Ginebra sabiendo que no sería bienvenido. Allí fue arrestado, acusado, condenado y quemado. Calvino tuvo una parte en el proceso, en la acusación. Él estaba de acuerdo en que Servet merecía la muerte. Pero Calvino no quiso que le quemaran y sugirió que le decapitaran. Los jueces hicieron caso omiso de su sugerencia y Servet murió en la hoguera el 27 de octubre de 1553. Muchos han usado el caso de Servet para condenar a Calvino (hasta algunos católicos, pero como hipócritas). Sin embargo, debemos reconocer que en aquel tiempo esas cosas eran comunes y corrientes. Con la luz y entendimiento que tenemos ahora, no creemos que estuviera bien hecho, sin embargo debemos reconocer la realidad de que Calvino en ese asunto fue un hombre de su tiempo. Servet hubiera sido condenado en casi cualquier sitio del mundo europeo en aquella época, porque era un hombre desafiante y arrogante que condenaba a las iglesias que aceptaban la doctrina ortodoxa de la Trinidad. Casi todos los líderes protestantes estaban de acuerdo con lo que sucedió.

Después de muchos años, finalmente en 1555 Calvino logró que el gobierno de Ginebra reconociera y aceptara la autoridad de la iglesia en asuntos que pertenecen a la iglesia. Aunque Calvino nunca vio la relación de iglesia y Estado como nosotros que vivimos en los EEUU, sin embargo vio verdades no reconocidas en aquel tiempo. Lo que Calvino comenzó condujo a las iglesias hacia una separación del Estado en un sentido importante. Con el paso del tiempo resultó en una independencia bíblica.

Calvino trabajó incansablemente toda su vida. Quizás su trabajo esforzado le causó que tuviera tantos quebrantos de salud, pero a pesar de su mala salud, no se detuvo. Tenía dolores de cabeza y problemas estomacales. Durante años, según Beza, solía comer una sola vez al día, y tampoco dedicaba mucho tiempo al sueño. Sus secretarios se casaban antes que él muchas veces.

Con esta presión llegó un momento en que no pudo más. No pudo predicar después del 6 de febrero de 1564. El 25 de abril hizo su testamento. El día siguiente se reunió con los 4 síndicos de la ciudad y los senadores para dirigirles unas palabras finales. El 28 de abril reunió a los pastores para darles una palabra final. Vivió un mes más. El 19 de mayo se sentó a la mesa con algunos pastores en la que sería su última vez. Después de eso no pudo levantarse de su cama y finalmente el día 27 de mayo de 1564, después de ese último tiempo de lucidez que muchos experimentan antes de morir, Calvino suspiró tranquilamente y así partió de esta vida a otra mejor, como esperamos, en la presencia del Señor a Quien sirvió fielmente hasta el fin. Según su petición, Calvino fue sepultado como cualquier otro creyente: sin pompa, en el cementerio común y sin que se especificase el lugar de su sepultura.

Hay muchas cosas prácticas que podemos observar en la vida y carácter de Calvino. Vemos que Calvino amaba el estudio, la literatura, el escribir, pero crucificó sus preferencias y deseos para cumplir lo que creía que era la Voluntad de Dios.

Dedicó gran parte de su tiempo a la enseñanza y a la predicación de la Palabra de Dios. Dedicó mucho tiempo a la organización y disciplina de la iglesia. Había reuniones semanales entre los pastores para tratar asuntos de la iglesia.

Introdujo la música congregacional en la iglesia usando un salterio que fue hecho mediante sus exhortaciones y esfuerzos prácticos.

El mismo dijo que era tímido, pero sabemos que no era cobarde. Expuso su vida más de una vez por amor al evangelio, predicando en varios lugares antes de llegar a Suiza y aun como pastor mostró su valentía.

Por ejemplo, una vez durante una epidemia, según Beza (p44), Calvino se ofreció ministrar a los que se estaban muriendo. El Concejo no le permitió hacerlo, pero estaba dispuesto. En otra ocasión, desafió al Concejo que había ordenado que todos los que quisieran podrían tomar la Santa Cena. Como ya vimos, por esa causa fue desterrado. Luego, también declaró lo que vimos arriba que preferiría morir antes de dar la Cena del Señor a un profano. En otro tiempo de turbulencia Calvino pasó entre una muchedumbre ruidosa y peligrosa para tratar de establecer la paz.

Calvino enfatizó mucho la necesidad de la humildad y la oración en la cual la humildad se ve.

Calvino no fue avaro o codicioso, sino que estuvo contento con lo que tenía. Cuando murió era obvio que no había acumulado mucho. Para poder dar a sus sobrinos una herencia, tuvieron que vender sus libros y pertenencias. Después de vender todo, el total fue lo que mencioné antes.

Calvino era un trabajador incansable. Enseñaba y predicaba varias veces a la semana. Escribió el equivalente a 60 tomos de libros. Además de la Institución que él revisó varias veces hasta la última edición en latín en 1559 cuando llegó a ser 5 veces más grande que la edición original, Calvino escribió comentarios sobre gran parte de la Biblia. Publicó folletos. Escribió muchísimas cartas (como 4000 han sido preservadas).
Publicaron muchos de sus sermones. Nótense arriba lo que Beza agregó, que sus secretarios se agotaban antes que él.

Dijimos ya que su salud no era buena. Solía comer una sola vez al día. Pero nada fue un impedimento a su diligencia en el trabajo.

Además de su trabajo de enseñar, predicar y cuidar la iglesia; además de su trabajo literario; Calvino tenía mucho contacto con los refugiados y perseguidos de Francia, Italia, España, Holanda, Inglaterra y otros lugares, mostrándoles hospitalidad. En Ginebra había congregaciones de personas de habla inglesa, italiana y española. Sabemos que Calvino ejerció una influencia grande en John Knox de Escocia quien estuvo por un tiempo en Ginebra en los días de Calvino.

Sufría sabiendo las cosas que pasaban en aquellos lugares. Varias de sus cartas son de consuelo y consejo a personas que sufrieron grandes aflicciones de diferentes índoles, desde la muerte de hijos hasta la pérdida de bienes y familiares y amigos por la persecución de la Inquisición.

Aun trató de comenzar una misión en Brasil, pero el hombre que iba como líder no resultó y el proyecto fracasó (véase la historia del fracaso dirigido por Nicolás Durand deVillegagnon en Schaff-Herzog Encyclopedia, y/o otras fuentes).

Según Beza, tenía una tremenda memoria. Se acordó de las personas que conoció. Si era interrumpido en su trabajo, sabía exactamente donde estaba al volver a su trabajo.

Pero, sobre todo, sus amigos y feligreses reconocieron que era un hombre temeroso de Dios, dedicado a Él y a la causa del evangelio. Irwin nos da una lista de cosas que para él fueron sobresalientes (en el capítulo sobre “El carácter de Calvino”, 43ss): fe, oración, valentía, abnegación, simpatía, diligencia en el trabajo, que encerraba hasta el trato personal pastoral. Él creía en el valor de las visitas pastorales.

Irwin nos da una traducción de Beza (véase Beza, p114ss; Irwin, p51):

Aunque la naturaleza había dotado a Calvino con cierta seriedad digna, tanto de modales como de carácter, nadie era más agradable que él en la conversación ordinaria. Podía soportar de una manera admirable las faltas de otros, cuando procedían de mera flaqueza; así, nunca avergonzó a nadie por inoportunas reprensiones, ni desalentó a ningún hermano débil; pero, por otro lado, nunca pasó por alto ni trató con liviandad el pecado voluntario… Su temperamento era naturalmente colérico, y su activa vida pública había tendido mucho a desarrollar esta falta; pero el Espíritu de Dios le había enseñado a moderar de tal modo su ira, que nunca se escapó una palabra indigna de un varón justo. Mucho menos cometió nunca una injusticia hacia otros. Era solamente cuando la cuestión concernía a la religión, y cuando tenía que contender contra pecadores endurecidos, cuando se permitía moverse y excitarse, traspasando los límites de la moderación… Habiendo sido testigo durante dieciséis años de sus trabajos, he trazado la historia de su vida y de su muerte con toda fidelidad; y testifico ahora sin vacilación que todo cristiano puede encontrar en este hombre el noble modelo de una verdadera vida y muerte cristiana; un modelo, sin embargo, tan fácil de falsificar como difícil de imitar.

Los libros que he utilizado aparte de porciones de los escritos de Juan Calvino son:
En inglés:

Calvin and Augustine, por B. B. Warfield, Presbyterian and Reformed Publishing Company, Philadelphia, 1956. Especialmente el primer capítulo “John Calvin: The Man and His Work.

The Life of John Calvin, un pequeño libro escrito por Teodoro Beza, un contemporáneo de Calvino, amigo íntimo durante 16 años. Ese libro es una fuente original. La copia que tengo es una reimpresión “reprint” de Back Home Industries, Milwaukie, OR, 1996. Es “reprint” de una edición hecha por Calvin Translation Society, 1844 en Edinburgh, Scotland.

An online version is available: http://www.godrules.net/library/calvin/143calvin0.htm

Schaff-Herzog Encyclopedia of Religion, véase Calvin, John. (CCEL).

En español:

Juan Calvino: su vida y su obra, por C H Irwin. Traducción de un libro publicado en 1909. La copia que usé fue publicado por CUPSA en México, 1981, segunda edición. CLIE tiene una edición actual. Sería más útil si tuviera más y mejores referencias a sus fuentes, pero el libro es reconocido como bueno. En el capítulo sobre “Calvino como maestro de religión”, el autor muestra que no es muy “calvinista” y trata de hacer una síntesis entre el calvinismo y arminianismo.

Juan Calvino: profeta contemporáneo, compilado por Jacob T. Hoogstra. TSELF, Grand Rapids, 1974. Catorce (14) escritos por 14 eruditos diferentes presentando varios aspectos de la humanidad, pluma e importancia del “profeta” Calvino. Excelente documentación de las fuentes. (Disponible gratis en PDF.)

Calvino, Antología, presentación y selección Dr. M Gutiérrez Marín, Producciones Editoriales del Noresteste (PEN), Barcelona, 1971. Básicamente este libro contiene escritos de Calvino mismo, con unas observaciones útiles.

Así fue Calvino, Thea B. Van Halsema, Libros Desafío, Grand Rapids, 1998 (primera edición por TELL, 1966). Contiene muchos hechos históricos, pero con muchos detalles añadidos por la imaginación de la autora, describiendo posibles pensamientos y también lo que una persona hubiera visto, basado en el conocimiento general de aquellos tiempos. No hay notas al margen, pero es un buen libro, especialmente para enseñar a los niños y jóvenes. Fácil de leer e interesante.

Véase los prefacios de los libros de Calvino publicados en español.

Hay información disponible en varios sitios por medio del “Internet”.

“Hay dos cosas que están unidas… la enseñanza y la oración; Dios quiere que aquel a quien Él ha colocado como maestro en su iglesia sea alguien asiduo a la oración.” — Juan Calvino

Citas Edificantes – preparadas por Salvador Gómez

Cita de Pierre Marcel del libro Juan Calvino, profeta contemporáneo, editado por J T Hoogstra
«Es conveniente que aprendamos a vivir y a morir humildemente» (Com., Gen. 11:4).
«Demóstenes, el orador griego, cuando se le preguntó respecto a cuál era el primer precepto de la elocuencia, respondió que era la buena pronunciación. Cuando se le preguntó por el segundo, respondió lo mismo y así para el tercero. Así —dijo San Agustín—, si me preguntáis respecto a los preceptos de la religión cristiana, responderé que el primero, el segundo y el tercero son la humildad» (Inst., II, ii, 1).

Otras referencias útiles en español.

Websites.

Wikipedia, en español.
http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Calvino
http://www.biografas.blogspot.com/
http://biografas.blogspot.com/2007/05/juan-calvino.html
Encarta, en español
http://es.encarta.msn.com/encyclopedia_761570916/Juan_Calvino.html

Algunas fechas importantes en la vida de Juan Calvino (Jean Cauvin/Johannes Calvinus):

1509 Nació en Noyon, Picardía, Francia, el 10 julio.

1523 Fue a París para estudiar (14 años).

1528–29 Fue a Orleáns y Borges para estudiar leyes (derecho).

1531 Padre de Calvino (Gerardo) murió.

1532 Publicó su primera obra, un comentario sobre De Clementia por Séneca.

1533 Calvino y Nicolás Cop huyen de París. Cerca de este tiempo tiene lugar su conversión.

1534 Calvino renunció los beneficios de la Iglesia Católica (fue encarcelado brevemente).

1535 Escribió una introducción para una traducción de la Biblia en francés, hecho por su primo Roberto Pierre (Olivetan) quién trabajó entre los Valdenses.

1536 Sale la primera edición de la Institución de la religión cristiana (en marzo, en latín).

1536 En agosto, Farel persuadió a Calvino para que se quedara en Ginebra.

1538 Calvino y Farel desterrados de Ginebra. Fue a Estrasburgo. Sirvió como pastor de una iglesia de refugiados de Francia. Enseñó teología en cooperación con Martín Bucero.

1539 Calvino respondió a Cardenal Sadoleto el cual quería que Ginebra volviera a Roma.

1540 Publica el comentario sobre Romanos. Se casó con Idelette de Bure en agosto.

1541 Calvino volvió a Ginebra, 13 septiembre. Tiene su propia casa, no muy grande, pero con jardín y una vista al lago. Tiene un sueldo fijo. Su primer sermón no era de reprensión, etc., sino la continuación de la exposición que tuvo que dejar cuando fue desterrado.

1542 Su hijo Jacques nació y murió. (Otros dos nacieron muertos en diferentes años.)

1549 Idelette murió. Consensus Tigurinus (acuerdo doctrinal sobre la Santa Cena).

1553 Servet ejecutado por su herejía anti-Trinitaria (Calvino fue el “fiscal”). Servet pensó que los libertinos iban a soltarle y a perseguir a Calvino. Se portó muy mal. Casi todos los líderes reformados estaban de acuerdo con la sentencia. Los católicos le habían condenado antes pero escapó de sus manos y fue quemado en efigie.

1559 Establecimiento de la Universidad de Ginebra. Edición final de la Institución.

1564 Predicó su último sermón el 6 de febrero. Murió el 27 de mayo. El lugar de su sepultura no está identificado.

Fuentes:
http://www.ctlibrary.com/ch/1986/issue12/1215.html
http://www.reformationtours.com/site/490868/page/669536#timeline
Otros libros leídos.

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Biografía: Juan Calvino: su vida y ministerio

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Hablar sobre la vida y ministerio de Juan Calvino es una tarea agradable. Hacer tal cosa en dos horas es difícil porque es necesario hacer una selección de lo mucho que está escrito. Hay libros enteros escritos sobre su vida y sobre muchos aspectos de su ministerio, de manera que tenemos que escoger lo que esperamos que sea provechoso y edificante y, a la vez, interesante.

A pesar del tiempo limitado para hablar de él y de su ministerio, creo que debemos tener algunas cosas claras, porque hay personas que se preguntan, ¿por qué hacer tal estudio? ¿Es esto necesario? ¿Es edificante? ¿Hay razones bíblicas para hacerlo? ¿No es esto adular a los hombres? Por eso aclaremos:

1. Juan Calvino ha tenido una influencia en el mundo que sólo Dios sabe. Los que le han odiado y han difundido mentiras tratando de destruir su nombre han reconocido esa influencia y por eso han tratado de menguarla mediante sus ataques.
a. Para nosotros que creemos que gran parte de su enseñanza es bíblica, le vemos como un instrumento que Dios levantó y ha usado para el bien del mundo.
b. Para los que no creen que su enseñanza esencial es bíblica o para los que desestiman la Biblia, Calvino es prácticamente un diablo.

2. Juan Calvino era un hombre, falible. No podemos hacerle un dios o darle una autoridad que no tiene. Todo lo que hizo y escribió tiene que pasar por el crisol de la Palabra de Dios. Sus cartas, sermones y comentarios, así como la e Institución de la Vida Cristiana, todos demuestran que él mismo creía que todo tiene que pasar por el juicio de la Biblia.

3. El motivo de estudiar su vida y ministerio obedece el principio enseñado en Hebreos 13:7, Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe. Creemos que Dios levantó a Juan Calvino y le usó de gran manera. Creemos que tenía fe y que Dios ha traído mucho bien al mundo por medio de las enseñanzas y ejemplo de Calvino. A pesar de las diferencias que tenemos con él, especialmente nosotros que tenemos convicciones bautistas, creemos que hay mucho que podemos aprender. No imitamos los errores de Calvino, sino su fe y sus virtudes. Como Abraham hizo cosas que ninguno de sus hijos debe imitar (como mentir sobre la esposa y tomar a Agar para procrear a un hijo), sin embargo, tenemos que andar en las pisadas de su fe. Hay cosas en la conducta de Calvino que debemos imitar, a la vez que tenemos que evitar otras cosas. Pero, Calvino era un pastor que habló la Palabra de Dios y Dios nos ha dado la oportunidad de saber el resultado de su conducta e imitar su fe.

Juventud y vida hasta Ginebra (1509-1536)

Juan Calvino nació el 10 de julio de 1509, de manera que estamos acercándonos a la fecha en la cual podemos celebrar 500 años desde que nació. Su lugar de nacimiento fue Noyon en Picardía, un condado en el noreste de Francia. Un pequeño río pasa por el medio del pueblo. Más allá de Noyon ese pequeño río desemboca en uno más grande (el río Oise) que desemboca en el Sena.

Noyon era un centro religioso importante. Carlomagno fue coronado allí en el año 768. La catedral actual fue edificada entre los años 1150 y 1290, y reparada después de la segunda guerra mundial. Es el quinto edificio (iglesia o catedral) que ocupa el lugar. Hoy día Noyon atrae a turistas y aun tiene un museo de Juan Calvino en el lugar donde estaba la casa en la cual nació.

El nombre de su padre era Gerard Cauvin (o Caulvin: en latin, Calvinus; en español, Calvino; en inglés, Calvin). Era abogado que trabajaba con el gobierno, pero especialmente con la iglesia católica-romana. La madre de Jean Cauvin (Juan Calvino), Jeanne le Franc, tenía la reputación de ser tan bella como piadosa, tal y como los católicos entienden la piedad. Parece que tenía algo de sinceridad y sobriedad como católica.

Creemos que estaban bien acomodados y que tenían buenas relaciones con personas de importancia e influencia social. Juan tenía un hermano mayor y uno menor. Su madre murió cuando era niño y su padre se casó de nuevo y procreó dos hijas de ese matrimonio.

Por las ventajas sociales de su padre Juan recibió una buena educación, en los primeros años de su vida como estudiante, estudiaba en la casa de la familia Montmor, una de las familias más distinguidas del condado según Beza y otros biógrafos. Desde sus primeros años Juan “demostró tener una memoria retentiva y una inteligencia despierta” (Irwin). Aunque el padre de Juan pagó por su mantenimiento parece que la familia Montmor prácticamente adoptó a Calvino. El primer libro de Calvino, Comentario de Seneca, fue dedicado a la abadesa Hangest de la familia Montmor. En la dedicación dice, “Educado cuando era muchacho, en vuestra casa; consagrado a los mismos estudios que vos, la primera instrucción que recibí la obtuve de la vida y trato de vuestra nobilísima familia.” (Citado por Irwin, p10). Han observado que por este contacto con la nobleza, “Dios lo estaba preparando así para desempeñar dignamente su papel en la sociedad de los grandes, de los príncipes y reyes” (Emile Doumergue, citado por Irwin, p10)

Cuando tenía solamente 14 años de edad (1523), Calvino fue a París con esa familia Montmor para terminar sus estudios en el Colegio de la Marche. Uno de sus profesores allí fue Maturinus Corderius (Mathurin Cordier), un hombre de gran reputación como maestro (Beza, p15) y de “espíritu profundamente evangélico” (Irwin, p10).

Además de tener un espíritu evangélico, Cordier trabajó para purificar el idioma francés, cosa que también debió haber tenido mucha influencia en Calvino. Luego, Cordier se mudó a Ginebra para enseñar en la academia allí. Murió cuatro meses antes que Calvino muriese (1564), habiendo llegado a 85 años de edad. En 1550, Calvino dedicó su comentario sobre 1 Tesalonicenses a ese maestro y amigo.

Después de estudiar con Cordier, Calvino se trasladó al Colegio Montaigu. A pesar de las condiciones de vida difíciles, el colegio tenía fama de producir buenos escolares. Erasmo había estudiado allí. Calvino progresó mucho en sus estudios en ese lugar. Al terminar, en 1527 Calvino fue ofrecido la parroquia de Saint Martín de Martheville.

Calvino tenía la reputación de ser recto y aun crítico con las malas conductas. Según Warfield (no da la fuente, pero dice que es indudablemente legendario) algunos de sus asociados solían llamarle “El Caso Acusativo” debido a su práctica de censurar a otros por conducta indebida. Con todo, hay evidencia de que Calvino tenía amigos y fue aceptado por los estudiantes. Con algunos mantuvo una amistad para toda la vida. Hay como 4000 cartas de Calvino preservadas (¿cuántas fueran destruidas?) que ayudan a los estudiosos a entender mejor a Calvino.

El padre de Calvino quería que él trabajara con la Iglesia y le ayudó obtener becas y ayuda de la Iglesia Católica, pero después cambió su idea y le instó a su hijo para que no aceptara la posición sino que estudiara leyes. Calvino siguió el consejo de su padre, probablemente porque ya tenía dudas sobre la iglesia y sabía de la pugna entre los protestantes y católicos. Calvino tuvo un primo, Pierre Robert, también conocido como Olivétan, evangélico, hombre que luego fue misionero a los valdenses y tradujo el Antiguo Testamento al francés para que ellos tuvieran la Biblia. Según Beza, por ese pariente Calvino conoció mejor la fe de los reformadores y dejó de asistir los servicios de la iglesia católica debido a su aborrecimiento de la superstición.

Calvino fue a Orleáns para estudiar leyes. Estuvo allí en el año 1528 y hasta mayo de 1529, poco antes de cumplir 20 años de edad. Allí, Calvino llegó a ser maestro sustituto de los profesores y quisieron hacerle doctor en leyes sin hacerle pasar por los pasos habituales. Aun en ese tiempo parece que Calvino no abandonó el estudio de las Sagradas Escrituras. Parece que tenía mucha auto-disciplina de manera que aun desde su juventud sacaba el máximo del tiempo disponible.

Después de sus estudios en Orleáns, Calvino continuó sus estudios en la Academia de Bourges en la cual había un profesor, abogado famoso de Italia. En ese lugar Calvino conoció a Melchior Wolmar, suizo, luterano, un hombre a quien luego dedicó su comentario sobre el Evangelio de Juan. Con la ayuda de ese hombre Calvino aprendió griego. Beza luego estudió griego bajo la enseñanza de este hombre Wolmar. Beza sucedió a Calvino en Ginebra en varios de los deberes y fue reconocido como gran erudito en griego.

En el año 1531 el padre de Calvino murió. Se quitó la presión de estudiar Derecho y Calvino volvió a París para estudiar literatura. Allí en el Colegio de Fortet estudió griego y hebreo.

El año siguiente (1532) Calvino publicó un comentario sobre la obra de Séneca, De clementia. Esa obra es reconocida como erudita. Parece que Calvino, de esa manera indirecta, quiso enviar un mensaje al rey y a otros que estaban persiguiendo a los “herejes” para que practicaran la misericordia. Pero fue un mensaje indirecto y no cristiano. Sin embargo, se nota que Calvino pudiera haber seguido su carrera en “humanidades”, y no en la Reforma.

Pero algo pasó y parece que en aquel tiempo Juan Calvino fue convertido al Señor realmente. Estaba hospedado en la de Etienne de la Forge, “un hombre que estuvo entusiásticamente dedicado a las doctrinas de la Reforma y en cuya casa protestante los fugitivos de la persecución fueron acogidos con cordial hospitalidad” (Calvino, profeta, p77).

Hughes, como otros, opina: “…Calvino estaba en contacto diario con el devoto y bíblico celo de la residencia en donde se encontraba a la sazón. De una fe tan vital no pudo mantenerse a distancia mucho tiempo. Todas sus futuras publicaciones fluyeron de la pluma, no del Calvino humanista, sino de Calvino el Reformador y apasionado campeón de la verdad evangélica. Esa verdad en favor de la cual estaban preparados hombres y mujeres a sufrir la pérdida de todas las cosas, incluso la propia vida.” (Calvino profeta, 77, 78)

En algún tiempo después de la publicación de ese libro y el año 1534 pensamos que Calvino se convirtió. En las palabras de Hughes:

“Esto se deduce de sus propios escritos en ese año, es decir, los Prefacios (publicados en 1535) al Antiguo y Nuevo Testamento en la traducción francesa que, con la ayuda de Calvino, había preparado su primo Roberto Olivetan, y su tratado titulado Psychopannychia, en el cual esforzadamente refuta la doctrina de ciertos anabaptistas de que entre la muerte y la Venida del Señor el alma está en un estado de sueño inconsciente, o incluso comparte la muerte del cuerpo. (Este trabajo realmente no apareció impreso hasta ocho años más tarde.) En él se nota inmediatamente que su llamamiento está dirigido a la suprema autoridad de la Sagrada Escritura como infalible Palabra de Dios, pues desde el principio emprende la tarea de probar su posición por «claros pasajes de la Escritura», para los cuales demanda que la humana sabiduría y la filosofía cedan un lugar. La sola Escritura (sola Scriptura), ese fundamental principio de la Reforma, ya ha sido captado y apropiado por Calvino. Y a él permanecerá inflexiblemente leal hasta su muerte.” (Calvino profeta, 78)

Renunció el estudio de todo y se dedicó a Dios y el estudio de su Palabra.

Cito a P E Hughes (Calvino, Profeta, p74):

En un pasaje autobiográfico de mucho interés, encontrado en el prefacio a su comentario de los Salmos, explica cómo siendo joven era «obstinadamente adicto a las supersticiones del papismo», pero que por una súbita conversión Dios conquistó su mente a una dócil condición. «Habiendo así adquirido un gusto por la verdadera piedad —dice—, me sentí inflamado con un intenso deseo de hacer progresos en ella, aunque sin abandonar mis otros estudios, que continué con no menos ardor. No había pasado un año antes de que todos los que tenían el deseo de una doctrina más pura vinieran continuamente hacia mí, aun siendo un novicio y un novato en la materia, para aprender. Siendo reservado por naturaleza y amante de la paz y del retiro, comencé entonces a buscar algún apartamiento; pero, a pesar de ello, todos mis retiros se convirtieron en clases públicas. Aunque mi único propósito era vivir apartado y desconocido, Dios me condujo a una situación tal que no me dejó estar en calma en ningún lugar hasta que, contrariamente a mi natural disposición, surgí a la luz pública.»

Parece que Calvino volvió a Orleáns por un tiempo pero en 1533 estaba en París de nuevo hasta principios de noviembre. E1 primer día de ese mes, un amigo de Calvino, Nicolás Cop, rector de la Universidad dio un discurso, que algunos creen que Calvino escribió. Ese discurso fue tan evangélico que Cop fue citado para comparecer delante de las autoridades y buscaron a Calvino también. Los dos huyeron. Calvino había dejado libros y documentos, entre ellos algunas cartas de amigos que quedaron expuestos al peligro porque fueron tomadas por aquellos que rebuscaron en el cuarto de Calvino.

La Inquisición había comenzado en el año 1525. Había una amenaza permanente contra los llamados “herejes”, pero también había personas de influencia, como la reina Margarita de Navarra, hermana del Rey Francis I, que dieron apoyo a los reformadores. En el tiempo que Calvino huyó de París ella hizo los trámites para que desestimaran las acusaciones contra Calvino. Él volvió a París, pero pronto se fue de nuevo a principios del año 1534.

Por un tiempo estaba en Angulema en la casa del canónigo Louis de Tillet, bajo la protección de la reina Margarita. Allí en esa casa, con una buena biblioteca disponible, Calvino comenzó el libro que luego fue publicado con el título de: “Institución de la religión cristiana”.

En mayo de ese año fue a Noyon para presentar la dimisión de los beneficios que recibía de la iglesia católica romana. Calvino había recibido beneficios de la iglesia desde los 12 años de edad, pero poco antes de cumplir 25 años lo dejó todo. En aquel tiempo fue encarcelado 2 veces brevemente, primero durante 9 días (desde el 26 de mayo hasta el 3 de junio) y dos días después por un tiempo adicional.

Hacia el fin de ese año se marchó a Poitiers, reuniéndose con unos protestantes en una caverna y celebrando con ellos la Santa Cena.

Hacia el fin de 1534 el rey de Francia, Francis I, quemó 32 “herejes” en 4 lugares públicos en la ciudad de París y declaró que haría lo mismo con sus propios hijos si ellos fueron infectados con las herejías de los que no creían en la misa tal y como era celebrada por los católicos (Beza, p20). Viendo la situación, Calvino y el canónigo, salieron de Francia y fueron a Basilea en Suiza. Allí Calvino estudió hebreo y terminó la Institución. Ese libro fue publicado en 1536 con 6 capítulos. Fue dedicado al rey Francis I, pero el libro tenía un propósito doble. Quiso que el rey leyera y considerara lo que él escribió, y a la vez quiso ayudar a los creyentes verdaderos a entender y confesar su fe.

Entre otras cosas que Calvino dice en la dedicación (xxv a xl de la edición de FeLiRe) se encuentran lo siguiente (Calvino, profeta, p79):

«No es sin justicia que solicito, Señor, que deberíais emprender una completa investigación de esta causa, que hasta ahora se ha manejado de manera tan irregular, sin ninguna orden de la ley y con desatada furia más que con formalidad judicial… La causa con la cual me encuentro plenamente identificado es la causa común de todo lo divino, y en consecuencia, la mismísima causa de Jesucristo. Es vuestro deber, Serenísimo Príncipe, no apartar ni vuestros oídos ni vuestra mente de una causa que tanto merece vuestra protección, especialmente cuando tan grandes cosas están en peligro, a saber: la gloria de Dios, la cual es para ser mantenida inviolada sobre la tierra; la verdad de Dios, que tiene que ser preservada en toda su dignidad, así como el Reino de Cristo, que ha de continuar firme y seguro… La principal característica de un verdadero soberano es conocer que, en la administración de su reino, él es un ministro de Dios. El que no subordina su reino a la divina gloria, no actúa en la forma de un verdadero rey, sino como un ladrón. Además, se engaña a sí mismo el que se promete una prolongada prosperidad para su reino, si no está gobernado por el cetro de Dios, esto es, por Su sagrada Palabra… Sabemos de nuestra insignificancia para persuadiros a tal investigación… Nuestra doctrina tiene que permanecer sublime por encima de toda la gloria del mundo e invencible frente a todo poder, porque no es nuestra, sino del Dios viviente y de Su Hijo Jesucristo, a quien el Padre ha nombrado Rey para que pueda gobernar de mar a mar y hasta los últimos confines de la tierra.»

Dice Beza (p21, traducción de Calvino, profeta, p80), «Si el rey lo hubiera leído, mucho me equivocaría si no hubiese producido en él un gran impacto y se hubiese infligido una gran herida a la ramera babilónica; ya que tal príncipe, a diferencia de los que le sucedieron, era muy capaz de formarse una opinión, habiendo dado pruebas de no pequeño discernimiento, pues fue un hombre verdaderamente instruido y personalmente no desafecto a los Reformadores. Pero los pecados del pueblo francés, y también los del propio rey, a cuenta de los cuales la ira de Dios pendía sobre ellos, no permitieron enterarse de tal escrito, y mucho menos leerlo.»

La Institución fue escrita originalmente en latín, aparente escondiendo su identidad usando el pseudónimo Alcuinus. En 1541 una edición en francés sería publicada. Los que saben de letras nos dicen que tanto el latín como el francés de Calvino era excelente, así como su estilo. Dice Hughes (Calvino profeta, p81), Tanto si escribe en latín como en francés, Calvino no es un mero estilista; su prosa está libre por completo de artificio, no es un argumento para deslumbrar, sino siempre un vehículo de la verdad. En cada página, la fuerza y la nobleza del estilo tiene una fiel proyección de la fuerza y la nobleza del propio carácter personal de su autor. La dignidad, la sinceridad y la completa sencillez de propósito son los contrastes del hombre y de sus escritos.

Francia hasta el día de hoy está en grandes tinieblas, sin embargo, Dios llamó de ese lugar a un hombre que usó grandemente para difundir su conocimiento en el mundo. Tuvo que realizar su obra fuera de su país, pero fue un trabajador incansable.

Antes de seguir con la historia de este hombre, hago énfasis en lo que Warfield señala y Calvino mismo indica. Calvino fue un hombre de letras, versado en literatura y un escritor. Como leímos en la cita de su introducción a los Salmos, quiso seguir una vida tranquila para estudiar y escribir, pero no pudo.

Después de terminar La Institución hizo un viaje a Italia para visitar a la Duquesa de Ferrara que había mostrado interés en la verdadera religión. Pero el Duque no tenía el mismo interés y Calvino se fue en abril de 1536 con la intención de llegar a Estrasburgo en Alemania. Viajó con su hermano menor, Antoine, el único hermano vivo que tenía. Debido a una guerra, Calvino fue obligado desviarse por Suiza y llegó a la ciudad de Ginebra para pasar la noche allí.

Ginebra era un pueblo lleno de inmoralidad. Según los registros del Concejo de Ginebra, especialmente en el año 1512, según Doumergue (Irwin, p26) “los sacerdotes de la Madeleine sostenían casas de prostitución y otros muchos las frecuentaban.”

Desde 1522 había predicadores proclamando la fe reformada. Finalmente en 1533 por primera vez celebraron la Cena del Señor a la manera protestante (Irwin, p26). Había mucha oposición y aun un intento contra la vida de los líderes de la reforma (Farel, Froment y Viret). Pero la lucha seguía y el 8 de agosto de 1535 Farel fue llevado a la catedral para predicar. “Ese mismo y el día siguiente el pueblo derribó las imágenes en la catedral y en las iglesias de San Gervasio, de los dominicos y de los agustinos. El 10 de agosto Farel predicó delante del Concejo. Pocos días después se prohibía a los sacerdotes que dijeran misa en Ginebra hasta nueva orden. Así se abolió la misa en Ginebra” (Irwin, p28).

Según Doumergue (citado por Irwin, p 28-29) los católicos-romanos se quejaron del vandalismo que acompañó la caída del catolicismo en Ginebra, pero sin mencionar los trucos que descubrieron. Habían inventado una manera de hacer a los santos cantar “de noche en Navidad por medio de tubos ingeniosamente colocados”. Y “un supuesto cerebro de San Pedro, venerado durante siglos, resultó ser un pedazo de piedra pómez.” Luego pusieron en las monedas de ginebra el lema Post tenebras lux.

El 21 de mayo de 1536 “el pueblo reunido en Concilio general, adoptó oficialmente la Reforma”. (Irwin, p29).

Calvino llegó de paso en julio de 1536 (27 años de edad) cuando Ginebra estaba comenzando el proceso de seguir la Reforma en serio. El fogoso predicador y reformador Guillermo Farel se enteró de la presencia de Calvino, ya conocido por muchos, y fue a saludarle e invitarle a permanecer con ellos y ayudar en la Reforma. Calvino mismo nos cuenta lo que pasó (en la introducción a los Salmos, citado por Hughes, Calvino profeta, p74), «Cuando (Farel) comprendió que yo había puesto mi corazón en estudios privados y dándose cuenta de que no conseguía nada con sus súplicas, procedió a proferir una imprecación en el sentido de que Dios condenaría mi reclusión y mi aislamiento si yo no aportaba mi ayuda cuando la necesidad era tan urgente. Me sentí tan aterrado que desistí del viaje que había emprendido; pero, consciente de mi apocamiento y mi timidez, no me até a ninguna promesa para cualquier particular cometido.»

Otra versión de las palabras de Farel armonizan con lo que Calvino escribió años atrás. Farel dijo, “Alegáis vuestros estudio como una excusa; pero si rehusáis entregaros con nosotros a esta obra del Señor, Dios os maldecirá por buscar vuestros propios intereses antes que los de Cristo.” Calvino cedió. (Irwin 29)

Así comenzó su asociación con Farel y su compromiso con Ginebra.

Esta historia ilustra algo en la vida de Calvino. Crucificaba sus deseos para cumplir lo que creía que era la Voluntad de Dios. Dice que era tímido, pero no era cobarde. Expuso su vida más de una vez por amor al evangelio.

Por ejemplo, una vez durante una epidemia, según Beza, Calvino ofreció ministrar a los que estaban muriendo. El Concejo no le permitió hacerlo, pero estaba dispuesto. En otra ocasión, desafió al Concejo que había ordenado que todos los que quisieran podrían tomar la Santa Cena. En otro tiempo de turbulencia Calvino pasó entre una muchedumbre ruidosa y peligrosa para tratar de establecer la paz.

Calvino enfatizó mucho la necesidad de la humildad y la oración en la cual la humildad se ve. Cuando murió era obvio que no había acumulado mucho. Para poder dar a sus sobrinos una herencia, tuvieron que vender sus libros y pertenencias.

Calvino era un trabajador incansable. Enseñaba y predicaba varias veces en la semana. Escribió el equivalente de 60 tomos. Además de la Institución que él revisó varias veces hasta la última edición en latín en 1559 que era 5 veces más grande que la edición original, Calvino escribió comentarios sobre gran parte de la Biblia. Publicó diversos folletos. Escribió muchísimas cartas. Publicaron muchos de sus sermones. Sus secretarios se cansaron antes que él.

Su salud no era buena. Tenía muchos dolores de cabeza y malestar en el estómago. Solía comer una sola vez al día. Pero nada fue un impedimento a su diligencia en el trabajo.
Según Beza, tenía una tremenda memoria. Se acordaba de todas las personas que iba conociendo. Si era interrumpido en su trabajo, sabía exactamente donde estaba.

Pero, sobre todo, sus amigos y feligreses reconocieron que era un hombre temeroso de Dios, dedicado a Él y a la causa del evangelio.

Los libros que he utilizado aparte de porciones de los escritos de Juan Calvino son:

En inglés:

Calvin and Augustine, por B. B. Warfield, Presbyterian and Reformed Publishing Company, Philadelphia, 1956. Especialmente el primer capítulo “John Calvin: The Man and His Work.
The Life of John Calvin, un pequeño libro escrito por Teodoro Beza, un contemporáneo de Calvino, amigo íntimo durante 16 años. Ese libro es una fuente original. La copia que tengo es una reimpresión de Back Home Industries, Milwaukie, OR, 1996. Es reimpresión de una edición hecha por Calvin Translation Society, 1844 en Edinburgh, Scotland.

An on line version is available: http://www.godrules.net/library/calvin/143calvin0.htm

En español:

Juan Calvino: su vida y su obra, por C H Irwin. Traducción de un libro publicado en 1909. La copia que usé fue publicado por CUPSA en México, 1981, segunda edición. CLIE tiene una edición actual. Sería más útil si tuviera más y mejores referencias a sus fuentes.

Juan Calvino: profeta contemporáneo, compilado por Jacob T. Hoogstra. TSELF, Grand Rapids, 1974. Catorce (14) escritos por 14 eruditos diferentes presentando varios aspectos de la humanidad, pluma e importancia del “profeta” Calvino. Excelente documentación de las fuentes.
Calvino, Antología, presentación y selección Dr. M Gutiérrez Marín, Producciones Editoriales del Noresteste (PEN), Barcelona, 1971. Básicamente este libro contiene escritos de Calvino mismo, con unas observaciones útiles.

Así fue Calvino, Thea B. Van Halsema, Libros Desafío, Grand Rapids, 1998 (primera edición por TELL, 1966). Contiene muchos hechos históricos, pero con muchos detalles añadidos por la imaginación de la autora, describiendo posibles pensamientos y también lo que una persona hubiera visto, basado en conocimiento general de aquellos tiempos. No hay notas al calce, pero es un buen libro, especialmente para enseñar a los niños y jóvenes. Fácil de leer e interesante.
Véase los prefacios de los libros de Calvino publicados en español.
Hay información disponible en varios sitios por medio del “Internet”.

“Hay dos cosas que están unidas… la enseñanza y la oración; Dios quiere que aquel a quien Él ha colocado como maestro en su iglesia sea alguien asiduo a la oración.”— Juan Calvino
Citas Edificantes – preparadas por Salvador Gómez

Cita de Pierre Marcel del libro Juan Calvino, profeta contemporáneo, editado por J T Hoogstra
«Es conveniente que aprendamos a vivir y a morir humildemente» (Com., Gen. 11:4).
«Demóstenes, el orador griego, cuando se le preguntó respecto a cuál era el primer precepto de la elocuencia, respondió que era la buena pronunciación. Cuando se le preguntó por el segundo, respondió lo mismo y así para el tercero. Así —dijo San Agustín—, si me preguntáis respecto a los preceptos de la religión cristiana, responderé que el primero, el segundo y el tercero son la humildad» (Inst., II, ii, 1).

Bibliografía y referencias útiles.

Libros.

Websites.
Wikipedia, en español.
http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Calvino
También en inglés:

http://www.biografas.blogspot.com/
http://biografas.blogspot.com/2007/05/juan-calvino.html

Encarta, en español
http://es.encarta.msn.com/encyclopedia_761570916/Juan_Calvino.html

Parte 2
Ginebra, Estrasburgo y Ginebra hasta la muerte (1536-1564)

En Ginebra Calvino buscó la verdadera reforma de la iglesia en su organización eclesiástica así como una reforma moral y social. Publicó una formula breve de doctrina, y un catecismo. Después de un año logró que la ciudad y el pueblo aceptaran las doctrinas básicas y la disciplina de la religión cristiana (Beza, p27).

Las autoridades civiles iban elaborando leyes contra la inmoralidad de varios tipos y eso le causó oposición a Calvino, porque a él le echaron la culpa. En 1538 el Concejo de la ciudad tomó dos decisiones (véase Irwin, p33).

Que no se excluyera a nadie de la Cena del Señor. Con esa regla acabaron con la disciplina en la iglesia, cosa que Calvino, distinto a Lutero, veía como una marca de la verdadera iglesia (predicación sana del evangelio, administración correcta de las ordenanzas y disciplina bíblica). Lutero estaba contento de predicar y administrar las ordenanzas y luego de orar para que el Espíritu Santo aplicara la Palabra. Calvino creía que los pastores tienen que buscar la santidad de la iglesia y la disciplina que la Biblia enseña.

La otra decisión del Concejo fue, Que el modo de celebrar la Cena del Señor fuera el adoptado en Berna. Con esa decisión el Concejo pisoteó la independencia de la iglesia y la confesión de que sólo Jesús Reina en su iglesia por medio de los que Él puso en ella. El problema no era con el modo de celebrar la Santa Cena en Berna, porque para Calvino ese asunto era indiferente. El problema es que el Concejo se apoderó de la autoridad en la iglesia y esto, para Calvino y los otros pastores era inaceptable.

Calvino y sus colegas rehusaron someterse a esas directrices del Concejo. El Concejo les prohibió predicar, pero él y Farel predicaron, aunque no celebraron la Cena, no por el tipo de pan, sino por el desorden que había y por eso dijeron, “Sería profanar un misterio tan santo administrarlo antes de que el pueblo estuviera mejor dispuesto,” citando como prueba las cosas que estaban pasando en la ciudad (Irwin, p34).

El Concejo se reunió el día siguiente, 23 de abril de 1538, y les condenó, dando a Calvino y a Farel tres (3) días para salir de la ciudad. (Véase Irwin, 34 y Beza 30)

Según las Actas de la ciudad su respuesta fue, “¡Muy bien! Si hubiéramos sido siervos de los hombres, nos consideraríamos muy mal recompensados; pero servimos a un gran Maestro, el cual nos recompensará” (Beza, p30). Salieron inmediatamente (Irwin, p34).

Irwin (p35) cita una carta que Calvino escribió a Tillet 3 meses después, expresando su alivio, pero a la vez, sus dudas sobre la Voluntad de Dios. Calvino declaró que creía que Dios le había llamado a Ginebra. La carta señala una disposición de hacer la Voluntad de Dios aun si fuera tan difícil como había sido en Ginebra.

Desterrado de Ginebra, Calvino fue buscado por Martín Bucero de Estrasburgo en Alemania. Calvino dice en el prefacio a los Salmos (cita de Irwin, p36), “Hallándome en libertad y relevado de mi oficio, había pensado vivir en paz, sin tomar ningún cargo público, hasta que Martín Bucero, usando una reprensión y protesta semejantes a la que Farel había usado antes, me llamó a otro lugar. Aterrado por el ejemplo de Jonás, que él puso delante de mí, continué todavía en el oficio de maestro.”

Había una pequeña colonia de franceses protestantes que Calvino pastoreó además de enseñar teología. En esa iglesia pudo poner en práctica sus convicciones sobre la necesidad de la santidad en los miembros y la disciplina bíblica que tiene que ser un rasgo de la iglesia.

Allí en esa posición de profesor comenzó los estudios bíblicos que luego resultaron en las exposiciones de la Biblia, así como los valiosos comentarios que todavía están disponibles a los que quieren estudiarlos. Antes de morir, Calvino había escrito comentarios sobre todo el Nuevo Testamento excepto los libros de 2 y 3 Juan y Apocalipsis. En el Antiguo Testamento no llegó a comentar los libros de Salomón y algunos de los libros históricos (Warfield, p9).

En Estrasburgo le hicieron ciudadano y le trataron relativamente bien, aunque vivió con pocos recursos. Como sus cartas a Farel demuestran, hubo una vez cuando tuvo que vender algunos de sus libros. También tuvo que tomar huéspedes aunque eran pobres estudiantes y no pudieron pagar mucho (Irwin, p38).

En Estrasburgo buscó y con el tiempo halló una esposa. Parece que estaba persuadido de que era necesario y para ello buscó la ayuda de sus amigos, pero las primeras 3 recomendaciones no resultaron positivas. Finalmente, después de abandonar la búsqueda, apareció la que él necesitaba. Se casó con Idelette de Bure la viuda de un hombre creyente. Ellos habían sido desterrados de Bélgica por su fe protestante.

Se casó en 1540 y su vida matrimonial duró menos de nueve años. El único hijo que nació vivo duró poco tiempo. Calvino sintió profundamente esa pérdida pero escribió que el Señor le había dado miríadas de hijos, así fue consolándose con las enseñanzas del Señor. Al morir su esposa Calvino escribió a Viret, “Mi aflicción no es una aflicción ordinaria. He perdido la excelente compañera de mi vida (optima socia vitae, en latín), que caso de haber venido sobre nosotros la desgracia, hubiera compartido conmigo alegremente, no sólo el destierro y la miseria, sino la misma muerte. Mientras vivió fue una fiel auxiliadora en mi ministerio. Jamás experimenté por parte de ella el menor impedimento.” (Irwin, p38, 39)

En Estrasburgo hizo una edición de la Institución en francés; el comentario sobre Romanos y un tratado sobre la Cena del Señor, entre otras cosas.

Es Estrasburgo hizo la famosa carta a Cardenal Sadoleto. Ese hombre quiso atraer a la gente de Ginebra hacia la iglesia católica romana nuevamente y Calvino, por amor al Señor, al evangelio y a la gente de Ginebra que él amaba, contestó a Sadoleto en una carta famosa por la suavidad y manera atractiva en la cual trató de ganar al cardenal mismo a la fe.

Durante su tiempo en Estrasburgo participó en unas reuniones de aquellos que querían buscar más unidad entre las iglesias protestantes. En una ocasión conoció a Melanchton y su amistad fue duradera a pesar de algunas diferencias entre ellos. Calvino dedicó su Comentario sobre Daniel a Melanchton (Irwin, p39). Calvino y Lutero nunca se conocieron personalmente, pero parece que se mandaron saludos el uno al otro por medio de unas cartas. Calvino había criticado una posición de Lutero pero parece que los dos tenían buena voluntad y el deseo de tener alguna clase de amistad sin sacrificar sus convicciones.

Pero, no fue la Voluntad de Dios que Calvino se quedara en Estrasburgo. En Ginebra, sus enemigos habían caídos en problemas graves y los líderes se dieron cuenta de cuánto necesitaban a Calvino. Farel estaba comprometido con Neuchatel y Ginebra dirigió su atención hacia Calvino desde 1540.

Al principio Calvino, apoyado por Bucero, objetó. Dios había bendecido su ministerio en Estrasburgo. La iglesia francesa había prosperado. A Viret le escribió, “No pude leer una parte de tu carta sin reír. Es aquella en la que expresas tanta solicitud por mi prosperidad. ¿Y he de ir a Ginebra para asegurar mi paz? ¿Por qué no someterme a ser crucificado? Sería preferible perecer de una vez a ser atormentado hasta la muerte en aquella cámara de tortura. Si deseas mi bien, querido Viret, hazme el favor de no seguir dándome semejantes consejos.” Y a Farel le escribió también, “Siempre que pienso lo desgraciado que fui en Ginebra, tiemblo en todo mi ser interior cuando se me habla de mi regreso… Tengo que rogarte que me perdones si digo que temo aquel lugar como un lugar donde es imposible la paz y la seguridad.” (Véase Irwin, p41).

Sin embargo, los de Ginebra lograron convencer a Bucero, que no quiso dejar a Calvino en Estrasburgo, entendiendo que sería la Voluntad de Dios que Calvino volviera a Ginebra. Con gran humildad y sumisión al Señor, Calvino volvió a Ginebra en septiembre de 1541 después de un año de súplicas para que volviera. Ginebra le proveyó una casa y un sueldo suficiente para vivir sin grandes preocupaciones, pero no para enriquecerle. Estrasburgo mantuvo su ciudadanía y quiso continuar ayudándole económicamente, esperando que volviera a Estrasburgo en algún tiempo, pero Calvino dijo que no. [Al morir, sus posesiones valían como $170, según la Enciclopedia cristiana Schaff-Herzog (en un artículo escrito a principios del siglo XX). Así que sus enemigos que le acusaron de enriquecerse fueron desmentidos.]

En Ginebra, Calvino mantuvo sus luchas con los enemigos, y tiempos de peligro, pero poco a poco iba logrando las reformas que anhelaba en la iglesia.

Uno de los males que Calvino tuvo que enfrentar fue la interferencia de las autoridades civiles en los asuntos de la iglesia. Aun cuando había un acuerdo de que no iban a hacer tal cosa, había personas que querían obligar a Calvino y a los otros pastores a no disciplinar a los malhechores y a darles la Cena del Señor. En ese punto Calvino fue intransigente y declaró en un sermón que escogería más bien ir a la muerte antes que permitir a un profano tomar la Cena. En ese asunto el Señor le cuidó.

Aunque Calvino no creía que el Estado podía decirle a las iglesias como debían llevar la adoración y el ministerio, sí que pensaba que el Estado o los magistrados tienen el poder de juzgar y ejecutar a los herejes, por lo menos, algunos herejes, condenados y excomulgados por la iglesia. El caso más famoso que envolvió a Calvino es el de Miguel Servet.

Servet fue un español, un médico, que durante años había promulgado una doctrina anti-trinitaria (sabelianismo o modalismo según algunos o quizás peor según otros). Publicó un libro provocativo que promovía sus convicciones sobre el asunto. Servet había sido condenado por los católicos y le iban a matar pero de alguna manera logró escapar. Fue a Ginebra sabiendo que no sería bienvenido. Allí fue arrestado, acusado, condenado y quemado. Calvino tuvo una parte en el proceso, en la acusación. Él estaba de acuerdo en que Servet merecía la muerte. Pero Calvino no quiso que le quemaran y sugirió que le decapitaran. Los jueces hicieron caso omiso de su sugerencia y Servet murió en la hoguera el 27 de octubre de 1553. Muchos han usado el caso de Servet para condenar a Calvino (hasta algunos católicos, pero como hipócritas). Sin embargo, debemos reconocer que en aquel tiempo esas cosas eran comunes y corrientes. Con la luz y entendimiento que tenemos ahora, no creemos que estuviera bien hecho, sin embargo debemos reconocer la realidad de que Calvino en ese asunto fue un hombre de su tiempo. Servet hubiera sido condenado en casi cualquier sitio del mundo europeo en aquella época, porque era un hombre desafiante y arrogante que condenaba a las iglesias que aceptaban la doctrina ortodoxa de la Trinidad. Casi todos los líderes protestantes estaban de acuerdo con lo que sucedió.

Después de muchos años, finalmente en 1555 Calvino logró que el gobierno de Ginebra reconociera y aceptara la autoridad de la iglesia en asuntos que pertenecen a la iglesia. Aunque Calvino nunca vio la relación de iglesia y Estado como nosotros que vivimos en los EEUU, sin embargo vio verdades no reconocidas en aquel tiempo. Lo que Calvino comenzó condujo a las iglesias hacia una separación del Estado en un sentido importante. Con el paso del tiempo resultó en una independencia bíblica.

Calvino trabajó incansablemente toda su vida. Quizás su trabajo esforzado le causó que tuviera tantos quebrantos de salud, pero a pesar de su mala salud, no se detuvo. Tenía dolores de cabeza y problemas estomacales. Durante años, según Beza, solía comer una sola vez al día, y tampoco dedicaba mucho tiempo al sueño. Sus secretarios se casaban antes que él muchas veces.

Con esta presión llegó un momento en que no pudo más. No pudo predicar después del 6 de febrero de 1564. El 25 de abril hizo su testamento. El día siguiente se reunió con los 4 síndicos de la ciudad y los senadores para dirigirles unas palabras finales. El 28 de abril reunió a los pastores para darles una palabra final. Vivió un mes más. El 19 de mayo se sentó a la mesa con algunos pastores en la que sería su última vez. Después de eso no pudo levantarse de su cama y finalmente el día 27 de mayo de 1564, después de ese último tiempo de lucidez que muchos experimentan antes de morir, Calvino suspiró tranquilamente y así partió de esta vida a otra mejor, como esperamos, en la presencia del Señor a Quien sirvió fielmente hasta el fin. Según su petición, Calvino fue sepultado como cualquier otro creyente: sin pompa, en el cementerio común y sin que se especificase el lugar de su sepultura.

Hay muchas cosas prácticas que podemos observar en la vida y carácter de Calvino. Vemos que Calvino amaba el estudio, la literatura, el escribir, pero crucificó sus preferencias y deseos para cumplir lo que creía que era la Voluntad de Dios.

Dedicó gran parte de su tiempo a la enseñanza y a la predicación de la Palabra de Dios. Dedicó mucho tiempo a la organización y disciplina de la iglesia. Había reuniones semanales entre los pastores para tratar asuntos de la iglesia.

Introdujo la música congregacional en la iglesia usando un salterio que fue hecho mediante sus exhortaciones y esfuerzos prácticos.

El mismo dijo que era tímido, pero sabemos que no era cobarde. Expuso su vida más de una vez por amor al evangelio, predicando en varios lugares antes de llegar a Suiza y aun como pastor mostró su valentía.

Por ejemplo, una vez durante una epidemia, según Beza (p44), Calvino se ofreció ministrar a los que se estaban muriendo. El Concejo no le permitió hacerlo, pero estaba dispuesto. En otra ocasión, desafió al Concejo que había ordenado que todos los que quisieran podrían tomar la Santa Cena. Como ya vimos, por esa causa fue desterrado. Luego, también declaró lo que vimos arriba que preferiría morir antes de dar la Cena del Señor a un profano. En otro tiempo de turbulencia Calvino pasó entre una muchedumbre ruidosa y peligrosa para tratar de establecer la paz.

Calvino enfatizó mucho la necesidad de la humildad y la oración en la cual la humildad se ve.

Calvino no fue avaro o codicioso, sino que estuvo contento con lo que tenía. Cuando murió era obvio que no había acumulado mucho. Para poder dar a sus sobrinos una herencia, tuvieron que vender sus libros y pertenencias. Después de vender todo, el total fue lo que mencioné antes.

Calvino era un trabajador incansable. Enseñaba y predicaba varias veces a la semana. Escribió el equivalente a 60 tomos de libros. Además de la Institución que él revisó varias veces hasta la última edición en latín en 1559 cuando llegó a ser 5 veces más grande que la edición original, Calvino escribió comentarios sobre gran parte de la Biblia. Publicó folletos. Escribió muchísimas cartas (como 4000 han sido preservadas).
Publicaron muchos de sus sermones. Nótense arriba lo que Beza agregó, que sus secretarios se agotaban antes que él.

Dijimos ya que su salud no era buena. Solía comer una sola vez al día. Pero nada fue un impedimento a su diligencia en el trabajo.

Además de su trabajo de enseñar, predicar y cuidar la iglesia; además de su trabajo literario; Calvino tenía mucho contacto con los refugiados y perseguidos de Francia, Italia, España, Holanda, Inglaterra y otros lugares, mostrándoles hospitalidad. En Ginebra había congregaciones de personas de habla inglesa, italiana y española. Sabemos que Calvino ejerció una influencia grande en John Knox de Escocia quien estuvo por un tiempo en Ginebra en los días de Calvino.

Sufría sabiendo las cosas que pasaban en aquellos lugares. Varias de sus cartas son de consuelo y consejo a personas que sufrieron grandes aflicciones de diferentes índoles, desde la muerte de hijos hasta la pérdida de bienes y familiares y amigos por la persecución de la Inquisición.

Aun trató de comenzar una misión en Brasil, pero el hombre que iba como líder no resultó y el proyecto fracasó (véase la historia del fracaso dirigido por Nicolás Durand deVillegagnon en Schaff-Herzog Encyclopedia, y/o otras fuentes).

Según Beza, tenía una tremenda memoria. Se acordó de las personas que conoció. Si era interrumpido en su trabajo, sabía exactamente donde estaba al volver a su trabajo.

Pero, sobre todo, sus amigos y feligreses reconocieron que era un hombre temeroso de Dios, dedicado a Él y a la causa del evangelio. Irwin nos da una lista de cosas que para él fueron sobresalientes (en el capítulo sobre “El carácter de Calvino”, 43ss): fe, oración, valentía, abnegación, simpatía, diligencia en el trabajo, que encerraba hasta el trato personal pastoral. Él creía en el valor de las visitas pastorales.

Irwin nos da una traducción de Beza (véase Beza, p114ss; Irwin, p51):

Aunque la naturaleza había dotado a Calvino con cierta seriedad digna, tanto de modales como de carácter, nadie era más agradable que él en la conversación ordinaria. Podía soportar de una manera admirable las faltas de otros, cuando procedían de mera flaqueza; así, nunca avergonzó a nadie por inoportunas reprensiones, ni desalentó a ningún hermano débil; pero, por otro lado, nunca pasó por alto ni trató con liviandad el pecado voluntario… Su temperamento era naturalmente colérico, y su activa vida pública había tendido mucho a desarrollar esta falta; pero el Espíritu de Dios le había enseñado a moderar de tal modo su ira, que nunca se escapó una palabra indigna de un varón justo. Mucho menos cometió nunca una injusticia hacia otros. Era solamente cuando la cuestión concernía a la religión, y cuando tenía que contender contra pecadores endurecidos, cuando se permitía moverse y excitarse, traspasando los límites de la moderación… Habiendo sido testigo durante dieciséis años de sus trabajos, he trazado la historia de su vida y de su muerte con toda fidelidad; y testifico ahora sin vacilación que todo cristiano puede encontrar en este hombre el noble modelo de una verdadera vida y muerte cristiana; un modelo, sin embargo, tan fácil de falsificar como difícil de imitar.

Los libros que he utilizado aparte de porciones de los escritos de Juan Calvino son:
En inglés:

Calvin and Augustine, por B. B. Warfield, Presbyterian and Reformed Publishing Company, Philadelphia, 1956. Especialmente el primer capítulo “John Calvin: The Man and His Work.

The Life of John Calvin, un pequeño libro escrito por Teodoro Beza, un contemporáneo de Calvino, amigo íntimo durante 16 años. Ese libro es una fuente original. La copia que tengo es una reimpresión “reprint” de Back Home Industries, Milwaukie, OR, 1996. Es “reprint” de una edición hecha por Calvin Translation Society, 1844 en Edinburgh, Scotland.

An online version is available: http://www.godrules.net/library/calvin/143calvin0.htm

Schaff-Herzog Encyclopedia of Religion, véase Calvin, John. (CCEL).

En español:

Juan Calvino: su vida y su obra, por C H Irwin. Traducción de un libro publicado en 1909. La copia que usé fue publicado por CUPSA en México, 1981, segunda edición. CLIE tiene una edición actual. Sería más útil si tuviera más y mejores referencias a sus fuentes, pero el libro es reconocido como bueno. En el capítulo sobre “Calvino como maestro de religión”, el autor muestra que no es muy “calvinista” y trata de hacer una síntesis entre el calvinismo y arminianismo.

Juan Calvino: profeta contemporáneo, compilado por Jacob T. Hoogstra. TSELF, Grand Rapids, 1974. Catorce (14) escritos por 14 eruditos diferentes presentando varios aspectos de la humanidad, pluma e importancia del “profeta” Calvino. Excelente documentación de las fuentes. (Disponible gratis en PDF.)

Calvino, Antología, presentación y selección Dr. M Gutiérrez Marín, Producciones Editoriales del Noresteste (PEN), Barcelona, 1971. Básicamente este libro contiene escritos de Calvino mismo, con unas observaciones útiles.

Así fue Calvino, Thea B. Van Halsema, Libros Desafío, Grand Rapids, 1998 (primera edición por TELL, 1966). Contiene muchos hechos históricos, pero con muchos detalles añadidos por la imaginación de la autora, describiendo posibles pensamientos y también lo que una persona hubiera visto, basado en el conocimiento general de aquellos tiempos. No hay notas al margen, pero es un buen libro, especialmente para enseñar a los niños y jóvenes. Fácil de leer e interesante.

Véase los prefacios de los libros de Calvino publicados en español.

Hay información disponible en varios sitios por medio del “Internet”.

“Hay dos cosas que están unidas… la enseñanza y la oración; Dios quiere que aquel a quien Él ha colocado como maestro en su iglesia sea alguien asiduo a la oración.” — Juan Calvino

Citas Edificantes – preparadas por Salvador Gómez

Cita de Pierre Marcel del libro Juan Calvino, profeta contemporáneo, editado por J T Hoogstra
«Es conveniente que aprendamos a vivir y a morir humildemente» (Com., Gen. 11:4).
«Demóstenes, el orador griego, cuando se le preguntó respecto a cuál era el primer precepto de la elocuencia, respondió que era la buena pronunciación. Cuando se le preguntó por el segundo, respondió lo mismo y así para el tercero. Así —dijo San Agustín—, si me preguntáis respecto a los preceptos de la religión cristiana, responderé que el primero, el segundo y el tercero son la humildad» (Inst., II, ii, 1).

Otras referencias útiles en español.

Websites.

Wikipedia, en español.
http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Calvino
http://www.biografas.blogspot.com/
http://biografas.blogspot.com/2007/05/juan-calvino.html
Encarta, en español
http://es.encarta.msn.com/encyclopedia_761570916/Juan_Calvino.html

Algunas fechas importantes en la vida de Juan Calvino (Jean Cauvin/Johannes Calvinus):

1509 Nació en Noyon, Picardía, Francia, el 10 julio.

1523 Fue a París para estudiar (14 años).

1528–29 Fue a Orleáns y Borges para estudiar leyes (derecho).

1531 Padre de Calvino (Gerardo) murió.

1532 Publicó su primera obra, un comentario sobre De Clementia por Séneca.

1533 Calvino y Nicolás Cop huyen de París. Cerca de este tiempo tiene lugar su conversión.

1534 Calvino renunció los beneficios de la Iglesia Católica (fue encarcelado brevemente).

1535 Escribió una introducción para una traducción de la Biblia en francés, hecho por su primo Roberto Pierre (Olivetan) quién trabajó entre los Valdenses.

1536 Sale la primera edición de la Institución de la religión cristiana (en marzo, en latín).

1536 En agosto, Farel persuadió a Calvino para que se quedara en Ginebra.

1538 Calvino y Farel desterrados de Ginebra. Fue a Estrasburgo. Sirvió como pastor de una iglesia de refugiados de Francia. Enseñó teología en cooperación con Martín Bucero.

1539 Calvino respondió a Cardenal Sadoleto el cual quería que Ginebra volviera a Roma.

1540 Publica el comentario sobre Romanos. Se casó con Idelette de Bure en agosto.

1541 Calvino volvió a Ginebra, 13 septiembre. Tiene su propia casa, no muy grande, pero con jardín y una vista al lago. Tiene un sueldo fijo. Su primer sermón no era de reprensión, etc., sino la continuación de la exposición que tuvo que dejar cuando fue desterrado.

1542 Su hijo Jacques nació y murió. (Otros dos nacieron muertos en diferentes años.)

1549 Idelette murió. Consensus Tigurinus (acuerdo doctrinal sobre la Santa Cena).

1553 Servet ejecutado por su herejía anti-Trinitaria (Calvino fue el “fiscal”). Servet pensó que los libertinos iban a soltarle y a perseguir a Calvino. Se portó muy mal. Casi todos los líderes reformados estaban de acuerdo con la sentencia. Los católicos le habían condenado antes pero escapó de sus manos y fue quemado en efigie.

1559 Establecimiento de la Universidad de Ginebra. Edición final de la Institución.

1564 Predicó su último sermón el 6 de febrero. Murió el 27 de mayo. El lugar de su sepultura no está identificado.

Fuentes:
http://www.ctlibrary.com/ch/1986/issue12/1215.html
http://www.reformationtours.com/site/490868/page/669536#timeline
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Conferencia Pastoral 2015 | Lo que Cristo nos manda en la Gran Comisión

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La disposición del pastor II: Un corazón compasivo

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Pastor_Eugenio_Pinero-43Eugenio Piñero

Nuestra suficiencia viene del Señor. Busquemos, pues, el rostro de nuestro Dios.

¡Oh Padre!

Te damos gracias por el Salvador que Tú enviaste para librarnos de las tinieblas y del poder del pecado; al considerar la compasión del Señor Jesucristo, la disposición con la que debemos pastorear a la grey, te suplicamos que Tú nos ayudes a ver algo de su compasión, para que esto nos lleve a ser pastores que sirven a las ovejas con compasión. Ven pues, danos la capacitación que viene de tu Espíritu para oír tu Palabra. Te lo suplicamos en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

La disposición predominante con la que los pastores deben pastorear a sus ovejas consiste en varios elementos esenciales.

Anteriormente consideramos “La disposición de siervo”. Ahora vamos a considerar: “La disposición compasiva” y vamos a ver la importancia, y la necesidad de esta disposición para pastorear las ovejas como Cristo quiere que lo hagamos.

Busquemos en Mateo 9:36. Este versículo bíblico enseña que Jesús ministró a la multitud con una disposición compasiva.

“Y viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor”.

Al ver las consecuencias funestas y trágicas de lo que es vivir sin el ministerio de pastores fieles, Jesús tuvo compasión de las multitudes. Su alma se conmovió ante aquel cuadro de miseria espiritual. Él vio a las multitudes desatendidas por quienes tendrían que haber sido sus maestros y guías espirituales.

Basándose en la descripción que Mateo da de estas multitudes, Robertson declaró:

“Estaban acosados, importunados, aturdidos por aquellos que deberían haberles enseñado. Se les estorbaba para entrar en el Reino de los Cielos. Estaban abrumados por las cargas que los fariseos habían puesto sobre ellos. Estas personas eran como ovejas cuyo pastor las había abandonado. En esta situación, las ovejas están angustiadas y desamparadas; están completamente exhaustas y expuestas a las bestias rapaces, a la intemperie, a las inclemencias del tiempo; expuestas al hambre y a la sed. Así se encontraban las multitudes que Mateo describió. Estas personas carecían del alimento de la Palabra de Dios. Estaban oprimidas, desalentadas, abatidas, moribundas y sin esperanza. No estaban preparadas para morir”.

Carlson dice:

“Frente a tales problemas estas personas estaban indefensas, estaban incapacitadas para rescatarse a sí mismas o para escapar de los que las atormentaban. Este cuadro trágico de pecadores abandonados y oprimidos conmovió el corazón de nuestro amado y bendito Salvador. Literalmente se le conmovieron las entrañas.”

Mateo dice:

“Y viendo (un acto deliberado) la multitud, tuvo compasión”.

Su alma fue profundamente afectada, sintió dolor. Este cuadro llevó al Salvador a decir a sus discípulos:

“La mies es mucha pero los obreros son poco. Por tanto rogad al Señor de la mies que Él envíe obreros a la mies.”

La compasión que sintió Jesús le llevó a animar, y aun a mandar, a los discípulos que oraran a Aquél que podía suplir para los que se encontraban abatidos y abandonados.

La compasión por las almas de los hombres debe llevarnos a la oración, debe llevarnos a orar para que el Señor proporcione verdaderos pastores de ovejas, hombres que proclamen su Palabra con un espíritu compasivo y que se identifiquen realmente con aquellos a quienes el Señor les llama a servir.

Marcos 6:34 declara:

“Al desembarcar Él (Jesús) vio una gran multitud, y tuvo compasión de ella, porque eran como ovejas sin pastor”.

Cuando Jesús vio a la gente desamparada, sin líderes que les enseñaran la Palabra de Dios, sin guías que suplieran las necesidades espirituales de la gente, Marcos también dice:

“Jesús tuvo compasión de esta gran multitud”.

Literalmente se le conmovieron las entrañas. La compasión activa de Jesús se expresa en hechos o en acciones. Al conocer la necesidad de estas personas, Jesús se entregó a suplirla. El texto dice: “Y comenzó a enseñarles muchas cosas.” La visión de la condición de la gente conmovió su corazón. Este sentimiento compasivo creó un anhelo profundo por ayudarles.

Hendriksen declara:

“Con la mente, Jesús explora sus penas, les comprende. En su corazón lleva sus cargas, les ama. Con su voluntad les quita sus aflicciones, les sana. Para Él, la compasión no sólo es una emoción, es un tierno sentimiento que se transforma en acción, en una acción eficaz; no es una mera emoción, sino una acción, mejor aún, toda una serie de acciones. Él les enseña, les sana, les alimenta”.

La manifestación de la compasión de Jesús hacia sus criaturas es una ilustración maravillosa de ese amor que no busca lo suyo, que se olvida de sus propias necesidades, cargas y dolor para corresponder adecuadamente a las necesidades, cargas y aflicciones de otros.

Marcos 1:40-41 declara:

“Y vino a Él un leproso, y arrodillándose le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. Movido a compasión, extendiendo Jesús la mano, le tocó y le dijo: Quiero, sé limpio. Y al instante la lepra lo dejó y quedó limpio”.

Aquí, la palabra compasión no sólo supone un sentimiento de pena ante el sufrimiento, sino que habla también de un fuerte deseo de aliviar ese sufrimiento.

Al explicar lo que significa la palabra compasión en Marcos 1:41, Lensky dijo:

“El verbo splanchnizomai (σπλαγχνίζομαι) significa conmoverse las entrañas, los pulmones, el corazón, el hígado, que eran considerados como la base de los sentimientos, el amor, la conmiseración. Podemos decir: su corazón se conmovió. La palabra griega que se usa es la más expresiva de las tres que se traducen por ‘movido a compasión’, porque no sólo supone un sentimiento de pena ante el sufrimiento sino, además, un fuerte deseo de aliviarlo o suprimirlo”.

Cuando Jesús vio a aquel hombre leproso, su corazón se conmovió. Es decir, Él dejó que aquel cuadro de aflicción, miseria y dolor humano conmoviera su propio corazón. La condición dolorosa de aquel hombre le causó un dolor real y profundo. Le llevó a sentir un fuerte deseo de sanarlo y de librarle de su dolor y miseria. Su compasión le llevó a sanarlo. Esto nos enseña que cuando Jesús sanaba a los enfermos o ayudaba a los necesitados, no lo hacía de una manera fría o sin interesarse personalmente en las personas a las que servía o ministraba. Él no correspondió al dolor y a la necesidad humana de una manera impersonal, para simplemente demostrar que Él era en realidad el Mesías”. ¡No! Cuando el Señor ministró a las almas no lo hizo con una objetividad clínica divorciada de una simpatía y empatía real hacia el que sufría. Él se compadeció verdaderamente de ellos. Sintió pena por la desgracia o el sufrimiento ajenos. Cuando Jesús sanó al enfermo y ayudó al necesitado lo hizo con compasión; se identificó con las preocupaciones, aspiraciones, necesidades y temores de estas personas. Él permitió que el dolor afectara su corazón, se colocó en el lugar de estas personas y esto le llevó a compadecerse de ellas.

Él vio y permitió que aquello que estaba contemplando afectara su propio corazón. Él vio la aflicción y la miseria y dejó que esto afectara y conmoviera su ser. Ese cuadro le llevó a corresponder a la necesidad de una manera adecuada. Vio a la multitud como ovejas sin pastor y, ¿qué hizo? Comenzó a enseñarles. Al oír los ruegos del leproso, ¿qué hizo? Lo tocó y lo sanó. ¡Lo tocó! Jesús pudo haber dicho que este hombre fuera limpio, no tenía porqué tocarlo, pero lo tocó. Se identificó con este hombre.

Los casos en que se menciona expresamente la compasión de Jesús, prueban que su corazón estaba siempre lleno de misericordiosa bondad y sentimientos de misericordia hacia los afligidos de todas clases. En cualquier ocasión y dondequiera que sus ojos contemplaran sufrimiento o pesar de cuerpo, o alma, se sentía llamado a prestar ayuda. La compasión de Jesús es una de las más profundas, ricas y consoladoras cualidades del Salvador. Lo llevó a la cruz y, aún hoy, en gloria, continúa demostrando esta gracia. De ahí que se nos anime ¿a qué? A acercarnos al trono de la gracia. ¿Por qué? Porque allí encontraremos a Jesús compadeciéndose de nosotros:

“Teniendo, pues, un gran sumo sacerdote que transcendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe. Porque no tenemos un sacerdote que no puede compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Por tanto, (porque Él es un Salvador compasivo) acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna”.

La compasión que Jesús manifestó durante su ministerio se manifestó también en el ministerio de Pablo. En Hechos 20:31 dijo:

“Recordando que por tres años, de noche y día, no cesé de amonestar a cada uno con lágrimas”.

Pablo no llevó a cabo su ministerio entre los efesios de una manera fría, clínica e impersonal. Él ministró con lágrimas. La condición de estos hombres afectó su corazón; los peligros a los cuales ellos estaban expuestos conmovieron su corazón, y le llevaron a corresponder correctamente a su necesidad.

Cuando Pablo abrió su boca para enseñar y reprender a los corintios, lo hizo con un corazón lleno de un afecto compasivo y misericordioso.

En 2ª Corintios 6:11, Pablo dice:

“Nuestra boca, oh corintios, os ha hablado con toda franqueza. Nuestro corazón se ha abierto de par en par”.

Cuando Pablo dice: “nuestro corazón se ha abierto de par en par”, está dando a conocer lo que sentía hacia los corintios. Esto no era un secreto. Su corazón estaba abierto hacia ellos. Un corazón abierto o ensanchado posee generosos y cálidos sentimientos.

Hodge tiene razón cuando dice que “Pablo había volcado su corazón sobre los corintios. Ha estado hablando con la máxima libertad, sin trabas y al hacerlo así su corazón se ha ensanchado hacia ellos. Estaba dispuesto a abrazarlos a todos y a estrecharlos en sus brazos como hijos amados”. Esto es lo que hace la compasión. ¿Pero a quién le estaba hablando? A aquellos que le estaban acusando falsamente, al menos algunos de ellos. Se habían dejado arrastrar por los falsos maestros que se habían infiltrado. ¿Qué le llevó a él a hablar de esa manera? La compasión por la condición en la que se encontraban estas personas. Él vio más allá de esas acusaciones. Vio lo que estaba allí, lo que realmente era la causa que había llevado a los corintios a conducirse de aquella manera y, al verlos bajo la influencia de estos falsos maestros, su corazón fue conmovido. Él les dijo: “Oh corintios a pesar de esto, ustedes todavía están en mi corazón. Y yo deseo tenerles allí porque les amo y busco lo mejor para ustedes. Mi ministerio lo llevo a cabo por el amor entrañable y profundo que siento hacia ustedes.”

Y, más adelante, en el capítulo 7, versículo 3 Pablo les dice:

“No hablo para condenaros; porque he dicho antes que estáis en nuestro corazón para morir juntos y para vivir juntos”.

La expresión “estáis en nuestro corazón” es otra manera de decir que Pablo les amaba. La expresión “para morir juntos y para vivir juntos” significa que estos hermanos estaban tan arraigados en su corazón que él gustosa o alegremente vive y muere con ellos; ni la vida ni la muerte podrá separarlos.

Si nosotros vamos a ministrar a nuestras ovejas con una disposición compasiva, debemos orar para que el Señor nos de la compasión que nos lleve a identificarnos con el sufrimiento, la necesidad y la condición de cada una de nuestras ovejas. Debemos clamar: “¡Señor, ayúdanos! Danos un corazón más grande, más compasivo.” Debemos pedirle que aumente en nosotros la gracia de la empatía, la capacidad para sentir lo que otros sienten para que esto nos lleve a ser más sensibles a su condición. Esta compasión y empatía ayudarán a crear en nosotros ese fuerte deseo de consolar a los que sufren, de hacer lo que legítimamente alivie o quite su dolor. La compasión nos llevará a corresponder adecuadamente a sus necesidades. Si nosotros hemos de ministrar eficazmente a nuestras ovejas, ellas tienen que percibir que nosotros nos compadecemos de ellas y que realmente queremos corresponder bíblicamente a su necesidad. Esto abrirá sus oídos y sus corazones para que escuchen la enseñanza, exhortación y amonestación que Dios nos manda darles.

Observen cómo ministró Pablo a los corintios. No les exhortó diciendo: “Aquí estoy, con la verdad reformada, las doctrinas de la gracia, ahora escúchenme”. Él no les enseñó ni les exhortó de esa manera. Él no lo hizo de una manera fría ni impersonal, sino que les habló con el corazón. Él les dijo:

“Nuestro corazón está abierto a ustedes de par en par. Entonces, corintios, abran su corazón y escuchen las palabras de aquel que les ama y que les dice la verdad”.

A veces, nuestras ovejas no reciben la instrucción o amonestación porque ven en nosotros un corazón frío que no se compadece de ellas. No ven un corazón compasivo que busca su bien, que trata de entender su condición. Hay pastores que tratan a las ovejas como algunos doctores tratan a sus pacientes. Hablan como si estuvieran dando una receta, “He aquí este versículo; y después lea este otro. Y no se olvide de este otro versículo”. Muchos versículos, pero las ovejas no ven un corazón que siente con ellas, que se identifica con su dolor. Esto cierra sus oídos porque ven que el pastor no se ha interesado realmente por ellas como personas. Cuando un doctor no tiene empatía puede dar la prescripción correcta pero el paciente siente que falta algo importante. Lo que falta es un trato personal; el doctor le trató de forma fría, no mostró un interés sincero, una preocupación genuina por ayudarle y sanarle. Resultado: el paciente no vuelve. Se dice a si mismo, “No quiero que ese doctor vuelva a tratarme. Tal vez conozca bien su profesión pero yo no quiero que me vuelva a atender. Buscaré a otro doctor que me trate como una persona.” Por otro lado, cuando el doctor trata al paciente de un modo personal y muestra un interés verdadero, el enfermo está dispuesto a escuchar lo que tiene que decirle, y quiere regresar para que él continúe atendiéndole.

Si nuestras ovejas no perciben en nosotros un interés genuino por sus personas, una identificación sincera con su dolor o condición, no nos escucharan. Les será difícil oír nuestras palabras, nuestras exhortaciones y amonestaciones. En algunos casos no prestarán atención a nuestras palabras. Aunque hayas preparado un buen sermón para tus ovejas, fruto directo de una exégesis responsable y sana, y conceptos teológicos correctos y equilibrados, si tú no muestras un interés genuino por su bienestar y un corazón compasivo que se identifique con sus personas, aflicciones, problemas y necesidades, les será difícil oír lo que tienes que decirles.

Al ministrar a nuestras ovejas tenemos que recordar que entre ellas hay algunas abatidas, afligidas, heridas y quebrantadas. Otras estarán preocupadas o atemorizadas. Si ellas no perciben o ven que les pastoreamos con un corazón compasivo no apreciaran realmente nada de lo que debemos decirles. No prestarán atención a ninguno de los versículos que podamos citar. Estas cosas no les llegarán con el peso necesario para que puedan ser ayudadas de una forma real y eficaz. Podrás citar las mejores fuentes de consulta, a los hombres más destacados, pero si tú no pastoreas a tus ovejas con un corazón compasivo no podrás comunicar el mensaje de Dios a sus corazones de una manera eficaz.

Dios es compasivo. Esta es la manera en la que Él se acerca y se revela a cada uno de sus hijos. Por tanto, cuando predicamos, no sólo debemos comunicar el contenido de la Escritura sino que también debemos comunicar el corazón de las Escrituras. Para lograr este fin, nuestras vidas deben manifestar esta gracia.

Pablo dice: “Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia”.

Queridos pastores, Dios no solo nos llamó a comunicar el contenido de las Escrituras, sino también su corazón. Por tanto, al hablar de la compasión de Cristo, ¿manifiestas tú esa compasión? Si no es así, no estás representando correctamente al Señor Jesucristo que te llamó a manifestar su compasión y que te llama a hablar y a tratar a las ovejas con compasión.

Vendrán días de gran aflicción y adversidad en los que Dios te llamará a consolar a tu gente. Su dolor será tan fuerte que no podrás más que llorar con ellas y sentir el dolor que ellas sienten.

Si los amigos de Job hubieran tenido compasión, si se hubieran sentado delante de este hombre a llorar con él, eso habría sido una gran medicina que habría consolado a Job.

Hay situaciones en las que no podemos más que llorar con nuestras ovejas, orar con ellas y encomendarlas a la misericordia de Dios, conociendo que Dios tiene un propósito sabio en esto que les ha ocurrido.

Hay ocasiones en las que solo podremos consolar con lágrimas. Para esto tú y yo necesitamos un corazón compasivo. ¿Te das cuenta de que no es ir simplemente a un seminario? ¿Que no sólo es tomar diferentes clases y poder defender la fe? No; necesitamos un corazón pastoral, un corazón compasivo, y eso no surge simplemente así porque sí. Tiene mucho que ver con nuestra relación diaria con Cristo y como esa relación afecta y guía nuestra vida.

Necesitas un corazón que se compadezca de tus ovejas. Un corazón que se identifique con sus sufrimientos, que sienta, se sienta afectado por lo que le afecta a ellas. ¡Oh hermanos, que el Señor nos conceda cada día más de esta gracia!

Es verdad que nuestras ovejas necesitan nuestro consejo y guía espiritual, pero una de las cosas que las preparará para que puedan domingo tras domingo, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, estar dispuestas a recibir la instrucción bíblica es nuestra compasión. Eso no es todo, pero es un ingrediente importante y esencial.

Alguien dijo: “Hay un lenguaje del corazón que sobrepasa el de las palabras que une a un corazón con otro corazón y abre la puerta para que nuestras palabras sean recibidas.”

A veces tenemos que comunicar palabras que hieren, verdades que son muy difíciles de aceptar, pero si estas verdades proceden de un corazón amoroso y compasivo serán más fáciles de recibir.

Recuerda, hermano, que el Señor ministró a sus ovejas movido por la compasión. Entonces tú y yo debemos pastorear nuestras a ovejas de la misma manera. La Biblia dice: “Llorad con los que lloran”. Esta es otra forma de decirnos que nuestro deber es mostrar compasión hacia aquellos que sufren.

Hasta aquí hemos visto algo de la importancia y necesidad de la compasión pastoral.

Ahora quiero dar, brevemente, algunas instrucciones prácticas para desarrollar la gracia de la compasión.

En primer lugar, ya que la compasión es un fruto del Espíritu Santo, debemos orar para que Dios aumente esta gracia en nuestro corazón por medio de las operaciones e influencias del Espíritu Santo y Su Palabra. Debemos leer y estudiar las Escrituras y la verdad, pero debemos hacerlo con un espíritu de oración: ¡Señor, ven y obra!

Algunos de nosotros nos criamos en hogares donde, literalmente, nos castraron emocionalmente y se nos hace difícil llorar con los que lloran. Entonces, ¿qué vamos a hacer? ¡Clamar a nuestro Dios! La promesa divina debe animarnos a orar por una mayor manifestación del Espíritu Santo en nuestras vidas; manifestación que, entre otra cosas, obre en nosotros mayor compasión. Cristo nos dice: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallareis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”.

Y dice el Señor: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”.

Necesitamos el Espíritu de Dios para que esta gracia sea aumentada en nosotros y se manifieste en nuestras vidas.

En segundo lugar, medita deliberadamente en la manera compasiva en que Dios te ha tratado.

El Salmo 103, versículo 14, nos habla de la compasión de nuestro Dios. Él dice en su palabra, en el versículo 13 de este Salmo:

“Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen Porque Él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos solo polvo.”

Él se acuerda de que somos polvo. Consciente de nuestra condición él nos trata conforme a su misericordia; esta verdad conmoverá nuestros corazones y nos animará a reflejar el carácter y la compasión de nuestro Dios. Nosotros también debemos recordar la constitución de nuestro prójimo y de nuestras ovejas y dejar que esto afecte, conmueva nuestro corazón y nos lleve a corresponder bíblicamente a sus necesidades.

¿Cómo podemos desarrollar este fruto del Espíritu? En tercer lugar, imita al Señor Jesucristo. Él es el ejemplo perfecto de lo que un hombre debe ser en su vida emocional. Su ejemplo de la compasión está plasmado de una manera especial en los evangelios. Entonces, lee una y otra vez los Evangelios. En ellos, el Señor se manifiesta como el Dios encarnado. Considera, con un espíritu de oración, la manera en que Jesús reaccionó ante el sufrimiento; ve como se identificó con el que sufría; observa como Él dejó que el sufrimiento de otros afectara su corazón. Deja que el Señor, lo que Él es, lo que Él hizo y la manera en que Él reaccionó, sea tu patrón. Lee buenos libros que tratan este tema. Uno de ellos es, “La persona y la obra del Señor Jesucristo”, escrito por B. B. Warfield. Este excelente libro habla sobre la vida emocional de nuestro Señor. Otro libro es: “La hermosura de Jesús”, por Clifford Pond.

En cuarto lugar, considera la situación o condición peculiar de cada una de tus ovejas, y deja que ese cuadro afecte y conmueva tu corazón y te lleve a corresponder a sus necesidades como Dios manda en su Palabra. Proverbios 27:23 declara: “Conoce bien la condición de tus rebaños…”. En Juan 3:14, Jesús declara, “Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas y las mías me conocen”. El conocimiento de sus ovejas conmovió su corazón y le llevó a corresponder correctamente y adecuadamente a su condición. Tal conocimiento y compasión le llevó a dar su vida por sus ovejas.

En quinto lugar, busca la dirección de las Escrituras para corresponder adecuadamente a la condición de tus ovejas. Querido hermano, la compasión no es un mero sentimiento. ¡No! También es acción, es corresponder, pero no es corresponder como yo pienso sino como Cristo me manda en su Palabra. ¿Qué me dice el Señor en su Palabra?

Las Escrituras son suficientes y pertinentes para guiarnos y enseñarnos cómo debemos responder a las necesidades de nuestras ovejas; son suficientes para enseñarnos cómo debemos mostrar esa compasión. Querido hermano, para esto no necesitas las últimas declaraciones de los gurús o los expertos en psicología, ¡no! No necesitas las enseñanzas ni las declaraciones de estos hombres para tratar con un corazón quebrantado por el pecado, la injusticia, la crueldad y la maldad. Todo lo que necesitas es conocer bien tu Biblia. Para esto vive según la Biblia, aprende a aplicarla a tu propia vida y podrás aplicarla a otros.

Pablo le dice a Timoteo:

“Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido, de las cuales te convenciste, sabiendo de quienes las has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación, mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto (llegue a la madurez espiritual) esté equipado para toda buena obra”, (2Tim. 3:16,17).

“Timoteo, aplica la Biblia; aplícate la Biblia; aplica sus verdades a tu propio corazón; a tu propia vida para que alcances ese estado de madurez que te permita estar preparado para toda buena obra. Y mostrar compasión es una buena obra. Entonces, Timoteo, en la Biblia encontrarás todo lo que necesitas para esta buena obra. La Biblia es suficiente y pertinente para tratar con el corazón humano, con el pecado, la aflicción, la depresión, la ira, la decadencia espiritual, la adversidad. Es suficiente para dar consuelo, fortaleza y esperanza.”

Pero muchos no piensan así. ¿Por qué? Porque desconocen su Biblia. La razón por la que muchos ministros dependen de otras fuentes es porque no conocen ni aplican a sus vidas la Palabra de Dios. Estos hombres van a otras fuentes porque no creen lo que la Biblia dice de sí misma. Su testimonio es que es suficiente y pertinente para guiarnos en todo lo que Dios requiere de nosotros.

He aquí algunas de las instrucciones prácticas para que nosotros podamos crecer en la gracia de la compasión. Si vamos a pastorear a las ovejas como lo hace el Señor Jesucristo, entonces debemos hacerlo de una manera compasiva.

¡Oh hermanos, estamos tan ocupados! Corremos de un lado para otro, pero tenemos que detenernos para contemplar la condición de nuestras ovejas. Es así como podremos desarrollar la compasión. Que nuestras ovejas encuentren en nosotros un corazón compasivo y, al verlo, vean mas allá de nosotros, vean el corazón compasivo de Cristo y den gloria a Él por su pastoreo a través de personas tan insuficientes como nosotros. ¡Oh que al ver estas cosas ellas amen más y más a Cristo!

Oremos:

Padre, gracias te damos por las enseñanzas de tu palabra.

En verdad tu palabra es suficiente y pertinente. Pedimos perdón porque no hemos mostrado la compasión de Cristo como deberíamos; nos hemos quedado cortos, ¡perdónanos!

¡Ayúdanos, oh Dios, a crecer en esta gracia!

Que la enseñanza de tu palabra hoy, junto a la operación misericordiosa de tu espíritu, grabe esto en nuestras mentes y corazones para que podamos ser ministros fieles y competentes del Nuevo Pacto.

Te suplicamos esto para que podamos glorificarte y promover el bien de las ovejas.

Padre, tu hijo murió por esto. ¡Danos mayor compasión!

Te lo pedimos en Cristo.

Amén.

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The disposition of the pastor II: A compassionate heart

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Pastor_Eugenio_Pinero-43Eugenio Piñero

Nuestra suficiencia viene del Señor. Busquemos, pues, el rostro de nuestro Dios.

¡Oh Padre!

Te damos gracias por el Salvador que Tú enviaste para librarnos de las tinieblas y del poder del pecado; al considerar la compasión del Señor Jesucristo, la disposición con la que debemos pastorear a la grey, te suplicamos que Tú nos ayudes a ver algo de su compasión, para que esto nos lleve a ser pastores que sirven a las ovejas con compasión. Ven pues, danos la capacitación que viene de tu Espíritu para oír tu Palabra. Te lo suplicamos en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

La disposición predominante con la que los pastores deben pastorear a sus ovejas consiste en varios elementos esenciales.

Anteriormente consideramos “La disposición de siervo”. Ahora vamos a considerar: “La disposición compasiva” y vamos a ver la importancia, y la necesidad de esta disposición para pastorear las ovejas como Cristo quiere que lo hagamos.

Busquemos en Mateo 9:36. Este versículo bíblico enseña que Jesús ministró a la multitud con una disposición compasiva.

“Y viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor”.

Al ver las consecuencias funestas y trágicas de lo que es vivir sin el ministerio de pastores fieles, Jesús tuvo compasión de las multitudes. Su alma se conmovió ante aquel cuadro de miseria espiritual. Él vio a las multitudes desatendidas por quienes tendrían que haber sido sus maestros y guías espirituales.

Basándose en la descripción que Mateo da de estas multitudes, Robertson declaró:

“Estaban acosados, importunados, aturdidos por aquellos que deberían haberles enseñado. Se les estorbaba para entrar en el Reino de los Cielos. Estaban abrumados por las cargas que los fariseos habían puesto sobre ellos. Estas personas eran como ovejas cuyo pastor las había abandonado. En esta situación, las ovejas están angustiadas y desamparadas; están completamente exhaustas y expuestas a las bestias rapaces, a la intemperie, a las inclemencias del tiempo; expuestas al hambre y a la sed. Así se encontraban las multitudes que Mateo describió. Estas personas carecían del alimento de la Palabra de Dios. Estaban oprimidas, desalentadas, abatidas, moribundas y sin esperanza. No estaban preparadas para morir”.

Carlson dice:

“Frente a tales problemas estas personas estaban indefensas, estaban incapacitadas para rescatarse a sí mismas o para escapar de los que las atormentaban. Este cuadro trágico de pecadores abandonados y oprimidos conmovió el corazón de nuestro amado y bendito Salvador. Literalmente se le conmovieron las entrañas.”

Mateo dice:

“Y viendo (un acto deliberado) la multitud, tuvo compasión”.

Su alma fue profundamente afectada, sintió dolor. Este cuadro llevó al Salvador a decir a sus discípulos:

“La mies es mucha pero los obreros son poco. Por tanto rogad al Señor de la mies que Él envíe obreros a la mies.”

La compasión que sintió Jesús le llevó a animar, y aun a mandar, a los discípulos que oraran a Aquél que podía suplir para los que se encontraban abatidos y abandonados.

La compasión por las almas de los hombres debe llevarnos a la oración, debe llevarnos a orar para que el Señor proporcione verdaderos pastores de ovejas, hombres que proclamen su Palabra con un espíritu compasivo y que se identifiquen realmente con aquellos a quienes el Señor les llama a servir.

Marcos 6:34 declara:

“Al desembarcar Él (Jesús) vio una gran multitud, y tuvo compasión de ella, porque eran como ovejas sin pastor”.

Cuando Jesús vio a la gente desamparada, sin líderes que les enseñaran la Palabra de Dios, sin guías que suplieran las necesidades espirituales de la gente, Marcos también dice:

“Jesús tuvo compasión de esta gran multitud”.

Literalmente se le conmovieron las entrañas. La compasión activa de Jesús se expresa en hechos o en acciones. Al conocer la necesidad de estas personas, Jesús se entregó a suplirla. El texto dice: “Y comenzó a enseñarles muchas cosas.” La visión de la condición de la gente conmovió su corazón. Este sentimiento compasivo creó un anhelo profundo por ayudarles.

Hendriksen declara:

“Con la mente, Jesús explora sus penas, les comprende. En su corazón lleva sus cargas, les ama. Con su voluntad les quita sus aflicciones, les sana. Para Él, la compasión no sólo es una emoción, es un tierno sentimiento que se transforma en acción, en una acción eficaz; no es una mera emoción, sino una acción, mejor aún, toda una serie de acciones. Él les enseña, les sana, les alimenta”.

La manifestación de la compasión de Jesús hacia sus criaturas es una ilustración maravillosa de ese amor que no busca lo suyo, que se olvida de sus propias necesidades, cargas y dolor para corresponder adecuadamente a las necesidades, cargas y aflicciones de otros.

Marcos 1:40-41 declara:

“Y vino a Él un leproso, y arrodillándose le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. Movido a compasión, extendiendo Jesús la mano, le tocó y le dijo: Quiero, sé limpio. Y al instante la lepra lo dejó y quedó limpio”.

Aquí, la palabra compasión no sólo supone un sentimiento de pena ante el sufrimiento, sino que habla también de un fuerte deseo de aliviar ese sufrimiento.

Al explicar lo que significa la palabra compasión en Marcos 1:41, Lensky dijo:

“El verbo splanchnizomai (σπλαγχνίζομαι) significa conmoverse las entrañas, los pulmones, el corazón, el hígado, que eran considerados como la base de los sentimientos, el amor, la conmiseración. Podemos decir: su corazón se conmovió. La palabra griega que se usa es la más expresiva de las tres que se traducen por ‘movido a compasión’, porque no sólo supone un sentimiento de pena ante el sufrimiento sino, además, un fuerte deseo de aliviarlo o suprimirlo”.

Cuando Jesús vio a aquel hombre leproso, su corazón se conmovió. Es decir, Él dejó que aquel cuadro de aflicción, miseria y dolor humano conmoviera su propio corazón. La condición dolorosa de aquel hombre le causó un dolor real y profundo. Le llevó a sentir un fuerte deseo de sanarlo y de librarle de su dolor y miseria. Su compasión le llevó a sanarlo. Esto nos enseña que cuando Jesús sanaba a los enfermos o ayudaba a los necesitados, no lo hacía de una manera fría o sin interesarse personalmente en las personas a las que servía o ministraba. Él no correspondió al dolor y a la necesidad humana de una manera impersonal, para simplemente demostrar que Él era en realidad el Mesías”. ¡No! Cuando el Señor ministró a las almas no lo hizo con una objetividad clínica divorciada de una simpatía y empatía real hacia el que sufría. Él se compadeció verdaderamente de ellos. Sintió pena por la desgracia o el sufrimiento ajenos. Cuando Jesús sanó al enfermo y ayudó al necesitado lo hizo con compasión; se identificó con las preocupaciones, aspiraciones, necesidades y temores de estas personas. Él permitió que el dolor afectara su corazón, se colocó en el lugar de estas personas y esto le llevó a compadecerse de ellas.

Él vio y permitió que aquello que estaba contemplando afectara su propio corazón. Él vio la aflicción y la miseria y dejó que esto afectara y conmoviera su ser. Ese cuadro le llevó a corresponder a la necesidad de una manera adecuada. Vio a la multitud como ovejas sin pastor y, ¿qué hizo? Comenzó a enseñarles. Al oír los ruegos del leproso, ¿qué hizo? Lo tocó y lo sanó. ¡Lo tocó! Jesús pudo haber dicho que este hombre fuera limpio, no tenía porqué tocarlo, pero lo tocó. Se identificó con este hombre.

Los casos en que se menciona expresamente la compasión de Jesús, prueban que su corazón estaba siempre lleno de misericordiosa bondad y sentimientos de misericordia hacia los afligidos de todas clases. En cualquier ocasión y dondequiera que sus ojos contemplaran sufrimiento o pesar de cuerpo, o alma, se sentía llamado a prestar ayuda. La compasión de Jesús es una de las más profundas, ricas y consoladoras cualidades del Salvador. Lo llevó a la cruz y, aún hoy, en gloria, continúa demostrando esta gracia. De ahí que se nos anime ¿a qué? A acercarnos al trono de la gracia. ¿Por qué? Porque allí encontraremos a Jesús compadeciéndose de nosotros:

“Teniendo, pues, un gran sumo sacerdote que transcendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe. Porque no tenemos un sacerdote que no puede compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Por tanto, (porque Él es un Salvador compasivo) acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna”.

La compasión que Jesús manifestó durante su ministerio se manifestó también en el ministerio de Pablo. En Hechos 20:31 dijo:

“Recordando que por tres años, de noche y día, no cesé de amonestar a cada uno con lágrimas”.

Pablo no llevó a cabo su ministerio entre los efesios de una manera fría, clínica e impersonal. Él ministró con lágrimas. La condición de estos hombres afectó su corazón; los peligros a los cuales ellos estaban expuestos conmovieron su corazón, y le llevaron a corresponder correctamente a su necesidad.

Cuando Pablo abrió su boca para enseñar y reprender a los corintios, lo hizo con un corazón lleno de un afecto compasivo y misericordioso.

En 2ª Corintios 6:11, Pablo dice:

“Nuestra boca, oh corintios, os ha hablado con toda franqueza. Nuestro corazón se ha abierto de par en par”.

Cuando Pablo dice: “nuestro corazón se ha abierto de par en par”, está dando a conocer lo que sentía hacia los corintios. Esto no era un secreto. Su corazón estaba abierto hacia ellos. Un corazón abierto o ensanchado posee generosos y cálidos sentimientos.

Hodge tiene razón cuando dice que “Pablo había volcado su corazón sobre los corintios. Ha estado hablando con la máxima libertad, sin trabas y al hacerlo así su corazón se ha ensanchado hacia ellos. Estaba dispuesto a abrazarlos a todos y a estrecharlos en sus brazos como hijos amados”. Esto es lo que hace la compasión. ¿Pero a quién le estaba hablando? A aquellos que le estaban acusando falsamente, al menos algunos de ellos. Se habían dejado arrastrar por los falsos maestros que se habían infiltrado. ¿Qué le llevó a él a hablar de esa manera? La compasión por la condición en la que se encontraban estas personas. Él vio más allá de esas acusaciones. Vio lo que estaba allí, lo que realmente era la causa que había llevado a los corintios a conducirse de aquella manera y, al verlos bajo la influencia de estos falsos maestros, su corazón fue conmovido. Él les dijo: “Oh corintios a pesar de esto, ustedes todavía están en mi corazón. Y yo deseo tenerles allí porque les amo y busco lo mejor para ustedes. Mi ministerio lo llevo a cabo por el amor entrañable y profundo que siento hacia ustedes.”

Y, más adelante, en el capítulo 7, versículo 3 Pablo les dice:

“No hablo para condenaros; porque he dicho antes que estáis en nuestro corazón para morir juntos y para vivir juntos”.

La expresión “estáis en nuestro corazón” es otra manera de decir que Pablo les amaba. La expresión “para morir juntos y para vivir juntos” significa que estos hermanos estaban tan arraigados en su corazón que él gustosa o alegremente vive y muere con ellos; ni la vida ni la muerte podrá separarlos.

Si nosotros vamos a ministrar a nuestras ovejas con una disposición compasiva, debemos orar para que el Señor nos de la compasión que nos lleve a identificarnos con el sufrimiento, la necesidad y la condición de cada una de nuestras ovejas. Debemos clamar: “¡Señor, ayúdanos! Danos un corazón más grande, más compasivo.” Debemos pedirle que aumente en nosotros la gracia de la empatía, la capacidad para sentir lo que otros sienten para que esto nos lleve a ser más sensibles a su condición. Esta compasión y empatía ayudarán a crear en nosotros ese fuerte deseo de consolar a los que sufren, de hacer lo que legítimamente alivie o quite su dolor. La compasión nos llevará a corresponder adecuadamente a sus necesidades. Si nosotros hemos de ministrar eficazmente a nuestras ovejas, ellas tienen que percibir que nosotros nos compadecemos de ellas y que realmente queremos corresponder bíblicamente a su necesidad. Esto abrirá sus oídos y sus corazones para que escuchen la enseñanza, exhortación y amonestación que Dios nos manda darles.

Observen cómo ministró Pablo a los corintios. No les exhortó diciendo: “Aquí estoy, con la verdad reformada, las doctrinas de la gracia, ahora escúchenme”. Él no les enseñó ni les exhortó de esa manera. Él no lo hizo de una manera fría ni impersonal, sino que les habló con el corazón. Él les dijo:

“Nuestro corazón está abierto a ustedes de par en par. Entonces, corintios, abran su corazón y escuchen las palabras de aquel que les ama y que les dice la verdad”.

A veces, nuestras ovejas no reciben la instrucción o amonestación porque ven en nosotros un corazón frío que no se compadece de ellas. No ven un corazón compasivo que busca su bien, que trata de entender su condición. Hay pastores que tratan a las ovejas como algunos doctores tratan a sus pacientes. Hablan como si estuvieran dando una receta, “He aquí este versículo; y después lea este otro. Y no se olvide de este otro versículo”. Muchos versículos, pero las ovejas no ven un corazón que siente con ellas, que se identifica con su dolor. Esto cierra sus oídos porque ven que el pastor no se ha interesado realmente por ellas como personas. Cuando un doctor no tiene empatía puede dar la prescripción correcta pero el paciente siente que falta algo importante. Lo que falta es un trato personal; el doctor le trató de forma fría, no mostró un interés sincero, una preocupación genuina por ayudarle y sanarle. Resultado: el paciente no vuelve. Se dice a si mismo, “No quiero que ese doctor vuelva a tratarme. Tal vez conozca bien su profesión pero yo no quiero que me vuelva a atender. Buscaré a otro doctor que me trate como una persona.” Por otro lado, cuando el doctor trata al paciente de un modo personal y muestra un interés verdadero, el enfermo está dispuesto a escuchar lo que tiene que decirle, y quiere regresar para que él continúe atendiéndole.

Si nuestras ovejas no perciben en nosotros un interés genuino por sus personas, una identificación sincera con su dolor o condición, no nos escucharan. Les será difícil oír nuestras palabras, nuestras exhortaciones y amonestaciones. En algunos casos no prestarán atención a nuestras palabras. Aunque hayas preparado un buen sermón para tus ovejas, fruto directo de una exégesis responsable y sana, y conceptos teológicos correctos y equilibrados, si tú no muestras un interés genuino por su bienestar y un corazón compasivo que se identifique con sus personas, aflicciones, problemas y necesidades, les será difícil oír lo que tienes que decirles.

Al ministrar a nuestras ovejas tenemos que recordar que entre ellas hay algunas abatidas, afligidas, heridas y quebrantadas. Otras estarán preocupadas o atemorizadas. Si ellas no perciben o ven que les pastoreamos con un corazón compasivo no apreciaran realmente nada de lo que debemos decirles. No prestarán atención a ninguno de los versículos que podamos citar. Estas cosas no les llegarán con el peso necesario para que puedan ser ayudadas de una forma real y eficaz. Podrás citar las mejores fuentes de consulta, a los hombres más destacados, pero si tú no pastoreas a tus ovejas con un corazón compasivo no podrás comunicar el mensaje de Dios a sus corazones de una manera eficaz.

Dios es compasivo. Esta es la manera en la que Él se acerca y se revela a cada uno de sus hijos. Por tanto, cuando predicamos, no sólo debemos comunicar el contenido de la Escritura sino que también debemos comunicar el corazón de las Escrituras. Para lograr este fin, nuestras vidas deben manifestar esta gracia.

Pablo dice: “Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia”.

Queridos pastores, Dios no solo nos llamó a comunicar el contenido de las Escrituras, sino también su corazón. Por tanto, al hablar de la compasión de Cristo, ¿manifiestas tú esa compasión? Si no es así, no estás representando correctamente al Señor Jesucristo que te llamó a manifestar su compasión y que te llama a hablar y a tratar a las ovejas con compasión.

Vendrán días de gran aflicción y adversidad en los que Dios te llamará a consolar a tu gente. Su dolor será tan fuerte que no podrás más que llorar con ellas y sentir el dolor que ellas sienten.

Si los amigos de Job hubieran tenido compasión, si se hubieran sentado delante de este hombre a llorar con él, eso habría sido una gran medicina que habría consolado a Job.

Hay situaciones en las que no podemos más que llorar con nuestras ovejas, orar con ellas y encomendarlas a la misericordia de Dios, conociendo que Dios tiene un propósito sabio en esto que les ha ocurrido.

Hay ocasiones en las que solo podremos consolar con lágrimas. Para esto tú y yo necesitamos un corazón compasivo. ¿Te das cuenta de que no es ir simplemente a un seminario? ¿Que no sólo es tomar diferentes clases y poder defender la fe? No; necesitamos un corazón pastoral, un corazón compasivo, y eso no surge simplemente así porque sí. Tiene mucho que ver con nuestra relación diaria con Cristo y como esa relación afecta y guía nuestra vida.

Necesitas un corazón que se compadezca de tus ovejas. Un corazón que se identifique con sus sufrimientos, que sienta, se sienta afectado por lo que le afecta a ellas. ¡Oh hermanos, que el Señor nos conceda cada día más de esta gracia!

Es verdad que nuestras ovejas necesitan nuestro consejo y guía espiritual, pero una de las cosas que las preparará para que puedan domingo tras domingo, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, estar dispuestas a recibir la instrucción bíblica es nuestra compasión. Eso no es todo, pero es un ingrediente importante y esencial.

Alguien dijo: “Hay un lenguaje del corazón que sobrepasa el de las palabras que une a un corazón con otro corazón y abre la puerta para que nuestras palabras sean recibidas.”

A veces tenemos que comunicar palabras que hieren, verdades que son muy difíciles de aceptar, pero si estas verdades proceden de un corazón amoroso y compasivo serán más fáciles de recibir.

Recuerda, hermano, que el Señor ministró a sus ovejas movido por la compasión. Entonces tú y yo debemos pastorear nuestras a ovejas de la misma manera. La Biblia dice: “Llorad con los que lloran”. Esta es otra forma de decirnos que nuestro deber es mostrar compasión hacia aquellos que sufren.

Hasta aquí hemos visto algo de la importancia y necesidad de la compasión pastoral.

Ahora quiero dar, brevemente, algunas instrucciones prácticas para desarrollar la gracia de la compasión.

En primer lugar, ya que la compasión es un fruto del Espíritu Santo, debemos orar para que Dios aumente esta gracia en nuestro corazón por medio de las operaciones e influencias del Espíritu Santo y Su Palabra. Debemos leer y estudiar las Escrituras y la verdad, pero debemos hacerlo con un espíritu de oración: ¡Señor, ven y obra!

Algunos de nosotros nos criamos en hogares donde, literalmente, nos castraron emocionalmente y se nos hace difícil llorar con los que lloran. Entonces, ¿qué vamos a hacer? ¡Clamar a nuestro Dios! La promesa divina debe animarnos a orar por una mayor manifestación del Espíritu Santo en nuestras vidas; manifestación que, entre otra cosas, obre en nosotros mayor compasión. Cristo nos dice: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallareis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”.

Y dice el Señor: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”.

Necesitamos el Espíritu de Dios para que esta gracia sea aumentada en nosotros y se manifieste en nuestras vidas.

En segundo lugar, medita deliberadamente en la manera compasiva en que Dios te ha tratado.

El Salmo 103, versículo 14, nos habla de la compasión de nuestro Dios. Él dice en su palabra, en el versículo 13 de este Salmo:

“Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen Porque Él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos solo polvo.”

Él se acuerda de que somos polvo. Consciente de nuestra condición él nos trata conforme a su misericordia; esta verdad conmoverá nuestros corazones y nos animará a reflejar el carácter y la compasión de nuestro Dios. Nosotros también debemos recordar la constitución de nuestro prójimo y de nuestras ovejas y dejar que esto afecte, conmueva nuestro corazón y nos lleve a corresponder bíblicamente a sus necesidades.

¿Cómo podemos desarrollar este fruto del Espíritu? En tercer lugar, imita al Señor Jesucristo. Él es el ejemplo perfecto de lo que un hombre debe ser en su vida emocional. Su ejemplo de la compasión está plasmado de una manera especial en los evangelios. Entonces, lee una y otra vez los Evangelios. En ellos, el Señor se manifiesta como el Dios encarnado. Considera, con un espíritu de oración, la manera en que Jesús reaccionó ante el sufrimiento; ve como se identificó con el que sufría; observa como Él dejó que el sufrimiento de otros afectara su corazón. Deja que el Señor, lo que Él es, lo que Él hizo y la manera en que Él reaccionó, sea tu patrón. Lee buenos libros que tratan este tema. Uno de ellos es, “La persona y la obra del Señor Jesucristo”, escrito por B. B. Warfield. Este excelente libro habla sobre la vida emocional de nuestro Señor. Otro libro es: “La hermosura de Jesús”, por Clifford Pond.

En cuarto lugar, considera la situación o condición peculiar de cada una de tus ovejas, y deja que ese cuadro afecte y conmueva tu corazón y te lleve a corresponder a sus necesidades como Dios manda en su Palabra. Proverbios 27:23 declara: “Conoce bien la condición de tus rebaños…”. En Juan 3:14, Jesús declara, “Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas y las mías me conocen”. El conocimiento de sus ovejas conmovió su corazón y le llevó a corresponder correctamente y adecuadamente a su condición. Tal conocimiento y compasión le llevó a dar su vida por sus ovejas.

En quinto lugar, busca la dirección de las Escrituras para corresponder adecuadamente a la condición de tus ovejas. Querido hermano, la compasión no es un mero sentimiento. ¡No! También es acción, es corresponder, pero no es corresponder como yo pienso sino como Cristo me manda en su Palabra. ¿Qué me dice el Señor en su Palabra?

Las Escrituras son suficientes y pertinentes para guiarnos y enseñarnos cómo debemos responder a las necesidades de nuestras ovejas; son suficientes para enseñarnos cómo debemos mostrar esa compasión. Querido hermano, para esto no necesitas las últimas declaraciones de los gurús o los expertos en psicología, ¡no! No necesitas las enseñanzas ni las declaraciones de estos hombres para tratar con un corazón quebrantado por el pecado, la injusticia, la crueldad y la maldad. Todo lo que necesitas es conocer bien tu Biblia. Para esto vive según la Biblia, aprende a aplicarla a tu propia vida y podrás aplicarla a otros.

Pablo le dice a Timoteo:

“Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido, de las cuales te convenciste, sabiendo de quienes las has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación, mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto (llegue a la madurez espiritual) esté equipado para toda buena obra”, (2Tim. 3:16,17).

“Timoteo, aplica la Biblia; aplícate la Biblia; aplica sus verdades a tu propio corazón; a tu propia vida para que alcances ese estado de madurez que te permita estar preparado para toda buena obra. Y mostrar compasión es una buena obra. Entonces, Timoteo, en la Biblia encontrarás todo lo que necesitas para esta buena obra. La Biblia es suficiente y pertinente para tratar con el corazón humano, con el pecado, la aflicción, la depresión, la ira, la decadencia espiritual, la adversidad. Es suficiente para dar consuelo, fortaleza y esperanza.”

Pero muchos no piensan así. ¿Por qué? Porque desconocen su Biblia. La razón por la que muchos ministros dependen de otras fuentes es porque no conocen ni aplican a sus vidas la Palabra de Dios. Estos hombres van a otras fuentes porque no creen lo que la Biblia dice de sí misma. Su testimonio es que es suficiente y pertinente para guiarnos en todo lo que Dios requiere de nosotros.

He aquí algunas de las instrucciones prácticas para que nosotros podamos crecer en la gracia de la compasión. Si vamos a pastorear a las ovejas como lo hace el Señor Jesucristo, entonces debemos hacerlo de una manera compasiva.

¡Oh hermanos, estamos tan ocupados! Corremos de un lado para otro, pero tenemos que detenernos para contemplar la condición de nuestras ovejas. Es así como podremos desarrollar la compasión. Que nuestras ovejas encuentren en nosotros un corazón compasivo y, al verlo, vean mas allá de nosotros, vean el corazón compasivo de Cristo y den gloria a Él por su pastoreo a través de personas tan insuficientes como nosotros. ¡Oh que al ver estas cosas ellas amen más y más a Cristo!

Oremos:

Padre, gracias te damos por las enseñanzas de tu palabra.

En verdad tu palabra es suficiente y pertinente. Pedimos perdón porque no hemos mostrado la compasión de Cristo como deberíamos; nos hemos quedado cortos, ¡perdónanos!

¡Ayúdanos, oh Dios, a crecer en esta gracia!

Que la enseñanza de tu palabra hoy, junto a la operación misericordiosa de tu espíritu, grabe esto en nuestras mentes y corazones para que podamos ser ministros fieles y competentes del Nuevo Pacto.

Te suplicamos esto para que podamos glorificarte y promover el bien de las ovejas.

Padre, tu hijo murió por esto. ¡Danos mayor compasión!

Te lo pedimos en Cristo.

Amén.

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Conferencia Pastoral 2015 | La verdad que conduce a la piedad

La verdad que conduce a la piedad

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“Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos de Dios y al pleno conocimiento de la verdad que es según la piedad” (Tit.1:1).

El apóstol Pablo era un hombre que actuaba por principio. ¿Qué es un principio? Básicamente un principio es una verdad que no cambia. Había verdades bíblicas y espirituales incambiables por las que Pablo regía su vida. El no era un hombre que se dejaba guiar por sus antojos, sus emociones ni por las tendencias de su época o entorno.

Los principios de la palabra de Dios por los que Pablo se guiaba no son subjetivos sino objetivos. No son internos sino más bien externos. Son verdades que Dios mismo ha establecido. Pablo regía su vida en base a un conjunto de principios absolutos. Y además del poder de la gracia de Dios obrando en él, el vivir de esta manera fue una de las razones por las que él pudo ser tan fiel a Cristo y a las almas que tuvo que ministrar.

Y como Pablo tenía bien claro lo que decía la palabra de Dios y lo que ésta exigía de él, él tenía bien claro en su mente cuál era su punto de partida al hacer lo que hacía. Por eso nunca vemos a Pablo a tientas tratando de averiguar cómo llevar a cabo su ministerio con mayor eficacia.

¿Y por qué era que Pablo no vivía así? Porque al vivir según los principios de la palabra de Dios esto le daba varias cosas a Pablo:

1-Seguridad. Cuando uno actúa por principios uno actúa con la seguridad de saber que actúa según verdades que no cambian. Hombres como Pablo viven con esta seguridad porque conocen la verdad y están comprometidos con la verdad. Y su seguridad no depende de si tiene buenos resultados o no; de si hay mucha gente escuchándolos por Sermonaudio; de si la gente les ama o les odia. Estas son cosas de poca importancia para el que vive por principio.

Pero los principios de la palabra por los que Pablo se regía también le daban:

2-Un sentido de propósito. Pablo era un hombre que tenía bien claro qué era lo que el Señor quería de él. El sabía en qué consistía su ministerio, cuáles eran sus responsabilidades y según esto él actuaba y llevaba a cabo la obra que él tenía. El tenía metas bien trazadas y estas metas estaban basadas en lo que Cristo demandaba de El. Por eso Pablo pudo decir en (Hch.20:24) “…en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios”.

Pablo eran un hombre que actuaba según los principios de la palabra de Dios. Y en el saludo de Pablo a Tito en (Tit.1:1-4) Pablo da a conocer algunos de los principios que regían su ministerio. Leamos:

“Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la [o, para la] fe de los escogidos de Dios y al pleno conocimiento de la verdad que es según la piedad, con la esperanza de vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde los tiempos eternos, y manifestó a su debido tiempo su palabra por la predicación que me fue confiada conforme al mandamiento de Dios nuestro Salvador, a Tito, verdadero hijo en la común fe:Gracia y paz de Dios el Padre y de Cristo Jesús nuestro Salvador”.

Pablo primero se identifica a sí mismo como un siervo (literalmente esclavo) de Dios. Con lo cual nos dice: Dios es mi amo. Yo estoy bajo su señorío. Y también dice que es un apóstol o un enviado, un mensajero, un embajador del Señor Jesucristo. Un esclavo con amo y un mensaje glorioso. Un esclavo que es a la vez embajador del Rey de reyes y el Señor de señores. Por eso era que Pablo no hacía lo que hacía para el logro de sus propios planes ni buscaba su propia exaltación. El estaba dedicado a su amo.

Y Pablo nos dice que en el (v.1) que como siervo de Dios y embajador del Señor Jesucristo él tenía una misión. El nos dice que él era siervo y apóstol conforme (o como también podría traducirse la preposición griega) para la fe de los escogidos de Dios y al pleno conocimiento de la verdad que es según la piedad.

Pablo nos dice que su ministerio apostólico estaba directamente relacionado con la fe de los escogidos de Dios. Dios lo había llamado a él a ejercer un ministerio que tenía como uno de sus propósitos el dar a conocer el evangelio por medio del cual los elegidos vendrían a creer en Cristo para salvación. De esto mismo le dice a Timoteo en (2 Tim.2:10) cuando dice: “Por tanto, todo lo soporto por amor a los escogidos, para que también ellos obtengan la salvación que está en Cristo Jesús, y con ella gloria eterna”. Pablo dice que su misión era el traerle a los incrédulos el evangelio que ellos necesitaban para obtener salvación porque es así que Dios llama a sus escogidos.

Pero Pablo dice también que otro aspecto de su misión era la de llevar a los escogidos al pleno conocimiento de la verdad que es según la piedad. Y es en esto que me voy a concentrar en nuestra meditación.

Pablo nos dice que él tenía la misión de llevar a los escogidos al pleno conocimiento de la verdad que es según la piedad. La frase el pleno conocimiento conlleva la idea de un conocimiento rico, profundo, completo, comprehensivo. Esta es una frase que Pablo usa en otros pasajes:

(1 Tim. 2:4) “el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al pleno conocimiento de la verdad”. Aquí la frase el pleno conocimiento de la verdad” se refiere al conocimiento salvífico de la verdad. Es decir, el conocimiento del evangelio de Cristo para salvación de pecadores. Aquí él no habla de un más pleno conocimiento de las doctrinas de las Escrituras ni de tener un conocimiento más completo de todo lo que la Biblia enseña sino más específicamente del conocimiento que conduce a la salvación.

Y en (2 Tim.2:25) fíjense por qué es que Pablo le dice a Timoteo que debía instruir con paciencia a los que oponían: “corrigiendo tiernamente a los que se oponen, por si acaso Dios les da el arrepentimiento que conduce al pleno conocimiento de la verdad”. Aquí Pablo relaciona el pleno conocimiento de la verdad con el arrepentimiento. Tanto en este pasaje como el anterior, Pablo establece una conexión entre el conocimiento de la verdad y la salvación.

Ahora fíjense cómo Pablo habla de lo mismo en otro contexto en (2 Tim.3:7), cuando hablando de los incrédulos y falsos maestros dicen: “siempre aprendiendo, pero que nunca pueden llegar al pleno conocimiento de la verdad”. En estos tres textos que hemos visto se nos presenta el pleno conocimiento de la verdad como algo esencial para la salvación.

Sin embargo, cuando Pablo habla en nuestro texto de (Tito 1:1) del pleno conocimiento de la verdad no es con el fin de que éste obre salvación en aquellos que escuchan sino más en que santifique a los que escuchan. Por eso él dice:

“…al pleno conocimiento de la verdad que es según la piedad”. La palabra que se traduce según en nuestra versión de las Américas, es una preposición griega que en este contexto también podría traducirse para, con el propósito de o que conduce a. De modo que podríamos leer estas palabras de esta manera: “…la verdad que conduce a la piedad.” La verdad que produce piedad.

Pues al Pablo describir su misión como siervo y embajador de Cristo, él nos dice que era tanto para evangelizar a los perdidos para que Dios llama a sus escogidos y para enseñar a fondo aquella verdad que Dios usa para la edificación y santificación de su pueblo.

De esto mismo es que Pablo habla cuando en (Tit.2) nos dice de cómo la salvación poderosa de Cristo obra en el corazón del que salva. (Tit.2:11) “Porque la gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres, enseñándonos, que negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente”. Esta es la obra poderosa que el SJC efectúa en aquellos a quienes salva: Les lleva a vivir de manera sobria, just y piadosa. Y esto es lo que produce la enseña plena de la verdad que a los siervos de Dios se nos llama a dar al pueblo de Dios.

Las Escrituras nos enseñan que existe una íntima relación entre la verdad y la piedad. El conocimiento de la verdad que salva siempre produce piedad en el corazón. Y lo que es lo mismo, aunque en su aspecto negativo, la verdad siempre nos aleja de la impiedad. Cualquier supuesta enseñanza de la verdad que no conduzca a una vida de piedad debe cuestionarse. La proclamación objetiva y externa de la palabra de Dios causa un efecto interno y poderoso en el creyente.

De ahí que cuando Pedro nos exhorta a desear la palabra de Dios como niños recién nacidos, primero nos llama a desechar toda inmundicia, malicia e hipocresía porque el pecado es incompatible con la verdad santificadora de Dios.

¿Para qué es que Pablo nos dice en (Ef.4) que Cristo dio a su iglesia pastores maestros? Entre otras cosas dice: “…para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. Es para que crezcamos en piedad. ¿Y acaso crecer en piedad no es esencialmente ser conformados más a Cristo? Por eso también Pedro nos exhorta diciendo: “Creced en la gracia y en el conocimiento del Señor Jesucristo”. Nosotros crecemos en el conocimiento de Cristo por medio del conocimiento de su palabra, y este conocimiento nos lleva a crecer en gracia.

Hay quienes siempre han tratado de desligar la salvación de la santificación. Pero es obvio que Pablo y los demás apóstoles se negaron a hacerlo. Y tanto énfasis le da Pablo a esta unión inseparable entre la verdad y la piedad, y la salvación y la santificación, que cuando él habla de los falsos maestros él resalta la realidad de que su falsedad no sólo se percibe en el contenido de su enseñanza sino en lo que produce la misma tanto en ellos como en aquellos que les creen.

Escuchen lo que Pablo dice de algunos en (Tito 1:10) “Porque hay muchos rebeldes, habladores vanos y engañadores, especialmente los de la circuncisión”. ¿Y cómo dice Pablo que uno podía saber que estas personas eran unos habladores vanos y engañadores? (v.16) “Profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan, siendo abominables y desobedientes e inútiles para cualquier obra buena”. Como dijo un siervo de Dios: “Uno casi siempre puede detectar el error por lo que produce”. Lo mismo que el SJC enseñó en (Mt.7:15-16) “Cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis…”.

En (Tit.3:9) Pablo exhorta a Tito diciendo: “Pero evita controversias necias, genealogías, contiendas y discusiones acerca de la ley, porque son sin provecho y sin valor”. ¿Por qué es que Pablo le exhorta a evitar estas clases de controversias? Porque no son de provecho – no producen piedad. Y escuchen lo que Pablo le dice a Timoteo en (1 Tim.6:3-4) “Si alguno enseña una doctrina diferente y no se conforma a las sanas palabras, las de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido y nada entiende…”

Pedro nos dice en (2 Ped. 1:3) “Pues su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia”. Y el último texto que quiero citar que muestra la relación entre la verdad y la piedad es (1 Tim.4:6-8) “Al señalar estas cosas a los hermanos serás un buen ministro de Cristo Jesús, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido. Pero nada tengas que ver con las fábulas profanas propias de viejas. Más bien disciplínate a ti mismo para la piedad; porque el ejercicio físico aprovecha poco, pero la piedad es provechosa para todo…” Existe una relación inseparable entre la verdad y la piedad.

Aplicaciones:

Hermanos, lo que hemos estudiado: que existe una relación inseparable entre la verdad y la piedad, es algo que hay que enseñar urgentemente en nuestros tiempos.

Hay quienes dicen que lo único que importa es que todos estemos de acuerdo en cuanto algunas verdades sin definir claramente que pueden significar una cosa para unos y otra para otros. Más importante que todas estas cosas, dicen ellos, es que estemos juntos, trabajemos juntos y las gente nos vea juntos. Nos dicen: “Tú puedes mantener tus distintivos doctrinales, no me mal entiendas, pero los tuyos son tan dignos de consideración como los míos”.

Vivimos en una generación que detesta declaraciones como esta: “Si lo que dice la Biblia es verdad, entonces lo que aquel enseña es un error. Y si la verdad trae vida y produce piedad, entonces el error trae muerte y produce impiedad”.

Algunos de los que se oponen a declaraciones como estas, usualmente dicen: Son las doctrinas las que nos han dividido por tantos siglos. Mira todas las denominaciones que existen. Y no hemos podido derribar esa pared divisoria. Pero lo que Espíritu Santo hace, dicen algunos, es darnos a todos experiencias extraordinarias de modo que los creyentes al ver que tienen todas estas experiencias en común, se den cuenta de que tienen otras cosas que les une más que los distintivos doctrinales. ¿No han oído cosas como esas?

Hermanos, nosotros como iglesia no podemos sucumbir ante esta presión. Sí es importante lo que creemos. Sumamente importante. Lo es para el Señor. Hay una verdad que es según la piedad y otra que se hace pasar por verdad que no es según la piedad. Dios quiere que nosotros obtengamos un creciente conocimiento pleno de su verdad.

¿Será que nos hemos estado dejando influenciar por el relativismo y carismatismo de nuestra época? Escuchaba a un pastor de una iglesia inmensa en NY a quien se le preguntaba de su postura sobre el matrimonio homosexual y su respuesta fue: “Nosotros no nos dedicamos a hacer declaraciones categóricas sobre asuntos sociales en público. Nosotros tenemos conversaciones privadas sobre esos temas”. Y más adelante dice: “Cristo no se metió en asuntos morales sino en asuntos del interior, del alma. Nuestra meta no es cambiar conducta sino traer cambios al alma”. Sin embargo, en nuestro texto Pablo dice que a él se le había encomendado llevar al pueblo de Dios al pleno conocimiento de la verdad que produce piedad. Y esa piedad produce tanto cambios internos como externos.

Tú que profesas conocer al Señor Jesucristo. Tú que dice que El es tu Señor. Tú que dices que amas su palabra. ¿Qué está produciendo en ti esa palabra? En aquellos que han sido salvos por la gracia de Cristo la palabra de Dios produce piedad. ¿Cómo te ha estado afectando tu conocimiento de la verdad en tu pensar? ¿Abundan en ti pensamientos impuros? ¿Cuáles son los pensamientos que vienen a tu mente cuando Dios te frustra los planes que tenías? ¿Qué piensas del mundo y sus estilos, sus valores, sus actitudes, sus prioridades, sus ídolos? ¿Piensas en estas cosas según el conocimiento que tienes de la palabra de Dios?

¿Está produciendo en ti la verdad una mayor hambre y sed de Dios? ¿Un mayor deseo de agradarle en todo? ¿Te lleva la verdad a guardar tus ojos, tu lengua, el uso de tu tiempo? ¿Te quebrantas cuando pecas? ¿Te está llevando la verdad a amar más la iglesia de Cristo, el pueblo de Dios, el avance del reino de Cristo o vives más preocupado por ver cuántos “me gusta” han puesto en tus fotos?

Examinemos nuestras vidas a la luz de la realidad de que la verdad de Dios produce piedad. La pregunta no es si hemos escuchado muchos sermones o si hemos leído muchos libros, sino ¿qué han estado produciendo en nosotros esos sermones y esos libros?

Hermanos, tanto los que estaremos participando de la conferencia como aquellos que no podrán estar con nosotros, pedimos que oren para que la realidad de nuestro texto se puedan ver a lo largo de esta semana:

1-Oremos para que el Señor capacite a sus siervos para que nos la verdad fielmente.

Queremos oír palabra de Dios. Queremos percibir la voz de Dios hablando a nuestros corazones. Pues oremos para que estos hombres expongan fielmente la palabra. Que nos expliquen lo que dice el texto y nos apliquen lo que el texto dice. Que ellos nos ministren con un sentido de la gran responsabilidad que tienen del Señor. Que nos ministren conscientes de lo que Pablo dice en (Tit.1:3) “…la predicación que me fue confiada…” Es el Señor el que les ha confiado la predicación de la palabra durante esta conferencia. Se les confió esta gran tarea de enseñarnos la verdad que conduce a la piedad. Oremos por ellos.

2-Oremos para que la verdad de Dios produzca piedad en nosotros los oyentes.

Que al estos siervos predicarnos fielmente la verdad ésta nos haga crecer en piedad. Porque, ¿de qué nos servirá salir de esta conferencia hablando bien de los predicadores? ¿De qué nos aprovechará concluir diciendo: “wow, yo no había visto eso en ese texto”? ¿De qué nos valdrá simplemente poder decir que aprendimos a cómo mejor pastorear a nuestras ovejas? ¿De qué servirá poder decir todas estas cosas si a la misma vez salimos de esta conferencia igual que como llegamos?

No, lo que queremos es que si alguno de nosotros se ha estado deteriorando espiritualmente, el Señor nos acerque más a El por medio de su verdad predicada. Queremos que el Señor nos permita crecer en nuestro conocimiento de El y de su verdad. Queremos que el Señor nos revela aquellas áreas de nuestras vidas personales y privadas que no andan bien delante del Señor. Queremos que el Señor nos enseña eficazmente a tener cuidado de nosotros mismos primero para entonces tener cuidado de la grey. Que el Señor use su verdad en esta semana para llevarnos a mayores niveles de piedad personal para la gloria de Cristo.

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La disposición del Pastor III: Un corazón manso y tierno

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Pastor_Eugenio_Pinero-43Eugenio Piñero

En esta ocasión, continuamos nuestro estudio sobre la disposición predominante con la que el pastor debe realizar la obra pastoral en la Iglesia.

Esta disposición es la que el Señor Jesucristo manifiesta al pastorear a sus ovejas. Debemos imitar el pastoreo del Señor Jesucristo, porque es el patrón perfecto de cómo deben ser pastoreadas sus ovejas. Debemos imitar este pastoreo porque los Apóstoles lo imitaron.

La disposición predominante con la que debemos pastorear el rebaño del Señor Jesucristo consiste en varios elementos esenciales.

Hemos estudiado dos de estos elementos:

El primero es “un corazón de siervo”. El servicio del pastor debe revelar el corazón de siervo de Cristo hacia su pueblo, corazón que el Señor reveló cuando dijo: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos”.

El segundo elemento esencial es “un corazón compasivo”. Dios nos llama a ministrar a nuestra gente con un corazón compasivo. Él nos llama a identificarnos con la condición y el dolor de nuestra gente, y a que nosotros dejemos que esto conmueva nuestros corazones para que le ministremos de una manera correcta y adecuada.

Otro elemento esencial de la disposición con la que el pastor debe pastorear a sus ovejas es la de “un espíritu manso y sereno”. Debemos ministrar y pastorear a nuestras ovejas con un corazón de siervo, con un corazón compasivo y con un espíritu manso y tierno.

Jesucristo trata a sus ovejas con mansedumbre y ternura. Pablo menciona estas gracias del Señor en 2 Corintios 10: 1, “Yo mismo, Pablo, os ruego por la mansedumbre y ternura de Cristo.”

Jesús habló de su mansedumbre cuando invitó a los pecadores a venir a Él, para que recibieran perdón, alivio y descanso para sus almas. Él dijo: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y trabajados”. “Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil y mi carga ligera.”

¿Cómo anima el Señor a los pecadores a venir a Él? Revelando la mansedumbre y la humildad de su corazón. Los pecadores que vienen a Jesús quebrantados por sus pecados, arrepentidos, confiando en Él, queriendo servirle y obedecerle, encontrarán que Jesús es manso y humilde de corazón.

Pablo rogó a los discípulos por la mansedumbre y ternura de Cristo. Según Hodge: “Esto es la mansedumbre y ternura que son propias de Cristo y que, por tanto, sus discípulos están obligados a imitar. La mansedumbre se refiere principalmente a la virtud interior; la ternura se refiere a su expresión externa”. En este capítulo, Pablo alude a los escarnios de sus denigradores en Corinto. Estos le acusan de conducirse humildemente cuando estaba entre ellos, pero con osadía cuando estaba lejos. Sus detractores le consideraban como un hombre cobarde y asustadizo. Manifestaba su supuesto coraje cuando no corría peligro.

Pablo se ocupa de responder al cargo que se presenta en su contra y que le acusa de ser contencioso, duro y pretencioso. Observen como responde a estos cargos. No lo hace de una manera irrespetuosa, ruda u hostil. Siguiendo el ejemplo de su Salvador, dice a los corintios que deseaba y prefería tratar con ellos con mansedumbre y ternura. Y esto ante una gran provocación.

¿Qué es la mansedumbre? La mansedumbre tiene dos aspectos. Es sobre todo una actitud de sumisión a Dios. De esto se desprende una disposición para tratar al prójimo de forma paciente y afable.

R. C. Trench escribe: “Trauntes, que se traduce al español como mansedumbre, no solo consiste en la conducta externa de una persona y mucho menos en una mera condición o disposición natural. Más bien es una gracia del alma entretejida en sus fibras más íntimas cuyo ejercicio se dirige primero y por encima de todo a Dios. Es el temperamento espiritual que nos permite aceptar su trato hacia nosotros considerándolo como bueno y, por tanto, hacerlo sin debate ni resistencia.”

En lo que respecta al nivel horizontal, la mansedumbre es una actitud humilde y afable que se manifiesta en una sumisión paciente ante la ofensa. Está libre de malicia y venganza. Es esa gracia espiritual que nos permite sobrellevar o soportar pacientemente la provocación y ofensa, sin represalias contra aquellos que nos ofenden o nos injurian. Mansedumbre no significa debilidad, sino poder bajo control. La mansedumbre es lo opuesto a la arrogancia, a la aspereza, a la falta de tacto. El hombre manso no se inclina a contender por sus derechos ni a insistir para que sus puntos de vista personales sean aceptados. Su vida se caracteriza por la modestia y la discreción. La persona mansa tiene un concepto correcto de la soberanía de Dios, de sí misma y de su propia pecaminosidad no es pronta a airarse, ni se precipita a reclamar sus derechos.

El salmo 37 habla sobre el hombre manso. Hendriksen dice: “Este salmo describe a la persona que no tiene resentimiento, no guarda rencor. Lejos de seguir rumiando las injurias recibidas, se refugia en el Señor y le entrega su camino enteramente. Lo hace con mayor razón porque ha muerto a toda justicia propia. Sabe que no puede pretender méritos de ningún tipo delante del Señor. Puesto que el favor de Dios significa todo para él, ha aprendido a soportar con gozo el despojo de sus bienes, sabiendo que tiene una herencia mejor y perdurable. Sin embargo, la mansedumbre no es debilidad, no consiste en tener una columna vertebral de goma, no es una característica que haga que la persona esté dispuesta a doblegarse ante toda brisa”.

Mansedumbre es mostrar un carácter sumiso ante la provocación, la disposición a sufrir y no causar daño. La persona mansa deja todo en las manos de Aquel que le ama y le cuida.

Hasta aquí hemos visto algo de la naturaleza de la mansedumbre, de esta gracia espiritual que es fruto de la obra de Espíritu Santo.

En segundo lugar, consideremos el ejemplo perfecto de la mansedumbre. El Señor Jesucristo es el ejemplo supremo de la mansedumbre. Él es el ejemplo que todos nosotros debemos imitar.

En su primera epístola, capitulo 2, versículo 21 al 23, Pedro declara: “Porque para este propósito habéis sido llamados, pues también Cristo sufrió por nosotros, o por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas, el cual no cometió pecado, ni engaño alguno en su boca; y quien cuando le ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a aquel que juzga con justicia.”

He aquí el ejemplo encarnado que debemos imitar; aquel que tenía todo el derecho en este mundo y no había cometido ningún pecado; aun así, ante el vituperio, la provocación y la ofensa, ¿qué hizo? Cuando le ultrajaban, no respondió ultrajando. Cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquel que juzga con justicia.

¿Qué le permitió al Hijo de Dios encarnado continuar su ministerio a sus discípulos cuando éstos discutían entre sí, cuando eran tardos para creer lo que Él les enseñaba, cuando uno de ellos hasta se atrevió injustamente a reprenderlo, cuando mostraban que su fe era débil a pesar de todos los milagros que ellos habían presenciado y que el Señor había realizado? ¿Qué fue lo que llevó al Señor a sentarse con sus discípulos para instruirles cuando ellos eran tardos para oír? ¿Qué fue lo que le mantuvo siendo el Pastor de este pequeño rebaño? ¿Qué fue lo que le permitió seguir su ministerio cuando los hombres le vituperaban y le amenazaban? La gracia de la mansedumbre. Compañeros en el ministerio, si hemos de pastorear a nuestras ovejas según la voluntad de Dios, esta gracia debe gobernar nuestro corazón.

Moisés, el siervo de Dios, se distinguió por ser un hombre manso. Sin embargo, cuando Moisés no ejerció esta gracia en un momento de debilidad, ante la provocación pecaminosa del pueblo, él pecó. Se enojó contra el pueblo de Dios. Su enojo le impidió honrar a Dios delante del pueblo. Por causa de su pecado, Dios no le permitió introducir al pueblo a la tierra prometida.

Lamentablemente, algunos pastores tampoco pueden conducir a sus ovejas a un estado de madurez y mayor bendición espiritual, porque cuando son provocados por algún miembro o algunos miembros de la iglesia, no ejercen la gracia de la mansedumbre. Su falta de mansedumbre les impide ministrar eficazmente al pueblo de Dios mientras éste camina hacia la patria celestial. Probablemente, ésta es una de las razones por las cuales algunos pastores no duran mucho tiempo en las iglesias.

Les es difícil llevar a la congregación desde la infancia a la madurez por falta de mansedumbre. Muchas veces nuestras ovejas, sin darse cuenta, dicen cosas que hieren profundamente. Y si no ejercemos la gracia de la mansedumbre, entonces no podremos ministrar a sus corazones, sentarnos pacientemente para instruirles a fin de que puedan llegar a un estado de madurez espiritual.

Hemos considerado la naturaleza de la mansedumbre. Hemos visto algo del ejemplo supremo de la mansedumbre. Ahora mencionaré algunos de los beneficios de la mansedumbre.

La mansedumbre capacita al pastor a sobrellevar las ofensas contra su persona, para poder entregarse a pastorear a sus ovejas. La falta de mansedumbre no le permitirá ayudar a las ovejas de Cristo cuando éstas necesiten guía y ayuda. Si el pastor se siente ofendido y deja que su ofensa controle su corazón, su enojo y su resentimiento contra la o las ovejas por esa ofensa, o por los agravios cometidos contra él, serán obstáculos que le impedirán entregarse a estas ovejas para pastorearlas. Esa condición o resentimiento le llevará a ver a estas personas como sus enemigos, sus adversarios y no como sus ovejas.

El enojo, el resentimiento o la amargura opacarán su mente, le incapacitarán para buscar o percibir la manera bíblica de afrontar esa situación, o la mejor manera para ayudarles. No podrá ver la forma de ganar la buena voluntad de esa oveja que le ha herido, o que ha hecho algo que no debió hacer. No podrá ver la forma de percibir o entender lo que enseña la palabra de Dios para tratar dicha situación, porque su mente estará concentrada en lo que esa persona le hizo.

Su resentimiento no le permitirá elevar su corazón al cielo para pedir al Señor la sabiduría para poder tratar a su oveja con amor y ternura.

La falta de mansedumbre no le permitirá buscar el bien o la restauración de la oveja descarriada, porque su preocupación principal será la vindicación de su persona. Esto no agrada al Señor, y si él permite que esa ofensa siga afectando su corazón, levantará una pared entre él y esa oveja; en tal condición puede verse tentado a convertir el púlpito en una plataforma para atacar a su oveja.

Por otra parte, la mansedumbre nos capacitará para pastorear a aquellas ovejas que nos ofenden, o que en un momento dado nos vituperan. Nos permitirá soportar pacientemente la injuria o el agravio. Calmará nuestros corazones para que podamos pensar con cordura. No nos dejará tomar represalias, nos llevará a encomendar nuestra causa a Aquel que juzga con justicia. En esto imitaremos al Señor Jesucristo que, cuando le ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquel que juzga con justicia.

“Pastor, sigue repitiendo ese versículo”, lo hago para que se grabe en sus mentes y corazones porque este versículo nos muestra como debemos tratar las injurias, la persecución, la opresión y las ofensas. Nos llama a traer el problema al Señor. Al dejar el problema o la ofensa delante de aquel que juzga con justicia la carga será quitada podremos realizar la obra del Señor.

Es verdad que esta oveja me ofendió, me hirió, me hizo daño, pensó y habló mal de mí, sin razón, pero aún así es… mi oveja. Fue por ella que Cristo vertió su sangre. A pesar de lo que esta oveja hizo, debe ser pastoreada para su santificación, restauración y preservación.

La mansedumbre nos llevará a tratar a la oveja, no según lo que merece por su ofensa, sino según indican las normas del amor: “El amor no busca lo suyo sino que busca el bien del otro, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.”

La mansedumbre lleva al pastor a sobrellevar las ofensas contra su persona, para que pueda entregarse a pastorear a sus ovejas

En segundo lugar, la mansedumbre animará a las ovejas a buscar el pastoreo bíblico de sus pastores. Cuando pastoreamos a las ovejas con mansedumbre y ternura, las ovejas se animarán a buscar nuestra supervisión, guía o cuidado pastoral. Se sentirán atraídas hacia su pastor, hacia su pastoreo bíblico. Pero un espíritu arrogante, contencioso, recriminador, un trato rudo les alejará del pastor.

La insistencia carnal por la vindicación personal alejará al pastor de la gente. Cuando la gente se da cuenta del alejamiento de su pastor, no se sentirá libre o animada a buscar su ayuda y guía pastoral en momentos de dificultad o en momentos de crisis.

Otro pastor dijo correctamente: “La accesibilidad, la ternura, la afabilidad y el decoro son gracias que acompañan a la mansedumbre.”

La mansedumbre permite que la gente vea a su pastor como una persona accesible. La gente siente que puede acercarse a su pastor, tiene acceso a él porque no la rechazará, no la recriminará, no será pronto a irritarse o a enojarse. Las ovejas se animarán a acercarse a su pastor porque le ve como una persona agradable, afable, razonable, sensata, tratable y amable, que tiene control de su espíritu.

Te pregunto hermano, ¿desearías tú acercarte a una persona áspera, difícil de tratar, contenciosa, impulsiva, que se enoja por cualquier cosa, y que actúa caprichosamente? ¿Te animarías a acercarte a alguien que te inspire temor, sabiendo que probablemente reaccionará pecaminosamente? Creo que no desearás acercarte a esa persona. Nuestra gente no debe tener razones para pensar así de nosotros. Por consiguiente, debemos vestirnos de la gracia de la mansedumbre.

La mansedumbre del Señor atraía a las personas a acercarse a Él. Él usa la mansedumbre como un medio para atraer, para invitar a las personas a venir a Él.

Él dijo: “Venid a mí… Tomad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. La invitación a los pecadores a venir a Él estaba basada en la realidad de su mansedumbre.

Si realmente queremos que la gente se acerque a nosotros para poder pastorearla, para poder guiarla, debemos ser hombres mansos y tiernos como Jesús. Nuestra persona y la manera de conducirnos debe ser tal que, aunque nosotros no digamos las palabras del Señor Jesucristo, nuestras ovejas puedan percibir por nuestra conducta que encontrarán al acercarse a nosotros a una persona mansa y humilde de corazón.

Si el Señor hubiera sido una persona obstinada, ruda, contenciosa, caprichosa, arrogante, insensible, vengativa, no podría haber dicho: “Venid a mi porque soy manso y humilde de corazón.”

La mansedumbre no solo permite que la gente vea a su pastor como una persona accesible, sino que también, le vea como una persona tierna y afable. Una persona arrogante, ruda, contenciosa y vengativa no es tierna ni afable. Pero la persona mansa, es tierna y afable porque la mansedumbre libra su corazón de la arrogancia de la contienda y del rencor.

Porque Pablo era un hombre manso, podía tratar al pueblo de Dios con ternura y afabilidad. En 1Tesalonicenses 2: 7, dijo a estos hermanos: “Más bien demostramos ser benignos entre vosotros, como una madre cría con ternura a sus propios hijos”.

Este cuadro materno que Pablo presenta, no llama a los pastores a ser personas débiles, afeminadas, cobardes. Lo que este cuadro muestra es que los siervos de Dios deben tratar con ternura a los creyentes, como una madre o nodriza trata a sus propios hijos.

La mansedumbre no solo viene acompañada de accesibilidad, ternura y afabilidad. Viene acompañada también de decoro. La mansedumbre conducirá al pastor a la circunspección, a tratar a otras personas con respeto aunque ellas no le hayan tratado de la misma manera. Pablo exhortó a Timoteo a ser un hombre manso y a llevar a cabo su ministerio con mansedumbre. 1 Timoteo 6:11 dice: “Mas tú hombre de Dios, huye de estas cosas y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre…”.

En 2 Timoteo 2: 24 y 25, Pablo le dice a Timoteo: “Y el siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amables para con todos, apto para enseñar, sufrido, corrigiendo tiernamente, o con mansedumbre, a los que se oponen, por si acaso Dios les da el arrepentimiento”.

El siervo del Señor no debe ser un hombre dado a la contienda, sino amable, apto para enseñar, sufrido, que corrige con mansedumbre. Esta mansedumbre implica decoro. Por esta razón, cuando Timoteo va a corregir al anciano, debe hacerlo con decoro y con respeto.

“Timoteo cuando vayas a corregir a un anciano, no te olvides del respeto con que debes tratar a una persona mayor que tú. Tu oficio o posición como pastor no te exime de las normas del amor, del decoro con que tú debes corregirle. No le corrijas con dureza, sino más bien exhórtalo como un padre. A los más jóvenes como a hermanos.”

Comentando sobre este asunto, William Hendriksen dijo:

“En el curso de su obra pastoral, Timoteo tendrá a veces que corregir las faltas de algunos de los miembros de la iglesia. Ninguno de estos debe ser tratado con aspereza, especialmente los miembros mayores de la congregación. En vez de tratar duramente a los que necesitan corrección, Timoteo debe amonestar.”

El verbo usado en el original, en el capítulo 5, versículo 1, significa: “llamar aparte”. Este llamar aparte puede ser con el propósito de alentar, consolar, exhortar, rogar, apelar o amonestar. Es obvio que este último pensamiento predomina en este pasaje.

William Hendriksen declara:

“Ahora bien, debería hacer hincapié en que, aquí, también Pablo conserva un hermoso equilibrio. Por una parte no quiere que Timoteo pase por alto a la gente de mayor edad, permitiéndoles seguir en sus pecados. Por otra parte, desea que sean tratados con el debido respeto. Timoteo debe amonestar al anciano como si éste fuera su propio padre y con cuanta consideración, con qué tacto, gentileza y moderación trataría a una persona tan íntimamente ligada a él. Timoteo debía recordar que su posición de líder en la iglesia no justificaba que él fuera irrespetuoso, aun cuando las personas que él pastoreaba debieran ser corregidas. Su autoridad como pastor no le eximía de honrar a cada miembro de la iglesia, según su edad, sexo y posición. Su oficio no le daba derecho a tratarles con desdén, o a tratar al anciano como si fuera un niño”.

El siervo de Dios no debe reaccionar como un perro bravo cuando es provocado, o ladrar cada vez que alguien no esté de acuerdo con su punto de vista doctrinal o con su posición, o cuando alguien ataque las enseñanzas que tanto ama y aprecia. El pastor debe tratar a cada miembro de la iglesia con el respeto que demanda la edad de esa persona, la experiencia, el sexo o la posición de esa persona.

Lamentablemente, vivimos en una sociedad donde este principio se ignora. El igualitarismo y el feminismo, con su afán de eliminar las diferencias, toda clase de diferencias, toda distinción establecida por Dios, socavan el orden social establecido por Dios en la creación.

Resultado: el respeto que se debe a los ancianos, o personas mayores, ha desaparecido en ciertos círculos. El joven habla al anciano como si fuera su colega o su igual. Los niños no hablan a las personas mayores con respeto, no respetan la autoridad de sus padres. La mujer no respeta a su marido. Y, tristemente, tenemos que decir que incluso hay ministros que hablan a otros ministros con mayor experiencia y edad como si ellos fueran sus iguales.

Hermanos, igualdad de autoridad entre los ancianos no quita, ni reduce, ni elimina el amor, el respeto, el decoro. Al contrario, la piedad promueve estas cosas. Aunque todos somos iguales en lo que respecta a nuestra dignidad como seres humanos, creados a la imagen de Dios, esto no elimina el orden social establecido por Dios en la creación.

Por esta razón, la Biblia demanda que nosotros, los pastores, tratemos al anciano no como si nosotros fuéramos su igual en todo aspecto, sino como aquel que es digno de un honor especial.

Hermanos, la experiencia no se compra, la experiencia se vive y aunque tú tengas mas teología que él, hayas ido a un seminario y conozcas griego, arameo, o cualquier otra lengua (latín también) no quiere decir que tú tienes la misma experiencia que aquel que tiene 70 años de edad.

A las ancianas, Timoteo tenía que tratarlas como a madres, a las jóvenes como hermanas. La mansedumbre no elimina sino que promueve el decoro.

Ahora es necesario hacer una salvedad: La mansedumbre no significa que el pastor no pueda aseverar la verdad con fervor, firmeza y autoridad. No significa que no pueda mostrar su disgusto, desaprobación o indignación ante el mal, ante el pecado o la impenitencia, o que el pastor nunca pueda reprender severamente a los que persistan en pecar o se opongan a la verdad.

Un concepto equivocado de la mansedumbre ha llevado a algunos a pensar que si el pastor reprende o muestra su indignación santa, no es un hombre manso. Esta manera de pensar es incorrecta. La mansedumbre no prohíbe al pastor hablar con autoridad, fervor y firmeza. No le prohíbe mostrar su indignación cuando es legítimo, no le prohíbe reprender severamente cuando es necesario.

En su epístola a Tito, en el capítulo 2, versículo 15, Pablo le dice: “Esto habla exhorta y reprende con toda autoridad.”

En Tito, capítulo 1, versículo 12, Pablo dice: “Uno de ellos, su propio profeta, dijo: Los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos. Este testimonio es verdadero. Por esto, repréndelos severamente para que sean sanos en la fe.”

La mansedumbre no prohíbe la indignación justa. La mansedumbre detiene al hombre de la indignación carnal pero no le prohíbe mostrar su indignación santa cuando es necesario. Moisés no fue reprendido por su ira o indignación santa, sino por su enojo carnal; enojo que le impidió honrar a Dios delante del pueblo. Pero cuando Moisés se enojó por el pecado escandaloso del pueblo de Dios no fue reprendido.

Éxodo 32: 19 declara: “Y al ver el becerro, las danzas, se encendió en ira”. Esta fue una ira santa. Si Moisés no hubiera mostrado su ira en aquel momento, habría pecado contra Dios, habría socavado la verdad.

Jesús también se enojó, sintió y manifestó indignación. Marcos 3:5, dice: “Y mirándolos en torno con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones…”

Marcos 10:14, declara: “Pero cuando Jesús vio esto, se indignó”. Su ira como indignación honró a Dios. Su indignación, su ira, fueron actitudes consecuentes con la mansedumbre.

Jesús y Moisés no pecaron porque la motivación de su ira o indignación no surgió de una pasión pecaminosa. Aquello que les indignó fue la ofensa contra la bondad, santidad y gloria de Dios.

Por otra parte, es necesario aseverar que la ira o la indignación de Moisés y Jesús no fueron las características que destacaron sus personas o ministerios; generalmente, algo no está bien cuando lo que destaca en un ministerio pastoral son las reprensiones severas que continuamente se emiten desde el púlpito en la iglesia. Lo que caracterizó a nuestro Señor no fue que uso continuamente el látigo. Algo no está bien cuando lo que caracteriza a un ministro como patrón son sus arranques de ira e indignación.

Cuando Moisés fue vituperado por su hermana María y por Aarón, él no abrió su boca para quejarse, sino que encomendó su causa a Dios. Cuando Cristo fue vituperado no respondió vituperando.

Si hemos de reaccionar correctamente ante los múltiples vituperios, injusticias, agravios y ofensas contra nosotros en el ministerio, debemos ejercer la gracia de la mansedumbre. Si esta gracia no gobierna nuestro corazón nos encontraremos luchando contra nuestra gente. El púlpito se convertirá en una plataforma para expresar nuestro disgusto, resentimiento y amargura contra aquellos que nos vituperan, con aquellos que no están de acuerdo.

La disposición de un espíritu manso y tierno nos enseña que debemos asumir una actitud humilde, paciente y sumisa ante la injuria. Que debemos guardar el corazón de la malicia y la represalia, y encomendar nuestra causa a Aquel que juzga con justicia. Ante la injuria, las calumnias, vituperios, falsas acusaciones, debemos imitar el espíritu de David expresado en el salmo 37: “Encomienda al Señor tu camino, confía en El, que El actuará.”

He aquí algunos de los beneficios de la mansedumbre:

Da al pastor la capacidad para sobrellevar las ofensas para poder ayudar a las ovejas.

La mansedumbre animará a las ovejas a buscar el pastoreo bíblico de sus pastores.

Le verán como una persona accesible, tierna, afable y decorosa.

En tercer lugar, la mansedumbre nos permitirá ministrar correctamente a los incrédulos.

Aunque debemos presentar, explicar y aplicar la ley moral a los incrédulos para que ellos se conviertan, o sean convencidos de sus pecados y se conviertan al Señor, para que ellos vean su condición, necesidad y busquen el remedio que ofrece el evangelio, nunca debemos pasar por alto que nuestra manera de tratarles debe ser un ejemplo de la mansedumbre y la ternura. No debemos pagar al incrédulo mal por mal, no debemos alejarnos de ellos por su incredulidad. Debemos vestirnos de mansedumbre para que podamos corresponder correctamente a sus vituperios, y así podamos por todo medio legítimo impartir el conocimiento de la verdad salvadora que conduce a la salvación. Si nosotros somos fieles a Cristo y a las almas de los hombres, seremos injuriados, vituperados. El diablo nos atacará fuertemente por medio de sus emisarios; tratará de provocarnos a ira. ¿Para qué? Para desacreditar y neutralizar nuestro ministerio y apartarnos de nuestras ovejas.

Queridos hermanos, por amor a Cristo, por amor a las almas de nuestras ovejas, ¡no se lo permitamos! Agarrados al Señor por la oración, entreguémonos a ejercer la gracia de la mansedumbre.

Hemos considerado la naturaleza, el ejemplo supremo de la mansedumbre, y algunos de los beneficios de la mansedumbre.

Ahora, permítanme hablarles de cómo podemos cultivar esta gracia.

¿Cómo podemos o debemos, cómo debemos cultivar esta gracia? Imitando al Señor Jesucristo, imitando al Señor Jesucristo. Él dijo, “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Sigamos su ejemplo de mansedumbre y encomendemos nuestra causa a Aquel que juzga justamente. ¿Saben lo que eso nos permite? Que cuando en el pensamiento vienen las imágenes de aquellos que nos han ofendido, ahí mismo podemos, tranquilamente, elevar una oración al Señor para que Dios bendiga a tales personas y trate con ellas según su voluntad.

“Todo lo soportó por amor a los escogidos, para que ellos también alcancen la salvación”. Si nuestra gente va a alcanzar madurez espiritual, nos urge, ejercer la gracia de la mansedumbre. Imitemos al Señor que, aun cuando le crucificaron, Él dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Estudiemos y consideremos la vida emocional del Señor Jesucristo, especialmente en los Evangelios, para ver cómo reaccionó ante el agravio, la ofensa, la dureza de corazón, la incredulidad de la gente, la ingratitud, los ataques contra su persona. ¡Entonces imitemos su ejemplo!

En segundo lugar, estudiemos y repasemos periódicamente aquellos pasajes que hablan de esta gracia, como el Sal.mo 37; 1 Pedro 2:5-7. Realmente toda esta epístola nos habla de cómo debemos reaccionar contra la persecución, las aflicciones, el maltrato. Santiago 3: 13 al 18. El libro de Proverbios trata este tema. Nos habla de la mansedumbre.

En tercer lugar, si vamos a crecer en esta gracia, consideremos el gran valor que Dios le da a la gracia de la mansedumbre. 1 Pedro 3:4: “Que sea el yo interno, con el adorno incorruptible de un espíritu manso tierno y sereno, lo cual es, valioso, precioso delante de Dios.”

Cuando nuestra gente vea esa clase de ejemplos, ellos serán animados a ejercer esta gracia. Cuando veamos a otros siendo ejemplos de esa gracia, oremos por esa persona para que siga siendo mansa pero, a la misma vez, imitémosla.

El mundo no aprecia estas cosas, pero para el Señor son preciosas. Y, si pudiéramos decirlo, esta es nuestra mejor defensa.

Sobre todo, hermanos, cultivemos la gracia de la humildad. No pensemos más alto de lo que debemos pensar de nuestra persona de manera que si alguien nos ofende esto nos permita no sentir ese agravio de forma más profunda de lo que deberíamos sentirlo; haya pues en nosotros esa actitud humilde y esto nos ayudará a ejercer la gracia de la mansedumbre. Tratemos hermanos con seriedad las amonestaciones bíblicas contra la falta de la mansedumbre. Que el Señor nos ayude, hermanos, a tener ministerios prósperos y bendecidos por la presencia de Dios, porque ejercemos la gracia de la mansedumbre.

Que Dios continúe bendiciendo nuestros ministerios, porque la mansedumbre atrae a los hombres no a nosotros, sino a Cristo y a su Verdad.

Oremos.

Padre, gracias por estas exhortaciones para nuestras almas. ¡Cuánto las necesitamos! Perdónanos cuando no hemos reflejado al Señor Jesucristo en nuestros hogares, delante de nuestras esposas, nuestros familiares y nuestros amigos. Ayúdanos para que esta gracia abunde en nosotros. Ayúdanos a ver la importancia de esta gracia en el ministerio, para que podamos dirigir las almas al cielo. Que esta gracia y la palabra de Dios atraiga a muchos a Cristo.

Te lo suplicamos en Él.

Amén

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The disposition of the Shepherd III: A meek and tender heart

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Pastor_Eugenio_Pinero-43Eugenio Piñero

En esta ocasión, continuamos nuestro estudio sobre la disposición predominante con la que el pastor debe realizar la obra pastoral en la Iglesia.

Esta disposición es la que el Señor Jesucristo manifiesta al pastorear a sus ovejas. Debemos imitar el pastoreo del Señor Jesucristo, porque es el patrón perfecto de cómo deben ser pastoreadas sus ovejas. Debemos imitar este pastoreo porque los Apóstoles lo imitaron.

La disposición predominante con la que debemos pastorear el rebaño del Señor Jesucristo consiste en varios elementos esenciales.

Hemos estudiado dos de estos elementos:

El primero es “un corazón de siervo”. El servicio del pastor debe revelar el corazón de siervo de Cristo hacia su pueblo, corazón que el Señor reveló cuando dijo: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos”.

El segundo elemento esencial es “un corazón compasivo”. Dios nos llama a ministrar a nuestra gente con un corazón compasivo. Él nos llama a identificarnos con la condición y el dolor de nuestra gente, y a que nosotros dejemos que esto conmueva nuestros corazones para que le ministremos de una manera correcta y adecuada.

Otro elemento esencial de la disposición con la que el pastor debe pastorear a sus ovejas es la de “un espíritu manso y sereno”. Debemos ministrar y pastorear a nuestras ovejas con un corazón de siervo, con un corazón compasivo y con un espíritu manso y tierno.

Jesucristo trata a sus ovejas con mansedumbre y ternura. Pablo menciona estas gracias del Señor en 2 Corintios 10: 1, “Yo mismo, Pablo, os ruego por la mansedumbre y ternura de Cristo.”

Jesús habló de su mansedumbre cuando invitó a los pecadores a venir a Él, para que recibieran perdón, alivio y descanso para sus almas. Él dijo: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y trabajados”. “Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil y mi carga ligera.”

¿Cómo anima el Señor a los pecadores a venir a Él? Revelando la mansedumbre y la humildad de su corazón. Los pecadores que vienen a Jesús quebrantados por sus pecados, arrepentidos, confiando en Él, queriendo servirle y obedecerle, encontrarán que Jesús es manso y humilde de corazón.

Pablo rogó a los discípulos por la mansedumbre y ternura de Cristo. Según Hodge: “Esto es la mansedumbre y ternura que son propias de Cristo y que, por tanto, sus discípulos están obligados a imitar. La mansedumbre se refiere principalmente a la virtud interior; la ternura se refiere a su expresión externa”. En este capítulo, Pablo alude a los escarnios de sus denigradores en Corinto. Estos le acusan de conducirse humildemente cuando estaba entre ellos, pero con osadía cuando estaba lejos. Sus detractores le consideraban como un hombre cobarde y asustadizo. Manifestaba su supuesto coraje cuando no corría peligro.

Pablo se ocupa de responder al cargo que se presenta en su contra y que le acusa de ser contencioso, duro y pretencioso. Observen como responde a estos cargos. No lo hace de una manera irrespetuosa, ruda u hostil. Siguiendo el ejemplo de su Salvador, dice a los corintios que deseaba y prefería tratar con ellos con mansedumbre y ternura. Y esto ante una gran provocación.

¿Qué es la mansedumbre? La mansedumbre tiene dos aspectos. Es sobre todo una actitud de sumisión a Dios. De esto se desprende una disposición para tratar al prójimo de forma paciente y afable.

R. C. Trench escribe: “Trauntes, que se traduce al español como mansedumbre, no solo consiste en la conducta externa de una persona y mucho menos en una mera condición o disposición natural. Más bien es una gracia del alma entretejida en sus fibras más íntimas cuyo ejercicio se dirige primero y por encima de todo a Dios. Es el temperamento espiritual que nos permite aceptar su trato hacia nosotros considerándolo como bueno y, por tanto, hacerlo sin debate ni resistencia.”

En lo que respecta al nivel horizontal, la mansedumbre es una actitud humilde y afable que se manifiesta en una sumisión paciente ante la ofensa. Está libre de malicia y venganza. Es esa gracia espiritual que nos permite sobrellevar o soportar pacientemente la provocación y ofensa, sin represalias contra aquellos que nos ofenden o nos injurian. Mansedumbre no significa debilidad, sino poder bajo control. La mansedumbre es lo opuesto a la arrogancia, a la aspereza, a la falta de tacto. El hombre manso no se inclina a contender por sus derechos ni a insistir para que sus puntos de vista personales sean aceptados. Su vida se caracteriza por la modestia y la discreción. La persona mansa tiene un concepto correcto de la soberanía de Dios, de sí misma y de su propia pecaminosidad no es pronta a airarse, ni se precipita a reclamar sus derechos.

El salmo 37 habla sobre el hombre manso. Hendriksen dice: “Este salmo describe a la persona que no tiene resentimiento, no guarda rencor. Lejos de seguir rumiando las injurias recibidas, se refugia en el Señor y le entrega su camino enteramente. Lo hace con mayor razón porque ha muerto a toda justicia propia. Sabe que no puede pretender méritos de ningún tipo delante del Señor. Puesto que el favor de Dios significa todo para él, ha aprendido a soportar con gozo el despojo de sus bienes, sabiendo que tiene una herencia mejor y perdurable. Sin embargo, la mansedumbre no es debilidad, no consiste en tener una columna vertebral de goma, no es una característica que haga que la persona esté dispuesta a doblegarse ante toda brisa”.

Mansedumbre es mostrar un carácter sumiso ante la provocación, la disposición a sufrir y no causar daño. La persona mansa deja todo en las manos de Aquel que le ama y le cuida.

Hasta aquí hemos visto algo de la naturaleza de la mansedumbre, de esta gracia espiritual que es fruto de la obra de Espíritu Santo.

En segundo lugar, consideremos el ejemplo perfecto de la mansedumbre. El Señor Jesucristo es el ejemplo supremo de la mansedumbre. Él es el ejemplo que todos nosotros debemos imitar.

En su primera epístola, capitulo 2, versículo 21 al 23, Pedro declara: “Porque para este propósito habéis sido llamados, pues también Cristo sufrió por nosotros, o por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas, el cual no cometió pecado, ni engaño alguno en su boca; y quien cuando le ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a aquel que juzga con justicia.”

He aquí el ejemplo encarnado que debemos imitar; aquel que tenía todo el derecho en este mundo y no había cometido ningún pecado; aun así, ante el vituperio, la provocación y la ofensa, ¿qué hizo? Cuando le ultrajaban, no respondió ultrajando. Cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquel que juzga con justicia.

¿Qué le permitió al Hijo de Dios encarnado continuar su ministerio a sus discípulos cuando éstos discutían entre sí, cuando eran tardos para creer lo que Él les enseñaba, cuando uno de ellos hasta se atrevió injustamente a reprenderlo, cuando mostraban que su fe era débil a pesar de todos los milagros que ellos habían presenciado y que el Señor había realizado? ¿Qué fue lo que llevó al Señor a sentarse con sus discípulos para instruirles cuando ellos eran tardos para oír? ¿Qué fue lo que le mantuvo siendo el Pastor de este pequeño rebaño? ¿Qué fue lo que le permitió seguir su ministerio cuando los hombres le vituperaban y le amenazaban? La gracia de la mansedumbre. Compañeros en el ministerio, si hemos de pastorear a nuestras ovejas según la voluntad de Dios, esta gracia debe gobernar nuestro corazón.

Moisés, el siervo de Dios, se distinguió por ser un hombre manso. Sin embargo, cuando Moisés no ejerció esta gracia en un momento de debilidad, ante la provocación pecaminosa del pueblo, él pecó. Se enojó contra el pueblo de Dios. Su enojo le impidió honrar a Dios delante del pueblo. Por causa de su pecado, Dios no le permitió introducir al pueblo a la tierra prometida.

Lamentablemente, algunos pastores tampoco pueden conducir a sus ovejas a un estado de madurez y mayor bendición espiritual, porque cuando son provocados por algún miembro o algunos miembros de la iglesia, no ejercen la gracia de la mansedumbre. Su falta de mansedumbre les impide ministrar eficazmente al pueblo de Dios mientras éste camina hacia la patria celestial. Probablemente, ésta es una de las razones por las cuales algunos pastores no duran mucho tiempo en las iglesias.

Les es difícil llevar a la congregación desde la infancia a la madurez por falta de mansedumbre. Muchas veces nuestras ovejas, sin darse cuenta, dicen cosas que hieren profundamente. Y si no ejercemos la gracia de la mansedumbre, entonces no podremos ministrar a sus corazones, sentarnos pacientemente para instruirles a fin de que puedan llegar a un estado de madurez espiritual.

Hemos considerado la naturaleza de la mansedumbre. Hemos visto algo del ejemplo supremo de la mansedumbre. Ahora mencionaré algunos de los beneficios de la mansedumbre.

La mansedumbre capacita al pastor a sobrellevar las ofensas contra su persona, para poder entregarse a pastorear a sus ovejas. La falta de mansedumbre no le permitirá ayudar a las ovejas de Cristo cuando éstas necesiten guía y ayuda. Si el pastor se siente ofendido y deja que su ofensa controle su corazón, su enojo y su resentimiento contra la o las ovejas por esa ofensa, o por los agravios cometidos contra él, serán obstáculos que le impedirán entregarse a estas ovejas para pastorearlas. Esa condición o resentimiento le llevará a ver a estas personas como sus enemigos, sus adversarios y no como sus ovejas.

El enojo, el resentimiento o la amargura opacarán su mente, le incapacitarán para buscar o percibir la manera bíblica de afrontar esa situación, o la mejor manera para ayudarles. No podrá ver la forma de ganar la buena voluntad de esa oveja que le ha herido, o que ha hecho algo que no debió hacer. No podrá ver la forma de percibir o entender lo que enseña la palabra de Dios para tratar dicha situación, porque su mente estará concentrada en lo que esa persona le hizo.

Su resentimiento no le permitirá elevar su corazón al cielo para pedir al Señor la sabiduría para poder tratar a su oveja con amor y ternura.

La falta de mansedumbre no le permitirá buscar el bien o la restauración de la oveja descarriada, porque su preocupación principal será la vindicación de su persona. Esto no agrada al Señor, y si él permite que esa ofensa siga afectando su corazón, levantará una pared entre él y esa oveja; en tal condición puede verse tentado a convertir el púlpito en una plataforma para atacar a su oveja.

Por otra parte, la mansedumbre nos capacitará para pastorear a aquellas ovejas que nos ofenden, o que en un momento dado nos vituperan. Nos permitirá soportar pacientemente la injuria o el agravio. Calmará nuestros corazones para que podamos pensar con cordura. No nos dejará tomar represalias, nos llevará a encomendar nuestra causa a Aquel que juzga con justicia. En esto imitaremos al Señor Jesucristo que, cuando le ultrajaban, no respondía ultrajando; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquel que juzga con justicia.

“Pastor, sigue repitiendo ese versículo”, lo hago para que se grabe en sus mentes y corazones porque este versículo nos muestra como debemos tratar las injurias, la persecución, la opresión y las ofensas. Nos llama a traer el problema al Señor. Al dejar el problema o la ofensa delante de aquel que juzga con justicia la carga será quitada podremos realizar la obra del Señor.

Es verdad que esta oveja me ofendió, me hirió, me hizo daño, pensó y habló mal de mí, sin razón, pero aún así es… mi oveja. Fue por ella que Cristo vertió su sangre. A pesar de lo que esta oveja hizo, debe ser pastoreada para su santificación, restauración y preservación.

La mansedumbre nos llevará a tratar a la oveja, no según lo que merece por su ofensa, sino según indican las normas del amor: “El amor no busca lo suyo sino que busca el bien del otro, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido, todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.”

La mansedumbre lleva al pastor a sobrellevar las ofensas contra su persona, para que pueda entregarse a pastorear a sus ovejas

En segundo lugar, la mansedumbre animará a las ovejas a buscar el pastoreo bíblico de sus pastores. Cuando pastoreamos a las ovejas con mansedumbre y ternura, las ovejas se animarán a buscar nuestra supervisión, guía o cuidado pastoral. Se sentirán atraídas hacia su pastor, hacia su pastoreo bíblico. Pero un espíritu arrogante, contencioso, recriminador, un trato rudo les alejará del pastor.

La insistencia carnal por la vindicación personal alejará al pastor de la gente. Cuando la gente se da cuenta del alejamiento de su pastor, no se sentirá libre o animada a buscar su ayuda y guía pastoral en momentos de dificultad o en momentos de crisis.

Otro pastor dijo correctamente: “La accesibilidad, la ternura, la afabilidad y el decoro son gracias que acompañan a la mansedumbre.”

La mansedumbre permite que la gente vea a su pastor como una persona accesible. La gente siente que puede acercarse a su pastor, tiene acceso a él porque no la rechazará, no la recriminará, no será pronto a irritarse o a enojarse. Las ovejas se animarán a acercarse a su pastor porque le ve como una persona agradable, afable, razonable, sensata, tratable y amable, que tiene control de su espíritu.

Te pregunto hermano, ¿desearías tú acercarte a una persona áspera, difícil de tratar, contenciosa, impulsiva, que se enoja por cualquier cosa, y que actúa caprichosamente? ¿Te animarías a acercarte a alguien que te inspire temor, sabiendo que probablemente reaccionará pecaminosamente? Creo que no desearás acercarte a esa persona. Nuestra gente no debe tener razones para pensar así de nosotros. Por consiguiente, debemos vestirnos de la gracia de la mansedumbre.

La mansedumbre del Señor atraía a las personas a acercarse a Él. Él usa la mansedumbre como un medio para atraer, para invitar a las personas a venir a Él.

Él dijo: “Venid a mí… Tomad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. La invitación a los pecadores a venir a Él estaba basada en la realidad de su mansedumbre.

Si realmente queremos que la gente se acerque a nosotros para poder pastorearla, para poder guiarla, debemos ser hombres mansos y tiernos como Jesús. Nuestra persona y la manera de conducirnos debe ser tal que, aunque nosotros no digamos las palabras del Señor Jesucristo, nuestras ovejas puedan percibir por nuestra conducta que encontrarán al acercarse a nosotros a una persona mansa y humilde de corazón.

Si el Señor hubiera sido una persona obstinada, ruda, contenciosa, caprichosa, arrogante, insensible, vengativa, no podría haber dicho: “Venid a mi porque soy manso y humilde de corazón.”

La mansedumbre no solo permite que la gente vea a su pastor como una persona accesible, sino que también, le vea como una persona tierna y afable. Una persona arrogante, ruda, contenciosa y vengativa no es tierna ni afable. Pero la persona mansa, es tierna y afable porque la mansedumbre libra su corazón de la arrogancia de la contienda y del rencor.

Porque Pablo era un hombre manso, podía tratar al pueblo de Dios con ternura y afabilidad. En 1Tesalonicenses 2: 7, dijo a estos hermanos: “Más bien demostramos ser benignos entre vosotros, como una madre cría con ternura a sus propios hijos”.

Este cuadro materno que Pablo presenta, no llama a los pastores a ser personas débiles, afeminadas, cobardes. Lo que este cuadro muestra es que los siervos de Dios deben tratar con ternura a los creyentes, como una madre o nodriza trata a sus propios hijos.

La mansedumbre no solo viene acompañada de accesibilidad, ternura y afabilidad. Viene acompañada también de decoro. La mansedumbre conducirá al pastor a la circunspección, a tratar a otras personas con respeto aunque ellas no le hayan tratado de la misma manera. Pablo exhortó a Timoteo a ser un hombre manso y a llevar a cabo su ministerio con mansedumbre. 1 Timoteo 6:11 dice: “Mas tú hombre de Dios, huye de estas cosas y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre…”.

En 2 Timoteo 2: 24 y 25, Pablo le dice a Timoteo: “Y el siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amables para con todos, apto para enseñar, sufrido, corrigiendo tiernamente, o con mansedumbre, a los que se oponen, por si acaso Dios les da el arrepentimiento”.

El siervo del Señor no debe ser un hombre dado a la contienda, sino amable, apto para enseñar, sufrido, que corrige con mansedumbre. Esta mansedumbre implica decoro. Por esta razón, cuando Timoteo va a corregir al anciano, debe hacerlo con decoro y con respeto.

“Timoteo cuando vayas a corregir a un anciano, no te olvides del respeto con que debes tratar a una persona mayor que tú. Tu oficio o posición como pastor no te exime de las normas del amor, del decoro con que tú debes corregirle. No le corrijas con dureza, sino más bien exhórtalo como un padre. A los más jóvenes como a hermanos.”

Comentando sobre este asunto, William Hendriksen dijo:

“En el curso de su obra pastoral, Timoteo tendrá a veces que corregir las faltas de algunos de los miembros de la iglesia. Ninguno de estos debe ser tratado con aspereza, especialmente los miembros mayores de la congregación. En vez de tratar duramente a los que necesitan corrección, Timoteo debe amonestar.”

El verbo usado en el original, en el capítulo 5, versículo 1, significa: “llamar aparte”. Este llamar aparte puede ser con el propósito de alentar, consolar, exhortar, rogar, apelar o amonestar. Es obvio que este último pensamiento predomina en este pasaje.

William Hendriksen declara:

“Ahora bien, debería hacer hincapié en que, aquí, también Pablo conserva un hermoso equilibrio. Por una parte no quiere que Timoteo pase por alto a la gente de mayor edad, permitiéndoles seguir en sus pecados. Por otra parte, desea que sean tratados con el debido respeto. Timoteo debe amonestar al anciano como si éste fuera su propio padre y con cuanta consideración, con qué tacto, gentileza y moderación trataría a una persona tan íntimamente ligada a él. Timoteo debía recordar que su posición de líder en la iglesia no justificaba que él fuera irrespetuoso, aun cuando las personas que él pastoreaba debieran ser corregidas. Su autoridad como pastor no le eximía de honrar a cada miembro de la iglesia, según su edad, sexo y posición. Su oficio no le daba derecho a tratarles con desdén, o a tratar al anciano como si fuera un niño”.

El siervo de Dios no debe reaccionar como un perro bravo cuando es provocado, o ladrar cada vez que alguien no esté de acuerdo con su punto de vista doctrinal o con su posición, o cuando alguien ataque las enseñanzas que tanto ama y aprecia. El pastor debe tratar a cada miembro de la iglesia con el respeto que demanda la edad de esa persona, la experiencia, el sexo o la posición de esa persona.

Lamentablemente, vivimos en una sociedad donde este principio se ignora. El igualitarismo y el feminismo, con su afán de eliminar las diferencias, toda clase de diferencias, toda distinción establecida por Dios, socavan el orden social establecido por Dios en la creación.

Resultado: el respeto que se debe a los ancianos, o personas mayores, ha desaparecido en ciertos círculos. El joven habla al anciano como si fuera su colega o su igual. Los niños no hablan a las personas mayores con respeto, no respetan la autoridad de sus padres. La mujer no respeta a su marido. Y, tristemente, tenemos que decir que incluso hay ministros que hablan a otros ministros con mayor experiencia y edad como si ellos fueran sus iguales.

Hermanos, igualdad de autoridad entre los ancianos no quita, ni reduce, ni elimina el amor, el respeto, el decoro. Al contrario, la piedad promueve estas cosas. Aunque todos somos iguales en lo que respecta a nuestra dignidad como seres humanos, creados a la imagen de Dios, esto no elimina el orden social establecido por Dios en la creación.

Por esta razón, la Biblia demanda que nosotros, los pastores, tratemos al anciano no como si nosotros fuéramos su igual en todo aspecto, sino como aquel que es digno de un honor especial.

Hermanos, la experiencia no se compra, la experiencia se vive y aunque tú tengas mas teología que él, hayas ido a un seminario y conozcas griego, arameo, o cualquier otra lengua (latín también) no quiere decir que tú tienes la misma experiencia que aquel que tiene 70 años de edad.

A las ancianas, Timoteo tenía que tratarlas como a madres, a las jóvenes como hermanas. La mansedumbre no elimina sino que promueve el decoro.

Ahora es necesario hacer una salvedad: La mansedumbre no significa que el pastor no pueda aseverar la verdad con fervor, firmeza y autoridad. No significa que no pueda mostrar su disgusto, desaprobación o indignación ante el mal, ante el pecado o la impenitencia, o que el pastor nunca pueda reprender severamente a los que persistan en pecar o se opongan a la verdad.

Un concepto equivocado de la mansedumbre ha llevado a algunos a pensar que si el pastor reprende o muestra su indignación santa, no es un hombre manso. Esta manera de pensar es incorrecta. La mansedumbre no prohíbe al pastor hablar con autoridad, fervor y firmeza. No le prohíbe mostrar su indignación cuando es legítimo, no le prohíbe reprender severamente cuando es necesario.

En su epístola a Tito, en el capítulo 2, versículo 15, Pablo le dice: “Esto habla exhorta y reprende con toda autoridad.”

En Tito, capítulo 1, versículo 12, Pablo dice: “Uno de ellos, su propio profeta, dijo: Los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos. Este testimonio es verdadero. Por esto, repréndelos severamente para que sean sanos en la fe.”

La mansedumbre no prohíbe la indignación justa. La mansedumbre detiene al hombre de la indignación carnal pero no le prohíbe mostrar su indignación santa cuando es necesario. Moisés no fue reprendido por su ira o indignación santa, sino por su enojo carnal; enojo que le impidió honrar a Dios delante del pueblo. Pero cuando Moisés se enojó por el pecado escandaloso del pueblo de Dios no fue reprendido.

Éxodo 32: 19 declara: “Y al ver el becerro, las danzas, se encendió en ira”. Esta fue una ira santa. Si Moisés no hubiera mostrado su ira en aquel momento, habría pecado contra Dios, habría socavado la verdad.

Jesús también se enojó, sintió y manifestó indignación. Marcos 3:5, dice: “Y mirándolos en torno con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones…”

Marcos 10:14, declara: “Pero cuando Jesús vio esto, se indignó”. Su ira como indignación honró a Dios. Su indignación, su ira, fueron actitudes consecuentes con la mansedumbre.

Jesús y Moisés no pecaron porque la motivación de su ira o indignación no surgió de una pasión pecaminosa. Aquello que les indignó fue la ofensa contra la bondad, santidad y gloria de Dios.

Por otra parte, es necesario aseverar que la ira o la indignación de Moisés y Jesús no fueron las características que destacaron sus personas o ministerios; generalmente, algo no está bien cuando lo que destaca en un ministerio pastoral son las reprensiones severas que continuamente se emiten desde el púlpito en la iglesia. Lo que caracterizó a nuestro Señor no fue que uso continuamente el látigo. Algo no está bien cuando lo que caracteriza a un ministro como patrón son sus arranques de ira e indignación.

Cuando Moisés fue vituperado por su hermana María y por Aarón, él no abrió su boca para quejarse, sino que encomendó su causa a Dios. Cuando Cristo fue vituperado no respondió vituperando.

Si hemos de reaccionar correctamente ante los múltiples vituperios, injusticias, agravios y ofensas contra nosotros en el ministerio, debemos ejercer la gracia de la mansedumbre. Si esta gracia no gobierna nuestro corazón nos encontraremos luchando contra nuestra gente. El púlpito se convertirá en una plataforma para expresar nuestro disgusto, resentimiento y amargura contra aquellos que nos vituperan, con aquellos que no están de acuerdo.

La disposición de un espíritu manso y tierno nos enseña que debemos asumir una actitud humilde, paciente y sumisa ante la injuria. Que debemos guardar el corazón de la malicia y la represalia, y encomendar nuestra causa a Aquel que juzga con justicia. Ante la injuria, las calumnias, vituperios, falsas acusaciones, debemos imitar el espíritu de David expresado en el salmo 37: “Encomienda al Señor tu camino, confía en El, que El actuará.”

He aquí algunos de los beneficios de la mansedumbre:

Da al pastor la capacidad para sobrellevar las ofensas para poder ayudar a las ovejas.

La mansedumbre animará a las ovejas a buscar el pastoreo bíblico de sus pastores.

Le verán como una persona accesible, tierna, afable y decorosa.

En tercer lugar, la mansedumbre nos permitirá ministrar correctamente a los incrédulos.

Aunque debemos presentar, explicar y aplicar la ley moral a los incrédulos para que ellos se conviertan, o sean convencidos de sus pecados y se conviertan al Señor, para que ellos vean su condición, necesidad y busquen el remedio que ofrece el evangelio, nunca debemos pasar por alto que nuestra manera de tratarles debe ser un ejemplo de la mansedumbre y la ternura. No debemos pagar al incrédulo mal por mal, no debemos alejarnos de ellos por su incredulidad. Debemos vestirnos de mansedumbre para que podamos corresponder correctamente a sus vituperios, y así podamos por todo medio legítimo impartir el conocimiento de la verdad salvadora que conduce a la salvación. Si nosotros somos fieles a Cristo y a las almas de los hombres, seremos injuriados, vituperados. El diablo nos atacará fuertemente por medio de sus emisarios; tratará de provocarnos a ira. ¿Para qué? Para desacreditar y neutralizar nuestro ministerio y apartarnos de nuestras ovejas.

Queridos hermanos, por amor a Cristo, por amor a las almas de nuestras ovejas, ¡no se lo permitamos! Agarrados al Señor por la oración, entreguémonos a ejercer la gracia de la mansedumbre.

Hemos considerado la naturaleza, el ejemplo supremo de la mansedumbre, y algunos de los beneficios de la mansedumbre.

Ahora, permítanme hablarles de cómo podemos cultivar esta gracia.

¿Cómo podemos o debemos, cómo debemos cultivar esta gracia? Imitando al Señor Jesucristo, imitando al Señor Jesucristo. Él dijo, “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Sigamos su ejemplo de mansedumbre y encomendemos nuestra causa a Aquel que juzga justamente. ¿Saben lo que eso nos permite? Que cuando en el pensamiento vienen las imágenes de aquellos que nos han ofendido, ahí mismo podemos, tranquilamente, elevar una oración al Señor para que Dios bendiga a tales personas y trate con ellas según su voluntad.

“Todo lo soportó por amor a los escogidos, para que ellos también alcancen la salvación”. Si nuestra gente va a alcanzar madurez espiritual, nos urge, ejercer la gracia de la mansedumbre. Imitemos al Señor que, aun cuando le crucificaron, Él dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Estudiemos y consideremos la vida emocional del Señor Jesucristo, especialmente en los Evangelios, para ver cómo reaccionó ante el agravio, la ofensa, la dureza de corazón, la incredulidad de la gente, la ingratitud, los ataques contra su persona. ¡Entonces imitemos su ejemplo!

En segundo lugar, estudiemos y repasemos periódicamente aquellos pasajes que hablan de esta gracia, como el Sal.mo 37; 1 Pedro 2:5-7. Realmente toda esta epístola nos habla de cómo debemos reaccionar contra la persecución, las aflicciones, el maltrato. Santiago 3: 13 al 18. El libro de Proverbios trata este tema. Nos habla de la mansedumbre.

En tercer lugar, si vamos a crecer en esta gracia, consideremos el gran valor que Dios le da a la gracia de la mansedumbre. 1 Pedro 3:4: “Que sea el yo interno, con el adorno incorruptible de un espíritu manso tierno y sereno, lo cual es, valioso, precioso delante de Dios.”

Cuando nuestra gente vea esa clase de ejemplos, ellos serán animados a ejercer esta gracia. Cuando veamos a otros siendo ejemplos de esa gracia, oremos por esa persona para que siga siendo mansa pero, a la misma vez, imitémosla.

El mundo no aprecia estas cosas, pero para el Señor son preciosas. Y, si pudiéramos decirlo, esta es nuestra mejor defensa.

Sobre todo, hermanos, cultivemos la gracia de la humildad. No pensemos más alto de lo que debemos pensar de nuestra persona de manera que si alguien nos ofende esto nos permita no sentir ese agravio de forma más profunda de lo que deberíamos sentirlo; haya pues en nosotros esa actitud humilde y esto nos ayudará a ejercer la gracia de la mansedumbre. Tratemos hermanos con seriedad las amonestaciones bíblicas contra la falta de la mansedumbre. Que el Señor nos ayude, hermanos, a tener ministerios prósperos y bendecidos por la presencia de Dios, porque ejercemos la gracia de la mansedumbre.

Que Dios continúe bendiciendo nuestros ministerios, porque la mansedumbre atrae a los hombres no a nosotros, sino a Cristo y a su Verdad.

Oremos.

Padre, gracias por estas exhortaciones para nuestras almas. ¡Cuánto las necesitamos! Perdónanos cuando no hemos reflejado al Señor Jesucristo en nuestros hogares, delante de nuestras esposas, nuestros familiares y nuestros amigos. Ayúdanos para que esta gracia abunde en nosotros. Ayúdanos a ver la importancia de esta gracia en el ministerio, para que podamos dirigir las almas al cielo. Que esta gracia y la palabra de Dios atraiga a muchos a Cristo.

Te lo suplicamos en Él.

Amén

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La disposición del pastor IV: Un amor desinteresado

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Pastor_Eugenio_Pinero-43Eugenio Piñero

Vamos a tener un momento de oración.

Oh Padre,

Te damos gracias por la manifestación de tu poder salvador, en la persona y obra del Señor Jesucristo, que aquello que Él hizo por nosotros en la cruz para salvarnos nos lleve a amarle más, a dar muerte al pecado que todavía permanece en nuestros corazones para que podamos servirte. Ven sobre nosotros hoy y enséñanos algo más de esa disposición con la cual debemos pastorear a las ovejas. Danos pues ese corazón para que manifestemos el pastoreo de Cristo, para el bien de sus ovejas.

Pedimos la unción de tu Espíritu, que tu siervo pueda hablar con amor, con ternura, dependiendo solamente de Ti. Que la exposición de tu Palabra sea para la edificación de tus siervos. En el nombre de tu Hijo amado, te lo suplicamos. Amén.

El Príncipe de los pastores manda a los pastores de su iglesia a pastorear las ovejas de su rebaño con una disposición pastoral que consiste de varios elementos esenciales. Hemos considerado tres de estos elementos: un corazón de siervo, un corazón compasivo y un espíritu manso y tierno. Otro elemento esencial es un amor sacrificial y desinteresado. Jesucristo pastoreó a sus ovejas con esta disposición.

Juan capítulo 13, versículo 1, habla de este amor por sus discípulos, habla del amor de Cristo por sus discípulos, dice que:

“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”.

Juan capítulo 10, versículos 7 al 18, enseña que el buen pastor da su vida por las ovejas. Esta es la prueba contundente de su amor por ellas. Él ama a sus ovejas con un amor sincero, sacrificial, desinteresado y desprendido. El buen pastor no es un asalariado; el asalariado ve a las ovejas como un medio para su sostén. No se preocupa por el bienestar de ellas. Sólo trabaja por el pago o la remuneración que recibirá, pero a él no le importan las ovejas.

En cambio, el buen pastor ama a sus ovejas, busca y promueve constantemente el bien de las ovejas. Así también nosotros debemos amar a las ovejas que Cristo ha puesto bajo nuestro cuidado. Por esta razón, Pedro en su 1ª epístola, capítulo 5, versículo 2, dice a los ancianos:

“Pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios, no por avaricia del dinero, sino con sincero deseo”, un sincero deseo de buscar y promover su bien espiritual.

Ahora, pastorear con un deseo sincero y desinteresado, no prohíbe al pastor procurar legítimamente un sustento razonable y suficiente para proveer para las necesidades básicas de su familia. El hecho de que él es un pastor, no le libra de la responsabilidad de proveer para su hogar. Si él no provee de una manera responsable y adecuada para las necesidades básicas de su hogar, según las Escrituras, tal individuo niega la fe.

1ª a Timoteo, capítulo 5, versículo 8, declara:

“Pero si alguno no provee para los suyos, especialmente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo”.

Si el pastor no provee para su familia peca contra Dios y peca contra su familia. Y aún más, niega la fe o el evangelio que Dios le llamó a predicar. Esto no es consecuente con su llamado; por un lado predica y por otro niega la fe. El pastor debe predicar todo el consejo de Dios, pero para que él sea consecuente con lo que predica debe proveer para su casa de una manera legítima, adecuada, responsable y suficiente.

Esta es una de las razones por la que Pablo en su 1ª epístola a los Corintios, capítulo 9, versículo 14, dice:

“El que predica el evangelio, que viva del evangelio”.

En la 1ª epístola a Timoteo, capítulo 5, versículo 18, Pablo añade: “El obrero es digno de su salario”.

Por tanto, cuando Pedro llama a los pastores a pastorear el rebaño, no por obligación sino voluntariamente, no por avaricia de dinero sino con sincero deseo, no prohíbe que el pastor procure una remuneración adecuada para sostener a su familia. Lo que estos versículos prohíben es que el pastor pastoree a las ovejas con un corazón codicioso y para obtener ganancias deshonestas.

Los pastores deben servir y pastorear el rebaño con un deseo genuino que desea y busca el bien espiritual de las ovejas. La queja principal de Dios contra los líderes de Israel era que ellos pastoreaban para trasquilar y aprovecharse de las ovejas.

El Señor dice:

“Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos y no apacientan mis ovejas, no las cuidan, no las alimentan, no las reúnen, no las protegen, viven de las ovejas”.

No les importa la condición de las ovejas, ¿porqué? Porque no aman a las ovejas. Los pastores de Cristo no deben seguir tal ejemplo. Debemos evaluar nuestras vidas, nuestros corazones y preguntarnos, ¿qué es lo que nos mueve a servir en la iglesia?

¿Estamos pastoreando al pueblo de Dios porque amamos a Cristo, porque amamos a las ovejas? o ¿Estamos aquí por pago, estamos aquí por alguna remuneración, algún retiro, etc.? Debemos pastorear la iglesia por amor a Cristo y por amor a las ovejas. Los pastores de Cristo deben imitar a Cristo. Él por amor entregó su vida para procurar y asegurar el bienestar y la salvación de sus ovejas, o como otro dijo:

“Jesús mismo entregó su vida por sus ovejas. Él no era ningún peón asalariado que hacía el trabajo por dinero. A Él le interesaban genuinamente las ovejas, incluso hasta el punto de estar dispuesto a morir por ellas. Su gran amor reveló su sacrificio y servicio. Jesús pastoreó a las ovejas con una amor sincero, sacrificial y desinteresado”. Esa disposición con la que Jesucristo, el Príncipe de los pastores, pastorea sus ovejas es la que nosotros debemos imitar. Esta disposición fue la que el apóstol Pablo imitó y manifestó en su vida y ministerio. En 1ª a los Tesalonicenses, capítulo 2, versículo 8, él les dijo a estos hermanos:

“Teniendo así un gran afecto por vosotros, nos hemos complacido en impartiros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas, pues nos llegasteis a ser muy amados”.

He aquí el motivo por el cual este hombre se entregó a servir y, ¿con qué disposición se entregó y sirvió a aquellas ovejas? Dice, “pues nos llegasteis a ser amados, no, muy amados”. Este amor que ardía en el corazón del apóstol por sus ovejas le llevó a decir a los corintios, aun cuando estos cuestionaban su integridad y la autoridad de su ministerio:

“Yo muy gustosamente gastaré lo mío y aún más, yo mismo me gastaré por vuestras almas. ¿Si os amo más, seré amado menos?”.

A pesar de la oposición y las falsas acusaciones que el apóstol encontró en Corinto, aquello que lo constreñía a seguir sirviendo a estos hermanos fue su amor por ellos.

Ahora, traten de ponerse en el lugar de Pablo. Él era el padre espiritual de los creyentes en Corinto. Padeció en aquel lugar dolores de parto para que Cristo fuera formado en ellos. Trabajó fuertemente para establecer aquella iglesia en circunstancias muy difíciles y peligrosas. Tomó de otros ministerios para no agraviarlos; trabajó allí en circunstancias complejas. Al principio él predicó en Corinto en medio de mucha oposición, Hechos 18.

En su 1ª epístola a los Corintios, él les dijo:

“Y estuve entre vosotros con debilidad, y con temor y con mucho temblor”.

El Señor por medio de una visión le dijo a Pablo:

“No temas, sigue hablando y no calles”.

Establecer una iglesia en Corinto no fue algo fácil.

Después de un tiempo, falsos maestros, hombres prejuiciados, entraron en esta congregación e indispusieron el corazón de algunos creyentes hacia el apóstol. En vez de defender a su padre espiritual, estos creyentes influidos por estas personas, cuestionaban la integridad de este hombre de Dios. Insinuaban que Pablo no cumplía sus promesas, que decía una cosa aquí pero su intención era otra. Todas estas cosas quebrantaron profundamente el corazón de Pablo. ¿Qué fue lo que le llevó a seguir sirviendo a estas personas, a tomar su tiempo para escribir la 1ª epístola y después la 2ª epístola a los Corintios, y pensar bien sus argumentos? ¿Qué fue lo que llevó a este siervo de Dios a tratar con sus hijos espirituales, quienes vinieron a la verdad y fueron salvos por medio de su ministerio? ¿Qué fue lo que lo mantuvo tratando con el corazón de estas personas?

Hermanos, fue un verdadero amor por ellos, un amor sacrificial y desinteresado que se entrega a sí mismo a buscar el bien y la felicidad de otros. Ciertamente no fue por algún beneficio monetario, pues él no quiso recibir de ellos ayuda financiera.

1º Corintios, capítulo 9, versículo 15, aquello que le movió a servirles fue un amor sincero, sacrificial y desinteresado.2ª epístola a los Corintios, capítulo 6, versículo 11:

“Nuestra boca (dice Pablo a los corintios), os ha hablado con toda franqueza. Nuestro corazón se ha abierto de par en par”.

En otras palabras, “No estoy escondiendo nada; no tengo motivos ulteriores. Les hablo con toda franqueza al decir que nuestro corazón está lleno de un afecto compasivo y amoroso por ustedes. Realmente les amamos”.

Mi hermano, ¿qué es aquello que te llevará a continuar en el ministerio año tras año, cuando te encuentres en circunstancias similares? ¿Qué impedirá que tires la toalla? El amor sincero, el amor por Cristo y el amor sincero, sacrificial y desinteresado por las ovejas. En la 2ª epístola a Timoteo, capítulo 2, versículo 9 y 10, Pablo dijo:

“Por el cual sufro penalidades, hasta encarcelamiento como un malhechor, pero la palabra no está presa. Por tanto, todo lo soporto por amor a los escogidos, para que también ellos obtengan la salvación que está en Cristo Jesús, y con ella gloria eterna”. No era suficiente que ellos entraran, sino que siguieran y concluyeran y gozaran de la gloria eterna. Y por ese fin él estaba dispuesto a sufrir todo, todo lo soportó por amor a los elegidos.

En su libro “El pastor renovado”, Richard Baxter, describe este amor sincero:

“Todo nuestro ministerio debe llevarse a cabo con un amor tierno hacia nuestra gente. Tenemos que mostrarles que no tenemos mayor placer que su progreso y prosperidad. Tenemos que mostrarles que nos entristece y nos preocupa cuando ellos son heridos y afectados. Debemos sentirnos hacia nuestra gente como un padre se siente hacia sus hijos. El amor tierno de una madre no debe sobrepasar el nuestro. Debemos sufrir dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ellos. Ellos deben ver que en comparación a su salvación ninguna cosa externa nos interesa, sea riqueza, libertad, honor o la vida. Además debemos estar dispuestos a que nos saquen del número de los vivientes con tal de que ellos se encuentren en el libro del Cordero”.

Debemos estar dispuestos a decir con Juan:

“Estoy listo para dar mi vida por los hermanos”.

O como Pablo:

“No estimemos nuestras vidas con tal de que terminemos con gozo el ministerio que recibimos del Señor Jesucristo”.

Esta es la disposición con la que debemos pastorear a nuestras ovejas. Debemos preguntarnos nuevamente en oración delante de Dios: ¿Qué me lleva al púlpito, domingo tras domingo? ¿Es simplemente cumplir con una tarea? ¿Con un compromiso? ¿Amo realmente a mis ovejas? Queridos hermanos, si vamos a manifestar el espíritu de Cristo, si vamos a pastorear a las ovejas de Cristo, por las que Él vertió su sangre, debemos asegurarnos que lo hacemos con un amor sincero, sacrificial y desinteresado que se entrega a sí mismo.

Después de haber visto algo de la motivación con que debemos cumplir nuestro ministerio hago la siguiente pregunta: ¿Cómo nos ayudará este amor a pastorear fielmente a nuestras ovejas? Esta disposición nos ayudará a ganar los oídos y los corazones de nuestras ovejas. Tal vez no conozcan tanto de teología de Berkhof y de Calvino, pero nuestras ovejas saben que es amor y pueden discernirlo. Cuando ellas vean que les amamos, abrirán sus corazones hacia nosotros y prestarán atención a lo que debemos decirles.

Si realmente quieres que tu gente escuche el mensaje de la Palabra de Dios, es importante que prediques la palabra con un amor sincero y sacrificial. Este amor por tus ovejas les animará a buscar y a oír tus consejos. Si vas a ser fiel a sus almas, tendrás que decir verdades que serán difíciles de aceptar, verdades que quebrantarán sus corazones, pero verdades que ellas deben oír para que puedan crecer espiritualmente y obedecer al Señor Jesucristo.

Vendrán ocasiones en las cuales debemos reprender y amonestar. Si nuestras ovejas no están convencidas de nuestro amor, pensarán que tenemos algo personal contra ellas, pero si saben que les amamos, estarán dispuestas a oír nuestra enseñanza, exhortación, reprensión y amonestación bíblicas, no importa cuán fuertes sean. Las ovejas oirán con prontitud la palabra porque ellas conocen que aquel que les enseña o amonesta les ama con un amor sincero, que realmente busca su bien.

La mayoría de las personas juzgan el consejo según juzgan el afecto de aquel que da el consejo. Por tanto, cultiva un amor tierno y sincero por tu gente. Es verdad que nuestras ovejas deben seguir nuestra enseñanza sólo si es bíblica. Sin embargo, no debemos soslayar la realidad de que nuestras ovejas juzgan nuestra enseñanza según el afecto que vean en nosotros hacia ellas.

Nuestras ovejas deben seguirnos, sí. Pero deben seguirnos si estamos mostrándoles la palabra de Dios, y sus conciencias y mentes están convencidas que así es. No deben seguirnos solo porque nos aman. Para seguir lo que el pastor enseña, ellas deben estar convencidas de que esto es lo que la palabra de Dios enseña, pues no seguimos a los hombres sino a Cristo. Si lo que el pastor enseña es lo que la Biblia enseña, aunque sea fuerte y cause dolor, la oveja estará más dispuesta a oírlo porque sabe que su pastor le ama. Pastor, cultiva un amor sincero y sacrificial por tu gente. Esfuérzate por aumentar este amor de una manera tangible por medios legítimos para que puedan percibir que están en tu mente y tu corazón, están en tus pensamientos, están en tus oraciones.

Ante las ofensas debemos cuidarnos de no reaccionar incorrectamente. La ocasión vendrá cuando la oveja diga algo que nos va a herir profundamente. En tal ocasión debemos poner un freno en nuestra lengua para no ofenderles o tomar represalia.

Este amor sincero no sólo ayudará a ganar los oídos y corazones de nuestras ovejas.

En segundo lugar, también nos animará a nosotros a seguir pastoreando a las ovejas. En Hechos, capítulo 20, del versículo 33 al 35, Pablo dice:

“Ni la plata, ni el oro, ni la ropa de nadie he codiciado. Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y de las que estaban conmigo. En todo os mostré que así, trabajando debéis ayudar a los débiles, y recordar las palabras de Jesucristo, del Señor Jesús, que dijo: ‘Más bienaventurado es dar que recibir’”.

Más bienaventurado es dar que recibir.

Estos versículos se usan a menudo para animar a los creyentes a ser generosos y sensibles a las necesidades de otros. Aunque se pueden aplicar de esta manera, ésta no es la aplicación principal de esta porción bíblica. No es la razón inmediata que llevó a Pablo a hacer estas declaraciones. Si consideran el pasaje cuidadosamente, se darán cuenta que Pablo no se dirige a la iglesia sino a los ancianos, o a los pastores de la iglesia. La intención de Pablo al decir estas cosas, fue recordar a estos ancianos, que lo que le animó a pastorearles y a servirles no fue su afán por enriquecerse, no fue lo que ellos podían hacer por él, sino el amor que él sentía por ellos. El amor le llevó a darse a ellos, a entregarse a ellos para servirles. El amor le llevó a dar, y para Pablo esto era una mayor bendición, como el Señor indica: “Más bienaventurado es dar que recibir”.

Es decir, la bendición mayor de los ancianos se encuentra, no en lo que sus ovejas pueden hacer por ellos, no en las atenciones con que ellas puedan atenderlos, sino en lo que los ancianos, por amor, se entregan a hacer por sus ovejas.

“En todo os mostré que así trabajando debéis ayudar a los débiles. Oh ancianos, sigan mi ejemplo, entréguense a servir a los necesitados, a sus ovejas; cumplan con su labor. Tened cuidado de vosotros y del rebaño”.

Este es el ejemplo que el mismo Señor nos mostró con su vida, ministerio y palabras. Jesús dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir”. Más bienaventurado es amar; Dios amó y ¿qué hizo? dio a su Hijo unigénito. El amor le llevó a dar. Pastores, el amor por sus ovejas les llevará a entregarse a ellas como deben hacerlo. Recuerden que el darse por amor a ellas trae una mayor bendición. Vendrán ocasiones cuando algunos de nuestros hermanos no nos tratarán con amor, al contrario, nos tratarán mal. Pero pastor, recuerda que aquello que trae una mayor bendición no es que te amen sino que tú imitando a Cristo ames a tus ovejas. Que seamos más prontos en darnos a ellas. El amor sincero nos ayudará a ganar los oídos y corazones de nuestras ovejas. En segundo lugar, nos animará a seguir pastoreando a nuestras ovejas.

En tercer lugar, el amor sincero, sacrificial y desinteresado, nos impedirá abandonar a las ovejas cuando ellas se encuentren en dificultad o peligro. En Juan, capítulo 10, versículos 12 y 13, Jesús dijo:

“Pero el que es un asalariado y no un pastor, que no es el dueño de las ovejas, ve venir al lobo, y abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa”.

¿Y cuál es la explicación? Él huye porque sólo trabaja por el pago. El enemigo principal y mortal de las ovejas en aquellos días era el lobo rapaz. Las ovejas no tenían defensa contra este depredador. El pastor era el único que podía protegerlas. Pero si el pastor era un asalariado, las ovejas serían presas fáciles, porque al ver al lobo, el asalariado las abandonaría, huiría para proteger su propia vida o sus propios intereses. Sólo el buen pastor permanecía con las ovejas. Sólo él arriesgaba su vida para defender y rescatar a sus ovejas. ¿Por qué estaba dispuesto a arriesgar su vida para proteger y salvar a las ovejas? Por su amor sincero y sacrificial por las ovejas.

Esto es lo que nos impedirá a nosotros abandonar a las ovejas y huir cuando ellas se encuentren en peligro. El amor no nos dejará que abandonemos a las ovejas cuando aparezca el lobo de los falsos profetas, el lobo de las artimañas engañosas del error, el lobo del que quiere dañar al mensajero para que las ovejas no escuchen el mensaje de su pastor. El amor sincero y sacrificial impide al pastor huir y dejar a las ovejas por las que Cristo murió. Le impide huir y dejarlas en medio de la crisis o en manos de los falsos profetas.

“Sería fácil irme a otro lugar, con un mejor salario y no tendría que enfrentar los rostros de aquellos que me vituperan domingo tras domingo, que me acusan, que me injurian injustamente, pero el amor por Cristo y por mis ovejas, ovejas por las que tendré que dar cuenta, me impide abandonarlas”.

No es fácil introducir reformas bíblicas en las iglesias porque muchas veces nos encontramos con personas que no quieren la verdad por la influencia de los lobos en la iglesia. Estos lobos promueven una clase de vida para los cristianos en la que no tienen que luchar contra el pecado remanente, el diablo y el mundo. Esta clase de vida apela a la carne y atrae a la gente. El pastor fiel no se dejará intimidar por la popularidad de estos lobos o falsos maestros, ni por sus falsas enseñanzas, sino que continuará predicando y aplicando fielmente la palabra de Cristo.

El pastor fiel no abandonará a sus ovejas, a pesar de las amenazas que recibe contra su persona, a pesar de las acusaciones sin fundamento que dicen contra él. Él no se deja intimidar, no está allí por los elogios de la gente, por el salario que recibe, por el retiro que recibirá, por la influencia que puede ejercer en mucha gente. Él está allí porque ama a Cristo y ama a las ovejas por las cuales tendrá que dar cuenta. Es el amor que le constriñe a predicar a tiempo y fuera de tiempo, que le constriñe a trabajar arduamente hasta que Cristo sea formado en ellas.

El amor nos ayudará a mantenernos en nuestro lugar de servicio, no importa las corrientes que vengan. El pastor no huye ante el lobo o el problema. El asalariado cuando ve el peligro huye. Teme enfrentarse a los problemas de la gente, teme confrontar el pecado de su gente porque sabe que esto puede costarle su salario o la sonrisa o la aprobación de su gente. Teme que si dice la verdad, algunos se ofenderán y se irán de la iglesia. No se atreve a resistir la presión de la gente que quiere que la iglesia adopte las costumbres y los métodos del mundo.

Aarón en un momento de debilidad, cedió a la presión, no pudo resistir la presión de la multitud. Aunque conocía que la petición de la gente violaba el mandato de Dios, cedió a la presión de la gente. Tal vez pensó que su vida corría peligro, tal vez pensó que su posición estaba en peligro, “Moisés no aparece, tal vez debo preparar algo aquí por si acaso…”. En fin, dejó que el lobo de la presión le infundiera temor y huyó de su deber, no fue celoso por guardar la pureza de la adoración.

La norma de la adoración dada por Dios para aquella gente no era suficiente, no era suficiente porque ellos querían adorar a Dios a su manera. Ellos querían entretenimiento. Éxodo 32 nos dice:

“El pueblo se sentó a comer y a beber y se levantó a regocijarse”.

Josué oyó el ruido del pueblo que gritaba, dijo a Moisés:

“Hay gritos de guerra en el campamento”.

Pero Moisés dijo:

“No es ruido de gritos de victoria, oigo voces de canto”. Música.

No debemos sorprendernos por lo que está sucediendo hoy en las iglesias pues no hay nada nuevo bajo el sol. Lo que sucedió con el pueblo de Israel es lo que está sucediendo hoy. Con pretextos religiosos, se sientan a comer y a beber para ser entretenidos. Moisés vio el becerro y las danzas. ¿Qué deseaba el pueblo? Entretenimiento. Querían satisfacer su carne. La adoración era un mero pretexto para ir tras sus verdaderas intenciones. Aarón sucumbió a la presión del pueblo, dejó que el lobo de la presión y del temor a los hombres le llevara a hacer aquello que se oponía a la voluntad de Dios. Le dio al pueblo lo que el pueblo quería. Pensaban que adoraban a Dios al cantar y danzar delante del becerro, pero estaban equivocados porque la verdadera adoración a Dios no se trata de satisfacer nuestros deseos vanos y carnales sino exaltar y honrar su nombre. Por permitir que la presión le controlara, Aarón no fue fiel a Dios y no guió al pueblo a entender y someterse a la voluntad de Dios. Mientras el pueblo gozaba de su fiesta religiosa, deshonraba a Dios.

Ceder a la presión y al deseo de la gente, en lo que respecta a la adoración es una ofensa muy seria. Aarón cedió a la presión y si Moisés no hubiera intercedido por él, Dios lo hubiera destruido. Lean Deuteronomio, capítulo 9. Así que, cuando te veas tentado a ceder a la presión, piensa en la conducta de Aarón y la reacción divina para que esto te sirva como un antídoto poderoso contra la presión.

Hay un artículo, el cual no puedo apoyar en su totalidad porque creo que le falta equilibrio en ciertos puntos, sin embargo, las cosas que este artículo enseña son importantes. El título del artículo es: “La unión del calvinismo con la mundanalidad”, por el pastor Peter Masters. El autor nos llama a guardarnos del lobo de la mundanalidad:

“Cuando era más joven y recientemente convertido parecía que la meta principal de todos los cristianos celosos, fueran calvinistas o arminianos, era la consagración. Sermones, libros y conferencias enfatizaban esto, en el espíritu de Romanos 12:1 y 2, donde el apóstol encarecidamente llama a los creyentes a presentar sus cuerpos en sacrificio vivo y a no ser conformados a este mundo. El corazón era retado y despertado (eso es lo que hace el calvinismo cuando se entienden sus implicaciones). Cristo había de ser Señor de la vida de uno y el ego debía ser rendido sobre el altar en sacrificio a Él. Pero ahora, parece, hay un nuevo calvinismo con nuevos calvinistas que ha echado los objetivos antiguos a un lado. Aprendemos que cuando un rapero secular fue convertido, su instinto cristiano, como nacido de nuevo, le llevó a dejar su antigua manera de vivir y su estilo de canto. Pero el pastor evidentemente lo persuadió a no hacerlo para que pudiera cantar para el Señor. Los nuevos calvinistas no temen en invalidar la conciencia instintiva cristiana aconsejando a las personas a hacerse amigos del mundo. La soberanía de Dios proclamada verdaderamente debe incluir consagración, reverencia, obediencia sincera a su voluntad y separación del mundo. No puedes tener una soteriología puritana sin una santificación puritana. No debes atraer a personas a una predicación calvinista o de cualquier tipo usando carnada mundana. El nuevo calvinismo no es una resurgencia sino una fórmula completamente nueva que arranca la doctrina bíblica de su práctica histórica y la une con el mundo”.

El verdadero calvinismo y la mundanalidad están opuestos.

“Porque la gracia de Dios se ha manifestado trayendo salvación a todos los hombres”.

Y les dice a los raperos:

“Si tú rapeabas música rock, sigue rapeando. Aunque la música que se desea usar en la iglesia fue compuesta para promover la promiscuidad, la violencia, la inmoralidad, el desorden, aun así, sigue usándola, ahora para el Señor”.

¡No! La gracia de Dios se ha manifestado enseñándonos que, negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente.

El amor muchas veces nos lleva a decir “no”. Queridos hermanos, aprendamos a luchar y luchemos contra los lobos de la presión, de la mundanalidad y el pragmatismo, etc.

La Biblia enseña a los pastores que ellos deben pastorear el rebaño con la disposición que Cristo pastorea sus ovejas. Esta disposición consta de varios elementos esenciales: un corazón de siervo, un espíritu manso y tierno, una compasión afectuosa, un amor que se entrega a sí mismo. Este amor nos ayudará a ganar los oídos y corazones de nuestras ovejas, nos animará a pastorear a las ovejas y a no tirar la toalla. Nos impedirá abandonar a las ovejas de Cristo.

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The disposition of the pastor IV: A disinterested love

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Pastor_Eugenio_Pinero-43Eugenio Piñero

Vamos a tener un momento de oración.

Oh Padre,

Te damos gracias por la manifestación de tu poder salvador, en la persona y obra del Señor Jesucristo, que aquello que Él hizo por nosotros en la cruz para salvarnos nos lleve a amarle más, a dar muerte al pecado que todavía permanece en nuestros corazones para que podamos servirte. Ven sobre nosotros hoy y enséñanos algo más de esa disposición con la cual debemos pastorear a las ovejas. Danos pues ese corazón para que manifestemos el pastoreo de Cristo, para el bien de sus ovejas.

Pedimos la unción de tu Espíritu, que tu siervo pueda hablar con amor, con ternura, dependiendo solamente de Ti. Que la exposición de tu Palabra sea para la edificación de tus siervos. En el nombre de tu Hijo amado, te lo suplicamos. Amén.

El Príncipe de los pastores manda a los pastores de su iglesia a pastorear las ovejas de su rebaño con una disposición pastoral que consiste de varios elementos esenciales. Hemos considerado tres de estos elementos: un corazón de siervo, un corazón compasivo y un espíritu manso y tierno. Otro elemento esencial es un amor sacrificial y desinteresado. Jesucristo pastoreó a sus ovejas con esta disposición.

Juan capítulo 13, versículo 1, habla de este amor por sus discípulos, habla del amor de Cristo por sus discípulos, dice que:

“Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”.

Juan capítulo 10, versículos 7 al 18, enseña que el buen pastor da su vida por las ovejas. Esta es la prueba contundente de su amor por ellas. Él ama a sus ovejas con un amor sincero, sacrificial, desinteresado y desprendido. El buen pastor no es un asalariado; el asalariado ve a las ovejas como un medio para su sostén. No se preocupa por el bienestar de ellas. Sólo trabaja por el pago o la remuneración que recibirá, pero a él no le importan las ovejas.

En cambio, el buen pastor ama a sus ovejas, busca y promueve constantemente el bien de las ovejas. Así también nosotros debemos amar a las ovejas que Cristo ha puesto bajo nuestro cuidado. Por esta razón, Pedro en su 1ª epístola, capítulo 5, versículo 2, dice a los ancianos:

“Pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios, no por avaricia del dinero, sino con sincero deseo”, un sincero deseo de buscar y promover su bien espiritual.

Ahora, pastorear con un deseo sincero y desinteresado, no prohíbe al pastor procurar legítimamente un sustento razonable y suficiente para proveer para las necesidades básicas de su familia. El hecho de que él es un pastor, no le libra de la responsabilidad de proveer para su hogar. Si él no provee de una manera responsable y adecuada para las necesidades básicas de su hogar, según las Escrituras, tal individuo niega la fe.

1ª a Timoteo, capítulo 5, versículo 8, declara:

“Pero si alguno no provee para los suyos, especialmente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo”.

Si el pastor no provee para su familia peca contra Dios y peca contra su familia. Y aún más, niega la fe o el evangelio que Dios le llamó a predicar. Esto no es consecuente con su llamado; por un lado predica y por otro niega la fe. El pastor debe predicar todo el consejo de Dios, pero para que él sea consecuente con lo que predica debe proveer para su casa de una manera legítima, adecuada, responsable y suficiente.

Esta es una de las razones por la que Pablo en su 1ª epístola a los Corintios, capítulo 9, versículo 14, dice:

“El que predica el evangelio, que viva del evangelio”.

En la 1ª epístola a Timoteo, capítulo 5, versículo 18, Pablo añade: “El obrero es digno de su salario”.

Por tanto, cuando Pedro llama a los pastores a pastorear el rebaño, no por obligación sino voluntariamente, no por avaricia de dinero sino con sincero deseo, no prohíbe que el pastor procure una remuneración adecuada para sostener a su familia. Lo que estos versículos prohíben es que el pastor pastoree a las ovejas con un corazón codicioso y para obtener ganancias deshonestas.

Los pastores deben servir y pastorear el rebaño con un deseo genuino que desea y busca el bien espiritual de las ovejas. La queja principal de Dios contra los líderes de Israel era que ellos pastoreaban para trasquilar y aprovecharse de las ovejas.

El Señor dice:

“Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos y no apacientan mis ovejas, no las cuidan, no las alimentan, no las reúnen, no las protegen, viven de las ovejas”.

No les importa la condición de las ovejas, ¿porqué? Porque no aman a las ovejas. Los pastores de Cristo no deben seguir tal ejemplo. Debemos evaluar nuestras vidas, nuestros corazones y preguntarnos, ¿qué es lo que nos mueve a servir en la iglesia?

¿Estamos pastoreando al pueblo de Dios porque amamos a Cristo, porque amamos a las ovejas? o ¿Estamos aquí por pago, estamos aquí por alguna remuneración, algún retiro, etc.? Debemos pastorear la iglesia por amor a Cristo y por amor a las ovejas. Los pastores de Cristo deben imitar a Cristo. Él por amor entregó su vida para procurar y asegurar el bienestar y la salvación de sus ovejas, o como otro dijo:

“Jesús mismo entregó su vida por sus ovejas. Él no era ningún peón asalariado que hacía el trabajo por dinero. A Él le interesaban genuinamente las ovejas, incluso hasta el punto de estar dispuesto a morir por ellas. Su gran amor reveló su sacrificio y servicio. Jesús pastoreó a las ovejas con una amor sincero, sacrificial y desinteresado”. Esa disposición con la que Jesucristo, el Príncipe de los pastores, pastorea sus ovejas es la que nosotros debemos imitar. Esta disposición fue la que el apóstol Pablo imitó y manifestó en su vida y ministerio. En 1ª a los Tesalonicenses, capítulo 2, versículo 8, él les dijo a estos hermanos:

“Teniendo así un gran afecto por vosotros, nos hemos complacido en impartiros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas, pues nos llegasteis a ser muy amados”.

He aquí el motivo por el cual este hombre se entregó a servir y, ¿con qué disposición se entregó y sirvió a aquellas ovejas? Dice, “pues nos llegasteis a ser amados, no, muy amados”. Este amor que ardía en el corazón del apóstol por sus ovejas le llevó a decir a los corintios, aun cuando estos cuestionaban su integridad y la autoridad de su ministerio:

“Yo muy gustosamente gastaré lo mío y aún más, yo mismo me gastaré por vuestras almas. ¿Si os amo más, seré amado menos?”.

A pesar de la oposición y las falsas acusaciones que el apóstol encontró en Corinto, aquello que lo constreñía a seguir sirviendo a estos hermanos fue su amor por ellos.

Ahora, traten de ponerse en el lugar de Pablo. Él era el padre espiritual de los creyentes en Corinto. Padeció en aquel lugar dolores de parto para que Cristo fuera formado en ellos. Trabajó fuertemente para establecer aquella iglesia en circunstancias muy difíciles y peligrosas. Tomó de otros ministerios para no agraviarlos; trabajó allí en circunstancias complejas. Al principio él predicó en Corinto en medio de mucha oposición, Hechos 18.

En su 1ª epístola a los Corintios, él les dijo:

“Y estuve entre vosotros con debilidad, y con temor y con mucho temblor”.

El Señor por medio de una visión le dijo a Pablo:

“No temas, sigue hablando y no calles”.

Establecer una iglesia en Corinto no fue algo fácil.

Después de un tiempo, falsos maestros, hombres prejuiciados, entraron en esta congregación e indispusieron el corazón de algunos creyentes hacia el apóstol. En vez de defender a su padre espiritual, estos creyentes influidos por estas personas, cuestionaban la integridad de este hombre de Dios. Insinuaban que Pablo no cumplía sus promesas, que decía una cosa aquí pero su intención era otra. Todas estas cosas quebrantaron profundamente el corazón de Pablo. ¿Qué fue lo que le llevó a seguir sirviendo a estas personas, a tomar su tiempo para escribir la 1ª epístola y después la 2ª epístola a los Corintios, y pensar bien sus argumentos? ¿Qué fue lo que llevó a este siervo de Dios a tratar con sus hijos espirituales, quienes vinieron a la verdad y fueron salvos por medio de su ministerio? ¿Qué fue lo que lo mantuvo tratando con el corazón de estas personas?

Hermanos, fue un verdadero amor por ellos, un amor sacrificial y desinteresado que se entrega a sí mismo a buscar el bien y la felicidad de otros. Ciertamente no fue por algún beneficio monetario, pues él no quiso recibir de ellos ayuda financiera.

1º Corintios, capítulo 9, versículo 15, aquello que le movió a servirles fue un amor sincero, sacrificial y desinteresado.2ª epístola a los Corintios, capítulo 6, versículo 11:

“Nuestra boca (dice Pablo a los corintios), os ha hablado con toda franqueza. Nuestro corazón se ha abierto de par en par”.

En otras palabras, “No estoy escondiendo nada; no tengo motivos ulteriores. Les hablo con toda franqueza al decir que nuestro corazón está lleno de un afecto compasivo y amoroso por ustedes. Realmente les amamos”.

Mi hermano, ¿qué es aquello que te llevará a continuar en el ministerio año tras año, cuando te encuentres en circunstancias similares? ¿Qué impedirá que tires la toalla? El amor sincero, el amor por Cristo y el amor sincero, sacrificial y desinteresado por las ovejas. En la 2ª epístola a Timoteo, capítulo 2, versículo 9 y 10, Pablo dijo:

“Por el cual sufro penalidades, hasta encarcelamiento como un malhechor, pero la palabra no está presa. Por tanto, todo lo soporto por amor a los escogidos, para que también ellos obtengan la salvación que está en Cristo Jesús, y con ella gloria eterna”. No era suficiente que ellos entraran, sino que siguieran y concluyeran y gozaran de la gloria eterna. Y por ese fin él estaba dispuesto a sufrir todo, todo lo soportó por amor a los elegidos.

En su libro “El pastor renovado”, Richard Baxter, describe este amor sincero:

“Todo nuestro ministerio debe llevarse a cabo con un amor tierno hacia nuestra gente. Tenemos que mostrarles que no tenemos mayor placer que su progreso y prosperidad. Tenemos que mostrarles que nos entristece y nos preocupa cuando ellos son heridos y afectados. Debemos sentirnos hacia nuestra gente como un padre se siente hacia sus hijos. El amor tierno de una madre no debe sobrepasar el nuestro. Debemos sufrir dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ellos. Ellos deben ver que en comparación a su salvación ninguna cosa externa nos interesa, sea riqueza, libertad, honor o la vida. Además debemos estar dispuestos a que nos saquen del número de los vivientes con tal de que ellos se encuentren en el libro del Cordero”.

Debemos estar dispuestos a decir con Juan:

“Estoy listo para dar mi vida por los hermanos”.

O como Pablo:

“No estimemos nuestras vidas con tal de que terminemos con gozo el ministerio que recibimos del Señor Jesucristo”.

Esta es la disposición con la que debemos pastorear a nuestras ovejas. Debemos preguntarnos nuevamente en oración delante de Dios: ¿Qué me lleva al púlpito, domingo tras domingo? ¿Es simplemente cumplir con una tarea? ¿Con un compromiso? ¿Amo realmente a mis ovejas? Queridos hermanos, si vamos a manifestar el espíritu de Cristo, si vamos a pastorear a las ovejas de Cristo, por las que Él vertió su sangre, debemos asegurarnos que lo hacemos con un amor sincero, sacrificial y desinteresado que se entrega a sí mismo.

Después de haber visto algo de la motivación con que debemos cumplir nuestro ministerio hago la siguiente pregunta: ¿Cómo nos ayudará este amor a pastorear fielmente a nuestras ovejas? Esta disposición nos ayudará a ganar los oídos y los corazones de nuestras ovejas. Tal vez no conozcan tanto de teología de Berkhof y de Calvino, pero nuestras ovejas saben que es amor y pueden discernirlo. Cuando ellas vean que les amamos, abrirán sus corazones hacia nosotros y prestarán atención a lo que debemos decirles.

Si realmente quieres que tu gente escuche el mensaje de la Palabra de Dios, es importante que prediques la palabra con un amor sincero y sacrificial. Este amor por tus ovejas les animará a buscar y a oír tus consejos. Si vas a ser fiel a sus almas, tendrás que decir verdades que serán difíciles de aceptar, verdades que quebrantarán sus corazones, pero verdades que ellas deben oír para que puedan crecer espiritualmente y obedecer al Señor Jesucristo.

Vendrán ocasiones en las cuales debemos reprender y amonestar. Si nuestras ovejas no están convencidas de nuestro amor, pensarán que tenemos algo personal contra ellas, pero si saben que les amamos, estarán dispuestas a oír nuestra enseñanza, exhortación, reprensión y amonestación bíblicas, no importa cuán fuertes sean. Las ovejas oirán con prontitud la palabra porque ellas conocen que aquel que les enseña o amonesta les ama con un amor sincero, que realmente busca su bien.

La mayoría de las personas juzgan el consejo según juzgan el afecto de aquel que da el consejo. Por tanto, cultiva un amor tierno y sincero por tu gente. Es verdad que nuestras ovejas deben seguir nuestra enseñanza sólo si es bíblica. Sin embargo, no debemos soslayar la realidad de que nuestras ovejas juzgan nuestra enseñanza según el afecto que vean en nosotros hacia ellas.

Nuestras ovejas deben seguirnos, sí. Pero deben seguirnos si estamos mostrándoles la palabra de Dios, y sus conciencias y mentes están convencidas que así es. No deben seguirnos solo porque nos aman. Para seguir lo que el pastor enseña, ellas deben estar convencidas de que esto es lo que la palabra de Dios enseña, pues no seguimos a los hombres sino a Cristo. Si lo que el pastor enseña es lo que la Biblia enseña, aunque sea fuerte y cause dolor, la oveja estará más dispuesta a oírlo porque sabe que su pastor le ama. Pastor, cultiva un amor sincero y sacrificial por tu gente. Esfuérzate por aumentar este amor de una manera tangible por medios legítimos para que puedan percibir que están en tu mente y tu corazón, están en tus pensamientos, están en tus oraciones.

Ante las ofensas debemos cuidarnos de no reaccionar incorrectamente. La ocasión vendrá cuando la oveja diga algo que nos va a herir profundamente. En tal ocasión debemos poner un freno en nuestra lengua para no ofenderles o tomar represalia.

Este amor sincero no sólo ayudará a ganar los oídos y corazones de nuestras ovejas.

En segundo lugar, también nos animará a nosotros a seguir pastoreando a las ovejas. En Hechos, capítulo 20, del versículo 33 al 35, Pablo dice:

“Ni la plata, ni el oro, ni la ropa de nadie he codiciado. Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y de las que estaban conmigo. En todo os mostré que así, trabajando debéis ayudar a los débiles, y recordar las palabras de Jesucristo, del Señor Jesús, que dijo: ‘Más bienaventurado es dar que recibir’”.

Más bienaventurado es dar que recibir.

Estos versículos se usan a menudo para animar a los creyentes a ser generosos y sensibles a las necesidades de otros. Aunque se pueden aplicar de esta manera, ésta no es la aplicación principal de esta porción bíblica. No es la razón inmediata que llevó a Pablo a hacer estas declaraciones. Si consideran el pasaje cuidadosamente, se darán cuenta que Pablo no se dirige a la iglesia sino a los ancianos, o a los pastores de la iglesia. La intención de Pablo al decir estas cosas, fue recordar a estos ancianos, que lo que le animó a pastorearles y a servirles no fue su afán por enriquecerse, no fue lo que ellos podían hacer por él, sino el amor que él sentía por ellos. El amor le llevó a darse a ellos, a entregarse a ellos para servirles. El amor le llevó a dar, y para Pablo esto era una mayor bendición, como el Señor indica: “Más bienaventurado es dar que recibir”.

Es decir, la bendición mayor de los ancianos se encuentra, no en lo que sus ovejas pueden hacer por ellos, no en las atenciones con que ellas puedan atenderlos, sino en lo que los ancianos, por amor, se entregan a hacer por sus ovejas.

“En todo os mostré que así trabajando debéis ayudar a los débiles. Oh ancianos, sigan mi ejemplo, entréguense a servir a los necesitados, a sus ovejas; cumplan con su labor. Tened cuidado de vosotros y del rebaño”.

Este es el ejemplo que el mismo Señor nos mostró con su vida, ministerio y palabras. Jesús dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir”. Más bienaventurado es amar; Dios amó y ¿qué hizo? dio a su Hijo unigénito. El amor le llevó a dar. Pastores, el amor por sus ovejas les llevará a entregarse a ellas como deben hacerlo. Recuerden que el darse por amor a ellas trae una mayor bendición. Vendrán ocasiones cuando algunos de nuestros hermanos no nos tratarán con amor, al contrario, nos tratarán mal. Pero pastor, recuerda que aquello que trae una mayor bendición no es que te amen sino que tú imitando a Cristo ames a tus ovejas. Que seamos más prontos en darnos a ellas. El amor sincero nos ayudará a ganar los oídos y corazones de nuestras ovejas. En segundo lugar, nos animará a seguir pastoreando a nuestras ovejas.

En tercer lugar, el amor sincero, sacrificial y desinteresado, nos impedirá abandonar a las ovejas cuando ellas se encuentren en dificultad o peligro. En Juan, capítulo 10, versículos 12 y 13, Jesús dijo:

“Pero el que es un asalariado y no un pastor, que no es el dueño de las ovejas, ve venir al lobo, y abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa”.

¿Y cuál es la explicación? Él huye porque sólo trabaja por el pago. El enemigo principal y mortal de las ovejas en aquellos días era el lobo rapaz. Las ovejas no tenían defensa contra este depredador. El pastor era el único que podía protegerlas. Pero si el pastor era un asalariado, las ovejas serían presas fáciles, porque al ver al lobo, el asalariado las abandonaría, huiría para proteger su propia vida o sus propios intereses. Sólo el buen pastor permanecía con las ovejas. Sólo él arriesgaba su vida para defender y rescatar a sus ovejas. ¿Por qué estaba dispuesto a arriesgar su vida para proteger y salvar a las ovejas? Por su amor sincero y sacrificial por las ovejas.

Esto es lo que nos impedirá a nosotros abandonar a las ovejas y huir cuando ellas se encuentren en peligro. El amor no nos dejará que abandonemos a las ovejas cuando aparezca el lobo de los falsos profetas, el lobo de las artimañas engañosas del error, el lobo del que quiere dañar al mensajero para que las ovejas no escuchen el mensaje de su pastor. El amor sincero y sacrificial impide al pastor huir y dejar a las ovejas por las que Cristo murió. Le impide huir y dejarlas en medio de la crisis o en manos de los falsos profetas.

“Sería fácil irme a otro lugar, con un mejor salario y no tendría que enfrentar los rostros de aquellos que me vituperan domingo tras domingo, que me acusan, que me injurian injustamente, pero el amor por Cristo y por mis ovejas, ovejas por las que tendré que dar cuenta, me impide abandonarlas”.

No es fácil introducir reformas bíblicas en las iglesias porque muchas veces nos encontramos con personas que no quieren la verdad por la influencia de los lobos en la iglesia. Estos lobos promueven una clase de vida para los cristianos en la que no tienen que luchar contra el pecado remanente, el diablo y el mundo. Esta clase de vida apela a la carne y atrae a la gente. El pastor fiel no se dejará intimidar por la popularidad de estos lobos o falsos maestros, ni por sus falsas enseñanzas, sino que continuará predicando y aplicando fielmente la palabra de Cristo.

El pastor fiel no abandonará a sus ovejas, a pesar de las amenazas que recibe contra su persona, a pesar de las acusaciones sin fundamento que dicen contra él. Él no se deja intimidar, no está allí por los elogios de la gente, por el salario que recibe, por el retiro que recibirá, por la influencia que puede ejercer en mucha gente. Él está allí porque ama a Cristo y ama a las ovejas por las cuales tendrá que dar cuenta. Es el amor que le constriñe a predicar a tiempo y fuera de tiempo, que le constriñe a trabajar arduamente hasta que Cristo sea formado en ellas.

El amor nos ayudará a mantenernos en nuestro lugar de servicio, no importa las corrientes que vengan. El pastor no huye ante el lobo o el problema. El asalariado cuando ve el peligro huye. Teme enfrentarse a los problemas de la gente, teme confrontar el pecado de su gente porque sabe que esto puede costarle su salario o la sonrisa o la aprobación de su gente. Teme que si dice la verdad, algunos se ofenderán y se irán de la iglesia. No se atreve a resistir la presión de la gente que quiere que la iglesia adopte las costumbres y los métodos del mundo.

Aarón en un momento de debilidad, cedió a la presión, no pudo resistir la presión de la multitud. Aunque conocía que la petición de la gente violaba el mandato de Dios, cedió a la presión de la gente. Tal vez pensó que su vida corría peligro, tal vez pensó que su posición estaba en peligro, “Moisés no aparece, tal vez debo preparar algo aquí por si acaso…”. En fin, dejó que el lobo de la presión le infundiera temor y huyó de su deber, no fue celoso por guardar la pureza de la adoración.

La norma de la adoración dada por Dios para aquella gente no era suficiente, no era suficiente porque ellos querían adorar a Dios a su manera. Ellos querían entretenimiento. Éxodo 32 nos dice:

“El pueblo se sentó a comer y a beber y se levantó a regocijarse”.

Josué oyó el ruido del pueblo que gritaba, dijo a Moisés:

“Hay gritos de guerra en el campamento”.

Pero Moisés dijo:

“No es ruido de gritos de victoria, oigo voces de canto”. Música.

No debemos sorprendernos por lo que está sucediendo hoy en las iglesias pues no hay nada nuevo bajo el sol. Lo que sucedió con el pueblo de Israel es lo que está sucediendo hoy. Con pretextos religiosos, se sientan a comer y a beber para ser entretenidos. Moisés vio el becerro y las danzas. ¿Qué deseaba el pueblo? Entretenimiento. Querían satisfacer su carne. La adoración era un mero pretexto para ir tras sus verdaderas intenciones. Aarón sucumbió a la presión del pueblo, dejó que el lobo de la presión y del temor a los hombres le llevara a hacer aquello que se oponía a la voluntad de Dios. Le dio al pueblo lo que el pueblo quería. Pensaban que adoraban a Dios al cantar y danzar delante del becerro, pero estaban equivocados porque la verdadera adoración a Dios no se trata de satisfacer nuestros deseos vanos y carnales sino exaltar y honrar su nombre. Por permitir que la presión le controlara, Aarón no fue fiel a Dios y no guió al pueblo a entender y someterse a la voluntad de Dios. Mientras el pueblo gozaba de su fiesta religiosa, deshonraba a Dios.

Ceder a la presión y al deseo de la gente, en lo que respecta a la adoración es una ofensa muy seria. Aarón cedió a la presión y si Moisés no hubiera intercedido por él, Dios lo hubiera destruido. Lean Deuteronomio, capítulo 9. Así que, cuando te veas tentado a ceder a la presión, piensa en la conducta de Aarón y la reacción divina para que esto te sirva como un antídoto poderoso contra la presión.

Hay un artículo, el cual no puedo apoyar en su totalidad porque creo que le falta equilibrio en ciertos puntos, sin embargo, las cosas que este artículo enseña son importantes. El título del artículo es: “La unión del calvinismo con la mundanalidad”, por el pastor Peter Masters. El autor nos llama a guardarnos del lobo de la mundanalidad:

“Cuando era más joven y recientemente convertido parecía que la meta principal de todos los cristianos celosos, fueran calvinistas o arminianos, era la consagración. Sermones, libros y conferencias enfatizaban esto, en el espíritu de Romanos 12:1 y 2, donde el apóstol encarecidamente llama a los creyentes a presentar sus cuerpos en sacrificio vivo y a no ser conformados a este mundo. El corazón era retado y despertado (eso es lo que hace el calvinismo cuando se entienden sus implicaciones). Cristo había de ser Señor de la vida de uno y el ego debía ser rendido sobre el altar en sacrificio a Él. Pero ahora, parece, hay un nuevo calvinismo con nuevos calvinistas que ha echado los objetivos antiguos a un lado. Aprendemos que cuando un rapero secular fue convertido, su instinto cristiano, como nacido de nuevo, le llevó a dejar su antigua manera de vivir y su estilo de canto. Pero el pastor evidentemente lo persuadió a no hacerlo para que pudiera cantar para el Señor. Los nuevos calvinistas no temen en invalidar la conciencia instintiva cristiana aconsejando a las personas a hacerse amigos del mundo. La soberanía de Dios proclamada verdaderamente debe incluir consagración, reverencia, obediencia sincera a su voluntad y separación del mundo. No puedes tener una soteriología puritana sin una santificación puritana. No debes atraer a personas a una predicación calvinista o de cualquier tipo usando carnada mundana. El nuevo calvinismo no es una resurgencia sino una fórmula completamente nueva que arranca la doctrina bíblica de su práctica histórica y la une con el mundo”.

El verdadero calvinismo y la mundanalidad están opuestos.

“Porque la gracia de Dios se ha manifestado trayendo salvación a todos los hombres”.

Y les dice a los raperos:

“Si tú rapeabas música rock, sigue rapeando. Aunque la música que se desea usar en la iglesia fue compuesta para promover la promiscuidad, la violencia, la inmoralidad, el desorden, aun así, sigue usándola, ahora para el Señor”.

¡No! La gracia de Dios se ha manifestado enseñándonos que, negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente.

El amor muchas veces nos lleva a decir “no”. Queridos hermanos, aprendamos a luchar y luchemos contra los lobos de la presión, de la mundanalidad y el pragmatismo, etc.

La Biblia enseña a los pastores que ellos deben pastorear el rebaño con la disposición que Cristo pastorea sus ovejas. Esta disposición consta de varios elementos esenciales: un corazón de siervo, un espíritu manso y tierno, una compasión afectuosa, un amor que se entrega a sí mismo. Este amor nos ayudará a ganar los oídos y corazones de nuestras ovejas, nos animará a pastorear a las ovejas y a no tirar la toalla. Nos impedirá abandonar a las ovejas de Cristo.

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La disposición del pastor I: Un corazón de siervo

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Pastor_Eugenio_Pinero-43Eugenio Piñero

La Biblia usa cuadros de la vida diaria para describir la obra de los pastores en la Iglesia. Estos cuadros presentan a los siervos de Dios como pastores del rebaño (Hch. 20:28); también como padres de familia (1 Ti. 3:4). Los presentan como gobernadores de la congregación (He. 13:7 y 13), como centinelas (1 P. 5:2), también como administradores de los misterios de Dios (1 Co. 4:1-3).

La Palabra de Dios no solo describe la obra pastoral, sino que también presenta la disposición con la que los pastores deben realizar esta obra. En esta ocasión comenzaremos a tratar el tema de la disposición predominante del corazón del pastor; esa disposición con la que cada pastor o anciano debe llevar a cabo la obra pastoral.

Al hablar de la disposición del pastor me refiero a la actitud o inclinación que principalmente domina el corazón. Las santas Escrituras nos enseñan que la disposición predominante con la que el pastor debe llevar a cabo la obra pastoral es la disposición con la que el Señor Jesucristo pastorea a sus ovejas. Los pastores deben imitar su ejemplo porque este es el modelo perfecto de pastorear las ovejas. Jesús dijo: Yo soy el buen pastor (Jn. 10:11). Es decir, Él es el pastor por excelencia. El significado básico de la palabra griega traducida al español por “buen” significa básicamente bueno, hermoso en el sentido del ideal o del modelo de perfección. En este caso, según William Hendrickson, significa excelente. Este “pastor corresponde al ideal tanto en su carácter como en su obra. Jesucristo es el pastor bueno; es el pastor excelente”. Aunque en un sentido el Señor es el único de esta clase, su manera de pastorear a sus ovejas forma el patrón que deben imitar aquellos que Él llama a pastorear a sus ovejas. La declaración: Yo soy el buen pastor implica que el divino pastor revelado en el Antiguo Testamento encuentra su expresión encarnada en la persona del Señor Jesucristo. Él es aquel que, como Dios del pacto y Pastor de su pueblo, se comprometió a salvarlo y a pastorearlo. El Salmo 23 describe el pastoreo perfecto del Señor. David dice: El Señor es mi pastor y nada me faltará. En otras palabras, su pastoreo sobre mí y sobre su pueblo es todo lo que debe ser. Por tanto Él es el modelo perfecto que todos los pastores deben imitar.

En su primera epístola capítulo 5, versículo 4, Pedro declara: Cuando aparezca el príncipe de los pastores recibiréis la corona inmarcesible de gloria. Esta declaración enseña que el Señor Jesús es el Pastor Supremo de todo el rebaño y, al mismo tiempo, es el Príncipe y Gobernante de todos los pastores que Él llama al oficio pastoral. Estos pastores no solo reciben su comisión y sus instrucciones del Supremo Pastor, sino que también reciben de Él aquel ejemplo de pastor que ellos deben imitar. El ejemplo que los pastores deben seguir no debe ser formado de los patrones sociales populares y sensacionales del mundo ni de la tradición eclesiástica, ni del pragmatismo, sino del patrón perfecto del Pastor Supremo. Nuestro modelo de lo que un pastor debe ser, a quién debe imitar, no debe proceder de aquello que produce resultados, de lo que trae a mucha gente. Nuestro modelo perfecto o nuestro patrón excelente es el Señor Jesucristo. No hay deficiencia en este patrón. El Pastor Supremo es todo lo que debe ser como pastor de su pueblo; por tanto, pastores, es a Él a quien nosotros tenemos que imitar. Debemos imitar el pastoreo del Señor Jesucristo, porque es el patrón perfecto.

En segundo lugar, debemos imitar este pastoreo porque los Apóstoles lo imitaron. La conducta de los Apóstoles y las instrucciones que ellos dieron acerca del ministerio pastoral demuestran esta afirmación. En varios pasajes bíblicos encontramos que los Apóstoles llamaron a sus seguidores a imitar su ejemplo. ¿Por qué? Porque ellos imitaron a Cristo. En 1 Corintios 11:1 Pablo dice: Sed imitadores de mí como también yo lo soy de Cristo. Hay una doctrina de imitación en las Escrituras, y aquel que socava esto o que lo pasa por alto no representará correctamente al Señor Jesucristo; ni manifestará la manera en que Él pastorea a sus ovejas.

En Filipenses 3:17 Pablo declara: Hermanos sed imitadores míos y observad a los que andan según el ejemplo que tenéis en nosotros. En Hechos 20:18 vemos que Pablo llamó a los pastores o a los ancianos de Éfeso y les dijo: Vosotros bien sabéis como he sido con vosotros todo el tiempo […] sirviendo al Señor con toda humildad y con lágrimas y con pruebas […]. A pesar de todo esto, v. 20: No rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil. Más adelante, en el versículo 33 a 35, Pablo dice, Ni la plata ni el oro, ni la ropa de nadie he codiciado. V. 34: Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y la de los que estaban conmigo. En todo os mostré [fui vuestro ejemplo] que así, trabajando, debéis ayudar a los débiles y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir”. Observen; es a los ancianos a quienes Pablo dice: Os mostré. En otras palabras: os di mi ejemplo cuando estuve entre vosotros; me entregué a serviros con un corazón desinteresado, bondadoso y generoso. Esta forma de servir o pastorear la aprendí del Señor Jesucristo que dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir”. Ahora ustedes imiten mi ejemplo así como yo imito a Cristo. De esta manera, Pablo dio a entender que el ejemplo de pastorear a las ovejas que él recibió del Señor Jesucristo, y que él siguió a través de toda su vida, era también el ejemplo y la norma que deben seguir todos los pastores en la Iglesia. Considerar e imitar el ejemplo apostólico en este asunto significa seguir el ejemplo de Jesucristo como pastor del rebaño. Una de las cosas que debemos imitar de este ejemplo es la disposición con la que Cristo pastorea a sus ovejas.

Alguien con percepción declaró: “Pablo es un ejemplo exegético de la disposición pastoral del Señor Jesucristo. En otras palabras, la disposición con la que Cristo pastorea a sus ovejas se manifiesta claramente por medio de la vida y el ministerio de Pablo. Esta disposición cristológica que Pablo manifestó en su propio ministerio pastoral es la que los pastores también deben imitar”.

Después de haber señalado la disposición pastoral con la que los pastores deben desempeñar la obra pastoral, la disposición pastoral del Señor Jesucristo, pasemos a considerar los elementos esenciales de esta disposición predominante.

Esta disposición incluye varios elementos esenciales:

* Un corazón de siervo
* Un corazón compasivo
* Un espíritu manso y tierno
* Un amor desinteresado
* Una solicitud constante

Agradecido por la ayuda que he recibido de otros siervos del Señor para tratar este tema, consideremos el primer elemento esencial de la disposición predominante con la que debemos realizar la obra pastoral.

Uno de los elementos de esta disposición es un corazón que está dispuesto a servir a otros para la gloria de Dios y para el bien de ellos. Según Marcos 9:33-37, surgió una discusión entre los discípulos de Jesús acerca de quién de ellos era el mayor: Y llegaron a Capernaúm; y estando ya en la casa, les preguntaba: ¿Qué discutíais por el camino? Pero ellos guardaron silencio, porque en el camino habían discutido entre sí quién de ellos era el mayor. Lamentablemente, este espíritu que se manifestó entre los discípulos continua manifestándose en nuestros días entre algunos de los que profesan ser sus discípulos. Sentándose [Jesús, ¡con qué calma y paciencia!] llamó a los doce y les dijo: Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos. Obviamente, los discípulos no habían comprendido lo que era ser grande en el Reino de Cristo. Su concepto de la grandeza procedía del mundo. Cristo les explicó lo que significa ser el primero en su reino. Versículo 35: ser el último de todos y el servidor de todos; que el Señor grabe esta verdad en nuestros corazones. “La idea de grandeza que tiene el mundo —dice R _________— consiste en gobernar, pero la grandeza cristiana consiste en servir. La ambición del mundo es recibir honor y atención, pero el deseo del cristiano debe ser dar más que recibir y ayudar a los demás”.

El comentario de Strauch sobre la grandeza personal es pertinente. En Marcos 9:35, Jesús declara que la verdadera grandeza no se logra luchando por sobresalir entre los demás ni aferrándose al poder, sino mostrando una actitud humilde, modesta, de servicio a todos. Por esta razón Jesús dijo: si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos. La sabia advertencia de C_________ a los líderes cristianos merece repetirse: “El poder es como el agua salada. Cuanto más se bebe, más sed se tiene. El ansia de poder puede alejar al más resuelto cristiano de la verdadera naturaleza del liderazgo cristiano que es el servicio a otros”.

El liderazgo y la autoridad que ejercen los pastores sobre la grey deben surgir y ser gobernados por un corazón que, sobre todo, quiera servir a otros. Esta disposición ha de prevalecer. El pastor debe mantener en sus pensamientos que él es sobre todo un siervo; siervo de Cristo, siervo del rebaño.

En Mateo 20:20-28, Jesús manda a los líderes de su reino a servir a otros con un corazón de siervo. El incidente que dio lugar a este mandato fue la petición de la madre de Jacobo y Juan. Sus hijos deseaban ocupar un lugar de preeminencia en el Reino de Cristo. Parece que ellos animaron a su madre a pedir al Señor que en su reino se les permitiese sentarse el uno a su izquierda y el otro a su derecha. Esta petición incomodó a los discípulos, creó malos sentimientos entre ellos. El versículo 24 declara que los diez se indignaron contra los dos hermanos. Probablemente esta reacción se debe a la envidia o al temor de salir perdiendo. Tal vez querían estas posiciones para sí mismos. Jesús usó este incidente para enseñar a todos sus discípulos que el liderazgo en su reino no es para que los líderes se enseñoreen del pueblo de Dios. El liderazgo cristiano es un llamado al sacrificio, servicio y sufrimiento. ¡Sacrificio! ¡Negarse a uno mismo! El ministerio no es una plataforma para obtener poder y gloria. Sobre este asunto un escritor cristiano dijo:

“Sin embargo, el mundo e incluso la iglesia están llenos de jacobos y de juanes, emprendedores y buscadores de posición, sedientos de honor y prestigio, que miden la vida por los logros y los interminables sueños de éxito. Son agresivamente ambiciosos para sí mismos. Esta mentalidad es incompatible con el camino de la cruz”.

El hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir y para dar. Renunció al poder y a la gloria del cielo, es decir, se negó a manifestar la plenitud de su gloria divina, velándola al tomar una forma de siervo y se humilló a sí mismo para ser un siervo. El hijo de Dios, Dios, la segunda persona de la Trinidad, se dio a sí mismo sin reservas y sin temor, a los despreciados y olvidados de la comunidad. Su obsesión fue la gloria de Dios, el bien de los seres humanos. Para promover esto estuvo dispuesto a soportar hasta la vergüenza de la cruz. Ahora, Él nos llama a seguirlo; Él no nos llama a buscar grandes cosas para nosotros, sino más bien a buscar primero la voluntad de Dios, su reino y su justicia. Si hemos de buscar el bienestar de los hombres, los pastores deben imitar al Señor Jesucristo. Él dijo a sus discípulos: Sin embargo entre vosotros yo soy como el que sirve (Lucas 22:27).

El Señor Jesucristo no usó su autoridad ni liderazgo para aprovecharse de sus discípulos, para oprimirlos, o abusarlos. El usó su autoridad para procurar y promover el bienestar de ellos. No son pocos los gobernantes que se aprovechan de su posición para promover sus propios intereses. No buscan realmente el bienestar de sus súbditos. Otros como Diótrefes procuran el liderazgo porque les gusta la preeminencia. El apóstol Juan, en su tercera epístola, dice: “Escribí algo a la iglesia pero Diótrefes, a quien le gusta ser el primero entre ellos, no acepta lo que decimos”.

Otros ejercen su autoridad despóticamente, para controlar u obtener ventajas materiales para sí mismos. En Mateo 20:25 Jesús dice: Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. La palabra griega katakurieuousin (κατακυριεύουσιν) que se traduce “ejercen autoridad” habla de un gobierno caprichoso y despótico. Según el Señor hay líderes que se enseñorean de la gente para lograr sus ambiciones caprichosas, vanas y egoístas. El pueblo existe para ellos, para propiciar sus intereses monetarios o para satisfacer sus vanas aspiraciones. Estos gobernantes viven entregados a sus placeres, a expensas de su gente. Ellos no sirven, más bien quieren que la gente les sirva. Jesús dice a sus discípulos: “No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande sea vuestro servidor”. La actitud de los siervos de Cristo no debe ser: “Aquí estoy para ser servido”; más bien debe ser: “Aquí estoy para servir”, y deben servir con un corazón humilde y servicial. No deben usar su autoridad para imponer sus preferencias personales o su voluntad sobre el pueblo de Dios, o para exigir que la gente se someta a mandamientos que el Señor Jesucristo no hada dado a su pueblo en su palabra. Esto es lo que Pedro enseña en su primera epístola capítulo 5 v. 2 y 3. Él exhorta a los ancianos y les dice: Pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, supervisándolo, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios, no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo; tampoco como teniendo señorío sobre los que os han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño. La autoridad que Cristo da a los pastores para gobernar al rebaño no se confiere para que ellos se enseñoreen de la grey o se conviertan en señores de la conciencia de las ovejas. ¡No! Solo Cristo es el Señor y el dueño de la conciencia.

Antes de seguir adelante quiero hacer una salvedad, subrayar un principio bíblico y es el siguiente:

Aunque los pastores son siervos, esto no niega su autoridad para gobernar a la iglesia. La Biblia enseña claramente que Cristo ha dado autoridad a los pastores para dirigir a la iglesia. Hebreos 13:17 declara: Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta. Y claro, en aquel momento no era necesario añadir “si ellos os dirigen de una manera bíblica”, porque esa es la manera en que los pastores fieles (que enseñan la Palabra y que son dignos de imitación v.7) dirigen la iglesia. Mientras los pastores nos dirijan según la enseñanza bíblica, debemos seguirles.

El versículo 17 de Hebreos 13 identifica a los líderes de la iglesia como dirigentes o gobernantes. Strauch indica que la palabra griega traducida al español “pastores” o “guías” es un término genérico. Se puede usar para describir a líderes militares, políticos o religiosos. En el Antiguo Testamento griego, esta palabra ēgoumenois (ἡγουμένοις) se usaba para describir a los jefes de la tribu. Por ejemplo, en Deuteronomio 5:23, el jefe de un ejército; en Jueces 11:11, gobernante de la nación de Israel; en 1 Samuel 5:2, el superintendente de todos los bienes; en 1 Crónica 26:24, el sacerdote principal y en 2 Crónicas 19:11 el sumo sacerdote. En Hechos, a Pablo y a Silas se les llama varones principales entre los hermanos (Hch. 15:22). El uso que hace el escritor de la palabra griega traducida “pastores” en Hebreos 13:7, 17 y 24 habla de la tarea de los ancianos o pastores de la iglesia local. Estos hombres tienen la tarea de enseñar en la iglesia, vers. 7. Estos hombres son líderes, gobernantes, dirigentes, pastores de la grey. Enseñan, protegen, guían y velan el rebaño. A los miembros de ese rebaño, o iglesia local, se les manda a obedecer y a estar sujetos a estos hombres. Mientras ellos dirijan, gobiernen o guíen a la congregación según las normas bíblicas, los miembros deben seguirles. El título que define tanto a los pastores como a los deberes de aquellos que se encuentran bajo el cuidado de estos hombres indica que han sido investidos con autoridad para gobernar a la iglesia.

Pablo dice a los tesalonicenses, en su primera epístola, capítulo 5, versículo 12: Pero os rogamos hermanos, que reconozcáis a los que con diligencia trabajan entre vosotros, y os dirigen en el Señor y os instruyen. Estos líderes tienen la responsabilidad de dirigir e instruir a la iglesia. En la primera epístola a Timoteo, capítulo 5:17 se habla de los ancianos que gobiernan. Estos deben ser considerados dignos de doble honor, principalmente los que trabajan en la predicación y la enseñanza. En la misma epístola, capítulo 3, versículos 4 y 5 dice que el obispo debe ser un buen gobernador o administrador, o dirigente de su hogar, porque si un hombre no es capaz de gobernar bien su casa y sus hijos, no es apto para que pueda cuidar y dirigir la iglesia.

Aunque los pastores son siervos, aun así tienen autoridad para gobernar a la iglesia. Una cosa no niega la otra. Jesús fue un siervo, pero este hecho no niega su autoridad sobre sus ovejas. Aquel que dijo: Yo no he venido para ser servido, sino para servir, también dijo: ¿Por qué me llamáis Señor, Señor y no hacéis lo que yo os digo? En otras palabras, el que Él viniera a servir no niega su autoridad. Su autoridad no solo procedía de su posición como Señor sino también de su posición como pastor. Por eso no debe sorprendernos que Jesús hable de sus ovejas como aquellas que le reconocen como Señor y se someten a su autoridad. Él dijo: Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Jesús ejerció su autoridad como pastor sin sentirse intimidado ni avergonzado. ¿Y cómo se llamaba a los gobernantes en el Antiguo Testamento? Se les llamaba igual que a los pastores. La palabra pastor implica autoridad.

La autoridad pastoral es algo inherente al oficio de pastor. En el antiguo testamento, se llamaba a los gobernantes pastores. La palabra pastor implica autoridad. Este término habla de su autoridad para gobernar. Ellos gobernaban a sus súbditos. El Señor no se avergonzó de ejercer su autoridad como pastor de las ovejas. Aun más, Él esperaba que aquellos que Él vino a servir y que le habían recibido como pastor, le obedecieran. El que Jesús fuera un siervo entre los discípulos, que Él les sirviera y aun le lavara sus pies no negó su autoridad como pastor de ellos. Por tanto sus discípulos no podían ser indiferentes a las instrucciones de Jesús.

Por otro lado, un líder puede ejercer su autoridad y aun así ser un siervo verdadero de los que se encuentran bajo su gobierno. Pablo entendía este principio; por esta razón vio su posición como un medio para servir a otros. Alguien correctamente dijo: “Él percibió sus dones y autoridad como medio para edificar y proteger a otros. No como medio para controlar u obtener posición, ventajas para sí mismo”. ¡No! Él utilizó su autoridad apostólica para edificar, guardar y proteger a la Iglesia de Cristo. En Corinto usó su autoridad para mantener la pureza moral de la iglesia. En 1 Co. 5:4 dice a los corintios: En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, cuando vosotros estéis reunidos y yo con vosotros en espíritu y con el poder de nuestro Señor Jesucristo, entregad (esto es un mandato) a ese tal a Satanás para la destrucción de su carne a fin de que su espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús. Observad. Pablo no utilizó su autoridad como Diótrefes. Este disciplinaba para mantener la preeminencia. En cambio, Pablo utilizó su autoridad para que la iglesia cumpliera la voluntad de Cristo. Ejerció su autoridad para que el pecador impenitente se arrepintiera, para que los miembros de la iglesia no se contaminaran pues la Biblia dice: un poco de levadura fermenta toda la masa (1 Co. 5:6). Por tanto, él dijo a la iglesia: “Expulsad de entre vosotros al impenitente”. Pablo ejerció su autoridad para procurar el bien, el gozo, la paz y la unidad de la iglesia.

Esta perspectiva debe gobernar la autoridad del esposo en el hogar. Él, como cabeza, tiene autoridad (Ef. 5:25). Él fue investido de autoridad para que él procure el bienestar, la santidad, y la felicidad de los miembros de su hogar. El esposo debe ser un líder amoroso y servicial. En su hogar, él es sobretodo un siervo. Tal vez esto no le guste a algunos esposos pero para este fin fue que Dios les dio autoridad. En el hogar el esposo no es solamente un líder, es también un siervo. Su autoridad fue concedida para que él promueva el bienestar y la felicidad de aquellos que se encuentran bajo su cuidado.

El esposo es un siervo, pero el que sea un siervo no niega su autoridad como cabeza de su hogar. Su rol como siervo en el hogar le indica el propósito de su autoridad y la manera en que debe ejercerla. ¿Ves la sabiduría de Dios? Ellos son siervos y deben ejercer su autoridad para lograr el propósito divino.

El rol de siervo de los pastores no niega su autoridad, pero les recuerda el propósito y la manera en la que ellos deben ejercerla. El Dr. Wayne Mack tenía mucha razón cuando aseveró que el concepto bíblico de un líder, según Mateo 20:20-28, es que “en primer y principal lugar él es un siervo. Su preocupación no debe ser por sí mismo ni por dar órdenes, ni mangonear, ni imponer su voluntad. Debe preocuparse por satisfacer las necesidades de otros. En verdad, si los intereses de otro no están sobre su corazón, si no está dispuesto a sacrificar sus necesidades personales, sus deseos y aspiraciones, su tiempo y su dinero; si las necesidades de otro no son más importantes que las suyas propias, tal hombre no está en condiciones de ser un líder. El líder debe tener un corazón de siervo. Y lo que sigue es muy importante: si tiene un corazón de siervo actuará como siervo y reaccionará como tal cuando le traten como un siervo”.

Hay mucho fango que comer en el ministerio. La única manera de comernos ese fango es recordando lo que somos: siervos. Strauch resume lo que dije de la siguiente manera: “El carácter de humilde siervo, de liderazgo, no implica ausencia de autoridad. Los términos del nuevo testamento, que describen la posición y el trabajo del líder como mayordomo de Dios, supervisor, guía, implican autoridad tanto como responsabilidad. Pedro no podría haber advertido a los ancianos de Asia contra el señorío sobre los que estaban a su cargo si no hubieran tenido autoridad para guiar y proteger a la iglesia local. La clave es la actitud, la disposición con la cual los ancianos deben ejercer su autoridad”.

Uno de los elementos de la disposición predominante con la que un pastor debe pastorear a las ovejas es un corazón de siervo, un corazón dispuesto a servir a otros. En segundo lugar consideremos algunas de las implicaciones prácticas de este elemento esencial.

Estimado pastor, si mantienes en tu corazón tu identidad como siervo no te molestará ni te quejaras por tener que realizar ciertos deberes diaconales en la iglesia. En las iglesias pequeñas habrá ocasiones en que será necesario que el pastor cumpla ciertas tareas diaconales. Cuando esto ocurra, debes estar dispuesto a realizar estas tareas para servir a las ovejas de Cristo. Debes recordar, que no eres solamente un siervo de tu gente, sino que también su esclavo.

Si había una verdad que constreñía el corazón de Pablo, a predicar a Cristo, a servir a Cristo, a servir a la iglesia de Cristo; si había algo que le llevó a sufrir los sinsabores, tensiones, aflicciones, vituperios del ministerio, fue que él conocía que era ante todo un esclavo de Cristo y de su pueblo. Mucho fue lo que Pablo sufrió. Lo azotaron; lo apedrearon. Se levantaba y seguía sirviendo. ¡Yo soy siervo de Cristo! ¡Soy esclavo de Cristo, para servir a Cristo, para servir al pueblo de Cristo! Él declaró: Porque no nos predicamos a nosotros mismos sino a Cristo Jesús como Señor y a nosotros como siervos (literalmente esclavos). Aquí, la palabra griega no es dikanoi (siervos) sino douloi (esclavos). Y a nosotros, como esclavos vuestros por amor de Jesús.

Compañero en el ministerio, ¿qué imagen tienen de ti? O ¿qué imagen tienes de tu persona? Si no te consideras un siervo o esclavo del rebaño, dispuesto a ser todo lo que esto implica, no podrás ministrar a las ovejas de Cristo.

Por otro lado, la convicción de que eres un siervo será un antídoto poderoso contra la ingratitud y el desaliento. Muchas veces no se reconoce el esfuerzo y trabajo pastoral que toma lugar en privado. Hay muchas cosas de nuestra tarea ministerial que nuestra gente no ve; entre estas cosas podemos mencionar el tiempo dedicado a la oración, las horas que dedicamos al estudio de la palabra, la educación en general, la preparación de los sermones, el tiempo de visitar a los enfermos, débiles y necesitados; la preocupación por la condición espiritual y física de las ovejas. Esto es una carga sobre nuestro corazón. Hemos dado consejo, hemos enseñado, pero la persona no entiende. Eso nos preocupa. Nos lleva a orar por esta persona. Su condición espiritual se convierte en una carga para nosotros. Vemos nuestra debilidad e insuficiencia y esto nos lleva al trono de la gracia y decimos: ¡Señor ten misericordia de nosotros! Danos más de tu gracia para poder servir a tu pueblo. Después, el domingo, ven al pastor que le abraza, y le da la mano; y lo hace con sinceridad porque los ama. Pero eso no quita toda la aflicción, toda esa carga. Mientras muchos duermen, los pastores están pensando y orando para ver cómo pueden ayudarles a resolver su problema. Piensan cómo van a tratar a aquel hermano para que no se ofenda innecesariamente y que pueda ver el principio, lo aplique y pueda servir al Señor de corazón, siendo ejemplo para otros.

Nosotros no somos profesionales. No podemos limitarnos a decir: “Estoy aquí, hago mi trabajo y me voy. ¡No! Pero la gente no ve muchas de esas cosas. No ven las lágrimas; el dolor que sentimos al ver la indiferencia de las personas hacia la palabra; no tienen conocimiento de las decisiones difíciles que debemos tomar para guardar la unidad y el testimonio de Cristo y de su iglesia; del tiempo que empleamos para organizar los ministerios de la iglesia; de las reuniones en el liderazgo de la iglesia; de las conversaciones y reuniones con otros líderes…Muchos desconocen estas cosas.

¿Y qué del dolor que sentimos al ver la indiferencia de las personas hacia la palabra? Esto nos trae tristeza. A menudo, la gente pasa por alto y no da gracias por el ministerio de la palabra. Muchas veces no aprecian ni dan gracias por el ministerio público de la palabra. Semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Hay personas que creen que han sido llamadas a mantener a sus pastores humildes y no les dan gracias. Nosotros, los pastores, los que somos fieles, no queremos aduladores, pero sí queremos saber si nuestra oración, si la oración del pueblo de Dios, si la enseñanza que ha sido explicada y aplicada, ha sido usada por el Señor para edificar y bendecir a su pueblo. Nos alienta oír: “Pastor, aunque no le habíamos dicho nada; sin embargo, ¡esas inquietudes que teníamos desaparecieron cuando usted estaba predicando!” “Pastor, el otro día, mientras usted predicaba la palabra la flecha del Altísimo vino a mi conciencia, traspasó mi corazón, me vi desnudo y en falta, y allí mismo tuve que pedir perdón al Señor”. “Pastor gracias por ser fiel a mi alma”.

Pastor, si no tienes un corazón de siervo, la ingratitud e indiferencia te desplomarán; estas actitudes pueden convertir estas cosas que debes hacer en cargas pesadas que no desearás cargar. Si te olvidas que eres un siervo, la ingratitud de la gente, la falta de reconocimiento por tu labor, tus esfuerzos, puede crear en ti amargura, resentimiento y un espíritu murmurador. Y esto te impedirá entregarte con gozo y entusiasmo a tus labores ministeriales. Tu corazón se enfriará. El fervor y el deseo de servir al pueblo de Dios y a Cristo menguarán o desaparecerán. Por tanto, es necesario que siempre recuerdes que eres un siervo. Y cuando servimos o hacemos lo que el Señor nos dice, debemos decir: “Siervo inútil soy. No he hecho más que lo que debía hacer”.

Aunque debemos trabajar con la esperanza de que seremos recompensados (1 Co. 9:10), aunque la Biblia nos dice que a su tiempo si no nos cansamos segaremos, estas promesas no significan que seremos necesariamente recompensados por nuestro esfuerzo y labor de forma inmediata. Puede ser que el Señor dilate la recompensa como hizo con siervos más fieles que tú y yo. Puede ser que el fruto no aparezca inmediatamente. Puede ser que tu gente no manifieste agradecimiento por tu trabajo.

Entonces, recuerda, somos siervos, eso es lo que somos. Somos siervos… ¿pero de quién? De Cristo. El asimilar este concepto es fundamental para que el pastor pueda realizar la obra pastoral. Traerá estabilidad, sosiego y tranquilidad al corazón. Le animará a seguir adelante, porque entiende que es un siervo inútil que sólo ha hecho lo que debía. Siervos inútiles; literalmente somos esclavos inútiles. Es decir, no merecemos ninguna gratitud especial porque, como Lenski comenta, no tenemos derecho especial alguno sobre el Señor. Hemos de llamarnos a nosotros mismos inútiles, porque no hemos hecho más que lo que estábamos obligados a hacer. Dejamos a un lado cualquier derecho puesto que, ciertamente, delante de Dios no tenemos ninguno. Somos esclavos inútiles y, aunque no recibamos nuestra recompensa inmediatamente, esta perspectiva nos llevará a ver las necesidades del pueblo de Dios como un llamado a usar nuestro tiempo, nuestras energías, nuestros dones, oraciones y lagrimas para seguir sirviendo al pueblo de Dios.

Hermano y compañero en el ministerio, si no puedes recibir esto de Cristo, si no es grato para ti servir como siervo u esclavo, entonces debes salir del ministerio.

Estimado pastor, ¿ven tus ovejas en ti un corazón de siervo? ¿Ven en ti la disposición del Señor Jesucristo, que no vino para ser servido sino para servir? No dije: “¿Ven tus ovejas que tienes una mente lógica, brillante o que presentas tus tesis teológicas con una precisión clínica?” No dije: “¿Ven que puedes presentar y defender magistralmente la doctrinas de la gracia?” No. Mi pregunta es: “¿Ven ellos en ti un corazón de siervo?” La pregunta no es: “¿Ven una gran capacidad para dialogar o debatir?” Sino, “¿Ven tus ovejas la disposición de siervo que Pablo manifestó entre los efesios?” El apóstol dijo: Vosotros bien sabéis como he sido con vosotros todo el tiempo, sirviendo al Señor con toda humildad y con lágrimas. Hay cosas que quebrantaron el corazón de Pablo, pero aun así él dijo: No rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil. Pero de ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mi mismo a fin de terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesucristo.

¿Puedes tú decir a tu gente lo que mismo que Pablo dijo a los ancianos en Éfeso? Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y los que estaban conmigo. ¿Cómo te ven los hermanos, como un siervo o como un amo, esperando que te sirvan? Quiero recordarte que tu servicio a tu iglesia debe ser una revelación del corazón de Cristo a su pueblo. Para que esto sea una realidad, tú tienes que ministrar o servir a tus ovejas con un corazón de siervo. La disposición de siervo atraerá a la oveja tímida y temerosa hacia tu persona. La llevará a buscar y a recibir de ti guía y el consejo que necesita. Las ovejas deben conocer que tú verdaderamente quieres ayudarles. Por tanto, querido hermano, no tengas temor de involucrarte en los problemas, las adversidades y las aflicciones de tus ovejas. En estos tiempos donde hay tantos charlatanes, engañadores y hombres sin escrúpulos que buscan una posición de autoridad y liderazgo en la iglesia para promoverse a sí mismos o enriquecerse a expensas de la gente; hombres como los que Pablo describe en su epístola a los filipenses, porque muchos andan como os he dicho muchas veces: y ahora lo digo aun llorando que son enemigos de la cruz cuyo fin es su perdición, cuya Dios es su apetito y cuya gloria es su vergüenza, en tiempos como estos, donde abundan esta clase de hombres, es necesario que se destaque mucho más en nosotros un corazón de siervo. Así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.

Queridos hermanos, oren por nosotros los pastores. Oren y clamen a Dios: ¡Señor, que cada año que pase, al contemplar al Señor Jesucristo, ellos reflejen cada día más y más su corazón!

Amigo incrédulo, Cristo dejó la manifestación plena de su gloria divina y la veló tomando una forma de siervo, para hacerse obediente y obediente hasta la cruz, para pagar la deuda que el hombre pecador le debe a Dios. Cuando él habla de si como siervo, no lo hace simplemente para darnos un ejemplo de abnegación. Él se describe así mismo como siervo para dar a conocer lo que Él tuvo que hacer para rescatar a los hombres del diablo, del pecado y del mundo; para que recibieran vida y salvación. Querido amigo, niño, joven, Jesucristo se hizo siervo para salvar a pecadores y Él continúa, por su palabra y el evangelio, salvando pecadores. Tú no puedes pagar la deuda por tu pecado. Tú no puedes pagar esa gran deuda que debes a Dios. Por amor a tu alma, clama hoy a Aquel que vino a ser siervo, que murió en la cruz para que pecadores como tú sean salvos. Ven, confía en Él, cree en Él y sé salvo. No continúes en esa condición. Cree en Él y serás salvo.

Iglesia, Dios nos llama a manifestar el espíritu de siervo del Señor Jesucristo. ¡Que el Señor use su palabra para que nosotros los pastores, sirvamos a Cristo y a su pueblo!

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La disposición del pastor I: Un corazón de siervo

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Pastor_Eugenio_Pinero-43Eugenio Piñero

La Biblia usa cuadros de la vida diaria para describir la obra de los pastores en la Iglesia. Estos cuadros presentan a los siervos de Dios como pastores del rebaño (Hch. 20:28); también como padres de familia (1 Ti. 3:4). Los presentan como gobernadores de la congregación (He. 13:7 y 13), como centinelas (1 P. 5:2), también como administradores de los misterios de Dios (1 Co. 4:1-3).

La Palabra de Dios no solo describe la obra pastoral, sino que también presenta la disposición con la que los pastores deben realizar esta obra. En esta ocasión comenzaremos a tratar el tema de la disposición predominante del corazón del pastor; esa disposición con la que cada pastor o anciano debe llevar a cabo la obra pastoral.

Al hablar de la disposición del pastor me refiero a la actitud o inclinación que principalmente domina el corazón. Las santas Escrituras nos enseñan que la disposición predominante con la que el pastor debe llevar a cabo la obra pastoral es la disposición con la que el Señor Jesucristo pastorea a sus ovejas. Los pastores deben imitar su ejemplo porque este es el modelo perfecto de pastorear las ovejas. Jesús dijo: Yo soy el buen pastor (Jn. 10:11). Es decir, Él es el pastor por excelencia. El significado básico de la palabra griega traducida al español por “buen” significa básicamente bueno, hermoso en el sentido del ideal o del modelo de perfección. En este caso, según William Hendrickson, significa excelente. Este “pastor corresponde al ideal tanto en su carácter como en su obra. Jesucristo es el pastor bueno; es el pastor excelente”. Aunque en un sentido el Señor es el único de esta clase, su manera de pastorear a sus ovejas forma el patrón que deben imitar aquellos que Él llama a pastorear a sus ovejas. La declaración: Yo soy el buen pastor implica que el divino pastor revelado en el Antiguo Testamento encuentra su expresión encarnada en la persona del Señor Jesucristo. Él es aquel que, como Dios del pacto y Pastor de su pueblo, se comprometió a salvarlo y a pastorearlo. El Salmo 23 describe el pastoreo perfecto del Señor. David dice: El Señor es mi pastor y nada me faltará. En otras palabras, su pastoreo sobre mí y sobre su pueblo es todo lo que debe ser. Por tanto Él es el modelo perfecto que todos los pastores deben imitar.

En su primera epístola capítulo 5, versículo 4, Pedro declara: Cuando aparezca el príncipe de los pastores recibiréis la corona inmarcesible de gloria. Esta declaración enseña que el Señor Jesús es el Pastor Supremo de todo el rebaño y, al mismo tiempo, es el Príncipe y Gobernante de todos los pastores que Él llama al oficio pastoral. Estos pastores no solo reciben su comisión y sus instrucciones del Supremo Pastor, sino que también reciben de Él aquel ejemplo de pastor que ellos deben imitar. El ejemplo que los pastores deben seguir no debe ser formado de los patrones sociales populares y sensacionales del mundo ni de la tradición eclesiástica, ni del pragmatismo, sino del patrón perfecto del Pastor Supremo. Nuestro modelo de lo que un pastor debe ser, a quién debe imitar, no debe proceder de aquello que produce resultados, de lo que trae a mucha gente. Nuestro modelo perfecto o nuestro patrón excelente es el Señor Jesucristo. No hay deficiencia en este patrón. El Pastor Supremo es todo lo que debe ser como pastor de su pueblo; por tanto, pastores, es a Él a quien nosotros tenemos que imitar. Debemos imitar el pastoreo del Señor Jesucristo, porque es el patrón perfecto.

En segundo lugar, debemos imitar este pastoreo porque los Apóstoles lo imitaron. La conducta de los Apóstoles y las instrucciones que ellos dieron acerca del ministerio pastoral demuestran esta afirmación. En varios pasajes bíblicos encontramos que los Apóstoles llamaron a sus seguidores a imitar su ejemplo. ¿Por qué? Porque ellos imitaron a Cristo. En 1 Corintios 11:1 Pablo dice: Sed imitadores de mí como también yo lo soy de Cristo. Hay una doctrina de imitación en las Escrituras, y aquel que socava esto o que lo pasa por alto no representará correctamente al Señor Jesucristo; ni manifestará la manera en que Él pastorea a sus ovejas.

En Filipenses 3:17 Pablo declara: Hermanos sed imitadores míos y observad a los que andan según el ejemplo que tenéis en nosotros. En Hechos 20:18 vemos que Pablo llamó a los pastores o a los ancianos de Éfeso y les dijo: Vosotros bien sabéis como he sido con vosotros todo el tiempo […] sirviendo al Señor con toda humildad y con lágrimas y con pruebas […]. A pesar de todo esto, v. 20: No rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil. Más adelante, en el versículo 33 a 35, Pablo dice, Ni la plata ni el oro, ni la ropa de nadie he codiciado. V. 34: Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y la de los que estaban conmigo. En todo os mostré [fui vuestro ejemplo] que así, trabajando, debéis ayudar a los débiles y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir”. Observen; es a los ancianos a quienes Pablo dice: Os mostré. En otras palabras: os di mi ejemplo cuando estuve entre vosotros; me entregué a serviros con un corazón desinteresado, bondadoso y generoso. Esta forma de servir o pastorear la aprendí del Señor Jesucristo que dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir”. Ahora ustedes imiten mi ejemplo así como yo imito a Cristo. De esta manera, Pablo dio a entender que el ejemplo de pastorear a las ovejas que él recibió del Señor Jesucristo, y que él siguió a través de toda su vida, era también el ejemplo y la norma que deben seguir todos los pastores en la Iglesia. Considerar e imitar el ejemplo apostólico en este asunto significa seguir el ejemplo de Jesucristo como pastor del rebaño. Una de las cosas que debemos imitar de este ejemplo es la disposición con la que Cristo pastorea a sus ovejas.

Alguien con percepción declaró: “Pablo es un ejemplo exegético de la disposición pastoral del Señor Jesucristo. En otras palabras, la disposición con la que Cristo pastorea a sus ovejas se manifiesta claramente por medio de la vida y el ministerio de Pablo. Esta disposición cristológica que Pablo manifestó en su propio ministerio pastoral es la que los pastores también deben imitar”.

Después de haber señalado la disposición pastoral con la que los pastores deben desempeñar la obra pastoral, la disposición pastoral del Señor Jesucristo, pasemos a considerar los elementos esenciales de esta disposición predominante.

Esta disposición incluye varios elementos esenciales:

* Un corazón de siervo
* Un corazón compasivo
* Un espíritu manso y tierno
* Un amor desinteresado
* Una solicitud constante

Agradecido por la ayuda que he recibido de otros siervos del Señor para tratar este tema, consideremos el primer elemento esencial de la disposición predominante con la que debemos realizar la obra pastoral.

Uno de los elementos de esta disposición es un corazón que está dispuesto a servir a otros para la gloria de Dios y para el bien de ellos. Según Marcos 9:33-37, surgió una discusión entre los discípulos de Jesús acerca de quién de ellos era el mayor: Y llegaron a Capernaúm; y estando ya en la casa, les preguntaba: ¿Qué discutíais por el camino? Pero ellos guardaron silencio, porque en el camino habían discutido entre sí quién de ellos era el mayor. Lamentablemente, este espíritu que se manifestó entre los discípulos continua manifestándose en nuestros días entre algunos de los que profesan ser sus discípulos. Sentándose [Jesús, ¡con qué calma y paciencia!] llamó a los doce y les dijo: Si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos. Obviamente, los discípulos no habían comprendido lo que era ser grande en el Reino de Cristo. Su concepto de la grandeza procedía del mundo. Cristo les explicó lo que significa ser el primero en su reino. Versículo 35: ser el último de todos y el servidor de todos; que el Señor grabe esta verdad en nuestros corazones. “La idea de grandeza que tiene el mundo —dice R _________— consiste en gobernar, pero la grandeza cristiana consiste en servir. La ambición del mundo es recibir honor y atención, pero el deseo del cristiano debe ser dar más que recibir y ayudar a los demás”.

El comentario de Strauch sobre la grandeza personal es pertinente. En Marcos 9:35, Jesús declara que la verdadera grandeza no se logra luchando por sobresalir entre los demás ni aferrándose al poder, sino mostrando una actitud humilde, modesta, de servicio a todos. Por esta razón Jesús dijo: si alguno desea ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos. La sabia advertencia de C_________ a los líderes cristianos merece repetirse: “El poder es como el agua salada. Cuanto más se bebe, más sed se tiene. El ansia de poder puede alejar al más resuelto cristiano de la verdadera naturaleza del liderazgo cristiano que es el servicio a otros”.

El liderazgo y la autoridad que ejercen los pastores sobre la grey deben surgir y ser gobernados por un corazón que, sobre todo, quiera servir a otros. Esta disposición ha de prevalecer. El pastor debe mantener en sus pensamientos que él es sobre todo un siervo; siervo de Cristo, siervo del rebaño.

En Mateo 20:20-28, Jesús manda a los líderes de su reino a servir a otros con un corazón de siervo. El incidente que dio lugar a este mandato fue la petición de la madre de Jacobo y Juan. Sus hijos deseaban ocupar un lugar de preeminencia en el Reino de Cristo. Parece que ellos animaron a su madre a pedir al Señor que en su reino se les permitiese sentarse el uno a su izquierda y el otro a su derecha. Esta petición incomodó a los discípulos, creó malos sentimientos entre ellos. El versículo 24 declara que los diez se indignaron contra los dos hermanos. Probablemente esta reacción se debe a la envidia o al temor de salir perdiendo. Tal vez querían estas posiciones para sí mismos. Jesús usó este incidente para enseñar a todos sus discípulos que el liderazgo en su reino no es para que los líderes se enseñoreen del pueblo de Dios. El liderazgo cristiano es un llamado al sacrificio, servicio y sufrimiento. ¡Sacrificio! ¡Negarse a uno mismo! El ministerio no es una plataforma para obtener poder y gloria. Sobre este asunto un escritor cristiano dijo:

“Sin embargo, el mundo e incluso la iglesia están llenos de jacobos y de juanes, emprendedores y buscadores de posición, sedientos de honor y prestigio, que miden la vida por los logros y los interminables sueños de éxito. Son agresivamente ambiciosos para sí mismos. Esta mentalidad es incompatible con el camino de la cruz”.

El hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir y para dar. Renunció al poder y a la gloria del cielo, es decir, se negó a manifestar la plenitud de su gloria divina, velándola al tomar una forma de siervo y se humilló a sí mismo para ser un siervo. El hijo de Dios, Dios, la segunda persona de la Trinidad, se dio a sí mismo sin reservas y sin temor, a los despreciados y olvidados de la comunidad. Su obsesión fue la gloria de Dios, el bien de los seres humanos. Para promover esto estuvo dispuesto a soportar hasta la vergüenza de la cruz. Ahora, Él nos llama a seguirlo; Él no nos llama a buscar grandes cosas para nosotros, sino más bien a buscar primero la voluntad de Dios, su reino y su justicia. Si hemos de buscar el bienestar de los hombres, los pastores deben imitar al Señor Jesucristo. Él dijo a sus discípulos: Sin embargo entre vosotros yo soy como el que sirve (Lucas 22:27).

El Señor Jesucristo no usó su autoridad ni liderazgo para aprovecharse de sus discípulos, para oprimirlos, o abusarlos. El usó su autoridad para procurar y promover el bienestar de ellos. No son pocos los gobernantes que se aprovechan de su posición para promover sus propios intereses. No buscan realmente el bienestar de sus súbditos. Otros como Diótrefes procuran el liderazgo porque les gusta la preeminencia. El apóstol Juan, en su tercera epístola, dice: “Escribí algo a la iglesia pero Diótrefes, a quien le gusta ser el primero entre ellos, no acepta lo que decimos”.

Otros ejercen su autoridad despóticamente, para controlar u obtener ventajas materiales para sí mismos. En Mateo 20:25 Jesús dice: Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. La palabra griega katakurieuousin (κατακυριεύουσιν) que se traduce “ejercen autoridad” habla de un gobierno caprichoso y despótico. Según el Señor hay líderes que se enseñorean de la gente para lograr sus ambiciones caprichosas, vanas y egoístas. El pueblo existe para ellos, para propiciar sus intereses monetarios o para satisfacer sus vanas aspiraciones. Estos gobernantes viven entregados a sus placeres, a expensas de su gente. Ellos no sirven, más bien quieren que la gente les sirva. Jesús dice a sus discípulos: “No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande sea vuestro servidor”. La actitud de los siervos de Cristo no debe ser: “Aquí estoy para ser servido”; más bien debe ser: “Aquí estoy para servir”, y deben servir con un corazón humilde y servicial. No deben usar su autoridad para imponer sus preferencias personales o su voluntad sobre el pueblo de Dios, o para exigir que la gente se someta a mandamientos que el Señor Jesucristo no hada dado a su pueblo en su palabra. Esto es lo que Pedro enseña en su primera epístola capítulo 5 v. 2 y 3. Él exhorta a los ancianos y les dice: Pastoread el rebaño de Dios entre vosotros, supervisándolo, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios, no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo; tampoco como teniendo señorío sobre los que os han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño. La autoridad que Cristo da a los pastores para gobernar al rebaño no se confiere para que ellos se enseñoreen de la grey o se conviertan en señores de la conciencia de las ovejas. ¡No! Solo Cristo es el Señor y el dueño de la conciencia.

Antes de seguir adelante quiero hacer una salvedad, subrayar un principio bíblico y es el siguiente:

Aunque los pastores son siervos, esto no niega su autoridad para gobernar a la iglesia. La Biblia enseña claramente que Cristo ha dado autoridad a los pastores para dirigir a la iglesia. Hebreos 13:17 declara: Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta. Y claro, en aquel momento no era necesario añadir “si ellos os dirigen de una manera bíblica”, porque esa es la manera en que los pastores fieles (que enseñan la Palabra y que son dignos de imitación v.7) dirigen la iglesia. Mientras los pastores nos dirijan según la enseñanza bíblica, debemos seguirles.

El versículo 17 de Hebreos 13 identifica a los líderes de la iglesia como dirigentes o gobernantes. Strauch indica que la palabra griega traducida al español “pastores” o “guías” es un término genérico. Se puede usar para describir a líderes militares, políticos o religiosos. En el Antiguo Testamento griego, esta palabra ēgoumenois (ἡγουμένοις) se usaba para describir a los jefes de la tribu. Por ejemplo, en Deuteronomio 5:23, el jefe de un ejército; en Jueces 11:11, gobernante de la nación de Israel; en 1 Samuel 5:2, el superintendente de todos los bienes; en 1 Crónica 26:24, el sacerdote principal y en 2 Crónicas 19:11 el sumo sacerdote. En Hechos, a Pablo y a Silas se les llama varones principales entre los hermanos (Hch. 15:22). El uso que hace el escritor de la palabra griega traducida “pastores” en Hebreos 13:7, 17 y 24 habla de la tarea de los ancianos o pastores de la iglesia local. Estos hombres tienen la tarea de enseñar en la iglesia, vers. 7. Estos hombres son líderes, gobernantes, dirigentes, pastores de la grey. Enseñan, protegen, guían y velan el rebaño. A los miembros de ese rebaño, o iglesia local, se les manda a obedecer y a estar sujetos a estos hombres. Mientras ellos dirijan, gobiernen o guíen a la congregación según las normas bíblicas, los miembros deben seguirles. El título que define tanto a los pastores como a los deberes de aquellos que se encuentran bajo el cuidado de estos hombres indica que han sido investidos con autoridad para gobernar a la iglesia.

Pablo dice a los tesalonicenses, en su primera epístola, capítulo 5, versículo 12: Pero os rogamos hermanos, que reconozcáis a los que con diligencia trabajan entre vosotros, y os dirigen en el Señor y os instruyen. Estos líderes tienen la responsabilidad de dirigir e instruir a la iglesia. En la primera epístola a Timoteo, capítulo 5:17 se habla de los ancianos que gobiernan. Estos deben ser considerados dignos de doble honor, principalmente los que trabajan en la predicación y la enseñanza. En la misma epístola, capítulo 3, versículos 4 y 5 dice que el obispo debe ser un buen gobernador o administrador, o dirigente de su hogar, porque si un hombre no es capaz de gobernar bien su casa y sus hijos, no es apto para que pueda cuidar y dirigir la iglesia.

Aunque los pastores son siervos, aun así tienen autoridad para gobernar a la iglesia. Una cosa no niega la otra. Jesús fue un siervo, pero este hecho no niega su autoridad sobre sus ovejas. Aquel que dijo: Yo no he venido para ser servido, sino para servir, también dijo: ¿Por qué me llamáis Señor, Señor y no hacéis lo que yo os digo? En otras palabras, el que Él viniera a servir no niega su autoridad. Su autoridad no solo procedía de su posición como Señor sino también de su posición como pastor. Por eso no debe sorprendernos que Jesús hable de sus ovejas como aquellas que le reconocen como Señor y se someten a su autoridad. Él dijo: Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Jesús ejerció su autoridad como pastor sin sentirse intimidado ni avergonzado. ¿Y cómo se llamaba a los gobernantes en el Antiguo Testamento? Se les llamaba igual que a los pastores. La palabra pastor implica autoridad.

La autoridad pastoral es algo inherente al oficio de pastor. En el antiguo testamento, se llamaba a los gobernantes pastores. La palabra pastor implica autoridad. Este término habla de su autoridad para gobernar. Ellos gobernaban a sus súbditos. El Señor no se avergonzó de ejercer su autoridad como pastor de las ovejas. Aun más, Él esperaba que aquellos que Él vino a servir y que le habían recibido como pastor, le obedecieran. El que Jesús fuera un siervo entre los discípulos, que Él les sirviera y aun le lavara sus pies no negó su autoridad como pastor de ellos. Por tanto sus discípulos no podían ser indiferentes a las instrucciones de Jesús.

Por otro lado, un líder puede ejercer su autoridad y aun así ser un siervo verdadero de los que se encuentran bajo su gobierno. Pablo entendía este principio; por esta razón vio su posición como un medio para servir a otros. Alguien correctamente dijo: “Él percibió sus dones y autoridad como medio para edificar y proteger a otros. No como medio para controlar u obtener posición, ventajas para sí mismo”. ¡No! Él utilizó su autoridad apostólica para edificar, guardar y proteger a la Iglesia de Cristo. En Corinto usó su autoridad para mantener la pureza moral de la iglesia. En 1 Co. 5:4 dice a los corintios: En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, cuando vosotros estéis reunidos y yo con vosotros en espíritu y con el poder de nuestro Señor Jesucristo, entregad (esto es un mandato) a ese tal a Satanás para la destrucción de su carne a fin de que su espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús. Observad. Pablo no utilizó su autoridad como Diótrefes. Este disciplinaba para mantener la preeminencia. En cambio, Pablo utilizó su autoridad para que la iglesia cumpliera la voluntad de Cristo. Ejerció su autoridad para que el pecador impenitente se arrepintiera, para que los miembros de la iglesia no se contaminaran pues la Biblia dice: un poco de levadura fermenta toda la masa (1 Co. 5:6). Por tanto, él dijo a la iglesia: “Expulsad de entre vosotros al impenitente”. Pablo ejerció su autoridad para procurar el bien, el gozo, la paz y la unidad de la iglesia.

Esta perspectiva debe gobernar la autoridad del esposo en el hogar. Él, como cabeza, tiene autoridad (Ef. 5:25). Él fue investido de autoridad para que él procure el bienestar, la santidad, y la felicidad de los miembros de su hogar. El esposo debe ser un líder amoroso y servicial. En su hogar, él es sobretodo un siervo. Tal vez esto no le guste a algunos esposos pero para este fin fue que Dios les dio autoridad. En el hogar el esposo no es solamente un líder, es también un siervo. Su autoridad fue concedida para que él promueva el bienestar y la felicidad de aquellos que se encuentran bajo su cuidado.

El esposo es un siervo, pero el que sea un siervo no niega su autoridad como cabeza de su hogar. Su rol como siervo en el hogar le indica el propósito de su autoridad y la manera en que debe ejercerla. ¿Ves la sabiduría de Dios? Ellos son siervos y deben ejercer su autoridad para lograr el propósito divino.

El rol de siervo de los pastores no niega su autoridad, pero les recuerda el propósito y la manera en la que ellos deben ejercerla. El Dr. Wayne Mack tenía mucha razón cuando aseveró que el concepto bíblico de un líder, según Mateo 20:20-28, es que “en primer y principal lugar él es un siervo. Su preocupación no debe ser por sí mismo ni por dar órdenes, ni mangonear, ni imponer su voluntad. Debe preocuparse por satisfacer las necesidades de otros. En verdad, si los intereses de otro no están sobre su corazón, si no está dispuesto a sacrificar sus necesidades personales, sus deseos y aspiraciones, su tiempo y su dinero; si las necesidades de otro no son más importantes que las suyas propias, tal hombre no está en condiciones de ser un líder. El líder debe tener un corazón de siervo. Y lo que sigue es muy importante: si tiene un corazón de siervo actuará como siervo y reaccionará como tal cuando le traten como un siervo”.

Hay mucho fango que comer en el ministerio. La única manera de comernos ese fango es recordando lo que somos: siervos. Strauch resume lo que dije de la siguiente manera: “El carácter de humilde siervo, de liderazgo, no implica ausencia de autoridad. Los términos del nuevo testamento, que describen la posición y el trabajo del líder como mayordomo de Dios, supervisor, guía, implican autoridad tanto como responsabilidad. Pedro no podría haber advertido a los ancianos de Asia contra el señorío sobre los que estaban a su cargo si no hubieran tenido autoridad para guiar y proteger a la iglesia local. La clave es la actitud, la disposición con la cual los ancianos deben ejercer su autoridad”.

Uno de los elementos de la disposición predominante con la que un pastor debe pastorear a las ovejas es un corazón de siervo, un corazón dispuesto a servir a otros. En segundo lugar consideremos algunas de las implicaciones prácticas de este elemento esencial.

Estimado pastor, si mantienes en tu corazón tu identidad como siervo no te molestará ni te quejaras por tener que realizar ciertos deberes diaconales en la iglesia. En las iglesias pequeñas habrá ocasiones en que será necesario que el pastor cumpla ciertas tareas diaconales. Cuando esto ocurra, debes estar dispuesto a realizar estas tareas para servir a las ovejas de Cristo. Debes recordar, que no eres solamente un siervo de tu gente, sino que también su esclavo.

Si había una verdad que constreñía el corazón de Pablo, a predicar a Cristo, a servir a Cristo, a servir a la iglesia de Cristo; si había algo que le llevó a sufrir los sinsabores, tensiones, aflicciones, vituperios del ministerio, fue que él conocía que era ante todo un esclavo de Cristo y de su pueblo. Mucho fue lo que Pablo sufrió. Lo azotaron; lo apedrearon. Se levantaba y seguía sirviendo. ¡Yo soy siervo de Cristo! ¡Soy esclavo de Cristo, para servir a Cristo, para servir al pueblo de Cristo! Él declaró: Porque no nos predicamos a nosotros mismos sino a Cristo Jesús como Señor y a nosotros como siervos (literalmente esclavos). Aquí, la palabra griega no es dikanoi (siervos) sino douloi (esclavos). Y a nosotros, como esclavos vuestros por amor de Jesús.

Compañero en el ministerio, ¿qué imagen tienen de ti? O ¿qué imagen tienes de tu persona? Si no te consideras un siervo o esclavo del rebaño, dispuesto a ser todo lo que esto implica, no podrás ministrar a las ovejas de Cristo.

Por otro lado, la convicción de que eres un siervo será un antídoto poderoso contra la ingratitud y el desaliento. Muchas veces no se reconoce el esfuerzo y trabajo pastoral que toma lugar en privado. Hay muchas cosas de nuestra tarea ministerial que nuestra gente no ve; entre estas cosas podemos mencionar el tiempo dedicado a la oración, las horas que dedicamos al estudio de la palabra, la educación en general, la preparación de los sermones, el tiempo de visitar a los enfermos, débiles y necesitados; la preocupación por la condición espiritual y física de las ovejas. Esto es una carga sobre nuestro corazón. Hemos dado consejo, hemos enseñado, pero la persona no entiende. Eso nos preocupa. Nos lleva a orar por esta persona. Su condición espiritual se convierte en una carga para nosotros. Vemos nuestra debilidad e insuficiencia y esto nos lleva al trono de la gracia y decimos: ¡Señor ten misericordia de nosotros! Danos más de tu gracia para poder servir a tu pueblo. Después, el domingo, ven al pastor que le abraza, y le da la mano; y lo hace con sinceridad porque los ama. Pero eso no quita toda la aflicción, toda esa carga. Mientras muchos duermen, los pastores están pensando y orando para ver cómo pueden ayudarles a resolver su problema. Piensan cómo van a tratar a aquel hermano para que no se ofenda innecesariamente y que pueda ver el principio, lo aplique y pueda servir al Señor de corazón, siendo ejemplo para otros.

Nosotros no somos profesionales. No podemos limitarnos a decir: “Estoy aquí, hago mi trabajo y me voy. ¡No! Pero la gente no ve muchas de esas cosas. No ven las lágrimas; el dolor que sentimos al ver la indiferencia de las personas hacia la palabra; no tienen conocimiento de las decisiones difíciles que debemos tomar para guardar la unidad y el testimonio de Cristo y de su iglesia; del tiempo que empleamos para organizar los ministerios de la iglesia; de las reuniones en el liderazgo de la iglesia; de las conversaciones y reuniones con otros líderes…Muchos desconocen estas cosas.

¿Y qué del dolor que sentimos al ver la indiferencia de las personas hacia la palabra? Esto nos trae tristeza. A menudo, la gente pasa por alto y no da gracias por el ministerio de la palabra. Muchas veces no aprecian ni dan gracias por el ministerio público de la palabra. Semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Hay personas que creen que han sido llamadas a mantener a sus pastores humildes y no les dan gracias. Nosotros, los pastores, los que somos fieles, no queremos aduladores, pero sí queremos saber si nuestra oración, si la oración del pueblo de Dios, si la enseñanza que ha sido explicada y aplicada, ha sido usada por el Señor para edificar y bendecir a su pueblo. Nos alienta oír: “Pastor, aunque no le habíamos dicho nada; sin embargo, ¡esas inquietudes que teníamos desaparecieron cuando usted estaba predicando!” “Pastor, el otro día, mientras usted predicaba la palabra la flecha del Altísimo vino a mi conciencia, traspasó mi corazón, me vi desnudo y en falta, y allí mismo tuve que pedir perdón al Señor”. “Pastor gracias por ser fiel a mi alma”.

Pastor, si no tienes un corazón de siervo, la ingratitud e indiferencia te desplomarán; estas actitudes pueden convertir estas cosas que debes hacer en cargas pesadas que no desearás cargar. Si te olvidas que eres un siervo, la ingratitud de la gente, la falta de reconocimiento por tu labor, tus esfuerzos, puede crear en ti amargura, resentimiento y un espíritu murmurador. Y esto te impedirá entregarte con gozo y entusiasmo a tus labores ministeriales. Tu corazón se enfriará. El fervor y el deseo de servir al pueblo de Dios y a Cristo menguarán o desaparecerán. Por tanto, es necesario que siempre recuerdes que eres un siervo. Y cuando servimos o hacemos lo que el Señor nos dice, debemos decir: “Siervo inútil soy. No he hecho más que lo que debía hacer”.

Aunque debemos trabajar con la esperanza de que seremos recompensados (1 Co. 9:10), aunque la Biblia nos dice que a su tiempo si no nos cansamos segaremos, estas promesas no significan que seremos necesariamente recompensados por nuestro esfuerzo y labor de forma inmediata. Puede ser que el Señor dilate la recompensa como hizo con siervos más fieles que tú y yo. Puede ser que el fruto no aparezca inmediatamente. Puede ser que tu gente no manifieste agradecimiento por tu trabajo.

Entonces, recuerda, somos siervos, eso es lo que somos. Somos siervos… ¿pero de quién? De Cristo. El asimilar este concepto es fundamental para que el pastor pueda realizar la obra pastoral. Traerá estabilidad, sosiego y tranquilidad al corazón. Le animará a seguir adelante, porque entiende que es un siervo inútil que sólo ha hecho lo que debía. Siervos inútiles; literalmente somos esclavos inútiles. Es decir, no merecemos ninguna gratitud especial porque, como Lenski comenta, no tenemos derecho especial alguno sobre el Señor. Hemos de llamarnos a nosotros mismos inútiles, porque no hemos hecho más que lo que estábamos obligados a hacer. Dejamos a un lado cualquier derecho puesto que, ciertamente, delante de Dios no tenemos ninguno. Somos esclavos inútiles y, aunque no recibamos nuestra recompensa inmediatamente, esta perspectiva nos llevará a ver las necesidades del pueblo de Dios como un llamado a usar nuestro tiempo, nuestras energías, nuestros dones, oraciones y lagrimas para seguir sirviendo al pueblo de Dios.

Hermano y compañero en el ministerio, si no puedes recibir esto de Cristo, si no es grato para ti servir como siervo u esclavo, entonces debes salir del ministerio.

Estimado pastor, ¿ven tus ovejas en ti un corazón de siervo? ¿Ven en ti la disposición del Señor Jesucristo, que no vino para ser servido sino para servir? No dije: “¿Ven tus ovejas que tienes una mente lógica, brillante o que presentas tus tesis teológicas con una precisión clínica?” No dije: “¿Ven que puedes presentar y defender magistralmente la doctrinas de la gracia?” No. Mi pregunta es: “¿Ven ellos en ti un corazón de siervo?” La pregunta no es: “¿Ven una gran capacidad para dialogar o debatir?” Sino, “¿Ven tus ovejas la disposición de siervo que Pablo manifestó entre los efesios?” El apóstol dijo: Vosotros bien sabéis como he sido con vosotros todo el tiempo, sirviendo al Señor con toda humildad y con lágrimas. Hay cosas que quebrantaron el corazón de Pablo, pero aun así él dijo: No rehuí declarar a vosotros nada que fuera útil. Pero de ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mi mismo a fin de terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesucristo.

¿Puedes tú decir a tu gente lo que mismo que Pablo dijo a los ancianos en Éfeso? Vosotros sabéis que estas manos me sirvieron para mis propias necesidades y los que estaban conmigo. ¿Cómo te ven los hermanos, como un siervo o como un amo, esperando que te sirvan? Quiero recordarte que tu servicio a tu iglesia debe ser una revelación del corazón de Cristo a su pueblo. Para que esto sea una realidad, tú tienes que ministrar o servir a tus ovejas con un corazón de siervo. La disposición de siervo atraerá a la oveja tímida y temerosa hacia tu persona. La llevará a buscar y a recibir de ti guía y el consejo que necesita. Las ovejas deben conocer que tú verdaderamente quieres ayudarles. Por tanto, querido hermano, no tengas temor de involucrarte en los problemas, las adversidades y las aflicciones de tus ovejas. En estos tiempos donde hay tantos charlatanes, engañadores y hombres sin escrúpulos que buscan una posición de autoridad y liderazgo en la iglesia para promoverse a sí mismos o enriquecerse a expensas de la gente; hombres como los que Pablo describe en su epístola a los filipenses, porque muchos andan como os he dicho muchas veces: y ahora lo digo aun llorando que son enemigos de la cruz cuyo fin es su perdición, cuya Dios es su apetito y cuya gloria es su vergüenza, en tiempos como estos, donde abundan esta clase de hombres, es necesario que se destaque mucho más en nosotros un corazón de siervo. Así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.

Queridos hermanos, oren por nosotros los pastores. Oren y clamen a Dios: ¡Señor, que cada año que pase, al contemplar al Señor Jesucristo, ellos reflejen cada día más y más su corazón!

Amigo incrédulo, Cristo dejó la manifestación plena de su gloria divina y la veló tomando una forma de siervo, para hacerse obediente y obediente hasta la cruz, para pagar la deuda que el hombre pecador le debe a Dios. Cuando él habla de si como siervo, no lo hace simplemente para darnos un ejemplo de abnegación. Él se describe así mismo como siervo para dar a conocer lo que Él tuvo que hacer para rescatar a los hombres del diablo, del pecado y del mundo; para que recibieran vida y salvación. Querido amigo, niño, joven, Jesucristo se hizo siervo para salvar a pecadores y Él continúa, por su palabra y el evangelio, salvando pecadores. Tú no puedes pagar la deuda por tu pecado. Tú no puedes pagar esa gran deuda que debes a Dios. Por amor a tu alma, clama hoy a Aquel que vino a ser siervo, que murió en la cruz para que pecadores como tú sean salvos. Ven, confía en Él, cree en Él y sé salvo. No continúes en esa condición. Cree en Él y serás salvo.

Iglesia, Dios nos llama a manifestar el espíritu de siervo del Señor Jesucristo. ¡Que el Señor use su palabra para que nosotros los pastores, sirvamos a Cristo y a su pueblo!

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Biografía: Juan C. Ryle: una reseña de su vida y obra

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En el año 1956 James Clarke & Co, Ltd. de Inglaterra publicaron de nuevo en inglés el libro escrito por John Charles Ryle que lleva el título Holiness (Santidad) el que el Dr. Martyn Lloyd-Jones escribió un breve prefacio. En él dijo que en su día J. C. Ryle era famoso, sobresaliente y amado como un campeón y exponente de la fe evangélica y reformada.

Esa observación concuerda con cosas que he leído. Ryle escribió más de 200 folletos y tratados, y se vendieron millones de copias de ellos y muchos de sus escritos fueron traducidos a varios idiomas. En México tuvieron una fuerte influencia en el establecimiento de iglesias reformadas. Lloyd-Jones continuó diciendo: Sin embargo, por alguna razón u otra su nombre y sus obras no son conocidos entre los evangélicos modernos. Creo que todos sus libros están agotados en este país y son difíciles de obtener libros usados. Recordad que hace como 50 años que Lloyd-Jones dijo eso. Lloyd-Jones vio el interés renovado y creciente en los escritos de Ryle como una señal de bien que le daba ánimo y esperanza. Así recomendó esa nueva edición de Holiness. Desde aquel momento, el mundo de habla inglesa ya tiene acceso a muchos de los escritos y tratados de Ryle, y hay lugares en Internet que son dedicados a Ryle (véase abajo) en los cuales cualquier persona puede leer en inglés casi todo lo que escribió.

Ahora bien, cuando Banner of Truth Trust (Estandarte de la Verdad) publicó un libro titulado Perlas Cristianas, escritos selectos por J. C. Ryle en el año 1963 (¿traducido por David Estrada?), esa publicación y algunos otros libros escritos por Pink y otros autores, estos fueron los primeros pasos de fe y esperanza que el Señor usó para que se despertara de nuevo en el mundo de habla hispana la fe reformada y un nuevo interés en Ryle y en otros autores que expusieron la fe reformada y evangélica antigua, como estaba sucediendo en el mundo de habla inglesa.

En 1963 parece que no había ningún escrito de Ryle disponible excepto algunos bien viejos y usados. Banner of Truth dijo, “El libro que bajo el título de “PERLAS CRISTIANAS” presentamos al lector evangélico, viene a ser la colección más completa y escogida que hasta la fecha ha sido vertida al español. Confiamos que con esta publicación hayamos contribuido en algo a llenar este vacío literario inmenso que con respecto a temas de vida y aplicación cristianas se deja sentir en el mundo evangélico de habla hispana.”

Después de la página con el título y la fecha de la publicación y la casa publicadora; hay una segunda página que contiene solamente el nombre del autor, y dos pequeñas citas:

JUAN CARLOS RYLE
1816-1900
“Un hombre de granito con un corazón de niño.
“Grande en estatura, grande en intelecto, grande en espiritualidad, grande como predicador y expositor, grande en la tarea de llevar almas a Dios.”
A continuación veremos algo de la verdad que hay en esas citas. John Charles Ryle nació el 10 de mayo de 1816, en Macclesfield, Cheshire County, Inglaterra, cuyos padres fueron John y Susanna Ryle. Su abuelo era un cristiano practicante que ayudó al movimiento metodista en el norte de Inglaterra. Era también un hombre de negocios próspero, de manera que el padre de J C Ryle estaba bien situado como banquero, aunque parece que era un cristiano de nombre solamente. Los planes para su hijo eran introducirle en la carrera diplomática. Ryle realizó sus estudios en las universidades de Eton y Oxford, donde, además de recibir una buena educación, se destacó como deportista jugando al cricket. Su conversión tuvo lugar en 1837 mientras estaba en la iglesia oyendo la lectura del capítulo 2 de Efesios.

Pero como dos años antes de su conversión, sucedió un pequeño incidente que produjo gran ímpetu al proceso inexorable de su conversión. Ryle estaba cazando con un amigo de Eton, Algernon Coote, y con algunos otros. Al pasar el día en algún momento Ryle juró delante del padre de Coote, un cristiano ferviente, quien le reprendió severamente. Ryle nunca juró después. Este suceso le llevó a tener una amistad durante toda su vida con Algernon Coote, de quien Ryle escribió: ‘fue la primera persona que me dijo que pensara, me arrepintiera y orara.’ Aunque Ryle no se convirtió en seguida, era muy consciente de que su norma para la vida estaba en gran contraste con la de los cristianos que conocía. Así, al llegar el verano de 1837 y la conversión de Ryle, los fundamentos habían sido puestos. Un poco antes de realizar sus exámenes finales, enfermó con inflamación del pecho. Pero, pudo hacerlos y él atribuye ese poder a la lectura de la Biblia y a la oración. Su enfermedad le dio más tiempo para pensar, y mientras más pensaba, más veía que Jesucristo no era el centro de su vida.

Sucedió que un domingo por la tarde asistió una de las iglesias de la parroquia. No se acordó después de nada en particular, ni aun del sermón. Pero le impactó la manera en la cual fue leída la segunda lección, por alguien cuyo nombre nunca supo. El pasaje fue tomado del segundo capítulo de Efesios y al llegar a versículo 8, el lector puso gran énfasis en él, con una pausa breve entre cada cláusula. Así Ryle escuchó: ‘Porque por gracia sois salvos – por medio de la fe – y esto no de vosotros – pues es don de Dios.’

La misma verdad que transformó a Lutero en su descubrimiento de la justificación por la fe ahora tenía el mismo efecto sobre Ryle. Por la gracia de Dios llegó a ser cristiano. De allí en adelante se notaba que sostenía fuertemente los principios de la reforma. [John Charles Ryle: Evangelical Bishop por Peter Toon & Michael Smout (Reiner Publications, Swengel, PA USA; 1976; page 26, traducido de una versión en inglés citada por otros.)]

Ryle se graduó con honores en 1838, pensando en la posibilidad de un futuro en el parlamento inglés, pero el Señor su Creador y Salvador tenía otro plan.

Vamos a oír un poco de la introducción al libro PERLAS CRISTIANAS (publicado ahora en 2 tomos con los títulos Nueva vida y El secreto de la vida cristiana).

“Lo menos que podía imaginarme a la edad de veinticinco años era que un día llegase a ser ministro del Evangelio”. Así escribía J. C. Ryle al recordar los años de su juventud, y añadía: “Mi padre, además de ser un banquero opulento, poseía un vasto patrimonio en tierras; y yo, por ser el hijo mayor, esperaba heredar algún día una inmensa fortuna. Pero agradó a Dios cambiar el curso de mi vida. Este cambio vino como resultado de una quiebra y ruina total en los negocios y patrimonios familiares” Fue entonces cuando J. C. Ryle se percató de que, por encima de sus planes y aspiraciones, los designios providenciales de Dios encauzaban su vida por los senderos de un fecundo ministerio evangélico. Dios le había desposeído de las riquezas de este mundo para confiarle las riquezas sobreabundantes del Evangelio.”

En 1841 fue ordenado al ministerio de la Iglesia Anglicana por el obispo Sumner de Winchester, un evangélico convencido. Pasó dos años en la iglesia anglicana de New Forest, en Exbury. Después, fue enviado a Winchester por un año y luego a Helmingham en 1845 para ministrar en un lugar en el cual casi toda la gente vivía trabajando su propia tierra. Pero allí recibió un estipendio (remuneración) suficiente para poder casarse, y trabajó fielmente durante 16 años. Se casó en 1845 y vio a su esposa morir en 1847. Ella dejó una niña. Luego se casó de nuevo en el año 1850 y después de ver 1 hija y 3 hijos nacer, Ryle vio la deteriorarse la salud de ella por una enfermedad llamada “Brights”. Perdió esa esposa en el año 1860. En ese lugar Ryle comenzó su ministerio de escribir. Escribió tratados que se vendieron por un centavo cada uno. ¿Estás convertido? ¿Estás perdonado? ¿Eres santo? ¿Eres libre? ¿Eres un sacerdote? etc. fueron algunos de los títulos. El contenido era muy bíblico y el estilo claro y fácil de seguir. Grandes cantidades fueron enviadas a Australia y repartidas allí. Para las traducciones al español se recibió ayuda de la iglesia reformada en México. Uno de sus tratados llamado “Verdadera libertad” alcanzó a un sacerdote en México llamado Manuel Agnas. Ese tratado sirvió para guiarle a la conversión a Jesucristo, en los tiempos de debate sobre la infalibilidad del papa.

Mientras Ryle iba exponiendo los evangelios en sus predicaciones, iba trabajando con diligencia para producir sus libros Expository Thoughts on the Gospels. Terminó al fin en 1873. En su valioso libro, Commenting and Commentaries, Spurgeon escribió el nombre de Ryle en mayúscula en letra negrita, y sus notas en letra cursiva, indicando así, como él explica, que esa obra está entre las que más recomienda.

RYLE (J. C., BA) Meditaciones expositivas sobre los cuatro evangelios. Para uso privado y en la familia.

Estimamos estos tomos. Son profundos y extensos, pero no más allá de lo necesario para lectura en familia. El Sr. Ryle evidentemente ha estudiado todos los autores previos que escribieron sobre los evangelios, y ha dado una enseñanza individual de valor considerable.

Aunque Ryle los escribió para uso privado y en familia, muchos ministros han sacado mucho provecho de estos libros. Juan es un comentario completo, y Lucas tiene muchas notas valiosas. Ryle consultó más de 40 autores en su preparación y la lista de ellos se encuentra en sus introducciones. Los evangelios explicados fueron traducidos al español. En la edición que Editorial CLIE reprodujo en 1977, edición tan antigua que contiene el texto de la Biblia en español anterior a la versión de 1909 (p.e., dice Isabel en vez de Elisabeth como en la versión de 1909 o Elisabet como en la de 1960), vemos esta nota (lo pongo como aparece, español antiguo y/o errores):

El volumen que ahora publicamos forma parte de una serie de cuatro, que sobre los cuatro Evangelios ha escrito un presbítero eminente de la iglesia Anglicana. Extensa ha sido su circulación en inglés, lengua en que originalmente fueron escritos; y han sido altamente estimados, no solo por la exposición clara y correcta del sagrado texto, sino todavía más por el fervor y entusiasmo con que proclaman é inculcan los dogmas evangélicos, y por la inteligencia profunda de las grandes verdades que en él se encierran, y sobre todo de aquellas que tienen por centro y fundamento a nuestro Señor y Salvador Jesucristo; verdades que son las únicas que pueden salvar nuestras almas y reformar nuestras vidas. Esperamos que en esta versión castellana, aunque algo compendiados, serán recibidos con aplauso por millares de almas ansiosas de oír lo que realmente dijo el Salvador, y poder así obedecer sus preceptos e imitar su ejemplo.

Faltaríamos a un deber sagrado si al mismo tiempo no rindiéramos un tributo de justas alabanzas a la “Asociación de Señores de Brooklyn para ayudar las misiones evangélicas en México,” que con sus esfuerzos incansables y generosos han reunido los fondos necesarios para pagar su traducción. Acepten, pues, el testimonio de nuestra gratitud; y sepan, para que puedan bendecirlas, a quienes deben el maná celeste de la verdad evangélica, las almas que al leer estos volúmenes reciban regeneradas nueva vida. Aunque Ryle escribía mucho, no desatendió a su esposa ni a su parroquia. En cuanto a ella, muchas veces fue con ella a Londres buscando ayuda médica. En cuanto a la parroquia, las cosas publicadas en gran parte fueron escritos para el beneficio de su iglesia. En 1858 había una asistencia de 160 en su iglesia. Sólo 300 personas vivían en ese lugar. Este hecho que indica que Ryle tenía contacto con todos. No vivió aislado de sus feligreses.

Aunque estaba en una iglesia pequeña, fue conocido por sus escritos y predicaciones en conferencias. Como dice un autor, “En medio de los sonidos religiosos inciertos de la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XIX, la voz evangélica de J. C. Ryle, fue clara y penetrante. Repercutió con una fuerza espiritual similar a la de su contemporáneo C. H. Spurgeon; y al igual que con el gran predicador bautista, la fuerza de la predicación de J. C. Ryle residía en la pureza doctrinal de su mensaje. Y es que, como sucede con todo hombre de Dios, el corazón de J. C. Ryle estaba poseído por la verdad de la revelación bíblica.”

En el año 1861 fue trasladado a Stradbroke, que tenía una población de 1.300 habitantes y con una buena remuneración, de tal manera que no tuvo que buscar ingresos de otras fuentes. Había mucha gente pobre en ese lugar y mucho trabajo pastoral. El edificio se llenó y 250 niños recibían instrucción en la escuela dominical. Había reuniones en casas y en los meses del verano Ryle predicaba 2 veces cada semana al aire libre.

Después de 40 años de ministerio, a la edad de 64 años fue nombrado primer obispo de la industrial y populosa ciudad de Liverpool (1880), gracias a las recomendaciones del primer ministro británico Benjamín Disraeli. Algunos opinan que Disraeli hizo esto no porque admiraba o estaba de acuerdo con Ryle, sino para fastidiar a la oposición política del partido Liberal en Liverpool. No importa los sucesos que contribuyeron a este nombramiento. Ryle trabajó arduamente e hizo mucho bien hasta que no pudo más y renunció su posición a los 83 años de edad, unos pocos meses antes de su muerte ocurrida el 10 de junio de 1900 a la edad de 84 años. Ryle se había casado una tercera vez en el año 1861 pero se quedó viudo nuevamente en el año 1889. No volvió a casarse.

Ahora bien, cito de nuevo de la introducción de PERLAS CRISTIANAS:

Refiriéndose a él, uno de sus contemporáneos dijo: “Era un hombre de granito con un corazón de niño”. ¡Cuán acertada era esta descripción! Efectivamente, J. C. Ryle fue un hombre de granito. Su fe evangélica era como estos picos alpinos capaces de resistir los embates del más severo vendaval. Y ciertamente, muchos y severos fueron los vendavales que se arremolinaron con ímpetu sobre este fiel siervo de Dios, El movimiento católicoanglicano iniciado en Oxford, y del que Pusey y Newman eran las figuras más destacadas, se estrelló ante la firmeza doctrinal de J. C. Ryle; de modo que resultaron vanos los intentos de “romanizar” la Iglesia Anglicana en aquel entonces. J. C. Ryle defendió con tesón la fe evangélica y la herencia espiritual legada por los reformadores. “Nunca nos rendiremos” – era el lema de este campeón de la causa del Evangelio. Y hasta el fin de su vida mantuvo en alto el estandarte de la verdad revelada.

Ryle sabía bien que el creyente tiene lucha “contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad”, y por esto tomó sobre sí “toda la armadura de Dios”. En su tiempo las teorías alemanas sobre la inspiración de la Biblia encontraron una entusiasta acogida en Inglaterra, y tan hondo llegaron a calar éstas que todo aquel que todavía se adhería a la doctrina de la inspiración verbal y plenaria de la Biblia era considerado como un fósil teológico del pasado. J. C. Ryle permaneció firme en su posición evangélica. La crítica de la mal llamada ciencia y las teorías de la teología liberal no lograron hacer tambalear su fe en la Biblia como Palabra de Dios. “He aquí la roca; todo lo demás es arena”. Tanto en su teología como en su testimonio al mundo, J. C. Ryle fue un hombre de granito.

Así que vemos que Ryle enfrentó a aquellos que querían volver a la iglesia católica romana y a los liberales que no creían en la inspiración plenaria y la autoridad e infalibilidad de las Escrituras. En la introducción a las “Meditaciones sobre los evangelios: Juan, cap. 1-6” hay un buen ejemplo de su fe de la inspiración plenaria de las Escrituras. (Véase las páginas 13-16 de la edición de Editorial Peregrino, España, 2004.) En la introducción del libro Charges and Addresses (Banner of Truth, Edinburgh, 1978) los editores señalan que en 1887 Ryle despidió a su propio hijo Herbert Edward Ryle de una posición en la iglesia (Capellán Examinador) porque su hijo había aceptado las teorías de la “alta crítica” de las Escrituras. Continuamos ahora con los comentarios en PERLAS CRISTIANAS. Se dice que Ryle fue un hombre de granito:

Pero también fue un hombre “con un corazón de niño”, un verdadero israelita en cuyo corazón no había engaño; un verdadero hijo del Reino. Una marcada nota de nobleza y afecto caracterizaba sus acciones, incluso hacia aquellos que trataban de desacreditar su ministerio con falsas y maliciosas acusaciones. No había lugar para el odio o el rencor en el corazón de Ryle; y es que rebosaba de aquella caridad paulina que “no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal; que todo lo sufre, todo lo cree, todo lo soporta”.

En el curso de su largo ministerio y unido a su amor sincero por la pureza del Evangelio, Ryle evidenció una profunda pasión por las almas perdidas. Su predicación fue esencialmente evangelística; el deseo de alcanzar a los no salvos constituía la meta primordial de sus sermones y también de sus escritos. Desde que Gutemberg inventara la imprenta, quizá ningún siervo de Dios se había percatado como Ryle de la importancia decisiva de la página impresa en la tarea de llevar el Evangelio a los inconversos. Sus tratados y folletos le dieron fama mundial. Escribió más de trescientos tratados, además de otros muchos escritos, y el número total de sus publicaciones en letra de molde superó los doce millones (12,000,000) de ejemplares.

En su afán para hacer llegar el mensaje salvador a las almas, Ryle sacrificó su vasta erudición oxoniana, y consiguió presentar sus mensajes en un lenguaje sencillo, claro y directo. Ya en los títulos mismos de sus tratados se aprecian estas características: “¿Cómo lees?” “¿Eres feliz?” “¿Eres libre?” “¿Es tu corazón recto delante de Dios?”, etc. Además, estaba dotado de la habilidad poco común de expresar profundas verdades en giros proverbiales fáciles de retener en la memoria (“Lo que tejemos en esta vida lo llevaremos en la eternidad”. “No nos metamos con la persona, pero sí con su pecado”, etc.). Esto en cuanto a su estilo. En lo que se refiere al contenido de sus mensajes, además de la nota esencialmente bíblica a las que hemos ya aludido, descubrimos un maravilloso equilibrio doctrinal en la exposición de las Escrituras. Ryle era un creyente con una fe equilibrada, una mente equilibrada y un juicio equilibrado.

Ryle escribió una excelente obra sobre la sencillez en la predicación (Simplicity in preaching, THE UPPER ROOM, Banner of Truth, London, 1970, páginas 35 – 55). Aunque hizo esta obra para predicadores de habla inglesa (y así habla de palabras sajonas y francesas, etc.), hay principios que sirven para cualquier idioma.

Teológicamente se había formado a los pies de los reformadores y llegó a conocer, como pocos lo han conseguido, a los puritanos. Consideraba a éstos como los expositores más versados en la “mente de la Escritura”. Y hay, ciertamente, raudales de doctrina en sus escritos; pero ésta no aparece aisladamente y según los moldes áridos de una teología que está en las nubes, sino en su íntima relación con lo práctico, con un andar santo en la vida del creyente. En sus escritos se transparenta un constante equilibrio en lo doctrinal y lo práctico.

Por eso, J I Packer y otros miran a Ryle como si fuera un verdadero puritano, viviendo en otra época. No guardó como un secreto su admiración por los puritanos.

Entre otros sucesos de su día, Ryle tomó nota de la enseñanza dada en las conferencias “Keswick” y la enseñanza que dieron sobre la santidad en términos de la necesidad de ser pasivo (“Let go and let God…”, “Stop trying and start trusting”, etc. o sea, “Deja de esforzarte y comienza a confiar en Dios.”) para conseguir una vida más profunda o más alta por medio de una segunda bendición o experiencia.

Su concepto de la vida cristiana respira un activismo netamente bíblico. Para Ryle el verdadero cristianismo no puede armonizarse con una noción estática de la fe, sino que, por el contrario, la vida espiritual que se recibe con el nuevo nacimiento es como una fuerza impulsora que pone a todas las facultades de la persona salva en acción constante. Así como el movimiento es manifestación de un principio de vida, la actividad en los senderos de la santidad es evidencia de una genuina vida espiritual en Cristo. Todos sus escritos reflejan una constante preocupación por el tema de la santidad.

Esto no quiere decir que Ryle no creía que la santificación no es por gracia y por medio de la fe. Su mensaje sobre la santificación es un mensaje netamente bíblico, claro y equilibrado.

Finalmente hay un comentario en la introducción que citamos sobre su amor a todos los cristianos verdaderos, sin tener en cuenta la denominación.

Su cristianismo no venía delimitado por los horizontes confesionales de su propia denominación evangélica. Cierto es que fue miembro de la Iglesia Anglicana y llegó a ser obispo de Liverpool, pero su visión de la Iglesia de Cristo y su amor por los diferentes “miembros de la familia de Dios” elevaban su alma noble por encima de las peculiaridades propias de cualquier denominación. “Puesto que no hay salvación excepto en Cristo” – escribía –, “amemos a todos aquellos que aman al Señor Jesús con sinceridad, y le ensalzan como Salvador de sus almas. No nos encerremos en nuestra cáscara y miremos de reojo a aquellos que no ven todas las cosas como nosotros las vemos. No miremos si el creyente es independiente, metodista, bautista, etc.; si en verdad ama a Cristo y pone a Cristo en el lugar que le corresponde, entonces amémosle con todo nuestro corazón. Viajamos con rapidez hacia un lugar donde no habrá denominaciones, nombres, ni formas de gobierno, y en donde Cristo será el todo. Preparémonos, pues, para tal lugar amando a todos aquellos que están en el camino que conduce al mismo. Mientras veamos que se mantienen las doctrinas de la Biblia y se exalta a Cristo, mostremos hacia los que así hacen aquella verdadera caridad que todo lo cree, y todo lo espera.”

Físicamente Ryle era un hombre grande para esos tiempos, seis pies con tres pulgadas (6’ 3”), (1,92 mts) con una voz potente, pero aunque su presencia era imponente, su conducta armonizaba con sus metas de glorificar a Cristo. Ryle era un líder amado que hizo mucho bien como predicador y pastor en los días de su vida, pero son sus libros y folletos lo que nos ha quedado como su verdadero patrimonio. Son diversos – exposición biblica, estudios devocionales, estudios históricos, estudios doctrinales y estudios sobre la fe y práctica de la iglesia anglicana. “Amante de la Reforma del siglo XVI y sus altos principios cristianos, escribió sobre los mártires de la misma en Inglaterra, así como sobre los grandes líderes evangélicos del Avivamiento religioso del siglo XVIII, como Whitefield.” “Sus obras devocionales han sido de incalculable bendición a muchos de sus lectores, por su llamado activismo bíblico, en el sentido de que el verdadero cristiano no puede contentarse con una visión estática de la fe, sino que la vida espiritual, recibida por el nuevo nacimiento, debe ser una fuerza que impulse todas las facultades de la persona renacida. J.I. Packer dice que todo buen creyente encontrará en Ryle una fiesta, una mina de oro, un acicate, comida, bebida, medicina, todo en uno.” “Martyn Lloyd-Jones describió los escritos de Ryle como ‘una destilación de la teología verdaderamente puritana presentada de una forma moderna y fácil de leer’.” Vemos en Ryle un hombre que quiso promover el conocimiento, honor y gloria de Jesucristo. Dijo, “Mi deseo principal en todo lo que escribo es exaltar al Señor Jesucristo y hacerle parecer hermoso y glorioso delante de los ojos de los hombres; y promover el aumento y crecimiento del arrepentimiento, fe y santidad en la tierra.” Su primer tomo de “Meditaciones sobre los evangelios” fue presentado “con una ferviente oración para que sirva para el fomento de la religión pura y sin mácula…” Ryle era un hombre recto e íntegro en referencia a sus votos como pastor, y en su identidad con la fe de la reforma. Como él mismo testificó, nadie iba a encontrar cosas nuevas en sus meditaciones sobre los evangelios, no vamos a ver “…nada …que no esté en perfecta armonía con los Treinta y Nueve Artículos de mi iglesia y que no concuerde con todas las confesiones de fe protestantes.” (Pág 13 de la introducción de Meditaciones sobre los Evangelios: Mateo; Editorial Peregrino, España, 2001) Por supuesto, es aquí que, como bautistas reformados, tenemos que advertir a los lectores de sus libros que no debemos seguirle en su apoyo del bautismo de los niños, o en sus ideas sobre el gobierno de la iglesia y la relación de ella con el Estado. Tampoco aceptamos el principio normativo de la adoración. Pero, aunque esas cosas aparecen, no reciben atención desmedida, y por eso Ryle ha sido y es amado y aceptado por los que aman la fe reformada y evangélica como predicada por Whitefield. Si los bautistas no hubieran amado a Ryle la venta de sus libros sería mucho menor. Pero, amamos su doctrina, su estilo claro, su manera de enseñar. Muchos han recibido ayuda y han podido ayudar a otros.

Si no han leído su mensaje sobre la enfermedad, creo que verán que es de gran valor. Todos los mensajes en Nueva Vida y en El secreto de la vida cristiana, sirven para edificación.

Obras Disponibles en español:
El secreto de la vida cristiana. (Estandarte de la verdad – Banner of Truth Trust)
Meditaciones sobre los evangelios: Mateo, Marcos, Lucas (2 vols) y Juan (3 vols). (Editorial Peregrino)
Caminando con Dios (Publicaciones Faro de Gracia)
Seguridad de salvación (Editorial Peregrino)
Advertencias a las iglesias (Editorial Peregrino)
¿Vivo o muerto? (Anunciado por Sendas Antiguas)
Los deberes de los padres (Anunciado por Sendas Antiguas)
Pensamientos para jóvenes (Publicaciones Aquila)

Obras (¿temporalmente?) agotadas:
Nueva vida (BOT)
Los evangelios explicados: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, 4 vols. (CLIE) (Edición antigua)
El nuevo nacimiento (CLIE)
Una llamada a la oración (CLIE)
Preparado por Noble Vater, San Juan, PR , abril de 2005 Fuentes usadas para este informe además de los libros de Ryle y otros señalados claramente: Introducción a PERLAS CRISTIANAS (Banner of Truth, London, 1963) Datos Biográficos del website de CLIE (http://www.clie.es) http://www.rcb.com.au/950%20-%2033%20J%20C%20Ryle’s%20Continuing%20Ministry.htm

contiene como 3 páginas de notas biográficas http://www.bible.org/page.asp?page_id=1686

contiene una reseña útil por Ron Maness sobre el libro Faithfulness and Holiness: The Witness of J C Ryle: An Appreciation Otros sitios consultados: http://www.geocities.com/johncharlesryle/index.html http://www.tracts.ukgo.com/john_charles_ryle.htm http://articles.christiansunite.com/preacher106-1.shtml http://www.gracegems.org/Ryle/books.htm http://www.anglicanlibrary.org/ryle/ http://www.gotothebible.com/HTML/RyleJC.html http://www.gotothebible.com/HTML/RyleJC.html http://www.christianfocus.com/bookfile/classics/regeneration.htm http://www.biblebb.com/files/ryle/WARN6.TXT http://www.ccel.org/r/ryle/ http://reformerkev.esmartweb.com/library/works_ryle.html http://www.scionofzion.com/ha_nacido_usted_de_nuevo.htm Libros sobre Ryle (en inglés): Marcus L. Loane: “John Charles Ryle. 1816-1900.” (Hodder & Stoughton. 1983. 144 pages) Peter Toon & Michael Smout: “John Charles Ryle, Evangelical Bishop.” (James Clarke. 1976. 128 pages) John Charles Ryle: Evangelical Bishop; Peter Toon & Michael Smout; Reiner Publications, Swengel, PA (1976) J C Ryle, A Self-Portrait, A partial autobiography, edited by Toon and Smout, 1975 Faithfulness and Holiness: The Witness of J C Ryle: An Appreciation Autores: J. I. Packer y J C Ryle. Crossway Books, Wheaton, IL, 2002, 272 páginas

Este libro contiene un ensayo por Packer sobre la vida y obra de Ryle, y contiene los 7 capítulos originales del libro escrito por Ryle sobre “Holiness”.

Un anuncio del libro dice: Como heredero de una fortuna, J C Ryle tenía un futuro de esperanza hasta el día en que el negocio de su padre quebró. En un momento perdió todo. Sin embargo, si esto no hubiera sucedido, probablemente Ryle no hubiera llegado a ser uno de los líderes evangélicos de más influencia. Junto con las reflexiones de J I Packer sobre la vida de este clérigo, hay una impresión del libro clásico por Ryle, Santidad – todo aquí en un solo tomo para animar a los cristianos de manera que, como lo que pudiera haber destruido a Ryle se convirtió en el instrumento que le llevó hacia la santidad, así también Dios utiliza nuestras pruebas para guiarnos en nuestro viaje hacia la santidad.

As heir to a fortune, J. C. Ryle had a hopeful future until the day his father declared bankruptcy. In a single moment, he was stripped of everything. And yet, had this not happened, Ryle would probably not have become one of the most influential evangelical leaders of the 19th century. Along with J.I. Packer’s own reflections on the life of this clergyman is a reprint of Ryle’s classic, Holiness–all here in one volume to encourage Christians that, just as what could have broken Ryle became the very instrument that led him towards holiness, so too does God use our trials to lead us in our journey toward holiness.

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